sábado, 22 de agosto de 2026

María Reina - porque mi Reino no es de este mundo -.

María Reina - porque mi Reino no es de este mundo -

¡Qué reina tan extraña! Una reina sin trono, sin corte, sin súbditos. Una joven de Nazaret que, cuando por fin toma la palabra ante el ángel, dice: «He aquí la sierva del Señor». 

Esto bastaría para comprender hasta qué punto el Evangelio da un vuelco a nuestras ideas sobre la grandeza. 

Seguimos pensando que ser grande significa ascender, tener importancia, tener a alguien por debajo de nosotros. 

Dios, en cambio, elige a una joven desconocida de un pueblo que no cuenta para nada y la llama a formar parte de su historia. 

El ángel no es enviado a Jerusalén, al templo ni a los lugares donde se decide el destino de los hombres, sino a Nazaret, a una casa. 

Dios parece tener una extraña predilección por aquello que nosotros pasaríamos por alto. 

Y es allí donde pronuncia unas palabras sorprendentes: «Alégrate, llena de gracia». 

María se turba, y menos mal. De hecho, podría haberse acostumbrado enseguida a la idea de ser especial, podría haberse complacido con esa palabra, pero no, se turba: no se siente dueña de lo que Dios le está diciendo. 

La verdadera diferencia entre María y nosotros está precisamente aquí: nosotros somos capaces de convertir incluso los dones de Dios en títulos de mérito. 

Una responsabilidad se convierte en prestigio, un servicio se convierte en un papel, una llamada se convierte en algo que hay que defender. 

María lo recibe todo y no posee nada. 

«¿Cómo será esto?» 

No es la pregunta de quien quiere echarse atrás, sino la de quien descubre que Dios no encaja en nuestros esquemas. 

María conoce un camino, Dios le abre otro y ella deja a Dios el derecho a sorprenderla. 

«Nada es imposible para Dios». 

Es decir, no podemos decretar de antemano dónde Dios ya no puede actuar. 

¡Cuántos juicios pronunciamos a lo largo del día sobre una persona, sobre una comunidad, sobre una relación, incluso sobre nosotros mismos! 

María, en cambio, deja una puerta abierta y es por esa puerta por donde entra Dios. 

Luego llega su «»: «He aquí la sierva del Señor: hágase en mí según tu palabra». 

Ahí es donde nace la Reina, no cuando es coronada, sino cuando se entrega. Esto es lo que hace que María sea tan diferente de la forma en que nosotros imaginamos el poder. 

Pensamos que reinar significa tener la posibilidad de disponer de los demás; en el Evangelio, en cambio, reina quien se pone a disposición de los demás. 

Jesús lo dirá con su vida incluso antes que con palabras: el más grande es aquel que sirve. María ya lo había aprendido en la casa de Nazaret. 

En cuanto María dice «», «el ángel se alejó de ella». 

No se queda a su lado, ni le ofrece ninguna protección especial, ni ninguna explicación adicional, ni ninguna garantía de que todo vaya a ser fácil. 

Queda María, queda la casa, queda José, a quien habrá que contarle lo increíble. Queda un embarazo que sin duda suscitará preguntas, queda la vida concreta. 

El «» de la fe suele comenzar cuando el ángel se marcha, cuando ya no oímos nada, cuando el entusiasmo se desvanece, cuando tenemos que vivir en el día a día lo que hemos pronunciado en un momento luminoso. 

María no es Reina porque haya tenido una vida fácil, sino porque no se ha retractado de su «». 

Lo repetirá sin palabras en Belén, cuando no haya sitio; lo repetirá en la huida a Egipto; lo repetirá cuando no comprenda a ese Hijo; lo repetirá al pie de la cruz, cuando parezca que de todas las palabras del ángel no se haya cumplido ni una sola. 

«Será grande… su reino no tendrá fin». 

Y Ella verá a ese Hijo morir como un condenado. ¿Cuánto cuesta creer en una promesa cuando lo que tenemos ante nosotros parece desmentirla? 

La Liturgia llama a María Reina y Ella se llama sierva. 

No hay contradicción. Justo aquí reside la forma evangélica de reinar. 

María no se hace grande tomando algo para sí misma, sino poniéndose a disposición: no ocupa espacio, hace sitio, no retiene a Dios, le ofrece carne y tiempo. 

Su realeza comienza con un «he aquí». Una realeza extraña y, sin embargo, si se mira bien, es la única que no necesita defender su propio trono. 

Su trono será la fidelidad, su corona, ese «» pronunciado muchas veces sin necesidad ya de palabras. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¿Quién es la llave del Reino? - San Mateo 16, 13-20 -.

¿Quién es la llave del Reino? - San Mateo 16, 13-20 -

Lo sabemos, pero conviene recordarlo: un relato nunca es objetivo. 

Todo el mundo lo dice, aunque a menudo no nos detenemos lo suficiente para darle importancia: quien quisiera hacer un relato preciso y detallado de algo que ha sucedido, incluso con toda la buena voluntad del mundo, no podría pretender ofrecer la única versión veraz y cierta de lo ocurrido. De hecho, su relato seguirá siendo siempre un testimonio desde su propio punto de vista, que, por lo tanto, puede acentuar un aspecto y pasar por alto otro. 

Todo esto resulta aún más evidente si tenemos un texto como este relato evangélico, que no pretende ser una crónica histórica y objetiva, ni mucho menos. 

San Juan, al igual que los demás, nos lo dice claramente: el evangelio quiere suscitar la fe, le interesa que el oyente crea que Jesús es el Cristo. 

Y cada Evangelio tiene esta preocupación dirigida a un público concreto, y por eso utiliza un lenguaje diferente en cada caso, porque convencer a un judío no es lo mismo que convencer a un pagano. Se necesitan medios, estrategias y lenguajes diferentes. 

Esta introducción puede ser necesaria para leer e interpretar este pasaje evangélico. 

En la llamada «confesión de Cesarea», Jesús plantea la pregunta decisiva: «Pero vosotros, ¿quién decís que soy yo?», a lo que Pedro responde prontamente: «Tú eres el Cristo». 

Esto es lo que nos cuentan todos los sinópticos. 

Pero San Mateo, porque escribe desde su propio punto de vista, quiere dar el reconocimiento que merece a la hermosa respuesta de Pedro y, por eso, introduce una especie de «investidura» de Pedro como roca sobre la que la comunidad puede crecer. 

En sí misma, esta inserción resulta casi irónica. Al final del pasaje, de hecho, se dice: «Entonces ordenó a los discípulos que no dijeran a nadie que él era el Cristo». En definitiva, parece que las palabras de Jesús dirigidas a Pedro cayeron en saco roto… 

Este hecho quizá nos lleva a una reflexión, tal vez trivial pero que creo importante: justamente más delante de este relato evangélico leemos que la verdadera prueba de valía no es dar la «respuesta exacta», sino saber asumir su peso, ser conscientes de qué Cristo es Jesús. 

El verdadero corazón de la Iglesia, pues, es la confesión de Pedro, no Pedro. 

Durante siglos se ha construido una teología en torno a estos versículos, sintiendo quizá la necesidad de encontrar un centro de gravedad, un punto firme en torno al cual construir la Iglesia. 

Por desgracia, nos hemos olvidado de que el verdadero centro, el verdadero punto de referencia estaba unos versículos antes: no en Pedro, sino en sus palabras, en su fe en el Hijo de Dios. 

Porque este es el único fundamento que cada uno debe reconocer para poder salvarse. 

Recordemos el final, el famoso secreto mesiánico. Este es el misterio que no hay que desvelar, porque la fe no debe imponerse, sino que debe ser atestiguada y acogida libremente por cada uno. 

Por eso, tal vez, Jesús no dice que no se le diga a nadie que Pedro es la piedra, porque no es eso lo que hay que reconocer y, aunque se proclame, se defienda o se anuncie, no es eso lo que mantiene unida a la Iglesia. 

La roca de la Iglesia, la llave del Reino, es aquel o aquella que, iluminado por el Padre, confiesa: «No yo, sino Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo». 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El peso de las llaves del Reino - San Mateo 16, 13-20 -.

El peso de las llaves del Reino - San Mateo 16, 13-20 - 

El Evangelio nos ofrece una imagen sencilla y muy poderosa: una llave. 

Me viene a la mente Las llaves de casa que narra el reencuentro, tras años de separación, entre un padre y su hijo discapacitado. El viaje abre mucho más que un camino: abre una relación. Porque las llaves más difíciles de encontrar no son las que abren una casa. Son las que abren a una persona. 

Las llevamos en el bolsillo cada día sin pensar en ello. Hasta que un día las perdemos. Y entonces no solo tememos una puerta cerrada. Tememos haber perdido una orientación, un sentido de pertenencia, el camino a casa. 

Recibir una llave es uno de los gestos más profundos de la vida. Significa: esta casa también es tuya. Entregar una llave significa depositar confianza. Por eso perderla nos inquieta tanto. 

Quizá por eso, en la Biblia, las llaves se convierten en símbolo de responsabilidad y custodia. 

Cada umbral exige a alguien capaz de abrir sin poseer. 

«Te quitaré el cargo, te derribaré de tu puesto». Isaías cuenta que Dios le quita las llaves a Sebna y se las confía a Eliaquim: «Pondré sobre su hombro la llave de la casa de David». ¿Por qué? Porque Sebna había olvidado que la casa no era suya. Había convertido un servicio en una posesión. 

Llama la atención un detalle: la llave se coloca sobre el hombro, no en la mano. Las llaves pesan. Toda autoridad es una carga que hay que llevar, no un privilegio que ejercer. Las llaves siempre pertenecen a la casa. Nunca al guardián. 

Antes de entregar las llaves a Pedro, Jesús le hace una pregunta: «¿Quién decís que soy yo?» Las llaves surgen de una relación. Pedro no recibe un poder. Recibe una confianza. No es el mejor. Vacilará. Tendrá miedo. Negará a Jesús. Y es precisamente a él a quien Jesús confía el Reino. Porque ha aprendido que nadie se salva por sí solo. 

Con demasiada frecuencia nos hemos imaginado las llaves de Pedro como un símbolo de dominio. Jesús piensa lo contrario. Quien recibe las llaves no se convierte en dueño de la puerta. Se convierte en guardián de un umbral. No decide quién entra. Anuncia que la puerta ya está abierta. 

La Iglesia es fiel a su Señor no cuando multiplica las cerraduras, sino cuando abre posibilidades de encuentro. 

Las llaves existen para abrir. Toda esclavitud nace, en cambio, cuando alguien quita a otros las llaves de su propia vida. Las llaves de la libertad. Del trabajo. De la dignidad. Del futuro. 

Y ocurre en toda situación en la que una persona ya no puede decidir sobre su propia vida. 

Pero existen, además, llaves invisibles. Son las de la atención, los deseos y la información. Cuando unos pocos concentran datos y poder, corremos el riesgo de entregar también las llaves de nuestro interior. Por eso las mismas tecnologías capaces de crear conexiones pueden alimentar nuevas formas de esclavitud y de dominio. 

Dios confía llaves. Los ídolos construyen cerraduras. El Reino devuelve a las personas la libertad de habitar su propia conciencia. Porque ningún ser humano es una propiedad. Cada persona es un umbral sagrado ante el cual incluso Dios se detiene y llama. 

Quizá las llaves del Reino no sirvan para decidir quién entra y quién se queda fuera. Sirven para abrir. Una casa. Una relación. Una herida. Un futuro. Un corazón. Una ciudad. «He aquí que estoy a la puerta y llamo. Si alguien oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa, cenaré con él y él conmigo» (Ap 3, 20). 

El Evangelio, de principio a fin, nos habla de un Dios que no deja de llamar a la puerta. Con infinita paciencia. Hasta que alguien encuentra el valor para abrir. Y descubre que la casa siempre había estado allí. Con la puerta de par en par. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La respuesta verdadera (no necesariamente la exacta) - San Mateo 16, 13-20 -.

La respuesta verdadera (no necesariamente la exacta) - San Mateo 16, 13-20 - 


Me imagino a los discípulos: si algún día alguno de ellos no dudará en reclamar un sitio en primera fila pidiendo sentarse uno a la derecha y otro a la izquierda en el Reino, me imagino cómo se habrán peleado por llevarse el trofeo de la respuesta correcta: «Elías. Juan el Bautista. Uno de los antiguos profetas».
 

En el grupo, ya se sabe, siempre hay alguien que tiene que salir ganando y, si para ello consigue incluso ridiculizar al compañero que, hasta ahora, bueno, no es que haya quedado precisamente bien parado, tanto mejor. 

Pedro —¡pobre Pedro!— se quedaba en un rincón. 

Había encajado varios golpes: había querido caminar sobre el agua y nada, se había visto sumergido por las olas; pensaba que había sido cortés en el Tabor con lo de las tiendas y, en cambio, «no sabía lo que decía»; creía haber sido bastante generoso al proponer perdonar hasta siete veces y, como respuesta, vio cómo se multiplicaba por diez lo que estaba en juego; sabía que era uno de los pescadores más expertos y, en cambio, tuvo que aprender que se puede pescar incluso cuando todo indicaría que no vale la pena, y eso se lo enseñó alguien que sabía de palabras, pero desde luego no de peces. 

Y dentro de poco, por si fuera poco, comprobará de primera mano la inconsistencia de sus promesas de pescador. Tenía motivos de sobra para quedarse tranquilito al fondo, detrás de todos. Que hagan lo que quieran, que esta vez sean ellos quienes se expongan… 

«Pero vosotros…». 

Mientras se trataba de repetir lo que había oído decir, no había ningún problema. De repente, sin embargo, el foco se había centrado precisamente en él: «Pero vosotros…», es decir, «Pero tú…». «¿Quién soy yo para ti?». 

Le tiemblan las piernas, probablemente; la voz le falla, tal vez, pero el corazón está seguro: «Tú lo eres todo para mí. Eres aquel que nunca habría imaginado que me elegiría precisamente a mí. Eres el Cristo». 

Quién sabe, quizá esta vez los compañeros hubieran querido tomarse la última revancha ridiculizando la respuesta de Pedro. Quizá estaban listos para echarse unas buenas risas, seguros como estaban de que no acertaría. Y, en cambio, esta vez son ellos los que se encuentran acorralados. 

«Tú eres Pedro…». 

Quién sabe cómo habrán sonado solemnes estas palabras que ningún cálculo humano habría podido imaginar jamás. 

A Pedro, que se había convertido en el último por las tantas meteduras de pata que había cometido, se le reconoce como el único que se había dejado instruir por el propio Padre. 

En los distintos ámbitos de la vida pueden valer los consejos y, a veces, incluso copiar. No así en la fe: cada uno da su respuesta por sí mismo y, desde luego, no por lo que ha oído decir. 

Y, por lo general, se da cuando menos te lo esperas. La pregunta de examen, de hecho, siempre llega el día del desmentido y del fracaso, cuando, tal vez, te encontrarías menos preparado. 

Le sucedió tanto a Pedro como a Pablo. 

¿No es cierto que son precisamente esos momentos los que más revelan lo más auténtico que llevamos en el corazón? 

Hay situaciones que valen toda una vida porque nos permiten expresar las razones mismas de vivir. 

«Bienaventurado eres, porque ni la carne ni la sangre te lo han revelado, sino mi Padre que está en los cielos». 

Son los acontecimientos de la vida y nuestra forma de afrontarlos los que revelan hasta qué punto estamos permitiendo que el propio Padre nos instruya con su gracia. 

La respuesta verdadera —no la exacta— surge solo cuando, una vez dejados a un lado los libros, dejas que la vida hable. 

Cuando leemos este relato evangélico podemos hacer un sencillo ejercicio: intentemos contar qué nos pasó cuando le conocimos a Jesús y le re-conocimos como Señor de nuestra vida. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


miércoles, 19 de agosto de 2026

La magia existe de verdad - in memoriam de Juan Tamariz -.

La magia existe de verdad - in memoriam de Juan Tamariz -

Los juegos de magia, como las preguntas de la filosofía, nos obligan a replantearnos lo que damos por sentado. 

Ambas, filosofía y magia, nos permiten redescubrir muchos aspectos nuevos de las mismas cosas que, de este modo, acaban cambiando de aspecto y adquiriendo significados que sorprenden. 

El juego de la filosofía y el del mago ayudan a ver el mundo con otros ojos. 

La magia pretende despertar en nosotros la sorpresa ante algo que no comprendemos del todo, o nos empuja a descubrir una posibilidad que no habíamos tenido en cuenta. 

Y despertando nuestra incredulidad, nos hace sentir mágicamente felices y nos entretiene divirtiéndonos. 

Cuando asistimos a un espectáculo de magia, sabemos bien que nada es lo que parece, pero es más bonito convencernos de que todo es verdad. 

Porque en esa ilusión está la felicidad. 

Es verdad que la palabra «ilusión» siempre, o casi, se asocia a algo negativo. 

Cuántas veces nos hemos encontrado diciendo «Me he hecho ilusiones». 

Pero todas las experiencias que de alguna manera nos han engañado, antes de ser un engaño, han sido felicidad. 

Por otra parte, esta palabra solo se puede usar realmente a posteriori, es decir, cuando ya estamos decepcionados. 

Cualquier cosa que nos haga disfrutar, de hecho, nunca nace como un engaño, o no sabemos que lo es. Les atribuimos este término en el momento en que nos damos cuenta. 

Así pues, el ser humano ha inventado la palabra «ilusión» para identificar aquellas cosas que, antes de decepcionarnos, constituían una especie de felicidad. 

Sí. Y quizá la felicidad sea una ilusión en estado embrionario. Quizá sea un poco como la oruga que se convierte en mariposa. La oruga es la felicidad. Luego se convierte en mariposa, en ilusión, y se va volando. 

El arte de la magia de las manos ha sido fascinante incluso después de muchos siglos y de que se hayan desvelado numerosos trucos. 

Ahora, gracias a Internet y a algunos libros que se pueden encontrar en Amazon… cualquiera puede intentar improvisar como mago… 

Pero la magia de Juan Tamariz era capaz de crear un vínculo con el público y de conseguir involucrarlo. Y eso era también lo que determinaba el éxito de su espectáculo junto con su destreza. 

Porque no se trata de sacar un conejo del sombrero ni de sacar pañuelos infinitos de la manga: con Juan Tamariz queríamos sorprendernos y emocionarnos, poder volver a ser niños al menos durante unos minutos, en los que mirábamos absortos al mago, y creer que la magia, en el fondo, existe de verdad. 

Es verdad que la magia es una forma de entretenimiento que, con efectos visuales que parecen desafiar las leyes de la naturaleza, fascina con la capacidad de manipular la apariencia de las cosas y crear situaciones que parecen imposibles. 

Pero es una forma de aquel arte que resulta emocionante y fascinante. 

Un buen mago debe tener destreza manual, agudeza mental, creatividad y saber actuar bien. Pero Juan Tamariz tenía también esa capacidad de convertir un truco en un espectáculo cautivador e interesante involucrando la vista y el oído, y creando un escenario inesperado y sorprendente, es decir, mágico. 

El mago dice lo que no hace, y hace lo que no dice, y piensa en cosas distintas de lo que hace y dice. Seguramente esa es la mayor dificultad de un mago… 

Y uno se reconcilia con esa parte de la vida que es bella y hermosamente amena, festiva, gratuita, lúdica... en medio de tanto discurso chabacano y ramplón.

Muchas gracias, Juan Tamariz, por la calidad de tu persona y el genio de tu arte porque siempre me has sorprendido con el encanto de tu palabra, con tu aspecto y con el lenguaje de tu cuerpo, incluso antes que con tus trucos de mágica ilusión. 

Sí, tú me has ayudado a pensar, como decía en el título de esta reflexión, que la magia existe de verdad. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

A golpe de Biblia y rifle.

A golpe de Biblia y rifle 

«La Biblia en una mano y el rifle en la otra»: con este lema, el nuevo presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella, ha inaugurado su mandato, precisamente en los mismos días en que el Papa León XIV afirmaba que «la radicalidad evangélica es lo contrario de cualquier fundamentalismo» (cf. https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/speeches/2026/august/documents/20260806-assisi-giovani.html). 

Las declaraciones del nuevo líder, de extrema derecha —que llegó al poder en Colombia tras derrotar en las urnas, y por un estrecho margen, a Iván Cepeda, de izquierda y vinculado al exjefe de Estado, Gustavo Petro—, plantean no pocos problemas. 

De hecho, al margen de la valoración política de los programas de los dos contendientes, una de las cosas que preocupa son los argumentos «religiosos» esgrimidos por el candidato para conseguir votos. De hecho, se ha presentado como un enviado de Dios para salvar la patria. 

Y esta pretensión no solo define algunas dinámicas del poder sino que también reabre un urgente debate ético y teológico: la instrumentalización del Evangelio al servicio de intereses políticos. 

Abelardo de la Espriella, por ejemplo, ha asegurado que se comprometerá a hacer que «la nación vuelva a Dios». Y por ello, explicó, para acabar con la violencia que asola el país, gobernará «con la Biblia en una mano y el rifle en la otra». 

El «programa» del presidente, que menciona expresamente a Dios, casi proclamándose profeta enviado por Él, convierte a sus adversarios políticos en pésimos cristianos. 

Quizá sin dirigirse solo a él, pero sin excluirlo, León XVI, casi al mismo tiempo que la «entronización» del recién elegido, el 6 de agosto, en Asís, ante la Juventud Franciscana, había dicho: 

«A los cristianos se les pedirá cada vez más que se conviertan en artífices de paz en el seno de sociedades tentadas a instrumentalizar la religión en la confrontación de identidades. Ser testigos de Cristo sigue siendo, por tanto, fascinante y exigente, porque abre la mente y el corazón más allá de las fronteras artificiales, es decir, más allá de los miedos provocados por la desinformación y los muros del prejuicio. Alejarse de la cultura del poder y construir la civilización del amor no se comprende ni se acepta de inmediato. De san Francisco, sin embargo, aprendan la radicalidad evangélica, que es lo contrario del fundamentalismo: no los vuelve ciegos ni violentos, sino sensibles, atentos, siempre en el seguimiento de Jesús y, por tanto, humildes y acogiendo a todos». 

En el ámbito cristiano, «fundamentalismo» significa tomar al pie de la letra un versículo de la Biblia, aislándolo de su contexto. 

Así, un día Jesús afirmó: «Hay eunucos a quienes los hombres han hecho tales, y otros que se han hecho tales por el reino de los cielos» (San Mateo 19, 12). Y, basándose en esa invitación, en los primeros siglos de la Iglesia algunos cristianos fervientes se castraron. Para erradicar esta práctica malsana, en el año 325 el Concilio de Nicea (el primero ecuménico) estableció que esas personas, en realidad, tergiversaban por completo el pensamiento de Jesús. 

¿Alguien le puede decir esto, también y entre otros, al presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella? 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Espacios de humanidad.

Espacios de humanidad 

«En un mundo incomprensible y en constante cambio, las masas habían llegado al punto de creer simultáneamente en todo y en nada, de pensar que todo era posible y que nada era verdad». 

Son palabras de Hannah Arendt, en su obra clásica sobre el sistema totalitario. Son palabras que pueden ilustrar tal vez una parte del clima actual de nuestra sociedad. 

Por un lado, anuncios futuristas sobre una sociedad digital que nos garantizaría, en el marco de una globalización feliz, un futuro maravilloso. 

Por otro, personas elegidas en los parlamentos políticos que se lanzan mutuos reproches por escándalos de todo tipo, guiándose por las encuestas que les sirven de brújula. 

Esta yuxtaposición de un mundo en el que el progreso técnico hace creer que «todo es posible» y de una clase política que deja cada vez más al ciudadano con el sabor amargo de que «nada es verdad» contribuye a la crisis de la convivencia. 

¿Cómo podría funcionar de otra manera una sociedad con un individualismo exacerbado y para la que la economía y las finanzas se han convertido en la medida de todas las cosas? 

Una sociedad no puede sobrevivir eternamente a este doble juego en el que Hanna Arendt ve el nacimiento del totalitarismo. De hecho, yuxtaponer el «todo es posible» y el «nada es verdad» conduce al «todo está permitido». 

Ante este riesgo, ya no basta con invocar el bien común, la ciudadanía y la famosa modernización. Hay que comprometerse en un trabajo crítico sobre las llamadas evidencias que nos impiden pensar en el arte de vivir en lo cotidiano. 

En las sociedades primitivas, el individuo venía definido por su matriz micro-social de origen. Se pertenecía a un pueblo, se profesaba la religión del propio clan, se ejercía el oficio de los padres, y las relaciones matrimoniales dejaban de lado las subjetividades para garantizar el fin primordial de la perpetuación del grupo. 

En esos universos, caracterizados por la escasez, las leyes de la hospitalidad y la solidaridad del clan eran condiciones de supervivencia. La solidez de esa solidaridad tenía como contrapartida la negación de la libertad individual. La supervivencia colectiva se imponía a todos. 

La historia de la modernidad está formada por «átomos sociales» que han roto con esa matriz sociológica primaria. 

Esta ruptura fue preparada por la evolución filosófica del pensamiento individual: en el ámbito religioso en Occidente, por Lutero y la Reforma; en el ámbito político, por la Ilustración; y en el ámbito económico, por la urbanización y la industrialización. 

El contrato de trabajo indefinido fue el instrumento jurídico que permitió a cada individuo existir al margen de su propio clan. Pero la desaparición de las formas tradicionales de regulación de la vida colectiva ha dejado a los individuos cada vez más sumidos en su soledad.

Y la urbanización, al igual que la gran industria, ha creado «las masas», un término que carecía de sentido en una sociedad tradicional. 

Dos «líneas maestras» han pretendido guiar a estas «masas»: el «socialismo científico» y el mercado. 

Ante la alienación de las masas urbanizadas, desarraigadas de su matriz original, algunos buscaron y encontraron una «ciencia» del desarrollo de las sociedades de tipo marxista como referente político. Bastaba con que un partido político portador de dicha ciencia tomara el poder, y se habría avanzado hacia el más dichoso de todos los porvenires. 

En cambio, hemos sufrido trágicas secuelas. 

El liberalismo ha confiado la gestión del individuo desarraigado a la «mano invisible» del mercado. Las crecientes fracturas sociales, los desastres humanitarios y ecológicos desmienten cada día la capacidad del mercado para hacer frente a las crisis actuales. 

Entonces, es grande la tentación de volver «al origen». Es el comienzo de todo integralismo, de todo nacionalismo, de todo fundamentalismo. 

Cuando uno ya no sabe adónde se va, cuando ya no se tienen proyectos, se corre el riesgo de caer en la tentación de la regresión. 

¿No habría que intentar pensar y actuar de un modo alternativo? 

En lugar de buscar aquello que hemos perdido, la tarea podría consistir en dar a luz un mundo nuevo. 

Si tantas personas descubren que están y que son, que nacen y que mueren «solas», como decía Blaise Pascal, ¿no habrá que crear oasis de humanidad y de fraternidad? 

Yo recuerdo que la pandemia nos pilló por sorpresa. No sé si a partir de aquello hemos aprendido o no a acostumbrarnos a que surja lo inesperado. 

Tantas veces no vivimos más que lo inesperado y la costumbre de las crisis. En nuestro mundo se despierta tantas veces la imaginación creativa, pero por otro también este mundo provoca miedos y retrocesos mentales. Buscamos la salvación providencial, pero no sabemos cómo. 

Y, sin embargo, hay que aprender que, en la historia, lo inesperado ocurre y vuelve a ocurrir. Creemos que vivimos de certezas, de estadísticas, de previsiones y de la idea de que todo es estable. 

Pero… muchas cosas han comenzado y siguen comenzando a entrar en crisis. A veces no nos damos cuenta. Y debemos aprender a vivir con la incertidumbre, es decir, con el valor de afrontar y estar preparados para resistir también a las fuerzas negativas. 

La crisis nos vuelve más locos y más sabios. Ambas cosas. La mayoría de la gente pierde la cabeza y otros se vuelven más lúcidos. La crisis favorece a las fuerzas más contrarias. 

Yo creo pertenecer al grupo de los que quisieran creer que sean las fuerzas creativas, las fuerzas lúcidas y aquellas que buscan un nuevo camino las que se impongan, aunque todavía estén muy dispersas y sean débiles. 

Podemos indignarnos con razón, pero no debemos encerrarnos en la indignación. 

Hay algo que olvidamos. Hace años, no me atrevo a cuantificar, ha comenzado en el mundo un proceso de degradación. La crisis de la democracia no se da solo en los países europeos… Predomina el beneficio ilimitado que lo controla todo en todos los países. Lo mismo ocurre con la crisis ecológica. 

La mente debe afrontar las crisis para dominarlas y superarlas. De lo contrario, somos sus víctimas. 

Hoy vemos cómo avanzan elementos del totalitarismo. Un totalitarismo que no tiene nada que ver con el del siglo pasado. Disponemos de todos los medios de vigilancia: drones, teléfonos móviles, reconocimiento facial... Y existen todos los medios para dar lugar a un totalitarismo de la vigilancia. 

El reto es impedir que estos elementos se unan para crear una sociedad totalitaria e inhabitable para nosotros. ¿Qué podemos desearnos? Podemos desearnos fuerza, valor y lucidez para no caer en la lógica terrible de la ley de la selva... Necesitamos crear y vivir en pequeños oasis de humanidad. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 17 de agosto de 2026

Qué tienen que ver Ceuta y Gaza (por poner un ejemplo).

Qué tienen que ver Ceuta y Gaza (por poner un ejemplo)

A principios de agosto, Ceuta dejó de ser solo un pequeño enclave español en el continente africano y a orillas del Mediterráneo para convertirse en el punto en el que se han cruzado algunas de las contradicciones más profundas de la Europa contemporánea. 

Más de setenta mil personas, en el transcurso de unos pocos días, cruzaron la frontera procedentes de Marruecos, mientras que un centenar perdieron la vida al intentar llegar a ese pedazo de tierra. 

El debate público comenzó casi de inmediato a hablar de invasión, emergencia, seguridad y devoluciones; se ha hablado mucho menos de las personas. 

