miércoles, 7 de octubre de 2026

¿De quién soy yo? - San Mateo 22, 15-21 -.

¿De quién soy yo? - San Mateo 22, 15-21 -

 

«¿De quién son esta imagen y esta inscripción?»

 

La pregunta queda suspendida en un entrecruzamiento de miradas, permanece en espera, por un instante, sobre la palma abierta de una mano, sobre el círculo perfecto de una moneda, sobre la imagen de un emperador, sobre la inscripción. De César.

 

La respuesta no puede hacerse esperar, porque es lo más explícito del relato, lo más elemental: esa moneda remite sin vacilaciones a su dueño. La moneda es sincera, se expresa a sí misma con una fidelidad casi conmovedora. Dentro del perímetro de esa moneda, el mundo es claro, despiadado tal vez, injusto quizá, pero claro.

 

Y creo que Jesús utiliza la moneda solo por eso, por esa inmediatez entre lo que representa y el perfil del hombre al que remite. Solo por eso. Por lo que esta no es una página que justifique la separación entre los intereses temporales y los espirituales, ninguna reflexión sobre el mundo económico, sobre el uso del dinero, ninguna distinción entre César y Dios… esta no es una página que hable de monedas, sino, una vez más, de la Verdad.

 

Y lo hace partiendo de una moneda, porque, nos guste o no, la moneda es lo único que es explícitamente verdadero en este pasaje evangélico. La moneda es clara, remite sin duda al César. El verdadero problema es la hipocresía y la falsedad de todo lo demás.

 

Mucho más complejo resulta desvelar «de quién son» las palabras que los discípulos tejen con vergonzosa complicidad ante los ojos de Jesús. ¿De quién son esas palabras que hablan de verdad y franqueza? ¿De quién son esas palabras que dicen reconocer a un maestro y amar su libertad?

 

No son de quien las pronuncia. Ahí radica el drama. Porque quienes les dan voz son discípulos de los fariseos que permanecen en la sombra, que no se exponen, que no se arriesgan en la relación.

 

Es verdadero todo aquello que se expone, desnudo y crucificado, y que tiene el valor de llevar las heridas del rechazo. Solo es verdadera una palabra que se encarna.

 

Me imagino a esos jóvenes discípulos convencidos de ser portavoces de sabidurías astutas que, con las manos abiertas, deben reconocer que esa moneda es más verdadera que sus maestros. Me imagino a esos jóvenes discípulos mirando esa moneda y comprendiendo, con dolor, que han sido utilizados por las personas a las que admiraban. Me imagino la vergüenza de esos discípulos y la humillación al contemplar esa moneda que demostraba tener una coherencia aterradora.

 

Y también César - esto les costaba admitirlo - era más sincero que los líderes religiosos a quienes tanto admiraban. Cuántas veces las palabras aparentemente devotas de ciertos círculos eclesiásticos ocultan intereses hipócritas… mejor César, que se juega el pellejo.

 

Esta no es una página sobre la separación de poderes, sino sobre la verdad y el esfuerzo que supone soportar su peso.

 

Las palabras que utilizan los discípulos de los fariseos son espléndidas, perfectas, exactas. Pero no son ciertas. Esbozan un perfil de Jesús que ninguno de sus discípulos habría sabido escribir con tanta precisión: «Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas el camino según la verdad. Tú no temes a nadie, porque no haces distinciones…»

 

Una línea de pensamiento perfecta, dogmáticamente irreprochable, pero falsa. Porque quien pronuncia esas palabras, o mejor dicho, quien ha puesto esas palabras en boca de esos jóvenes, ni siquiera intenta vivir lo que proclama.

 

No es una cuestión de coherencia, sino de fe. La fe es admitir que no soy lo que digo, que el Evangelio que proclamo es mucho más que yo mismo, pero poder jurar ante cualquiera que creo hasta lo más profundo de mi ser en lo que digo.

 

Y de no haber utilizado nunca deliberadamente el encanto del Evangelio para intereses personales. Esto es lo que podemos llamar verdad.

 

En el Evangelio de hoy, mucho más sincera que los fariseos y sus discípulos es esa moneda que remite sin vacilaciones a César, porque la verdad es un vínculo, es una pertenencia; la verdad no es un contenido, sino un rostro.

 

Una trayectoria que deja claro de quiénes somos hijos. Jesús es la Verdad no solo porque dice cosas verdaderas, sino, sobre todo, porque su vida en el mundo fue una referencia constante al Padre. Porque creía en lo que decía. Porque vivió y murió en nombre de esas palabras.

 

«¿De quién soy?», soy del Padre que acuñó el mundo a su imagen y semejanza; soy del Padre porque todo lo que veo me habla de Él, todo lleva su imagen y su inscripción, sobre todo el hombre, tan complejo y fascinante.

 

Dejad que la moneda remita a César y hable de un mundo que se puede vender y comprar, pero no olvidéis nunca que también César es de Dios. Y que esa moneda está fundida con metales que, en su origen, hablaban del Creador.

 

No olvidéis nunca cuestionar la vida y dejar que ella hable. El rostro de Dios surgirá allí donde la pertenencia se disuelve en gestos de cuidado. Donde el «¿de quién soy?» se convierte en la búsqueda de ser amado por alguien, se convierte en una oración que expresa nuestra sed de amor.

 

«¿De quién soy yo?», ¿de quién llevo la inscripción, de quién soy imagen?

«¿De quién soy yo?» lloro cuando no me siento amado por nadie.

«¿De quién soy?» ¿De quién son las personas que mueren solas? ¿De quién son aquellas lágrimas, estos ataúdes sin nombre? ¿De quién son aquellas puestas de sol que te dejan sin aliento? ¿De quién son los sueños y las derrotas? ¿De quién son las risas y de quién son las lágrimas? ¿De quién son las palabras? ¿De quién son estas vidas que se esconden, aman, mueren, esperan? ¿De quién son y en dónde están las personas fallecidas que tanto echo de menos?

Ésta No es una página sobre la separación de poderes, sino, al contrario, sobre la unificación de lo real. Sobre la necesidad que tenemos de pertenecer a alguien y cuando no tenemos a nadie en quien confiar.

 

¿De quién soy yo? Pero también… ¿quién soy yo para las personas que confían en mí?

¿Siento que soy realmente pobre? ¿Que no tengo nada propio, pero que puedo intentar, cada día, vivir hasta el fondo esta pobreza tan dura que, como un vacío, nos remite al Único que nos espera?

