El cumplimiento de la ley es su superación - San Mateo
5, 17-37 -
Esta página sigue el largo discurso que comenzó con las bienaventuranzas.
Jesús habla de reglas que deben observarse minuciosamente; habla de castigos y juicios incluso por una simple ofensa. Jesús es duro incluso con una sola mirada de deseo. Habla de sacarse los ojos y cortarse las manos y menciona varias veces el fuego del Gehena - una especie de vertedero de basura a los pies de Jerusalén... y anticipo del infierno -.
Quizá sea un discurso que no nos gusta ni poco ni mucho… más bien nada… porque creemos que no responde al discurso liberador de las bienaventuranzas.
Y, sin embargo, no nos podemos saltar esta página. Tal vez es un desafío espiritual.
Al fin y al cabo, quien habla es Jesús, y sus palabras son palabras de vida eterna (como dijo Pedro una vez, en el Evangelio de Juan, capítulo 6), por lo que seguramente estas palabras, aparentemente duras, son también palabras liberadoras.
Así que nos vemos obligados a leer en profundidad para descubrir que, en el fondo, Jesús, si bien por un lado destaca la fidelidad a la tradición religiosa a la que pertenece, no es un simple ejecutor de la misma, sino alguien que ha venido a «llevarla a cabo».
En Jesús, a través de su vida y sus palabras, podemos comprender el alcance liberador de toda la fe que se narra en el Antiguo Testamento.
Con Jesús, el plan de salvación iniciado con Abraham, Moisés y todos los profetas llega a su culminación.
En otras palabras, no podemos leer los 10 mandamientos sin tener en nuestros ojos y en nuestro corazón a Jesús, sus palabras y su vida. No podemos leer los mandamientos sin Jesús, de lo contrario ya no son leyes de libertad y no comprendemos su verdadero significado para nosotros hoy.
Varias veces en esta página Jesús dice «habéis oído que... pero yo os digo...».
De esta manera, Jesús lleva a la raíz lo que enuncia la ley. La raíz de la ley es siempre el amor, la relación con Dios y con el prójimo.
No basta con no matar, sino que incluso una pequeña ofensa va en la dirección del asesinato, porque la semilla del odio es siempre pequeña, y si la toleramos, al final se convierte en la gran planta de la violencia humana.
No basta con no repudiar a la esposa y no romper los lazos. Para Jesús, incluso una sola mirada puede iniciar una traición, incluso una simple actitud de indiferencia y poca atención puede iniciar el camino de la separación.
Para Jesús no basta con celebrar cultos y entonar oraciones. Si la oración no está arraigada en una vida de amor concreto, entonces se convierte en una oración inútil y desagradable a Dios. Por eso, también para nosotros, celebrar la Eucaristía no es suficiente si no es en un contexto real de amor al prójimo.
Cuanto más leamos estas palabras, aunque sean duras, más nos daremos cuenta de que Jesús no las pronuncia para asustarnos y aplastar nuestra vida de fe en un pozo de culpa.
Al contrario, Jesús nos quiere verdadero y libre de falsos legalismos.
Para Jesús, al fin y al cabo, lo importante no son la ley y las normas, sino que a través de ellas lleguemos a una verdadera y plena comunión entre nosotros y con Dios.
El objetivo de la antigua Ley de Israel era precisamente éste: el amor a Dios y al prójimo (justamente más adelante, de hecho, leemos en el Evangelio: «... uno de ellos, doctor de la ley, le preguntó, para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento de la ley?». Jesús le respondió: «Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente». Este es el gran y primer mandamiento según Jesús en Mateo 22, 34-40).
Muchos fariseos y escribas lo habían olvidado y habían caído en un legalismo que al final mortificaba y no conducía a Dios. Por eso Jesús mismo dice aquí: «Si vuestra justicia no supera la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos».
Sí, este pasaje
es muy largo y rico en referencias a la tradición y la práctica religiosa en la
época de Jesús. Y seguramente Mateo se detiene en él para mostrarnos cómo
también para nosotros hoy es importante redescubrir el corazón de nuestra fe y
nuestras normas, prácticas,…, religiosas.
El
Maestro nos invita a comprobar si nuestra vida de fe, aunque aparentemente
espiritual, fiel y devota, en realidad nos aleja del Evangelio. Y lo hace recordándonos
una vez más cuál es el punto de referencia para poder comprender si vamos en la
dirección correcta. El corazón de la Ley se convierte en la ley del corazón…
La
atención al pobre, la búsqueda de la justicia y la paz, el estilo manso y
pacífico, la búsqueda del bien del prójimo como primera preocupación,…, es todo
aquello que nos hace verdaderamente fieles al plan de Dios para la humanidad.
Sí, el cumplimiento y la plenitud de la Ley son precisamente su superación en la lógica de las bienaventuranzas.
También Juan lo dirá a su manera: «Pues la Ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad
vinieron por medio de Jesucristo» (Juan 1, 17).
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF







