sábado, 25 de julio de 2026

Mi tesoro - San Mateo 13, 44-52 -.

Mi tesoro - San Mateo 13, 44-52 - 

«Mi tesoro…», sisea Gollum con su voz ronca, ¡completamente sometido por el poder del anillo que quiere conservar a toda costa! Gollum es un personaje fundamental en la historia de «El Señor de los Anillos», de J. R. R. Tolkien, que, en un mundo imaginario poblado por personajes fantásticos, narra el enfrentamiento entre el bien y el mal, y todo gira en torno a un anillo mágico que se apodera de quien lo posee, llevándolo incluso al lado del mal. 

Eso es lo que le ocurre al pobre Smeagol, quien, tras hacerse con el anillo forjado por el Señor Oscuro Sauron, se ve transformado en el ambiguo Gollum con tal de no perderlo, y precisamente por su codicia acabará él también destruido, junto con el anillo, en el abismo ardiente de Orodruin. 

El Señor de los Anillos se ha convertido en una saga cinematográfica gracias al director Peter Jackson, que supo retratar bien a Gollum en su continua ambigüedad entre el bien y el mal, precisamente a causa del terrible anillo. 

Jesús, al hablar del Reino de los Cielos —es decir, de la presencia y la acción de Dios en el mundo—, utiliza dos ejemplos que, de alguna manera, guardan relación con esta historia de Tolkien. 

En la parábola del hombre que encuentra un tesoro en el campo, llama la atención la determinación de este hombre por hacerse con el campo que esconde el tesoro. El hombre está dispuesto incluso a engañar con tal de quedarse con ese campo que no es suyo. Esconde el tesoro que ha desenterrado, no dice nada, y mucho menos al propietario, y vende todo lo que tiene para comprarlo. Ese tesoro es suyo, aunque quizá no tenga derecho a él. Al igual que el buscador de perlas que encuentra la perla que buscaba y, para hacerla suya, está dispuesto a arriesgar todo lo que posee. 

En estos relatos del Evangelio me parece ver realmente la codicia de Gollum y de todos aquellos que, en la saga de Tolkien, están dispuestos a cualquier cosa, incluso a perderse a sí mismos, con tal de hacerse con ese tesoro. 

Jesús quiere aprovechar este profundo deseo del tesoro para impulsarnos a preguntarnos cuánto nos importa realmente Dios en nuestra vida. ¿Son Dios, su Palabra, su presencia y su acción en mi historia realmente un tesoro para mí? ¿Qué estoy dispuesto a dar por este tesoro? ¿Lo siento realmente como «mi tesoro»? 

Jesús, obviamente, no está pensando en Dios como una idea abstracta, sino en Dios como una elección de vida, como un «reino» concreto en el mundo. 

Considerar a Dios como el tesoro de mi vida no es simplemente y de forma abstracta «creer que Dios existe», sino tener a Dios como punto de referencia concreto para cada una de mis decisiones concretas de cada día, en cada situación. 

Dios, al igual que, en cierto modo, el anillo de la historia de Tolkien que posee a quien lo posee, quiere poseerme a mí y transformar mi vida en lo más profundo. Pero mientras que el anillo forjado por Sauron es para el mal, Dios quiere conducirme hacia el bien y transformar la historia humana para bien a través de mí. 

Jesús, por tanto, me invita a escarbar con atención en el terreno de mis días, en las relaciones que mantengo con las personas, en mi comunidad cristiana a la que pertenezco, e incluso en lo que hay en mi corazón, para descubrir el tesoro de Dios, la perla preciosa de su presencia. 

Debo escarbar a fondo y buscar con atención, evitando así quedarme siempre en lo superficial y distraído como actitud de vida espiritual; de lo contrario, corro el riesgo de no darme cuenta del tesoro de Dios que tengo bajo mis pies o delante de mis narices. 

Si soy discípulo de Jesús, aprendo a encontrar y a custodiar la preciosidad de Dios en mi vida, que se convierte ella misma en un verdadero tesoro que otros pueden encontrar. Y sentiré en lo más profundo de mi corazón la voz de Dios que, tomándome de la mano, me susurra: «¡Mi tesoro!». 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Discernir lo más precioso y valioso: la sabiduría del Reino - San Mateo 13, 44-52 -

Discernir lo más precioso y valioso: la sabiduría del Reino - San Mateo 13, 44-52 -

La vida avanza como un río kárstico. Fluye bajo la tierra incluso cuando todo parece estar quieto. Crece en silencio, mientras nosotros solo vemos lo poco, el fragmento, el esfuerzo. 

Así es el Reino de Dios. Jesús habla del Reino como de un descubrimiento. «Es como un tesoro». Cuando lo encuentras en ti, cambia para siempre tu forma de ver la vida. 

Hay un hombre que tropieza con un tesoro. Hay un comerciante que por fin encuentra la perla preciosa. Y ambos, a partir de ese momento, ya no son los mismos. La vida los atrapa. La belleza los conquista. Una pasión los guía. Y todo lo que antes parecía importante se relativiza, se pone en su sitio y así recupera su valor. 

Podemos comprender la parábola del tesoro y de la perla a través de la experiencia más elemental del amor humano. 

Cuando dos personas descubren que se aman, se dan cuenta de que entre ellas ha ocurrido algo que ninguna de las dos puede darse a sí misma. Ha aparecido una Presencia, un Tercero, que transforma su relación y las abre a ambas a una vida más grande. Un sentimiento de sorpresa las invade: «Hay algo entre nosotros». 

Es quizás el descubrimiento más sorprendente del amor. Pero ese «algo» no es simplemente una emoción, ni la suma de dos vidas que se encuentran. Es la presencia de un «Tercero». Un misterio que ninguno de los dos produce y que ninguno de los dos posee. Es el tesoro escondido, la perla preciosa: una Presencia que, precisamente al unirlos, los abre más allá de sí mismos. 

El amor auténtico no encierra a los dos en un círculo, sino que los abre a un Tercero. Es este «algo más» lo que, en la atracción entre ambos, se manifiesta con vistas a su enriquecimiento. Donde cada uno de los dos crece porque recibe continuamente vida «del otro del Otro».

Es exactamente la lógica evangélica del Reino: el tesoro no es simplemente el otro, «tú eres un tesoro», sino Aquel que se manifiesta en la relación entre mí y el otro y la hace fecunda. El Reino de Dios que anuncia Jesús no es un bien que se suma a los demás, sino la Presencia que transfigura todos los bienes. 

Quien encuentra el tesoro no pierde la vida: la recupera. La alegría precede a toda renuncia, porque nadie lo deja todo por el vacío, sino por una plenitud mayor. El Evangelio no estrecha el corazón: lo ensancha. No resta: aumenta. La vida crece por atracción, no por coacción. Como la semilla. Como la levadura. Como un manantial que, al dar agua, ensancha su curso. 

El Reino introduce una dinámica de crecimiento sin fin: lo que recibes se convierte en don, lo que das vuelve fecundo. El amor no se agota en quien ama, sino que se multiplica abriéndose al Tercero que lo habita. 

Jesús no ocupa un lugar en la vida: se convierte en su centro gravitatorio, generador. Todo permanece —los afectos, el trabajo, los bienes, los deseos—, pero todo recupera su justo orden según la justicia. 

Para comprender el alcance de la parábola evangélica, podemos ahora medirnos con la oración de Salomón de 1 Reyes 3, 5. 7-12: 

«Pues bien, yo no soy más que un muchacho; no sé cómo actuar. Tu siervo se encuentra en medio de tu pueblo elegido, un pueblo numeroso que, por su cantidad, no se puede calcular ni contar. Concede a tu siervo un corazón dócil, para que sepa hacer justicia a tu pueblo y distinga el bien del mal; pues, ¿quién puede gobernar a este pueblo tuyo tan numeroso?». 

Salomón podría haber pedido riqueza, éxito o poder. En cambio, pide un corazón capaz de discernir el bien del mal. Y ese es precisamente el propósito de las parábolas. 

También aquí la sabiduría que Salomón pide no es un don que se suma a los demás, sino más bien aquello que permite al rey gobernar bien todo lo demás: la riqueza, la responsabilidad y el poder. Pide un corazón que sepa reconocer lo que realmente vale. El discernimiento es la forma más elevada de sabiduría. 

Por eso la tradición cristiana habla de discernimiento. Discernir no significa simplemente analizar. Significa escuchar los movimientos del corazón, reconocer lo que conduce a la vida y lo que la limita, distinguir lo que ensancha lo humano de lo que lo empobrece. 

Discernir es un acto que involucra a la vez la inteligencia, los afectos, la libertad y la conciencia. Discernir es un don del Espíritu. Lo que denominamos discernimiento es algo que no se puede reducir a ninguna forma innovadora de cálculo o recuento. 

Hoy en día, este don se vuelve aún más valioso. Vivimos en la era de la inteligencia artificial. 

Las máquinas procesan, calculan, predicen. Pero ningún algoritmo puede discernir. Puede reconocer patrones. Pero no puede reconocer el bien. Puede procesar probabilidades. Pero no puede asumir una responsabilidad. Puede clasificar un rostro. Pero no puede mirarlo ni admirarlo. 

La conciencia no es un algoritmo más refinado. Es el lugar donde la libertad, la verdad, los afectos y la responsabilidad se encuentran ante el bien. 

