sábado, 6 de junio de 2026

Haced esto en memoria mía.

Haced esto en memoria mía

Por nosotros mismos nunca hubiéramos podido desear tanto: desde siempre, en efecto, el deseo del hombre ha sido alcanzar el cielo (por ejemplo el mito de Prometeo), es decir, poder disponer de las mismas prerrogativas que Dios. 

En el Corpus Christi todo se invierte: es Dios quien ha llegado hasta el hombre, es Él quien ha descendido no solo para plantar su tienda entre nosotros en el misterio de la Encarnación, sino incluso para convertirse en nuestro alimento en el camino de la vida.


Ya Moisés había recordado que no basta con saciar el hambre física para salvar la vida. El maná, de hecho, es una pregunta: «¿qué es?», como si quisiera decir: ¿qué es lo que realmente me nutre? ¿De qué me nutro? La comida lleva consigo esta pregunta.

 

El pan, de hecho, sacia los retortijones del estómago, pero el ser humano es mucho más que su necesidad: el hombre está hecho de sueños además de necesidades, de proyectos además de nostalgias.

 

Si bien es cierto que el pan es necesario, no basta para saciar el corazón. ¡Cuántas veces estamos saciados pero aburridos porque no estamos satisfechos!

 

¡Todos estamos hechos para otra cosa, estamos hechos para Dios! El horizonte inmediato no nos satisface, la meta a corto plazo nos aburre. Y la mayoría de las veces acabamos devorándolo todo con la esperanza de que el hambre se calme: buscamos objetos, entablamos relaciones, acumulamos experiencias pensando que por fin ha llegado el momento adecuado.

 

La relación con la comida, en este sentido, dice mucho de nosotros y de lo que nos habita y nos condiciona: no es casualidad que muchos trastornos de la personalidad tengan que ver precisamente con la comida.


Jesús es consciente de ello y por eso viene a recordarnos que necesitamos una meta más grande que nos trascienda y oriente nuestros deseos y perspectivas. Las cosas no nos bastan: necesitamos, en cambio, el significado que les damos y el fin para el que las utilizamos. De ahí la importancia de seguir preguntándonos: «¿qué es?», como en el caso del maná.

 

Una y otra vez Dios nos ha alimentado, pero con un alimento que no era capaz de dar la vida eterna. Por eso, en la plenitud de los tiempos, nos hace el don del Verbo hecho carne. Puesto que todos somos mendigos de lo infinito, Jesús se ofrece como el único capaz de saciar nuestro hambre más verdadera: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo».

 

En un solo versículo, Jesús resume la clave de toda una existencia, la plena, la verdadera: «pan vivo… vivirá para siempre… para la vida del mundo».

 

No un pan cualquiera, sino el pan vivo que da vida en plenitud y para siempre. La vida eterna, de hecho, no es solo la que viene después de la muerte: es ya una calidad de vida diferente aquí y ahora.

 

El pan de Dios que mantiene vivo al mundo se convierte en alimento para nosotros, los caminantes. Dios se hace compañero de viaje y alimento para nosotros para que nuestra vida no pierda de vista la perspectiva de aquello a lo que está destinada: la plena comunión con el Padre.

 

Solemos decir que el hombre es lo que come, queriendo decir que somos la materia que entra en nuestro cuerpo.

 

En la vida de fe, en cambio, «participar del cuerpo y de la sangre de Cristo no tiende a otra cosa que a transformarnos en aquello que recibimos» - San León Magno -.

 

Somos nosotros quienes nos convertimos en Aquel de quien nos alimentamos y solo en la medida en que vivimos de la relación con Cristo y su evangelio, nuestra vida es capaz de atravesar incluso el desierto sin renunciar nunca a su dignidad.


 

Ese pan, de hecho, nos recuerda que no estamos hechos para conformarnos con migajas porque Dios desea un hombre a la medida del cielo, es decir, a su medida.

 

Comer la carne del Hijo del hombre: entrar en sintonía y en comunión con la misma existencia del Hijo Jesús hasta llegar a ser una sola cosa con Él.

 

Beber la sangre: ser capaces de adoptar una actitud de entrega de uno mismo, incluso a costa de la vida. La perspectiva no es la de una muerte sangrienta, sino el humilde testimonio de quien pone todo de sí mismo a disposición de quien necesita ser amado.

 

La Eucaristía de Jesús no es un rito fin en sí mismo. Su desembocadura natural es una eucaristía existencial: Haced esto en mi memoria.

 

Nuestra mirada creyente no se dirige tanto al pasado de una Última Cena, para recordar una institución ritual, sino al futuro, anticipando el don de la vida eterna. La carne y la sangre son símbolos por excelencia - al menos en el mundo judío - de la vida que fluye en el ser humano.

 

Por eso, para obtener esa vida que Jesús quiere donarnos, es necesario alimentarse de su vida - carne y sangre -. Y el objetivo, de hecho, es precisamente este: vivir. El Padre tiene la vida, Jesús vive en el Padre y nosotros vivimos en ellos. 

No, no podemos ni producir, ni comprar, ni poseer,…, la vida sino solo recibirla de Dios como un don. La Eucaristía no es una recompensa por nuestros méritos sino una gracia que viene de lo alto en forma de humilde pan y vino. 

Y Dios viene a nuestro encuentro no solo haciendo algo a nuestro favor, sino dándonos un alimento que nos hace capaces de convertir y transformar radicalmente nuestra historia y la del mundo. 

La Eucaristía es participación activa en un misterio de salvación. Comer y beber la vida del Señor significa hacerse uno con Él, significa decidir acoger una Vida que dice la verdad sobre nuestra existencia y sobre el mundo y la historia: una Vida que no juzga ni condena, sino que consuela, acompaña, defiende, sostiene…, una Vida que salva. 

La verdad última de la Eucaristía no reside en la conversión del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, sino en las consecuencias que se derivan de esa conversión. 

Ante la verdad frágil y desarmada de Jesús, presente y oculto en las especies eucarísticas, Jesús nos invita a asumir e introducir un estilo eucarístico en la vida, en nuestras relaciones, en nuestros trabajos,…, para dar pleno cumplimiento a la Eucaristía del Reino. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 5 de junio de 2026

Un ser humano coronado de gloria y honor - Salmo 8, 5 -.

Un ser humano coronado de gloria y honor - Salmo 8, 5 -

La primera encíclica del Papa León XIV, Magnifica Humanitas, no es solo un documento sobre la tecnología. Su núcleo más profundo me parece otro: es una reflexión sobre el hombre en una época en la que este corre el riesgo de perderse a sí mismo.

 

El Papa León XIV plantea a la humanidad una elección: levantar una nueva torre de Babel o construir la ciudad donde Dios y la humanidad conviven. No se trata de una contraposición ingenua entre pasado y futuro, sino de una distinción más profunda: por un lado, la técnica cuando se convierte en poder sin límites; por otro, una ciudad humana fundada en la relación, la responsabilidad y el cuidado de los vínculos.

 

El Papa habla del riesgo de perder el propio rostro: es aquí donde se abre una lectura muy humana del texto.

 

Y esta encíclica también se puede leer como un gran llamamiento a la custodia de lo humano: el cuerpo, el límite, la palabra, el deseo, la responsabilidad, el encuentro con el otro.

 

La técnica no es el enemigo. El Papa lo dice con equilibrio: en abstracto, no es en sí misma una solución a los problemas de la humanidad, como tampoco es en sí misma un mal; pero, concretamente, no es neutra, porque asume el rostro de quien la concibe, la financia, la regula, la utiliza.

 

La cuestión es qué imagen del hombre está creciendo dentro de nuestro uso de la tecnología.

 

El ser humano no enferma solo cuando es frágil, sino también cuando ya no reconoce su propia fragilidad; cuando confunde el poder con la libertad, la eficiencia con la madurez, el rendimiento con el valor, el control con la salvación.

 

La IA se vuelve peligrosa no porque «piense» demasiado, sino cuando sugiere al hombre que se conciba a sí mismo como una máquina. Entonces ya no nos encontramos ante un simple avance técnico, sino ante una transformación antropológica.


 

Uno de los pasajes más importantes de la encíclica distingue la IA de la humana.

 

La IA, escribe el Papa, no vive una experiencia, no posee un cuerpo, no experimenta la alegría y el dolor, no madura en la relación. La inteligencia humana, de hecho, no es solo cálculo: es experiencia encarnada, memoria, tiempo vivido, capacidad de ser atravesada y transformada por lo que ocurre.

 

Una máquina puede simular empatía y producir palabras bien ordenadas, incluso imitando el lenguaje del cuidado, pero no tiene un cuerpo que tiemble, una historia que vuelve, una infancia que sigue hablando en el adulto. No atraviesa la experiencia, la procesa.

 

Lo humano es siempre más amplio que el dato, el perfil, el diagnóstico, el algoritmo. Cada vez que una cultura olvida este plus, comienza a producir formas elegantes de deshumanización.

 

Es aquí donde la encíclica aborda una cuestión clínica muy actual: la simulación de la relación.

 

El Papa observa que el riesgo no es tanto que una persona crea estar hablando con otra persona, sino que pierda el deseo mismo de buscar verdaderamente al otro.

 

El peligro más profundo, en otras palabras, no es solo que el hombre sea engañado por la máquina, sino que encuentre en la máquina una vía para evitar el encuentro con el Otro.

 

El otro real es siempre, en cierta medida, incómodo: no responde a la orden, no confirma siempre, no se deja programar, puede decepcionar, puede herir, puede decir no, puede sustraerse.

 

En este sentido, la IA puede convertirse en un espejo narcisista muy evolucionado: un otro sin alteridad, una presencia sin cuerpo.


 

Un eje fundamental de Magnifica Humanitas es precisamente el límite. Sobre ello ya he reflexionado en mi artículo “Magnifica Humanitas: abrazar el límite creatural” (https://kristaualternatiba.blogspot.com/search/label/Magnifica%20humanitas).

 

La cultura contemporánea tiende a interpretarlo como un defecto que hay que corregir: el cuerpo que envejece, la enfermedad, el sufrimiento, la dependencia, la vulnerabilidad, el error, el fracaso, la muerte…

 

Pero la encíclica recuerda que la verdadera realización no nace de la eliminación de las fragilidades, sino de un crecimiento armonioso. El ser humano no se convierte en sí mismo eliminando toda carencia, sino aprendiendo a darle forma y sentido.

 

El deseo nace precisamente porque algo falta, porque el otro no se puede poseer, porque el mundo no coincide con nuestra voluntad. Una vida sin límites no sería una vida realmente plena; sería una vida sin deseo, sin creatividad, sin profundidad.

 

Esto no significa idealizar el sufrimiento. Sería un grave error humano. Pero cuando encuentra un espacio en el que puede ser pensado, el sufrimiento puede convertirse también en transformación.

 

Si para un algoritmo, el error es algo que hay que corregir; para una persona, puede ser el inicio de un cambio profundo. Lo humano es también esto: la posibilidad de que lo que se presenta como un obstáculo se convierta en un umbral.


 

De aquí se entiende también la crítica a las narrativas transhumanistas y poshumanistas.

 

No se trata de oponerse a la investigación científica, sino de preguntarse qué imagen del hombre alimenta el sueño de un potenciamiento ilimitado. Si el futuro se imagina como una liberación definitiva de la limitación, del cuerpo, de la vejez, de la dependencia, nos encontramos ante una fantasía antropológica: el sueño de un hombre sin carencias, sin opacidad,…

 

Pero, ¿sería un hombre sin carencias aún capaz de desear? ¿Sería un hombre sin fragilidad aún capaz de vincularse? ¿Sería un hombre sin cuerpo aún capaz de amar?

 

La fe cristiana, en este punto, introduce un giro radical: Dios no salva al hombre aboliendo la carne, sino entrando en la carne.

 

El Verbo no se convierte en algoritmo. No se convierte en puro poder, no se convierte en inteligencia desencarnada. Se hace carne. Y la carne significa tiempo, límite, herida, relación, dolor, amor.

 

Por eso, todo proyecto de des-encarnación corre el riesgo de producir no un hombre más grande, sino un hombre más pobre: más poderoso, tal vez, pero menos capaz de habitar su propia vida.


 

Y esa deshumanización es también política porque afecta a las instituciones, al trabajo, a la comunicación, a la democracia y a la paz. Cuando la selección, el acceso, la visibilidad, la inclusión o la exclusión son filtrados por algoritmos opacos, el riesgo no es solo técnico, sino moral y político.

 

Confiar a un algoritmo el poder de decidir quién merece y quién no significa permitir que el descarte de los débiles se envuelva en neutralidad y objetividad. La neutralidad, en ciertos casos, puede convertirse en la forma más elegante de exclusión.

 

Lo mismo ocurre con la verdad. El Papa escribe que la verdad es un bien común y no una propiedad de quien tiene poder o visibilidad. La verdad no es solo la corrección de la información, sino la relación con lo real, la capacidad de tolerar lo que no coincide con nuestra necesidad. Cuando una persona, o una sociedad, pierde esta relación, ya no se vuelve más libre; se vuelve más manipulable.

 

La civilización del amor de la que habla la encíclica no es una fórmula sentimental. Es una forma exigente de vínculo: reconocer que el otro no es un medio, un dato, un perfil, un consumidor, una función de mi necesidad.

 

El otro es un rostro, y el rostro del otro siempre interrumpe nuestra omnipotencia. Nos obliga a salir del encerramiento narcisista, a responder, a hacer espacio, a limitar nuestro disfrute para que pueda existir una convivencia.

 

La encíclica no defiende al ser humano porque lo considere perfecto, autosuficiente o moralmente superior a la máquina. Lo defiende porque lo reconoce frágil, corporal, capaz de deseo, capaz de acertar y de equivocarse, expuesto a la herida pero también a la transformación. El hombre es grande no porque pueda todo, sino porque puede responder.

 

Por eso la encíclica no debe leerse como un rechazo al progreso, sino como una pregunta dirigida al progreso: ¿lo que estamos construyendo hace realmente la vida más humana?

 

El riesgo de nuestro tiempo no es que las máquinas se vuelvan humanas. Es que el hombre, seducido por su propio poder, deje de desear humanamente y busque en la IA la curación de su herida más preciosa: la carencia.

 

Porque es precisamente ahí, en la carencia, donde el ser humano permanece abierto a la palabra, al otro, al cuidado, a la esperanza y, para quien cree, a Dios.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Hermana muerte.

Hermana muerte

Estamos acostumbrados a tratar el dolor como un problema técnico. Un fallo que la medicina debe corregir, una molestia que la farmacología debe acallar.

 

No, no estoy diciendo que el dolor tenga un valor en sí mismo, que deba aceptarse como un destino o soportarse como una prueba. Estoy en las antípodas de todo eso.

 

La pregunta no es si el dolor tiene sentido. A menudo no lo tiene.

 

La pregunta es: ¿quién decide cuándo es evitable y cuándo no? ¿Sobre qué base? ¿Con qué derecho?

 

En el Cántico de las Criaturas, San Francisco de Asís hace algo extraordinario: llama a la muerte «Hermana». No enemiga, no castigo, no fin de todo —hermana. La inserta en un entramado de relaciones cósmicas, junto al sol, a la luna, al viento, al agua. La muerte entra en la familia de la creación.

 

Esto no es pietismo medieval. Es una postura filosófica profunda: reconocer la finitud como parte del orden real, no como un incidente que hay que corregir. Ningún hombre vivo puede escapar escribe San Francisco. La necesidad biológica se transforma en igualdad universal.

 

Sin embargo, San Francisco no se detiene en la resignación. Su gesto final —morir desnudo sobre la tierra desnuda— es un acto de libertad, no de derrota. Es la restitución de su propio fin a la misma gratuidad con la que se recibió la vida. La muerte no sufrida, sino habitada.


 

Esta intuición dialoga con el filósofo alemán Martin Heidegger, quien en su obra Ser y tiempo dice algo aparentemente sencillo pero de gran fuerza: somos los únicos seres vivos que saben que deben morir. Y esta conciencia —si nos la tomamos en serio en lugar de reprimirla— lo cambia todo.

 

Saber que nuestra vida terminará nos obliga a preguntarnos qué queremos hacer realmente con ella. La muerte, para Martin Heidegger, no es el fin de la vida: es la lente a través de la cual la vida adquiere peso y dirección. Quitar esa lente —engañarnos creyendo que podemos vivir como si nunca fuéramos a morir— no nos hace más libres: nos hace más distraídos, más superficiales, más dependientes de lo que los demás esperan de nosotros.

 

Hans Jonas da un paso decisivo hacia la ética. En El principio de responsabilidad, la vulnerabilidad de la vida no es solo un dato ontológico: es el supuesto de un deber moral.

 

El límite —la finitud— se convierte en la medida de la acción. Somos responsables precisamente porque somos frágiles, precisamente porque tenemos un final.

 

Y esta responsabilidad no se agota en el presente: se proyecta hacia quienes vendrán después de nosotros, hacia las generaciones futuras que heredarán el mundo que dejamos y la forma en que habremos elegido vivir —y concluir— nuestra existencia.


 

Vuelvo a la pregunta con la que empecé: ¿qué sentido tiene el dolor? Ninguno. Cuando ese dolor es evitable.

 

El dolor de un parto que podría aliviarse y no se alivia, por falta de recursos o por una idea errónea de lo natural, es una injusticia.

 

El dolor de morir cuando es soledad institucional, cuando es abandono de la sociedad, cuando es un sufrimiento que la medicina sabría aliviar pero que el sistema no garantiza, ese dolor no tiene sentido. O mejor dicho: tiene un sentido preciso, y es nuestra responsabilidad colectiva. Es el signo de una sociedad que aún no ha decidido cuidar de sus miembros en los momentos en que son más vulnerables: al principio y al final.

 

San Francisco de Asís, despojado de todo, tendido sobre la tierra desnuda, no estaba sufriendo la muerte: la estaba habitando. Estaba realizando el último acto de libertad de quien ha vivido según una forma de vida coherente.

 

Ese gesto es la imagen de lo que deberíamos garantizar a todos: no la muerte como rendición, sino la muerte como acto humano. No el parto como prueba que hay que soportar, sino el nacimiento como acontecimiento acogido con todos los cuidados disponibles.

 

«Hermana Muerte» no es una metáfora consoladora. Es una ética. Es la pretensión de que el final tenga la misma dignidad que la vida y que la vida tenga la misma dignidad que venir al mundo.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 3 de junio de 2026

A la medida de Cristo: Haced esto en memoria mía.

A la medida de Cristo: Haced esto en memoria mía

Antes de comenzar a leer esta reflexión te invito a un ejercicio de silencio, escucha y contemplación con este himno del “Pange Lingua”: https://www.youtube.com/watch?v=7AFr720M4dU 

El hombre es un cuerpo que piensa, siente y quiere. En particular, el cuerpo es el lugar donde se registran y se traducen al exterior los pensamientos, los sentimientos y los deseos que constituyen la esfera o dimensión interior del hombre, llamada alma, psique o espíritu, bíblicamente corazón. 

El tú humano es esta unidad distinta a la que hoy prestan especial atención las neurociencias, y cada uno con su singularidad inconfundible que lo constituye como persona única e irrepetible. Persona cuyo estilo, hecho públicamente visible y legible por el conjunto de la corporeidad, narra la verdad del corazón, es decir, lo que realmente pensamos, sentimos y queremos. 

El cuerpo dice el corazón, el corazón se cuenta en el cuerpo. Premisa indispensable para una clara inteligencia del Cuerpo de Jesús y, en él, del nuestro. 

El punto de partida puede ser un pasaje de la Carta a los Hebreos: «Por eso, al entrar en el mundo, Cristo dice: No quisiste sacrificios ni ofrendas, sino que me preparaste un cuerpo... Entonces dije: He aquí que vengo... para hacer, oh Dios, tu voluntad» (Hb 10,5.7=Is 40,7-9). 

Texto fundamental para introducir cómo Jesús lee su propio cuerpo: como «don», que le ha sido preparado por Otro, y como «tarea», hacer la voluntad de Otro. Voluntad cuyo contenido, en términos positivos, consiste en hacer evidente e inequívoca la voluntad de Dios inscribiéndola en un cuerpo concreto. 

El sentido de la entrada de Cristo en el mundo, el porqué de la Encarnación, tiene, por tanto, una razón precisa: hacer visibles, legibles y tangibles en su cuerpo el pensamiento, el sentir y el querer de Dios Padre. Una voluntad finalmente liberada de los equívocos interpretativos y de los comportamientos consiguientes por parte del hombre. Un aspecto que hay que subrayar. 

La experiencia cristiana más genuina a la pregunta: «¿Dónde está y cuál es la voluntad de Dios?», no puede sino responder: en el «cuerpo de Cristo». Allí está su lugar, allí su declinación, allí Dios cuenta cómo se quiere con respecto al hombre. Se quiere como «compasión» (Mt 9,36; Mc 1,41; Lc 7,13; 10,33; 15,20), como «identificación»: «se hizo semejante a los hombres» (Fil 2,7) y como «compartir» la forma alienada del hombre: «no consideró un privilegio ser como Dios, sino que, vaciándose a sí mismo, asumió la condición de siervo» (Fil 2,6-7), el estatuto del esclavo destinado a lavar los pies (Jn 13). 

Y aún más, se quiere como «cuidado»: los ojos, los oídos, la boca, las manos, el olfato y los pies de Jesús, rebosantes de amor incontenible, son las notas musicales de una sinfonía llamada curación del enfermo físico, mental, moral y religioso. Y, por último, se quiere como «don incondicional de sí mismo», «que vino a dar su vida en rescate por muchos» (Mc 10,45): «Este es mi cuerpo, que es entregado por vosotros» (Lc 22,19). 

Una primera conclusión se impone: ¿por qué celebrar el «Corpus Domini»? Porque es en ese cuerpo donde Dios ha decidido manifestarse (Col 2,9) y su voluntad como libre decisión de amor cuyos capítulos son la compasión, la identificación, el compartir, el cuidado y el don de sí mismo. 

Capítulos que se pueden leer en ese libro que es el cuerpo de Cristo; un cuerpo con los demás, a los pies de los demás, para los demás; un cuerpo que revela la cumbre de la benevolencia de Dios cuando de su herida infligida brota un amor que sana a quienes lo han golpeado: «Por sus heridas habéis sido sanados» (1 P 2,24 = Is 53,5-6). 

Un cuerpo semejante, que las mujeres vistieron con un sudario y besaron y perfumaron, no podía ser sino un cuerpo resucitado y transfigurado. El Dios que le había preparado un cuerpo frágil y mortal, epifanía en forma pobre de su verdad de «omniamor» (que dice Paul Ricoeur), es el mismo que le preparó un cuerpo fuerte, espiritual e inmortal (1 Cor 15,35-53), signo de un amor incondicional hacia ese cuerpo que lo había narrado maravillosamente. 

Y se impone una segunda conclusión que nos concierne a nosotros. El cuerpo de Jesús no es solo el lugar de la revelación de Dios, sino también del hombre. 

Es verdadero aquel hombre que lee su propio cuerpo como un don para una tarea, como el lugar a través del cual el Padre, por medio del Hijo en el Espíritu, sigue contándose, a la manera de Cristo, como pasión de amor por todo lo que se mueve bajo el sol: «Os exhorto, hermanos y hermanas... a que ofrezcáis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios; este es vuestro culto espiritual» (Rom 12,1). 

Culto agradable es, por tanto, decir con todos los sentidos cuánto Dios en Cristo se ha involucrado y se involucra con fuerte ternura en la historia humana, hasta hacerse comer, como subraya el pasaje evangélico. 

Una invitación a alimentarnos de su cuerpo resucitado-transfigurado para hacernos semejantes a Aquel que comemos, pan y vino para las manos necesitadas y los corazones tristes. Esta es la voluntad de Dios, este es el motivo por el que nos ha preparado un cuerpo, este es el marco en el que hay que leer el «cuerpo eucarístico» de Cristo: don dado en comida para convertirse en su «verdadera morada terrenal», lugar de su presencia en la aldea humana como, repetimos, compasión, identificación, compartir, cuidado y don de sí mismo. Un ya resucitados en espera de la plena transfiguración. 

Celebrar el cuerpo y la sangre del Señor equivale a dar gracias a Dios por el don de un Tú que ha amado con todo su cuerpo y con toda su sangre, que se ha entregado como pan y vino para el otro y que se entrega como alimento para el otro para transformarlo en comida y bebida para el otro. 

El sentido de la Eucaristía está dado, es una invitación a cenar para contemplar el Amor que se ha revelado en un cuerpo y para comer y beber el Amor para ser transformados en amados-amantes en un cuerpo que es pan para los necesitados y en una sangre que es vino para los angustiados. 

Todo ello en acción de gracias y en la conciencia de que el Santísimo expuesto y llevado en procesión, allí donde esto ocurre, sueña con hombres y mujeres que en el camino de la vida sean la exposición pública y corporal de su entrega como pan y vino al hombre, bendición, dedicación y alimento. 

Esto es lo que ocurre en la Eucaristía, el tiempo de gracia en el que el deseo de Él, «Ven» (Ap 22,17), acogido por Él, «Sí, vendré pronto» (Ap 22,20), lo hace tomando un pan, Él mismo, partiéndolo, Él mismo, y ofreciéndolo, Él mismo, para hacer de los comensales semejantes a Él y enviados por Él a la compañía humana para contar con sus propios sentidos, con el lenguaje del cuerpo, un Dios cuya razón de ser primero en Cristo es el ser en la belleza del hombre. A la medida de Cristo. 

Se podría finalizar esta reflexión de diferentes maneras. El arte de la música pone esa nota de sublime belleza que nos abre la ventana para asomarnos al misterio. Contempla y disfruta del “O sacrum convivium”: https://www.youtube.com/watch?v=jYbN-oBDBEg 



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

 

O sacrum convivium

 

O sacrum convivium!
in quo Christus sumitur:
recolitur memoria passionis eius:
mens impletur gratia:
et futurae gloriae nobis pignus datur.

Oh, sagrado banquete,

en que se recibe a Cristo

y se renueva la memoria de su pasión,

se llena la mente de gracia

y se nos da prenda de la gloria futura.

El sabor del pan y el gusto del vino - hacer de todo y siempre acción de gracias -.

El sabor del pan y el gusto del vino - hacer de todo y siempre acción de gracias -

La Eucaristía ejerce un magisterio silencioso pero eficaz en su propia materialidad: pan y vino colocados sobre una mesa; pan partido y compartido; vino bebido de un único cáliz... Esta dimensión material, acompañada de gestos y palabras, es capaz de expresar el gran misterio de la fe cristiana.

 

La referencia al pan implica una referencia al vino, porque juntos, nunca separados, son una introducción necesaria a la exégesis del gesto y las palabras de Jesús en la Última Cena, cuando entregó a los discípulos el mandato de repetir su gesto en memoria suya, hasta que él viniera en la gloria.

 

Es necesario reflexionar sobre el hecho de que la comunidad cristiana, cuando se reúne en el Día del Señor, celebra la Cena del Señor y los discípulos (¡los cristianos de hoy!) llevan a la mesa el pan y el vino, no como ofrenda a Dios, sino para compartir la bendición y el agradecimiento al Creador, al Señor de la tierra y de la humanidad.

 

Esto es lo que contemplamos durante la liturgia en el altar: el pan, un pan verdadero, visiblemente pan - y no una hostia como lamentablemente todavía ocurre -, y el vino en la copa del júbilo y de la bendición.

 

Esta realidad en el altar es ya un icono que habla al corazón del cristiano, pero también al corazón de todo hombre y mujer.


 

El pan es el alimento del Mediterráneo que se extendió por todo Oriente Medio. En esas culturas mediterráneas, comer ha sido también comer pan, el alimento por excelencia. En la Biblia, la tierra de Israel se describe a menudo como «tierra de trigo y mosto, tierra de pan y viñas» (2 Reyes 18,32), y el pan se considera el alimento por antonomasia, «pan de la tierra», por lo tanto, un don del Creador, pero también fruto del trabajo del hombre, que debe ganárselo con el sudor de su frente.

 

El pan, elaborado con harina de cereales, agua y, a veces, levadura, se cuece al fuego sobre piedras o en el horno y se convierte en el alimento de los judíos aún nómadas, de los que están en Egipto y de los que se han establecido en la tierra de Israel.

 

Para los pueblos de Oriente Medio, la falta de pan, relacionada en su mayor parte con la hambruna, significaba hambre, una existencia precaria y, por lo tanto, el pan no solo era precioso, sino que también se consideraba un símbolo de la vida.

 

La falta de pan, aún hoy, significa enfermedad, muerte. Por eso el pan expresa la «necesidad», es algo necesario, alimento cotidiano, diario, porque este es el ritmo con el que se alimenta el ser humano.

 

El pan tiene una historia maravillosa que es necesario conocer para comprender cómo puede ser y significar en la Eucaristía. Solo si vivimos una relación auténtica y sabia con el pan, el vino y la naturaleza, podemos «hacer de todo Eucaristía» (cf. Ef 5,20).


 

El pan: basta con considerarlo en su materialidad para acoger un brote de símbolos y significados, una cosecha de metáforas.

 

El pan, con su corteza dorada o morena, sus múltiples formas, es siempre pan para partir, para comer, para tomar como alimento para vivir.

 

El pan: basta con olerlo cuando sale del horno para embriagarse de alegría, es como una promesa de ganas de vivir.

 

El pan: basta con llevarlo a la mesa, colocarlo majestuosamente sobre el mantel o en la cesta, cogerlo con veneración y partirlo con ese crujir de la corteza para hacer un gesto de acogida y compartir.

 

El pan: basta con llevarlo a la boca y saborearlo para decir que está bueno, una experiencia que nos permite decir de una persona: «¡Es tan buena como el pan!». Saborear el pan en soledad o en compañía, mojado en una copa de vino o aderezado con un hilo de aceite de oliva, es realizar un gesto lleno de sabiduría, placer y alegría.

 

El pan: por desgracia, hoy se desperdicia, a menudo se tira a la basura... ¡un pecado que clama venganza ante Dios en nombre de tantos hambrientos de la tierra!

 

El pan pide respeto, veneración, y entonces se vuelve elocuente. Por eso Jesús partió el pan y nos pidió que hiciéramos lo mismo en memoria suya, para hacerlo presente y vivo entre nosotros.

 

Él es el pan que es vida, el pan bajado del cielo, vida partida y rota por nosotros hasta la muerte en la cruz. Él es el pan antídoto contra la muerte, el pan que resucita a los muertos.

 

Y así, en la Eucaristía comienza esa transfiguración que hace de esta creación el Reino de Dios, de esta historia la Historia de Salvación, de esta humanidad la humanidad del Cuerpo de Cristo y de todo la carne resucitada por la acción dinámica del Espíritu Santo.


 

Junto a la necesidad del pan está la gratuidad del vino.

 

También la vid crece en los países mediterráneos y crece junto al trigo: ¡la vid en las colinas y en las laderas, el trigo en las llanuras y en los valles! Israel es «tierra de trigo y de mosto» (Dt 33,28), y no es casualidad que los exploradores enviados por Moisés a reconocer la tierra prometida regresaran con un sarmiento al que se adherían grandes racimos de uvas.

 

Es Dios, pues, quien ha dado a su pueblo la «tierra que mana vino», en hebreo jajin, en arameo chamar, literalmente «el rojo», el don más bendito junto con el pan. La Biblia sitúa el origen del vino en la época posterior al diluvio, cuando Noé salió del arca y encontró el vino para consolarse, recuperar fuerzas y alegrarse.

 

El vino no es necesario para la existencia como el pan, se puede vivir sin beber vino, por lo que el vino indica gratuidad, está fuera del espacio de la necesidad. Pero en la gratuidad hay placer, alegría, posibilidad de fiesta, júbilo de los corazones...

 

Dice el Eclesiástico: «¿Qué vida es aquella en la que falta el vino que Dios creó desde el principio para alegría de los hombres?» (Eclo 31,27). El vino es el fruto de la vid, una planta que requiere mucho trabajo, mucho cuidado y muchos años para dar buenos frutos.

 

Solo el sedentario, el que habita la tierra, puede conocer el cultivo de la vid y, cuando puede decir: «¡Tengo una viña!», es como si dijera: «¡Tengo una casa, tengo una esposa!».


 

Es casi imposible para quien no lo ha vivido comprender el vínculo entre un viticultor y su viña: es una relación apasionada, es un verdadero compartir de las estaciones, del buen y del mal tiempo. Siempre hay algo que hacer en la viña: en invierno, la poda de los sarmientos; en primavera, el atado; luego, en verano, el emparejamiento de los sarmientos, el deshojado... Y finalmente, tras mucha expectación, a principios de otoño, ¡la vendimia! Se hace cantando, luego viene el prensado con el aroma del mosto.

 

Y, por fin, ¡ahí está el vino con sus colores tan diferentes! Por eso, cuando se sirve en las copas, hay que contemplarlo levantando la copa hacia la luz.

 

Luego hay que olerlo sin falta, porque desprende aromas inefables.

 

Cuando se lleva a la boca, se saborea y se degusta. Y entonces llega el placer: ¡el vino de la felicidad, de la amistad, de los amantes!

 

No es casualidad que el Cantar de los Cantares celebre el amor con el vino, y que Jesús en Caná regale el vino nuevo, el buen vino que marca la fiesta y celebra la alegría. Jesús, no lo olvidemos, nos prometió pocas cosas para el más allá, pero entre ellas sin duda una: que beberá con nosotros vino nuevo en el reino de Dios (cf. Mc 14,25).



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Haced esto en memoria mía.

Haced esto en memoria mía Por nosotros mismos nunca hubiéramos podido desear tanto: desde siempre, en efecto, el deseo del hombre ha sido al...