La dureza y rigidez del corazón
Hay una dureza
de corazón que no surge de un día para otro. No llega de repente como una
tormenta de verano, sino que se va acumulando poco a poco, como polvo fino
sobre las cosas que llevan demasiado tiempo sin moverse.
Es una dureza
que va tomando forma con el tiempo, en el interior de la conciencia, cuando el
hombre o la mujer dejan de escuchar y empiezan únicamente a defenderse; cuando
ya no miran la vida que se les presenta, sino que prefieren refugiarse tras
fórmulas prefabricadas, juicios ya escritos, preceptos aprendidos y que nunca
han sido verdaderamente impregnados de compasión.
Entonces ocurre
que el precepto, en lugar de ser una luz que ilumina el camino, se convierte en
un muro. Lo que debería ayudar a discernir, a orientar, a custodiar la vida,
acaba imponiéndose sobre la propia realidad.
Y cuando los
preceptos se construyen lejos de la carne concreta de la existencia, a partir
de ideas abstractas, de esquemas prefabricados, de intereses personales o
comunitarios enmascarados como verdades universales, ya no liberan: aprisionan.
No abren
caminos: cierran puertas. No acompañan al hombre ni a la mujer en el esfuerzo
de vivir: los miden desde la distancia, como si la vida pudiera entenderse sin
inclinarse sobre ella.
La realidad, sin
embargo, nunca es tan pobre como nuestros conceptos. Es más amplia, más
inquieta, más herida y más luminosa. Trae consigo rostros, historias, lágrimas,
contradicciones, expectativas, caídas, esperanzas recién encendidas.
Por eso, cuando
se pretende imponer desde arriba una norma sin ponerse en camino con lo que la
realidad manifiesta e indica, surge la rigidez.
Uno se encierra
en sí mismo, confunde su propia idea con el mundo entero, confunde su propia
seguridad con la fidelidad, su propio miedo con la prudencia, su propia
inmovilidad con la virtud.
La rigidez moral
es una de las heridas más profundas que pueden surgir incluso en el seno de una
vida religiosa, cuando esta se separa de la realidad y ya no acepta dejarse
cuestionar por ella.
Entonces se
forman dos mundos opuestos: por un lado, el mundo de los religiosos y las
religiosas, con sus ideas ordenadas, sus definiciones claras, su moral
aparentemente intocable; por otro, el mundo de las personas que viven en el
tejido cotidiano de los días, donde todo es más complejo, más frágil, más
expuesto.
En medio, a
menudo, no hay diálogo, sino distancia; no hay escucha, sino recelo; no hay
misericordia, sino juicio.
La dureza del
corazón es el signo más evidente de un encuentro fallido. Es la huella de una
escucha que no se ha producido, de una palabra del otro que se ha quedado fuera
del umbral, de una vida contemplada sin dejarse conmover.
El corazón se
endurece cuando renuncia al riesgo de la relación, cuando prefiere la fría
claridad de la distancia al cálido esfuerzo de la cercanía. Se endurece cuando
ya no quiere aprender, cuando no se deja sorprender, cuando piensa que todo lo
que es verdad debe coincidir ya con lo que ha establecido de una vez por todas.
En esta dureza
hay también mucha pereza.
Es más fácil
sentarse en la cátedra de los justos y juzgar sin piedad las situaciones de la
vida, que casi nunca se presentan puras, sencillas, lineales. Es más fácil
sentirse bien porque se ha cumplido el deber de moralista, porque se ha
pronunciado una sentencia conforme a leyes consideradas justas, que dejarse
inquietar por la historia concreta de una persona. Es más fácil decir lo que se
debería hacer que acompañar a quien ya no sabe por dónde empezar de nuevo. Es
más fácil condenar una herida que curarla.
Y, sin embargo,
la realidad, con el tiempo, reclama su espacio. No acepta que la enjaulen, que
la reduzcan al silencio, que la ahoguen dentro de categorías demasiado
estrechas.
La realidad
sigue hablando, incluso cuando nadie quiere escucharla.
Habla en los
cuerpos cansados, en los hogares habitados por el cansancio, en las relaciones
rotas, en los deseos confusos, en las soledades ocultas, en las alegrías
sencillas, en los fracasos que piden una segunda oportunidad. Habla como el
amanecer: no hace ruido, pero poco a poco obliga a la noche a retroceder.
La realidad se
manifiesta siempre en el tiempo presente y, precisamente por eso, no puede ser
poseída de una vez por todas. Su dimensión más profunda es la pluralidad:
tantas son las situaciones de la vida, tantas las formas en que la existencia
se nos ofrece y pide ser comprendida.
No interviene
solo la razón humana, con sus criterios y sus deducciones, sino también los
sentimientos, las pasiones, la memoria, el cuerpo y la creación que nos rodea.
Nos hablan las
plantas, los animales, las piedras, las estrellas, el sol; nos habla la tierra
cuando gime, el agua cuando escasea, el viento cuando atraviesa las cosas y nos
recuerda que nada está realmente inmóvil.
Querer
encorsetar toda esta complejidad dentro del pequeño perímetro de un concepto
elaborado por nuestra pequeña mente es señal de una gran presunción. Es como
pretender recoger el mar en un cuenco, o detener el amanecer con las manos.
De esta
presunción surgen tensiones, desgarros, exclusiones. Nace una palabra religiosa
que, en lugar de consolar, hiere; en lugar de señalar un camino, cierra el
horizonte; en lugar de generar vida, produce miedo.
Escuchar la
realidad significa, pues, tomarse en serio los acontecimientos cotidianos.
Significa no dejarlos pasar como cosas insignificantes, sino acogerlos,
meditarlos, guardarlos, haciendo que nada se pierda.
Cada encuentro,
cada pregunta, cada contradicción puede convertirse en un umbral. Cada
fragmento de vida puede contener una llamada, una luz, una palabra aún no
comprendida.
La conciencia se
suaviza cuando acepta permanecer a la escucha, cuando no tiene prisa por sacar
conclusiones, cuando sabe que la verdad no se impone como una piedra, sino que
crece como una semilla.
Esta es, tal
vez, la ley más profunda del amor: no perder nada, no excluir a nadie, no
confundir nunca la fidelidad con la dureza.
El amor desea
abrazarlo todo y a todos como una gran madre. No porque todo sea igual, no
porque todo deba justificarse, sino porque todo debe poder contemplarse a la
luz de una misericordia mayor que el juicio.
El amor no
elimina el discernimiento, lo purifica; no borra la verdad, la hace habitable;
no renuncia a la justicia, sino que la libera de la crueldad.
Cuando la
conciencia vuelve a escuchar, algo en ella se abre como la tierra ante el
primer resplandor de la mañana. La dureza ya no tiene la última palabra. El
corazón comprende que la realidad no es una amenaza que hay que dominar, sino
una revelación que hay que acoger; no un caos que hay que reprimir, sino un
misterio que hay que acompañar.
Y entonces
también la vida religiosa recupera su aliento original: no situarse por encima
de la realidad para juzgarla, sino dentro de ella para servirla; no hablar
antes de haber escuchado, sino escuchar hasta que la palabra que nazca sea
capaz de custodiar, sanar y generar esperanza.
P. Joseba
Kamiruaga Mieza CMF