domingo, 28 de junio de 2026

My way - A mi manera -.

My way - A mi manera -

Te invito a escuchar esta interpretación de Frank Sinatra con subtítulos en castellano: https://www.youtube.com/watch?v=JN9xkgnZi4M 

Y ahora que el final se acerca, me enfrento al último telón… Amigo mío, lo diré claramente: te cuento cuál es mi situación, de la que estoy seguro. 

Así comienza lo que parece un intercambio epistolar entre amigos. Melancólico, a ratos trágico, un grito de despedida y quizás de resignación. 

Para explicar el nacimiento de esta canción, debemos pasar por tres «madres».


La parte musical de «My Way» fue compuesta a mediados de los años 60 por un tal Jacque Revaux, compositor francés. Su título era «For Me». La letra no era su punto fuerte, ya que estaba escrita en un inglés simplista y con temas de poca profundidad.

 

Como era de esperar, no gustó a las discográficas y quedó archivada.

 

En ese momento, en 1967, «For Me» llegó a manos de Claude François, un cantante de moda en aquella época que, junto con un letrista, la adaptó con otra letra.

 

El título cambió de «For Me» a «Comme d’Habitude».

 

La nueva letra se centraba en su amor perdido y en la vida rutinaria y sin sentido de un hombre.

 

Se publicó en 1967 como sencillo y alcanzó el número uno en las listas francesas.

 

Durante unas vacaciones en Francia, un cantante canadiense, naturalizado estadounidense, Paul Anka, escuchó en la radio «Comme d’Habitude».

 

Intuyó el potencial que encerraba la riqueza de la melodía; llamó por teléfono al editor de la canción y compró los derechos por ¡solo un dólar!

 

De vuelta en Estados Unidos, intentó escribir una letra mejor, pero, falto de inspiración, la dejó en un cajón, a la espera de tiempos mejores.



A finales de los años 60, Frank Sinatra, atravesaba un bache: los nuevos sonidos del pop y el rock estaban dejando obsoleto su estilo.

 

Durante una cena con su amigo Paul Anke, se desahogó largo y tendido sobre esta situación y sobre su estado de ánimo.

 

Nada más llegar a casa, Paul Anke acó su canción francesa y escribió la letra de «My Way», narrando la historia de un hombre que reflexiona sobre sus éxitos y sus errores, pero que no tiene remordimientos ni reniega de nada, porque siempre se ha mantenido fiel a sus propios deseos.

 

Frank Sinatra no quedó convencido de inmediato, pero grabó la canción en Los Ángeles el 30 de diciembre de 1968.

 

Publicada a principios de 1969, «My Way» alcanzó el puesto 27 en las listas. Una acogida tibia y poco prometedora.

 

Sin embargo, con el paso del tiempo, el sencillo fue recibiendo cada vez más elogios hasta convertirse en un auténtico éxito.

 

Mientras tanto, los responsables discográficos de Paul Anka se enfurecieron y le obligaron a grabar también su propia versión de la canción.

 

A partir de ese momento comenzó una larga serie de versiones que aún hoy no ha llegado a su fin.

 

Desde entonces, muchos artistas se han atrevido con «My Way». La primera versión de «My Way» es de la cantante galesa Dorothy Squires y data de 1970, cuando la versión original aún estaba en las listas de éxitos.

 

Otros artistas han sido: Aretha Franklin, Tom Jones, Celine Dion, Elvis Presley, hasta Robbie Williams, Michael Bublé y Shakira.

 

La versión más alejada del original, aunque no por ello menos fascinante, es la de Sid Vicious, bajista de los «Sex Pistols». La transformó en una canción punk que, a pesar de lo aparentemente absurdo, ¡logró tener sentido!


En cambio, el protagonista de esta canción, seguramente es Frank Sinatra. 

Y ahora, el fin está cerca,
y así, encaro el telón final.
Mi amigo, lo diré claro,
te expondré mi caso, del cual estoy seguro.

He vivido una vida que está llena,
he recorrido todas y cada una de las carreteras.
Y más, mucho más que esto,
lo hice a mi manera.
 

Podemos pensar por ejemplo que se trata de un anciano que se enfrenta a la muerte. De una persona que se enfrenta a una decepción y vive la rutina de siempre. Una persona que ha tenido una vida agitada y a menudo incomprendida, con un rico bagaje de experiencias y que pide la comprensión de quien le escucha. Una vida extrema, tal vez, pero una vida en la que todas las decisiones se han tomado de forma consciente. 

Remordimientos, he tenido algunos,
pero de nuevo, muy pocos como para mencionarlos.
Hice lo que tuve que hacer,
y lo vi todo sin exenciones.

Planifiqué cada senda trazada,
cada paso cuidadoso a lo largo del camino.
Y más, mucho más que esto,
lo hice a mi manera.
 

Quizá trivial pero auténtico. Alguien que ha vivido la vida al máximo, que ha tomado todas las decisiones con firmeza, que ha exprimido la vida hasta la médula, admite haber cometido errores y tener remordimientos. Es como decir: si te equivocas es normal, yo también me equivoco, pero al final los éxitos han compensado con creces las decepciones. Muy refinado cuando dice: «Hice lo que tenía que hacer». Muchas decisiones no son compartidas, otras incluso pueden hacer daño a las personas que nos rodean. Pues bien, eso también significa ser hombre: saber tomar incluso las decisiones difíciles. 

Sí, hubo momentos, estoy seguro de que lo sabes,
cuando mordí más de lo que podía masticar.
Pero a través de todo eso, cuando hubo duda,
me lo tomé todo y lo escupí.
Me enfrenté a todo y me mantuve erguido,
y lo hice a mi manera.
 

Amé, me reí y lloré,
tuve mi parte de pérdidas.
Y ahora, mientras las lágrimas se secan,
encuentro todo esto tan divertido.
 

Pensar que hice todo eso,
y puedo decir, sin pena ni timidez:
Oh, no, yo no, lo hice a mi manera.
 

Me he metido en líos demasiado grandes pero me he mantenido en pie y he seguido mi camino. Todo lo que me ha llegado —risas, llantos, amor, victorias y derrotas— lo he acogido con gusto, porque forma parte del camino de la vida. Y estoy orgulloso de poder decir en voz alta que todo esto lo he elegido yo. 

Independientemente de nuestros modelos y nuestras elecciones, a todos nos llega el día en que sufrimos y el día en que somos felices. Esto es normal y es un destino del que no podemos escapar. Lo importante es que todo esto sea fruto de nuestras elecciones, de nuestro camino, y no de dejarnos llevar por la corriente. 

¿Qué es un hombre, qué tiene?
Si no se tiene a sí mismo, entonces no tiene nada.
Decir lo que realmente siente
y no las palabras de alguien que se arrodilla.
La historia muestra que recibí los golpes.
Y lo hice a mi manera.

Al fin y al cabo, ¿qué es un hombre? Solo él mismo y nada más. Por eso es más importante poder vivir la propia vida con valentía, tomar decisiones y llevarlas hasta el final, en lugar de ser complaciente con la sociedad y conformarse con lo que nos ofrece que al final es todo.

Y uno casi parece ver, mientras Frank Sinatra canta, al Clint Eastwood triste, desencantado, pero aún capaz de pasiones, de «Gran Torino» o a aquellos héroes solitarios y melancólicos que «hacen lo correcto porque es lo correcto y no porque convenga». 

Y aquí tienes otra versión en vivo de Frank Sinatra y ya hacia el final de su carrera: https://www.youtube.com/watch?v=JXbZ7vS010E 

Cada uno… a su manera. No pudo ser de otra manera. Y esa es la manera correcta que cada uno supo y pudo hacer. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una parábola en contra del totalitarismo - porque nos quieren hacer creer que no hay otra esperanza -.

Una parábola en contra del totalitarismo - porque nos quieren hacer creer que no hay otra esperanza -

Comenzamos con una escena de la película (V de Vendetta): https://www.youtube.com/watch?v=67ZgyYDR8ec 

Con esta expresión, surgida una vez más del ingenio de Dante Alighieri, imagino un panorama desolador.

 

Sí, es el último de los nueve versos que componen la inscripción de la puerta del Infierno. Un terrible colofón descrito por Dante Alighieri en su Divina Comedia:

 

Por mí se entra en la ciudad dolorosa,

por mí se entra en el dolor eterno,

por mí se entra entre la gente perdida.

La justicia impulsó a mi altísimo creador;

me creó la divina potestad,

la suma sabiduría y el primer amor.

Ante mí no hubo cosas creadas

salvo las eternas, y yo perduro eternamente.

Abandonad toda esperanza, vosotros que entráis.

(Inf. III, vv. 1-9)

 

El autor divisa estas palabras «escritas en lo alto de una puerta», aquella que conduce al Infierno, tal y como explicará Virgilio: en la larga prosopopeya —espléndida invención dantesca que subraya la grave advertencia para quien entra— se entremezclan sugerencias clásicas y bíblicas (el Profeta Isaías, el Evangelio de Mateo, el recuerdo virgiliano, pero también la costumbre medieval de colocar en las puertas de las Iglesias, los cementerios o incluso las ciudades inscripciones en las que se dirige la palabra a la persona que está a punto de acceder al lugar).

 

Estas palabras son, con razón, muy famosas, espléndidas en su pulido (retórico y léxico). Hay en ellas un crescendo gradual de la imagen: el dolor, la eternidad del dolor, la perdición ineludible que conduce a la exhortación lapidaria de abandonar toda esperanza: su castigo es para siempre.

 

Se trata del gran tema metafísico de la eternidad de los suplicios infernales (a los condenados se les niega incluso la esperanza, es decir, la espera confiada de un bien).

 

Que el verso se hizo famoso muy pronto lo demuestran los numerosos comentarios sobre Dante. Del mismo modo, sus citas —integrales o parciales— aparecen de forma dispersa en diversas obras literarias.


Hacemos una pausa con una escena de este película (V de Vendetta): https://www.youtube.com/watch?v=uGrm9nLmT9s 

 

En la literatura no faltan, sin duda, referencias que han servido de caja de resonancia al verso de Dante, hasta el punto de que ha pasado a formar parte del lenguaje común para indicar de diversas maneras situaciones de dificultad o peligro.

 

Este Canto tercero del Infierno de Dante Alighieri tiene como escenario el lugar del más allá donde se encuentran los indolentes y que precede a la entrada al infierno propiamente dicho.

 

Cuando Dante y Virgilio llegan frente a la puerta del Infierno, el primero no puede evitar fijarse en la inscripción oscura y misteriosa que hay sobre ella. Al no haber captado de inmediato el sentido de la frase, le pregunta a Virgilio qué significa; este le advierte que no debe tener miedo de entrar en el Infierno y que, más bien, debe prepararse psicológicamente para afrontar la visión de las almas tristes de los condenados, dejando a un lado toda vacilación (sospecha) y indecisión, ya que este es un lugar donde se encuentran las personas que han perdido a Dios, el bien intelectual por excelencia.

 

En el título aparece escrito «Dejad toda esperanza, vosotros que entráis». Esta frase sirve para advertir a quienes están a punto de entrar; de hecho, se trata de una puerta de ida, que perdurará eternamente y que, una vez cruzada, no hay esperanza alguna de volver atrás.

 

El significado de esta frase es que todas las almas, antes de morir en la Tierra, si no se han arrepentido de sus pecados, deberán abandonar toda esperanza de poder ver a Dios o de ir al purgatorio a arrepentirse.

 

Y finalizamos con la escena final de la película (V de Vendetta): https://www.youtube.com/watch?v=5WuNdtp0fO8


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

 

Posdata

 

Todo ello para decirnos que frente a cualquier y todo totalitarismo, ahora pienso en aquellos totalitarismos del cuño de no se sabe qué prioridades culturales, étnicas, raciales, nacionales,… - que no son más que el mismo perro con distintos collares -: La esperanza es una promesa, la esperanza es una visión, la esperanza es una virtud, La esperanza es una construcción.

No nos podemos permitir otra cosa que no sea una esperanza insistente, persistente, resistente. Es aquella que ocupa un lugar de honor en el alma de toda persona que haya mirado el dolor y lo haya transformado en un regalo precioso: en amor que se compromete y transforma. 

Y todo lo anterior porque nos quieren hacer creer que no hay otra esperanza.

No, no todo yo moriré.

No, no todo yo moriré

Polvo serán, mas polvo enamorado: Es el último verso de un famoso soneto de Francisco de Quevedo titulado Amor constante más allá de la muerte.

 

Pertenece a esa parte de la obra de Quevedo que la tradición filológica ha clasificado como poesía «amorosa», junto a la poesía «grave» —o religiosa o moral— y a la poesía «festiva», es decir, vinculada a ocasiones privadas, amistosas o públicas —lo que hoy llamaríamos civiles—, casi todos estos últimos versos teñidos de un fuerte espíritu satírico.

 

La agilidad, nunca desprovista de rigor métrico ni de una hábil tensión oratoria y a la vez corrosiva, con la que se pasa de una forma a otra, de un tono a otro, es propia de una poética como la de Quevedo, un gran clásico del Siglo de Oro español. Contemporáneo de Baltasar Gracián, Calderón de la Barca, Juan de la Cruz, Miguel de Cervantes, Luis de Góngora, Lope de Vega, Tirso de Molina...


Este soneto amoroso ha tenido gran éxito y ha sido traducido en numerosas ocasiones a diversos idiomas.

 

Podrá cerrar mis ojos la última

sombra que me lleve el día blanco,

y podrá desatar esta alma mía

ahora a su ansioso y lisonjero anhelo;

pero no dejará la memoria en la otra orilla

donde ardía,

mi llama sabe nadar en el agua fría

y perder el respeto a la ley severa.

 

Alma a quien todo un dios ha sido prisión,

venas que humor a tanto fuego han dado,

médulas que han ardido gloriosamente,

su cuerpo dejará, no su cuidado;

serán ceniza, mas tendrán sentido;

polvo serán, mas polvo enamorado.

 

Los ecos poéticos se unen a las resonancias de esa salmodia bíblica que, en múltiples variaciones, ha modulado el tema de la vanitas y de la meditatio mortis, una corriente a la que el propio Quevedo dio relieve al titular varios de sus poemas Salmo.

 

Y, sin embargo, en esta, pero también en otras composiciones amorosas y no solo amorosas, Quevedo ha querido separar la meditación sobre la caducidad de esa gélida nada sobre la que se abría cierta tradición del Eclesiastés bíblico.

 

Para el poeta, la representación del paso extremo, de la separación del mundo terrenal, no se desarrolla en la oposición entre la luz de la vida y la nada de la muerte, sino entre un cuerpo que se apaga y un sentir que sobrevive.

 

Y, sin embargo, el non omnis moriar, «no todo moriré», de la tradición humanista no se entrega a los consuelos de la fama, sino a la certeza de que el amor tiene un residuo inagotable, algo que sobrevive y no se destruye; en definitiva, tiene un poder que desafía a la muerte no en el terreno puramente biológico, sino en el terreno del sentir, del que el amor es compendio y cúspide.

 

Un sentimiento que flota más allá de la singularidad corporal que lo posee, resiste más allá del paso definitivo, más allá de la sombra extrema que sustrae al ser vivo de la luz de la vida.


El último verso del soneto, «polvo serán, mas polvo enamorado», tiene la fuerza evocadora de un epígrafe, y se dirige al lector con el destello de una despedida teatral y, al mismo tiempo, con la elegancia escultural y barroca de un dicho que recoge en su final el salto inesperado del pensamiento hacia la paradoja o hacia lo imposible.

 

El amor, que es la vida del deseo, trasciende las propias leyes de la vida física, porque su sentir va más allá del mundo cerrado de la singularidad corporal.

 

El triunfo barroco de la vanitas, del contemptus mundi, que ha cubierto con emblemas luminosos, floridos y resplandecientes la trampa del vacío, encomendando al arte la tarea de dialogar con la consumición de lo visible, pero al mismo tiempo de oponer a esa consumición lo «maravilloso» terrenal, ese triunfo tiene, en este soneto de Quevedo, una variante particular: es la propia desaparición la que sigue habitada por lo sensible; el pulvis es no es un presagio de la nada, porque en el polvo sobrevive el amor.

 

El soneto puede leerse, pues, como una variación poética del antiguo emblema Amor vincit omnia, el amor lo vence todo, pero en este caso se trata de una variación que la forma poética modula como persistencia del sentir, como animación de las mismas figuras que expresan la ausencia absoluta de vida, es decir, la ceniza y el polvo.

 

El soneto también podría leerse como una prolongación más de  un «triunfo» despojado, sin embargo, del aura humanista que confía la supervivencia a la fama, y empujado, en cambio, hacia la física de lo sensible, hacia un desafío extremo, aquel que opone a la muerte la vida invencible del sentir, a la sombra, que quita la luz, el amor que, en la lengua de la poesía, sigue mostrándose con toda su vida.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No temas, yo estoy contigo - Isaías 41, 10 -.

No temas, yo estoy contigo - Isaías 41, 10 -

En la vida personal uno pasa por momentos de desafío.

 

Cuando recibimos una mala noticia, una de las reacciones más espontáneas es preguntarnos: «¿Por qué precisamente a mí?», o decirnos: «No es justo».

 

Son preguntas profundamente humanas.

 

Ante el dolor, la enfermedad, la pérdida o el fracaso, a menudo nos sentimos desorientados y tentados a pensar que todo carece de sentido.

 

Para algunos, el sufrimiento se convierte incluso en un motivo para dudar de Dios: «Si Dios existiera, no habría todo este dolor en el mundo»; «Si Dios existiera, no me haría esto».

 

Sin embargo, la Biblia nunca nos presenta a un Dios que prometa una vida fácil. 

De hecho, en la Biblia Dios no nos promete una vida sin dolor. Nos promete «solo» acompañarnos. 

Dios no nos promete que siempre gozaremos de buena salud.

 

No nos garantiza que nuestros seres queridos nunca sufrirán. No nos vende la ilusión de poder distanciarnos del dolor, de alcanzar la apatía dichosa. No nos promete que cumpliremos fácilmente todos nuestros sueños ni que nos libraremos de las pruebas de la vida. Nada de todo esto se encuentra en las Escrituras.


Pero sí hay una promesa infinitamente más hermosa que recorre toda la Biblia: Dios estará con nosotros.

 

En el Salmo 91, David describe al Señor como su refugio y su fortaleza.

 

En los Evangelios vemos a Jesús presente en la barca durante la tormenta; los discípulos están aterrorizados por las olas, pero su presencia lo cambia todo. La tormenta no desaparece de inmediato; lo que cambia es la certeza de que no están solos.

 

La fe no consiste en creer que no sucederán cosas terribles. Consiste en saber que, pase lo que pase, Dios no nos abandonará.

 

Dios es fiel. Es constante.

 

Es el único punto firme en un mundo que cambia continuamente. Las circunstancias cambian, la salud puede fallar, los proyectos pueden fracasar, pero su amor permanece.

 

Por eso la fe puede convertirse en una fuente de consuelo en los momentos más difíciles.

 

No porque haga que el dolor sea menos real, ni porque nos adormezca la conciencia con una dulce mentira, sino porque nos recuerda que, en medio del dolor, podemos encontrar su paz y su gracia.

 

Porque nos recuerda que existe un ancla capaz de mantenernos firmes cuando todo parece derrumbarse.


El Creador de la Vida, el origen de los átomos y de las galaxias, es una fuente de amor: he aquí el gran consuelo de la fe, que nos permite atravesar el dolor con gracia y esperanza.

 

Dios no desea nuestro sufrimiento y no se complace en castigar a sus hijos. El dolor forma parte de la condición humana, de un mundo marcado por la fragilidad.

 

Pero precisamente allí, en el lugar de nuestra herida, Dios sale a nuestro encuentro y nos dice: «No temas. Yo estoy contigo».

 

El amor no borra el dolor, pero impide que este tenga la última palabra. El amor nos permite estar heridos sin caer en la desesperación, llorar sin perder por completo la esperanza, enfadarnos sin odiar.

 

En su designio de gracia, incluso el dolor tiene su belleza, porque nos abre el corazón al sufrimiento tantas veces ajeno, tantas veces propio.

 

Sufrimos, sí. Pero su presencia - tantas veces como misteriosa compañía que parece ausente – acompaña: «No temas. Yo estoy contigo».


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 27 de junio de 2026

Descalzarse para acoger al otro y lo otro - San Mateo 10, 37-42 -

Descalzarse para acoger al otro y lo otro - San Mateo 10, 37-42 -

Jesús establece en el Evangelio una equivalencia muy fuerte: «Quien os acoge, me acoge a mí; y quien me acoge a mí, acoge a quien me ha enviado». (Mt 10, 40)

 

Jesús quiere que el testimonio de los Doce —y hoy, el de todos nosotros— sea la forma en que Él mismo continúe su misión. Es una responsabilidad inmensa para los discípulos y una señal de la confianza que el Señor tiene en sus hijos, siempre y a pesar de todo.

 

La Presencia de Dios debe pasar necesariamente también a través de personas concretas que sean, ante todo, acogedoras.

 

Y es que el Evangelio atestigua que quien acoge a los discípulos de Jesús no quedará sin recompensa; es más, el huésped acogido y reconocido en su identidad profunda atrae y asimila a sí mismo a quien lo acoge: «Quien acoge a un profeta por ser profeta, recibirá la recompensa del profeta, y quien acoge a un justo por ser justo, recibirá la recompensa del justo» (Mt 10, 41).

 

Acoger al otro es siempre fecundo porque nos obliga a «disminuirnos», a reducirnos, a hacer sitio, en primer lugar, obviamente, al Otro y luego al otro.

 

En el centro de toda la experiencia cristiana se impone la dimensión de la acogida, tal y como se lee en la Carta a los Hebreos: «No olvidéis la hospitalidad; algunos, al practicarla, han acogido a ángeles sin saberlo» (Hb 13, 2).

 

Pero la acogida del mensajero no puede prescindir de la acogida de personas de carne y hueso, con su historia, sus esfuerzos y sus alegrías, sus necesidades que exigen poner en práctica gestos, atenciones, cuidados, discernimiento, escucha y observación para poder llegar al otro y conmoverlo.

 

Y ésta exige disponibilidad al cambio, a la apertura, un verdadero trabajo de conversión personal, pero sobre todo la acogida de la diversidad y la alteridad, que debe transformarse en fraternidad.

 

Acoger al otro implica, ante todo, sentir —aunque solo sea por intuición— lo que el otro siente, y requiere suspender el juicio para acercarnos con los pies en la tierra a la vida de quienes encontramos.


Y comprendemos que todo esto forma parte de la radicalidad cristiana. Porque todo esto es dar la vida: dar vida a los demás entregando la propia vida. Tantas veces pienso que es necesario «descalzarse para entrar en el otro» (cf. Éxodo 3, 5):

 

«¡No te acerques! Quítate las sandalias de los pies, porque el lugar en el que estás es tierra santa».

 

¡Quitarse las sandalias equivale a ser libre, a ser uno mismo, ante los hombres y ante Dios! En cambio, al ponernos las sandalias, nos separamos. Es cierto, somos mucho más fuertes y seguros con las sandalias puestas, podemos correr y huir… pero no disfrutamos del contacto con el suelo (con los demás) y, poco a poco, por desgracia, nos volvemos insensibles.

 

El corazón de mi hermano es un lugar sagrado, un lugar al que solo Dios puede entrar, y esto exige necesariamente respeto y atención al camino que Dios le está haciendo recorrer, del que yo no sé absolutamente nada, pero del que soy y debo convertirme sin duda en responsable y guardián.

 

Cuánta indiferencia, juicio e intolerancia hay, en cambio, en nuestras relaciones.

 

Al repasar como en una repetición nuestras interacciones interpersonales, a menudo descubrimos que nuestra forma de relacionarnos con los demás se parece mucho a la de un elefante en una cristalería, sin tener la delicadeza de quitarnos las sandalias.

 

El Evangelio es una persona, Jesucristo, y a las personas hay que acogerlas y darles cobijo, a todas.

 

Y es que Jesús nos ofrece una responsabilidad y una oportunidad: entrar en una relación de plena comunión con Él únicamente a través de los hermanos.

 

Nos corresponde a nosotros abrir de par en par el corazón y la mente para dejarnos interpelar y, sin duda, transformar por aquello que siempre es acogido en Su corazón.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Ordenar la vida - San Mateo 10, 37-42 -.

Ordenar la vida - San Mateo 10, 37-42 -

La propuesta que Jesús hizo a los suyos tenía precisamente como objetivo liberarnos de esa tentación que tiende a dejar fuera a alguien en nombre de la exclusividad y la absolutización.

 

Y es que, cuando Jesús pronunció estas palabras, el contexto era aquel en el que todo se decidía según las reglas del clan familiar, que establecía vínculos y derechos de primogenitura.

 

En una época como la nuestra, en la que parece prevalecer una especie de analfabetismo emocional porque todo está mediado por la tecnología, las palabras de Jesús hasta pueden sonarnos como una invitación a dialogar con los propios sentimientos y a saber gestionarlos.

 

En nombre de la verdad del amor, lo que Jesús propone es liberarse de todo aquello que ahoga las relaciones que no son dignas de un hombre libre.

 

Es para amar de verdad por lo que ya el antiguo autor había establecido: «por eso dejarán el hombre a su padre y a su madre».

 

¿Qué fruto podría dar, de hecho, una relación vivida como la prolongación del hogar paterno sin aceptar el reto inherente a la aventura propia de quien está llamado a construir su propia familia?

 

El padre y la madre pueden ser, a veces, incluso los criterios que nos guían hasta el punto de determinar nuestras elecciones y condicionar nuestros pasos.

 

¿Es justo que un joven sacrifique su talento único y singular para no decepcionar las expectativas de los suyos?

 

¿Qué fruto podría dar una relación basada únicamente en la posesividad o en el chantaje emocional, sin reconocer ya aquello a lo que el otro está llamado?


También María y José tuvieron que aprender que aquel hijo era mucho más de lo que habían comprendido y compartido hasta aquel día: «¿No sabéis que debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?» ¿Cuáles son los asuntos del Padre de los que cada hijo debe ocuparse?

 

Los hijos que están por encima de todo no siempre son los carnales: también pueden ser objetivos que alcanzar, resultados que perseguir. ¿Qué fruto podría dar una relación en la que se te ve como un niño eterno, incapaz de autonomía y de responsabilidad?

 

¿Se ha perdido alguna vocación —y no me refiero propiamente a la vocación presbiteral, misionera, religiosa…— solo porque un hijo ha sentido la presión psicológica de su entorno, que no le ha devuelto el sentido de aquello a lo que estaba llamado?

 

«No dejarse guiar por mí», nos repite hoy Jesús a cada uno de nosotros, significa tomar un camino sin salida.

 

¿Qué quería decir cuando hablaba de «tomar la propia cruz»? Porque la cruz no son las enfermedades ni los quebraderos de cabeza de la vida.


No es casualidad que todas las veces que en el Evangelio se habla de la cruz, no se hable de «aceptar la cruz», sino de «tomarla».

 

Significa tener en cuenta que, al vivir como Jesús pide, hay que contar con la oposición, el rechazo, la burla y la calumnia. Cargar con la cruz significa asumir las consecuencias de vivir siguiendo los pasos del Señor.

 

Perder la vida significa reconocer que, sin la muerte de algunos aspectos de nosotros mismos, no será posible acceder a una nueva conciencia. Y quien no acepte hacerlo no hará más que escoger su propia vida que, sin embargo, ya se le ha escapado…

 

Jesús, por tanto, no entra en nuestra vida para empobrecer los afectos, sino para purificarlos; no nos pide que amemos menos, sino que amemos mejor. Dios no es el rival de nuestros vínculos, sino la fuente que los devuelve a su verdad.

 

Cuando un afecto se vuelve absoluto, deja de ser amor y se convierte en posesión, miedo, dependencia.

 

Por eso el Evangelio nos pide que dejemos que Jesús ordene nuestro corazón: para que el padre no se convierta en amo, la madre en un refugio del que no salir jamás, el hijo en una proyección de nuestros sueños, y el amado en una propiedad que hay que retener.

 

Tomar la cruz significa también aceptar esta purificación: amar sin atrapar, cuidar sin poseer, acompañar sin sustituir, dejar ir sin dejar de querer.

 

Quien pierde la vida por Jesús no la desperdicia: pierde lo que lo mantenía prisionero y recibe una nueva libertad.

 

Y entonces comprende que el Señor no pide que elijamos entre Dios y los afectos, sino que elijamos a Dios para que cada afecto sea salvado de la mentira de la posesión y devuelto a la verdad del amor.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 25 de junio de 2026

¿Y si fuera la mujer a predicar la homilía?

¿Y si fuera la mujer a predicar la homilía? 

Entre las prohibiciones actuales que muchos en la Iglesia Católica discuten con respeto, seriedad, profundizaciones doctrinales y sin disputas ni lógicas de poder a adquirir, hay una en particular que concierne a los fieles laicos, mujeres y hombres, quienes, si bien pueden participar de diversas maneras en el servicio litúrgico, no pueden ofrecer la homilía durante la celebración eucarística. 

El Código de Derecho Canónico establece claramente que “la homilía… está reservada al sacerdote o al diácono” (canon 767, § 1). 

Si esta es la legislación que debe respetarse, no es ilegítimo plantear preguntas, solicitar aclaraciones y expresar expectativas y deseos de que la autoridad competente revise la legislación actual. ¿Existen razones para tal debate? 

Así lo creo, como ya lo han hecho teólogos de gran competencia y autoridad, entre ellos Jean-Hervé Nicolas e Yves Congar. Junto a ellos cabe preguntarse: ¿la disciplina actual responde a una necesidad doctrinal u obedece a otras razones...? Y, llegado el caso ¿a qué razones? 

He leído que la predicación homilética encomendada a algunos laicos y laicas elegidos y nombrados por el Obispo no sería una novedad en la larga historia de la Iglesia desde la antigüedad. Baste recordar aquí que en la Edad Media, antes de la prohibición de predicar a los laicos establecida en 1228 por Gregorio IX, los Obispos y el Papa concedieron el mandatum praedicandi a algunos laicos y laicas, en un fecundo ejercicio de renovación dentro de los movimientos evangélicos laicos que se desarrollaron en el tiempo de la reforma gregoriana. 

Pero recordemos que esto fue posible también para algunas mujeres, entre las que destaca Hildegarda de Bingen (1098-1179), proclamada Doctora de la Iglesia por Benedicto XVI, abadesa que predicó en diversas catedrales convocada por los Obispos y tuvo entre sus oyentes a Eugenio III. 

¿Y hoy? En la Iglesia postconciliar, desde que el Papa Juan XXIII con su discernimiento profético identificó entre los “signos de los tiempos” la entrada de la mujer en la vida pública, hemos escuchado repetidamente voces – empezando por las de los Papas – que se alzan para pedir una mayor valorización de la mujer en la Iglesia, una mayor participación en las diversas instituciones que la gobiernan y organizan, un reconocimiento de todas las facultades que como mujeres bautizadas poseen por derecho propio. 

No faltan voces que piden la admisión de las mujeres al diaconado o al orden presbiteral, pero sobre este tema hay pronunciamientos recientes y rotundos (al menos por el momento) del Magisterio. 

Hay, en cambio, un camino bastante decisivo para la valorización de la mujer en la Iglesia, una posibilidad que concierne a los fieles más generalmente, hombres y mujeres. Una posibilidad ya experimentada en la historia de la Iglesia y de hecho presente, a pesar de la disciplina actual, en muchas Iglesias Locales: la toma de la palabra en la asamblea litúrgica por parte de fieles laicos, hombres o mujeres. 

Y creo que no sólo que las mujeres saben predicar la Palabra de Dios tan bien como los hombres, sino que, leído e interpretado por mujeres preparadas y competentes, el Evangelio adquiere armonías nuevas y diferentes. La Iglesia será más rica cuando las mujeres puedan predicar. 

No pocos han advertido contra la “clericalización de las mujeres”, temiendo el peligro de que las mujeres llenen las sacristías en lugar de ser cristianas en el mundo. Creo, sin embargo, que al permitir a algunos laicos ofrecer a veces la homilía durante la liturgia eucarística, no se les está clericalizando, sino que más bien se está reconociendo un don en aquellos que posean ese don. 

En esta posibilidad se podría ver el reconocimiento de la presencia de dones que el Espíritu dispensa como y cuando quiere, manteniendo siempre el necesario discernimiento y reconocimiento por parte del Obispo. 

De otra manera, ¿por qué la única voz que proclama el Evangelio en la liturgia es siempre la de un hombre y nunca la de una mujer? 

La Iglesia puede expresarse con dos voces, masculina y femenina, porque la lectura y la interpretación de las Sagradas Escrituras adquieren en ambos casos acentos diferentes, lo que sólo puede enriquecer al Pueblo que escucha a Dios. 

Pensemos también en la situación de las comunidades monásticas femeninas, donde el capellán, siempre y sólo él, ofrece la homilía cada día y las monjas sólo lo escuchan a él, sin tener nunca la oportunidad de predicar, aunque sean un grupo pequeño y capaces de hacer oír sus respectivas voces de manera autorizada en la liturgia eucarística. 

Además, ¿cómo olvidar que Jesús predicó en las sinagogas de Nazaret y de otras ciudades sin ser ni sacerdote ni rabino ordenado, sino que lo hizo por carisma profético y por encargo de los dirigentes de las distintas sinagogas? 

Si el Apóstol Pablo pudo escribir en el siglo I - «Las mujeres callen en las congregaciones, porque no se les permite hablar» (1 Co 14,34) -, hoy, que estamos en el siglo XXI, existe la necesidad, al menos en Occidente, de que en las asambleas de la Iglesia también se dé la palabra a las mujeres que tengan ese carisma y se les permita hablar con esa autoridad. 

¿O va a ser a verdad a estas alturas que el derecho a la palabra en las asambleas litúrgicas es 'cosa de hombres' emulando el eslógan de aquel anuncio publicitario de cierto brandy español? 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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