martes, 31 de marzo de 2026

Jueves Santo: sacerdotes y poetas.

Jueves Santo: sacerdotes y poetas

Hoy es el día que la Iglesia dedica al sacerdocio de los ministros ordenados. El día en que todos los presbíteros renuevan sus promesas a Dios. El día en que toda la Iglesia se detiene con asombro para agradecer a Dios por habernos dado presbíteros. 

Sorprendido, sí, porque no estaba en absoluto dado que Jesús se haría sacerdote por nosotros. Él es el prototipo, el modelo único, el primer y verdadero sacerdote, todos nosotros no somos más que clones aproximados, copias descoloridas. 

No era en absoluto un hecho que se nos daría un mediador, uno que se interpusiera entre nosotros y Dios, haciéndose puente para llegar a Él, uno que se dejara absorber totalmente por su misión, hasta el punto de ser llamado más a menudo por su función (Cristo) que por su nombre (Jesús). 

Así como nos pasa a nosotros los presbíteros, que la mayoría de las veces somos simplemente “el don” o “el padre” y aún cuando alguien nos llama por nuestro nombre siempre lo hace añadiendo la función. 

Sacerdote, es decir, hombre de lo sagrado, aquel que da lo sagrado. El que recuerda a los hombres que todo es sagrado y lo sagrado es todo. 

¿Tiene todavía sentido esta vocación, esta misión, en un mundo cada vez más técnico y práctico, donde la vida se reduce a una ecuación matemática y el amor y el pensamiento a un juego de hormonas? ¿Tiene sentido hablar de lo sagrado en un mundo donde el misterio ha desaparecido, a veces incluso de nuestras Iglesias y de nuestras liturgias? 

Sí, tiene sentido y por muchas buenas razones. 

En primer lugar porque el misterio no se puede eliminar de la vida. Nos guste o no, no existe una respuesta técnica satisfactoria a los dos gigantescos enigmas de nuestro origen y nuestro destino, al doble problema que plantean nuestro nacimiento y nuestra muerte, y el mundo tiene una necesidad imperiosa de que alguien le recuerde que las preguntas sin respuesta, las más profundas, son también las más verdaderas y las únicas verdaderamente esenciales. 

¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿De qué me sirve conocer cada tornillo del tren, conocer perfectamente su velocidad y conocer todos los mecanismos de poder que regulan su compleja jerarquía y funcionamiento, de qué me sirve ser el más poderoso y el más rico de los pasajeros si no sé hacia dónde va? ¿Y de dónde viene? 

Ser sacerdote siempre tendrá que ver con el nacimiento y la muerte, con el origen y el fin de la vida. 

Y quizá por eso el nacimiento y la muerte son los dos frentes en los que hoy se libra más duramente la batalla por la desacralización. Como si el hombre quisiera apoderarse de ellos, desmitificarlos. 

Pero el precio es demasiado alto, el precio es privar a la vida de todo misterio y una vida sin misterio, sin lo sagrado, es una vida insoportablemente aburrida, mortalmente aburrida. 

Y no sólo eso, despojada de su misterio, reducida a un problema técnico, la vida se vuelve despiadada. En una vida enteramente técnica ya no hay espacio para la generosidad y el amor, como tampoco lo hay en la vida de una máquina. 

La paradoja es que el cristianismo comenzó su historia desacralizando el mundo, tanto que se acuñó el adjetivo ateo -ironía de la historia- para identificar a los cristianos que dieron la espalda a los dioses paganos, sacando al mundo de las nieblas de la magia en nombre de la razón. 

Sí, el sacerdote es quien tiene la delicadísima tarea de hacer el equilibrio entre el mago y el tecnócrata, de decir a todos que el mundo tiene una racionalidad profunda e íntima, y ​​por tanto no está confiado a un capricho arbitrario y que, de hecho, esta racionalidad puede ser escrutada e investigada, y al mismo tiempo que el mundo tiene sus raíces en un misterio que nos supera por todos lados y que, por tanto, sólo puede ser recibido como un don, nunca plenamente conquistado. 

Ni siquiera nosotros estamos exentos de este riesgo. También nosotros, los presbíteros, corremos el riesgo de desviarnos hacia un lado o hacia el otro, de convertirnos en magos o tecnócratas… ¡Es tan fácil revestir lo sagrado de magia y superstición! Tanto como transformarnos en burócratas, en gestores de la Iglesia. 

Pero para que los puentes sean eficaces, para no resbalar hacia un lado o hacia el otro, es necesario mantener un pie firme en cada una de las dos orillas que debemos unir. Ser «Aquel que da lo sagrado» significa estar tan cerca de los hombres como de Dios. No en una equidistancia imposible, sino, si se me permite el neologismo, en una equi-proximidad siempre perfectible. 

Precisamente por esto, sin embargo, también nosotros corremos el riesgo de perder el sentido del Misterio, de transformar incluso la vida presbiteral y el servicio sacerdotal en un problema técnico, en una serie de procedimientos y protocolos, como si la oración fuera una mercancía a producir, la liturgia un espectáculo a realizar y la caridad un conjunto de cosas a hacer. 

Por eso hoy a mis tres promesas sacerdotales he añadido una cuarta, privada, íntima. La promesa de conservar siempre el alma de un poeta, porque es la poesía la que siempre nos devuelve al Misterio, porque como nos lo recordaba alguien: 

No niego que debe haber sacerdotes para recordar a los hombres que un día tendrán que morir. Sólo digo que en ciertos tiempos extraños, como el que vivimos, es necesario tener otro tipo de sacerdotes, llamados poetas, para recordar a los hombres que todavía no están muertos”. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 30 de marzo de 2026

Un concierto sobre el silencio definitivo: el de la muerte.

Un concierto sobre el silencio definitivo: el de la muerte

El 27 de marzo asistí, discretamente sentado y totalmente absorto en uno de los balcones con celosía, al primer pase de los dos programados en la Iglesia de los Dolores de Vic (Barcelona) y que llevaba por título: "Tres mirades corals al silenci de la mort". Las obras programadas eran de Henry Purcell, Johan Sebastian Bach y Joseph Rheinberger. Todo ello dentro de la programación de "Instruments de l'Anima" en esta ciudad de Vic.


El silencio tiene que ver con la música. Y cómo. De hecho, podemos decir que es difícil adentrarse plenamente en el fenómeno musical sin haber comprendido —y vivido— verdaderamente el significado de la palabra "silencio".

 

Esto ocurre porque la música se construye sobre el silencio. Los sonidos, de hecho, surgen del silencio y a él regresan. El silencio es para el compositor lo que el lienzo es para el pintor. Los sonidos son los colores con los que el silencio «pinta».

 

Como señaló acertadamente el gran director de orquesta Claudio Abbado: «El silencio es una condición del sonido; es más, en algunos casos es el más sublime de los sonidos. Resalta, amplifica, hace vibrar, hace destacar, anuncia, suspende, invade. Es un medio expresivo en toda regla».

El silencio es sin duda algo misterioso, difícil de captar plenamente sin cierto esfuerzo. Sin embargo, podemos decir que la experiencia del silencio que cada uno de nosotros puede vivir es fundamental para captar y disfrutar en profundidad de la música.

 

El compositor estadounidense John Cage sostenía, en parte con razón, que «el silencio absoluto no existe» porque en nuestra experiencia «siempre hay algo que produce un sonido».

 

Pero el silencio no es solo un fenómeno «físico-acústico», es algo más. Cuando hablamos de silencio, nos viene inmediatamente a la mente el silencio interior, ese silencio en nosotros mismos que calma los torbellinos de las pasiones, los tumultos del corazón, las ansiedades y los temores. Artistas, místicos y poetas se han interrogado a menudo sobre el silencio porque su dimensión es misteriosa y, al mismo tiempo, muy valiosa.

 

Toda creatividad, de hecho, encuentra en el silencio su raíz. La música nace del silencio, pero, como sostiene el compositor estonio Arvo Pärt, el silencio es siempre más perfecto que la música.

 

Independientemente de si existen o no lugares de silencio perfecto, de ausencia total de sonidos, lo cierto es que en el pasado el hombre buscaba y construía lugares en los que cultivar el silencio y la quietud.

 

Murray Schafer lo describe bien en su ensayo «El paisaje sonoro»: «Así como necesita el sueño y el descanso para revitalizar y renovar sus energías vitales, el hombre también necesita momentos de calma y silencio para renovar su serenidad mental y espiritual. En otros tiempos, la quietud era un bien preciado en el código no escrito de los derechos del hombre. El hombre se reservaba, en su vida, espacios de quietud para reconstruir su metabolismo espiritual».

 

Hoy en día, no solo estos espacios son cada vez menos, sino que nos vemos bombardeados continuamente por estímulos sonoros y ruidos que nos impiden experimentar ese silencio que es ocasión de descanso para el alma, pero también condición previa para escuchar música.

 

El filósofo francés Vladimir Jankélévitch explica muy bien cómo la música tiene, increíblemente, que ver con la dimensión del silencio: «El silencio es lo que nos lleva repentinamente al borde del misterio o al umbral de lo inefable, cuando se han hecho evidentes la vanidad y la impotencia de la palabra (…) La música en su totalidad, por tanto, dado que silencia las palabras y hace cesar los ruidos, en ciertos casos puede ser una reticencia del discurso. Por lo demás, la música misma a veces no se expresa de forma exhaustiva, sino alusivamente y a medias palabras (…)».


La música, por lo tanto, no solo se basa en el silencio, sino que permite la plena comprensión del misterio del silencio precisamente porque acalla el ruido y las palabras, dejando espacio a lo que es inefable, indecible.

 

Sin embargo, el hombre occidental se acerca al silencio con desconfianza; es más, casi siempre lo rehúye. La sociedad contemporánea, antes incluso que sociedad de la imagen, es sociedad del sonido y del ruido.

 

Todo está impregnado de sonidos, de silbidos, de voces, de estruendos, de melodías, de ritmos. Es un continuo amontonamiento de estímulos sonoros. El silencio es algo de lo que huir; crear sonidos, ruidos, efectos, nos hace sentir menos solos. Y nos aleja del silencio definitivo, el de la muerte.

 

Nos damos cuenta de lo preocupante que es la presión acústica que nuestra civilización ejerce sobre nosotros cuando cruzamos el umbral de un monasterio o de una Iglesia. Entrar de repente en una dimensión de quietud nos incomoda al principio, nos hace sentir sobre nosotros todo el peso de la basura sonora que arrastramos. Tiene que pasar un momento para reconocer ese lugar como necesario y fecundo.

 

Algo similar ocurre cuando estamos esperando a que comience el concierto. Los músicos están sentados y concentrados. En unos instantes, la señal del director dará inicio al concierto. En la sala se crea un silencio especial. Un silencio de quietud, pero al mismo tiempo de espera, algo que por un instante une al público y a los músicos. La sensación que experimentamos en ese momento es como si se manifestara un silencio que rara vez vivimos en otras ocasiones. Nos incomoda un poco; al mismo tiempo nos sorprende y nos asombra.

 

Este silencio no es una simple ausencia de sonido. Es plenitud de ser. Y es precisamente este tipo de silencio el que constituye la base de nuestra capacidad de escuchar.

 

Arvo Pärt expresa esta idea de manera muy clara: «El silencio no nos es meramente dado, nos nutrimos de él y este alimento no es menos importante que el mismo aire que respiramos. Hoy estamos asediados por lo superfluo, ya no hay distancia entre nosotros y las cosas, no hay espacio vacío: la música puede ayudarnos en este discernimiento».

 

Es precisamente la crisis de esta capacidad de vivir en profundidad el silencio como contemplación lo que dificulta nuestro acercamiento a la escucha. Si falta la capacidad de aventurarse en la propia interioridad, entonces cualquier escucha será inútil.

 

Precisamente porque la música es ese arte que trata del sonido, que tiene su origen en el silencio, la falta de silencio —entendido como la capacidad de adentrarse en las profundidades de uno mismo— hace que la música resulte inútil.

 

En realidad, la desaparición de los espacios de silencio tiene consecuencias mucho más amplias. «Las fuerzas del silencio y de la interioridad —escribía Romano Guardini— amenazan con abandonar Europa. Pero si estas se marchan de verdad, Occidente se secará, porque su grandeza se alimentaba en lo más profundo de esas fuerzas».

 

Acercarse a la música y a su escucha intentando obtener de ella provecho y alegría significa enfrentarse al misterio del silencio. Significa desafiar, con valentía, la desorientación inicial que se siente cuando uno se queda solo consigo mismo.

 

La música hace realidad y embellece este camino porque escuchar música significa quedarse solo frente a ese silencio que lo dice todo de nosotros, pero que tememos escuchar de verdad. Un silencio que se vuelve sonoro, que se embellece con las notas deseadas por el compositor, pero que no cambia su naturaleza de lugar en el que el hombre se presenta ante sí mismo en su desnudez.

 

De hecho, en ese lugar, como escribe de nuevo espléndidamente Jankélévitch, «donde falta la palabra, allí comienza la música; donde las palabras se detienen, allí el hombre no puede sino cantar».


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

En silencio.

En silencio 

Escuchar el silencio es un punto clave. También es necesario escuchar el silencio, y éste es uno de los ejercicios más difíciles de todos. 

Hay dos tipos de silencio. Hay un silencio negro y un silencio blanco. 

El silencio negro es simplemente la ausencia de palabras. Este silencio da miedo, por eso tratamos de evitarlo por todos los medios. Así tantas perdonas de hoy multiplican el sonido hasta el punto de quedar atónitos ante él. Es el embotamiento que se utiliza para evitar el terrible sonido del silencio negro. Es un silencio que te vuelve loco. Es el silencio de la soledad. 

Luego está el silencio blanco. El blanco no es incoloro, sino la síntesis de todos los colores. Este es el silencio que debe nacer en nosotros —un ejercicio grandioso pero necesario— para escuchar esa voz del silencio, que es la voz de Dios. Recordemos lo que Elías oyó en el monte Horeb (cf. 1 Reyes 19,1-14). 

También nosotros debemos aprender que Dios habla en silencio y que las cosas más importantes de nosotros mismos, incluso las relativas a la conciencia, hablan en silencio. Si no queremos escuchar nos refugiamos en el ruido. No sólo los jóvenes, sino también muchos hombres de fe hacen, actúan y nunca tienen este oasis de silencio. 

El gran filósofo griego Pitágoras dijo: "El sabio no rompe el silencio excepto para decir algo más importante que el silencio". Por eso concibió el silencio como el «seno» del que nacen las grandes verdades, el seno en el que uno se comunica con Dios y recibe la verdad suprema, incluso la verdad sobre sí mismo. 

Por eso también tenemos miedo del silencio blanco, en el que se realiza el examen de conciencia, cuando somos capaces de ver dentro de nosotros mismos y, así, descubrir el vacío que hay dentro de nosotros. 

Y podemos entender que el silencio blanco también es el lenguaje del amor. Bien lo dijo el filósofo creyente Pascal cuando escribió: «En el amor, como en la fe, los silencios son mucho más elocuentes que las palabras». 

Los amantes, a menudo se miran a los ojos, porque hay un lenguaje de los ojos, silencioso, y hay un lenguaje del corazón. 

La fe tiene como punto terminal, como experiencia suprema, la mística, es decir, la entrada en el misterio. Misticismo y misterio derivan, de hecho, del mismo verbo griego “muein”, para cuya pronunciación es necesario cerrar los labios, verbo que significa ‘estar en silencio’. Es silencio, pero un silencio pleno e infinito. 

Éste es el gran ejercicio que debemos realizar. La música tiene sus pausas y hay que realizarlas, porque hacen germinar el sonido que viene después. La pausa no es simplemente un vacío, sino algo que permite que el siguiente sonido florezca. 

Por eso, cuando estemos ante Dios para siempre, celebrando la Liturgia del Cordero, cantaremos, pero, con toda probabilidad, el canto supremo será el silencio, porque Dios es misterio: Dios, cuyo nombre no se puede pronunciar, es «la voz del silencio». 

Así que, practicando el silencio no hacemos otra cosa que seguir acercándonos a la experiencia de lo infinito, de lo eterno, cuando ya no necesitaremos palabras, cuando el lenguaje se extinga y lo veamos como es. 

Cuando Job llega a la etapa final de su experiencia dramática dice: «De oídas te había conocido, pero ahora mis ojos te ven». 

La escucha termina y comienza la visión. Se ve y se calla. Por eso, escuchar el silencio es el ejercicio más elevado de la experiencia espiritual. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La escucha del silencio.

La escucha del silencio 

Vivimos en una sociedad ruidosa, incluso somos víctimas de la contaminación acústica y en nuestra vida diaria estamos invadidos por la verbosidad de la cháchara. Es comprensible entonces que en este clima cacofónico muchos sientan la necesidad del silencio y lo exalten, lo alaben sin conocer su realidad. Porque el silencio es plural. 

Hay silencios comparables a ayunos corporales, absolutamente saludables cuando el cuerpo, la psique y la vida interior lo requieren. Pero también hay silencios negativos, incluso mortales. Son silencios que inquietan, que inspiran miedo, que crean opresión, verdaderos silencios de muerte, silencios como abismos de desesperación. 

Y hay que confesarlo: también hay silencios cómplices, llenos de cobardía, que dejan triunfar el mal sin encontrar oposición y, por tanto, silencios hostiles, que penalizan la comunicación y pueden llegar a ser asesinos. Son los silencios más vergonzosos, ocultos y no confesados, ni siquiera considerados en su ignominia, y sin embargo consumidos por amarga indiferencia. 

Y no olvidemos el silencio de la enfermedad mental, cuando el silencio es rechazo a toda comunicación porque quien se ha cerrado en el silencio está en realidad prisionero de unas rejas que no vemos y que siguen siendo un enigma. 

Hay quien ha descrito bien el silencio maligno que se alimenta de la ira y del resentimiento hasta el punto de despreciar al otro, hasta quererlo y considerarlo muerto. Sí, tenemos este gran poder de matar incluso con nuestro silencio que con una hostilidad sorda y muda nos quita la vida y la existencia. Elie Wiesel, en su Testamento de un poeta judío asesinado, escribe: “Ningún maestro me había dicho que el silencio podía convertirse en una prisión... No sabía que uno podía morir de silencio como se muere de dolor, de fatiga y de hambre”. 

Hay hombres y mujeres que conocen y viven estos silencios y también nosotros podemos ser absorbidos a veces por ellos en la vida. No es fácil luchar contra estos poderes, verdaderos demonios que nos arrastran y nos dominan. Y aquí hay que decir claramente que el otro es más necesario que nunca porque nos salvamos juntos, nos levantamos juntos, volvemos a hablar si hay un “tú” al que recurrir. 

Frente a los silencios negativos, sólo la escucha atenta puede ser de verdadera ayuda, una respuesta redentora. Por eso hoy, en una sociedad donde la escucha está muerta, los silencios negativos son generalizados y frecuentes. 

Escuchar... Para ser auténtico, escuchar debe primero escuchar los silencios y el silencio. Lo digo por experiencia, pero las largas horas de la noche en el silencio absoluto de la habitación, en la extrema soledad del cuerpo, nos enseñan a escuchar los silencios desesperados y el silencio que, despojado y abordado con discernimiento, no es mudo sino que también tiene voz. 

Silenciar nuestro ego para escuchar al otro, silenciar nuestros prejuicios para abrirnos al otro, habilitar el oído del corazón para escuchar la voz débil como un silencio contenido que nos abre a la relación. 

Si hay una invitación que me atrevo a hacer a los hombres y mujeres de nuestra sociedad, es sólo a practicar un tiempo de soledad y silencio durante el día o la noche y hacerlo con continuidad y perseverancia, como un ritmo de respiración, aceptando atravesar silencios a veces enigmáticos, desesperados, otras veces capaces de exaltación... Entonces incluso los enigmas se convierten en misterios. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El arte de la escucha del silencio.

El arte de la escucha del silencio 

En el frenesí de nuestra vida cotidiana, donde el ruido y las distracciones parecen estar a la orden del día, hay un compañero silencioso que a menudo pasamos por alto: el silencio. 

¿Alguna vez te has tomado un descanso para escucharlo? 

Esta dimensión, a menudo subestimada, está viva y pulsante: el silencio es una cosa viva. 

Pero ¿qué significa escuchar el silencio? 

“No todos los silencios son iguales” y esta afirmación es tan cierta en nuestra vida diaria como en el lugar de trabajo. El silencio no es simplemente la ausencia de sonidos, sino más bien una invitación, una oportunidad de sumergirse en algo profundo y envolvente, donde todo lo necesario ya ha sido dicho. Es un espacio donde el ruido del mundo exterior se disuelve, permitiendo que nuestra mente encuentre claridad y serenidad. 

En el caos de su oficina o sala de conferencias, el silencio puede parecer un lujo inalcanzable. 

Sin embargo, ¿alguna vez has pensado que el silencio está dentro de ti y puede ser un antídoto contra el ruido, tanto externo como interno? 

El silencio, además, es un poderoso aliado de nuestra productividad y creatividad. De hecho, es en los momentos de tranquilidad interior cuando estamos más concentrados y las mejores ideas tienen espacio para germinar, libres de distracciones y condicionamientos. 

Intentemos analizar las pausas de silencio que nos permitimos en nuestros días, tomando consciencia de nuestros hábitos y tratando de cultivar nuevas intenciones. Ya sea para completar una presentación importante, resolver un problema complejo, liberar tensión emocional o calmar una molesta voz interior, tomar un momento de silencio, simplemente respirar, puede marcar la diferencia, porque crea espacio en el cuerpo y en la mente. 

Pero el silencio no es sólo un respiro del desbordamiento de nuestras vidas, un respiro del frenesí cotidiano, es también una oportunidad para escuchar con atención y curiosidad aquello que nos habita: pensamientos, sensaciones, emociones, deseos, necesidades. Una manera de descubrirnos y redescubrirnos, acogiéndonos con amabilidad y compasión, haciendo espacio para todo lo que reside o pasa por lo más profundo de nosotros. 

Es precisamente en estos momentos de calma y de escucha que podemos redescubrir la conexión con los demás, con la naturaleza, con la comunidad. 

En el lugar de trabajo, podemos integrar el silencio en nuestra rutina diaria en unos sencillos momentos: 

1.- Podemos empezar el día con unos minutos de meditación silenciosa, centrándonos en las sensaciones de nuestra respiración y en nada más, para establecer un mayor centrado. Este momento de tranquilidad nos permite prepararnos para el día que comienza, haciendo espacio en nuestro cuerpo y mente, dejando de lado las distracciones externas y permitiendo que emerjan nuestras intenciones más auténticas. 

2.- Durante las reuniones o interacciones con quienes trabajan con nosotros, podemos practicar la escucha activa en silencio, dedicando toda nuestra atención a la persona que habla, sin interrumpirla y sin pensar de antemano en nuestra respuesta. Dejemos a un lado nuestras preocupaciones y pensamientos, concentrándonos en lo que la otra persona nos está comunicando. Esto no sólo nos ayuda a comprender mejor el punto de vista de cada uno, sino que fomenta un entorno de confianza y respeto mutuo. 

3.- Podemos tomar pausas reflexivas a lo largo del día para analizar en silencio nuestras interacciones con los demás. Preguntémonos cómo podemos estar más presentes y empáticos con la familia, los amigos, los compañeros y los conciudadanos, cómo podemos contribuir a crear un entorno más sano, más respetuoso y colaborativo. 

Incluso cuando el frenesí parece apoderarse de nosotros, siempre es posible crear espacios de silencio, momentos de tranquilidad interior que nos ayuden a reconectar con nosotros mismos y con los demás, permitiéndonos afrontar los retos diarios con mayor calma y claridad mental. 

La práctica del mindfulness es un excelente entrenamiento diario en el silencio y la escucha, que no sólo potencia nuestro bienestar individual, sino que también tiene un impacto positivo en nuestras relaciones, en la cultura corporativa, en la comunidad social. 

El silencio no es un escape del mundo, sino más bien un retorno a nosotros mismos, una manera de integrar la conciencia y la presencia en nuestro trabajo y vida diaria. En una época en la que estamos constantemente bombardeados por estímulos externos, encontrar momentos de silencio puede ser revolucionario. 

Así que, la próxima vez que te encuentres inmerso en el caos, recuerda la importancia del silencio, un compañero inesperado, dispuesto a ofrecerte claridad, inspiración y serenidad. Abrázalo y deja que te guíe hacia una nueva conciencia. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

En el principio es la palabra…, …en el comienzo es el silencio.

En el principio es la palabra… 

En muchas cosmogonías, la palabra es “origen”. La palabra está “en el origen”. 

En la narración del Evangelio según San Juan, Cristo es preexistente; más bien, es el “logos” por medio del cual y en el cual todo fue hecho (“πάντα δι’ αὐτοῦ ἐγένετο, καὶ χωρὶς αὐτοῦ ἐγένετο οὐδὲ ἕν”; Jn 1,3). 

Así en el Tanaj o Mikrá: con la “palabra” Elohim hace que todo exista (“εἶπεν ὁ θεός γενηθήτω φῶς καὶ ἐγένετο φῶς”; Gn 113). 

Según los Vedas y los Upanishads, el sonido "Ohm" es el origen de todo: en él todo existe, todo se origina y todo se entiende (cf. Māṇḍūkya Upaniṣad). 

En el Libro para salir de día (más correctamente “Principio de las fórmulas para salir de día”, más tarde conocido como “Libro de los muertos”), la tradición egipcia asigna a Rê (también conocido como Ra) la creación de sí mismo ya que él se dio los nombres que especifican su esencia y poder (Ra es Creador de sí mismo, es Mañana, es Alma…). 

En la antropología religiosa surge claramente que existe una estrecha relación entre palabra y divinidad. Así pues, si el hombre conoce el nombre de su Dios, lo posee, y al poseerlo, se posee a sí mismo y posee todas las cosas. 

…en el comienzo es el silencio 

El lenguaje, las palabras y las historias están estrechamente ligados a la capacidad simbólico-religiosa del hombre, así como a la civilización. Historia, palabra, culto y religiosidad se confunden. 

Pero en el acontecimiento pascual la palabra pronunciada permanece casi incomprensible (en la tarde de la última cena ¿qué podría significar “haced esto en memoria mía”?). 

La palabra del Resucitado sorprende y casi deja perplejo (“la paz esté con vosotros”). 

La palabra no pronunciada del segundo día del Triduo Pascual - la hora de la muerte y de la sepultura - arroja luz sobre lo que se ha dicho antes y lo que se dirá después. 

El acontecimiento sin palabras, el silencio radical, fuente de la «nada» (puesto que Cristo reduce todo a la nada; cf. 1 Co 1,28; 2,6; 15,24), comienza a «decirlo todo en sí», es más, a «recapitularlo todo» (cf. Ef 1,10). 

En el segundo día del Triduo Pascual, los cristianos recordamos que todo comienza desde el silencio profundo y original: el de la palabra-no-palabra. 

El silencio es lo que precede a la palabra, es lo que permite que el sonido, la palabra, sea tal. 

El silencio no es la ausencia de palabras. Es aquello que no se puede decir pero sin lo cual nada puede decirse. 

El «ser» inicial de Dios (antes de su «ex-istere»), así como su dolor, su sufrimiento, su radicalidad, no se pueden describir (y en este sentido son pre-existentes). 

El silencio es y permanece antes de toda palabra. 

Lo indecible sigue siendo indecible, es decir, no cerrado, sino en silencio. 

Y aun así, lleno de tensión, de fuerza, de energía, de ansiedad generativa. 

Desde este silencio se puede decir cada palabra porque toda palabra puede tener sentido cuando se pronuncia precedida del silencio. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El Sábado Santo de las mujeres.

El Sábado Santo de las mujeres 

El Sábado Santo es tradicionalmente el día del Gran Silencio. El drama ha tenido lugar, las pocas personas que lo amaron con un amor tan personal que no puede conmoverse ante las disputas teológicas surgidas en torno a su cuerpo vivo, se mueven en torno al cuerpo muerto de Jesús. 

Mujeres, en su mayoría, empezando por la Madre: después de haberla visto recoger el último aliento de su hijo al pie de la cruz, la identificamos en el centro del grupo de los Discípulos, encerrados en oración, en la habitación donde el Espíritu Santo está a punto de irrumpir (Hch 1,14). 

Sábado Santo, pues. José de Arimatea les ofreció hospitalidad en un sepulcro nuevo, «en el cual aún no habían puesto a nadie» (Lc 19, 41-42). El sepulcro está en medio de un jardín: el silencio de la muerte se acoge en el lugar de la creación de la vida (Génesis 2, 8,35). 

Las mujeres observan atentamente la tumba y regresan a casa para preparar aromas y aceites perfumados: las luces del Shabat, el día sagrado de descanso, han salido. El cuerpo de Jesús descansa finalmente. Después del sábado podrá ser cuidado con amor y honrado, acariciado y perfumado. 

Una mujer ya lo había hecho, ganándose la gratitud de Jesús al derramar ungüento precioso sobre su cuerpo. Jesús la había protegido del falso escándalo de un huésped hipócrita, que ni siquiera le había ofrecido agua para las manos, y de la falsa malicia de un discípulo, que exigía más atención para los pobres mientras él se embolsaba las ofrendas (Mt 26,6-13; cf. Jn 12,1-8). 

Pero el Sábado Santo también es el día de la indiferencia. El asunto de Jesús está resuelto, el complot de los duros ha tenido éxito, el pueblo no se ha rebelado. Es más, incluso se ha podido escribir una placa favorable a su condena. Los discípulos parecen dispersos, Pilato ha resuelto el problema, la oposición interna en el Sanedrín está silenciada. Cuando termine el Shabat, muchos ni siquiera volverán a los eventos. Jesús no encendió pasiones políticas explotables, su renovación religiosa no parece institucionalizable. Igual que hoy. La portada ya no es noticia: ahora hace historia. 

La floración de la semilla colocada en la tierra con el Crucificado aparecerá sólo más tarde. Y será un doble shock el que lo produzca. El primero será el advenimiento y el encuentro con el Resucitado: las mujeres primero, también esta vez. El segundo será el viento y el fuego del Espíritu: cuando los discípulos estén nuevamente con la Madre. 

Lo más probable es que el Sábado Santo parezca destinado a inaugurar, de una vez por todas y para siempre, la inscripción de las mujeres – sean madres o no – en el dispositivo testimonial del anuncio evangélico y en el anuncio de la fe cristiana. Jesús confía a los discípulos la profecía de su muerte redentora, pero es a las mujeres a quienes confía el secreto de su morir por amor y de su resurrección como amor. 

Me pregunto si podemos ser suficientemente fieles al cuerpo del Hijo –un cuerpo de palabras y de gestos, de curación y sanación, un cuerpo de hospitalidad y de amistad, un cuerpo de crucifixión y de resurrección– y al mismo tiempo mantener nuestra distancia equidistante de la tenacidad con la que las mujeres lo mantienen en el centro de su fe, sin dejarnos involucrar un milímetro por las disputas ideológicas y las pasiones opuestas que siguen compitiendo por los primeros puestos… 

Después de dos milenios de cristianismo, parece definitivamente claro que una Iglesia de discípulos, que no se recomponga en torno a la escena madre del cuerpo del Señor y de los afectos necesarios para revelar la verdad imprevisible e impensable del cuerpo de Dios, acabará careciendo de mucho más que de una costilla. 

En la situación actual, ya nadie duda de que el experimento del cristianismo occidental –el cristianismo de las naciones políticas y de las instituciones jurídicas, que ha generado una tradición cultural muy respetable– también ha agotado todas sus variantes posibles. Ha producido hechos de comunión supranacional de apreciable vitalidad, pero también ha acumulado divisiones antieclesiales de duradero obstáculo. Ambos fenómenos, en realidad, demuestran hoy que resisten “por encima de las cabezas” de los pueblos y de las culturas, más que “en los cuerpos” de hombres y mujeres reales. 

El ecumenismo formal queda dramáticamente por detrás de la comunión real. La Iglesia nació como una red familiar, fraterna y amigable de hombres y mujeres reales: y de ahí sacó su dolorosa y gozosa historia de difusión evangélica en el corazón de los imperios. 

Nuestro Sábado Santo es, hoy, un gran paso de purificación y desencanto. La fe ofrecida y pedida por el cuerpo del Señor, que no debe ser abandonada casualmente a la historia, como si no estuviera a la altura de la fe, que no puede ser utilizada políticamente, que no puede ser requisada fundamentalísticamente, acoge a Dios en las promesas afectivas de la vida real, disolviendo la magia supersticiosa de un mundo aparte. 

Las mujeres son sensibles a la mística del cuerpo del Señor, pero impermeables a la gnosis ideológica y teológica que cree poder sustituirlo por alguna metafísica de Dios, que luego debe aplicarse a toda costa a la historia real. 

Ser fiel al cuerpo del Señor, incluso cuando yace muerto bajo los golpes de la furia política y del despotismo religioso, es una cualidad que Jesús –contra toda previsibilidad cultural y sagrada– reconoció en las mujeres. 

Las mujeres no permanecen inertes, en el paso difícil y suspendido del Sábado Santo. Como si supieran –sin saberlo– que el cuerpo del Señor regresa junto al Espíritu que abre las puertas, inventa un lenguaje, reabre la hospitalidad de Dios a los hombres y mujeres duramente probados por las dificultades de la historia. 

¿Y nosotros? ¿No es tiempo de comenzar a recomponer lo que Dios ha unido alrededor del cuerpo del Señor? ¿Y que lo hemos mantenido separado e incluso oculto durante tanto tiempo? Si las Mujeres pueden soportar la muerte de Dios, los Discípulos encontrarán el coraje para seguir el soplo del Espíritu. Y Dios sabe que lo necesitamos ahora mismo. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El Señor desciende a los infiernos.

El Señor desciende a los infiernos 

Sábado Santo, el día después de la muerte, tiempo en el que ante los discípulos sólo existía el fin de la esperanza, una aporía, un vacío sobre el que se cernía el sinsentido, un dolor insoportable, la laceración de una separación definitiva, de una herida mortal: ¿Dónde está Dios? 

Ésta es la pregunta silenciosa del Sábado Santo. ¿Dónde está aquel Dios que intervino en el bautismo de Jesús, abriendo los cielos para decirle: «Tú eres mi Hijo, me alegro mucho de ti» (Mc 1,11)? ¿Dónde está aquel Dios que intervino en el alto monte, en la hora de la transfiguración con Moisés y Elías y exclamó: «¡He aquí a mi hijo amado!»? (Mc 9,7)? 

En la hora de la cruz Dios no intervino, hasta tal punto que Jesús se sintió abandonado por Él y gritó: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mc 15,34). 

He aquí que pasa un día entero y no hay intervención de Dios… Sin embargo, Dios no ha abandonado a Jesús: si el abandono parece ser la amarga verdad para los discípulos, en realidad Dios ya ha llamado a Jesús a sí, más aún, ya lo ha resucitado en su Espíritu Santo y Jesús vivo está en el infierno para anunciar también allí la liberación. 

“Descendió a los infiernos” confesamos en el Credo. Esto es lo que sucede en secreto el Sábado Santo: un día vacío, silencioso para los discípulos y para los hombres, pero un día en el que el Padre – que «siempre está obrando» (cf. Jn 5,17), como dijo Jesús – trae la salvación a los infiernos a través de Él. 

Como Jonás estuvo en el vientre del pez durante tres días y tres noches (cf. Mt 12,40), así también Jesús fue colocado desde la cruz en el sepulcro y, desde allí, descendió de nuevo a los infiernos, al seol donde habitan los muertos, el reino de la muerte. 

Un gran misterio, sobre el que la Iglesia hoy parece preferir permanecer en silencio, casi como si fuera afónica. Pero también los Padres de la Iglesia, y sobre todo la liturgia antigua, quisieron cantar esta “acción” de Jesús después de su muerte. 

En una homilía atribuida a Epifanio está escrito: «Hoy reina un gran silencio en la tierra: el Señor ha muerto en la carne y ha descendido para sacudir el reino del inframundo. Sale a buscar a Adán, el primer padre, como la oveja perdida. El Señor desciende y visita a los que yacen en la oscuridad y en la sombra de la muerte». 

Y un himno de Efrén el Sirio canta: «Quien dijo a Adán: “¿Dónde estás?”, descendió a los infiernos tras él, lo encontró, lo llamó y le dijo: “¡Ven, tú que eres a mi imagen y semejanza! ¡He descendido adonde estás para llevarte de vuelta a tu tierra prometida!”». 

Jesús, habiendo descendido a los infiernos con su muerte —una muerte que se convirtió en un ‘acto’, una muerte asumida y vivida—, destruyó la muerte misma en una lucha maravillosa, como también recuerda la liturgia siríaca: «Tú, Señor Jesús, luchaste con la muerte durante los tres días que permaneciste en el sepulcro, sembraste alegría y esperanza entre los que habitaban el inframundo». 

Así, el descenso a los infiernos se convierte en una extensión de la salvación a todo el cosmos, salvación del ser humano en su totalidad: Cristo desciende al corazón de la tierra, al corazón de la creación, a las zonas infernales que habitan en cada hombre. 

¿Qué pasa entonces con el infierno después de la “visita” del glorioso Cristo? Cirilo de Alejandría afirma que esta visita y estancia de Cristo en el infierno –de la que habla el apóstol Pedro: «muerto en la carne, pero vivificado en el Espíritu… fue y predicó la salvación a los espíritus que esperaban en prisión» (1 Pe 3,18-19) – significó el despojo del infierno: «Cristo despojó inmediatamente todo el infierno y abrió sus puertas impenetrables a los espíritus de los muertos, dejando allí solo al diablo». Por eso podemos preguntar ¿dónde, muerte, está tu victoria? 

El cristiano de hoy no debe olvidar este misterio del gran y santo Sabbath, verdadero preludio de la Pascua, pero también una lectura del descenso de Cristo a las regiones infernales que también habitan en todo cristiano, a pesar de su deseo de seguir a Jesús. 

¿Quién no reconoce la presencia de estos inframundos en su interior? Regiones no evangelizadas, territorios de incredulidad, lugares donde Dios no está presente y en los que cada uno de nosotros no puede hacer otra cosa que invocar la venida de Cristo para evangelizarlos, iluminarlos, transformarlos de regiones de muerte sometidas al poder de las sombras y tinieblas de la muerte en humus capaz de germinar vida en virtud de la gracia. 

Así el Sábado Santo es como el tiempo del embarazo, es un tiempo de crecimiento hacia el nacimiento, hacia el triunfo de la nueva vida: su silencio no es mutismo sino un tiempo lleno de energía y de vida. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El Sábado Santo que vence la historia.

El Sábado Santo que vence la historia 

El Viernes Santo termina así: en silencio. Un cuerpo envuelto en un sudario con el rostro ya amoratado. Esta miniatura —no menos que el Cristo de Holbein que hizo exclamar al príncipe Puchkin: «¿Qué belleza salvará al mundo?»— nos deja con la misma angustiante pregunta. 

Sí, ¿quién nos salvará si Aquel que creíamos que era el Mesías nos entrega a la soledad de un mundo que, en algunos aspectos, aún conserva los signos de una no redención, de una rebelión contra el bien y la verdad, pertinaz, obstinada y casi engreída en sus certezas? 

Así se presenta, para la mayoría, la Iglesia hoy: reducida, como estos pocos que quedan en el sepulcro. En esta hora de dolor, ni siquiera hay sombra de las multitudes que esperaban durante la multiplicación de los panes; tampoco hay sombra de los setenta y dos, de los doce, de aquellos primos que un día reivindicaron su parentesco. 

Nuestro artista ha querido poner a San Pedro, con la cabeza gacha, abatido por la traición recién consumada. Ya ni siquiera tiene la aureola, la perdió en la demoníaca refriega que se desató en la colina del Gólgota. 

A bien ver, a los ojos de los discípulos debía parecerles la ruina total. Si no hubiera estado la Madre para sostener, en medio de aquel silencio, la Madre y las otras Marías: María de Magdala, María de Cleofe, Salomé. En la hora del sepulcro, como en la hora del parto, son las mujeres las que resisten. 

Así, en este Sábado Santo, siento que debo rezar por ellas, por las mujeres de este siglo, por aquellas que deben ganar la batalla contra la destrucción de su dignidad, contra la mercantilización de su cuerpo, contra una cultura que las convierte en no dignas, como de segundo rango, contra… 

Si las mujeres no se mantienen firmes en este momento, ¿qué será de esta humanidad desolada y cansada? 

Es hermosa la miniatura que muestra a María perdiendo el velo azul, que se le cae. El azul es el Misterio, por lo que sin duda puede significar la desolación de la Madre ante la divinidad ultrajada de Jesús, pero el azul es también el color de la noche, de un cielo que se ha oscurecido y no puede ver a Dios. Sobre su cabeza ya brilla el amanecer de Pascua, Ella confía en el Señor. Se aferra a ese cuerpo como a un ancla de salvación. 

El sepulcro está ahí detrás, con sus fauces abiertas, mientras en el horizonte se alza la cruz con la escalera de la deposición, todo remite a la hora del dolor, pero la Madre besa a su Hijo como si acabara de salir de su seno con la vivacidad y la vida de un recién nacido. 

Captan mi mirada, asombrada por ese gesto maternal, de San José de Arimatea. Él también sostiene y retiene, casi, el cuerpo del Salvador. Una lectura contemplativa pide identificarse con uno de los personajes que aparecen en escena durante la Pasión. 

Me gusta cómo se presenta a San José de Arimatea: alguien que pide a Pilato el cuerpo de Jesús, alguien que se atreve. Alguien que acude al poderoso de turno y no se deja intimidar. Va y pide lo que la Iglesia tiene más querido: el cuerpo del Salvador. 

Así deberíamos ser nosotros: gente dispuesta a perderlo todo menos la Eucaristía de Jesús que fue la Eucaristía del dolor del mundo y del sufrimiento de la historia. 

Deberíamos consumir el umbral de la puerta de los poderosos de turno y conseguir que nos den el Cuerpo de Jesús en cada cuerpo humano sacrificado en no se sabe qué altares. 

Sí, rezo por las mujeres de mi tiempo, pero también por los hombres, por los que, como San José de Arimatea, se atreven, y por los que, como Nicodemo, no se atreven. Este Cuerpo los une, los hace hermanos. 

Este Cuerpo tiene un atractivo sin precedentes. A Él debemos aferrarnos. La Eucaristía de dolor y de sufrimiento, la Eucaristía de Pasión, es un silencio perpetuo lleno de vida en la historia de la humanidad. 

Un Sábado Santo sin fin que surca las tormentas de la historia. He aquí que, en las tormentas de la historia, en el Sábado Santo de la fe, podamos aferrarnos a una esperanza samaritana, a esta Eucaristía de dolor y de sufrimiento, con la certeza de que el verdugo no tenga la última palabra sobre el inocente, con la convicción de que si no todos seremos salvados no merece la pena ninguna salvación. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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