miércoles, 1 de abril de 2026

El don de la Pascua: la armonía resucitada.

El don de la Pascua: la armonía resucitada

Armonía es una diosa, hija de los opuestos: el dios de la Guerra (Ares, hijo de Zeus y Hera, para los griegos; Marte para los romanos) y el Amor (Afrodita, principal diosa griega del amor; Venus, la antigua diosa romana del amor).

 

Esta palabra implica en la vida un arduo trabajo de escucha, comprensión y reconciliación de las diferencias.

 

Palabra que se utiliza en muchos idiomas del mundo. Hoy en día, se puede afirmar que refleja la necesidad más urgente de la humanidad contemporánea, donde las divisiones, las guerras y las contradicciones en todos los ámbitos son cada vez más dominantes.

 

Una nueva e imprevista época de rupturas sociales, geopolíticas, medioambientales y tecnológicas. Rupturas entre generaciones, culturas, religiones e ideas. Incluso rupturas dentro de nosotros mismos. La armonía es la única respuesta que puede transformar la diversidad en riqueza, el conflicto en colaboración.

 

La armonía es también un término musical. Representa la dimensión vertical del sonido: es el arte (y la ciencia) de combinar varias notas simultáneamente para formar acordes. Mientras que la melodía se desarrolla horizontalmente en el tiempo, la armonía constituye su fondo y su soporte.

 

Algunos instrumentos, como el piano o la guitarra, se denominan «armónicos» porque pueden producir varias notas simultáneamente, a diferencia de los instrumentos melódicos como la flauta o la trompeta.

 

La orquesta del mundo nos presenta cada día nuevos instrumentos, nuevas sensibilidades, nuevas energías; a nosotros nos corresponde la tarea de crear algo nuevo, una nueva Diosa que resuene más allá de las fronteras, más allá de los prejuicios, más allá del odio y la guerra para crear acuerdos, paz,..., armonía.


 

También la Iglesia subraya la importancia y la necesidad de la armonía. Recordando que las diversidades son riqueza, no amenaza; que construir juntos es más poderoso que combatirse.

 

La armonía no es un simple acuerdo estético sino una fuerza espiritual y social profunda.

 

El Espíritu Santo es armonía: una expresión patrística subraya que el Espíritu Santo «ipse harmonia est» - es la armonía misma -. Él es el único capaz de crear unidad a partir de la diversidad, evitando tanto la uniformidad como la división.

 

El Papa León XIV promueve activamente la armonía como pilar de su pontificado, centrándose en el diálogo interreligioso, la convivencia pacífica y la unidad en la diversidad. Exhorta a tender puentes entre culturas y credos, contrarrestando la violencia con la justicia, el perdón y el encuentro fraterno.

 

Se puede situar la armonía en diversos contextos:

 

-Social y Paz: como cultura de la armonía frente a la cultura del enfrentamiento.

 

-Fe y Razón: sin la armonía entre fe y razón, la búsqueda de la verdad está destinada a perderse.

 

-Diálogo interreligioso: la armonía entre las diferentes confesiones.

 

-La armonía de los tres lenguajes insiste en la integración de la persona a través de la armonía entre la cabeza, el corazón y las manos. Esto significa pensar lo que se siente y se hace, sentir lo que se piensa y se hace, y hacer lo que se piensa y se siente.

 

-Música y fe: la armonía musical era un reflejo del orden divino. En tantos compositores clásicos se puede apreciar una armonía perfecta de cada nota, capaz de elevar la mente hacia el gran Compositor del universo.

 

-Social e interreligiosa: En contextos de diálogo, la armonía se presenta como un don de los creyentes al mundo. Se manifiesta en la capacidad de construir un entendimiento mutuo entre etnias y religiones diferentes, oponiéndose a las fuerzas que intentan separar a las comunidades. Y aquí quiero aludir a esta iniciativa de la que estamos disfrutando en Vic (Barcelona): “Instrumentos del Alma”.

 

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P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Exultet! O beata nox!

Exultet! O beata nox!

Antes de dar paso a la lectura de mi reflexión, te invito a un ejercicio de escucha por ejemplo con esta versión del Exultet: https://www.youtube.com/watch?v=-HR8Ww3x6tM 

La noche de Pascua es el corazón del Año Litúrgico. Una larga fila de fieles precedida por el diácono portador del cirio entra en la Iglesia aún débilmente iluminada, cuando, en medio del coro, estalla el Præconium paschale: 

Exultet iam angelica turba cælorum

Exulta el coro de los ángeles, exulta la asamblea celestial 

Nos encontramos ante uno de los monumentos más antiguos y suntuosos de la piedad litúrgica de la Iglesia. 

Quizás no exista otro ejemplo de un discurso teológico tan exacto, sostenido por una ola tan alta y poderosa de poesía, donde la imagen y la idea estén tan perfectamente ligadas a la corriente de alegría y amor que el canto eleva. 

Teología, poesía y música son entonces una sola cosa al servicio de la oración sacramental. La «voz de la Esposa» deja fundir acentos tan particulares y reconocibles que un hijo de Israel, al oírla una sola vez, estimó que el lirismo de la sinagoga había pasado a la Iglesia y se decidió a convertirse. 

Desconocemos el origen exacto de esta obra maestra llamada tanto laus cerei como præconium paschale, expresión que debería traducirse como canto o «elogio del heraldo pascual», pero que debe ser escuchada e interpretada en su tenor original, el latín de los Padres, que es una lengua decidida, fructífera, de cadencias nobles y armoniosas. 

La antigua liturgia romana no conocía, en su origen, ni el rito de bendición del fuego nuevo, ni el canto del Exultet. El primer acto de la Vigilia Pascual se introdujo en Roma al comienzo de la época carolingia bajo la influencia de la liturgia galicana. 

Sabemos que nuestros antepasados tenían un corazón exuberante y alegre; la naturaleza, que los había dotado de un coraje legendario, también los llevaba a maravillarse libremente ante las cosas sagradas, ante lo que es don de Dios. Roma había traído orden y disciplina. Algún tiempo después, el espíritu de la liturgia galicana, gracias al prestigio de la dominación franca, refluyó en la antigua y sobria tradición primitiva, asociando la libre inspiración a la seriedad romana. Podemos ver en ello una sonrisa de la Providencia. 

Entre las composiciones muy diferentes creadas entre los siglos IV y V, es sorprendente que la liturgia haya elegido y fijado nuestro Exultet. Los hombres son hombres. Lo que un retórico ciceroniano en su momento de elocuencia pudo infligir a los oyentes de la época da escalofríos. Se dice que el diácono Presidio de Piacenza, tras pedir consejo a San Jerónimo en 384 para la composición de un Præconium paschale, recibió la respuesta de su rudo corresponsal: «¡Deje la retórica y retírese a la desierto!». 

Nuestro texto actual, que probablemente data del siglo V, se atribuye a San Agustín. Aparece bajo su nombre en el Missale Gothicum: «Bendición del cirio del beato Agustín, obispo, que compuso y cantó cuando aún era diácono». Ciertamente, la teología agustiniana inspira su tenor esencial: el universo de la Redención es mejor que el que existía en el estado de inocencia. «¡Oh, cierto necessarium Adæ peccatum!» («Realmente era necesario el pecado de Adán»). 

Desde el punto de vista musical, la dificultad consistía en encontrar un soporte melódico para esta larga efusión desbordante de lirismo, donde se mezclan figuras y símbolos bíblicos entremezclados con exclamaciones. El recitativo básico se tomó prestado del tono solemne del prefacio. El éxito consistió en dar a los vocalismos toda su amplitud sin romper la unidad de la línea melódica. Había que permitir la audacia procedente del libre júbilo del alma respetando al mismo tiempo la sobriedad del estilo romano. El resultado es una obra maestra equilibrada de exactitud y plenitud. 

No puedo hacer un comentario metódico de cada frase del Præconium paschale, porque no se explica el misterio, no se explica la poesía; también porque las grandes afirmaciones de la teología escolástica son de tal exactitud y densidad que la glosa de los comentaristas no aporta ninguna otra luz. Pero puedo subrayar una palabra, una frase, sugerir una pista para la meditación. 

La primera palabra, Exultet, da el tono a todo el pasaje. Es la forma optativa del verbo exultar: «Exulti», que tiene como raíz saltus, el salto. Pero, ¿sabemos bien lo que significa exultar? La Iglesia lo sabe. María de Nazaret lo sabe. Sabían regocijarse los santos arrebatados en éxtasis, los santos atravesados por una prueba, que rebosaban de alegría, como San Pablo en medio de las tribulaciones. Regocijarse es alegrarse no por el bien que se encuentra en uno mismo, sino por el bien que reside en el alma. La alegría de la Esposa mística de Cristo es una alegría que no es de la tierra, nos atrae hacia arriba, atrae el corazón de los hijos y lo fija fuera de ellos, fuera de las fluctuaciones del tiempo: allá arriba, en el cielo sólido, donde están las alegrías verdaderas, «ubi vera sunt gaudia», como se dice en una espléndida oración colecta. 

La santa liturgia es una escuela de admiración y alegría. Cuando nos dice «sursum corda», nos enseña no la introspección, sino el éxtasis. El Præconium paschale no es más que un largo transporte del alma en éxtasis ante el misterio de su liberación. 

Exultet iam angelica turba cælorum

Exulte el coro de los ángeles, exulte la asamblea celestial 

La vida cristiana se desarrolla en presencia de los ángeles. Están en las primeras logias del Theatrum mundi; es normal que sean los primeros en alegrarse por la gloria que se derrama sobre la santa humanidad del Cristo resucitado y por el bien que reciben la vida de la Iglesia y la vida de las almas de las que son custodios. 

