domingo, 1 de noviembre de 2026

Mi visita al cementerio.

Mi visita al cementerio

Hay un lugar de la ciudad donde solo se recorre a pie. Por eso se camina despacio, se tiene tiempo para mirar a nuestro alrededor, leer alguna inscripción, fijarse en alguna flor, detenerse ante la belleza y la singularidad de un monumento. La mirada se suspende también en las tumbas olvidadas y uno se pregunta por las vicisitudes humanas, su precariedad y las dudas sobre el sentido de la vida y la gloria terrenal.

 

Hay un lugar de la ciudad donde se puede dialogar incluso sin hablar. El recuerdo hace resonar palabras escuchadas en otros tiempos. La imagen permite revivir acontecimientos, relaciones, esperanzas compartidas, penas, heridas. El bien hecho, el bien recibido, el mal hecho, el mal sufrido entran en el diálogo sin palabras, en la memoria que parece solitaria y, sin embargo, es coral.


Hay un lugar en la ciudad donde no se puede evitar pensar en la muerte, en el paso inevitable, en el fin de lo que ha comenzado. El cualquiera, el cada uno, el nadie es tan especial que no debe doblegarse ante el destino inscrito en la precariedad, desde el momento en que viene a la existencia: el glorioso y el insignificante, el rico y el pobre, el príncipe y el mendigo. A todos les espera la «dama negra».

 

Pero en ese lugar donde no se puede evitar pensar en la muerte, algunos se resignan como si fuera la última cita e intentan exorcizar el escalofrío que recorre la espalda cuando se piensa en ello en serio, evitando pensar en ello en serio; otros, en cambio, encienden una vela y rezan una oración, profesan una esperanza, perciben una presencia amiga que habita en una dimensión inaccesible a los sentidos, pero no al alma ni a la fe.

 

Hay un lugar en la ciudad donde todos están juntos, buenos y malos, gente que ha hecho el bien y gente que ha arruinado la vida de muchos, personas ilustres y personas desconocidas, gente que ha venido de quién sabe dónde y gente que ha nacido, crecido, vivido y muerto en la ciudad.


Los cementerios de la ciudad quizá sean a veces una presencia molesta; quizá a veces se piense que sería mejor que no existieran; algunos piensan que sería mejor esparcir las cenizas en algún lugar anónimo y olvidarlo todo, olvidar incluso la muerte, en la que todos están juntos, unidos por un único destino; quizá la ciudad pueda aprender de la presencia de los cementerios.

 

La presencia de los restos de los difuntos, reunidos en un lugar común, tal vez invite a la ciudad a reconocer una vocación comunitaria: no estamos hechos para la soledad, sino que nacemos en una comunidad y acabamos en un espacio comunitario; estamos hechos para estar juntos, en vida y, por lo tanto, también en la muerte y en la resurrección.

 

La presencia de los cementerios y de su mensaje en las ciudades puede ayudar a la ciudad a cultivar la sabiduría: muchas cosas que parecen importantes pasan pronto y no dejan nada; muchas ambiciones, aspiraciones y presunciones son ridiculizadas por la muerte, que sorprende, interrumpe y trastoca; incluso por la muerte que se retrasa, que se hace esperar demasiado, que mortifica la belleza, la eficiencia y la lucidez, en el desolador espectáculo de la vejez, de la enfermedad, de la muerte.


La presencia de los cementerios mantiene viva la pregunta sobre el sentido de todo y clama por una respuesta. El Evangelio responde con el anuncio de la esperanza, con la promesa de un destino que vence a la muerte y hace resplandecer la bienaventuranza.

 

Por eso, la ciudad trabajadora hasta la frenesí creativa, emprendedora y proyectada hacia el futuro puede reconocer en los cementerios, en la oración y en la visita a los mismos, una invitación a ser una ciudad sabia, paciente, capaz de cultivar pensamientos de inteligencia espiritual y sabiduría cordial, de esperanza, y de resistir la tentación, demasiado fácil, de la búsqueda exasperada del éxito siempre tan precario y de la riqueza que el tiempo siempre consume.


Hay una frase, que escuché casi por casualidad, que sigue viniendo a mi mente con la fuerza de las verdades incómodas:

 

«Los cementerios están llenos de gente indispensable». Una frase lapidaria, pronunciada sin rodeos, ante nosotros tantas veces convencidos de que somos realmente… indispensables.

 

Vivimos en una época en la que la indispensabilidad se confunde a menudo con la posesión del saber, con la experiencia acumulada, con el cargo que se ocupa. Uno se siente fundamental, insustituible, porque posee una competencia, un puesto, una red de relaciones.

 

Pero la historia, la verdadera, nos enseña otra cosa: nadie es indispensable, mientras que todos somos temporales. Las comunidades, las empresas, los territorios, las profesiones,…, la Iglesia y nuestras Congregaciones no se detienen ante la ausencia de alguien.  


Hay un lugar en la ciudad que es un espacio para la verdad, un tiempo de reflexión y una oportunidad de balance interior. Un lugar que nos invita a ralentizar el ritmo, a mirar dentro de nosotros mismos, a preguntarnos qué tipo de huella estamos dejando. 


No qué poseemos, sino qué estamos aportando.No cuánto somos indispensables hoy, sino cuánto seremos útiles mañana, incluso cuando ya no estemos aquí.

 

Porque los cementerios, es cierto, están llenos de gente que se creía indispensable. Pero el futuro pertenece a quienes han elegido ser, sencillamente, necesarios para los demás en el momento adecuado, y luego capaces de hacerse a un lado.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Paz en la esperanza.

Paz en la esperanza

Antes de comenzar a leer te propongo esta audición. Apenas 2 minutos y 30 segundos. Pero Johann Sebastian Bach siempre merece la pena… ¿a qué sí? Simplemente escucha: https://www.youtube.com/watch?v=psII6noygGk

 

Esa música es la expresión bella de esta reflexión que lleva por título “paz en la esperanza”

 

Tal vez somos capaces de pasar una tarde viendo un documental sobre un asesino en serie, de seguir podcasts que reconstruyen asesinatos con todo detalle, de buscar en el terror el escalofrío de la muerte…

 

Pero luego, cuando fallece alguien que conocemos, no sabemos qué decir. Enviamos un mensaje un tanto incómodo, un «ánimo», y esperamos, quizá sin darnos cuenta, volver pronto a la normalidad.

 

Es una de las tantas paradojas de hoy en día: la muerte imaginada está por todas partes, la real es difícil de afrontar.

En la pantalla nos apasiona, siempre que haya un botón para detenerla; en la vida, en cambio, es ella la que nos detiene a nosotros, sin ofrecer explicaciones al final del episodio y sin dejarse archivar con un clic.

 

Dependiendo, por supuesto, de los gustos, leer una novela policíaca o ver una película de terror forma parte de los pasatiempos bastante comunes y agradables.

 

Pero surge una pequeña disonancia cuando la familiaridad con la muerte como espectáculo convive con la incapacidad de acompañar a quien realmente se enfrenta a ella.

 

Nos asustan menos los cadáveres ficticios que el silencio tras un funeral.

 

Sabemos debatir en profundidad los motivos de un asesino, pero somos mucho menos capaces de escuchar a una viuda que cuenta, por décima vez, el mismo recuerdo.

 

Incluso el lenguaje delata esta dificultad. Se «pierde» a alguien, alguien «falleció», alguien «se va». Expresiones comprensibles que pretenden ser delicadas, pero que a veces se convierten en una forma de eludir la palabra más veraz: morir.

 

Al ser la muerte un tema tabú, quien sufre puede sentirse obligado a recuperarse rápidamente, a no molestar, a convertir el dolor en un paréntesis privado.

 

En pleno otoño, el paso de octubre a noviembre viene en nuestro auxilio. La Solemnidad de Todos los Santos precede a la Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos. Hay quien se pierde en la enésima disputa sobre los orígenes cristianos o paganos de la fiesta o sobre la legitimidad de los disfraces…

 

Y mientras paseaba y veía personas disfrazadas me preguntaba ¿por qué necesitamos enmascarar la muerte, cuando existe una tradición que nos invita a mirarla a la cara?

 

La secuencia de las celebraciones cristianas es sorprendente. Primero los santos: no criaturas fantásticas, sino hombres y mujeres que han atravesado la fragilidad de la vida terrenal y a quienes la Iglesia contempla en la plenitud de la vida en Dios. Luego los difuntos, nuestros difuntos, con sus nombres, sus rostros, sus historias; personas queridas, por las que se reza.

 

El cristianismo no pide ni que se niegue la muerte, ni que se la califique de bella. La considera una herida real; ante la tumba de Lázaro, el Evangelio cuenta que Jesús lloró. Antes incluso de hablar de resurrección, Dios hecho hombre comparte el dolor de quienes quedan atrás. Esto, sí, es bello: la esperanza cristiana no pretende ignorar el duelo, sino que nos ofrece el lujo de saber que es un paso.

 

El 2 de noviembre, a las 16:00 horas, el Papa León XIV celebrará una Eucaristía en el Cementerio del Verano, en Roma. Este gesto me parece una respuesta muy concreta a nuestra costumbre de mantener la muerte al margen: entrar en un cementerio, detenerse entre las tumbas, pronunciar una oración… devolver a los difuntos un lugar en la comunidad de los vivos.

 

Quizá sea esto lo que hemos perdido: no la capacidad de hablar de la muerte, sino la de estar al lado de quien muere y de quien se queda, y de recordar a quien ya no está. Visitar una tumba y recordar un nombre nos permite afirmar que una vida no deja de tener sentido cuando termina.

 

Una calabaza iluminada puede ayudarnos a jugar con el miedo; una velita encendida en el cementerio nos invita a quedarnos, sin huir. Como sociedad, ya somos capaces de convertir todo en espectáculo: quizá sea bueno practicar un poco el sentarnos junto al dolor, llamar a los muertos por su nombre y encontrar la paz en la esperanza.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 31 de octubre de 2026

Una santidad bella.

Una santidad bella


Quizá porque en la montaña el aire es más puro y te parece que caminas dentro del cielo. O quizá porque desde lo alto la mirada se amplía y así resulta natural contemplar la tierra con asombro, recorrerla con los ojos, dejar de pisotearla.

 

Quizá porque la multitud necesita a alguien que recuerde la posibilidad de experimentar a Dios también en las montañas de hoy, como lo hicieron los patriarcas y los profetas.

 

Quizá porque la naturaleza de un discípulo se define por el valor de acercarse al Maestro («…y se acercaron a él sus discípulos»).

 

Quizá porque Jesús necesitaba un espacio intermedio, entre la Tierra y el Cielo, pues ya veía el riesgo inevitable de unos cristianismos incapaces de alcanzar la eternidad o, por el contrario, que olvidaran la humanidad.

 

Quizá por todas estas razones juntas o por otras aún ocultas entre los pliegues de lecturas exegéticas más profundas que la mía que no soy biblista.

 

Pero para mí, Jesús solo necesitaba un lugar hermoso. Nada más. Un lugar en el mundo donde sentirse bien, un pedazo de universo bendecido por la gracia de ser especialmente habitable, un lugar que fuera un hogar, un lugar que nunca se olvida; y además, aquel día había una luz que te conmovía por dentro y sentías, incluso antes de pronunciar la primera palabra, que aquella belleza no podía acabar ahí.


Tal vez Jesús necesitaba un canto. Quizá Jesús no se había preparado el discurso de antemano, lo encontró allí, lo reconoció, lo recogió, lo compartió: las bienaventuranzas. Quizá Jesús no elige el lugar adecuado para cantar sus bienaventuranzas y las nuestras, sino que se deja invadir por esa belleza hasta el punto de cantar el perfil de un hombre tan bello que es infinito, como la Belleza y el Amor. Parientes cercanos de lo que será la Resurrección.

 

Y así es como la Belleza nos da el valor de pedir un corazón pobre, mendigo, hambriento, y por tanto expuesto y vulnerable.

 

Y luego, ojos que saben llorar, porque cada lágrima es ya una oración, porque ese exceso de amor que surca las mejillas transformando los ojos en manantiales vale más que todas las palabras juntas.

 

Se necesita mucha Belleza para tener el valor de cantar la mansedumbre sin sentir que se traiciona a la justicia. Se necesita poder respirar el silencio para sentir que en esa ausencia de pretensiones está la única forma de dejarse alcanzar por el sutil aliento de la vida.

 

No son las Bienaventuranzas las que necesitan un escenario excepcional, sino ese pedazo de mundo elegido por Jesús y su forma de habitarlo lo que nos regala una página conmovedora e inigualable por su valentía y su verdad poética.


Y luego, el hambre y la sed de justicia en un mundo que en aquel momento parecía justo. Y no porque no hubiera muerte o no existiera el dolor —en la naturaleza existe el nacer y también el morir—, sino porque, en esa inmersión en la Creación, era evidente que todo y todos pertenecían a un Creador tan enamorado de la Belleza que no permitiría que nadie se perdiera.

 

Injusto es olvidar, es romper vínculos, es rendirse. En ese momento, Jesús estaba experimentando junto con todos, que el Padre no se olvida ni siquiera de un gorrión, ni de una hormiga, ni de una nube, porque lo más injusto es no salvar la Belleza.

 

Entre la tierra y el cielo, ¡porque allí era imposible no sentir que la existencia canta al Amor por el Ausente-Presente en cada cosa! Y entonces puedes decirlo, sin miedo, que la misericordia es un don y una tarea casi natural cuando amas cada átomo de la creación.

 

E incluso puedes llegar a tener misericordia de ti mismo, de lo que eres, de lo que has hecho, de la mediocridad e incluso de los errores, porque en esa mirada nada tenía derecho a perderse. Sentirse amado tan profundamente que ya no se tiene miedo ni siquiera de uno mismo.

 

Y sentir el corazón puro, verdaderamente puro, lo que no significa inmaculado o sin pecado, sino vivo, honesto, feliz de ser lo que es, un corazón capaz de ser corazón. Creo que la pureza es esta adhesión total a la propia naturaleza. A la propia vocación. No podía sino suceder allí, en un mundo que estaba eligiendo la belleza de estar en el mundo.

 

Y así, incluso construir la paz ya no es una utopía que hay que conquistar con sacrificios, sino simplemente la vida que hay que dejar fluir, con asombro, como quien contempla la boca de un manantial. Y por eso se puede aceptar perfectamente ser perseguido por ello, pero solo porque, si te acercas a la esencia de lo Verdadero, al corazón palpitante de todas las cosas, no hay forma de querer dar marcha atrás.


En aquella montaña se estaba bien y uno habría querido quedarse para siempre. He aquí que, para siempre, la Belleza parece incapaz de vivir si no engendra deseos de eternidad. Y entonces se podían soportar perfectamente las propias dudas y esa falta de imaginación que lo reduce todo a lo que uno posee. En el corazón de tanta belleza se puede llegar a soportar esa falta de confianza en la vida que nos persigue y nos entristece.

 

El secreto está en luchar contra el tiempo, no permitir que nos haga olvidar, encontrar el truco para meditar tan profundamente que volvamos a estar presentes en esa montaña cada día, cada instante.

 

Y respirar tanta belleza como para lograr transfigurar la otra montaña, el Calvario, hasta el punto de convertir a un centurión en discípulo solo por haberse acercado más. Y amar tanto la vida como para hacer el amor incluso con la muerte y ver que tampoco el sepulcro es tan cerrado y hermético, y se deja atravesar por la Vida. Y, bienaventurado, vive.

 


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Un diálogo personal con la muerte - "Ein deutsches Requiem" de Johannes Brahms -.

Un diálogo personal con la muerte - Ein deutsches Requiem de Johannes Brahms -

 


10 de abril de 1868. Viernes Santo. La Catedral dedicada a San Pedro, en el centro de Bremen, está en penumbra. Algunos rayos de luz iluminan las bóvedas de una estructura que alterna el estilo románico y gótico, testigo de la turbulenta época de la Reforma protestante.

 

Johannes Brahms tiene casi treinta y cinco años. Los últimos quince los ha pasado escribiendo Ein deutsches Requiem, que en pocos minutos verá su estreno oficial. Las bóvedas tardogóticas protegen y amplifican la desconcertante belleza que está a punto de abatirse sobre el numeroso público presente. Al disiparse la última nota, el aplauso es unánime, fuerte.

 

El joven Johannes Brahms, quizá enfrentado a su primera obra importante, es llamado varias veces al escenario. Esta vez, el público lo ha entendido. Solo un año antes, el compositor alemán había presentado al público su Réquiem en una versión muy reducida, limitada a los tres primeros movimientos. Un desastre causado también por una pésima ejecución. El fracaso, aunque estrepitoso, no frenó el deseo de que esta partitura pudiera alcanzar su plenitud y pleno reconocimiento.

 

Johannes Brahms continuó con el trabajo añadiendo otros movimientos (que serían siete al año siguiente). Karl Reinthaler, maestro de capilla de la catedral de Bremen, había captado su importancia. Esa música escrita por un treintañero semidesconocido tenía las marcas de la excepcionalidad, una madurez técnica y expresiva de la que pocos podían presumir. Así lo confirmó el público presente aquel lejano viernes de hace más de ciento cincuenta años y, en pocas semanas (gracias a la rápida realización de la edición impresa por Rieter-Biedermann), también el pueblo alemán; toda Europa coronó a Johannes Brahms entre los grandes de la música.

 

Esa música escrita por un treintañero semidesconocido tenía una madurez técnica y expresiva de la que pocos podían presumir. Tanto en su vida pública como en la profesional, Johannes Brahms buscaba la profundidad, la verdad. Insatisfecho con las respuestas parciales y preestablecidas, aburrido del hombre estático, carente de preguntas y engreído de sus certezas. Esto explica sus pocas pero muy queridas amistades.



En el campo de las siete notas, siente un deseo irrefrenable de profundizar. Estudia la polifonía del pasado, la renacentista de Palestrina, Lasso, Bach; el estudio obsesivo del contrapunto -que utilizará como un veterano en su Requiem- a lo largo de toda su vida, sintiéndose siempre deficiente en lo que respecta a la música. A ella dedica su existencia, rechazando cualquier relación afectiva estable. La vida es la música: hay que consagrarse a ella sin condiciones.

Todo un sacerdote del arte y de la belleza que deambula por las calles con barba espesa, aspecto desaliñado pero siempre vigilante, y la cabeza inclinada sobre partituras o libros de literatura del pasado y del presente. Bajo esa apariencia se esconde el autor que recogió todas las reivindicaciones del siglo XIX y fue el primero en abrir una brecha en el XX. Lo dicho aclara las razones que subyacen a una gestación tan enorme de la obra.

 

Un trabajo de meditación, reflexiones, presagios que acompañan las fases compositivas no solo del Réquiem, sino de muchas de sus obras. Las primeras intuiciones en 1854. El primer borrador en 1856. Pero serán dos acontecimientos luctuosos los que convencerán definitivamente al compositor de abordar un tema, el del destino del hombre, que compositores como Giuseppe Verdi o Wolfgang Amadeus Mozart abordaron en plena madurez o en el momento de la muerte: la muerte de Robert Schumann, mentor y amigo, que le transmitió el espíritu romántico, y, pocos años después, la desaparición de su madre, a quien está dedicado el quinto movimiento de la obra -Ihr habt nun Traurigkeit para soprano y coro-.

 

Estas dos muertes le recuerdan una gran responsabilidad, introduciendo una larga reflexión sobre el ser humano, la vida y la caducidad de las cosas. Joahnnes Brahms ya había compuesto mucha música para orquesta y piano pero el Réquiem es la síntesis de su primer periodo de formación, marcado por maestros poco conocidos, mucho estudio, una familia de origen humilde (su padre era un músico de escasa fama) y muchas experiencias también con la música «ligera», tocando en tabernas y locales públicos.

 

Será en la silenciosa quietud del Zürichberg, en una habitación con una vista infinita de las montañas, donde nacerá el texto del Réquiem alemán. Aquí reside la primera novedad. Joahnnes Brahms decide crear él mismo las palabras que acompañarán a la música. Una elección obligada por las necesidades expresivas que lo guían. Esta decisión acerca la obra al gran oratorio romántico, si no fuera por la falta de la dimensión narrativa y, por tanto, de la acción dramática. Johannes Brahms también se inspira en las obras corales románticas de Haydn y Beethoven, con la única diferencia de que da mayor importancia a las voces masculinas.

 


En el Réquiem alemán, la palabra tiene un papel decisivo. Influye en la música y da forma a la obra, a veces creándola, otras deshaciéndola. El texto está compuesto por pasajes de la Biblia luterana (Tradición sapiencial y Salmos del Antiguo Testamento, Evangelios, Cartas apostólicas y Apocalipsis) -muy bonitos de releer-, con el fin de dotar a cada movimiento de densidad poética y un significado preciso.

Yo creo que el texto ha influido en la música. Es una idea muy personal. Cualquiera que componga seriamente para voces no puede dejar en segundo plano el contenido. Por otra parte, los grandes compositores tienen en cuenta la palabra. Es lo único que distingue al canto. Las partes instrumentales no pueden moverse sin esta atención.

 

Johannes Brahms quiere que el Réquiem sea más personal que confesional. De hecho el propio compositor propuso eliminar la palabra «alemán» e insertar «humano». Hasta tal punto es así que desde la primera hasta la última línea no aparece ninguna referencia explícita a la muerte y resurrección de Cristo. En las elecciones del autor se excluyen las palabras «condena» e «infierno». Dios vence a la muerte.

 

Es notable el concepto de bienaventuranza: en el primer canto, el coro canta Selig sind, die Leid tragen, Bienaventurados los afligidos y en el séptimo se dice: Selig sind die Toten, die in dem Herrn sterben von nun an, Bienaventurados los muertos que de ahora en adelnate muerren en el Señor. Hay una esperanza de poder habitar la casa del Señor. Todo ello en un clima de dilatación y dulzura que se alternan con secciones de carácter grandilocuente.

 

Sí, ésta es una obra sobre la esperanza, pero también sobre la certeza de que el más allá es algo hermoso. Es una pieza que reconforta, que te da la idea de que hay Alguien ahí esperándote. Johannes Brahms se sitúa evidentemente en la dimensión protestante. Para un católico, esto podría no ser un Réquiem.


 

Yo todavía recuerdo mi extrañeza y las grandes dificultades que tuve cuando me acerqué por primera vez a esta música. Acceder a su significado profundo no es fácil y requiere un enorme trabajo de análisis de los textos escogidos, de la música que acompaña y de todo el contexto humano en el que estaba inmerso Johannes Brahms.

 

El resultado es un fresco coral de gran intensidad expresiva, una obra monumental por la orquestación y la disposición de las partes vocales, compuesta por siete cuadros gigantescos en los que resuenan las notas del Begräbnisgesang op. 13 -Canto fúnebre-, y de la Cantata Rinaldo op. 50.

 

La reflexión sencilla y sincera que Johannes Brahms hace sobre la contradicción de la vida humana le lleva a alcanzar una grandeza de pensamiento musical nunca antes escuchada. Esta pieza es un punto de llegada. Podrías detenerte aquí. En el Réquiem alemán se exploran todas las posibilidades de un coro. Están ahí para ser interpretadas. Están todas las fórmulas técnicas y expresivas. Desde el pianissimo extremo al fortissimo, desde el legato al staccato. Es una obra que, desde el punto de vista técnico, es lo más sublime que puede existir. Sí, es un punto de llegada para un larguísimo trabajo de meditación, reflexiones y presentimientos que se vehiculan en las fases compositivas de la obra

 

La obra prevé, junto con la orquesta, la participación de una soprano y un barítono -que cantan como solistas en el tercer, quinto y sexto movimiento- y del coro, utilizado al estilo griego y presente en todos los números. La partitura es un conjunto de armonías no estáticas –son frecuentes las modulaciones a tonos lejanos- que se mueven dinámicamente. Así se alternan momentos sombríos con explosiones vehementes de luz -como el fugato del tercer y sexto tema-.

 

Al escuchar esta música impresiona la recuperación de estilos barrocos (utiliza la fuga y el rondó de una manera muy original), las citas extraídas de La Pasión según San Mateo de Johann Sebastian Bach y el Liederkreis op. 39 de su querido amigo Robert Schumann.

 

La orquesta está muy presente. Dialoga con el coro, intercambiando temas -por ejemplo el final del primer tema-; sostiene y exalta su significado -como en el sexto tema, cuando se canta «Tod, wo ist dein Stachel? Muerte ¿dónde está tu victoria? Holle, wo ist dein Sieg? Infierno, ¿dónde está tu triunfo?»-. Una música compleja, misteriosa, no fácilmente accesible para todos los oídos y de difícil desciframiento.

 


La música de Johannes Brahms es un grito consciente a esta inmensa dignidad del hombre, este anhelo hacia lo grande. ¿Qué sería la vida del hombre sin esta hipótesis? Su seriedad con respecto a esta pregunta es desarmante. Este es el acento que hace del Réquiem alemán la celebración de un dolor profundamente caracterizado por el sentido espiritual y religioso.

Él mismo lo atestigua cuando, al enviar a su editor los cuatro cantos serios sobre textos bíblicos en 1896, y un año antes de su muerte, escribe: «A menudo, en lo más profundo del alma humana se mueve y habla algo de lo que no somos conscientes y que a veces puede encontrar expresión en versos y música».

 

Johannes Brahms, con su música, agudiza la dramática pregunta de qué es el hombre ante Dios. Alfred Einstein definía el Réquiem alemán de Johannes de Brahms como «una de las conversaciones más personales con la muerte». Sí, es una de las conversaciones más personales del hombre con el abismo de su propio corazón: un bienaventurado canto del destino.

 

Tal vez creas que el hilo conductor de las diferentes piezas es sin duda la muerte. Yo te sugiero esta otra clave: la relación entre la breve vida humana y la eternidad. Sí, se trata de la muerte pero de la muerte de aquellos que viven seguros y se afanan en vano por acumular bienes, aquellos que ignoran que nuestra carne es como la hierba y que toda la gloria terrenal se marchita y se seca sin aportar alegría. 

La alegría verdadera, profunda, eterna, se convierte en el motivo central y entusiasta de la mayoría de los fragmentos, el destino de las almas de los justos que alaban al Señor, que han sido pacientes en sembrar el bien y esperar sus frutos, perseverantes en difundir buenas obras a la espera de alcanzar las dulces moradas de donde resucitarán con júbilo, victoriosos e incorruptos, ¡y ningún tormento podrá tocarlos! 

Te propongo que antes del ejercicio de la audición de cada una de las secciones leas los textos del Réquiem alemán. Puedes hacerlo, también, durante o después de la escucha de cada una de las secciones. Como tú prefieras porque la lectura detenida de los textos es necesaria.

 

Deseo y espero que disfrutes de la escucha de esta obra y de la meditación que te propone sobre el destino. Te dejo una interpretación que no necesita ni presentación ni comentario: https://www.youtube.com/watch?v=bqd556NLoU8

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

 


I. Selig Sind (Bienaventurados) – coro

 

Los textos se refieren a la condición de los veteranos del exilio babilónico, resaltada en el plano musical por tonos graves, para afirmar inmediatamente después un sentido de consuelo y luminosidad del destino de la bienaventuranza, ¡como un canto de júbilo! 

Bienaventurados los que padecen, pues ellos serán consolados.

(Evangelio de San Mateo 5,4) 

Los que siembran con lágrimas, recogerán con alegría.

Se han ido y lloran, y portan la noble simiente, y retornan con júbilo, y traen sus gavillas.

(Salmo 125,5 y 6) 

II. Den alles fleish (A todos los que) – coro

 

Corta es la vida del hombre en la tierra, pronto se seca como una flor, y toda su gloria es breve. «Pero la palabra del Señor permanece para siempre»: el tono musical de esta frase es particularmente acentuado, para realzar la intensidad del significado, ya que introduce el siguiente salmo de Isaías, con tonos sublimes que anuncian la alegría de los redimidos y el nuevo Israel, símbolo de la Iglesia. 

Entonces toda la carne, es como la hierba y todo el esplendor del hombre es como la flor de los prados. La hierba está seca y la flor está marchita.

(Primera Carta de Pedro 1,24) 

Así, amados hermanos, sed pacientes y esperad la venida del Señor. Mirad al campesino que aguarda el fruto precioso de la tierra y espera paciente la llegada de la lluvia del otoño y la primavera. Así, sed pacientes.

(Carta de Santiago 5,7) 

Entonces toda la carne, es como la hierba y todo el esplendor del hombre es como la flor de los prados. La hierba está seca y la flor está marchita. Pero la palabra del Señor perdura eternamente.

(Primera Carta de Pedro 1,24-25) 

Los que han de ser salvados por el Señor retornarán y vendrán jubilosos hacia Sión; la alegría, la alegría eterna, reinará sobre ellos. La alegría y el gozo se apoderarán de ellos, y el dolor y el llanto desaparecerán.

(Isaías 35,10) 

III. Herr, lehre doch mich (Señor, enséñame) – barítono y coro


La incertidumbre del exilio y del propio destino destila acentos dramáticos al comienzo de la pieza, pero el hombre justo que reflexiona sobre su fragilidad se dirige al Señor y pone su esperanza en Él. «Las almas de los justos están en manos del Señor y ningún tormento las toca». La insistencia en este concepto, repetido en la fuga por todas las secciones del coro, cierra la pieza dejándonos una sensación de júbilo, de victoria y de felicidad alcanzada. 

Revélame, por tanto, Señor, que mis días deben tener un final, que mi vida tiene un destino y que me debo a él. ¡Mira!, en tu presencia, mis días son como la palma de tu mano, y mi vida, ante ti, no es nada. ¡Ah!, todos los hombres son apenas nada y, sin embargo, viven tan seguros. Desaparecen como una sombra y en vano se agitan; Acumulan riquezas sin saber a quién aprovecharán. Y ahora Señor, ¿qué podrá consolarme? En ti deposito mi esperanza.

(Salmo 38,5-8) 

Las almas de los justos están en las manos del Señor y ninguna pena podrá perturbarlas.

(Sabiduría 3,1) 

IV. Wie lieblich sind Deine Wohnungen (¡Qué hermosas son tus moradas!) – coro

 

A través de los tonos suaves de toda la pieza se percibe la aspiración a una condición de felicidad y plenitud infinita, que solo las moradas del Señor pueden conceder, y solo a quienes son conscientes del privilegio de alabar a Dios. 

Qué dulces son tus moradas, ¡Señor de los ejércitos! Mi alma se desespera y suspira por las cortes celestiales; mi cuerpo y mi alma se alegran del Dios vivo. Bienaventurados los que habitan tus moradas, que te alaban por siempre.

(Salmo 83,2-3.5) 

V. Ihr habt nun Traurigkeit (Ahora estáis tristes) – soprano y coro

 

Se promete un gran consuelo a quienes sufren fatigas y dolores: «Yo os consolaré, como solo una madre puede consolar a su hijo». La evocación de la figura de una madre recorre y suaviza toda la pieza a través de las intervenciones del coro, en diálogo con la soprano solista. 

Ahora estáis afligidos; pero yo os volveré a ver, vuestro corazón se regocijará y nada podrá privaros de vuestro gozo.

(San Juan 16,22-23a) 

Os consolaré, como una madre consuela a su hijo. 

(Isaías 66,13) 

Mírame: qué escaso tiempo de fatigas y trabajos he vivido y he hallado un gran consuelo.

(Eclesiástico 51,27) 

VI. Denn wir haben (Porque tenemos) – barítono y coro

 

A la atmósfera inicial de misterio y búsqueda le sigue la revelación de la verdad: no todos moriremos, sino que los justos resucitarán incorruptos, cuando se cumpla la Palabra que fue escrita. Muy intenso e inspirado es el tono de las Cartas de San Pablo a los Hebreos y a los Corintios, como la frase final tomada del Apocalipsis, subrayada por la énfasis musical de la fuga: «Digno eres de recibir gloria, honor y poder, Señor, porque de la nada creaste todo y con tu voluntad diste a todo esencia y vida». 

Pues no tenemos en la tierra una morada permanente, por ello buscamos la del porvenir. 

(Carta a los Hebreos 13,14) 

Mirad, que os revelo un secreto: ciertamente, no moriremos todos, pero todos seremos transformados; en un instante, en un abrir y cerrar de ojos, a los acordes de la última trompeta. Puesto que se escuchará la trompeta y los muertos resucitarán incorruptos; y nosotros seremos transformados. Entonces se cumplirá lo escrito: la muerte quedará cautiva en la victoria. Muerte, ¿dónde está tu espina? Infiernos, ¿dónde está vuestra victoria?

(Primera Carta a los Corintios 15,51-52.54-55) 

Señor, Tú eres digno de recibir alabanza, honor y poder, porque Tú eres el creador de todas las cosas, y por tu voluntad son y han sido creadas.

(Apocalipsis 4,11) 

VII. Selig sind die Toten (Bienaventurados los muertos) – coro

 

La condición de bienaventuranza remite al inicio del Réquiem, y la perfecta armonía del último tema concluye un recorrido meditativo en busca de una paz a la que toda la humanidad debería aspirar con ahínco. 

Bienaventurados los muertos que mueren en el Señor. Sí, el Espíritu dice que reposa de sus fatigas, porque sus obras van tras él.

(Apocalipsis 14,13)

La escucha en el centro.

La escucha en el centro 


Compartir el camino con las personas con las que nos cruzamos en la existencia, sobre todo con aquellas marcadas por el sufrimiento, requiere ante todo encontrarnos realmente con ellas. No basta con cruzarnos con ellas, saber algo de su historia o sentir compasión desde la distancia… 

Hay que acercarse a su existencia concreta, aceptar ralentizar el propio paso, dejar que su presencia interrumpa nuestras costumbres. Caminar juntos significa renunciar, al menos por un momento, a establecer por nuestra cuenta la dirección y la velocidad del camino propio. Significa reconocer que el otro no es un problema que hay que solucionar, sino una persona con la que entablar una relación. 

La escucha atenta es una de las formas más concretas de esta cercanía. No consiste solo en guardar silencio mientras el otro habla, sino en hacerle un hueco dentro de nosotros. Exige dejar de lado las respuestas preparadas de antemano, la necesidad de dar consejos, la tentación de reducir cada historia a algo que creemos conocer. 

A veces, quien sufre no busca una explicación inmediata: busca a alguien que no aparte la mirada, que no tenga prisa, que sepa quedarse incluso cuando las palabras se interrumpen. Hay silencios que no piden ser llenados, sino acompañados. 

Detrás de ciertas vidas hay historias pesadas: intenciones confusas, deseos que se han quedado sin rumbo, decisiones equivocadas, heridas recibidas y heridas infligidas. Hay caminos en los que una decisión ha arrastrado a otra, hasta el punto de que resulta difícil reconocer el momento en que todo empezó a enredarse. 

Algunas consecuencias no se pueden borrar; no todos los caminos permiten dar marcha atrás. Pero no poder anular el pasado no significa tener que renunciar a todo futuro. Incluso allí donde algo es irreversible, puede abrirse una forma diferente de vivir la propia vida. 

Ponerse con delicadeza al lado de una persona puede ofrecerle una oportunidad que nunca ha tenido: contar su propia historia a alguien dispuesto a escucharla. No una versión abreviada, ni el relato corregido para que resulte aceptable, sino esa experiencia vivida que pesa sobre la conciencia y que aún no ha encontrado palabras. 

Este relato no debe solicitarse con insistencia ni exigirse como prueba de confianza. Es un regalo que solo puede madurar en libertad, cuando quien habla siente que puede elegir qué decir y cuándo decirlo, sin temor a verse reducido a sus propias fragilidades. 

Contar la historia puede abrir nuevas perspectivas también para quien la narra. Lo que en el interior parecía una maraña indistinta comienza, a veces, a encontrar un orden: un episodio se distingue de otro, una responsabilidad adquiere un nombre, un dolor emerge de bajo la vergüenza. No cambia lo que ha sucedido, pero puede cambiar la mirada con la que se comprende. Al escuchar sus propias palabras ante una presencia acogedora, una persona puede descubrir que no coincide por completo con el peor momento de su vida. En su historia hay errores, pero también deseos, resistencias, preguntas y posibilidades que el dolor había ocultado. 

Es en la apertura hacia el otro, cuando se percibe una sintonía existencial y espiritual, donde pueden surgir nuevas claves de interpretación. La sintonía no exige experiencias idénticas ni un acuerdo en todo: surge de sentirse acogido en la propia dignidad. 

Quien escucha puede devolver una pregunta, una palabra, una perspectiva que había quedado fuera del campo de visión. No impone el significado de la historia ajena ni se sustituye a la conciencia de quien la vive. Ofrece más bien un espacio de diálogo en el que lo que se había enredado sobre sí mismo pueda, con paciencia, empezar a desentrañarse. 

Quizá una de las formas más profundas de alivio comience precisamente aquí: en la experiencia de no estar ya solos ante lo vivido. No se trata de una curación garantizada, ni de la idea de que una conversación pueda resolver todo sufrimiento. Hay heridas que requieren tiempo, apoyos concretos y procesos de curación. 

Pero la cercanía puede hacer que resulte menos difícil pedir ayuda y afrontar ese camino. Que te escuchen sin humillarte, que te reconozcan sin que se nieguen tus responsabilidades, permite vislumbrar una verdad esencial: la dignidad de una persona no se pierde en sus días más oscuros. 

La soledad puede adquirir el peso de una sentencia. Cuando falta alguien a quien confiar una palabra, la vida corre el riesgo de parecer inútil, carente de sentido, encerrada en un presente sin salida. 

Una mano tendida abre una posibilidad diferente: alguien me ve, alguien está dispuesto a quedarse, mi dolor no me hace indigno de una relación. Es mucho más que un gesto físico. Puede ser una invitación discreta, una disponibilidad constante, el regreso de quien había prometido estar ahí. 

La esperanza se vuelve creíble sobre todo cuando la presencia no se agota en la emoción del primer encuentro. 

Coger de la mano no significa arrastrar. Quien acompaña no es dueño del camino del otro y no puede decidir en su lugar. La delicadeza consiste también en respetar una vacilación, un límite, un paso más lento de lo previsto. 

Hay una cercanía que libera porque no crea dependencia ni busca gratitud: sostiene la posibilidad de elegir, anima sin mandar, permanece disponible sin invadir. El nuevo camino pertenece, ante todo, a la persona que lo emprende. Quien está a su lado puede ayudarla a reconocer el terreno, pero no debe privarla de la libertad de dar sus propios pasos. 

También quien tiende la mano puede salir transformado del encuentro. Escuchar una historia difícil pone en tela de juicio las clasificaciones apresuradas con las que separamos las vidas exitosas de las fracasadas. Revela lo poco que sabemos de los caminos interiores de los demás y lo importante que es distinguir a una persona de los juicios que la preceden. 

La fraternidad toma forma aquí, en la disposición a reconocer a un hermano o una hermana incluso en quien ha sido abandonado, en quien arrastra consecuencias dolorosas, en quien ya no sabe cómo pedir ayuda. No es una mirada que ignore el mal, sino una mirada que no le concede la última palabra sobre la persona. 

Un nuevo amanecer no promete una vida sin sombras. Pero aporta luz suficiente para hacer visible un primer paso. Para quien vive una situación aparentemente desesperada, ese resplandor puede llegar a través de una presencia sencilla y fiel: alguien que se acerca, escucha, no exige nada, no abandona. 

La mano tendida no borra la noche pasada, pero puede impedir que esta se convierta en el único horizonte. Y cuando una historia nunca contada encuentra por fin quien la escuche, el futuro puede dejar de parecer solo una repetición del pasado. Comienza entonces un camino aún frágil, pero compartido: el soplo inesperado de una esperanza que vuelve a abrirse paso. 

Hay amaneceres que comienzan mucho antes de que el sol aparezca en el horizonte. Nacen en la oscuridad de una habitación, durante una conversación vacilante, cuando alguien encuentra el valor para decir lo que durante años ha guardado en silencio. Nacen cuando una persona se detiene junto a otra y, sin pretender resolverlo todo, le ofrece su presencia. 

Es verdad, la noche no desaparece de repente, pero ya no está habitada únicamente por la soledad. Una voz, una mirada atenta, una mano tendida pueden convertirse en el primer resplandor de un día que aún es posible. 


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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