lunes, 7 de septiembre de 2026

La muerte médicamente asistida.

La muerte médicamente asistida

En 1974 se firmó - con la firma también de premios Nobel como Jacques Monod - un llamamiento a favor de la eutanasia benéfica, que se publicó en la revista Humanist (vol. 34, n.º 4).

 

El llamamiento señalaba como «cruel y bárbaro» mantener con vida a una persona en contra de su voluntad cuando «la dignidad, la belleza y el sentido de la vida se han desvanecido y se ve afectada por un sufrimiento intolerable».

 

Para aquellos años, fue como lanzar una piedra gigantesca a un estanque en completa quietud.

 

Desde hace más de 50 años, los términos de la cuestión se han mantenido sustancialmente así, con un sinfín de argumentos a favor y en contra que, aún hoy, se entrecruzan.

 

Prueba de ello son los numerosos artículos publicados por las principales revistas médicas internacionales, las declaraciones públicas de políticos, las tomas de posición de personas influyentes en el ámbito científico o ético y, naturalmente, los documentos oficiales de la Iglesia Católica y de los Comités Nacionales de Bioética…

 

«¿Qué harías si pudieras decidir, al final de tu vida, exactamente dónde y cuándo debería producirse tu muerte? ¿Qué harías si, en lugar de morir solo y en plena noche, en una cama de hospital, pudieras estar en tu casa en el momento que tú eligieras? Podrías decidir quién debería estar en la habitación contigo, tomándote de la mano y abrazándote mientras dejas este mundo. ¿Y qué harías si un médico pudiera asegurarte que la muerte sería cómoda, pacífica y digna? ¿Qué harías si pudieras planificar una última conversación con cualquier persona a la que quisieras? Nunca más podrías volver a ver la muerte de otra manera» (Extraído de Stefanie Green, This is assisted dying (en castellano ‘Esto es la muerte asistida’), 2022).

 

Me parece que aquí se resume de manera gráficamente bastante clara cómo la muerte asistida se considera una opción que puede ofrecerse como muestra de compasión y humanidad, y a la que es muy difícil resistirse.

 

La muerte médicamente asistida significa, por tanto, permitir que los médicos y enfermeros ayuden a una persona que se encuentra al final de su vida, en determinadas circunstancias específicas, a elegir entre dos opciones posibles: la autoadministración por vía oral de medicamentos en dosis letales (suicidio asistido) o la administración de medicamentos directamente en vena por parte del médico o del enfermero.

 

La condición, similar y compartida por todas las legislaciones que la han introducid, es que exista una solicitud voluntaria por parte de una persona plenamente capaz de comprender y decidir, y, obviamente, sin ningún tipo de coacción; que haya un sufrimiento grave e intolerable, un deterioro irreversible y una muerte natural previsible.

 

Siempre en función de la legislación, se prevé una segunda evaluación independiente realizada por otro médico, un psicólogo y un médico especialista en cuidados paliativos, quien informa sobre la posibilidad de recibir una asistencia adecuada en un hospicio.

 

Todo el procedimiento debe estar debidamente documentado y evaluado por un juez para que pueda considerarse un acto médico despenalizado, tal y como prevén las leyes vigentes en el Estado.

 

La eutanasia, la muerte médicamente asistida y la propia expresión «ley sobre el final de la vida» no suponen en absoluto que sean simplemente «lo mismo», sino que encierran en su esencia un profundo cambio cultural sobre cómo, en su conjunto, damos sentido a la vida en momentos de grave sufrimiento cuando nos acercamos a la muerte.


Desde la percepción instintiva y censurable de la eutanasia como supresión de la vida (en pocas palabras, considerada un homicidio) hasta la ayuda médica, tan esperada por algunos, para una muerte rápida, digna y serena.

 

La oferta de la muerte asistida se ha ido convirtiendo en una realidad y muchos de nosotros tendremos que enfrentarnos a esta posibilidad.

 

Decir «» o «no» creo que podría convertirse en nuestro desafío existencial más personal, y conviene no esperar demasiado para buscar en lo más profundo de nuestra vida las razones de la decisión que tomaremos.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Olas de calor que vienen para quedarse.

Olas de calor que vienen para quedarse

Calor sin precedentes, sofoco agobiante, sequía persistente y una situación hídrica cada vez más crítica, salud en peligro. Y consecuencias económicas devastadora.

 

Esto bastaría para despertarnos.

 

Pero no es suficiente.

 

Sobre todo entre los «políticos» y en los partidos más populistas y, por tanto, entre quienes los siguen.

 

¿A qué se debe esta discrepancia entre lo que constatamos y sabemos y lo que estamos dispuestos a hacer o lo que no hacemos?

 

A menudo se responde: porque aún no se sabe lo suficiente; y se añade además, con resentimiento o escepticismo: porque se exagera.

 

Pero la realidad es otra.


Lo que habitualmente se denomina «hechos o problemas ecológicos» casi siempre va acompañado de tres verbos, como si fueran su sombra: reducir, limitar, renunciar.

 

Pero es innegable que esos tres verbos chocan con un concepto de libertad impuesto desde hace ya dos siglos, es decir, el de que la libertad es «ausencia de obstáculos».

 

Y entonces esos tres verbos adquieren un único significado: el de «pérdida».

 

Acentuado además por aquellos políticos o jefes de Estado que van más allá y hablan del «fin de la abundancia». Y nunca se ha visto que se gane una causa recurriendo a los mismos términos que aquellos que la rechazan.

 

¿Qué hacer, pues, cuando los hechos, como los que he mencionado, no bastan?

 

Hay quien ha propuesto un término nuevo, un poco complicado, quizá incluso repulsivo, para explicarlo: hipo-cognición. Lo que significa, sencillamente: ausencia de una idea de la que se tiene una necesidad urgente.

 

Y ahí es precisamente donde nos encontramos.


Cada ola de calor - que sin duda se repetirá y será peor - y cada inevitable restricción de agua y cada… nos hacen comprender los límites que se nos imponen.

 

Pero ninguna expresión, en nuestro lenguaje público, nos permite vivirlos de otra forma que no sea como una amputación.

 

La sociedad tiene, no obstante, una intuición acertada: la mayoría de nosotros valoramos tanto nuestra libertad como los ecosistemas que la hacen posible.

 

Dos necesidades que nunca se han formulado conjuntamente.

 

Y es esta labor —compuesta de discusiones y debates públicos repetidos, más aún que de nuevos informes— la que podrá decidir qué haremos ante los próximos récords de calor, sequía, salud amenazada, crisis hídrica, agricultura en apuros y precios de los alimentos que suben y merman nuestro poder adquisitivo.

 

Alguien me recordaba al anciano sabio Séneca: no es porque las cosas sean difíciles por lo que no nos atrevemos, sino porque no nos atrevemos por lo que se vuelven cada vez más difíciles.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Somos señores del sábado - San Marcos 2, 27 -.

Somos señores del sábado - San Marcos 2, 27 -

Jesús se encontró ante una clase religiosa que, poco a poco, había perdido el contacto con la realidad.

 

No se trataba solo de una rigidez moral o de un exceso de celo: había ocurrido algo más profundo.

 

La Ley, que había surgido como luz para guiar el camino del pueblo, había sido despojada de su espíritu original.

 

Lo que Dios había dado para que Israel pudiera caminar por el sendero de la vida se había convertido, en manos de los hombres de religión, en un sistema cerrado, una red de obligaciones capaz de aprisionar la existencia en lugar de protegerla.

 

En el Antiguo Testamento, los mandamientos no aparecen como una carga arbitraria impuesta desde arriba, sino como una palabra de alianza.

 

Dios señala a su pueblo un camino para que no se pierda, para que no entregue su libertad a los ídolos, para que aprenda a vivir en la justicia, en la memoria, en la fraternidad.

 

El mandamiento es, por tanto, un umbral abierto hacia la vida: educa el deseo, protege al débil, recuerda al hombre que no es dueño absoluto del mundo, sino un hijo llamado a recibir y a compartir.

 

Pero con el paso del tiempo, cuando el mandamiento se separa de la vida concreta de las personas, corre el riesgo de convertirse en un fin en sí mismo.

