Una reflexión a Monseñor Luis Argüello y al resto de los Obispos de la Conferencia Episcopal Española
Me han invitado a entrar en el contenido y en la forma de la intervención del Presidente de la Conferencia Episcopal Española, Monseñor Luis Argüello, el pasado 9 de julio.
Me refiero, en concreto, a su intervención en el marco de las Jornadas de la Escuela de Verano organizada por la Conferencia Episcopal, la Universidad Pontificia de Salamanca y la Fundación Pablo VI y celebrada en la sede de la Fundación Pablo VI.
Los términos forma y contenido han ocupado un lugar central a lo largo de la historia del pensamiento. Quienes han abordado el tema han elaborado explicaciones y razonamientos tanto sobre su distinción como sobre su estrecha relación.
Y creo que conviene precisar el significado de estos dos términos, limitándonos a su uso más frecuente en el lenguaje cotidiano.
Por lo general, en el transcurso de una intervención, con el término contenido se hace referencia a la tesis o al resumen del razonamiento defendido por un interlocutor, mientras que, por el contrario, con el término forma se hace referencia al conjunto de elementos expresivos —desde la elección de los términos hasta el tono de voz— con los que se opta por expresar ese contenido concreto.
Esta distinción surge con frecuencia en las conversaciones, sobre todo cuando alguien se declara «de acuerdo con el contenido», pero «en desacuerdo con los medios» utilizados para expresarlo —la forma, precisamente—.
Una afirmación de este tipo resulta a veces útil para poner de relieve algunas partes específicas de la cuestión en las que no se está de acuerdo; sin embargo, al mismo tiempo entraña el riesgo de separar en exceso los significados de ambos términos.
Es fundamental tener presente que, durante una intervención, juzgar la forma significa evaluar la idoneidad de una determinada manera de expresarse con respecto al contenido expresado.
Al manifestar el propio acuerdo con el contenido y el propio desacuerdo con la forma, es importante, por tanto, tener en cuenta que toda discusión al respecto gira, no tanto en torno a la forma en sí misma que se ha utilizado, sino más bien en torno a la consonancia de esa forma con ese contenido.
Pongo un sencillo ejemplo a modo de ilustración.
Estando a la mesa, se puede pedir que nos pasen la sal; si se hace de forma brusca sin que haya motivos para ello, el problema no es tanto haber utilizado ese tono, quizá acompañado de una exclamación, sino más bien haberlo utilizado en un contexto en el que la intención era simplemente pedir la sal; por lo tanto, no es la forma —es decir, el tono brusco— lo que está mal a priori, sino más bien lo inapropiado de ese tono en esa ocasión concreta; en tal caso, resulta importante señalar que, aunque no haya nada que objetar respecto a la petición —es decir, el contenido del mensaje—, «la forma» no es adecuada.
En un extremo opuesto, por ejemplo, en caso de que haya que denunciar un abuso, el uso de un tono y un lenguaje suave y cordial —como, por ejemplo, el de quien suele pedir sal en la mesa— resultaría fuera de lugar, al menos por el hecho de no lograr poner de relieve la gravedad del objeto de la denuncia.
En cualquier ocasión, por tanto, lo que hay que evaluar no es la forma por sí sola, sino, en todo caso, la adecuación del contenido a esa forma de expresión, a ese «lugar», a esos términos, a esos interlocutores, etc.
A menudo ocurre que, en las intervenciones
cotidianas, partiendo de esa distinción (entre forma y contenido), se omite el
vínculo que une ambos términos, y así se acaba cayendo en oposiciones que no
hacen más que obstaculizar la búsqueda de la mejor síntesis respecto al tema
que se está tratando. Esto ocurre cuando la forma y el contenido
se conciben como conceptos separados entre sí.
De hecho, la forma no es solo un medio de expresión, sino que también transmite contenidos, los cuales no están incluidos en lo que se considera principalmente como contenido.
De hecho, en el transcurso de una intervención, los elementos que normalmente se consideran «forma» —el tono de voz, el uso de términos más o menos «fuertes», la llamada comunicación no verbal, etc.— forman parte del propio contenido de lo que se pretende defender, ya que, si ese razonamiento se expresara de «otra manera», esos aspectos concretos no se manifestarían. De hecho, dichos elementos representan una parte fundamental de lo que se pretende expresar y, por lo tanto, del propio contenido.
Transmitir un determinado contenido con un tono cordial hacia un interlocutor, comunicarlo de manera seria y decidida, o incluso decirlo gritando, resulta ser una elección que afecta inevitablemente no solo a la forma en que se dice, sino al propio significado que se quiere atribuir a ese discurso, ya que en esa expresión concreta también quedarán incluidos otros elementos que no están presentes en la tesis o en el razonamiento realizado.
Transmitir un mensaje con unos términos en lugar de otros no es solo una cuestión de forma, ya que un término, precisamente debido a la diferencia específica que posee respecto a otro término, no puede sino surtir un efecto sobre lo que se sostiene y, por lo tanto, transmitir y expresar un determinado contenido.
Estar de acuerdo sobre el «contenido», al margen de la forma, significa ponerse de acuerdo sobre un contenido que no tiene en cuenta algunos aspectos que inciden inevitablemente en lo que se pretende comunicar; lo que significa ponerse de acuerdo solo parcialmente sobre el contenido.
Puede ocurrir que, en el transcurso de una intervención, uno llegue a estar de acuerdo con el razonamiento expuesto, pero no con el tono, que para algunos puede parecer «excesivo». Por eso, manifestar que se está de acuerdo con el contenido al margen de la forma puede resultar engañoso.
Al respecto de su intervención del pasado 9 de julio le digo, Monseñor Luis Argüello, a Usted en cuanto Presidente de la Conferencia Episcopal Española, y al resto de los Obispos de nuestras Diócesis, que es necesario evitar el dualismo entre forma y contenido para comprender mejor el pensamiento, el de los Obispos, y profundizar en la búsqueda de los errores o de los aciertos de una sociedad, del ejercicio de un gobierno,..., del tema o de la realidad que se trate.
Porque todo contenido implica necesariamente una cierta forma, del mismo modo que toda forma es también contenido.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

















