sábado, 13 de junio de 2026

¿Claridad moral?

¿Claridad moral?

Me gustaría llamar la atención sobre un notable ejemplo de prosa, una auténtica filípica ciceroniana contra la deshonestidad en el poder, un «¿Hasta cuándo, Catilina?» rebosante de la mejor moral clarity generada por la civilización: esa «claridad moral» que permite distinguir nítidamente el bien del mal.

 

Es una regla de la política inglesa, por ejemplo, que un ministro pueda sobrevivir incluso al más escandaloso de los escándalos, o haber llevado la carrera más sórdida, pero si ha mentido al Parlamento no tiene más remedio que dimitir, es decir, que ser destituido de su cargo.

 

Si un político es capaz de mentir conscientemente a sus pares y al electorado, a partir de ese momento nada de lo que diga podrá creerse. Una vez que la sinceridad se pierde, tanto en el país como en el extranjero, la política se vuelve imposible. Los asuntos internos corren tanto riesgo como la seguridad nacional. No importa a qué se refiriera la mentira. Lo que importa es que haya sido una mentira premeditada.

 

Por supuesto, los Estados Unidos de América no tienen un sistema parlamentario, razón por la cual el presidente tiene un margen de maniobra mucho mayor. Puede disculparse, puede pedir perdón o puede aceptar un juicio político.



Pero Donald Trump no es una persona tan honrada como para dimitir. Sus mentiras son la destilación de todo lo que ya sabemos de él, la prueba más clara del nihilismo moral que lo guía.

 

Desde el principio, Donald Trump ha mentido con una generosidad indiscriminada. Ha mentido sobre un genocidio igual que ha mentido sobre los resultados de sus partidos de golf.

 

Cada etiqueta que se ha atribuido, cada postura pública que ha adoptado ha estado corrompida por el oportunismo, por una deshonestidad que servía a sus intereses personales y nunca al interés público.

 

Como una tarjeta de crédito, Donald Trump es cualquier cosa para lo que se quiera utilizarlo, lo que significa que nunca es fiable, nunca digno de confianza y mucho menos honesto.

 

Y lo que es más importante, nunca ha asumido la más mínima responsabilidad. En su universo moral, la verdad es todo aquello con lo que puede salirse con la suya. De hecho, no tiene problemas con la verdad, porque donde no hay responsabilidad no hay problemas.



Me imagino que esto ya se sabía en sus Estados Unidos de América. Y aun así fue reelegido.

 

Pero su reelección se basaba en una apuesta: es decir, que los resultados prácticos importan más que la integridad de la persona, y que una cultura basada en el engaño puede contrarrestarse con una acumulación de prosperidad.

 

Sus acciones son las de quien está convencido de no tener restricciones, y su degeneración moral toca fatalmente a muchos de los que se asocian con él.

 

Sin una pizca de honestidad en los más altos cargos del país, ningún sistema democrático puede soportar el cinismo y el conformismo que tarde o temprano lo arrollarán.

 

Pero aunque se demuestre que Donald Trump ha mentido de la forma más cínica y desvergonzada, y que se le ha permitido salir indemne, el daño que ya ha infligido será indeleble.

 

Donald Trump es un cáncer de la cultura, un cáncer de cinismo, narcisismo y mentira. Ni siquiera la economía más triunfante vale el precio de una metástasis tan imparable.



En esta imagen de arriba Catilina aparece solo, con la cabeza gacha, derrotado. Es culpable de traición a la República, y no cambiará de opinión sobre su rebelión, pero las palabras de Cicerón le afectan porque sigue siendo un sujeto moral. Sabe a qué se ha expuesto públicamente.

 

La moral de Donald Trump, sin embargo, no se expone a nada. Es solo suya. Cuando le preguntaron si había límites a su poder, Donald Trump respondió: «Sí, mi moralidad, mi forma de pensar. Es lo único que puede detenerme» (New York Times, 8 de enero de 2026). Donald Trump no puede ser objeto de «crítica» en el sentido tradicional, ni siquiera de la más inspirada y elocuente.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La misión que nace de la compasión - San Mateo 9, 36-10,8 -

La misión que nace de la compasión - San Mateo 9, 36-10,8 -

Al leer el comienzo del Evangelio uno se detiene en aquella compasión que Jesús siente al ver a las multitudes ante Él, como ovejas sin pastor.

 

Es interesante cómo a la compasión no le sigue una reacción por parte de Jesús salvo la llamada de los Doce. Es precisamente esto lo interesante.

 

Con este relato evangélico comienza lo que se define como el discurso misionero de Jesús y comienza precisamente con esta referencia a la compasión.

 

¿Por qué?

 

Quizás, se me ocurre pensar, porque este es precisamente el sentido último de la misión misma.

 

Los Doce son llamados y enviados en señal de la compasión de Jesús, para que lleven el anuncio del Reino con palabras y obras - como diría Dei Verbum -.

 

Las acciones milagrosas que los Apóstoles pueden realizar y que se enumeran no son casuales, sino signos claros de la presencia de Dios, de aquel que vence la enfermedad, la muerte (física y social, como la lepra) y el mal mismo en cuanto tal (simbolizado por los demonios).

 

Los Doce, en su camino, llevan la presencia misma del Dios de Jesús, aquel que desde el Antiguo Testamento siente compasión por sus hijos e hijas.

 

Esta misión, este envío, sin embargo, no debe entenderse como una tarea que un superior impone a sus subordinados.


La misión, en este sentido, no es una expedición, sino una auténtica llamada al encuentro. Porque esa compasión de la que todo parte es la misma compasión de los Apóstoles, que están con Jesús y son llamados por Él.

