viernes, 13 de marzo de 2026

A la izquierda española: una política de las cosas concretas y reales.

A la izquierda española: una política de las cosas concretas y reales

En una etapa en la que avanzan hasta galopando actitudes políticas antidemocráticas y se normalizan ciertos discursos autoritarios, la falta de unidad de la izquierda no es un detalle. Es una cuestión muy importante.

 

La colaboración y la unidad no significan un partido único, ni una fusión organizativa, ni necesariamente presentarse siempre juntos a las elecciones.

 

Significa, por ejemplo, construir convergencias políticas sólidas sobre objetivos claros, adoptar posiciones comunes cuando están en juego los derechos, la justicia social y la calidad de la democracia, coordinar fuerzas en temas decisivos para el país…

 

Personas más competentes que yo - que tampoco soy para nada competente en política - seguramente indicarán cuáles sean las prioridades más evidentes y cómo traducirlas en decisiones concretas.

 

Pero lo que creo que está en juego es contrarrestar ciertas derivas autoritarias y neofascistas, que se manifiestan en las propuestas políticas, en el lenguaje, en los estilos… de algunas derechas y de las corrientes que están más a la derecha que la derecha.


 

Esto significa, por ejemplo, defender el Estado de derecho y la centralidad del bien común frente a otros intereses particulares, particularmente, de los poderosos.

 

Una democracia también se mide por cómo protege a quienes tienen menos voz y menos poder.

 

A mí me parece que es la sociedad la que necesita una unidad de izquierda como proyecto político para colaborar siempre desde el respeto mutuo y decidir sobre prioridades compartidas.

 

Y para oponerse a ciertas derivas y modelos de la sociedad que nos quieren proponer desde la derecha más extrema. Pero sobre todo para construir juntos algo mejor.


 

En el fondo, y por eso esta reflexión, yo creo que nuestra democracia sigue necesitando consolidarse, tanto como seguir haciendo más justa la sociedad.

 

A estas alturas no sé si es tan necesario hacer ruido sino centrarse en lo esencial: un proyecto que canalice todas las fuerzas, políticas y sindicales, y que pretenda construir una alternativa a la derecha sin caer, como ha ocurrido a menudo en el pasado, en el personalismo.

 

Incluso, mejor aún, sin entrar en la trampa de eso discursos de salón típicos de una cierta política desconectada de las luchas concretas.

 

¿Será esta la ocasión adecuada para unir finalmente las fuerzas en torno a un objetivo común? ¿O nos encontramos ante el enésimo intento de marchar por separado, para luego disipar las energías de cara a las próximas elecciones autonómicas, municipales, nacionales…? 

¿No es necesario promover la cooperación de mentes críticas y comprometidas de izquierda, evitando así su dispersión? ¿No es necesario abrir espacios de alternativa plausible a tanto neoliberalismo político rampante? ¿No es necesario garantizar una izquierda fuerte y crítica, capaz de producir respuestas socialmente avanzadas a las necesidades y expectativas existentes?

Sí, detrás de tanto discurso de lo “macro”… necesitamos una izquierda que abogue por una política de las cosas concretas y reales. La tarea es ardua. Tiene su complejidad. También su dificultad. Pero siempre vale la pena intentarlo.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 10 de marzo de 2026

Al Sr. Juan Gabriel Rufián Romero.

Al Sr. Juan Gabriel Rufián Romero

Dicho sea con el respeto a un representante político, y portavoz de Esquerra Republicana en el Congreso de los Diputados, al que me atrevo a escribirle. Y con libertad. Lo digo también de antemano: le sigo en sus intervenciones. Y me gusta su forma de hablar. Y sus contenidos. 

 

No, no se trata de una provocación difundida por algún comentarista político: todos nos estamos acostumbrando a considerar que esta democracia está gravemente enferma.

 

Una enfermedad que no ha afectado tanto a la institución en sí, sino a la cultura democrática sobre la que hemos basado nuestro funcionamiento.

 

Es bastante natural que la democracia presente algunos achaques, teniendo en cuenta también el escaso margen de tiempo que lleva regulando nuestra vida de ciudadanos.

 

Pero esto no hace que la cuestión sea menos alarmante, sobre todo porque las causas del malestar son tan evidentes como desarmantes: esta democracia ha comenzado hace tiempo a dejar de responder a nuestras expectativas.

 

La decepción va generando crecientes manifestaciones de desconfianza, capaces de suscitar sentimientos diversos y contradictorios.

 

Por ejemplo transformarse en desafección y distanciamiento individual: reconozco que el sistema no funciona y renuncio a participar en él, dejo de votar y de interesarme por la política. Es decir, paso.

 

O bien genera un estado de ánimo de resentimiento colectivo que se alimenta de la comparación con otras realidades: observamos el resto del mundo y vemos gobiernos y regímenes diferentes, aparentemente capaces de crecer y fortalecerse mejor y más rápidamente que nosotros, mientras que nosotros, ricos en parlamentos nacionales, autonómicos y municipales, permanecemos al margen.

 

No es de extrañar que estas realidades se conviertan en puntos de referencia para quienes, al otro lado de la frontera, se hacen eco del descontento.

 

Cuando estas formas de decepción se acumulan, asistimos a un rechazo del espacio democrático que, con el tiempo, acaba alimentándose a sí mismo: cuanto más crece la desconfianza en la democracia, menos capaz es esta de responder a las expectativas.


Seguramente evitar demonizar estas manifestaciones contribuiría a reforzar la cultura democrática: son el síntoma, la «fiebre» con la que el cuerpo de nuestro sistema agonizante reacciona a una enfermedad.

 

Como cualquier respuesta autoinmune, también esta, si se prolonga demasiado, corre el riesgo de dañar el organismo, pero eso no nos autoriza a confundirla con el virus que la ha provocado.

 

Si nos limitamos a tratar los síntomas en lugar de las causas profundas, corremos el riesgo de agravar al «paciente» en nuestro afán por bajarle la temperatura.

 

Por lo tanto, la curación no se producirá tratando a las fuerzas antidemocráticas como si fueran elementos ajenos al cuerpo que las ha generado.

 

Peor aún sería ignorarlas, intentando aislarlas con la ilusión de que la sociedad plural puede curarse por sí sola o, por el contrario, dando por perdida a esta última, ya desprovista de toda fuerza para reaccionar. Entonces sí que estaríamos realmente en problemas.

 

Hay quienes parecen esperar solo a que la voz de la democracia se debilite para llenar el vacío con propuestas capaces de sacudir a las masas de su apatía: desde las peligrosas promesas del fanatismo de ciertas derechas, hasta seducciones más sutiles y sofisticadas, hábiles para limitar el espacio político sin dar la impresión de comprometer nuestra libertad. El mundo hipertecnológico, propuesto por ejemplo Musk, es solo el ejemplo más evidente. Pero no el único.

 

No se trata de un destino ineludible: aún habría posibilidad de intervenir antes de llegar al punto de no retorno. Empezando precisamente por medir mejor la fiebre de la insatisfacción para comprender el estado real de salud de la democracia.

 

Quién sabe si no descubriríamos que estamos… incluso más enfermos de lo que creemos.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 9 de marzo de 2026

Tocar lo divino.

Tocar lo divino

De los cinco sentidos, mi favorito es sin duda el tacto.

 

Siempre me ha parecido un poco el pariente pobre entre los cinco.

 

La vista y el oído acaparan casi toda nuestra atención. Al gusto le dedicamos incluso programas de televisión de éxito con cocineros de renombre. Y el olfato es por el que quizá gastamos más dinero en desodorantes y perfumes.

 

Pero, si sentimos que estamos vivos es porque alguien nos toca.

 

Aún recuerdo como si fuera ayer el día en que, hace ya muchos años, puse mis manos sobre el cuerpo de una adolescente con un cáncer que fue avanzando sin tregua, inmisericorde.

 

Mirándome a los ojos, me dijo: «Me has tocado con cariño». Y así fue.

 

Su nombre era Yaima, alumna de 1º de Bachillerato. Adolescente a la que muchos Domingos a la mañana visité en su casa durante su convalecencia.


Y a la que despedí en aquella fría y oscura madrugada en el Hospital cuando el cuerpo entonces inerte aún conservaba algún asomo de calor. 

 

Hoy no es Domingo. Pero, no, no me he olvidado, Yaima. Descansa en paz.


De los cinco sentidos, el tacto es el que transmite menos información, pero es la más básica, la indispensable: estoy aquí, te quiero...

 

Sin embargo, también es el sentido que tiene una connotación emocional más fuerte: ninguna imagen, ningún sonido, ningún perfume nos conmoverá jamás tanto como una caricia, ni nos herirá tanto como una bofetada.

 

¿No es cierto que cuando queremos decir que algo nos ha emocionado profundamente decimos que nos ha «tocado»?

 

Debe ser por eso que me parece que no poca gente ha desarrollado una especie de fobia al contacto físico.

 

Quizá sea porque pasamos horas y horas apretujados como sardinas en el metro, abrazados a perfectos desconocidos, quizá sea porque las emociones fuertes nos dan miedo y al mismo tiempo las deseamos, pero me parece que ya nadie se deja tocar de buen grado.

 

Todavía recuerdo lo que me impresionó en Londres ver la atención con la que la gente evitaba tocarse en el ascensor.

 

Como si tocarse en el ascensor fuera el preludio de acostarse juntos.

 

Por eso me conmueve profundamente el hecho de que Jesús quiera tocarme.

 

A Jesús le gustaba tocar a la gente, los Evangelios nos muestran continuamente que toca. Toca a todos, hombres, mujeres, niños, ancianos.

 

Incluso a los intocables, a los leprosos.

 

Tiene una caricia para todos, a menudo impone las manos en señal de bendición.

 

Y no puedo evitar preguntarme cómo habrá sido ser tocado por Él.

 

Si es cierto que el tacto es el sentido que comunica las emociones más fuertes, ¿cómo vivieron aquellos el hecho de que Él les tocara?


 

En el libro del Éxodo se dice que nadie puede ver a Dios y seguir con vida, ¿no será esto aún más cierto para aquellos que lo tocan?

 

Pero, Jesús tocaba a todos.

 

Y todos podían tocarlo.

 

No rehuía el contacto.

 

A veces se entregaba a la multitud hasta el punto de que la gente lo empujaba y lo apretujaba por todas partes.

 

Precisamente una situación que yo detesto. Lo confieso.

 

Sin embargo, Él parece sentirse perfectamente a gusto.

 

Jesús quiere que Tomás también lo toque: extiende tu mano, tócala, siente esta carne herida, aún sangrante, caliente de amor.

 

Jesús ha inventado una forma de que yo lo toque.

 

Cada día tomo su cuerpo entre mis manos.

 

Es pan, claro, y es su cuerpo, su carne, su presencia.

 

Y se entrega a mí. Totalmente. Irrevocablemente.

 

Y también quiere que todos los que tienen hambre y sed… lo toquen.

 

Quiere sentir a través del tacto que estamos ahí, que lo amamos.

 

Tantas veces lo pienso cuando lo tomo entre mis manos.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Educar en el encanto del placer del silencio.

Educar en el encanto del placer del silencio

El silencio es un bien tan precioso como descuidado, de máxima importancia para el bienestar personal.

 

Creo que algunos estudios han demostrado/están demostrando que ruido del tráfico rodado, del ferrocarril, de los aviones, de los aires acondicionados, de la música a alto volumen,…, tiene un impacto muy alto en la salud de las personas.

 

Sin hablar de las molestias del sueño. Por ejemplo, despertarse a menudo por el ruido sin poder volver a conciliar el sueño, o verse obligado a elegir entre abrir la ventana para recibir un poco de aire fresco o cerrarla para no sufrir la violencia del ruido, y tal vez también la de los gases de escape, las partículas finas, el dióxido de nitrógeno...

 

Para ser una ciudad precisamente saludable y silenciosa se debería prohibir los coches y permitir la circulación solo a pie o en bicicleta y, para las largas distancias, en transporte público con energía solar, como ocurre en algunos barrios modelo de ciudades del norte de Europa, donde los niños van al colegio a pie, solos o con otros niños, y juegan, sin adultos que los dirijan y controlen, en las calles, plazas y prados circundantes, como yo jugaba (¡qué recuerdos!)… hasta la progresiva extinción de los propios niños.


¿Mudarse a estos lugares? ¿Trasladarse? ¿Quién puede permitirse establecer su hogar en zonas tranquilas, lejos del tráfico, sin sufrir las molestias de los largos desplazamientos diarios? ¿No sería, por tanto, previsor hacer que las ciudades descubrieran por sí mismas el placer del silencio, en lugar de imponerles la obligación de preservarlo, y que las personas aprendiéramos su valor y lucháramos por una nueva ecología… del silencio?

 

No es fácil defender las razones del silencio porque el silencio da miedo, siempre lo ha hecho. El silencio se asocia en el pensamiento analógico con la muerte, la oscuridad - otro valor descuidado -, el frío, la soledad.

 

Es la palabra la que cuenta, la que actúa y pone en marcha el mundo, la que lo crea con el verbo divino por ejemplo en la tradición judeocristiana; es la palabra la que caracteriza al ser humano —explica Aristóteles— junto con la sociabilidad.


Pero el silencio, que parecería no ser palabra, no ser ruido, no ser vida, casi no ser, es una elección que abre a una ecología también existencial, para conocerse a uno mismo, desarrollar relaciones auténticas y liberar la creatividad.

 

Es difícil experimentar el aislamiento acústico total. Es algo que se puede hacer en laboratorios especiales revestidos con paredes dobles y triples de acero y hormigón. Estar encerrado allí dentro hasta puede parecer más insoportable que estar en la oscuridad total. El simple hecho de cerrar los ojos nos da una experiencia aceptable; los oídos, en cambio, no tienen párpados, siempre están activos.

 

Los oídos permiten diferentes formas de escucha más o menos concentrada, que definimos con diferentes verbos: oír, es decir, absorber los ruidos sin prestarles especial atención, y escuchar, concentrarse en los sonidos y voces que nos rodean y aislar lo que nos interesa.

 

El latín tiene incluso verbos diferentes para indicar el silencio de las voces humanas, taceo, y el de las voces de la naturaleza y las cosas inanimadas, sileo.


El silencio tiene otros muchos detalles. Por ejemplo, el detalle de las pausas. Las pausas musicales o las pausas entre una palabra y otra: intersticios mínimos pero fundamentales para comprender el sentido de las frases.

 

Y pensaba cómo sería el silencio de Jesús, o la cadencia de sus palabras, o el tono de su voz, o las pausas en sus fraseos…

 

Y pensaba en la relación entre el silencio y esa enfermedad de nuestro tiempo, diagnosticada ya desde hace muchos años, que se llama exceso y que somete al silencio a los ataques desenfrenados de los ruidos.

 

Hay quien demoniza las redes sociales. Por ejemplo, el tiempo que se pasa en ellas.

 

Yo creo que el exceso de tiempo que se dedica a esa actividad es hasta sintomático… porque tal vez en su lugar deberíamos crear un poco de tiempo vacío, gratuito, incluso aburrido,…, silencioso. Tiempo de silencio para pensar, reflexionar y fantasear, y para usar nuestra inteligencia sin cederla a la inteligencia artificial.


El problema hoy en día radica en el exceso (del latín excedere, «sobrepasar»; ir más allá del límite, superar la medida justa y los términos debidos).

 

Exceso de comunicación, de número de canales de televisión, de libros inútiles, de horas pasadas frente a las pantallas. Exceso del número de objetos y de su tamaño, pero también demasiados estímulos, demasiada información, demasiada comida y, sobre todo, demasiado ruido producido también individualmente, por personas que no se preocupan por ensordecer a los demás, así como por cegarlos con luces muy potentes.

 

No lo sé. Ya no estoy en el mundo de la educación. Pero se me ocurría que a lo mejor sería interesante, ¿o más bien necesario?, educar en el encanto del placer del silencio. Esto sería más eficaz que insistir en el deber de preservarlo. Creo que hasta podría ser un aspecto de la ecología. Me refiero a la ecología existencial.

 

Ahí lo dejo. 


En silencio. El que yo guardo. Y el que me guarda.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

 


domingo, 8 de marzo de 2026

¿Y si hacemos nuevas todas las cosas? - Apocalipsis 21,5 -.

¿Y si hacemos nuevas todas las cosas? - Apocalipsis 21,5 -

Desde hace bastantes años me gustan las visiones del futuro porque nos permiten pensar a largo plazo, mirar hacia adelante y descubrir partes de la realidad inesperadas, posibles, a veces atractivas y dignas de imitar, otras veces de evitar.

 

Pensar en el futuro, jugando y usando la imaginación, nos permite tener visiones, generar perspectivas y prepararnos para el futuro, antes de que suceda.

 

Necesitamos prever el futuro. Para tomar decisiones que no sean miopes, para construir algo que tenga sentido y perdure en el tiempo, para orientar el camino de las próximas generaciones.

 

A mí me gusta hacerlo para divertirme, para crear perspectivas y ampliar los horizontes que soy capaz de vislumbrar. Me hace sentir que tengo más oportunidades.

 

Por supuesto, predecir no siempre significa «cumplirse»: podemos imaginar miles de futuros, pero entonces... ¿cuál será el que realmente se materializará?

 

Predecir no es importante SI la predicción es correcta, sino porque nos permite pensar y también prepararnos para posibles escenarios.

 

Ahí está, esa palabra mágica: «escenarios».


Un escenario es aquello que nos permite sentirnos protegidos y que, al mismo tiempo, nos indica un lugar donde probablemente viviremos: proviene del griego skené, que en el teatro indicaba la parte cubierta del escenario, y la comparación es con el sánscrito channa (lugar donde morar).

 

Para mirar hacia el lugar de lo posible, en ese camino imaginario, podemos utilizar la facultad imaginativa del pensamiento que podemos llamar «contemplación».

 

En pocas palabras: para mirar hacia el futuro y ver algo claro, es necesario saber hacia dónde mirar y según qué reglas.

 

Por decirlo con una metáfora: imagina que estás en la cima de una montaña y tienes que buscar una ciudad. Si no sabes dónde mirar, no la encontrarás en absoluto, o lo harás con dificultad. Del mismo modo, si la ciudad está lejos, necesitas prismáticos, de lo contrario será imposible verla.

 

Cuando extendemos nuestro pensamiento hacia el futuro, tenemos muchos lastres que nos bloquean: los prejuicios, los miedos, la desinformación o la simple falta de ejercicio imaginativo. 


Por eso, una de las mejores formas de traspasar las fronteras y acceder al futuro es jugar.

 

¿Cómo se juega al futuro? 


Es muy sencillo, lo hemos hecho millones de veces, pero quizá ha pasado un poco de tiempo: lo hacíamos cuando éramos niños y luego dejamos de hacerlo.

 

Dejamos de jugar con los futuros posibles porque pensamos que, una vez que tomamos el camino de la identidad carismática, vocacional, congregacional, institucional,…, nuestro camino solo va en esa dirección. 


Claramente, no es así. Solo es un razonamiento cómodo.

 

¿Qué haríamos, o que no haríamos, si tuviéramos que comenzar de nuevo?


¿Y si hacemos cosas nuevas? 


Si lo imaginamos... a lo mejor incluso haremos cosas más grandes que las que hizo Jesús (cf. Juan 14, 12) ... ¿o será esa una exageración sin más y sin sentido del Maestro?


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¿Quién es Éste? - San Mateo 26,14-27,66 -.

¿Quién es Éste? - San Mateo 26,14-27,66 -

La obediencia a Dios permite al Siervo y a Jesús soportar la dolorosa sumisión a los hombres y a su violencia. La fe del Siervo Jesús se manifiesta así como fidelidad radical a Dios y solidaridad con los hombres, que redime el mal con el bien.

 

El relato de Mateo es ante todo cristológico: Jesús está en el centro de la narración como figura hierática que domina los acontecimientos con la autoridad del Señor.

 

El Jesús de la Pasión de Mateo se parece más al Cristo majestuoso de los mosaicos bizantinos que al Jesús kenótico de la narración de Marcos. Él domina los acontecimientos.

 

Jesús sabe lo que le espera y lo dice: a la luz de este conocimiento, se relativizan los esfuerzos de Judas y las conspiraciones de sus adversarios para arrestarlo. En verdad, lo que se cumple en la Pasión es el designio de Dios manifestado en las Escrituras: la correspondencia entre detalles incluso banales y textos bíblicos se convierte para Mateo en una ocasión para mostrar que la Pasión tiene un fundamento meta-histórico, es el cumplimiento dramático de la historia de Dios con la humanidad.

 

La autoridad incomparable de Jesús se debe a su conocimiento y aceptación de la voluntad divina, en otras palabras, a su obediencia a las Escrituras. Siempre atento al cumplimiento de las Escrituras, Mateo lo está aún más en el relato culminante del evangelio.

 

El señorío que Jesús muestra (en particular con las palabras con las que interviene para dar sentido a los acontecimientos, para amonestar y corregir) va  acompañado de su obediencia: Él es el Siervo del Señor, el Justo, es decir, Aquel que no persigue su propia voluntad, sino que cumple la del Padre. Jesús es el Hijo de Dios, expresión que no indica una identidad de naturaleza, sino una comunión total de voluntad y acción.

 

La dirección precisa que Jesús mantiene, con resolución, en su existencia y en su vocación, se expresa en el texto evangélico a través del control absoluto de los acontecimientos, enviando a los discípulos de dos en dos, dándoles indicaciones claras y previendo lo que sucedería.

 

Pero Jesús prevé acontecimientos banales, que no parecen tener valor histórico o espiritual. Parece que Jesús quiere que las cosas sucedan así, que monte un burro manso, que luego devolverá a su dueño, para narrar y marcar con el ritmo del mulo el camino de Dios al encuentro del hombre.

 

La reacción de desconocimiento e incomprensión de la ciudad ante este Rey que, solo por su actuar, contradice las características de un rey de la época, es significativa de una posibilidad permanente para el cristiano y para la Iglesia: sentirlo como extraño a sí mismo, el Jesús revelado por los Evangelios, el Jesús pobre, el Jesús manso, el Jesús que no se impone. En definitiva, el Jesús que elige como medio de transporte no un caballo, sino un burro.

 

Ese «¿Quién es este?» de la ciudad incrédula debe imponer al cristiano y a la Iglesia otra pregunta: «¿Quién soy yo?», «¿Qué imagen del Señor guía mi fe cristiana?».


Es a la luz de la mansedumbre de ese «Mesías», de la pobreza de ese Rey, de la exclusión de Aquél que vino, que los cristianos y las Iglesias están llamados a verificar su fe. La paradoja tiene la función de revelación, pero puede convertirse en obstáculo.

 

Mateo subraya, más que los otros Evangelistas, la presencia de una multitud numerosa a la entrada de Jesús en Jerusalén: «Una gran multitud...»; «Y todos...». Una gran cantidad de gente que precede y sigue a Jesús, participación popular, confesión de fe, invocaciones litúrgicas, gestos de tributo a Aquél que entra en Jerusalén.

 

Parecen escenas de un evento coronado por el éxito. Pero en medio de todo este alboroto, la presencia silenciosa de Jesús. Se impone una pregunta: ¿comprende la multitud lo que está sucediendo? ¿Comprende lo que es verdaderamente importante comprender? ¿Comprende a Jesús y su actuar paradójico?

 

La escena posterior de la misma multitud que pide a Pilato que libere a Barrabás, condenando a Jesús, sugiere una respuesta negativa a la pregunta. Desde siempre, la fe cristiana ha exigido calidad (es decir, profundidad, interioridad, seriedad, libertad, valentía, coherencia...), no cantidad. El problema es la tierra buena, no toda la tierra ni cada tierra.

 

La Pasión de Mateo tiene incluso una dimensión eclesial que se trasluce en una presentación de los hechos iluminados por la fe en el Resucitado: esta Pasión es un relato destinado a una asamblea de creyentes.

 

La comunidad a la que se dirige el Evangelio de Mateo, necesitada de ser fortalecida en la fe y animada en las hostilidades, aparece, en su pobreza y pequeñez, como destinataria de ese Reino de Dios que es un tema fundamental del primer evangelio.

 

Comunidad ya abierta a los no judíos, ve en la intervención divina (en sueños) a la esposa de Pilato, una pagana, un antecedente de la apertura universalista que caracterizará a la comunidad cristiana.

 

La Pasión de Jesús es también un juicio sobre Israel, sobre todo sobre sus líderes religiosos, los sacerdotes y los ancianos: la expresión en boca de todo el pueblo, presente solo en Mateo, «su sangre (caiga) sobre nosotros y sobre nuestros hijos», no es una fórmula de maldición.

 

La expresión «sobre nuestros hijos» es una amplificación retórica que no puede significar en absoluto una maldición que se perpetúe en la historia sobre el pueblo de Israel: Mateo no está tan interesado en identificar quién es más culpable de la muerte de Jesús, sino en mostrar que Jesús es el único Justo.

 

Por último, la muerte de Jesús en la cruz es narrada por Mateo de manera teológica, no cronológica: los signos teofánicos que la acompañan (terremoto, apertura de los sepulcros, resurrección de los muertos, su entrada en la ciudad santa, etc.) anticipan lo que sucederá al final del mundo.

 

Así, Mateo dice que la muerte de Jesús constituye el acontecimiento culminante y decisivo de la historia: es ya la culminación de la historia. Este texto, exclusivo de Mateo, habla de la resurrección de Jesús en el mismo momento de su muerte, y muestra que la narración de la pasión es revelación de un misterio, el misterio de la historia de la salvación.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Ejercicio de contemplación de la Pasión - San Mateo 26,14-27,66 -.

Ejercicio de contemplación de la Pasión - San Mateo 26,14-27,66 -

Judas se detiene. Deja de insistir, deja de conspirar, deja de vender y provocar, deja de besar, deja de traicionar. Finalmente se detiene. Se detiene y renuncia a todo, incluso a su condición de traidor, le lanza las monedas hasta agotarse en un campo de sangre, y luego se deja llevar por el peso de su propio cuerpo, colgado como un fruto sin recoger, un cadáver devorado por el pico rapaz de tormentos afilados. Se agota en su último aliento. Y finalmente se detiene.

 

Los discípulos también dejan de hacer preguntas, dejan de preguntarse cuál es el lugar elegido por el Maestro para comer la Pascua, dejan de molestarlo y de prometer lo imposible, incluso dejan de rezar, dejan la vida durmiéndose, mientras Él reza, en el huerto de los Olivos.

 

Deja de hablar por parábolas, deja de hacer milagros, deja de intentar hacerse entender. Solo dejarse masticar y comer. Una última resistencia en Getsemaní, el último coletazo de la vida que no quiere dejar de vivir, de la nostalgia de las amistades humanas, del intento de creer que uno puede hacerse entender sin entregar su vida en sacrificio. Luego se detiene, incluso Jesús se detiene, y se pone en Sus manos. Todo está consumado.

 

Pedro deja de expresar lo que cree ser, deja de creer en su propia fe, deja de creer en sus propias fuerzas. Se observará desde lejos, avergonzado, descubierto por el canto de un gallo, bautizado por lágrimas amargas, dejará algún día de prometer amor y finalmente se dejará llevar, llevado a donde nunca habría elegido ir, en manos de otros, pero sin estar finalmente a merced de sí mismo.

