sábado, 12 de septiembre de 2026

El arte de perdonar: más allá de la lógica de lo razonable.

El arte de perdonar: más allá de la lógica de lo razonable

Somos esa humanidad que está acostumbrada a hacer cuentas y, sobre todo, que intenta que las cuentas cuadren.

 

Y entonces, ante la petición de Pedro y la respuesta de Jesús pensamos precisamente en la contabilidad.

 

Pedro pregunta si basta con perdonar siete veces y Jesús responde: «setenta veces siete». Siguiendo la lógica de la contabilidad, Pedro busca una cifra que le dé seguridad: siete veces nos parece un número razonable; a partir de ahí, nos sentimos tranquilo.

 

Pero si seguimos con la lógica de la contabilidad, también la respuesta de Jesús entra en esta dinámica: setenta veces siete equivale a 490 veces y aquí, siempre desde la perspectiva de la contabilidad, la cosa se complica.

 

Está claro que debemos salir de esta mentalidad y entrar en la lógica del don, del perdón.

 

Y es en esta dirección donde intentamos leer estas palabras de Jesús, con la parábola que se convierte en su explicación.

 

En la comunidad y en el mundo, el camino del perdón es importante, aunque complejo.

 

Conocemos un tipo de perdón que, al perdonar, quiere olvidar la injusticia sufrida.

 

También otro tipo de perdón. Es aquel perdón que, en el momento en que se ofrece y se recibe, se convierte en una nueva oportunidad para una nueva relación.

 

Es de este tipo de perdón del que nos habla el texto del Evangelio.

 

En el momento en que el rey hace cuentas con sus siervos y condona esa enorme deuda a su siervo que se la suplicaba, le ofrece una nueva oportunidad de reconstruir su vida.

 

Siguiendo la misma lógica de un perdón que ofrece una nueva oportunidad, ese siervo no es capaz, a su vez, de condonar una pequeña deuda a un siervo como él. El siervo perdonado no hace más que condenar al otro siervo. No había entendido bien el perdón del rey.

 

Cuántas veces pedimos justicia y no ofrecemos otras posibilidades.

 

Quizás la comunidad de creyentes necesite aprender el arte de quien, al reconocer con sinceridad las injusticias cometidas y sufridas, se vuelve también capaz de un perdón que ofrece nuevas posibilidades de vida allí donde ha habido un error.

 

Esto, un perdón que abre las puertas al futuro, es una de esas cuestiones sobre las que debemos reflexionar y actuar juntos.

 

Quien cree en esta forma de perdón no lleva la cuenta de cuántas veces, ni razona del tipo «quién tiene la culpa», ni mide agravios y razones, sino que cree en una sola cosa: en la relación, una relación que se convierte en novedad de vida en cada ocasión.

 

Sin este perdón que mira hacia el futuro, no hay futuro allí donde las relaciones, a cualquier nivel, se han roto.


¿Cómo aprender el arte del perdón que siempre mira hacia el futuro?

 

Me parece que el perdón es un arte. Y lo primero que hay que tener en cuenta para aprender este arte es el entrenamiento.

 

Entrenarnos no en elegir una y otra vez al culpable, sino en comprender la verdad y la autenticidad de la vida y de la historia, y luego encontrar, como si fueran huellas, relaciones, palabras y gestos simbólicos y concretos que nos proyecten hacia el futuro.

 

Si bien este entrenamiento es importante, existe también otro elemento que ocupa el centro de este camino del perdón que se proyecta hacia el futuro.

 

Quizás debamos aprender a ver - ¿no será más bien a saborear? - cómo Dios ejerce sobre cada uno de nosotros este arte del perdón que siempre da un nuevo impulso a nuestra vida, incluso allí donde ya no nos sentimos capaces de hacerlo.

 

Dios es el gran rey de la parábola que perdona en un acto de caridad que siempre da un nuevo impulso a mi vida. Si conseguimos saborear cómo Dios perdona de esta manera, quizá al salir de esa habitación interior, que es nuestro íntimo, donde hemos recibido el perdón de Dios, Padre de misericordia, entonces podremos perdonar de corazón a quien tenga una pequeña deuda con nosotros.

