lunes, 8 de junio de 2026

Sin miedo (plegaria personal) - San Mateo 10, 26-33 -.

Sin miedo (plegaria personal) - San Mateo 10, 26-33 -

Señor,

 

¿de verdad crees que algún día podremos dejar de tener miedo de los hombres?

 

Señor,

 

¿de verdad crees que algún día podremos dejar de sentir miedo por lo que somos?

 

¿Y cómo se hace? ¿Cómo no tener miedo al mal, al dolor, al fracaso, a la traición, a la soledad, a la muerte de quienes amamos? ¿Cómo se hace para no tener miedo de estar vivos, de ser demasiado amados y de las expectativas desmesuradas? ¿Y de la belleza cómo se hace para no tener miedo de la belleza y del misterioso mecanismo que mueve los planetas y hace que el sol se oculte cada tarde más allá del horizonte? ¿Cómo se hace para no tener miedo de que este pobre corazón nuestro, algún día, se rompa por haber querido vivir demasiado? ¿Cómo no temer haberlo estropeado todo, haber malgastado la felicidad en nombre de sueños? ¿Cómo no temer a la vida? ¿Cómo no temer haber dejado tras de sí un montón de oportunidades desperdiciadas? ¿Cómo se vive sin miedo a vivir?

 

Señor,

 

hablas de revelación, como si lo real estuviera solo esperando la mano de una piadosa y valiente Epifanía. Dedos alargados, seguros, para desvelar el corazón íntimo y luminoso de las cosas. Hablas como si en cada drama se escondiera una belleza oculta, como si lo que vemos de inmediato no fuera más que el velo que disfraza lo más profundo, real y verdadero. ¿Es por eso que tenemos miedo? ¿Por esta manta espesa que sofoca el alma de las cosas?


Señor,

 

¿realmente, más allá del velo de la duda y el terror, del fracaso y el llanto, realmente nos veremos inundados de luz cuando encontremos el valor de desvelar, desde las aparentes tinieblas, el alma íntima de las cosas? Quién sabe si los ojos de Jesús en la cruz, esos ojos que supieron ver a una madre y a un hijo donde la muerte acechaba, quién sabe si esos ojos eran así porque habían aprendido a desvelar la dulce y secreta esencia de las apariencias. Se puede crucificar todo, pero no una mirada.

 

Señor,

 

el miedo nos hace cerrar los ojos. ¿Qué les hace abrirse de par en par hasta ver todo transfigurado incluso en lo desfigurado? ¿Estaré a la altura, Señor, de reconocerte también al llegar mi muerte? ¿De abrazarte, en medio de la muerte? ¿Que la muerte sea solo el último velo por desvelar?

 

Señor,

 

el miedo pide escondites, refugios y seguridades. Uno se entierra como para anticipar la muerte de la que se querría huir.



Tú, en cambio, nos pides que nos expongamos, como cuerpos para crucificar; nos pides que habitemos la luz, arriesgándonos a ser reconocidos, y que caminemos por los tejados. Nos pides que vivamos expuestos para combatir el miedo. Nos pides que no nos entreguemos al miedo, que no nos resignemos al temor.

 

Y que no temamos ni siquiera a quienes matan el cuerpo. Porque ni siquiera el asesinato carece de luz, se puede morir revelando luz. E incluso se puede dar la vida sin perder la luz íntima de la compasión.

 

Y quizá sea esto lo que estamos llamados a aprender cada día: a vivir sin miedo. A vivir como los gorriones o como los lirios, o como las nubes o como el viento, o como la hierba o como las mariposas que ni siquiera se preguntan si existe un Dios, porque lo respiran, lo muestran, se confían a Él a cada instante.

 

No, no se trata de controlar sino de dejarse mecer y llevar, como los gorriones en el aire, o como los lirios por el viento. Y confiar en ese vacío en el Tú habitas. Y aprender a volar. Y aprender a dejarse cuidar.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

 

En el Amor no hay temor - San Mateo 10, 26-33 -.

En el Amor no hay temor - San Mateo 10, 26-33 -

Este relato es la segunda parte del capítulo 10 del Evangelio de San Mateo, donde Jesús llama a los suyos y los envía a anunciar la Buena Nueva, dando una orientación a su anuncio: «No vayáis a los paganos ni entréis en las ciudades de los samaritanos; dirigíos más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mt 10, 5-6); de hecho, todo el Evangelio de San Mateo está dirigido a la comunidad judía.

 

Pero no solo eso, Jesús indica también la «forma» del anuncio: «como ovejas en medio de lobos; sed, pues, prudentes como las serpientes y sencillos como las palomas» (Mt 10, 16). A estas indicaciones, que describen el rostro del discípulo, pero que, más aún, nos muestran el rostro del Maestro, le sigue este relato que se abre con una invitación que, en los versículos siguientes, se convierte por tres veces en un imperativo: «No temáis».

 

«No temáis, porque no hay nada oculto que no haya de ser revelado, ni secreto que no haya de ser manifestado» (Mt 10,26); «No temáis a los que matan el cuerpo» (Mt 10,28); «No temáis, pues: ¡vosotros valéis más que muchos gorriones!» (Mt 10,31).

 

Se describe una situación de persecución en la que está en juego la vida; se describe un misterio que está oculto, pero que debe manifestarse, y una palabra susurrada al oído que debe ser gritada desde los tejados. Un movimiento, pues, de las tinieblas a la luz que pone en juego la vida, un misterio del que se participa y ante el cual el discípulo está llamado a reconocer o a negar:

 

«Quien, pues, me reconozca ante los hombres, yo también lo reconoceré ante mi Padre que está en los cielos; pero quien me niegue ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos» (Mt 10,32-33). Y ante esta posibilidad, el imperativo de Jesús no es «no me neguéis», sino «no temáis».

 

Este mismo imperativo lo encontramos al principio del Evangelio de San Mateo, cuando se narra «cómo tuvo lugar el nacimiento de Jesús» (Mt 1,18). Es la invitación que el Ángel dirige a José, quien se encuentra ante un misterio que debe ser desvelado y pide que se le lleve consigo para que esto pueda suceder: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María como tu esposa» (Mt 1,20).

 

Esta misma invitación la encontramos también al final del Evangelio, cuando las mujeres que acudieron al sepulcro para despedirse del cuerpo de Jesús se ven sorprendidas por un terremoto y por la visión de un ángel que hace rodar la piedra que cerraba el sepulcro, se sienta sobre ella y, dirigiéndose a ellas, les dice: «No temáis, pues sé que buscáis a Jesús, el crucificado: no está aquí, ha resucitado como dijo» (Mt 28,5-6).

 

Con este «No temáis» se abre y se cierra todo el Evangelio, casi como para decirnos que «no temer» es la forma de pasar de las tinieblas a la luz, es la forma en que lo que está oculto se revela. «No tengáis miedo» es, pues, lo que marca la diferencia entre reconocer y negar.


 

Pero, ¿cómo no temer cuando está en juego la vida? ¿Cómo pensar en no temer cuando el miedo a la muerte constituye la fibra más profunda de nuestra humanidad? ¿Acaso el Evangelio nos invita a pasar de la humanidad de la que estamos hechos a una «heroicidad» que, además de someternos a un esfuerzo inmenso, nos expone a una selección porque no es para todos? ¿Qué puede significar este «no temáis» repetido tan a menudo en la Escritura y tantas veces en estos pocos versículos de hoy?

 

Nos reconforta saber que con la invitación a no temer se abre cada llamada a lo largo de la historia de la salvación. Nos reconforta porque esto significa que, ante la inmensidad del Amor de Dios que se inclina sobre nuestra pequeñez, Abraham, Moisés, los patriarcas, José y María, Pedro y Pablo, todos tuvieron miedo.

 

La primera carta de Juan nos ayuda a responder testificándonos que hay un solo lugar en el que el temor se desvanece: el Amor. Escribe San Juan: «En el Amor no hay temor; más bien, el Amor perfecto expulsa el miedo… nosotros amamos porque Él nos amó primero» (1 Jn 4, 18-19). He aquí, pues, cómo es posible no temer, o mejor dicho, cómo es posible atravesar el miedo incluso cuando está en juego la vida misma: mantener la mirada fija en el amor con el que hemos sido amados.

 

«El amor expulsa el miedo», no el compromiso con el Señor, ni siquiera el deseo, por muy auténtico que sea, de morir con Él, que habitaba sinceramente en el corazón de Pedro aquella noche cuando dijo: «Aunque tuviera que morir contigo, no te negaré», sin llegar a mantener fiel a ese deseo precisamente por miedo a perder la vida.

 

Hay un Amor que nos engendra, que nos hace crecer, que nos hace suyos y nos cuida incluso cuando se nos pide la vida: «hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados» (Mt 10,30). De este amor no debemos apartar nunca la mirada, so pena de negarlo ante los hombres.

 

Y, sin embargo, la misma experiencia de Pedro nos dice que hay al menos una Palabra que, paradójicamente, «no se cumple»: «A quien me niegue ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos». A aquel que lo negó por miedo a perder la vida, el Señor le confía su Iglesia, el pueblo de aquellos que deben aprender a no apartar la mirada del amor para no temer.

 

He aquí la grandeza del Amor que no deja de apostar por nuestra humanidad pobre y a menudo temerosa, la grandeza del Amor que no nos pide que nos convirtamos en héroes, sino que vivamos como discípulos.

 

«No tengáis miedo»: un imperativo que nos invita a fijar la mirada en la certeza de que su Amor, su vida entregada, está con nosotros, es para nosotros. Y nosotros podemos estar con Él, podemos ser suyos: «ya sea que vivamos, ya sea que muramos, somos, pues, del Señor».


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


 

Tened valor, Yo he vencido y estoy con vosotros - San Mateo 10, 26-33 -.

Tened valor, Yo he vencido y estoy con vosotros - San Mateo 10, 26-33 -

El capítulo décimo del Evangelio de San Mateo contiene el discurso de Jesús sobre la misión de los discípulos en el mundo. Es un discurso que se dirige, más allá del tiempo en que fue pronunciado y puesto por escrito, a todos aquellos que están llamados al servicio de Jesús y de su Reino; un discurso que se nutre de la experiencia de los doce Apóstoles en misión entre los hijos de Israel y de los misioneros de la Iglesia de San Mateo en las décadas anteriores al año 80 d. C.

 

Jesús envía a los discípulos «entre las ovejas perdidas de la casa de Israel» y les confía el mensaje que deben anunciar, la acción que deben realizar y el estilo de comportamiento (cf. Mt 10,5-15).

 

A continuación, anuncia las persecuciones que los enviados deberán soportar en la misión (cf. Mt 10,16-23) y, con autoridad y clarividencia profética, les dice: «Un discípulo no es más grande que el maestro, ni un siervo más grande que su señor; basta con que el discípulo sea como su maestro y el siervo como su señor. Si al dueño de la casa lo han llamado Beelzebul, ¡cuánto más a los de su familia!» (Mt 10,24-25).

 

Es decir, lo que Jesús ha vivido, lo vivirán también sus enviados, a quienes llamarán demonios, al servicio del jefe de los demonios, Belzebul, y serán perseguidos hasta ser asesinados por quienes creen dar así gloria a Dios (cf. Jn 16,2).

 

¿Y entonces?

 

Hay que tener valor, luchar contra el miedo, no temer nunca. Este es el mensaje de este relato que Jesús entrega como mandato nada menos que tres veces: «¡No temáis!» (vv. 26, 28, 31).

 

En la Biblia esta invitación-mandamiento es la palabra dirigida por Dios cuando se manifiesta y habla a aquellos a quienes llama: así a Abraham, a Moisés, a los profetas, a María, la madre de Jesús… «¡No temáis!», es decir, no tengáis miedo de la presencia del Dios tres veces santo, sino tened solo temor, es decir, la capacidad de discernir su presencia, y por tanto no tengáis nunca miedo de los hombres, incluso cuando sean enemigos. No tengáis nunca miedo, sino venced el miedo con la confianza en el Señor fiel, siempre cercano, junto al creyente, y siempre fiel, incluso cuando parece ausente o inerte.

 

El miedo es un sentimiento humano gracias al cual aprendemos a vivir en el mundo, prestando atención a dónde hay peligro o amenaza; pero para quien tiene una fe firme en el Señor, el miedo debe ser vencido, no debe convertirse en determinante en la relación con el Señor y con su voluntad.

 

Al vivir el Evangelio y al anunciarlo a los pueblos, los discípulos de Jesús se encuentran con desconfianza, cerrazón, hostilidad y rechazo. En estas situaciones, la tentación es callar la esperanza que habita en el propio corazón, permanecer en silencio y ocultar la propia identidad, tal vez hasta el punto de huir.

 

Pero Jesús advierte: el tiempo de la misión es un tiempo de apocalipsis, no en el sentido catastrófico que se suele atribuir a este término, sino en el sentido etimológico de re-velación, de levantar el velo.

 

El anuncio del Evangelio, de hecho, exige que lo que Jesús dijo en la intimidad se proclame a plena luz del día, que lo que se dijo al oído se grite desde los tejados. Ha habido un ocultamiento de la «verdad», que no se produjo para olvidar o enterrar, sino para revelar en el momento oportuno lo que había sido ocultado: «No hay nada oculto que no vaya a ser revelado, ni secreto que no vaya a ser conocido» (v. 26). Las cosas ocultas desde la fundación del mundo (cf. Mt 13,35; Sal 78,2) son reveladas por Jesús y luego por los discípulos a lo largo de la historia.



Se trata, pues, de no temer a quienes matan el cuerpo, quienes interrumpen la vida terrenal, pero que en verdad no pueden quitar la vida verdadera. El único «temor» que hay que tener es el que se siente hacia el Señor, porque solo Él puede decidir sobre la vida terrenal y sobre la verdadera. La vida, de hecho, puede vivirse como humanización, conforme a la voluntad del Creador, o estar marcada por elecciones mortíferas, que solo pueden conducir a la ruina: para expresar este segundo desenlace, Jesús se refiere metafóricamente al Gehena, el valle donde se recogía la basura de Jerusalén.

 

A continuación, Jesús eleva la mirada hacia su Dios, su Abba, Padre, y da testimonio de todo el poder con el que Él cuida de sus criaturas, las salva, sin abandonar jamás a quienes tienen fe en Él.

 

¿Qué son dos gorriones? Estas pequeñas criaturas, que habitan por centenares en los tejados, nos parecen seres insignificantes, que no merecen atención ni cuidado, ¡pero no es así para Dios!

 

Y aquí hay que prestar atención. Tantas veces la traducción de las palabras de Jesús dice: «¿Acaso no se venden dos gorriones por un centavo? Y, sin embargo, ni uno solo de ellos caerá a tierra sin la voluntad de vuestro Padre». En cambio, hay que traducir, al pie de la letra: «… sin vuestro Padre». Es decir, ni siquiera un gorrión, al caer al suelo, es abandonado por Dios: no cae al suelo porque Dios lo haya querido, sino que, incluso cuando cae al suelo, ¡no es abandonado por el Padre!

 

Del mismo modo, también los cabellos de nuestra cabeza, que perdemos cada día sin darnos cuenta, están todos contados, todos bajo la mirada de Dios.

 

De tal contemplación nace la confianza que ahuyenta el temor: Dios nos ve como nos ve un padre, que siempre nos mira con amor y nunca nos abandona, ni siquiera cuando caemos.

 

Los discípulos de Jesús, mucho más valiosos a los ojos de Dios que los gorriones y los cabellos de la cabeza, pueden ser perseguidos y condenados a muerte, pero incluso en su muerte el Padre está ahí, en sus tentaciones el Señor está ahí, en sus sufrimientos es Jesús quien sufre.

 

 

Tal vez estas palabras nos sirven hoy de ejemplo de aquellos cristianos que abrazan la fe cristiana sabiendo que arriesgan la vida y convirtiéndose, en gran número, en víctimas de una violencia anticristiana ciega. El martirio ha resurgido y hoy hay más mártires cristianos que en los siglos del Imperio romano.

 

Es, pues, la hora del valor, de no temer, sabiendo que Jesús está a nuestro lado en la potencia del Espíritu Santo y lo estará, como «otro Paráclito» (cf. Jn 14,26), abogado nuestro ante el Padre.

 

¡Ánimo! El miedo es la mayor amenaza para la fe cristiana: induce a la duda y la duda, a la negación del Señor y del Evangelio. Si, en cambio, en el cristiano hay una humilde confianza, ¡hay una fuerza invencible!



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

 

Nada ni nadie nos podrá separar de Él - San Mateo 10, 26-33 -.

Nada ni nadie nos podrá separar de Él - San Mateo 10, 26-33 -

Ésta es una parte del discurso que el Señor Jesús dirige a los apóstoles al enviarlos en misión (cf. Mt 10,5-42): son palabras inspiradoras y normativas para los cristianos de todos los tiempos, llamados a dar testimonio del Evangelio entre los hombres.

 

Tras prometer a los Doce su autoridad, gracias a la cual serán anunciadores fiables del Reino y realizarán obras de cuidado y sanación hacia los enfermos, Jesús les anuncia las persecuciones que deberán sufrir: «Os envío como ovejas en medio de lobos… Os entregarán a los tribunales y os azotarán en las sinagogas, y seréis llevados ante gobernadores y reyes por mi causa» (Mt 10,16-18).

 

Seguir a Jesús significa estar totalmente implicados en su vida, hasta el punto de participar en su pasión, la pasión del justo perseguido injustamente por quienes no soportan su hacer el bien (cf. Sab 2).

 

Si Jesús ha sufrido, no puede ser de otra manera para el cristiano, porque «el discípulo no es más que el maestro» (Mt 10,24) y —son siempre palabras de Jesús— «si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán» (Jn 15,20). Es una realidad vivida por los cristianos de las primeras generaciones (cf. 1 P 4,12-19) y aún hoy, en silencio, por numerosos cristianos en muchas partes del mundo…

 

Jesús, sin embargo, no se limita a anunciar a los apóstoles la hostilidad violenta que deberán sufrir, sino que los exhorta repetidamente a no temer, a no tener miedo, y les infunde la parresía, esa valiente franqueza que nace de una fe firme.

 

Tal confianza descansa ante todo en el poder de la palabra del Señor Jesús: la enseñanza que Él reveló a los suyos en privado, «en secreto», está dotada de la eficacia de la Palabra de Dios; es una palabra que no puede ser encadenada (cf. 2 Tim 2,9) y, por tanto, tarde o temprano será revelada, manifestada, predicada a los cuatro vientos.



A nosotros solo se nos pide que no obstaculicemos su curso (cf. 2 Tes 3,1), es decir, que seamos sus anunciadores fieles y creíbles, cueste lo que cueste, sin retroceder ni caer en compromisos basados en cálculos humanos…

 

Es en este sentido que Jesús nos anima a nosotros, sus discípulos, pidiéndonos que no temamos ni siquiera ser asesinados por su causa: los hombres podrán darnos la muerte, pero nunca podrán quitarnos la verdadera vida, aquella que nos ha sido dada por el Padre.

 

Jesús nos invita así a permanecer firmes en ese abandono confiado al Padre que fue la verdadera fuerza de su vida, ese abandono que, ante la inminencia de su fin, le llevó a orar: «Padre, no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Mt 26,39). Y aquí lo hace con palabras que no necesitan comentario, pero que deben grabarse profundamente en nuestro corazón: «¿Acaso no se venden dos gorriones por un centavo? Sin embargo, ni uno solo de ellos caerá a tierra sin que vuestro Padre lo permita… No temáis, pues: ¡vosotros valéis más que muchos gorriones!».

 

Es de la conciencia de nuestra condición de hijos de donde puede surgir la confesión, el reconocimiento de Jesús como Señor e Hijo de Dios ante todos los hombres. Un reconocimiento hecho no solo con palabras (cf. Mt 7,21), sino con toda nuestra persona, mostrando con nuestra conducta de vida que vale la pena morir y, por tanto, vivir por Él.

