martes, 5 de mayo de 2026

Yo también, como ella, estoy buscando.

Yo también, como ella, estoy buscando

El 25 de diciembre de 1886, en la catedral de Notre-Dame de París, un joven de dieciocho años entra durante las Vísperas sin ninguna intención religiosa: por curiosidad, tal vez por el canto (es el Magnificat).

 

Se llama Paul Claudel. Lo que le ocurre en pocos minutos, ante el coro de niños, no tiene nada de progresivo ni de razonado: es una irrupción.

 

Paul Claudel tardará años en dar forma completa a esa experiencia, en pedir el bautismo, en construir un lenguaje a la altura de lo que ha recibido. Pero el punto de partida es esa hora de una tarde de Navidad en la que Dios simplemente lo encontró, sin previo aviso.

 

No sé si la historia se repite en un día cualquiera… en un encuentro fortuito… con personas que no tienen vocabulario religioso ni formación cristiana. Tal vez una circunstancia casual. Quizá una Iglesia con las puertas abiertas y, en su interior, algo que llevaba mucho tiempo buscando un nombre…

 

Hay personas que no buscan la fe, o que no saben que la buscaban, y que en un momento dado se encuentran llamando a la puerta de la fe.


Viernes, última hora de la tarde. Vuelvo del paseo, el día va de caída. Entro en la Iglesia para un momento de silencio.

 

La Iglesia está casi vacía, la luz del atardecer ilumina las vidrieras. En uno de los bancos laterales hay una joven sentada, con el rostro entre las manos. Algo en ella indica que no se trata de una tristeza cualquiera. Es un llanto auténtico, de esos que surgen cuando algo grande ha derribado las defensas.

 

Se fija en mí y se levanta haciéndome una señal. «¿Es usted sacerdote?». Tiene veinte años y es estudiante y vive en una residencia.

 

Hace unos días, en la biblioteca, abrió por casualidad Historia de un alma de Santa Teresa de Lisieux. No ha podido dejarlo. Y de vuelta a casa, al pasar por delante de la Iglesia, entró por primera vez.

 

«Padre, no consigo explicarme lo que me está pasando».

 

Empezamos a hablar. La joven es un torrente. Me cuenta cosas de sí misma con una franqueza que me sorprende: no sabe absolutamente nada de lo que atañe a la fe, no tiene ningún vocabulario religioso, y, sin embargo, las palabras que encuentra son muy acertadas.

 

Le pregunto: «¿Por qué te ha impactado tanto Teresita, en particular?».

 

«Porque es tierna, íntima con Dios. Pero está sola. Ha perdido a alguien y lo busca».


Qué cierto es. En esa frase hay una lectura espiritual de Santa Teresa más penetrante que la de muchos ensayos que he leído (no digamos que las homilías a las que estoy acostumbrado…).

 

Luego, con cierta vacilación, añade algo que se me ha quedado grabado: «Desde pequeña, siempre he confiado mi vida a alguien, he pedido perdón, he dado las gracias. Quizás he entendido quién es. ¿Estoy divagando?».

 

«De esto, en casa, no puedo hablar con nadie, ni siquiera con mis amigos».

 

Sin embargo, al dialogar, sale a relucir una amiga con la que ella espera poder abrirse. Al final de nuestro encuentro le brillan los ojos, con una sonrisa radiante, casi sorprendida de sí misma.

 

Antes de despedirnos dice algo que no olvidaré: «Nunca he creído en Dios, pero siempre lo he amado».


Caminé mucho, aunque ya era tarde, tratando de entender qué me había impactado tanto.

 

Quizás esto: la joven no había encontrado argumentos para creer. Había conocido a una persona, Santa Teresa, que buscaba a alguien a quien ella había buscado siempre sin saberlo. Y luego una Iglesia abierta, un diálogo.

 

Dicen que Europa se vuelve cada año más laica y más alejada de cualquier referencia religiosa explícita.

 

Y, sin embargo, me doy cuenta de que acontecimientos como este son no son infrecuentes.

 

Algo se mueve bajo la superficie, con la misma discreción y la misma tenacidad con las que Santa Teresa decía querer pasar su cielo haciendo el bien en la tierra.

 

No sé si aquella joven habrá llegado a dar forma completa a su intuición. Pero sus palabras, aquella tarde (y cuando el día iba ya de caída), me hicieron bien: yo también, como ella, estoy buscando.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Te Deum.

Te Deum 

No sé del todo por qué el libro del Deuteronomio parece estar marcado por la invitación a no olvidar: «Pero cuídate y cuídate bien de no olvidar las cosas que tus ojos han visto: no se te escapen del corazón, durante toda tu vida. Se las enseñarás también a tus hijos y a los hijos de tus hijos» (Dt 4,9). 

Si es cierto que el recuerdo de su pueblo por parte de Dios es lo que fundamenta su existencia, es aún más cierto que el recuerdo de lo que Dios ha hecho es lo que asegura la propia subsistencia de Israel. Por eso, allí donde el pueblo o el creyente individual experimentaba la misericordia de Dios, se construía una estela o, incluso, se cambiaba el nombre de ese lugar. 

De hecho, no pocas veces es como si nuestra memoria entrara en una especie de stand-by, como si se bloqueara. Es sintomático que los jóvenes utilicen en su jerga una broma del tipo «te desbloqueo un recuerdo», sacando de la galería de fotos o de las redes sociales algo relacionado con el lugar que estás visitando o el momento que estás viviendo. 

Parece como si, sin algoritmos que recuperen fotos y eventos, viviéramos en una especie de presente absoluto sin un antes y, sobre todo, sin un después. Es como si viviéramos en un perpetuo «lo último, pero no menos importante», que otorga derecho de existencia solo al último estado de ánimo experimentado, al último encuentro, a la última palabra pronunciada o escuchada, a la última persona encontrada. 

Sin embargo, el bloqueo de la memoria es lo más perjudicial que nos puede suceder, ya sea porque corre el riesgo de cristalizarnos en una eterna presencia impidiéndonos madurar nuevas comprensiones de nosotros mismos, o porque no nos permite reconocer la obra de Dios en nuestra historia, no nos permite confesar con gratitud que «las misericordias del Señor no han terminado, no se ha agotado su compasión; se renuevan cada mañana, grande es su fidelidad» (Lam 3,22-23). 

También nosotros, como ya Israel, necesitamos despertar la memoria: es reverdecer su memoria lo que hace que el pueblo dé el paso de salir de Egipto para cruzar el mar hasta convertir en objeto de memoria también un acontecimiento semejante. 

Entonces, más que cantar nuestro Te Deum una vez al año, por ejemplo el 31 de diciembre, debemos aprender cada día a identificar motivos de alabanza para que la memoria no se atrofie o, tal vez, no nos enorgullezcamos atribuyéndonos lo que, en cambio, ha hecho la mano del Señor. 

Pensándolo bien, la Liturgia de las Horas es como una especie de inclusión que nos ayuda a ver la obra de Dios cuando, por la mañana, con Zacarías, nos hace cantar el himno de bendición porque «Dios ha visitado y redimido a su pueblo» y, por la tarde, con María, nos hace reconocer lo que ha hecho «recordando su promesa para siempre». 

¿Y qué contar entre el Benedictus y el Magnificat? 

Te Deum laudamus por haberme preferido a la nada, yo que soy el último de tus hijos, y por no haber sido abandonado a merced de quién sabe qué destino ciego. 

Te Deum laudamus por el tiempo, don aún posible cuando ya no dispongo de nada. 

Te Deum laudamus por este cuerpo mío con el que a veces me cuesta convivir mientras se tiñe de blanco el pelo que ya escasea y que, sin embargo, es el medio a través del cual expreso y recibo amor.

Te Deum laudamus por las personas con las que más me cuesta y que, según Francisco de Asís, deberíamos tener «más queridas que el eremitorio» (cf. Carta a un ministro), en el que me gustaría refugiarme, ya que son un estímulo para ir más allá de mis razones. 

Te Deum laudamus porque me alimentas cada día con el pan de tu Palabra y el sacramento de tu Cuerpo y de tu Sangre que, en no pocas ocasiones, por la fuerza de la costumbre, vivo con cansancio y distracción, mientras que, en otros lugares, muchos hermanos no solo no tienen esta posibilidad, sino que, para tenerla, deben poner en peligro su propia existencia. 

Te Deum laudamus por todo aquello que no he tenido en cuenta y que se convierte en una oportunidad para ejercitar la paciencia o para dejarme generar una nueva comprensión de mí mismo. 

Te Deum laudamus por las preocupaciones cotidianas que me invitan a arrojar en Ti todas mis preocupaciones y afanes. 

Te Deum laudamus por la ingratitud que me enseña a hacer las cosas no por lo que puedo recibir a cambio, sino por el simple hecho de que hay que hacerlas y ya está. 

Te Deum laudamus por todo lo que echa por tierra proyectos y deseos de poca monta y que me enseña a tejer el rostro del hombre pensado según Dios. 

Te Deum laudamus por todo lo que descartaría como inadecuado e insuficiente y que Tú, Señor, utilizas como piedra angular sobre la que construir. 

Te Deum laudamus porque si hoy soy el hombre que soy, se lo debo sobre todo a todas aquellas situaciones que no me han permitido regodearme y que me han empujado a encontrar siempre nuevas motivaciones bebiendo de la memoria de tu fidelidad. 

Cuando recuerdo que me hice misionero claretiano y presbítero, traigo a mi memoria aquella frase recordatoria del Salmo 51,10: «Como un olivo verde... me entrego a la fidelidad de Dios, ahora y siempre». Enséñame, Señor, a repetirlo en todo momento. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Alabado seas, mi Señor.

Alabado seas, mi Señor 

Si recorro los días de mis años, ¡cuántas razones para dar las gracias! Es verdad: atrapados como estamos en el momento presente, perdemos de vista lo que Dios realiza en nosotros y por nosotros. El ejercicio de la memoria renueva la esperanza, anima ante las dificultades y motiva la alegría. 

Un aniversario recuerda nuestra relación con el tiempo: todo tiempo es un sacramento de Dios, es el modo que Dios ha elegido para visitarnos. Por eso no hay que maldecir ni borrar ningún tiempo. Más bien hay que escrutarlo para reconocer los rastros, las huellas del paso de Dios. Si somos capaces de escrutar, no podemos dejar de hacer nuestras las palabras de Aan Francisco cuando dice en el Cántico de las criaturas: «Alabado seas, Señor mío, por... todos los tiempos, por los que das sustento a tus criaturas». 

Dar gracias: un arte olvidado, si no desconocido. Es difícil inclinarse y agradecer un beneficio recibido de alguien. La puntillosidad a la hora de señalar lo que nos falta es inversamente proporcional a la capacidad de darnos cuenta de lo que ya tenemos. Si, en cambio, reconozco que «todo es gracia», entonces todo se convierte en una oportunidad para «dar gracias». 

Loado seas, mi Señor, por abrir continuamente nuestras mentes para saber leer la realidad del mundo y la historia de la humanidad. 

Loado seas, mi Señor, porque abres nuestros corazones a la verdadera amistad y al amor más fuerte que cualquier momento de crisis. 

Loado seas, mi Señor, porque no te cansas de mostrarnos tu rostro de Padre amoroso que acompaña hasta los pasos de nuestro extravío. 

Loado seas, mi Señor, por el don de tu Hijo Jesús que, a través de su Evangelio, no cesa de arrancarnos de todo lo que nos oprime y asfixia. 

Loado seas, mi Señor, por el don del Espíritu Santo que, sosteniéndonos con sus dones, infunde en nuestros corazones el arte de recomenzar cada día animados por la confianza y la esperanza. 

Loado seas, mi Señor, por esta comunidad cristiana en la que nos haces experimentar la alegría de pertenecerte y la alegría de sostenernos mutuamente en el camino. 

Loado seas, mi Señor, por el amor, el diálogo, la sinceridad, la confianza, la escucha, el respeto de la diversidad, la disponibilidad para esperar en silencio y la paciencia que han caracterizado nuestras relaciones. 

Loado seas, mi Señor, por los que, no encerrándose en sí mismos, tomaron conciencia de quién y qué había a su lado. 

Loado seas, mi Señor, por los que aceptaron el desafío de recomenzar un camino de fe. 

Loado seas, mi Señor, por los que saben destacar lo bueno, por los que acompañan los inicios de nuevos caminos, por los que saben celebrar, por los que saben dar las gracias. 

Loado seas, mi Señor, por los que saben afrontar los problemas y saben compartir sus éxitos y sus fracasos. 

Loado seas, mi Señor, por los que saben perdonar de corazón y ayudan a hacer la voluntad de Dios. 

Loado seas, mi Señor, por los que saben reconocer y aceptar sus propias limitaciones, por los que buscan a Dios incluso entre lágrimas, por los que saben pedir ayuda en los momentos difíciles y saben ofrecerla cuando son otros los que no pueden solos. 

Loado seas, mi Señor, por los que devuelven la serenidad a los pequeños, la compañía y el consuelo a los ancianos solitarios, por los que dan a los jóvenes la capacidad de crecer respirando libertad y sabiduría. 

Concluyo con una oración de Michel Quoist: 

Señor, tengo tiempo,

tengo todo mi tiempo,

todo el tiempo que Tú me das:

los años de mi vida,

los días de mis años,

las horas de mis días,

son todos míos. 

A mí me toca llenarlos

con serenidad, con calma,

pero llenarlos todos, hasta el borde,

ofrecértelos, para que

de su agua insípida

Tú hagas un vino generoso,

como hiciste una vez en Caná

para las bodas humanas. 

No te pido hoy, Señor,

el tiempo de hacer esto

y luego otra vez aquello;

sólo te pido la gracia

para hacer a conciencia

en el tiempo que me des

lo que Tú quieres que haga. 


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Elogio de nuestra fragilidad.

Elogio de nuestra fragilidad 

Barro de la tierra y polvo de estrellas: esto es el ser humano. 

Frágil pero sagrado. 

Hijo de la tierra e imagen de Dios. 

Carne y espíritu. Debilidad y fuerza en los dedos de Dios. 

Esta definición del ser humano me ayuda a aceptar mi fragilidad y la de los demás y me anima a mirarla con ojos positivos. 

La fragilidad no es un defecto, sino una expresión de la condición humana. 

Y es hermoso saber que Dios no convoca héroes para su Reino, sino hombres y mujeres concretos y por tanto marcados por la fragilidad que nos une a todos. 

A Dios no lo merecemos, simplemente lo aceptamos como un regalo gratuito e inmerecido. 

Así que hay esperanza para aquellos que nos sentimos fracasados ​​en la vida. 

En el libro del profeta Jeremías leemos la historia de un alfarero que quiere hacer un hermoso jarrón pero si el jarrón que está modelando se rompe, como sucede con el barro en la mano del alfarero, lo utiliza para hacer otro jarrón. 

Dios nunca tira la arcilla, la vuelve a poner en el torno, la vuelve a tomar en su mano, la trabaja de nuevo con la suave presión de sus dedos, con el calor de la palma de su mano. 

Mi fuerza es la confianza que Dios deposita en mí, a pesar de mis repetidas caídas. 

El primer “creyente” es Dios que continúa, con tenacidad, creyendo en mí y en ti. Jesús no busca en mí a la persona adecuada, cosa que no sé si algún día podré ser. 

Él busca mi profunda debilidad en la que quiere encarnarse como levadura, como sol, como fuego, como espíritu en el barro, como paz en la tormenta. 

Jesús nos levanta, nos da confianza, nos consuela, pero después nos impulsa, diciéndonos, como a aquel ladrón: «Hoy estarás conmigo en el paraíso». O a Zaqueo: «Hoy ha llegado la salvación».  

O como a Simón: «Desde ahora serás Pedro». 

De ahora en adelante seguirás siendo pecador pero te convertirás en pescador de hombres. Y también la barca de aquellos que no han tomado nada se puede llenar con su palabra, no con nuestro talento. 

Entonces podré decir: Creo en Ti, Señor, porque Tú crees en mí. Confío en Ti, Señor, porque Tú confías en mí. Tengo esperanza porque Tú tienes esperanza en mí. 

El coraje de la fragilidad es el coraje de vislumbrar las pequeñas señales de lo nuevo que nace, los primeros brotes, las primeras luces del alba que quizá no iluminan todo el camino, pero sí el corto tramo de camino que puedes recorrer ahora y que está justo frente a ti. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No creo en la perfección.

No creo en la perfección 

Estamos acostumbrados a esperar mucho de la vida y de nosotros mismos. No hacemos más que marcarnos caminos, metas y un sinfín de sueños por realizar. Todo esto hasta puede estar muy bien, es más, hasta puede ser necesario. Cada uno de nosotros puede necesitar hacer planes que realizar a largo o corto plazo para estar orgulloso de sí mismo, para adquirir aptitudes y capacidades personales. 

Ocurre a veces que quienes se ponen expectativas demasiado altas corren el riesgo de no reconocer los triunfos cotidianos, los más humildes, los que sólo las personas más sencillas pueden apreciar: el afecto, la amistad, la tranquilidad... La vida no tiene que ser perfecta para ser maravillosa. 

Ser exigentes y buscar la perfección en todo lo que hacemos suele ser la otra cara de la moneda: si bien la exigencia nos permite desarrollar múltiples capacidades, también nos impide sentirnos satisfechos debido al alto nivel de autoexigencia. 

En realidad, la perfección no es más que una quimera, una aspiración intangible. No hay vidas perfectas sin altibajos. La existencia es un carrusel de emociones intensas en el que compras tu billete por una única razón: aprender de tu vida cada día. 

No es raro oír a quienes nos rodean quejarse monótonamente de "todas las cosas malas que me pasan", "todo va bien con los demás, pero yo no hago más que tomar malas decisiones"... Estas afirmaciones y pensamientos siempre han existido, y siempre existirán. 

A mis 60 años ya he caído en la cuenta de que la felicidad no reside en la perfección. El éxito, la riqueza, la belleza, la juventud o la salud no son garantía de felicidad para nadie. La vida se mide en momentos y, por supuesto, en nuestra capacidad de estar abiertos a la realidad, a las oportunidades, a la magia de los detalles más sencillos que nos rodean, a la esperanza. 

No me eligieron para el puesto o para el trabajo al que siempre había aspirado. ¿Debo martirizarme pensando que no valgo nada, que la vida me la tiene jurada? A mis 60 años ya he aprendido que cuando se cierra una puerta, se abren seis. Y trataré de luchar por cada una de ellas. 

Los que tuvimos el momento de aspirar a una vida perfecta nos pasamos demasiado tiempo mirando hacia arriba en un intento de alcanzar el universo, y al hacerlo nos perdimos las maravillas que teníamos a nuestros pies o que estaban en frente de nosotros. 

Quienes viven en una fase de duda de sí mismos esforzándose por alcanzar la vida perfecta tienden a arrastrar a los demás con ellos. Los que aspiran a una vida perfecta tienden a exigir tanto de los demás que acaban creando un ambiente de gran infelicidad a su alrededor. 

No lo he conseguido todavía pero voy apreciando cada vez más (ciertamente más que hace unos cuantos años) las maravillas que me rodean en el día a día. A veces me cuesta hacerlo por las prisas impacientes, por las preocupaciones agobiantes, por esa voz interior que me impide ver la magia de la vida y el milagro del vivir de cada día. 

La vida no es perfecta, es cierto, y no siempre nos reserva lo que deseamos, pero a veces es capaz de ofrecernos pequeñas cosas que realmente merecemos: el amor auténtico, el calor de nuestros seres queridos, la estima de quienes nos quieren de verdad. 

No todo el mundo es capaz de descubrir o apreciar la esencia más auténtica de la vida cotidiana. La luz que ilumina a todos por igual cada mañana. Los murmullos de una familia cuando se levanta para desayunar contigo en paz y armonía. Una mano cómplice acariciándote. La sonrisa traviesa de un niño. El autobús que se retrasa y que te permite leer unas páginas más de ese libro. Esa salud que te permite ir y andar, dormir, amar… El olor a tierra mojada después de una lluvia. La lánguida puesta de sol que se contempla en el horizonte. Y un largo y múltiple etcétera.   

La vida está hecha de momentos que se suceden día a día con sutil serenidad. No, no creo que exista la perfección. Sí creo que existen momentos “perfectos”

La vida está hecha de un lenguaje propio, con un ritmo propio, pero que no todo el mundo sabe apreciar: hay quien va a contracorriente, con demasiada prisa, con el corazón olvidadizo y la mente agitada. 

La vida es maravillosa sin tener que ser necesariamente perfecta, porque las cosas perfectas no contemplan errores, y donde no hay errores no hay aprendizaje ni, por ende, crecimiento ni mejora. 

La existencia es a veces una severa maestra que se muestra en toda su locura y grandeza, con sus desórdenes y placeres, sus caos y sus lógicas, enseñándonos a vivirlos instintivamente, sin buscar la perfección, sino aprovechando cada momento al máximo de nuestras fuerzas. Hace unos años me bajé de ese tren en macha de la perfección. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 4 de mayo de 2026

Ascensión - Salvador Dalí -.

Ascensión - Salvador Dalí - 

Un artista que, a pesar de mantener una postura no exenta de ambigüedad hacia la fe cristiana, ofreció una interesante reinterpretación del Misterio de la Ascensión, fue Salvador Dalí.


 

En una de sus obras de 1958, titulada precisamente Ascensión de Cristo, pinta a Cristo en el momento mismo de su ascensión. A la perspectiva vertiginosa se contrapone un inmenso sol de luz amarilla, muy cálida. El sol tiene el centro granulado, similar a los aquenios maduros del girasol o a una colmena llena de miel.

 

El girasol, por su giro alrededor del sol, asumiendo casi las mismas características (en el color y en la corola), es símbolo de adoración. A la miel, en cambio, se le atribuía antiguamente un poder regenerador y es, por tanto, símbolo de la eternidad que acoge a Cristo.

 

Salvador Dalí quedó profundamente conmocionado por los acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial, que culminaron con la explosión de la bomba atómica, y fue precisamente a partir de ese acontecimiento cuando se acercó a la fe cristiana, frecuentando en particular a los padres carmelitas. De hecho, muchas de las obras religiosas del artista datan de los años 50 del siglo XX.

 

Cristo asciende al cielo casi con el mismo dinamismo cósmico de la bomba de Hiroshima, un dinamismo positivo y no destructivo. A diferencia de Duda Gracz, para Salvador Dalí, Cristo, aunque mantiene la posición del crucificado, no tiene heridas, ya que en su ascensión lo que lo sostiene es el amor absoluto -la adoración- por el Padre.

 

La mirada de Cristo se dirige hacia el Padre y el Espíritu Santo, que están confinados allí, en los cielos. Del Padre solo se ve la luz cambiante, muy diferente de la del sol, mientras que del Espíritu se ve bien la paloma.

 

Aquí, como se puede observar, no hay testigos, no está el Pueblo de Dios con el que Cristo se identifica, ni siquiera están los discípulos que miran atónitos hacia el cielo. Aquí aparece un rostro enigmático que algunos identifican con el rostro mismo del Padre.

 

En realidad, y esto se ve claramente para quienes conocen la vida y la obra de Salvador Dalí, se trata del retrato de su esposa Gala, por la que Dalí sentía una auténtica veneración. Gala era su musa inspiradora, era ella quien mantenía constantemente a Salvador Dalí en contacto con las cosas eternas. Gala indica aquí, para Salvador Dalí, el rostro de ese amor, la mirada de ese amor en el que él puede reconocer a Cristo.

 

No es casualidad, de hecho, que no veamos el rostro de Cristo que asciende al Padre. A ese Cristo que ahora es asumido al cielo podemos contemplarlo en la tierra cada vez que se produce la experiencia de un amor real y bendito, el mismo Amor que sostiene la vida y la obra de la Iglesia.

 

Al igual que en las antiguas representaciones de la ascensión, la Iglesia se reunía en torno a la Virgen María. Salvador Dalí identifica el rostro de la Virgen en el rostro de aquella mujer (ya lo había hecho en el cuadro de la Virgen de Port Lligat donado a Pío XII) que más que ninguna otra le había llevado de vuelta a las cosas del Cielo.

 

Y en la Virgen María, la Iglesia siempre ha reconocido la imagen de sí misma, por lo que, en el cenit de la historia, quien espera a Cristo no es el Padre, sino la Esposa. Aquí coinciden la ascensión y la espera del regreso de Cristo. Salvador Dalí pone en práctica la última frase del Biblia: el Espíritu y la Esposa dicen: «Ven, Señor Jesús».

 

Así es como la verdad mística de un artículo como el de la ascensión de Cristo al cielo nos lleva inexorablemente a la concreción histórica de la experiencia de la Iglesia, fundada esencialmente en la medida del amor de Cristo, única forma en la que —verdaderamente— podemos esperar al Señor.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Subió al cielo.

Subió al cielo

El sexto artículo del credo afirma la verdad salvífica de Jesús, que ascendió al cielo y está sentado a la derecha del Padre.

 

Ya lo cantaba el antiguo salmista: «Asciende Dios entre cánticos de alegría, el Señor entre trompetas, ¡aleluya!».

 

La Ascensión, que para el salmista representaba una solemne teofanía, es decir, una manifestación de lo divino en toda la majestad de su gloria y poder, se realiza en Jesús en un acontecimiento de importancia teológica.

 

La Iglesia, en la Ascensión de Jesús, conmemora la dignidad de la carne.

 

François Varillon escribía que con la Ascensión de Jesús al cielo, un cuerpo habita en la Trinidad. Y aún más: Jesús ha sustraído su carne a nuestros ojos para que podamos reconocerlo en la cotidianidad de su Iglesia -Cuerpo vivo de Jesús- con los ojos del corazón.

 

Junto a las obras que siguen una iconografía ligada a la narración histórica del acontecimiento (como, por ejemplo, la Ascensión de Mantegna, donde Jesús asciende al cielo en un júbilo de serafines, mientras abajo los Apóstoles, reunidos en torno a María tras la dispersión sufrida en los días de la pasión, asisten atónitos al acontecimiento), la sensibilidad moderna reinterpreta el acontecimiento en el plano teológico.


 

Es el caso de Jerzi Duda Gracz en la XVIII estación del Vía Crucis, donada casi como exvoto a la Virgen de Czestochowa.


 

El artista capta a Jesús con su cuerpo transfigurado por la luz de la resurrección y con una túnica blanca y transparente, tal y como lo describe el Evangelio en el día de la Transfiguración, prefiguración de esta gloria.

 

Las manos están entrelazadas hacia abajo, casi como queriendo indicar la oración de intercesión ante el Padre que Cristo sigue realizando en el Cielo.

 

Y mientras los pies se pierden entre la multitud infinita del pueblo, la cabeza ya se hunde en ese cielo que está a punto de acogerlo.

 

Jesús tiene los ojos cerrados porque ya vive en el Padre y porque quiere educar a los discípulos a reconocerlo ya no con los ojos de la carne, sino con los del corazón.

 

Ahora, Jesús puede ser visto en el tiempo y en la historia a través de su Iglesia, por eso el vestido del Señor se pierde totalmente entre la multitud infinita de fieles que se dirige idealmente hacia el Santuario de Czestochowa.

 

La Ascensión de Cristo decreta para la Iglesia el camino de la fe, la forma de ver la fe, que también los discípulos tuvieron que aprender, tanto en el tiempo en que Jesús permaneció con ellos, como, y sobre todo, en el tiempo en que, volviendo al Padre, se ocultó a sus ojos.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Convertirse en Iglesia.

Convertirse en Iglesia

¿Dónde estás, Señor? 

¿Dónde te has metido? 

¿Dónde, en nuestra humanidad dolorida, inquieta, agresiva? ¿Dónde, en nuestra vida cotidiana atascada, ocupada, ansiosa? ¿Dónde, en nuestras comunidades a veces cansadas y claudicantes, autorreferenciales y perdidas? 

¿Dónde estás ahora, Maestro? 

Hemos seguido tu anuncio y hemos confiado. Hemos bebido de tus palabras y hemos cambiado nuestra vida. Y nos hemos descubierto amados y capaces de amar. Nos hemos detenido, desconsolados, bajo la cruz, para luego correr al sepulcro y, con esfuerzo, convertirnos a la alegría. 

Pero ahora, ¿dónde estás? 

Con el Padre, dice Lucas. Has ascendido. 

Y, desde lejos, imagino la escena y veo el rostro atónito de tus discípulos. Justo cuando se habían recuperado del miedo, justo cuando esperaban que todo se arreglara. 

Pero ¿qué hay que celebrar? Se me escapa algo... 

Hubiera preferido que te hubieras quedado. Resucitado, eterno, accesible, con conexión en línea todas las semanas. Sin disputas eclesiásticas, sin discusiones, sin enfrentamientos ni peleas: ¿qué piensas, Jesús? ¿Qué debemos hacer y comprender? 

Y Tú nos lo habrías dicho. 

Eso es lo que esperaban, lo que imaginaban los discípulos, una vez superada la prueba. 

Eso es lo que querríamos nosotros, lo que yo querría: un Dios al alcance de la mano, disponible, siempre accesible. 

No un Dios que carga sobre nuestras espaldas la gestión de la vanguardia del Reino que somos, esperando su regreso definitivo. 

Dios nos trata como adultos. 

Dios nos hace capaces de construir el Reino. 

Preguntas 

Hombres de Galilea, ¿por qué seguís mirando al cielo? 

Cuántas preguntas dirige la Palabra al buscador de Dios en estos días de Pascua. 

¿Por qué lloras, alma mía, por qué gimes contra mí? 

¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? 

Dios nos interroga, nos sacude, nos invita a ir más allá, a crecer, a creer. 

No, no debemos buscar en el cielo el rostro de un Dios que pisó la tierra. 

Podemos buscarlo donde Él decidió habitar para siempre: entre los hermanos más pobres, en medio de la comunidad de los que creen en el Nazareno. 

¡Paradoja insostenible del cristianismo! 

Primero nos pide que creamos que el Dios invisible se hizo hombre. 

Ahora nos pide que creamos que el Dios accesible se entrega en las frágiles manos de hombres pecadores e incoherentes. 

Un intercambio desfavorable: en lugar de encontrar el rostro radiante y sereno del Maestro, encontramos el rostro arrugado y marcado de nosotros, los cristianos... 

Y si, en cambio 

Pero si, en cambio, Jesús hubiera querido decirnos algo nuevo. ¿Algo inesperado? ¿Si realmente en los planes de Dios estuviéramos nosotros? ¿Estaría yo, de verdad? 

Si, supongamos, Jesús realmente, en serio (locamente), hubiera confiado el anuncio del Reino a la Iglesia. ¿A esta Iglesia? 

El nuestro no es un Dios administrador de una multinacional de lo sagrado que da directrices mientras unos ángeles amables (que nunca dan respuestas útiles) nos hacen perder el tiempo y la paciencia en un número de teléfono gratuito, no. 

El Dios presente, el Dios en el que creemos, es el Dios que acompaña, claro, pero que confía el camino del Evangelio a la fragilidad de su Iglesia. 

El Reino esperado por los apóstoles hay que construirlo, la nueva dimensión querida por el Señor para permanecer en el mundo no es una solución mágica, sino una dimensión tejida pacientemente por cada uno de nosotros. Es el momento de arremangarnos. 

Somos nosotros, ay, el rostro de Jesús para las personas que encontramos en nuestro camino... 

Tú que lees, hermano, eres la mirada de Dios para las personas que encontrarás. 

Así lo ha decidido nuestro Dios original y desconcertante. 

Y así sucede realmente. 

El tiempo de la Iglesia 

La ascensión marca el final de un momento, el momento de la presencia física de Dios, del anuncio del verdadero rostro del Padre por parte de Jesús, a quien profesamos Señor y Dios, con la seguridad, por parte del mismo Dios, de su bondad y su cercanía en la mirada de nosotros, sus discípulos. 

Ahora es el momento de construir relaciones y vínculos a partir del sueño de Dios que es la Iglesia: comunidad de hermanos y hermanas reunidos en la ternura y la franqueza del Evangelio. 

Profecía de un mundo diferente en el que es posible amar. 

Dejemos de mirar entre las nubes buscando el destello de la gloria de Dios y veamos, más bien, esta gloria diseminada en la cotidianidad de lo que somos y vivimos. 

La gloria de Dios, que hemos saboreado, estamos invitados a contarla, a hacerla creíble y accesible, conscientes de que solo en el más, en el otro, podremos finalmente realizarla en plenitud. 

Estamos llamados a hablar de Dios. A veces también con palabras. 

Quedémonos en la ciudad, no huyamos de la desesperante banalidad del hoy, porque es allí donde Jesús elige habitar: en el hoy, en el delirio confuso de mi ciudad. 

Busquemos a Dios, ahora, en la gloria del Templo que es el hombre, Templo del Dios vivo, dejemos de mirar las nubes, si Dios está en el rostro pobre y tenso del hermano con el que me cruzo. 

El Señor nos dice que es posible construir su Reino aquí y ahora. La ascensión marca el inicio de la Iglesia, el comienzo de una nueva aventura que nos ve protagonistas en espera de su definitivo regreso. 

Y si la Iglesia nos ha probado, ofendido, …, luchemos con más fuerza, imitemos a los santos que convirtieron a la Iglesia a partir de sí mismos. 

... 

¿Seguiremos con la mirada a lo alto escudriñando las estrellas? 

¿Suplicando una intervención divina? 

¿O no veremos, más bien, la presencia de Dios entre sus discípulos, presencia marcada en el esfuerzo de la acogida, en la vida de fe, en el deseo de un mundo más solidario que construir día a día? 

Ascendamos: dejemos de comportarnos como niños devotos. 

Dios, ahora, necesita discípulos adultos, capaces de hacer vibrar el Evangelio en la vida, capaces de expresar la fe de una manera nueva. 

Sabiendo que somos amados, amemos. Convirtámonos en Iglesia. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Yo también, como ella, estoy buscando.

Yo también, como ella, estoy buscando El 25 de diciembre de 1886, en la catedral de Notre-Dame de París, un joven de dieciocho años entra du...