jueves, 29 de octubre de 2026

Sinodalidad, sinodalidad, sinodalidad... ¿en serio o en broma?

Sinodalidad, sinodalidad, sinodalidad... ¿en serio o en broma?

Se nos dijo que el camino sinodal no debía ser un paréntesis, sino un proceso capaz de cambiar la forma de ser Iglesia. El Papa Francisco lo había repetido en numerosas ocasiones: la sinodalidad no debía reducirse a un acontecimiento, sino convertirse en un estilo habitual de la vida eclesial. El Papa León ha recogido este legado, insistiendo en la necesidad de continuar el camino y plasmarlo en la vida concreta de las comunidades. Y entonces la pregunta es inevitable: ¿en qué punto nos encontramos?

 

La pregunta no surge de la voluntad de restar importancia a una experiencia importante. Los cambios auténticos requieren tiempo, paciencia y capacidad para superar resistencias arraigadas. Pero precisamente porque el camino sinodal se ha presentado como decisivo para el futuro de la Iglesia, no podemos conformarnos con constatar que se sigue hablando de él. Debemos comprobar qué es lo que realmente está cambiando. 


El riesgo, formulado en repetidas ocasiones, es que la sinodalidad se convierta en una palabra muy pronunciada y poco practicada: celebrada en los documentos y en las asambleas, pero incapaz de influir en las decisiones y en los hábitos cotidianos.


Digo esto porque, por poner un ejemplo, en relación con el encuentro eclesial dedicado a la familia en el pasado mes de octubre, llama la atención la escasa participación de parejas y familias: apenas once parejas en una asamblea de unas 248 personas.

 

No sé si la paradoja es evidente: nos reunimos para reflexionar sobre la familia, sobre los retos de la vida conyugal y sobre la educación de los hijos, pero las personas que viven directamente estas experiencias corren el riesgo de tener un espacio totalmente anecdótico, marginal… residual.

 

Si hemos insistido tanto en la escucha del Pueblo de Dios, en la valorización de los carismas y en la corresponsabilidad, ¿cómo es posible que no reconozcamos a las familias un papel significativo en el discernimiento sobre cuestiones que les afectan tan directamente?


Dicho de otra manera: ¿está destinada la sinodalidad a cambiar la forma en que la Iglesia toma las decisiones o seguirá siendo, sobre todo, una experiencia de consulta?

 

Sería demasiado fácil limitarse a Roma, a las asambleas episcopales o a los grandes eventos eclesiales. La cuestión nos concierne ante todo a nosotros, a nuestras Diócesis, a nuestros Consejos Pastorales, a nuestras comunidades cristianas...

 

Tras todo el camino recorrido, ¿qué ha cambiado realmente? 


¿En los Consejos Pastorales se escucha más a las personas o se sigue convocándolas sobre todo para comunicar decisiones ya tomadas? ¿Participan los laicos en la definición de las prioridades pastorales o se les involucra principalmente en la ejecución de iniciativas decididas por otros? ¿Han modificado las propuestas surgidas de los encuentros sinodales los programas, las actividades y las formas de acompañamiento de las personas? ¿Han encontrado los jóvenes nuevos espacios para influir en las decisiones que les afectan? ¿Se ha reconocido más a las familias, a las personas solas y a quienes viven situaciones de fragilidad como interlocutores? ¿Y cuando alguien expresa un desacuerdo o plantea una pregunta incómoda, encuentra realmente un lugar donde ser escuchado?


La sinodalidad no se mide por el número de encuentros organizados o de cuestionarios recopilados. Se mide por la calidad de las relaciones, por la disposición a dejarse cuestionar y por la capacidad de reconocer que nadie, por sí solo, posee todos los dones necesarios para la misión de la comunidad.

 

Y, sobre todo, se mide por los efectos. Si al final de un proceso de escucha todo sigue igual, hay que preguntarse por qué. Quizá faltaron herramientas adecuadas, o quizá las propuestas no estaban maduras. Pero también es posible que no hubiera una verdadera disposición a cuestionar la forma habitual de hacer las cosas.

 

Hay una famosa intuición en El Gattopardo: «Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie».

 

También en la vida eclesial podemos correr este riesgo. Se introducen nuevos lenguajes, se multiplican los encuentros, se elaboran documentos. Se habla de participación y corresponsabilidad, pero las decisiones siguen los mismos caminos y las responsabilidades permanecen concentradas en las mismas manos.

 

Por supuesto, no toda continuidad es un fracaso y no toda novedad supone un progreso... Pero tampoco la fidelidad a una determinada tradición (y utilizo las minúsculas) puede convertirse en una justificación del inmovilismo.


El camino sinodal exigía algo más profundo que una reorganización: una conversión en la forma de convivir, de reconocer los carismas, de ejercer la autoridad y de discernir la voluntad de Dios.

 

No basta con que todos hayan tenido la oportunidad de hablar. Hay que preguntarse si alguien ha escuchado de verdad y si lo que ha surgido ha tenido peso en las decisiones.

 

No basta con invitar a la corresponsabilidad: hay que aclarar qué responsabilidades se comparten efectivamente. Sin este paso, la sinodalidad corre el riesgo de convertirse en una mera representación: todos están formalmente implicados, pero nadie es realmente capaz de influir en las decisiones.

 

No basta con celebrar el Sínodo. Sería injusto afirmar que nada ha cambiado. En algunas comunidades quizá la escucha se ha vuelto más atenta, tal vez han surgido nuevas colaboraciones y se ha abierto un diálogo que antes resultaba difícil. Estas experiencias deben reconocerse y valorarse.

 

Pero precisamente su existencia hace urgente comprender por qué lo que es posible en algunos lugares cuesta tanto convertirse en un estilo compartido. ¿O es que nos hace falta otro documento para declarar la importancia de la sinodalidad? ¿No habría más bien que comprobar, comunidad por comunidad, qué se ha asimilado, qué se ha quedado en el papel y qué obstáculos impiden avanzar?


Se podría empezar con una pregunta sencilla que plantear a nuestros Consejos Pastorales: ¿cuáles son las tres cosas que hacemos hoy de forma diferente gracias al camino sinodal? Si la respuesta es inmediata y concreta, tenemos algo que contar. Si, en cambio, nos cuesta encontrarla, no es momento de escondernos tras las palabras. Es momento de volver a empezar. Para que se convierta en un «estilo» y no solo en la elección del cura de turno.

 

El Sínodo no puede considerarse un éxito solo por el hecho de haberse celebrado. No basta con haber escuchado para poder decir que nos hemos convertido en una Iglesia que escucha. Y no basta con haber proclamado la corresponsabilidad para que esta se haya incorporado a la vida de las comunidades.

 

La pregunta sigue abierta y va dirigida a todos: ¿nos hemos tomado el Sínodo a broma, o estamos realmente dispuestos a dejarnos transformar?

 

Porque el problema no es que la Iglesia avance lentamente. El problema es si, mientras afirma que camina, está dispuesta a cambiar de rumbo cuando la escucha del Pueblo de Dios le muestra que es necesario ese cambio de rumbo.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Nostalgia de la casa y banquete del Padre: deseo infinito de eternidad

Nostalgia de la casa y banquete del Padre: deseo infinito de eternidad

Para contemplar a los santos, solemos levantar la vista. Pero para comprender algo de su vida, hay que buscarlos también en lo bajo: inclinados hacia alguien, inmersos en una tarea ardua, junto a una persona de la que los demás se han alejado.

 

Ellos tenían los ojos fijos en el cielo y las manos ocupadas con las cosas de la tierra.

 

Nosotros, en cambio, al revestirlos de perfección, hemos acabado por convertirlos en extraños. Los honramos, siempre y cuando quede claro que de nosotros no se puede exigir lo mismo. Así, una fiesta de luz y belleza corre el riesgo de convertirse en algo alejado de nuestro día a día.

 

La Fiesta de Todos los Santos nos devuelve a la vida y pone en tela de juicio tres prejuicios.

 

El primero es que la santidad esté reservada a unos pocos elegidos. Se necesitaría una madera especial, un carácter diferente al nuestro, quizá unas condiciones de vida más favorables.

 

San Juan parte de un punto totalmente distinto: «Mirad qué gran amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios, y lo somos de verdad».

 

Lo somos. La santidad comienza por el amor que nos precede y por la confianza que depositamos en él. La vida no es otra cosa que convertirnos en lo que somos: hijos. Y, por eso, aprender a tratar a los demás como hermanos, incluso a aquellos a quienes no habríamos elegido.



Estamos creados a imagen y semejanza de Dios. Llevamos en nuestra humanidad una huella que ni siquiera el pecado logra borrar. Es lo que me gusta llamar nostalgia del cielo.

 

¿Cómo se puede sentir nostalgia del cielo si nunca hemos estado allí? Normalmente se siente nostalgia de una casa habitada, de un rostro conocido. La nostalgia del cielo indica un deseo que precede a la experiencia. De hecho, no tenemos recuerdos del cielo, pero sabemos que hemos recibido la vida de Dios y que estamos hechos para la comunión con Él. Su imagen está grabada en nosotros como una orientación, un anhelo hacia Aquel de quien procedemos.

 

Intuimos algo de ello en el deseo de que un amor verdadero no se pierda en la nada, de que una vida herida encuentre la salvación. Nos rebelamos ante la idea de que la muerte pueda hacer inútil todo lo que una persona ha sido. Incluso en la alegría deseamos algo que perdure, que no tenga que defenderse continuamente ante la posibilidad de perderlo. El cielo es la comunión plena con el Señor, la plenitud del amor cuya huella llevamos en nosotros.

 

Esta pertenencia nos concierne a todos. El Apocalipsis habla de «una multitud inmensa, que nadie podía contar, de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas». Nada que ver con unos pocos elegidos.

 

Pero seguimos pensando que, para convertirnos en santos, deberíamos estar en otro lugar: con otras personas, con menos problemas, podríamos ser mejores. Se necesitaría más silencio, más tiempo para rezar. Sin duda lo necesitamos. Pero incluso en el silencio nos llevamos a cuestas nuestras resistencias, aquello que no queremos perdonar. Ningún lugar puede amar en nuestro lugar.

 

La nostalgia del cielo nos lleva precisamente hacia aquello que espera nuestra atención: hacia la imagen de Dios grabada en ese rostro, hacia la dignidad que pide ser reconocida.

 

El segundo prejuicio es que la felicidad solo llega después. Aquí abajo habría que aguantar, y luego vendrá la recompensa. Como si Dios nos pidiera que renunciáramos a la alegría para poder merecerla algún día.

 

Jesús mira a las personas pobres, afligidas, perseguidas, y nueve veces dice: «Bienaventurados».


No pide a quienes lloran que se conformen con su desgracia, no llama «bien» a la injusticia, sino que anuncia que Dios está cerca de esas vidas y les abre un futuro: el llanto no tendrá la última palabra, el hambre de justicia no quedará para siempre sin respuesta.

 

Esta promesa ya nos da aliento ahora mismo. Nos permite buscar la paz incluso cuando el resultado es frágil, ser misericordiosos sin la garantía de que se nos comprenda. Puede haber alegría en renunciar a la venganza, en reencontrar a una persona, en descubrir que aún tenemos algo que dar.


La nostalgia del cielo no nos autoriza a menospreciar esta vida. Nos hace estar atentos a cada anticipo de esa plenitud que esperamos. Un perdón recibido, una reconciliación, alguien que vuelve a confiar: son experiencias en las que empezamos a saborear aquello para lo que estamos hechos.

 

La vida eterna no es un apéndice tras la vida verdadera. Es su plenitud en Dios. Lo que vivimos aquí es su comienzo, su primicia. Por eso todos nuestros días tienen valor, todos los momentos son semilla de eternidad.

 

El tercer prejuicio es que, al final, siempre vence el mal. Lo decimos con el tono de quien ha comprendido cómo funciona el mundo. A veces, sin embargo, esta convicción se convierte en una excusa para tirar la toalla. ¿Para qué exponerse, para qué seguir siendo honesto, para qué hacerse cargo de alguien, si al fin y al cabo nada cambia?

 

La multitud del Apocalipsis proviene de la gran tribulación. Ha atravesado la historia, conoce su peso. Los santos no son personas a las que se les haya ahorrado lo peor. Algunos murieron sin ver cambiar aquello por lo que habían dedicado su vida y, sin embargo, siguieron confiando en Dios sin permitir que fuera solo el mal recibido el que decidiera cómo iban a vivir.

 

El mal sigue siendo mal. Hay heridas que no cicatrizan como nos gustaría y preguntas a las que no sabemos responder. La fe nos mantiene unidos a la promesa de que nada podrá separarnos del amor de Dios. Incluso cuando no vemos una salida, aún podemos elegir cómo estar al lado de los demás.

 

Somos como árboles al revés, con las raíces en el cielo y los frutos en la historia. Las raíces se alimentan del amor de Dios; los frutos son para quienes pasan a nuestro lado.

 

La nostalgia del cielo puede adoptar esta forma: una persona que encuentra en nosotros un apoyo y consigue volver a ponerse en pie, un anticipo de lo que viviremos en plenitud en la vida eterna.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Que nada ni nadie se pierda - San Juan 6, 39-40 -.

Que nada ni nadie se pierda - San Juan 6, 39-40 - 

En la vida cotidiana escuchamos muchas palabras, oímos muchas voces. No son pocas las veces en que se trata de palabras y voces que nos cuestionan, que nos desestabilizan. A veces tienen el poder de infundirnos miedo, de hacernos sentir la angustia y el peso de la soledad. Por eso rehuimos el silencio: en cuanto todo se calla, ciertas voces afloran con más fuerza desde nuestro corazón. 

Podemos pensar en aquella que parece gritarnos por dentro que no se nos reconoce como es debido, que nadie valora quiénes somos ni lo que hacemos. Esa voz que querría hacernos replegarnos en el estrecho horizonte de quien se conforma con buscar su propio interés, dejando de lado cualquier compromiso en beneficio de los demás. 

A veces hay una voz que no deja de echarnos en cara un error cometido, un momento que borraríamos de buen grado si se nos diera la oportunidad. Pero esa acusación vuelve, y en cada recodo se hace más fuerte, hasta convencernos de que solo somos lo que hemos hecho mal. 

También está la voz que no nos deja mirar con confianza hacia el mañana: ¿qué será de mí? ¿Qué será de mis seres queridos? ¿Qué resultado tendrán las pruebas que me estoy haciendo? ¿Cómo afrontaré lo que me espera? 

¿Qué hacer con estas voces? ¿Escucharlas? Corremos el riesgo de dejarnos arrastrar a una desolación sin tregua. ¿Ignorarlas? Acabaríamos poniéndonos una máscara y mintiéndonos incluso a nosotros mismos. 

¿Hay una salida? 

En el día en que medimos el vacío que han dejado tantos seres queridos, se alza la voz firme del Señor Jesús. Nos anuncia que la voluntad del Padre es que Él no pierda nada de lo que le ha dado, sino que lo resucite en el último día. 

Es una palabra que hay que escuchar entre las demás. No borra de golpe la tristeza, pero nos permite no entregarle toda la verdad sobre nuestra vida y sobre la de aquellos a quienes hemos amado. 

Que Él no pierda nada. 

Sabemos lo que significa perder. Lo sabemos por una silla que ha quedado vacía, por un número de teléfono que no conseguimos borrar, por una noticia que, por un instante, aún querríamos contarle a esa persona. A veces basta un olor, una forma de hablar, para darnos cuenta de cuánto la echamos de menos. E incluso después de años nos sorprendemos buscándola. 

La muerte nos enfrenta a una separación que no podemos reparar con nuestras propias fuerzas. Podemos guardar una fotografía, contar un episodio, pronunciar un nombre. Son gestos preciosos. Y, sin embargo, sentimos que el recuerdo, por sí solo, no nos basta. Querríamos a la persona. Su voz, su forma de estar, incluso esos hábitos que a veces nos irritaban. 

Jesús se dirige precisamente a este dolor. Su promesa se refiere a las personas que hemos perdido: confiadas a Él, custodiadas por el Padre, llamadas a la resurrección. Su futuro no depende de nuestra capacidad para recordar cada detalle. Incluso cuando la memoria se confunde y los rasgos se vuelven menos nítidos, siguen siendo conocidas y amadas por Dios. 

En el Día de Todos los Fieles Difuntos las confiamos a esta fidelidad. 

Se las confiamos tal y como fueron. No necesitamos convertirlas en personas sin defectos para poder rezar por ellas. Llevamos ante el Señor el bien que nos han hecho y también lo que resultó difícil, las dificultades que conocíamos y aquellas que quizá nunca llegaron a contar. Pedimos que la misericordia de Dios alcance toda su vida, la purifique y la conduzca a la paz.

Y en esta oración podemos depositar también lo que nos pesa. 

Porque, junto a la voz de la pérdida, a veces se hace oír la del remordimiento. Podría haber estado más presente. Debería haberme dado cuenta. ¿Por qué pospuse aquella visita? ¿Por qué la última palabra fue tan dura? 

Hay responsabilidades que reconocer, pero también hay reproches que nos hacemos a nosotros mismos como si hubiéramos podido preverlo todo, impedirlo todo, estar siempre a la altura. Seguimos repasando el pasado en busca de un punto en el que cambiarlo y, cada vez, nos encontramos ante la misma imposibilidad. 

En la oración podemos entregar al Señor aquello a lo que ya no sabemos cómo llegar. Pedirle perdón por nuestras faltas. Confiarle una gratitud que no hemos expresado, un cariño que se quedó sin decir, una reconciliación que la muerte ha interrumpido. La misericordia de Dios puede llegar donde nuestras palabras ya no llegan. 

Esto no hace que el tiempo que se nos ha dado sea inútil. Al contrario, nos hace sentir lo mucho que cuenta. 

La conmemoración de Todos los Fieles Difuntos nos lleva también de vuelta a las personas vivas. A quienes aún pueden recibir nuestra visita, a quienes llevan tiempo esperando a que demos el primer paso. El dolor por una palabra no dicha puede enseñarnos a no posponer otra. La gratitud hacia quienes nos han cuidado puede convertirse en cuidado para alguien que ahora está solo. 

Así, lo que hemos recibido sigue dando fruto. Hay gestos de nuestros seres queridos que hoy pasan por nuestras manos. Una forma de acoger, una paciencia aprendida, la capacidad de compartir lo poco que tenemos. Nos damos cuenta, quizá tarde, de que algo de ellos se ha incorporado a nuestra forma de vivir. 

Pero la esperanza cristiana se atreve a esperar más que este legado. Espera la resurrección. Espera a que Dios lleve a plenitud la vida de las personas, incluso allí donde a nosotros nos ha parecido que se rompió demasiado pronto, consumida por el cansancio, quedándose inconclusa. 

Por eso estamos aquí celebrando la Eucaristía. Encomendamos a nuestros difuntos a Jesús, que atravesó la muerte. Él conoce el llanto ante una tumba, conoce la angustia y el abandono. La palabra que hoy nos dirige proviene de allí, de su Pascua. 

Quizá las otras voces sigan haciéndose oír. Volverán el miedo y la añoranza. Habrá días en los que creer en esta promesa nos costará. 

Entonces podremos volver a esas pocas palabras: que Él no pierda nada. 

Y confiarle de nuevo, uno por uno, los nombres que llevamos en el corazón. Incluso el nuestro. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 28 de octubre de 2026

¡Bienaventurados!

¡Bienaventurados! 


A los que están tristes, Dios los consolará
. 

En nuestra sociedad se hacen hincapié en los derechos

y se pasan por alto los deberes.

Cada uno piensa en sí mismo.

Tendemos a buscar de inmediato

nuestra propia satisfacción... 

La consecuencia de ello es la amarga soledad,

causa de tristeza y angustia:

a veces se elige por principio,

para afirmarse por encima de todos;

otras veces nos la imponen los demás,

que marginan a quienes no pueden producir

o consumir como corresponde. 

Los afligidos - los hombres nuevos del Evangelio -

saben, como Jesús, obedecer hasta la muerte,

renunciando a la felicidad de este mundo

para aceptar el precio

de la convivencia fraterna con todos. 

Intentemos no pasar de largo apresuradamente ante quienes sufren,

compartiendo, como buenos samaritanos,

los momentos alegres y tristes de la vida.

Sabiendo lo pesada que es la soledad

de quien se siente anónimo o rechazado,

descubramos la alegría de la acogida

y del amor personal

(a través de formas de acogida, escucha, hospitalidad,

la disposición a echar una mano...). 


Bienaventurados aquellos que sienten dolor

con un ánimo profundamente religioso

y lloran por las víctimas del mal y por los malvados:

estos descubrirán

que el sufrimiento libera el corazón

y lo hace capaz del amor más elevado,

que el bien al final vencerá al mal

y la vida a la muerte. 

Bienaventurado quien sabe cargar con las cargas de su prójimo,

renunciando de buen grado a todo tipo de felicidad

propagada por esta sociedad de consumo.

Él se asemeja al callado Simón de Cirene

sobrellevando samaritanamente el dolor del otro. 


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¡Bienaventurados!

¡Bienaventurados! 

Los que son pobres ante Dios tienen parte en su Reino. 

El mundo está lleno de gente

que tiene un enorme afán por ganar dinero

y anhela con todo su corazón

hacer carrera y tener éxito. 

Ser rico y famoso es 

- el sueño más hermoso,

- la aspiración más elevada,

- la cúspide de las capacidades humanas... 

Los pobres de espíritu, en cambio, - los hombres nuevos del Evangelio -

saben conformarse con lo que tienen,

para procurarse lo necesario trabajan honestamente

y, sobre todo, están infinitamente agradecidos

a quienes velan por su vida con esmero. 

Intentemos no fijarnos siempre, o antes que en nada más,

en la comida, la ropa, las ganancias, el honor…;

vivamos libres frente a los bienes de este mundo

y en solidaridad con los verdaderos pobres;

desprendámonos de las garras de la publicidad

y recuperemos 

- el gusto por las cosas sencillas,

- la belleza de los sentimientos genuinos,

- el valor de las perlas y los tesoros escondidos. 

Bienaventurado quien no cae en la trampa tendida por los Blackfridays y similares,

no ansía aumentar sus riquezas,

sino que se conforma con lo que tiene

y anhela los bienes eternos. 

Bienaventurado quien siente que todo lo que tiene (poco o mucho)

proviene del Padre; este está siempre contento,

porque siempre recibe ayuda y siente a Dios cerca. 

Bienaventurado quien se adapta a la cotidianidad de los días,

sin soñar con bonitos viajes imaginarios,

aprecia la variedad del Reino de los Cielos y eso le basta. 

Bienaventurado quien no se enaltece, complacerse siempre y solo en sí mismo

y busca la verdad y el bien que no tiene,

sacrifica y vende todo

para ganar el Reino. 

Bienaventurado quien es libre frente a los bienes

y a las estructuras de este mundo,

los utiliza para vivir con dignidad

y sabe compartir lo que tiene,

¡sin remordimientos ni ansiedades...! 


