miércoles, 8 de abril de 2026

Soñar con la luna y su luz.

Soñar con la luna y su luz 

Hay un brillo del Sol y otro de la Luna; uno del fuego y otro del agua. Todos fueron dotados de luz por Cristo, arquitecto del mundo” (Miguel Servet). 

Volver a nuestro satélite natural, más de medio siglo después de la última misión tripulada, no es solo una hazaña técnica.

 

Es también un umbral simbólico que pone a prueba la fe, la responsabilidad del hombre ante la creación y el deseo, siempre vivo, de mirar al cielo para comprender mejor la Tierra

 

Volvemos a la Luna, casi veinte mil, no leguas bajo los mares, sino días, después de que nos separáramos de nuestro satélite natural el 14 de diciembre de 1972.

 

Entonces fue la epopeya Apolo; ahora es su hermana Artemis II. Aunque no ha alunizado, la tripulación ha alcanzado una distancia de unos 7.500 kilómetros de la cara oculta de nuestro satélite, convirtiéndose en la misión tripulada que se ha adentrado más lejos en el espacio profundo que nunca.

 

Se trata de un paso estratégico en preparación para el alunizaje de las misiones posteriores.

 

A bordo de la cápsula Orión, equipada con gran cantidad de tecnología, los astronautas han estado ocupados durante unos 10 días, en los que han dado una vuelta completa alrededor de la Luna antes de regresar a la Tierra con un amerizaje previsto en el océano Pacífico.

 

Hasta aquí la crónica y la ciencia. Pero, ¿toca todo esto también nuestra fe?


Sí, porque la misión Artemis II toca un umbral simbólico de lo humano: aquel en el que la técnica se convierte en relato sobre el sentido, y el cielo no es solo espacio que medir, sino una palabra que contemplar.

 

Artemis II reabre una pregunta antigua: ¿qué significa «habitar la creación»?


La Escritura contempla el cielo como un lugar de asombro y de alabanza, «los cielos narran la gloria de Dios», no como una evasión de lo humano, sino como una amplificación de su responsabilidad.

 

Volver a la Luna no es huir de la Tierra; es, en todo caso, una nueva forma de mirarla.

 

La misión Apolo 8, precursora de la misión actual en cuanto a objetivos y modalidades, nos devolvió, como contaron los propios astronautas, una nueva visión de la Tierra, de nosotros mismos. Una visión sin fronteras políticas, con las fragilidades de un mundo hermoso pero rodeado de frío y muerte, térmica y química.

 

La fe se ve interpelada porque reconoce en el ser humano no al dueño del cosmos, sino a su guardián, porque la exploración auténtica debería ir siempre acompañada de una ética del cuidado.

 

Hay además una dimensión antropológica más valiosa que nunca en la era de las máquinas inteligentes. Artemis II afirma que el cuerpo humano, frágil, limitado, expuesto, sigue siendo la medida de la historia, incluso en el vacío cósmico.

 

La fe cristiana no separa el espíritu del cuerpo: la Encarnación dice que Dios ha elegido habitar la materia.

 

Cada viaje humano más allá de los límites habituales renueva esta verdad: no se supera lo humano dejándolo atrás, sino llevándolo consigo, custodiándolo.

 

Podemos admirar desde una pantalla lo que ocurre y pasar de largo, o bien decidir también nosotros si el regreso a la Luna no puede reavivar el deseo más íntimo del ser humano: mirar al cielo para comprenderse a sí mismo.

 

Al fin y al cabo, precisamente por eso, un Salvador ha descendido entre nosotros.

 

Ante esta noticia, ante el enorme gasto de medios y, sobre todo, de energía tan valiosa que estas empresas conllevan, no puedo evitar pensar en la relación que une a la ciencia y la poesía (o la fe, ya que la poesía, por su sentido del misterio del ser, es hermana de la religión).

