Si tú quieres encontrar la vida… - San Mateo 16, 21-27 -
I
Si alguien quiere
seguirme… Vivir una historia con Él tiene un comienzo tan ligero y
liberador: si alguien quiere. Si tú quieres. Tú irás o no irás
con Él, elige, sin imposiciones; con Él, maestro de los hombres libres, fuente
de vidas libres, si tú quieres. Pero las condiciones son
vertiginosas.
La primera: renegar
de uno mismo. Un verbo peligroso si se malinterpreta. Renegar de uno
mismo no significa anularse, aplanarse, mortificar aquellas cosas que te hacen
único. Significa: deja de pensar siempre solo en ti mismo, de dar vueltas en
torno a ti. Nuestro secreto no está en nosotros, está más allá de nosotros.
Martin Buber resume así el camino del hombre: «partiendo de ti, pero no
para ti». Porque quien solo se mira a sí mismo nunca se ilumina.
La segunda condición:
tomar la propia cruz y acompañarle hasta el final. Una de las
frases más famosas, más citadas y más malinterpretadas del Evangelio. La cruz,
este signo tan sencillo, solo dos líneas, lo ves en un pájaro en vuelo, en un
hombre con los brazos abiertos, en el arado que surca el seno de la Madre
Tierra.
Una imagen que habita
en los ojos de todos, que cuelga del cuello de muchos, que marca cimas de
montañas, cruces de caminos, campanarios, ambulancias, que habita en los
discursos como sinónimo de desgracias y muerte. Pero su sentido profundo está
en otra parte.
La cruz es una
locura. Un «suicidio por amor», decía un tal Alain Resnais. Jesús
habla de una cruz que ya se perfila en el horizonte y Él sabe que su pasión por
Dios y por el hombre le conduce a ese desenlace, pasiones que no puede
traicionar: para él sería más mortal que la propia muerte.
Toma tu cruz, elige
para ti algo de mi vida. De Él, el valiente que se
atreve a tocar a los leprosos y a desafiar a los verdugos dispuestos a matar a
la adúltera; el fuerte que expulsa del templo a los bueyes y a los mercaderes;
el muy tierno que se conmueve por los gorriones y lirios; el rabino que ama los
banquetes y los amaneceres en el desierto; el pobre que nunca ha entrado en los
palacios de los poderosos si no como prisionero; el libre que no se dejó
comprar por nadie; sin ningún siervo, y sin embargo llamado Señor; el manso que
no ganó ninguna batalla y conquistó el mundo. Con la cruz, con la pasión, que
es apasionarse y sufrir juntos. Porque donde uno pone su corazón, allí encuentra
también sus heridas.
Si quieres venir tras de mí...
Pero ¿por qué seguirle?
¿Por qué ir tras Él? Es el drama, por ejemplo, de Jeremías: ya basta de Dios,
he terminado con Él, es demasiado. ¿Quién no lo ha sufrido?
Pero bienaventurado
quien sigue adelante, como el profeta: en mi corazón había como un fuego, me
esforzaba por contenerlo, pero no podía. Sin este fuego (zarza ardiente,
lámpara o simple cerilla en la noche), podría incluso ganarme el mundo, pero me
perdería a mí mismo.
II
Si alguien quiere
seguirme… Pero ¿por qué seguirle? ¿Por qué ir tras Él y sus ideas?
Sencillo: para ser feliz. Así pues, Jesús establece las condiciones.
Condiciones que dan vértigo.
La primera: renegar
de uno mismo. Palabras peligrosas, si se malinterpretan. Jesús no
quiere a personas frustradas entre sus seguidores, sino a gente con una vida
plena, exitosa, completa y realizada. Renunciar a uno mismo no significa
mortificarse, ni desperdiciar los propios talentos y capacidades. Significa más
bien: el mundo no gira en torno a ti; sal de tu yo, traspasa los límites de ti
mismo. No es mortificación, pues, sino liberación.
Segunda condición: «Toma
tu cruz y sígueme». Una de las frases más famosas, más citadas y más
malinterpretadas del Evangelio, que hemos interpretado como una exhortación a
la resignación: sufre con paciencia, acepta, soporta las inevitables cruces de
la vida. Pero Jesús no dice «soporta», dice «toma».
Al discípulo no se le pide que sufra pasivamente, sino que tome, activamente.
¿Qué es, entonces, la
cruz? Es el resumen de toda la vida de Jesús. «Toma la cruz»
significa: «Asume una vida que se parezca a la suya». La vocación
del discípulo no es sufrir el martirio, sino llevar una vida como la del
Mesías; al igual que Él, también tú debes recorrer el mundo como una criatura amiga,
hermana, samaritana…
La cruz en el
Evangelio indica la locura de Dios, su lúcida locura de amor. El sueño de Jesús
no es una procesión interminable de hombres, mujeres, niños y ancianos, todos
cargando con su cruz, en un doloroso Vía Crucis perpetuo. Sino la inmensa
migración de la humanidad hacia una vida más plena.
Sustituyamos «cruz»
por «amor». Y he aquí: si alguien quiere venir conmigo, que
tome sobre sí el yugo del amor, todo el amor del que sea capaz, y que me siga.
Cada uno con el amor a cuestas, que, sin embargo, tiene su precio: allí donde
pongas tu corazón, allí encontrarás también tus espinas y tus heridas.
En el horizonte se
perfilan Jerusalén y los días decisivos. Jesús los afronta eligiendo no
parecerse a los poderosos del mundo. Para Él, el verdadero poder es servir; ha
venido a traer la supremacía de la ternura, y los poderes del mundo serán
impotentes frente a ella: «Al tercer día resucitaré».
Por eso la frase
central del pasaje: «Quien pierda así su vida, la encontrará».
Nos han enseñado a poner el énfasis en «perder la vida». Pero si
lo escuchas con atención, percibes que el énfasis no está en «perder»,
sino en «encontrar».
El resultado final es
«encontrar la vida». Aquello que todos los hombres buscan, en
todos los rincones de la tierra, en todos los días que se les concede
disfrutar: el florecimiento de la vida. Perder para encontrar. Es la física del
amor: si das, te enriqueces; si retienes, te empobreces. Solo somos ricos de
aquello que hemos donado.
III
Termina el camino
libre y feliz por las calles de Palestina, a lo largo de las orillas del lago,
y en el horizonte se recorta Jerusalén. Por primera vez se perfila la locura de
la cruz. Dios decide no parecerse a los poderosos, sino a los torturados y
asesinados del mundo. Para Él, el verdadero poder es amar, es la supremacía de
la ternura, y los poderes del mundo serán impotentes frente a ella: «Al
tercer día resucitaré».
Es algo tan inédito y
trastornador que Pedro lo rechaza: según la lógica humana, elegir estar del
lado de las víctimas, de los débiles, significa despojarse de todo poder.
Jesús, entonces, le invita a sumarse a esta revolución, a abrirse a lo nuevo
que irrumpe por primera vez en la historia: «Pedro, vuelve a ponerte
detrás de mí, vuelve a ser discípulo».
No es solo Pedro
quien sigue esta lógica, sino todos los discípulos. Y entonces Jesús extiende a
todos la misma invitación: «Si alguien quiere seguirme…» y
establece las condiciones. Condiciones que dan vértigo.
La primera: que
se niegue a sí mismo. Palabras peligrosas si se malinterpretan. Negarse
a sí mismo no significa mortificarse, desperdiciar los talentos. Jesús no
quiere a personas frustradas a su lado, sino a personas con una vida plena. «Renunciar
a uno mismo» significa: tú no eres el centro del universo; aprende a ir
más allá de ti mismo. No es una mortificación, sino una liberación.
Segunda condición: «Toma
tu cruz y sígueme». Una de las frases más famosas, más citadas y más
malinterpretadas del Evangelio, que hemos interpretado como una exhortación a
la resignación: sufre con paciencia, acepta, soporta las inevitables cruces de
la vida. Pero Jesús no dice «soporta», dice «toma».
No es Dios quien envía la cruz. Es el discípulo quien la toma, de forma activa.
La cruz en el
Evangelio indica la locura de Dios, su lúcida locura de amor, amor hasta morir
por él. Sustituyamos «cruz» por «amor», y he aquí:
si alguien quiere venir conmigo, que tome sobre sí el yugo del amor, todo el
amor del que es capaz, y que me siga.
Por eso la frase
central del pasaje: «Quien pierda así su vida, la encontrará».
Nos han enseñado a poner el énfasis en «perder la vida». Pero si
lo escuchas con atención, percibes que el énfasis no está en «perder»,
sino en «encontrar».
Sígueme, es decir,
vive una existencia que se asemeje a la mía, y encontrarás la vida, realizarás
plenamente tu existencia. El resultado final
es «encontrar la vida», esa cosa que todos los hombres buscan, en
todos los rincones de la tierra, en todos los días que se les ha concedido
vivir: realizarse plenamente a sí mismos.
Y Jesús posee la
clave. Perder para encontrar. Es la ley de la física del amor: si das, te
enriqueces; si retienes, te empobreces. Solo somos ricos de aquello que hemos
dado.
IV
¡Jesús comenzó a
decir que tenía que sufrir mucho y que lo matarían!
Este es el escándalo
del cristianismo: un Dios que se adentra en el dolor y en la muerte porque cada
uno de sus hijos se adentra en el dolor y en la muerte.
Es la sorpresa de
Pedro: ¡Dios no lo quiera, eso nunca! ¿Quieres salvar este mundo
que tiene problemas inmensos, dejándote matar? Estás ilusionado, el mundo no se
salvará por un crucificado más. Utiliza otros medios: el poder, el milagro, la
autoridad.
Y eso es precisamente
lo que Jesús rechaza. En cambio, elige los medios más humildes: el amor
desarmado, el corazón puro, no ejercer nunca violencia, el perdón hasta el
final, el abrazo al leproso.
Si alguien quiere
venir en mi seguimiento, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Si alguien quiere venir… Pero ¿por qué debería querer esto?
¿Cuál es el motivo? El propio Jesús lo revela poco después: si alguien
quiere salvar su vida… La energía del seguimiento es un instinto de
vida, bello y originario.
Que se niegue a sí
mismo. Palabras peligrosas si se malinterpretan. Negarse a uno
mismo no significa anularse, volverse insípido y sin color. Jesús no quiere a
personas frustradas entre sus seguidores, sino a gente que haya dado pleno
fruto a sus talentos. Significa: tú no eres el centro del universo, tú no eres
la medida de todo. Formas parte de una fuerza mayor. Tu secreto está más allá
de ti.
Toma tu cruz. Y lo hemos interpretado como: sufre con paciencia, acepta, aguanta. Una
exhortación a la resignación. Pero desde luego no hacía falta que Jesús dijera
esto. La cruz en el Evangelio es lo impensable de Dios, es la prueba de que
Dios me ama más que a su propia vida.
Para entenderlo,
basta con sustituir la palabra «cruz» por la palabra «amor»:
«Si alguien quiere venir conmigo, que asuma todo el amor del que es capaz».
Toma tu parte de amor, de lo contrario no vives; toma la parte de cruz que todo
amor conlleva, de lo contrario no amas. Todos, yo el primero, tenemos miedo al
dolor. Que se nos conceda, sin embargo, la gracia de no tener miedo a amar: eso
sería miedo a vivir.
Y luego sígueme. Seguir a Jesús no es martirizarse con sacrificios, sino conquistar una
pasión infinita por la existencia, en todas sus formas, en todas sus criaturas.
«Haz como yo, asume una vida que sea el resumen de mi vida», dice
Jesús, el valiente que toca a los leprosos y desafía a quienes quieren matar a
la adúltera, el tierno que se conmueve ante las multitudes sin pastor y ante los
gorriones y lirios, el pobre que nunca entró en los palacios de los poderosos
salvo como prisionero, libre como nadie, amor como nadie, hombre de vida buena,
bella y feliz. Vive mis mismas pasiones. Y encontrarás la vida. Olvida que
existes cuando dices que amas y encontrarás la vida.
V
Pedro confesó a
Jesús; y ahora Jesús desmiente a Pedro —y toda nuestra lógica— al presentarse
de una forma «inaceptable», como aquel que debe sufrir mucho.
Jesús sabe que nunca
serán los poderosos quienes resuelvan las lágrimas del mundo ni los errores de
cada uno. El mal solo se resuelve llevándolo. En la cruz.
¿Qué es la Cruz, si
no la elevada afirmación de que Dios ama a los demás —y a mí entre ellos— más
que a su propia vida? La Cruz es el abismo donde Dios se convierte en el
amante. Es la señal suprema que Dios lanza al hombre, el punto último en el que
todo se cruza: los caminos del cielo, de la tierra y del corazón.
¿Y cuál es la cruz
que el discípulo debe tomar? Para comprender qué quiere decir Jesús, tal vez
baste sustituir la palabra «cruz» por la palabra «amor»:
«Si alguien quiere venir conmigo, que tome sobre sí todo el amor del que
es capaz».
La cruz del discípulo
no son las decepciones cotidianas, las fatigas o las enfermedades: cosas que
solo hay que soportar. La verdadera cruz, dice Jesús, hay que «tomar»,
no soportarla. Hay que elegirla, como resumen de un destino y de un amor: Elige
para ti el yugo del amor.
No amar es solo una
lenta muerte. Recuerda que el verdadero drama del hombre no es perder la vida,
sino no encontrar a nadie que valga más que la propia vida, no tener a nadie
por quien valga la pena dar la vida.
Todos, yo el primero,
tenemos miedo al dolor, al sacrificio hasta la entrega de uno mismo; pero que
se nos conceda no tener miedo de amar. Como lo hace Dios, el gran seductor. No
mires el dolor, mira el amor.
Entre los nombres de
Dios, Jeremías introdujo el de «seductor»: «Me has
seducido, Señor, y me he dejado seducir». En Dios hay deseo, corazón de
carne, pasión, belleza. Un Dios enamorado. Era imposible resistirse a Él,
resistirse a la pasión de Dios por mí.
Y, sin embargo,
Jeremías se sintió solo e incomprendido, y expresó su amargura. Pedro está
decepcionado en su entusiasmo, incomprendido en su realismo. ¿Un Dios que
seduce y decepciona? ¿Que conquista y luego deja desorientados?
Sí, porque te llama a
pensar sus pensamientos, a seguir sus pasos, a tener sus sentimientos; te aleja
de tu antiguo corazón. Y si en el horizonte se perfila una cruz, Pedro no está
de acuerdo, y yo con él, y me siento un poco traicionado. Entonces nos socorre
Jeremías: Pero en mi corazón había como un fuego ardiente, me esforzaba
pero no podía contenerlo...
Sin este fuego, la
pasión de Dios por mí, yo no sería nada. Ganaría el mundo, pero me perdería a
mí mismo.
VI
Con este pasaje, Mateo nos lleva al punto de inflexión de
todo su Evangelio. Terminan los días de la enseñanza, del caminar libre y feliz
por los caminos de Palestina, y comienza el gran relato de la pasión, la muerte
y la resurrección: Jesús comenzó a decir que tenía que sufrir mucho y que
lo matarían.
Desde entonces, el centro de toda la historia humana es
el rostro de un Dios crucificado. Este es el escándalo del cristianismo.
Aceptar a Jesús como Mesías aún es admisible. Pero que el Mesías deba terminar
su vida con una muerte atroz, eso es lo que resulta verdaderamente inadmisible.
Junto con Pedro, también nosotros le repetimos a Jesús: ¿Pero
tú quieres salvar esta historia que se hunde dejándote matar? Pero no servirá
de nada. La tierra es un llanto inmenso, el mundo tiene problemas enormes, hay
que resolverlos; ¿y Tú crees que lo harás acabando en la cruz? ¡Eres un iluso!
El mundo no se salvará por un crucificado más entre los millones de
crucificados de la historia. Es una locura. Usa otros medios: el poder, lo
sagrado, el milagro, la autoridad.
Y eso es precisamente lo que Jesús rechaza. En su lugar,
elige el servicio, la pobreza de espíritu, la misericordia, el ansia de
justicia, el corazón puro, la construcción de la paz, la mansedumbre, la cruz.
¿Qué es la cruz de Cristo sino el sufrimiento de un Dios
apasionado, la elevada afirmación de que Dios ama a los demás más que a su
propia vida, de que ha amado tanto al mundo que ha dado a su Hijo?
La cruz es la señal suprema lanzada por Dios, el punto
último en el que todo se cruza: los caminos del cielo, los caminos del corazón,
los caminos de la tierra, donde todo está escrito con letras de sangre y de
amor, las únicas que no engañan.
¿Y para nosotros, para los discípulos, qué es la cruz?
Para entenderlo basta con sustituir una palabra. Si alguien quiere venir
en mi seguimiento, que tome sobre sí todo el amor del que es capaz y me siga.
La cruz del discípulo no son las fatigas, las
enfermedades, el dolor cotidiano, cosas inevitables, pero que solo hay que
soportar. La cruz hay que tomarla, dice Jesús, hay que
elegirla, como resumen de un destino y de un amor.
Y dice: recuerda que quien vive solo para sí mismo
muere; que el verdadero drama del hombre no es perder la vida, sino no
tener nada por lo que valga la pena darla; que no debes conformarte con la
mentalidad de este mundo, con sus falsos valores, con sus mezquindades.
Albert Einstein nos lo recordaba a su manera: «El
drama del mundo no es que algunos hagan el mal, sino que la gran mayoría no se
oponga al mal». No hay paz si nos conformamos con este mundo; no hay
paz si nos conformamos con el miedo a un amor serio. No hay paz si olvido que
tengo un alma y que el alma que hay en mí es el aliento de Dios. Este aliento
vale más que todo el mundo. Sin él no sería nada; ganaría el mundo, pero me
perdería a mí mismo.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF