viernes, 4 de septiembre de 2026

Su nombres es “hermano” - San Mateo 18, 15-20 -.

Su nombre es “hermano” - San Mateo 18, 15-20 -

Jesús conoce bien la sutil tentación que acecha en toda relación.

 

Juzgar al otro basándonos en lo que ha hecho, en cómo se ha comportado con nosotros, en el bien o el mal que nos ha hecho.

 

Por eso les hace a los suyos una invitación muy precisa: que nunca perdamos la palabra «hermano».

 

Y si me traicionara, sigue siendo hermano. Si me tratara mal, si estuviera equivocado, si se equivocara, sigue siendo «hermano». En el momento en que elimino esta palabra, algo del otro ya empieza a morir dentro de mí.

 

Puedo llevar una herida real en la piel, pero la primera forma de impedir que el mal eche raíces es no permitirle cambiar el nombre del otro: «hermano». Sigue siendo hermano, hermana, esposa, marido, amigo, hijo.

 

El mal puede romper un vínculo, pero no debe tener el poder de decidir quién es el otro para mí: «hermano».


Las Escrituras relatan desde las primeras páginas lo frágil que es la relación.

 

El hombre se aleja de la confianza de los orígenes y, de inmediato, se resquebraja la relación con Dios, con la tierra, entre hombre y mujer, entre hermanos.

 

Caín ya no es capaz de ver a Abel como a un hermano. Cuando Dios le pregunta: «¿Dónde está tu hermano Abel?», Él responde: «¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?»

 

Es una pregunta que atraviesa toda la historia de la humanidad.

 

Sí, somos guardianes, vidas que hay que custodiar. Eso es lo que somos a los ojos de Dios.

 

Cada uno de nosotros, sin excepción, es una existencia confiada al cuidado de alguien desde el principio hasta el final.

 

Cuidar significa atención, presencia, esmero.

 

Significa velar para que no se pierda en el otro aquello que aún puede vivir.


Dios mismo se presenta como aquel que cuida.

 

Cuando Adán y Eva, tras el pecado, se descubren desnudos e intentan cubrirse con hojas de higuera, Dios no los expone a la vergüenza, sino que les prepara túnicas.

 

El pecado no se niega, pero el pecador no es entregado a su propia desnudez.

 

Dios no avergüenza, sino que cuida.

 

Dios no acusa, perdona.

 

Precisamente porque tu hermano es una vida que hay que proteger.

 

Si tu hermano peca contra ti, levántate... sal de ti mismo..., ponte en camino... y ve.

 

Ve, la invitación se dirige ante todo a quien ha sufrido la ofensa. Esto es lo que hace que la palabra Jesús tan exigente.

 

El sentido común diría: «Pero si él se ha equivocado, que venga él; si de verdad le importa la relación, que dé él el primer paso».

 

El Evangelio, en cambio, pone en marcha precisamente a quien ha sido herido, no porque deba fingir que no ha pasado nada.


Jesús dice con claridad: «Si tu hermano peca, el mal es real, la herida no se minimiza».

 

Pero precisamente porque la sientes en tu propia piel, no dejes que se convierta en inmovilidad, distancia, orgullo.

 

Una relación puede morir incluso sin grandes gestos; a veces muere solo porque ya nadie se mueve.

 

Y cuando vayas, hazlo a solas con él.

 

¡Qué delicadeza hay en estas palabras!

 

Jesús no envía al hermano herido a la plaza, no le entrega un público ante el que demostrar que tiene razón.

 

Le confía el lugar de la discreción.

 

Antes de contarle a todo el mundo lo que ha hecho el otro, habla con él. Antes de convertir una culpa en una reputación, reúnete con él.

 

No todo lo que es verdad hay que decírselo a todo el mundo. Hay verdades que, expuestas sin cuidado, se convierten en otra forma de violencia.

 

Incluso la corrección debe ser manejada con cuidado.

 

No se corrige a alguien cuando la ira se ha apoderado de las palabras.

 

Se corrige cuando se vuelve a ser capaz de ver en el otro no a alguien a quien poner en su sitio, sino a alguien a quien no queremos perder.


Los Padres del desierto hablaban de la corrección hecha con dulzura, no porque el mal sea poca cosa, sino porque precisamente cuando el mal es grave, hay que impedir que genere más mal.

 

El otro se ha equivocado, pero no es su error.

 

Ha mentido, pero no es su mentira.

 

Ha traicionado, pero su vida no coincide con la traición que ha cometido.

 

Sigue siendo arcilla en las manos de Dios, igual que yo.

 

Jesús propone entonces un camino.

 

Primero, a solas entre tú y él; luego, si no te escucha, lleva contigo a una o dos personas más. Por último involucra a la comunidad.

 

No se trata de una exposición progresiva del otro, sino de una ampliación progresiva del cuidado.

 

Si mi amor no basta, lo intento con el de otro. Si aún así no basta, recurrimos a la comunidad, para que nadie se quede solo en su error.

 

Cuando un hermano se pierde, a todos nos falta algo.


Jesús no se limita a decir que somos hermanos, sino que lleva hasta el final todo lo que esta palabra implica.

 

Y es significativo que, en el Evangelio de San Juan, llame «hermanos» a los discípulos justo después de la Pascua. «Ve y diles a mis hermanos» (Jn 20, 17). Los llama hermanos después de que huyeran, hermanos después de que Pedro lo negara, hermanos después de que lo dejaran solo. La Pascua no borra lo que han hecho, sino que muestra que su pecado no ha logrado borrar el nombre con el que Jesús sigue llamándome. Hay un «hermanos» que no se rompe.

 

Cuidar es precisamente esto: no permitir que el mal tenga la última palabra sobre la vida de alguien y seguir viendo en el otro lo que su error no logra borrar, seguir llamándole por su nombre más verdadero: «hermano».

 

Cuando nos convertimos en guardianes de la vida de los demás, algo del cielo ya ha encontrado su lugar en la tierra.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¡Bienaventurados!

¡Bienaventurados!

El deseo de felicidad es común a todos los seres humanos que vienen al mundo.

 

Todos buscamos - desde que nacemos - una vida buena, bella, sana, serena, segura...

 

Es una vocación divina y es la respuesta a su llamada para participar en su vida, con vistas a la plenitud de la alegría.

 

El Evangelio nos revela el camino que podemos seguir.

 

La «Buena Noticia» de Jesús nos dice que la felicidad es posible, no es en absoluto una ilusión.

 

La vida bella es algo fascinante, satisfactorio, pleno.

 

Es una Buena Noticia porque cambia la vida: de hecho, cuando Dios entra en nuestra vida, ya no somos los mismos que antes, porque Él siempre obra algo extraordinario.

 

La «Buena Noticia» es Él mismo, Él es el Reino de Dios que viene, Él es el Evangelio, el Camino, la Verdad y la Vida.

 

Dios se ha hecho amigo de los hombres para dialogar con nosotros de igual a igual.

 

En el discurso programático - llamado «del monte» porque fue proclamado en las laderas de una montaña-, Jesús expone las líneas fundamentales de su ministerio pastoral.

 

La tradición antigua ha concebido este texto como una antología de las enseñanzas fundamentales del Maestro.

 

La felicidad es posible porque Dios está aquí y se nos ofrece.


Este mensaje se repite varias veces, con distintos matices, imágenes diversas y aplicaciones particulares, todas ellas variaciones sobre un único tema.

 

Estas «bienaventuranzas» - que ocupan el centro de la predicación de Jesús y son, por así decirlo, su alma - dibujan su rostro: ¡son como un espléndido y completo autorretrato suyo!

 

En estas frases encontramos el anuncio de lo que Dios hace por nosotros y se pide una elección específica y consecuente por parte de todos sus discípulos.

 

Evidentemente, también esta, como toda elección, implica renuncias: quien elige de otra manera no puede tenerlo a Él.

 

Cada expresión aquí contenida comprende tres elementos: la fórmula exclamativa, la condición de vida que precisa una actitud y la causa.

 

El elemento fundamental de cada bienaventuranza no es la condición, sino la causa.

 

Dios adopta a los hombres como hijos. La bienaventuranza es una consecuencia.

 

De hecho, «convertirnos en hijos adoptivos» es el anuncio de Jesús.

 

Aquí se pasa del «debemos» (obligatoriedad) al «podemos» (oportunidad): de hecho, no son preceptos morales disfrazados.

 

La felicidad es un regalo: puesto que hemos recibido la adopción filial que nos hace semejantes al Padre, podemos ser como Él.

 

¡Ahí reside toda la belleza de las bienaventuranzas!


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¡Bienaventurados!

¡Bienaventurados!

En la Sagrada Escritura, el número siete refleja la plenitud, el infinito, es un número perfecto.

 

El ocho es siete más uno, es decir, un «más» de plenitud.

 

A los ojos de Dios, el ocho es gracia que no cabe en sí misma, que se desborda.

 

Las ocho bienaventuranzas son el desbordamiento de felicidad del alma en Dios.

 

No hay nada que empañe la luz, la presencia de Dios en nosotros, ese fuego que arde sin verse.

 

Al hablar de las bienaventuranzas, nadie pretende dar recetas para ser feliz.

 

No es posible concebir la felicidad como algo externo, fuera de nosotros.

 

De hecho, estos caminos no son caminos que se vean.

 

La realidad que me rodea, las situaciones externas que vivo, las relaciones que establezco… pueden llevarme a una interiorización de lo que soy, cómo soy y adónde pretendo llegar.

 

Estamos en camino...


Este itinerario será sin duda uno de los más complejos. Puede ser que hasta difíciles.

 

Porque, cuando buscamos la verdad dentro de nosotros mismos, estamos como ante un espejo que refleja no solo nuestra imagen física, sino todo lo que somos interiormente.

 

Y no siempre es fácil mirarnos y, sobre todo, aceptarnos.

 

¿Quién es plenamente bienaventurado?

 

Jesús habla de ocho bienaventuranzas, pero podrían ser quince, veinte; no importa el número, no se trata de una cifra concreta.

 

Es verdaderamente bienaventurado quien ve la vida como algo más.

 

Bienaventurado es quien no solo vive momentos de felicidad, sino que recorre su camino existencial con una paz interior tal que le permite dominar cualquier situación extrema.

 

Bienaventurados son aquellos que están iluminados por la fe en algo y, ante esa creencia, ante esa confianza, se entregan por completo.

 

Bienaventurado quien ha construido su casa sobre la roca: no importa lo que venga, vientos, tormentas, terremotos, huracanes... los cimientos de esa casa permanecen firmes.

 

Por el contrario, cuando edificamos nuestra estructura interior, forjamos nuestro ser guiados por la vanidad, la prisa, la prepotencia, la arrogancia, cuando creemos ser el centro del universo y nos coronamos señores de nosotros mismos, entonces nuestra casa está construida sobre la arena… al más mínimo soplo, somos como polvo levantado por el viento.

 

Para ser felices basta con escuchar y poner en práctica la palabra de Jesús.

 

Jesús afirma que bienaventurados son los que viven en la pobreza, el dolor, la mansedumbre, los que tienen sed de justicia, los que son misericordiosos, los que buscan la paz, los que son puros de corazón y los que son perseguidos por causa del Reino de Dios.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 3 de septiembre de 2026

Porque en Jesucristo, la Vida ya ha vencido a la muerte.

Porque en Jesucristo, la Vida ya ha vencido a la muerte

Hubo una época en la que la espiritualidad cristiana parecía casi una competición olímpica para ver quién sufría más. Las vidas de los santos se leían como catálogos de sufrimientos ofrecidos a Dios: ayunos extremos, castigos corporales, enfermedades soportadas con alegría porque eran «ofrendas» para la salvación de las almas. Y, en la predicación habitual, el mensaje predominante que se transmitía era claro: sufrir es hermoso, sufrir es meritorio, sufrir te acerca a Dios.

 

¿Y si todo esto fuera un gigantesco malentendido? ¿Y si el Dios de Jesucristo nunca hubiera pedido sacrificios, y si la cruz no hubiera sido tanto una ofrenda grata al Padre como el crudo resultado de la violencia de un mundo que rechaza el amor?

 

Para replantearse radicalmente esta «imagen de Dios», existe una visión teológica del «Dios que es solo y siempre amor» que está surgiendo con fuerza en los últimos años, y que encuentra en la «teología sapiencial» y en una exégesis bíblica más atenta sus herramientas privilegiadas.

 

No se trata en absoluto de negar la cruz ni el misterio pascual, sino de liberarlos de siglos de interpretaciones que han acabado por transformar al Dios de Jesús en un soberano sediento de sangre, que exige víctimas para apaciguar su ira.

 

Durante siglos, el cristianismo ha luchado por liberarse de una imagen de Dios que se asemejaba demasiado a un soberano oriental: un soberano ofendido por el pecado de la humanidad, que exigía un sacrificio —el sacrificio de su Hijo— para apaciguar su ira. Desde esta perspectiva, la cruz era el precio que había que pagar, y el sufrimiento de Jesús se convertía en el modelo para los creyentes: tal y como él sufrió, también nosotros debemos aceptar el sufrimiento.

 

Esta teología, denominada por los estudiosos «teoría de la satisfacción» o «teoría penal de la redención», tiene raíces antiguas.

 

Fue sistematizada por Anselmo de Aosta (siglo XI) y se convirtió en el paradigma dominante de la teología occidental, sobre todo tras la Reforma protestante. Desde esta perspectiva, el pecado es una ofensa al honor divino, una deuda infinita que solo un sacrificio infinito —la muerte del Hijo de Dios— puede saldar. La cruz se convierte así en un instrumento de justicia, una equivalencia jurídica: Dios mata a su Hijo para satisfacer su propia justicia.

 

Sin embargo, la pregunta es inevitable: ¿es realmente este el Dios revelado por Jesús? ¿Es este ese Padre al que Jesús llama con amor «Abba»? Es decir, ¿un Padre simplemente interesado en un intercambio: la muerte del Hijo a cambio del perdón?

 

La propia Sagrada Escritura ofrece una perspectiva radicalmente diferente. El autor de la Carta a los Hebreos pone en boca de Jesús las palabras de un salmo:

 

«No quisiste ni sacrificio ni ofrenda, pero me preparaste un cuerpo. No te complacieron ni los holocaustos ni los sacrificios por el pecado. Entonces dije: “He aquí, yo vengo —pues de mí está escrito en el rollo del libro— para hacer, oh Dios, tu voluntad”» (Hebreos 10,5-7).

 

El sentido es claro: el sistema de sacrificios de animales del Antiguo Testamento no es el centro de la relación con Dios. Lo que cuenta es la ofrenda total de sí mismo, simbolizada por el «cuerpo» que Dios preparó para Cristo, y su plena adhesión a la «voluntad» del Padre.

 

Pero atención: esta voluntad no es la exigencia de un sacrificio sangriento. Es la obediencia del amor, la entrega de sí mismo que Jesús lleva a cabo hasta el final.

 

El propio Jesús, en los Evangelios, cita al profeta Oseas para corregir una interpretación legalista y superficial de la religión: «Misericordia quiero y no sacrificio» (San Mateo 9,13; 12,7). No se trata de una crítica al culto en sí mismo, sino de una jerarquía de valores: el amor y la misericordia hacia el prójimo valen más que cualquier práctica cultual que sea un fin en sí misma.

 

San Pablo, en la Carta a los Romanos, transforma radicalmente el concepto de sacrificio: «Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que ofrezcáis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios; este es vuestro culto espiritual» (Romanos 12,1).

 

Ya no se habla de un sacrificio de muerte, sino de la propia vida del creyente, ofrecida a Dios en las decisiones cotidianas. Es una ofrenda hecha con el «cuerpo», es decir, con toda la propia existencia concreta, que se convierte en «culto espiritual».

 

Esta perspectiva da un vuelco completo a la concepción tradicional de la cruz. La cruz no es un sacrificio querido por Dios, sino la consecuencia de la violencia del mundo contra aquel que denunció toda lógica de dominio.

 

Jesús no muere porque Dios lo exija, sino porque su mensaje de libertad y de amor incondicional amenaza a los poderes religiosos y políticos de su tiempo.

 

En la cruz no vemos a un Dios que exige víctimas, sino a un Dios que se hace víctima de la violencia humana para mostrar que la última palabra no es la muerte, sino la vida.

 

Como nos recuerda el teólogo Jürgen Moltmann, Dios no es aquel que mata a su Hijo para apaciguar su ira; es aquel que, en su Hijo, sufre la muerte por amor a la humanidad pecadora.

 

Esta perspectiva ha sido ampliamente desarrollada por la teología del siglo XX, en particular por autores como Dietrich Bonhoeffer, que hablaba de un «Dios débil», sumiso al dejarse expulsar del mundo en la cruz, y el Papa Benedicto XVI, quien en su Encíclica Deus Caritas Est subraya que «El amor de Dios por nosotros es una cuestión de vida. Por eso, el verdadero centro de la fe cristiana es el amor de Dios que se entrega, que no pide nada a cambio, que no exige sacrificios, sino que se ofrece a sí mismo».


Si la cruz no es «un sacrificio a Dios», entonces la resurrección no puede interpretarse como la «recompensa» por el sacrificio realizado. La resurrección es, por el contrario, la negación definitiva de la lógica del sacrificio.

 

La muerte, en su violencia contra Jesús, pretende tener la última palabra. Afirma: «Quien se opone al dominio es aniquilado y su historia termina aquí». La resurrección es la negación divina de esta afirmación. Dios dice: «No, tú, muerte, no tienes la última palabra. Mi palabra sobre la vida es más fuerte que tu palabra de aniquilación».

 

Esta no es una negación abstracta. Es una negación concreta de la muerte como principio de dominio.

 

Si la muerte es el fundamento último de todo dominio —pues se sustenta en la amenaza de matar—, entonces la resurrección de una víctima del dominio desarticula este mecanismo desde la raíz. Demuestra que la vida puede existir incluso más allá de la muerte violenta. Este es un acontecimiento que cambia la estructura de la realidad: la muerte ya no es una divinidad invencible, sino un poder derrotado.

 

¿Qué cambia, entonces, en la forma de vivir la fe?

 

Primero: dejamos de buscar el martirio. La santidad no se mide por el número de cruces que llevamos, sino por la calidad del amor que sembramos. No hay necesidad de inventarse sufrimientos para agradar a Dios. La verdadera pregunta no es «¿cuánto sufro?», sino «¿cuánto amo?».

 

Segundo: aprendamos a indignarnos. El sufrimiento injusto no debe aceptarse con resignación, sino combatirse con fuerza. El creyente que sigue al Dios de Jesús no es un pasivo soportador del mal, sino un activo constructor de justicia. Denunciar la opresión, ponerse del lado de los más desfavorecidos, luchar contra toda forma de dominación: este es el auténtico signo del seguimiento.

 

Tercero: ya no somos víctimas. La espiritualidad cristiana ha sido a menudo una espiritualidad de la victimización: «Soy un pobre pecador», «no valgo nada», «solo merezco castigos». El Nuevo Testamento nos recuerda que el cristiano está llamado a ser hijo, no esclavo. La filiación adoptiva de la que habla San Pablo no es un título honorífico, sino una realidad: somos amados no porque suframos, sino porque existimos. Somos valiosos no por nuestros sacrificios, sino porque Dios nos ha elegido.

 

Cuarto: la oración cambia de rostro. ¿Cuántas oraciones han sido peticiones de sufrimiento? «Hazme sufrir como tú, Señor», «Te ofrezco mi dolor», «Acepta este mi sufrimiento». Si el Dios de Jesús no pide sacrificios, estas oraciones se vuelven incomprensibles. La oración auténtica es el grito de quien confía en un Dios que es Padre, no juez. Es la petición de fuerza para combatir el mal, no de resignación para aceptarlo. Es la espera de un futuro en el que se secará cada lágrima y la muerte será derrotada definitivamente.

 

En una época marcada por guerras, injusticias y sufrimientos inmensos, esta perspectiva ofrece un cristianismo que no es una huida del mundo, sino un compromiso en el mundo. Un cristianismo que no consuela con palabras fáciles, sino que se ensucia las manos en la historia. Un cristianismo que no santifica el dolor, sino que lo combate.

 

No se trata de negar la cruz. La cruz sigue siendo el corazón de la fe cristiana, pero no como un sacrificio exigido por Dios, sino como revelación del amor de Dios hasta el final.

 

Un amor que no pide víctimas, sino que se hace víctima para romper el ciclo de la violencia. Un amor que, en la resurrección, muestra que la vida es más fuerte que la muerte, que la justicia es más poderosa que el dominio, que la esperanza es mayor que la resignación.

 

La Carta a los Hebreos, tras explicar la ineficacia de los antiguos sacrificios, indica cuáles son los sacrificios agradables a Dios en la nueva alianza:

 

«Por medio de él, pues, ofrezcamos continuamente a Dios un sacrificio de alabanza, es decir, el fruto de los labios que confiesan su nombre. Y no os olvidéis de la caridad y de compartir vuestros bienes con los demás, porque Dios se complace en tales sacrificios» (Hebreos 13,15-16).

 

El «sacrificio de alabanza» y las obras de «caridad» y de compartir son los nuevos sacrificios. Ya no se trata de ofrecer animales, sino la propia gratitud y el amor concreto al prójimo. Y, como escribe San Pablo a los Filipenses, la ofrenda más grata es la vida misma: «Para mí, en efecto, vivir es Cristo y morir es ganancia» (Filipenses 1,21). No porque la muerte sea un valor, sino porque la vida vivida en Cristo ya es plenitud.

 

El Dios que Jesús nos ha revelado no es un Dios que ama los sacrificios. Es un Dios que ama la vida. No es un Dios que exige sangre, sino un Dios que entrega su propia sangre por la vida del mundo. No es un Dios que se complace en las lágrimas de sus hijos, sino un Dios que las seca.

 

Esto no significa que el sufrimiento desaparezca de la vida cristiana. Significa que el sufrimiento ya no es un valor en sí mismo, ya no es un título de mérito, ya no es un medio para apaciguar a un Dios airado.

 

El sufrimiento es un mal que hay que combatir, una injusticia que hay que denunciar, una herida que hay que curar. Es el grito que se eleva al cielo y que Dios escucha como el grito de su Hijo en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».

 

Y al final, cuando todo se haya cumplido, cuando el Hijo entregue el Reino al Padre y Dios sea «todo en todos», entonces ya no habrá más sufrimientos. Solo habrá la alegría de una comunión plena, donde cada uno será por fin él mismo y Dios será la fuente, el espacio y la alegría de esta plenitud plural. «Y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos; ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado» (Apocalipsis 21,4).

 

Quizá haya llegado el momento de dejarnos liberar por esta Buena Nueva. El Dios que no pide víctimas nos invita a vivir, no a morir. A luchar, no a sufrir. A esperar, no a resignarnos.

 

Porque en Jesucristo, la Vida ya ha vencido a la muerte.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La lógica del Templo.

La lógica del Templo

Las piedras soberbias, los tejados dorados que reflejan la luz del sol pero ocultan la oscuridad del corazón, no son la morada del Altísimo. El Templo no es la morada del Misterio, sino el monumento de la religión de los hombres: una fortaleza construida no para acercar al Creador a su criatura, sino para medir la distancia, para trazar límites, para rechazar.

 

He aquí la gran mentira que los señores de lo sagrado susurran en las salas del poder: que lo Absoluto se compra con la sangre de los sacrificios, que el Perdón es una mercancía custodiada por manos consagradas, que el acceso a la Vida es un privilegio para unos pocos justos.

 

Esta es la religión de los hombres, una jaula dorada diseñada para alejar a los hijos del Padre y mantener a las multitudes sometidas, encorvadas bajo la sombra del temor, para que unos pocos puedan dominar a muchos.

 

¡Pero una voz clama en el desierto y sacude los cimientos del atrio!


Jesús de Nazaret ha venido y no ha traído una nueva Ley que añadir a nuestros pergaminos amarillentos. Ha venido a arrancar de raíz la planta venenosa de nuestra religiosidad.

 

Nos hemos amparado en preceptos imposibles, hemos atado cargas insostenibles a los hombros de la gente pobre, convirtiendo la existencia en un tribunal perpetuo. Hemos sembrado la culpa para cosechar obediencia; hemos alimentado el terror y el miedo para asegurarnos el control.

 

Pero Su aliento hace temblar nuestras instituciones. Su Evangelio es exactamente lo contrario de nuestro imperio del terror.


¡Contemplemos el Misterio que Él viene a manifestar, aquellos que habíais sido excluidos!

 

No es un camino para iniciados, ni una escalada para los autoproclamados puros, sino un camino llano, un sendero de igualdad y de profunda misericordia.

 

Es el camino de los pobres, de los descartados, de los últimos de la tierra, que hoy caminan con la cabeza erguida.

 

Ya no hay barreras, ya no hay patios para los paganos ni recintos para los impuros. En su carne, Dios se hace cercano, borra la distancia y abraza a la humanidad sin pedir peajes ni rituales de purificación.

 

Esta es la afrenta suprema. Este es el delito imperdonable a los ojos de los guardianes del Templo.

 

Cuando Él volcó las mesas de los cambistas y expulsó a los vendedores, no realizó un simple gesto de reforma: pronunció la sentencia de muerte del sistema sacrificial. Rompió el monopolio de la gracia.


Los señores del Templo comprendieron la amenaza: si el hombre es libre en el amor del Padre, su poder se desvanece como la niebla de la mañana.

 

Por eso lo llevaron al Gólgota. La cruz no es un incidente de la historia, ni un trágico malentendido. La cruz es el precio de Su negativa a doblegarse ante la religión de los hombres.

 

Es la señal clarísima, grabada en la madera y en la sangre, de una ruptura radical e irreversible: por un lado, la religión que mata para defenderse a sí misma; por otro, el Evangelio que muere para dar vida.

 

El Templo ha crucificado a la Verdad, pero precisamente en ese sacrificio el Templo ha caído para siempre. El Evangelio ha resucitado, y ninguna piedra podrá volver a aprisionarlo jamás.

 

Recordemos que Jesús no viene a bendecir el poder religioso, sino a desenmascararlo e inaugurar un camino de misericordia, libertad e igualdad para los más desfavorecidos.

 

El Templo, en su forma histórica y simbólica, no es simplemente un edificio de piedra: es el monumento erigido por la religión de los hombres, la poderosa construcción de un sistema que pretende hablar en nombre de Dios mientras que, en realidad, lo oculta tras un muro de ritos, prohibiciones, jerarquías y miedos.

 

Allí donde debería resonar la libertad de los hijos, se oye, en cambio, el lenguaje del dominio; allí donde debería brillar la misericordia, se acumulan cargas insoportables sobre los hombros de los pequeños.


El Templo se convierte así en el signo de una fe secuestrada por el poder, administrada por guardianes que no abren las puertas del Cielo, sino que las vigilan para decidir quién puede entrar y quién debe quedarse fuera.

 

Es contra esta religión contra la que Jesús se levanta con la fuerza de los profetas.

 

Él no viene a restaurar el Templo, ni a purificarlo para devolvérselo a sus administradores: viene a declarar su fin como lugar de control sobre el hombre.

 

Jesús desenmascara el corazón enfermo de toda religión construida para someter: una religión que no genera vida, sino dependencia; que no anuncia la cercanía de Dios, sino su lejanía; que no sana las conciencias, sino que las hiere con el veneno de la culpa.

 

Cuando la fe se reduce a un código, a una actuación, al miedo a equivocarse, ya no estamos ante el rostro del Padre, sino ante la caricatura de un poder sacralizado. 


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Evangelio: Año de Gracia de Dios.

Evangelio: Año de Gracia de Dios

Se necesita atención. Se necesita delicadeza. Se necesita esa vigilancia interior que no nace del miedo, sino del amor por lo que es santo.

 

El Evangelio no es una palabra cualquiera que se consuma a toda prisa, que se utilice como tema de discusión, que se exponga al ruido del mundo como se expone una mercancía en la plaza.

 

El Evangelio es semilla, fuego, espada, levadura.

 

Antes de ser anunciado con la boca, debe ser acogido en la carne; antes de convertirse en palabra dirigida a los demás, debe convertirse en aliento, juicio, mirada, elección.

 

Por eso, el camino de asimilación del Evangelio no puede ser violento ni superficial. No se entra en la mentalidad de Jesús como se cambia de opinión sobre un hecho de actualidad.

 

Se trata de renacer en el pensamiento. Se trata de aprender otra forma de ver el mundo, de habitar el tiempo, de interpretar las heridas de la historia y las promesas de la vida.

 

El Evangelio no se limita a añadir alguna idea religiosa a una existencia ya construida: viene a trastocar los cimientos, a purificar las intenciones, a liberar el corazón de las idolatrías que el mundo llama normalidad.

 

Cuando Jesús dice que no hay que dar lo santo a los perros ni arrojar las perlas delante de los cerdos, pronuncia una palabra dura, casi chocante, pero cargada de verdad.

 

No es desprecio hacia el hombre, no es una condena despectiva hacia quien no comprende. Es discernimiento.

 

Es protección. Es la sabiduría de quien sabe que algunas verdades, si se entregan a un corazón que no está dispuesto a acogerlas, son pisoteadas; y, tras ser pisoteadas, se convierten en motivo de agresión contra quien las ha ofrecido.

 

La palabra evangélica no es frágil, sino sagrada.

 

No teme la contradicción, pero no debe ser profanada por la vanidad. No necesita defenderse con la fuerza, pero pide hombres capaces de llevarla con pureza.

 

Quien no ha emprendido el camino de la conversión del pensamiento, no puede comprender hasta el fondo la lógica del Reino.

 

Porque el Evangelio piensa al contrario que el mundo: quien pierde encuentra, quien se humilla es exaltado, quien perdona vence, quien sirve reina, quien muere por amor vive de verdad.

 

Y he aquí el punto profético de nuestro tiempo: el mundo tolera muchas palabras, pero no soporta la verdad cuando esta se encarna.

 

Soporta el Evangelio como adorno, como memoria cultural, como sentimiento inofensivo; pero se rebela cuando el Evangelio se convierte en criterio, en denuncia, en libertad.

 

Cuando la verdad evangélica desenmascara la hipocresía, el poder se irrita.

 

Cuando revela la mentira que se esconde tras las palabras seductoras, la mentira se vuelve violenta.

 

Cuando libera al hombre del miedo, todos los mercaderes del miedo se sienten amenazados.


Por eso no todo debe decirse de inmediato, no todo debe entregarse en todas partes, no todos los lugares están preparados para recibir lo que es santo.

 

La prudencia evangélica no es cobardía; es fidelidad a la misión.

 

El silencio, a veces, no es una renuncia a la verdad, sino su seno.

 

Hay palabras que deben madurar en el desierto antes de convertirse en anuncio.

 

Hay verdades que deben atravesar la soledad antes de poder ser pronunciadas sin soberbia.

 

Hay perlas que deben guardarse hasta que se encuentre un corazón capaz de reconocer su valor.

 

Asimilar el Evangelio significa, pues, dejar que Él nos juzgue a nosotros antes que a nadie.

 

No podemos denunciar las mentiras del mundo si no hemos permitido que la Palabra desenmascare las nuestras.

 

No podemos hablar de libertad si seguimos siendo prisioneros de la necesidad de aprobación y de la religión de los hombres.

 

No podemos anunciar la luz si guardamos compromisos con las tinieblas.

 

El profeta no es aquel que grita más fuerte, sino aquel que ha sido herido por la verdad y, precisamente por eso, ya no puede venderla.

 

El camino, pues, continúa.

 

Continúa con confianza, incluso cuando el mundo se ríe. Continúa en silencio, incluso cuando todos exigen palabras inmediatas. Continúa en la búsqueda de un pensamiento auténtico y profundo, libre de las mentiras dominantes, libre de consignas, libre de las seducciones de las apariencias.

 

Quien pertenece al Evangelio no debe tener prisa por convencer a todos; más bien debe volverse verdadero.

 

Porque solo lo que es verdadero resiste. Solo lo que es puro atraviesa el fuego. Solo lo que nace de Dios no es devorado por el tiempo.

 

Llegará un día en que las palabras que grita el mundo caerán como polvo, y solo quedarán las palabras guardadas en el corazón de los pequeños.

 

Llegará un día en que las mentiras bien vestidas serán desnudadas, y aparecerá la verdad desnuda, mansa, invencible.

 

Hasta entonces, no malgastemos las perlas.

 

No profanemos lo que es santo.

 

Caminemos con ojos limpios y corazón vigilante, dejando que el Evangelio se convierta en nosotros no solo en pensamiento, sino en carne; no solo en doctrina, sino en vida; no solo en palabra, sino en profecía.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Su nombres es “hermano” - San Mateo 18, 15-20 -.

Su nombre es “hermano” - San Mateo 18, 15-20 - Jesús conoce bien la sutil tentación que acecha en toda relación.   Juzgar al otro basánd...