jueves, 21 de mayo de 2026

Hacer valer la conciencia frente al algoritmo.

Hacer valer la conciencia frente al algoritmo

Hay reflexiones que comentan el presente. Y hay reflexiones que intentan cambiarlo.

 

Una de esas reflexiones que intentan cambiar el presente es la intervención del Papa León XIV en la Universidad “La Sapienza” (Roma, Italia) el 14 de mayo de 2026: https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/speeches/2026/may/documents/20260514-visita-pastorale-sapienza.html

 

Yo creo que sería necesario que se leyera y se estudiara, por ejemplo, en los centros educativos.

 

No fue una simple clase universitaria, sino una profunda reflexión sobre nuestro tiempo: un tiempo dominado por la competencia, el miedo y la lógica de la fuerza, al que el Papa contrapone una idea radicalmente diferente de la humanidad, basada en la dignidad de la persona, en la conciencia y en la paz.

 

El pasaje central del discurso se resume en una frase destinada a perdurar: «Somos un deseo, no un algoritmo».

 

En esa frase se resume toda la crítica del Papa a una sociedad que reduce a las personas a números, productividad y eficiencia. Pero también está su propuesta: el ser humano no es una máquina que hay que optimizar, sino una criatura abierta al sentido, a la relación, a la búsqueda de la verdad.

 

De hecho, éste es un tema que reaparece continuamente en sus intervenciones anteriores.

 

Ya en las primeras homilías de su pontificado había hablado de una sociedad que «mide todo y comprende cada vez menos», denunciando una cultura tecnológica capaz de acelerar los procesos pero de empobrecer la interioridad del hombre.

 

En “La Sapienza”, sin embargo, el Papa da un paso más: vincula directamente esta crisis antropológica con la guerra. Para León XIV, de hecho, los conflictos no surgen solo de intereses geopolíticos o económicos, sino ante todo de una idea errónea del ser humano.


 

Cuando la persona queda reducida a una función, una identidad o un número, entonces también la paz se vuelve imposible. Por eso utiliza una expresión muy potente: «contaminación de la razón».

 

Y ésta no es una referencia formal o retórica. El Papa devuelve la centralidad a una palabra que hoy parece casi desaparecida del lenguaje público: la razón.

 

En una época en la que el rearme se presenta a menudo como inevitable, el Papa reafirma, por el contrario, que la paz no es ingenuidad, sino un fundamento moral de la sociedad y, por supuesto, de la democracia.

 

La guerra no solo destruye ciudades y vidas; altera la forma misma de pensar. Nos acostumbra a la simplificación, a la construcción del enemigo, a la lógica del «nosotros contra ellos». Y esta mentalidad acaba contaminando toda relación social.

 

Tampoco en este caso es, desde luego, la primera vez que el Papa interviene con firmeza.

 

En el mensaje para la Jornada Mundial de la Paz había denunciado «la pedagogía del miedo»: gobiernos que alimentan la inseguridad para justificar nuevos gastos militares, opiniones públicas educadas en la desconfianza permanente, sociedades convencidas de que la seguridad coincide con el rearme.

 

En “La Sapienza”, de hecho, el Papa vuelve con fuerza sobre el aumento del gasto militar global, sobre todo en Europa, utilizando palabras muy duras: «No se llame defensa a un rearme que aumenta las tensiones y la inseguridad». Es una frase que aclara muchas ambigüedades del debate contemporáneo.

 

En el discurso universitario también emerge con fuerza el tema de la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías aplicadas a los conflictos.

 

Cuando el Papa advierte que la IA no debe des-responsabilizar las decisiones humanas, está diciendo algo de enorme alcance ético: ningún algoritmo podrá sustituir jamás a la conciencia moral.

 

Sin embargo, el Papa nunca se limita a la denuncia. Y precisamente este es el aspecto significativo de su magisterio.

 

Por eso sigue señalando una posibilidad. Por eso el verdadero centro del discurso son los jóvenes. No los describe - como solemos hacer los adultos - como una generación frágil o perdida, sino como el lugar de donde puede nacer una nueva alianza cultural y moral.


 

Remitiéndose a San Agustín, el Papa revaloriza incluso la inquietud. No como una enfermedad que hay que erradicar, sino como una fuerza que hay que orientar.

 

El malestar de los jóvenes se convierte así en la señal de que algo en el sistema contemporáneo ya no funciona. El Papa denuncia abiertamente «el chantaje de las expectativas» y la «presión del rendimiento».

 

Palabras que describen a una generación obligada a vivir en una competencia continua, donde el valor humano coincide con el rendimiento.

 

Para el Papa la paz no es simplemente la ausencia de guerra. La paz nace de una idea diferente del ser humano y de la sociedad. Nace cuando dejamos de considerarnos instrumentos y volvemos a reconocernos como personas.

 

Por eso insiste tanto en el papel de la universidad: no debe limitarse a producir profesionales eficientes, sino a formar conciencias. Y éste es uno de los pasajes más contundentes de la intervención: «¿Qué sentido tendría formar a un investigador o a un profesional que, sin embargo, no cultiva su propia conciencia?».

 

Porque para el Papa el saber sin ética se convierte en poder; el saber con conciencia se convierte en servicio.

 

También la cuestión ecológica se inscribe en esta misma visión. Remitiéndose a la Laudato si’ del Papa Francisco, este Papa muestra la continuidad de una idea precisa: la crisis climática y la crisis espiritual nacen de la misma lógica del dominio y del consumo.

 

Y aquí llega la frase final, quizás la más poderosa de todo el discurso: «Sed artesanos de la paz verdadera: paz desarmada y desarmante».

 

No es un eslogan ingenuo. Es una visión del mundo.

 

La «paz desarmada» es aquella que rechaza la fuerza como fundamento de la política. La «paz desarmante» es aquella capaz de romper el mecanismo del odio, de la propaganda y del miedo.

 

En una época marcada por el cinismo, la guerra permanente y la idea de que nada puede cambiar, el Papa León XIV tiene el valor de volver a hablar de conciencia, justicia, futuro y esperanza.

 

Y hoy, probablemente, ese sea precisamente el gesto más revolucionario.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 20 de mayo de 2026

¿Y después de Pentecostés qué?

¿Y después de Pentecostés qué?

Pentecostés, es decir, 50 días después. ¿Después de qué? Después de la gloriosa salida de la casa de la esclavitud.

 

Por fin personas libres, ya no sometidas a los caprichos del faraón. La Pascua es un grito de alegría por la liberación inesperada. Miriam y Moisés entonan cánticos de victoria que dan forma al sentir del pueblo liberado.

 

Una explosión de alegría, destinada a una breve existencia, rápidamente sustituida por las preocupaciones por el agua y la comida: qué bonito sentirse libre, pero luego hay que sobrevivir.

 

Desde el día siguiente, una vez pasada la euforia de las celebraciones, se plantea la pregunta: ¿y ahora qué hacemos? ¿Qué hacemos con la libertad conquistada?

 

Una pregunta desgarradora, porque es más fácil romper las cadenas que impiden que los pies se muevan que trazar el camino por el que luego hay que avanzar. Por no hablar del deseo indecible de volver atrás, la tentación inconfesable de que, tal vez, se estaba mejor en Egipto... porque hasta es posible que más valga lo malo conocido que lo bueno por conocer…



Cincuenta días después hay otras aguas que atravesar: las agitadas de los corazones donde se estrellan las espantosas olas de la duda, de la sospecha, junto con los demonios que imperaban en Egipto, el primero de todos el encanto de la fuerza, del poder que exalta a unos y aplasta a otros.

 

¿Qué hacemos con la libertad alcanzada? ¿La usamos para tomar el poder y recrear Egipto en otra tierra, con los antiguos oprimidos en el papel de opresores?

 

Cincuenta días después se perfila la encrucijada, en las laderas del Monte Sinaí. Justo allí, el pueblo escucha una palabra alternativa a la que había oído hasta entonces.

 

Más allá de las palabras del faraón, y también más allá de los gritos de júbilo de los liberados, una palabra desde lo alto, que perfila una forma inédita de habitar la tierra.

 

Cincuenta días después, el pueblo recibe la Torá. Y desde entonces recordará ese don en la fiesta de Pentecostés. Día que nos plantea el desafío de habitar la tierra de otra manera.

 

Fiesta con un regusto amargo, como denuncian los profetas, a causa de las infinitas desmentidas de aquellas solemnes palabras.

 

Como si cada generación tuviera que considerarla a la manera de un acontecimiento aún no consumado, que siempre será cincuenta días después de nuestras supuestas victorias.

 

Al enfrentarse a este desafío perenne, un discípulo de Jesús, San Lucas, narra el acontecimiento fundacional de la comunidad mesiánica.


 

Cincuenta días después de otra Pascua. De nuevo, la irrupción de una palabra diferente, que narra las maravillas de Dios frente a las injusticias de los poderosos. No tanto instrucciones de uso. No es cuestión de información —si fuera así, nos bastaría con la inteligencia artificial—; es un acontecimiento de comunicación, en el que la palabra teje vínculos de sentido que dan forma a lo «común»: ¡este es el desafío de comunicar!

 

Lo que resuena no es la letra muerta de una palabra petrificada, embalsamada. Es una palabra-semilla, que encuentra los terrenos existenciales de una pluralidad de sujetos, que hablan del mundo en lenguas diferentes, pero que sienten que esa palabra es capaz de abrir su propia lengua a lo inédito.

 

Cincuenta días después, cuando los aleluyas pascuales se han agotado, mientras se siguen plantando cruces en los tantos Gólgotas de la historia, se replantea la necesidad de una palabra diferente, junto con ese espíritu divino que la arranca del uso retórico y la propone de nuevo como palabra viva, pascual.

 

Cincuenta días después de la Pascua de Jesús resuena una Palabra entregada desde el principio al pueblo. Palabra que el Espíritu hace audible para todas y todos, de modo que da vida a una comunidad carismática y espiritual, antídoto contra las instituciones jerárquicas, el patriarcado y las dictaduras.

 

Palabra que da testimonio de la eliminación definitiva de las muchas piedras que encierran la vida en los sepulcros. Y que advierte contra el riesgo de que, a su vez, sea encerrada, como si fuera un talento que hay que enterrar, por nobles motivos de custodia del depósito, para sustraerla a los movimientos de la historia y definirla de una vez por todas. El Espíritu la convierte en moneda de cambio, en un tesoro que hay que gastar, no conservar al vacío.


 

Cincuenta días después, las discípulas y los discípulos de Jesús se enfrentan al reto de hacer memoria de su palabra para intentar vivirla, para arriesgarse siguiendo el viento del Espíritu, dando la palabra a quienes se han encontrado —a veces, a su pesar— compartiendo el sueño de Jesús, donde reina Dios.

 

En Pentecostés se renueva el desafío del éxodo hacia una tierra que sigue siendo siempre prometida. En este camino, que se nos presenta ante nosotros, se encuentra una humanidad plural, que habla del mundo de maneras diferentes.

 

La Iglesia, testigo de palabras vivas gracias al Espíritu, pone la Palabra a prueba de la vida y la vida a la luz de la Palabra. La pluralidad que la constituye no debe ser una simple yuxtaposición de individualidades autorreferenciales, sino la expresión del sueño divino que ninguna forma es capaz de agotar.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 19 de mayo de 2026

Laudato si’… once años después.

Laudato si’… once años después

No se ha quedado encerrada en las sacristías: se ha desbordado hacia las plazas, las universidades y los debates políticos internacionales, imponiéndose como uno de los muy pocos análisis realmente capaces de conciliar la fragilidad del planeta y el dolor de los pobres.

 

No es solo un texto religioso: se ha convertido en una brújula imprescindible para cualquiera que intente orientarse en la tormenta de la crisis global. Esta es precisamente la prueba de su naturaleza profética: no ha envejecido porque no se ha limitado a seguir la actualidad, sino que ha dado en el meollo del problema.

 

Cuanto más pasan los años, más se encarga la realidad (por desgracia, hay que decirlo) de dar la razón al Papa Francisco.

 

La encíclica no es un tratado de botánica ni un simple llamamiento al buen corazón de los ciudadanos para que separen los residuos: es un manifiesto político, social y espiritual que sacude los cimientos de la modernidad.

 

Su carga revolucionaria reside en una palabra que actúa como eje central de todo el texto: interconexión. El Papa Francisco derriba la visión sectorial del mundo, típica de la cultura tecnocrática, para afirmar que «todo está conectado». En este esquema, la crisis medioambiental no es un tropiezo del progreso, sino el síntoma de una crisis más profunda que afecta a la idea misma del hombre y de la sociedad.


La primera ruptura real con el pasado es la introducción del concepto de ecología integral. El Papa Francisco acaba con la ecología «de fachada», aquella que se ocupa de salvar (legítimamente) a las ballenas de la extinción ignorando el destino de las poblaciones indígenas o de los trabajadores explotados.

 

Con gran fuerza comunicativa, el Papa declara que no existen dos crisis separadas —una ambiental y otra social—, sino una única y compleja crisis socioambiental. Esto significa que no se puede estar sinceramente preocupado por la naturaleza si en el corazón no hay ternura, compasión y preocupación por los seres humanos.

 

De hecho es una revolución de perspectiva: la defensa del ecosistema se convierte en una lucha por la justicia global. La Tierra, nuestra casa común, se encuentra entre los pobres más abandonados y maltratados, y su grito se une inevitablemente al grito de los oprimidos.

 

Un segundo elemento disruptivo es la crítica radical al paradigma tecnocrático. El Papa pone en tela de juicio la idea de que el crecimiento económico infinito sea la solución a todos los males y que la tecnología, por sí sola, pueda reparar los daños que ella misma contribuye a crear.

 

El Papa Francisco denuncia una «cultura del descarte» que ha transformado el mundo en un inmenso vertedero, donde los objetos están diseñados para convertirse en residuos y las personas —desde los no nacidos hasta los ancianos, desde los migrantes hasta los pobres— son consideradas excedentes de un sistema productivo despiadado.

 

Esto no es solo una crítica al capitalismo salvaje, es un desafío antropológico: el hombre se ha ilusionado creyéndose el dominador absoluto de la naturaleza, transformando el mandato bíblico de «someter la tierra» en una licencia para saquearla. La encíclica restablece una verdad teológica y filosófica incómoda: el hombre no es el dueño, sino el custodio de la creación.



Audaz es también el pasaje sobre la deuda ecológica. El Papa Francisco invierte las relaciones de poder mundiales al hablar explícitamente de una deuda que el Norte del mundo ha contraído con el Sur.
 

Durante siglos, las naciones industrializadas han alimentado su propio bienestar explotando los recursos naturales de otros países y dejando tras de sí contaminación, deforestación y desertificación.

 

La carga revolucionaria se convierte aquí en política internacional: el Papa pide reparaciones, exige que las naciones más ricas asuman los costes de la transición energética global, porque la propiedad privada no es un derecho absoluto, sino que está subordinada al destino común de los bienes.

 

Hay además una revolución del lenguaje y de los sentidos. El Papa Francisco en el texto no habla en abstracto; cita el aire que respiramos, el agua que escasea, la belleza de un paisaje destruido. Ataca la «aceleración», ese ritmo frenético de vida y de consumo que nos impide detenernos a contemplar el valor de lo que tenemos.

 

Propone una sobriedad feliz, no como una forma de privación o de vuelta a la Edad de Piedra, sino como una liberación de la obsesión por el consumo. Es una invitación a pasar del consumo al sacrificio, de la codicia a la generosidad, del despilfarro a la capacidad de compartir.


Por último, Laudato si’ es revolucionaria porque es un documento ecuménico y universal. No se dirige solo a los católicos, sino a «toda persona que habita este planeta».

 

El Papa Francisco invita a un diálogo global que supere los egoísmos nacionales y los intereses partidistas. Nos recuerda que somos una única familia humana, que viaja en un barco que está haciendo agua, y que nadie puede salvarse por sí solo.

 

La suya es una llamada a la «conversión ecológica»: un cambio del corazón, antes incluso que de las leyes. En una época dominada por el cinismo y la resignación, la encíclica es un acto de esperanza militante, un llamamiento a rebelarse contra la injusticia para construir un mundo donde la belleza y la dignidad no sean privilegios de unos pocos, sino derechos de todos.

 

Hoy la fuerza de ese texto permanece inalterada; es más, actúa como un reactivo químico que pone al descubierto las contradicciones de nuestro tiempo. La esperanza es que esa misma radicalidad, capaz de sacudir a las naciones y a las conciencias, pueda seguir provocando para que, en este mundo confuso marcado por el desorden global, el latido indomable de una justicia necesaria y de una paz molesta para los poderosos siga siendo la única fuerza capaz de devolver la esperanza a las mujeres y a los hombres de esta tierra herida.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La escucha compartida de lo que el Espíritu dice a la Iglesia (cf. Ap. 2, 29) - algunos apuntes de discernimiento eclesial sinodal -.

La escucha compartida de lo que el Espíritu dice a la Iglesia (cf. Ap. 2, 29) - algunos apuntes de discernimiento eclesial sinodal -

Hay un hecho que sorprende en el Nuevo Testamento: inmediatamente después de la Ascensión de Jesús, las dos primeras acciones de la comunidad cristiana son la oración comunitaria (Hch 1,14) y el discernimiento comunitario (Hch 1,23-26).

 

Como si la ausencia corporal de Jesús o su presencia en el Espíritu exigieran un esfuerzo adicional de meditación y reflexión compartida.

 

En ambos casos, sobre todo, es relevante —y no casual— el hecho de que la comunidad orante y discerniente no se limite a los once (dada la muerte de Judas, que debía ser sustituido), sino que incluya explícitamente, en el primer caso, «a algunas mujeres y (…) María, la madre de Jesús, y (…) sus hermanos», mientras que, en el segundo caso, nada menos que «ciento veinte (…) personas» (Hch 1,15).

 

Si, por tanto, es una comunidad muy amplia la que propone a los dos «candidatos» para sustituir a Judas y la que reza para que Dios, mediante el «sorteo», designe al nuevo duodécimo apóstol, ¿cómo podemos pensar que las comunidades cristianas posteriores no continuemos habitualmente esta práctica?

 

También por eso, y a pesar de las complejidades, dificultades, resistencias,…, el relanzamiento del discernimiento comunitario y, en su seno, de la escucha de la Voz de Dios mediante la conversación en el Espíritu es un elemento crucial de cualquier itinerario cristiano y, muy especialmente, de cualquier camino eclesial sinodal.

 

En el discernimiento se trata de escuchar esa Voz y de interpretar y de acoger lo que dice. En la oración y en el diálogo fraterno, se reconoce que el discernimiento eclesial es una de las prácticas con las que respondemos a la Palabra que nos indica los caminos de la misión.

 

Este discernimiento es un instrumento que resulta fecundo, incluso son su complejidad, porque «transforma a las personas, a los grupos y a la Iglesia y entrelaza de manera armoniosa el pensamiento y el sentimiento, generando un mundo vital compartido…

 

De hecho, se trata de un dato antropológico que se encuentra en pueblos y culturas diferentes, unidas por la práctica de reunirse solidariamente para tratar y decidir las cuestiones vitales para la comunidad.

 

No se trata de un recurso organizativo sino de una oración abierta a la participación, de un discernimiento vivido en común, de una energía misionera que nace del compartir y que se irradia como servicio. Por eso es un instrumento que requiere de profundidad espiritual.


La importancia y el carácter central de este momento de discernimiento en cualquier proceso eclesial que quiera ser sinodal se concreta, por ejemplo, en algunos elementos clave que no deberían faltar:

 

a) la presentación clara del objeto del discernimiento y la puesta a disposición de información e instrumentos adecuados para su comprensión. Más en concreto:

 

Todo discernimiento, de hecho, se desarrolla siempre en el seno de un contexto concreto, cuyas complejidades y peculiaridades es necesario conocer lo mejor posible y para cuya comprensión seria y efectivamente “eclesial” son necesarias las aportaciones de las ciencias humana.

 

Pero siempre hay que definir con claridad el objeto de la consulta y de la deliberación e identificar a quienes deben ser consultados, también en razón de competencias específicas o de su implicación en la cuestión. Y, por supuesto, velar por que todos los participantes tengan acceso efectivo a la información pertinente, de modo que puedan formular su opinión con conocimiento de causa.

 

b) un tiempo adecuado para prepararse con la oración, la escucha de la Palabra de Dios y la reflexión sobre el tema. Más en concreto:

 

Para que podamos hablar de un discernimiento efectivamente “eclesial” se requiere una exégesis adecuada de los textos bíblicos, que ayude a interpretarlos y comprenderlos evitando enfoques parciales o fundamentalistas; un conocimiento de los Padres de la Iglesia, de la Tradición y de las enseñanzas magisteriales, según su diverso grado de autoridad; las aportaciones de las diversas disciplinas teológicas

 

Y todo ello porque dicha escucha «es el punto de partida y el criterio de todo discernimiento eclesial» (cf. DV 2), tanto cuando tiene lugar en la «liturgia» (cf. SC 7) como en la meditación personal y comunitaria; y porque la voz de Dios susurra (cf. 1 Re 19,13) también en la «Tradición viva de la Iglesia», en el «magisterio», en la «piedad popular», en el «grito de los pobres y en los acontecimientos de la historia», en los «elementos de la creación» y «en la conciencia personal» (cf. GS 16).

 

c) una disposición interior de libertad respecto a los propios intereses, tanto personales como de grupo, y el compromiso con la búsqueda del bien común. Más en concreto:

 

Quienes expresan su opinión en una consulta asumen la responsabilidad de ofrecer un parecer sincero y honesto, en conciencia y con conocimiento de causa; de respetar la confidencialidad de la información recibida; de ofrecer una formulación clara de su opinión, identificando los puntos principales

 

El discernimiento, de hecho, requiere libertad interior, humildad, oración, confianza recíproca, apertura a la novedad y abandono a la voluntad de Dios.

 

En concreto, el clima de confianza recíproca por eso es necesario promover procedimientos que hagan efectiva la reciprocidad en la asamblea que discierne en un clima de apertura al Espíritu y de confianza mutua, en busca de un consenso a ser posible unánime.

 

d) una escucha atenta y respetuosa de la palabra de cada uno. Más en concreto:

 

El discernimiento nunca es la afirmación de un punto de vista personal o de grupo, ni se reduce a la simple suma de opiniones individuales. Cada uno, hablando según su conciencia, se abre a escuchar lo que otros comparten en conciencia, para tratar juntos de reconocer “lo que el Espíritu dice a las Iglesias” (Ap 2,7).

 

Sobre la base de una corresponsabilidad diferenciada se debe respetar a cada miembro de la comunidad, valorando sus capacidades y dones con vistas a la decisión compartida.

 

e) la búsqueda del consenso más amplio posible, que surgirá a través de lo que más «enciende los corazones» (cf. Lc 24,32), sin ocultar los conflictos y sin buscar compromisos a la baja. Más en concreto:

 

De hecho, los Padres de la Iglesia hablaban de un «triple “nada sin” (nihil sine): «nada sin el obispo» (San Ignacio de Antioquía, Carta a los tralianos, 2,2), «nada sin vuestro consejo [de los presbíteros y diáconos] y sin el consentimiento del pueblo» (San Cipriano de Cartago, Carta a los hermanos presbíteros y diáconos, 14,4).

 

Allí donde se rompe esta lógica del nihil sine, se oscurece la identidad de la Iglesia y se compromete seriamente su misión.

 

f) la formulación, por parte de quien guía el proceso, del consenso alcanzado y su presentación a todos los participantes, para que manifiesten si se reconocen en él o no.

 

Seguramente puede haber y hay una no pequeña variedad de enfoques del discernimiento y de metodologías que siempre habrá que saber adaptar a los diversos contextos para que se pueda realizar efectivamente un diálogo cordial, sin dispersar las especificidades de cada uno y sin atrincheramientos identitarios.

 

La escucha de todos, el consenso amplio y reconocido hacen comprender lo fundamental que es la cuestión de la correspondiente amplia participación porque cuanto más se escucha a todos, tanto más rico es el discernimiento;

 

De hecho, está en juego «toda la verdad» (Jn 16,13): por un lado, enseñada por el Espíritu que nos guía hacia ella (Jn 14,26), favoreciendo y garantizando el progreso de la «Tradición» (cf. DV 8); pero, por otro lado, mediada por la lectura de los signos de los tiempos (cf. GS 11) practicada por todo el Pueblo de Dios, el cual, en el ejercicio de su función profética (cf. LG 12), se vale de todos los dones de sabiduría que el Señor distribuye en la Iglesia y se arraiga en el sensus fidei comunicado por el Espíritu a todos los bautizados.

 

Cuantas más personas de diferentes cualidades participen en el proceso, más probabilidades hay de que el discernimiento eclesial se beneficie de una mayor apertura, capacidad de análisis de la realidad y pluralidad de perspectivas, acercándose así al modelo de «sabiduría evangélica» del llamado Concilio de Jerusalén, al término del cual se pudo exclamar: «Nos ha parecido bien, en efecto, al Espíritu Santo y a nosotros…» (Hch 15,28).

 

¿Realmente en la vida de las Iglesias Locales —y en qué medida realmente— está creciendo la práctica del diálogo en el Espíritu, del discernimiento comunitario?

 

¿En qué medida las Iglesias Locales están viviendo su camino cotidiano con una metodología sinodal de consulta y discernimiento, identificando modalidades concretas e itinerarios formativos para realizar una conversión sinodal tangible en las diversas realidades eclesiales? 


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

"Por sus frutos los conoceréis": el déficit de una sinodalidad real y efectiva -

"Por sus frutos los conoceréis": el déficit de una sinodalidad real y efectiva

Uno mira desde la distancia aunque sea con interés e, incluso, preocupación. Y se pregunta si la mentalidad sinodal ha entrado efectivamente a formar parte del modo de ver, pensar, actuar de los Obispos.

 

Y pienso esto porque la sinodalidad también consiste en reconocer el carácter normativo de la categoría Pueblo de Dios que, tras haber sido recuperada por el Concilio Vaticano II, se había ido como difuminando en el magisterio y en los tratados teológicos.

 

Al revitalizar la fructífera relación recíproca entre el Pueblo de Dios y la jerarquía, y al afirmar la igual dignidad de todos los creyentes en Cristo en una corresponsabilidad diferenciada, la sinodalidad está destinada a desmontar la lógica piramidal típica de la eclesiología preconciliar.

 

Una mentalidad que aún perdura, incluso inconscientemente, en el íntimo de no pocos pastores. También entre agentes pastorales y fieles.

 

Y pienso esto porque, siempre desde la distancia, ante ciertas circunstancias creo que aquí hay una clave (no digo “la” clave) que ayuda a explicar ciertas situaciones actuales en algunas Iglesias Locales.

 

La experiencia personal (también he sido, solamente a un cierto nivel, una persona de gobierno en el ambiente eclesial) me lleva a pensar que la sensibilidad sinodal no ha entrado, aún, en ciertas mentalidades episcopales (probablemente tampoco en otras que no tenemos ni báculo ni mitra).


Nos entretenemos en frases hechas del tipo «la Iglesia o es sinodal o no es Iglesia», «la sinodalidad es la dimensión constitutiva de la Iglesia», «la Iglesia es constitutivamente sinodal»,…, que parecen concitar el aplauso fácil pero está por ver si aquella mentalidad de “lo que concierne a todos, debe ser discutido y aprobado por todos” ha entrado a formar parte del ADN cordial y mental del episcopado (y también de la formación de cara al ministerio ordenado).

 

Y pienso esto porque el primer nivel de ejercicio de la sinodalidad tiene lugar en una Iglesia particular. No en la Santa Sede ni en la Iglesia universal.

 

El Pueblo de Dios no es una masa informe e inarticulada. Existe en las Iglesias particulares y a partir de las Iglesias particulares. Y la forma sinodal de Iglesia debe concebirse a partir del conjunto de las Iglesias Locales donde nace y crece en la escucha de la Palabra, en la participación en la Eucaristía y en el testimonio de la caridad, acompañado por la presidencia del Obispo y de su presbiterio.

 

Así lo afirmaba un importante documento de la Comisión Teológica Internacional de 2 de marzo de 2018, titulado “La sinodalidad en la vida y en la misión de la Iglesia: «El primer nivel de ejercicio de la sinodalidad tiene lugar en una Iglesia particular» (cf. https://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/cti_documents/rc_cti_20180302_sinodalita_sp.html). 



Una consecuencia de tal visión se encuentra en la correcta comprensión de la identidad y la misión del ministerio jerárquico, al que debe conferirse un carácter de servicio transitorio, histórico, temporal, más que ontológico, pero nunca absoluto ni autorreferencial.
 

Esa comprensión tiene como consecuencia, por ejemplo y entre otras, que poco tiene que ver con un estilo sinodal la práctica de ordenar Obispos que no tienen un vínculo real con una Iglesia Local o que no muestran sintonía efectiva y real con un modelo de Iglesia de comunión y sinodalidad, y que corren el riesgo de hablar siempre al Pueblo de Dios sin escucharlo nunca (o escuchando a aquellos que le hacen coro amable o eco de resonancia afín).

 

De todo ello se deriva asimismo la necesidad de involucrar al Pueblo de Dios en su totalidad en todos los procesos de conversión y de reforma que la Iglesia emprende, puesto que el Espíritu habla a todos a través de diversas mediaciones, como la escucha asidua de la Palabra, la oración, la caridad vivida, la relectura creyente de los acontecimientos de la vida y de la historia, pero también como el diálogo y la expresión serena de los diversos puntos de vista.

 

Por el momento, y siempre desde la distancia, me es complejo imaginar una conversión sinodal de algunos Obispos. También de la estructura de la Iglesia sin la participación activa de todos los componentes del Pueblo de Dios.

 

Para que esta participación activa sea eficaz, es necesario poner en marcha prácticas y dinámicas comunicativas adecuadas para que los diversos sujetos que participan en el desarrollo de la vida eclesial puedan interactuar de manera orgánica y comunitaria, tanto con fines consultivos como deliberativos.


Quiero decir que en una Iglesia que quiera avanzar en el proceso de la sinodalidad efectiva, una dinámica comunicativa fundamental es la escucha recíproca, que no es un fin en sí misma, sino que sirve para generar procesos personales y comunitarios que pueden conducir a cambios reales, tanto en las mentalidades como en las estructuras.

 

Me refiero a una escucha que no sea una simple consulta sino que se convierta en un diálogo creativo, caracterizado no solo por la apertura confiada al otro, la intención de trabajar y pensar juntos, la empatía, el respeto recíproco, la naturaleza participativa y la dimensión generativa de la visión y las relaciones. Por supuesto, que sea también generadora de una nueva comprensión más rica y más profunda del Evangelio que genera la Iglesia.

 

La fuerza del diálogo reside en negarse a privilegiar una sola voz, perspectiva o ideología, y en reconocer el valor de la aportación de muchas voces independientes pero dirigidas mutuamente-recíprocamente.

 

Una Iglesia sinodal tiene la obligación de escuchar sin prejuicios, sobre todo a ciertas categorías de personas.

 

Hay que escuchar a los laicos, reconociéndolos como verdaderos compañeros de camino, por su aportación —en carismas, competencias profesionales, experiencias de vida— única e insustituible. Y esto supone que haya que dirigirse a ellos con un lenguaje distinto del habitual en los ámbitos clericales y eclesiales, el de la vida cotidiana del trabajo, de la vida familiar, de la economía y la política,…, es decir, el lenguaje que los laicos y las laicas emplean en su día a día.

 

Hay que escuchar a las mujeres, cuyas palabras, gracias al Concilio Vaticano II, se han vuelto públicas, autorizadas y competentes en el ámbito eclesial, pero siguen sin ser debidamente tenidas en cuenta debido al legado androcéntrico y patriarcal que aún aflige a la Iglesia católica.

 

Hay que escuchar a los jóvenes, que a menudo expresan un profundo malestar en una Iglesia gobernada no pocas veces por una “gerontocracia.

 

Hay que escuchar a aquellos grupos de creyentes que, tal vez porque expresan críticas son en su mayoría marginados de la vida eclesial.

 

Hay que escuchar a los religiosos y religiosas que, con su experiencia secular de sinodalidad vivida, pueden ser de gran ayuda en la renovación de las diócesis, promoviendo la idea de que los cargos de autoridad se asuman solo por un período, de forma rotativa, y mostrando la eficacia de unir el poder de uno (superior/a) con la contribución constante de un grupo de consejeros y con momentos de asamblea en los que participan todos (asambleas, capítulos,…).

 

Toda esta reflexión nace de una intuición - no una certeza - que ha ido y continúa creciendo en mí: en este proceso eclesial de sinodalidad, y que quiso poner en marcha el Papa Francisco, no todos los Obispos muestran efectivamente esa sintonía ni están alineados con esa sinodalidad como nueva forma de la Iglesia que es comunión. Probablemente porque no la han incorporado a su ADN de gobierno pastoral.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 17 de mayo de 2026

Una fe corpórea y entrañable: Dios en femenino.

Una fe corpórea y entrañable: Dios en femenino

La Visitación nos propone una pausa. Y la pausa es en una casa donde encontramos a dos mujeres que son como dos pioneras: María e Isabel.

 

Una concibe cuando tiene ante sí el muro de la imposibilidad, la otra cuando ya se han agotado todas las posibilidades humanas.

 

Dos mujeres se convierten en el signo de lo que Dios puede realizar allí donde uno se abre a acoger su palabra. Subrayo el «puede», como para decir que la posibilidad de éxito recae totalmente en el lado humano, ya que Dios ya se ha comprometido.

 

Nos dispusimos a celebrar lo que el Señor ha realizado en María cuando somos capaces de preparar nuestro cuerpo: no algo externo a nosotros, sino a nosotros mismos. «No quisiste ni sacrificio ni ofrenda, sino que me preparaste un cuerpo…» (Hb 10,5). Dentro de nosotros estamos llamados a concebir y a engendrar al Señor mediante la escucha de la palabra: «Mi madre y mis hermanos —dirá Jesús— son aquellos que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica».

 

María lleva un hijo en su seno, ha puesto su cuerpo a disposición del Señor. Ahora bien, cuando se es fecundo, nunca lo es solo para uno mismo. Es una fecundidad que resuena en cualquier situación.


 

Yo también, y también la comunidad cristiana, nuestras relaciones están a veces repletas: ¿pero de qué? Me parece que, con demasiada frecuencia, de palabras vacías, obvias, repetitivas; seguimos celebrando ritos, pero sin alma; realizamos gestos, pero gastados, predecibles.

 

 Demasiada seguridad en nosotros mismos, demasiada arrogancia sigue marcando nuestra relación con esta tierra, en lugar de atención, de disponibilidad para comprometernos.

 

María, embarazada, podría haberse encerrado en sí misma y haber contemplado y custodiado el don de ese embarazo que casi le había sido arrebatado de improviso, sumergiéndola en una historia nueva, diferente de como quizá se la había imaginado. Incluso en una situación similar, María se pone en camino, no está preocupada por sí misma. A pesar de estar embarazada de un hijo, todavía hay espacio para alguien en su vida, alguien de quien hacerse cargo.

 

Ponerse en camino significa superar una fase de cansancio, significa reconocer que aquello de lo que has sido protagonista es solo un anticipo de lo que Dios aún quiere hacerte saborear precisamente en el encuentro con el otro.


 

La señal más auténtica de que hemos hecho espacio a Dios en nuestra vida es precisamente el camino. María se convierte en inventora de caminos inéditos: María no se dirige al Templo, sino que va al encuentro de alguien que también es portadora de vida, igual que ella. ¿Qué caminos y qué procesos abre esta palabra común que escuchamos cada día?

 

La palabra que escuchamos es siempre generadora de novedad, es siempre una palabra que «da a luz». Pero para que esto suceda es necesario tomar como compañera de viaje a la joven de Nazaret. Ella da testimonio de que lo nuevo nace allí donde alguien comienza a prestar su vientre.

 

Cuando María llega a casa de Isabel, se convierte en expresión del cuidado de Dios: asume, de hecho, y comparte los sentimientos del otro, reparte el esfuerzo cotidiano, acompaña a su prima en el parto. Allí donde hay una existencia despojada de sí misma y abierta al cuidado del otro, allí está Dios: ya ahora se renueva el misterio de la encarnación.

 

Aún lleva al hijo en su vientre y, allá donde llega, ya da a luz esperanza, confianza, acogida.


 

Los cuerpos de esas mujeres acogen lo imprevisible y lo inesperado. Cuerpos capaces de vibrar al ritmo de un amor desmesurado y, por eso, capaces de ternura, de misericordia, de compartir. No a la altura de esta tarea el hombre que, en un caso, habría querido liquidarlo todo despidiendo a la mujer, y en el otro —Zacarías— queda mudo, incapaz de reconocer y, por tanto, de hablar.

 

La fe de María es corporal, hecha de movimientos, de gestos, de atenciones. Capaz de asumir lo humano tal y como se le presenta ante ella. La adhesión a la Palabra que le dirige el ángel la introduce en un camino cada vez más concreto que le pide que impregne de esa Palabra útero, entrañas, vísceras, sangre,…, actos, pasos, sentimientos, pensamientos...

 

María es consciente de que todo proviene de un Dios que ha cuidado de ella con esmero, pero también es igualmente consciente de que es precisamente a través de ella que Dios obra maravillas en favor de su pueblo.

 

Nuestra fe es corporal si, como atestigua el evangelista Mateo, al atardecer de la vida seremos juzgados por la atención prestada o no al cuerpo: tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed… ¿Cuándo, Señor? Los gestos y las miradas hacia el cuerpo del hermano se consideran gestos y miradas hacia el mismo Señor.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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