lunes, 25 de mayo de 2026

Magnifica Humanitas: las “res novae” de nuestro tiempo.

Magnifica Humanitas: las “res novae” de nuestro tiempo

El Papa León XIV ha firmado su encíclica sobre la Inteligencia Artificial. «Magnifica Humanitas», ese es el título. Un documento centrado en el ser humano que debe ocupar el centro de la revolución tecnológica.

 

En concreto, el Papa pretende subrayar la importancia de proteger las condiciones humanas del desarrollo de la Inteligencia Artificial para que, de hecho, sea una herramienta para la protección del ser humano, que no debe ser sacrificado en nombre del progreso. Porque el riego de un proceso de automatización de la tecnología es una cuestión humana y, por lo tanto, también política.

 

Tal vez sea esta encíclica un hito en la historia del catolicismo. Las encíclicas sirven para dictar las prioridades de la Iglesia católica e indican la forma en que deben abordarse. Son temas de gran actualidad, muy a menudo asociados a las crisis de nuestro tiempo. Igualmente significativa fue, por ejemplo, la encíclica promulgada por el Papa Francisco sobre el medio ambiente. En realidad las encíclicas también son documentos que indican caminos a seguir y horizontes hacia los que continuar caminando para los católicos de todo el mundo.

 

Y yo creo que es un paso enorme. La Iglesia católica no quiere quedarse mirando cómo cambia el mundo: pretende ser parte activa de esta transformación, ofrecer criterios y perspectivas a través de los medios que posee.

 

También creo que la revolución tecnológica se presenta al mismo nivel que la revolución industrial. Quizá sea por eso que el nombre de esta encíclica - «Magnifica Humanitas» -  hace referencia precisamente a un momento de revolución en la historia de la humanidad de la mano de la Inteligencia Artificial.

 

El último Papa León fue elegido el 20 de febrero de 878: se trataba del Papa León XIII. En su encíclica “Rerum Novarum” del 15 de mayo de 1891 (este año se cumple su 135º aniversario), ponía de relieve cómo «un pequeño número de hombres muy ricos» imponía «a las masas de trabajadores pobres un juego poco mejor que el de la propia esclavitud». De esta manera se subrayaba el hecho de una diferencia: «el abismo entre la inmensa riqueza y la más absoluta pobreza». Exactamente lo que sigue ocurriendo en nuestros días.

 

Y el Papa León XIV ha querido dar una señal de continuidad, grabando su nombre en la época histórica en la que vive.

 

Recientemente la Iglesia ha establecido varias colaboraciones en materia de ciberseguridad. Por ejemplo, en junio de 2025 la Santa Sede confió en Cyber Eagle, una empresa de última generación que proporciona herramientas de defensa, tanto para protegerse de las amenazas que llegan del exterior como para dar testimonio del uso responsable, es decir, también ético de la Inteligencia Artificial.

 

Y el Papa León XIV ha aprobado recientemente la creación de la Comisión Interdicasterial sobre la Inteligencia Artificial: un organismo encargado de coordinar las reflexiones, los proyectos y las políticas internas de la Santa Sede sobre un tema cada vez más fundamental para el futuro global (cf. https://press.vatican.va/content/salastampa/es/bollettino/pubblico/2026/05/16/160526e.html).

 

En la base de esta decisión se encontraba una evaluación en profundidad de la evolución tecnológica en curso. De hecho se hace referencia explícita al «desarrollo en las últimas décadas del fenómeno de la inteligencia artificial y a las aceleraciones más recientes en su uso generalizado», junto con los «efectos potenciales sobre el ser humano y la humanidad en su conjunto». Una reflexión que va de la mano de la preocupación de la Iglesia por «la dignidad de todo ser humano, sobre todo en relación con su desarrollo integral», confirmando el enfoque antropocéntrico que caracteriza la reflexión de la Iglesia sobre las nuevas tecnologías tratando de conjugar la innovación y la protección de la persona, la ética y la capacidad de orientación.


«Magnifica Humanitas» se presenta  como una encíclica «sobre la protección de la persona humana en la era de la Inteligencia Artificial».

 

Y haciendo memoria, Inteligencia Artificial fue un tema que ya había interesado al G7 celebrado en Italia en junio de 2024 y que contó con la participación extraordinaria del entonces Papa Francisco (cf. https://www.vatican.va/content/francesco/es/speeches/2024/june/documents/20240614-g7-intelligenza-artificiale.html).

 

«Me dirijo hoy a ustedes, líderes del Foro Intergubernamental del G7, con una reflexión sobre los efectos de la inteligencia artificial en el futuro de la humanidad», había iniciado su intervención el Papa Francisco. La Inteligencia Artificial, continuaba, «es una herramienta extremadamente poderosa, empleada en muchísimas áreas de la actividad humana: desde la medicina hasta el mundo laboral, desde la cultura hasta el ámbito de la comunicación, desde la educación hasta la política. Y ahora es lícito suponer que su uso influirá cada vez más en nuestra forma de vida, en nuestras relaciones sociales y, en el futuro, incluso en la manera en que concebimos nuestra identidad como seres humanos».

 

Pero la Inteligencia Artificial, añadía el Papa Francisco, «se percibe, sin embargo, a menudo como ambivalente: por un lado, entusiasma por las posibilidades que ofrece; por otro, genera temor por las consecuencias que hace presagiar». El Papa reconocía el alcance trascendental de la llegada de la Inteligencia Artificial, definida como «una auténtica revolución cognitivo-industrial, que contribuirá a la creación de un nuevo sistema social caracterizado por complejas transformaciones trascendentales».

 

La Inteligencia Artificial ofrece grandes oportunidades, explicaba el Papa, como un acceso más amplio al conocimiento, el progreso científico y la reducción de los trabajos más pesados, pero también corre el riesgo de aumentar las desigualdades sociales y entre países, favoreciendo la exclusión y las divisiones en lugar de la colaboración y la inclusión. Y, como ocurre con cualquier «herramienta» construida por el hombre, lo que marcará la diferencia será su «uso».

 

La Inteligencia Artificial es, ante todo, «una herramienta diseñada para la resolución de un problema», basada en algoritmos y datos que permiten a las máquinas aprender y mejorar sus respuestas. Sin embargo, añadía, hay que estar en guardia ante la tentación de atribuir a estos sistemas una autoridad absoluta o una capacidad de juicio propiamente humana.

 

Y recordaba que «no debemos olvidar que ninguna innovación es neutra. La tecnología nace con un propósito y, en su impacto con la sociedad humana, representa siempre una forma de orden en las relaciones sociales y una disposición de poder, que habilita a algunos para realizar acciones e impide a otros realizar otras. Esta dimensión constitutiva de poder de la tecnología incluye siempre, de manera más o menos explícita, la visión del mundo de quien la ha creado y desarrollado».

 

En esta estela nos ha llegado hoy la encíclica «Magnifica Humanitas» del Papa León XIV firmada precisamente el 15 de mayo de este año - justamente en el 135º aniversario de aquella «Rerum Novarum» del Papa León XIII -.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 24 de mayo de 2026

¿Y si lo ponemos todo patas arriba?

¿Y si lo ponemos todo patas arriba?

Hay puertas cerradas para mantener todo a raya tanto en el texto evangélico de San Juan 20, 19-23 como en el pasaje de los Hechos de los Apóstoles que nos muestra el cambio profundo de una comunidad que de repente deja de estar asustada y encerrada en sí misma y se encuentra proyectada hacia el otro y en diálogo con el mundo (Hch 2,1-11).

 

A puerta cerrada —dentro de casa— se descubre una relación: «La paz esté con vosotros», dice el Resucitado. El viento llena toda la casa y el fuego se posa sobre cada uno de ellos. Resuena de diferentes maneras el mismo mensaje: «Soy yo, estoy aquí».

 

El miedo a la soledad, a sentirse diferente y a poder fracasar acompaña el curso de la historia de los hombres. La Iglesia no está exenta de la tentación de cerrar las puertas, atrincherarse, esconderse, levantar barricadas como reacción a la violencia que se extiende por el mundo o complacer el sentimiento de inseguridad de quienes habitan esta historia, tal vez poniéndose una máscara para parecer irreprochables.

 

Cerrar las puertas es un acto que a algunos puede parecerles incluso noble porque preserva la pureza de los ideales y la integridad de los pensamientos. Pero para Dios —el Viviente— las puertas cerradas son siempre un engaño y un falso refugio. La suya es una vida que entra y conmueve.

 

El Resucitado se hace presente y convierte una casa habitada en una prisión gris donde las relaciones son imposibles. Entre esa gente víctima de su propio aislamiento, lleva armonía, confianza, deseo, alegría.


 

«La paz sea con vosotros» no es una formalidad. Tampoco es el saludo solemne de Pascua que hay que pronunciar con tono sacro. Es la esencia de la Pascua y da sentido a una experiencia: la comunidad de los discípulos comienza a existir cuando la presencia del otro —y de los demás— se hace real, cuando el miedo es sustituido por la paz.

