Entrar en el gozo de nuestro Señor - San Mateo 25, 14-30 -
I
La parábola de los talentos es una buena noticia contra el miedo, que
trastoca la relación con Dios y hace que la vida sea estéril.
El último siervo no ha comprendido que, al confiarle el talento, el amo
quiere convertirlo en su amigo; que ese talento es un don de comunión, un acto
de confianza. En cambio, sobre todo se cierne el miedo al castigo, y el don,
que era una oportunidad, se convierte en una pesadilla.
¡El siervo tiene miedo de Dios! Tiene una imagen horrible de Él: «Eres
duro… cosechas donde no has sembrado…». Error fatal: se equivoca con
Dios y, por tanto, se equivoca en la vida; en lugar de amigo, se convierte en
esclavo inerte, un Adán sin jardín. Porque solo cuando te sientes amado das lo
mejor de ti mismo, y el miedo nunca te libera del mal.
Dios, en cambio, sorprende a los siervos. No quiere que le devuelvan los
talentos que les ha confiado, sino que duplica la apuesta, la multiplica: «Has
sido fiel en lo poco, te daré autoridad sobre mucho». No se trata de una
devolución, sino de una apuesta mayor.
No existimos para devolverle a Dios sus dones. Esta imagen, dictada por
nuestro miedo, empobrece a Dios. Vivimos para ser como Él, para ser a nuestra
vez dadores: de paz, libertad, justicia, alegría. Cosas de Dios, que se
convierten en semilla de otros dones, fuente de energías, árbol que crece,
horizonte que se amplía, gracia sobre gracia. Gloriosa y gozosa pedagogía de
vida.
La parábola de los talentos es el poema de la creatividad. Y sin alardes
retóricos. Ninguno de los tres siervos cree que deba salvar el mundo. Todo, en
cambio, huele a hogar, a vidas y a olivos, a dedicación y a trabajo: fiel en lo
poco.
El mundo y la vida nos han sido confiados como un don que debe crecer, un
jardín inacabado que debe florecer. Una espiral de vida creciente es la ley de
la creación. So pena de que la vida carezca de sentido.
Tras la larga ausencia de Dios, su prolongada confianza en nosotros, el
juicio no versará sobre la cantidad de lo ganado, sino sobre la calidad del
servicio; no sobre el número, sino sobre la verdad de los frutos.
No existe una tiranía de la cantidad en el Reino de los Cielos: fiel en lo
poco. Ese día, dice un relato, no se me preguntará por qué no fui como Moisés o
Elías o uno de los profetas. Sino solo por qué no fui yo mismo.
Debo caminar siendo fiel a mí mismo, siervo emocionado y disciplinado de la
vida, fiel a la verdad trazada en mí por Dios. Nadie carece de talentos. Es ley
de la creación. Y voy envuelto en los dones de Dios. Cada criatura con la que
me encuentro es un talento, que debo custodiar y cultivar para enriquecer mi
vida y la de los demás.
Cada uno es un talento de Dios para los demás. «A ti te he recibido como talento».
Así se lo puede decir la esposa al esposo, el hijo al padre, el amigo al amigo:
¡tú eres mi talento! Poder decírselo a alguien, poder decírselo a muchos, para
entrar así, con paso creador, en la liturgia de la vida.
II
Esta parábola es la
síntesis de las dos fuerzas opuestas de las que se nutre toda vida: la emoción
y la disciplina, el talento y el trabajo.
¿En qué siervo me
reconozco? ¿En los dos primeros, aquellos que trabajan su capital, su
espléndido don, y ven el mundo, a los hombres, el todo como un don inicial que
progresa, un jardín inacabado que debe crecer y florecer? ¿O me reconozco en el
tercer siervo, aquel que no hace progresar nada, un hombre inútil para el
futuro?
El corazón secreto
de las cosas es una llamada a crecer; una espiral de amor creciente es la
energía. Al igual que el campo arado no puede devolver en verano solo la
semilla que ha recibido, así también para nosotros, entre la siembra y la
cosecha, nuestro papel es la multiplicación. So pena de que la vida carezca de
sentido.
El tercer siervo
tiene un corazón enfermo, sin deseo. Es un exiliado de la creación, desterrado
e inútil, que no es a imagen del Dios creador, quien esparce a manos llenas sus
gérmenes de luz y de vida, con magnífica exuberancia. El tercer siervo ya no crea:
solo conserva.
Pero el mundo y el
corazón no nos han sido dados como cosas que hay que conservar, como frágiles
milagros que pueden romperse entre nuestras manos, sino que deben ascender
gloriosamente hacia la plenitud.
No somos
conservadores de cosas preciosas y amenazadas, sino creadores de obras nuevas,
servidores de la fuerza fermentadora oculta en todo lo que vive. Solo así
nuestra vida no será inútil para el devenir común.
Así ocurre con los
dos primeros siervos: en su mente no hay un balance que se cierne sobre ellos y
perturbe su sueño, sino una vida que pide crecer.
Nuestra vocación es
ser artífices de la creación, llenos de emoción y disciplina; nuestra misión,
nuestro orgullo, es dejar el mundo un poco más bello de lo que lo encontramos.
En el Evangelio hay
toda una teología de la semilla, de la levadura, del brote, de la yema, de los
comienzos como dones llenos de gracia. A nosotros nos corresponde el camino,
los itinerarios de emoción y disciplina, el verano perfumado de frutos.
Dios es la
primavera del cosmos: a nosotros nos corresponde la tarea de crear el verano de
los frutos. El mundo es un jardín inacabado y en marcha.
Esta parábola es el
poema de la creatividad, sin alardes retóricos: ninguno de los siervos cree
poder salvar el mundo. En cambio, todo huele a hogar, a viñas, a olivos, a
lana, a trabajo y a espera. Sin embargo, el amo no quiere los talentos para sí
mismo, sino que se los deja a los siervos fieles.
Es más, los
multiplica: esta espiral de amor creciente es el nombre secreto de todo lo que
vive.
III
De los
protagonistas de la parábola se desprenden dos visiones opuestas de la vida: la
existencia y los talentos recibidos como una oportunidad; o bien la existencia
como un largo juicio, lleno de riesgos y miedos.
Los dos primeros
siervos se adentran en la vida como en una posibilidad alegre; el último ni
siquiera se adentra, paralizado por el miedo a salir derrotado.
La parábola de los
talentos es un poema a la creatividad, sin florituras retóricas, porque ninguno
de los tres siervos cree poder salvar el mundo. Todo, en cambio, huele a hogar,
a viñas y olivos, a esfuerzo y a trabajo. A sencillez y concreción. Lo
que yo puedo hacer es solo una gota en el océano, pero es esta gota la que da
sentido a mi vida – Albert Schweitzer -.
El Evangelio está
lleno de una teología sencilla, la teología de la semilla, de la levadura, de
los comienzos que deben florecer. A nosotros nos corresponde el trabajo
paciente e inteligente de quien cuida los brotes. Dios es la primavera del
cosmos; a nosotros nos corresponde ser su verano fecundo en frutos.
Leamos bien la
continuación de la parábola: Dios no es un amo que quiere recuperar sus
talentos, además de los que los siervos han ganado. Lo que los siervos han
logrado no solo les pertenece, sino que se multiplica una vez más: «Has
sido fiel en lo poco, te daré autoridad sobre mucho».
El amo no necesita
esos diez o cuatro talentos. Los siervos van a devolver, y Dios vuelve a
apostar: y este crecimiento, este incremento de vida, esta espiral de amor
creciente es la energía secreta de todo lo que vive.
No vivimos
simplemente para devolver a Dios sus dones. Se nos han dado para que, a su vez,
se conviertan en semilla de otros dones, en levadura que hace crecer, en un
plus de vida para nosotros y para todos aquellos que nos han sido confiados.
Tampoco hay tiranía
alguna, ni capitalismo de la cantidad. De hecho, quien entrega diez talentos no
es mejor que quien entrega cuatro. Las balanzas de Dios no son cuantitativas,
sino cualitativas.
No hay diez
talentos «ideales» que alcanzar: hay que caminar con fidelidad a lo que
has recibido, a lo que sabes hacer, allí donde la vida te ha puesto, fiel a tu
verdad, sin máscaras ni miedos.
La parábola de los
talentos es una invitación a no tener miedo a la vida, porque el miedo
paraliza, porque todo lo que eliges hacer impulsado por el miedo, en lugar de
por la esperanza, empobrece tu historia.
La pedagogía del
Evangelio ofrece tres grandes reglas de madurez: no tener miedo, no infundir
miedo, liberar del miedo. Sobre todo de aquel que es el miedo a los miedos, el
miedo a Dios.
IV
Ocurrirá como le
sucedió a un hombre que, al partir de viaje, llamó a sus siervos y les entregó
sus bienes.
Dios nos entrega
algo y luego se retira de la escena. Nos entrega el mundo, con pocas
instrucciones de uso y mucha libertad. Un rostro de Dios que encontramos en
muchas parábolas: confía en nosotros, nos eleva a co-creadores, lo hace con un
don y una regla, la de Adán en el Edén: «cultiva y cuida» el jardín donde te
has sido puesto, es decir: ama y multiplica la vida, sacerdote de lo que es la
liturgia primordial del mundo. Ningún hombre carece de jardín, porque lo que
fue cierto para Adán lo es desde entonces para cada uno de sus hijos.
Los talentos
entregados a los siervos por el amo generoso y confiado, además de representar
las dotes intelectuales y del corazón, la belleza interior de la que nadie
carece - y de la que la luz del cuerpo no es más que un reflejo -, anuncian que
cada criatura que se cruza en mi camino es un talento de Dios para mí, un
tesoro depositado en mi campo. Y yo soy el Adán, cultivador y guardián de su
florecimiento y felicidad.
El Evangelio está
lleno de una teología sencilla, la teología de la semilla, de la levadura, de
los comienzos que deben florecer. A nosotros nos corresponde el trabajo
paciente e inteligente de quien cuida los brotes: «La esencia del amor no está en lo
que es común, sino en obligar al otro a convertirse en algo, a convertirse en
infinitamente mucho, a convertirse en lo máximo que le permiten sus fuerzas»
- Rainer Maria Rilke -.
Llega el momento de
rendir cuentas, y se acumulan las sorpresas. La primera: quien entrega diez
talentos no es mejor que quien solo entrega cuatro. No hay tiranía ni
capitalismo de la cantidad, porque las balanzas de Dios no son cuantitativas,
sino cualitativas. Solo se necesita sinceridad de corazón y fidelidad a uno
mismo, para dar a la vida lo mejor de lo que podemos dar.
La segunda
sorpresa: Dios no es un amo exigente que quiere recuperar sus talentos con
intereses. La suma se queda en manos de los siervos, es más, se ha duplicado: «Has
sido fiel en lo poco, te daré autoridad sobre mucho».
Los siervos van a
devolver, y Dios vuelve a apostar. Este crecimiento de la vida es el Evangelio;
esta espiral de amor creciente es la energía de Dios encarnada en todo lo que
vive.
Por fin se presentó
aquel que había recibido un solo talento y dijo: «Tuve miedo». La parábola
de los talentos es una invitación a no tener miedo de los retos de la vida,
porque el miedo paraliza, nos convierte en perdedores: ¡cuántas veces hemos
renunciado a ganar solo por miedo a acabar derrotados!
El Evangelio es
maestro de la sabiduría de vivir, de la pedagogía más humana que se basa en
tres reglas: no tener miedo, no infundir miedo, liberar del miedo. Y, sobre
todo, del que es el miedo de los miedos: el miedo a Dios.
V
El Evangelio está
lleno de una teología sencilla: la teología de la semilla, de la levadura, de
los comienzos que deben florecer. A nosotros nos corresponde la labor paciente
e inteligente de quien cuida los brotes y los talentos. Dios es la primavera
del cosmos; a nosotros nos corresponde ser su verano, fecundo en frutos.
Como suele ocurrir
en las parábolas, un amo - que es Dios - entrega algo, confía una tarea y sale
de escena. Nos entrega el mundo, con pocas instrucciones de uso y mucha
libertad. Una única regla fundamental, la que se le dio a Adán: cultiva y
cuida, ama y multiplica la vida.
La parábola de los
talentos es una exhortación apremiante a temer más quedarnos inertes e
inmóviles, como el tercer siervo, que a equivocarnos; el miedo nos convierte en
perdedores en la vida: ¡cuántas veces hemos renunciado a ganar solo por temor a
acabar derrotados!
La pedagogía del
Evangelio nos acompaña, en cambio, a dar tres pasos fundamentales para el
crecimiento humano: no tener miedo, no infundir miedo, liberar del miedo. Sobre
todo de aquel que es la madre de todos los miedos, es decir, el miedo a Dios.
Si leemos con
atención la continuación de la parábola, descubrimos que se nos revela que Dios
no es un recaudador de impuestos, un contable que quiere recuperar sus talentos
con intereses.
De hecho, dice: «Has
sido fiel en lo poco, te daré autoridad sobre mucho». Lo que los
siervos han logrado no solo les pertenece, sino que, además, se multiplica. Los
siervos van a devolver, y Dios lo multiplica: y este crecimiento, este
incremento de vida, es precisamente la buena noticia.
Esta espiral de
amor que se expande es la energía secreta de todo lo que vive, y que tiene su
origen en el buen corazón de Dios. Todo nos es dado como una suma de vida.
Ninguna tiranía,
ningún capitalismo de la cantidad: de hecho, quien entrega diez talentos no es
mejor que quien devuelve cuatro. No hay una cifra ideal que alcanzar: hay que
caminar siendo fiel a uno mismo, a lo que has recibido, a lo que sabes hacer,
allí donde la vida te ha puesto, fiel a tu verdad, sin máscaras ni miedos. Las
balanzas de Dios no son cuantitativas, sino cualitativas.
Detrás de la imagen
de los talentos no hay más que los dones de la inteligencia, del corazón, del
carácter, mis capacidades. Está la Madre Tierra, y todas las criaturas que se
cruzan en mi camino son un regalo del cielo para mí. Cada uno es un talento de
Dios para los demás.
Suena magnífica esa
fórmula del matrimonio: «Te acojo a ti, como mi talento, como el
regalo más hermoso que Dios me ha hecho». El novio se lo puede decir a
la novia, el amigo al amigo: ¡Tú eres mi talento! Y mi compromiso será cuidar
de ti, ayudarte a florecer en el tiempo y en la eternidad.
«La
esencia del amor no está en lo que es común, sino en hacer que el otro se
convierta en algo, en algo infinitamente grande, en lo mejor de lo que puede llegar
a ser» - Rainer Maria Rilke -.
VI
Hay un
señor oriental, muy rico y generoso, que se va de viaje y confía su patrimonio
a sus sirvientes. No busca un asesor financiero, llama a los suyos, confía en
sus capacidades, cree en ellos, tiene fe y un proyecto: el de hacerles ascender
de condición: de empleados a socios, de sirvientes a hijos. Con dos lo
consigue. Con el tercero no lo logra.
Al
regresar y hacer balance, la sorpresa se duplica: «¡Bien, buen siervo!».
¡Bien! Eco del grito gozoso del Génesis, cuando por seis veces «vio
lo que había hecho y exclamó: ¡qué bonito!». Y la séptima vez: ¡pero es
precioso!
Los
siervos van a devolver lo que les fue confiado, y Dios les recompensa: te
daré poder sobre mucho, entra en la alegría de tu señor. En una nueva
dimensión, la de quien participa de la energía de la creación, y allí por donde
ha pasado queda tras de él más vida.
Yo
también he sentido esta invitación: «Entra en la alegría». Cuando, al
escribir o predicar el Evangelio, el destello de un asombro repentino, de un
escalofrío en el alma, la experiencia de quedarme yo mismo encantado ante una
gran belleza, me hacía sentir bien, a mí el primero.
O
cuando he podido entregar a alguien un soplo de aire fresco o un trozo de pan,
he sentido que era yo quien respiraba mejor, más libre, más profundamente. «¡Sé
egoísta, haz el bien! Te lo harás, ante todo, a ti mismo».
Y
luego le toca el turno al tercer siervo, el que tiene miedo. El primero de
todos los miedos, la madre de todos, es el miedo a Dios: «Sé que eres un hombre duro, que
cosechas donde no has sembrado y recoges donde no has esparcido… he tenido
miedo».
Esta
imagen distorsionada de un Dios duro, que te acecha, con el aliento en la nuca,
está muy lejos del Dios de Jesús. Y bajo el efecto de esta imagen errónea, la
vida se vuelve errónea, el lugar de un examen temido, de una cosecha que se
cierne sobre uno.