 

En el juicio final, de hecho, se nos pedirá cuenta de nuestra adhesión a Jesús y de nuestro amor por Él: pero este juicio comienza ya hoy y depende de nuestra capacidad de «renunciar a nosotros mismos» (cf. Mt 16,24), de dejar de considerar nuestra vida como la medida de todo para permitir, en cambio, que sea Cristo quien viva en nosotros.

 

Solo si nos ejercitamos en hacer esto podremos conocer y amar verdaderamente al Señor Jesús; de lo contrario, acabaremos negándolo ante los hombres (cf. Mt 26,69-75) y entonces también Él, ante el Padre, tendrá que admitir que nunca nos conoció…

 

Sí, el mundo puede perseguirnos y desatar contra nosotros su hostilidad, pero no puede amenazar nuestra condición de cristianos, de personas que aman a Jesucristo por encima de todo, porque depende siempre de nosotros, en cualquier circunstancia, vivir con Cristo, vivir su Evangelio: nada ni nadie podrá impedírnoslo jamás, y ahí reside la fuente de nuestra extraordinaria libertad.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

 

El miedo: piedra de toque del creyente - San Mateo 10, 26-33 -.

El miedo: piedra de toque del creyente - San Mateo 10, 26-33 -

El relato del Evangelio nos recuerda una verdad elemental. A saber, que un creyente siempre debe enfrentarse al miedo: la fe, de hecho, siempre se entrelaza con el miedo, aunque sea de maneras y formas diferentes.

 

En este pasaje, tomado del discurso misionero, Jesús repite varias veces, dirigiéndose a sus discípulos, el imperativo «no tengáis miedo». La misma triple repetición de la orden (Mt 10,26.28.31) nos dice que el miedo es una realidad poderosa y omnipresente.

 

Y es que en el pasaje evangélico los discípulos también se enfrentarán como su Maestro a los adversarios en su misión. Como Jesús conoció oposiciones, acusaciones, hostilidad, odio, así será también para sus discípulos: «un discípulo no es más que su maestro… Si al dueño de la casa le han llamado Beelzebul, ¿cuánto más a los de su familia?» (Mt 10,24.25).

 

El texto evangélico muestra pues la plena conciencia de Jesús de que la misión a la que se enfrentarán los discípulos es arriesgada y sin duda puede asustar. Me parece que Jesús quiere indicar a los discípulos, y por tanto a los lectores del Evangelio, cómo elaborar el miedo, cómo transformar el miedo en confianza.

 

En primer lugar, el evangelizador puede tener miedo de las palabras que pronuncia, que debe pronunciar. Las palabras provocan reacciones y el anunciador puede sentirse intimidado por ello. Jesús explica que incluso sus enseñanzas entregadas en secreto, en lo oculto, deben ser anunciadas públicamente (Mt 10,26-27).

 

¿Qué puede sostener al discípulo en su valiente anuncio de la palabra? La conciencia de la verdad, aunque estas palabras le acarreen hostilidad, incomprensiones, oposiciones. No está claro si la verdad de la proclamación se manifestará históricamente o solo escatológicamente, en el momento del juicio final, pero lo que da fuerza al testimonio del enviado es la conciencia del mandato recibido del Señor y de la verdad de su propio decir, cueste lo que cueste, aunque sea contra todos y contra todo.

 

Y, paradójicamente, precisamente las enemistades suscitadas indican que el discípulo se encuentra en el camino que también recorrió su Maestro (cf. Mt 10,24-25).

 

Por lo tanto, el evangelizador, el misionero,…, puede temer por su propia integridad física, por la violencia que puede sufrir y que puede llegar hasta el asesinato (Mt 10,28). Aquí Jesús invita a discernir dónde reside la verdadera vida y a aceptar el hecho de que hay bienes más profundos cuya salvaguarda puede dar sentido incluso a la pérdida de la vida. Y de nuevo recuerda que el único a quien hay que temer verdaderamente es aquel que es señor no solo del cuerpo, sino también del alma.

 

Por último (Mt 10,29-31), Jesús recuerda que aquel a quien debe dirigirse el temor reverencial del discípulo es el «Padre vuestro», aquel que se preocupa incluso por la vida de c
riaturas como los gorriones. Más que una exhortación a la autoestima, tenemos la invitación a la fe en aquel a cuyos ojos el hombre es precioso: «Vosotros valéis más que muchos gorriones» (Mt 10,31).



Las exhortaciones a no temer evolucionan cada vez más hacia la invitación a la confianza. De hecho, Dios se presenta como el Dios del cuidado, el Dios de la ternura, el Dios que se ocupa y se preocupa por el hombre. Guardar en lo más profundo de uno mismo esta convicción es motivo de confianza, y por tanto también de fuerza y de valor, para el evangelizador.

 

Así, Jesús, con la máxima sobre el reconocimiento público de Él por parte del creyente, la confesión de Él hecha valientemente «ante los hombres» y, por el contrario, la negación, afirma que el comportamiento del creyente en la historia tiene consecuencias en el juicio escatológico (Mt 10,32-33).

 

Y el creyente no puede presumir de ninguna certeza de salvación respecto a los demás. La confianza implica también un no saber, una incógnita, incluso cuando se trata de confianza en el Dios de la ternura y del cuidado. La certeza de la confianza implica siempre una incertidumbre, es decir, no se sitúa en la misma onda que la certeza común.

 

El saber propio de la fe es el saber de la entrega y no tiene nada que ver con una póliza de seguro o con un sistema de prevención para evitar los azares del futuro. Existe la posibilidad de incurrir en el juicio «Nunca os he conocido» (Mt 7,23) o «No os conozco» (Mt 25,12) incluso para los creyentes y los practicantes. He aquí, pues, que el temor del Señor entra de pleno derecho a formar parte de la fisonomía de la fe en el Señor mismo.

 

Si entendemos la fe como la superación del miedo, debemos sin embargo reconocer que el miedo, en sus múltiples facetas, es importante porque «toma la medida» del acto de fe, hace que el creyente sea consciente de lo que implica el hecho de creer.

 

Y esto en dos sentidos: por un lado, mostrando la exigencia temible que el Evangelio requiere, la radicalidad de la entrega de sí mismo a la que llama y las posibilidades de pérdida de sí mismo que puede conllevar; y, por otro, poniendo de relieve los límites y las carencias, las miserias y las pobrezas del propio creyente, que le llevan a dudar de su propia idoneidad.

 

El miedo puede apoderarse de la persona e impedirle la relación y la confianza, pero el miedo no es menos esencial para el realismo de la fe.

 

El miedo es un indicador de la realidad que, asumido, elaborado y superado en el temor de Dios inherente al acto de fe, permite que este último sea un acto consciente e incluso liberador, es decir, capaz de desplegar las potencialidades humanas de la persona poniéndolas al servicio de una vida bajo el signo de la obediencia a la voluntad del Señor.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF



Una audacia valiente que nace de la confianza - San Mateo 10, 26-33 -.

Una audacia valiente que nace de la confianza - San Mateo 10, 26-33 -

Dentro del discurso misionero que figura en el capítulo décimo del Evangelio según San Mateo, este pasaje evangélico se sitúa inmediatamente después de las sabias palabras de Jesús, en las que proclama que un discípulo no es más que su maestro; es más, ya es mucho si un discípulo llega a ser como su maestro (Mt 10,24-25).

 

En particular, este relato se abre con la contundente advertencia de Jesús: «Si al dueño de la casa le han llamado Beelzebul, ¿cuánto más a los de su familia?». Es decir, si el maestro ha sido calumniado y hostigado, lo mismo le sucederá al discípulo. Esto es lo que deben esperar los discípulos: un trato que, sin duda, no será mejor que el reservado a su Maestro y Señor.

 

Aquí se inserta la repetida advertencia de no tener miedo (vv. 26, 28, 31) y, más bien, de temer al Señor (v. 28b).

 

El discípulo es aquel que ha sido instruido por su Maestro, que ha recibido, incluso en lo oculto y en secreto, enseñanzas e instrucciones: pero ahora, lo que el discípulo ha escuchado en el pequeño grupo debe ser anunciado en público, abiertamente. Por lo tanto, la primera consecuencia que se deriva de ser un discípulo a la altura de su Maestro es que anuncie el Evangelio con franqueza, sin avergonzarse de él, sin reticencias ni timidez, sin miedo a quienes se le oponen y le contrarrestan con intimidaciones y amenazas (vv. 26-27).

 

Los discípulos de Jesús, y con ellos los seguidores de Jesús a lo largo de la historia, están aquí invitados a la parresía. Es decir, al valor y a la libertad de palabra, a la franqueza que no duda en decir todas las exigencias del Evangelio cueste lo que cueste. Aunque esto suponga oposición, marginación, persecución, martirio. Los profetas han sido a menudo mártires de la palabra.

 

Ahora bien, ¿qué es la parresía? Se trata de una forma de hablar liberada del miedo. Es un discurso, una palabra, que mantiene una relación vital con la verdad y que de la palabra extrae vigor y alimento. Es un discurso que mantiene una relación determinada con la propia vida a través del peligro, del riesgo de la vida misma. Es un discurso que se atreve a criticar y que no teme descontentar o herir.

 

La parresía elige el alto precio de la libertad, optando por la crítica en lugar de la adulación o la complacencia, por el riesgo de perder lo propio e incluso de morir en lugar de las seguridades y las comodidades, por la verdad en lugar de la mentira y la falsedad, por el rigor ético en lugar del propio interés o la apatía moral. Esto es lo que se pide al discípulo enviado en misión, siguiendo las huellas de su Señor y Maestro, para que se cumpla su palabra: «Donde yo esté, allí estará también mi siervo» (Jn 12,26).

 

La advertencia que Jesús repite como un estribillo en estas instrucciones a sus discípulos es la de no temer, de no tener miedo. Miedo a aquellos a quienes se anuncia el Evangelio en contextos indiferentes u hostiles, miedo a aquellos que pueden incluso matar a los evangelizadores. Se trata de enemigos externos que, incluso antes de privar físicamente de la vida, tienen el poder de influir profundamente en el corazón y la psique de una persona hasta privarla de la libertad, inhibirla, limitarla o llevarla a la autocensura.