Gaudeat et tellus tantis irradiata fulgoribus

Que se regocije la tierra inundada por tan gran esplendor 

Tellus era el nombre de una antigua deidad itálica que personificaba la tierra que nutre, o la madre tierra, como la llamaban los romanos. Que ella también se regocije, sobre todo porque una vez bebió la sangre de Abel, ya que fue testigo de tantos crímenes a lo largo de las épocas, al absorber los torrentes de la Sangre redentora. ¡Que también se regocije la vieja tierra («et tellus»), irradiada por una luz que la renueva y la penetra hasta el fondo y por completo! Es el primer esbozo de su transfiguración que viene. 

Hæc nox est

Esta es la noche 

Con la ayuda de una breve fórmula introductoria (un demostrativo o una exclamación), se evocará la noche once veces a lo largo del Exultet, recordando las obras de Dios que, bajo la antigua alianza, se realizaron en la profecía de la noche de Pascua (recuerdo de la huida a Egipto, de la columna de luz que guiaba a los israelitas), o designando la misma noche santa que fue testigo del misterio. El verso se subraya entonces con una exclamación de admiración y ternura: «O vere beata nox, quæ sola meruit scire tempus et horam, in qua Christus ab inferis resurrexit» («¡Oh, noche bienaventurada, que sola mereció conocer el tiempo y la hora en que Cristo resucitó de los infiernos!»).

 

Este encantamiento de la noche repetido con insistencia es mucho más que un agradable procedimiento literario. Es una proposición católica fundamental para afirmar que la creación no es un cuadro inerte, sino una ejecutora activa y elegida de los diseños de Dios.

 

Hay que observar el uso que la Iglesia hace de las cosas creadas en sus sacramentos y en la liturgia: el agua, el pan, la sal, el vino y el aceite, la piedra, el oro y la plata, la seda y la luz. Se puede observar también cómo Dios se sirve de los elementos para manifestar su presencia en la Biblia: el viento, el trueno y los relámpagos, los terremotos, los sueños nocturnos. La Biblia es un inmenso poema cósmico y la tradición litúrgica no ha hecho más que heredar esta poderosa inspiración cuando nos habla de la noche, ya no como expresión del caos inicial, sino como cómplice de los designios de Dios y colaboradora amiga de su Providencia. 

Las grandes exclamaciones: «¡Oh inmensidad de tu amor por nosotros!». 

Hay una forma didáctica y una forma encantadora; hay un desarrollo metódico en la exposición tan antigua como el espíritu del hombre: definir, clasificar, ordenar. Y luego está el canto. La Iglesia asume estos dos órdenes con el Catecismo y la Liturgia. Nunca se piensa lo suficiente en ello: a través del canto, la Iglesia propone a sus hijos un método de conocimiento superior, que infunde en el alma el conocimiento y el amor juntos. 

En el centro del fragmento, cuatro grandes exclamaciones precedidas por el vocativo «¡Oh!» forman, a través de la potencia y la audacia de la proposición teológica, una cima luminosa que, pensándolo bien, supera cualquier comentario. Basta con citarlas, observando simplemente que la melodía dulce y decidida combina maravillosamente con el texto: 

O mira circa nos tuæ pietatis dignatio!

¡Oh inmensidad de tu amor por nosotros! 

O inæstimabilis dilectio caritatis: ut servum redimeres, Filium tradidisti!

¡Oh inestimable signo de bondad: para redimir al esclavo, sacrificaste a tu Hijo! 

O certe necessarium Adæ peccatum, quod Christi morte delectum est!

¡Realmente era necesaria la culpa de Adán, que fue destruida con la muerte de Cristo! 

O felix culpa, quæ talem ac tantum meruit habere Redemptorem!

¡Feliz culpa, que mereció tener un Redentor tan grande! 

Ciertamente, cualquier mente medianamente culta reconocerá el pasaje la expresión «Felix culpa»«Feliz culpa»—, generalmente debilitada y distorsionada en su significado. Son las Confesiones de San Agustín las que dan la clave de lectura de esta palabra misteriosa. Cuando el santo doctor expresa su dolor ante la malicia del pecado que ejerció sobre él tanta atracción, expresa su admiración ante el exceso de la misericordia divina desvinculada de la miseria misma que se dispone a sanar, y que se propone restaurar, de la manera más sublime que le es posible, el estado de inocencia. 

Este principio se aplica entonces de manera eminente al pecado de Adán, sin el cual no se habría manifestado un aspecto del misterio de amor y de infinita generosidad de Dios. A través de las grandes aclamaciones del Exultet, la Iglesia nos hace pasar de las lágrimas de la penitencia a la contemplación admirada del misterio de la Redención. 

A continuación, el diácono reanuda el elogio interrumpido de la noche de Pascua: 

Hæc nox est... 

«De esta noche se ha escrito: la noche resplandecerá como el día, y será fuente de luz para mi deleite. El santo misterio de esta noche vence el mal, lava las culpas, devuelve la inocencia a los pecadores, la alegría a los afligidos. Disipa el odio, doblega la dureza de los poderosos, promueve la concordia y la paz». 

Cómo no destacar la discreta alusión en el texto, cuando describe la materia de la que está hecho el cirio: 

Alitur enim liquantibus ceris, quas in substantiam pretiosæ huius lampadis apis mater eduxit

[Un fuego ardiente] aumenta al consumirse la cera que la abeja madre produjo para alimentar esta preciosa lámpara 

Aquí, en la mayoría de los manuscritos antiguos, se encuentra un largo desarrollo sobre el papel de la casta abeja, de la que el compositor elogia con delicadeza, comparándola con la fecunda virginidad de la Santa Virgen, y que concluye así: 

O vere beata et mirabilis apis, cuius nec sexum masculi violant, nec filii destruunt castitatem, sicut sancta concepit Maria, virgo peperit et virgo permansit

Oh, abeja verdaderamente feliz y admirable, cuya virginidad nunca fue violada y que es fecunda permaneciendo casta, así como María, que, santa entre todas las criaturas, virgen concibió, virgen dio a luz, virgen permaneció 

Los símbolos y figuras del Antiguo Testamento, conmovedores en su penumbra anunciadora, son evocados de nuevo: O vere beata nox... ¡Oh, noche bendita que despojaste a los egipcios y enriqueciste a los judíos! Y a este maravilloso pasaje le sigue: 

O vere beata nox, in qua terrenis caelestia, humanis divinis iunguntur 

Oh, noche verdaderamente gloriosa, en la que las cosas del cielo se unen a las de la tierra, las cosas divinas a las humanas 

Si he puesto y repetido con cierta pesadez, materialmente, la palabra «cosas», es porque los neutros plurales en latín están cargados de sentido; con su extrema concisión, enuncian un misterio: la obra misma de la Redención es elevar al hombre redimido al rango de criatura angelical, para hacerlo partícipe de la naturaleza divina, «divinæ consortes naturæ», como escribió San Pedro en su segunda carta. «Ya no sois huéspedes ni peregrinos —nos dice San Pablo— sino conciudadanos de los santos y huéspedes de la casa de Dios»; ¡qué grandiosa perspectiva sobre el misterio de nuestro destino sobrenatural! 

Elaboremos, pues, interiormente para saborear mejor: «humanis divina iunguntur», la unión de lo divino con lo humano. Las fronteras de lo visible y lo invisible se disipan con la gracia de la liturgia celestial, maravillosa dote que el Esposo deja a su Iglesia antes de volver a ganar el cielo. El ciclo del año litúrgico es el anillo nupcial que tiene un precio inestimable con el que se reconoce a la Iglesia la dignidad de esposa. 

El Præconium paschale concluye con una analogía sobre el cirio grabado, con incrustaciones de granos de incienso y colocado en medio del coro de la Iglesia, imagen de Cristo resucitado, y la estrella de la mañana que anuncia el día: 

Flammas eius lucifer matutinis inveniat

Lo encuentra encendido el lucero del alba 

Ille, inquam, lucifer, qui nescit occasum

Ese astro, quiero decir, portador de luz y que no conoce ocaso 

Ille, qui regressus ab inferis, humano generi serenus illuxit

Que resucitado de entre los muertos hace brillar sobre los hombres su sereno resplandor 

Sigue una fórmula de deprecación a favor del clero, del Pueblo de Dios fiel, del Papa y del Obispo, con la cláusula final Per eundem Dominum nostrum Iesum Christum Filium tuum... cantada con voz fuerte y majestuosa, ampliando un poco el ritmo, a la que responde el Amén de la asamblea. 

El diácono guarda silencio, sin aliento, seguramente por el largo recitativo declamado con voz alta y viril; el corazón late con fuerza, si es su primer Præconium, pero interiormente iluminado por las sublimes palabras que han subido a sus labios. En el púlpito, el libro de las profecías está abierto y escuchamos bajo una nueva luz al lector evocar los primeros tiempos del mundo: la creación que apunta a la salvación. 

Después de la lectura de mi reflexión, te invito a un ejercicio de escucha del Exultet para que, quizá, lo contemples y medites de otra manera: https://www.youtube.com/watch?v=-HR8Ww3x6tM 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


Victimae paschali laudes.

Victimae paschali laudes


Victimae paschali laudes

inmolent Christiani.

Agnus redemit oves:

Christus innocens Patri

reconciliavit pecatores.

Mors et vita duello

conflixere mirando:

dux vitae mortuus,

regnat vivus.

Dic nobis Maria, quid vidisti in via

Sepulcrum Christi viventis,

et gloriam vidi resurgentis,

angelicos testes, sudarium et vestes

Surrexit Christus spes mea;

precedet suos in Galileam.

Scimus Christum surrexisse

a mortuis vere.

Tu nobis victor Rex, miserere.

Amen. Alleluia. Amen, Aleluya. 


A la Víctima pascual

ofrezcan alabanzas los cristianos.

El Cordero redimió a las ovejas:

Cristo inocente

reconcilió a los pecadores con el Padre.

La muerte y la Vida se enfrentaron

en lucha singular.

El dueño de la Vida, que había muerto,

reina vivo.

Dinos, María, ¿qué has visto en el camino?

Vi el sepulcro de Cristo viviente

y la gloria del que resucitó,

a unos ángeles, el sudario y los vestidos.

Resucitó Cristo, mi esperanza;

precederá en Galilea a los suyos

Sabemos que Cristo verdaderamente

resucitó de entre los muertos.

Tú, Rey victorioso, ten piedad

Amen, Aleluya.

La secuencia, cantada tradicionalmente antes del Evangelio en la Solemnidad de Pascua, se interpreta aquí con melodía gregoriana, y es una de las más conocidas del repertorio litúrgico, ya que pertenece al grupo de las cuatro secuencias conservadas en el Misal de Pío V de 1570 -junto con Lauda Sion salvatorem, Veni sancte Spiritus y Dies irae - y todavía se utiliza oficialmente en la Liturgia para la Misa del Domingo de Pascua y el Domingo siguiente. 

Probablemente data del siglo XI este poema que canta la victoria pascual de Cristo sobre la muerte. El texto retoma la narración evangélica y la sintetiza dejando emerger solo algunos detalles que pueden ayudar a la Iglesia orante a cantar las alabanzas del Resucitado. 

A cada cristiano, aún después de siglos, se le propone el acontecimiento de la pasión, muerte y resurrección del Verbo encarnado. El escenario fijado en los escritos bíblicos, a partir de los Evangelios, no se limita a indicarnos temas de reflexión sobre la historia de Jesús y los últimos acontecimientos de su existencia terrenal. 

El texto recuerda el hecho extraordinario de la resurrección de Jesús e involucra en primera persona a una testigo de ese hecho: María Magdalena, quien, según el relato evangélico de Juan, tuvo el privilegio de ser la primera en encontrar al Resucitado. 

La Secuencia incluye un pasaje dialogado, en el que los Discípulos y María Magdalena intercambian rápidas frases, como personas que se cruzan acelerando el paso en direcciones opuestas. María regresa del sepulcro vacío, anunciando al Resucitado en quien resplandece la Vida de la que ha venido. Los discípulos acuden allí, emocionados por los signos de una victoria inesperada del Crucificado sobre la muerte que lo traspasó. 

«¡Dinos lo que has visto, María!». «¡He visto el sepulcro del Señor vivo!». Es una restitución poética y teológica conmovedora del acontecimiento que abre la historia del mundo. La Secuencia canta las emociones inesperadas suscitadas por el misterio del Crucificado Resucitado, con una bella frescura. Incluso la profundidad tan exacta de sus oxímorones deja sin aliento. 

Para este Domingo de Pascua, en el que nos vemos obligados a vivir con el aliento tan corto el más muchas y diversas violencias, la Secuencia nos llama la atención sobre algo muy valioso: algo que queda claramente de manifiesto en los Evangelios, pero que quizá se ha desvanecido para nosotros. 

El Resucitado conserva, sin ocultar nada, la evidencia de sus heridas («¡Tomás, pon aquí tu mano!»). Si simplemente hubieran desaparecido, los signos de la muerte, la resurrección sería una magia virtual de la mente, no un paso real de la vida. 

Esas heridas nunca más podrán hacernos daño cuando resucitemos, pero su rastro nos asegura que nuestras declaraciones de amor han resistido la prueba de la vulnerabilidad y el abandono, de la indiferencia y la violencia, sin soltar su presa. Y sin negociar odiosamente el precio, sin descargar los costes en el otro. 

La eliminación de las heridas transforma las declaraciones de amor más enfáticas en charlas fútiles y ofensivas. Y hace que las promesas de una mejor eficiencia terapéutica y administrativa de nuestro futuro sean totalmente infieles. Debemos invocar a Dios para que nos conceda sobre todo esta gracia del Resucitado con sus heridas. El Resucitado que no llevara consigo el recuerdo vivo de las heridas sería falso. 

En Pascua siempre hay un Jueves Santo de entrega con la Última Cena con las personas que hemos amado y de difícil confianza en el cáliz de la obediencia en el Huerto de los Olivos. Siempre hay un Viernes Santo obtuso de la Cruz, con la injusticia que se ensaña con quienes han amado y con el silencio elocuente del Padre y el abandono de los amigos. Siempre hay un Sábado Santo de descenso a los infiernos en la oscuridad del sepulcro. 

El Resucitado los incorpora, literalmente. Y así estamos seguros de Él y del amor, de la promesa y de la esperanza. El deseo de una feliz Pascua volverá a ser sorprendentemente verdadero y transparente: con su emoción inocente e intacta, con su testimonio indescriptible e incontenible. 

Nuestro cuerpo a cuerpo con Dios debe estar a la altura del cuerpo a cuerpo de Dios con las heridas de la condición humana, para honrar la bendición que proviene de Él como pura gracia. Las mujeres, una vez más, tienen una intuición especial para este paso, que garantiza la redención de la historia y del mundo de esta humanidad a través del enfrentamiento sin disimulo con las heridas del cuerpo. 

En el Antiguo Testamento el cuerpo a cuerpo con Dios, por la dignidad de la bendición, se sintetiza en la lucha de Jacob con «Dios». Cuando termina la lucha y el cuerpo del hombre se libera del abrazo del enviado de Dios, una herida en la cadera queda como testimonio de una bendición realmente recibida. La herida marca la carne como un sacramento de la gracia recibida de una nueva vida. 

En el Nuevo Testamento cuando Dios se libera del cuerpo a cuerpo con el hombre, para bendecir su vida, las heridas de la Cruz aparecen en el cuerpo del Hijo Resucitado. Y el hombre se encuentra curado para siempre. Quien se sienta a la derecha del Padre, el Glorificado, lleva impresas las marcas del precio del amor y por ellas sigue siendo el Compasivo que acompaña e intercede eternamente. 

Los Evangelios cuentan que el Resucitado se presenta de nuevo a los suyos, abatidos por su abandono y asustados por su debilidad, pronunciando este saludo: «La paz sea con vosotros». Sin recriminaciones, sin reivindicaciones, sin condenas. La lucha por la vida y la derrota del odio están inscritas por completo en su cuerpo. 

El juicio se confía silenciosamente a las heridas de su carne, para que podamos sacar la fuerza necesaria para abrazar las heridas de los demás. Y volver a sembrar en nuestros cuerpos el amor por el mundo. Dios lleva impreso en el cuerpo resucitado de su Hijo el anuncio de una curación impensable de la vida, que es para siempre. Ahora podemos creerle. 

Mors et vita duello conflixere mirando -La muerte y la vida han entablado una lucha memorable-. En el corazón del mundo, en las entrañas de la historia, se libra la batalla cósmica entre la Vida y la Muerte. Nuestro peregrinar es un campo de batalla siempre en tensión, atravesado por órdenes y contraórdenes, ataques y resistencias, invasiones y huidas. 

La muerte y la vida siguen enfrentándose en un duelo que tantas veces nos deja exhaustos, sin aliento. Hay momentos de tregua, disfrutamos de victorias tranquilizadoras. Pero también hay situaciones embarazosas, caídas y pérdidas. 

Y, sin embargo, a partir del testimonio de María Magdalena, con el entusiasmo de Pedro y sus renegaciones, con la presencia constante de Juan, con las vacilaciones de Tomás, en esta carrera radiante, incluso con los tropiezos avergonzados, no renunciamos a mirar hacia adelante, hacia la luz de la resurrección, de Jesús que es nuestra resurrección. 

Perseverando en el camino de la fe, marcamos el ritmo de nuestro peregrinar por una tenaz esperanza. Hasta que también nosotros encontramos a una María a quien dirigirnos para preguntarle con el corazón inquietamente encendido: «Cuéntanos, María, ¿qué has visto en el camino?».

 ¡Feliz Pascua!

https://www.youtube.com/watch?v=8F1k_Bc_vwo 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La Pascua inquieta y agitada de la institución religiosa y del poder político.

La Pascua inquieta y agitada de la institución religiosa y del poder político 

Los líderes religiosos están preocupados. Finalmente lograron su propósito, pero sintieron que asesinar al Nazareno no fue suficiente. Jesús ha muerto, es cierto, pero ellos están agitados. Se dan cuenta de que no fue suficiente eliminar a quien los había denunciado como ladrones, asesinos e impostores. Pero su oponente ahora no es más que un cadáver en la tumba, por lo que no deberían preocuparse. 

Pero la agitación es tal que, al día siguiente de la muerte y sepultura de Jesús, aunque era sábado, tiempo de absoluto descanso, los sumos sacerdotes y los fariseos se reúnen ante Pilato. Los fariseos eran los más acérrimos y fanáticos defensores de la observancia de todas las rigurosas normas que determinaban el descanso sabático, pero ahora son los primeros en no respetarlas. Para los fariseos, Jesús fue una obsesión en vida, y sigue siendo una obsesión ahora que está muerto. En connivencia con el Sanedrín, los fariseos habían organizado todo perfectamente, pero ahora sienten que algo está minando su plan. 

Habían pedido que Jesús fuera condenado a la crucifixión en lugar de a la lapidación, según la costumbre judía, o a la decapitación, según la justicia romana. No bastaba con eliminar a Jesús, pues existía el riesgo de que el galileo fuera aún más peligroso después de muerto, pues se habría creado el mito del mártir. Ya lo habían experimentado con Juan el Bautista, quien se había atrevido a llamarlos “generación de víboras” (Mt 3,7) y que obsesionaba a los detentadores del poder más muerto que vivo (“Herodes, al oírlo, dijo: ¡Juan, a quien yo decapité, ha resucitado!”, Mc 6,16). 

Para Jesús, que también había llamado a los fariseos no solo “serpientes, generación de víboras” (Mt 23,33), sino también “hipócritas”, “guías ciegos”, “sepulcros blanqueados” (Mt 23,13.16.27), habían pedido la muerte más deshonrosa, la que la Biblia dice que es para los malditos de Dios (“Maldito todo el que cuelga de un madero”, Dt 21,23; Gál 3,13), para que nadie pudiera tener más dudas: ¡no es el Hijo de Dios, es maldito por el Señor! La infame tortura reservada para Jesús era su revancha, su venganza, y los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos se burlaron del moribundo clavado en la horca hasta el final: “Confió en Dios, que lo libere ahora, si lo ama. En efecto, Él dijo: ¡Yo soy el Hijo de Dios!” (Mt 27,43). 

Pero ¿qué impulsa a los sumos sacerdotes y fariseos a acudir a Pilato en sábado? ¿Qué no salió según lo planeado? Su sepultura. Esta no fue bien recibida por las autoridades religiosas. Habían conseguido que Jesús fuera condenado como rechazado por Dios y esto se habría confirmado, delante del pueblo, con la deshonra de la mutilación de su cadáver, dejado pudrirse en el cadalso como alimento de las fieras, mientras que lo que quedara sería luego arrojado a una fosa común. 

La iniciativa de un discípulo de Jesús, un hombre rico de Arimatea, un tal José, que había pedido a Pilato el cuerpo de Jesús para enterrarlo en su sepulcro nuevo, excavado en la roca (Mt 27,60), había trastocado sus planes y ahora pretenden ponerle remedio. Los principales sacerdotes y los fariseos se dirigen a Pilato llamándolo obsequiosamente “Señor”. Los dirigentes de la institución religiosa revelan que no son, como se jactan, servidores de Dios, sino del poder, al cual se someten, reconociendo su poder para poder ejercerlo a su vez. 

Para las autoridades religiosas, Jesús no es más que un engañador (“recordamos que aquel impostor, en vida, dijo: “Después de tres días resucitaré”, Mt 27,63). Los dirigentes, que nunca creyeron en Jesús, solo ahora recuerdan sus palabras, pero en lugar de recordar la palabra del Señor para acogerla, lo hacen para negarla. Son tinieblas y no pueden acoger la luz. Tal es el odio de los sumos sacerdotes y fariseos que, a pesar de que Jesús está muerto, ni siquiera lo mencionan, refiriéndose a Él con una expresión de desprecio llamándolo impostor. Para las autoridades religiosas, Jesús no es más que un engañador y su mensaje una impostura. En realidad, son ellos quienes engañan al pueblo, proponiendo una imagen de Dios que solo es una proyección de sus intereses y su sed de prestigio y dominio. 

Los dirigentes se dirigen a Pilato con autoridad. Más que una petición, la suya es una orden imperativa: “Manda, pues, que se asegure el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vengan sus discípulos, lo roben y digan al pueblo: “Ha resucitado de entre los muertos”. Entonces este último engaño sería peor que el primero” (Mt 27,64). 

La fuerza del poder debe impedir que la fuerza de la vida se manifieste. Si Jesús fue llamado impostor, sus discípulos son ladrones, dispuestos a robar el cuerpo de su maestro para perpetuar el engaño. Para las autoridades religiosas, la idea de que el hombre tiene una vida de condición divina, tal que pueda vencer la muerte, no es más que una impostura. Y Pilato les concede una guardia y con ironía despectiva les invita a asegurar la vigilancia del sepulcro, como bien saben hacerlo. ¡Cuando se trata de gestionar la muerte, las autoridades religiosas son imbatibles! 

La continuidad de la institución religiosa está condicionada a la certeza de que el Señor está muerto. Las autoridades religiosas son expertas en el engaño y saben cómo utilizar la fuerza para impedir que la verdad salga a la luz. Sin embargo, todavía no están en paz: no basta que se coloque una gran piedra sobre el sepulcro y que haya guardias vigilándolo. Para mayor seguridad también sellan la piedra que cierra el sepulcro. Creen que están custodiando un cadáver y no se dan cuenta que son ellos los que realmente están muertos. Bien había escrito el salmista: “El que está en los cielos se ríe; el Señor se burla de ellos” (Sal 2,4). 

El intento de las autoridades de deshacerse de Jesús de una vez por todas se topa con la intervención de Dios con un "gran terremoto" para demostrar que la vida del hombre ha sido liberada de los efectos de la muerte y la piedra, removida, ya no sella el sepulcro. ¡No está aquí! ¡Ha resucitado! (Mt 28,6) es la respuesta divina burlona a los planes de los líderes religiosos. Toda su preocupación y ansiedad fue en vano: estaban custodiando una tumba vacía

Paradójicamente, la irrupción de la vida se convierte en experiencia de muerte para quien ya se encuentra en un mundo de muerte. En lugar de ser traídos a la vida por la manifestación del Dios vivo, “los guardias temblaron y quedaron como muertos” (Mt 28,4). Los guardianes de la muerte, al no tener vida en sí mismos, no pueden percibirla cuando se manifiesta, sino que se hunden aún más profundamente en la esfera de la muerte. 

Ante la evidencia de la acción divina, los sumos sacerdotes no muestran ningún signo de asombro, y mucho menos de arrepentimiento. Su única preocupación es ocultar la verdad del asunto. La gente tiene que creer lo que dicen y no importa si es verdad o no. Así, con «una buena suma de dinero para los soldados» (Mt 28,12) ahora tratan de impedir el anuncio de la resurrección de Cristo. Los sumos sacerdotes y los fariseos, que habían llamado a Jesús un impostor y a la resurrección un engaño, demostraron en realidad que eran los autores de un “engaño peor que el primero” (Mt 27,64). 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Pascua de Resurrección.

Pascua de Resurrección 

En la hora de la muerte de Jesús, cerca de la cruz sólo había unas pocas mujeres, entre ellas María Magdalena y el discípulo amado, que no podían creer que fuera posible el ignominioso final de aquel rabino y profeta de Nazaret a quien tanto amaban. Sin embargo, al atardecer de aquel día, la muerte parecía haber puesto fin a la vida de Jesús, el hombre capaz de describir de modo único el rostro de Dios (cf. Jn 1,18). 

Pero he aquí que al amanecer del tercer día, María Magdalena no se desanimó: «al día siguiente del sábado, muy de mañana, siendo aún oscuro, fue al sepulcro». Ella no va a ungir el cadáver (cf. Mc 16,1), sino que está impulsada sólo por el amor a aquel Jesús que la había liberado de los «siete demonios» (cf. Lc 8,2) y le había devuelto la vida plena, un amor tal que no se detiene ni siquiera ante la muerte. 

María va al sepulcro cuando aún hay oscuridad: oscuridad no solo a su alrededor, sino también en su corazón, velada por la tristeza y la incredulidad en lo inaudito, en el acontecimiento de la resurrección... 

Y aquí está la noticia desconcertante: «Vio que la piedra había sido removida del sepulcro». Ella está perdida y su reacción inmediata es pensar que el cuerpo ha sido robado. Lo demuestran las palabras que dirige a Pedro y al discípulo amado al final de una carrera vertiginosa: «¡Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto!». Su relación afectiva muy humana con el Señor no es suficiente para llevarla a la fe en la resurrección. Aquí termina la primera parte de su relato, pero la encontraremos de nuevo un poco más adelante "junto al sepulcro" (Jn 20,11), mientras llora y persevera en la búsqueda del cuerpo muerto de Jesús, que se le revela como el Resucitado, llamándola por su nombre: "¡María!" (Jn 20,16). 

Mientras tanto podemos preguntarnos: ¿cómo nos posicionamos frente al sepulcro vacío? ¿Creemos en la resurrección de Jesús? 

Nos acompañan también en esta pregunta Pedro y el discípulo amado que, impulsados ​​por las palabras de María, corren hacia el sepulcro: «Corrieron los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápido que Pedro y llegó primero al sepulcro». Quizás sea el amor preferencial recibido sobre sí lo que lo hace más rápido, porque al amor se corresponde con un amor que no tarda... «Se inclinó y vio los lienzos allí puestos, pero no entró»: espera a Pedro, deja entrar primero a aquel que por voluntad del Señor gozaba del primado en el grupo de los Doce. Pedro entonces «entró en el sepulcro y vio las vendas allí puestas, y el sudario que había estado sobre la cabeza, no con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte»: observaba todo con precisión, pero ni siquiera su mirada racional y precisa era suficiente para captar el misterio. Él también, por ahora, permanece en la oscuridad de la incredulidad. 

"Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; y vio y creyó". ¿Qué vio? Ningún objeto específico: es la ausencia misma la que, llena de amor, se vuelve para él evocadora de una Presencia. Además, Jesús había prometido: «El que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré y me manifestaré a él» (Jn 14,21); y así en el amor que lo une a Jesús, el discípulo amado comienza a intuir y a dar espacio en su alma a la novedad realizada por Dios… 

Pero para el salto decisivo de la fe, para ver la vida en el lugar de la muerte, es necesario creer en el testimonio de la Escritura: colocada junto al vacío del sepulcro, la Escritura lo llena con una Palabra que está en el origen de la resurrección, porque es la Palabra misma del Dios de la vida. 

He aquí el inicio de la fe pascual, que alcanzará su plenitud con el don del Espíritu, capaz de iluminar las mentes, abriéndolas a la inteligencia de la Escritura (cf. Lc 24,45): el amor a Jesús y la comprensión profunda de la Escritura se complementan para conducir a la fe en la resurrección… 

La naturaleza específica del cristianismo se basa en la fe en la victoria de Jesucristo sobre la muerte. El apóstol Pablo escribió: «Si Jesucristo no resucitó, vana es entonces nuestra fe... y los cristianos son los más dignos de lástima de todos los hombres» (1 Co 15:17,19). 

Sí, este es el significado de la gran fiesta de la Pascua y, al mismo tiempo, la deuda que los cristianos tienen hacia los demás hombres, la esperanza que pueden ofrecer a todos los hombres: ahora la muerte ya no es la palabra definitiva, sino sólo el éxodo de este mundo hacia el Padre, que nos llamará a todos a la vida eterna… 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El don de la Pascua: la armonía resucitada.

El don de la Pascua: la armonía resucitada Armonía es una diosa, hija de los opuestos: el dios de la Guerra ( Ares , hijo de Zeus y Hera, pa...