miércoles, 28 de octubre de 2026

¡Bienaventurados!

¡Bienaventurados! 


A los que están tristes, Dios los consolará
. 

En nuestra sociedad se hacen hincapié en los derechos

y se pasan por alto los deberes.

Cada uno piensa en sí mismo.

Tendemos a buscar de inmediato

nuestra propia satisfacción... 

La consecuencia de ello es la amarga soledad,

causa de tristeza y angustia:

a veces se elige por principio,

para afirmarse por encima de todos;

otras veces nos la imponen los demás,

que marginan a quienes no pueden producir

o consumir como corresponde. 

Los afligidos - los hombres nuevos del Evangelio -

saben, como Jesús, obedecer hasta la muerte,

renunciando a la felicidad de este mundo

para aceptar el precio

de la convivencia fraterna con todos. 

Intentemos no pasar de largo apresuradamente ante quienes sufren,

compartiendo, como buenos samaritanos,

los momentos alegres y tristes de la vida.

Sabiendo lo pesada que es la soledad

de quien se siente anónimo o rechazado,

descubramos la alegría de la acogida

y del amor personal

(a través de formas de acogida, escucha, hospitalidad,

la disposición a echar una mano...). 


Bienaventurados aquellos que sienten dolor

con un ánimo profundamente religioso

y lloran por las víctimas del mal y por los malvados:

estos descubrirán

que el sufrimiento libera el corazón

y lo hace capaz del amor más elevado,

que el bien al final vencerá al mal

y la vida a la muerte. 

Bienaventurado quien sabe cargar con las cargas de su prójimo,

renunciando de buen grado a todo tipo de felicidad

propagada por esta sociedad de consumo.

Él se asemeja al callado Simón de Cirene

sobrellevando samaritanamente el dolor del otro. 


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¡Bienaventurados!

¡Bienaventurados! 

Los que son pobres ante Dios tienen parte en su Reino. 

El mundo está lleno de gente

que tiene un enorme afán por ganar dinero

y anhela con todo su corazón

hacer carrera y tener éxito. 

Ser rico y famoso es 

- el sueño más hermoso,

- la aspiración más elevada,

- la cúspide de las capacidades humanas... 

Los pobres de espíritu, en cambio, - los hombres nuevos del Evangelio -

saben conformarse con lo que tienen,

para procurarse lo necesario trabajan honestamente

y, sobre todo, están infinitamente agradecidos

a quienes velan por su vida con esmero. 

Intentemos no fijarnos siempre, o antes que en nada más,

en la comida, la ropa, las ganancias, el honor…;

vivamos libres frente a los bienes de este mundo

y en solidaridad con los verdaderos pobres;

desprendámonos de las garras de la publicidad

y recuperemos 

- el gusto por las cosas sencillas,

- la belleza de los sentimientos genuinos,

- el valor de las perlas y los tesoros escondidos. 

Bienaventurado quien no cae en la trampa tendida por los Blackfridays y similares,

no ansía aumentar sus riquezas,

sino que se conforma con lo que tiene

y anhela los bienes eternos. 

Bienaventurado quien siente que todo lo que tiene (poco o mucho)

proviene del Padre; este está siempre contento,

porque siempre recibe ayuda y siente a Dios cerca. 

Bienaventurado quien se adapta a la cotidianidad de los días,

sin soñar con bonitos viajes imaginarios,

aprecia la variedad del Reino de los Cielos y eso le basta. 

Bienaventurado quien no se enaltece, complacerse siempre y solo en sí mismo

y busca la verdad y el bien que no tiene,

sacrifica y vende todo

para ganar el Reino. 

Bienaventurado quien es libre frente a los bienes

y a las estructuras de este mundo,

los utiliza para vivir con dignidad

y sabe compartir lo que tiene,

¡sin remordimientos ni ansiedades...! 


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Apuntes de humanidad y civilización a pie de calle.