 

Seguramente más de uno se pregunta si realmente vale la pena. Hay a quien incluso instintivamente no le gusta la tecnología puesta al servicio de la voluntad de poder del hombre, y algunos hasta no ocultan sus recelos: «¡Ni siquiera dejan en paz a la luna!». Sí, hay quien mira con desconfianza, con consternación, si no con contrariedad.


Para mí, como digo, este acontecimiento tiene un significado simbólico relevante. El hombre desafía y supera lo desconocido. Aunque también nos plantee un dilema importante: ¿cuenta menos la sabiduría que la voluntad de poder? Es decir, ¿todo lo que es técnicamente posible es deseable?

 

La sabiduría y la ciencia son funciones necesarias para el hombre. Pero, en cuanto a su relación jerárquica, el hombre se encuentra ante una elección en la que está implicada toda su persona.

 

Puede optar por la primacía de la sabiduría y orientar así toda su actividad hacia lo divino y lo universal. También puede optar por el ejercicio exclusivo de la ciencia, orientándose hacia las cosas para dominarlas y disfrutarlas en su propio beneficio pero en esta elección entra en juego la avaritia radix omnium malorum - la avaricia, fuente de todos los males -.

 

Reducido a la mera dimensión científica, el hombre no puede aspirar a otra cosa que a la simple afirmación de sí mismo.

 

La aniquilación de la sabiduría en nombre de la ciencia lleva a utilizar el Todo en beneficio del individuo; el dominio de la ciencia pura, liberada de su subordinación a la sabiduría, conduce a ese anarquismo y a esa agonía individualista que es uno de los rasgos más frecuentemente observados de la situación actual.

 

Quizás, el mayor logro de aquellos pasos en la Luna es hacernos ver la Tierra en miniatura y, tal vez, abrir el camino a una visión diferente, la ecologista, que predica el respeto por la naturaleza y una sobriedad feliz. Una visión que aún hoy en día tarda en convertirse en sentido común.

 

Por el momento, me quedo absorto con la emoción de la admiración y el agradecimiento a la obra de la creación y el Misterio de su diseño bello: https://www.youtube.com/watch?v=dIm7ni6InVM


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Empatía: un camino de cercanía.

Empatía: un camino de cercanía 

La empatía es la capacidad de entrar en el dolor del otro sin miedo a involucrarse. No se trata de una simple comprensión racional, sino de un auténtico compartir el sufrimiento. 

Jesús mismo, ante la tumba de Lázaro, llora con quien llora, mostrándonos que la verdadera cercanía no está en dar respuestas inmediatas, sino en permanecer cerca, en el silencio y en la presencia. 

Imaginemos una madre que ha perdido un hijo. Ninguna palabra podrá jamás llenar el vacío que siente. Sin embargo, en el momento en que alguien acoge su dolor sin intentar “arreglarlo”, sino simplemente estando allí, con ella, escuchándola y compartiendo, sucede algo extraordinario: el sufrimiento encuentra un espacio en el que ser expresado y acogido. Éste es el corazón de la empatía. 

Se sabe que las cartas del apóstol Pablo preceden a los textos evangélicos, al menos tal y como han llegado hasta nosotros. En la carta dirigida a la comunidad de Filipos, Pablo expresa una petición muy concreta: «Tened entre vosotros el mismo sentir que hubo también en Cristo Jesús» (Flp 2, 5). 

Acogiendo esta llamada de Pablo, tratemos de compararla con cuanto se narra en el Evangelio según Juan en 11,33-35, donde se nos dice cómo el mismo Jesús, delante del sepulcro de su amigo Lázaro, "derramó lágrimas". 

Se trata de una imagen inédita, casi fuera de la “normalidad” evangélica a la que estamos acostumbrados. Intentemos pues entrar en esta página preguntándonos: «¿Por qué lloró Jesús?». 

Primero, consideremos el hecho de que Jesús está allí, con sus amigos habituales, y está rodeado de personas que lloran por su amigo perdido. Jesús no huye de esta situación dolorosa, sino que, al contrario, acepta llorar con quien llora, no excluyéndose del sufrimiento que atraviesa su existencia en ese preciso momento. Se trata de una dinámica que nos permite sentir y percibir con claridad toda la empatía propia de la modalidad relacional de Jesús. Jesús es un hombre profunda y auténticamente empático. 

Precisamente este aspecto nos ayuda a entrar en la amplitud del corazón de Jesús. En efecto, a primera vista, Jesús podría haber evitado el llanto, porque poco después habría “despertado” a su amado amigo. Hay algo más en las lágrimas y la emoción que expresa Jesús. La empatía que brota de las lágrimas del Maestro expresa su solidaridad hacia el sufrimiento, hacia todo sufrimiento humano. Jesús acoge y recoge a toda la humanidad atravesada por la fragilidad y derrama sobre ella, como un bálsamo, su compasión empática. 

En tercer lugar, el llanto de Jesús revela una realidad aún mayor, en la que, sin embargo, estamos inmersos. En su constante narración de Dios, Jesús nos revela, en sus lágrimas, las mismas lágrimas de Dios. Y este grito nos dice que la ternura empática de Dios se derrama en nuestra cultura actual, a menudo caracterizada por la dureza de corazón, la indiferencia y la crueldad. 

De hecho, el momento que estamos viviendo tiene el aspecto de una tierra árida, dura y seca. Una tierra donde el único fruto posible se revela como el “superhombre” que no llora nunca, es más, para quien el llanto es signo de una debilidad inadmisible: es el hombre que no siente nada, que sólo tiene ojos para sí mismo, indiferente a cualquier sufrimiento y fragilidad que encuentra. 

Nuestro tiempo necesita precisamente las lágrimas de esa compasión que nace de la empatía. Hoy, nosotros, discípulos del Maestro, como Él y con Él, aceptamos convertirnos en narradores y portadores de las lágrimas de Dios en la historia, para que esta tierra árida y dura vuelva a ser un jardín donde la vida “abunda” y es respetada y protegida como un don precioso. 

La empatía no es sólo una virtud espiritual sino un camino que todos podemos seguir, cada día, en los gestos más simples: 

1.- Escuchar sin interrumpir. La tentación de ofrecer soluciones es fuerte, pero a menudo la persona que tenemos delante sólo necesita ser bienvenida. 

2.- Suspender el juicio. La empatía no es compasión sino comprensión. Cuando nos detenemos para acoger lo que siente el otro, entramos verdaderamente en su mundo.

3.- Estar presente. La empatía se construye sobre la continuidad, sobre la presencia constante incluso, o precisamente, cuando no hay palabras que decir. 

Vivimos en una sociedad que avanza rápidamente, 

donde el sufrimiento de los demás corre el riesgo de ser ignorado 

o, peor aún, considerado una molestia. 

Pero la vocación cristiana es también ser signo de esperanza, de escucha, de presencia. Al igual que Jesús con Lázaro, podemos elegir detenernos, escuchar y llorar con quienes lloran. 

La empatía no cambia el dolor, pero cambia cómo lo experimentamos. Y a veces, ser comprendido ya es el primer paso hacia la curación. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Simón de Cirene: una vocación.

Simón de Cirene: una vocación 

He tratado de colarme entre la multitud que seguía aquel extraño espectáculo camino del Calvario. El que iba a ser condenado no era uno de los criminales habituales, sino alguien que, según el mismo Pilato, no había hecho nada malo. 

De repente me doy cuenta de que Jesús no puede hacerlo: cae exhausto al suelo. Lo que pesa es, por supuesto, la madera de la cruz, pero más aún todo lo que esa madera representa. 

Lo que pesa es el no reconocer el bien realizado, es tomar ese camino que lo llevará al patíbulo de los hombres que preferirán replegarse en su propia piel, como Él mismo había predicho. 

Yo también conozco el sufrimiento y la repugnancia que se siente cuando lo que uno hace por alguien no sólo no es bien recibido, sino que, de hecho, no es reconocido o se confunde con otra cosa. 

Mientras lo veo en el suelo, aparece un hombre, obligado –literalmente– a cargar la cruz y caminar un tramo del camino junto al condenado. 

¡Pobre Simón de Cirene! Como si sus esfuerzos y preocupaciones no fueran suficientes. ¿Otro problema? ¿Otra cruz? “Me habría ido mejor quedándome en el campo”, debió pensar el pobre Simón de Cirene, “mira en qué lío me he metido”. 

Él venía del campo, quizá ni siquiera del suyo: trabajar en el campo es un trabajo manual y, desde luego, no es fácil. ¡Quién sabe cuánta incomodidad debió sentir al tener que cargar con una carga que no era suya! ¡Cuántas cosas recuerda su llegada del campo! 

Habíamos sido diseñados para disfrutar de lo que Dios había puesto a nuestra disposición sin conocer la carga del esfuerzo y, en cambio, nos hemos encontrado amargamente pasando de tenerlo todo a tener que procurarlo todo con el sudor de nuestra frente. 

Ese encuentro en el camino del Gólgota se convierte en reconciliación con el Señor que entra en nuestra misma lucha. 

Y sin embargo, esa persona, precisamente a través de un encuentro involuntario, entra en la historia misma del Hijo de Dios, él que hasta ese momento era sólo un don nadie. 

Me imagino el modo en que Jesús miró a Simón: si es cierto que había mirado con amor al joven rico, ¿qué no tendría reservado para este hombre que, a su pesar, aceptó no pasar de largo y se convirtió en icono de alguien capaz de llevar el peso del otro? 

La mirada de Jesús habría sido nuevamente una mirada de compasión, pero esta vez al revés: pide al hombre que sufra con Él. 

Él mismo, un día, para explicar el modo diferente de estar en el mundo de sus discípulos, había dicho: a cualquiera que te pida que vayas con él una milla, ve con él dos. 

Aquí está Simón: no sólo completa el tramo del camino sino que también asume el peso que el otro se ve obligado a llevar a lo largo del camino. 

Simón descubre que en su humanidad, Dios no puede hacerlo solo. Y así, quien no ha recibido una llamada particular del Señor como muchos de los discípulos, recibe una vocación muy particular. Una vocación ad actum (cuando es necesaria, por una circunstancia), se podría decir. ¡Cuántas veces la vida nos da esta vocación ad actum

No se le pregunta si está de acuerdo, simplemente se le obliga. No tuvo tiempo para pensarlo, no pudo tomarse el tiempo necesario para el discernimiento. Ojalá hubiera sido para algo feliz. Pero se trataba más bien de una cuestión de sangre, de un asunto sucio. 

San Marcos especificará que Simón era padre de dos hijos que probablemente pertenecían a la comunidad cristiana, Alejandro y Rufo. 

Un encuentro casual con una persona desafortunada, en un día cualquiera, se convierte en la oportunidad para que brote la fe. Incluso lo que parece una caridad forzada siempre conserva su fecundidad. 

Ni siquiera el fastidio, ni el rechazo, ni la prisa son rechazados cuando se trata de hacerse cargo de aquellos que demasiadas veces han caído bajo el peso de la vida. 

La historia de este hombre nos recuerda que a veces, justo cuando no logramos superar algún imprevisto que obstaculiza nuestros planes, es posible encontrar a Dios incluso sin haberlo buscado. 

Dios entra en nuestra vida justo cuando no lo esperamos, cuando parece que el curso de los acontecimientos debe ser otro. 

Para todos llega un momento en que la vida extrae tu número, sin pedirte permiso, y te pone cara a cara con el sufrimiento. En esos momentos no hacen falta las palabras: sólo hace falta la voluntad de recorrer juntos un tramo del camino, para aliviar un dolor. 

En el camino, Simón de Cirene toma el lugar de Simón de Betsaida, el discípulo fracasado, aquel que no es capaz de acompañar y ayudar a Jesús. 

Esta misma historia nos recuerda que somos discípulos no porque lo declaramos con nuestros labios, sino porque no rehuimos aquello que se nos pide asumir, a veces de manera involuntaria y sin ganas. 

En ese momento Simón de Cirene, como yo, sólo siente el peso de aquella madera, no sabe que está haciendo algo extraordinario, no sabe el valor de lo que ha caído sobre él. 

En realidad –lo comprenderá sólo más tarde– no es tanto él quien lleva esa cruz, sino aquel que es llevado por ella. Tal como nos pasa a todos. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Verónica: una ternura sin miedo.

Verónica: una ternura sin miedo 

Desde hace algunos años me ha gustado acercarme a la Pasión de Jesús dejándome llevar por la mano de quienes acompañaron sus pasos o presenciaron su cumplimiento. Este año la tarea ha recaído en una mujer llamada… Verónica. 

La tradición ha conservado siempre el recuerdo de una mujer que, en medio de tanta barbarie desplegada en torno a Jesús, consigue dar testimonio de la ternura de quien sabe lo que está en juego en ese momento. 

A diferencia de Simón de Cirene, que se vio obligado a llevar la cruz durante un rato en lugar de Jesús, el gesto de Verónica es el espontáneo y gratuito de alguien que se abre paso entre la multitud y los soldados. 

No es el suyo el gesto que dará un nuevo rumbo a los acontecimientos. De hecho, Jesús morirá. Al fin y al cabo ¿qué valor tiene secarse la cara? Sin embargo, ese gesto fue todo lo que pudo hacer y lo hizo con determinación. 

La suya es una figura del gesto de tantos hombres y mujeres que, siguiendo el ejemplo del Maestro, no se reservan nada y se encuentran en la cátedra del Evangelio como figuras que comprenden y encarnan el estilo del Hijo de Dios: el muchacho de los cinco panes y los dos peces; la viuda que ha echado algunas monedas en el arca del Templo, es decir, todo lo que tenía para vivir; el hombre que acepta desatar su burro; el otro que deja disponible la habitación de arriba para cenar… 

Verónica tenía a su disposición un pañuelo, el humilde gesto de una caricia: no temía la ternura y Aquel que había prometido que ni siquiera un vaso de agua quedaría sin recompensa, le hizo el regalo de tener su rostro impreso en ese mismo pañuelo. 

Cada gesto de atención y de ternura hacia alguien teje en quien lo realiza una semejanza con el mismo Jesús. 

Un gesto de ternura no pasa. En efecto, cada gesto de bondad y de comprensión, de servicio y de cuidado deja una huella indeleble en el corazón del hombre, que lo hace cada vez más semejante a Aquel que «se despojó de sí mismo, tomando la condición de siervo». “El Salvador… imprime su imagen en cada acto de caridad, como en el lienzo de la Verónica” (Papa Juan Pablo II). 

Verónica representa la invitación a seguir siendo humanos precisamente cuando el oscurecimiento de los corazones es mayor y la atracción a ceder a la ferocidad y a la violencia es más seductora. 

Hay situaciones en las que uno siente que ha llegado el momento da dar un paso al frente, pero otras veces vence el miedo a verse comprometido. Cuando esto sucede nos privamos del don de ver el rostro del Señor impreso en nosotros, pintado precisamente gracias al sudor y a la sangre del mismo Señor. 

El coraje no es lo que vence el miedo, como solemos pensar. Sólo quien ama puede vencer el miedo. No es casualidad que alrededor de Jesús permanezca lo femenino, lo único capaz de superar el filtro del miedo: Verónica y las demás junto y después de ella no temen los insultos, aceptan ser comprometidas, se dejan gritar insultos y maldiciones. Pero nada las detiene. 

Ya lo había predicho el Cantar de los Cantares: “Las muchas aguas no pueden apagar el amor, ni ahogarlo los ríos”. Lo asombroso es el hecho de que «los obreros del mal», ante ese gesto de ternura, no se atreven a impedirlo porque se sienten incapaces de actuar. 

Me gusta pensar que cuando también nosotros nos convertimos en “obreros del mal” quizá es porque no hemos recibido gestos de ternura. Hay gestos tan pequeños pero tan brillantes que iluminan nuestros caminos que conducen a la muerte. 

Pedro y los demás prefirieron refugiarse “en su propio mundo” para evitar verse involucrados en un acontecimiento que seguramente les habría afectado de alguna manera. Sólo quien ama no tiene nada “propio” a lo que refugiarse. 

Es propio del amor el ser expropiado. Suyo, en efecto, es el amado. El amor verdadero se manifiesta en la compasión, en la capacidad de entrar en el sufrimiento del otro hasta hacerlo propio. El gesto de Verónica no es de solidaridad sino de pertenencia: ese hombre y ese sufrimiento le pertenecen. 

¿Qué sería del mundo sin el gesto de una Verónica? ¿Qué sería de nuestra vida sin lo libre que no calcula y por tanto está fuera de la lógica de la utilidad y del lucro? 

Hemos experimentado esto muchas veces cuando alguien nos sonrió o tal vez nos saludó o tal vez nos animó o, más simplemente, nos acarició. 

Verónica tuvo la gracia de ver el mismo rostro del Hijo de Dios impreso en su tela. 

También nosotros hemos tenido la gracia de ser hechos a imagen y semejanza de ese rostro. Esa imagen ha quedado impresa de manera indeleble, de modo que puede ser difuminada pero jamás destruida: ¡soy y seguiré siendo un hijo! 

Sin embargo, en la vida puede suceder que pierdas tu apariencia. ¿Qué otra cosa es la existencia sino una recuperación cotidiana de los rasgos de ese rostro que más se parece a Cristo? 

¡Grande es la gracia concedida a Verónica pero infinitamente mayor es la que nos es concedida a nosotros! 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 7 de abril de 2026

Esa forma de violencia difusa… pero concreta y real.

Esa forma de violencia difusa… pero concreta y real 

Se intenta por todos los medios demostrar que, en nuestro país, la violencia se concentra únicamente en algunos casos llamativos, como, por ejemplo, el asesinato y el feminicidio. 

Ignoramos —o queremos ignorar— que la violencia no se agota en estos episodios: existen formas encubiertas que deberían ser reveladas porque se manifiestan como un susurro continuo, un murmullo que atraviesa los días, una forma de estar en el mundo que hemos aprendido a llamar normalidad. 

Es una presión que se siente en los huesos, en los pasillos de las oficinas, en las esperas en las consultas, en las frases que pasan de boca en boca sin que nadie las cuestione. 

No sirve de nada negarla: basta con dejarla fluir, como una corriente subterránea que todos perciben pero que nadie quiere nombrar. 

Llevamos años diciéndonos que la violencia de género coincide casi exclusivamente con el homicidio, mientras que se ejerce de muchas formas sobre las mujeres, las personas mayores y los niños. 

Todo lo demás —la explotación, la precariedad, la soledad institucional— se considera un complemento, un detalle, un ruido de fondo. 

Es una forma cómoda de no mirar la estructura. De no ver que la violencia no es un incidente, sino una infraestructura. No es un gesto, sino un entorno. No es un hecho privado, sino una forma que atraviesa la vida cotidiana. 

La violencia se reconoce en los contratos a tiempo parcial impuestos, en las entrevistas en las que se pregunta «¿tiene intención de tener hijos?», en las madres que vuelven al trabajo como si el parto fuera un paréntesis que hay que cerrar rápidamente. Se reconoce en las consultas vacías, en los servicios que se desvanecen, en las ciudades diseñadas sin pensar en quienes se mueven con un cuerpo vulnerable. 

Se reconoce en los titulares de los periódicos que convierten a una chica asesinada en un enigma que hay que resolver a través de lo que llevaba puesto, por dónde caminaba, qué llevaba consigo. Es siempre el cuerpo de la mujer el que tiene que justificar su propia existencia. 

La violencia está dentro del trabajo precario, mal pagado, menospreciado. 

Hay episodios que parecen «no tener nada que ver», pero que en realidad hablan y deberían cuestionar nuestra supuesta madurez adulta. Episodios que no deben moralizarse sino escucharse. 

