martes, 28 de abril de 2026

Cristo Sumo y Eterno Sacerdote.

Cristo Sumo y Eterno Sacerdote


Un sacerdote de una existencia sacerdotal que se hace presente y se realiza cada día. 

Un sacerdote de lunes a domingo. No es un santo; un ser humano, un sacerdote común y corriente, de la vida cotidiana de cada día. 

Un sacerdote como tantos otros, como la mayoría, como casi todos. 

Pienso hoy, 3 de mayo - en el día en que fui ordenado sacerdote -, en ese sacerdocio cotidiano de todas y cada una de las horas del día y de la noche. 

Ese sacerdocio que a menudo damos por sentado. 

Personas con todos sus defectos, miedos, agobios, contradicciones. Personas de las que a veces nos quejamos, a las que a veces ayudamos y de las que a veces somos ayudados. Sacerdotes comunes y corrientes. 

Sacerdotes que tal vez no prediquen de manera atractiva, estimulante e iluminadora. Pero celebran la misa cotidiana de la entrega y de la vida. 

Sacerdotes que a veces son objeto de burla y crítica, que tal vez no entienden hacia dónde va el mundo, y no siempre tienen la palabra adecuada, las ganas de abrir la puerta, la fuerza para sostener. 

Sacerdotes que tal vez no siempre sean los adecuados, que no brillan en la iniciativa, que frenan el paso ante las cosas nuevas o las acompañan con prudencia. 

Sacerdotes que tal vez sientan los dolores de la soledad, el miedo al aislamiento, el cansancio de la fraternidad. Sacerdotes que tal vez sientan el peso de la obediencia, el coste de la pobreza, el esfuerzo de la castidad. 

Sacerdotes que, sin embargo, permanecen fieles; que tal vez critiquen pero que no desobedecen. 

Sacerdotes que están allí. Y que permiten a quienes se acercan a ellos recibir el perdón de Dios y el alimento de su cuerpo. Porque Cristo decidió así hacerse presente. A través de sus manos, sus corazones, sus vidas. 

Sacerdotes de las llanuras, que no habitan ni en las alturas de la gracia ni los barrios bajos del pecado. 

Sacerdotes de las tierras bajas y de las llanuras. En la llanura, al fin y al cabo, vivimos todos, que a menudo tenemos muchas exigencias que cargar sobre los hombros de estos hombres. 

Sacerdotes cotidianos, a quienes siempre comparamos con el Buen Pastor: un criterio elevado, que ellos también conocen y al que, con mil compromisos, poco tiempo y alguna desilusión, intentan parecerse. Y a quién dieron sus vidas. 

Sacerdotes de entre semana, como nosotros, con nuestras luces y nuestras sombras. 

Sacerdotes para amar, en sus defectos y en sus talentos, porque son seres humanos como nosotros. 

Sacerdotes cotidianos, como es la fe cristiana: una fe para el pueblo mezclada con trigo y cizaña. 

Sacerdotes que, si no son visitados por lo inesperado, fluyen por la vida de este mundo como los hombres y mujeres que encuentran entre semana. 

Sacerdotes llaneros, sacerdotes elegidos por un Dios que ama estar entre la gente. 

Dediquemos un pensamiento a estos sacerdotes de o con un sacerdocio de cada día; después de todo, como en todas las guerras, incluso en la larga lucha entre el bien y el mal, son las tropas las que soportan gran parte de la carga. 

Dediquémosles una oración. 

Digamos gracias a estos sacerdotes de cada día de la semana y de todas las horas del mes y del año. 

Gracias por estar aquí. 

Gracias por testificar que Dios nos llama y nos ama aunque seamos imperfectos. 

Gracias por saber testimoniar, en el momento de la prueba inesperada, que vale la pena seguir a Jesucristo. 

Hasta el final, si es necesario, con una entrega tan generosamente gratuita, como calladamente discreta. Sacerdocio de aquel que ha hecho de la propia vida una entrega en la patena y en el cáliz de cada día, amigo de todos los cenáculos y compañero de cada Emaús. Cada día sacerdotal es un día en el que Dios se encarna en tu corazón y en tu mente, en tus silencios y palabras, en tus actitudes y gestos. 

Está claro que sólo se vive amando y cuando el sacerdote ama su estado de vida lo transforma en un lugar de donación amorosa y de vida relacional fecunda, fructífera. 

Decimos que el sacerdote es signo del amor revelado del Padre. Y es verdad. Pero para serlo es necesario vivir plenamente la propia humanidad, sin miedo a las limitaciones, porque siguiendo a Cristo Hombre perfecto, el hombre se hace más hombre, y el sacerdote más sacerdote. 

San Bernardo en el “Discurso del Cantar de los Cantares” dice: "Amo porque amo, amo para amar. El amor es suficiente por sí mismo, se complace por sí mismo y por sí mismo". El amor es razón en sí mismo, no se ama ser buen sacerdote ni ir al cielo: se ama seguir siendo humano. 

El reto del sacerdote es a quién amar y cómo educarse para amar. 

Puedes amar tu papel y tu imagen, y aquí tienes a Don Narciso eternamente en equilibrio entre el amor propio y la incapacidad de dar ni el más mínimo signo de atención hacia los demás. ¿Cómo se sale del narcisismo? Aprendiendo la lógica de Jesús, aceptando las derrotas pastorales, y tantas otras heridas, y haciendo las paces con una lógica de servicio humilde y desinteresado. 

Puedes amar confundiéndote con la gloria de Dios y sintiéndote tan responsable de los demás que quieres salvarlos. Y aquí tenemos a Don Apocalipsis con el síndrome de "hago nuevas todas las cosas" y con la peligrosa tendencia a entrar en lo sagrado del misterio de la vida sin descalzarse. 

Como sacerdote puedo decir que he amado sólo si durante mi día fui capaz de cercanía, escucha y perdón hacia las personas que me fueron confiadas para ponerme apasionadamente a su servicio. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


Confesiones sacerdotales.

Confesiones sacerdotales 

Estos son tiempos complejos para ser sacerdote. La figura del sacerdote se ha vuelto hoy anacrónica. La mayoría de las personas de nuestro tiempo no sólo están completamente ausentes de la práctica religiosa, sino que ya ni siquiera tienen que ver con la cuestión de Dios. Viven, en su inmensa mayoría, "como si Dios no existiera", y no sienten ningún malestar por ello. 

A Dios no se le cuestiona, simplemente se le ignora. Los éxitos de la ciencia y la tecnología adquieren un carácter sagrado y absoluto, hasta el punto de convertirse en la "nueva religión". Los sacerdotes pueden parecer irrelevantes. 

La pregunta que surge entonces es: ¿hay todavía espacio para la misión del sacerdote? La respuesta es, en mi opinión, positiva. No cabe duda de que hay también una necesidad religiosa presente en la conciencia de las personas contemporáneas, a menudo latente, que hay que hacer aflorar pacientemente, testimoniando sobre todo, no sólo individual sino comunitariamente, la actualidad de la propuesta evangélica. 

En este nuevo contexto, hay tres prioridades que el sacerdote podría vivir. La primera es la capacidad de identificarse con las situaciones existenciales de la gente, compartiendo sus alegrías y trabajos cotidianos. Tu ropa, querido sacerdote, debe oler a pueblo y no a incienso. 

La segunda prioridad es la elección de un estilo de vida sobrio, la renuncia a todas las tentaciones de poder, para conquistar esa libertad interior que te permite ser plenamente solidario con el mundo de los pobres y comprometerte en su liberación. Hermano sacerdote, vive como un pobre, ama a los pobres, deja que los pobres te enseñen. 

La tercera prioridad es, finalmente, la recuperación de una espiritualidad auténtica, no formal o devocional, sino marcada por una fuerte tensión mística, capaz de interpretar la necesidad de trascendencia que también hoy habita en el corazón de muchos, y convertirse así en testigos creíbles del misterio de Dios. Querido sacerdote, déjate devorar por la pasión anhelante de Dios, y ninguna otra pasión humana te devorará. 

Estas son las condiciones que el sacerdote de este tiempo debe poner en la base del ejercicio de su ministerio, y que, cuando se cumplen, dan eficacia a la acción pastoral, es decir, a la capacidad de transparentar la novedad y la belleza del mensaje evangélico. 

Por mucha energía, inteligencia y tiempo que dediques al Evangelio, te darás cuenta por el camino de que el ministerio más doloroso de un ministro de Dios es caminar con la gente cuando se aleja de la Iglesia y rechaza sus enseñanzas. 

En el centro de tu vida como presbítero debe estar el arte de la conversación. Debes ser alguien a quien le guste hablar con los demás, especialmente si no están de acuerdo contigo. Necesitas confianza para hablar y humildad para escuchar. Esto es especialmente difícil en nuestra sociedad, que está perdiendo el arte de relacionarse con personas que piensan de manera diferente. 

La conversación es la única manera de anunciar a Jesús, que es el diálogo de la Palabra de Dios con la humanidad. Cualquier otra forma corre el riesgo de caer en la ideología. Todo el Evangelio de San Juan es una conversación tras otra. 

Jesús era un hombre de conversación, ¡sobre todo con la gente difícil! La primera pregunta que debemos hacernos como presbíteros es la siguiente: ¿con quién debemos hablar mientras caminamos por la calle? ¿Quiénes son las personas que huyen de la Iglesia con las que podemos caminar? 

Los algoritmos de Google y Facebook nos guían hacia personas afines. La sociedad occidental corre el riesgo de hacerse tribal. Vivimos en salas de eco con personas de ideas afines. No caigas en la tentación de sentirte apoyado y rehén de la camarilla de siempre. En cambio, las mejores conversaciones abrazan y se deleitan en la diferencia. 

Además, los presbíteros estamos llamados a vivir en la tensión entre las convicciones de la Iglesia y los problemas del mundo. 

Ninguno de nosotros podrá encontrar el equilibrio perfecto. Algunos de nosotros seremos más naturalmente personas de la institución eclesial y tendremos una adhesión instintiva al Magisterio. Otros encuentran su ministerio en las periferias, identificándose con la gente de los márgenes, los de fuera. Algunos son Pedro, la roca, otros son Tomás, el incrédulo. 

¿Qué puedo decirte cuando te encuentras en el umbral de esta vertiginosa aventura que yo mismo confieso que aún no he comprendido del todo? ¿Qué consejos puedo darte, suponiendo que quieras consejos míos? Los resumiría en sólo dos palabras: autenticidad y sinceridad. Sé auténtico y sincero. Siempre, eso sí, con quien sea y donde sea. 

Sé auténtico y sincero ante todo con Dios: porque lo poco que sé de Él, he aprendido que no le gustan los poetas de corte, los amigos de Job, los que sólo rezan citando a algún gran autor, pasado o presente, como si no tuvieran mente y corazón propios. Además, le entiendo, si fueras mujer, ¿te gustaría que tu amado te hablara sólo con palabras ajenas?  No olvides que la oración es un combate cuerpo a cuerpo con Dios, una lucha, un abrazo amoroso. 

Dios es fuego devorador, torrente impetuoso, madre solícita, médico y maestro que te conducirá a la cruz y al sacrificio. Sé sincero con Él. Hasta el punto de protestar, que ciertas protestas a veces son oraciones, hasta el punto de gritarle cuando te lleve (y te llevará, créeme) disgustado por tu misión, sin ocultar tus dudas y temores y confesándole sin miedo todos los movimientos de tu corazón, incluso los más imperceptibles y secretos. 

Sólo así descubrirás que sí, que el fuego, el desierto, el torrente son realmente tus amigos, pero sólo lo son después de que tú te hayas dejado quemar, secar y abrumar por ellos. Sólo entonces descubrirás la alegría insensata e impensable que pende de la cruz, sólo entonces conocerás la inmensa paz que se extiende en el corazón que se ha dejado quebrantar. La paz que brota de haber crucificado el propio egoísmo y haber puesto todo de uno mismo al servicio del Amor. 

Sé auténtico y sincero contigo mismo: los mayores males de la vida espiritual provienen de negar la realidad, llama a tus pecados y tentaciones por su nombre, sólo así podrás sanarlos y descender a las profundidades de tu alma para encontrar en ella la luz que te resucitará. 

Sólo al precio de una verdad despiadada podrás abrir la trampilla que te separa del agua viva que murmura en tu interior. 

Reconoce la verdad de lo que te hace feliz y no temas a tu humanidad. Ama apasionadamente, canta con toda tu voz, llora fuerte y ríe aún más fuerte, ten el valor de arriesgarlo todo siempre, porque bebes de una fuente inagotable y nunca te faltarán fuerzas. Si no tienes el valor de comenzar una batalla… pide la gracia para terminarlas todas. 

Muchos se hacen la ilusión de que para parecerse a Dios hay que intentar ser como los ángeles. En cambio, mi experiencia me dice que los que quieren parecerse a los ángeles acaban más bien pareciéndose a un fantasma, sin fondo, forma ni color. 

No tienes un cuerpo, eres un cuerpo. Y tu cuerpo lleva consigo todo un mundo de olores y sensaciones y pasiones que son entonces el color y la belleza de la vida. Aprende a hacer de ellos la cítara de tu alabanza. Nunca las niegues, aunque te hagan daño. No huyas de la ola, cabálgala con valentía si quieres dejarte llevar por ella. 

Se auténtico y sincero con las personas, especialmente con aquellos que te serán confiados. Nuestro papel como presbíteros es ante todo revelar y descubrir el rostro del Señor. Debemos ser ese rostro y ver ese rostro en aquellos que nos son confiados. Cada ser humano, hecho a imagen y semejanza de Dios, nos ofrece un atisbo de ese rostro que deseamos. 

La gente de hoy necesita desesperadamente la verdad, orientación en sus elecciones, iluminación en su confusión, la palabra de un maestro, pero no te aceptarán como maestro a menos que sepan que pueden confiar en ti, y no confiarán en ti a menos que llegues a su mente pasando primero por su corazón. 

Y al corazón no se le puede mentir. Sólo utilizando tu corazón puedes hablar al suyo. 

Jesús nos advierte en el Evangelio: "El que quiera ser el primero, que sea servidor de todos". No cedas al autoritarismo incuestionable, no te sientas poseedor de la verdad, no te dejes atrapar por el afán de ser siempre servido y venerado. 

Desgraciadamente, éstas son tentaciones que siempre nos acechan a los sacerdotes. Tenemos la tentación de buscar nuestra propia realización conquistando espacios de afirmación y dominación. A veces recurrimos a nuestras propias fuerzas y logros. 

Son tentaciones naturales, casi ineludibles, con las que tienen que lidiar todos los que tienen autoridad. Sin embargo, no faltan "vacunas" para curarse de estas enfermedades y distorsiones del alma. 

No hay nada en la vida de Jesús que haga pensar en un hombre de poder: ni las condiciones de vida privilegiadas, ni las insignias y connotaciones con las que se rodea la autoridad de la época.  Incluso ante los que habían venido a arrestarle, Jesús no reaccionó de forma temeraria y violenta, sino que "se entregó a ellos". 

Querido hermano sacerdote, aprende a "entregarte" a todos sin máscaras, sin asumir tonos de sermón, desarmado de todo autoritarismo, disponible a escuchar, sin esconder tus fragilidades, como hacen los niños tomados como ejemplo por Jesús. 

No tengas miedo de mostrarte débil y herido si lo estás, no es a ti mismo a quien debes guiarles, sino al único Salvador que es Jesús, así que no es a ti a quien deben confiarse, sino a Él. Tú eres el guía, no la tierra prometida, y por eso sólo se te pide una cosa: que conozcas el camino y guíes sin vacilar por ese camino. De hecho, si eres débil y estás cansado, esto será a veces una ventaja, porque te hará comprender mejor el cansancio y la debilidad de las personas que te han sido confiadas. 

Si aprendemos a leer los rostros, en toda su complejidad humana, veremos el rostro de Dios cien veces al día. Si nos atrevemos a salir de nuestras profundidades, de modo que nos sintamos sin palabras, el Espíritu Santo nos dará qué decir, aunque nunca lo sepamos. 

En cuanto a tu vida, no te engañes a ti mismo queriendo siempre dirigirla, ordenarla, dirigirla a toda costa. En cambio, entrégate a la vida, momento a momento, déjate sorprender, asombrar y llevar por ella, y te darás cuenta de cuánto menos ansiosamente y con qué espíritu de verdadero y gozoso servicio podrás vivir no sólo para ti mismo, sino también para todos los que te rodean y para toda la creación. 

Te repito lo que escribe el Apóstol Pablo en su primera Carta a Timoteo: Guarda cuidadosamente lo que se te ha confiado. 

Y ahora te pido que me bendigas, amigo y hermano en el ministerio ordenado sacerdotal que recibí, como un don de la gracia divina, en mi absoluta indignidad, un 3 de mayo de 1992. 

Que la frescura de tu gracia sacerdotal me inunde a mí y a todos aquellos a quienes amas y sirves. 

Ten una buena aventura y mantén en el corazón no tanto ser un sacerdote perfecto sino un sacerdote feliz. Y harás felices a los demás. 

Mis mejores deseos para una vida cristiana y sacerdotal plena, buena y hermosa. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

A ti y por ti, sacerdote.

A ti y por ti, sacerdote 

Para revelar la belleza del rostro de Dios, Jesús contaba a menudo historias. Antes que la cátedra del Templo siempre prefirió la calle polvorienta donde podía encontrarse con el rostro de la gente, y al rigor de la doctrina prefirió la narración de parábolas. Jesús tenía una mirada "poética", es decir, era capaz de adentrarse en la realidad para extraer de ella la belleza misteriosa de Dios y de la vida humana. 

Por eso -y no por una simple habilidad lingüística- le apasionaba construir parábolas, ofrecer imágenes sacadas de la vida y cavar pozos de agua fresca incluso en medio de los desiertos de la vida. Y cuando se trataba de traducir en gestos la compasión del Padre y la ternura de su amor, entonces se inclinaba sobre las heridas de las personas, acariciaba a los niños, se dejaba tocar por los impuros, extendía los brazos hospitalarios hacia los perdidos, para curar a todos con el toque del amor suave. Nunca oprimiendo, nunca aplastando, nunca cerrando el camino posible de la esperanza y el renacimiento. 

Eres un vaso de arcilla 

El Papa Francisco recuerda constantemente esta humanidad de Jesús y, a lo largo de su magisterio, la ha convertido en el "lugar" donde mejor se revelan la misericordia, la compasión y la ternura de Dios. Un estilo de cercanía que, con su carga profética, el Papa recomienda a toda la Iglesia y, en particular, a los ministros ordenados. 

Al mismo tiempo, sobre todo hoy, esto es precisamente lo que se espera del sacerdote. No un funcionario de lo sagrado, un burócrata de la ley religiosa o un maestro separado de la vida, que se sube a la cátedra para lanzar piedras a los demás. Se quiere y se desea al pastor manso y humilde de corazón, que se convierte en compañero de camino, en ternura de Dios, en mirada hospitalaria hacia todos, sin excluir a nadie. 

Todos lo esperan, olvidando a veces que tiene un tesoro en vasos de barro (cf. 2 Co 4,7). Que es un hombre impregnado de fragilidad, de una humanidad que siempre debe asumir su propia pobreza, que a menudo se extravía y debe reencontrarse a sí misma. Por eso, la pregunta urgente es ésta: mientras todos esperan todo del sacerdote, ¿quién piensa en su humanidad, en su soledad, en sus necesidades? 

En camino 

Detrás de cada sacerdote está la historia de un hombre, de un caminante que se siente tantas veces cansado y necesitado de un abrazo humano y espiritual. 

Está la historia de quien es incapaz de dar sentido a los acontecimientos cotidianos y de vivir con entusiasmo la monotonía de unos días que parecen parecerse unos a otros; están las lágrimas discretas y dignas por la incomprensión de otros hermanos en el ministerio, por la envidia y los celos, por un poco de demasiada cháchara; está la soledad de quien vive y lleva el Evangelio como "liberación" en un contexto marcado por el la indiferencia, teniendo que soportar la soledad de sentirse como "un raro extraño" que casi siempre tiene que justificarse ante los demás. 

También, junto a historias de sufrimiento, existen experiencias sacerdotales que se pierden en la nostalgia del pasado y que se mueven según criterios que entran en colisión con el Evangelio, como lo fue para los Apóstoles tantas veces. También el sacerdote siente una fuerte necesidad de detenerse y dejarse llevar por el Maestro de Nazaret, para confiarle sus debilidades y sus sueños, pero también para renovar junto a los demás el sueño de esta Buena Noticia que Él ha puesto en sus manos. 

Sí, no son pocos los males de la vida del sacerdote: el demonio del individualismo, el miedo a la confrontación, la inmovilidad ante las provocaciones de un mundo en ebullición, el no dejarse tocar por las heridas de los que sufren, las agendas pastorales que ocupan el lugar de las relaciones humanas, la anestesia de la conciencia que le convierte en obediente soldadito de las expectativas, dispuesto a quejarse y criticar a sus espaldas. 

No hay recetas fáciles Quizá ésta sea la más importante: volver a las fuentes, volver a los márgenes para aprender todo y de nuevo de Jesús, para hacer suya su pasión por la fragilidad, descubriendo que es precisamente de ella de la que Dios se sirve para hacerle más humano y más capaz de anunciar el Evangelio. 

Para bendecir 

El sacerdocio ministerial no es una fría teoría sino los nombres y las historias concretas de tantos sacerdotes cuya historia, fragilidad, tenacidad, perseverancia escondida también, aunque no solo, dentro de una rutina agotadora o de la rabia por tantas decepciones y experiencias negativas. Incluso todo ello compone la belleza de la Iglesia. 

Incluso en medio de caídas y fracasos el sacerdote es también aquél que no pierde el coraje de volver siempre a la fuente y a la alegría de abrazar de nuevo el Evangelio. Que el Señor llene siempre de pasión tu corazón, habite tu soledad de sinceras amistades, te conforte con la gratitud de tu pueblo y con el óleo de la comunión fraterna, te refresque de todo cansancio. Y, sobre todo, te libre de todo temor. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Corazón sacerdotal.

Corazón sacerdotal 

Jesús vivió toda su existencia mesiánica como signo de una grande misericordia que debe ser anunciada y realizada. Misericordia es el nombre completo del misterio trinitario, y es también el nombre relevante para indicar "aquel de la Trinidad" que se encarnó, reveló el misterio de la Santísima Trinidad, manifestó, en una profecía sustancialmente cumplida, la vocación salvífica y el destino de gloria que Dios ha reservado al hombre. 

Éste es el sentido global de la identificación que Cristo, en la sinagoga de Nazaret, establece entre sí y el Mesías liberador anunciado por Isaías (cf. Lc 4,14). 

La manifestación de la caridad misericordiosa por parte de Cristo tiene su inicio en la encarnación y su culmen en la cruz, en el misterio de la "hora", cuando Jesús se expresa de la mejor manera en términos de misericordia: muestra su misericordia filial hacia el Padre y su misericordia fraternal hacia los hombres en grado sumo. 

En su pecho late un "corazón sacerdotal" que tiene un doble ritmo: un latido por el Padre y por los hombres. «Cristo Jesús, Hijo unigénito del Padre eterno» (cf. Jn 1,18), «constituido heredero de todo» (Heb 1,2), es el sumo y eterno Sacerdote (cf. Heb 5,15) que él sabe compadecerse de nuestras debilidades en su Divino Corazón, habiendo sido probado en todo excepto en el pecado (cf. Heb 4,15): podemos, por tanto, acercarnos a Dios como a un trono de gracia para alcanzar misericordia y encontrar la gracia y ser ayudados en el momento adecuado (cf. Heb 5,16). 

El "corazón sacerdotal" del Divino Maestro tiene, pues, fundamentalmente dos cualidades: se define como "misericordioso" para con los hermanos y "digno de fe" en las relaciones con Dios (cf. Heb 2, 17)". 

Pero, ¿cómo es el «corazón sacerdotal» de Jesús en el "mientras tanto" pascual, cuando ese corazón se presenta como un "templo", un espacio necesario para el acto litúrgico, hasta el punto que Pablo VI afirma que es «el origen y el comienzo de la sagrada liturgia"? Cristo, con los acontecimientos de la Pascua, inauguró el nuevo Altar, el nuevo Sacerdocio, la nueva Víctima, en una palabra, el nuevo Templo: en él, corazón sacerdotal, todo está unificado en su persona. Inaugura el nuevo culto espiritual con su muerte. El Corazón del Salvador es, pues, el Templo nuevo y eterno (cf. Jn 2,19-21; Ap 21,22) que, con su muerte y resurrección, restablece la amistad rota por el pecado de Adán. 

Jesús llega a la cruz ya con el corazón probado por la pasión; su corazón sufriente conoce todas las etapas de la pasión y queda impresionado por ella: 

* es un "corazón agonizante": en el huerto de los olivos sufre la percepción del abandono del Padre (cf. Juan 26,39), el beso ardiente de Judas (cf. Lucas 22,47-53), el sentimiento de angustia y de soledad que le hace sudar sangre (cf. Lc 22,44); 

* es un "corazón juzgado": experimenta el dolor causado por la refinada arrogancia religiosa (cf. Juan 18, 20-21); 

* es un "corazón interrogado": sufre el insulto de ser juzgado por un juez vil (Poncio Pilato) (cf. Juan 18,37), por un juez ingrato (el pueblo), que grita "¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!" (Mc 15,13-14), por soldados que lo tratan como a un rey en broma, burlándose de él (cf. Lc 18,31-32); 

* es un "corazón crucificado": es el corazón desgarrado por la muerte, que crea su propio paradigma de amor verdadero: "Nadie tiene mayor amor que el de dar la vida por los amigos" (Jn 15.13). 

Habiendo abierto nuestros corazones, la profecía de Juan aún perdura: «Pero cuando llegaron a Jesús, y vieron que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le golpeó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua. » (Juan 19,33-34). 

El último gesto de una ejecución romana tiene lugar en el Gólgota: la verificación de la muerte del condenado. Así también se podría decir de Jesús: sí, está verdaderamente muerto. Jesús murió antes que los dos crucificados con él. 

Por tanto, el golpe de lanza no es un sufrimiento nuevo para él. Es más bien el signo del don total que Él hizo de sí mismo, un signo grabado en su propia carne con la apertura de su corazón, una manifestación simbólica de aquel amor por el cual Jesús lo dio todo y seguirá ofreciéndose a todos. 

Es un signo que perdurará hasta el Cielo: Juan -el único entre los evangelistas- enseña que las llagas del Crucificado, entre las que se encuentra la del corazón desgarrado (cf. Juan 20,20.25.27), no desaparecerán sino que estarán también allí en el Cielo: serán las llagas del "Cordero inmolado y en pie" (Ap 1,7; 5,6). En su muerte Jesús se reveló hasta el fin. 

El corazón traspasado es su último testimonio. Jesús en la cruz nos amó con un amor inconmensurable, abriendo de par en par su corazón (ver Ef 2,4.7; 3,19). El apóstol Juan, al pie de la cruz, lo entendió bien. 

A lo largo de los siglos, otros discípulos de Cristo y maestros de la fe lo han comprendido. En la tradición teológica y litúrgica de la Iglesia, el Corazón de Cristo, traspasado por nuestros pecados y para nuestra salvación (cf. Juan 19, 34), es considerado como epifanía del amor de Dios, como "símbolo e imagen transparente de la caridad infinita de Jesucristo" por el hombre, que nos amó, a todos y cada uno, con "corazón humano", sin dejar nunca de amarnos con "corazón divino". 

Sin embargo, el cristianismo sigue siendo una religión nada fácil lo que evita el malentendido de una presentación permisiva y simplificada de sí misma. Después de todo, ¿cómo sería un cristianismo sentimental, sin la cruz? Quedaría muy poco. 

El cristianismo es la religión del corazón, porque es la religión de un Dios de corazones. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 27 de abril de 2026

Instrumento en tus manos, Señor.

Instrumento en tus manos, Señor

De todos los instrumentos musicales que conozco, personalmente he ido adquiriendo una cierta predilección por la guitarra. 

Por eso, el gran deseo que tengo en mi corazón de ser un instrumento en las manos del Señor, trae inevitablemente a mi imaginación la imagen de Dios que… toca la guitarra. Sí. Quisiera ser como una guitarra en las manos de Dios, de la que Él, valiéndose de la divina Púa del Espíritu Santo, pueda sacar armonías que alegren, consuelen, sostengan, alienten y amen tiernamente a todos y a cada uno en particular. 

Cada uno de nosotros está llamado a componer con su propia vida una melodía, bella de escuchar, agradable a los oídos de Dios y del prójimo. 

Pongámonos de acuerdo” con la voluntad de Dios, que no es otra que amarnos unos a otros como Él nos ha amado y nos ama. El título de esta pieza musical es pues: “Amor” y la interpretación “sin parar”. 

Que las “pausas”, habitualmente presentes en cualquier partitura musical, sean para nosotros el tiempo en el que descansemos en el Corazón de Dios y extraigamos verdadera sabiduría de Su Palabra. 

La vida aquí abajo es como un ensayo para el concierto final. Aquí aprendemos a convivir con el sonido de otros instrumentos, los que tocan nuestros hermanos. 

En los ensayos y en las pruebas, como sabemos, se permiten algunos errores. Entonces, en el Cielo, habrá la sinfonía definitiva, una sinfonía maravillosa, sin errores ni notas discordantes. 

Los Ángeles también participarán y se unirán a nosotros en el himno de alabanza a la gloria de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. ¡Amén! 

Somos pequeños instrumentos, pero en las manos de Dios y con Su Gracia, podemos hacer grandes obras haciendo avanzar Su Reino que es “justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo” (Rom 4, 17). 

Jesús compara el Reino de Dios a un grano de mostaza (Mc 4, 30-32). Es una semilla muy pequeña, pero crece tanto que se convierte en la planta más grande de todas las del jardín: es un crecimiento impredecible y sorprendente. 

No es fácil para nosotros entrar en esta lógica de la imprevisibilidad de Dios y aceptarla en nuestras vidas. Pero el Señor nos insta a tener una actitud de fe que vaya más allá de nuestros planes, de nuestros cálculos, de nuestras previsiones: debemos dejarle actuar en nuestra vida. 

No dejemos pasar ninguna de las oportunidades de bien que el Señor nos ofrece, dejémonos más bien implicar con docilidad, alegría y entusiasmo, en su dinámica de amor, de acogida y de misericordia hacia todos. 

¿Qué instrumento te gustaría ser en manos de Dios? 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una carta de amor presbiteral.

Una carta de amor presbiteral

El día 3 de mayo es el trigésimo cuarto aniversario de mi ordenación presbiteral. ¡34 años! Y he escrito esta carta que está siendo un poco mi meditación estos días. Estuve mucho tiempo indeciso si publicarla o no, al final decidí hacerlo pensando que hay algunos misioneros claretianos y presbíteros que me leen y quizás pueda hacer algún bien compartir un corazón que después de treinta y cuatro años de presbiterado está quizás un poco cansado pero seguramente más maduro. 

¿Escribir o no escribir? Éste es el dilema. ¿Será mejor si dejo pasar en silencio, haciendo alarde de humildad y reserva, el trigésimo cuarto aniversario de mi ordenación presbiteral, o si escribo un himno de alabanza y gratitud al Señor por todos los dones con que me ha colmado? 

Sí, porque en este lío general de todo entretenimiento / siempre espectáculo en el que las cosas más privadas se dicen en público, uno simplemente puede no querer aparecer; eso también es una elección de imagen ahora que todo, o casi, tiende a exponerse incluso sin decoro ni pudor. 

Tal vez pensé que podría celebrar este aniversario en paz, quizá en alguna casa de espiritualidad, Tú y yo, y a lo sumo un par de amigos o hermanos muy selectos, pero no es posible porque la vida tiene sus tiempos y sus ritmos y no te permite parar tan fácilmente, y luego gente sabe la fecha y sabe hacer las cuentas. 

¿Y entonces? Bueno, si quiero un momento de intimidad contigo, no tengo más remedio que escribirte una carta, no una oración. No de rodillas ante el sagrario, sino idealmente delante de mi ordenador con una taza de té blanco o verde. 

Ya hace treinta y cuatro años que Tú te hiciste cargo de esta vida, digamos más de cuarenta años si tenemos en cuenta los antecedentes. ¿Qué opinas? ¿Cómo ha ido todo? ¿Te he decepcionado? 

He causado muchos desastres, no hay duda: si pienso en cuántas personas he lastimado en este tiempo se me sale un sudor frío, y seguramente hay aún más personas a las que he lastimado sin saberlo y nunca lo sabré. Por suerte, al menos hasta donde yo sé, en la mayoría de los casos lograste convertir el mal en bien, de modo que al final las personas a las que lastimé no sufrieron daños permanentes y en cambio corregiste las consecuencias de mis errores. 

Yo quisiera ser Tú, ¡piensa qué presuntuoso soy! Como un niño que se inscribe en la escuela de fútbol soñando con ser José Ángel Iríbar - aquel portero mítico del Athletic de Bilbao -, y a decir verdad, después de treinta y cuatro años transcurridos no en los grandes y famosos estadios, sino en polvorientas canchas de suburbios, todavía sueño de vez en cuando con hacer la parada brillante, el bloqueo que hace la diferencia, la estirada que salva el resultado... pero en realidad, han sido treinta y cuatro años, seamos sinceros, ​​jugando en la segunda línea, escondido, mientras otros se llevaban los aplausos. 

¿Me importa? No, francamente no, y me doy cuenta tampoco ahora vienen los aplausos, ahora que los focos apuntan cada vez menos hacia mí. De hecho, mira por dónde, me encuentro pensando cada vez más a menudo que me gustaría volver a tocar el bajo, ser el que sostiene el sonido de la banda, el que mantiene unidos los solos del guitarrista y los gorjeos del cantante y quien en las sombras da ritmo y volumen a la música. 

¿Qué queda entonces de este tiempo pasado juntos? Tanto amor me imagino, tanto que la mayoría de las veces ni siquiera ha sido comprendido. He visto presbíteros de todo tipo: directivos, profetas, periodistas, poetas, intelectuales; hombres “verticales” y pusilánimes, gigantes y enanos, actores de vodevil y contables indestructibles, místicos y liturgistas, adultos e infantiles, grandes comunicadores y hombres de acción, y presumo que yo mismo he sido encasillado en casi cada una de estas categorías, o en otras, porque, como sabemos, los ojos ven lo que el corazón manda y es muy raro que alguien vea algo diferente a su propio prejuicio. 

¿Pero sabes que no me importa en absoluto? Te lo digo en serio, delante de este ordenador en el que ahora escribo. 

Treinta y cuatro años de trabajo han tenido al menos este efecto en mí: han ido extinguiendo casi todo narcisismo, casi toda búsqueda ideal de mí mismo. Que yo desaparezca, pero que la Iglesia viva, que yo pase mi vida en silencio y escondido, pero que aquellos que Tú me confías vengan a Ti, que yo permanezca para siempre en el umbral, sin entrar jamás, si esto significa mantener la puerta abierta a muchos otros. 

Y si la humildad que me pides es la humildad paradójica de una exposición ejemplar de mí mismo y de mi interioridad, que así sea. Acepto incluso no tener vida privada -ya sabes cuánto me gustaría tenerla-, estar a la vista y a juicio de todos, si Tú así lo quieres. 

Pero no quiero quejarme, al contrario, porque también me diste algo que no estaba escrito en el contrato, me hiciste feliz. Contra todas las expectativas, contra todas las predicciones lógicas, después de treinta y cuatro años que han dejado grandes heridas, y muy profundas en mi alma, sigo siendo un hombre feliz. Incluso con mis cicatrices. 

Una vez me dijiste, en uno de nuestros encuentros: “¿No crees que si te llamo es para hacerte feliz?” No, no he acabado aún de creerlo, nunca lo he pensado de esa manera. He aprendido a servir y a no esperar nada a cambio, y por esto estoy aún más agradecido, viendo que, después de haber hecho todo para tratar de hacer felices a los demás, todavía me queda esperanza confiada y serena alegría, ¡y cuánta paz! 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Cantus firmus: 34 años de mi ordenación presbiteral.

Cantus firmus: 34 años de mi ordenación presbiteral 

«Como olivo verde, me abandono a la fidelidad de Dios, ahora y siempre». 

Estas fueron las palabras de la Escritura que, durante la pasada celebración de la Pascua, he elegido para recordar mi ordenación presbiteral el 3 de mayo de 1992: «Como olivo verde, me abandono a la fidelidad de Dios, ahora y siempre». 

Han pasado 34 años y los sentimientos siguen siendo los mismos: asombro, maravilla, mucha gratitud, pero sobre todo, mucha, mucha conciencia de mis límites. Ahora más que nunca soy consciente de lo que escribió San Pablo: «Llevamos este tesoro en vasijas frágiles para que se vea que esta extraordinaria potencia viene de Dios. Su fuerza se manifiesta en nuestra debilidad» (2 Cor 12,9). 

Precisamente por eso, junto con vosotros aquí, y con vosotros que estáis en la otra orilla del mismo y único curso de la vida, quisiera elevar al Señor el canto de su fidelidad. Si estoy aquí, de hecho, no es porque haya sido capaz de hacer quién sabe qué, sino porque Él ha sido fiel a la palabra dada. Él lo ha hecho todo. 

La fidelidad de Dios es el cantus firmus de toda mi existencia. En música, el cantus firmus es una especie de nota obstinada que mantiene el tono en torno al cual se construye la polifonía. La fidelidad de Dios es mi cantus firmus y cada uno de los rostros y nombres de los que el Señor me ha hecho compañero de viaje en el seguimiento común, cada uno de vosotros a quien va mi sincero afecto y mi agradecimiento por lo que sois y por lo que hacéis por mí (también en esta circunstancia), es lo que compone la polifonía de mi existencia. 

Me gusta pensar en mí como el espectador que se embriaga de la sabia combinación entre el cantus firmus de Dios y el maravilloso ir y venir de las diferentes voces que han sido la señal tangible de la fidelidad de Dios, desde los amigos de la primera hora a aquellos que el Señor me ha dado la gracia de encontrar a lo largo de todo el camino. Incluso cuando alguna nota puede haber resultado fuera de tono, para empezar siempre está la obstinación de Dios, siempre es su fidelidad la nota en torno a la cual hay que sintonizar. 

En Él nos ha elegido antes de la creación del mundo... La mía es una historia bendecida, llena de innumerables signos de la presencia y fidelidad de Dios. Mis pensamientos se dirigen a aquella frase inspiradora, la del Sal 61 que dice: «Tu gracia vale más que la vida». 

Si pienso en mi camino, no dejo de preguntarme «¿por qué precisamente yo?». Si la comparación no resulta atrevida, me gustaría responder con las palabras de San Francisco de Asís a Fray Masseo cuando le preguntó: «¿Por qué a ti, por qué a ti, por qué a ti viene todo el mundo detrás?». San Francisco respondió: «¿Quieres saber por qué a mí, por qué a mí, por qué a mí? Porque el Señor no ha encontrado un pecador más grande que yo». 

He encontrado el sentido de estas palabras en lo que el Papa Benedicto XVI repitió el día de su elección: «Me consuela el hecho de que el Señor sabe trabajar y actuar incluso con instrumentos insuficientes». 

Por lo general, en una circunstancia similar se suelen recuperar las fotos de los distintos momentos que han marcado estos años de ministerio. Creo, sin embargo, que lo que da fe de mi ministerio son las muchas personas conocidas y desconocidas que han recibido gracia y consuelo a través de él. Mi álbum fotográfico de estos 34 años es cada uno de vosotros, los del cielo y los de la tierra. 

Quiero agradecer con todo mi ser al Señor por haberme mantenido a salvo de toda evasión, de toda deriva, y por haberme dado cada día la fuerza para volver a empezar. 

Oh Jesús: hermano, amigo, salvador,

me has llamado a seguirte al amanecer,

me has enviado a trabajar en tu viña,

donde había manos extendidas y corazones heridos,

nacían amores y morían esperanzas.

Con Ti he consagrado, bendecido, perdonado,

he doblado el cielo sobre los que te necesitaban,

he dado esperanza a quien buscaba futuro.

Si miro hacia atrás, sigue siendo un misterio

tu llamada y mi respuesta.

Oh Señor, dame la paz que he tratado de dar a los demás,

dame el perdón que he dado en tu nombre,

quédate conmigo, en la alegría y en el llanto.

A la Eterna y Divina Trinidad toda la honra y la gloria.

Al Inmaculado Corazón de la Madre de la Iglesia, a San José,

a San Antonio María Claret,

a los Beatos Mártires Claretianos,

y a todos los Santos nuestros protectores,

a mi Congregación Claretiana tanto celeste como peregrina,

alabanza y bendición por los siglos de los siglos.

Amén. 


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Cristo Sumo y Eterno Sacerdote.

Cristo Sumo y Eterno Sacerdote Un sacerdote de una existencia sacerdotal que se hace presente y se realiza cada día.   Un sacerdote de lun...