martes, 10 de febrero de 2026

Educar la mirada.

Educar la mirada

 

«Si deseas ver los valles, sube a la cima de la montaña.

Si quieres ver la cima de la montaña, eleva tu mirada por encima de las nubes.

Pero si buscas comprender las nubes, cierra los ojos y piensa»

- Gibran Kahlil Gibran - 

Antes de proceder a la lectura, te invito a que veas un vídeo. No llega a 5 minutos. Es un vídeo de hace unos años y que a mí me causó y me sigue causando una honda impresión: https://www.youtube.com/watch?v=cn2K0D6WvZ4 

¿Qué te ha sugerido? 

Mirar no siempre significa ver. La vista es un acto fisiológico, es uno de los cinco sentidos con los que estamos dotados materialmente. Todos pueden mirar, pero pocos logran ver. 

Y si no se ve, ¡poco se puede hacer! No basta con ir al oftalmólogo o cambiar de gafas. 

Ver es algo que va más allá de los sentidos, involucra la psique, la mente y el alma: es la búsqueda del significado profundo de las cosas y de nuestras propias experiencias. 

Solo vemos lo que estamos preparados para ver, cuando miramos sin oscurecimientos ni distorsiones. 

«¿Cómo puedes ver todo tan claramente?», preguntó un alumno a su maestro. «Cierro los ojos», respondió este. 

Hay quienes miran y no ven, y hay quienes ven sin mirar. 

La realidad externa (lo que hay fuera de nosotros) es solo una representación de lo que vemos dentro. 

Para mirar más allá de lo que nos aparece, para ver en profundidad, hay que ser capaz de penetrar en el interior (en), de entrar en las cosas, ya sean la naturaleza, las cosas de la vida u otras personas. 

Vemos, pues, lo que estamos dispuestos a sentir. 

Solo sintonizando el mirar, el ver y el sentir podemos atravesar el mundo con conciencia. Esto significa, en esencia, experimentar la vida y ampliar nuestra conciencia. 

La plena conciencia permite, en última instancia, experimentar el sentido de cohesión interna y la integración del Ser. La realidad externa se conecta finalmente con nuestro mundo interno. 

«Afortunadamente, el alma tiene un intérprete, a menudo inconsciente, pero fiel: la mirada» - Charlote Brontë -. 

Es como si los ojos escucharan al mundo, mientras que la mirada habla, interpreta y expresa nuestra alma. Los ojos son la puerta del alma. 

Cuando lloramos, es evidente que nuestro corazón llora: los ojos expresan nuestros sentimientos. 

Sin embargo, el alma encuentra más espacio para expresarse en el silencio que en el ruido del mundo. 

«El alma de una persona se esconde en su mirada. Por eso tenemos miedo de que nos miren a los ojos» - Jim Morrison -. 

A menudo, de hecho, no soportamos la mirada del otro, bajamos los ojos, más que para no penetrar en el otro, nos retraemos por miedo, vergüenza o pudor de revelar nuestra intimidad. 

Parecemos confirmar el lugar común según el cual los ojos y la mirada son el paso secreto hacia el alma. La mirada del otro, si traspasa la pantalla de la nuestra, sería capaz de «ver» dentro de nosotros, nuestro yo interior. 

Algunas veces pienso que a través de los ojos podemos expresar, más allá de las palabras, la autenticidad, el asombro, el placer o, por el contrario, el cierre, la negación o el miedo. 

Siempre y cuando el otro esté dispuesto a captar en nuestras miradas la riqueza de nuestra interioridad. 

«Me he pasado la vida mirando a los ojos de la gente. Es el único lugar del cuerpo donde quizá aún exista un alma» - José Saramago -. 

El hecho es que no siempre quien mira es capaz de ver todo lo que realmente se quiere revelar. 

Nuestro viaje terrenal se convierte en un descubrimiento continuo si no nos conformamos con buscar superficialmente cada vez más cosas materiales, sino que sabemos vislumbrar lo inmaterial que nos sucede, con ojos siempre nuevos y penetrantes. 

«La visión es la capacidad de ver lo invisible. Si se consigue ver lo invisible, es posible obtener lo imposible» - Shiv Khera -. 

Hay un aspecto más, además de mirar y ver. El mayor don que ha recibido el hombre probablemente no es el don de la vista, sino el de la visión. 

«La vista es una función de los ojos, la visión es una función del corazón… porque el mayor regalo que Dios le dio al ser humano no es el don de la vista, sino el don de la visión» - Myles Munroe -. 

Tener una visión, una perspectiva clara, un horizonte amplio, es más necesario que nunca en la vida. Sin visión, arrastramos una existencia lastrada por la pesadez de las tareas cotidianas. 

La visión da sentido a la vida. 

La visión es la capacidad de ver lo invisible, de mirar más allá del horizonte de lo visible. 

Quien tiene una visión es capaz de ver lo que los demás no ven. 

De hecho, solo el visionario puede construir lo que los soñadores apenas se atreven a imaginar. 

La visión implica en sí misma la acción, la construcción de puentes que trascienden el pasado y, desde el presente, conducen hacia el futuro. 

Una visión sin acción no es más que un sueño. La acción sin visión puede convertirse en un ajetreo sin impulso, en un esfuerzo infinito, en una pesadilla. 

«Prefiero ser un soñador entre los más humildes, con visiones que realizar, que el príncipe de un pueblo sin sueños ni deseos» - Gibran Kahlil Gibran -. 

El visionario es aquel que aspira a construir lo que ha visto, yendo a contracorriente y más allá de las renuncias comunes de aquellos que se aferran a las precarias certezas del presente. 

Es aquel que es capaz de hacer realidad los sueños antes de que la siguiente puesta de sol los haga desaparecer del horizonte. 

«Tu visión se vuelve clara cuando miras dentro de tu corazón. Quien mira hacia fuera, sueña. Quien mira hacia dentro, despierta» - Carl Gustav Jung -. 

Acabo ya. Y lo hago con otro vídeo de 5 minutos - ‘Mírame a los ojos’ -: https://player.vimeo.com/video/191175863?h=7bc27b0b54%22 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Posdata: Tal vez algún día se pudiera escribir otro Evangelio. El Evangelio de las miradas de Jesús.

lunes, 9 de febrero de 2026

¿Quieres curarte? - San Juan 5, 1-16 -.

¿Quieres curarte? - San Juan 5, 1-16 -

¿Quieres curarte?

 

Es la pregunta que el Señor Jesús nos plantea a cada uno de nosotros. Todos vivimos, al igual que el paralítico, cerca de ese lugar llamado Betesda, que significa «casa de la misericordia». Ese hombre vive en esa casa, pero en realidad parece excluido de la posibilidad de que se le tenga misericordia.

 

En esa casa hay un tipo de humanidad que Juan resume en tres categorías: ciegos, cojos y paralíticos. Estas tres categorías son una representación de la condición real del ser humano al que se dirige Jesús: predominan la ceguera, la falta de libertad de movimiento y la parálisis.

 

¿Quieres curarte?

 

A primera vista, parece una pregunta obvia, como preguntarle a un hambriento si quiere comer. Sin embargo, si lo pensamos bien, no es una pregunta retórica. De hecho, no pocas veces el dolor, la soledad y el abandono nos obligan a entrar en una especie de letargo del que es difícil salir.

 

Hay muchas cosas que nos bloquean y nos impiden volver a caminar: ansiedades, preocupaciones, inquietudes. Ese hombre había convertido su enfermedad en una excusa para no asumir ninguna responsabilidad: no en vano culpa a otros de la prolongación de su enfermedad. Es la enfermedad la que «lo hace ser»: la pretensión de ser ayudado es más fuerte que la voluntad de curarse.

 

El hombre enfermo del Evangelio está resignado, desanimado, tan consciente es de su impotencia. No hay ninguna oración en su boca, ninguna petición, ninguna invocación. Quizás ni siquiera sabe quién es ese hombre que tiene delante.

 

Jesús no se detiene ante estas resistencias, llama con insistencia para que se le abra el corazón: ¿quieres curarte?

 

Ese hombre necesitaba a alguien que lo sacudiera de su apatía y lo obligara a asumir la libertad de salir de su victimismo.


No tengo a nadie... es un hombre solo. No tiene a nadie que le ayude a conseguir la tan ansiada curación. Ningún punto de referencia. Sin embargo, no abandona ese pórtico: sigue asistiendo al ondular de las aguas y viendo a otros más afortunados que él.

 

Todo esto desde hace treinta y ocho largos años. Abandonado por todos, creía estar abandonado incluso por Dios. Alrededor de esa agua hay gente suspendida en una tradición y prisionera de la competencia. ¡Cuántas promesas vacías! ¡Cuántos años llevo yo también parado al borde de una piscina esperando que pase algo!

 

Jesús conoce su condición y por eso se acerca a él y le pregunta: ¿Quieres curarte?

 

¿O quieres seguir aferrado a una tradición que te permite sobrevivir, pero te mantiene en tu parálisis?

 

Es el único caso en el que Jesús va a buscar a un enfermo: normalmente se los llevaban a él. Se acerca a quien pensaba que estaba definitivamente excluido del corazón de Dios. Tanto le importa a Dios que, por él, Jesús pondrá en peligro su propia existencia.

 

El paralítico no tarda en responder que sus expectativas se han visto defraudadas desde hace tiempo: esa agua que tiene ante sí promete una curación que nunca llega, al menos para él. Ese hombre tendrá que comprender que hay otra agua con la que dejarse lavar y que está a su disposición solo si realmente lo desea.


Levántate... confía en mí, que he venido a buscarte, abandona todo lo que te mantiene atrapado, da el salto.

 

Toma tu camilla... rompe una ley de muerte que condena a un rito y a la observancia de una regla vacía.

 

Camina... que tu horizonte sea el camino y ya no esta piscina. Aprende a conocer la vida.

 

No te está permitido... Es extraño decirlo: parecen prevalecer el miedo y el vínculo con una tradición. Nada puede hacer frente a aquellos que, para permanecer fieles a una ley que ya no es para la vida, eligen una adhesión formal a Dios en lugar de dejarse interpelar por lo nuevo que el Espíritu está suscitando.

 

Los judíos, de hecho, ven en el gesto de Jesús la violación del sábado y no la curación de un hombre. Les llama más la atención esa camilla bajo el brazo que el hecho de que ese hombre camine. No pueden admitir que ese hombre pueda ser para ellos una oportunidad de curación: prefieren permanecer en su parálisis.

 

¿Quieres curarte?

 

Esta pregunta atestigua a un Dios que se encuentra en el umbral de la puerta de nuestra vida, suplicando que le necesitemos. De hecho, es él quien toma la iniciativa.

 

Aunque quizá no necesitemos salud física, todos necesitamos una curación interior.

 

Pero no es fácil reconocerlo y, como el paralítico, ponemos mil objeciones que se resumen en una sola: siempre soy el último en llegar. Jesús repite: no importa. Eso no es lo que cuenta. ¿Qué quieres?

 

Esa pregunta se nos repite para que tomemos conciencia de nuestra impotencia estructural, pero también del hecho de que toda nuestra capacidad reside en el deseo que habita en nuestro corazón.

 

Él tiene el poder de venir a nuestro encuentro si aceptamos no retroceder ante las limitaciones que nos imponen nuestras condiciones de vida personales, limitaciones que a menudo reprochamos y tras las cuales no pocas veces nos escondemos.


¿Quieres curarte?

 

Es decir, ¿estás dispuesto a tomar conciencia de tu verdadera condición?

 

Lo que importa, lo que puede significar un posible cambio, es reconocer que necesitamos a Jesús. Si esto es cierto, no hay obstáculos que nos detengan: también nosotros podemos levantarnos. Ningún límite puede vencer las palabras de Jesús.

 

Hay una necesidad en nuestro corazón, hay una carencia que solo él puede llenar. Y no hay piscina que pueda hacerlo.

 

La pregunta de Jesús nos invita, por tanto, a no maldecir el hecho de sentirnos necesitados o carentes. Esta carencia y esta necesidad, que a veces vuelven con imperiosidad, no pueden satisfacerse de manera improvisada. El antídoto es solo el Señor Jesús.

 

Y tú, ¿quieres curarte?


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Dar la palabra al magisterio de los enfermos.

Dar la palabra al magisterio de los enfermos

El obstáculo se convierte en oportunidad, el impedimento en ocasión.

 

Captar la belleza de la vida precisamente allí donde parece revelar solo dificultad y dolor: esta capacidad es lo que Dios sigue revelando a los pequeños.

 

Hay una revelación continua de Dios que se puede ver y reconocer en muchos gestos que para nosotros tienen todo el carácter de lo absurdo. 


Y los pequeños y los pobres son capaces de reconocer esa revelación.

 

Cuánta sabiduría hay en la vida de personas que no han hecho más que ponerse en la escuela de la vida.

 

En esta escuela hay que aprender, por tanto, ante todo, a estar en contacto con los límites.

 

Jesús nos invita a aprender de su capacidad de percibir el estilo sorprendente de Dios: «Dios ha elegido lo que en el mundo es débil» (1 Cor 1,26 ss.).

 

Y así, lo que podía parecer prerrogativa de algunos —los sabios— se ha compartido con otros —los pequeños—.

 

Un Dios convertido al encanto de la pequeñez.

 

Los pequeños, hombres y mujeres que, aunque no conocen el lenguaje teológico, viven una relación particular con el Padre, hecha de mirada sabia y de corazón capaz de confiar y entregarse.

 

Los pequeños capaces de comprender los misterios del reino, es decir, cómo funcionan las cosas de la vida.

 

¿Quiénes son los pequeños a los que Dios sigue poniendo en la cátedra, maestros de los que debemos ser oyentes y discípulos? ¿A quién y a qué estamos llamados a conceder el derecho a la palabra, primero en nosotros mismos y luego a nuestro alrededor?


En la escuela de la mansedumbre y la humildad, en la escuela de la pequeñez, en la escuela de la humilde medida de Dios.

 

Una escuela hacia la que nos corresponde dar los pasos: «Venid a mí...». Para aprender lo que inmediatamente reconocemos que no nos pertenece.

 

Y la invitación se dirige a quienes se reconocen fatigados, es decir, agobiados por la preocupación por muchas cosas. Fatigados son aquellos que están a punto de ceder ante las dificultades que encuentra la esperanza. A ellos se dirige la llamada a seguirle.

 

Mansedumbre, humildad, pequeñez que hay que aprender: «aprended de mí...».

 

La mansedumbre, dejar que el otro sea lo que es; la humildad, la justa consideración de sí mismo que se abre para dar espacio al otro, una grandeza que se contrae, al estilo de Dios, que llega incluso a considerar al otro superior a sí mismo.

 

La pequeñez, la medida humilde de Dios. Dios devuelve la palabra al pequeño, que se convierte, por tanto, en la nueva medida de las cosas del ser humano.

 

Los pequeños, destinatarios privilegiados para captar el alcance del mensaje evangélico.

 

Espacio, pues, para los pequeños.

 

Palabra a los pequeños, a aquellos que, aunque no participan del poder, del saber o de otro título de reconocimiento, Dios les confiere la tarea de ser maestros de humanidad.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una alternativa radical - San Mateo 5, 17-37 -.

Una alternativa radical - San Mateo 5, 17-37 -


Después de enunciar, con las bienaventuranzas, las condiciones que permiten entrar en el Reino de los Cielos, Jesús profundiza ahora en el sentido de esa justicia que, ya presente entre las bienaventuranzas, designa la fidelidad obediente a la voluntad de Dios expresada en la Torá.

 

Esta palabra —justicia— que volverá a aparecer varias veces en el discurso de la montaña, invita al oyente de Jesús a una fidelidad más radical a las exigencias de la Torá misma.

 

Más radical, es decir, más auténtica, más integral, con respecto a las interpretaciones corrientes en la época de Jesús: «Si vuestra justicia no supera la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos» (Mt 5,20).

 

Por eso Jesús especifica inmediatamente que no ha venido a abolir la Torá, sino a darle plenitud y cumplimiento, y luego da algunos ejemplos de esa comprensión más radical de la Torá.

 

Jesús afirma el sentido de su misión: no ha venido a abolir, a disolver la Torá, sino a darle cumplimiento. Esta declaración fundamental impide entender las frases siguientes como una antítesis en la que Jesús se opondría a la Torá.

 

En realidad, el segundo elemento de la frase (introducido por: «pero yo os digo») revela el sentido encerrado en el primero («Habéis oído que se dijo»): por lo tanto, no suprime, sino que explica.

 

Jesús no se opone a la Escritura, sino a las interpretaciones y explicaciones de la Escritura dadas por los escribas.

 

Por lo tanto, el texto no autoriza ninguna posición sustitutiva. «Cumplir plenamente» significa tanto realizar, poner en práctica, como llenar, completar, manifestar el verdadero significado.

 

Es tan cierto que Jesús no pretende derogar la Torá que especifica que ni una iota, la letra más pequeña del alfabeto hebreo, ni siquiera el signo aparentemente menos significativo de la propia Torá —un guion— pasarán sin que «todo haya sucedido», es decir, sin que cada palabra del «está escrito» haya encontrado su cumplimiento.


Jesús toma la distinción rabínica entre mandamientos pequeños y grandes, leves y graves, y exhorta a no descuidar ni siquiera los mandamientos más pequeños, aunque, por supuesto, pide que se mantenga una jerarquía y que no se antepongan los mandamientos más pequeños a las exigencias más relevantes y decisivas de la Torá: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del eneldo y del comino, y transgredís las prescripciones más graves de la Ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad!» (Mt 23,23).

 

En cuanto a la sobreabundancia de justicia de los discípulos de Jesús con respecto a la de los escribas y fariseos, se trata evidentemente de una superación cualitativa, no cuantitativa, una superación que va en la dirección de la plenitud, de la perfección a la que Jesús exhorta a sus discípulos: «Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5,48).

 

Y de esta justicia superior se dan varios ejemplos.

 

De estos ejemplos se puede deducir que la profundización y la radicalización del sentido de los mandamientos operados por Jesús es también una profundización y radicalización de la libertad humana, que encuentra en el corazón su sede invisible y en las relaciones con los demás el lugar donde se manifiesta como responsabilidad liberadora.

 

Un apunte importante. Sacarse el ojo, cortarse la mano y echarlos, si son ocasiones de escándalo, no son directrices inhumanas que deban aplicarse literalmente, sino indicaciones realistas —expresadas con un lenguaje paradójico y deliberadamente exagerado— de una lucha que hay que librar cada día para purificar el corazón y vivir el Evangelio con mayor libertad.

 

De un modo deliberadamente exagerado Jesús expresa la necesidad de una lucha, de un duro combate contra las tendencias que llevan al hombre a actuar y a relacionarse de una manera antievangélica.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La pedagogía del corazón - San Mateo 5, 17-37 -.

La pedagogía del corazón - San Mateo 5, 17-37 - 

En el texto evangélico, la profundización y radicalización del sentido de los mandamientos operada por Jesús es una profundización y radicalización de la libertad humana, que encuentra en el corazón su sede invisible y en las relaciones con los demás el lugar donde se manifiesta como responsabilidad liberadora.

 

Así podemos entender el amplio pasaje del discurso de la montaña presentado por el texto litúrgico del Evangelio como una invitación a la conversión del corazón.

 

Y podemos ver las exigencias planteadas por Jesús como elementos del aprendizaje del amor, siendo el amor la plenitud y el cumplimiento de la Torá: Mt 22,37-40; Rom 13,8-10.

 

Y puesto que la Torá ya tiende al cambio del corazón del hombre, he aquí que en boca de Jesús el decálogo se convierte en radicalización, pero en particular se convierte en denuncia de la hipocresía:

 

1.- la hipocresía de quien no se mancha de asesinato, pero mata diariamente a su hermano con ira violenta, con palabras que transmiten desprecio y aniquilan al otro;

 

2.- la hipocresía de quienes hacen de la liturgia el velo que oculta su odio y su antipatía hacia los demás;

 

3.- la hipocresía de quienes se muestran indiferentes al hecho de que otros puedan tener algo en contra de ellos;

 

4.- la hipocresía…

 

Jesús no dice si es injusto o justo que alguien tenga algo en contra de quien está presentando la ofrenda en el altar: detrás de la injusticia (siempre de los demás) y de la justicia (siempre propia) se esconden normalmente los hipócritas que no tienen el valor de reconocer sus propios errores y sus propios horrores.

 

La hipocresía, una vez más, de quienes no cometen adulterio materialmente, pero cometen adulterio en su corazón.

 

Con la referencia al deseo - Mt 5,28 - llegamos al cumplimiento de la Torá: cuando la Torá está en el corazón del hombre, cuando habita en su deseo, ahí está el cumplimiento de la Ley.

 

Las referencias al ojo, a la mano y luego a la boca, presentes en las palabras de Jesús, encuentran su raíz en la referencia al corazón, al deseo.

 

He aquí, pues, el camino que estas palabras de Jesús quieren que recorra el creyente: el camino que conduce a la plenitud del amor.

 

Estas palabras de Jesús nos invitan a una pedagogía del corazón.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 8 de febrero de 2026

Atreverse con Dios - San Mateo 4, 1-11 -.

Atreverse con Dios - San Mateo 4, 1-11 -

Bajad el volumen de vuestros pensamientos. 

Desactivad las notificaciones de las mil cosas que tenéis que hacer. 

Intentad por un día no leer los periódicos ni navegar por las noticias en los sitios web o, incluso, intentad apagar el teléfono (esto es demasiado, lo siento). 

Y callad. 

No tengáis miedo del silencio. Es una bendición, un maná, un regalo, una ayuda. 

Al principio, desacostumbrados como estamos, solo oiréis vuestros pensamientos gritando. Incluso os darán miedo. Pero luego también se cansarán. Se calmarán. Y en el silencio, en el beneficioso silencio, comprenderéis una cosa sencilla. 

Y lograréis desenmascarar el engaño. 

Una vida no es feliz porque las cosas vayan bien. 

Sino porque tienen sentido. Un sentido. Es decir, una dirección, una orientación, un lugar al que ir. 

Entonces, tal vez, comprenderéis lo más hermoso del mundo. 

Si existe un sentido en la vida de cada uno de nosotros, y existe, está en el corazón de Dios. 

El Dios de Jesús. 

Descubrirse (vivir como) amados. 

Dejar que nuestra alma nos alcance, a nosotros, que siempre estamos huyendo. 

Para eso sirve la Cuaresma: para ver si vamos en la dirección correcta. 

O si otros eligen por nosotros. 

Si estamos haciendo de víctimas. O, finalmente, nos estamos convirtiendo en Hijos. 

Bienvenidos al desierto, por fin. 

Edén 

Porque estamos hechos a imagen de Dios, somos potencialmente obras maestras. 

Santos como Él es Santo. 

Libres como Él es Libre. 

Amantes como Él ama. 

Llevamos ese sello en el corazón. Lo llevamos como una nostalgia infinita, escondido en algún recoveco de nuestra conciencia, de nuestro inconsciente. 

Esa chispa del alma que late, si la escuchamos, nos dice: vuelve a la fuente. 

Adán y Eva, nuestros progenitores, en lugar de escuchar la voz, hacen caso a la serpiente. 

Seréis como Dios. 

Lo curioso es que es cierto. Pero ellos, como nosotros, no quieren descubrir, buscar, excavar, crecer, florecer. Creen que lo conseguirán tomando un atajo. Bebiendo una poción. Haciendo magia. Sin el esfuerzo de buscar, sin la aventura de escuchar en silencio, sin cuestionarse y cambiar, elegir, optar. 

Y así, el conocimiento se enreda. 

No tenemos estómago para acoger la inmensa complejidad del ser. Escuchamos mil voces, mil serpientes, mil promesas. 

Nos cuesta elegir. Discernir. 

Un paraíso perdido. 

Entonces… 

El paraíso reencontrado 

Entonces… Dios decide venir él mismo a indicarnos de nuevo el camino. Él sale del Edén para venir a buscarnos. Viene al desierto en el que habitamos habitualmente. Que nos habita. Un desierto caótico y contaminado, conflictivo y agresivo. Lo habita para indicarnos el camino. 

Las tentaciones que inauguran el tiempo de Cuaresma no son más que la síntesis de las elecciones que Jesús, a lo largo de toda su vida, como nosotros, tuvo que afrontar. 

Indicándonos un método. 

San Mateo resume en tres grandes temas las tentaciones y las decisiones que todo discípulo está llamado a tomar en su vida. 

La tentación del pan, la de dejar que las preocupaciones cotidianas, las angustias, ocupen todo nuestro tiempo y nuestra vida. Y cosas como el trabajo, la hipoteca, la casa, la fama, los «me gusta», que de objetos se convierten en ídolos y nos quitan el sueño. 

Estamos llamados a ser realistas, pero recordando que primero debemos buscar el Reino y todo lo demás nos será dado por añadidura. 

La tentación de un mesianismo efectista, arrollador, la fe en un Dios intervencionista, que hace milagros, que sorprende, que deslumbra. Tan buscado, por desgracia, también por muchos de nosotros que buscamos al Dios de los prodigios sin ver al Dios encarnado de las pequeñas cosas. 

La tentación del compromiso con el poder, con cualquier poder. 

El término medio como práctica para diluir el Evangelio, para hacerlo inofensivo, para hundirlo. 

El Evangelio como sal insípida, como luz oculta, como sistema adquirido, como costumbre que hay que defender. 

Un Evangelio horriblemente inútil. 

Diabolos 

Y es hábil, el diabolos, siempre tan razonable… 

Cita la Palabra, que conoce mejor que nosotros, propone a Jesús cosas razonables, plausibles, hasta de sentido común. 

Ciertamente: cuidar de su propio cuerpo, sorprender a la gente con milagros, hacer algunos acuerdos con los poderosos, religiosos y políticos de la época, habría tenido un efecto mayor que ese fuego de paja que fue su vida pública. 

Jesús eligió. No tiene la Palabra en los labios, sino en el corazón y en los gestos, en las manos y en la mirada. 

El suyo será un mesianismo libre de compromisos, que vuela alto, que entra en el corazón y en el alma. 

Alternativo. Contracorriente. 

Cuarenta días 

Israel, en el desierto, aprendió a convertirse en pueblo. 

Liberado, pero aún no libre, experimentó sus propios límites a partir del desierto. 

Jesús, impulsado por el Espíritu, utilizó ese tiempo para decidir qué tipo de Mesías quería ser.

Nosotros, ahora, aquí, para ver en qué hombres y mujeres nos hemos convertido. 

Y en qué podríamos convertirnos, si tan solo nos atreviéramos con Dios. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Educar la mirada.

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