miércoles, 14 de octubre de 2026

El horror en directo: una pena de muerte en streaming.

El horror en directo: una pena de muerte en streaming

No se trata únicamente del destino de un hombre condenado por un crimen atroz. Uno no pasa página de las trece víctimas de Fort Hood, del dolor de sus familias, de la brutalidad de un acto que ha segado vidas inocentes.

 

Y es precisamente la gravedad de la culpa la que exige que la respuesta del Estado esté por encima de la venganza.

 

Cuando una democracia decide convertir la muerte en un espectáculo, ocurre algo más perturbador que una simple decisión judicial. Se rompe un dique cultural y la justicia deja de ser un ejercicio de responsabilidad para convertirse en una representación pública del poder. El Estado no se limita a castigar: exhibe. No aplica la ley: pone en escena la fuerza.

 

Es difícil no ver en esta decisión un signo de los tiempos. En una época dominada por la audiencia, por la emoción inmediata, por la búsqueda continua de consenso, incluso la pena corre el riesgo de transformarse en contenido mediático. La muerte se convierte en un acontecimiento que hay que ver. Una experiencia colectiva que se consume a través de una pantalla.

 

Una sociedad que observa morir a un hombre pierde algo de sí misma. Pierde la capacidad de reconocer el límite que debería separar la justicia de la venganza. Pierde el sentido de la dignidad que pertenece a toda persona, incluso a aquella que se ha manchado con los delitos más terribles.

 

La historia debería habernos enseñado que las ejecuciones públicas no educan ni hacen que las comunidades sean más seguras. Tampoco devuelven a las víctimas a sus seres queridos. Por el contrario, alimentan la fascinación por la violencia, convierten al condenado en un símbolo y proporcionan a la propaganda imágenes que pueden ser manipuladas e instrumentalizadas.


 

No es casualidad que muchos observadores hayan recordado cómo las ejecuciones públicas han sido durante siglos el lenguaje de los regímenes autoritarios, de los poderes absolutos, de las sociedades que buscaban en el terror una legitimación política.

 

Pero el aspecto más inquietante es otro. Este asunto pone de manifiesto la profunda y generalizada crisis de la cultura occidental. Durante décadas, Occidente ha reivindicado la centralidad de la persona, los derechos humanos y la superioridad moral del Estado de derecho frente a la barbarie.

 

Hoy corre el riesgo de perder ese patrimonio precisamente en el momento en que debería defenderlo con mayor convicción.

 

La fuerza de la democracia no consiste en hacer lo que hacen sus enemigos. Consiste en negarse a parecerse a ellos.

 

Y este es un punto decisivo también para nosotros, porque pone de relieve la idea y el pensamiento que una comunidad política tiene de sí misma. Muestra con gran y dramática claridad la diferencia que existe entre una justicia que salvaguarda la dignidad del ser humano y un poder que busca el consenso a través de la humillación del ser humano.

 

Cuando la muerte se convierte en un espectáculo, la víctima no es solo el condenado. Lo que se pone en tela de juicio es la propia civilización jurídica y la conciencia colectiva. Así es como la democracia pierde su autoridad y su atractivo.


 

La cuestión nos concierne a todos, incluso a quienes tienen ideas diferentes a las mías sobre la pena de muerte. Porque aquí no se debate únicamente de la ejecución de una sentencia, sino del significado público de la justicia. De lo que un Estado decide mostrar a sus ciudadanos como modelo educativo, moral y civil.

 

Una sociedad madura no enseña que la fuerza genera justicia, sino que la justicia debe saber poner un límite incluso a la fuerza. Si ese límite se derrumba, no estamos presenciando el castigo de un criminal. Estamos presenciando el debilitamiento de un principio que ha requerido siglos de historia para construirse: la idea de que toda persona, incluso en el momento de la culpa y la condena, nunca puede ser reducida a un objeto.

 

Este es el verdadero riesgo. No la muerte de un hombre, sino la costumbre colectiva de contemplarla.

 

Porque cuando la dignidad humana se convierte en algo negociable, ninguna democracia puede considerarse verdaderamente a salvo.

 

Y cuando Occidente opta por convertir la justicia en un espectáculo, acaba renegando de la razón más profunda de su propia civilización.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Sentado a la mesa de los pecadores...

Sentado a la mesa de los pecadores...

Uno de los aspectos más sorprendentes de la vida de Jesús es la sencillez de sus gestos.

 

Él no manifiesta el Misterio a través de acciones espectaculares o alejadas de la experiencia común, sino que lo hace visible en las situaciones cotidianas: camina por las calles, se encuentra con la gente, escucha sus preguntas, entra en las casas y comparte la comida.

 

Precisamente esta elección indica que lo sagrado no se encuentra separado del mundo, guardado en un espacio inaccesible, sino que está inmerso en lo profano, es decir, en el tejido concreto de la existencia humana.

 

Con Jesús presente en la historia, ya no es necesario dirigir la mirada exclusivamente hacia arriba, como si el Misterio habitara únicamente en un cielo lejano.

 

La encarnación anula la distancia: el Misterio entra en el tiempo, asume la condición humana y se deja encontrar en los lugares donde se desarrolla la vida.

 

La distinción entre lo sagrado y lo profano no desaparece para que todo se vuelva indistinto, sino que se transforma: lo sagrado se manifiesta en el mismo espacio que lo profano, lo atraviesa y revela una profundidad inesperada.

 

Entre las imágenes evangélicas que mejor expresan esta verdad se encuentra la de Jesús sentado a la mesa.

 

En los Evangelios lo encontramos a menudo mientras comparte una comida con personas diversas, no siempre elegidas por Él y no siempre bien dispuestas hacia Él.

 

La mesa se convierte así en un lugar abierto, en el que se entrelazan la acogida y la desconfianza, la amistad y el juicio, la escucha y el conflicto.

 

Jesús no elude esta complejidad: se adentra en ella, porque es precisamente allí donde los seres humanos se revelan y pueden aprender a conocerse.


En una ocasión concreta, Jesús es invitado por un fariseo, que se queda asombrado y lo juzga porque no ha cumplido el rito de lavarse las manos antes de la comida.

 

El gesto omitido provoca una reacción porque pone en tela de juicio una forma de entender la pureza religiosa.

 

Jesús desplaza la atención de la observancia exterior a la verdad interior de la persona: no basta con parecer puros si el corazón permanece cerrado a la justicia, a la misericordia y al compartir.

 

La fe no puede reducirse a un conjunto de prácticas que separan a unos de otros; debe convertirse en una forma auténtica de vida.

 

Jesús se sienta a la mesa porque la mesa es uno de los lugares más concretos de la existencia. En ella se nutre el cuerpo, pero también la relación; se comparten palabras, silencios, diferencias y expectativas. En torno a una comida se construye el conocimiento mutuo, porque cada uno tiene la oportunidad de contarse y de escuchar.


En este espacio cotidiano, Jesús muestra que el encuentro con Dios no nos aleja de las personas, sino que nos lleva hacia ellas. El diálogo, la hospitalidad y la disposición a dejarse interrogar se convierten en gestos en los que el misterio se hace perceptible.

 

Lo cotidiano, por tanto, no es un obstáculo para la vida espiritual, ni un paréntesis carente de valor frente a los momentos explícitamente religiosos.

 

Es el lugar privilegiado en el que podemos experimentar lo sagrado. En los gestos repetidos de cada día —trabajar, comer, encontrarnos, cuidar, perdonar— puede surgir una presencia que trasciende lo que vemos de inmediato.

 

El Misterio no elimina la normalidad, sino que la habita y la transfigura desde dentro.


Por eso, cuanto más estamos realmente inmersos en lo cotidiano, más crece la posibilidad de conocer el Misterio.

 

No se trata de dejarse absorber por la rutina, sino de vivirla con atención, profundidad y apertura.

 

Estar presentes en la realidad significa reconocer el valor de las personas, acoger lo que sucede y vislumbrar en los detalles una búsqueda de sentido.

 

La espiritualidad que propone Jesús no invita a huir del mundo, sino a entrar en él plenamente, con una mirada capaz de ver más allá de la superficie.

 

La mesa de Jesús se convierte entonces en el símbolo de una fe encarnada: una fe que no teme lo concreto, que no levanta barreras y que reconoce la presencia del Misterio en la relación.

 

Lo sagrado no está en otra parte, sino aquí, en la historia que vivimos y en los encuentros que nos transforman.

 

Buscar el Misterio significa aprender a vivir la vida con mayor conciencia, porque precisamente en su aparente sencillez, lo cotidiano puede abrirse a la profundidad del Misterio.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Permanecer en el amor - sacramento del matrimonio -.

Permanecer en el amor - sacramento del matrimonio -

Nunca hemos dejado de enamorarnos, pero cada vez con más frecuencia dejamos de elegirnos el uno al otro.

 

Las canciones, las películas e incluso los perfiles en las aplicaciones de citas nos hablan constantemente de nuestro deseo de amar y ser amados.

 

Pero cuando pasamos del enamoramiento a la promesa, algo cambia.

 

La idea de vincularse definitivamente a otra persona parece chocar con una cultura que nos ha acostumbrado a mantener siempre abiertas todas las posibilidades, para luego no llegar a aferrarnos nunca realmente a ninguna.

 

Algunos de nosotros hemos sido educados en aquella distinción radical entre el enamoramiento como emoción y el amor como elección. No es solo una emoción pasajera sino una decisión activa, un camino cambiante, una alianza cotidiana.

 

Y esa educación, a día de hoy, parece resultar sorprendentemente contraria a la corriente dominante.

 

De hecho, vivimos en la era de la máxima disponibilidad teórica de relaciones; podemos conocer a personas que viven al otro lado de la ciudad o del mundo con un clic, iniciar una conversación en pocos segundos e interrumpirla con la misma facilidad.

 

Las aplicaciones no han inventado la fragilidad afectiva, por supuesto, pero representan bien una mentalidad en la que incluso el amor corre el riesgo de adoptar la lógica del catálogo: elegir, comparar, probar, descartar, volver a empezar.

 

Cuando las posibilidades parecen infinitas, cada elección definitiva puede parecer una renuncia a otra cosa.


El sacramento cristiano del matrimonio propone exactamente lo contrario: no considera la elección de una persona como la pérdida de todas las alternativas, sino como la posibilidad de construir algo que, precisamente por su singularidad, resulta más significativo.

 

Decirse para siempre, de hecho, no significa ser siempre felices, siempre tranquilos, siempre inmunes a las crisis.

 

Significa decidir que el amor no se medirá únicamente por la intensidad emocional del momento, sino que, precisamente en las adversidades, nos amaremos aún más y nos volveremos a elegir.

 

Habrá días en los que amar será espontaneidad, deseo, entusiasmo, y habrá otros en los que será paciencia, responsabilidad, perdón, incluso esfuerzo.

 

Es precisamente aquí donde la decisión adquiere su valioso significado.

 

Mientras tanto, nos casamos menos y más tarde. La edad del primer matrimonio se ha ido retrasando progresivamente. Detrás de las cifras hay, naturalmente, razones económicas, de vivienda y sociales muy reales, pero la creciente dificultad para imaginar una elección como definitiva es, inevitablemente, un factor central.


La propuesta del sacramento cristiano del matrimonio, hoy en día, es revolucionaria, no en el sentido de poco habitual o rara, sino en el sentido de subversión de la ideología predominante.

 

No les dice a los jóvenes que deben conformarse, no les pide que permanezcan en relaciones violentas o destructivas y no sostiene que cualquier pareja deba casarse.

 

Dice algo mucho más exigente: que, cuando dos personas se reconocen llamadas a entregarse la una a la otra, la libertad puede expresarse no solo en poder cambiar de decisión, sino también en poder mantenerla.

 

Porque prometer-se no es renunciar a la libertad sino darle una dirección. En una época que nos invita continuamente a protegernos de la posibilidad de sufrir, el sacramento cristiano del matrimonio invita a arriesgarse, a decir «sí» sin tener preparada, a espaldas, una puerta de salida para cada dificultad futura.

 

No es una propuesta fácil y probablemente nunca lo ha sido; sin embargo, mientras casi todo a nuestro alrededor se vuelve actualizable, sustituible y provisional, poder mirar a otra persona y decirle yo permanezco podría ser una de las formas más radicales y bellas de amor que nos quedan.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 12 de octubre de 2026

Puestos los ojos en Jesús - Hebreos 12,1-2 -.

Puestos los ojos en Jesús - Hebreos 12,1-2 -

En el corazón del mundo judío se produjo una influencia que ninguna ley pudo detener, ninguna frontera supo contener y ninguna autoridad logró sofocar.

 

No fue la oscura contaminación de la corrupción, sino la luminosa del agua viva: la presencia de Jesús.

 

Él atravesó pueblos, casas, sinagogas y calles polvorientas dejando tras de sí una pregunta candente: ¿qué queda de nuestras construcciones religiosas cuando el Misterio se presenta sin máscaras?

 

Su palabra no caía desde lo alto como un discurso ajeno a la vida; nacía de sus gestos, de su mirada, de su forma de acercarse a los excluidos. En Él, palabra y acción coincidían. Por eso su voz no se limitaba a explicar el mundo: lo ponía al descubierto.

 

Jesús era cristalino. No porque fuera ingenuo, sino porque en Él no había doblez. No hablaba de misericordia para ganarse el consenso: se detenía ante el herido. No proclamaba la dignidad de los pobres desde una posición de privilegio: compartía su mesa y su precariedad. No invocaba a Dios para consolidar un poder: llamaba a Dios «Padre» y devolvía a cada persona la libertad de sentirse hija.

 

Precisamente esta claridad hacía insoportable toda farsa. Ante Él, la hipocresía perdía su máscara, la devoción ostentosa revelaba su vacuidad, la ley utilizada como arma mostraba el rostro de la violencia.

 

Su autenticidad era un juicio sin tribunal: bastaba con que él estuviera presente para que lo falso comenzara a resquebrajarse.


La vida de Jesús fue como agua clara vertida en un recipiente antiguo. No destruyó la sed de Israel: la devolvió a la fuente. No borró la historia, las Escrituras, la espera y la esperanza de su pueblo: las atravesó, separando lo que daba vida de lo que se había convertido en carga, privilegio, mercado o miedo.

 

Esta es la «novedad» del Evangelio: entra sin pedir permiso en los sistemas cerrados y los obliga a respirar; penetra en las palabras gastadas y les devuelve carne; llega hasta los ritos y pregunta si aún custodian al hombre o solo a sí mismos.

 

Desde entonces, esa agua sigue fluyendo. Se ha encontrado con pueblos y lenguas, ha atravesado culturas y religiones, a veces ha quedado aprisionada en instituciones que pretendían poseerla; y, sin embargo, ha seguido filtrándose por las grietas, resurgiendo en los justos, en los pobres, en los misericordiosos, en aquellos que eligieron la verdad cuando la mentira parecía más conveniente.

 

Y he aquí el escándalo que el mundo aún no ha comprendido: quien cambió la historia no fue un soberano, ni un general, ni un hombre protegido por el oro o las armas.

 

Fue un hombre sencillo y pobre, sin ejércitos, sin palacios, sin monedas acuñadas con su propio rostro.

 

No recurrió a poderes espectaculares para dominar las conciencias; no compró lealtades, ni amenazó con castigos para asegurarse la obediencia.

 

Su fuerza fue la coherencia. Su autoridad nació del servicio. Su trono tomó la forma de una mesa compartida y, finalmente, de una cruz.

 

Allí donde el poder mundano ocupa, Él hizo espacio; allí donde el dinero mide el valor, Él declaró bienaventurados a los que no cuentan; allí donde el miedo impone el silencio, Él devolvió la palabra a los invisibles. Por eso ha trastornado al mundo: no sustituyendo un dominio por otro, sino quitándole al dominio su pretensión de ser la última palabra.


Después de dos mil años, su presencia sigue entre nosotros.

 

Quizás sea precisamente aquí donde se abre uno de los significados más profundos del misterio de la resurrección: la muerte física de Jesús no interrumpió la obra de autenticidad, justicia, amor y misericordia que Él había iniciado.

 

Quienes lo condenaron creyeron haber cerrado un capítulo; en cambio, habían abierto de par en par una brecha. Su cuerpo ya no recorre los caminos de Galilea, pero su Espíritu entra en la vida interior de quien se deja alcanzar por su forma de ser.

 

Y resucita cada vez que alguien renuncia a la venganza, cuando una conciencia prefiere la verdad al beneficio propio, cuando se acoge a un excluido, cuando la dignidad de una persona vale más que una norma aplicada sin misericordia. La resurrección no es solo el recuerdo de un milagro: es el rechazo divino a permitir que el amor quede archivado como una derrota.

 

No hay muros capaces de detener la acción del Logos. No bastan las fronteras de las religiones, las fortalezas de las ideologías, las aduanas de las culturas, las censuras de los poderosos.

 

El Logos no invade: fermenta. No aniquila: transfigura. No humilla lo que encuentra: saca a la luz su significado más profundo. Atraviesa la historia como una semilla guardada en la tierra, como el agua que busca obstinadamente una rendija, como la luz que no pide permiso a las tinieblas.


Pero ¡ay de nosotros si reducimos esta fuerza a una fórmula inocua, a una costumbre ritual, a un signo identitario que oponer a los demás! El Cristo vivo no viene a confirmar nuestras representaciones; viene a desenmascararlas. No viene a proteger nuestro interés propio; viene a liberarnos de él.

 

Cada vez que la fe busca prestigio, el Nazareno vuelve a ser pobre; cada vez que la religión bendice la opresión, Él vuelve al lado de las víctimas; cada vez que se vende la verdad, su palabra resuena libre.

 

Él sigue aquí, no como una reliquia del pasado, sino como un futuro que llama a las puertas del presente.

 

Y seguirá contagiando al mundo con la pureza, hiriendo la mentira con la verdad, inquietando a los tranquilos y consolando a los oprimidos, hasta que el hombre comprenda que el sentido profundo de la historia no es dominar, poseer o aparentar, sino volverse auténtico en el amor.

 

El Logos lo transforma todo, porque nada de lo verdaderamente humano le es ajeno y nada de lo falso puede resistir para siempre a su luz.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 11 de octubre de 2026

La llama de la razón o la filosofía como arte hoy necesario.

La llama de la razón o la filosofía como arte hoy necesario

La revolución no es un mero objeto de estudio para la filosofía, ni un acontecimiento histórico que deba evaluarse a posteriori. Por el contrario, constituye el espacio filosófico por excelencia, ya que produce cambios radicales en las perspectivas consolidadas que hacen necesarias nuevas lecturas de lo real.

 

Si existe esta profunda sintonía es porque la filosofía posee un alma intrínsecamente revolucionaria.

 

De hecho, no se limita a registrar pasivamente lo existente, sino que lo habita estructuralmente, convirtiéndose en promotora de un pensamiento activo que intenta adentrarse en los propios fundamentos de la realidad, del conocimiento y de la acción humana.

 

Cada gran giro histórico, ya sea cosmológico, gnoseológico o tecnológico, actúa como un acelerador epistemológico, obligando a la razón a reprogramarse a sí misma para adquirir nuevas estrategias de orientación.

 

El ejemplo clásico de la revolución copernicana ilustra bien esta dinámica. Con el De revolutionibus orbium coelestium (1543), Nicolás Copérnico desmontó el modelo geocéntrico aristotélico-tolemaico en favor del heliocéntrico, invirtiendo así la relación entre la Tierra y el Sol. De este modo, también llevó a cabo un gesto filosófico, pues no se limitó a redibujar los mapas del cielo, sino que redefinió en lo más profundo el lugar del ser humano en el universo, sacudiendo los cimientos del pensamiento occidental.

 

Siglos más tarde, en el Prólogo de 1787 a la Crítica de la razón pura, la primera de las tres críticas, Immanuel Kant tomó a Copérnico como modelo para concebir una auténtica «revolución copernicana» filosófica, pues intuyó lo necesario que era invertir la lógica de las relaciones entre el sujeto y el objeto para poder responder a la pregunta sobre las posibilidades del conocimiento.

 

De hecho, afirma Kant, no es la mente la que debe amoldarse pasivamente a la realidad externa, sino que son los objetos los que deben ajustarse a las estructuras a priori de nuestra mente (espacio, tiempo y categorías).


Volviendo a nuestros días, la revolución que estamos viviendo con la inteligencia artificial traspasa los límites de la técnica para convertirse en una revolución antropológica.

 

Esto se debe a que la IA no solo modifica las herramientas de las que disponemos, sino que pone en tela de juicio la especificidad de determinadas facultades humanas, como, por ejemplo, qué significa comprender, crear, decidir o incluso «pensar».

 

Precisamente porque está afectando a nuestras vidas, no puede eludir el análisis filosófico.

 

Y es precisamente en este escenario donde la filosofía está reafirmando una vez más su poder, no solo hermenéutico, sino también social, porque por un lado asume la tarea de redefinir los conceptos a través de los cuales las innovaciones adquieren significado; por otro, se convierte en un llamamiento comunitario y en una conciencia crítica sobre cuestiones sociales importantes.

 

Si en momentos de estancamiento la filosofía suele percibirse como algo superfluo, como una fuente de preguntas sin respuestas prácticas, cuando nuevos acontecimientos pasan a formar parte de la realidad, entonces se convierte en maestra de orientación conceptual, ya que es capaz de reconducir el miedo y el escepticismo dentro de los límites de la gobernabilidad racional y ética.

 

No es casualidad que muchas de las empresas dedicadas al desarrollo de los principales sistemas de IA hayan involucrado a filósofos y expertos en ética en el diseño de los modelos.

 

Ante cambios radicales, la tarea de la filosofía se vuelve inmediata, pero ¿cuál es la tarea de la filosofía?

 

Enseña a no dejarse engañar. No pasa por alto ningún hecho ni ninguna posibilidad. Enseña a mirar de frente la posible desgracia. Sacude al mundo de su letargo (Karl. Jaspers, Pequeña escuela del pensamiento filosófico).

 

La filosofía lleva en sí misma la revolución porque es estructuralmente revolucionaria: nos despierta de esos letargos que ofrecen la ilusión del descanso, pero que en realidad nos acostumbran pasivamente a lógicas deshumanizadoras.

 

El filósofo analiza a fondo los fenómenos de su tiempo planteando cuestiones esenciales: examina si los medios creados justifican los fines propuestos y si esos fines son realmente los correctos.

 

Por eso, cuando se alteran los equilibrios y las innovaciones aceleran el ritmo de la experiencia, la filosofía recupera su utilidad pública.

 

Se convierte en fuente indispensable de un saber que no engaña, en baluarte para la protección de nuestra libertad y en invitación a transformarnos a nosotros mismos en un diálogo vivo con el mundo.

 

No se limita a describir la trayectoria del cambio, sino que indaga para comprender si las metamorfosis en curso amplifican la alienación o si, por el contrario, ofrecen una posibilidad inédita de ampliar el horizonte del conocimiento.

 

Cuando el mundo parece dar un vuelco, la filosofía renueva entonces su espíritu revolucionario manifestando su naturaleza más auténtica, es decir, la de mantener encendida la llama de la razón.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 10 de octubre de 2026

¡Bienaventurados!

¡Bienaventurados! 

El primer gran anuncio del Sermón de la Montaña pone de relieve la felicidad que proporciona el «Reino de los Cielos», que se ha hecho presente. 

Esta expresión semítica hace referencia a la forma, al estilo con el que Dios reina, pues Él es el jefe, el soberano, el señor del cielo y de la tierra... 

De forma muy concisa, Jesús afirma que ha llegado el momento propicio, que ha comenzado la nueva era: con su presencia, sus enseñanzas y sus obras, Dios se ha acercado a nosotros, nos da a conocer su pensamiento y nos manifiesta su amor. 

El «Reino de los Cielos» tampoco es el paraíso (el más allá), porque ahora, aquí, Dios ha entrado en la historia y la gobierna desde dentro, a través de la persona de Jesús, valiéndose también de nuestra colaboración humana. 

Si el Reino de los Cielos «es vuestro» es porque el Señor, que ha venido en medio de vosotros, está de vuestro lado. 

Aquí se presenta a Dios no como un juez que está por encima de las partes, sino como el amigo de los hombres, es más, ¡el padre de todos! Tanto es así que sabe de lo que necesitamos y nos lo proporciona con generosidad. 

Por eso hay que buscar ante todo su justicia. 

La gracia de Dios siempre nos sorprende y nos precede. 

Hay una pobreza que es relativa al espíritu: ¿no sois conscientes de vuestra pequeñez? 

El término hebreo original es «anawim», que podríamos asimilar a la categoría de los «humildes». 

Pobres de espíritu son aquellos que «confían en el Señor», porque saben que Él se ocupa de su situación. 

«Ánimo - parece decirnos el Señor -, reconoced que sois afortunados: si Dios está de vuestro lado, podéis incluso reconocer vuestras debilidades sin ningún temor...». 

Al fin y al cabo, ¿ante quién puedes admitir quién eres realmente? Solo ante un amigo. 

Pues bien, si estás seguro de la benevolencia de Dios hacia ti, entonces preséntate con libertad. 

Así pues, presentémonos tal y como somos, sin escondernos, sin fingir. 

Nuestra pobreza depende de nuestra condición de criaturas. 

Solo partiendo de esta premisa, Dios puede hacer grandes cosas en nosotros. 

Así lo atestigua san Pablo: «Por la gracia de Dios soy lo que soy… Conquistado por Él, corro tras Él…». 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La invitación de Dios - San Mateo 22, 1-14 -.

La invitación de Dios - San Mateo 22, 1-14 -

Tras las parábolas de la viña del Señor, se pasa a otra parábola con un nuevo escenario y una nueva narración.

 

El escenario es un salón donde tendrá lugar la fiesta más grande y hermosa de todas: la del hijo del rey que se casa.

 

La pregunta que surge al leer la parábola es la siguiente: ¿quién es digno de entrar en esa sala para participar en el banquete del hijo del rey? ¿Quién tiene las credenciales adecuadas para acceder a esa sala?

 

La primera observación significativa sobre esta parábola se centra precisamente en el tema del mérito y del don.

 

El primer aspecto es el que afirma que solo se puede entrar en esa sala para participar en el banquete si se tienen méritos. De hecho, los primeros invitados son personas que, de alguna manera, pertenecen a la categoría del mérito: uno tiene un campo, otro tiene asuntos que atender.

 

Lo curioso es que precisamente estos, que parecen merecer la entrada en la sala de la boda, al final rechazan la invitación. Un campo es más importante que la invitación a la boda, un asunto de negocios es mucho más importante que el Reino de Dios.

 

No es el mérito lo que determina la entrada en el salón de bodas. Estos invitados meritorios viven para sus propios intereses, no tienen tiempo para celebrar, están absortos en sus asuntos, no tienen tiempo para pensar en un Reino diferente, que es el Reino de los Cielos, el Reino de la ternura y la bondad de Dios.


Quizá podamos decir también que en estos invitados que han rechazado la invitación no reina la ternura de Dios, sino la autosuficiencia: «Me basto a mí mismo, no necesito una invitación», pero reina también esa tendencia que nos lleva a decir que no debemos aceptar sin más un regalo ya dispuesto, sino que, en cualquier caso, debemos hacer algo para ser dignos de entrar en esa sala.

 

En cambio, la parábola no nos dice qué debo hacer, sino que todo está listo: solo tengo que aceptar la invitación, el regalo.

 

La reacción del rey parece desproporcionada para tratarse de una invitación: envía a sus tropas y hace que maten a todos los que han rechazado la invitación. Quizás aquí se representa la destrucción de Jerusalén.

 

El rey no se desanima, se le ocurren cosas nuevas; esa sala debe llenarse y, por eso, manda llamar a buenos y malos, a personajes probables y a personajes improbables.

 

Dios, para su Reino, no necesita ante todo buenos trabajadores ni buenos empresarios, sino personas que, en su condición de vida, acepten una invitación, un don, una llamada, y elijan formar parte de la humanidad que se toma en serio el Reino de Dios y su misericordia.

 

Entran todos, buenos y malos, y el rey se da cuenta de que un invitado no lleva el traje de boda y es expulsado.

 

Hay muchas interpretaciones de este traje de boda.


Una de ellas es que este invitado no ha entendido gran cosa de la lógica de Dios. No ha entendido que en el banquete del Reino pueden sentarse tanto los buenos como los malos. Esta es la lógica de Dios: buenos y malos; y quien no entiende esta lógica de Dios no lleva ese traje de boda que es el amor caritativo. No se accede al Reino de Dios ni se trabaja por él si no se vive según la misma lógica de Dios: un amor caritativo.

 

Yo pensaba en nuestras comunidades: cuánta gente busca continuamente justificaciones para no decir «sí» a la llamada a hacer algo por el Reino de los Cielos, logrando siempre encontrar una buena justificación para su «no»; y cuántas personas, en cambio, buscan buenas razones para acudir a la fiesta del Reino, para comprometerse al servicio del Reino.

 

Las comunidades formadas por quienes solo buscan motivos para no aceptar una invitación están estancadas, inmóviles.

 

Las segundas, aunque solo sea porque una persona encuentre una buena razón para decir «sí» a esta invitación, son comunidades en movimiento, capaces de cambiar, de ofrecer signos de esperanza.

 

Sabemos bien cómo conviven estas dos almas en nuestras comunidades; solo hay una forma de hacer que las comunidades mueran: cuando ya no queda nadie, ni siquiera uno que encuentre una buena razón para aceptar la invitación del rey; por el contrario, nuestras comunidades pueden vivir mientras haya aunque sea uno solo que acepte la invitación del rey.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El siguiente paso.

El siguiente paso 

Hay momentos en la vida en los que el ruido se apaga y todo parece recuperar su esencia. 

La vida no ofrece respuestas inmediatas: abre espacios. 

Y en el silencio, cuando la vida deja de arrastrarnos de un lado a otro, surge una pregunta fundamental: ¿qué es lo que realmente mueve nuestra vida? 

Es entonces cuando la voluntad se muestra tal y como es, no un acto de fuerza ciega, sino un trabajo interior que ninguna otra facultad puede realizar en su lugar. 

La voluntad debe elegir, perseverar, volver a empezar. 

Pero no se pone en marcha por sí sola. 

Se asemeja a una barca inmóvil sobre aguas oscuras: tiene una dirección posible, pero necesita viento. Ese viento es la motivación. Sin ella, la voluntad permanece tensa e inmóvil; con ella, incluso el paso más vacilante encuentra un rumbo. 

El punto de partida es la búsqueda de la motivación. 

Hay que acercarse a ella con paciencia, como quien busca un manantial en la penumbra siguiendo el sonido del agua. 

Cuando la motivación es clara y definida, puede despertar la voluntad y orientarla. 

Cuando, en cambio, sigue siendo confusa, es la propia voluntad la que debe sostener la búsqueda: debe custodiar la pregunta, resistir a la prisa, no conformarse con razones tomadas prestadas. 

La motivación nace del discernimiento, y aquí entra en acción la razón. Esta distingue el impulso del deseo profundo, la urgencia pasajera de aquello que merece fidelidad. 

Dicho así parece sencillo, casi lineal. 

En realidad, el corazón humano es una habitación nocturna: en ella se encienden luces repentinas, pasan sombras, resuenan voces antiguas. 

Un interés puede surgir por casualidad, de un encuentro, de una herida, de una frase escuchada distraídamente, pero solo el discernimiento puede comprender si ese interés encierra una promesa o solo un engaño. 

Cuanto más fuerte es la motivación, mayor es el ímpetu de la búsqueda. 

Pero su fuerza no depende solo de la intensidad: depende de la profundidad. 

Toda motivación está ligada a la situación existencial de la persona, a su amor por la vida, a las pasiones que la habitan, a los deseos que ni siquiera se atreve a confesarse a sí misma. 

Por eso no todas las búsquedas tienen el mismo peso. 

Algunas se quedan en la superficie de los días; otras descienden hasta ese punto secreto en el que una persona decide quién quiere ser. 

Cuando la motivación se queda solo en el plano material - el dinero, el éxito, el poder -, la búsqueda corre el riesgo de convertirse en obsesión. 

Cada conquista promete descanso y enseguida lo niega; cada cima revela otra, más alta y más lejana. Se acumula sin poseer, se corre sin llegar. La noche, entonces, ya no es silencio fecundo, sino insomnio: un deseo que devora lo que obtiene porque no sabe reconocer aquello de lo que realmente tiene hambre. 

Si, por el contrario, la motivación nace de la vida interior y se asienta sobre bases espirituales, la búsqueda cambia de aliento. 

No elimina el esfuerzo, sino que le da un sentido; no promete una satisfacción inmediata, sino que orienta hacia los fundamentos de la existencia. 

Cuanto más se abre la motivación a la dimensión espiritual, más crece la tensión que la sostiene: no la ansiedad por poseer, sino el deseo de comprender, de amar, de ser fieles a lo que se ha vislumbrado. 

Quizá la verdadera tarea de la voluntad comience precisamente aquí: no en obligarse a avanzar, sino en permanecer el tiempo suficiente junto a la propia oscuridad para que surja una luz auténtica. 

La razón la reconoce, el discernimiento la pone a prueba, la motivación la transforma en camino. 

Y así, mientras fuera la ciudad duerme y las ventanas se apagan una tras otra, dentro de nosotros algo permanece despierto: una pregunta viva, una dirección aún frágil, una llama que no ilumina todo el camino, sino lo justo para dar el siguiente paso. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El horror en directo: una pena de muerte en streaming.

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