sábado, 4 de abril de 2026

Plegaria al ritmo de María Magdalena.

Plegaria al ritmo de María Magdalena

Cuando aún estaba oscuro, como cuando se pescaba la vida en las orillas de un lago, como cuando se amaba sin poder llamar Eterno a aquello que siempre se escapaba. 

Cuando aún estaba oscuro, como cuando Él hablaba y nosotros creíamos entender, y creíamos creer, y seguíamos, en cambio, obstinados y ciegos, perdiéndonos en nosotros mismos. 

Cuando aún estaba oscuro y querían matarlo y nosotros ni siquiera imaginábamos que éramos sus cómplices y no sus compañeros. 

Cuando aún estaba oscuro como en los ojos del ciego, como las manos áridas, como las palabras mudas, como las parálisis, como la mujer acusada, como el joven que se marchó, como el hijo que se quedó fuera de la casa, como Lázaro tras la piedra de un sepulcro… y nosotros, inconscientes de ser testigos de la vida resucitada tanto en el perdón como en la curación. Siempre es milagrosa primavera la vida que renace a la luz. 

Cuando aún estaba oscuro, como también después de su Resurrección, en los abismos de la enfermedad, en los temores del abandono, en la duda de que el cadáver solo hubiera sido robado, en los amores convertidos en odio, en el esfuerzo de ceder a un asombro excesivo, en los malentendidos entre nosotros, los discípulos, en las interpretaciones contradictorias de su recuerdo, en los escándalos de la Iglesia, en la insignificancia que nos atraviesa en tantos días del presente, en el miedo a que la muerte, al final, devore el amor. 

Cuando aún estaba oscuro… y hay tanta oscuridad que nos está ahogando la visión… y cegando la esperanza… 

Por eso nos empeñamos en celebrar la memoria de los destellos de lo Eterno, nos aferramos con fuerza a las fracturas milagrosas que hacen que el pasado esté atravesado por rayos de Luz, por esa conciencia límpida y fugaz de que cada ser es una manifestación vacilante de lo divino, por cuando nos han hecho sentir amados, por cuando nos han perdonado, por quienes nos agradecen lo que hemos sido, lo que somos y lo que seremos. En esto creemos. Y nos consolamos. 

Por cuando desciende la oscuridad y nosotros, a un paso de la noche, envueltos en lágrimas, le pedimos al Padre que salve y transfigure cada fragmento de amor, ese poco que hemos reconocido y consagrado con gestos. 

Por cuando en la oscuridad rezamos para que haya un lugar también para nosotros en el paraíso. 

Por cuando sentimos ser una oración muda compartida por los hermanos, y por cuando sentimos que juntos esperamos una tierra donde todo será finalmente claro y puro, luminoso y resucitado, recordado, entregado al corazón del Eterno, transfigurado en Luz. 

Por cuando rezamos por no ser olvidados, por cuando te rogamos que nos hagas reencontrar el Amor que nos ha mantenido con vida, y te suplicamos que nunca más se vaya. 

Por cuando también nosotros logremos decir «…y no sabemos dónde lo han puesto». Y no queda más que volver a buscar. 

Por cuando no sabíamos que estaba naciendo fuera de Jerusalén, por cuando lo perdieron en el Templo, por cuando huía del poder, por cuando cruzaba a la otra orilla, por cuando se refugiaba en el seno de la noche en oración, por el Monte de los Olivos, por su estar siempre en Otro Lugar. 

Por el miedo de quien dice haberlo comprendido, por la traición de quien se cree capaz de explicarlo o comprimir la bella, la novedad, la Vida, en un canon, en un dogma, en un sacramento, en un catecismo, en una teología, por quien sigue siendo discípulo pero en su corazón implora que tenga piedad, que ni siquiera él conoce el lugar, y que es solo un pobre caminante y peregrino que sigue buscando mientras dice que cree. 

Ni yo sé con certeza dónde lo han puesto, pero creo que está guardado en lugares misterioso, secretos…  y accesibles solo al amor. 

Corrían los dos juntos, y el hecho de no estar solos ya es un indicio de buena humanidad. 

Por cuando la fe entra en la carne y nos transforma en niños sin miedo a parecer ridículos, y corremos, torpes y enamorados, y corremos el riesgo de caer y el aliento nos oprime la garganta, y somos los mismos niños que corrían tras un balón, tras un amor, tras un sueño. El corazón hinchado que no deja de latir y se conmueve. 

Por cuando corre el pensamiento, corre la nostalgia, corre la esperanza de que no haya sido todo en vano, por cuando corre la urgencia de ver, de tocar, de volver a abrazar, aunque fuera un sepulcro vacío, aunque fuera la absurda esperanza de haber estado vivos y haber sido testigos. 

Por cuando nos atrevemos a creer que incluso la muerte se convertirá en una sonrisa, en abrirse paso, como se abrió el mar, entre tantas dudas. Que sea barrido por fin el temor de que Tú te hayas ido y nos hayas abandonado dejándonos solos en esta orilla. 

Por los lienzos tendidos y doblados, por ese mínimo rastro de orden en un mundo que parecía devastado y reducido al caos, por los clavos que no vencieron, por la madera que no prevaleció, por el desgarro en el velo del Templo que transformó, sin que lo supiéramos, nuestra existencia en una explosión de Vida. 

Por el desgarro fecundo de tu herida abierta, por el ardor de la carne que no deja de amar ni siquiera aunque esté traspasada, ni siquiera como cadáver, por el perfume esparcido, por el frasco de nardo que se hizo añicos como la piedra que sellaba una aparente derrota. 

Por los lienzos depositados, por el cuidado invisible de quien pone orden en nuestras historias desordenadas y dice, con palabras resucitadas, que no ha sido en vano nuestro amar, nuestro sufrir, nuestro dudar, nuestro correr contra toda esperanza. 

Por quien vio y creyó sin haber comprendido aún la Escritura. Por cuando Él nos miraba sin condenarnos, por cuando Él creía a pesar de nuestra insignificancia. 

Por quien supo posar sus ojos sobre nosotros logrando ver esplendores mucho antes de un posible amanecer. 

Por quien conservó el amor, por quien no nos olvidó, por quien, en el brillo de sus ojos, siguó creyendo en nuestra resurrección, por quien veía en nosotros lo que nosotros aún no imaginábamos ser. 

Por eso te rogamos, Señor, que resurjan nuestros ojos, que sepamos reconocer las señales de tu paso, que podamos hacer memoria de ellas, que podamos resurgir una vez más en los ojos de quien nos ama, por las personas que encontraremos, para que sepamos entrar juntos en nuestros sepulcros y, tomándonos de la mano, indefensos y postrados, logremos volver a buscar a quien, con paciencia maternal, ha colocado definitivamente el sudario de nuestro extravío y, acariciándonos con ternura de Amigo, mezclará el calor de sus lágrimas con las nuestras. 

Y por quien, Jardinero de la Amistad, nos llamará a cada uno por nuestro nombre. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La tumba vacía - San Juan 20, 1-9 -.

La tumba vacía - San Juan 20, 1-9 - 

El tiempo de Pascua nos invita a detenernos ante el misterio de la resurrección. Para el cristiano, como nos recuerda San Pablo, la verdad de la resurrección de Cristo es una verdad fundamental, en el sentido más inmediato. Es la verdad que está en los cimientos: sin la resurrección de Cristo, toda nuestra fe es vana (1 Cor 15,14). 

Me gustaría detenerme en el primer momento después de la resurrección en el Evangelio según San Juan (20,1-9). 

Al entrar en oración, es bueno expresar también la gracia que se pide: aquí podemos rezar por el don de discernimiento, don del Espíritu, para saber captar las huellas del Señor. 

Te invito, pues, a leer con calma el pasaje, que encontrarás hacia el final del Evangelio según Juan (20,1-9). 

Solamente ofrezco algunas subrayados y comentarios, para aclarar y profundizar el sentido del texto. 

[1] El primer día de la semana. La referencia es al Domingo de Resurrección. Sin embargo, es útil recordar que la referencia al primer día, en el contexto judío, es también una referencia al comienzo de la creación. La resurrección de Jesús ofrece un nuevo comienzo, una nueva creación. 

… vio la piedra… Este relato de Juan es muy sobrio. Nada de visiones (las habrá, pero más adelante), nada de ángeles, nada de terremotos. La señal es simple, casi decepcionante: la piedra removida, una tumba vacía. 

[2] El otro discípulo, al que Jesús amaba. El texto, como en otras partes del Evangelio, lo deja deliberadamente en el anonimato. En muchos aspectos es el evangelista, el testigo del relato. Pero esta elección literaria es deliberada: al igual que con el discípulo en el relato de Emaús, aquí se invita al lector a entrar en ese papel. El discípulo amado por Jesús eres tú, soy yo. 

[4] Corrió más rápido que Pedro… pero no entró. Pedro es más lento, pero el discípulo amado lo espera. Hay una delicadeza del discípulo amado en esta espera. El entusiasmo del discípulo joven espera la sabiduría del anciano, y la respeta. Quizás, también podemos leer cómo la Iglesia carismática/apasionada sabe esperar a la Iglesia jerárquica/institucional, porque es necesario que entren juntos en el sepulcro vacío. 

Se inclinó y vio los lienzos allí depositados. Es interesante reflexionar sobre lo que vio. Pedro y el otro discípulo no ven más que el sepulcro vacío y las vestiduras funerarias. 

[8] Vio y creyó. Me fascina este detalle: el discípulo cree al ver la tumba vacía. El signo de la ausencia se convierte en el signo del paso del Señor. Él no ve la resurrección, yo todavía no veo al Señor, solo ve sus huellas. Para quien no discierne estas huellas, para quien no ve con los ojos de la fe, la tumba vacía es solo una tumba vacía. Para el discípulo amado, no. 

[9] Aún no habían comprendido la Escritura. La señal de la tumba vacía se convierte en la clave de lectura de las Escrituras y conduce a la fe. 

En este punto te invito a releer el pasaje, con los subrayados sugeridos. Luego, se puede pasar a reflexionar sobre estas y otras preguntas, como te indica la oración:

a.- Se nos enseña a leer las señales, a saber, a ver e interpretar en las pequeñas señales una realidad más grande. ¿No indican acaso, y por poner un ejemplo, las huellas de un animal su paso? Pero las huellas del Señor en nuestra existencia, ¿sabemos leerlas o estamos ciegos? De ahí surge la pregunta: ¿cuánto aplicamos esto en nuestra vida de fe? ¿Somos exploradores también en la vida de fe o somos ignorantes en este campo? 

b.- ¿Cuáles son las huellas del paso del Señor en mi vida? ¿Dónde está en mi vida que Dios me invita a leer la tumba vacía? ¿Dónde puedo discernir la presencia del Señor? 

c.- ¿Dónde puedo decir, con los discípulos de Emaús, ‘¿no ardía nuestro corazón’? Intento identificar al menos uno de estos momentos en mi vida. 

Deja que, poco a poco, esta reflexión se convierta en oración. ¿Qué le pediría a Jesús? ¿Me considero una persona con discernimiento? ¿Sé leer las señales del paso del Señor? 

De nuevo puedo pedir la gracia: el don del Espíritu, que también conlleva el discernimiento. 

Lleva todo esto a la conversación con el Señor, como un amigo habla con un amigo. Sin prisas. 

Por último, detente en la presencia del Señor. Disfrutando también de ese silencio interior, dejando que la oración se convierta cada vez más en una oración del corazón. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 3 de abril de 2026

Y Dios se hizo silencio - “Todo está cumplido” -.

Y Dios se hizo silencio - Todo está cumplido - 

A medida que disminuye el prestigio del lenguaje, aumenta el del silencio. Las imágenes, las palabras y los sonidos distribuidos de forma global e instantánea generan una cacofonía - incluso en la Iglesia - en la que la distinción entre señal y ruido es cada vez menos relevante, hasta el punto de empujarnos a algunos de nosotros al mutismo. 

Al tráfico humano y al estruendo de las máquinas que hacen funcionar nuestra vida se ha sumado una cascada de información sonora que contamina nuestro paisaje acústico, incluidas redes sociales como TikTok que primero hablan y luego piden permiso. Ante todo esto, el silencio parece una reacción, una solución, tal vez una vía de escape. 

La aspiración al silencio es tan antigua como el lenguaje: a cada expresión audible le corresponde un impulso igual y contrario de taparse los oídos. 

Hay un silencio sagrado. Por ejemplo, en medio de cada inciso, de hecho, el canto gregoriano dejaba una pausa (media distinctio), diferente según la reverberación natural de cada iglesia, que permitía a los coristas tomar aliento: y mientras se respira el Espíritu Santo entra en los pulmones. 

En todo caso, un silencio puede ser inhumano o, por el contrario, puede responder a la más humana de las necesidades. 

La respuesta a la pregunta «¿qué es el silencio?» podría parecer obvia: «la ausencia de ruido o sonido»; sin embargo, se trata de una cuestión que encierra en sí misma numerosas y fascinantes reflexiones. 

Es verdad, creo, que el silencio siempre ha sido parte integrante de la creación. Y tantas veces, más de unos años a esta parte, suelo pensar no solamente en la necesidad sino, mejor aún, en la bendición del silencio. 

He leído que al ser humano (a diferencia de las plantas y los animales) no se nos ha permitido el acceso a los infrasonidos y los ultrasonidos, sino que solo somos capaces de percibir los sonidos comprendidos entre las 16 y las 20 000 oscilaciones por segundo. 

El ser humano es un individuo envuelto en el silencio. Hay motivos para considerar que el equilibrio entre la capacidad auditiva y la imposibilidad de oír ciertos sonidos es la base de nuestra salud y el bienestar. 

Los entendidos subrayan la importancia de la escucha desde la etapa prenatal, en la que el feto se concibe a sí mismo como un ser que dialoga con un mundo de sonidos que lo rodea, en particular cuando vive la experiencia del descubrimiento del latido cardíaco materno y de la felicidad que de ello se deriva al comprender que no está solo. 

El Sábado Santo es como ese espacio que quiere invitarnos a reconocer la experiencia de Dios no solo a través de la actitud racional e intelectual típica de nuestra concepción cristiana occidental, sino también a percibir a Dios como misterio, como una experiencia que nunca tiene fin, cuyos contornos se perfilan mejor cuando cada sonido y cada palabra se han perdido en la lejanía y el silencio se convierte en plenitud de lo indecible. 

Una vez que incluso la última palabra - “Todo está cumplido” - se ha apagado, ésta sigue resonando de alguna manera, precisamente como un silencio…, como una bienaventuranza. 

Y este silencio se prolonga en este día de Sábado Santo tras la crucifixión de Jesús y su sepultura. 

Una última palabra - “Todo está cumplido”- que queda suspendida ya en aquel silencio que todo lo abraza y envuelve en una eficacia liberadora, sanadora, terapéutica… salvadora porque es capaz de llenar el corazón de felicidad y de sentido, incluso cuando Dios ya guarda silencio. 

A lo largo de nuestra historia, el silencio ha quedado relegado exclusivamente a ser prácticamente una ausencia de palabra y de sonido. Toda la expresividad, la intensidad, la pureza y la espiritualidad se han atribuido, por definición, a la palabra y al sonido audible. 

Y, sin embargo, el Sábado Santo nos enseña que la máxima expresión de la espiritualidad se sitúa precisamente entre un sonido y otro, entre un acorde y el siguiente; en ese breve instante de respiro, casi exhalante, tanto Dios como nosotros somos impulsados y guiados hacia el Altísimo, como en una iniciación a lo Indecible. 

Se dice que si no existiera la oscuridad no apreciaríamos la luz, que el amor no sería tan hermoso sin la indiferencia, que la lluvia nos hace disfrutar plenamente del sol cuando vuelve a brillar. ¿Podemos comprender la belleza de la Palabra si esta no está impregnada de momentos de vacío? 

¿Qué sería el Evangelio sin el silencio? Quizás una cascada de sonidos ininterrumpidos que nos dejaría aturdidos, sin comprensión, sin puntos de apoyo, sin respiros, sin rumbo y sin un camino que seguir ni algo que decir. 

A menudo me he preguntado por qué no se enseña el silencio; tal vez sea tan obvio y dado por sentado que no tiene derecho a profundidad, atención ni reconocimiento. 

La pausa del silencio es un elemento al que pocos prestan atención; nos centramos en qué decir, en cómo decir, en cuándo decir, …, pero dar la importancia adecuada a la pausa del silencio es la única forma que Dios ha encontrado para enriquecer de sentido, respiro, carácter y énfasis la Palabra. 

El silencio del sepulcro durante el Sábado Santo es rico en contenido porque está cargado de los efectos del sonido anterior - “Todo está cumplido”- y, a su vez, carga de expectación el sonido siguiente - “¡No está aquí! ¡Ha resucitado!”-, ya que existe una maravillosa correlación entre todas las partes de esta pieza de salvación que es la crucifixión-sepultura-resurrección, por lo que ninguna parte tiene sentido completo si no es en relación con las demás. 

Hay un momento en el que el silencio se convierte en Palabra, la más elocuente (y, por lo tanto, convincente); es el momento en el que se ha alcanzado tal madurez que se es capaz de mirar más allá de las palabras, y se comprende que es precisamente la pausa del silencio la que es capaz de crear algo nuevo. 

La pausa del silencio, esa suspensión de toda palabra, dentro de esta historia de salvación no la interrumpe, sino que forma parte integrante de ella; es un vacío tan vital que, sin él, toda la estructura de esta historia se derrumbaría. 

Dios ha querido respirar, es decir, tomar aire con su silencio. Y precisamente con su silencio nos brinda la oportunidad de contemplar, de escuchar, …, de asimilar cordialmente la Palabra: nos da tiempo para comprender. 

Esta pausa del Sábado Santo es un silencio medido, un vacío expresivo. Dios nos prepara para su siguiente frase, la Palabra más bella, definitiva y plena, la de la Resurrección, la de la Vida. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¡No está aquí! ¡Ha resucitado!

¡No está aquí! ¡Ha resucitado! 

El amanecer llega temprano, muy temprano. 

El sol acaricia la ciudad. Desde el gran ventanal de mi habitación puedo ver la multitud de personas que comienzan su jornada laboral después del descanso vacacional de mitad de semana. 

Caras soñolientas pero un ritmo rápido para afrontar el día. 

Cientos de vidas, historias, personas, dolores, esperanzas. 

Un crisol de razas y religiones, orígenes y opiniones. 

No, no es difícil imaginar cómo sucedieron las cosas aquella mañana en Jerusalén. 

El asunto Nazareno terminó brutalmente en medio de la indiferencia pública. 

La idea del Sanedrín era correcta: arrestar al Rabino de noche, fuera de la ciudad, y llevarlo ante el consejo del Sanedrín reunido apresuradamente, para comunicarle la sentencia del juicio celebrado las semanas anteriores, tal como prescribía la Ley. 

La gente estaba demasiado ocupada con las festividades de la Pascua como para darse cuenta de lo que estaba a punto de suceder. Sólo el odiado Pilato, que llegó a la ciudad rebosante de más de cien mil peregrinos para supervisar la seguridad, se arriesgó a arruinarlo todo, jugando con los Sumos Sacerdotes como el gato con el ratón. Pero sólo el romano puede condenar a muerte al blasfemo: Roma se ha reservado el ius gladii y el impostor debe ser crucificado para que todos sepan que él es el maldito. Sus discípulos seguramente no resistirán y el incidente será olvidado en pocos días. 

Todo parece resuelto: la gente comienza a traer sus mercancías y a pararse en las calles de la ciudad, comentando el éxito de la fiesta y vendiendo algunos productos a los peregrinos que se preparan para regresar. Pocas personas hablan de lo que pasó. 

Nadie se percata de aquellos dos que parecen tener mucha prisa en otra dirección de la ciudad. 

Todo empezó a partir de esa carrera. 

Aquel sepulcro vacío, último regalo dramático hecho a Jesús por el discípulo José de Arimatea, rico y poderoso, que no había podido salvar a su Maestro de la muerte, permaneció allí, vacío, testigo silencioso de la resurrección. 

El emperador Adriano, tras la destrucción del templo en el año 72, lo hizo rellenar de tierra, y se convirtió, junto con la cantera en desuso, en el terraplén que sostenía, irónicamente, el templo pagano de Júpiter. 

Aelia Capitolina había sido rebautizada como la Jerusalén rebelde y, con el nuevo trazado urbano de una ciudad romana, el emperador quería barrer todo recuerdo de los judíos y sus incomprensibles disputas. Tres siglos más tarde, la tumba fue descubierta por la devota reina Elena, madre de Constantino. 

La tumba todavía está allí: construyeron sobre ella una inmensa basílica, fue objeto de peregrinación durante un milenio y medio, intentaron destruirla, pieza por pieza, a causa de la furia de un sultán, Akim el Loco, que -evidentemente- no conocía el Corán.

Ahora revestida de mármol, la tumba está dividida y disputada (debido a la fragilidad de los hombres) entre mil denominaciones cristianas que reclaman su propiedad, visitada cada día por miles de peregrinos devotos o distraídos. No importa. 

Está allí, esa tumba, exactamente donde Pedro y Juan la encontraron. 

Y todavía está vacía. 

Toda nuestra fe se basa en la ausencia de un cadáver. 

La muerte ha sido derrotada. 

El Dios desnudo, colgado, tendido, evidente, el Dios derrotado y atormentado, el Dios colocado sobre la piedra fría ya no está, ha resucitado. 

Resucitado. No revivido, no recuperado, no vivo en nuestra memoria y en amenidades consoladoras de este tipo. Jesús es el siempre presente. 

No perseguimos cuentos de hadas ni ilusiones sino una presencia que llegue a todo hombre. 

Una presencia sutil, nueva, intensa que sólo el alma puede captar. 

Durante dos mil años Pedro, Juan y los otros siguen anunciando la noticia: Jesús ha resucitado. 

Invocamos al Espíritu Santo y el Santo Espíritu nos escuchó. 

Pedro, el pescador, ha conquistado los corazones de todos en un instante. 

Con respeto a las costumbres históricas pero decidido a orientar el barco en la dirección correcta. 

Y recordando a todos que el corazón de la Iglesia no es el Papa, sino Cristo. 

Y hoy celebramos a Cristo resucitado, junto al Papa, llenos de asombro y de alegría, incrédulos por seguir creyendo en lo increíble. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 2 de abril de 2026

En la creación resuena el silencio de Dios.

En la creación resuena el silencio de Dios 

El gran sábado: el día de las mujeres, que, recogidas bajo sus velos, preparan aromas en secreto. Día de la Madre, dolorosa, fuerte, fiel, Virgen del silencio y de la paz misteriosa. Un día de fe contra toda evidencia, en el que esperamos contra toda esperanza. 

No, creer en la Pascua no es la verdadera fe: es demasiado bella en Pascua. La verdadera fe es el gran Viernes cuando Tú no estabas allí arriba y ni un eco respondiste al fuerte grito. 

Hoy la creación resuena con el silencio de Dios. En el silencio del sepulcro calla la voz de Dios que se ha hecho rostro en Jesús, calla el rostro bajo el sudario, el rostro que se ha hecho tierra del Edén, polvo antes de recibir el aliento de la vida, el rostro del que se extrae todo rostro, todo Adán anónimo e innumerable. 

Jesús es más Adán que Adán. El rostro hermoso del Tabor (Lc 9, 33), el rostro duro (Lc 9, 51), que se dirige hacia Jerusalén, se dirige ahora hacia el infierno. Los iconos orientales muestran a Jesús descendiendo al Seol, derribando sus puertas, llegando hasta Adán, levantándolo, tomándolo de la muñeca -donde se mide la vida- y arrastrándolo consigo. 

Y detrás de Adán se pone en marcha la inmensa caravana, la inmensa peregrinación de la humanidad hacia la vida. Jesús es más Adán: desciende allí donde todo hombre espera y muestra que en la raíz de todas las cosas no está la muerte, sino la vida. 

Y fuera del sepulcro es primavera. El inframundo indica también lo más profundo del hombre, el núcleo esencial, misterioso y original de cada criatura. La base de mis raíces es Cristo y sé que puedo encontrarlo en todo lo que hay de más humano en mí, allí donde soy yo mismo, allí donde el hombre es hombre, está Cristo presente. 

Entonces todo lo que el hombre hace con todo su corazón, con todo su ser, en libertad e incluso en dulce locura, lo acercará al absoluto de Dios. Porque Dios solo está ausente donde el corazón está ausente. "Lo divino brilla desde lo más profundo del ser" -Teilhard de Chardin-. 

El inframundo también indica las profundidades oscuras de la materia. Allí descendió Jesús para darle energía y un aliento ascendente hacia una vida más brillante. Jesús, sembrado en los surcos del mundo, ramificado en las arterias del cosmos, inunda de vida incluso los caminos de la muerte. 

Si empiezo a pensar que en lo más profundo de la materia y de mi carne, que en las partes oscuras de mi ser, en mis zonas de dureza y de disonancia, Jesús ha descendido para iluminarme, para transfigurarme, para resucitar en mí la imagen divina, entonces también yo puedo decir que en Pascua soy «luz de luz». 

En mí y en cada uno de vosotros, en el santo y en el pecador, en el rico y en el último inmigrante, en la víctima y hasta en el verdugo, en el torturado y en el torturador, está Jesús resucitado

Jesús no sólo resucitó una vez para siempre, sino que es el Resucitado para la eternidad, Él que desde lo más profundo de mi ser, desde lo más profundo de cada hombre, desde lo más profundo de la historia, es energía que asciende, vida que germina, piedra que rueda de la boca del corazón. 

Y salimos preparados para la primavera de la nueva vida, llevados hacia arriba por el Jesús resucitado. El inframundo indica también el subsuelo del futuro, donde la vida está hecha de brotes, que sólo mañana o pasado mañana darán frutos maduros, y yo estoy llamado a custodiar los brotes, allí donde el río nace con la primera gota de agua, la primavera con la primera flor, el amor con la primera mirada, llamado a velar por el futuro más allá de todo signo de muerte. 

Hoy es el día de la profecía en el que, como los profetas, como Abraham, como Moisés, como María, amamos la Palabra de Dios aún más que su realización. Hoy es el día en el que la Palabra desnuda respira, sin hablar, sin pronunciar, en atronado silencio, aún más verdaderamente que su realización. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

En el silencio de la tumba en el que germina la Vida.

En el silencio de la tumba en el que germina la Vida

Escuchar el silencio mientras retumban los estruendos de la guerra puede parecer una paradoja, pero en realidad se convierte precisamente en el antídoto necesario para hacer frente a la trayectoria descontrolada de esta época dominada por el imperativo de la fuerza, por el delirio de omnipotencia.

 

El silencio hace sentir el impacto de la violencia mientras golpea y mata, hace sentir el dolor que el ruido oculta, hace sentir el llanto.

 

El silencio amordaza. El silencio quita la voz a las palabras que se densifican como nieblas.

 

El silencio nos hace quedarnos allí, en el umbral, mientras la tragedia se consume. Incluso la voz del profeta calla porque ya nadie escucha a quien dice la verdad cuando el engaño ciega y anestesia.

 

Y, sin embargo, el corazón siempre llama al despertar, no se cansa de hacer sentir su latido que transmite la vida. El corazón sabe, pero solo en el silencio podemos escuchar su voz.

 

Ser personas de paz mientras el conflicto se desata requiere silencio.


Escuchar el silencio activa los recursos interiores que ayudan a la rendición, hace retroceder ante la tentación de querer responder a la fuerza con la fuerza, de querer combatir la violencia con la violencia. Frena la espiral de una voluntad ciega que, como un huracán, atrae hacia su centro todas las energías para luego desatarse y devastar.

 

Dos son los caminos que tenemos ante nosotros: engaño, tinieblas, muerte, o verdad, luz, vida.

 

La rendición exige el abandono de aquellas fuerzas del ego anidadas en lo más profundo, cuyas raíces venenosas —querer, poder, tener— que fueron las tentaciones de Jesús en el desierto se ramifican en infinitos deseos y vicios, se insinúan de forma capilar y luego son difíciles de reconocer y erradicar. Solo la acción del Espíritu Santo puede desarraigarlas.

 

El desierto, el silencio, la soledad,…, la sepultura de la tumba constituyen, por tanto, las dimensiones necesarias para acelerar esta acción purificadora, para liberarnos de la adicción a la estructura perversa a la que, casi sin darnos cuenta, estamos sometidos.


La falsa conciencia que domina la Historia, en parte respaldada por el derecho de los fuertes y poco a poco legitimada por los poderosos, ha eliminado todo límite a las tendencias más desenfrenadas.

 

Lo que vemos, por tanto, en el escenario del mundo no es más que la representación de lo que se esconde en lo más profundo: miedo, decepción, sensación de fracaso, pero sobre todo vacío de amor. 


Donde impera el odio hay vacío de amor. Donde hay vacío de amor falta confianza en la vida, falta la fe.

 

El silencio del Sábado Santo nos enseña que el amor es la fuerza de cohesión que sostiene el universo; cuando falta el amor, todo se desintegra. Es urgente el retorno a la interioridad para que sea posible un despertar de las conciencias.

 

El Evangelio es poderoso por la potencia que le deriva de la gracia, de la acción creadora siempre en acto, generadora de belleza. Solo podemos vaciarnos para convertirnos en canales de la acción divina. Mirar más allá, contemplar, significa mantener la orientación hacia el Espíritu Santo que gobierna los mundos visibles e invisibles.

 

El amor puro nos sitúa en la órbita de la gracia, en la que lo poco, lo pequeño, lo desnudo, se dejan envolver dócilmente sin oponer resistencia.

 

La tierra no puede ser conquistada por la fuerza, nos es dada gratuitamente para ser custodiada y cultivada.


La bienaventuranza, que es la clave del Evangelio, es la plenitud de amor capaz de apagar todo deseo ávido de poder y de posesión. Se necesitan caminos interiores que favorezcan la evolución espiritual porque solo la ligereza de la gracia hace retroceder la gravedad de la fuerza.

 

Los tiempos serán largos, pero el proceso está en marcha porque, en todas partes, la verdadera diferenciación que está surgiendo es entre los poseedores de un arsenal y un poder de muerte y los hombres y mujeres en camino que aspiran al bien. Entre fundamentalismos arraigados en el pasado y la adhesión a esa germinación aún subterránea que impulsa hacia adelante.

 

La verdad, el amor y la paz constituyen los principios de una efervescencia viva que crea comunión, un cuerpo espiritual entre las diferentes pertenencias, y que se enfrenta y frena ese proceso de deshumanización que, con ciego empeño, intenta hacer retroceder.

 

La vida pertenece a lo eterno, está protegida y nunca podrá ser poseída ni aniquilada por el tiempo.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Éste es el Hombre.

Éste es el Hombre 

Hacer el mal no es el verdadero ser humano. Por supuesto, sólo los seres humanos hacen el mal, es parte de nuestra naturaleza herida caer en comportamientos reprensibles pero hacer el mal contiene un significado mucho más profundo. 

Transgredir uno de los Diez Mandamientos – las diez palabras que narran la verdad íntima del hombre – no es sólo cometer un pecado, romper un precepto religioso, significa también y sobre todo traicionar la propia dignidad humana y la de los demás. 

Ser humano, en realidad, no es lo que todos hacen, cediendo a sus instintos, complaciendo su egoísmo o utilizando sus capacidades intelectuales de forma distorsionada. Lo humano, en cambio, es lo que hace al hombre digno de ese nombre: todo gesto y toda palabra que crea comunión, que aumenta la vida, que manifiesta solidaridad hacia los demás hombres. “Homo homini lupus”, dice el antiguo adagio, pero de este modo el hombre se muestra como un lobo y no como un hombre. 

En este sentido el mensaje bíblico, y en particular el evangélico, son “Buena Noticia”, ante todo antropológica: nos ayudan a comprender, revelan a nuestros ojos la auténtica calidad del hombre. 

Ecce homo!” “¡Aquí está el hombre!” Pilato exclamó delante de Jesús: una expresión que por su parte sólo quería señalar al acusado, al hombre que estaba siendo juzgado. 

Pero el Evangelista que narra la escena va más a fondo y hace de esa exclamación de un pagano el anuncio de que el hombre según el pensamiento y la voluntad de Dios es aquel injustamente condenado, que nunca ha hecho el mal sino que, al contrario, ha proclamado y vivido la verdad hasta identificarse con ella y se ha dado todo a los demás, sin guardar nada para sí. 

Cuando decimos que ciertos comportamientos pertenecen a la “naturaleza humana”, que son inevitables, cuando minimizamos su gravedad llamando a todos a ser cómplices, cuando nos refugiamos en el “errare humanum est”, en realidad ofendemos la dignidad humana, degradamos al hombre que en cambio es capaz de pensar, de actuar, de vivir según una voluntad de bien y no de mal. 

Al fin y al cabo, cuando algunas acciones malas se llevan hasta el extremo, ¿no es nuestra reacción precisamente considerarlas inhumanas, bestiales, ajenas al hombre tal como lo concebimos idealmente? 

El Evangelio nos dice que en cada uno de nosotros habita el verdadero hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, persona capaz de relacionarse con los demás y con las cosas no en el espacio del mal, sino en el del bien, en el de la solidaridad, de la verdad que es caridad, de la atención a los demás, de la paz,… y de la vida plena. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Plegaria al ritmo de María Magdalena.

Plegaria al ritmo de María Magdalena Cuando aún estaba oscuro , como cuando se pescaba la vida en las orillas de un lago, como cuando se ama...