viernes, 24 de julio de 2026

Encuentro, acogida y transformación… pasado, presente y futuro de nuestras sociedades.

Encuentro, acogida y transformación… pasado, presente y futuro de nuestras sociedades

En el debate actual sobre las formas de encuentro entre culturas, se recurre a menudo al término «inculturación» para referirse a ese proceso mediante el cual una cultura acoge elementos de otra, reelaborándolos y entrelazándolos con su propia identidad. 

Pero con demasiada frecuencia este concepto se presenta de forma idealizada, como si fuera posible asimilar lo externo y lo nuevo sin que se produzca una transformación real, una influencia recíproca, entre las partes implicadas. 

En realidad, no existe inculturación que no sea también influencia recíproca, un intercambio profundo y bidireccional en el que ninguno de los sujetos implicados permanece idéntico a sí mismo. 

La inculturación, término muy utilizado en las ciencias sociales, la teología y la antropología, se distingue de la aculturación en que no representa una simple adaptación superficial, sino un verdadero proceso de asimilación y reinterpretación creativa. 

En este contexto, una cultura no se limita a recibir pasivamente elementos ajenos, sino que los hace suyos, los transforma y, al hacerlo, se transforma a su vez. 

Pienso, por ejemplo, en la difusión de religiones, como el cristianismo, en contextos africanos, asiáticos o sudamericanos: la liturgia, los símbolos, los cánticos e incluso las representaciones divinas se tiñen de los matices y las sensibilidades locales. 

No se trata de una mera superposición, sino de un diálogo profundo, en el que el mensaje original se «contamina» con ritos, lenguajes y visiones del mundo preexistentes, dando lugar a nuevas formas expresivas y, en ocasiones, a nuevas interpretaciones de lo sagrado. 

Cuando dos culturas se encuentran, la contaminación no es solo una posibilidad: es el resultado inevitable de la interacción. Cada elemento, incluso el más aparentemente ajeno, no puede entrar en un contexto sin provocar repercusiones, adaptaciones, resistencias y acogidas inesperadas. 

La comida, la moda, la lengua y la música se convierten entonces en laboratorios vivos de experimentación, en los que la frontera entre el «nosotros» y «el otro» se vuelve porosa, móvil e inestable. 

Nuestra cocina, por ejemplo, es fruto de las influencias: basta con pensar en el tomate y el maíz, llegados de América después de 1492, o en las especias que llegaron gracias al comercio con Oriente. 

Hoy en día, hablar de «cocina tradicional» significa, en realidad, hablar de una estratificación de encuentros, fusiones y reinvenciones. 

Del mismo modo, la lengua (catalana o la que sea) es un crisol en continua ebullición, que acoge y transforma préstamos extranjeros, jerga juvenil y jerga digital. 

A menudo se comete el error de considerar la inculturación como una acción unidireccional: hay quien ofrece y quien recibe, quien enseña y quien aprende, quien moldea y quien se deja moldear. 

En realidad, cada acto de apertura hacia el otro produce una doble transformación. Tanto la cultura «anfitriona» como la «acogida» salen modificadas del encuentro, generando algo nuevo que ya no pertenece del todo ni a una ni a otra. 

El jazz, nacido del encuentro entre las tradiciones africanas y la música occidental, es un emblema de este proceso recíproco. 

Al igual que lo son los barrios mestizos de las grandes ciudades, donde las influencias se mezclan y se refractan creando identidades plurales. 

Este proceso también puede tener lugar de forma silenciosa y subterránea: un dicho, una forma de vestir, una receta, que de marginal pasa a ser costumbre, dan testimonio del poder de la contaminación recíproca. 

No faltan, sin embargo, las resistencias. 

A lo largo de la historia, la obsesión por la «pureza» cultural ha generado cerrazón, discriminaciones y conflictos. Se ha temido que la apertura hacia el otro pudiera significar la pérdida de la propia identidad, la disolución de las raíces. 

Pero la historia demuestra lo infundados que son esos temores: no existe tradición que no sea el resultado de estratificaciones y mezclas. La cultura se nutre de encuentros, divergencias y adaptaciones. 

El deseo de mantener intacto lo que se percibe como «nuestro» suele ir acompañado de un rechazo a lo nuevo, que se considera una amenaza. Pero si observamos con atención, descubrimos que la vitalidad de una cultura se mide precisamente por su capacidad de contaminarse, de dejarse atravesar por otras historias, otras sensibilidades, otros saberes. 

Ninguna civilización ha crecido a la sombra del aislamiento; todas han prosperado gracias al encuentro. 

Hoy, en la era de la globalización, la influencia recíproca se acelera y se multiplica. Las migraciones, las tecnologías y las redes digitales amplían las posibilidades de encuentro entre mundos diferentes. 

Si bien, por un lado, surgen nuevos temores —vinculados a la pérdida de identidad, a la homogeneización y a la fragmentación social—, por otro se abren espacios inéditos de creatividad y ciudadanía. 

La cultura global nunca es uniforme: es un mosaico en constante movimiento. Incluso en la era de las plataformas digitales, las culturas locales reinventan, reinterpretan y dotan de nuevo significado a lo que llega de otros lugares. 

Reconocer el valor de la influencia recíproca significa también replantearse la educación. La escuela, lejos de ser un baluarte monolítico, puede convertirse en un laboratorio de diálogo, un lugar en el que las diferencias no se niegan, sino que se confrontan y se viven como oportunidades de crecimiento. 

La educación intercultural no consiste solo en aprender nociones sobre las «otras» culturas, sino en experimentar directamente el encuentro, la escucha y la transformación. 

Dar voz a las historias de quienes proceden de contextos diferentes, cuestionar los propios prejuicios, experimentar la riqueza de la pluralidad: este es el verdadero reto educativo de nuestro tiempo. En este sentido, la influencia recíproca no es una amenaza, sino un horizonte de posibilidades. 

No existe inculturación sin influencia (recíproca). Todo encuentro auténtico entre culturas conlleva el riesgo y la maravilla de la transformación. De la influencia surge lo nuevo, se regenera la tradición y se abre el espacio de lo inédito. 

En un mundo que cambia, el reto no es defender una supuesta pureza, sino aprender a navegar entre las corrientes de la hibridación, reconociendo en la influencia recíproca la esencia misma de lo humano. 

Solo acogiendo la transformación recíproca podemos esperar construir una sociedad más abierta, creativa y solidaria, capaz de custodiar la memoria sin temer al futuro. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¡Jo, es que me aburro…!

¡Jo, es que me aburro…! 

«¿Vienes a jugar?». La llamada desde la ventana hacía que miráramos a mamá, que normalmente fingía no haber oído nada. Así que teníamos que ir a preguntarle. 

Mamá, ¿has oído? Dice que si podemos ir a jugar…

¿Habéis terminado los deberes?

Sí.

¿Seguro?

Sí.

¿Adónde pensáis ir?

A la calle… 

Y así, tras mil peticiones y respuestas, idas y venidas y negociaciones, normalmente (si nos lo habíamos ganado, claro está) llegaba una especie de «». 

Una especie de «sí» porque tenía no pocas condiciones… 

Podéis ir a la calle pero tened cuidado… En casa a las 7 y no os hagáis daño… Y que nadie venga a decirme que os habéis portado mal, que os habéis peleado o que habéis dicho palabrotas, porque si no… 

Escuchábamos cada una de sus palabras (que nos sabíamos de memoria, porque siempre eran esas las condiciones) concentrados, tranquilos, asintiendo con convicción a cada condición. La lógica de las madres de antaño era inquebrantable y, por desgracia, todas la compartían. 

Nuestras madres se apoyaban unas a otras, y tenías un poco la impresión de ser hijo de todo el barrio. Y si te pasabas de la raya con alguna —cualquiera de ellas—, te lo hacía saber de forma muy clara; y cuando volvías a casa, tu madre ya estaba al corriente de todo... 

Y lo juegos eran diversos… a muñecas y soldaditos… a los cromos… a la cuerda o a la goma… al escondite… a campo quemado y a fútbol… a la peonza (o trompa)… a las canicas… al “chorro, morro, pico, tallo, qué”… a los juegos reunidos geyper”… al monopoly… a los madelman o geyperman… a la rayuela… a las chapas y tabas… a la gallinita ciega… al hinque…al pañuelo… a... 

Prefiero pasar por alto el tema de los timbres, porque si bien es cierto que nos lo pasábamos en grande tocándolos para luego salir corriendo, también lo es que las señoras a las que pertenecían esos timbres se enfadaban muchísimo… y ocurría que las más rápidas nos perseguían... 

¿Y los niños de hoy? 

Esta vez no voy a hacer una comparación entre nuestros barrios de ayer y los de hoy, o al menos no solo eso. 

Si la comparación es entre nuestros juegos y los de los niños de hoy, tal vez el contraste sea lo siguiente a abrumador. 

Porque mientras los niños son pequeños, se dejan encantar por la forma de jugar de los mayores (padres/madres, abuelos,…), por sus juegos de antaño o por los más modernos. 

Luego, poco a poco, los pequeños se transforman en seres digitales que saben usar cada uno de los dispositivos mejor que nosotros, sin que nadie se lo haya enseñado. Son los llamados «nativos digitales», que me inquietan bastante, quizá porque paso de los 60 años... 

Una vez terminados los deberes, llega el «me aburro, ¿qué hago?», y el adulto se vuelve loco inventando cosas que hacer, cosas que construir juntos, cosas para colorear o retos que superar. 

Se juega un rato y luego vuelve el «me aburro», y es horrible oír a los niños decir que se aburren… ¿pero cómo es posible? ¡Niño y aburrimiento no pueden aparecer en la misma frase! 

Y entonces llega la propuesta: «¿Puedo jugar un rato con la Play (Station, claro)?». Se negocia el tiempo permitido, se pone la alarma (perdón, se dice Alexa, temporizador de veinte minutos) y se asiste a la transformación del pequeño, que de niño alegre y vivaz se convierte en un ser alejado de la realidad, que no oye si le llaman, concentrado como está en construir no se sabe muy bien qué o en ganar o perder vidas en no se sabe qué más. 

Los niños ya no juegan en la calle... porque ya no calles en las que poder jugar… o porque mil y un peligros acechan… O porque mil y una extraescolares lo impiden...

Y así, como mucho, se reúnen dos o tres en casa para jugar juntos, normalmente a la PlayStation. 

¿Pesimismo? ¿Tristeza? ¿Nostalgia? 

Las tres cosas juntas, creo. 

¿Hay algún consuelo por pequeño que sea? Quizá dentro de esos genios de lo digital todavía haya niños capaces de dejarse encantar… ¿Queda esa esperanza?

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La parábola de la cabeza gacha.

La parábola de la cabeza gacha 

Una imagen que capta por un instante con el rabillo del ojo, y de la que es imposible apartar la mirada. 

Ella tiene la cabeza gacha, la mirada fija en la tarjeta de colores; hay cuadraditos, números, estrellitas; predominan el amarillo y el rojo. No puede esperar y se apoya en un cubo de basura que han dejado allí a la espera de ser vaciado, justo al lado de la puerta del estanco. Todo el deseo del mundo concentrado en una fina capa plateada que hay que rascar rápidamente, para ver si la suerte está de nuestro lado. La moda ha dotado a quienes la siguen de unas uñitas de colores afiladas, perfectas para este fin, y se ve por ahí a gente rascando con las uñas, pero la persona a la que ha visto no tiene las uñas cuidadas, ni tampoco el pelo ni la ropa. Utiliza una simple moneda. 

Otra imagen. Una joven camina por una acera de la ciudad, con la cabeza gacha y la mirada fija en el móvil. De repente, se detiene en seco y teclea algo. El señor que camina detrás de ella, a pocos pasos, choca contra ella. Él también tenía la cabeza agachada sobre el móvil, aunque en ese momento no tenía nada que escribir. Se enfrentan con palabras mordaces. Se alejan enfadados, van en la misma dirección, la distancia entre ellos se alarga solo un poco, pero si uno de los dos no levanta la vista, volverá a ocurrir. 

La cabeza gacha es una realidad y, al mismo tiempo, una metáfora de gran parte de nuestra vida. 

También está la cabeza gacha de los trabajadores sometidos a chantaje. Quien la levanta, es arrinconado, alejado, despedido… La precariedad crónica legaliza el chantaje, y ser siervos ya casi no es motivo de escándalo. Es más, en un momento dado, las redes sociales lanzan coros furiosos contra quienes denuncian la explotación: que se curtan la piel, que sepan lo que es la vida, los jóvenes están llenos de pretensiones, no saben lo que es el sacrificio,…, escriben en los comentarios. 

Pero la dignidad se aprende si se reconoce socialmente; la benevolencia, la curiosidad hacia las personas, la generosidad y el propio sacrificio se aprenden, por así decirlo, al haberlos visto en la práctica y haberlos experimentado en primera persona. Nos van moldeando poco a poco. 

La cabeza gacha con la que vivimos nuestros días es la normalización de tantas formas de esclavitud a las que nos enfrentamos sin vigor, como si hubiéramos dejado de creer que podemos actuar en contra. 

Y es que, en realidad, los cristianos somos hermanos nacidos del anuncio de la libertad más radical que se pueda imaginar. La libertad de la esclavitud del miedo y de la muerte. 

La Biblia contiene páginas preciosas que expresan el encanto que nos sorprende cuando levantamos la cabeza: desde el salmo 121, casi al principio de la historia de la salvación, «Alzo los ojos hacia los montes: / ¿de dónde vendrá mi ayuda? / Mi ayuda viene del Señor, / que hizo el cielo y la tierra», hasta el pasaje del Evangelio de Lucas 21, que habla del fin de los tiempos: «Cuando empiecen a suceder estas cosas, levantaos y alzad la cabeza, porque vuestra salvación está cerca». 

Debemos decirnos a nosotros mismos que levantar la cabeza y la mirada es libertad. Es Evangelio. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Otra manera de ser inteligentes y sabios.

Otra manera de ser inteligentes y sabios 

Ya se ha convertido casi en un lugar común afirmar que los jóvenes de hoy en día adolecen de cierta pobreza cultural. 

Si por cultura entendemos la acumulación de conocimientos, referencias y códigos simbólicos compartidos, sin duda existe una pobreza cultural juvenil. 

Pero esta constatación debe situarse en el contexto del cambio de época que estamos viviendo. 

No se trata simplemente de un menor conocimiento de los clásicos o de una menor familiaridad con la historia y la filosofía: aquí está en juego algo más profundo, a saber, el cambio en la relación entre cultura, identidad y vida. 

En la modernidad tardía, poseer una riqueza cultural se consideraba una condición casi necesaria para una «buena vida». Se pensaba que la vida debía ser primero pensada y luego vivida. 

El ideal formativo preveía un largo periodo de preparación: estudio, reflexión, interiorización de un patrimonio de sentido. La cultura era brújula y dique; ofrecía criterios de juicio, modelos existenciales, horizontes normativos. 

La biografía individual debía planificarse, y esa planificación requería instrumentos simbólicos sólidos. En este sentido, la cultura representaba una forma de capital, no solo social, sino también moral y existencial. 

Pero esta visión no está exenta de ambigüedades. 

Precisamente en la segunda mitad del siglo XX, algunos ya habían puesto en tela de juicio la idea de la cultura como espacio neutro de emancipación, mostrando cómo el saber y el poder están entrelazados, ya que toda construcción cultural se basa en exclusiones y jerarquías que estructuran el sentido: no existe un saber inocente. 

Si observamos el presente con estas herramientas críticas, la pobreza cultural de los jóvenes puede aparecer bajo una luz diferente. 

La posmodernidad ha invertido la secuencia de la modernidad: ya no se vive después de haber pensado, sino que se piensa después de haber vivido. 

La experiencia precede a la teoría. 

Las identidades no se diseñan de una vez por todas, sino que se renegocian continuamente. Los jóvenes construyen su propio sentido a través de prácticas, relaciones, redes digitales, movilidad e influencias cruzadas. 

La cultura ya no es un acervo que hay que interiorizar, sino un flujo que hay que atravesar. 

En este escenario, la menor adhesión a los cánones tradicionales no es solo una pérdida; es también un rechazo implícito de una cultura percibida como normativa y, en ocasiones, excluyente. 

La vida se convierte en un laboratorio, y la reflexión sigue a la experiencia en lugar de precederla. 

Porque la sabiduría auténtica no coincide con la erudición, sino con la vida evangélica vivida concretamente, que se erige en crítica del saber separado de la vida, porque se convierte en motivo de prestigio o dominio. 

La verdad no es posesión, sino camino. No es acumulación, sino transformación. 

Desde esta perspectiva, la menor importancia de la acumulación cultural podría incluso convertirse en un espacio de posibilidades. 

Si no se dispone de un gran capital cultural tradicional, quizá se sea más libre para buscar un sentido encarnado, relacional y solidario. 

La vulnerabilidad puede abrir el camino a la fraternidad; la falta de certezas puede hacer más auténtica la búsqueda. 

Las posibles consecuencias positivas son múltiples. 

En primer lugar, una mayor atención a la experiencia concreta frente al prestigio simbólico. 

En segundo lugar, una cultura menos jerárquica y más dialógica, basada en la escucha y el intercambio más que en la exhibición del saber. 

Por último, una renovada centralidad de la ética de la proximidad: cuidado, servicio, responsabilidad recíproca. 

Esto no significa celebrar acríticamente la pobreza cultural. 

El riesgo de que estos jóvenes se dejen llevar por la inmediatez sin profundidad es real, al igual que el de ser manipulables, dentro de un ecosistema informativo caótico y virtual. 

Solo significa destacar que, ya hoy en día, existen ejemplos concretos que muestran sus frutos. Pensemos en los muchos jóvenes que, aunque sin un amplio bagaje de referencias teóricas o literarias, eligen experiencias de voluntariado estable. 

O a aquellos que dan prioridad a trabajos socialmente útiles o ambientalmente sostenibles, incluso a costa de renunciar a trayectorias más prestigiosas. 

También cabe mencionar las redes informales de intercambio: grupos de compra solidaria, viviendas colaborativas para jóvenes, comunidades digitales creadas para apoyarse mutuamente. 

Incluso en el uso de las redes sociales surgen señales interesantes: jóvenes que hablan de fragilidades personales, procesos de sanación, caminos espirituales no codificados. 

En todos estos casos, la «pobreza» no es miseria intelectual, sino libertad frente a un saber vivido como poder. Es un espacio para una cultura que nace de la experiencia compartida, de la cercanía, de lo concreto. 

Si va acompañada de un mínimo de discernimiento crítico, esta postura puede hacer que los jóvenes estén menos obsesionados con el prestigio y más atentos a la calidad de las relaciones y a la coherencia entre la vida y los valores. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Santa María Magdalena: el deseo de la fe.

Santa María Magdalena: el deseo de la fe 

La traducción de 1 Corintios 13,9 no me convence del todo. «Cuando llegue lo perfecto, lo imperfecto desaparecerá». 

Porque hay que entender que ese «perfecto» hace referencia a lo que está consumado, a lo que ha llegado a su plenitud. Tanto es así que lo contrario es «lo que aún es parcial». Por lo tanto: lo que está consumado y lo que está inconcluso. 

Esto ya insinúa una duda sobre ese «desaparecerá». Cuando llega la plenitud, de hecho, lo que está inconcluso no desaparece, sino que queda contenido en su interior, es absorbido, es —precisamente— acompañado hasta su plenitud, como ocurre con las fases de la luna, hasta la luna llena. 

Cristo es plenitud en el sentido de que en Él se recapitula todo (cf. Ef 1,10): todo es acompañado hasta su cumplimiento, es decir, hasta su realización; y, por tanto, con esta plenitud, todo lo que antes estaba incompleto —todo lo que era solo una parte del Todo— es absorbido, es hecho propio por Cristo, es conservado en Él. 

Si esto no fuera cierto, Cristo sería algo que se añade, que se yuxtapone —pero no puede haber nada que se yuxtaponga al Infinito; la fórmula no es «Cristo y la realidad», sino «Cristo es la realidad». 

Cuando llegue la plenitud, lo que solo era una parte —lo que estaba incompleto— no desaparecerá, pero ya no tendrá sentido, porque solo tenía sentido en la medida en que preparaba para la plenitud. 

La hermenéutica correcta de la afirmación paulina puede ayudar a despejar el terreno de las fórmulas que menosprecian los valores humanos y que aún persisten en ciertas narrativas del cristianismo, y sobre todo del catolicismo. 

No existe ninguna oposición entre lo que es «imperfecto» y lo que es «perfecto» —entre Cristo y los valores humanos—, entre una humanidad glorificada y una humanidad aún sujeta al sufrimiento. 

Es como la luna y sus fases. 

La realidad es una sola —toda recapitulada en Cristo—, quien acompaña todo hacia una plenitud que no conoce ninguna castración ni censura de la humanidad. 

Y María Magdalena es una figura ejemplar de todo esto. 

Cuando llega la plenitud, la humanidad de María de Magdala no desaparece. No desaparece su deseo, con sus formas imperfectas, apasionadas, humanas. Basta pensar en el gesto extremadamente sensual de ungir los pies de Jesús y secárselos con su cabello (Lc 7,36); o a la decisión temeraria de correr al sepulcro, de madrugada —una mujer, a las primeras luces del alba, en aquellos tiempos—, con tal de ir a perfumar el cuerpo del Señor; o al impulso totalmente físico con el que se lanza hacia Jesús cuando lo reconoce, resucitado, en el huerto, hasta tal punto que el Maestro debe detenerla: «No me toques» (Jn 20,17) . 

María ama exactamente con las mismas formas y con la misma intensidad de deseo con que amaba y deseaba antes de encontrar a Jesús, hasta tal punto que, en algunos casos, esos gestos siguen siendo tachados de exceso impúdico por los presentes en la escena y, como tales, serían tachados también hoy. 

Es un deseo «imperfecto», son formas incompletas, que ya no tienen significado, que ya no tienen sentido, porque ahora ha llegado la plenitud —hasta tal punto que el propio Jesús, precisamente, la detiene y le pide que vaya más allá: «No me retengas». 

Pero no han desaparecido, ni Jesús se las reprocha, aunque le indique un más allá; es más, si Jesús reprende duramente la incredulidad y la confusión de los demás que se encuentran con Él resucitado, para ella no hay ninguna palabra de reproche. 

María Magdalena, sin duda, buscaba a Jesús de manera imperfecta; desde el punto de vista de la fe, no estaba plenamente a la altura, pero tenía un amor inmenso, una pasión intensa por Jesús, y Él premia ese amor suyo, va más allá de todas las imperfecciones teológicas para llegar al corazón de esta mujer y revelarse primero a ella. 

En María Magdalena no hay ninguna castración ni censura del deseo ni de su humanidad. Es más, son precisamente los caminos trazados por su deseo los que, al final, la llevan a la plenitud. Es la humanidad sin censura, con toda la fuerza de su deseo, la que prepara la plenitud. 

Me gusta recordar una frase de Paul Claudel: «Dios mío, te ofrezco este inmenso deseo de vivir». 

Porque cierta corriente espiritualista nos ha enseñado y sigue enseñándonos que este deseo de vivir —inmenso— debe ser censurado, sacrificado, castrado… 

Y, sin embargo, el deseo es lo más propio que tenemos, aunque ese deseo pueda parecer que adopta formas censurables, impropias, porque reconocemos que ese deseo, en última instancia, está hecho de Él. 

Ese deseo es ese «imperfecto», ese inacabado, ese parcial, que cuando la luna esté llena «desaparecerá», pero solo porque será acompañado hasta su plenitud. 

María Magdalena ofreció este inmenso deseo suyo de vivir —que es deseo del Otro, deseo de ser deseada por el deseo del Otro— sin castrarlo, sin censurarlo: Ella era la que ardía más que los demás. Y así, de deseo en deseo, sin darse cuenta, se prepara para el Encuentro. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


Encuentro y diálogo.

Encuentro y diálogo 

Dos historias, dos religiones que se encuentran, dialogan y no se demonizan. 

Se despiden con respeto, y el Sultán ofrece a Francisco unos regalos. 

Entre ellos, un cuerno de marfil, un instrumento creado para la caza o para llamar a la oración, convertido en símbolo de una tregua real. 

Recordar esta historia en tiempos como estos es un acto de resistencia civil y espiritual. 

De hecho, de forma latente, crece un desprecio hacia el otro y hacia su fe que se alimenta de algoritmos, ignorancia y cinismo político. 

Vivimos en la era de la polarización exacerbada, donde la identidad se construye por sustracción: yo existo en la medida en que te destruyo, te menosprecio o te demonizo. 

El diferente ya no es un misterio por descubrir ni alguien con quien confrontarse, sino un blanco cómodo sobre el que proyectar nuestros miedos colectivos. Una amenaza de la que hay que protegerse con alambradas, reales o mentales. 

En un escenario alimentado, lamentablemente, también por muchos que se profesan cristianos, lo que ocurrió en Damieta en 1219 deja de ser un capítulo desvanecido de la historia medieval y se convierte en un manifiesto geopolítico de gran actualidad. 

Alrededor de aquella tienda se oía el estruendo de la Quinta Cruzada, convocada por el Papa Inocencio III para golpear el poder musulmán en Egipto y utilizarlo como moneda de cambio para recuperar Jerusalén: la sangre, el fanatismo ideológico, los cálculos de poder, el derecho de la fuerza. 

Afuera se clamaba por la «guerra santa» desde ambas orillas del Mediterráneo. 

Pero dentro de esa tienda, Francisco y al-Malik al-Kamil llevaron a cabo el único milagro verdadero posible en tiempos de guerra: se miraron a los ojos sin que el prejuicio se interpusiera entre ellos. 

Ninguno de los dos cedió ni un milímetro en su fe. 

No hubo lugar para un sincretismo débil o de fachada. 

Francisco siguió siendo el loco de Dios, el cristiano radical; el Sultán siguió siendo el firme defensor del Islam. 

Y, sin embargo, descubrieron que la fidelidad a las propias raíces no tiene por qué cavar trincheras, sino que puede tender puentes. 

Hablaron no a pesar de sus fe, sino a través de ellas, reconociendo en el otro el mismo deseo de lo Absoluto. 

El cuerno de marfil es el vestigio arqueológico de una paz olvidada. Ese regalo nos dice que el encuentro siempre deja huella, influye en el futuro y desarma las manos. 

Hoy, mientras el desprecio insidioso amenaza con adormecer nuestras conciencias, necesitamos desesperadamente recuperar el valor de Damieta. 

El valor de cruzar las líneas enemigas, no para conquistar o convertir por la fuerza, sino para dar cabida a la escucha. 

Porque la alternativa al diálogo no es la victoria de una civilización sobre otra, sino la ruina común y definitiva de nuestra humanidad. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 23 de julio de 2026

Contemplación - San Mateo 14, 13-21 -.

Contemplación - San Mateo 14, 13-21 - 

En aquel tiempo, al enterarse de la muerte de Juan el Bautista, Jesús se marchó de allí en una barca y se retiró a un lugar desierto, apartado de todos. 

Muere Juan el Bautista y Jesús se retira, deja espacio al silencio y a la soledad. No aprovecha el momento para imponer una idea de Dios, no finge que la muerte no tenga un efecto devastador sobre la vida. La muerte es la vida que se retira, es la marea baja que deja al descubierto, como heridas expuestas, todos los escombros depositados en el fondo y cubiertos por las costumbres y los hábitos. La muerte revela. 

Y Jesús se deja conmover por la muerte. No finge que no pasa nada. No ofrece respuestas fáciles. 

Y cómo desearía que callaran para siempre ciertas simplificaciones sobre la muerte, ciertos consejos estúpidos sobre cómo vivir el duelo. Cierta predicación poco evangélica que menosprecia el dolor. 

Jesús, ante la muerte del profeta, se retira a un lugar desierto y apartado. Hay que dejar que quien sufre se dirija a esos mismos desiertos y hay que dejar que elija el tiempo de descanso. 

Que la comunidad cristiana vaya en la misma dirección, si así lo desea, pero que lo haga en silencio y con discreción, como quien se retira. 

Pero las multitudes, al enterarse, lo siguieron a pie desde las ciudades. Al bajar de la barca, vio una gran multitud, sintió compasión por ellos y curó a sus enfermos. 

Las multitudes se sienten atraídas por la verdad, por las personas auténticas. Y a las personas auténticas estamos dispuestos a entregarnos, a desvelar incluso la parte más enferma y frágil de nosotros mismos. 

Jesús no ofrece respuestas fáciles, pero desde ese desierto en el que habita, desde ese «apartado» de dolor y miedo, desde ese silencio desde el que contemplar la violenta caída de otro profeta más a manos del poder, desde ese espacio recóndito de soledad desde donde ya puede vislumbrar también su propio final… mezclado con lágrimas y silencios puede dar a luz el único sentimiento capaz de hacer frente a la fragilidad y a la muerte: la compasión. Sin compasión no deberíamos tener derecho a hablar. 

Al caer la tarde, se le acercaron los discípulos y le dijeron: «Este lugar está desierto y ya es tarde; despide a la multitud para que vayan a los pueblos a comprarse algo de comer». Pero Jesús les dijo: «No hace falta que vayan; dadles vosotros mismos de comer». Le respondieron: «¡Aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces!». Y él les dijo: «Traédmelos aquí». 

Como si se avergonzaran. Como si ya hubieran dejado de servirlos. Como si se hubiera alcanzado el límite máximo de tolerancia. Como si los discípulos, los sacerdotes y los voluntarios eclesiales fueran algo distinto de esa humanidad rechazada y enferma. 

He aquí el error mortal, el pecado que está en el origen de todo fracaso pastoral: considerarse distintos de la multitud. Si nuestras fraternidades eclesiales siguen imperturbables fingiendo ser lugares para discípulos llamados a ocuparse únicamente del pueblo, seguiremos siendo traidores al Evangelio. 

Mientras las comunidades eclesiales multipliquen los proyectos pastorales para responder a las exigencias del mundo, no seremos más que patéticos funcionarios de lo religioso. 

El día en que tengamos el valor de mostrar la llaga de nuestra enfermedad, el día en que nos mostremos vulnerables y necesitados (¡pero seguimos negando lo evidente!), en ese momento seremos libres y auténticos, una multitud frágil y amada. 

Y, tras ordenar a la multitud que se sentara en la hierba, tomó los cinco panes y los dos peces, alzó los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos, y los discípulos a la multitud. 

Sentaos en este prado, en esta hierba que huele a vida, no temáis al atardecer, nunca será definitivo. Esto es lo que parece querer decir Jesús. Aprender a sentarse en nuestros propios atardeceres, aprender a morir. 

Y luego tomar los panes y los peces, pero después de haberlos pedido, es decir, sin pretensiones, aprender a aceptar lo que somos, a sentir que lo poco que tenemos es un reflejo de lo Infinito. 

Y si no está claro… entonces basta con levantar los ojos al cielo. Y aprender el arte de la bendición, de hablar bien. Conseguir tener tanto cielo en los ojos como para hablar bien de la vida al atardecer. Y partir, abrirse como una semilla. Dar a luz vida. 

Todos comieron hasta saciarse, y se llevaron los restos: doce cestas llenas. Los que habían comido eran unos cinco mil hombres, sin contar a las mujeres y a los niños. 

Yo habría dejado las doce cestas llenas en aquel desierto, apartadas. En recuerdo. Y les habría dicho a los discípulos que volvieran a menudo a contemplar esos doce llenos de sobras. Doce vacíos llenos solo de pan sobrante. 

Solo se avanza si se acepta ser un resto. Solo se avanza si uno se vacía, si se convierte en una cesta hambrienta. Si uno se siente parte de la gran multitud. Sentados sobre ese mar de hierba. Hambrientos y necesitados de vida. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Encuentro, acogida y transformación… pasado, presente y futuro de nuestras sociedades.

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