domingo, 12 de abril de 2026

Verborrea eclesial - congregacional, diocesana,… -.

Verborrea eclesial - congregacional, diocesana,… -



Mina cantaba en los años 70 «Parole, parole, parole», a dúo con el actor Alberto Lupo. Esta canción narraba una historia de amor que se arrastraba vacía y sin pasión, llena únicamente de palabras empalagosas, pero igualmente vanas… y así, la mujer reaccionaba con ingenio ante los halagos de su hombre, haciéndole notar que algún gesto más concreto habría sido más apreciado que tantas palabras dulces; sin embargo, él permanece sordo a tales advertencias y sigue contemplando a su amada.

 

Es una metáfora musical. Nada más. Para los nostálgicos éste es un vídeo de la mencionada canción: https://www.youtube.com/watch?v=NbOiYJofNSw&list=RDNbOiYJofNSw&start_radio=1  


Y a mí me ayuda a realizar una reflexión eclesial (también congregacional) quizá importante y actual: de hecho, a menudo en nuestra Iglesia (Vida Consagrada, Diócesis,…) se emplean, ¿o será se desperdician?, demasiadas palabras, pero hay poca verdad y pocos hechos concretos… Y, sin embargo, en la relación entre palabras y hechos, son estos últimos los que tienen mayor peso.

 

Alguien me dirá, y con razón, que se trata de un problema que afecta a toda la población en la vida cotidiana, tanto a nivel privado como público. Sin embargo, si bien en lo que respecta a la vida privada de una persona, sea correcto o incorrecto, cada uno es responsable de sus propias acciones y las decisiones son estrictamente personales, cuando se trata de una esfera más amplia como, por ejemplo, la Iglesia que abarca más hechos y más personas, entonces el problema hasta se vuelve incluso grave.

 

En el ámbito de nuestra sociedad lo vemos al encender la televisión, leer los periódicos y escuchar acalorados debates, donde lo importante no es lo que se dice, ¡sino conseguir tener la última palabra!

 

Pero, mutatis mutandis, ocurre también en nuestras asambleas, congresos, simposios, …


Aquel proverbio «mucho humo y nada de asado» o «salir con la cabeza caliente y los pies fríos» hasta cobra vida no solamente en nuestra sociedad sino también en nuestros ambientes eclesiales, círculos congregacionales,… A menudo, sin embargo, el problema no se refiere únicamente a las muchas palabras y las pocas acciones concretas, sino también a la importancia de las palabras utilizadas.

 

En un momento de campaña electoral resulta fácil poner como ejemplo a los políticos que, con tal de conseguir un voto más, están dispuestos a prometer lo imposible. ¿No se agradecería más escuchar promesas quizá más modestas, pero que ofrezcan una realización segura?

 

También en la Iglesia abusamos, por ejemplo, de las palabras comodín (‘sinodalidad’ es un más que notable ejemplo de ello especialmente de un tiempo a esta parte) o de titulares estrella (del tipo, por ejemplo, ‘necesitamos afianzar y contagiar el radicalismo evangélico y la misión profética de nuestra vida’, ‘la vida religiosa puede renacer de sus debilidades’).

 

En general, creo que hay una sobreabundancia de obviedades que pretendiendo decir algo… vienen a decir la nada. Una nada envuelta en papel de erudición, sabiduría... pero una nada al fin y al cabo. Y creo que otra verdadera carencia está en ser lo suficientemente abstractos y genéricos… que brilla por su ausencia toda concreción posible y real... porque es ahí donde nos aprieta el zapato.

 

Nuestras reflexiones suelen levitar sin hacer pie y sin tocar con las propias manos la realidad de las cosas… Y, llegados a este punto, no estaría de más recordarnos (y por supuesto también yo) que, sin caer en lo banal, es mejor abrir la boca solo para pronunciar hechos posibles, reales, veraces,... más allá de lo política o eclesial o congregacionalmente correcto.


 

Es fácil hablar. Y estamos muy acostumbrados a que nos pongan un micrófono delante de los labios, o una grabadora ante nosotros, o a estar delante de una audiencia afín y entregada… pero luego son los hechos los que cuentan… incluso, a veces, obstinada y tercamente.

 

Y entonces, como Mina intentaba hacerle entender a su hombre que los gestos concretos serían mucho más apreciados que esas palabras cantadas al viento, ya que habría obtenido una verdadera demostración de ese amor tan comentado, así, para poder dar un giro a la situación eclesial (congregacional, diocesana…) actual hasta sería bueno reducir las asambleas, congresos, simposios,…, y aumentar las acciones, y, si realmente se tiene ganas de hablar, hablar y hablar, entonces que se haga solo para decir cosas con el sentido de lo concreto, posible y real.

 

Llegados a este punto tampoco estaría mal bajar la guardia y ser más humildes. Dejar de comportarnos como niños, en esas reflexiones repetitivas hasta la saciedad, donde lo único que se quiere demostrar es la propia erudición, pero donde al mismo tiempo se pierde el hilo de la realidad concreta y ya ni siquiera se sabe al final qué se ha sacado en claro… salvo que el ponente, en el mejor de los casos, habla convencido de lo que dice.



Porque también la palabra es eficaz si es comedida, mesurada, sobria. Quienes usamos demasiadas palabras - y en la Iglesia (Congregaciones, Diócesis,…) hasta puede haber un exceso de verborrea - deberíamos recordar (o aprender) que nuestra palabra no es tan poderosa como creemos. Otra cosa es la Palabra de Dios. Pero, eso mismo, es otra cosa. 


Siempre existe el miedo a que no nos consideren lo suficientemente inteligentes si usamos tres palabras… Por eso usamos cientos y miles de palabras…

 

Quizá es la debilidad de nuestras palabras lo que nos empuja a exagerar, a usarlas en exceso, a abusar de ellas para darles una fuerza que acaba desnaturalizándolas. 


Mientras que debería ser su fragilidad lo que nos indujera a usarlas cuando hace falta: precisamente para aumentar su eficacia. 

Recuerdo cómo solía repetir socarronamente un misionero claretiano ya difunto: «parturiunt montes, nascetur ridiculus mus» - ese proverbio latino derivado de una fábula de Esopo y popularizado por Horacio que significa «parieron los montes y nació un ridículo ratón» -.


Está por ver si mientras hablamos la realidad va cambiando al compás de nuestras palabras... Por lo menos, y quizá con ello nos debamos conformar, es una manera hasta amable y confortable de pasar el tiempo haciendo más llevadero tanto el presente como el futuro. 


Sin más pretensiones que superen, con creces, nuestra capacidad. Nos conformamos tranquilamente con la buena voluntad. Con ella ya nos sentimos sobradamente justificados. Y el Congreso, por ejemplo, ha valido sobradamente la pena.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 11 de abril de 2026

Raza o el Espíritu de una raza, la española.

Raza o el Espíritu de una raza, la española

El franquismo no es un vestigio del pasado. No es una sombra confinada a los libros de historia o a los rituales nostálgicos de una minoría. Es una corriente subterránea, kárstica, que atraviesa la democracia y resurge cada vez que ésta se debilita.

 

Alguien se preguntará ¿qué queda del franquismo? La respuesta hasta puede ser radical. El mal no es un paréntesis cerrado el 20 de noviembre de 1975 sino una continuidad que se renueva.

 

Desde el final de la dictadura, un traspaso ininterrumpido de testigo entre hombres, ideas, lenguajes y aparatos ha permitido que la mitología y la ideología política del franquismo sobrevivieran al nacimiento de la Constitución y a los pasos de esta democracia.

 

Evidentemente no todas las formas se repiten tal cual… sino que se adaptan (y camuflan) de manera estratégica: permanecen idénticas la visión racista de la humanidad, la idea de una nación basada en el ADN, la aversión a cualquier principio de igualdad, el culto a un modelo autoritario, el odio a la diversidad…

 

La continuidad del mal derriba el mito consolador de una derecha conservadora, moderada, institucional y dispuesta a mantenerse dentro de los límites de la Constitución. No me refiero a la extrema derecha que está todavía más allá de ese mito consolador. El proyecto es derribar la democracia y devolvernos al odio y al miedo.



No soy quien para reconstruir la genealogía de las ideas que dominan el discurso público contemporáneo: el miedo a lo diferente como instrumento de gobierno, la obsesión identitaria, el dominio patriarcal, la admiración por las sociedades «espartanas» que practican el apartheid y la violencia… Pero cada palabra se remite a su fuente, cada fórmula se remonta a su origen.

 

No, no se trata de una diatriba sino un acto de verdad política. O, si se prefiere, de llamar a las cosas por su nombre se. Porque ese ejercicio también se convierte en una necesidad democrática. Para comprender lo que está sucediendo. Para reconocer la matriz de la intolerancia y del discurso del odio. Para romper la continuidad del mal y detener el ascenso de los mismos perros con distintos collares: aún estamos a tiempo. Si los vemos tal y como son en realidad.

 

Tiendo a pensar que una de las vacunas de las democracias es el pensamiento crítico para disentir y resistir ante cierta deriva franquista. Porque ese pensamiento es seguramente el único de inmunizarnos a nosotros que estamos expuestos a las toxinas de la mentira en la era de la posverdad, de la profunda crisis de las democracias.

 

Cuando estas derecha y extrema derecha se envalentonan me pregunto cuáles son realmente las ideas de sus líderes, de sus clases dirigentes: cuál es su visión del mundo, más allá de la propaganda, y cuál es su proyecto de sociedad.

 

A estas alturas no me parece que falte, al menos en una versión sistemática, un análisis de lo que estas derechas ocultan sino de lo que dicen abiertamente de sí mismas y del mundo, de lo que escriben, de lo que proclaman en voz alta.


El núcleo ardiente de cierta ideología, o quizás mejor dicho mitología, se refiere a la idea de nación, la identidad, la raza,… Sí, de raza. De raza blanca europea cristiana incapaz de perpetuarse a través de los nacimientos y que peligra de ser sustituida por morenos o negros islámicos.

 

De hecho, son ideas con un pasado, y que hoy reaparecen, en un contexto internacional en el que por ejemplo el presidente de lo MAGA jerarquiza racialmente el mundo a través de las guerras y a su país mediante la deportación y el terror. 

En el trasfondo de lo que pretendo decir está, por ejemplo, Raza, también llamada Espíritu de una raza - versión de 1950 -, producción española que sintetiza el ideario del buen español desde la perspectiva del régimen del general Francisco Franco en los primeros años de la posguerra a través de la historia de tres hermanos y sus vicisitudes durante la guerra civil. 

Y aunque estas ideas adopten formas aparentemente nuevas y encubiertas, es posible demostrar su genealogía en ese franquismo histórico que se perpetúa... como el mismo perro con distinto collar.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No hagas daño.

No hagas daño

El 27 de enero de 1945, el mundo tomó conciencia del profundo y oscuro mal de los campos de concentración.

 

Una página terrible de la historia de la humanidad que estamos llamados a transmitir para que algo así no vuelva a suceder jamás... bajo ninguna forma.

 

No basta con narrar a las nuevas generaciones esta espantosa manifestación del mal. Es necesario preguntarse seriamente si es posible ir más allá del mal.

 

Filósofos, estudiosos, teólogos, literatos, científicos, hombres y mujeres de cultura, tras la Segunda Guerra Mundial, se preguntaron cómo, después de Auschwitz, se podía hablar del bien, de la humanidad, de Dios, de la religión y del futuro.

 

Uno siempre queda desconcertado cuando piensa en aquella frase que figuraba en la hebilla del cinturón de los soldados nazis. «Dios está con nosotros» (Gott mit uns). Era una frase que aparecía en relieve.

 

Y, en medio de mi desconcierto, quiero pensar que precisamente esto es la negación de todo lo que yo he creído aprender sobre la religión y sobre Dios hasta ese momento.


No es posible que el Dios tan invocado por mujeres y hombres acabe caricaturizado como en el cinturón de los nazis.

 

Por desgracia, la instrumentalización de la religión y del nombre de Dios no es un tema inusual en la historia de la humanidad.

 

La Europa de las largas y agotadoras guerras de religión ha ido adquiriendo poco a poco una laicidad plural, continuamente puesta en peligro por extremismos nostálgicos o por posturas intelectuales alejadas de la realidad cotidiana que vive la gente.

 

Dios ha vuelto con fuerza a la escena política cuando, el día de su toma de posesión, el presidente de lo MAGA interpretó el resultado del atentado que sufrió como una señal divina inscrita en la historia, no solo para salvarlo a él, sino para elevar con prepotencia a los Estados Unidos de América por encima de todas las demás naciones.

 

Como revelan los conflictos difundidos por los medios de comunicación, lo divino se utiliza ahora para justificar un sistema cultural, ahora para conquistar territorios y sumir en la miseria y la muerte a miles de personas.

 

Todo esto, creo, muestra lo absurdo de asociar el nombre de Dios a las guerras, al exterminio, a la muerte, a las divisiones y a las opresiones, en lugar de al amor, a la comunión y al bien de toda la humanidad.


La práctica y la realidad de la deshumanización no solamente no son ajenas a nuestra época sino que es como la mano del mal que mece la cuna…

 

Mientras las imágenes del niño sirio de tres años Alan Kurdi siguen conmoviendo nuestra conciencia años después, las grandes potencias mundiales, fomentan una cultura de las formas de odio y de violencia, de alta o baja intensidad.

 

Además, en todo Occidente, las corrientes políticas nacionalistas aumentan sus filas a través de discursos en los que se deduce que una parte de la humanidad —a menudo exigua y alimentada por culturas en flagrante necrosis— se considera prioritaria respecto al resto (American first, primero los españoles, etc.).

 

¿No será que vivimos en un clima de pleno egoísmo en Europa, y quienes nos preocupamos nos sentimos completamente impotentes? 


Por ejemplo, hablamos de invasión de migrantes y nos sentimos víctimas de la invasión… ¿pero nos damos cuenta del engaño que nos quieren hacer creer con tamaña mentira?


Ante los retos de la contemporaneidad hay que recordar el pasado tanto para interpretar el presente como para iniciar procesos de cambio cultural y político.

 

De hecho, es inútil decir que no podemos cambiar el mundo. Lo importante es hacer, hacer sin parar. Contribuir a cambiar, a lo largo de la vida, aunque solo sea a cinco personas, tiene sentido, porque la supervivencia de todos debe tener sentido.

 

Del mal más sombrío sigue surgiendo una importante lección basada en la humanidad y en el sentido de esta última. Por eso hacer memoria es un paso necesario paso para construir el futuro y, por tanto, para ir más allá del mal.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Un Extraño que enciende la Vida - San Lucas 24, 13-35 -.

Un Extraño que enciende la Vida - San Lucas 24, 13-35 -

A los corazones tibios, a quienes fingen enamorarse, a quienes hablan del Señor con jerga de burócrata clerical y religiosa, a quienes guardan en el corazón la sed de poder, a quienes no saben llorar, a quienes no saben alegrarse, a quienes no se enfadan, a quienes siempre tienen el control, a quienes lo explican todo, a quienes no se conmueven, a quienes quieren enseñarme cómo debo responder al dolor, a todos vosotros, de corazón apagado,…, por favor, no me habléis de Dios.

 

«Era necesario que Cristo pasara por estos sufrimientos para entrar en su gloria», ¿quién puede soportar el peso de esta frase?

 

«Corazones lentos», dice Jesús a los dos discípulos. Corazones lentos, de esa lentitud que nos envuelve y nos oprime la garganta cuando el dolor decide clavarse en nuestra carne. Y, sin embargo, en ese sufrimiento está Su presencia. En todo sufrimiento. Hay que pasar por ahí. Y no una vez para siempre. No como un incidente de camino.

 

Por favor, dejemos  de decir que nos olvidaremos de este dolor. Porque yo no quiero olvidarlo. Al contrario, quiero convertirlo en memoria. ¿Pero entendemos que lo único que podemos decir de Él es su presencia en el corazón del dolor?


Haced esto en memoria mía. Y no está hablando del paraíso, sino de carne y pan y vino y sangre. Memoria de la cruz, memoria del amor. Memoria de una Última Cena en la que el amor y la muerte nunca estuvieron tan cerca. Memoria de cuando Él estaba con nosotros y no lo reconocimos. Memoria de cuando Él está con nosotros, conmigo, ahora, y yo quiero huir.

 

Los dos de Emaús no lo reconocen en Emaús, lo reconocen en la memoria de la Última Cena. Donde solamente quien ama de verdad entiende.

 

Y luego un relato, al principio de todo un gran relato. Uno de esos que dan ganas de escuchar millones de veces. Es uno de los tres de mis relatos preferidos de los Evangelios.

 

Todo empieza siempre con una historia que contar, con una historia que me cuenta. Es más, si leemos bien este relato, todo empieza con alguien que escucha. Porque, ante todo, Jesús, como siempre, pregunta y escucha. «¿De qué habláis entre vosotros por el camino?».


No sé muy bien qué nos deparará el futuro, ni siquiera me apasiona demasiado el destino de la Iglesia, de la Congregación,…, ya ha comenzado hace tiempo a no interesarme lo más mínimo…

 

Creo, en cambio, que el Resucitado camina con nosotros habitando las preguntas de las personas que tienen ganas de escuchar, de escuchar de verdad. Es decir, de dejarse fecundar por las palabras del otro, de aquellos que tienen ganas de confiar en el otro y de cambiar de punto de vista gracias al otro.

 

Habrá una buena parte de la Iglesia que seguirá queriendo explicar a cada persona cómo debe comportarse para heredar el Reino, y habrá alguien que simplemente escuchará con interés las dificultades de la gente.

 

No sé cómo será el futuro, pero me gustaría pensar en una comunidad como un espacio en el que, juntos, sentados unos junto a otros, intentaremos, en silencio, escuchar…

 

¿Qué son estas conversaciones que estáis teniendo? Somos nosotros. Y estamos confundidos mientras seguimos caminando... con este Extraño que habla encendiendo Vida.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Emaús como parábola - San Lucas 24, 13-35 -.

Emaús como parábola - San Lucas 24, 13-35 -

Reconocer. No «creer» ni «ver». La fe es un acto de «reconocimiento».

 

No es fácil.

 

No puedes mostrar nada más que el pasado. Heridas incluidas. Jesús no abre ventanas al paraíso, Jesús deja que la luz ilumine el pasado a través de las heridas.

 

En el fondo, habría sido más sencillo creer en un Resucitado al que buscar en otra parte. «Todo irá bien», nos repetimos, pero la fe no funciona así; la fe es reconocer su presencia, su paso por el camino de los hombres. Un camino casi siempre arduo. Y, sin embargo, recorrido. Él es Aquel que ha atravesado y sigue atravesando mi historia. Sin resolverla.

 

La fe no es lanzar el corazón más allá del obstáculo, esperar en el paraíso. La fe es un acto de valentía. Y de memoria. Volver a empezar, reincorporarse a la vida y descubrir que Él ha pasado por ahí.


Aunque no lo imagináramos así. Aunque no lo queramos así, aunque sintamos que ese rostro de Jesús sufriente y apasionado por los hombres no nos llevará lejos. Aunque sea hacer memoria de un fracaso. Aunque, cuando Él estaba allí, nosotros huimos.

 

Porque lo divino no es en absoluto consolador. Y soportar Su rostro es también terrible. Por favor, dejemos de hablarme del amor como de algo que hace la vida fácil. Todos sabemos que a menudo huimos del amor, porque el amor nos expone y da miedo.

 

«Entonces se les abrieron los ojos», me vienen a la mente Adán y Eva, se les abrieron los ojos y descubrieron que estaban desnudos. Y el paraíso se cierra. He aquí, creo que la fe es exactamente esto. Descubrir que estamos desnudos. Y que Dios también está desnudo.


Dejemos de cubrir ese cuerpo expuesto en la cruz con vestimentas de todo tipo para ocultar el escándalo. Dejemos que sean los soldados quienes pongan el manto a Jesús, para burlarse de Él. Quien lo reduce a ser un rey poderoso según nuestra lógica, quien usa la religión para el poder, se burla de Jesús y se burla de sí mismo.

 

La fe son ojos que se abren al drama de la desnudez. Creer es como hacer el amor, hay que estar desnudo y expuesto. Y estar dispuesto al dolor. De la entrega. Total.

 

Reconocerlo en ese gesto del pan partido y en esa bendición derramada sobre corazones asustados y traidores. Reconocerlo gracias a un corazón que vuelve a latir, que «arde en el pecho», un fuego, único gesto digno de confianza.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Mi personal Emaús - San Lucas 24, 13-35 -.

Mi personal Emaús - San Lucas 24, 13-35 -

Me preguntas adónde voy; estoy quieto, estoy a punto de responder, pero no es cierto, me digo que no es cierto, siento que no es cierto, el movimiento es inexorable, ahora es incluso más dulce, voy hacia mí mismo, le digo, y mientras camino, el Viviente camina a mi lado, camina dentro de mí, delante, encima, debajo… por todas partes. Y relato la compañía de su presencia; este es mi Emaús que no pasa.

 

Incluso cuando estoy quieto todo se mueve, estoy volviendo a casa, digo, y por fin estamos juntos, y por fin soy fiel a la vida que me fue puesta en las manos hace tantos años.

 

Creía que huía de la cruz y simplemente estaba empezando a volver a casa, siempre he confundido el manantial con la desembocadura, ahora solo soy una desembocadura entre sus brazos. Siempre estoy en Emaús.

 

No, no estoy solo, nunca estoy solo, la amiga llora de cariño por un pedazo de vida, la madre ha perdido a su hijo, el amigo decide por sí mismo y comunica el cambio, alguien busca que le escuchen, yo no siempre puedo, no siempre lo consigo,…, pero nunca estoy solo, y todo habla de Él, siempre hablamos de Él incluso cuando parece que el encuentro se llena de otra cosa. Ya lo he dicho muchas veces, me parece siempre visible Su rostro.

 

A veces los ojos me duelen al menos tanto como los pies, hinchados, rotos y cortados, cerrados por demasiados pasos en falso o por simple costumbre, ojos miopes y con vista cansada.


Para verlo tengo que esperar a que haya pasado, a veces, como si necesitara la sombra, o quisiera volver a atrapar un destello de belleza que, captado en el presente, sin duda me habría incinerado de asombro.

 

A veces, en cambio, necesito agarrarlo enseguida, conozco el riesgo de unos ojos demasiado abiertos ante el misterio, lo deseo y lo busco, solo que ahora a menudo los ojos lloran, se derriten, el corazón no aguanta el impacto de una vida multiplicada. ¿Se puede morir por exceso de amor?

 

Como geógrafos, los ojos cartografían nuevos territorios; me habría conformado con menos vida; así, el corazón corre el riesgo de romperse, el amor de embriagarme; tengo miedo de enamorarme demasiado del presente, de lo que veo, de cómo Él se asoma y aparece.

 

El ciento por uno se me ha dado con creces. De su abundancia yo también he recibido gracia tras gracia. Me habría conformado con menos, mientras mi Emaús graba la Escritura en la gramática de los sucesos de la cotidianidad.

 

Algunos días aún me veo reflejado en los rostros tristes de quienes creían creer, trazo sincera comprensión entre las arrugas de quienes deambulan perdidos y con esfuerzo intentan coser los desgarros de acontecimientos dolorosos y tristes.



En el fondo amo los pies firmes y los rostros tristes que saben contar sus propios extravíos, sin protegerse; amo los rostros tristes porque ahora sé que Él ya está ahí caminando al lado y escuchando. Y yo no tengo más que creerlo. Y ahora lo creo incluso antes de entenderlo.

 

Él ya está; antes de que lo notemos, Él está. He aquí que, en mi Emaús, he aprendido a apartarme; con curiosidad me pregunto dónde estará sentado mientras el dolor se exprime en las noticias, dónde, inmóvil y conmovido, desde qué lado de la mesa está acariciando este dolor inconsolable, desde qué rincón del mundo está llorando de compasión.

 

Y así, mientras florecen preguntas, oraciones o quejas… trato de respirar su presencia. Y doy gracias, solo doy gracias, incluso por cada sueño roto y por las lágrimas y por la vida que viene tal y como quiere venir.

 

En mi Emaús sucede que aún me sorprende cómo es posible sentirlo ya presente… cuando me dejo abrazar y cedo. Sé que la cabeza se empeña en explicar y opone todo tipo de resistencia, sé bien que alguien todavía se engaña creyendo que creer es comprender como si la fe fuera un don solo para algunos. Para los locos, para quienes pierden la cabeza o la rompen, o la olvidan.


En mi Emaús, la Escritura siempre se encarna y revela y muestra, despliega los corazones, sopla en las nubes de los acontecimientos; en mi siempre presente Emaús, la Escritura me devuelve a mí mismo, ya no hay lugar para interpretaciones ideológicas.

 

En mi Emaús, la Palabra siempre habla a un solo corazón, de uno en uno, y lo besa con los besos de Su boca. Señor, bésalo, le digo; aunque mi corazón no entienda, bésalo; aunque tiene miedo, bésalo; mi corazón, tantas veces necio, al final se desatará.

 

En mi Emaús, las cosas serias suceden a la mesa, allí donde el deseo implora y las manos finalmente aprenden a recibir.

 

En mi Emaús suele ser de noche, para que nadie vea, y lo invisible siempre tiene derecho de asilo; en mi Emaús uno puede sumergirse entre las estrellas y seguir volviendo a casa, junto a quien ama, y mirándole a los ojos sentir que Él está ahí, discreto y misterioso, siempre sorprendente, que ya está ahí con nosotros.

 

Y dar gracias por este amor resucitado multiplicado por cien.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Mi camino de Emaús - San Lucas 24, 13-35 -.

Mi camino de Emaús - San Lucas 24, 13-35 -

11 kilómetros. Esa es la distancia de mis huidas. El camino, quizá, más transitado de mi vida. Me lo sé de memoria, de tanto recorrerlo, a veces incluso varias veces al día: de Jerusalén a Emaús. Solo de ida. Sin vuelta atrás. Más bien al contrario. Desde Emaús, hogar de la huida, hacia otro hogar de la huida, y luego otro más, y otro más. Mis huidas son imparables.

 

11 kilómetros. No son muchos, pero cuando el corazón se encuentra midiendo vacíos y ninguna luz, ni siquiera la del día, viene a aliviar tu camino, se vuelven interminables, pesados. ¿Pero cuándo se llega? ¿Nunca se llega al fondo? ¿Hay entonces un fondo, si es cierto, como es cierto, que a veces, justo cuando parece que respiras aliviado, ahí estás de nuevo en la calle?

 

11 kilómetros. Cuando el trauma que llevas dentro es el de un sueño roto, arrebatado, la decepción y la insistencia de los recuerdos no pueden hacer otra cosa que mantenerte prisionero, inmóvil.

 

11 kilómetros. Poco más de dos horas de camino… aunque parecen años. Y hablas, como en un monólogo, de lo que fue, de lo que pudo haber sido, de lo que debía haber sido. Por eso los 11 kilómetros de los dos de Emaús atraviesan con tanta fuerza el mapa de nuestras inquietudes.

 

11 kilómetros. Todo ha terminado. Los proyectos, las esperanzas, los sueños tejidos pacientemente a lo largo de años de seguimiento se desvanecen en el giro de unas pocas horas en las que ha pasado de todo. A ese Jesús y también a nosotros.


11 kilómetros. Todas las cosas que hemos construido, por las que nos hemos gastado, por las que hemos sudado, luchado y llorado, por las que incluso hemos arriesgado, nos hemos expuesto, están definitivamente selladas y oscurecidas tras esa gran piedra rodada contra la entrada de ese sepulcro nuevo, excavado en la roca. Nunca lo hubiéramos esperado. Increíble, precisamente. Mejor dejarlo estar: cada uno a lo suyo.

 

11 kilómetros. Por suerte, o mejor dicho, «por gracia», el Evangelio, el de Jesús, inspirado por su Espíritu, cuenta también esos 11 kilómetros, al igual que cuenta las resistencias de Tomás, el llanto de María, el grito de abandono de Jesús. Y me siento aliviado. Sí.

 

Porque esos 11 interminables kilómetros son los mismos que recorre Dios. Y no en dirección opuesta. Los recorre en la de la huida, Él también. No es Él quien marca el paso o la dirección. Un Dios mezclado con mi búsqueda a tientas, a ciegas, ya que los ojos están impedidos.


He aquí el Evangelio, la Buena Nueva para mí. Hay alguien que, mientras tú tomas el camino de la huida, no te dice: «apáñatelas» o «¿te das cuenta de adónde vas?», sino «Jesús mismo se acercó y caminaba con ellos».

 

11 kilómetros y un Dios compañero de huida. En mi mismo camino. Y no pretende ningún discurso totalizador, se conforma con que se siga hablando de Él, incluso a contracorriente. Las conversaciones del camino no le impiden compartir el trayecto.

 

No un enfrentamiento frontal, sino caminar al lado escuchando las razones del otro, abre una lectura diferente de la historia. Sabiendo que nadie es tan presuntuoso o agresivo, todos estamos simplemente decepcionados y desorientados, incluso cuando ostentamos seguridad. Lo que nos salva es escuchar las preguntas y compartir un tramo de camino, aunque sea el de la huida.


Y acepta ser un desconocido no reconocido. Dios entra en nuestra vida nunca a través de lo ya conocido, sino siempre a través del «extraño», aquello o aquel que no es homologable a nosotros. Cuando, de hecho, se le reconoce, desaparece de la vista. Y así, la historia de las apariciones es en realidad una historia de desapariciones. No muestra ningún signo evidente, ninguna ostentación, salvo ponerse a su nivel y mantener viva la pregunta. ¡Y quién lo hubiera esperado jamás!

 

¡Incluso una vía de huida, la oportunidad para el encuentro con el Dios vivo!

 

La vía de escape se convierte en el lugar del Evangelio de un Dios que establece conexiones, que vuelve a poner en contacto con una historia de la que uno querría distanciarse. El problema, de hecho, es quedarse en una lectura superficial, fenoménica, incapaces de leer en el interior, de leer más allá, incapaces de dejarse iluminar por la Palabra de Dios.

 

Y así, antes de abrirles los ojos, Jesús les abre la mente explicándoles esos acontecimientos a la luz de las Escrituras: su propia historia debe leerse a la luz de la historia de Jesús. Incluso la experiencia del fracaso o del límite debe leerse bajo otra luz.

 

Y sin embargo —algo realmente interesante— los dos no creen en la resurrección porque finalmente Jesús les haya explicado cómo estaban realmente las cosas, sino por una hospitalidad compartida.

 

Él se revela en el gesto cotidiano de la cena. Es el gesto del pan compartido el único criterio de reconocimiento del discípulo del Señor. Han reconocido el gesto de partir el pan, signo inconfundible de cómo Dios está presente en la vida del hombre: partiéndose y ofreciéndose a sí mismo.

 

Lo suficiente para volver a ponerse en camino, el mismo de la huida retomada desde el fondo, afrontando también la noche. No se necesita nada más. ¿Pero me basta a mí?


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Contemplando el relato de Emaús - San Lucas 24, 13-35 -.

Contemplando el relato de Emaús - San Lucas 24, 13-35 -

Jesús está en nuestra vida, es cierto.

 

Lo hemos conocido, lo escuchamos, lo amamos y, de alguna manera, lo seguimos. Sí: somos discípulos, o quisiéramos serlo. Incluso en estos tiempos de discernimiento y de prueba para nuestra Iglesia europea, incluso en este mundo que nos aturde con su violencia.

 

Jesús está ahí, sin duda. Y sabemos que ha resucitado, lo creemos, yo lo creo.

 

Y, sin embargo, a pesar de su presencia, a pesar de los mil signos y consuelos, hay épocas y momentos en los que nos parece que nos ahogamos, abrumados por tantas contradicciones, por tantas cosas que hacer, por los problemas que se suceden uno tras otro, con la experiencia y la conciencia de nuestras limitaciones.

 

Entonces prevalecen la tristeza y el desánimo, a pesar de todo. Entonces caemos en el victimismo y tenemos mil y mil razones para decirnos que estamos insatisfechos.

 

Siempre encontramos a alguien como nosotros y hablar de nuestras desgracias, quién sabe por qué, parece una buena idea. Como para tener la confirmación de que no hay salida. Y la vida es una cruz que hay que llevar, y de qué manera.

 

Se necesita tiempo para convertirse a la alegría del Nazareno, seamos sinceros.

 

Nos resulta más natural el llanto, el lamento, el desánimo. Todos tenemos miles de razones para sentirnos perseguidos, incomprendidos, con una deuda con Dios y con el mundo.

 

Entonces, claro, sentimos cierta afinidad con la cruz. Nos gusta, a fin de cuentas.

 

Porque, en el fondo, proyectamos nuestra frustración sobre Dios.

 

Como diciendo: no soy el único que sufre, también lo hizo Jesús, también lo hizo Dios.


Y ahí vamos, regodeándonos en nuestra desgracia, diciendo además que debemos llevar la cruz, sintiéndonos autorizados a compadecernos de nosotros mismos por los siglos de los siglos. Desgraciados y benditos.

 

Entonces el Resucitado se arremanga y viene a sacudirnos uno por uno.

 

Y nos sacude, nos despierta, nos acompaña fuera del sepulcro.

 

Él ha abandonado el sepulcro.

 

Nosotros no.

 

Por eso el Resucitado se toma la molestia de ir tras nosotros por los caminos del mundo.

 

Mejor salir de Jerusalén, se respira un aire muy malo.

 

Los discípulos han huido todos o se han refugiado en el sepulcro.

 

Dos de ellos han tomado el camino de vuelta a casa. Es allí donde se les acerca un desconocido, un caminante como ellos. Entabla conversación preguntándoles a qué se deben sus conversaciones.

 

Los discípulos se detienen, casi ofendidos: ¿no se ve lo suficiente que están mal? ¿Que están tristes? ¿Que son dignos de compasión? ¿Pero de dónde viene este patán, este grosero, este insensible? ¿Pero dónde vive? ¿No sabe las cosas espantosas que han pasado en Jerusalén?


Jesús sonríe: ¿qué?

 

Hablan de su muerte, de su agonía, de su cruz. Ni siquiera lo recuerda.

 

Están tristes, los discípulos, y pronuncian la madre de todas las frases tristes del Evangelio: esperábamos que fuera él. En cambio. Claro: algunas mujeres, de las nuestras, nos han hablado de la tumba vacía, y también han hablado de ángeles, pero ya sabes, las mujeres… Están tan absortos en su dolor que no creen en el testimonio de sus hermanas.

 

Teníamos la esperanza.

 

La esperanza en pasado. Una esperanza muerta y enterrada. Una esperanza acabada.

 

Jesús no, él ya está más allá. En otra parte.

 

Su presente está repleto de futuro.

 

Jesús deja que hablen. Luego pasa al contraataque.

 

Vuelan sonoras bofetadas (no siempre quien te acaricia te quiere y quien te sacude te quiere mal, al contrario).

 

Necios. Retrasados en sincronizar su corazón con el tiempo de Dios. Deficientes, es decir, carentes de perspectiva. Como nosotros.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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