martes, 3 de marzo de 2026

El lado correcto de la historia: la música militar nunca me supo levantar.

El lado correcto de la historia: la música militar nunca me supo levantar

Escribo con voz propia y a título personal. Y lo hago poniendo voz a la que quiero que sea brújula: las personas concretas y, muy en particular, los más desfavorecidos. 


Trato de ser un hombre que quiere elegir la coherencia de la verdad por encima de cualquier eslogan.

A estas alturas ya me he convencido, creo, de que ningún pueblo se libera bajo las bombas o bajo el asedio económico.

La idea de que Occidente puede 'educar en democracia' a una nación mediante el castigo colectivo es un crimen de lesa humanidad antes que político.

Las bombas y los asedios y sanciones económicas son una guerra invisible que no merma el poder, por más dictatorial y tiránico que sea, sino que devora el presente y el futuro de las personas concretas.

Los medios de comunicación a los que habitualmente tengo acceso suelen seguir un guion obsceno hasta la saciedad.

La narrativa es monocromática: estadounidense y occidental.

Y se alimenta por precisos centros de poder y lobbies geopolíticos, que reducen al otro a adversario y enemigo: un objetivo estratégico y táctico, abstracto, deshumanizado… para justificar su destrucción.

Lo demás... en el mejor de los casos es 'daño colateral'.

No, no es cuestión de defender a este dictador o a aquel tirano. Los valores más originales de humanidad llevan nombres de derecho, igualdad, fraternidad, libertad, justicia…

Y precisamente por eso también rechazo con fuerza la ecuación tóxica y el simplismo deliberado de las narrativas estadounidenses y occidentales.

Este momento de la historia del mundo es vibrante y complejo. Seguramente no más que otros momentos.

 

Se va adueñando en mí la sensación de agotamiento porque entiendo que todo se reduce a un terreno de enfrentamiento simbólico entre imperios, a polarizaciones temibles entra partidos, etc.

 

Y trato de observar el caos presente, en mil y un conflictos de alta, mediana o baja intensidad, con lucidez… pero, me temo, que uno va viendo naufragar demasiadas ilusiones como para poder alimentar otras nuevas.

 

Las bombas y los asedios y sanciones económicas no generan democracia.

 

La actual también es una mitología peligrosa que solo sirve para cambiar una sumisión por otra: cambiar de amo nunca ha sido una liberación.

 

Alguien que me lee me dice que la lucidez impone honestidad. Es verdad. No existen atajos geopolíticos.

 

La alternativa no suele ser el falso dilema. Por ejemplo, entre la teocracia y los bombardeos, entre la república islámica y una monarquía restaurada.

 

El verdadero cambio suele residir en una transformación interna, compleja y necesaria, que conduzca a un pueblo al pluralismo político, a la justicia social, a la reconciliación nacional,…,

 

Y ese no se desencadena con bombas o con asedios y sanciones económicas.


El derecho, la igualdad, la fraternidad, la libertad, la justicia… no son un paquete entregado desde fuera sino una conquista de la conciencia colectiva.

 

Hay quien cree en la revolución como un acto inmediato, una ruptura violenta y definitiva.

 

La sensatez que da la madurez y, quiero pensar, la lección de la Historia, me ayuda más bien a creer que la verdadera revolución es un proceso lento: es cultural, social, moral…

 

Y significa liberarse, ante todo, de la lógica del asedio, del odio, de la propaganda… que convierte a los seres humanos en blanco de estrategias y tácticas.  

Recordaba una canción. Seguramente ya olvidada para una gran parte del público: «La mauvaise réputation» - “La mala reputación” en castellano -. Una canción del cantautor francés Georges Brassens, publicada en 1952 en el álbum homónimo. 

Éste, creo, es el lado correcto de la historia. 

No, la música militar nunca me supo levantar. Y seguramente este es el mayor pecado para algunos: el de no seguir los dictados de los abanderados de turno llenos de poder y de soberbia. 

No, no estoy con los misiles. Tampoco con los fanáticos… ni de uno ni de otro bando.

 

Trato de estar de parte de la gente común que son quienes mueren por decisiones tomadas en Washington, Tel Aviv o Teherán… No sé si me explico.


La Historia nos ha mostrado la caída de ideologías y sus imperios que pretendían ser eternos. Otros siguen resistiendo.

 

La vida cotidiana enseña que la libertad (el derecho, la igualdad, la fraternidad, la justicia…) no nace del estruendo de las armas, sino de la dignidad cotidiana de las personas.

 

Y enseña que el futuro no pertenece a los generales ni a los grupos de presión, sino al pueblo que, tarde o temprano, pide cuentas a todos: a sus gobernantes y a quienes, desde fuera, juegan cínicamente con su destino.

 

Probablemente la mía es la mirada de un ingenuo.

 

Soy un hombre que contempla este momento de la historia del mundo, y a los señores poderosos que juegan a sus batallas, con dolor. Creo que también con lucidez.

