viernes, 6 de febrero de 2026

Calladita estás más guapa.

Calladita estás más guapa

Seguramente ya nadie se acuerda de aquella vez en la que un Presidente de un Estado democrático se dirigió a una periodista con las palabras «Quiet, piggy» - ‘Cállate, cerdita’ -, mientras ella le pedía aclaraciones sobre los documentos relacionados con un caso.

 

Me refiero a este hecho: https://www.youtube.com/watch?v=ayM_qd2JrBU

 

No es la primera vez, ni será la última, que el Presidente de los Estados Unidos de América utiliza un lenguaje de este tipo hacia una mujer.

 

Dándole vueltas a algunos de los acontecimientos recientes del circo político en el que vivo - prefiero obviar nombres de los líderes políticos en cuestión - hasta imagino que cierto tipo de gesto no debe interpretarse como un episodio puramente personal, sino que forma parte de una dinámica social consolidada que está experimentando un nuevo resurgimiento.

 

Calladita estás más guapa”. “Más discreta estás mejor”. “El silencio te favorece”. “Te ves mejor en silencio”,…, son algunas frases de cierta arrogante preponderancia masculina… Estas, y otras, son formas más o menos groseras y obscenas del lenguaje para herir la dignidad de las mujeres.

 

El lenguaje siempre ha funcionado como un instrumento de poder: el cuerpo y la voz femeninos se convierten en el terreno en el que poder reproducir y ejercer un orden de género muy arraigado.

 

Por ejemplo, la historia muestra un patrón claro: los hombres hablan de los cuerpos de las mujeres, los juzgan y los ridiculizan, mientras que las mujeres rara vez hablan de los cuerpos masculinos y, cuando lo hacen, su impacto público es mínimo.

 

La voz masculina es la medida del mundo y casi siempre son los hombres los que se permiten gestos y comentarios de esta magnitud. 

La crítica a una mujer en base a su forma, talla o apariencia de su cuerpo - en inglés se llama ‘bodyshaming’ - representa el primer campo de batalla. 

El primero porque a él se suman otras formas de menosprecio, como las formas de comentarios indeseables, gestos poco elegantes, silbidos, persecuciones, insinuaciones sexuales persistentes y manoseos - catcalling - y aquellas otras formas en las que se explica algo a alguien en un modo que sugiere que la otra persona es estúpida, y que es usado especialmente cuando un hombre explica a una mujer algo que ella en realidad ya entiende - mansplaining -. 

Nada de esto es anecdótico, episódico, ocasional…, sino casual porque refleja una construcción cultural milenaria en la que el poder, público y privado, es históricamente masculino y se ha normalizado toda forma de arrogante prepotencia.

 

Hablar, juzgar y ridiculizar a las mujeres sigue siendo, en parte, socialmente tolerado, mientras que la voz femenina, cuando intenta imponerse, se percibe como anómala, fuera de lugar o agresiva.

 

El privilegio masculino también se manifiesta en la libertad de utilizar el lenguaje como arma sin sufrir consecuencias equivalentes.

 

Alguien pensará que las arenas del poder han cambiado. Puede ser. Pero, incluso si así fuera, la estrategia persiste: se declina en las redes sociales, en los editoriales y en los debates públicos.

 

Las formas cambian, la función permanece. 


Por ejemplo, cuando se discrepa. Discrepar no significa necesariamente hacerlo con agresividad, pero parece que para muchos hombres esta es la única forma posible.

 

El cuerpo de las mujeres ha sido considerado históricamente como una propiedad, una metáfora moral y un objeto de control, y la frecuencia con la que los hombres lo comentan sigue indicando la sistematicidad del sexismo lingüístico.

 

Hablar de ello es un ejercicio de dominio y, aún hoy, el lenguaje cotidiano conserva estos códigos, a menudo sin plena conciencia.

 

Este mecanismo también se observa en las interacciones cotidianas: los comentarios sobre la ropa, el peso, la voz o la forma de hablar siguen siendo objeto de debate o denigración, aunque de forma diferente.

 

No es una cuestión de «políticamente correcto» o de deslizamientos morales individuales, sino una cuestión cultural.

 

Cada insulto, cada comentario ofensivo, cada…, contribuye a consolidar jerarquías y a definir roles sociales.

 

Para las generaciones jóvenes, crecer en un contexto en el que la voz femenina se ve sistemáticamente minimizada significa interiorizar normas de desigualdad. Por eso, el reto es cultural.

 

No basta con decir «no insultes», sino que hay que explicar cómo el lenguaje estructura las relaciones de poder, hay que mostrar que cada palabra conlleva una historia, un contexto y un peso simbólico.

 

Hay que educar en la conciencia semántica, mostrando que la palabra puede construir o destruir, liberar o dominar. Seguramente, también necesitaríamos una educación en afectividad… pero eso es otra historia.

 

Aquel episodio «Quiet, piggy» - ‘Cállate, cerdita’ -, lo traigo aquí porque es otro claro ejemplo de cómo el sexismo se reproduce en privado y en lo público, incluso también en las más altas esferas de nuestra política estatal.

 

Ignorarlo significa legitimar un orden de género existente, mientras que lo que deberíamos hacer es comprender, denunciar, debatir y transformar. También los partidos políticos.

 

Sí, hay que censurar ciertos términos o comportamientos. Negro sobre blanco. Sin paliativos. 


Pero se trata también de educarnos y enseñarnos a leer la cultura del lenguaje, a reconocer códigos y jerarquías y a desarrollar el sentido crítico. 


Solo así, tal vez, podamos construir espacios públicos en los que reconocer la dignidad de la mujer y en los que habitar de manera más equitativa.

 

Si has llegado hasta aquí, te propongo este ejercicio para tu reflexión. Se trata de ver y de escuchar. Y ojalá, también, de reflexionar: https://www.youtube.com/watch?v=l7iNejWP3kE

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¿Qué idea del amor hemos seguido contando?

¿Qué idea del amor hemos seguido contando?

Una reflexión sobre el fenómeno de los feminicidios y el sistema cultural que los genera. ¿Cómo puede ayudarnos el Evangelio a definir una masculinidad sana?

 

Cada vez que una mujer es asesinada por un hombre que decía amarla, nos enfrentamos a una derrota y a un desafío. Porque si es cierto que el feminicidio es el resultado extremo de relaciones enfermas, también es cierto que esas relaciones crecen dentro de un imaginario compartido, dentro de símbolos y modelos de amor y fuerza que todos hemos respirado.

 

Ya conocemos las cifras. Cada año mujeres son asesinadas por su pareja o expareja. Se trata de una violencia que nace dentro del hogar, dentro de la relación, dentro de lo que debería ser un lugar sagrado de cuidado. Este dato, más que ningún otro, desmonta la narrativa de la excepcionalidad y nos obliga a mirar la normalidad, que es lo que más miedo da.

 

Por eso, hablar de feminicidio significa hablar de masculinidad. No de los hombres como tales, sino de los modelos de masculinidad que nuestra cultura sigue produciendo y legitimando.

 

El término «masculinidad tóxica» se malinterpreta a menudo, sobre todo en entornos conservadores, como un ataque ideológico contra los hombres.

 

En realidad, es una categoría descriptiva, no moral: indica un conjunto de rasgos culturales que asocian la identidad masculina con el control, el dominio, la represión emocional y la incapacidad de gestionar el rechazo y la pérdida.



Somos el resultado de la cultura a la que pertenecemos y de muchas otras influencias que nos moldean. No se nace violento: se llega a ser incapaz de soportar la frustración.

 

Y cuando el amor se confunde con la posesión, el rechazo se vive como una amenaza existencial.

 

Muchos feminicidios se producen tras una separación, una decisión autónoma de la mujer. Es ahí donde se derrumba el castillo simbólico: el hombre que ha construido su identidad sobre el control de la otra persona no soporta el vacío y transforma el dolor en violencia.

 

Los movimientos feministas tuvieron el valor de decir todo esto claramente cuando aún era indecible.

 

Demostraron que la violencia no es un accidente, sino el resultado de ciertos modelos relacionales. Construyeron respuestas colectivas: centros antiviolencia, redes de mujeres, prácticas de autodefensa, presión política, cambios legislativos.

Sin este trabajo, hoy estaríamos mucho, mucho más atrasados.

 

Sin embargo, también aquí queda una pregunta abierta: ¿qué tipo de masculinidad queremos promover?



La crítica es necesaria, pero si se queda sola corre el riesgo de dejar escombros, y sobre los escombros crecen fácilmente modelos regresivos, nostalgias autoritarias, masculinidad peligrosa disfrazada de tradición.

 

No podemos limitarnos a decirles a los hombres lo que no deben ser; hay que decirles lo que deben ser.

 

Aquí el Evangelio no es un añadido espiritual, sino un excelente criterio radical. Porque el Evangelio no confirma ninguna masculinidad dominante, sino que, por el contrario, las desmonta todas.

 

En los Evangelios, la fuerza nunca se asocia con el dominio: cada vez que alguien intenta imponerse sobre los demás, Jesús da la vuelta a la situación. Lava los pies, calla ante el poder, rechaza la violencia incluso cuando podría legitimarla, se sacrifica por el bien de los demás.

 

El amor, en el lenguaje evangélico, no es posesión, sino servicio. No es coaccionar al otro, sino querer su bien incluso cuando nos cuesta a nuestro ego. Proteger no significa decidir por alguien, sino asumir muchas responsabilidades, apartar el propio ego, servir al otro, custodiar, acompañar.

 

El panorama cultural actual promueve, por un lado, una masculinidad depredadora y cosificadora, para uno mismo y para el otro, y, por otro lado, una masculinidad que aglutina aspectos naturalmente positivos y culturalmente desviados, como respuesta radical al modelo dominante.

 

Pero la masculinidad sana no puede ser frágil, sino que requiere una gran fuerza. No necesitar dominar para existir no es en absoluto un signo de debilidad.



Uno de los grandes equívocos teológicos es haber pedido sacrificio a quienes ya eran vulnerables. En el Evangelio, en cambio, el sacrificio siempre se pide a quienes tienen más poder. «Amar como Jesús» significa despojarse de los propios privilegios, aceptar que nada ni nadie nos pertenece.

 

Una masculinidad bella y sana acepta esta pérdida sin convertirla en venganza, y protege lo que está bajo su protección.

 

Si el feminicidio es también un problema cultural, entonces también concierne a la Iglesia. No porque la Iglesia sea «culpable», sino porque es responsable de los modelos simbólicos que transmite.

 

Promover una masculinidad sana no significa edulcorar la violencia, sino trabajar para que cambie y ocurra menos. Significa dejar de bendecir el control llamándolo protección.

 

El Evangelio no pide hombres débiles, ni pide hombres violentos. Pide hombres fuertes, sabios, altruistas, que pongan en práctica el amor a través del servicio, la protección a través de la custodia y no de la posesión.

 

Quizás, la pregunta que hay que hacerse no es «¿era un monstruo?» o «¿qué falló en esas relaciones?», sino: «¿qué idea del amor hemos seguido contando?».



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El culto a la egolatría: el nuevo señor feudal Elon Musk

El culto a la egolatría: el nuevo señor feudal Elon Musk

Hay quien describe la emergencia de una crisis actual que no se puede comprender ni con los instrumentos de la ciencia, ni con los de la política o la ética.

 

Es la crisis de la verdad, la crisis de la soberanía estatal y territorial, la crisis de la forma de gobierno que nos parecía la más adecuada para satisfacer un proyecto de emancipación: la democracia.

 

La nueva colonización se ha convertido prácticamente en un monopolio entre las empresas privadas que aseguran las conexiones: todos sus proyectos encarnan a la perfección una visión que considera el mundo como un vacío que hay que reconstruir desde cero y en el que las relaciones sociales, las comunidades y la propia política son variables que se pueden manipular a voluntad con vistas a la creación de un nuevo orden basado en los principios de la propiedad y la empresa.

 

Las instituciones, la historia, la economía de mercado, así como el ser humano o su cerebro, se vuelven sustancialmente irrelevantes. Las prácticas de gobierno se identifican con lo que la tecnología y los recursos financieros hacen posible, traspasando las fronteras geopolíticas, mientras que las ruinas de lo moderno y lo humano que esta transformación conlleva se consideran reliquias de un pasado demasiado lento en disolverse y, sobre todo, desfasado con respecto a la actualidad y al futuro.

 

En consecuencia, las palabras que han marcado los mayores sueños de la modernidad —emancipación, libertad, igualdad, por no hablar de la fraternidad— se revelan a su vez como cascarones vacíos. Son palabras que pueden seguir ejerciendo una fuerza de atracción en las estrategias de comunicación, pero se convierten simplemente en #hashtags y solo valen mientras son funcionales para crear una espiral que se envuelve sobre sí misma, diluyendo cada vez más las referencias al mundo exterior.


Las tecnologías ya han cambiado sin duda el uso y la naturaleza de los poderes, y su concentración en muy pocas manos permite ejercer una influencia sin precedentes y, sobre todo, sin fronteras.

 

Elon Musk es un ejemplo del nuevo señor feudal de la modernidad.

 

Es el primero en haber dado un salto tan activo en el campo de la política, ya que esta debe parecerle la máxima oportunidad para que se cumpla un destino del que él mismo se presenta como el ejecutor o el facilitador. La suya es, de hecho, una política que apuesta por la maximización de la entropía para que de ella se desarrolle la energía opuesta y se produzca un sistema de dominio a la medida de los vacíos que ha creado.

 

Si hay un sueño detrás de todo esto, se puede pensar que es el sueño distorsionado de un niño que creció en la Sudáfrica del apartheid y que sigue teniendo ante sus ojos esa infancia dorada y blanca. La fatalidad del futuro tecnocrático no prevé que haya opciones, sino oportunidades que acelerar y ofrecer a una sociedad civil que ya no está anclada en la realidad sino en lo virtual y, por lo tanto, reducida práctica y fundamentalmente a un fantasma.

 

El deseo todopoderoso e ilimitado es parte integrante de una actividad tan intrínsecamente destructiva que no se preocupa por lo existente y querría liquidarlo para perfeccionar su juego de construcción. Si se quiere, es el rasgo infantil de su personalidad, su delirio de omnipotencia, la idea de que el mundo es un terreno indefinidamente disponible para experimentos de gobierno financiero y tecnocrático, que cualquier cosa puede no solo permitirse, sino autorizarse por la firma del destino solo porque entra dentro de los sueños que el poder de la empresa legitima.


De hecho, ningún gasto puede considerarse excesivo si su objetivo no es el beneficio, sino la construcción de una red de poder autosuficiente que se postule como alternativa al arcaísmo del mundo común. Cada uno de sus pasos en esta dirección parece formar parte de un megaproyecto. Su caso encarna de hecho nuevas fuerzas que presionan sobre el presente.

 

El corazón de las sociedades de control es la lógica de la empresa y la empresa es intangible, es un sujeto que cambia de un instante a otro y cuyas redes cambian de un punto a otro. Pero su empresa, o mejor dicho, la acumulación entrópica/constructiva de sus empresas de la que es propietario, ya va un paso más allá: quiere erigirse en quien dicta los códigos de nuevas soberanías. 


Los cambios sistémicos que estamos viviendo presagian un horizonte de dominio colonial o feudal cuyas líneas de aplicación aún nos cuesta comprender, aunque comenzamos a ver claramente sus signos.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 5 de febrero de 2026

¿Algoritmos, Cookies,…? Libres… pero menos… o no tanto. Más rastreados y vigilados.

¿Algoritmos, Cookies,…? Libres… pero menos… o no tanto. Más rastreados y vigilados

Las sociedades contemporáneas están cada vez más envueltas en una gigantesca red que está imponiendo progresivamente su modelo cultural y comunicativo. Nacida como un espacio de libre acceso y sin fronteras, internet se ha ido transformando en un espacio cerrado, en el que aumentan las restricciones para el individuo, que solo puede acceder a determinados servicios pagando un precio determinado…

 

Este proceso lleva tiempo en marcha, gracias al desarrollo de una amplia gama de herramientas de control que regulan y limitan la libertad de acción: registro de usuarios, contraseñas de acceso, filtros, cookies, rastreabilidad de contenidos, etc.

 

La aparición de herramientas como los móviles y las tabletas lo ha acelerado. Porque las apps, es decir, las aplicaciones informáticas que permiten obtener prestaciones específicas de estos dispositivos, establecen límites precisos de acción para el usuario.

 

Además, todas las empresas que operan en la web intentan que el usuario permanezca el mayor tiempo posible dentro de su sistema: comprar un móvil con el sistema Android implica verse empujado a vincularse a los diversos servicios que ofrece Google (desde el navegador Chrome hasta los mapas de Google Maps), la música se disfruta cada vez más a través de una escucha ininterrumpida de canciones que a menudo plataformas como Spotify eligen directamente para el usuario, Netflix y Mediaset (a través de su servicio Infinity), una vez terminado un episodio de una serie de televisión, inician automáticamente el siguiente sin pedir permiso.

 

Y se podrían citar muchos otros ejemplos.


Por otra parte, las empresas recopilan hoy en día enormes cantidades de información personal sobre los usuarios, por lo que los conocen a fondo y pueden ofrecerles servicios a medida.

 

Pero cabe pensar también en el efecto de homologación cultural que producen actualmente los modos de funcionamiento de las redes sociales.

 

De hecho, al tener que seguir la lógica empresarial de la estandarización, suelen reducir la riqueza de la personalidad de cada individuo a unos pocos datos y obligan a comunicarse a través de formatos técnicos empobrecidos y rígidamente establecidos de antemano.

 

Es decir, se basan en un esquema gráfico de aspecto tranquilizador porque es limpio y ordenado, pero perfectamente idéntico para todos y en el que las frases verbales largas y complejas, o los pensamientos demasiado complejos se desalientan si no son fáciles ni simples de expresar. Las redes sociales acumulan y organizan, según sus propios fines específicos, las imágenes y la información relacionadas con las existencias individuales.

 

Hoy en día hay quien piensa que la web es una realidad extremadamente libre y accesible para todos… mientras que nos encontramos ante una estructura cerrada y privada cuyo funcionamiento está orientado a los intereses de las grandes empresas que la controlan.

 

El debilitamiento del poder ejercido de forma centralizada por los Estados crea, en apariencia, una libertad de acción total, pero, en cambio, permite a los sujetos más poderosos imponer progresivamente su poder y crear disparidades en cuanto a la capacidad de uso.

 

De hecho, la red está lejos de estar distribuida de manera homogénea y funciona concentrando su poder de influencia en algunas áreas concretas. Por otra parte, este proceso es similar al que se desarrolló en la primera fase de desarrollo del sistema capitalista, cuando se empezó a cercar los territorios que antes eran de libre acceso y a establecer que, a partir de ese momento, su naturaleza se había convertido en privada.


La web se presenta y se vive generalmente como una especie de paraíso en el que cada uno dispone de la máxima libertad para realizar sus deseos. En realidad, también aquí, como en todo el sistema social, las posibilidades dependen de los niveles de poder, y estos niveles son claramente desiguales.

 

Al igual que en la sociedad física, también en la red el poder no se distribuye de manera equitativa. Hay sujetos que, como algunas grandes empresas, disponen de un gran poder y sujetos que, por el contrario, son débiles, como la mayoría de los usuarios.

 

No creo a estas alturas que tengamos que ser ingenuos considerando la red y las nuevas tecnologías de la comunicación como un verdadero instrumento de emancipación de los seres humanos, como todavía se tiende a sostener muy a menudo. Es decir, un instrumento capaz de permitir a los individuos una plena libertad de expresión y a la colectividad experimentar nuevas formas de democracia y sociabilidad.

 

Seguramente este aspecto está presente pero sobre todo porque el sistema económico solo puede aumentar rápidamente su nivel de productividad si es capaz de aprovechar libremente todo lo que se desarrolla dentro de la sociedad. Y esto, también, tiene un precio aunque aparezca gratuito.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Detrás de ChatGPT.

Detrás de ChatGPT

No es la inteligencia artificial la que ha aprendido a pensar como nosotros, somos nosotros los que hemos dejado de pensar como personas y la mayor responsabilidad la tenemos nosotros. Me explico.

 

Para quienes no hayan estado encerrados en un refugio antiaéreo durante los últimos años, una serie de nuevos algoritmos generativos, entrenados con enormes cantidades de datos procedentes de seres humanos, ya ha desarrollado la capacidad de producir textos, sonidos e imágenes.

 

Quienes los han probado se quedan sorprendidos y maravillados: la impresión es que estos algoritmos son capaces de captar la estructura del pensamiento de los seres humanos y declinarla en nuevas combinaciones.

 

ChatGPT, quizás el más famoso, es capaz de escribir poemas, responder a preguntas sobre cualquier tema, redactar textos e informes. Parece que ChatGPT es como nosotros.


Se han escrito ríos de palabras sobre su potencial y sus riesgos, desde el problema de los derechos de autor hasta los efectos, por ejemplo, en el sistema educativo.

 

No hay duda de que tienen capacidades hasta ahora impensables y que su impacto está siendo y será profundo e irreversible, pero la pregunta es otra: ¿estamos seguros de que el pensamiento es simplemente la manipulación de símbolos y la producción de contenidos?

 

Es un hecho que, entre los textos producidos por ChatGPT y los escritos por seres humanos, no hay diferencias evidentes, y esta similitud encierra una amenaza.

 

Los estudiosos de diversos ámbitos temen el día en que estas inteligencias artificiales sean capaces de producir contenidos similares a los que ellos, a lo largo de muchos años, han aprendido a producir con esfuerzo y dedicación.

 

¿Nos hemos quedado obsoletos? ¿Estamos a punto de ser superados por la inteligencia artificial en lo que creíamos que era nuestra capacidad más esencial? ¿Es decir, el pensamiento?

 

Seguramente la respuesta se esconde en la pregunta.


El mero hecho de plantearse esta pregunta implica que el pensamiento ha sido degradado a cálculo, operatividad, recombinación. Pero, ¿es realmente así?

 

En realidad, hay dos formas de entender el pensamiento: como manipulación de símbolos o como manifestaciones de la realidad.

 

La primera forma se ha declinado de muchas maneras hasta la inteligencia artificial actual. Se ajusta a la idea de que el hogar del pensamiento es el lenguaje y que este, en el fondo, no es más que una recombinación continua de símbolos. Es una idea muy popular.

 

Todo es información, dicen algunos. La información no es más que una serie de símbolos que hay que recombinar. Todo esto es muy convincente, pero deja fuera algo fundamental: la realidad.

 

La realidad es un término incómodo, casi molesto, para algunos. Desde Immanuel Kant hasta las neurociencias, se nos repite que no podemos conocer el mundo, sino solo nuestras representaciones (que nunca son del todo fiables).

 

Y así, poco a poco, el pensamiento se vacía de significado. Las palabras son cada vez más símbolos dentro de un universo de símbolos y cada vez menos la manifestación de algo real.

 

Tanto las redes sociales como el metaverso nos llevan a un mundo digital cada vez más alejado de la realidad, donde escribir palabras que producen otras palabras, en un laberinto de símbolos y el me gusta autorreferenciales, parece ser el único objetivo.


En este mundo de representaciones digitales que son un fin en sí mismas, ChatGPT es como nosotros. De hecho, es mejor que nosotros. No hay comparación. La IA está a punto de convertirse en el dios de una realidad hecha solo de símbolos sin significado.

 

Más allá de este entusiasmo por el pensamiento reducido al cálculo de nuevas combinaciones, existe otra gran intuición sobre la naturaleza del pensamiento.

 

En esta visión, la persona no es solo una calculadora, sino una unidad de existencia. Es una perspectiva poco popular hoy en día, acostumbrados como estamos al lenguaje informático y tecnológico (donde la informática es hegemónica).

 

El pensamiento no es ni un flujo de conceptos ni una secuencia de operaciones, sino el punto en el que se manifiesta la realidad. El pensamiento adquiere significado si está iluminado por la realidad; algo que no se puede reducir a un algoritmo, pero que no por ello es menos verdadero.

 

El significado de nuestras palabras no depende de la corrección de su gramática, sino de la realidad que se manifiesta a través de ellas en el lenguaje.

 

Estas dos actitudes corresponden a formas de ser incompatibles y atraviesan el arte, la ciencia y la filosofía. El primero es interno al discurso, el segundo traspasa el nivel dialógico para llegar (o intentar llegar) a la realidad. Entre los dos campos no hay simpatía, sino un desprecio explícito.


La pregunta que deberíamos hacernos no es si Chat GPT (que se alimenta de lo que nosotros mismos le proporcionamos con nuestros datos a través de Internet, las redes sociales y los teléfonos móviles) piensa como nosotros, sino más bien qué significa pensar.

 

Yo soy real y mi realidad va más allá de la cascada de cifras digitales verdes de Matrix. Somos reales y esta realidad no está dentro de nuestros símbolos. No somos simples calculadoras. Y qué más da si hoy en día la mayoría piensa que es así, dejándose encantar por la perspectiva de cambiar la realidad por un metaverso digital.

 

Volvamos a la realidad y abandonemos los símbolos. Volvamos a las cosas y dejemos las palabras. No es cierto que las palabras o la información sean más importantes que la vida y las cosas.

 

ChatGPT reconoce, pero no ve; escucha, pero no oye; manipula los símbolos, pero no piensa. Para pensar hay que ser real, pero ¿qué es el pensamiento? El pensamiento es mundo.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Derecho de ser Mujer.

Derecho de ser Mujer

Las mujeres, para hablar, deben superar el ruido de las voces patriarcales que son hasta fáciles de ver, aunque quizá sean los más difíciles de superar. Hacen mucho ruido, especialmente cuando rompen a vociferar, y son potentes dado que el modelo de civilización patriarcal tiene orígenes antiguos y, en virtud de ellos, está consolidado, transmitido, interiorizado e institucionalizado.

 

A mí me gustan las mujeres. Me gustan las mujeres anticonformistas. Me gustan las mujeres independientes. Las mujeres dulces. Me gustan las mujeres fuertes. Las mujeres sensibles. Me gustan las mujeres que saben mantener el poder. Las mujeres que saben usar la belleza sin denigrarla. En definitiva, me gustan las mujeres que no tienen miedo de ser mujeres. Y, por lo tanto, en realidad, me gustan las mujeres incluso cuando no consiguen ser inconformistas, independientes o dulces.

 

Conozco a muchas mujeres, a algunas las he conocido en la calle, a otras en los libros, a otras en los medios de comunicación.

 

Conozco a mujeres que cada mañana se ponen un traje, cogen el tren de primeras horas y se van a trabajar, y mujeres que a primera hora de la mañana se levantan y ponen en marcha a los habitantes de la casa con mil y un quehaceres, mujeres que en la cola del semáforo miran al vacío, mujeres que en la cola del semáforo se empolvan la nariz, mujeres que siempre escriben con lápiz, mujeres que solo escriben en el ordenador, mujeres que solo leen novelas, mujeres que no leen nada.

 

Conozco mujeres a menudo cansadas y mujeres siempre enérgicas; conozco mujeres que crían a cinco hijos y mujeres que no son capaces de mantener viva una planta; mujeres que tienen una habitación para ellas solas en la que escriben el inicio de grandes novelas, y mujeres que en su habitación para ellas solas deciden suicidarse; mujeres que aman, idolatran y exhiben su cuerpo, y mujeres que, si pudieran, nunca lo mostrarían; conozco mujeres que salen a la calle a protestar y mujeres obligadas a embarcar a sus hijos en una lancha neumática porque el mar abierto da menos miedo que la guerra; conozco mujeres enfadadas, mujeres desilusionadas, mujeres excéntricas, mujeres melancólicas.



Y creo que es importante que cada una de estas mujeres siga siendo mujer en la medida de sus posibilidades, pero que entre en relación con el mundo de la realidad y no solo con el mundo de los hombres, y que piense en sí misma para construirse y afirmarse como sujeto libre, no para compadecerse o menospreciarse.

 

Y que sea muy consciente de sus logros y de las limitaciones que aún se le imponen, y que viaje por el mundo como mujer en un cuerpo de mujer y no con la ambición de convertirse en una entidad desencarnada, porque la renuncia a ser mujer en la mente y en el cuerpo esconde el deseo de uniformarse al hombre y, por lo tanto, también esconde el consentimiento a una civilización patriarcal, a la transmisión y perpetuación de ciertos roles, instituciones y poderes de la vida privada y pública.

 

Porque todo ello no hace sino ocultar el consentimiento a la discriminación y la opresión, que, al ser formas de relación, no se eliminan si los oprimidos y discriminados las ignoran, si fingen no verlas; al ser formas de relación, y por lo tanto formas de dar sentido al mundo y a los demás seres humanos, no pueden eliminarse: pueden y deben modificarse.

 

Muchas mujeres han trabajado en esta dirección, abriendo nuevos caminos para sí mismas y para otras. Podría citar a las muchas mujeres —nunca conocidas, muertas o vivas, reales o imaginarias— que forman en mí una cadena invisible, mujeres con las que siento, a pesar de toda su grandeza, que tengo un vínculo, algo en común.

 

Muchas de las mujeres que he admirado y admiro me las han dado a conocer otras mujeres, que han mirado hacia adelante pero sin dejar de mirar a su alrededor, y que se han tomado muy en serio su condición de mujer. Podría hablar de algunas, pero tendría que dejar fuera a muchas.

 

Y, sin embargo, solo pensar en toda esta genealogía no me satisface. No me parece lleno de sentido el mirar atrás . Y mucho menos hacerlo con rabia, o con frustración, o con arrepentimiento; lo hace inútil y perjudicial, y nos vuelve ingratos. Pro es que. a fuerza de mirar atrás, llegamos sin aliento al punto en el que empezamos a mirar hacia adelante.

 

En cambio, creo que las mujeres necesitan todo el aliento del que disponen, porque se ven obligadas a recorrer —y no en circunstancias tranquilas, acogedoras y favorables, sino en esas circunstancias difíciles, de ruidos, de violencias, a veces tan aterradoras— un trayecto que los hombres hemos recorrido incluso con cómoda facilidad o, por lo menos, con aparente normalidad.



No, no se me olvida que el 8 de marzo no es el Día de la Mujer, sino el Día Internacional de los Derechos de la Mujer. La diferencia entre ambas definiciones no es formal, sino sustancial. Hoy en día, más que un día de celebración, es un día de reflexión para todos, mujeres y hombres.

 

Es cierto que se han dado muchos pasos adelante y se han conquistado muchos derechos, pero no podemos bajar la guardia y darlos por sentados. De hecho, incluso los derechos que parecían ya adquiridos y consolidados se cuestionan cíclicamente. Tampoco en el mundo laboral hay nada seguro. Todavía hoy, demasiadas mujeres, a pesar de realizar trabajos similares a los de sus compañeros hombres, perciben salarios inferiores.

 

Todavía hay demasiadas mujeres obligadas a elegir entre el trabajo y la familia. Demasiadas obligadas a elegir entre la maternidad y el trabajo, tal vez vinculando su contratación a garantías concretas de no quedarse embarazadas. O bien, al no existir un bienestar social digno de ese nombre, demasiadas mujeres se ven aún obligadas a abandonar el trabajo para cuidar de sus hijos. Otras, al no poder permitírselo, se ven obligadas a renunciar a él de forma preventiva.

 

Todo ello pasando por alto el hecho de que estamos dando por sentado que, en tal caso, esas renuncias deben recaer exclusivamente sobre las mujeres. No hace falta decir que un terreno tan fértil es perfecto como base para muchos derechos denegados. La emancipación femenina de las últimas décadas no ha impedido que la mujer, aunque en menor medida que en el pasado, siga estando en una situación de subordinación económica con respecto al hombre, lo que reduce su autonomía.

 

De hecho, la incapacidad y el miedo de muchas mujeres a reaccionar ante las agresiones, los abusos y la violencia que sufren por parte de sus parejas están precisamente relacionados con su escasa autonomía económica, además de con una herencia cultural retrógrada de la que aún no hemos logrado desprendernos definitivamente.

 

Por lo tanto, reducir el día de hoy a una banal fiesta es denigrante y ofensivo, sobre todo para las muchas mujeres a las que aún hoy se les niegan incluso los derechos más fundamentales. Para aquellas que han luchado y luchan cada día de su vida por reivindicarlos y afirmarlos, en favor de todas y todos. Pienso en las mujeres que se sacrificaron, si no su vida, gran parte de su juventud para garantizarnos la libertad de hoy.



Pienso en las mujeres obligadas a prostituirse, golpeadas y segregadas. Pienso en las niñas casadas con hombres sin escrúpulos y en las otras tantas jóvenes obligadas a matrimonios concertados.

 

Pienso en las chicas violadas en las calles de nuestras ciudades. En las mujeres violadas por su pareja, al amparo de las paredes de su hogar. Pienso en todas las mujeres que viven en regímenes dictatoriales y que cada día se ven privadas de sus derechos fundamentales. Pienso en las mujeres iraníes, dispuestas a morir por la libertad. Pienso en las mujeres que viven en países en guerra, que intentan sobrevivir con todas sus fuerzas y están dispuestas a sacrificar su vida en un intento desesperado por proteger a sus hijos.

 

Y en aquellas madres obligadas a separarse de sus hijos, con la esperanza de darles la oportunidad de un futuro mejor. Pienso en las mujeres que intentan huir de países azotados por la guerra, el hambre, la sed, las enfermedades, los abusos y las miserias de todo tipo, enfrentándose a un viaje por mar, a veces en condiciones meteorológicas adversas, a bordo de una especie de barco abarrotado de demasiados desesperados, poniendo en peligro la vida de sus hijos, pero en un intento extremo por salvarlos de una muerte segura.

 

Y espero que este sea el sentido del Día Internacional del Derecho a ser Mujer siempre cada día, tanto para las mujeres como para los hombres en su conjunto: no olvidar el camino ya recorrido, pero sobre todo recordar todo el que queda por recorrer. Una especie de puesto de control para la memoria colectiva.

 

Y si un ramo de mimosas puede ayudar simbólicamente a la memoria, entonces bienvenido sea. Por otra parte, existe un lenguaje de las flores; en siglos anteriores se utilizaba mucho. Yo no lo conozco, pero me parece que a menudo las flores sugieren las palabras adecuadas.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 4 de febrero de 2026

La regularización de los emigrantes es cuestión de derechos.

La regularización de los emigrantes es cuestión de derechos

Se sabe poco sobre los inmigrantes. Mucho menos de lo que creemos. Porque ya se sabe todo: o se cree saberlo.

 

Prevalece el prejuicio (entendido aquí en sentido técnico: el juicio emitido antes de haber tenido una experiencia directa) sobre el juicio, la opinión sobre el hecho, la necesidad de posicionarse sobre el análisis.

 

Y esto nos condena a la incomprensión. Nunca entenderemos, si el problema es razonar sobre una categoría del espíritu en lugar de sobre un hecho social, satisfacer nuestra necesidad de posicionamiento partidista o expresar nuestro respeto más elemental con los derechos intrínsecos de las personas.

 

Esto es cierto para todo, pero en el caso de la inmigración —y de las culturas que expresan los inmigrantes— es hasta probablemente más cierto.

 

El inmigrante de papel, el que encontramos en las páginas de los periódicos y en los discursos políticos, casi nunca se corresponde con el inmigrante de carne y hueso: el que vive, come, reza, ama, estudia, trabaja, se casa, cría hijos, tiene expectativas y proyectos,...

 

Aparentemente, ya tenemos las respuestas: entonces, ¿por qué hacernos preguntas molestas? Sobre todo, ¿por qué hacérselas a los directamente interesados?

 

No es casualidad que el discurso sobre la inmigración sea esencialmente un discurso entre ciudadanos del estado español sobre los inmigrantes, que rara vez son interlocutores: también porque, al no ser ciudadanos del estado español, no votan, por lo que hablar de ellos no supone ningún coste para quienes lo hacen.

 

En su mayoría son un objeto, no un sujeto del discurso: maleables y manipulables según los intereses de cada uno. Por eso no se equivocan las bibliotecas del norte de Europa que han inventado, junto con el préstamo de libros, el préstamo de personas que pertenecen a culturas (o simplemente tienen experiencias) diferentes a las mayoritarias y mainstream: que cuentan las historias y las vidas de las que son expresión.

 

De hecho, a veces bastaría con tener un contacto personal, una relación directa, hablar y, sobre todo, escuchar, lo cual es más complicado. En el peor de los casos, incluso para confirmar nuestros prejuicios, con algo más de fundamento.

 

Más a menudo para cuestionarlos. Como ocurre en las parejas, las familias, las amistades, las situaciones (escuela, trabajo, deporte, vida social y cultura) «mixtas», por diversos motivos: por religión, nacionalidad, color de piel, idioma, orientación sexual e identidad de género, o incluso solo por el punto de vista.

 

Sin embargo, estas situaciones - y esto debería hacernos reflexionar - también están aumentando.



El otro ejercicio que deberíamos hacer es justo lo contrario: observar desde más lejos, para intentar comprender el fenómeno en su conjunto, que a menudo, desde demasiado cerca, se nos escapa. Abstrayéndonos, por un lado, y empatizando, por otro.

 

En otras palabras, no se entiende un barco con cien migrantes flotando precariamente en el Mediterráneo si se mira un barco con cien migrantes flotando precariamente en el Mediterráneo.

 

Para entender de qué se trata realmente, hay que mirar al mismo tiempo desde más lejos y aún más de cerca: mirar lo que sucede en África y en Europa, en Lagos o en Bruselas (desde el punto de vista demográfico, económico, social, político y geopolítico, medioambiental...).

 

Pero también hay que saber entrar en la mente, el cuerpo y los sueños de algunos de esos migrantes, y en la vida de quienes se encontrarán con ellos.

 

Y luego, hay que complejizar el fenómeno.

 

Muchos de los que llamamos migrantes ni siquiera han visto nunca un barco en el Mediterráneo: han llegado de otra manera, desde otros lugares, o incluso han nacido aquí.

 

Solo haciendo este doble ejercicio podremos esperar comprender algo, al menos algo, de ese fenómeno que llamamos migraciones, al que a menudo añadimos una caracterización enfática: emergencia, drama o cualquier otra cosa.

 

Además, no se entienden las migraciones si no las entrelazamos con otras formas de movilidad: de la información, del dinero, de las mercancías y de nuestro propio ser como especie nómada e intrínsecamente móvil.

 

Por último, tampoco se entienden las migraciones, tanto entrantes como salientes, si no las relacionamos con otros fenómenos, empezando por la demografía (nos encontramos en medio de un devastador descenso demográfico, que nos lleva a ser uno de los países más viejos de Europa, para continuar con las transformaciones en el mercado laboral, el nivel de educación, el medio ambiente, el panorama geopolítico y mucho más.


 

De hecho, es a partir de las interconexiones entre estos fenómenos, además del análisis en profundidad de cada uno de ellos, de donde podemos esperar comprender algo de lo que está sucediendo a nuestro alrededor. Por eso, estas interconexiones deben entenderse y esas profundizaciones deben abordarse, algo que se hace muy poco.

 

También porque tienen consecuencias culturales y sociales a largo plazo interesantes y problemáticas a la vez. Como consecuencia de ellas (pero no solo: ocurre dentro de un proceso de complejidad de la sociedad ya en marcha), ya no vivimos en sociedades homogéneas, unificadas por una cultura común. Somos sociedades plurales. Y lo seremos cada vez más. Y este cambio no es insignificante… incluso en nuestra sociedad tan polarizada políticamente

 

Por eso es necesario seguir tomando en serio el tema de las migraciones. Como un hecho social que nos afecta a todos. Y para abordarlo es sacrosanto que la derecha y la izquierda propongan soluciones diferentes: pero partiendo de la constatación de que el hecho existe y hay que afrontarlo. Y que no se puede simplemente negar. Sería como negar, y por lo tanto no gestionar, por ejemplo, el transporte, la sanidad o la educación.

 

Por eso probablemente merecería la pena crear un ministerio ‘ad hoc’, o al menos una agencia, concebida como un lugar de decantación ideológica y de propuesta de directrices derivadas de un análisis serio y pragmático de los problemas, sin estar viciada por intereses electorales directos.

 

Ya no podemos limitarnos a estar a favor o en contra. Todas las partes del espectro político deberían decir qué es lo que proponen, qué tipo de sociedad tienen en mente. Para hacer qué y, sobre todo, con quién: con qué interlocutores. Sabiendo que las decisiones de hoy tendrán consecuencias para las generaciones futuras. 

Y esta decisión, la de la regularización que se pretende en el estado español, y que continúa aquella creo que última que tuvo lugar en el 2005, durante el Gobierno del Presidente José Luis Rodríguez Zapatero, es una medida a celebrar y a apoyar porque es una piedra más para garantizar la dignidad y los derechos humanos de los migrantes.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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