sábado, 15 de agosto de 2026

Dios no pertenece a nadie - San Mateo 15, 21-28 -.

Dios no pertenece a nadie - San Mateo 15, 21-28 - 

Estamos acostumbrados a pensar que siempre es Jesús quien cambia a las personas. Es cierto. Quien se cruza con su mirada deja atrás redes, mesas de recaudación de impuestos, miedos y certezas. 

Pero este Evangelio nos cuenta algo aún más sorprendente: el propio Jesús se deja interpelar por una mujer extranjera. 

Es una cananea. Una pagana. Viene de fuera: fuera de las fronteras de Israel, fuera de la religión de los hijos, fuera de las pertenencias reconocidas. Y es precisamente ella quien abre ante Jesús un horizonte más amplio. 

La frontera, en el Evangelio, nunca es solo un límite geográfico. Es el lugar donde Dios sorprende. Porque a menudo son precisamente aquellos que son diferentes a nosotros quienes amplían nuestra mirada. 

Toda fe enferma cuando se convierte en posesión, en recinto, en privilegio. Isaías ya lo había anunciado: «Mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos». 

Dios no pertenece a nadie. Es Él quien acoge a todos. 

La mujer clama: «¡Ten piedad de mí, Señor! Mi hija está muy atormentada». No pide por sí misma. Lleva ante Jesús el dolor de su hija. Es el dolor universal de toda madre y de todo padre: ver sufrir a quien se ama sin poder salvarlo. 

Jesús guarda silencio. Luego responde con palabras que escandalizan: «He sido enviado a las ovejas perdidas de la casa de Israel». Y añade: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos». 

Mateo no suaviza la dureza del diálogo. Nos muestra a un Jesús plenamente inmerso en la historia de su pueblo. Pero precisamente este encuentro deja entrever cómo la misión del Hijo se abre progresivamente a la universalidad del Padre. 

La mujer no se echa atrás. No se ofende. No responde con ira. Se queda. Y con una libertad desarmante dice: «Es cierto, Señor. Sin embargo, incluso los perritos comen las migajas que caen de la mesa». 

Pide migajas. Pero precisamente al pedir migajas revela que el pan de Dios es tan abundante que basta para todos. 

Entonces Jesús pronuncia una de las palabras más bellas del Evangelio: «Mujer, grande es tu fe». 

Una gran fe no significa poseer todas las respuestas. Significa creer que la misericordia de Dios es más grande que nuestros límites. Esta mujer no cambia a Dios. Revela el rostro universal del Padre. Y el propio Jesús se convertirá en pan partido para nosotros y para todos. 

Mateo recuerda que era una mujer sirofenicia. Es natural preguntarse: ¿en qué idioma habrán hablado? Quizá Jesús en arameo, ella en griego. Y, sin embargo, se entienden. 

Porque existe un lenguaje más profundo que las palabras. El dolor. La compasión. La esperanza. Quien ama siempre aprende el idioma del otro. Así se cumple la profecía de Isaías: los extranjeros «se llenarán de alegría en la casa de Dios». No como huéspedes tolerados. No como destinatarios de migajas. Sino como hijos en la misma mesa. 

El Evangelio nos pregunta: ¿A quién seguimos dejando fuera? ¿A quién le concedemos solo migajas de dignidad? ¿A cuántas personas seguimos definiendo como «que no son de los nuestros»? 

Y quizá sean precisamente ellos quienes custodian una fe que puede convertirnos también a nosotros. Porque Dios sigue llegando desde donde no lo esperamos. La cananea pedía migajas. 

Jesús le ofrece una mesa. Esta es la lógica del Reino. Dios no reparte sobras. Prepara una mesa. No selecciona, no crea exclusiones. Extiende su mesa hasta sus enemigos (Sal 23). La mujer había intuido el secreto del Padre incluso antes que los discípulos. 

El Evangelio termina donde había comenzado Isaías. «Mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos». No para algunos. Para todos. 

La mujer cananea se convierte así en el rostro de todo hombre que llama a la puerta de Dios. Y descubre que esa puerta ya estaba abierta. Porque el corazón del Padre es siempre más grande que nuestras fronteras. 

Y el verdadero creyente no es aquel que posee a Dios. Es aquel que sigue dejándose sorprender por la inmensidad de su misericordia. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Tiempo al tiempo.

Tiempo al tiempo 

Miro lo que ocurre en el mundo y me convenzo de que, si la inteligencia humana se refleja en sus acciones… la inteligencia empieza a escasear, mientras que la estupidez, los egoísmos de aquellas prioridades nacionales y el desprecio por los derechos van viento en popa a toda vela… 

Hay una mala conciencia contemporánea: aquella de la anestesia moral de la costumbre. Multiplicado por mil, el dolor del individuo pierde su rostro y se convierte en estadística. El sufrimiento se reduce a ruido de fondo, mientras que la costumbre o la inercia se convierten en la etapa suprema de la deshumanización. La pérdida de humanidad es el verdadero drama de nuestro tiempo. Es la medida de nuestra decadencia ética. 

En las masacres del Mediterráneo o entre los escombros del genocidio en Gaza, o en… el horror compartido anula la singularidad del drama. 

Contemplamos a la multitud que se agolpa contra las vallas de Ceuta, pero no percibimos la desesperación humana, la mujer desplomada o el niño que llora. Vemos cifras, no personas. Es aquella deshumanización indispensable para tolerar lo intolerable. 

La palabra clandestino se utiliza en el discurso público para infundir miedo, evocar amenazas y ocultar rostros. La humanidad en fuga se convierte en «humanidad excedente», aquella que hay que descartar, por decirlo con el Papa Francisco en Fratelli tutti, un llamamiento que hoy no se escucha. 

También el Papa León XIV tiene palabras de fuego contra la deshumanización de la política, pero apenas encuentra eco. 

En este vacío ético echa raíces el virus del soberanismo. La idea de Nación (prioridad nacional y análogos y sinónimos…) se ha transformado en un instrumento para sembrar el odio, un tótem identitario que lanzar contra el extranjero. 

Es la miseria política de los patriotas al mando: un Estado contra otro, una persona contra otra, una frontera moral contra el vecino. Cuando los derechos dejan de ser universales y se vinculan a la ciudadanía o a la fuerza, el derecho se reduce a privilegio. Y el privilegio exige muros. Así es como se está matando a Europa. 

Ante esta locura identitaria, la realidad es más sencilla: la vida es un cruce de culturas, una identidad formada por estratificaciones y migraciones. 

Podemos y debemos acoger sin perder nuestra identidad, porque la acogida no destruye nuestra sociedad, sino que la hace más humana. 

Pero Europa hace lo contrario: cede al miedo, vuelve a abrir la puerta a los viejos nacionalismos identitarios y corre el riesgo de acabar a merced de las derechas más groseras. 

Los migrantes son los invisibles que ponen al descubierto este devastador dislate. Con su presencia, hacen patentes las abismales desigualdades de la globalización: económicas, sociales, políticas y medioambientales. Son el espejo incómodo de nuestra mala conciencia.

Y es aquí donde se forja la ideología de la nueva derecha: convierte la solidaridad en delito. Hoy en día, cualquiera que intente humanizar a estos cuerpos extraños, los migrantes, y reivindique el derecho a la libre circulación para una vida digna es tachado de peligroso subversivo. 

La compasión se convierte en culpa, el derecho internacional en un obstáculo. 

En este clima se produce la erosión de la democracia. Su fuerza no reside en el conformismo impuesto ni en la paz garantizada por el miedo, sino en la capacidad de gestionar la complejidad a través del choque pacífico de ideas. Cuando las derechas sustituyen el debate por el culto a la frontera, la democracia pierde su savia vital. 

Las próximas citas electorales serán una prueba de fuego decisiva para nuestro futuro. Nos dirán si encontraremos el valor para defender nuestros valores fundacionales o si nos deslizaremos definitivamente hacia el oscurantismo soberanista que, como nos enseña la memoria, nunca ha sido defensor de la convivencia pacífica. 

Entonces, no antes, sabré si estas líneas están dictadas por un exceso de pesimismo o por una visión cruda e inevitable de la realidad. 

Pero una cosa parece ya muy clara: la deshumanización del otro siempre acaba deshumanizando a quien la practica… y a quien la tolera. Si la indiferencia sigue imponiéndose, la primera víctima real de la caída seremos nosotros. Tiempo al tiempo. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 14 de agosto de 2026

El Canto de esperanza: el Magnificat de María.

El Canto de esperanza: el Magnificat de María 

Hay algo sorprendente en esta Liturgia. Celebramos a María en la gloria del cielo y, sin embargo, la primera lectura nos presenta a una mujer que no está simplemente en el cielo: es una mujer que sufre, que huye, que atraviesa el desierto, que es perseguida. Es gloriosa y perseguida. Está coronada y huye. Está destinada a la victoria y, al mismo tiempo, expuesta a la amenaza del dragón. 

Esta imagen contiene quizá una de las claves más profundas para comprender la Asunción. María ya está en la gloria, pero la Iglesia, de la que ella es icono, camina por la historia y aún no está en la gloria. María ya está allí donde esperamos llegar. 

Y precisamente porque Ella ya está en la plenitud, comprendemos mejor lo que significa estar aún en camino. Esta Fiesta no es una huida de la actualidad para consolarnos con la gloria que nos espera, sino que nos obliga a mirar más profundamente nuestro tiempo. 

Esta es la condición cristiana: vivir entre un «ya» y un «todavía no». 

Jesús ha resucitado; la muerte no es la última palabra; el Espíritu ha sido donado; la vida eterna, de alguna manera, ya ha comenzado en nosotros: esto es el «ya». 

Pero el ser humano sigue siendo frágil. En Gaza, en Ucrania y en otras unas 100 regiones del mundo, la muerte, la destrucción y el dolor parecen imperar. Y nosotros, aquí, vivimos inmersos en un sistema cultural y de mercado que nos obliga a gritar: «¡Sigamos siendo humanos!». La Iglesia sigue lidiando con pecados y actos de inhumanidad graves. A menudo vivimos con una ansiedad subyacente, con el miedo a salir de casa, a que nos «engañen» quienes deberían amarnos. Este es el «todavía no». 

No debemos eliminar una de las dos imágenes para conservar la otra. La mujer es, al mismo tiempo, signo de gloria y figura del sufrimiento. Y el esfuerzo del creyente y de la Iglesia radica precisamente en mantener unidas estas dos facetas de la fe. 

A veces nos gustaría que la fe eliminara de inmediato lo incompleto de nuestra existencia. Nos gustaría que, si Dios nos ha salvado, nuestra vida estuviera ya libre de toda contradicción, de toda fragilidad, de toda oscuridad. 

Y cuando alguien intenta forzar los tiempos y anticipar la solución del mal mediante estrategias humanas y con el apoyo de los poderes del mundo, tal vez esté prestando el peor servicio posible al Evangelio. 

Porque el Evangelio no nos promete esto. Nos promete algo más profundo: que Dios nos acompaña en el tiempo de la incompletitud. El desierto del Apocalipsis no es un lugar de abandono. Es el lugar que Dios ha preparado para la mujer para que sea alimentada. 

El desierto, pues, no es la prueba de que Dios esté ausente. Ni siquiera el desierto de la inhumanidad, ni el de la violencia sin sentido, ni el de la guerra como estado endémico que favorece al mercado. Es el lugar de su presencia en forma de promesa, de protección y de sustento. 

Esta es quizás una de las cosas más difíciles de aceptar en la vida cristiana: cuando ya no comprendemos el sentido de la presencia de Dios en la historia, imaginamos que se le ha escapado de las manos. Pero si no comprendemos la realidad, no es ella la que está equivocada, sino nuestra postura con la que la miramos. 

Dios puede estar realmente presente incluso cuando su salvación aún no es plenamente visible, incluso en el desierto de la inhumanidad. Nosotros querríamos la gloria; Dios nos da el camino hacia la gloria. Nosotros querríamos el cumplimiento; Dios nos da la promesa. Nosotros querríamos ver; Dios nos pide que esperemos. 

He aquí el sentido del Magnificat. María dice: «Mi alma glorifica al Señor». Pero María canta la salvación mientras la historia aún no se ha cumplido. Aún no ha visto todo lo que Dios hará. Aún no tiene ante sus ojos la Pascua. Aún no ha visto la resurrección de su Hijo. Y, sin embargo, canta. 

El Magnificat es, por tanto, el canto de una salvación que ya ha comenzado, pero que aún no se ha cumplido. Ella canta también lo que aún está por suceder: «Ha derribado a los poderosos de sus tronos y ha exaltado a los humildes». Su canto es memoria, presencia y profecía al mismo tiempo. Por eso, el Magnificat es el canto de la esperanza. 

La esperanza cristiana no consiste en decir: «Quizá algún día Dios nos salve». Es algo mucho más fuerte. Es decir: Dios ya ha comenzado a salvarnos, y precisamente por eso podemos esperar lo que aún no vemos. 

Por eso, la Asunción no nos aleja de la tierra: nos enseña a vivirla. ¿Y cómo? 

El Evangelio no nos presenta a María inmóvil en la contemplación de su propia grandeza. Nada más recibir la promesa, María «se levantó y se fue apresuradamente» hacia Isabel. Es extraordinario: la mujer a la que Dios ha destinado a la gloria atraviesa la historia poniéndose en camino hacia otra persona. Esta es la lógica cristiana de la espera. 

Quien tiene fe en cuál será su destino último no huye del presente, no lo teme, no intenta cambiarlo con su impaciencia o para escapar de sus propios miedos: lo vive con mayor intensidad, apoyado en la certeza de la fe, en la relación de amor con los hermanos. 

María sabe que Dios está realizando algo inmenso en ella, pero esta conciencia no la aleja de la realidad concreta de la historia. 

Así debería ser también nuestra esperanza. La esperanza cristiana no es una evasión del mundo. Es la capacidad de vivir el presente sin pretender que el presente sea ya la plenitud. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El Canto de los redimidos: el Magnificat de María.

El Canto de los redimidos: el Magnificat de María 

En la resurrección del Hijo, María vuelve a encontrar el extremo del hilo. Al igual que en las manos de una tejedora el hilo de la vida sigue fluyendo, así la Madre recompone toda la historia del Hijo. Vuelve al principio. Recuerda. Guarda. Remienda. Nada se ha perdido. Ese hilo había atravesado su vientre para tejer en la carne al Hijo de Dios. Había pasado entre silencios y palabras, partidas y regresos, Nazaret y Belén, Caná y Jerusalén, alegrías y heridas, Magnificat y Stabat Mater. 

Ni siquiera la espada que le había atravesado el corazón había cortado ese hilo. Lo había hecho aún más apretado, lo había guardado, lo había cosido a su corazón. Todo en María nace de la gracia (sola gratia); todo se convierte en respuesta de la fe (sola fide); todo devuelve gloria a Dios (soli Deo gloria). 

