martes, 7 de abril de 2026

Esa forma de violencia difusa… pero concreta y real.

Esa forma de violencia difusa… pero concreta y real 

Se intenta por todos los medios demostrar que, en nuestro país, la violencia se concentra únicamente en algunos casos llamativos, como el asesinato y el feminicidio. 

Ignoramos —o queremos ignorar— que la violencia no se agota en estos episodios: existen formas encubiertas que deberían ser reveladas porque se manifiestan como un susurro continuo, un murmullo que atraviesa los días, una forma de estar en el mundo que hemos aprendido a llamar normalidad. 

Es una presión que se siente en los huesos, en los pasillos de las oficinas, en las esperas en las consultas, en las frases que pasan de boca en boca sin que nadie las cuestione. 

No sirve de nada negarla: basta con dejarla fluir, como una corriente subterránea que todos perciben pero que nadie quiere nombrar. 

Llevamos años diciéndonos que la violencia de género coincide casi exclusivamente con el homicidio, mientras que se ejerce de muchas formas sobre las mujeres, las personas mayores y los niños. 

Todo lo demás —la explotación, la precariedad, la soledad institucional— se considera un complemento, un detalle, un ruido de fondo. 

Es una forma cómoda de no mirar la estructura. De no ver que la violencia no es un incidente, sino una infraestructura. No es un gesto, sino un entorno. No es un hecho privado, sino una forma que atraviesa la vida cotidiana. 

La violencia se reconoce en los contratos a tiempo parcial impuestos, en las entrevistas en las que se pregunta «¿tiene intención de tener hijos?», en las madres que vuelven al trabajo como si el parto fuera un paréntesis que hay que cerrar rápidamente. Se reconoce en las consultas vacías, en los servicios que se desvanecen, en las ciudades diseñadas sin pensar en quienes se mueven con un cuerpo vulnerable. 

Se reconoce en los titulares de los periódicos que convierten a una chica asesinada en un enigma que hay que resolver a través de lo que llevaba puesto, por dónde caminaba, qué llevaba consigo. Es siempre el cuerpo de la mujer el que tiene que justificar su propia existencia. 

La violencia está dentro del trabajo precario, mal pagado, menospreciado. 

Hay episodios que parecen «no tener nada que ver», pero que en realidad hablan y deberían cuestionar nuestra supuesta madurez adulta. Episodios que no deben moralizarse sino escucharse. 

No son un meteorito caído del cielo. Hay un entorno donde la violencia está presente en formas sutiles pero generalizadas. Se deja sola a la escuela, se deja solos a los mayores, los jóvenes crecen en un clima social, político y económico que no enseña a convivir con el otro, sino a defenderse y a competir. 

No son casos aislados: son un síntoma. Los síntomas no se juzgan, se interpretan. 

Convertir la violencia contra las mujeres en un paradigma analítico puede ayudarnos a superar las reducciones que definen a las mujeres a través de su relación con un hombre —madre, hija, esposa— y nunca como cuerpos que deciden, desean, actúan. Nunca como sujetos políticos, nunca como presencias autónomas. Es una reducción que no surge por casualidad: es un dispositivo. 

Y sirve para mantener el orden, para garantizar que la libertad femenina siga siendo siempre un poco sospechosa, un poco excesiva, un poco que hay que contener. Es una forma de decir: puedes ser todo, siempre y cuando no sea demasiado. 

Hay un antifeminismo que no necesita declararse. Vive en los tonos suaves, en las frases de cortesía, en los comentarios que parecen cumplidos y, en cambio, son una cruz. Vive en el paternalismo que dice «te protejo» mientras decide por ti. 

Vive en la retórica que invita a respetar a las mujeres «porque podrían ser vuestras madres», como si la dignidad fuera un reflejo y no un derecho. Es un antifeminismo que no ataca: acompaña. No prohíbe: sugiere. No impone: orienta. Es una mano en el hombro que parece afecto y, en cambio, es control. 

Cuando las mujeres salen del lugar que se les ha asignado —cuando salen a la calle, ocupan el espacio, pintan una pared, rompen la quietud— la superficie se agrieta. La rabia emerge. 

La misoginia, que parecía haber desaparecido, vuelve a salir a la luz con la rapidez de un reflejo. Nunca se fue: solo estaba esperando un pretexto. Basta un gesto fuera de lugar para hacerla estallar. 

Las instituciones viven en esta hipocresía. Por un lado celebran la igualdad, inauguran campañas, organizan jornadas dedicadas; por otro, restringen los espacios de autodeterminación, recortan los servicios, tratan la libertad como un problema de orden público. 

Es una esquizofrenia que permite decir todo y lo contrario de todo: alabar a las mujeres mientras se limita su autonomía, condenar la violencia mientras se ignoran las condiciones que la hacen posible. Es una forma de mantener la distancia de seguridad: reconocer el problema sin llegar nunca a tocarlo de verdad. 

En este escenario, la resistencia es una de las pocas fuerzas que aún habla desde lo concreto, no desde la abstracción. Es una resistencia que no se conforma con la retórica, que no se deja domesticar. Vive en las plazas, en los consultorios, en los colectivos, en los centros antiviolencia. 

Vive en las palabras que no piden permiso. Vive en los gestos cotidianos de quienes se niegan a ser educados en el miedo. Vive en las mujeres que ya no aceptan que otros hablen por ellas. Vive en la conciencia de que la libertad no es un concepto: es una realidad. 

No hace falta negar la violencia para perpetuarla. Basta con hacerla invisible. Basta con transformarla en estadística. Basta con contarla como un problema individual, no estructural. Basta con trasladarla a otra parte: a otra región, a otra clase social, a otra narrativa. 

La tarea del feminismo hoy es precisamente esta: impedir el desplazamiento. Mantener la violencia en el centro del discurso, sin permitir que se diluya, se suavice, se normalice. Devolverle su peso, su materia, su presencia. 

Porque la violencia existe. Es sistémica. Mientras no la nombremos por lo que es, seguirá fluyendo bajo la superficie, como una corriente que atraviesa los cuerpos y los expone. 

La política, si quiere estar a la altura, debe partir de aquí: del cuerpo que permanece, del cuerpo que resiste, del cuerpo que ya no acepta ser tratado como un detalle. 

Se necesitaría una educación en la no violencia masiva que comenzara en la escuela primaria: la no violencia no puede ser solo una cuestión para los pacifistas, sino que debe convertirse en un estilo de vida social. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Dios nos ha llamado para vivir en paz.

Dios nos ha llamado para vivir en paz

Hay quienes se proclaman «hombres de un Dios cristiano», «hombres de Yahvé, el Dios único», «hombres del Dios de Abraham, el misericordioso». Hay quienes dicen actuar por «su voluntad» o en nombre de sus promesas.

 

¿En nombre de quién actúan así? ¿En nombre del Dios, que es amor, compasión, misericordia, perdón y Padre de todos los hombres? ¿Quién es Dios? ¿El Dios de los ejércitos, el Dios de la destrucción y de la muerte de los enemigos? ¿Utilizan el nombre de Dios para sus ideologías, voluntades, visiones e interpretaciones?

 

«Cristiano» significaría «ser de Cristo», es decir, ser testigo de la pertenencia a la persona de Jesús de Nazaret, de quien se dijo: «Ecce homo», porque al adherirse a Él, se pueda decir lo mismo de todo ser humano en la tierra.

 

«Ecce homo»: el hombre de la Palabra, del cuidado de las personas, de la amistad, de la fraternidad, del compartir, de la relación, del encuentro, que no empuñó las armas, que confió en el Padre, que nos dijo a todos: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado», que, en lugar de matar a sus oponentes, se dejó matar por ellos.


Dios es vida y amor dado a todos, incondicionalmente, incluso a aquellos, que lo traicionan porque están matando. De Él deberíamos aprender la gratitud por la vida, el amor y la confianza en el hombre, la responsabilidad de dar a todos la posibilidad de una vida digna, respetando las diferencias.

 

Los pueblos no quieren la guerra, sino ayuda, para vivir mejor, con más seguridad para el mañana, con más libertad de expresión, pan y agua y servicios fundamentales para todos.

 

En cambio, el panorama del poder, con su orgullosa soberbia, nos ofrece algo muy distinto: conquistas estratosféricas, apropiación violenta de los bienes de la tierra para dominar a las naciones...

 

Los superhombres no ven el error: una visión distorsionada del origen de la vida y del destino del hombre; el superdios, que traspasa todo límite, traspasando sin control los límites de la humanidad, ha sido puesto en el lugar del verdadero Dios. Y esto les vuelve ciegos y perversos.


El uso de la guerra para demostrar la fuerza pone de manifiesto la debilidad: el miedo a no ser hombres de verdad, la falta de confianza en la razón y en el alma humana, el miedo a la confrontación leal, el miedo al fracaso sin la fuerza bruta.

 

Los superhombres no creen en el hombre, por lo tanto, no creen en Dios, que hizo al hombre a su imagen y semejanza. Y así no tienen la Sabiduría, don de Dios.

 

Los superhombres ignoran al Espíritu Santo que Dios, a través de Cristo Resucitado, ha entregado a todos, con sus dones, los cuales, si son acogidos y vividos en el amor y la obediencia a Él, hacen de quien los observa en lo cotidiano el «ecce homo», el hombre que ama, que respeta toda vida, única cosa sagrada junto a Dios.


Someterse al «Príncipe de este mundo» conduce inevitablemente a ideologías humanas aberrantes, que se convierten en obsesiones, en gusanos corrosivos que solo llevan a acciones autodestructivas, destructivas y al contagio del mal.

 

La oración por la paz también nos ayuda a decir: Padre, perdónanos porque no sabemos lo que hacemos y perdónanos, también, porque somos corresponsables en nuestra inmovilidad e impotencia.

 

Pidamos al Espíritu Santo del Padre, que Jesús nos entregó desde la cruz, que sea acogido y conocido por todos nosotros, para que podamos, solo por su gracia y nuestra adhesión, siguiendo las huellas del «Ecce homo», vivir en Su Luz. 


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Mi camino de fe es el de Tomás - San Juan 20, 19-31 -.

Mi camino de fe es el de Tomás - San Juan 20, 19-31 -

Que el Resucitado llegue mientras aún permanecen cerradas las puertas de nuestro dolor. Que el Resucitado esté vivo y presente precisamente en el corazón de nuestras miserias, que consiga sorprender a la noche inventando un nuevo comienzo.

 

Que traiga paz a nuestros miedos, que no reniegue del dolor de las heridas, sino que las transforme en destellos de luz; que un aliento nuevo, como una primavera inesperada, descienda en forma de beso para resucitar caminos que parecían arenados para siempre; que se atreva incluso al desafío del perdón y que nosotros lleguemos incluso a creer en él; aunque todo esto parezca imposible, al final se puede, se puede ceder y creer, se puede sumergirse en la misericordia y volver a aliarse con la vida: se puede.

 

Lo verdaderamente difícil es otra cosa, lo que parece realmente imposible es cómo justificar ante quien no estaba allí la vida que regresa. ¿Cómo justificar una sonrisa a pocos días del sepulcro? ¿Cómo hablar de los brotes de una nueva vida si la esperanza acaba de ser crucificada y todos la han visto agonizar y hundirse en la sangre? ¿Cómo no avergonzarse de amar de nuevo si su cuerpo ha sido masacrado, envuelto y enterrado? ¿Cómo hablar de la resurrección?

 

«¡Hemos visto al Señor!», dicen los discípulos a Tomás, está vivo, lo hemos visto, la muerte ha sido derrotada en un prodigioso duelo, esto proclamamos sin cesar desde hace dos mil años, transformando en fiesta el majestuoso escándalo del amor, disipando en augurio lo que solo el Silencio puede custodiar.

 

Y así, yo estoy con Tomás, siempre estaré con él. Avergonzándome de cuando, como los primeros discípulos, también yo creí que bastaba con contar para convencer, que decir la verdad era ya compartirla.

 

Estoy con Tomás porque estoy cansado de quienes no intuyen el drama de la muerte y banalizan el duelo y no dejan tiempo al dolor. Estoy con Tomás porque si pierdes a una madre, a un marido, a una esposa, a un amigo, a un hijo… lo último que necesitas es un vacío anuncio pascual.


Y si el amor de tu vida ya no está, yo, junto a Tomás, estoy obligado a callarme y a no molestarme con teorías sobre la fe; obligado a callar sobre las oraciones que parece que hacen sentir bien, sobre el consuelo que habita en el corazón, sobre la seguridad de la fe que parece tan segura del paraíso pero que olvida la compasión por quienes aún caminan sobre esta tierra.

 

Yo estaré siempre con Tomás, porque estoy cansado de los devotos que repiten los anuncios pascuales pero son incapaces de cercanía, de empatía, de compartir.

 

Yo estoy con Tomás y me gustaría gritar con él que no me importa nada si ellos lo han visto, que soy yo, y solo yo, quien necesita un camino. Yo, y solo yo, debo llegar a Él. Solo cuando sea mi Señor, mi Dios. El mío, no el vuestro.

 

Y el Resucitado comprende.

 

En primer lugar, Él espera, ocho días, alarga el tiempo; ante todo, silencio, silencio y luego más silencio, para dejar que Tomás escuche su dolor, que se enfrente a la culpa de ser un discípulo que no logra creer.

 

Ocho días, como para admitir que el encuentro será, que la resurrección es posible, que lo veremos sin duda, pero será un octavo día, un día eterno, pleno y definitivo, y estará más allá, más allá de la repetición de las semanas.

 

Ningún sentimiento de culpa, pues; aquí se cree y se hunde, aquí se intuye y se precipita, caminantes torpes de esta larga semana que es nuestra vida: serán destellos y luego abismos y no se nos permitirá estar nunca demasiado seguros y habrá que cultivar siempre la humildad y la humanidad, pues la fe será, de todos modos, constantemente frágil y delicada, preciosa y vulnerable, un balbuceo. Hasta el octavo día, por fin.

 

Mientras tanto, el Resucitado se aparece, Tomás está con los discípulos y el Viviente le toca el corazón y lo hace con una delicadeza conmovedora; si los primeros discípulos proclamaban su experiencia, su aparente seguridad, Jesús, en cambio, parte de Tomás. Intercepta sus dudas y sus deseos, se toma en serio su vida.

 

He aquí, esto más que nada me parece un paso esencial: tomarse en serio la vida de fe de cualquier persona. ¿Tomás quiere meter los dedos en las llagas? Jesús parte de ahí. Sin juicio, sin culpa, es el Resucitado quien se adapta al ritmo del amigo. A los modos del amigo.


«No seas incrédulo, sino creyente», y Jesús llega incluso a decir esto, y Tomás lo acepta; es casi una imposición, casi una orden; si hubieran sido los discípulos quienes pronunciaran esta frase, Tomás no habría creído; en cambio, cede, y no tanto porque vea al Resucitado con sus propios ojos, sino porque, antes de creer, Jesús le ha creído a él.

 

Jesús puede pedirle a Tomás que le crea porque él, el Maestro, fue el primero en creer en la forma en que su discípulo lo buscaba. Solo si se nos cree podemos creer; solo si hemos experimentado el ser amados podemos amar; la nuestra será siempre y únicamente una respuesta, tímida, torpe, pero, en cualquier caso, siempre y únicamente una respuesta.

 

Para responder necesitamos a alguien que nos tome en serio, que acepte permanecer en nuestras dudas, que comparta el drama, que no tenga prisa por convencernos.

 

Siempre estaré con Tomás, hombre suspendido entre el ver y el creer. El Resucitado dice que bienaventurados serán aquellos que no han visto y sin embargo han creído.

 

Tomás ve solo porque el Maestro le ha creído; es el creer lo que permite ver, no es cierto lo contrario. Para creer no hace falta ver, pero para ver destellos de vida hay que creer: creer en las personas, creer en los caminos, creer que los errores pueden revelar espacios de vida nueva, creer en los amores inmaduros, creer en los recuerdos, creer en los sueños, creer en las vidas, creer en las palabras, creer en los hombres y mujeres con los que nos cruzamos a diario, creer en uno mismo, creer en el perdón, creer en el pasado, creer y confiar en las semillas para poder ver los frutos (si los hay).

 

Y así soportar el golpe de la traición, porque sucederá, solo quien cree puede ser traicionado, y sin embargo no dejar de creer. Decidir que no se puede dejar de creer. Como Jesús, crucificado por el amor hacia sus amigos.

 

Yo te necesito a Ti, Señor mío y Dios mío, y que Tú sigas dispuesto a seguir creyendo en mí para resucitarme a una vida nueva.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Tú, mi única paz - San Juan 20, 19-31 -.

Tú, mi única paz - San Juan 20, 19-31 -´

Sí, a estas alturas ya he aprendido que nunca tendré la paz que buscaba.

 

Mi corazón nunca estará habitado por un océano de silencio y nunca me elevaré por encima de las pasiones del mundo. Quien cruce mi mirada difícilmente verá imperturbabilidad. Lágrimas de alegría o de dolor, esas sí las puedo derramar. Quizás no tengo suficiente fe o quizás Tú eres otra cosa.

 

¿Qué paz te habitaba cuando suplicabas en el huerto de los olivos? ¿O cuando te masacraban en la columna? ¿O en la cruz? Te venero mientras lloras, mientras tienes miedo, mientras no sonríes ante el dolor. Quiero tu paz, no la que promete el mundo, no quiero tranquilidad. Ni siquiera una vida sin conflicto. Te quiero a Ti, mi única paz.

 

Sé que también me arrepentiré de esta oración, pero no quiero serenidad, calma o impasibilidad. Si creo en Ti, si me esfuerzo por creer en Ti, si quiero vivir no solo por Ti, o contigo, sino en Ti, elijo tu paz, que tiene un alto precio, que es escandalosa, que es evangélica. Que eres Tú.

 

Tu paz, esa que viene a buscarme cuando me encierro en el cenáculo de mis oraciones, cuando sello las puertas de la vida y me protejo. Cuando me engaño creyendo que existen amenazas.

 

Ningún judío, ninguna estructura, ninguna ideología, ninguna modernidad, ningún acontecimiento, yo soy el único problema para mí mismo; la paz es no buscar excusas para alimentar el miedo que cultivo con insensato temor.

 

Mi paz será empezar a no tener más miedo de la vida, de los demás, ni siquiera de mí mismo. Si Tú estás en mí, si caminas sobre las aguas de mis debilidades, si duermes en mi barca, no me está permitido tener miedo. Incluso la tormenta será un espacio de epifanía.

 

Me muestras las manos y el costado, están marcados por los cortes de la violencia; la paz, tu paz en mí, prevé heridas. Te pido perdón por todas las veces que me he engañado creyendo que se podía acceder al paraíso sin pasar por las heridas. Mi paz y nuestra paz serán dolorosas, es inútil fingir, no propones otra cosa, pero si Tú estás en mí, yo deseo esta paz. Hazme, te lo ruego, digno de estas heridas de amor.

 

Tu paz no prevé protecciones, Tú sabes que esa es mi gran tentación. Tú sabes que me duele, y cómo desearía silencio, solo silencio, o al menos respeto por lo que ni yo mismo comprendo del todo. Tu paz prevé la complejidad de las dificultades. Todavía no soy capaz, no del todo. Pero si Tú vienes, si aún decides vaciarte hasta habitar mi miseria, Tú en mí harás posible todo.


La paz está en el perdón. Perdonar y ser perdonado, y sé que yo solo no puedo. Si Tú no me habitas, yo no puedo. Porque no se trata de condonar algunas injusticias sufridas; el perdón no es un gesto voluntarista de los buenos; perdonar es vivir sintiendo que todo es un don-para, que incluso el drama y la enfermedad, incluso mi pecado, son un don si se convierten en el espacio para poder encontrarte.

 

La paz, tu paz, es la fuerza que mueve a Tomás, que no se conforma con creer porque otros te han visto. Ha pasado el tiempo en que me conformaba con los testigos, yo también quiero verte, con mis propios ojos; no tengo verdadera paz sino en la búsqueda continua de Ti. Hundir mis manos en las heridas, pero no para comprobar su verdad, sino para contagiarme de tu sangre. La paz es mi carne que ruega ser traspasada por Ti.

 

Señor, mi amado, no quiero ver para creer; tu paz es creer, ceder, confiar, entregarse, no retenerse, sumergirse en el mundo, ponerse en manos del otro, entregarse, postrarse, movimientos evangélicos que no son fruto de la fe, sino que la suscitan. Dame la fuerza para vencerme a mí mismo, para no contenerme más, para seguir las huellas del Cordero, creer para ver, entregarme para aprender tu paz.

 

Muchas otras señales has realizado en estos dos mil años, lo sé, las he visto. De algunas conservo un recuerdo intacto.

 

Por Cristo, por los pobres, por la Iglesia, pero aún no es verdadera paz.

 

Con Cristo, cuando comprendí que caminas a mi lado, cuando hablo de Ti y me siento como uno de Emaús, cuando me pierdo y vuelvo a buscarte, pero aún no es verdadera paz.

 

En Cristo, esta sí, esta es la verdadera paz, Tú en mí y yo en Ti, pase lo que pase, ya no me engaño pensando que Te encontraré en ningún lugar sagrado, ni creo que haya fórmulas o ritos para atraparte.

 

La paz es experimentar que Tú estás en mí. Que yo soy tu pasión, que mi paz está en tu misericordiosa encarnación y resurrección


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Señor mío y Dios mío - San Juan 20, 19-31 -.

Señor mío y Dios mío - San Juan 20, 19-31 -

Sus heridas eran las nuestras, mientras nos hundíamos en sus estigmas, que se abrían de repente bajo nuestros pies; mientras las marcas de los clavos, como el velo del Templo rasgado, desvelaban nuevas verdades, esas heridas se convertían para nosotros en un corte profundo y fecundo, estábamos naciendo a nosotros mismos, con la conciencia de que ser discípulos es hundirse en los propios pecados para experimentar, precisamente allí y en ningún otro lugar, una paz recibida y sorprendente.

 

Sentir que no estamos llamados a otra cosa que a mostrar nuestras dolorosas heridas habitadas por un Amor incomprensible. No somos médicos de nadie, nunca seremos mejores que otros, somos pobres pecadores.

 

¿De qué deberíamos haber tenido miedo? ¿Qué sentido tenía estar encerrados en aquella casa? ¿Qué teníamos ya que perder? ¿No lo habíamos perdido ya todo? ¿No habíamos perdido ya el honor, la dignidad y la credibilidad?

 

Precisamente por eso nos habíamos vuelto creíbles. Su Iglesia será creíble cuando deje de querer parecer buena y fiable, cuando deje de jurar que purgará a los pecadores y a los mediocres, pues una Iglesia de puros es exactamente la contradicción del Evangelio.

 

Solo somos pecadores asustados y empedernidos, enfermos despreciados por el mundo, necios que balbucean verdades que los sabios ridiculizan; somos impresentables y poco fiables, somos así y somos amados. Esto es lo que podemos y nada más.

 

Fue un momento de gran conciencia, improbables y balbuceantes, desechos del mundo que importa, sentimos provenir del misterio del Cosmos la sístole del corazón de Dios, como el Padre me envió, como antes que vosotros los necios hablaron de Él, como los pobres, como los sencillos, como los pecadores que os precedieron, así también vosotros id por el mundo.


Nos sentimos arrollados e impulsados y acabamos por reencontrar el camino de la luz. Y sentimos que por fin habíamos encontrado nuestro lugar: los discípulos que seguían al maestro y los restos humanos sanados por Él mismo eran ahora una sola cosa, éramos nosotros, nada más que los perdonados.

 

Fuimos besados por el perdón, y comprendimos al Espíritu Santo; un escalofrío nos recorrió la espalda cuando Él dijo que no recibirían perdón aquellas personas a las que nosotros no perdonáramos. Pero ¿cómo podíamos pensar en no perdonar a nadie, precisamente nosotros, los más inadecuados para acceder a la misericordia? ¿Cómo podíamos no jurar que su amor era total y gratuito?

 

Tomás no estaba entre nosotros aquel día, y con razón no creyó en nuestras palabras; no se puede creer por lo que se oye decir, los testimonios ajenos nunca nos convencerán. Era necesario que también él se dejara llevar por el Resucitado, a su manera, porque cada uno de nosotros entra en el corazón del misterio a su manera, ya que la Resurrección es un itinerario personal e irrepetible.

 

Finalmente, también él lo llamó «mío», mi Señor y mi Dios. Volvimos a pensar a menudo en sus palabras, nos hicieron humildes, caminamos por el mundo escuchando cómo cada uno puede llegar a encontrarse con el misterio y puede hacerlo recorriendo caminos que sentíamos lejanos y extraños... impredecibles.

«Bienaventurados los que no han visto y han creído», es cierto, pero bienaventurados son aquellos que se sienten mirados con amor; bienaventurado soy yo cuando alzo los ojos y veo que lloras por mí; bienaventurado soy yo cuando, con los ojos cerrados, te siento cerca como la madre que ya no tengo; bienaventurado soy yo cuando dejo de querer ver y me miro con tus ojos de misericordia.

 

Dichoso soy cuando creo en el amor, cuando creo en la resurrección, cuando creo que estás aquí, ahora, vivo, conmigo, porque solo creyendo en Ti puedo sentir un mundo que canta al Eterno.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 6 de abril de 2026

Colores de resurrección.

Colores de resurrección


La Pascua habla de resurrección, que es el corazón de todo el mensaje evangélico. Y uno descubre que muchos signos de resurrección los vamos recibiendo precisamente de manera inadvertida. Gestos, miradas, silencios, palabras… transmiten resurrección.

 

El Evangelio dice que es posible otra forma de vivir. A través de Jesús de Nazaret, Dios ha respondido al deseo de felicidad que existe en cada ser humano. El verdadero discípulo de Jesús es el que nos hace tocar con las manos el sentido y la novedad de las bienaventuranzas.

 

Bienaventurados los pobres de espíritu. Bienaventurados los que lloran. Bienaventurados los mansos. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia. Bienaventurados los misericordiosos. Bienaventurados los de corazón puro. Bienaventurados los que trabajan por la paz. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia.

 

Jesús encarnó y testificó las bienaventuranzas. Por eso fue resucitado a una vida bella, buena y bienaventurada. Y el Resucitado nos transmitiste que cada uno de nosotros está llamado a realizar, en su vida, un pequeño anticipo de resurrección, es decir, d Reino de Dios.

 

Vivir la fe con coherencia implica el valor de decir verdades incómodas. En estos días, Jesús también habría gritado con fuerza contra los mercaderes de la muerte, porque implorar la paz y el desarme no es ingenuidad; la única verdadera ingenuidad es creer que la guerra salva; la única verdadera locura es pensar que se puede seguir incendiando el mundo sin arder con él.

 

La resurrección de Jesús nos hace comprende que la tecnocracia, ahora imperante, oculta la verdad sobre la condición humana, reduce al hombre a un instrumento funcional de un sistema, donde solo cuenta el bienestar material y el éxito personal, donde se exalta el individualismo más desenfrenado y se elimina la fragilidad sustancial del hombre. La búsqueda del propio bienestar se convierte en un sustituto de la felicidad plena, a la que, en cambio, el hombre aspira.

 

Cuando pensamos en la resurrección, siempre nos sentimos desconcertados. Y es Jesús resucitado el que nos muestra que ya se puede experimentar en nuestra frágil existencia, porque Dios quiere la felicidad del hombre, ya aquí en la tierra. Y creer en la resurrección de Jesús es creer que también nosotros estamos involucrados en ella.


La resurrección de Jesús hace que comprendamos mejor lo que significa «Resurrección» en nuestra vida. Es la transfiguración de todo lo que somos: nuestras heridas, nuestros fracasos, nuestras decepciones pueden transformarse en perlas; nuestras energías inexpresadas pueden transformarse en ternura, en relación, en compartir.

 

El anuncio de que el Reino de Dios está cerca significa que la felicidad está al alcance de la mano, aquí mismo, en nuestra vida. Y el sentido de estas palabras lo hemos comprendido gracias al Resucitado. Porque Él no solo has explicado el Evangelio, sino que lo ha «habitado» y ha sabido hacerlo «hermoso» para cualquiera.

 

La resurrección de Jesús expresa el valor, la audacia, la serenidad, la confianza,…, de que todo ya está de alguna manera resucitado y transfigurado. Nos transmite el sentido vivo de la encarnación, el perfume de la vida: el perfume de la vida que no muere.

 

Creo que Simone Weil quien decía aquello de que «no por cómo hablas, sino por cómo vives, me doy cuenta de si has permanecido en el Señor». Y la resurrección nos abre la puerta para comprender que todo el testimonio de vida y toda la fuerza profética de Jesús nacían de una profunda intimidad con la Buena Noticia y con las Bienaventuranzas.

 

Su fe, es decir, su experiencia de amor, vivida en el cada encuentro, se traducía en un amor sin límites por el prójimo, en un extraordinario compromiso por la gracia, en un anuncio apasionado de la «Buena Nueva».

 

Toda su vida es un mensaje de resurrección que nos ayudará a iluminar nuestra Pascua. ¡Porque sentimos, en lo más profundo de nuestro ser, que no nos será posible seguir viviendo y pensando como si Él no hubiera resucitado!


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El Señor de la Vida nos precede en nuestra Galilea de cada día.

El Señor de la Vida nos precede en nuestra Galilea de cada día

En el Evangelio de la Resurrección de Jesús hay una frase sobre la que me gustaría detenerme:

 

«Entonces Jesús dijo a las mujeres: “No temáis; id a decir a mis hermanos que vayan a Galilea, y allí me verán”» (Mateo 28, 10).

 

Jesús parece querer decir: allí, no aquí, me verán, porque la «exclusiva» de aquí les ha tocado a unas pocas testigos, es decir, a las mujeres que habían ido al sepulcro para llorar a Jesús y se encontraron, en cambio, ante una novedad impactante.

 

Además, porque el «allí, en Galilea» significa que ver y reconocer al Resucitado indica cualquier parte del mundo, incluso las más recónditas, se entrelaza con las tramas de la historia y de la vida cotidiana, va de la mano de esos gérmenes de esperanza que florecen cuando el hombre «piensa y actúa de forma positiva», cuando se orienta hacia el bien, cuando…


 

En este punto, sin embargo, surge una pregunta:

 

«¿dónde se puede ver hoy al Resucitado?», ¿dónde se le reconoce en las tierras maltratadas, ensangrentadas y devastadas por la guerra (Ucrania, Palestina, Irán, Líbano, por citar algunas…), dónde se le ve en la violencia contra las mujeres, en los disturbios sociales, en los negocios ilícitos, en la degradación del medio ambiente…?

 

Dan ganas de decir: «Aquí no está el Resucitado, hay que buscarlo en otra parte», pero también debemos ser conscientes de que nada ni nadie puede detener la Pascua: ni siquiera los guardias o los «comandantes de la historia» puestos a custodiar los sepulcros creados por ellos mismos, con sus acciones.

 

Porque Alguien ya ha cambiado la historia, ha cambiado su perspectiva, ha hecho florecer esa esperanza que parecía perdida con la lápida y se puede acoger con alegría un anuncio - «¿por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado como había dicho» (Lucas 24, 5-6) - que solo asusta a los hombres sin fe.

 

Pero entonces, ¿cuántos creen verdaderamente en el Resucitado? ¿Cuántos, incluso entre aquellos que estos días han llenado las iglesias para los ritos del Triduo Pascual, perciben en los acontecimientos actuales la victoria de Cristo sobre la muerte, como percibimos en el aire el regreso de la primavera? ¿No es que nuestra civilización, nuestra cultura, nuestras tradiciones… se han convertido en «el lugar donde lo habían puesto» (Jesús muerto en la cruz) porque ya no nos dice nada, porque, como afirmaban los discípulos de Emaús, «esperábamos que fuera Él quien liberara a Israel…»?


 

Entonces, ¿dónde se puede ver al Resucitado?

 

En todas partes: dondequiera que el hombre plante y construya su tienda de humanidad, cumpla su jornada de trabajo y contribuya a la realización de la creación, oriente su corazón hacia el bien, viva el mandamiento del amor,…, porque Él ya ha superado la oscuridad de la muerte y se puede razonablemente pensar, esperar obtener y cultivar el bien, incluso de las situaciones más trágicas.

 

Él nos precede: este es el mensaje de la Pascua y allí donde nos precede lo vemos como el Señor de la vida, el Dios de la luz, el Bien Supremo



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 5 de abril de 2026

Cruz resucitada - tocar al Crucificado y Resucitado -.

Cruz resucitada - tocar al Crucificado y Resucitado -

Ruptura. Deformación. Desfiguración. Esto es la Pasión. Esta es la revelación definitiva de nuestro Dios. 

La historia de Jesús de Nazaret se cumple en un Dios que se revela partido, con el rostro desfigurado. Y esto no se explica. 

Como tantas crisis, tantas preguntas, tantas inquietudes de nuestra vida. 

La Pasión no se explica: no es justificable, no está predeterminada, no estaba predestinada. 

Despojémonos de esas imágenes con las que intentamos salvar a un Dios a nuestra imagen y semejanza dejando de lado al hombre. 

No estaba todo escrito. Jesús no sabía cómo acabaría todo. Pero se entregó con confianza a los acontecimientos. 

La Cruz es un acontecimiento. Es el acontecimiento de un hombre que elige amar por el único camino que en ese momento parecía viable. 

Es un acontecimiento, y todo lo que lo cubre nos recuerda que no podemos acostumbrarnos a ella, no podemos embellecerla y convertirla en una forma políticamente correcta y educada. 

A menudo nos preocupamos por dar una forma a Dios. Quizás ideal, perfecta, fija. Dejando bien claros los límites que no se pueden traspasar. 

Pero Dios se desforma, se rompe. Dios se cuenta como una Pasión que atraviesa la realidad y las contradicciones de la vida, hasta el extremo, hasta el final. 

A Dios no le preocupa mantener una forma, sino re-crearla y tomarla continuamente en la historia, en la realidad, de las vidas por las que se deja tocar. Como un amor que no retrocede. 

Nosotros lo hemos sacralizado, es decir, separado. 

Pero todo lo sagrado que podemos encontrar en este mundo está aquí, en un cuerpo quebrantado y roto. 

Y en lo que resiste. En una Pasión que resiste en una vida deformada. 

Contemplar la cruz de este Crucificado no nos hace ver más a Dios: paradójicamente, nos hace ver menos. 

Es una verdadera re-velación, porque se cubre un imaginario y se abre una búsqueda. 

La de un Dios que ocurre, que pasa, que abre pasos, que hace Pascua. Que se revela y sorprende continuamente en las vidas reales. Y de modo tan inaudito como insospechado. 

Y esto no se explica, sino que se encuentra. 

No se explica, permanece abatido y herido. Incluso hasta después de la resurrección, las heridas de la historia permanecen. 

Porque a Dios no le interesa ser una forma perfecta frente a nosotros, desfigurados. 

Dios no permanece intacto, es decir, sin ser tocado. Es radicalmente tocado, en las horas de la Pasión. 

Y hay toques de amor, toques que hieren, toques dolorosos, toques violentos, toques de agresividad, toques de pasión, toques de traición, … 

Y Él se deja tocar para que podamos resucitar. 

No existe el ideal… el Viernes Santo nos echa en cara que no existe el Dios ideal. Sino la realidad de quien asume un estilo arriesgado y la realidad de las historias que se levantan de nuevo. 

Es necesario mirar la cruz de este Crucificado, reencontrarla como acontecimiento, no como forma fija. 

Abrir los ojos a cómo Dios está sucediendo fuera de forma y de nuestras formas. 

Recibir este impulso, esta invitación a encontrar la Presencia, al Resucitado, fuera de forma y de nuestras formas. 

Esto es lo que significa celebrar la Pascua de Resurrección de este Crucificado. 

Podemos soñar hoy con una Iglesia que se deje tocar de verdad (¡y preguntarnos qué significa dejarse tocar de verdad, incluso partirse y romperse!). 

Podemos reencontrar la Iglesia como vocación de este lugar, de este camino. 

Podemos apostar por su ser como resonancia de un Jesús que se deja tocar para curar y sanar. 

De un Jesús que descubre y cuenta a Dios a través de su historia, y de las historias de quienes lo tocan. 

Y nosotros tocamos la cruz de este Crucificado. Y lo hacemos para dejarnos tocar por el Resucitado. 

Y para dejarnos alcanzar por la vida nueva, que llega en silencio, solamente a través de una herida... resucitada. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Esa forma de violencia difusa… pero concreta y real.

Esa forma de violencia difusa… pero concreta y real   Se intenta por todos los medios demostrar que, en nuestro país, la violencia se concen...