viernes, 28 de agosto de 2026

Pedro, ponte detrás de mí - San Mateo 16, 21-27 -.

Pedro, ponte detrás de mí - San Mateo 16, 21-27 -

De lo que los demás nos dicen, a menudo acabamos reteniendo solo aquello que confirma nuestros miedos, nuestras expectativas y, a veces, incluso nuestros prejuicios. Nos sucede tantas veces-

 

Así le pasó también a Pedro.

 

Jesús había hablado de su pasión, de su muerte, de la resurrección, pero Pedro se había quedado atascado antes. Había oído hablar de la cruz y no había llegado a la resurrección.

 

Cuando algo nos asusta, el resto del discurso corre el riesgo de volverse de repente inaudible. Basta una palabra que no hubiéramos querido oír y esa palabra acaba influyéndonos bastante.

 

Por eso, a Pedro no le hace gracia y se lleva a Jesús a un lado para reprenderlo. Dios no lo quiera, Señor, esto nunca te sucederá.

 

Aquel que unos instantes antes había reconocido a Jesús como el Cristo, ahora pretende explicarle cómo se es el Cristo.

 

Pedro le quiere. Claro, y precisamente por eso querría evitarle lo que considera incompatible con su condición de Mesías.

 

Un Cristo rechazado, derrotado, condenado a muerte, no entra en sus planes. Si estás del lado de Dios, algo tiene que verse, de lo contrario uno se pregunta para qué sirve.

 

Nosotros no estamos muy lejos de Pedro. Nosotros también tenemos nuestra propia idea de cómo deberían ir las cosas cuando Dios está realmente presente o de qué y cómo y cuándo tiene que ser la voluntad de Dios.

 

Una vocación debería dar fruto, un servicio generoso debería ser reconocido, una elección hecha por el bien debería recibir al menos una confirmación.

 

Entonces ocurre que las cosas toman otro rumbo y empezamos a sospechar de todo, del camino emprendido por las personas e incluso de Dios.

 

Una decepción puede convertirse en el punto de vista desde el que reinterpreta años enteros. Ya no es un hecho que nos ha sucedido, sino que se convierte en la explicación de todo.


La respuesta de Jesús, sin embargo, es contundente. «Ven detrás de mí Satanás».

 

Nos impacta ese «Satanás».

 

Claro, pero quizá deberíamos detenernos más en el «ven detrás de mí».

 

Es ahí donde Pedro debe volver.

 

Su problema no es haber dejado de amar a Jesús, sino haberse adelantado a Él.

 

El discípulo que debía seguir ha empezado a hacer de guía. Ha establecido qué camino debe seguir Dios y cuál no, qué acontecimientos son compatibles con su presencia y cuáles, en cambio, deben evitarse.

 

«Ven detrás de mí».

 

No es solo una reprimenda, es una segunda llamada.

 

«Pedro, vuelve al lugar de donde habías empezado».

 

Te había dicho: «Sígueme», no «explícame tú adónde debo ir yo».

 

La tentación de Pedro es muy religiosa. No rechaza a Dios, pero quiere un Dios que se ajuste a lo que él considera razonable.

 

Pedro querría salvar a Jesús de la cruz. Jesús, en cambio, está tratando de salvar a Pedro de una vida dedicada a salvarse a sí mismo.

 

Porque es posible pasar toda una vida protegiéndose de lo que nos expone al juicio, de una relación que podría hacernos daño, de una elección que no ofrece garantías.

 

Salvamos las apariencias, el papel que desempeñamos, la tranquilidad, nuestras razones. Nos defendemos tan bien que, al final, puede que no quede ya nada por lo que merezca la pena exponerse.

 

Es en este punto donde Jesús habla de negarse a uno mismo.

 

No está invitando a despreciarse a uno mismo y mucho menos a hacer de la mortificación un programa de vida.

 

Renunciar a uno mismo significa dejar de considerarse el ombligo del mundo.

 

Significa reconocer que no todo puede medirse en función de lo que me conviene o de lo que me hace estar tranquilo.

 

Hay momentos en los que la pregunta «¿qué gano yo con esto?» debe dar paso a otra: «¿a qué estoy llamado a ser fiel?»


También hay que aclarar algunos malentendidos sobre la cruz.

 

Jesús no está alabando el sufrimiento, no elige la muerte por la muerte, no va a Jerusalén porque Dios necesite su dolor, va hasta el final porque no quiere que sea el miedo el que decida cuánto puede amar.

 

La cruz es lo que una vida encuentra cuando no retira su entrega a pesar de que esta se vuelve costosa.

 

«El que quiera salvar su vida, la perderá».

 

No está hablando Jesús solo del martirio. Sino que habla de ese continuo intento de conservar la vida para uno mismo, como si vivir significara sobre todo evitar pérdidas.

 

Y, en cambio, hay personas que casi no han perdido nada, pero en realidad casi no han dado nada.

Han defendido todo —tiempo, afectos, energías— (¡y se han defendido de todo!), pero la vida que se guarda solo para uno mismo, tarde o temprano, se encoge, se muere.

 

¿Qué ventaja tendrá un hombre si gana el mundo entero pero pierde su propia vida?

 

La pregunta está más cerca de nosotros de lo que parece.

 

¿Qué ventaja hay en lograr siempre salvar la propia posición y perder la libertad? ¿En conseguir el consenso y ya no poder decir ni una sola palabra verdadera? ¿En no dejarse herir por nadie, pero también en no poder volver a amar a nadie?

 

Pedro quería evitarle una pérdida a Jesús, pero aún no había comprendido que hay cosas que se pierden precisamente cuando intentamos retenerlas y otras que solo se vuelven nuestras después de haberlas donado.

 

Por eso Jesús no le dice «vete lejos de mí», sino «ven detrás de mí»: detrás de mí todavía hay un lugar para ti, Pedro, pero ese lugar está detrás de mí.

 

Es el lugar que también nosotros debemos volver a encontrar continuamente, sobre todo cuando estamos muy seguros de saber cómo deberían ir las cosas: detrás de Él, no delante.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¡Bienaventurados!

¡Bienaventurados! 

El autorretrato más preciso y fascinante de Jesús —la imagen que Él mismo nos revela e imprime en nuestro corazón— las Bienaventuranzas se convierten en la revelación de una vida posible para nosotros si echamos raíces en la humanidad de Jesús. 

Entonces comprendemos que incluso la persecución y la aflicción, la ausencia de paz y la falta de justicia, son situaciones que pueden abrirnos a la bienaventuranza 

- enseñándonos a construir la paz,

- a atrevernos a ser misericordiosos,

- a vivir con mansedumbre,

- a crear belleza. 

Son el anuncio de que Dios se alía con la alegría de los hombres, se ocupa de ella. El Evangelio nos asegura que el sentido de la vida está, en lo más íntimo, en su núcleo más profundo, en la búsqueda de la felicidad. 

Las Bienaventuranzas son también un programa para quienes se ponen al servicio de la vida – según aquel adagio clásico de que la gloria de Dios es que el ser humano viva -. 

Un programa inesperado, a contracorriente, que provoca y llama a un verdadero cambio de vida, que abre caminos que dejan sin aliento: 

- bienaventurados los pobres,

- los que se empeñan en proponer caminos de justicia,

- los constructores de paz,

- los que tienen el corazón manso y ojos de niño,

- los no violentos,

- los que son valientes porque están desarmados: ellos son la única fuerza invencible. 

La felicidad que prometen las Bienaventuranzas no es solo la futura, la del más allá: Jesús no dice que los pobres, los mansos, los afligidos «serán» bienaventurados; dice que «son» bienaventurados, que ya lo son ahora. 

Imbuidos de esta alegría 

- la pobreza se convierte en riqueza;

- las lágrimas pueden convertirse en alegría;

- la pureza de corazón se convierte en transparencia de Dios;

- la mansedumbre vence más que la violencia;

- la misericordia penetra y convence más que la severidad;

- la paz prevalece sobre la guerra;

- el amor supera al odio y lo destruye. 

Al vivir la exigente lógica de las Bienaventuranzas, seguimos trazando continuamente caminos de esperanza y afirmando que el mundo no está ni estará, ni hoy ni mañana, bajo la ley del más rico y del más fuerte, sino bajo la ternura de los compasivos y la misericordia de aquellos que han aprendido a ser humanos. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


¡Bienaventurados!

¡Bienaventurados! 

Las Bienaventuranzas nos atraen. 

Jesús nos habla, 

- a nuestro corazón inquieto,

- a nuestra sed de amor,

- a nuestra necesidad inextinguible de felicidad,

- a esa necesidad que hay en lo más profundo de cada uno de nosotros de ser reconocidos en nuestra identidad más auténtica, amados con un afecto puro, total, hermoso y que dure para siempre. 

Es precisamente desde aquí desde donde parte el mensaje de Jesús. 

Al decir «bienaventurados», nos remite al mundo de nuestras mayores aspiraciones, mientras que lo que añade en cada ocasión nos desconcierta y nos interroga, porque parece indicar precisamente lo contrario de lo que habríamos deseado o buscado de inmediato; no es un discurso consolador o ilusorio, sino un grito que invita a levantarse, a volver a ponerse en marcha. 

La palabra clave que volverá a aparecer varias veces en los labios de Jesús es, de hecho, «ashre» - אשר -, un término que en hebreo suena como una invitación a seguir adelante. 

Una promesa que es cierta y que precede a quienes viven una situación determinada. 

Una palabra que indica un estilo que hay que adoptar. 

Una palabra que cambia la perspectiva con la que se miran la vida, la realidad y los demás. 

Traducimos esta expresión, tan presente en los Salmos y en la sabiduría de Israel, como «bienaventurados» - del griego makárioi -. 

Por desgracia, en nuestra lengua italiana un término que revele adecuadamente su contenido. 

«Bienaventurados» no es un adjetivo, es una invitación a la felicidad, 

- a la plenitud de vida,

- a la conciencia de una alegría que nada ni nadie puede arrebatar ni apagar. 

Contemplamos las Bienaventuranzas para descubrirlas como una promesa de felicidad, 

- como una invitación a la belleza,

- a trabajar en nuestra propia vida hasta convertirla en una obra maestra. 

Pero más aún que la felicidad, buscamos un sentido, y las Bienaventuranzas, como promesa, dan fe de que se puede encontrar sentido incluso en lo absurdo del dolor, de que el mundo se puede vivir incluso en lo insoportable del sufrimiento, en lo absurdo del mal. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 27 de agosto de 2026

La aventura de nuestra fe.

La aventura de nuestra fe

«Al mito de Ulises regresando a Ítaca,

querríamos contraponer la historia de Abraham

que abandona para siempre su patria

en busca de una tierra aún desconocida».

(Emmanuel Lévinas)

 

Ulises lo tiene más fácil que Abraham. Sus dificultades y sus riesgos serán enormes, pero Ulises sabe adónde va: le espera un hogar, una patria. Viajar es peligroso, pero la imagen de Ítaca lo endulza todo: Escila y Caribdis, la maga Circe, el cíclope, las columnas de Hércules; todo se puede soportar y superar si se sabe hacia dónde se dirige uno. La distribución de la casa, los muebles, los rostros alegran incluso las noches más oscuras y los sueños más aterradores.

 

Abraham no sabe adónde irá, solo sabe lo que deja atrás. Sus noches están llenas de recuerdos de casas, cosas y rostros que ya no volverá a ver. Delante de él no hay un regreso, sino una partida continua. Se sufre sin hogar y sin patria. El éxodo, el exilio son terribles si el billete es de ida y para siempre.

 

Por eso, la aventura judeocristiana de Abraham es muy diferente de la grecoclásica de Ulises, y es mucho más dura.

 

Por eso, la tendencia a la aventura de Ulises ha prevalecido también en la tradición cristiana.

 

Al viaje de Ulises se le han dado a menudo los contornos de un viaje, lleno, sí, de riesgos, pero reconfortado por el regreso a casa.

 

La virtud de la esperanza se ha transformado con demasiada frecuencia en una garantía del billete de vuelta, en un seguro de un sitio preparado en la mesa, con los cubiertos y las flores.

 

Es verdad, me dirás, que también el cristiano tiene su Ítaca: un hermoso paraíso que le espera más allá de las columnas de Hércules de la muerte, más allá de todas las sirenas, de todas las luchas con los pretendientes. Tarde o temprano. 


Incluso le recibirán sus seres queridos, rostros, tal vez, apenas marcados por el paso del tiempo. Una hermosa Ítaca segura, bien defendida, Penélope toda para ti, de la que ya no tendrás que volver a partir. Merece la pena navegar… para llegar regresando a la casa del padre y al banquete del Reino.

 

Así, durante varias décadas, imaginamos nuestro paraíso. Todas las penurias, entonces, tienen sentido: la muerte es un batir de alas, triste, sí, pero un momento pasajero. Como el parto, que es mucho más vida que muerte.


Y los cristianos solemos pensar más en términos de Ulises, que en los de Abraham. Somos más griegos que bíblicos. Nos gustan los términos consoladores que no son, sin más, términos de fe y esperanza.

 

Y nos cuesta mucho darnos cuenta de ello.

 

Ítaca está bien delimitada y definida, aunque con algún que otro rincón en sombra; nuestro paraíso es cierto, bien conocido, garantizado, asegurado. Es nuestro hogar.

 

No hemos acabado de cortar el cordón umbilical. El paraíso es nuestra tierra madre, a la que tarde o temprano volveremos.

 

En cambio para Abraham un día llegó el corte del cordón umbilical, una partida sin retorno, una noche sin crepúsculo.

 

Un itinerario errante en el desierto, tras haber levado anclas y sin saber dónde echarlas. Ninguna certeza sobre el mañana. La conciencia, sin embargo, de que la salvación no está «en casa», sino «en otra parte», no está en un regreso, sino en una salida.

 

La tentación de mirar atrás, como Lot, es constante. También la nostalgia de Egipto, con la seguridad de sus ajos y la certeza de sus cebollas.

 

Pero Abraham no sabía adónde iba, solo sabía que tenía que levantarse, ponerse en marcha y salir.

 

Los judíos solo conocen la aspereza monótona del desierto, no el mapa de la tierra prometida.

 

Jesús en la cruz grita desesperado porque todos, incluso el Padre, le han abandonado.

 

La aventura de la fe no se inscribe en el círculo de un eterno retorno, sino en la línea recta de un camino sin puntos de apoyo, sin certezas.

 

Creo, Señor: ¡ayuda a mi incredulidad!


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 26 de agosto de 2026

Ten paciencia, Señor, hasta que vaya convirtiendo mi voluntad en la tuya (un relato biográfico) - San Mateo 21, 28-32 -.

Ten paciencia, Señor, hasta que vaya convirtiendo mi voluntad en la tuya (un relato biográfico) - San Mateo 21, 28-32 -

«Hijo, hoy ve a trabajar a la viña»

 

¿Llegará ese día, Señor? Ese en el que pueda sentarme en tus rodillas, ese en el que el silencio sea mi Belén. Y juntos contemplaremos esa parte de mí que no entendía, que se rebelaba, ¿contra qué?, ahora ya no lo sé. «No me apetece», decía yo, y tú: silencio.

 

Quizá habría bastado con poco: una palabra más tuya, un intento de convencerme, el agradable aroma del vino compartido, una caricia, pero Tú no decías nada, dejabas tu invitación en el aire, y yo, en mi interior, me dedicaba a escenificar hipotéticas revoluciones interiores.

 

¿Llegará ese día, Señor? Apoyaré mi cabeza en tu pecho y será como sonreír ante mi agitación, ante mi incapacidad para comprender que soy menos que un soplo en la Creación. «No tengo ganas», gritaba, no tengo ganas de Ti, del mundo ni de la vida; ya no tengo ganas de tu viña, de tu rostro, de tus órdenes; ya no tengo ganas, y quizá ya ni siquiera tenga ganas de mí mismo. Pero ¿cómo has podido soportar, Señor, mi infantilismo?

 

¿Llegará ese día, Señor? Me quedaré a tus pies, sin molestar, me bastará con estar ahí; contemplaremos desde lejos aquellos días patéticos, aquellos en los que te dije que sí, una promesa solemne, tal vez para convencerme a mí mismo, pero para no ir, en realidad, a tu viña.

Tú lo viste, tú lo sabías, quién sabe si sufriste, y sin embargo no dijiste nada, ¿por qué no me reprochaste? Me lo preguntaba. ¿Por qué me dejaste tranquilo en esa mentira tan banal? Bastaba con venir a buscarme, bastaba con ponerme frente a mis responsabilidades, a mi bajeza. ¿Por qué no viniste a castigar mi desobediencia, por qué no me mostraste tu ira? A mí no me importaba nada tu viña, yo te quería a ti, ¿lo entiendes? Y, en cambio, nada: silencio.


 

Quién sabe si llegará ese día en el que yo, apoyado en tus labios, al sentir que me llamas «hijo», me avergonzaré, por fin, de esa parte de mí arrogante, presuntuosa, estúpida y banal que carecía de sentido de la medida, que se creía el centro del mundo, que se creía con derechos, que pretendía pedir cuentas de las lógicas del mundo.

 

Quién sabe si llegará ese día en el que yo estaré, arraigado como un castaño, dando frutos y llorando por aquel yo que no sabía sentirte como un padre amoroso y tierno.

 

Quién sabe cuándo llegará de verdad ese día, aquel sin fin, en el que finalmente me sumergiré en el jardín perfumado de tu corazón y yo contigo, yo en ti, juntos, dulcemente, susurraremos: «hijo». Y nos derretiremos en un llanto compartido.

 

Será el día en que todo vuelva a casa: cada padre se encontrará con sus hijos. Será el día sin atardecer en el que ya no habrá ayer ni mañana, sino solo «hoy», un hoy luminoso en el que todo encontrará su lugar.

 

Quién sabe cuándo llegará ese día en el que por fin comprenderé que la invitación a ir a trabajar a la viña no era más que la única posibilidad de encontrarme contigo, juntos, que la viña era un espacio de identidad, era sentirme sarmiento, y vid, y raíz, y fruto, y vino: todo. De ser tú y tú en mí. No había nacido más que para liberarme de mi orgullo, de mi estúpida vanidad.

 

Llegará ese día, Señor, llegará, ¿verdad? Cuando convierta definitivamente mi voluntad en la tuya.

 

Mientras tanto, te lo ruego, espérame, ten paciencia, soporta mi miedo a perderme, ayúdame a vencer mi orgullo, ayúdame a desaparecer, a dejarlo todo, para morar por fin en Ti.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No todo el que me dice ‘¡Señor, Señor!’ entrará en el Reino - San Mateo 21, 28-32 -.

No todo el que me dice ‘¡Señor, Señor!’ entrará en el Reino - San Mateo 21, 28-32 -

Jesús concluyó su viaje hacia Jerusalén, la ciudad santa en la que entró aclamado como Mesías, hijo de David, por los discípulos que le acompañaban y por las multitudes; expulsó del Templo a quienes impedían que fuera una casa de oración y, simbólicamente, secó la higuera que no daba frutos (cf. Mt 21,1-22).

 

Estas acciones provocan una profunda indignación por parte de las autoridades religiosas legítimas pero perversas, «los sacerdotes y los ancianos», que intervienen públicamente preguntándole a Jesús con qué autoridad realiza esos gestos provocadores.

