domingo, 21 de junio de 2026

¡Oh capitán, mi capitán!

¡Oh capitán, mi capitán!

En el mundo nunca han faltado personajes grotescos. 


En la Casa Blanca, para celebrar los ochenta años del emperador, se instaló un enorme ring de artes marciales o algo semejante coronado por una estructura de acero. Esto se suma al salón de baile de estilo grecorromano, y a los generosos dorados que el César ha introducido en los interiores de ese antiguo palacio neoclásico.

 

Hay quien define ese lugar institucional, así transfigurado, como un parque de atracciones o un circo. Debo de ser realmente un pacato timorato porque la ostentación de Donald Trump me repugna como si fuera un rasgo político de la persona. No solo un rasgo estético.

 

El uso contundente del dinero, la ostentación jactanciosa del lujo, el mal gusto americano llevado al paroxismo sin que ni una sola partícula residual del perdurable estilo del buen gusto pueda actuar como anticuerpo, sin que una vaga percepción de la variedad del mundo, de su biodiversidad humana, disuada de considerar el planeta entero como un conjunto de parcelas no solo edificables, sino también reducibles a una única estética americana y hollywoodiense.

 


Como esa Nueva Gaza dorada y servil, erigida sobre la sangre de sus habitantes y puesta a disposición de los ricos clientes occidentales, ilustrada por aquel vídeo (https://www.youtube.com/shorts/7YQvpsaW6aA) del que nunca se entendió bien si era satírico - para desacreditar a Donald Trump y Benjamin Netanyahu - o promocional-triunfalista: es difícil imaginar algo más violentamente imperialista y más estúpidamente incapaz de aceptar que el mundo existe por sí mismo, y que es muy diferente de la medida norteamericana.

Con la llegada de Donald Trump es como si ese cielo del pésimo gusto nos hubiera envuelto a todos. El mito de la moderación y la compostura pertenece definitivamente al pasado: a menudo me pregunto cuántos, y por qué, y de qué edad, comparten conmigo la idea de que, para ser caballeros, hay que intentar no llamar demasiado la atención.

 

El «no te jactes, son los necios los que se jactan» (cf. Proverbios 13, 6; 14, 7-9; 27, 2-22;…) me parece un eslogan sepultado por los acontecimientos, casi como aquel de «proletarios de todos los países, uníos». La burguesía y el proletariado están, al fin y al cabo, y para siempre, reunidos y, en cierto modo, reconciliados por la derrota común.


Con todo, ¡qué lejos toda esa exhibición esperpéntica de mal gusto trumpiano de aquel primer verso de uno de los poemas que Walt Whitman dedicó a la «memoria del presidente Lincoln» - Memories of President Lincoln - y que forma parte, al igual que toda la obra del poeta estadounidense, de Hojas de hierba, el libro que, entre 1855 y 1892, fue creciendo poco a poco, edición tras edición, con nuevos poemas! 

¡Oh capitán! ¡Mi capitán! 

Nuestro espantoso viaje ha terminado,

la nave ha salvado todos los escollos, 

hemos ganado el anhelado premio,

próximo está el puerto, 

ya oigo las campanas y el pueblo entero que te aclama,

siguiendo con sus miradas la poderosa nave, 

la audaz y soberbia nave;

más ¡ay! 

¡oh corazón! ¡mi corazón! ¡mi corazón!

No ves las rojas gotas que caen lentamente,

allí, en el puente, donde mi capitán

yace extendido, helado y muerto.

Por eso confieso que sigo prefiriendo, delante de toda la lógica trumpiana, o análoga, aquel emotivo e insurrecto clamor  ¡Oh capitán, mi capitán!: https://www.youtube.com/watch?v=BfjyJfgAKJs (te invito a recordar aquella escena memorable de "El club de los poetas muertos").


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 20 de junio de 2026

Crecer hasta convertirse en pequeño (a modo de confesión personal) - San Mateo 11, 25-30 -.

Crecer hasta convertirse en pequeño (a modo de confesión personal) - San Mateo 11, 25-30 -

«…y se las has revelado a los pequeños».

 

No puede ser de otra manera, no hay elección, ninguna alternativa: el amor solo se revela a los pequeños. Tendremos que aceptarlo, algún día.

 

Los eruditos no soportan las revelaciones. Los sabios tienen demasiado miedo de lo que no logran explicarse.

 

Se necesita un corazón pequeño.

 

Y un corazón pequeño no es más que un corazón lleno de revelaciones. Eternamente a merced del eterno asombro ante el suceder de los acontecimientos. Se necesita constancia y muchísima fe para mantener pequeño el corazón.

 

Que a menudo se hincha de dolor y se dilata por las costumbres.

 

Y así se nos escapa de las manos, se satura, se cae, se rompe.

 

Duele. Tarde o temprano habrá que aprender esto: el arte de vivir una vida capaz de soportar la exuberancia del asombro.

 

Y luego, palabras tranquilas y pausadas, pues la revelación no soporta el frenesí.

 

Y también mucha sana auto-ironía: quien es verdaderamente pequeño no soporta que se le tome demasiado en serio.



Hay que convencerse de que una vida pequeña no es una vida insignificante.

 

Pequeño es aquel que no explica las cosas de la vida, sino que se deja explicar por la vida: como se explica un mantel para recibir a los amigos, una sábana secándose al viento, las alas de un águila para volar, una carta recién sacada del sobre.

 

Incluso un libro puede explicarse, cuando evita querer convencernos.

 

Te amo y te alabo, Señor de la Tierra y del Cielo y de cada otro aliento que se mueve entre los extremos. Y te pido perdón por aquellas veces en que, hinchado de esa graciosa sabiduría que tienen los niños consentidos y mimados, te imaginé Todopoderoso, Soberano Omnipotente.

 

Por aquellas veces en que, cegado por la arrogancia erudita de ciertos adolescentes eternos, creía que te estaba cuestionando, pero solo era una forma de intentar, torpemente, ocultar mi necesidad de sentirme vivo, importante y único.

 

Te pido perdón porque a menudo sigo fingiendo ser erudito y sabio como un niño consentido y mimado. Algún día creceré, por fin, hasta convertirme en pequeño.



«…nadie conoce al Hijo sino el Padre… nadie conoce al Padre sino el Hijo».

 

Te alabo y te amo, Señor de la Tierra, del Cielo, de todas las cosas, Padre mío. Ahora que somos padre e hijo, te alabo y te amo. Nos entregamos el uno al otro con tierna debilidad; ambos hemos aprendido a confiar el uno en el otro. Solo un padre y un hijo pueden explicarse mediante gestos de atención humana.

 

No creo en ningún otro tipo de fe ni dogmática ni canónica ni moral. Porque no hay espacio para explicar nada, para hacer nada, para demostrar nada. Solo un padre y un hijo pueden permanecer en silencio hasta dejarse deslizar el uno entre las atenciones del otro, sabiendo que la vida nunca se explica, solo se nace y se muere, pero juntos.

 

El secreto es que uno se convierte en padre solo en presencia de su hijo, y viceversa. La vida no es de los eruditos ni de los sabios, sino de quienes, sencillamente, la comparten.



«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os daré descanso… mi yugo es suave y mi carga ligera».

 

Un yugo suave, aunque la vida, de todos modos, habrá que llevarla hasta el final, de alguna manera. Y fingir que todo es cuesta abajo, que es la aventura más hermosa y que con Dios no hay nada que temer… bueno, todo eso se lo dejo para la propaganda para las vocaciones…

 

La vida, de alguna manera, hay que llevarla hasta el final; se necesita un yugo, seamos sinceros.

 

La fe es descubrir que hay una forma de llevar las cargas, los dolores, incluso el drama. Y no con sacrificio ni con perseverancia. Sino con dulzura.

 

El yugo no es justo, es dulce. Y de la dulzura se puede disfrutar y llorar; con dulzura se puede acariciar la vida. También se puede acariciar cada espina de la corona. La dulzura es beber hasta el fondo el cáliz con mansedumbre, en voz baja.

 

Y el peso será ligero. Pero será peso. Un corazón pequeño sabe bien que, por suerte, cada cosa tiene su peso, y que es precisamente el peso el que rescata a toda realidad de la inconsistencia.

 

Y luego, el descanso.

 

Al final, el descanso.

 

Dentro de cada cosa, incluso del esfuerzo más titánico: el descanso, que es el acto valiente de quien consigue detenerse y descubrir, en ese momento de aparente inmovilidad, que la vida no se ha atascado, sino que se ha cumplido.

 

Cuando llega aquel momento en que una voz te susurra al oído: «Siervo bueno y fiel, entra en el descanso de tu Señor». Y uno se deja coger de la mano y conducir al gozo de aquel descanso.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una enseñanza nueva para otra inteligencia y sabiduría - San Mateo 11, 25-30 -.

Una enseñanza nueva para otra inteligencia y sabiduría - San Mateo 11, 25-30 -


Las pruebas y tribulaciones que Jesús anunció a sus discípulos (cf. Mt 10,16-30) son una realidad para el propio Jesús: él mismo sufre el rechazo y la incredulidad por parte de los habitantes de algunas ciudades de Galilea, en las que, sin embargo, había predicado y realizado prodigios (cf. Mt 11,16-24). 

Ante este revés, Jesús no se desanima, sino que transforma el fracaso en una ocasión para dar gracias al Padre. Sin duda, Jesús se siente afectado por el rechazo sufrido, pero es capaz de asumirlo en la fe —por eso su oración va precedida de la nota: «Respondiendo, dijo…»—, de convertirlo en una ocasión para discernir el cumplimiento de la voluntad del Padre: «Te doy gracias, oh Padre, porque has ocultado estas cosas a los sabios y a los inteligentes, y las has revelado a los pequeños. Sí, oh Padre: ¡así te ha placido!».

 

Incluso en los momentos difíciles, Jesús reconoce que Dios actúa a través de Él: su misión consiste en anunciar la Buena Nueva a los pobres, a los sencillos (cf. Mt 11,5; Is 61,1), quienes, al seguir a Jesús, perciben en Él la revelación del Padre; al mismo tiempo, ello supone un juicio del corazón de aquellos que, con su sabiduría intelectual y su pretensión de autojustificación religiosa, erigen un obstáculo insuperable para la acogida del Evangelio.

 

Es esa misma mirada de fe la que llevará a San Pablo a escribir: «Dios ha elegido lo que en el mundo es necio para confundir a los sabios, lo que en el mundo es débil para confundir a los fuertes» (1 Cor 1,27)…



A esta acción de gracias, Jesús le sigue una afirmación extraordinaria, que nos abre una ventana a su relación íntima con el Padre y nos hace contemplar por un instante la vida de comunión de Dios: «Todo me ha sido dado por mi Padre; nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelárselo».

 

Es más, Jesús invita a sus discípulos a participar en esta vida divina: se trata de pasar por Él, camino definitivo para llegar al Padre, como dirá en el Evangelio de San Juan (cf. Jn 14,6). Aquí lo expresa con palabras de gran consuelo, que constituyen una llamada a adherirse a Él con confianza: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os daré descanso. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas».

 

En la época de Jesús, los rabinos comparaban la Torá, la Ley de Dios, con un yugo que había que llevar, refiriéndose a la responsabilidad confiada a quienes entraban en alianza con Dios. Ese yugo se había vuelto progresivamente más pesado debido a las interpretaciones rigoristas de los líderes religiosos de Israel: los preceptos, otorgados por Dios para la auténtica libertad del hombre, se habían transformado en «pesadas cargas impuestas por los escribas y los fariseos sobre los hombros del pueblo» (cf. Mt 23,2)…

 

También Jesús se presenta ante quienes le escuchan como Maestro y guía (cf. Mt 23,10), pero como un Maestro muy diferente, que interpreta la Torá con su vida, convirtiéndola en una fuente de libertad: es manso y paciente con los discípulos, respetuoso con quienes tiene delante, carece de toda arrogancia, no condena a los pecadores, es humilde de corazón ante Dios porque se somete a él en todo.



Al actuar así, Jesús no pretende negar las exigencias éticas de la alianza con Dios, pero cuando anuncia la verdad lo hace con misericordia, con sentimientos de compasión hacia los hombres, ¡porque nunca separa la verdad de la caridad!

 

Este equilibrio es muy difícil de alcanzar, pero Jesús siempre supo mostrarse manso y, al mismo tiempo, ser Maestro de los demás, sin imponerles cargas insoportables, sin mirar con cinismo ni dureza a los pecadores. Lo hizo hasta el final de su vida, cuando, al entrar en Jerusalén montado en un manso burrito, fue aclamado por la multitud como el Mesías manso (cf. Mt 21,5; Zc 9,9).

 

Sí, Jesús es un Rabino manso y humilde de corazón, capaz de dar consuelo y paz a quienes se sienten cansados y oprimidos, a quienes se han perdido por caminos tortuosos: el yugo de Jesús, la Torá hecha persona, es suave y su carga ligera. Y al asumir su mansedumbre, todo hombre puede vivir ya ahora la bienaventuranza que Él prometió: «Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra» (Mt 5,5; cf. Sal 37,11), es decir, la tierra de los vivos, el Reino.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

 

Si no os hacéis pequeños… no entenderéis el secreto - San Mateo 11, 25-30 -.

Si no os hacéis pequeños… no entenderéis el secreto - San Mateo 11, 25-30 -

Tras el discurso misionero que Jesús dirigió a los discípulos (cf. Mt 10), en el Evangelio según San Mateo leemos un pasaje narrativo que nos da testimonio de la existencia, en torno al propio Jesús, de un clima de tensión y contradicciones en torno a su persona (cf. Mt 11-12).

 

Desde la cárcel, Juan el Bautista envía a sus discípulos a preguntarle: «¿Eres tú aquel que ha de venir, o debemos esperar a otro?» (Mt 11,3). Una pregunta que no expresa falta de fe, sino una duda a la que Jesús responde renovando la fe de Juan, aunque percibiendo también que, ante su palabra y su estilo, hay quienes se cuestionan.

 

Mientras tanto, Jesús también se enfrenta al rechazo por parte de aquellos a quienes se sentía enviado como portavoz de Dios, y se pregunta por qué esa generación que rechazó a Juan, un asceta rigorista, lo rechaza también a Él, que, por el contrario, ha mostrado un rostro misericordioso, acogedor y solidario hacia los pecadores (cf. Mt 11,16-19). Precisamente las ciudades en las que Jesús había realizado prodigios, como Corazaín y Betsaida, «sus ciudades», evangelizadas por Él, no han dado señales de conversión (cf. Mt 11,20-24)…

 

El contexto es, por tanto, pesado; es un momento de prueba en el ministerio de Jesús, un momento en el que el desánimo y la sensación de fracaso son posibles, es más, casi inevitables.

 

Pero Mateo subraya que precisamente «en aquel tiempo», en ese momento de «crisis», Jesús deja brotar de su corazón un himno de alabanza gozosa y convencida a Dios: «Te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y a los inteligentes, y las has revelado a los pequeños. Sí, oh Padre, porque así te ha parecido bien».

 

De Jesús no se eleva hacia Dios ningún lamento, sino una confesión que es alabanza y bendición. Jesús se dirige a Dios con una confianza única: lo llama «Padre», en arameo «Abba», porque en este nombre se encierran para Jesús la ternura, el amor y la misericordia. Dios es Creador y Señor del cielo y de la tierra, es el Altísimo, pero el creyente lo reconoce en una relación de intimidad paterna, llena de sentimientos de amor. Por eso se adora a Dios como Señor, se le invoca y se le habla como a un Padre.

 

Así lo invoca Jesús y confiesa su fe en Él: «Padre, proclamo tu alabanza, reconozco tu voluntad y tu obra: lo que has ocultado a quienes se creían merecedores, lo has revelado a los pequeños que no podían presumir de ningún mérito».

 

Ciertamente, aquí hay que descifrar el lenguaje de Jesús, que está marcado por el estilo semítico. De hecho, parecería que Dios oculta arbitrariamente algo —la verdad profunda— a los sabios y a los intelectuales, mientras se reserva comunicársela solo a los pequeños, a los pobres y a los últimos. Como si en las palabras de Jesús hubiera una condena de la inteligencia y una exaltación de la ignorancia…


 

¿Cómo debemos entender estas palabras?

 

Dios envió su palabra de salvación al faraón, a través de sus mensajeros, pero él la rechazó, por lo que el resultado fue el endurecimiento de su corazón. Es el faraón, con su responsabilidad de haber rechazado la palabra de Dios, quien endurece su corazón con plena libertad y responsabilidad personal.

 

Del mismo modo, este pasaje evangélico no debe entenderse en el sentido de que Dios niegue la revelación a los sabios y a los intelectuales de este mundo; a través de Jesús, Dios se dirige a ellos, pero no acogen su palabra y, al hacerlo, endurecen sus oídos y su corazón. Así es como se produce el ocultamiento de las cosas de Dios.

 

¿Acaso no somos también nosotros testigos de estas realidades? Precisamente aquellos que son sabios, que han adquirido sabiduría en el mundo, precisamente aquellos que están formados intelectualmente y alcanzan un alto nivel de conocimiento mundano de la realidad, no son capaces, al fin y al cabo, de abrirse a la Buena Nueva del Evangelio y de acogerla.

 

El Apóstol San Pablo vio y experimentó este mismo fracaso del Evangelio cuando predicó ante los sabios y los intelectuales de este mundo, tal y como atestigua en la Primera Carta a los Corintios: «La palabra de la cruz es locura para los que se pierden, pero para los que se salvan es poder de Dios… ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el intelectual? ¿Dónde está el sabio de este mundo?» (1 Cor 1,18.20).

 

¡El resultado de la predicación del Evangelio es una locura! Se adhieren a él los pobres, los últimos, las víctimas y los marginados de la sociedad, los que no cuentan, mientras que rechazan este don los sabios, los intelectuales, los nobles, las élites y los que cuentan (1 Cor 2,8).

 

«Sí, Padre, así lo has querido en tu bondad». Aquel que mira la humildad de sus siervos, que escudriña y discierne quién es pequeño, que conoce el corazón de quienes, en su pobreza, solo esperan en el Señor, ha querido que el velo que oculta muchas cosas relativas al Salvador y a la salvación se revelara a los pequeños.

 

Al mirar a estas personas, Jesús las había declarado bienaventuradas (cf. Mt 5,1-12), siempre las había encontrado y acogido, siempre había fortalecido su confianza y su libertad, y esta era su experiencia: estos pequeños han creído, una minoría bendita en medio de tantos indiferentes y de otros hostiles a Jesús y a su Evangelio. ¡Es paradójico, y sin embargo así ocurre cuando se anuncia el Evangelio y llega a los hombres y a las mujeres!



Pero, ¿qué son «estas cosas» que Dios ha ocultado a los sabios y revelado a los pequeños? Esencialmente, la revelación de que Jesús es aquel que habla de Dios y lo narra (cf. Jn 1,18); y, al mismo tiempo, la revelación que el Padre hace de Jesús, el Hijo, al creyente.

 

Jesús volverá sobre esta verdad en el Evangelio según San Mateo: « A vosotros se os ha dado a conocer los misterios del reino de los cielos, a vosotros, pequeños, pobres y humildes, a vosotros, discípulos» (cf. Mt 13,11). La misión de Jesús, y por consiguiente la del discípulo, del enviado, solo puede llevarse a cabo así: tanto en el fracaso como en el éxito se descubren las intenciones más profundas con las que Dios confía una misión al propio discípulo.

 

«Todo me ha sido dado por mi Padre; nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelárselo». A Jesús se le ha dado todo porque es el Hijo del Padre, aquel a quien solo el Padre conoce, hasta el punto de poder decir de él: «Tú eres mi Hijo, el amado» (cf. Mt 3,17; 17,5).

 

Solo Jesús conoce plenamente al Padre, a Dios, porque de Él ha venido al mundo, y solo Jesús puede dar a conocer a Dios a su discípulo, porque nadie va al Padre sino por medio de Él (cf. Jn 14,6). He aquí la revelación de la identidad de Jesús, de su relación con Dios, del conocimiento de Dios por parte del discípulo.

 

Nos encontramos en la cúspide de la revelación divina de Jesús según el primer Evangelio. Este es el misterio entregado al discípulo, misterio que hay que adorar, acoger en silencio y vivir cada día en el fiel seguimiento de Jesús, que nos lleva al Padre…

 

Por eso, precisamente en ese momento, Jesús se dirige a sus oyentes con una invitación: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os daré descanso. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, “y hallaréis descanso para vuestras almas” (Jer 6,16). De hecho, mi yugo es suave y mi carga ligera».

 

Jesús llama a sí a aquellos que buscan a Dios, desean ver su rostro, quieren estar en comunión con Él, pero están agobiados por preceptos humanos, intransigencias religiosas, rigideces morales, enseñanzas que no se pueden traducir en vida… Los llama a sí porque su «yugo» es suave, ligero, sencillo, y solo exige ser acogido con alegría, confiando en el amor de Dios, que siempre nos precede y nunca hay que merecerlo.

 

Jesús es el hombre de las bienaventuranzas, proclamadas porque Él mismo las vivió en primera persona: es pobre y humilde, capaz de llorar, manso, hambriento y sediento de justicia, puro de corazón, artífice de la paz, perseguido.



Para quien se encuentra en estas condiciones, acudir a Jesús significa encontrar comunión, consuelo e intimidad con un Maestro que, con dulzura y humildad, acoge siempre y no excluye a nadie. Quien no consigue soportar el peso de las leyes, quien solo es capaz de decir: «¡Ten piedad de mí, que soy pecador!» (Lc 18,13), puede acudir a Jesús, que lo acoge en sus brazos y en él descansar. Porque descansar es, ante todo, poder permanecer en la quietud entre los brazos de quien nos ama sin reservas.

 

Hay un yugo construido por los seres humanos, que encierra mandatos, preceptos, observancias e intransigencias, y está el yugo de Jesús, que es acogida del amor, de la misericordia de Dios, del amor de los hermanos y hermanas. El yugo de Jesús no está exento de esfuerzos: pero una cosa es esforzarse por obligación de los preceptos, y otra muy distinta es esforzarse por amor y recibiendo amor. Sin embargo, solo los pequeños comprenden esta revelación, hoy como entonces.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La revelación definitiva: la humildad de Dios - San Mateo 11, 25-30 -.

La revelación definitiva: la humildad de Dios - San Mateo 11, 25-30 -


El texto evangélico comienza con una indicación temporal - «En aquel tiempo» - que vincula lo que Jesús está a punto de decir con los acontecimientos que se acaban de narrar, es decir, la pregunta de Juan el Bautista sobre la mesianidad de Jesús (Mt 11,3 y ss.) y el fracaso, o al menos el escaso éxito, de su predicación y misión (Mt 11,20-24). 

Jesús acaba de reprender a las ciudades de Corazaín, Betsaida y Cafarnaúm porque, a pesar de haber sido testigos de los milagros que Él había realizado, no se habían convertido. Así se comprende el sentido del verbo «responder», que introduce el agradecimiento de Jesús. El texto dice literalmente: «En aquel tiempo, respondiendo, dijo Jesús».

 

Esta respuesta reacciona ante unos acontecimientos, no ante una pregunta explícita que, precisamente, no aparece en el texto. Jesús responde al escaso interés que han suscitado su persona, su predicación y sus obras. Y responde con la oración, incluso con una oración de acción de gracias - «Te alabo, Padre» -.

 

Jesús integra en la oración el fracaso, lo pone todo ante el Padre y confirma su «», su «amén», su decisión irrevocable de adhesión a Él. Su «» al Padre no está condicionado por el éxito de su misión, sino que es una adhesión radical que ni siquiera las situaciones desfavorables o contradictorias logran socavar. El «no» que su persona y su ministerio han recibido confirma, en su oración, su «» al Padre.

 

La oración es siempre una respuesta que reacciona ante la palabra de Dios, así como ante los acontecimientos de la vida que no pueden dejar indiferente al creyente. A través de la oración, incluso el fracaso —o lo que nosotros consideramos como tal (el fracaso pastoral, la falta de frutos del ministerio, la esterilidad de la predicación, el rechazo o el desinterés de los demás…)— deja de ser motivo de desánimo o abandono, para convertirse en un momento de paradójica confirmación del seguimiento del Señor.

 

En este pasaje, Mateo presenta a Jesús como figura de revelación e iniciación a la revelación: revelación de Dios e iniciación a la revelación para los discípulos. Mientras que Jesús, con su humildad, revela la humildad de Dios, también se presenta como fuente de humildad para sus discípulos.

 

Mateo construye esta intención iniciática y reveladora mediante una estructura tripartita. Y encontramos un himno de acción de gracias (vv. 25-26), un monólogo sobre la relación entre Jesús y el Padre (v. 27) y la invitación a ponerse a los pies de Jesús y a asumir su yugo (vv. 28-30). No es casualidad que en Mt 11,19 se hable de las obras de la Sabiduría refiriéndose a las obras del Mesías (cf. Mt 11,2-6): Cristo es la Sabiduría de Dios.



La oración de acción de gracias de Jesús es también, al mismo tiempo, una confesión de fe. Jesús está manifestando su fe en el Padre. Solo un proceso de reelaboración interior, en la fe, de los acontecimientos vividos puede llevar a convertir un fracaso en el fundamento de una acción de gracias y de una confirmación de la propia misión. Y la fe, como siempre, se expresa y encuentra su elocuencia en la oración: Jesús es un hombre de oración porque es un hombre de fe.

 

Esta oración revela también el punto de vista desde el que Jesús contempla los acontecimientos. La oración de Jesús da gracias al Padre no tanto por el hecho de ocultarse ante unos, como por el hecho de revelarse ante otros.

 

El énfasis no es de castigo hacia quienes no han acogido la revelación, sino de agradecimiento a Dios, que revela sus designios a los pequeños. En particular, revela al hombre Jesús como Mesías.

 

La adhesión de algunos, definidos con un término que también puede referirse a los niños pequeños, los «sin palabra», es decir, sin instrucción, es el ángulo desde el que Jesús contempla los acontecimientos y los capta en su dimensión positiva, que revela, es decir, la voluntad de Dios, aquello en lo que Dios encuentra su complacencia.

 

Estos sencillos, al creer en la palabra y en las obras realizadas por Jesús, han percibido en Él la revelación del Padre, y esta acción se convierte en revelación y juicio del corazón de otros, cuya sabiduría intelectual y erudita se revela inconsistente ante la sencillez de los pequeños.

 

El «» de Jesús al Padre es también el reconocimiento de la forma en que Dios actúa en la historia, eligiendo al más humilde, al más pequeño, a quien a los ojos humanos es despreciable y no cuenta para nada. Es, pues, un «» que brota de la familiaridad de Jesús con el corazón de Dios, un corazón que elige al más humilde, al más pequeño, al olvidado, desde Abel en adelante.

 

En cuanto «manso y humilde de corazón», Jesús, a quien Dios lo ha entregado todo, revela a Dios. Este es el misterio, el secreto, la sabiduría oculta que habita en el Padre y que Jesús desvela con su propia mansedumbre y humildad: Dios se oculta a quienes se apoyan en sus propias fuerzas y cuentan con su propia inteligencia y con sus propios dones y capacidades, y se manifiesta, en cambio, a los humildes, a los sin pretensiones, a los pequeños.



Las palabras de Jesús esbozan un itinerario de seguimiento del discípulo. En primer lugar está la llamada: «Venid a mí»; luego, la necesaria renuncia a la propia voluntad para obedecer a la voluntad del Señor («tomad mi yugo»). Luego está la actitud del discípulo, la obediencia del discípulo a su maestro y SeñorAprended de mí») y, por último, el descanso, la plenitud de vida que se encuentra en el Señorencontraréis descanso para vuestras almas»).

 

Acudir a Jesús, aprender de Él y seguirlo significa, ante todo, aprender el arte de la mansedumbre, que es el arte de vencer la violencia y la agresividad con la palabra dialogante. Podríamos decir que la bienaventuranza de los mansos es la bienaventuranza de quienes se someten al esfuerzo del diálogo.

 

El Nuevo Testamento propone la bienaventuranza de los mansos (Mt 5,5) sobre esta base: Jesús es el manso. Él dice: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29). La mansedumbre hecha persona: Jesús lo es en cuanto propuesta que no impone, sino que invita.

 

Acoger la revelación del Jesús manso es entrar en el diálogo que Dios ha preparado como camino hacia la relación auténtica. Auténtica, es decir, no violenta, no manipuladora, no impositiva, no engañosa.

 

El «yugo» de Jesús no designa, pues, dictados religiosos ni órdenes que cumplir, sino una relación, un vínculo, honrando así la etimología de la palabra que designa la acción de «reunir», «poner juntos». El yugo de Jesús, ligero y suave, está en continuidad con el mandamiento bíblico de amar y con la idea de que quien ama cumple con alegría la voluntad del amado.

 

Jesús promete descanso a quien asume su yugo: una vida de fe que, si está constantemente agobiada por los compromisos pastorales y se configura como una actividad frenética que no conoce tregua ni descanso, olvida esa entrega a Jesús que es fuente de descanso en el cansancio y de consuelo en las contradicciones. Y que moldea el rostro del creyente no a imagen y semejanza de directivos hiperactivos y siempre nerviosos, sino del Jesús manso y humilde, paciente y benévolo.

 

Al mismo tiempo, un yugo sigue siendo un yugo y nada elimina el esfuerzo que supone llevarlo. Amar es una labor exigente y el seguimiento de Jesús conlleva esfuerzo y fatiga. Ante la tentación generalizada de eliminar de la vida lo que es fatigoso y conlleva sufrimiento en nombre de la idolatría del «todo, ya y sin esfuerzo», hay que repetir que no hay grandes logros humanos y espirituales sin esfuerzo, dedicación y sacrificio. Tampoco podemos olvidar que el yugo de la obediencia que Jesús llevó durante toda su vida se convirtió, al final de su vida, en llevar la cruz.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

 

Vivir maravillado y alabando - San Mateo 11, 25-30 -.

Vivir maravillado y alabando - San Mateo 11, 25-30 -

No tengáis miedo.

 

Y aceptar el reto de Jesús, que dice ser más grande que la mayor alegría que jamás podamos experimentar. Exagerado.

 

Y aquí estamos nosotros, remando a contracorriente, entre precios al alza, guerra en las fronteras, la crisis de todos los tiempos.

 

Y miedo, miedo, miedo. Cada vez más, cada vez peor.

 

Con la tentación, constante, de tirar la toalla, de dejarnos llevar, de una vez por todas.

 

No es un buen momento.

 

El riesgo del desánimo se cierne sobre nosotros.

 

La tentación de caer en la habitual lamentación cósmica, también.

 

Pero…



Tampoco es un buen momento, para Jesús.

 

Juan el Bautista ha sido detenido, el apoyo popular se está desvaneciendo, y aquellos de quienes Jesús esperaba que acogieran con entusiasmo el mensaje se muestran, en cambio, hostiles y recelosos hacia Él.

 

Las cosas van decididamente mal, la misión está tomando un mal giro.

 

El fracaso se perfila en el horizonte.

 

Como les ocurre también a los discípulos, de vez en cuando.

 

Como le ocurre a nuestra Iglesia, agotada y vacilante, intimidada por los numerosos escándalos, o incluso ilusa de que todo va bien. Pero la realidad dice otra cosa: habla de un cristianismo que no crea discípulos, sino hábitos flojos.

 

Y entonces nos encerramos en nosotros mismos, nos polarizamos, nos quejamos, nos hundimos en el victimismo.

 

Jesús, a diferencia de nosotros, ante la más evidente de las realidades, no se queja.

 

Alaba.

Alaba al Padre porque el rechazo por parte de los devotos, de los teólogos, de los pretorianos de la fe, ha hecho que se acerquen los últimos, los sencillos, los que se han rendido a la vida.

 

Lo que Dios lleva a cabo es un giro radical de la lógica: su alianza, su amistad, su  disponibilidad se ofrecen a todos. Pero como pocos lo acogen, muchos plantean objeciones, se complacen en complicar las cosas, son los inesperados los que se acercan.

 

Los últimos, los excluidos, los perdedores.

 

Y Jesús se alegra y aplaude. Se maravilla ante Dios.

 

¡Cómo me gustaría aprender de mi Señor la capacidad de ver en la derrota una oportunidad!

 

Y creer, creer, creer, como solo Él sabe hacerlo, que Dios, a través de nuestras vicisitudes enrevesadas y contradictorias, siempre logra trazar caminos de salvación.

 

No por mérito, no por conquista, sino por la libre, asombrosa e inesperada elección de Dios.

 

Dios ama, y ama de verdad.

 

Ama a todos, llama a todos. Nosotros, en nuestra libertad, podemos elegir complicarnos la vida, enredarnos en razonamientos retorcidos que se nutren de prejuicios y desconfianza. O rendirnos ante la evidencia.

 

Porque Dios es así: nos sorprende.

 

Nunca es como lo esperamos.

 

Nos ama sin condiciones, tal y como somos, con nuestras limitaciones, nuestros miedos, nuestras incoherencias.

 

Nos ama sin condiciones, por eso podemos cambiar.

 

Por eso también nosotros alabamos al Padre. Por su imaginación, por su iniciativa, por su benevolencia. También y sobre todo cuando el mar está agitado.

 

Vemos caminos en medio del mar.



Jesús insiste: vayamos a Él, reunámonos a su alrededor, aprendamos de Él.

 

Aprendamos a confiar en el Padre, a creer, a leer la historia y la vida, nuestra historia y nuestra vida, con una mirada elevada y diferente. La mirada de Dios.

 

Acudamos a Él si estamos cansados y oprimidos, si estamos insatisfechos y decepcionados.

 

No para crear una pandilla de perdedores, no para consolarnos, incapaces de afrontar el mundo, no para confirmar el prejuicio de quienes imaginan a la Iglesia como una reunión de fracasados.

 

Vayamos a Él porque el cansancio interior y la ansiedad nos alejan de lo esencial.

 

Tomémonos en serio a este Jesús. Aprendamos de Él su lógica, sus actitudes, su mentalidad.

 

Aprendamos a amar. A amarnos a nosotros mismos, a amarlo a Él, a dejarnos amar.

 

No dejemos que prevalezca la lógica de la carne, como escribe San Pablo, es decir, la lógica mundana, hedonista, narcisista y cínica que está llevando al suicidio a nuestro mundo occidental.

 

Demos espacio al Espíritu, a lo espiritual, al alma, al interior.

 

A la oración, a la meditación, al silencio.

 

Y el verano, tanto para quienes tienen la suerte de desconectar e irse de vacaciones, como para quienes se ven obligados a quedarse encerrados en casa —pienso en las personas mayores o en los enfermos—, es la ocasión para estar con el Señor.

 

Para reservarnos ese cuarto de hora de oración diaria que nos cuesta tanto encontrar durante la jornada laboral.

 

La Iglesia de la que formaremos parte a partir de aquí, desde lo esencial, desde redescubrirnos como discípulos, desde vivir como bautizados, hijos del gran rey, desde tomarnos en serio la invitación que nos hace el Maestro a dar testimonio de Él.



Dios llega con ropas humildes.

 

Dios parte de los últimos. Y no colma el corazón en proporción a los méritos, sino en proporción a las necesidades.

 

Como dice la Biblia con fuerza, los pobres y los desheredados son bienaventurados no por su condición, sino porque Dios parte de ellos para encontrarse con la humanidad.

 

Así comienza nuestro verano, en compañía de Dios, que se encuentra con los pobres y los derrotados, y que ignora a los sabelotodos y a los arrogantes.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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