Haced esto en memoria mía
Por nosotros mismos nunca hubiéramos podido desear tanto: desde siempre, en efecto, el deseo del hombre ha sido alcanzar el cielo (por ejemplo el mito de Prometeo), es decir, poder disponer de las mismas prerrogativas que Dios.
En el Corpus Christi todo se invierte: es
Dios quien ha llegado hasta el hombre, es Él quien ha descendido no solo para
plantar su tienda entre nosotros en el misterio de la Encarnación, sino incluso
para convertirse en nuestro alimento en el camino de la vida.
Ya Moisés había recordado que no basta con saciar el
hambre física para salvar la vida. El maná, de hecho, es una pregunta: «¿qué
es?», como si quisiera decir: ¿qué es lo que realmente me nutre?
¿De qué me nutro? La comida lleva consigo esta pregunta.
El pan, de hecho, sacia los retortijones del estómago,
pero el ser humano es mucho más que su necesidad: el hombre está hecho de sueños además de necesidades, de proyectos además
de nostalgias.
Si bien es cierto que el pan es necesario, no basta
para saciar el corazón. ¡Cuántas veces estamos saciados pero aburridos porque
no estamos satisfechos!
¡Todos estamos hechos para otra cosa, estamos hechos
para Dios! El horizonte inmediato no nos satisface, la meta a corto plazo nos
aburre. Y la mayoría de las veces acabamos devorándolo todo con la esperanza de
que el hambre se calme: buscamos objetos, entablamos relaciones, acumulamos
experiencias pensando que por fin ha llegado el momento adecuado.
La relación con la comida, en este sentido, dice mucho
de nosotros y de lo que nos habita y nos condiciona: no es casualidad que
muchos trastornos de la personalidad tengan que ver precisamente con la comida.
Jesús es consciente de ello y por eso viene a recordarnos que necesitamos una meta más grande que nos trascienda y oriente nuestros deseos y perspectivas. Las cosas no nos bastan: necesitamos, en cambio, el significado que les damos y el fin para el que las utilizamos. De ahí la importancia de seguir preguntándonos: «¿qué es?», como en el caso del maná.
Una y otra vez Dios nos ha alimentado, pero con un
alimento que no era capaz de dar la vida eterna. Por eso, en la plenitud de los
tiempos, nos hace el don del Verbo hecho carne. Puesto que todos somos mendigos
de lo infinito, Jesús se ofrece como el único capaz de saciar nuestro hambre
más verdadera: «Yo soy el pan vivo que
ha bajado del cielo».
En un solo versículo, Jesús resume la clave de toda
una existencia, la plena, la verdadera: «pan vivo… vivirá para siempre… para la vida del mundo».
No un pan cualquiera, sino el pan vivo que da vida en
plenitud y para siempre. La vida eterna, de hecho, no es solo la que viene
después de la muerte: es ya una calidad de vida diferente aquí y ahora.
El pan de Dios que mantiene vivo al mundo se convierte
en alimento para nosotros, los caminantes. Dios se hace compañero de viaje y
alimento para nosotros para que nuestra vida no pierda de vista la perspectiva
de aquello a lo que está destinada: la plena comunión con el Padre.
Solemos decir que el hombre es lo que come, queriendo
decir que somos la materia que entra en nuestro cuerpo.
En la vida de fe, en cambio, «participar del cuerpo y de la sangre de Cristo no tiende a otra cosa
que a transformarnos en aquello que recibimos» - San León Magno -.
Somos nosotros quienes nos convertimos en Aquel de
quien nos alimentamos y solo en la medida en que vivimos de la relación con
Cristo y su evangelio, nuestra vida es capaz de atravesar incluso el desierto
sin renunciar nunca a su dignidad.
Ese pan, de hecho, nos recuerda que no estamos hechos
para conformarnos con migajas porque Dios desea un hombre a la medida del
cielo, es decir, a su medida.
Comer la
carne del Hijo del hombre: entrar
en sintonía y en comunión con la misma existencia del Hijo Jesús hasta llegar a
ser una sola cosa con Él.
Beber la
sangre: ser capaces de adoptar
una actitud de entrega de uno mismo, incluso a costa de la vida. La perspectiva
no es la de una muerte sangrienta, sino el humilde testimonio de quien pone
todo de sí mismo a disposición de quien necesita ser amado.
La Eucaristía de Jesús no es un rito fin en sí mismo.
Su desembocadura natural es una eucaristía existencial: Haced esto en mi memoria.
Nuestra mirada creyente no se dirige tanto al pasado de una
Última Cena, para recordar una institución ritual, sino al futuro, anticipando el don de la vida eterna. La carne y
la sangre son símbolos por excelencia - al menos en el mundo judío - de la vida
que fluye en el ser humano.
Por eso, para obtener esa vida que Jesús quiere donarnos, es necesario alimentarse de su vida - carne y sangre -. Y el objetivo, de hecho, es precisamente este: vivir. El Padre tiene la vida, Jesús vive en el Padre y nosotros vivimos en ellos.
No, no podemos ni producir, ni comprar, ni poseer,…, la vida sino solo recibirla de Dios como un don. La Eucaristía no es una recompensa por nuestros méritos sino una gracia que viene de lo alto en forma de humilde pan y vino.
Y Dios viene a nuestro encuentro no solo haciendo algo a nuestro favor, sino dándonos un alimento que nos hace capaces de convertir y transformar radicalmente nuestra historia y la del mundo.
La Eucaristía es participación activa en un misterio de salvación. Comer y beber la vida del Señor significa hacerse uno con Él, significa decidir acoger una Vida que dice la verdad sobre nuestra existencia y sobre el mundo y la historia: una Vida que no juzga ni condena, sino que consuela, acompaña, defiende, sostiene…, una Vida que salva.
La verdad última de la Eucaristía no reside en la conversión del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, sino en las consecuencias que se derivan de esa conversión.
Ante la verdad frágil y desarmada de Jesús, presente y oculto en las especies eucarísticas, Jesús nos invita a asumir e introducir un estilo eucarístico en la vida, en nuestras relaciones, en nuestros trabajos,…, para dar pleno cumplimiento a la Eucaristía del Reino.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF




