Apuntes de humanidad y civilización a pie de calle

Un Centro de Escucha es también ese centro en se sale al encuentro de la vulnerabilidad, una visión del ser humano que no parte de la fuerza ni de la eficiencia, sino de su condición originaria de ser dependiente de atenciones y necesitado de cuidados.

 

Durante muchos años hemos escuchado una promesa tranquilizadora: la tecnología liberaría a la humanidad del esfuerzo, de la incertidumbre, de los errores y tal vez incluso de la fragilidad. Cada innovación se ha presentado como un paso inevitable hacia un futuro mejor.

 

A pie de calle uno comprende que el problema no radica en la velocidad de las máquinas, sino en el lugar que ocupa el ser humano en el mundo que estas ayudan a construir.

 

La digitalización, tal y como la experimentamos a diario en nuestra propia piel, no solo modifica las herramientas, sino que está transformando la forma en que pensamos, trabajamos, aprendemos, nos comunicamos e incluso cómo nos percibimos a nosotros mismos.

 

La existencia se va traduciendo progresivamente en información y nuestros comportamientos se convierten en datos; las relaciones se reducen a simples conexiones y los modelos estadísticos tienden a anticipar nuestras decisiones.

 

Casi sin que nos demos cuenta, la persona corre el riesgo de quedar reducida a una suma de huellas digitales que hay que recopilar, clasificar y monetizar.


Es aquí donde se manifiesta uno de los nudos cruciales de nuestro tiempo.

 

Cuando todo se vuelve medible, lo que no se puede cuantificar pierde valor.

 

La vulnerabilidad se percibe como ineficiencia.

 

La lentitud se considera un obstáculo.

 

La duda se interpreta como un defecto.

 

Pero son precisamente estas algunas de las dimensiones pertenecen al corazón de la experiencia humana.


No se aprende sin cometer errores, ni se crece sin depender de los demás.

 

La vida está constantemente salpicada de momentos de incertidumbre. La vulnerabilidad no es una debilidad accidental que haya que eliminar. Es la estructura misma de la existencia humana.

 

Nacemos vulnerables, aprendemos gracias a nuestra vulnerabilidad y construimos vínculos porque somos criaturas incompletas. Una sociedad que pretende borrar la fragilidad acaba inevitablemente borrando también la solidaridad.

 

El ideal contemporáneo del rendimiento tiende a considerar al ser humano como un recurso que hay que optimizar. La lógica de la eficiencia, nacida en los procesos productivos, invade progresivamente todos los ámbitos de la vida. Se supervisa a los trabajadores, se evalúa a los estudiantes,…, y los ciudadanos nos convertimos en usuarios.

 

La identidad personal corre el riesgo de coincidir con el propio perfil digital. Pero una persona nunca coincide con su rendimiento.

 

Detrás de cada estadística hay biografías expuestas al cansancio, historias marcadas por la precariedad, relaciones afectivas, miedos, esperanzas y necesidades. Detrás de cada persona hay una vida que no puede traducirse íntegramente en datos.

 

Cuando la dignidad es sustituida por el rendimiento, algo esencial se rompe.


El verdadero riesgo de la era algorítmica no es la llegada de las máquinas. El riesgo es la interiorización de su mirada fría e inerte.

 

Porque se vuelve peligroso el momento en el que empezamos a evaluarnos a nosotros mismos exclusivamente a través de parámetros de productividad, eficiencia y éxito.

 

En ese momento, al ser humano ya no se le reconoce en su singularidad irreductible, sino en su capacidad para generar rendimientos medibles.

 

También por esta razón la alternativa del humanismo adquiere hoy una relevancia decisiva. No como nostalgia de un mundo pretecnológico, ni como rechazo a la innovación, sino como reafirmación de un principio sencillo: la técnica debe permanecer al servicio de la persona y de la comunidad. Debe reconocer la vulnerabilidad humana, no intentar borrarla.

 

En el debate público suelen prevalecer dos posturas opuestas e igualmente limitadas.

 

Por un lado, los entusiastas de la tecnología, convencidos de que cualquier problema puede resolverse mediante nuevas herramientas digitales; incluso se cree que la muerte puede superarse.

 

Por otro lado, los profetas de la catástrofe, que ven en la tecnología únicamente una amenaza.

 

Ambas visiones atribuyen a la tecnología un poder casi absoluto. La realidad es diferente.


Ningún algoritmo decide por sí solo el destino de la sociedad. Detrás de cada tecnología actúan intereses económicos, decisiones políticas, visiones culturales y modelos antropológicos. La pregunta decisiva no es qué máquinas construiremos, sino qué idea del ser humano guiará su construcción.

 

Si se concibe al ser humano como un individuo aislado y competitivo, las tecnologías reforzarán el aislamiento y la competencia. Si, por el contrario, se le reconoce como un ser vulnerable e interdependiente, la tecnología podrá convertirse en una herramienta de cooperación, inclusión y cuidado mutuo.

 

Por eso vuelven a ocupar un lugar central palabras como libertad, responsabilidad y bien común.

 

La libertad no consiste simplemente en elegir entre opciones predeterminadas por una plataforma. Una libertad auténtica requiere la capacidad de comprender los mecanismos que influyen en nuestras decisiones. Requiere conciencia. Requiere educación crítica.

 

Un ciudadano al que sistemas opacos perfilan y orientan constantemente puede sentirse libre mientras es guiado por caminos ya establecidos.



Tampoco la responsabilidad puede delegarse en las máquinas. Los algoritmos procesan datos, pero no asumen obligaciones morales. No conocen la solidaridad. No responden de las consecuencias de sus propias acciones.

 

La responsabilidad sigue recayendo en las personas, las instituciones y las organizaciones que diseñan, utilizan y regulan la tecnología.

 

Aún más importante es el concepto de bien común. En un universo digital dominado por la concentración de poder y la extracción de valor, el bien común corre el riesgo de desaparecer del horizonte.

 

Pero toda sociedad nace de la conciencia de que los seres vulnerables eligen cooperar para protegerse mutuamente. El bien común es la forma política de nuestra fragilidad compartida.

 

También la educación asume una función estratégica. No basta con enseñar a utilizar las herramientas digitales. Es necesario aprender a comprenderlas, criticarlas y gobernarlas.

 

Una población entrenada para hacer clic, pero incapaz de cuestionar el poder tecnológico, es una población expuesta a nuevas formas de dominio.


El reto de nuestro tiempo se refiere, en definitiva, a una elección de civilización. Podemos aceptar un modelo en el que el ser humano se convierte en una función de los sistemas tecnológicos, o bien podemos construir un orden digital orientado a la dignidad de la persona.

 

Lo que realmente está en juego no es la inteligencia artificial. Es nuestra capacidad de seguir siendo humanos. No es el poder de las máquinas, sino nuestra capacidad para custodiar lo que ninguna máquina puede producir: justicia, compasión, solidaridad, responsabilidad y cuidado.

 

En una época que sueña con calcularlo todo, hay que defender lo que escapa al cálculo.

 

La vulnerabilidad, lejos de ser un límite que superar, representa la fuente de las relaciones, de la democracia y de la vida en común.

 

El humanismo digital solo será auténtico cuando sepa reconocer esta verdad fundamental: el ser humano no es un dato, un perfil o un algoritmo incompleto. Es un ser vulnerable que vive con los demás, gracias a los demás y para los demás.

 

Y es precisamente esta fragilidad compartida la que constituye el fundamento más profundo de todo futuro digno de ser llamado humano.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


martes, 27 de octubre de 2026

La oración por los difuntos.

La oración por los difuntos

Con este recuerdo, nos encontramos en pleno otoño: los árboles pierden sus hojas, las nieblas matutinas tardan en disiparse, los días se acortan y la luz pierde su intensidad.

 

Pero hay rincones de tierra, los cementerios, que parecen prados primaverales en flor.

 

Sí, porque desde hace siglos los habitantes de nuestras tierras, una vez terminada la temporada de los frutos y sembrado el trigo destinado a renacer en primavera, han querido que en estos primeros días de noviembre se recordara a los difuntos.

 

Fueron los celtas quienes fijaron en esta época del año el recuerdo de los difuntos, recuerdo que luego la Iglesia cristianizó, convirtiéndolo en una de las celebraciones más vivas y concurridas, no solo en siglos pasados y en el campo, sino aún hoy y en las ciudades más anónimas, a pesar de que la cultura dominante tiende a apartar la muerte.

 

Al acoger este recuerdo, esta respuesta humana a la «gran pregunta» que se le plantea a cada hombre, la Iglesia lo ha proyectado a la luz de la fe pascual que proclama la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, y por eso ha querido que le preceda la fiesta de Todos los Santos, casi como para indicar que los santos arrastran consigo a los difuntos, les toman de la mano para recordarnos a todos que no nos salvamos por nosotros mismos.

 

Y es al atardecer de la fiesta de Todos los Santos cuando los cristianos no solo recuerdan a los difuntos, sino que acuden al cementerio a visitarlos, como para encontrarse con ellos y manifestarles su cariño cubriendo de flores sus tumbas: un afecto que, en esta ocasión, es capaz incluso de asumir el mal que se haya podido percibir en la vida de los seres queridos y de envolverlo en una gran compasión que abraza las sombras propias y ajenas.



Para muchos de nosotros, allí bajo tierra están nuestras raíces: el padre, la madre, todos aquellos que nos han precedido y nos han transmitido la vida, la fe cristiana y ese legado cultural, ese entramado de valores sobre el que, a pesar de las muchas contradicciones, intentamos fundamentar nuestra vida cotidiana.

 

Este recuerdo de los difuntos es para los cristianos una gran celebración de la resurrección: lo que se ha confesado, creído y cantado en la celebración de cada funeral se repite aquí, en un único día, por todos los difuntos.

 

La muerte ya no es la última realidad para los hombres, y quienes ya han fallecido, al dirigirse hacia Cristo, no son rechazados por Él, sino que resucitan para la vida eterna, la vida para siempre con Él, el Resucitado y Viviente.

 

Sí, existe esta palabra de Jesús, esta promesa suya en el Evangelio de Juan que hoy musito en mi corazón para vencer toda tristeza y todo temor: «¡Al que venga a mí, no lo rechazaré!» (cf. Jn 6,37 ss.).

 

El cristiano es aquel que acude al Hijo cada día, aunque su vida se vea empañada por el pecado y las caídas; es aquel que se aleja y vuelve, que cae y se levanta, que retoma con confianza el camino del seguimiento.

 

Y Jesús no lo rechaza; al contrario, al abrazarlo en su amor, le concede el perdón de los pecados y lo conduce definitivamente a la vida eterna.



La muerte es un paso, una Pascua, un éxodo de este mundo hacia el Padre: para los creyentes ya no es un enigma, sino un misterio, porque está inscrita de una vez por todas en la muerte de Jesús, el Hijo de Dios, que supo hacer de ella, de manera auténtica y total, un acto de ofrenda al Padre.

 

El cristiano, que por vocación muere con Cristo (cf. Rom 6,8) y está sepultado con Cristo en su muerte, precisamente al morir lleva a plenitud su obediencia como criatura y, en Cristo, es transfigurado, resucitado por las energías de vida eterna del Espíritu Santo.

 

Es en esta conciencia, en esta visión que deriva únicamente de la fe, donde la muerte acaba por aparecer como «hermana», por transfigurarse en un acto en el que se devuelve a Dios, por amor y en libertad, lo que Él mismo nos ha donado: la vida y la comunión.

 

Por eso, la Iglesia de la tierra, al recordar a los fieles difuntos, se une a la Iglesia del cielo y, en una gran intercesión, invoca misericordia para quienes han fallecido y se encuentran ante Dios en el juicio para dar cuenta de todas sus obras (cf. Ap 20,12).

 

La oración por los difuntos es un acto de auténtica intercesión, de amor y caridad hacia quienes han alcanzado la patria celestial; es un acto que se debe a quienes mueren, porque la solidaridad con ellos no debe interrumpirse, sino vivirse aún como communio sanctorum, «comunión de los santos», es decir, de hombres y mujeres pobres acogidos en la casa del Padre y sentados en el banquete del Reino.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Amaneceres.

Amaneceres 

Al amanecer, la luz no necesita imponerse. Se posa sobre las cosas, roza sus contornos y devuelve lentamente al mundo su profundidad. 

También la vida puede experimentar un despertar similar: cuando deja de buscar lo que la hace llamativa y empieza a reconocer lo que la hace verdadera. 

Es un paso discreto, pero exigente. 

Orientar la propia existencia hacia lo pequeño, lo invisible, lo aparentemente insignificante requiere, de hecho, un esfuerzo interior de gran radicalidad. No basta con reducir el ruido que nos rodea: hay que cambiar el criterio con el que se mide el valor de la propia presencia. 

Desde el comienzo de la vida asimilamos, a menudo sin darnos cuenta, una propuesta diferente. Aprendemos que hay que hacerse notar, mostrar habilidades especiales, poseer algo que sorprenda. La mirada de los demás se convierte en un espejo en el que buscamos confirmación: si se nos reconoce, nos sentimos importantes; si pasamos desapercibidos, tememos no contar. 

Incluso los talentos, que podrían ser ocasiones para dar, corren el riesgo de transformarse en instrumentos para llamar la atención. Así, la existencia se proyecta hacia el exterior, siempre a la espera de una señal que le diga cuánto vale. 

Las imágenes del grano de mostaza y de la levadura en la masa rompen con esta costumbre. 

Porque proponen una grandeza que no coincide con las apariencias y una eficacia que no necesita ser reconocida de inmediato. 

La semilla entra en la tierra; la levadura se mezcla con la masa. Ambas renuncian a permanecer en el centro de la mirada. Pero por eso no pierden su fuerza: precisamente en lo oculto comienza su obra. 

La pequeñez no es, pues, una invitación a menospreciarse, ni a hacer estéril la propia presencia. Es la posibilidad de liberar la vida de la obligación de exhibirse, para que por fin pueda dar fruto. 

El primer paso de este camino conduce hacia el interior. No hacia un repliegue sobre uno mismo, sino hacia ese lugar profundo en el que la persona encuentra el sentido de su propia existencia. 

Mientras el centro siga siendo el aplauso de la gente, cada gesto corre el riesgo de convertirse en una petición de aprobación. 

Cuando, en cambio, se empieza a habitar la propia interioridad, puede surgir una pregunta diferente: ¿qué hace que mi vida sea verdadera, incluso cuando nadie la observa? ¿Qué queda de mí cuando se apaga el aplauso? 

Es aquí donde la propuesta de la pequeñez revela toda su exigencia: pide que fundamentemos nuestra consistencia en algo que no dependa de la mutabilidad de las miradas. 

Desde la perspectiva de la fe, esta posibilidad nace de la conciencia de ser amados por Dios. No como una fórmula que repetir, sino como una certeza que llega a las zonas más frágiles de la persona y las habita. 

Cuando ese amor llena de sentido la existencia, el reconocimiento del mundo ya no tiene que soportar por sí solo el peso de nuestra identidad. Podemos acoger la gratitud sin depender de ella, atravesar la indiferencia sin sentirnos borrados. 

No hace falta demostrar continuamente que merecemos un lugar: ese lugar ya nos ha sido dado en el amor. La libertad del grano de mostaza comienza a partir de esta plenitud, no de una renuncia amarga. 

Entonces se comprende por qué se trata de un camino nuevo, radical, no espontáneo. 

El deseo de aprobación vuelve a aparecer, incluso en las intenciones más generosas. Podemos buscar en silencio una recompensa incluso en el servicio, o desear ser admirados por nuestra humildad. 

Por eso, la pequeñez exige vigilancia y paciencia: no es un gesto definitivo, sino una orientación que hay que reencontrar cada día. 

