lunes, 13 de julio de 2026

La escuela de María: los lugares espirituales marianos en el seguimiento de Jesús.

La escuela de María: los lugares espirituales marianos en el seguimiento de Jesús 

La liturgia de la fiesta de la Virgen del Carmen nos sugiere hacer una pausa en otro monte, el Calvario, donde una mujer y un hombre acogen el testamento del Hijo de Dios colgado en una cruz: “¡Mira, tu madre!… ¡Mira, tu hijo!…. 

Todo parece llegar a su fin. En breve, la muerte dirá la última palabra sobre una experiencia que tiene todas las características de un fracaso. El mismo Jesús, pocas horas antes, había dicho a los discípulos que, una vez golpeado el pastor, se dispersarían cada uno por su lado. Sin embargo, alguien parece desmentir esas palabras: María, las otras mujeres y el discípulo que Él amaba no tienen mejor lugar en el que estar que a los pies del Hijo en la cruz. Mientras los discípulos se han dispersado, lo femenino no huye. 

Estaba... ¡Qué riqueza de evocaciones en ese estar! En una experiencia de conflicto entre la resistencia y la fragilidad, lo femenino consigue inclinar la balanza hacia la primera, hacia la capacidad de perseverar. Cuando el drama se desata y se debate entre la coherencia interna y la adaptación al colectivo, María y lo femenino del Evangelio no traicionan la palabra dada. Los discípulos varones no han resistido la irrupción de los múltiples sentimientos que pueden prevalecer en un momento como ese: no logran manejar el miedo, el sufrimiento, la ira, la depresión, la angustia,… 

Estaba... para Juan, el estar, el permanecer es la forma en que se expresa el creer. La fe, de hecho, no es una experiencia de un momento, no tiene nada que ver con el escalofrío o la emoción que se desvanece en un instante. Estar al pie de la cruz no es el estar de quien no se aleja. Ese permanecer tiene un significado muy diferente. Ya es evidente que la historia humana de Jesús está a punto de naufragar. Humanamente, no quedaría más que dejar que los acontecimientos siguieran su curso, como sugiere precisamente la actitud de los discípulos varones. No queda más que dirigirse a otra parte. ¿Tiene sentido permanecer en el lugar de la derrota cuando no se puede hacer otra cosa que sufrir inútilmente una situación sin salida? 

Estaba... La actitud femenina, en cambio, sugiere salir de esta lógica de «lo tomas o lo dejas». María y lo femenino eligen expresar una fe capaz de habitar la contradicción: esta, de hecho, no se disuelve decidiendo marcharse. La vida misma, de hecho, es contradictoria y no por ello debe abandonarse. 

Estaba... se trata de estar para comprender, para no detenerse en las apariencias. Se trata del estar que sigue expresando afectos, tejiendo lazos y cultivando pasiones. Ante los ojos de aquellas mujeres no hay solo un hombre que sufre injustamente una pasión. Hay más bien un hombre que ha vivido con pasión, que ha hecho de esa muerte —como ya de su vida— una experiencia de revelación del rostro de Dios. 

Estaba... sin pretender captar al vuelo el sentido de lo que estaba sucediendo. Permanecer afinando la capacidad de escuchar. 

He aquí a tu madre... ¿Qué significa la entrega de María a los discípulos de todos los tiempos? Frecuentar los lugares de María, estar junto a Ella, para ser formados por Ella. 

Nazaret, ante todo, donde la encontramos escuchando la Palabra de Dios, tratando de discernir lo que el Señor pide a su vida y disponiéndose a acogerlo hasta convertirlo en carne de su carne. También nosotros tenemos un Nazaret en el que, gracias a nuestro sí, podemos permitir que la Vida venga a la vida. 

Belén, donde ella trata de comprender y guarda en su corazón todo lo que sucede en torno a ese niño. También para nosotros hay un Belén en el que no logramos conciliar el don de Dios y la desproporción de los signos con los que se manifiesta. 

Jerusalén, donde, mientras cumple la Ley, se le dice que estará estrechamente involucrada en la pasión de su Hijo, hasta el punto de que una espada le traspasará el alma. También hay para nosotros una Jerusalén que nos exhorta a donarnos hasta el final, una Jerusalén de la que con gusto apartaríamos la mirada y los pasos. 

De nuevo Nazaret, hecha de anonimato, pero caracterizada por una obra tan delicada como preciosa: la educación de Jesús como verdadero hombre y verdadero Dios. También para nosotros hay una Nazaret hecha de ocultamiento, pero no por ello irrelevante en la economía salvífica de Dios. 

El Calvario, donde entrega al Padre lo que le pertenecía, el Hijo Jesús, y acoge a cambio a todos los hombres y mujeres del mundo, encontrando así nuevas razones para seguir viviendo. También hay un Calvario para nosotros cuando somos llamados a acoger en nuestro seno un misterio de maldad que puede ser vencido sin devolver con la misma medida. 

Y, por último, el Cenáculo, donde se edifica la comunidad cristiana alimentándose de la oración y de la disponibilidad a dejarse guiar por el Espíritu de Dios. También hay un Cenáculo para nosotros, donde edificar nuestra comunidad, aceptando ante todo estar allí y luego con docilidad a la acción del Espíritu que nos guía por caminos que tal vez no habíamos previsto. 

Creo que todo esto significa acoger a María entre nuestras cosas, como hizo aquel día el discípulo que Jesús amaba. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Feliz día del aniversario de la fundación de nuestra Congregación de Hijos del Inmaculado Corazón de María – Misioneros Claretianos.

Feliz día del aniversario de la fundación de nuestra Congregación de Hijos del Inmaculado Corazón de María – Misioneros Claretianos 

La figura de María, Madre de Dios, es uno de los puntos centrales de la fe cristiana. Su presencia en la historia religiosa y en la vida de los creyentes ha tenido un impacto profundo y duradero. El privilegio de tener a María como Madre es un don de una belleza inconmensurable que va más allá de las palabras y las descripciones. Intentemos comprender juntos la extraordinaria belleza y el significado espiritual de tener a María como madre. 

La maternidad espiritual de María 

María fue llamada «Madre de Dios» porque llevó en su seno al Hijo de Dios, Jesucristo. Pero su maternidad no se limita solo a lo físico. María se convirtió en madre espiritual de todos los creyentes, una madre que nos acoge, nos guía e intercede por nosotros ante su Hijo. Este papel maternal de María se refleja en su amor incondicional, en su compasión y en su disposición a ayudarnos en el camino de la fe. 

La belleza del amor maternal de María 

El amor maternal es un sentimiento profundo y poderoso que supera todas las fronteras y barreras. María, como madre espiritual, nos ofrece su amor maternal de una manera única y especial. Su corazón maternal está lleno de ternura, compasión y misericordia. María comprende nuestras alegrías, nuestras preocupaciones y nuestros sufrimientos, y comparte con nosotros todos los aspectos de nuestra vida. Su amor maternal nos nutre, nos consuela y nos da la fuerza para afrontar los retos cotidianos. 

El ejemplo de humildad y devoción de María 

María es un ejemplo extraordinario de humildad y devoción. A pesar de haber sido llamada a una tarea tan grande y extraordinaria - ser la Madre de Dios -, acogió el anuncio del ángel con humildad y confianza absoluta en Dios. Su humildad se manifiesta también en estar siempre al servicio de los demás y en ponerse en segundo plano con respecto a su Hijo. María nos enseña la importancia de una vida de oración, de una confianza total en Dios y de una actitud de servicio hacia los demás. 

La intercesión de María 

Uno de los dones más hermosos de tener a María como madre es su intercesión ante Dios. María, a quien se le han atribuido muchos títulos como «Consoladora de los afligidos», «Salud de los enfermos» y «Ayuda de los cristianos», es una intercesora poderosa y amorosa. Podemos acudir a Ella con confianza, pidiendo su intercesión por nuestras necesidades espirituales y materiales. María escucha nuestras oraciones y las presenta a su Hijo con amor maternal, ayudándonos a obtener las gracias que necesitamos. 

La belleza de la unión con María 

Ser conscientes de tener a María como Madre espiritual nos une a una comunidad más amplia de creyentes que comparten este mismo don. En todo el mundo, millones de personas honran y se encomiendan al amor maternal de María. Esta comunión de fe y amor nos acerca unos a otros y crea un vínculo especial entre los fieles. Juntos, podemos crecer en la fe, encontrar consuelo y esperanza en la maternidad de María y dar testimonio de la belleza de tener a María como Madre. 

María es Madre de la humanidad 

La belleza de tener a María, Madre de Dios, como nuestra Madre espiritual es un don que supera toda medida. Su amor maternal nos envuelve, nos guía y nos sostiene a lo largo del camino de la vida. Su intercesión ante Dios es un tesoro inestimable, y su ejemplo de humildad y devoción nos inspira a vivir una vida de fe más profunda. Podemos celebrar esta belleza con gratitud y alegría, sabiendo que María está siempre presente como Madre amorosa, dispuesta a acogernos y acompañarnos hacia Cristo. 

Siguiendo el ejemplo del Padre Claret, de nuestros Cofundadores, de nuestros Mártires Claretianos, testigos de una devoción admirable por María, encomendemos a Ella toda nuestra vida, conscientes de que en Ella encontramos una Madre siempre dispuesta a acogernos, escucharnos y amarnos impulsándonos a la misión de su Hijo. 

Y aprendamos de Ella a vivir nuestra vocación claretiana y nuestro servicio misionero en el mundo y en la Iglesia como un ejercicio maternal de ayudar a gestar y alumbrar los nuevos cielos y la nueva tierra del Reino. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 12 de julio de 2026

¿Una humanidad magnífica?

¿Una humanidad magnífica?

El frenesí tecnológico sin precedentes en el que vivimos, en el que la inteligencia artificial ya no es materia de especulación de ciencia ficción, sino, cada vez más, una presencia cotidiana y estructural (redes neuronales algorítmicas capaces de procesar textos complejos, superar exámenes académicos, crear arte y simular la empatía), nos lleva a experimentar un vértigo identitario. 

Para defendernos de esta ansiedad ante la obsolescencia y del miedo a ser sustituidos, tendemos a aferrarnos con todas nuestras fuerzas a lo que consideramos nuestro núcleo inexpugnable e irreproducible: la conciencia, la autocomprensión, la percepción de uno mismo. Nuestra esencia humana. 

La encíclica Magnifica humanitas del Papa León XIV aborda (también) este aspecto. El Papa promueve la protección de la persona humana en la era de la inteligencia artificial, esbozando la encrucijada histórica ante la que nos encontramos: levantar una nueva torre de Babel, símbolo de poder autorreferencial y dominio tecnológico, o bien construir una Jerusalén de responsabilidad y comunión. 

Y subraya que, aunque nuestra humanidad es capaz de crueldades inauditas, de guerras espantosas y de esclavitud, no debemos avergonzarnos de definirla como «magnifica», ya que todo ser humano posee una dignidad inalienable y una sublime capacidad de amar otorgada por el Creador. 

Pero la mirada descarnada de algunos textos bíblicos propone una antropología mucho menos tranquilizadora, que exige una lectura decididamente desencantada. 

El profeta Jeremías lanza una advertencia que desmonta incluso estas certezas arraigadas: 

«El corazón es más engañoso que cualquier otra cosa y irremediablemente maligno; ¿quién podrá conocerlo?» (Jeremías 17, 9). 

Si la encíclica del Papa León XIV se esfuerza por defender la primacía de lo humano sobre la máquina, recordando que la inteligencia artificial es mera simulación, carente de cuerpo, de relaciones auténticas y de responsabilidad moral, el crudo texto de Jeremías plantea una pregunta incómoda: ¿es nuestra humanidad realmente tan plenamente «magnífica» como se da por sentado desde el principio? ¿No corremos el riesgo, al exaltar nuestra esencia interior en oposición al algoritmo, de caer precisamente en esa autorreferencialidad babilónica que el propio Papa pretende combatir? 

En la compleja antropología semítica, el corazón no es la visión romántica ligada a los sentimientos, sino el centro vital y decisorio profundo donde se entrelazan la racionalidad y la voluntad. Y precisamente este centro, nuestra tan alabada «conciencia», se describe como lo más poco fiable que existe. 

El corazón humano es constitutivamente engañoso. Nuestra mente, de la que nos enorgullecemos tanto frente a los fríos circuitos de silicio, posee una capacidad casi infinita para justificar sus propias bajezas, encubriendo el egoísmo y las prevaricaciones con nobles ideales. 

Una crítica teológica constructiva al optimismo subyacente de la encíclica parte precisamente de aquí: el mayor engaño es creer que nuestra superioridad ontológica sobre la máquina nos hace inmunes al mal. La Escritura nos advierte de que nuestra inclinación al egoísmo es «incurable» solo con los recursos humanos. 

Las reflexiones modernas sobre la inteligencia artificial nos alertan sobre la llamada black box, la caja negra del machine learning. Tememos no poder rastrear los procesos oscuros a través de los cuales una red neuronal llega a una conclusión determinada. 

Pero Jeremías nos recuerda implacablemente que la primera, verdadera y más insondable caja negra es precisamente nuestro interior: «¿Quién podrá conocerlo?». 

La máquina, en su potencia computacional, carece estructuralmente de malicia; no tiene un ego que proteger. El ser humano, por el contrario, dotado de conciencia y libertad, es capaz de urdir el mal con lúcida intencionalidad, porque su software interior lleva las cicatrices de una fragilidad radical. 

Si el Papa León XIV insiste en la preciosa sabiduría que nace de la conciencia de nuestro límite, Jeremías hunde el bisturí recordándonos que este límite se manifiesta a menudo como un formidable autoengaño. 

¿Dónde se encuentra, entonces, la salida de este laberinto interior? ¿Cómo podemos evaluarnos a nosotros mismos, si nuestra brújula está viciada desde el principio? 

La propuesta del profeta - «Yo, el SEÑOR, que escudriño el corazón, que pongo a prueba los riñones, para recompensar a cada uno según sus caminos, según el fruto de sus acciones» (Jeremías 17, 10) - es un cambio de perspectiva: la prueba de la verdadera humanidad no se agota en la reivindicación orgullosa de un estatus superior

Esa prueba de verdadera humanidad se desplaza con fuerza hacia el exterior. Se mide por los «caminos» que decidimos recorrer y por el «fruto» tangible que producen nuestras acciones. La valoración divina de la humanidad no tiene lugar en el silencio amortiguado de la habitación, sino en el camino polvoriento y fatigoso de la vida cotidiana. 

Hoy exigimos con razón, sobre todo en Europa, que las máquinas se ajusten a los valores humanos y al respeto de los derechos y las libertades, pero la palabra profética sigue siendo la piedra de toque definitiva: nuestra «magnífica humanidad» no es una posesión estática que idolatrar sino un horizonte que alcanzar con los «frutos» o, como dirían algunos, con los ‘outcomes’ (resultados). 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 11 de julio de 2026

Una reflexión a Monseñor Luis Argüello y al resto de los Obispos de la Conferencia Episcopal Española.

Una reflexión a Monseñor Luis Argüello y al resto de los Obispos de la Conferencia Episcopal Española 

Me han invitado a entrar en el contenido y en la forma de la intervención del Presidente de la Conferencia Episcopal Española, Monseñor Luis Argüello, el pasado 9 de julio. 

Me refiero, en concreto, a su intervención en el marco de las Jornadas de la Escuela de Verano organizada por la Conferencia Episcopal, la Universidad Pontificia de Salamanca y la Fundación Pablo VI y celebrada en la sede de la Fundación Pablo VI. 

Los términos forma y contenido han ocupado un lugar central a lo largo de la historia del pensamiento. Quienes han abordado el tema han elaborado explicaciones y razonamientos tanto sobre su distinción como sobre su estrecha relación. 

Y creo que conviene precisar el significado de estos dos términos, limitándonos a su uso más frecuente en el lenguaje cotidiano. 

Por lo general, en el transcurso de una intervención, con el término contenido se hace referencia a la tesis o al resumen del razonamiento defendido por un interlocutor, mientras que, por el contrario, con el término forma se hace referencia al conjunto de elementos expresivos —desde la elección de los términos hasta el tono de voz— con los que se opta por expresar ese contenido concreto. 

Esta distinción surge con frecuencia en las conversaciones, sobre todo cuando alguien se declara «de acuerdo con el contenido», pero «en desacuerdo con los medios» utilizados para expresarlo —la forma, precisamente—. 

Una afirmación de este tipo resulta a veces útil para poner de relieve algunas partes específicas de la cuestión en las que no se está de acuerdo; sin embargo, al mismo tiempo entraña el riesgo de separar en exceso los significados de ambos términos. 

Es fundamental tener presente que, durante una intervención, juzgar la forma significa evaluar la idoneidad de una determinada manera de expresarse con respecto al contenido expresado. 

Al manifestar el propio acuerdo con el contenido y el propio desacuerdo con la forma, es importante, por tanto, tener en cuenta que toda discusión al respecto gira, no tanto en torno a la forma en sí misma que se ha utilizado, sino más bien en torno a la consonancia de esa forma con ese contenido. 

Pongo un sencillo ejemplo a modo de ilustración. 

Estando a la mesa, se puede pedir que nos pasen la sal; si se hace de forma brusca sin que haya motivos para ello, el problema no es tanto haber utilizado ese tono, quizá acompañado de una exclamación, sino más bien haberlo utilizado en un contexto en el que la intención era simplemente pedir la sal; por lo tanto, no es la forma —es decir, el tono brusco— lo que está mal a priori, sino más bien lo inapropiado de ese tono en esa ocasión concreta; en tal caso, resulta importante señalar que, aunque no haya nada que objetar respecto a la petición —es decir, el contenido del mensaje—, «la forma» no es adecuada. 

En un extremo opuesto, por ejemplo, en caso de que haya que denunciar un abuso, el uso de un tono y un lenguaje suave y cordial —como, por ejemplo, el de quien suele pedir sal en la mesa— resultaría fuera de lugar, al menos por el hecho de no lograr poner de relieve la gravedad del objeto de la denuncia. 

En cualquier ocasión, por tanto, lo que hay que evaluar no es la forma por sí sola, sino, en todo caso, la adecuación del contenido a esa forma de expresión, a ese «lugar», a esos términos, a esos interlocutores, etc. 

A menudo ocurre que, en las intervenciones cotidianas, partiendo de esa distinción (entre forma y contenido), se omite el vínculo que une ambos términos, y así se acaba cayendo en oposiciones que no hacen más que obstaculizar la búsqueda de la mejor síntesis respecto al tema que se está tratando. Esto ocurre cuando la forma y el contenido se conciben como conceptos separados entre sí. 

De hecho, la forma no es solo un medio de expresión, sino que también transmite contenidos, los cuales no están incluidos en lo que se considera principalmente como contenido. 

De hecho, en el transcurso de una intervención, los elementos que normalmente se consideran «forma» —el tono de voz, el uso de términos más o menos «fuertes», la llamada comunicación no verbal, etc.— forman parte del propio contenido de lo que se pretende defender, ya que, si ese razonamiento se expresara de «otra manera», esos aspectos concretos no se manifestarían. De hecho, dichos elementos representan una parte fundamental de lo que se pretende expresar y, por lo tanto, del propio contenido. 

Transmitir un determinado contenido con un tono cordial hacia un interlocutor, comunicarlo de manera seria y decidida, o incluso decirlo gritando, resulta ser una elección que afecta inevitablemente no solo a la forma en que se dice, sino al propio significado que se quiere atribuir a ese discurso, ya que en esa expresión concreta también quedarán incluidos otros elementos que no están presentes en la tesis o en el razonamiento realizado. 

Transmitir un mensaje con unos términos en lugar de otros no es solo una cuestión de forma, ya que un término, precisamente debido a la diferencia específica que posee respecto a otro término, no puede sino surtir un efecto sobre lo que se sostiene y, por lo tanto, transmitir y expresar un determinado contenido. 

Estar de acuerdo sobre el «contenido», al margen de la forma, significa ponerse de acuerdo sobre un contenido que no tiene en cuenta algunos aspectos que inciden inevitablemente en lo que se pretende comunicar; lo que significa ponerse de acuerdo solo parcialmente sobre el contenido. 

Puede ocurrir que, en el transcurso de una intervención, uno llegue a estar de acuerdo con el razonamiento expuesto, pero no con el tono, que para algunos puede parecer «excesivo». Por eso, manifestar que se está de acuerdo con el contenido al margen de la forma puede resultar engañoso. 

Al respecto de su intervención del pasado 9 de julio le digo, Monseñor Luis Argüello, a Usted en cuanto Presidente de la Conferencia Episcopal Española, y al resto de los Obispos de nuestras Diócesis, que es necesario evitar el dualismo entre forma y contenido para comprender mejor el pensamiento, el de los Obispos, y profundizar en la búsqueda de los errores o de los aciertos de una sociedad, del ejercicio de un gobierno,..., del tema o de la realidad que se trate. 

Porque todo contenido implica necesariamente una cierta forma, del mismo modo que toda forma es también contenido. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Dichosos, más bien, los que escuchan la Palabra y la cumplen - San Mateo -.

Dichosos, más bien, los que escuchan la Palabra y la cumplen - San Mateo 13, 1-23 -

Ésta es una página del Evangelio que ha inspirado tantos comentarios. La parábola del sembrador es una de las más famosas y «fáciles» de entender porque, en todos los evangelios sinópticos, contamos con la explicación autorizada de Jesús. ¿Qué más se puede añadir? 

Podría resultarnos útil preguntarnos qué quiso decir Jesús a sus discípulos aquel día, aquella mañana, al salir de casa y sentarse a orillas del mar. De repente, se reúne a su alrededor mucha gente y el maestro comienza a hablar; pero ¿para decir qué? 

Mateo se empeña en decirnos que Jesús, aquel día, contó muchas parábolas. La de la semilla, por tanto, parece casi solo un ejemplo: «Jesús les habló de muchas cosas en parábolas; por ejemplo, dijo…». 

En este relato del Evangelio aprendemos que, ante la Palabra, estamos llamados a escuchar (el verbo «escuchar» aparece cinco veces) y a comprender (hacer espacio en nuestro interior) con una actitud dócil, llena de deseo de dejarnos fecundar y transformar. 

Pero no basta con acoger (la semilla es esparcida abundantemente por el labrador, que no pide permiso a la tierra) ni tampoco con limitarse a escuchar. Los terrenos (el corazón humano) en los que ha caído la semilla de la Palabra se caracterizan, los cuatro, por haber acogido la Palabra y, a continuación, haberla escuchado, tal vez incluso con alegría y entusiasmo. 

Pero, solo uno de ellos ha dado fruto; solo es fértil el terreno que es como «el que escucha la Palabra y la comprende». La actitud de escuchar y comprender depende, por tanto, del poder del Espíritu, además de la libertad del hombre. 

La belleza de la parábola no solo nos dice que los tres primeros tipos de terreno describen una acogida superficial de la Palabra de Dios, sino que destaca sobre todo la tenacidad y la confianza del sembrador, que sigue echando la semilla sobre todo tipo de terreno. 

Parece que el labrador de la parábola siembra sin prestar atención, encontrando obstáculos de todo tipo, desde pájaros hasta piedras, desde la falta de tierra suficiente hasta las zarzas o el calor abrasador del sol. 

Alguien podría pensar que existe una estrecha correspondencia entre el terreno bueno y aquellos que escuchan con fe, y es cierto. 

Pero si nos detuviéramos solo aquí, cometeríamos un grave error al pensar que Jesús establece preferencias, es decir, que distingue entre quienes están dispuestos a escuchar y quienes no tenían ni tienen ningún interés, entre quienes le seguían de cerca y quienes, en cambio, escuchaban distraídamente y pasaban de largo. 

En realidad, sabemos que no es Jesús quien utiliza dos varas de medir, sino que somos nosotros, los seres humanos, quienes tenemos con Él una fe «de altibajos, de idas y vueltas». 

Dios concede a todos conocer los misterios del Reino, es decir, entrar y adherirse a la lógica con la que Él reina en la historia, pero su don se quiebra y no puede hacer nada allí donde los ojos humanos están cerrados, los oídos tapados, el corazón y la mente embotados, el terreno sin labrar. 

El sembrador sigue sembrando con confianza porque está seguro de la fecundidad de la semilla que lanza. Confía en ella, está seguro de que sabrá ser más tenaz que los límites objetivos de los terrenos en los que se siembra. 

Más que detenernos en la calidad del terreno, deberíamos ser capaces, ante todo, de reconocer la calidad de la semilla donada y quién es Aquel que siembra. 

La semilla de la Palabra de Dios será sin duda cada vez más resistente y fuerte que todas las dificultades, que incluso podrá superarlas hasta dar un fruto extraordinario. 

Pero también es necesario conocer cada vez mejor y examinar el terreno de nuestra vida para poner a prueba realmente nuestro deseo y nuestra capacidad de escucha, porque la invitación es a convertirnos en terreno fértil en el que la semilla pueda desplegar toda su fecundidad y producir su fruto sobreabundante. 

Quien tenga un corazón dócil, abierto y atento a la Palabra, la comprenderá de forma cada vez más profunda y lúcida, y la lógica del Reino le resultará familiar; pero quien cierre sus sentidos a la escucha de Dios, presumiblemente tendrá cada vez más dificultades para reconocer su Voz, perdiendo poco a poco la sensibilidad que Dios le ha concedido desde siempre. 

¿Cuál es la tierra buena? ¿Cuáles son sus características? 

De hecho, la parábola no lo dice. Mientras describe con detalle las tres primeras tierras estériles, no dice nada sobre las características de la cuarta tierra o, mejor dicho, «se limita» a afirmar que es una tierra buena si «escucha y comprende». 

Me parece poder decir que la pregunta queda abierta. 

¿Es el terreno bueno aquel que carece de todas las características negativas de los tres primeros? ¿Sin piedras, sin zarzas, protegido del calor del sol? 

¿O es un terreno que, aunque plagado de algunas de estas limitaciones, confía de todos modos en el poder y la fecundidad de esa semilla? 

Un terreno que sabe que la cosecha abundante, más que de su propia bondad, depende de la de la semilla, como recuerda el profeta Isaías: «… así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sin haber hecho lo que yo deseo y sin haber cumplido aquello para lo que la envié» (Is 55,11). 

Es buena la tierra que se deja fecundar y transformar; es buena la tierra que se deja convertir por la Palabra de Jesús. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 10 de julio de 2026

Palladio, una armonía de inspiración matemática - Karl Jenkins -.

Palladio, una armonía de inspiración matemática - Karl Jenkins - 

Aparte de la partitura en sí, el nombre Palladio ha suscitado un amplio debate sobre sus orígenes. En pocas palabras, hace referencia a la figura del arquitecto veneciano Andrea Palladio (1508-1580). Se trata de un concerto grosso para orquesta de cuerda escrito en 1995, y Karl Jenkins dice lo siguiente sobre la obra: 

«Palladio se inspiró en el arquitecto italiano del siglo XVI Andrea Palladio, cuya obra encarna la celebración renacentista de la armonía y el orden. Dos de los rasgos distintivos de Palladio son la armonía matemática y los elementos arquitectónicos tomados de la Antigüedad clásica, una filosofía que, en mi opinión, refleja mi propio enfoque de la composición. 

El primer movimiento lo adapté y utilicé para el anuncio de televisión de «Shadows» de A Diamond is Forever, para una campaña mundial. El movimiento central lo he reorquestado desde entonces para dos voces femeninas y orquesta de cuerda, tal y como se puede escuchar en Cantus Insolitus, de mi obra Songs of Sanctuary». 

Vamos con una presentación somera de esta obra. 

El primer movimiento recurre a la unidad, con el tema principal interpretado al unísono por toda la orquesta de cuerda. 

Este pequeño núcleo de material melódico y movimiento se retoma y se desarrolla a lo largo de los tres movimientos, aunque de forma más evidente en el primero. La forma en que Karl Jenkins ha compuesto esto recuerda a compositores como Antonio Vivaldi, y el primer movimiento se inspira claramente en su famosa serie de conciertos: Las cuatro estaciones. 

La celebración de este sonido barroco se aprecia a lo largo de los tres movimientos. Hay mucho juego de luces y sombras en todo el conjunto, y la comunicación entre los instrumentos desempeña aquí un papel clave. 

Tras comenzar al unísono, empiezan a surgir las partes solistas, que se alternan entre las indicaciones de «solo» y «tutti», creando dramatismo y suspense. Karl Jenkins también utiliza la dinámica para generar tensión, lo que refuerza esta idea de música dramática. 

El segundo movimiento, marcado como «largo», comienza con una figura pulsante que se desplaza cromáticamente. 

De nuevo, el conjunto toca al unísono hasta que el violín solista emerge con la figura melódica principal. El acompañamiento que ofrecen las partes graves no se desvía de los ritmos pulsantes iniciales. 

A diferencia del primer movimiento, el segundo es muy lento y solemne, lo que crea una atmósfera muy diferente. El violín solista canta por encima del acompañamiento, resaltando algunas melodías realmente desgarradoras. 

Una vez más, la elección de la dinámica por parte de Karl Jenkins contribuye enormemente al desarrollo de la música: el acompañamiento va creciendo al ritmo de la intensidad del solista para luego desvanecerse rápidamente, creando quizá la visión de la nada. 

El movimiento final es rápido y hace hincapié en la importancia del timbre al principio, con una mezcla de partes en pizzicato y arco. 

La idea melódica alegre y descarada se repite, recorriendo de forma constante diferentes armonías durante más de dos minutos. Esta idea se desarrolla hacia un estilo de interpretación menos áspero, que recuerda mucho al primer movimiento. El conjunto es el solista de este movimiento, y todo se toca al unísono, creando un potente muro de sonido. 

Al estar esta partitura inspirada en Andrea Palladio, la armonía y las estructuras son rígidas y muy matemáticas. A la armonía matemática se unen los elementos arquitectónicos tomados de la Antigüedad clásica. 

Disfruta de estas melodías cautivadoras y de su majestuosa orquestación. En todo ello se evoca una sensación de grandiosidad y belleza arquitectónica. Las armonías épicas y los ritmos contundentes crean una atmósfera cautivadora y evocadora, que transporta al oyente a un viaje emocional e inspirador. 

Entre las muchas versiones te dejo ésta que dura apenas 16 minutos: https://www.youtube.com/watch?v=pbvIMn1bQWA&list=RDpbvIMn1bQWA&start_radio=1

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Los Días de las Memorias.

Los Días de las Memorias 

Existe un arma que no hace ruido y, sin embargo, puede ser más letal que las bombas y las pistolas: es el silencio de quien ve y aparta la mirada. 

Los violentos lo saben bien; de hecho, prosperan allí donde la conciencia calla. 

Y para romper ese muro de silencio se suelen celebrar algunos Días de la Memoria y el Compromiso en recuerdo de las víctimas de la violencia. 

No solo para depositar flores sobre sus lápidas, sino sobre todo para plantar semillas fértiles en la conciencia colectiva. 

La memoria cívica es como un músculo del gran cuerpo de la sociedad: exige cuidados y ejercicio: si la descuidamos, se atrofia y la sociedad pierde vigor; si la entrenamos, se convierte en advertencia, acicate y energía que nos aleja de la inercia moral, nos mantiene alerta y nos hace capaces de oponernos al mal y transformar el presente. 

Recordar a las víctimas de la violencia es un acto de resistencia contra la creencia de que la violencia es inevitable, el asesinato algo normal y la ley del silencio una forma necesaria de prudencia. 

Cada vida truncada que no dejamos caer en el olvido se convierte en un antídoto, una chispa de conciencia contra esa indiferencia silenciosa, ese consenso pasivo y esa resignación que permiten a las mafias arraigarse y sobrevivir. 

Y hay que hablar. También para romper el silencio, para no permitir que el miedo o la costumbre de callar se conviertan en complicidad. Hablar, sí, para recordar que la indiferencia no se convierta en terreno fértil para la anomalía de la violencia y el olvido en protección para quienes la han ejercido. 

La memoria debe transformar el recuerdo en práctica, convertirse en una exhortación a la acción. Debe conducir a la conciencia de que ese pasado nos concierne, nos interpela, nos pide que pongamos de nuestra parte, exige nuestro valor. 

No, no el valor de los grandes actos de heroísmo, sino el de los gestos cotidianos, de las pequeñas decisiones, que nos llevan a rechazar un favor que huele a atajo, a denunciar una injusticia, a contrarrestar la lógica del «así lo hacen todos», a defender a quienes están más expuestos. 

El valor de cuestionar nuestros hábitos: cómo votamos, cómo hablamos, cómo nos relacionamos con los demás. Transformamos el recuerdo en un ejercicio de valor cada vez que resistimos la tentación del nihilismo práctico: cuando preferimos la responsabilidad a la indiferencia, la verdad al silencio, la transparencia a la ambigüedad, la legalidad a la conveniencia. 

El valor es contagioso: cuando alguien lo ejerce, otros encuentran la fuerza para practicarlo. Toda violencia se consolida gracias al aislamiento, pero cuando el valor deja de ser un gesto aislado y se transforma en un movimiento compartido, en reciprocidad y corresponsabilidad, el miedo se atenúa y la violencia comienza a perder terreno. 

