viernes, 27 de febrero de 2026

¿Qué es el ser humano…?

¿Qué es el ser humano…?

Tal vez asistimos a no pocas historias, trágicas o divertidas, que nos llegan cada día. No sé si estamos en los albores de la comprensión de un tema tan complejo como la disforia de género, es decir, la imposibilidad de identificarse con el propio sexo biológico… Pero la existencia de la disforia de especie, creo, es desconocida para la mayoría. 

Se trata de una condición en la que se encuentran aquellas personas que no se reconocen como personas, sino como animales, ya sean reales (perros, gastos,..) o fantásticos (dragones, unicornios…).

 

Leía a un neuropsicólogo que no existe una condición clínica denominada “disforia de especie”. Pero seguramente vivimos en una época en la que algunas personas quieren identificarse con algo diferente de lo que son.

 

Sea o no controvertida la existencia de una condición denominada “disforia de especie” es innegable que existe una nutrida comunidad de personas a las que les gusta identificarse y vestirse como animales. Me refiero a animales antropomórficos, procedentes de dibujos animados, cómics o videojuegos, caracterizados por ser bípedos y dotados del habla.

 

De hecho, a esas personas les encanta llevar disfraces que les permiten identificarse con su animal de referencia, ya sean orejas o colas peludas, pero pueden llegar a llevar trajes reales, trajes de peluche, para sumergirse totalmente en el personaje elegido.

 

Se trata de personas que, a diferencia de lo que se cree erróneamente, no se identifican con una especie animal, sino que eligen una especie de alter ego peludo con fines lúdicos y, en cierto modo, catárticos. En este caso la identidad animal es una especie de visión idealizada de lo que son. Básicamente en este caso no se identifican, en sentido estricto, como animales, sino que el disfraz tiene que ver con la diversión dentro de un grupo que les apoya y no les juzga. Un grupo en el que pueden sentirse cómodos.


Pero todo eso es diferente al caso de las personas que tienden a identificarse con un animal específico. Me refiero, en este caso, al término “therian”.

 

Ésta es una forma abreviada de “therianthropia”, del griego “ther”, que significa animal salvaje, y “antropos”, ser humano (cf. https://es.wikipedia.org/wiki/Teriantrop%C3%ADa).

 

Estas personas se sienten ‘atrapadas’ (valga la expresión) dentro de un cuerpo humano, mientras que, 'instintivamente', sienten una naturaleza animal que lucha por emerger. De hecho, los que pertenecen a esta comunidad destacan el hecho de que ellos mismos se perciben como animales (lo cual no se hay que confundir con adoptar la apariencia de un animal fuertemente antropomorfizado con fines más bien artísticos, lúdicos,…).

 

Ser “therian”, por lo tanto, es una necesidad, involuntaria e instintiva, de dar voz al animal con el que uno se identifica. La forma de sentirse “therian” es, sin embargo, muy subjetiva: hay quienes creen ser la reencarnación de un animal, quienes solo sienten una afinidad espiritual con él y quienes se perciben como personas híbridas,… Pero, en cualquier caso, todos se niegan a ser identificados únicamente como seres humanos.

 

No lo sé a ciencia cierta pero hasta quizá la llegada de Internet ha sido determinante para poner en contacto a estas personas y, actualmente, abundan en las redes sociales los vídeos de quienes quieren mostrar su forma de vida, llevando disfraces y adoptando físicamente, en la postura y en la forma de caminar, el aspecto de su animal interior.

 

Hay adolescentes y jóvenes que comparten su toma de conciencia, hablando a menudo de un impulso incontrolable, y otros que dan consejos sobre cómo confiar este estado de cosas a sus progenitores. Por lo general, los “therian” son muy conscientes de que tienen un aspecto humano, y el uso de máscaras, orejas o colas falsas, así como la modificación de su forma de andar o la emisión de sonidos animales, es una herramienta para adaptarse a la naturaleza animal que se percibe interiormente.

 

Incluso en el caso de aquellos que se identifican como “therian”, existe una zona gris que, desde el punto de vista médico, es difícil de explicar.

 

Para algunos expertos esta forma de vivir la propia identidad es algo que pone en peligro la salud mental. Para otros es una forma, especialmente para los más jóvenes, de profundizar en su propia naturaleza, en una edad en la que aún se está buscando la propia identidad.


Sí, confieso que todo esto me ayuda a seguir creyendo la naturaleza multifacética y polifacética del ser humano.

 

Y, aunque trato de no hacer ningún juicio de valor ante un realidad que me resulta tan compleja como difícil de formular, sí me viene a la mente y le estoy dando vueltas a aquella frase de aquellos Salmos de la tradición judía 8 y 143 que da título a este esbozo de reflexión: “¿Qué es el ser humano…?

 

Y, lo confieso, me encuentro perplejo. Seguramente porque fui educado y he creído en un ser humano imagen y semejanza divinas, poco inferior a los ángeles, coronado de dignidad y gloria, pastor y señor de las bestias... Y porque he entendido, y sigo entendiendo, el proceso de 'humanización' (que ha hecho y sigue haciendo avanzar a la especie humana en conciencia, libertad, moral...) de una determinada manera. Por supuesto, con respeto a todas las criaturas vivientes en nuestra casa común con las que comparto la misma condición de criatura viviente.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 26 de febrero de 2026

La vulnerabilidad como punto de partida.

La vulnerabilidad como punto de partida

La vulnerabilidad es una característica fundamental del ser humano, es una forma de expresar la humanidad. Etimológicamente, vulnerable deriva del latín vulnerabilis, del verbo vulnerare: herir.

 

Vulnerable significa débil, delicado, frágil, indefenso, inerme, endeble, desvalido… susceptible de ser herido.

 

Cuando se habla de vulnerabilidad frente a los abusos, se hace referencia más habitualmente a los menores y a los adultos vulnerables - personas con deficiencias físicas, cognitivas y psicológicas -.

 

Considerando la vulnerabilidad dentro de este horizonte, seguramente algunas personas están objetivamente más expuestas de forma permanente a cualquier tipo de abuso.

 

Pero quizá también hay que ser sensibles a otras vulnerabilidades.


Por ejemplo, quienes atraviesan etapas y momentos de vulnerabilidad transitoria.

 

Me refiero a etapas relacionadas con las vicisitudes de la vida: duelos, separaciones, enfermedades, pérdida del trabajo, dificultades para llevar adelante con dignidad la propia vida,…

 

Otro dato importante para la reflexión que surge de la observación atenta de cada situación de abuso —de conciencia, espiritual, económico, sexual— es que la vulnerabilidad es un riesgo potencial inherente a toda relación educativa, en el momento en que quien debería ser responsable pierde la finalidad y el estilo del servicio educativo y, de manera más general, el verdadero significado de ser ‘autoridad’.

 

La vulnerabilidad también está intrínsecamente relacionada con la alianza de confianza: nos volvemos más vulnerables precisamente en el momento en que nos abrimos y nos confiamos dentro de una relación de confianza, tan valiosa en una relación (especialmente en una relación educativa).

 

No es extraño que precisamente quienes viven con mayor sensibilidad, sinceridad y generosidad puedan llegar a ser más vulnerables.

 

Digo todo esto porque es importante tener en cuenta que la condición de vulnerabilidad no depende solo de la edad o de la posible discapacidad de la persona, sino también de la situación existencial personal y, no lo olvidemos, de la diferencia de poder, de rol y de autoridad en la relación.


Puede ocurrir que quienes hablan de la vulnerabilidad exclusivamente de los menores callen y oculten una parte importante de la realidad de los abusos de autoridad, de conciencia, espirituales y sexuales.

 

La cultura de la vulnerabilidad es un contenido que debe cultivarse en la formación de líderes y responsables (también en el ámbito educativo, pastoral, espiritual).

 

También en la formación de los presbíteros y las autoridades eclesiásticas es decisiva la cultura de la vulnerabilidad para aprender a integrar, en primer lugar, las propias partes vulnerables y, a continuación, para vivir relaciones respetuosas y empáticas.

 

En el drama de los abusos emerge un triple y grave desconocimiento de la vulnerabilidad: del otro, de uno mismo y - especialmente para los cristianos - del Dios de Jesucristo. ¡Se necesita una profunda conversión, no solo cultural, sino también espiritual!


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 22 de febrero de 2026

Una Via Crucis en forma de plegaria - Franz Liszt -.

Una Via Crucis en forma de plegaria - Franz Liszt -

El «Vía Crucis» de Franz Liszt, una composición que recorre las emociones más profundas de la Pasión de Jesús, es una obra que va más allá de la música, convirtiéndose en una reflexión espiritual y una experiencia intensa.

 

Compuesta en 1878, esta secuencia de meditaciones es una de las expresiones más extraordinarias del romanticismo musical. Franz Liszt, conocido por su extraordinaria habilidad pianística y su intensidad emocional, supo plasmar en notas los sufrimientos y reflexiones del Vía Crucis, creando una obra que no solo narra el sufrimiento, sino que invita a vivir cada paso del camino con una profunda participación.

 

Via Crucis es el fruto de la experiencia religiosa y musical personal de Franz Liszt y se basa en tres pilares fundamentales: el gregoriano, lenguaje musical de la Iglesia católica; el coral luterano, que rinde homenaje a Johann Sebastian Bach y recuerda sus lejanos orígenes alemanes; y, por último, su propio lenguaje artístico-expresivo, madurado a lo largo de toda su vida.

 

Franz Liszt une sabiamente estos tres mundos muy distantes entre sí de una manera original e innovadora, dando vida a un lenguaje renovado, basado en el gregoriano, pero al mismo tiempo consciente de los avances musicales contemporáneos.

 

Se trata de una obra fuera del canon por su modernidad, a pesar de que Franz Liszt había respetado las normas eclesiásticas prescritas en los reglamentos de música sacra de la época: lenguaje sobrio, melodías sencillas y el órgano como único instrumento de acompañamiento del canto.

 

La obra se compone de quince piezas breves, catorce estaciones más un episodio inicial, que tienen la función de acompañar el rito religioso; la formación incluye soprano, mezzosoprano, contralto, tenor, barítono, bajo, coro y solo órgano (o, eventualmente, piano).

 

El estilo es sobrio, crudo, sin adornos, ecléctico, pero sobre todo muy expresivo. Por lo tanto, no es una obra que sorprenda por su originalidad estructural, sino más bien por la audacia del lenguaje y la mezcla de géneros. 

 

Cada estación del Vía Crucis, representada en la composición, conlleva un significado profundo y universal, que va mucho más allá de la simple narración bíblica.

 

La interpretación de esta obra no es solo una celebración de la Pasión de Jesús, sino también una meditación sobre el dolor, el sacrificio, la esperanza,…, temas que aún hoy resuenan con fuerza en nuestras vidas.

 

El ejercicio de escucha que te propongo es una oportunidad para sumergirte en una obra de gran valor histórico y espiritual. La experiencia musical del «Vía Crucis» ofrece la posibilidad de explorar la conexión emocional y espiritual con la música. Ciertamente es un momento de profunda reflexión.


La Via Crucis, dividida en 14 estaciones (más el episodio inicial), es un recorrido musical que fusiona diferentes estilos: desde el canto gregoriano hasta los corales luteranos, con un lenguaje armónico innovador y profundamente personal.

 

Franz Liszt refleja aquí no solo su fervor religioso, sino también su deseo de expresar el drama de la Pasión de Cristo de una manera universal.

 

Franz Liszt abre el Via Crucis con el himno gregoriano Vexilla regis, que data del siglo VI. Es uno de los himnos más antiguos de la Iglesia latina y se canta tradicionalmente en la liturgia del Viernes Santo. Musicalmente, Franz Liszt mantiene su carácter austero y solemne, con una escritura modal y una armonía esencial, evocando una atmósfera de meditación y sacralidad.

 

Avanzan los estandartes del Rey:

resplandece el misterio de la Cruz,

donde la Vida soportó la muerte

y con su muerte dio la vida.

Se han cumplido las cosas

que David había predicho

en su canto profético,

diciendo a las naciones:

Dios ha reinado desde la madera [de la Cruz].

 

Le sigue O Crux, ave, que constituye una estrofa posterior del himno Vexilla regis. Liszt lo armoniza a cuatro voces con un estilo sobrio y solemne, creando una atmósfera de recogimiento. La música se caracteriza por una armonía esencial y un ritmo austero, que enfatiza la función meditativa de la obra.

 

O Crux, ave, spes unica

O Crux, ave, spes unica,

hoc passionis tempore!

Piis adauge gratiam,

reisque dele crimina.

 

Oh Cruz, te saludo, única esperanza

Oh Cruz, te saludo, única esperanza,

en este tiempo de la Pasión.

Aumenta la gracia para los piadosos

y borra los pecados de los culpables.

 

1. Jesús es condenado a muerte 

Jesús recibe la sentencia de muerte. El ambiente es dramático, con tonos sombríos que sugieren el peso del juicio.

 

Innocens ego sum a sanguine justi hujus.

Soy inocente de la sangre de este justo.

 

2. Jesús toma la cruz 

Jesús acepta su destino y toma la cruz. El tema musical es grave y meditativo, simbolizando la aceptación del sacrificio.

 

Ave crux, spes unica!

¡Salve, cruz, única esperanza!

 

3. Jesús cae por primera vez 

El esfuerzo de su andadura lleva a Jesús a su primera caída. Los ritmos entrecortados y las progresiones armónicas descendentes representan el peso de la cruz.

 

Jesus cadit.

Jesús cae.

 

Sigue un breve coral a tres voces femeninas con el texto del Stabat Mater. Franz Liszt armoniza esta estrofa para tres voces femeninas (soprano I, soprano II y contralto), creando una atmósfera suspendida y dolorosa, que enfatiza el dolor de María al presenciar la caída de su Hijo bajo el peso de la cruz. La armonía es esencial y meditativa, con una escritura vocal que encaja perfectamente en la austeridad general del Via Crucis.

 

Stabat Mater dolorosa

juxta crucem lacrimosa,

dum pendebat Filius.

 

La Madre dolorida estaba

llorando junto a la cruz,

mientras su Hijo colgaba.

 

4. Jesús se encuentra con su Madre 

El encuentro entre Jesús y María expresa el máximo dolor maternal. Tema lírico y doloroso, que expresa compasión y amor infinito.

 

Órgano solo.

 

5. Simón de Cirene ayuda a Jesús a llevar la cruz 

Simón de Cirene se ve obligado a compartir el peso de la cruz. El tono es consolador pero con acentos de esfuerzo compartido.

 

Órgano solo.


6. Verónica seca el rostro de Jesús 


En esta estación, Franz Liszt inserta un coral a cuatro voces basado en el famoso himno luterano O Haupt voll Blut und Wunden. Este texto, escrito en el siglo XVII, fue musicalizado por Johann Sebastian Bach en la Pasión según San Mateo. Franz Liszt retoma esta melodía con gran sobriedad, manteniendo una armonía austera y profundamente meditativa.

 

El ambiente de la pieza es doloroso, con algunas progresiones que acentúan la intensidad expresiva y el pathos de la escena. El uso de las cuatro voces confiere a la música un carácter contemplativo y casi místico, mientras que la ejecución a capella refuerza aún más la sensación de recogimiento y devoción.

 

El texto del coral, que expresa veneración y compasión por Jesús sufriente, se integra perfectamente con el gesto de Verónica. Su acto de piedad y amor se ve sublimado por esta conmovedora melodía, que convierte la escena en uno de los momentos más íntimos y emotivos de todo el Vía Crucis.

 

Oh cabeza llena de sangre y heridas,

llena de dolor y escarnio,

Oh cabeza, atada por burla

con una corona de espinas;

Oh cabeza, antes adornada

con el más alto honor y esplendor,

ahora tan humillada:

¡te saludo!

 

7. Jesús cae por segunda vez 

- La segunda caída de Jesús marca su esfuerzo extremo, pero también su humanidad. La música retoma el dramatismo de la primera caída, con un ritmo entrecortado y acentos fuertes que expresan el dolor y el cansancio.

 

El tema «Jesus cadit», confiado de nuevo a los tenores y bajos, se desarrolla en un registro más alto que la primera caída, casi para subrayar el esfuerzo extremo y el dolor creciente de Jesús a medida que su camino se hace cada vez más arduo.

 

La armonía se vuelve más tensa y las líneas melódicas ascendentes parecen evocar un anhelo de resistencia y, al mismo tiempo, el inevitable agotamiento.

 

Jesus cadit.

Jesús cae.

 

Inmediatamente después, el coro femenino vuelve a entonar el Stabat Mater, esta vez también en un registro más alto que en la tercera estación. La elección de tesituras más agudas para ambas secciones contribuye a crear una sensación de creciente intensidad emocional, como si el peso de la cruz se hiciera cada vez más insoportable y el dolor de María se amplificara ante el sufrimiento de su Hijo. 

 

Stabat Mater dolorosa

juxta crucem lacrimosa,

dum pendebat Filius.

 

La Madre dolorida estaba

llorando junto a la cruz,

mientras su Hijo colgaba.

 

8. Jesús se encuentra con las mujeres de Jerusalén 

Las mujeres de Jerusalén lloran por Jesús, quien las exhorta a llorar por ellas mismas y por sus hijos. El tema musical se vuelve más dulce, con un tono de consuelo, pero con una sutil tristeza.

 

La melodía avanza con un ritmo sobrio pero expresivo, casi como si reflejara la voz de Jesús que, a pesar del dolor, mantiene una fuerza interior y una conciencia superior a la de quienes le rodean. La armonía, aunque sigue siendo austera, evita excesos de tensión, sugiriendo un momento de reflexión más que de sufrimiento físico.

 

El contraste con las secciones anteriores es evidente: si en las caídas la música se doblega bajo el peso de la cruz, aquí se eleva en una especie de advertencia, subrayando el carácter profético de las palabras de Jesús.

 

Franz Liszt consigue restituir este matiz con un uso sabio de la dinámica y las progresiones armónicas, haciendo de la octava estación un pasaje de gran profundidad espiritual dentro del Vía Crucis.

 

Nolite flere super me,

sed super vos ipsas flete

et super filios vestros.

 

No lloréis por mí,

sino llorad por vosotras mismas

y por vuestros hijos.

 

9. Jesús cae por tercera vez 

La tercera y última caída de Jesús presagia su inminente muerte. El carácter de esta caída es trágico, con una armonía que resalta el agotamiento de Jesús, pero también su última resistencia antes de completar su muerte.

 

La música se vuelve cada vez más tensa y disonante, con un crescendo que culmina en la expresión del máximo dolor. No se trata solo de un momento físico, sino también simbólico, en el que la tercera caída representa la derrota temporal de la humanidad, pero también el acto final de redención por el mundo y la historia.

 

La melodía parece casi detenerse en un punto de ruptura, simbolizando el momento en el que Jesús, a pesar de sus sufrimientos, no se rinde.

 

A continuación viene el Stabat Mater; Liszt retoma la misma línea melódica con una importante diferencia tonal, que amplifica la sensación de melancolía y tristeza y aumenta la sensación de resignación y sufrimiento silencioso.

 

Franz Liszt utiliza esta transición con mucho cuidado para intensificar la expresión emocional del momento, resaltando la sensación de soledad y dolor de María.

 

Jesus cadit.

Jesús cae.

 

Stabat Mater dolorosa

juxta crucem lacrimosa,

dum pendebat Filius.

 

La Madre dolorida estaba

llorando junto a la cruz,

mientras su Hijo colgaba.

 

10. Jesús es despojado de sus vestiduras 

Jesús es despojado de sus vestiduras, un acto que simboliza la pérdida de toda dignidad humana. La música en esta estación es más severa y distante, simbolizando la violencia del gesto.

 

Órgano solo.

 

11. Jesús es clavado en la cruz 

Jesús es finalmente clavado en la cruz, momento culminante de su tormento físico. La tensión musical aumenta, con acentos marcados que simbolizan la agonía de la crucifixión.

 

Crucifige eum!

¡Crucifícalo!


 12. Jesús muere en la cruz 


Jesús muere en la cruz, el punto culminante de su pasión. La música refleja el drama de la muerte con un lento decrecimiento, como si la vida abandonara el cuerpo de Jesús. El tono es solemne y doloroso.

 

Eli, Eli, lamma sabacthani?

In manus tuas, Domine, commendo spiritum meum.

Consummatum est.

 

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.

Todo está consumado.

 

A continuación, sigue el coral O Traurigkeit, o Herzeleid, de origen luterano, que expresa el duelo y el sufrimiento por la muerte de Jesús, al tiempo que subraya la redención obtenida a través de su muerte.

 

El tono es extremadamente triste y solemne, perfecto para acompañar el momento de la crucifixión. Franz Liszt utiliza este coral para transmitir una sensación de gran sufrimiento y pérdida, enfatizando el elemento trágico del acontecimiento con el uso de armonías sombrías y disonantes.

 

El ritmo es lento, casi como un lamento, para reflejar la gravedad del sacrificio que se está llevando a cabo. La elección de una melodía grave y un ritmo lento expresan la tristeza y el dolor que impregnan toda la escena de la muerte de Jesús.

 

Este coral es otro de los momentos más emotivos de la obra, ya que resume el sufrimiento humano universal ante la muerte y, al mismo tiempo, la solemnidad del sacrificio redentor.

 

¡Oh tristeza, oh dolor del corazón!

¿No es esto motivo de llanto?

El Hijo único de Dios Padre

es depositado en la tumba.

 

13. Jesús es bajado de la cruz 

El cuerpo de Jesús es bajado de la cruz y entregado a su Madre. La música en esta estación es dulce y meditativa, expresando el dolor de la separación y la muerte.

 

Órgano solo.

 

14. Jesús es depositado en el sepulcro 

- El cuerpo de Jesús es depositado en el sepulcro, un acto que marca el final de su martirio físico. La música es tranquila, reflexiva y envuelve al oyente en una sensación de paz y tristeza a la vez. La atmósfera final es de abandono, pero también de esperanza.

 

Ave crux, spes unica,

Mundi salus et gloria,

Auge piis justitiam,

Responde dona veniam.

Amén.

¡Ave crux!

 

Salve, oh Cruz, única esperanza,

salvación y gloria del mundo,

aumenta la justicia de los piadosos,

responde con el don del perdón.

Amén.

¡Salve, oh Cruz!

 

La música de Franz Liszt nos lleva a un círculo completo: partimos del sufrimiento y el dolor de la Pasión, pero llegamos al final con un mensaje de gloria y esperanza.

 

La cruz, que inicialmente aparece como el signo de la muerte y el sufrimiento, se convierte en el símbolo de la victoria y la salvación.

 

La belleza y el dramatismo de la música no solo cuentan una historia bíblica, sino que invitan al oyente a entrar en una experiencia espiritual íntima y conmovedora. Cada estación no es solo un paso físico, sino también un momento de meditación y reflexión profunda sobre el significado del sufrimiento y la redención.

 

Via Crucis es el punto culminante de la música sacra de Franz Liszt, ya que contiene en sí misma las diferentes almas del compositor húngaro: el cristianismo, la audaz exploración musical y el ecumenismo de una fe que derriba las barreras de las divisiones entre católicos y protestantes y se une en un único credo en el momento más importante de la vida religiosa de un cristiano, el de la muerte y resurrección de Jesucristo.

 

Lo más importante es tu ejercicio de audición (tal vez, y si son de alguna ayuda, con mis notas). Te ofrezco dos versiones. Ninguna de las dos llega a los 45 minutos.

 

1.- https://www.youtube.com/watch?v=SkNj_Y3ijVg (una visión en vivo muy centrada en el órgano).

 

2.- https://www.youtube.com/watch?v=y_WoxAOonoY (con los ‘cuadros’ de las estaciones del Via Crucis).


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Es Domingo

Es Domingo

Reevaluar el domingo no como un residuo de una época preindustrial ni como una costumbre que ha sobrevivido por inercia, sino como un dispositivo cultural capaz de devolver el equilibrio a una sociedad que ha perdido el sentido de los límites. En una época en la que el trabajo invade todos los intersticios de la vida, el domingo puede volver a ser un bien común, un dique, un umbral.

 

Nuestra época lo ha acelerado todo: ritmos, expectativas, comunicaciones, exigencias. El trabajo ya no se limita a un lugar físico ni a un horario definido: se ha convertido en un flujo continuo que atraviesa los días, se cuela en los hogares y se superpone a los momentos de descanso. La digitalización ha disuelto la distinción entre tiempo productivo y tiempo personal, convirtiendo la disponibilidad en una condición permanente.

 

En este escenario, el domingo corre el riesgo de convertirse en un día como cualquier otro, un segmento de un continuo que no conoce pausas. Precisamente por eso puede volver a ser un gesto de resistencia.

 

En la tradición bíblica, el año sabático era un gesto radical: cada siete años, la tierra descansaba, se suspendían las deudas y se liberaba a los esclavos. No era una utopía espiritual, sino una práctica social concreta: un reinicio económico, antropológico y comunitario, una forma de recordar que la vida no puede reducirse a la producción, la acumulación, el control y el consumo.

 

El año sabático proponía un principio revolucionario: la suspensión como forma de justicia. La pausa como un derecho; no una interrupción del ciclo económico, sino su regeneración. En nuestra sociedad unidimensional, centrada en la producción y el consumo, fragmentada y líquida, los vínculos corren el riesgo de reducirse a experiencias breves, superficiales y efímeras, y corren el riesgo de disolverse.

 

Para generar y transmitir valores se necesitan vínculos estables y duraderos. Para construir un contexto social de vivir juntos es necesario garantizar intervalos libres de trabajo, para que las personas puedan tejer relaciones libres y liberadoras.


 

Hoy en día ya no vivimos en una economía agrícola y nuestra «tierra», el lugar donde vivimos y habitamos, se está convirtiendo en una especie de ecosistema digital que nunca se detiene. Las notificaciones no dan tregua, el trabajo invade todos los espacios, la disponibilidad se ha convertido en un deber implícito.

 

En este contexto, el domingo puede asumir una nueva función: convertirse en un descanso sabático semanal, un laboratorio de liberación. No se trata simplemente de no trabajar, sino de suspender la lógica del rendimiento. De devolver tiempo a las relaciones, al cuidado, a la gratuidad. De liberarse, al menos por un día, de la tiranía del algoritmo.

 

Asumir el domingo como un microtiempo sabático significa reconocer que la vida no es solo eficiencia, que el valor no coincide con la productividad y que la dignidad humana no se puede medir en resultados económicos. No sirve para «recargar las pilas» para trabajar mejor el lunes: sirve para recordarnos quiénes somos.

 

La sociedad digital está borrando las fronteras. El tiempo ya no es cíclico, sino continuo, uniforme, siempre accesible. El riesgo es que la vida se convierta en un flujo sin pausas, umbrales ni respiro.

 

El domingo puede convertirse entonces en un gesto a contracorriente: un espacio sustraído a la colonización del tiempo y a la lógica de la disponibilidad permanente. Es una oportunidad para recordar que la identidad no se agota en la productividad, que existimos incluso cuando no respondemos, no entregamos, no rendimos.

 

En este día suspendido se conserva la lentitud como bien común, un recurso frágil que permite volver a respirar y pensar. Se reafirma la corporeidad frente a la abstracción digital: la necesidad de presencia, de relaciones encarnadas, de gestos que no pasan por una pantalla.

 

Es una forma de ecología del tiempo, un remedio contra la hiperactividad que nos consume y produce autoexplotación. No solo afecta a los trabajadores, sino también a las familias, las comunidades y los territorios.

 

Una sociedad que no protege su tiempo es una sociedad que se empobrece. Vivir gratuitamente una parte del tiempo permite experimentar el valor inestimable del otro y actuar para que siempre se le considere como un fin y nunca como un medio, independientemente de su procedencia, características, idioma o religión.



El domingo puede convertirse en un tiempo que regenera el resto del tiempo. Si se vive como un microtiempo sabático, puede transformarse en un reinicio semanal capaz de reorientar el trabajo, las relaciones y las prioridades.

 

No es nostalgia del pasado, sino una forma de vivir el presente con mayor conciencia. Es una invitación a sustraer al menos una parte de la vida a la lógica del rendimiento y el consumo para devolverla a la gratuidad, al cuidado, a la comunidad.


Redescubrir el domingo como un nuevo tiempo sabático significa proponer una cultura del tiempo diferente: una cultura que reconoce la fragilidad como riqueza, la lentitud como recurso, la gratuidad como forma de libertad capaz de redescubrir la dimensión espiritual del ser humano.

 

Significa sustraer una parte de la vida al mercado y devolverla a la comunidad, a la espiritualidad, a la simple humanidad. No es moralismo ni nostalgia: es comprender que el tiempo es el primer bien común y que sin un tiempo sustraído a la producción no hay libertad ni democracia.

 

El domingo no es un lujo ni un recuerdo del pasado: es un derecho colectivo que hay que defender con determinación. Hay que reivindicarlo, protegerlo, hacerlo inviolable. Es necesario exigir que la actividad laboral respete el derecho a la desconexión y reconocer que no todo puede ser absorbido por la lógica de la productividad, el beneficio, la ganancia y el éxito.

 

La rebelión civil comienza con un gesto claro: decidir no estar siempre disponibles. Así se cambia una cultura. Así se defiende la libertad. Así se puede volver a respirar.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¿Qué es el ser humano…?

¿Qué es el ser humano…? Tal vez asistimos a no pocas historias, trágicas o divertidas, que nos llegan cada día. No sé si estamos en los albo...