Por eso el Papa Pablo VI pudo decir en el discurso de clausura del tercer período del Concilio Vaticano II (21 de noviembre de 1964): «Alégrate, María, Magnificat, llena de gracia y del Espíritu, tú eres «toda para Cristo y para Dios». Nada retienes para ti. Todo remite al Hijo. 

Quizá, María, hoy podamos atrevernos a quitarte por un instante la aureola. No para disminuir tu gloria. Sino para ver cuán hermosa es tu humanidad. 

Antes de ser coronada Reina del cielo, respiraste el polvo de nuestra tierra. Conociste el esfuerzo de las madres. La incertidumbre del futuro. El miedo. El exilio. La espada. El duelo. La espera. 

La Asunción no es la huida del hombre de la tierra. Es Dios quien lleva la tierra al cielo. Por eso María es la plenitud de la santidad cotidiana. No la excepción que nos aleja, sino la promesa que nos concierne a todos y a cada uno. 

El Apocalipsis nos muestra a una mujer vestida de sol. Pero esa mujer aún está de parto. La Asunción no borra el parto. Lo lleva a su plenitud. Es el último parto. En él confluyen el parto de la creación, el parto del Hijo de Dios en la carne de María, el parto de cada mujer, el parto de la Iglesia, el parto de la historia. 

También la paz nace así. No como ausencia de guerra. Sino como hija de un largo parto. Toda reconciliación pasa por los dolores del parto. Toda resurrección atraviesa y transfigura las heridas. 

La Asunción proclama algo revolucionario. El cuerpo no es un desecho. No es un envoltorio provisional. El cuerpo está llamado a la gloria. En María, Dios afirma de manera definitiva que nada de lo humano es ajeno a la salvación. La carne. La memoria. Las lágrimas. Las manos. Las heridas. Incluso las cenizas. Todo está destinado a ser transfigurado. 

Dios no salva almas sin historia. 

Salva a personas íntegras, en cuerpo, alma y espíritu. Por eso, el cuerpo de la Madre ya sigue el destino del cuerpo del Hijo. Y anticipa el nuestro. 

El Papa León XIV, en «Magnifica Humanitas», observa que vivimos en un mundo atravesado por lógicas de conquista, por intereses económicos, por algoritmos que orientan deseos y miedos, por narrativas seductoras que prometen seguridad mientras alimentan nuevas formas de dominio. En este escenario, María nos ofrece otra narrativa de la historia. 

El Magnificat no es un himno intimista. Es la revelación de la forma en que Dios mira el mundo. De la forma en que Dios actúa en la historia. María ve lo que aún nadie ve. 

Los poderosos parecen vencer. Los hambrientos parecen destinados a seguir siéndolo. Los humildes parecen olvidados. Y, sin embargo, ella canta en las maravillas que Dios ha obrado en el pasado su presente y, en lo que ella vive, el futuro de Dios. Porque la misericordia atraviesa la historia más profundamente que cualquier poder. 

Para el Papa León XIV, el Magnificat se convierte así en la brújula de la existencia cristiana también en la era digital: aprender a leer la historia desde abajo, con los ojos de los pequeños, de los extranjeros, de las madres, de los niños heridos, de los exiliados y de los pobres. No con la mirada de quien domina, sino de quien espera. María se convierte así en la poetisa de la redención y la tejedora de la esperanza. 

La Asunción nos recuerda que la vocación del hombre no es evadirse de la materia. Es transfigurarla. El florecimiento de la vida consiste en acoger otra vida. El «» de María sigue generando hoy hombres y mujeres capaces de hacer el mundo más humano. 

El Magnificat sigue siendo el canto de los hambrientos. De los oprimidos. De los humildes. De todos aquellos que esperan una justicia mayor, que creen en la Justicia del Reino. 

De hecho, hay una forma de anunciar la justicia que ya es justicia. Es hacer justicia de manera justa. Porque no alza la voz, no impone, no humilla: se da testimonio con la propia forma de ser, con la manera de mirar, de hablar, de actuar. La justicia, de hecho, no se impone con la fuerza, sino con la fuerza de la humanidad. 

La Asunción no celebra a una mujer que se ha alejado de nosotros. Celebra a una criatura plenamente realizada. En María vemos por fin lo que Dios había pensado desde el principio. Lo humano no se suprime. Se lleva a su plenitud. El cielo no borra la tierra. La lleva a su plenitud. 

Por eso hoy aún podemos creer que el hilo de la historia no se ha roto. Sigue en manos de Dios. Y continúa tejiendo la paz en silencio. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 13 de agosto de 2026

El coste de un amor crucificado - San Mateo 16, 21-27 -.

El coste de un amor crucificado - San Mateo 16, 21-27 -

Cuando Mateo escribe esta página, todo ha sucedido ya: el sufrimiento en Jerusalén, el rechazo de los ancianos, los jefes y los escribas, la cruz y la resurrección. Todo ha sucedido ya, Jesús ya ha vivido hasta el final su respuesta tan personal a la vida; esta no es una página que anticipe un final, sino unas líneas escritas para la memoria, para no olvidar, para no perdernos de vista: que del amor no se entiende nada. Nunca. 

Escritas para no olvidar que en cada uno de nosotros siempre habrá un Simón y un Pedro, dos miradas del mismo corazón, dos nombres del mismo rostro, dos hombres en lucha encerrados en el mismo cuerpo. Dos formas diferentes de entender la vida. 

Y para no olvidar que el amor abre el camino al conflicto sobre la esencia profunda de nuestro ser en el mundo; el amor es espada; el amor no es la solución a los problemas de la vida, sino el problema serio de la vida. 

Lo digo desde el principio: Pedro no debe vencer a Simón, eso no es lo que debe suceder; el amor no pide vencedores, sino solo discípulos dispuestos a seguir caminando... a veces haciendo tantos equilibrios.  

«Amor» es la palabra más ambigua que se puede usar; yo mismo, en mi pequeña medida, me doy cuenta, de que a menudo no nos entendemos. El amor se escapa, provoca; el amor es escándalo. El amor no es la sonrisa bondadosa que calma las tormentas, no es la dulzura que llena el abismo de la muerte. Quizás no deberíamos hablar más de amor. 

Pedro no debe imponerse a Simón; son dos visiones opuestas, pero inmaduras, de la vida. Para Simón, el amor es la respuesta a las necesidades, una promesa consoladora; si ha abandonado, como cada uno de nosotros, la orilla de su propio lago, es por haber intuido un buen negocio. Para Pedro —nombre nuevo que le dio el Maestro—, el amor es sacrificio («nunca te traicionaré»), para convertirse en el primero entre los discípulos, cueste lo que cueste. 

Para Jesús, el amor es un embarazo. Un parto. Un nacimiento. Una muerte. Para Jesús, el amor va más allá del corazón romántico de Simón, va más allá de una visión feliz de la historia, va más allá de una respuesta fácil a las expectativas de la gente. Para Jesús, el amor va más allá de la visión sacrificial de Pedro, que estaría dispuesto a sacrificarlo todo con tal de afirmarse a sí mismo (cuántas vocaciones quemadas en esta locura…). 

Para Jesús, el amor es la cruz. Y cada uno de nosotros tiene su propia cruz. Para Jesús, hablar de amor es hablar de la cruz. Y es la única forma de intentar comprendernos. Pero hay que saber perderse. 

El amor crucificado es vulnerable: violentado y derrotado. Seduce, como dice muy bien Jeremías: el amor primero nos lleva a territorios desconocidos, empujándonos a gestos y decisiones más grandes que nosotros mismos, y luego, cuando ya no podemos dar marcha atrás, nos pide que decidamos únicamente encontrar la manera de morir. Como Jesús. 

Claro que no nos entendemos cuando hablamos de amor porque hablamos de muerte, de vidas crucificadas. Porque amar, y esto vale para todos, es nuestra cruz personal, es aprender a liberarnos de nosotros mismos, aprender a perdernos, a cambiar, a dejar que la vida nos seduzca y luego nos pida que aprendamos una identidad diferente. El amor es descubrir un rostro nuevo y poco tranquilizador de nosotros mismos. 

No basta con cambiar de nombre, no basta con pasar de Simón a Pedro, no basta con hacerse religioso o presbítero, no basta con casarse; eso es solo el principio. Hay que tener el valor, cada día, de perder nuestra identidad, aquella construida con tanta paciencia; hay que aprender a perdernos para poder reconocernos en los ojos misericordiosos del Crucificado. 

El amor es sentirse morir por haber errado tanto y sentirse renacer gracias a Su amor. El amor es muerte y vida; el amor es un parto, un embarazo; el amor son lágrimas de liberación. 

No basta con cambiar de nombre, no basta con pasar de Simón a Pedro, hay que perder la cara ante los demás. «Me han convertido en objeto de burla cada día; todos se ríen de mí», la aprobación de quienes nos rodean es importante, sobre todo de niños, pero luego… 

Entonces, el Simón que hay en nosotros buscará la aprobación de la gente y eso será una traición al amor, como cuando la Iglesia hace pasar por Evangelio su necesidad de ser importante para la gente. O bien, el Pedro que se mueve en nosotros buscará verdugos para encontrar la aprobación entre el núcleo duro de los creyentes que siempre quiere un mártir al que venerar. 

En cambio, el amor es incómodo, el amor no se deja utilizar, el amor es la cruz, el amor es aceptar no ser comprendido (¿y por qué deberían los demás comprender nuestra vida si a nosotros mismos nos ha costado aceptarla? ¿Por qué deberían entender los demás si nosotros mismos primero no la acabamos de entender?), el amor es la soledad de quien hace morir su propia imagen de sí mismo y no pretende que los demás le comprendan. 

El amor es morir, pero no por amor al puro sacrificio, no convirtiendo a los demás en culpables, sino comprendiendo sinceramente su desconcierto: «no saben lo que hacen», y realmente no lo saben. Porque el amor crucificado no se conoce. 

Simón y Pedro se mueven y luchan dentro de nosotros y son dos nombres, uno antiguo y otro nuevo, pero con el mismo problema: «conformarse a este mundo» (Romanos 12, 1-2. Simón, amoldado a las expectativas de toda religión; Pedro, a las expectativas de toda institución. 

En cambio, «dejad que os transforme», Pedro y Simón, hasta que os unifiquéis en un símbolo de opuestos, en una lucha que solo en el Padre encontrará descanso; dejad que hable únicamente el Crucificado. 

El amor y la Cruz se encontrarán en un Cuerpo santificado por el amor. Y nosotros seremos amor cuando logremos unificarnos en una muerte sin rencor, tras haber perdido nuestra falsa imagen de nosotros mismos, la esclavitud al juicio ajeno, y haber desvelado el rostro de Dios. Inútil y hermoso, útero del nacimiento definitivo. 

Cuando hablamos de amor, nunca nos entendemos. Simón y Pedro siempre nos confundirán. No nos queda más que intentar aprender a perder, a perdernos. Y cuando incluso las palabras nos hayan abandonado, si en nuestros ojos no hay rastro de rencor, entonces, y solo entonces, no por sacrificio sino por elección, seremos hermosos y libres, como solo el amor crucificado sabe serlo. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El alto precio del discípulo del Siervo - San Mateo 16, 21-27 -.

El alto precio del discípulo del Siervo - San Mateo 16, 21-27 -

Pedro respondía a Jesús —quien interrogaba a sus discípulos sobre su identidad— con una confesión de fe: «Tú eres el Cristo, el Mesías, el Hijo del Dios vivo» (Mt 16,16). Precisamente por esta revelación recibida del Padre que está en los cielos, Simón, el pescador de Galilea, es constituido por Jesús como la Roca, la primera piedra de la construcción de su Iglesia (cf. Mt 16,18). 

Pero he aquí la orden perentoria de Jesús de no revelar a nadie su identidad de Mesías y, al mismo tiempo, el comienzo de una nueva revelación. 

De hecho, está escrito que «desde entonces Jesús comenzó a mostrar a sus discípulos…». No solo a decir, a enseñar, sino a mostrar, es decir, con palabras y con su comportamiento, que «era necesario que él fuera a Jerusalén y padeciera muchas cosas por parte de los ancianos, de los jefes de los sacerdotes y de los escribas, y que fuera asesinado y resucitara al tercer día». 

Mateo cuenta que Jesús, tras el asesinato de Juan el Bautista (cf. Mt 14,1-12) y las críticas y el rechazo por parte de los escribas y los fariseos (cf. Mt 15,1-20; 16,1-12), se había alejado de Galilea hacia las tierras del norte, más allá de las fronteras de la Tierra Santa, pero ahora regresa y decide emprender el camino hacia Jerusalén, la ciudad santa, aunque él también la conoce como «la ciudad que mata a los profetas» (Mt 23,37). 

Jesús siente que «es necesario», que «debe» emprender este viaje, no porque el destino lo decida por Él, sino porque su misión así lo exige, incluso a costa de una muerte violenta. Esta necesidad es, ante todo, humana, está inscrita en la historia humana, en los acontecimientos del mundo: en un mundo injusto, el justo solo puede recibir rechazo, persecución e incluso la muerte. 

Si Jesús quiere cumplir su misión con palabras y obras según la voluntad de su Padre, si quiere mantenerse coherente con lo que ha predicado, debe cumplir su misión incluso yendo a la ciudad santa, incluso enfrentándose al odio y al rechazo de los sacerdotes, los escribas y los hombres religiosos dotados de autoridad y poder entre el pueblo del Señor. 

Esta necesidad humana se convierte así también en necesidad divina. Pero no porque Dios, el Padre de Jesús que está en los cielos, desee la muerte del Hijo, sino porque quiere que Jesús lo describa fielmente como Dios de amor, Dios desarmado y manso, Dios que acepta ser golpeado antes que golpear. 

Hay que velar continuamente por no proyectar sobre Dios la imagen perversa de un Padre que desearía la muerte y el sufrimiento del Hijo. No, esto ocurre así porque es una lógica inherente al mundo, tal y como había leído y profetizado el autor del libro de la Sabiduría, desenmascarando los razonamientos de los impíos y su persecución del creyente justo y pobre en el Señor, quien confiesa a Dios como Padre (cf. Sab 1,16-2,20). 

En un mundo injusto, el justo solo puede conocer el sufrimiento, y Jesús, desde aquel momento inmediatamente posterior a la confesión de Pedro, lo demuestra. Cabe señalar que Jesús hace este anuncio tres veces durante el camino a Jerusalén (cf. Mt 16,21; 17,22-23; 20,17-19), por lo tanto, con una insistencia y una intención precisas: los discípulos que le siguen deben comprender que en su vocación, en su identidad de Mesías, está contenida toda la vocación del Siervo del Señor, que conoce el sufrimiento y la muerte (cf. Is 52,13-53,12). 

Lo esencial del anuncio-profecía es la necesidad de la pasión como sufrimiento padecido, como rechazo por parte de la autoridad religiosa legítima, como muerte violenta, desenlace humanamente fallido de una vida y de una misión. 

