domingo, 19 de abril de 2026

No demasiado rápido.

No demasiado rápido 

Ya estamos otra vez. 

Ya desde el final del funeral del Papa Francisco aparecieron, entre la multitud, manifestaciones y se escucharon cánticos que reclamaban: «santo subito». 

Todos recordamos que las mismas pancartas y los mismos cánticos aparecieron también a la muerte del Papa Juan Pablo II o del Papa Benedicto XVI. 

En el caso del Papa polaco, se puede decir que la Iglesia oficial aceptó la petición y canonizó, a toda prisa, a Juan Pablo II. Digo a toda prisa, teniendo en cuenta los plazos que normalmente se requieren para llegar a la canonización. 

El amor por el Papa Francisco es evidente en algunos de nosotros. Pero no es necesario convertirlo en santo de inmediato. 

El Papa Juan Pablo II murió en 2005, fue declarado beato en 2011 y canonizado en 2014, solo nueve años después de su muerte, junto con el Papa Juan XXIII. Este, sin embargo, había fallecido en 1963 y, por lo tanto, tardó 51 años en subir a los altares. 

Un observador externo, no especialmente versado en asuntos de la Iglesia y la Curia, podría concluir que el P Juan pablo II fue un santo formidable, mientras que el Papa Juan XXIII fue un santo más o menos: 51 años son realmente unos cuantos años. Conclusión inevitable cuando no se siguen las reglas y las prácticas. 

La petición que se repite dice algo obvio que ya se sabe y se sabe bien: mucha gente, y muchos creyentes en particular, hemos querido al Papa Francisco. Y esa simpatía impulsa esa petición. Sin embargo, ante una petición tan obvia, vale la pena recordar algunas verdades, al menos tan obvias como la petición. 

En primer lugar, se puede amar a un hombre de Iglesia sin que sea santo. Todos recordamos a un presbítero, a un laico, a un pariente… a quien, si dependiera de nosotros, pondríamos inmediatamente en los altares. Pero esa persona amada y admirada como gran creyente no ha acabado en los altares y nunca acabará allí. Esto no impide ni nuestra admiración ni nuestra convicción: ese presbítero, esa persona que conocí y admiré, es un santo. 

Esto, por cierto, no solo se aplica a los creyentes particulares y desconocidos, sino también a ilustres hombres de Iglesia. 

Volviendo al Papa Juan XXIII, durante los más de cincuenta años en los que aún no era santo, multitudes de peregrinos siguieron visitando los lugares de la vida y la muerte del «Papa Bueno», quien, por lo tanto, era considerado universalmente «bueno» incluso antes de ser elevado a la gloria de los altares. Se podrían citar cientos de casos similares. El Papa Francisco los llamó «los santos de al lado».

Si se piensa que el Papa Francisco es un santo, no se pierde nada por dedicar unos años a reflexionar sobre esa historia de santidad. 

Hasta entiendo que detrás del deseo de su declaración como santo no se revele tanto una pasión particular por la santidad sino que más bien se pida que la Iglesia sancione nuestras convicciones, nuestras emociones, nuestros afectos. 

Y, sin embargo, si se piensa que el Papa Francisco es un santo, no se pierde nada si se dedican algunos años a reflexionar sobre esa historia de santidad, para comprenderla más a fondo. De modo que esa figura sea realmente una figura que hable a todos, y no solo a algunos: al fin y al cabo, es mejor una convicción serena de muchos que una pasión ardiente de pocos. 

En otras palabras, es mejor que la Iglesia vuelva a los tiempos de la sabiduría, tiempos largos también a la hora de proclamar a sus santos. Además, ya hay muchos santos (y los Papas de épocas cercanas a nosotros son casi todos santos) y yo no soy más santo solo porque la Iglesia haya proclamado, con toda prisa, a un nuevo santo. Ser santo es posible. Pero no de inmediato. 

«Era un hombre de Dios, pero no es necesario convertirlo en santo»: así se podía resumir el juicio del Cardenal Carlo Maria Martini sobre la santidad del Papa Juan Pablo II, tal y como se desprende de la «declaración» como testigo que figura en las actas del proceso. 

Mutatis mutandis, y de manera análoga, hasta se podría decir del Papa Francisco. 

Yo creo que sobre la conveniencia o no de beatificar y canonizar a los Papas, dado que ya son conocidos y divulgados en cada acto y palabra, habría que contemplar si no es hasta más «provechoso», para la vida de los cristianos, señalar a personas ejemplares que vivieron en el anonimato la santidad. 

Con lo que, en otras palabras, hasta creo que es mejor elegir a los santos entre la gente común. Porque, así lo creo, estamos llenos – sobresaturados - de causas que atañen a personajes muy conocidos (papas, obispos, presbíteros, mártires, monjas y monjes,…) y me parece más conveniente buscar más bien a los santos desconocidos, por ejemplo y especialmente laicos, es decir, a los miembros del estamento llano del Pueblo de Dios, sino a los del Pueblo Profético, Real y Sacerdotal que son los que constituyen una novedad en la forma de vivir el Evangelio en la vida cotidiana de su condición laical… que es la mayoritaria en nuestro devenir. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 18 de abril de 2026

Jesús está de otra manera y en otra parte - San Lucas 24, 13-35 -.

Jesús está de otra manera y en otra parte - San Lucas 24, 13-35 -

Estaban convencidos de que, para encontrar la paz, bastaba con dejar atrás Jerusalén y a la pandilla de ilusos como ellos.

 

En realidad, a medida que avanzaban hacia Emaús, descubrían que las cosas no eran exactamente así.

 

Es más: a veces ocurre que, incluso con el paso del tiempo, resurge un mundo que creíamos muerto y enterrado.

 

De hecho, justo cuando habían emprendido el camino de vuelta a casa, ahí estaban, incapaces de dejar de pensar en lo que les había sucedido apenas dos días antes.

 

Habían soñado despiertos mientras seguían a Jesús, que hablaba como nadie lo había hecho antes, que realizaba prodigios y señales, que era buscado y rodeado por una humanidad tan variada como el camino de cada hombre.

 

Habían creído y se habían comprometido con aquel hombre al que no tardaron en reconocer como el Mesías esperado. ¿Pero y después? «Nosotros esperábamos…», confesarán con amargura poco después.

 

De repente se dan cuenta de que alguien acelera el paso para alcanzarlos.

 

Es uno como ellos, pero desconoce cuál es el motivo de la tristeza que se lee en su mirada antes que en sus palabras.

 

Y, según el estilo propio de Dios, se acerca a ellos partiendo precisamente de su condición: en este caso, en la hora de la aflicción, Tomás en la hora de la duda, María Magdalena en el momento del llanto, los Once mientras están presa del miedo.

 

Siempre así: se pone en nuestra piel, sea cual sea nuestra situación.

 

El tema que anima la discusión es sin duda algo candente. Los tonos resultan bastante acalorados. No podía ser de otra manera.

 

¿Acaso no es cierto que solemos hablar de lo que más nos importa? ¿Y que nos importa lo que para nosotros es el sentido de la vida, y el sentido de la vida es aquello o aquel a quien amamos?

 

Efectivamente: están hablando de él, del Señor, de aquel que se ha puesto a su nivel.


Y justo cuando la conversación se vuelve más acalorada, ahí está él, interviniendo no con un discurso, sino con una pregunta que capta, aquí y ahora, qué ha sucedido para perturbar su estado de ánimo. «¿De qué habláis? ¿Qué os preocupa?»

 

¡Qué delicadeza pedagógica!

 

La pregunta que plantea Jesús se inscribe en la escucha de lo que preocupa a sus interlocutores.

 

No da discursos, sino que les deja hablar.

 

Si hubiéramos estado en su lugar, sabiendo cómo habían ido realmente las cosas, no habríamos dudado en poner los puntos sobre las íes. Nada de eso.

 

La pregunta, ante todo.

 

Hay momentos, de hecho, en los que más que una respuesta necesitamos a alguien capaz de llevar nuestro peso, de compartir nuestro dolor.

 

Y, así, precisamente el interés por ellos comienza a encender el corazón. Habla de manera que enciende algo que suena como una forma diferente de leer las cosas.

 

El maestro es aquel que sabe reavivar las brasas encendidas bajo la ceniza que se ha depositado sobre ellas.

 

El dolor que llevan en el corazón aún no ha apagado del todo la mecha humeante de la fe. Esto se deduce de la descripción tan detallada de cómo habían ido las cosas.

 

Jesús, por otra parte, percibe que los dos, como todos nosotros, no necesitan condena sino atención, no una sentencia, sino compañía, no prescripción sino consuelo, no una palabra gritada sino una susurrada al corazón: necesitaban una caricia, no un palo.

