El Buen Pastor, el timbre de una voz diversa
Mis ovejas escuchan mi voz. No las órdenes, la voz. Esa que atraviesa las distancias, inconfundible; que cuenta una relación, revela una intimidad, hace emerger una presencia en ti. La voz llega al oído del corazón antes que las cosas que dice.
Es la experiencia con la que el niño pequeño, cuando oye la voz de su madre, la reconoce, se emociona, tiende los brazos y el corazón hacia ella, y ya es feliz mucho antes de llegar a comprender el significado de las palabras.
La voz es el canto amoroso del ser: «¡Una voz! ¡Mi amado! Aquí está, viene saltando por los montes, brincando por las colinas» (Ct 2,8). Y antes de llegar, el amado pide a su vez el canto de la voz de la amada: «Hazme oír tu voz» (Ct 2,14)...
Cuando María, al entrar en la casa de Zacarías, saludó a Isabel, su voz hizo bailar su vientre: «Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño dio un salto de alegría en mi vientre» (Lc 1,44).
Entre la voz del Buen Pastor y sus corderos corre esta relación confiada, amorosa y fecunda. De hecho, ¿por qué deberían escuchar su voz las ovejas?
Dos tipos de personas se disputan nuestra atención: los seductores, los que prometen placeres, y los verdaderos maestros, los que dan alas y fecundidad a la vida.
Jesús responde ofreciendo la mayor de las motivaciones: porque yo les doy la vida eterna. Escucharé su voz no por deferencia u obediencia, no por seducción o miedo, sino porque, como una madre, Él me hace vivir. Yo les doy la vida.
El Buen Pastor pone en el centro de la religión no lo que yo hago por Él, sino lo que Él hace por mí.
En el corazón del cristianismo no está mi comportamiento o mi ética, sino la acción de Dios.
La vida cristiana no se basa en la obligación, sino en el don: vida auténtica, vida para siempre, vida de Dios derramada en mí, antes incluso de que yo haga nada. Antes incluso de que yo diga sí, Él ha sembrado gérmenes vitales, semillas de luz que pueden guiarme a mí, desorientado en la vida, al país de la vida.
Mi fe cristiana es crecimiento, aumento, intensificación de lo humano y de las cosas que merecen no morir. Jesús lo dice con una imagen de lucha, de ternura combativa: Nadie me las arrebatará de la mano.
Una palabra absoluta: nada. Inmediatamente duplicada, como si tuviéramos dudas: nadie puede arrebatárselas de la mano del Padre.
Yo soy vida indisoluble de las manos de Dios. Vínculo que no se rompe, nudo que no se deshace.
La eternidad es un lugar entre las manos de Dios. Somos gorriones que tienen el nido en sus manos. Y en su voz, que calienta la frialdad de la soledad.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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