Las palabras de Jesús trazan un camino que va desde la exhortación a no tener miedo hasta la invitación a la confianza, al abandono confiado. Vencer el miedo al anuncio de la palabra evangélica (vv. 26-27), vencer el miedo a quien puede matar el cuerpo (v. 28), sobre todo atreverse a confiar en el Dios que cuida de nosotros (vv. 29-31).

 

El camino traza así un itinerario del miedo a la fe, o mejor aún, a la confianza. La confianza, la dimensión del abandono confiado, «como un niño en brazos de su madre» (Sal 131,2), queda subrayada también por la imagen de un Dios que se preocupa incluso de los gorriones y que se interesa también por los cabellos de una persona. ¡Cuánto más, pues, de la vida de sus discípulos! Por lo demás, en boca de Jesús, la expresión «no temas» es más una promesa que una orden y ya expresa confianza en aquel a quien va dirigida. Significa: «puedes superar el miedo contando con mi presencia, con mi promesa, con mi ayuda».

 

El cristiano, que basa su fe en el Resucitado que dijo: «Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28,20), encuentra en esta relación el fundamento de su valor, que le lleva a la entrega de sí mismo por amor como respuesta difícil pero liberadora al miedo.

 

Sí, la fe es valiente e inspira valor. No es imprudencia ni temeridad. El valor expresa la fe. El valor de la fe no consiste en negar la debilidad, sino en reconocerla y transformarla asumiéndola. Es el miedo, en cambio, el que, en su forma más verdadera y letal, es miedo a la debilidad e intento de negar y eliminar la fragilidad y la vulnerabilidad, buscando seguridad y protección a toda costa o persiguiendo el control de todo lo que se le escapa.

 

Las palabras de Jesús que invitan a los discípulos a «no temer» y que fundamentan tal invitación parecen querer mantener vivo en los discípulos el recuerdo de su cercanía, de su cuidado, de su amor por ellos. Solo así podrán alimentar la confianza incluso en las tribulaciones y en las enemistades y vencer el miedo con el amor.

 

Dietrich Bonhoeffer, al comentar las palabras de Jesús «¿Acaso no se venden dos gorriones por un centavo? Y, sin embargo, ni uno de ellos caerá a tierra sin vuestro Padre» (Mt 10,29), escribió: «Ciertamente, no todo lo que ocurre es simplemente “voluntad de Dios”. Pero, al final, nada sucede «sin que Dios lo quiera» (Mt 10,29); es decir, a través de cada acontecimiento, sea cual sea su carácter no divino, pasa un camino que conduce a Dios».

 

Esta confianza en la presencia de Dios incluso en lo no divino, en lo enigmático, en las hostilidades y en las persecuciones, en los sufrimientos soportados por el Evangelio, revela su paternidad fiel hacia nosotros y vence el miedo. Ayuda a no desanimarse ante las inevitables tribulaciones. Y también por este camino se nos muestra la dimensión de valentía inherente a la fe. La fe nos hace valientes.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¡No tengáis miedo! - San Mateo 10, 26-33 -.

¡No tengáis miedo! - San Mateo 10, 26-33 -

Las golondrinas vuelven.

 

Libres, felices, trazan amplios círculos, persiguiéndose unas a otras.

 

Cierro los ojos y escucho, y dejo que me enseñen.

 

Tengo mucho que aprender. Sobre todo, a superar el miedo.

 

El miedo que nos envenena la vida, el miedo que, sigilosamente, nos llena de ansiedades y nos impide gozar, creer y crecer. A esta humanidad asustada, a mí, frágil discípulo, el Maestro me dirige de nuevo una invitación.

 

Y, sonriendo, me (nos) entrega una Palabra que ilumina, anima, sacude.

 

No tengáis miedo.

 

Nosotros, los discípulos, somos capaces de no tener miedo.

 

Porque hemos descubierto que Dios sabe.

 

Porque hemos descubierto que valemos.

 

Porque nos hemos dado cuenta de que somos amados.



Por tres veces en pocos versículos (10,26.28.31) Jesús nos pide que no tengamos miedo.

 

El primer miedo del que hay que huir es de ellos, es decir, de aquellos que acusan a Jesús y a nosotros de ser del demonio, de las tinieblas. De aquellos que juzgan. De aquellos que, señalando los demasiados escándalos, las demasiadas incoherencias, la inadecuación, acusan a la Iglesia de estar llegando al final de la línea. Y solo Dios sabe cuánto nos está devorando este miedo, cuánto pesan sobre nuestra credibilidad tantos escándalos y las demasiadas incoherencias. Entonces, con el corazón en la mano, tememos el juicio sobre la Iglesia que muchos nos lanzan con ira. Como si existiera la Iglesia y no, más bien, los discípulos.

 

Es un miedo arraigado y extendido que, incluso, corremos el riesgo de santificar creyendo que es piadoso y agrada a Dios cuando, al confundir humildad con resignación y depresión, pensamos que no valemos nada. Ser juzgados por los demás, tener que demostrar que valemos, demostrárnoslo incluso a nosotros mismos, corre el riesgo de hacernos hundir en el miedo. Los demás nos ven mal, nos ven como el mal, juzgan lo que hacemos.

 

El camino de la autoestima es largo y doloroso, y Jesús nos sugiere la dirección: de lo íntimo a lo público, de dentro hacia fuera. Solo Dios conoce y ve con autenticidad lo que somos, lo que deseamos; ante Él todo está al descubierto y es inteligible. Cuidemos esta parte de nosotros, sin preocuparnos demasiado por el juicio de los demás.

 

La forma que tenemos de salir de este juicio severo y, por desgracia, fundado, es volver a ser discípulos, transparentes y auténticos.

 

El segundo miedo es hacia aquellos que matan el cuerpo. ¡Y cuántos hay! Aquellos que nos agotan, que exigen (desde la línea, la belleza, el carácter,…). Estamos siempre conectados, nos entregamos al tribunal de los demás, en las redes sociales todos juzgan a todos. El fantástico mundo de la libertad se ha convertido en el mundo que nos esclaviza. El riesgo, advierte Jesús, es concentrarnos tanto en estos juicios que olvidemos que tenemos un alma, un don de Dios. ¡Cuán descuidada está nuestra alma!

 

El tercer miedo es el de no valer nada. El de no ser amados, de estar equivocados, de ser inútiles, superfluos, uno entre miles de millones, una nada absurda y sin sentido. Y ceder a la locura del mundo que nos propone destacar, contar, cueste lo que cueste. ¡El único remedio es la contemplación de los gorriones! 

 


Hay una indicación preciosa que, hoy, el Maestro nos da para superar el miedo y el juicio, para no dejar que nuestra alma, nuestra parte más preciosa, la que nos identifica, muera: mirad a los gorriones (y a las golondrinas).

 

No cuentan nada, los gorriones. Dos gorriones se venden por un centavo, unos pocos céntimos.

 

Y, sin embargo, Dios los conoce. Y me emociona y me asusta un Dios capaz de conocer a los gorriones, de amarlos, de cuidarlos. Me emociona y me asusta un Dios que conoce incluso los cabellos de mi cabeza.

 

¿Cómo resistir ante el miedo? ¿Y ante la tentación? ¿Y ante la desconfianza que envenena las relaciones?

 

Confiando en el Dios que nos conoce y nos ama, que cuenta los cabellos de nuestra cabeza y las vicisitudes de los gorriones.

 

Dios nos conoce, nos protege, no permite que nos perdamos, que nos dejemos abrumar por el miedo.

 

Y el gorrión no cae al suelo porque Dios lo quiere, como traducen erróneamente nuestros textos, sino que el gorrión no cae al suelo lejos de Dios.

 

Ante las acusaciones, el miedo, la desintegración de nuestro mundo, una vez más estamos llamados a tener una inmensa confianza en el Padre.



Este es el tiempo del testimonio.

 

De creer, no de ceder.

 

Este es el tiempo de volver a poner nuestra fe en el centro. Jesús nos pide que lo reconozcamos ante los hombres. Que hagamos visible, rastreable, nuestra fe. A veces también con palabras. Pero, siempre, con la vida y con las elecciones, con la atención y la constancia, viviendo nuestra vida con la ligereza de quien ha descubierto a un Dios que ama a los gorriones.

 

Un segundo aspecto es la posibilidad de dejar que el alma muera.

 

Temed más bien a aquel que tiene poder para hacer perecer en el Gehena tanto el alma como el cuerpo.

 

Jesús da algunas indicaciones: el cuerpo llevado al Gehena, uno de los valles a los pies de Jerusalén, nunca habitado porque en el pasado allí se practicaban sacrificios humanos y, en tiempos de Jesús, se utilizaba como vertedero, apaga el alma.

 

Si dejamos que nuestro cuerpo, es decir, nuestra vida, nuestro pensamiento, nuestro juicio, se deslice hacia la basura y el sacrificio de los demás, faltando al respeto, menospreciando a las personas y las cosas, matamos nuestra alma.

 

Cuidar del cuerpo, de las emociones, de las relaciones, cultivándolas y honrándolas, significa alimentar el alma. ¡Debemos temer a quienes nos empujan hacia el Gehena! ¡Debemos temer a quienes ven el mal por todas partes, a quienes desprecian la vida, se burlan de ella y la aniquilan!

 

¡Se trata de cuidar los cuerpos, de cultivar el alma!



Dios sabe, Dios conoce.

 

Pero no determina a priori nuestro camino, no asiste, distraído, a nuestras vicisitudes y nuestras desgracias, no es un titiritero que lo decide todo sin tener en cuenta nada.

 

No cae una hoja sin que Dios lo quiera.

N

o es así. Habría que corregir este dicho popular.

 

No cae una hoja sin que Dios lo sepa.

 

Y aunque el gorrión caiga del nido de sus manos Dios está dispuesto a recogerlo y a cuidarlo. Yo valgo. Y valgo más que muchos gorriones, dice el Señor.

 

Dios nos ama, por eso somos libres, incluso de ceder al miedo, al juicio, incluso de dejar que el alma se marchite.

Dios no quiere las guerras, las muertes por hambre, el egoísmo de las naciones, la arrogancia y la violencia. Nos ha creado libres para florecer, no para cortar las raíces de quienes nos rodean.

 

Dios no quiere que nos destruyamos.

 

¿Y nosotros?



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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