El arte de la homilía que nace de la oración y no del algoritmo
No sé qué parecería si un enamorado utilizara la IA para escribirle a su enamorada. Tampoco sé que parecería si un profesor utilizara esas misma IA para presentar a su clase a Cervantes, Ortega y Gasset, Velázquez,…
Hablar significa exponerse, comunicarse, acoger al
otro a través del difícil arte de escuchar y abrir la propia interioridad para
que fluya hacia quien escucha.
Entiendo que la homilía significa ante todo acoger al
Dios de Jesucristo no solo con palabras, sino con la vida, y proponerlo a la
comunidad reunida para la Eucaristía.
Por otra parte, la Palabra de Dios nunca ha podido
expresarse sino a través de la palabra humana.
Esta es la gran responsabilidad no solo del que
preside, sino de cualquiera que «se atreva» a comprometerse a
comentar un versículo del Evangelio, de las Cartas y de toda esa obra
monumental que es el Antiguo Testamento.
Algo que solo el ser humano puede hacer, y no confiar
en un programa informático neutro y frío.
He utilizado a propósito el verbo «atreverse»,
porque este es el sentimiento de quien se adentra en las páginas bíblicas y
quiere proponérselas a una comunidad, con el riesgo, que siempre nos acompaña,
de no ser capaz de transmitir la verdad del Anuncio, quizá también por no haber
estudiado, orado ni meditado sobre ello.
Hay una frase que se atribuye a un cristiano teólogo,
pastor y mártir de nombre Dietrich Bonhoeffer: “el reclinatorio ha desaparecido
de la habitación del pastor”.
Es una frase que critica esa culpable superficialidad
de quien se encarga del ministerio de predicar una homilía, como si se tratara
de algo fácil, repetitivo y previsible, por lo que la celebración se vuelve
inútil, una pérdida de tiempo fútil.
Es cierto que con la IA se ahorra mucho tiempo, y
también es una ayuda que se ha vuelto esencial para obtener información de todo
tipo en plazos extremadamente ajustados.
Pero queda fuera toda la relación humana, que es
indispensable para una verdadera comunicación.
Es más, diría que, cuanto más se expande la técnica
artificial, más se vuelve el ser humano afónico, con la pérdida de un
pensamiento crítico, capaz de descifrar su propio tiempo, interpretarlo y
orientarlo en sentido profético.
Es necesario detenerse en la Escritura: es un trabajo
en toda regla, no solo porque hay que traducir la palabra antigua con términos
modernos, sino sobre todo porque no es mi palabra, no me pertenece, sino que es
la del Dios, y hay que transmitirla sin edulcorarla cuando el texto parece
demasiado duro, sin forzarla para que diga algo que atraiga, que conmueva, sin
caer en discursos edificantes y moralizantes.
No artificiosidad, sino verdad, con la humildad del
corazón, que reconoce que la Palabra siempre nos trasciende, que no somos ni
dueños ni árbitros, sino depositarios y servidores.
El Papa Francisco, en «Evangelii gaudium», dedicaba a este tema el núcleo de todo el documento, deteniéndose en el anuncio del Evangelio en el mundo actual.
No solo,
afirmaba, es necesaria durante la semana una preparación seria, dejando en
segundo plano otros compromisos también importantes, sino que también hay que
encontrar palabras adecuadas para encarnar el Evangelio a ese pueblo concreto
al que se refiere.
Porque el anuncio evangélico no se transmite siempre
con determinadas fórmulas establecidas o con palabras precisas que expresen un
contenido absolutamente invariable, sino que se transmite de formas tan
diversas que es imposible catalogarlas, y en las que el Pueblo de Dios es un
sujeto colectivo.
La palabra es creativa. No hay un lenguaje estándar: cada palabra, cada tono de voz, cada pausa, revela la interioridad de quien se presenta ante sus oyentes, de modo que el mismo texto, por ejemplo la Escritura, adquiere profundidad y revela toda su riqueza.
Así, la Palabra de Dios, a través de la humanidad del que predica, pasa al cuerpo del Pueblo de Dios en un misterioso entrelazamiento.
El Papa León XIV recordaba al clero de la Diócesis de Roma en su audiencia el 19 de febrero de 2026 (https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/speeches/2026/february/documents/20260219-clero-romano.html):
Entre paréntesis, les invito a resistir la tentación de preparar las homilías con inteligencia artificial. Al igual que todos los músculos del cuerpo, si no los utilizamos, si no los movemos, mueren; el cerebro necesita ser utilizado, por lo que también nuestra inteligencia, la inteligencia de ustedes, debe ejercitarse un poco para no perder esta capacidad. Pero se necesita mucho más, porque para hacer una verdadera homilía, que es compartir la fe, ¡la IA nunca podrá compartir la fe! Esta es la parte más importante: si podemos ofrecer un servicio, digamos inculturado, en el lugar, en la parroquia donde trabajamos, la gente quiere ver su fe, su experiencia de haber conocido y amado a Jesucristo y su Evangelio. Y esto es algo que debemos cultivar continuamente.
Como si la clave de una verdadera homilía no estuviera únicamente en su estructura sino en la autenticidad creyente del que pronuncia la homilía, es decir, de su fe, de su experiencia creyente, del encuentro personal asiduo con la Palabra... Es otra manera de decir, creo, que la homilía nace del cultivo continuo de la oración - o del “reclinatorio” según la imagen de Dietrich Bonhoeffer - y no del algoritmo.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF












