sábado, 20 de junio de 2026

Dios es el garante de la laicidad.

Dios es el garante de la laicidad

Génesis 1,1-3:

 

«En el principio, Dios creó el cielo y la tierra. La tierra estaba desordenada y desierta; las tinieblas cubrían el abismo, y el espíritu de Dios se movía sobre las aguas. Dios dijo: «¡Hágase la luz!». Y se hizo la luz».

 

Para pensar en la  laicidad podría haber presentado el conocido pasaje evangélico en el que Jesús afirma: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (Mc 12,17).

 

Pero he preferido partir de ese texto, extraído del Génesis, para subrayar que la laicidad está inscrita en el acto mismo de la creación.

 

Y lo digo así porque Dios, al crear, no solo permite que la res - las cosas - exista, sino que permite que esas cosas no se confundan con Él, con su persona, con su majestad, con su gloria…

 

La luz, el agua, la tierra son realidades buenas, bellas, pero no son Dios.

 

Esta es la verdadera laicidad: Dios no es la luz, el agua, la tierra; no es, en otras palabras, una «res» creada, sino que es el Otro.

 

Aquí se sitúa la justa autonomía de las realidades terrenales de las que habla el Concilio Vaticano II en la Gaudium et Spes (n.º 36), autonomía que constituye un límite bello y feliz, pues el ser humano debe conocerla, custodiarla, respetarla y amarla.

«Muchos de nuestros contemporáneos parecen temer que, por una excesivamente estrecha vinculación entre la actividad humana y la religión, sufra trabas la autonomía del hombre, de la sociedad o de la ciencia. 

Si por autonomía de la realidad se quiere decir que las cosas creadas y la sociedad misma gozan de propias leyes y valores, que el hombre ha de descubrir, emplear y ordenar poco a poco, es absolutamente legítima esta exigencia de autonomía. No es sólo que la reclamen imperiosamente los hombres de nuestro tiempo. Es que además responde a la voluntad del Creador. Pues, por la propia naturaleza de la creación, todas las cosas están dotadas de consistencia, verdad y bondad propias y de un propio orden regulado, que el hombre debe respetar con el reconocimiento de la metodología particular de cada ciencia o arte. Por ello, la investigación metódica en todos los campos del saber, si está realizada de una forma auténticamente científica y conforme a las normas morales, nunca será en realidad contraria a la fe, porque las realidades profanas y las de la fe tienen su origen en un mismo Dios. Más aún, quien con perseverancia y humildad se esfuerza por penetrar en los secretos de la realidad, está llevado, aun sin saberlo, como por la mano de Dios, quien, sosteniendo todas las cosas, da a todas ellas el ser. Son, a este respecto, de deplorar ciertas actitudes que, por no comprender bien el sentido de la legítima autonomía de la ciencia, se han dado algunas veces entre los propios cristianos; actitudes que, seguidas de agrias polémicas, indujeron a muchos a establecer una oposición entre la ciencia y la fe.

Pero si autonomía de lo temporal quiere decir que la realidad creada es independiente de Dios y que los hombres pueden usarla sin referencia al Creador, no hay creyente alguno a quien se le oculte la falsedad envuelta en tales palabras. La criatura sin el Creador desaparece. Por lo demás, cuantos creen en Dios, sea cual fuere su religión, escucharon siempre la manifestación de la voz de Dios en el lenguaje de la creación. Más aún, por el olvido de Dios la propia criatura queda oscurecida».

Dios no viola este límite que Él mismo ha concebido y querido. Y el ser humano debe hacer lo mismo para evitar caer en la idolatría.

En otras palabras, la esfera de lo sagrado y la de lo profano, aunque se crucen, deben separarse con prudencia. 

Cada una de estas esferas, de lo sagrado y de lo profano, tiene su propia ley, su propia autonomía, y esto permite evitar dos riesgos que los que trabajan en el ámbito de la política conocen bien: la sacralización de la política y la politización de la religión.

 

La política y la religión, en tiempos de crisis como los que vivimos, pueden confundirse, apoyarse mutuamente porque se ven cuestionadas, se ven sumidas precisamente «en crisis».

 

La política y la religión pueden convivir armoniosamente en la medida en que estén separadas, es decir, que no estén con-fundidas, fusionadas entre sí.

 

La luz no es el agua, el agua no es la luz: así quiso Dios el mundo, dotándolo de una maravillosa armonía que hay que acoger, respetar y custodiar.

 

Tanto si se cree como si no se cree en una religión, la laicidad es el primer y quizá mayor compromiso de un político. También, por ejemplo, de la Iglesia.

 

Porque el político no puede recurrir a la religión para legitimar su servicio y la religión no puede recurrir a él para mantener sus estructuras.

 

Precisamente por eso el Dios cristiano me parece tan enamorado de la laicidad. Y Aquel que la legitima como su máximo valedor.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Yo estoy con vosotros: no tengáis miedo - San Mateo 10, 26-33 -.

Yo estoy con vosotros: no tengáis miedo - San Mateo 10, 26-33 -

Nos guste o no, el miedo forma parte de la vida humana. Desde niños hemos sentido temores que, a menudo, tras revelarse infundados, desaparecían; pero también en la madurez pueden surgir miedos ante ciertas situaciones —el dolor, los malentendidos, la soledad, las incertidumbres, la muerte— que se nos presentan y que debemos, al menos, «intentar» afrontar y superar, quizá con la ayuda de Dios.

 

Pero todos nosotros, como hijos de Dios y discípulos de Jesús, no podemos ni debemos tener motivos para temer, porque creemos firmemente que no estamos solos, tal y como nos dijo el propio Señor: «No os dejaré huérfanos» (Jn 14, 18) y «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20).

 

Dios, que es un Padre amoroso, que se ocupa de sus criaturas hasta en los más mínimos detalles, con mayor razón no puede dejar de preocuparse por nosotros y cuidar de nosotros.

 

«No temáis»: estas palabras resuenan tres veces, con insistencia. Sin duda más una promesa que una orden. La advertencia, repetida como un estribillo por Jesús tras dar instrucciones a sus discípulos, es la de no temer, de no tener miedo, nunca.

 

No tener miedo de aquellos a quienes se anuncia el Evangelio en contextos indiferentes u hostiles y, sobre todo, miedo de aquellos que pueden llegar incluso a matar el cuerpo.

 

El miedo es una emoción primordial que nos alerta ante algo que percibimos como amenazante y peligroso para nosotros y que nos lleva, por ejemplo, a escondernos de los hombres e incluso de Dios (Adán y Eva) o a huir (como muchos profetas) de nuestras responsabilidades.

 

Pero los demás, que pueden ser motivo de miedo, también pueden convertirse en fuente de valor; pueden convertirse, gracias al amor, en una ocasión para vencer al miedo. Se dice que el amor es valiente: por amor puedo emprender acciones o soportar situaciones que ponen en riesgo incluso mi bienestar y también mi vida. Eso es. ¡Este Evangelio habla del valor del anuncio!

 

El valor de ser predicadores… «Anuncia la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, exhorta con toda magnanimidad y enseñanza». (2 Tim 4, 2). ¡Anuncia! ¡No es una posibilidad! ¡Es un imperativo! Todo cristiano debe ser un anunciador de la Palabra de Dios porque, si no lo hace, desperdicia la gracia que se le ha concedido y empobrece no solo a los demás, sino también a sí mismo.

 

Este año estamos leyendo el Evangelio de Mateo, que concluye precisamente con la promesa del Resucitado a sus discípulos: «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).

 


Las palabras de Jesús que escuchamos en este Evangelio —vencer el miedo a anunciar la palabra evangélica, vencer el miedo a quienes pueden matar el cuerpo y, sobre todo, atrevernos a confiar en el Dios que cuida de nosotros— nos trazan un itinerario y pueden resumirse en una sola palabra: confianza.
 

Una confianza muy bien subrayada también por la imagen de un Dios que se preocupa incluso por los gorriones y que se interesa también por conocer el número de cabellos de una persona. ¿Qué más podemos desear o pretender? 

«No tengáis miedo». Jesús no les dice a los discípulos que no encontrarán oposición, incomprensión o sufrimiento. Al contrario, los prepara para la posibilidad del rechazo. Pero precisamente desde esta perspectiva les entrega la mayor certeza: ninguno de ellos está olvidado ante Dios. 

«Hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados». No tengáis miedo: no porque todo vaya a salir como deseáis, sino porque ningún aspecto de vuestra vida escapa a la mirada del Padre. 

Lo contrario del miedo no es simplemente el valor. Lo contrario del miedo es la fe. El valor puede surgir de un impulso del carácter; la fe, en cambio, nace de la certeza de estar protegidos. 

Es la fe la que nos devuelve la capacidad de exponernos sin jugar al escondite. Es la fe la que nos hace correr el riesgo de ser reconocidos como «suyos», como le ocurrió a Pedro cuando una sirvienta, en el patio del Sumo Sacerdote, le dijo: «Tú también estabas con Jesús el galileo». 

Pero aquella noche no fue la última palabra sobre la vida de Pedro. Su llanto se convirtió en el lugar en el que descubrió su propia fragilidad y, al mismo tiempo, la fidelidad del Señor. Jesús no lo renegó y le confió de nuevo a sus hermanos. 

Este es el corazón de la promesa evangélica: cuando reconocemos al Señor, descubrimos que Él ya nos había reconocido mucho antes. 

Antes de nuestra fidelidad está la suya. Antes de nuestra profesión de fe está su mirada que nos llama por nuestro nombre. Antes de nuestro valor está su misericordia que nos levanta tras cada negación. 

Durante muchos siglos hemos anunciado caminos para salvar el alma y, a veces, los hemos identificado en un distanciamiento de la historia, como si la salvación consistiera en preservar zonas francas e incontaminadas. 

En el lenguaje del Evangelio, sin embargo, el alma coincide con la vida, con aquello que hace que una persona esté viva, con las razones profundas por las que se levanta cada mañana, ama, espera y lucha. 

Hoy nos esforzamos por preservar el cuerpo del desgaste del tiempo, por protegerlo, cuidarlo y prolongar su bienestar. Todo esto es legítimo. 

Sin embargo, corremos el riesgo de perder precisamente el alma, es decir, las razones para vivir. Podemos seguir existiendo biológicamente y ya no saber para qué vivimos. Y quizá este sea el mal más difícil de exorcizar. 

El Evangelio nos plantea hoy una pregunta decisiva: ¿qué hace que mi vida merezca la pena ser vivida? ¿Por qué estoy dispuesto a arriesgarme? ¿Qué muestro ante los demás a través de mis palabras, mis decisiones y mi forma de tratar a los demás? 

«No tengáis miedo». Tenéis vuestro nido en las manos de Dios. Vuestra vida está protegida incluso antes de que los demás la comprendan. Vuestro nombre se pronuncia ante el Padre incluso antes de recibir la aprobación de los hombres. Por eso podéis vivir sin mendigar continuamente confirmaciones, sin doblegar vuestra conciencia con tal de ser aceptados, sin ocultar lo que da sentido a vuestros días.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Juan el Bautista: el hombre de Dios.

Juan el Bautista: el hombre de Dios

La Palabra ofrece siempre una especie de memorial.

 

Uno echa la vista atrás y contempla la figura de Juan el Bautista. La intención no es narrar una historia, sino recoger su legado, tratando de reconocer el hilo conductor que une todos los episodios de su vida.

 

Al final, ¿qué queda de Juan? ¿Qué queda de nosotros?

 

Queda un hombre que dejó que Dios actuara en su vida. Esta es una primera luz sobre el ministerio porque el hombre de Dios corre continuamente el riesgo de identificarse con lo que hace: celebraciones, actividades, responsabilidades, obras realizadas…

 

Cuando la Escritura recuerda a Juan el Bautista, no habla de sus logros, sino de su docibilitas (se trata de esa actitud interior de apertura, de humildad y de escucha; es lo que permite dejarse formar por la Palabra de Dios, por los acontecimientos y por las personas que el Señor pone en nuestro camino).

 

La santidad no consiste en haber hecho grandes cosas por Dios, sino en haber dejado que Dios realice su obra en nosotros.


El fuego, en la Escritura, es siempre algo que pertenece a Dios antes que al hombre. Es la zarza que arde sin consumirse, es la nube luminosa que acompaña a Israel en el desierto, es el Sinaí envuelto en llamas.

 

Decir que Juan el Bautista es como el fuego no significa, ante todo, describir su temperamento o su energía, sino reconocer que su vida estuvo marcada por una presencia que no provenía de él. Por eso la primera palabra que define al profeta no es el valor, sino la presencia.

 

Vivir en la presencia de Dios. Esta es la clave de toda su existencia.

 

Antes de ser el hombre del desierto, Juan el Bautista es el hombre de la presencia; antes de ser el profeta del fuego, es el hombre que está ante Dios.

 

La fuente de todo no se encuentra tanto en los prodigios en sí mismos como en ese estar ante el Señor, de donde nace toda palabra auténtica.

 

Es una lección que recorre toda la Palabra y que conserva una especial actualidad para el ministerio del hombre de Dios. De hecho, existe una sutil tentación que acompaña a todo servicio eclesial: la de identificarse progresivamente con lo que se hace.

 

El Pueblo de Dios, sin embargo, no necesita ante todo personas competentes en lo sagrado, sino personas que hayan permanecido ante el Señor.

 

La santidad no nace del esfuerzo por perfeccionarse continuamente, sino del abandono confiado a la gracia que precede, sostiene y transfigura.

 

Juan el Bautista es precisamente esto, no un héroe, sino un hombre sostenido por la gracia.


Los Evangelios recuerdan de inmediato el gesto que inaugura el ministerio público del profeta: el desierto. Juan el Bautista se encuentra ante un pueblo que ha perdido de vista el rostro de Dios: el drama no es meteorológico, sino espiritual.

 

Todo ministerio eclesial se enfrenta a esta lucha. Hoy el problema fundamental no es la indiferencia religiosa, sino la idolatría: los ídolos cambian de nombre, pero siguen ocupando el corazón del hombre.

 

El hombre de Dios está llamado a custodiar la memoria del verdadero Dios, a recordar a los hombres de quién proviene la vida, a denunciar todo aquello que pretende sustituirlo.

 

Sin embargo, quien desempeña esta tarea descubre pronto una verdad dolorosa: no basta con hablar, hay que dejarse purificar; por eso Dios conduce a Juan el Bautista al desierto.

 

Dios lo oculta en el desierto, lejos de lo sagrado del Templo y de Jerusalén, y lo confía a la inclemencia de la intemperie, lo obliga a vivir de lo que recibe… miel y saltamontes.... Así comienza la verdadera formación de Juan el Bautista.

 

Antes incluso de ser profeta del pueblo, debe convertirse en discípulo de Dios; debe aprender que no es él quien sostiene la misión, sino Dios quien lo sostiene a él.

 

Cada uno de nosotros conoce su propio desierto, un momento en el que nuestras seguridades se desvanecen, un encargo que no cumple las expectativas, una labor pastoral, una prueba personal, una experiencia de soledad. Se trata de momentos en los que Dios parece quitarnos los medios y los apoyos, pero en realidad está educando el corazón.

 

El hombre de Dios es una vasija de barro: el tesoro no le pertenece.


Dios obra a través de lo que parece insuficiente. También el hombre de Dios debe convertirse continuamente a esta lógica. A menudo pensamos que la fecundidad depende de los medios, de las cifras, de las estructuras, de la organización.

 

Dios, en cambio, sigue prefiriendo a un hombre vestido con una piel de camello y adornado con un taparrabos de cuero. Dios sigue prefiriendo lo humanamente inadecuado.

 

¿No es acaso este el misterio de la Eucaristía? Un trozo de pan que contiene el infinito.

 

En el desierto Juan el Bautista descubre que la Providencia no elimina la pobreza, sino que la atraviesa: lo poco sigue siendo poco, pero es lo suficiente.



La verdadera batalla no se libra en el altar del Santo de los Santos del Templo. Se libra en el corazón.

 

El problema de Israel no es el ateísmo, sino la división: la fe y los ídolos, la alianza y la conveniencia.

 

También el hombre de Dios atraviesa continuamente esta lucha. La primera idolatría que hay que vencer, de hecho, es la que se esconde en nuestro interior: la búsqueda del consenso, el apego a nuestro propio papel, la tentación del protagonismo, la necesidad de ser aprobados.

 

El fuego sigue siendo necesario, no para destruir a los demás, sino para purificar el corazón del profeta.

 

El fuego de Dios habita en la fragilidad humana. Juan el Bautista no es un superhombre, sino un hombre herido de Dios.

 

Este es el corazón del camino de Juan el Bautista, pero también del ministerio del hombre de Dios.

 

Dios no es solo el Señor del fuego, es también el Dios de la ternura; no solo el Dios que sacude, sino el Dios que consuela; no solo el Dios que envía, sino el Dios que cuida.

 

El Corazón traspasado de Jesús es el lugar en el que la santidad se manifiesta como cercanía, compasión y ternura.

 

El Desierto prepara el Gólgota, la intemperie del desierto poblado de aullidos prepara el Corazón abierto del que mana agua y sangre; el Dios buscado por Juan el Bautista revela finalmente su rostro en el Jesús traspasado.


La última imagen evocada de Juan el Bautista es su prisión en la cárcel y aquella caprichosa decapitación.

 

Juan el Bautista desaparece pero la misión de Dios continúa. Esta es la prueba definitiva de todo ministerio: aceptar que la obra no es nuestra y que otros la continúen, aceptar disminuir, aceptar entregar, aceptar dejarse, aceptar ser llevado.

 

El hombre de Dios no está llamado a construir algo que lleve su nombre, sino que está llamado, en cambio, a generar vida, a hacer posible el encuentro con Jesús, a transmitir una llama que no le pertenece.

 

Por eso los Evangelios pueden contemplar a Juan el Bautista como un hombre realizado, porque ha permitido que Dios lo guíe a través del desierto, del fuego y de la pobreza, de la lucha y de la soledad, del testimonio y del desapego.

 

Este es el camino de todo hombre de Dios. El hombre de Dios es el que aprende poco a poco que el centro no es él sino Dios.

 

La santidad no consiste en tener un corazón invulnerable, sino en dejar que el corazón lata cada vez más al ritmo de Dios y de su Reino incluso a costa de la propia vida.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

En la otra orilla.

En la otra orilla

Uno trata de continuar su camino, en libertad y con responsabilidad, viendo en los retos del presente —ante todo, la decisión de no huir de la complejidad— y tratando de buscar motivos de esperanza y encontrar signos del Espíritu.

 

Uno trata, en la sinfonía de sensibilidades que componen la profecía de la vida de cada día, mantener el Evangelio como criterio para interpretar este tiempo, un tiempo que ha vuelto a acelerarse, que ve el regreso cada vez más marcado de conflictos y tensiones, y que, ante cambios trascendentales, a menudo apunta, de forma interesada, a atajos y simplificaciones.

 

Uno trata de no sentirse ajeno a nada sino, todo lo contrario, a ser caja de escucha y resonancia, lugar de eco sobre el que trata de aportar alguna semilla de reflexión, alguna ocasión de diálogo, algún punto de vista diferente.

 

Los años que vivimos parecen años de escombros, pero —como decía T. S. Eliot— elijo habitar estos escombros, sin huir de ellos, sin proyectos inmediatos de reconstrucción que no tengan en cuenta los rostros, las historias, las experiencias vividas, las heridas, lo obtenido, lo perdido...

 

Me parece que hay que atravesar los años de este tiempo un poco como Eneas, que abandona Troya (una época pasada) y se pone en camino para intentar construir una nueva ciudad, aunque aún no sabe perfilar sus contornos, una ciudad en la que la humanidad, magnífica en su potencial, pero también atravesada por fuerzas desintegradoras y violentas, pueda encontrar las razones para vivir juntos y, por lo que a mí respecta, para vivir inspirados en el Evangelio y en lo que reveló Jesús de Nazaret.


Sí, uno trata, con el silencio y la palabra, de alejar un poco más la línea de la oscuridad, manteniendo la vigilancia, la libertad de conciencia y la esperanza en el futuro; es una labor imperceptible, pero es lo que me siento llamado a hacer.

Dietrich Bonhoeffer - siempre mi autor preferido -  escribía, en años de tinieblas:

 

«Para quien es responsable, la pregunta última no es: ¿cómo me las arreglo heroicamente en este asunto?, sino: ¿cómo será la vida de la generación venidera? Solo de esta pregunta históricamente responsable pueden surgir soluciones fecundas, aunque provisionalmente sean muy humillantes».

 

Gran parte de lo que siento, pienso y escribo seguramente no sea aplicable de forma inmediata; pero es una pieza de un mosaico que se completará con otras voces en esta polifonía o sinfonía de la vida. Por mi parte contar historias de humanidad de Evangelio es también recordarme que el bien ya existe, que la esperanza ya actúa y, para quien tiene fe, tiene su raíz en Dios, padre y madre de todos.

 

Y, como el Maestro de Nazaret, el Profeta de Galilea, cada vez más me ha ido quedando clara la elección de habitar en la otra orilla, en los márgenes menos transitados, de alojarme en las fracturas, de permanecer en las fronteras, de hacer silencio y de escuchar, de sentir y de reflexionar, de aprender y hablar, y de dejarme evangelizar por la Humanidad del Crucificado y Resucitado.

 

Estoy persuadido de que el Dios del que habla el Evangelio habita en los márgenes de la otra orilla.

 

Y allí sigo buscándolo, sabiendo que es por ahí por donde pasan muchas mujeres y muchos hombres de este siglo XXI. En la otra orilla.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 19 de junio de 2026

El Evangelio y las multitudes.

El Evangelio y las multitudes

Solemos decir que la historia de la redacción de los Evangelios nos ha permitido comprender que el relato de la Pasión de Jesús fue lo primero que se escribió y que el resto constituye una especie de introducción más o menos extensa, dependiendo del Evangelio que tomemos como referencia.

 

En el relato de la Pasión aparecen algunos personajes, ya sean individuos o grupos, que ante Jesús adoptan una actitud que invita a la reflexión y que sigue teniendo relevancia hoy en día.

 

Uno de estos personajes es, por ejemplo, la multitud.

 

Los Evangelios nos dicen que la multitud acompañó a Jesús en su recorrido humano y de entre esa multitud, indistinta, anónima y amorfa, surgieron figuras singulares de rara belleza: la Verónica, Simón de Cirene, la mujer de Poncio Pilato, José de Arimatea…

 

La multitud intenta, tras el episodio de la multiplicación de los panes y los peces, proclamar rey a Jesús. También es la multitud la que vocifera la libertad de Barrabás y la ejecución de Jesús.

 

Se puede decir que la multitud actúa en el Evangelio como un único personaje.

 

Y, como digo, también acompaña a Jesús en los últimos días de su vida.

 

Al principio, a su llegada a Jerusalén, aclama al Nazareno, venerándolo como Mesías, aunque —como subrayan los textos de los Evangelios— cabalga un asno y no un caballo. Probablemente espera de Jesús la liberación tan anhelada; desea un nuevo líder político.

 

Pero en el transcurso de muy pocos días, la multitud cambia de actitud: incitada por los líderes religiosos, grita que crucifiquen a Jesús.

 

Este sencillo trazo basta —y el Evangelio nos lo hace comprender— para poner en guardia a todo cristiano frente a las multitudes.


El propio Jesús no busca el consenso, no lo utiliza como escudo protector porque, en el fondo, sabe que su mensaje no será comprendido en profundidad.

 

En la multitud se condensan algunas ambigüedades: por un lado, en medio de ella hay quienes buscan sinceramente una Palabra que salve; por otro, hay quienes esperan, desean y quieren un derrocamiento del poder, alguien —quizá un poco mejor que el político actual— que llene los estómagos, alguien que libere a un pueblo de la opresión para que luego, como el pueblo de Israel liberado de la esclavitud, se arrepienta de las cebollas de Egipto.

 

Jesús conoce estas ambigüedades y no busca el consenso de la multitud, ni siquiera cuando esto podría haberle salvado de la muerte; así, nos invita, en todas las épocas, a no confiar en las multitudes.

 

Las grandes cifras no sirven al cristianismo. No está dicho que el cristianismo tenga que ser una religión del consenso, sino una religión que cuestione e inquiete las conciencias para ofrecer una luz en la oscuridad, para ser una instancia críticamente profética en medio de inhumanidad, para ver las injusticias que se cometen, para escuchar el grito del pobre...

 

Lo pienso y lo digo también porque creo el impacto de la fe en el mundo actual no es una cuestión de números ni de ocupación de los espacios de la vida humana sean estadios o sean plazas.

 

Dicho lo anterior, también voy entendiendo que hay formas diversas de pertenecer a la Iglesia. No solo la del "adulto" y "comprometido" en la fe - valga la expresión -, es decir, la del discípulo. No, no me gustan los sueños de un "elitismo" de la fe.

 

Y no me gustan porque entiendo que el destello de un encuentro fugaz con el Papa, con su palabra y con sus gestos, puede decir mucho más de lo que es capaz de hacer la fe institucional, la de aquellos que se sienten cercanos al Maestro o de su círculo más íntimo.

 

Por eso, también entiendo que sin estos encuentros momentáneos - como los que han ocurrido en España durante la visita papal del 6 al 12 de junio -, incluso efímeros, de la multitud con el Papa León XIV no hay Evangelio.

 

A Dios gracias el Evangelio de Jesús también dice que no hace falta ser ni actuar como nosotros - los que pertenecemos a las instituciones y estamos institucionalizados - para acercarse a una palabra en la que reconocer una propuesta a nuestra hambre o sed de vida.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 18 de junio de 2026

Qué presente y futuro cristianismo católico en Europa.

Qué presente y futuro cristianismo católico en Europa

Detrás o debajo de esta reflexión está la lectura de un artículo del Periódico “Ara” del jueves 18 de junio y que firma la escritora catalana de origen marroquí Najat El Hachmi con el título de “Salvar negrets y morets” (cf. https://es.ara.cat/opinion/salvar-negritos-morenitos_129_5772246.html).

 

Dicho esto, también tengo que decir que mi reflexión no es ni quiere ser una respuesta a la mencionada escritora. Simplemente su lectura ha provocado en mí una reflexión como la siguiente.

 

«Fue una época hermosa y resplandeciente aquella en la que Europa era una tierra cristiana y una única cristiandad habitaba este continente»: así escribía el filósofo y poeta alemán Novalis en 1799, al comienzo de su célebre fragmento sobre “Die Christenheit oder Europa” - "La cristiandad o Europa" -.

 

Seguramente aquello no expresaba más que un sueño romántico, pero precisamente la abismal distancia que la separa de la realidad cultural de nuestro tiempo podría constituir un buen pretexto para reflexionar sobre un problema que, en cualquier caso, sigue siendo decisivo: el de la relación entre el cristianismo y Europa, precisamente.

 

Sí, Europa es, sin duda, más que el cristianismo, y el cristianismo es más que Europa.

 

La cultura judía, la cultura griega, la cultura romana y la Ilustración, junto con el cristianismo —que sin duda desempeña un papel fundamental—, hacen de Europa el caso único que es.

 

En cuanto al cristianismo, sin duda se ha beneficiado de las culturas con las que se ha encontrado en el terreno europeo, aprendiendo algo de todas ellas, con el fin de dar forma a su misión universal.

 

Pero no creo que los dos conceptos —cristianismo y Europa— puedan, por así decirlo, superponerse, ni creo que hoy el problema sea el de su superposición o no.


El problema radica más bien en su indiferencia y distanciamiento recíprocos, especialmente en lo que respecta al cristianismo en su acepción católica.

 

Mientras que el mundo del cristianismo ortodoxo parece, por lo menos desde la distancia, cada vez más anclado al poder político (una mezcla que ciertamente no está en consonancia con la más reciente en el tiempo tradición laica occidental), la Europa de la Unión Europea ya no se preocupa por la Iglesia católica y la Iglesia católica ya no se preocupa por Europa.

 

¿Estamos quizá haciendo realidad de este modo los ideales de laicidad? Alguien podría pensarlo, y de hecho lo piensa, no solo dentro del mundo laico, sino también dentro de la propia Iglesia, especialmente por parte de quienes abogan por una emancipación definitiva del cristianismo de su legado helenístico-europeo.

 

Pero, desde mi punto de vista, nos encontramos ante una auténtica tragedia cultural destinada a debilitar a ambos bandos: tanto al laico como al católico.

 

Es más, lo que está ocurriendo hoy en Europa (crisis demográfica, crisis de integración, resurgimientos de las derechas más extremas, falta de visión geopolítica, incapacidad para gestionar la relación con el mundo islámico,…) es la prueba de que ambos frentes ya están muy débiles, asfixiados, cansados, incapaces de generar nada significativo ni en el plano civil ni en el religioso.

 

El sentido de una fe encarnada que sabe convertirse en historia y cultura, de esa manera sencillamente grandiosa que vemos en los monasterios, en las catedrales, en el arte de los países europeos; el ideal del ser humano europeo, único e irrepetible en su libertad y dignidad; estos aspectos no son meramente secundarios para la fe cristiana; son, más bien, el medio que hace eficaz la evangelización en su capacidad de generar formas de vida atractivas y más justas.

 

Tampoco pueden considerarse estos aspectos un mero instrumento de evangelización. De hecho, expresan también un gran ideal laico que ha encontrado sus formas de expresión más elocuentes en los conocimientos científicos, en la técnica, en la cultura y en las instituciones políticas de las democracias liberales occidentales.

 

Por eso, la progresiva alienación entre la tradición cristiana y la laica representa un problema muy grave.

 

El filósofo alemán Leo Strauss diría que tal distanciamiento es señal de la pérdida progresiva de «vitalidad» de ambas tradiciones. Atenas y Jerusalén, por seguir con su imagen, han dejado, en definitiva, de confrontarse; han olvidado que precisamente de su «conflicto» dependió la grandeza de Europa y de Occidente, y hoy ambas se ven afectadas por la misma crisis.

 

Parece que no pocos datos estadísticos indican que la mayoría de los ciudadanos europeos sigue creyendo en un Dios - que hasta se asemejaría al Dios cristiano -, sigue considerando la religión una dimensión importante de su vida y le reconoce una valiosa función social en favor de los más pobres y los más débiles.

 

Pero el verdadero problema es que este Dios, más allá de sus apreciables manifestaciones en términos de solidaridad social, ya no parece capaz de influir de forma visible en la vida y la cultura de los pueblos europeos.

 

Y esto resulta aún más preocupante si pensamos en el estado igualmente precario de la llamada cultura laica, tantas veces presa de espasmos de nihilismo y depresión, que podrían convertirse en el caldo de cultivo ideal para los fantasmas de siempre: el fanatismo, el resentimiento y la hostilidad hacia la realidad y los difíciles equilibrios sobre los que se sostienen los cimientos del Estado de derecho liberal-democrático.

 

Volviendo a Novalis, su ideal de una Europa cristiana era sin duda quimérico. Pero dado que el camino que hemos emprendido no parece el mejor tanto para la fe cristiana como para la cultura laica, tal vez convendría que, al menos, nos planteáramos el problema en ambos frentes.


Tratando de pensar desde una perspectiva cristiana en la que yo me encuentro más cómodo para reflexionar, la actual falta de pasión e interés en buena parte del continente europeo por el cristianismo católico, unida a una difusa y vaga búsqueda de espiritualidad, tiene raíces antiguas y profundas, que difícilmente encajan en el debate de esta época casi pos-religiosa.

 

El cristiano alemán Dietrich Bonhoeffer se preguntaba de forma profética allá por 1944: «¿Qué significan una Iglesia, una comunidad, la predicación, la liturgia y la vida cristiana en un mundo no religioso? ¿Cómo hablamos de Dios sin religión?».

 

Hay un elemento a considerar y que quizá tiene sus raíces en los cuatro siglos marcados por la cultura de la Contrarreforma y se refiere a la complicada y fallida relación del cristianismo católico con la modernidad.

 

El trauma de la Reforma protestante se tradujo en un cierre frente a las nuevas ideas humanísticas y, por tanto, modernas - basta pensar, por poner solamente un ejemplo, en el rechazo a Erasmo de Róterdam -, como el ejercicio de la libertad de conciencia y el conocimiento popular de la Biblia.

 

En este clima, no pocos de los mejores pensadores católicos fueron dirigiendo progresivamente sus esfuerzos ya no hacia la teología y la filosofía —que pasaron a ser predominantemente dominio, por ejemplo, de los protestantes—, sino hacia ámbitos del saber menos expuestos al riesgo de excomunión (música, arte, literatura, ciencia, teatro, economía,…).

 

Entre los siglos XIX y XX, además, una parte significativa del pensamiento cristiano católico seguía considerando la Edad Media como la Edad de Oro del cristianismo, asociando implícitamente el Renacimiento a una decadencia espiritual y ética.

 

Incluso antes del Concilio Vaticano II continuó esa desconfianza, por ejemplo, durante la época de represión del movimiento modernista católico, cuando no pocos teólogos, biblistas e historiadores fueron marginados, expulsados del ministerio ordenado y suspendidos del ejercicio de la docencia. Así, se perdió una oportunidad para renovar el diálogo teológico con las ciencias exegéticas e históricas, más que necesario para una visión madura de la fe.

 

Seguramente otro elemento a tener en consideración es la creciente dificultad narrativa del acontecimiento cristiano, que hoy se ha transformado en una casi incomunicabilidad.

 

Los códigos de la narración católica de la fe y de sus fundamentos bíblicos se han mantenido, en esencia, pre-modernos, mezclados con elementos míticos y sin una verdadera inculturación en el mundo moderno y posmoderno.

 

A diferencia de las misiones que se ocupan de culturas no occidentales, la Iglesia sigue hablando un lenguaje cada vez más muerto. El pensamiento católico, por lo tanto, tiene poca relevancia también porque su lenguaje resulta poco menos que incomprensible (como, por ejemplo, es incomprensible buena parte de la eucología mayor y mejor católicas).

 

No me cabe duda que quien lea esta reflexión podrá poner sobre el tapete de la reflexión otros interesante y necesarios elementos… Quizá hasta podría ser este tema de un debate.


Por mi parte acabo ya. En las culturas contemporáneas de Europa se refleja una diversidad de actitudes y perspectivas hacia la Iglesia católica.

 

Por un lado, si es verdad que hay un número cada vez mayor de personas que se alejan de las prácticas religiosas católicas tradicionales; también es verdad que la Iglesia católica sigue representando un punto de referencia ético, social y cultural para no pocas personas.

 

Esta relación, en constante evolución, exigiría que la Iglesia cristiana estuviera preparada para enfrentarse a los nuevos retos y dialogar con una sociedad como la europea que, cada vez más, cambia a un ritmo vertiginoso.

 

Confieso que cada vez pienso más en que el futuro de la Iglesia católica en las sociedades modernas del continente europeo dependerá de su capacidad para adaptarse y responder a las necesidades espirituales, ético-morales e intelectuales de un mundo en el que la fe, para muchos, es solo una elección personal y, por supuesto, no una tradición impuesta.

 

Queda por ver cómo sabrá la Iglesia católica afrontar los nuevos retos, y seguirá manteniendo clara la visión del Evangelio - y del Jesús de los Evangelios y de las Bienaventuranzas del Reino -, tratando de presentarse como una presencia significativa en la vida de creyentes y no creyentes.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 17 de junio de 2026

El valor de la democracia.

El valor de la democracia

Hay gestos de resistencia que son también, y sobre todo, actos de profunda conciencia democrática.

 

Y lo pienso en una época en la que parece que impone aquella deriva de que hablar es peligroso y callar resulta más fácil o, por lo menos, no tan complicado.

 

Decidirse a tomar la palabra, a actuar, a arriesgar… para afirmar que la libertad, los derechos fundamentales y el pensamiento libre no pueden ni deben ser silenciados no es algo que se dé por descontado.

 

Y lo pienso porque me temo que algunos hasta quieren imponer que estos no son tiempos para una profunda confianza en la libertad y la dignidad.

 

Y creo que este es el punto más importante que hay que recordar.

 

No se trata solo de oponerse a algo, sino de reivindicar algo más grande.

 

Hay una lucha que no es solamente contra aquellas formas de una determinada derecha sino por la libertad, por los derechos fundamentales, por la posibilidad de pensar, de expresarse, de vivir sin miedo.

 

Derechos que no tienen color, no tienen bandera política, no pertenecen a un partido, sino que son el fundamento mismo de una sociedad justa.

 

Lo digo, también, porque recordar no significa solo mirar al pasado, sino dar sentido al presente.

 

Significa transmitir la memoria para que las generaciones futuras puedan recorrer, tanto ideal como concretamente, un camino trazado por el coraje cívico y la defensa de la democracia.

 

Hay una invitación que nos concierne a todos: no acallar aquella conciencia viva que nos sigue empujando a no permanecer en silencio ante ciertas derivas políticas y sociales que nos quiere imponer alguna derecha.

 

En un momento histórico en el que los enfrentamientos dialécticos - de malos modos y de peores tonos - suelen prevalecer sobre el diálogo, creo que a la ciudadanía de a pie se nos pide algo más: que reconozcamos lo que nos une antes que lo que nos divide. Que defendamos esos valores que no son negociables: la dignidad de la persona, la libertad, la justicia.

 

La libertad nunca es definitiva. No es algo que podamos dar por sentado. Solo existe mientras alguien tenga el valor de defenderla. Hay que defenderla cada día en nuestras decisiones, en nuestras palabras, en la forma en que reaccionamos ante las injusticias cercanas o lejanas.

 

No, no se trata de que todos votemos a la misma sigla política. Sí se trata, creo, de unirnos como personas diferentes ante ideales de justicia, igualdad y respeto. No se trata de que todos seamos iguales, sino de reconocer un terreno común, un terreno formado por derechos fundamentales y responsabilidades compartidas.


El franquismo murió hace más de 50 años —nos dicen algunos— y hasta quizá no les falte del todo alguna razón. Con la muerte de Francisco Franco llegó el régimen que hoy conocemos y disfrutamos. Porque el franquismo como régimen histórico había llegado a su fin.

 

Pero la democracia no puede limitarse a un recuerdo del pasado; es y debe ser una elección de valores que queremos transmitir a las generaciones futuras, a nuestros hijos, nietos, bisnietos y, para siempre, a quienes vengan después.

 

Hay una memoria que no se hereda automáticamente. Cada generación debe decidir si la conserva o deja que se vacíe de significado.

 

Y para algunos de nosotros, más jóvenes, este es quizás el mayor reto: no hemos vivido el franquismo, no hemos vivido la guerra civil,…, no hemos conocido de primera mano el precio de la libertad.

 

Y, precisamente por eso, corremos el riesgo de dar la democracia por sentada.

 

Sí, he dicho que no les falta alguna razón a quienes nos dicen que el franquismo murió hace más de 50 años.

 

Pero el franquismo no es solo el histórico, es un ideal que se opone por completo a la democracia. Sabemos bien que algunas ideas no mueren.

 

El rechazo al pluralismo, el desprecio por la disparidad, la búsqueda de una fuerte prioridad nacional, el afrontar las crisis y los temas complejos con eslóganes simplistas, la identificación de un enemigo que sería la causa de todos los problemas,…, todos ellos son elementos que pertenecen a un ideal, que, por desgracia, sigue vivo.

 

La democracia es lenta, imperfecta, laboriosa. Exige debate, compromiso, paciencia y conflicto democrático.

 

Determinada derecha,  en cambio, nos promete atajos: orden sin justicia, unidad sin pluralismo, decisión sin libertad.

 

Sabemos que las crisis en el mundo se agravan, que el derecho internacional a menudo no cuenta para los poderosos, que las grandes potencias pueden violar derechos fundamentales sin temer consecuencias reales.

 

Sabemos que en Gaza, al igual que en otros lugares del mundo, mueren cada día civiles, niños,... Sabemos que barcos civiles que se dirigen a Gaza son interceptados en las aguas internacionales del mar y que quien intenta llevar ayuda o denunciar el asedio puede ser tratado como un delincuente.

 

Alguien puede pensar que todo esto aún queda lejos…

 

No quiero en absoluto insinuar que toda la derecha sea franquista, entre otras cosas porque abusar del término le resta gravedad, y estoy convencido de que el término debe seguir teniendo todo su peso.

 

Lo contrario del antifranquismo no es solo el franquismo declarado. También es la indiferencia. Es mirar hacia otro lado. Es decir que no nos incumbe. Es pensar que, mientras no nos afecte a nosotros, entonces no es nuestro problema.

 

Ser antifranquista significa oponerse a la ideología, a los métodos y a las derivas del franquismo. Significa defender la democracia cuando resulta incómoda, no solo cuando se celebra. Significa defender la disparidad cuando molesta, no solo cuando es inofensiva. Significa defender la humanidad de las personas cuando el poder intenta convertirlas en números, problemas, amenazas, blancos.

 

Uno está llegando a creer que estamos en un momento histórico no sé si crucial pero sí de relevante transcendencia. Un momento en el que se propagan y desarrollan actitudes autoritarias. Y regímenes no menos autoritarios.

 

Y en momentos así la llamada no es a la nostalgia del comienzo de la democracia sino a la responsabilidad de que ésta, la democracia, incluso con todo aquello que debe corregir y mejorar, siga siendo nuestro modelo político.

 

En otras palabras, no se trata tanto de recordar algo que finalizó en el año 1975 sino la responsabilidad de impedir que ciertas lógicas vuelvan a gobernar el presente y nos hipotequen el futuro.

 

Hay quien dice, seguramente hasta con razón, que habrá que dialogar con la derecha extrema o no. Sí, habrá que mantener los canales abiertos para el encuentro y el debate.

 

Pero habrá que hacerlo sin buenismos ingenuos.


Ciertas derivas autoritarias no son una suposición. Tampoco un recuerdo del pasado. Sino una amenaza en el presente.

 

Y una amenaza que incluso se acelera en forma de guerras, conflictos, ataques al derecho internacional humanitario y a los derechos humanos, y legitimación de políticas autoritarias que afectan a todos los continentes.

 

En este contexto uno puede mirar a los Estados Unidos de América, porque lo que ocurre allí sigue influyendo en todo: nuestras instituciones, la democracia, la justicia social, nuestro imaginario político.

 

En pocos meses, su Presidente ha desmantelado el multilateralismo y ha asestado un ataque sistemático contra el derecho internacional, socavando principios y medidas en los que quienes defienden los derechos humanos han confiado durante décadas.

 

Esto no es solo un problema estadounidense. Es nuestro problema. Es el problema de cualquiera que crea que la democracia es un valor universal y no un instrumento de poder.

 

La extrema derecha ha ganado terreno normalizando un discurso de prioridad nacional y apropiándose del lenguaje de la seguridad y la identidad.

 

Repito: sin buenismos ingenuos.

 

Cuando la complejidad se percibe como una amenaza, cuando los derechos humanos, el Estado de derecho y la democracia se ven amenazados, es ahí donde se esconde la deriva autoritaria.

 

La democracia no es una bandera de ningún partido político, sino una toma de partido: la de la humanidad frente a la inhumanidad, la de la justicia frente al privilegio.

 

La democracia se practica defendiendo las instituciones democráticas cuando son socavadas desde dentro.

 

Se practica rechazando el culto al líder fuerte y al chivo expiatorio. Se construye cuando todos, juntos, edificamos una sociedad diferente: una sociedad del cuidado, de la justicia, de la defensa de las minorías,...

 

Se hace defendiendo los derechos de quienes han llegado a nuestro país en busca de protección y que, en cambio, se enfrentan al riesgo de ser expulsados: familias y menores que han echado raíces, se están formando, van al colegio y viven junto a nosotros y con nosotros, y que pagan las consecuencias de un sistema de asilo cada vez más restrictivo.

 

La democracia no se defiende sola. 


Tampoco basta con indignarse. 


Hay que estar presentes, organizarse, denunciar, construir. Porque cada derecho que hoy damos por descontado o por sentado es el resultado de que alguien, ayer, decidió no mirar para otro lado.

 

Y el valor democrático no es solo una palabra. Hoy, como en el año 1975, el valor democrático no se hereda: se elige. Esta es nuestra tarea. Hoy como entonces.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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