 

Y al que le gustaría tener una obstinada esperanza.

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

 

Posdata:

Por si te interesa, amable lector, te dejo estos links que te pueden interesar: 

La mauvaise réputation con Georges Brassens (con subtítulos en castellano): https://www.youtube.com/watch?v=-oUo80SSnoc 

La mala reputación con Paco Ibáñez: https://www.youtube.com/watch?v=ZN1TGK5FAas&list=RDZN1TGK5FAas&start_radio=1 

Y éste es el link con el texto en castellano de La mauvaise réputation - La mala reputación -: https://trianarts.com/recordando-a-georges-brassens-la-mala-reputacion/#sthash.T90EeoVE.dpbs 




¿Qué cristianismo hoy?

¿Qué cristianismo hoy?

Aunque nací poco antes de la finalización del Concilio Vaticano II, mi formación religiosa ha bebido de las fuentes del entusiasmo y de las expectativas que acompañaron al Concilio.

 

La palabra más utilizada era «renovación». Se sentía la necesidad de un aire nuevo, después de que el Concilio de Trento hubiera completado su recorrido, encerrado en unas altas y estrechas barreras del conservadurismo.

 

Fue Juan XXIII quien, al inaugurar el Concilio Vaticano II en 1962, abrió puertas y ventanas para adaptar el Evangelio, siempre actual, a la época contemporánea.

 

Y fue Pablo VI quien lo llevó a término, no sin conflictos y fuerzas divergentes en su interior, captando la esencia del acontecimiento con estas palabras: «La Iglesia existe para anunciar el Evangelio». El mismo concepto fue retomado por el Papa Francisco en Evangelii gaudium.

 

Años después del Vaticano II, uno se pregunta qué queda de aquella primavera de la Iglesia que nos había encantado con el movimiento bíblico, con la renovación litúrgica, la responsabilidad de los laicos, la apertura al mundo, a otras culturas y religiones...

 

Es cierto que había (y hay también hoy) quienes remaban en contra, pero prevalecían las grandes aperturas, donde muchos de nosotros pudimos respirar un aire fresco por el que dar gracias al cielo.

 

Ciertamente que la visión de la Iglesia ha cambiado: de una Iglesia encerrada en sí misma e inmóvil, a una Iglesia peregrina y «siempre reformanda»; de una Iglesia dispensadora de normas, preceptos y prohibiciones, a una Iglesia de misericordia y perdón; de una Iglesia que había encerrado las Escrituras en una caja fuerte, a una Iglesia que las ha liberalizado y entregado a todos; de una Iglesia recelosa del mundo a una Iglesia acogedora y benévola; de una liturgia alienante en su forma, en su lenguaje, en sus gestos, en la que el protagonista indiscutible era el presidente de la celebración, a una liturgia eucarística en la que toda la comunidad celebra en torno a la mesa de la Palabra y a la mesa del Pan.

 

Y luego el camino ecuménico, comenzando por los «hermanos mayores», los judíos, y el cambio en la comunicación para que la «doctrina inmutable» se decline de manera que responda a las necesidades de los tiempos.

 

Así, un Concilio que parecía que solo iba a ocuparse de la reforma dentro de la Iglesia, encontró su camino abriendo un gran debate sobre el hombre. El propio Pablo VI, reflexionando sobre cómo el Concilio Vaticano II había abordado el tema de la antropología, habló de «una hermenéutica de la discontinuidad».

 

¿Se ha producido la «discontinuidad»? ¿Y se ha producido según los grandes documentos, la Dei Verbum, la Gaudium et Spes, la Lumen Gentium?

 

¿Qué cristianismo hoy?

 

Los Padres conciliares habían definido a la Iglesia como «Pueblo de Dios»: todos, presbíteros, religiosos y laicos con la misma dignidad, reyes, sacerdotes, profetas, aunque con roles diferentes

 

Sin embargo, hace algunos años, el papa Francisco, entre los males de la Iglesia, denunciaba como prioritario el clericalismo con la patología del poder, una patología difícil de sanar, tanto que se podría resumir con la frase de George Orwell: «Todos son iguales, pero hay algunos que son más iguales que otros».

 

Sucede que hay fuerzas en la Iglesia que, atribuyendo al Concilio Vaticano II la responsabilidad del descenso de las vocaciones, de la práctica religiosa, de haber «malvendido» la Verdad por el «deseo» de dialogar con otras culturas, quieren dar y han dado marcha atrás y, en lugar de estar al servicio del Pueblo de Dios, se ha puesto al servicio de sí misma según el principio de la autoconservación.


 

Además, ¿qué ha sido la renovación a partir del Evangelio que, según Pablo VI, resume el objetivo fundamental del Concilio? Esta debía ser la tarea fundamental. El resto es relativo.

