sábado, 11 de julio de 2026

Una reflexión a Monseñor Luis Argüello y al resto de los Obispos de la Conferencia Episcopal Española.

Una reflexión a Monseñor Luis Argüello y al resto de los Obispos de la Conferencia Episcopal Española 

Me han invitado a entrar en el contenido y en la forma de la intervención del Presidente de la Conferencia Episcopal Española, Monseñor Luis Argüello, el pasado 9 de julio. 

Me refiero, en concreto, a su intervención en el marco de las Jornadas de la Escuela de Verano organizada por la Conferencia Episcopal, la Universidad Pontificia de Salamanca y la Fundación Pablo VI y celebrada en la sede de la Fundación Pablo VI. 

Los términos forma y contenido han ocupado un lugar central a lo largo de la historia del pensamiento. Quienes han abordado el tema han elaborado explicaciones y razonamientos tanto sobre su distinción como sobre su estrecha relación. 

Y creo que conviene precisar el significado de estos dos términos, limitándonos a su uso más frecuente en el lenguaje cotidiano. 

Por lo general, en el transcurso de una intervención, con el término contenido se hace referencia a la tesis o al resumen del razonamiento defendido por un interlocutor, mientras que, por el contrario, con el término forma se hace referencia al conjunto de elementos expresivos —desde la elección de los términos hasta el tono de voz— con los que se opta por expresar ese contenido concreto. 

Esta distinción surge con frecuencia en las conversaciones, sobre todo cuando alguien se declara «de acuerdo con el contenido», pero «en desacuerdo con los medios» utilizados para expresarlo —la forma, precisamente—. 

Una afirmación de este tipo resulta a veces útil para poner de relieve algunas partes específicas de la cuestión en las que no se está de acuerdo; sin embargo, al mismo tiempo entraña el riesgo de separar en exceso los significados de ambos términos. 

Es fundamental tener presente que, durante una intervención, juzgar la forma significa evaluar la idoneidad de una determinada manera de expresarse con respecto al contenido expresado. 

Al manifestar el propio acuerdo con el contenido y el propio desacuerdo con la forma, es importante, por tanto, tener en cuenta que toda discusión al respecto gira, no tanto en torno a la forma en sí misma que se ha utilizado, sino más bien en torno a la consonancia de esa forma con ese contenido. 

Pongo un sencillo ejemplo a modo de ilustración. 

Estando a la mesa, se puede pedir que nos pasen la sal; si se hace de forma brusca sin que haya motivos para ello, el problema no es tanto haber utilizado ese tono, quizá acompañado de una exclamación, sino más bien haberlo utilizado en un contexto en el que la intención era simplemente pedir la sal; por lo tanto, no es la forma —es decir, el tono brusco— lo que está mal a priori, sino más bien lo inapropiado de ese tono en esa ocasión concreta; en tal caso, resulta importante señalar que, aunque no haya nada que objetar respecto a la petición —es decir, el contenido del mensaje—, «la forma» no es adecuada. 

En un extremo opuesto, por ejemplo, en caso de que haya que denunciar un abuso, el uso de un tono y un lenguaje suave y cordial —como, por ejemplo, el de quien suele pedir sal en la mesa— resultaría fuera de lugar, al menos por el hecho de no lograr poner de relieve la gravedad del objeto de la denuncia. 

En cualquier ocasión, por tanto, lo que hay que evaluar no es la forma por sí sola, sino, en todo caso, la adecuación del contenido a esa forma de expresión, a ese «lugar», a esos términos, a esos interlocutores, etc. 

A menudo ocurre que, en las intervenciones cotidianas, partiendo de esa distinción (entre forma y contenido), se omite el vínculo que une ambos términos, y así se acaba cayendo en oposiciones que no hacen más que obstaculizar la búsqueda de la mejor síntesis respecto al tema que se está tratando. Esto ocurre cuando la forma y el contenido se conciben como conceptos separados entre sí. 

De hecho, la forma no es solo un medio de expresión, sino que también transmite contenidos, los cuales no están incluidos en lo que se considera principalmente como contenido. 

De hecho, en el transcurso de una intervención, los elementos que normalmente se consideran «forma» —el tono de voz, el uso de términos más o menos «fuertes», la llamada comunicación no verbal, etc.— forman parte del propio contenido de lo que se pretende defender, ya que, si ese razonamiento se expresara de «otra manera», esos aspectos concretos no se manifestarían. De hecho, dichos elementos representan una parte fundamental de lo que se pretende expresar y, por lo tanto, del propio contenido. 

Transmitir un determinado contenido con un tono cordial hacia un interlocutor, comunicarlo de manera seria y decidida, o incluso decirlo gritando, resulta ser una elección que afecta inevitablemente no solo a la forma en que se dice, sino al propio significado que se quiere atribuir a ese discurso, ya que en esa expresión concreta también quedarán incluidos otros elementos que no están presentes en la tesis o en el razonamiento realizado. 

Transmitir un mensaje con unos términos en lugar de otros no es solo una cuestión de forma, ya que un término, precisamente debido a la diferencia específica que posee respecto a otro término, no puede sino surtir un efecto sobre lo que se sostiene y, por lo tanto, transmitir y expresar un determinado contenido. 

Estar de acuerdo sobre el «contenido», al margen de la forma, significa ponerse de acuerdo sobre un contenido que no tiene en cuenta algunos aspectos que inciden inevitablemente en lo que se pretende comunicar; lo que significa ponerse de acuerdo solo parcialmente sobre el contenido. 

Puede ocurrir que, en el transcurso de una intervención, uno llegue a estar de acuerdo con el razonamiento expuesto, pero no con el tono, que para algunos puede parecer «excesivo». Por eso, manifestar que se está de acuerdo con el contenido al margen de la forma puede resultar engañoso. 

Al respecto de su intervención del pasado 9 de julio le digo, Monseñor Luis Argüello, a Usted en cuanto Presidente de la Conferencia Episcopal Española, y al resto de los Obispos de nuestras Diócesis, que es necesario evitar el dualismo entre forma y contenido para comprender mejor el pensamiento, el de los Obispos, y profundizar en la búsqueda de los errores o de los aciertos de una sociedad, del ejercicio de un gobierno,..., del tema o de la realidad que se trate. 

Porque todo contenido implica necesariamente una cierta forma, del mismo modo que toda forma es también contenido. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Dichosos, más bien, los que escuchan la Palabra y la cumplen - San Mateo -.

Dichosos, más bien, los que escuchan la Palabra y la cumplen - San Mateo 13, 1-23 -

Ésta es una página del Evangelio que ha inspirado tantos comentarios. La parábola del sembrador es una de las más famosas y «fáciles» de entender porque, en todos los evangelios sinópticos, contamos con la explicación autorizada de Jesús. ¿Qué más se puede añadir? 

Podría resultarnos útil preguntarnos qué quiso decir Jesús a sus discípulos aquel día, aquella mañana, al salir de casa y sentarse a orillas del mar. De repente, se reúne a su alrededor mucha gente y el maestro comienza a hablar; pero ¿para decir qué? 

Mateo se empeña en decirnos que Jesús, aquel día, contó muchas parábolas. La de la semilla, por tanto, parece casi solo un ejemplo: «Jesús les habló de muchas cosas en parábolas; por ejemplo, dijo…». 

En este relato del Evangelio aprendemos que, ante la Palabra, estamos llamados a escuchar (el verbo «escuchar» aparece cinco veces) y a comprender (hacer espacio en nuestro interior) con una actitud dócil, llena de deseo de dejarnos fecundar y transformar. 

Pero no basta con acoger (la semilla es esparcida abundantemente por el labrador, que no pide permiso a la tierra) ni tampoco con limitarse a escuchar. Los terrenos (el corazón humano) en los que ha caído la semilla de la Palabra se caracterizan, los cuatro, por haber acogido la Palabra y, a continuación, haberla escuchado, tal vez incluso con alegría y entusiasmo. 

Pero, solo uno de ellos ha dado fruto; solo es fértil el terreno que es como «el que escucha la Palabra y la comprende». La actitud de escuchar y comprender depende, por tanto, del poder del Espíritu, además de la libertad del hombre. 

La belleza de la parábola no solo nos dice que los tres primeros tipos de terreno describen una acogida superficial de la Palabra de Dios, sino que destaca sobre todo la tenacidad y la confianza del sembrador, que sigue echando la semilla sobre todo tipo de terreno. 

Parece que el labrador de la parábola siembra sin prestar atención, encontrando obstáculos de todo tipo, desde pájaros hasta piedras, desde la falta de tierra suficiente hasta las zarzas o el calor abrasador del sol. 

Alguien podría pensar que existe una estrecha correspondencia entre el terreno bueno y aquellos que escuchan con fe, y es cierto. 

Pero si nos detuviéramos solo aquí, cometeríamos un grave error al pensar que Jesús establece preferencias, es decir, que distingue entre quienes están dispuestos a escuchar y quienes no tenían ni tienen ningún interés, entre quienes le seguían de cerca y quienes, en cambio, escuchaban distraídamente y pasaban de largo. 

En realidad, sabemos que no es Jesús quien utiliza dos varas de medir, sino que somos nosotros, los seres humanos, quienes tenemos con Él una fe «de altibajos, de idas y vueltas». 

Dios concede a todos conocer los misterios del Reino, es decir, entrar y adherirse a la lógica con la que Él reina en la historia, pero su don se quiebra y no puede hacer nada allí donde los ojos humanos están cerrados, los oídos tapados, el corazón y la mente embotados, el terreno sin labrar. 

El sembrador sigue sembrando con confianza porque está seguro de la fecundidad de la semilla que lanza. Confía en ella, está seguro de que sabrá ser más tenaz que los límites objetivos de los terrenos en los que se siembra. 

Más que detenernos en la calidad del terreno, deberíamos ser capaces, ante todo, de reconocer la calidad de la semilla donada y quién es Aquel que siembra. 

La semilla de la Palabra de Dios será sin duda cada vez más resistente y fuerte que todas las dificultades, que incluso podrá superarlas hasta dar un fruto extraordinario. 

Pero también es necesario conocer cada vez mejor y examinar el terreno de nuestra vida para poner a prueba realmente nuestro deseo y nuestra capacidad de escucha, porque la invitación es a convertirnos en terreno fértil en el que la semilla pueda desplegar toda su fecundidad y producir su fruto sobreabundante. 

Quien tenga un corazón dócil, abierto y atento a la Palabra, la comprenderá de forma cada vez más profunda y lúcida, y la lógica del Reino le resultará familiar; pero quien cierre sus sentidos a la escucha de Dios, presumiblemente tendrá cada vez más dificultades para reconocer su Voz, perdiendo poco a poco la sensibilidad que Dios le ha concedido desde siempre. 

¿Cuál es la tierra buena? ¿Cuáles son sus características? 

De hecho, la parábola no lo dice. Mientras describe con detalle las tres primeras tierras estériles, no dice nada sobre las características de la cuarta tierra o, mejor dicho, «se limita» a afirmar que es una tierra buena si «escucha y comprende». 

Me parece poder decir que la pregunta queda abierta. 

¿Es el terreno bueno aquel que carece de todas las características negativas de los tres primeros? ¿Sin piedras, sin zarzas, protegido del calor del sol? 

¿O es un terreno que, aunque plagado de algunas de estas limitaciones, confía de todos modos en el poder y la fecundidad de esa semilla? 

Un terreno que sabe que la cosecha abundante, más que de su propia bondad, depende de la de la semilla, como recuerda el profeta Isaías: «… así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sin haber hecho lo que yo deseo y sin haber cumplido aquello para lo que la envié» (Is 55,11). 

Es buena la tierra que se deja fecundar y transformar; es buena la tierra que se deja convertir por la Palabra de Jesús. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 10 de julio de 2026

Palladio, una armonía de inspiración matemática - Karl Jenkins -.

Palladio, una armonía de inspiración matemática - Karl Jenkins - 

Aparte de la partitura en sí, el nombre Palladio ha suscitado un amplio debate sobre sus orígenes. En pocas palabras, hace referencia a la figura del arquitecto veneciano Andrea Palladio (1508-1580). Se trata de un concerto grosso para orquesta de cuerda escrito en 1995, y Karl Jenkins dice lo siguiente sobre la obra: 

«Palladio se inspiró en el arquitecto italiano del siglo XVI Andrea Palladio, cuya obra encarna la celebración renacentista de la armonía y el orden. Dos de los rasgos distintivos de Palladio son la armonía matemática y los elementos arquitectónicos tomados de la Antigüedad clásica, una filosofía que, en mi opinión, refleja mi propio enfoque de la composición. 

El primer movimiento lo adapté y utilicé para el anuncio de televisión de «Shadows» de A Diamond is Forever, para una campaña mundial. El movimiento central lo he reorquestado desde entonces para dos voces femeninas y orquesta de cuerda, tal y como se puede escuchar en Cantus Insolitus, de mi obra Songs of Sanctuary». 

Vamos con una presentación somera de esta obra. 

El primer movimiento recurre a la unidad, con el tema principal interpretado al unísono por toda la orquesta de cuerda. 

Este pequeño núcleo de material melódico y movimiento se retoma y se desarrolla a lo largo de los tres movimientos, aunque de forma más evidente en el primero. La forma en que Karl Jenkins ha compuesto esto recuerda a compositores como Antonio Vivaldi, y el primer movimiento se inspira claramente en su famosa serie de conciertos: Las cuatro estaciones. 

La celebración de este sonido barroco se aprecia a lo largo de los tres movimientos. Hay mucho juego de luces y sombras en todo el conjunto, y la comunicación entre los instrumentos desempeña aquí un papel clave. 

Tras comenzar al unísono, empiezan a surgir las partes solistas, que se alternan entre las indicaciones de «solo» y «tutti», creando dramatismo y suspense. Karl Jenkins también utiliza la dinámica para generar tensión, lo que refuerza esta idea de música dramática. 

El segundo movimiento, marcado como «largo», comienza con una figura pulsante que se desplaza cromáticamente. 

De nuevo, el conjunto toca al unísono hasta que el violín solista emerge con la figura melódica principal. El acompañamiento que ofrecen las partes graves no se desvía de los ritmos pulsantes iniciales. 

A diferencia del primer movimiento, el segundo es muy lento y solemne, lo que crea una atmósfera muy diferente. El violín solista canta por encima del acompañamiento, resaltando algunas melodías realmente desgarradoras. 

Una vez más, la elección de la dinámica por parte de Karl Jenkins contribuye enormemente al desarrollo de la música: el acompañamiento va creciendo al ritmo de la intensidad del solista para luego desvanecerse rápidamente, creando quizá la visión de la nada. 

El movimiento final es rápido y hace hincapié en la importancia del timbre al principio, con una mezcla de partes en pizzicato y arco. 

La idea melódica alegre y descarada se repite, recorriendo de forma constante diferentes armonías durante más de dos minutos. Esta idea se desarrolla hacia un estilo de interpretación menos áspero, que recuerda mucho al primer movimiento. El conjunto es el solista de este movimiento, y todo se toca al unísono, creando un potente muro de sonido. 

Al estar esta partitura inspirada en Andrea Palladio, la armonía y las estructuras son rígidas y muy matemáticas. A la armonía matemática se unen los elementos arquitectónicos tomados de la Antigüedad clásica. 

Disfruta de estas melodías cautivadoras y de su majestuosa orquestación. En todo ello se evoca una sensación de grandiosidad y belleza arquitectónica. Las armonías épicas y los ritmos contundentes crean una atmósfera cautivadora y evocadora, que transporta al oyente a un viaje emocional e inspirador. 

Entre las muchas versiones te dejo ésta que dura apenas 16 minutos: https://www.youtube.com/watch?v=pbvIMn1bQWA&list=RDpbvIMn1bQWA&start_radio=1

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Los Días de las Memorias.

Los Días de las Memorias 

Existe un arma que no hace ruido y, sin embargo, puede ser más letal que las bombas y las pistolas: es el silencio de quien ve y aparta la mirada. 

Los violentos lo saben bien; de hecho, prosperan allí donde la conciencia calla. 

Y para romper ese muro de silencio se suelen celebrar algunos Días de la Memoria y el Compromiso en recuerdo de las víctimas de la violencia. 

No solo para depositar flores sobre sus lápidas, sino sobre todo para plantar semillas fértiles en la conciencia colectiva. 

La memoria cívica es como un músculo del gran cuerpo de la sociedad: exige cuidados y ejercicio: si la descuidamos, se atrofia y la sociedad pierde vigor; si la entrenamos, se convierte en advertencia, acicate y energía que nos aleja de la inercia moral, nos mantiene alerta y nos hace capaces de oponernos al mal y transformar el presente. 

Recordar a las víctimas de la violencia es un acto de resistencia contra la creencia de que la violencia es inevitable, el asesinato algo normal y la ley del silencio una forma necesaria de prudencia. 

Cada vida truncada que no dejamos caer en el olvido se convierte en un antídoto, una chispa de conciencia contra esa indiferencia silenciosa, ese consenso pasivo y esa resignación que permiten a las mafias arraigarse y sobrevivir. 

Y hay que hablar. También para romper el silencio, para no permitir que el miedo o la costumbre de callar se conviertan en complicidad. Hablar, sí, para recordar que la indiferencia no se convierta en terreno fértil para la anomalía de la violencia y el olvido en protección para quienes la han ejercido. 

La memoria debe transformar el recuerdo en práctica, convertirse en una exhortación a la acción. Debe conducir a la conciencia de que ese pasado nos concierne, nos interpela, nos pide que pongamos de nuestra parte, exige nuestro valor. 

No, no el valor de los grandes actos de heroísmo, sino el de los gestos cotidianos, de las pequeñas decisiones, que nos llevan a rechazar un favor que huele a atajo, a denunciar una injusticia, a contrarrestar la lógica del «así lo hacen todos», a defender a quienes están más expuestos. 

El valor de cuestionar nuestros hábitos: cómo votamos, cómo hablamos, cómo nos relacionamos con los demás. Transformamos el recuerdo en un ejercicio de valor cada vez que resistimos la tentación del nihilismo práctico: cuando preferimos la responsabilidad a la indiferencia, la verdad al silencio, la transparencia a la ambigüedad, la legalidad a la conveniencia. 

El valor es contagioso: cuando alguien lo ejerce, otros encuentran la fuerza para practicarlo. Toda violencia se consolida gracias al aislamiento, pero cuando el valor deja de ser un gesto aislado y se transforma en un movimiento compartido, en reciprocidad y corresponsabilidad, el miedo se atenúa y la violencia comienza a perder terreno. 

Recordar a las víctimas de la violencia significa mirar al pasado para dar un nuevo rumbo al mañana. La memoria no solo conserva: orienta la acción futura. De este impulso proyectivo nace la esperanza de la que hablaba Ernst Bloch. 

La esperanza es energía transformadora. A diferencia del miedo, «no es una espera pasiva, no es resignación […] se expande, ensancha a los hombres en lugar de encogerlos, no permite conformarse con el mal presente» (Ernst Bloch, El principio de esperanza). 

Es apertura a lo nuevo, tensión hacia el cambio. La memoria y la esperanza resultan así aliadas en el mismo camino de lucha contra la violencia: la primera mantiene vivo lo que ha sucedido, la segunda abre el horizonte de lo que se puede construir. 

La idea de la justicia como bien común, de la legalidad como responsabilidad compartida, debe seguir caminando nuestras decisiones. Debe convertirse en el proyecto de una sociedad que no pasa página distraídamente, que no se resigna, en un compromiso de la escuela, de las instituciones, de las asociaciones y de las comunidades, tanto pequeñas como grandes. 

La lucha contra la violencia se gana educando, vigilando, forjando vínculos y fomentando la ciudadanía activa. Cada lugar donde se crece, se decide y se coopera puede convertirse en un bastión de la legalidad. 

Por eso, también, cada Día de Memoria es como una primavera de la militancia activa de la ciudadanía, una advertencia y una promesa de un futuro más justo que construir juntos. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La microhistoria: escuchar la vida concreta de las personas.

La microhistoria: escuchar la vida concreta de las personas

Para una grande parte de nosotros Carlo Ginzburg es un perfecto desconocido. 

Por eso, le presento. Fue un historiador y ensayista, estudioso y escritos que se dedicó al estudio y al análisis en profundidad de fuentes históricas y archivísticas. De hecho, se ganó una fama como genio de la investigación histórica, capaz de cambiar profundamente la forma de indagar en el pasado e interpretarlo desde perspectivas hasta entonces descuidadas. 

En los años setenta, Carlo Ginzburg comenzó a cuestionar una historiografía construida casi exclusivamente a partir de las fuentes de los dominantes. Lo que se aceptaba como una verdad histórica consolidada quedó sometido al escrutinio minucioso. 

De ese cambio de perspectiva surgieron vidas, ideas y pensamientos que hasta entonces habían permanecido al margen, es decir, esa cultura de las clases subalternas que la historiografía había ignorado con demasiada frecuencia. 

En colaboración con otros Carlo Ginzburg contribuyó al nacimiento de la microhistoria, un enfoque que devolvía al centro de la atención a los más desfavorecidos, a los marginados y a aquella parte del pueblo que hasta entonces había sido más objeto que sujeto de la narración histórica. 

El bautismo de la microhistoria fue El queso y los gusanos, donde Carlo Ginzburg dio vida y voz a Menocchio, un molinero juzgado por la Inquisición por sus ideas y por las interpretaciones personales de los textos que leía en su vida cotidiana. 

A través de las actas del juicio, el historiador sacó a la luz puntos de vista que nunca antes se habían tenido en cuenta: ideas extravagantes, pero coherentes con el contexto cultural del molinero, pensamientos derivados de una cultura que hasta entonces había quedado excluida del panorama social e intelectual. 

Carlo Ginzburg demostró que las clases subalternas no son solo categorías económicas, sino también portadoras de conocimiento, memorias e imaginarios que a menudo escapan a los archivos oficiales. De esta manera quería permitir sacar a la luz verdades hasta entonces ocultas, devolviendo así un poco de justicia a la vida y al destino de los invisibles. 

Pero es en el método —o, mejor dicho, en la metodología de la investigación histórica— donde a menudo se olvida la contribución de esta genialidad. 

Su rebelión contra la narrativa historiográfica triunfalista le llevó, de hecho, a demostrar que los historiadores y los investigadores de archivo no son infalibles y que, en ocasiones, incluso el azar puede desempeñar un papel importante en el recorrido de la investigación. 

A Carlo Ginzburg se le debe la capacidad de dar la vuelta a la perspectiva de la historia, obligándola a mostrar las vicisitudes de los últimos, los invisibles y los marginados. 

En una época dominada por los algoritmos, las grandes estadísticas y las lecturas generalistas, rápidas, transversales… el método de Carlo Ginzburg recuerda que comprender el mundo sigue significando saber escuchar las vidas individuales. Detrás de cada cifra hay una historia; detrás de cada categoría social, una persona concreta. 

La búsqueda de la verdad, en la era de Internet y lo digital, debe abordarse con lo que Carlo Ginzburg definía como una «lectura lenta»: un ejercicio de atención, duda e interpretación. 

Tantas veces más que las respuestas, lo que queda como legado son las preguntas que Carlo Ginzburg trató de señalar como caminos a seguir: ¿quién tiene derecho a narrar la historia? ¿Es posible una verdad neutral? ¿Quiénes son los excluidos de las páginas de la historia? 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La mentira de la cultura del esfuerzo constante.

La mentira de la cultura del esfuerzo constante 

La pausa para comer se convierte en una oportunidad para seguir un curso en línea. El trayecto en metro se transforma en tiempo para responder a los correos electrónicos. ¿El fin de semana? Perfecto para ese proyecto paralelo que quizá algún día genere suficientes ingresos como para dejar el trabajo principal. 

Cada momento libre se llena, se optimiza, se hace productivo. Relajarse se convierte en motivo de culpa: se podría hacer algo útil, aprender una nueva habilidad, construir la propia marca personal. 

La cultura de la productividad constante impregna cada aspecto de nuestra existencia, presentándose como el camino hacia el éxito y la realización personal. 

Pero, ¿somos realmente más libres y nos sentimos más realizados? ¿O simplemente hemos reducido toda nuestra vida a una única dimensión alienante? 

Hannah Arendt, filósofa del siglo XX, ofreció en Vida activa una distinción fundamental para comprender la existencia humana. 

Ella identifica tres dimensiones de la vida: el trabajo, la obra y la acción. 

1.    El trabajo corresponde a las actividades necesarias para la supervivencia biológica, aquellas que consumimos de inmediato y que debemos repetir continuamente para seguir con vida. 

2.    La obra es la creación de objetos duraderos que sobreviven a su creador y construyen el mundo humano común. 

3.    La acción, por último, es la dimensión política y relacional, el espacio de libertad en el que nos relacionamos con los demás como personas únicas. 

Para ella, una vida plenamente humana requiere estas tres dimensiones. El problema de la modernidad es que el trabajo ha colonizado todo lo demás. 

La «cultura del esfuerzo constante» contemporánea representa el triunfo definitivo de esta colonización. 

Todo se reduce al trabajo en el sentido de Hannah Arendt: actividad que sirve para la supervivencia, que se consume de inmediato y debe repetirse hasta el infinito. La «cultura del esfuerzo constante» no es la creación de una obra duradera, sino la generación de ingresos. La marca personal no construye relaciones auténticas, sino que mercantiliza nuestra identidad. 

Incluso las aficiones se ven transformadas: ya no se pinta por el placer de crear, sino para vender en Etsy; ya no se corre para sentirse bien, sino para optimizar el rendimiento con aplicaciones y relojes inteligentes. Toda actividad debe justificarse produciendo algo medible, preferiblemente rentable. 

Esta reducción tiene consecuencias profundas. Cuando todo se convierte en trabajo, perdemos la dimensión de la obra. Ya no creamos nada verdaderamente duradero, nada que pueda sobrevivirnos y contribuir al mundo común. Producimos contenidos efímeros para las redes sociales, informes que nadie volverá a leer, actuaciones que se desvanecen en cuanto terminan.

Como señala Hannah Arendt, el trabajo pertenece al ciclo biológico del consumo: se produce para consumir y se consume para volver a producir. Es un círculo infinito y carente de sentido, donde nada perdura. La «cultura del esfuerzo constante» nos atrapa en este ciclo presentándolo como libertad emprendedora, cuando en realidad es la forma más refinada de alienación. 

Aún más grave es la pérdida de la dimensión de la acción. Hannah Arendt consideraba la acción la forma más elevada de vida humana: ese espacio de libertad en el que nos revelamos a los demás en nuestra singularidad, en el que participamos en la construcción del mundo común a través de la política y las relaciones auténticas. Pero cuando cada momento debe ser productivo, cuando incluso las amistades se convierten en networking y las cenas en ocasiones de negocios, la acción desaparece. 

Ya no tenemos tiempo para la vida contemplativa, para conversaciones que no sirven para nada, para el compromiso desinteresado. La lógica productivista también reduce las relaciones humanas a meros instrumentos: no nos encontramos con personas, sino con oportunidades; no construimos vínculos, sino contactos útiles. 

La paradoja es que esta obsesión por la productividad nos hace menos libres, no más. Y Hannah Arendt nos recuerda que la libertad auténtica no reside en producir sin cesar, sino en disponer de espacio para actuar, para crear obras que perduren, para existir más allá de la mera supervivencia biológica. 

Resistir a la «cultura del esfuerzo constante» significa recuperar estas dimensiones perdidas. 

Significa permitirse momentos de verdadera inactividad, no como optimización del rendimiento futuro, sino como un fin en sí mismo. Significa crear algo sin preguntarse inmediatamente cómo monetizarlo. Significa cultivar relaciones que no sirven para nada más que para hacernos más humanos. 

La verdadera productividad, aquella que Hannah Arendt llamaría «obra» y «acción», requiere precisamente esos espacios vacíos que la cultura contemporánea nos enseña a temer. 

Solo en el vacío, en el tiempo no optimizado, podemos volver a ser algo más que máquinas de trabajo: podemos volver a ser personas que actúan, crean y se relacionan auténticamente con el mundo.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Optar - con determinada decisión - por la locura.

Optar - con determinada decisión - por la locura 

Vivimos tiempos de locura. Lo oímos decir por ahí, lo leemos en los periódicos, lo escuchamos en los programas de análisis. La Tierra se ha vuelto de repente pequeña y estrecha, sacudida por guerras violentas cada vez más frecuentes, tan numerosas que nos dan la sensación, a nosotros, pequeños espectadores asustados, de estar cada vez más expuestos y en peligro, de no poder seguirles el ritmo, de no entender nada, de no poder dar razones ni explicaciones racionales. 

La continua sucesión de noticias, actualizaciones casi en tiempo real, proclamas y las inevitables desmentidas que les siguen, crean confusión y no ayudan a aclarar las cosas. Y la confusión, a su vez, genera preocupación y ansiedad, sentimientos que refuerzan la idea de que todo se nos está yendo de las manos y de que algo extremadamente terrible está a punto de suceder (o ya está sucediendo sin que nos demos cuenta). 

Que estamos viviendo una época de caos y que el orden mundial, tal y como creíamos haberlo construido y entendido, ya no existe, lo confirman también los llamados poderosos. 

Pienso en el discurso del Canciller alemán Friedrich Merz, en la Conferencia de Seguridad de Múnich, en el que afirmó sin rodeos que «el orden internacional basado en derechos y normas se encuentra actualmente en fase de destrucción». 

Donde no hay ley, hay lucha por el poder y la prepotencia del más fuerte. Donde no hay racionalidad ni civilización en las relaciones, reinan la locura y la violencia. Donde no hay orden, hay quienes manipulan el miedo de la mayoría en su propio beneficio. 

Entre las diversas metodologías de gestión de la política exterior, por ejemplo, existe incluso una denominada «del rey loco». 

La teoría del loco tiene como objetivo atemorizar a los adversarios convenciéndoles de que se les podría atacar con reacciones enormemente desproporcionadas; consiste en enmascarar las verdaderas intenciones tras comportamientos poco convencionales, declaraciones absurdas y provocaciones incendiarias. Son muchos los que piensan que esta es la técnica utilizada por el actual Presidente de USA Donald Trump. 

¿Cómo podemos nosotros, pequeños espectadores del desequilibrado escenario mundial, sobrevivir a esta locura sin perder la cabeza? ¿Y si fuera, también para nosotros, simples ciudadanos, la locura —y no una angustiosa búsqueda de sentido— lo que nos ayudara? 

A quien me lee suelo recordar lo que escribió Erasmo de Rotterdam en su Elogio de la locura, más actual que nunca: «Fingirse loco en el momento y lugar adecuados es la máxima sabiduría». 

¿Será, pues, precisamente la locura la vía de salida? 

Con esta inquietud, releí algunas páginas del grande Humanista Erasmo de Rotterdam, encontrando en ellas consuelo y motivación. Un fruto de aquella relectura está ya en este blog: https://kristaualternatiba.blogspot.com/2025/03/elogio-de-la-locura-erasmo-de-rotterdam.html 

El filósofo y teólogo había observado que cuando los tiempos se vuelven confusos, no son los sabios y los eruditos, con sus tristes explicaciones, los que resultan útiles para la mayoría, sino los bufones. 

Erasmo de Rotterdam explica que las ciudades, los gobiernos, las leyes y las religiones se basan en la locura, en personajes que halagan al pueblo con promesas irracionales, que compran votos, buscan aplausos, se complacen con las aclamaciones, se dejan llevar en procesión triunfal como una estatua para mostrarla al pueblo y hacen que se coloque en la plaza, bien a la vista, su propia estatua de bronce. «Con estas tonterías se controla a esa bestia enorme y poderosa que es el pueblo». ¿Nos recuerda a alguien? 

Y continúa su análisis señalando que si algún sabio se levantara de repente para gritar que el personaje al que todos miran como a un dios y a un poderoso no es un hombre, sino una bestia, sería acusado de estar loco: marginado, ridiculizado y humillado. Uno no puede evitar preguntarse una vez más: ¿nos recuerda a alguien? 

Si no queremos resignarnos a ser manipulados, utilizados como marionetas de un espectáculo que nunca habríamos elegido; si no queremos que nos arrebaten nuestros derechos como ciudadanos, entre los que destaca el derecho a discrepar, a negarnos a participar en guerras ilegales (si es que alguna vez puede haber guerras legales), a vivir en paz, tal vez debamos optar por la locura. 

La locura de quienes siguen diciendo «no» a la violencia, de quienes salen a la calle a manifestarse contra las guerras, de quienes siguen trabajando en silencio en las organizaciones humanitarias, cooperando en lugar de dominar, creyendo en la solidaridad y no en el dominio. 

Es decir... cosas de locos, en definitiva. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

De los mercaderes a los maestros - en espíritu y en verdad -.

De los mercaderes a los maestros - en espíritu y en verdad -

Si todo pasa y todo acaba, ¿por qué merece la pena vivir? Esta no es una pregunta cualquiera, es LA pregunta y, personalmente, también es la pregunta que me acompaña en esta etapa de mi vida. 

El riesgo para quienes vivimos en Occidente es pensar que somos lo que tenemos: creemos que nuestra identidad viene determinada por nuestro cuerpo, nuestras pasiones y nuestras emociones. Pensamos que somos lo que poseemos: nuestros títulos, nuestros bienes, nuestra profesión, pero también nuestra pareja; por eso oímos decir, por ejemplo: «Si te pierdo a ti, pierdo mi mundo, lo pierdo todo». 

Las tradiciones espirituales, en cambio, nos dicen que hay una esencia en nosotros: somos seres divinos que se están manifestando a través de la materia contingente. Algunos lo llaman ser divino, otros lo llaman conciencia, otros lo definen como energía, o alma; o, según la filosofía hindú, es el “atman”, que significa esencia o aliento vital. 

En definitiva, somos algo profundo que nunca ha nacido y nunca morirá; por lo tanto, actualmente estamos viviendo una vida que es una manifestación de ese algo, de ese yo auténtico. 

Esto es muy importante, porque si lo entendiéramos de verdad, si yo lo entendiera profundamente, mi miedo se calmaría. ¿Por qué tenemos miedo? 

Tenemos miedo de perder lo que tenemos. Sentimos dolor cuando intentamos convertir en eterno algo que no lo es. Y, en cambio, simplemente eres, y si eres, si te percibes dentro de este flujo eterno, ya no tienes miedo, porque si la muerte golpea, ¿qué es lo que golpeará? 

Solo puedes perder lo que tienes, no lo que eres. Jesús también fue maestro en esto cuando le dijo a quienes lo perseguían: «Vosotros golpearéis este cuerpo, pero nadie me quitará lo que soy». 

He leído que cada vez hay más personas que buscan otros espacios y otros caminos. Creo que nos encontramos en un momento de gran crisis religiosa; esto lo afirma también la sociología, no solo yo: en el catolicismo, por ejemplo, la asistencia activa ha disminuido. Y, creo, sigue disminuyendo. 

Pero, parece, la gente está más que nunca en busca de algo; ha abandonado la religión porque ésta ya no da respuestas. O mejor dicho, si lo pensamos bien, en el catolicismo, por ejemplo, la Iglesia da una respuesta para todo: desde el nacimiento hasta la muerte, pasando por el más allá. Es como si todo estuviera ya establecido y, por tanto, cerrado, inmóvil. Pero la gente no puede permanecer en un contexto tan rígidamente cerrado porque la vida no es así.

Para no pocas personas la religión es esa instancia que dice que se llega al Cielo a través de ciertas prácticas. La espiritualidad, en cambio, es un camino personal de toma de conciencia que te dice que tú ya eres el Cielo, que no necesitas descubrirlo porque ya lo eres; que no necesitas ponerte en contacto con un Divino porque ya eres naturaleza divina. 

La espiritualidad hoy en día, la mística, es extremadamente importante en esta transición que estamos viviendo. ¿No habría que ayudar a las personas a experimentar su naturaleza auténtica, su ser divino que se está manifestando en un cuerpo, en la materia? 

Una experiencia de este tipo elimina la imagen de un dios caprichoso que vive en un cielo lejano, que concede o no concede la gracia, la ayuda o el consuelo en función de algo que hagas o dejes de hacer. A estas alturas, y como diría Dietrich Bonhoeffer, la humanidad por fin ha alcanzado la madurez desde el punto de vista espiritual. 

Si la humanidad está recorriendo un camino hacia la madurez desde el punto de vista espiritual, no es menos verdad que esta humanidad está aterrorizada, asustada, y cuando uno tiene miedo se aferra a cualquier cosa. 

Es un poco el «homo homini lupus» de Hobbes, o dicho de forma más sencilla, un «sálvese quien pueda» generalizado. Toda esta maldad, esta violencia, es síntoma de un gran miedo que nace de la ignorancia. Voy comenzando a pensar en que el verdadero pecado no es el pecadillo de cierta moral sino la ignorancia: ya no sabemos quiénes somos. 

En el momento en que ya no sabes quién eres, te ilusionas con encontrar una identidad en el poder, entendido como «tener» y «triunfar», y por eso el poder se ha vuelto fundamental: para tener poder, éxito y fama, estamos dispuestos a todo. 

Hemos confundido el «ser» con el «tener», y por eso tenemos miedo, porque tememos perderlo todo. Pero si, por el contrario, emprendes un camino espiritual y conoces profundamente quién eres, la naturaleza divina que hay en ti, ya no tienes miedo; el otro ya no es una amenaza, sino que se convierte en un ser con el que entablar una relación. 

Y hay que recordarnos que cuando confundes el ser con el tener, te conviertes en todo el mundo y todo el mundo se filtra a través de tu ego. Tu ego se convierte en el criterio de tu moralidad, de tus acciones y relaciones. 

En cambio, si profundizas en tu propia espiritualidad, comprendes que es precisamente el renegar de uno mismo, el renegar del ego - tantas veces caprichoso, despótico, infantil, tiránico - el abandonar tu punto de vista absoluto, lo que te lleva a la esencia de tu humanidad. 

En el momento en que haces esto, entras en contacto con tu espíritu y comprendes que es el mismo espíritu el que nos une a todos, y es ahí donde comienza la verdadera relación. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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