Contemplación y meditación sentidas ante la muerte del amigo - San Juan 11, 1-45 -
El relato de la muerte de Lázaro refleja nuestras preguntas, que muchas veces no se expresan con palabras, sino con el llanto, con las lágrimas que resbalan por nuestro rostro cuando nos damos cuenta de que no podemos soportar el robo que la muerte viene a infligirnos al romper el hilo de nuestros lazos.
Nosotros también sufrimos, como Marta y María, la
angustia de la separación, las despedidas: Señor,
si hubieras estado aquí…
Y mientras sufrimos este dolor, nuestros ojos se
cruzan con los del Señor, quien, por gracia, no es un Dios de ojos secos.
Solo Dios sabe cuánto necesitamos esa mirada que logra
dar sentido a cada acontecimiento, porque todo lo lee desde la perspectiva de
un Dios que nunca está en contra nuestra.
«Si hubieras
estado aquí…»: es quizá la
expresión que mejor expresa lo que nos ocurre cuando nos enfrentamos a
acontecimientos que de inmediato nos parecen más grandes que nuestras fuerzas.
Nos cuesta soportar la ausencia de Dios, nos cuesta soportar a un Dios que parece sordo a nuestras preguntas. La tentación de huir es muy fuerte.
Y podemos huir de muchas maneras. Eliminando el
problema o encontrando caminos que de inmediato pueden parecer más atractivos,
pero que en realidad no hacen más que posponer la pregunta que puntualmente
vuelve a presentarse.
Nos cuesta «permanecer» en esos momentos de la
vida que no comprendemos de inmediato y que, sin embargo, solo pueden
atravesarse en la medida en que hayamos aprendido a depositar nuestra confianza
en alguien más.
Nos gustaría que el Dios en el que creemos nos
ahorrara estos momentos. Sin embargo, no es así.
Y no es así no por ninguna extraña conspiración por su
parte contra nosotros. Sino porque, en la vida, no se puede saborear la vida
verdadera si no es a través de muertes, a través de tribulaciones. Todos
llevamos dentro la convicción de que, si hay un Dios, este Dios es un Dios que
preserva, que salva, que perdona.
El Dios que Jesús vino a revelarnos es un Dios que ni
siquiera se salva a sí mismo, sino que da su vida.
«Cuando Jesús la vio llorar, se conmovió profundamente, y se turbó… y rompió a llorar… Mira cómo lo amaba».
Nos conmueve el llanto de Jesús ante el sepulcro de su
amigo. Dios llora por la muerte, solloza por cada muerte. Nos conmueve el hecho
de que Jesús pida: quitad la piedra.
Dios no es un Dios que cierra, sino un Dios que abre.
Había abierto un camino a Israel, lo había abierto a los apóstoles asustados
tras el anuncio de su muerte llevándolos a un lugar donde se había
transfigurado, lo abrió para su amigo Lázaro. Hoy lo abre para cada uno de
nosotros.
La historia de Jesús nos invita a reconocer que, tal
vez, también en nuestra vida hay una piedra que cierra y que ahoga. Y no
siempre es una piedra material. Esa piedra es símbolo de todo lo que pesa sobre
nuestro corazón de hombres y mujeres.
Piedra puede ser el miedo que nos encierra, el egoísmo
que nos ahoga, todo aquello que en nosotros y a nuestro alrededor apaga los
sueños, el rendirnos a la resignación, el permanecer en la lógica del cálculo.
También para nosotros existe el riesgo de vivir en el cautiverio de una tumba
cuando ninguna sombra de futuro atraviesa nuestros días. Y es fácil rendirse a
la muerte.
El hecho de que Jesús pida que se quite la piedra indica que no podemos abandonarnos a la muerte con una naturalidad despreocupada. Nos pide también a nosotros que nos entreguemos al llanto de una protesta, tal y como él se rebela ante la muerte de su amigo.
Junto al llanto, el grito, un alarido incluso: Gritó a gran voz: Lázaro, sal fuera.
Es lo que sigue haciendo por nosotros cada vez que parece llegar tarde respecto
a nuestra capacidad de aguantar, de perseverar.
Pasar de la nostalgia a la esperanza significa
precisamente no rendirse, no resignarse. Significa creer que aún se puede
salir, igual que los hebreos del Mar Rojo cuando ya tenían el aliento de los
perseguidores en el cuello. Significa creer que se puede salir del sepulcro,
aunque el cadáver lleve ya cuatro días.
¿Crees tú
esto? ¿Qué debería creer? Que no
es normal que unas piedras nos encierren. Cuando llegamos a considerarlo
normal, hemos apagado el grito de Dios.
Dios es glorificado cuando un hombre, una mujer,
acepta salir de todo lo que ahoga la vida, la inteligencia, la libertad. Dios
ha puesto su gloria en la VIDA.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF





