jueves, 19 de febrero de 2026

Las últimas siete palabras de Cristo en la cruz - Joseph Haydn -.

Las últimas siete palabras de Cristo en la cruz - Joseph Haydn -

«Hace unos quince años, un canónigo de Cádiz me pidió que compusiera música para las últimas siete palabras de Nuestro Salvador en la cruz. En la catedral de Cádiz era tradición producir cada año un oratorio para la Cuaresma, en el que la música debía tener en cuenta las siguientes circunstancias. Las paredes, las ventanas y los pilares de la iglesia estaban cubiertos de telas negras y solo una gran lámpara que colgaba del centro del techo rompía esa solemne oscuridad. Al mediodía se cerraban las puertas y comenzaba la ceremonia. Después de una breve función, el obispo subía al púlpito y pronunciaba la primera de las siete palabras (o frases) pronunciando un discurso sobre ella. Después bajaba del púlpito y se postraba ante el altar. Este intervalo de tiempo se llenaba con música. De la misma manera, el obispo pronunciaba luego la segunda palabra, luego la tercera y así sucesivamente, y la música seguía al final de cada discurso. La música que compuse tuvo que adaptarse a estas circunstancias y no fue fácil escribir siete adagios de diez minutos cada uno sin aburrir a los oyentes: a decir verdad, me fue casi imposible respetar los límites establecidos». 

Bastarían estas pocas líneas, enviadas por el mismo Joseph Haydn al editor Breitkopf & Härtel en 1801, para comprender el contexto que permitió la creación de esta obra maestra. Hay que decir desde el principio que la composición, de la que te voy a proponer una sencilla guía de escucha, se incluye entre las obras que más han dejado su huella en la historia de la música occidental. 

Entre los muchos y diferentes encargos que Joseph Haydn recibió procedentes de toda Europa, destaca uno en particular: el encargo de 1786 que solicitó un canónigo español perteneciente a la Diócesis de Cádiz, don José Sáenz de Santa María. 

El resultado de esta comisión recibió el nombre de «Música instrumental sobre las siete últimas palabras de nuestro Redentor en la cruz, es decir, siete sonatas con una introducción y al final un terremoto». 

En concreto, Joseph Haydn escribió siete sonatas para orquesta para cada una de las siete últimas palabras, precedidas de una introducción y añadiendo, a modo de explicit, un último movimiento titulado Terremoto, inspirado en el relato evangélico de la muerte de Cristo. La versión original preveía una plantilla orquestal bastante reducida pero muy pronto el mismo Joseph Haydn se preocupó de preparar otras transcripciones para cuarteto de cuerda, para coro y orquesta en forma de oratorio y finalmente una versión para piano solo, no escrita directamente por Joseph Haydn, pero aprobada en vida. 

Antes de presentarte cada una de las sonatas, conviene detenerse en la importancia y centralidad de esta composición dentro de la producción de Joseph Haydn. En primer lugar, hay que destacar que fue precisamente con esta obra que el renombre del compositor austriaco se extendió por toda Europa, elevándolo así al rango de «compositor oficial» de toda una época. La grandeza de esta música, sin embargo, no reside tanto en su acogida, positiva o no, por parte de los oyentes de su tiempo, sino en el hecho de que puede definirse como una obra que funda una nueva época. 

Un apunte sobre la ejecución de esta obra puede ser interesante. Después de la declamación del texto del Evangelio y una homilía de diez minutos para cada una de las siete palabras, la música de Joseph Haydn, como forma de comentario, acompañaba la adoración del Obispo ante la cruz, para favorecer la concentración y la reflexión de los fieles. El rito se celebraba en aquella época al mediodía, en una Iglesia especialmente oscurecida. 

Joseph Haydn se centró en la traducción a música, puramente instrumental, del material verbal. De hecho, cada uno de los inicios de las siete sonatas se configura como la transliteración musical de la silabación de las siete «palabras» latinas: 

  • Pater, dimitte illis quia nesciunt quid faciunt («Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen»)
  • Hodie mecum eris in Paradiso («Hoy estarás conmigo en el Paraíso»)
  • Mulier, ecce filius tuus («Mujer, he aquí a tu hijo»)
  • Deus meus, Deus meus, utquid dereliquisti me? (Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?)
  • Sitio («Tengo sed»)
  • Consummatum est («Todo está cumplido»)
  • In manus tuas, Domine, commendo spiritum meum («Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu»)

Introducción – Maestoso y adagio 

Desde los primeros compases, existe la sensación de sumergirse en una música alta, elevada. Precisamente la elevación es la palabra clave de este primer movimiento, y esta elevación, tanto musical como conceptual, se puede percibir en el movimiento ascendente que domina esta página. El oyente es consciente de que está ante algo sublime. También existe una similitud entre el ascenso del clima de la música y la elevación de la madera de la Cruz, preludio de los últimos instantes de la vida terrenal de Jesús. 

En este primer movimiento se dan a conocer los procedimientos estilísticos y técnicos que impregnan toda la composición: los cromatismos para expresar el dolor lúgubre, los silencios elocuentes generados por las pausas, las disonancias colocadas (verdaderos y propios heridas al discurso musical que representan otro tipo de heridas, las infligidas al cuerpo martirizado de Cristo), las bruscas elisiones en el paso de una tonalidad a otra. 

Pero el otro eje del que surge esta Introducción es el contraste entre los temas, entre el piano (suave) y el forte (fuerte), entre las tonalidades. Este tipo de contraste se adapta bien al evento en el que estamos a punto de ser introducidos, ya que el discurso musical refleja idealmente la paradoja que está en la base de la misma Pasión: la Muerte como preludio de la verdadera Vida. 

En «Las siete últimas palabras de Cristo en la cruz» los dos acordes iniciales tienen la función de abrir al oyente/fiel, inmerso en la realidad cotidiana, una dimensión superior, trascendente. Un punto fundamental de la presente composición será precisamente la unión del mundo celestial y trascendente con el terrenal; una doble naturaleza que refleja la del protagonista absoluto de la historia: el Hombre-Dios. 

Sonata I «Pater, dimitte illis, quia nesciunt, quid faciunt» – Largo 

En la primera sonata se presenta otra cifra estilística de toda la composición: a la atmósfera solemne y tremenda de la Introducción le sigue aquí un clima de serena confianza, la que se tiene hacia el Padre que acompaña al Hijo de Dios en su calvario. 

De hecho, Joseph Haydn opta por describir la frase que Jesús, repitiendo varias veces, dirigió al Padre («Perdónalos porque no saben lo que hacen») en una tonalidad de modo mayor que a primera vista choca con la realidad a la que se refiere pero que simboliza un sentido profundo, subyacente al acontecimiento de la Crucifixión, de filial abandono. 

La exposición inicial de este movimiento presenta una melodía dulce, cuya construcción es el resultado de ese trabajo de transliteración: la progresión de un intervalo de quinta descendente (pa-ter, pa-ter) recuerda precisamente una invocación creciente hacia arriba, perturbadora pero al mismo tiempo noble. 

La misma frase melódica se cierra de forma serena cuando se hace referencia a la falta de conciencia de los verdugos en relación con el crimen que están a punto de cometer. Este primer tema será sustituido más adelante por otro, de sabor más suplicante, que sufrirá elaboraciones motivacionales y que servirá, junto con la primera frase, como célula generadora de toda la sonata inicial. 

El último protagonista de este movimiento es el desarrollo de los bajos con su pedal obstinado que sirve de marco para el desarrollo y las modulaciones de los materiales tomados de los dos primeros temas. 

Sonata II «Hodie mecum eris in Paradiso» – Grave y cantabile 

El episodio de la última conversación de Cristo con un hombre, el buen ladrón, se presenta con la indicación «grave y cantabile». Volvemos a una tonalidad menor, y también aquí podemos escuchar un acompañamiento a la melodía incesante y masiva, llevado a cabo por instrumentos de registro bajo como fagotes y cornos. 

El primer tema se transfigura y se nos presenta posteriormente completamente renovado no solo en la tonalidad, de menor a mayor, sino también en el acompañamiento, realizado esta vez por un bajo arrullador. La posterior repetición del primer tema en menor se produce sin la sección de desarrollo, pero también en esta ocasión quien tiene la última palabra es el segundo tema, cantable y delicado, que se presenta en la tonalidad de Do mayor, una especie de Paraíso musical, idéntico al prometido por Jesús al ladrón. 

En el final aparece de nuevo el contraste, o mejor dicho, el diálogo, entre los dos componentes de la sección en cuestión, que resultan ser los dos interlocutores originales: Cristo y el ladrón. 

Sonata III «Mulier, ecce filius tuus» - Grave 

Es una de las sonatas más bellas, aquella en la que entra en escena María, la madre del Salvador. 

La sonata se introduce con tres acordes solemnes y litúrgicos que preludian el primer tema. Este último presenta un desarrollo melódico que recuerda al «Pater, pater» de la primera sonata; mientras que en el caso anterior el vocativo era un grito sereno ascendente dirigido hacia arriba al Padre, esta vez Cristo se dirige a la Madre: por eso tenemos en este punto un clima más recogido y contenido en el que el nombre «Mater» se presenta con una progresión esta vez descendente y más intimista dirigida a los pies de la Cruz, donde están presentes María y el discípulo Juan. 

Esta melodía será sometida posteriormente a un proceso de elaboración en el que el tema principal atravesará transversalmente todos los registros. Un nuevo episodio al final de la sección expositiva presenta una apertura del oboe que conduce a la sección de desarrollo. 

Aquí también se pueden encontrar los elementos constitutivos mencionados: esfuerzos, cromatismos y elisiones, a los que se añade la expansión polifónica imitativa que permite escuchar la melodía en las distintas secciones de la orquesta. 

Sonata IV «Deus meus, Deus meus, utquid dereliquisti me?» – Largo 

Inmediatamente nos vemos inmersos en una atmósfera trágicamente solemne. Esta sonata es la traducción musical del momento de la Pasión en el que el Hijo de Dios grita al Padre: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». 

También aquí el contraste es la línea guía que determina el movimiento: el tema inicial se presenta de manera trágica pero se transformará en una tonalidad mayor, de serena entrega. 

A continuación, se presenta un episodio confiado al primer violín a modo de cadencia solista que presenta una imagen incluso plástica del clima de soledad que caracteriza el movimiento en cuestión y que se presentará varias veces a lo largo de la sonata, en un crescendo de dramatismo. 

Para enriquecer el discurso musical, aquí intervienen elementos sincopados y anticipaciones de acentos fuertes en el ritmo que crean una especie de desfase del discurso musical, a los que se añaden pausas de gran significado. Todo esto permite al oyente sumergirse en un inmenso misterio: la invocación a la que no sigue la respuesta de un hijo a su padre. 

Sonata V «Sitio» - Adagio 

«Tengo sed». Con estas dos únicas palabras, Joseph Haydn crea una de las sonatas más bellas del conjunto. 

El movimiento comienza con un acorde en fortissimo que sufre repentinamente un proceso de vaciamiento. Mientras en el espacio aún resuena el eco de este primer acorde, escuchamos cómo se acercan tímidamente los arcos punteados, que presentan un acompañamiento delicado que simboliza el tictac de la lluvia y la fresca vitalidad de un chorro de agua, el elemento protagonista de la sonata. 

Es una muestra más de esa excelente combinación entre el mundo terrenal y el trascendental: es precisamente con la elección de una imagen particularmente lograda, perteneciente al mundo material, como la del agua que brota y llueve del cielo, que Joseph Haydn elige representar la exclamación, tan humano, de Jesús. En este bordado en los bajos se presenta el tema principal, compuesto por solo dos notas, que terminará convirtiéndose en la célula generadora de todo el movimiento. 

Un brusco cambio de atmósfera, hecho de notas repetidas, sumerge al oyente en la tragedia del movimiento, evocando el dolor de un cuerpo maltratado y deshidratado. También en este caso, el episodio presente es un momento de transición y no un punto de llegada, ya que conduce de nuevo a la idea de invocación constituida por el tema de dos notas con el acompañamiento de las notas repetidas. En esta sonata encontramos otro procedimiento estilístico: Joseph Haydn, jugando con los claroscuros musicales, lleva a veces el discurso musical a un nivel máximo de exasperación dramática, al que sigue, sin solución de continuidad, un momento de suspensión etérea en el que aflora el carácter meditativo que subyace en la obra. 

Sonata VI «Consummatum est» - Lento 

Una fórmula de apertura de solo cinco notas («con-sum-ma-tum est») introduce la penúltima sonata. 

Joseph Haydn utiliza aquí un cliché para abrir la sonata: una cadencia de giro, muy utilizada en su época. Este material de cinco notas se utilizará luego en sentido contrapuntístico, constituyendo así la estructura del tema. 

Se puede observar que esta breve sucesión de cinco notas atraviesa todos los registros de la orquesta: desde el agudo hasta el grave de acompañamiento. «Todo está cumplido»: nos acercamos al final de esta «música instrumental». 

Sonata VII «In manus tuas, Domine, commendo spiritum meum» - Largo 

Se llega a la última de las siete «palabras» de Cristo en la cruz. Una vez más, la música a primera vista parecería estar desvinculada del contexto real para el que fue escrita; estamos en los últimos compases. 

Cristo, en el acto de entregar el Espíritu al Padre, realiza el acto extremo de confianza: el carácter de la música aquí ya no tiene la carga dramática que hemos escuchado anteriormente, sino que tiene un ritmo casi solemne y triunfante. 

Ahora nos enfrentamos una vez más a la paradoja: la muerte de un hombre llega a adquirir el valor de un triunfo victorioso. La exhalación vacilante y extrema es sugerida por un ritmo cadencioso confiado a los primeros violines mientras la música se apaga cada vez más, pero no antes de presentar una última cita: el último micro-movimiento melódico presentado consta de dos notas solamente, las mismas que vinculaban el «Pater» de la primera Sonata con el «Mater» de la Sonata III. Cristo ya no es el heroico triunfador de la muerte, sino un Hijo que se adhiere incondicionalmente al oscuro y paradójico deseo del Padre. 

Terremoto 

Entonces y con toda su fuerza «Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró. Y he aquí que el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo, la tierra tembló, las rocas se partieron, las tumbas se abrieron y muchos cuerpos de santos muertos resucitaron. Y saliendo de los sepulcros, después de su resurrección, entraron en la ciudad santa y se aparecieron a muchos. El centurión y los que con él custodiaban a Jesús, al sentir el terremoto y ver lo que sucedía, se llenaron de gran temor y decían: «¡Realmente éste era Hijo de Dios!» (Mt 27,50-54). 

Con este final llegamos a la apoteosis del contraste: la última sonata se había apagado débilmente en un acorde sereno y ahora, con tres violentos latigazos de notas, nos catapultamos a un clima dramático llevado al paroxismo. 

La conmoción de la naturaleza, que participa en primera persona en el acontecimiento de la muerte de su Creador, se hace palpable con la incorporación de trompetas y timbales en la orquesta. 

La evocadora potencia de la música se acentúa además con una verdadera ruptura del lenguaje musical: el ritmo se quiebra, se vuelve imprevisible y llega a alcanzar soluciones audaces y absolutamente innovadoras. Joseph Haydn llega incluso a utilizar la polirritmia, es decir, la coexistencia simultánea de dos ritmos diferentes: mientras que el ritmo de las violines es binario, la orquesta hace contrapunto con un ritmo ternario. A esto se sumarán otros ritmos irregulares, disonancias, trémolos y trinos muy rápidos, notas acentuadas y rebatidas cuya dinámica se indica por primera vez como fortissimissimo. 

Ciertamente esta música aterradora tuvo un impacto muy fuerte en los oídos de los oyentes de finales del siglo XVIII, que aún no estaban acostumbrados a los grandes sonidos del Romanticismo y del siglo XX. Sin embargo, lo cierto es que esta música llega a conmover y sacudir incluso al oyente de nuestros tiempos precisamente por la potencia conmovedora que logra evocar. 

Se puede decir, sin exageración retórica, que esta última sección tiene precisamente la intención de sacudir al oyente para recordarle que está ante un acontecimiento fundamental: la historia de un hombre que dividió la Historia en dos partes: un antes y un después de muerte y de vida. 

El Papa Benedicto XVI nos proporcionó en su momento una clave de lectura de la obra, a partir de las palabras pronunciadas después de haberla escuchado esa obra de música clásica, en 2010, en el concierto organizado con motivo de su onomástico: (http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/speeches/2010/march/documents/hf_ben-xvi_spe_20100319_concerto-onomastico_it.html). 

La oración de Cristo alcanza su culmen en la Cruz, expresándose en aquellas últimas palabras que los evangelistas han recogido: 

«Allí donde parece lanzar un grito de desesperación: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», en realidad Cristo hace suya la invocación de quien, asediado sin escapatoria por los enemigos, no tiene más que a Dios a quien consagrarse y, más allá de toda posibilidad humana, experimenta su gracia y salvación» (Misa del Miércoles de Ceniza, 6 de febrero de 2008). 

Por eso, subrayaba el Papa, no hay «contradicción entre el lamento: 'Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?', y las palabras llenas de confianza filial: 'Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu'»: «También estas están tomadas de un Salmo, el 30, súplica dramática de una persona que, abandonada por todos, se confía segura a Dios. El rezo de súplica lleno de esperanza es, por lo tanto, el leitmotiv de la Cuaresma, y nos hace experimentar a Dios como el único ancla de salvación (...) Ante una gran peligro se necesita una esperanza más grande, y esta es solo la esperanza que puede contar con Dios» (Misa del Miércoles de Ceniza, 6 de febrero de 2008). 

En la Cruz se manifiesta la singular realeza de Cristo, pero también en el Calvario «se enfrentan dos actitudes opuestas»: 

«Algunas personas a los pies de la Cruz, y también uno de los dos ladrones, se dirigen con desprecio al Crucificado: Si tú eres el Cristo, el Rey Mesías —dicen—, sálvate a ti mismo bajando del patíbulo. Jesús, en cambio, revela su gloria permaneciendo allí, en la Cruz, como Cordero inmolado. Con Él se alinea inesperadamente el otro ladrón, que implícitamente confiesa la realeza del justo inocente y suplica: «Acuérdate de mí cuando entres en tu reino» (Misa para el Consistorio del 25 de noviembre de 2007). 

Suplicas a las que Jesús responde con palabras sorprendentes: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso». Así pues, podemos captar la palabra que recoge todas las palabras de Cristo en la Cruz: Perdón. 

«Jesús puede dar perdón y el poder de perdonar, porque él mismo ha sufrido las consecuencias de la culpa y las ha disuelto en la llama de su amor. El perdón viene de la Cruz; él transforma el mundo con el amor que se da. Su corazón abierto en la Cruz es la puerta por la que entra en el mundo la gracia del perdón. Y solo esta gracia puede transformar el mundo y construir la paz» (Misa de Pentecostés, 15 de mayo de 2005). 

Llegar, después de ocho movimientos lentos, a un luminoso «presto» conclusivo, es acompañarnos a vislumbrar los signos del triunfo sobre la muerte: la Resurrección de Cristo. 

Te dejo ahora con lo más importante que es siempre el disfrute de la audición y el gusto contemplativo de la belleza y del misterio cuando van de la mano. 

Son dos versiones que a mí me han gustado de un modo particular: https://www.youtube.com/watch?v=tnNjsAGkgN0 y https://www.youtube.com/watch?v=3OBa431xI2E


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Stabat Mater - Giovanni Battista Pergolesi -.

Stabat Mater de Giovanni Battista Pergolesi

Un propuesta estética y espiritual muy apropiada para prepararnos a los días litúrgicos de la Semana Santa es la audición y la oración con el «Stabat Mater» en el que la Virgen nos muestra cómo «estar» a los pies de la cruz y acompañar a Jesús en su camino hacia el Calvario. De hecho, el «Stabat Mater» toma su nombre de un pasaje del Evangelio de Juan: «Junto a la cruz de Jesús estaba su madre» (Jn 19,25): María «stabat», que en latín significa «permanecía de pie» a los pies de la cruz. Este detalle es importante para describir el comportamiento de la Madre en el momento de la crucifixión del Hijo: no se deja abrumar por el dolor y la negación de la voluntad de Dios, sino que permanece con su Hijo compartiendo su sufrimiento.

 

Y te propongo, más en concreto, la audición del Stabat Mater de Giovanni Battista Pergolesi.

 

La historia nos cuenta que Giovanni Battista Pergolesi compuso su Stabat Mater, una de las páginas más sublimes de toda la historia de la música sacra, solo unos meses antes de su muerte -y este hecho tal vez nos recuerda inmediatamente a la composición del Réquiem de Mozart, que tuvo lugar en las muy parecidas circunstancias-.

 

El compositor Giovanni Battista Pergolesi, que moriría de tuberculosis con solo veintiséis años, escribió rápidamente esta extraordinaria obra maestra después de recibir en 1735 el encargo de una cofradía laica napolitana, la de los Caballeros de la Virgen de los Dolores de San Luis del Palacio, que la utilizaría durante la liturgia de la Semana Santa.

 

Encerrado en su pequeña celda en el convento de los frailes capuchinos de Pozzuoli, donde se había retirado a rezar y meditar en un intento de aliviar los atroces dolores causados por la enfermedad (no hay que olvidar que desde su nacimiento Giovanni Battista Pergolesi también padecía espina bífida o poliomielitis), compuso febrilmente las páginas del manuscrito y, como en el caso de Mozart, el sufrimiento, la conciencia de la fragilidad de la vida humana frente al misterio de la muerte, le dieron la oportunidad de elaborar una página desgarradora y maravillosa que describe el dolor más terrible que puede sentir un ser humano, el de una madre que presencia la muerte de su hijo.

 

Con su Stabat Mater, construido en doce números -que describen de manera compacta y simbólica la Pasión de Cristo-, Giovanni Battista Pergolesi, aunque respetando la estructura de la época, que preveía el uso de solo arcos con bajo continuo y la presencia de solo voces de soprano y contratenor, que se alternaban en la serie de dúos y arias solistas, tiende a aligerar, a hacer menos pesado este alternarse como si la representación sacra pudiera trasladarse a un plano teatral, en el que mostrar los sentimientos del hombre y no solo la manifestación de la dimensión divina.

 

Con Giovanni Battista Pergolesi, el misterio de Dios se encarna en el hombre y en su fragilidad y, al hacerlo, el compositor fue uno de los primeros en aplicar de manera ejemplar esa figura retórica en el centro de gran parte de la música barroca, descrita en la llamada «teoría de los afectos».

 

La teoría de los afectos, como indica el propio término, tenía como objetivo suscitar y conmover los afectos de quien escuchaba una pieza musical. Ya los antiguos griegos habían comprendido que el arte musical podía suscitar fuertes emociones. Un concepto que luego fue desarrollado por los teóricos y músicos del Renacimiento, hasta el punto de que los poderes temporales y espirituales de la época, conscientes del poder de la música sobre el alma humana, la utilizaron como herramienta para difundir mejor sus mensajes.

 

A partir del siglo XVII, los teóricos de la música identificaron cada forma de afecto musical con un estado de ánimo particular (que podía expresar felicidad, melancolía, ira, dolor...). Estas figuras musicales específicas se aplicaban con un uso particular del contrapunto, los intervalos y la construcción armónica, para crear y suscitar en el oyente, en cada ocasión, una sugestión particular. Y es precisamente a principios del siglo XVIII, en pleno Barroco, cuando la teoría de los afectos alcanza su apogeo y perfección.

 

Antes de pasar directamente a la presentación más detallada de esta pieza musical, te propongo una primera audición. Por ejemplo esta versión –seguramente una de las más bellas-: https://www.youtube.com/watch?v=P65oBJBdSXM


 

01) Dúo «Stabat Mater Dolorosa» Tras la triste apertura de la obra, iniciada por el tono apagado de los arcos que sumergen al oyente en la dimensión apenada de la Virgen arrodillada a los pies de la cruz, como en una tragedia griega, entran en escena las voces que entonan polifónicamente el Stabat Mater dolorosa. Un canto que no solo involucra por su aspecto dramático, sino que también es capaz de representar las emociones de la figura materna, no solo su dolor, sino también la ternura, la preocupación, el deseo de socorrer a ese hijo que está a punto de perder.

 

02) Aria para soprano «Cujus animam gementem». La aprensión y angustia de la que es víctima la Virgen se expresan en la breve incisión orquestal de los arcos sobre la que se apoya la voz de la soprano para declamar los versos de Cujus animam gementem (los versos dicen: Y su alma gimiente, afligida y doliente, atravesaba una espada). Hay que observar cómo el timbre y el ritmo de los arcos se basan en la repetición de los versos, precisamente para resaltar el dramatismo de lo que canta la soprano.

 

03) Dúo «O quam tristi et afflicta». El sentimiento de aflicción, desolación y abandono que experimenta la madre de Jesús se destaca de manera ejemplar en este fragmento, donde las voces solistas amplían el sentimiento de dolor y angustia.

 

04) Aria para contratenor «Quae moerebat et dolebat». No nos dejemos engañar por la rítmica melodía de los arcos sobre la que se apoya el canto de la contratenor que entona el Quae moerebat et dolebat (los versos dicen: ¡Cómo se entristecía y se dolía/la piadosa Madre/ al ver los sufrimientos de su ilustre Hijo!). No se trata de alegría, sino simplemente de aceptación, la que la Virgen siente al constatar el designio divino que su hijo lleva hasta su máxima realización con su muerte.

 

05) Dúo «Quis est homo, qui non fleret». Pero el dolor, una vez más, se impone y la soprano y la contratenor entrelazan sus voces en el Quis est homo, qui non fleret, es decir, «¿Quién no lloraría al ver?», en el que la dimensión humana, destinada a sufrir penas y aflicciones, trata de comprender el porqué de tanto dolor y se pregunta cómo resistir tanto sufrimiento.

 

06) Aria para soprano «Vidit suum dulcem natum». En absoluto una de las arias más encantadoras y conmovedoras de toda la obra, el Vidit suum dulcem natumVio a su dulce Hijo»), ve a la soprano entonar un grito desgarrador y apenado al representar la visión de una madre que asiste, impotente, a la muerte de su hijo, introducida por un maravilloso tejido armónico y melódico de los arcos, que proyecta al oyente en el corazón del drama, para luego concluirlo en un triste final que parece simbolizar los últimos instantes de la vida de Cristo.

 

07) Aria para contratenor «Eja, Mater, fons amoris». La congoja, el sentimiento de compartir el dolor, el deseo de compartirlo con la Virgen se manifiestan en este pasaje en el que, con los arcos que exponen otro tema rítmico, la voz de la contratenor expresa el deseo de socorrer con sus propias lágrimas y lamentos las de la Virgen que acaba de ver morir a su hijo.

 

08) Dúo «Fac, ut ardeat cor meum». Sobre las notas de una delicadísima fuga de los arcos, se desarrolla el Fac, ut ardeat cor meum (los versos dicen: Haz que mi corazón arda en el amor a Cristo Dios para hacer lo que a él le agrada), en el que vuelve a brillar la luz de la esperanza y del amor divino. Una pieza que hasta puede definirse como una anticipación de lo que luego Mozart sabrá desarrollar con sus propias obras sacras.

 

09) Dúo «Sancta Mater, istud agas». Sin duda, nos encontramos ante la pieza más «teatral» y extensa de todo el Stabat Mater, en el que las dos voces solistas se alternan para pedir a la Virgen que comparta su dolor con el suyo, apoyadas por una maravillosa textura de los arcos.

 

10) Aria para contratenor «Fac, ut portem Christi mortem». En esta enésima pieza sublime, una vez más los arcos crean la imagen de una procesión triste y dolorosa durante la cual la voz del contratenor invoca los sufrimientos y las llagas de Cristo, con el deseo de compartirlos.

 

11) Dúo «Inflammatus et accensus». También aquí Giovanni Battista Pergolesi alterna la tristeza del tema anterior con la luz de la oración y la esperanza en esta pieza donde, una vez más, la introducción instrumental canta las dos voces solistas, pincelando la dimensión emocional de los que piden ser protegidos por la Virgen María y por la Cruz en la que Cristo murió en sacrificio.

 

12) Dúo «Quando corpus morietur». El Stabat Mater se cierra como se abrió, con una visión desolada, impregnada de dolor y consternación, en la que la fragilidad del hombre se expresa a través del canto de la soprano y el contratenor que entonan los versos Y cuando mi cuerpo muera / haz que a mi alma se le dé / la gloria del Paraíso. Amén. El miedo a la muerte, a la oscuridad, empuja una vez más al hombre a pedir consuelo y protección a quien se ha sacrificado por él, aunque en la última escena irrumpe con fuerza, como un rayo de luz que atraviesa las nubes, la invocación se transforma en una esperanza que nunca tendrá fin.

 

Hasta aquí la presentación detallada de esta pieza musical. 


Ahora, y si te parece, puedes volverla a escuchar con estas sucintas claves que he tratado de ofrecerte: https://www.youtube.com/watch?v=P65oBJBdSXM


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Pasión según San Juan por Johann Sebastian Bach.

Pasión según San Juan por Johann Sebastian Bach

El Viernes Santo de 1724, el compositor alemán interpretó por primera vez su Pasión según San Juan. 

Hace 301 años, el Viernes Santo de 1724 - que era el día 7 de abril -, Johann Sebastian Bach (1685-1750) interpretó por primera vez su Pasión según San Juan en la Iglesia de San Nicolás de Leipzig. 

El relato del evangelista Juan sobre la captura, el interrogatorio y la crucifixión de Jesús, transformado en música llena de dramatismo y pasión. Una composición nueva que fue criticada de inmediato por ser demasiado operística, demasiado innovadora. 

Sin embargo, aún hoy, la Pasión según San Juan genera un efecto casi mágico al que casi ningún oyente puede escapar. A pesar de que el tema describe un drama trágico, la pasión y crucifixión de Jesús, Johann Sebastian Bach no abandona a los oyentes a la tristeza, sino que la música abre a la confianza. 

Johann Sebastian Bach, aunque fue admirado por sus contemporáneos principalmente como un excepcional clavecinista, organista y experto en construcción de órganos, fue también uno de los más grandes compositores de todos los tiempos. Además de un excelente teólogo luterano, considerado en el imaginario colectivo alemán como una especie de «quinto evangelista». 

La Pasión según San Juan fue revisada varias veces por Johann Sebastian Bach y, al final, hoy en día se cuentan al menos cuatro versiones. Cinco, en realidad, si se tiene en cuenta la versión que es fruto de una «mezcla» de las cuatro anteriores. 

El término de la Pasión proviene del latín «patior», que significa sufrir, soportar. De ahí también la palabra paciencia, paciente, etc. La historia de la Pasión de Jesús está descrita en los cuatro evangelios canónicos: San Mateo, San Marcos, San Lucas y San Juan. Los tres primeros (también conocidos como sinópticos) tienen versiones similares de la historia. La narración de la Pasión en el Evangelio de San Juan, en cambio, varía considerablemente. 

La historia de la Pasión de San Juan se yuxtapone a las reacciones personales a lo que sucede en las arias. Los corales reflejan los sentimientos del grupo, de la comunidad. Como seguramente bien sabes, es el relato de la Pasión que la Iglesia católica ha reservado para el Oficio Litúrgico de la Muerte del Señor en el día del Viernes Santo. 

Ya en tiempos de Johann Sebastian Bach la narración de la Pasión según San Mateo se escuchaba comúnmente como el Evangelio del Domingo de Ramos, mientras que la versión de San Juan se escuchaba el Viernes Santo. 

Hasta el advenimiento de la Reforma, el texto se leía y cantaba en latín, a capela, utilizando canto plano, homofonía y polifonía. En el transcurso de los siguientes 150 años, gracias precisamente a la obra de Johann Sebastian Bach, se llegó al oratorio de la Pasión, una obra que fusiona corales, textos no bíblicos y devocionales con pasajes del Evangelio: todo cantado en alemán. 

Se ha escrito que, de todas las obras de Johann Sebastian Bach, la historia de la composición de la Pasión según San Juan es, con diferencia, la más compleja. A diferencia de su «hermana» posterior y más ilustre, la Pasión según San Mateo de 1727, que, en cambio, sufrió muy pocas y poco significativas modificaciones. 

Artículos, ensayos, críticas, descripciones, la producción literaria relacionada con la Pasión según San Juan es tan extensa que da vértigo. Detalles, diferencias, fuentes, perfeccionamientos, escisiones y añadidos que llevaron, precisamente, a la redacción de las cuatro versiones por parte de Johann Sebastian Bach. 

La comparación entre las «dos» pasiones ha sido a menudo inevitable. Mientras que la Pasión según San Mateo es una sucesión casi continua del relato, que confiere a la obra un carácter más contemplativo y devocional; la Pasión según San Juan tiene un texto más complejo, que se basa en los capítulos 18 y 19 del Evangelio de Juan (y siempre según la traducción de Martín Lutero). Y dos breves interpolaciones del Evangelio de San Mateo, y algunos extractos del Salmo 8. Pero también textos no bíblicos como los versos corales y poemas sobre la pasión de Christian Weise, Heinrich Postel y sobre todo Barthold Heinrich Brockes. 

El libreto de este último, de 1712, Der Für die Sünden der Welt Gemarterte und Sterbende Jesus («Jesús torturado y moribundo por los pecados del mundo»), conocido como La Pasión de Brockes, es una meditación libre y poética sobre la historia. Ya musicada, entre otros, por Telemann, Händel y Mattheson.  

En la Pasión según San Mateo, el elemento clave es la representación del dolor. Por ejemplo, el aria que comenta las lágrimas de Pedro es uno de los momentos simbólicos de la composición, así como la elección del coral luterano que reaparece en diferentes momentos y hace resonar cada vez el lamento de los fieles frente a la cabeza del Salvador coronada de espinas. 

En la Pasión según San Juan, en cambio, son las palabras «Todo está cumplido» las que subrayan el sentido del sacrificio de Jesús y el designio divino en el que se inscriben su sufrimiento y su muerte. Por lo tanto, hay un componente relacionado con la teología del sacrificio que se refleja tanto en la organización de los materiales musicales, cuidadosamente dispuestos en una compleja arquitectura de correspondencias geométricas y simbólicas, como en la elección de un registro musical más animado, como si estuviera en carrera hacia la redención de la Resurrección desde las notas de apertura.  

Sin embargo, una de las cosas que más llama la atención al escucharla no es la simetría de la construcción, sino el contraste entre la dignidad de Jesús y la agitación de sus acusadores, la sencillez de los corales y la belleza de las arias. Y para aquellos que ya conocen y aman la música de Johann Sebastian Bach, también el sentido de continuidad entre esta página, tan dura y al mismo tiempo envolvente, y la apasionada búsqueda musical de los Cantatas.  

La peculiaridad de la Pasión de San Juan reside en su carácter y sabor distintivos que se reflejan en la intención principal de su Evangelio: proporcionar una explicación cósmica del fenómeno de Cristo, centrándose en Cristo como soberano eterno y omnipresente, y no solo en su sufrimiento. 

Éste es un tema establecido desde el «estribillo» de apertura. Johann Sebastian Bach parece haber pensado en el coral «Durch Dein Gefängnis» -A través de la prisión- como el punto central y el eje de la obra: a ambos lados están los coros «Wir Haben ein Gesetz» -Hay una ley- y «Lässest du Diesen Los» -Déjalo ir-, que comparten la misma música; mientras que la aria «Es ist Vollbracht» -Está consumado-, el clímax de la narración, está rodeado por los versos del coral «Jesu Kreuz, Leiden und Pein» -La cruz de Jesús, sufrimiento y dolor-.  

Una obra cósmica, por tanto, que 301 años después sigue fascinando e involucrando a quien la escucha desde la perspectiva de la confianza y la esperanza que la fe puede establecer. Tachada rápidamente como la ‘hermana menor’ de la Pasión según San Mateo, más ‘teatral’, la Pasión según San Juan es más bien su contrapartida íntima, «en muchos aspectos más valiente, poderosa y poética [...] compacta y genial de principio a fin [...] llena de arte», como escribió Robert Schumann tras su redescubrimiento en el siglo XIX. 

Obra perfectamente hija de su tiempo, impregnada de la predicación de Martin Lutero -que consideraba el Evangelio según Juan el «principal, superior a los otros tres»-, la Pasión según San Juan es al mismo tiempo un monumento absoluto, musical y religioso, estético y místico, para ser degustado.  

Te invito a que disfrutes sumergiéndote en ese impresionante equilibrio entre la narración y la contemplación. Es un ejercicio de fe para los creyentes como Johann Sebastian Bach. Porque seguramente el elemento más importante, decisivo, de su música es precisamente su fe cristiana.  

Te propongo, para prepararte para la Semana Santa, que escuches esta obra maestra de fe musical. Su escucha es una verdadera catequesis que involucra el oído, la mente, el corazón,…, en definitiva, a toda la persona. Y recuerda mientras la escuchas que la Pasión acontece en el corazón.  

Hay muchas y bellas versiones. Yo te brindo ésta (la que dirigió uno de los mayores y mejores especialista en el compositor Johann Sebastian Bach): https://www.youtube.com/watch?v=BVhoJ5TK5u0

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Pasión según San Mateo por Johann Sebastian Bach.

Pasión según San Mateo por Johann Sebastian Bach 

Conocí la “Pasión según San Mateo” hace muchos años. Creo que fue desde que comencé a ponerla que me enamoré de esta música. Esta composición se ha convertido poco a poco en una compañera de mi vida. Cada año me he obligado –con alegría– a escucharla íntegramente durante la Cuaresma y el Triduo Pascual. Y recomiendo hacerlo. 

Esta es una de esas grandes obras maestras de la historia, de la cultura humana, del arte y de la espiritualidad que, a medida que se conocen y se escuchan, penetran, enriquecen y conmueven. Este “algo más” que la Pasión de San Mateo continúa dándome me afecta en varios niveles. 

Hay un nivel de entrada emocional que a menudo –lo admito francamente– me ha conmovido. Luego está el nivel espiritual, entonces puedo decir que – escuchándola y volviéndola a escuchar – encuentro mayor luz en las mismas palabras evangélicas, fascinándome y estimulándome porque cada vez descubro detalles que aún no había comprendido plenamente. 

La Pasión de San Mateo es uno de los grandes pilares de la cultura humana. En mi humilde opinión, sería realmente importante que, así como se estudia la grande literatura universal en los centros educativos, los jóvenes tuvieran la oportunidad de estudiar o simplemente escuchar esta música, porque es una de esas raras creaciones que son capaces de mostrar de qué es capaz un ser humano inspirado. 

En la historia de la música –y yo diría de la cultura occidental– esta partitura se sitúa en un punto de inflexión simbólico, no tanto en la época de la composición, sino más bien a partir del siglo XIX, es decir, a partir del momento en que se produce la transición de la llamada música sacra: de la Iglesia al mundo entero. 

Bach fue un creyente cristiano luterano. La visión de la música de Lutero fue muy importante para Bach. 

Lutero fue un monje agustino, antes, por supuesto, de llevar a cabo su reforma. Y San Agustín fue probablemente el mayor teórico musical de la antigüedad, seguido por el propio Lutero, muchos siglos después. Lutero era él mismo un músico. Era capaz de tocar varios instrumentos y también de componer canciones polifónicas. Podía escribir música correctamente, aunque no extraordinariamente bien. 

Su gran intuición fue popularizar el uso de la música dentro de las iglesias, especialmente a través del canto coral. Los corales también son importantes en la Pasión de San Mateo. Técnicamente, un coral es simplemente una canción o línea melódica, principalmente en el idioma alemán. A menudo se han insertado fragmentos más o menos extensos en latín e incluso en griego. De hecho, Lutero no se oponía en absoluto al uso del latín y de las lenguas antiguas en la liturgia. Incluso habría querido que el griego fuera la lengua litúrgica de la Iglesia luterana. 

El coral no fue una invención de Lutero. A él le debemos la introducción sistemática en la Iglesia de un repertorio preexistente compuesto de cantos devocionales. Consideremos, sin embargo, que la distinción entre lo que era litúrgico y lo que no lo era, en aquella época, era más bien vaga. Lutero comprendió la eficacia que estos cantos populares podían tener en toda una serie de funciones evangelizadoras, entre ellas la de transmitir doctrina, alimentar el sentido de devoción, crear un sentido de comunidad y moldear, a través de la belleza, la comunidad misma. 

El reformador decidió pues dar un papel destacado al coral dentro de la liturgia, sin prescindir, sin embargo, de otras formas más complejas. Los corales se convirtieron en la base de otras composiciones, como los motetes y las propias composiciones polifónicas. Las melodías corales que escogió Lutero tenían la capacidad de ser memorizadas muy fácilmente por los oyentes populares y contribuyeron, de manera decisiva, a la difusión de la confesión luterana en Alemania y más allá. 

Estas melodías sencillas, inmediatas, fáciles de recordar, de escuchar y de cantar, podrían utilizarse como “cantus firmus”, o bien colocarse en la base de construcciones polifónicas, para convertirse en elementos de construcciones aún más complejas como ocurrió, por ejemplo, en las cantatas de Bach. 

En la Pasión de San Mateo nos encontramos con la armonización del coral: lo que significa utilizar la melodía del coral como línea de fondo sobre la que superponer otras voces. Por ejemplo, tomemos cuatro voces –soprano, alto, tenor y bajo– y les asignemos un ritmo prácticamente idéntico, pero no siempre idéntico, haciendo así que los solistas repitan las distintas sílabas del texto. Obviamente esto hace que la comprensión sea mucho más fácil, especialmente desde el punto de vista fonético-verbal. 

La forma Pasión, como género musical, tiene una historia muy larga. Se puede decir que tiene al menos dos orígenes, bastante diferentes entre sí. El primero es la de la representación sagrada que, como sabemos bien, es una realidad paralitúrgica, es decir, una teatralización de lo sagrado, normalmente realizada en lengua vernácula y a menudo enriquecida por un aparato escénico. La segunda es la lectura dramatizada del texto evangélico en latín en el contexto de la liturgia. 

En la época de Bach, durante la Cuaresma, no se podía interpretar música concertada en la iglesia. Esto no nos sorprende. En particular, la voz no podía ser acompañada de instrumentos musicales, precisamente para hacer más evidente el significado penitencial. 

La tradición luterana preveía la posibilidad de entonar el texto evangélico de la Pasión con un canto monódico en estilo recitativo. Esta forma de declamación entonada estaba inspirada en el tono de lección gregoriano. Pero poco a poco fueron surgiendo otras formas de actuación entonada. 

Según el necrologio escrito por uno de sus hijos, Bach compuso cinco Pasiones para la liturgia en Leipzig, incluida una con doble coro. Entre los misterios de la historia de la música está precisamente el del destino de todas estas partituras. La Pasión con doble coro sólo puede ser la Pasión de San Mateo, pero ¿las otras cuatro? 

Tenemos la Pasión de Juan, la otra completa. Bach compuso sin duda una Pasión basada en el texto del evangelista Marcos, de la que, desgraciadamente, sólo nos ha llegado el libreto, pero no la música. Queda la duda sobre una Pasión según Lucas ya atribuida a Bach pero que, en realidad, no puede ser suya. Es legítimo suponer que compuso una para cada evangelista y que hubo dos versiones de la Pasión de San Mateo, una para doble coro –la que tenemos– y otra para coro simple. 

Todo esto queda envuelto en preguntas sin respuesta, incluso con el pesar de haber perdido otras obras maestras, teniendo en cuenta que Bach organizó la música litúrgica de la Semana Santa en Leipzig al menos veintiséis veces. Está claro que no utilizó siempre y únicamente su propia música. También revivió la música de compositores que apreciaba, incluidos, entre sus contemporáneos, George Phlipp Telemann y George Friedrich Händel. 

Los libretos, es decir, los textos, las palabras musicalizadas por Bach, son de varios autores. En particular, en la Pasión según San Mateo, y también en la Pasión según Marcos, hizo uso de la obra de Christian Friedrich Henrici -conocido como Picander-, uno de los grandes colaboradores de Bach: un poeta de nivel quizás no excelente pero con gran musicalidad y gran capacidad de adaptación a las peticiones del compositor. Ahora, a diferencia del pasado, los textos de Picander parecen no sólo aceptables, sino incluso bellos. Hermosos por su visión teológica. Hermosos por sus intuiciones espirituales. Preciosos porque combinan muy bien con la música. 

En la Pasión de San Mateo, la música es estimulada por la poesía y la poesía por la música. Si Picander sabía de música –y por tanto trabajaba bien con un músico–, a Bach seguramente no le faltaba cultura ni talento literario para poder trabajar con Picander. Al contrario. Es muy interesante notar, desde un punto de vista espiritual y teológico, cómo el propio compositor quiso tener cuidado al elegir los corales que debían incluirse en la Pasión según San Mateo. Lo sabemos con certeza, ya que el folleto publicado por Picander, en una recopilación de sus composiciones poéticas, no incluye los corales. Los corales fueron elegidos e insertados por el propio Bach. Por supuesto, los corales no deben confundirse con los coros. 

Los coros son composiciones sobre texto libre –poético– que sirven para expresar, normalmente, los sentimientos de la comunidad, pero también para conferir un movimiento dramático muy fuerte. En la Pasión de San Mateo los encontramos al principio y al final de varias partes. O encontramos coros con la función de dar voz a la multitud, al pueblo. Estos segundos coros forman parte de la narración evangélica y por tanto tienen una forma muy diferente, la del recitativo. 

El texto narrativo de los Evangelios –que obviamente se lee también en nuestras iglesias en la liturgia del Domingo de Ramos o del Viernes Santo– en la Pasión de Mateo está confiado a una voz particular, la del evangelista-tenor: es una parte extremadamente ingrata porque es muy difícil y nunca tiene aire para respirar. El suyo es un recitativo seco, es decir, acompañado por pocos instrumentos: normalmente por un solo instrumento en forma de bajo continuo, como un violón o un violonchelo, raramente el fagot. 

Las voces de varios personajes evangélicos intervienen dentro de la narración. Cuando hay diálogo, las partes son cantadas por voces que se relacionan naturalmente con el personaje representado. La voz de bajo, por ejemplo, es la voz del apóstol Pedro. Cuando intervienen personajes femeninos, las voces son agudas: sabemos que en la época de Bach las partes femeninas las cantaban niños, o en todo caso, hombres con un timbre y un tono de voz típicamente femeninos. 

La correspondencia entre el carácter y el timbre de la voz es, sin embargo, rota deliberadamente por el propio Bach en las arias, para crear una especie de alienación del fiel oyente, de modo que no se limite a presenciar la Pasión del Señor Jesús, sino que se vea involucrado en ella, precisamente por la falta de una correspondencia total entre el carácter y la voz. Esto es particularmente evidente, en mi opinión, en el aria Erbarme dichTen piedad –, una de las arias más hermosas y conmovedoras de la Pasión de San Mateo. 

Una característica especial de la Pasión de San Mateo es el hecho de que la voz de Cristo –cuando Cristo habla dentro de la narración– está rodeada, por así decirlo, por un halo de sonido. Mientras el evangelista y los demás personajes cantan el recitativo seco, Cristo canta el recitativo acompañado. Esto significa que las cuerdas se utilizan para acompañarlo. Esta especie de aureola de sonido que rodea la voz de Cristo la hace inmediatamente reconocible y le da a las palabras de Cristo una calidad musical diferente a todas las demás. Es fácil pensar que Bach quería distinguir y subrayar su humanidad divina: un hombre como los demás, que habla como los demás y por tanto canta como los demás, pero que, al mismo tiempo, es el Señor, Dios. 

Las intervenciones de los coros también se inscriben en la narración del evangelista. Por ejemplo, cuando el evangelista pronuncia las palabras “la multitud dijo”, el coro retoma el canto con lo que dice la multitud. En algunos casos raros se producen duetos: por ejemplo en el caso de falsos testigos cantando en el canon de duetos. 

Luego, además de las arias, tenemos los ariosi. El arioso está entre el recitativo y el aria; es una forma musical no tan lírica, no tan explicada, no tan libre como el aria. Al mismo tiempo, es mucho más libre que el recitativo. Es una forma en la que hay mucha declamación y al mismo tiempo el acompañamiento se vuelve más musical. 

Las arias constituyen quizás el momento más inmediato y disfrutable de la Pasión de San Mateo. A menudo se ve una presencia destacada de instrumentos musicales. En estos casos se trata más de un dueto que de un aria propiamente dicha, en el sentido de que la voz y el instrumento (o instrumentos) forman un dueto entre sí. Bach casi siempre elige instrumentos no sólo por su timbre, sino también por su valor simbólico. Esto sucede muy a menudo en la Pasión de San Mateo. La función de los ariosi y de las arias es ofrecer un momento de respiro, de pausa, de meditación, de apropiación del texto evangélico por parte del fiel oyente, como una forma de meditación personal. 

Por último, pero no por ello menos importante, en la Pasión de San Mateo encontramos corales que en su mayoría se presentan en forma armonizada, pero que a veces encontramos a modo de melodías corales insertadas en el arco de otras formas. 

En la Pasión de San Mateo está la parte fija, narrada por el evangelista, como testigo ocular, y está la parte de asimilación espiritual, móvil, de los fieles, de ayer, de hoy y de siempre. Está la lectura del Evangelio y está su transfiguración poética. Están los hechos históricos y está el memorial litúrgico. Los diversos elementos se combinan en la construcción musical general como en una gran liturgia. La narración evangélica corresponde al momento de la lectio divina, las arias y los ariosi juntos corresponden a la meditatio personal, los corales tienen la función de oratio, es decir, de oración comunitaria. 

La creación y primera representación de la Pasión se puede atribuir casi con seguridad al año 1727, aunque en un principio se pensó que fue en 1729. La reposición realizada por Mendelssohn en 1829 pretendía ser un homenaje al centenario de la obra. Estamos seguros de que fue un año impar, porque precisamente en los años impares se representó en la Iglesia de San Tomás la representación más compleja de la Pasión. Al tratarse de una composición con doble coro y doble orquesta, era esencial contar con los dos órganos que estaban y están presentes en la Thomaskirche, pero no en la Nikolaikirche. 

Se suele hablar de un coro doble, pero también se podría hablar de un tercer coro. En la primera gran intervención del coro, de hecho, los dos coros principales dialogan entre sí de un modo ya de por sí bello, cuando un tercer coro se integra de modo aún más admirable desde el punto de vista polifónico y contrapuntístico. Es un momento muy emotivo. 

Poseemos un magnífico manuscrito de 1736, es decir, de la época en la que Bach hacía copias en limpio de sus composiciones. Es un manuscrito verdaderamente bello de observar por su caligrafía, orden y limpieza. Incluso aquellos que no saben leer música pueden imaginar su complejidad: una partitura para doble coro y doble orquesta, y por tanto con muchos pentagramas superpuestos. 

Me gustaría finalizar esta presentación con unas notas sobre el enfoque teológico de Bach sobre la Pasión de San Mateo. Como buen exégeta y hombre espiritual, Bach capta claramente el tono diferente que caracteriza la narración evangélica de la Pasión según Mateo respecto a la de Juan: en esta última el eje de la narración está puesto en la realeza de Cristo, porque en Juan la cruz representa la gloria de Cristo; mientras que, en el caso de Mateo, Cristo es ante todo «el hombre de dolores, experimentado en quebranto», el Siervo sufriente de Isaías, el más humano de los hombres que pide entrar en su pasión con nuestra pasión humana, comprendiéndola y amándola así. 

La otra visión importante de la Pasión del evangelista Mateo, en la Pasión de Mateo, es el cumplimiento de las profecías de la Escritura en términos de resultados de salvación y redención. La humanidad divina de Cristo queda resaltada por el halo sonoro de las cuerdas y por el estilo particular con que el Cristo de Bach canta sus recitativos, con movimientos melódicos extremadamente dulces, extremadamente agradables, tanto que a veces desembocan en lo arioso, como en el momento de la institución de la Eucaristía: uno de los momentos más conmovedores. 

El personaje de Cristo nunca canta arias, siempre canta sólo las palabras del Evangelio. En la narración de Mateo, habla cada vez menos y, en consecuencia, en la Pasión de Bach, canta cada vez menos.  Pero a medida que el personaje desaparece gradualmente, Bach deja paso a una presencia más misteriosa y espiritual: en la segunda parte, de hecho, aumenta el sonido de las cuerdas: como si el halo que he mencionado permaneciera, sin el hombre Jesús. 

El último aspecto bíblico y espiritual que quiero destacar es la gran importancia que tiene el Cantar de los Cantares en la Pasión de Mateo. El Cantar de los Cantares es el canto bíblico del amor por excelencia.  Parece que no tiene nada que ver con la Pasión y la liturgia del Viernes Santo. En realidad, se puede decir que –en la Pasión musicalizada por Bach– la mirada es femenina. Como si fuera la Iglesia – Esposa de Cristo – la que está enamorada, contemplando lo que le sucede a su Esposo. Desde el principio, desde los primeros compases y palabras del primer estribillo, nos encontramos con la invitación: «¡Venid, hijas! ¡Ayúdadme a llorar!». 

Se trata de una posición femenina que luego encontramos de nuevo en otros grandes coros que enmarcan la Pasión de Mateo: por ejemplo, en la búsqueda dulcísima y punzante del Amado por parte de la Amada, en el momento en el que Jesús es capturado. El aspecto femenino está conectado con la importancia del icono del Cordero inmolado y resucitado del Apocalipsis, cuya Esposa es la Hija de Sión, la Iglesia de los bienaventurados, ahora proyectada en la visión escatológica. 

Hay muchas y bellas versiones. Yo te brindo ésta (la que dirigió uno de los mayores y mejores especialista en el compositor Johann Sebastian Bach): https://www.youtube.com/watch?v=1JJB2aee6QE

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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