miércoles, 29 de julio de 2026

Del fanatismo climático y de la religión climática.

Del fanatismo climático y de la religión climática 

Nos enfrentamos a la última una ola de calor que ya no es una excepción, sino el nuevo paradigma climático. Sin embargo, entre negacionismos encubiertos, inversiones insuficientes y prioridades invertidas, el incumplimiento de la política sigue siendo evidente. 

La ola ya crónica o habitual de calor que nos azota no debe considerarse un mero fenómeno meteorológico anómalo, sino que constituye más bien una prueba tangible de un cambio climático que ya ha entrado en una fase de virulencia palpable. 

En un momento en el que nuestras ciudades colapsan bajo el peso de temperaturas sin precedentes, no nos encontramos ante una simple incomodidad estacional: estamos presenciando la fase en la que una degradación medioambiental se traduce en una emergencia. 

Durante años se hablaba en el debate público de una amenaza diferida que se podía hasta gestionar con una gradualidad tan pasmosa como tranquilizadora. Hoy el calentamiento global rompe cualquier esquema dilatorio. 

El calor extremo ya no llama —esporádicamente— a nuestras puertas, sino que nos habita de forma estructural, revelando en toda su dramaticidad hasta qué punto las instituciones han invertido de forma insuficiente en la prevención, adaptación,…, y la necesaria transformación de las infraestructuras. 

Lejos de generar una mera molestia fisiológica, los picos de temperatura ponen al descubierto nuestra fragilidad y pone de manifiesto la vulnerabilidad de un modelo de vida concebido para un clima que ya no existe. 

Nuestras viviendas fueron diseñadas para retener el calor. Nuestros barrios fueron saturados de hormigón. Por no hablar de nuestras redes de transporte… Todo revela una verdad tal vez ineludible: el colapso climático ya es un hecho plenamente estructural del que no es posible escapar a menos que se sueñe con vías de escape extraterrestres propias de la ciencia ficción (en Marte, por ejemplo). 

Acorralado por las pruebas, el negacionismo no ha desaparecido, sino que ha cambiado de piel. Tras abandonar el burdo rechazo frontal, hoy adopta las formas más sofisticadas de la minimización: niega la urgencia de la alarma, postula la autosuficiencia de la adaptación pasiva o delega la solución a un futuro desarrollo tecnológico. 

Se trata de un obstruccionismo más refinado, pero no menos pernicioso, ya que actúa como freno inhibidor frente a cualquier decisión realmente incisiva. 

Envuelta en un falso sentido común, esta forma de rechazo se revela como una insidiosa estrategia de aplazamiento. 

Mientras el debate se estanque en torno a la gravedad real de la situación o a la conveniencia de acelerar la transición, se permite que el deterioro continúe su desgaste sin que nada lo perturbe. 

La comunidad científica, mientras tanto, lleva años reiterando una advertencia inequívoca: las olas de calor están destinadas a intensificarse tanto en frecuencia como en duración. 

Ignorar esta perspectiva no denota prudencia, sino una irresponsabilidad institucional culpable. 

El problema, por consiguiente, trasciende el mero contexto ecológico para afectar a la esfera cognitiva y democrática, poniendo de manifiesto la brecha entre nuestros conocimientos adquiridos y la voluntad real de actuar en el plano sociopolítico. 

Aunque a Europa le encanta presentarse como la vanguardia de la transición ecológica, la práctica decisoria de nuestros organismos desmiente regularmente la grandilocuencia de las declaraciones de intenciones. 

La Agenda 2030 debería haber orientado de manera sistémica el gasto público, la planificación industrial y la reconversión energética; por el contrario, los compromisos suelen quedarse en el papel, mientras que los presupuestos se mueven en direcciones diametralmente opuestas. 

El ‘quid’ de la cuestión política reside precisamente en la brecha entre las proclamaciones y la asignación de fondos: afirmar el imperativo de la estabilidad ecológica exige traducirlo en inversiones estructurales masivas. 

Financiar el reequilibrio climático y el desarrollo sostenible significa impulsar la investigación, promover redes energéticas limpias, subvencionar una construcción térmicamente resiliente y replantearse el sistema. 

Despojada de esta materialidad socioeconómica, la retórica de la sostenibilidad se reduce a un mero ejercicio de estilo. 

Por otra parte, la discrepancia entre los discursos solemnes y las medidas concretas no es un detalle contable, sino la medida de un fracaso estratégico: cada euro que se escatime hoy en materia medioambiental se traducirá mañana en costes insostenibles y en vidas expuestas al peligro de extinción. Algunos de nosotros, adultos y mayores, quizá ya entonces no lo veamos… pero sí lo harán nuestros hijos, nietos, … 

A agravar la incoherencia contribuye una progresiva e inquietante reasignación del gasto público en beneficio del sector militar. 

Se movilizan capitales astronómicos para hacer frente a hipotéticos escenarios bélicos con un celo que no es tan notable cuando se trata de defender el ecosistema en el que ya vivimos. 

Y nos quieren hacer comprar que esa inversión de prioridades es injustificable… 

Aunque se reconozca la complejidad del panorama geopolítico actual, es igualmente indiscutible que una sociedad agotada por las sequías, los incendios, las crisis hídricas y el estrés térmico es, por definición, una sociedad intrínsecamente vulnerable. 

El rearme se presenta, por tanto, como una respuesta simbólica y miope, capaz de hacer frente a una amenaza futura, mientras subestima un desgaste presente que erosiona inexorablemente la propia existencia humana. 

Hoy en día, el léxico político debería reapropiarse del concepto de «seguridad», emancipándolo del estrecho sentido militarista basado en la mera disuasión. Seguridad, en el siglo XXI, significa garantizar una vida sostenible en términos medioambientales. 

La reacción ante el colapso medioambiental no puede limitarse a paliativos de emergencia. Exige, por el contrario, una inyección estructural de fondos públicos en favor de un modo de vida sostenible. 

La auténtica encrucijada histórica no opone la ecología al realismo, sino un realismo ciego —obstinadamente aferrado a la lógica de la disuasión militar, ineficaz frente a la amenaza real del presente— a un realismo con visión de futuro, capaz de erigir la protección del clima en condición previa imprescindible no solamente para la convivencia… sino para la vida. 

La ola de calor de lo que va del verano - ¡y lo que te rondaré morena! - marca el fin de los aplazamientos y el agotamiento de las garantías abstractas. Ante esta ineludible exigencia histórico-existencial nos encontramos ante la misma encrucijada: perpetuar una inercia que alimenta miedos o situar la metamorfosis ecológica en el centro de su política industrial, social y democrática. 

Pero solo este último camino, que exige visión, valentía e inversiones cuantiosas, merece aún llamarse futuro. 

En un mundo que cambia rápidamente, la única forma de adaptarnos sería modificar casi todos los aspectos de nuestra vida: hogares, oficinas, fábricas, colegios, coches, trenes, explotaciones agrícolas, jardines… Nada de esto está ocurriendo. 

Un día, cuando el balance de desolación y de muerte de la crisis climática se haya vuelto intolerable, algunos se preguntarán por qué nos quedamos de brazos cruzados. 

Hasta puede ser probable que yo, que pienso y redacto las líneas de esta reflexión, no lo vea. No sé si lo verán aquellos que hoy hablan del fanatismo climático y de la religión climática. 

Con todo, sí reconozco en mí una desazón porque no me conformo con pensar o decir aquello de que "el que venga por detrás que arree".

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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