viernes, 23 de octubre de 2026

Encarnar para dar a luz la vida de los pobres.

Encarnar para dar a luz la vida de los pobres

Ha llegado la noche. Las voces del día se apagan, las ocupaciones se alejan y queda una pregunta: ¿de qué lado estamos? 

El Evangelio, cuando se escucha de verdad, nos lleva hasta aquí. No se limita a consolar nuestro cansancio, no se convierte en una manta con la que tapar las contradicciones. 

En cierto momento nos pide que salgamos a la luz. Quien lo elige toma partido: del lado de los pobres, de los excluidos, de quienes esperan en el umbral mientras otros ocupan todas las habitaciones. 

Pero antes llega el momento de escuchar. 

El discípulo se detiene ante la Palabra como ante una pequeña lámpara encendida en la noche. No todo está claro, no todo se comprende de inmediato. 

Hay que dejar que el Evangelio penetre en los pensamientos, traspase los hábitos, llegue a esas zonas íntimas donde guardamos nuestras defensas. 

Escuchar, reflexionar, asimilar: no son formas de posponer la vida, sino el trabajo paciente a través del cual una palabra recibida se convierte en conciencia. Las decisiones maduran también en el silencio, lejos de la urgencia de demostrar algo. 

Luego llega un momento diferente. La pregunta ya no se refiere solo a lo que hemos entendido, sino a lo que estamos dispuestos a hacer. No se puede seguir observándolo todo desde lo alto de un muro, al resguardo de las consecuencias. 

Ante una persona excluida, ante una pobreza que preferiríamos no ver, ante una dignidad dejada fuera de la puerta, incluso el aplazamiento se convierte en una elección. 

El Evangelio nos alcanza precisamente ahí, en el punto en el que nos gustaría conservar a la vez la convicción y la comodidad. Nos pide un paso concreto, sin prometernos que será indoloro. 

Es entonces, a menudo, cuando empiezan los problemas. 

Mientras la fe se queda en palabras, puede convivir sin fricciones con muchos hábitos. 

Cuando se convierte en una decisión, altera los equilibrios: cambia la forma de emplear el tiempo, de vivir las relaciones, de reconocer a quienes merecen atención. 

Es posible que las personas cercanas a nosotros no lo comprendan, se sientan cuestionadas o deseen que todo vuelva a ser como antes. 

Una elección hecha en nombre del Evangelio puede atravesar el hogar, la comunidad,…, como una luz que se enciende demasiado tarde: hace visible algo que alguien hubiera preferido dejar en la sombra. 

Pero esa luz no nos autoriza a forzar el camino de los demás. Los familiares, los amigos y los conocidos no están obligados a seguir nuestro mismo camino solo porque nosotros hayamos decidido recorrerlo. 

El Evangelio exige libertad, madurez y conciencia personal. No podemos pedir respeto por nuestra elección y negar a los demás el tiempo necesario para la suya. 

Dar testimonio no significa adueñarse de una conciencia: significa hacer legible, en la propia vida, lo que se ha reconocido como verdadero, dejando al otro el espacio para acogerlo, discutirlo o no compartirlo. 

Por eso pueden surgir tensiones, divisiones e incluso enemistades. A veces, las fracturas se hacen profundas y las relaciones se rompen. No hay que alegrarse de una ruptura, ni considerarla una prueba automática de la propia fidelidad. 

El dolor de los afectos no hace que una elección sea más auténtica solo porque la acompañe. Pero no todo lo que perturba una relación carece necesariamente de fecundidad. 

Una decisión radical puede romper un consenso aparente, sacar a la luz preguntas que permanecían enterradas, invitar a quienes nos rodean a reflexionar. La tensión no es el objetivo: puede ser una consecuencia que exige cuidado, paciencia y verdad. 

Se trata, pues, de discernir cada día. No de romper por el simple hecho de romper, ni de confundir la dureza con el valor, ni de utilizar el Evangelio para dar un aire solemne a nuestras propias obstinaciones.

Hay que preguntarse si lo que elegimos abre realmente un espacio a los pobres y a los excluidos, si protege la libertad de las personas, si nace del amor o de la necesidad de tener razón. 

Hay momentos en los que estas preguntas pesan más, porque desaparecen los aplausos y las justificaciones fáciles. Queda la responsabilidad de un gesto, de una palabra, de un silencio. 

Nadie debería llevar solo este peso. La comunidad de hermanos que comparten el Evangelio es el lugar donde las decisiones pueden madurar, ponerse a prueba, encontrar apoyo y, cuando sea necesario, corrección. 

No una habitación cerrada en la que repetirse a uno mismo que los demás se equivocan, sino un hogar donde aprender juntos la fidelidad. Aquí se puede hablar del cansancio sin avergonzarse, reconocer una incertidumbre, pedir ayuda. 

Cuando la presión externa se vuelve casi insoportable, la presencia de alguien que escucha y camina a tu lado impide que la resistencia se convierta en aislamiento. 

En este camino resuena la invitación del autor de la Carta a los Hebreos: atravesar la historia con la mirada fija en Jesús. No para apartar los ojos de lo que ocurre, sino para no perder, en medio de lo que ocurre, el rumbo del amor. 

El Crucificado se convierte en el signo de un amor inmenso, que no se detiene ante la dificultad y no responde al rechazo renunciando a amar. 

Mirarlo significa recordar que la fidelidad no coincide con la victoria sobre los demás y que permanecer del lado de los excluidos no exige cerrar el corazón a quienes no comprenden. 

La noche, tal vez, no termine de inmediato. Persisten algunos malentendidos, ciertas distancias no se reconstruyen cuando quisiéramos. Pero basta una pequeña luz para hacer visible el siguiente paso. 

El Evangelio no nos pide que recorramos todo el camino: nos pide que no eludamos el tramo que hoy podemos recorrer. 

Con la libertad de quien no obliga, con la firmeza de quien no se esconde, con el apoyo de una comunidad y con la mirada puesta en Jesús. 

Del lado de los pobres y los excluidos, allí donde el amor deja de ser solo una palabra y comienza a cobrar vida. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Simplificar: el arte de ir a lo esencial - San Mateo 22, 34-40 -.

Simplificar: el arte de ir a lo esencial - San Mateo 22, 34-40 - 

El doctor de la Ley pregunta cuál es el mandamiento más importante, pero, al mismo tiempo, busca la manera de poner a Jesús en apuros. Tiene la Ley en los labios y una intención hostil en el corazón. 

Esta es la contradicción con la que comienza el Evangelio: se puede hablar de Dios y, al mismo tiempo, tender una trampa al hermano. 

No es una contradicción que pertenezca únicamente al doctor de la Ley. Nos pertenece cada vez que la corrección de nuestros argumentos nos parece suficiente para justificar la dureza con la que tratamos a alguien, cada vez que, con tal de salvar un principio, aceptamos perder a una persona. Y quizá incluso nos sintamos fieles. 

«Maestro, en la Ley, ¿cuál es el mandamiento más importante?». 


Jesús responde: «Amarás».
 

Una palabra que creemos conocer, hasta que alguien nos pide que le pongamos rostro. Porque mientras el amor se queda en palabras, incluso podemos conmovernos. Luego llega una persona con su carácter, sus exigencias, y ahí empiezan nuestras reservas. 

Amar, sí, pero hasta cierto punto. Ayudar, claro, siempre que el otro aprenda a valerse por sí mismo. Acoger, pero sin dejarnos involucrar demasiado. 

Nos gustaría amar conservando el derecho a seguir siendo como somos. 

Jesús vincula el amor de Dios al amor al prójimo y nos quita esa posibilidad. No nos permite refugiarnos en una relación con Dios al margen de las personas. Por eso, al primer mandamiento le añade un segundo, similar a aquel. Como si, para pronunciar hasta el fondo el nombre de Dios, fuera necesario pronunciar también el nombre de quien está a nuestro lado. 

Aquí es donde la fe se vuelve incómoda, porque no siempre podemos elegir al prójimo. Es más, a veces es precisamente aquel de quien decimos: «Con él no hay nada que hacer». 

¿Y si Dios nos estuviera buscando precisamente a través de esa presencia que soportamos o de esa pregunta que seguimos posponiendo? 

La Palabra de Dios no nos permite quedarnos en lo vago. Nos pone ante nosotros a un forastero, a una viuda, a un huérfano, a un pobre al que le han quitado el manto, personas que pueden sufrir una injusticia sin tener a nadie que salga en su defensa. 

Dios toma partido: no oprimir, no maltratar, devolver… 

¿Qué hemos hecho con un amor tan concreto? 

Hemos aprendido a hablar de los pobres. También sabemos organizar algo para ellos. Lo más difícil es permitir que su presencia influya en nuestra forma de vivir. Mientras podamos asignar a la necesidad un lugar y un horario, nos sentimos capaces de gestionarla, pero cuando entra en nuestro día a día y trastoca nuestro orden, sale a la luz lo que llevamos en el corazón. 

Esto ocurre con las personas que no responden a nuestras propuestas. Nos hemos esforzado, lo hemos preparado todo, y ellas no vienen. La primera reacción es acusarlas de desinterés. Rara vez nos preguntamos si alguna vez hemos escuchado lo que están buscando. Ocurre con las personas, con las parejas, con las familias… cuya historia no encaja en las casillas que hemos preparado: incluso antes de conocerlas, ya sabemos dónde ubicarlas. 

No basta con encontrar una propuesta más eficaz. Hay que dejarse transformar por el encuentro. Y esto cuesta, porque significa admitir que la palabra del otro puede llegarnos allí donde nuestras certezas nos han vuelto sordos. 

«Amarás a tu prójimo como a ti mismo». 

Como a ti mismo. Él también vive de un amor que no puede darse a sí mismo, él también lleva consigo algo que no consigue arreglar, él también necesita que alguien no lo reduzca al peor momento de su vida. 

Como tú. 

Quizá la fragilidad ajena nos moleste tanto porque pone al descubierto la nuestra. Nos pone ante los ojos aquello que intentamos mantener a distancia: la necesidad de que nos busquen, el miedo a dejar de contar, el esfuerzo de pedir. Preferimos estar del lado de quien ayuda. Es un lugar que nos permite sentirnos necesarios y, a veces, no confesar lo necesitados que estamos. 

Pero el Evangelio no divide a la humanidad entre quienes tienen algo que dar y quienes solo pueden recibir. Esa capa, tarde o temprano, también nos falta a nosotros. ¿Acaso no nos falta una palabra bajo la que refugiarnos? ¿No nos falta alguien a quien poder decirle que no podemos más, sin temer perder su estima? 

¡Qué difícil es dejarnos ver así! Y, sin embargo, Dios nos ha alcanzado precisamente en nuestra pobreza. En Jesús ha entrado en esta humanidad que tiene hambre, que llora, que busca compañía en la hora del miedo. ¿Cómo podemos seguir avergonzándonos de tener necesidades, si el Hijo de Dios ha pedido a los suyos que permanezcan a su lado? 

Ciertamente, hay que curar el dolor, combatir la miseria, devolver el manto, pero ningún remedio nos hará autosuficientes, ningún camino de fe nos llevará al punto de poder prescindir del amor. 


«De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas».
 

Todo queda suspendido ahí. Incluso lo que hemos construido en nombre de Dios. Si falta el amor, podemos seguir manteniendo costumbres, liturgias, obras... Podemos incluso defenderlas con ahínco. Pero, ¿a quién le hablarán del Dios de Jesucristo? 

Jesús, mientras responde, tiene ante sí a personas que lo ponen a prueba. No está hablando del amor en condiciones favorables. En breve será él el hombre rechazado, despojado, entregado a manos ajenas. Y esas manos no lograrán que retire el don de sí mismo. 

De Él aprendemos cuánto vale una persona. Incluso cuando no responde. Incluso cuando amar no obtiene el resultado esperado y nos deja con las manos vacías. El amor, de hecho, nunca depende de la respuesta de quien ama, pero no por ello deja de amar. 


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


jueves, 22 de octubre de 2026

La lógica de don.

La lógica de don 

Hay verdades que solo se hacen oír en algunas circunstancias. 

También en algunas etapas de la vida. 

Cuando el ruido de las ambiciones se apaga, cuando tantas distracciones se diluyen y el ego deja de preguntarnos cuánto valemos, surge una pregunta más básica: ¿para qué estamos viviendo? 

En la soledad, lejos de los aplausos y de las clasificaciones, el corazón reconoce con mayor sinceridad la distancia entre lo que posee y lo que realmente necesita. 

Es entonces cuando el camino se revela en su sentido esencial: salir de la lógica del beneficio y del interés personal para entrar en la lógica del don gratuito. 

Pasar del egoísmo al altruismo no es un movimiento espontáneo, ni una simple corrección del comportamiento. 

Es una transformación profundamente espiritual. 

La gratuidad no se aprende en un día, como se aprende una regla: madura a lo largo de un largo itinerario, lleno de paradas, caídas, resistencias y aperturas repentinas. 

Comienza cuando la persona se atreve a reconocer el vacío que deja una vida regida únicamente por el mérito, el esfuerzo individual y el beneficio propio. 

La meritocracia, cuando se convierte en la única regla de la existencia, acaba midiéndolo todo: el trabajo, los afectos, el tiempo, incluso la disposición a escuchar. Cada gesto espera una recompensa, cada encuentro se sopesa en la balanza de la utilidad. 

Muy poco a poco se aprende a descartar lo que no reporta beneficio, a negociar los ideales, a reprimir lo gratuito. Se avanza, tal vez, con la apariencia de quien progresa; por dentro, sin embargo, uno se hunde. Es una forma lenta de ahogarse a uno mismo. 

Pero precisamente el vacío puede convertirse en un umbral. 

La búsqueda desenfrenada de uno mismo a través de la materialidad de la vida, tras haber prometido plenitud, deja una habitación despojada. 

Y en esa habitación interior, si no huimos de inmediato, comprendemos que debe haber algo más. 

No algo que añadir a lo ya acumulado, sino otra forma de existencia: no conquistar, sino recibir; no retener, sino entregar; no preguntarnos continuamente qué puede hacer el mundo por nosotros, sino descubrir qué bien puede pasar a través de nosotros. 

Entrar en la lógica del don significa acceder a una dimensión de la existencia que reconcilia. 

Nos reconcilia con nosotros mismos, porque ya no nos vemos obligados a demostrar sin cesar nuestro valor. Nos reconcilia con el mundo, porque la realidad deja de ser un territorio que explotar y vuelve a ser un hogar en el que vivir. 

Nos conduce, por fin, hacia su centro silencioso: ese misterio del que surgió la vida y en el que sigue respirando. El don no elimina el misterio, sino que nos enseña a morar en él sin miedo. 

La vida nos ha sido donada para que la vivamos dignamente. Pero su dignidad no se manifiesta en el aislamiento, ni en la autosuficiencia: toma forma en la relación. 

Se hace visible cuando ofrecemos tiempo sin contabilizarlo, cuando cuidamos de una fragilidad sin exhibirla, cuando permanecemos junto a alguien sin pretender ser recompensados. 

El don de sí mismo es auténtico precisamente porque es gratuito y desinteresado; no busca espectadores, no erige un monumento al donante, no humilla a quien recibe. 

Esta verdad se hace más nítida ante los hermanos que encontramos al margen del camino. Son personas que se encierran en sus propias heridas, a menudo destrozadas por la vida y casi sin esperanza. 

El mundo del cálculo las considera improductivas, derrotadas o invisibles. 

La lógica del don, en cambio, nos invita a acercarnos, a sentarnos a su lado, a escuchar antes de hablar. 

En esa cercanía se desvanece la ilusión de que existan vidas superiores y vidas menores: cada rostro vuelve a ser irreductible, cada historia digna de atención. 

Es al acercarnos a quienes yacen al borde del camino cuando descubrimos lo que se nos ha confiado. 

Talentos, tiempo, atención, palabras, incluso las heridas que hemos atravesado: todo lo que hemos recibido pide, en el fondo, ser devuelto a la circulación. No como pago de una deuda, sino como respuesta libre a la sobreabundancia de la vida. 

El bien que se guarda solo para uno mismo se apaga; compartido, se convierte en luz suficiente para el camino de otra persona y, al mismo tiempo, para el nuestro. 

Quizá este sea el secreto que la vida protege: nos reencontramos cuando dejamos de perseguirnos. Descubrimos quiénes somos no en la imagen que construimos, sino en la presencia que ofrecemos; no en lo que aferramos, sino en lo que dejamos ir. 

Cuando el don pasa a través de nosotros sin cálculo alguno, algo se recompone. El mundo aún no se ha curado, las heridas siguen siendo reales y, sin embargo, en la oscuridad se ilumina un camino.

Al entregarnos, no nos perdemos sin que, por fin volvemos a casa y entramos en el hogar. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 21 de octubre de 2026

Una sinfonía de colores - Todos los Santos -.

Una sinfonía de colores - Todos los Santos - 

Amigo: 

Si uno quisiera elegir un día para celebrar la fiesta de la diversidad, creo que no hay ningún día más adecuado que el día de Todos los Santos. 

Hoy, de hecho, uno contempla lo que la grandeza y la imaginación de Dios logran llevar a cabo en la multiforme variedad de los caminos humanos. 

Y todo ello a pesar de la homogeneización que tanto se impone en los caminos de los hombres. 

Y es que, al hojear las biografías de los santos, uno cae en la cuenta de que no son en absoluto iguales. 

Ciertamente son diferentes en carácter y personalidad, por lo que han hecho y por cómo han vivido. 

Pero también son diferentes en su forma de ser santos. 

Es cierto: a menudo hemos pensado en la santidad como una especie de modelo único para todos, casi como si coincidiera con una pureza improbable para los seres humanos. 

Un cierto estereotipo nos ha llevado a pensar en el santo como una figura diáfana, habitada por una luz purísima que ¿quién podría alcanzar jamás? Casi como si se tratara de un molde con el que las cosas se fabricaran en serie: una vez identificado uno, ya sabes cómo será el otro. Una luz tan pura que hace que se pierdan las características de la persona. 


Pero, ¿es realmente así? No. 

De hecho, si se observa con detenimiento la vida y la historia de todos los amigos de Dios, se descubre una auténtica polifonía de voces e instrumentos, una riqueza y variedad de colores, un tema musical desplegado a través de las variaciones más audaces posibles.

Sí, la santidad es a todo color porque los santos son «como los colores del espectro en relación con la luz» (Jean Guitton). 

La música de la Iglesia es siempre para orquesta, no para solistas ni divos: cada uno tiene su papel en la interpretación de esa partitura que Dios ha compuesto y que el Hijo de Dios dirige. 

En una masa tan indistinta como variopinta, son precisamente los santos quienes inventan el contrapunto más ingenioso, hasta el punto de realzar lo que, a primera vista, ni siquiera se podría reconocer. 

Son los santos quienes reconocen que la vida no es esa maldición inútil que nos ha tocado en suerte y, por eso, incluso en las bajezas a través de las cuales a veces se despliega, ellos han estado presentes sin resentimiento, devolviendo dignidad y belleza a lo que parecía carecer de ellas. 

Por eso hay lugar tanto para Pedro como para María Magdalena: no importa el camino por el que hayan venido, ya sea de la negación o de una vida poseída por espíritus inmundos. 

Lo único que importa es dejarse encontrar en las encrucijadas en las que el Hijo de Dios fija la cita, para que tu vida se derrita en lágrimas, como le sucedió a Pedro, o se desarrolle en una carrera apresurada, como le ocurrió a María tras sentirse llamada como ningún hombre lo había hecho jamás. 

La santidad consiste en dejarse alcanzar y tocar por el abrazo de Dios en las encrucijadas de la historia, allí donde los caminos no son unívocos ni tampoco previsibles. No hay nada frío en la historia de los santos, como muchos han querido hacer creer. Al contrario. 

Hombres y mujeres, los santos, cuyas pasiones han marcado la diferencia en toda la convivencia humana.

Hombres y mujeres que se han dejado tocar por el amor y, por eso, se han sustraído al cálculo de las conveniencias o inconveniencias del amor, que hacen que el corazón humano sea tan mezquino. 

Hombres y mujeres cuyas heridas han puesto de manifiesto la prueba de fuerza de su amor y la solidez del mismo. 

Hombres y mujeres que han creído que no es cierto en absoluto que el amor viva cuando todo fluye sin contratiempos. 

Hombres y mujeres que han creído que, si el Hijo de Dios sufrió de verdad, Dios no nos ha amado por broma. 

Hombres y mujeres que conocen el amor porque conocen el dolor y el esfuerzo que supone amar. 

Hombres y mujeres que no han tenido miedo de medirse con el Jesús desfigurado y, precisamente por eso, han sido capaces de dar vida incluso a los huesos más áridos y de curar incluso las heridas más incurables. 

Hombres y mujeres, la mayoría de ellos, que no han conocido la notoriedad de una página de periódico, ya que han llevado una vida de lo más normal. Y, sin embargo, su presencia o ausencia no habrían sido lo mismo. 

Yo creo que tiene razón quien sostiene que en cada Iglesia debería conservarse una imagen muy variopinta del santo anónimo, porque es la que más nos mantiene vivos. 

La imaginación de Dios no sueña con un mundo blanco, perfecto y cuadriculado. 

Amigo, yo creo más bien que Dios concibió el mundo como un lienzo recién salido del taller, en el que cada uno puede plasmar con libre inspiración algo de Él y algo de nosotros. 


Por si acaso te digo algunas de mis reflexiones sobre esta Fiesta de Todos los Santos: 

1.- Poner los ojos fijos en el Bienaventurado: https://kristaualternatiba.blogspot.com/2025/10/poner-los-ojos-fijos-en-el.html

2.- La santidad cristiana a partir de la belleza de las bienaventuranzas: https://kristaualternatiba.blogspot.com/2025/10/la-santidad-cristiana-partir-de-la.html 

3.- La santidad a la medida de las bienaventuranzas: https://kristaualternatiba.blogspot.com/2025/10/la-santidad-la-medida-de-las.html 

4.- La inspiración contracorriente y transformadora de las bienaventuranzas: https://kristaualternatiba.blogspot.com/2025/10/la-inspiracion-contracorriente-y.html 

5.- ¡Qué santidad!: https://kristaualternatiba.blogspot.com/2025/09/que-santidad-mateo-5-1-12.html 

6.- En las Bienaventuranzas, la regla de la santidad: https://kristaualternatiba.blogspot.com/2025/09/en-las-bienaventuranzas-la-regla-de-la.html 


7.- La atención a los más débiles: https://kristaualternatiba.blogspot.com/2025/09/la-atencion-los-mas-debiles-mateo-5-1-12.html
 

8.- Bienaventuranzas: Dios da vida a quienes producen amor: https://kristaualternatiba.blogspot.com/2025/09/bienaventuranzas-dios-da-vida-quienes.html 

9.- Felicidad, palabra clave de las Bienaventuranzas: https://kristaualternatiba.blogspot.com/2025/09/felicidad-palabra-clave-de-las.html 

10.- Los santos son los hombres y mujeres de las Bienaventuranzas: https://kristaualternatiba.blogspot.com/2025/09/los-santos-son-los-hombres-y-mujeres-de.html 

11.- Las Bienaventuranzas, el mayor acto de esperanza cristiana: https://kristaualternatiba.blogspot.com/2025/09/las-bienaventuranzas-el-mayor-acto-de.html 

12.- Ese Dios que ha elegido como bienaventurados a los últimos: https://kristaualternatiba.blogspot.com/2025/09/ese-dios-que-ha-elegido-como.html 

13.- Bienaventurado quien camina por el camino del Señor: https://kristaualternatiba.blogspot.com/2025/09/bienaventurado-quien-camina-por-el.html 


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Detrás de un permiso de ausencia (por poner un ejemplo).

Detrás de un permiso de ausencia (por poner un ejemplo) 

No es fácil mantenerse siempre alerta ante el objetivo que hemos elegido y sobre el que, a veces sin siquiera darnos cuenta, vamos tratando de construir toda una vida. 

Al principio, la meta parece clara, casi iluminada por una luna llena: se ve desde lejos y parece suficiente para guiar cada paso. 

Luego, el camino se adentra en la noche. 

Nos encontramos con desvíos, tentaciones, circunstancias que nos empujan hacia otro lugar. Algunas nos abren caminos inesperados; otras solo nos hacen perder el rumbo. 

Y mientras intentamos entender dónde estamos, la luz original se va atenuando. 

La prueba más habitual, sin embargo, no siempre es un giro radical. 

A menudo es el cansancio. La rutina va consumiendo poco a poco la tensión hacia la meta, como la oscuridad que difumina los contornos de las cosas. Día tras día nos invita a reducir el ritmo, luego a sentarnos, y finalmente a tumbarnos y cerrar los ojos. 

No es necesariamente el cuerpo el que cede. Existe un cansancio espiritual y mental que nace de la pérdida del entusiasmo por lo que hacemos y, sobre todo, por la forma en que nos vemos obligados a hacerlo. Seguimos moviéndonos, pero en nuestro interior algo ya ha dejado de caminar. 

Ocurre cuando la realidad desmorona los sueños que habían acompañado el comienzo. 

El camino que imaginábamos recto resulta ser accidentado, lleno de imprevistos, puertas cerradas y promesas incumplidas. Cada obstáculo deja una pequeña sombra en el rostro; cada decepción alimenta una inquietud silenciosa. 

Poco a poco, la inquietud se convierte en una carga, el paso se hace más pesado y el deseo de llegar se confunde con el de detenerse. 

Nos sentamos al borde del camino, como viajeros sorprendidos por la noche, y para no sentir el dolor empezamos a pensar en otra cosa. 

Este cansancio emocional y espiritual puede durar años. No es en absoluto seguro que pase por sí solo. Puede ocurrir que ya no seamos capaces de levantarnos, porque el peso de la vida se ha acumulado hasta quitarnos las fuerzas e impedirnos renovar nuestras motivaciones. 

Quizá la meta siga siendo la misma, pero ya no la reconocemos; o bien la reconocemos y nos parece demasiado lejana. Es una noche sin reloj, en la que no sabemos si el amanecer está cerca o si acabamos de empezar a atravesar la oscuridad. 

Es entonces cuando se vuelven decisivos, no siempre para bien, los encuentros y, más aún, las personas que tenemos a nuestro lado. 

Hay personas que, al vernos cansados, aumentan nuestra carga: convierten cada vacilación en culpa, cada fragilidad en una sentencia, y alimentan una desmotivación progresiva. Su voz se asemeja a un viento frío que apaga hasta la última brasa o el último pábilo vacilante... 

Otras personas, en cambio, se acercan sin hacer ruido. No nos arrastran ni fingen que el camino sea fácil: nos recuerdan quiénes éramos cuando partimos, cuando aún guardábamos en los ojos el reflejo de la meta. 

Estas últimas son presencias parecidas a lámparas encendidas en la noche. No recorren el camino en nuestro lugar, pero hacen visible el siguiente paso. Nos invitan a descansar sin rendirnos, a recuperar fuerzas, a levantarnos de nuevo. 

Y gracias a ellas redescubrimos que el entusiasmo no es la ausencia de esfuerzo, sino la capacidad de volver a encontrar un sentido incluso tras la desilusión. 

Y así, poco a poco, nos ponemos de nuevo en pie: quizá menos ingenuos que antes, pero más auténticos; quizá sin la alegría radiante de los comienzos, pero con una alegría más profunda, capaz de atravesar la oscuridad. 

El camino continúa. La noche no ha terminado, y sin embargo, en el horizonte ya se vislumbra algo parecido al amanecer. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 20 de octubre de 2026

El prójimo es semejante a Dios - San Mateo 22, 34-40 -.

El prójimo es semejante a Dios - San Mateo 22, 34-40 - 


I

 

¿Cuál es el mandamiento más importante? Amarás con todo... con todo... con todo...

 

Tres veces repite Jesús la exhortación a la totalidad, a lo imposible. Porque el hombre ama, pero solo Dios ama con todo el corazón.

 

Y repite dos palabras antiguas y conocidas, pero añade: el segundo es semejante al primero. «Amarás a tu prójimo» es semejante a «amarás a Dios». El prójimo es semejante a Dios.

 

Este es el escándalo, la gran revolución que trae el Evangelio. Ama a Dios con todo el corazón. Y, sin embargo, aún queda parte del corazón para amar al marido, a la mujer, al hijo, al amigo, al prójimo y, para los verdaderos discípulos, incluso al enemigo.

 

Dios no roba el corazón, lo multiplica. Y esto es así porque lo ha hecho más grande que todas las cosas creadas juntas.

 

El escriba pregunta por un mandamiento; Jesús responde con dos invitaciones, pero en ellas recoge tres objetos de amor y proyecta el corazón en tres direcciones: ama a tu Señor, ama a tu prójimo, como te amas a ti mismo.

 

El tercer mandamiento, siempre olvidado. Porque si no te amas a ti mismo, no serás capaz de amar a nadie; solo sabrás tomar y poseer, huir o violar, sin alegría ni gratitud.

 

Nuestro horizonte es este corazón a varias voces, en el que el amor de Dios es como la melodía principal, el canto fijo, en torno al cual puede desplegarse el contrapunto de los demás amores.

 

Y así nace la polifonía de la vida - Dietrich Bonhoeffer -. «Ama a Dios con todo tu corazón» no significa «ámalo solo a Él», sino «ámalo sin medias tintas, sin mediocridad». Del mismo modo, amarás con todo tu corazón a tu amigo, a tu familiar; lo amarás sin cálculo y sin engaño.

 

El riesgo de un Evangelio mal entendido es que nos haga perder la polifonía de la existencia, la vida en plenitud.

 

Todos necesitamos mucho amor para vivir bien - Jacques Maritain -. Lo contrario del amor no es el odio, sino la indiferencia. El odio es a menudo una variante desquiciada del amor. La indiferencia, en cambio, reduce al otro a la nada; ni siquiera lo ves, ya no existe. Y nadie tiene derecho a reducir a la nada a un ser humano.

 

La indiferencia envenena la tierra, roba la vida a los demás, mata y deja morir; es la savia secreta del mal. Amarás: ¡nunca serás indiferente!

 

No creas que basta con amar a Dios. Eso también lo hacían los fariseos en el Templo de Jerusalén. No puedes amar a Dios y despreciar a tus hermanos. El prójimo tiene un cuerpo, una voz y un corazón «similares» a los de Dios.

 

No creas que basta con amar al prójimo, diciendo: «Me comprometo con los pobres, con la paz, con la justicia: esta es mi forma de rezar. Dios está solo aquí». Dios está ahí, en los pequeños, pero también es el alfa y la omega, la eternidad de la vida, el único que cambia el corazón, el Otro que viene para que el mundo sea distinto de lo que es.

 

No separemos los dos mandamientos; estamos crucificados a ellos, como a los dos brazos de nuestra cruz, como a nuestra resurrección. 


II
 

Amarás con todo... con todo... con todo... Tres veces repite Jesús la exhortación a la totalidad, a lo imposible. Porque el hombre ama, pero solo Dios ama con todo el corazón, Él, que es el amor mismo.

 

Y repite dos mandamientos antiguos y conocidos, pero añade: el segundo es semejante al primero. «Amarás al prójimo» es similar a «amarás a Dios». El prójimo es semejante a Dios, tiene cuerpo, voz y corazón «semejantes» a los de Dios. Este es el escándalo, la revolución que trae el Evangelio.

 

Ama a Dios con todo el corazón. Y, sin embargo, aún queda parte del corazón para amar al marido, a la mujer, al hijo, al amigo, al prójimo e incluso al enemigo. Dios no roba el corazón, lo multiplica. No es una sustracción, sino una suma de amor.

 

La novedad del cristianismo no es el mandamiento de amar a Dios: muchos hombres aman a su Dios, lo hacen los místicos de todas las religiones. Tampoco el mandamiento de amar al prójimo como a ti mismo es propio del cristianismo, ya que está presente en el Antiguo Testamento.

 

La novedad del cristianismo no es el amor, sino el amor tal y como lo practica Jesús. Los hombres aman; el cristiano ama a la manera de Jesús.

 

El amor es Él: cuando lava los pies a los discípulos, cuando llora por su amigo muerto, cuando se regocija por el nardo perfumado de María, cuando se dirige al traidor llamándole amigo, y reza por quienes lo matan, y ni siquiera retiene su sangre para sí mismo, y vuelve a empezar por los más perdidos, y pretende borrar el propio concepto de enemigo.

 

Amaos unos a otros como yo os he amado. No «cuánto», sino «cómo»; no la cantidad, sino el estilo. O corremos el riesgo de que nos aplaste. Es imposible amar tanto como Él, pero sí es posible seguir sus pasos, captar su sabor, su levadura, su sal e incorporarlos a nuestros días: como yo lo he hecho, así lo haréis también vosotros.

 

Amarás. Todo nuestro futuro está en un verbo, presentado, sin embargo, no como una orden, un imperativo seco, sino conjugado en futuro, porque amar es una acción que nunca termina, porque durará tanto como dure el tiempo. Porque es un proyecto, es más, el único.

 

Y en él está la paciencia de Dios. Un futuro que traza caminos y señala una esperanza posible. No una obligación, sino una necesidad para vivir, como respirar. Amar, forma del verbo vivir, forma del verbo morir.

 

¿Qué debo hacer mañana, Señor, para estar vivo? Amarás. ¿Qué haré el año que viene, y después, para mi futuro? Amarás. ¿Y la humanidad, su destino, su historia? Solo esto: el hombre amará. Amar significa no morir. Ve y haz tú también lo mismo. Y encontrarás la vida. 


III
 

¿Cuál es el mandamiento principal? Jesús responde señalando algo que se encuentra en el centro del ser humano: «Amarás». Él sabe que el ser humano necesita mucho amor para vivir bien. Y ofrece su Evangelio como camino hacia la plenitud y la felicidad de esta vida.

 

Amarás a Dios con todo, con todo, con todo. Por tres veces repite Jesús que la única medida del amor es amar sin medida. Ama a Dios con todo el corazón: la totalidad no significa exclusividad. Ama a Dios sin medias tintas, y verás que queda espacio en el corazón, es más, que crece, para amar a tus familiares, a tus amigos, a ti mismo. Dios no es celoso, no te roba el corazón: lo multiplica.

 

Ama con toda la mente. El amor nos hace inteligentes, nos permite comprender antes, profundizar más y llegar más lejos. Ama con todas tus fuerzas. El amor nos hace fuertes, capaces de afrontar cualquier obstáculo y esfuerzo.

 

¿Por dónde empezar? Por dejarnos amar por Él, que entra, dilata y ensancha las paredes de este pequeño vaso que soy yo. Somos amados que se convierten en amantes.

 

Le preguntan a Jesús cuál es el mandamiento más importante y Él, en lugar de uno, enumera dos: amarás a Dios, amarás al prójimo.

 

Jesús no añade nada nuevo: el primer y el segundo mandamiento ya están escritos en la Biblia. Sin embargo, dirá que el suyo es un mandamiento nuevo. ¿Dónde está la novedad?

 

Está en el hecho de que las dos palabras juntas forman una sola palabra, el único mandamiento. Y dice: el segundo es semejante al primero. «Amarás al hombre» es semejante a «amarás a Dios». El prójimo es semejante a Dios.

 

Esta es la revolución de Jesús: el prójimo tiene un rostro, una voz y un corazón semejantes a los de Dios. El rostro del otro debe leerse como un libro sagrado, su palabra debe escucharse como palabra santa, su grito debe hacerse tuyo como si fuera palabra de Dios.

 

Amarás a tu prójimo como te amas a ti mismo. Es casi un tercer mandamiento que siempre se olvida: «ámate a ti mismo», porque eres como un prodigio, llevas la huella de la mano de Dios.

 

Si no te amas a ti mismo, no serás capaz de amar a nadie, solo sabrás tomar y poseer, huir o violar, sin alegría ni gratitud. Si deseas paz y perdón para ti, eso es lo que ofrecerás al otro. Si deseas justicia y respeto para ti, tú serás el primero en dárselos.

 

Pero, ¿por qué amar, amar con todo mi ser? ¿Por qué llevar el corazón a estas alturas vertiginosas? Porque dar y recibir amor es en lo que se basa la bienaventuranza de la vida.

 

Porque Dios-amor es la energía fundamental del cosmos, y al amar participas de esta energía: cuando amas, es el Totalmente Otro quien viene para que la historia sea totalmente distinta de lo que es. 


IV
 

¿Cuál es, en la Ley, el mandamiento principal? Todos sabían cuál era: el tercero, el del sábado, porque incluso Dios lo observa. La respuesta de Jesús, como de costumbre, sorprende y va más allá: no cita ninguno de los Diez Mandamientos, sino que sitúa en el centro de su mensaje lo mismo que está en el centro de la vida de todos: «Amarás», deseo, sueño, profecía de felicidad para cada uno.

 

Y por eso estoy seguro de que el Evangelio perdurará mientras perdure la vida; no se extinguirá hasta que se extinga la vida misma.

 

«Amarás», dice Jesús: un verbo en futuro, no en imperativo, porque se trata de una acción que nunca concluye. No es una obligación, sino una necesidad para vivir, como respirar. ¿Qué debo hacer mañana para estar vivo? «Amarás». ¿Qué haré el año que viene, y después? Amarás. ¿Y la humanidad, su destino, su historia? Solo esto: el hombre amará.

 

Un verbo en futuro, porque narra nuestra historia infinita.

 

Aquí echamos un vistazo a la fe última de Jesús: Él cree en el amor como en lo más grande. Al igual que Él, los cristianos son aquellos que no creen en una serie de nociones, verdades, doctrinas o mandamientos, sino aquellos que creen en el amor (cf. 1 Jn 4,16) como fuerza determinante de la historia.

 

Amarás a Dios con todo, con todo, con todo. Por tres veces repite Jesús que la única medida del amor es amar sin medida.

 

Ama a Dios con todo el corazón. No significa que ames solo a Dios, reservándole todo el corazón, sino que lo ames sin medias tintas. Y verás que queda espacio en el corazón, es más, que crece, para amar al marido, al hijo, a la mujer, al amigo, al pobre. Dios no es celoso, no te roba el corazón: lo multiplica.

 

Ama con toda la mente. El amor es inteligente: si amas, comprendes antes, llegas más hondo y más lejos. Ama con todas tus fuerzas. El amor arma y desarma, te hace débil ante tu amado, pero luego capaz de mover montañas.

 

Le habían preguntado por el mandamiento más importante y Él, en lugar de uno, enumera dos, y el segundo es una sorpresa aún mayor. La novedad de Jesús radica en que las dos palabras juntas forman una sola palabra, el único mandamiento. Y dice: el segundo es semejante al primero. «Amarás al prójimo» es semejante a «amarás a Dios».

 

El prójimo es semejante a Dios, esa es la revolución de Jesús: el prójimo tiene rostro, voz y corazón semejantes a los de Dios, es tierra sagrada ante la cual hay que quitarse las sandalias, como Moisés ante la zarza ardiente. Para Jesús no puede haber un amor hacia Dios que no se traduzca en amor concreto hacia el prójimo.

 

Pero, ¿por qué amar, y con todo mi ser? Porque una chispa de Dios, ardiente, es el amor. Porque Dios-Amor es la energía fundamental del cosmos, amor que mueve el sol y las demás estrellas, y al amar entras en el motor ardiente de la vida, para hacer las cosas que Dios hace. 


V
 

¿Cuál es, en la Ley, el gran mandamiento? Todos sabían cuál era: según los rabinos de Israel, era el tercero, el que prescribe santificar el sábado, porque también Dios lo había observado («y en el séptimo día descansó», Génesis 2,2).

 

La respuesta de Jesús, como de costumbre, desconcierta y va más allá: no cita ninguna de las diez palabras, sino que sitúa en el corazón de su Evangelio lo mismo que está en el corazón de la vida: «Amarás», que es deseo, espera, profecía de felicidad para todos.

 

Las leyes que rigen el mundo del espíritu y las que rigen la realidad viva son las mismas. Por eso: «cuando se logra expresar adecuadamente y con belleza el Evangelio, sin duda ese mensaje responderá a las preguntas más profundas de los corazones» (Evangelii gaudium, 265). No hay nada auténticamente humano que no encuentre eco en el corazón de Dios.

 

«Amarás», dice Jesús, utilizando un verbo en futuro, como una acción que nunca termina. Amar no es un deber, sino una necesidad para vivir. ¿Qué debo hacer mañana para seguir vivo? Amarás. ¿Qué haré año tras año? Amarás. ¿Y la humanidad, su destino, su historia? Solo esto: el hombre amará.

 

Y con eso queda todo dicho. Aquí echamos una mirada a la fe última de Jesús: Él cree en el amor, confía en el amor, fundamenta el mundo en él.

 

Amarás a Dios con todo tu corazón. No significa que ames exclusivamente a Dios y a nadie más, sino que lo ames sin medias tintas. Y verás que queda espacio en el corazón, es más, crece y se dilata, para amar al marido, al hijo, a la mujer, al amigo, al pobre. Dios no es celoso, no roba el corazón, lo ensancha.

 

Ama con toda tu mente. El amor es inteligente: si amas, comprendes más y antes, llegas más hondo y más lejos.

 

Le habían preguntado por el mandamiento mayor y Él, en cambio, enumera dos. La verdadera novedad no consiste en haber añadido el amor al prójimo - era un precepto bien conocido de la Ley -, sino en el hecho de que las dos palabras juntas, Dios y prójimo, forman una sola palabra, un único mandamiento.

 

De hecho, dice: «El segundo es semejante al primero». «Amarás al hombre» es semejante a «amarás a Dios». El prójimo es semejante a Dios; el hermano tiene un rostro, una voz y un corazón semejantes a los de Dios. Su grito debe escucharse como si fuera palabra de Dios; su rostro, como una página del libro sagrado.

 

«Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Y es casi un tercer mandamiento que siempre se olvida: ámate a ti mismo, ámate como un prodigio de la mano de Dios, como una chispa divina. Si no te amas a ti mismo, no serás capaz de amar a nadie; solo sabrás tomar y acumular, huir o violar, sin alegría, sin inteligencia ni asombro. 


VI
 

El mandamiento principal se resume en un verbo: amarás. Un verbo en futuro, que indica una acción que nunca termina, que durará tanto como el tiempo. Amar no es un deber, sino una necesidad para vivir. Y para vivir siempre. 

Con estas palabras podemos echar un vistazo a la fe última de Jesús: Él cree en el amor, confía en el amor, fundamenta el mundo en él. Toda la Ley va precedida de un “eres amado” y seguida de un “amarás”. “Eres amado” es el fundamento de la ley; “amarás”, su cumplimiento. 

¿Qué debo hacer para estar verdaderamente vivo? Amarás. Con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Una exigencia de totalidad, inalcanzable para nosotros. Solo Dios ama con todo el corazón, Él que es el amor mismo. La criatura humana ama de vez en cuando, a tientas, y con cien contradicciones. 

La Biblia lo sabe bien. Por eso se trata de amar a Dios con los dos corazones, con el corazón que cree y también con el corazón que duda. Amarle en los días de luz, y como puedas, como te sea posible, incluso en el momento en que se oscurezca tu interior. Sabiendo que el amor también conoce el sufrimiento. Y quien más ama, que se prepare para sufrir más - San Agustín -. 

A la pregunta de cuál es el mandamiento más importante, Jesús responde ofreciendo tres objetos de amor: Dios, el prójimo y tú mismo. 

El amor no solo vela por las fronteras de lo eterno, sino que también custodia el umbral de una civilización del amor. Allí hay muchas criaturas. Y allí está el discípulo. 

Y el segundo es semejante al primero. «Amarás al hombre» es semejante a «amarás a Dios». El prójimo es semejante a Dios. El prójimo tiene rostro y voz, necesidad de amar y de ser amado, semejantes a los de Dios. 

Tercer objeto de amor: ámalo como (te) amas a ti mismo. Ámate a ti mismo como un prodigio de la mano de Dios, vida de su Vida, moneda de oro acuñada por Él. Ama para ti la libertad y la justicia, la dignidad y una caricia; esto lo amarás también para tu prójimo. 

Prodigiosa síntesis de toda la Ley: lo que desees para ti, hazlo también a los demás. Porque si no amas la belleza de tu vida, no serás capaz de amar a nadie, solo sabrás tomar y acumular, huir o violar, sin alegría ni asombro, sin la belleza de vivir. 

Y para no perdernos en el romanticismo, la Biblia se vuelve concreta y provocadora: amarás a la tríada sagrada: la viuda, el huérfano y el extranjero, el recién llegado, el afligido, el frágil. Y si prestas dinero, no exigirás intereses. Y al atardecer devolverás el manto al pobre: es su piel, su vida (Éxodo 22,20-26). Fuera de esto, construiremos y amaremos lo contrario de la vida. 


VII
 

Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante? 

¿El mandamiento-fuente, la palabra-fuente, la ley que unifica y da sentido a las demás, de modo que también nosotros podamos simplificar la vida e ir directamente a lo esencial? 

Una pregunta seria, a la que Jesús responde pero, como es habitual en Él, liberándonos de los esquemas y proponiendo una palabra que no figura entre los Diez Mandamientos. 

Comienza con un verbo: amarás, en futuro, para indicar que el amor es el futuro del mundo, que sin amor no hay futuro: amaos, de lo contrario os destruiréis. Aquí está todo el Evangelio. Amarás, para sanar la vida y hacerla feliz, porque la balanza en la que se pesa la bienaventuranza de esta vida es dar y recibir amor. 

No amar es simplemente una muerte lenta. Muere lentamente quien no ama, quien no tiembla por una persona, de ese amor que limpia la mirada, que hace ver a las personas tal y como las ve la divinidad, que mueve el sol y las demás estrellas y mueve todo en nosotros, que extrae piedras para construir casas, que hace nacer abrazos para reencontrarnos íntegros, que hace surgir arcoíris que nos indican el camino. 

Amarás a Dios con todo tu corazón. Es como decir: con tu corazón de luz y también con el corazón de sombra; con el corazón que cree y también con el corazón que duda; cuando brilla el sol y cuando oscurece; con los ojos cerrados cuando tienes un poco de miedo, e incluso con lágrimas. 

Lo amarás como puedas, lo mejor que puedas, con lo que tengas, aunque te cueste el aliento. Pero con toda tu alma, es decir, con toda tu vida. Con toda tu mente. Debe ser un amor inteligente; por eso, conócelo, lee, habla de él, profundiza. Escribe una oración, una canción, un poema de amor a tu Amor... 

Amarás con todo tu ser. Si dejas entrar a una persona en tu vida, no puedes ser tacaño contigo mismo, serás generoso con los buenos sentimientos. 

Pero con esto, ¿qué nuevo ha dicho Jesús? En el fondo, son las palabras que repiten los místicos, los buscadores de Dios de todas las religiones. 

La novedad de Jesús radica en la adición de un segundo mandamiento, que es similar al primero... La genialidad del cristianismo: «amarás al hombre» es similar a «amarás a Dios». 

El prójimo es semejante a Dios. El prójimo tiene rostro y voz, tiene corazón y belleza, semejantes a los de Dios. La tierra responde al cielo. Un Evangelio bizco, se podría decir: un ojo hacia arriba, otro hacia abajo, la cabeza en el cielo y los pies en la tierra. 

La grandeza de la vida tiene que ver con el amor. Dios tiene que ver con el amor. Y Jesús vino a ocuparse de ello, como sanador del desamor del mundo. El desamor es el único pecado que desierta la tierra y hace impensable el mañana. Jesús vino a sanar el corazón. Y que este se convierta en la cuna del futuro y en la cuna de Dios. 


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Encarnar para dar a luz la vida de los pobres.

Encarnar para dar a luz la vida de los pobres Ha llegado la noche. Las voces del día se apagan, las ocupaciones se alejan y queda una pregun...