jueves, 6 de agosto de 2026

Brindemos mientras tanto a la vida.

Brindemos mientras tanto a la vida 

Mi cumpleaños. Hoy. Ayer. Mañana. 

Empecé las «celebraciones» ayer con un amigo que conoce algunos de mis matices, mis tonalidades… 

En un lugar que me encanta. Pamplona. 

Me encanta desde hace algunos años en los que conocí más de cerca esta ciudad. 

Me encanta porque mi historia también pasa por aquí. 

Me encanta el día de mi cumpleaños porque no se trata de envejecer, sino de crecer. De desarrollarme. De mirar hacia el futuro. Sin perder de vista el pasado. 

He aprendido, quizá más en los días festivos que en otros, que algunas circunstancias son una dificultad que nos creamos nosotros mismos más que una dificultad real. 

Y no porque quiera convencerme a mí mismo, sino porque creo que el secreto de la vida es una cuestión de sentir, percibir, comprender. 

Sé que tengo cerca a todas esas personas que físicamente están lejos. Algunas, eso creo y espero, incluso en la casa del Padre. 

Sé que cada uno de ellos tendrá un pensamiento para mí. Incluso quienes no lo demuestren. 

Porque el día de mi cumpleaños también es esto: saber que los demás tendrán un pensamiento para ti. La realidad no es solo lo que tocamos. La verdad es que incluso lo que no es tangible es real. 

Lo aprendí cuando se fueron personas importantes para mí y aún siento sus enseñanzas, lo que me dieron, cómo cuidaron de mi corazón, cómo me animaron. 

El día de mi cumpleaños es un día solo para mí. Pero también para todas las personas de mi vida. Cada persona que entra en nuestra vida nos invita a la reflexión. Nosotros provocamos reflexiones. Y «nuestro» día es también un día de reflexión. Para nosotros, para los demás. 

Es un día en el que nos ocupamos del presente para hacerlo especial. Con una mirada al pasado. Con un ojo puesto en el futuro. Porque lo fundamental es el camino. Reconocer nuestro camino. 

Es un día importante por eso. O, al menos, debería serlo por eso. 

Hay lugares que recordaré

Toda mi vida, aunque algunos han cambiado

Algunos para siempre, y no para mejor

Algunos han desaparecido, y otros permanecen

Todos estos lugares tuvieron sus momentos

Con amantes y amigos, que aún puedo recordar

Algunos han fallecido, y otros siguen vivos

En mi vida, los he amado a todos

In My Life, The Beatles

 A los 61 años no estoy en la mitad del camino. 

Sí, he superado esa mitad, tanto en términos de edad como por todo lo que he vivido hasta hoy. 

Porque la vida, hasta ahora, no me ha ahorrado absolutamente nada, para bien o para mal. 

Así que, a pesar de todo, sigo teniendo mucho por lo que estar agradecido. 

Una vida plena, a pesar de sus adversidades. Sueños cumplidos, otros por cumplir, y otros más que sé que nunca cumpliré, pero que aún no puedo dar por rotos. 

Hoy que he cumplido 61 años, y mientras visitaba el cementerio de San José de Pamplona, me preguntaba si la dirección que estoy dando a las velas es la correcta. 

En mis recuerdos tengo algunas imágenes. A veces nítidas. Otras veces difusas. 

A los 61 años se supone que es la edad de la madurez, de las certezas, de las confirmaciones y de la realización personal y profesional. Al menos, eso es lo que dicen. 

¿Por qué no consigo sentir todas esas certezas? 

Las únicas seguridades están en muy pocas cosas mientras que todo lo demás está en constante cambio. 

Creo que Dios me está volviendo muy minimalista.

Y creo que en el cambio reside la vida misma, un poco como ocurre en la naturaleza, donde muere quien se queda quieto, quien no se adapta, quien permanece inmóvil. Solo la materia inanimada nunca cambia. 

O tal vez esta percepción de cambio continuo se deba únicamente a que la naturaleza humana siempre busca un poco de paz, y en este sentido siento que aún tengo que hacer las paces con muchos aspectos de mi vida.

Estoy en esa edad en la que aprecio y valoro a quienes creen en algo, que tienen valores. No valoro a las almas vacías, a las quejas que nacen del egocentrismo infantil, a los superficiales ni a quienes nunca se cuestionan a sí mismos. Esto lo sé con meridiana certeza. 

Pero tengo que encontrar un equilibrio en tantas cosas y hacer las paces todo aquello que pocos conocen porque siempre las he enmascarado tras mi silencio. 

Todavía tengo que conseguir nadar en aguas profundas y no tener miedo, al girarme, al ver aquellos que ya no están físicamente a mi lado, como siempre lo estuvieron en buena parte de mi vida. 

Espero tener aún tiempo en la vida para poder hacer las paces con tantos y tantos aspectos. 

Y si no es precisamente paz, al menos tener un poco de tregua de vez en cuando. 

Lo que he deseado para este cumpleaños es poder seguir viendo un poco más del mundo con la mochila a la espalda. 

El mío no es un balance; espero tener el privilegio de envejecer para poder hacer balances más adelante en mi vida; es solo una reflexión y un deseo que me hago a mí mismo mientras avanzan los años de este camino. 

Crezco. Maduro. Envejezco. 

Lo podéis llamar como queráis. Lo cierto es que vuelvo a cumplir años. «Mientras los celebres, todo va bien», dicen los que dicen que saben. 

Sin embargo, este cumpleaños tiene algo diferente y no sé muy bien qué es. 

De los 60 del año pasado tengo la sensación de que el tiempo está pasando. 

Soy consciente de ello, eso es seguro. He recorrido un largo camino, tanto interior como exterior, que me ha llevado a ser quien soy ahora. Nada es perfecto, todo es mejorable, pero soy mejor de lo que era, o mejor dicho, de lo que fui. 

Siento un pequeño peso en mi interior, me siento dividido en dos. 

Por un lado, me sigue pareciendo que tengo aquellos años al alcance de la mano, me siento lleno de energía, tengo ganas de hacer aún muchas cosas. Pero también siento que aquellos años ya están lejos. Lo noto, por ejemplo, cuando me miro al espejo. 

Creo que estoy en ese momento en el que percibo el futuro no como algo que va a suceder, sino como algo que debo hacer que suceda de alguna manera. Como algo que, aunque todavía es largo, se va acortando poco a poco en comparación con el pasado. 

Crecer. Madurar. Envejecer. Quizá, al final, se trate solo de esto: mirar una foto de hace años y pensar «¡Madre mía, qué joven era!». 

No lo sé… ni lo sabré jamás. Mientras tanto, este año lo celebro así, volviendo a escribir mis pensamientos. Sin la ansiedad por el tiempo que ha pasado, sino con la ilusión de todo lo que, inevitablemente, pasará. 

Muchas felicidades al que fui, al que soy y al que seré. 

Mientras tanto, brindemos a la vida que es primera y última palabra de Dios. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Hoy es tiempo también de gratitud.

Hoy es tiempo también de gratitud 

Nos resulta fácil pedir, pero no dar las gracias. 

Cuando reflexiono, y a veces escribo, te confieso la revelación que en mi vida va aconteciendo cuando me acerco a la simplicidad del Evangelio, al minimalismo de la Bienaventuranzas y al mandamiento positivo del amor que resume decenas de decálogos. 

Y a todo ello puedo añadir la gratitud. 

«La práctica diaria de la gratitud es uno de los caminos a través de los cuales te llega la riqueza» (Wallace Wattles). 

Uno ya ha comenzado a pensar en aquello por lo que está agradecido y se ha dado cuenta de que el tiempo que dedicaba a quejarme era claramente mayor que el que dedicaba a apreciar lo que tenía. 

No lo sé. Tal vez estamos centrados en lo que nos falta, en lo que tienen los demás y nosotros no; las personas que no nos hacen sentir bien parecen ocupar más espacio en nuestra mente que aquellas que nos quieren. 

No puedo dejar de tener en cuenta que estamos rodeados de publicidad y mensajes subliminales que nos hacen pensar continuamente en desear cosas materiales, cuerpos de ensueño, viajes de lujo, teléfonos, portátiles… 

Y de esto también acuso a algunas redes sociales que podrían ser un medio enorme para compartir cosas bonitas, energía, buenas vibraciones, positividad,…, pero cada vez se parecen más a un catálogo de tonterías. 

Afortunadamente, hay personas que nos devuelven a la realidad, nos muestran la vida cotidiana, nos recuerdan que la vida es así de hermosa, y no me refiero a las redes sociales, me refiero al señor que pasea por la calle y te sonríe, al frutero que te deja probar esas fresas tan ricas sin esperar que las compres, hablo de una madre que te acaricia, de un abrazo espontáneo de una amiga… 

Le debo mucho a estos últimos años de mi vida: vivir sin cargos (¿no serán cargas?) ni responsabilidades, dormir plácidamente tranquilo de discernimientos, reflexiones y decisiones, pasar los días descalzo de aquellos “debo”, “hay que”, “tengo que”…, cuando uno ya no está en aquellos foros donde antes estuvo de decisión y de gobierno o cuando uno ya no es consultado sino sencilla y llanamente obviado… 

Y ahora que he empezado a sentir estas sensaciones que me hacen cosquillas en el alma, he entendido por qué: cuanto más te despojas de lo superfluo, más puedes mirarte en profundidad sin distracciones; cuanto más estás en contacto con todo, más sientes el vínculo contigo mismo.

Nos quejamos... nos quejamos por ejemplo de nuestro cuerpo, porque tenemos los muslos gruesos, las caderas anchas y celulitis en el trasero, pero ¿no deberíamos quizá darle las gracias? Nos lleva de paseo por el mundo, nos sostiene y se regenera de forma increíble ante cada herida. 

Nos quejamos de quienes no nos merecen, pero ¿no deberíamos dedicarnos a quienes, por el contrario, nos hacen sentir bien y nos regalan su tiempo? 

Deberíamos estar agradecidos por despertarnos y tener la oportunidad de vivir un nuevo día, afrontarlo como si fuera a ser el mejor, salir en busca de las oportunidades y posibilidades que se esconden a la vuelta de cada esquina; no es algo que se pueda dar por sentado, no todo el mundo ha tenido la oportunidad de disfrutar de un nuevo día. 

Pensar en aquello por lo que estoy agradecido me hace sentir mucho mejor, más ligero y sereno; los pensamientos positivos que desarrollo atraerán, en consecuencia, otros más, y el curso de las cosas que nos rodean cambiará de dirección. 

Ser agradecido, sin dar nada por sentado. 

Ser libres precisamente sin lo superfluo. 

Ser positivo incluso para atraer más positividad. 

Sed agradecidos por lo que tenéis; acabaréis teniendo más. Si os centráis en lo que no tenéis, nunca tendréis lo suficiente (Oprah Winfrey). 

Aunque yo mismo he escrito estas palabras, soy consciente de que la vida, obviamente no siempre puede ser perfecta; no me levanto cada mañana con una sonrisa y gratitud en el corazón, sino que a menudo abro los ojos con un «¡vaya por Dios!», «¡joder!»,… 

No soy perfecto y hay días malos para todos; a veces también hace falta asimilarlo, entender la causa del dolor y tomarnos un tiempo para quedarnos plácidamente sin hacer nada y a la espera… porque uno también ha aprendido que «todo tiene su tiempo» (Eclesiastés 3 ss) y que «no por mucho madrugar amanece más temprano». 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Agradecida gratitud.

Agradecida gratitud 

Tantas veces, por la noche, antes de apagar la luz, repaso mentalmente los acontecimientos del día que acaba de terminar y hago balance de lo que ha salido bien y de lo que, en cambio, no ha funcionado; compruebo si he conseguido hacer todo lo que me había propuesto y ahí es donde suele comenzar la fase de juicio hacia mí mismo: «Hoy tampoco he conseguido terminar todo lo que quería», «He perdido el tiempo», «Soy un desastre». 

Termino el día sumido en la frustración porque la parte negativa de mi jornada parece cobrar más importancia que los logros alcanzados, las emociones positivas que he sentido y los gestos de apoyo de algún compañero atento. 

Incluso cuando vivimos experiencias dolorosas en la vida, nos sentimos bloqueados, incapaces de reaccionar, y entramos en una espiral que nos lleva a ver solo la parte negativa de lo que hemos vivido. 

En mi experiencia, he logrado salir de mi inmovilidad cuando he comprendido, con el corazón, que no podía cambiar los hechos, pero sí podía cambiar mi forma de aceptar lo que había sucedido. 

