A ese Dios que procura siempre mi amistad - San Mateo 21, 33-43 -
Un obstinado impenitente, así es nuestro Dios; casi se diría que es un soñador romántico, de esos que ni siquiera ante lo evidente se rinden, alguien que parece no aprender nunca de las decepciones.
Es más, cuanto más evidente es la incomprensión, mayor
es su amor; cuanto más patente es el rechazo, más generosa resulta la oferta.
Nuestro Dios es verdaderamente único en su género.
Cuando piensa en el hombre, lo considera el más digno
de su confianza, de su cuidado y de sus atenciones; al fin y al cabo, lo ha
creado a su imagen y semejanza, y sabe bien cuáles serán sus sentimientos: «Respetarán a mi hijo». Y, sin
embargo…
Está obstinadamente convencido de que el hombre será
incluso capaz de ocupar su lugar, de administrar las cosas de Dios (que, al fin
y al cabo, son las cosas del propio hombre), como nadie más podría hacerlo; por
eso le entrega su patrimonio y se marcha. Nada que ver con la servidumbre.
«¿Qué es el
hombre para que te preocupes por él?
- repetirá asombrado el Salmo 8 - ¿el
hijo del hombre para que te preocupes por él? Lo has coronado de gloria y honor»,
nada menos. Y Hebreos 2, 16 añadirá: «Porque,
en efecto, no se preocupa de los ángeles, sino de la descendencia de Abraham».
Se preocupa por mí.
Mi historia, mi vida, es como una viña de la que Dios se ha ocupado desde la eternidad. Las atenciones, por otra parte, ¿no son acaso el termómetro del interés? ¿Acaso no medimos el desinterés de alguien hacia nosotros por las atenciones que nos niega?
Desde siempre, Dios ha soñado con que yo me realizara
a mí mismo dando el fruto deseado. Y para que esto fuera posible, no escatimó
en generosidad: creó todas las oportunidades para que esto pudiera suceder. «No os falta ningún don de la gracia»
(1 Cor 1,7), repetirá convencido San Pablo.
Por otra parte, ¿qué amor es aquel que no se expresa
según los cánones del exceso?
Y así, mi viña, la viña que es mi vida, la ha llenado
de las vides más selectas, no de desechos: ¡cuántos dones he recibido! La ha
situado en los lugares mejor expuestos a la acción de su gracia, no en un
precipicio: ¡cuántas oportunidades me ha ofrecido!
Ha eliminado todo aquello que acabaría por sofocar la
posibilidad de obtener savia vital. Incluso la ha rodeado de presencias que
pudieran protegerla de posibles ataques.
También ha colocado una torre desde la que avistar a
posibles enemigos que pudieran saquearla en época de vendimia y la ha dotado de
un lagar siempre listo para transformar las uvas en el abundante vino de la
fiesta a la que estoy invitado por derecho.
¿Qué más debería haber hecho?
Me parece muy parecida a la pregunta de la personas
enamorada traicionada que repasa las múltiples ocasiones en las que le demostró
a su pareja lo mucho que la quería. Me resuena mucho ese pasaje de Juan 13: «los amó hasta el final», es decir,
hasta donde le es posible a un hombre, hasta la muerte.
Y, en cambio… decepciones tras decepciones, amarguras
tras de amarguras.
En primer lugar, porque la relación se ha trastocado:
el don se ha convertido en conquista, en propiedad, y las manos pensadas para
acoger y compartir se han convertido en manos de saqueo.
Y aun cuando las cosas han ido así, ese impenitente
obstinado no se ha echado atrás. Ni mucho menos: ha seguido creyendo que yo
podría comprender por fin lo mucho que le importaba.
E incluso ante las señales evidentes de mi incapacidad
para acoger su oferta, ¿qué se le ocurrió pensar? Que yo era digno de medirme
con su Hijo.
Pero, Señor, ¡todo tiene un límite!
No, me sigue repitiendo. «Y cuando el hombre mereció la justa condena», ¿qué hace? Lo que
solo Dios puede hacer: «tú lo
redimiste en tu misericordia» (Prefacio II).
No se venga, como sugerirían, en cambio, los
interlocutores de la parábola. Dios nunca devuelve la moneda: siempre sube el
listón.
Claro que incluso Dios se siente decepcionado en
materia de amor. Casi dan ganas de decir que no acierta ni una: cuando trata
con el hombre, también Él tiene sus expectativas, que, sin embargo, pueden
verse frustradas.
Y, sin embargo, precisamente cuando parece que no
acierta, es entonces cuando el amor es más verdadero, porque no está encerrado
en la lógica mortífera de la venganza, sino en la fecunda lógica de la pura
gratuidad. De hecho, Él no sufre crisis de amor porque no conoce crisis de fe: «si nosotros carecemos de fe, Él, sin
embargo, permanece fiel» (2 Tim 2,13).
Incluso cuando parece que ya no hay salida, ahí está
Él de nuevo, en busca: «yo estoy a la purta y llamo» (Apocalipsis 3, 20).
Y sigue atravesando esas rendijas que solo la gracia
logra vislumbrar.
Y te encuentras a Pedro, a Mateo, a Zaqueo, a la mujer
de Samaria, a María Magdalena,…, entre aquellos a quienes se les pide que se
midan con la confianza de Dios.
¿Y yo? ¿Qué he hecho con la confianza que Dios ha
depositado en mí?
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF














