Los dos son una sola carne - Génesis 2, 24 -
En el relato bíblico de la Creación, es Dios quien decide convertirse directamente en protagonista de la creación de la mujer.
Y lo hace provocando un letargo (el término hebreo indica que se trata de un letargo profundo que solo Dios puede otorgar, cfr. Génesis 15, 12 o 1 Samuel 26, 12) que subraya cómo en lo que está a punto de suceder no hay ninguna intervención ni intención del hombre.
El hombre no sabrá nada del proceso de formación de la mujer. Para él seguirá siendo siempre un misterio y un don de Dios.
El camino de la humanidad estará destinado a una acogida recíproca de lo que Dios ha creado en la diferencia de género y en la posibilidad de ser el uno para el otro un apoyo, de igual a igual, como frente a frente.
En medio de este letargo tiene lugar la acción que el relato narra así: Dios le quitó una de las costillas y cerró la carne en su lugar […] y formó con la costilla, que le había quitado al hombre, una mujer.
Pocas imágenes bíblicas han marcado tan profundamente la imaginación de toda la humanidad occidental como la de la costilla de Adán.
Pero también hay que decir con la misma fuerza que son muy escasas las representaciones literarias y pictóricas del episodio que respeten la formulación hebrea del texto.
El término que se utiliza, de hecho, nunca significa el hueso que nosotros llamamos «costilla». Más bien, su significado más común es el de «lado», «parte».
Incluso el texto griego de la Biblia lo había traducido así: «Dios tomó uno de los dos lados del cuerpo y volvió a cerrar la carne en su lugar». Solo será el latín el que propondrá simplemente «Deus tulit unam de costis eius et replevit carnem pro ea», lo que facilita el desliz hacia el hueso en el que estamos tan acostumbrados a pensar.
Si se trata de un costado o de una parte de huesos y carne de Adán que Dios utiliza para formar a la mujer, esto significa básicamente dos cosas.
La primera es que el Adán inicial no existe tal y como había sido creado, y el resultado final es la existencia de un hombre y una mujer que Dios presenta el uno al otro.
Es decir que no debemos pensar que al principio existiera un varón y que, a costa de uno de sus huesos perdidos, Dios añadiera una mujer.
El relato bíblico sugiere más bien la idea de que el Adam solitario ya no existe.
En su lugar, existe lo que el texto ya había propuesto: «Y Dios creó al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó: varón y mujer los creó».
Es curioso que precisamente a partir de este conocimiento del significado original de los términos, la teología rabínica siempre ha propuesto la idea de que el Señor Dios partió en dos a un ser humano hasta entonces indiferenciado, llegando incluso a proponer para el ser humano originario una forma casi esférica.
Separado de esta manera, Dios formó, por un lado, cerrando la carne, al ser humano varón y, por otro, al ser humano mujer.
La segunda consecuencia es que la mujer, a diferencia de los animales, formados del suelo, está formada de la misma materia que el hombre. Es igual en todo y en todos los aspectos al hombre.
Hay que subrayar además que, en la lengua hebrea, «hombre» y «mujer» son simplemente el masculino y el femenino de la misma raíz - respectivamente, ish e ishah -.
Desde esta perspectiva no es posible ninguna supremacía. La diversidad no es más que la posibilidad de estar frente a frente en la relación.
De hecho, Dios, que los conduce el uno hacia el otro, sella el final del proceso.
A partir de ahora, la humanidad estará constituida por dos géneros diferentes, que no pueden concebirse independientemente el uno del otro.
Ni uno ni otro podrán pretender invocar un derecho a la plenitud, o a la bondad, en su propia «soledad».
Solo a partir de la aceptación recíproca de la «igualdad en la diversidad», de la ayuda recíproca como dos que se encuentran frente a frente, se pueden configurar las propias identidades de género.
El relato bíblico permite de esta manera configurar buenas relaciones entre lo masculino y lo femenino en la humanidad.
Y hacer esto es decisivo por ejemplo:
a.- frente a visiones integristas (de carácter religioso y no religioso) que apelan continuamente a la dependencia absoluta de la mujer respecto al hombre,
b.- y frente a visiones absolutistas, que apelan continuamente a supuestas definiciones de dignidad de lo masculino y lo femenino, independientemente de su relación recíproca de ayuda como entre iguales.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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