martes, 12 de mayo de 2026

Un orar enamorado.

Un orar enamorado

«Enséñanos a contar nuestros días y ganaremos un corazón sabio», dice el Salmo 90 (v.12). En el texto hebreo original sería literalmente: «y llegaremos al corazón de la sabiduría». 

La oración es una ventana que se abre al sol desde las habitaciones íntimas y nunca podría atraparlo dentro de sus paredes. La oración es una mirada, una expansión, una expansión de la mente y el corazón. 

Pero quien ora no es el único que se dirige, se extiende, busca... basta con cerrar los ojos para sentir el timbre de una seducción, un susurro, un ruido alegre, una atracción cuya fuente se ignora pero se siente como la más cercana al alma. Hay alguien que se te acerca cuando te pones en marcha y cuya voz es tu guía. «Una voz, mi amado», susurra la novia. Reconoce su color al primer sonido. Sabe que viene de él aunque aún no lo haya conocido. Aunque aún no lo haya visto. Ella está segura de que esa voz que «viene saltando por los montes, brincando por las colinas» no puede ser otra que la suya» (Ct 2,8), la de «mi amado (…) reconocible entre mil y mil» (Ct 5,10). 

Los más grandes orantes del mundo son los enamorados. Aquellos que extienden su corazón las veinticuatro horas del día. Por la mañana él invoca: «Paloma mía, escondida en las grietas de las rocas, en escondrijos secretos, hazme ver tu rostro, hazme escuchar tu voz; porque tu voz es suave» (2,16) y por la noche ella es la inquieta de amor: «Yo duermo, pero mi corazón vela. ¡Un ruido! Es mi amado que llama: «Ábreme, hermana mía, amiga mía, paloma mía, perfecta mía» (5,2); la súplica nunca se interrumpe, más bien se reaviva con más intensidad cuando sucede que: «En mi cama, a lo largo de la noche, he buscado al amado de mi corazón; lo he buscado, pero no lo he encontrado. Me levantaré y daré vueltas por la ciudad...» (3,1-2). 

De manera similar arde el deseo de los enamorados de Dios, especialmente cuando temen ser abandonados por Él: 

«Escucha, Señor, mi voz, grito: ten piedad de mí, respóndeme. Mi corazón repite tu invitación: «¡Buscad mi rostro!». Señor, yo te busco. No me escondas tu rostro, no rechaces con ira a tu siervo. Tú eres mi auxilio, no me dejes, no me abandones, Dios de mi salvación» (Sal 27,7-9). 

«Velad y orad en todo momento, para que tengáis fuerza y podáis escapar de todo lo que está para suceder, y comparecer ante el Hijo del hombre» (Lc 21,36), recomienda el Señor invitando a sus discípulos a vivir como vírgenes prudentes que esperan al Esposo. 

El rezo que Jesús enseña a los suyos no es individual, sino fraterno y comunitario. Juntos invocan el «Padre nuestro» y a Él confían los sueños y las necesidades de cada día: «danos hoy nuestro pan de cada día» (Lc 11,3). Un «pan» que alude no solo a la comida material, sino también a la de Su Palabra, almidón de esperanza. Más aún, su Palabra es fuente de ese agua que brota y calma la sed más ardiente del ser humano: la de perdonar y ser perdonado: «Perdona nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. No nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal». 

En la última invocación, apremia el ardor de nuestra tierra herida, ultrajada, obligada a beber la sangre de sus criaturas por el delirio de la guerra, la violencia, la codicia, la indiferencia. 

Ningún otro discípulo mejor que Pablo pone en práctica radicalmente la exhortación del Señor a orar con obras y palabras: «Malestares y fatigas, noches en vela sin número, hambre y sed, frecuentes ayunos, frío y desnudez. Además de todo esto, mi preocupación diaria, la preocupación por todas las Iglesias. ¿Quién es débil, que yo no lo sea? ¿Quién recibe escándalo, que yo no tiemble?» (2 Cor 11,27-29).

Una forma de rezar, la de cuidar del otro, también incesante y que puede experimentar toda persona, creyente o no creyente, en la medida en que tiene el corazón compartido: ña madre que piensa día y noche en qué puede hacer para ver feliz a su hija; el padre que espera oír llamar a su puerta al hijo «perdido» que regresa; el amigo que llama repetidamente al móvil de su amigo y tiembla porque hace unos días que no responde. 

Similar es la oración de los profetas que se hacen la voz de quien no tiene voz, la antorcha de fe para quien ya no tiene fe, el grito de esperanza para quien está en la desesperación. Que no teman exponer una queja a Dios y le pregunten: «¿Por qué prosperan los malvados? ¿Por qué todos los traidores están tranquilos? (...) ¿Hasta cuándo estará de luto la tierra y se secará toda la hierba de los campos? Las bestias y los pájaros perecen por la maldad de sus habitantes» (Jer 12,4). 

Es valioso el rezo de los cristianos que se une al de Jesús en la cruz: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen», y piden misericordia no solo para las víctimas, sino también para los verdugos, para los que matan a niños, para los que cometen genocidios, para los que cubren de desprecio la vida de cualquiera que pertenece a Dios. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 11 de mayo de 2026

Dejaos guiar por el Espíritu.

Dejaos guiar por el Espíritu

La tentación de medir el vacío y llenarlo con lo inútil: eso es lo que vivieron los discípulos en cuanto Jesús desapareció de su vista, al vivir su «nacimiento a la inversa» al regresar junto a su Padre.

 

Nosotros también conocemos bien esta tentación.

 

Cuando se nos ha arrebatado una presencia querida, cuando ha concluido una experiencia afectiva importante, cuando se nos ha escapado una oportunidad en la que habíamos invertido, también nosotros hemos medido el vacío, sufriendo todo el peso de un sueño roto.

 

Y no pocas veces, en lugar de intentar preguntarnos qué podía significar ese vacío para nosotros (en el caso de Jesús, Él había dicho incluso: «os conviene que yo me vaya»), qué provocación podía representar, hemos seguido dedicándonos al único oficio en el que somos más que expertos: llenar de flores la muerte, oficio que no nos exige mucho en términos de energía y esfuerzo. En lugar de sufrir y dejarnos instruir por ese vacío, acabamos llenándolo con recuerdos, con nostalgia, con remordimientos, con lo inútil.

 

Nadie está preparado para las ausencias, para la falta. Ni siquiera los discípulos, aunque habían sido abundantemente preparados.


Jesús conocía bien a aquellos a quienes había llamado. Sabía que no aguantarían. Alguien incluso había intentado alguna temeridad con tal de redimir una situación que parecía volverse insostenible al ver que el Señor no hacía valer su fuerza.

 

Al no estar preparado como tampoco está para los dolores de parto y los nacimientos, lo único que el hombre es capaz de hacer es cristalizar las situaciones, detener el tiempo, impedir los procesos, reducirlo todo a lo conocido.

 

Jesús lo había intentado durante cuarenta días por el camino o en el jardín, en el cenáculo y fuera de él, con las manos vacías y con el don de la paz y la alegría.

 

No estaban preparados para lo que Dios estaba a punto de realizar.

 

Pentecostés, sin embargo, es precisamente el día de los desprevenidos.


Dios se revela precisamente cuando tú querrías tirar la toalla, se manifiesta precisamente cuando todo parece decidido, se da a conocer cuando te enfrentas a lo imprevisto.

 

Por otra parte, lo había prometido: «El Espíritu os enseñará todo». ¿Qué significa esto?

 

Significa que la fuerza que viene de Dios te lleva a afrontar lo real tal y como es.

 

Pentecostés ocurre, se cumple, cada vez que me enfrento a la vida tal y como es —sea el vacío, la angustia, el dolor, la muerte— captando en ella una invitación personal a desenterrar la provocación que encierra.

 

Ese es el momento de dar razón de la «esperanza que hay en nosotros» (1 Pedro 3, 15), precisamente cuando la luz del sentido se nos escapa de los ojos. En lo que respecta a la relación con Dios y a la verdad de mí mismo, nada es irrelevante, nada es banal.


El Espíritu Santo revela la verdad de nosotros mismos, de lo que somos y de lo que aún podemos ser si confiamos en lo que nos propone el Evangelio.

 

Dejarse instruir por el Espíritu Santo significa aprender a leer un momento de tensión con alguien como una invitación a dar el primer paso, un malentendido como un llamamiento a no encerrarse resentidos, un momento de cansancio como una ocasión para reconocer lo que me agobia, una prueba como una oportunidad para sacar fuerzas de la relación con Dios, una humillación como una circunstancia para aprender a tener una justa consideración de mí mismo.

 

El Espíritu Santo es quien nos ayuda a leer y a afrontar el aquí y ahora con una mirada y una fuerza nuevas, sin ser víctimas de interpretaciones miopes que abordan todo con recelo y cautela, tanto la vida como la muerte.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El Señor es el Espíritu.

El Señor es el Espíritu

Volver a frecuentar el Cenáculo. Sí. Volver a frecuentar el Cenáculo, no por un estéril antojo de intimismo, sino como un ejercicio de conciencia. Todos lo sabemos por experiencia propia: hay lugares que, más que otros, nos evocan intensamente momentos, casi como un recuerdo de momentos cruciales de nuestra historia. El Cenáculo es, sin duda, uno de ellos.

 

Cuántas cosas evoca el Cenáculo… Allí, la tarde de aquel mismo día, el primero después del sábado, el Resucitado había regresado mostrando a los discípulos las huellas indelebles de su pasión de amor; allí, en aquella gran sala con alfombras, ya preparada, los discípulos habían subido para celebrar la Pascua con su Maestro; allí, en aquella sala de la planta superior, después de lavarnos los pies, el Maestro nos había hecho partícipes de lo que palpita en el corazón de Dios: un amor que no conoce freno; allí, en ese lugar de la mayor traición de la historia, allí, precisamente allí, fuimos amados hasta el final, cuando, tomando en sus manos nuestros pies, el Señor Jesús borraba con esa agua las tantas imágenes de Dios que nuestras perversas proyecciones acabaron por reproducir y consolidar; allí se nos reveló lo único que el Padre pide a los discípulos: que os améis unos a otros como yo os he amado.

 

Precisamente ese lugar, cuando las tinieblas se imponen sobre la historia del Maestro, se convierte en el refugio al que regresan los discípulos, cerrando tras de sí las puertas del lugar donde se encontraban.

 

Sí, claro, la motivación principal era el temor a los judíos, pero muy probablemente ese era el lugar más apropiado donde refugiarse para no permitir que el vacío dejado por Jesús se impusiera sobre el recuerdo de su presencia.



Allí les había dicho: «No os dejaré huérfanos». Uno vuelve con gusto a los lugares que recuerdan la presencia de alguien o de algo que para nosotros ha representado una razón fundamental de vida. Se vuelve incluso solo para llorar: San Marcos recuerda que allí, precisamente allí, los discípulos estuvieron de luto y llorando. A veces basta un aroma, un color, una foto, un pequeño detalle para que la memoria del corazón se reavive.

 

El Cenáculo es una imagen de nuestro corazón, es símbolo de nuestra existencia: allí experimentamos tanto la intimidad con el Señor como el miedo tenebroso y el repliegue sobre nosotros mismos y sobre nuestras traiciones.

 

Y, sin embargo, este y no otro es el lugar en el que el Espíritu se derrama en plenitud. Allí se entrega a cada uno una pequeña chispa de fuego, una para cada uno en su diversidad, que hay que mantener encendida y alimentar hasta el regreso del Señor Jesús.

 

También a nosotros hoy el Señor Jesús nos repite: «¿Dónde está mi habitación?», tal y como en la víspera de su pasión. ¿Y tengo yo un cenáculo que ofrecerle para que se cumpla Pentecostés? La única condición: la disponibilidad para acoger lo que el Espíritu atestigua a mi corazón.

 

Jesús había prometido el don del Espíritu como Consolador/Paráclito, término que traducido literalmente significa: abogado que no abandona a su cliente. El Espíritu conoce el sufrimiento de quien se siente solo, de quien ha perdido toda razón de vivir. Quizás algún día sea Él quien aligere nuestras responsabilidades diciendo, como abogado: «Ha cometido muchos errores en su vida, pero también ha sufrido mucho al sentirse solo».


Ahora bien, el Espíritu no nos consuela con palabras de consuelo. El Espíritu hace que Jesús no haya de ser buscado lejos ni añorado como una presencia perdida, sino que sea reconocido. Cada uno según una manifestación particular del mismo Espíritu.

 

Y así descubrimos que Él se revela como una voz que nos llama, como llamó a María Magdalena la mañana de Pascua; como un compañero de camino, como para los discípulos de Emaús; como aquel que provee el pan y el pescado para saciar el hambre de los discípulos después de la Pascua. ¿Y a mí cómo se me ha manifestado y cómo sigue manifestándose? Quizás ya se esté manifestando y yo no sea consciente de ello.

 

Pobres discípulos… Todos nos identificamos con ellos. El Resucitado los dejó prometiéndoles que un día volvería y ellos se encuentran profundamente solos. Lo único que logran hacer es un trámite burocrático: elegir y nombrar a alguien que ocupe el puesto vacío de Judas. Nada más. Y, sin embargo, ya la noche de Pascua les había conferido el don de la paz, el mandato de perdonar los pecados. Y, en cambio, nada. Los suyos son los gestos repetitivos de quienes se esfuerzan por comprender lo que realmente ha sucedido.

 

Y justo cuando están absortos en sus cosas, mientras hacen memoria de la entrega de las tablas con los Diez Mandamientos, algo trastoca el cumplimiento de una formalidad. Viento y fuego se abaten sobre los presentes y cada uno se encuentra hablando la lengua del otro. Una precisión interesante.


Quizá la señal de que hemos tenido una tímida experiencia de Dios y de su Espíritu en nuestra vida sea precisamente esta capacidad de hablar la lengua del otro. No hay escuela que valga para aprender esta lengua: se aprende frecuentando el Evangelio en la asiduidad de una experiencia de comunidad cristiana.

 

La tarea de los discípulos de cada generación no es otra que acercarse al otro hablando una lengua en la que pueda ser comprendido: narrar a Dios al otro con las palabras y los gestos que él pueda comprender.

 

Si, pues, nos cuesta tanto hablar la lengua del otro, ¿no será quizá porque hemos dejado de frecuentar la escuela del Evangelio?


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Envía tu Espíritu, Señor, y renueva la faz de la tierra.

Envía tu Espíritu, Señor, y renueva la faz de la tierra

Envía tu Espíritu, Señor, y renueva la faz de la tierra.

 

Una larga experiencia de noviazgo: así podría compararse la vida terrenal del Hijo de Dios entre nosotros.

 

Al igual que en cualquier noviazgo que se precie, tras haber elegido con pasión y esmero a su compañera de vida, la relación ha pasado por los altibajos habituales de toda relación: el entusiasmo y la alegría de estar juntos, pero también la incomprensión y el cambio de rumbo de los días de la Pasión; la disposición a arriesgarlo todo, pero también la incapacidad de seguir el ritmo; la belleza de compartir y la angustia del resentimiento.

 

Y, finalmente, las nupcias, celebradas cuando el Hijo ya era consciente de a quién había elegido. La boda, de hecho, se celebró en el misterio de la Ascensión, cuando la esposa que el Hijo había hecho suya, nuestra humanidad, fue introducida para siempre junto al Padre.

 

¿Qué rostro tiene la esposa del Hijo? ¿Cómo es el rostro de nuestra humanidad?


Por mucho que tenga rasgos maravillosos, hasta el punto de atraer incluso a Dios, se trata de un rostro que hay que rehacer continuamente, un rostro que hay que hacer cada vez más bello: nuestra humanidad, de hecho, acumula no pocas manchas en su rostro, muchas arrugas en su frente y no pocas cicatrices en su cuerpo. Por eso, el regalo de bodas que el Padre hace al Hijo es precisamente el Espíritu Santo.

 

No es casualidad que la oración de la Iglesia, a lo largo de estos dos mil años, no haya dejado de invocar el don del Espíritu, como el único capaz de renovar la faz de la tierra.

 

El Espíritu es el único capaz de devolvernos siempre a cómo salimos de las manos del Creador cuando, mirándonos, reconoció que éramos algo muy bueno. Con una condición, sin embargo: que no le opongamos resistencia, algo que, como sabemos, no es en absoluto remoto.

 

Por mucho que queramos recuperar una integridad perdida y los rasgos de los comienzos, por nosotros mismos no es posible: como mucho, logramos hacer retoques superficiales o una especie de restauración conservadora.

 

El Espíritu, en cambio, tiene el poder de rejuvenecer precisamente aquello que está ya entrado en años o comprometido por demasiadas caídas.



Es solo por medio de Él que existimos;

 

es solo por medio de Él que podemos reconocer que Jesús es el Señor;

es solo por medio de Él que somos capaces de amar;

es solo por medio de Él que tenemos la certeza de que nuestra vida está en manos de Dios;

es solo por medio de Él que no absolutizamos nada ni a nadie, sabiendo que nuestra esperanza está puesta en Dios;

es solo a través de Él recuperamos la fuerza del testimonio;

es solo a través de Él somos capaces de perdonar y atrevernos a gestos de misericordia;

es solo a través de Él vivimos con la conciencia de que, en la vida y en la muerte, pertenecemos al Señor;

es solo a través de Él el cansancio no vence a la disposición a trabajar por el Evangelio;

es solo a través de Él las inevitables turbulencias de la vida no se convierten en el único punto de vista desde el que contemplar la realidad;

es solo a través de Él nuestro paso no conoce el ritmo de la vejez y nuestra mirada no se ve empañada por el pesar;

es solo a través de Él no somos hombres de la nostalgia, sino de la espera;

es solo a través de él nuestras palabras y nuestros gestos no se complacen únicamente en nuestro propio beneficio, sino que están impregnados de la capacidad de ser profecía de algo nuevo;

es solo a través de él somos capaces de dar el difícil paso del miedo al riesgo.