 

Ya no remite al Dios que libera, sino al control de quienes pretenden poseer a Dios. Ya no abre un camino, sino que establece límites insuperables. Ya no acompaña al hombre en su fragilidad, sino que lo juzga desde fuera.

 

Es aquí donde tiene lugar el proceso más peligroso: el vaciamiento del significado.

 

La forma permanece, pero el corazón está ausente; la norma sigue pronunciándose, pero ya no lleva en su interior el aroma de la misericordia.


Cuando la Ley se convierte en instrumento de opresión, significa que ha dejado de servir a la vida.

 

Una Ley nacida para hacer la existencia más humana puede transformarse, si es manipulada por el poder religioso, en una carga insoportable.

 

Entonces el sábado, que debía ser memoria de la liberación y espacio de descanso, se convierte en tribunal; el precepto, que debía proteger al hombre de la esclavitud, se convierte él mismo en una nueva esclavitud.

 

En nombre de Dios se acaba haciendo insoportable la vida que Dios mismo ha amado y bendecido.

 

Jesús se adentra en este engaño y lo desenmascara, no aboliendo el mandamiento, sino devolviéndole su significado profundo.

 

Él no desprecia la Ley: la lleva de vuelta a su origen.

 

Muestra que cada palabra de Dios se da para que el hombre viva, para que la mujer y el hombre recuperen la dignidad, el respiro, la posibilidad de un futuro.

 

Por eso puede decir que el Hijo del Hombre es señor del sábado: no porque el sábado carezca de valor, sino porque su valor reside en servir a la vida del ser humano; como recuerda el Evangelio según San Marcos 2, 27: «El sábado fue hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado».

 

En Jesús, el mandamiento vuelve a ser un amanecer: no una piedra colocada sobre el pecho de los vivos, sino una luz que surge para orientar los pasos.

 

La verdadera fidelidad no consiste en custodiar una norma vacía de su esencia, sino en dejarse guiar por su sentido más profundo.

 

El mandamiento es un don precioso cuando señala el camino de la vida y no el de la muerte, cuando abre a la libertad y no al miedo, cuando genera misericordia y no condena.

 

La religión, entonces, ya no es una prisión construida en torno al nombre de Dios, sino el espacio en el que el hombre vuelve a aprender a respirar, a reconocerse como hijo, a caminar en la luz.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 6 de septiembre de 2026

Encuentro y diálogo.

Encuentro y diálogo 

Dos historias, dos religiones que se encuentran, dialogan y no se demonizan. 

Se despiden con respeto, y el Sultán ofrece a Francisco unos regalos. 

Entre ellos, un cuerno de marfil, un instrumento creado para la caza o para llamar a la oración, convertido en símbolo de una tregua real. 

Recordar esta historia en tiempos como estos es un acto de resistencia civil y espiritual. 

De hecho, de forma latente, crece un desprecio hacia el otro y hacia su fe que se alimenta de algoritmos, ignorancia, cinismo, miedo, fobia...  

Vivimos en la era de la polarización exacerbada, donde la identidad se construye por sustracción: yo existo en la medida en que te destruyo, te menosprecio o te demonizo. 

El diferente ya no es un misterio por descubrir ni alguien con quien confrontarse, sino un blanco cómodo sobre el que proyectar nuestros miedos colectivos. 

Sino una amenaza de la que hay que protegerse con alambradas, reales o mentales. 

En un escenario alimentado, lamentablemente, también por muchos que se profesan cristianos, lo que ocurrió en Damieta en 1219 deja de ser un capítulo desvanecido de la historia medieval y se convierte en un manifiesto geopolítico de gran actualidad. 

Alrededor de aquella tienda se oía el estruendo de la Quinta Cruzada, convocada por el Papa Inocencio III para golpear el poder musulmán en Egipto y utilizarlo como moneda de cambio para recuperar Jerusalén: la sangre, el fanatismo ideológico, los cálculos de poder, el derecho de la fuerza. 

Afuera se clamaba por la «guerra santa» desde ambas orillas del Mediterráneo. 

Pero dentro de esa tienda, Francisco y Al-Malik al-Kamil llevaron a cabo el único milagro verdadero posible en tiempos de guerra: se miraron a los ojos sin que el prejuicio se interpusiera entre ellos. 

Ninguno de los dos cedió ni un milímetro en su fe. 

No hubo lugar para un sincretismo débil o de fachada. 

Francisco siguió siendo el loco de Dios, el cristiano radical; el Sultán siguió siendo el firme defensor del Islam. 

Y, sin embargo, descubrieron que la fidelidad a las propias raíces no tiene por qué cavar trincheras, sino que puede tender puentes. 

Hablaron no a pesar de su fe, sino a través de ella, reconociendo en el otro el mismo deseo de lo Absoluto. 

El cuerno de marfil es el vestigio arqueológico de una paz olvidada. Ese regalo nos dice que el encuentro siempre deja huella, influye en el futuro y desarma las manos. 

Hoy, mientras el desprecio insidioso amenaza con adormecer nuestras conciencias, necesitamos desesperadamente recuperar el valor de Damieta. 

El valor de cruzar las líneas enemigas, no para conquistar o convertir por la fuerza, sino para dar cabida a la escucha. 

Porque la alternativa al diálogo no es la victoria de una civilización sobre otra, sino la ruina común y definitiva de nuestra humanidad. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Posdata:

Lo dejo como un último apunte de mi reflexión. El vértigo de acontecimientos y de documentos me asusta. Y en medio de todo ello, y como dice un hermano mío, la memoria es una facultad que olvida. 

Quisiera traer a colación otro encuentro y diálogo. Uno que tuvo lugar en este siglo XXI: el 4 de febrero de 2019 en Abu Dabi. También, entonces, dos líderes religiosos cristiano y musulmán, se dieron un abrazo. Eran el Papa Francisco y Ahmed-el Tayeb (Gran Imán de Al-Azhar de El Cairo). 

Tengo para mí que es un documento quizá hasta ya olvidado (en este vértigo de documentos y acontecimientos) pero de una grande actualidad en el presente y de una gran inspiración para lo que quisiéramos esperar y promover en el futuro.

Te invito a refrescar su lectura y reflexión: https://www.vatican.va/content/francesco/es/travels/2019/outside/documents/papa-francesco_20190204_documento-fratellanza-umana.html

sábado, 5 de septiembre de 2026

¿La conversión más difícil? - San Mateo 18, 15-20 -.

¿La conversión más difícil? - San Mateo 18, 15-20 -

La fraternidad no surge porque seamos buenos.

 

Surge porque nadie se salva por sí solo.

 

Imaginarnos como una comunidad de «puros» y «perfectos» es una tentación antigua de la que, incluso hoy, la Iglesia debe guardarse y no dejarse seducir.

 

El Evangelio, en cambio, la presenta como el lugar de los sanados que siguen necesitando sanación.

 

No somos el trigo bueno separado de la cizaña. Somos trigo que crece en medio de la cizaña.

 

Somos hombres y mujeres hechos de luz y de sombra.

 

Cuerpos antes incluso que ideas.

 

Cuerpos que se rozan, se chocan y, a veces, se hieren.

 

Tantas veces hemos descubierto… descubrimos… y descubriremos que la fragilidad es nuestro lenguaje común.

 

La fraternidad no consiste en no caer nunca.

 

Consiste en seguir levantándonos juntos.


Jesús no dice: «Si un hombre te hiere». Dice: «Si tu hermano...»

 

Antes de la herida y de la culpa está la relación. Antes del error está el vínculo.

 

El Evangelio nunca identifica a una persona con su pecado. Aunque se equivoque, sigue siendo tu hermano.

 

Y quizá esta sea la conversión más difícil: seguir viendo a alguien como hermano precisamente cuando se ha vuelto difícil reconocerlo como tal.


«Si te escucha, habrás ganado a tu hermano».

 

Jesús no habla de ganar una discusión. No dice que haya que demostrar quién tiene razón. No invita a defender la propia imagen.

 

La única victoria del Evangelio es no perder a nadie.

 

El hermano no es un adversario al que convencer y mucho menos al que derrotar.


Es una vida que hay que cuidar.

 

Por eso Jesús sugiere un camino paciente.

 

Encontrarse. Hablar. Escuchar. Volver a empezar. Involucrar a otros. Intentarlo de nuevo. Hacer todo lo posible por no resignarse a la distancia, por no buscar la exclusión. Hacer todo lo posible por «ganarse al hermano».



Toda comunidad sufre heridas. La pregunta es sencilla: ¿qué hacemos con el dolor que recibimos? ¿Lo devolvemos? ¿O lo transformamos?

 

Es el corazón mismo del Evangelio. Jesús rompe la cadena del mal. No devuelve el golpe. Absorbe la violencia. La transforma en perdón. Toda fraternidad nace aquí.

 

Al final, Jesús vuelve a sorprendernos. No promete su presencia donde todo funciona, donde todos están de acuerdo o donde no hay heridas. La promete donde dos o tres siguen obstinadamente reuniéndose en su nombre.

 

La comunión no es la ausencia de conflictos. Es la decisión de no permitir que el conflicto tenga la última palabra.

 

La paz nace cada vez que alguien elige reanudar un diálogo, recomponer una ruptura, cuidar un vínculo en lugar de romperlo.


Así comprendemos la última promesa: «Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

 

Jesús no dice: donde son perfectos. No dice: donde siempre tienen razón. Dice: donde siguen reuniéndose.

 

Jesús no habita en una comunidad perfecta. Habita en una comunión que se renueva continuamente.

 

Quizá el mayor milagro de la Iglesia no sea el de estar libre de heridas.

 

Sino que, en sus heridas, siga reuniéndose en torno al Señor y siga creyendo y llamándose a la fraternidad.

 

Allí, el Reino de Dios ya se hace presente.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


Posdata:


¿Recuerdas aquella expresión del hijo mayor al padre de la misericordia: "ese hijo tuyo"? La respuesta de aquel padre comienza con una declaración de principio: "ese hermano tuyo".

No temas llevarte contigo a María.

No temas llevarte contigo a María

Celebramos el nacimiento de María. A nosotros, como a José aquel día, se nos repite: «No temas tomar contigo a María». Sabemos lo que significó para José aceptar esta invitación del ángel. Pero, ¿qué podría significar para nosotros?

 

En primer lugar, aprender a aceptar la discordia y la contradicción. Habríamos esperado quién sabe qué relato del momento en que la Madre del Señor vio la luz. Y, en cambio, nada de eso. En esa larga lista de nombres que va desde Abraham hasta José, María casi se pierde.

 

Y, sin embargo, precisamente esa lista de nombres —la mayoría de los cuales hasta podrían no ser los más adecuados para la generación del Hijo de Dios— nos devuelve un dato con el que esta fiesta nos pide que nos midamos: la trama de nuestras vicisitudes, a veces no tan armónicas y contradictorias, nunca representa un impedimento definitivo para que Dios lleve a cabo su plan de salvación sobre la humanidad.

 

A esta conciencia no se llega sino gracias a la fe, que es precisamente la capacidad de mantener unidas la promesa de Dios y aquello con lo que nos enfrentamos humanamente cada día.

 

María se habrá preguntado sin duda cómo mantener unidas las cosas que el ángel le había anunciado sobre ese niño: «Será grande, será llamado Hijo del Altísimo»... y, por ejemplo, ese nacimiento fuera de casa. Él, la realización de las expectativas de Israel, rechazado precisamente por su pueblo. ¡Qué contradicciones!

 

Pero el designio de Dios sobre la historia se cumple siempre a través de lo humanamente inconciliable.

 

Todo se reinterpreta como una pieza que poco a poco compone lo que más le importa a Dios: una humanidad reconciliada. 


Y en este sentido, cada nacimiento representa el nuevo injerto que Dios realiza en el tronco de la humanidad: una nueva posibilidad ofrecida para que la vida supere las resistencias y las dificultades.


Verdaderamente «todo contribuye al bien de los que aman a Dios» (Romanos 8,28). Nuestra vida, por pobre y frágil que sea, no está marcada por el azar y mucho menos abandonada al caos. Una atención amorosa acompaña los pasos de nuestro vagar...

 

¡Qué hermoso sería poder continuar esa genealogía hasta llegar a nosotros! Todos nuestros nombres, que reciben luz de ese fruto maduro, que es Dios con nosotros, Dios mezclado con nosotros. 


Esta larga genealogía que llega hasta mí me habla de la fidelidad de Dios a nuestra tierra, a nuestra humanidad.

 

Precisamente por eso no puedo caer en actitudes de desesperación. Si Dios es fiel a mi tierra, no puedo desesperar de los hombres y mujeres de hoy. 


Dios vincula el milagro de su presencia a la cotidianidad de mis días y a la sucesión de nuestros nombres.

 

Entonces, se puede aprender a pensar nuestra vida como una experiencia a través de la cual el Señor Jesús puede tener derecho de residencia en la historia. 


Una normalidad transparente, la de María. Nada excepcional en sus días. Solo mucha disposición a confiar en una palabra que venía de otro lugar distinto a sus planes y proyectos.

 

Casi una especie de inconsciencia la suya, y sin embargo, ¡qué le permitió realizar eso de no complicarse la vida con razonamientos vacíos!

 

Tomar consigo a María significa aún no escandalizarse por la pequeñez propia y ajena. El Evangelio nunca devuelve un rasgo de vergüenza por la medida de la pequeñez cuando esta se manifiesta en el plano de la cantidad o en el de la eficiencia.

 

¿Qué era María y quién era María en relación con aquello para lo que era interpelada? Sin embargo, es por ese camino por el que Dios se abrió paso en la historia de la humanidad.

 

Nuestras proyecciones siempre nos han llevado a pensar en Dios como algo más allá de la medida más grande. En cambio, Dios se muestra desde siempre «convertido» al encanto de la pequeñez. Incluso se vacía.

 

Nada del Altísimo puede conocerse sino a través de lo Infinitamente Pequeño, a través de este Dios a la altura de un niño engendrado en el vientre de una mujer que lleva por nombre... María.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF



viernes, 4 de septiembre de 2026

Su nombres es “hermano” - San Mateo 18, 15-20 -.

Su nombre es “hermano” - San Mateo 18, 15-20 -

Jesús conoce bien la sutil tentación que acecha en toda relación.

 

Juzgar al otro basándonos en lo que ha hecho, en cómo se ha comportado con nosotros, en el bien o el mal que nos ha hecho.

 

Por eso les hace a los suyos una invitación muy precisa: que nunca perdamos la palabra «hermano».

 

Y si me traicionara, sigue siendo hermano. Si me tratara mal, si estuviera equivocado, si se equivocara, sigue siendo «hermano». En el momento en que elimino esta palabra, algo del otro ya empieza a morir dentro de mí.

 

Puedo llevar una herida real en la piel, pero la primera forma de impedir que el mal eche raíces es no permitirle cambiar el nombre del otro: «hermano». Sigue siendo hermano, hermana, esposa, marido, amigo, hijo.

 

El mal puede romper un vínculo, pero no debe tener el poder de decidir quién es el otro para mí: «hermano».


Las Escrituras relatan desde las primeras páginas lo frágil que es la relación.

 

El hombre se aleja de la confianza de los orígenes y, de inmediato, se resquebraja la relación con Dios, con la tierra, entre hombre y mujer, entre hermanos.

 

Caín ya no es capaz de ver a Abel como a un hermano. Cuando Dios le pregunta: «¿Dónde está tu hermano Abel?», Él responde: «¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?»

 

Es una pregunta que atraviesa toda la historia de la humanidad.

 

Sí, somos guardianes, vidas que hay que custodiar. Eso es lo que somos a los ojos de Dios.

 

Cada uno de nosotros, sin excepción, es una existencia confiada al cuidado de alguien desde el principio hasta el final.

 

Cuidar significa atención, presencia, esmero.

 

Significa velar para que no se pierda en el otro aquello que aún puede vivir.


Dios mismo se presenta como aquel que cuida.

 

Cuando Adán y Eva, tras el pecado, se descubren desnudos e intentan cubrirse con hojas de higuera, Dios no los expone a la vergüenza, sino que les prepara túnicas.

 

El pecado no se niega, pero el pecador no es entregado a su propia desnudez.

 

Dios no avergüenza, sino que cuida.

 

Dios no acusa, perdona.

 

Precisamente porque tu hermano es una vida que hay que proteger.

 

Si tu hermano peca contra ti, levántate... sal de ti mismo..., ponte en camino... y ve.

 

Ve, la invitación se dirige ante todo a quien ha sufrido la ofensa. Esto es lo que hace que la palabra Jesús tan exigente.

 

El sentido común diría: «Pero si él se ha equivocado, que venga él; si de verdad le importa la relación, que dé él el primer paso».

 

El Evangelio, en cambio, pone en marcha precisamente a quien ha sido herido, no porque deba fingir que no ha pasado nada.


Jesús dice con claridad: «Si tu hermano peca, el mal es real, la herida no se minimiza».

 

Pero precisamente porque la sientes en tu propia piel, no dejes que se convierta en inmovilidad, distancia, orgullo.

 

Una relación puede morir incluso sin grandes gestos; a veces muere solo porque ya nadie se mueve.

 

Y cuando vayas, hazlo a solas con él.

 

¡Qué delicadeza hay en estas palabras!

 

Jesús no envía al hermano herido a la plaza, no le entrega un público ante el que demostrar que tiene razón.

 

Le confía el lugar de la discreción.

 

Antes de contarle a todo el mundo lo que ha hecho el otro, habla con él. Antes de convertir una culpa en una reputación, reúnete con él.

 

No todo lo que es verdad hay que decírselo a todo el mundo. Hay verdades que, expuestas sin cuidado, se convierten en otra forma de violencia.

 

Incluso la corrección debe ser manejada con cuidado.

 

No se corrige a alguien cuando la ira se ha apoderado de las palabras.

 

Se corrige cuando se vuelve a ser capaz de ver en el otro no a alguien a quien poner en su sitio, sino a alguien a quien no queremos perder.


Los Padres del desierto hablaban de la corrección hecha con dulzura, no porque el mal sea poca cosa, sino porque precisamente cuando el mal es grave, hay que impedir que genere más mal.

 

El otro se ha equivocado, pero no es su error.

 

Ha mentido, pero no es su mentira.

 

Ha traicionado, pero su vida no coincide con la traición que ha cometido.

 

Sigue siendo arcilla en las manos de Dios, igual que yo.

 

Jesús propone entonces un camino.

 

Primero, a solas entre tú y él; luego, si no te escucha, lleva contigo a una o dos personas más. Por último involucra a la comunidad.

 

No se trata de una exposición progresiva del otro, sino de una ampliación progresiva del cuidado.

 

Si mi amor no basta, lo intento con el de otro. Si aún así no basta, recurrimos a la comunidad, para que nadie se quede solo en su error.

 

Cuando un hermano se pierde, a todos nos falta algo.


Jesús no se limita a decir que somos hermanos, sino que lleva hasta el final todo lo que esta palabra implica.

 

Y es significativo que, en el Evangelio de San Juan, llame «hermanos» a los discípulos justo después de la Pascua. «Ve y diles a mis hermanos» (Jn 20, 17). Los llama hermanos después de que huyeran, hermanos después de que Pedro lo negara, hermanos después de que lo dejaran solo. La Pascua no borra lo que han hecho, sino que muestra que su pecado no ha logrado borrar el nombre con el que Jesús sigue llamándome. Hay un «hermanos» que no se rompe.

 

Cuidar es precisamente esto: no permitir que el mal tenga la última palabra sobre la vida de alguien y seguir viendo en el otro lo que su error no logra borrar, seguir llamándole por su nombre más verdadero: «hermano».

 

Cuando nos convertimos en guardianes de la vida de los demás, algo del cielo ya ha encontrado su lugar en la tierra.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La muerte médicamente asistida.

La muerte médicamente asistida En 1974 se firmó - con la firma también de premios Nobel como Jacques Monod - un llamamiento a favor de la eu...