Vosotros sois sal... vosotros sois luz... - San Mateo 5, 13-16 -
Sois la sal... sois la luz...: https://www.youtube.com/watch?v=qOHhYr0LxbE
Tal vez para comprender plenamente el pasaje del
Evangelio de hoy, hay que recordar cómo terminaba el anterior: «Bienaventurados
seréis cuando os insulten, os persigan...».
Y enseguida Jesús añade: «Vosotros sois la sal de la
tierra... Vosotros sois la luz del mundo...».
Es como decir que vivir según la lógica de las bienaventuranzas
hace que los discípulos sean «sal y luz».
Solo quien acoge las bienaventuranzas y vive según ese
estilo tiene el mismo sabor que Jesús.
Estar expuestos a las dificultades, a las pruebas,
vivir la experiencia de la cruz, esto hace que los discípulos se parezcan al
Maestro. La cruz los convierte en la
sal de la tierra. La cruz da el gusto, el sabor a la persona que carece
de él.
El riesgo, creo, es que esta página se lea como una
página que revela o destaca lo que podríamos llamar la función pública del creyente. En cambio, este pasaje define ante
todo una identidad.
Nuestra identidad es: sal de la tierra.
Somos sal cuando nuestra vida tiene el sabor de las
bienaventuranzas. Con demasiada frecuencia buscamos nuestra relevancia social,
centrándonos más en el papel que en la identidad. Sin embargo, la vela no se
preocupa por iluminar: simplemente arde y, al arder, ilumina.
La identidad no es algo que pueda permanecer oculto,
aunque no haga nada para hacerse ver: la sal no puede dejar de salar y la luz
no puede dejar de iluminar. El problema no es salar o iluminar, sino ser sal y luz. Nadie da lo que
no tiene: lo que eres habla mucho más fuerte que lo que dices.
Por lo general, cuando algo es insípido, decimos: no sabe a nada. Intentemos
preguntarnos: ¿Cuánto sabe a Jesús, a
su Evangelio, a su Reino nuestra vida?
Solo en este punto surge también el tema de la función
del creyente. El mismo Jesús nos habla de obras
realizadas para que todos den gloria al Padre. Las obras que hay que realizar
nos las sugieren los profetas.
Si tu casa es el punto de referencia para quienes se
encuentran en dificultades, para quienes no tienen alojamiento, para quienes
carecen de recursos para procurarse lo necesario para vivir, entonces eres luz
y sal.
Si eres proveedor de esperanza para quienes ya no la
tienen, tus tinieblas se disiparán (tu
oscuridad será como el mediodía).
Tu pan nunca se pone duro cuando se comparte.
Evita señalar con el dedo acusadoramente y hablar
impíamente, calumniar.
La oración llega a Dios solo cuando la caridad llega
al prójimo: Dios dice «aquí estoy» a quien responde «aquí
estoy» cuando alguien llama a su puerta.
Vosotros sois sal... vosotros sois luz...
La primera tarea es precisamente tomar conciencia de
la extraordinaria dignidad de la que el Señor nos ha hecho partícipes.
No te detengas en la superficie de tu experiencia.
Intenta buscar en profundidad, bajo el manto de las frases hechas o las
conversaciones banales.
Elimina todo lo que obstaculiza el camino hacia esa
celda secreta de tu ser y allí encontrarás una lámpara encendida y un puñado de
sal, porque esa es tu identidad más verdadera.
¡Eres sal, eres luz! Llegar a esta conciencia: este es
el primer paso que nos propone el Evangelio. ¡Sé lo que eres!
El segundo es la consecuencia: expresar en la vida lo
que soy en mis raíces más auténticas.
Vosotros y la tierra, vosotros y el mundo: no en una
relación de oposición, sino de profundo vínculo.
No una comunidad cristiana aparte, sino insertada en
la historia de los hombres y mujeres de todos los tiempos. Insertada en el
mundo de todos.
No es posible expresar la fe en el Señor si no se
parte de este tener en el corazón el destino de todos.
O mejor dicho: tener en el corazón el destino de todos
es expresión de la fe en el Señor.
La sal y la luz no vienen a restar, sino a
perfeccionar lo que las realidades mundanas ya son.
La sal que entra en un alimento se disuelve para darle
sabor: no pretende cambiar su naturaleza, sino solo realzarla.
La luz permite ver la realidad, el mundo: es a la luz
donde se definen los contornos y los colores de las cosas, es a la luz donde se
capta la realidad en sus matices y en su belleza. La tarea de la luz no es
llamar la atención sobre sí misma, sino resaltar la realidad iluminada.
Convertirse en creyente es un hecho personal, ¡pero
nunca es un hecho privado!
Lo que somos no es para nosotros, sino para el mundo.
La sal y la luz son dos realidades que intrínsecamente
se relacionan con otra cosa.
Ser sal y luz no es para los discípulos una invitación
o una exhortación, sino un hecho que concierne a su propia naturaleza.
En el mundo, pero no insípidos, no sin el sabor de la
vida. En el mundo, pero no apagados.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF








