viernes, 15 de mayo de 2026

La esperanza: una lección de la Trinidad - San Juan 3, 16-18 -.

La esperanza: una lección de la Trinidad - San Juan 3, 16-18 -

«La esperanza no defrauda», escribía el Apóstol San Pablo a los cristianos de Roma. ¡Cuántas veces dan ganas de devolverle esa carta al remitente! ¿Cómo puedes esperar en un futuro cuando una grave enfermedad te está consumiendo o te han arrebatado prematuramente a un hijo? ¿Cómo puedes esperar en un futuro cuando la soledad se impone a los lazos y afectos en los que tanto has invertido, o cuando te decepciona un amigo?

 

Cuando la desgracia te oprime, mides toda tu impotencia. Las palabras de la gente de la Iglesia te suenan fuera de lugar. Nada puede cambiar. Dan ganas de decirle al Apóstol San Pablo: la esperanza defrauda. Con los discípulos de Emaús, nos gustaría decirle a Jesús: «Nosotros esperábamos».

 

«La esperanza no defrauda», repite San Pablo, no porque finalmente los acontecimientos confirmen tus expectativas, sino porque encuentras una fuerza que te permite asumirlos y atravesarlos sin maldecir la vida. ¡Cuántas situaciones en las que no se entiende cómo el brote de la esperanza puede seguir creciendo!

 

Hay situaciones que atestiguan que el futuro del hombre nunca está irremediablemente comprometido. ¿Por qué? Porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones.



Desde los primeros compases del Génesis, cuando la situación del hombre parecería sin retorno, Dios atestigua que el impulso de la aventura humana no está comprometido para siempre por un destino sin apelación.

 

Dios no se resigna a ver concluida para siempre esa aventura de comunión que vive en el seno de la Trinidad y de la que querría hacer partícipe a toda la humanidad. La alianza que estipula con el hombre nunca terminará en un callejón sin salida. Esto da al hombre motivo para esperar: la fe en Dios, para quien yo soy una pasión de amor.

 

Señor, ¿qué es el hombre para que te preocupes por él? En el seno de la Trinidad, las tres personas divinas no hacen más que repetirse: hagamos al hombre a nuestra imagen, un proyecto nunca definitivamente consumado porque yo estoy hecho para la eternidad: soy criatura - participio del latín “creare” -, es decir, tomo forma continuamente de las manos de Otro.

 

Esperar, por lo tanto, significa creer que ningún hombre es prisionero definitivo de su pasado. El hombre es mucho más que su experiencia innata de limitación; posee en sí mismo una huella de Dios que nadie puede llegar a borrar.


En realidad, Dios es el primero en esperar en el hombre. Nunca impone su amor: solo da los primeros pasos esperando nuestra respuesta. Nada merma su paciencia: ni nuestros retrocesos, ni nuestras infidelidades, ni nuestras traiciones. La esperanza, por tanto, no es un recurso del hombre, sino que nace en el corazón mismo de Dios.

 

No se basa en nuestros propios progresos ni en nuestras capacidades. La esperanza tiene un único fundamento: la confianza en la fidelidad de Dios. Por eso, para el creyente nunca hay nada absurdo. De hecho, incluso cuando el hombre llegara a tocar fondo, Dios no deja de suscitar hombres capaces de reavivar la esperanza de un pueblo.

 

Santo Tomás de Aquino, al considerar con asombro los diversos motivos de la encarnación, dice que el motivo principal es el de permitirnos esperar. La esperanza se ha hecho carne: Dios ha elegido venir a deleitarse entre los hijos de los hombres (Pr 8,31). Este es el rostro de Dios que nos ha revelado Jesús: un Dios que no desdeña la compañía de los hombres. Esto es lo que nos permite esperar.

 

La esperanza cristiana no es fruto de nuestra proyección hacia un más allá fantástico, casi un consuelo ante los acontecimientos dramáticos de la vida. La esperanza es la gracia de saber discernir en nosotros y a nuestro alrededor los brotes de nuevas oportunidades, el inicio de nuevos comienzos.


Incluso el fracaso se convierte en revelación del misterioso y único camino posible para el hombre, el mismo itinerario pascual recorrido por Jesús. El fracaso nos invita a descubrir aquello para lo que estamos hechos, a elegir entre la loca ambición de querer realizarnos con nuestras propias fuerzas y nuestra verdadera grandeza: la de dejarnos amar, de dejarnos llevar a la plenitud por un Dios que tuvo la extraña idea de pasar por el fracaso de la cruz para dar sentido a todas nuestras desesperanzas.

 

El Espíritu de la verdad os guiará a la verdad plena (Jn 16,12-13). El Espíritu Santo nos ayuda a reconocer que cada acontecimiento, incluso la muerte, una enfermedad, un momento de prueba, no es más que un velo que hay que levantar para llegar a una visión diferente de las cosas. Pero esto, cada uno debe hacerlo por su cuenta.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La relación: una lección de la Trinidad - San Juan 3, 16-18 -.

La relación: una lección de la Trinidad - San Juan 3, 16-18 -

Quizá también nosotros formemos parte de aquel grupo de personas que consideran el misterio de la Trinidad como algo ajeno a la experiencia humana, una realidad que concierne a Dios y solo a Él, encerrado en su bienaventurada eternidad.

 

Pero, si lo pensamos bien, no hay nada más cercano a nosotros que lo que profesamos cuando reconocemos a Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo.

 

¿Por qué el encuentro con alguien nos seduce cada vez como si fuera la primera vez? ¿Por qué tanta inversión en querer descubrir qué se esconde detrás de un rostro, detrás de una persona? ¿Por qué, por mucho que podamos estar desilusionados por experiencias negativas del pasado, de hecho, cuando alguien asoma en nuestra vida atrae el interés y cataliza energías como ninguna otra cosa en el mundo?

 

No podría ser de otra manera. Cuando salimos de las manos de Dios, de hecho, fuimos moldeados en la relación: «No es bueno que el hombre esté solo», había exclamado Dios.


En el principio, la relación. Así es. Y cuando digo «en el principio» no me refiero a algo que se remonta a un pasado lejano, sino a algo que sigue ocurriendo porque es una especie de rasgo universal de la historia.

 

Si las manos del Padre nos creaban, esto ocurría mirando a la imagen del Hijo mediante el soplo vital del Espíritu Santo.

 

Es una seña de identidad el hecho de que estemos hechos para la relación y solo cuando finalmente nos vemos reconocidos y acogidos saboreamos la paz, como si volviéramos a ser moldeados como en la mañana de la creación.

 

Realmente nos parece tocar el cielo con un dedo si saboreamos la alegría de un encuentro en el que sabemos que podemos ser nosotros mismos. Experimentamos una auténtica salida de nosotros mismos, un éxtasis.


Cuando eso no ocurre, se ve minada nuestra propia identidad, aquello para lo que fuimos pensados y deseados, un auténtico infierno. Cuando nos parece que la única salida de ciertos atolladeros es retirarnos resentidos, fallamos al proyecto de los orígenes, haciendo caso a quienes desde siempre han querido sembrar división y enfrentamiento.

 

Si contemplar el misterio de Dios nos lleva a concluir que no es posible vivir sin el otro, el escuchar la voz del que nos divide nos convence, en cambio, de que «el infierno son los demás».

 

¿Qué ocurre, de hecho, en la relación? Que somos reconocidos en nuestra igualdad, pero también en nuestra singularidad. Exactamente como las tres personas divinas, que son iguales y distintas, iguales en cuanto a la naturaleza, distintas porque el Padre no es el Hijo ni es el Espíritu Santo.

 

Así comprendemos por qué tanta insistencia por parte del Apóstol San Pablo en «tener los mismos sentimientos, vivir en paz». Es la única manera de no fracasar en nuestra existencia.


En el encuentro con el otro, cuando este es auténtico, percibimos una especie de terreno común —nos une, precisamente, la misma humanidad—, pero al mismo tiempo nos sentimos acogidos en nuestra diferencia, con nuestra historia única, con nuestro rostro inconfundible, con nuestros sueños y con nuestras heridas.

 

Cuando alguien nos conoce por nuestro nombre (con todo el valor que tiene una experiencia así), se manifiesta lo que Dios hace con cada uno de nosotros: ninguno de nosotros ante Él será jamás un número o una sigla o un algoritmo si es cierto que nuestro nombre está escrito en la palma de su mano (cf. Is 49,16).

 

Cuando alguien presta atención a nuestro rostro con toda la carga de fatiga y alegría que de él se trasluce, ¿qué es eso sino ser iluminados por la luz misma de Dios?

 

Cuando alguien se preocupa por nuestra historia, ¿qué es eso sino perpetuar la obra de Dios, que nunca relega a ninguno de nosotros al olvido?


Cuando alguien respeta los caminos personales, ¿qué es eso sino continuar la obra de Dios ante quien nunca seremos una masa indistinta?

 

Si para el Padre, el Hijo y el Espíritu ser alguien no es encerrarse en uno mismo contrayéndose en la propia identidad, sino salir de sí hacia el otro para que este exista, de ello se deduce que la verdadera persona no es el individuo preocupado solo por sí mismo.

 

Se es persona en la medida en que se descubre y se vive la propia vocación a la relación y a la comunión. No es casualidad que la palabra «existir» signifique salir de uno mismo. De otro modo, no es posible.

 

Hacer memoria de la Trinidad también significa revisar toda nuestra forma de relacionarnos: ¿qué huellas llevan nuestras relaciones, y nuestro estilo de relacionarnos, con la relación entre las tres personas divinas?


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El Dios digno de confianza - San Juan 3, 16-18 -.

El Dios digno de confianza - San Juan 3, 16-18 -

El amanecer, una montaña y, entre las manos, unas tablas de piedra. Que arden. Están al rojo vivo, como las dos tablas de la Ley que se hicieron añicos con furia ante la traición de su pueblo.

 

Están al rojo vivo, con ese fuego que habita en el corazón de las cosas cuando estas conllevan grandes responsabilidades. Están al rojo vivo porque Moisés siente que lleva sobre sus hombros el peso de todo el pueblo que, de alguna manera, está intentando confiar en él. Y también en confiar en ese Dios con el que Moisés dice hablar. Esas piedras están al rojo vivo porque Moisés lo intuye: también la nueva ley será quebrantada, siempre será así, toda ley, de alguna manera, autoriza la traición.

 

En el fondo tienen razón, piensa Moisés, ¿cómo se puede obedecer a unas tablas de piedra? ¿Cómo se puede ser fiel a un código de normas?

 

Entonces el Señor desciende de la nube, y Moisés no se lo esperaba. Ninguna nueva regla, el Señor desciende y se detiene junto a Moisés y le revela su nombre. Y Moisés deja caer las dos tablas, y empieza a comprender.


Que las diez palabras no son solo leyes que hay que respetar, son las notas de una sinfonía, son el comienzo de una danza, son puertas que se abren a una nueva conciencia. Moisés, al ver al Señor descender de la nube y entregarse a su criatura, comprende que la verdad no es una regla, sino el acercarse a cada hombre; comprende, Moisés, en un instante, el corazón de esas diez palabras que, si se dejan en la piedra, no sirven para nada, pero si se dejan libres para encarnarse, pueden transformar a los hombres de una manada confusa en compañeros de viaje.

 

Diez palabras para inaugurar lazos de amistad, para permitir que las relaciones transformen la vida: y entonces no le robo nada a quien amo, y no porque esté escrito en algún código, sino porque siento un afecto sincero por quien vive a mi lado. Porque cuando alguien toma algo mío, me siento violado. Y porque me siento unido a mi hermano, a todo ser viviente, siento que formamos parte del mismo destino.

 

Y si consigo detenerme en la casa del hermano, seré huésped y no tendré interés en matarlo, en traicionarlo, en utilizarlo. Y si entrego mi nombre a alguien, significa que sabré amar entregando todo de mí. Y esto basta, y ya no me importa si está escrito en algún decálogo, ya no es importante ser obediente, es urgente y fundamental intentar ser feliz.

 

Moisés comprende que él no cree en el Señor porque ha leído el decálogo, sino porque se ha sentido amado. Y entonces, o la Ley ayuda a amar a Dios, a los demás e incluso a uno mismo, o la Ley misma no será más que otro ídolo, la excusa para sentirse justos.


Pero el Señor ha descendido de la nube y se ha acercado, eso es lo que cuenta, y quiere que también nosotros comencemos a creer y confiar en la posibilidad de la cercanía. Y caminar ligeros en los ojos de un amigo, como el Señor está haciendo con Moisés, y dejar un buen aroma de misericordia y piedad, de paciencia, de amor y de fidelidad.

 

Las manos de Moisés están vacías, las tablas de piedra se han caído, ya no sirven, han acompañado hasta allí, hasta un encuentro. No se puede ordenar amar, no es la Ley la que puede dar felicidad, el decálogo es una indicación del camino, es el relato de la trayectoria que lleva al Señor, a uno mismo y a los hermanos.

 

La verdad es un encuentro. No serán los diez mandamientos aprendidos de memoria los que conviertan, no será la catequesis, ni siquiera la Misa, y mucho menos esta reflexión mía; todo es signo, trayectoria; en el corazón de todo hay un encuentro.

 

Moisés comprende que a sus hermanos no debe llevarles un documento divino, sino un rostro luminoso, el bello rostro de un enamorado, los ojos brillantes de quien ha experimentado el brillo de un Dios que, descendido de la nube, se expuso a dejarse encontrar.


Moisés seguirá llevando las dos tablas de piedra, pero comprende que hay que acercarse mucho, muchísimo a esas piedras, físicamente, cerca, tan cerca que se pueda leer palabra por palabra, tan cerca que se pueda leer letra por letra, tan cerca de cada letra que ya no se reconozca, que solo se vea un surco en la piedra, como un sendero, y entrar en ese surco y caminar hacia el fuego de amor que ha grabado para siempre Su Fidelidad a nuestra libertad.

La verdad exige siempre el riesgo de un encuentro. No confiamos en las leyes, solo confiamos en las personas que nos aman.

 

«Dios amó tanto al mundo que dio a su Hijo». Como si el Señor hubiera comprendido la ambigüedad de la letra. Basta ya de reglas, basta ya de enseñanzas, basta ya de explicaciones.

 

Lo que se ha escrito y lo que se escribirá deberá releerse a la luz de la decisión divina de entregarse al hombre. A cada hombre. Jesús es el Amor hecho carne, es el mensaje definitivo; el hombre no es solo una criatura entre las criaturas, sino el espacio de la entrega de Dios al mundo. La Escritura recuerda la verdad grabada en la carne.

 


«Todo aquel que cree en Él». Creer en Él no como un acto de obediencia a una doctrina, sino como la conciencia sobrecogedora de ser la generación presente de Dios, de ser el espacio en el que el Señor graba su presencia en el mundo.
 

Creer es sentir que soy el fragmento de mundo que puede generar la proximidad divina a la creación. Si no creo en ello, ya estoy perdido, condenado por mi obtusa pretensión de creer en un Dios comprensible fuera de mí mismo. Si me acojo a mí mismo, si asumo mi carne y mi sangre como sacramento del Eterno, como espacio sagrado en el que el Señor, tras descender de la nube en la que lo había confinado, se detiene y me entrega su nombre, es decir, entra en mi carne, en ese momento creo.

 

Creo en mí, creo en un mundo que amar, creo en un Dios que no hay que explicar sino respirar, creo que soy el espacio elegido por el Amor para establecer su morada en el mundo.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Confesión enamorada al Dios trinitario - San Juan 3, 16-18 -.

Confesión enamorada al Dios trinitario - San Juan 3, 16-18 -

Yo creo que nos basta con saber que Tú, Padre, sigues amando este mundo, que sigues dando a luz a tu Hijo por nosotros, que sigues siendo nada más que Padre y Madre, y que no te has cansado de ser Tú mismo.

 

Nos basta con saber que el mundo es amado, porque nosotros no siempre lo conseguimos, nos cansamos, nos aburrimos, nos parece que todo ya se ha dicho, hecho y escrito y que no se avanza ni un paso.

 

Nos basta con pedir sentir la forma trinitaria del Amor que aún ama, hasta lo más profundo, como la savia que empuja hacia una yema que dará fruto.

 

Necesitamos saber que ahora Tú eres Trinidad, que en nuestras noches estás ahí para decirnos que aún amas a la Creación, que aún nos amas a nosotros, que amas incluso a las plantas, y a los pájaros, a los peces, a los perros, y también a los pecadores, y a los asesinos, y a todo lo que aparece en la lista de lo visible y de lo invisible. Y que hacer distinciones de amor no es cosa tuya.

 

Que todo es amado. Esto es trinitario. Así que entonces nos perdemos en esta inmensidad, nos sentimos como una rama seca que interrumpe el flujo del milagro constante.


Nos basta con saber que el mundo sigue siendo amado, ésta es nuestra fiesta de la Trinidad.

 

Nos basta con saber que plantados en el corazón de nuestros instintos o de nuestros pecados, nos basta con saber que el Hijo sigue ahí, esperándonos, para decirnos que se puede renacer, que hay que renacer, es más, que esta muerte en la que enredamos cada buen propósito es esencial para renacer y renacer de nuevo.

 

Nos basta con saber que siempre habrá un lugar cálido como un hogar, escondido en el punto más lejano de nuestra historia, en el que Tú nos susurras que basta con un poco de ganas de vivir de verdad.

 

Nos basta con saber que nada se pierde, ni nadie. No solo nuestros seres queridos. Necesitamos que Tú nos sigas diciendo que nada de esta extraña historia que es nuestra vida se deslizará fuera del corazón divino e infinito. Nada que se deslice hacia la Nada.

 

Nos basta con saber que Tú no perderás a las personas que nosotros hemos perdido; necesitamos creer que recuperaremos incluso los recuerdos que hemos perdido porque Tú eres el Custodio de todas las cosas. Quien cree ya es eterno. Quien ama ya es eterno.


Necesitamos creer que el mundo está creado para ser salvado, que la verdadera condena es no creer que se pueda ser digno de ser amado. Por eso enviaste a tu Hijo unigénito, y sigues enviándolo por eso. ¿No debería el Espíritu Trinitario decir siempre y solo esto? ¿No debería la Iglesia resplandecer precisamente por esta razón? Somos amados, esto salva; que cada uno se sienta digno de ser amado por lo que es.

 

Quien no cree que este amor es más fuerte que nuestras miserias ya está condenado a una vida de infierno aquí y, lo que es más grave, condena a quienes le rodean a un pesimismo pesado y mortífero.

 

A nosotros nos basta con saber que Tú aún nos amas y que nosotros no debemos hacer nada más que darnos cuenta de esta misteriosa voluntad tuya. Si luego conseguimos que las personas con las que nos encontramos se sientan amadas, si conseguimos no condenar nunca nada ni a nadie, si conseguimos mirar el mundo sintiendo con seguridad que cada mínima realidad sobre la que se posa nuestra mirada ya ha sido amada desde lo más profundo, entonces, en ese momento, seremos libres. 


Y agradecidos.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Dios es el don de los dones - San Juan 3, 16-18 -.

Dios es el don de los dones - San Juan 3, 16-18 -

La Iglesia profesa la Trinidad de Dios siempre, en cada Liturgia, pero recientemente se ha sentido la necesidad de instituir una fiesta teológico-dogmática, que no es conocida ni en la antigüedad cristiana ni, hasta ahora, en la tradición cristiana oriental.

 

Es, sin embargo, una ocasión para la alabanza, el agradecimiento y la adoración del misterio de nuestro Dios, comunión de amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

 

A algunos les puede sorprender que el texto evangélico elegido por la Iglesia para esta fiesta hable de manera manifiesta solo del Padre y del Hijo, mientras que parece guardar silencio sobre el Espíritu Santo.

 

En realidad, el Espíritu está presente como amor de Dios» y como «compañero inseparable del Hijo, porque allí donde está escrito que «Dios amó tanto al mundo», el cristiano comprende que Dios amó al mundo con su amor, que es el Espíritu Santo del Padre y del Hijo.

 

Ha sido muy largo el camino de la revelación, y por tanto de la adhesión a ella por parte de los creyentes, en lo que respecta a la Trinidad de Dios. Pero no es ahora el momento de detenernos en esa historia.


No sé si es casualidad que, a menudo, para decir algo sobre la Trinidad de Dios, tras siglos sigamos recurriendo a la intuición de San Agustín, que ve en el Padre al Amante, en el Hijo al Amado y en el Espíritu el Amor que transita entre ambos.

 

Y San Bernardo de Claraval, por su parte, interpretaba la Trinidad de Dios como un beso «circular» y eterno: «El Padre da el beso, el Hijo lo recibe y el beso mismo es el Espíritu Santo, aquel que está entre el Padre y el Hijo, la paz inalterable, el amor indiviso, la unidad indisoluble» (Sermones sobre el Cantar de los Cantares 8,2).

 

La Trinidad de Dios no es una fórmula cristalizada y no es necesario nombrar siempre a las tres personas para evocarla: Padre, Hijo y Espíritu Santo son términos que indican una vida de amor plural, comunitario; son una comunión que intentamos expresar con nuestras pobres palabras, siempre incapaces de decir el misterio, de expresar la revelación de nuestro Dios.

 

El relato del Evangelio acontece en el contexto de la conversación nocturna entre Jesús y Nicodemo (cf. Jn 3,1-21), un «maestro de Israel» (Jn 3,10) que representa la sabiduría judía en diálogo con Jesús. Se trata de un diálogo arduo para Nicodemo, que tiene fe en Jesús pero le cuesta acoger la novedad de la revelación traída por este rabino «venido de Dios».

 

Jesús responde a las preguntas de su interlocutor, pero la última respuesta, la más larga, parece estar contenida en una meditación del autor del Cuarto Evangelio. ¿En estos versículos es Jesús quien habla o se trata de una meditación del Evangelista Juan?


En cualquier caso, son palabras de Jesús, ciertamente no reproducidas tal cual, sino meditadas, comprendidas y repetidas en el seno de una comunidad cristiana que ha tratado de creerlas y de vivirlas.

 

Así comienza el pasaje: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que crea en él… tenga vida eterna». Justo antes está escrito: «Es necesario que el Hijo del hombre sea levantado, para que todo aquel que crea en él tenga vida eterna» (Jn 3,14-15).

 

Estas dos afirmaciones son paralelas y se explican mutuamente. Para que todo ser humano pueda creer, adherirse al Hijo del hombre y poner su confianza en Él, es necesario que conozca el amor de Dios por toda la humanidad, por este mundo.

 

Ese amor de Dios tuvo su epifanía en un acto concreto, datado y localizado en la historia y en la tierra: un hombre, Jesús de Nazaret, nacido de María pero Hijo de Dios, fue levantado en la cruz, donde murió «habiendo amado hasta el final» (cf. Jn 13,1), y en ese acontecimiento todos pudieron ver que Dios ha amado tanto al mundo que le entregó a su único Hijo, «enviado por Él al mundo».

 

En aquella hora de la cruz, «la hora de Jesús», se manifestó más que nunca la gloria de Jesús como gloria de Aquél que amó hasta el final, narrando el amor de Dios a través de la ofrenda de su vida a todos, sin discriminaciones. Esa fue la hora de la exaltación del Hijo del Hombre, a quien todos los seres humanos, de todos los siglos y de todas las generaciones, miran como al «traspasado por amor» (cf. Zc 12,10; Jn 19,37; Ap 1,7).


He aquí el don de los dones de Dios: don gratuito, don de sí mismo, don irrevocable y sin arrepentimiento; un don que nunca hay que merecer, sino acoger con fe; un don hecho solo por un amor loco de Dios, que quiso hacerse hombre, carne frágil y mortal (cf. Jn 1,14), para estar entre nosotros, con nosotros, y así compartir nuestra vida, nuestra lucha, nuestra sed de vida eterna.

 

He aquí lo que ocurrió con la venida en la carne del Hijo de Dios y con la venida del Espíritu, que es siempre el compañero inseparable del Hijo; he aquí el misterio del amor de Dios vivido en comunión, comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

 

Ese mundo que a veces en el Cuarto Evangelio se lee bajo el signo del mal, del dominio de Satanás, «el príncipe de este mundo» (Jn 12,31; 16,11; cf. 14,30), aquí se lee como humanidad, como universo que Dios vio «como algo bueno» (Gn 1,4.10.12.18.21.25) y «muy bueno» (Gn 1,31), al que amó hasta la locura, hasta el don de sí mismo, don que le exigió despojo, pobreza, humillación.

 

Ser salvado significa pasar de la muerte a la vida definitiva, y esto es posible para quien acepta el don adhiriéndose a Jesús, aquel que da el Espíritu de vida. Este don loco de Dios al mundo no tiene como fin el juicio del mundo, sino su salvación: Dios quiere que la humanidad conozca la vida para siempre, la vida plena, que solo él puede darle.

 

Pero ante el don permanece la libertad humana. El don se ofrece sin condiciones, por lo que puede ser acogido o rechazado. Quien lo acoge escapa al juicio y vive la vida para siempre, pero quien no lo acoge se juzga a sí mismo. No es Dios quien juzga o condena, sino que cada uno, al acoger o rechazar el amor, entra en la vida o se aleja de la fuente de la vida, recorriendo un camino mortífero.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Donde hay amor allí está Dios - San Juan 3, 16-18 -.

Donde hay amor allí está Dios - San Juan 3, 16-18 -

El Domingo después de Pentecostés, los cristianos occidentales celebran el misterio de la Trinidad de Dios, del Dios uno y tres veces santo. Dios es una comunión de amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, una comunión que no permanece cerrada en sí misma, sino que se abre a nosotros, los hombres, llamados a acoger y a responder a ese amor. Y, como siempre ocurre en el cristianismo, la meditación sobre Dios parte del hombre Jesucristo, «el Hijo unigénito que ha dado a conocer a Dios» (cf. Jn 1,18).

 

En particular, la Iglesia nos invita a contemplar este misterio a través de la lectura de un breve pasaje tomado del capítulo tercero del Evangelio según San Juan. En los versículos que lo preceden se narra un diálogo entre dos maestros, el fariseo Nicodemo y Jesús, «el maestro que viene de Dios» (Jn 3,2).

 

Discuten sobre una cuestión difícil y, al mismo tiempo, crucial: la posibilidad de un auténtico renacimiento del hombre. Jesús afirma que esto solo puede ocurrir «desde lo alto» (Jn 3,3), por obra del poder de Dios, pero el otro no lo entiende… Jesús replica entonces que ese poder es el Espíritu de Dios, es Él quien puede obrar un nuevo nacimiento (cf. Jn 3,5-8).

 

Luego añade una revelación a primera vista enigmática: para que el Espíritu sea derramado por Dios sobre la humanidad, es necesario que Él, el Hijo del hombre, sea «elevado», como Moisés había elevado una serpiente de bronce durante el camino de Israel por el desierto (cf. Núm 21,4-9). Al mirar aquella imagen, el pueblo se salvaba de la muerte que le asolaba a causa de las serpientes venenosas: así como la serpiente era un signo de salvación, también lo será el Hijo del hombre una vez levantado de la tierra, y todo aquel que crea en él tendrá vida eterna (cf. Jn 3,14-15).

 

Pero, ¿qué significa «ser elevado»? Significa ciertamente ser elevado de la tierra, y Jesús lo será en la cruz (cf. Jn 8,28); pero significa también ser levantado por Dios (cf. Jn 12,32), quien tomará a Jesús en su gloria y lo proclamará Señor.


En definitiva, nos encontramos ante el anuncio central de nuestra fe, expresado en el lenguaje joaneo: el de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Por eso el evangelista siente la necesidad de interrumpir el relato para comentar el anuncio de Jesús, y lo hace con palabras que constituyen una especie de Evangelio dentro del Evangelio: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que crea en él no muera, sino que tenga vida eterna».

 

Con toda su vida entregada hasta la muerte en libertad y por amor a nosotros, con su paso entre nosotros haciendo el bien en el poder del Espíritu Santo (cf. Hch 10,38), Jesús nos ha narrado que «Dios es amor» (1 Jn 4,8.16); nos ha manifestado, en la concreción de una existencia humana, el acto gratuito con el que Dios ha elegido enviar al mundo a Él, su único Hijo, entregándose sin reservas a nosotros, los hombres.

 

Por eso Juan puede continuar: «Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por medio de él». Somos nosotros quienes nos juzgamos a nosotros mismos, al acoger o rechazar el amor vivido por Jesús…

 

 

Juan expresará de nuevo esta realidad en su Primera Carta, con palabras de contemplación que son el mejor comentario a las del Evangelio: «En esto se ha manifestado el amor de Dios por nosotros: Dios envió a su Hijo al mundo, para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no somos nosotros los que hemos amado a Dios, sino que es él quien nos ha amado y ha enviado a su Hijo como víctima expiatoria por nuestros pecados… Por esto sabemos que permanecemos en Dios y Dios en nosotros: por el Espíritu que él nos ha dado como don. Y nosotros hemos contemplado y damos testimonio de que el Padre ha enviado al Hijo como Salvador del mundo» (1 Jn 4,9-10.13-14).

 

Sí, el amor viene de Dios y llega a nosotros, los hombres, y no al revés: «amamos porque Dios nos amó primero» (1 Jn 4,19). Se nos pide, pues, que nos reconozcamos como criaturas amadas desde el principio por Dios en el poder de su Espíritu Santo, que «creamos en el amor» (cf. 1 Jn 4,16), manifestado definitivamente en el Hijo Jesucristo.

 

Al acoger ese amor, nos hacemos capaces de ejercerlo a nuestra vez, amándonos unos a otros: así es como el amor de Dios puede difundirse y manifestarse en la historia. En verdad, como canta un antiguo himno de la Iglesia, «donde el amor es verdadero, allí está Dios».


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El amor es el distintivo del Dios cristiano - San Juan 3, 16-18 -.

El amor es el distintivo del Dios cristiano - San Juan 3, 16-18 -

El Evangelio afirma que «tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito» (Jn 3,16): lo que subraya la modalidad del amor de Dios.

 

¿Cómo amó, pues, Dios? Amó dando. No tomando para sí, no haciendo suyo, no apoderándose, sino dando. El verbo amar lo usamos a menudo en el sentido de aspirar a poseer, de querer hacer nuestro. Dios ama dando.

 

¿Y qué dio Dios? No un objeto, sino al Hijo. Al dar al Hijo, el Padre pone en riesgo su propio ser de Padre. El verdadero don es el riesgo de uno mismo. Es un riesgo excesivo que llega a dar vida a otros. El verdadero don es el propio donante. Cualquier otro don que sea menor que esto es un don inadecuado.

 

Por lo tanto, Dios ama dándose a sí mismo. Una vez más: ¿cómo amó Dios? Ese «tanto» subraya la continuidad del don de Dios con el gesto que realizó Moisés en el desierto al levantar la serpiente: «como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que sea levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna» (Jn 3,14-15).


Hay una forma del amor de Dios que se manifiesta como fidelidad: la fidelidad de Dios al pueblo con el que se ha unido en alianza, la fidelidad a la historia que ha recorrido con el pueblo, la fidelidad a su Nombre, en el que la medida de la misericordia supera con creces la medida del juicio (cf. Éx 34,7).

 

Se trata de fidelidad al pueblo infiel y de amor por el pueblo que no le corresponde: la fidelidad y el amor de Dios se convierten en su compromiso, en su responsabilidad para con los hombres. Solo así el amor de Dios es verdaderamente para el mundo, para toda la humanidad, para cada hombre. Y solo así su amor, unilateral e incondicional, no condena, sino que salva.

 

Por tanto, el amor con el que Dios amó está hecho de fidelidad y de responsabilidad. Y subrayo la forma verbal: amó. Se trata de una acción puntual que tuvo lugar históricamente en un momento histórico concreto. El amor tiene una forma histórica, concreta.

 

El don, es decir, el Hijo Jesucristo, aquel que fue dado, es quien a su vez se da, se entrega; es quien ama de manera concreta a los suyos y los ama hasta el final. El Dios que ama dando es narrado por el Hijo, quien a su vez ama dándose, y dándose con fidelidad a los suyos a quienes ama, haciendo del amor su compromiso, su voluntad, su responsabilidad hacia ellos.

 

Y el Hijo es también aquel que da el Espíritu, que entrega el Espíritu («Inclinando la cabeza, entregó el Espíritu»: Jn 19,30) y, a su vez, el Espíritu, don del Dios altísimo, se convierte en el «dador de dones». El Espíritu derrama dones e inspira y suscita el acto mismo de dar en los creyentes y en la comunidad cristiana. Él es el don por excelencia prometido a la oración de los creyentes (Lc 11,13).

 

El modo de vida trinitario es el de la entrega. Y este es también el culmen del amor de los creyentes: «No hay mayor amor que este: dar la vida por los amigos» (Jn 15,13).


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La extroversión es la manera de ser de Dios - San Juan 3, 16-18 -.

La extroversión es la manera de ser de Dios - San Juan 3, 16-18 -

La intención de la liturgia del domingo siguiente a Pentecostés, que tiene como eje central la Trinidad, es la de una celebración doxológica de la acción del Dios trinitario, que en realidad siempre está en el centro de toda celebración.

 

Las lecturas de hecho, y sobre todo el pasaje evangélico, nos orientan hacia la contemplación del Dios extrovertido, del Dios que se comunica al hombre, del Dios cuyo amor es para el mundo, en definitiva, del Deus pro nobis. El dogma trinitario no es otra cosa que el esfuerzo por llegar hasta el fondo de la afirmación joanea según la cual “Dios es amor” (1 Jn 4,8).

 

El Dios bíblico, el Dios narrado a través del rostro humano de Jesús de Nazaret, es el Dios que se hace, que cambia. Y se hace y cambia porque es un Dios en relación y que, en la relación, ama. Y el amor hace que se haga, que se ponga en camino.

 

Cuando se dice, hablando de la Trinidad, que Dios es amor y relación en sí mismo, ¿qué se indica sino que Dios tiene una vida en sí mismo, una vida interior? Y que la historia, como contacto y relación con los demás, con el pueblo, con los humanos, lleva a Dios a hacerse: a hacerse manso, capaz de perdonar, humano.

 

La historia de Dios en la Escritura es la Escritura del Dios que se hace humano; esto es la encarnación, el hecho de que Dios se haga humano. Dios se hace humano, tal como es humano Jesús de Nazaret, el Hijo sobre quien descansa el Espíritu de Dios y, por tanto, la verdadera narración trinitaria.


El Dios trinitario es el Dios en relación con los hombres, pero también y al mismo tiempo el que vive la dimensión interior de la relación.

 

Hablar de la Trinidad de Dios no es, por tanto, adentrarse en meandros teológicos abstractos y demasiado elevados, sino significa decir que el Dios bíblico tiene una historia, vive en una historia, se revela y se entrega a los humanos, y que esta historia influye en Dios, estos humanos influyen en Dios.

 

No es casualidad que este pasaje evangélico de hoy comience literalmente con estas palabras: «Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito». Así, se subraya la modalidad del amor que implica la manera de ser de Dios.

 

Hay una forma de ser de Dios y de su amor que es ante todo fidelidad. Fidelidad de Dios al pueblo con el que se ha unido en alianza, a la historia vivida con el pueblo, a los nombres humanos —Abraham, Isaac, Jacob— y a cada uno de los rostros y nombres de los hijos de Israel a los que Dios ha unido su Nombre.

 

Una fidelidad en la que la medida de la misericordia supera con creces la medida del juicio (cf. Éx 34,6-7). Se trata de fidelidad hacia quien es infiel y de amor hacia quien no la corresponde: la fidelidad y el amor de Dios se convierten en su responsabilidad hacia los pecadores.


El amor de Dios por el hombre es unilateral.

 

Solo así el amor de Dios es verdaderamente para el mundo, para toda la humanidad, para cada ser humano. Y solo así su amor, unilateral e incondicional, no condena, sino que salva, como subraya el pasaje evangélico. Tanto amó Dios.

 

La forma verbal del verbo amar, en pasado, remite a un acontecimiento histórico concreto: la muerte en la cruz de Jesús (cf. Rom 5,8) . El amor de Dios manifestado en la cruz toma la forma del escándalo, del exceso que, en su unilateralidad y desmesura, trastoca los parámetros humanos de reciprocidad, correspondencia y contraprestación del amor.

 

El Dios trinitario es el Dios que no está sin el hombre. Y el hombre, situándose por la fe en Jesús y dejándose guiar por el Espíritu, habita en el ágape, el amor, y así conoce la comunión con Dios. Con el Dios que es amor. El ágape, de hecho, es el corazón de la vida trinitaria.

 

Y aquí se capta el último momento de este itinerario del devenir de Dios narrado en la encarnación, en la vida y muerte de Jesús de Nazaret. Es decir, este acto de amor hecho persona y vida de Jesús de Nazaret, convertido en Él en narración existencial, exige una conversión también por parte de los creyentes.



Jesús, como don de Dios, es sacramento y narración del amor de Dios y, en el itinerario de Dios al hombre, el amor del Padre (el Donante) se convierte en el amor del Hijo (el Don que se entrega a sí mismo) y se convierte en amor en el hombre (el donatario).

 

El don que es Jesús es asimétrico, no busca reciprocidad: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo» (Jn 15,9); «Como yo os he amado, así amaos también vosotros los unos a los otros» (Jn 13,34): el movimiento de la donación divina no se convierte en un círculo asfixiante y cerrado en un «yo-tú, tú-yo» sino que permanece abierto a un «vosotros».

 

Este don es des-centrante, nunca auto-referencial: se resuelve en el servicio y en la vida. La salvación, no la condenación, es el fin del envío del Hijo por parte del Padre (cf. Jn 3,17). Esta es la intención paterna de Dios, el sentido de su amor que se expresa en el don del Hijo.

 

Y esta acción divina es normativa para nosotros. También la Iglesia es enviada entre los hombres no para juzgarlos, sino para ser signo de salvación y para contarles lo único salvífico y necesario: la misericordia de Dios.

 

Ante personas que a menudo sienten la vida como una condena, la Iglesia tiene la tarea de contar la misericordia divina, de realizar una obra de liberación, de dar sentido, aliento y habitabilidad.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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