sábado, 4 de julio de 2026

Una sencillez des-armada - San Mateo 11, 25-30 -.

Una sencillez des-armada - San Mateo 11, 25-30 -

Jesús pronuncia una oración en un momento crítico de su camino: su palabra se ha topado con la oposición de quienes deberían haberla acogido, los doctores de la ley; los milagros que ha realizado no han conmovido el corazón endurecido de muchos oyentes.

 

Jesús, en cambio, ve cómo tantos pequeños y pobres acogen su palabra; ve la disposición de los pecadores y los publicanos a dejar que su vida dé un giro radical gracias a ese mensaje lleno de liberación y alegría que les transmite al sentarse a su mesa y revelarles el perdón de Dios; ve cómo el poder que habita en él sana al hombre, liberándolo de toda esclavitud y devolviéndole la dignidad y la alegría de vivir. Jesús ve todo esto y se maravilla.

 

Y da gracias al Padre y de su corazón colmado de gratitud brota la maravillosa oración: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra… Sí, Padre, porque así lo has decidido en tu benevolencia…».

 

El Evangelio nos lleva al corazón de la revelación cristiana y a uno de los raros momentos en los que el Evangelio nos abre a la interioridad de Jesús, cuya alabanza brota al ver cumplirse el designio del Padre: «Has ocultado estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a los pequeños».

 

Jesús da gracias al Padre no tanto por el hecho de haber ocultado estas cosas a unos, como por el hecho de haberlas revelado a otros.


El énfasis no es punitivo hacia quienes no han acogido la revelación, sino de agradecimiento a Dios, que revela sus designios a los pequeños.

 

La adhesión de algunos, definidos con un término que también puede referirse a los niños pequeños, los «sin palabra», es decir, sin instrucción, es el punto de vista desde el que Jesús contempla los acontecimientos.

 

Estos sencillos, al creer en la palabra y en las obras realizadas por Jesús, han percibido en Él la revelación del Padre, y esta acción se convierte en desvelamiento y juicio del corazón de otros, cuya sabiduría intelectual y erudita se revela inconsistente ante la sencillez de los pequeños.

 

La mirada de Jesús se dirige de manera especial hacia aquellos que se esfuerzan en su camino, hacia aquellos que están abrumados por el peso de la vida, hacia aquellos que no logran percibir el rostro liberador de Dios y están agobiados por una religión opresiva que los doctores de la ley y los fariseos les habían impuesto; cargas demasiado pesadas de llevar, (cargas) tan pesadas que ellos, los guardianes de la Ley y de la fe, no estaban dispuestos a tocarlas ni siquiera con un dedo (cf. Mt 23, 1-4).

 

El Reino de Dios no se revela a los «sabios y eruditos» que se encierran en sus propias certezas, convencidos de conocer y poseer la verdad, sino a los «pequeños», que no son los ingenuos ni los ignorantes, sino los humildes, interiormente libres, capaces de escuchar, de asombrarse y de acoger.

 

En verdad, el ser y el actuar de Dios se expresan en una lógica desconcertante para el hombre, y sobre todo para quien busca a un Dios poderoso: la lógica de la humildad y la debilidad.

 

Así es, porque Dios exalta la humildad, esa disposición del corazón que libera del egocentrismo, vacía de falsas seguridades y acoge la iniciativa divina.


Cuando leo y medito las palabras: «nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelárselo», mi deseo de querer saberlo todo se calma porque aquí Jesús nos revela la forma sorprendente en que Dios se deja conocer: se nos regala la profunda experiencia de comunión que habita incesantemente en el corazón del Hijo en su relación con el Padre y que llena de intensa compasión la mirada de Jesús hacia una humanidad cansada y oprimida.

 

Un «conocimiento» de la Sabiduría divina que no es fruto de un esfuerzo intelectual, sino un don de Dios que nace de la voluntad del Hijo de establecer con nosotros una relación íntima, que nos brinda la posibilidad de entrar y «conocer» el lugar donde habita Dios.

 

Por desgracia, sabemos cuántas veces la pretensión, la suficiencia y la arrogancia que habitan en nuestro corazón nos impiden entrar en el lugar donde habita Dios, un lugar donde se exige una humildad radical, la sencillez de quien no opone defensas ni resistencias al amor de Dios.

 

La mirada de Jesús, llena de la compasión de Dios, llega siempre a cada persona.

 

Y nosotros, que deseamos ser sus discípulos, estamos invitados a situarnos entre esos pequeños a quienes solo se les abre la comprensión del Reino, de la propia vida de Dios, del amor del Padre y del Hijo.

 

Estamos invitados a volver a ser pequeños y a convertir nuestra vida a la pequeñez evangélica.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Aprended de mí a haceros pequeños - San Mateo 11, 25-30 -.

Aprended de mí a haceros pequeños - San Mateo 11, 25-30 -

Mantener la coherencia entre todas las partes de un relato evangélico no siempre resulta fácil.

 

Sin duda, resulta muy cómodo cuando se nos cuenta una parábola, que quizá ya hayamos oído otras veces, porque nos da la impresión de poder clasificarla y definirla con claridad dentro de esquemas preestablecidos que ya conocemos.

 

Resulta más difícil cuando la enseñanza de Jesús parece seguir un camino propio, a través de un conjunto de frases inconexas, no solo por el contenido, sino también por el tono, muy diferentes unas de otras.

 

Este Evangelio comienza con una alabanza al Padre, pasa por una descripción estrictamente teo-lógica de la relación entre el Padre y el Hijo, y concluye con una invitación al descanso.

 

¿Cómo se puede dar coherencia a todo esto? ¿Es posible identificar un hilo conductor sutil?

 

El pasaje comienza con la alabanza de Jesús al Padre, que ha revelado «estas cosas» a los pequeños. ¿Qué cosas?

 

Si leemos lo que precede a este relato, Jesús ha hablado del destino de quienes acogen su anuncio y, sobre todo, de quienes no lo acogen. Esto es lo que ha revelado el Padre: su designio de amor y salvación.

 

Pero, ¿a quién se lo ha revelado? Jesús habla de los pequeños. Sin embargo, resulta curioso que, inmediatamente después, se diga que «nadie conoce al Padre sino el Hijo».

 

Y es que es precisamente el Hijo el primero en poder recibir la revelación del Padre y, por lo tanto, es el Hijo el primero en ser contado entre los pequeños.

 

Por eso Jesús comienza su discurso con una alabanza: es la alabanza de los pequeños, de aquellos que han recibido la revelación del Padre a través del Hijo.


Pero… ¿a quién querrá revelar estas cosas el Hijo? ¿A quién querrá hacer partícipe de su alabanza?

 

Evidentemente, a aquellos que están invitados: el yugo del Hijo es su alabanza, su consuelo es la relación con el Padre. Estos son los pequeños: aquellos que aprenden a ser «mansos y humildes de corazón», tal y como Jesús, tal y como el Hijo.

 

Y ¿qué significa todo esto hoy en día? ¿Quiénes son los pequeños y, sobre todo, por qué se les contrapone a los sabios y a los eruditos, y no, por ejemplo, a «los grandes»?

 

En el centro de todo el discurso está la revelación del Padre, está el aceptar el yugo del Hijo, está el compartir un canto de alabanza.

 

El pequeño, aún hoy, es aquel que se pone a escuchar a Jesús, aquel que se deja instruir por Él sobre el Padre, sobre la humildad, sobre la alabanza. Solo así se puede encontrar consuelo, no en el propio conocimiento ni en el propio saber.

 

Esta es una sugerencia especialmente relevante para nosotros hoy.

 

La grandeza de la que hay que huir no es solo aquella llamativa y soberbia que vemos cada día a nuestro alrededor, sino también aquella más sutil y silenciosa que se esconde tras los libros leídos, las páginas escritas y los discursos pronunciados y que, como nos dice Jesús, nos aleja del Padre, si no aprendemos, una y otra vez, a hacernos pequeños, a ponernos a escuchar.

 

Hay una relación que nos espera, que desea acogernos y a la que estamos invitados.

 

No es algo en lo que entremos por la fuerza, ni siquiera con nuestras propias fuerzas, por muy grandes que sean las del pensamiento o del conocimiento.

 

Mansos y humildes de corazón: solo así podemos tomar ese yugo que nos da descanso, ese «peso» que realmente nos eleva.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Dejarse sor-prender por el Dios de Jesús - San Mateo 11, 25-30 -.

Dejarse sor-prender por el Dios de Jesús - San Mateo 11, 25-30 -

El ambiente no era nada tranquilo.

 

Algunos consideraban a Jesús un blasfemo; otros llegaban a decir que realizaba prodigios en nombre de Belcebú; incluso Juan el Bautista, desde la cárcel, parecía sentir una especie de desconcierto ante un Mesías que no se correspondía del todo con la imagen que él había anunciado.

 

Incluso las instituciones más importantes, aquellas que deberían haber reconocido la novedad de Dios, permanecían básicamente indiferentes.

 

No es casualidad que, poco antes, Jesús pronuncie palabras duras contra aquellas ciudades que habían visto muchas señales y, sin embargo, no habían dado un paso en el camino de la conversión.

 

Casi parece percibir en él el amargo eco del libro de las Lamentaciones: ¿qué más debería haber hecho y no hice?

 

Ante los signos evidentes de la obra de Dios, el corazón puede endurecerse, hasta el punto de no ver ya nada, hasta el punto de decidir que esa presencia debe ser eliminada.

 

Y, sin embargo, ocurre algo inesperado.


Mientras que quienes presumen de saber no acogen, quienes están al margen muestran una disposición sorprendente: publicanos, pecadores, mujeres, enfermos, pobres, gente sin prestigio y sin voz.

 

Aquellos que no tenían motivos para jactarse se convierten en los primeros destinatarios del Evangelio.

 

No porque la pobreza o la marginación sean automáticamente garantía de fe, sino porque quien no está lleno de sí mismo aún tiene espacio para dejarse alcanzar. Quien no pretende poseer a Dios aún puede reconocerlo cuando pasa.

 

Jesús, entonces, no se deja atrapar por la amargura del rechazo, no responde con resentimiento. Al contrario, se entrega a la alabanza: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra».

 

Es una alabanza que nace en medio de una situación difícil, no al margen de ella. Jesús no alaba porque todo vaya bien, sino porque, incluso en lo que parece fracasar, reconoce al Padre en acción.

 

A eso es a lo que estamos llamados: a reconocer la acción de Dios incluso cuando se desbaratan nuestros planes.


A menudo imaginamos que Dios debe manifestarse a través de lo que es fuerte, evidente, reconocido y aprobado.

 

Jesús, en cambio, contempla al Padre que se complace en revelarse a los pequeños, no a los superficiales, ni a los ingenuos, sino a aquellos cuyo corazón está libre de la presunción de bastarse a sí mismos.

 

Los «pequeños» del Evangelio no son personas sin pensamiento, sin inteligencia. Son aquellos que acogen a Dios como compañero de sus días, como apoyo en su esfuerzo, como presencia que no humilla sino que levanta.

 

Por eso Jesús puede decir: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os daré descanso». Venid con el peso real de vuestra vida, no con la imagen ideal que querríais mostrar.

 

El cansancio del que habla Jesús no es solo físico.

 

Es el cansancio de quien lleva sobre sus hombros fatigas no expresadas, responsabilidades que agobian, decepciones que le han quitado el ímpetu, sentimientos de culpa que le impiden respirar.

 

Es el cansancio de quien ha intentado soportarlo todo solo, de quien se ha sentido juzgado, de quien se ha descubierto frágil, de quien ya no consigue estar a la altura de sus propias expectativas ni de las de los demás.

 

A estas personas, Jesús no les ofrece un sistema de pensamiento, sino a sí mismo: «Venid a mí». El consuelo cristiano no es, ante todo, la solución inmediata de los problemas, sino una relación en la que el peso de la vida ya no se lleva en soledad.


Jesús no promete una vida sin yugo; más bien dice: «Tomad mi yugo sobre vosotros». El yugo permanece, pero ya no es el yugo del miedo, del rendimiento, del orgullo, del juicio, de las apariencias. Es el yugo de quien camina con Jesús y de él aprende la mansedumbre y la humildad de corazón.

 

«Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón». Es como si Jesús dijera: no aprendáis solo mis palabras, aprended mi forma de estar en la vida.

 

Aprended de mí a no responder al rechazo con dureza; aprended de mí a no dejar que la decepción os envenene; aprended de mí a buscar la obra del Padre incluso cuando los hombres no reconocen, no comprenden, no acogen.

 

La mansedumbre de Jesús no es debilidad. Es la fuerza de quien no necesita imponerse para ser auténtico.

 

La humildad de Jesús no es renuncia a la propia dignidad. Es la libertad de quien recibe todo del Padre y no tiene que defenderse continuamente a sí mismo.

 

Por eso su yugo es suave y su carga ligera: no porque la vida se vuelva fácil, sino porque deja de ser inhumana.

 

Jesús no elimina necesariamente todo esfuerzo, pero impide que se convierta en desesperación. No elimina toda carga, pero la atraviesa con nosotros.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 29 de junio de 2026

Lugares y tiempos de la geografía de Dios.

Lugares y tiempos de la geografía de Dios 

Hay una auténtica peregrinación por la geografía del Espíritu: el Templo, el camino de Damasco, el mar de Tiberíades. 

Tres lugares distintos y alejados entre sí, en los que se lleva a cabo la obra de Dios y se revela una imagen concreta de la Iglesia. 

Nos queda por aprender la geografía de Dios, convencidos como estamos de que solo hay unos pocos lugares «de» Dios o experiencias para «hablar» de Dios. 

Cerca del Templo hay un hombre —figura que nos representa a todos— incapaz de entrar en él, y frente a él está Pedro, que le brinda la oportunidad de retomar el camino. 

La imagen de Pedro representa un rostro concreto de la Iglesia que no tiene ni plata ni oro. 

Una expresión que nos da la medida justa de la aventura de Pedro y Pablo y, con ellos, de toda la comunidad cristiana, consciente de poseer únicamente a Jesucristo, no como un patrimonio sobre el que reivindicar derechos de exclusividad, sino como un don que compartir con todos los hombres de la tierra. 

Jesucristo es lo esencial para Pedro, para Pablo, para la comunidad de los discípulos. Jesucristo, no una doctrina ni una serie de nociones, sino —como atestigua la propia etimología del nombre— el ser introducidos en la experiencia de Dios que salva. 

Así se configura la única riqueza de la que dispone la comunidad de discípulos: llevar a cabo la propia obra de Jesús de Nazaret, quien —según atestiguan los Hechos— pasó haciendo el bien y sanando a todos los que estaban cautivos del mal. Ningún poder humano, salvo el de devolver la esperanza. 

He aquí cuándo podemos reivindicar la prerrogativa de ser discípulos: solo cuando sentimos como urgente la tarea y la pasión de introducir al otro, sea quien sea, en una experiencia de vida nueva. 

El gesto de Pedro hacia el lisiado es imagen de la acción de una Iglesia que se acerca —se hace cercana— a una humanidad herida, hacia la cual prolonga los gestos de su Señor, poniéndola en condiciones de caminar con sus propias piernas y ofreciéndole la posibilidad de entrar en plena comunión con Dios. 

El paralítico curado, de hecho, descubre un acceso hasta entonces vedado: entró con ellos en el Templo caminando, saltando y alabando a Dios (Hch 3,8). 

Pedro es imagen de una Iglesia que se complace en la compañía de los hombres. Aquel hombre excluido es admitido en la compañía de Pedro y Juan: con ellos. 

En el camino a Damasco, en cambio, Pablo esboza otra imagen de la Iglesia. 

Pablo estaba anclado en una forma de entender la relación con Dios como algo que había que merecer, que había que conquistar. 

En el camino a Damasco, en cambio, se abre una nueva forma de concebir la vida y la fe, un Evangelio, precisamente, y por gracia nos hacemos partícipes de lo que Dios nos da como don. 

Testigos de una misericordia que, a su vez, hemos recibido y de la que somos deudores ante la humanidad. 

Una Iglesia consciente del don recibido: con toda razón se ha afirmado que a Dios no se le merece, sino que se le acoge tal y como a Él le ha placido manifestarse ante nosotros. Aquí se trata de la confianza recuperada. 

A Pedro, que tres veces negó a su Señor y Maestro afirmando solemnemente —¡No lo conozco!—, se le pide tres veces que exprese su amor por Jesús. Y Jesús lo hace, ante todo, apuntando alto: «¿Me amas más que estos?». Al fin y al cabo, había sido el propio Pedro quien había proclamado un amor similar, aún por someterse a la prueba de los acontecimientos: «Aunque todos te abandonaran, yo…». Y, sin embargo, ahora que los hechos registran un resultado muy distinto al de la proclamación, Pedro adopta una actitud humilde: «Te quiero». Y así por dos veces. La tercera vez, es el propio Jesús quien se pone a la altura de Pedro: «¿Me quieres?». «Tú lo sabes todo», responde Pedro, «tú lo sabes…». 

Un Dios que, para hacerme llegar a ser lo que estoy llamado a ser, me acepta tal y como soy, partiendo de mi frágil medida. 

Un amor que esta vez tendrá su prueba de fuego no en la declaración de un afecto genérico y vago, sino en el cuidado de aquellos que el Señor le confía: los más pequeños. «Si es verdad que me quieres, cuida de mis pequeños». 

A Pedro no se le concede un privilegio ni un poder, como quizá algún día hubiera deseado cuando imaginaba a un Mesías poderoso, sino la tarea de ponerse al servicio de los hermanos hasta alcanzar una disponibilidad hasta entonces impensable. 

Ninguno de nuestros lugares ni ninguna de nuestras experiencias son inadecuados para que Dios se manifieste. Quizá ya lo esté haciendo y yo no me dé cuenta. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Dos campeones de la fe.

Dos campeones de la fe

Solo la imaginación del Espíritu podía reunir a personas tan distantes entre sí.

 

Diferentes caminos de seguimiento del único Maestro, lo que demuestra que el camino de la fe es siempre personal, nunca uniformador. Benito no es Carlo Acutis, al igual que Teresa de Calcuta no es Ignacio de Loyola.

 

Pedro y Pablo: uno llamado a orillas del lago mientras se dedicaba a su oficio de pescador; el otro, llamado a salir de los excesos de su integralismo religioso. Tan diferentes que sentían el uno por el otro tanto un enfrentamiento abierto como la más sincera admiración.

 

Aunque partían de condiciones de vida muy diferentes, a ambos les une la experiencia de un Dios que, antes incluso de liberarlos de las cadenas de una prisión, los introduce en un camino de progresiva liberación del miedo, de los prejuicios y de las ideas preconcebidas que los condicionaban.

 

Dos que han conocido el esfuerzo de la fe. Al igual que cualquier hombre en la tierra.

 

Difícil creer en un Mesías contradicho, en el caso de Pedro.

 

Arduo, en el caso de Pablo, seguir anunciando el Evangelio cuando ya nadie te acompaña —ni siquiera tus hermanos en la fe— y los resultados parecen desmentir el sentido de tu obra.

 

Pedro, que sin embargo es un testigo entusiasta de la fe en Cristo en Cesarea de Filipo —en condiciones no adversas, por tanto—, la reniega en la noche de la Pasión cuando ya no reconoce a su Maestro.

 

Pablo, que en el camino de Damasco acepta ser derribado por ese Jesús al que estaba persiguiendo, pronto conocerá la marginación y el silencio antes de ser reconocido como incansable anunciador del Evangelio del Reino. La fidelidad a su Señor le habrá costado cara si, al repasar su historia, la sitúa precisamente bajo el lema de haber logrado conservar la fe.

 

¡Qué fuerza evocadora encierra el hecho de contemplar la propia existencia sin medir los resultados alcanzados, ni el consenso obtenido, ni los fracasos registrados, sino simplemente afirmando que se ha seguido siendo creyente!



Su fe les ha costado muy cara, no solo porque ambos vivirán la experiencia del martirio, sino porque se ven continuamente llamados a medirse con la revelación de un Dios que nunca puede circunscribirse a las categorías habituales de aproximación a lo real.

 

Antes de ser arrancados de un contexto de vida, Pedro y Pablo son arrancados de sus fe. Arrancados de su tradición religiosa.

 

A Pedro le costará mucho darse cuenta de que Dios no hace distinciones entre las personas. ¡Cuánto le habrá costado aceptar que el Reino de Dios pudiera estar abierto también a los no judíos! Poco después, de hecho, bajo la presión de la comunidad, se retractará incluso de lo que había sido una apertura entusiasta ante la amplitud del corazón de Dios. Será necesaria la intervención y la resistencia de Pablo para que Pedro pueda reconsiderar su postura.

 

Su recorrido geográfico por los territorios conocidos en aquella época debe interpretarse como símbolo de un itinerario al que habían accedido, ante todo, en su mundo interior, allí donde son más fuertes las resistencias a enfrentarse a lo que no se había tenido en cuenta. No se da un paso fuera de nosotros si no se está dispuesto a darlo, ante todo, dentro de nosotros. ¿Dónde tienen su origen muchas de nuestras resistencias?

 

Precisamente en el hecho de aceptar modificar su imaginario sobre Dios radica el punto de fuerza sobre el que luego se desarrolló, a pesar de la diversidad de sus caminos, su historia. Continuamente trastocadas en sus categorías de aproximación a la realidad por un Dios de lógica invertida y que querría constituir sobre ellos una comunidad cristiana como lugar de criterios invertidos: un lugar en el que los primeros son los últimos, el poder es servicio, y la traición puede incluso dar paso a una fidelidad renovada.

 

He aquí el reto que también se nos ha encomendado: llegar a reconocer en los entresijos de nuestra historia la revelación de un Dios al revés, a la que hay que dar el sí, incluso a costa de poner en juego nuestro propio sistema de pensamiento.

 

Las vidas de Pedro y Pablo, además, estuvieron marcadas por la pasión de dar razón de la esperanza que había encendido su existencia y, por eso, fueron truncadas como las de su Maestro.

 

Sus vivencias se basaban en la certeza de que Dios permanece cerca, aunque no excluya la posibilidad de que el anuncio pueda ser contradicho: «El Señor, sin embargo, ha estado a mi lado —atestigua Pablo en 2 Timoteo 4,17— y me ha dado fuerzas».

 

Hombres abandonados y juzgados (un juicio que acabará mal) y que, sin embargo, son capaces de contemplar la obra de Dios incluso cuando las circunstancias son mediocres o incluso adversas, sin rendirse nunca a la venganza.

 

No son personas que imparten una doctrina, sino hermanos dispuestos a ser, con su vida, un signo de la irrevocable cercanía de Dios a cada hombre. Así es la comunidad cristiana: un signo de la cercanía de Dios. También en nuestro tiempo, también para mí, que soy un hombre.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 28 de junio de 2026

My way - A mi manera -.

My way - A mi manera -

Te invito a escuchar esta interpretación de Frank Sinatra con subtítulos en castellano: https://www.youtube.com/watch?v=JN9xkgnZi4M 

Y ahora que el final se acerca, me enfrento al último telón… Amigo mío, lo diré claramente: te cuento cuál es mi situación, de la que estoy seguro. 

Así comienza lo que parece un intercambio epistolar entre amigos. Melancólico, a ratos trágico, un grito de despedida y quizás de resignación. 

Para explicar el nacimiento de esta canción, debemos pasar por tres «madres».


La parte musical de «My Way» fue compuesta a mediados de los años 60 por un tal Jacque Revaux, compositor francés. Su título era «For Me». La letra no era su punto fuerte, ya que estaba escrita en un inglés simplista y con temas de poca profundidad.

 

Como era de esperar, no gustó a las discográficas y quedó archivada.

 

En ese momento, en 1967, «For Me» llegó a manos de Claude François, un cantante de moda en aquella época que, junto con un letrista, la adaptó con otra letra.

 

El título cambió de «For Me» a «Comme d’Habitude».

 

La nueva letra se centraba en su amor perdido y en la vida rutinaria y sin sentido de un hombre.

 

Se publicó en 1967 como sencillo y alcanzó el número uno en las listas francesas.

 

Durante unas vacaciones en Francia, un cantante canadiense, naturalizado estadounidense, Paul Anka, escuchó en la radio «Comme d’Habitude».

 

Intuyó el potencial que encerraba la riqueza de la melodía; llamó por teléfono al editor de la canción y compró los derechos por ¡solo un dólar!

 

De vuelta en Estados Unidos, intentó escribir una letra mejor, pero, falto de inspiración, la dejó en un cajón, a la espera de tiempos mejores.



A finales de los años 60, Frank Sinatra, atravesaba un bache: los nuevos sonidos del pop y el rock estaban dejando obsoleto su estilo.

 

Durante una cena con su amigo Paul Anke, se desahogó largo y tendido sobre esta situación y sobre su estado de ánimo.

 

Nada más llegar a casa, Paul Anke acó su canción francesa y escribió la letra de «My Way», narrando la historia de un hombre que reflexiona sobre sus éxitos y sus errores, pero que no tiene remordimientos ni reniega de nada, porque siempre se ha mantenido fiel a sus propios deseos.

 

Frank Sinatra no quedó convencido de inmediato, pero grabó la canción en Los Ángeles el 30 de diciembre de 1968.

 

Publicada a principios de 1969, «My Way» alcanzó el puesto 27 en las listas. Una acogida tibia y poco prometedora.

 

Sin embargo, con el paso del tiempo, el sencillo fue recibiendo cada vez más elogios hasta convertirse en un auténtico éxito.

 

Mientras tanto, los responsables discográficos de Paul Anka se enfurecieron y le obligaron a grabar también su propia versión de la canción.

 

A partir de ese momento comenzó una larga serie de versiones que aún hoy no ha llegado a su fin.

 

Desde entonces, muchos artistas se han atrevido con «My Way». La primera versión de «My Way» es de la cantante galesa Dorothy Squires y data de 1970, cuando la versión original aún estaba en las listas de éxitos.

 

Otros artistas han sido: Aretha Franklin, Tom Jones, Celine Dion, Elvis Presley, hasta Robbie Williams, Michael Bublé y Shakira.

 

La versión más alejada del original, aunque no por ello menos fascinante, es la de Sid Vicious, bajista de los «Sex Pistols». La transformó en una canción punk que, a pesar de lo aparentemente absurdo, ¡logró tener sentido!


En cambio, el protagonista de esta canción, seguramente es Frank Sinatra. 

Y ahora, el fin está cerca,
y así, encaro el telón final.
Mi amigo, lo diré claro,
te expondré mi caso, del cual estoy seguro.

He vivido una vida que está llena,
he recorrido todas y cada una de las carreteras.
Y más, mucho más que esto,
lo hice a mi manera.
 

Podemos pensar por ejemplo que se trata de un anciano que se enfrenta a la muerte. De una persona que se enfrenta a una decepción y vive la rutina de siempre. Una persona que ha tenido una vida agitada y a menudo incomprendida, con un rico bagaje de experiencias y que pide la comprensión de quien le escucha. Una vida extrema, tal vez, pero una vida en la que todas las decisiones se han tomado de forma consciente. 

Remordimientos, he tenido algunos,
pero de nuevo, muy pocos como para mencionarlos.
Hice lo que tuve que hacer,
y lo vi todo sin exenciones.

Planifiqué cada senda trazada,
cada paso cuidadoso a lo largo del camino.
Y más, mucho más que esto,
lo hice a mi manera.
 

Quizá trivial pero auténtico. Alguien que ha vivido la vida al máximo, que ha tomado todas las decisiones con firmeza, que ha exprimido la vida hasta la médula, admite haber cometido errores y tener remordimientos. Es como decir: si te equivocas es normal, yo también me equivoco, pero al final los éxitos han compensado con creces las decepciones. Muy refinado cuando dice: «Hice lo que tenía que hacer». Muchas decisiones no son compartidas, otras incluso pueden hacer daño a las personas que nos rodean. Pues bien, eso también significa ser hombre: saber tomar incluso las decisiones difíciles. 

Sí, hubo momentos, estoy seguro de que lo sabes,
cuando mordí más de lo que podía masticar.
Pero a través de todo eso, cuando hubo duda,
me lo tomé todo y lo escupí.
Me enfrenté a todo y me mantuve erguido,
y lo hice a mi manera.
 

Amé, me reí y lloré,
tuve mi parte de pérdidas.
Y ahora, mientras las lágrimas se secan,
encuentro todo esto tan divertido.
 

Pensar que hice todo eso,
y puedo decir, sin pena ni timidez:
Oh, no, yo no, lo hice a mi manera.
 

Me he metido en líos demasiado grandes pero me he mantenido en pie y he seguido mi camino. Todo lo que me ha llegado —risas, llantos, amor, victorias y derrotas— lo he acogido con gusto, porque forma parte del camino de la vida. Y estoy orgulloso de poder decir en voz alta que todo esto lo he elegido yo. 

Independientemente de nuestros modelos y nuestras elecciones, a todos nos llega el día en que sufrimos y el día en que somos felices. Esto es normal y es un destino del que no podemos escapar. Lo importante es que todo esto sea fruto de nuestras elecciones, de nuestro camino, y no de dejarnos llevar por la corriente. 

¿Qué es un hombre, qué tiene?
Si no se tiene a sí mismo, entonces no tiene nada.
Decir lo que realmente siente
y no las palabras de alguien que se arrodilla.
La historia muestra que recibí los golpes.
Y lo hice a mi manera.

Al fin y al cabo, ¿qué es un hombre? Solo él mismo y nada más. Por eso es más importante poder vivir la propia vida con valentía, tomar decisiones y llevarlas hasta el final, en lugar de ser complaciente con la sociedad y conformarse con lo que nos ofrece que al final es todo.

Y uno casi parece ver, mientras Frank Sinatra canta, al Clint Eastwood triste, desencantado, pero aún capaz de pasiones, de «Gran Torino» o a aquellos héroes solitarios y melancólicos que «hacen lo correcto porque es lo correcto y no porque convenga». 

Y aquí tienes otra versión en vivo de Frank Sinatra y ya hacia el final de su carrera: https://www.youtube.com/watch?v=JXbZ7vS010E 

Cada uno… a su manera. No pudo ser de otra manera. Y esa es la manera correcta que cada uno supo y pudo hacer. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una parábola en contra del totalitarismo - porque nos quieren hacer creer que no hay otra esperanza -.

Una parábola en contra del totalitarismo - porque nos quieren hacer creer que no hay otra esperanza -

Comenzamos con una escena de la película (V de Vendetta): https://www.youtube.com/watch?v=67ZgyYDR8ec 

Con esta expresión, surgida una vez más del ingenio de Dante Alighieri, imagino un panorama desolador.

 

Sí, es el último de los nueve versos que componen la inscripción de la puerta del Infierno. Un terrible colofón descrito por Dante Alighieri en su Divina Comedia:

 

Por mí se entra en la ciudad dolorosa,

por mí se entra en el dolor eterno,

por mí se entra entre la gente perdida.

La justicia impulsó a mi altísimo creador;

me creó la divina potestad,

la suma sabiduría y el primer amor.

Ante mí no hubo cosas creadas

salvo las eternas, y yo perduro eternamente.

Abandonad toda esperanza, vosotros que entráis.

(Inf. III, vv. 1-9)

 

El autor divisa estas palabras «escritas en lo alto de una puerta», aquella que conduce al Infierno, tal y como explicará Virgilio: en la larga prosopopeya —espléndida invención dantesca que subraya la grave advertencia para quien entra— se entremezclan sugerencias clásicas y bíblicas (el Profeta Isaías, el Evangelio de Mateo, el recuerdo virgiliano, pero también la costumbre medieval de colocar en las puertas de las Iglesias, los cementerios o incluso las ciudades inscripciones en las que se dirige la palabra a la persona que está a punto de acceder al lugar).

 

Estas palabras son, con razón, muy famosas, espléndidas en su pulido (retórico y léxico). Hay en ellas un crescendo gradual de la imagen: el dolor, la eternidad del dolor, la perdición ineludible que conduce a la exhortación lapidaria de abandonar toda esperanza: su castigo es para siempre.

 

Se trata del gran tema metafísico de la eternidad de los suplicios infernales (a los condenados se les niega incluso la esperanza, es decir, la espera confiada de un bien).

 

Que el verso se hizo famoso muy pronto lo demuestran los numerosos comentarios sobre Dante. Del mismo modo, sus citas —integrales o parciales— aparecen de forma dispersa en diversas obras literarias.


Hacemos una pausa con una escena de este película (V de Vendetta): https://www.youtube.com/watch?v=uGrm9nLmT9s 

 

En la literatura no faltan, sin duda, referencias que han servido de caja de resonancia al verso de Dante, hasta el punto de que ha pasado a formar parte del lenguaje común para indicar de diversas maneras situaciones de dificultad o peligro.

 

Este Canto tercero del Infierno de Dante Alighieri tiene como escenario el lugar del más allá donde se encuentran los indolentes y que precede a la entrada al infierno propiamente dicho.

 

Cuando Dante y Virgilio llegan frente a la puerta del Infierno, el primero no puede evitar fijarse en la inscripción oscura y misteriosa que hay sobre ella. Al no haber captado de inmediato el sentido de la frase, le pregunta a Virgilio qué significa; este le advierte que no debe tener miedo de entrar en el Infierno y que, más bien, debe prepararse psicológicamente para afrontar la visión de las almas tristes de los condenados, dejando a un lado toda vacilación (sospecha) y indecisión, ya que este es un lugar donde se encuentran las personas que han perdido a Dios, el bien intelectual por excelencia.

 

En el título aparece escrito «Dejad toda esperanza, vosotros que entráis». Esta frase sirve para advertir a quienes están a punto de entrar; de hecho, se trata de una puerta de ida, que perdurará eternamente y que, una vez cruzada, no hay esperanza alguna de volver atrás.

 

El significado de esta frase es que todas las almas, antes de morir en la Tierra, si no se han arrepentido de sus pecados, deberán abandonar toda esperanza de poder ver a Dios o de ir al purgatorio a arrepentirse.

 

Y finalizamos con la escena final de la película (V de Vendetta): https://www.youtube.com/watch?v=5WuNdtp0fO8


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

 

Posdata

 

Todo ello para decirnos que frente a cualquier y todo totalitarismo, ahora pienso en aquellos totalitarismos del cuño de no se sabe qué prioridades culturales, étnicas, raciales, nacionales,… - que no son más que el mismo perro con distintos collares -: La esperanza es una promesa, la esperanza es una visión, la esperanza es una virtud, La esperanza es una construcción.

No nos podemos permitir otra cosa que no sea una esperanza insistente, persistente, resistente. Es aquella que ocupa un lugar de honor en el alma de toda persona que haya mirado el dolor y lo haya transformado en un regalo precioso: en amor que se compromete y transforma. 

Y todo lo anterior porque nos quieren hacer creer que no hay otra esperanza.

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