 

Este camino del perdón que da un nuevo impulso al futuro es un camino que cuesta caro y requiere mucho tiempo y mucha voluntad.

 

El perdón no se encuentra en las estanterías del centro comercial, tal vez allí donde hay ofertas, sino que se construye día tras día en nuestro corazón, acogiéndolo como un don de Dios para luego volver a regalárselo a nuestro hermano en la vida cotidiana.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 11 de septiembre de 2026

Nuestra dignidad de hijos - una confesión de fe ante la Madre del Dolor -.

 Nuestra dignidad de hijos - una confesión de fe ante la Madre del Dolor -

¿Por qué volvemos siempre a María? ¿Por qué, desde hace generaciones, hombres y mujeres siguen poniéndose en camino hacia Ella con su vida tal y como es? ¿Qué es lo que aún nos atrae hacia Ella que buscamos su mirada?

 

Sí, venimos a Ella porque buscamos una mirada. Necesitamos fijar nuestros ojos en los ojos maternales de la Madre, porque hay momentos en los que ya no sabemos mirarnos con la sinceridad de hijos...

 

El dolor estrecha la mirada, la culpa la rebaja, una decepción la amarga; a veces acabamos creyendo que somos solo lo que hemos hecho mal, lo que hemos perdido, lo que alguien ha dicho o pensado de nosotros.

 

Te lo confieso, Madre: esos tus ojos siempre me conceden la gracia de volver a empezar.

 

Es precisamente esto lo que venimos a encontrar en tus ojos: no solo consuelo, sino la posibilidad de volver a empezar; no la ilusión de que lo que ha sucedido pueda borrarse, sino la gracia de que lo que ha sucedido no tenga el poder de detenernos para siempre.

 

Necesitamos, pues, unos ojos que no nos reduzcan a nuestro error, a nuestra herida, a nuestra fragilidad. Necesitamos que nos miren de otra manera.


Tus ojos, Madre, son ojos maternales porque una madre sabe distinguir lo que un hijo ha hecho de lo que un hijo es. No ignora su debilidad, no finge que todo va bien,..., pero sigue viéndolo más allá de sus fracasos.

 

La mirada maternal no borra la verdad, sino que impide que la culpa o la derrota se conviertan en una sentencia definitiva.

 

Tu maternidad, María, no es distancia, superioridad ni privilegio. Eres Madre porque perteneces por completo a Dios y, precisamente por eso, sabes recordarnos a cada uno de nosotros a quién pertenecemos.

 

No creas súbditos, sino que levantas a los hijos. Tu mirada nos devuelve una dignidad que a menudo hemos perdido. Nos recuerda que somos más que nuestras caídas, más que el juicio de los demás, más que el mal que hemos cometido o sufrido.

 

Venimos a Ti, Madre, para volver a ponernos en pie.

 

Tu maternidad nos acoge tal y como somos. Tú, Madre, nos dices con tu mirada: puedes venir con tu fragilidad.

 

Y precisamente porque eres Madre, María, no fijas la mirada en ti misma. Nos enseñas a mirar hacia donde Tú miras.



El Evangelio te sitúa ante la cruz: «Junto a la cruz de Jesús estaban su madre…».

 

Es aquí donde comprendemos de verdad esos ojos que hoy contemplamos.

 

Son ojos que han visto la violencia, la humillación, el dolor del Hijo y no se han apartado. María ve la carne de su carne entregada a los hombres, escucha los insultos, siente los golpes, mira al Hijo crucificado... y permanece allí.

 

San Juan utiliza un verbo muy sencillo: «estaban».

 

Cuando podemos intervenir, resolver, cambiar algo, todavía nos parece que tenemos la situación bajo control.