En cuestión de unos días, la situación se ha normalizado en alguna medida…: la inmensa mayoría de quienes habían cruzado la frontera han sido devueltos a Marruecos o han regresado allí espontáneamente. En Ceuta han quedado un par de miles, sobre todo menores extranjeros no acompañados, que siguen buscando una vía de escape de las guerras, la opresión, el hambre o de una existencia carente de cualquier perspectiva. 

Una primera observación se refiere al lenguaje. Me explico. 

Definir lo ocurrido como una «invasión» no es una simple elección léxica, sino que significa interpretar un fenómeno humano extremadamente complejo exclusivamente a través de la categoría de la amenaza. 

El lenguaje no solo describe la realidad: contribuye a construirla, orientando la percepción de la opinión pública y allanando el terreno para las decisiones políticas. 

La historia europea debería habernos enseñado que la deshumanización no comienza con la violencia, sino mucho antes, cuando las palabras dejan de evocar rostros, historias y destinos individuales y convierten a los seres humanos en números, flujos o problemas de orden público. 

Las causas de este flujo migratorio masivo son múltiples y no pueden reducirse a una única explicación. 

Guerras, persecuciones, crisis económicas, hambrunas, violaciones sistemáticas de los derechos humanos, inestabilidad política y profundas desigualdades siguen empujando a miles de personas a lo largo de las rutas migratorias que, desde Oriente Medio, Asia y África, conducen hacia Europa. 

La situación particular de Marruecos y las tensiones diplomáticas con España han contribuido sin duda a que lo ocurrido en Ceuta fuera excepcional. 

No sé si es cierto que los migrantes marroquíes partieron animados por el Gobierno de Rabat, un Gobierno en sintonía con las derechas estadounidenses y europeas, para las que la emigración es siempre objeto de una burda instrumentalización electoral. 

En todo caso ese éxodo forma parte de un fenómeno mucho más amplio, que desde hace años atraviesa el Mediterráneo y que ninguna interpretación reducida únicamente a la emergencia es capaz de explicar. 

Ceuta constituye, de hecho, algo más que una crisis migratoria: es uno de esos lugares en los que las democracias europeas están llamadas a poner a prueba su fidelidad a los principios en los que declaran basarse. 

Las fronteras no son solo espacios en los que se controlan las entradas: son el banco de pruebas en el que un Estado demuestra hasta qué punto está dispuesto a mantenerse fiel a los valores que proclama, precisamente cuando estos se vuelven más difíciles de aplicar. 

Nadie puede negar seriamente la complejidad de la situación. Pensar que fenómenos de esta envergadura pueden gestionarse exclusivamente a través de la generosidad de los ciudadanos o del trabajo de las organizaciones de voluntariado resulta no solamente poco prudente y sensato… sino lo que sigue. 

Pero la crónica de aquellos días también cuenta otra historia, que merece al menos la misma atención que se ha prestado a las tensiones y las polémicas. 

Mientras una parte del debate público alimentaba la retórica de la invasión y algunas fuerzas políticas —de extrema derecha— intentaban sacar partido del suceso desplazándose al lugar para obtener apoyo a sus posturas xenófobas e islamófobas, numerosos ciudadanos, asociaciones y organizaciones repartían miles de comidas, agua, ropa y artículos de primera necesidad entre quienes acababan de llegar a la costa. 

No, no resolvían la crisis migratoria, ni podrían haberlo hecho pero sí impidieron que la emergencia borrara lo que está por encima de cualquier valoración administrativa: el reconocimiento del otro como ser humano. 

Es cierto que también en Ceuta se manifestaron miedos, tensiones y reacciones hostiles —ninguna sociedad, al fin y al cabo, es inmune a los contrastes y las contradicciones— y sería ingenuo idealizar esa respuesta sin tenerlos en cuenta. 

Pero es precisamente esta pluralidad de actitudes la que confiere un significado político a lo ocurrido: ante el mismo suceso, una parte de la ciudadanía optó por interpretar la vulnerabilidad como una amenaza, mientras que otra —mayoritaria— reconoció en ella, ante todo, una petición de ayuda, rechazando abiertamente las consignas xenófobas. 

No se trata solo de una sensibilidad moral diferente, sino de una forma distinta de entender el derecho, la democracia y, en definitiva, la propia relación con el otro. 

El caso de Ceuta plantea así una pregunta que está llamada a acompañar a todo el continente europeo. ¿Qué ocurre cuando los principios en los que una democracia afirma inspirarse entran en conflicto con las exigencias de la seguridad, el consenso político o los intereses geopolíticos? 

Es en este espacio, tan discreto como decisivo, donde se mide la credibilidad de las instituciones. De hecho, toda crisis humanitaria somete a los Estados a la misma prueba: por un lado, el derecho internacional, que afirma la universalidad de la protección de la persona; por otro, la razón de Estado, que tiende a subordinarla a las prioridades de la política, la seguridad o la diplomacia. 

Pero es precisamente esta tensión la que se encuentra, de una forma incomparablemente más dramática, en la tragedia del pueblo palestino. 

Ceuta y Gaza pertenecen a contextos históricos, políticos y jurídicos profundamente diferentes, y equipararlas sería un grave error. 

Lo que las une no es la naturaleza de los acontecimientos, sino la pregunta que ambas plantean a las democracias europeas: ¿hasta qué punto los principios proclamados como universales siguen siéndolo cuando su aplicación entra en conflicto con intereses estratégicos, alianzas políticas o conveniencias diplomáticas? 

Nadie cuestiona seriamente que Israel tenga derecho a vivir en seguridad y a defender a su población de los ataques terroristas o de las amenazas externas. Pero precisamente porque ese derecho corresponde a todo Estado, se enfrenta a un límite insuperable en el derecho internacional humanitario, que prohíbe el castigo colectivo de la población civil, impone la distinción entre combatientes y no combatientes y prohíbe el uso del hambre, la destrucción indiscriminada y el asedio como instrumentos de guerra. 

Y es en este terreno, y no en el de las afiliaciones ideológicas, donde debería centrarse el debate. Desde hace muchos meses, las Naciones Unidas, organismos independientes, organizaciones de prestigio en materia de derechos humanos y una parte cada vez mayor de la comunidad científica denuncian la gravedad de las violaciones cometidas en la Franja de Gaza. 

La Corte Internacional de Justicia, al pronunciarse sobre las medidas provisionales solicitadas por Sudáfrica en el marco de la Convención sobre el Genocidio, ha reconocido la verosimilitud del riesgo denunciado y ha impuesto a Israel obligaciones específicas de prevención; paralelamente, la Comisión Internacional Independiente de Investigación de las Naciones Unidas ha documentado violaciones gravísimas del derecho internacional humanitario, mientras que un número cada vez mayor de juristas y expertos en derecho internacional considera que los elementos que han salido a la luz hasta ahora podrían constituir los elementos del delito de genocidio. 

Los órganos institucionales competentes actúan con extrema prudencia a la hora de pronunciarse sobre las responsabilidades de genocidio en cuestión, analizando en profundidad sus interpretaciones e implicaciones jurídicas con respecto a lo establecido en el derecho internacional. 

Con todo, la prudencia de las instancias y del lenguaje jurídicos no puede convertirse en vacilación ético-moral. Cuando decenas de miles de civiles son asesinados o heridos, los hospitales, las escuelas y las infraestructuras esenciales son destruidas sistemáticamente, el hambre se convierte en un arma de presión y familias enteras se ven obligadas a desplazarse sin encontrar un lugar seguro en el que refugiarse, y se bloquean la ayuda humanitaria y las ONG, la cuestión ya no consiste únicamente en determinar qué definición jurídica adoptar. Se convierte, ante todo, en una prioridad de responsabilidad política y de conciencia civil. Más aún cuando existe un ataque deliberado contra los niños, que representan alrededor del 30 % del total de víctimas del conflicto. 

El informe de la Comisión Internacional Independiente de Investigación de las Naciones Unidas sobre el Territorio Palestino Ocupado, presentado ante el Consejo de Derechos Humanos de la ONU del 18 al 23 de junio de 2026, llega a la siguiente conclusión: las fuerzas israelíes han matado y herido deliberadamente a niños palestinos, no como daño colateral, sino como parte de una estrategia intencionada para destruir el futuro de la comunidad palestina, ya que los niños representan su continuidad biológica y social. Las conclusiones jurídicas hablan de genocidio, crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra en Gaza, así como de crímenes de guerra en Cisjordania, incluida Jerusalén Este. 

Sí, lo repito, Ceuta y Gaza siguen siendo historias diferentes, pero tal vez transmiten una misma lección: hay un vacío dejado por una política a menudo paralizada por el miedo, los intereses o las conveniencias diplomáticas, en el que hay que recordarnos que la dignidad de la persona no es un valor negociable ni un principio que deba aplicarse de forma selectiva. 

Quizá sea esta la diferencia más profunda entre una democracia que se limita a administrar el presente y una democracia que sigue reconociéndose en los valores de los que extrae su legitimidad. Ignorarla, a la luz de la reconstrucción histórica, puede traducirse en complicidad con actos atroces como un genocidio. 

La solidez de las democracias no se debe únicamente a la solidez y credibilidad de sus instituciones. 

También se debe al valor y a la movilización de las mujeres y los hombres que, en los momentos decisivos, impiden que el derecho sea absorbido silenciosamente por la razón de Estado. No siempre —de hecho, casi nunca— logran cambiar el curso de los acontecimientos; pero saben impedir que la injusticia sea aceptada como un hecho inevitable y que la conciencia civil se resigne a la lógica del más fuerte. 

Por eso, hoy en día, el problema no se limita a Ceuta y Gaza, España o Marruecos, Israel o Palestina, sino que también nos concierne a todos y cada uno de nosotros, y al modelo de democracia que queremos legar a las generaciones futuras. 

Si los derechos fundamentales dejan de ser universales y pasan a depender de la identidad de las víctimas, de la fuerza de los Estados o de los equilibrios geopolíticos del momento, no es solo una población la que se ve privada de su protección: es el propio orden jurídico el que pierde su credibilidad. 

Una democracia, al fin y al cabo, no empieza a perder su alma cuando se ve llamada a defender una frontera, sino cuando, para vigilar esa frontera o salvaguardar un interés estratégico, olvida la razón por la que se redactó la ley: proteger la dignidad de la persona, precisamente cuando está más expuesta a la fuerza del poder. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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