Ahora que la “invasión” en Ceuta ya no es noticia ni mucho menos titular
Lo ocurrido hace unos días en Ceuta es sin duda una trampa tendida por los mercaderes de la muerte y un suceso organizado y orquestado a sabiendas. Sin embargo, su valor simbólico es difícil de subestimar.
Es la demostración evidente de un deseo de libertad y de vida que nos llega desde el Sur del mundo y que no puede tratarse únicamente como un problema de seguridad pública.
Abandonar la propia tierra, el propio país, no es algo que ninguna mujer ni ningún hombre haga a la ligera.
Partir significa adentrarse en lo desconocido, dejar atrás las seguridades, abandonar las costumbres y tradiciones que han marcado la propia vida, arriesgar la integridad física propia y la de los seres queridos.
¿Cuántas personas han muerto al intentar cruzar el mar?
Las contamos con frialdad, sin darnos cuenta de que son vidas humanas, rostros, sueños y deseos ahogados por la esperanza de una nueva patria.
Más allá de las necesarias valoraciones políticas y de las medidas legislativas, acontecimientos como los de Ceuta siguen siendo el barómetro del enorme desequilibrio del mundo, de la distribución injusta de la riqueza, del recorte de las democracias en todo el planeta (y de los derechos sociales, civiles y económicos que estas conllevan), de la crisis climática.
Y todo ello condensado en esa esperanza desesperada de los migrantes en Europa.
Así se repiten sin fin hechos trágicos, en los que las esperanzas, las sonrisas y los cuerpos de tantas personas, en un instante, quedan destruidos por las decisiones de otros hombres, que se arrogan el derecho de quitar la vida a los demás, borrando como inútiles los muchos amores que los trajeron al mundo.
Y el riesgo es precisamente la anestesia de la conciencia, que banaliza el mal. Crear letargo, crear conciencias adormecidas es el proyecto oculto de Occidente.
Prueba de ello es la forma en que los gobiernos y los medios de comunicación del Viejo Continente (con la habitual y indefinible ramificación estadounidense) narran lo ocurrido en Ceuta.
Una forma que resulta absolutamente terrible. Ningún respeto, ninguna implicación, ningún dolor, ningún sentido de la humanidad, ninguna explicación de las razones profundas.
Solo la alarma del alarmismo, totalmente infundada desde el punto de vista jurídico, de una invasión de hecho imposible (hay mar, hay Gibraltar entre Ceuta y Europa); solo la descalificación absurda de toda política de acogida e inclusión.
Y ese es el pecado original de la Europa actual frente a los migrantes: no querer admitir que se trata de un fenómeno mundial, irreversible, que hay que afrontar y gestionar con la política y no con los ejércitos; que nos enfrentamos a un éxodo al que no se puede responder solo medidas de seguridad de los pasos fronterizos.
Y antes de caer en ese letargo que —como nos ha enseñado la Historia— nos impide percibir la violencia y su escándalo, hasta el punto de aceptarla como algo normal o incluso necesario.
En Ceuta, Europa demuestra una vez más de manera flagrante la profunda crisis de su civilización y de sus valores. Se reniega a sí misma como patria del derecho y del reconocimiento de cada mujer y cada hombre como parte de una humanidad común, de una fraternidad universal que nos trasciende.
No se da cuenta de que las soluciones del tipo ‘pañales calientes’ eliminan la molestia de un día, pero preparan la tragedia del mañana.
Y, sobre todo, al negarse a pensar y actuar según sus propios principios y capacidades, Europa corre el riesgo de condenarse a muerte.
Todo ello también, o precisamente ahora, que la “invasión” en Ceuta ya no es noticia ni mucho menos titular. Y la sociedad vuelve a la normalidad cotidiana de una realidad estructural y sistemática de injusticia.
P. Joseba Kmairuaga Mieza CMF














