Jesús, relato de Dios - San Juan 14, 1-12 -
Este relato recoge algunas palabras extraídas de los «discursos de despedida» del cuarto Evangelio, aquellos pronunciados por Jesús al término de su última cena con los discípulos.
La separación entre Jesús y sus «amigos» (cf. Jn 15,13-15)
está cerca, y Él acaba de anunciar la traición de Judas (cf. Jn 13,21) y la
negación de Pedro (cf. Jn 13,38). Para que los discípulos no se entristezcan
ante la separación, Jesús se dirige a ellos con gran ternura —«No se
turbe vuestro corazón»— y los invita a la fe: «Tened fe en Dios y tened fe
también en mí».
Jesús ya había dicho que la verdadera obra agradable a
Dios es la fe (cf. Jn 6,29); aquí, en un contexto de crisis para su comunidad,
desorientada ante el futuro que le espera, refuerza su confianza con una
promesa: «En la casa de mi Padre hay muchas moradas; voy a prepararos un lugar».
Jesús está a punto de entrar en la casa del Padre, el
Reino, pero antes promete a sus discípulos que la separación de ellos será solo
temporal: «Cuando os haya preparado un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para
que también vosotros estéis donde yo estoy». He aquí el gran consuelo
reservado a quienes se unen a Jesús y viven con él una relación de intimidad:
nada ni nadie puede arrebatarlos de su mano (cf. Jn 10,28-29), ya ahora y luego
al final de los tiempos, cuando él venga en gloria y los lleve consigo.
Sin embargo, Jesús sabe bien que no basta con indicar
la meta, sino que hay que mostrar también el camino para alcanzarla. Por eso
añade: «Sabéis adónde voy». Pero Tomás no lo comprende y le pregunta: «Señor,
no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?». Y sin embargo,
él mismo había exhortado poco antes a los demás discípulos a seguir a Jesús, a
ir a morir con él (cf. Jn 11,16)… Jesús le responde entonces: «Yo
soy el camino, la verdad y la vida. Nadie viene al Padre sino por mí».
Estas palabras tan solemnes expresan la singularidad
del cristianismo: desde que Dios se hizo hombre en Jesús, este hombre ha
abierto un camino único para ir a Dios; ahora, para conocer a Dios hay que
conocer a Jesús, para creer en Dios hay que creer en Jesús. La verdad es una
persona, Jesucristo: es Él quien con su vida nos ha mostrado el camino para ir
al Padre; por lo tanto, el camino es la forma de vivir de Jesús, y viviendo
como él podemos participar de su vida, que es vida verdadera en plenitud, «vida
eterna».
Por eso, inmediatamente después, a Felipe, que le pide: «Muéstranos al Padre y nos basta», Jesús le responde: «Quien me ha visto, ha visto al Padre… Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí». «Quien ve a Dios muere» (cf. Éx 33,20), reza el adagio bíblico: esta es la forma de expresar la santidad de Dios, la verdad del Dios que no puede recibir un rostro del hombre, sino que es Él mismo quien levanta el velo sobre sí mismo.
El creyente del Antiguo Testamento pide repetidamente
a Dios que le muestre su rostro; este es el deseo más profundo que lo habita:
es la petición de Moisés (cf. Éx 33,18), es la invocación del salmista (cf. Sal
43,3); y, sin embargo, el rostro de Dios se manifiesta más allá de la muerte…
Pero la humanización de Dios en Jesús ha hecho posible
esta visión, de modo que el prólogo del cuarto evangelio ha podido afirmar: «Nadie
ha visto jamás a Dios, pero el Hijo unigénito nos lo ha contado» (cf.
Jn 1,18). Sí, Jesús es el último y definitivo relato de Dios, y quien ve el
rostro de Jesús ve al Padre.
Pero ¿qué veían los discípulos sino a un hombre, nada
más que a un hombre, que con su vida narraba a Dios? Quienes vieron a Jesús
vivir y morir de esa manera tuvieron que creer que aquel hombre había narrado
verdaderamente a Dios: y Dios, resucitándolo de entre los muertos, declaró que
en la existencia vivida por Jesús se había dicho todo lo esencial para
conocerlo.
Cuando nuestro Dios quiso revelarse plenamente, sin
opacidad, lo hizo en un hombre, Jesús, «la imagen del Dios invisible» (Col
1,15): esta es nuestra fe firme y el camino por el que vamos al encuentro del
Señor Jesús, en la espera de su venida en la gloria, cuando nos llevará
consigo.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF







