viernes, 29 de mayo de 2026

Magnifica Humanitas: La custodia de lo humano.

Magnifica Humanitas: La custodia de lo humano

«Sobre la custodia de la persona humana en la era de la inteligencia artificial». Es el subtítulo de la encíclica Magnifica Humanitas, que, siguiendo la línea de la doctrina social, pone nombre y denuncia las numerosas distorsiones que impiden a miles de millones de personas llevar una vida digna.

 

Pero es un documento que ofrece una visión positiva, llena de esperanza. Otro camino es posible, si queremos que la IA nos haga más perspicaces, competentes, humanos y sensibles hacia los demás. A condición de saber bien cuáles son los riesgos si aceptamos pasivamente el dominio digital.

 

El documento se inscribe plenamente en el marco de las encíclicas sociales y, de hecho, la fecha de la firma se fijó el 15 de mayo de 2026, coincidiendo con la Rerum Novarum del Papa León XIII, del 15 de mayo de 1891.

 

El texto se articula en torno a una introducción (nn. 1-16) y cinco capítulos: «Un pensamiento dinámico fiel al Evangelio», nn. 17-45; «Fundamentos y principios de la Doctrina Social de la Iglesia», nn. 46-89; «Técnica y dominio. La grandeza de la persona humana ante las promesas de la IA», nn. 90-130; «Custodiar lo humano en la transformación. Verdad, trabajo, libertad», nn. 131-181; «La cultura del poder y la civilización del amor», nn. 182-228; y una conclusión, nn. 229-245.


El prefacio presenta dos imágenes bíblicas destinadas a servir de guíaUna es la Torre de Babel (Gn 11,1-9), símbolo de la pretensión de autosuficiencia humana que produce desastre y confusión. Es el riesgo que corremos y que hay que evitar. La segunda es la imagen positiva del relato del profeta Nehemías (Ne 1-2), cuando el pueblo de Israel, al regresar del exilio babilónico, coopera en la reconstrucción de Jerusalén. 

La ciudad renace «a traves de la responsabilidad compartida de todo el pueblo: sacerdotes, artesanos, jefes de familia, mujeres y jóvenes. Es una obra que tiene a Dios en el centro y reconstruye los vínculos incluso antes que las piedras» (n. 8). Evitemos, pues, el «síndrome de Babel» y construyamos el bien, escribe el Papa, centrándonos en las res novae de nuestro tiempo y, por tanto, en las posibilidades que ofrecen las tecnologías. 

A lo largo de los capítulos 1 y 2, el documento repasa la evolución de la Doctrina Social de la Iglesia. Señala que se trata de un desarrollo coherente, que ha seguido el curso de los tiempos y que requiere una atención continua por parte de la Iglesia. Tanto porque la Iglesia vive en la historia de la humanidad, acompañándola, como porque «el poder y la omnipresencia de las tecnologías emergentes se entrelazan con el tejido de la vida cotidiana, moldean los procesos de toma de decisiones e inciden profundamente en el imaginario colectivo» (n. 4).

 

La Doctrina Social, recuerda el Papa, se basa en tres pilares: el ser humano como imagen del Dios trinitario, la igual dignidad de todos los seres humanos, el altísimo valor de los derechos humanos. Y tiene cinco principios fundamentales: el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad, la solidaridad, la justicia social. El criterio para verificar la bondad del progreso es si persigue el «desarrollo humano integral» (nn. 82-85).

 

Y también la Iglesia —este es un aspecto muy importante del texto— está llamada a la coherencia en su actuar interno, con respecto a estos principios, valorizando a las personas, corrigiendo los abusos de poder, para «ofrecer a la sociedad un signo creíble: porque buscar juntos el bien de todos, en la corresponsabilidad y en la fraternidad, no es una utopía, sino una posibilidad real» (n. 89).


Por un lado, tenemos como telón de fondo el Magisterio de la Doctrina Social; por otro, las dos encíclicas Laudato Si’ y Fratelli Tutti. El desarrollo humano y tecnológico debe respetar el medio ambiente —la única Tierra de la que disponemos, dada por Dios— y el Papa tiene muy presentes los costes energéticos de la IA, invitando a considerarlos con atención.

 

Por otra parte, la tecnología es sostenible si señala el camino de la fraternidad y la hermandad universales y no el de la división y la explotación, porque todos y todas somos hijos del mismo Dios.

 

En esta visión positiva, la tecnología, el desarrollo, el poder económico y político deben ponerse al servicio de la humanidad. El capítulo tercero, retomando los análisis del Papa Francisco en Fratelli Tutti, repite que la tecnología no puede estar controlada por actores privados (nn. 95-96), sino que debe ser orientada para que favorezca el desarrollo y la participación.

 

En cuanto a la IA, el Papa León XIV señala  que se necesita un enfoque «prudente y cauteloso» (n.º 100), ante la rapidez de los cambios —por lo que hay que evitar definiciones que corran el riesgo de quedar obsoletas en poco tiempo—, pero también hay que evitar una fácil divinización del término «inteligencia».

 

No deben olvidarse ni ocultarse las ventajas de la potencia de cálculo hoy posible, pero siempre observando con atención cuánto cuestan en términos de uso de los recursos. Por lo tanto, debe perseguirse con determinación y atención la sostenibilidad de las soluciones tecnológicas. Aquí, precisamente, es fuerte la huella de Laudato Si’.

 

El Papa León XIV explica que la tecnología no es neutra y, por lo tanto, es su uso el que debe ponerse al servicio del bien común y de la humanidad. En este sentido, se concretan los principios rectores de la Doctrina Social. 

«Hablar de destino universal de los bienes significa encontrar modos de asegurar el acceso universal a las tecnologías y a la formación. Hablar de subsidiariedad exige proteger la capacidad de las comunidades de decidir y corregir, sin relegar su intervención a una vigilancia posterior, una vez que los estándares hayan sido establecidos en otro sitio. Hablar de solidaridad obliga a reconocer el trabajo invisible, a menudo explotado, que alimenta los modelos algorítmicos. Hablar de justicia pide cuestionar las geografías del poder que definen quien puede programar los modelos y quien es solo objeto de esa programación, y reconocer que la justicia social no es solo un objetivo que hay que tutelar después de la adopción de las tecnologías, sino una condición que se debe poner en práctica desde su diseño » (n.º 109). 

No menos importante, en este viaje al interior de la IA, es el tema del «desarme». La tecnología no debe ponerse al servicio de la destrucción y la muerte, sino al servicio de la custodia de la vida y del bien. 

«Desarmar no significa renunciar a la tecnología, sino impedirle el dominio sobre lo humano. Significa sustraerla a los monopolios, hacerla discutible, refutable, y por tanto habitable, restableciendo en ella la pluralidad de las culturas humanas y de las formas de vida» (n. 110). 

En el documento, el bien común y la solidaridad se encarnan en un llamamiento a los poderes tecnocráticos, a la política y a todos los hombres y mujeres del planeta, para que el desarrollo tecnológico sea portador de un nuevo humanismo. Una visión en la que las ciencias y las tecnologías converjan hacia un mundo más humano.

 

La Iglesia propone ejemplos de heroísmo cotidiano, de mujeres y hombres que, en silencio, dan testimonio con su solidaridad, incluso a costa de la vida, de que otro camino es posible. 

«Precisamente esta convergencia de instituciones justas, testimonios creíbles y fidelidades cotidianas mantiene viva la esperanza e indica una dirección: hacer que la técnica crezca sin que se repliegue el corazón. Por eso la humanidad —magnifica y herida— no debe ser sustituida ni superada; puede acoger los progresos de la técnica para aliviar los sufrimientos y abrir posibilidades nuevas, siempre que no reniegue de aquello que la hace ser ella misma, es decir, la capacidad de relación y de amor. A este punto se impone una pregunta decisiva: si existe un autentico “más que humano”, ¿dónde se encuentra? La fe cristiana responde indicando una plenitud que no deriva de una divinización tecnológica, sino de aquella que produce la gracia de Dios, recibida en Cristo» (n. 126).

En este sentido, la verdadera alternativa no está entre el entusiasmo y el miedo, sino entre dos formas de construir: un progreso que sirva a la persona y a los pueblos, o un progreso que los someta a lógicas de poder.


En el capítulo cuarto - «Custodiar lo humano en la transformación. Verdad, trabajo, libertad» - se indica la dirección en la que debe situarse el desarrollo tecnológico. No el miedo, sino la visión positiva de que un mundo nuevo es posible.

 

La búsqueda de la verdad y la comunicación deben ponerse al servicio del bien común y de una mayor conciencia. Es muy valiosa aquí la indicación de que se necesita una «ecología de la comunicación» (nn. 137-138), para informar y no para desinformar.

 

Son de gran relevancia las referencias al potencial educativo de la IA y la atención que deben prestar las familias a los riesgos de captación, explotación y chantaje, sobre todo hacia los menores (nn. 141-142). En cuanto a los temas del trabajo y el empleo, la visión de la Iglesia es clara y el Papa la recuerda con perspicacia y realismo. 

Una sabiduría de gran importancia cuando se observa que «se necesitan herramientas capaces de adaptarse: modelos articulados, experimentos locales, redistribuciones progresivas, nuevos derechos de acceso a los bienes esenciales. Sin perseguir una armonía abstracta, se trata de construir formas concretas de convivencia humana en la transformación» (n. 153).

El capítulo se cierra con algunos pasajes importantes sobre la importancia de la lucha contra todas las formas de esclavitud de la sociedad moderna. Y con la referencia al hecho de que también la Iglesia, en su recorrido histórico, ha tenido un camino de conversión, que lentamente y solo en el siglo XX —pero con fuerza— asumió un compromiso decidido a favor del reconocimiento de todos los derechos humanos, como prueba de fuego de la bondad de una visión equitativa de la política, la economía y el desarrollo social (nn. 170-181).

 

Por último, en el capítulo quinto - «La cultura del poder y la civilización del amor» -, el análisis se convierte en propuesta. El Papa León XIV retoma y profundiza de manera sistemática las denuncias de los conflictos y de la mentalidad de opresión y violencia que tantas veces ha reiterado en el primer año de su pontificado, a través de discursos y tomas de posición públicas.

 

La «cultura del poder» (n.º 188), señala el Papa, se materializa en la crisis del multilateralismo, en los conflictos actuales que parecen imparables, en una especie de «normalización de la guerra» (n.º 190), a la que contribuye la pérdida de la memoria histórica. Como si, en definitiva, solo existiera el conflicto como vía para resolver los problemas.

 

La tecnología se pone de buen grado al servicio de esta lógica, tras la cual se esconde una voluntad de lucro sin límites. No es así para la Iglesia, que indica puntualmente los criterios éticos que deben utilizarse. 

«No es suficiente invocar la ética de manera genérica: es necesario indicar criterios precisos de discernimiento. El primero se refiere a la responsabilidad personal. Cuando la decisión de atacar se automatiza o se vuelve opaca, aumenta el riesgo de que se pierda el sentido de la responsabilidad. Por eso, la cadena de responsabilidades debe seguir siendo identificable y verificable: quienes planifican, entrenan, autorizan y emplean deben poder rendir cuentas de sus decisiones. El segundo criterio se refiere al tiempo del juicio moral. La IA tiende a acortar los tiempos de decisión; pero, en la guerra, las decisiones irreversibles no pueden tener como criterios supremos la rapidez y la eficiencia. El tercer criterio es la distinción y la protección de los civiles. Toda tecnología que facilite atacar sin ver el rostro del otro baja el umbral moral del conflicto. La selección de objetivos y el uso de la fuerza no pueden confundir a combatientes y no combatientes, ni ignorar el impacto sobre las poblaciones indefensas» (n.º 199).

En la mentalidad actual, que querría llevarnos a una especie de «normalización del conflicto» (n. 208), a la que se pliegan la desinformación, la fácil instrumentalización y la demonización del adversario, la Iglesia señala otro camino, el de la «civilización del amor», ya trazado por el Papa Juan Pablo II (nn. 210-228), relanzando el diálogo, la convivencia pacífica, la búsqueda de soluciones compartidas, el multilateralismo en la política y también la misericordia recíproca. La espiritualidad que necesitamos, subraya el Papa, se basa en la unión con Cristo. Es eucarística. No es una perspectiva intimista, sino seria y concreta. 

«La Eucaristía nos mueve a la justicia y al compartir, con una atención preferencial hacia quienes sufren el peso de la pobreza y de la marginación. Y mientras las nuevas redes económicas y tecnológicas pueden generar exclusión, aislamiento y dependencias, la Iglesia, alimentada por la Eucaristía, está llamada a hacer visible otro tipo de medida, custodiando los vínculos, devolviendo la voz a los invisibles y orientando los procesos hacia la dignidad de las personas» (n. 235). 

Al final del recorrido, el Papa León XIV retoma la historia de Nehemías con la que abrió la encíclica: la convergencia hacia un proyecto común. Y la visión de la esperanza se concreta en el canto del Magnificat para convertirnos en «tejedores de esperanza en nuestro mundo» (n. 245).

 

Uno de los méritos del documento es, sin duda, haber mostrado de manera plástica cómo los principios de la Doctrina Social son criterios útiles para verificar la bondad de las decisiones que se toman.

 

En la encíclica, el discurso del Papa Francisco ante el G7 sobre la IA del 14 de junio de 2024 (cf. https://www.vatican.va/content/francesco/es/speeches/2024/june/documents/20240614-g7-intelligenza-artificiale.html), aunque importante, solo se cita una vez en el n.º 83.

 

Por otro lado, no hay referencias al Rome Call for AI Ethics del 28 de febrero de 2020 (cf. https://www.vatican.va/roman_curia/pontifical_academies/acdlife/documents/rc_pont-acd_life_doc_20202228_rome-call-for-ai-ethics_en.pdf), promovido por la Pontificia Academia para la Vida, que es el primer y hasta ahora único documento vaticano dedicado a esbozar algunos aspectos concretos para una visión ética aplicada a los algoritmos. En aquella ocasión se acuñó el término algor-ética (sobre los principios éticos para el desarrollo y uso de la IA), que hoy ha pasado al uso común, del que falta una referencia en la encíclica. 


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Mi clave de lectura y estudio de Magnifica Humanitas.

Mi clave de lectura y estudio de Magnifica Humanitas

En pocos años lo digital ha cambiado de significado, por mucho que la etimología del inglés digit remita precisamente al digitus. El Papa León XIV se ha ocupado de ello, y con claridad. La impresión que se desprende de la lectura de la encíclica Magnifica Humanitas es, de hecho, la de una exposición concisa.

 

El tema es la «custodia de la persona humana en la era de la inteligencia artificial», pero a diferencia de lo que ocurría en Laudato Si’ (la encíclica de 2014 con la que el Papa Francisco situó la cuestión medioambiental en el centro del debate eclesial y social) esta encíclica evita las referencias directas a la literatura científica y propone un sistema de referencias intencionadas y reconocibles.

 

Además de las abundantes citas del magisterio de los papas anteriores y de los textos del Concilio Vaticano II, Magnifica Humanitas recurre a Romano Guardini en El ocaso de la edad moderna (1950) y a Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo (1951), al pacifismo cristiano del laico dominico y político italiano Giorgio La Pira y al testimonio de Victor Frankl, el psiquiatra vienés superviviente de Auschwitz y universalmente conocido como iniciador de la logoterapia.

 

También el pasaje extraído de El señor de los anillos que hasta puede ser interpretado como una respuesta ni siquiera demasiado implícita a las pretensiones de control global ejercidas por los gigantes de la tecnología o que, por lo menos, puede reconducirse a esta constelación de sentido. 

El Papa León XIV atribuye a J.R.R. Tolkien la calificación de «escritor católico» y hace suyas las palabras del mago Gandalf, el héroe de la intención purificada: 

«No nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos, y dejando a los que vendrán después una tierra limpia para la labranza » (Magnifica humanitas, n. 213). 

Combatiente en la Gran Guerra de 1914-1918, J.R.R. Tolkien compone su obra maestra sabiendo bien que las insidias de la tecnología no se agotaron con el fin de la Segunda Guerra Mundial. La edición de El retorno del rey a la que se refiere la encíclica en una nota puede ser leída como una alegoría antimilitarista y contraria a aquella clave apocalíptico-tecnocrática hoy muy en boga en ciertos imaginarios y narraciones.

Y, por supuesto, está San Agustín de Hipona, evocado con profundidad por un Papa que no pierde ocasión de reivindicar su pertenencia a la familia espiritual agustiniana. 

El pasaje que autoriza a interpretar Magnifica Humanitas como una encíclica plenamente y proféticamente agustiniana tal vez se encuentra concretamente en el n.º 130, donde el Papa reproduce una formulación clásica de La ciudad de Dios: 

«Dos amores han dado origen a dos ciudades: el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, la terrena; y el amor de Dios hasta el desprecio de si, la celestial» (De civitate Dei, XIV.28). 

La alternativa sugerida en varias ocasiones en la encíclica se deriva de esta contraposición, que en el grandioso tratado de San Agustín se refiere posteriormente a la disputa primordial entre Caín y Abel, analizada en el libro XV.


Las «dos imágenes bíblicas» señaladas por el Papa ya al comienzo de Magnifica Humanitas (nn. 7-10) son, en cambio, el famosísimo episodio de la torre de Babel (Gn 11,1-9) y la reconstrucción de las murallas de Jerusalén por iniciativa de Nehemías en la época del cautiverio babilónico (Ne 1-2). Este último episodio, decididamente menos conocido a nivel popular, es elevado a modelo por el Papa León XIV.

Magnifica Humanitas no es, de hecho, una advertencia genérica contra la inteligencia artificial, que en la encíclica representa el contexto y solo por consiguiente se convierte en objeto de reflexión y debate: 

«la primera elección no es entre un “si” o un “no” a la tecnología, sino entre construir Babel o reconstruir Jerusalén: entre un poder que pretende dominar el cielo y un pueblo que, en presencia de Dios, se pone a trabajar unido para levantar de nuevo las murallas de la convivencia fraterna» (n. 9). 

Al igual que ya en san Agustín, hay que decidir entre un amor y otro. 

En Magnifica Humanitas no faltan las tomas de posición atrevidas y valientes, a partir de la amplia sección sobre la esclavitud digital (nn. 173-179) y de la condena explícita del uso de la inteligencia artificial con fines bélicos (nn. 197-200).

 

En ambos casos, el reconocimiento de los errores del pasado se transforma en una exhortación a la conciencia del presente, en el marco general de la tensión existente entre «la cultura del poder y la civilización del amor» (tal es el título del capítulo 5 de la encíclica, quizá el más rico en implicaciones concretas).



Durante estos días, y más adelante, muchos y diversos análisis puntuales se han realizado y se seguirán realizando. En una primera lectura, el mérito principal de la reflexión del Papa León XIV quizá resida en el rechazo a considerar la inteligencia artificial como un mero instrumento.

 

Ésta se trata de una falacia argumentativa aún sorprendentemente extendida, mediante la cual se intenta desplazar el problema de la estructura general de la IA a su uso práctico, tal vez con el respaldo de algún principio deontológico vago y tranquilizador.

 

Aparte del hecho de que un instrumento —en cuanto producto cultural— nunca es en sí mismo indiferente, la inteligencia artificial excede ampliamente cualquier requisito instrumental y se sitúa más allá.

 

Un instrumento hace lo que se espera que haga. La inteligencia artificial hace también algo más, a menudo sin corresponder a las expectativas.

 

«De esto se deriva una consecuencia sencilla pero apremiante: no podemos considerar a la IA como moralmente neutra. En realidad, todo artefacto técnico lleva consigo decisiones y prioridades: lo que mide, lo que ignora, lo que optimiza y el modo en que clasifica personas y situaciones. Si un sistema se concibe o emplea tratando algunas vidas como menos dignas, o las excluye sin posibilidad de apelación, no es un simple instrumento que “hay que usar correctamente”; introduce ya un criterio que contradice la dignidad inalienable de la persona. Por eso, el discernimiento ético no se puede limitar a preguntarse si usamos un determinado sistema para un fin bueno o malo, sino que debe interrogarse también sobre el modo en el que está diseñado y que idea de persona y de sociedad queda inscrita en los datos y en los modelos que lo guían» (n. 104).

 

Y tengo para mí que éste es el corazón de la encíclica. Y es un corazón intencionadamente político, en el sentido de que León XIV se preocupa por ilustrarlo a través de la amplia síntesis de la Doctrina Social de la Iglesia en su recorrido desde Rerum Novarum (1891) hasta hoy. Incluida en el capítulo 1 de Magnifica Humanitas, esta recapitulación programática es mucho más que un resumen. Puede utilizarse perfectamente como repaso. Y creo que es un repaso obligado.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Impresiones personales de Magnifica Humanitas.

Impresiones personales de Magnifica Humanitas

Hay textos que no se limitan a ser leídos: nos involucran, nos interpelan. Llegan casi por casualidad, impulsados más por la curiosidad de conocer que por el simple deseo de saber. Son invitados inesperados a los que no podemos ignorar. Para mí, Magnifica Humanitas es uno de esos textos.

 

Sin duda, el revuelo que la ha acompañado depende también del hecho de que se trata de la primera encíclica de este Papa: muchos han buscado en ella su personalidad, su visión, las continuidades o las diferencias con respecto al pontificado anterior.

 

Pero el texto impacta sobre todo porque no se presenta como un documento para archivar. Se presenta como una presencia que nos mira y nos pregunta: «¿Cómo estamos viviendo este tiempo?». No es solo un texto para interpretar: es un texto que nos atraviesa.

 

Vivimos en una época en la que un nuevo intruso se ha sentado a nuestro lado. Lo llamamos Inteligencia Artificial (IA), pero podríamos definirlo simplemente como un umbral que se abre. No es un futuro lejano: ya está dentro de nuestras palabras, nuestras decisiones, nuestras relaciones. No la hemos invitado, y sin embargo ya convive con nosotros.

 

El aspecto más interesante de la encíclica, al menos en una primera lectura que se puede hacer de ella, es que no trata la IA solo como un peligro que hay que rechazar o una promesa que hay que idolatrar. La reconoce como una presencia estable, destinada a modificar nuestra forma de vivir. La cuestión decisiva no es destruir la técnica, sino impedir que se convierta en dominio.


La encíclica parece sugerir que lo humano no es una identidad cerrada que hay que defender, sino un umbral abierto. No construye vallas: abre espacios. No protege un nosotros inmóvil, sino que lo pone en tela de juicio.

 

El ser humano no aparece como un bloque compacto, sino como una realidad atravesada por relaciones, recuerdos, heridas, instrumentos y transformaciones. La dignidad, entonces, no es una fortaleza que blindar, sino una puerta que custodiar.

 

Aquí la teología se vuelve inevitablemente política. No en el sentido de reducir el cristianismo a una parte ideológica, sino en el sentido más elevado del término: reafirmar un universalismo humano capaz de oponerse a las nuevas lógicas imperiales, económicas y tecnológicas que corren el riesgo de convertir la fuerza en la única regla del equilibrio mundial.

 

En este escenario, resulta esencial reiterar que lo humano es un umbral insuperable y que toda forma de poshumanismo tecnológico corre el riesgo de producir una laceración de la experiencia humana.

 

Uno de los puntos más profundos de la encíclica es la referencia a la «herida de lo humano». No como exaltación del sufrimiento, sino como reconocimiento de que la fragilidad es el lugar donde la relación se hace posible.


El dolor, el límite, la vulnerabilidad nos abren al otro. Reconocer nuestra fragilidad impide que la identidad se convierta en un ídolo. Es precisamente nuestra condición incompleta la que nos salva de la tentación de la pureza.

 

En este sentido, la IA no es solo un enemigo que le quita algo al hombre. Es también un espejo que nos obliga a reconocer lo que siempre hemos sido: seres vulnerables, porosos, modificables. Ser humano no significa estar intacto, sino ser capaz de relacionarse.

 

La segunda gran intuición de la encíclica es que no debemos defender lo humano de la técnica, sino la relación del uso depredador de la técnica.

 

La técnica, en sí misma, no es el problema. El problema es quien la utiliza para dominar, vigilar, militarizar, extraer riqueza y concentrar poder. La pregunta decisiva no es, por tanto: «¿Qué le hará la IA a la humanidad?», sino: «¿Qué hará la humanidad de esta convivencia con la IA?».

 

Aquí el pensamiento cristiano se convierte en una forma de resistencia. Una fe viva no defiende la fortaleza de la identidad, sino la vulnerabilidad de la relación. No bendice el miedo, sino la apertura.

 

Por eso no veo Magnifica Humanitas como un texto “religioso”. Me parece más bien un texto político en el sentido más elevado: una invitación a no refugiarnos en la nostalgia, a no delegar en la técnica lo que no tenemos el valor de afrontar como seres humanos.


La encíclica no ofrece un refugio, sino un cruce. No nos enseña cómo volver atrás, sino cómo seguir adelante sin perder nuestra humanidad.

 

Y quizá sea precisamente este el punto decisivo: lo humano no es una fortaleza que defender, sino un movimiento que custodiar a través de la relación, la solidaridad, la amistad y el compartir de la fragilidad común. 

El límite permite que unos y otros seamos diferentes e insustituibles; afirma que cada uno necesita al otro; establece una «civilización del amor» sobre sólidos fundamentos morales: la justicia, la verdad y la libertad. El diálogo, el respeto al otro y la regla de oro. El muro fronterizo se transforma así en un abrazo sobre el que reconstruir ciudades devastadas. 

«Evitemos, por tanto, el “sindrome de Babel”: la idolatría del lucro que sacrifica a los débiles, la uniformidad que aplana las diferencias, la pretensión de un lenguaje único —incluso digital— capaz de traducirlo todo, incluso el misterio de la persona, en datos y rendimientos» (MH 10). 

La matriz y la liturgia de esta Magnifica Humanitas no será un algoritmo, sino, de nuevo, una Mujer a quien —en conclusión— el Papa cede el paso y la palabra. ¡Y de Ella surge, al final, un magnífico canto de alabanza y alegría para tejer esperanza!



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 28 de mayo de 2026

Plegaria al Inmaculado Corazón de María.

Plegaria al Inmaculado Corazón de María


 

Nuestra dulce Madre,

 

nos unimos a la multitud de quienes han escrito sobre ti para alabar tu belleza e invocar tu intercesión maternal.

 

En el día en que celebramos tu Inmaculada Corazón, día en el que, de manera muy especial, no niegas a tus hijos mostrarte como en las bodas de Caná, quisiéramos dirigir nuestra mirada hacia ti y permanecer en tu contemplación para agradecerte tu presencia en nuestra vida.

 

Nos han enseñado a buscarte en la Escritura, a comprender con los ojos de la fe tus silencios, tus palabras, tu determinación, tu dolor, tu seguimiento de tu Hijo como la primera discípula. Y te descubrimos discreta y sobria. También contemplativa, peregrina, acompañante.

 

Una mujer, en el momento en que se convierte en madre, sabe que su vida ya no será la misma. Y tú, Madre, nos enseñas lo que significa acoger el misterio, hacer visible lo invisible, convertir la propia carne en el terreno donde se injerta el árbol de la vida, estar dispuestos a renunciar a tantas cosas con tal de buscar siempre y únicamente que Dios sea conocido, amado, servido y alabado.


 

Nos has llamado a seguirte sin demasiados cálculos por las montañas de la caridad. Y cuando llegaste a casa de Isabel y sus ojos te reconocieron y sus labios te proclamaron bienaventurada entre todas las mujeres, tu corazón se derritió en un canto de alabanza. Cantabas de Jesús, de tu Hijo, no de ti. Él era tu canto, tú el pentagrama donde Dios había escrito su música más bella. Los hijos no son de las madres, los hijos les son confiados a las madres por ese mismo Dios de quien proviene toda paternidad.

 

Y fijándonos en ti, nos detenemos también en José. Lo amabas, sí, y tenías miedo. ¿Lo entendería? ¿Te acogería? ¡Cuántas mujeres viven con el deseo de que el corazón de sus esposos o sus hijos se abran a la gracia que salva, cuántas conversiones has obrado, María, por la oración humilde y suplicante de las esposas! Confiabas en tu Señor. Y Él no dejó de responder a tu confianza incondicional.

 

Así, a tu «sí» se sumó el de José y comenzó el sueño de Dios, una historia nueva, una historia de Cielo. Durante treinta años ese misterio fue guardado en tu corazón y entre los muros de la casa de Nazaret, mostrándome el esfuerzo, la concreción, la necesidad de una fe que se hiciera carne en la vida familiar.

 

Luego llegó el tiempo de la misión, del anuncio, de los milagros, del desprendimiento. Los hijos, en un momento dado, abandonan el calor del hogar para comprender y dar por sí mismos los pasos de su vida.

 

Tu corazón de Madre alcanzó las cimas más altas del amor a los pies del Calvario. Allí, mientras los clavos traspasaban sus manos y sus pies, cada golpe te era infligido a ti, porque en la carne de un hijo está la carne de la madre, y cuando un hijo sufre, la madre sufre con él y por él. Pero es precisamente allí, Madre, donde nos enseñas lo que significa amar. Estar al lado, permanecer fiel, custodiar con dolor incluso cuando el otro te presenta el cáliz amargo del desprecio o del rechazo.

 

La última imagen de ti la encontramos en el Cenáculo, el día de Pentecostés junto a los discípulos. Ellos habían abandonado a tu Hijo, pero tú te habías quedado. Cuántas traiciones en nuestra vida, cuántas negaciones, y sin embargo, Madre, Tú no te has ido, has seguido estando cerca de nosotros, permaneciendo con nosotros.

 

Allí, ese Espíritu que te había envuelto desde el principio se derrama sobre tus hijos, sobre cada uno de nosotros. A partir de ese momento ya no se habla más de ti. Tu misión en la tierra termina para comenzar la de los Cielos junto a tu Hijo; te conviertes en la Mujer vestida de sol, la toda Bella, la toda Santa.

 

Gracias, María… Llegará el día en el que poder expresarte nuestra gratitud cara a cara y contemplar contigo a ese Jesús que es toda nuestra alegría.


 

Bajo tu mirada de Madre y en tu Corazón nosotros tenemos un lugar especial.

 

Bajo tu mirada de Madre y en tu Corazón aprendemos la lección de contemplación y adoración, a conocer y gustar más íntimamente el misterio de Dios, a caminar confiados y peregrinos, a seguir haciendo lo que tu Hijo nos diga.

 

María, Madre de la fidelidad perseverante, te confiamos nuestros días como hijos en tus brazos maternos.

 

Tú que has guardado en tu corazón el conocimiento y el amor más íntimos y elevados de Dios, que brotaron de tus labios en el «Magnificat», haz que podamos cantarlos contigo.

 

Madre, cúbrenos con tu manto, envuélvenos en la atmósfera de tu protección, defiéndenos de los peligros, para que, al escuchar al Señor, le sigamos diciendo todo el sí del que somos capaces.

 

María, Madre del Corazón dócil y sabio, guía nuestra vida para que podamos hacer solo lo que en tu Corazón piensas y quieres de nosotros. Y concédenos mirar hacia arriba y hacia adelante trabajando contigo en el servicio evangelizador y misionero.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


Inmaculado Corazón de María: un corazón centinela.

Inmaculado Corazón de María: un corazón centinela

Nuestra Congregación, Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, siempre tiene a bien poner de relieve con intensidad la figura de María y de su corazón.

 

No es la ocasión de detenemos a preguntarnos con rigor cuál es la relación entre la María de los textos bíblicos y aquella que, a lo largo de los siglos, se ha convertido en objeto de definiciones doctrinales y de una devoción muy extendida.

 

Ciertamente para abordar seriamente esta cuestión es necesario tener en cuenta todos los niveles: la Escritura, la Tradición, la reflexión teológica y la forma en que la figura de María ha sido progresivamente interpretada y transformada.

 

Con todo, sí podemos volver a los textos del Nuevo Testamento en los que María aparece con una sobriedad sorprendente.

 

Hay quien ve en la figura de María la expresión del arquetipo materno, capaz de responder a las necesidades profundas de la experiencia humana. O quien interpreta a María dentro de la condición humana redimida, no como una realidad separada. O quien cuestiona la solidez bíblica de algunas afirmaciones marianas. O quien pone el acento en la dimensión histórica y concreta de María, mujer pobre y creyente.

 

Por un lado, la María de los Evangelios es una mujer que escucha, que cree, que camina en la historia, que no lo comprende todo pero permanece fiel. Por otro lado, la María de la tradición: progresivamente definida, elevada, rodeada de títulos y atributos que la sitúan en una dimensión casi separada.


Tal vez María haya corrido el riesgo de perder su dimensión original de creyente para asumir rasgos que la hacen parecer una figura extraordinaria y distante, difícilmente identificable con el perfil evangélico. Y quizás ha sido una transformación sutil pero significativa.

 

Para nosotros la María de los Evangelios sigue siendo el criterio fundamental: una mujer que vive la fe dentro de la historia, sin privilegios narrativos que la separen de la experiencia humana común.

 

Y tener en nuestro ADN misionero esta dimensión no significa empobrecer la figura de María, sino devolverle profundidad. Significa reconocer que su grandeza no reside en atributos extraordinarios acumulados a lo largo del tiempo, sino en la radicalidad de su escucha y en la concreción de su camino.

 

María no es una figura distante. Tampoco sobrecargada. Su presencia es esencial, y no menos discreta, también porque nos interroga la fe, el seguimiento de Jesús, el testimonio misionero,…, en su forma más auténtica.

 

A la luz de la María de los Evangelio, quizás no podamos preguntar qué hay en el corazón de una madre. ¿Quién podría responder realmente a una pregunta así?

 

El corazón de una madre es un océano infinito de cosas que no pueden resumirse en ninguna fórmula. Y, sin embargo, la fiesta del Inmaculado Corazón de María nos permite a los misioneros claretianos echar un vistazo a su interior.


No siempre el amor comprende todo lo que sucede, pero el verdadero amor, el amor de una madre, busca obstinadamente a sus hijos hasta que nos encuentra, y allí donde no comprende, sabe guardarlo todo en su interior, sabe custodiar los acontecimientos y los malentendidos haciendo que el amor prevalezca siempre sobre todo lo demás: «Su madre guardaba todas estas cosas en su corazón».

 

Por eso, los misioneros claretianos pensamos en la imagen de la “Fragua de su Corazón” porque entre las cosas que María guarda en su corazón estamos también nosotros, todos sus hijos, porque Ella es nuestra Madre por voluntad del mismo Jesús.

 

Es hermoso saber que estamos a salvo en el corazón de alguien y que este Corazón es verdaderamente un refugio inmaculado, sin ningún mal, con aquella belleza e inocencia originales. Muchas veces ese Corazón nos defiende incluso de nosotros mismos. Ese Corazón es el camino más seguro que nos lleva de vuelta a casa, que nos lleva de vuelta a Jesús.

 

En un día como hoy me gusta reflexionar que el Evangelio nos habla explícitamente del corazón de María solo en dos ocasiones y, en ambas, el evangelista San Lucas se expresa de la misma manera: el corazón de María es un corazón que guarda los acontecimientos y las palabras que se refieren a su Hijo Jesús (cf. Lc 2,19 y 2,51).

 

Sabemos bien que, en el lenguaje de la Sagrada Escritura, el corazón es el centro de la persona, el lugar donde se toman las decisiones y no solo la sede de los afectos y los sentimientos.

 

Podemos decir, pues, que la persona de María —pues su corazón no es otra cosa que Ella misma— nos es presentada por los Evangelios como una mujer que, ante todo, guarda y medita.

 

Si no se partiera de este dato bíblico, se correría el riesgo de no tener clara la actitud con la que María permanece continuamente ante el misterio de Dios, y de olvidar que esta actitud no es otra que la del buen discípulo de Jesús. Y así María es, por así decirlo, la auténtica secuela de Cristo. Mirar a Ella significa comprender cómo en nuestra vida de discípulos estamos llamados a seguir a Jesús.

 

San Lucas nos deja claro que, en la economía de la salvación, hay una parte que le corresponde a María: Ella está llamada en plena libertad a implicarse en el misterio de Dios que viene a su encuentro.

 

Esta parte es, en pocas palabras, la respuesta dócil y responsable al acercamiento de Dios en su vida.


El Evangelio de la Anunciación nos recuerda su respuesta: hágase en mí según tu palabra (Lc 1,38). Este «hágase» resume el significado profundo de su identificación como «la sierva del Señor». Lejos de ser una servidumbre superficial o una sumisión irresponsable, ese verbo nos dice que María desea en lo más profundo de sí misma lo que el ángel acaba de pedirle. Ser sierva es, en el fondo, el reconocimiento de que el deseo de Dios para mi vida corresponde a mi deseo más profundo.

 

María, siempre en su vida terrenal y hoy en el desarrollo de la vida de la Iglesia, cumple esta parte suya, escuchando el deseo de Dios, guardándolo y haciéndolo resonar continuamente en su interior.

 

El arte de la custodia pertenece a todo discípulo de Jesús. También a nosotros, misioneros claretianos. Pero, ¿qué significa custodiar?

 

Seguramente hasta se podrían decir muchas cosas, desde cuidar hasta observar los mandamientos. Pero también podríamos captar un matiz bíblico interesante.

 

El verbo custodiar en hebreo se encuentra en la raíz del sustantivo centinela. De manera plástica, para dar valor a la idea de custodiar, el Antiguo Testamento nos habla de los centinelas. ¡Custodiar significa, pues, vivir como centinelas!

 

Sobre tus murallas, Jerusalén, he puesto centinelas (Is 62,6).

 

Custodiar significa escudriñar el horizonte y tomar en serio la vida de quienes nos han sido confiados.


Esta es la actitud de María, una actitud que, al tiempo que habla de estabilidad, denota también una maravillosa dinámica interior.

 

En el momento de la Anunciación, María se deja envolver por el Espíritu Santo, deja que toda su persona sea envuelta, penetrada por el Amor, por ese nuevo reino de Amor que el Padre nos dona en su Hijo Jesús: y durante toda su vida, su corazón no hará otra cosa que esto: escudriñar el horizonte para percibir y dejarse envolver por este reino que viene.

 

En la Anunciación de manera extraordinaria a través del ángel Gabriel, y luego en la cotidianidad de la vida, en los acontecimientos que suceden tal y como nos cuenta el Evangelio (ante los pastores, ante Simeón, ante los doctores de la Ley, hasta la Cruz y en el Cenáculo tras la resurrección).

 

Al igual que para nosotros, también para María todo esto es un camino que se realiza en la fe. Precisamente por eso el Concilio Vaticano II habla de ella como una peregrina: también la Santísima Virgen avanzó en el camino de la fe y conservó fielmente su unión con el Hijo hasta la cruz (LG 58).

 

Seguir a Jesús significa, en el fondo, vivir como vivió María con esta actitud que podríamos, sin exagerar, definir también como profética, porque el profeta es aquel que se da cuenta del reino de amor que viene y lo sigue.


Ser «Sequela Christi» significa ser discípulo de Jesús hasta tal punto que se llega a ser una sola cosa con Él.


Hoy quiero recordar que el Corazón de María nos enseña a ser corazones centinelas como el amor divino que vela y vigila por todos y cada uno de sus hijos. También de noche.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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