miércoles, 21 de octubre de 2026

Una sinfonía de colores - Todos los Santos -.

Una sinfonía de colores - Todos los Santos - 

Amigo: 

Si uno quisiera elegir un día para celebrar la fiesta de la diversidad, creo que no hay ningún día más adecuado que el día de Todos los Santos. 

Hoy, de hecho, uno contempla lo que la grandeza y la imaginación de Dios logran llevar a cabo en la multiforme variedad de los caminos humanos. 

Y todo ello a pesar de la homogeneización que tanto se impone en los caminos de los hombres. 

Y es que, al hojear las biografías de los santos, uno cae en la cuenta de que no son en absoluto iguales. 

Ciertamente son diferentes en carácter y personalidad, por lo que han hecho y por cómo han vivido. 

Pero también son diferentes en su forma de ser santos. 

Es cierto: a menudo hemos pensado en la santidad como una especie de modelo único para todos, casi como si coincidiera con una pureza improbable para los seres humanos. 

Un cierto estereotipo nos ha llevado a pensar en el santo como una figura diáfana, habitada por una luz purísima que ¿quién podría alcanzar jamás? Casi como si se tratara de un molde con el que las cosas se fabricaran en serie: una vez identificado uno, ya sabes cómo será el otro. Una luz tan pura que hace que se pierdan las características de la persona. 


Pero, ¿es realmente así? No. 

De hecho, si se observa con detenimiento la vida y la historia de todos los amigos de Dios, se descubre una auténtica polifonía de voces e instrumentos, una riqueza y variedad de colores, un tema musical desplegado a través de las variaciones más audaces posibles.

Sí, la santidad es a todo color porque los santos son «como los colores del espectro en relación con la luz» (Jean Guitton). 

La música de la Iglesia es siempre para orquesta, no para solistas ni divos: cada uno tiene su papel en la interpretación de esa partitura que Dios ha compuesto y que el Hijo de Dios dirige. 

En una masa tan indistinta como variopinta, son precisamente los santos quienes inventan el contrapunto más ingenioso, hasta el punto de realzar lo que, a primera vista, ni siquiera se podría reconocer. 

Son los santos quienes reconocen que la vida no es esa maldición inútil que nos ha tocado en suerte y, por eso, incluso en las bajezas a través de las cuales a veces se despliega, ellos han estado presentes sin resentimiento, devolviendo dignidad y belleza a lo que parecía carecer de ellas. 

Por eso hay lugar tanto para Pedro como para María Magdalena: no importa el camino por el que hayan venido, ya sea de la negación o de una vida poseída por espíritus inmundos. 

Lo único que importa es dejarse encontrar en las encrucijadas en las que el Hijo de Dios fija la cita, para que tu vida se derrita en lágrimas, como le sucedió a Pedro, o se desarrolle en una carrera apresurada, como le ocurrió a María tras sentirse llamada como ningún hombre lo había hecho jamás. 

La santidad consiste en dejarse alcanzar y tocar por el abrazo de Dios en las encrucijadas de la historia, allí donde los caminos no son unívocos ni tampoco previsibles. No hay nada frío en la historia de los santos, como muchos han querido hacer creer. Al contrario. 

Hombres y mujeres, los santos, cuyas pasiones han marcado la diferencia en toda la convivencia humana.

Hombres y mujeres que se han dejado tocar por el amor y, por eso, se han sustraído al cálculo de las conveniencias o inconveniencias del amor, que hacen que el corazón humano sea tan mezquino. 

Hombres y mujeres cuyas heridas han puesto de manifiesto la prueba de fuerza de su amor y la solidez del mismo. 

Hombres y mujeres que han creído que no es cierto en absoluto que el amor viva cuando todo fluye sin contratiempos. 

Hombres y mujeres que han creído que, si el Hijo de Dios sufrió de verdad, Dios no nos ha amado por broma. 

Hombres y mujeres que conocen el amor porque conocen el dolor y el esfuerzo que supone amar. 

Hombres y mujeres que no han tenido miedo de medirse con el Jesús desfigurado y, precisamente por eso, han sido capaces de dar vida incluso a los huesos más áridos y de curar incluso las heridas más incurables. 

Hombres y mujeres, la mayoría de ellos, que no han conocido la notoriedad de una página de periódico, ya que han llevado una vida de lo más normal. Y, sin embargo, su presencia o ausencia no habrían sido lo mismo. 

Yo creo que tiene razón quien sostiene que en cada Iglesia debería conservarse una imagen muy variopinta del santo anónimo, porque es la que más nos mantiene vivos. 

La imaginación de Dios no sueña con un mundo blanco, perfecto y cuadriculado. 

Amigo, yo creo más bien que Dios concibió el mundo como un lienzo recién salido del taller, en el que cada uno puede plasmar con libre inspiración algo de Él y algo de nosotros. 


Por si acaso te digo algunas de mis reflexiones sobre esta Fiesta de Todos los Santos: 

1.- Poner los ojos fijos en el Bienaventurado: https://kristaualternatiba.blogspot.com/2025/10/poner-los-ojos-fijos-en-el.html

2.- La santidad cristiana a partir de la belleza de las bienaventuranzas: https://kristaualternatiba.blogspot.com/2025/10/la-santidad-cristiana-partir-de-la.html 

3.- La santidad a la medida de las bienaventuranzas: https://kristaualternatiba.blogspot.com/2025/10/la-santidad-la-medida-de-las.html 

4.- La inspiración contracorriente y transformadora de las bienaventuranzas: https://kristaualternatiba.blogspot.com/2025/10/la-inspiracion-contracorriente-y.html 

5.- ¡Qué santidad!: https://kristaualternatiba.blogspot.com/2025/09/que-santidad-mateo-5-1-12.html 

6.- En las Bienaventuranzas, la regla de la santidad: https://kristaualternatiba.blogspot.com/2025/09/en-las-bienaventuranzas-la-regla-de-la.html 


7.- La atención a los más débiles: https://kristaualternatiba.blogspot.com/2025/09/la-atencion-los-mas-debiles-mateo-5-1-12.html
 

8.- Bienaventuranzas: Dios da vida a quienes producen amor: https://kristaualternatiba.blogspot.com/2025/09/bienaventuranzas-dios-da-vida-quienes.html 

9.- Felicidad, palabra clave de las Bienaventuranzas: https://kristaualternatiba.blogspot.com/2025/09/felicidad-palabra-clave-de-las.html 

10.- Los santos son los hombres y mujeres de las Bienaventuranzas: https://kristaualternatiba.blogspot.com/2025/09/los-santos-son-los-hombres-y-mujeres-de.html 

11.- Las Bienaventuranzas, el mayor acto de esperanza cristiana: https://kristaualternatiba.blogspot.com/2025/09/las-bienaventuranzas-el-mayor-acto-de.html 

12.- Ese Dios que ha elegido como bienaventurados a los últimos: https://kristaualternatiba.blogspot.com/2025/09/ese-dios-que-ha-elegido-como.html 

13.- Bienaventurado quien camina por el camino del Señor: https://kristaualternatiba.blogspot.com/2025/09/bienaventurado-quien-camina-por-el.html 


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Detrás de un permiso de ausencia (por poner un ejemplo).

Detrás de un permiso de ausencia (por poner un ejemplo) 

No es fácil mantenerse siempre alerta ante el objetivo que hemos elegido y sobre el que, a veces sin siquiera darnos cuenta, vamos tratando de construir toda una vida. 

Al principio, la meta parece clara, casi iluminada por una luna llena: se ve desde lejos y parece suficiente para guiar cada paso. 

Luego, el camino se adentra en la noche. 

Nos encontramos con desvíos, tentaciones, circunstancias que nos empujan hacia otro lugar. Algunas nos abren caminos inesperados; otras solo nos hacen perder el rumbo. 

Y mientras intentamos entender dónde estamos, la luz original se va atenuando. 

La prueba más habitual, sin embargo, no siempre es un giro radical. 

A menudo es el cansancio. La rutina va consumiendo poco a poco la tensión hacia la meta, como la oscuridad que difumina los contornos de las cosas. Día tras día nos invita a reducir el ritmo, luego a sentarnos, y finalmente a tumbarnos y cerrar los ojos. 

No es necesariamente el cuerpo el que cede. Existe un cansancio espiritual y mental que nace de la pérdida del entusiasmo por lo que hacemos y, sobre todo, por la forma en que nos vemos obligados a hacerlo. Seguimos moviéndonos, pero en nuestro interior algo ya ha dejado de caminar. 

Ocurre cuando la realidad desmorona los sueños que habían acompañado el comienzo. 

El camino que imaginábamos recto resulta ser accidentado, lleno de imprevistos, puertas cerradas y promesas incumplidas. Cada obstáculo deja una pequeña sombra en el rostro; cada decepción alimenta una inquietud silenciosa. 

Poco a poco, la inquietud se convierte en una carga, el paso se hace más pesado y el deseo de llegar se confunde con el de detenerse. 

Nos sentamos al borde del camino, como viajeros sorprendidos por la noche, y para no sentir el dolor empezamos a pensar en otra cosa. 

Este cansancio emocional y espiritual puede durar años. No es en absoluto seguro que pase por sí solo. Puede ocurrir que ya no seamos capaces de levantarnos, porque el peso de la vida se ha acumulado hasta quitarnos las fuerzas e impedirnos renovar nuestras motivaciones. 

Quizá la meta siga siendo la misma, pero ya no la reconocemos; o bien la reconocemos y nos parece demasiado lejana. Es una noche sin reloj, en la que no sabemos si el amanecer está cerca o si acabamos de empezar a atravesar la oscuridad. 

Es entonces cuando se vuelven decisivos, no siempre para bien, los encuentros y, más aún, las personas que tenemos a nuestro lado. 

Hay personas que, al vernos cansados, aumentan nuestra carga: convierten cada vacilación en culpa, cada fragilidad en una sentencia, y alimentan una desmotivación progresiva. Su voz se asemeja a un viento frío que apaga hasta la última brasa o el último pábilo vacilante... 

Otras personas, en cambio, se acercan sin hacer ruido. No nos arrastran ni fingen que el camino sea fácil: nos recuerdan quiénes éramos cuando partimos, cuando aún guardábamos en los ojos el reflejo de la meta. 

Estas últimas son presencias parecidas a lámparas encendidas en la noche. No recorren el camino en nuestro lugar, pero hacen visible el siguiente paso. Nos invitan a descansar sin rendirnos, a recuperar fuerzas, a levantarnos de nuevo. 

Y gracias a ellas redescubrimos que el entusiasmo no es la ausencia de esfuerzo, sino la capacidad de volver a encontrar un sentido incluso tras la desilusión. 

Y así, poco a poco, nos ponemos de nuevo en pie: quizá menos ingenuos que antes, pero más auténticos; quizá sin la alegría radiante de los comienzos, pero con una alegría más profunda, capaz de atravesar la oscuridad. 

El camino continúa. La noche no ha terminado, y sin embargo, en el horizonte ya se vislumbra algo parecido al amanecer. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 20 de octubre de 2026

El prójimo es semejante a Dios - San Mateo 22, 34-40 -.

El prójimo es semejante a Dios - San Mateo 22, 34-40 - 


I

 

¿Cuál es el mandamiento más importante? Amarás con todo... con todo... con todo...

 

Tres veces repite Jesús la exhortación a la totalidad, a lo imposible. Porque el hombre ama, pero solo Dios ama con todo el corazón.

 

Y repite dos palabras antiguas y conocidas, pero añade: el segundo es semejante al primero. «Amarás a tu prójimo» es semejante a «amarás a Dios». El prójimo es semejante a Dios.

 

Este es el escándalo, la gran revolución que trae el Evangelio. Ama a Dios con todo el corazón. Y, sin embargo, aún queda parte del corazón para amar al marido, a la mujer, al hijo, al amigo, al prójimo y, para los verdaderos discípulos, incluso al enemigo.

 

Dios no roba el corazón, lo multiplica. Y esto es así porque lo ha hecho más grande que todas las cosas creadas juntas.

 

El escriba pregunta por un mandamiento; Jesús responde con dos invitaciones, pero en ellas recoge tres objetos de amor y proyecta el corazón en tres direcciones: ama a tu Señor, ama a tu prójimo, como te amas a ti mismo.

 

El tercer mandamiento, siempre olvidado. Porque si no te amas a ti mismo, no serás capaz de amar a nadie; solo sabrás tomar y poseer, huir o violar, sin alegría ni gratitud.

 

Nuestro horizonte es este corazón a varias voces, en el que el amor de Dios es como la melodía principal, el canto fijo, en torno al cual puede desplegarse el contrapunto de los demás amores.

 

Y así nace la polifonía de la vida - Dietrich Bonhoeffer -. «Ama a Dios con todo tu corazón» no significa «ámalo solo a Él», sino «ámalo sin medias tintas, sin mediocridad». Del mismo modo, amarás con todo tu corazón a tu amigo, a tu familiar; lo amarás sin cálculo y sin engaño.

 

El riesgo de un Evangelio mal entendido es que nos haga perder la polifonía de la existencia, la vida en plenitud.

 

Todos necesitamos mucho amor para vivir bien - Jacques Maritain -. Lo contrario del amor no es el odio, sino la indiferencia. El odio es a menudo una variante desquiciada del amor. La indiferencia, en cambio, reduce al otro a la nada; ni siquiera lo ves, ya no existe. Y nadie tiene derecho a reducir a la nada a un ser humano.

 

La indiferencia envenena la tierra, roba la vida a los demás, mata y deja morir; es la savia secreta del mal. Amarás: ¡nunca serás indiferente!

 

No creas que basta con amar a Dios. Eso también lo hacían los fariseos en el Templo de Jerusalén. No puedes amar a Dios y despreciar a tus hermanos. El prójimo tiene un cuerpo, una voz y un corazón «similares» a los de Dios.

 

No creas que basta con amar al prójimo, diciendo: «Me comprometo con los pobres, con la paz, con la justicia: esta es mi forma de rezar. Dios está solo aquí». Dios está ahí, en los pequeños, pero también es el alfa y la omega, la eternidad de la vida, el único que cambia el corazón, el Otro que viene para que el mundo sea distinto de lo que es.

 

No separemos los dos mandamientos; estamos crucificados a ellos, como a los dos brazos de nuestra cruz, como a nuestra resurrección. 


II
 

Amarás con todo... con todo... con todo... Tres veces repite Jesús la exhortación a la totalidad, a lo imposible. Porque el hombre ama, pero solo Dios ama con todo el corazón, Él, que es el amor mismo.

 

Y repite dos mandamientos antiguos y conocidos, pero añade: el segundo es semejante al primero. «Amarás al prójimo» es similar a «amarás a Dios». El prójimo es semejante a Dios, tiene cuerpo, voz y corazón «semejantes» a los de Dios. Este es el escándalo, la revolución que trae el Evangelio.

 

Ama a Dios con todo el corazón. Y, sin embargo, aún queda parte del corazón para amar al marido, a la mujer, al hijo, al amigo, al prójimo e incluso al enemigo. Dios no roba el corazón, lo multiplica. No es una sustracción, sino una suma de amor.

 

La novedad del cristianismo no es el mandamiento de amar a Dios: muchos hombres aman a su Dios, lo hacen los místicos de todas las religiones. Tampoco el mandamiento de amar al prójimo como a ti mismo es propio del cristianismo, ya que está presente en el Antiguo Testamento.

 

La novedad del cristianismo no es el amor, sino el amor tal y como lo practica Jesús. Los hombres aman; el cristiano ama a la manera de Jesús.

 

El amor es Él: cuando lava los pies a los discípulos, cuando llora por su amigo muerto, cuando se regocija por el nardo perfumado de María, cuando se dirige al traidor llamándole amigo, y reza por quienes lo matan, y ni siquiera retiene su sangre para sí mismo, y vuelve a empezar por los más perdidos, y pretende borrar el propio concepto de enemigo.

 

Amaos unos a otros como yo os he amado. No «cuánto», sino «cómo»; no la cantidad, sino el estilo. O corremos el riesgo de que nos aplaste. Es imposible amar tanto como Él, pero sí es posible seguir sus pasos, captar su sabor, su levadura, su sal e incorporarlos a nuestros días: como yo lo he hecho, así lo haréis también vosotros.

 

Amarás. Todo nuestro futuro está en un verbo, presentado, sin embargo, no como una orden, un imperativo seco, sino conjugado en futuro, porque amar es una acción que nunca termina, porque durará tanto como dure el tiempo. Porque es un proyecto, es más, el único.

 

Y en él está la paciencia de Dios. Un futuro que traza caminos y señala una esperanza posible. No una obligación, sino una necesidad para vivir, como respirar. Amar, forma del verbo vivir, forma del verbo morir.

 

¿Qué debo hacer mañana, Señor, para estar vivo? Amarás. ¿Qué haré el año que viene, y después, para mi futuro? Amarás. ¿Y la humanidad, su destino, su historia? Solo esto: el hombre amará. Amar significa no morir. Ve y haz tú también lo mismo. Y encontrarás la vida. 


III
 

¿Cuál es el mandamiento principal? Jesús responde señalando algo que se encuentra en el centro del ser humano: «Amarás». Él sabe que el ser humano necesita mucho amor para vivir bien. Y ofrece su Evangelio como camino hacia la plenitud y la felicidad de esta vida.

 

Amarás a Dios con todo, con todo, con todo. Por tres veces repite Jesús que la única medida del amor es amar sin medida. Ama a Dios con todo el corazón: la totalidad no significa exclusividad. Ama a Dios sin medias tintas, y verás que queda espacio en el corazón, es más, que crece, para amar a tus familiares, a tus amigos, a ti mismo. Dios no es celoso, no te roba el corazón: lo multiplica.

 

Ama con toda la mente. El amor nos hace inteligentes, nos permite comprender antes, profundizar más y llegar más lejos. Ama con todas tus fuerzas. El amor nos hace fuertes, capaces de afrontar cualquier obstáculo y esfuerzo.

 

¿Por dónde empezar? Por dejarnos amar por Él, que entra, dilata y ensancha las paredes de este pequeño vaso que soy yo. Somos amados que se convierten en amantes.

 

Le preguntan a Jesús cuál es el mandamiento más importante y Él, en lugar de uno, enumera dos: amarás a Dios, amarás al prójimo.

 

Jesús no añade nada nuevo: el primer y el segundo mandamiento ya están escritos en la Biblia. Sin embargo, dirá que el suyo es un mandamiento nuevo. ¿Dónde está la novedad?

 

Está en el hecho de que las dos palabras juntas forman una sola palabra, el único mandamiento. Y dice: el segundo es semejante al primero. «Amarás al hombre» es semejante a «amarás a Dios». El prójimo es semejante a Dios.

 

Esta es la revolución de Jesús: el prójimo tiene un rostro, una voz y un corazón semejantes a los de Dios. El rostro del otro debe leerse como un libro sagrado, su palabra debe escucharse como palabra santa, su grito debe hacerse tuyo como si fuera palabra de Dios.

 

Amarás a tu prójimo como te amas a ti mismo. Es casi un tercer mandamiento que siempre se olvida: «ámate a ti mismo», porque eres como un prodigio, llevas la huella de la mano de Dios.

 

Si no te amas a ti mismo, no serás capaz de amar a nadie, solo sabrás tomar y poseer, huir o violar, sin alegría ni gratitud. Si deseas paz y perdón para ti, eso es lo que ofrecerás al otro. Si deseas justicia y respeto para ti, tú serás el primero en dárselos.

 

Pero, ¿por qué amar, amar con todo mi ser? ¿Por qué llevar el corazón a estas alturas vertiginosas? Porque dar y recibir amor es en lo que se basa la bienaventuranza de la vida.

 

Porque Dios-amor es la energía fundamental del cosmos, y al amar participas de esta energía: cuando amas, es el Totalmente Otro quien viene para que la historia sea totalmente distinta de lo que es. 


IV
 

¿Cuál es, en la Ley, el mandamiento principal? Todos sabían cuál era: el tercero, el del sábado, porque incluso Dios lo observa. La respuesta de Jesús, como de costumbre, sorprende y va más allá: no cita ninguno de los Diez Mandamientos, sino que sitúa en el centro de su mensaje lo mismo que está en el centro de la vida de todos: «Amarás», deseo, sueño, profecía de felicidad para cada uno.

 

Y por eso estoy seguro de que el Evangelio perdurará mientras perdure la vida; no se extinguirá hasta que se extinga la vida misma.

 

«Amarás», dice Jesús: un verbo en futuro, no en imperativo, porque se trata de una acción que nunca concluye. No es una obligación, sino una necesidad para vivir, como respirar. ¿Qué debo hacer mañana para estar vivo? «Amarás». ¿Qué haré el año que viene, y después? Amarás. ¿Y la humanidad, su destino, su historia? Solo esto: el hombre amará.

 

Un verbo en futuro, porque narra nuestra historia infinita.

 

Aquí echamos un vistazo a la fe última de Jesús: Él cree en el amor como en lo más grande. Al igual que Él, los cristianos son aquellos que no creen en una serie de nociones, verdades, doctrinas o mandamientos, sino aquellos que creen en el amor (cf. 1 Jn 4,16) como fuerza determinante de la historia.

 

Amarás a Dios con todo, con todo, con todo. Por tres veces repite Jesús que la única medida del amor es amar sin medida.

 

Ama a Dios con todo el corazón. No significa que ames solo a Dios, reservándole todo el corazón, sino que lo ames sin medias tintas. Y verás que queda espacio en el corazón, es más, que crece, para amar al marido, al hijo, a la mujer, al amigo, al pobre. Dios no es celoso, no te roba el corazón: lo multiplica.

 

Ama con toda la mente. El amor es inteligente: si amas, comprendes antes, llegas más hondo y más lejos. Ama con todas tus fuerzas. El amor arma y desarma, te hace débil ante tu amado, pero luego capaz de mover montañas.

 

Le habían preguntado por el mandamiento más importante y Él, en lugar de uno, enumera dos, y el segundo es una sorpresa aún mayor. La novedad de Jesús radica en que las dos palabras juntas forman una sola palabra, el único mandamiento. Y dice: el segundo es semejante al primero. «Amarás al prójimo» es semejante a «amarás a Dios».

 

El prójimo es semejante a Dios, esa es la revolución de Jesús: el prójimo tiene rostro, voz y corazón semejantes a los de Dios, es tierra sagrada ante la cual hay que quitarse las sandalias, como Moisés ante la zarza ardiente. Para Jesús no puede haber un amor hacia Dios que no se traduzca en amor concreto hacia el prójimo.

 

Pero, ¿por qué amar, y con todo mi ser? Porque una chispa de Dios, ardiente, es el amor. Porque Dios-Amor es la energía fundamental del cosmos, amor que mueve el sol y las demás estrellas, y al amar entras en el motor ardiente de la vida, para hacer las cosas que Dios hace. 


V
 

¿Cuál es, en la Ley, el gran mandamiento? Todos sabían cuál era: según los rabinos de Israel, era el tercero, el que prescribe santificar el sábado, porque también Dios lo había observado («y en el séptimo día descansó», Génesis 2,2).

 

La respuesta de Jesús, como de costumbre, desconcierta y va más allá: no cita ninguna de las diez palabras, sino que sitúa en el corazón de su Evangelio lo mismo que está en el corazón de la vida: «Amarás», que es deseo, espera, profecía de felicidad para todos.

 

Las leyes que rigen el mundo del espíritu y las que rigen la realidad viva son las mismas. Por eso: «cuando se logra expresar adecuadamente y con belleza el Evangelio, sin duda ese mensaje responderá a las preguntas más profundas de los corazones» (Evangelii gaudium, 265). No hay nada auténticamente humano que no encuentre eco en el corazón de Dios.

 

«Amarás», dice Jesús, utilizando un verbo en futuro, como una acción que nunca termina. Amar no es un deber, sino una necesidad para vivir. ¿Qué debo hacer mañana para seguir vivo? Amarás. ¿Qué haré año tras año? Amarás. ¿Y la humanidad, su destino, su historia? Solo esto: el hombre amará.

 

Y con eso queda todo dicho. Aquí echamos una mirada a la fe última de Jesús: Él cree en el amor, confía en el amor, fundamenta el mundo en él.

 

Amarás a Dios con todo tu corazón. No significa que ames exclusivamente a Dios y a nadie más, sino que lo ames sin medias tintas. Y verás que queda espacio en el corazón, es más, crece y se dilata, para amar al marido, al hijo, a la mujer, al amigo, al pobre. Dios no es celoso, no roba el corazón, lo ensancha.

 

Ama con toda tu mente. El amor es inteligente: si amas, comprendes más y antes, llegas más hondo y más lejos.

 

Le habían preguntado por el mandamiento mayor y Él, en cambio, enumera dos. La verdadera novedad no consiste en haber añadido el amor al prójimo - era un precepto bien conocido de la Ley -, sino en el hecho de que las dos palabras juntas, Dios y prójimo, forman una sola palabra, un único mandamiento.

 

De hecho, dice: «El segundo es semejante al primero». «Amarás al hombre» es semejante a «amarás a Dios». El prójimo es semejante a Dios; el hermano tiene un rostro, una voz y un corazón semejantes a los de Dios. Su grito debe escucharse como si fuera palabra de Dios; su rostro, como una página del libro sagrado.

 

«Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Y es casi un tercer mandamiento que siempre se olvida: ámate a ti mismo, ámate como un prodigio de la mano de Dios, como una chispa divina. Si no te amas a ti mismo, no serás capaz de amar a nadie; solo sabrás tomar y acumular, huir o violar, sin alegría, sin inteligencia ni asombro. 


VI
 

El mandamiento principal se resume en un verbo: amarás. Un verbo en futuro, que indica una acción que nunca termina, que durará tanto como el tiempo. Amar no es un deber, sino una necesidad para vivir. Y para vivir siempre. 

Con estas palabras podemos echar un vistazo a la fe última de Jesús: Él cree en el amor, confía en el amor, fundamenta el mundo en él. Toda la Ley va precedida de un “eres amado” y seguida de un “amarás”. “Eres amado” es el fundamento de la ley; “amarás”, su cumplimiento. 

¿Qué debo hacer para estar verdaderamente vivo? Amarás. Con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Una exigencia de totalidad, inalcanzable para nosotros. Solo Dios ama con todo el corazón, Él que es el amor mismo. La criatura humana ama de vez en cuando, a tientas, y con cien contradicciones. 

La Biblia lo sabe bien. Por eso se trata de amar a Dios con los dos corazones, con el corazón que cree y también con el corazón que duda. Amarle en los días de luz, y como puedas, como te sea posible, incluso en el momento en que se oscurezca tu interior. Sabiendo que el amor también conoce el sufrimiento. Y quien más ama, que se prepare para sufrir más - San Agustín -. 

A la pregunta de cuál es el mandamiento más importante, Jesús responde ofreciendo tres objetos de amor: Dios, el prójimo y tú mismo. 

El amor no solo vela por las fronteras de lo eterno, sino que también custodia el umbral de una civilización del amor. Allí hay muchas criaturas. Y allí está el discípulo. 

Y el segundo es semejante al primero. «Amarás al hombre» es semejante a «amarás a Dios». El prójimo es semejante a Dios. El prójimo tiene rostro y voz, necesidad de amar y de ser amado, semejantes a los de Dios. 

Tercer objeto de amor: ámalo como (te) amas a ti mismo. Ámate a ti mismo como un prodigio de la mano de Dios, vida de su Vida, moneda de oro acuñada por Él. Ama para ti la libertad y la justicia, la dignidad y una caricia; esto lo amarás también para tu prójimo. 

Prodigiosa síntesis de toda la Ley: lo que desees para ti, hazlo también a los demás. Porque si no amas la belleza de tu vida, no serás capaz de amar a nadie, solo sabrás tomar y acumular, huir o violar, sin alegría ni asombro, sin la belleza de vivir. 

Y para no perdernos en el romanticismo, la Biblia se vuelve concreta y provocadora: amarás a la tríada sagrada: la viuda, el huérfano y el extranjero, el recién llegado, el afligido, el frágil. Y si prestas dinero, no exigirás intereses. Y al atardecer devolverás el manto al pobre: es su piel, su vida (Éxodo 22,20-26). Fuera de esto, construiremos y amaremos lo contrario de la vida. 


VII
 

Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante? 

¿El mandamiento-fuente, la palabra-fuente, la ley que unifica y da sentido a las demás, de modo que también nosotros podamos simplificar la vida e ir directamente a lo esencial? 

Una pregunta seria, a la que Jesús responde pero, como es habitual en Él, liberándonos de los esquemas y proponiendo una palabra que no figura entre los Diez Mandamientos. 

Comienza con un verbo: amarás, en futuro, para indicar que el amor es el futuro del mundo, que sin amor no hay futuro: amaos, de lo contrario os destruiréis. Aquí está todo el Evangelio. Amarás, para sanar la vida y hacerla feliz, porque la balanza en la que se pesa la bienaventuranza de esta vida es dar y recibir amor. 

No amar es simplemente una muerte lenta. Muere lentamente quien no ama, quien no tiembla por una persona, de ese amor que limpia la mirada, que hace ver a las personas tal y como las ve la divinidad, que mueve el sol y las demás estrellas y mueve todo en nosotros, que extrae piedras para construir casas, que hace nacer abrazos para reencontrarnos íntegros, que hace surgir arcoíris que nos indican el camino. 

Amarás a Dios con todo tu corazón. Es como decir: con tu corazón de luz y también con el corazón de sombra; con el corazón que cree y también con el corazón que duda; cuando brilla el sol y cuando oscurece; con los ojos cerrados cuando tienes un poco de miedo, e incluso con lágrimas. 

Lo amarás como puedas, lo mejor que puedas, con lo que tengas, aunque te cueste el aliento. Pero con toda tu alma, es decir, con toda tu vida. Con toda tu mente. Debe ser un amor inteligente; por eso, conócelo, lee, habla de él, profundiza. Escribe una oración, una canción, un poema de amor a tu Amor... 

Amarás con todo tu ser. Si dejas entrar a una persona en tu vida, no puedes ser tacaño contigo mismo, serás generoso con los buenos sentimientos. 

Pero con esto, ¿qué nuevo ha dicho Jesús? En el fondo, son las palabras que repiten los místicos, los buscadores de Dios de todas las religiones. 

La novedad de Jesús radica en la adición de un segundo mandamiento, que es similar al primero... La genialidad del cristianismo: «amarás al hombre» es similar a «amarás a Dios». 

El prójimo es semejante a Dios. El prójimo tiene rostro y voz, tiene corazón y belleza, semejantes a los de Dios. La tierra responde al cielo. Un Evangelio bizco, se podría decir: un ojo hacia arriba, otro hacia abajo, la cabeza en el cielo y los pies en la tierra. 

La grandeza de la vida tiene que ver con el amor. Dios tiene que ver con el amor. Y Jesús vino a ocuparse de ello, como sanador del desamor del mundo. El desamor es el único pecado que desierta la tierra y hace impensable el mañana. Jesús vino a sanar el corazón. Y que este se convierta en la cuna del futuro y en la cuna de Dios. 


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una sinfonía de colores - Todos los Santos -.

Una sinfonía de colores - Todos los Santos -   Amigo:   Si uno quisiera elegir un día para celebrar la fiesta de la diversidad, creo que n...