jueves, 13 de agosto de 2026

El coste de un amor crucificado - San Mateo 16, 21-27 -.

El coste de un amor crucificado - San Mateo 16, 21-27 -

Cuando Mateo escribe esta página, todo ha sucedido ya: el sufrimiento en Jerusalén, el rechazo de los ancianos, los jefes y los escribas, la cruz y la resurrección. Todo ha sucedido ya, Jesús ya ha vivido hasta el final su respuesta tan personal a la vida; esta no es una página que anticipe un final, sino unas líneas escritas para la memoria, para no olvidar, para no perdernos de vista: que del amor no se entiende nada. Nunca. 

Escritas para no olvidar que en cada uno de nosotros siempre habrá un Simón y un Pedro, dos miradas del mismo corazón, dos nombres del mismo rostro, dos hombres en lucha encerrados en el mismo cuerpo. Dos formas diferentes de entender la vida. 

Y para no olvidar que el amor abre el camino al conflicto sobre la esencia profunda de nuestro ser en el mundo; el amor es espada; el amor no es la solución a los problemas de la vida, sino el problema serio de la vida. 

Lo digo desde el principio: Pedro no debe vencer a Simón, eso no es lo que debe suceder; el amor no pide vencedores, sino solo discípulos dispuestos a seguir caminando... a veces haciendo tantos equilibrios.  

«Amor» es la palabra más ambigua que se puede usar; yo mismo, en mi pequeña medida, me doy cuenta, de que a menudo no nos entendemos. El amor se escapa, provoca; el amor es escándalo. El amor no es la sonrisa bondadosa que calma las tormentas, no es la dulzura que llena el abismo de la muerte. Quizás no deberíamos hablar más de amor. 

Pedro no debe imponerse a Simón; son dos visiones opuestas, pero inmaduras, de la vida. Para Simón, el amor es la respuesta a las necesidades, una promesa consoladora; si ha abandonado, como cada uno de nosotros, la orilla de su propio lago, es por haber intuido un buen negocio. Para Pedro —nombre nuevo que le dio el Maestro—, el amor es sacrificio («nunca te traicionaré»), para convertirse en el primero entre los discípulos, cueste lo que cueste. 

Para Jesús, el amor es un embarazo. Un parto. Un nacimiento. Una muerte. Para Jesús, el amor va más allá del corazón romántico de Simón, va más allá de una visión feliz de la historia, va más allá de una respuesta fácil a las expectativas de la gente. Para Jesús, el amor va más allá de la visión sacrificial de Pedro, que estaría dispuesto a sacrificarlo todo con tal de afirmarse a sí mismo (cuántas vocaciones quemadas en esta locura…). 

Para Jesús, el amor es la cruz. Y cada uno de nosotros tiene su propia cruz. Para Jesús, hablar de amor es hablar de la cruz. Y es la única forma de intentar comprendernos. Pero hay que saber perderse. 

El amor crucificado es vulnerable: violentado y derrotado. Seduce, como dice muy bien Jeremías: el amor primero nos lleva a territorios desconocidos, empujándonos a gestos y decisiones más grandes que nosotros mismos, y luego, cuando ya no podemos dar marcha atrás, nos pide que decidamos únicamente encontrar la manera de morir. Como Jesús. 

Claro que no nos entendemos cuando hablamos de amor porque hablamos de muerte, de vidas crucificadas. Porque amar, y esto vale para todos, es nuestra cruz personal, es aprender a liberarnos de nosotros mismos, aprender a perdernos, a cambiar, a dejar que la vida nos seduzca y luego nos pida que aprendamos una identidad diferente. El amor es descubrir un rostro nuevo y poco tranquilizador de nosotros mismos. 

No basta con cambiar de nombre, no basta con pasar de Simón a Pedro, no basta con hacerse religioso o presbítero, no basta con casarse; eso es solo el principio. Hay que tener el valor, cada día, de perder nuestra identidad, aquella construida con tanta paciencia; hay que aprender a perdernos para poder reconocernos en los ojos misericordiosos del Crucificado. 

El amor es sentirse morir por haber errado tanto y sentirse renacer gracias a Su amor. El amor es muerte y vida; el amor es un parto, un embarazo; el amor son lágrimas de liberación. 

No basta con cambiar de nombre, no basta con pasar de Simón a Pedro, hay que perder la cara ante los demás. «Me han convertido en objeto de burla cada día; todos se ríen de mí», la aprobación de quienes nos rodean es importante, sobre todo de niños, pero luego… 

Entonces, el Simón que hay en nosotros buscará la aprobación de la gente y eso será una traición al amor, como cuando la Iglesia hace pasar por Evangelio su necesidad de ser importante para la gente. O bien, el Pedro que se mueve en nosotros buscará verdugos para encontrar la aprobación entre el núcleo duro de los creyentes que siempre quiere un mártir al que venerar. 

En cambio, el amor es incómodo, el amor no se deja utilizar, el amor es la cruz, el amor es aceptar no ser comprendido (¿y por qué deberían los demás comprender nuestra vida si a nosotros mismos nos ha costado aceptarla? ¿Por qué deberían entender los demás si nosotros mismos primero no la acabamos de entender?), el amor es la soledad de quien hace morir su propia imagen de sí mismo y no pretende que los demás le comprendan. 

El amor es morir, pero no por amor al puro sacrificio, no convirtiendo a los demás en culpables, sino comprendiendo sinceramente su desconcierto: «no saben lo que hacen», y realmente no lo saben. Porque el amor crucificado no se conoce. 

Simón y Pedro se mueven y luchan dentro de nosotros y son dos nombres, uno antiguo y otro nuevo, pero con el mismo problema: «conformarse a este mundo» (Romanos 12, 1-2. Simón, amoldado a las expectativas de toda religión; Pedro, a las expectativas de toda institución. 

En cambio, «dejad que os transforme», Pedro y Simón, hasta que os unifiquéis en un símbolo de opuestos, en una lucha que solo en el Padre encontrará descanso; dejad que hable únicamente el Crucificado. 

El amor y la Cruz se encontrarán en un Cuerpo santificado por el amor. Y nosotros seremos amor cuando logremos unificarnos en una muerte sin rencor, tras haber perdido nuestra falsa imagen de nosotros mismos, la esclavitud al juicio ajeno, y haber desvelado el rostro de Dios. Inútil y hermoso, útero del nacimiento definitivo. 

Cuando hablamos de amor, nunca nos entendemos. Simón y Pedro siempre nos confundirán. No nos queda más que intentar aprender a perder, a perdernos. Y cuando incluso las palabras nos hayan abandonado, si en nuestros ojos no hay rastro de rencor, entonces, y solo entonces, no por sacrificio sino por elección, seremos hermosos y libres, como solo el amor crucificado sabe serlo. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El alto precio del discípulo del Siervo - San Mateo 16, 21-27 -.

El alto precio del discípulo del Siervo - San Mateo 16, 21-27 -

Pedro respondía a Jesús —quien interrogaba a sus discípulos sobre su identidad— con una confesión de fe: «Tú eres el Cristo, el Mesías, el Hijo del Dios vivo» (Mt 16,16). Precisamente por esta revelación recibida del Padre que está en los cielos, Simón, el pescador de Galilea, es constituido por Jesús como la Roca, la primera piedra de la construcción de su Iglesia (cf. Mt 16,18). 

Pero he aquí la orden perentoria de Jesús de no revelar a nadie su identidad de Mesías y, al mismo tiempo, el comienzo de una nueva revelación. 

De hecho, está escrito que «desde entonces Jesús comenzó a mostrar a sus discípulos…». No solo a decir, a enseñar, sino a mostrar, es decir, con palabras y con su comportamiento, que «era necesario que él fuera a Jerusalén y padeciera muchas cosas por parte de los ancianos, de los jefes de los sacerdotes y de los escribas, y que fuera asesinado y resucitara al tercer día». 

Mateo cuenta que Jesús, tras el asesinato de Juan el Bautista (cf. Mt 14,1-12) y las críticas y el rechazo por parte de los escribas y los fariseos (cf. Mt 15,1-20; 16,1-12), se había alejado de Galilea hacia las tierras del norte, más allá de las fronteras de la Tierra Santa, pero ahora regresa y decide emprender el camino hacia Jerusalén, la ciudad santa, aunque él también la conoce como «la ciudad que mata a los profetas» (Mt 23,37). 

Jesús siente que «es necesario», que «debe» emprender este viaje, no porque el destino lo decida por Él, sino porque su misión así lo exige, incluso a costa de una muerte violenta. Esta necesidad es, ante todo, humana, está inscrita en la historia humana, en los acontecimientos del mundo: en un mundo injusto, el justo solo puede recibir rechazo, persecución e incluso la muerte. 

Si Jesús quiere cumplir su misión con palabras y obras según la voluntad de su Padre, si quiere mantenerse coherente con lo que ha predicado, debe cumplir su misión incluso yendo a la ciudad santa, incluso enfrentándose al odio y al rechazo de los sacerdotes, los escribas y los hombres religiosos dotados de autoridad y poder entre el pueblo del Señor. 

Esta necesidad humana se convierte así también en necesidad divina. Pero no porque Dios, el Padre de Jesús que está en los cielos, desee la muerte del Hijo, sino porque quiere que Jesús lo describa fielmente como Dios de amor, Dios desarmado y manso, Dios que acepta ser golpeado antes que golpear. 

Hay que velar continuamente por no proyectar sobre Dios la imagen perversa de un Padre que desearía la muerte y el sufrimiento del Hijo. No, esto ocurre así porque es una lógica inherente al mundo, tal y como había leído y profetizado el autor del libro de la Sabiduría, desenmascarando los razonamientos de los impíos y su persecución del creyente justo y pobre en el Señor, quien confiesa a Dios como Padre (cf. Sab 1,16-2,20). 

En un mundo injusto, el justo solo puede conocer el sufrimiento, y Jesús, desde aquel momento inmediatamente posterior a la confesión de Pedro, lo demuestra. Cabe señalar que Jesús hace este anuncio tres veces durante el camino a Jerusalén (cf. Mt 16,21; 17,22-23; 20,17-19), por lo tanto, con una insistencia y una intención precisas: los discípulos que le siguen deben comprender que en su vocación, en su identidad de Mesías, está contenida toda la vocación del Siervo del Señor, que conoce el sufrimiento y la muerte (cf. Is 52,13-53,12). 

Lo esencial del anuncio-profecía es la necesidad de la pasión como sufrimiento padecido, como rechazo por parte de la autoridad religiosa legítima, como muerte violenta, desenlace humanamente fallido de una vida y de una misión. 

Pero, precisamente tras este final, tendrá lugar la resurrección de entre los muertos al tercer día, como obra del Padre sobre él, el Hijo: resurrección no como venganza contra la muerte, sino como fruto de la pasión y de la muerte. Y no son solo las palabras de Jesús, sino que también su comportamiento enseña a sus discípulos esa necesidad: la vida y las palabras concurren en su «anunciar la palabra abiertamente» (cf. Mc 8,32). 

Ante este anuncio, la Roca de la Iglesia, Pedro, recién instituido como tal y proclamado «bienaventurado» por Jesús (cf. Mt 16,17-19), reacciona. Se lleva a Jesús aparte, casi al margen de los demás discípulos, y comienza a reprenderlo diciéndole: «¡Que (Dios) te preserve, Señor! ¡Esto nunca te sucederá!». 

Pedro invoca a Jesús como Kýrios, Señor, lo reconoce en su identidad, pero precisamente por eso lo reprende, al considerar que sus palabras son absurdas, porque la pasión y la muerte no pueden sucederle al Mesías. 

No nos escandalicemos por las palabras de Pedro: también Jesús sentía rechazo y repugnancia por lo que le esperaba y, en Getsemaní, se lo mostrará a los discípulos con una angustia visible y con una oración al Padre para que alejara de Él el cáliz de ese miserable final (cf. Mt 26,36-46). El sufrimiento y la muerte, los nuestros y los de quienes amamos, pero también los de los demás, nos duelen y nos repugnan. Eso es lo que está diciendo Pedro. 

Pero para Jesús esas palabras suenan como una tentación renovada por parte de Satanás. Aquel que lo había tentado en el desierto, ofreciéndole un camino mesiánico sin cruz y sin muerte, sino hecho solo de éxito y poder (cf. Mt 4,1-11), se manifiesta ahora en las palabras del discípulo a quien él había constituido como Roca. 

Por eso Jesús le grita: «No seas un obstáculo en mi camino, porque tus pensamientos son humanos, no son pensamientos de Dios». ¡He aquí por qué a la Roca se le puede llamar Satanás! No se trata de una desmentida de la investidura anterior ni de la bienaventuranza dirigida a Pedro, sino de una clara advertencia: incluso la Roca puede acabar razonando de manera mundana y ser un obstáculo en el camino del Señor. 

Y para que esta «revelación» de la necesidad de la pasión sea una palabra definitiva, en este momento Jesús dice a los discípulos: «Si alguien quiere venir en mi seguimiento, que renuncie a sí mismo, tome su cruz y me siga». 

Así es como se define el discipulado para todos: no consiste solo en seguir a un maestro sabio y autoritario, no consiste solo en seguir a un profeta capaz de obrar milagros, sino que significa involucrarse en la vida de Jesús, significa renunciar a conocerse y afirmarse a uno mismo, significa tomar la propia cruz, el instrumento de muerte del hombre mundano, del «hombre viejo» (Rom 6,6; Ef 4,22; Col 3,9), y seguir a Jesús allá donde vaya (cf. Ap 14,4). 

¡Un discipulado que tiene un alto precio! Un discipulado que no exime del escándalo, de la prueba, del sufrimiento. Un discipulado que nos sitúa del lado de Jesús, el Siervo sufriente, y del lado de todos los que sufren en este mundo. Sí, bienaventurados los pobres, los mansos, los que lloran, los que son perseguidos (cf. Mt 5,1-12)… 

La pérdida de uno mismo, del yo mundano, es necesaria para que pueda surgir el propio yo auténtico, aquel que se encuentra en Jesús. Los cristianos, que proclaman la verdadera identidad de Jesús como Hijo del Dios vivo, no deben olvidar ni ocultar jamás al crucificado. De hecho, toda la gloria de cada cristiano reside precisamente en tomar su propia cruz y seguir a su Señor en la pasión, la muerte y la resurrección. 

He aquí, pues, a continuación, algunas palabras de Jesús centradas en la palabra «vida». La vida no es, ante todo, aquella que uno intenta conservar a toda costa, siguiendo el impulso de vivir incluso sin los demás y en contra de ellos, en una lógica de autoconservación, lógica que no reconoce la dinámica de la entrega de uno mismo a Dios y a los demás. 

Por el contrario, se puede incluso gastar la vida hasta perderla al darla, y en este caso se recupera en el poder de la resurrección que Dios obra como palabra última e íntima sobre nuestras vidas. 

La verdadera vida, además, no significa ganarse el mundo, no se identifica con el tener, con el poseer, porque nadie puede pagar a Dios su propia redención ni salvar su propia vida (cf. Sal 49,8-9). 

Esta verdad se manifestará cuando venga el Hijo del Hombre en la gloria del Padre, con todos sus ángeles, en lo que será «el día del Señor», anunciado por los profetas y confirmado por Jesús como el día del Hijo del hombre (cf. Mt 24,44; 25,31). Entonces, mediante un juicio último y definitivo, se revelará la verdad de la vida de cada uno de nosotros y cada uno recibirá de Dios un juicio acorde con lo que haya vivido y obrado en la tierra. 

En el horizonte último de la historia nos espera, pues, a todos nosotros, la venida en gloria de Cristo, Hijo del hombre e Hijo del Dios vivo, aquel que fue crucificado y resucitó al tercer día.

Y si hemos intentado seguir a Jesús, pero, como Pedro, la Roca, ante la persecución solo nos hemos reconocido a nosotros mismos, hasta el punto de decir de Jesús: «No lo conozco» (cf. Mt 26,69-75), en el arrepentimiento conoceremos la mirada misericordiosa de Jesús. ¡Como le sucedió a Pedro (cf. Lc 22,61-62)! 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Pasión por Dios - San Mateo 16, 21-27 -.

Pasión por Dios - San Mateo 16, 21-27 -

La obediencia a la Palabra de Dios lleva al profeta a denunciar las injusticias y la violencia que se cometen dentro del Pueblo de Dios y, por ello, a enfrentarse a la oposición, la marginación y las burlas por parte de aquellos a quienes profetiza Jeremías; el seguimiento de Jesús introduce al discípulo en un camino marcado por la asunción de la cruz y cuyo horizonte es la pérdida de la vida. 

La experiencia espiritual de Jeremías, tras el entusiasmo de la adhesión al Señor y la dulzura y la belleza vividas en los momentos iniciales de la llamada, cuando la Palabra del Señor era para él «el gozo y la alegría de su corazón» (cf. Jer 15,16), se ha convertido, con el paso de los años y el desarrollo de su ministerio profético, en una experiencia de amargura y sufrimiento. 

El profeta se siente engañado por Dios: ¿fue una verdadera vocación? ¿O se trató de un error? ¿De un engaño? ¿Dios lo llamó o lo obligó? 

En el centro de la crisis, en la que el profeta se ve tentado a abandonar el ministerio recibido («Ya no hablaré más en su nombre»: Jer 20,9), Jeremías encuentra la renovación y la confirmación de su vocación en lo más profundo de sí mismo, en el corazón aún encendido por la Palabra de Dios. Si el Señor es una pasión, entonces también la crisis será un momento de verdad para la fe y la vocación. El Señor como pasión: este es el reto para los cristianos de hoy. 

Pedro, Cefas, la «roca», aquel a quien se le ha llamado a confirmar en la fe a sus hermanos (cf. Lc 22,32), a quien el Señor ha confiado una tarea fundamental en la Iglesia (cf. Mt 16,18), puede convertirse en «escándalo», es decir, piedra de tropiezo en el camino de la fe. Jesús incluso le reprende duramente, llamándole «Satanás» (Mt 16,18). 

Y esto ocurre cuando Pedro se aparta del seguimiento para situarse delante de Jesús y darle una lección. Entonces demuestra que no siente ni piensa según Dios, sino de manera mundana. Así, la bienaventuranza que Jesús dirige a Pedro en Mt 16,17 no queda, desde luego, anulada, sino relativizada por esta reprimenda que sitúa a Pedro bajo una luz muy realista. Único es el fundamento de la Iglesia: Jesucristo (cf. 1 Cor 3,11; 1 Pe 2,4-5). El servicio de Pedro está al servicio de ese carácter único. 

La cruz es siempre un escándalo: solo integrando el escándalo de la cruz en nuestro camino de fe podemos evitar convertirnos nosotros mismos en motivo de escándalo para el Evangelio y escandalizarnos ante el Mesías crucificado (cf. Mt 26,31: «Todos vosotros os escandalizaréis de mí esta noche»). 

Pedro, en su rebelión contra la cruz de Jesús, expresa esa actitud de repulsión que a menudo es también la nuestra y que nos lleva a confesar correctamente la fe y a desmentir esa confesión en la práctica. 

La cruz es el elemento más radicalmente ajeno al «mundo»: el Pedro que se rebela contra ella muestra su conformismo mundano, su ajustarse a los parámetros y criterios de la mundanalidad, su pensar y sentir conforme a los hombres y no según Dios. 

Las palabras de Jesús al discípulo hablan de la pérdida de uno mismo necesaria para estar en contacto con el propio yo verdadero (cf. Mt 16,24-26). Hay una negación de uno mismo, un dejar de conocerse a uno mismo, una salida de una vida egocéntrica, de la búsqueda de autojustificaciones, que permite al discípulo encontrar, como don, y ser alcanzado, por gracia, por la verdadera vida. 

Se trata del paso pascual de la vida como posesión y como poder, a la vida como don y como gracia. Es la vida vivida en Cristo y para Cristo, es la vida de Cristo en nosotros: «Quien pierda su vida por mi causa, la encontrará» (Mt 16,25). 

«¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si pierde su vida?» (Mt 16,26). El texto vislumbra la situación de unos hombres empeñados en poseer, en extender su actuar y su acumulación más allá de sí mismos, fracasando de hecho en su propia vida, perdiéndose a sí mismos. 

Seguir a Jesús significa poner la propia vida en su vida por amor. Lo que se pierde por amor, en realidad no se pierde, sino que se entrega. Y lo que se entrega por amor, se recupera en la relación. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La locura y necedad se convierten en inteligencia y sabiduría - San Mateo 16, 21-27 -.

La locura y necedad se convierten en inteligencia y sabiduría - San Mateo 16, 21-27 -

Tras la confesión mesiánica de Pedro en Cesarea de Filipo, comienza una nueva etapa del ministerio de Jesús y una fase decisiva de su vida. Mateo lo subraya al escribir: «Desde entonces, Jesús comenzó a mostrar …» (Mt 16,21). 

El estrecho paralelismo con la fórmula de Mt 4,17 («Desde entonces, Jesús comenzó a predicar y a decir»), que inaugura el ministerio de Jesús tras la detención de Juan el Bautista, marca literariamente este nuevo comienzo, cuyos rasgos característicos se definen a partir del primer anuncio de su pasión, muerte y resurrección (Mt 16,21). 

Lo que Jesús explica, y que constituye la única señal de su identidad mesiánica, es su pasión, muerte y resurrección; es decir, la señal de Jonás: «¡Una generación malvada y adúltera exige una señal! Pero no se le dará ninguna señal, salvo la señal del profeta Jonás. Así como Jonás permaneció tres días y tres noches en el vientre del pez, así también el Hijo del hombre permanecerá tres días y tres noches en el seno de la tierra» (Mt 12,39-40). 

Jesús, a quien Pedro acaba de reconocer como Mesías, especifica ahora en qué consiste su identidad mesiánica, la vocación tan personal que ha recibido de Dios. Incluso el conocimiento «correcto» de Jesús mostrado por Pedro, que ha contado con la aprobación del propio Jesús, debe ser corregido, ¿y por quién, si no por el propio Jesús? 

Jesús está desvelando su propio misterio, el secreto de su identidad profunda, íntima y muy personal, identidad recibida de la voluntad de Dios contenida en las Escrituras. La necesidad («tenía que ir a Jerusalén y sufrir mucho»: Mt 16,21) de su pasión está inscrita en su obediencia a las Escrituras y a su ministerio profético («Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas»: Mt 23,37) y le lleva a su redefinición muy personal de la vocación mesiánica. 

La vocación es siempre el encuentro entre la palabra y la voluntad de Dios contenidas en la Escritura y la libertad de un hombre que se siente interpelado personalmente por esa palabra y esa voluntad. En ese encuentro se manifiesta la acción del Espíritu y se expresa la obediencia creativa de la persona. 

Pero las palabras de Jesús provocan la reacción indignada de Pedro. Una reacción verbal, pero también física. Pedro «se lleva» a Jesús, lo «atrae hacia sí», y acompaña este gesto con palabras de escándalo y reproche: «¡Que Dios te libre, Señor, eso nunca te sucederá!» (Mt 16,22). 

Para Pedro, lo que Jesús ha dicho es sencillamente inaceptable. La idea del Mesías que Pedro tiene en mente es absolutamente incompatible con el destino de sufrimiento y muerte. Pero Pedro está proyectando en Jesús sus propios deseos, su propia imagen del Mesías. 

Ya el profeta Isaías advertía que los pensamientos de los hombres no son los pensamientos de Dios: «Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni mis caminos son vuestros caminos» (Is 55,8); ahora Jesús dirige esta reprimenda a Pedro: «No piensas según Dios, sino según los hombres», o tal vez incluso: «No tienes sentido para las cosas de Dios, sino para las de los hombres» (Mt 16,23). 

Y Jesús reacciona también con un gesto: Jesús «se aparta», «se da la vuelta» y reenvía a Pedro detrás de Él, en la posición del discípulo que sigue al maestro. Y Jesús no escatima palabras duras para con Pedro: el beneficiario de la revelación del Padre es ahora tildado de «satanás», el destinatario de la bienaventuranza es ahora motivo de escándalo, la roca es ahora piedra de tropiezo. 

En Pedro conviven estas dimensiones contradictorias, al igual que en todo creyente conviven la posibilidad de la fe y de la falta de fe, de la comprensión y de la ignorancia, de la fidelidad y del abandono, de la humildad y de la arrogancia. En particular, de la fe y de la suficiencia, de la adhesión al Señor y de la presunción de sí mismo. 

Y para que quede claro lo que implica el seguimiento, y por tanto la fe, he aquí que Jesús pronuncia unas palabras contundentes e incluso chocantes. Es decir: tras anunciar su pasión, Jesús anuncia la pasión del discípulo. 

Especialmente dura es la expresión de Mt 16,24: «Si alguien quiere venir en mi seguimiento, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame». 

Renunciar a uno mismo y tomar la cruz son mandatos que indican acciones concretas, establecidas de una vez por todas y consideradas en su conjunto, aunque abarquen todo el tiempo del seguimiento. El tercer imperativo «que me siga» indica una acción que se prolonga en el tiempo. 

Renunciar a uno mismo y tomar la propia cruz significa renunciar a defenderse y a justificarse, y asumir y llevar el instrumento de la propia condena a muerte. Para el discípulo se trata de renunciar a la idolatría de sí mismo, de salir de los mecanismos de autojustificación y de abandonarse totalmente al Señor en una locura en la que reside el secreto de la libertad del discípulo del Señor. Secreto que implica la conciencia de que el seguimiento llega hasta la muerte y que contempla la posibilidad de perder la vida. 

Es más, la locura evangélica hace que perder la vida por el Señor y por el Evangelio sea, en verdad, encontrarla, estar plenamente inmerso en ella. Seguir a Jesús significa poner la propia vida en su vida por amor. Lo que se pierde por amor, en realidad no se pierde, sino que se entrega. Y lo que se entrega por amor, se recupera en la relación. 

Por eso, argumenta Jesús: «¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si pierde su propia vida?» (Mt 16,26). El texto vislumbra la situación de unos hombres empeñados en poseer, en extender su actuar y su acumulación más allá de sí mismos, fracasando de hecho en su propia vida, perdiéndose a sí mismos. 

Si Pedro había manifestado su oposición a la perspectiva de la pasión y muerte de Jesús, es evidente que también la asunción de la cruz resulta igualmente inaceptable para el discípulo. Aquí hay que decir que, en la vida cristiana, la cruz no se elige, sino que se recibe, y siempre se trata de algo indeseable, es más, de algo inaceptable, de algo que sentimos como absolutamente rechazable, porque es absurdo, inhumano, injusto, repugnante, y contra ella nos rebelamos con todas nuestras fuerzas. 

Hasta que, finalmente, nos damos cuenta de que quizá precisamente ahí, en ese indeseable que ha sucedido, en ese impensable que se nos ha abatido encima, se esconde la forma de nuestra cruz: «que tome su cruz». 

Podemos preguntarnos: ¿cómo vivió Jesús la negación de sí mismo, la pérdida de sí mismo, el tomar la cruz? Y podemos responder que no fue la cruz la que hizo grande a Jesús, sino que la vida de Jesús dio sentido también a la cruz cuando fue colgado de ella

Es la vida de Jesús dedicada a amar, a reconocer y a salir al encuentro del otro en su necesidad; es la vida de Jesús marcada por la fraternidad, los afectos, la contemplación de la creación, los encuentros desinteresados; es la vida de Jesús sostenida por la fe sencilla y radical en Dios, atravesada por la oración al «Abba» y por la escucha filial de su palabra, que ha imbuido a la cruz (símbolo de una muerte injusta y cruel, signo del pecado del hombre) con el sello de la fidelidad y la solidaridad radical de Jesús. 

La fidelidad a Dios y la solidaridad con los hombres se sintetizan en un único amor a Dios y al prójimo. Jesús nunca tuvo como fin la autodestrucción, la pérdida de su propia vida, sino vivirla plenamente y con alegría, persiguiendo la libertad y el amor. 

Y amando libremente hasta el final, hasta el extremo, hasta el punto de no retorno. Jesús vivió entregando vida: a los enfermos, a los pecadores, a los marginados, a los despreciados; Jesús supo —es decir, eligió y quiso— dar vida. Su perder la propia vida fue una entrega de tiempo, de fuerzas físicas y espirituales, de energías psíquicas y afectivas: Jesús entregó su vida dando vida a los demás. 

No fue una mera pérdida, sino una entrega, una generación, una transmisión. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La conversión del discípulo: entrar en la lógica del don - San Mateo 16, 21-27 -.

La conversión del discípulo: entrar en la lógica del don - San Mateo 16, 21-27 - 

Así termina el mes de agosto, entre incendios, calor sofocante, vacaciones… quien ha podido, polémicas candentes, una cierta ansiedad por el futuro… y un largo y variado etcétera. 

¿Lo conseguiremos? 

¿No dejarnos llevar por el miedo, trabajar, cultivar relaciones y afectos, dar un sentido profundo a nuestra vida, no dejar que se extienda en nosotros y a nuestro alrededor la oscura sombra de la violencia, la crítica y el victimismo, para imaginar un «yo» diferente, una vida más auténtica y esencial? 

Sí, quizá sí. 

Sigo pensando que el tiempo que estamos viviendo, si sabemos interpretarlo, es un tiempo de gracia, no de desgracia, en el que Dios hace nuevas todas las cosas, en el que podemos, por fin, convertirnos en discípulos. 

Pero para que nuestra vida florezca por fin, es urgente una conversión, para pasar del Dios de nuestra mente al Dios de Jesús. 

Es un poco agotador, pero esencial. 

Lo podemos preguntar a Pedro.

Jesús es el Mesías, ¡viva! Muy diferente de lo que se esperaba, de acuerdo. 

Pero Pedro se atrevió y logró decir lo inimaginable: Dios nunca es como lo esperaríamos. Jesús no es un Mesías musculoso y combativo, un líder que atrae consensos y aplausos. 

Que así sea. 

Jesús, sin embargo, ahora se pasa de la raya. 

Habla de sacrificio, de pruebas, de incomprensión, de sufrimiento. De muerte. De su muerte. 

No hace falta ser Hijo de Dios para entenderlo: se respira un ambiente muy tenso a su alrededor. 

Los discípulos están conmocionados. Ahora saben claramente que Jesús es el Mesías. 

Y el Mesías no debe morir, según ellos. Si es el enviado de Dios, no puede sino vencer, triunfar, allanar el camino y resolverlo todo. ¡Qué tiernos! 

Pedro se lleva a Jesús a un lado (¡!) y le pide —¡acaba de convertirse en “Papa”!— que no desanime a las tropas. Pedro actúa como nosotros: le enseña a Dios a ser Dios. Le sugiere qué camino seguir. 

¡Dios no lo quiera!… 

No, Pedro, Dios no quiere eso. 

Los enemigos lo querrán, pero Dios no. Dios no quiere el mal, nunca. Pero el mal revela el bien, la sombra resalta la luz. El grano debe morir para dar fruto. 

Y, al igual que con la cananea, Jesús saca a relucir su carácter. 

Estás razonando como Satanás, Simón, conviértete. Vuelve a mi lado. ¡Vuelve a ser discípulo!  

Cuando queremos indicarle a Dios qué dirección tomar, cuando pensamos que el sufrimiento es excesivo, cuando quisiéramos hacer alguna corrección a la acción divina, cuando, aunque seamos devotos, santos, piadosos, religiosos, misioneros, presbíteros, obispos o mártires, razonamos según los hombres, cuando no somos discípulos, sino que nos creemos Maestros de Dios, cuando, ingenuamente, asumimos la lógica de este mundo, como nos ha recordado san Pablo, Jesús no tiene miedo y nos llama a lo esencial, incluso con firmeza. 

Nos invita a la conversión. A seguirle. 

A Jesús no le gusta la cruz y preferiría prescindir de ella. Y no quiere morir. 

No, Dios no quiere, Pedro. 

Lo que Jesús quiere es manifestar el verdadero rostro de Dios y, para ello, está dispuesto a sufrir todo lo que ha dicho, tal y como sucederá. 

Elige tú, Pedro, de qué lado estar. 

Del lado de la cruz, entregando la vida, muriendo antes que renegar del verdadero rostro de Dios, «perdiendo», es decir, entregando la vida para recuperarla. O del lado del mundo. Que solo piensa en sí mismo, que se aprovecha de los demás, que negocia, que hace contrabando, que cambia de opinión, que juzga sin exponerse, que nunca paga. 

Elige, Pedro. 

Elige, hermano en la fe.  

Esto es la cruz, nada más. No es sufrimiento, ni prueba divina, ni ninguna de las absurdas devociones que hemos construido en torno a esta invitación. 

Cuántas veces hemos tergiversado este pasaje y ofendido a Dios haciéndole decir exactamente lo contrario de lo que quería decir. Dios no ama la cruz, ¿por qué iba a pedirnos que la amáramos? 

Dios no envía las cruces; son los demás quienes las envían, y nosotros mismos las construimos para sentirnos devotos. 

El sufrimiento debe evitarse, siempre que sea posible. Pero amar, a veces, lleva a entregarse hasta la muerte, hasta el vaciamiento de uno mismo, hasta convertir un gesto en algo sagrado, el sacrum facere, el sacrificio. 

Lo cual no significa aguantar a un marido violento y hacerme a un lado ante el arrogante o convertirme en un felpudo. ¡Dios no aprecia esa actitud! 

Significa entrar en la lógica del don, lógica que Jesús asume. Hasta morir por ello. 

¿Estamos realmente dispuestos a arriesgarnos tanto?  

Jesús es honesto. 

Con Pedro y con nosotros. Podemos elegir. 

Porque podemos ganar el mundo entero sin por ello llegar a ser felices. Es más, perdiendo lo esencial. ¿Y no es acaso a lo esencial a lo que este tiempo de prueba nos está devolviendo? ¿No es acaso hacia una conversión profunda y radical, tanto personal como de nuestras comunidades, a lo que este tiempo nos está empujando? 

Podemos pasar el tiempo quejándonos, o fingiendo que, en el fondo, no ha cambiado mucho. 

Conformarnos con ser discípulos de palabra o de título. 

O bien. 

O bien volver al fuego. 

Al tormento de un amor imposible. El amor de Dios por mí. Mi amor por Dios. 

Como un terremoto que derrumba los edificios frágiles, estos tiempos ponen de manifiesto la fragilidad de nuestro anuncio, la pereza de nuestro cristianismo habitual y poco atractivo (y poco creíble). 

Y, sin embargo, este tiempo puede sacudirnos. Es un lugar de salvación, un kairos. 

Hacernos redescubrir, como experimenta Jeremías, profeta desafortunado e ignorado, percibido como un hereje en la corte del débil rey de Jerusalén, que cuando habla de Dios habla de un incendio. 

De un fuego devorador que penetra en los huesos y consume. 

De un amor dulcísimo y desgarrador. 

Desde aquí podemos volver a empezar. 

Desde aquí quiero volver a empezar. Volviendo a ser discípulo. 

Cueste lo que cueste. 

Un discípulo que se descubre amado y capaz de amar. 

Esto es lo que Dios quiere.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Si tú quieres encontrar la vida… - San Mateo 16, 21-27 -.

Si tú quieres encontrar la vida… - San Mateo 16, 21-27 - 


I
 

Si alguien quiere seguirme… Vivir una historia con Él tiene un comienzo tan ligero y liberador: si alguien quiere. Si tú quieres. Tú irás o no irás con Él, elige, sin imposiciones; con Él, maestro de los hombres libres, fuente de vidas libres, si tú quieres. Pero las condiciones son vertiginosas. 

La primera: renegar de uno mismo. Un verbo peligroso si se malinterpreta. Renegar de uno mismo no significa anularse, aplanarse, mortificar aquellas cosas que te hacen único. Significa: deja de pensar siempre solo en ti mismo, de dar vueltas en torno a ti. Nuestro secreto no está en nosotros, está más allá de nosotros. Martin Buber resume así el camino del hombre: «partiendo de ti, pero no para ti». Porque quien solo se mira a sí mismo nunca se ilumina. 

La segunda condición: tomar la propia cruz y acompañarle hasta el final. Una de las frases más famosas, más citadas y más malinterpretadas del Evangelio. La cruz, este signo tan sencillo, solo dos líneas, lo ves en un pájaro en vuelo, en un hombre con los brazos abiertos, en el arado que surca el seno de la Madre Tierra. 

Una imagen que habita en los ojos de todos, que cuelga del cuello de muchos, que marca cimas de montañas, cruces de caminos, campanarios, ambulancias, que habita en los discursos como sinónimo de desgracias y muerte. Pero su sentido profundo está en otra parte. 

La cruz es una locura. Un «suicidio por amor», decía un tal Alain Resnais. Jesús habla de una cruz que ya se perfila en el horizonte y Él sabe que su pasión por Dios y por el hombre le conduce a ese desenlace, pasiones que no puede traicionar: para él sería más mortal que la propia muerte. 

Toma tu cruz, elige para ti algo de mi vida. De Él, el valiente que se atreve a tocar a los leprosos y a desafiar a los verdugos dispuestos a matar a la adúltera; el fuerte que expulsa del templo a los bueyes y a los mercaderes; el muy tierno que se conmueve por los gorriones y lirios; el rabino que ama los banquetes y los amaneceres en el desierto; el pobre que nunca ha entrado en los palacios de los poderosos si no como prisionero; el libre que no se dejó comprar por nadie; sin ningún siervo, y sin embargo llamado Señor; el manso que no ganó ninguna batalla y conquistó el mundo. Con la cruz, con la pasión, que es apasionarse y sufrir juntos. Porque donde uno pone su corazón, allí encuentra también sus heridas. 

Si quieres venir tras de mí... 

Pero ¿por qué seguirle? ¿Por qué ir tras Él? Es el drama, por ejemplo, de Jeremías: ya basta de Dios, he terminado con Él, es demasiado. ¿Quién no lo ha sufrido? 

Pero bienaventurado quien sigue adelante, como el profeta: en mi corazón había como un fuego, me esforzaba por contenerlo, pero no podía. Sin este fuego (zarza ardiente, lámpara o simple cerilla en la noche), podría incluso ganarme el mundo, pero me perdería a mí mismo. 


II
 

Si alguien quiere seguirme… Pero ¿por qué seguirle? ¿Por qué ir tras Él y sus ideas? Sencillo: para ser feliz. Así pues, Jesús establece las condiciones. Condiciones que dan vértigo. 

La primera: renegar de uno mismo. Palabras peligrosas, si se malinterpretan. Jesús no quiere a personas frustradas entre sus seguidores, sino a gente con una vida plena, exitosa, completa y realizada. Renunciar a uno mismo no significa mortificarse, ni desperdiciar los propios talentos y capacidades. Significa más bien: el mundo no gira en torno a ti; sal de tu yo, traspasa los límites de ti mismo. No es mortificación, pues, sino liberación. 

Segunda condición: «Toma tu cruz y sígueme». Una de las frases más famosas, más citadas y más malinterpretadas del Evangelio, que hemos interpretado como una exhortación a la resignación: sufre con paciencia, acepta, soporta las inevitables cruces de la vida. Pero Jesús no dice «soporta», dice «toma». Al discípulo no se le pide que sufra pasivamente, sino que tome, activamente. 

¿Qué es, entonces, la cruz? Es el resumen de toda la vida de Jesús. «Toma la cruz» significa: «Asume una vida que se parezca a la suya». La vocación del discípulo no es sufrir el martirio, sino llevar una vida como la del Mesías; al igual que Él, también tú debes recorrer el mundo como una criatura amiga, hermana, samaritana… 

La cruz en el Evangelio indica la locura de Dios, su lúcida locura de amor. El sueño de Jesús no es una procesión interminable de hombres, mujeres, niños y ancianos, todos cargando con su cruz, en un doloroso Vía Crucis perpetuo. Sino la inmensa migración de la humanidad hacia una vida más plena. 

Sustituyamos «cruz» por «amor». Y he aquí: si alguien quiere venir conmigo, que tome sobre sí el yugo del amor, todo el amor del que sea capaz, y que me siga. Cada uno con el amor a cuestas, que, sin embargo, tiene su precio: allí donde pongas tu corazón, allí encontrarás también tus espinas y tus heridas. 

En el horizonte se perfilan Jerusalén y los días decisivos. Jesús los afronta eligiendo no parecerse a los poderosos del mundo. Para Él, el verdadero poder es servir; ha venido a traer la supremacía de la ternura, y los poderes del mundo serán impotentes frente a ella: «Al tercer día resucitaré». 

Por eso la frase central del pasaje: «Quien pierda así su vida, la encontrará». Nos han enseñado a poner el énfasis en «perder la vida». Pero si lo escuchas con atención, percibes que el énfasis no está en «perder», sino en «encontrar». 

El resultado final es «encontrar la vida». Aquello que todos los hombres buscan, en todos los rincones de la tierra, en todos los días que se les concede disfrutar: el florecimiento de la vida. Perder para encontrar. Es la física del amor: si das, te enriqueces; si retienes, te empobreces. Solo somos ricos de aquello que hemos donado. 


III
 

Termina el camino libre y feliz por las calles de Palestina, a lo largo de las orillas del lago, y en el horizonte se recorta Jerusalén. Por primera vez se perfila la locura de la cruz. Dios decide no parecerse a los poderosos, sino a los torturados y asesinados del mundo. Para Él, el verdadero poder es amar, es la supremacía de la ternura, y los poderes del mundo serán impotentes frente a ella: «Al tercer día resucitaré». 

Es algo tan inédito y trastornador que Pedro lo rechaza: según la lógica humana, elegir estar del lado de las víctimas, de los débiles, significa despojarse de todo poder. Jesús, entonces, le invita a sumarse a esta revolución, a abrirse a lo nuevo que irrumpe por primera vez en la historia: «Pedro, vuelve a ponerte detrás de mí, vuelve a ser discípulo». 

No es solo Pedro quien sigue esta lógica, sino todos los discípulos. Y entonces Jesús extiende a todos la misma invitación: «Si alguien quiere seguirme…» y establece las condiciones. Condiciones que dan vértigo. 

La primera: que se niegue a sí mismo. Palabras peligrosas si se malinterpretan. Negarse a sí mismo no significa mortificarse, desperdiciar los talentos. Jesús no quiere a personas frustradas a su lado, sino a personas con una vida plena. «Renunciar a uno mismo» significa: tú no eres el centro del universo; aprende a ir más allá de ti mismo. No es una mortificación, sino una liberación. 

Segunda condición: «Toma tu cruz y sígueme». Una de las frases más famosas, más citadas y más malinterpretadas del Evangelio, que hemos interpretado como una exhortación a la resignación: sufre con paciencia, acepta, soporta las inevitables cruces de la vida. Pero Jesús no dice «soporta», dice «toma». No es Dios quien envía la cruz. Es el discípulo quien la toma, de forma activa. 

La cruz en el Evangelio indica la locura de Dios, su lúcida locura de amor, amor hasta morir por él. Sustituyamos «cruz» por «amor», y he aquí: si alguien quiere venir conmigo, que tome sobre sí el yugo del amor, todo el amor del que es capaz, y que me siga. 

Por eso la frase central del pasaje: «Quien pierda así su vida, la encontrará». Nos han enseñado a poner el énfasis en «perder la vida». Pero si lo escuchas con atención, percibes que el énfasis no está en «perder», sino en «encontrar». 

Sígueme, es decir, vive una existencia que se asemeje a la mía, y encontrarás la vida, realizarás plenamente tu existencia. El resultado final es «encontrar la vida», esa cosa que todos los hombres buscan, en todos los rincones de la tierra, en todos los días que se les ha concedido vivir: realizarse plenamente a sí mismos. 

Y Jesús posee la clave. Perder para encontrar. Es la ley de la física del amor: si das, te enriqueces; si retienes, te empobreces. Solo somos ricos de aquello que hemos dado. 


IV
 

¡Jesús comenzó a decir que tenía que sufrir mucho y que lo matarían! 

Este es el escándalo del cristianismo: un Dios que se adentra en el dolor y en la muerte porque cada uno de sus hijos se adentra en el dolor y en la muerte. 

Es la sorpresa de Pedro: ¡Dios no lo quiera, eso nunca! ¿Quieres salvar este mundo que tiene problemas inmensos, dejándote matar? Estás ilusionado, el mundo no se salvará por un crucificado más. Utiliza otros medios: el poder, el milagro, la autoridad. 

Y eso es precisamente lo que Jesús rechaza. En cambio, elige los medios más humildes: el amor desarmado, el corazón puro, no ejercer nunca violencia, el perdón hasta el final, el abrazo al leproso. 

Si alguien quiere venir en mi seguimiento, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Si alguien quiere venir… Pero ¿por qué debería querer esto? ¿Cuál es el motivo? El propio Jesús lo revela poco después: si alguien quiere salvar su vida… La energía del seguimiento es un instinto de vida, bello y originario. 

Que se niegue a sí mismo. Palabras peligrosas si se malinterpretan. Negarse a uno mismo no significa anularse, volverse insípido y sin color. Jesús no quiere a personas frustradas entre sus seguidores, sino a gente que haya dado pleno fruto a sus talentos. Significa: tú no eres el centro del universo, tú no eres la medida de todo. Formas parte de una fuerza mayor. Tu secreto está más allá de ti. 

Toma tu cruz. Y lo hemos interpretado como: sufre con paciencia, acepta, aguanta. Una exhortación a la resignación. Pero desde luego no hacía falta que Jesús dijera esto. La cruz en el Evangelio es lo impensable de Dios, es la prueba de que Dios me ama más que a su propia vida. 

Para entenderlo, basta con sustituir la palabra «cruz» por la palabra «amor»: «Si alguien quiere venir conmigo, que asuma todo el amor del que es capaz». Toma tu parte de amor, de lo contrario no vives; toma la parte de cruz que todo amor conlleva, de lo contrario no amas. Todos, yo el primero, tenemos miedo al dolor. Que se nos conceda, sin embargo, la gracia de no tener miedo a amar: eso sería miedo a vivir. 

Y luego sígueme. Seguir a Jesús no es martirizarse con sacrificios, sino conquistar una pasión infinita por la existencia, en todas sus formas, en todas sus criaturas. «Haz como yo, asume una vida que sea el resumen de mi vida», dice Jesús, el valiente que toca a los leprosos y desafía a quienes quieren matar a la adúltera, el tierno que se conmueve ante las multitudes sin pastor y ante los gorriones y lirios, el pobre que nunca entró en los palacios de los poderosos salvo como prisionero, libre como nadie, amor como nadie, hombre de vida buena, bella y feliz. Vive mis mismas pasiones. Y encontrarás la vida. Olvida que existes cuando dices que amas y encontrarás la vida. 


V
 

Pedro confesó a Jesús; y ahora Jesús desmiente a Pedro —y toda nuestra lógica— al presentarse de una forma «inaceptable», como aquel que debe sufrir mucho. 

Jesús sabe que nunca serán los poderosos quienes resuelvan las lágrimas del mundo ni los errores de cada uno. El mal solo se resuelve llevándolo. En la cruz. 

¿Qué es la Cruz, si no la elevada afirmación de que Dios ama a los demás —y a mí entre ellos— más que a su propia vida? La Cruz es el abismo donde Dios se convierte en el amante. Es la señal suprema que Dios lanza al hombre, el punto último en el que todo se cruza: los caminos del cielo, de la tierra y del corazón. 

¿Y cuál es la cruz que el discípulo debe tomar? Para comprender qué quiere decir Jesús, tal vez baste sustituir la palabra «cruz» por la palabra «amor»: «Si alguien quiere venir conmigo, que tome sobre sí todo el amor del que es capaz». 

La cruz del discípulo no son las decepciones cotidianas, las fatigas o las enfermedades: cosas que solo hay que soportar. La verdadera cruz, dice Jesús, hay que «tomar», no soportarla. Hay que elegirla, como resumen de un destino y de un amor: Elige para ti el yugo del amor. 

No amar es solo una lenta muerte. Recuerda que el verdadero drama del hombre no es perder la vida, sino no encontrar a nadie que valga más que la propia vida, no tener a nadie por quien valga la pena dar la vida. 

Todos, yo el primero, tenemos miedo al dolor, al sacrificio hasta la entrega de uno mismo; pero que se nos conceda no tener miedo de amar. Como lo hace Dios, el gran seductor. No mires el dolor, mira el amor. 

Entre los nombres de Dios, Jeremías introdujo el de «seductor»: «Me has seducido, Señor, y me he dejado seducir». En Dios hay deseo, corazón de carne, pasión, belleza. Un Dios enamorado. Era imposible resistirse a Él, resistirse a la pasión de Dios por mí. 

Y, sin embargo, Jeremías se sintió solo e incomprendido, y expresó su amargura. Pedro está decepcionado en su entusiasmo, incomprendido en su realismo. ¿Un Dios que seduce y decepciona? ¿Que conquista y luego deja desorientados? 

Sí, porque te llama a pensar sus pensamientos, a seguir sus pasos, a tener sus sentimientos; te aleja de tu antiguo corazón. Y si en el horizonte se perfila una cruz, Pedro no está de acuerdo, y yo con él, y me siento un poco traicionado. Entonces nos socorre Jeremías: Pero en mi corazón había como un fuego ardiente, me esforzaba pero no podía contenerlo... 

Sin este fuego, la pasión de Dios por mí, yo no sería nada. Ganaría el mundo, pero me perdería a mí mismo. 


VI
 

Con este pasaje, Mateo nos lleva al punto de inflexión de todo su Evangelio. Terminan los días de la enseñanza, del caminar libre y feliz por los caminos de Palestina, y comienza el gran relato de la pasión, la muerte y la resurrección: Jesús comenzó a decir que tenía que sufrir mucho y que lo matarían. 

Desde entonces, el centro de toda la historia humana es el rostro de un Dios crucificado. Este es el escándalo del cristianismo. Aceptar a Jesús como Mesías aún es admisible. Pero que el Mesías deba terminar su vida con una muerte atroz, eso es lo que resulta verdaderamente inadmisible. 

Junto con Pedro, también nosotros le repetimos a Jesús: ¿Pero tú quieres salvar esta historia que se hunde dejándote matar? Pero no servirá de nada. La tierra es un llanto inmenso, el mundo tiene problemas enormes, hay que resolverlos; ¿y Tú crees que lo harás acabando en la cruz? ¡Eres un iluso! El mundo no se salvará por un crucificado más entre los millones de crucificados de la historia. Es una locura. Usa otros medios: el poder, lo sagrado, el milagro, la autoridad. 

Y eso es precisamente lo que Jesús rechaza. En su lugar, elige el servicio, la pobreza de espíritu, la misericordia, el ansia de justicia, el corazón puro, la construcción de la paz, la mansedumbre, la cruz. 

¿Qué es la cruz de Cristo sino el sufrimiento de un Dios apasionado, la elevada afirmación de que Dios ama a los demás más que a su propia vida, de que ha amado tanto al mundo que ha dado a su Hijo? 

La cruz es la señal suprema lanzada por Dios, el punto último en el que todo se cruza: los caminos del cielo, los caminos del corazón, los caminos de la tierra, donde todo está escrito con letras de sangre y de amor, las únicas que no engañan. 

¿Y para nosotros, para los discípulos, qué es la cruz? Para entenderlo basta con sustituir una palabra. Si alguien quiere venir en mi seguimiento, que tome sobre sí todo el amor del que es capaz y me siga. 

La cruz del discípulo no son las fatigas, las enfermedades, el dolor cotidiano, cosas inevitables, pero que solo hay que soportar. La cruz hay que tomarla, dice Jesús, hay que elegirla, como resumen de un destino y de un amor. 

Y dice: recuerda que quien vive solo para sí mismo muere; que el verdadero drama del hombre no es perder la vida, sino no tener nada por lo que valga la pena darla; que no debes conformarte con la mentalidad de este mundo, con sus falsos valores, con sus mezquindades. 

Albert Einstein nos lo recordaba a su manera: «El drama del mundo no es que algunos hagan el mal, sino que la gran mayoría no se oponga al mal». No hay paz si nos conformamos con este mundo; no hay paz si nos conformamos con el miedo a un amor serio. No hay paz si olvido que tengo un alma y que el alma que hay en mí es el aliento de Dios. Este aliento vale más que todo el mundo. Sin él no sería nada; ganaría el mundo, pero me perdería a mí mismo.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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