 

Pero Jesús no responde; al contrario, les plantea una pregunta sobre la misión de Juan el Bautista: ¿una misión querida por Dios o una misión que Juan se había inventado por su cuenta?

 

Pero esta pregunta no recibe respuesta (cf. Mt 21,23-27), por lo que Jesús les cuenta tres parábolas: la de los dos hijos, la de los labradores asesinos y la de los invitados al banquete nupcial (cf. Mt 21,28-22,14).

 

De hecho, son tres parábolas con las que intenta provocar un arrepentimiento en aquellos adversarios suyos que, poco después, se convertirán en sus acusadores y verdugos.

 

Para Jesús, las parábolas son precisamente un instrumento para hacer que cambien de opinión y de actitud aquellos a quienes van dirigidas. Pero aquí ocurrirá exactamente lo contrario. En lugar de reflexionar y convertirse, los sacerdotes y los ancianos se indignarán aún más y, al comprender que esos relatos se dirigen precisamente a ellos, endurecerán aún más su corazón, aumentando su oposición y su odio hacia Jesús.



«¿Qué os parece?», una introducción que es una invitación a reflexionar y a discernir, porque al final habrá otra pregunta de Jesús, que exigirá una respuesta clara y decisiva. «Un hombre tenía dos hijos. Acercándose al primero, le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar a la viña”. Y él respondió: “No me apetece”. Pero luego, arrepentido, fue». La respuesta inicial es irreverente, marcada por una desobediencia consciente. Pero este hijo que se atreve a resistirse a la petición del padre y le niega la obediencia, más tarde cambia de idea, se replantea su opinión y va a trabajar a la viña. Así demuestra que se ha arrepentido: al reflexionar, ha cambiado de opinión, y la falta de ganas se ha transformado para él en una obediencia posible.

 

A continuación entra en escena el segundo hijo. El padre se dirige a él de la misma manera que al otro, y la respuesta que obtiene es positiva: «¡Sí, Señor (Kýrios)!», pero luego este no va. Nos encontramos ante un hijo respetuoso con el padre, que incluso lo llama «Señor». Es respetuoso quizá por miedo, porque es incapaz de decirle que no a su padre. O bien es respetuoso porque está imbuido de formalismo: le dice que sí al padre, tal y como exigen la ley y la costumbre, pero luego no cumple su voluntad. Quizá piensa que el padre no se dará cuenta de que no ha puesto en práctica lo que dijo…

 

No conocemos los motivos por los que no acata la invitación: lo cierto es que la voluntad del padre no se cumple. Este segundo hijo se conforma con hacer una declaración verbal acorde con el deseo del padre y no percibe su propia incoherencia: como un ciego que no ve, no se ve a sí mismo…

 

Es evidente que lo que ocurre en esta parábola sucedía en tiempos de Jesús, entre los creyentes judíos, pero sigue ocurriendo hoy en día en las comunidades de los discípulos, en la Iglesia.

 

Siempre ha habido, hay y habrá quienes digan: «¡Señor! ¡Señor!», lo invocan y a menudo tienen su nombre en la boca, pero luego no hacen la voluntad de su Padre que está en los cielos (cf. Mt 7,21).

 

Las palabras de Jesús pretenden desenmascarar a estos creyentes que confían en su asistencia a las asambleas donde resuena la palabra del Señor, que participan en las comidas con el Señor, comiendo y bebiendo en su mesa (cf. Mt 7,22-23; Lc 13,25-27), pero que, en realidad, no son discípulos que sigan concretamente a Jesús, en un intento por ajustar su vida a la suya. ¡Militantes, sin duda, pero sin ser discípulos!


 

Gracias a esta parábola, se nos invita a discernir en nuestro presente a aquellos que, de hecho, sin saberlo, se identifican con el primer o el segundo hijo: hombres religiosos que alardean de su pertenencia confesional y hablan, hablan…; dicen «» a la voluntad de Dios, pero a diario no la llevan a cabo, porque para ellos es más importante aparentar que ser y actuar.

 

Por otro lado, están aquellos que parecen decir constantemente «no» a Dios porque no se muestran religiosos, porque no proclaman su pertenencia religiosa, pero que, en cambio, la viven en el anonimato, en la vida cotidiana, cumpliendo la voluntad del Señor sin nombrarlo y, a veces, sin conocerlo. Personas totalmente anónimas para nosotros, pero que simplemente «practican la justicia, aman la misericordia y caminan humildemente con Dios» (cf. Mi 6,8).

 

He aquí, pues, puntualmente, al final de la parábola, la pregunta de Jesús: «¿Cuál de los dos hijos ha cumplido la voluntad del padre?», a la que sigue la previsible respuesta de los sacerdotes y los ancianos: «¡El primero!».

 

Entonces Jesús les invita a sacar las consecuencias, comentando: «En verdad os digo: “¡Los pecadores manifiestos y las prostitutas os adelantan en el reino de Dios!”».


 

Palabras de Jesús duras como piedras, porque constituyen el juicio pronunciado sobre estos oyentes. ¿Pero por qué? ¿No es esto paradójico? Y, sin embargo, así es, porque aquellos que públicamente parecen pecadores y son considerados como tales por todos, son presa de la vergüenza y sienten en su interior el deseo, más o menos atendido, de cambiar de vida: desean salir de su vida de pecado, que los demás desprecian y condenan.

 

Los hombres religiosos, en cambio (en este caso, los sacerdotes y los ancianos, interlocutores de Jesús), que parecen observantes pero tienen pecados ocultos, dado que todos los veneran y todos los miran por su estatus, no quieren en absoluto cambiar de vida.

 

Unos, pues, están abiertos a una invitación a la conversión, mientras que los otros se sienten bien tal y como están y piensan que no necesitan conversión alguna: de ahí surge su hipocresía, su rigidez, su costumbre de juzgar y espiar a los demás, sin cuestionarse nunca a sí mismos; siempre están dispuestos a absolverse, porque a los ojos de la gente resultan justos e incluso ejemplares…

 

Y así, Jesús señala que, cuando vino Juan el Bautista a pedir la conversión, los pecadores públicos respondieron de forma concreta a la invitación y se convirtieron, mientras que los sacerdotes y las autoridades religiosas, a pesar de haberlo visto, no cambiaron nada de su comportamiento para adherirse a su mensaje.

 

Con esta parábola, Jesús nos interroga, pues, a cada uno de nosotros, si queremos escucharle. Y cada uno de nosotros, cuanto más reconocido sea por su profesión de fe, más debe preguntarse: ¿le dice «sí» a Dios solo con palabras, o lleva a cabo, sin alarde ni ostentación, con humildad, su voluntad?

 

En definitiva, «en el último día, el día del juicio» —como reza una afirmación tradicionalmente atribuida a San Agustín, que deberíamos tener mucho más presente— «muchos que se creían dentro serán hallados fuera, mientras que muchos que pensaban estar fuera serán hallados dentro del Reino de los Cielos».


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Crea en mí, Señor, un corazón contrito - San Mateo 21, 28-32 -.

Crea en mí, Señor, un corazón contrito - San Mateo 21, 28-32 -

En el Templo de Jerusalén, Jesús se ve rodeado por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo, quienes detestan a este rabino y profeta procedente de Galilea, que presenta una imagen de Dios tan ajena a sus conceptos.

 

Por eso lo ponen a prueba, preguntándole con qué autoridad enseña y realiza curaciones. Jesús, en respuesta, les pregunta si el bautismo de Juan procedía del cielo o de los hombres; y ante su silencio embarazoso, concluye: «Ni yo os diré con qué autoridad actúo» (Mt 21,27).

 

En ese momento pronuncia la primera de tres parábolas centradas en el rechazo que los líderes religiosos de Israel oponen a aquellos a quienes Dios ha enviado para anunciar su salvación.

 

Un hombre tiene dos hijos: le pide al primero que vaya a trabajar a la viña y este, tras haber accedido de palabra, no hace lo que dijo; el otro responde que no, pero luego, arrepentido, va a trabajar.

 

Es el segundo el que ha cumplido la voluntad del padre, admiten los interlocutores de Jesús. Y Él comenta: «Los publicanos y las prostitutas os preceden en el reino de Dios. Juan vino a vosotros por el camino de la justicia y no le creísteis; los publicanos y las prostitutas, en cambio, sí le creyeron. Vosotros, por el contrario, aunque habéis visto estas cosas, ni siquiera os habéis arrepentido para creerle».

 

Con estas palabras, Jesús establece una estrecha relación entre su misión y la de Juan, su maestro y precursor: rechazar a uno es rechazar también al otro (cf. Mt 11,16-19).

 

Además, revela que solo puede acoger la salvación quien esté dispuesto a volver a Dios, arrepintiéndose del mal hecho y abandonando sus caminos de pecado. En este sentido, merece la pena analizar más a fondo el significado de la paradójica afirmación: «Los publicanos y las prostitutas os preceden en el Reino», dirigida por Jesús a los hombres religiosos de su tiempo y, con ellos, a cada uno de nosotros.

 

Jesús sabía bien que todos los hombres son pecadores, si es cierto que el justo peca siete veces al día (cf. Pr 24,16): pero ¿cuál es el motivo de su preferencia por la compañía de los pecadores públicos, reconocidos como tales por los hombres?

 

Quien peca en secreto nunca se ve impulsado a la conversión por una reprimenda que le llegue de otros, porque sigue siendo estimado por lo que de su persona se muestra al exterior: esta es la enfermedad de la mayoría de las personas, entre las que destacan las devotas, que desprecian a los demás considerándolos sumidos en el pecado, mientras dan gracias a Dios por su supuesta justicia (cf. Lc 18,9-14).

 

En cambio, quien es un pecador público se encuentra constantemente expuesto a la censura ajena y, de este modo, se ve impulsado a un deseo de cambio: en el arrepentimiento que nace de un «corazón contrito» (Sal 34,19), puede volverse sensible a la presencia de Dios, ese Dios que no quiere la muerte del pecador, sino más bien que se convierta y viva (cf. Ez 18,23).

 

Es precisamente en virtud de esta conciencia por lo que a Jesús le gustaba sentarse a la mesa con los pecadores manifiestos, compartir con ellos este gesto de comunión extrema. Su comportamiento revela el corazón de Dios, muestra la actitud de Dios hacia el pecador, y por eso es cuestionado por los religiosos, que primero intentan escandalizar a sus discípulos:

 

«¿Por qué come y bebe vuestro maestro con los publicanos y los pecadores?» (Mt 9,11), y luego lo acusan directamente: «He aquí a un glotón y a un borracho, amigo de los publicanos y de los pecadores» (Mt 11,19).

 

Pero la amistad de Jesús hacia las personas menos valoradas dentro de la sociedad, su cordial simpatía por las prostitutas y los pecadores, hace caso omiso del desprecio de quienes se sienten mejores que los pecadores manifiestos, simplemente porque no quieren o no saben reconocerse como pecadores como ellos…

 

Sí, el verdadero milagro —mayor que resucitar a los muertos, decía Isaac el Sirio— consiste en reconocerse pecadores: ¡nosotros somos los publicanos, nosotros somos las prostitutas!

 

Es realmente un esfuerzo vano el que se hace para ocultar a los demás el propio pecado: bastaría con reconocerlo conscientemente para descubrir que Dios ya está ahí y solo nos pide que aceptemos que Él lo cubra con su misericordia inagotable.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Obras son amores y no buenas razones - San Mateo 21, 28-32 -.

Obras son amores y no buenas razones - San Mateo 21, 28-32 -

En el capítulo 21 de su Evangelio, San Mateo muestra cómo el enfrentamiento entre Jesús y las autoridades judías se vuelve cada vez más tenso y se agrava.

 

En concreto, tras una discusión con los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo sobre su autoridad (Mt 21,23-27), Jesús pronuncia tres parábolas centradas todas ellas en el rechazo, por parte de los líderes de Israel, de la oferta de salvación.

 

En su conjunto, estas parábolas trazan una síntesis de la historia de la salvación, mostrando que, ante los distintos enviados por Dios (Juan el Bautista: Mt 21,28-32; los profetas del Antiguo Testamento y el Hijo: Mt 21,33-46; los profetas del Nuevo Testamento y los misioneros cristianos: Mt 22,1-14), siempre ha habido una reacción idéntica de rechazo.

 

En particular, Jesús vincula estrechamente su autoridad a la de Juan el Bautista y condena el rechazo a «creer en» Juan (Mt 21,25.32) por parte de las autoridades judías, considerándolo un factor que les impide llegar al pleno reconocimiento de su propia persona y de su ministerio.

 

De hecho, tanto Juan como Jesús son enviados por Dios. Aunque de formas diferentes, ambos narran la acción de Dios, pero ambos se han encontrado con una oposición y un rechazo similares: «Vino Juan, que no come ni bebe, y dicen: “Está poseído por un demonio”. Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: “He aquí a un glotón y a un borracho, amigo de publicanos y pecadores”» (Mt 11,18-19).

 

Y es precisamente justo después de negarse a responder a quienes le preguntaban sobre su autoridad —y que, a su vez, no habían querido responder a su pregunta sobre la autoridad del Bautista (Mt 21,27)—, cuando Jesús dirige a sus interlocutores la parábola de los dos hijos enviados a la viña.

 

El texto evangélico se compone de la parábola propiamente dicha y de una aplicación. Ambas partes se introducen con una pregunta: «¿Qué os parece?»; «¿Cuál de los dos cumplió la voluntad del padre?».


 

La pregunta, frecuente en el discurso de Jesús, se presenta como una invocación y como una oferta. Invocación y oferta de verdad, de implicación, de relación auténtica. En el centro de ambas preguntas se encuentra la parábola: la primera pide atención y la segunda, que se adopte una postura.

 

Así, la propia parábola se presenta como una pregunta que actúa como un tercero entre Jesús y sus interlocutores y trata de conducirlos a la verdad de manera respetuosa y delicada.

 

La parábola se convierte en un relato que habla de Juan el Bautista («Juan vino a vosotros…») tanto en referencia a las prostitutas y los publicanos que le creyeron («los publicanos y las prostitutas…») como a sus interlocutores que no le creyeron («vosotros, en cambio…»).

 

La inversión descrita en la parábola —por la cual quien respondió que sí a la orden del padre en realidad no le obedece y quien respondió que no, al final sí le obedece— se convierte en un espejo de la situación existencial de los marginados y los pecadores públicos que adelantan, «preceden» en el Reino a aquellos que parecían los obedientes y los fieles. Es decir, aquellos que, según todo indicaba, habían respondido que sí a la voluntad de Dios Padre.

 

La parábola trata de dos hijos a los que el padre pide que vayan a trabajar a la viña. Uno responde que no, pero luego, arrepentido, va; el otro responde que sí, pero luego no va. Ambos se contradicen a sí mismos.

 

Es interesante el comportamiento de quien responde que sí. Responde llamando a su padre «Señor»: ¿se dirige a un padre o a un amo? ¿Está respondiendo con libertad o bajo la lógica opresiva del deber? ¿Acaso imagina que el padre se siente halagado al ser llamado amo, señor? De palabra, se muestra «como es debido», pero sus actos se revelarán muy alejados de sus palabras.

 

Existe un decir «Señor, Señor» que queda desmentido por una práctica en la que no se cumple la voluntad de Dios (Mt 7,21). El criterio de verdad de la palabra es el hacer, la práctica. De hecho, hay un uso de la palabra que se ve contradicho por prácticas y comportamientos contrarios, o que se convierte en una cortina de humo que distorsiona la realidad y engaña tanto a uno mismo como a los demás.


 

Por un lado, a menudo confundimos el «hablar de» con el «tener experiencia de», pero aún más grave es el comportamiento de quien no vive de la realidad, sino de sus palabras sobre la realidad, de su reinterpretación de la realidad y de su remodelación a su antojo.

 

El «» que el hijo dice al padre corre el riesgo de convertirse en la realidad en la que cree el propio hijo. Quien dice que sí y luego no actúa, es quien reduce su obediencia a Dios a un mero acto verbal: la apariencia queda a salvo, su imagen queda a salvo, pero su corazón está lejos de Dios.

 

¿Cuál es la diferencia con el otro hijo que dice «no» y luego obedece? Este dice lo que siente, quizá de forma irreflexiva, pero habla con sinceridad, expresando lo que siente y lo que le pone en conflicto con el padre. Precisamente, se expone a un conflicto con el padre, con una persona ajena a él, y esto le lleva a tomar conciencia de su conflicto interior y a cambiar de opinión. Algo que no ocurre en quien responde «» y que complace al otro, se acomoda al otro, no se expone conflictivamente al otro y puede evitar mirar la tentación de la desobediencia que también habita en él.

 

Para Mateo resulta evidente que quienes viven en el «» son los religiosos (sacerdotes y ancianos del pueblo: Mt 21,23), que pueden no sentirse necesitados de conversión porque ya están «en orden», a diferencia de quienes, en cambio, viven en el «no», como los publicanos y las prostitutas, y que pueden hacer espacio al Evangelio y entrar en el Reino.

 

Pero pueden abrirle un espacio, como señala Mateo, a través del arrepentimiento. El primer hijo, el que respondió impulsivamente que no, después «se arrepintió» (Mt 21,29); en cambio, a los sacerdotes y a los ancianos Jesús les dice: «ni siquiera os habéis arrepentido» (Mt 21,32) para creer en Juan.

 

El arrepentimiento afirma que creer implica a veces cambiar de opinión. La obediencia a la palabra y a la voluntad de Dios pasa también por desmentir la propia palabra y la propia voluntad.

 

De hecho, la fe no nos pide que no nos equivoquemos ni que no pequemos, sino que reconozcamos el error y confesemos el pecado.


 

En ese «cambiar de opinión» hay un diálogo interior, hay una toma de conciencia de la realidad, hay la audacia de mirarse a uno mismo a la cara, de atreverse a verse tal y como se es, un paso previo esencial para actuar de forma responsable. En definitiva, hay un inicio del movimiento hacia la responsabilidad, hay el comienzo de la decisión de pasar de la irresponsabilidad a la responsabilidad.

 

En este sentido, lejos de ser un signo de debilidad, el arrepentimiento es un signo de valentía y de fuerza. Por muy raro e impopular que sea, incluso en la Iglesia, el gesto de quien reconoce haber errado, de quien admite haber adoptado posturas que han resultado poco conformes al Evangelio y cambia su postura tratando de ser más fiel al Evangelio, es un signo de grandeza humana y espiritual.

 

El arrepentimiento es, además, una prueba de libertad: libertad respecto a uno mismo y a la potentísima tiranía del yo narcisista. El arrepentimiento afirma que incluso el malvado puede cambiar: el pecado no es una potencia metafísica que aplasta al hombre y que tiene sobre él la última palabra.

 

En el arrepentimiento, todo ser humano vuelve a encontrar el camino recto y «vuelve» a sí mismo y a Dios al mismo tiempo. Acto de libertad, el arrepentimiento es también un acto de liberación. El malvado que cambia de conducta «se da vida a sí mismo» demostrando que no es esclavo de sus comportamientos anteriores.

 

Debemos reconocer que, en el cristianismo, el arrepentimiento es el camino principal para acceder a la voluntad de Dios.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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