 

Y es que aquellos que son enviados a las multitudes, a su vez, no son una multitud. Son pocos. Y tienen nombres, familias de origen y características bien precisas. Son singularidades llamadas por su nombre.

 

No hace falta decir que detrás de ese llamados a sí se esconde el hecho de que son individuos, rostros, personas únicas e irrepetibles.

 

Quien no tiene rostro es el destinatario del anuncio, porque el don es gratuito, pero no quien es enviado.

 

La relación con Jesús, aún hoy, nos da un nombre y es precisamente esa relación la que nos llama a llevar en nuestra vida, en nuestro rostro, el mismo rostro, compasivo, de Jesús y de su Dios.

 

Sí, el amor compasivo de Jesús genera siempre una llamada. De la mirada compasiva de Jesús surge el envío de los discípulos.

 

«La mies es mucha, pero los obreros son pocos…». No nos quejemos. La desproporción entre el número de obreros y la inmensidad de la mies es una realidad desde siempre, desde el primer inicio de la misión.

 

Pero es una desproporción necesaria, constitutiva de la misión misma, para que se viva en la entrega a Dios, no en la confianza en los propios recursos y posibilidades.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Proféticamente alto y claro.

Proféticamente alto y claro

¡Deteneos! ¡Convertíos! Las lágrimas y la sangre de los migrantes claman a Dios y sus sufrimientos llegan hasta Él. El dinero arrancado de la vulnerabilidad de los pobres no dará paz, ni honor, ni futuro.

 

El Papa León XIV alza la voz y la multitud, reunida en la Plaza del Cristo de La Laguna (Tenerife) acoge sus palabras con un largo y caluroso aplauso.

 

Son palabras que exhortan a los traficantes de seres humanos a cambiar de vida, pide conversión a quienes se aprovechan de la desesperación; a quienes organizan rutas de muerte, trafican con seres humanos, retienen los documentos, explotan a los trabajadores, amenazan a las mujeres, engañan a las familias y convierten el sufrimiento ajeno en un negocio.

 

¡Llegará el día del juicio de Dios!, había dicho Juan Pablo II—, y León XIV recuerda a los traficantes: Tendréis que comparecer ante la justicia divina, por cada vida perdida, cada familia engañada, cada cuerpo sometido, cada mujer amenazada, cada trabajador explotado.

 

Les insta a romper las cadenas y a liberar a quienes tenéis bajo vuestro dominio. Devolved lo que habéis sustraído y reparad en la medida de lo posible, y continúa. Volved mientras aún hay tiempo, porque la misericordia de Dios puede alcanzar incluso al pecador más empedernido, pero solo entra por la puerta estrecha de la verdad, la justicia y la conversión.


Tras dar las gracias, en el primer encuentro en el centro de Refugiados de Raíces, a quienes acogen a los migrantes, al Gobierno, a las distintas instituciones y a «tantos hombres y mujeres de buena voluntad, que hacen posible esta ayuda humanitaria concreta, que devuelve la esperanza y la dignidad a tantas personas, habla también de integración, de derechos y deberes, de que la caridad recibida se transforma en responsabilidad compartida.

 

Porque acoger significa también abrir espacios para que una persona pueda sentirse corresponsable. Así, el extranjero de ayer puede ser el hermano y el vecino de hoy.

 

A los católicos les pide que no se fijen solo en los aspectos prácticos, porque la integración no se reduzca a una tarea social, por muy necesaria que sea. Además del pan, el techo, la lengua, el trabajo y la protección, los migrantes necesitan encontrar una comunidad capaz de ofrecer, con el testimonio de la vida y de la palabra, caminos para conocer a Jesucristo, respetando siempre la conciencia y la libertad de cada persona.

 

Lejos de pisotear la conciencia y la cultura de quien llega, también hay que «compartir con respeto y humildad el tesoro que sustenta nuestra acción y nuestra esperanza. Esto significa evangelizar y dejarse evangelizar. Porque una Iglesia que acoge es también una Iglesia que anuncia, ofreciendo a Cristo sin imponerlo y que, al mismo tiempo, recibe el Evangelio de manos de los pobres.

 

Al mismo tiempo, es necesario dejarse evangelizar porque es el pobre quien nos convierte. El Papa León XIV lo dice también al partir de Tenerife, en la Misa de clausura a la que asisten unas 40 000 personas: La gracia más grande es que nos dejemos evangelizar por aquellos a quienes socorremos, que reconozcamos la misteriosa sabiduría de Dios escrita en su propia carne.


En los tres encuentros, el llamamiento del Papa es claro: no basta con salvar, hay que construir también vínculos y comunidades.

 

Porque, como había dicho en los encuentros previos a la Misa con los migrantes y los trabajadores y voluntarios, si una conciencia humana, y más aún una conciencia cristiana, no puede permanecer indiferente ante las víctimas de los naufragios y la falta de socorro, ante los cementerios del mar, existe también un naufragio silencioso que es el de encontrarse solo.

 

Si, por tanto, cada vida perdida en estas rutas es un fracaso para la familia humana, integrar es impedir este segundo naufragio que expone a quien está sin lengua, sin vínculos, sin trabajo, sin confianza a quienes se aprovechan de la vulnerabilidad.

 

En cambio, hay que ayudar a quien ha llegado herido a no quedarse bloqueado para siempre en su dolor, sino a poder volver a ponerse en pie, reconocer sus dones y ofrecerlos a la comunidad.

 

Y para poder compartir los propios dones —ya se lo había dicho a los cerca de 700 refugiados acogidos en el que es el mayor centro de estancia temporal de toda la isla—, no hay que borrar los propios orígenes.


A los migrantes y a quienes los acogen les pide que no borren la historia de quien llega ni exijan que deje atrás todo lo que forma parte de su memoria, pero también que no creen mundos paralelos, cerrados unos a otros, donde las personas conviven sin encontrarse realmente.

 

Y el Papa recuerda los derechos y los deberes y explica que la integración es un camino recíproco: quien llega aprende a habitar una tierra nueva, y quien acoge aprende a ampliar su hogar sin diluir su identidad ni cerrar el corazón al encuentro.

 

Por eso es necesario un camino. Y a los migrantes les corresponde una parte noble y necesaria de este camino: abrirse con confianza a la comunidad que los acoge, aprender su lengua, respetar sus leyes, conocer sus costumbres, participar en la vida común y ofrecer con gratitud sus dones.

 

Pero también la sociedad que acoge tiene deberes para con quienes llegan; y quien es acogido descubre a su vez que la dignidad, reconocida como derecho, florece cuando se transforma en responsabilidad y en sincero deseo de construir junto a los demás.

 

Así, quien ha llegado como extranjero puede reencontrar vínculos, reconstruir la confianza y sentirse parte viva de una comunidad. Esta es una forma preciosa de misericordia.


Los migrantes han preparado las preguntas y los testimonios en español, pero el Papa, en el centro de acogida, habla en francés tras haberse asegurado, preguntando también en inglés, cuál es la lengua más comprendida.

 

En los testimonios, los migrantes le dicen que quieren ser reconocidos como personas, que nadie abandona su tierra voluntariamente si puede vivir en ella en paz».

 

Y el Papa los abraza y los apoya, coge en brazos a un niño que se aferra a él y bromea, con el ya famoso gesto del «six seven», con Mbacke, llegado de Senegal. Y a todos les recuerda que una nueva vida es posible. Juntos.

 

Que ningún ser humano es una isla, que hemos nacido para el encuentro y que no hay obstáculo, distancia, peligro o amenaza que pueda impedir a cada uno su viaje.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

En la escuela del Inmaculado Corazón de María

En la escuela del Inmaculado Corazón de María

Dios tiene un corazón…

 

De eso nos habla a los Misioneros Claretianos la Fiesta del Inmaculado Corazón de María.

 

Dios tiene un corazón… ¿y cómo lo manifiesta? Exactamente como lo haríamos nosotros: eligiendo a alguien con quien vincularse para siempre.

 

Dios, de hecho, elige a un pueblo al que pertenecer de manera única para que todos los demás pueblos puedan conocer lo que Él desea realizar con cada hombre. Israel se convierte en el signo de cómo Dios quiere establecer con cada uno de nosotros un vínculo fuerte y personal, un vínculo tan sólido que nada podrá romperlo jamás.

 

El Señor se ha unido a ti porque te ama…

 

Un amor que tiene su savia en la gratuidad: Israel no tendría características de importancia, de fuerza o de número. Es incluso el más pequeño de todos los pueblos. Su grandeza reside en el hecho de que el Señor ha posado su mirada sobre él y le ha entregado su corazón.

 

La señal más verdadera de este amor es la liberación de la condición de esclavitud. ¡Qué revelación para nuestras relaciones! Es amor cuando se reconoce al otro su dignidad y se le pone en condiciones de vivir fuera de un régimen de opresión.

 

Cuando Israel no conocía más que una experiencia de esclavitud, ese corazón transforma la condición del pueblo en un grito desgarrador que le lleva a intervenir para liberarlo. E Israel se descubre así llamado a hacer suyo el mismo corazón de Dios, a hacer que su corazón se transforme siempre en un corazón de carne.

 

Dios tiene un corazón…


Y el Corazón de María quiere ser una invitación a cruzar su umbral y morar en él para que el nuestro se dilate a la medida del Corazón de Dios.

 

Porque el corazón es el punto de vista desde el que contemplar el misterio de Dios.

 

A los Misioneros Claretianos nos gustaría hacer nuestro el gesto del discípulo amado que intenta descansar sobre el pecho de Jesús, casi para captar las razones de ese corazón. En este sentido, es cierto el dicho de Pascal: El corazón tiene sus razones, que la razón no conoce (Pensamientos, 146)

 

Un corazón apasionado, ante todo. Es decir, un corazón que late, que palpita según la condición del corazón del hombre. Es la condición del hombre la que dicta sus latidos más o menos rápidos y la que lo hace estremecerse de compasión.

 

Qué hermoso es saber que el Corazón de María late según lo que yo estoy viviendo, según lo que estoy atravesando. Y es siempre un latir en el signo de la ternura.

 

Un corazón que tiene los rasgos de la experiencia materna: era para ellos como quien levanta a un niño hasta su mejilla; me inclinaba sobre él para darle de comer. Así lo atestiguará el profeta Oseas.

 

Corazón herido y traspasado… pero un amor fiel el que emana del corazón. Siempre un corazón maternal, nunca resentido, nunca endurecido. No conoce cerrazones ni exclusiones, y mucho menos expulsiones. Incluso cuando se siente herido y traspasado, ese corazón no deja de esperar.

 

Aprended de mí… es la invitación que nos dirige el Señor Jesús. Aprender del corazón de Dios. Aprender del Corazón de María.

 

¿Qué debemos aprender? La humildad y la mansedumbre: el sentir correcto de uno mismo y el dejar que el otro crezca y que yo disminuya. ¡Una escuela difícil de frecuentar pero cuán fecunda!