 

¿Qué ha sido del Señor Jesús en nuestras comunidades cristianas? No el Jesús de un pietismo sin vida y sin historia sino el Jesús comprendido teológicamente a partir de sus raíces religiosas judías y de la comprensión kerigmática de la predicación primitiva, último eslabón y cumplimiento de la Revelación a partir de Abraham, a través de la Ley y los Profetas.

 

Uno tiene la sensación de que el lenguaje religioso, en su mayor parte, tiende a permanecer prácticamente igual.

 

Es cierto que en la liturgia ya no se utiliza el latín. Pero, sin embargo, nuestra lengua vernácula tiene la misma estructura que la antigua: las antífonas no han cambiado, los gestos ya no hablan, las distintas partes de la celebración no se comprenden y, por lo tanto, se degrada la riqueza de la Palabra que comprende el Antiguo y el Nuevo Testamento. Las oraciones de los fieles no suelen ser de los fieles, sino estereotipos que sirven para cualquier ocasión.

 

Por último, la importancia de la Koinonia, término que aparece a menudo en San Pablo: no una comunión buenista y vaga del «querámonos unos a otros», sino la participación concreta, histórica y relacional de los creyentes en Jesús y entre ellos, que caracteriza a la comunidad cristiana, por una fe que compromete, capaz de discernimiento, de espíritu crítico, de perspectivas eclesiales valientes, de fidelidad a la tierra, de más sabor a Reino.

 

En cambio, me parece que hoy prevalece una religiosidad intimista, encerrada en un círculo restringido, incapaz de caminar estar «con» ni de estar «entre».

 

El cristianismo como sistema en nuestro mundo occidental sufre una larga agonía, pero el cristianismo tal y como nos lo ha transmitido el Concilio Vaticano II no ha muerto.

 

Se trata de un proceso largo, que requiere un camino también fatigoso. Estamos solo al principio, pero siempre será un principio. Lo triste es cuando uno se detiene y pretende haber llegado. La semilla que ha sido enterrada en la tierra brota.

 

Su vitalidad tal vez no sea vistosa, pero está ahí y es ella la que sabe encontrar nuevos lenguajes, nuevas formas para expresar lo eternamente Nuevo.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 2 de marzo de 2026

Un amor más fuerte que los lazos de la muerte - San Juan 11, 1-45 -.

Un amor más fuerte que los lazos de la muerte - San Juan 11, 1-45 -

La narración de la resurrección de Lázaro presenta una pedagogía de la fe cristológica (que culmina en las palabras de Marta: «Creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que viene al mundo», pero también contiene una profunda dimensión humana que se puede resumir así: el amor hace vivir, el amor da vida, el amor hace pasar de la muerte a la vida.

 

El texto comienza con el anuncio a Jesús: «Aquel a quien amas está enfermo».

 

El paso de Lázaro de la tumba a la compañía de los vivos se produce entre las lágrimas que Jesús derrama por su amigo, lo que lleva a los judíos presentes a reconocer: «Mirad cómo lo amaba».

 

El narrador especifica que «Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro».

 

Si el episodio de la resurrección de Lázaro es el signo que anticipa la Pascua de Jesús, este signo —el paso de la muerte a la vida— es posible gracias al amor.

 

Un amor concreto, personal, cotidiano, amistoso, como el que une a Jesús con Lázaro, un hombre que no formaba parte del grupo de los Doce, pero que, junto con sus hermanas, acogía a Jesús cuando este iba a Betania (Jn 12,1).

 

De María se recuerdan los gestos concretos de amor que había reservado a Jesús: «María era la que ungió al Señor con perfume y le secó los pies con sus cabellos».

 

Pero el amor no impide que la enfermedad y la muerte afecten a quienes amamos, sino que, precisamente, el amor por el amigo que enferma y muere hace aún más dolorosa nuestra vida y nuestro amor.

 

Conocemos algo de la muerte en la medida de nuestro amor, y esto es a veces lo que nos empuja a huir del amor, a resistirnos a él, a no querer amar y a no dejarnos amar. El miedo al sufrimiento que puede derivarse de él puede inhibir el amor. Pero esto equivale a renunciar a la vida, a no querer vivir.


 

Jesús ama a Marta, María y Lázaro, pero está lejos cuando le anuncian que Lázaro está enfermo.

 

El amor vive también en la distancia, en la lejanía física, en la falta de contacto inmediato. Y cuando Lázaro muera, Jesús permanecerá dos días más donde se encuentra.

 

Las hermanas reprochan dos veces a Jesús su ausencia física junto a Lázaro, convencidas de que su presencia habría salvado a Lázaro de la muerte. También los judíos presentes se suman a esta protesta.

 

Marta y María vinculan el amor con la proximidad física.

 

Jesús vive un amor absolutamente auténtico (y reconocido como tal por la misma multitud), pero en una alternancia de cercanía y distancia, de proximidad y lejanía.

