Más profetismo… y menos gestión - o más profetas del Misterio y menos gestores de lo sagrado -
Vamos a comenzar con la audición de una canción de aquel cantautor místico que fue Ricardo Cantalapiedra: https://www.youtube.com/watch?v=md__fKfewDU
No significa, ante todo, alzar la voz por encima del ruido del mundo, ni ocupar el escenario de la historia como agitadores de palabras o intérpretes superficiales de los acontecimientos.
El profeta no nace de la actualidad, sino del Misterio. Proviene de una profundidad que le precede, de una relación silenciosa y ardiente con aquello que no se deja poseer, pero que posee la conciencia de quien se deja alcanzar.
El profeta es aquel que ha sido capturado por el Misterio, invadido en el corazón, herido en la conciencia, transformado en la mirada.
No hay profecía sin esta captura interior. Antes de ser palabra dirigida a los demás, la profecía es fuego guardado en el interior; antes de convertirse en denuncia, es escucha; antes de hacerse gesto público, es obediencia a una luz que penetra, posee, purifica, inquieta y consuela.
El profeta no habla porque posea una estrategia, sino porque está poseído por una verdad que lo supera. No lee la historia con los instrumentos del cálculo, sino con ojos clarificados por una relación profunda con el Misterio.
Por eso el profeta es un hombre y una mujer de visión. Ve lejos no porque huya del presente, sino porque lo atraviesa hasta su núcleo oculto. Ve más allá de los acontecimientos, más allá de las apariencias, más allá de los relatos construidos por los poderosos, porque interpreta la realidad partiendo de esa profundidad donde el Misterio revela lo que la mera materialidad de las cosas no logra penetrar.
Allí donde muchos solo ven escombros, el profeta divisa semillas; allí donde muchos se rinden ante la violencia, él custodia lo imposible de la paz; allí donde muchos justifican la mentira como una necesidad, él invoca la justicia como el aliento mismo de lo humano.
Hoy, el profeta ve caminos de paz allí donde la historia parece entregada a la locura de las guerras. Ve senderos ocultos entre las ruinas creadas por hombres sin escrúpulos, incapaces de reconocer la dignidad inviolable de cada persona.
El profeta no se deja hipnotizar por la lógica de las armas, ni por la retórica de los vencedores, ni por la brutalidad de quienes sacrifican a los pueblos en el altar de su propio poder. Sabe que la guerra nace siempre de un corazón ya devastado, de un interior que ha perdido de vista el rostro del otro y ha reducido la vida a un territorio que conquistar, a un cuerpo que dominar, a una voz que silenciar.
El profeta ve justicia incluso cuando la corrupción se extiende como una niebla tóxica sobre las instituciones, las relaciones y los deseos. Ve la justicia no como una idea abstracta, sino como un hambre grabada en las conciencias, como un gemido que surge de los pobres, de los excluidos, de los heridos de la historia.
Y reconoce que la sed de poder es a menudo señal de un vacío interior: un abismo enmascarado por el éxito, una soledad disfrazada de dominio, una miseria del alma cubierta por la ostentación del egoísmo.
En aquellos que construyen su propia grandeza pisoteando a los demás, el profeta no ve solo culpas que denunciar, sino un vacío abismal que desenmascarar. Ve a hombres y mujeres devorados por una carencia que ningún poder puede colmar, por un hambre que ninguna posesión puede saciar.
Y ve también las huellas que deja ese vacío: heridas en las personas con las que se cruza, injusticias arraigadas en los pueblos, miedos transmitidos de generación en generación, desiertos interiores sembrados a lo largo del camino.
Y, sin embargo, el profeta no es un hombre ni una mujer de la desesperación. Precisamente porque conoce el Misterio, sabe que ningún abismo es más profundo que el amor gratuito que puede alcanzarlo.
Y sabe que la única fuerza capaz de colmar el abismo del egoísmo no es un nuevo dominio, no es una venganza, no es una violencia contraria, sino el amor desinteresado que el Misterio derrama en las conciencias sedientas de justicia.
Es un amor que no compra, no posee, no humilla; un amor que libera, levanta, recompone, abre futuro.
Ser profetas hoy significa, por tanto, habitar el mundo sin pertenecer a sus idolatrías.
Significa estar dentro de la historia con ojos purificados por el Misterio, con manos dispuestas a la paz, con palabras capaces de herir la mentira y sanar la vida.
Significa no resignarse a la guerra cuando todos la llaman inevitable, no doblegarse ante la corrupción cuando todos la llaman realismo, no adorar el poder cuando todos lo confunden con la fuerza.
El profeta es centinela de lo posible de Dios en lo imposible de los hombres y las mujeres.
Es memoria viva que recuerda a la tierra su vocación a la fraternidad.
Es herida abierta en el cuerpo de una sociedad que querría anestesiar la conciencia.
Es voz que nace del silencio, fuego que nace de la escucha, esperanza que nace del amor.
Y cuando todo parece perdido, el profeta sigue viendo: ve paz donde reina la violencia, ve justicia donde domina la corrupción, ve amor donde el egoísmo ha cavado abismos.
Porque el profeta no solo mira lo que es: mira lo que el Misterio, aún hoy, puede hacer surgir en la conciencia de la humanidad.
¿Qué significa ser profeta hoy en día? Tal vez nos acerque a la respuesta de esa pregunta aquella otra canción del que cantó al Profeta de Galilea: https://www.youtube.com/watch?v=Uf0PWAxy2dc
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
Posdata: Sirva esta reflexión en reconocimiento y agradecimiento de Don Faustino Vilabrille y de todos aquellos que han hecho de la profecía del Reino su condición natural de ser y de actuar. De ellos se puede decir aquello de “fijaos en el desenlace de su vida e imitad su fe” (Hebreos 13, 7).