Por eso, el Papa León XIV insiste con fuerza en la necesidad de educar el discernimiento, reservando momentos de silencio, estudio, diálogo e incluso un saludable «ayuno de inteligencia artificial», para que el corazón humano no sea sustituido por la eficiencia del cálculo (Magnifica Humanitas, 140). El futuro de una persona nunca es calculable. Cada hombre habita siempre la posibilidad. 

Porque ningún sistema de cálculo puede sustituir a una conciencia que discierne. El riesgo no es solo tecnológico: es creer que todo puede medirse. Así, la sabiduría es sustituida por la eficiencia, la relación por el rendimiento, el juicio por la puntuación (Magnifica Humanitas 140). 

Pero el futuro de una persona nunca es calculable. Allí donde un algoritmo ve una probabilidad, Dios sigue viendo una posibilidad. Una herida puede convertirse en manantial. Un error puede dar lugar a una conversión. 

Por eso necesitamos silencio, oración, momentos en los que madure el corazón. El discernimiento crece lentamente, como la semilla en el campo (Magnifica Humanitas 140). 

Es precisamente este entrelazamiento de instituciones justas, testimonios creíbles y fidelidades cotidianas lo que mantiene viva la esperanza. La humanidad, magnífica y herida, no debe ser sustituida ni superada. Puede acoger las innovaciones que alivian los sufrimientos y abren nuevas posibilidades, siempre que no renuncie a lo que la hace ser ella misma: la capacidad de relacionarse y de amar (Magnifica Humanitas 126). 

La belleza de Dios es el tesoro de la vida. Y es una belleza que no humilla al hombre, sino que lo hace florecer. 

El tesoro en el que hay que invertir es la vida humana en su totalidad, es cada persona en su condición de imagen del Único y en relación con los demás, sus semejantes. Se compra el campo. Se encuentra el tesoro. Pero nunca se compra al hombre. Ninguna persona puede convertirse en mercancía. Cada vez que un ser humano es vendido, explotado, reducido a un instrumento, se vulnera la dignidad del hombre y se traiciona el Evangelio. 

El Papa León XIV recuerda que la lucha contra toda forma de trata y de esclavitud moderna pertenece al corazón mismo de la fe (Magnifica Humanitas 177). Jesús nos enseña a contemplar en el rostro de cada hombre una «magnífica humanidad» (Magnifica Humanitas 233), llamada a la plenitud de la vida (Magnifica Humanitas 1). 

La técnica puede aliviar muchos sufrimientos. Pero no puede sustituir al corazón. La humanidad no debe ser superada, sino custodiada, porque solo el hombre sabe amar, perdonar y entablar relaciones (Magnifica Humanitas 126). 

Allí donde se reconoce detrás de cada rostro a una persona a la que amar y no a un dato que procesar, allí está el tesoro del Reino. La fe en Jesús custodia un tesoro que ninguna economía ni ningún poder pueden medir: la dignidad inviolable de cada persona. 

El futuro de una persona nunca es completamente predecible. Dios mismo sigue sorprendiendo a la historia a través de lo que parece improbable. El discernimiento crece con el tiempo, como la semilla en el campo. No nace de la rapidez de la respuesta, sino de la paciencia de la maduración (Magnifica Humanitas 140). 

Así retrata Jesús el rostro del escriba convertido en discípulo del Reino. El escriba del Reino «saca de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas». Son las cosas nuevas las que permiten no solo custodiar, sino también transmitir la Tradición, generando vida y dejando que la Escritura siga haciéndose carne en el seno de la historia. 

Muchas veces sabemos repetir bien las palabras antiguas. Más difícil resulta encontrar palabras nuevas que devuelvan la vida al Evangelio para los hombres de nuestro tiempo. El discípulo no es el guardián de un archivo. Es el servidor de una fuente. 

Este tesoro lo tenemos en vasijas de barro. Frágiles somos nosotros. Frágil es la Iglesia. Frágil es el corazón humano. Y, sin embargo, Dios sigue depositando en este barro su oro vivo. Mucho permanece oculto. Mucho germina en el silencio. Ningún acto de amor se pierde. Ninguna fidelidad es inútil. Cada gesto de bondad sigue circulando por el mundo como una fuerza secreta de resurrección. 

El tesoro, más que un cofre, es un seno. Como María, guardamos este tesoro en el corazón, para que el Evangelio siga mostrando al mundo la belleza de una magnífica humanidad habitada por Dios (Magnifica Humanitas 245). 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 24 de julio de 2026

Encuentro, acogida y transformación… pasado, presente y futuro de nuestras sociedades.

Encuentro, acogida y transformación… pasado, presente y futuro de nuestras sociedades

En el debate actual sobre las formas de encuentro entre culturas, se recurre a menudo al término «inculturación» para referirse a ese proceso mediante el cual una cultura acoge elementos de otra, reelaborándolos y entrelazándolos con su propia identidad. 

Pero con demasiada frecuencia este concepto se presenta de forma idealizada, como si fuera posible asimilar lo externo y lo nuevo sin que se produzca una transformación real, una influencia recíproca, entre las partes implicadas. 

En realidad, no existe inculturación que no sea también influencia recíproca, un intercambio profundo y bidireccional en el que ninguno de los sujetos implicados permanece idéntico a sí mismo. 

La inculturación, término muy utilizado en las ciencias sociales, la teología y la antropología, se distingue de la aculturación en que no representa una simple adaptación superficial, sino un verdadero proceso de asimilación y reinterpretación creativa. 

En este contexto, una cultura no se limita a recibir pasivamente elementos ajenos, sino que los hace suyos, los transforma y, al hacerlo, se transforma a su vez. 

Pienso, por ejemplo, en la difusión de religiones, como el cristianismo, en contextos africanos, asiáticos o sudamericanos: la liturgia, los símbolos, los cánticos e incluso las representaciones divinas se tiñen de los matices y las sensibilidades locales. 

No se trata de una mera superposición, sino de un diálogo profundo, en el que el mensaje original se «contamina» con ritos, lenguajes y visiones del mundo preexistentes, dando lugar a nuevas formas expresivas y, en ocasiones, a nuevas interpretaciones de lo sagrado. 

Cuando dos culturas se encuentran, la contaminación no es solo una posibilidad: es el resultado inevitable de la interacción. Cada elemento, incluso el más aparentemente ajeno, no puede entrar en un contexto sin provocar repercusiones, adaptaciones, resistencias y acogidas inesperadas. 

La comida, la moda, la lengua y la música se convierten entonces en laboratorios vivos de experimentación, en los que la frontera entre el «nosotros» y «el otro» se vuelve porosa, móvil e inestable. 

Nuestra cocina, por ejemplo, es fruto de las influencias: basta con pensar en el tomate y el maíz, llegados de América después de 1492, o en las especias que llegaron gracias al comercio con Oriente. 

Hoy en día, hablar de «cocina tradicional» significa, en realidad, hablar de una estratificación de encuentros, fusiones y reinvenciones. 

Del mismo modo, la lengua (catalana o la que sea) es un crisol en continua ebullición, que acoge y transforma préstamos extranjeros, jerga juvenil y jerga digital. 

A menudo se comete el error de considerar la inculturación como una acción unidireccional: hay quien ofrece y quien recibe, quien enseña y quien aprende, quien moldea y quien se deja moldear. 

En realidad, cada acto de apertura hacia el otro produce una doble transformación. Tanto la cultura «anfitriona» como la «acogida» salen modificadas del encuentro, generando algo nuevo que ya no pertenece del todo ni a una ni a otra. 

El jazz, nacido del encuentro entre las tradiciones africanas y la música occidental, es un emblema de este proceso recíproco. 

Al igual que lo son los barrios mestizos de las grandes ciudades, donde las influencias se mezclan y se refractan creando identidades plurales. 

Este proceso también puede tener lugar de forma silenciosa y subterránea: un dicho, una forma de vestir, una receta, que de marginal pasa a ser costumbre, dan testimonio del poder de la contaminación recíproca. 

No faltan, sin embargo, las resistencias. 

A lo largo de la historia, la obsesión por la «pureza» cultural ha generado cerrazón, discriminaciones y conflictos. Se ha temido que la apertura hacia el otro pudiera significar la pérdida de la propia identidad, la disolución de las raíces. 

Pero la historia demuestra lo infundados que son esos temores: no existe tradición que no sea el resultado de estratificaciones y mezclas. La cultura se nutre de encuentros, divergencias y adaptaciones. 

El deseo de mantener intacto lo que se percibe como «nuestro» suele ir acompañado de un rechazo a lo nuevo, que se considera una amenaza. Pero si observamos con atención, descubrimos que la vitalidad de una cultura se mide precisamente por su capacidad de contaminarse, de dejarse atravesar por otras historias, otras sensibilidades, otros saberes. 

Ninguna civilización ha crecido a la sombra del aislamiento; todas han prosperado gracias al encuentro. 

Hoy, en la era de la globalización, la influencia recíproca se acelera y se multiplica. Las migraciones, las tecnologías y las redes digitales amplían las posibilidades de encuentro entre mundos diferentes. 

Si bien, por un lado, surgen nuevos temores —vinculados a la pérdida de identidad, a la homogeneización y a la fragmentación social—, por otro se abren espacios inéditos de creatividad y ciudadanía. 

La cultura global nunca es uniforme: es un mosaico en constante movimiento. Incluso en la era de las plataformas digitales, las culturas locales reinventan, reinterpretan y dotan de nuevo significado a lo que llega de otros lugares. 

Reconocer el valor de la influencia recíproca significa también replantearse la educación. La escuela, lejos de ser un baluarte monolítico, puede convertirse en un laboratorio de diálogo, un lugar en el que las diferencias no se niegan, sino que se confrontan y se viven como oportunidades de crecimiento. 

La educación intercultural no consiste solo en aprender nociones sobre las «otras» culturas, sino en experimentar directamente el encuentro, la escucha y la transformación. 

Dar voz a las historias de quienes proceden de contextos diferentes, cuestionar los propios prejuicios, experimentar la riqueza de la pluralidad: este es el verdadero reto educativo de nuestro tiempo. En este sentido, la influencia recíproca no es una amenaza, sino un horizonte de posibilidades. 

No existe inculturación sin influencia (recíproca). Todo encuentro auténtico entre culturas conlleva el riesgo y la maravilla de la transformación. De la influencia surge lo nuevo, se regenera la tradición y se abre el espacio de lo inédito. 

En un mundo que cambia, el reto no es defender una supuesta pureza, sino aprender a navegar entre las corrientes de la hibridación, reconociendo en la influencia recíproca la esencia misma de lo humano. 

Solo acogiendo la transformación recíproca podemos esperar construir una sociedad más abierta, creativa y solidaria, capaz de custodiar la memoria sin temer al futuro. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¡Jo, es que me aburro…!

¡Jo, es que me aburro…! 

«¿Vienes a jugar?». La llamada desde la ventana hacía que miráramos a mamá, que normalmente fingía no haber oído nada. Así que teníamos que ir a preguntarle. 

Mamá, ¿has oído? Dice que si podemos ir a jugar…

¿Habéis terminado los deberes?

Sí.

¿Seguro?

Sí.

¿Adónde pensáis ir?

A la calle… 

Y así, tras mil peticiones y respuestas, idas y venidas y negociaciones, normalmente (si nos lo habíamos ganado, claro está) llegaba una especie de «». 

Una especie de «sí» porque tenía no pocas condiciones… 

Podéis ir a la calle pero tened cuidado… En casa a las 7 y no os hagáis daño… Y que nadie venga a decirme que os habéis portado mal, que os habéis peleado o que habéis dicho palabrotas, porque si no… 

Escuchábamos cada una de sus palabras (que nos sabíamos de memoria, porque siempre eran esas las condiciones) concentrados, tranquilos, asintiendo con convicción a cada condición. La lógica de las madres de antaño era inquebrantable y, por desgracia, todas la compartían. 

Nuestras madres se apoyaban unas a otras, y tenías un poco la impresión de ser hijo de todo el barrio. Y si te pasabas de la raya con alguna —cualquiera de ellas—, te lo hacía saber de forma muy clara; y cuando volvías a casa, tu madre ya estaba al corriente de todo... 

Y lo juegos eran diversos… a muñecas y soldaditos… a los cromos… a la cuerda o a la goma… al escondite… a campo quemado y a fútbol… a la peonza (o trompa)… a las canicas… al “chorro, morro, pico, tallo, qué”… a los juegos reunidos geyper”… al monopoly… a los madelman o geyperman… a la rayuela… a las chapas y tabas… a la gallinita ciega… al hinque…al pañuelo… a... 

Prefiero pasar por alto el tema de los timbres, porque si bien es cierto que nos lo pasábamos en grande tocándolos para luego salir corriendo, también lo es que las señoras a las que pertenecían esos timbres se enfadaban muchísimo… y ocurría que las más rápidas nos perseguían... 

¿Y los niños de hoy? 

Esta vez no voy a hacer una comparación entre nuestros barrios de ayer y los de hoy, o al menos no solo eso. 

Si la comparación es entre nuestros juegos y los de los niños de hoy, tal vez el contraste sea lo siguiente a abrumador. 

Porque mientras los niños son pequeños, se dejan encantar por la forma de jugar de los mayores (padres/madres, abuelos,…), por sus juegos de antaño o por los más modernos. 

Luego, poco a poco, los pequeños se transforman en seres digitales que saben usar cada uno de los dispositivos mejor que nosotros, sin que nadie se lo haya enseñado. Son los llamados «nativos digitales», que me inquietan bastante, quizá porque paso de los 60 años... 

Una vez terminados los deberes, llega el «me aburro, ¿qué hago?», y el adulto se vuelve loco inventando cosas que hacer, cosas que construir juntos, cosas para colorear o retos que superar. 

Se juega un rato y luego vuelve el «me aburro», y es horrible oír a los niños decir que se aburren… ¿pero cómo es posible? ¡Niño y aburrimiento no pueden aparecer en la misma frase! 

Y entonces llega la propuesta: «¿Puedo jugar un rato con la Play (Station, claro)?». Se negocia el tiempo permitido, se pone la alarma (perdón, se dice Alexa, temporizador de veinte minutos) y se asiste a la transformación del pequeño, que de niño alegre y vivaz se convierte en un ser alejado de la realidad, que no oye si le llaman, concentrado como está en construir no se sabe muy bien qué o en ganar o perder vidas en no se sabe qué más. 

Los niños ya no juegan en la calle... porque ya no calles en las que poder jugar… o porque mil y un peligros acechan… O porque mil y una extraescolares lo impiden...

Y así, como mucho, se reúnen dos o tres en casa para jugar juntos, normalmente a la PlayStation. 

¿Pesimismo? ¿Tristeza? ¿Nostalgia? 

Las tres cosas juntas, creo. 

¿Hay algún consuelo por pequeño que sea? Quizá dentro de esos genios de lo digital todavía haya niños capaces de dejarse encantar… ¿Queda esa esperanza?

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La parábola de la cabeza gacha.

La parábola de la cabeza gacha 

Una imagen que capta por un instante con el rabillo del ojo, y de la que es imposible apartar la mirada. 

Ella tiene la cabeza gacha, la mirada fija en la tarjeta de colores; hay cuadraditos, números, estrellitas; predominan el amarillo y el rojo. No puede esperar y se apoya en un cubo de basura que han dejado allí a la espera de ser vaciado, justo al lado de la puerta del estanco. Todo el deseo del mundo concentrado en una fina capa plateada que hay que rascar rápidamente, para ver si la suerte está de nuestro lado. La moda ha dotado a quienes la siguen de unas uñitas de colores afiladas, perfectas para este fin, y se ve por ahí a gente rascando con las uñas, pero la persona a la que ha visto no tiene las uñas cuidadas, ni tampoco el pelo ni la ropa. Utiliza una simple moneda. 

Otra imagen. Una joven camina por una acera de la ciudad, con la cabeza gacha y la mirada fija en el móvil. De repente, se detiene en seco y teclea algo. El señor que camina detrás de ella, a pocos pasos, choca contra ella. Él también tenía la cabeza agachada sobre el móvil, aunque en ese momento no tenía nada que escribir. Se enfrentan con palabras mordaces. Se alejan enfadados, van en la misma dirección, la distancia entre ellos se alarga solo un poco, pero si uno de los dos no levanta la vista, volverá a ocurrir. 

La cabeza gacha es una realidad y, al mismo tiempo, una metáfora de gran parte de nuestra vida. 

También está la cabeza gacha de los trabajadores sometidos a chantaje. Quien la levanta, es arrinconado, alejado, despedido… La precariedad crónica legaliza el chantaje, y ser siervos ya casi no es motivo de escándalo. Es más, en un momento dado, las redes sociales lanzan coros furiosos contra quienes denuncian la explotación: que se curtan la piel, que sepan lo que es la vida, los jóvenes están llenos de pretensiones, no saben lo que es el sacrificio,…, escriben en los comentarios. 

Pero la dignidad se aprende si se reconoce socialmente; la benevolencia, la curiosidad hacia las personas, la generosidad y el propio sacrificio se aprenden, por así decirlo, al haberlos visto en la práctica y haberlos experimentado en primera persona. Nos van moldeando poco a poco. 

La cabeza gacha con la que vivimos nuestros días es la normalización de tantas formas de esclavitud a las que nos enfrentamos sin vigor, como si hubiéramos dejado de creer que podemos actuar en contra. 

Y es que, en realidad, los cristianos somos hermanos nacidos del anuncio de la libertad más radical que se pueda imaginar. La libertad de la esclavitud del miedo y de la muerte. 

La Biblia contiene páginas preciosas que expresan el encanto que nos sorprende cuando levantamos la cabeza: desde el salmo 121, casi al principio de la historia de la salvación, «Alzo los ojos hacia los montes: / ¿de dónde vendrá mi ayuda? / Mi ayuda viene del Señor, / que hizo el cielo y la tierra», hasta el pasaje del Evangelio de Lucas 21, que habla del fin de los tiempos: «Cuando empiecen a suceder estas cosas, levantaos y alzad la cabeza, porque vuestra salvación está cerca». 

Debemos decirnos a nosotros mismos que levantar la cabeza y la mirada es libertad. Es Evangelio. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Otra manera de ser inteligentes y sabios.

Otra manera de ser inteligentes y sabios 

Ya se ha convertido casi en un lugar común afirmar que los jóvenes de hoy en día adolecen de cierta pobreza cultural. 

Si por cultura entendemos la acumulación de conocimientos, referencias y códigos simbólicos compartidos, sin duda existe una pobreza cultural juvenil. 

Pero esta constatación debe situarse en el contexto del cambio de época que estamos viviendo. 

No se trata simplemente de un menor conocimiento de los clásicos o de una menor familiaridad con la historia y la filosofía: aquí está en juego algo más profundo, a saber, el cambio en la relación entre cultura, identidad y vida. 

En la modernidad tardía, poseer una riqueza cultural se consideraba una condición casi necesaria para una «buena vida». Se pensaba que la vida debía ser primero pensada y luego vivida. 

El ideal formativo preveía un largo periodo de preparación: estudio, reflexión, interiorización de un patrimonio de sentido. La cultura era brújula y dique; ofrecía criterios de juicio, modelos existenciales, horizontes normativos. 

La biografía individual debía planificarse, y esa planificación requería instrumentos simbólicos sólidos. En este sentido, la cultura representaba una forma de capital, no solo social, sino también moral y existencial. 

Pero esta visión no está exenta de ambigüedades. 

Precisamente en la segunda mitad del siglo XX, algunos ya habían puesto en tela de juicio la idea de la cultura como espacio neutro de emancipación, mostrando cómo el saber y el poder están entrelazados, ya que toda construcción cultural se basa en exclusiones y jerarquías que estructuran el sentido: no existe un saber inocente. 

Si observamos el presente con estas herramientas críticas, la pobreza cultural de los jóvenes puede aparecer bajo una luz diferente. 

La posmodernidad ha invertido la secuencia de la modernidad: ya no se vive después de haber pensado, sino que se piensa después de haber vivido. 

La experiencia precede a la teoría. 

Las identidades no se diseñan de una vez por todas, sino que se renegocian continuamente. Los jóvenes construyen su propio sentido a través de prácticas, relaciones, redes digitales, movilidad e influencias cruzadas. 

La cultura ya no es un acervo que hay que interiorizar, sino un flujo que hay que atravesar. 

En este escenario, la menor adhesión a los cánones tradicionales no es solo una pérdida; es también un rechazo implícito de una cultura percibida como normativa y, en ocasiones, excluyente. 

La vida se convierte en un laboratorio, y la reflexión sigue a la experiencia en lugar de precederla. 

Porque la sabiduría auténtica no coincide con la erudición, sino con la vida evangélica vivida concretamente, que se erige en crítica del saber separado de la vida, porque se convierte en motivo de prestigio o dominio. 

La verdad no es posesión, sino camino. No es acumulación, sino transformación. 

Desde esta perspectiva, la menor importancia de la acumulación cultural podría incluso convertirse en un espacio de posibilidades. 

Si no se dispone de un gran capital cultural tradicional, quizá se sea más libre para buscar un sentido encarnado, relacional y solidario. 

La vulnerabilidad puede abrir el camino a la fraternidad; la falta de certezas puede hacer más auténtica la búsqueda. 

Las posibles consecuencias positivas son múltiples. 

En primer lugar, una mayor atención a la experiencia concreta frente al prestigio simbólico. 

En segundo lugar, una cultura menos jerárquica y más dialógica, basada en la escucha y el intercambio más que en la exhibición del saber. 

Por último, una renovada centralidad de la ética de la proximidad: cuidado, servicio, responsabilidad recíproca. 

Esto no significa celebrar acríticamente la pobreza cultural. 

El riesgo de que estos jóvenes se dejen llevar por la inmediatez sin profundidad es real, al igual que el de ser manipulables, dentro de un ecosistema informativo caótico y virtual. 

Solo significa destacar que, ya hoy en día, existen ejemplos concretos que muestran sus frutos. Pensemos en los muchos jóvenes que, aunque sin un amplio bagaje de referencias teóricas o literarias, eligen experiencias de voluntariado estable. 

O a aquellos que dan prioridad a trabajos socialmente útiles o ambientalmente sostenibles, incluso a costa de renunciar a trayectorias más prestigiosas. 

También cabe mencionar las redes informales de intercambio: grupos de compra solidaria, viviendas colaborativas para jóvenes, comunidades digitales creadas para apoyarse mutuamente. 

Incluso en el uso de las redes sociales surgen señales interesantes: jóvenes que hablan de fragilidades personales, procesos de sanación, caminos espirituales no codificados. 

En todos estos casos, la «pobreza» no es miseria intelectual, sino libertad frente a un saber vivido como poder. Es un espacio para una cultura que nace de la experiencia compartida, de la cercanía, de lo concreto. 

Si va acompañada de un mínimo de discernimiento crítico, esta postura puede hacer que los jóvenes estén menos obsesionados con el prestigio y más atentos a la calidad de las relaciones y a la coherencia entre la vida y los valores. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Santa María Magdalena: el deseo de la fe.

Santa María Magdalena: el deseo de la fe 

La traducción de 1 Corintios 13,9 no me convence del todo. «Cuando llegue lo perfecto, lo imperfecto desaparecerá». 

Porque hay que entender que ese «perfecto» hace referencia a lo que está consumado, a lo que ha llegado a su plenitud. Tanto es así que lo contrario es «lo que aún es parcial». Por lo tanto: lo que está consumado y lo que está inconcluso. 

Esto ya insinúa una duda sobre ese «desaparecerá». Cuando llega la plenitud, de hecho, lo que está inconcluso no desaparece, sino que queda contenido en su interior, es absorbido, es —precisamente— acompañado hasta su plenitud, como ocurre con las fases de la luna, hasta la luna llena. 

Cristo es plenitud en el sentido de que en Él se recapitula todo (cf. Ef 1,10): todo es acompañado hasta su cumplimiento, es decir, hasta su realización; y, por tanto, con esta plenitud, todo lo que antes estaba incompleto —todo lo que era solo una parte del Todo— es absorbido, es hecho propio por Cristo, es conservado en Él. 

Si esto no fuera cierto, Cristo sería algo que se añade, que se yuxtapone —pero no puede haber nada que se yuxtaponga al Infinito; la fórmula no es «Cristo y la realidad», sino «Cristo es la realidad». 

Cuando llegue la plenitud, lo que solo era una parte —lo que estaba incompleto— no desaparecerá, pero ya no tendrá sentido, porque solo tenía sentido en la medida en que preparaba para la plenitud. 

La hermenéutica correcta de la afirmación paulina puede ayudar a despejar el terreno de las fórmulas que menosprecian los valores humanos y que aún persisten en ciertas narrativas del cristianismo, y sobre todo del catolicismo. 

No existe ninguna oposición entre lo que es «imperfecto» y lo que es «perfecto» —entre Cristo y los valores humanos—, entre una humanidad glorificada y una humanidad aún sujeta al sufrimiento. 

Es como la luna y sus fases. 

La realidad es una sola —toda recapitulada en Cristo—, quien acompaña todo hacia una plenitud que no conoce ninguna castración ni censura de la humanidad. 

Y María Magdalena es una figura ejemplar de todo esto. 

Cuando llega la plenitud, la humanidad de María de Magdala no desaparece. No desaparece su deseo, con sus formas imperfectas, apasionadas, humanas. Basta pensar en el gesto extremadamente sensual de ungir los pies de Jesús y secárselos con su cabello (Lc 7,36); o a la decisión temeraria de correr al sepulcro, de madrugada —una mujer, a las primeras luces del alba, en aquellos tiempos—, con tal de ir a perfumar el cuerpo del Señor; o al impulso totalmente físico con el que se lanza hacia Jesús cuando lo reconoce, resucitado, en el huerto, hasta tal punto que el Maestro debe detenerla: «No me toques» (Jn 20,17) . 

María ama exactamente con las mismas formas y con la misma intensidad de deseo con que amaba y deseaba antes de encontrar a Jesús, hasta tal punto que, en algunos casos, esos gestos siguen siendo tachados de exceso impúdico por los presentes en la escena y, como tales, serían tachados también hoy. 

Es un deseo «imperfecto», son formas incompletas, que ya no tienen significado, que ya no tienen sentido, porque ahora ha llegado la plenitud —hasta tal punto que el propio Jesús, precisamente, la detiene y le pide que vaya más allá: «No me retengas». 

Pero no han desaparecido, ni Jesús se las reprocha, aunque le indique un más allá; es más, si Jesús reprende duramente la incredulidad y la confusión de los demás que se encuentran con Él resucitado, para ella no hay ninguna palabra de reproche. 

María Magdalena, sin duda, buscaba a Jesús de manera imperfecta; desde el punto de vista de la fe, no estaba plenamente a la altura, pero tenía un amor inmenso, una pasión intensa por Jesús, y Él premia ese amor suyo, va más allá de todas las imperfecciones teológicas para llegar al corazón de esta mujer y revelarse primero a ella. 

En María Magdalena no hay ninguna castración ni censura del deseo ni de su humanidad. Es más, son precisamente los caminos trazados por su deseo los que, al final, la llevan a la plenitud. Es la humanidad sin censura, con toda la fuerza de su deseo, la que prepara la plenitud. 

Me gusta recordar una frase de Paul Claudel: «Dios mío, te ofrezco este inmenso deseo de vivir». 

Porque cierta corriente espiritualista nos ha enseñado y sigue enseñándonos que este deseo de vivir —inmenso— debe ser censurado, sacrificado, castrado… 

Y, sin embargo, el deseo es lo más propio que tenemos, aunque ese deseo pueda parecer que adopta formas censurables, impropias, porque reconocemos que ese deseo, en última instancia, está hecho de Él. 

Ese deseo es ese «imperfecto», ese inacabado, ese parcial, que cuando la luna esté llena «desaparecerá», pero solo porque será acompañado hasta su plenitud. 

María Magdalena ofreció este inmenso deseo suyo de vivir —que es deseo del Otro, deseo de ser deseada por el deseo del Otro— sin castrarlo, sin censurarlo: Ella era la que ardía más que los demás. Y así, de deseo en deseo, sin darse cuenta, se prepara para el Encuentro. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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