 

Una vez cesada la violencia, una funda oculta la hoja, pero en el suelo queda la oreja sangrante. La oreja sangrará para siempre, símbolo de aquellas personas que sabrán dejarse traspasar por la Palabra, que es tortura de espada que desuella y apuñala. La escucha será hemorrágica y viva, agotadora, o no será. Ninguna sutura posible, para inaugurar la sospecha hacia los comentaristas inmaculados del Verbo.

 

Dejados los palos, dejadas las espadas, dejados los denarios, dejado el cáliz de la alianza (vaciado hasta la última gota), jugadas para siempre todas las cartas, última mano, toca decidir dejarse atrapar.

 

Delirio de soldados y reyes, los caballos relinchan a los pies del Gólgota, el que lleva las cuentas aún no logra entender quién es el vencedor, crucificado en la palma del tramposo, Jesús no deja nada tras de sí.



Todo está redimido. La mesa queda vacía, nada sobre la mesa de la última cena, nada más allá de la piedra barrida por la luz frente al sepulcro, la apuesta divina no se ha ahorrado nada, ya se ha apostado todo, incluso el hijo. Perder y dejar. Y aún así, quien lleva la cuenta no entiende quién es el verdadero ganador de este derroche de amor.

 

Entonces Jesús también deposita la palabra, deja el verbo, crucifica cada sílaba, silencia el alfabeto, realiza en su cuerpo la profecía, a su alrededor el poder multiplica las palabras, Caifás le ruega que se haga creíble, Pilato teme la impotencia de su propio poder, la esposa del gobernador informa a su marido de una pesadilla.

 

Alguien se lava las manos para dejar de ejercer el poder, pero el silencio de Jesús ya había inutilizado al verdugo, como ya es inútil cualquier torturador, el Silencio ya se custodia en Otro Lugar.

 

Barrabás mira con asombro su nueva libertad y tal vez no la cree, y ciertamente no la entiende, pero podría empezar a aprender de ese hombre que la única manera de vencer al poder es permanecer indemne. Y que la verdadera libertad tiene las manos atadas y el rostro hinchado y sufre injusticias.

 

Luego se hizo la oscuridad, sobre la burla de los soldados y sus dolorosas máscaras de muerte, luego se hizo la oscuridad porque también el sol dejó de iluminar, dejó de hacerlo sin previo aviso, desarmó la luz, cerró el párpado del cielo, el silencio se tragó el delirio de los derrotados que ya habían olvidado los milagros y los panes multiplicados y los ciegos devueltos a la luz y los leprosos devueltos a esta humanidad ingrata y las entradas triunfales en la ciudad santa, olvidado también eso, como si nunca hubiera existido. Olvidado el Mesías.

 

Entonces el velo del Templo se rasgó, un desgarro, dejando de separar, como aguas rotas para dar a luz lo que ya parecía un desecho de hombre. Sacrificado. Y, sin embargo, increíblemente triunfante. Lo sancionaron (y lo harán para siempre) los cuerpos de los santos que salieron de los sepulcros para rendir homenaje a la carne del amor divino. Para quienes logran sentir aquí y ahora el paso de los muertos, el aliento de los resucitados.

 

Las mujeres no cesaron, ellas no, no dejaron de estar, José dejó de fingir que no lo amaba y el cuerpo de Jesús se convirtió en semilla, en el silencio de un sábado cargado de vida como el otoño. Depuesto, se dejó recoger, la vida finalmente fue devuelta a la eternidad.

 

El poder intentó ponerse en guardia. Preparó las defensas. Pero los desarmados, los entregados, los depositados ya habían ganado. Y seguirán ganando, primicias recogidas de esos sepulcros inútilmente defendidos por un poder que ya no asusta a nadie más que a sí mismo. Los depositados en los sepulcros resucitarán a la eternidad aunque los poderosos sigan trazando pesadillas.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

A través de la Cruz - San Mateo 26,14-27,66 -.

A través de la Cruz - San Mateo 26,14-27,66 - 

Por eso hemos llegado hasta aquí. 

Por eso hemos seguido al Nazareno en el desierto y en el Tabor. Por eso nos hemos identificado con la sed de la samaritana, con la ceguera del mendigo de Siloé, con la profunda angustia de las hermanas Marta y María por la muerte de Lázaro. 

Por eso. Por estar aquí, un poco apartados, un poco agobiados. Como siempre estamos en nuestra caótica vida. 

Ajetreo al que ha tratado de poner freno este tiempo de verdad y esencialidad. 

Nos mezclamos entre la multitud, lo vemos bajar de Betania, entre los olivos, cruzar el torrente Cedrón. Monta un pequeño burro, al que ha pedido que desaten para llevarlo a él. 

Desátame también a mí, Señor, úsame si lo necesitas, solo soy un pobre asno al que tú conviertes en corcel. Desátame de todo vínculo de muerte y oscuridad que me impide descubrirme amado. 

He aquí que desciende por el empinado camino de herradura, seguido y precedido por niños que ríen y corren como locos. Algunos adultos toman ramas de olivo y las agitan delante de Él. 

¡Hosanna! Grita alguien. 

¡Hosanna! Responden otros. Los discípulos sonríen. El Maestro sonríe. 

No están los sumos sacerdotes, ni los fariseos. Ningún escriba, ni doctor de la Ley. 

Ningún sabio. Ningún erudito. 

Jesús sonríe. Y nosotros con Él, caminando por su camino. 

Hosanna, manso Mesías. Hosanna, Rey que no te tomas demasiado en serio tu realeza. 

Hosanna, Dios que aceptas entrar en nuestras vidas. Hosanna, Dios que estás a punto de morir. 

Hosanna, mi rey, mi esperanza, mi certeza. 

Hosanna, mi Todo. 

La medida 

Esta es la medida, la señal, la cima. 

La culminación de ese camino que desde Nazaret le ha llevado hasta aquí. Un camino que, desde la multitud aplaudiendo, ha acabado chocando contra la dureza del poder religioso que no cede, que no se conmueve, que no se convierte. 

Galilea está lejos. Los amigos están lejos. 

Los pocos que quedan aquí no cuentan para nada. Los que aún lo siguen no saben lo que está en juego. 

Mejor que muera uno por todos, había sentenciado el Sumo Sacerdote. 

Mejor acabar con este profeta improvisado, descarriado e inquieto, que ver a Roma retomar el bastón. 

¡Necio Caifás! Jesús morirá de verdad por todos. Por ti. Por mí. 

Jesús hizo lo que pudo. Habló, amó, sanó, compartió. 

Y convirtió, abrazó, sonrió. 

¿Qué más puede dar para convencernos de Él y de Dios? 

Solo una cosa. Hacer ganar a sus adversarios. 

Morir. 

Para hacernos superar el miedo a la muerte. Para hacernos entrar en una nueva dimensión, temerosos creyentes sacudidos por una epidemia, cañas agrietadas y llamas titilantes que somos. 

Es Él quien lo toma todo en sus manos. Él quien anima, salva, sacude. Se entrega. 

Otra cosa 

Una cosa es predicar, otra cosa es colgar de una cruz. 

Una cosa es convencer o fundar una religión, otra cosa es permanecer colgado hasta exhalar el último aliento. 

Jesús está dispuesto a morir para mostrar la verdad de sus gestos. Morir para mostrar a cada hombre quién es realmente Dios. 

Su amor nos salva, no su dolor. Un amor que se manifiesta, que desnuda, que sacude y sorprende. 

La cruz se convierte, entonces, en el último sí dicho al Padre. Y al hombre. 

El último intento, cargado y fecundo, de manifestar a Dios. 

¿Lo entenderá el hombre? ¿Lo entenderemos nosotros? 

Sincrónicos 

Hora tras hora, esta semana, seguiremos la última semana del Maestro. 

Poniéndonos a su lado, junto a Él, sin hacer ruido. 

Silenciosos, reflexivos, asombrados, aturdidos, conmovidos. 

Conscientes de que todos podemos volver a ponernos en juego, reapropiarnos del cristianismo como discipulado, como experiencia que conduce a Dios. 

La Iglesia que construiremos, la Iglesia sinodal, parte de la experiencia del mismo Cristo que llena los corazones. 

Una Pascua de renacimiento. Inesperada, fuerte, desestabilizadora. 

Para decir que la Iglesia está viva. Pero solo si la mantenemos viva. Solo si sabemos leer la Palabra, meditarla, escrutarla. 

Y rezar. 

Pasión 

No nos acercamos a la cruz para estimular nuestras emociones y justificar los dolores que, por el contrario, Dios nos pide que superemos. No lo hacemos para proyectar sobre el Crucificado nuestras frustraciones, que adquieren dignidad si se comparten con Dios. 

No ofendamos la cruz de Cristo pensando que también nosotros somos cireneos solo porque afrontamos algunas dificultades inevitables. 

Permanezcamos al pie de la cruz para aprender a amar. 

Y para huir del dolor inútil. 

Y para dejarnos convertir por el espectáculo de un Dios que muere por amor. 

Feliz Semana Santa. 

Tan intensa. Tan verdadera. 

Dejémonos encontrar por este Amor desarmado. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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