A vueltas con frases de brocha gorda sobre el fanatismo climático de los fanáticos ecologistas
Algunas veces he tenido esa sospecha. El tiempo me lo ha ido y me lo va confirmando.
No es un exceso de pesimismo: nos dirigimos directamente hacia lo peor de la política.
Lo que seguimos llamando democracia se está convirtiendo en otra cosa. Quizá en su exacto contrario.
No creo que haya tenido excesivas dudas: la democracia liberal es el mejor sistema que el hombre ha sabido inventar.
Es el único que establece como fundamento inalienable el respeto a la dignidad de cada persona. Es el único que permite destituir a los incompetentes y a los indignos sin recurrir a la violencia. Impone límites insalvables a quienes ejercen el poder.
Esa es la democracia ideal.
La democracia real es algo muy distinto.
Camina sobre las piernas de los seres humanos. Y, por ende, está llena de defectos, hipocresías y promesas incumplidas.
Su único deber imperativo es autocorregirse sobre la marcha y mantenerse fiel a los principios en los que se sustenta. Lo ha hecho durante décadas. Hoy ya no. Está sufriendo una inquietante mutación genética.
No disminuye la desigualdad. No aminora la injusticia social. La dignidad de las personas ya no es una prioridad de la agenda pública.
Los valores que triunfan hoy son muy otros: la arrogancia, la prepotencia, la ignorancia, el cinismo y el menosprecio público del adversario.
Un burdo nacionalismo de prioridades —con las alabardas bajo el brazo, camufladas como sano patriotismo— y una simplificación demagógica descarada y constante.
Ya no se aceptan los límites del poder. Prevalece la ley del más fuerte o del más astuto. Ha desaparecido el ingrediente esencial de toda democracia que funcione: la crítica franca, dura, pero respetuosa.
Ya no hay adversarios políticos con los que debatir, sino solo bandos enfrentados. Los partidos, salvo raras excepciones, ya no buscan el bien común; persiguen únicamente el interés partidista y la supervivencia de su propia jerga y nomenclatura.
¿Y la ciudadanía? Se limita a observar desde las gradas: desilusionada, resignada, cómplice o indiferente.
Se pone de manifiesto, en toda su gravedad, el límite estructural de la democracia liberal: privilegia el número frente al mérito, la cantidad frente a la calidad.
Karl Popper recordaba que el objetivo de la democracia no es garantizar el gobierno de los mejores, sino permitir expulsar a los peores sin derramamiento de sangre. Una frase redonda con la que hasta se puede estar de acuerdo.
Pero hoy en día ni siquiera esta garantía se sostiene ya.
Las elecciones ya no son un ejercicio crítico y racional: se han convertido en un receptáculo de estados de ánimo sombríos y rencores individuales. Premiamos sistemáticamente a los portavoces del resentimiento y a los especuladores del miedo.
Y una vez en el poder, estos personajes se revelan totalmente incapaces de gestionar la complejidad de los problemas y se vuelven aún más miopes que quienes les votaron.
Esta premisa era necesaria para llegar a lo que desde fuera es la incapacidad de la gestión de una situación compleja y difícil como ahora son los incendios. O como en su momento fue la DANA. O…
En los últimos días, ¡y el verano va para largo!, las declaraciones políticas —grandes, medianas y pequeñas— se han convertido en una presencia constante, casi sistemática, ante la proliferación de incendios.
No hace falta enumerarlas: basta con echar la vista atrás o sintonizar los medios para que se nos presente un panorama desalentador de semejantes declaraciones.
En buena medida son la enésima demostración de aquella incapacidad política de los habituales mandamases, decididos a perpetuar su incompetencia y a blindar sus posiciones también de cara al futuro.
No soy quién para entrar en el fondo, tampoco de este asunto, pero me ronda en la cabeza una pregunta directa: ¿no sería hora de que a la indignación de salón le siguiera una verdadera labor de limpieza? ¿No ha llegado el momento de reactivar ese proceso de corrección que, como ciudadanos, parecemos haber olvidado de forma culpable?
Menos discursos, mensajes y palabras ante las cámaras y micrófonos de los medios de comunicación. Y más razón y más ética en la gestión de lo público.
Georges Simenon hizo decir al protagonista de una de sus novelas que «cuanto menos conocimientos tienen las personas para respaldar sus ideas, más seguras están de ellas». Tengámoslo presente.
Antes de marcar la papeleta de un símbolo, hagamos algo muy elemental: comprobemos la competencia, la preparación y la integridad moral de quienes nos piden el voto. Y dejemos de premiar a los incompetentes por vocación.
También, y dicho sea de paso, a aquellas que no tienen cosa mejor que decir que aquello de “a mí me gusta la fruta” o que se contentan con recordar que “en Madrid siempre ha hecho calor” o que proclaman “el fanatismo climático”.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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