La cuestión no es convertirnos en personas sin deseos, sino dejar que el deseo madure, pasando de la búsqueda de confirmaciones a la capacidad de entregarse. 

El movimiento hacia la interioridad no concluye en la interioridad. Porque la semilla y la levadura orientan la vida hacia los demás. 

La semilla de mostaza crece hasta ofrecer ramas en las que pueden posarse los pájaros; la levadura actúa en la masa para que se convierta en pan, alimento para compartir, capaz de saciar. 

Su transformación no termina en una celebración de sí mismos. Se convierte en refugio, alimento, posibilidad de vida. Este es el criterio que permite comprender su grandeza: no cuánto atraen la mirada, sino cuánto espacio y apoyo ofrecen a lo que vive a su lado. 

Ser pequeños no significa permanecer encerrados en una dimensión privada y tranquilizadora. Significa ponerse a disposición de una fecundidad que nos supera. 

La escucha que permite a alguien recuperar su propia voz, el tiempo ofrecido sin prisas, el trabajo realizado con esmero incluso cuando nadie lo nota: son espacios en los que la vida puede adoptar la forma de la semilla y de la levadura. 

No todo lo que importa produce una imagen que mostrar. A veces, el bien más real deja como única huella a una persona menos sola, una confianza reconstruida, una posibilidad que antes no existía. 

En este proceso también cambia la forma de la alegría. 

Ya no es solo la satisfacción de haber satisfecho nuestras propias necesidades, sino la alegría de ver cómo otros encuentran su propio camino. El rostro feliz de un hermano no se convierte en la prueba de nuestra habilidad: es un bien del que podemos alegrarnos, sin necesidad de poseerlo. 

La realización de los demás deja de parecer algo que nos resta espacio. Podemos desearla, apoyarla, celebrarla. No se trata de negar las propias necesidades ni de borrar nuestra propia identidad, sino de abandonar la pretensión de que todo deba volver a nosotros. 

El amor recibido abre la posibilidad de una alegría compartida. 

La parábola del grano de mostaza y de la levadura en la masa encierra un amplio horizonte: la alegría del mundo. 

Comienza en el secreto de una conciencia habitada por el amor y se expande en la acogida, en el sustento, en la felicidad de los hermanos. 

No promete una existencia insignificante, sino un significado que ya no necesita imponerse. 

Como la luz del amanecer, esta vida no pide que todos la miren: permite ver mejor lo que la rodea. 

Y seguramente su madurez se reconozca precisamente aquí, cuando la pregunta «¿Quién se fija en mí?» da paso a otra pregunta, más libre y más luminosa: «¿Quién puede encontrar vida a través de mi presencia?». 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Jesús se abrió paso en el miedo y continuó su camino.

Jesús se abrió paso en el miedo y continuó su camino 

El miedo es una de las experiencias más profundamente humanas. 

Surge cuando nos enfrentamos a una amenaza que percibimos como mayor que nuestra capacidad para hacerle frente, algo que amenaza con arrebatarnos un bien, una relación, la seguridad, el futuro o incluso la vida. 

Es una reacción defensiva, inherente a nuestra propia naturaleza: nos pone en alerta, nos invita a protegernos y nos empuja a buscar refugio. Sin miedo, seríamos menos capaces de sobrevivir. 

Pero hoy en día, no es difícil darse cuenta de que vivimos en una cultura que no solo conoce el miedo, sino que lo produce, lo alimenta y, a menudo, lo comercializa. 

La comunicación comercial sabe muy bien que un consumidor asustado está más dispuesto a comprar protección, seguridad, salud, seguros y soluciones. 

La comunicación política conoce igualmente bien el poder de quien logra identificar a un enemigo y presentarse como el único capaz de defendernos. 

Incluso la información, no pocas veces, descubre que la amenaza atrae más atención que la esperanza y que la alarma genera más consenso que la complejidad. 

El miedo, en definitiva, se ha convertido en un recurso económico, político y social. 

El problema es que incluso la fe puede caer en esta trampa. 

En el pasado se hablaba de Dios apelando al miedo: al infierno, al castigo, al fin del mundo, a la pérdida de la salvación. 

Hoy en día, ocurre que se puede intentar ganar adeptos a la fe mostrando sobre todo lo amenazante que es el mundo, lo peligroso que es vivir sin Dios, lo terribles que son las consecuencias de perder nuestra identidad cristiana. 

Pero esto significa convertir la fe en un mecanismo de seguridad y a Dios en una garantía contra nuestras inseguridades. 

Es una forma de utilizar a Dios, no de servirle. 

Porque quien busca a Dios principalmente para sentirse protegido, en el fondo, aún no ha aprendido a confiar en él. 

El Evangelio, en cambio, no promete que ya no tendremos miedo. No nos asegura una vida sin riesgos, sin enfermedades, sin fracasos, sin muerte. 

El propio Jesús pasó por el miedo. En Getsemaní no ocultó la angustia ante lo que le esperaba. Y en la cruz llegó incluso a experimentar el abandono. 

Pero aquí está el corazón del Evangelio: Dios ha vencido cualquier riesgo. No en el sentido de que haya eliminado todo peligro de nuestra existencia, sino en el sentido infinitamente más radical de que ningún peligro puede ya tener el poder de separarnos definitivamente de su amor. 

La resurrección de Jesús no es una promesa de inmunidad frente al sufrimiento, sino la revelación de que ni siquiera la muerte es ya la última posibilidad de la existencia. 

Si Dios ha atravesado la muerte y la ha vencido, ya no existe ninguna amenaza capaz de arrebatarnos definitivamente la vida que Él nos da. 

Por eso el cristiano puede superar cualquier miedo. No porque sea más valiente que los demás, ni porque subestime los peligros o sea irresponsable ante los riesgos, sino porque sabe que su vida no depende de su propia capacidad para conservarla. 

Puede perder, sin perder a Dios ni a sí mismo. 

Puede exponerse sin pretender controlar todas las consecuencias. 

Puede incluso aceptar ser vulnerable porque sabe que está protegido por un amor más grande que su propia fragilidad. 

Es una libertad que hoy puede parecer reservada a unos pocos, casi un lujo para quienes ya disponen de seguridad, recursos y protecciones. Y, sin embargo, es precisamente esta libertad la que nos permite seguir siendo humanos. 

Quien vive dominado por el miedo acaba fácilmente viendo en los demás una amenaza, en los extranjeros un peligro, en los pobres una carga, en quien es diferente un enemigo. 

Para defenderse, va reduciendo progresivamente su mundo: renuncia a la confianza, a la solidaridad, a la acogida, a la posibilidad de amar. El miedo, que había surgido para defender la vida, acaba así empobreciéndola. 

Superar el miedo, en cambio, significa seguir encontrándonos con los demás sin exigir garantías, cuidar de los más vulnerables sin preguntarnos primero si nos conviene, mantener la verdad incluso cuando no genera consenso, acoger sin saber de antemano qué obtendremos a cambio. 

Significa no permitir que la necesidad de protegernos sea más importante que la posibilidad de amar. 

Quizá sea precisamente este el testimonio que el mundo más necesita de los cristianos: no personas que prometan protegernos del miedo, sino personas que sepan vivir en él sin convertirse en prisioneras del mismo. 

Jesús no dijo: «No os pasará nada». Dijo: «No tengáis miedo, yo he vencido al mundo» (Jn 16,33). 

La diferencia es enorme. 

Lo primero habría sido una promesa de seguridad. Lo segundo es una promesa de libertad. 

Y quizá evangelizar hoy signifique precisamente esto: no enseñar a los hombres a centrarse en el miedo a estar en el mundo y a defenderse de él, sino mostrarles que hay algo más grande que el miedo, por lo que aún merece la pena vivir y morir. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¡Bienaventurados!

¡Bienaventurados!   A los que están tristes, Dios los consolará .   En nuestra sociedad se hacen hincapié en los derechos y se pasan p...