¡Desahuciados en vida!
Hace unos meses publicaba en mi blog esta reflexión: “¡A la calle! Desahucios y desalojos… la fuerza y el castigo del sistema contra la vulnerabilidad” (https://kristaualternatiba.blogspot.com/2026/01/a-la-calle-desahucios-y-desalojos-la.html).
Maricarmen Abascal tenía ochenta y siete años y había
nacido, casi literalmente, dentro de su casa. Vivió allí durante setenta años,
pagando el alquiler y las facturas, y tejiendo en aquellas habitaciones la
delicada trama de su vida. El 23 de septiembre, tras ser desahuciada, salió en
camilla, entre agentes antidisturbios y los cientos de personas que habían
intentado impedir el desalojo; falleció pocos días después. La empresa que
había adquirido la vivienda le había propuesto un nuevo alquiler: de unos
quinientos a mil seiscientos euros.
¿Una propuesta justa? ¿Una proposición decente? ¿Una oferta
aceptable?
Su caso llenó la Puerta del Sol de tiendas de campaña
y de gente, y obligó al Gobierno a promulgar dos decretos contra los desahucios
de personas vulnerables y los abusos en los alquileres temporales. Es una «cuestión
de humanidad» - declaró el propio Presidente -, trasladando el asunto
del ámbito de la política al de los valores.
Pero la cuestión es política y de gobierno.
El caso de Maricarmen Abascal pone de manifiesto que
la crisis de la vivienda no solo afecta a quienes buscan hoy su primera
vivienda - a los estudiantes, a los jóvenes en situación precaria o a las
familias recién formadas o a… -. También afecta a quienes han vivido en el
mismo barrio, en el mismo rellano, en la misma habitación durante toda una
vida.
Al drama de quienes no logran acceder a las ciudades
se suma el de quienes no pueden permanecer en ellas.
No se trata de una emergencia, y mucho menos de una
nueva emergencia; nos encontramos
ante un giro radical y estructural de la forma de vivir: las viviendas - y, por
tanto, las ciudades - han cambiado de función.
Y se han convertido en alojamientos turísticos,
segundas residencias que se mantienen como reserva de valor, apartamentos para
estancias temporales, residencias de estudiantes gestionadas como productos
financieros, residencias de lujo, inmuebles adquiridos para su reventa o para
obtener rentabilidad.
Siguen siendo viviendas en la forma, en los registros
catastrales y en las estadísticas, pero no permiten habitar un lugar de forma
estable. Una parte del patrimonio inmobiliario se pone al servicio de las
economías más rentables: el turismo, las finanzas, los negocios y la movilidad
transitoria.
A estas alturas ya hemos aprendido que una vivienda puede generar más ingresos si se sustrae del largo plazo del alquiler y se pone en circulación en el corto plazo del alojamiento.
Y ya no se trata solo de propietarios individuales que
aprenden a monetizar su vivienda, sino de operadores financieros que reconocen
en la vivienda un sector capaz de generar ingresos continuos y escalables.
La ciudad se ha convertido, también, en una cartera de
funciones intercambiables, una máquina para fabricar estancias a corto plazo.
Y quizá aquí radica una de las mayores ambigüedades:
hoy en día ya no sabemos distinguir con claridad entre una vivienda que cumple
su función de hogar y una vivienda que es, de hecho, una empresa económica. Y
allí donde se concentran los alquileres de corta duración, tienden a aumentar
también los precios de los alquileres de larga duración.
Casas que ya no son casas, ciudades que ya no son
ciudades, vidas que ya no son vidas.
La escasez ya no es un obstáculo que haya que
corregir: se convierte en la propia condición de la revalorización. Cuanto más
difícil es encontrar una vivienda, más vale esa vivienda para quien la posee,
la gestiona o la rentabiliza.
Nos hemos creado una máquina tan eficaz como miope,
porque trata a los habitantes como una presencia sustituible, cuando son ellos,
con sus competencias humanas y profesionales, la condición de existencia de la
ciudad.
Y digo miope porque cuando las ciudades apuestan por
las economías lucrativas de lo transitorio… se siguen sosteniendo sobre las
economías menos espectaculares de la permanencia, es decir, sobre quienes
vuelven a casa por la noche, conocen el barrio, utilizan los colegios, cogen el
autobús cada mañana, llevan a un hijo al pediatra, cuidan de un progenitor, van
al mercado, trabajan en un hospital, organizan una fiesta o protestan cuando se
cierra un parque.
Cuando esta infraestructura se debilita, todo lo demás
se vuelve más frágil. Aumentan las distancias entre el hogar y el trabajo, los
desplazamientos diarios y el cansancio cotidiano. Los servicios pierden
trabajadores. Los comercios de barrio dan paso a establecimientos más adaptados
al consumo rápido. El centro histórico se vuelve más eficiente para quienes
llegan y menos habitable para quienes se quedan. Aumentan los ingresos por
metro cuadrado, pero disminuye la vida urbana.
Este es el riesgo que nos cuesta nombrar con nombre
propio. No un riesgo repentino, con andamios y contrafuertes, o con escombros y
sirenas, sino un empobrecimiento lento de la capacidad de las ciudades para
reproducirse a sí mismas.
Y, mientras tanto, Maricarmen Abascal es una de las
tantas víctimas. De las que salen en los medios de comunicación, o de las que
duermen en el ángulo oscuro del salón del olvido o de la no publicidad. ¡Desahuciados
en vida!
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF












