jueves, 14 de mayo de 2026

El rey va desnudo: o cuando el líder necesita a su lado un bufón.

El rey va desnudo: o cuando el líder necesita a su lado un bufón

Tantas veces he pensado que cuanto más se asciende en la jerarquía del poder, más difícil resulta encontrar personas que digan la verdad, niños inocentes que se atrevan a gritar: «¡El rey va desnudo!».

 

El rey va desnudo es una famosa frase del cuento «El traje nuevo del emperador», de Hans Christian Andersen.

 

En el cuento se narra la historia de un rey al que le encantaban los trajes y que cayó en una trampa que se cuenta así:

 

Una vez llegaron dos impostores: se hicieron pasar por tejedores y afirmaron saber tejer la tela más hermosa que jamás se pudiera imaginar. No solo los colores y el diseño eran extraordinariamente hermosos, sino que las ropas que se confeccionaban con esa tela tenían el extraño poder de volverse invisibles para los hombres que no estaban a la altura de su cargo y para los muy estúpidos.

 

Los estafadores fingieron trabajar en las telas, obviamente inexistentes, pero nadie se atrevió a denunciar el engaño precisamente por ese mecanismo que preveía que quienes no vieran las telas fueran los incapaces y los estúpidos.

 

El desenlace creo que es conocido: al rey le visten con las ropas inexistentes y desfila desnudo por la ciudad:

 

Y así, el emperador encabezó el desfile bajo el hermoso dosel y la gente que estaba en la calle o en las ventanas decía: «¡Qué maravilla son las nuevas ropas del emperador! ¡Qué espléndida cola lleva! ¡Qué bien le quedan!».

 

Nadie quería dar a entender que no veía nada, porque de lo contrario habría demostrado ser estúpido o no estar a la altura de su cargo.

 

«¡Pero si no lleva nada puesto!», dijo un niño. «Señor, ¡escuche la voz de la inocencia!», replicó el padre, y todos se susurraban unos a otros lo que había dicho el niño. «¡No lleva nada puesto! ¡Hay un niño que dice que no lleva nada puesto!». «¡No lleva absolutamente nada puesto!», gritaba al final toda la gente. Y el emperador se estremeció porque sabía que tenían razón, pero pensó: «Ahora ya tengo que quedarme hasta el final». Y así se enderezó aún más orgulloso y los chambelanes lo siguieron sosteniendo la cola que no existía.

 

¿Cómo no asociar las figuras alegóricas del cuento de Hans Christian Andersen por ejemplo al protagonista de un equipo de fútbol en nuestros días, que se encuentra solo con el juguete de su poder, rodeado de colaboradores que viven en un estado de servilismo y sumisión jerárquica?


En realidad, los líderes necesitarían personas sinceras, bufones o locos que, recurriendo al arma del humor, logren limitar las consecuencias de la arrogancia y la hostilidad. En este sentido, el poder del líder necesita de su locura. O un bufón a su lado.

 

El rey Lear de Shakespeare tenía un bufón de la corte, cuya función, de gran importancia, era decirle la verdad al poder. El rey Lear fracasa porque, en cierto sentido, no escucha las palabras de su bufón y se queda anclado en un único punto de vista.

 

El príncipe Hal, en cambio, se convierte en un gran soberano porque sabe escuchar los consejos y las lecciones de otro extraordinario personaje cómico: Falstaff, un sinvergüenza memorable, pero también un maestro inimitable de sabiduría popular.

 

Son individuos como Falstaff y el Bufón, que se mueven lejos de ciertas lógicas de la organización, los que le dicen la verdad al líder y le recuerdan la naturaleza terrenal y provisional de su poder.

 

También Erasmo de Róterdam, en su «Elogio de la locura», examina la relación entre el líder y el bufón. Bajo la apariencia de la locura, el bufón puede decir lo que para otros es indecible; utilizando los recursos del humor, el bufón protege al rey del riesgo de volverse arrogante y enfermar de narcisismo.

 

En tiempos pasados, por tanto, a algunos soberanos les gustaba el bufón de la corte, al que se le permitía decir, riendo y haciendo reír, la verdad, por ejemplo, sobre lo efímero que es el poder. Eran, en definitiva, la conciencia crítica, aunque oculta, del rey.

 

En toda organización hay un liderazgo y un seguimiento: son roles interrelacionados. Pero uno desea que el seguimiento no acabe siendo sumisión ni una espera silenciosa de la llegada del líder como si fuera el Rey Sol. También espera que el líder no padezca de narcisismo, es decir, que no tenga una personalidad que la psicología clínica define como maníaca.

 

A menudo nos cuesta decir las cosas, ir al grano o tocar una fibra sensible. El valiente que grita «el rey va desnudo» no es un señor de gran respeto, sino un niño cualquiera.

 

A ese niño del mencionado cuento con el que he comenzado esta reflexión lo podemos ver como símbolo de libertad y transparencia.


¿Por qué ocultar? Es cierto que hay situaciones en las que una mentira piadosa lo resuelve todo fácilmente, pero no siempre lo resuelve para todos y en todo.

 

Yo soy el primero en tener un pequeño ratoncito que roe mi conciencia como si fuera un queso gruyer, recordándome las cosas no dichas, las situaciones que acabaron mal, las meteduras de pata que podría haber remediado, los momentos en los que decir la verdad parecía el camino más difícil, mientras que al final lo habría resuelto todo si hubiera tenido el valor de abrir la mente y el corazón a la otra persona.

 

Hoy en día navegamos también entre mentiras, excusas y justificaciones, especialmente en el mundo del poder. Y algunas reacciones son las más fáciles para salir del paso, para ponerse a la defensiva y para acercarse a la razón incluso cuando se está equivocado, pero todas ellas dejan al rey desfilando desnudo por la ciudad.

 

Y este es el terreno en el que se sitúa inconscientemente la mayoría de la gente, también la que está en el poder, y que lucha tanto física como psicológicamente por tener la razón y ser reconocida. No cuesta trabajo darse la razón a uno mismo. En realidad, es lo más fácil y sencillo. Cuántas veces no entendemos que estamos en lo incorrecto y acabamos echando la culpa a los demás.

 

Incluso la ironía se presenta como una solución demasiado fácil: zanjar los asuntos con una broma, o presunta broma, chiste supuestamente gracioso, para obtener la risita forzada de un público entregado al aplauso fácil.

 

En todo caso, siempre es una tarea abierta y nunca terminada esa que nunca le pone ninguna chaqueta al rey desnudo.

 

Suelo pensar que el mundo necesita una pizca de empujón de coraje y audacia. Un presbítero anciano de Vitoria-Gasteiz, ya difunto, me decía en su momento: “Joseba, vivimos en la cultura de la mentira”.

 

Y allí donde las mentiras se vuelven cada vez más esenciales, la verdad se pierde y el control con ella. Y entonces se vuela hacia el mundo de lo extraño, de lo caótico y de lo falso, donde el rey desnudo se vuelve casi normal, mientras que el niño es suprimido y el pueblo deja pasar los días, viendo desfilar al rey cada vez más (y siempre desnudo) y quizá riendo cada vez menos, normalizando lo anormal y pasando las riendas a los embaucadores o a los serviles que se encuentran con el campo libre, mientras los más honestos y sabios se preguntan, se confunden... y hasta se callan a pesar del despropósito de la desnudez del rey...


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Adorar en espíritu y en verdad.

Adorar en espíritu y en verdad

Los que le adoran deben adorar en espíritu y en verdad (Jn 4,24). 

La mujer pregunta por un lugar, Jesús responde con una experiencia espiritual; la mujer pregunta por una tradición, Jesús responde por un futuro; la mujer pregunta a Jesús como profeta, Jesús responde como el Señor y Mesías. 

¿Quizá Jesús quiere reprender a los que construyen iglesias para que haya lugares de oración en los que adorar al Señor? No se trata sola ni principalmente de un lugar físico, de un espacio arquitectónico, sino de un encuentro, de un tiempo, de una gracia. 

No es un lugar en el sentido de pretender contener a Dios, de decir: Dios habita aquí y no en otra parte. Por el contrario, es un encuentro: el Dios que llena el cielo y la tierra te busca, te invita, se preocupa por ti, te llama, llama a tu puerta porque quiere entrar en tu casa. Si necesitamos un espacio es solamente para poder velar a la expectativa y para reconocer juntos que el Señor viene a buscarnos a todos y cada uno. 

No es un lugar que tenga un horario en el sentido de decirle a Dios: ven cuando nosotros decidamos. Por el contrario, es un tiempo que da sentido al tiempo: de hecho, Dios habita todos los tiempos porque da su Espíritu Santo para que cada tiempo sea una oportunidad, cada día sea vivido como una gracia y una responsabilidad. El tiempo del culto no es sólo el tiempo que se pasa en la Iglesia, sino que es el tiempo que se vive en presencia de Dios. 

La respuesta de Jesús es la piedra angular, la clave de bóveda, de toda liturgia cristiana: no existe un espacio sagrado, ya sea en el monte Garizim o en el monte Sión de Jerusalén. Lo importante no son los lugares, sino las personas que rinden culto. Traslado completo. Dios ya no habita en edificios erigidos por personas. No son los magníficos edificios, la riqueza y el simbolismo de las decoraciones, la altura de las naves, las ‘misas concierto en Iglesias museo’, lo que hace que un lugar sea habitable para Dios. 

El culto, cualquier tipo de culto, con esta declaración de Jesús, se convierte en una acción centrada únicamente en el adorador en espíritu y en verdad. Los arquitectos especializados en edificios sagrados pueden inscribirse en la Oficina de Empleo. A menos que sus edificios sean una forma de expresar la fe de los adoradores en espíritu y en verdad. Si Dios no tiene una casa fija permanente… tampoco nos ha de extrañar que el Hijo del Hombre tenga dónde reclinar la cabeza. De hecho, hasta parece que su sepultura fue prestada. 

Ya no somos extranjeros ni huéspedes (Ef 2,19). 

La adoración en espíritu y verdad, la adoración agradable a Dios se convierte en hospitalidad, se convierte en una nueva comunidad que no separa sino que fomenta el encuentro. Construimos estructuras no para decir: nosotros estamos dentro, vosotros estáis fuera. Sino más bien para decir: somos un nosotros, todos forasteros y todos familia, todos en casa y ninguno dueño de la casa. Los muros de una Iglesia están ungidos con crisma para ser una invitación, una propuesta, un hogar común. 

El fundamento es Jesús, el Cristo: somos el edificio que crece bien ordenado, articulado en sus partes, animado por un único y mismo espíritu. La inclusión de una parroquia en una comunidad pastoral, la pertenencia de una comunidad pastoral a una diócesis, y así sucesivamente, es una vocación a ser siempre "Iglesia de los gentiles", es decir, "Iglesia del mundo". 

Si necesitamos un espacio, jun lugar, es porque necesitamos una casa de alegría en nuestros barrios. Los motivos de tristeza siguen minando nuestras vidas. La tristeza tiene muchos motivos. Pero el espacio de la Iglesia podría ser el lugar del encuentro en el que nos encontramos y celebramos la fuente de alegría: la alegría de Dios. 

Me viene a la memoria el pasaje del encuentro de Jesús con Zaqueo. Hoy quiero hospedarme en tu casa (Lc 19, 5). A todos nosotros Jesús nos dice: 

"Hoy quiero hospedarme en tu casa. Si quieres que tu vida se transforme, si de verdad quieres deshacerte de todo lo que has extorsionado, si quieres deshacerte de todas esas prácticas de aduana, sean las que sean, entonces déjame que vaya a visitarte". 

Evidentemente, esto es mucho menos arriesgado que construir templos, catedrales, lugares santos suntuosos y hermosos donde Dios se estacione solemne y majestuosamente. Lugares que se pueden visitar más o menos regularmente. Para alabarle se alquila a Dios como se alquila un piso de vacaciones. Para el fin de semana. Después, uno vuelve a su casa; hemos cumplido con nuestro deber, como cuando visitamos a nuestros viejos padres alojados en una residencia de ancianos. Y la vida sigue. Como antes, como siempre. Y los bolsillos se llenan y se vacían rápidamente. Entonces pedimos a Dios que nos ayude a cambiar... Y sigue aparcado en esos templos y en otros santuarios. 

Pero el Dios de Jesús es Aquél que sigue llamando a la puerta, pidiendo hospitalidad. 'Baja pronto' dijo entonces y lo repite hoy, 'mi templo está contigo'. La voz del hipotético navegador GPS dice: 'Fin del viaje, Jesús ha llegado a su destino: tu casa'. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El Espíritu que nos hace hijos adoptivos - Romanos 8 -.

El Espíritu que nos hace hijos adoptivos - Romanos 8 - 

«La ley del Espíritu, que da vida en Cristo Jesús, te ha liberado de la ley del pecado y de la muerte» (Rom 8,4). Con este principio, el Apóstol Pablo presenta la vida del cristiano, dominada no por la fragilidad de su condición, sino marcada por la presencia del espíritu de Dios en cada uno de los creyentes. 

Por eso, añade el Apóstol, «ya no estáis bajo el dominio de la carne, sino del Espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros» (Rm 8,9). 

Se trata de una de las páginas más densas de la enseñanza de Pablo y de la misma Carta a los Romanos: «Los que se dejan dominar por la carne no pueden agradar a Dios. Pero vosotros no estáis bajo el dominio de la carne, sino del Espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. Si alguien no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él. Ahora bien, si Cristo está en vosotros, vuestro cuerpo está muerto por el pecado, pero el Espíritu es vida para la justicia. Y si el Espíritu de Dios, que resucitó a Jesús de entre los muertos, habita en vosotros, el que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también vida a vuestros cuerpos mortales por medio de su Espíritu que habita en vosotros. Así que, hermanos, no somos deudores del cuerpo para vivir según los deseos carnales, porque si vivís según el cuerpo, moriréis. Pero si por el Espíritu hacéis morir las obras del cuerpo, viviréis. Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y vosotros no habéis recibido un espíritu de esclavos para volver al temor, sino que habéis recibido un espíritu de adopción, por el cual clamamos: «¡Abba, Padre!». El mismo Espíritu da testimonio, junto con nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también somos herederos: herederos de Dios, coherederos de Cristo, si es que realmente sufrimos con él para participar también de su gloria». 

Este pasaje del escrito del Apóstol resume en un espacio relativamente breve la condición del creyente ante el poder de la resurrección de Cristo: «Si el Espíritu de Dios, que resucitó a Jesús de entre los muertos, habita en vosotros, el que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también vida a vuestros cuerpos mortales por medio de su Espíritu que habita en vosotros» (Rm 8,11). Cristo ha resucitado por medio del Espíritu Santo, y es el mismo Espíritu el que da a la fragilidad, a la «carne», de todo hombre sujeto a la muerte, el poder de la resurrección y, por tanto, la vida. 

Todo esto tiene una consecuencia extremadamente importante, que se convierte también en un compromiso para todo creyente: dar muerte a las obras de la carne, es decir, a todo lo que impide que el poder divino actúe dentro de cada uno de nosotros. Por lo tanto, «todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios» (Rm 8,13). «Habéis recibido el Espíritu que os hace hijos adoptivos, por medio del cual clamamos: «¡Abba! ¡Padre!» (Rm 8,15). El Apóstol Pablo añade también la realidad de la nueva condición de heredero para el creyente, que comparte el sufrimiento de Cristo para alcanzar y participar en su gloria. 

Ahora bien, toda la creación ha sido sometida a la caducidad en vista de una liberación de su corrupción. El Apóstol Pablo añade también una imagen espléndida, lamentablemente omitida en la lectura asignada al día de Pentecostés, lo que de hecho elimina uno de los pasajes más significativos del texto y lo hace incomprensible: «Toda la creación gime y sufre dolores de parto hasta ahora» (Rm 8,22). 

Aquí el Apóstol se detiene también en uno de los aspectos más delicados de la condición humana, el estado de debilidad del creyente al dirigirse a Dios, al que acude una vez más el mismo Espíritu: si «no sabemos cómo orar como conviene», «el Espíritu mismo intercede con gemidos inexpresables» (Rm 8,26). 

Podríamos resumirlo así: «el Espíritu no hace más que dar forma a nuestra oración, transformando nuestros débiles gemidos y balbuceos en una invocación efectiva y sensata, o suscitando una oración indescifrable». 

La Tercera Persona divina paradójicamente gime en nosotros y con nosotros, plenamente involucrada en nuestro sufrimiento, como si fuera el primer cantor de un coro que coincide con el cosmos entero en estado de sufrimiento. Por lo tanto, cuando no encontramos las palabras para expresar nuestra oración y no podemos hacer nada mejor que emitir sonidos inarticulados, el Espíritu toma estos sonidos y los transforma en una verdadera intercesión. 

En conclusión, se trata de un estímulo para todos los que nos cuesta rezar: dado que los creyentes no conocen adecuadamente la voluntad de Dios, el Espíritu traduce sus gemidos y los conforma a la voluntad divina. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 13 de mayo de 2026

Jesús vio - apuntes de la pedagogía de Jesús sobre el ver -.

Jesús vio - apuntes de la pedagogía de Jesús sobre el ver -

«Jesús se volvió y, al ver que le seguían, les dijo: “¿Qué buscáis?”» (Jn 1,38).

 

El verbo griego utilizado por el evangelista no indica un simple «mirar», sino un «observar atentamente», un «contemplar» que penetra más allá de la superficie inmediata para captar la esencia de lo que se manifiesta.

 

Cuando Jesús «ve», no se limita a registrar datos visuales, sino que entra en una forma de conocimiento que involucra a toda la persona.

 

Esta diferencia cualitativa entre el «mirar» y el «ver» recorre todo el Nuevo Testamento como una distinción antropológica fundamental.

 

Los fariseos «miran» pero no «ven» el significado de las acciones de Jesús; los discípulos a veces «miran» los milagros sin «ver» su sentido profundo; la multitud «mira» a Jesús en la cruz, pero solo unos pocos «ven» en ese momento el culmen de la revelación divina.

 

El ver de Jesús se caracteriza ante todo por su intensidad. Nunca es una mirada distraída, nunca un ver «de pasada» o «por ver».


Cuando los Evangelios cuentan que Jesús «ve» a alguien o algo, siempre están describiendo un acto de plena atención, una concentración total de la persona en lo que tiene delante.

 

Por ejemplo en el episodio de la llamada de Mateo: «Al pasar de allí, Jesús vio a un hombre, llamado Mateo, sentado en la aduana, y le dijo: “Sígueme”» (Mt 9,9).

 

En este «ver» hay mucho más que un reconocimiento visual. Hay un acto de penetración que va más allá de la función social (el publicano), más allá de la reputación pública (el colaboracionista), más allá de las apariencias externas (el hombre de éxito) para llegar al núcleo personal: el hombre capaz de conversión, el corazón a la espera de una llamada auténtica.

 

Esta intensidad de la mirada tiene un efecto transformador sobre quien es objeto de ella. Mateo no es simplemente «visto» por Jesús, sino que es «reconocido» en su verdad más profunda.

 

La mirada intensa de Jesús se convierte en revelación para el otro: le revela quién es realmente, más allá de lo que parece o de lo que él mismo cree ser.

 

Para los cristianos esta lección es de importancia crucial.

 

En un mundo donde la atención se fragmenta entre mil estímulos diferentes, donde la multitarea se convierte en la modalidad existencial dominante, donde a menudo «miramos» a los demás mientras pensamos en otra cosa, el ejemplo de Jesús nos recuerda la necesidad de una mirada intensa, concentrada, plenamente presente.

 

Solo alguien que sabe «ver» verdaderamente a los demás —no simplemente «mirarlos»— puede esperar alcanzar esa profundidad relacional que hace posible todo encuentro de gracia.


Otra característica de la mirada de Jesús es su duración.

 

Los Evangelios suelen subrayar que Jesús «fija la mirada» en alguien, que «se detiene» a mirar, que no se conforma con un vistazo rápido, sino que dedica tiempo a su mirada.

 

Esta temporalidad prolongada de la mirada contrasta dramáticamente con la velocidad frenética que caracteriza a nuestro tiempo.

 

El episodio del joven rico es paradigmático: «Entonces Jesús fijó la mirada en él, lo amó y le dijo: “Una sola cosa te falta: vete, vende lo que tienes y dáselo a los pobres”» (Mc 10,21).

 

Ese «fijó la mirada» indica una pausa, un tiempo dedicado, una atención que no tiene prisa por llegar a conclusiones. Solo tras esta mirada prolongada surge el amor reconocido, y solo tras el amor surge la palabra que indica el camino.

 

Esta secuencia temporal —ver, amar, hablar— sugiere una pedagogía de la paciencia que contrasta con la impaciencia contemporánea.

 

A menudo pretendemos «conocer» inmediatamente a los demás, tener claro de inmediato quiénes son y qué necesitan. El ejemplo de Jesús sugiere, en cambio, que el conocimiento auténtico del otro requiere tiempo, requiere esa forma de «derroche» temporal que es la contemplación prolongada.



En el mundo digital, donde todo ocurre a la velocidad de un clic, donde las relaciones se consumen en la rapidez de un mensaje, formarse en la duración de la mirada se convierte en una tarea fundamental.

 

Significa aprender que no se puede conocer a las personas a través de un perfil en las redes sociales, que el amor auténtico requiere tiempo, que la comprensión profunda de uno mismo y de los demás necesita esa lentitud que nuestra época ha olvidado.

 

La mirada de Jesús nunca se detiene en la superficie de las cosas. Es siempre una mirada que penetra, que va más allá de las apariencias inmediatas para alcanzar lo que podríamos llamar la «verdad» de las personas y las situaciones.

 

Cuando Jesús ve a Natanael que se acerca, no se limita a registrar su aspecto físico o su actitud exterior: «He aquí un verdadero israelita en quien no hay falsedad» (Jn 1,47). Este reconocimiento inmediato de la cualidad espiritual de Natanael deja atónito al interesado: «¿De dónde me conoces?». La respuesta de Jesús revela la naturaleza de este ver profundo: «Antes de que Felipe te llamara, te vi cuando estabas debajo de la higuera» (Jn 1,48).

 

Ese «ver bajo la higuera» no es simplemente una percepción visual a distancia, sino una forma de conocimiento que trasciende las categorías espacio-temporales ordinarias.

 

Es un ver que alcanza la interioridad de la persona, que reconoce las disposiciones del corazón, que capta la autenticidad espiritual más allá de las mediaciones exteriores.

 

Esta profundidad de la mirada tiene raíces teológicas precisas.


 

Jesús participa de esa mirada divina que «escudriña los corazones y los riñones» (Sal 7,10), que conoce a cada criatura desde dentro, que reconoce en cada ser humano no solo lo que es, sino también lo que puede llegar a ser. 

 

Su ver humano es transparencia del ver divino.

 

Quizás el aspecto más característico de la mirada de Jesús es que nunca es una mirada posesiva. No mira para apropiarse, para dominar, para reducir al otro a objeto de su propio deseo.

 

Su mirada es siempre liberadora, siempre respetuosa con la libertad y la dignidad del otro.

 

Esta cualidad no posesiva de la mirada emerge claramente en el encuentro con la mujer samaritana. Jesús «ve» toda la complejidad de su historia —los cinco maridos, la situación actual—, pero no utiliza este conocimiento para juzgar o para ponerla en aprietos. Lo utiliza, en cambio, para abrir un espacio de verdad y de liberación: «Ve a llamar a tu marido y vuelve aquí» (Jn 4,16). Es una forma de ver que saca a la luz no para condenar, sino para liberar.

 

Esta dimensión no posesiva de la mirada es particularmente importante hoy. A menudo, corremos el riesgo de mirar a los demás con ojos que, aunque animados por buenas intenciones, son en realidad posesivos: queremos que se conviertan en lo que nosotros deseamos, los vemos en función de nuestros proyectos sobre ellos, los reducimos a objetos que moldear según nuestras expectativas...

 

La mirada de Jesús enseña una forma diferente: ver al otro tal y como es realmente, reconocer su auténtico potencial (no el que proyectamos sobre él), respetar su libertad incluso cuando elige caminos que nosotros no habríamos elegido.


El joven rico se marcha «entristecido» tras el encuentro con Jesús, pero el texto no dice que Jesús lo persiga o insista. Su mirada amorosa incluye también el respeto por la libertad de rechazo.

 

Hay en los Evangelios una dinámica misteriosa pero constante: cuando Jesús ve verdaderamente a alguien, esa persona inicia un proceso de transformación. No porque Jesús imponga un cambio desde fuera, sino porque su mirada auténtica despierta en el otro la conciencia de su propia verdad más profunda.

 

Zaqueo, subido al sicómoro, es «visto» por Jesús en medio de la multitud: «Alzó la vista y le dijo: “Zaqueo, baja enseguida, porque hoy debo quedarme en tu casa”» (Lc 19,5). Esa mirada y ese llamarle por su nombre desencadenan en Zaqueo una transformación inmediata: «“Mira, Señor, daré la mitad de lo que tengo a los pobres y, si he robado a alguien, le devolveré cuatro veces tanto”» (Lc 19,8). ¿Qué ha sucedido?

 

La mirada de Jesús reconoció en Zaqueo no al pecador público que todos veían, sino al hombre capaz de conversión que se ocultaba tras la máscara social. Este reconocimiento liberó en Zaqueo un potencial de bien que quizá ni él mismo sabía que poseía.

 

Esta dinámica transformadora de la mirada abre perspectivas extraordinarias. Significa que nuestra forma de ver nunca es neutra: puede ser una mirada que bloquea y que etiqueta («es así y nunca cambiará»), o puede ser una mirada que libera y que llama a la existencia («hay en él mucho más de lo que parece»).

 

¿Cómo se educa en este tipo de mirada? ¿Cómo se puede formar esa cualidad de ver que se reconoce en Jesús?

 

La tradición espiritual cristiana siempre ha sabido que la mirada, como cualquier facultad humana, necesita purificación y educación.


En primer lugar, hay que liberarse de lo que los Padres del desierto llamaban «philautia»: el amor propio que distorsiona la percepción haciendo que todo se vea en función de las propias necesidades y deseos. Solo una mirada liberada del egocentrismo puede esperar ver al otro verdaderamente tal como es.

 

En segundo lugar, es necesario educarse en la contemplación, en esa forma de atención que sabe detenerse ante el misterio sin la prisa de reducirlo a categorías ya conocidas. La contemplación es lo contrario de la curiosidad: mientras que la curiosidad quiere poseer al otro a través del conocimiento, la contemplación quiere acoger al otro respetando su misterio.

 

Por último, hay que cultivar lo que San Pablo llama «ágape»: el amor que busca el bien del otro y no su propio beneficio. Solo una mirada animada por el amor puede esperar ver en el otro las potencialidades de bien que esperan ser reconocidas y llamadas a la existencia.

 

Se trata, pues, de aprender a ver con los ojos de Jesús «Bienaventurados los de corazón puro, porque verán a Dios» (Mt 5,8). Esta bienaventuranza no se refiere solo a la visión escatológica, sino también a la capacidad de reconocer a Dios presente en la historia, oculto en los rostros de las personas con las que nos encontramos cada día.

 

Quien ha aprendido a ver con ojos purificados por el amor es capaz de reconocer en cada persona el reflejo de la imagen divina. Éste es el mayor desafío: aprender a ver a cada persona con los mismos ojos de Jesús, reconocer en cada persona no solo lo que es, sino también lo que puede llegar a ser si la semilla de infinito que lleva en su interior es reconocida, respetada y alimentada con paciencia y dedicación.

 

En un mundo que tiende a reducir a las personas a funciones, a estadísticas, a categorías, redescubrir la cualidad contemplativa y transformadora de la mirada cristiana puede representar una revolución antropológica silenciosa pero decisiva.

 

Porque, como nos recuerda Romano Guardini, «el amor verdadero comienza siempre con un acto de reconocimiento: solo quien sabe ver al otro verdaderamente puede esperar amarlo auténticamente».

 

En el amor, la mirada se purifica y se vuelve capaz de esa ternura que sabe ver la belleza incluso donde otros solo ven problemas. Esta es la mirada que Jesús dirige a cada persona: una mirada benevolente, mansa y penetrante, que reconoce en cada criatura el reflejo de la gloria divina.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Jesús alzó los ojos - apuntes de la pedagogía de Jesús sobre el ver -.

Jesús alzó los ojos - apuntes de la pedagogía de Jesús sobre el ver -

«Al levantar los ojos, vio una gran multitud que venía hacia él» (Jn 6,5).

 

Este sencillo gesto —levantar los ojos— recorre los Evangelios como un hilo conductor que une momentos decisivos de la vida de Jesús.

 

Antes de la multiplicación de los panes, antes de la oración al Padre, antes de llamar a Lázaro desde la tumba, antes de la Última Cena: siempre este gesto inicial, esta apertura primordial al mundo que le rodea.

 

Pero, ¿qué ocurre realmente cuando Jesús «alza los ojos»?

 

No se trata de un simple movimiento muscular, sino de un acto intencional cargado de significado antropológico y teológico.

 

Alzar los ojos significa elegir acoger la realidad en lugar de sufrirla, significa abrirse al encuentro en lugar de encerrarse en la propia interioridad, significa reconocer que el mundo no es simplemente un escenario para nuestras acciones, sino un conjunto de presencias que merecen atención y respeto.


Jesús no «gira la cabeza para controlar» ni «escudriña para identificar», sino que «alza los ojos»: un movimiento que va de abajo hacia arriba, del cierre a la apertura, de la concentración a la disponibilidad.

 

Es el movimiento opuesto al de quien baja la mirada para evitar el encuentro, para sustraerse a la relación, para proteger su intimidad emocional.

 

Este levantar los ojos revela una actitud existencial fundamental: la confianza primordial en el mundo.

 

Para Jesús, abrirse a la realidad circundante nunca es un riesgo que hay que calcular, sino un don que hay que acoger. Incluso cuando lo que vea sea dolor, incomprensión, hostilidad, su primer movimiento sigue siendo siempre el de la apertura confiada.

 

Por ejemplo en el episodio de la multiplicación de los panes: «Entonces Jesús, alzando los ojos, vio que una gran multitud venía hacia él y dijo a Felipe: “¿Dónde podremos comprar pan para que estos coman?”» (Jn 6,5).

 

Antes de cualquier valoración racional de la situación (cuánta gente, cuántos recursos disponibles, qué estrategias posibles), hay este puro acto de acogida visual.


Jesús ve a la multitud no como un problema que resolver, sino como una realidad que reconocer, como un conjunto de personas, cada una de las cuales merece ser vista en su concreción y dignidad.

 

Una de las características más sorprendentes de la mirada de Jesús es su capacidad de acoger antes de juzgar, de reconocer antes de evaluar.

 

Cuando alza los ojos hacia la multitud, hacia los discípulos, hacia cualquiera que se acerque, su primera actitud nunca es la del censor que escudriña para encontrar defectos, ni la del seleccionador que distingue entre merecedores y no merecedores.

 

Esta prioridad de la acogida sobre el juicio tiene profundas raíces teológicas.

 

La mirada de Jesús participa de la mirada creadora del Padre, de aquella mirada que en el principio «vio todo lo que había hecho, y he aquí que era muy bueno» (Gn 1,31).

 

Antes de toda consideración moral, antes de toda valoración ética, está el reconocimiento ontológico: esta realidad existe, esta persona es, este momento tiene dignidad por el mero hecho de estar presente ante mí.

 

Para los cristianos, por ejemplo, esta lección es de capital importancia.


En un contexto cultural que tiende a categorizar prematuramente todo y a todos (pecador, santo, bueno, malo, mediocre, afín, lejano,…), la mirada de Jesús enseña una forma diferente de abordar las cosas.

 

Antes de cualquier etiqueta, antes de cualquier diagnóstico, hay una necesidad de un puro acto de reconocimiento: esta persona está aquí, ante mí, con su historia irrepetible, con sus potencialidades únicas, con su misterio personal que merece respeto y atención.

 

La expresión «alzó los ojos» aparece en los Evangelios también en contextos de oración: «Dicho esto, Jesús alzó los ojos al cielo y dijo: “Padre, ha llegado la hora: glorifica a tu Hijo para que el Hijo te glorifique a ti”» (Jn 17,1).

 

Aquí el movimiento de la mirada revela una dimensión contemplativa que atraviesa toda la existencia de Jesús: la capacidad de reconocer en cada momento, en cada encuentro, en cada situación, la presencia actuante del Padre.

 

Esta dimensión contemplativa no está separada de la actividad cotidiana, sino que la anima desde dentro.

 

Cuando Jesús alza los ojos hacia la multitud, está simultáneamente mirando rostros concretos y reconociendo en ellos el reflejo del amor paterno. Cuando alza los ojos al cielo, no está evadiendo la realidad terrenal, sino situando cada gesto humano en su horizonte último de sentido.


Romano Guardini escribió que «la contemplación no es un lujo para almas refinadas, sino la forma más elevada de realismo, porque es la única modalidad de conocimiento que capta la realidad en su relación con el Absoluto».

 

La mirada contemplativa de Jesús nos muestra cómo es posible vivir en el mundo sin ser del mundo, cómo es posible estar completamente inmersos en la concreción de la historia humana permaneciendo siempre abiertos a la dimensión trascendente.

 

Hay una progresión en el acto de mirar que los Evangelios describen con gran sutileza.

 

Se comienza con el «levantar los ojos», se continúa con el «ver», se llega al «reconocer».

 

Esta secuencia no es simplemente cronológica, sino ontológica: describe los grados a través de los cuales una mirada superficial se transforma en mirada contemplativa.

 

En el episodio de los discípulos de Emaús, esta progresión se vuelve paradigmática: «Cuando se sentó a la mesa con ellos, tomó el pan, dio las gracias, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron» (Lc 24,30-31).

 

El reconocimiento final viene preparado por todo un camino de apertura progresiva de la mirada, por una educación gradual del ojo interior.


Esta dinámica sugiere que la formación de la mirada del creyente no puede ser apresurada.

 

Como toda auténtica maduración humana, también la capacidad de ver verdaderamente requiere tiempo, paciencia y un acompañamiento respetuoso. No se trata de imponer a nadie nuestras perspectivas, sino de ayudar a todos a desarrollar esa calidad de la atención que permita reconocer y nombrar la belleza, la verdad y la bondad presentes en el mundo.

 

Todos vivimos inmersos en lo que podríamos llamar un «bombardeo visual»: imágenes que se suceden rápidamente, estímulos que captan la atención sin requerir concentración, contenidos que consumen la mirada en lugar de alimentarla.

 

En este contexto, recuperar la cualidad contemplativa de «levantar los ojos» representa un desafío decisivo.

 

No se trata de demonizar las tecnologías digitales. Así como Jesús sabía alternar momentos de intensa actividad apostólica con momentos de retiro contemplativo, así necesitamos aprender a modular los ritmos de nuestra mirada: momentos para la velocidad y momentos para la lentitud, espacios para la actividad y espacios para la contemplación.

 

El ejemplo de Jesús que «alza los ojos» puede convertirse en una poderosa metáfora cristiana hoy: significa educarnos a elegir qué mirar, a dedicar tiempo y atención a las realidades verdaderamente importantes, a no dejarnos arrastrar por el flujo indiscriminado de imágenes.

 

Significa aprender a ser capaces de lo que podríamos llamar «ayuno visual»: la capacidad de sustraernos a veces del consumo compulsivo de estímulos para redescubrir la profundidad de la mirada contemplativa.


La pedagogía de la apertura confiada detrás del gesto de «levantar los ojos» hay una enseñanza precisa: la convicción de que el mundo, a pesar de sus contradicciones y sus sufrimientos, sigue siendo fundamentalmente bueno, digno de ser mirado, capaz de revelar rastros de belleza y de sentido.

 

Esta confianza primordial no es ingenuidad, sino sabiduría: es la conciencia de que solo quien sabe abrirse con valentía a la realidad puede esperar transformarla.

 

Para los cristianos esto significa presentarnos no como censores que filtramos preventivamente la realidad, sino como acompañantes que ayudan a desarrollar las herramientas críticas y espirituales necesarias para afrontar el mundo en su complejidad.

 

Significa educarnos en la responsabilidad de nuestra propia mirada, en la conciencia de que todo acto de ver es también un acto ético: podemos elegir mirar para poseer o para amar, para juzgar o para comprender, para consumir o para contemplar.

 

El simple gesto de «levantar los ojos» encierra en sí toda una pedagogía del encuentro.

 

Jesús nos enseña que toda relación auténtica comienza con este movimiento primordial de apertura confiada a la realidad del otro. No podemos evangelizar si antes no hemos aprendido a ver, y no podemos ver verdaderamente si no tenemos el valor de levantar la vista de nuestro pequeño mundo para acoger la amplitud y la complejidad del mundo entero.


En la era de la realidad virtual y de las pantallas que median en cada experiencia, redescubrir la sencillez y la profundidad de este gesto puede suponer una revolución silenciosa pero decisiva.

 

Educarnos para que aprendamos a «levantar los ojos» significa aprender a ser personas capaces de una presencia auténtica, de una relación verdadera, de una contemplación fecunda.

 

Como escribía Simone Weil, «la atención es la forma más rara y más pura de la generosidad».

 

Cuando Jesús alza la mirada, siempre realiza un acto de generosidad: ofrece su atención como un don, pone a disposición la calidad de su mirada como un espacio de acogida.

 

Es esta generosidad contemplativa la que estamos llamados a dar testimonio y a transmitir. Ojalá aprendamos a levantar la mirada con confianza hacia el mundo que tanto ha amado y sigue amando Dios hasta entregarle a su Hijo (cf. Jn 3, 16).

 

Acabo ya.

 

«Alzad vuestros ojos y mirad los campos: ya están maduros para la siega» (Jn 4,35). En estas palabras de Jesús resuena la invitación permanente que recorre todos los Evangelios: la realidad es siempre más rica de lo que nuestros ojos cerrados pueden imaginar, pero solo quien tiene el valor de levantar la mirada puede esperar reconocer su belleza oculta.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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