No son un meteorito caído del cielo. Hay un entorno donde la violencia está presente en formas sutiles pero generalizadas. Se deja sola a la escuela, se deja solos a los mayores, los jóvenes crecen en un clima social, político y económico que no enseña a convivir con el otro, sino a defenderse y a competir. 

No son casos aislados: son un síntoma. Los síntomas no se juzgan, se interpretan. 

Convertir la violencia contra las mujeres en un paradigma analítico puede ayudarnos a superar las reducciones que definen a las mujeres a través de su relación con un hombre —madre, hija, esposa— y nunca como cuerpos que deciden, desean, actúan. Nunca como sujetos políticos, nunca como presencias autónomas. Es una reducción que no surge por casualidad: es un dispositivo. 

Y sirve para mantener el orden, para garantizar que la libertad femenina siga siendo siempre un poco sospechosa, un poco excesiva, un poco que hay que contener. Es una forma de decir: puedes ser todo, siempre y cuando no sea demasiado. 

Hay un antifeminismo que no necesita declararse. Vive en los tonos suaves, en las frases de cortesía, en los comentarios que parecen cumplidos y, en cambio, son una cruz. Vive en el paternalismo que dice «te protejo» mientras decide por ti. 

Vive en la retórica que invita a respetar a las mujeres «porque podrían ser vuestras madres», como si la dignidad fuera un reflejo y no un derecho. Es un antifeminismo que no ataca: acompaña. No prohíbe: sugiere. No impone: orienta. Es una mano en el hombro que parece afecto y, en cambio, es control. 

Cuando las mujeres salen del lugar que se les ha asignado —cuando salen a la calle, ocupan el espacio, pintan una pared, rompen la quietud— la superficie se agrieta. La rabia emerge. 

La misoginia, que parecía haber desaparecido, vuelve a salir a la luz con la rapidez de un reflejo. Nunca se fue: solo estaba esperando un pretexto. Basta un gesto fuera de lugar para hacerla estallar. 

Las instituciones viven en esta hipocresía. Por un lado celebran la igualdad, inauguran campañas, organizan jornadas dedicadas; por otro, restringen los espacios de autodeterminación, recortan los servicios, tratan la libertad como un problema de orden público. 

Es una esquizofrenia que permite decir todo y lo contrario de todo: alabar a las mujeres mientras se limita su autonomía, condenar la violencia mientras se ignoran las condiciones que la hacen posible. Es una forma de mantener la distancia de seguridad: reconocer el problema sin llegar nunca a tocarlo de verdad. 

En este escenario, la resistencia es una de las pocas fuerzas que aún habla desde lo concreto, no desde la abstracción. Es una resistencia que no se conforma con la retórica, que no se deja domesticar. Vive en las plazas, en los consultorios, en los colectivos, en los centros antiviolencia. 

Vive en las palabras que no piden permiso. Vive en los gestos cotidianos de quienes se niegan a ser educados en el miedo. Vive en las mujeres que ya no aceptan que otros hablen por ellas. Vive en la conciencia de que la libertad no es un concepto: es una realidad. 

No hace falta negar la violencia para perpetuarla. Basta con hacerla invisible. Basta con transformarla en estadística. Basta con contarla como un problema individual, no estructural. Basta con trasladarla a otra parte: a otra región, a otra clase social, a otra narrativa. 

La tarea del feminismo hoy es precisamente esta: impedir el desplazamiento. Mantener la violencia en el centro del discurso, sin permitir que se diluya, se suavice, se normalice. Devolverle su peso, su materia, su presencia. 

Porque la violencia existe. Es sistémica. Mientras no la nombremos por lo que es, seguirá fluyendo bajo la superficie, como una corriente que atraviesa los cuerpos y los expone. 

La política, si quiere estar a la altura, debe partir de aquí: del cuerpo que permanece, del cuerpo que resiste, del cuerpo que ya no acepta ser tratado como un detalle. 

Se necesitaría una educación en la no violencia masiva que comenzara en la escuela primaria: la no violencia no puede ser solo una cuestión para los pacifistas, sino que debe convertirse en un estilo de vida social. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Dios nos ha llamado para vivir en paz.