 

Hay tormentas, sin embargo, que no, no se puede hacer nada para evitarlas. Y entonces, fuerza, ánimo y adelante. Busquemos la manera de atravesarlas. O también se podría decir así: «Ven, Espíritu Santo, envíanos desde el cielo un rayo de tu luz».

 

Todo el relato del Evangelio es una partida. Jesús permanece en algunos lugares, pero siempre vuelve a partir. Se mueve sin descanso: no es un turista distraído ni tampoco un vagabundo.

 

Se sienta a la mesa y encuentra amigos de verdad, frecuenta lugares sagrados y deja una huella indeleble con su presencia, reúne a las multitudes y les entrega palabras decisivas.

 

La suya no es una presencia inconsistente, sino que siempre se pone en marcha de nuevo. Más que hacia un otro lugar, tiende hacia un más allá. Y tras haber traspasado la barrera insuperable de la muerte, no puede sino enviar a los suyos con el mismo paso que fue el suyo. El horizonte de Jesús atrae a su comunidad: «Yo os envío».


El envío misionero no tiene un punto de llegada físico localizable en un mapa geográfico, sino un horizonte: el mundo debe ser liberado del mal, el pecado debe ser perdonado.

 

El Pentecostés que se celebra cada año escandaliza a la Iglesia de la doctrina y de la moral porque anula la posibilidad del juicio. Jesús sopla y envía el Espíritu entregado a los discípulos para llevar salvación y ponerla a disposición del mundo y de la historia.

 

El viento del Espíritu sirve para volver a poner en movimiento las vidas, devolverles la posibilidad de navegar hacia un horizonte de bien, impedir que vuelva el tiempo de las puertas cerradas.

 

La Pascua encuentra su plenitud en abandonar el puerto y en hacer que se abandonen los puertos, finalmente impulsados por un auténtico deseo de vida plena para uno mismo y para todos.

 

Siempre se puede al Espíritu con el saludo de los marineros: «¡Buen viento a quien hoy parta…!».

 

Los puritanos y santones, cómodos y timoratos,..., fruncirán el ceño. Pero ellos también deberían saber que lo irreverente y atrevido es el propio Evangelio. Y el don del Espíritu se describe siempre como una alteración de los equilibrios, una perturbación de las posiciones adquiridas, un desbordamiento de los caminos lineales, un volteo de las reglas.

 

Porque tantas veces hacemos sueños grandes como barcos… pero luego se oxidan porque se quedan quietos en el puerto.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Sin rastro de humanidad.

Sin rastro de humanidad

El gesto de acurrucarse en el suelo, apoyándose en las rodillas y cubriéndose al mismo tiempo la cabeza, es sin duda un acto de protección.

 

También puede adquirir el significado de un acto de oración: uno se arrodilla ante la divinidad y toca repetidamente la tierra con la cabeza, apoyando la frente en ella en señal de reverencia.

 

En las fotografías difundidas por el ejército israelí en la web tras el asalto a los barcos de la misión humanitaria «Flotilla» y el traslado de los detenidos a buques o a tierra firme, se ve a las personas dispuestas en esta posición con un significado totalmente distinto y con las manos atadas a la espalda: se les obliga a permanecer en una postura no solo evidentemente incómoda, sino decididamente humillante. No se ve ningún rostro, ni masculino ni femenino, solo espaldas.

 

¿Es una forma de impedir que los soldados israelíes miren a los ojos a estos hombres y mujeres, es decir, de establecer con ellos siquiera un simple contacto visual?

No se trata solo de un castigo que tiene algo de brutal, sino también de la negación de esa relación que se crea naturalmente en el simple contacto visual entre seres humanos. Es precisamente eso lo que se quiere ignorar mediante esta imposición forzosa.

 

Además, los detenidos, sus cuerpos, se transforman de esta manera en enemigos a los que castigar —y no lo son—, peor aún, en cosas: sacos sin identidad ni valor alguno.

 

¿Qué guerra es esa que libran las embarcaciones de la Flotilla?

 

Ninguna guerra, ninguna agresión; de hecho, no hubo resistencia alguna en el momento del abordaje de las embarcaciones: agredidos, arrastrados, atados y tirados al suelo, imponiéndoles ese acto de humillación.

 

Resulta extraño ver esta escena sacada precisamente por quienes son los descendientes, o los herederos, de los judíos exterminados en los campos nazis durante la Segunda Guerra Mundial.

 

Son ellos quienes han asumido la crueldad del poder absoluto y de la fuerza bruta para degradar a un grupo de 400 personas que, con sus embarcaciones desarmadas, se dirigían hacia Gaza.

 

Hombres y mujeres indefensos, como aquellos judíos que el ejército alemán expulsaba de sus hogares en los guetos europeos. Una vez más las víctimas pueden transformarse en verdugos, los humillados en perseguidores y en torturadores.

 

Nadie está a salvo de este peligro.

 

La actual multiplicación de imágenes acaba borrando todo, superponiendo una imagen sobre otra, de modo que se anula incluso lo que parece inhumano y perturbador.

 

En esta imagen hay una voluntad deliberada de documentar un acto de opresión, unida en este caso a una advertencia provocadora para quien la mira, algo que quedó claro con vehemencia y arrogancia en las palabras del ministro israelí que acudió al lugar.

 

Pase lo que pase hay en esta imagen digital una premonición que hipoteca nuestro futuro, y ante la cual no podemos permanecer indiferentes. Estamos advertidos: la barbarie más inhumana ha sucedido y puede volver a suceder.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 23 de mayo de 2026

Un lenguaje para cada vida: la profecía de Pentecostés.

Un lenguaje para cada vida: la profecía de Pentecostés

En la hermosa imagen que nos transmiten los Hechos de los Apóstoles, con esas llamas que iluminan a todos los presentes —los Apóstoles, María y las demás mujeres (Hch 1,14)—, —, mientras «estaban todos juntos», es hermoso ver cómo se manifiesta la consecuencia de ese don del Espíritu: la capacidad de «hablar en otras lenguas», según la capacidad que el mismo Espíritu concedía.

 

Y es en ese hablar en lenguas donde «partos, medos, elamitas» y otros entienden y comprenden, sintiendo que hay una palabra para ellos, que una voz les concierne. Cada uno, en la diversidad de procedencias, culturas y orígenes, se siente de alguna manera reconocido, se percibe como destinatario de un mensaje.

 

Mientras que en Babel la multiplicidad de lenguas había generado confusión y falta de comprensión, aquí hay, en cambio, un inicio de unidad, sin uniformidad: cada rostro tiene una historia, y la palabra pronunciada se refiere a esa historia, una historia que, nos recuerda San Pablo, se sacia en el mismo Espíritu, aun en la riqueza cambiante de las existencias.

 

Y aun en la diversidad de relatos de Pentecostés —el Evangelio de san Juan o el relato de san Lucas— es hermoso notar cómo el Espíritu llega como un don allí donde las puertas estaban cerradas; miedos, temores, desorientaciones, incertidumbres, decepciones son esos cerrojos que cierran las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos. Pero el Espíritu llega, el Espíritu no se detiene, el Espíritu regenera.


¿Creemos en esta Palabra? ¿Acaso debemos preguntarnos por qué hoy nos cuesta tanto hablar las lenguas de los hombres, por qué nuestro esfuerzo no logra sintonizarnos con los «partos, medos y elamitas» que habitan nuestro tiempo; por qué nuestro decir parece a menudo infructuoso?

 

Quizá tengamos miedos y temores, incertidumbres y decepciones; pero el Espíritu llega, reconforta, consuela, abre, fecunda.

 

Y a partir de ahí, si realmente nos volviéramos más dóciles, si confiáramos menos en nosotros mismos y más en el Espíritu de vida, quizá a partir de ahí podríamos volver a intentar caminos de reconocimiento de los demás, podríamos intentar formular palabras que nuestros contemporáneos puedan entender.

 

¿Pero somos al menos conscientes de que nuestra lengua es poco entendida, poco comprendida?

 

¿Somos conscientes de que en nuestro tiempo, tiempo de conflictos y de lenguas utilizadas como medio de violencia, nos haría falta una lengua que una, una lengua de humanidad, sin dejar de custodiar las diferencias?

 

De alguna manera, la Iglesia, incluso en su dimensión más cotidiana, si se convirtiera en una comunidad que una sin querer uniformar, que valore la pluralidad de carismas sin extender un velo de conformismo,…, podría ser un lugar de profecía para el hoy… si realmente, más allá de la retórica, fuera capaz de hablar un lenguaje para cada uno, un lenguaje para cada vida.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Vivir de Dios - San Juan 6, 51-58 -.

Vivir de Dios - San Juan 6, 51-58 -

El núcleo esencial del Evangelio se resume en solo dos palabras: pan y vida, comer y vivir.

 

Vivir, canto supremo del ser, grito final de cada salmo; vivir para siempre, vértigo de la esperanza.

 

Pero el Evangelio plantea una pregunta: ¿qué es lo que te hace vivir?

 

Yo vivo de las personas. Vivo de proyectos y de llamamientos, de pasiones y de talentos. Yo vivo de la tierra que nos sustenta y gobierna. Pero yo vivo sobre todo de mis manantiales, como ocurre con todo río, como con todo árbol arraigado a sus raíces.

 

El hombre no vive solo de pan. Es más, solo de pan el hombre muere. Pero vive de lo que sale de la boca de Dios. ¡Yo vivo de Otro! De la boca de Dios salen palabras que crean luz, agua, tierra, viento.

 

De ahí viene el cosmos, viene el aliento de vida que convierte un puñado de polvo en una persona viva. De la boca de Dios vienen mis hermanos, que son palabra de Dios, aliento de Dios; viene el beso de amor con el que comienza y termina la vida. Esta es mi fuente. ¿Qué haré?

 

En algún momento la Biblia recoge estas palabras: “acuérdate de todo el camino que el Señor te ha hecho recorrer” (Deuteronomio 8, 2). Acuérdate, porque el olvido es la raíz de todos los males. Acuérdate del camino, es decir, de las fuentes y luego del ascenso, del florecer, del crecer. Acuérdate del viento de las pistas, de lo hermoso que era tener el alma cansada por la llamada de cosas lejanas. Acuérdate de que ser hombre-con-Dios es lo contrario de perderse entre las dunas. Y de todo el maná que cayó de repente cuando ya no lo esperabas.

 

Todos podríamos contar nuestro viaje por la vida, no solo de los escorpiones o las serpientes, sino del agua que brotó un día de improviso cuando, desesperados, creíamos que no lo lograríamos y del cielo llegó algo, una fuerza, un amor, un amigo, un canto.

 

De repente se abren rendijas para recordarnos que no vivimos solos, encerrados en el círculo trágico de nuestros problemas, sino que hay un amor que asedia los confines de la historia.

 

Si he sobrevivido, si no me he convertido yo mismo en un desierto, en tierra apagada e inhóspita, se lo debo a Otro. Vivo de Dios.

 

Recordar es dialogar con mi historia, permanecer junto a mi manantial. Entonces, en cada eucaristía, con ese pequeño pan en la mano, con un episodio santo en el corazón, dialogar sin fin, como Israel ante el maná:

 

¿Qué es? Es Dios en busca del hambre y la sed del hombre.

 

¿Qué es? Es Jesucristo, hambre de algo más para quien está saciado solo de pan.

 

¿Qué es? Es Él quien vive dándose, a mí que vivo de pan y de milagro.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Yo doy la vida - San Juan 6, 51-58 -.

Yo doy la vida - San Juan 6, 51-58 -

Hay una palabra que recorre todas las palabras de Jesús, como una corriente subterránea, una veta que atraviesa las páginas: «vida».

 

¿Qué tienes que ver con nosotros, oh carne y sangre de Cristo? La respuesta es una pretensión incluso excesiva, incluso desconcertante: ¡yo doy vida! Una certeza apremiante por parte de Jesús de poseer algo que invierte el curso de la vida, orientándola ya no hacia la muerte, sino hacia la eternidad.

 

La sorpresa es que Jesús no dice: «Tomad de mí mi sabiduría». No dice: «Bebed mi inocencia, comed la santidad, la divinidad, lo sublime que hay en mí, la justicia absoluta, el poder ilimitado».

 

Jesús dice, en cambio: «Tomad la fragilidad, la debilidad, la precariedad, el dolor, la intensidad de esta vida mía».

 

Nuestro Dios es así, conoce los sentimientos, sabe lo que es el miedo y el deseo, ha llorado, ha gritado sus «porqués» al cielo, ha sido rechazado por la tierra. Por esta fragilidad suya es el Dios para el hombre; con su dolor es el Dios para mi vida hecha de brotes amargos.

 

Casi un Dios menor, pero solo así se convierte en «mi/nuestro» Dios. No se puede llegar a la divinidad de Jesús si no es pasando por su humanidad, carne y sangre, cuerpo en el que se habla del corazón, manos que amasan polvo y saliva sobre los ojos del ciego, lágrimas por el amigo, pasiones y abrazos, los pies untados de nardo, la casa que se llena de perfume y de amistad, y la cruz de sangre.

 

Los verbos repetidos casi con una monotonía —comer, beber— son ante todo el lenguaje de la liturgia de la vida, de una Eucaristía existencial, de la comunión total con Jesús.

 

«En la comunión el corazón absorbe al Señor y el Señor absorbe al corazón, así los dos se convierten en una sola cosa» (San Juan Crisóstomo).

 

Y tú te conviertes en Evangelio. Y si te conviertes en Evangelio, sientes la certeza de que el amor es más verdadero que el egoísmo, la piedad más humana que el poder, el don más divino que la acumulación.

 

Nosotros comemos y bebemos a nuestro Señor cuando asimilamos el núcleo vivo y apasionado de la existencia de Jesús y nos insertamos en su tronco, que es su modo de vivir.

 

Quien hace suyo el secreto de Jesús, este encuentra el secreto de la vida. A esto nos conduce la Eucaristía dominical, donde lo sublime linda con lo cotidiano, lo infinito con el frágil perímetro del pan y del vino; allí Dios está cerca de nosotros, que tememos la soledad y el dolor. Si tan solo lo acogemos, encontraremos el secreto de la vida.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Yo en ti, tú en mí - San Juan 6, 51-58 -.

Yo en ti, tú en mí - San Juan 6, 51-58 -

Yo soy el pan vivo: Jesús tuvo una idea genial al elegir el símbolo del pan. El pan es una realidad santa porque da vida, y que el hombre viva es la primera ley de Dios y la nuestra.

 

El pan muestra cómo la vida del hombre está indisolublemente ligada a un poco de materia, depende siempre de un poco de pan, de agua, de aire, cosas sencillas que rozan el misterio y lo sublime.

 

Las cosas sencillas son las más divinas: ahí reside precisamente la genialidad del cristianismo. En él, Dios y el hombre ya no se oponen, la materia y el espíritu se abrazan y se funden el uno en el otro. Es como si el movimiento de la encarnación continuara cada día. No debemos despreciar nunca la tierra, la materialidad, porque en ella desciende una vocación divina: asegurar la vida, el don más precioso de Dios.

 

Si alguien come de este pan, vivirá para siempre. Una palabra subyace a todas las palabras de Jesús en el Evangelio, y constituye la columna vertebral de su discurso: la palabra «vida».

 

¿Qué tienes que ver conmigo, oh Pan de Cristo? La respuesta es una pretensión incluso excesiva, incluso desconcertante, y tan simple: «yo te haré vivir».

 

Jesús es en la vida dadora de vida, como lo es el pan. La convicción absoluta de Jesús es la de poder ofrecer algo que antes no teníamos: un incremento, un crecimiento, una intensificación de la vida para todos aquellos que hacen de Él su pan de cada día.

 

Jesús se convierte en mi pan cuando tomo su vida buena, bella y bienaventurada, como medida, energía, semilla, levadura de mi humanidad.

 

Comer y beber la vida de Jesús es un acontecimiento que no se limita a las celebraciones litúrgicas, sino que se multiplica en la vida cotidiana, se extiende sobre el gran altar del planeta, en la «misa sobre el mundo» (Teilhard de Chardin).

 

Yo como y bebo la vida de Jesús cuando trato de asimilar el núcleo vivo y apasionado de su existencia, cuando cuido con ternura de mí mismo, de los demás y de la creación. Cuando trato de hacer mío el secreto de Jesús, entonces encuentro el secreto de la vida.

 

Quien come mi carne y beba mi sangre permanece en mí y yo en él. La palabra determinante: yo en él, él en mí. Esta es toda la riqueza del misterio: ¡Cristo en vosotros! (Col 1,27).

 

La riqueza del misterio de la fe es de una sencillez deslumbrante: Cristo que vive en mí, yo que vivo en Él. Evento de la Encarnación que continúa: el Verbo de Dios que se hizo carne en el seno de María, sigue obstinado e incansable encarnándose en nosotros, nos hace a todos gestantes del Evangelio, preñados de luz.

 

Dios en mí: mi corazón lo absorbe, Él absorbe mi corazón, y nos convertimos en una sola cosa, en una única vocación: llegar a ser, en la vida, un trozo de pan bueno para las personas que amo.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El secreto de la vida: pan y vino entregados - San Juan 6, 51-58 -.

El secreto de la vida: pan y vino entregados - San Juan 6, 51-58 -

Yo soy el pan vivo: Jesús tuvo una idea genial al elegir el pan. El pan es una realidad santa, simboliza todo lo que da vida, y que el hombre viva es la primera ley de Dios.

 

¿Qué hacemos el Domingo en nuestras celebraciones? ¿Adorar el Cuerpo y la Sangre del Señor? No. No es la fiesta de los tabernáculos abiertos ni de las copas doradas y de lo que contienen.

 

¿Celebramos a Cristo que se entrega, cuerpo partido y sangre derramada? No es exacto.

 

La Eucaristía va un paso más allá. De hecho, ¿qué regalo es aquel que nadie acoge? ¿Qué regalo es si te ofrezco algo y a ti no te gusta y lo abandonas en un rincón?

 

Es la memoria del «tomad y comed», «tomad y bebed», el regalo recibido, el pan comido. Como indica el Evangelio, que se estructura íntegramente en torno a un verbo sencillo y concreto, «comer», repetido siete veces y reiterado otras tres junto con «beber».

 

Jesús no está hablando del sacramento de la Eucaristía, sino del sacramento de su existencia, que se convierte en mi pan vivo cuando lo tomo como medida, energía, semilla, levadura de mi humanidad.

 

Jesús quiere que por nuestras venas corra el flujo cálido de su vida, que en el corazón eche raíces su valor, para que nos pongamos en camino a vivir la existencia humana tal y como él la vivió.

 

Comer y beber la vida de Cristo no se limita a las celebraciones litúrgicas, sino que se extiende sobre el gran altar del planeta, en la «misa sobre el mundo» (Teilhard de Chardin).

 

Yo como y bebo la vida de Cristo cuando intento asimilar el núcleo vivo y apasionado de su existencia, cuando cuido con ternura combativa de los demás, de la creación y también de mí mismo. Hago mío el secreto de Cristo y entonces encuentro el secreto de la vida.

 

Quien come mi carne y beba mi sangre permanece en mí y yo en él. Es determinante la pequeña preposición: «en». Que crea vínculo, intimidad, unión, injerto, contiene «toda la riqueza del misterio: Cristo en vosotros» (Col 1,27).

 

La riqueza de la fe es de una sencillez deslumbrante: Cristo que vive en mí, yo que vivo en Él. El Verbo que se hizo carne en el seno de María sigue, obstinado, encarnándose en nosotros, nos hace a todos gestantes del Evangelio, embarazados de luz.

 

¡Tomad, comed! Palabras que me sorprenden cada vez, como una declaración de amor: «Quiero estar en tus manos como un don, en tu boca como pan, en tu íntimo como sangre, convertirme en célula, aliento, pensamiento de ti. Tu vida».

 

Aquí está el milagro, el latido del corazón, el asombro: Dios en mí, mi corazón lo absorbe, Él absorbe mi corazón, y nos convertimos en una sola cosa, con la misma vocación: no irnos de este mundo sin habernos convertido en un trozo de pan bueno para alguien.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La liturgia de la vida - San Juan 6, 51-58 -.

La liturgia de la vida - San Juan 6, 51-58 -

En la sinagoga de Cafarnaúm, el discurso más impactante de Jesús: «Comed mi carne y bebed mi sangre».

 

Una invitación que desconcierta tanto a amigos como a adversarios, que Jesús reitera obstinadamente ocho veces, dejando cada vez más clara su razón: para vivir, simplemente vivir, para vivir de verdad. Es la convicción inquebrantable de Jesús de poseer algo que cambia el rumbo de la vida.

 

Mientras que nuestra experiencia atestigua que la vida se desliza inexorablemente hacia la muerte, Jesús da la vuelta a este plano inclinado mostrando que nuestra vida se desliza hacia Dios. Es más, que es la vida de Dios la que fluye, la que entra, la que se pierde dentro de la nuestra.

 

Aquí reside la genialidad del cristianismo: Dios entra en sus criaturas, como la levadura en el pan, como el pan en el cuerpo, como el cuerpo en el abrazo. Dentro del amor. Nuestro pensamiento se dirige a la Eucaristía. ¿Está ahí la respuesta?

 

Pero en Cafarnaúm Jesús no está señalando un rito litúrgico; Él no vino al mundo para inventar liturgias, sino hermanos libres y amantes. Jesús está hablando de la gran liturgia de la existencia, de la persona, la realidad y la historia.

 

Las palabras «carne», «sangre», «pan del cielo» indican toda su existencia, su historia humana y divina, sus manos de carpintero con el aroma de la madera, sus lágrimas, sus pasiones, el polvo de los caminos, los pies impregnados de aquel perfume de nardo, y la casa que se llena de aroma y de amistad. Y Dios en cada fibra. Y luego, cómo acogía, cómo liberaba, cómo lloraba, cómo abrazaba. Libre como nadie jamás, capaz de amar como nadie antes.

 

Entonces, su insistente invitación significa: come y bebe cada gota y cada fibra de mí. Toma mi vida como medida elevada del vivir, como levadura de tu pan, semilla de tu espiga, sangre de tus venas; entonces sabrás lo que es vivir de verdad.

 

Jesús quiere que por nuestras venas corra el flujo cálido de su vida, que en el corazón eche raíces su valor, para que nos pongamos en camino a vivir la existencia tal y como Él la vivió.

 

Dios se hizo hombre para que cada hombre se haga como Dios. Y entonces vives dos vidas, la tuya y la de Jesús; es Él quien te hace capaz de cosas que no pensabas, cosas que merecen no morir, gestos capaces de atravesar el tiempo, la muerte y la eternidad: una vida que nunca se pierde y que nunca termina.

 

¡Comed de mí! Palabras que me sorprenden cada vez, como una declaración de amor.

 

«Quiero estar en tus manos como un don, en tu boca como pan, en tu íntimo como sangre; convertirme en célula, aliento, pensamiento de ti. Tu vida». Aquí está el milagro, el latido del corazón, el asombro: Dios en mí, mi corazón lo absorbe, Él absorbe mi corazón, y nos convertimos en una sola cosa.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Si quieres, puedes vivir de mí - San Juan 6, 51-58 -.

Si quieres, puedes vivir de mí - San Juan 6, 51-58 -

«Acuérdate del camino» (Deuteronomio 8, 2). ¡Acuérdate! Porque el olvido es la raíz de todos los males.

 

Acuérdate del desierto y de la montaña, del viento de las pistas, de la belleza del alma cansada por el llamado de cosas lejanas. Y luego del maná que cayó de repente, cuando ya no lo esperabas. Acuérdate de tu desierto entre escorpiones y serpientes, pero sobre todo del agua que llegó en forma de respuesta, de un amor hermoso, de un amigo, de una música. De repente se abrieron rendijas para decirte que no estás solo, que no estás perdido entre las dunas del desierto.

 

Acuérdate que Dios es agua y pan que se dirigen hacia tu hambre. Mi fuerza es saberme buscado, con mi vida distraída y las respuestas que no doy; saberme deseado es toda mi paz.  Yo vivo de Dios. Recuerda el camino: dialoga con la historia de tu vida, permanece en tu manantial límpido.

 

El Evangelio tiene solo ocho versículos, y Jesús repite ocho veces: «Quien coma mi carne vivirá para siempre». Casi un ritmo monótono, una monotonía divina, al estilo de San Juan, que avanza por círculos concéntricos y ascendentes, como una espiral; como una piedra que lanzas al agua y ves los círculos de las ondas que se amplían cada vez más.

 

Es el discurso más disruptivo de Jesús: comed mi carne y bebed mi sangre. Una invitación que desconcierta a amigos y adversarios, y Él, que obstinadamente reitera, ocho veces, como en ocho círculos, la motivación, cada vez más clara y directa: para vivir, simplemente vivir, para vivir de verdad.

 

Una cosa es vivir, otra es dejarse vivir. Es la convicción apremiante de Jesús de poseer algo que cambia la dirección y la calidad de la vida. Es el don de Dios. El don de Dios es Dios que se entrega: se entrega y se pierde dentro de sus criaturas como la levadura dentro del pan, como el pan dentro del cuerpo.

 

«Carne, sangre, pan del cielo» indican la totalidad de su historia humana y divina, sus manos de carpintero con el aroma de la madera, sus lágrimas, sus pasiones, el polvo de los caminos, la casa que se llena de aroma, la piedra que rueda. Y Dios en cada fibra. Un pedazo de Dios en mí para que yo salve un pedacito de Dios en el mundo.

 

Su invitación apremiante significa: come y bebe cada gota y cada fibra de mí. Vive de mí. Toma mi vida como medida elevada del vivir, como levadura de tu pan, semilla de tu campo, sangre de tus venas, entonces sabrás lo que es vivir de verdad.

 

Comer y beber a Cristo significa más que «hacer la comunión» eucarística, es «hacerme comunión con Él». El Verbo se hizo carne para que la carne se hiciera Espíritu. El Eterno busca nuestra migaja de cielo tantas veces golpeada; para luego devolvérnosla, luminosa y serena.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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