domingo, 15 de marzo de 2026

Alégrate María.

Alégrate María

En pleno camino de Cuaresma, abrimos un luminoso paréntesis sobre la Anunciación, exactamente nueve meses antes de la Navidad. De ese «sí» dirigido a Dios se deriva el camino de salvación que estamos recorriendo.

 

«Ave María, alégrate, María», le dice el príncipe de los ángeles a la joven adolescente de Nazaret.

 

Sí, María, tienes motivos para alegrarte, tienes motivos para regocijarte.

 

Alégrate porque Dios interviene, porque entra en la Historia, porque ya no enviará a ningún profeta para que hable en su nombre, sino que Él mismo, en persona, vendrá a revelarse en Jesús.

 

Alégrate, María, porque Dios no ha elegido a una de las ricas matronas de Roma, ni a la esposa de un filósofo griego, ni siquiera a la esposa de un famoso rabino de Jerusalén.

 

Alégrate porque ha vuelto su mirada hacia la pequeña aldea de Nazaret, unas pocas casas adosadas a las cuevas, apartadas del camino principal.

 

Alégrate porque la historia cambia: ya no son los poderosos los protagonistas, ni los héroes o los buenos, sino los pequeños, los olvidados. Y Dios parte de la periferia del Imperio, de Israel y de la Historia para hacerse presente.

 

Alégrate, María, porque ahora tu vida se convierte en la cuna de Dios, tu vida se convierte en la puerta de entrada de lo infinito al mundo.



Y alegrémonos también nosotros, hoy, por esta hermana nuestra, la primera entre los creyentes, la madre de todo discípulo.

 

Lucas retoma el esquema de las muchas «anunciaciones» presentes en la Biblia.

 

Poco importa cómo se desarrollaron los hechos: así nos los cuenta Lucas.

 

Y nos sorprende.

 

No es la esposa del emperador, ni la ganadora del Premio Nobel de Medicina, ni una dinámica mujer de negocios de nuestros días a quien Dios elige, sino la pequeña adolescente Miriam - la bella -.

 

A ella le pide que se convierta en la puerta de entrada de Dios al mundo.

 

¿Qué diríamos si mañana por la mañana se les acercara una hija o una nieta adolescente diciendo: «Dios me ha pedido que le ayude a salvar el mundo»?

 

Exacto.



En cambio, María acepta, cree en ello, y todos nosotros no sabemos si reír o sacudir la cabeza ante tanta espléndida inconsciencia; todos nos quedamos atónitos - nosotros los racionales hijos mayores - ante la desconcertante sencillez de este diálogo, ante la audacia de una hija de Sión que habla de igual a igual con el Absoluto, que le pide explicaciones y aclaraciones.

 

Elegir Nazaret, un pueblo ocupado por el Imperio romano, en los confines de la historia, en los márgenes de la geografía del tiempo, en una época desprovista de medios de comunicación, para encarnarse, nos revela una vez más la lógica de Dios, una lógica basada en lo esencial, en el misterio, en la profecía, en la verdad de sí mismo, en los resultados imprevistos (y desconcertantes).

 

El encuentro entre el príncipe de los ángeles y una joven adolescente, hija del pueblo, pone los pelos de punta.

 

Con cuánta dignidad sostiene María el diálogo, pidiendo explicaciones, mostrando disponibilidad. La joven de Nazaret no se asusta ante el misterio; sabe que en ese momento toda la historia está en sus pequeñas manos.



El ángel la saluda: «Alégrate, llena de gracia, porque el Señor está contigo».

 

Como Ella, también nosotros podemos alegrarnos hoy, llenos de la gracia de haber conocido el Evangelio y seguido a Jesús, a pesar de nuestras limitaciones.

 

También nosotros, hoy y siempre, podemos decir: el Señor está conmigo, acompaña mi camino, me ha sostenido en todas mis tribulaciones, como lo hizo con Israel, como lo hace con quien confía en Él.

 

También nosotros, hoy, como María, podemos poner nuestra vida en manos de Dios, para convertirnos en ianua coeli, puerta de entrada de Dios al mundo.

 

A través de nosotros, a través de nuestra disponibilidad, nuestra sonrisa, nuestra paciencia, nuestra capacidad de perdonar y de pedir perdón, el Señor entra en el mundo y se encuentra con los hombres que buscan la paz.

 

Dejemos que el Señor actúe, como supo hacerlo en María, y también nosotros veremos grandes cosas.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Al Dios de la Anunciación.

Al Dios de la Anunciación 

La vida no se anuncia una sola vez; la vida nunca ha dejado de anunciarse porque la ceguera es recurrente. 

Y cuando vuelve, es peor que la primera vez. 

Creer en la Anunciación no es difícil cuando todo te habla de comienzos.

Lo difícil es estar abierto y dispuesto al final, cuando el vientre está rígido y la decepción es grande y el fruto ya no está, y ni siquiera tú estás ya, de vuelta de todo. 

Cuando ya no se cree en los ángeles. 

Cando se ha masticado demasiada oscuridad. 

Cuando toda esperanza ha traicionado. 

… Hay que rasgar a la fuerza el velo de la ceguera. 

Hay que arrancarlo con los dientes, o con las lágrimas, con alguna obstinación de la vida, una especie de instinto de supervivencia: porque al final uno querría mantener los ojos cerrados. 

En el Calvario el velo se rasgó, pero no vi ángeles. 

Y Dios no estaba. 

¿Cómo creer en la Anunciación? 

Pero fue precisamente en el Gólgota donde descubrí que ya no había que buscar en lo alto, sino a ras de tierra, en lo bajo. 

Bajo el corazón, en ese punto cálido del que la vida saca el valor y la osadía para nacer, en el lugar más íntimo donde permanece el recuerdo de Ti, como el calor de una brasa tierna, allí, donde permanece todo el amor hecho, todo. 

En aquel vientre de mujer preñado de semen divino portador de vida. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La Anunciación: el Sí que cambia la historia.

La Anunciación: el Sí que cambia la historia 

En la escena de la Anunciación la clave es la visita/manifestación de Dios y la respuesta de la humanidad. Y se representa el misterio de la encarnación: el Verbo toma nuestra carne en el seno de una mujer. 

Dios, para recuperar a su criatura –el hombre– elige convertirse en esa criatura, es decir, elige encarnarse y hacerse hombre a través del vientre de una mujer. Esto no puede ser comprendido con la lógica enteramente humana, y por eso el misterio de la encarnación debe ser abordado con el aporte de una inteligencia diferente, que nos obligue a dar un salto hacia nuestra mente y considerar el mundo divino como más verdadero. Según su lógica, la fecundidad también puede ocurrir de una manera más allá de las leyes físicas. 

Aceptar la posibilidad de una fecundidad más allá de las leyes físicas significa dar más peso a lo divino y a su lógica, más perfecta que la nuestra, aunque estemos acostumbrados a ver el mundo desde una perspectiva puramente humana, dentro de la cual no podemos razonar para comprender la encarnación de Dios y la fecundidad de María. 

Cuando María, sin comprender lo que le dice el ángel, responde “fiat”, “hazlo Tú”, significa que da un salto de mentalidad, que se orienta según la lógica de Dios, no la suya propia; significa que Ella cree más en Dios y en lo que Él le dice a través del ángel, que en sus ideas, sus incomprensiones, sus dudas y sus miedos. Significa que deja que la Palabra de Dios reemplace sus conocimientos, creencias y aspiraciones. 

La escena interpreta este misterio en algunos aspectos fundamentales, que anuncian y por tanto recorren todo el camino de María en toda su belleza y su misterio: la “Ecce ancilla” de María se encuentra con el “Ecce venio” de Jesús (Hb 10,9). La Palabra llama a su puerta t María se abre a la Palabra. 

El Ángel Gabriel muestra la ternura de Dios, el respeto de la voluntad divina, que no es impetuosa, sino que, aunque llega "como una sorpresa", es delicada, para que el ser humano pueda acogerla. Por eso María confía y puede empezar a tejer la carne de la Palabra de Dios en sus entrañas de carne. Entonces, si hasta ese momento la Palabra fue escuchada, a partir de ese momento podrá ser contemplada. Por eso se dice que, para escuchar la Palabra de Dios, hay que tener buenos ojos, no oídos, porque la Palabra se ha hecho imagen: hay que verla (cf. Jn 14,9; 1 Jn 1,1-4). 

Y María deja que la Palabra pueda tejer carne en su vientre. Es el misterio de la encarnación: la respuesta de Dios a todas las expectativas del hombre y la respuesta de la humanidad, representada por María, a la venida de Dios. Ser creyente significa reconocer el anuncio de un Dios que entra con discreción y respeto en el corazón de cada persona y espera en silencio el gesto de nuestra libertad, un "sí" que nos abre a la verdadera Vida y nos hace portadores de esta misma Vida al mundo entero. 

La reacción de María es muy humana y muy cercana a nosotros. De hecho, es a través de un acto de fe, de reconocimiento del Otro, de confianza en Él, que María dice: “He aquí la esclava del Señor”. Y, al igual que el sirviente, Ella está totalmente orientada hacia su Señor. A veces simplificamos la experiencia de fe de María, pensando que Ella, siendo Inmaculada, Madre de Dios, etc., tuvo todo claro desde el primer momento, comprendió todo, vivió una fe sin esa experiencia humana tan concreta de no comprender, de dejarse abrumar por un Misterio inefable e indecible, demasiado grande para nosotros y para Ella. En cambio, Ella experimentó la oscuridad de la fe, el “no entender” (cf. Lc 2,23.50), no en vano es una mujer de fe, una mujer que vivió la experiencia de la fe muy dentro de nuestra experiencia, de nuestro camino, muy cerca de nosotros. 

Ella confía en Dios y responderá “sí”, no porque haya comprendido, sino por un motivo más profundo, que indica la verdadera actitud del creyente: primero confió en el Señor y se confió a Él, luego comprendió. Incluso bajo la cruz, envuelta en su manto y en silencio, no puede hacer otra cosa que «guardar en su corazón» (Lc 2,19) un misterio mucho más grande que Ella misma, y ​​balbucir y musitar y permanecer en su «». 

Frente a esta actitud de María, es esencial para nosotros captar la reacción del Ángel Gabriel hacia Ella, es decir, entender cómo el Ángel, que es la presencia de Dios a su lado, reacciona ante su turbación, ante su no comprensión, ante su sentirse perdida y tan pequeña, y cómo reacciona por tanto cuando nosotros vivimos la misma experiencia. 

El Ángel reacciona con infinita ternura; representa la actitud de Dios que es amor; Él es portador de la Palabra que aparece tan frecuentemente en la Biblia: ¡No tengas miedo! 

Se lo dice con palabras, y seguramente también con el tono de su voz, con su mirada, con su gesto… envolviéndola sin hacer ruido y asegurándole su protección sobre Ella todo el tiempo que sea necesario. Y así María, hablando con el Ángel, llega a decir su “”. 

Pero ¿qué sucede después del anuncio del ángel y del “sí” de María? Sucede que su Ecce ancilla, su “sí”, la convierte en madre de la Palabra, es decir, su Ecce ancilla se encuentra con el Ecce venio de la Palabra (Hb 10, 5-7), que es la única palabra que Jesús dijo al entrar en el mundo. Con esta palabra Jesús se ofrece por nuestra salvación. 

María pronuncia la misma palabra, que expresa su entrega a la tarea que el Padre le ha asignado. Del encuentro del Ecce ancilla con el Ecce venio se produce el acontecimiento de la Encarnación: María se convierte en madre, comienza a tejer la carne del Verbo de Dios en el seno materno. 

María confía en la palabra del Ángel y la Palabra viene a habitar en su seno. A partir de María el Hijo toma el cuerpo del mundo y de la historia, es decir, la humanidad. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Hay un sueño en Dios.

Hay un sueño en Dios 

Hay un sueño en Dios. Y es más que un sueño. Porque nuestros sueños también pueden quedarse sólo en eso, seguir siendo sueños, y no realizarse. Pero los sueños de Dios se hacen realidad. El sueño recorre el Primer y el Segundo Testamento. Y eso es como decir que esto se repite a lo largo de toda la historia. 

Cuando hablamos de Iglesia hoy en día, ¿qué nos viene principalmente a la mente, el templo o la calle? 

¿Un Dios para ser adorado en las Iglesias o un Dios para ser sorprendido en las calles? ¿Cristianos atados a un bloque institucional o cristianos compañeros de viaje de las mujeres y de los hombres de hoy, de sus noches y de sus amaneceres, de sus angustias y de sus expectativas? 

¿Cristianos que sueñan con la “ciudadela cristiana” o cristianos convencidos de que Dios es el Dios de la tienda, el Dios en la sucesión de las generaciones, en el acto de generar, el Dios de los rostros? 

Cada vez que las madres judías daban a luz a un niño, y cada vez que todavía hoy dan a luz a un niño, tienen un sobresalto: ¿podría ser ese niño el Mesías? La sorpresa de Dios está en la vida. 

El Dios del Reino es una revolución. Regresemos al sueño de Dios: de la inmovilidad del Templo al camino inquieto de la humanidad a la que pertenecemos. Y el sueño, nuestro sueño, el más grande de los sueños, poder decir, como Dios: Yo he estado contigo, dondequiera que hayas ido. Porque Dios entra en la vida y camina al compás de la vida. 

Es hermoso leer la historia de la Anunciación bajo esta luz. 

La Anunciación no está en el templo, está en la vida. 

Es una Anunciación en una región y está el nombre de la región, Galilea, en una ciudad y está el nombre, Nazaret, y está el nombre de la mujer, María, y de su esposo, José, y también de su prima, Isabel, aquella que todos decían que era estéril, y que ahora está en su sexto mes. 

¡Es la vida! 

Es la Anunciación, es el nacimiento de Dios, pero en la vida. 

En nuestra vida, hecha de sentimientos de inadecuación: (“…pero ¿cómo es posible? No se dan las condiciones… No se cumplen los requisitos”), una vida hecha de nuestras perturbaciones: (“No tengas miedo, María”). No tengas miedo. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Como María, también nosotros somos amados para siempre.

Como María, también nosotros somos amados para siempre 

La Encarnación del Verbo es como la caída de una semilla en el surco. La semilla cae y trae una energía vital a la tierra. La tierra a su vez la envuelve y la nutre, da a la semilla sus elementos químicos inertes y la semilla los transforma en una dimensión superior: del frío oscuro de la tierra extrae color y perfume y sabor, para la flor más pequeña o para el árbol milenario. 

Nuestra fe comienza con un anuncio: un ángel afirma que el Todopoderoso se hace niño, tembloroso en el vientre de María, hambriento de leche y de caricias. 

La Anunciación es el punto de éxtasis de la historia humana, la grieta por donde entra el agua de otra fuente, la hendidura por donde lo divino se injerta, como una rama de olivo, en el viejo tronco de la tierra que comienza a florecer de nuevo. 

Ese anuncio es una rendija de luz por la que nuestra historia toma aire, extiende sus alas, alza el vuelo. 

La primera palabra del ángel a María “chaire” no es un simple saludo, dentro vibra aquello bueno y raro que todos buscamos cada día: la alegría “alégrate, sé feliz”. Él no pide: orar, arrodillarse, hacer esto o aquello. Sino simplemente: ábrete a la alegría, como una puerta se abre al sol. Dios viene y te abraza, viene y trae una promesa de felicidad. 

La segunda palabra revela el motivo de la alegría: eres llena de gracia. Un término nuevo, nunca antes escuchado en la Biblia ni en las sinagogas, literalmente inaudito, que hace estremecer a María: Dios se ha inclinado sobre ti, se ha enamorado de ti, se ha entregado a ti, y rebosas de Dios. Tu nombre es: amada para siempre. Amada tiernamente, libremente, sin remordimientos. 

Y anuncia que Dios elige un vientre de mujer, que entra en nuestro río de santos y pecadores, en esta corriente preñada de barro y de copos de oro; que se ramifica por todas las venas del mundo, hasta las últimas ramas de la creación. 

Es evidente que María se queda sin palabras y responde primero con el silencio y luego con una pregunta: ¿cómo es posible? Y María acoge en su corazón tu primera Palabra para que también nosotros podamos concebir todavía su Palabra. 

La vocación de María es nuestra propia vocación: todos estamos llamados a ser madres de Jesús, a hacerlo vivo, presente, importante en estas calles, en estas casas, en nuestras relaciones. 

El ángel Gabriel sigue siendo enviado a cada hogar para anunciar a cada uno: "sé feliz, tú también eres amado para siempre, la Vida llegará a ti". 

Creemos en un ángel que tiene la semilla de Dios en su voz. 

Creemos en un Niño, nacido del vientre de una mujer, que es la historia de la ternura de Dios, imagen alta y semejanza pura del rostro del hombre. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Jesús, el hombre que sólo Dios nos podía dar.

Jesús, el hombre que sólo Dios nos podía dar 

En una tierra en la periferia de Palestina, en un pueblo insignificante, en una casa sencilla y desconocida, en una familia común y corriente, se realiza el misterio de la humanización de Dios: Dios, el eterno, se hace mortal, el fuerte se hace débil, el celestial se hace terrestre. 

El apóstol San Pablo, cuando intenta cantar este acontecimiento en la fe cristiana profesada ahora por judíos y griegos, afirmará: «El que era Dios se despojó de sí mismo haciéndose hombre» (cf. Flp 2, 6-7). 

Este acontecimiento inaudito e imposible para nosotros los humanos, ocurrió porque “con Dios todo es posible”, pero ¿cómo narrarlo? 

La verdad que debe expresarse es que un hombre como Jesús, el Hijo de Dios hecho carne mortal, sólo Dios nos lo podía dar. No podía ser fruto de la voluntad humana, no podía ser generado solo por la humanidad, no podía ser simplemente hijo de una pareja humana. 

Y aquí, para revelar la verdad profunda de este acontecimiento, más allá de lo que era visible a los ojos de la gente de Nazaret, hay una narración que quiere decirnos cómo Dios intervino y actuó, cómo Jesús es un regalo que sólo Dios podía darnos. 

Dios mira con amor a una joven judía, llamada María, hasta el punto de sentirla y proclamarla como “amada”, “llena y transformada por su gracia, por su amor”. Dios le hace sentir su presencia, su cercanía, le hace sentir que “está con ella”, por eso María debe alegrarse. Al fin y al cabo, ¿no es Dios-con-nosotros, Emanuel (Is 7,14; Mt 1,23), uno de los nombres de Dios? 

María era una mujer de fe, por eso siempre en espera de la acción y presencia de Dios, y por esto mismo no tenía ninguna pretensión hacia su Señor ni se jactaba de mérito alguno. Por eso ella queda sorprendida, temerosa y asombrada por esta gracia de Dios que invade su vida cotidiana. 

Sin embargo, María sabe escuchar la voz del Señor que le pide no tener miedo, tener fe: el hijo que concebirá debe llamarse Jesús, Jeshu'a, «el Señor salva», para que sea reconocido en su verdadera identidad de Hijo del Altísimo, descendiente de David, por tanto Mesías. 

Pero María confiesa: «¡No conozco varón!», reconociendo la imposibilidad humana de dar a luz un hijo en esas condiciones, y por tanto su incapacidad de concebir y dar a luz un hijo así. En Ella sólo hay un vacío, más radical que el de una mujer anciana y estéril como su prima Isabel (cf. Lc 1,18.36), un vacío del que no puede surgir la generación. 

Pero el Señor Dios con su poder hace cosas inauditas y grandes, y las obra en Ella: ¡será como una nueva creación! Como el Espíritu del Señor se movía sobre las aguas en el principio, para generar la vida (cf. Gn 1,2), así ahora el mismo Espíritu Santo desciende sobre María, y su Shekinah, su Presencia que la cubre como una sombra, hará posible que la Palabra de Dios se haga carne (cf. Jn 1,14) y que ese vacío se convierta en el “lugar” en el que Dios llega al hombre, generando a su Hijo como “Hijo nacido de mujer” (Gal 4,4). 

He aquí el misterio de la encarnación, ante el cual no podemos sino adorar, contemplar y dar gracias. 

Sólo Dios podía darnos un hombre como Jesús, y María, la mujer de Nazaret que Dios eligió, haciéndola objeto de su gracia, de su benevolencia, de su amor totalmente gratuito, respondió a este don con un “amén”, un sí voluntario. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Dios te salve, llena eres de gracia, el Señor está contigo.

Dios te salve, llena eres de gracia, el Señor está contigo 

Éste es un Evangelio lleno de palabras que no podemos contener, que dicen más que todo lo que podamos decir. Sin embargo, al escucharlo de nuevo, me parece que todo sucede en silencio, sin testigos. Las voces de los ángeles no hacen ruido: una mujer, una joven y el increíble anuncio. No hay otras voces, sino este hablar asombrado del ángel y de la mujer, sin testigos, en esta intimidad que tanto quisiera recuperar para mí: yo y el Señor, en este hablarnos; tú y Dios, en esta intimidad. 

El anuncio a María no tiene lugar en el Templo, sino en la casa, e indica la eterna preferencia de Dios. A David, que quiere darle el espacio de un Templo, Dios le responde que prefiere el espacio de los pastos, de los rebaños en movimiento, de las generaciones, de la historia de los hombres, de las mil historias de los hombres. El espacio de las calles: «Yo he estado contigo dondequiera que has andado» (2 Sam 7,9) le dice a David, a cada uno de nosotros. En todos mis caminos puedo encontrarlo. No importa cuántos caminos recorra, no importa lo lejos que vaya, a donde quiera que vaya, Él siempre está conmigo. 

En la carne de María, en su seno, Dios acontece y sucede. Y así quiere acontecer y suceder, en la historia de cada persona, en nuestra carne, es decir, en nuestra vida, en nuestra casa, en los caminos que recorrimos. El Templo amado por Dios es la carne de vida. “Me has preparado un cuerpo” escuchamos en la Carta a los Hebreos. Ahora nos toca a nosotros ofrecer a Dios la carne de nuestra historia. 

El ángel le dice en primer lugar a María: «¡Alégrate, alégrate, regocíjate, regocíjate!» El ángel que viene de Dios no dice: Haz esto, arrodíllate, escucha, ora... Simplemente: “¡Alégrate!”. El primer anuncio, el primer evangelio, es una buena noticia y precede a cualquier respuesta vuestra. El primer evangelio es: "¡Llena eres de gracia, María!" Y para nosotros esta palabra: eres amado tiernamente, gratuitamente, para siempre. El nombre de María, entonces, es “amada por siempre”. Y su función en la Iglesia es recordar, en nombre propio, este amor que da alegría. 

El Señor está contigo”: ¡este es el nombre de Dios! Yo soy el que está contigo, el que está aquí. Y cuando el Señor Jesús deje la tierra, repetirá con su última palabra la primera palabra del ángel: «Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (cf. Mt 28,20). El nombre de Dios es: Yo estoy contigo. El nombre del hombre es: Aquí estoy. 

Y el ángel añade: «No tengas miedo, María», no tengas miedo si Dios no toma los caminos de la evidencia, del poder, del clamor, de la grandeza aparente. No temas, si Dios Altísimo se esconde en un pequeño ser humano, en una perla de luz y de sangre, escondida dentro de ti. No temas los nuevos caminos de Dios, tan lejos del escenario, de las luces, de las emociones solemnes del Templo. No temas a este niño Dios que vendrá sólo si lo quieres, que vivirá sólo si lo amas. 

María, Dios vivirá por tu amor. Y eso es lo que le dice a cada madre. Todos vivimos por el amor de una madre. Pero el ángel repite a cada uno: Dios vivirá hoy en el mundo gracias a vuestro amor. A nosotros hoy nos toca ayudar a Dios a estar vivo en nuestro mundo, en nuestra historia, a ser presente y significativo, a ser una presencia fuerte e incisiva. Dios vivirá por nuestro amor. 

No tengas miedo, María”. Estas palabras aparecen 365 veces en la Biblia: “¡No tengáis miedo!” Casi una invitación para cada día del año, para cada año de vida, casi pan cotidiano para el camino del corazón. 

Finalmente el ángel dice: «El poder del Altísimo vendrá sobre ti». Relaja y llena la vida de vida. Y a cada uno nos repite: la casa de Dios es la vida. Dios habita tu vida y la transforma. Dejad que la Palabra se haga carne, es decir, se haga cuerpo, mueva vuestras manos, mueva vuestros gestos, mueva vuestros pies y vuestra mirada de un modo nuevo, de un modo vinculado a la paz, a la justicia, a la mansedumbre, a la misericordia. Dios está en nuestra vida como capacidad de creer, de esperar, de amar, de servir. Deja que Dios transforme tus gestos y podrás decir las palabras más verdaderas e inventar los mejores gestos. 

Con Simone Weil creo que «la vida del creyente sólo es comprensible si hay algo incomprensible en él», sólo si en nosotros hay algo más de lo que el hombre es: un sueño, un ángel, Dios, un amor y una alegría, una vida venida de otra parte, como en el vientre de María. Sólo si hay algo en nosotros de lo cual podamos declararnos “siervos”. 

Yo soy la sierva del Señor” significa que hay un plan más grande que yo, hay algo que vale más que mi vida. Mi amor vale más que mi vida, soy su sirviente. No pertenezco sólo a mi sueño, a mis planes: pertenezco al sueño y al plan de Dios. 

Y quisiera rezar así, con la devoción de quien ve en Ella la imagen luminosa que guía nuestros pasos: 

Santa María, mujer de la Anunciación,

te reconocemos como un espejo resplandeciente

de nuestra vocación común.

Tu llamada es la nuestra: una propuesta de matrimonio,

una propuesta fructífera

dentro del vientre estéril de la historia:

para devolverle la vida a la vida.

Oh novia, seducida primeramente por el beso del Espíritu.

Oh esposa que lo amaste primero.

Concédenos cada día a nuestro corazón

la virginidad necesaria

para despertarnos a la maravilla de la seducción divina. 

El ángel sigue siendo enviado a cada virgen, a cada corazón puro, a cada corazón libre, para anunciar que sólo esto genera vida para el mundo: un amor puro y libre. El ángel todavía cruza distancias para repetir a cada uno las palabras más bellas: Sé feliz; tu nombre es "amado por siempre" porque tú eres la casa de Dios. Dios llena tu vida, desde ahora y para siempre. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La Anunciación de Santa María: abrir el corazón.

La Anunciación de Santa María: abrir el corazón 

El misterio de Nazaret es el misterio que exige la generosidad de una respuesta y la voluntad de hacer espacio contrayéndose. Cuando el ángel trae el anuncio a María, no le da ninguna garantía sobre el futuro: sólo le pide que confíe en el aquí y ahora de ese acontecimiento, lo que no la protegerá de futuras desgracias. 

Acoger el don de la vida nunca es fácil, por mucho que uno lo desee, pero acoger el don de la vida del Hijo de Dios transciende todo pensamiento y toda posibilidad humana. Alucinante. Si es cierto que la presencia de otro en nuestra vida pone siempre en riesgo nuestra existencia, acoger la vida del Hijo de Dios mide toda insuficiencia humana: ¿seré capaz de ello? No es casualidad que María se sintiera perturbada por ese anuncio tan desestabilizador. 

Acoger el don de la vida significa estar dispuestos a sufrir: y no porque María sea la Madre del Señor disminuirá el peso del dolor. ¡Al contrario! Sentirá angustia como cualquier madre, conocerá la ansiedad como quien siente que algo se le escapa de control. No hay simplificación de la existencia humana. 

Habiendo dado crédito a la Palabra del Señor, no se salvará de la posibilidad de pensar en el futuro como algo con rostro incierto. Como si no fuera suficiente, el Hijo que nacerá de María será, sí, «el más hermoso entre los hijos de los hombres», pero seguirá siendo «una piedra de escándalo». Paradójicamente ella será la primera que tenga que lidiar con esa piedra. 

Y entonces, ¿era realmente necesario que el nacimiento del Hijo de Dios fuera anunciado “antes de que María fuera a vivir con su prometido”? Al fin y al cabo, ese acontecimiento, esperado durante siglos, todavía podía posponerse unos meses: ¿qué habría cambiado, después de todo? 

No creo que el eco de las palabras dirigidas al ángel: “He aquí la esclava del Señor”, no tuviera un regusto a cansancio y a lágrimas. 

Encontrarse embarazada fuera del matrimonio significó conocer el juicio y la condena de quienes espían la vida ajena a través de la ventana y no temen usar ciertos temas como pasatiempo para sus días transcurridos en la banalidad y la cháchara. 

Si bien Ella pudo haber dicho sí al Señor con cierta facilidad (no sin haber vivido un auténtico y emotivo viaje), la partida del ángel habrá significado ponerla cara a cara con el verdadero significado de lo que aquel diálogo había querido decir. ¿Qué sabía Ella del mundo, de la vida, Ella que era sólo una niña? 

El gesto que seguramente la habrá acompañado aquellos días y todos sus días fue el de extender la mano para permanecer unida a Dios. Con razón, Isabel no tardará en reconocer: «Tuviste la valentía de confiar en Dios. ¡Bendita seas!». 

No pidió garantías para confiar, ni seguridades sobre el resultado de esa entrega. Para que María confiara, le bastó saber que Dios también estaba involucrado en el camino que acababa de recorrer y aceptó el desafío en el acto. 

Sintió que las palabras del Salmo 22, que tantas veces había repetido, se hacían realidad y ahora cobraban un nuevo sabor y peso: “Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno; tu vara y tu cayado me infundirán aliento”. Dios existe y eso basta. 

Por supuesto, sabemos cómo terminaron las cosas, así que no nos sorprende tanto. La historia de casos similares al de María nos recuerda que muy a menudo, niñas que se encuentran en su misma situación han experimentado el amargo cáliz del abandono y la soledad. 

El Evangelio no callará que un plan similar cruzó por la mente de su futuro marido José. Soñamos e invocamos a un Dios que resuelva nuestra vida: según el Evangelio y el relato de quienes han tenido tratos serios con Él, casi parece que Dios complica continuamente. Y, sin embargo, no sin ponerse Él mismo en juego. 

Al decir “” al anuncio del ángel, María aceptó jugar el juego más agotador de su existencia porque hasta el final Él no le dejaría un momento de respiro. 

Ese hijo será la preocupación de todos sus días. Ser madre, de hecho, no es algo limitado a una sola fase de la existencia del niño hasta que éste aprende a asumir sus responsabilidades y puede finalmente salir de casa. 

Eres madre y eres hijo para siempre (así como, después de todo, eres padre para siempre), incluso cuando el hijo ya no esté: el amor, aunque no pueda manifestarse concretamente a través del cuidado de la persona física, nunca cesará. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El amor vio y creyó - San Juan 20, 1-9 -.

El amor vio y creyó - San Juan 20, 1-9 -

María de Magdala se dirige al sepulcro, que aún está a oscuras.

 

La ciudad aún no se ha despertado. Y ella no quiere encontrarse con nadie.

 

Juan, a diferencia de los sinópticos, no nos habla de otras mujeres presentes, ni de la intención de limpiar el cadáver del Maestro, enterrado a toda prisa.

 

Quizás María solo quiera llorar a solas ante el final de todo.

 

Todavía está oscuro, como esta nuestra segunda Pascua en plena pandemia. Pero, al menos, la piedra de la soledad ha sido removida: distanciados, cansados, frágiles, hemos podido, sin embargo, celebrar el Triduo y la llama del cirio pascual se ha encendido durante esta noche de vigilia para rasgar nuestras profundas tinieblas.

 

Ahora corre María, va a ver a Pedro.

 

¡Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto!

 

A nosotros también nos pasa lo mismo: nos cuesta encontrar al Señor, tener esperanza, mirar más allá. El miedo ha dado paso al valor y el valor a la ilusión. Ahora esperamos sin saber muy bien qué, y también la fe se resiente de este desgaste sin fin.

 

¿Dónde estás, Señor? ¿Dónde?

 

Quizás nosotros también seguimos buscando una cruz.

 

Es hora de cambiar. Hora de acelerar el paso.


 

Carreras

 

Ahora ellos también corren.

 

Corren mientras el sol acaricia las blancas piedras de Jerusalén.

 

Pisan las callejuelas que comienzan a revivir tras la gran fiesta de Pesaj.

 

El miedo que los empujó a esconderse se ha desvanecido.

 

El asombro por aquella noticia inesperada los ha impulsado a correr. Y siguen corriendo hasta salir por la puerta de la ciudad que conduce a Jaffa. A su derecha, lúgubre, el calvario con las marcas de la sangre coagulada de los crucificados. Atroz cosecha del odio y de la violencia.

 

Llegan al sepulcro excavado en la roca, último y precioso regalo de José de Arimatea.

 

La pesada piedra que bloqueaba el acceso está volcada.

Ahora, los dos discípulos se detienen.

 

Recuperan el aliento.

 

Miran sin entrar.


 

¡Ha resucitado!

 

La fe no es estática, no está estancada, no está clavada. Es una carrera a toda velocidad para ir a comprobarlo. Incluso ahora, precisamente ahora que todo parece más fatigoso y difícil.

 

Para comprobar la veracidad de las palabras que otros testigos nos han comunicado.

 

Una mujer, en este caso. María de Magdala, la Apóstola de los Apóstoles.

 

Cuando alguien nos cuenta que ha encontrado a un Dios que le ha cambiado la vida, se corre.

 

Y cómo se corre. El amor pone alas y hace volar.

 

Dejando atrás todos los miedos y las incongruencias, los límites y los pecados.

 

Aún no lo saben.

 

Aún no se lo imaginan.

 

Solo la noticia de una ausencia. Explicable de mil maneras, todas muy razonables.

 

Un robo por parte del Sanedrín. Un robo por parte de los adversarios. O algún discípulo exaltado.

 

Explicaciones plausibles. Todas. Menos una.

 

La más absurda: Jesús ha resucitado, como había dicho.

 

No reanimado, resucitado. No como Lázaro, sino en una nueva dimensión que nos es totalmente desconocida.

 

Está vivo.


 

Ninguna señal

 

Corren, y llega primero el discípulo al que Jesús ama, tradicionalmente identificado con el evangelista Juan. Es más joven, claro, pero también es una forma delicada de decir que el amor corre y siempre llega primero. Que el amor confía y cree.

 

Antes que Pedro, que la autoridad, que la Iglesia, que el ministerio, que la institución.

 

Siempre hay este doble aspecto en la vida de fe: intuición e institución, carisma y magisterio, Juan y Pedro.

 

Pero es el amor el que precede.

 

Nadie se convierte al Resucitado por razonamiento o por costumbre.

 

El amor es anárquico, creativo, intuye, llega enseguida a la conclusión.

 

Corre.

 

Pero, y esto es hermoso, Juan se detiene y deja pasar a Pedro.

 

Lo respeta. Sabe que ambas dimensiones son esenciales.

 

El carisma arde, la experiencia sopesa.

 

El amor es loco, la prudencia lo encarna.


 

Señales

 

Pequeñas señales. El sudario, las vendas, el paño.

 

Son señales humildes las que indican la verdad de la resurrección.

 

Ninguna señal llamativa, puertas derribadas, explosiones atómicas, luces deslumbrantes.

 

Nada.

 

Porque la resurrección es así: empuja a creer. Pero sin obligar.

 

También nosotros, si queremos, podemos imitar a Juan.

 

Ver y creer.

 

No ver al resucitado, sino los signos de su ausencia.

 

Así comienza nuestro camino de Pascua. Así, aunque permanezcamos en cualquier desierto, lo hacemos florecer, se convierte en el lugar del enamoramiento, no del vagar.

 

Cincuenta días, ¡diez más que la Cuaresma!, para convertirnos a la alegría.

 

Para pasar de una visión crucificada de la fe a una luminosa y gozosa.

 

De una fe dolorida y apagada, resignada y vacilante, a una fuerte y llena de alegría.

 

No es evidente y los discípulos se darán cuenta.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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