Recordar a las víctimas de la violencia significa mirar al pasado para dar un nuevo rumbo al mañana. La memoria no solo conserva: orienta la acción futura. De este impulso proyectivo nace la esperanza de la que hablaba Ernst Bloch. 

La esperanza es energía transformadora. A diferencia del miedo, «no es una espera pasiva, no es resignación […] se expande, ensancha a los hombres en lugar de encogerlos, no permite conformarse con el mal presente» (Ernst Bloch, El principio de esperanza). 

Es apertura a lo nuevo, tensión hacia el cambio. La memoria y la esperanza resultan así aliadas en el mismo camino de lucha contra la violencia: la primera mantiene vivo lo que ha sucedido, la segunda abre el horizonte de lo que se puede construir. 

La idea de la justicia como bien común, de la legalidad como responsabilidad compartida, debe seguir caminando nuestras decisiones. Debe convertirse en el proyecto de una sociedad que no pasa página distraídamente, que no se resigna, en un compromiso de la escuela, de las instituciones, de las asociaciones y de las comunidades, tanto pequeñas como grandes. 

La lucha contra la violencia se gana educando, vigilando, forjando vínculos y fomentando la ciudadanía activa. Cada lugar donde se crece, se decide y se coopera puede convertirse en un bastión de la legalidad. 

Por eso, también, cada Día de Memoria es como una primavera de la militancia activa de la ciudadanía, una advertencia y una promesa de un futuro más justo que construir juntos. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La microhistoria: escuchar la vida concreta de las personas.

La microhistoria: escuchar la vida concreta de las personas

Para una grande parte de nosotros Carlo Ginzburg es un perfecto desconocido. 

Por eso, le presento. Fue un historiador y ensayista, estudioso y escritos que se dedicó al estudio y al análisis en profundidad de fuentes históricas y archivísticas. De hecho, se ganó una fama como genio de la investigación histórica, capaz de cambiar profundamente la forma de indagar en el pasado e interpretarlo desde perspectivas hasta entonces descuidadas. 

En los años setenta, Carlo Ginzburg comenzó a cuestionar una historiografía construida casi exclusivamente a partir de las fuentes de los dominantes. Lo que se aceptaba como una verdad histórica consolidada quedó sometido al escrutinio minucioso. 

De ese cambio de perspectiva surgieron vidas, ideas y pensamientos que hasta entonces habían permanecido al margen, es decir, esa cultura de las clases subalternas que la historiografía había ignorado con demasiada frecuencia. 

En colaboración con otros Carlo Ginzburg contribuyó al nacimiento de la microhistoria, un enfoque que devolvía al centro de la atención a los más desfavorecidos, a los marginados y a aquella parte del pueblo que hasta entonces había sido más objeto que sujeto de la narración histórica. 

El bautismo de la microhistoria fue El queso y los gusanos, donde Carlo Ginzburg dio vida y voz a Menocchio, un molinero juzgado por la Inquisición por sus ideas y por las interpretaciones personales de los textos que leía en su vida cotidiana. 

A través de las actas del juicio, el historiador sacó a la luz puntos de vista que nunca antes se habían tenido en cuenta: ideas extravagantes, pero coherentes con el contexto cultural del molinero, pensamientos derivados de una cultura que hasta entonces había quedado excluida del panorama social e intelectual. 

Carlo Ginzburg demostró que las clases subalternas no son solo categorías económicas, sino también portadoras de conocimiento, memorias e imaginarios que a menudo escapan a los archivos oficiales. De esta manera quería permitir sacar a la luz verdades hasta entonces ocultas, devolviendo así un poco de justicia a la vida y al destino de los invisibles. 

Pero es en el método —o, mejor dicho, en la metodología de la investigación histórica— donde a menudo se olvida la contribución de esta genialidad. 

Su rebelión contra la narrativa historiográfica triunfalista le llevó, de hecho, a demostrar que los historiadores y los investigadores de archivo no son infalibles y que, en ocasiones, incluso el azar puede desempeñar un papel importante en el recorrido de la investigación. 

A Carlo Ginzburg se le debe la capacidad de dar la vuelta a la perspectiva de la historia, obligándola a mostrar las vicisitudes de los últimos, los invisibles y los marginados. 

En una época dominada por los algoritmos, las grandes estadísticas y las lecturas generalistas, rápidas, transversales… el método de Carlo Ginzburg recuerda que comprender el mundo sigue significando saber escuchar las vidas individuales. Detrás de cada cifra hay una historia; detrás de cada categoría social, una persona concreta. 

La búsqueda de la verdad, en la era de Internet y lo digital, debe abordarse con lo que Carlo Ginzburg definía como una «lectura lenta»: un ejercicio de atención, duda e interpretación. 

Tantas veces más que las respuestas, lo que queda como legado son las preguntas que Carlo Ginzburg trató de señalar como caminos a seguir: ¿quién tiene derecho a narrar la historia? ¿Es posible una verdad neutral? ¿Quiénes son los excluidos de las páginas de la historia? 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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