El reality show de esta política y su vulgaridad
Los ejemplos de nuestra política son muchos y notables…
Hay una línea que antes separaba el desacuerdo de la
animadversión, la crítica del insulto. Una línea sutil pero evidente, que
imponía dignidad incluso en los enfrentamientos más acalorados.
Esa línea, en la vida política, ha sido borrada.
En los últimos tiempos, el debate público ha sufrido
una transformación profunda y peligrosa: no solo se ha embrutecido el lenguaje,
sino que ha cambiado la naturaleza misma del enfrentamiento.
Las palabras ya no sirven para convencer, sino para
destruir. La política ya no es antagonismo, es guerra. Y como en toda guerra,
el objetivo es aniquilar al otro, incluso en el plano humano.
El resultado está a la vista de todos: una escena
pública en la que el insulto se ha normalizado, la violencia verbal se tolera y
la vulgaridad se ha convertido en sinónimo de autenticidad.
Las palabras se han vuelto cada vez más duras, los
objetivos cada vez más personales, los límites cada vez más inexistentes.
No es un problema de un partido político.
Todos, tarde o temprano, han contribuido, y siguen contribuyendo, a esta
deriva.
Y todo hasta empeora con las redes sociales. La violencia
verbal se ha multiplicado, atomizado y despersonalizado. Cualquiera puede
insultar a cualquiera. Cada palabra se repite, se exagera y se saca de
contexto.
No sé si hemos llegado a los últimos peldaños... o queda aún algo peor.
Porque ya no se trata de invectivas políticas. Ni siquiera es antipatía ideológica. Es puro desprecio por lo humano. Es el cortocircuito de una civilización que ha perdido los frenos. Se diría que nadie es ajeno a esta degeneración. Cualquiera parece optar por responder a veces con el mismo tono.
Los ejemplos de nuestra política son muchos y notables…,
y confirman que la vulgaridad ya no es una excepción: se ha convertido en un
estilo.
En el foro de nuestra política se ha desplazado la
atención de los programas hacia un liderazgo cada vez más populista, capaz de
establecer un vínculo empático con una parte significativa de la opinión
pública.
Los ciudadanos confían cada vez más en figuras que, en
apariencia, parecen capaces de ponerse en su lugar, de hablar su idioma y de
encarnar —más que representar— sus experiencias y frustraciones.
Partiendo de esta premisa cierta política ha adquirido
un tono deliberadamente vulgar y provocador, reflejando un modelo comunicativo
que se ha consolidado en la era de las redes sociales.
Los insultos, la simplificación extrema y el rechazo del lenguaje institucional no son simples elecciones retóricas, sino elementos estructurales de un código comunicativo que ya se ha convertido en habitual.
En un panorama en el que la comunicación política se
basa en la capacidad de atraer la atención, indignar y polarizar, se ha
construido un discurso que rompe deliberadamente con el decoro y las
convenciones del lenguaje político tradicional.
Este enfoque no es solo una ruptura con el pasado,
sino un indicador de las transformaciones más profundas que han afectado a la
forma en que se ejerce y se percibe el poder en la sociedad contemporánea.
La política se está volviendo obscenamente vulgar.
A veces uno compara el lenguaje de algunos políticos con el de un niño de 10 años con un nivel medio de alfabetización, tanto por la estructura de las frases como por el léxico y el escaso dominio de la gramática cuando se va más allá de la simple construcción sujeto-verbo-complemento.
Y uno se da cuenta de que este tipo de lenguaje, esta
narrativa, funciona: atrae a una parte numerosa de la sociedad. Y uno comprende
que, en la actual fase de esta manera de entender y ejercer la política, la
capacidad de captar la atención es más importante que la calidad del discurso.
¿Dónde reside la verdadera amenaza para nuestra
democracia aún balbuciente en el tiempo del uso de un lenguaje irreverente,
desenfrenado, indecente…?
Uno de los principales peligros lo representa la difusión masiva de desinformación y la
creciente polarización del debate
público. Cada vez es más difícil distinguir lo verdadero de lo falso,
mientras que prevalece la lógica de la división, que enfrenta a unos contra
otros en lugar de favorecer aquel debate o diálogo que no es precisamente el
intercambio de golpes...
Si el debate político se reduce a enfrentamientos
frontales se pierde la capacidad de tender puentes, de generar consensos entre
diferentes y de encontrar respuestas compartidas.
Hoy en día, la política parece moverse en un constante
campo de batalla verbal, donde el respeto es un obstáculo y la mesura un
defecto. El insulto ha sustituido al argumento, la agresión ha sustituido al
debate. Ya no se combaten las ideas sino las personas.
Pero las palabras no son inofensivas. Crean clima,
difunden mentalidades, preparan gestos. Si el Parlamento puede convertirse en
una arena de reality show, entonces corremos
el serio riesgo de dejar de caminar en la madurez de nuestra democracia.
Porque sin respeto, sin palabras civilizadas, sin
sentido del límite, la democracia se desmorona.
Seguramente también sea éste el momento de redescubrir
el valor del silencio, del respeto, de la responsabilidad… No por moralismo,
sino por necesidad.
Porque una democracia que se acostumbra al insulto,…, a
la vulgaridad como pan de cada día, es una democracia que se prepara para lo
peor. Y lo peor, a veces, llega en silencio, después de años de insultos… y de
vulgaridad.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF










