viernes, 25 de septiembre de 2026

¿Una necesaria llamada de atención? - San Mateo 21, 28-32 -.

¿Una necesaria llamada de atención? - San Mateo 21, 28-32 -

A menudo nos asalta la tentación de trazar una línea divisoria clara para distinguir, basándonos en criterios que nosotros mismos establecemos, lo que está dentro y lo que está fuera, el sí y el no, quién está de nuestro lado y quién no.

 

El Evangelio, sin embargo, nos advierte contra una actitud así, señalándonos como criterio para determinar una posible pertenencia no una profesión de fe ostentosa ni una frecuentación inveterada de lugares sagrados, sino la capacidad de hacer lo que le importa a Dios.

 

Es la capacidad de compartir los sentimientos del Señor Jesús el criterio para determinar si cumplimos o no la voluntad del Padre.

 

¿Qué amo? ¿Qué busco? ¿Qué deseo? ¿Qué me importa de verdad? ¿Qué sentido puede tener un culto impecable cuando en nuestras relaciones impera la injusticia? ¿De qué sirve llevar una cruz al cuello si esta no influye en nuestras decisiones?

 

Todos corremos el riesgo de vivir un cristianismo de habituación y, por tanto, de desinterés. La fe reducida a una tradición: como si bastara con tener en casa los símbolos de la fe (la cruz, las imágenes de los santos) sin tener un corazón que ame, que acoja.

 

Nos quejamos de que las nuevas generaciones han marcado una especie de ruptura con las expresiones de la vida cristiana, pero ¿nos hemos preguntado alguna vez si hemos transmitido, con nuestro estilo de vida, la belleza de ser creyentes?

 

Es el riesgo que corremos los que hemos nacido en un país cristiano: seguimos utilizando un lenguaje que, a primera vista, parece identificarnos como creyentes, mientras hacemos nuestro un estilo de vida que no tiene nada que ver con lo que más resuena en nuestros labios.

 

Las palabras, de hecho, siempre resultan ambiguas. Las palabras cautivan, pero siempre son frágiles y pueden ser desenmascaradas.

 

Nuestro riesgo es construirnos un sistema de vida impermeable al Evangelio: seguimos teniendo a Dios en los labios, pero nuestro corazón está lejos de él. Discutimos sobre muchas cosas de la Iglesia, pero siempre dando por sentado que nuestra forma de pensar es la correcta y que nuestras decisiones son las mejores.

 

Jesús tenía ante sí a personas que, en nombre de un cargo - príncipes de los sacerdotes y ancianos del pueblo -, parecían defender las prerrogativas de Dios y, precisamente en nombre de ello, rechazaban la posibilidad de abrirse a algo nuevo que Dios mismo les ofrecía.

 

Les gustaría ser ellos quienes establecieran a través de qué vías se le permite a Dios hablar al corazón del hombre.


Y ante esto, Jesús descubre con asombro que precisamente quienes estaban marcados a simple vista - publicanos y prostitutas - logran dar el salto que las personas religiosas son incapaces de dar, aferradas como están a sus convicciones.

 

No hay nada peor que anclar la propia existencia al clavo de las propias certezas y principios sin vivir el contenido de esos valores.

 

¡Cuidado con esa presunción que no nos permite mirarnos de forma realista y llamar a las cosas por su nombre!

 

A veces estamos convencidos de que la disposición al cambio es consecuencia de la magnitud de los acontecimientos a los que nos enfrentamos.

 

Pero el Evangelio nos atestigua que, si esa disposición no existe de antemano, podrías tener ante ti incluso a Jesucristo y nada se conmovería en tu interior. Es tu disposición a dejarte interpelar por los acontecimientos lo que marca la diferencia.

 

Pero allí donde esta disposición se ha endurecido, ningún acontecimiento por sí solo puede hacer nada.

 

Podemos recordar la parábola del rico Epulón y del pobre Lázaro. Jesús le dirá al rico que hubiera querido avisar a sus seres queridos que aún seguían con vida: ni siquiera si alguien resucitara de entre los muertos se convencerían.

 

Seguramente habrá que aprender a cuestionarse a uno mismo. Siempre. Sin dar nunca nada por sentado. Ni el sí ni el no.

 

Porque vivimos en la medida en que somos capaces de contradecirnos a nosotros mismos y de cambiar de opinión, de arrepentirnos, de conmovernos y de avergonzarnos cada vez que nos dejamos alcanzar por la palabra del Evangelio.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 24 de septiembre de 2026

Un rostro que reconocer y una historia que acoger.

Un rostro que reconocer y una historia que acoger

A estas alturas uno ya ha comenzado a aprender que, desde siempre, no es el pan el que va hacia los pobres, sino que son los pobres los que acuden hacia el pan; desde siempre, cuando los hombres tienen la esperanza de encontrar una vida mejor en otro lugar, están dispuestos a arriesgarse a la aventura de la migración, incluso a un coste humano altísimo.

 

Son el sufrimiento, la miseria, las hambrunas, los conflictos internacionales, las luchas étnicas, la inseguridad y la violencia los que acentúan periódicamente la presión hacia la emigración.

 

En realidad, los occidentales somos corresponsables de estas tragedias, de estos éxodos que a menudo terminan para muchos hombres y mujeres ahogados en el Mediterráneo: responsables tanto de forma directa como indirecta.

 

Basta con pensar en la distribución de la riqueza y los bienes en el planeta, o en las políticas económicas internacionales.

 

Al menos deberíamos tener el valor de pedir perdón por aquellos de entre nosotros, los europeos, que llegan a mostrarse irreverentes ante estas tragedias que se repiten cada día, y que llegan incluso al escarnio y al sarcasmo, como escuchamos a diario en los medios de comunicación de boca de figuras públicas.

 

Lo primero que debemos asumir es que la presencia de los extranjeros nos despierta temores y miedos, porque el extranjero es verdadera y radicalmente «otro» respecto a mí, porque estaba lejos y ahora está cerca, porque era un desconocido y ahora lo tengo a mi lado.


Pero hay que tener en cuenta no solo «mi» miedo, el miedo de quien acoge, sino también, y quizás sobre todo, «su» miedo, el miedo de quien llega a un mundo ajeno, donde no se siente como en casa, un mundo del que sabe poco o nada, un mundo que no le ofrece ninguna protección y en el que no sabe cómo desenvolverse.

 

Este importante fenómeno migratorio crea un terreno resbaladizo en el que predominan dos miedos enfrentados.

 

Y no basta con invocar elementos ideológicos, principios religiosos o éticos para exorcizar el miedo.

 

El miedo no debe ser objeto de burla ni minimizarse, ni sublimarse con discursos demasiado teóricos, sino que debe tomarse en serio, afrontarse, racionalizarse: solo así podremos comprenderlo y vencerlo. Hay que abordarlo como una toma de conciencia de la distancia, de la diversidad, de la ignorancia y, por tanto, de la falta de fiabilidad. El miedo al otro es una sensación paralizante que hay que superar no reprimiéndola, sino asumiéndola.

 

Negar la existencia del miedo conlleva dos riesgos: la absolutización del otro o, por el contrario, la absolutización de la propia identidad.

 

En ambos casos se olvida que la identidad (entendida a varios niveles: personal, comunitario, social) siempre se ha forjado históricamente en el encuentro y se renueva a diario en el encuentro, en el diálogo, en la relación con los demás, con los diferentes, con los extranjeros.

 

De hecho, la identidad no es estática, sino dinámica, en constante evolución, plural, y es una ilusión pensar que la identidad es monolítica, porque es un tejido formado por muchos hilos y muchos colores.


Cuando el fantasma de la identidad lleva a reducir las relaciones sociales a la materialidad del dato étnico, a la homogeneidad de la sangre o de la religión practicada, entonces se llega inevitablemente a formas de política, de cultura y de sentimientos intolerantes.

 

Son caminos estériles que tienden a la exclusión del otro y siempre desembocan en un autismo social, en el que se vive un autoaislamiento que se supone dorado, pero que en realidad se traduce en un sistema cerrado, en un espacio asfixiante en el que solo puede avanzar la barbarie.

 

¿Por qué el hombre está llamado a acoger al otro hombre?

 

Porque el ser humano es un ser relacional; porque no hay un hombre sin los demás hombres, y cada hombre forma parte de la humanidad, forma parte de una realidad en la que están los demás. Y el ser humano es, en sí mismo, relación: basta con pensar en las tres formas fundamentales de relación, que permiten al hombre construir su propia identidad y vivir:

 

- la relación consigo mismo, con su íntimo, es decir, la vida interior;


- la relación con quienes comparten su vida cotidiana: la familia, los parientes, los amigos, los vecinos;


- la relación con todos los demás, aquellos con quienes se cruza en su camino, los que están lejos, la sociedad, el mundo;


- por último, para los creyentes, la relación con Dios, la alteridad de las alteridades.

 


Es en el seno de esta complejidad donde hay que plantearse la pregunta: ¿cómo recorrer los caminos del encuentro, de la relación con los extranjeros?


En primer lugar, hay que reconocer al otro en su singularidad específica, reconocer su dignidad como persona, el valor único e irrepetible de su vida, su libertad, su diferencia: es un hombre, una mujer, un niño, un anciano, un creyente, un no creyente, etc.

 

Si existe esta actitud preliminar, entonces llega el momento de vivir la aventura de la escucha. Y nunca se repetirá lo suficiente, pero la escucha no es un momento pasivo de la comunicación, no es solo apertura hacia el otro, sino que es un acto creativo destinado a establecer una «con-fianza», una confianza mutua entre el anfitrión y el extranjero.

 

La escucha es un «sí» radical a la existencia del otro como tal; en la escucha, las respectivas diferencias se entremezclan, pierden su carácter absoluto, y lo que son límites para el encuentro pueden convertirse en recursos para el propio encuentro.

 

Escuchar a un forastero no equivale, por tanto, a informarse sobre él, sino que significa abrirse a una presencia, abrirse al relato que él hace de sí mismo, abrirse a la humanidad compartida

 

Al escuchar al otro, hay que renunciar a los prejuicios que nos habitan.

 

Es inútil negarlo: estamos habitados por prejuicios heredados del pasado y que son consecuencia de la memoria colectiva. Se trata, por tanto, de suspender las imágenes que tenemos de nosotros mismos y del extranjero, y de reflexionar críticamente sobre los condicionamientos culturales, psicológicos y religiosos a los que estamos sometidos.

 

Y cuando se suspende el juicio, surge lo esencial para mirar al otro con ojos nuevos (sym-pátheia), con un sentir juntos. La escucha requiere una actitud que se alimente de una observación participativa, que acepte incluso no entender al otro, porque acoger no es lo mismo que comprender.


Cada uno debe comprometerse con humildad a confrontarse y a acoger la verdad que siempre precede y trasciende a todos: es precisamente este camino compartido hacia la verdad el que puede dar sentido a nuestra vida. Es en este camino común donde podrá manifestarse la humanidad que hay en nosotros: la humanidad compartida.

 

Cuando se produce la escucha recíproca en el reconocimiento mutuo, es entonces cuando podemos hablar de diálogo. Es el diálogo el que permite pasar a compartir los valores del otro, no para hacerlos propios, sino para comprenderlos. Dialogar no es anular las diferencias y aceptar solo las convergencias, sino dar vida a las diferencias al mismo nivel que a las convergencias: el diálogo no tiene como fin el consenso, sino una acogida recíproca, un avanzar juntos, una comprensión mutua.

 

Así, en el diálogo se abren caminos inexplorados de conocimiento mutuo. Dia-lógos: palabra que se deja atravesar por otra palabra; es un camino de conversión y de comunión; la única vía eficaz contra la violencia que siempre surge de espacios donde está ausente el intercambio de palabras.

 

Emmanuel Lévinas escribía: «Yo soy en la medida en que soy responsable del otro». Esto es lo que estamos llamados a vivir en la escucha, en el encuentro y en el diálogo con los demás, con todos los demás, incluso con el extranjero.

 

Encontrarse con el otro significa asumir la responsabilidad hacia él sin esperar reciprocidad.

 

La responsabilidad hacia el otro se manifiesta como una relación asimétrica en la que no se exige reciprocidad, una relación desinteresada y gratuita. Así, la experiencia del encuentro con el otro se convierte en epifanía de la humanitas, manifestación de la humanidad compartida y, para quien cree, encuentro con Dios.


Seguramente para abordar los problemas relacionados con la acogida del extranjero se necesita creatividad y audacia para recorrer los caminos de la escucha, el diálogo y la convivencia entre personas diferentes; se necesita discernimiento ante una realidad extremadamente compleja como la de la globalización.

 

Pero el discernimiento fundamental que un cristiano debe llevar a cabo es el de reconocer en el rostro del otro la presencia de Cristo: la exigencia evangélica de acercarse a quien sufre, el ejemplo de la comunidad primitiva de Jerusalén, en la que no había nadie necesitado porque todo se ponía en común… siguen siendo, de hecho, para el cristiano, llamadas constantes —y nunca plenamente satisfechas— a hacer que su conducta sea digna de un auténtico discípulo del Señor Jesús.

 

El cristiano sabe que también será juzgado por la relación que mantiene con el extranjero, porque Jesús profetizó: «¡Venid, benditos, porque era forastero y me acogisteis!».


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El Reino os pertenece a vosotros.

El Reino os pertenece a vosotros 

¡Bienaventurados vosotros, los pobres! 

No es una caricia, no es un consuelo: es un grito que rasga el cielo y la tierra, un trueno que derriba los palacios de los poderosos. 

¡Vuestro es el Reino de Dios! 

He aquí la palabra que derriba los tronos, que trastoca la lógica impuesta por los siglos, que humilla a los ricos y exalta a los últimos. 

Leo estas palabras ante rostros marcados por el cansancio y el sufrimiento: ante Dios, ellos son los benditos, los destinatarios de una revolución que no deja escapatoria. 

El Evangelio irrumpe en el corazón de la historia, aniquilando las certezas de lo moderno, destruyendo los mitos de la riqueza y el éxito. 

Bendice a los pobres. 

Y  maldice a los ricos. 

Ésta es la ley que ningún sistema puede soportar, que ninguna civilización se atreve a acoger sin temblar. 

Acoger las bienaventuranzas es entrar en choque frontal con la mentalidad dominante, posicionarse contra corriente, golpear los muros de la indiferencia. 

Es un camino que exige la muerte del sistema, la deconstrucción radical de los sueños impuestos por el poder. 

¡Bienaventurados vosotros, los pobres! 

No es una doctrina para almas débiles. 

Es una llamada al derrocamiento, una marcha a contracorriente de la historia, hacia una meta que nadie se atreve a nombrar. 

La pobreza evangélica no es miseria sufrida, sino una elección de despojo, de desafío, de abandono. 

Quien se pone en camino como discípulo, entra en esta lucha: abandona, pierde, se anula para encontrar, en quienes están excluidos y perseguidos, el verdadero sentido de la historia. 

Estas bienaventuranzas son un desafío lanzado entre las ruinas de las civilizaciones. 

Jesús traza el sentido de la historia en unas pocas palabras, absolutas, tremendas: la sorpresa es total, la novedad nos pilla desprevenidos, incapaces de reaccionar. 

No basta con comprenderlas; hay que dejarse arrastrar por ellas, asimilarlas, vivirlas. 

El camino no es solitario: es una convocatoria para formar la comunidad de los pobres, despojados por Cristo, revestidos de fuego y de amor. 

Vosotros, los pobres, sois el corazón que late en la oscuridad, la profecía que juzga al mundo, el sacramento del Año de Gracia, la carne del Reino. 

La época de los mitos ha terminado: ahora reina la lógica del Evangelio, que exalta a quienes no tienen nada y aniquila a quienes lo poseen todo. 

Y con Ricardo Cantalapiedra cantamos: https://www.youtube.com/watch?v=4ndz2Kc9WYU

Bienaventurados vosotros, los pobres: la historia es vuestra, el Reino de Dios os pertenece. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 23 de septiembre de 2026

Fui forastero y me acogisteis - San Mateo 25, 35 -.

Fui forastero y me acogisteis - San Mateo 25, 35 -

Escuchad, pueblos, pues el tiempo de lo superfluo ha llegado a su fin y la hora de lo esencial llama a las puertas de la historia.

 

No busquemos más allá, no acumulemos ríos de palabras ni tratados que pesan como piedras sobre nuestras conciencias.

 

Todo está aquí, y nada se añadirá que no esté ya escrito en el latido del corazón del hombre.

 

Llegarán días - y ya estamos en ellos - en los que las grandes catedrales del pensamiento se derrumbarán en mil pedazos ante un solo fragmento de humanidad.

 

El Evangelio no es una doctrina que haya que aprender, sino un estilo de vida. Un camino de éxodo.

 

Es la salida forzosa del desierto del egoísmo, el dominio de ese instinto que nos susurra que sobrevivamos solos, encerrados en el recinto de nuestros pequeños problemas, ciegos ante el resto.

 

El Misterio de los Misterios no está oculto en los cielos impenetrables, sino que está encerrado en un gesto que sacude los cimientos del mundo: fui forastero y me acogisteis.

 

Miremos al Hijo del Hombre: Él no mostró su divinidad en el resplandor del rayo, sino en el polvo de la tierra, lavando los pies, abrazando la carne llagada del leproso, convirtiéndose en caricia para el enfermo.

 

Esta es la profecía que debemos encarnar: el camino de la humanización es el único y verdadero sendero de la divinización.

 

No hay Dios sin el hombre; no hay luz divina que no pase a través de nuestras manos que se inclinan y de nuestros brazos que se extienden y se abren hasta abrazar.


He aquí la gran revelación que el mundo no quiere oír: en cada hambriento que cruza nuestra mirada, en cada perseguido que llama a nuestra puerta, en el refugiado que no tiene patria y en el extranjero que no tiene rostro, allí habita el Misterio.

 

Jesús lo proclamó a los siglos: «Tuve hambre, tuve sed, fui forastero, estaba desnudo, estaba enfermo, estaba en la cárcel…».

 

Cada vez que nos inclinemos ante los excluidos de la tierra, no solo tocaremos carne humana, sino que nos encontraremos con el Misterio.

 

Y ese encuentro dejará una huella que ningún olvido podrá borrar.

 

Abandonemos las ideologías de las prioridades… También las teologías de la distancia… Y acojamos la única doctrina que salva: la experiencia del Misterio se produce en la acogida del extranjero.

 

Que nuestro culto sea verdad, no humo; que nuestras liturgias sean una escucha que abra el corazón.

 

Porque la verdad de lo que celebramos en el altar solo se verá en la forma en que caminemos junto a los más desfavorecidos.

 

El que tenga oídos para oír, que oiga: la luz del Misterio habita en nosotros, pero solo resplandecerá cuando nos convirtamos en hogaza de pan para los que tienen hambre, en vaso de agua para los que tienen sed, en calor de acogida para los que son forasteros, en abrigo cálido para los que están desnudos, en caricia amable para los que están enfermos, en brisa de libertad para los que están en la cárcel…


Y entonces veremos al Santo de los Santos en el rostro del emigrante y tocaremos la carne divina en la carne del refugiado.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Desatarse para ser libres y desprenderse para amar.

Desatarse para ser libres y desprenderse para amar 

Hay momentos en la vida en los que todo calla y, precisamente entonces, se hacen audibles los cambios más profundos. 

En el silencio de la noche interior nos damos cuenta de que el camino espiritual no se refiere solo a lo que pensamos de Dios, sino a la forma concreta en que vivimos en el mundo y nos acercamos a los demás. 

El Evangelio, cuando se acoge de verdad, no se limita a corregir algunas ideas: abre caminos nuevos, cambia la mirada y genera relaciones personales inesperadas. 

Quien sigue las indicaciones de Jesús descubre, poco a poco, un parentesco diferente, que no se basa en la sangre, sino en la escucha, en la confianza y en el deseo común de una vida transformada. 

Las personas con las que nos cruzamos en ese mismo camino se convierten en presencias capaces de comprender preguntas que en otros lugares permanecen sin nombre. No sustituyen automáticamente a los afectos de siempre, pero revelan que la comunión puede surgir también más allá de los límites habituales, allí donde dos libertades reconocen la misma llamada. 

Es a la luz de esto que también las relaciones familiares pueden experimentar una transformación. 

Algunos vínculos conservan buenas raíces, memoria y gratitud; otros, en cambio, permanecen aprisionados en dinámicas antiguas, en roles nunca cuestionados, en expectativas que retienen. Cuando no crecen en la dirección del Evangelio y de la vida espiritual, incluso las relaciones nacidas para proteger pueden convertirse en espacios en los que a la persona le cuesta respirar. 

No se trata de menospreciar los afectos ni de huir de las responsabilidades. 

Las dependencias afectivas tienen una función importante y, a veces, fundamental en la infancia y la adolescencia: ofrecen refugio, pertenencia y continuidad. 

Pero lo que sostiene los primeros pasos no siempre puede acompañar de la misma manera la edad adulta. Si no se reinterpreta desde la nueva perspectiva espiritual, un vínculo puede exigir obediencia en lugar de amor, miedo en lugar de confianza, inmovilidad en lugar de crecimiento. 

La libertad de los discípulos del Señor se manifiesta también en la capacidad de reconocer y romper lo que aprisiona. A veces es necesaria una distancia: no como venganza, sino como acto de verdad. 

Hay cercanía que nutre y cercanía que consume; hay distancias que dividen y distancias que devuelven a cada uno su propio rostro. 

En la noche, cuando las sombras alargan todo, hay que aprender a distinguir un vínculo de una cadena. 

Romper el cordón umbilical es una de las exigencias más difíciles de la madurez espiritual. 

No significa borrar la propia historia, sino dejar de recibir de ella el permiso para existir. 

Es aceptar que nadie, ni siquiera quien nos ha amado, puede vivir en nuestro lugar la vocación que se nos ha confiado. 

El Evangelio nos saca de aquellas pertenencias en las que hemos permanecido como hijos asustados y nos invita a caminar con responsabilidad, bajo un cielo aún oscuro pero ya atravesado por la promesa del amanecer. 

Solo una persona que se ha liberado puede anunciar la libertad sin convertir ese anuncio en una nueva atadura. 

La misión nace aquí: no de la necesidad de retener a alguien, sino de la capacidad de encontrarlo sin poseerlo; no del deseo de reproducir dependencias, sino de la alegría de acompañar hacia una vida plena. 

Quien se ha atrevido a desatar los nudos que lo aprisionaban aporta a los encuentros una presencia más límpida, capaz de abrir puertas en lugar de cerrarlas. 

Así, en lo más profundo de la noche espiritual, el desprendimiento ya no se presenta como una pérdida, sino como un paso. 

Algunos vínculos cambian de forma, otros terminan, otros renacen más auténticos. 

Y mientras la oscuridad retrocede lentamente, comprendemos que el Misterio no nos llama a una existencia sin afectos, sino a relaciones liberadas del miedo y de la posesión. 

Este es el resplandor del Evangelio: una luz discreta que deshace las cadenas, nos devuelve el camino y nos enseña a amar sin dejar de ser libres. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Evangelio: una llamada a poner los ojos en lo esencial.

Evangelio: una llamada a poner los ojos en lo esencial

Hay una hora de la vida en la que los ruidos se apagan y las cosas se muestran tal y como son. 

Las palabras pierden sus defensas, las costumbres dejan de parecer inevitables y, en el silencio, se distingue mejor lo que proviene del Misterio de lo que los hombres han construido en su nombre. 

Al leer el Evangelio en esta hora interior, llama la atención la libertad de Jesús: una libertad serena y radical, que no necesita imponerse, porque nace de una mirada clara. 

Jesús no se deja aprisionar por las leyes elaboradas por los hombres de religión, ni por las circunstancias que pretenden imponer gestos, distancias y palabras ya establecidas. 

Donde otros ven una norma que defender, Él ve a una persona. 

Donde otros miden la corrección de un rito, Él escucha una herida, un hambre, un deseo de ser acogido.

Jesús no pide a quien tiene delante que se someta primero a las formalidades de la tradición; le devuelve la dignidad, lo acoge tal y como es, le abre un espacio en el que pueda respirar. 

Su libertad proviene del amor. 

Su mirada se dirige directamente al rostro con el que se encuentra, sin detenerse en las etiquetas que le han colgado. 

Jesús desea que cada persona se sienta alcanzada, reconocida, por fin en casa. Por eso acoge a todos con misericordia: no con una benevolencia distraída, sino con una cercanía capaz de adentrarse en las zonas más oscuras de la existencia sin temer su sombra. 

Y es precisamente hacia aquellos a quienes las tradiciones humanas han alejado donde esta atención se hace más intensa.

Los hombres del poder religioso han convertido a menudo los comportamientos, las fragilidades y las diferencias en sentencias; han llamado pecado a lo que no comprendían, separando a las personas del Misterio justo en el momento en que pretendían custodiar su presencia. 

Jesús, en cambio, traspasa esas fronteras. Va al encuentro de quienes han sido estigmatizados, se sienta junto a quienes se consideran impuros, toca a quienes nadie quiere tocar. 

Ha venido para acercar a todos al Padre, sin excluir a nadie. 

Por eso se adentra en los márgenes, allí donde la noche parece más densa y el abandono más definitivo. 

Busca a quienes han sido dejados fuera, se acerca a quienes han aprendido a esconderse, abraza a quienes ya no se atreven a esperar un abrazo. 

En su misericordia, el Padre no se presenta como el guardián de un umbral, sino como aquel que sale al encuentro de sus hijos y vuelve a abrir la casa. 

Pero una libertad así no surge de la improvisación. 

Requiere un largo trabajo en lo más profundo de uno mismo, allí donde las voces del miedo y de la obediencia ciega siguen hablando incluso cuando todo calla. 

Es necesario adentrarse en las tradiciones recibidas, indagar en sus raíces, distinguir la sabiduría de los engaños y la fe de los artificios con los que el poder se protege a sí mismo. 

No todo lo antiguo es sagrado; no todo lo que se repite conduce a la vida. 

Solo quien reconoce y rompe las cadenas construidas por los hombres puede adentrarse en la noche del mundo sin añadirle más oscuridad. 

Solo quien ha aprendido a ser libre puede acercarse a los demás sin dominarlos, desatar nudos sin imponer nuevos lazos, pronunciar palabras que no juzgan, sino que abren caminos. 

La libertad de Jesús es esta luz discreta: no deslumbra, no humilla, no excluye. 

Su luz permanece encendida junto a cada rostro, hasta que cada uno pueda reencontrar el camino del Padre y descubrir que nunca ha sido olvidado. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


martes, 22 de septiembre de 2026

Jesús: vid y vino de fiesta - San Mateo 21, 33-43 -.

Jesús: vid y vino de fiesta - San Mateo 21, 33-43 - 

I 

Viñedo de uvas silvestres en Isaías, vendimia de sangre en Mateo: son las decepciones de Dios. 

La parábola entona el canto del amor defraudado, canto, sin embargo, de una pasión que ninguna decepción puede apagar, que no se rinde, que siempre toma nuevos rumbos, que nunca se queda sin maravillas, que tras cada rechazo vuelve a asaltar el corazón con nuevos profetas, con nuevos siervos, con el Hijo y, por último, con las piedras desechadas. 

Para todo labrador, la viña es el campo predilecto. La viña y la pasión de Dios son mi vida. Su objetivo es dar fruto; su riesgo es la inutilidad. Porque viene el Vendimiador, viene cada día, viene en las personas que buscan pan, consuelo, el Evangelio, justicia, amor. Viene en aquellos que a veces nos piden un poco de valor para seguir viviendo, para no dejarse llevar. 

¿Qué le daremos? ¿Un vino de fiesta o uvas verdes? 

Yo soy la viña y la decepción de Dios. Y si el Reino, al final, se entrega a otro, tal vez comience de nuevo la cuenta de la esperanza y la decepción. 

Así es nuestro Dios: en Él, el lamento nunca prevalece sobre la esperanza. Y el fruto de mañana cuenta más que el rechazo de ayer. El bien posible y esperado vale más que la derrota sufrida. Un pacto de amor admirable y terrible. 

Pero hay más. 

La parábola del amor defraudado no concluye con un fracaso. Entre Dios y el hombre, las derrotas solo sirven para que el amor de Dios triunfe con mayor fuerza. La solución de los judíos es lógica: más sangre, nuevos jornaleros y nuevos tributos. Se reanuda el ciclo inmutable de dar y recibir, nada cambiará realmente. 

Jesús introduce la novedad del Evangelio: Dios no desperdicia la historia en venganzas; su Reino es una casa nueva cuya piedra angular es Cristo, una viña nueva donde la vid verdadera es Jesús. 

Con una imagen muy bella, alguien ha dicho que: «el arca tenía una viña por vela» - Lanza del Vasto -. El arca salva a la humanidad y avanza sobre las aguas de estos diluvios ininterrumpidos impulsada por una vela nueva en la que sopla el viento de Dios y que marca el rumbo, una viña que es Jesús. 

En mí debe dar fruto, germinando, la semilla de Cristo, y crecerá la vela del arca. 

El Reino será entregado a un pueblo que lo hará fructificar. Es la última maravilla, la última victoria de un amor ilógico. La viña será entregada a quien sepa producir los buenos frutos que Isaías enumera: esperaba justicia, aguardaba rectitud, que no hubiera más gritos de oprimidos, que no hubiera más sangre. 

El fruto que el Señor espera no tiene que ver con su propio interés, sino con el rostro de sus hijos, que ya no sea humillado: la pasión de Dios, a la vez su sufrimiento y su deseo. 

El mundo es de Dios, pero se entrega a quien lo hace mejor, a quien hace crecer viñedos como velas para el arca de su historia. 


II
 

Viñedo de uvas silvestres en Isaías, vendimia de sangre en el Evangelio de Mateo: son las decepciones de Dios. Así soy yo, viñedo y decepción de Dios. 

Isaías y Mateo narran el cuidado apasionado de quien plantó la viña, la rodeó como un abrazo, cavó en ella un lagar, erigió una torre y luego la confió al cuidado de otros: y así comienza la historia eterna de un amor y una traición. 

Por un lado, la nobleza de espíritu del dueño; por otro, la brutalidad violenta y estúpida de los labradores. Sin embargo, la traición del hombre no es capaz de detener el plan de Dios: la viña dará fruto y Dios no malgastará su eternidad en venganzas. 

En los viñedos es temporada de frutos. En nosotros, en cambio, la vendimia tiene lugar cada día, llega con las personas que buscan pan, el Evangelio, justicia, un poco de valor y un rayo de luz. 

¿Qué encuentran en nosotros? ¿Vino bueno o uvas verdes? 

Todos caemos en el error de los jornaleros: la actitud estéril de calcular y tomar lo que la viña (que es el Estado, la Iglesia, el grupo, la familia, la comunidad) y los demás nos pueden dar. En lugar de preocuparnos por lo que nosotros podemos aportar, hacer nacer y madurar. 

Nos arrogamos el papel de vendimiadores, en lugar del de servidores de la vida. Es más, mi verdadero papel es el de una pequeña vid, de un sarmiento injertado en Cristo, llamado a dar fruto, sin contar, por el bien y la alegría de los demás. 

El sabor profundo de este fruto lo expresa Isaías: «Esperaba justicia, aguardaba rectitud, no más gritos de oprimidos, no más sangre». El fruto que Dios espera es una historia que ya no genere oprimidos, sangre, injusticia ni rostros humillados. 

«¿Qué hará el dueño de la viña, tras el asesinato de su Hijo?» La solución propuesta por los judíos es lógica: una venganza ejemplar, nuevos jornaleros, nuevos tributos. Su idea de justicia es dar un paso atrás, volver a la situación anterior al crimen, manteniendo intacto el ciclo inmutable del dar y el recibir. 

Pero Jesús no está de acuerdo e introduce la novedad propia del Evangelio. El sueño de Dios no es el tributo pagado, sino una viña que ya no madure racimos rojos como la sangre y amargos como las lágrimas, sino racimos rebosantes de sol y de luz. 

Por eso ha venido Jesús, vid y vino de fiesta. En Él me afianzo, en Él me injerto, de Él me sacio, de Él disfruto. Crezco en Él, que llena de vida los caminos del mundo y de buen vino las jarras de Caná. 


III
 

¿Qué más tenía que hacer en mi viña que no haya hecho ya? 

Es hermosa esta imagen de Isaías de un Dios apasionado, que hace por mí lo que nadie hará jamás; un Dios labrador que, como todo labrador, dedica a la viña más corazón y más cuidados que a cualquier otro campo. 

Dios siente por mí una pasión que ninguna decepción apaga, que nunca se queda sin maravillas, que vuelve a asaltar mi corazón tras cada rechazo mío. 

En primer lugar, antes de cualquier acción, quiero detenerme en esta experiencia: sentir que soy una viña amada, dejarme amar por Dios. No soy más que una vid diminuta, pero a mí, precisamente a mí, Dios no quiere renunciar. 

El fruto que Dios espera es como el de la vid: si cada árbol se preocupara solo de sí mismo, solo de reproducirse, bastarían unas pocas semillas cada muchos años, un solo fruto. 

En cambio, cada otoño, hay una abundancia de frutos, una magnífica generosidad ofrecida a todos, al hombre, al pequeño insecto, a la tierra nutricia: la generosidad de la naturaleza es un modelo para el corazón del hombre. 

Pero la parábola avanza en un ambiente de amargura y violencia. Me parece intuir su origen en las palabras de los jornaleros, insensatas y brutales: «Este es el heredero, ¡venid, matémoslo y nos quedaremos con la herencia!». 

Escuchan esa voz primordial y brutal que dice: ocupa el lugar del otro, elimínalo y tendrás su campo, su casa, su mujer, su dinero. Sé el más fuerte, el más cruel, el más astuto y serás tú el jefe. 

Este es el origen de todas las vendimias sangrientas de la tierra. 

«¿Qué hará el dueño de la viña tras el asesinato de su hijo?» 

La solución propuesta por los judíos es lógica: una venganza ejemplar, nuevos jornaleros, nuevos tributos. Su idea de justicia es hacer retroceder las cosas un paso, hasta antes del crimen, manteniendo intacto el ciclo inmutable de dar y recibir. 

Jesús no está de acuerdo: el Reino de Dios se entregará a un pueblo que produzca sus frutos. El sueño de Dios no es el tributo finalmente pagado, ni la pena cumplida, ni las cuentas cuadradas, sino una viña que ya no madure racimos rojos como la sangre y amargos como las lágrimas, sino racimos cálidos como el sol y rebosantes de luz. 

Más allá de la metáfora, Dios sueña con una historia que no sea una guerra por las posesiones, una batalla por el poder, sino una vendimia de generosidad y paz, racimos de justicia y honestidad. Y tal vez incluso granos de Dios entre nosotros. 

La visión de Jesús es positiva: la historia eterna del amor de Dios y de mi traición no se resuelve en una derrota; mi pecado no frustra el plan de Dios. 

El desenlace de la historia será bueno, la viña será generosa en frutos, el Señor no desperdiciará los días de la eternidad en venganzas. 


IV
 

El hombre del campo, nuestro Dios campesino, mira su viña con ojos de amor y la rodea de cuidados: ¿qué más podía hacer por ti que no haya hecho ya? Canto de amor de un Dios apasionado, que hace por mí lo que nadie hará jamás. 

¿Qué cosecha espera el Señor? Isaías: «Esperaba justicia, esperaba rectitud, ¡no más gritos de oprimidos, no más sangre!». El fruto que Dios espera es una historia que ya no genere oprimidos, sangre e injusticia, huidas desesperadas y naufragios. 

En los viñedos es tiempo de vendimia. Para nosotros lo es cada día: vienen personas, buscan pan, el Evangelio, justicia, valor, un rayo de luz. ¿Qué encuentran en nosotros? ¿Vino bueno o uvas verdes? 

La parábola avanza, sin embargo, hacia un horizonte de amargura y violencia. En contraste con la bajeza de los jornaleros, emerge la grandeza del Dios campesino, un Señor que no se rinde, que nunca se queda sin maravillas, que no nos abandona y que, tras cada rechazo, vuelve a asaltar el corazón con nuevos profetas y siervos, y finalmente con el Hijo. 

«¡Este es el heredero, matémoslo y la herencia será nuestra!». La parábola es clara: la viña es Israel, los labradores codiciosos son las autoridades religiosas, que matarán a Jesús tachándolo de blasfemo. 

El motivo es el mismo: el interés, el poder y el dinero, ¡quedarse con la cosecha y la herencia! 

Es la voz oscura que grita en cada uno: sé el más fuerte, el más astuto, no te preocupes por la honestidad, y serás tú el jefe, el rico, el primero. Esta embriaguez por el poder y el dinero es el origen de todas las vendimias de sangre de la tierra. 

¿Qué hará el dueño? La respuesta de las autoridades se ajusta a la lógica judicial: una venganza ejemplar, nuevos jornaleros, nuevos tributos. Su idea de justicia se basa en eliminar a quien se equivoca. Jesús no está de acuerdo. Él no habla de matar, nunca; su objetivo es hacer que la viña dé fruto: se entregará a un pueblo que produzca frutos. 

La historia eterna de amor y traiciones entre Dios y el hombre no concluirá ni con un fracaso ni con una venganza, sino con la oferta de una nueva oportunidad: entregará la viña a otros. 

Entre Dios y el hombre, las derrotas solo sirven para resaltar aún más el amor de Dios. 

El sueño de Dios no es ni el tributo finalmente pagado (ya no habla de ello) ni la condena a un castigo ejemplar para quien ha errado, sino una viña, un mundo que ya no madure racimos rojos como la sangre y amargos como las lágrimas, que no sea una guerra perpetua por el poder y el dinero, sino que madure una cosecha de justicia y paz, la revolución de la ternura, el triple cuidado de uno mismo, de los demás y de la creación. 


V
 

Jesús amaba los viñedos, debía conocerlos muy bien y seguramente también había trabajado en ellos. Los observaba con ojos de amor y de ahí surgían las parábolas; los Evangelios recogen nada menos que seis. 

Y adoptó la vid como su propio símbolo («Yo soy la vid y vosotros los sarmientos», Jn 15,5) y al Padre le dio el nombre y la imagen de viñador (Jn 15,1). 

Lanza del Vasto tituló uno de sus libros con esta imagen visionaria: «El arca tenía una viña por vela». El arca de nuestra historia, la que salva a la humanidad, el arca que flota sobre las aguas de estos diluvios incesantes y las atraviesa, es impulsada por una vela que es Cristo-vid, de la que todos somos sarmientos. Juntos captamos el viento de Dios, el viento del futuro. Nosotros somos la vela, Dios el viento. 

Pero Jesús nos habla de una viña con una vendimia de sangre y traición. La parábola es clara. La viña es Israel, somos nosotros, soy yo: todos juntos esperanza y decepción de Dios, hasta las últimas palabras de los jornaleros, insensatas y brutales: «Este es el heredero; ¡venid, matémoslo y quedémonos con la herencia!». 

El motivo es tener, poseer, tomar, acumular. Esta embriaguez por el poder y el dinero es el origen de las vendimias de sangre de la tierra, «raíz de todos los males» (1 Tim 6,10). 

Y, sin embargo, ¡qué reconfortante es ver que Dios no se rinde, que nunca se queda sin maravillas y que, tras cada traición, vuelve a asaltar el corazón con otros profetas, con nuevos siervos, con el Hijo y, por fin, incluso con las piedras desechadas! 

La parábola concluye: «¿Qué hará el dueño de la viña tras el asesinato de su Hijo?». 

La solución propuesta por los judíos es lógica: una venganza ejemplar y luego nuevos labradores que paguen lo que le corresponde al dueño. Jesús no está de acuerdo; Dios no desperdicia su eternidad en venganzas. 

Y, de hecho, introduce la novedad propia del Evangelio: la historia perenne del amor y la traición entre el hombre y Dios no concluye con un fracaso, sino con una viña nueva. 

«El reino de Dios será entregado a un pueblo que produzca sus frutos». Y hay un gran consuelo en estas palabras. 

Mis dudas, mis pecados, mi campo estéril no bastan para interrumpir la historia de Dios. Su proyecto, que es un vino de fiesta para el mundo, es más fuerte que mis traiciones, y avanza a pesar de todas las fuerzas contrarias; la viña florecerá. 

Lo que Dios espera no es que finalmente se pague el tributo o se cumpla la pena, sino una viña que ya no dé racimos rojos como la sangre ni amargos como la tristeza, sino racimos cálidos como el sol y dulces como la miel; una historia que no sea una guerra por las posesiones, ni batallas por el poder, sino que produzca una vendimia de bondad, un fruto de justicia, racimos de honestidad y, tal vez, incluso granos o gotas de Dios entre nosotros. 


VI
 

Jesús amaba los viñedos: habló de ellos, en seis ocasiones, como parábolas del Reino; vio en ellos un símbolo fuerte y dulce («Yo soy la vid y vosotros los sarmientos», Jn 15,5); y describió al Padre como un viticultor («Yo soy la vid verdadera y el Padre es el viñador», Jn 15,1). 

Pero el Evangelio nos habla de una vendimia de sangre. Una parábola dura, que preferiríamos no haber escuchado, sombría, con personajes malvados, casi feroces, y esto se debe a que la realidad que rodea a Jesús se ha vuelto cruel: está hablando a quienes preparan su muerte. 

El horizonte de amargura y violencia hacia el que se dirige la parábola ya es evidente en las palabras de los labradores, insensatas y brutales: «Este es el heredero; venid, matémoslo y la herencia será nuestra». 

¿Pero qué manual de derecho civil han leído jamás? Está claro que no es el derecho lo que les inspira, sino esa fuerza primordial y brutal, originaria y estúpida, que nos susurra: debes dominar al otro, ocupar su lugar, y entonces tendrás su campo, su casa, su mujer, su dinero. 

Qué diferente es Dios, que, tras cada traición, vuelve a enviar siervos, otros profetas y, finalmente, a su Hijo; que nunca se queda sin sorpresas ni esperanza: «¿Qué más debía hacer en mi viña que no haya hecho ya?» 

Yo, nosotros, somos la viña y la decepción de Dios, y Él, agricultor apasionado, sigue haciendo por mí lo que nadie hará jamás. Hasta el giro de la historia: al final, ¿qué hará el señor de la viña? 

La solución propuesta por los líderes del pueblo es trágica: matar de nuevo, acabar con los jornaleros deshonestos, arreglar las cosas recurriendo a una dosis mayor de violencia. Venganza, muerte, fuego del cielo. 

Pero no sucederá así. Este no es el rostro, sino la máscara de Dios. 

De hecho, Jesús introduce la novedad propia del Evangelio: la historia de amor y traiciones entre el hombre y Dios no concluirá con un fracaso, sino con una viña viva y un nuevo comienzo lleno de confianza: «Por eso os digo: el Reino de Dios será entregado a un pueblo que produzca sus frutos». 

Encuentro en estas palabras un gran consuelo: siento que mis dudas, mis pecados, mi esterilidad no frenan la historia de Dios; ese sueño suyo de buen vino sigue avanzando de todos modos, nada lo detiene. 

La viña dará su fruto, porque aún hay quienes sabrán defenderla y hacerla fructificar. Están ahí, están surgiendo, nacen por todas partes, y Él sabe verlos: buenos jornaleros que custodian la viña en lugar de saquearla, que sirven a la humanidad en lugar de servirse de ella. Los guardianes de la fecundidad. 

En la viña de Dios es el bien el que revoca el mal. La vendimia de mañana será más importante que la traición de ayer. Los racimos rebosantes de jugo y de sol redimirán incluso la esterilidad de estos inviernos nuestros, ansiosos de luz. 


VII
 

La parábola es a la vez sombría y transparente: la viña es Israel, el mundo, soy yo. Una viña que produce uvas silvestres, en Isaías; una vendimia de sangre, en Mateo. Yo soy la viña y la decepción de Dios. 

La parábola es dura y se encamina hacia un desenlace sangriento, ya evidente en las primeras palabras de los jornaleros, insensatas y brutales: «¡Este es el heredero, matémoslo y la herencia será nuestra!». 

Pero también es una rendija en el corazón de Dios: Jesús amaba las viñas, como ya lo habían hecho los profetas, y esto se entiende desde el principio: un hombre, con gran esmero, plantó, rodeó, cavó, construyó. 

Jesús observa al hombre del campo, nuestro Dios labrador: lo ve mientras contempla su viña con ojos de enamorado y la rodea de cuidados. 

Luego, los profetas entonan el lamento del amor defraudado: «El guardián se ha convertido en depredador» (Laudato si’), pero al mismo tiempo narran la pasión indomable del Dios de las viñas, que no se rinde, que nunca se queda sin maravillas, que por tres veces, tras cada decepción, reanuda su asedio al corazón, con nuevos profetas, nuevos siervos, incluso con su propio hijo. 

¿Qué más podía hacer por ti que no haya hecho ya? Palabras de un Dios apasionado y triste, que sigue haciendo por mí lo que nadie hará jamás. 

Hasta el giro decisivo del relato: al final, ¿qué hará el señor de la viña? La respuesta de los jefes es trágica: seguir con la misma lógica, matar, eliminar a los asesinos, recurrir a una violencia aún mayor. Venganza, muerte, más sangre. 

Pero no sucederá así. Este no es el rostro, sino la máscara de Dios. 

La parábola no concluye en el desamor ni en la venganza, sino en una confianza inmotivada, unilateral, asimétrica, porque entre Dios y el hombre las derrotas solo sirven para resaltar aún más el amor. 

La viña de Dios será entregada a un pueblo que produzca sus frutos. Y entonces volverá a empezar la cuenta, y el riesgo, de la esperanza. Así es nuestro Dios: en Él, el lamento nunca prevalece sobre el futuro. 

Hay un pueblo, hay un hombre, sin duda está naciendo, quizá ya esté en acción, alguien capaz de hacerla fructificar. Hay, y están surgiendo, en mil pequeños viñedos secretos, buenos cultivadores que custodian la viña en lugar de saquearla, que ponen su propio yo al servicio de la humanidad, en lugar de poner a los demás al servicio de su propia vida. 

Son los guardianes de nuestro futuro. Saben producir esos buenos frutos que Isaías enumera: esperaba justicia, aguardaba rectitud, ya no más gritos de oprimidos, ya no más sangre. El profeta sueña con una historia que no sea una guerra por las posesiones ni una batalla por el poder, sino una vendimia de justicia y paz, en la que el rostro de los hijos de Dios ya no sea humillado. 

El Reino comienza con estos granos de Dios, como pequeños racimos de Dios entre nosotros. 


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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