Espíritu Santo desconocido
Es un lugar común que
de las tres Personas divinas la tercera, es decir, el Espíritu Santo, es la
menos conocida. Ahora bien, dos mil años de cristianismo no pueden haber
transcurrido en vano: sería simplista en el fondo e incorrecto en el método
atribuir esta ignorancia sólo a la mala voluntad de los cristianos.
Provocativamente, me permito, como cristiano, actuando un poco en contra,
evaluar positivamente esta ignorancia, reforzada por el hecho de que es el
Espíritu mismo el que se niega a sí mismo un conocimiento satisfactorio en
todos los aspectos. En resumen: si se conociera, el Espíritu no sería quien es.
Por tanto, que el Espíritu permanezca desconocido es verdaderamente sabio
porque no quiere ser ávido de respuestas sino capaz de suscitar asombro.
Para
protegerme de la acusación por parte de la ortodoxia de herejía sigo los pasos
del Catecismo de la Iglesia Católica: "Nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el
Espíritu de Dios" (1 Co 2,
11). Pues bien, su Espíritu que lo revela nos hace conocer a Cristo, su Verbo,
su Palabra viva, pero no se revela a sí mismo. El que "habló por los
profetas" (Símbolo
Niceno-Constantinopolitano: DS 150) nos hace oír la Palabra del Padre.
Pero a él no le oímos. No le conocemos sino en la obra mediante la cual nos
revela al Verbo y nos dispone a recibir al Verbo en la fe. El Espíritu de
verdad que nos "desvela" a Cristo "no habla de sí mismo" (Jn 16, 13). Un ocultamiento tan
discreto, propiamente divino, explica por qué "el mundo no puede
recibirle, porque no le ve ni le conoce", mientras que los que creen en
Cristo le conocen porque él mora en ellos (Jn 14, 17)" (CIC 687).
Espíritu discreto… sin nombre
El Espíritu no tiene
nombre propio. Uno de sus nombres más recurrentes en el Nuevo Testamento es
"Espíritu Santo". Ahora bien, tanto el sustantivo como el adjetivo
son nombres también comunes al Padre y al Hijo: para el adjetivo, los textos
neotestamentarios son innumerables; en cuanto al sustantivo, son aplicables Jn
4,24 ("Dios [el Padre] es Espíritu"), 2 Co 3,17 ("El Señor
[Jesús resucitado] es Espíritu") y 1 Co 15,45 ("El último Adán se
convirtió en Espíritu vivificador"). Existe, sin embargo, en la tradición
cristiana un nombre, si no propio, ciertamente menos común -"Don"-
que, atribuido al Espíritu ininterrumpidamente desde el siglo IV al XVI, tiene
claras raíces bíblicas. El Espíritu es, pues, el Don por excelencia, sin
comparación. De ello extraigo tres sencillas consecuencias.
Primera: antes y más
que darme sus dones y producir sus frutos, el Espíritu se da a sí mismo como
don y se reproduce como fruto, si me dejo "guiar" por él. Así se
desprende de Gál 5,22: donde "el amor, la alegría, la paz..." se
califican de don en singular, en estridente antítesis deliberada con las
pasiones y deseos (plural) de la carne (v. 24) y con el comportamiento (también
plural) de los carnales (vv. 19-21). En segundo lugar: puesto que un don es completo
cuando se recibe, me corresponde a mí disponerme a acogerlo responsablemente.
Por último: sin desmerecer en absoluto al Espíritu Santo, se me exhorta
discretamente a "decir" el nombre del Señor Jesús y a
"gritar" el de "Abba, Padre", con una infinita paz para los
que sacan a relucir el nombre del Espíritu a cada paso.
Espíritu velado… sin rostro
El Espíritu no tiene
rostro propio. La iconografía cristiana -salvo raras excepciones- nunca se ha
atrevido a representar el rostro del Espíritu, rostro que, sin embargo, es el
rasgo más característico de la persona. Además, ¿qué textos bíblicos podrían
haberlo inspirado, dado que el Nuevo Testamento utiliza metáforas físicas para
describir al Espíritu (agua, unción, fuego, nube, sello, viento), metáforas animales
(paloma) o, a lo sumo, vagamente personales (aliento/respiración, mano, dedo)?
Es una invitación -entiendo- a no encasillar al Espíritu en mis esquemas teóricos
o prácticos, a no hacerme una idea precisa de él sino, por el contrario, a
permitirle hacerse una idea -ésta muy precisa y exhaustiva- de mí y a moldearme
a partir de esta idea, que consiste en hacerme una "copia" cada vez
más fiel de Jesús, "empujándome" para que pueda "seguir" a
Jesús. Por tanto, ¡ay de mí si pongo mis manos sobre el Espíritu disponiendo de
él!; ¡dichoso yo, en cambio, si me abro al Espíritu poniéndome a su
disposición, disponible para él!

Espíritu gratuito… sin interés
El Espíritu, aunque
siempre presente, no quiere que me preocupe por su presencia. Lo hace todo, en
cambio, para que yo reciba como un don suyo la presencia de Otro: la presencia
cósmica y eclesial del Hijo, el único nombre en el mundo dado a los hombres en
el que debemos salvarnos. "El Espíritu -escribe el Cardenal Martini – hace
presente aquí y ahora al Viviente [Cristo] más allá de toda barrera social,
racial, cultural, religiosa". Él crea el espacio para Jesús, interviniendo
para que nazca de María como "Dios con nosotros", sea reconocido como
Hijo, se enfrente a los duros "asuntos de la vida", anuncie el
Evangelio de la salvación, admire la obra de Dios con una alegría incontenible
y resucite de entre los muertos. Me equivocaría si insistiera obstinadamente en
contemplar su presencia en lugar de la de Jesús. Así como debería, en lugar de
rezarle a él, dejar que el Espíritu ore en mí asociándome a sus "gemidos
inefables": la tradición litúrgica lo ha comprendido bien, que ha
compuesto pocas oraciones dirigidas al Espíritu, muchas dirigidas a Cristo y
muchísimas dirigidas al Padre. Nada malo, pues, si pienso raramente en el
Espíritu. Para vivir, no es necesario pensar en el aliento, basta con respirar.
Para vivir con el Aliento del Padre y de Jesús, basta ritmar mi respiración en
Él-Respiración.

Espíritu inefable… sin palabras
El Espíritu, que
también tiene voz propia, no habla de sí mismo, sino de Jesús e,
indirectamente, del Padre de Jesús. No tiene palabras propias que decir, sino
que "enseña", "recuerda", "da testimonio",
"proclama", "glorifica", "conduce a" Jesús. Lo
poco que sé del Espíritu, lo sé observando lo que ha hecho en Jesús, en quien
habita en plenitud. No me trae un evangelio nuevo, sino el único evangelio
proclamado por Jesús, del que él es -por así decirlo- el salmo responsorial. Es
capaz de hablar porque oye a Jesús; es capaz de dar porque recibe de Jesús; es
capaz de habitarme porque habita a Jesús; de consolarme porque recibe del Padre
y de Jesús la fuerza para hacerlo; de hacerme recordar porque él mismo recuerda
a Jesús; de venir porque parte del Padre y de Jesús. De aquí saco una
sugerencia: no hagamos -casi por una especie de complicidad secreta entre él y
yo- cortocircuito con el Espíritu Santo dejando de lado a Jesús, "único
mediador entre Dios y los hombres", que debe ser en cambio constantemente
recordado-seguido-esperado. En efecto, es hermoso y conmovedor que sea el
rostro y la palabra de un Hombre -Jesús, de hecho- para revelarme al Espíritu,
que es Dios, pero no tiene ni rostro ni palabra propios.

Espíritu abierto… excéntrico
El Espíritu es él
mismo precisamente en la medida en que se olvida de sí mismo en favor de Jesús
y del Padre. Se podría decir que su 'ser en sí' es todo 'ser para los Otros'
-el Hijo y el Padre-, con los que mantiene las relaciones más profundas y a los
que se refiere con total desinterés. Es 'en sí' estando 'fuera de sí': el
Catecismo de la Iglesia Católica habla incluso de una 'aniquilación propiamente
divina'. Así, el Espíritu me recuerda que Dios no es poseerse, sino darse; 'no
recibir dones, sino darlos' (Lutero); no tener las manos cerradas, sino tener
las manos... traspasadas… abiertas. Y me sostiene con su inmenso poder para
que, teniendo en mí los mismos sentimientos que Cristo Jesús, realice la
promesa: "quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la
salvará". Todo lo que no se "desperdicia" por el pobre Cristo y
el Cristo pobre, se pierde inexorablemente perdido.
Feliz Pascua de Pentecostés
En resumen, ¿qué
hacer con el Espíritu Santo? Precisamente nada. No se trata de hacer, sino de
dejarle hacer. Con la certeza de que 'el Espíritu obra antes que nosotros,
mejor que nosotros, más que nosotros'. Y con la convicción de que en nuestra
relación con Dios, cuanto más vivimos con Él, más infinito se vuelve Él y más
pequeños nos hacemos nosotros. ¡Ay, cuando uno era niño, parecía que Dios y el
hombre podían jugar juntos! Pero al llegar a la edad adulta, uno descubre cuán
infinito es Dios y cuán infinita es nuestra distancia de él. Todo acaba en la
ignorancia. Ignorancia, ciertamente; pero -utilizando el maravilloso oxímoron
de la obra homónima de Nicolás de Cusa: "docta ignorantia", es decir, una ignorancia consciente, sabia,
constructiva,…, literalmente que es oculta a los entendidos y sabios y revelada
a los pequeños y sencillos.
P. Joseba Kamiruaga
Mieza CMF