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lunes, 17 de agosto de 2026

Qué tienen que ver Ceuta y Gaza (por poner un ejemplo).

Qué tienen que ver Ceuta y Gaza (por poner un ejemplo)

A principios de agosto, Ceuta dejó de ser solo un pequeño enclave español en el continente africano y a orillas del Mediterráneo para convertirse en el punto en el que se han cruzado algunas de las contradicciones más profundas de la Europa contemporánea. 

Más de setenta mil personas, en el transcurso de unos pocos días, cruzaron la frontera procedentes de Marruecos, mientras que un centenar perdieron la vida al intentar llegar a ese pedazo de tierra. 

El debate público comenzó casi de inmediato a hablar de invasión, emergencia, seguridad y devoluciones; se ha hablado mucho menos de las personas. 

En cuestión de unos días, la situación se ha normalizado en alguna medida…: la inmensa mayoría de quienes habían cruzado la frontera han sido devueltos a Marruecos o han regresado allí espontáneamente. En Ceuta han quedado un par de miles, sobre todo menores extranjeros no acompañados, que siguen buscando una vía de escape de las guerras, la opresión, el hambre o de una existencia carente de cualquier perspectiva. 

Una primera observación se refiere al lenguaje. Me explico. 

Definir lo ocurrido como una «invasión» no es una simple elección léxica, sino que significa interpretar un fenómeno humano extremadamente complejo exclusivamente a través de la categoría de la amenaza. 

El lenguaje no solo describe la realidad: contribuye a construirla, orientando la percepción de la opinión pública y allanando el terreno para las decisiones políticas. 

La historia europea debería habernos enseñado que la deshumanización no comienza con la violencia, sino mucho antes, cuando las palabras dejan de evocar rostros, historias y destinos individuales y convierten a los seres humanos en números, flujos o problemas de orden público. 

Las causas de este flujo migratorio masivo son múltiples y no pueden reducirse a una única explicación. 

Guerras, persecuciones, crisis económicas, hambrunas, violaciones sistemáticas de los derechos humanos, inestabilidad política y profundas desigualdades siguen empujando a miles de personas a lo largo de las rutas migratorias que, desde Oriente Medio, Asia y África, conducen hacia Europa. 

La situación particular de Marruecos y las tensiones diplomáticas con España han contribuido sin duda a que lo ocurrido en Ceuta fuera excepcional. 

No sé si es cierto que los migrantes marroquíes partieron animados por el Gobierno de Rabat, un Gobierno en sintonía con las derechas estadounidenses y europeas, para las que la emigración es siempre objeto de una burda instrumentalización electoral. 

En todo caso ese éxodo forma parte de un fenómeno mucho más amplio, que desde hace años atraviesa el Mediterráneo y que ninguna interpretación reducida únicamente a la emergencia es capaz de explicar. 

Ceuta constituye, de hecho, algo más que una crisis migratoria: es uno de esos lugares en los que las democracias europeas están llamadas a poner a prueba su fidelidad a los principios en los que declaran basarse. 

Las fronteras no son solo espacios en los que se controlan las entradas: son el banco de pruebas en el que un Estado demuestra hasta qué punto está dispuesto a mantenerse fiel a los valores que proclama, precisamente cuando estos se vuelven más difíciles de aplicar. 

Nadie puede negar seriamente la complejidad de la situación. Pensar que fenómenos de esta envergadura pueden gestionarse exclusivamente a través de la generosidad de los ciudadanos o del trabajo de las organizaciones de voluntariado resulta no solamente poco prudente y sensato… sino lo que sigue. 

Pero la crónica de aquellos días también cuenta otra historia, que merece al menos la misma atención que se ha prestado a las tensiones y las polémicas. 

Mientras una parte del debate público alimentaba la retórica de la invasión y algunas fuerzas políticas —de extrema derecha— intentaban sacar partido del suceso desplazándose al lugar para obtener apoyo a sus posturas xenófobas e islamófobas, numerosos ciudadanos, asociaciones y organizaciones repartían miles de comidas, agua, ropa y artículos de primera necesidad entre quienes acababan de llegar a la costa. 

No, no resolvían la crisis migratoria, ni podrían haberlo hecho pero sí impidieron que la emergencia borrara lo que está por encima de cualquier valoración administrativa: el reconocimiento del otro como ser humano. 

Es cierto que también en Ceuta se manifestaron miedos, tensiones y reacciones hostiles —ninguna sociedad, al fin y al cabo, es inmune a los contrastes y las contradicciones— y sería ingenuo idealizar esa respuesta sin tenerlos en cuenta. 

Pero es precisamente esta pluralidad de actitudes la que confiere un significado político a lo ocurrido: ante el mismo suceso, una parte de la ciudadanía optó por interpretar la vulnerabilidad como una amenaza, mientras que otra —mayoritaria— reconoció en ella, ante todo, una petición de ayuda, rechazando abiertamente las consignas xenófobas. 

No se trata solo de una sensibilidad moral diferente, sino de una forma distinta de entender el derecho, la democracia y, en definitiva, la propia relación con el otro. 

El caso de Ceuta plantea así una pregunta que está llamada a acompañar a todo el continente europeo. ¿Qué ocurre cuando los principios en los que una democracia afirma inspirarse entran en conflicto con las exigencias de la seguridad, el consenso político o los intereses geopolíticos? 

Es en este espacio, tan discreto como decisivo, donde se mide la credibilidad de las instituciones. De hecho, toda crisis humanitaria somete a los Estados a la misma prueba: por un lado, el derecho internacional, que afirma la universalidad de la protección de la persona; por otro, la razón de Estado, que tiende a subordinarla a las prioridades de la política, la seguridad o la diplomacia. 

Pero es precisamente esta tensión la que se encuentra, de una forma incomparablemente más dramática, en la tragedia del pueblo palestino. 

Ceuta y Gaza pertenecen a contextos históricos, políticos y jurídicos profundamente diferentes, y equipararlas sería un grave error. 

Lo que las une no es la naturaleza de los acontecimientos, sino la pregunta que ambas plantean a las democracias europeas: ¿hasta qué punto los principios proclamados como universales siguen siéndolo cuando su aplicación entra en conflicto con intereses estratégicos, alianzas políticas o conveniencias diplomáticas? 

Nadie cuestiona seriamente que Israel tenga derecho a vivir en seguridad y a defender a su población de los ataques terroristas o de las amenazas externas. Pero precisamente porque ese derecho corresponde a todo Estado, se enfrenta a un límite insuperable en el derecho internacional humanitario, que prohíbe el castigo colectivo de la población civil, impone la distinción entre combatientes y no combatientes y prohíbe el uso del hambre, la destrucción indiscriminada y el asedio como instrumentos de guerra. 

Y es en este terreno, y no en el de las afiliaciones ideológicas, donde debería centrarse el debate. Desde hace muchos meses, las Naciones Unidas, organismos independientes, organizaciones de prestigio en materia de derechos humanos y una parte cada vez mayor de la comunidad científica denuncian la gravedad de las violaciones cometidas en la Franja de Gaza. 

La Corte Internacional de Justicia, al pronunciarse sobre las medidas provisionales solicitadas por Sudáfrica en el marco de la Convención sobre el Genocidio, ha reconocido la verosimilitud del riesgo denunciado y ha impuesto a Israel obligaciones específicas de prevención; paralelamente, la Comisión Internacional Independiente de Investigación de las Naciones Unidas ha documentado violaciones gravísimas del derecho internacional humanitario, mientras que un número cada vez mayor de juristas y expertos en derecho internacional considera que los elementos que han salido a la luz hasta ahora podrían constituir los elementos del delito de genocidio. 

Los órganos institucionales competentes actúan con extrema prudencia a la hora de pronunciarse sobre las responsabilidades de genocidio en cuestión, analizando en profundidad sus interpretaciones e implicaciones jurídicas con respecto a lo establecido en el derecho internacional. 

Con todo, la prudencia de las instancias y del lenguaje jurídicos no puede convertirse en vacilación ético-moral. 

Cuando decenas de miles de civiles son asesinados o heridos, los hospitales, las escuelas y las infraestructuras esenciales son destruidas sistemáticamente, el hambre se convierte en un arma de presión y familias enteras se ven obligadas a desplazarse sin encontrar un lugar seguro en el que refugiarse, y se bloquean la ayuda humanitaria y las ONG, la cuestión ya no consiste únicamente en determinar qué definición jurídica adoptar. Se convierte, ante todo, en una prioridad de responsabilidad política y de conciencia civil. 

Más aún cuando existe un ataque deliberado contra los niños, que representan alrededor del 30 % del total de víctimas del conflicto. 

El informe de la Comisión Internacional Independiente de Investigación de las Naciones Unidas sobre el Territorio Palestino Ocupado, presentado ante el Consejo de Derechos Humanos de la ONU del 18 al 23 de junio de 2026, llega a la siguiente conclusión: las fuerzas israelíes han matado y herido deliberadamente a niños palestinos, no como daño colateral, sino como parte de una estrategia intencionada para destruir el futuro de la comunidad palestina, ya que los niños representan su continuidad biológica y social. 

Las conclusiones jurídicas hablan de genocidio, crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra en Gaza, así como de crímenes de guerra en Cisjordania, incluida Jerusalén Este. 

Sí, lo repito, Ceuta y Gaza siguen siendo historias diferentes, pero tal vez transmiten una misma lección: hay un vacío dejado por una política a menudo paralizada por el miedo, los intereses o las conveniencias diplomáticas, en el que hay que recordarnos que la dignidad de la persona no es un valor negociable ni un principio que deba aplicarse de forma selectiva. 

Quizá sea esta la diferencia más profunda entre una democracia que se limita a administrar el presente y una democracia que sigue reconociéndose en los valores de los que extrae su legitimidad. Ignorarla, a la luz de la reconstrucción histórica, puede traducirse en complicidad con actos atroces como un genocidio. 

La solidez de las democracias no se debe únicamente a la solidez y credibilidad de sus instituciones. 

También se debe al valor y a la movilización de las mujeres y los hombres que, en los momentos decisivos, impiden que el derecho sea absorbido silenciosamente por la razón de Estado. No siempre —de hecho, casi nunca— logran cambiar el curso de los acontecimientos; pero saben impedir que la injusticia sea aceptada como un hecho inevitable y que la conciencia civil se resigne a la lógica del más fuerte. 

Por eso, hoy en día, el problema no se limita a Ceuta y Gaza, España o Marruecos, Israel o Palestina, sino que también nos concierne a todos y cada uno de nosotros, y al modelo de democracia que queremos legar a las generaciones futuras. 

Si los derechos fundamentales dejan de ser universales y pasan a depender de la identidad de las víctimas, de la fuerza de los Estados o de los equilibrios geopolíticos del momento, no es solo una población la que se ve privada de su protección: es el propio orden jurídico el que pierde su credibilidad. 

Una democracia, al fin y al cabo, no empieza a perder su alma cuando se ve llamada a defender una frontera, sino cuando, para vigilar esa frontera o salvaguardar un interés estratégico, olvida la razón por la que se redactó la ley: proteger la dignidad de la persona, precisamente cuando está más expuesta a la fuerza del poder. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 22 de junio de 2026

Yo soy el amo de mi destino y el capitán de mi alma.

Yo soy el amo de mi destino y el capitán de mi alma


Antes de pasar a leer esta reflexión me gustaría que vieras, y recordaras, aquella escena de la película «Invictus»: https://www.youtube.com/watch?v=nRClKROapn0

 

A veces, la resistencia es precisamente una virtud indispensable. Pienso en quienes llevan años padeciendo una enfermedad incurable, en quienes se ven oprimidos por la violencia, en quienes se sienten perseguidos por toda forma de hostilidad. En quienes deben soportar fatigas que superan sus fuerzas. Pienso en quienes están viviendo momentos sombríos y de desorientación.

 

Tantas veces hemos leído un poema que encierra una fuerza impresionante. Un poema que podría formar parte del canon de la Biblia o, en cualquier caso, que podría haber sido escrito por todos y cada uno de los cristos que llevan una vida de penurias.

 

Se trata de un poema escrito por William Ernst Henley, un poeta inglés nacido en 1848 y fallecido a los 55 años en 1903. La suya es una historia de sufrimiento: a los 12 años enfermó gravemente de tuberculosis, lo que le costó la amputación de una pierna. 

La enfermedad no le dio tregua en toda su vida; sin embargo, William Ernst Henley era una persona dotada de una extraordinaria fortaleza de espíritu: se graduó en 1867 y se trasladó a Londres para iniciar su carrera como periodista. Durante los ocho años siguientes pasó largos periodos ingresado en el hospital, corriendo incluso el riesgo de que le amputaran el pie derecho. 

Él se opuso a la segunda operación y aceptó ser ingresado en The Royal Infirmary de Edimburgo, bajo el cuidado de Joseph Lister (1827-1912), uno de los médicos pioneros de la cirugía moderna. 

Tras pasar tres años en el hospital —de 1873 a 1875—, recibió el alta y, aunque el tratamiento de Joseph Lister no fue del todo satisfactorio, le permitió, no obstante, llevar una vida autónoma durante treinta años. 

Precisamente en 1875, mientras se encontraba en el hospital, escribió su poema más famoso, «Invictus» - «invencible» -, dedicado a Robert Thomas Hamilton Bruce (1846-1899). 

En lugar de afligirse, reaccionó con valentía y esperanza; no se desesperó por lo que había perdido y, a lo largo de su calvario diario, siguió mirando hacia adelante y decidió no dejar que nada ni nadie, salvo él mismo, controlara su vida: ¡yo soy el capitán de mi alma! 

También podemos recordar que este era el poema que leía cada día, para darse ánimos y no perder la esperanza, Nelson Mandela durante su cautiverio. Él conservó este poema en una hoja de papel durante su prisión, ayudándole a sobrellevar su encarcelamiento. Invictus, aquella película de 2009 dirigida por Clint Eastwood, recogía el testimonio de aquel coraje de Nelson Mandela que fue la oportunidad para unir un país.

 

He aquí el texto de este hermoso y luminoso poema: 

En la noche que me envuelve,
negra, como un pozo insondable,
doy gracias al Dios que fuere
por mi alma inconquistable.
 

En las garras de las circunstancias
no he gemido, ni llorado.
Bajo los golpes del destino
mi cabeza ensangrentada jamás se ha postrado.
 

Más allá de este lugar de ira y llantos
acecha la oscuridad con su horror.
Y sin embargo la amenaza de los años me halla,
y me hallará sin temor.
 

Ya no importa cuán estrecho haya sido el camino
ni cuantos castigos lleve a mi espalda:
soy el amo de mi destino,
soy el capitán de mi alma.
 

No lo sé si William Ernst Henley conocía las palabras que San Pablo, en el momento de la prueba, escribía a los cristianos de Corinto:

 

«De hecho, estamos atribulados por todas partes, pero no oprimidos; estamos desconcertados, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; golpeados, pero no muertos, llevando siempre y en todas partes en nuestro cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. De hecho, siempre que estamos vivos, estamos expuestos a la muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. De modo que en nosotros obra la muerte, pero en vosotros la vida» (2 Co 4, 8ss).

 

El final del poema es un auténtico himno a la libertad y a la responsabilidad. Tomar las riendas de mi vida y guiarla con valentía hacia la verdadera Vida. Solo así seré «invencible», «invictus», más fuerte que cualquier adversidad y cualquier miedo, porque en mí triunfa la fuerza de la vida de Jesús. 

El 18 de julio se celebra el Día de Nelson Mandela, la jornada proclamada por las Naciones Unidas en honor al primer presidente negro que liberó a Sudáfrica del apartheid. 

Esa fecha no es casual: el 18 de julio de 1918 nació en el pueblo de Mvezo Nelson Mandela, conocido cariñosamente como «Madiba». 

Nelson  Mandela fue uno de los líderes políticos más queridos del siglo XX. Galardonado con el Premio Nobel de la Paz en 1993, su lucha contra el apartheid y los años que pasó en prisión lo convirtieron en un símbolo de la lucha contra el racismo. Militante y activista, su resistencia contra el gobierno segregacionista de Sudáfrica se prolongó durante casi cincuenta años, de los cuales pasó 27 en prisión. 

En aquellos largos años de prisión, que comenzaron con su detención en 1964, tras haber organizado acciones militares y de sabotaje contra el Gobierno sudafricano, su resistencia pasiva aumentó la popularidad del Congreso Nacional Africano (ANC), el partido sudafricano cuyo objetivo era poner fin a las injusticias de la segregación racial. 

«Invictus», aquel poema escrito por un hombre de hace siglos, se convirtió en el himno a la vida de Nelson Mandela, quien supo leer en él el símbolo de la invencible resiliencia humana. 

En aquella celda de Robben Island, en la que permanecería recluido durante veintisiete años, Madiba tuvo un compañero de reclusión muy especial: William Ernest Henley. Lo encontraría entre aquellas líneas y, en aquellas palabras, se reconocería a sí mismo, descubriendo que, en el fondo, parecían haber sido escritas expresamente para él. 

En aquel «Invictus» en el que el poeta parece volcar todo el amor que siente por la vida y la convicción de que el espíritu humano vence a todo, el líder de la resistencia negra en Sudáfrica encontró un mantra que repitió cada día mientras miraba más allá de aquellos barrotes que limitaban su cuerpo pero no contenían su espíritu. 

El sufrimiento de un artista y poeta británico, plasmado en el papel, se convirtió en el motor del valor de otro hombre que, en esas palabras, volvió a ver la invencibilidad del alma humana frente a las dificultades de una vida dedicada al servicio de los demás. 

Uno quiere creer que cada uno de nosotros tiene algo sólido en su interior, una fuerza que resiste cualquier adversidad. Incluso cuando las circunstancias golpean, hieren y derrumban… incluso entonces el espíritu puede permanecer íntegro y el alma libre e indómita.

 

Acabo ya mi reflexión con la escena, un poco más larga, con la que comenzaba esta reflexión: https://www.youtube.com/watch?v=nRClKROapn0 


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


lunes, 8 de junio de 2026

La lección de la Escuela de Salamanca: dignidad y derechos de la persona.

La lección de la Escuela de Salamanca: dignidad y derechos de la persona

¡Bravo Santo Padre! Su referencia a la Escuela de Salamanca en su intervención de hoy, 8 de junio, en el Congreso de los Diputados de España ha sido de matrícula de honor.

 

A principios del siglo XVI se formó y se desarrolló una cultura jurídica totalmente original, lista para expandirse por toda Europa y que tomaba el nombre de «Segunda Escolástica», puesto que se basaba en la Summa Theologica de Santo Tomás de Aquino y en las reflexiones teóricas conocidas y difundidas desde hacía tiempo con el nombre de «Escolástica».

 

La historia del pensamiento jurídico moderno tiene una deuda de gratitud con el pequeño grupo de profesores de la Universidad de Salamanca. En el siglo XVI Salamanca se convirtió en un punto de referencia fundamental para la elaboración de nuevos principios relevantes también en el ámbito jurídico.

 

No debe sorprender este repentino ascenso de España como corazón y motor impulsor de la civilización europea continental: entre finales del siglo XV y el siglo XVII, España vivió, de hecho, un momento de gran relevancia, de éxitos en todos los ámbitos, hasta tal punto que este siglo pasará a la historia como “El Siglo de Oro”.

 

Se puede decir que España representa, en cierto sentido, el mejor punto de observación para contemplar y comprender la Europa de finales del siglo XV y principios del XVII, y no solo para comprender sus acontecimientos político-económicos, sino también las cuestiones jurídicas que se perfilan, sobre todo, en consideración a las relaciones que se entrelazan con las poblaciones de las tierras descubiertas.

 

La teología fue la ciencia que despertó  en este período mayor atención, pues fue la ciencia que ofreció respuestas a los problemas derivados del choque entre las ambiciones expansionistas y colonialistas de los Estados conquistadores y la defensa de la mejor tradición cristiana católica hacia la dignidad y los derechos de las personas.

 

Precisamente en España y precisamente en la Universidad de Salamanca, la teología fue la ciencia soberana. La universidad española se convirtió en el polo de atracción y el centro de concentración de las nuevas fuerzas espirituales y de las ideas que estaban apareciendo en Europa.

 

Los maestros de la Escuela de Salamanca eran teólogos de la Iglesia romana (y no juristas), en su mayoría pertenecientes a la orden dominicana o jesuita, y se mostraron muy atentos a los fermentos del mundo contemporáneo, tratando de dar respuesta a los tumultuosos problemas de la época.

 

Ante la ruptura de la unidad cristiana, mientras civilizaciones desconocidas se encontraban y se enfrentaban, era necesario expresar su opinión, y la Escuela de Salamanca lo hizo elevando al ser humano, a la persona, a punto de observación y objeto de estudio, hasta tal punto que se puede hablar de una visión antropocéntrica para esta Escuela.

 

Al comentar la parte de la Summa Theologica de Santo Tomás de Aquino dedicada al derecho, los maestros de la Escuela Salamanca abordaron los temas de la justicia, la ley, el derecho natural, el derecho divino y los poderes del príncipe. También tuvieron en cuenta muchas instituciones específicas del ordenamiento normativo, como la propiedad, las sucesiones hereditarias, los contratos individuales y la usura

 


Entre finales del siglo XV y principios del XVI, asistimos al ocaso de algunas certezas que habían animado al hombre medieval —su concepción del mundo y, con ella, el significado de las normas a las que se consideraba sujeto— y al surgimiento de nuevos paradigmas, tanto del conocimiento como del destino, tanto individual como colectivo.
 

Y España fue el reino en el que, antes que en ningún otro lugar, se plantearon las preguntas que surgían de la inédita ampliación del horizonte terrestre. Y en este clima, en la antigua Universidad de Salamanca emergió la figura del dominico Francisco de Vitoria (1492-1546), el teólogo que, con su reflexión sobre los fundamentos del ius gentium tomados de Santo Tomás de Aquino, dio origen a aquella llamada «Segunda Escolástica».

 

Se trataba de una corriente de reflexión teológico-filosófica capaz de influir profundamente en los supuestos legitimadores del orden jurídico, un orden llamado a otorgar estatuto jurídico a pueblos hasta entonces desconocidos, así como a fenómenos socioeconómicos de amplísimo alcance.

 

Y la directriz que constituyó la base epistemológica del mencionado Francisco de Vitoria no parecía capaz de proporcionar todas las respuestas y todos los marcos normativos que las cuestiones planteaban: ¿A quién pertenecían las nuevas tierras?» ¿A quiénes? ¿De quiénes eran? ¿Qué estatus tenían los indígenas? ¿Cómo debían regularse las relaciones, tanto por tierra como por mar, ligadas a la competencia entre pueblos y entre Estados?

 

Dado que la ciencia jurídica no parecía capaz de dar respuesta a la enormidad de los cambios, Francisco de Vitoria reivindicó el papel primordial del teólogo-jurista, es decir, de aquel que desde la ciencia teológica se dispone a realizar una interpretación correcta de los signos de los tiempos y del mundo.

 

El jurista del derecho común parecía inadecuado para las nuevas problemáticas que surgían de los avances: su formación seguía siendo eurocéntrica y basada en la idea universal de un Imperio y de una Iglesia que se encontraban en relación dialógica con una multiplicidad de culturas que hasta ese momento les eran absolutamente desconocidas.

 

Es más bien el teólogo, en su calidad de intérprete capacitado de la fe y de sus signos, quien puede —es más, debe— asumir también el papel de jurista: es el teólogo-jurista quien es capaz de leer la Naturaleza (esta sí, necesariamente universal) y de proponer esquemas de comprensión para un mundo en expansión que se orientaba a la subyugación de nuevos pueblos y a la apropiación de nuevas riquezas.

 

La Escuela que floreció en Salamanca a partir de las primeras intuiciones de Francisco de Vitoria produjo una abundante cosecha de obras de carácter filosófico, político y jurídico que tenían por objeto, entre otras cosas, el tema recurrente de la «guerra justa», es decir, los fundamentos que legitiman la violencia de un Estado y de un pueblo contra otro Estado, obras de las que surgiría el futuro derecho internacional.

 

Cabe recordar los nombres de Diego de Covarrubias (1512-1577), Luis de Molina (1535-1600) y Francisco Suárez (1548-1617).


 

Y merecen, en cambio, un lugar aparte Juan Ginés de Sepúlveda (1490-1573) y Bartolomé de Las Casas (1474-1566), protagonistas de una célebre disputa que los enfrentó en 1550 sobre el tema de la legitimidad de la Conquista y sobre la condición jurídica de los indígenas y sus bienes.

 

Juan Ginés de Sepúlveda no albergaba dudas sobre la manifiesta inferioridad de los indígenas, más parecidos a las bestias que a los hombres, circunstancia que legitimaba a los conquistadores en los actos de sometimiento violento de los que se habían hecho responsables.

 

A Juan Ginés de Sepúlveda se oponía el también dominico Bartolomé de Las Casas, quien en su Brevísima relación de la destrucción de las Indias (1522) ofrecía un relato impresionante de la devastación causada por los españoles y de la crueldad con la que habían sido reducidos a la condición de esclavos:

 

En un texto que pasó a la historia y que aún hoy impresiona al lector, Bartolomé de Las Casas planteaba un escenario inédito e interrogaba la conciencia de sus contemporáneos formulándoles preguntas destinadas a perdurar: ¿con qué razones, con qué derecho los hombres europeos llevaban a cabo la violenta sumisión de pueblos enteros, en virtud de qué títulos jurídicos era posible apoderarse de enormes recursos en lejanas latitudes, qué legitimación tenía una guerra devastadora contra pueblos indefensos?

 

Y uno recordaba aquella intervención del Papa Juan Pablo II en la Universidad de Salamanca aquel 1 de noviembre de 1982 (cf. https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/speeches/1982/november/documents/hf_jp-ii_spe_19821101_universita-salamanca.html):

 

Junto con la vuelta a las fuentes —la Sagrada Escritura y la Sagrada Tradición— realizaron la apertura a la nueva cultura que estaba naciendo en Europa, y a los problemas humanos (religiosos, éticos y políticos) que surgieron con el descubrimiento de mundos nuevos en Occidente y Oriente. La dignidad inviolable de todo hombre, la perspectiva universal del derecho internacional (ius gentium) y la dimensión ética como normativa de las nuevas estructuras socio-económicas, entraron plenamente en la tarea de la teología y recibieron de ella la luz de la revelación cristiana”. 


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 6 de febrero de 2026

Calladita estás más guapa.

Calladita estás más guapa

Seguramente ya nadie se acuerda de aquella vez en la que un Presidente de un Estado democrático se dirigió a una periodista con las palabras «Quiet, piggy» - ‘Cállate, cerdita’ -, mientras ella le pedía aclaraciones sobre los documentos relacionados con un caso.

 

Me refiero a este hecho: https://www.youtube.com/watch?v=ayM_qd2JrBU

 

No es la primera vez, ni será la última, que el Presidente de los Estados Unidos de América utiliza un lenguaje de este tipo hacia una mujer.

 

Dándole vueltas a algunos de los acontecimientos recientes del circo político en el que vivo - prefiero obviar nombres de los líderes políticos en cuestión - hasta imagino que cierto tipo de gesto no debe interpretarse como un episodio puramente personal, sino que forma parte de una dinámica social consolidada que está experimentando un nuevo resurgimiento.

 

Calladita estás más guapa”. “Más discreta estás mejor”. “El silencio te favorece”. “Te ves mejor en silencio”,…, son algunas frases de cierta arrogante preponderancia masculina… Estas, y otras, son formas más o menos groseras y obscenas del lenguaje para herir la dignidad de las mujeres.

 

El lenguaje siempre ha funcionado como un instrumento de poder: el cuerpo y la voz femeninos se convierten en el terreno en el que poder reproducir y ejercer un orden de género muy arraigado.

 

Por ejemplo, la historia muestra un patrón claro: los hombres hablan de los cuerpos de las mujeres, los juzgan y los ridiculizan, mientras que las mujeres rara vez hablan de los cuerpos masculinos y, cuando lo hacen, su impacto público es mínimo.

 

La voz masculina es la medida del mundo y casi siempre son los hombres los que se permiten gestos y comentarios de esta magnitud. 

La crítica a una mujer en base a su forma, talla o apariencia de su cuerpo - en inglés se llama ‘bodyshaming’ - representa el primer campo de batalla. 

El primero porque a él se suman otras formas de menosprecio, como las formas de comentarios indeseables, gestos poco elegantes, silbidos, persecuciones, insinuaciones sexuales persistentes y manoseos - catcalling - y aquellas otras formas en las que se explica algo a alguien en un modo que sugiere que la otra persona es estúpida, y que es usado especialmente cuando un hombre explica a una mujer algo que ella en realidad ya entiende - mansplaining -. 

Nada de esto es anecdótico, episódico, ocasional…, sino casual porque refleja una construcción cultural milenaria en la que el poder, público y privado, es históricamente masculino y se ha normalizado toda forma de arrogante prepotencia.

 

Hablar, juzgar y ridiculizar a las mujeres sigue siendo, en parte, socialmente tolerado, mientras que la voz femenina, cuando intenta imponerse, se percibe como anómala, fuera de lugar o agresiva.

 

El privilegio masculino también se manifiesta en la libertad de utilizar el lenguaje como arma sin sufrir consecuencias equivalentes.

 

Alguien pensará que las arenas del poder han cambiado. Puede ser. Pero, incluso si así fuera, la estrategia persiste: se declina en las redes sociales, en los editoriales y en los debates públicos.

 

Las formas cambian, la función permanece. 


Por ejemplo, cuando se discrepa. Discrepar no significa necesariamente hacerlo con agresividad, pero parece que para muchos hombres esta es la única forma posible.

 

El cuerpo de las mujeres ha sido considerado históricamente como una propiedad, una metáfora moral y un objeto de control, y la frecuencia con la que los hombres lo comentan sigue indicando la sistematicidad del sexismo lingüístico.

 

Hablar de ello es un ejercicio de dominio y, aún hoy, el lenguaje cotidiano conserva estos códigos, a menudo sin plena conciencia.

 

Este mecanismo también se observa en las interacciones cotidianas: los comentarios sobre la ropa, el peso, la voz o la forma de hablar siguen siendo objeto de debate o denigración, aunque de forma diferente.

 

No es una cuestión de «políticamente correcto» o de deslizamientos morales individuales, sino una cuestión cultural.

 

Cada insulto, cada comentario ofensivo, cada…, contribuye a consolidar jerarquías y a definir roles sociales.

 

Para las generaciones jóvenes, crecer en un contexto en el que la voz femenina se ve sistemáticamente minimizada significa interiorizar normas de desigualdad. Por eso, el reto es cultural.

 

No basta con decir «no insultes», sino que hay que explicar cómo el lenguaje estructura las relaciones de poder, hay que mostrar que cada palabra conlleva una historia, un contexto y un peso simbólico.

 

Hay que educar en la conciencia semántica, mostrando que la palabra puede construir o destruir, liberar o dominar. Seguramente, también necesitaríamos una educación en afectividad… pero eso es otra historia.

 

Aquel episodio «Quiet, piggy» - ‘Cállate, cerdita’ -, lo traigo aquí porque es otro claro ejemplo de cómo el sexismo se reproduce en privado y en lo público, incluso también en las más altas esferas de nuestra política estatal.

 

Ignorarlo significa legitimar un orden de género existente, mientras que lo que deberíamos hacer es comprender, denunciar, debatir y transformar. También los partidos políticos.

 

Sí, hay que censurar ciertos términos o comportamientos. Negro sobre blanco. Sin paliativos. 


Pero se trata también de educarnos y enseñarnos a leer la cultura del lenguaje, a reconocer códigos y jerarquías y a desarrollar el sentido crítico. 


Solo así, tal vez, podamos construir espacios públicos en los que reconocer la dignidad de la mujer y en los que habitar de manera más equitativa.

 

Si has llegado hasta aquí, te propongo este ejercicio para tu reflexión. Se trata de ver y de escuchar. Y ojalá, también, de reflexionar: https://www.youtube.com/watch?v=l7iNejWP3kE

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 5 de febrero de 2026

Derecho de ser Mujer.

Derecho de ser Mujer

Las mujeres, para hablar, deben superar el ruido de las voces patriarcales que son hasta fáciles de ver, aunque quizá sean los más difíciles de superar. Hacen mucho ruido, especialmente cuando rompen a vociferar, y son potentes dado que el modelo de civilización patriarcal tiene orígenes antiguos y, en virtud de ellos, está consolidado, transmitido, interiorizado e institucionalizado.

 

A mí me gustan las mujeres. Me gustan las mujeres anticonformistas. Me gustan las mujeres independientes. Las mujeres dulces. Me gustan las mujeres fuertes. Las mujeres sensibles. Me gustan las mujeres que saben mantener el poder. Las mujeres que saben usar la belleza sin denigrarla. En definitiva, me gustan las mujeres que no tienen miedo de ser mujeres. Y, por lo tanto, en realidad, me gustan las mujeres incluso cuando no consiguen ser inconformistas, independientes o dulces.

 

Conozco a muchas mujeres, a algunas las he conocido en la calle, a otras en los libros, a otras en los medios de comunicación.

 

Conozco a mujeres que cada mañana se ponen un traje, cogen el tren de primeras horas y se van a trabajar, y mujeres que a primera hora de la mañana se levantan y ponen en marcha a los habitantes de la casa con mil y un quehaceres, mujeres que en la cola del semáforo miran al vacío, mujeres que en la cola del semáforo se empolvan la nariz, mujeres que siempre escriben con lápiz, mujeres que solo escriben en el ordenador, mujeres que solo leen novelas, mujeres que no leen nada.

 

Conozco mujeres a menudo cansadas y mujeres siempre enérgicas; conozco mujeres que crían a cinco hijos y mujeres que no son capaces de mantener viva una planta; mujeres que tienen una habitación para ellas solas en la que escriben el inicio de grandes novelas, y mujeres que en su habitación para ellas solas deciden suicidarse; mujeres que aman, idolatran y exhiben su cuerpo, y mujeres que, si pudieran, nunca lo mostrarían; conozco mujeres que salen a la calle a protestar y mujeres obligadas a embarcar a sus hijos en una lancha neumática porque el mar abierto da menos miedo que la guerra; conozco mujeres enfadadas, mujeres desilusionadas, mujeres excéntricas, mujeres melancólicas.



Y creo que es importante que cada una de estas mujeres siga siendo mujer en la medida de sus posibilidades, pero que entre en relación con el mundo de la realidad y no solo con el mundo de los hombres, y que piense en sí misma para construirse y afirmarse como sujeto libre, no para compadecerse o menospreciarse.

 

Y que sea muy consciente de sus logros y de las limitaciones que aún se le imponen, y que viaje por el mundo como mujer en un cuerpo de mujer y no con la ambición de convertirse en una entidad desencarnada, porque la renuncia a ser mujer en la mente y en el cuerpo esconde el deseo de uniformarse al hombre y, por lo tanto, también esconde el consentimiento a una civilización patriarcal, a la transmisión y perpetuación de ciertos roles, instituciones y poderes de la vida privada y pública.

 

Porque todo ello no hace sino ocultar el consentimiento a la discriminación y la opresión, que, al ser formas de relación, no se eliminan si los oprimidos y discriminados las ignoran, si fingen no verlas; al ser formas de relación, y por lo tanto formas de dar sentido al mundo y a los demás seres humanos, no pueden eliminarse: pueden y deben modificarse.

 

Muchas mujeres han trabajado en esta dirección, abriendo nuevos caminos para sí mismas y para otras. Podría citar a las muchas mujeres —nunca conocidas, muertas o vivas, reales o imaginarias— que forman en mí una cadena invisible, mujeres con las que siento, a pesar de toda su grandeza, que tengo un vínculo, algo en común.

 

Muchas de las mujeres que he admirado y admiro me las han dado a conocer otras mujeres, que han mirado hacia adelante pero sin dejar de mirar a su alrededor, y que se han tomado muy en serio su condición de mujer. Podría hablar de algunas, pero tendría que dejar fuera a muchas.

 

Y, sin embargo, solo pensar en toda esta genealogía no me satisface. No me parece lleno de sentido el mirar atrás . Y mucho menos hacerlo con rabia, o con frustración, o con arrepentimiento; lo hace inútil y perjudicial, y nos vuelve ingratos. Pro es que. a fuerza de mirar atrás, llegamos sin aliento al punto en el que empezamos a mirar hacia adelante.

 

En cambio, creo que las mujeres necesitan todo el aliento del que disponen, porque se ven obligadas a recorrer —y no en circunstancias tranquilas, acogedoras y favorables, sino en esas circunstancias difíciles, de ruidos, de violencias, a veces tan aterradoras— un trayecto que los hombres hemos recorrido incluso con cómoda facilidad o, por lo menos, con aparente normalidad.



No, no se me olvida que el 8 de marzo no es el Día de la Mujer, sino el Día Internacional de los Derechos de la Mujer. La diferencia entre ambas definiciones no es formal, sino sustancial. Hoy en día, más que un día de celebración, es un día de reflexión para todos, mujeres y hombres.

 

Es cierto que se han dado muchos pasos adelante y se han conquistado muchos derechos, pero no podemos bajar la guardia y darlos por sentados. De hecho, incluso los derechos que parecían ya adquiridos y consolidados se cuestionan cíclicamente. Tampoco en el mundo laboral hay nada seguro. Todavía hoy, demasiadas mujeres, a pesar de realizar trabajos similares a los de sus compañeros hombres, perciben salarios inferiores.

 

Todavía hay demasiadas mujeres obligadas a elegir entre el trabajo y la familia. Demasiadas mujeres son obligadas a elegir entre la maternidad y el trabajo, tal vez vinculando su contratación a garantías concretas de no quedarse embarazadas. O bien, al no existir un bienestar social digno de ese nombre, demasiadas mujeres se ven aún obligadas a abandonar el trabajo para cuidar de sus hijos. Otras, al no poder permitírselo, se ven obligadas a renunciar a él de forma preventiva.

 

Todo ello pasando por alto el hecho de que estamos dando por sentado que, en tal caso, esas renuncias deben recaer exclusivamente sobre las mujeres. No hace falta decir que un terreno tan fértil es perfecto como base para muchos derechos denegados. La emancipación femenina de las últimas décadas no ha impedido que la mujer, aunque en menor medida que en el pasado, siga estando en una situación de subordinación económica con respecto al hombre, lo que reduce su autonomía.

 

De hecho, la incapacidad y el miedo de muchas mujeres a reaccionar ante las agresiones, los abusos y la violencia que sufren por parte de sus parejas están precisamente relacionados con su escasa autonomía económica, además de con una herencia cultural retrógrada de la que aún no hemos logrado desprendernos definitivamente.

 

Por lo tanto, reducir el día de hoy a una banal fiesta es denigrante y ofensivo, sobre todo para las muchas mujeres a las que aún hoy se les niegan incluso los derechos más fundamentales. Para aquellas que han luchado y luchan cada día de su vida por reivindicarlos y afirmarlos, en favor de todas y todos. Pienso en las mujeres que se sacrificaron, si no su vida, gran parte de su juventud para garantizarnos la libertad de hoy.



Pienso en las mujeres obligadas a prostituirse, golpeadas y segregadas. Pienso en las niñas casadas con hombres sin escrúpulos y en las otras tantas jóvenes obligadas a matrimonios concertados.

 

Pienso en las chicas violadas en las calles de nuestras ciudades. En las mujeres violadas por su pareja, al amparo de las paredes de su hogar. Pienso en todas las mujeres que viven en regímenes dictatoriales y que cada día se ven privadas de sus derechos fundamentales. Pienso en las mujeres iraníes, dispuestas a morir por la libertad. Pienso en las mujeres que viven en países en guerra, que intentan sobrevivir con todas sus fuerzas y están dispuestas a sacrificar su vida en un intento desesperado por proteger a sus hijos.

 

Y en aquellas madres obligadas a separarse de sus hijos, con la esperanza de darles la oportunidad de un futuro mejor. Pienso en las mujeres que intentan huir de países azotados por la guerra, el hambre, la sed, las enfermedades, los abusos y las miserias de todo tipo, enfrentándose a un viaje por mar, a veces en condiciones meteorológicas adversas, a bordo de una especie de barco abarrotado de demasiados desesperados, poniendo en peligro la vida de sus hijos, pero en un intento extremo por salvarlos de una muerte segura.

 

Y espero que este sea el sentido del Día Internacional del Derecho a ser Mujer siempre cada día, tanto para las mujeres como para los hombres en su conjunto: no olvidar el camino ya recorrido, pero sobre todo recordar todo el que queda por recorrer. Una especie de puesto de control para la memoria colectiva.

 

Y si un ramo de mimosas puede ayudar simbólicamente a la memoria, entonces bienvenido sea. Por otra parte, existe un lenguaje de las flores; en siglos anteriores se utilizaba mucho. Yo no lo conozco, pero me parece que a menudo las flores sugieren las palabras adecuadas.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...