 

Por eso lo invocamos sin cesar.

 

Envía tu Espíritu, Señor, y renueva la faz de la tierra.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Mi Espíritu estará en vosotros.

Mi Espíritu estará en vosotros

Estaba a punto de marcharse. En breve, el sinsentido y el fracaso parecerían haberle vencido a Él y a todo lo que había logrado hasta ese momento. Por eso, durante la cena de la entrega, la última que vivió antes de regresar al Padre, Jesús se había fijado en la fragilidad del corazón de los Doce.

 

Ese corazón se esforzaba por acoger palabras incomprensibles, se oponía a la revelación de un amor manifestado incluso hacia quienes albergaban planes asesinos, al igual que le costará aceptar el hecho de que Dios pueda revelarse a través del misterio de la cruz, que sigue siendo un misterio de debilidad y maldición.

 

Jesús sabía que no resistirían: cada uno se dispersaría por su cuenta. Por eso, tras haberles lavado los pies, también tuvo en cuenta su incapacidad para soportar el peso de lo que estaba a punto de suceder: «Por ahora no sois capaces…».

 

Casi como si contara con que a ciertos niveles de lectura y comprensión de las situaciones y —¿por qué no?— incluso a una cierta forma de expresar y dar testimonio de la fe, solo se accede gradualmente. ¡Ojalá no perdiéramos de vista esta pedagogía de Jesús!

 

Aquellos hombres habían compartido tanto, todo de Él, y sin embargo aún no eran capaces de manifestar hasta el fondo su pertenencia a Él, a pesar de que en varias ocasiones habían profesado su disposición incluso a morir por Él.

 

Sabía que no habrían soportado la prueba de los dramáticos acontecimientos que en breve se desatarían sobre su persona y su obra.

 

Habría sido necesario un don de lo alto, una fuerza sin la cual nada hay en el hombre, la del Espíritu, la única que habría permitido leer ese curso de los acontecimientos, no como el fin de todo, sino como un paso necesario para poder acceder a la vida misma de Dios.


Es el Espíritu el que permite creer que la grieta que hay en cada situación es el conducto a través del cual penetra la luz misma de Dios en nuestra existencia.

 

¡Cuántas cosas no comprendemos! ¡De cuántas se nos escapa la plausibilidad! ¡De cuántas otras no disponemos de ningún código interpretativo de acceso, mientras nos cuesta estar en contacto con acontecimientos que parecen tener la mejor de las cosas sobre nosotros!

 

Cada día nos damos más cuenta de que no estamos en absoluto preparados para expresar un enfoque sereno ante lo imprevisto, lo ineludible.

 

Lo que sorprende, al releer el Evangelio, es precisamente el hecho de que a Jesús no parece importarle tener que reconocer nuestra impotencia estructural. Y el haberlo previsto de antemano, aun asegurándoles el don del Espíritu Santo, no impedirá que Judas lo traicione o que Pedro lo niegue.

 

El Espíritu que Jesús nos dona es lo que permitirá a Pedro reinterpretar su negación no ya como haber abandonado al Maestro a su destino de muerte, sino como el acontecimiento gracias al cual ha podido comprobar de primera mano hasta qué punto ha sido amado.

 

El Espíritu que Jesús nos dona es lo que permitirá a Tomás ver las llagas de Jesús ya no como un signo de muerte, sino como la puerta de acceso a la misericordia de Dios.

 

El Espíritu hará que la crónica de los hechos registrada por los dos de Emaús se ilumine con una nueva luz, aquella que a ellos les falta, convencidos como están de que, para dar gloria a Dios, las cosas deberían haber tomado un rumbo muy diferente.


Es el Espíritu el que hace reconocer la gloria de Dios en el Crucificado. Es el Espíritu el que hace creer que de las heridas del Señor puede brotar la alegría para los discípulos. El Espíritu es quien continuamente da testimonio a nuestro corazón de que vale la pena dar crédito a una vida vivida al estilo del Hijo de Dios. Es el Espíritu quien defiende a Jesús en el corazón de los discípulos cuando este sea presa de la angustia y la soledad.

 

Pienso en nuestras tantas situaciones de derrotas, aquellas que enumeramos sin la luz de un sentido. Quizá sea por nuestra incapacidad para dejarnos instruir por el Espíritu de Dios por lo que las atravesamos sin esperanza.

 

¿Qué es, en el fondo, la vida espiritual, sino leer continuamente nuestra vida, nuestra historia con sus zonas de luz y de tinieblas, desde la perspectiva de Dios según la cual no hay ningún material de desecho, sino que todo es precioso porque su obra se cumpla en nosotros?

 

Lo que marca la diferencia en los pliegues de la historia no es el hecho de estar a salvo de la contradicción, sino la conciencia de que quien nos guía, incluso en esos momentos, precisamente en esos momentos, es el mismo Espíritu de Dios.

 

Ay de nosotros si lo apagamos, entonces. Porque otras lógicas tomarían el control, cuyos frutos son bien conocidos y están a la vista de todos.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Creced a impulsos del Espíritu Santo.

Creced a impulsos del Espíritu Santo

Recibid el Espíritu Santo…

 

Jesús se marcha, pero su partida no supone tanto un abandono como una presencia diferente a través del don y la acción del Espíritu Santo en nosotros. Una presencia tan cercana como esquiva, a veces incluso ignorada...

 

Sin embargo, hay una forma de comprobar la acción del Espíritu Santo en nosotros: observar lo que obra en la vida de quienes se dejan moldear por Él.

 

Yo identificaría la primera señal de la acción del Espíritu en nosotros en la disposición a crecer. Un proceso nada evidente, tentados como estamos a cristalizar momentos y situaciones.

 

El Espíritu promueve la vida haciéndonos conformes a la imagen del Hijo: un proceso nunca del todo consumado y, por lo tanto, siempre necesitado de nuevas remodelaciones.

 

Ahora bien, vivimos en un contexto cultural que privilegia el instante frente a la duración, la experiencia inmediata frente a la experiencia. Pero no se crece prescindiendo de la duración y de la paciencia ejercida.

 

La primera palabra de Dios al hombre, que seguirá siendo fundamental, es una llamada al crecimiento: «Sed fecundos, multiplicaos, llenad la tierra» (Gn 1,28).

 

En su acto creador, Dios tiene un solo proyecto, un solo deseo: el crecimiento del hombre en la libertad y en la alianza.

 

Solo una vida que crece, que da fruto, que triunfa sobre la muerte es el signo de Dios; y, a la inversa, todo lo que aleja, destruye, vuelve estéril es obra de las tinieblas.

 

Por eso, el primer «» del hombre a Dios, el más fundamental, es un «» a la vida, al crecimiento. Crecer es nuestra primera vocación humana y cristiana: decir «» a Dios, diciendo «» a la vida, al crecimiento. Pero esta vocación no tiene un resultado garantizado.

 

Israel vacila ante la prueba del desierto y comienza a añorar la seguridad de la esclavitud (Nm 14; Éx 16).

 

Pedro vacila a la hora de caminar sobre las aguas, de enfrentarse a las potencias del mal en medio de las cuales está llamado a ser pescador de hombres (Mt 14,22).

 

Nicodemo se siente turbado ante la llamada a renacer del agua y del Espíritu (Jn 3).

 

El joven rico se niega a abandonar el capullo protector de sus riquezas humanas y espirituales para arriesgarse a la aventura del crecimiento. Y se quedará con sus deseos de adolescente (Lc 18,19).


Cuántos hombres y mujeres a nuestro alrededor (pero quizá también nosotros) multiplican los esfuerzos para no tener que crecer…

 

Por miedo a crecer, uno se refugia en seguir siendo niño, en dejarse mimar, en repetir y copiar los gestos y las actitudes del niño.

 

Por miedo a crecer, uno se refugia en la ley: los integrismos, los sectarismos, los legalismos son, ante todo, miedos a crecer.

 

Por miedo a crecer, uno se refugia en la fantasía o en la violencia: desplazar lo real hacia la fantasía o destruirlo mediante la violencia son dos formas antitéticas de negarse a crecer.

 

Crecer es siempre un riesgo, una elección. Lo real son también mis límites y mi pecado. No se va a Dios «a pesar de» los propios errores, se va a Dios «con los propios errores». Y solo hay verdadero crecimiento si pasa por la humilde aceptación de los propios límites y del propio pecado.

 

El Espíritu nos lleva siempre de vuelta a la vida cotidiana. Todo lo que nos aleja de lo cotidiano nos aleja del Espíritu de Jesús.

 

No se crece solo, solo se crece en una relación: en respuesta a una llamada, depositando la propia confianza en una palabra.

 

Un niño se convierte en hombre solo en respuesta a la palabra de los padres que le llaman a crecer entrando en relación con los demás. Lo mismo ocurre en mi relación con Dios. Encontrar a Dios es siempre una aventura llena de imprevistos en la que hay que aceptar continuamente perder a aquel a quien se creía haber encontrado. El mismo deseo de Dios, si es profundo y vivo, me llevará a experimentar la ausencia de Dios.

 

¿Acaso Jesús no dijo a los doce: «Es bueno para vosotros que yo me vaya»? La fidelidad a las exigencias del amor conduce a experimentar la noche.


Crecer en una relación significa aceptar las muertes que el encuentro con el otro me hace vivir.

 

El crecimiento solo ocurre en el tiempo: aceptado y reconocido; por lo tanto, en el rechazo de la inmediatez y en la renuncia a la pretensión de todo y ya. Para crecer en el Espíritu hay que vivir el presente en la acción de gracias y en la esperanza o, mejor aún, hay que vivir los tres aspectos del tiempo —pasado, presente y futuro— en el recuerdo, en la acogida y en la esperanza. Siempre hay que decir sí a un don y a un abandono.

 

Solo hay crecimiento a través de las crisis y los desprendimientos.

 

Hemos nacido en una tradición cristiana y, por tanto, hemos recibido la fe dentro de esta tradición. Para crecer hay que pasar de esta tradición a una fe personal, al encuentro con Jesucristo, que se dirige a nosotros en una llamada que va más allá de las tradiciones.

 

Si este encuentro tiene lugar, relativiza nuestras costumbres y nuestros lenguajes anteriores, porque resultan inadecuados para el descubrimiento realizado. Es normal y bueno que me aferre a los dones de Dios, pero el crecimiento espiritual debe llevarme a buscar a Dios por Dios, más allá de todo consuelo sensible, con la única preocupación de estar disponible a la voluntad de Dios. Entonces tendré un solo deseo: poder, en la vida y en la muerte, ponerlo todo en manos de Dios.

 

Hoy vivimos en un contexto cultural que privilegia la búsqueda de la satisfacción personal. Por eso, la experiencia espiritual puede ser deseada por su matiz emocional, por los consuelos que da. Un clima de este tipo puede ser de ayuda para la conversión, pero no permite crecer espiritualmente porque me encierra en la búsqueda de emociones análogas y, en la repetición de los consuelos recibidos, ahoga lo nuevo a lo que estoy llamado.


Si se quisiera describir en una frase el camino del crecimiento espiritual según el Evangelio, habría que decir que va siempre de la santidad deseada a la pobreza ofrecida.

 

Todo comienza con el deseo de santidad, de plenitud. Es este dinamismo el que nos pone en camino. La vida, luego, se encarga de revelarnos la parte de sueño y de ilusiones que puede conllevar tal deseo.

 

Y entonces corremos un riesgo gravísimo: dado que no somos lo que hubiéramos deseado, nos sentimos tentados a replegarnos sobre nosotros mismos, a resignarnos a ser solo lo que somos. Como si, en esta aventura, nos hubieran dejado en la estacada, abandonados en la orilla. Querríamos entonces ser solo unos honestos servidores de Dios, humildemente resignados a dejar a otros la posibilidad de continuar.

 

Sí, es cierto, no somos lo que hubiéramos querido ser; la vida nos ha revelado nuestras debilidades y nuestros límites, las circunstancias no nos han permitido desarrollar este o aquel aspecto de nuestra personalidad.

 

El Espíritu nos ha conducido por caminos que no eran los que habíamos previsto.

 

El pecado nos ha hecho descuidar las fuentes de la vida y nos ha llevado a las fuentes agrietadas junto a las que nos hemos detenido.

 

¡Solo Dios sabe el tiempo, las energías y las oportunidades que hemos desperdiciado!

 

Pero Dios nos sigue siendo fiel, y para hacernos crecer solo necesita nuestra humilde disposición a acogerlo tal como se revela y no como yo hubiera pensado o deseado que se revelara.

 

No somos el discípulo modelo que hubiéramos querido ser, pero podemos ser la debilidad, la fragilidad en la que se experimenta el amor de Dios, la pobreza transfigurada por el poder de la gracia.

 

Y para ello basta con que ofrezcamos a Dios esta pobreza. Es precisamente aquí donde culmina todo crecimiento auténticamente humano y espiritual: «En tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46).


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Recibid el Espíritu Santo.

Recibid el Espíritu Santo´

Recibid el Espíritu Santo…

 

Más aún que las puertas del Cenáculo, aquella noche estaban cerrados los corazones de los Once, atrincherados en sus propias convicciones y reservas, paralizados por sus propios miedos.

 

La oscuridad de la noche que se cernía era símbolo de una oscuridad muy distinta, la de la incapacidad de creer en la resurrección del Maestro. El cierre había sido la reacción de los discípulos ante el anuncio que les había llevado María Magdalena de haber visto al Señor.

 

Entre los Once se encontraban también Pedro y el discípulo a quien Jesús amaba, quienes habían comprobado de primera mano que aquella mañana realmente había sucedido algo. Pero nada. Había algo a lo que atribuían un poder superior al del Señor: por temor a los judíos

 

Pienso en todas esas situaciones a las que yo atribuyo un poder paralizante ante el cual acabo concluyendo: ni siquiera Dios puede hacer nada ya.

 

Y, sin embargo, Dios no se resigna. Dios nunca pronuncia la frase que a menudo surge de nuestros labios cuando, desilusionados y desarmados, repetimos: ya no hay nada que hacer. Dios nunca lo hace.

 

Dios repite siempre: ¡recibid el Espíritu Santo! Del lado de la vida, hasta el final, incluso cuando todo parece llevar las marcas evidentes del fracaso manifiesto.

 

Dejad de —dice Dios— seguir queriendo arreglar un pasado a través del único oficio que a veces acaba absorbiéndoos: el de llenar de flores la muerte. ¡Oh, si somos expertos en este oficio, mientras que debemos reconocernos analfabetos del estilo de Dios!


Recibid el Espíritu Santo…

 

¿Cómo no pensar en el antiguo profeta Ezequiel que, al contemplar la situación de su pueblo que se había alejado del Señor, lo comparaba con una extensión infinita de huesos ante los cuales se oye repetir: ¿Podrán revivir estos huesos?

 

Me imagino al Señor que mira mi vida y me dirige esta palabra: Joseba, ¿Podrán revivir estos huesos?

 

Y la referencia no es, ante todo, a algo externo a mí: la referencia es a mi situación interior, a nuestra situación interior, ante la cual, con desengaño, se podría llegar a la conclusión de que, por sí mismas, no podrán revivir.

 

Luego, claro, la referencia es a este tiempo eclesial en el que prevalecen el desánimo y el cansancio propios de esos tiempos en los que parece faltar el aliento.

 

¿Qué puede significar celebrar aún Pentecostés si no es sentir que se nos repite que aún no es el final y que Dios no cesa de derramar su Espíritu, y no porque por fin la situación sea ideal, sino, tal vez, precisamente porque parece estar a la deriva?

 

Aquella tarde el Señor se hizo presente —vino Jesús, se puso en medio de ellos— en medio de una comunidad que conocía bien la fragilidad y los miedos.

 

Les entregó el don de la paz, que no tiene nada que ver con una existencia al margen de las luchas y las tensiones, nada que ver con nuestra necesidad de que nos dejen en paz y de quedarnos en paz.

 

La paz donada por el Resucitado, de hecho, es esa capacidad de reconocer que, si bien el miedo y la fragilidad son evidentes, mucho mayor es la confianza en aquel que vence al mal gracias a una misericordia inesperada.

 

¿No es acaso esta la tarea de la comunidad cristiana enviada para ser signo de nuevos comienzos, de posibles brotes, en la medida en que se deja guiar por el Espíritu Santo y no por lógicas estratégicas que nada tienen que ver con el Evangelio?

 

Otra historia es posible, dice Dios, pero se necesita mucha audacia por nuestra parte para hacerla nacer.


Recibid el Espíritu Santo…

 

Al término del único gran día de Pascua, que comenzó con una luz en la noche del mal y de la muerte, el cirio pascual se apagará y se colocará junto a la pila bautismal.

 

Pero su luz seguirá ardiendo gracias a nuestra disposición a perdonar: a quienes perdonéis los pecados… La referencia no es solo a una práctica sacramental, sino a un estilo relacional.

 

Perdonar es dar a través de las heridas recibidas, es hacer del mal sufrido la ocasión de un gesto de amor. Si tú no perdonas, el otro no podrá cambiar.

 

Nuestro perdón es la señal de que el mal no tiene la última palabra sobre nuestra vida.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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