 

Pero hay momentos en los que no podemos arreglar nada, no podemos borrar lo que ha sucedido, quitar el dolor a quienes amamos, devolver lo que se ha perdido. El amor, entonces, queda despojado de todo poder y solo le queda una posibilidad: no huir.



La tradición cristiana llama a esta permanencia de María «compasión». No se trata de una emoción superficial, sino de «sufrir con», de dejar que la herida del otro encuentre espacio dentro de nosotros.

 

La Pasión de Jesús es la com-pasión de Dios por el hombre. Dios no nos salva manteniéndose alejado de nuestra herida: entra en la carne, en la fragilidad, en la muerte.

 

María entra en ese mismo movimiento: no añade nada a la obra salvífica del Hijo, sino que se deja involucrar hasta el fondo.

 

Este es también el lugar del discípulo: no ser espectador de la cruz de Jesús ni de las cruces de los hombres.

 

Pero la grandeza de María no consiste simplemente en sufrir. El dolor no santifica automáticamente a nadie. Puede abrir el corazón o cerrarlo, puede hacernos más humanos o más duros.

 

San Juan no dice solo que María está junto a una cruz; dice que está junto a la cruz 'de' Jesús.

 

La cuestión cristiana no es cuánto dolor hemos conocido, sino junto a quién hemos permanecido mientras lo atravesábamos. La grandeza de María bajo la cruz es su fe, más aún que su sufrimiento.


Y es una fe puesta a prueba hasta el fondo. 


María había recibido promesas inmensas sobre ese Hijo: había oído que sería grande, que su Reino no tendría fin. Ahora lo ve clavado en la cruz. 


Podría haber preguntado: ¿por qué no bajas? ¿Por qué no te salvas a ti mismo? ¿Por qué no me libras también a mí de este dolor?

 

Y, sin embargo, se queda.

 

Su fe no consiste en comprender, sino en quedarse y permaneces, en estar, en no romper la relación cuando ya no comprende.

 

También por eso buscamos tus ojos, Madre. Porque los nuestros, cuando no comprenden, se vuelven fácilmente recelosos hacia Dios. Nos gustaría una presencia divina que impidiera el mal, resolviera, protegiera y sanara. y Tú no recibes una explicación del dolor sino que recibes a un Hijo crucificado.

 

Y precisamente allí, Madre, descubres que Dios no salva permaneciendo al margen de la herida del hombre. La cruz no dice que Dios ame el dolor; dice que ya no hay dolor en el que Él se niegue a entrar.

 

La compasión de María llega aún más lejos, porque bajo la cruz no solo se le pide que comparta el dolor de su Hijo, sino que entre en la forma en que su Hijo atraviesa el dolor.


«Padre, perdónalos».

 

El mal, de hecho, no solo quiere hacernos daño, sino que intenta deformarnos. Quien nos humilla querría enseñarnos a humillar; quien nos traiciona querría hacernos incapaces de confiar; quien nos hiere querría convencernos de que la única respuesta posible es devolver la herida.

 

María no concede al mal este poder, sino que permanece libre para amar.

 

Aquí comprendemos aún mejor la serenidad de sus ojos: son serenos porque no se dejan esclavizar por el mal que han visto. 


La verdadera serenidad es esta libertad interior, la posibilidad de no dejar que el pecado o el juicio de los demás decidan quiénes somos.


Entonces Jesús mira a su madre y al discípulo: «Mujer, he aquí a tu hijo». «He aquí a tu madre».

 

En el lugar de la muerte nace una relación. María pierde al Hijo que ha engendrado y recibe hijos que no había engendrado. El discípulo pierde al Maestro y recibe una Madre. Allí donde la muerte parece solo quitar, Cristo confía una nueva pertenencia.

 

«Desde aquel momento, el discípulo la acogió en su casa».

 

Acoger a María en nuestra casa significa dejar que su mirada penetre en nuestra forma de mirarnos a nosotros mismos y de mirar a los demás. Significa aprender a no emitir juicios definitivos sobre las personas, a seguir viendo dignidad allí donde todo parece haberla borrado.