Si
alimentas ese ídolo, si crees en un Dios amo duro y despiadado, entonces te
encontrarás con Él como una máscara de tus miedos, como un fantasma maligno; y
el don se convierte, como para el tercer siervo, en una pesadilla: «He
aquí lo que es tuyo, tómalo».
Si
crees en un Señor que lo ofrece todo y no pide nada a cambio, que cree en
nosotros y nos confía tesoros, locamente generoso, que a su alrededor no quiere
subordinados ni rendiciones de cuentas, sino hijos, entonces entras en la
alegría de multiplicar con él la vida.
El
Evangelio está lleno de una teología sencilla: la teología de la semilla, de la
levadura, del grano de mostaza, del capullo, de los talentos que hay que hacer
fructificar, de comienzos pequeños y poderosos.
A
nosotros nos corresponde el trabajo paciente e inteligente de quien cuida los
brotes. Todos somos sacerdotes de lo que constituye la liturgia primordial del
mundo. Dios es la primavera del cosmos; a nosotros nos corresponde ser su
verano, perfumado de frutos.
VII
La parábola de los
talentos pone de relieve el contraste entre el patrimonio económico y el
patrimonio relacional, la gran cantidad de dinero de un señor rico y su gran
proyecto con respecto a sus siervos: les confía su tesoro y se marcha.
Al regresar y pedir
cuentas, la sorpresa es doble. En lugar de quedárselo para sí, el amo vuelve a
apostar: «Bien, siervo bueno, te daré autoridad sobre mucho». Y se oye el
eco del profeta: así se alegrará tu Dios por ti (Is 62,5). Contento con lo que
ve, no solo entrega a los siervos la inversión y las ganancias, sino que añade
algo más: «Entra en el gozo de tu señor». El señor y los siervos han
entrado en sintonía de vida, en la experiencia de que el Reino viene con el
florecer de la vida en todas sus formas.
Los dos primeros lo
han comprendido y se han atrevido; el tercero ha tenido miedo y ha enterrado su
vida: «Sé que eres un hombre duro, que cosechas donde no has sembrado, recoges
donde no has esparcido... Tuve miedo. Aquí tienes lo que es tuyo».
Nunca consideró suyo ese talento. «Tuve miedo».
La madre de todos
los miedos es el miedo a Dios. El tercer siervo tiene una imagen de Dios
triste, depredadora, que huele a muerte. Lo percibe como duro, enemigo e
injusto. ¿Y quién no tendría miedo de un Dios así?
Pero toda la
parábola dibuja una imagen opuesta de Dios, que no es el segador severo de lo
que ha sembrado, sino que deja con alegría todo el trigo bueno en tu mesa, es
más, lo duplica aún más - dádselo al que ya tiene diez talentos
-. No estamos en el mundo para ajustar cuentas con Dios, sino para compartir
tesoros de bondad, de alegría, de belleza y de vínculos.
Ante el siervo que
no ha sido capaz, la reacción nos parece desproporcionada. Pero Jesús utiliza
un lenguaje apocalíptico, paradójico, para decir que una imagen errónea de Dios
puede provocar desastres, puede hacernos fracasar de verdad en la vida. Y eso
es lo que debemos temer.
Crep que es
necesaria una dosis de creatividad radiante y un temor más a quedarnos
inmóviles y apagados que a equivocarnos. A nosotros, educados en la idea de que
lo peor es equivocarse, dentro del esquema de delito/castigo, este Evangelio
nos recuerda que lo peor que nos puede pasar es quedarnos inmóviles,
enterrados, estériles, como fracasados, si tras de nosotros, a nuestro paso, no
dejamos más vida.
El mundo es una
realidad germinante, y lo es cada criatura, y estamos en el mundo «para
el florecimiento del ser» - Romano Guardini -, para hacer avanzar,
aunque solo sea un pequeño paso, el bien, los talentos buenos, la historia de
la alegría.
Hay una vida que
llama a nuestras puertas, no un tribunal. Entonces, a quien tiene, se le dará.
Dios regala vida a quien produce amor. Dios es la primavera incansable del
cosmos; nuestra tarea es convertirnos en su verano perfumado de frutos.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF