El Buen Pastor: voz suave y mano fuerte
Mis ovejas escuchan mi voz. No es una orden que hay que cumplir, sino una voz amiga que hay que acoger. Escuchar es la hospitalidad de la vida. Para hacerlo, hay que «abrir el oído del corazón», recomienda la Regla de San Benito.
La voz de quien te quiere llega a los sentidos del corazón antes que el contenido de las palabras, te envuelve y te penetra, porque pronuncia tu nombre y tu vida como nadie. Es la experiencia de María Magdalena en la mañana de Pascua, y de cada niño que, antes de conocer el sentido de las palabras, reconoce la voz de la madre, y deja de llorar y sonríe y se inclina para recibir su caricia.
La voz es el canto amoroso del ser: ¡Una voz! ¡Mi amado! Aquí está, viene saltando por los montes, brincando por las colinas (Ct 2,8). Y antes de llegar, el amado pide a su vez el canto de la voz de la amada: hazme oír tu voz (Ct 2,14)...
¿Por qué escuchan las ovejas? No por obligación, sino porque la voz es hermosa y alberga el futuro.
Yo les doy vida eterna (Jn 10,28). La vida se da, sin condiciones, sin obstáculos ni límites, incluso antes de mi respuesta; se da como una semilla poderosa, una semilla de fuego en mi tierra negra. Linfa que día y noche sube por el laberinto infinito de mis brotes, para la floración del ser.
Dos tipos de personas compiten por nuestra atención: los seductores y los maestros. Los seductores son los que prometen una vida fácil, placeres fáciles; los verdaderos maestros son los que te dan alas y fecundidad a tu vida, horizontes y un vientre hospitalario.
El Evangelio nos sorprende con una imagen de lucha: Nadie la arrebatará de mi mano (Jn 10,28). Lejos del pastor meloso y lánguido de muchos de nuestros santos, dentro de un cuadro bucólico de corderitos, prados y arroyos. Las suyas son las manos fuertes de un luchador contra lobos y ladrones, manos vigorosas que agarran un bastón de camino y de lucha.
Y si lo hemos entendido mal y quedan dudas, Jesús involucra al Padre: nadie puede arrancarlas de la mano del Padre (Jn 10,29). Nadie, nunca (Jn 10,28). Dos palabras perfectas, absolutas, sin grietas, que convocan a todas las criaturas -nadie-, a todos los siglos y días -nunca-: nadie te soltará nunca del abrazo y del agarre de las manos de Dios. Un vínculo fuerte, irrompible. Un nudo amoroso que nada desata.
La eternidad es su mano que te toma de la mano. Como gorriones, tenemos el nido en sus manos; como un niño, aprieto fuerte la mano que no me dejará caer.
Y nosotros, a su imagen, pequeños pastores de un rebaño mínimo, tomamos fragmentos de palabras de la voz del Buen Pastor y se las ofrecemos a aquellos que son importantes para nosotros: nadie te arrancará nunca de mi mano.
Y bienaventurado aquel que sepa hacerlas volar hacia todos los corderitos del mundo.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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