sábado, 2 de mayo de 2026

Camino de casa.

Camino de casa

El tiempo de Pascua puede ser una ocasión propicia para abrir nuestra mirada hacia el misterio que trasciende el tiempo, es decir, para intentar detenernos en la eternidad; de hecho, si tenemos fe en Jesús, tenemos fe en un Resucitado, es decir, en aquel que ha atravesado la muerte y, por ello, ha abierto nuestra vida a un tiempo que no tendrá fin.

 

Es más, en ello podemos ver un cuidado especial por cada uno de nosotros, un afecto singular, una llamada por nuestro nombre: porque hay un lugar para cada uno de nosotros, como nos recuerda el Evangelio. Es un lugar eterno, un lugar que nos ayuda a no ver en el aquí y ahora, en lo contingente, el único sentido de nuestra existencia.

 

Los ídolos en los que nos sentimos tentados a depositar nuestra confianza —el dinero, el poder, la posesión, el dominio— no son, en última instancia, como enseñaban los Padres de la Iglesia, más que un intento humano de alejar el límite de la muerte. Que, sin embargo, llega. Inevitablemente.

 

Pero el Resucitado, que no anula la muerte, la convierte en un paso en el que, quiere decirnos, no estaremos solos, «porque donde yo esté, allí estaréis también vosotros». Estar con él, estar donde él está. Dejar que él nos tome de la mano.


Nos cuesta un enorme esfuerzo asomarnos a lo eterno, y es comprensible. A mí siempre me había costado aceptar la muerte, hasta que he comenzado a comprender que es el único momento en el que no hay vía de escape, ni salida de emergencia: ahí se nos pide un abandono total. Ahí se nos pide fe en ese Resucitado que nos ha preparado un lugar, que quiere compartir una morada, una casa, con nosotros. Pero el abandono total, el último, es el más radical. Y, por tanto, el que más miedo da.

 

No es extraño hablar de la muerte en tiempo de Pascua, ya que la resurrección es precisamente hacer de Jesús de Nazaret el «camino» hacia un tiempo eterno, un tiempo de comunión con Dios, del que él es narración, relato, revelación: «Quien me ha visto, ha visto al Padre».

 

Entonces no podemos olvidar que todas las imágenes que superponemos al rostro de Dios deberían desvanecerse ante el Evangelio, que es la Palabra sobre Jesús, que es la revelación, el desvelamiento, la manifestación de Dios.

 

Pero nosotros, ¿creemos en ese Dios que está entre los pliegues del Evangelio? ¿Creemos en ese Dios que está a la mesa con Zaqueo, que está en el pozo con la samaritana, que es el narrador de las parábolas, que es quien teje el discurso de la montaña, que es el hombre que llama «María» en el jardín de Pascua, que camina hacia Emaús?

 

Y luego, tal vez podríamos preguntarnos qué lugar ocupa lo eterno en nuestra vida cotidiana, en el transcurso del tiempo de Pascua. Suponiendo que haya un lugar, para ello hay que mirar más allá del horizonte, no tanto a nivel racional, sino a nivel existencial, integral.


En esto sentimos algo que es humano, en lo más profundo: «Es evidente que el hombre nunca se ha resignado a la noche completa», decía la filósofa María Zambrano. Tengamos o no fe, todos esperamos, incluso en el ateísmo más radical, que de alguna manera haya un rayo de luz al final de la vida; nadie quiere resignarse a la noche completa.

 

Nadie puede desear realmente la aniquilación de sí mismo y de sus seres queridos. Al menos como deseo, existe el hilo que nos lleva a lo eterno. Y de ese hilo, tenemos un camino, una narración hecha persona, una Palabra convertida en compañera de viaje, un Dios que cuida de nosotros; ayer, hoy, mañana. 

En medio de estos pensamientos, pensaba yo que nuestro tiempo es también la época en la que todos se sienten obligados a irse a otra parte. Quienes se marchan en busca de trabajo y libertad, quienes huyen de las guerras y la miseria, quienes viajan entre continentes para hacer negocios, los jóvenes que se sienten obligados a irse a otra parte —donde las oportunidades son mejores y se valoran los talentos—. 

Se parte o se desea hacerlo. Se desea huir de la condición que nos define, sea cual sea: el trabajo que hacemos o la familia que hemos formado, la Iglesia a la que asistimos o el partido al que hemos votado. Se parte, o mejor dicho, se huye. 

Y hay una certeza: lo que se deja atrás. Pero hay una confusión absoluta sobre lo que se podrá encontrar. Infinitos son los obstáculos y los adversarios, porque la otra gran verdad de nuestra historia es la propensión a excluir. Barreras, puertas cerradas, palabras de descrédito y de rechazo abundan. 

¿Cómo resuena en esta humanidad desorientada la imagen del Dios-migrante que utilizó Jesús para explicar el sentido de su presencia en el mundo? ¿Se percibe al Señor que «va a preparar un lugar» para los hombres sin hogar como una figura que representa bien el camino de la contemporaneidad y enciende la esperanza de una meta, o sigue siendo ajena e incomprensible? ¿O, peor aún, se confunde entre las fatigas del camino de quienes habitan la historia? 

Las vivencias de quienes no tienen un lugar al que volver suelen estar cargadas de esperanzas, dignidad y valores. Pero también las pesan enormes sufrimientos y vacíos sin llenar, relaciones truncadas y separaciones forzadas. Son historias que nos recuerdan a todos una verdad que quisiéramos —pero no podemos— ignorar: «No estamos en casa». 

El camino del hombre en el tiempo es imperfecto, hecho de intentos y precariedad, con una brújula que parece funcionar solo de vez en cuando y amenazas aterradoras que emergen de la oscuridad. 

«No estamos en casa» no significa, sin embargo, que no haya una casa. «Voy a prepararos un lugar» —dice Jesús— «para que donde yo esté, estéis vosotros también». 

El anuncio es este: existe un hogar, está listo para acoger, hay espacio para todos, allí alguien espera nuestra llegada. Y este hogar es una relación en la que se nos conoce como hijos y como hermanos. Es vida, vida buena, lista para nosotros. Es, por fin, una respuesta a la dispersión y a la desorientación. 

Es reduccionista pensar que «la casa» es solo aquello que está más allá de nuestro tiempo, más allá del umbral insuperable de la muerte, más allá de la dimensión de nuestra materialidad y corporeidad. 

El Dios de Jesús, el Padre del cielo, no es un extraño a la historia que espera el regreso de sus hijos dispersos en el tiempo. Más bien es una relación viva, un vínculo generativo y sincero como el afecto y la pertenencia que une a un padre con un hijo. 

La casa no es un paraíso entre las nubes, sino un vínculo real: es un Dios que ya no es un extraño y que nos autoriza a vivir en el exilio, pero no desorientados. 

Entre los siglos II y III, un cristiano cuyo nombre desconocemos escribió una reflexión sobre la fe dirigida a un tal Diogneto. Su escrito, hallado de forma totalmente fortuita en el mercado de pescado de Constantinopla a mediados del siglo XV, se considera uno de los documentos más esclarecedores para comprender las raíces de la fe de los cristianos y la novedad introducida en el mundo por Jesús. En el capítulo quinto se lee lo siguiente: 

Los cristianos no se diferencian del resto de los hombres ni por territorio, ni por lengua, ni por costumbres de vida. […] Habitan tanto en ciudades griegas como bárbaras, según les toca, y aunque siguen en el vestir, en la comida y en el resto de la vida las costumbres del lugar, se proponen una forma de vida maravillosa y, a juicio de todos, increíble. Cada uno habita en su patria, pero como forastero; participan en todas las actividades de los buenos ciudadanos y aceptan todas las cargas como huéspedes de paso. Toda tierra extranjera es patria para ellos, mientras que toda patria es para ellos tierra extranjera. […] Pasan su vida en la tierra, pero su ciudadanía es la del cielo». 

Lo que recogen los cristianos no es un mensaje genérico de esperanza. Los discípulos del Maestro de Nazaret no esperan el cumplimiento al final de los tiempos como si el «día a día» fuera una espera inútil. Para quien ha descubierto la fuerza del Evangelio, la historia del hombre no es comparable al tiempo aburrido que uno se ve obligado a pasar cuando está parado en la parada, esperando un autobús que siempre llega tarde.

Jesús es «el camino»: su estar en el mundo como «Hijo del hombre e Hijo de Dios» es la vía transitable para que todo tenga sentido y valor. Si la plenitud no es de este mundo, todo puede ser un paso en la dirección correcta. 

Aceptar la precariedad de la historia, asimilar la necesidad de cambiar, soportar las partidas y dar crédito a la ardua búsqueda del bien no son solo una pérdida y un motivo de desorientación: nuestro tiempo, el tiempo de nuestra vida, es un camino en el «camino», siguiendo los pasos del eterno que se hace historia para nosotros. 

El Resucitado no es el «fuera del tiempo», sino «aquel que lo ha vivido hasta el fondo». Quedarse en el camino es quedarse en la vida. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 1 de mayo de 2026

Mi querida soledad.

Mi querida soledad 

Hoy uno está envenenado por una sensación constante de falta de los demás en su vida, con sentimientos de vacío y soledad no muy distintos del luto”. 

Las palabras del sociólogo y filósofo polaco Zygmunt Bauman (1925 - 2017) reaparecen hoy como una lúcida reflexión y advertencia. 

Hace unos años nos despertábamos y no había nadie a nuestro alrededor, la pandemia, las restricciones, el miedo... nos habían arrebatado al otro. De repente no había nadie a quien mirar, nos vimos obligados a contemplar nuestro reflejo en las pantallas de nuestros ordenadores portátiles, de nuestros teléfonos móviles e, inevitablemente, en los espejos de nuestras casas. 

Pero, ¿qué somos cuando no hay nadie en la habitación? Despojados de nuestros "personajes" públicos, de las distracciones, de las necesidades acuciantes de la vida cotidiana, ¿quiénes somos sin lo que es distinto de nosotros? 

Dejando a un lado cliché de que "todo el mundo es nadie sin los demás", respondo que yo tampoco tengo una necesidad total de estar rodeado de otros. En los últimos años se ha materializado en mí el concepto cada vez más real de que "la gente es buena" pero eso no ha significa que no siga considerando una persona que ama y prefiere la soledad. 

Por carácter soy introvertido. Con el tiempo he ido mostrando una cierta desconfianza hacia los demás, amplificada por una especie de sensación de que muchas cosas, como mucha gente hoy en día, son un farol... Mi autobiografía, mi cultura y mi camino de maduración me han llevado en una dirección decididamente clara, haciendo de la soledad un factor muy importante en mi vida. No siento una fuerte necesidad de estar con los demás tampoco con las personas que quiero y que me quieren. 

La soledad no me asusta. Hoy es el día que es una compañera aliada de mi existencia. Miro el horizonte con una serenidad razonable ahora a mis 59 años y aceptando que he vivido la gran parte de mi existencia en esta tierra. Me mantengo razonablemente centrado y preservando la confianza muchas veces incluso a pesar de las circunstancias. 

Sí, se me dirá que el ser humano no nació para estar solo: desde que evolucionaron los primeros homínidos siempre hemos vivido en compañía, la nuestra es una sociedad organizada, hecha de roles de interacción, de conexiones. Y, sin embargo, algunas personas viven mejor solas y dicen que les gusta la soledad, y que eligen la soledad como forma de vida. 

No, la soledad no es sólo ni principalmente un estado negativo. La soledad también es contemplativa y meditativa, ayuda a la persona a conocer mejor su interior, nos obliga a pararnos a pensar un momento. Es otra forma de compañía. Tantas veces es cierto incluso que la soledad es útil para encender el cerebro de verdad. 

Hay investigaciones que han mostrado que hay personas que se sienten más realizadas en su soledad que en las relaciones sociales. Hay personas que tienden a concentrarse en sus proyectos, en hacer realidad sus ideas, y estar con otros les parece, en tantas ocasiones, una pérdida de tiempo. Estar en compañía es sin duda algo que nos tranquiliza y parece que nos hace sentir mejor. 

Pero para algunas personas esa etapa de la vida en la que parece que tenemos que estar con los demás ya ha pasado, y viven ese compromiso de estar con los demás como un estorbo, es decir, una obligación no digerida. No les interesa ganarse la aprobación de los amigos, ni sentirse considerados. Más bien quieren hacer crecer sus proyectos y realizar sus ideas. 

Yo me encuentro entre esas personas. Permítaseme, pues, vivir esa soledad y habitar en esa soledad. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF 

Por eso, quizá se pueda ahora entender más y mejor mi carta a la soledad que te invito a leer a continuación: 

Mi querida soledad, sólo ahora puedo llamarte así: ¡Querida! Tal vez ahora que eres una amiga insustituible para mí, no sepas o tal vez sí, cuánto te he rehuido, evitado, incluso: ¡te he odiado! Has buscado mi amistad desde la adolescencia: solía encontrarte en todas partes. Venías a la escuela conmigo, caminabas a mi lado, nadie te quería y yo también trataba de evitarte y, por tu culpa, que no desistía, yo era a mi vez evitado. Luego, en el colegio, te sentabas en el pupitre contiguo al mío, que siempre elegía el último asiento, ¡y me hacías parecer extraño a los ojos de mis compañeros! No te soportaba, quería eliminarte, pero no me soltabas y no podía confiar en nadie. En esos mismos años, cuando volví a casa, creí que había conseguido no volver a encontrarte, pero fue dentro de esos "muros desiertos" donde me habías... ¡precedido! Me costó mucho tiempo entregarme a ti; me costó muchas lágrimas; hubo muchas "despedidas", pero ahora que he alcanzado la edad de la madurez, soy yo quien te busca, soy yo quien te llama, y sigo siendo yo quien te tiende la mano en cuanto puedo, y cuando te sientas a mi lado no quiero que nadie nos moleste. He aprendido a disfrutar de tu presencia en mi vida y te agradezco que no hayas desistido en exigir y buscar mi amistad. Contigo, aceptada y amada soledad, cada encuentro se convierte en una oportunidad para "dar" todo lo que tengo y soy... sin esperar nada a cambio.

Jesús fue a la otra orilla.

Jesús fue a la otra orilla

El título de mi blog es un título tomado de los Evangelios. Jesús fue a la otra orilla, a otra parte, y me invita a mí a hacer lo mismo. Marcos 4, 35ss. Y quiero explicar el porqué de ese título. La psicología conductual define la zona de confort como la condición mental en la que la persona actúa en un estado de ausencia de ansiedad, con un nivel constante de rendimiento y sin percibir sensación de riesgo. Todos tenemos nuestras zonas de confort. Jesús las tuvo. Y quizá esa sea la tentación. Y en la medida en que Jesús no cae en esa tentación sino que le hace frente y la atraviesa para no dejarse enredar por ella nos muestra a emprender un camino, otro camino para ver, contemplar, juzgar, sentir, pensar, actuar,…, en una palabra, para ser. Hay siempre otra orilla. 

‍Todo lo que forma parte de nuestra zona de confort (Nazaret, Galilea,…) nos hace sentir cómodos y seguros. Es bueno tener uno, o más bien muchos. Cuando evitamos situaciones nuevas nos sentimos aliviados del peso de la ansiedad y el miedo, mientras que cuando nos exponemos más allá de nuestra zona de confort percibimos un estado de ansiedad y un alto nivel de riesgo. Pero entonces ¿por qué es importante saber salir de vez en cuando? 

Permanecer anclados en nuestra zona de confort durante mucho tiempo puede enjaularnos en una vida predecible, fácilmente manejable y controlable. A veces, nuestra zona de confort puede convertirse en una prisión porque limita las posibilidades de crecimiento, las evoluciones personales, las oportunidades de cambio. 

En cambio, aprender a salir de nuestra zona de confort nos da la oportunidad de crecer y aprender, porque nos permite: experimentar en otros lugares o situaciones, aprender más sobre nosotros mismos, nuestras reacciones y nuestras emociones, descubrir nuevas partes de nosotros y nuevas posibilidades de ser y actuar, identificar nuestros recursos, aprender lo nuevo, cambiar y evolucionar, creer más en nosotros mismos y todas las posibilidades de lo demás y de los demás. 

Este proceso no siempre es fácil e inmediato ya que requiere riesgo y coraje. Atreverse nos expone a caídas y derrotas, pero es el riesgo de la aventura humana cuando uno se deja mover solamente por el Espíritu que sopla cuando quiere, como quiere, donde quiere… y no sabemos de dónde viene ni a dónde va. 

El crecimiento personal y el crecimiento espiritual también son cambio. Ese crecimiento y esa alternativa no se encuentran en la zona de confort sino fuera… y hay que ir más allá, en la otra orilla: hay que atreverse, arriesgarse y actuar. De hecho, no hay crecimiento sin un ponerse en tesitura de búsqueda, de salida, de cambio… de nuevo nacimiento… de un nacimiento diferente. El cambio es un acto de unción y de valentía que nos prepara para sentir, para juzgar,…, para actuar de otra manera. 

‍Sí, seguramente es necesario hacerlo paso a paso. Para salir de la zona de confort es necesario proceder en pequeños pasos: el objetivo no es romper drásticamente la zona de confort… sino ampliarla procesualmente hasta irla aumentando de manera gradual. 

Todos queremos cambiar algo pero no siempre tenemos el coraje de hacerlo. Sin embargo, cada vez que Jesús de Nazaret cruza el límite de la zona de confort, por ejemplo, de la Ley, lo hace con unción, lleno de energía y vida, y portador de una belleza, de una bondad, de una verdad divinas. A veces puede significar, es verdad, interrumpir algo que no está funcionando, cambiar algo que no nos gusta, abrirse a nuevos horizontes y conocer más allá de lo dictado y de lo previsible. 

‍Y es que lo dictado y lo previsible de las cosas nos permite controlar y gestionar pero nos evita exponernos al ‘novum’, es decir, a lo nuevo y desconocido. Tantas veces me pregunto qué podemos hacer en términos concretos para abandonar todo lo que aparentemente nos resulta cómodo. Y Jesús, que camina por delante, precediéndome, me responde que haga cada día algo “incómodo”, diferente a la rutina, que acoja el ‘novum’. La resurrección es un excelente punto de partida. 

El Reino comienza donde termina la zona de confort.

Y así contemplo la resurrección, ya que estamos en la Pascua. El Jesús de la pasión, de la muerte (y de la muerte en cruz), de la sepultura, y de la resurrección es un Jesús con muchas cicatrices, con heridas mortales, pero también el Jesús que lleva consigo la memoria de aquellos momentos que nunca habrían pasado si no se hubiera atrevido a esforzarse más allá de los límites. 

Y así me gusta imaginar y soñar mi comunidad… mi Iglesia doméstica… mi Congregación claretiana… mi Diócesis… mi Iglesia universal. 

Cada uno de nosotros crece en un sistema de reglas que alguien nos ha definido. Nacemos en un sistema familiar, educativo, cultural, social que tiene sus propias reglas y esas reglas trazan límites muy precisos que deben respetarse como parte integral de pertenencia a ese sistema, identificar los límites dentro de los cuales podemos movernos y más allá de los cuales no podemos ir, definir el sistema al que pertenecemos y lo que ese sistema considera específicamente correcto e incorrecto. 

Cuando crecemos inevitablemente sentimos la necesidad de comprender quiénes somos, qué queremos y qué necesitamos y entonces se hace necesario identificarnos respecto del sistema al que pertenecemos. 

Esto significa que ese sistema de reglas que otro nos definieron y en el que crecimos debe necesariamente ser cuestionado, dándonos la posibilidad de ir más allá de esos límites que hemos respetado durante mucho tiempo para descubrir qué hay más allá de la frontera impuesta. 

Esto nos dará la oportunidad de comprender en profundidad lo que podemos o no podemos hacer y ser, lo que somos capaces de hacer y ser, distinguiendo lo que es bueno para nosotros de lo que es malo para nosotros, lo que nos gusta de lo que no nos gusta, lo que queremos de lo que no queremos, lo que nos alimenta de lo que nos envenena. 

Para comprender realmente quiénes somos, debemos ser capaces de identificar nuestras propias fronteras personales, yendo más allá de nuestros límites impuestos, más allá de nuestra zona de confort y protección (incluso arriesgándonos a cometer errores y a salir heridos) para poder descubrir cuáles son nuestros verdaderos límites a través de la experiencia directa con la vida y no ya sobre la base de esquemas preconstituidos para protegernos de los riesgos de la vida. 

¡Ven, Espíritu Santo y ayúdanos a pasar a la otra orilla! 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Vosotros, en cambio, buscad primeramente el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura (Mateo 6,33ss).

Vosotros, en cambio, buscad primeramente el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura (Mateo 6,33ss)

Como hombre, cristiano, misionero claretiano y presbítero me gusta pensar (y “soñar”) que en el único mundo en el que nos ha sido dado vivir podemos y debemos vivir mejor. Creo en la posibilidad de cambiarlo para mejor. También en la Iglesia creo que hay que cambiar radicalmente muchas cosas para hacerla más auténticamente evangélica. 

Hace más de sesenta años, el Concilio Vaticano II inició una reforma, ¿o revolución?, que, sin embargo, quedó incompleta porque no debemos partir de la Iglesia, en nuestra reflexión y acción, sino de la vida. 

La verdadera pregunta que debemos plantearnos es: ¿qué tipo de humanidad soñamos? ¿Con qué proyecto de humanidad estamos comprometidos y por el que luchamos? 

Debe representar el sueño que Dios tiene para el mundo: un sueño de vida, de justicia, de paz, de acogida, de fraternidad, concebido a partir de los más débiles, de las personas que más luchan. Ese sueño, aquella pasión, recibió en labios de Jesús un nombre (que ya ni siquiera está presente como talen el Credo de la Iglesia cristiana): Reino de Dios. 

Sólo entonces podemos preguntarnos: a la luz de todo esto, para construir y adelantar este Reino ¿qué tipo de iglesia necesitamos? 

Pero si el proyecto de la humanidad corresponde al sueño que Dios tiene sobre el hombre, no podemos dejar de preguntarnos inmediatamente después: ¿qué Dios? 

A veces parece que uno puede dirigirse indistintamente al dios de los ricos y al dios de los pobres; al dios que legitima las guerras y al dios de quienes se comprometen perseverantemente con la no violencia activa y la paz; al dios de los que apelan –en nombre de una cierta “identidad cristiana”– a la discriminación y al racismo, y al dios de los que acogen al otro, al extraño, al diferente de mí; al dios de los que murieron luchando contra los poderosos y al 'dios de los poderosos'; al dios de los que están atados al poder y al dios de los que están con los humildes y caminan con los pobres de la tierra...

Aquí la pregunta de '¿qué iglesia?' en mi opinión se refiere a la pregunta de '¿qué Dios?'. ¿Al Dios que Jesús llamó Abba? ¿Al Abba del Reino? Pero también sobre “¿qué Jesús?”: ¿el Jesús de las devociones o el Jesús de esa provocación revolucionaria que el Evangelio continúa sugiriéndonos diariamente como Año de Gracia? 

“¿Qué humanidad?”, “¿qué Dios?”, “¿qué Jesús?”, y sólo por último: “¿qué Iglesia?”. 

La Iglesia es sólo un signo dentro de la historia, un signo de una posible “otra” humanidad, alternativa a la que hemos creado. También nosotros, religiosos, presbíteros,…, debemos preguntarnos sobre el sentido y el papel de nuestra misión –«¿qué religiosos¿¿qué presbíteros?»– sólo después de haber intentado responder a todas las preguntas que acabo de mencionar. 

Así podemos evitar cualquier tipo de auto-referencialidad, es decir, una actitud en la que la Iglesia se mira a sí misma, a su propio interior, ombligo,…, y a sus propias necesidades e intereses y tiene una relación de competencia, o de miedo, o de sospecha con el mundo: sentimientos que inspiran sermones, advertencias, condenas, en el peor de los casos piadosos hasta consejos moralistas, pero no un espíritu de verdadera de apertura, de escucha, de diálogo. Es importante escuchar mucho antes de hablar… 

Sin duda vivimos tiempos complejos, y el sufrimiento, la crisis que afecta a toda la sociedad, incluida la Iglesia. No creo, sin embargo, que podamos hablar de una crisis general de la religión cristiana. Pienso, modestamente, que no hay poca “religión” en nuestra sociedad: no faltan ciertamente celebraciones, ritos religiosos, declaraciones, congresos, encuentros, jornadas… continuamente relanzados también por los medios de comunicación. 

Otra cosa es la Iglesia de la fe, la Iglesia del Evangelio, una Iglesia exigente, ésta, porque pide opciones radicales, porque el mundo necesita un gran impulso hacia la justicia, un gran proceso de humanización. La oración misma debería ser menos una serie de fórmulas o ritos y más una vibración profunda de estar dentro de la historia, con referencia al «ir más allá», ciertamente, pero no en el sentido de una huida del mundo, y el compromiso por la justicia de los nuevos cielos y de la nueva tierra debería resumir todas las dimensiones de nuestra vida. 

La Iglesia, yo creo, debe volver a anunciar la Palabra de Dios como palabra profética, siempre inmersa en la historia, o más bien en las múltiples «historias» de las personas de carne y hueso que se cruzan en nuestro camino

Para que esto sea posible, la Iglesia debe liberarse del abrazo mortal del poder político, económico, militar… Cuando la Iglesia se convierte en «Iglesia del establishment, del poder, de…», ya no es de hecho una «Iglesia», el Pueblo de Dios, la Iglesia de Jesucristo, la presencia en el mundo de la paternidad universal de Dios, el sacramento del Reino de Dios... y de su justicia. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 30 de abril de 2026

Cada día camino hacia la montaña (a modo de confesión espiritual) - San Mateo 28, 16-20 -.

Cada día camino hacia la montaña (a modo de confesión espiritual) - San Mateo 28, 16-20 -


Camino hacia la montaña que Tú me has señalado; camino hacia ella todos los días; es a la vez la montaña de las Bienaventuranzas y el Monte Calvario; es la montaña que me acerca a Ti, pero, al mismo tiempo, es un ejercicio de muerte y soledad, de desapego. 

Camino respirando el silencio; aquí siempre hay silencio, en estas montañas, como si fuera el aliento íntimo de las hojas, como si fuera el paso callado de las nubes. Mastico el viento, lloro, sonrío, vivo, pienso, camino.

 

Subo hacia la montaña, Tú siempre me señalas una montaña, me parece llevarla dentro como un puñado de roca, desde siempre, incrustada en los ojos y en el corazón, me parece que toda mi vida no ha sido más que un avanzar por senderos pedregosos y escarpados, puntiagudos. Te estoy profundamente agradecido. No soy capaz de quedarme quieto.

 

Camino hacia la montaña que Tú me has señalado para reconocerme. Once, incompleto, pero no quiero reemplazar al traidor, lo llevaré dentro, lo arrastraré conmigo, grabado en el nombre, Judas será el amigo al que agradecer, el santo en quien confiar, Judas soy yo, desgarro de la perfección, descarte, Judas es el motivo de mi camino, la providencia que no permite transformar el camino hacia Ti en un camino fácil, Judas soy yo que me escondo, que reniego, que me cuelgo de un árbol a la espera de ser recogido.

 

Judas es lo que me permite seguir siendo el Once, el que falta, mendigando una felicidad que por mí mismo ya ni siquiera puedo imaginar. Once es el lado vacío del corazón, el que me arrancaron a mordiscos lo que ha muerto en mí y me ha dejado aquí, esperando, deseando. Yo soy el Once y sigo caminando solo por ese Uno que falta, por esa Ausencia y ese Vacío que me habitan.

 

 

Camino porque te intuyo, por fin te sospecho, y ya no eres la proyección perfecta de mis fantasías, no eres el trazo seguro de mis reflexiones limpias, no eres lo que necesito, no eres el consuelo de mis miedos, no eres la revancha de mis fracasos. Te intuyo porque no eres como yo te querría. Y así me postro, perdido y derrotado, para que Tú me recojas y me levantes para ponerme siempre en camino.

 

Y que yo dude hasta me hace sonreír y tener buenas esperanzas. Porque si yo dudo, al menos Tú seguirás preocupándote por mí; porque si yo dudo, al menos Tú no puedes estar en paz, ni siquiera resucitado, porque el amor no se pacifica, porque mi duda te ayuda a seguir siendo amor a mi lado, enamorado en busca de lo que falta.

 

Así te acercas, claro que te acercas Tú, yo estoy postrado, estoy inmóvil, no soy nada si Tú no vienes.

 

Así te acercas, de tus labios fluye el cielo y se concreta la tierra, del sonido de tu boca todo el poder de la Vida, abundante, definitiva, plena que Tú creas. No sabes más que plasmar Vida ni siquiera después de haber sido crucificado, ni siquiera antes de ascender. Eres la Vida que nos habita y en la que somos, nos movemos y existimos.

 

Claro que iré a hacer discípulos, pero lo haré como discípulo, seré el traidor y el mendigo, el loco y el verdugo, seré el pecador y el ahorcado, seré testigo de humanidad con tu misericordia gratuita e inmerecida. Y siento tus manos sobre mí. Y te elijo de nuevo, elijo ser obediente a ese amor primero, a esa gracia sobre gracia, y lo hago porque Tú eres lo único que me mantiene con vida.

 

Y bautizaré al mundo entero sumergiéndolo todo en Ti. Y cumpliré lo que Tú me has enseñado pronunciar balbuciéndolo. Porque lejanos son los tiempos en que creía que era yo quien podía elegirte. Eres Tú quien me has elegido para que esté contigo. Que Tú estés conmigo todos los días es una garantía que recuerdo todos los días mientras cada día me pongo en camino hacia la montaña en la que Tú me citas. A veces dudo. Pero de mí mismo, no de tu amorosa compañía. Tan discreta. Y tan fuerte.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


La bendición y fecundidad de la Ascensión: ‘vosotros haréis cosas más grandes’ - San Mateo 28, 16-20 -.

La bendición y fecundidad de la Ascensión: ‘vosotros haréis cosas más grandes’ - San Mateo 28, 16-20 -

Olvidad el cielo y cualquier otro lugar que pueda ilusionaros con la idea de que podréis reencontraros con Él. Olvidad el Doce, número de la plenitud, y en su lugar sentíos orgullosos de esa limitación, pérdida, pobreza que os ha convertido en Once, eternamente Once, aunque luego, aparentemente, seáis muchos. 

Olvidad cuando erais un grupo compacto y lo seguíais como niños mimados siguen al maestro. Olvidad a Jesús, dejad que la muerte disuelva las fronteras, dejad que el Espíritu sea más grande que el Nazareno, ya no es cuestión de una persona, ahora es Buena Noticia para todo el mundo. Olvidad a los amigos y a los enemigos, ahora es anuncio de vida para toda criatura.

 

Haréis cosas más grandes, no habléis más de Jesús, alimentaos en cambio del Espíritu, sed discípulos del Resucitado. Olvidad el cielo, eso es un símbolo, Él está vivo y se ha sentado junto al Padre para deciros que ahora estáis llamados a ser hijos también vosotros, como Él.

 

Olvidad las trayectorias celestiales, concentraos en cambio en un renacimiento desde lo alto, que es el milagro más grande que Cristo puede conceder. Olvidad mirar al cielo, caminad como hombres libres, no prestéis atención a las fronteras, no dejéis que os detengan las razas y las religiones, no dejéis que os detenga ni siquiera esa fiel mediocridad que nunca os abandonará; id, en cambio, id porque Él ya no está en ningún lugar y está en todas partes.


Id a suscitar una vida buena, este es el único mensaje, sois vosotros los que habéis cambiado, no el mundo; sois vosotros los que habéis renacido, por fin libres de ese miedo que no os permitía el camino. ¿No es esto acaso convertirse en hijos? No tener ya miedo de convertiros en libres. ¿No es esto lo que hizo el Hijo? Os convirtió en libres.

 

Ascender es nacer y caminar para decir que la vida se puede salvar si se cree que se es digno de amor, si se cree que se está vivo por el perdón gratuito. Solo se puede salvar la propia vida si se cree en quien ve en nosotros una belleza inédita incluso a nuestros propios ojos.

 

Y entonces, ¿por qué seguís preguntándoos a quién y cómo debéis bendecir? ¿Por qué no vais simplemente con ojos inocentes y asombrados, por qué no vais convencidos de que el cosmos ya está bendecido, de que no sirve ya ningún rito?

 

Id a decirles a quienes no se dan cuenta de que la vida ya es bendición, que ellos pueden ser bendición para esta tierra hambrienta de bien. Y si no veis nada que bendecir, cerrad los ojos y recordad cómo Él devolvió la vista a los ciegos, orad para poder ver de nuevo.


Olvidad el cielo, la Ascensión es un nacimiento, es el milagro más grande, es la confianza de un Padre, es el parto del Maestro; no es solo sustracción, es habilitación para la vida, es el padre que confía en el hijo, es el maestro que se complace en el discípulo, es bendición.

 

No puede entenderlo quien nunca ha sido bendecido en el momento de la muerte. No puede entenderlo quien nunca ha renacido. No puede entenderlo quien no cree en la necesidad de la muerte. No puede entenderlo quien nunca se quita de en medio.

 

La Ascensión es una profesión de fe, de Cristo en nosotros. Porque la única manera de empezar a creer de verdad es que crean en nosotros.

 

La Ascensión es sentir que Él crea un Vacío para permitirme la libertad, es un horizonte desplegado bajo nuestros pies, es inútil mirar al cielo, somos nosotros los que ascendemos a una nueva vida, por fin libres del miedo, de la obsesión por el mal. Signo de la fe es dejar de encallar nuestros discursos en las categorías del mal y del pecado.


No hacen falta amenazas a quien se siente amado. Ningún mal puede vencer el amor de una bendición paterna, pero si nunca la has recibido no puedes saberlo; que los padres vuelvan a bendecir a los hijos, esta es la única posibilidad que tiene la Iglesia para renacer. El problema no son los jóvenes, sino los viejos, que ya no saben morir bendiciendo.

 

La Ascensión es estar tan seguros de ser elegidos y amados que podamos atrevernos a la fantasía, el amor que inventa nuevas lenguas. Olvidad a Jesús, no repitáis aburridamente el pasado, soltad amarras, olvidad las fronteras, se necesitan nuevas lenguas, gramáticas extravagantes, riesgos lingüísticos, narraciones escandalosas. La Ascensión es burlarse del límite.

 

La Ascensión es tomar en las manos la serpiente de la duda. No creo en absoluto que el Padre me envidie, eso es un cuento para Adán y Eva; yo, que he conocido a Cristo, yo, que he sido amado por un Padre, yo, que he sentido que un Padre estaba orgulloso de mí, ahora sé que no será su envidia la que dicte mis acciones.

 

La Ascensión es la historia de un Hijo que se ha convertido en Padre, que se puede amar tanto como para no sentirse ya en la obligación de demostrar a los hijos que es digno, que se puede amar tanto como para poder decirle al hijo, sin miedo a la desvalorización, que él es mejor que nosotros. Esto es la Ascensión. Yo soy la felicidad de un Padre, haga lo que haga, de esto estoy seguro, esta es mi fe y mi única salvación.


Ascensión es beber por fin el veneno de los demás, reconocerlo y beberlo, ante sus ojos; si me siento amado por un Padre, si soy hijo de un amor ascendido a la plenitud, sabré dar el peso justo a las críticas, no permitiré que nadie envenene mi historia con sus mezquindades. Sentiré pena por su mezquindad. No tendré ningún temor a decir que soy un pecador, que no soy capaz, que podría haberlo hecho mejor. Beberé las palabras de quienes me odian, pero no les daré la oportunidad de envenenarme. Soy amado, este es el antídoto.

 

La Ascensión al cielo es olvidarse de las curaciones, pero no perder nunca la ocasión de transformar cada enfermedad en una posibilidad de curación.

 

La Ascensión es nacer a una nueva vida, es abrir los ojos para aprender a reconocer al Padre en todo lo que hacemos, en cada paso, en cada respiración. La Ascensión no es mirar al cielo preguntándose dónde habrá ido Jesús, sino aprender a mirarse dentro y a mirar alrededor para reconocerlo vivo, porque ahora el Padre actúa con nosotros y entre nosotros, y yo solo quiero aprender de Él, a convertirme en Padre, a bendecir antes de ascender a la vida eterna.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


Una meditación enamorada y contemplativa de la Ascensión (a modo de confesión espiritual) - San Mateo 28, 16-20 -.

Una meditación enamorada y contemplativa de la Ascensión (a modo de confesión espiritual) - San Mateo 28, 16-20 -

«Los once discípulos se dirigieron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado»: palabra a palabra, lentamente, quiero saborear hasta el fondo el buen sabor de esta frase. 

Sonidos que evocan y custodian, palabras que celebran un pasado y luego giran, en un tono prometedor, y se abren, como un fruto maduro, para construir una posible dulzura para el presente.

 

Se necesita contemplación para adentrarse en una frase así, se necesita tiempo, desconfianza hacia las apariencias y familiaridad con todo lo que habita en lo profundo, lo lento, lo silencioso.

 

«Los once», porque al final de la aventura humana nunca llegamos todos enteros, porque en el camino de la vida nuestro nombre se carga de algo que muere, de algo que traiciona, de algo o de alguien que faltará para siempre, de elecciones que hoy interpretaríamos de manera diferente.

 

El Evangelio toma a esos Once que somos, ese cuerpo marcado, y lo besa y nos reconoce dignos de cuidado, incluso de confianza. Once no es una vergüenza, es nuestro nombre: nosotros somos Once. La falta ya no hay que ocultarla, la traición no es un error de camino, todo, realmente todo está en ese nombre: Once. Y toda nuestra historia es reconocida.


A menudo pienso que mucho mal (a menudo involuntario) proviene de personas que querrían protegernos de nuestros errores, hombres y mujeres aparentemente cómplices de nuestra serenidad, gente que nos engaña haciéndonos creer que somos Doce, plenitud.

 

El Evangelio no finge, por suerte. El Evangelio recoge toda nuestra historia, no extiende un velo de olvido sobre nuestros errores, no oculta el pasado bajo montones de justificaciones; el Evangelio nos mira a los ojos llamándonos por el nombre que nos hemos construido. Con el tiempo. Sin vergüenza ni culpa. Once.

 

Yo soy Once, y no es cierto que Judas ya no esté, Judas está ahí, lo llevo dentro, encarnado en mi nombre que no finge plenitudes para nada humanas.

 

Once es la Iglesia, en esas Iglesias casi vacías, imagen de un Dios débil que no detiene ninguna fragilidad.

 

Yo soy Once, yo soy también el discípulo que no traiciona, yo estoy bajo la cruz, yo soy el que huye, yo soy el renegado, yo soy el que pide Su cadáver, yo soy Judas, yo soy el Centurión. Yo soy Once, y en ese nombre toda la historia, que habla de mí, que habla de cada uno de nosotros.


 

Yo soy el Undécimo, y estoy invitado a la vida, soy un náufrago de la navegación y, sin embargo, estoy realmente llamado, ahora, buscado por un Evangelio que no deja de seguirme, paciente y fiel más que cualquier otra cosa en el mundo.

 

Yo soy el Undécimo, ya no soy el discípulo que intenta ocupar el lugar a la derecha del Hijo, ese lugar ahora lo tengo, es mío, lo ocupo, porque he comprendido que a la derecha y a la izquierda del Crucificado hay verdaderos pecadores.

 

Yo soy el Undécimo, ahora puedo responder a la llamada del Maestro, ahora empiezo a comprender. Por eso Galilea, no por un simple retorno a los orígenes, sino por el complejo juego de la libertad, esa que permite releerse con mayor conciencia.

 

Yo soy el Undécimo, ahora puedes llamarme de verdad por mi nombre, Señor, yo soy el Undécimo. Y ya no tengo nada que demostrar salvo que te echo muchísimo de menos.

 

Yo soy el Undécimo y vuelvo al monte que Tú me has señalado, un monte de Galilea, un monte en mi casa, en el lugar que me ha elegido como hijo. Ese monte siempre ha estado ahí, pero yo no lo veía. Ahora que soy el Undécimo, sin embargo, lo reconozco: se llama transfiguración, bienaventuranza y calvario. A partir de hoy, también Ascensión.


Esa montaña es todas las montañas que hemos subido juntos, y por fin entiendo los tres años contigo, y por fin comprendo las diferentes manifestaciones de lo divino y tu firme seguridad al hacernos bajar de cada montaña; ninguna altura sagrada podía ser definitiva. Había que subirlas todas y llegar hasta aquí.

 

Yo soy el Undécimo, solo ahora comprendo que cada pedazo de tierra es una montaña que habla de Ti, que en cada fragmento de historia puedo sentir que estás a mi lado y espero aprender, antes de morir, a ver la luz en la sombra, la resurrección en la cruz, la bienaventuranza en la pobreza. La vida en la muerte.

 

Yo soy el Undécimo y no me avergüenza decirte que te veo mientras me postro ante cada ser que vive de Ti, y no me avergüenza decir que dudo de Ti. Como ocurre con todo amor que no se entrega a la banalidad. Como Undécimo quiero y puedo, encuentro el valor, no tengo nada que perder, Tú finalmente me has llamado con un nombre que reconozco. Que no debe ser defendido, que solo puede ser mostrado.

 

«Id y haced discípulos (…) bautizándolos», si aún estuviera en la ilusión del Doce habría sido el maestro, en cambio voy a ser el discípulo entre los discípulos, y lo hago con ligereza, y no tengo miedo de decepcionar porque ya he decepcionado y aún decepcionaré, ni siquiera de traicionar porque soy un Judas, ni siquiera de equivocarme porque aún me estoy equivocando.

 

Yo soy el Once, y soy amado; no creo que haya nada más cercano a la fe. Yo soy el Once, no salvaré el mundo; yo soy el Once, el mundo me bautiza a cada instante; creo que el único pecado es quedarse en seco, no tener el valor de emprender la inmersión de este camino a cada Galilea.

 

Yo soy el Once. Pero es precisamente esa grieta abierta en mi nombre, ese espacio de no plenitud, esa distancia con el Doce, lo que me salva. Yo soy el Once y, por lo tanto, no puedo hacer otra cosa que ver, postrarme y dudar. Pero eso es todo, todo lo que estoy llamado a hacer. No debo explicar a Dios, convencer a nadie, ganarme el paraíso. Debo ver, postrarme y dudar. Basta. El resto lo haces Tú. «Jesús se acercó».


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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