Mostrando entradas con la etiqueta Iglesia apostólica. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Iglesia apostólica. Mostrar todas las entradas

lunes, 29 de junio de 2026

Lugares y tiempos de la geografía de Dios.

Lugares y tiempos de la geografía de Dios 

Hay una auténtica peregrinación por la geografía del Espíritu: el Templo, el camino de Damasco, el mar de Tiberíades. 

Tres lugares distintos y alejados entre sí, en los que se lleva a cabo la obra de Dios y se revela una imagen concreta de la Iglesia. 

Nos queda por aprender la geografía de Dios, convencidos como estamos de que solo hay unos pocos lugares «de» Dios o experiencias para «hablar» de Dios. 

Cerca del Templo hay un hombre —figura que nos representa a todos— incapaz de entrar en él, y frente a él está Pedro, que le brinda la oportunidad de retomar el camino. 

La imagen de Pedro representa un rostro concreto de la Iglesia que no tiene ni plata ni oro. 

Una expresión que nos da la medida justa de la aventura de Pedro y Pablo y, con ellos, de toda la comunidad cristiana, consciente de poseer únicamente a Jesucristo, no como un patrimonio sobre el que reivindicar derechos de exclusividad, sino como un don que compartir con todos los hombres de la tierra. 

Jesucristo es lo esencial para Pedro, para Pablo, para la comunidad de los discípulos. Jesucristo, no una doctrina ni una serie de nociones, sino —como atestigua la propia etimología del nombre— el ser introducidos en la experiencia de Dios que salva. 

Así se configura la única riqueza de la que dispone la comunidad de discípulos: llevar a cabo la propia obra de Jesús de Nazaret, quien —según atestiguan los Hechos— pasó haciendo el bien y sanando a todos los que estaban cautivos del mal. Ningún poder humano, salvo el de devolver la esperanza. 

He aquí cuándo podemos reivindicar la prerrogativa de ser discípulos: solo cuando sentimos como urgente la tarea y la pasión de introducir al otro, sea quien sea, en una experiencia de vida nueva. 

El gesto de Pedro hacia el lisiado es imagen de la acción de una Iglesia que se acerca —se hace cercana— a una humanidad herida, hacia la cual prolonga los gestos de su Señor, poniéndola en condiciones de caminar con sus propias piernas y ofreciéndole la posibilidad de entrar en plena comunión con Dios. 

El paralítico curado, de hecho, descubre un acceso hasta entonces vedado: entró con ellos en el Templo caminando, saltando y alabando a Dios (Hch 3,8). 

Pedro es imagen de una Iglesia que se complace en la compañía de los hombres. Aquel hombre excluido es admitido en la compañía de Pedro y Juan: con ellos. 

En el camino a Damasco, en cambio, Pablo esboza otra imagen de la Iglesia. 

Pablo estaba anclado en una forma de entender la relación con Dios como algo que había que merecer, que había que conquistar. 

En el camino a Damasco, en cambio, se abre una nueva forma de concebir la vida y la fe, un Evangelio, precisamente, y por gracia nos hacemos partícipes de lo que Dios nos da como don. 

Testigos de una misericordia que, a su vez, hemos recibido y de la que somos deudores ante la humanidad. 

Una Iglesia consciente del don recibido: con toda razón se ha afirmado que a Dios no se le merece, sino que se le acoge tal y como a Él le ha placido manifestarse ante nosotros. Aquí se trata de la confianza recuperada. 

A Pedro, que tres veces negó a su Señor y Maestro afirmando solemnemente —¡No lo conozco!—, se le pide tres veces que exprese su amor por Jesús. Y Jesús lo hace, ante todo, apuntando alto: «¿Me amas más que estos?». Al fin y al cabo, había sido el propio Pedro quien había proclamado un amor similar, aún por someterse a la prueba de los acontecimientos: «Aunque todos te abandonaran, yo…». Y, sin embargo, ahora que los hechos registran un resultado muy distinto al de la proclamación, Pedro adopta una actitud humilde: «Te quiero». Y así por dos veces. La tercera vez, es el propio Jesús quien se pone a la altura de Pedro: «¿Me quieres?». «Tú lo sabes todo», responde Pedro, «tú lo sabes…». 

Un Dios que, para hacerme llegar a ser lo que estoy llamado a ser, me acepta tal y como soy, partiendo de mi frágil medida. 

Un amor que esta vez tendrá su prueba de fuego no en la declaración de un afecto genérico y vago, sino en el cuidado de aquellos que el Señor le confía: los más pequeños. «Si es verdad que me quieres, cuida de mis pequeños». 

A Pedro no se le concede un privilegio ni un poder, como quizá algún día hubiera deseado cuando imaginaba a un Mesías poderoso, sino la tarea de ponerse al servicio de los hermanos hasta alcanzar una disponibilidad hasta entonces impensable. 

Ninguno de nuestros lugares ni ninguna de nuestras experiencias son inadecuados para que Dios se manifieste. Quizá ya lo esté haciendo y yo no me dé cuenta. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Dos campeones de la fe.

Dos campeones de la fe

Solo la imaginación del Espíritu podía reunir a personas tan distantes entre sí.

 

Diferentes caminos de seguimiento del único Maestro, lo que demuestra que el camino de la fe es siempre personal, nunca uniformador. Benito no es Carlo Acutis, al igual que Teresa de Calcuta no es Ignacio de Loyola.

 

Pedro y Pablo: uno llamado a orillas del lago mientras se dedicaba a su oficio de pescador; el otro, llamado a salir de los excesos de su integralismo religioso. Tan diferentes que sentían el uno por el otro tanto un enfrentamiento abierto como la más sincera admiración.

 

Aunque partían de condiciones de vida muy diferentes, a ambos les une la experiencia de un Dios que, antes incluso de liberarlos de las cadenas de una prisión, los introduce en un camino de progresiva liberación del miedo, de los prejuicios y de las ideas preconcebidas que los condicionaban.

 

Dos que han conocido el esfuerzo de la fe. Al igual que cualquier hombre en la tierra.

 

Difícil creer en un Mesías contradicho, en el caso de Pedro.

 

Arduo, en el caso de Pablo, seguir anunciando el Evangelio cuando ya nadie te acompaña —ni siquiera tus hermanos en la fe— y los resultados parecen desmentir el sentido de tu obra.

 

Pedro, que sin embargo es un testigo entusiasta de la fe en Cristo en Cesarea de Filipo —en condiciones no adversas, por tanto—, la reniega en la noche de la Pasión cuando ya no reconoce a su Maestro.

 

Pablo, que en el camino de Damasco acepta ser derribado por ese Jesús al que estaba persiguiendo, pronto conocerá la marginación y el silencio antes de ser reconocido como incansable anunciador del Evangelio del Reino. La fidelidad a su Señor le habrá costado cara si, al repasar su historia, la sitúa precisamente bajo el lema de haber logrado conservar la fe.

 

¡Qué fuerza evocadora encierra el hecho de contemplar la propia existencia sin medir los resultados alcanzados, ni el consenso obtenido, ni los fracasos registrados, sino simplemente afirmando que se ha seguido siendo creyente!



Su fe les ha costado muy cara, no solo porque ambos vivirán la experiencia del martirio, sino porque se ven continuamente llamados a medirse con la revelación de un Dios que nunca puede circunscribirse a las categorías habituales de aproximación a lo real.

 

Antes de ser arrancados de un contexto de vida, Pedro y Pablo son arrancados de sus fe. Arrancados de su tradición religiosa.

 

A Pedro le costará mucho darse cuenta de que Dios no hace distinciones entre las personas. ¡Cuánto le habrá costado aceptar que el Reino de Dios pudiera estar abierto también a los no judíos! Poco después, de hecho, bajo la presión de la comunidad, se retractará incluso de lo que había sido una apertura entusiasta ante la amplitud del corazón de Dios. Será necesaria la intervención y la resistencia de Pablo para que Pedro pueda reconsiderar su postura.

 

Su recorrido geográfico por los territorios conocidos en aquella época debe interpretarse como símbolo de un itinerario al que habían accedido, ante todo, en su mundo interior, allí donde son más fuertes las resistencias a enfrentarse a lo que no se había tenido en cuenta. No se da un paso fuera de nosotros si no se está dispuesto a darlo, ante todo, dentro de nosotros. ¿Dónde tienen su origen muchas de nuestras resistencias?

 

Precisamente en el hecho de aceptar modificar su imaginario sobre Dios radica el punto de fuerza sobre el que luego se desarrolló, a pesar de la diversidad de sus caminos, su historia. Continuamente trastocadas en sus categorías de aproximación a la realidad por un Dios de lógica invertida y que querría constituir sobre ellos una comunidad cristiana como lugar de criterios invertidos: un lugar en el que los primeros son los últimos, el poder es servicio, y la traición puede incluso dar paso a una fidelidad renovada.

 

He aquí el reto que también se nos ha encomendado: llegar a reconocer en los entresijos de nuestra historia la revelación de un Dios al revés, a la que hay que dar el sí, incluso a costa de poner en juego nuestro propio sistema de pensamiento.

 

Las vidas de Pedro y Pablo, además, estuvieron marcadas por la pasión de dar razón de la esperanza que había encendido su existencia y, por eso, fueron truncadas como las de su Maestro.

 

Sus vivencias se basaban en la certeza de que Dios permanece cerca, aunque no excluya la posibilidad de que el anuncio pueda ser contradicho: «El Señor, sin embargo, ha estado a mi lado —atestigua Pablo en 2 Timoteo 4,17— y me ha dado fuerzas».

 

Hombres abandonados y juzgados (un juicio que acabará mal) y que, sin embargo, son capaces de contemplar la obra de Dios incluso cuando las circunstancias son mediocres o incluso adversas, sin rendirse nunca a la venganza.

 

No son personas que imparten una doctrina, sino hermanos dispuestos a ser, con su vida, un signo de la irrevocable cercanía de Dios a cada hombre. Así es la comunidad cristiana: un signo de la cercanía de Dios. También en nuestro tiempo, también para mí, que soy un hombre.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 14 de mayo de 2025

Confesión de fe.

Confesión de fe

¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?

 

La respuesta es hermosa y errónea, hermosa e incompleta: «Dicen que eres un profeta. Una criatura de fuego y luz, como Elías, como el Bautista. Dicen que eres la voz de Dios y su aliento».

 

Jesús no se detiene en lo que piensa la gente, sabe bien que la verdad no reside en las encuestas de opinión.

 

Y continúa: ¿quién decís que soy yo?

 

Es más, la pregunta va precedida de un «pero»: vosotros, en cambio, ¿qué decís?

 

Como si los doce fueran de otro mundo y sus palabras fueran contracorriente; como si los discípulos no debieran homologarse nunca, ni hablar por oídas.

 

Pero tú, tú, en cambio, ¿quién dices que soy yo?

 

Porque las palabras más verdaderas nacen siempre en singular.

 

Tú, con tu mente, tu fuerza, tu corazón, tu pecado, ¿qué dices de Dios?

 

¿Cómo decir quién eres, Señor?

 

Eres el fuego que me devora.

 

Eres mi remordimiento ininterrumpido.

 

Eres la alegría matutina del mundo.

 

Pero también eres la locura que me mira con ojos mudos durante toda esta noche que perdura sobre el mundo.

 

Para responder no se necesitan libros ni catecismos, sino que cada uno que haya perseguido, acosado, cuestionado, derribado, vencido por Dios; cada uno que haya saboreado una sola vez el amor, o haya sido rozado por el ala severa de la muerte, puede dar esa respuesta que se construye con toda la vida, que no es una fórmula: Tú eres el Hijo de Dios.

 

Y continuará su Evangelio, continuará diciéndome también a mí, como a Pedro: Bienaventurado tú. Feliz tú. ¡Tu vida ha encontrado! Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.

 

Pedro es la roca en la medida en que es capaz de decir quién es Cristo, tesoro, bien para toda la humanidad.

 

Es roca para la Iglesia y para la historia en la medida en que repite que Dios es amor, que su casa es cada hombre; que Cristo, crucificado, está ahora vivo, primero en la gran peregrinación hacia la vida que es la historia humana.

 

Esta es la fe-roca, el primado de Pedro que edifica la Iglesia, nuestra historia, mi casa, nuestro hogar.

 

Como Pedro, yo también puedo convertirme en roca y llave.

 

Roca que da seguridad, estabilidad, sentido también a los demás; llave que abre las puertas hermosas de Dios, la vida en plenitud, que es paz, alegría, luz, energía, para siempre (Col 3,15).

 

Tú, ¿quién dices que soy yo?

 

Pero decirlo no basta.

 

Somos especialistas en palabras fáciles, en simples eslóganes, en frases hechas.

 

La vida no es lo que se dice de la vida, sino lo que se vive de la vida.

 

Y Jesucristo no es lo que yo digo de Él, en una fórmula exacta, sino lo que vivo de Él, en una vida exacta; lo que vivo de su amor crucificado, de esa cruz donde todo está escrito con letras de amor y dolor, las únicas que no engañan.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una pregunta que da vida.

Una pregunta que da vida 

La gente, ¿quién dice que es el Hijo del hombre? La respuesta es hermosa y a la vez errónea. Dicen que eres un profeta, una criatura de fuego y luz, como Elías; una criatura de fuerza y viento, como el Bautista; profeta, voz de Dios y su aliento.

 

Pero vosotros, ¿quién decís que soy yo?

 

Jesús es la pregunta dentro de nuestras respuestas fáciles, es la pregunta que despierta, que da vida.

 

Dios crea la fe a través de preguntas.

 

Pero vosotros... La pregunta va precedida de una contraposición. Pero vosotros, vosotros, ¿qué decís?

 

Vosotros que me seguís desde hace años, vosotros que me habéis visto sonreír, llorar, respirar, multiplicar el pan...

 

Como si los Doce fueran de otro mundo; como si nunca tuvieran que homologarse al sistema.

 

Pedro responde: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo. Y Jesús: Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.

 

Pedro es roca para la Iglesia y para el hombre, en la medida en que repite que Dios se ha entregado en Cristo, que Cristo, crucificado, está vivo, que todos somos hijos en el Hijo.

 

Esta es la fe-roca, el primado de Pedro que construye la Iglesia.

 

Como Pedro, modelo del creyente, también yo estoy llamado a convertirme en roca y llave: roca que da apoyo, seguridad, estabilidad al hermano que me ha sido confiado; llave que abre las hermosas puertas de Dios, de un Reino donde florece la vida.

 

Como Pedro, también yo estoy llamado a atar y desatar, es decir, a crear en mi historia estructuras de reconciliación, de proximidad.

 

Pero tú, ¿quién dices que soy yo?

 

De Cristo solo entiendo lo que vivo de Cristo. La vida no está en lo que digo de la vida, sino en lo que vivo de la vida.

 

Cristo no es alguien a quien debo entender, sino alguien que me atrae; no alguien a quien interpreto, sino alguien que me atrapa.

 

La cruz no nos fue dada para comprenderla, sino para aferrarnos a ella.

 

«Comprender» a Jesús, definirlo, puede ser fácil, pero «comprenderlo» en el sentido original de tomar para mí, agarrar, estrechar, poseer su secreto, solo es posible si su vida me ha «agarrado».

Corro porque estoy conquistado, dice Pablo.

 

Corro porque estoy cautivado, vencido, prisionero, seducido por Cristo.

 

Nuestra vida no avanza por decretos, sino por pasión. No por golpes de voluntad, sino por atracción.

 

Soy cristiano por seducción divina: yo, prisionero de Cristo (Ef 4,1), atrapado por Él, corro para atraparlo.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Llaves que abren las hermosas puertas de Dios

Llaves que abren las hermosas puertas de Dios 

Jesús pregunta a los suyos, casi como si fuera una encuesta de opinión: ¿Quién dice la gente que soy yo? La opinión de la gente es bonita e incompleta:

 

¡Dicen que eres un profeta! Una criatura de fuego y luz, como Elías o Juan el Bautista; que eres la boca de Dios y la boca de los pobres.

 

Pero Jesús no es simplemente un profeta de ayer que regresa, aunque sea el más grande.

 

Hay que seguir buscando: «Pero vosotros, ¿quién decís que soy yo?».

 

En primer lugar, hay un «pero vosotros», en oposición a lo que dice la gente. No os conforméis con lo que oís decir.

 

Más que ofrecer respuestas, Jesús plantea preguntas; no da lecciones, sino que conduce con delicadeza a buscar en el interior. Y en esto se muestra como un Maestro de la existencia, que nos quiere a todos pensadores y poetas de la vida; no adoctrina a nadie, sino que estimula respuestas. Y así, fecunda nacimientos.

 

Pedro responde: Tú eres el Hijo del Dios vivo. Tú eres el Hijo, significa «Tú traes a Dios aquí, entre nosotros. Tú haces ver y tocar a Dios, al Viviente que da vida. Tú eres su rostro, su brazo, su proyecto, su boca, su corazón».

 

Yo también intento responder: Tú eres para mí amor crucificado, el único que no engaña. Tú eres amor desarmado, que no se impone, que nunca entró en los palacios de los poderosos si no fue como prisionero. Tú eres amor vencedor.

 

La Pascua es la prueba de que la violencia no es dueña de la historia ni del corazón, de que el amor es más fuerte.

 

Hoy o en un tercer día, que quizá no sea mañana, pero que sin duda llegará, porque la luz siempre es más fuerte que la oscuridad.

 

Tú eres amor indisoluble. «Nada, ni la vida ni la muerte, ni los ángeles ni los demonios, nada, ni el tiempo ni la eternidad, nada nos separará del amor» (Rom 8,38). Nada, nunca: dos palabras totales, absolutas, perfectas: nunca separados.

 

Luego, los dos símbolos: «A ti te daré las llaves; tú eres la roca». Pedro, y según la tradición sus sucesores, son roca para la Iglesia en la medida en que continúan anunciando: Cristo es el Hijo del Dios vivo.

 

Son roca para toda la humanidad si repiten sin cansarse que Dios es amor; que Cristo está vivo, tesoro vivo para toda la humanidad.

 

Ser roca, palabra de Jesús que se extiende a todos los discípulos: sobre tu piedra viva edificaré mi casa.

 

A todos se les dice: lo que ates en la tierra... los lazos que entretejerás, las personas que unirás a tu vida, las encontrarás para siempre. Lo que desates en la tierra: todos los nudos, los enredos, los bloqueos que desates, aquellos a quienes des libertad y aliento, tendrán de Dios libertad para siempre y aliento en los cielos.

 

Todos los creyentes pueden y deben ser roca y llave: roca que da apoyo y seguridad a la vida de los demás; llave que abre las hermosas puertas de Dios, las puertas de la vida intensa y generosa. 


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La bienaventuranza de Pedro.

La bienaventuranza de Pedro

Los discípulos, después de haberlo seguido, escuchado y observado como maestro y venerado como profeta, llegan a comprender por gracia que su identidad va más allá de su comprensión y de su experiencia humana. Jesús, de hecho, tiene un vínculo único con Dios, que lo envió al mundo: es el Hijo de Dios. Precisamente a partir de ese momento, Jesús revela a los discípulos la necesidad de su pasión, muerte y resurrección, y lo hace de manera continua en el viaje que tiene como destino Jerusalén (cf. Mt 16,21; 17,22; 20,17-19), la ciudad santa que mata a los profetas (cf. Mt 23,37).

 

El relato es denso, fruto del testimonio del acontecimiento, pero también de la meditación de la Iglesia de Mateo, que profundiza cada vez más en el misterio de Cristo.

 

Jesús se dirige con los discípulos a los territorios de Cesarea, la ciudad fundada treinta años antes por el tetrarca Felipe, hijo de Herodes el Grande, al pie del monte Hermón. Y precisamente allí, donde César es venerado como divino, precisamente en una ciudad construida en su honor, surge la pregunta sobre Jesús: ¿quién es realmente Jesús? Es Él mismo quien plantea esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?». A Jesús le gustaba llamarse a sí mismo «Hijo del hombre», expresión oscura y tal vez incluso ambigua para los oídos de los judíos, expresión que indicaba un hombre terrenal, hijo del hombre, y al mismo tiempo alguien que venía de Dios.

 

Los discípulos cuentan que la gente piensa que Jesús es un profeta, uno de los grandes profetas presentes en la memoria colectiva de Israel: tal vez Elías, que era esperado, tal vez el Bautista, asesinado por Herodes pero resucitado (cf. Mt 14,1-12), o tal vez Jeremías, ya que, como él (cf. Jer 7), Jesús pronunciaba palabras contra el Templo de Jerusalén.

 

Entonces Jesús pregunta directamente a los discípulos: «Pero vosotros, ¿quién decís que soy yo?». En realidad, poco antes, al final de la travesía nocturna y tempestuosa del lago de Galilea, cuando Jesús se había dirigido hacia ellos caminando sobre las aguas, los discípulos habían confesado: «¡Tú eres el Hijo de Dios!» (Mt 14,33). Pero ahora la respuesta viene de Simón Pedro, el discípulo llamado en primer lugar (cf. Mt 4,18-19).

 

La pregunta de Jesús no pretendía en absoluto obtener una respuesta doctrinal, y mucho menos dogmática, sino que pedía a los discípulos que manifestaran su relación con Jesús, su implicación en su vida, la confianza que depositaban en su Rabí.

 

Sí, ¿quién es Jesús? Es una pregunta que debemos hacernos y volver a hacernos a lo largo de los días. Porque nuestra adhesión a Jesús depende precisamente de lo que vivimos en el conocimiento de su persona. ¿Quién es Jesús para mí? es la pregunta incesante del cristiano, que trata de no hacer de Jesús el producto de sus deseos o de sus proyecciones, sino de acoger el conocimiento de él desde Dios mismo, contemplando el Evangelio y escuchando al Espíritu Santo. Nuestra fe siempre será parcial y frágil, pero si es «fe» que «nace del escuchar» (Rom 10,17), es fe verdadera, no ilusión ni ideología. 

 

Según Mateo, aquí los discípulos permanecen en silencio, y solo Pedro proclama, con una respuesta personal: «Tú eres el Cristo, el Mesías, el Hijo del Dios vivo». Él dice que Jesús no es solo un maestro, no es solo un profeta, sino que es el Hijo de Dios, en una relación muy intensa con Dios, que podemos expresar con la metáfora padre-hijo.

 

En Jesús hay mucho más que un hombre llamado por Dios como profeta: hay el misterio de aquel a quien la Iglesia, profundizando en su fe, llamará Señor (Kýrios), llamará Dios (Theós). Es cierto que en hebreo la expresión hijo de Dios (ben Elohim) era un título aplicado al Mesías, el Ungido del Señor (cf. 2 Sam 7,14; Sal 2,7; 89,27-28), aplicado al pueblo de Israel (cf. Ex 4,22), pero aquí Pedro confiesa claramente en Jesús la unicidad del Hijo de Dios vivo.

 

Y nótese que, si en Marcos y Lucas Pedro expresa la fe de todo el grupo de discípulos (cf. Mc 8,29; Lc 9,20), aquí, en cambio, habla en su propio nombre, y por eso la respuesta de Jesús se dirige solo a él: «Bienaventurado eres tú, Simón, hijo de Jonás, porque ni la carne ni la sangre te lo han revelado, sino mi Padre que está en los cielos».

 

El que se llamaba Simón, el pescador de Galilea, hijo de Jonás, es definido por Jesús «bienaventurado», no por sí mismo, sino por la revelación gratuita que le ha hecho el Padre. Si Simón proclama esta confesión de fe, es por revelación de Dios, no como fruto de razonamientos y experiencias humanas (carne y sangre). Por la voluntad amorosa de Dios, Pedro tuvo acceso a tal revelación, y por eso Jesús, constatando la acción del Padre, lo llama bienaventurado. Por otra parte, Jesús ya lo había dicho: «Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (cf. Mt 11,27), y aquí no hace más que reiterarlo, discerniendo que a través de Pedro es el mismo Padre quien ha hablado.

 

Precisamente en obediencia a esta revelación, Jesús continúa, declarando a Simón: «Tú eres Pedro (Pétros) y sobre esta piedra (pétra) edificaré mi Iglesia». Jesús está construyendo la Iglesia, y sin duda será Él «la piedra viva, rechazada por los hombres, pero elegida y preciosa ante Dios» (1 P 2,4), pero Pedro es la primera piedra de esta construcción.

 

Para construir algo es necesario que haya alguien capaz de ser la primera piedra, y Pedro demuestra serlo, por lo que Jesús le cambia el nombre de Simón por Kefâs, Pedro (cf. Jn 1,42). Así participará por gracia en la firmeza de la Roca que es Dios (cf. Sal 18,3.32; 19,15; 28,1, etc.), firmeza en la confesión de la fe, aunque subjetivamente pueda fallar en su seguimiento, caer en el pecado, manifestándose con sus debilidades y sus comportamientos contradictorios.


 

La bienaventuranza de Jesús no constituye a Pedro en la santidad moral, sino en la firmeza de la fe confesada. ¿Y no serán precisamente la fragilidad y la debilidad en su seguimiento de Jesús las que permitirán a Pedro, autoridad suprema entre los Doce, ser experto en la misericordia del Señor?

 

Pedro sabe que ha conocido en sí mismo la misericordia del Señor, que ha conocido verdaderamente al Señor, y por eso puede anunciarlo y dar testimonio de Él de manera creíble. Pedro ha recibido por gracia el don del discernimiento, ha visto bien quién era Jesús, y por eso puede ser la primera piedra, la que marca la solidez de toda la construcción, un hombre capaz de fortalecer y confirmar a los hermanos, también porque a su vez está sostenido y confirmado por la oración de Jesús (cf. Lc 22,32).

 

En este pasaje aparece la palabra «Iglesia», que solo volverá a aparecer una vez más en todos los evangelios, de nuevo en Mateo (cf. Mt 18,17). Iglesia, ekklesía, significa asamblea de los llamados (ek-kletoí): este es el nombre que los cristianos helenos dieron a sus comunidades, también para diferenciarse de la sinagoga (asamblea) de los judíos no cristianos.

 

Pues bien, la iglesia tiene a Jesús como constructor —«Yo edificaré mi Iglesia»— y le pertenece para siempre: nunca será de Pedro ni de otros, sino propiedad del Señor (Kýrios). En esta construcción de Cristo, Pedro será en la tierra el administrador, el que abre y cierra con las llaves que le ha confiado Cristo mismo: se trata de imágenes semíticas, de las que encontramos trazas en el Antiguo Testamento (cf. por ejemplo Is 22,22), que significan que Pedro estará habilitado para interpretar la Ley y los Profetas, como testigo y servidor de Jesucristo.

 

He aquí, pues, un gran don de Jesús a los discípulos: Pedro, el humilde pescador de Galilea, que ha recibido una revelación de Dios y la ha confesado. Es innegable que aquí Pedro recibe una primacía, la del hombre del principio, el primero llamado, el «primero» en la comunidad (cf. Mt 10,2), el hombre capaz de ser la primera piedra en la edificación de la comunidad cristiana (cf. Is 28,14-18).

 

Podríamos decir que en aquel día en Cesarea se esboza la Iglesia, se pone su primera piedra. Luego, a lo largo de la historia, seguirá su curso, conociendo contradicciones, enemistades y persecuciones; pero, a pesar de su pobreza y de la fragilidad de sus miembros, débiles y pecadores, completará su camino hacia el Reino, porque la voluntad del Señor y su promesa nunca fallarán, y ni siquiera el poder de la muerte podrá vencerla, ni aniquilar al «pequeño rebaño» (Lc 12,32) del Señor.

 

Un rebaño pequeño, sí, pero que tiene como pastor a Jesús resucitado y como redil una Iglesia cuya primera piedra, por voluntad del Señor, permanece firme. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¿Quién eres Señor?

¿Quién eres Señor? 

Hoy la Iglesia celebra en una sola fiesta a Pedro y Pablo, los dos pilares que hicieron grande a la comunidad cristiana de Roma. Dos discípulos que, cada uno con su sensibilidad, prestaron un gran servicio de seguimiento al Señor y de testimonio de la fe hasta derramar la sangre. 

¡Qué imaginación tiene el Espíritu Santo! Y qué sentido del humor y qué valentía tiene la Iglesia al unir a dos santos tan diferentes que, en vida, tuvieron más de una discusión acalorada y más de un intercambio de opiniones... 

Pedro fue llamado por Jesús para convertirse en guardián de la fe, garante de la integridad del anuncio que el Señor había hecho a los Apóstoles y al mundo. ¡Un papel no precisamente adecuado para un humilde y analfabeto pescador de Galilea! Pero el Señor no mira las apariencias ni las capacidades, sino a la persona y su trayectoria. 

Y Pedro, con su autenticidad y su capacidad de arrepentirse de sus pecados, admitiendo sus errores, se vuelve capaz de acoger a todos sin juzgar a nadie. Pedro se convierte en punto de referencia para los demás discípulos, presencia tranquilizadora y modesta de la fidelidad al Señor. 

Pablo, en cambio, es el digno representante de un mundo culturalmente abierto y dinámico, capaz de resumir en sí mismo lo mejor de las culturas de las que procedía. El Señor lo llamó para ser instrumento de evangelización entre los paganos y para fundar la Iglesia fuera de las fronteras de Israel. 

Nos llegará el momento en que nos encontraremos «resumiendo» nuestra vida, haciendo, para nosotros mismos, un «inventario», una especie de testamento espiritual... 

Pablo emplea muy pocas palabras, utiliza imágenes elocuentes que nos transmiten la «consistencia» de su vida, su «dinamismo», que se convierte en la característica fundamental de su propia «fe»...: el descubrimiento del Amor, que revolucionó su vida, que vivió y «devolvió» con su propia vida. 

La síntesis de la vida de cada uno registra, necesariamente, junto a los momentos de alegría y realización, los sufrimientos vividos, la oscuridad, la soledad, incluso la desesperación... pero aquí estamos... ¡hemos llegado hasta aquí! 

Todavía nos queda un poco para terminar nuestra «carrera», para pelear nuestro «combate»... y, sin duda, ante la constatación de que el Señor «ha estado cerca de mí y me ha dado fuerzas...», la pregunta que nos hacemos es: «¿he conservado la fe?». 

Y luego... si pudiera «dejar» en herencia un poco de mi experiencia, ¿qué me gustaría transmitir? 

  • La gracia del Señor vale más que la vida; Él ha sido mi ayuda... Su fuerza me ha sostenido y su gracia me ha bastado; 
  • He creído, incluso cuando decía: «Soy demasiado infeliz»; he buscado al Señor, muchas veces: Él me ha respondido y me ha liberado de todos mis miedos... me ha salvado de todas mis angustias; el Señor ha estado cerca de mí y me ha dado fuerza; 
  • El Señor ha hecho grandes cosas por mí, me ha llenado de alegría; he saboreado y visto lo bueno que es el Señor; 
  • A lo largo de mi vida, me ha hecho conocer, poco a poco, el misterio de su voluntad; 
  • Muchas veces, en mi vida, me he detenido a preguntarme: «¿Quién eres tú para mí, Señor?».

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El primado de la fe de Pedro.

El primado de la fe de Pedro

Ciertamente, Mateo hace una relectura más tardía que Marcos, no olvidemos que Mateo utilizó a Marcos, por lo que tenía esta página de Marcos cuando compuso su Evangelio, pero Mateo tenía ya ante sí la imagen de la Iglesia en la que el primero en confesar la identidad de Jesús había sido Pedro, frente a los Doce.

 

Pedro, a quien Jesús había cambiado el nombre de Simón, diciendo que él era una roca, que su fe era una roca sobre la que debía descansar la Iglesia. Por lo tanto, Mateo hace una relectura teológica más tardía que Marcos...

 

Entonces, siendo diferentes las lecturas de este pasaje, ¿por qué se ha asumido esta de Mateo como fundadora de la Iglesia, fundadora de la Iglesia de Roma y del primado petrino?

 

Fundadora de la Iglesia es una cosa, por lo menos, compleja, y Marcos no lo excluye. Simplemente no tiene esta narración -... no lo dice...-, pero es significativo que al final del Evangelio, el primer destinatario del mensaje de la Resurrección sea precisamente Pedro, porque sin duda Pedro ya se había impuesto como figura durante la vida de Jesús, pero después de la Resurrección, después de la Pascua, los cuatro Evangelios se reúnen en torno a él de todas las maneras, incluso con contradicciones muy diferentes.

 

Se dirá que hubo una reunión de los otros, excepto Judas el traidor, a su alrededor, y él fue el primero en convertir en misionera a la nueva comunidad, la nueva Iglesia. Por lo tanto, si tenemos que pensar ahora en las tradiciones que se han consolidado, sin duda Mateo se refiere a las tradiciones posteriores. Ciertamente, para Mateo, la Iglesia tiene su fundamento en la fe de Pedro.

 

Pero… debemos tener cuidado: los Padres de la Iglesia no pensaban tanto que la persona de Pedro fuera la roca, sino que es la fe de Pedro la que es la roca, por haber reconocido... por esta profesión de fe que es la roca.

 

Tanto es así que Pedro será inmediatamente llamado Satanás, lo veremos... Por lo tanto, no es su persona. Ahora bien, la tradición, no el Nuevo Testamento, la tradición histórica dice que Pedro, en su movimiento misionero entre los judíos, llegó también a Roma y allí derramó su sangre junto a Pablo en los años 60, durante la persecución de Nerón.

 

A partir de ahí, la Iglesia de Roma siente que Pedro murió en esa ciudad y, por lo tanto, ese primado colegiado que Pedro en cierta medida solo se esboza en el Nuevo Testamento... pero se ve: Pedro es llamado primero, Pedro es el que confesó a Cristo según los cuatro Evangelios, incluso Juan. Pedro es aquel por quien hay una oración personal, dice Lucas, por parte de Jesús para que su fe no desfallezca y él reconfirme a los hermanos. Pedro, según Juan, es quien debe apacentar el rebaño, las ovejas, los corderos, por su amor.

 

He aquí, entonces, que la Iglesia de Roma sintió el peso de esta herencia, por lo que el Obispo de Roma desde entonces siente, tiene la conciencia por herencia, de tener el primado petrino en la Iglesia.

 

Naturalmente, también se trata de una herencia histórica...

 

Es una herencia que no está tanto en el Nuevo Testamento como en la tradición. Quizás esto es lo que debería quedar más claro...

 

Porque es cierto que las otras Iglesias no reconocen a Pedro... incluso las Iglesias ortodoxas sienten la necesidad de que haya un primado, el primado del patriarca, el primado de uno de los patriarcas, además de rodear este primado con la sinodalidad.

 

Para ellos, el lema es: no hay primado sin sinodalidad y no hay sinodalidad sin un primado.

 

Esta es, diría yo, la regla que siguen recordando a toda la Iglesia, pero algunos tienen dificultades para reconocer una sucesión del primado de Pedro en la Iglesia de Roma, aunque todos reconocen esta tradición histórica de que Pedro fue martirizado en Roma junto con Pablo.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¿Quién decís que soy yo?

¿Quién decís que soy yo? 

He aquí la pregunta que hoy resuena en nosotros. Es Jesús quien la dirige a los suyos, a los discípulos de entonces y a los oyentes de todos los tiempos. Nosotros incluidos.

 

En el relato evangélico, Pedro es el primero en dejarse alcanzar por Jesús, que una vez más viene al encuentro de cada uno de nosotros como pregunta y nos llama a nuestra vocación más profunda, a ser nosotros mismos. La vocación no es algo lejano o reservado a unos pocos: es reconocer que estamos llamados a la vida.

 

Pedro, al reconocer a Jesús como «Cristo», «Hijo del Dios vivo», revela la bienaventuranza de estar en relación con Dios Padre. Pedro capta y muestra la presencia cálida y estable del Padre, como un hogar al que volver. Por eso, de Jesús puede venir a Pedro la plenitud de su identidad. Pedro reconoce a Jesús como Cristo y así recibe su ser Pedro. «Tú eres el Cristo», «tú eres Pedro».

 

Del reconocimiento de Jesús brota para Pedro el sentido de su nombre, su mandato. Pedro es capaz de llevar su nombre, de recibir su explicación, de saborear su corazón. Parece que Jesús inventa este nombre para Simón —que se convierte en Simón Pedro— para llevarlo a reflexionar, para confiarle la capacidad y al mismo tiempo la tarea de ser su nombre, de vivir de una fe sólida por y en la Iglesia, la Iglesia que es y sigue siendo la Iglesia de Cristo. «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia».

 

Al «tú eres» de Pedro a Jesús, corresponde el «tú eres» de Jesús, que no solo revela, sino que confía una tarea: ser plenamente uno mismo, es decir, ser según la imagen de Dios: ser piedra y custodiar las llaves. Ser piedra, firmeza en el Señor. Custodiar las llaves, paso o frontera, límite y al mismo tiempo conexión.

 

Ser piedra y custodiar las llaves, entre la debilidad y la Gracia. La Iglesia es una casa construida sobre la roca y, sin embargo, se apoya en la fragilidad de los hombres. Iglesia roca frágil, vulnerable. Iglesia que interpela a cada uno a dejarse conformar y confirmar por la roca que es Jesús, roca que es Dios mismo. A dejar que las fragilidades, manifiestas u ocultas, insalvables o pasajeras, puedan ser moldeadas por la presencia del Hijo, amasadas con su firmeza.


 

¿Y yo, a quién estoy llamado a ser en verdad? ¿Cómo se cumple la plenitud de mi nombre?

 

El nombre encierra mi identidad, hecha de mi historia, que no he elegido pero que estoy llamado a asumir y a ampliar; hecha de mi hoy, de lo que experimento y siento, desde las entrañas hasta la cabeza y el corazón; hecha de mi búsqueda, de mi deseo, de mi sueño, de mi estar tendido hacia un mañana que tenga el sabor de la belleza, del amor recibido y dado, en una circularidad que alimenta profundamente la vida.

 

Sí, porque mi identidad se plasma en el encuentro con el otro, con los demás, cercanos y lejanos. Con el otro que nos hace vivir o que parece empequeñecer nuestra vida, el otro en cuya mirada podemos reconocer quiénes somos: es la mirada del otro, que nos reconoce por lo que somos, la que nos hace vivir.

 

El otro puede ser quien nos ha engendrado, nuestro hermano o nuestra hermana, nuestro amigo o nuestro enemigo, quien nos ama y nos hace descubrir que también nosotros podemos amar.

 

El otro es también el Otro, a quien buscamos o de quien no sabemos nada, ese rostro de Dios que se revela en Jesucristo, que nos devuelve nuestra identidad de «hijos de Dios», amados y llamados a amar.

 

Llamados quizá como Simón Pedro, el testarudo que se convierte en roca, «piedra viva» (cf. 1 P 2,5) al servicio de la Comunidad del Señor.

 

Quizá como Saulo-Pablo, que como Pedro tuvo la experiencia de recibir un nombre nuevo, de acogerse a sí mismo porque fue acogido por un encuentro grabado en la memoria del corazón.

 

Ser reconocido es propio de quien ama, de quien ante todo se deja alcanzar también por preguntas que pueden incomodar, se deja amar y llamar por su nombre, se deja acoger cada día en un camino de vida. Para ser uno mismo solo se es en relación.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...