 

No tenemos nada porque, si comprendemos que somos suyos… ya somos Todo.

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Ciudadano del Reino y con los pies en la tierra- San Mateo 22, 15-21 -.

Ciudadano del Reino y con los pies en la tierra- San Mateo 22, 15-21 -

 

En los últimos días antes de ser capturado y sufrir la muerte en la cruz, Jesús se enfrentó en Jerusalén a quienes serían sus acusadores durante el juicio. Algunas de estas controversias quedan recogidas en el Evangelio según San Mateo: la controversia con los fariseos y los herodianos sobre el tributo a César (cf. Mt 22,15-22), la controversia con los saduceos sobre la resurrección de los muertos (cf. Mt 22,23-33), las controversias con los fariseos sobre el mandamiento más importante y sobre el señorío del Mesías respecto a David (cf. Mt 22,34-46), y, por último, un ataque concreto de Jesús contra estos adversarios suyos, que se extiende a lo largo de todo un capítulo (cf. Mt 23).

 

Este relato de la primera controversia se refiere al pago del tributo a César. No hay que olvidar, sin embargo, que Jesús ya se había enfrentado anteriormente a un problema similar. En el capítulo 17 (vv. 24-27) se narra que, en Cafarnaúm, los recaudadores del impuesto del Templo se acercan a Pedro y le preguntan: «¿Vuestro maestro no paga el impuesto?». Pedro responde: «¡Sí!», porque Jesús no eludía los preceptos de la Torá que ordenaban este tributo (cf. Éx 30,11-16).

 

Luego, al entrar en casa, Jesús pregunta a Pedro: «¿Qué te parece, Simón? ¿De quién recaudan los reyes de la tierra los impuestos y los tributos?». Y Pedro responde: «A los súbditos, no a los familiares». Entonces Jesús replica: «Por lo tanto, los hijos están exentos. Pero, para no escandalizarlos, ve al mar, echa el anzuelo y saca el primer pez que salga; ábrele la boca y encontrarás allí una moneda de plata. Tómala y entrégasela en nombre mío y en el tuyo».

 

Es un texto importante, porque nos revela, en primer lugar, que Jesús, al ser el Hijo, y al ser los discípulos sus hermanos - y, por tanto, también hijos de Dios -, no deben pagar tributos a intermediarios entre Dios y ellos; además, da testimonio de que Jesús nunca quiere escandalizar ni poner obstáculos, por lo que hace lo que no es malo y lo que se puede hacer pensando en el bien del otro.

 

Este relato nos da testimonio, en cualquier caso, de la obediencia de Jesús a la Ley: Él no es un rebelde, no es un detractor de la Ley, y solo cuando esta es pervertida por los seres humanos - desautorizando así la intención del Legislador, el Señor, y convirtiendo a la humanidad en esclava de los preceptos -, entonces puede ser invalidada y no obedecida. En definitiva, también aquí son válidas las palabras de Jesús: «El sábado fue hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado» (Mc 2,27).

 

Jesús paga los impuestos, tal y como Pedro les había dicho a aquellos recaudadores. Pero aquí los fariseos y los herodianos quieren tenderle una trampa a Jesús, conspirando contra Él.

 

Por otra parte, los partidarios de Herodes, el rey de Judea puesto en el poder por los romanos - y, por tanto, colaboracionistas con el Imperio -, exigían que los judíos pagaran impuestos a César, a diferencia de los fariseos, que tenían una postura variada al respecto dentro de su propio grupo.

 

Algunos eran intransigentes y, aunque no participaran en la lucha armada de los zelotes, pensaban que, al menos, no se debían pagar tributos a la autoridad ocupante e idólatra. Otros, en cambio, aceptaban el sistema tributario impuesto como un mal menor. En este caso, aunque partían de posiciones antitéticas, los líderes de los fariseos y los herodianos llegan a un acuerdo contra Jesús y envían a unos fariseos anónimos a interrogarlo.

 

Estos elogian a Jesús: reconocen su capacidad para decir la verdad en cualquier situación, la coherencia entre lo que dice y lo que hace, que no tiene una mirada partidista ni temerosa, y que habla sin tener en cuenta la posición de nadie.

 

Pero he aquí que, tras esta captatio benevolentiae, llega el intento de tenderle una trampa: «Maestro, ¿es lícito o no pagar el tributo al César?». Si Jesús respondiera negativamente, demostraría ser un opositor al emperador, un enemigo de Roma; si, por el contrario, respondiera afirmativamente, podría ser considerado uno de los colaboracionistas del imperio, odiado por la gente sencilla.

 

Pero Jesús, en lugar de responder directamente, desconcierta a sus interlocutores: primero pone al descubierto su malicia e hipocresía, preguntándoles por qué quieren tentarlo; luego les pide que le muestren una moneda y les pregunta por la efigie grabada en ella y por la inscripción. Estos responden, obviamente, que la imagen y la inscripción son de César, y entonces Jesús pronuncia la famosa frase: «Dad  pues a César lo que es de César y a Dios lo que es de Dios».

 

Una frase lapidaria, que ha atravesado los siglos y a la que se recurre a menudo cuando surgen tensiones entre lo que se le debe a Dios y las obligaciones hacia los poderes de este mundo.

 

En verdad, esta palabra de Jesús debe entenderse, ante todo, en profundidad y leerse en primer lugar en la situación concreta del propio Jesús, sin aplicarla de manera literal a la actualidad. ¿Cómo no recordar, en cambio, el abuso que los cristianos hemos hecho de este dicho?

 

Es a partir de esta palabra de Jesús que se elaboró en Occidente la «teoría de las dos espadas», según la cual la Iglesia, que ostenta el poder de Dios, aunque respete a César, ejerce una jurisdicción superior sobre los poderes de este mundo, que deben someterse a ella: se trata de la teocracia medieval, según la cual la Iglesia ostenta el poder absoluto y el rey, un poder subordinado.

 

En cuanto a Oriente, cabe recordar la postura simétrica y contraria, el llamado cesaropapismo, que considera al emperador, el basileús, como obispo de los obispos y jefe supremo de la Iglesia en la tierra.

 

Ahora bien, la frase de Jesús no alude en absoluto a estas ni a otras posiciones similares, y cuando en la época moderna la separación entre Iglesia y Estado se ha hecho efectiva en la sociedad, ya sea por imposición del Estado o por negociación (los concordatos), en realidad el problema no se ha resuelto: el poder mundano a veces quiere confinar a la Iglesia al ámbito de lo privado; otras veces, la Iglesia quiere difundir la religión civil que conviene al Estado, recibiendo a cambio de este protección y favores.

 

La famosa frase de Jesús debe, por tanto, reinterpretarse siempre a partir de algunas anotaciones muy sencillas.

 

Al decir: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios», Jesús se mantiene alejado tanto de una politización de Dios como de una sacralización del poder político. César no es ni Dios ni divino, como indicaba, en cambio, la inscripción de la moneda: «Tiberio César, hijo del divino Augusto, Augusto»; al mismo tiempo, Dios no puede ocupar el lugar de César a través de la institución religiosa. Nos encontraríamos ante dos formas de idolatría que desmienten el auténtico señorío de Dios, ofendiéndolo o pervirtiéndolo.

 

César no puede reclamar para sí la adoración, no puede pretender legislar en contra de las convicciones del cristiano, quien en este caso tiene el deber de obedecer a Dios antes que al poder político (cf. Hch 5,29), sino que tiene una tarea bien definida: ordenar la sociedad, para que pueda vivir según la lógica de la libertad y del bien común.

 

Podríamos decir que los deberes para con Dios se anuncian a todos, en todas partes y en todo momento, pero lo que se le debe a César - los impuestos y tributos - debe pagarse sin falta.

 

Todo cristiano, al igual que todo hijo de Israel, está en alianza con el Señor y lleva en su mano la inscripción: «Yo pertenezco al Señor» (cf. Is 44,5), y, sin embargo, vive en la polis, reconociendo la autoridad política y obedeciéndole en lo que no contradice la voluntad y el señorío de Dios.

 

La moneda lleva grabada la efigie de César, pero el hombre lleva grabada la imagen de Dios (cf. Gn 1,27), por lo que debe «devolverse» íntegramente a Dios y obedecerle; a César, en cambio, debe devolverle lo que le pertenece, ¡no su propio corazón!

 

Sin duda, con esta palabra Jesús no pretendía resolver nuestras disputas y nuestras luchas políticas, porque eso es responsabilidad nuestra, que nace de un discernimiento que debemos llevar a cabo por nosotros mismos, tal y como él mismo advirtió: «¿Por qué no juzgáis, por qué no discernís por vosotros mismos lo que es justo?» (Lc 12,57).

 

Jesús no fue ni quiso ser un Mesías político; y si confesó ser Rey, añadió inmediatamente que no lo era como los reyes de este mundo (cf. Jn 18,36). No fue, pues, un César contra César, sino que respetó y pidió que se respetara la autoridad establecida y se honraran sus derechos, en cuanto autoridad humana necesaria, siempre sometida a la complejidad de la realidad social y política de una época concreta.

 

Por eso San Pablo pedirá a los cristianos que se sometan a las autoridades civiles (cf. Rom 13,1-7; Tit 3,1), y lo mismo hará San Pedro: «Comportaos como hombres libres, […] como siervos de Dios. Honrad a todos, amad a vuestros hermanos, temed a Dios, respetad al emperador» (1 P 2,16-17). Estas directrices apostólicas - no hay que olvidarlo - se dan en una época de persecución de los cristianos por parte del Imperio romano…

 

El cristiano debe, por tanto, ser un ciudadano leal y capaz de cumplir con su deber para con el Estado, pero será siervo de Dios, nunca siervo de los hombres ni de los poderes humanos; y, sobre todo, se sentirá llamado a una ciudadanía en el Reino de Dios, en los cielos (cf. Fil 3,20).

 

El cristiano será fiel a la tierra, sin exenciones ni evasiones de la historia, sin invocar espiritualizaciones o huidas «angelicales», sino que actuará en el mundo según la voluntad del Señor, buscando el bien común, la libertad, la justicia, la reconciliación y la paz.

 

Devolver a Dios lo que es de Dios significa devolverle una humanidad que no solo lleva su imagen indeleble, sino que se ha hecho semejante a Él: ¡este devolverle la humanidad semejante a él es el camino de la humanización!

 

Con esta controversia se acerca para Jesús el drama de la pasión, ya inminente, y el proceso político, en el que Jesús será acusado de «incitar al pueblo y de impedir que se paguen los tributos a César» (cf. Lc 23,2). A estas alturas, los enemigos de Jesús, que no logran derribarlo con una trampa, están decididos a acusarlo falsamente, con el fin de eliminarlo para siempre.

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¿Quién es mi Señor? - San Mateo 22, 15-21 -

¿Quién es mi Señor? - San Mateo 22, 15-21 -

 

El pasaje evangélico del «impuesto a César», es la primera de tres discusiones en las que Jesús es arrastrado por sus adversarios, que intentan tenderle una trampa. Si bien la primera (Mt 22,15-21) es de carácter político, la segunda y la tercera son de carácter religioso y versan sobre la fe en la resurrección (Mt 22,23-33) y sobre cuál es el mandamiento más importante (Mt 22,34-40).

 

La atención, así como la de las interpretaciones que se le han dado a lo largo de los siglos, se ha centrado normalmente en las palabras de Jesús sobre dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios; pero, la primera parte y la mayor parte del texto están ocupadas por comentarios que ponen de relieve las intenciones perversas de los adversarios de Jesús y sus maquinaciones.

 

En primer lugar, se habla de una «reunión» por parte de los fariseos. Se reúnen para trazar un plan de acción con el objetivo preciso de atrapar a Jesús con una palabra. Quieren engañarlo induciéndolo a pronunciar palabras sobre cuya base pueda ser acusado. Para hacer caer a Jesús en la trampa con sus propias palabras se necesitan palabras que actúen como trampas.

 

Así, ese instrumento tan vital y propiamente humano que es la palabra, que es el camino que tenemos para crear espacios alternativos a la violencia, se distorsiona hasta convertirse en su contrario y se transforma en instrumento de violencia.

 

Los adversarios de Jesús eligen la mentira. La suya es una decisión lúcida, una manipulación intencionada, estudiada y perseguida: «Se reunieron para deliberar sobre cómo tenderle una trampa con una palabra» (Mt 22,15). La expresión «reunirse para deliberar» define una reunión que es conspiración.

 

La falsedad se manifiesta después cuando los fariseos envían a algunos discípulos junto con los herodianos para tenderle una trampa a Jesús. ¿Cómo? Con una captatio benevolentiae. Con palabras de adulación, palabras que dicen lo contrario de lo que los que hablan sienten y piensan. Con palabras que sonríen, mientras el corazón expresa odio.

 

Pero Jesús intuye la maldad que se esconde tras esas palabras corteses y, de inmediato, con una seguridad que puede sorprender, denuncia la hipocresía de quienes dicen una cosa mientras piensan otra, y de quienes formulan una pregunta no por deseo de saber, sino con la intención de pillar en falta y poder acusar.

 

A esto se le llama manipulación y abuso. Por lo tanto, pronuncian palabras que, según sus intenciones, deberían hacer que Jesús se mostrara benévolo hacia ellos e inducirlo a aceptar como inocente la pregunta que le plantean.

 

Lo llaman «Maestro», pero incluso esto es falso, porque para ellos Jesús no es un Maestro; de ´Él no quieren aprender. Así pues, proclaman su veracidad, hacen una especie de confesión de fe en que Él enseña según la verdad el camino de Dios: por dos veces, en pocas palabras, aparecen los términos verdad, veraz, y la veracidad es precisamente lo que les falta. Pero, precisamente, el énfasis en la verdad delata al mentiroso, al igual que el énfasis en el valor delata al cobarde.

 

Los interlocutores de Jesús proclaman luego su libertad, su independencia de juicio, su no tener en cuenta a nadie. Dicen cosas ciertas sobre Jesús: a menudo se miente diciendo cosas ciertas, o al menos, cosas que se ajustan a la realidad.

 

Y también la pregunta que plantean es legítima. Pero la intención es igualmente clara: si Jesús responde diciendo que hay que negarse a pagar el impuesto a los ocupantes romanos, puede ser acusado ante el gobernador; si, por el contrario, responde que hay que pagarlo, se hace impopular ante el pueblo.

 

El texto evangélico, al presentar el procedimiento engañoso y manipulador de los adversarios de Jesús, nos pone frente al riesgo de la hipocresía y nos advierte de él. Esta tiene muchas facetas: casi a diario nos topamos con medias verdades, con pequeñas mentiras, con cosas dichas solo en parte, con comunicaciones muy detalladas sobre asuntos secundarios y reticentes sobre otros más importantes.

 

La disimulación, la simulación, ocultar cuidadosamente algunas cosas que se pretende hacer y mencionar solo otras más aceptables, decir lo que el otro cree que quiere oír y no decirle lo que resultaría más comprometedor, no son más que formas de esta penosa rutina de la mentira.

 

Pero he aquí que el texto dice que Jesús «conoce» su «maldad», esa disposición negativa que se opone a la justicia y a la bondad, y que se manifiesta al negar la verdad y la sinceridad. Jesús es un hombre de fe, pero no da crédito a cada palabra y sabe que incluso los discursos repletos de afirmaciones que, tomadas aisladamente, son ciertas, en realidad resultan ser mentiras.

 

Y así, Jesús arremete contra su hipocresía, contra su simulación, contra el hecho de que se pongan una máscara, contra que no se tomen en serio la vida, las relaciones y, en definitiva, ni siquiera a sí mismos. El mentiroso, aquel que dice intencionadamente lo contrario de lo que piensa, es una apariencia de hombre, alguien que renuncia a su propia dignidad, alguien que no se respeta a sí mismo.

 

Jesús denuncia esta imperdonable ligereza que es cobardía: el hipócrita se esconde tras una máscara y así puede burlarse de los demás. Y Jesús plantea la pregunta que a menudo pone en crisis nuestras maquinaciones: «¿Por qué?». «¿Por qué me tentáis?», pregunta Jesús. ¿Por qué todo esto?

 

Y tal vez nos baste con dejar que esta pregunta resuene en lo más profundo de nuestro ser para encontrar una rendija por la que escapar de las trampas en las que la mentira nos aprisiona. Si bien la mentira nos hace sentir dueños de la realidad y de los demás, a menudo llega a esclavizarnos y nos pone a su merced. En las garras de la mentira se puede llegar a perder el control de las propias acciones y caer en la confusión.

 

Una pregunta que suena sencilla y incisiva puede, en cambio, abrirnos el camino hacia el redescubrimiento de la luz. Jesús parece querer hacer esto con sus adversarios. Y cuando estos le muestran la moneda de plata, es decir, la moneda que llevaba la efigie de Tiberio Augusto con la inscripción “Tiberio César, Augusto, hijo del divino Augusto, Pontífice Máximo”, no muestra ninguna reticencia a manipular la moneda, no demoniza el dinero y afirma la licitud de pagar el tributo, pero añade - y aquí radica la originalidad de Jesús - que hay que dar a Dios lo que es de Dios.

 

He aquí la libertad de Jesús, su creatividad, su inteligencia, su capacidad para inventar esta respuesta que no responde a ninguna pregunta que se le hubiera formulado. La respuesta de Jesús, por un lado, evita la politización de la imagen de Dios y, por otro, se opone a la sacralización del poder político.

 

De hecho, Jesús se distancia de los zelotes, que consideraban a Dios como el único «César» legítimo, y critica la sacralización del poder político desmitificando a César. En ambos casos nos enfrentamos a tentaciones idólatras.

 

En el primer caso, la tentación es dar a Dios lo que corresponde al César, a la entidad estatal, cayendo en posturas religiosas totalitarias y no dialógicas, que no respetan la «laicidad» del Estado y del poder político; en el segundo, la tentación es dar al César lo que corresponde a Dios, en el marco de una absolutización del poder político.

 

Si el tema de la imagen remite naturalmente al hombre creado por Dios y capax Dei, el tema de la inscripción se encuentra en un pasaje de Isaías en el que se designa la pertenencia del hombre a Dios. Los convertidos a la fe en el Dios de Israel llevarán en la mano la inscripción «Del Señor» y dirán: «Yo pertenezco al Señor» (Is 44,5). Las palabras de Jesús nos impulsan así también a plantearnos la pregunta: ¿a quién pertenezco? ¿Quién es mi Señor?

 

He aquí, pues, que los adversarios de Jesús, al oír su respuesta, se quedaron asombrados y se marcharon (Mt 22,22). Pero tras el asombro, que es un momento espontáneo e incipiente, se requiere una elección, una reflexión, para que el asombro se convierta en conversión y en descubrimiento de la verdad. Y esta es también la tarea del lector.

