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domingo, 26 de abril de 2026

Yo soy la puerta.

Yo soy la puerta

Se multiplican los signos de división: surgen de la necesidad de mantener las distancias, de excluir o confinar.

 

El Papa Francisco hablaba de «construir puentes, no muros». Pero la humanidad se resiste a comprender el valor simbólico absolutamente negativo de un muro erigido como frontera. Y sigue construyendo muros.

 

La caída del Muro de Berlín en 1989 parecía el abandono definitivo de la lógica de los muros pero desde entonces hasta hoy han aparecido en el mundo nuevos muros.

 

Hay algunos conocidos y famosos. Los que separan los territorios de Israel de Palestina y el erigido entre Estados Unidos de América y México para impedir que los migrantes sueñen con una nueva vida.

 

Pero hay barreras aún más cerca de casa, pensadas para impedir que la riqueza de los europeos se vea comprometida por hordas de pobres en busca de un futuro: entre Hungría y Serbia o entre España y Marruecos.

 

Son signos de los tiempos, pero también claves para interpretar el alma humana. Condenarlos es sencillo, derribarlos, mucho menos.


La puerta es un punto de paso, una conexión, una brecha abierta en el interior de un muro o de una barrera. En sí misma encierra un mensaje positivo, es un resquicio de esperanza.

 

La puerta del Templo era la entrada a la experiencia del encuentro con Dios: el acceso a su misericordia. Atravesarla significaba para muchos judíos acercar sus esperanzas y sus necesidades al cielo: había quienes llevaban una carga de gratitud por los bienes cosechados, quienes llevaban preocupaciones y necesidades y buscaban ayuda, y sin duda había quienes tenían un fuerte sentido de lo absoluto y vivían intensas experiencias espirituales junto a devotos por costumbre y herederos de tradiciones simplemente antiguas.

 

Todos pasaban por la puerta del Templo para admirar la otra puerta, la inaccesible del Santo de los Santos. Por allí solo podía pasar el sacerdote. Toda esta sacralidad —fascinante y discutible— se había convertido en propiedad privada de una clase sacerdotal que dominaba el fenómeno religioso en su propio beneficio —también económico— y según las rigideces de un pensamiento impuesto al pueblo como «pesada carga».

 

Jesús se enfrenta a esa lógica. Para Jesús, ese mundo ha terminado, el propio Templo se ha derrumbado. La experiencia de Dios ya no está dictada por los ritmos de los sacrificios, sino que es paternidad y misericordia ofrecidas gratuitamente a todos. El lugar del encuentro con el Padre no está encerrado entre inmensas y fascinantes piedras recubiertas de oro.

 

Para Jesús ya no hay reglas opresivas como la interpretación dada al sábado para imponerla al pueblo para que este se sienta «justo». El rostro de Dios cambia, la fe cambia, la salvación cambia. Su cuerpo —cuerpo crucificado y resucitado— es el nuevo Templo, la nueva Alianza, el nuevo alimento espiritual.


«Yo soy la puerta de las ovejas».

 

Esta puerta abre al encuentro, cumple la vocación de todo paso —apertura— umbral. Jesús se presenta como una presencia fiable. Habla con una voz reconocible. Vence toda forma de extrañeza. En su nombre no se admite ninguna imposición, violencia o engaño: esos son los rasgos reconocibles en aquellos «que vinieron antes que yo, son ladrones y salteadores» (invitación a un continuo examen de conciencia para todas las autoridades, empezando por las religiosas).

 

Todos los poderosos de la historia —emperadores, ricos, sumos sacerdotes— se sienten fuertes porque pueden decirle a alguien «acércate, entra». Conocen el temor que infunden y disfrutan mostrándose benevolentes.

 

Jesús no atrae hacia sí para que alguien se doble a sus pies. Más bien, Él se inclina en la postura del siervo. Jesús se describe como una puerta por la que hay que pasar con libertad para alcanzar la libertad: «Yo soy la puerta: si alguien entra por mí, será salvo; entrará y saldrá y hallará pastos».

 

El Resucitado es la autorización para entrar y salir, es decir, para emprender continuos caminos de éxodo. Y la única forma de autoridad creíble es la de quien engendra y deja vivir, la de una mujer que se convierte en madre: «He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia».


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 25 de abril de 2026

El arte de ser para los demás.

El arte de ser para los demás

Al leer el Evangelio sería fácil detenerse en el tema del pastor y el rebaño, quizá dándole una interpretación clerical tranquilizadora, como si esta página, tan conocida y tan representada también en el arte, fuera solo cosa de presbíteros. Quizá para marcar la diferencia o la cercanía entre ese pastor y el Pastor que es Jesús Resucitado.

 

Pero si queremos dejarnos interpelar por la Palabra tal vez haya que dar un paso más y tratar de ampliar la mirada, para leer e interpretar un modelo de relación que nos ofrece, abriéndonos a los demás y abriéndonos a Dios.

 

Porque aquí hay también una invitación a detenernos y preguntarnos por la calidad de nuestras relaciones humanas: ¿somos capaces, cada uno en nuestro estado de vida, en nuestra propia experiencia, en los pliegues de nuestra cotidianidad, de «llamar por su nombre», de entrar con delicadeza en el territorio del otro, de ir juntos donde hay «pastos», es decir, donde hay vida verdadera, vida auténtica?

 

Y, antes aún, ¿somos capaces, tenemos el valor de mirar al otro, de detenernos en él?


El pastor que describe Jesús es capaz de cuidar las relaciones, de custodiar las relaciones, de acercarse, de compartir, de generar vida.

 

Es un ejemplo que, indirectamente, nos plantea la pregunta de cómo vivimos nuestras relaciones, tanto con quienes caminan a nuestro lado, con quienes encontramos, como mirando hacia arriba, incluyendo nuestra relación con Dios: ¿somos capaces de cuidar nuestras relaciones, somos capaces de custodiarlas, de darles tiempo y espacio, de defenderlas de lo que, por el contrario, querría sofocarla?

 

Las dos caras de una misma moneda, de un mismo «estar con»: el hermano, la hermana, el prójimo, Dios.

 

Así, de verdad, podemos preguntarnos sobre nuestro «ser para», sobre nuestro estar en las relaciones. Sabiendo también que es el Pastor Resucitado quien primero nos busca, nos llama, nos invita al pasto de existencias verdaderas.


Pero, como en toda relación, se nos pide la responsabilidad de poner en ella nuestra libertad, nuestra humanidad. Porque también nosotros podemos ser como el pastor o como el ladrón, que, por el contrario, pisotea al otro, lo secuestra, lo doblega a su voluntad, lo hace instrumento...

 

También por eso sentimos la responsabilidad de ponernos en guardia, para huir de cuantos son depredadores, de cuantos son manipuladores, de cuantos ahogan y no dejan crecer, de cuantos utilizan a los demás para sus propios fines, para su propio egoísmo.

 

También nosotros sentimos la necesidad de defendernos del ladrón, de dar espacio al arte y la sabiduría  de ser pastor… sabiendo que también a nosotros nos puede pasar convertirnos en ladrones…

 

Una vez más, el Evangelio es siempre la vía para medir nuestra humanidad: podemos apostar por «una vida en abundancia» o por la opresión, más o menos explícita, de una o de otra intensidad, aquella que nos autoriza a «robar, matar y destruir».


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 22 de abril de 2026

El Pastor Bello - III -: meditación contemplativa y enamorada.

El Pastor Bello - III -: meditación contemplativa y enamorada

En la escuela de la belleza…

 

He aquí adónde nos lleva la página evangélica que conocemos como la del «Buen Pastor».

 

En realidad, en boca de Jesús, el adjetivo utilizado no es «bueno». Jesús dice de sí mismo que es el pastor «bello».

 

La belleza de la que habla, y en cuya escuela nos entretiene, no tiene nada que ver con nuestros cánones estéticos, según los cuales algunos quedarían excluidos.

 

¿De qué belleza nos habla Jesús a nosotros, que sufrimos el precario nomadismo de nuestra condición humana y que, no pocas veces, somos víctimas y protagonistas de un embrutecimiento que da miedo?


De la belleza de una relación en la que nunca te conviertes en mercancía de intercambio, como podría ser el caso de un mercenario.

 

¡Cuántos entran en nuestra vida porque quizá han olido el negocio!

 

¡Cuántos desaparecen en la nada una vez obtenido aquello por lo que habían aceptado dar un paso al frente!

 

¡Cuántos van y vienen, interesados como están en engañar y, por eso, siempre listos para esfumarse de nuevo!


La belleza de la que habla Jesús y que lo hace único es aquella que ofrece la garantía de una custodia a ultranza y una intimidad a prueba de voz.

 

Es una belleza que tiene sus raíces en otra parte, en su relación con el Padre, cuyos frutos se manifiestan en una entrega de sí mismo que tiene todos los rasgos de la pasión.

 

No olvidemos que el Jesús que habla así de sí mismo es un Jesús a punto de morir con tal de no renegar de los rasgos de esta belleza.

 

La belleza de la que habla es la propia de quien es consciente de que todo lo que se pierde por amor conoce misteriosos caminos de conservación: nunca se perderá.

 

Es la belleza de una relación en la que, no pocas veces, lo que nos tranquiliza es el mero sonido de su voz.


¿No es así en nuestra relación con la figura materna? Al niño le basta con oír el sonido de su voz para dormir tranquilo.

 

La belleza de la que habla Jesús es la de quien vive las relaciones en términos de pertenencia y no de posesión, de entendimiento y no de abuso, de respeto y no de opresión, de cuidado y no de indiferencia.

 

La belleza de la que habla Jesús es la que se expresa en términos de cuidado hacia quien conoce la experiencia de la fragilidad y del límite; es la belleza de un Dios que no duerme por la noche si un hombre no está a salvo.

 

Es cierto: no hay otro nombre en el que sea posible ser salvados sino en el nombre de Jesús. Pero, ¿qué puede significar esto hoy?

 

Que lo que nos salva es un estilo de vida como el suyo: esta es la belleza que salvará al mundo. La belleza que salva al mundo es el amor que comparte el dolor.



Es extraño: vivimos en un mundo que ha hecho de la belleza su ídolo y, sin embargo, no conoce la belleza porque todo lo mide según los cánones de lo útil, de lo ventajoso, del beneficio propio.

 

Necesitamos volver a aprender y educarnos en otros criterios, necesitamos volver a poner en el centro lo gratuito y lo eterno.

 

No basta con lamentar y denunciar las fealdades de nuestro mundo. Tampoco basta, en nuestra época desencantada, hablar de justicia, de deberes, de bien común, de programas pastorales, de exigencias evangélicas.

 

Hay que hablar de ello con un corazón lleno de amor compasivo… hay que irradiar la belleza de aquello» que ha seducido nuestro corazón.

 

Son muchas las circunstancias que se abalanzan sobre nosotros como un lobo al acecho, en busca de presa. Se trata de circunstancias conflictivas, dolorosas, ante las cuales los lazos humanos de la amistad y el afecto parecen tambalearse.

 

En esos momentos, el riesgo es intentar salvarse a uno mismo abandonando a los demás a su suerte. ¿No es acaso un momento similar el que estamos atravesando a nivel social?


La belleza de la que habla Jesús es la de quien, precisamente en un momento en que todo parece tambalearse, no huye porque hay algo que vale más que la vida: su vínculo con Dios y su vínculo con los hermanos.

 

Son estos momentos los que confirman la solidez de tantas palabras pronunciadas en un momento en que habíamos reconocido como digna de fe la palabra del Evangelio.

 

La verdad de una relación, la fuerza de un vínculo, solo se mide cuando sobre él se cierne una nube oscura. Nada de lo que somos es verdadero si no ha pasado por la purificación de ese crisol.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El Pastor Bello - II -: meditación contemplativa y enamorada.

El Pastor Bello - II -: meditación contemplativa y enamorada

Solo el Señor podía establecer una comparación semejante.

 

De hecho, habla de la relación entre Él y el hombre de todos los tiempos tal y como podría existir entre las ovejas y su pastor, una relación que no se basa en la extrañeza, sino en el encuentro, ante todo, en la comunión de vida y, por tanto, en el reconocimiento mutuo; una relación en la que el regreso de uno es motivo de alegría para el otro, una relación en la que el regreso se espera y se prepara.

 

Cuando habla de la relación entre el pastor y el rebaño, los tonos son los de la discreción y el respeto, una relación en la que el pastor no se comporta como un amo que usurpa y exige, sino que se presenta ante quienes le han sido confiados con delicadeza.

 

Solo Él podía hablar así y solo Él podía señalar en estos rasgos los signos característicos de quien es pastor según su corazón: la seguridad del rebaño, de hecho, reside por completo en la atención de quien lo guía.

 

El pastor, es decir, cualquiera que tenga autoridad sobre otros (el padre, el educador, el hombre de la cosa pública, el amigo, el presbítero, el misionero…), afirma Jesús, se reconoce por la voz: no necesita gritar, sino involucrar; no golpear, sino indicar; no agitar, sino tranquilizar; no obligar, sino animar; no maltratar, sino promover.


La voz, de hecho, es mucho más que un conjunto de sonidos: se dice que es el tono lo que hace la música.

 

El timbre que utilizas ya dice cómo te posicionas frente al otro. La forma en que hablas dice mucho de lo que llevas en el corazón.

 

Cuántas palabras gritadas con la convicción de que así se tiene la seguridad de ser escuchado, olvidando que si el bastón es el signo de la autoridad, solo la voz es indicio de tu autoridad.

 

Un día, a través del profeta Oseas, el Señor utilizará una de las imágenes más seductoras. Para reconquistar la confianza de su pueblo, prometerá llevarlo al desierto para hablarle al corazón. Se habla al corazón para indicar la intimidad, la comunión, el deseo de volver a empezar. Así actúa Dios, así es Dios.

 

La voz de Jesús debía de ser sin duda especial si es cierto que la samaritana no pudo sino reconocer que nunca un hombre le había hablado como aquel hombre que encontró en el pozo de Jacob; debía de ser autoritaria si la multitud no tardó en reconocer que nunca nadie había hablado como hablaba aquel hombre; debía de ser muy reconocible si a María Magdalena le bastó con oír pronunciar su nombre para reconocer en aquel hombre que le hablaba al Maestro; debía de ser única para hacer arder el corazón en el pecho a los dos de Emaús mientras conversaba con ellos por el camino; debía de ser fiable si conquistó el amor de Pedro tras la triple negación.


La voz delata la pasión que te anima, la intención que te guía, la convicción que te mueve. ¡Cuántas veces reconocemos en la voz lo que el otro realmente quería decirnos! ¿Nunca le hemos dicho a alguien: «La voz te ha delatado»? Porque querías hacerte el duro, pero la voz se te quebró por la emoción, o querías hacerte el compasivo, pero ella manifestó tu dureza.

 

Muchos nos llaman juntando las sílabas que componen nuestra identidad civil, pero solo uno nos conoce por nuestro nombre, es decir, sabe de qué está hecha mi vida, sabe qué bagaje me veo obligado a llevar, qué expectativas guarda mi corazón, qué heridas aún están por cicatrizar, qué intuiciones son capaces de hacerme vibrar.

 

De otro modo, no se explicaría, de hecho, que con solo su paso por la vida, Jesús lograra atraer hacia sí a las almas más diversas, desde Pedro hasta Juan, desde Mateo hasta Natanael.

 

El hecho de haber sido llamados por nuestro nombre significa que hemos sido guardados en los pensamientos y en el corazón de Jesús antes que en sus labios.

 

Que alguien pronuncie mi nombre significa que ese alguien me ha vislumbrado y reconocido entre los demás: ¿y quién de nosotros no se siente conmovido positivamente ante una experiencia así?


Y cuando llama por el nombre, la propuesta nunca es la de una aglomeración, sino la de ser llevado fuera, es decir, disfrutar de la libertad propia de quien sabe que ha echado raíces en un amor que no falla porque es desde siempre y es para siempre.


Todo esto con una condición: que Él vaya delante para indicar el camino y abrir la senda. Cuando las posiciones se invierten, de hecho, es el fin: me pierdo.

 

El hecho de ser llamados por nuestro nombre tiene un único propósito: tener vida en plenitud. Dios tiene un único deseo: que el hombre viva como hijo y, por lo tanto, de su misma vida. ¿Tengo yo ese deseo?

 

La vida que promete y da no es, ante todo, la necesaria, la indispensable, el mínimo para sobrevivir.

 

No, es la vida multiplicada por cien.

 

Si tan solo repasáramos la historia de la salvación partiendo de la categoría del «más», encontraríamos que Él ofrece el maná durante cuarenta años en el desierto, el pan para cinco mil hombres, las ánforas llenas hasta el borde, el agua transformada en vino excelente, la piedra apartada para Lázaro, cien hermanos para quien deja a uno, el frasco de nardo precioso y la casa llena de perfume.


Así actúa Dios, así es Dios.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El Pastor Bello - I -: meditación contemplativa y enamorada.

El Pastor Bello - I -: meditación contemplativa y enamorada 

Hay imágenes que seducen: una relación en la que te conocen y te llaman por tu nombre, a ti con tu historia, uno a uno; un ser acogido y guiado hacia una experiencia de vida plena. Y si además no se olvida el contexto en el que Jesús ofrece estas imágenes, estas resultan aún más fascinantes.

 

Acababa de curar a un hombre ciego de nacimiento: le había permitido ver las cosas no a través de intermediarios, sino por sí mismo. Y, sin embargo, esto había suscitado indignación y reprobación precisamente por parte de aquellos que, más que nadie, deberían haberse alegrado de una oportunidad semejante.

 

¡Cuánta resistencia en aquellos hombres del templo encerrados en sus convicciones!

 

¡Cuánta dificultad para sacarlos de un recinto hecho de prescripciones y prohibiciones que había acabado convirtiéndose para ellos y para otros en un lugar de esclavitud religiosa!

 

Quien no acepta dejarse sacar de allí permanece en el recinto del miedo y de la muerte.


Jesús les dijo esta imagen pero ellos no entendieron de qué les hablaba…

 

¿Por qué? ¿De qué había hablado Jesús? Había dicho de sí mismo que era la puerta por la que había que pasar. ¡Qué metáfora la de la puerta!

 

Sin la puerta no se tiene acceso a un lugar y, si esto no ocurre, uno queda excluido de la casa, de la vida.

 

Si una habitación no tiene puerta, ese lugar se convierte en una prisión, en una tumba.

 

La puerta tiene que ver con la vida: sin el Señor Jesús, nuestra vida conoce la opresión y la asfixia.

 

Sin Él, nuestra existencia ya no espera nada, se vuelve hermética, no puede abrirse a ninguna esperanza.

 

Sin la puerta que es el Señor Jesús, la vida solo registra deseos frustrados porque son irrealizables.

 

Sin la puerta, siempre estamos expuestos a posibles asaltos desde el exterior: los afectos y las cosas más queridas están siempre a merced de alguien que pueda arrebatárnoslas.

 

Sin la puerta que es el Señor Jesús no tenemos otro camino para llegar a esa plenitud de vida a la que todos anhelamos.


Es cierto. No pocas veces nos parece haber encontrado otras posibilidades, pero otras tantas veces hemos comprobado de primera mano su falacia y su inconsistencia.

 

Ahora, hay que abrir esta puerta. Es un umbral que hay que cruzar si no queremos privarnos de la posibilidad de una experiencia de comunión con el Padre. ¡No temas abrir la puerta de tu corazón!

 

¿De qué más había hablado Jesús?

 

Había dicho que Él pasa por la puerta. Sin forzarla ni con violencia: solo llamando sin cesar para que finalmente se le abra.

 

Y a veces llama durante toda una vida. Cuando se le abre, Él entra sin engaño, habitado únicamente por el deseo de entregarte su vida, no de robarte la tuya.


Si le dejas entrar, no te encontrarás con una carga pesada y difícil de llevar: Él, de hecho, viene a tomar sobre sí todo lo que obstaculiza tu camino y te introduce en ese camino que Él mismo ha recorrido primero.

 

Si le dejas entrar, experimentarás que ya no necesitas errar vagando en la dispersión.

 

Él, el Buen Pastor, cuidará de ti con delicadeza y atención, y lo hará gracias a la experiencia de sus llagas, que son el recuerdo permanente de la forma en que eres amado. Si quiero comprender cuánto soy amado, de hecho, debo mirar cuánto ha sufrido el otro por mí.

 

¡No temas abrir tu puerta! Para que esto suceda, es necesario reconocer cuáles son esos cerrojos que han blindado tu existencia hasta el punto de hacerla impermeable a cualquier atisbo de vida.

 

Eso fue lo que les sucedió a los escribas y fariseos. Al observar al pie de la letra el precepto, hicieron que la muerte reinara para siempre. El Señor Jesús quiere entrar para cuidar de tus heridas, pero eso no puede suceder si no eres tú quien abre la puerta de tu vida.

 

He aquí, yo estoy a la puerta y llamo (Ap 3,20). La posibilidad de una curación reside en abrir tu existencia a una relación en la que, por fin, se te reconoce y se te llama por tu nombre, y que sana las heridas causadas por relaciones tantas veces enfermizas.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 14 de abril de 2026

Jesús, nuestro Buen Pastor - San Juan 10, 1-10 -.

Jesús, nuestro Buen Pastor - San Juan 10, 1-10 - 

En aquel tiempo, Jesús dijo: «En verdad, en verdad os digo: El que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que sube por otra parte, ése es ladrón y salteador. Pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el portero, y las ovejas escuchan su voz; él llama a sus ovejas, una por una, y las lleva fuera. Y cuando ha sacado a todos sus ovejas, camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen porque conocen su voz. (...)». 

El Buen Pastor llama a sus ovejas, cada una por su nombre. Yo soy un llamado, con mi nombre único pronunciado por Él como nadie más sabe hacerlo, con mi nombre a salvo en su boca, toda mi persona a salvo con Él. 

Y las conduce fuera. El nuestro no es un Dios de recintos cerrados, sino de espacios abiertos, de pastos libres. Y camina delante de ellas. No es un pastor de retaguardia, sino un guía que abre caminos e inventa rutas, está delante y no detrás. No un pastor que reprende y amonesta para hacerse seguir, sino uno que precede y seduce con su caminar, que fascina con su ejemplo: pastor de futuro. 

Y encontrarán pastos: Jesús promete a los que van con Él una vida mejor, cien veces más hermanos, casas y campos. Promete hacer florecer la vida. 

Yo soy la puerta. Cristo es la puerta abierta que conduce a la tierra del amor leal, más fuerte que la muerte -quien entre por mí, estará a salvo-; más fuerte que todas las prisiones -podrá entrar y salir. 

He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia. Para mí, una de las frases más radiantes del Evangelio; es la frase de mi fe, la que me regenera cada vez que la escucho: he venido para que tengan vida plena, abundante, gozosa. No solo la vida necesaria, no solo ese mínimo sin el cual la vida no es vida, sino la vida exuberante, magnífica, excesiva; vida que rompe los diques y se desborda y fecunda, un torrente de vida, que huele a amor, a libertad y a coraje. 

Así es Dios: maná no para un día, sino para cuarenta años en el desierto, pan para cinco mil personas, piel de primavera para diez leprosos, piedra rodada para Lázaro, cien hermanos para quien ha dejado su casa, perdón setenta veces siete, vaso de nardo por 300 denarios. 

En una sola palabra se sintetiza lo que opone a Jesús a todos los demás, lo que hace incompatibles al pastor y al ladrón. La palabra inmensa y breve es «vida». Palabra que late bajo todas las palabras sagradas, corazón del Evangelio, palabra inolvidable. 

Cristo no vino a exigir, sino a ofrecer; no pide nada, lo da todo. La vocación de Jesús, y de todo hombre, es ser en la vida dador de vida. Jesús no vino a traer una teoría religiosa, un sistema de pensamiento. Nos comunicó vida y creó en nosotros el anhelo de una vida más grande. 

Entonces urge cambiar el fundamento de nuestro credo: no es la culpa del hombre el motivo de la historia de Dios con nosotros, sino el ofrecimiento de más vida. El eje alrededor del cual gira, baila el Evangelio es la plenitud de vida, por parte de un Dios que un hermoso verso de Dante canta así: «¡Tú eres para mí lo que es la primavera para las flores!». 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El Buen Pastor ofrece la vida eterna.

El Buen Pastor ofrece la vida eterna 

Mis ovejas escuchan mi voz. Escuchar: el primero de todos los servicios que se deben prestar a Dios y al hombre es escuchar. 

El primer instrumento para tejer una relación. Escuchar a alguien es decirle: eres importante, me interesas. Amar es escuchar. Orar es escuchar a Dios. 

Pero, ¿por qué merece la pena escuchar su voz? Jesús responde: porque yo les doy vida eterna. Y es importante, al menos por una vez, centrar toda la atención precisamente en lo que Jesús se compromete a hacer por nosotros. Esto se hace muy pocas veces. 

Todos están ahí para recordarnos nuestras obligaciones, para exhortarnos al compromiso, al esfuerzo por hacer fructificar los talentos, por poner en práctica los mandamientos. Muchos cristianos corren el riesgo de desanimarse porque no pueden hacerlo. 

Y entonces es bueno, es salud del alma, respirar la fuerza que nace de estas palabras de Jesús: Yo les doy la vida eterna. Vida para siempre, sin condiciones, antes que todas mis respuestas; vida de Dios que es donada, derramada en el interior, como una semilla que comienza a moverse, si apenas me acerco un poco al Señor. 

Nadie la arrebatará de mi mano. Notemos la fuerza de esta palabra absoluta: nadie. Inmediatamente duplicada: nadie la arrebatará nunca de la mano del Padre. 

Nadie nos arrebatará de las manos de Dios. Nuestro destino es inseparable del de Dios. La vida eterna es un lugar entre las manos de Dios. 

Como los gorriones, tenemos el nido en sus manos; como niños, nos aferramos con fuerza a esa mano que no nos dejará caer; como enamorados, buscamos esa mano que calienta la soledad; como crucificados, repetimos: en tus manos encomiendo mi vida. 

Las manos de Dios. Manos de pastor contra los lobos, manos enredadas en la espesura de la vida, manos que protegen mi llama marchita, manos que escriben en el polvo y no lanzan piedras a nadie, manos que levantan a la mujer adúltera, manos clavadas en un abrazo que no puede terminar, y luego ofrecidas para que yo descanse y recupere el aliento del valor. 

De la certeza de que Dios se preocupa por el hombre comienza la aventura de aquellos que quieren, en la tierra, custodiar y luchar, caminar y liberar. 

También a nosotros nos importa el hombre. Cada pastor de un pequeño rebaño: mis corderos tienen nombre y apellido, empezando por mi comunidad... Cada uno puede ser una mano de la que no se le arrebata. Poder decirlo a aquellos a quienes amo: nadie os arrebatará. 

Cada discípulo, aunque no sea todavía y nunca sea Cristo, es sin embargo un Cristo inicial, con su propia misión: ser en la vida dador de vida. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El Buen Pastor que guía a la vida.

El Buen Pastor que guía a la vida 

Mis ovejas escuchan mi voz. Es hermoso el término que Jesús elige: la voz. Antes incluso que las cosas dichas, lo que cuenta es la voz, que es el canto del ser. Reconocer una voz significa intimidad, compañía, habla de una persona que ya habita en ti, deseada como la amada del Cantar: hazme sentir tu voz. Antes que tus palabras, Tú. 

Escuchan mi voz y me siguen. No dice: me obedecen. Seguir es mucho más: significa recorrer el mismo camino de Jesús, salir del laberinto del sinsentido, vivir no como ejecutores de órdenes, sino como descubridores de caminos. 

Significa: soledad imposible, fin del inmovilismo, caminar hacia nuevos horizontes, nuevas tierras, nuevos pensamientos. Nosotros y toda la Iglesia estamos llamados a entrenarnos en la sorpresa y el asombro para captar la voz de Dios, que ya está más adelante, más allá, que nos precede en todas y cada una de nuestras Galileas. 

¿Y por qué escuchar su voz? La respuesta de Jesús: porque yo les doy vida eterna. 

Escucharé su voz porque, como una madre, Él me hace vivir, la voz de Dios es pan para mí. Así como la voz de los hombres es pan para Dios. 

Por una vez al menos, centrémonos en lo que Jesús hace por nosotros. Lo hacemos muy poco. Los maestros de aquí abajo están ahí para recordarnos deberes, obligaciones, mandamientos, para recordarnos el compromiso, el esfuerzo, la obediencia. Muchos cristianos corren el riesgo de desanimarse porque no pueden hacerlo. 

Entonces es bueno, es saludable para el alma, respirar la fuerza que nace de estas palabras de Jesús: Yo les doy vida eterna. 

Vida eterna significa: vida auténtica, vida para siempre, vida de Dios, vida independientemente de todo. Antes de que yo diga sí, Él ya ha sembrado en mí gérmenes de paz, semillas de luz que comienzan a germinar, a guiar a los desorientados en la vida hacia la patria de la vida. 

Nadie las arrebatará de mi mano. La vida eterna es un lugar en las manos de Dios. Somos pájaros que tienen el nido en sus manos. Y en su voz. Somos niños que nos aferramos con fuerza a esa mano que no nos dejará caer. 

Como enamorados buscamos esa mano que calienta la soledad. 

Como crucificados repetimos: en tus manos encomiendo mi vida. 

De la certeza de que mi nombre está escrito en la palma de su mano, dice el profeta, con una imagen dulce, como la de los niños que se escriben en la mano las cosas importantes, para no olvidarlas en el examen. 

De esta vigorosa certeza, que nunca debo vender, de que para Dios soy inolvidable, de que nada ni nadie podrá separarme y arrebatarme, comienza mi camino en la vida: ser también para todos aquellos que están confiados a mi amor y a mi amistad, un corazón que no se arranca, una mano que no se secuestra. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El Buen Pastor, el timbre de una voz diversa.

El Buen Pastor, el timbre de una voz diversa 

Mis ovejas escuchan mi voz. No las órdenes, la voz. Esa que atraviesa las distancias, inconfundible; que cuenta una relación, revela una intimidad, hace emerger una presencia en ti. La voz llega al oído del corazón antes que las cosas que dice. 

Es la experiencia con la que el niño pequeño, cuando oye la voz de su madre, la reconoce, se emociona, tiende los brazos y el corazón hacia ella, y ya es feliz mucho antes de llegar a comprender el significado de las palabras. 

La voz es el canto amoroso del ser: «¡Una voz! ¡Mi amado! Aquí está, viene saltando por los montes, brincando por las colinas» (Ct 2,8). Y antes de llegar, el amado pide a su vez el canto de la voz de la amada: «Hazme oír tu voz» (Ct 2,14)... 

Cuando María, al entrar en la casa de Zacarías, saludó a Isabel, su voz hizo bailar su vientre: «Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño dio un salto de alegría en mi vientre» (Lc 1,44). 

Entre la voz del Buen Pastor y sus corderos corre esta relación confiada, amorosa y fecunda. De hecho, ¿por qué deberían escuchar su voz las ovejas? 

Dos tipos de personas se disputan nuestra atención: los seductores, los que prometen placeres, y los verdaderos maestros, los que dan alas y fecundidad a la vida. 

Jesús responde ofreciendo la mayor de las motivaciones: porque yo les doy la vida eterna. Escucharé su voz no por deferencia u obediencia, no por seducción o miedo, sino porque, como una madre, Él me hace vivir. Yo les doy la vida. 

El Buen Pastor pone en el centro de la religión no lo que yo hago por Él, sino lo que Él hace por mí. 

En el corazón del cristianismo no está mi comportamiento o mi ética, sino la acción de Dios. 

La vida cristiana no se basa en la obligación, sino en el don: vida auténtica, vida para siempre, vida de Dios derramada en mí, antes incluso de que yo haga nada. Antes incluso de que yo diga sí, Él ha sembrado gérmenes vitales, semillas de luz que pueden guiarme a mí, desorientado en la vida, al país de la vida. 

Mi fe cristiana es crecimiento, aumento, intensificación de lo humano y de las cosas que merecen no morir. Jesús lo dice con una imagen de lucha, de ternura combativa: Nadie me las arrebatará de la mano. 

Una palabra absoluta: nada. Inmediatamente duplicada, como si tuviéramos dudas: nadie puede arrebatárselas de la mano del Padre. 

Yo soy vida indisoluble de las manos de Dios. Vínculo que no se rompe, nudo que no se deshace. 

La eternidad es un lugar entre las manos de Dios. Somos gorriones que tienen el nido en sus manos. Y en su voz, que calienta la frialdad de la soledad. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Transfigurarse en el Espíritu a imagen de Cristo.

Transfigurarse en el Espíritu a imagen de Cristo   La transfiguración es uno de los acontecimientos más misteriosos de la vida de Jesús. El ...