 

Jesús vive el amor también en la espera y sabe que el amor no impide la muerte.

 

Hay un límite al amor, el amor no es omnipotente. Y

 

 aunque Lázaro ha vuelto a la vida, lo que significa que el amor puede operar el paso de la muerte a la vida, sin embargo, Lázaro tendrá que enfrentarse a la muerte, porque el amor no puede impedir la muerte.

 

Al mismo tiempo, la muerte no inhibe el amor.

 

Éste es un primer mensaje de este relato: el hecho de que tengamos que morir no puede ni debe impedirnos amar, ni el amor puede ser visto como algo que escapa a la muerte.

 

Jesús, al enterarse de que Lázaro está enfermo, afirma que esa enfermedad no es para la muerte, sino para la manifestación de la gloria de Dios.

 

Y, en realidad, cuando Lázaro muera, se revelará que también la muerte es una ocasión para manifestar la gloria de Dios, que para el cuarto evangelio es la gloria del amor.


 

Jesús no invita a luchar por prolongaciones agotadoras y penosas de la vida, Jesús no convierte la vida en su dimensión biológica en un fetiche, sino que afirma que tanto vivir como estar enfermo y morir son lugares de posible manifestación de la gloria de Dios, la gloria del amor.

 

Y la gloria de amar se manifiesta ya en el valor con el que Jesús afronta el viaje a Judea desafiando a la muerte.

 

Estamos ante el amor que vence el miedo a perder la vida por amor.

 

Desde siempre, el hombre vive esta extraña condición por la que, por un lado, teme la muerte y el morir, siente repugnancia por la descomposición del cuerpo, pero, al mismo tiempo, encuentra la fuerza para dar la vida por otro, para morir por una persona amada, por una causa justa.

 

Aquí, el amor por Lázaro impulsa a Jesús a emprender un viaje que podría costarle la vida. Esto también dice mucho de la importancia que Jesús concede a la relación tan humana de la amistad.

 

Las objeciones que se le pueden plantear a Jesús son varias. ¿No es acaso un motivo demasiado íntimo, ajeno a la misión salvífica y al Reino de Dios, arriesgar la vida para ir a ver a un amigo? Si sucediera, ¿se trataría de la muerte de un mártir o de un imprudente que ha concedido demasiado peso a las relaciones humanas?

 

Pero la repetición de los términos afectivos que unen a Jesús con Lázaro (el que tú amas, nuestro amigo, mirad cómo lo amaba) indican que la realidad que Jesús vivió con Lázaro es la amistad, y que la revelación de Dios que Jesús realiza en su humanidad incluye también la historia de la amistad, del afecto humano.

 

También en la amistad, Jesús narra la gloria de Dios, narra el poder del amor más fuerte que la muerte.


 

Jesús y los discípulos se dirigen entonces a casa de Lázaro.

 

Y he aquí el grito de Tomás: «Vamos también nosotros a morir con él». Grito que expresa su deseo de compartir el camino de Jesús que, yendo a Judea, puede efectivamente encontrar la muerte. Un grito que indica su voluntad de no dejarlo solo incluso en esa eventualidad extrema.

 

Al llegar a Betania, el narrador señala que Lázaro llevaba ya cuatro días en la tumba y Marta sale al encuentro de Jesús haciendo lo que es a la vez una confesión de fe y una queja.

 

Marta sufre por la muerte de su hermano, porque no comprende, a pesar de lo que sabe. Ella sabe que todo lo que Jesús pide a Dios, Dios lo concede. Entonces, ¿por qué Jesús no ha venido a conjurar la muerte de su amigo con su cercanía?

 

Jesús muestra un amor que permanece incluso más allá de la muerte, un amor cuya prioridad no es evitar la muerte a toda costa.

 

Y hace que Marta pase de un artículo de fe, la creencia en la resurrección de los muertos en el último día, a la fe en la vida en Jesús, a vivir como Jesús, a sumergirse en la realidad en la que vive Jesús, que es el verdadero lugar de la vida.

 

Quien se compromete con Jesús, cree en Él y trata de vivir la vida de Jesús, habita el amor que permanece incluso a través de la muerte.

 

El encuentro con María está marcado por las mismas palabras que había pronunciado Marta. Pero falta toda la parte del diálogo teológico sobre la resurrección. Los tonos son más afectivos, el contexto es de lágrimas y llanto.

 

También María vive la idea del amor por el que la cercanía conjura la muerte. Pero está más centrada en el pasado, en los afectos vividos y ahora interrumpidos, y solo el llanto puede expresar ese dolor. No existe en María la preocupación de Marta por el futuro, la resurrección venidera, el último día.

 

Frente a estas dos actitudes, Jesús vive el presente de la muerte de Lázaro, asume esa muerte y afirma que el amor no muere con la muerte. El amor sigue vivo después de la muerte y tiene el poder de crear un puente entre los vivos y los muertos.



El relato evangélico tiene un clímax emocional.

 

Jesús entra en un torbellino de sentimientos que le llevan a romper a llorar. Se turba, se conmueve, se contagia del llanto de los demás y se estremece por la muerte de su amigo. Jesús rompe a llorar de forma liberadora, lo que reorienta sus emociones, que, de ser internas, se vuelven visibles, se exteriorizan, se hacen corporales.

 

El amor no permanece oculto, sino que se manifiesta. Las lágrimas son la elocuencia discreta del alma, el lenguaje del corazón. Son la parte visible, material, por temblorosa y transparente que sea, de nuestro deseo.

 

Las lágrimas unen admirablemente lo interior y lo exterior, el cuerpo y el alma. Y nos dicen algo sobre la sabiduría del cuerpo, expresando una dimensión de la verdad inherente al cuerpo que las palabras y el discurso conceptual no saben manifestar.

 

Y he aquí que, ante la tumba, Jesús comienza a actuar.

 

Marta parece querer frenarlo. «Ya huele mal». Marta está ligada a la muerte y mantiene a su hermano anclado a ella, pero para Jesús incluso la muerte es un lugar de manifestación de la gloria de Dios.

 

El problema no es evitar la muerte, sino comprender que en ella puede manifestarse la gloria de Dios, su amor. Solo un amor que asuma en su totalidad lo trágico y lo inevitable de la muerte es un amor que conduce al paso de la muerte a la vida.


 

Jesús cree en el amor incluso ante la muerte. Jesús sigue amando incluso ante el cadáver. Y es significativo que la orden que Jesús da después de llamar a Lázaro sea «desatadlo y dejadlo ir».

 

La orden se refiere a los presentes: Lázaro ya se está moviendo sin problemas. El problema son los que lo rodean, que deben dejarlo ir, porque el amor no retiene, no se aferra, sino que cuanto más ama, más libera al amado.

 

Jesús está enseñando a amar: no lleva consigo al muerto que ha vuelto a la vida, sino que enseña a amar con libertad. Amar es liberar al otro. Ni siquiera la muerte puede retener el amor.

 

El paso del amado Lázaro de la muerte a la vida anticipa lo que Jesús hará poco después cuando, habiendo amado a los suyos, los amará hasta el final (Jn 13,1), entregándose a esa muerte que no podrá retenerlo porque el poder del amor disuelve los lazos del infierno.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El paso de la muerta a la Vida - San Juan 11, 1-45 -.

El paso de la muerta a la Vida - San Juan 11, 1-45 -

El paso de la muerte a la vida constituye el centro del mensaje de este relato evangélico. El episodio de la resurrección de Lázaro preludia el acontecimiento pascual de Jesús de Nazaret.

 

Y la resurrección aparece en este Evangelio como acontecimiento personal y corporal por el cual Lázaro sale de la tumba al oír la palabra de Jesús.

 

Pero el pasaje evangélico se centra especialmente en la fe, es una pedagogía hacia la fe en Jesús, que es la resurrección y la vida. El diálogo entre Jesús y Marta se centra en creer: «El que cree en mí, aunque muera, vivirá»; «¿Crees esto?»; «Sí, Señor, creo».

 

Quizás sea excesivo decir que hay muerte y resurrección de la fe, pero es cierto que Jesús interroga a Marta sobre la fe y la resucita en la fe.

 

Para la Biblia, la muerte no es exclusivamente biológica, sino una realidad mucho más compleja, articulada y variada, una realidad que se insinúa en muchos ámbitos de la vida humana.

 

El Evangelio habla de la muerte física y, desde el punto de vista de Jesús, de la muerte de una persona amada, de un amigo. Y esta es quizás la única, o al menos la más dramática, experiencia de la muerte que podemos tener en la vida.

 

En la muerte de la otra persona a la que estábamos unidos por el amor, muere algo de nosotros, mueren posibilidades de vida, se ve mermado nuestro ser. Y experimentamos que es el amor, la calidad del vínculo que nos une a una persona, lo que tiende un puente entre la vida y la muerte y entre la muerte y la vida.

 

Y el amor es el único camino que podemos recorrer para dar sentido a nuestra vida mortal.


 

Del texto evangélico podemos deducir que si nosotros, por miedo a la muerte, nos vemos inducidos a adoptar actitudes defensivas, de protección contra el sufrimiento, que mortifican la vida misma, Jesús, en cambio, pidiendo fe, sugiere entrar en su actitud de confianza incluso ante la muerte («Padre, yo sabía que siempre me escuchas», actitud que, al asumir la muerte y sufrir por el que ha muerto, vivifica la muerte.

 

La fe es el lugar de la resurrección.

 

La fe de Jesús es una provocación para que aprendamos a creer: «Lo he dicho por la gente que me rodea, para que crean».

 

En una homilía del Pseudo Hipólito se dice: «Habiendo visto la obra divina del Señor Jesús, ¡no dudes más de la resurrección! Que Lázaro sea para ti como un espejo: contemplándote a ti mismo en él, cree en el despertar».

 

Pero si la fe es el lugar de la resurrección, el amor es su fuerza: Jesús «amaba mucho a Lázaro» y este amor se hizo visible en su llanto desconsolado.

 

El amor integra la muerte en la vida y encuentra el sentido de esta última en el don: dar la vida se convierte en dar vida. Y esto también forma parte de la práctica de la resurrección que podemos vivir y que podemos regalarnos unos a otros.

 

Tener fe en Jesús, que es resurrección y vida, significa hacer del amor un lugar en el que la muerte se pone al servicio de la vida.

 

El paso de la muerte a la vida con el que nos preparamos para vivir el paso de la vida a la muerte es, por tanto, el amor. Ese amor llamado a convertirse en nuestra voluntad, como lo fue la de Jesús. Ese amor que San Agustín dice que es el contenido de la voluntad del cristiano.

 

El amor es la voluntad unificadora última y decisiva de la persona humana, que en él encuentra su libertad. En las obligaciones libres a las que se somete, en la muerte a sí mismo que afronta amando, haciendo del amor la brújula de su vida, el hombre encuentra su expansión humana y espiritual, el sentido de su vida.


 

San Agustín afirma: «¿La voluntad? Es amor, es dilección». La voluntad se resuelve en amor: «Amo: quiero que seas». Amar es querer la vida del otro, no es querer poseer al otro, no es querer que el otro sea para mí, que me ame a su vez, sino que sea y basta, que exista, que viva.

 

En este querer convertido en amor puede hacerse vivible y sensata toda una vida. Este amar es la muerte vivificante que nos prepara para el paso de la vida a la muerte, creyendo en la fuerza del amor de Jesús que opera el paso de la muerte a la vida.

 

Iniciado con el anuncio a Jesús «El que tú amas está enfermo», el relato de la resurrección de Lázaro no es solo una pedagogía hacia la fe cristológica («Creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que viene al mundo»), sino también una pedagogía del amor y del amor que se enfrenta a la muerte.

 

La muerte es enemiga del amor, pero también su banco de pruebas. La muerte de la persona amada pone fin al amor que vivíamos y al futuro que ese amor prometía.

 

Y Jesús vive la conmoción de la muerte del ser querido y la expresa emocionalmente rompiendo a llorar.

 

Pero, ante la tumba, Jesús actúa y Marta parece querer frenarlo: «Ya huele mal». Marta parece ligada a la muerte y mantiene a su hermano anclado a ella. Pero para Jesús, incluso la muerte es un lugar donde se manifiesta la gloria de Dios.

 

Y la gloria, en el cuarto evangelio, es la gloria del amor.

 

El problema no es evitar la muerte, sino comprender que en ella se puede manifestar la gloria de Dios, su amor. Solo un amor que asuma el elemento trágico y la inevitabilidad de la muerte conduce al paso de la muerte a la vida.


 

Jesús cree en el amor incluso ante el cadáver. Y la orden que Jesús da después de llamar a Lázaro es «desatadlo y dejadlo ir». La orden se refiere a los presentes: Lázaro ya se está moviendo.

 

El problema son los que lo rodean, que deben dejarlo ir, porque el amor no retiene, sino que cuanto más ama, más libera al amado.

 

Jesús está enseñando a amar: no lleva consigo al muerto que ha vuelto a la vida, sino que enseña a amar con libertad. Amar es liberar al otro.

 

Y ni siquiera la muerte puede retener el amor.

 

El paso del amado Lázaro de la muerte a la vida anticipa lo que Jesús hará poco después, cuando, habiendo amado a los suyos, los amará hasta el final, entregándose a esa muerte que no podrá retenerlo porque el poder del amor desata las ataduras del infierno.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Oración de intercesión - San Juan 11, 1-45 -.

Oración de intercesión - San Juan 11, 1-45 -

Por cada Lázaro enfermo, por cada hombre finalmente débil, por aquellos que, como restos, se dejan llevar por la corriente hasta encallar en la tumba, por aquellos que finalmente no pueden más, por aquellos que no tienen fuerzas para caminar, por aquellos que sienten el débil pulso de una vida enferma. Por aquellos que mueren sin decir una palabra.

 

Por María y por el aroma de su gesto de amor, por quienes son recordados por haber amado, al menos una vez, con la locura y la totalidad de los soñadores. Por quienes siguieron a su corazón, dejando que fuera él quien decidiera los modos y los tiempos. Por quienes serán recordados por un derroche de amor.

 

Por Marta, que ante la vida que muere llama, invoca, reza, exprime la esperanza, molesta a lo divino. Por quien no se resigna, por quien quiere comprender, por quien aún sabe pedir ayuda. Por quien cree tan ferozmente que grita amor en tono de provocación.

 

Por Jesús, que no miente, por quien llama a la enfermedad con su nombre de vida perdida, por el valor de reconocer la amarga debilidad del final, por sus ojos que dilatan el destello de luz en la guadaña de la muerte. Por su fe tan obstinada en el Dios de la Vida.

 

Por los discípulos que aún creen que la vida es un reto que hay que ganar, por el enamoramiento infantil de quienes aún no han conocido el crisol de la traición, por quienes aún no son capaces de morir, por quienes prometen creyendo que cumplirán, por quienes aún no han muerto y sin embargo se atreven a hablar. Por quienes no entienden. Por quienes no lo consiguen, por quienes nunca lo entenderán, por quienes creen haberlo entendido. Por quienes creen creer, pero aún no han muerto ni una sola vez.


 

Por quienes celebran la muerte de los demás moviéndose desde alguna Jerusalén para celebrar el hecho de creerse aún vivos sin haber nacido aún.

 

Por quienes, como María, sellan cada rendija e imponen clausuras funerarias a la casa. Por quienes desde el hueco de su celda desafían a lo Divino y lo acusan del sinsentido del dolor. Por quienes estrangulan la realidad convirtiéndola en un nicho.

 

Por la mística creencia de quienes viven chupando la eternidad de las venas de la vida. Por quienes creen que todo ya ha resucitado, ahora, y resucita sin tregua. Por quienes creen ser ya materia de eternidad.

 

Por María, que se levanta, a pesar de todo. Por quienes aran los dramas de la historia con una cruz que sienten mucho más pesada que la madera del Gólgota. Por quienes iluminan los dolores de la vida humana. Por quienes desafían la gravedad de la muerte. Por quienes siembran estrellas como si fueran semillas. Por quienes emprenden sueños de esperanzas imposibles.

 

Por las lágrimas del Hijo del Hombre, agua que no brota milagrosamente de la roca, sino que surge de un corazón enamorado para colarse entre las grietas de la muerte.

 

Por el mal olor, por la putrefacción de los cuerpos, por la descomposición de los sueños, por la desintegración de los sentimientos, por la vida que siempre vuelve a la tierra, que no insiste inútilmente, que cede al destino de la entrega. Por quienes no temen destapar la piedra, por quienes soportan el impacto, por quienes respiran la muerte hasta el final.


Por las palabras del amigo, por el alivio del perdón, por quienes nos dieron valor, por las manos que nos acompañaron en los primeros pasos, por quienes se enamoraron de nosotros, por quienes tuvieron paciencia, por quienes nos miraron desde lejos, por quienes esperaron y por quienes se fueron, por quienes volveremos a encontrar, por la voz de quienes nos amaron, por quienes nos cogerán de la mano en el momento de morir, por quienes nos han provocado, por quienes nos han protegido, por quienes se han emocionado con nosotros, por quienes han confiado en nosotros, por todas las personas que nos han liberado, por quienes nos han dejado ir, por quienes nos han quitado las vendas, por quienes no nos han preguntado nada de lo que sentimos cuando estábamos muertos.


 

Por Lázaro y por su misterioso regreso a la vida, por quienes vuelven a vivir, por quienes aún lo intentan. Por quienes finalmente se convencen de que hemos nacido para vivir y revivir.

 

Por quienes han sido Lázaro varias veces. Por quienes aún lo serán. Y por quienes mueren y resucitan sin siquiera darse cuenta.

 

Por la Eternidad que está aquí y ahora. Por cuando sentimos al Eterno susurrar en cada cosa, incluso en la más trivial.

 

Por quienes logran sentir el susurro del Eterno balbucir en la sinfonía de la vida que muere.

 

Por quienes llaman hermana a la muerte.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

 

Tanto amor - San Juan 11, 1-45 -.

Tanto amor - San Juan 11, 1-45 - 

No conozco tu historia, preciosa a los ojos de Dios, pero estoy seguro de que tiene que ver con el Evangelio de hoy. Porque tenemos una necesidad urgente de salir de los sepulcros. Y de quitarnos las vendas. 

Porque todos somos Lázaro. Creemos estar vivos, pero estamos muertos y enterrados bajo montones de piedras. 

Quién sabe si este tiempo difícil que ha puesto al descubierto nuestras mezquindades, nuestros miedos, nuestros egoísmos, nuestra poca fe, no sea el punto de inflexión para hacernos renacer. 

Quién sabe si tendremos el valor de escuchar ese grito que nos sacude. 

¡Sal fuera! 

Tu amigo 

Jesús se ha refugiado en Efraín. 

El ambiente es muy malo para Él en Jerusalén. Juan estructura su Evangelio como un gigantesco e interminable proceso contra la obra de Jesús y Jesús, lo sabe, ya ha sido condenado a muerte en rebeldía. 

Lázaro, su amigo Lázaro, está muy enfermo. 

Jesús sabe que ir a Betania, en ese momento, equivale a un verdadero suicidio. 

Sabe que la muerte de un amigo, de su mejor amigo, será la ocasión para mostrar el amor que siente por Lázaro. Y por sus hermanas. Y por nosotros. 

Sabe que este amor le impulsará a hacer lo que nadie había imaginado que se pudiera hacer: dar la vida por otra persona. 

La vida de Lázaro marca la muerte de Jesús. 

Espera unos días y parte. Todo en Betania, la casa del pobre, huele a muerte. 

El final prematuro de una persona querida, aún hoy, nos sumerge en un pánico total. A pesar de la fe, a pesar de todo. 

Marta es la primera en salir. Ella es la que se ocupa de la casa, lo sabemos bien. 

Sus palabras son una reprimenda consternada. «Si hubieras estado aquí...». 

No, Marta, no es cierto. Aunque Jesús hubiera estado presente, no habría impedido la muerte de Lázaro. 

Aunque Jesús esté presente en nuestra vida, aunque seamos sus amigos, aunque Él sea nuestro amigo, no podemos evitar la muerte, el dolor y las pruebas que Él mismo no rechazó. Es normal, instintivo, pensar que Jesús nos protege, nos salva. Y lo hace, pero nunca como pensábamos. 

Nunca como quisiéramos. 

La vida es un misterio, es absurdo encorsetarla en nuestros razonamientos limitados, en nuestras ilusiones legítimas pero pueriles. Al discípulo no se le evita el sufrimiento. Y el sufrimiento y la muerte son pasos de un camino necesario, como el grano de trigo que debe morir y pudrirse para dar fruto. 

Jesús invita a Marta, y a nosotros, a creer. A creer en una resurrección y en una vida que envuelven y llenan nuestra vida biológica, terrenal, que le dan medida y sentido, horizonte y alegría. 

Marta confía y proclama, corazón femenino de la comunidad, la fe, tal como lo había hecho Pedro en Cesarea: creo que tú eres el Cristo. Aunque le cuesta entender, aunque no ve cómo todo eso puede suceder. 

Sabe, como nosotros sabemos, que él es el agua de manantial, la luz. Pero aún queda un paso por dar. 

Te llama 

El Maestro está aquí y te llama. 

Así le dice Marta a María. Así me dice Marta a mí, hoy. 

María se levanta y, con ella, todos los familiares y amigos. Se repite la escena, la dulce reprimenda. 

Jesús está a punto de replicar, como con su hermana. Pero ve las lágrimas. Muchas. Demasiadas. 

Y sucede. 

Sucede lo impensable. Jesús rompe a llorar. El Maestro cede. 

Como si, por primera vez, Dios se diera cuenta de cuánto dolor puede vivir el hombre. De cuánto podemos desorientarnos y perdernos, débiles y necios que somos. 

Como si Dios, por primera vez, viera cuánto dolor nos causa el dolor, cuánto desamparo, cuánta desorientación. 

Ese llanto nos conmueve. 

Pero ¿no podía evitar que muriera, en lugar de llorar? Objetan algunos. Y es la eterna elección entre el rostro de un Dios garante de una vida tranquila o un Dios apasionado que comparte nuestra vida. 

No hay palabras para explicar o consolar. Solo participación, ahora. Jesús pregunta dónde está Lázaro. «Ven a ver», le dicen. 

Tres años antes, a los dos discípulos del Bautista que habían seguido sus pasos, les había dicho las mismas palabras: «Venid y veréis». 

Jesús lleva a los discípulos a ver la vida. 

Los discípulos, ahora, le enseñan a ver la muerte. Dios aprende a morir. 

Y ese dolor, intuye el evangelista, lo conmueve. Dará su vida por Lázaro. 

Lázaro vivirá. Él, el Señor, sufrirá las consecuencias y morirá. 

Sal 

¡Lázaro, sal! 

Sabe bien que ese gesto marcará su fin. Sabe bien que algunos se tomarán la molestia de ir a denunciarlo (¿por qué, por violar las normas del cementerio?). Sabe bien que las palabras ya no son suficientes. 

Ahora que ha visto cuánto dolor provoca la muerte, le queda un último paso para poder ser hombre en todo. Morir. 

Esta resurrección está llena de alegría y asombro. 

El corazón del Maestro está lleno de tristeza. 

Sí, ahora está listo. Llegará hasta el final. 

Hasta lo inimaginable. 

Lázaro, nosotros, yo estamos vivos porque Jesús ha dado su vida. 

Y nos invita, una y otra vez, a vivir como vivos. 

Merecemos la muerte de Dios. Tanto valemos. Tanto vales. 

Tanto eres amado, como Lázaro. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El lado correcto de la historia: la música militar nunca me supo levantar.

El lado correcto de la historia: la música militar nunca me supo levantar Escribo con voz propia y a título personal. Y lo hago poniendo voz...