Pero, precisamente tras este final, tendrá lugar la resurrección de entre los muertos al tercer día, como obra del Padre sobre él, el Hijo: resurrección no como venganza contra la muerte, sino como fruto de la pasión y de la muerte. Y no son solo las palabras de Jesús, sino que también su comportamiento enseña a sus discípulos esa necesidad: la vida y las palabras concurren en su «anunciar la palabra abiertamente» (cf. Mc 8,32). 

Ante este anuncio, la Roca de la Iglesia, Pedro, recién instituido como tal y proclamado «bienaventurado» por Jesús (cf. Mt 16,17-19), reacciona. Se lleva a Jesús aparte, casi al margen de los demás discípulos, y comienza a reprenderlo diciéndole: «¡Que (Dios) te preserve, Señor! ¡Esto nunca te sucederá!». 

Pedro invoca a Jesús como Kýrios, Señor, lo reconoce en su identidad, pero precisamente por eso lo reprende, al considerar que sus palabras son absurdas, porque la pasión y la muerte no pueden sucederle al Mesías. 

No nos escandalicemos por las palabras de Pedro: también Jesús sentía rechazo y repugnancia por lo que le esperaba y, en Getsemaní, se lo mostrará a los discípulos con una angustia visible y con una oración al Padre para que alejara de Él el cáliz de ese miserable final (cf. Mt 26,36-46). El sufrimiento y la muerte, los nuestros y los de quienes amamos, pero también los de los demás, nos duelen y nos repugnan. Eso es lo que está diciendo Pedro. 

Pero para Jesús esas palabras suenan como una tentación renovada por parte de Satanás. Aquel que lo había tentado en el desierto, ofreciéndole un camino mesiánico sin cruz y sin muerte, sino hecho solo de éxito y poder (cf. Mt 4,1-11), se manifiesta ahora en las palabras del discípulo a quien él había constituido como Roca. 

Por eso Jesús le grita: «No seas un obstáculo en mi camino, porque tus pensamientos son humanos, no son pensamientos de Dios». ¡He aquí por qué a la Roca se le puede llamar Satanás! No se trata de una desmentida de la investidura anterior ni de la bienaventuranza dirigida a Pedro, sino de una clara advertencia: incluso la Roca puede acabar razonando de manera mundana y ser un obstáculo en el camino del Señor. 

Y para que esta «revelación» de la necesidad de la pasión sea una palabra definitiva, en este momento Jesús dice a los discípulos: «Si alguien quiere venir en mi seguimiento, que renuncie a sí mismo, tome su cruz y me siga». 

Así es como se define el discipulado para todos: no consiste solo en seguir a un maestro sabio y autoritario, no consiste solo en seguir a un profeta capaz de obrar milagros, sino que significa involucrarse en la vida de Jesús, significa renunciar a conocerse y afirmarse a uno mismo, significa tomar la propia cruz, el instrumento de muerte del hombre mundano, del «hombre viejo» (Rom 6,6; Ef 4,22; Col 3,9), y seguir a Jesús allá donde vaya (cf. Ap 14,4). 

¡Un discipulado que tiene un alto precio! Un discipulado que no exime del escándalo, de la prueba, del sufrimiento. Un discipulado que nos sitúa del lado de Jesús, el Siervo sufriente, y del lado de todos los que sufren en este mundo. Sí, bienaventurados los pobres, los mansos, los que lloran, los que son perseguidos (cf. Mt 5,1-12)… 

La pérdida de uno mismo, del yo mundano, es necesaria para que pueda surgir el propio yo auténtico, aquel que se encuentra en Jesús. Los cristianos, que proclaman la verdadera identidad de Jesús como Hijo del Dios vivo, no deben olvidar ni ocultar jamás al crucificado. De hecho, toda la gloria de cada cristiano reside precisamente en tomar su propia cruz y seguir a su Señor en la pasión, la muerte y la resurrección. 

He aquí, pues, a continuación, algunas palabras de Jesús centradas en la palabra «vida». La vida no es, ante todo, aquella que uno intenta conservar a toda costa, siguiendo el impulso de vivir incluso sin los demás y en contra de ellos, en una lógica de autoconservación, lógica que no reconoce la dinámica de la entrega de uno mismo a Dios y a los demás. 

Por el contrario, se puede incluso gastar la vida hasta perderla al darla, y en este caso se recupera en el poder de la resurrección que Dios obra como palabra última e íntima sobre nuestras vidas. 

La verdadera vida, además, no significa ganarse el mundo, no se identifica con el tener, con el poseer, porque nadie puede pagar a Dios su propia redención ni salvar su propia vida (cf. Sal 49,8-9). 

Esta verdad se manifestará cuando venga el Hijo del Hombre en la gloria del Padre, con todos sus ángeles, en lo que será «el día del Señor», anunciado por los profetas y confirmado por Jesús como el día del Hijo del hombre (cf. Mt 24,44; 25,31). Entonces, mediante un juicio último y definitivo, se revelará la verdad de la vida de cada uno de nosotros y cada uno recibirá de Dios un juicio acorde con lo que haya vivido y obrado en la tierra. 

En el horizonte último de la historia nos espera, pues, a todos nosotros, la venida en gloria de Cristo, Hijo del hombre e Hijo del Dios vivo, aquel que fue crucificado y resucitó al tercer día.

Y si hemos intentado seguir a Jesús, pero, como Pedro, la Roca, ante la persecución solo nos hemos reconocido a nosotros mismos, hasta el punto de decir de Jesús: «No lo conozco» (cf. Mt 26,69-75), en el arrepentimiento conoceremos la mirada misericordiosa de Jesús. ¡Como le sucedió a Pedro (cf. Lc 22,61-62)! 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Pasión por Dios - San Mateo 16, 21-27 -.

Pasión por Dios - San Mateo 16, 21-27 -

La obediencia a la Palabra de Dios lleva al profeta a denunciar las injusticias y la violencia que se cometen dentro del Pueblo de Dios y, por ello, a enfrentarse a la oposición, la marginación y las burlas por parte de aquellos a quienes profetiza Jeremías; el seguimiento de Jesús introduce al discípulo en un camino marcado por la asunción de la cruz y cuyo horizonte es la pérdida de la vida. 

La experiencia espiritual de Jeremías, tras el entusiasmo de la adhesión al Señor y la dulzura y la belleza vividas en los momentos iniciales de la llamada, cuando la Palabra del Señor era para él «el gozo y la alegría de su corazón» (cf. Jer 15,16), se ha convertido, con el paso de los años y el desarrollo de su ministerio profético, en una experiencia de amargura y sufrimiento. 

El profeta se siente engañado por Dios: ¿fue una verdadera vocación? ¿O se trató de un error? ¿De un engaño? ¿Dios lo llamó o lo obligó? 

En el centro de la crisis, en la que el profeta se ve tentado a abandonar el ministerio recibido («Ya no hablaré más en su nombre»: Jer 20,9), Jeremías encuentra la renovación y la confirmación de su vocación en lo más profundo de sí mismo, en el corazón aún encendido por la Palabra de Dios. Si el Señor es una pasión, entonces también la crisis será un momento de verdad para la fe y la vocación. El Señor como pasión: este es el reto para los cristianos de hoy. 

Pedro, Cefas, la «roca», aquel a quien se le ha llamado a confirmar en la fe a sus hermanos (cf. Lc 22,32), a quien el Señor ha confiado una tarea fundamental en la Iglesia (cf. Mt 16,18), puede convertirse en «escándalo», es decir, piedra de tropiezo en el camino de la fe. Jesús incluso le reprende duramente, llamándole «Satanás» (Mt 16,18). 

Y esto ocurre cuando Pedro se aparta del seguimiento para situarse delante de Jesús y darle una lección. Entonces demuestra que no siente ni piensa según Dios, sino de manera mundana. Así, la bienaventuranza que Jesús dirige a Pedro en Mt 16,17 no queda, desde luego, anulada, sino relativizada por esta reprimenda que sitúa a Pedro bajo una luz muy realista. Único es el fundamento de la Iglesia: Jesucristo (cf. 1 Cor 3,11; 1 Pe 2,4-5). El servicio de Pedro está al servicio de ese carácter único. 

La cruz es siempre un escándalo: solo integrando el escándalo de la cruz en nuestro camino de fe podemos evitar convertirnos nosotros mismos en motivo de escándalo para el Evangelio y escandalizarnos ante el Mesías crucificado (cf. Mt 26,31: «Todos vosotros os escandalizaréis de mí esta noche»). 

Pedro, en su rebelión contra la cruz de Jesús, expresa esa actitud de repulsión que a menudo es también la nuestra y que nos lleva a confesar correctamente la fe y a desmentir esa confesión en la práctica. 

La cruz es el elemento más radicalmente ajeno al «mundo»: el Pedro que se rebela contra ella muestra su conformismo mundano, su ajustarse a los parámetros y criterios de la mundanalidad, su pensar y sentir conforme a los hombres y no según Dios. 

Las palabras de Jesús al discípulo hablan de la pérdida de uno mismo necesaria para estar en contacto con el propio yo verdadero (cf. Mt 16,24-26). Hay una negación de uno mismo, un dejar de conocerse a uno mismo, una salida de una vida egocéntrica, de la búsqueda de autojustificaciones, que permite al discípulo encontrar, como don, y ser alcanzado, por gracia, por la verdadera vida. 

Se trata del paso pascual de la vida como posesión y como poder, a la vida como don y como gracia. Es la vida vivida en Cristo y para Cristo, es la vida de Cristo en nosotros: «Quien pierda su vida por mi causa, la encontrará» (Mt 16,25). 

«¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si pierde su vida?» (Mt 16,26). El texto vislumbra la situación de unos hombres empeñados en poseer, en extender su actuar y su acumulación más allá de sí mismos, fracasando de hecho en su propia vida, perdiéndose a sí mismos. 

Seguir a Jesús significa poner la propia vida en su vida por amor. Lo que se pierde por amor, en realidad no se pierde, sino que se entrega. Y lo que se entrega por amor, se recupera en la relación. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Dios no pertenece a nadie - San Mateo 15, 21-28 -.

Dios no pertenece a nadie - San Mateo 15, 21-28 -   Estamos acostumbrados a pensar que siempre es Jesús quien cambia a las personas. Es cier...