Calladita estás más guapa
Seguramente ya nadie se acuerda de aquella vez en la que un Presidente de un Estado democrático se dirigió a una periodista con las palabras «Quiet, piggy» - ‘Cállate, cerdita’ -, mientras ella le pedía aclaraciones sobre los documentos relacionados con un caso.
Me refiero a este hecho: https://www.youtube.com/watch?v=ayM_qd2JrBU
No es la primera vez, ni será la última, que el Presidente
de los Estados Unidos de América utiliza un lenguaje de este tipo hacia una
mujer.
Dándole vueltas a algunos de los acontecimientos
recientes del circo político en el que vivo - prefiero obviar nombres de los líderes políticos
en cuestión - hasta imagino que cierto tipo de gesto no debe interpretarse como un
episodio puramente personal, sino que forma parte de una dinámica social
consolidada que está experimentando un nuevo resurgimiento.
“Calladita estás más guapa”. “Más
discreta estás mejor”. “El silencio te favorece”. “Te ves
mejor en silencio”,…, son algunas frases de cierta arrogante preponderancia masculina…
Estas, y otras, son formas más o menos groseras y obscenas del lenguaje para
herir la dignidad de las mujeres.
El lenguaje siempre ha funcionado como un instrumento
de poder: el cuerpo y la voz femeninos se convierten en el terreno en el que poder
reproducir y ejercer un orden de género muy arraigado.
Por ejemplo, la historia muestra un patrón claro: los
hombres hablan de los cuerpos de las mujeres, los juzgan y los ridiculizan,
mientras que las mujeres rara vez hablan de los cuerpos masculinos y, cuando lo
hacen, su impacto público es mínimo.
La voz masculina es la medida del mundo y casi siempre
son los hombres los que se permiten gestos y comentarios de esta magnitud.
La crítica a una mujer en base a su forma, talla o apariencia de su cuerpo - en inglés se llama ‘bodyshaming’ - representa el primer campo de batalla.
El primero porque a él se suman otras formas de menosprecio, como las formas de comentarios indeseables, gestos poco elegantes, silbidos, persecuciones, insinuaciones sexuales persistentes y manoseos - catcalling - y aquellas otras formas en las que se explica algo a alguien en un modo que sugiere que la otra persona es estúpida, y que es usado especialmente cuando un hombre explica a una mujer algo que ella en realidad ya entiende - mansplaining -.
Nada de esto es anecdótico, episódico,
ocasional…, sino casual porque refleja una construcción cultural milenaria en
la que el poder, público y privado, es históricamente masculino y se ha
normalizado toda forma de arrogante prepotencia.
Hablar, juzgar y ridiculizar a las mujeres sigue
siendo, en parte, socialmente tolerado, mientras que la voz femenina, cuando
intenta imponerse, se percibe como anómala, fuera de lugar o agresiva.
El privilegio masculino también se manifiesta en la
libertad de utilizar el lenguaje como arma sin sufrir consecuencias
equivalentes.
Alguien pensará que las arenas del poder han cambiado.
Puede ser. Pero, incluso si así fuera, la estrategia persiste: se declina en
las redes sociales, en los editoriales y en los debates públicos.
Las formas cambian, la función permanece.
Por ejemplo, cuando se discrepa. Discrepar no significa necesariamente hacerlo con agresividad, pero parece que para muchos hombres esta es la única forma posible.
El cuerpo de las mujeres ha sido considerado
históricamente como una propiedad, una metáfora moral y un objeto de control, y
la frecuencia con la que los hombres lo comentan sigue indicando la
sistematicidad del sexismo lingüístico.
Hablar de ello es un ejercicio de dominio y, aún hoy,
el lenguaje cotidiano conserva estos códigos, a menudo sin plena conciencia.
Este mecanismo también se observa en las interacciones
cotidianas: los comentarios sobre la ropa, el peso, la voz o la forma de hablar
siguen siendo objeto de debate o denigración, aunque de forma diferente.
No es una cuestión de «políticamente correcto» o de deslizamientos morales individuales,
sino una cuestión cultural.
Cada insulto, cada comentario ofensivo, cada…,
contribuye a consolidar jerarquías y a definir roles sociales.
Para las generaciones jóvenes, crecer en un contexto
en el que la voz femenina se ve sistemáticamente minimizada significa
interiorizar normas de desigualdad. Por eso, el reto es cultural.
No basta con decir «no insultes», sino que hay que explicar cómo el lenguaje estructura
las relaciones de poder, hay que mostrar que cada palabra conlleva una
historia, un contexto y un peso simbólico.
Hay que educar en la conciencia semántica, mostrando
que la palabra puede construir o destruir, liberar o dominar. Seguramente,
también necesitaríamos una educación en afectividad… pero eso es otra historia.
Aquel episodio «Quiet, piggy» - ‘Cállate, cerdita’ -, lo traigo aquí
porque es otro claro ejemplo de cómo el sexismo se reproduce en privado y en lo
público, incluso también en las más altas esferas de nuestra política estatal.
Ignorarlo significa legitimar un orden de género
existente, mientras que lo que deberíamos hacer es comprender, denunciar,
debatir y transformar. También los partidos políticos.
Sí, hay que censurar ciertos términos o comportamientos. Negro sobre blanco. Sin paliativos.
Pero se trata también de educarnos y enseñarnos a leer la cultura del lenguaje, a reconocer códigos y jerarquías y a desarrollar el sentido crítico.
Solo así, tal vez, podamos construir espacios
públicos en los que reconocer la dignidad de la mujer y en los que habitar de
manera más equitativa.
Si has llegado hasta aquí, te propongo este ejercicio
para tu reflexión. Se trata de ver y de escuchar. Y ojalá, también, de
reflexionar:
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF











