martes, 25 de agosto de 2026

Perdona, Padre, como nosotros perdonamos - San Mateo 18, 15-20 -.

Perdona, Padre, como nosotros perdonamos - San Mateo 18, 15-20 - 

Me gustaría aprender a vivir como el centinela de Ezequiel: atento, siempre. 

Pero no vigilante contra los enemigos. No como una de esas centinelas que mantienen a raya los peligros aguzando la vista y dando la voz de alarma. No, me gustaría aprender a ser un hombre atento, ante todo, al sonido de Sus labios: «cuando oigas de mi boca una palabra». Un hombre valiente, capaz de perderlo todo con tal de no perder la verdad: «tú deberás advertirles de mi parte». 

Cómo me gustaría ser como el centinela de Ezequiel, que no es un centinela asustado ante la vida, ni uno que mira al horizonte para encerrarse a la defensiva y no permitir invasiones… sino un hombre valiente ante todo consigo mismo: para quien incluso el destino del malvado forma parte de su historia: «de su muerte yo le pediré cuentas a mí mismo». 

Un versículo terrible y valiente, verdadero retrato del profeta: no solo un portador de advertencias divinas, sino un ser que asume el riesgo de entrar en relación con el mal, porque la vida no se cambia condenándola, sino asumiéndola. Un centinela atento y dispuesto a comprometerse. 

No me preocupa la falta de gente entre los muros de la iglesia —eso, en el fondo, es también una buena señal—; me preocupa la dura vida en ausencia de centinelas; me preocupa no ser capaz de caminar hasta lo más profundo del corazón de la Palabra, porque no bastan los maestros: se necesita alguien que cuide de mí y que esté dispuesto a compartir mi destino. 

Me preocupa que, si no encuentro verdaderos profetas, gente que se deje involucrar por mi miseria, el Evangelio siempre me resultará algo lejano, un vago aroma tranquilizador. 

Cómo desearía que ahora solo quedara el amor, solo la caridad. Solo la fuerza que fecunda la vida. Sueños del paraíso que vendrá. Pero quizá, al menos, mientras tanto se pueda repetir, sin añadir nada. Que nuestro único derecho es ser amados, y lo mismo ocurre con los deberes. 

Cómo desearía que todo el andamiaje se revelara tal y como debe ser: un gran e inmenso pretexto. Todo es un pretexto: cada aliento, cada reverencia, cada lágrima, cada camino. Cada objeto de esta habitación, cada libro, cada pesadilla, cada dolor. Cada cosa de mi escritorio, cada página del Evangelio, cada calle de esta ciudad que pide ser contemplada más allá del horizonte de mi ordenador, cada gota de esta lluvia y cada preocupación que no deja de atormentar el corazón. 

Y también la Ley, sí, incluso la Ley, que por fin se despoje del manto del mandamiento y se revele tal y como es: un pretexto para amar, para sentirse responsable de la felicidad de cada persona. 

Y si la Ley no conduce a gestos concretos de atención, de cuidado, de protección de todo ser vivo, que sea la propia Ley la que cambie, por amor, porque solo el amor implica compromiso. 

Una Iglesia que se convierta a la caridad, que cambie para amar, para no tener otra deuda más que «el amor mutuo». 

Cómo me gustaría aprender a llamar hermano, a sentir como hermano a toda persona que cometa una falta contra mí. Porque la primera forma de desenmascarar el mal e impedir que invente nuevos nombres —los nombres matan como cuchillas afiladas— es que la falta no nos convierta en enemigos. 

El primer gesto profético de la centinela es sentir como hermano, sobre todo, a quien comete el mal; es sentirse parte del gran universo, sentirse un solo cuerpo con los hombres, los animales, las plantas y el aire. Y si el mal golpea a cualquier nivel, sentirse heridos. Como hermanos. Estar inmersos en una especie de compasión cósmica. 

Y entonces, callar, aprender a llorar si el rostro de la vida está desfigurado, evitar asumir, con orgullo enmascarado de dolor, el papel de víctima, sentirse, si no culpable, al menos responsable de formar parte de un mundo que olvida que no es más que el pretexto para mostrar el rostro del amor. 

Y no aprovechar nunca la ocasión para la venganza, nunca. Si alguien me hace daño, soy doblemente culpable si utilizo ese mismo odio para avivar las llamas de la venganza. Aunque sea víctima, lo correcto será no hablar de ello con nadie para mantener a raya la ola de resentimiento. O hablar de ello directamente solo con quien me ha hecho daño. 

Pero hablaré de ello solo si en mi corazón aún lo considero de verdad un hermano. Que cesen los sermones de quienes no sufren junto al verdugo. Si no amo al otro, si no me siento centinela compasivo de su historia, debo permanecer en silencio, para siempre. Cada palabra me convertiría en verdugo. 

Y si, por el contrario, le hablo y él sigue sin escucharme, ahí está la primera tarea a la que estoy llamado, porque yo, la parte agraviada, soy el sujeto de este movimiento de reconciliación (¡qué magnífico es el Evangelio, que no dice nada del culpable!), tendré que buscar dos o tres testigos. Testigos del amor. Profetas compasivos. 

Y estoy seguro de que, si tuviera que encontrarlos, si lograra encontrar a dos o tres personas que sepan dar testimonio del amor verdadero, tres personas capaces de escuchar mi drama y el de quien me ha hecho daño con sincera compasión, estoy seguro de que mi vida ya habría cambiado. Y daría las gracias a quien me ha hecho daño por la oportunidad que me ha dado de conocer a tres personas capaces de bailar el amor. 

Y si tres testigos no bastaran, he aquí la utopía de Jesús: acudir a la comunidad. Pero una Comunidad, una Iglesia capaz de verdad y compasión, que no juzga, que se siente responsable del dolor, que no finge, que no tiene miedo de decir la verdad y de mostrarse cómplice del mal, que no tiene miedo de quedar en evidencia, que se hace cargo de la felicidad de sus hijos, que ya no cosecha víctimas, que se siente responsable también de mí. 

He aquí que, si encontrara una comunidad así, aunque solo fuera por un instante, se me desbordaría el corazón de alegría, habría conocido el Evangelio y correría a abrazar al hermano que, al hacerme daño, me ha llevado a vivir la posibilidad concreta del Evangelio. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una misericordia decisiva y necesaria - San Mateo 18, 15-20 -.

Una misericordia decisiva y necesaria - San Mateo 18, 15-20 - 

En el capítulo 18 del Evangelio según San Mateo se leen varias enseñanzas de Jesús sobre la vida de su comunidad, la comunidad cristiana. El Evangelista las recopila y las reúne aquí para ofrecer a los cristianos unas orientaciones en un momento ya marcado por las dificultades de la vida eclesial entre hermanos y hermanas en conflicto, por las rivalidades y las disfunciones en las relaciones entre las autoridades y los creyentes. 

El mensaje central de este pasaje señala que la misericordia es decisiva, absolutamente necesaria en las relaciones entre hermanos y hermanas. 

Estos pocos versículos pretenden señalar la necesidad de la reconciliación tanto en la vida cotidiana como en la oración dirigida al Señor vivo. 

He aquí, pues, la primera palabra de Jesús: «Si tu hermano peca (contra ti), ve y repréndelo a solas; si te escucha, habrás ganado a tu hermano». 

En realidad, esta sentencia de Jesús aparece atestiguada en los manuscritos en dos formas: la breve, que habla de un hermano que peca (es decir, que comete un pecado contra las exigencias cristianas), y la larga, que especifica «contra ti», suponiendo una ofensa personal. 

En el primer caso, la directriz sería eclesial y, por lo tanto, se trataría de un comportamiento concreto que debe vivirse como Iglesia; en el segundo caso, Jesús se referiría a la reconciliación fraterna en caso de desacuerdo u ofensa. 

La traducción oficial se decanta por esta segunda interpretación, pero tanto una como la otra versión son matices distintos de una única verdad, ya que el pecado al que se alude es, en cualquier caso, un pecado grave que impide la comunión fraterna. 

Jesús pide la corrección y la reconciliación entre quienes están en conflicto, entre el ofendido y el ofensor, pero también las exige a nivel comunitario, cuando un miembro de la comunidad, a través de su pecado, contamina a todo el cuerpo, se convierte en motivo de escándalo, en un obstáculo para la vida cristiana, que es y debe ser siempre comunión entre diversidades reconciliadas y, por tanto, sinfónicas. 

La comunión exige un compromiso serio, incluso un esfuerzo, y es cuestión de ser responsables y guardianes también del otro. 

¡Hay que tener cuidado de no interpretar estas palabras de Jesús como un procedimiento jurídico cristiano, que deba observarse como una ley! 

Ciertamente, Jesús se inspira en lo que se lee en Levítico: «No albergarás en tu corazón odio contra tu hermano; reprende abiertamente a tu prójimo, para que no cargues con su pecado» (Lv 19,17; cf. también Sir 19,13-17). 

Pero no establece una nueva ley capaz de resolver los conflictos y eliminar los pecados, sino que pide que, en medio de las tensiones, los conflictos, las disputas y las ofensas que inevitablemente surgen en toda comunidad, persista el deseo de comunión, la voluntad de edificación común y la responsabilidad inteligente de cada uno hacia todos. Cuando se comete un pecado grave y manifiesto, en la comunidad cristiana hay que actuar con creatividad, sabiduría, paciencia y, sobre todo, misericordia. 

¿Qué debe hacer, pues, el cristiano maduro? Amonestar al pecador, sin duda, pero con mucha caridad. Que lo amoneste en el momento oportuno, que lo amoneste con humildad y claridad, que lo amoneste cubriendo su vergüenza, sin revelarla a los demás, es decir, a solas. 

Quien lleva a cabo la corrección debe tener el corazón de Jesús, que perdona, no desprecia y no se alimenta de prejuicios. 

Debe hacerlo con el espíritu del buen pastor que, en la parábola que Jesús acaba de contar, va en busca de la oveja que se ha perdido (cf. Mt 18,12-14). 

Debe hacerlo no porque se haya infringido la ley, sino porque quien ha pecado se ha hecho daño a sí mismo, ha elegido el camino de la muerte y no el de la vida. 

En cualquier caso, quien corrige no puede pensar que debe arrancar la cizaña y salvar el buen trigo (cf. Mt 13,24-30). 

Por tanto, hay que intentar todo lo posible para que quien se ha extraviado recupere el camino de la vida y quien ha ofendido a su hermano encuentre el camino de la reconciliación. 

Jesús pide simplemente esto, y sin embargo constatamos lo difícil que resulta en las comunidades cristianas este sencillo paso hacia la comunión. Parece que el arte de amonestar y corregir al otro —arte sin duda delicado y difícil— no es posible y, en su lugar, da paso a la indiferencia por parte de quien está demasiado preocupado por sí mismo y por su propia salvación como para pensar en los demás. 

Pero en el Evangelio también se da testimonio de la posibilidad de que la corrección fraterna tenga un resultado negativo: el hermano que ha pecado puede no querer ser corregido ni, mucho menos, cambiar de actitud, apartándose del camino emprendido en contradicción con el Evangelio. ¿Qué hacer en este caso? 

Aceptando sin rencor el rechazo del hermano, habrá que buscar un camino más allá del ya recorrido, quizá recurriendo a la ayuda de otros hermanos y hermanas de la comunidad: «Si no te escucha, lleva contigo a una o dos personas más, para que “todo se resuelva por el testimonio de dos o tres testigos” (Dt 19,15)». 

¡Que tampoco en esta opción se interprete un procedimiento jurídico rígido por parte de Jesús! 

Hay que captar, en cambio, el espíritu de tales instrucciones, que pretenden salvar al hermano o a la hermana, no «purificar» la comunidad recurriendo a vías de exclusión. 

Pedir la ayuda de otros hermanos significa buscar a un tercero que facilite la reconciliación cuando no hay posibilidad de acuerdo en el cara a cara; significa buscar la palabra autorizada de otros, que ayude a discernir mejor cuál es el camino de la conversión. 

Si, además, este camino resulta insuficiente, entonces —dice Jesús— se puede pedir a la asamblea, a la Iglesia que intervenga para que se resuelva el conflicto y se exprese la llamada a la conversión con la máxima autoridad. 

Pero incluso este último intento puede fracasar, ¿y entonces qué? 

No hay que olvidar que, en cualquier caso, la asamblea no es un tribunal de última instancia, sino una ocasión para escuchar la voz de los hermanos y hermanas en el cuerpo de Cristo, la Iglesia: «Si tampoco te escucha la comunidad, la Iglesia, considéralo como a un pagano y a un publicano». 

Esta actitud, adoptada por quien ha sido ofendido o ha visto el pecado, ha corregido y no ha sido escuchado, no es la excomunión, palabra utilizada con acepciones o interpretaciones fantasiosas. 

Jesús dice que, si se agotan todos los intentos de corrección fraterna y de reconciliación, entonces hay que distanciarse para preservar la paz y no endurecer el corazón del hermano; hay que considerarlo como si fuera uno de los gentiles (un pagano) o un publicano. Es decir, alguien a quien Jesús amaba y con quien estaba dispuesto a encontrarse (cf. Mt 9,11; 11,19), un enfermo que necesita ser sanado, un pecador que necesita perdón. 

En este punto, el cristiano asume dos responsabilidades: la de perdonar el pecado o la de no perdonarlo: «Todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo». 

El poder de atar y desatar, conferido por Jesús a Pedro (cf. Mt 16,19), se concede también a cada cristiano para que ejerza el ministerio de la reconciliación, siempre y con autoridad. Este poder se concede a los discípulos tal y como lo tuvo el propio Jesús, «no para juzgar, sino para salvar al mundo» (cf. Jn 3,17). 

La «salvación» de un hermano o una hermana es una labor delicada y ardua, que requiere paciencia y debe estar inspirada únicamente por la misericordia. Porque todos somos débiles, todos caemos y necesitamos que nos ayuden y nos perdonen: ¡en la comunidad cristiana no hay puros que ayuden a los impuros ni sanos que cuiden a los enfermos! 

Tarde o temprano conocemos el pecado y necesitamos una ayuda inteligente y verdaderamente misericordiosa, la ayuda que vendría de Dios. De hecho, es necesario salvarnos juntos. Nadie se salva por sí solo: ¿qué salvación sería aquella que solo me concerniera a mí, sin los demás? ¿Qué reino de Dios sería aquel al que se entrara solos, mientras los demás se quedaran fuera? ¡Qué soledad, qué tristeza…! 

Precisamente por eso Jesús pide a sus discípulos que, cuando recen, estén en comunión. No basta con rezar unos junto a otros, yuxtapuestos; no basta con rezar con las mismas fórmulas o realizar los mismos gestos. 

Para que la oración sea auténtica y la liturgia agrada a Dios, es necesario sobre todo ponerse de acuerdo sinfónicamente en la caridad, ser comunión. Entonces la oración es escuchada, porque donde hay sinfonía de corazones, allí está el Espíritu Santo, el don de los dones, que siempre se concede a quien lo invoca (cf. Lc 11,13). 

Y bastan unos pocos, dos o tres que recen con fe en Cristo Señor, para que Cristo mismo esté presente. Cuando tan solo dos o tres hermanos o hermanas se reúnen en su Nombre, en la caridad mutua, entonces Él está presente. Sí, Jesús está presente allí donde se vive el amor, la caridad entre hermanos y hermanas. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Porque el perdón forma parte de los sentimientos de Cristo - San Mateo 18, 15-20 -.

Porque el perdón forma parte de los sentimientos de Cristo - San Mateo 18, 15-20 - 

En el capítulo 18 del Evangelio según San Mateo, Jesús dirige a los discípulos un discurso sobre algunas exigencias fundamentales para quienes viven juntos en su Nombre: en este relato escuchamos sus palabras sobre el difícil arte de la corrección fraterna. 

En toda forma de vida en común llega el momento en que alguien comete un pecado: puede tratarse de una ofensa infligida personalmente a otra persona o de un pecado manifiesto a los ojos de todos. 

¿Cómo tratar a quien se ha manchado con tal culpa? 

En primer lugar, hay que darse cuenta del pecado: no hay que fingir que no ha pasado nada, en nombre de la tranquilidad o, peor aún, de una complicidad malsana con quien ha caído. 

Cada uno de nosotros es, en efecto, guardián del otro (cf. Gn 4,9) y ha recibido de Dios la responsabilidad de apartarlo de sus caminos perversos: «Si no hablas para apartar al malvado de su camino, él morirá por su iniquidad; pero a ti te pediré cuentas de su muerte» (Ez 33,8). 

Es en este sentido que Jesús dice: «Si tu hermano comete una falta, ve y repréndelo a solas; si te escucha, habrás ganado a tu hermano», porque, por utilizar de nuevo las palabras del profeta, «se apartará de su mala conducta y tendrá vida» (Ez 33,11). 

Tener el valor de dirigir al hermano una palabra franca, cara a cara y en el momento oportuno, nos libera del riesgo de albergar rencor hacia él, de murmurar contra él dirigiéndonos a un tercero, de sentirnos mejores que él, al fijarnos en la paja que hay en su ojo sin darnos cuenta de la viga que hay en el nuestro (cf. Mt 7,3). 

Y también puede abrirnos a la capacidad de aceptar a nuestra vez la corrección, cuando seamos nosotros quienes caigamos en el error. 

La corrección, como advierte también el Apóstol, debe hacerse con dulzura y paciencia (cf. Gál 6,1; 1 Tes 5,14; 2 Tim 2,25), sin ser demasiado duro con el culpable con la excusa de hacer su bien. 

Esta es la intención que anima las palabras siguientes de Jesús, quien muestra un discernimiento inspirado en la misericordia y la gradualidad: «Si tu hermano no te escucha, lleva contigo a una o dos personas, para que “todo se resuelva por el testimonio de dos o tres testigos” (Dt 19,15); si tampoco les escucha, díselo a la ekklesía», a la iglesia local. 

Así, la corrección fraterna puede convertirse en un acontecimiento eclesial, al servicio de ese amor que es la única ley de la comunidad cristiana: el amor consciente de que el pecado de un miembro contamina a todo el cuerpo, el amor de quien no quiere que se pierda ni una sola oveja (cf. Mt 18,9-14)… 

Por último, puede suceder que, a pesar de todo esto, el hermano persevere en sus caminos de muerte; entonces —dice Jesús— «que sea para ti como un pagano y un publicano», es decir, que sea excluido de la comunidad. Este acto de «excomunión», realizado con tristeza, se limita a dar fe de la voluntad del hermano de separarse de la comunión… 

Pero incluso sobre esta decisión extrema reina la misericordia que el Señor Jesús enseñó y exigió a quienes creen en Él. Esto se deduce de lo que añade: «Todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo». 

De este modo, confía a todos sus discípulos la responsabilidad que antes había encomendado únicamente a Pedro (cf. Mt 16,19), la de excluir y readmitir dentro de la comunidad cristiana. ¿Y con qué criterio? 

El del perdón desbordante, concedido al hermano «hasta setenta veces siete» (Mt 18,22), como Jesús aclarará inmediatamente después al mismo Pedro; de lo contrario, ¿cómo podríamos pedir con corazón sincero al Padre: «perdónanos nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden» (Mt 6,12)? 

Por eso es significativo que, entre la enseñanza de Jesús sobre la corrección fraterna y sus palabras sobre el perdón, se sitúe la exhortación a orar de común acuerdo en su Nombre, garantía de una respuesta segura por parte del Padre que está en los cielos. 

Sí, cuando hay unanimidad en la oración, cuando nos esforzamos por tener en nosotros los sentimientos de Cristo (cf. Fil 2,5), entonces Él mismo está presente y juzga en medio de su comunidad. 

«Donde dos o tres se reúnen en mi Nombre, allí estoy yo en medio de ellos», nos aseguró Jesús: pero ¿sabemos orar con unanimidad antes de tomar una decisión respecto a «un hermano por quien Cristo murió» (1 Cor 8,11)?

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¿Qué haces de tu hermano? - San Mateo 18, 15-20 -.

¿Qué haces de tu hermano? - San Mateo 18, 15-20 - 

Estas palabras de Jesús se comprenden mejor en su contexto: el pasaje anterior narra el amor del Padre por cada una de sus ovejas y su búsqueda de cada oveja perdida, mientras que los pasajes siguientes se centran en la necesidad del perdón fraterno e ilimitado. 

Esta búsqueda del Padre de cada uno de los «pequeños» para que no se pierda y la acogida hacia el hermano en cualquier circunstancia, sea cual sea la deuda que pueda tener con nosotros, iluminan este pasaje y se expresan aquí en la exhortación de Jesús a procurar «ganarse al hermano». 

Sí, la corrección fraterna es necesaria, no porque lo exija alguna ley o algún código moral, sino porque el pecado siempre siembra la muerte en la vida de quien lo comete, siempre lo convierte en un enfermo que necesita cuidados, siempre lo lleva por caminos de muerte. 

Por eso hay que corregir al hermano que peca, si nos importa su vida, su bienestar y su sanación. 

Pero preguntémonos: ¿considero al hermano y a la hermana que pecan un bien precioso que hay que salvar, que hay que «ganar»? ¿Considero una ganancia para mí el hecho de que el otro, por muy pecador que sea y por mucho daño que me haya hecho, se corrija y siga con vida? 

La corrección del hermano o de la hermana que han pecado no está motivada, pues, por un deseo de vengar el amor propio herido por la ofensa ajena, ni mucho menos por la voluntad de respetar alguna ley moral, ni por la obsesiva voluntad de observar minuciosamente cualquier conjunto de preceptos, ni siquiera por la voluntad de humillar, señalándole su error, a ese hermano o a esa hermana, sino que está motivada únicamente por el deseo de que ese hermano, esa hermana, vivan, se curen de su mal interior, vuelvan a sentirse bien, a vivir bien y a estar en la alegría, ya que el pecado, junto con la muerte, produce también una profunda tristeza, un profundo mal de vivir. 

Así, sustraerse a la corrección fraterna en nombre de una falsa humildad (¿cómo puedo corregir al otro si yo también soy pecador?) o en nombre del deseo de vivir en paz (¿y cómo reaccionará el otro ante mi corrección?) no son más que formas de enmascarar el hecho de que la vida de ese hermano, de esa hermana, no es tan importante para mí, y puedo dejarla sumida en su ambiente mortífero. 

De este modo se lleva a la ruina tanto a ese hermano como a la comunidad, pues el mal tiende a volverse contagioso. 

Y no solo eso, sino que si el mal no es puesto de manifiesto por quien podría hacerlo, si no se corrige ni se señala como tal, puede surgir en la comunidad tal confusión que, por ignorancia, las personas más débiles puedan considerar el mal como un bien que hay que imitar, y así los pequeños se escandalizan y la enfermedad se vuelve generalizada. 

Por eso Jesús dice que se puede llegar incluso a distanciarse del hermano y de la hermana que no quieren corregirse, no por mala voluntad hacia ellos, sino para evitar que la propia comunidad corra, por culpa de ellos, un grave peligro. 

Pero ¿me importan de verdad la vida de mi hermano y de mi hermana, así como la de la comunidad eclesial a la que pertenezco? 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No le debes nada a tu hermano salvo tu perdón - San Mateo 18, 15-20 -

No le debes nada a tu hermano salvo tu perdón - San Mateo 18, 15-20 - 

Este pasaje evangélico forma parte del capítulo 18 del primer Evangelio, que contiene el llamado «discurso eclesial» o «comunitario». Un discurso que nos permite conocer de primera mano algunas de las dificultades que se presentaban en las comunidades judeocristianas en los años ochenta del siglo I d. C., pero que también nos adentra en las complejas y sutiles dinámicas de una comunidad eclesial, en la que los principales problemas suelen ser de carácter relacional. 

En una comunidad hay fuertes y débiles, «pequeños» (Mt 18,6.10), es decir, creyentes sencillos que pueden sufrir escándalos y tropezar en su camino de seguimiento a causa de comportamientos demasiado descuidados por parte de quienes son más fuertes o, en cualquier caso, están movidos por una conciencia de fe diferente y más libre. 

Sin duda, una preocupación que debe estar presente en la comunidad cristiana y, sobre todo, en sus pastores, es que quien se extravía no llegue a perderse. La parábola de la oveja perdida revela esta preocupación (Mt 18,12-14). 

Inmediatamente después de narrar esta breve parábola, Jesús habla del comportamiento intracomunitario hacia el hermano que peca. Encontramos aquí el eco de una práctica disciplinaria que intentaba regular y resolver situaciones comunitarias dañadas por pecados cometidos dentro de la comunidad. 

Los versículos 15-17 se presentan como una especie de guía, de norma de conducta hacia el pecador. Se trata de indicaciones que tienen su origen en la experiencia vivida, en situaciones que han surgido y que han planteado interrogantes a los responsables de las comunidades, lo que ha llevado a la elaboración de un proceso disciplinario inspirado en la gradualidad, la discreción y el respeto. 

Pero también en la firmeza. La repetición, cinco veces en tres versículos, de proposiciones condicionales («si tu hermano… si te escucha… si no te escucha… si no les escucha… si tampoco escucha a la asamblea») expresa la reflexión eclesial sobre casos que se han producido y que han llevado a las comunidades a dotarse de normas, límites y procedimientos para frenar comportamientos que, de haber degenerado o haberse convertido en costumbre, habrían arruinado a la comunidad, haciendo imposible la vida eclesial. 

Sí, porque incluso una comunidad eclesial tiene límites, posibilidades limitadas, debilidades y no es omnipotente. Ante los casos que puedan darse, encontramos indicaciones precisas de comportamiento que, una vez más, reflejan la experiencia adquirida en las comunidades eclesiales: «Ve y amonéstalo a solas, tú y él… Llévate contigo a una o dos personas… Dilo a la comunidad… Que sea para ti como el pagano y el publicano». 

En primer lugar, hay que precisar que, en el v. 15, probablemente la lectura preferible sea «Si tu hermano peca», omitiendo ese «contra ti». Se trata, es decir, de una falta pública, no personal, no dirigida de manera particular contra el otro. 

Si se tratara de una falta personal, contra un hermano concreto, no habría otro camino que el perdón sin límites (cf. Mt 18,21-22). 

En este caso, en cambio, es necesario llevar a cabo una corrección fraterna que puede llegar incluso a una medida drástica. 

La corrección fraterna es una acción que exige un profundo sentido de la fe: la madurez en la fe consiste en sentirse herido por el pecado en sí mismo, no solo por la ofensa personal. Hay que dejarse mover por la responsabilidad hacia el cuerpo comunitario, hacia el tercero que va más allá del «yo» y del «» de los posibles sujetos en conflicto, y tender hacia el bien de la comunidad. 

Y aquí San Mateo nos muestra cómo incluso una comunidad que se toma muy en serio el destino de la oveja perdida (Mt 18,12-14) y que ha aprendido bien la lección de Jesús sobre el perdón y trata de resolver los conflictos mediante la práctica del perdón (cf. Mt 18,21-22), debe recurrir también a procedimientos de exclusión cuando cualquier otra vía se haya revelado inviable. 

Y los versículos 15-17 exponen precisamente los caminos a seguir. Si bien aquí tenemos un orden de la corrección fraterna, la necesidad de tal actuación está presente en otros pasajes del Nuevo Testamento, por ejemplo, allí donde se habla de corregir a los desobedientes (cf. 2 Tes 3,15) y de amonestar a los indisciplinados, aquellos que se comportan sin normas ni orden (cf. 1 Tes 5,14). 

Ahora bien, ¿en qué consiste la corrección fraterna? 

El verbo griego que se utiliza a menudo en el Nuevo Testamento indica «centrar la mente» en el otro para ayudarle a descubrir sus errores y a evitarlos: se trata, por tanto, de una atención amorosa, de velar por el otro para corregir sus posibles errores. 

El latín corrigere indica «dirigir juntos» (cum-regere) y denota el carácter compartido y relacional de la corrección, en la que uno ayuda al otro a dirigir su vida de una manera más conforme a la humanidad y a la santidad. 

El verbo «amonestar» deriva del latín ad-monere, en el que monere significa «recordar»: la amonestación consiste en hacer recordar lo que se ha olvidado, en devolver a la realidad a quien se ha alejado de ella. Del resto, a menudo el pecado no es más que el olvido de Dios y de su voluntad. Una voluntad que el pecador conoce, pero de la que se aleja. 

He aquí, pues, los tres grados o las tres etapas de la corrección fraterna. 

En primer lugar, la corrección personal, «entre tú y él solamente», para que, si el hermano escucha y se arrepiente, el problema quede resuelto sin la incómoda intervención de terceros. 

Si, por el contrario, no hay escucha, la corrección debe tener lugar en presencia de dos o tres testigos, tal y como exige Dt 19,15, tanto para garantizar el derecho del acusado como porque más testigos pueden dar fe de «cada palabra» pronunciada en la conversación entre el pecador y quien lo corrige. 

Si ni siquiera en este caso hay escucha, entonces «dilo a la Iglesia»: la última instancia es la comunidad eclesial, la asamblea local. La corrección debe entonces llevarse a cabo en el contexto más amplio de toda la comunidad. 

Tanto en la relación cara a cara, como ante algunos testigos o ante la asamblea, el elemento decisivo y determinante de la corrección es relacional: la capacidad de escuchar. 

Es decir, la libertad interior, la humildad y la apertura que reconocen la bondad de la amonestación y corrección que se nos dirige y que nos lleva a renunciar a defendernos contraatacando o negando y rechazando la reprimenda. 

Y si incluso la última instancia de la corrección se topa con la falta de escucha, entonces el pecador «sea para ti como el pagano y el publicano» (Mt 18,17). Se trata de una fórmula de exclusión en la que se concede a la comunidad ese poder de desatar y atar que se le había confiado a Pedro (Mt 16,19). Donde «desatar y atar» significan perdonar y excluir, permitir y prohibir. 

La comunidad, la asamblea eclesial, está dotada del poder de admisión y de exclusión, pero sin duda la excomunión es una extrema ratio (cf. 1 Cor 5,4-5), mientras que el verdadero y gran poder es el del perdón. 

La corrección fraterna es necesaria para no albergar rencor en el propio corazón contra el otro: de hecho, si no se corrige al hermano pecador, se acabará odiándolo. 

La corrección no es, por tanto, solo por el bien del hermano que la recibe, sino también por el bien de quien la ejerce. Dice el Antiguo Testamento: «No odiarás a tu hermano en tu corazón, sino que reprenderás abiertamente a tu prójimo, para que no cargues con un pecado contra él» (Lv 19,17). Quien, pudiendo hacerlo, no corrige a su hermano, peca contra él. 

La corrección tiene por objeto que el hermano vuelva a integrarse en la relación de la alianza: por eso es necesario reactivar el movimiento de la escucha, creando un contexto de confianza. 

La corrección no debe realizarse como un juicio, sino como un servicio a la verdad y al amor al hermano. Es un acontecimiento pneumatico, fruto del Espíritu (cf. Gál 6,1), se dirige al pecador no como a un enemigo, sino como a un hermano (cf. 2 Tes 3,15) y puede así lograr que un hermano que se estaba descarriando vuelva al camino de la vida (cf. St 5,19-20; Sal 51,15). 

Pero, como muestra el pasaje de San Mateo, también puede resultar impotente al chocar contra el muro de la falta de escucha y del rechazo. ¿Qué hacer cuando se llega a ese punto? 

Los versículos 19-20 dicen que hay algo que se puede y se debe hacer siempre, incluso cuando ha fracasado todo intento de corrección: la oración en común. O mejor dicho, se trata de ponerse de acuerdo para orar juntos ante cualquier conflicto, encontrando en el nombre del Señor el punto para superar las tensiones y el lugar en el que aún es posible encontrarse.Y por eso se da prioridad al plano relacional de recuperar la armonía. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Y, sin embargo, es tu hermano - San Mateo 18, 15-20 -.

Y, sin embargo, es tu hermano - San Mateo 18, 15-20 - 

Conmueve leer este pasaje. 

Conmueve pensar en Jesús hablando a sus discípulos, a esos discípulos, a nosotros, discípulos frágiles, distantes, llenos de contradicciones, conflictivos; discípulos heterogéneos, tan diferentes entre sí, a quienes Jesús lleva consigo para educarlos, para convertirlos en profecía de un mundo diferente en el que se vive sin devorarse unos a otros. Un mundo reconciliado, al fin y al cabo. 

Conmueve pensar en Mateo, que recuerda y escribe esas palabras, dirigiéndolas a una comunidad aturdida por los acontecimientos históricos, por la destrucción del Templo, por sentirse como un frágil vaso de barro en medio de vasos de hierro. 

Lo leo y lo vuelvo a leer. ¿Pero en serio? ¿De verdad cree Jesús en todo esto? ¿De verdad es posible hacer realidad lo que dice? 

Miro a mi alrededor. Me miro por dentro. La luz y las tinieblas habitan en nosotros, habitan en mí; forman parte de la misma paleta, necesaria para la libertad, esencial para el amor. Veo en mí y a mi alrededor tanta paz, belleza, amor y pasión. Pero también tanta ira y violencia, victimismo y desánimo. Luz y tinieblas, esenciales la una para la otra, dos caras de la misma moneda. 

Veo gente agresiva, descontenta, chismosa, siempre dispuesta a acusar, a juzgar, a denigrar, a justificarse. Incluso en la Iglesia. 

Veo cristianos innecesariamente moralistas, intransigentes con los demás y complacientes consigo mismos, atrincherados, que se sienten los abogados de Dios, que se creen, si no mejores, al menos no peores que los demás. 

Y es normal que sea así. Es instintivo. Venimos del barro. 

Y pensamos que, al fin y al cabo, no hay otras formas de ser, de vivir, de relacionarnos.

Jesús, como siempre, hace nuevas todas las cosas. Baraja de nuevo las cartas.

 

 

 

Si tu hermano comete una falta contra ti. 

Por lo tanto, está previsto que un hermano pueda equivocarse. Está previsto que, a pesar de la fe, la conversión y la vida interior, aún se pueda pecar. No es un accidente, no es un escándalo. Seguimos siendo pecadores. Es decir, en proceso de formación. Es decir, en crecimiento. Quien cree que el cristiano no comete faltas, se equivoca. 

El discípulo sabe reconocer sus propias faltas. Las conoce, no se deja abrumar por ellas, pero tampoco las ignora ni las justifica. Las confía a la ternura de Dios. Y la Iglesia, entonces, no se convierte en una asamblea de justos, sino de pecadores reconciliados. 

Pero lo que marca la diferencia es ese título: hermano. 

Alguien que peca contra ti, sí. Pero un hermano. 

No un adversario, no un enemigo, no alguien a quien borrar de la faz de la tierra. 

Quien está equivocándose tiene vínculos contigo. Te es precioso porque en Cristo sois hermanos. Te importa porque lleváis en vosotros la misma sed de lo Absoluto, la misma nostalgia infinita de Dios. 

¡Ve! 

Muévete, date prisa, actúa. 

No te quedes clavado en tu orgullo herido. No le des vueltas al asunto. No medites en una (santa) venganza. No pienses en los muchos defectos que tiene tu hermano y que tú, benevolentemente, has mantenido ocultos a los demás, disimulando sus (evidentes) limitaciones. 

Ve y habla con él, aclara las cosas, pregúntale, encuentra un punto de encuentro. Sin agredirlo, sin juzgarlo, amonéstalo. Porque quieres ganártelo. 

Si te escucha, si lo entiende, si se arrepiente, si ve en tu gesto no una acusación sino un deseo de bien, entonces habrás ganado. Te harás rico, un millonario; no cobrarás monedas sonantes, sino corazones que danzan de ternura. El tuyo y el suyo.

 

 

 

En cambio, a menudo, si alguien peca contra mí, es un canalla. De él no me lo esperaba para nada porque, como se sabe, el pecado original es cosa de paganos. Entonces me siento decepcionado (bueno, de-ludere viene del latín y significa dejar de jugar) y lleno de santa ira. Entonces no me lo puedo creer, busco apoyo, compasión, alguien que piense como yo. 

Y actúo, quizá de forma solapada. Remo a contracorriente, difundo algún rumor, voy a comprobar qué escribe en las redes sociales. No me interesa ganármelo, sino demostrar que tengo razón. Santamente. 

Si escucho un sermón sobre el perdón, pienso que el otro debería escuchar y arrepentirse.

No es que yo tenga que escuchar y arrepentirme.

 

 

 

Si no te escucha, vete. 

Dos testigos, luego la comunidad. 

El círculo se amplía, pero no para cotillear, sino para involucrar. Para superar los personalismos, para ganar. Una red de apoyo, el tomárselo a pecho, el querer ganar a toda costa. 

Sin tirar la toalla. Sin hipocresía. 

El pecado existe y hace daño al mundo, a la comunidad, a la humanidad. Y querer ganar, querer encontrar, querer apoyar no es la actitud pedante y arrogante de quien se siente superior. 

Sino la actuación del hermano que también dice cosas incómodas, si es necesario. Que corre el riesgo de parecer torpe e inoportuno para recordarte la verdad del Evangelio. 

Un equilibrio difícil de alcanzar y, sin embargo, parece decir Jesús, posible. 

En la lógica de unirnos a Él. 

En la lógica de liberarnos de toda esclavitud, de todo obstáculo que nos impida ser felices. 

Y si nadie te escucha, que sea para ti como el pagano, es decir, alguien a quien anunciar el Evangelio. 

De nuevo. Alguien a quien decirle una y otra vez que es amado por Dios, pase lo que pase.

 

 

 

Jesús enseña a hacerlo, Mateo lo recomienda a su comunidad. 

Es posible reconciliarse porque estamos llamados a custodiar a Dios, a acoger el amor infinito, la compasión infinita que nos convierte a nosotros y al mundo. 

He aquí la lógica del Evangelio. 

Hermanos que se hacen cargo (no que se entrometen en los asuntos ajenos) unos de otros. 

Sin perseguir preceptos y normas, como advierte Pablo, sino amando intensamente. 

Hermanos que admiten que hay sombras en su propia vida y en la de los demás, pero que no dejan que esas sombras oscurezcan la luz del sol. 

Hermanos que no juzgan desde fuera, sino que se implican, van, se atreven, buscan alcanzar una vida plena. La de quien se ha equivocado y la propia. 

Pero, ¿es realmente posible lo que dice hoy esta Palabra tan contundente? 

Sí, tal vez, si nos la tomamos en serio. Y es la única forma en que volveremos a ser creyentes creíbles. 

Cuando en las comunidades vuelva a ser evidente que somos amados y que queremos amar, atreviéndonos a perdonar. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Hermano es tu nombre y el suyo - San Mateo 18, 15-20 -.

Hermano es tu nombre y el suyo - San Mateo 18, 15-20 - 

I 

Nunca sin el otro. 

«Te he puesto por centinela, por guardián, por voz de tus hermanos». «Solo tenéis una deuda que saldar cada uno en el corazón del otro: la del amor mutuo». 

En una sociedad competitiva, el cristiano es diferente: es guardián, deudor e intercesor de los demás. No un exigente, sino un deudor agradecido. Hacia los padres, los amigos, aquellos que te hacen vivir porque te quieren. 

En una sociedad donde el hombre es solo un ser social, el creyente dice que eso no basta, que donde dos o tres se reúnen en nombre de Cristo, allí está el mismo Cristo, Dios sembrado en los surcos de la humanidad. 

Cuando dos o tres se miran con piedad y verdad, allí está Dios. 

Cuando un hombre le dice a una mujer: «Tú eres carne de mi carne, vida de mi vida», allí está Dios, corazón de su corazón, nudo de los amores, vínculo de las vidas. 

Cuando un padre y un hijo se miran y se escuchan con amor, allí está Dios. 

Cuando un amigo salda con otro la deuda del afecto mutuo, allí está Cristo, el hombre perfecto, el fin de la historia humana, el punto focal de los deseos, la alegría de todo corazón, la plenitud de las aspiraciones, la fuerza que te impulsa a partir, la energía que te pone en camino hacia tu hermano: si tu hermano comete una falta, ve… sal, toma el camino, llama a su puerta. 

Dios es un camino que nos lleva unos hacia otros. 

Si tu hermano se equivoca, ve, acércate, camina hacia él. 

¿Qué me autoriza a intervenir en la vida del otro? Solo esta palabra: hermano. Solo si llevas la carga y la alegría del otro, si conoces sus lágrimas, si eres su hermano, estás autorizado a amonestar. 

Lo que nos autoriza no es la verdad, sino la fraternidad. 

Los cristianos son aquellos que hacen la verdad en el amor. Que nunca separan la verdad del amor. Para no dejarlos morir. La verdad sin amor conduce a todos los conflictos, a las guerras de religión, a las «matanzas sagradas». Anteponer la verdad a la persona es la esencia de la blasfemia - Simone Weil -. 

Por otro lado, el amor sin verdad es estéril, porque es un amor casual, fortuito, sin proyecto ni futuro. 

Si te escucha, has ganado a tu hermano. 

Este verbo es maravilloso: el hermano es una ganancia, un tesoro para ti y para el mundo, un talento, una riqueza para Dios y para la tierra. 

Por eso, un famoso dicho hebreo asegura: quien salva a un solo hombre, salva al mundo entero. 

Lo que desates, pues, como Él que liberó a Lázaro de las vendas de la muerte, y lo que ates, como Él que se unió a hombres y mujeres capaces de apostar por lo invisible y por la cruz, lo que desates tendrá libertad para siempre, lo que ates tendrá comunión para siempre. 

Porque Dios da eternidad a todo lo más bello que has sembrado en el mundo. 

II 

En cada versículo de este Evangelio resuena un estribillo: nunca sin el otro. Ni aislamiento, ni cuestión de números; todo comienza con el encuentro, desde la comunidad más pequeña: yo y tú, dos que se aman, la complicidad festiva de dos amigos, una madre abrazando a su hijo, dos personas rezando, y Dios está ahí, como el tercero entre los dos, como fuerza de cohesión del cosmos. 

El Evangelio nos llama a pensar siempre en términos de «nosotros». 

La construcción del mundo nuevo comienza con los ladrillos elementales «yo-tú», con las relaciones cotidianas fundamentales. Cuando un «yo» y un «» se acogen y se convierten en un «nosotros», el vínculo que se crea abre el camino a la venida de Dios, es el camino de Dios. En el principio, el vínculo. También en el principio de la propia Trinidad. 

El Evangelio pone una condición: que el «nosotros» no se forme por casualidad ni por necesidad, ni por violencia ni por engaño, ni en nombre de intereses o miedos, sino en nombre de Jesús. 

El nombre de Jesús es: pasión por amar, justicia, paz, mansedumbre, corazón puro. 

El nombre de Jesús es «hermano». 

Si tu hermano comete una falta contra ti, ve y repréndelo: Dios es un viento de comunión que nos empuja unos hacia otros. Si tu hermano se equivoca, ve tú, sé el primero en iniciar el camino. 

Pero, ¿qué me autoriza a intervenir en la vida del otro? 

La razón está toda en una palabra: «hermano». Solo si llevas la esperanza y la alegría del otro, si has saboreado sus lágrimas, si lo amas, entonces estás autorizado a intervenir. 

No es la verdad lo que me legitima, sino la fraternidad. Aceptaré tu verdad siempre que vaya de la mano de la ternura - Ezra Pound -. 

Todo lo que atéis en la tierra... El poder de desatar y atar no tiene nada de jurídico, consiste en el mandato fundamental de tejer en el mundo estructuras de reconciliación: lo que hayáis reunido a vuestro alrededor —las personas, los afectos, las esperanzas— lo encontraréis unido en el cielo; y lo que hayáis liberado a vuestro alrededor —energías, vida, audacia y sonrisas— ya no será olvidado, es historia santa. 

Lo que desatéis tendrá libertad para siempre; lo que atéis tendrá comunión para siempre. 

Pero, ¿para qué sirve la presencia de Cristo entre nosotros? ¿Qué aporta, qué genera? 

Cristo es la fuente de la buena relación con el otro, la roca sólida sobre la que se asienta la casa del mundo, la medida elevada del «yo» y del «» que se convierten en «nosotros», esa fuerza de amar que te lleva hacia la bienaventuranza de la felicidad. 

III 

Si tu hermano comete una falta contra ti, ve... Estas palabras establecen las normas básicas para la convivencia fraterna. 

La primera: si alguien te hace daño, no cortes la comunicación, no dejes que la ofensa acapare toda la atención, no te pongas en una actitud de víctima o de sumisión ante el mal —eso lo haría más fuerte—, sino da tú el primer paso, reabre tú el diálogo. Es la primera forma de deshacer el mal, de liberarse de él. 

Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. 

Una expresión inusual y conmovedora: «ganar» a un hombre, «adquirir» un hermano, enriquecerse con las personas. 

La verdadera ganancia de mi vida corresponde a las buenas relaciones que he construido. Cada persona vale tanto como valen sus amores y sus amistades. Una comunidad se mide por la calidad de las relaciones humanas que se han establecido. 

Dios es un viento de comunión que nos impulsa unos hacia otros. Sin el otro, el hombre no es hombre. El Evangelio nos llama a pensar siempre en términos de «nosotros». 

Todo lo que atéis en la tierra... El poder de desatar y atar no tiene nada de jurídico, consiste en el mandato fundamental de tejer en el mundo estructuras de reconciliación: lo que hayáis reunido a vuestro alrededor —las personas, los afectos, las esperanzas— lo encontraréis unido en el cielo; y lo que hayáis liberado a vuestro alrededor —energías, vida, audacia y sonrisas— no será olvidado jamás, es historia santa. 

Lo que desatéis tendrá libertad para siempre; lo que atéis tendrá comunión para siempre. En el Evangelio de hoy, un crescendo de comunidad. Hasta la afirmación definitiva: donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos. 

No simplemente en el «yo», no simplemente en el «»: el Señor está entre el «yo» y el «», en el vínculo. Al principio de toda vida está el vínculo, como en la propia Trinidad. 

La construcción del mundo nuevo comienza con los ladrillos elementales «yo-tú», con las relaciones cotidianas. 

Pero hay un tercero entre los dos, un tercero entre tú y yo, cuyo nombre es Amor: el aglutinante de las vidas, la fuerza de cohesión de los átomos, la unidad de los mundos. 

Está entre nosotros, con una condición: que estemos reunidos en su nombre. 

No por interés, no por superficialidad, no por casualidad, sino en su nombre: amando lo que Él amaba, prefiriendo a quienes Él prefería, soñando su sueño de un mundo hecho de hermanos, donde el justo y el pecador, el violento y el indefenso se dan la mano; donde Abel es capaz de la mayor locura, la locura divina de cuidar de Caín (si tu hermano te ha hecho daño, ve…), para ser libres del mal como el único libre. 

¿Cómo no íbamos a ser libres si entre nosotros está la Libertad misma? 

IV 

Hoy solo verbos de diálogo y de encuentro. Si tu hermano se equivoca, ve y repréndelo: da tú el primer paso, no te encierres en un silencio hostil, no te hagas el ofendido, sino que restablece la relación. 

Pero, ¿qué me autoriza a intervenir en la vida del otro? ¿La pretensión de la verdad? No, solo la palabra «hermano». Lo que nos habilita para el diálogo es la fraternidad que intentamos vivir, no la verdad que creemos poseer. 

El diálogo político es aquel en el que se miden las fuerzas, pero el diálogo evangélico es aquel en el que se miden las sinceridades. 

No en el aislamiento de lo privado, pues, ni en la ilusión de las grandes cifras, todo empieza por la comunidad más pequeña: yo-tú. 

Lejos de las instituciones, en el corazón de la vida, todo empieza por el yo-tú. 

Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Una expresión maravillosa: ganar un hermano. El hermano es una ganancia, un tesoro para ti y para el mundo. Invertir en fraternidad es la única política económica que produce verdadero crecimiento. 

Todo lo que atéis o desatéis en la tierra, así será también en el cielo. Atar y desatar. Este poder no se confiere a la jerarquía, sino que es para todos los creyentes: es el poder de crear comunión o separación. 

El poder de perdonar el mal no es el poder jurídico de la absolución, es el poder de convertirse en una presencia transfiguradora incluso en las experiencias más sórdidas, más impuras, más alteradas del hombre. 

Convertirse en una presencia transfiguradora, hacer cosas que solo Dios sabe hacer: perdonar a los enemigos, transfigurar el dolor, identificarse con el prójimo; estas son cosas divinas, que pueden transformar y transfigurar las relaciones... 

Lo que hayáis unido, reunido a vuestro alrededor —las personas, los afectos, las esperanzas— no se perderá; y lo que hayáis desatado, liberado a vuestro alrededor —energías, vida, audacia, sonrisas—, lo volveréis a encontrar liberado para siempre, en la historia de la tierra y en la del cielo, una única historia. 

«Lo que desatéis»: como aquel que desató a Lázaro de los vendajes de la muerte; «lo que atéis»: como aquel que unió a sí mismo a hombres y mujeres capaces de hacer las cosas que Dios hace. Lo que desatéis tendrá libertad para siempre, lo que atéis tendrá comunión para siempre. 

Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos. No solo en la oración, sino también en el hombre y la mujer que se aman, en la complicidad festiva de dos amigos, en quien lucha por la justicia, en una madre abrazada a su hijo, Dios está allí. 

Pero, ¿para qué sirve la presencia de Cristo? ¿Qué genera? Cristo es el alma y la vida de todo lo que existe, la presencia transformadora del «yo» y del «» que se convierten en «nosotros», es la fuerza del amor que te lleva hacia la felicidad de aquellas bienaventuranzas en la Montaña. 

Esa fuerza que lleva a Dios hacia el torrente humano. 

V 

El perdón no consiste en una emoción, sino en una decisión. No surge como un acontecimiento repentino, sino como un proceso. 

El alcance escandaloso del perdón, lo que va en contra de todos nuestros instintos, radica en el hecho de que es la víctima la que debe convertirse, no quien ha ofendido, sino quien ha sufrido la ofensa. 

Es difícil, y sin embargo el Evangelio asegura que es una posibilidad que se le ofrece al hombre, para un futuro sanado. «El perdón es la des-creación del mal» - Raimond Panikkar -, porque remienda sin cesar el tejido continuamente desgarrado de nuestras relaciones. 

Jesús nos señala un camino en cinco pasos. 

El primero es el más exigente: puedes intervenir en la vida de otro y tocarlo en lo más profundo, no en nombre de un rol o de una supuesta verdad, sino solo si la palabra «hermano» ha cobrado vida y carne en tu interior, tal y como afirma Jesús: si tu hermano peca… Solo la fraternidad auténtica legitima el diálogo. El verdadero: no el político, en el que se miden las fuerzas, sino el evangélico, en el que se miden las sinceridades. 

El segundo paso: tras haber interrogado al corazón, ve y habla, da tú el primer paso, no te encierres en un silencio hostil, no te hagas el ofendido, sino sé tú quien retome la relación. Lejos de los grandes escenarios, en el corazón de la vida, todo comienza con el ladrillo fundamental de toda la realidad: la relación «yo-tú». 

Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Un verbo maravilloso: ganar un hermano. El hermano es una ganancia, un tesoro para ti y para el mundo. Invertir en fraternidad es la única política económica que produce verdadero crecimiento. 

Luego, los demás pasos: llévate contigo a una o dos personas y, por último, háblaselo a la comunidad. Y si no te escucha, que sea para ti como el pagano y el publicano. 

¿Un excluido, un marginado? No. Con él te comportarás como lo hizo Jesús, que se sienta a la mesa con los publicanos para anunciar la buena nueva de la ternura de un Dios que se inclina sobre cada uno de sus hijos. 

Todo lo que atéis o desatéis en la tierra, así será también en el cielo. Jesús no habla como jurista, nunca lo hace. 

El poder de perdonar el mal no es el poder jurídico de la absolución, es el poder de convertirse en una presencia transfiguradora incluso en las experiencias más sórdidas, más impuras y más alteradas del hombre. 

Es el poder conferido a todos los hermanos de convertirse en una presencia que des-crea el mal, con gestos que provienen de Dios: perdonar a los enemigos, transfigurar el dolor, identificarse con el prójimo; es la eternidad que se insinúa en el instante. 

De hecho: lo que desatéis, como él desató a Lázaro de las vendas de la muerte; lo que atéis, como él ató a sí mismo a hombres y mujeres; lo que desatéis tendrá libertad para siempre, lo que atéis tendrá comunión para siempre. 

VI 

Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos. En medio de ellos, como el vínculo que une sus vidas. 

Estar reunidos en su nombre es una expresión que trasciende la liturgia y se adentra en la vida. 

Cuando dos o tres se miran con sinceridad, allí está Dios. 

Cuando los amantes se declaran: «Tú eres mi vida, hueso de mis huesos», allí está Dios, nudo del amor, vínculo firme e incandescente. 

Cuando un amigo salda con otro la deuda del afecto, allí está Cristo, hombre perfecto, fin último de la historia, energía para volver a salir al encuentro del hermano; y si este comete una falta, tú vas, sales, tomas el camino y llamas a su puerta. Fortalecido por tu plenitud. 

Lo que atéis en la tierra, lo que desatéis... Atar no es el poder jurídico de encarcelar con juicios o sentencias; desatar no significa absolver de alguna culpa o remordimiento. Indica mucho más: el poder de crear comunión y de liberar. 

Como muestra Jesús, a veces con una mano firme que agarra a Pedro cuando se hunde y lo aprieta contra sí; a veces con un gesto tierno que desata la lengua del mudo, deshace los nudos que mantenían encorvada a una mujer desde hacía dieciocho años (Lucas 13,11) y la devuelve a una vida erguida. 

Cada vez que haces brotar la comunión o liberas a alguien de algún patíbulo interior, ahí está el Espíritu de Jesús. En medio: no simplemente en el «yo», no solo en el «», sino en el vínculo, en el «entre los dos». No en un lugar estático, sino en el camino que hay que recorrer hacia el encuentro. 

Dios es un viento de libertad y de alianza. Y nosotros, hechos a su imagen. Justo antes de estas dinámicas, Mateo ha encadenado una serie de verbos de diálogo y de encuentro. 

Si tu hermano te ofende, ve y repréndelo: da tú el primer paso, no te encierres en un silencio rencoroso, entabla el diálogo. Y repréndelo. ¿Qué significa reprender? ¿Levantar la voz y señalar con el dedo? 

Había venido Juan, profeta dramático, que blandía las palabras como espadas (el hacha está puesta a la raíz...). Luego vino Jesús y convirtió el dedo acusador en una caricia. 

Él reprende a los pecadores (en casa de Zaqueo, en casa de Leví) comiendo con ellos; no con sermones desde lo alto del púlpito, sino a la altura de los ojos, a un milímetro de las miradas. 

Amonesta sin parecerlo, con la sorpresa de la amistad, que vuelve a unir esas vidas destrozadas. Quien nos ama sabe reprender; quien no nos ama solo sabe herir o adular. 

Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. El hermano es una ganancia, un tesoro para ti y para el mundo; cada persona, un talento para la Iglesia y para la historia. 

Invertir de esta manera, invertir en vínculos de fraternidad y libertad, de cuidado y de protección, es la única economía que producirá un verdadero crecimiento del bien común. 

VII 

Todo comienza cuando nos sentimos deudores, dice Pablo; cuando nos sentimos guardianes del otro, dice el Profeta; deudores sin pretensiones y guardianes atentos: son los dos hermosos nombres de toda persona que está en relación. 

Y el tercero nos lo ofrece este Evangelio: restauradores de vínculos, aquellos que sin cesar remiendan el tejido continuamente desgarrado de las relaciones. 

Si tu hermano comete una falta contra ti, ve y amonéstalo. Da tú el primer paso, retoma el diálogo, impulsado por el viento de comunión que es Dios, cemento del cosmos, fuerza de cohesión de la materia, pegamento de las vidas. 

Cuando un «yo» y un «» vuelven a formar un «nosotros», cuando reparan la alianza, el vínculo que se recrea es el ladrillo elemental de la casa común, el camino del Reino, la puerta de Dios. 

Pero, ¿qué me autoriza a intervenir en la vida de una persona? Nada más que la palabra «hermano», percibir al otro como hermano o hermana… no erigirse en defensor de la verdad, no creerse los rectificadores de los males del mundo; lo que nos autoriza es la «custodia», diría Ezequiel, es el «I care»: me importas y cuido de ti. 

Solo quien nos ama sabe cuidarnos y amonestarnos de la manera correcta; los demás solo saben herir o adular. 

Después de haber interrogado así a tu corazón, ve y habla, da el primer paso, intenta tú restablecer la relación. Lejos de las apariencias, en el corazón de la vida, todo comienza con el ladrillo fundamental de la realidad: la relación yo-tú. 

Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Una expresión maravillosa: ganar un hermano. 

Hay gente que acumula dinero, gente que gana prestigio o poder, y luego hay gente que gana hermanos. El crecimiento de la fraternidad es el tesoro de la historia; debemos invertirlo todo en el capital relacional, la única inversión que produce un verdadero crecimiento. 

Y al final del camino de reconciliación trazado por Jesús, el Evangelio recoge una frase que hay que entender bien: si ni siquiera escucha a los testigos, ni siquiera a la comunidad, que ese hermano sea para ti como el pagano y el publicano. 

¿Lo considerarás un excluido, un desecho, un rechazado? No. Con él te comportarás como Jesús, que se sienta a la mesa con Mateo y los publicanos de Cafarnaúm, que habla de hijos, de migajas y de perritos con una mujer pagana.  

Este camino me hace sentir en lo más profundo la primera expresión del Evangelio de hoy: cuando dos o tres se reúnen en mi nombre, yo estoy en medio de ellos. 

Una palabra que trasciende la liturgia: «No en el yo, no en el tú, el Espíritu reside en el yo-tú» - Martin Buber -. 

El Señor respira mejor cuando se ve envuelto en esos abrazos nuestros que, al menos alguna vez, nos han dejado maravillosamente sin aliento. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Perdona, Padre, como nosotros perdonamos - San Mateo 18, 15-20 -.

Perdona, Padre, como nosotros perdonamos - San Mateo 18, 15-20 -   Me gustaría aprender a vivir como el centinela de Ezequiel: atento, sie...