lunes, 17 de agosto de 2026

Una reflexión a propósito de Aliança Catalana.

Una reflexión a propósito de Aliança Catalana 

La humanidad nunca ha sido una estatua inmóvil, esculpida de una vez por todas en la piedra del origen. Se asemeja más bien a un mosaico en perpetuo movimiento: un conjunto de piezas vivas, frágiles y luminosas, que se rozan, chocan, se alejan, se buscan, a veces se rompen y a veces se funden, generando figuras que ninguna mente habría podido prever. 

Cada pueblo, cada lengua, cada rito, cada memoria colectiva, cada… es una pieza de este diseño inestable, pero el diseño nunca está concluido, porque la historia no conoce marcos definitivos. 

Allí donde una frontera parece cerrarse, la vida abre una brecha; allí donde una identidad pretende bastarse a sí misma, el encuentro con el otro la obliga a cuestionarse, a temblar, a renacer. 

En este escenario variado e inquieto, la mezcla cultural se presenta como una de las fuerzas más vitales del progreso humano. 

No es un accidente marginal de la historia, ni un simple adorno de la convivencia: es una de sus leyes más profundas. 

Las culturas existen porque se transmiten, pero sobreviven porque se transforman. 

Una tradición que rechaza todo contacto se endurece; una civilización que teme toda mezcla acaba confundiendo la pureza con la esterilidad. 

Por el contrario, en el diálogo, en el intercambio, en la propia fricción entre diferentes visiones del mundo, se produce esa energía creativa que permite a los seres humanos imaginar nuevas formas de vida, nuevos lenguajes, nuevas instituciones, nuevas bellezas… 

La mezcla no debe entenderse como una pérdida mecánica de uno mismo, sino como una experiencia del umbral. 

De hecho, todo encuentro auténtico tiene lugar en una frontera: no solo geográfica, sino también simbólica, emocional y espiritual. 

En el umbral, la identidad no desaparece; más bien queda expuesta a su propia ser in-completo. El otro, con su lengua diferente, con sus gestos, con sus mitos y sus preguntas, nos revela que lo que llamábamos «mundo» era quizá solo una de sus posibles interpretaciones. 

En este sentido, la cultura ajena no es simplemente lo que está fuera de nosotros: es un espejo oblicuo, capaz de mostrarnos lo que en nosotros permanecía invisible. 

De ahí surge la belleza del encuentro. No es solo entusiasmo, sino también vértigo. 

Cuando las culturas se tocan, se observan, a veces se enfrentan y se mezclan, el horizonte de lo posible se amplía. Lo que parecía natural se revela de repente como histórico; lo que parecía necesario se revela como contingente; lo que parecía ajeno se convierte, poco a poco, en parte de nuestro vocabulario interior. 

La belleza es precisamente esta desorientación fecunda: el momento en que el ser humano descubre que no es prisionero de la forma que ha recibido, sino capaz de habitar otras, de traducirlas, de reinventarlas. 

A lo largo de la historia, los grandes florecimientos de lo humano han surgido a menudo de cruces, préstamos y encuentros: rutas comerciales, migraciones, traducciones, conquistas, exilios, escuelas, puertos, bibliotecas, ciudades abiertas al paso. 

Las lenguas se han enriquecido gracias a las palabras extranjeras; las cocinas han inventado sabores inesperados al acoger ingredientes venidos de lejos; las artes han generado nuevos estilos entrelazando técnicas y simbologías diversas; incluso el pensamiento filosófico ha encontrado a menudo su fuerza en el enfrentamiento con lo que lo superaba. 

Ninguna civilización es realmente una isla: incluso cuando se imagina autónoma, ya lleva en sí misma rastros de encuentros olvidados. 

Pero sería ingenuo celebrar la mezcla sin reconocer sus sombras. 

Cada encuentro conlleva también el riesgo de la dominación, de la apropiación, de la reducción del otro a mercancía, adorno o curiosidad exótica. 

No toda mezcla es diálogo; no todo intercambio es recíproco; no toda apertura es justa. 

Para que la mezcla sea verdaderamente generativa, debe custodiar una dimensión ética: la escucha, el respeto, la conciencia de las asimetrías, la voluntad de no devorar lo que se encuentra. 

El encuentro auténtico no asimila al otro borrándolo, sino que le deja resonar en su diferencia. 

Aquí se abre el problema filosófico más profundo: ¿cómo seguir siendo uno mismo sin cerrarse, y cómo abrirse sin disolverse? 

La respuesta no puede encontrarse en la nostalgia de identidades puras, porque tales identidades son a menudo ficciones retrospectivas, construidas por miedo al cambio. 