 

¿Qué queremos buscar en tus ojos maternales, María?

 

Venimos a buscar una mirada que nos acoja sin humillarnos y que, precisamente porque nos acoge, no nos deje prisioneros de lo que nos hemos convertido.

 

Venimos a buscar el recuerdo de nuestra dignidad de hijos amados.

 

Venimos a buscar a alguien que, mientras nosotros solo vemos nuestra herida, siga viendo al hijo; mientras bajamos la mirada, siga recordándonos que estamos hechos para mantenernos en pie.

 

Ante Ti no nos sentimos pequeños porque Tú seas grande. Tu grandeza nos devuelve la nuestra porque una Madre nos recuerda nuestra dignidad de hijos.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 10 de septiembre de 2026

Cada uno de nosotros somos hijos de un perdón original - San Mateo 18, 21-35 -.

Cada uno de nosotros somos hijos de un perdón original - San Mateo 18, 21-35 -

La palabra «perdón» está muy manida. Al igual que la palabra «amor».

 

«¿Perdona usted?», pregunta sin reparos el periodista a quien, tal vez, ha sido víctima de un abuso o de una violencia. .

 

«Perdono, pero no olvido», reconocemos, a veces, con franqueza.

 

«Perdono, pero no olvido», afirmamos cuando el bálsamo del olvido no forma parte de nosotros.

 

El camino hacia la madurez está marcado por no pocas situaciones conflictivas, a veces incluso por motivos muy tontos.

 

La historia de Caín y Abel, que tiene su origen en la envidia por un trato diferente, está ahí como recuerdo perenne para todas las generaciones venideras.



A menudo pensamos en nuestra propia vida como esa realidad a la que tantos le deben algo: casi como si el partido se jugara solo en el terreno de lo que se recibe.

 

De hecho, no son pocas las veces en que nuestras vidas están amargadas porque nos parece que no hemos recibido lo que, según nuestras legítimas expectativas, nos correspondía.

 

Pero el Evangelio va más allá al ayudarnos a comprender que nuestra vocación es convertirnos en constructores de la humanidad. Por eso no basta con preguntarse «¿quién cuida de mí?»

 

De hecho, uno se hace adulto no cuando se pasa la vida quejándose por no haber tenido un padre sino cuando se toma conciencia de que a nosotros, en primer lugar, se nos han confiado otros para que los cuidemos.

 

¿Y hasta cuándo estoy obligado a cuidar del otro?, pregunta el Pedro de turno. ¿Hasta siete veces, creyendo ya que he sido lo suficientemente generoso?



Porque —parece decir Pedro— sin duda es hermoso ser capaz de perdonar, pero la verdadera naturaleza del hombre es poner un límite y volver por fin a mostrar su carácter.

 

Desde que el mundo es mundo, no se vive la vida siguiendo una lógica perdedora y dejando que el otro se imponga. Hay un límite para todo, sugiere de nuevo Pedro: ir más allá sería una capitulación, una imprudencia e, incluso, una injusticia.

 

Y, sin embargo, según lo que cuenta Jesús con la parábola del siervo malvado, nosotros, antes incluso de ser hijos de una culpa original que, en mayor o menor medida, exige una reparación, somos hijos de un perdón original.

 

Somos hijos, es decir, no de un acto debido, sino de la pura gratuidad del amor del Padre.

 

Por eso, nuestra identidad constitutiva no consiste en tener la última palabra sobre el otro, sino en no dejar nunca de cuidarlo, pase lo que pase, porque así lo ha hecho Dios con nosotros.

 

El mal, de hecho, no se repara infligiendo más mal.

 

Si respondo a la ofensa con otra ofensa igual, no hago más que elevar el nivel de violencia.

 

Las heridas no se curan hiriendo a nuestra vez.

 

Por eso, la propuesta del perdón se dirige a quien ha sufrido el mal, porque está llamado a ser grande de corazón. Las simetrías del odio, de hecho, deben romperse.



¿No debías tú también tener piedad?

 

He aquí el quid de la cuestión: hacer lo que hace Dios, quien siempre tiene el valor de adelantarse a los acontecimientos porque, incluso antes de pasar página sobre lo que ha sido, nos permite proyectar lo que tenemos por delante.

 

El perdón es la defensa obstinada del bien.

 

El perdón es permanecer fieles al proyecto de Dios sobre la humanidad sin dejar que la mente y el corazón se vean intoxicados por el engaño presuntuoso de la violencia.

 

Setenta veces siete, es decir, de forma ilimitada e incondicional.

 

El perdón es más un estilo de vida que un acto ligado a la transgresión; es una forma de comportarse ante el otro y ante su debilidad, que no surge exclusivamente a raíz de la caída, sino que, más bien, a veces puede impedirla, porque es un estilo de bondad, comprensión y magnanimidad, el estilo de quien no se fija en lo que el otro merece, ni se escandaliza ante su miseria.

 

¿Por qué? Porque la persona misericordiosa no puede olvidar que ella misma ha caído tantas veces sin ser condenada.

 

Preguntarse si, en un mundo de venganzas crueles, de represalias directas o indirectas, de lenguaje violento, de odios que se arrastran durante años, tiene sentido el perdón, sería como preguntarse si, en un periodo de gran sequía, tiene sentido la lluvia.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La misericordia es vida - San Mateo 18, 21-35 -.

La misericordia es vida - San Mateo 18, 21-35 -

El capítulo 18 del Evangelio de San Mateo tiene como tema la Iglesia. Desde un punto de vista general, lo interesante es que, cuando Jesús habla de la Iglesia, no piensa en la jerarquía ni en la institución, sino en la relación entre hermanos dentro de la comunidad.

 

Por lo demás, sabemos bien cuánta atención prestaba Jesús al diálogo cotidiano con sus discípulos, hasta el punto de que, tras cada parábola, les dedicaba tiempo para explicarles los pasajes, de modo que pudieran comprenderla.

 

Es desde esta perspectiva, pues, desde la que hay que leer este pasaje del Evangelio, porque su contenido revela un aspecto que, para Jesús, es fundamental que esté presente en la comunidad: el perdón.

 

El reino de los cielos se asemeja a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos.

 

La parábola que cuenta Jesús sirve para explicar el misterio de la misericordia.

 

Son dos episodios que se superponen y provocan un contraste estridente. Dos episodios con un contenido y una dinámica similares, pero con un desenlace opuesto. Mientras que en el primer caso el hombre que suplica al señor obtiene el perdón, en el segundo no. Conclusiones diferentes, pero relacionadas entre sí.

 

De hecho, en la parábola se encuentra la explicación a la pregunta de Pedro que aparece al principio del pasaje: Pedro se acercó a Jesús y le dijo: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tendré que perdonarle? ¿Hasta siete veces?». Y Jesús le respondió: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

 

No solo está en juego el problema del perdón, que de por sí no es sencillo, sino también la repetitividad del gesto: setenta veces siete, es decir, siempre.

 

¿No debías tú también haber tenido piedad de tu compañero, así como yo he tenido piedad de ti?

 

Este versículo es el núcleo de toda la parábola: debemos perdonar a nuestros hermanos porque nosotros mismos hemos sido perdonados. Nuestra vida de fe nace de una elección de misericordia de Dios hacia la humanidad.

 

La propia creación es un acto de amor que manifiesta el sentido de la vida como una salida de uno mismo hacia los demás. Perdonar significa, desde esta perspectiva, colaborar en el proyecto creador de Dios, que desea la vida para todos y todas.

 

Cada vez que no perdonamos a nuestro hermano o hermana, no permitimos la posibilidad de un nuevo comienzo y provocamos caminos de desesperación. Por el contrario, el perdón permite a la persona afectada levantarse para retomar el camino. La misericordia es vida.


Si es cierto, además, que estamos llamados a perdonar porque primero hemos sido perdonados, la falta de perdón hacia nuestros hermanos pone en tela de juicio la autenticidad de nuestro camino de fe.

 

Quien no perdona está lejos del Evangelio porque no está permitiendo que el Espíritu Santo entre y actúe. De hecho, uno de los aspectos más significativos del Espíritu Santo es que, en todos aquellos que lo acogen con fe, reproduce en nosotros los mismos rasgos de la humanidad de Jesús.

 

En otras palabras, el Espíritu Santo nos cristifica, como dice San Pablo cuando, en la Carta a los Gálatas, afirma: «¡Hijos míos, a quienes vuelvo a dar a luz entre dolores hasta que Cristo se forme en vosotros! (Gálatas 4,19). Y entre los rasgos de la humanidad de Jesús que el Espíritu forma en nosotros se encuentra, sin duda, el perdón y la misericordia. Por eso podemos afirmar con toda seguridad que quien no perdona a su hermano y a su hermana de la comunidad está muy lejos de Cristo.

 

El rencor y la ira son cosas horribles, y el pecador las lleva dentro. Quien se venga sufrirá la venganza del Señor, que siempre tiene presentes sus pecados. (Eclo 27,33s).

 

El tema del perdón lo encontramos en una forma avanzada, es decir, muy similar a los argumentos del Evangelio, también en algunos pasajes del Antiguo Testamento.

 

Sabemos que el tema de la venganza y la lógica del «ojo por ojo y diente por diente» fue uno de los ejes de la ley mosaica; sin embargo, poco a poco, también a través de la predicación profética, la reflexión bíblica llega a percibir la importancia del perdón como manifestación de la misericordia de Dios.

 

Los versículos del libro del Eclesiástico, que, por cierto, es muy reciente y casi contemporáneo a Jesús, demuestran este camino espiritual. Perdona la ofensa a tu prójimo y, por tu oración, te serán perdonados los pecados.

 

Existe la percepción de que el perdón de los pecados influye en la vida espiritual: ¿por qué? Cada vez que perdonamos colaboramos en el proyecto creador de Dios y no interrumpimos el deseo de vida que brota de Él, deseo que queda bloqueado cuando la persona se endurece en sus posiciones y no perdona.

 

La verdadera espiritualidad, por tanto, aquella que nace del encuentro con Jesús, conduce al perdón y a la misericordia y, cuando esta se pone en práctica, regenera a la comunidad.

 

Él perdona todas tus culpas, sana todas tus enfermedades, salva tu vida de la fosa, te rodea de bondad y misericordia (Sal 102).

 

Incluso las palabras del Salmo nos recuerdan la acción del Señor en nuestra vida, que nos perdona y nos salva de la fosa para que tengamos vida en abundancia.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 9 de septiembre de 2026

¿Qué cristianismo?

¿Qué cristianismo?

Existe una línea de pensamiento que impregna la mentalidad de algunos cristianos que desearía que la Iglesia se dedicara exclusivamente a actos «explícitamente religiosos».

 

La sospecha es que este tipo de pensamiento no es exclusivo - y quizá ni siquiera principalmente - de quienes ejercen el ministerio ordenado, sino que tiene raíces profundas en no pocos creyentes más o menos comprometidos con las comunidades cristianas.

 

Animar la liturgia, cuidar el canto sacro y cultivar las devociones tendrían así la prioridad absoluta en la escala de urgencias, hasta el punto de relegar a un segundo plano cualquier otra acción pastoral.

 

Y sabemos bien que todo lo que ocupa el segundo lugar corre el riesgo de caer en el olvido o incluso de ser menospreciado.

 

El orden de la lista de prioridades eclesiales no es una cuestión de gustos o de sensibilidades personales.

 

Tampoco se trata de un problema exclusivo de los «expertos en la materia».


Lo que está en juego no es el aspecto estético de una celebración ni la cantidad de tiempo que se dedica a una tarea en lugar de a otra, sino la forma de ser Iglesia y de entender la propia naturaleza de la identidad cristiana.

 

¿Qué fe es la de los cristianos? ¿En qué creen, quiénes son y qué buscan? ¿Y qué Dios es aquel al que invocan?

 

Estas son las preguntas necesarias para no hundirse en un debate estéril en el que «progresistas» y «tradicionalistas» se sitúan en los extremos de un ring, listos para un combate cuyo único objetivo es aniquilar y humillar al adversario.


Una facción de acérrimos defensores de la «tradición» (aunque sería mejor hablar de «tradiciones») se erige con determinación en defensa de las procesiones, los cantos en latín, los rosarios, las estampitas...

 

Para estos cristianos «íntegros», la máxima referencia doctrinal sería el Catecismo de la Iglesia Católica y cualquier forma de interpretación – mediación - diálogo con la historia es una pérdida de tiempo inútil.

 

Casi parece que el aparato exterior de la religión católica - entendido como la práctica consolidada en Europa occidental desde el Concilio de Trento hasta principios del siglo XX - sea más relevante que el estudio de la Biblia, que la interpretación de la historia como espacio teológico, que el encuentro con una humanidad de hermanos y hermanas bajo el signo del diálogo y la fraternidad.

 

Se trata de una corriente de pensamiento y de acción que, de buen grado, daría la espalda a las grandes intuiciones del Concilio Vaticano II.

 

La excomunión de los obispos ordenados en Suiza por la Fraternidad San Pío X a principios de julio causó un gran revuelo. Los lefebvrianos, firmes opositores a las reformas más recientes del catolicismo, han provocado un cisma.

 

Pero, ¿cuántos simpatizantes hay también en nuestras parroquias hacia esa forma de entender y practicar la fe y hacia todo el aparato coreográfico que la rodea?


En una época que admira las identidades fuertes y las tomas de posición rotundas- “prietas las filas” que dice un buen amigo mío -, una forma eclesial de tendencia sectaria y muy agresiva ejerce su encanto sobre diversas personas.

 

Es el equivalente al canto de las sirenas para Ulises, del que hay que defenderse no con tapones de cera y cuerdas, sino con el poder del espíritu crítico y con la fidelidad a las raíces de la fe.


¿Qué piensa de la importancia de la fraternidad, o del compromiso con los pobres y con la justicia, quien hace un guiño al sentimiento religioso «tradicional» y mira con recelo el diálogo de la Iglesia con el mundo?

 

¿Es este el horizonte en el que reconocemos nuestro futuro como creyentes: orientado a la afirmación de uno mismo y en lucha contra todo lo que es diferente?

 

Sí, hay otra interpretación que seguramente trata de ser coherente con el estilo del Maestro venido de Nazaret, que se acerca a las personas y las escucha, que interactúa con gente como Zaqueo el publicano, la samaritana en el pozo de Sicar, la mujer cananea que pide la liberación de su hija del mal…

 

El propio Jesús nutre una clara y expresa desconfianza hacia los autoproclamados sabios de Israel: fariseos, escribas y otras autoridades a las que a menudo se acusa de «hipocresía».

 

Hay distintas formas de decirse discípulos del único Maestro. El reto de este tiempo para las comunidades a las que pertenecemos es decidir cuál es el camino que los cristianos pueden recorrer.

 

Hay una búsqueda que realizar sin olvidar el principio fundamental que nos dejó Jesús: «En esto conocerán todos que sois mis discípulos: si os amáis los unos a los otros» (Jn 13,34).


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 8 de septiembre de 2026

A la altura de lo pequeño, a la grandeza del suelo, a la gloria de lo humilde.

A la altura de lo pequeño, a la grandeza del suelo, a la gloria de lo humilde

Al recordar el nacimiento de María, a nosotros, al igual que aquel día a José, se nos repite: No temas acoger a María.

 

Sabemos lo que significó para José aceptar esta invitación del ángel.

 

Pero, ¿qué podría significar para nosotros?


En primer lugar, aprender a acoger la falta de armonía y la contradicción.

 

Habríamos esperado quién sabe qué relato del momento en que la Madre del Señor vino al mundo. Y, en cambio, nada de eso.

 

En una larga lista de nombres que va desde Abraham hasta José, María casi se pierde. Pero precisamente esa lista de nombres —la mayoría de los cuales… resultan tan inadecuados para la generación del Hijo de Dios— nos ofrece un dato con el que esta fiesta nos pide que nos midamos: el entramado de nuestras vivencias, a veces desarmónicas y contradictorias, nunca representa un impedimento definitivo para que Dios lleve a buen término su plan de salvación para la humanidad.

 

Solo se llega a esta toma de conciencia gracias a la fe, que es precisamente la capacidad de conciliar la promesa de Dios con aquello a lo que nos enfrentamos humanamente cada día.

 

Seguramente María se preguntó cómo conciliar lo que el ángel le había anunciado sobre aquel niño: será grande, será llamado Hijo del Altísimo… y, por ejemplo, aquel nacimiento fuera de casa.

 

Él, el cumplimiento de las expectativas de Israel, rechazado precisamente por su propio pueblo.


¡Qué contradicciones! Y, sin embargo, el designio de Dios sobre la historia se cumple siempre a través de lo humanamente irreconciliable.

 

Todo se reinterpreta como una pieza que, poco a poco, va componiendo lo que más le importa a Dios: una humanidad reconciliada. Y, en ese sentido, cada nacimiento representa el nuevo injerto que Dios realiza en el tronco de la humanidad: una nueva posibilidad ofrecida para que la vida supere las resistencias y las dificultades.

 

De verdad, «todo contribuye al bien de quienes aman a Dios» (Rom 8,28). Nuestra vida, por muy pobre y frágil que sea, no está marcada por el azar y mucho menos abandonada a merced del caos. Una atención amorosa acompaña los pasos de nuestro deambular…

 

¡Qué bonito sería poder continuar esa genealogía hasta llegar a nosotros!

 

Todos nuestros nombres se iluminan con ese fruto maduro, que es el Dios con nosotros, el Dios mezclado con nosotros. Esta larga genealogía que llega hasta mí me habla de la fidelidad de Dios a nuestra tierra, a nuestra humanidad.

 

Por eso no puedo caer en actitudes de desesperación. Si Dios es fiel a mi tierra, no puedo desesperar de los hombres y las mujeres de hoy. Dios vincula el milagro de su presencia a la cotidianidad de mis días y a la sucesión de nuestros nombres.

 

Luego, aprender a concebir nuestra vida como una experiencia a través de la cual el Señor Jesús pueda tener derecho a permanecer en la historia.

 

Una normalidad transparente, la de María. Nada excepcional en sus días. Solo una gran disposición a confiar en una palabra que venía de otro lugar distinto a sus planes y proyectos. Casi una especie de inconsciencia la suya, ¡y sin embargo, qué bien le permitió no complicarse la vida con razonamientos vacíos!

 

Tomar a María consigo significa también no escandalizarse ante la propia pequeñez y la de los demás.


El Evangelio nunca muestra ningún atisbo de vergüenza por la medida de la pequeñez cuando esta se manifiesta, ya sea en el plano de la cantidad o en el de la eficiencia.

 

¿Qué era María y quién era María en relación con aquello para lo que se le pedía? Y, sin embargo, es por ese camino por donde Dios se ha abierto paso en la historia de la humanidad.

 

Nuestras proyecciones siempre nos han llevado a pensar en Dios como algo que trasciende cualquier medida. Y, sin embargo, Dios se muestra desde siempre «convertido» al encanto de la pequeñez. Incluso se vacía de sí mismo.

 

Nada del Altísimo puede conocerse sino a través de lo Infinitamente Pequeño, a través de este Dios a la altura de un niño, este Dios pegado al suelo.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El arte de perdonar: más allá de la lógica de lo razonable.

El arte de perdonar: más allá de la lógica de lo razonable Somos esa humanidad que está acostumbrada a hacer cuentas y, sobre todo, que inte...