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 12 de junio de 2026

A la sombra de Pedro.

A la sombra de Pedro

Los Hechos de los Apóstoles relatan que la cercanía de Dios y su fuerza liberadora actuaban en la persona del Apóstol Pedro, quien «sanaba y salvaba a todos los que eran tocados por su sombra» (Hch 5,15). 

Ser o hacer sombra a los demás puede significar el deseo de marginar o de apartar. 

Ser, en cambio, sombra de Dios para los demás significa, en sentido positivo, la capacidad de inclinarse hacia los demás para ofrecer cercanía, alivio, protección y consuelo. 

El término «sombra» aparece unas ochenta veces en la Biblia. Es un símbolo polivalente: denota protección y refugio seguro, y/o oscuridad y miedo. Este significado simbólico proviene de la sensación de alivio que transmite la sombra que proyectan los árboles sobre el suelo árido y abrasado por el sol. El significado negativo de la sombra está relacionado con la experiencia del frío y la oscuridad, similares a la muerte.

 

Incluso una sombra pequeña, como la del ricino, proporciona al profeta Jonás bienestar y refrigerio en un mediodía abrasador (cf. Jon 4,6). La sombra es un refrigerio esperado e invocado: «Como el esclavo anhela la sombra y como el jornalero espera su salario» (Job 7,2; cf. Job 40,22); también las alas abiertas de las aves generan la sombra que indica vida, movimiento (Sal 36,8). Metafóricamente, ser acogido en una casa es como establecerse a la sombra de un techo (cf. Gén 19,8).


El significado negativo de la sombra está relacionado con la experiencia del frío y la oscuridad, similares a la muerte.

 

La sombra expresa poéticamente también la percepción de la brevedad de la vida, cuyos días son una sombra que pasa (cf. Jb 8,9; Sal 101,12; 36,7). La constatación de la fragilidad de la vida, comparada con la sombra que pasa, se convierte en una sabia oración: «Enséñanos a contar nuestros días y adquiriremos un corazón sabio» (Sal 90,12).

 

El creyente en dificultades pide a Dios que sea para él una sombra, es más, que pueda permanecer a la sombra de sus alas, para disfrutar de su protección y cercanía, que dan libertad de movimiento, es decir, vida en plenitud (Sal 17,8; 36,8; 57,2; 61,5; 63,8). «Quien habita al amparo del Altísimo pasará la noche a la sombra del Todopoderoso», es decir, que Dios protege siempre a su fiel. En las pruebas más difíciles, de las que la noche es símbolo, vive en paz (cf. Sal 91,1.9).

 

También las manos de Dios tienen el efecto de la sombra que protege de los enemigos, pues esconde a la sombra de sus manos (cf. Is 51,16). La sombra que Dios proyecta sobre el creyente comunica su cercanía y su efecto beneficioso.

 

El profeta Oseas exhorta al pueblo a distinguir la falsa paz que proviene del culto idólatra de la paz que brota de la cercanía con Dios: «En las colinas queman incienso bajo el roble, los álamos y los terebintos, porque buena es su sombra» (Os 4,13).

 

La sombra que protege y da vida y futuro es la de Dios: «Volverán a sentarse a mi sombra» (Os 14,8). La amada del Cantar de los Cantares anhela la cercanía de su esposo: «A su sombra anhelada me siento» (Ct 2,3).

 

En el Nuevo Testamento, la expresión «morar en la sombra de la muerte» (cf. Lc 1,79; Mt 4,16) indica la situación de quien no conoce al Mesías, la verdadera luz que ilumina las tinieblas.

 

La sombra de Dios que descenderá sobre María, la madre del Mesías, la protegerá, al igual que la sombra de la nube en el Antiguo Testamento protegía la Tienda (Lc 1,35).

 

El símbolo de la sombra, presencia eficaz de Dios, reaparece en el episodio de la Transfiguración «cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra» (Mt 17,5; cf. Mc 9,7).

 

Jesús utiliza la imagen de la sombra como refugio en la parábola del grano de mostaza que «cuando se siembra, crece y se hace más grande que todas las plantas del huerto y echa ramas tan grandes que las aves del cielo pueden anidar en ellas» (Mc 4,32; cf. Dn 4,8.18).


Quisiera leer e interpretar así la visita apostólica-pastoral del Papa León XIV a España del 6 al 12 de junio de 2026.

 

Un hermoso signo del bien por «atracción» que ha representado la comunidad cristiana se encuentra en la escena en la que Pedro cura con su sombra.

 

Es una escena llena de una gracia delicada.

 

Pedro camina, pasa (como Jesús que pasaba por las calles de Galilea haciendo el bien), como una imagen de la multitud —en realidad eran un puñado de hombres y mujeres— que «se añadían a los creyentes en el Señor». Y este paso deja una sombra que protege y cura con la delicadeza de un bien que se olvida de sí mismo. Pedro ni siquiera se da cuenta, como quien no controla su propia sombra, porque mira hacia delante, mira al Señor, que es el origen del bien. Pero, mientras tanto, esta sombra lleva alivio.

 

Y digo que es una escena delicada porque es una bella imagen de la sombra de Pedro, en la que esperaban los pobres y los afligidos, deseosos de que: “cuando Pedro pasaba, aunque solo fuera su sombra la que cubriera a alguno de ellos”.

 

Cuando hay lo esencial, basta con poco: la sombra de Pedro. Y me gustaría quedarme con esta imagen, fuerte y afectuosa, de la mencionada visita del Papa León XVI: a Él se le ha concedido el don y el ministerio de ser la sombra de los que viven en la intemperie…

 

Hay seres humanos, y son muchos, a quienes les falta incluso la sombra de alguien, que se conformarían incluso solo con la sombra, no pretenden una presencia física, les bastaría la sombra de alguien; una sombra protectora, una sombra que, aunque solo sea con un gesto, haga saber que alguien se inclina sobre mí, que alguien me envuelve con algo, ni siquiera con un manto, sino con una sombra, al menos la sombra.

 

No, no son pocos los que nos lanzan, a veces con un elocuente silencio, alguna señal de su especial necesidad de ser, sobre todo, protegidos y tranquilizados. Basta mirar a los rostros para percibir soledades reales, profundas, angustiadas, que son la normalidad de muchos hombres y mujeres que se deslizan con conmovedor desamparo.

 

Uno no sabe cómo pueden seguir a flote, y sin embargo no piden prácticamente nada… sino una sombra. Creo que hay que llegar, quizá esforzándose un poco, a concebirse más normalmente como una posibilidad de hacer sombra a alguien que se está volviendo invisible en su esfuerzo por vivir.

 

En las aceras y en las calles uno ve personas totalmente indefensas, que se han quedado solos. En su fragilidad se hace compañera de camino una soledad abismal, infinita, que los hace más vulnerables si cabe.


Si nos diéramos un poco más de sombra unos a otros, el mismo cristianismo, con toda su belleza, bondad y verdad, tendría más peso que el dinero. «Oro y plata no tengo, pero lo que tengo te lo doy. ¡Vete, queda curado!». He aquí, esta es la mejor moneda: aquella que contrarrestaría la inercia de la indiferencia protegida por la ley y el regateo del apoyo supeditado a la ganancia o al rédito.

 

Nosotros también necesitamos la sombra de los demás; la sombra es una bella imagen porque es fuerte y a la vez muy discreta, la sombra envuelve sin tocarte, es fuerte; cuando una sombra es oscura decimos: «Quítate, que me haces sombra». Pero cuando la llama del fuego nos atraviesa, la sombra del ricino de Jonás es la perfección de la gracia de Dios.

 

Si te llega la sombra, significa que alguien está muy cerca. La sombra te acaricia, pero no puede desplazarte; te envuelve por completo, pero no puede aprisionarte. Es lo que debería suceder: lazos de cercanía que protegen y custodian, sin imponerse ni sofocar.

 

La comunidad cristiana debería concentrarse a fondo en el desarrollo de la antigua sabiduría de la Sombra de Dios. Es la nube de la Presencia que custodia al pueblo, es la vitalidad del Espíritu que hace nacer y renacer.

 

La sombra de Pedro es un hermoso signo de la práctica de la sombra de Dios. Así es como el cristianismo ha escrito las mejores páginas de su historia.

 

Los creyentes de las primeras generaciones encontraron este camino. Eran muy pocos, tenían en contra el judaísmo y a todo el Imperio romano, vivían perseguidos,… Y, sin embargo, al ofrecer su acogida a muchos que nunca la habrían esperado y al cuidarse unos a otros a la sombra del Señor, enseñaron el calor de la presencia de Dios.

 

¿Acaso no había venido al mundo también el Hijo de Dios a través de la sombra del Espíritu Santo?: «Mi sombra te cubrirá y te nacerá el Hijo». Así ha funcionado siempre la salvación de Dios. Y así sigue funcionando. Como una sombra. Estos días, por ejemplo, a la sombra del Papa León XIV, sucesor de Pedro.

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


Un día, al pasar por una calle abarrotada de Jerusalén, en medio de la multitud que se agolpaba para verlo, escucharlo y pedirle curaciones, Pedro se dio cuenta de que los milagros ocurrían aunque solo fuera su sombra la que rozara a los enfermos (cf. Hch 5,15).

 

¿Bastaba, pues, su sombra para obrar las maravillas de Dios?

 

Seguramente Pedro recordó una frase que un día Jesús había proclamado precisamente allí, en Jerusalén, durante la fiesta de las Cabañas: «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8,12). Sí, solo Jesús era la luz, solo Jesús era el sol de la vida, de su vida y de la vida de toda aquella gente.

 

Pero no era el sol el que sanaba a los enfermos, sino su sombra. Sin el sol no habría habido sombra, pero sin la sombra parecía que no habría habido sanaciones. ¡Qué misterio! ¡Que la Luz de Jesús actuara en la sombra de Pedro!

 

Era precisamente su sombra la que sanaba y salvaba a toda esa gente. ¡Su sombra era luz y vida para todos los pobres! ¡Jesús se servía precisamente de su sombra para manifestar al mundo su Luz divina!

 

¿Qué hay más discreto e impalpable, más humilde y silencioso que una sombra? Y la de Pedro era especialmente viva y activa… ¡Una sombra misteriosa que dejaba tras de sí un rayo de luz y de vida! ¡Una sombra benéfica y luminosa que, allá por donde pasaba, hacía bailar de alegría a la humanidad sufriente!…

 

Y Pedro recordó a su Maestro que pasaba haciendo el bien y sanando a todos. Y continuó su camino con el ánimo alegre porque su sombra era ya por completo signo e instrumento de la misericordia de Jesús.


Gracias, de corazón, Papa León XIV, por acogernos a su sombra.

jueves, 11 de junio de 2026

La Basílica de la Sagrada Familia: Hacer visible lo invisible.

La Basílica de la Sagrada Familia: Hacer visible lo invisible

Un siglo después de su muerte, acaecida el 10 de junio de 1926, Antoni Gaudí, el artista que se dedicó con generosa entrega a la construcción del Templo de la Sagrada Familia durante los últimos doce años de su vida, aunque desde otra dimensión, vio cómo Barcelona «alzaba la mirada», levantar los ojos al cielo, durante la Misa solemne presidida por el Papa León XIV, quien consagró la Torre de Jesucristo, culminación de una obra grandiosa como es la Sagrada Familia, icono indiscutible de la ciudad de Barcelona y, se puede decir, del mundo.

 

El Papa bendijo la Torre de Jesucristo, recién terminada y que se ha convertido en la Basílica más alta del mundo. Su Torre de 80 metros de altura alberga en su interior la Sala del Transepto, conectada a través de varios puentes con la Torre de la Virgen María y con las cuatro Torres de los Evangelistas.

 

«Alzad la mirada» significa literalmente levantar la vista o elevar la mirada. Pero en el contexto de la Sagrada Familia, va mucho más allá y tiene un profundo significado simbólico y espiritual.

 

La Basílica de Antoni Gaudí está diseñada expresamente para invitar a mirar hacia arriba: sus altas torres, la luz que se filtra por las vidrieras, las formas orgánicas que se elevan como un bosque de piedra y la cruz que culmina en la más alta Torre de Jesucristo guían la mirada del espectador hacia el cielo.

 

Antonio Gaudí quería que este gesto físico - levantar la cabeza - correspondiera a una acción interior: elevar el espíritu, acercarse a Dios y contemplar lo divino. La Iglesia se convierte así en un recorrido que desde la tierra (el mundo material) conduce hacia lo alto (el cielo y lo sagrado), transformando la visita al Templo en una experiencia del todo mística.

 

Alzar la mirada es, por tanto, una invitación a trascender lo cotidiano, a buscar la belleza y la grandeza de lo divino a través del arte de la arquitectura, aquella que imaginó y creó aquel «arquitecto de Dios» que repetía: «Para hacer bien las cosas, primero se necesita amor y solo después la técnica».

 

Alzar la mirada ha sido también el lema del viaje apostólico del Papa León XIV y se convierte en una llamada a un Occidente en crisis para que salga de una materialidad poshumanista, transhumanista,…, y recupere una espiritualidad que languidece.


El Papa celebró la Misa ante miles de fieles. Y visitó la cripta y la tumba del Venerable Antonio Gaudí, el corazón más profundo de la Basílica. Fuera de la cripta, una niña ciega - Valentina - le explicó la estructura de la Torre de Jesús a través de una maqueta accesible al tacto. 


El elogio al genio no podría ser mayor: «Como arquitecto ardiente de fe, el Venerable Antoni Gaudí concibió estos espacios con la intención de narrar los misterios de la vida del Señor: de este modo nos propuso una peregrinación espiritual que conduce al encuentro con Cristo». 

 

Esta Basílica fue consagrada por el Papa Benedicto XVI en noviembre de 2010. En aquella fecha, durante una solemne celebración eucarística, el Papa Benedicto XVI dedicó la Iglesia de Antoni Gaudí al culto religioso y la elevó al rango de Basílica Menor. Fue un acontecimiento histórico.

 

La Sagrada Familia, en construcción desde 1882, pudo así ser utilizada oficialmente para las funciones litúrgicas, aunque las obras no estuvieran del todo terminadas.

 

En 2010, al consagrarla, el Papa Benedicto XVI definió la Basílica como un «diálogo entre la fe y la arquitectura», y a Antonio Gaudí como «arquitecto genial y cristiano coherente», recordando sus palabras: «Una iglesia es lo único digno de representar el sentir de un pueblo, pues la religión es lo más elevado en el hombre».

 

El Papa Juan Pablo II, al visitar la Basílica, dijo: «Este Templo de la Sagrada Familia es una obra aún sin terminar, pero recibe solidez desde un principio, recuerda y resume otra construcción hecha con piedras vivas: la familia cristiana, célula humana esencial, donde nacen y crecen sin cesar la fe y el amor» y deseó que la familia sea siempre «entre vosotros una auténtica “Iglesia doméstica”, lugar consagrado al diálogo con Dios Padre, escuela para seguir a Cristo, por los caminos indicados en el Evangelio, fermento de convivencia y de virtudes sociales en estrecha comunión con el Espíritu que habita en vuestras almas».


La inauguración de la nueva Torre por parte del Papa León XIV constituye un puente con los Papas Juan Pablo II y Benedicto XVI.

 

Y esta inauguración encaja a su modo en el de la encíclica Magnifica Humanitas.

 

La cruz de cuatro brazos situada en lo alto de la Torre de Jesús está concebida para proyectar haces de luz a su alrededor, «sí, la luz de Cristo brilla en las tinieblas, aunque las tinieblas no la hayan acogido», dice el Papa León XIV, y la cita es acertada.

 

Antonio Gaudí conocía bien el Prólogo del Evangelio de Juan y consideraba la luz el material más precioso; la arquitectura misma es, ante todo, el esfuerzo por dar orden a la luz, como entre las naves de la Sagrada Familia.

 

Por eso el Papa León XIV ha evocado las palabras del Papa Benedicto XVI: la Basílica del arquitecto catalán como «signo visible del Dios invisible», y la ha definido como «una elocuente catequesis hecha de piedras, colores y luz», una tradición que continúa: «En su sabiduría, la Iglesia renueva así la ‘Biblia pauperum’ de las antiguas catedrales. En este Templo de imágenes resulta aún más evidente cómo el arte y la belleza son canales eminentes de evangelización».

 

También por eso, en la Misa celebrada cien años después de la muerte de Antonio Gaudí, antes de bendecir en el exterior la Torre más alta recién terminada, el Papa León XIV no ha dejado de resumir lo que había explicado el lunes en el Congreso de los Diputados de Madrid para reiterar lo esencial: «No podemos creer en Jesús y hacer la guerra. No podemos creer en Jesús y matar al inocente antes incluso de que nazca. No podemos creer en Jesús y abandonar a quien sufre, a quien llora, a quien huye de la miseria».

 

En la Basílica, «signo de unidad y concordia», el Papa León XIV llega a citar una frase de Jesús recogida por el Evangelista Juan: «Si no creéis que Yo Soy, moriréis en vuestros pecados». Palabras que «no son en absoluto amenazas, ni un chantaje», sino «una invitación a la salvación»: «Ante la amenaza del mal, el Señor está siempre con nosotros, siempre a nuestro favor».


 

La obra de Antonio Gaudí es «mucho más que un monumento», señala: «Sigue siendo hoy una obra en construcción, que nos recuerda cómo la vida cristiana es siempre un camino, porque se trata de un proyecto que Dios lleva a buen término».

 

Y ya al atardecer, el Papa León XIV salió de la Iglesia para bendecir desde el exterior la Torre de Jesucristo: «Esta Cruz brilla de día, reflejando la luz del sol, y brilla de noche, iluminando la ciudad como un faro abierto al Mediterráneo».

 

Uno sabe que hay lugares que se visitan. Y sabe también que hay lugares que invitan a la reflexión. La Sagrada Familia pertenece a esta segunda categoría.

 

No, no es simplemente una Basílica ni el monumento más famoso de Catalunya (casi cinco millones de visitantes en 2025, una media de 14 000 al día) y, tal vez, ni siquiera la obra maestra absoluta de Antoni Gaudí.

 

Es el retorno de algo antiguo y poderoso: una profesión de fe construida en piedra, un Evangelio traducido a la arquitectura, que hoy se erige como una pregunta vertical dirigida al hombre contemporáneo.

 

Desde sus orígenes, la Sagrada Familia ha sido definida como un «Templo expiatorio». Esto significa que su construcción nunca se ha beneficiado de fondos estatales o eclesiales oficiales, sino que siempre se ha basado exclusivamente en donaciones privadas de los fieles y, en la era moderna, en las entradas de los visitantes procedentes de todos los rincones del planeta.

 

Este detalle no es puramente económico, sino que encierra el núcleo íntimo de su espiritualidad: es una obra del pueblo, una obra colectiva y transgeneracional que une a los artesanos del pasado con los ingenieros del presente.


Cuando a sus contemporáneos el tiempo de realización ya les parecía absurdamente largo y dilatado, Antonio Gaudí solía responder con una broma: «Mi cliente no tiene prisa». El «cliente», naturalmente, era Dios.

 

Esta total ausencia de urgencia ha permitido que la Basílica se desarrolle como un auténtico organismo vivo, creciendo lentamente, bloque de piedra a bloque, al igual que las antiguas Catedrales medievales, integrando las antiguas técnicas manuales con los más modernos programas de diseño y modelado geométrico.

 

Seguramente para comprenderla de verdad haya que mirarla con los ojos de su autor.

 

Antoni Gaudí no diseñó un monumento para celebrar su propio genio, sino un Templo destinado a hacer visible lo invisible.

 

El padre del modernismo catalán tenía treinta y un años cuando, en 1883, asumió la dirección de un proyecto iniciado por otros. Desde aquel momento, la Basílica se convirtió en su obsesión, el compendio de toda una vida dedicada a traducir en formas construidas los misterios de la fe.

 

Durante cuarenta y tres años trabajó en esta obra, y en los últimos doce se dedicó a ella de forma exclusiva, viviendo como un asceta en la propia obra, durmiendo en una habitación junto a sus maquetas de yeso.

 

Antonio Gaudí no concibió la Sagrada Familia como un edificio estático, sino como un bosque petrificado que seguiría creciendo incluso después de su muerte. Sabía que nunca la vería terminada y esta conciencia lo liberó de las ataduras del tiempo, permitiéndole diseñar para la eternidad.


Cada centímetro de la Basílica cuenta una historia. 


Las tres fachadas —de la Natividad, de la Pasión y de la Gloria— constituyen un Evangelio esculpido, accesible incluso para quienes no saben leer.

 

La fachada de la Natividad, la única terminada en vida de Antonio Gaudí, rebosa vida: tortugas marinas y terrestres sostienen las columnas, ángeles músicos celebran el nacimiento de Jesús, toda la naturaleza participa en la alegría de la encarnación. Es un himno a la creación, una enciclopedia de la flora y la fauna traducida al lenguaje sagrado.

 

La fachada de la Pasión, realizada por el escultor Josep Maria Subirachs siguiendo las indicaciones de Antonio Gaudí, habla otro lenguaje: formas cuadradas, rostros cincelados, geometrías desnudas que gritan el dolor de la crucifixión. El contraste es intencionado, necesario.

 

El nacimiento y la muerte, la alegría y el sacrificio deben dialogar a través de la piedra. Antonio Gaudí y Josep Maria Subirachs demuestran así que el arte sacro no es una oleografía consoladora o tranquilizadora, sino un cuerpo vivo que no teme chocar contra la aspereza y el drama del presente, la única forma de resultar auténtico y creíble a los ojos del hombre moderno.

 

La fachada de la Gloria, actualmente en fase de finalización, será la más imponente: celebra el triunfo final, la resurrección, la vida eterna. Queda el Agnus Dei destinado precisamente a la Torre de Jesucristo, la gran Torre central. El propio Antonio Gaudí había dejado escrito en sus proyectos que en el centro de la espectacular cruz de cuatro brazos en lo alto de la aguja principal debía encontrarse el Cordero Divino.

 

La inclusión de este Cordero de Dios no es un simple añadido decorativo, sino la prueba de una necesaria y audaz paciencia a la hora de reconciliar la fe con los lenguajes artísticos contemporáneos. Utilizando materiales industriales y conceptuales de nuestra época —la estructura de acero, el uso de colas, luces UV y LED para proyectar los versículos del Nuevo Testamento—, se quiere mostrar que los materiales de la modernidad pueden hacerse transparencia de lo invisible, transformando el punto más alto de la Basílica en una rendija de luz viva dentro de la historia y del mundo seculares.


Uno tiene la sensación de que el verdadero milagro de la Sagrada Familia se produce en el interior.

 

Al entrar en la nave central se tiene la impresión de encontrarse en un bosque. Las columnas se elevan como troncos de árbol y se abren en ramificaciones que sostienen las bóvedas. No es un artificio estético. Es una elección profundamente espiritual. Para Antonio Gaudí, la naturaleza era el primer libro de la revelación.

 

Observar la creación significaba contemplar la inteligencia del Creador. Por eso rechazó las formas artificiales y buscó en las estructuras naturales las leyes de la arquitectura. La Basílica no imita a la naturaleza: asume su lenguaje. Y el resultado es extraordinario. La piedra pierde su pesadez y parece cobrar vida. El espacio no oprime, sino que acoge. El edificio no se impone al que lo visita: lo guía.

 

Y en esta experiencia, la luz asume un papel decisivo. En la tradición cristiana, la luz ha sido desde siempre símbolo de la presencia divina.

 

Y Antonio Gaudí la transforma en un material arquitectónico. Los inmensos vitrales de colores no tienen una función ornamental, sino teológica. Durante el día, el sol atraviesa los cristales y transfigura continuamente el interior de la Basílica. Los azules y verdes de la mañana evocan el nacimiento y la esperanza; los rojos y naranjas del atardecer recuerdan la Pasión y el sacrificio. La luz entra desde el exterior y transforma la materia sin destruirla.


Todo se convierte en una imagen, muy poderosa, de la gracia.

 

La piedra sigue siendo piedra, pero se vuelve capaz de reflejar algo que va más allá. Y hace aflorar el núcleo más profundo de la obra de Antonio Gaudí. La fe cristiana no huye del mundo material, no escapa de la historia, la transfigura. La materia no es una prisión de la que hay que escapar, sino el lugar donde el misterio se hace visible.

 

Por eso la Sagrada Familia sigue hablando incluso a quienes no creen. Porque más allá del lenguaje religioso guarda una pregunta universal: ¿existe algo que supere al hombre? ¿Existe una belleza que no se agota en sí misma, sino que remite a una realidad más grande?

 

Antonio Gaudí responde con las piedras, con la luz, con el espacio. Responde construyendo una gigantesca brújula vertical en un mundo a menudo encerrado en el horizonte de lo inmediato.

 

Y lo hace con una idea poderosa: lo que se realiza en la Sagrada Familia es la paradoja de un espacio sagrado que no se aísla del mundo por miedo, sino que se ofrece como una plaza abierta.

 

Los millones de visitantes que entran participan, a menudo inconscientemente, en una liturgia colectiva, transformando la Basílica en el edificio-símbolo de una fe que sabe estar fraternalmente en el mundo y dialogar con cualquiera que cruce su umbral.


Han pasado más de 100 años desde que se colocó la primera piedra de este monumento, lo cual resulta verdaderamente singular en una época en la que bastan unos pocos años para levantar rascacielos altísimos.

 

En la era de la modernidad hiper-tecnológica, de la sociedad mecanizada y de la eficiencia robotizada, la Sagrada Familia desafía las neurosis de nuestro tiempo con su imperturbable lentitud. Bien lo sabía su autor, quien concibió el grandioso proyecto con plena conciencia de que no vería su final antes de concluir su andadura terrenal.

 

«Nuestra Sagrada Familia crecerá lentamente. Se necesitarán décadas y décadas, tal vez siglos; yo moriré y aún no estará terminada; habrá otros que la construyan después de mí».

 

«Se necesitará mucho tiempo para completar mi iglesia, nuestra iglesia, la Sagrada Familia, como ha ocurrido siempre con todas las grandes obras, con todas las grandes catedrales».

 

«La Iglesia crece poco a poco, pero es normal que las cosas destinadas a durar mucho tiempo tengan pausas e interrupciones. Los robles centenarios tardan años y años en crecer».

 

Esta obra maestra no es la manifestación de un ego de artista sino un legado a toda la humanidad, llamada a unirse para contribuir a la construcción de una nueva humanidad.

 

Porque la Iglesia, repetía Antonio Gaudí, es el único edificio capaz y digno de representar a un pueblo: es más, es la máxima expresión de los pueblos de buena voluntad, como reza el Evangelio, el símbolo mismo de esa humanidad tenaz y trabajadora que elige construir en lugar de destruir.

 

Y, de hecho, si lo pensamos bien, la Sagrada Familia ha resistido todo: la construcción del edificio, piedra a piedra, nunca se ha interrumpido. Un sacramento tanto de esa humanidad que se va edificando en el tiempo como de esa salvación que sigue construyendo la historia y el mundo.

 

Me gusta pensar que esta Sagrada Familia aún incompleta es ese símbolo de que todo se va completando en el tiempo hasta llegar a la plenitud (cf. Efesios 1, 23). 


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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