Dios nos ha llamado para vivir en paz

Hay quienes se proclaman «hombres de un Dios cristiano», «hombres de Yahvé, el Dios único», «hombres del Dios de Abraham, el misericordioso». Hay quienes dicen actuar por «su voluntad» o en nombre de sus promesas.

 

¿En nombre de quién actúan así? ¿En nombre del Dios, que es amor, compasión, misericordia, perdón y Padre de todos los hombres? ¿Quién es Dios? ¿El Dios de los ejércitos, el Dios de la destrucción y de la muerte de los enemigos? ¿Utilizan el nombre de Dios para sus ideologías, voluntades, visiones e interpretaciones?

 

«Cristiano» significaría «ser de Cristo», es decir, ser testigo de la pertenencia a la persona de Jesús de Nazaret, de quien se dijo: «Ecce homo», porque al adherirse a Él, se pueda decir lo mismo de todo ser humano en la tierra.

 

«Ecce homo»: el hombre de la Palabra, del cuidado de las personas, de la amistad, de la fraternidad, del compartir, de la relación, del encuentro, que no empuñó las armas, que confió en el Padre, que nos dijo a todos: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado», que, en lugar de matar a sus oponentes, se dejó matar por ellos.


Dios es vida y amor dado a todos, incondicionalmente, incluso a aquellos, que lo traicionan porque están matando. De Él deberíamos aprender la gratitud por la vida, el amor y la confianza en el hombre, la responsabilidad de dar a todos la posibilidad de una vida digna, respetando las diferencias.

 

Los pueblos no quieren la guerra, sino ayuda, para vivir mejor, con más seguridad para el mañana, con más libertad de expresión, pan y agua y servicios fundamentales para todos.

 

En cambio, el panorama del poder, con su orgullosa soberbia, nos ofrece algo muy distinto: conquistas estratosféricas, apropiación violenta de los bienes de la tierra para dominar a las naciones...

 

Los superhombres no ven el error: una visión distorsionada del origen de la vida y del destino del hombre; el superdios, que traspasa todo límite, traspasando sin control los límites de la humanidad, ha sido puesto en el lugar del verdadero Dios. Y esto les vuelve ciegos y perversos.


El uso de la guerra para demostrar la fuerza pone de manifiesto la debilidad: el miedo a no ser hombres de verdad, la falta de confianza en la razón y en el alma humana, el miedo a la confrontación leal, el miedo al fracaso sin la fuerza bruta.

 

Los superhombres no creen en el hombre, por lo tanto, no creen en Dios, que hizo al hombre a su imagen y semejanza. Y así no tienen la Sabiduría, don de Dios.

 

Los superhombres ignoran al Espíritu Santo que Dios, a través de Cristo Resucitado, ha entregado a todos, con sus dones, los cuales, si son acogidos y vividos en el amor y la obediencia a Él, hacen de quien los observa en lo cotidiano el «ecce homo», el hombre que ama, que respeta toda vida, única cosa sagrada junto a Dios.


Someterse al «Príncipe de este mundo» conduce inevitablemente a ideologías humanas aberrantes, que se convierten en obsesiones, en gusanos corrosivos que solo llevan a acciones autodestructivas, destructivas y al contagio del mal.

 

La oración por la paz también nos ayuda a decir: Padre, perdónanos porque no sabemos lo que hacemos y perdónanos, también, porque somos corresponsables en nuestra inmovilidad e impotencia.

 

Pidamos al Espíritu Santo del Padre, que Jesús nos entregó desde la cruz, que sea acogido y conocido por todos nosotros, para que podamos, solo por su gracia y nuestra adhesión, siguiendo las huellas del «Ecce homo», vivir en Su Luz. 


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Soñar con la luna y su luz.

Soñar con la luna y su luz   “ Hay un brillo del Sol y otro de la Luna; uno del fuego y otro del agua. Todos fueron dotados de luz por Crist...