domingo, 5 de abril de 2026

Cruz resucitada - tocar al Crucificado y Resucitado -.

Cruz resucitada - tocar al Crucificado y Resucitado -

Ruptura. Deformación. Desfiguración. Esto es la Pasión. Esta es la revelación definitiva de nuestro Dios. 

La historia de Jesús de Nazaret se cumple en un Dios que se revela partido, con el rostro desfigurado. Y esto no se explica. 

Como tantas crisis, tantas preguntas, tantas inquietudes de nuestra vida. 

La Pasión no se explica: no es justificable, no está predeterminada, no estaba predestinada. 

Despojémonos de esas imágenes con las que intentamos salvar a un Dios a nuestra imagen y semejanza dejando de lado al hombre. 

No estaba todo escrito. Jesús no sabía cómo acabaría todo. Pero se entregó con confianza a los acontecimientos. 

La Cruz es un acontecimiento. Es el acontecimiento de un hombre que elige amar por el único camino que en ese momento parecía viable. 

Es un acontecimiento, y todo lo que lo cubre nos recuerda que no podemos acostumbrarnos a ella, no podemos embellecerla y convertirla en una forma políticamente correcta y educada. 

A menudo nos preocupamos por dar una forma a Dios. Quizás ideal, perfecta, fija. Dejando bien claros los límites que no se pueden traspasar. 

Pero Dios se desforma, se rompe. Dios se cuenta como una Pasión que atraviesa la realidad y las contradicciones de la vida, hasta el extremo, hasta el final. 

A Dios no le preocupa mantener una forma, sino re-crearla y tomarla continuamente en la historia, en la realidad, de las vidas por las que se deja tocar. Como un amor que no retrocede. 

Nosotros lo hemos sacralizado, es decir, separado. 

Pero todo lo sagrado que podemos encontrar en este mundo está aquí, en un cuerpo quebrantado y roto. 

Y en lo que resiste. En una Pasión que resiste en una vida deformada. 

Contemplar la cruz de este Crucificado no nos hace ver más a Dios: paradójicamente, nos hace ver menos. 

Es una verdadera re-velación, porque se cubre un imaginario y se abre una búsqueda. 

La de un Dios que ocurre, que pasa, que abre pasos, que hace Pascua. Que se revela y sorprende continuamente en las vidas reales. Y de modo tan inaudito como insospechado. 

Y esto no se explica, sino que se encuentra. 

No se explica, permanece abatido y herido. Incluso hasta después de la resurrección, las heridas de la historia permanecen. 

Porque a Dios no le interesa ser una forma perfecta frente a nosotros, desfigurados. 

Dios no permanece intacto, es decir, sin ser tocado. Es radicalmente tocado, en las horas de la Pasión. 

Y hay toques de amor, toques que hieren, toques dolorosos, toques violentos, toques de agresividad, toques de pasión, toques de traición, … 

Y Él se deja tocar para que podamos resucitar. 

No existe el ideal… el Viernes Santo nos echa en cara que no existe el Dios ideal. Sino la realidad de quien asume un estilo arriesgado y la realidad de las historias que se levantan de nuevo. 

Es necesario mirar la cruz de este Crucificado, reencontrarla como acontecimiento, no como forma fija. 

Abrir los ojos a cómo Dios está sucediendo fuera de forma y de nuestras formas. 

Recibir este impulso, esta invitación a encontrar la Presencia, al Resucitado, fuera de forma y de nuestras formas. 

Esto es lo que significa celebrar la Pascua de Resurrección de este Crucificado. 

Podemos soñar hoy con una Iglesia que se deje tocar de verdad (¡y preguntarnos qué significa dejarse tocar de verdad, incluso partirse y romperse!). 

Podemos reencontrar la Iglesia como vocación de este lugar, de este camino. 

Podemos apostar por su ser como resonancia de un Jesús que se deja tocar para curar y sanar. 

De un Jesús que descubre y cuenta a Dios a través de su historia, y de las historias de quienes lo tocan. 

Y nosotros tocamos la cruz de este Crucificado. Y lo hacemos para dejarnos tocar por el Resucitado. 

Y para dejarnos alcanzar por la vida nueva, que llega en silencio, solamente a través de una herida... resucitada. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una Iglesia que vuelve a Galilea… para resucitar.

Una Iglesia que vuelve a Galilea… para resucitar

Ocurre poco a poco, casi sin hacer ruido. No hay un momento concreto en el que el futuro deje de ser un horizonte y se convierta en una sombra, algo que solo se percibe con dificultad. 


Las diócesis siguen moviéndose con sus planes, las Iglesias abren para sus oficios, los proyectos pastorales se suceden, suenan las convocatorias de asambleas y reuniones,…, pero bajo la superficie se percibe un cansancio que no quiere revelar su nombre.

 

Es como si hubiéramos perdido la capacidad de imaginar lo que vendrá, y entonces nos refugiamos en lo que ya ha sido y en lo que tenemos entre manos, incluso cuando nunca nada de eso nos ha protegido de verdad.

 

El pasado de lo de siempre se ha hecho así o del más de lo mismo se convierte en un refugio imaginario, un lugar donde todo parece más sencillo, más claro, más nuestro. No importa si no es cierto: lo necesitamos. 


Lo necesitamos para no enfrentarnos a la sensación de que nos ha dejado atrás un mundo que corre sin esperar a nadie. Lo necesitamos para no admitir que hemos dejado de creer que el mañana nos concierne más que el pasado que queda ya a nuestras espaldas.

 

Y cuando una Iglesia deja de imaginar, empieza a temer. El miedo se convierte en un hábito, y el hábito se convierte en identidad. Y así el futuro se convierte en un intruso, alguien que llega sin ser invitado y pretende mover los muebles.

 

Mientras tanto, en otros lugares, la vida sigue inventando. Crece, se arriesga, se equivoca, vuelve a empezar. En otros lugares, el futuro sigue siendo un lugar por construir.


En la Iglesia, en cambio, se ha convertido en un antagonista. Lo tratamos como a un ladrón, como a alguien que quiere quitarnos algo. Pero el futuro no roba nada. Somos nosotros los que hemos dejado de ofrecerle algo.

 

Hemos dejado de construir, de imaginar, de cuidar. De soñar. Hemos dejado que el miedo se sentara en el centro de la habitación y decidiera por todos.

 

Y cuando el miedo decide, la gente se divide. Hay quienes se van, quienes se retiran, quienes protestan, quienes se quedan por inercia. Cada uno busca una vía de escape, una forma de no sentirse aplastado. Algunos eligen la salida, otros la voz cantante, otros una lealtad cansada, hecha más de resignación que de convicción.

 

Es la señal de que algo se ha resquebrajado. De que la comunidad ya no se sostiene. De que el futuro ya no es un bien sino algo de los que hay que defenderse porque se le teme.


Sin embargo, bajo esta superficie, uno quiere creer que hay otra historia que sigue moviéndose. Una historia hecha de pequeños gestos, de inventos cotidianos, de personas que, sin proclamas, reinventan la vida de la comunidad cristiana desde abajo. 


Son las tácticas de quienes no tienen poder, pero tienen imaginación. De quienes no pueden cambiar las estructuras, pero pueden cambiar la forma de habitarlas. De quienes no esperan permiso del canon. Es ahí donde el futuro sigue respirando, incluso cuando todo parece estar parado.

 

Y luego hay algo aún más profundo, algo que no se ve pero se siente. Es la conciencia de que no existimos solos, de que no somos individuos aislados que intentan salvarse uno a uno. Siempre estamos ya dentro de un vínculo, dentro de un estar-con que no hemos elegido pero que nos constituye.

 

Nuestra vulnerabilidad no es un defecto que ocultar, es la prueba de que estamos hechos para estar juntos. No como fusión, no como identidad cerrada, sino como exposición recíproca. Como posibilidad de tocarnos sin poseernos. Como promesa que no se puede garantizar, pero que se puede mantener.


Es desde aquí que puede reiniciarse el futuro. No desde un gran plan (programa, proyecto…), no desde un nuevo mito, no desde la enésima promesa de renacimiento. Sino desde un gesto de cercanía. Desde una forma diferente de estar juntos. De una comunidad que no se define por lo que excluye, sino por lo que expone: su propia finitud, su propia fragilidad, su propia capacidad de cuidar. El futuro no es un premio, es un pacto. Y un pacto solo se renueva si alguien tiene el valor de tenderle la mano.

 

El futuro no está en contra de nosotros. Solo está esperando a que volvamos a ponernos en marcha. A que volvamos a merecerlo. Que dejemos de pedirle garantías y volvamos a ofrecerle posibilidades. Que recordemos que no existe un «yo» que se salve por sí solo, y que el «nosotros» no es un lujo, sino la condición mínima para respirar. No hace falta valor, hace falta cuidado. No hace falta nostalgia, hace falta responsabilidad. No hace falta un héroe, hace falta una comunidad que no tenga miedo de mirarse al espejo y decir: volvamos a empezar.

 

Y empecemos de verdad. No con una proclama, sino con la presencia. No con un programa, sino con una forma de estar. No con la promesa de volver a lo que éramos, sino con la voluntad de convertirnos en lo que aún no hemos sido. Porque el futuro no es un destino, es un encuentro. Y un encuentro solo ocurre cuando alguien se expone lo suficiente como para dejarse encontrar.

 

Se trata de volver a Galilea, allí donde comenzó todo, para que la Iglesia se encuentre con el Resucitado y resucite (cf. Marcos 16, 1-7)


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 4 de abril de 2026

Plegaria al ritmo de María Magdalena.

Plegaria al ritmo de María Magdalena

Cuando aún estaba oscuro, como cuando se pescaba la vida en las orillas de un lago, como cuando se amaba sin poder llamar Eterno a aquello que siempre se escapaba. 

Cuando aún estaba oscuro, como cuando Él hablaba y nosotros creíamos entender, y creíamos creer, y seguíamos, en cambio, obstinados y ciegos, perdiéndonos en nosotros mismos. 

Cuando aún estaba oscuro y querían matarlo y nosotros ni siquiera imaginábamos que éramos sus cómplices y no sus compañeros. 

Cuando aún estaba oscuro como en los ojos del ciego, como las manos áridas, como las palabras mudas, como las parálisis, como la mujer acusada, como el joven que se marchó, como el hijo que se quedó fuera de la casa, como Lázaro tras la piedra de un sepulcro… y nosotros, inconscientes de ser testigos de la vida resucitada tanto en el perdón como en la curación. Siempre es milagrosa primavera la vida que renace a la luz. 

Cuando aún estaba oscuro, como también después de su Resurrección, en los abismos de la enfermedad, en los temores del abandono, en la duda de que el cadáver solo hubiera sido robado, en los amores convertidos en odio, en el esfuerzo de ceder a un asombro excesivo, en los malentendidos entre nosotros, los discípulos, en las interpretaciones contradictorias de su recuerdo, en los escándalos de la Iglesia, en la insignificancia que nos atraviesa en tantos días del presente, en el miedo a que la muerte, al final, devore el amor. 

Cuando aún estaba oscuro… y hay tanta oscuridad que nos está ahogando la visión… y cegando la esperanza… 

Por eso nos empeñamos en celebrar la memoria de los destellos de lo Eterno, nos aferramos con fuerza a las fracturas milagrosas que hacen que el pasado esté atravesado por rayos de Luz, por esa conciencia límpida y fugaz de que cada ser es una manifestación vacilante de lo divino, por cuando nos han hecho sentir amados, por cuando nos han perdonado, por quienes nos agradecen lo que hemos sido, lo que somos y lo que seremos. En esto creemos. Y nos consolamos. 

Por cuando desciende la oscuridad y nosotros, a un paso de la noche, envueltos en lágrimas, le pedimos al Padre que salve y transfigure cada fragmento de amor, ese poco que hemos reconocido y consagrado con gestos. 

Por cuando en la oscuridad rezamos para que haya un lugar también para nosotros en el paraíso. 

Por cuando sentimos ser una oración muda compartida por los hermanos, y por cuando sentimos que juntos esperamos una tierra donde todo será finalmente claro y puro, luminoso y resucitado, recordado, entregado al corazón del Eterno, transfigurado en Luz. 

Por cuando rezamos por no ser olvidados, por cuando te rogamos que nos hagas reencontrar el Amor que nos ha mantenido con vida, y te suplicamos que nunca más se vaya. 

Por cuando también nosotros logremos decir «…y no sabemos dónde lo han puesto». Y no queda más que volver a buscar. 

Por cuando no sabíamos que estaba naciendo fuera de Jerusalén, por cuando lo perdieron en el Templo, por cuando huía del poder, por cuando cruzaba a la otra orilla, por cuando se refugiaba en el seno de la noche en oración, por el Monte de los Olivos, por su estar siempre en Otro Lugar. 

Por el miedo de quien dice haberlo comprendido, por la traición de quien se cree capaz de explicarlo o comprimir la bella, la novedad, la Vida, en un canon, en un dogma, en un sacramento, en un catecismo, en una teología, por quien sigue siendo discípulo pero en su corazón implora que tenga piedad, que ni siquiera él conoce el lugar, y que es solo un pobre caminante y peregrino que sigue buscando mientras dice que cree. 

Ni yo sé con certeza dónde lo han puesto, pero creo que está guardado en lugares misterioso, secretos…  y accesibles solo al amor. 

Corrían los dos juntos, y el hecho de no estar solos ya es un indicio de buena humanidad. 

Por cuando la fe entra en la carne y nos transforma en niños sin miedo a parecer ridículos, y corremos, torpes y enamorados, y corremos el riesgo de caer y el aliento nos oprime la garganta, y somos los mismos niños que corrían tras un balón, tras un amor, tras un sueño. El corazón hinchado que no deja de latir y se conmueve. 

Por cuando corre el pensamiento, corre la nostalgia, corre la esperanza de que no haya sido todo en vano, por cuando corre la urgencia de ver, de tocar, de volver a abrazar, aunque fuera un sepulcro vacío, aunque fuera la absurda esperanza de haber estado vivos y haber sido testigos. 

Por cuando nos atrevemos a creer que incluso la muerte se convertirá en una sonrisa, en abrirse paso, como se abrió el mar, entre tantas dudas. Que sea barrido por fin el temor de que Tú te hayas ido y nos hayas abandonado dejándonos solos en esta orilla. 

Por los lienzos tendidos y doblados, por ese mínimo rastro de orden en un mundo que parecía devastado y reducido al caos, por los clavos que no vencieron, por la madera que no prevaleció, por el desgarro en el velo del Templo que transformó, sin que lo supiéramos, nuestra existencia en una explosión de Vida. 

Por el desgarro fecundo de tu herida abierta, por el ardor de la carne que no deja de amar ni siquiera aunque esté traspasada, ni siquiera como cadáver, por el perfume esparcido, por el frasco de nardo que se hizo añicos como la piedra que sellaba una aparente derrota. 

Por los lienzos depositados, por el cuidado invisible de quien pone orden en nuestras historias desordenadas y dice, con palabras resucitadas, que no ha sido en vano nuestro amar, nuestro sufrir, nuestro dudar, nuestro correr contra toda esperanza. 

Por quien vio y creyó sin haber comprendido aún la Escritura. Por cuando Él nos miraba sin condenarnos, por cuando Él creía a pesar de nuestra insignificancia. 

Por quien supo posar sus ojos sobre nosotros logrando ver esplendores mucho antes de un posible amanecer. 

Por quien conservó el amor, por quien no nos olvidó, por quien, en el brillo de sus ojos, siguó creyendo en nuestra resurrección, por quien veía en nosotros lo que nosotros aún no imaginábamos ser. 

Por eso te rogamos, Señor, que resurjan nuestros ojos, que sepamos reconocer las señales de tu paso, que podamos hacer memoria de ellas, que podamos resurgir una vez más en los ojos de quien nos ama, por las personas que encontraremos, para que sepamos entrar juntos en nuestros sepulcros y, tomándonos de la mano, indefensos y postrados, logremos volver a buscar a quien, con paciencia maternal, ha colocado definitivamente el sudario de nuestro extravío y, acariciándonos con ternura de Amigo, mezclará el calor de sus lágrimas con las nuestras. 

