sábado, 18 de julio de 2026

Evangelio de María Magdalena.

Evangelio de María Magdalena 

Conmigo podéis seguir mis pasos para recorrer vuestro camino. Conmigo podréis descubrir que el acontecimiento que funda nuestra fe no conoce el lenguaje del trastorno, del triunfo o de la explosión. Nadie fue espectador. Nada fue espectacular. 

Creemos en la resurrección no porque alguien haya asistido a ese acontecimiento, sino por lo que ese acontecimiento suscitó en el corazón y en la vida de nosotros, sus primeros discípulos. Todo muy ligero: solo signos que hay que leer. La discreción de la Pascua. 

La Pascua, de hecho, no es una ostentación de certezas exhibidas, sino ante todo atención a las preguntas, a las lágrimas, a los caminos de cada uno: “Mujer, ¿por qué lloras?». ¿A quién buscas?… ¿Qué es lo que habláis por el camino? 

No es la visión de Jesús, sino esta atención a los caminos de cada uno —los más transitados por la huida y la desesperación— uno de los primeros signos de la resurrección. Yo lo reconocí cuando me llamó por mi nombre. A los dos de Emaús se les alegró el corazón cuando conversó con ellos por el camino. Los gestos y el tono de voz disipan las tinieblas del corazón. 

El Evangelio nunca utiliza un lenguaje altisonante y arrogante, no hace alarde de palabras. Es memoria de gestos y signos que hay que escrutar. Y es necesario que alguien nos instruya para que no nos quedemos contando los signos, incapaces de interpretarlos. 

Jesús había resucitado, pero yo seguía en mi oscuridad. Quizás os pase lo mismo a vosotros: la resurrección ya está en marcha, pero vuestros ojos están como impedidos, en la oscuridad. 

Y, sin embargo, la invitación que os llega es la de atreveros a acercarnos como lo hice yo aunque en mi caso los signos que acompañaron la muerte aún hablaban. Por eso lloré y por eso busqué. Solamente la clarividencia de nosotras, las mujeres, es lo que permite a la comunidad cristiana leer su propia historia y vislumbrar el camino a recorrer, lo que Galilea aún le espera. 

Todo esto «cuando aún era de noche». La noche aún no ha amanecido, pero el día se apresura a salir porque no dejé que una lápida apagara para siempre mi esperanza. Ya es una gracia levantarse cuando ante nosotros se encuentra la ruina de la esperanza. Quien, en la noche, acepta ponerse en camino, descubre que «la lápida ya no está en su lugar». 

Caminos que comienzan en la oscuridad. Movidos solo por la conciencia de que no hay fuerzas que puedan apagar para siempre el sueño de la vida. Todavía es posible frecuentar lo imposible. 

Otro mundo es posible, otra Iglesia es posible, otro hombre es posible. Una resurrección es posible: todavía hay lugar para la bondad y la humanidad en este mundo. En ninguna parte está escrito que las fuerzas de la muerte tengan la última palabra. 

Nuestra tarea no es embalsamar una vez más a Jesús y enterrar definitivamente lo que, gracias a sus gestos y palabras, hemos vislumbrado como posible. Nos corresponde anticipar el amanecer, apresurar el día, superar mi situación porque yo entonces aún no había comprendido las Escrituras, es decir, que él debía resucitar de entre los muertos. 

En este clima vuestro, en el que a menudo se mata la vida y grandes rocas quieren impedir la posibilidad de soñar aún con una vida nueva, podéis descubriros precisamente como nosotras, las mujeres, al amanecer del primer día de la semana. 

Ojalá para vosotros resuene hoy la invitación a no tener miedo y a identificar la Galilea en la que os da cita el que os precede. Tened cuidado porque los lugares en los que se deja encontrar el Galileo no son solo los lugares religiosos, sino la casa, el jardín, la calle, el lago, una posada. 

Y el encuentro con Él es siempre distinto, plural, según los rasgos y las capacidades de cada uno. Y siempre es un encuentro que toca el corazón porque está abierto a la relación. 

La Pascua no es una restauración repentina de la vida. No busquéis al Señor de la Vida como un cuerpo pasado, no hay que buscar la vida como una reedición del pasado. Hay que ir más allá: no es casualidad que el rastro del cuerpo de Jesús haya sido sustraído. La atención debe dirigirse a otra parte. 

No es fruto de algo improvisado, mágico, sino el resultado de un proceso, de un lento caminar, de una transformación de la vida que conoce los rasgos de la cotidianidad y de la debilidad. La Pascua es el fruto maduro de una vida que acepta consumirse, no ser retenida. 

A veces tengo la sensación de que un poco apresuradamente la hemos llamado resurrección, pero no olvidéis que se trata de una Pascua, de una herida, de algo que se rompe, se quiebra, se abre para que suceda otra cosa. 

Y sucede precisamente a través de la experiencia de la traición, del pecado, del vacío y de la muerte, reinterpretados como un momento de paso a la fe en la misericordia del Padre que está más allá de la muerte. Lo sabemos: tenemos miedo de utilizar un lenguaje así porque no sabemos a dónde puede llevarnos. Seguramente a hacer nuevas todas las cosas. 

El lenguaje de la Pascua es, en efecto, un lenguaje demasiado alternativo: nadie habría imaginado que quienes comprenderían su mensaje serían precisamente aquellos que una cultura y una religión habrían excluido. 

Él nos precede en la profecía y en el sacramento de la vida cotidiana, en las periferias de nuestras Galileas, en los bordes y en los cruces de nuestros caminos: ahí le veréis aunque tal vez no siempre le reconoceréis hasta que os llame por vuestro nombre. 

Vuestra, María Magdalena, amada del Señor. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Plegaria al ritmo de María Magdalena.

Plegaria al ritmo de María Magdalena

Cuando aún estaba oscuro, como cuando se pescaba la vida en las orillas de un lago, como cuando se amaba sin poder llamar Eterno a aquello que siempre se escapaba. 

Cuando aún estaba oscuro, como cuando Él hablaba y nosotros creíamos entender, y creíamos creer, y seguíamos, en cambio, obstinados y ciegos, perdiéndonos en nosotros mismos. 

Cuando aún estaba oscuro y querían matarlo y nosotros ni siquiera imaginábamos que éramos sus cómplices y no sus compañeros. 

Cuando aún estaba oscuro como en los ojos del ciego, como las manos áridas, como las palabras mudas, como las parálisis, como la mujer acusada, como el joven que se marchó, como el hijo que se quedó fuera de la casa, como Lázaro tras la piedra de un sepulcro… y nosotros, inconscientes de ser testigos de la vida resucitada tanto en el perdón como en la curación. Siempre es milagrosa primavera la vida que renace a la luz. 

Cuando aún estaba oscuro, como también después de su Resurrección, en los abismos de la enfermedad, en los temores del abandono, en la duda de que el cadáver solo hubiera sido robado, en los amores convertidos en odio, en el esfuerzo de ceder a un asombro excesivo, en los malentendidos entre nosotros, los discípulos, en las interpretaciones contradictorias de su recuerdo, en los escándalos de la Iglesia, en la insignificancia que nos atraviesa en tantos días del presente, en el miedo a que la muerte, al final, devore el amor. 

Cuando aún estaba oscuro… y hay tanta oscuridad que nos está ahogando la visión… y cegando la esperanza… 

Por eso nos empeñamos en celebrar la memoria de los destellos de lo Eterno, nos aferramos con fuerza a las fracturas milagrosas que hacen que el pasado esté atravesado por rayos de Luz, por esa conciencia límpida y fugaz de que cada ser es una manifestación vacilante de lo divino, por cuando nos han hecho sentir amados, por cuando nos han perdonado, por quienes nos agradecen lo que hemos sido, lo que somos y lo que seremos. En esto creemos. Y nos consolamos. 

Por cuando desciende la oscuridad y nosotros, a un paso de la noche, envueltos en lágrimas, le pedimos al Padre que salve y transfigure cada fragmento de amor, ese poco que hemos reconocido y consagrado con gestos. 

Por cuando en la oscuridad rezamos para que haya un lugar también para nosotros en el paraíso. 

Por cuando sentimos ser una oración muda compartida por los hermanos, y por cuando sentimos que juntos esperamos una tierra donde todo será finalmente claro y puro, luminoso y resucitado, recordado, entregado al corazón del Eterno, transfigurado en Luz. 

Por cuando rezamos por no ser olvidados, por cuando te rogamos que nos hagas reencontrar el Amor que nos ha mantenido con vida, y te suplicamos que nunca más se vaya. 

Por cuando también nosotros logremos decir «…y no sabemos dónde lo han puesto». Y no queda más que volver a buscar. 

Por cuando no sabíamos que estaba naciendo fuera de Jerusalén, por cuando lo perdieron en el Templo, por cuando huía del poder, por cuando cruzaba a la otra orilla, por cuando se refugiaba en el seno de la noche en oración, por el Monte de los Olivos, por su estar siempre en Otro Lugar. 

Por el miedo de quien dice haberlo comprendido, por la traición de quien se cree capaz de explicarlo o comprimir la bella, la novedad, la Vida, en un canon, en un dogma, en un sacramento, en un catecismo, en una teología, por quien sigue siendo discípulo pero en su corazón implora que tenga piedad, que ni siquiera él conoce el lugar, y que es solo un pobre caminante y peregrino que sigue buscando mientras dice que cree. 

Ni yo sé con certeza dónde lo han puesto, pero creo que está guardado en lugares misterioso, secretos…  y accesibles solo al amor. 

Corrían los dos juntos, y el hecho de no estar solos ya es un indicio de buena humanidad. 

Por cuando la fe entra en la carne y nos transforma en niños sin miedo a parecer ridículos, y corremos, torpes y enamorados, y corremos el riesgo de caer y el aliento nos oprime la garganta, y somos los mismos niños que corrían tras un balón, tras un amor, tras un sueño. El corazón hinchado que no deja de latir y se conmueve. 

Por cuando corre el pensamiento, corre la nostalgia, corre la esperanza de que no haya sido todo en vano, por cuando corre la urgencia de ver, de tocar, de volver a abrazar, aunque fuera un sepulcro vacío, aunque fuera la absurda esperanza de haber estado vivos y haber sido testigos. 

Por cuando nos atrevemos a creer que incluso la muerte se convertirá en una sonrisa, en abrirse paso, como se abrió el mar, entre tantas dudas. Que sea barrido por fin el temor de que Tú te hayas ido y nos hayas abandonado dejándonos solos en esta orilla. 

Por los lienzos tendidos y doblados, por ese mínimo rastro de orden en un mundo que parecía devastado y reducido al caos, por los clavos que no vencieron, por la madera que no prevaleció, por el desgarro en el velo del Templo que transformó, sin que lo supiéramos, nuestra existencia en una explosión de Vida. 

Por el desgarro fecundo de tu herida abierta, por el ardor de la carne que no deja de amar ni siquiera aunque esté traspasada, ni siquiera como cadáver, por el perfume esparcido, por el frasco de nardo que se hizo añicos como la piedra que sellaba una aparente derrota. 

Por los lienzos depositados, por el cuidado invisible de quien pone orden en nuestras historias desordenadas y dice, con palabras resucitadas, que no ha sido en vano nuestro amar, nuestro sufrir, nuestro dudar, nuestro correr contra toda esperanza. 

Por quien vio y creyó sin haber comprendido aún la Escritura. Por cuando Él nos miraba sin condenarnos, por cuando Él creía a pesar de nuestra insignificancia. 

Por quien supo posar sus ojos sobre nosotros logrando ver esplendores mucho antes de un posible amanecer. 

Por quien conservó el amor, por quien no nos olvidó, por quien, en el brillo de sus ojos, siguó creyendo en nuestra resurrección, por quien veía en nosotros lo que nosotros aún no imaginábamos ser. 

Por eso te rogamos, Señor, que resurjan nuestros ojos, que sepamos reconocer las señales de tu paso, que podamos hacer memoria de ellas, que podamos resurgir una vez más en los ojos de quien nos ama, por las personas que encontraremos, para que sepamos entrar juntos en nuestros sepulcros y, tomándonos de la mano, indefensos y postrados, logremos volver a buscar a quien, con paciencia maternal, ha colocado definitivamente el sudario de nuestro extravío y, acariciándonos con ternura de Amigo, mezclará el calor de sus lágrimas con las nuestras. 

Y por quien, Jardinero de la Amistad, nos llamará a cada uno por nuestro nombre. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Memoria de Santa María Magdalena: la Apóstol de los Apóstoles.

Memoria de Santa María Magdalena: la Apóstol de los Apóstoles

La palabra en la Iglesia tiene un peso específico muy elevado, porque la dinámica constitutiva del «nosotros» eclesial tiene que ver precisamente con la Palabra, ya que consiste en transmitir y compartir la Buena Noticia.

 

Preguntarse quién habla en la Iglesia afecta, por tanto, al eje central de la propia comunidad cristiana.

 

Sin embargo, si la dinámica propia de la Iglesia es la de la comunicación del Evangelio, que siempre exige una palabra explícita, quien no puede hablar queda excluido o, en caso de que solo pudiera hablar bajo ciertas condiciones, queda incluido parcialmente o bajo condiciones.

 

Siendo así las cosas, en la Iglesia todos y todas deben poder hablar, es decir, dar testimonio de aquello en lo que creen, transmitirlo y justificarlo. Y, de hecho, esto es lo que siempre ha ocurrido.

 

A pesar del intento de silenciar a las mujeres desde algunos textos del Nuevo Testamento o de relegar su palabra solo a algunos ámbitos (en su mayoría privados), las mujeres no han dejado de hablar, de dar testimonio, de transmitir, porque si no lo hubieran hecho, ya no tendríamos Iglesia, dado que ellas constituyen bien más de la mitad de ella.


En el Evangelio de Mateo, la mañana de Pascua, Jesús dice a las mujeres que digan a los discípulos que vayan a Galilea porque allí lo verán. Por lo tanto, si los discípulos no las hubieran dejado hablar o no hubieran obedecido su palabra, no habrían visto al Resucitado.

 

En el Evangelio de Juan es María Magdalena quien regresa al cenáculo para decirles a todos que el Señor ha resucitado y explicar así a Pedro y Juan el sentido de lo que habían visto en el sepulcro.

 

Todo ello para recordarnos que si ellas hubieran callado, nadie habría disfrutado del Evangelio. Si ellas no hubieran hablado, no habría habido ninguna Buena Noticia.

 

Se ha creído que había que restar valor a todo lo que hacen las mujeres. Por eso se nos ha hecho creer que la palabra de las mujeres vale menos que la de los hombres.

 

Lucas nos lo muestra a su manera. Cuando los discípulos en el camino de Emaús se encuentran con Jesús, relatan lo que las mujeres habían dicho sobre la resurrección, haciéndonos comprender que esas palabras habían sido consideradas un desvarío.

 

Cuando, poco después, estos mismos discípulos, tras reconocer a Jesús, regresan a Jerusalén, son recibidos por los demás, que les dicen: «En verdad, el Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón». Como si la aparición a Simón tuviera mayor peso, como para juzgar al propio Dios por haberse atrevido a confiar el anuncio fundamental de la Iglesia a las mujeres.


¿Seguimos así? ¿O hemos sido capaces de dar credibilidad a la palabra de las mujeres? ¿Hemos sido capaces de reconocer en las mujeres una palabra pública proclamada con autoridad, tras haber verificado debidamente (como deberíamos hacer con los hombres) su competencia, sus carismas, su capacidad comunicativa, además de su testimonio de vida? ¿O todavía nos cuesta valorar los carismas y las competencias si pertenecen a seres humanos nacidos mujer?

 

Si la Iglesia sigue existiendo, también significa que el flujo de esta palabra testimonial no se ha interrumpido aunque se haya tenido que abrir paso entre mil obstáculos y continuas sospechas.

 

Creo que a estas alturas ya sabemos que las mujeres no son seres humanos inferiores y que no son «adecuadas» solo para algunos ámbitos y algunas tareas.

 

Las hemos visto en acción y sabemos que saben escribir obras maestras de la poesía, la filosofía y la literatura. Saben hacer descubrimientos científicos, inventar tecnologías, enseñar en todos los ámbitos del saber.

 

Ya lo sabemos.


Aunque quien mejor debería saberlo es la Iglesia, cuya historia se inicia con la palabra de unas mujeres que no solo escuchan lo que dice el Resucitado, sino que lo comprenden recordando lo que habían escuchado como discípulas.

 

Ellas se encuentran entre los testigos autorizados elegidos por Dios, que «no hace acepción de personas, sino que le es agradable quien practica la justicia, sea cual sea su nación» (Hechos 10, 34-35).

 

Comprender este estilo de Dios a la hora de acoger a los paganos no fue fácil (se tardó unos años); también fue difícil con los esclavos (unos siglos), pero con las mujeres es toda una hazaña, hasta tal punto que aún estamos en medio del proceso.

 

Uno cree que sin duda sucederá y todos y todas podremos alimentarnos también de su testimonio con carisma y autoridad. Pero aún no hemos llegado.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Nuestros tiempos humanos no son los tiempos divinos - San Mateo 13, 24-43 -.

Nuestros tiempos humanos no son los tiempos divinos - San Mateo 13, 24-43 - 

Este pasaje evangélico se encuentra en el capítulo 13 del Evangelio de San Mateo, el capítulo de las parábolas, de ese Reino que Jesús vino a anunciar y a hacer realidad. Y ésta es una imagen agrícola, una imagen dinámica, viva y en continua evolución. 

Tras la larga parábola del buen sembrador, Mateo recoge la del trigo y la cizaña, seguida de dos breves comparaciones: el Reino de los Cielos como una pizca de levadura o un grano de mostaza. 

Me parece poder ver en los tres relatos un denominador común: el Reino de Dios no es una entidad ya prefabricada, terminada y definitiva, sino algo que nace prácticamente de la nada y crece hasta alcanzar su plenitud; una plenitud que transforma el objeto en cuestión en algo completamente diferente e irreconocible respecto a su origen. 

En el relato del trigo y la cizaña hay una rica serie de antítesis: el dueño del campo y su adversario; el trigo bueno y la cizaña; el tiempo presente de la siembra y el futuro de la cosecha; el granero donde se guardará el trigo y el fuego donde se quemará la cizaña. 

El motivo central de la parábola parece ser el diálogo entre el dueño de la cosecha y sus colaboradores, pero, quizás más exactamente, se quiere subrayar la impaciencia de estos, a la que se contrapone el carácter paciente del Señor. 

Parece que Jesús pretende subrayar que la prisa es enemiga del bien y que la impaciencia siempre se opone a la prudencia. El dueño de la cosecha es prudente: antes de la siega no es posible arrancar la cizaña sin dañar las plantas de trigo. 

Pero el descubrimiento de la cizaña, realizado por los siervos, lleva a estos últimos a expresar su asombro y su desconcierto incluso ante el sembrador. En sus palabras se puede percibir también un atisbo de sospecha o de duda sobre la siembra y, por tanto, sobre el propio dueño. 

Pero la respuesta del sembrador muestra que la presencia de la cizaña entre el trigo no es en absoluto sorprendente, no debe asombrar ni dar lugar a un escándalo. Y así, también nuestra reacción se orienta no tanto a preguntarnos por el origen de la cizaña, sino sobre cómo actuar al constatar su presencia. Y también nosotros nos quedamos desconcertados, como los siervos. 

No arranquéis la cizaña, que, por cierto, también se parece al trigo, sino dejad que ambas plantas crezcan juntas: de hecho, se correría el riesgo de arrancar también las plantas de trigo. La cizaña deberá separarse sin duda del trigo, pero a su debido tiempo. Ahora no. Ahora es el momento de la paciencia. 

Esa gran virtud que es la paciencia, que es ante todo fuerza frente a uno mismo, es la capacidad de abstenerse de intervenir, dominando el instinto que llevaría inmediatamente a «hacer limpieza». 

Pero ésta, lo sabemos, no es la forma de actuar de Dios. 

Dios es paciente, indulgente; Él soporta y aguanta el pecado de los seres humanos. Y esto no es pasividad, ni desinterés, ni laxismo, sino una espera confiada de los tiempos del hombre, de los tiempos de cada uno. Es señal de la fe que Dios tiene en el hombre y de la confianza en el posible cambio que, en cada instante, le concede. 

En la parábola resuena con fuerza la invitación a «dejar»: «Dejad que uno y otro crezcan juntos». Se trata de un no hacer, de un no actuar, de un no intervenir que, en realidad, exige una gran fuerza, pero para actuar sobre uno mismo, para intervenir en uno mismo y vencer el instinto que llevaría a arrancar y extirpar. 

Habrá que soportar el mal hasta el final: ¿es esto lo que quiere decir Jesús? 

Ciertamente, Él había anunciado que el Reino de los Cielos había comenzado por fin; también había realizado aquellos signos prodigiosos que los profetas habían anunciado como indicios de que el fin era inminente. El Maestro de Nazaret había suscitado, por tanto, un clima de espera febril. 

La figura de Juan el Bautista era emblemática, ya que representaba todas las expectativas que muchos israelitas piadosos albergaban respecto al Señor. Pero el trágico y repentino fin del Bautista pareció coincidir con el fin de las esperanzas de liberación de Palestina. 

Jesús tuvo que hacer frente a esta impaciencia mesiánica y lo hizo contando parábolas como ésta; distinguiendo entre el tiempo presente, en el que buenos y malos conviven codo con codo, y el tiempo futuro, el último, de la separación definitiva: una especie de nueva génesis, en la que Dios restablecería precisamente el orden y la armonía, separando el bien del mal, tal y como ocurrió en los albores de la creación. 

Mientras tanto, nosotros —es la parábola la que nos lo enseña— debemos guardarnos de esas formas un tanto maniqueas de distinción feroz entre los buenos por un lado y los malos por otro. 

La distinción nunca es posible, entre otras cosas porque hay algo bueno y algo menos bueno en todos, y cada historia es a menudo —aunque no siempre, claro está— un campo donde crecen el trigo bueno y la cizaña. 

A veces pienso que, si dependiera de nosotros (o de algunos de nosotros), incluso en el Paraíso estableceríamos zonas reservadas… Pero, nos guste o no, Dios piensa de otra manera: sus caminos no son nuestros caminos y sus pensamientos no son nuestros pensamientos (Is 55). 

Pero si incluso el Buen Dios separara ahora mismo en dos el trigo de la cizaña, ¿dónde nos pondría a nosotros? 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Tiempo al tiempo al crecimiento del Reino - San Mateo 13, 24-43 -.

Tiempo al tiempo al crecimiento del Reino - San Mateo 13, 24-43 - 

El relato evangélico da continuidad al Evangelio del sembrador y, de hecho, sigue muy de cerca su estructura. 

También en este caso comienza con una parábola y termina con su explicación. En medio, otras dos parábolas breves y, de nuevo, justo en el corazón de este relato, una cita del profeta (mejor dicho, de un salmista) sobre el sentido general de hablar en parábolas. 

Jesús habla en parábolas para los «de fuera», aquellos que aún no se han decidido por Él. Pero ¿qué nos dice esta vez esta serie de parábolas? 

En primer lugar, hay dos aspectos que vinculan las distintas parábolas: el Reino y el crecimiento. 

El primero es casi obvio. El segundo, en cambio, nos hace reflexionar, sobre todo si lo relacionamos con el primero. 

La cizaña y la buena semilla deben crecer juntas; la semilla más pequeña, una vez crecida, es la más grande; la levadura hace crecer la harina. 

El Reino de los cielos, por tanto, es algo que crece, que requiere tiempo, que se revela, pero solo a su debido tiempo. Es más, su revelación tiene lugar precisamente en este transcurrir del tiempo. 

El Reino no es la planta más grande, es la semilla que crece; el Reino no es la hogaza ya fermentada, es la levadura que crece en la masa. El Reino es una cuestión de tiempo. Algo así decía el Principito de su rosa. 

¿Y qué tenemos que ver nosotros en todo esto? 

La parábola del trigo y la cizaña también habla de nosotros. Es interesante, al leer la explicación que nos ofrece Jesús, cómo las dos «semillas» sembradas no son algo que esté presente «en nosotros» sino que ya son frutos: los hijos del Reino y los hijos del Maligno. Somos nosotros mismos. Y, sin embargo, también en esta ocasión, no todo está decidido de antemano. Se necesita tiempo, se necesita crecimiento para poder llegar a distinguir unos de otros. 

«Por sus frutos los reconoceréis», dirá Jesús en otro pasaje. Pero aquí no somos nosotros quienes debemos reconocerlos. 

En este caso, de hecho, tanto la buena semilla como la cizaña desconocen la situación. Han sido sembradas y «solo» deben crecer, dando su fruto. Todo lo demás queda en manos del Señor y de sus siervos. 

El Reino se va realizando a lo largo del tiempo y crece, pero al mismo tiempo convive con el mal, que al final, sin embargo, será separado. 

Este puede ser un mensaje para nosotros: el Reino ya se está realizando, y nosotros, hijos del Reino o del Maligno, no somos conscientes de ello. Pero cada uno ya está dando su fruto y, al final, cada uno será separado «como se merece». 

No hay que olvidar que la parábola va dirigida a quienes aún están «fuera». Nosotros, en cambio, hoy somos como los discípulos: también nosotros recibimos la explicación de Jesús. 

No estamos llamados a juzgar ni a arrancar de raíz, sino que estamos llamados a crecer. La pregunta, en todo caso, es: ¿quién nos habrá sembrado? Por lo tanto: ¿cuál será nuestro fruto? 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 17 de julio de 2026

Tú también llevas contigo tu sombra - San Mateo 13, 24-43 -.

Tú también llevas contigo tu sombra - San Mateo 13, 24-43 -

Que el mal exista es indiscutible; lo hemos experimentado desde pequeños. 

Lo problemático, en cambio, es que crezca junto al bien, incluso en el mismo terrón de tierra, allí donde no es nada fácil distinguir el trigo bueno de la cizaña, ya que esta tiene un tallo similar al del trigo, pero la espiga está vacía. 

Es como decir una nada revestida de bien: y casi parece que se divierte creciendo sin oposición, aferrándose al trigo bueno hasta el punto de arrebatarle toda su energía vital. 

Esto plantea un problema porque, en el imaginario colectivo, existen terrenos buenos que no pueden dejar de dar buenos frutos, al igual que existen zonas infestadas que no pueden dejar de producir plantas malas. 

Es decir: el bien por un lado, el mal por el otro; por un lado, los buenos; por el otro, los malos. Y todo ello separado por una línea divisoria que no se puede cruzar, salvo que un día te despiertes y te des cuenta de que es la misma tierra la que produce ambas cosas. 

Es obvio que el bien no es el mal y viceversa, pero, sin embargo, están ahí juntos justo cuando habrías apostado a que algo así nunca ocurriría. 

¿Acaso, aunque queramos a alguien, no le hemos herido de infinidad de formas inesperadas y, a veces, incluso incomprensibles? 

¿Acaso no cometemos errores o imprudencias que pueden parecernos pequeñas o insignificantes y que, en cambio, provocan sufrimiento y dolor? 

¿Acaso no sembramos discordia cuando, con extrema ligereza, alimentamos los chismes difamando o calumniando? 

¿Y qué decir de aquellas ocasiones en las que somos autores activos del mal, tal vez con el pretexto de defender a alguien, a nosotros mismos y a nuestros seres queridos? 

¿Qué hacer, entonces? 

Sencillo, repiten los siervos torpes. La cizaña hay que arrancarla y eliminarla: una operación que, a lo largo de la historia, se ha cobrado no pocas víctimas. Por eso el «no» de Jesús suena perentorio: de hecho, está en juego la propia supervivencia del bien. 

Pero ¿qué hay detrás de esa ansia de purga que nos invade a casi todos? 

La estigmatización del mal del otro —quizá evidente, claro está— sirve para no tener que enfrentarnos a esos elementos de cizaña de los que, en mayor o menor medida, todos estamos provistos. Estigmatizar al otro significa exculparse a uno mismo situándose en el rango de los buenos. 

En cambio, parece decir Jesús, hay una carga de sombra que hay que tener en cuenta, porque no siempre es imputable a la responsabilidad de uno u otro. 

Si de verdad te importa el bien, no permitas que el afán por erradicar el mal se cargue en cuenta del bien. El «por principio» no pocas veces acaba siendo solo la tapadera de un mal que a duras penas reconozco y afronto en mi interior. 

Nadie, de hecho, está confirmado en la gracia y no pocas veces somos ora el trigo bueno, ora la cizaña. ¡Y no hay bautismo ni consagración que nos libre mágicamente de una experiencia así! 

Por eso, la invitación que subyace a esta espléndida página es la de no erigirse nunca en juez de nadie, no subirse nunca al pedestal de una supuesta justicia y, con sincera humildad, orar al Padre diciendo: «perdona nuestras ofensas». 

El hombre o la mujer evangélicos es alguien que se equivoca como todos, sabe reconocer sus puntos débiles y que no los justifica como méritos; al contrario, trata de orientar hacia el bien todos sus instintos, tiene una visión acertada de sí mismo y no pretende tener la última palabra en cada situación. No se cree el único que ha salido bien de entre todos los que, por error, han acabado en un mundo que no lo merece en absoluto. 

Ninguno de nosotros pertenece a la clase de los perfectos que pueden examinar minuciosamente las posibles limitaciones y pecados ajenos. 

La cosecha no faltará, pero la tarea de distinguirla no nos corresponde a nosotros, sino a los ángeles de Dios. 

A su debido tiempo, no ahora. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


Otro tipo de liderazgo, el basado en otros valores - Luis de la Fuente Castillo -.

Otro tipo de liderazgo, el basado en otros valores - Luis de la Fuente Castillo - 

«No somos líderes por nosotros mismos, sino por el bien de los demás» (Simon Sinek). 

En las instituciones, organizaciones,…, existen diversas figuras de referencia que deben poseer cualidades de liderazgo. Si tomamos como ejemplo los clubes deportivos, y en concreto al entrenador, este podría definirse como aquella persona que tiene la tarea de entrenar, motivar, escuchar, supervisar y asesorar a muchas personas que, unidas, forman un equipo, un grupo de trabajo. 

Existe una estrecha correlación entre el vínculo que se crea entre el entrenador y su equipo, y los resultados y objetivos que el club exige que se alcancen. 

Es verdad. El entrenador puede ser un buen profesional, en tanto que jefe nombrado por alguien (por el presidente, por un directivo deportivo, etc.), pero también puede ser una figura que, con la mirada puesta en la excelencia, además de ser un buen profesional, es un líder, una figura carismática capaz de impulsar a las personas hacia el objetivo, la meta. 

Tomando siempre como referencia el mundo del fútbol, esta reflexión puede extenderse sin problemas al presidente, al director deportivo, al capitán o a cualquiera que dirija un equipo. Y, evidentemente, esta reflexión puede extenderse al mundo de la sociedad, de la política, de la Iglesia,…, y a la vida cotidiana. 

Pero ¿qué es el liderazgo? 

En un intento por responder a esta pregunta, empezaría planteando otra que surge de forma espontánea: dado que cualquiera puede ser nombrado jefe, ¿son todos los jefes también líderes? 

La respuesta es relativamente sencilla: no, no todos los jefes son también líderes. Y esta idea se entiende mejor analizando con algo más de detalle el concepto de liderazgo. 

Existen cientos de definiciones de liderazgo; a continuación expongo la que, en mi opinión, es la más significativa y, al mismo tiempo, la más esclarecedora: 

El liderazgo consiste en la interacción de quienes, dentro de una estructura jerárquica, ocupan la posición más elevada —lo que se conoce como líderes— con el resto del grupo. Una de las características fundamentales de los miembros de un grupo de alto nivel es la de proponer ideas y actividades en el grupo, utilizando así medios para influir en los miembros del grupo a fin de que modifiquen su comportamiento. Pero, dado que la influencia social es, en cualquier caso, siempre un proceso recíproco, lo que caracteriza a los líderes es que pueden influir en los demás miembros del grupo más de lo que ellos mismos se ven influidos. 

Siguiendo con el ejemplo del entrenador, si quiere elevarse al nivel de líder, por poner un ejemplo práctico, en mi opinión, no solo debe ser quien llega primero al campo y prepara las sesiones de entrenamiento, sino que, sobre todo, debe hacer notar su presencia, interactuando y valorando el tiempo que pasa con cada uno de los miembros del equipo, quienes, a su vez, perciben claramente esto y corresponderán a esa atención dando lo mejor de sí mismos en lo que se les pide que hagan.

Y, siempre desde la perspectiva del liderazgo, debe demostrar una coherencia absoluta entre lo que dice y lo que hace. 

El entrenador —y en este caso extiendo la pregunta también al ámbito no deportivo—, para poder aspirar a ser un líder, ¿debe ser autoritario o tener autoridad? De joven pensaba que un buen líder era aquel que contaba con una buena combinación, equitativamente repartida. 

Con el paso de los años he cambiando de opinión y he ido llegando a la conclusión de que el verdadero líder es aquel que tiene autoridad; no necesita ser autoritario para guiar a su equipo de trabajo hacia la consecución del objetivo. Los miembros de un equipo de trabajo no necesitan ser dirigidos como si fueran un cochecito teledirigido. 

Hace unas décadas, en la inmensa mayoría de las empresas, se tendía a ser predominantemente autoritario, con el único resultado de infundir miedo (temor…), crear opositores u obtener lo deseado únicamente por parte de quienes, por su carácter, se tomaban las reprimendas a la ligera o no daban importancia a actitudes que yo calificaría de poco educadas. 

Pero los tiempos han cambiado y, en general, estoy observando un cambio gradual, con la llegada otras generaciones de directivos, del autoritarismo… a la autoridad. 

¿Se nace líder o se llega a serlo? 

Desde los tiempos de Aristóteles se ha intentado dar respuesta a esta pregunta. No sé si es posible llegar a una respuesta unívoca y consensuada… 

Partiendo de la premisa de que el liderazgo debe entenderse como un conjunto de características creo que se puede ofrecer alguna reflexión al respecto. 

Precisamente inspirándome en el filósofo griego, en una de sus obras parece sugerir que el potencial de liderazgo es, en parte, innato. 

Con todo, investigaciones más recientes parecen confirmar que, si bien algunas personas pueden tener una predisposición natural para liderar, el liderazgo es también una competencia que puede desarrollarse y perfeccionarse a través del aprendizaje y la experiencia. 

El carisma, la asertividad y la capacidad de comunicación son características innatas de algunas personas que las predisponen al liderazgo. 

Otras personas, que no tienen esa predisposición desde el nacimiento, pueden convertirse en excelentes líderes al tomar conciencia de la diferencia entre ser un jefe y un líder a través de la autorreflexión, la experiencia, la formación… 

También la capacidad de resolver problemas, la capacidad de inspirar y motivar, y la capacidad de adaptación, unidas a la inteligencia emocional, pueden constituir una base sólida para llegar a serlo. 

A menudo, también el entorno en el que una persona crece y trabaja, junto con las experiencias que acumula, puede influir en su desarrollo como líder. 

En definitiva, considero que también se puede llegar a ser líder con humildad, ganas de aprender, espíritu de sacrificio y compromiso. 

A menudo se tiende a pensar que el líder adopta actitudes ostentosas. Pero no es así. Al contrario, volviendo a la idea inicial, los verdaderos líderes tienden a no convertir su figura en un espectáculo; más bien, por el contrario, utilizan su carisma para guiar e influir en los demás. 

Hablando de un liderazgo más silencioso, me detendría en una figura que sin duda me llama la atención. Me refiero a Luis de la Fuente Castillo. Es decir, al entrenador de la selección española absoluta de fútbol. No soy periodista y los profesionales ya han escrito ríos de tinta para narrar su vida y sus hazañas deportivas pero le considero un auténtico líder tranquilo, silencioso, discreto... normal.

En uno de los párrafos anteriores abordé el tema «¿Se nace líder o se hace?». Si se plantea esta pregunta a numerosas personas, probablemente se obtendrán numerosas respuestas, la mayoría de las cuales serán diferentes unas de otras. Sin embargo, lo que me atrevo a afirmar es que quien es líder tiende a seguir siéndolo. 

El contexto y las competencias desempeñan, en cualquier caso, un papel clave, pero, independientemente del sector en el que opere o del cargo que vaya a ocupar, tenderá de todos modos a poner en práctica los rasgos que le caracterizan y que son propios del liderazgo. Y así me gusta imaginar a esta persona que considero un verdadero ejemplo en este sentido: Luis de la Fuente Castillo. 

En su modelo de liderazgo reconozco al menor algunas características principales: 

1.- Transmite orgullo a los colaboradores, constituye un buen ejemplo a seguir, lo cual le permite ganarse el respeto de los colaboradores de una forma que potencia la importancia de los valores. 

De este modo se forman las competencias técnicas, se construye una mentalidad ganadora y se forma a mejores personas. Esto genera en todos, especialmente en los más jóvenes, lealtad hacia el equipo, ya que son conscientes de la oportunidad que han recibido. 

2.- Transmite la visión de hacia dónde se dirige el grupo, motiva a sus miembros y, al mismo tiempo, les anima a asumir tareas exigentes. Transmite optimismo y entusiasmo, y fomenta la autoeficacia. 

3.- Fomenta la resolución de problemas mediante estrategias nuevas y creativas. 

4.- Reconoce el valor, el esfuerzo y las necesidades de cada uno dentro del grupo, a través de la empatía, la escucha, la compasión, el proceso de entrenamiento y motivación.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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Evangelio de María Magdalena   Conmigo podéis seguir mis pasos para recorrer vuestro camino. Conmigo podréis descubrir que el acontecimiento...