domingo, 23 de agosto de 2026

Más profetismo… y menos gestión - o más profetas del Misterio y menos gestores de lo sagrado -.

Más profetismo… y menos gestión - o más profetas del Misterio y menos gestores de lo sagrado - 

Vamos a comenzar con la audición de una canción de aquel cantautor místico que fue Ricardo Cantalapiedra: https://www.youtube.com/watch?v=md__fKfewDU 

No significa, ante todo, alzar la voz por encima del ruido del mundo, ni ocupar el escenario de la historia como agitadores de palabras o intérpretes superficiales de los acontecimientos. 

El profeta no nace de la actualidad, sino del Misterio. Proviene de una profundidad que le precede, de una relación silenciosa y ardiente con aquello que no se deja poseer, pero que posee la conciencia de quien se deja alcanzar. 

El profeta es aquel que ha sido capturado por el Misterio, invadido en el corazón, herido en la conciencia, transformado en la mirada. 

No hay profecía sin esta captura interior. Antes de ser palabra dirigida a los demás, la profecía es fuego guardado en el interior; antes de convertirse en denuncia, es escucha; antes de hacerse gesto público, es obediencia a una luz que penetra, posee, purifica, inquieta y consuela. 

El profeta no habla porque posea una estrategia, sino porque está poseído por una verdad que lo supera. No lee la historia con los instrumentos del cálculo, sino con ojos clarificados por una relación profunda con el Misterio. 

Por eso el profeta es un hombre y una mujer de visión. Ve lejos no porque huya del presente, sino porque lo atraviesa hasta su núcleo oculto. Ve más allá de los acontecimientos, más allá de las apariencias, más allá de los relatos construidos por los poderosos, porque interpreta la realidad partiendo de esa profundidad donde el Misterio revela lo que la mera materialidad de las cosas no logra penetrar. 

Allí donde muchos solo ven escombros, el profeta divisa semillas; allí donde muchos se rinden ante la violencia, él custodia lo imposible de la paz; allí donde muchos justifican la mentira como una necesidad, él invoca la justicia como el aliento mismo de lo humano. 

Hoy, el profeta ve caminos de paz allí donde la historia parece entregada a la locura de las guerras. Ve senderos ocultos entre las ruinas creadas por hombres sin escrúpulos, incapaces de reconocer la dignidad inviolable de cada persona. 

El profeta no se deja hipnotizar por la lógica de las armas, ni por la retórica de los vencedores, ni por la brutalidad de quienes sacrifican a los pueblos en el altar de su propio poder. Sabe que la guerra nace siempre de un corazón ya devastado, de un interior que ha perdido de vista el rostro del otro y ha reducido la vida a un territorio que conquistar, a un cuerpo que dominar, a una voz que silenciar. 

El profeta ve justicia incluso cuando la corrupción se extiende como una niebla tóxica sobre las instituciones, las relaciones y los deseos. Ve la justicia no como una idea abstracta, sino como un hambre grabada en las conciencias, como un gemido que surge de los pobres, de los excluidos, de los heridos de la historia. 

Y reconoce que la sed de poder es a menudo señal de un vacío interior: un abismo enmascarado por el éxito, una soledad disfrazada de dominio, una miseria del alma cubierta por la ostentación del egoísmo. 

En aquellos que construyen su propia grandeza pisoteando a los demás, el profeta no ve solo culpas que denunciar, sino un vacío abismal que desenmascarar. Ve a hombres y mujeres devorados por una carencia que ningún poder puede colmar, por un hambre que ninguna posesión puede saciar. 

Y ve también las huellas que deja ese vacío: heridas en las personas con las que se cruza, injusticias arraigadas en los pueblos, miedos transmitidos de generación en generación, desiertos interiores sembrados a lo largo del camino. 

Y, sin embargo, el profeta no es un hombre ni una mujer de la desesperación. Precisamente porque conoce el Misterio, sabe que ningún abismo es más profundo que el amor gratuito que puede alcanzarlo. 

Y sabe que la única fuerza capaz de colmar el abismo del egoísmo no es un nuevo dominio, no es una venganza, no es una violencia contraria, sino el amor desinteresado que el Misterio derrama en las conciencias sedientas de justicia. 

Es un amor que no compra, no posee, no humilla; un amor que libera, levanta, recompone, abre futuro. 

Ser profetas hoy significa, por tanto, habitar el mundo sin pertenecer a sus idolatrías. 

Significa estar dentro de la historia con ojos purificados por el Misterio, con manos dispuestas a la paz, con palabras capaces de herir la mentira y sanar la vida. 

Significa no resignarse a la guerra cuando todos la llaman inevitable, no doblegarse ante la corrupción cuando todos la llaman realismo, no adorar el poder cuando todos lo confunden con la fuerza. 

El profeta es centinela de lo posible de Dios en lo imposible de los hombres y las mujeres. 

Es memoria viva que recuerda a la tierra su vocación a la fraternidad. 

Es herida abierta en el cuerpo de una sociedad que querría anestesiar la conciencia. 

Es voz que nace del silencio, fuego que nace de la escucha, esperanza que nace del amor. 

Y cuando todo parece perdido, el profeta sigue viendo: ve paz donde reina la violencia, ve justicia donde domina la corrupción, ve amor donde el egoísmo ha cavado abismos. 

Porque el profeta no solo mira lo que es: mira lo que el Misterio, aún hoy, puede hacer surgir en la conciencia de la humanidad. 

¿Qué significa ser profeta hoy en día? Tal vez nos acerque a la respuesta de esa pregunta aquella otra canción del que cantó al Profeta de Galilea: https://www.youtube.com/watch?v=Uf0PWAxy2dc 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF 

Posdata: Sirva esta reflexión en reconocimiento y agradecimiento de Don Faustino Vilabrille y de todos aquellos que han hecho de la profecía del Reino su condición natural de ser y de actuar. De ellos se puede decir aquello de “fijaos en el desenlace de su vida e imitad su fe” (Hebreos 13, 7).

sábado, 22 de agosto de 2026

María Reina - porque mi Reino no es de este mundo -.

María Reina - porque mi Reino no es de este mundo -

¡Qué reina tan extraña! Una reina sin trono, sin corte, sin súbditos. Una joven de Nazaret que, cuando por fin toma la palabra ante el ángel, dice: «He aquí la sierva del Señor». 

Esto bastaría para comprender hasta qué punto el Evangelio da un vuelco a nuestras ideas sobre la grandeza. 

Seguimos pensando que ser grande significa ascender, tener importancia, tener a alguien por debajo de nosotros. 

Dios, en cambio, elige a una joven desconocida de un pueblo que no cuenta para nada y la llama a formar parte de su historia. 

El ángel no es enviado a Jerusalén, al templo ni a los lugares donde se decide el destino de los hombres, sino a Nazaret, a una casa. 

Dios parece tener una extraña predilección por aquello que nosotros pasaríamos por alto. 

Y es allí donde pronuncia unas palabras sorprendentes: «Alégrate, llena de gracia». 

María se turba, y menos mal. De hecho, podría haberse acostumbrado enseguida a la idea de ser especial, podría haberse complacido con esa palabra, pero no, se turba: no se siente dueña de lo que Dios le está diciendo. 

La verdadera diferencia entre María y nosotros está precisamente aquí: nosotros somos capaces de convertir incluso los dones de Dios en títulos de mérito. 

Una responsabilidad se convierte en prestigio, un servicio se convierte en un papel, una llamada se convierte en algo que hay que defender. 

María lo recibe todo y no posee nada. 

«¿Cómo será esto?» 

No es la pregunta de quien quiere echarse atrás, sino la de quien descubre que Dios no encaja en nuestros esquemas. 

María conoce un camino, Dios le abre otro y ella deja a Dios el derecho a sorprenderla. 

«Nada es imposible para Dios». 

Es decir, no podemos decretar de antemano dónde Dios ya no puede actuar. 

¡Cuántos juicios pronunciamos a lo largo del día sobre una persona, sobre una comunidad, sobre una relación, incluso sobre nosotros mismos! 

María, en cambio, deja una puerta abierta y es por esa puerta por donde entra Dios. 

Luego llega su «»: «He aquí la sierva del Señor: hágase en mí según tu palabra». 

Ahí es donde nace la Reina, no cuando es coronada, sino cuando se entrega. Esto es lo que hace que María sea tan diferente de la forma en que nosotros imaginamos el poder. 

Pensamos que reinar significa tener la posibilidad de disponer de los demás; en el Evangelio, en cambio, reina quien se pone a disposición de los demás. 

Jesús lo dirá con su vida incluso antes que con palabras: el más grande es aquel que sirve. María ya lo había aprendido en la casa de Nazaret. 

En cuanto María dice «», «el ángel se alejó de ella». 

No se queda a su lado, ni le ofrece ninguna protección especial, ni ninguna explicación adicional, ni ninguna garantía de que todo vaya a ser fácil. 

Queda María, queda la casa, queda José, a quien habrá que contarle lo increíble. Queda un embarazo que sin duda suscitará preguntas, queda la vida concreta. 

El «» de la fe suele comenzar cuando el ángel se marcha, cuando ya no oímos nada, cuando el entusiasmo se desvanece, cuando tenemos que vivir en el día a día lo que hemos pronunciado en un momento luminoso. 

María no es Reina porque haya tenido una vida fácil, sino porque no se ha retractado de su «». 

Lo repetirá sin palabras en Belén, cuando no haya sitio; lo repetirá en la huida a Egipto; lo repetirá cuando no comprenda a ese Hijo; lo repetirá al pie de la cruz, cuando parezca que de todas las palabras del ángel no se haya cumplido ni una sola. 

«Será grande… su reino no tendrá fin». 

Y Ella verá a ese Hijo morir como un condenado. ¿Cuánto cuesta creer en una promesa cuando lo que tenemos ante nosotros parece desmentirla? 

La Liturgia llama a María Reina y Ella se llama sierva. 

No hay contradicción. Justo aquí reside la forma evangélica de reinar. 

María no se hace grande tomando algo para sí misma, sino poniéndose a disposición: no ocupa espacio, hace sitio, no retiene a Dios, le ofrece carne y tiempo. 

Su realeza comienza con un «he aquí». Una realeza extraña y, sin embargo, si se mira bien, es la única que no necesita defender su propio trono. 

Su trono será la fidelidad, su corona, ese «» pronunciado muchas veces sin necesidad ya de palabras. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¿Quién es la llave del Reino? - San Mateo 16, 13-20 -.

¿Quién es la llave del Reino? - San Mateo 16, 13-20 -

Lo sabemos, pero conviene recordarlo: un relato nunca es objetivo. 

Todo el mundo lo dice, aunque a menudo no nos detenemos lo suficiente para darle importancia: quien quisiera hacer un relato preciso y detallado de algo que ha sucedido, incluso con toda la buena voluntad del mundo, no podría pretender ofrecer la única versión veraz y cierta de lo ocurrido. De hecho, su relato seguirá siendo siempre un testimonio desde su propio punto de vista, que, por lo tanto, puede acentuar un aspecto y pasar por alto otro. 

Todo esto resulta aún más evidente si tenemos un texto como este relato evangélico, que no pretende ser una crónica histórica y objetiva, ni mucho menos. 

San Juan, al igual que los demás, nos lo dice claramente: el evangelio quiere suscitar la fe, le interesa que el oyente crea que Jesús es el Cristo. 

Y cada Evangelio tiene esta preocupación dirigida a un público concreto, y por eso utiliza un lenguaje diferente en cada caso, porque convencer a un judío no es lo mismo que convencer a un pagano. Se necesitan medios, estrategias y lenguajes diferentes. 

Esta introducción puede ser necesaria para leer e interpretar este pasaje evangélico. 

En la llamada «confesión de Cesarea», Jesús plantea la pregunta decisiva: «Pero vosotros, ¿quién decís que soy yo?», a lo que Pedro responde prontamente: «Tú eres el Cristo». 

Esto es lo que nos cuentan todos los sinópticos. 

Pero San Mateo, porque escribe desde su propio punto de vista, quiere dar el reconocimiento que merece a la hermosa respuesta de Pedro y, por eso, introduce una especie de «investidura» de Pedro como roca sobre la que la comunidad puede crecer. 

En sí misma, esta inserción resulta casi irónica. Al final del pasaje, de hecho, se dice: «Entonces ordenó a los discípulos que no dijeran a nadie que él era el Cristo». En definitiva, parece que las palabras de Jesús dirigidas a Pedro cayeron en saco roto… 

Este hecho quizá nos lleva a una reflexión, tal vez trivial pero que creo importante: justamente más delante de este relato evangélico leemos que la verdadera prueba de valía no es dar la «respuesta exacta», sino saber asumir su peso, ser conscientes de qué Cristo es Jesús. 

El verdadero corazón de la Iglesia, pues, es la confesión de Pedro, no Pedro. 

Durante siglos se ha construido una teología en torno a estos versículos, sintiendo quizá la necesidad de encontrar un centro de gravedad, un punto firme en torno al cual construir la Iglesia. 

Por desgracia, nos hemos olvidado de que el verdadero centro, el verdadero punto de referencia estaba unos versículos antes: no en Pedro, sino en sus palabras, en su fe en el Hijo de Dios. 

Porque este es el único fundamento que cada uno debe reconocer para poder salvarse. 

Recordemos el final, el famoso secreto mesiánico. Este es el misterio que no hay que desvelar, porque la fe no debe imponerse, sino que debe ser atestiguada y acogida libremente por cada uno. 

Por eso, tal vez, Jesús no dice que no se le diga a nadie que Pedro es la piedra, porque no es eso lo que hay que reconocer y, aunque se proclame, se defienda o se anuncie, no es eso lo que mantiene unida a la Iglesia. 

La roca de la Iglesia, la llave del Reino, es aquel o aquella que, iluminado por el Padre, confiesa: «No yo, sino Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo». 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El peso de las llaves del Reino - San Mateo 16, 13-20 -.

El peso de las llaves del Reino - San Mateo 16, 13-20 - 

El Evangelio nos ofrece una imagen sencilla y muy poderosa: una llave. 

Me viene a la mente Las llaves de casa que narra el reencuentro, tras años de separación, entre un padre y su hijo discapacitado. El viaje abre mucho más que un camino: abre una relación. Porque las llaves más difíciles de encontrar no son las que abren una casa. Son las que abren a una persona. 

Las llevamos en el bolsillo cada día sin pensar en ello. Hasta que un día las perdemos. Y entonces no solo tememos una puerta cerrada. Tememos haber perdido una orientación, un sentido de pertenencia, el camino a casa. 

Recibir una llave es uno de los gestos más profundos de la vida. Significa: esta casa también es tuya. Entregar una llave significa depositar confianza. Por eso perderla nos inquieta tanto. 

Quizá por eso, en la Biblia, las llaves se convierten en símbolo de responsabilidad y custodia. 

Cada umbral exige a alguien capaz de abrir sin poseer. 

«Te quitaré el cargo, te derribaré de tu puesto». Isaías cuenta que Dios le quita las llaves a Sebna y se las confía a Eliaquim: «Pondré sobre su hombro la llave de la casa de David». ¿Por qué? Porque Sebna había olvidado que la casa no era suya. Había convertido un servicio en una posesión. 

Llama la atención un detalle: la llave se coloca sobre el hombro, no en la mano. Las llaves pesan. Toda autoridad es una carga que hay que llevar, no un privilegio que ejercer. Las llaves siempre pertenecen a la casa. Nunca al guardián. 

Antes de entregar las llaves a Pedro, Jesús le hace una pregunta: «¿Quién decís que soy yo?» Las llaves surgen de una relación. Pedro no recibe un poder. Recibe una confianza. No es el mejor. Vacilará. Tendrá miedo. Negará a Jesús. Y es precisamente a él a quien Jesús confía el Reino. Porque ha aprendido que nadie se salva por sí solo. 

Con demasiada frecuencia nos hemos imaginado las llaves de Pedro como un símbolo de dominio. Jesús piensa lo contrario. Quien recibe las llaves no se convierte en dueño de la puerta. Se convierte en guardián de un umbral. No decide quién entra. Anuncia que la puerta ya está abierta. 

La Iglesia es fiel a su Señor no cuando multiplica las cerraduras, sino cuando abre posibilidades de encuentro. 

Las llaves existen para abrir. Toda esclavitud nace, en cambio, cuando alguien quita a otros las llaves de su propia vida. Las llaves de la libertad. Del trabajo. De la dignidad. Del futuro. 

Y ocurre en toda situación en la que una persona ya no puede decidir sobre su propia vida. 

Pero existen, además, llaves invisibles. Son las de la atención, los deseos y la información. Cuando unos pocos concentran datos y poder, corremos el riesgo de entregar también las llaves de nuestro interior. Por eso las mismas tecnologías capaces de crear conexiones pueden alimentar nuevas formas de esclavitud y de dominio. 

Dios confía llaves. Los ídolos construyen cerraduras. El Reino devuelve a las personas la libertad de habitar su propia conciencia. Porque ningún ser humano es una propiedad. Cada persona es un umbral sagrado ante el cual incluso Dios se detiene y llama. 

Quizá las llaves del Reino no sirvan para decidir quién entra y quién se queda fuera. Sirven para abrir. Una casa. Una relación. Una herida. Un futuro. Un corazón. Una ciudad. «He aquí que estoy a la puerta y llamo. Si alguien oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa, cenaré con él y él conmigo» (Ap 3, 20). 

El Evangelio, de principio a fin, nos habla de un Dios que no deja de llamar a la puerta. Con infinita paciencia. Hasta que alguien encuentra el valor para abrir. Y descubre que la casa siempre había estado allí. Con la puerta de par en par. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La respuesta verdadera (no necesariamente la exacta) - San Mateo 16, 13-20 -.

La respuesta verdadera (no necesariamente la exacta) - San Mateo 16, 13-20 - 


Me imagino a los discípulos: si algún día alguno de ellos no dudará en reclamar un sitio en primera fila pidiendo sentarse uno a la derecha y otro a la izquierda en el Reino, me imagino cómo se habrán peleado por llevarse el trofeo de la respuesta correcta: «Elías. Juan el Bautista. Uno de los antiguos profetas».
 

En el grupo, ya se sabe, siempre hay alguien que tiene que salir ganando y, si para ello consigue incluso ridiculizar al compañero que, hasta ahora, bueno, no es que haya quedado precisamente bien parado, tanto mejor. 

Pedro —¡pobre Pedro!— se quedaba en un rincón. 

Había encajado varios golpes: había querido caminar sobre el agua y nada, se había visto sumergido por las olas; pensaba que había sido cortés en el Tabor con lo de las tiendas y, en cambio, «no sabía lo que decía»; creía haber sido bastante generoso al proponer perdonar hasta siete veces y, como respuesta, vio cómo se multiplicaba por diez lo que estaba en juego; sabía que era uno de los pescadores más expertos y, en cambio, tuvo que aprender que se puede pescar incluso cuando todo indicaría que no vale la pena, y eso se lo enseñó alguien que sabía de palabras, pero desde luego no de peces. 

Y dentro de poco, por si fuera poco, comprobará de primera mano la inconsistencia de sus promesas de pescador. Tenía motivos de sobra para quedarse tranquilito al fondo, detrás de todos. Que hagan lo que quieran, que esta vez sean ellos quienes se expongan… 

«Pero vosotros…». 

Mientras se trataba de repetir lo que había oído decir, no había ningún problema. De repente, sin embargo, el foco se había centrado precisamente en él: «Pero vosotros…», es decir, «Pero tú…». «¿Quién soy yo para ti?». 

Le tiemblan las piernas, probablemente; la voz le falla, tal vez, pero el corazón está seguro: «Tú lo eres todo para mí. Eres aquel que nunca habría imaginado que me elegiría precisamente a mí. Eres el Cristo». 

Quién sabe, quizá esta vez los compañeros hubieran querido tomarse la última revancha ridiculizando la respuesta de Pedro. Quizá estaban listos para echarse unas buenas risas, seguros como estaban de que no acertaría. Y, en cambio, esta vez son ellos los que se encuentran acorralados. 

«Tú eres Pedro…». 

Quién sabe cómo habrán sonado solemnes estas palabras que ningún cálculo humano habría podido imaginar jamás. 

A Pedro, que se había convertido en el último por las tantas meteduras de pata que había cometido, se le reconoce como el único que se había dejado instruir por el propio Padre. 

En los distintos ámbitos de la vida pueden valer los consejos y, a veces, incluso copiar. No así en la fe: cada uno da su respuesta por sí mismo y, desde luego, no por lo que ha oído decir. 

Y, por lo general, se da cuando menos te lo esperas. La pregunta de examen, de hecho, siempre llega el día del desmentido y del fracaso, cuando, tal vez, te encontrarías menos preparado. 

Le sucedió tanto a Pedro como a Pablo. 

¿No es cierto que son precisamente esos momentos los que más revelan lo más auténtico que llevamos en el corazón? 

Hay situaciones que valen toda una vida porque nos permiten expresar las razones mismas de vivir. 

«Bienaventurado eres, porque ni la carne ni la sangre te lo han revelado, sino mi Padre que está en los cielos». 

Son los acontecimientos de la vida y nuestra forma de afrontarlos los que revelan hasta qué punto estamos permitiendo que el propio Padre nos instruya con su gracia. 

La respuesta verdadera —no la exacta— surge solo cuando, una vez dejados a un lado los libros, dejas que la vida hable. 

Cuando leemos este relato evangélico podemos hacer un sencillo ejercicio: intentemos contar qué nos pasó cuando le conocimos a Jesús y le re-conocimos como Señor de nuestra vida. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


miércoles, 19 de agosto de 2026

La magia existe de verdad - in memoriam de Juan Tamariz -.

La magia existe de verdad - in memoriam de Juan Tamariz -

Los juegos de magia, como las preguntas de la filosofía, nos obligan a replantearnos lo que damos por sentado. 

Ambas, filosofía y magia, nos permiten redescubrir muchos aspectos nuevos de las mismas cosas que, de este modo, acaban cambiando de aspecto y adquiriendo significados que sorprenden. 

El juego de la filosofía y el del mago ayudan a ver el mundo con otros ojos. 

La magia pretende despertar en nosotros la sorpresa ante algo que no comprendemos del todo, o nos empuja a descubrir una posibilidad que no habíamos tenido en cuenta. 

Y despertando nuestra incredulidad, nos hace sentir mágicamente felices y nos entretiene divirtiéndonos. 

Cuando asistimos a un espectáculo de magia, sabemos bien que nada es lo que parece, pero es más bonito convencernos de que todo es verdad. 

Porque en esa ilusión está la felicidad. 

Es verdad que la palabra «ilusión» siempre, o casi, se asocia a algo negativo. 

Cuántas veces nos hemos encontrado diciendo «Me he hecho ilusiones». 

Pero todas las experiencias que de alguna manera nos han engañado, antes de ser un engaño, han sido felicidad. 

Por otra parte, esta palabra solo se puede usar realmente a posteriori, es decir, cuando ya estamos decepcionados. 

Cualquier cosa que nos haga disfrutar, de hecho, nunca nace como un engaño, o no sabemos que lo es. Les atribuimos este término en el momento en que nos damos cuenta. 

Así pues, el ser humano ha inventado la palabra «ilusión» para identificar aquellas cosas que, antes de decepcionarnos, constituían una especie de felicidad. 

Sí. Y quizá la felicidad sea una ilusión en estado embrionario. Quizá sea un poco como la oruga que se convierte en mariposa. La oruga es la felicidad. Luego se convierte en mariposa, en ilusión, y se va volando. 

El arte de la magia de las manos ha sido fascinante incluso después de muchos siglos y de que se hayan desvelado numerosos trucos. 

Ahora, gracias a Internet y a algunos libros que se pueden encontrar en Amazon… cualquiera puede intentar improvisar como mago… 

Pero la magia de Juan Tamariz era capaz de crear un vínculo con el público y de conseguir involucrarlo. Y eso era también lo que determinaba el éxito de su espectáculo junto con su destreza. 

Porque no se trata de sacar un conejo del sombrero ni de sacar pañuelos infinitos de la manga: con Juan Tamariz queríamos sorprendernos y emocionarnos, poder volver a ser niños al menos durante unos minutos, en los que mirábamos absortos al mago, y creer que la magia, en el fondo, existe de verdad. 

Es verdad que la magia es una forma de entretenimiento que, con efectos visuales que parecen desafiar las leyes de la naturaleza, fascina con la capacidad de manipular la apariencia de las cosas y crear situaciones que parecen imposibles. 

Pero es una forma de aquel arte que resulta emocionante y fascinante. 

Un buen mago debe tener destreza manual, agudeza mental, creatividad y saber actuar bien. Pero Juan Tamariz tenía también esa capacidad de convertir un truco en un espectáculo cautivador e interesante involucrando la vista y el oído, y creando un escenario inesperado y sorprendente, es decir, mágico. 

El mago dice lo que no hace, y hace lo que no dice, y piensa en cosas distintas de lo que hace y dice. Seguramente esa es la mayor dificultad de un mago… 

Y uno se reconcilia con esa parte de la vida que es bella y hermosamente amena, festiva, gratuita, lúdica... en medio de tanto discurso chabacano y ramplón.

Muchas gracias, Juan Tamariz, por la calidad de tu persona y el genio de tu arte porque siempre me has sorprendido con el encanto de tu palabra, con tu aspecto y con el lenguaje de tu cuerpo, incluso antes que con tus trucos de mágica ilusión. 

Sí, tú me has ayudado a pensar, como decía en el título de esta reflexión, que la magia existe de verdad. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

A golpe de Biblia y rifle.

A golpe de Biblia y rifle 

«La Biblia en una mano y el rifle en la otra»: con este lema, el nuevo presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella, ha inaugurado su mandato, precisamente en los mismos días en que el Papa León XIV afirmaba que «la radicalidad evangélica es lo contrario de cualquier fundamentalismo» (cf. https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/speeches/2026/august/documents/20260806-assisi-giovani.html). 

Las declaraciones del nuevo líder, de extrema derecha —que llegó al poder en Colombia tras derrotar en las urnas, y por un estrecho margen, a Iván Cepeda, de izquierda y vinculado al exjefe de Estado, Gustavo Petro—, plantean no pocos problemas. 

De hecho, al margen de la valoración política de los programas de los dos contendientes, una de las cosas que preocupa son los argumentos «religiosos» esgrimidos por el candidato para conseguir votos. De hecho, se ha presentado como un enviado de Dios para salvar la patria. 

Y esta pretensión no solo define algunas dinámicas del poder sino que también reabre un urgente debate ético y teológico: la instrumentalización del Evangelio al servicio de intereses políticos. 

Abelardo de la Espriella, por ejemplo, ha asegurado que se comprometerá a hacer que «la nación vuelva a Dios». Y por ello, explicó, para acabar con la violencia que asola el país, gobernará «con la Biblia en una mano y el rifle en la otra». 

El «programa» del presidente, que menciona expresamente a Dios, casi proclamándose profeta enviado por Él, convierte a sus adversarios políticos en pésimos cristianos. 

Quizá sin dirigirse solo a él, pero sin excluirlo, León XVI, casi al mismo tiempo que la «entronización» del recién elegido, el 6 de agosto, en Asís, ante la Juventud Franciscana, había dicho: 

«A los cristianos se les pedirá cada vez más que se conviertan en artífices de paz en el seno de sociedades tentadas a instrumentalizar la religión en la confrontación de identidades. Ser testigos de Cristo sigue siendo, por tanto, fascinante y exigente, porque abre la mente y el corazón más allá de las fronteras artificiales, es decir, más allá de los miedos provocados por la desinformación y los muros del prejuicio. Alejarse de la cultura del poder y construir la civilización del amor no se comprende ni se acepta de inmediato. De san Francisco, sin embargo, aprendan la radicalidad evangélica, que es lo contrario del fundamentalismo: no los vuelve ciegos ni violentos, sino sensibles, atentos, siempre en el seguimiento de Jesús y, por tanto, humildes y acogiendo a todos». 

En el ámbito cristiano, «fundamentalismo» significa tomar al pie de la letra un versículo de la Biblia, aislándolo de su contexto. 

Así, un día Jesús afirmó: «Hay eunucos a quienes los hombres han hecho tales, y otros que se han hecho tales por el reino de los cielos» (San Mateo 19, 12). Y, basándose en esa invitación, en los primeros siglos de la Iglesia algunos cristianos fervientes se castraron. Para erradicar esta práctica malsana, en el año 325 el Concilio de Nicea (el primero ecuménico) estableció que esas personas, en realidad, tergiversaban por completo el pensamiento de Jesús. 

¿Alguien le puede decir esto, también y entre otros, al presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella? 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Espacios de humanidad.

Espacios de humanidad 

«En un mundo incomprensible y en constante cambio, las masas habían llegado al punto de creer simultáneamente en todo y en nada, de pensar que todo era posible y que nada era verdad». 

Son palabras de Hannah Arendt, en su obra clásica sobre el sistema totalitario. Son palabras que pueden ilustrar tal vez una parte del clima actual de nuestra sociedad. 

Por un lado, anuncios futuristas sobre una sociedad digital que nos garantizaría, en el marco de una globalización feliz, un futuro maravilloso. 

Por otro, personas elegidas en los parlamentos políticos que se lanzan mutuos reproches por escándalos de todo tipo, guiándose por las encuestas que les sirven de brújula. 

Esta yuxtaposición de un mundo en el que el progreso técnico hace creer que «todo es posible» y de una clase política que deja cada vez más al ciudadano con el sabor amargo de que «nada es verdad» contribuye a la crisis de la convivencia. 

¿Cómo podría funcionar de otra manera una sociedad con un individualismo exacerbado y para la que la economía y las finanzas se han convertido en la medida de todas las cosas? 

Una sociedad no puede sobrevivir eternamente a este doble juego en el que Hanna Arendt ve el nacimiento del totalitarismo. De hecho, yuxtaponer el «todo es posible» y el «nada es verdad» conduce al «todo está permitido». 

Ante este riesgo, ya no basta con invocar el bien común, la ciudadanía y la famosa modernización. Hay que comprometerse en un trabajo crítico sobre las llamadas evidencias que nos impiden pensar en el arte de vivir en lo cotidiano. 

En las sociedades primitivas, el individuo venía definido por su matriz micro-social de origen. Se pertenecía a un pueblo, se profesaba la religión del propio clan, se ejercía el oficio de los padres, y las relaciones matrimoniales dejaban de lado las subjetividades para garantizar el fin primordial de la perpetuación del grupo. 

En esos universos, caracterizados por la escasez, las leyes de la hospitalidad y la solidaridad del clan eran condiciones de supervivencia. La solidez de esa solidaridad tenía como contrapartida la negación de la libertad individual. La supervivencia colectiva se imponía a todos. 

La historia de la modernidad está formada por «átomos sociales» que han roto con esa matriz sociológica primaria. 

Esta ruptura fue preparada por la evolución filosófica del pensamiento individual: en el ámbito religioso en Occidente, por Lutero y la Reforma; en el ámbito político, por la Ilustración; y en el ámbito económico, por la urbanización y la industrialización. 

El contrato de trabajo indefinido fue el instrumento jurídico que permitió a cada individuo existir al margen de su propio clan. Pero la desaparición de las formas tradicionales de regulación de la vida colectiva ha dejado a los individuos cada vez más sumidos en su soledad.

Y la urbanización, al igual que la gran industria, ha creado «las masas», un término que carecía de sentido en una sociedad tradicional. 

Dos «líneas maestras» han pretendido guiar a estas «masas»: el «socialismo científico» y el mercado. 

Ante la alienación de las masas urbanizadas, desarraigadas de su matriz original, algunos buscaron y encontraron una «ciencia» del desarrollo de las sociedades de tipo marxista como referente político. Bastaba con que un partido político portador de dicha ciencia tomara el poder, y se habría avanzado hacia el más dichoso de todos los porvenires. 

En cambio, hemos sufrido trágicas secuelas. 

El liberalismo ha confiado la gestión del individuo desarraigado a la «mano invisible» del mercado. Las crecientes fracturas sociales, los desastres humanitarios y ecológicos desmienten cada día la capacidad del mercado para hacer frente a las crisis actuales. 

Entonces, es grande la tentación de volver «al origen». Es el comienzo de todo integralismo, de todo nacionalismo, de todo fundamentalismo. 

Cuando uno ya no sabe adónde se va, cuando ya no se tienen proyectos, se corre el riesgo de caer en la tentación de la regresión. 

¿No habría que intentar pensar y actuar de un modo alternativo? 

En lugar de buscar aquello que hemos perdido, la tarea podría consistir en dar a luz un mundo nuevo. 

Si tantas personas descubren que están y que son, que nacen y que mueren «solas», como decía Blaise Pascal, ¿no habrá que crear oasis de humanidad y de fraternidad? 

Yo recuerdo que la pandemia nos pilló por sorpresa. No sé si a partir de aquello hemos aprendido o no a acostumbrarnos a que surja lo inesperado. 

Tantas veces no vivimos más que lo inesperado y la costumbre de las crisis. En nuestro mundo se despierta tantas veces la imaginación creativa, pero por otro también este mundo provoca miedos y retrocesos mentales. Buscamos la salvación providencial, pero no sabemos cómo. 

Y, sin embargo, hay que aprender que, en la historia, lo inesperado ocurre y vuelve a ocurrir. Creemos que vivimos de certezas, de estadísticas, de previsiones y de la idea de que todo es estable. 

Pero… muchas cosas han comenzado y siguen comenzando a entrar en crisis. A veces no nos damos cuenta. Y debemos aprender a vivir con la incertidumbre, es decir, con el valor de afrontar y estar preparados para resistir también a las fuerzas negativas. 

La crisis nos vuelve más locos y más sabios. Ambas cosas. La mayoría de la gente pierde la cabeza y otros se vuelven más lúcidos. La crisis favorece a las fuerzas más contrarias. 

Yo creo pertenecer al grupo de los que quisieran creer que sean las fuerzas creativas, las fuerzas lúcidas y aquellas que buscan un nuevo camino las que se impongan, aunque todavía estén muy dispersas y sean débiles. 

Podemos indignarnos con razón, pero no debemos encerrarnos en la indignación. 

Hay algo que olvidamos. Hace años, no me atrevo a cuantificar, ha comenzado en el mundo un proceso de degradación. La crisis de la democracia no se da solo en los países europeos… Predomina el beneficio ilimitado que lo controla todo en todos los países. Lo mismo ocurre con la crisis ecológica. 

La mente debe afrontar las crisis para dominarlas y superarlas. De lo contrario, somos sus víctimas. 

Hoy vemos cómo avanzan elementos del totalitarismo. Un totalitarismo que no tiene nada que ver con el del siglo pasado. Disponemos de todos los medios de vigilancia: drones, teléfonos móviles, reconocimiento facial... Y existen todos los medios para dar lugar a un totalitarismo de la vigilancia. 

El reto es impedir que estos elementos se unan para crear una sociedad totalitaria e inhabitable para nosotros. ¿Qué podemos desearnos? Podemos desearnos fuerza, valor y lucidez para no caer en la lógica terrible de la ley de la selva... Necesitamos crear y vivir en pequeños oasis de humanidad. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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