Y por quien, Jardinero de la Amistad, nos llamará a cada uno por nuestro nombre. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La tumba vacía - San Juan 20, 1-9 -.

La tumba vacía - San Juan 20, 1-9 - 

El tiempo de Pascua nos invita a detenernos ante el misterio de la resurrección. Para el cristiano, como nos recuerda San Pablo, la verdad de la resurrección de Cristo es una verdad fundamental, en el sentido más inmediato. Es la verdad que está en los cimientos: sin la resurrección de Cristo, toda nuestra fe es vana (1 Cor 15,14). 

Me gustaría detenerme en el primer momento después de la resurrección en el Evangelio según San Juan (20,1-9). 

Al entrar en oración, es bueno expresar también la gracia que se pide: aquí podemos rezar por el don de discernimiento, don del Espíritu, para saber captar las huellas del Señor. 

Te invito, pues, a leer con calma el pasaje, que encontrarás hacia el final del Evangelio según Juan (20,1-9). 

Solamente ofrezco algunas subrayados y comentarios, para aclarar y profundizar el sentido del texto. 

[1] El primer día de la semana. La referencia es al Domingo de Resurrección. Sin embargo, es útil recordar que la referencia al primer día, en el contexto judío, es también una referencia al comienzo de la creación. La resurrección de Jesús ofrece un nuevo comienzo, una nueva creación. 

… vio la piedra… Este relato de Juan es muy sobrio. Nada de visiones (las habrá, pero más adelante), nada de ángeles, nada de terremotos. La señal es simple, casi decepcionante: la piedra removida, una tumba vacía. 

[2] El otro discípulo, al que Jesús amaba. El texto, como en otras partes del Evangelio, lo deja deliberadamente en el anonimato. En muchos aspectos es el evangelista, el testigo del relato. Pero esta elección literaria es deliberada: al igual que con el discípulo en el relato de Emaús, aquí se invita al lector a entrar en ese papel. El discípulo amado por Jesús eres tú, soy yo. 

[4] Corrió más rápido que Pedro… pero no entró. Pedro es más lento, pero el discípulo amado lo espera. Hay una delicadeza del discípulo amado en esta espera. El entusiasmo del discípulo joven espera la sabiduría del anciano, y la respeta. Quizás, también podemos leer cómo la Iglesia carismática/apasionada sabe esperar a la Iglesia jerárquica/institucional, porque es necesario que entren juntos en el sepulcro vacío. 

Se inclinó y vio los lienzos allí depositados. Es interesante reflexionar sobre lo que vio. Pedro y el otro discípulo no ven más que el sepulcro vacío y las vestiduras funerarias. 

[8] Vio y creyó. Me fascina este detalle: el discípulo cree al ver la tumba vacía. El signo de la ausencia se convierte en el signo del paso del Señor. Él no ve la resurrección, yo todavía no veo al Señor, solo ve sus huellas. Para quien no discierne estas huellas, para quien no ve con los ojos de la fe, la tumba vacía es solo una tumba vacía. Para el discípulo amado, no. 

[9] Aún no habían comprendido la Escritura. La señal de la tumba vacía se convierte en la clave de lectura de las Escrituras y conduce a la fe. 

En este punto te invito a releer el pasaje, con los subrayados sugeridos. Luego, se puede pasar a reflexionar sobre estas y otras preguntas, como te indica la oración:

a.- Se nos enseña a leer las señales, a saber, a ver e interpretar en las pequeñas señales una realidad más grande. ¿No indican acaso, y por poner un ejemplo, las huellas de un animal su paso? Pero las huellas del Señor en nuestra existencia, ¿sabemos leerlas o estamos ciegos? De ahí surge la pregunta: ¿cuánto aplicamos esto en nuestra vida de fe? ¿Somos exploradores también en la vida de fe o somos ignorantes en este campo? 

b.- ¿Cuáles son las huellas del paso del Señor en mi vida? ¿Dónde está en mi vida que Dios me invita a leer la tumba vacía? ¿Dónde puedo discernir la presencia del Señor? 

c.- ¿Dónde puedo decir, con los discípulos de Emaús, ‘¿no ardía nuestro corazón’? Intento identificar al menos uno de estos momentos en mi vida. 

Deja que, poco a poco, esta reflexión se convierta en oración. ¿Qué le pediría a Jesús? ¿Me considero una persona con discernimiento? ¿Sé leer las señales del paso del Señor? 

De nuevo puedo pedir la gracia: el don del Espíritu, que también conlleva el discernimiento. 

Lleva todo esto a la conversación con el Señor, como un amigo habla con un amigo. Sin prisas. 

Por último, detente en la presencia del Señor. Disfrutando también de ese silencio interior, dejando que la oración se convierta cada vez más en una oración del corazón. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 3 de abril de 2026

Y Dios se hizo silencio - “Todo está cumplido” -.

Y Dios se hizo silencio - Todo está cumplido - 

A medida que disminuye el prestigio del lenguaje, aumenta el del silencio. Las imágenes, las palabras y los sonidos distribuidos de forma global e instantánea generan una cacofonía - incluso en la Iglesia - en la que la distinción entre señal y ruido es cada vez menos relevante, hasta el punto de empujarnos a algunos de nosotros al mutismo. 

Al tráfico humano y al estruendo de las máquinas que hacen funcionar nuestra vida se ha sumado una cascada de información sonora que contamina nuestro paisaje acústico, incluidas redes sociales como TikTok que primero hablan y luego piden permiso. Ante todo esto, el silencio parece una reacción, una solución, tal vez una vía de escape. 

La aspiración al silencio es tan antigua como el lenguaje: a cada expresión audible le corresponde un impulso igual y contrario de taparse los oídos. 

Hay un silencio sagrado. Por ejemplo, en medio de cada inciso, de hecho, el canto gregoriano dejaba una pausa (media distinctio), diferente según la reverberación natural de cada iglesia, que permitía a los coristas tomar aliento: y mientras se respira el Espíritu Santo entra en los pulmones. 

En todo caso, un silencio puede ser inhumano o, por el contrario, puede responder a la más humana de las necesidades. 

La respuesta a la pregunta «¿qué es el silencio?» podría parecer obvia: «la ausencia de ruido o sonido»; sin embargo, se trata de una cuestión que encierra en sí misma numerosas y fascinantes reflexiones. 

Es verdad, creo, que el silencio siempre ha sido parte integrante de la creación. Y tantas veces, más de unos años a esta parte, suelo pensar no solamente en la necesidad sino, mejor aún, en la bendición del silencio. 

He leído que al ser humano (a diferencia de las plantas y los animales) no se nos ha permitido el acceso a los infrasonidos y los ultrasonidos, sino que solo somos capaces de percibir los sonidos comprendidos entre las 16 y las 20 000 oscilaciones por segundo. 

El ser humano es un individuo envuelto en el silencio. Hay motivos para considerar que el equilibrio entre la capacidad auditiva y la imposibilidad de oír ciertos sonidos es la base de nuestra salud y el bienestar. 

Los entendidos subrayan la importancia de la escucha desde la etapa prenatal, en la que el feto se concibe a sí mismo como un ser que dialoga con un mundo de sonidos que lo rodea, en particular cuando vive la experiencia del descubrimiento del latido cardíaco materno y de la felicidad que de ello se deriva al comprender que no está solo. 

El Sábado Santo es como ese espacio que quiere invitarnos a reconocer la experiencia de Dios no solo a través de la actitud racional e intelectual típica de nuestra concepción cristiana occidental, sino también a percibir a Dios como misterio, como una experiencia que nunca tiene fin, cuyos contornos se perfilan mejor cuando cada sonido y cada palabra se han perdido en la lejanía y el silencio se convierte en plenitud de lo indecible. 

Una vez que incluso la última palabra - “Todo está cumplido” - se ha apagado, ésta sigue resonando de alguna manera, precisamente como un silencio…, como una bienaventuranza. 

Y este silencio se prolonga en este día de Sábado Santo tras la crucifixión de Jesús y su sepultura. 

Una última palabra - “Todo está cumplido”- que queda suspendida ya en aquel silencio que todo lo abraza y envuelve en una eficacia liberadora, sanadora, terapéutica… salvadora porque es capaz de llenar el corazón de felicidad y de sentido, incluso cuando Dios ya guarda silencio. 

A lo largo de nuestra historia, el silencio ha quedado relegado exclusivamente a ser prácticamente una ausencia de palabra y de sonido. Toda la expresividad, la intensidad, la pureza y la espiritualidad se han atribuido, por definición, a la palabra y al sonido audible. 

Y, sin embargo, el Sábado Santo nos enseña que la máxima expresión de la espiritualidad se sitúa precisamente entre un sonido y otro, entre un acorde y el siguiente; en ese breve instante de respiro, casi exhalante, tanto Dios como nosotros somos impulsados y guiados hacia el Altísimo, como en una iniciación a lo Indecible. 

Se dice que si no existiera la oscuridad no apreciaríamos la luz, que el amor no sería tan hermoso sin la indiferencia, que la lluvia nos hace disfrutar plenamente del sol cuando vuelve a brillar. ¿Podemos comprender la belleza de la Palabra si esta no está impregnada de momentos de vacío? 

¿Qué sería el Evangelio sin el silencio? Quizás una cascada de sonidos ininterrumpidos que nos dejaría aturdidos, sin comprensión, sin puntos de apoyo, sin respiros, sin rumbo y sin un camino que seguir ni algo que decir. 

A menudo me he preguntado por qué no se enseña el silencio; tal vez sea tan obvio y dado por sentado que no tiene derecho a profundidad, atención ni reconocimiento. 

La pausa del silencio es un elemento al que pocos prestan atención; nos centramos en qué decir, en cómo decir, en cuándo decir, …, pero dar la importancia adecuada a la pausa del silencio es la única forma que Dios ha encontrado para enriquecer de sentido, respiro, carácter y énfasis la Palabra. 

El silencio del sepulcro durante el Sábado Santo es rico en contenido porque está cargado de los efectos del sonido anterior - “Todo está cumplido”- y, a su vez, carga de expectación el sonido siguiente - “¡No está aquí! ¡Ha resucitado!”-, ya que existe una maravillosa correlación entre todas las partes de esta pieza de salvación que es la crucifixión-sepultura-resurrección, por lo que ninguna parte tiene sentido completo si no es en relación con las demás. 

Hay un momento en el que el silencio se convierte en Palabra, la más elocuente (y, por lo tanto, convincente); es el momento en el que se ha alcanzado tal madurez que se es capaz de mirar más allá de las palabras, y se comprende que es precisamente la pausa del silencio la que es capaz de crear algo nuevo. 

La pausa del silencio, esa suspensión de toda palabra, dentro de esta historia de salvación no la interrumpe, sino que forma parte integrante de ella; es un vacío tan vital que, sin él, toda la estructura de esta historia se derrumbaría. 

Dios ha querido respirar, es decir, tomar aire con su silencio. Y precisamente con su silencio nos brinda la oportunidad de contemplar, de escuchar, …, de asimilar cordialmente la Palabra: nos da tiempo para comprender. 

Esta pausa del Sábado Santo es un silencio medido, un vacío expresivo. Dios nos prepara para su siguiente frase, la Palabra más bella, definitiva y plena, la de la Resurrección, la de la Vida. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¡No está aquí! ¡Ha resucitado!

¡No está aquí! ¡Ha resucitado! 

El amanecer llega temprano, muy temprano. 

El sol acaricia la ciudad. Desde el gran ventanal de mi habitación puedo ver la multitud de personas que comienzan su jornada laboral después del descanso vacacional de mitad de semana. 

Caras soñolientas pero un ritmo rápido para afrontar el día. 

Cientos de vidas, historias, personas, dolores, esperanzas. 

Un crisol de razas y religiones, orígenes y opiniones. 

No, no es difícil imaginar cómo sucedieron las cosas aquella mañana en Jerusalén. 

El asunto Nazareno terminó brutalmente en medio de la indiferencia pública. 

La idea del Sanedrín era correcta: arrestar al Rabino de noche, fuera de la ciudad, y llevarlo ante el consejo del Sanedrín reunido apresuradamente, para comunicarle la sentencia del juicio celebrado las semanas anteriores, tal como prescribía la Ley. 

La gente estaba demasiado ocupada con las festividades de la Pascua como para darse cuenta de lo que estaba a punto de suceder. Sólo el odiado Pilato, que llegó a la ciudad rebosante de más de cien mil peregrinos para supervisar la seguridad, se arriesgó a arruinarlo todo, jugando con los Sumos Sacerdotes como el gato con el ratón. Pero sólo el romano puede condenar a muerte al blasfemo: Roma se ha reservado el ius gladii y el impostor debe ser crucificado para que todos sepan que él es el maldito. Sus discípulos seguramente no resistirán y el incidente será olvidado en pocos días. 

Todo parece resuelto: la gente comienza a traer sus mercancías y a pararse en las calles de la ciudad, comentando el éxito de la fiesta y vendiendo algunos productos a los peregrinos que se preparan para regresar. Pocas personas hablan de lo que pasó. 

Nadie se percata de aquellos dos que parecen tener mucha prisa en otra dirección de la ciudad. 

Todo empezó a partir de esa carrera. 

Aquel sepulcro vacío, último regalo dramático hecho a Jesús por el discípulo José de Arimatea, rico y poderoso, que no había podido salvar a su Maestro de la muerte, permaneció allí, vacío, testigo silencioso de la resurrección. 

El emperador Adriano, tras la destrucción del templo en el año 72, lo hizo rellenar de tierra, y se convirtió, junto con la cantera en desuso, en el terraplén que sostenía, irónicamente, el templo pagano de Júpiter. 

Aelia Capitolina había sido rebautizada como la Jerusalén rebelde y, con el nuevo trazado urbano de una ciudad romana, el emperador quería barrer todo recuerdo de los judíos y sus incomprensibles disputas. Tres siglos más tarde, la tumba fue descubierta por la devota reina Elena, madre de Constantino. 

La tumba todavía está allí: construyeron sobre ella una inmensa basílica, fue objeto de peregrinación durante un milenio y medio, intentaron destruirla, pieza por pieza, a causa de la furia de un sultán, Akim el Loco, que -evidentemente- no conocía el Corán.

Ahora revestida de mármol, la tumba está dividida y disputada (debido a la fragilidad de los hombres) entre mil denominaciones cristianas que reclaman su propiedad, visitada cada día por miles de peregrinos devotos o distraídos. No importa. 

Está allí, esa tumba, exactamente donde Pedro y Juan la encontraron. 

Y todavía está vacía. 

Toda nuestra fe se basa en la ausencia de un cadáver. 

La muerte ha sido derrotada. 

El Dios desnudo, colgado, tendido, evidente, el Dios derrotado y atormentado, el Dios colocado sobre la piedra fría ya no está, ha resucitado. 

Resucitado. No revivido, no recuperado, no vivo en nuestra memoria y en amenidades consoladoras de este tipo. Jesús es el siempre presente. 

No perseguimos cuentos de hadas ni ilusiones sino una presencia que llegue a todo hombre. 

Una presencia sutil, nueva, intensa que sólo el alma puede captar. 

Durante dos mil años Pedro, Juan y los otros siguen anunciando la noticia: Jesús ha resucitado. 

Invocamos al Espíritu Santo y el Santo Espíritu nos escuchó. 

Pedro, el pescador, ha conquistado los corazones de todos en un instante. 

Con respeto a las costumbres históricas pero decidido a orientar el barco en la dirección correcta. 

Y recordando a todos que el corazón de la Iglesia no es el Papa, sino Cristo. 

Y hoy celebramos a Cristo resucitado, junto al Papa, llenos de asombro y de alegría, incrédulos por seguir creyendo en lo increíble. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Cruz resucitada - tocar al Crucificado y Resucitado -.

Cruz resucitada - tocar al Crucificado y Resucitado - Ruptura. Deformación. Desfiguración. Esto es la Pasión. Esta es la revelación definiti...