Dos campeones de la fe
Solo la imaginación del Espíritu podía reunir a personas tan distantes entre sí.
Diferentes caminos de seguimiento del único Maestro,
lo que demuestra que el camino de la fe es siempre personal, nunca uniformador.
Benito no es Carlo Acutis, al igual que Teresa de Calcuta no es Ignacio de
Loyola.
Pedro y Pablo: uno llamado a orillas del lago mientras
se dedicaba a su oficio de pescador; el otro, llamado a salir de los excesos de
su integralismo religioso. Tan diferentes que sentían el uno por el otro tanto
un enfrentamiento abierto como la más sincera admiración.
Aunque partían de condiciones de vida muy diferentes,
a ambos les une la experiencia de un Dios que, antes incluso de liberarlos de
las cadenas de una prisión, los introduce en un camino de progresiva liberación
del miedo, de los prejuicios y de las ideas preconcebidas que los
condicionaban.
Dos que han conocido el esfuerzo de la fe. Al igual
que cualquier hombre en la tierra.
Difícil creer en un Mesías contradicho, en el caso de
Pedro.
Arduo, en el caso de Pablo, seguir anunciando el
Evangelio cuando ya nadie te acompaña —ni siquiera tus hermanos en la fe— y los
resultados parecen desmentir el sentido de tu obra.
Pedro, que sin embargo es un testigo entusiasta de la
fe en Cristo en Cesarea de Filipo —en condiciones no adversas, por tanto—, la
reniega en la noche de la Pasión cuando ya no reconoce a su Maestro.
Pablo, que en el camino de Damasco acepta ser
derribado por ese Jesús al que estaba persiguiendo, pronto conocerá la
marginación y el silencio antes de ser reconocido como incansable anunciador
del Evangelio del Reino. La fidelidad a su Señor le habrá costado cara si, al
repasar su historia, la sitúa precisamente bajo el lema de haber logrado
conservar la fe.
¡Qué fuerza evocadora encierra el hecho de contemplar
la propia existencia sin medir los resultados alcanzados, ni el consenso
obtenido, ni los fracasos registrados, sino simplemente afirmando que se ha
seguido siendo creyente!
Su fe les ha costado muy cara, no solo porque ambos vivirán la experiencia del martirio, sino porque se ven continuamente llamados a medirse con la revelación de un Dios que nunca puede circunscribirse a las categorías habituales de aproximación a lo real.
Antes de ser arrancados de un contexto de vida, Pedro
y Pablo son arrancados de sus fe. Arrancados de su tradición religiosa.
A Pedro le costará mucho darse cuenta de que Dios no hace distinciones entre las personas.
¡Cuánto le habrá costado aceptar que el Reino de Dios pudiera estar abierto
también a los no judíos! Poco después, de hecho, bajo la presión de la
comunidad, se retractará incluso de lo que había sido una apertura entusiasta
ante la amplitud del corazón de Dios. Será necesaria la intervención y la
resistencia de Pablo para que Pedro pueda reconsiderar su postura.
Su recorrido geográfico por los territorios conocidos
en aquella época debe interpretarse como símbolo de un itinerario al que habían
accedido, ante todo, en su mundo interior, allí donde son más fuertes las
resistencias a enfrentarse a lo que no se había tenido en cuenta. No se da un
paso fuera de nosotros si no se está dispuesto a darlo, ante todo, dentro de
nosotros. ¿Dónde tienen su origen muchas de nuestras resistencias?
Precisamente en el hecho de aceptar modificar su
imaginario sobre Dios radica el punto de fuerza sobre el que luego se
desarrolló, a pesar de la diversidad de sus caminos, su historia. Continuamente
trastocadas en sus categorías de aproximación a la realidad por un Dios de
lógica invertida y que querría constituir sobre ellos una comunidad cristiana
como lugar de criterios invertidos: un lugar en el que los primeros son los
últimos, el poder es servicio, y la traición puede incluso dar paso a una
fidelidad renovada.
He aquí el reto que también se nos ha encomendado:
llegar a reconocer en los entresijos de nuestra historia la revelación de un
Dios al revés, a la que hay que dar el sí, incluso a costa de poner en juego
nuestro propio sistema de pensamiento.
Las vidas de Pedro y Pablo, además, estuvieron
marcadas por la pasión de dar razón de la esperanza que había encendido su
existencia y, por eso, fueron truncadas como las de su Maestro.
Sus vivencias se basaban en la certeza de que Dios
permanece cerca, aunque no excluya la posibilidad de que el anuncio pueda ser
contradicho: «El Señor, sin embargo, ha estado a mi lado —atestigua Pablo en
2 Timoteo 4,17— y me ha dado fuerzas».
Hombres abandonados y juzgados (un juicio que acabará
mal) y que, sin embargo, son capaces de contemplar la obra de Dios incluso
cuando las circunstancias son mediocres o incluso adversas, sin rendirse nunca
a la venganza.
No son personas que imparten una doctrina, sino
hermanos dispuestos a ser, con su vida, un signo de la irrevocable cercanía de
Dios a cada hombre. Así es la comunidad cristiana: un signo de la cercanía de
Dios. También en nuestro tiempo, también para mí, que soy un hombre.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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