Pero tampoco puede consistir en una fluidez sin memoria, en la que todo se vuelve intercambiable y nada conserva profundidad. 

La humanidad necesita raíces y viento: raíces para no perder su propia memoria, viento para no convertirla en una prisión. La cultura está viva cuando sabe recordar y, al mismo tiempo, dejarse atravesar. 

La mezcla cultural, social,…, pues, no es una amenaza para la belleza del mundo, sino una de sus condiciones. Hace visible el carácter plural de lo humano: nadie posee por sí solo toda la gramática de la existencia. 

Cada cultura guarda una respuesta parcial a las preguntas fundamentales: cómo vivir, cómo morir, cómo amar, cómo recordar, cómo dar sentido al dolor y a la fiesta. 

Cuando estas respuestas entran en relación, no siempre se armonizan de inmediato; a veces producen disonancia, conflicto, esfuerzo. Pero incluso la disonancia puede convertirse en música, si se escucha no como un ruido que hay que suprimir, sino como la posibilidad de una composición más amplia. 

En el fondo, la belleza del encuentro es la experiencia de una libertad mayor: la libertad de no coincidir por completo con lo que hemos sido, de descubrir que nuestra identidad no es una fortaleza, sino un camino. 

El otro no viene a quitarnos nada; viene, cuando el encuentro es acertado, a multiplicar nuestra forma de estar en el mundo. Nos enseña que la pertenencia no tiene por qué excluir necesariamente la apertura, y que la diferencia no es lo contrario de la comunión, sino su materia viva. 

Así, el mosaico de la humanidad sigue moviéndose. Sus piezas no pierden valor por cambiar de posición; al contrario, adquieren nuevos reflejos al estar cerca de las demás. 

La belleza que nace de la mezcla no es la fría de la simetría perfecta, sino la ardiente de lo imprevisto: una belleza hecha de transiciones, heridas, traducciones, injertos, reconocimientos. 

Es la belleza de un mundo que no se deja reducir a una sola voz, sino que busca, en la pluralidad de sus voces, una armonía siempre provisional y siempre necesaria. 

Y tal vez el progreso humano no sea más que esto: aprender, de época en época, a transformar el choque en diálogo, el miedo en curiosidad, la distancia en creación. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

En un mundo de ignorantes.

En un mundo de ignorantes 

Casandra lo sabe. Sabe que Troya caerá. Sabe que el caballo de madera esconde la ruina de la ciudad. Sabe que la catástrofe ya ha traspasado las murallas que los habitantes creen haber defendido. Y, sin embargo, nadie le cree. 

Desde hace siglos interpretamos esta historia como la de una profecía ignorada. Pero quizá Casandra habla de algo más inquietante. 

No de la ignorancia de quien no sabe, sino de la ignorancia de quien sabe y sigue creyendo lo contrario. 

Su tragedia, como tantas veces la nuestra, no nace de la falta de información. 

Todo se ha dicho, todo se ha mostrado, nada está oculto. 

Lo que falta es la capacidad de reconocer como cierto lo que se sabe. 

Es una situación que me resulta sorprendentemente familiar. 

A nuestra época le encanta considerarse como aquella que finalmente ha declarado la guerra a la ignorancia. 

Nunca antes los seres humanos habíamos tenido acceso a una cantidad tan vasta de información: cada pregunta parece encontrar una respuesta inmediata, cada incertidumbre, una laguna temporal que subsanar. 

Y, sin embargo, algo no cuadra. 

Nunca hemos sabido tanto y nunca nos hemos sentido tan a menudo incapaces de comprender el mundo en el que vivimos. 

La pandemia, las guerras, la crisis climática y la inteligencia artificial han puesto de manifiesto una paradoja inesperada: la acumulación de conocimiento no coincide con un aumento de la comprensión. 

Cuanto más sabemos, más crece lo que ignoramos. 

Tal vez ni seamos capaces de definir con exactitud qué es conocer… aunque tampoco la ignorancia se deja delimitar. 

Quizá porque la ignorancia no coincide con la ausencia de información: el problema nunca ha sido solo lo que sabemos, sino la relación con lo que sabemos. 

La cultura occidental ha concebido el saber como una frontera en avance —lo desconocido que retrocede, la razón que conquista—: una de las imágenes más poderosas de la Ilustración. 

Pero otras voces - la filosofía, la literatura,… - dicen otra cosa: el saber no avanza contra la ignorancia, nace de ella y se encuentra con ella como su propio límite. 

La ignorancia no coincide con la falta de información, sino con su gestión. 

En un mundo que pretende que todo sea calculable, el saber se reduce a una función administrativa: se recogen datos, se elaboran previsiones, se construyen modelos… 

Pero esta proliferación genera nuevas formas de ceguera ignorante. La ignorancia no se elimina: se incorpora a los dispositivos que pretenden gobernarla. 

Es verdad. Ojalá la nuestra fuera la ignorancia que hiciera posible el pensamiento, aquella que abriera un espacio para la investigación, para el deseo, para la invención... Ojalá ésta fuera nuestra ignorancia. 

En nuestra cultura occidental Sócrates es quizás el primero en comprenderlo: el «sólo sé que no sé nada» no es modestia, sino el descubrimiento de que el pensamiento nace de una carencia. 

No se busca lo que ya se posee; la pregunta solo es posible allí donde una certeza se desvanece. 

Ojalá la nuestra fuera aquella ignorancia docta de un tal Nicolás de Cusa. 

Pero me temo que, salvo honradas excepciones (y yo no soy una de ellas), no es así. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 15 de agosto de 2026

Dios no pertenece a nadie - San Mateo 15, 21-28 -.

Dios no pertenece a nadie - San Mateo 15, 21-28 - 

Estamos acostumbrados a pensar que siempre es Jesús quien cambia a las personas. Es cierto. Quien se cruza con su mirada deja atrás redes, mesas de recaudación de impuestos, miedos y certezas. 

Pero este Evangelio nos cuenta algo aún más sorprendente: el propio Jesús se deja interpelar por una mujer extranjera. 

Es una cananea. Una pagana. Viene de fuera: fuera de las fronteras de Israel, fuera de la religión de los hijos, fuera de las pertenencias reconocidas. Y es precisamente ella quien abre ante Jesús un horizonte más amplio. 

La frontera, en el Evangelio, nunca es solo un límite geográfico. Es el lugar donde Dios sorprende. Porque a menudo son precisamente aquellos que son diferentes a nosotros quienes amplían nuestra mirada. 

Toda fe enferma cuando se convierte en posesión, en recinto, en privilegio. Isaías ya lo había anunciado: «Mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos». 

Dios no pertenece a nadie. Es Él quien acoge a todos. 

La mujer clama: «¡Ten piedad de mí, Señor! Mi hija está muy atormentada». No pide por sí misma. Lleva ante Jesús el dolor de su hija. Es el dolor universal de toda madre y de todo padre: ver sufrir a quien se ama sin poder salvarlo. 

Jesús guarda silencio. Luego responde con palabras que escandalizan: «He sido enviado a las ovejas perdidas de la casa de Israel». Y añade: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos». 

Mateo no suaviza la dureza del diálogo. Nos muestra a un Jesús plenamente inmerso en la historia de su pueblo. Pero precisamente este encuentro deja entrever cómo la misión del Hijo se abre progresivamente a la universalidad del Padre. 

La mujer no se echa atrás. No se ofende. No responde con ira. Se queda. Y con una libertad desarmante dice: «Es cierto, Señor. Sin embargo, incluso los perritos comen las migajas que caen de la mesa». 

Pide migajas. Pero precisamente al pedir migajas revela que el pan de Dios es tan abundante que basta para todos. 

Entonces Jesús pronuncia una de las palabras más bellas del Evangelio: «Mujer, grande es tu fe». 

Una gran fe no significa poseer todas las respuestas. Significa creer que la misericordia de Dios es más grande que nuestros límites. Esta mujer no cambia a Dios. Revela el rostro universal del Padre. Y el propio Jesús se convertirá en pan partido para nosotros y para todos. 

Mateo recuerda que era una mujer sirofenicia. Es natural preguntarse: ¿en qué idioma habrán hablado? Quizá Jesús en arameo, ella en griego. Y, sin embargo, se entienden. 

Porque existe un lenguaje más profundo que las palabras. El dolor. La compasión. La esperanza. Quien ama siempre aprende el idioma del otro. Así se cumple la profecía de Isaías: los extranjeros «se llenarán de alegría en la casa de Dios». No como huéspedes tolerados. No como destinatarios de migajas. Sino como hijos en la misma mesa. 

El Evangelio nos pregunta: ¿A quién seguimos dejando fuera? ¿A quién le concedemos solo migajas de dignidad? ¿A cuántas personas seguimos definiendo como «que no son de los nuestros»? 

Y quizá sean precisamente ellos quienes custodian una fe que puede convertirnos también a nosotros. Porque Dios sigue llegando desde donde no lo esperamos. La cananea pedía migajas. 

Jesús le ofrece una mesa. Esta es la lógica del Reino. Dios no reparte sobras. Prepara una mesa. No selecciona, no crea exclusiones. Extiende su mesa hasta sus enemigos (Sal 23). La mujer había intuido el secreto del Padre incluso antes que los discípulos. 

El Evangelio termina donde había comenzado Isaías. «Mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos». No para algunos. Para todos. 

La mujer cananea se convierte así en el rostro de todo hombre que llama a la puerta de Dios. Y descubre que esa puerta ya estaba abierta. Porque el corazón del Padre es siempre más grande que nuestras fronteras. 

Y el verdadero creyente no es aquel que posee a Dios. Es aquel que sigue dejándose sorprender por la inmensidad de su misericordia. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Tiempo al tiempo.

Tiempo al tiempo 

Miro lo que ocurre en el mundo y me convenzo de que, si la inteligencia humana se refleja en sus acciones… la inteligencia empieza a escasear, mientras que la estupidez, los egoísmos de aquellas prioridades nacionales y el desprecio por los derechos van viento en popa a toda vela… 

Hay una mala conciencia contemporánea: aquella de la anestesia moral de la costumbre. Multiplicado por mil, el dolor del individuo pierde su rostro y se convierte en estadística. El sufrimiento se reduce a ruido de fondo, mientras que la costumbre o la inercia se convierten en la etapa suprema de la deshumanización. La pérdida de humanidad es el verdadero drama de nuestro tiempo. Es la medida de nuestra decadencia ética. 

En las masacres del Mediterráneo o entre los escombros del genocidio en Gaza, o en… el horror compartido anula la singularidad del drama. 

Contemplamos a la multitud que se agolpa contra las vallas de Ceuta, pero no percibimos la desesperación humana, la mujer desplomada o el niño que llora. Vemos cifras, no personas. Es aquella deshumanización indispensable para tolerar lo intolerable. 

La palabra clandestino se utiliza en el discurso público para infundir miedo, evocar amenazas y ocultar rostros. La humanidad en fuga se convierte en «humanidad excedente», aquella que hay que descartar, por decirlo con el Papa Francisco en Fratelli tutti, un llamamiento que hoy no se escucha. 

También el Papa León XIV tiene palabras de fuego contra la deshumanización de la política, pero apenas encuentra eco. 

En este vacío ético echa raíces el virus del soberanismo. La idea de Nación (prioridad nacional y análogos y sinónimos…) se ha transformado en un instrumento para sembrar el odio, un tótem identitario que lanzar contra el extranjero. 

Es la miseria política de los patriotas al mando: un Estado contra otro, una persona contra otra, una frontera moral contra el vecino. Cuando los derechos dejan de ser universales y se vinculan a la ciudadanía o a la fuerza, el derecho se reduce a privilegio. Y el privilegio exige muros. Así es como se está matando a Europa. 

Ante esta locura identitaria, la realidad es más sencilla: la vida es un cruce de culturas, una identidad formada por estratificaciones y migraciones. 

Podemos y debemos acoger sin perder nuestra identidad, porque la acogida no destruye nuestra sociedad, sino que la hace más humana. 

Pero Europa hace lo contrario: cede al miedo, vuelve a abrir la puerta a los viejos nacionalismos identitarios y corre el riesgo de acabar a merced de las derechas más groseras. 

Los migrantes son los invisibles que ponen al descubierto este devastador dislate. Con su presencia, hacen patentes las abismales desigualdades de la globalización: económicas, sociales, políticas y medioambientales. Son el espejo incómodo de nuestra mala conciencia.

Y es aquí donde se forja la ideología de la nueva derecha: convierte la solidaridad en delito. Hoy en día, cualquiera que intente humanizar a estos cuerpos extraños, los migrantes, y reivindique el derecho a la libre circulación para una vida digna es tachado de peligroso subversivo. 

La compasión se convierte en culpa, el derecho internacional en un obstáculo. 

En este clima se produce la erosión de la democracia. Su fuerza no reside en el conformismo impuesto ni en la paz garantizada por el miedo, sino en la capacidad de gestionar la complejidad a través del choque pacífico de ideas. Cuando las derechas sustituyen el debate por el culto a la frontera, la democracia pierde su savia vital. 

Las próximas citas electorales serán una prueba de fuego decisiva para nuestro futuro. Nos dirán si encontraremos el valor para defender nuestros valores fundacionales o si nos deslizaremos definitivamente hacia el oscurantismo soberanista que, como nos enseña la memoria, nunca ha sido defensor de la convivencia pacífica. 

Entonces, no antes, sabré si estas líneas están dictadas por un exceso de pesimismo o por una visión cruda e inevitable de la realidad. 

Pero una cosa parece ya muy clara: la deshumanización del otro siempre acaba deshumanizando a quien la practica… y a quien la tolera. Si la indiferencia sigue imponiéndose, la primera víctima real de la caída seremos nosotros. Tiempo al tiempo. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 14 de agosto de 2026

El Canto de esperanza: el Magnificat de María.

El Canto de esperanza: el Magnificat de María 

Hay algo sorprendente en esta Liturgia. Celebramos a María en la gloria del cielo y, sin embargo, la primera lectura nos presenta a una mujer que no está simplemente en el cielo: es una mujer que sufre, que huye, que atraviesa el desierto, que es perseguida. Es gloriosa y perseguida. Está coronada y huye. Está destinada a la victoria y, al mismo tiempo, expuesta a la amenaza del dragón. 

Esta imagen contiene quizá una de las claves más profundas para comprender la Asunción. María ya está en la gloria, pero la Iglesia, de la que ella es icono, camina por la historia y aún no está en la gloria. María ya está allí donde esperamos llegar. 

Y precisamente porque Ella ya está en la plenitud, comprendemos mejor lo que significa estar aún en camino. Esta Fiesta no es una huida de la actualidad para consolarnos con la gloria que nos espera, sino que nos obliga a mirar más profundamente nuestro tiempo. 

Esta es la condición cristiana: vivir entre un «ya» y un «todavía no». 

Jesús ha resucitado; la muerte no es la última palabra; el Espíritu ha sido donado; la vida eterna, de alguna manera, ya ha comenzado en nosotros: esto es el «ya». 

Pero el ser humano sigue siendo frágil. En Gaza, en Ucrania y en otras unas 100 regiones del mundo, la muerte, la destrucción y el dolor parecen imperar. Y nosotros, aquí, vivimos inmersos en un sistema cultural y de mercado que nos obliga a gritar: «¡Sigamos siendo humanos!». La Iglesia sigue lidiando con pecados y actos de inhumanidad graves. A menudo vivimos con una ansiedad subyacente, con el miedo a salir de casa, a que nos «engañen» quienes deberían amarnos. Este es el «todavía no». 

No debemos eliminar una de las dos imágenes para conservar la otra. La mujer es, al mismo tiempo, signo de gloria y figura del sufrimiento. Y el esfuerzo del creyente y de la Iglesia radica precisamente en mantener unidas estas dos facetas de la fe. 

A veces nos gustaría que la fe eliminara de inmediato lo incompleto de nuestra existencia. Nos gustaría que, si Dios nos ha salvado, nuestra vida estuviera ya libre de toda contradicción, de toda fragilidad, de toda oscuridad. 

Y cuando alguien intenta forzar los tiempos y anticipar la solución del mal mediante estrategias humanas y con el apoyo de los poderes del mundo, tal vez esté prestando el peor servicio posible al Evangelio. 

Porque el Evangelio no nos promete esto. Nos promete algo más profundo: que Dios nos acompaña en el tiempo de la incompletitud. El desierto del Apocalipsis no es un lugar de abandono. Es el lugar que Dios ha preparado para la mujer para que sea alimentada. 

El desierto, pues, no es la prueba de que Dios esté ausente. Ni siquiera el desierto de la inhumanidad, ni el de la violencia sin sentido, ni el de la guerra como estado endémico que favorece al mercado. Es el lugar de su presencia en forma de promesa, de protección y de sustento. 

Esta es quizás una de las cosas más difíciles de aceptar en la vida cristiana: cuando ya no comprendemos el sentido de la presencia de Dios en la historia, imaginamos que se le ha escapado de las manos. Pero si no comprendemos la realidad, no es ella la que está equivocada, sino nuestra postura con la que la miramos. 

Dios puede estar realmente presente incluso cuando su salvación aún no es plenamente visible, incluso en el desierto de la inhumanidad. Nosotros querríamos la gloria; Dios nos da el camino hacia la gloria. Nosotros querríamos el cumplimiento; Dios nos da la promesa. Nosotros querríamos ver; Dios nos pide que esperemos. 

He aquí el sentido del Magnificat. María dice: «Mi alma glorifica al Señor». Pero María canta la salvación mientras la historia aún no se ha cumplido. Aún no ha visto todo lo que Dios hará. Aún no tiene ante sus ojos la Pascua. Aún no ha visto la resurrección de su Hijo. Y, sin embargo, canta. 

El Magnificat es, por tanto, el canto de una salvación que ya ha comenzado, pero que aún no se ha cumplido. Ella canta también lo que aún está por suceder: «Ha derribado a los poderosos de sus tronos y ha exaltado a los humildes». Su canto es memoria, presencia y profecía al mismo tiempo. Por eso, el Magnificat es el canto de la esperanza. 

La esperanza cristiana no consiste en decir: «Quizá algún día Dios nos salve». Es algo mucho más fuerte. Es decir: Dios ya ha comenzado a salvarnos, y precisamente por eso podemos esperar lo que aún no vemos. 

Por eso, la Asunción no nos aleja de la tierra: nos enseña a vivirla. ¿Y cómo? 

El Evangelio no nos presenta a María inmóvil en la contemplación de su propia grandeza. Nada más recibir la promesa, María «se levantó y se fue apresuradamente» hacia Isabel. Es extraordinario: la mujer a la que Dios ha destinado a la gloria atraviesa la historia poniéndose en camino hacia otra persona. Esta es la lógica cristiana de la espera. 

Quien tiene fe en cuál será su destino último no huye del presente, no lo teme, no intenta cambiarlo con su impaciencia o para escapar de sus propios miedos: lo vive con mayor intensidad, apoyado en la certeza de la fe, en la relación de amor con los hermanos. 

María sabe que Dios está realizando algo inmenso en ella, pero esta conciencia no la aleja de la realidad concreta de la historia. 

Así debería ser también nuestra esperanza. La esperanza cristiana no es una evasión del mundo. Es la capacidad de vivir el presente sin pretender que el presente sea ya la plenitud. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El Canto de los redimidos: el Magnificat de María.

El Canto de los redimidos: el Magnificat de María 

En la resurrección del Hijo, María vuelve a encontrar el extremo del hilo. Al igual que en las manos de una tejedora el hilo de la vida sigue fluyendo, así la Madre recompone toda la historia del Hijo. Vuelve al principio. Recuerda. Guarda. Remienda. Nada se ha perdido. Ese hilo había atravesado su vientre para tejer en la carne al Hijo de Dios. Había pasado entre silencios y palabras, partidas y regresos, Nazaret y Belén, Caná y Jerusalén, alegrías y heridas, Magnificat y Stabat Mater. 

Ni siquiera la espada que le había atravesado el corazón había cortado ese hilo. Lo había hecho aún más apretado, lo había guardado, lo había cosido a su corazón. Todo en María nace de la gracia (sola gratia); todo se convierte en respuesta de la fe (sola fide); todo devuelve gloria a Dios (soli Deo gloria). 

Por eso el Papa Pablo VI pudo decir en el discurso de clausura del tercer período del Concilio Vaticano II (21 de noviembre de 1964): «Alégrate, María, Magnificat, llena de gracia y del Espíritu, tú eres «toda para Cristo y para Dios». Nada retienes para ti. Todo remite al Hijo. 

Quizá, María, hoy podamos atrevernos a quitarte por un instante la aureola. No para disminuir tu gloria. Sino para ver cuán hermosa es tu humanidad. 

Antes de ser coronada Reina del cielo, respiraste el polvo de nuestra tierra. Conociste el esfuerzo de las madres. La incertidumbre del futuro. El miedo. El exilio. La espada. El duelo. La espera. 

La Asunción no es la huida del hombre de la tierra. Es Dios quien lleva la tierra al cielo. Por eso María es la plenitud de la santidad cotidiana. No la excepción que nos aleja, sino la promesa que nos concierne a todos y a cada uno. 

El Apocalipsis nos muestra a una mujer vestida de sol. Pero esa mujer aún está de parto. La Asunción no borra el parto. Lo lleva a su plenitud. Es el último parto. En él confluyen el parto de la creación, el parto del Hijo de Dios en la carne de María, el parto de cada mujer, el parto de la Iglesia, el parto de la historia. 

También la paz nace así. No como ausencia de guerra. Sino como hija de un largo parto. Toda reconciliación pasa por los dolores del parto. Toda resurrección atraviesa y transfigura las heridas. 

La Asunción proclama algo revolucionario. El cuerpo no es un desecho. No es un envoltorio provisional. El cuerpo está llamado a la gloria. En María, Dios afirma de manera definitiva que nada de lo humano es ajeno a la salvación. La carne. La memoria. Las lágrimas. Las manos. Las heridas. Incluso las cenizas. Todo está destinado a ser transfigurado. 

Dios no salva almas sin historia. 

Salva a personas íntegras, en cuerpo, alma y espíritu. Por eso, el cuerpo de la Madre ya sigue el destino del cuerpo del Hijo. Y anticipa el nuestro. 

El Papa León XIV, en «Magnifica Humanitas», observa que vivimos en un mundo atravesado por lógicas de conquista, por intereses económicos, por algoritmos que orientan deseos y miedos, por narrativas seductoras que prometen seguridad mientras alimentan nuevas formas de dominio. En este escenario, María nos ofrece otra narrativa de la historia. 

El Magnificat no es un himno intimista. Es la revelación de la forma en que Dios mira el mundo. De la forma en que Dios actúa en la historia. María ve lo que aún nadie ve. 

Los poderosos parecen vencer. Los hambrientos parecen destinados a seguir siéndolo. Los humildes parecen olvidados. Y, sin embargo, ella canta en las maravillas que Dios ha obrado en el pasado su presente y, en lo que ella vive, el futuro de Dios. Porque la misericordia atraviesa la historia más profundamente que cualquier poder. 

Para el Papa León XIV, el Magnificat se convierte así en la brújula de la existencia cristiana también en la era digital: aprender a leer la historia desde abajo, con los ojos de los pequeños, de los extranjeros, de las madres, de los niños heridos, de los exiliados y de los pobres. No con la mirada de quien domina, sino de quien espera. María se convierte así en la poetisa de la redención y la tejedora de la esperanza. 

La Asunción nos recuerda que la vocación del hombre no es evadirse de la materia. Es transfigurarla. El florecimiento de la vida consiste en acoger otra vida. El «» de María sigue generando hoy hombres y mujeres capaces de hacer el mundo más humano. 

El Magnificat sigue siendo el canto de los hambrientos. De los oprimidos. De los humildes. De todos aquellos que esperan una justicia mayor, que creen en la Justicia del Reino. 

De hecho, hay una forma de anunciar la justicia que ya es justicia. Es hacer justicia de manera justa. Porque no alza la voz, no impone, no humilla: se da testimonio con la propia forma de ser, con la manera de mirar, de hablar, de actuar. La justicia, de hecho, no se impone con la fuerza, sino con la fuerza de la humanidad. 

La Asunción no celebra a una mujer que se ha alejado de nosotros. Celebra a una criatura plenamente realizada. En María vemos por fin lo que Dios había pensado desde el principio. Lo humano no se suprime. Se lleva a su plenitud. El cielo no borra la tierra. La lleva a su plenitud. 

Por eso hoy aún podemos creer que el hilo de la historia no se ha roto. Sigue en manos de Dios. Y continúa tejiendo la paz en silencio. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 13 de agosto de 2026

El coste de un amor crucificado - San Mateo 16, 21-27 -.

El coste de un amor crucificado - San Mateo 16, 21-27 -

Cuando Mateo escribe esta página, todo ha sucedido ya: el sufrimiento en Jerusalén, el rechazo de los ancianos, los jefes y los escribas, la cruz y la resurrección. Todo ha sucedido ya, Jesús ya ha vivido hasta el final su respuesta tan personal a la vida; esta no es una página que anticipe un final, sino unas líneas escritas para la memoria, para no olvidar, para no perdernos de vista: que del amor no se entiende nada. Nunca. 

Escritas para no olvidar que en cada uno de nosotros siempre habrá un Simón y un Pedro, dos miradas del mismo corazón, dos nombres del mismo rostro, dos hombres en lucha encerrados en el mismo cuerpo. Dos formas diferentes de entender la vida. 

Y para no olvidar que el amor abre el camino al conflicto sobre la esencia profunda de nuestro ser en el mundo; el amor es espada; el amor no es la solución a los problemas de la vida, sino el problema serio de la vida. 

Lo digo desde el principio: Pedro no debe vencer a Simón, eso no es lo que debe suceder; el amor no pide vencedores, sino solo discípulos dispuestos a seguir caminando... a veces haciendo tantos equilibrios.  

«Amor» es la palabra más ambigua que se puede usar; yo mismo, en mi pequeña medida, me doy cuenta, de que a menudo no nos entendemos. El amor se escapa, provoca; el amor es escándalo. El amor no es la sonrisa bondadosa que calma las tormentas, no es la dulzura que llena el abismo de la muerte. Quizás no deberíamos hablar más de amor. 

Pedro no debe imponerse a Simón; son dos visiones opuestas, pero inmaduras, de la vida. Para Simón, el amor es la respuesta a las necesidades, una promesa consoladora; si ha abandonado, como cada uno de nosotros, la orilla de su propio lago, es por haber intuido un buen negocio. Para Pedro —nombre nuevo que le dio el Maestro—, el amor es sacrificio («nunca te traicionaré»), para convertirse en el primero entre los discípulos, cueste lo que cueste. 

Para Jesús, el amor es un embarazo. Un parto. Un nacimiento. Una muerte. Para Jesús, el amor va más allá del corazón romántico de Simón, va más allá de una visión feliz de la historia, va más allá de una respuesta fácil a las expectativas de la gente. Para Jesús, el amor va más allá de la visión sacrificial de Pedro, que estaría dispuesto a sacrificarlo todo con tal de afirmarse a sí mismo (cuántas vocaciones quemadas en esta locura…). 

Para Jesús, el amor es la cruz. Y cada uno de nosotros tiene su propia cruz. Para Jesús, hablar de amor es hablar de la cruz. Y es la única forma de intentar comprendernos. Pero hay que saber perderse. 

El amor crucificado es vulnerable: violentado y derrotado. Seduce, como dice muy bien Jeremías: el amor primero nos lleva a territorios desconocidos, empujándonos a gestos y decisiones más grandes que nosotros mismos, y luego, cuando ya no podemos dar marcha atrás, nos pide que decidamos únicamente encontrar la manera de morir. Como Jesús. 

Claro que no nos entendemos cuando hablamos de amor porque hablamos de muerte, de vidas crucificadas. Porque amar, y esto vale para todos, es nuestra cruz personal, es aprender a liberarnos de nosotros mismos, aprender a perdernos, a cambiar, a dejar que la vida nos seduzca y luego nos pida que aprendamos una identidad diferente. El amor es descubrir un rostro nuevo y poco tranquilizador de nosotros mismos. 

No basta con cambiar de nombre, no basta con pasar de Simón a Pedro, no basta con hacerse religioso o presbítero, no basta con casarse; eso es solo el principio. Hay que tener el valor, cada día, de perder nuestra identidad, aquella construida con tanta paciencia; hay que aprender a perdernos para poder reconocernos en los ojos misericordiosos del Crucificado. 

El amor es sentirse morir por haber errado tanto y sentirse renacer gracias a Su amor. El amor es muerte y vida; el amor es un parto, un embarazo; el amor son lágrimas de liberación. 

No basta con cambiar de nombre, no basta con pasar de Simón a Pedro, hay que perder la cara ante los demás. «Me han convertido en objeto de burla cada día; todos se ríen de mí», la aprobación de quienes nos rodean es importante, sobre todo de niños, pero luego… 

Entonces, el Simón que hay en nosotros buscará la aprobación de la gente y eso será una traición al amor, como cuando la Iglesia hace pasar por Evangelio su necesidad de ser importante para la gente. O bien, el Pedro que se mueve en nosotros buscará verdugos para encontrar la aprobación entre el núcleo duro de los creyentes que siempre quiere un mártir al que venerar. 

En cambio, el amor es incómodo, el amor no se deja utilizar, el amor es la cruz, el amor es aceptar no ser comprendido (¿y por qué deberían los demás comprender nuestra vida si a nosotros mismos nos ha costado aceptarla? ¿Por qué deberían entender los demás si nosotros mismos primero no la acabamos de entender?), el amor es la soledad de quien hace morir su propia imagen de sí mismo y no pretende que los demás le comprendan. 

El amor es morir, pero no por amor al puro sacrificio, no convirtiendo a los demás en culpables, sino comprendiendo sinceramente su desconcierto: «no saben lo que hacen», y realmente no lo saben. Porque el amor crucificado no se conoce. 

Simón y Pedro se mueven y luchan dentro de nosotros y son dos nombres, uno antiguo y otro nuevo, pero con el mismo problema: «conformarse a este mundo» (Romanos 12, 1-2. Simón, amoldado a las expectativas de toda religión; Pedro, a las expectativas de toda institución. 

En cambio, «dejad que os transforme», Pedro y Simón, hasta que os unifiquéis en un símbolo de opuestos, en una lucha que solo en el Padre encontrará descanso; dejad que hable únicamente el Crucificado. 

El amor y la Cruz se encontrarán en un Cuerpo santificado por el amor. Y nosotros seremos amor cuando logremos unificarnos en una muerte sin rencor, tras haber perdido nuestra falsa imagen de nosotros mismos, la esclavitud al juicio ajeno, y haber desvelado el rostro de Dios. Inútil y hermoso, útero del nacimiento definitivo. 

Cuando hablamos de amor, nunca nos entendemos. Simón y Pedro siempre nos confundirán. No nos queda más que intentar aprender a perder, a perdernos. Y cuando incluso las palabras nos hayan abandonado, si en nuestros ojos no hay rastro de rencor, entonces, y solo entonces, no por sacrificio sino por elección, seremos hermosos y libres, como solo el amor crucificado sabe serlo. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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