 

Solo son un poco lentos a la hora de confiar, pero esta confianza no se ha apagado en absoluto en su interior, como tampoco en el nuestro.

 

La gracia, aquella tarde camino de la noche, la gracia en nuestras noches, es encontrar a alguien que no apague, sino que haga que la llama apagada recupere su vigor.

 

Había dado a entender que la experiencia del Gólgota no debía interpretarse ante todo como un fracaso, sino como una revelación: allí se había revelado la forma en que cada hombre es querido por Dios.

 

La cruz revela siempre quién es Dios y quién es el hombre. Es la prueba la que mide lo que cada uno lleva en su corazón (cf. Dt 8,2).

 

Hablamos un poco precipitadamente de resurrección, pero olvidamos que se trata de una Pascua, de una laceración, de algo que se rompe, se parte, se abre para que suceda otra cosa.

 

No hay ninguna petición en las palabras de Jesús.


 

Y es aquí donde surge espontáneo el impulso del corazón: «Quédate, quédate con nosotros porque ya es tarde».

 

Parece un gesto de atención hacia él, que solo querría continuar en la noche, pero en realidad están confesando todo lo contrario: «Una presencia como la tuya es la que necesitamos cuando el sol se pone, incluso antes de que se ponga sobre nuestros días, en nuestros corazones».

 

No podía ser de otra manera: las suyas no eran palabras vacías, sino que, mientras habla, calientan; mientras articula sonidos, no solo acarician los oídos, sino que encienden el corazón.

 

No tuvieron tiempo de abrir los ojos mientras lo reconocían en su gesto más característico, el de partir el pan, cuando él ya había desaparecido.

 

La suerte de los dos de Emaús fue precisamente haberse dejado interrogar por un desconocido sin encerrarse en su decepción.

 

Necios, pero no tanto como para rechazar un diálogo; tardos de corazón, pero no hasta el punto de quedarse sentados al borde del camino.

 

No, nos centremos tanto en qué ven los discípulos, qué oyen, qué dicen; sino en el cómo: cómo se muestran dispuestos a acoger un encuentro inesperado, cómo se presentan ansiosos de una palabra que tenga sentido, cómo se dejan acompañar, cómo se conceden la libertad de que se les explique lo que creen saber ya, y que en realidad no saben.

 

Porque reconocer a Jesús, en el fondo, y según la lección de Emaús, significa recordar que su lugar está en otra parte. En otra parte, no donde pretendemos que esté.

 

Y esto nos empuja siempre a buscarlo para que Él se haga el encontradizo.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 17 de abril de 2026

El verano de la mano de Antonio Vivaldi.

El verano de la mano de Antonio Vivaldi


 

Miremos donde miremos, nos vemos inundados de anuncios, escaparates, vallas publicitarias y canciones, todos con un único mensaje: el verano ha llegado. Nosotros también celebraremos la llegada de la bella estación junto al Maestro Antonio Vivaldi: escucharemos, de hecho, el Concierto en sol menor para violín, cuerdas y continuo «El verano» de Las cuatro estaciones.

 

Abro un paréntesis. Solamente para recordar que la famosa colección Las cuatro estaciones de Antonio Vivaldi consta de cuatro conciertos solistas para violín: Primavera, Verano, Otoño e Invierno. Estos sirven de introducción a la que quizá sea la obra más famosa del gran maestro veneciano, titulada «Il cimento dell’armonia e dell’invenzione», compuesta en 1725 y formada por 12 conciertos. Esta colección no solo refleja los gustos de la época, sino que aporta una gran innovación: todos son conciertos de tipo solista.

 

En Las cuatro estaciones Antonio Vivaldi acentúa el contraste agógico entre los movimientos alegres iniciales y finales, y los movimientos lentos centrales, muy profundos y expresivos, en los que el violín solista entrelaza su voz predominante con la de la orquesta, que actúa como masa sonora.

 

En cada partitura, se recurre a un violín solista, un cuarteto de cuerda compuesto por un primer violín, un segundo violín, una viola y un violonchelo, y un bajo continuo que puede interpretarse, a elección, con un clavicémbalo o un órgano.

 

Otra innovación introducida por el Maestro es la denominada «música programática», es decir, composiciones de carácter descriptivo. Son imágenes sonoras las que Antonio Vivaldi representa en su colección dedicada a las estaciones, imágenes sugeridas por un soneto descriptivo que acompaña a cada concierto. Hasta aquí el paréntesis.


 

También el Verano, al igual que los demás, se basa en un soneto: 

Allegro non molto

Bajo dura estación por el Sol encendida
languidece el hombre, languidece el rebaño, y arde el pino;
suelta el cuco la voz, y cuando la entienden
cantan la torcaz y el jilguero.
El Céfiro dulce sopla, pero en disputa
se mueve Bóreas de improviso a su lado;
y llora el zagal, porque suspendida
teme a la fiera borrasca, y su destino.
 

Adagio

Roba a sus miembros laxos el reposo
el miedo al relámpago, y los fieros truenos
¡y de las moscas, y moscones, el tropel furioso!
 

Presto

¡Ah, que son sus temores verdaderos!
Truena y fulmina el cielo y el granizo
trunca las cabezas de las espigas y los granos altera.
 

Tal vez el Verano sea el único concierto del ciclo que refleje con eficacia la carga explosiva de la estación; además, puede considerarse en su conjunto, sin distinción entre los distintos movimientos. La descripción fluye ininterrumpida y crea un clímax ascendente que culmina en el famosísimo último movimiento. Pero no nos adelantemos.


 

El verano —«Languidez por el calor»—, como reza el subtítulo del primer movimiento de la partitura en sol menor, se abre con un Allegro non molto. En esta composición, de forma aún más eficaz que en las demás, el verano se plasma de una manera, como mínimo, palpable. 


El oyente tiene la oportunidad de sentir en carne propia el bochorno opresivo de los meses de verano a través de las notas iniciales de los profundos violonchelos, las pausas significativas y los agudos violines que se alternan, se persiguen, se encuentran y se entrelazan. Un preludio musical rico y, sobre todo, eficaz a la hora de plasmar el calor veraniego.

 

Tras esta aparente calma se esconde, sin embargo, una tormenta que se gesta en el horizonte. El pastor se encuentra, pues, exhausto por este calor asfixiante, que se vuelve aún más insoportable por la imposibilidad de encontrar un poco de sombra donde descansar y agua en la cantimplora para saciar su sed. 


Al igual que él, la naturaleza que lo rodea yace indefensa bajo los rayos cegadores del sol abrasador. Al levantar la vista al cielo, grandes nubes grises se acercan amenazantes, hasta el punto de oscurecer el sol, y él no sabe si alegrarse o entristecerse por la inminente tormenta, ya que las tormentas de verano no son agradables y, a veces, no traen consigo un gran frescor. Decide, pues, volver a casa.

 

En el siguiente Adagio —«Miedo a los relámpagos y a los truenos»— la inquietud va en aumento. El pastor, agotado, encuentra un árbol cuya sombra le ofrece un respiro momentáneo. Se tumba para intentar descansar, pero se ve continuamente molestado por moscas y mosquitos, lo que queda bien reflejado en el motivo insistente de los violines. 


Un trueno lejano lo hace sobresaltarse, pero, sin alarmarse demasiado, sigue descansando. Al segundo trueno le sigue una serie de retumbos que, gracias a la maestría de la masa orquestal, anuncian la llegada cada vez más inminente de la tormenta. El pastor, cuyo estado de ánimo cada vez más intimidado representa el primer violín, no tiene tiempo de pensar qué hacer antes de quedar atrapado por la fuerte lluvia torrencial que se desata.

 

En el tercer movimiento, Presto, – «Tiempo impetuoso de verano» – la estructura compositiva se basa en un tema inicial interpretado por toda la orquesta que reaparece periódicamente, alternándose con el violín solista, el cual, en este tercer movimiento, se presta a grandes muestras de virtuosismo técnico y tímbrico, alcanzando grandes picos de dramatismo. 


La tormenta ya ha estallado, privando al pobre pastor de un refugio seguro. Al igual que él, toda la naturaleza a su alrededor se ve devastada por los grandes torrentes de agua que desestabilizan el terreno y arrancan las hojas de los árboles. La tormenta es la protagonista indiscutible del movimiento, que hace alarde de todo su poder, contra el cual ni siquiera el hombre puede hacer nada. Ahora está a merced de los elementos y solo puede esperar salir vivo de allí.


 

En El verano de Antonio Vivaldi, la progresión de los estados meteorológicos y, por tanto, emocionales, que pasan de la «Languidez por el calor» al «Temor a los relámpagos y los truenos» hasta el «Tiempo impetuoso de verano», lleva al oyente a vivir sensaciones absolutamente envolventes y exaltantes, gracias a una escritura musical que evoca imágenes casi visibles.

 

Bueno, como siempre, y llegados a este punto, lo más importante es tu ejercicio de audición. Aquí te dejo el link con una de las versiones que a mí más me gustan: https://youtu.be/RvDt_KtOzbc?is=0M1ZzzzLHfuEcZfs 


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Ars celebrandi del Triduo Pascual.

Ars celebrandi del Triduo Pascual

El cristianismo nace de un acontecimiento. No de un mito, ni de una idea. Nace de un hecho, de un acontecimiento fundacional (al igual que el budismo y el islam).

 

El acontecimiento tiene un lugar, un tiempo, testigos. La tradición lo llama acontecimiento pascual: un acontecimiento que se extiende en tres momentos inseparables: autodonación, muerte y resurrección.

 

Pero creo que está teológicamente fundamentado declinar estos tres momentos como acto personal de Cristo y no como acción impersonal: Cristo entregado, Cristo crucificado, Cristo resucitado.

 

Por otra parte, es mejor no citar solo «resurrección», porque nadie fue espectador ni testigo de ella; de lo que los discípulos fueron testigos no es del acto de la resurrección (como nadie ha sido nunca testigo de la creación…), sino de la nueva presencia del Resucitado.

 

El acontecimiento central de la fe es el acontecimiento central del Año Litúrgico (después del Domingo).


El Triduo Pascual es la forma ritual con la que la Iglesia se sitúa en este acontecimiento. Y, sin embargo, es precisamente aquí donde aparecen los límites de las celebraciones de estos días.

 

El Triduo a menudo parece traicionado por un imaginario que lo ha fragmentado en días aislados. Nos hemos acostumbrado a celebrar «por días» y no «por acontecimientos», a vivir la Semana Santa (y el Triduo) como un calendario de emociones, no como una entrada en la Pascua.

 

Intento retomar los tres momentos del único Triduo con la certeza de que las referencias son múltiples, tantas como las experiencias humanas que cada uno atraviesa.

 

No se trata de sustituir el rito por experiencias personales, ni de reducirlo a una ceremonia vacía. Los ritos son la luz que interpreta y transfigura la vida; sin ellos, la fe se reduciría a ideas o emociones privadas, una relación sin cuerpo y sin comunidad.

 

El Triduo Pascual nos libera de esta ilusión y devuelve a la fe su forma concreta y pascual. Esto siempre y cuando se garanticen y custodien los ritmos de los ritos; los ritmos (tanto del Triduo Pascual como de la Semana Santa y de los tiempos fuertes en general, de los Domingos…) continuamente interrumpidos por interferencias en forma de comentarios prolijos e inútiles sobre el propio rito o sobre la vida de la comunidad en general, por la incapacidad de dejar que el rito se desarrolle, y que dañan y socavan la reforma litúrgica no en su estructura ceremonial, sino en su patrimonio real: el deseo de garantizar el acceso al misterio de Cristo.

 

Una comunidad que no ha recibido educación litúrgica es una comunidad que no se deja formar por el misterio pascual y permanece (o corre el riesgo de permanecer) al margen de la fe, o atravesándola sin dejarse tocar…


 

El Jueves Santo es el día en que el cuerpo se inclina, lava, parte el pan, bebe vino. Es el día del Cristo entregado (de su autodonación; cf. Éx 12; 1 Cor 11; Jn 13), el día en que el amor no se impone, sino que se expone.

 

Y, sin embargo, cuántas veces ha sido traicionado este día por un imaginario que lo reduce a un recorrido de «sepulcros», a una peregrinación estética, a un rito de paso entre amigos…

 

La Paschalis sollemnitatis lo recuerda con fuerza: no hay «sepulcros», no hay tumbas, no hay escenografías fúnebres.

 

El Viernes Santo es el día de la fidelidad herida. El día en que el amor no se retrae, incluso cuando todo a su alrededor lo niega. El día en que Cristo no reacciona, no se defiende, no devuelve el golpe (cf. Is 52-53; Jn 18-19).

 

Sin embargo, este día sigue siendo a menudo traicionado por devociones y procesiones medievales que transforman la Pasión en una tragedia autónoma, separada de la Pascua, en dolor humano.



Durante siglos hemos vivido un «Triduo de la Pasión» separado de un «Triduo de la Resurrección», como si la muerte fuera un fin y no un paso. Las procesiones y las devociones corren el riesgo de perpetuar este malentendido: un Cristo muerto que no conduce al Resucitado, sino que permanece suspendido en un sufrimiento humano sin salida posible.

