Una mirada inocente
Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.
Y buscará imágenes capaces de tranquilizarlo, superficies brillantes que le devuelvan, sin resistencia, la forma exacta de su deseo.
No buscará lo que lo supera, sino lo que se le parece; no esperará una palabra inesperada, sino que exigirá un eco.
Y llamará plenitud a esa prisión luminosa en la que todo confirma lo que él ya quiere ver.
El ídolo no impone su presencia: la ofrece como una respuesta perfectamente calibrada.
La mirada encuentra en él lo que buscaba y, al reconocerlo, se siente satisfecha.
Ninguna distancia, ningún exceso, ningún misterio interrumpe la coincidencia entre el deseo y la imagen.
El ídolo es un espejo complaciente: no revela el rostro del mundo, sino que devuelve al sujeto la figura ampliada de sus expectativas. Por eso seduce.
No exige conversión, no hiere las certezas, no abre un camino; se limita a confirmar.
Pero precisamente en la satisfacción se esconde el peligro.
Cuando la mirada recibe inmediatamente lo que desea, deja de cuestionar lo que ve. La visión ya no es un encuentro, sino un consumo; ya no es apertura, sino posesión.
La imagen se vuelve dócil, accesible, adaptada a la necesidad de quien mira. Y lo que parece libertad - poder ver siempre lo que se quiere - se transforma lentamente en la más sutil de las servidumbres: no ser ya capaz de ver otra cosa.
El ídolo llena por completo el campo visual. No deja márgenes, no tolera periferias, no concede a la ausencia el derecho a expresarse.
Todo debe estar presente, expuesto, nítido, disponible.
La superficie se vuelve absoluta y la materialidad pretende ser la última palabra sobre lo real.
En este reino de lo evidente, lo que no aparece parece no existir; lo que no seduce se descarta; lo que no produce satisfacción inmediata se juzga inútil.
Así, la belleza, separada de la verdad, se convierte en anestesia. La estética ya no conduce más allá de la forma, sino que encierra la experiencia dentro de la propia forma.
El sujeto contempla y se complace; admira y se siente reafirmado; acumula imágenes y cree haber ampliado el mundo, cuando en realidad solo ha multiplicado las paredes de su propia habitación.
El ídolo no miente necesariamente en lo que muestra: miente porque hace creer que no hay nada más que ver.
Ay de la sociedad que entrega a la imagen el poder de establecer lo que merece atención. Acabará venerando solo lo que brilla, escuchando solo lo que la halaga, reconociendo como verdadero solo lo que puede exhibirse.
Los rostros se convertirán en escaparates, las palabras en adornos, los cuerpos en medidas de valor.
Incluso el dolor deberá adoptar una
forma atractiva para ser reconocido.
Y el hombre, rodeado de visiones, perderá la facultad de ver.
Es necesario educar la mirada hacia el umbral, no hacia la saciedad.
Hay que aprender a detenerse ante lo que no se deja consumir, a acoger la opacidad, la distancia, el silencio.
Lo verdadero no siempre llena el campo visual: a veces lo interrumpe. No nos entrega lo que buscamos, sino que nos libera de la tiranía de buscar únicamente a nosotros mismos.
Allí donde el ídolo se ofrece por completo, el misterio se retira; y precisamente al retirarse nos llama más allá de nuestra medida.
Uno tiene que aprender, también, a vigilar su mirada.
A no llamar «revelación» a toda imagen que nos satisfaga, ni «verdad» a toda forma que coincida con nuestro deseo.
A dejar abierta una brecha en el horizonte, para que pueda llegar lo que no hemos previsto.
Solo una mirada que no se sacia puede seguir esperando; solo una mirada que acepta no poseer puede reconocer; solo quien se atreva a atravesar la superficie descubrirá que lo real no está hecho para complacernos, sino para transformarnos.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF