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La lógica de Jesús - San Mateo 22, 15-21 -.

La lógica de Jesús - San Mateo 22, 15-21 -

 

La trampa es espectacular.

 

Y también es espectacular la cobardía del alma humana.

 

Los herodianos y los fariseos acuden a Jesús para ponerlo en apuros.

 

Los herodianos y los fariseos, el diablo y el agua bendita, los que colaboran con los romanos y los que los odian, los que les sirven y los que se oponen a ellos. Pero tienen un enemigo en común, así que se atreven. Jesús es el tercero en discordia y hay que hacer que desaparezca.

 

Lógicas humanas retorcidas: los enemigos se convierten en aliados cuando descubren un nuevo enemigo.

 

¿Hay que pagar el impuesto a los romanos?

 

Los herodianos piensan que sí, los fariseos piensan que no; solo hay que pagar el impuesto al Templo.

 

¿Qué dirá el carpintero convertido en rabino?

 

Entre los suyos ha elegido a un recaudador, Mateo, y a un zelote, feroces opositores al dominio romano: se ha arruinado con sus propias manos, desde su punto de vista. O, tal vez, el punto de vista del Nazareno es que nadie puede ser encasillado ni definido por lo que hace o por las ideas que profesa…

 

¿O tal vez Jesús propone otra forma de vivir distinta a la de la oposición feroz y violenta, de la búsqueda continua, de la polémica infinita.

 

¿Dirá que se pague el tributo, descontentando así al alma secesionista y convirtiéndose en un colaborador?

 

¿Dirá que no se pague, uniéndose así a la interminable horda de rebeldes populistas?

 

Menudo lío…

 

 

 

La malicia y el engaño solo se combaten con astucia y sagacidad.

 

Así, para desmitificar la imagen del católico devoto y simplón, al que todos engañan.

 

El Señor pide una moneda a quienes se niegan a pagar el tributo, a esos fariseos que ni siquiera tocan la moneda con la efigie del emperador para no pecar de idolatría. Y ellos la sacan de sus bolsillos para mostrársela. Idiotas.

 

Intransigentes en teoría, complacientes en la práctica. Como hacemos nosotros también.

 

Siempre firmes en los principios que hay que imponer a los demás y moderadamente laxos a la hora de vivirlos nosotros mismos.

 

La frase de Jesús es misteriosa, de difícil comprensión.

 

Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

 

En griego, la lengua de los Evangelios, existe un matiz esencial.

 

Devolved.

 

Pequeña diferencia, gran cambio.

 

Devolved: nada es vuestro. No poseéis nada, no tenéis derecho a nada, no reclaméis nada a nadie.

 

Ya aquí podríamos detenernos.

 

Porque sigo encontrando gente enfadada, irritada, polémica, que cree estar en deuda con la vida. Que descarga sobre los demás la culpa de su infelicidad. Que invoca y busca un culpable al que achacar la responsabilidad de sus supuestos fracasos.

 

Y cada vez encuentro a más.

 

Adolescentes que nunca han madurado, malhumorados y polémicos, agresivos y obtusos.

 

La culpa es de los romanos. Y de los impuestos. Y de los movimientos religiosos que no apoyan a Herodes. Y del Mesías que no viene. Y no nos gusta quien dice ser el Mesías…

 

 

 

Dad al César lo que es del César.

 

El César es el poder político, administrativo y económico. Que hoy en día casi ha adquirido una forma simbólica. Las multinacionales, los poderes oscuros, el deep state. Alguien que vive para estafarnos, para dominarnos, para controlar nuestras vidas y orientar nuestras necesidades.

 

Es cierto. En parte. Porque el poder se lo hemos dado nosotros. Votándoles, delegando, comprando sus productos. «Dad al César lo que es del César» significa arremangarse: en la escuela, en las asociaciones, en el barrio, en la política. Haciendo nuevas todas las cosas, razonando con una lógica elevada y diferente.

 

Si vosotros no lleváis el estilo del Evangelio a vuestra oficina, nadie lo hará. Y la rectitud, y la honestidad, y la competencia, y la verdad.

 

Quedarse a la puerta y juzgar sin hacer nada va en contra de la lógica de Dios.

 

 

 

Devolvedle todo a Dios.

 

Porque todo lo que somos, todo lo que vivimos y esperamos, todo lo que nos hace auténticos y libres, todo proviene de Él. Incluso con Dios, demasiadas veces pensamos que estamos en deuda con Él, que nos debe explicaciones, que debe dar cuenta de todas las cosas que no entendemos, de todo lo que, en el mundo, no funciona.

 

Jesús, en cambio, nos propone entrar en su lógica, que es otra, que es fuerte, que va más allá.

 

Venimos de Dios y a Él vamos. Y nuestro corazón no encuentra paz hasta que descansa en Él.

 

Cultivar la propia vida interior, cuidar de la propia alma significa devolver a Dios lo que somos, florecer en Él, crecer hasta el encuentro.

 

Vivamos hoy la invitación de San Pablo: ¿Qué es lo que tienes que no hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿por qué te jactas como si no lo hubieras recibido? (1 Cor 4,6).

 

Devolvamos a los hermanos parte del amor que hemos recibido de Dios.

 

Elijamos amar, sabiendo que somos amados.

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Soy de Dios - San Mateo 22, 15-21 -.

Soy de Dios - San Mateo 22, 15-21 - 

I 

¿Es lícito pagar el tributo a César o no?

 

La pregunta es capciosa: tú, que has elegido entre los doce tanto a Mateo, recaudador de tributos para César, como a Simón el zelote, el guerrillero armado dispuesto a la insurrección, ¿de qué lado estás? ¿Eres un colaboracionista o un subversivo?

 

Jesús responde con dos cambios de perspectiva. Cambia el verbo «dar» por «devolver»: «Devolved a César lo que es de César». Utiliza un imperativo, contundente, situado al principio de la frase, que no se refiere ni a una moneda, ni a un emperador, ni a un tributo específico, sino a un mandamiento global.

 

Devolved a César y a Dios, porque nada de lo que tienes es realmente tuyo. No eres dueño de nada, todo es un don que viene de antes de ti y va más allá de ti. Existir no es un derecho, sino, ante todo, una deuda.

 

Estás en deuda con Dios y con los demás: con tus padres, amigos, la historia, la cultura, el trabajo; incluso en tu pan de cada día está impresa la historia de innumerables manos, y la mano de Dios. Tu vida es un entramado de deudas: paga tu deuda de amor, de bienestar, de salud, de educación.

 

La vida va, la vida viene. De otros a ti, de ti a otros, en un circuito abierto. Desde el momento en que empiezas a existir, existes en alianza. Es más, eres la síntesis de dos alianzas, crucificado en la cruz de dos amores: el de Dios y el de los hombres.

 

¿Quién es César? ¿Solo el Estado, el poder, con su panteón de rostros conocidos? ¿Acaso yo no formo parte de esta sociedad? Entonces me corresponde aportar algo. Ya no me bastará con decir: «¿qué piensas de nuestro mundo?». Pero te preguntaré: «¿qué aportas a nuestra sociedad?». ¿Qué haces para remendar este país nuestro, donde tenemos la suerte y el don de existir? Y si César se equivoca, mi tributo será corregirlo; y si roba, le llevaré el tributo de la conciencia que le recuerda sus deberes.

 

Jesús introduce la segunda novedad provocadora con la referencia a Dios. Esta es la verdadera cuestión a la que quiere responder, la elección decisiva: qué hay que rendir a Dios. A César le corresponde una cosa: la moneda. A Dios le corresponde la persona, con todo su corazón, con toda su mente, con todas sus fuerzas.

 

Yo, como talento que lleva la efigie de Dios, debo devolver nada menos que a mí mismo. Debo devolver mi vida, haciendo brillar la imagen acuñada en mí, progresivamente, hasta llegar a ser, finalmente, hombre.

 

Devolved a Dios lo que es de Dios. Palabra que le dice a César: no te apropies del hombre. No robes al hombre. El hombre es cosa de Otro. Cosa de Dios. A mí me dice: no inscribas en el corazón pertenencias que no sean de Dios.

 

Libre y rebelde ante todo intento de posesión, repite a César: yo no te pertenezco. Proclama las obras maravillosas de Dios, no las de César. No vivas sin misterio. Sin el asombro de estar vivo. 

II 

Una pregunta trampa, una pregunta maliciosa, concebida para avivar las tensiones y las divisiones: «¿Es lícito o no pagar impuestos a Roma?». Al enemigo, al invasor. Planteada a Jesús, que pretendía eliminar el concepto mismo de enemigo.

 

Si tuviéramos entre nuestras manos esa moneda romana, comprenderíamos mucho más: el perfil del emperador no era un simple homenaje al César de turno, sino que indicaba la propiedad: él era el dueño de ese oro y quien lo tenía en la mano no era más que un poseedor temporal. «Esta moneda pertenece a César, no tenéis más que devolverla». 

Pero la profecía de Jesús surge en la segunda parte de la respuesta, cuando a la cuestión política e histórica, sobre la relación entre el hombre y el hombre, responde llevándonos a lo más profundo, a la relación entre el hombre y Dios. La inscripción de la moneda decía «al divino César» o «al Dios César». Es precisamente esta síntesis peligrosa la que Jesús quiere desactivar: César no es Dios. 

«Dad a Dios lo que es de Dios». Pero, ¿qué le per­tenece? «La tierra, el universo y todos los seres vivos» (Salmo 24,1); «yo pertenezco al Señor» (Isaías 44,5). 

Al César le corresponden las cosas, a Dios las personas. El César no tiene derecho de vida y de muerte sobre las personas, no tiene derecho a violar su conciencia, no puede apoderarse de su libertad. Al César no le corresponden el corazón, la mente ni el alma. Le corresponden solo a Dios. 

A todo poder humano se le dice: No te apropies del hombre. El hombre es cosa de Otro. Cosa de Dios. A mí me dice: No inscribas en el corazón pertenencias que no sean de Dios. Libre y rebelde ante toda tentación de posesión, repito al César: Yo no te pertenezco. 

La respuesta de Jesús tiene por objeto ampliar el problema: no se trata de teorizar sobre la autonomía de las realidades mundanas, ni sobre la separación de poderes, sino de llegar a las mismas raíces del poder y volverlas hacia el sol y el aire. 

Para Jesús, Dios no es el poder más allá de todo poder, es amor. No es el dueño de las vidas, es el servidor de los que viven. No un César más grande que los demás césares, sino un siervo que sufre por amor. Una forma totalmente diferente de ser Dios. 

Jesús utiliza un verbo que no significa solo «dad», sino más precisamente «devolved», «devolvedlo». Porque nada de lo que tienes es tuyo, no eres dueño de nada, salvo de tu corazón. Eres hijo de un don, que viene de antes que tú y va más allá de ti. Tú, talento de oro, don que lleva acuñada la imagen de Dios, debes devolver nada menos que a ti mismo, pero solo a Él. 

III 

Ante la pregunta maliciosa y astuta de quien quiere enfrentarlo, ya sea contra Roma o contra su propio pueblo, Jesús responde yendo más allá, como es habitual en Él, y con dos cambios de perspectiva que amplían los horizontes de la pregunta. 

Con el primer cambio de perspectiva, sustituye el verbo «pagar» - ¿es lícito pagar impuestos? - por «devolver»: lo que es de César, devolvédselo a César. Con el segundo cambio, introduce la perspectiva de Dios. 

En primer lugar, habla de un «dar y recibir»: vosotros utilizáis esta moneda, es decir, os servís del Estado romano que os garantiza carreteras, justicia, seguridad y mercados. Habéis recibido y ahora devolvéis. Todos pagáis impuestos por un servicio que nos concierne a todos. 

¿Cómo no aplicar esta sencilla claridad de Jesús a nuestros días, en los que la crisis económica trae consigo un debate sobre medidas económicas, impuestos,…? 

«Devuelve, porque estás en deuda». Estoy en deuda con mis padres, amigos, profesores, médicos, con la historia de este país, con quienes me enseñaron a amar y a creer, me transmitieron afecto y valores, con los poetas y los científicos, los buscadores de Dios, con millones de trabajadores desconocidos, con toda mi sociedad. Mi vida es un entramado de deudas; he recibido infinitamente más de lo que he dado. 

¿Devolverle a César, en quien confío poco? ¿A César, que roba? Sí, pero a la manera de Jesús, quien no hacía distinciones, como reconocen los fariseos: entonces, si César se equivoca, mi tributo consistirá en corregirlo; y si roba, le recordaré la voz de la conciencia y el deber de la justicia. 

El segundo cambio de perspectiva introduce la dimensión espiritual. De Dios has recibido, a Dios devuelves. De Él proviene el aliento, el querer y el actuar, el gozo y el amor, los talentos, la semilla de eternidad depositada en ti; suyo es el jardín del mundo. Ante Él, como ante el hombre, no somos pretendientes, sino deudores agradecidos. 

Si tuviéramos entre las manos aquella moneda romana, comprenderíamos algo más. La inscripción decía: «divo Caesari», «al divino César pertenece». Jesús separa de raíz la unidad de estas dos palabras: César no es Dios. Una cosa es César, otra es Dios. 

De Dios es el hombre, ese hombre al que Él ha hecho apenas inferior a un Dios. A César las cosas, a Dios la persona. A mí me dice: no grabes en tu corazón otras pertenencias que no sean de Dios. Mantente libre y rebélate ante toda tentación de venderte o de dejarte poseer. 

Y repite al poder: yo no te pertenezco. A todo poder humano, Jesús le dice: no te apropies del hombre, no te pertenece. El hombre es cosa de Dios. Es una criatura que lleva a Dios en la sangre. 

IV 

La trampa está bien tramada: ¿Es lícito o no pagar el tributo a Roma? ¿Defiendes los intereses de los invasores o los de tu pueblo?

 

Fuera cual fuera la respuesta, Jesús habría arriesgado la vida, ya fuera por la espada de los romanos o por la daga de los zelotes. Jesús no cae en la trampa: los llama hipócritas, es decir, actores, comediantes; vuestra vida es una representación para que os vea la gente (Mt 6,5)...

 

Mostradme la moneda del tributo. Estamos en Jerusalén, en la zona sagrada del Templo, donde no debía entrar ninguna efigie humana, ni siquiera en las monedas. Por eso había cambistas en la entrada.

 

Los fariseos, los devotos, con su religiosidad ostentosa, llevan consigo, en el lugar más sagrado para el Señor, la moneda pagana prohibida, el dinero del emperador Tiberio, y así son ellos quienes se oponen a la ley y confiesan cuál es en realidad su Dios: su ídolo es el dinero. Siguen la ley del dinero, y no la de la Torá. Los farsantes quedan desenmascarados.

 

«¿Es lícito pagar?», habían preguntado. Jesús responde cambiando el verbo, de «pagar» a «devolver»: «Dad, pues, a César lo que es de César y a Dios lo que es de Dios». César no es solo el Estado con sus instituciones y sus rostros conocidos, sino toda la sociedad en cuyas relaciones todos nos humanizamos.

 

«Habéis recibido, devolved»: vosotros os beneficiáis del Estado que os garantiza carreteras, seguridad, mercados. Devolved, devolved (el «give back» de los anglosajones), como en un intercambio, todos pagáis el tributo por un servicio que llega a todos.

 

¿Cómo no aplicar esta sencilla claridad de Jesús a nuestros días de arduas reflexiones sobre la crisis económica, las medidas de austeridad, los impuestos,…?

 

Jesús completa la respuesta con un segundo díptico: «Dad a Dios lo que es de Dios». Estamos inmersos en la gratuidad: de Dios es la tierra y todo lo que contiene; el hombre y la mujer son un don que proviene de más allá, algo de Dios. Devuélvelos a Él honrándolos, cuidándolos como si fueran un tesoro.

 

Cada mujer y cada hombre son talentos de oro que se te ofrecen para tu bien; son, en el mundo, las verdaderas monedas de oro que llevan grabada la imagen y la inscripción de Dios. Al César las cosas, a Dios la persona, con todo su corazón, su belleza, su luz y la memoria viva de Dios.

 

A cada uno de nosotros, Jesús nos recuerda: mantente libre de todo imperio, rebélate ante toda tentación de venderte o de dejarte poseer. Repite al poder: «No te pertenezco».

 

A todo poder humano, Jesús le recuerda: No te apropies del hombre. No lo violes, no lo humilles, no lo manipules: es cosa de Dios, misterio y prodigio que lleva al Creador en la sangre y en el aliento. 

V 

La trampa está bien tramada: ¿Es lícito o no pagar el tributo a Roma? ¿Estás del lado de los invasores o del de tu pueblo? 

Cualquiera que fuera su respuesta, Jesús habría arriesgado la vida, ya fuera a manos de la espada de los romanos, como instigador de la revuelta, o a manos de la daga de los zelotes, como partidario de los ocupantes. 

Los herodianos y los fariseos, dos figuras conocidas del panteón del poder, a pesar de ser enemigos acérrimos entre sí, en este caso se alían contra el joven rabino, cuyas palabras temen y cuya carrera quieren acabar. 

Pero Jesús no cae en la trampa, sino todo lo contrario: los llama hipócritas, es decir, farsantes; vuestra existencia es una farsa. 

Mostradme la moneda del tributo. Estamos en Jerusalén, en la zona sagrada del Templo, donde estaba prohibido introducir cualquier figura humana, aunque estuviera acuñada en las monedas. Por eso había cambistas en la entrada. 

Los fariseos, los puros, con su religiosidad ostentosa, llevan al interior del lugar más sagrado de la nación la moneda pagana prohibida con la efigie del emperador Tiberio. Los farsantes quedan desenmascarados: son ellos, los observantes, quienes violan la norma, demostrando que siguen la ley del dinero y no la de Moisés. 

Dad, pues, al César lo que es del César. «¿Es lícito pagar?», habían preguntado. Jesús responde empleando otro verbo, «devolver», como si se tratara de un intercambio: antes habéis recibido, ahora devolved. La lista es larga: he recibido educación, sanidad, justicia, cohesión social, servicios para los más vulnerables, cultura, asistencia… ahora devuelvo algo. 

Dad al César, es decir, pagad todos los impuestos por los servicios que llegan a todos. ¿Cómo no aplicar esta claridad inmediata de Jesús a nuestros días de arduas reflexiones sobre maniobras financieras, impuestos y Hacienda? 

Y añade: «Dad a Dios lo que es de Dios». De Dios es la tierra y todo lo que contiene; el hombre es cosa de Dios. De Dios es mi vida, que «Él ha hecho resplandecer por medio del Evangelio» (2 Tim 1,10). Ni siquiera ella me pertenece. 

Cada hombre y cada mujer vienen al mundo como vidas que resplandecen, como talentos de oro en los que está acuñada la imagen de Dios y la inscripción: tú perteneces a su cuidado, estás inscrito en su Amor. Devuelve a Dios lo que es de Dios, es decir, a ti mismo. 

Al César las cosas, a Dios las personas. Al César el oro y la plata, a Dios el hombre. A mí y a cada persona, Jesús nos repite: no perteneces a ningún poder, mantente libre de todos, rebélate ante toda tentación de dejarte esclavizar. 

A todo poder humano, el Evangelio le dice: No te apropies del hombre. No lo violes, no lo humilles: es cosa de Dios; cada criatura es un gran prodigio que lleva al Creador en la sangre y en el aliento. 

VI

 

Vienen a ver a Jesús y le plantean una pregunta capciosa, de esas que desatan el odio y crean enemigos: ¿es lícito o no pagar impuestos a Roma?

 

Son partidarios de Herodes, el rey títere de Roma, de sangre mestiza idumea; junto a ellos están los fariseos, los puristas que sueñan con una teocracia bajo la ley de Moisés. No se soportan entre sí, pero hoy se alían contra un enemigo común: el joven rabino cuyas ideas temen y cuya carrera como predicador quieren acabar.

 

La trampa está bien urdida: ¡elige: o estás con nosotros o contra nosotros! ¿Pagar o no pagar impuestos al Imperio?

 

Jesús responde con un doble cambio de perspectiva. El primero: sustituye el verbo «pagar» por el verbo «devolver»: devolved, dad al César lo que es del César. «Devolved», un imperativo contundente, que implica mucho más que unas pocas monedas, que debe dar forma a toda la vida: devolved, al César y a Dios, a la sociedad y a la familia, a los demás y a la casa común, algo a cambio de lo que habéis recibido.

 

Todos estamos enredados en un entramado de dones. Vivimos del don de una hospitalidad cósmica. La deuda de existir, la gran deuda de vivir, solo se paga devolviendo mucho a la vida. Dad al César.

 

Pero, ¿quién es el César? ¿El Estado, el poder político, con su panteón de rostros muy conocidos y poco queridos? No, el César significa mucho más que eso. Me atrevo a pensar que el verdadero nombre de César hoy en día es que mi contraparte no sea solo la sociedad, sino el bien común: la tierra y los pobres, el aire y el agua, el clima y las criaturas, el único arca de Noé en la que todos estamos embarcados, y no hay otra de reserva.

 

El segundo cambio de paradigma: César no es Dios. Jesús le quita a César su pretensión divina. Devolved a Dios lo que es de Dios: de Dios es el hombre, hecho poco inferior a los ángeles (Salmo 8) y, al mismo tiempo, poco más que un soplo de viento (Salmo 44), una mecha humeante, pero que Tú no apagarás. En mi mano llevo grabado: «Yo pertenezco a mi Señor» (Isaías 44,5).

 

Son palabras que llegan como un decreto de libertad: tú no perteneces a ningún poder, permanece libre de todos, rebélate a toda tentación de dejarte esclavizar, eres el guardián de la libertad (Hebreos 3,6).

 

Sobre todo poder humano se extiende la orden: no pongas tus manos sobre el hombre. El hombre es el límite insuperable: no te pertenece, no lo violes, no lo humilles, no abuses de él; lleva al Creador en la sangre y en el aliento.

 

¿Qué le devolveré a Dios? El respirar con Él, el triple cuidado: de mí mismo, del mundo y de los demás, y el asombro de que todo es un don. 

VII 

Siempre necesitamos pertenecer a alguien. Todos somos como la moneda romana que le muestran a Jesús: «Divo Tiberio», «pertenezco al divino Tiberio, hijo de Augusto». 

¿Y yo a quién pertenezco? ¿Quizás a las cosas, a los poderes fácticos, al pensamiento dominante, o bien a mis sueños, a los lazos vitales, al amor que siento y que, según me asegura la Biblia (cf. 1 Jn 4,16), es «Dios que ama en mí»? 

Los partidarios del imperio de Herodes y los independentistas del Sanedrín le plantean a Jesús una de esas preguntas incisivas que hacen enardecer al público y dividen a los espectadores: Maestro, tú que eres libre y dices las cosas como son, ¿qué relación tienes con César, con el poder? 

La respuesta de Jesús es aguda: como es habitual en Él, ante preguntas maliciosas o capciosas, eleva a los oyentes a otro plano, desconcertándolos con un doble cambio de perspectiva. 

Primer cambio: sustituye el verbo «pagar» por «devolver»: dad, devolved a César lo que es de César. Un imperativo contundente, que va mucho más allá de unas pocas monedas, que da un nuevo aliento a las relaciones: devolved lo mucho que habéis recibido, devolvéis, mirad hacia la fuente. 

Vivir es devolver la vida, que viene de antes que nosotros y va más allá de nosotros. Vivimos para devolver amor a quien, con amor, nos ha creado y nos hace vivir. Como la respiración: acoge y devuelve, no puedes retenerla, es un puro don. 

Segundo cambio de perspectiva: Jesús pone en juego su visión y su fuerza profética, cortando de raíz el vínculo entre las dos palabras grabadas en la moneda: «divino Tiberio». César no es Dios, Tiberio no es divino. 

Dad a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios. En este punto, Jesús se detiene; no se substituye a nosotros, no nos exime de la responsabilidad de usar nuestra inteligencia para evaluar, elegir y decidir qué es de César y qué es de Dios. 

Devolved a Dios lo que es de Dios: de Dios es la tierra y todo lo que contiene (Dt 10,14). También César pertenece a Dios. Cada persona lleva grabada la inscripción profética: «Yo pertenezco a mi Señor», «ha escrito en la mano: ¡del Señor!» (Isaías 44,5). 

Cada uno es una pequeña moneda de oro con, en alto relieve, la imagen y semejanza de Dios, coronada por una dedicatoria sagrada: «Soy de Dios». Cada uno es un talento enviado al mundo, para hacerlo fructificar y luego devolverlo al bien común. 

D este modo se entra en el circuito del don que Jesús establece en lugar de la posesión. No la acumulación, sino la restitución; no las puertas blindadas que protegen mis bienes, sino su circulación por las venas del mundo. El hombre vive de la vida donada. Primero recibida y luego devuelta. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¿De quién soy yo? - San Mateo 22, 15-21 -.

¿De quién soy yo? - San Mateo 22, 15-21 -   « ¿De quién son esta imagen y esta inscripción? »   La pregunta queda suspendida en un e...