 

Como si ese dolor nunca hubiera entrado en el corazón de la Trinidad y no hubiera, por ello, introducido una experiencia en la propia dinámica de la perijóresis (relación) trinitaria: una dinámica que hay que (re)pensar por completo…

El momento del Resucitado está, además, rodeado de silencio, de una suspensión abierta, de una fecundidad inesperada. Y, sin embargo, cuántas veces este día ha sido traicionado por una «disolución de la gloria». Una gloria anticipada, fuera de tiempo, que rompe la lógica del silencio-espera-posibilidad.

 

Y cuántas otras devociones llenan el sábado de palabras, de sonidos, de actividades, como si el silencio fuera una insoportable remisión al vacío estático. Pero la Vigilia —que remite al Cristo resucitado— no es una prolongación artificial del sábado, ni un rito situado «al final» por razones prácticas: es el culmen del tercer día, el momento en que lo que comenzó al atardecer del viernes alcanza su plenitud: la posible apertura silenciosa de la vida que nace.

 

Todo converge en la Vigilia de la historia de la salvación (cf. Gn 1, 22; Ex 14-15; Is 54-55; Ez 36; Rm 6; Mt 28; Mc 16; Lc 24). La Vigilia es el lugar donde la fe donada y herida se abre, se extiende, se dilata: no cierra un tiempo, no cierra al hombre, no lo exalta sin pasado. La Vigilia transfigura la donación y las heridas en un proceso incesante que viene de lejos, como el trabajo constante, silencioso y tenaz de las abejas que generan la cera de la que nace el cirio pascual.


En este lento y constante permanecer en el misterio, el rito es, por tanto, performativo: es ese lugar en el que la forma no se exhibe, sino que sumerge, convirtiéndose en un espacio generativo en el que la fe no se contempla desde fuera, sino que ocurre, envuelve y transforma.

 

Esto significa enseñar que el rito no es algo que «se hace», sino una acción «que nos hace»; no un gesto que observar, sino un lugar en el que dejarse transformar; no un recuerdo que conmemorar, sino un acontecimiento que nos lleva dentro y ante el misterio de Cristo.

 

Explicar el rito sin hacerlo vivir es como enseñar las tácticas futbolísticas sin hacer jugar: se transmiten conceptos, pero se niega la experiencia (y los resultados se ven no solo en el fútbol…).

 

El rito no se entiende de antemano, se entiende desde dentro; no se aprende escuchando, sino participando. Solo sumergiéndose en el gesto, en el silencio, en el ritmo, en el misterio de Cristo que se entrega, puede surgir la fe.

 

Está claro que las devociones populares no deben abolirse: es su ritmo, sin embargo, el que debe servir eventualmente al ritmo del Triduo Pascual y no al revés.

 

Las devociones son parte viva de la fe del pueblo, un lenguaje afectivo, corporal, identitario, de masas. Son acciones «emocionales». Pero se convierten en un problema cuando sustituyen al rito, cuando lo anticipan, lo retrasan, lo ocultan, lo hacen superfluo y casi «ilógico».


Una devoción es auténtica cuando conduce al Triduo Pascual, no cuando lo sustituye. Cuando una devoción impide vivir el ritmo radical del Triduo Pascual, ya no es popular: es ritualidad populista, que traiciona lo que pretende honrar.

 

El drama del Triduo Pascual está aquí: se multiplican los gestos y se pierde el evento (como cuando durante las celebraciones eucarísticas de los «tiempos fuertes» se intercalan —con estilo didáctico— carteles, frases, coreografías…: otra forma de traicionar el recorrido experiencial del rito).

 

Hay que volver siempre al ritmo del Triduo Pascual, y no solo porque las devociones corren el riesgo de reducirlo a partes rancias de viejas costumbres, sino porque es el hombre quien siempre corre el riesgo de reducir las experiencias religiosas a nichos de autocomplacencia y a aislamiento ideológico: todo creyente (todo individuo) se ve siempre tentado a reducir la experiencia religiosa (y la vida) a un refugio autorreferencial.

 

Por el contrario, el ritmo del Triduo Pascual nos despierta a la dinámica de la fe: la entrega del Jueves, la herida del Viernes, la apertura de lo posible generativo de la Vigilia. Así, la Pascua no está después del Triduo Pascual, está dentro del Triduo Pascual.

 

Desde el punto de vista existencial, por tanto, el ritmo del Triduo Pascual es la gran refutación de toda tentación de autosuficiencia humana; y, al mismo tiempo, es la revelación de la grandeza de la existencia como posibilidad, como capacidad de regenerarse, que no es fruto de un esfuerzo que nace de uno mismo sino que se realiza en el encuentro, en la relación: siempre que se permanezca en el ritmo del Triduo Pascual.


El ser humano, cuando se confía solo a sí mismo, tiende a construir pequeñas fortalezas interiores: sistemas cerrados, formas rígidas, hábitos que tranquilizan más que transforman. Es una dinámica tan antigua como el hombre: uno se protege de la vida endureciéndose, se defiende de la verdad repitiendo gestos que ya no cuestionan.

 

Y si esto es cierto para el individuo, también lo es para las comunidades: incluso las Iglesias, si no se dejan formar por el ritmo del Triduo Pascual, se reducen a un grupo cerrado, intolerante, ideológico, espiritualista, narcisista…

 

El rito, por el contrario, cuando está vivo, rompe esta inercia. No consuela: sacude. No confirma: abre. No cierra: expone. El rito auténtico arranca al hombre (y al grupo) de la autorreferencialidad y lo devuelve a lo «totalmente otro» que para él se convierte en lo «totalmente posible».

 

El ritmo del Triduo Pascual es un itinerario: libera de la fantasía narcisista del control, rompe la posesión, abre a lo posible, ilumina la vulnerabilidad como lugar de cambio y de crecimiento más allá de la desesperación estéril hacia una posibilidad inédita.

 

Entonces, la Pascua (como las experiencias de fe) no está después del Triduo Pascual: está dentro del Triduo Pascual, que no nos ofrece ceremonias tradicionales, sino que intenta devolver al hombre al hombre, a su posibilidad e identidad radicales.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Alegre en la tristeza y triste en la alegría.

Alegre en la tristeza y triste en la alegría

Ésta es una reflexión muy personal, mejor aún, autobiográfica a partir del grande músico Enrique Urquijo y su canción “Aunque tú no lo sepas”: https://www.youtube.com/watch?v=o6OULHNV3js


¿Por qué quien habla de felicidad tiene los ojos tristes? Lo noté la otra noche. Observaba uno a uno a quienes alababan la felicidad y percibía en ellos un trasfondo de tristeza mal disimulado tras la fachada de la euforia.

 

Quien más se llenaba la boca de felicidad y se entusiasmaba con su nombre, delataba en sus ojos y a veces en su tono viejas cicatrices de melancolía, infelicidades añejas; se percibía en él la falta de felicidad o su lejanía.

 

Quizás porque quien habla de felicidad no la vive en su interior, sino que la invoca desde fuera y de ella resurge el recuerdo perdido; quizá porque solo la ha rozado en algún lugar extasiado y remoto y sufre su vacío, como si la falta de felicidad fuera ausencia de vida, de aire y de luz; o quizá porque es de un carácter tan infeliz que piensa disipar su estado de ánimo con solo invocar la felicidad, esperando que su mero nombre pueda ofrecer ya una muestra de ella o suscitar un atisbo.

 

Entonces hablar de felicidad se convierte en un rito de propiciación. Por eso me he convencido de que hablar de felicidad es propio de los infelices. La felicidad se vive, no se describe, mientras se está dentro; si se quiere contarla, ya se está fuera.

 

Cuán infeliz debe de ser una época que exalta la felicidad y se regodea en su culto; escribe sobre ella, la canta, habla de ella, la inunda de felicitaciones y buenos augurios. Como si la vida pudiera renunciar a todo, a la verdad y a la dignidad, a la libertad y al amor, al conocimiento y a la piedad, en nombre divino de la felicidad.


Están convencidos de que la felicidad los contiene a todos, o los hace a todos superfluos, y en cambio la felicidad es precisamente la suspensión de la vida; no es el despertar, sino el sueño. Debe de ser esclavo de un placer enfermo y doloroso quien se afana por detener la felicidad y coronarla como reina de su vida.

 

La felicidad desaparece en cuanto se desea, llega inesperada, es una huésped voluble y fugitiva. Las alegrías y los dolores duelen ambos, pero en momentos distintos; tarde o temprano se paga la felicidad. Los otoños y los inviernos vienen a hacernos pagar las primaveras y los veranos.

 

La tristeza nace de la pérdida, la felicidad, en cambio, surge de perderse. La tristeza genera tesoros cuando se convierte en el arte de la derrota, y al reelaborar la pérdida alcanza glorias radiantes, aunque dolorosas. (…)

 

Nuestros padres pensaban que la felicidad era un bien público, incluso la más íntima y privada; ahora hemos caído en el extremo opuesto y creemos que la felicidad es solo un bien privado.

 

En realidad, la felicidad no tiene naturaleza pública ni privada; sino que es una armonía, una breve coincidencia entre vivir y querer. Más que íntima, la felicidad es interior; más que exterior, es extrovertida. Hay infelicidades que provienen de la vida pública y otras de la vida privada.

 

La felicidad no es una condición, sino una caricia; es la convergencia fugaz del clima, la suspensión y los gestos, de la soledad dichosa o la compañía armoniosa. La felicidad se deja ver solo un instante, y no se deja atrapar; más bien es ella quien te atrapa; pero en cuanto te das cuenta, se desvanece. No es un programa de vida, sino un extra; ni hablar de que pueda residir en los objetos.

 


La felicidad desaparece en cuanto se desea, llega inesperada, es una huésped voluble y fugitiva. Las alegrías y los dolores duelen ambos, pero en momentos distintos; tarde o temprano se paga la felicidad. Los otoños y los inviernos vienen a hacernos pagar las primaveras y los veranos.


Cuando eres consciente, no está presente; cuando está presente, no eres consciente. La felicidad tiene el corazón abierto pero los ojos cerrados. Tiene el paso rápido y las manos ligeras. Los días más felices de la vida son los primeros en escapar a los miserables mortales. Porque la felicidad es volátil y vuela deprisa, la humanidad es terrenal y camina lentamente.

 

Y, sin embargo, se dice a menudo que a las almas nobles les conviene más la melancolía, porque el pensamiento se nutre de la falta, de la tristeza y, a veces, se eleva y se purifica en el dolor.

 

La nostalgia de vivir y la aguda percepción de la muerte son propias de las naturalezas más pensativas, y su unión engendra el pensamiento filosófico y la poesía. ¿Cómo es posible desear la felicidad y reconocer la austera belleza de su contrario?

 

Es humano buscar la felicidad, es noble acoger la melancolía. Personalmente, amo más la primera y admiro más la segunda, y en el fondo no sé renunciar a ambas porque ambas traen dones: los dones de la felicidad se saborean apenas brotan, los dones de la melancolía se saborean cuando se marchitan.

 

Porque la melancolía es fértil, pero tiene su gestación y sus dolores; la felicidad ya se anuncia con su aroma y llena los ojos. La melancolía es un puente entre el pasado y el futuro, la felicidad es la plenitud del presente.


La vida perfecta consiste en moverse con destreza entre los frutos dulces de una y los frutos agrios de la otra, sabiendo que sería imposible vivir solo de unos o de otros, o pretender de unos lo que nos dan los otros.

 

Las naturalezas más inclinadas a la melancolía saben saborear con más alegre plenitud el gusto de la felicidad; es como si su profundidad amplificara su sabor y su aroma. Quien conoce la tristeza sabe apreciar más la felicidad.

 

El sabio se embarca tanto en la melancolía como en la felicidad para cruzar el río de la vida. La sabiduría es lo que queda de ambas, una vez vadeado el río. La vida auténtica está en la otra orilla, más allá de la felicidad y de la tristeza.

 

No sé si tiene razón quien exhorta a ser «alegre en la tristeza y triste en la alegría»; pero sé que la previsión de una modera el disfrute o el sufrimiento de la otra, evitando perderse en las secuelas de la alegría o la tristeza, y las convierte a ambas en sirvientas y no en dueñas de nuestra alma.

 

Sin embargo, sigue siendo cierto, y tal vez me equivoco, que la felicidad es un fermento de locura, mientras que la tristeza va de la mano del sentido común. Hay algo infantil en la felicidad y algo senil en la sensatez; la perfección sería saborear la infancia con la sabiduría de un anciano y las energías de un muchacho; pero es imposible.

 

Pero necesitamos esa locura si sabe ser leve y breve; y en esa sensatez se funda la humanidad, siempre que vigile pero no suprima nuestro humanísimo placer de vivir.


Y todo esto... aunque tú no lo sepas: https://www.youtube.com/watch?v=o6OULHNV3js


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No demasiado rápido.

No demasiado rápido   Ya estamos otra vez.  Ya desde el final del funeral del Papa Francisco aparecieron, entre la multitud, manifestaciones...