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Apuntes de humanidad y civilización a pie de calle.

Apuntes de humanidad y civilización a pie de calle

Un Centro de Escucha es también ese centro en se sale al encuentro de la vulnerabilidad, una visión del ser humano que no parte de la fuerza ni de la eficiencia, sino de su condición originaria de ser dependiente de atenciones y necesitado de cuidados.

 

Durante muchos años hemos escuchado una promesa tranquilizadora: la tecnología liberaría a la humanidad del esfuerzo, de la incertidumbre, de los errores y tal vez incluso de la fragilidad. Cada innovación se ha presentado como un paso inevitable hacia un futuro mejor.

 

A pie de calle uno comprende que el problema no radica en la velocidad de las máquinas, sino en el lugar que ocupa el ser humano en el mundo que estas ayudan a construir.

 

La digitalización, tal y como la experimentamos a diario en nuestra propia piel, no solo modifica las herramientas, sino que está transformando la forma en que pensamos, trabajamos, aprendemos, nos comunicamos e incluso cómo nos percibimos a nosotros mismos.

 

La existencia se va traduciendo progresivamente en información y nuestros comportamientos se convierten en datos; las relaciones se reducen a simples conexiones y los modelos estadísticos tienden a anticipar nuestras decisiones.

 

Casi sin que nos demos cuenta, la persona corre el riesgo de quedar reducida a una suma de huellas digitales que hay que recopilar, clasificar y monetizar.


Es aquí donde se manifiesta uno de los nudos cruciales de nuestro tiempo.

 

Cuando todo se vuelve medible, lo que no se puede cuantificar pierde valor.

 

La vulnerabilidad se percibe como ineficiencia.

 

La lentitud se considera un obstáculo.

 

La duda se interpreta como un defecto.

 

Pero son precisamente estas algunas de las dimensiones pertenecen al corazón de la experiencia humana.


No se aprende sin cometer errores, ni se crece sin depender de los demás.

 

La vida está constantemente salpicada de momentos de incertidumbre. La vulnerabilidad no es una debilidad accidental que haya que eliminar. Es la estructura misma de la existencia humana.

 

Nacemos vulnerables, aprendemos gracias a nuestra vulnerabilidad y construimos vínculos porque somos criaturas incompletas. Una sociedad que pretende borrar la fragilidad acaba inevitablemente borrando también la solidaridad.

 

El ideal contemporáneo del rendimiento tiende a considerar al ser humano como un recurso que hay que optimizar. La lógica de la eficiencia, nacida en los procesos productivos, invade progresivamente todos los ámbitos de la vida. Se supervisa a los trabajadores, se evalúa a los estudiantes,…, y los ciudadanos nos convertimos en usuarios.

 

La identidad personal corre el riesgo de coincidir con el propio perfil digital. Pero una persona nunca coincide con su rendimiento.

 

Detrás de cada estadística hay biografías expuestas al cansancio, historias marcadas por la precariedad, relaciones afectivas, miedos, esperanzas y necesidades. Detrás de cada persona hay una vida que no puede traducirse íntegramente en datos.

 

Cuando la dignidad es sustituida por el rendimiento, algo esencial se rompe.


El verdadero riesgo de la era algorítmica no es la llegada de las máquinas. El riesgo es la interiorización de su mirada fría e inerte.

 

Porque se vuelve peligroso el momento en el que empezamos a evaluarnos a nosotros mismos exclusivamente a través de parámetros de productividad, eficiencia y éxito.

 

En ese momento, al ser humano ya no se le reconoce en su singularidad irreductible, sino en su capacidad para generar rendimientos medibles.

 

También por esta razón la alternativa del humanismo adquiere hoy una relevancia decisiva. No como nostalgia de un mundo pretecnológico, ni como rechazo a la innovación, sino como reafirmación de un principio sencillo: la técnica debe permanecer al servicio de la persona y de la comunidad. Debe reconocer la vulnerabilidad humana, no intentar borrarla.

 

En el debate público suelen prevalecer dos posturas opuestas e igualmente limitadas.

 

Por un lado, los entusiastas de la tecnología, convencidos de que cualquier problema puede resolverse mediante nuevas herramientas digitales; incluso se cree que la muerte puede superarse.

 

Por otro lado, los profetas de la catástrofe, que ven en la tecnología únicamente una amenaza.

 

Ambas visiones atribuyen a la tecnología un poder casi absoluto. La realidad es diferente.


Ningún algoritmo decide por sí solo el destino de la sociedad. Detrás de cada tecnología actúan intereses económicos, decisiones políticas, visiones culturales y modelos antropológicos. La pregunta decisiva no es qué máquinas construiremos, sino qué idea del ser humano guiará su construcción.

 

Si se concibe al ser humano como un individuo aislado y competitivo, las tecnologías reforzarán el aislamiento y la competencia. Si, por el contrario, se le reconoce como un ser vulnerable e interdependiente, la tecnología podrá convertirse en una herramienta de cooperación, inclusión y cuidado mutuo.

 

Por eso vuelven a ocupar un lugar central palabras como libertad, responsabilidad y bien común.

 

La libertad no consiste simplemente en elegir entre opciones predeterminadas por una plataforma. Una libertad auténtica requiere la capacidad de comprender los mecanismos que influyen en nuestras decisiones. Requiere conciencia. Requiere educación crítica.

 

Un ciudadano al que sistemas opacos perfilan y orientan constantemente puede sentirse libre mientras es guiado por caminos ya establecidos.



Tampoco la responsabilidad puede delegarse en las máquinas. Los algoritmos procesan datos, pero no asumen obligaciones morales. No conocen la solidaridad. No responden de las consecuencias de sus propias acciones.

 

La responsabilidad sigue recayendo en las personas, las instituciones y las organizaciones que diseñan, utilizan y regulan la tecnología.

 

Aún más importante es el concepto de bien común. En un universo digital dominado por la concentración de poder y la extracción de valor, el bien común corre el riesgo de desaparecer del horizonte.

 

Pero toda sociedad nace de la conciencia de que los seres vulnerables eligen cooperar para protegerse mutuamente. El bien común es la forma política de nuestra fragilidad compartida.

 

También la educación asume una función estratégica. No basta con enseñar a utilizar las herramientas digitales. Es necesario aprender a comprenderlas, criticarlas y gobernarlas.

 

Una población entrenada para hacer clic, pero incapaz de cuestionar el poder tecnológico, es una población expuesta a nuevas formas de dominio.


El reto de nuestro tiempo se refiere, en definitiva, a una elección de civilización. Podemos aceptar un modelo en el que el ser humano se convierte en una función de los sistemas tecnológicos, o bien podemos construir un orden digital orientado a la dignidad de la persona.

 

Lo que realmente está en juego no es la inteligencia artificial. Es nuestra capacidad de seguir siendo humanos. No es el poder de las máquinas, sino nuestra capacidad para custodiar lo que ninguna máquina puede producir: justicia, compasión, solidaridad, responsabilidad y cuidado.

 

En una época que sueña con calcularlo todo, hay que defender lo que escapa al cálculo.

 

La vulnerabilidad, lejos de ser un límite que superar, representa la fuente de las relaciones, de la democracia y de la vida en común.

 

El humanismo digital solo será auténtico cuando sepa reconocer esta verdad fundamental: el ser humano no es un dato, un perfil o un algoritmo incompleto. Es un ser vulnerable que vive con los demás, gracias a los demás y para los demás.

 

Y es precisamente esta fragilidad compartida la que constituye el fundamento más profundo de todo futuro digno de ser llamado humano.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


Sinodalidad, sinodalidad, sinodalidad... ¿en serio o en broma?

Sinodalidad, sinodalidad, sinodalidad... ¿en serio o en broma? Se nos dijo que el camino sinodal no debía ser un paréntesis, sino un proceso...