jueves, 14 de mayo de 2026

El Espíritu que nos hace hijos adoptivos - Romanos 8 -.

El Espíritu que nos hace hijos adoptivos - Romanos 8 - 

«La ley del Espíritu, que da vida en Cristo Jesús, te ha liberado de la ley del pecado y de la muerte» (Rom 8,4). Con este principio, el Apóstol Pablo presenta la vida del cristiano, dominada no por la fragilidad de su condición, sino marcada por la presencia del espíritu de Dios en cada uno de los creyentes. 

Por eso, añade el Apóstol, «ya no estáis bajo el dominio de la carne, sino del Espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros» (Rm 8,9). 

Se trata de una de las páginas más densas de la enseñanza de Pablo y de la misma Carta a los Romanos: «Los que se dejan dominar por la carne no pueden agradar a Dios. Pero vosotros no estáis bajo el dominio de la carne, sino del Espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. Si alguien no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él. Ahora bien, si Cristo está en vosotros, vuestro cuerpo está muerto por el pecado, pero el Espíritu es vida para la justicia. Y si el Espíritu de Dios, que resucitó a Jesús de entre los muertos, habita en vosotros, el que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también vida a vuestros cuerpos mortales por medio de su Espíritu que habita en vosotros. Así que, hermanos, no somos deudores del cuerpo para vivir según los deseos carnales, porque si vivís según el cuerpo, moriréis. Pero si por el Espíritu hacéis morir las obras del cuerpo, viviréis. Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y vosotros no habéis recibido un espíritu de esclavos para volver al temor, sino que habéis recibido un espíritu de adopción, por el cual clamamos: «¡Abba, Padre!». El mismo Espíritu da testimonio, junto con nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también somos herederos: herederos de Dios, coherederos de Cristo, si es que realmente sufrimos con él para participar también de su gloria». 

Este pasaje del escrito del Apóstol resume en un espacio relativamente breve la condición del creyente ante el poder de la resurrección de Cristo: «Si el Espíritu de Dios, que resucitó a Jesús de entre los muertos, habita en vosotros, el que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también vida a vuestros cuerpos mortales por medio de su Espíritu que habita en vosotros» (Rm 8,11). Cristo ha resucitado por medio del Espíritu Santo, y es el mismo Espíritu el que da a la fragilidad, a la «carne», de todo hombre sujeto a la muerte, el poder de la resurrección y, por tanto, la vida. 

Todo esto tiene una consecuencia extremadamente importante, que se convierte también en un compromiso para todo creyente: dar muerte a las obras de la carne, es decir, a todo lo que impide que el poder divino actúe dentro de cada uno de nosotros. Por lo tanto, «todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios» (Rm 8,13). «Habéis recibido el Espíritu que os hace hijos adoptivos, por medio del cual clamamos: «¡Abba! ¡Padre!» (Rm 8,15). El Apóstol Pablo añade también la realidad de la nueva condición de heredero para el creyente, que comparte el sufrimiento de Cristo para alcanzar y participar en su gloria. 

Ahora bien, toda la creación ha sido sometida a la caducidad en vista de una liberación de su corrupción. El Apóstol Pablo añade también una imagen espléndida, lamentablemente omitida en la lectura asignada al día de Pentecostés, lo que de hecho elimina uno de los pasajes más significativos del texto y lo hace incomprensible: «Toda la creación gime y sufre dolores de parto hasta ahora» (Rm 8,22). 

Aquí el Apóstol se detiene también en uno de los aspectos más delicados de la condición humana, el estado de debilidad del creyente al dirigirse a Dios, al que acude una vez más el mismo Espíritu: si «no sabemos cómo orar como conviene», «el Espíritu mismo intercede con gemidos inexpresables» (Rm 8,26). 

Podríamos resumirlo así: «el Espíritu no hace más que dar forma a nuestra oración, transformando nuestros débiles gemidos y balbuceos en una invocación efectiva y sensata, o suscitando una oración indescifrable». 

La Tercera Persona divina paradójicamente gime en nosotros y con nosotros, plenamente involucrada en nuestro sufrimiento, como si fuera el primer cantor de un coro que coincide con el cosmos entero en estado de sufrimiento. Por lo tanto, cuando no encontramos las palabras para expresar nuestra oración y no podemos hacer nada mejor que emitir sonidos inarticulados, el Espíritu toma estos sonidos y los transforma en una verdadera intercesión. 

En conclusión, se trata de un estímulo para todos los que nos cuesta rezar: dado que los creyentes no conocen adecuadamente la voluntad de Dios, el Espíritu traduce sus gemidos y los conforma a la voluntad divina. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 13 de mayo de 2026

Jesús vio - apuntes de la pedagogía de Jesús sobre el ver -.

Jesús vio - apuntes de la pedagogía de Jesús sobre el ver -

«Jesús se volvió y, al ver que le seguían, les dijo: “¿Qué buscáis?”» (Jn 1,38).

 

El verbo griego utilizado por el evangelista no indica un simple «mirar», sino un «observar atentamente», un «contemplar» que penetra más allá de la superficie inmediata para captar la esencia de lo que se manifiesta.

 

Cuando Jesús «ve», no se limita a registrar datos visuales, sino que entra en una forma de conocimiento que involucra a toda la persona.

 

Esta diferencia cualitativa entre el «mirar» y el «ver» recorre todo el Nuevo Testamento como una distinción antropológica fundamental.

 

Los fariseos «miran» pero no «ven» el significado de las acciones de Jesús; los discípulos a veces «miran» los milagros sin «ver» su sentido profundo; la multitud «mira» a Jesús en la cruz, pero solo unos pocos «ven» en ese momento el culmen de la revelación divina.

 

El ver de Jesús se caracteriza ante todo por su intensidad. Nunca es una mirada distraída, nunca un ver «de pasada» o «por ver».


Cuando los Evangelios cuentan que Jesús «ve» a alguien o algo, siempre están describiendo un acto de plena atención, una concentración total de la persona en lo que tiene delante.

 

Por ejemplo en el episodio de la llamada de Mateo: «Al pasar de allí, Jesús vio a un hombre, llamado Mateo, sentado en la aduana, y le dijo: “Sígueme”» (Mt 9,9).

 

En este «ver» hay mucho más que un reconocimiento visual. Hay un acto de penetración que va más allá de la función social (el publicano), más allá de la reputación pública (el colaboracionista), más allá de las apariencias externas (el hombre de éxito) para llegar al núcleo personal: el hombre capaz de conversión, el corazón a la espera de una llamada auténtica.

 

Esta intensidad de la mirada tiene un efecto transformador sobre quien es objeto de ella. Mateo no es simplemente «visto» por Jesús, sino que es «reconocido» en su verdad más profunda.

 

La mirada intensa de Jesús se convierte en revelación para el otro: le revela quién es realmente, más allá de lo que parece o de lo que él mismo cree ser.

 

Para los cristianos esta lección es de importancia crucial.

 

En un mundo donde la atención se fragmenta entre mil estímulos diferentes, donde la multitarea se convierte en la modalidad existencial dominante, donde a menudo «miramos» a los demás mientras pensamos en otra cosa, el ejemplo de Jesús nos recuerda la necesidad de una mirada intensa, concentrada, plenamente presente.

 

Solo alguien que sabe «ver» verdaderamente a los demás —no simplemente «mirarlos»— puede esperar alcanzar esa profundidad relacional que hace posible todo encuentro de gracia.


Otra característica de la mirada de Jesús es su duración.

 

Los Evangelios suelen subrayar que Jesús «fija la mirada» en alguien, que «se detiene» a mirar, que no se conforma con un vistazo rápido, sino que dedica tiempo a su mirada.

 

Esta temporalidad prolongada de la mirada contrasta dramáticamente con la velocidad frenética que caracteriza a nuestro tiempo.

 

El episodio del joven rico es paradigmático: «Entonces Jesús fijó la mirada en él, lo amó y le dijo: “Una sola cosa te falta: vete, vende lo que tienes y dáselo a los pobres”» (Mc 10,21).

 

Ese «fijó la mirada» indica una pausa, un tiempo dedicado, una atención que no tiene prisa por llegar a conclusiones. Solo tras esta mirada prolongada surge el amor reconocido, y solo tras el amor surge la palabra que indica el camino.

 

Esta secuencia temporal —ver, amar, hablar— sugiere una pedagogía de la paciencia que contrasta con la impaciencia contemporánea.

 

A menudo pretendemos «conocer» inmediatamente a los demás, tener claro de inmediato quiénes son y qué necesitan. El ejemplo de Jesús sugiere, en cambio, que el conocimiento auténtico del otro requiere tiempo, requiere esa forma de «derroche» temporal que es la contemplación prolongada.



En el mundo digital, donde todo ocurre a la velocidad de un clic, donde las relaciones se consumen en la rapidez de un mensaje, formarse en la duración de la mirada se convierte en una tarea fundamental.

 

Significa aprender que no se puede conocer a las personas a través de un perfil en las redes sociales, que el amor auténtico requiere tiempo, que la comprensión profunda de uno mismo y de los demás necesita esa lentitud que nuestra época ha olvidado.

 

La mirada de Jesús nunca se detiene en la superficie de las cosas. Es siempre una mirada que penetra, que va más allá de las apariencias inmediatas para alcanzar lo que podríamos llamar la «verdad» de las personas y las situaciones.

 

Cuando Jesús ve a Natanael que se acerca, no se limita a registrar su aspecto físico o su actitud exterior: «He aquí un verdadero israelita en quien no hay falsedad» (Jn 1,47). Este reconocimiento inmediato de la cualidad espiritual de Natanael deja atónito al interesado: «¿De dónde me conoces?». La respuesta de Jesús revela la naturaleza de este ver profundo: «Antes de que Felipe te llamara, te vi cuando estabas debajo de la higuera» (Jn 1,48).

 

Ese «ver bajo la higuera» no es simplemente una percepción visual a distancia, sino una forma de conocimiento que trasciende las categorías espacio-temporales ordinarias.

 

Es un ver que alcanza la interioridad de la persona, que reconoce las disposiciones del corazón, que capta la autenticidad espiritual más allá de las mediaciones exteriores.

 

Esta profundidad de la mirada tiene raíces teológicas precisas.


 

Jesús participa de esa mirada divina que «escudriña los corazones y los riñones» (Sal 7,10), que conoce a cada criatura desde dentro, que reconoce en cada ser humano no solo lo que es, sino también lo que puede llegar a ser. 

 

Su ver humano es transparencia del ver divino.

 

Quizás el aspecto más característico de la mirada de Jesús es que nunca es una mirada posesiva. No mira para apropiarse, para dominar, para reducir al otro a objeto de su propio deseo.

 

Su mirada es siempre liberadora, siempre respetuosa con la libertad y la dignidad del otro.

 

Esta cualidad no posesiva de la mirada emerge claramente en el encuentro con la mujer samaritana. Jesús «ve» toda la complejidad de su historia —los cinco maridos, la situación actual—, pero no utiliza este conocimiento para juzgar o para ponerla en aprietos. Lo utiliza, en cambio, para abrir un espacio de verdad y de liberación: «Ve a llamar a tu marido y vuelve aquí» (Jn 4,16). Es una forma de ver que saca a la luz no para condenar, sino para liberar.

 

Esta dimensión no posesiva de la mirada es particularmente importante hoy. A menudo, corremos el riesgo de mirar a los demás con ojos que, aunque animados por buenas intenciones, son en realidad posesivos: queremos que se conviertan en lo que nosotros deseamos, los vemos en función de nuestros proyectos sobre ellos, los reducimos a objetos que moldear según nuestras expectativas...

 

La mirada de Jesús enseña una forma diferente: ver al otro tal y como es realmente, reconocer su auténtico potencial (no el que proyectamos sobre él), respetar su libertad incluso cuando elige caminos que nosotros no habríamos elegido.


El joven rico se marcha «entristecido» tras el encuentro con Jesús, pero el texto no dice que Jesús lo persiga o insista. Su mirada amorosa incluye también el respeto por la libertad de rechazo.

 

Hay en los Evangelios una dinámica misteriosa pero constante: cuando Jesús ve verdaderamente a alguien, esa persona inicia un proceso de transformación. No porque Jesús imponga un cambio desde fuera, sino porque su mirada auténtica despierta en el otro la conciencia de su propia verdad más profunda.

 

Zaqueo, subido al sicómoro, es «visto» por Jesús en medio de la multitud: «Alzó la vista y le dijo: “Zaqueo, baja enseguida, porque hoy debo quedarme en tu casa”» (Lc 19,5). Esa mirada y ese llamarle por su nombre desencadenan en Zaqueo una transformación inmediata: «“Mira, Señor, daré la mitad de lo que tengo a los pobres y, si he robado a alguien, le devolveré cuatro veces tanto”» (Lc 19,8). ¿Qué ha sucedido?

 

La mirada de Jesús reconoció en Zaqueo no al pecador público que todos veían, sino al hombre capaz de conversión que se ocultaba tras la máscara social. Este reconocimiento liberó en Zaqueo un potencial de bien que quizá ni él mismo sabía que poseía.

 

Esta dinámica transformadora de la mirada abre perspectivas extraordinarias. Significa que nuestra forma de ver nunca es neutra: puede ser una mirada que bloquea y que etiqueta («es así y nunca cambiará»), o puede ser una mirada que libera y que llama a la existencia («hay en él mucho más de lo que parece»).

 

¿Cómo se educa en este tipo de mirada? ¿Cómo se puede formar esa cualidad de ver que se reconoce en Jesús?

 

La tradición espiritual cristiana siempre ha sabido que la mirada, como cualquier facultad humana, necesita purificación y educación.


En primer lugar, hay que liberarse de lo que los Padres del desierto llamaban «philautia»: el amor propio que distorsiona la percepción haciendo que todo se vea en función de las propias necesidades y deseos. Solo una mirada liberada del egocentrismo puede esperar ver al otro verdaderamente tal como es.

 

En segundo lugar, es necesario educarse en la contemplación, en esa forma de atención que sabe detenerse ante el misterio sin la prisa de reducirlo a categorías ya conocidas. La contemplación es lo contrario de la curiosidad: mientras que la curiosidad quiere poseer al otro a través del conocimiento, la contemplación quiere acoger al otro respetando su misterio.

 

Por último, hay que cultivar lo que San Pablo llama «ágape»: el amor que busca el bien del otro y no su propio beneficio. Solo una mirada animada por el amor puede esperar ver en el otro las potencialidades de bien que esperan ser reconocidas y llamadas a la existencia.

 

Se trata, pues, de aprender a ver con los ojos de Jesús «Bienaventurados los de corazón puro, porque verán a Dios» (Mt 5,8). Esta bienaventuranza no se refiere solo a la visión escatológica, sino también a la capacidad de reconocer a Dios presente en la historia, oculto en los rostros de las personas con las que nos encontramos cada día.

 

Quien ha aprendido a ver con ojos purificados por el amor es capaz de reconocer en cada persona el reflejo de la imagen divina. Éste es el mayor desafío: aprender a ver a cada persona con los mismos ojos de Jesús, reconocer en cada persona no solo lo que es, sino también lo que puede llegar a ser si la semilla de infinito que lleva en su interior es reconocida, respetada y alimentada con paciencia y dedicación.

 

En un mundo que tiende a reducir a las personas a funciones, a estadísticas, a categorías, redescubrir la cualidad contemplativa y transformadora de la mirada cristiana puede representar una revolución antropológica silenciosa pero decisiva.

 

Porque, como nos recuerda Romano Guardini, «el amor verdadero comienza siempre con un acto de reconocimiento: solo quien sabe ver al otro verdaderamente puede esperar amarlo auténticamente».

 

En el amor, la mirada se purifica y se vuelve capaz de esa ternura que sabe ver la belleza incluso donde otros solo ven problemas. Esta es la mirada que Jesús dirige a cada persona: una mirada benevolente, mansa y penetrante, que reconoce en cada criatura el reflejo de la gloria divina.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Jesús alzó los ojos - apuntes de la pedagogía de Jesús sobre el ver -.

Jesús alzó los ojos - apuntes de la pedagogía de Jesús sobre el ver -

«Al levantar los ojos, vio una gran multitud que venía hacia él» (Jn 6,5).

 

Este sencillo gesto —levantar los ojos— recorre los Evangelios como un hilo conductor que une momentos decisivos de la vida de Jesús.

 

Antes de la multiplicación de los panes, antes de la oración al Padre, antes de llamar a Lázaro desde la tumba, antes de la Última Cena: siempre este gesto inicial, esta apertura primordial al mundo que le rodea.

 

Pero, ¿qué ocurre realmente cuando Jesús «alza los ojos»?

 

No se trata de un simple movimiento muscular, sino de un acto intencional cargado de significado antropológico y teológico.

 

Alzar los ojos significa elegir acoger la realidad en lugar de sufrirla, significa abrirse al encuentro en lugar de encerrarse en la propia interioridad, significa reconocer que el mundo no es simplemente un escenario para nuestras acciones, sino un conjunto de presencias que merecen atención y respeto.


Jesús no «gira la cabeza para controlar» ni «escudriña para identificar», sino que «alza los ojos»: un movimiento que va de abajo hacia arriba, del cierre a la apertura, de la concentración a la disponibilidad.

 

Es el movimiento opuesto al de quien baja la mirada para evitar el encuentro, para sustraerse a la relación, para proteger su intimidad emocional.

 

Este levantar los ojos revela una actitud existencial fundamental: la confianza primordial en el mundo.

 

Para Jesús, abrirse a la realidad circundante nunca es un riesgo que hay que calcular, sino un don que hay que acoger. Incluso cuando lo que vea sea dolor, incomprensión, hostilidad, su primer movimiento sigue siendo siempre el de la apertura confiada.

 

Por ejemplo en el episodio de la multiplicación de los panes: «Entonces Jesús, alzando los ojos, vio que una gran multitud venía hacia él y dijo a Felipe: “¿Dónde podremos comprar pan para que estos coman?”» (Jn 6,5).

 

Antes de cualquier valoración racional de la situación (cuánta gente, cuántos recursos disponibles, qué estrategias posibles), hay este puro acto de acogida visual.


Jesús ve a la multitud no como un problema que resolver, sino como una realidad que reconocer, como un conjunto de personas, cada una de las cuales merece ser vista en su concreción y dignidad.

 

Una de las características más sorprendentes de la mirada de Jesús es su capacidad de acoger antes de juzgar, de reconocer antes de evaluar.

 

Cuando alza los ojos hacia la multitud, hacia los discípulos, hacia cualquiera que se acerque, su primera actitud nunca es la del censor que escudriña para encontrar defectos, ni la del seleccionador que distingue entre merecedores y no merecedores.

 

Esta prioridad de la acogida sobre el juicio tiene profundas raíces teológicas.

 

La mirada de Jesús participa de la mirada creadora del Padre, de aquella mirada que en el principio «vio todo lo que había hecho, y he aquí que era muy bueno» (Gn 1,31).

 

Antes de toda consideración moral, antes de toda valoración ética, está el reconocimiento ontológico: esta realidad existe, esta persona es, este momento tiene dignidad por el mero hecho de estar presente ante mí.

 

Para los cristianos, por ejemplo, esta lección es de capital importancia.


En un contexto cultural que tiende a categorizar prematuramente todo y a todos (pecador, santo, bueno, malo, mediocre, afín, lejano,…), la mirada de Jesús enseña una forma diferente de abordar las cosas.

 

Antes de cualquier etiqueta, antes de cualquier diagnóstico, hay una necesidad de un puro acto de reconocimiento: esta persona está aquí, ante mí, con su historia irrepetible, con sus potencialidades únicas, con su misterio personal que merece respeto y atención.

 

La expresión «alzó los ojos» aparece en los Evangelios también en contextos de oración: «Dicho esto, Jesús alzó los ojos al cielo y dijo: “Padre, ha llegado la hora: glorifica a tu Hijo para que el Hijo te glorifique a ti”» (Jn 17,1).

 

Aquí el movimiento de la mirada revela una dimensión contemplativa que atraviesa toda la existencia de Jesús: la capacidad de reconocer en cada momento, en cada encuentro, en cada situación, la presencia actuante del Padre.

 

Esta dimensión contemplativa no está separada de la actividad cotidiana, sino que la anima desde dentro.

 

Cuando Jesús alza los ojos hacia la multitud, está simultáneamente mirando rostros concretos y reconociendo en ellos el reflejo del amor paterno. Cuando alza los ojos al cielo, no está evadiendo la realidad terrenal, sino situando cada gesto humano en su horizonte último de sentido.


Romano Guardini escribió que «la contemplación no es un lujo para almas refinadas, sino la forma más elevada de realismo, porque es la única modalidad de conocimiento que capta la realidad en su relación con el Absoluto».

 

La mirada contemplativa de Jesús nos muestra cómo es posible vivir en el mundo sin ser del mundo, cómo es posible estar completamente inmersos en la concreción de la historia humana permaneciendo siempre abiertos a la dimensión trascendente.

 

Hay una progresión en el acto de mirar que los Evangelios describen con gran sutileza.

 

Se comienza con el «levantar los ojos», se continúa con el «ver», se llega al «reconocer».

 

Esta secuencia no es simplemente cronológica, sino ontológica: describe los grados a través de los cuales una mirada superficial se transforma en mirada contemplativa.

 

En el episodio de los discípulos de Emaús, esta progresión se vuelve paradigmática: «Cuando se sentó a la mesa con ellos, tomó el pan, dio las gracias, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron» (Lc 24,30-31).

 

El reconocimiento final viene preparado por todo un camino de apertura progresiva de la mirada, por una educación gradual del ojo interior.


Esta dinámica sugiere que la formación de la mirada del creyente no puede ser apresurada.

 

Como toda auténtica maduración humana, también la capacidad de ver verdaderamente requiere tiempo, paciencia y un acompañamiento respetuoso. No se trata de imponer a nadie nuestras perspectivas, sino de ayudar a todos a desarrollar esa calidad de la atención que permita reconocer y nombrar la belleza, la verdad y la bondad presentes en el mundo.

 

Todos vivimos inmersos en lo que podríamos llamar un «bombardeo visual»: imágenes que se suceden rápidamente, estímulos que captan la atención sin requerir concentración, contenidos que consumen la mirada en lugar de alimentarla.

 

En este contexto, recuperar la cualidad contemplativa de «levantar los ojos» representa un desafío decisivo.

 

No se trata de demonizar las tecnologías digitales. Así como Jesús sabía alternar momentos de intensa actividad apostólica con momentos de retiro contemplativo, así necesitamos aprender a modular los ritmos de nuestra mirada: momentos para la velocidad y momentos para la lentitud, espacios para la actividad y espacios para la contemplación.

 

El ejemplo de Jesús que «alza los ojos» puede convertirse en una poderosa metáfora cristiana hoy: significa educarnos a elegir qué mirar, a dedicar tiempo y atención a las realidades verdaderamente importantes, a no dejarnos arrastrar por el flujo indiscriminado de imágenes.

 

Significa aprender a ser capaces de lo que podríamos llamar «ayuno visual»: la capacidad de sustraernos a veces del consumo compulsivo de estímulos para redescubrir la profundidad de la mirada contemplativa.


La pedagogía de la apertura confiada detrás del gesto de «levantar los ojos» hay una enseñanza precisa: la convicción de que el mundo, a pesar de sus contradicciones y sus sufrimientos, sigue siendo fundamentalmente bueno, digno de ser mirado, capaz de revelar rastros de belleza y de sentido.

 

Esta confianza primordial no es ingenuidad, sino sabiduría: es la conciencia de que solo quien sabe abrirse con valentía a la realidad puede esperar transformarla.

 

Para los cristianos esto significa presentarnos no como censores que filtramos preventivamente la realidad, sino como acompañantes que ayudan a desarrollar las herramientas críticas y espirituales necesarias para afrontar el mundo en su complejidad.

 

Significa educarnos en la responsabilidad de nuestra propia mirada, en la conciencia de que todo acto de ver es también un acto ético: podemos elegir mirar para poseer o para amar, para juzgar o para comprender, para consumir o para contemplar.

 

El simple gesto de «levantar los ojos» encierra en sí toda una pedagogía del encuentro.

 

Jesús nos enseña que toda relación auténtica comienza con este movimiento primordial de apertura confiada a la realidad del otro. No podemos evangelizar si antes no hemos aprendido a ver, y no podemos ver verdaderamente si no tenemos el valor de levantar la vista de nuestro pequeño mundo para acoger la amplitud y la complejidad del mundo entero.


En la era de la realidad virtual y de las pantallas que median en cada experiencia, redescubrir la sencillez y la profundidad de este gesto puede suponer una revolución silenciosa pero decisiva.

 

Educarnos para que aprendamos a «levantar los ojos» significa aprender a ser personas capaces de una presencia auténtica, de una relación verdadera, de una contemplación fecunda.

 

Como escribía Simone Weil, «la atención es la forma más rara y más pura de la generosidad».

 

Cuando Jesús alza la mirada, siempre realiza un acto de generosidad: ofrece su atención como un don, pone a disposición la calidad de su mirada como un espacio de acogida.

 

Es esta generosidad contemplativa la que estamos llamados a dar testimonio y a transmitir. Ojalá aprendamos a levantar la mirada con confianza hacia el mundo que tanto ha amado y sigue amando Dios hasta entregarle a su Hijo (cf. Jn 3, 16).

 

Acabo ya.

 

«Alzad vuestros ojos y mirad los campos: ya están maduros para la siega» (Jn 4,35). En estas palabras de Jesús resuena la invitación permanente que recorre todos los Evangelios: la realidad es siempre más rica de lo que nuestros ojos cerrados pueden imaginar, pero solo quien tiene el valor de levantar la mirada puede esperar reconocer su belleza oculta.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 12 de mayo de 2026

Un orar enamorado.

Un orar enamorado

«Enséñanos a contar nuestros días y ganaremos un corazón sabio», dice el Salmo 90 (v.12). En el texto hebreo original sería literalmente: «y llegaremos al corazón de la sabiduría». 

La oración es una ventana que se abre al sol desde las habitaciones íntimas y nunca podría atraparlo dentro de sus paredes. La oración es una mirada, una expansión, una expansión de la mente y el corazón. 

Pero quien ora no es el único que se dirige, se extiende, busca... basta con cerrar los ojos para sentir el timbre de una seducción, un susurro, un ruido alegre, una atracción cuya fuente se ignora pero se siente como la más cercana al alma. Hay alguien que se te acerca cuando te pones en marcha y cuya voz es tu guía. «Una voz, mi amado», susurra la novia. Reconoce su color al primer sonido. Sabe que viene de él aunque aún no lo haya conocido. Aunque aún no lo haya visto. Ella está segura de que esa voz que «viene saltando por los montes, brincando por las colinas» no puede ser otra que la suya» (Ct 2,8), la de «mi amado (…) reconocible entre mil y mil» (Ct 5,10). 

Los más grandes orantes del mundo son los enamorados. Aquellos que extienden su corazón las veinticuatro horas del día. Por la mañana él invoca: «Paloma mía, escondida en las grietas de las rocas, en escondrijos secretos, hazme ver tu rostro, hazme escuchar tu voz; porque tu voz es suave» (2,16) y por la noche ella es la inquieta de amor: «Yo duermo, pero mi corazón vela. ¡Un ruido! Es mi amado que llama: «Ábreme, hermana mía, amiga mía, paloma mía, perfecta mía» (5,2); la súplica nunca se interrumpe, más bien se reaviva con más intensidad cuando sucede que: «En mi cama, a lo largo de la noche, he buscado al amado de mi corazón; lo he buscado, pero no lo he encontrado. Me levantaré y daré vueltas por la ciudad...» (3,1-2). 

De manera similar arde el deseo de los enamorados de Dios, especialmente cuando temen ser abandonados por Él: 

«Escucha, Señor, mi voz, grito: ten piedad de mí, respóndeme. Mi corazón repite tu invitación: «¡Buscad mi rostro!». Señor, yo te busco. No me escondas tu rostro, no rechaces con ira a tu siervo. Tú eres mi auxilio, no me dejes, no me abandones, Dios de mi salvación» (Sal 27,7-9). 

«Velad y orad en todo momento, para que tengáis fuerza y podáis escapar de todo lo que está para suceder, y comparecer ante el Hijo del hombre» (Lc 21,36), recomienda el Señor invitando a sus discípulos a vivir como vírgenes prudentes que esperan al Esposo. 

El rezo que Jesús enseña a los suyos no es individual, sino fraterno y comunitario. Juntos invocan el «Padre nuestro» y a Él confían los sueños y las necesidades de cada día: «danos hoy nuestro pan de cada día» (Lc 11,3). Un «pan» que alude no solo a la comida material, sino también a la de Su Palabra, almidón de esperanza. Más aún, su Palabra es fuente de ese agua que brota y calma la sed más ardiente del ser humano: la de perdonar y ser perdonado: «Perdona nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. No nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal». 

En la última invocación, apremia el ardor de nuestra tierra herida, ultrajada, obligada a beber la sangre de sus criaturas por el delirio de la guerra, la violencia, la codicia, la indiferencia. 

Ningún otro discípulo mejor que Pablo pone en práctica radicalmente la exhortación del Señor a orar con obras y palabras: «Malestares y fatigas, noches en vela sin número, hambre y sed, frecuentes ayunos, frío y desnudez. Además de todo esto, mi preocupación diaria, la preocupación por todas las Iglesias. ¿Quién es débil, que yo no lo sea? ¿Quién recibe escándalo, que yo no tiemble?» (2 Cor 11,27-29).

Una forma de rezar, la de cuidar del otro, también incesante y que puede experimentar toda persona, creyente o no creyente, en la medida en que tiene el corazón compartido: ña madre que piensa día y noche en qué puede hacer para ver feliz a su hija; el padre que espera oír llamar a su puerta al hijo «perdido» que regresa; el amigo que llama repetidamente al móvil de su amigo y tiembla porque hace unos días que no responde. 

Similar es la oración de los profetas que se hacen la voz de quien no tiene voz, la antorcha de fe para quien ya no tiene fe, el grito de esperanza para quien está en la desesperación. Que no teman exponer una queja a Dios y le pregunten: «¿Por qué prosperan los malvados? ¿Por qué todos los traidores están tranquilos? (...) ¿Hasta cuándo estará de luto la tierra y se secará toda la hierba de los campos? Las bestias y los pájaros perecen por la maldad de sus habitantes» (Jer 12,4). 

Es valioso el rezo de los cristianos que se une al de Jesús en la cruz: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen», y piden misericordia no solo para las víctimas, sino también para los verdugos, para los que matan a niños, para los que cometen genocidios, para los que cubren de desprecio la vida de cualquiera que pertenece a Dios. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 11 de mayo de 2026

Dejaos guiar por el Espíritu.

Dejaos guiar por el Espíritu

La tentación de medir el vacío y llenarlo con lo inútil: eso es lo que vivieron los discípulos en cuanto Jesús desapareció de su vista, al vivir su «nacimiento a la inversa» al regresar junto a su Padre.

 

Nosotros también conocemos bien esta tentación.

 

Cuando se nos ha arrebatado una presencia querida, cuando ha concluido una experiencia afectiva importante, cuando se nos ha escapado una oportunidad en la que habíamos invertido, también nosotros hemos medido el vacío, sufriendo todo el peso de un sueño roto.

 

Y no pocas veces, en lugar de intentar preguntarnos qué podía significar ese vacío para nosotros (en el caso de Jesús, Él había dicho incluso: «os conviene que yo me vaya»), qué provocación podía representar, hemos seguido dedicándonos al único oficio en el que somos más que expertos: llenar de flores la muerte, oficio que no nos exige mucho en términos de energía y esfuerzo. En lugar de sufrir y dejarnos instruir por ese vacío, acabamos llenándolo con recuerdos, con nostalgia, con remordimientos, con lo inútil.

 

Nadie está preparado para las ausencias, para la falta. Ni siquiera los discípulos, aunque habían sido abundantemente preparados.


Jesús conocía bien a aquellos a quienes había llamado. Sabía que no aguantarían. Alguien incluso había intentado alguna temeridad con tal de redimir una situación que parecía volverse insostenible al ver que el Señor no hacía valer su fuerza.

 

Al no estar preparado como tampoco está para los dolores de parto y los nacimientos, lo único que el hombre es capaz de hacer es cristalizar las situaciones, detener el tiempo, impedir los procesos, reducirlo todo a lo conocido.

 

Jesús lo había intentado durante cuarenta días por el camino o en el jardín, en el cenáculo y fuera de él, con las manos vacías y con el don de la paz y la alegría.

 

No estaban preparados para lo que Dios estaba a punto de realizar.

 

Pentecostés, sin embargo, es precisamente el día de los desprevenidos.


Dios se revela precisamente cuando tú querrías tirar la toalla, se manifiesta precisamente cuando todo parece decidido, se da a conocer cuando te enfrentas a lo imprevisto.

 

Por otra parte, lo había prometido: «El Espíritu os enseñará todo». ¿Qué significa esto?

 

Significa que la fuerza que viene de Dios te lleva a afrontar lo real tal y como es.

 

Pentecostés ocurre, se cumple, cada vez que me enfrento a la vida tal y como es —sea el vacío, la angustia, el dolor, la muerte— captando en ella una invitación personal a desenterrar la provocación que encierra.

 

Ese es el momento de dar razón de la «esperanza que hay en nosotros» (1 Pedro 3, 15), precisamente cuando la luz del sentido se nos escapa de los ojos. En lo que respecta a la relación con Dios y a la verdad de mí mismo, nada es irrelevante, nada es banal.


El Espíritu Santo revela la verdad de nosotros mismos, de lo que somos y de lo que aún podemos ser si confiamos en lo que nos propone el Evangelio.

 

Dejarse instruir por el Espíritu Santo significa aprender a leer un momento de tensión con alguien como una invitación a dar el primer paso, un malentendido como un llamamiento a no encerrarse resentidos, un momento de cansancio como una ocasión para reconocer lo que me agobia, una prueba como una oportunidad para sacar fuerzas de la relación con Dios, una humillación como una circunstancia para aprender a tener una justa consideración de mí mismo.

 

El Espíritu Santo es quien nos ayuda a leer y a afrontar el aquí y ahora con una mirada y una fuerza nuevas, sin ser víctimas de interpretaciones miopes que abordan todo con recelo y cautela, tanto la vida como la muerte.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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