Quiero precisar «con el corazón» porque, racionalmente, con palabras, es fácil decir «hay que seguir adelante» o «tengo que seguir viviendo», pero mientras no sintamos en el corazón que es lo correcto seguir viviendo, seguiremos bloqueados. 

La gratitud es, para mí, la clave para renacer, para volver a respirar. 

¿Qué es la gratitud? Cito la definición del diccionario: del latín tardío gratitudo –dĭnis, derivado de gratus «agradecido, reconocedor. Es decir aquel sentimiento y estado de ánimo que implica afecto hacia quien nos ha hecho un bien, recuerdo del beneficio recibido y deseo de poder corresponder (es sinónimo de reconocimiento, pero puede indicar un sentimiento más íntimo y cordial). 

Añado que la gratitud es un sentimiento que también podemos sentir hacia nosotros mismos y hacia la vida, ¡no solo hacia los demás! 

El sentimiento de gratitud nos permite establecer una relación diferente con cada acontecimiento, ya sea bueno o malo. Nos lleva a encontrar la belleza incluso allí donde, a primera vista, solo vemos dolor, dificultades o decepción. Nos impulsa a fijarnos en las pequeñas cosas y a apreciarlas, aquellas que a menudo damos por sentadas. 

La gratitud cambia nuestra relación con la vida, porque cada acontecimiento, persona o cosa se convierte en un regalo y una oportunidad de cambio y crecimiento. 

Para mí, ser agradecida no es solo reconocer lo que la vida me ofrece, sino también regalar gratitud. Esto se traduce en dar las gracias: «Gracias por escucharme», «Gracias por dedicarme un poco de tu tiempo», «Gracias por ayudarme», «Gracias por comprenderme», «Gracias por prepararme el café». 

La gratitud no es algo con lo que se nace, sino que es como un músculo: cuanto más la ejercitemos, más fácil nos resultará practicarla. 

Parecen acciones sencillas, casi triviales, pero si se hacen con constancia, cambian por completo la forma de vivir el día a día, las relaciones y los acontecimientos de la vida. 

  • Cambiar de perspectiva: aprender a fijarse en las pequeñas cosas.
  • Estar atentos: a lo largo del día, entrenarse para ver las cosas positivas que suceden (p. ej., una sonrisa inesperada; un compañero que se ofrece a hacer algo por vosotros para aligeraros la carga; la cena lista al llegar a casa).
  • Fijarse en las cosas que tenemos… y que damos por sentadas, como tener una casa, dinero para hacer la compra o poder ir de vacaciones.
  • Escribir: al final del día, coger papel y lápiz y anotar tres cosas del día por las que uno puede estar agradecido (p. ej., un objetivo alcanzado, una tarea completada). 

A lo mejor hay que dejar de darlo todo por sentado, de dar más importancia a lo que no sale como me gustaría. Todo lo que me ocurre tiene una razón, a veces fácilmente reconocible, otras veces invisible. Depende de mí detenerme y encontrar el «porqué» o, simplemente, aceptar sin juzgar lo que estoy viviendo. 

Aprender a ser agradecidos significa aceptar todo lo que tenemos en nuestra vida con la conciencia de que no todo se puede cambiar. Aceptar no significa sufrir pasivamente, sino comprometerse a comprender cómo una determinada situación puede hacernos mejores y permitirnos crecer y evolucionar. 

Lo más difícil es sentirnos agradecidos cuando estamos enfadados, tristes, decepcionados o cuando la vida nos plantea pruebas duras que superar, como vivir un duelo. Al principio resultará muy difícil encontrar un motivo para dar las gracias, pero si nos damos tiempo para observar y escuchar lo que sentimos, lo encontraremos. 

Decidir cultivar la gratitud es un poco como crear un bumerán que, una vez lanzado, nos volverá más rico y potente que antes. 

La gratitud es un sentimiento capaz de cambiar nuestra existencia, llevándonos a vivir el presente con mayor conciencia y a afrontar con más serenidad los acontecimientos, ya sean difíciles o sencillos, que la vida nos depare. 

«No es la felicidad lo que nos hace agradecidos, sino que es la gratitud lo que nos hace felices» (David Steindl-Rast). 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 5 de agosto de 2026

Ahora que la “invasión” en Ceuta ya no es noticia ni mucho menos titular.

Ahora que la “invasión” en Ceuta ya no es noticia ni mucho menos titular

Lo ocurrido hace unos días en Ceuta es sin duda una trampa tendida por los mercaderes de la muerte y un suceso organizado y orquestado a sabiendas. Sin embargo, su valor simbólico es difícil de subestimar. 

Es la demostración evidente de un deseo de libertad y de vida que nos llega desde el Sur del mundo y que no puede tratarse únicamente como un problema de seguridad pública. 

Abandonar la propia tierra, el propio país, no es algo que ninguna mujer ni ningún hombre haga a la ligera. 

Partir significa adentrarse en lo desconocido, dejar atrás las seguridades, abandonar las costumbres y tradiciones que han marcado la propia vida, arriesgar la integridad física propia y la de los seres queridos. 

¿Cuántas personas han muerto al intentar cruzar el mar? 

Las contamos con frialdad, sin darnos cuenta de que son vidas humanas, rostros, sueños y deseos ahogados por la esperanza de una nueva patria. 

Más allá de las necesarias valoraciones políticas y de las medidas legislativas, acontecimientos como los de Ceuta siguen siendo el barómetro del enorme desequilibrio del mundo, de la distribución injusta de la riqueza, del recorte de las democracias en todo el planeta (y de los derechos sociales, civiles y económicos que estas conllevan), de la crisis climática. 

Y todo ello condensado en esa esperanza desesperada de los migrantes en Europa. 

Así se repiten sin fin hechos trágicos, en los que las esperanzas, las sonrisas y los cuerpos de tantas personas, en un instante, quedan destruidos por las decisiones de otros hombres, que se arrogan el derecho de quitar la vida a los demás, borrando como inútiles los muchos amores que los trajeron al mundo. 

Y el riesgo es precisamente la anestesia de la conciencia, que banaliza el mal. Crear letargo, crear conciencias adormecidas es el proyecto oculto de Occidente. 

Prueba de ello es la forma en que los gobiernos y los medios de comunicación del Viejo Continente (con la habitual y indefinible ramificación estadounidense) narran lo ocurrido en Ceuta. 

Una forma que resulta absolutamente terrible. Ningún respeto, ninguna implicación, ningún dolor, ningún sentido de la humanidad, ninguna explicación de las razones profundas. 

Solo la alarma del alarmismo, totalmente infundada desde el punto de vista jurídico, de una invasión de hecho imposible (hay mar, hay Gibraltar entre Ceuta y Europa); solo la descalificación absurda de toda política de acogida e inclusión. 

Y ese es el pecado original de la Europa actual frente a los migrantes: no querer admitir que se trata de un fenómeno mundial, irreversible, que hay que afrontar y gestionar con la política y no con los ejércitos; que nos enfrentamos a un éxodo al que no se puede responder solo medidas de seguridad de los pasos fronterizos. 

Y antes de caer en ese letargo que —como nos ha enseñado la Historia— nos impide percibir la violencia y su escándalo, hasta el punto de aceptarla como algo normal o incluso necesario. 

En Ceuta, Europa demuestra una vez más de manera flagrante la profunda crisis de su civilización y de sus valores. Se reniega a sí misma como patria del derecho y del reconocimiento de cada mujer y cada hombre como parte de una humanidad común, de una fraternidad universal que nos trasciende. 

No se da cuenta de que las soluciones del tipo ‘pañales calientes’ eliminan la molestia de un día, pero preparan la tragedia del mañana. 

Y, sobre todo, al negarse a pensar y actuar según sus propios principios y capacidades, Europa corre el riesgo de condenarse a muerte. 

Todo ello también, o precisamente ahora, que la “invasión” en Ceuta ya no es noticia ni mucho menos titular. Y la sociedad vuelve a la normalidad cotidiana de una realidad estructural y sistemática de injusticia.

P. Joseba Kmairuaga Mieza CMF

domingo, 2 de agosto de 2026

Transfigurarse en el Espíritu a imagen de Cristo.

Transfigurarse en el Espíritu a imagen de Cristo 

La transfiguración es uno de los acontecimientos más misteriosos de la vida de Jesús. El lugar del acontecimiento es un monte alto, el Tabor según la tradición, pero es un hecho no esencial para los evangelistas. En la alta montaña, Jesús dialoga con Moisés y Elías, dos grandes personajes que el Antiguo Testamento sitúa a menudo en las cimas, en particular el diálogo con Yahvé. Jesús también busca a menudo la intimidad con el Padre en lugares desiertos, y en particular en las montañas. 

Según los exégetas, el fin último de la escena es revelar la persona de Cristo como señor de gloria, maestro, hijo de Dios y su misión de profeta y legislador perfecto y definitivo. 

La fecha del 6 de agosto depende de que según la tradición el episodio narrado por los Evangelios ocurrió cuarenta días antes de la Crucifixión de Jesús cuya fiesta, ya en la Iglesia oriental y luego también en la Iglesia occidental, se celebra el 14 de septiembre con la Exaltación de la Santa Cruz. 

El vínculo entre la Transfiguración y la cruz es ciertamente muy significativo pero, en mi opinión, es necesario repensar la decisión de no celebrar solemnemente esta importante fiesta. De hecho, cuando no cae en Domingo, la Transfiguración la celebran únicamente aquellos pocos feligreses fieles a la misa diaria. Por supuesto que no tiene sentido hacer un ranking de las fiestas cristianas, pero personalmente creo que la Transfiguración es la menos valorada en su importancia, entre otras cosas aún más en el mundo actual. 

Creo que en la sociedad actual, tan marcada por las apariencias más que por la verdad - a menudo también en la vida de las comunidades cristianas - la fiesta de la Transfiguración nos recuerda que la vida de fe, si es verdadera, no es un conjunto de prácticas religiosas, muchas veces superficialmente, sino que nos transforma, nos transfigura radical y completamente a imagen de Cristo. 

En la Transfiguración de Jesús podemos leer un misterio antropológico y cósmico: el hombre está llamado a transfigurarse como Jesús; el universo, la historia, el cosmos están llamados a entrar en la libertad de la gloria de los hijos de Dios. La humanidad gime y espera esta transformación y no es ella misma sino en el gemido que la tensa, que la lleva más allá de sí misma. 

Detrás de todo esto se capta evidentemente toda la reflexión paulina, por ejemplo en Rm 12, 2a: "No os conforméis a este mundo, sino dejaos transformar (metamorphoûsthe, es el mismo verbo que encontramos en Mt 17,2) por renovando tu forma de pensar, para poder discernir la voluntad de Dios". A partir del bautismo, la vida cristiana es vida transfigurada, vida nueva, en Cristo. El Apóstol escribe también sobre esto en 2 Cor 3,18: Y nosotros todos, a cara descubierta, reflejando como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados (metamorphoûmetha), en la misma imagen, de gloria en gloria, según la acción del Espíritu del Señor. La Transfiguración es vida bautismal, la vida en Cristo no es un esfuerzo voluntario ni una propuesta meramente moral, sino ante todo un don a acoger, o más bien el don: el Espíritu del Señor. 

Lejos de ser un episodio evangélico curioso y un tanto extraño, la transfiguración de Jesús es una revelación extraordinaria: de la gloria misteriosa de aquel que será crucificado y de la gloria reflejada de todos aquellos que, acogiendo el don del Espíritu, se convierten en espejos que reflejan la misma gloria. 

En el corazón del verano celebramos, pues, este misterio de luz que no atrapa envolviéndonos. Una celebración que indica plenitud, porque, al revelar la identidad de Cristo, dice lo que sobra y lo que sobrepasa la mente y lo que el corazón lucha por comprender. 

La racionalidad aquí es incapaz de captar ese misterio que, en cambio, sólo debemos dejarnos sorprender y sobrecoger. 

Jesús aparece radiante, "transfigurado", (su rostro brilla como el sol, sus vestidos blancos como la luz), sobre una alta montaña, en medio de Moisés y Elías: la Ley y los Profetas. 

La Ley, ante todo, no es letra muerta encerrada en un papel. La Palabra de los profetas, no un estudio de arqueología, sino algo vivo, que ahora en el rabino de Nazaret, se actualiza en esta cristofonía, anticipación de la revelación pascual. 

El misterio se desvela: Cristo, punto nodal en el que converge toda la fe bíblica. Alfa y Omega. Principio y Fin. Cristo, síntesis de lo divino, lo humano, lo cósmico. Cristo, a quien todo tiende y en quien todo se realiza. “En Él está toda plenitud” (Col 1, 19). 

En la transfiguración Jesús rasga el velo de su humanidad y revela el misterio escondido en su carne, el misterio de la gloria de Dios. En la revelación del cuerpo de Cristo se produce también la revelación del destino del hombre, "cuando seamos semejantes a Él" (1 Juan 3, 2). Éste es el destino de nuestra migración, la comunión con Dios que ya se construye con la comunión con los hombres. 

Debemos aprender a desear, esperar y acoger la claridad y el candor de la transfiguración: "sus vestidos se volvieron de una blancura resplandeciente" (Mc 9, 3). Es el rostro glorioso del Dios Hombre, del que una voz atestigua: “Éste es mi Hijo querido; escuchadle” (Mc 9, 7). 

¡Escuchadle! No una recreación histórica fijada en una lápida, sino una realidad para cada "hoy". 

El discípulo es el que se deja contagiar por la luz del Resucitado. “Hoy” resuena el mandato de escuchar, que es la invitación a seguir. La transfiguración de Cristo se convierte entonces en la transfiguración del discípulo contagiado por la luz del Resucitado, porque, como dice Pablo, "reflejando como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados en esa misma imagen" (2 Cor 3, 18). 

Nosotros somos un fragmento de la luz divina. Así, en nuestra oscuridad, que se llama guerras, hambre, crueldad, corrupción, vulgaridad, egoísmo, explotación de los más pequeños, impotencia del Getsemaní, abismo de las tentaciones en el que caemos y el abismo del disparate... el cristiano, de alguna manera, es el ya "transfigurado", es aquel que lleva dentro de sí un fragmento de luz, reflejo del esplendor divino, para iluminar ese mundo que se olvida de Dios. 

El cristiano: la pequeña luz de Dios dentro de las texturas de la historia personal y de la historia del mundo. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Venid conmigo a un sitio apartado.

Venid conmigo a un sitio apartado 

Como siempre, también estos días nos hundimos de repente en no pocas pesadillas. 

Miedos, duelos, limitaciones, oposiciones, cansancios, victimismos… ¿Podemos entrever algunos destellos de esperanza en el horizonte? 

La dichosa guerra… Sombras amenazantes… Imágenes de dolores y sufrimientos… 

¿Alguna alegría? 

Sí, tengo miedo y estoy cansado. Lo admito. 

Y quisiera huir pero no sé a dónde. 

Y veo a Dios, mi Dios, moviendo la cabeza. 

Le pedimos que detenga las guerras, después de que nosotros las hemos fomentado. 

Se necesita urgentemente un cambio. 

En mirada, en estilo, en acciones. De fe. 

Se necesita urgentemente una metamorfosis. 

Venid conmigo. Seguidme 

En la montaña 

Un cambio. Para superar la tentación de la desesperación. O de la violencia. 

Como nos decía Lucas el domingo pasado, la tentación, cuyo término significa “pasar a través”, es la dimensión habitual en la que vivimos y nos afecta precisamente porque somos creyentes y estamos llenos del Espíritu Santo. Paradójicamente es una buena señal ser tentado, significa que estamos en la lógica de la conversión. 

Si somos tentados es porque somos creyentes. 

Tabor es la meta de nuestra Cuaresma. La belleza y la alegría nos esperan, allí queremos ir, allí queremos orientar nuestras vidas. 

No para escapar de la pesada realidad, sino para transfigurarla. 

Vivimos en una época en la que se cultiva la desarmonía. En palabras, en discursos, incluso en nuestros barrios. En nuestras relaciones cotidianas. El lujo se confunde con la belleza, la riqueza con el esplendor. 

Pero sin belleza el corazón se marchita. Sin la belleza que toca lo bueno y lo justo, el alma se seca hasta quedar reseca. 

Una nueva mirada 

Aquel carpintero convertido en rabino lo conocían desde hacía mucho tiempo. 

Escucharon sus palabras, admiraron su profundidad y tranquilidad, amaron su visión de las cosas. Pero ahora, en Tabor, su forma de verlo cambia. 

La belleza está en nuestra mirada, no en las cosas ni en las personas. 

Y ahora los discípulos lo ven con los ojos del corazón. 

¡Qué hermoso es ver la belleza de Dios! ¡Cuánto reconocemos, en el rostro más humano del Señor Jesús, la transparencia sonriente del rostro del Padre! 

¡Y cuánta belleza falta en nuestra fe! Hemos forzado la experiencia de la fe a incluirse en las categorías de justicia y moralidad. 

Creemos que es correcto y apropiado creer en Dios. 

Es hermoso, responden los apóstoles. Una belleza que supera toda otra belleza, que ilumina y rebaja toda otra alegría que en Dios, y sólo en Dios, adquiere profundidad y esperanza de inmortalidad. 

Buscamos esta belleza cuando entramos en el desierto de la Cuaresma. 

En la locura del hombre que se cree Dios. 

Buscamos al Dios hermoso, nada más. 

En la oración 

Lucas escribe que Jesús subió al Tabor a orar y que está en oración, mientras se transfigura, como para indicar que sólo en un profundo camino de interioridad podemos descubrir la belleza de pertenecer a Dios. 

Por eso, es urgente redescubrir en nuestra fe el aspecto de la oración como encuentro íntimo y fecundo con la Palabra de Dios, para hacer de ella una lectura orante, prolongada y fecunda. 

Nos habla de su rostro transformado, que cambia de apariencia: como cuando estás enamorado, como cuando estás feliz, como cuando regresamos de una experiencia extraordinaria de fe. Se ve, si hemos descubierto la belleza de Dios no necesitamos hablar de ello por mucho tiempo. 

Jesús habla con Elías y Moisés, los profetas y la Ley, para dar plenitud a su revelación. Pero sólo Lucas nos dice que habla de su éxodo, de su partida. Han transcurrido ocho días desde que Jesús anunció a sus discípulos el terrible giro que estaban tomando los acontecimientos y su posible muerte estaba en el horizonte. 

Hoy aprendemos de Lucas que aquí mismo, en la gloria, Jesús recibe la confirmación de esto y una clave para entender el dolor que está a punto de afrontar. Cuando estamos en el Tabor comprendemos que la vida real también está hecha de cruces y derrotas, de dolores y desilusiones. Sólo en la belleza podemos afrontar el dolor. 

Los discípulos están oprimidos por el sueño, aquí como lo estarán más tarde en Getsemaní. Para ver la belleza de Dios debemos luchar duro, pelear, permanecer despiertos. Hoy día, ser y permanecer cristianos exige un esfuerzo inmenso, sobrehumano, que sólo el Espíritu nos permite realizar. Evitemos construir tiendas para “bloquear” al Señor en el momento de gloria. Si tenemos la alegría de ver la belleza de Dios, es para llevarla con nosotros a la ciudad. 

En la escucha 

La nuestra no es la fe de las visiones, sino de la escucha. 

Y esta página lo confirma. Si la oración nos lleva al lugar interior donde se encuentra la mirada de Dios sobre el mundo, la escucha de la Palabra es la invitación que el Padre nos dirige a todos. 

Un escuchar que requiere atención. 

Una escucha que requiere silencio. 

Un escuchar requiere deseo. 

Como cuando recogemos las preciosas palabras de una persona que amamos. 

Que esta subida al Tabor sea una oportunidad para escuchar mejor. Nuestro yo más profundo, en primer lugar, sin vivir en la superficie. Los que nos rodean, para mejorar la calidad de nuestras conversaciones. Hemos de desear a sopesar y pensar en las palabras a pronunciar. Retomar, cada día, el Evangelio que nos ayuda a releer la vida. 

Entonces nuestra mirada verá la metamorfosis, la transfiguración, que ocurre a nuestro alrededor y dentro de nosotros cuando tomamos a Dios en serio. 

Y quiero empezar por mí mismo: sabiéndome amado, quiero construir un metro cuadrado de paz absoluta a mi alrededor. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Brindemos mientras tanto a la vida.

Brindemos mientras tanto a la vida   Mi cumpleaños. Hoy. Ayer. Mañana.   Empecé las «celebraciones» ayer con un amigo que conoce algunos d...