El Buen Pastor que habla al corazón
Mis ovejas escuchan mi voz. Primera gran sorpresa: una voz atraviesa las distancias, un yo se dirige a un tú, el cielo no está vacío.
¿Por qué escuchan las ovejas? Porque el pastor no se impone, se propone; porque esa voz habla al corazón y responde a las preguntas más profundas de cada vida.
Yo conozco a mis ovejas. Por eso la voz conmueve y es escuchada: porque conoce lo que habita en el corazón. La samaritana junto al pozo había dicho: venid, hay uno que me ha dicho todo de mí. Hermosa definición del Señor: Aquel que dice el todo del hombre, que responde a los últimos porqués de la existencia.
Mis ovejas me siguen. Siguen al Buen Pastor porque confían en Él, porque con Él es posible vivir mejor, para todos. Lo siguen, es decir, viven una vida como la suya, se convierten de alguna manera en pastores, y en voz en los silencios, y en las vidas de otros dadores de vida.
El Evangelio muestra las tres características del Buen Pastor: Yo les doy la vida eterna / nunca se perderán / ¡nadie se las arrebatará de mi mano!
Yo doy la vida eterna, ahora, no al final de los tiempos. Es salud del alma escuchar, respirar estas palabras: ¡Yo les doy la vida eterna! Sin condiciones, antes de cualquier respuesta, sin barreras ni límites.
La vida de Dios se da, se siembra en mí como una semilla poderosa, semilla de fuego en mi tierra negra. Como savia que sube sin cansarse, día y noche, y se ramifica por todos los sarmientos, dentro de todas las yemas.
Los acontecimientos de Galilea, la tragedia del Gólgota, las palabras de Cristo, que llegan como llama y como maná, no tienen otro propósito que este: darnos una vida llena de cosas que merecen no morir, de una calidad y consistencia capaces de atravesar la eternidad.
El Evangelio continúa con una extraordinaria duplicación: Nadie las arrebatará de mi mano. Luego, como si aún tuviéramos dudas: nada puede arrebatarlas de la mano del Padre.
Es el pastor de la ternura combativa.
Yo soy un amado que no puede ser arrancado de las manos de Dios, un vínculo que no puede ser desgarrado. Como gorriones tenemos el nido en sus manos, como niños nos aferramos fuertemente a esa mano que no nos dejará caer, como enamorados buscamos esa mano que calienta la soledad, como crucificados repetimos: en tus manos encomiendo mi vida.
El Evangelio es una historia de manos, un amor de manos.
Manos de pastor fuertes contra los lobos, manos tiernas enredadas en la espesura de mi vida, manos que protegen mi mechero humeante, manos sobre los ojos del ciego, manos que levantan a la mujer adúltera del suelo, manos sobre los pies de los discípulos, manos clavadas y luego ofrecidas de nuevo: Tomás, ¡mete el dedo en el agujero del clavo!
Manos llenas de llagas ofrecidas como una caricia para que yo descanse y recupere el aliento del valor.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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