Yo soy el amo
de mi destino y el capitán de mi alma
Antes de pasar a leer esta reflexión me gustaría que vieras, y recordaras, aquella escena de la película «Invictus»: https://www.youtube.com/watch?v=nRClKROapn0
A veces, la resistencia es precisamente una virtud
indispensable. Pienso en quienes llevan años padeciendo una enfermedad
incurable, en quienes se ven oprimidos por la violencia, en quienes se sienten
perseguidos por toda forma de hostilidad. En quienes deben soportar fatigas que
superan sus fuerzas. Pienso en quienes están viviendo momentos sombríos y de
desorientación.
Tantas veces hemos leído un poema que encierra una
fuerza impresionante. Un poema que podría formar parte del canon de la Biblia
o, en cualquier caso, que podría haber sido escrito por todos y cada uno de los
cristos que llevan una vida de penurias.
Se trata de un poema escrito por William Ernst Henley, un poeta inglés nacido en 1848 y fallecido a los 55 años en 1903. La suya es una historia de sufrimiento: a los 12 años enfermó gravemente de tuberculosis, lo que le costó la amputación de una pierna.
La enfermedad no le dio tregua en toda su vida; sin embargo, William Ernst Henley era una persona dotada de una extraordinaria fortaleza de espíritu: se graduó en 1867 y se trasladó a Londres para iniciar su carrera como periodista. Durante los ocho años siguientes pasó largos periodos ingresado en el hospital, corriendo incluso el riesgo de que le amputaran el pie derecho.
Él se opuso a la segunda operación y aceptó ser ingresado en The Royal Infirmary de Edimburgo, bajo el cuidado de Joseph Lister (1827-1912), uno de los médicos pioneros de la cirugía moderna.
Tras pasar tres años en el hospital —de 1873 a 1875—, recibió el alta y, aunque el tratamiento de Joseph Lister no fue del todo satisfactorio, le permitió, no obstante, llevar una vida autónoma durante treinta años.
Precisamente en 1875, mientras se encontraba en el hospital, escribió su poema más famoso, «Invictus» - «invencible» -, dedicado a Robert Thomas Hamilton Bruce (1846-1899).
En lugar de afligirse, reaccionó con valentía y esperanza; no se desesperó por lo que había perdido y, a lo largo de su calvario diario, siguió mirando hacia adelante y decidió no dejar que nada ni nadie, salvo él mismo, controlara su vida: ¡yo soy el capitán de mi alma!
También podemos recordar que este era el poema que leía cada día, para darse ánimos y no perder la esperanza, Nelson Mandela durante su cautiverio. Él conservó este poema en una hoja de papel durante su prisión, ayudándole a sobrellevar su encarcelamiento. Invictus, aquella película de 2009 dirigida por Clint Eastwood, recogía el testimonio de aquel coraje de Nelson Mandela que fue la oportunidad para unir un país.
He aquí el texto de este hermoso y luminoso poema:
En la noche que
me envuelve,
negra, como un pozo insondable,
doy gracias al Dios que fuere
por mi alma inconquistable.
En las garras de
las circunstancias
no he gemido, ni llorado.
Bajo los golpes del destino
mi cabeza ensangrentada jamás se ha postrado.
Más allá de este
lugar de ira y llantos
acecha la oscuridad con su horror.
Y sin embargo la amenaza de los años me halla,
y me hallará sin temor.
Ya no importa
cuán estrecho haya sido el camino
ni cuantos castigos lleve a mi espalda:
soy el amo de mi destino,
soy el capitán de mi alma.
No lo sé si William Ernst Henley conocía las palabras que San Pablo, en el momento de la prueba, escribía a los cristianos de Corinto:
«De
hecho, estamos atribulados por todas partes, pero no oprimidos; estamos
desconcertados, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados;
golpeados, pero no muertos, llevando siempre y en todas partes en nuestro
cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en
nuestro cuerpo. De hecho, siempre que estamos vivos, estamos expuestos a la muerte
por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra
carne mortal. De modo que en nosotros obra la muerte, pero en vosotros la vida»
(2 Co 4, 8ss).
El final del poema es un auténtico himno a la libertad y a la responsabilidad. Tomar las riendas de mi vida y guiarla con valentía hacia la verdadera Vida. Solo así seré «invencible», «invictus», más fuerte que cualquier adversidad y cualquier miedo, porque en mí triunfa la fuerza de la vida de Jesús.
El 18 de julio se celebra el Día de Nelson Mandela, la jornada proclamada por las Naciones Unidas en honor al primer presidente negro que liberó a Sudáfrica del apartheid.
Esa fecha no es casual: el 18 de julio
de 1918 nació en el pueblo de Mvezo Nelson Mandela, conocido cariñosamente como
«Madiba».
Nelson Mandela fue uno de los líderes políticos más queridos del siglo XX. Galardonado con el Premio Nobel de la Paz en 1993, su lucha contra el apartheid y los años que pasó en prisión lo convirtieron en un símbolo de la lucha contra el racismo. Militante y activista, su resistencia contra el gobierno segregacionista de Sudáfrica se prolongó durante casi cincuenta años, de los cuales pasó 27 en prisión.
En aquellos largos años de prisión, que
comenzaron con su detención en 1964, tras haber organizado acciones militares y
de sabotaje contra el Gobierno sudafricano, su resistencia pasiva aumentó la
popularidad del Congreso Nacional Africano (ANC), el partido sudafricano cuyo
objetivo era poner fin a las injusticias de la segregación racial.
«Invictus», aquel poema escrito por un hombre de hace siglos, se convirtió en el himno a la vida de Nelson Mandela, quien supo leer en él el símbolo de la invencible resiliencia humana.
En aquella celda de Robben Island, en la que permanecería recluido durante veintisiete años, Madiba tuvo un compañero de reclusión muy especial: William Ernest Henley. Lo encontraría entre aquellas líneas y, en aquellas palabras, se reconocería a sí mismo, descubriendo que, en el fondo, parecían haber sido escritas expresamente para él.
En aquel «Invictus» en el que el poeta parece volcar todo el amor que siente por la vida y la convicción de que el espíritu humano vence a todo, el líder de la resistencia negra en Sudáfrica encontró un mantra que repitió cada día mientras miraba más allá de aquellos barrotes que limitaban su cuerpo pero no contenían su espíritu.
El sufrimiento de un artista y poeta británico, plasmado en el papel, se convirtió en el motor del valor de otro hombre que, en esas palabras, volvió a ver la invencibilidad del alma humana frente a las dificultades de una vida dedicada al servicio de los demás.
Uno quiere creer que cada uno de nosotros tiene algo sólido en su interior, una fuerza que resiste cualquier adversidad. Incluso cuando las circunstancias golpean, hieren y derrumban… incluso entonces el espíritu puede permanecer íntegro y el alma libre e indómita.
Acabo ya mi reflexión con la escena, un poco más larga, con la que comenzaba esta reflexión: https://www.youtube.com/watch?v=nRClKROapn0
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF



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