lunes, 26 de octubre de 2026

Nuestros intercesores.

Nuestros intercesores

Tal vez hoy, o durante estos días, iremos al cementerio. Nos detendremos unos instantes en silencio ante una tumba. Y lo haremos para comprender que, para poder percibir la presencia de la persona difunta, hay que mirar en dirección opuesta a la de la tumba, dejándola a nuestras espaldas.

 

En el Evangelio de Juan se narra, tras la resurrección, el encuentro entre María y Jesús (20, 11-18). Él comienza a hablar con ella, pero ella solo lo ve, solo lo encuentra plenamente, cuando se da la vuelta, se gira, se vuelve, dejando la tumba vacía a sus espaldas. Mientras está de cara a la tumba, no puede ver a Jesús, pero cuando se gira, se reconocen mutuamente y se llaman por su nombre.

 

Cuanto más seamos capaces de avanzar en la dirección contraria respecto a la tumba, cuanto más sabremos construir nuestras vidas con nuevos impulsos, proyectos y caminos que trazar y realizar día a día, con un compromiso constante, tanto más podremos encontrarnos con todos nuestros seres queridos que han renacido.

 

Dejar atrás su pasado no significa olvidarlos o, incluso, traicionarlos, sino, por el contrario, encontrar una forma de percibir su nueva presencia, de sentirlos a nuestro lado y seguir utilizando su energía de amor para todos los horizontes que nos importan.

 

La muerte es la única certeza de la vida pero es la experiencia que trae consigo más preguntas, a las que no se pueden dar respuestas exhaustivas, sino que solo se puede balbucear algo.

 

Una de ellas es: «¿Dónde están ahora aquellas personas difuntas tras su muerte?», e intentamos balbucear una respuesta: «Siempre estoy con vosotros». Y también: «¿Cómo están ahora?» La respuesta es sencilla: «Estoy bien».


Nuestros seres difuntos están bien porque la muerte lo ha introducido en una vida nueva, infinita, como dice un antiguo adagio de los primeros siglos: No se muere, sino que se nace dos veces, y la segunda es para siempre.

 

Todo lo bello que vivieron en esta tierra, ahora lo reviven con la máxima intensidad, sin ninguna de esas inevitables resistencias al amor que caracterizan la vida de todo ser humano.

 

Ellos están bien y no desean otra cosa que cada uno de nosotros esté bien, que viva con el mayor bienestar posible.

 

Es natural recordarles con tristeza, con lágrimas, con el dolor que provoca una sensación de vacío. Pero se puede hacer más, se puede ir más allá y aprender a alegrarnos con ellos, porque ahora se encuentran en la alegría sin fin.

 

Hay otra pregunta fundamental que trae consigo la muerte es esta: «¿Pero ellos siguen queriéndonos? ¿O se ha acabado todo?». Sí, el flujo del bien continúa, y a partir de este momento será aún más fluido, aún más intenso. Ellos se han unido para siempre a la Fuente del Amor, y desde allí el amor fluye siempre en sobreabundancia.

 

Ellos nos ayudarán, con su oración, a ser cada vez más conscientes de esta energía que circula constantemente en lo más profundo de nuestro ser, en nuestro centro, y que podemos utilizar como sinergia en todas nuestras decisiones, en los proyectos que nos importan y que nos impulsan a poner en práctica nuestros talentos.


Además, ellos se han convertido en la transparencia de un amor capaz de comprenderlo todo y perdonarlo todo. Nos aseguran que, en relación con su vida terrenal, no quedarán asuntos pendientes: si hubo malentendidos, se han resuelto; si hubo carencias, se han subsanado; si aún quedaban algunos pasos por dar juntos, ahora se ha alcanzado la meta común.

 

Si por alguna razón, respecto a nuestros seres queridos fallecidos, no nos hubiéramos perdonado algo, ahora es el momento de hacerlo: todo se ha sanado, porque ellos nos comprenden mucho más de lo que nos comprendemos a nosotros mismos.

 

Tal vez hoy, o estos días, sean un momento para repetirnos estas tres convicciones:

 

¡Estoy siempre con vosotros!

 

¡Estoy bien!

 

¡Os quiero!

 

Esto nos ayudará a entrenarnos para dejar atrás las tumbas, mirar con ímpetu y pasión hacia el mañana y, en este salto lleno de alegría, sentir que todos nuestros seres queridos están vivos, como guardianes de ese ímpetu, animándonos a ser artífices de nuestra propia vida.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 25 de octubre de 2026

A nuestros difuntos.

A nuestros difuntos

Al verla, el Señor sintió una gran compasión por ella y le dijo: «¡No llores!». Se acercó y tocó el ataúd, mientras los que lo llevaban se detenían. Luego dijo: «Muchacho, te lo digo a ti: ¡levántate!». El muerto se sentó y comenzó a hablar (Lc 7,13s).

 

Hay vida oculta

entre los lazos de la muerte,

un latido que espera una mirada

capaz de ver más allá de las cenizas,

más allá del umbral de lo visible.

 

La mirada de Jesús penetra en el misterio:

donde nuestra vista se detiene,

él divisa brotes bajo la nieve,

luz en la noche, esperanza en el sepulcro.

 

Solo con los ojos interiores

se captan los secretos de la realidad,

más allá de las apariencias, más allá de los datos

que el tiempo nos entrega cada día.

 

Se necesita un corazón que escuche,

una mente que no juzgue,

una mano que no se eche atrás.


Hay una vida que palpita

bajo la corteza de la despedida,

un aliento que espera una palabra,

una posibilidad que florece

en los labios de la duda.

 

Hay lágrimas secretas que secar,

voces mudas que piden ser escuchadas,

deseos de esperanza

en paisajes desesperados.

 

¡Cuántas veces

la mirada superficial se detiene

en la piedra del sepulcro,

ignorando el canto

que nace en la noche!

 

Hay una mano extendida en el mundo,

que espera a quien la estreche,

a quien la invite a levantarse,

a retomar el camino interrumpido.

 

Mientras haya aliento,

mientras la vida palpite aunque sea solo por un instante,

hay esperanza que espera,

hay un renacimiento posible

más allá de toda muerte aparente. 


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


Posdata:



Por si te interesan, te dejo algunas de mis reflexiones sobre la Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos: 

1.- Que nada se pierda - San Juan 6, 39 -: https://kristaualternatiba.blogspot.com/2025/11/que-nada-se-pierda-san-juan-6-39.html 

2.- De la muerte a la vida - San Juan 11, 1-45 -: https://kristaualternatiba.blogspot.com/2025/11/de-la-muerte-la-vida-san-juan-11-1-45.html 

3.- Solo queda el amor -Mateo 25, 31-46-: https://kristaualternatiba.blogspot.com/2025/09/solo-queda-el-amor-mateo-25-31-46.html 

4.- Lejos del pobre, lejos también de Dios -Mateo 25, 31-46-: https://kristaualternatiba.blogspot.com/2025/09/lejos-del-pobre-lejos-tambien-de-dios.html 

5.- Quien toca a los pobres roza el cielo de Dios -Mateo 25, 31-46-: https://kristaualternatiba.blogspot.com/2025/09/quien-toca-los-pobres-roza-el-cielo-de.html 

6.- ¿El mayor pecado? Perder la mirada de Dios -Mateo 25, 31-46-: https://kristaualternatiba.blogspot.com/2025/09/el-mayor-pecado-perder-la-mirada-de.html 

7.- ¿Qué quedará de nosotros al final? El amor dado y recibido -Mateo 25, 31-46-: https://kristaualternatiba.blogspot.com/2025/09/que-quedara-de-nosotros-al-final-el.html 

8.- La verdad última de la vida: el amor -Mateo 25, 31-46-: https://kristaualternatiba.blogspot.com/2025/09/la-verdad-ultima-de-la-vida-el-amor.html

9.- Las balanzas del Señor solo pesan el bien -Mateo 25, 31-46-: https://kristaualternatiba.blogspot.com/2025/09/las-balanzas-del-senor-solo-pesan-el.html




¿No hay derecho a pedir lo imposible?

¿No hay derecho a pedir lo imposible? 

Me dan pena… Sí, me dan pena ciertos análisis de los adultos. 

Porque, y sin embargo, hay algo profundamente revelador en las movilizaciones juveniles que se extienden hoy por Europa. 

No tanto por los episodios de tensión que ocupan los titulares de los informativos, sino por la pregunta que plantean a la sociedad adulta: ¿por qué son precisamente los más jóvenes los que sienten la necesidad de rebelarse, mientras que tantos adultos parecemos haber dejado incluso de indignarnos? 

Desde hace años se nos dice que las nuevas generaciones son prisioneras de las pantallas, incapaces de entablar relaciones auténticas, encerradas en el mundo digital y virtual. 

Pero cuando miles de estudiantes salen a las calles para defender la escuela pública, denunciar las desigualdades, reclamar paz, justicia climática o expresar solidaridad con los pueblos afectados por la guerra, descubrimos que la realidad es muy diferente. 

Quizá los verdaderos prisioneros de las pantallas no sean los jóvenes, sino muchos de los que los observamos desde lo alto de un sillón frente al televisor o tras un teclado. 

Nosotros, los que hemos acabado por considerar inevitables la precariedad laboral, la falta de financiación de la escuela, la devastación medioambiental, el creciente rearme y el aumento de las desigualdades. 

Nosotros, los que hemos sustituido la esperanza por el comentario y la acción por la indignación a distancia. 

A los jóvenes se les pide continuamente que se adapten a un futuro ya decidido por otros…Cuando se movilizan, se les tacha de ingenuos, manipulados o violentos. Rara vez se intenta escuchar lo que están diciendo. 

Pero uno hasta ha comenzado a creer sinceramente que su malestar no surge de la nada. 

Nace de la experiencia cotidiana de una sociedad que promete derechos y genera exclusión, que celebra el mérito mientras las condiciones de partida son cada vez más desiguales, que habla de futuro mientras sacrifica el presente de quienes deberían vivir ese futuro. 

Incluso una lectura cristiana de la realidad debería considerar con mucho respeto esta inquietud. 

El Evangelio no es una invitación a la aceptación pasiva del orden existente. Jesús no se limitó a predicar el consuelo individual. Atravesó conflictos, cuestionó los poderes religiosos y económicos, se puso del lado de los excluidos. El cristianismo nace como un movimiento de esperanza histórica incluso antes que como una promesa ultra-terrena. 

Por eso resulta inquietante el intento de contraponer una supuesta juventud disciplinada, silenciosa y obediente a una juventud crítica y rebelde. 

La fe cristiana no coincide con la sumisión. La paz no es lo mismo que el orden impuesto. La armonía no es lo mismo que el silencio de quienes sufren. 

Los jóvenes, en cambio, nos recuerdan con su presencia en las plazas una verdad elemental: la sociedad se puede cambiar. No siempre tienen razón. No siempre encuentran las mejores formas de expresar su desacuerdo. 

Pero poseen una cualidad que muchos adultos parece que ya hemos perdido: la convicción de que el mundo no está destinado a permanecer tal y como es. 

Esta energía juvenil representa un recurso precioso que los adultos debemos contemplar con simpatía y atención. 

Las protestas juveniles, las movilizaciones por la paz, la reivindicación de un trabajo digno y de una transición ecológica de la economía hablan el mismo idioma: el de la dignidad humana frente a la lógica del descarte. 

El problema no es la rebelión de los jóvenes. El problema es la resignación de los adultos. 

No es el conflicto social cuando surge de la exigencia de justicia. Es la indiferencia la que permite que las injusticias se consoliden. No es el deseo de cambiar el mundo. Es haber dejado de creer que se pueda cambiar. 

En las inquietudes de los jóvenes se manifiesta el malestar profundo de una sociedad que necesita recuperar la esperanza, la participación y el protagonismo colectivo frente al declive del mundo que los adultos consideramos inevitable. 

Gracias, pues, a los jóvenes que siguen perturbando la tranquilidad de nuestras conciencias. No porque sean perfectos, sino porque nos recuerdan que la historia sigue abierta. 

Y que los nuevos cielos y la nueva tierra no avanzan gracias a la resignación, sino gracias a las personas que aún encuentran el valor de levantarse y decir: así no vale, tenemos que cambiar de rumbo. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Mientras hay vida hay esperanza - Eclesiastés 9, 4 -.

Mientras hay vida hay esperanza - Eclesiastés 9, 4 - 

No es cierto que sean emergencias. 

El clima, los migrantes, las personas mayores, la violencia, la vivienda, la natalidad... 

«Emergencia» sería una palabra totalmente neutra. Es algo que emerge, que surge de la corriente de la vida y que incluso podría ser algo bonito, pero en el uso actual le hemos dado a la palabra un doble giro. 

El primero: la emergencia siempre es negativa. 

La segunda: hemos llamado «emergencia» no a algo imprevisible, como un terremoto o una erupción volcánica, sino a cualquier cosa que perturbe un discurrir tranquilo de los días que es inexistente e imposible. 

Pero hemos olvidado que la vida no es un discurrir tranquilo de los días. 

Está lo imprevisto, el verdadero; está la enfermedad; está el encuentro que nos cambia las cosas y, a veces, para mejor. 

El Evangelio de Jesús es bastante experto en encuentros de este tipo. 

También está el amor. O la muerte repentina, que, en cualquier caso, forma parte de la vida posible, aunque sea una traición a nuestra espera de la eternidad. 

Está el sufrimiento que nos parecía lejano y que, en cambio, se nos acerca. El nuestro y el de los demás. 

Hoy llamamos «emergencias» al resultado de nuestras locas ineptitudes y nuestra ceguera. 

La emergencia climática se viene pronosticando desde hace al menos 70 años. Quienes hablaban de ello fueron ridiculizados; todos se mostraban implacables ante cada inundación, diciendo que, mirad, la crisis del agua no existe, que el calentamiento global es un invento. Querían confundir el tiempo con el clima y ahora esto es lo que hay. 

La emergencia demográfica es evidente desde hace el mismo tiempo. Es una emergencia multifactorial, como se suele decir. No depende solo de un factor y, sobre todo, no del que se invoca de forma más demagógica. 

No es egoísmo de los jóvenes, ni ganas de divertirse. Es la falta de servicios, de guarderías que permitan a las madres volver al trabajo y no tener que dimitir en cuanto se quedan embarazadas; es la falta de un apoyo estructurado y duradero a las familias numerosas, no una ayuda puntual, sino un proyecto social que acoja a los niños como un bien, les asegure una plaza en las escuelas infantiles, libros gratuitos en la enseñanza obligatoria y garantice de forma precisa y segura el derecho al estudio. 

Esta expresión no se refiere a un derecho genérico a acceder a la universidad, sino al derecho garantizado a todos - incluso a los hijos de personas que no son en absoluto acomodadas, pero que son capaces - de llegar a ser doctores en medicina, filosofía, ingeniería o en lo que deseen. 

Lo que hace falta es una cultura de la esperanza en la que los niños sean una bendición y no un problema. No solo los nuestros. ¿Cómo se puede decir «Tened hijos, os daremos una ayuda» y luego no contar con un plan de vivienda social seguro que permita pensar que no acabarán un día en la calle? O decir: «Tened hijos» y luego actuar en contra de los hijos de los demás, los que no nacen aquí, los de color (¿el blanco no es un color?), los que no tienen «pedigrí» y por lo tanto no entran dentro de la «prioridad nacional». 

El Evangelio se anunció en una sociedad muy diferente a la nuestra y, sin embargo, a su manera, ya lo tiene todo: «Dejad que los niños vengan a mí», es decir, los niños importan, nunca hay que marginarlos, ni siquiera por urgencias espirituales. «María ha elegido la mejor parte», es decir, las mujeres también cuentan en las cosas del espíritu, no están ahí solo para poner la mesa y lavar platos. «Mis ojos han visto tu salvación», es decir, un anciano anuncia la esperanza que nace. 

Hay esperanza y un lugar para todos, eso es lo que dice el Evangelio. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una luz que se abre paso.

Una luz que se abre paso 

El amanecer no llega haciendo ruido. Antes de que aparezca el sol, algo cambia en el contorno de las cosas: la oscuridad pierde su densidad, las distancias vuelven a ser visibles, lo que parecía indistinto empieza a tomar forma. 

Así ocurre también en la vida. 

La luz no siempre se presenta como una respuesta definitiva. A veces es una señal discreta, una presencia que no impone nada y, sin embargo, abre un camino. Para reconocerla hay que detenerse, dejar que los ojos se acostumbren, aceptar que la realidad encierra más de lo que somos capaces de ver de inmediato. 

No estamos solos en el camino de la vida. 

Esta intuición no borra la soledad que a veces sentimos, ni pretende explicar todas las heridas. Más bien dice que nuestra existencia no se agota en lo que poseemos, medimos o controlamos. 

Hay un misterio que nos precede y nos acompaña: podemos imaginarlo en el origen del universo, en los albores de la humanidad, en el interior de la pregunta que cada persona lleva consigo. No es solo el nombre de lo que aún ignoramos. Es la profundidad de lo que encontramos, esa fuente de sentido que ninguna explicación logra agotar. 

El Misterio no nos llega necesariamente a través de acontecimientos extraordinarios. Puede aflorar en el tejido cotidiano de los días: en una mano que sostiene sin retener, en una palabra que devuelve la dignidad, en un gesto de justicia realizado cuando sería más cómodo mirar hacia otro lado. 

Son señales de vida y de amor. No nos eximen de la responsabilidad de elegir, sino que la despiertan. Nos indican una dirección: allí donde alguien es acogido en lugar de excluido, donde se escucha a quien es frágil, donde la verdad no se sacrifica en aras de la conveniencia, se deja entrever algo de la luz. 

Quizá uno de los grandes dramas de la existencia sea precisamente este: atravesar toda una vida sin reconocer los signos que se han puesto a nuestro lado. No porque hayan faltado, sino porque nuestra mirada solo se dirigía hacia lo que produce un resultado inmediato. 

Se puede ver muchísimo y comprender muy poco. Se puede acumular información sin aprender a interpretar un encuentro, un silencio, una petición de ayuda. Cuando todo se convierte en un objeto que hay que utilizar o en un obstáculo que hay que superar, incluso la belleza más cercana corre el riesgo de pasar desapercibida. 

Es necesario desarrollar una sensibilidad interior. No un refugio separado de la historia, sino un espacio en el que la historia pueda ser escuchada en profundidad. 

La vida interior crece cuando aprendemos a detenernos ante lo que nos interroga, sin cubrirlo de inmediato con una respuesta; cuando distinguimos el deseo auténtico de la necesidad de aparentar; cuando dejamos que el dolor ajeno rompa nuestra indiferencia. 

El silencio, en este sentido, no es ausencia de mundo. Es la posibilidad de acogerlo sin reducirlo al ruido de nuestras ocupaciones. 

Ver más allá de la historia no significa atribuir a cada acontecimiento un mensaje oculto, ni transformar el Misterio en una explicación fácil. Hay sufrimientos ante los que la palabra más honesta sigue siendo una pregunta. El discernimiento exige humildad: no todo destello es luz, no toda certeza abre el camino a la verdad. 

Un signo debe reconocerse también por sus frutos, por la vida que guarda, por la libertad que respeta, por la justicia que hace posible. La luz que imaginamos que resplandece desde la eternidad no nos aleja de la realidad concreta de las cosas: nos ayuda a mirarlas sin poseerlas y a juzgar nuestras elecciones sin escondernos. 

Acompañar, educar,…, no puede significar únicamente preparar para desenvolverse en el mundo, obtener resultados, adaptarse a las exigencias. También significa ayudar a descubrir que en el interior existe una profundidad que hay que conocer y custodiar. 

Antes incluso de indicar un camino, hay que dar espacio a las preguntas. Antes de llenar cada silencio, hay que mostrarle que el silencio puede estar habitado. Antes de ofrecer explicaciones, hay que enseñar que el asombro no es una debilidad que haya que superar. 

Y esto toma forma en los gestos cotidianos. En el que escucha una pregunta sin burlarse de ella, que reconoce un error, que sabe pedir perdón. En el tiempo compartido sin la urgencia de llenarlo. En la atención a una persona dejada al margen, en el cuidado de algo que no ofrece ninguna ventaja inmediata. 

Así se aprende a ver más allá de las cosas, no para despreciarlas, sino para descubrir su significado. Los datos materiales nos dicen mucho de la realidad; sin embargo, no agotan las preguntas sobre el valor de una vida, sobre el sentido de un vínculo, sobre la responsabilidad que nace de un encuentro. 

Hay esperanza en el mundo cuando nos encontramos con alguien capaz de reconocer los signos de los tiempos. No alguien que posea todas las respuestas, sino una persona que sepa distinguir lo que abre la vida de lo que la empobrece. Su mirada capta posibilidades donde la costumbre solo ve límites; su presencia hace perceptible un bien que otros habían dejado de esperar. 

En estos encuentros parece resurgir el camino de una luz que viene de lejos, del origen mismo de la existencia, y que sigue buscando espacio en la historia. La esperanza no niega la noche: reconoce que la noche no lo es todo. 

Tenemos una necesidad infinita de esta luz. La necesitamos para no confundir la indiferencia con la lucidez, la dureza con la fuerza, la resignación con la sabiduría. Las tinieblas no son solo lo que nos asusta: también pueden ser aquello a lo que nos acostumbramos, hasta el punto de dejar de sentir su peso. 

La luz desenmascara las tinieblas porque devuelve un rostro a quienes habíamos reducido a un número, una historia a quienes habíamos juzgado apresuradamente, una posibilidad a lo que considerábamos perdido. No promete un camino sin sombras. Nos permite atravesarlas sin dejarles la última palabra. 

Reconocer las señales de vida, de amor y de justicia que el Misterio pone a nuestro lado no es, por tanto, un ejercicio reservado a unos pocos. Es una forma de vivir la existencia, una atención que se puede cultivar y compartir. Y lo que reconocemos nos llama a dar una respuesta. 

Una luz acogida se convierte en escucha, en cuidado, en valor para hacer el bien posible. No estamos llamados solo a caminar en la luz, sino a dejar que esta pase a través de nosotros, para que también otro pueda encontrar el camino. 

Como ocurre al amanecer: la primera claridad aún no lo ilumina todo, pero basta para mostrar que el camino puede recomenzar. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 24 de octubre de 2026

No separemos lo que Jesús ha unido… - San Mateo 22, 34-40 -.

No separemos lo que Jesús ha unido… - San Mateo 22, 34-40 -

Una vez más, los fariseos quieren poner a prueba a Jesús. La pregunta versa sobre un tema fácil para ellos: la ley y los mandamientos. En eso eran imbatibles, sabían mucho del tema. Les resultaba fácil ganar la discusión con Jesús.

 

¿Cuál es el mandamiento más importante de todos, aquel cuyo cumplimiento merecía el gran premio? ¿Cuál es el mandamiento fuente del que brota todo el río de los mandamientos? ¿Cuál es el mandamiento a través del cual podemos simplificar toda nuestra vida?

 

Es cierto, también nosotros buscamos, en medio de la complejidad de la vida, algo que unifique, que lo simplifique todo.

 

¿Cómo se las arregla Jesús esta vez? 


Realiza una operación extraordinaria: establece una igualdad entre dos grandes mandamientos que ya existían en el Antiguo Testamento, pero que no iban juntos. Establece una igualdad entre el primer mandamiento, que dice que hay que amar a Dios, y el segundo, que dice que hay que amar al prójimo como a uno mismo.

 

Si no mantenemos juntos estos dos mandamientos, todo nuestro esfuerzo por amar a Dios y todo nuestro deseo de amar al prójimo se esfuman, son palabras al viento. He aquí la extraordinaria novedad de Jesús.

 

Esta unidad entre el amor a Dios y el amor a los hermanos es el fundamento del humanismo bíblico y cristiano: pensar en una dignidad igualitaria entre la totalidad del amor de Dios y la totalidad del amor a los hermanos.

 

Quizás el amor a Dios es ese amor que nos hace levantar la mirada al cielo y que nos hace descubrir cuánto ama Dios a sus criaturas, y quizás el amor al prójimo es ese amor que nos hace bajar la mirada hacia la tierra y hacia toda la humanidad.

 

Siempre es ágape, amor de entrega, pero con dos miradas diferentes: hacia el cielo y hacia la tierra. Si lo pensamos bien, no puede existir el hombre que solo mira al cielo y se olvida de la mirada hacia la tierra, ni tampoco puede existir el hombre que solo mira a la tierra y se olvida del cielo.


La primera mirada es una forma de espiritualismo vacío; la segunda mirada es la de un ser terrenal que solo ve tierra y materia. El humanismo cristiano se compone de cielo y tierra, a los que hay que amar por igual, con la misma dignidad.

 

Jesús está diciendo que la nueva ley del Reino de Dios entre nosotros no es un mandamiento, sino una nueva vida capaz de amar el cielo y la tierra por igual. ¿Cómo amar a Dios? Mira y ama la tierra. ¿Cómo amar al prójimo? Mira y ama a Dios.

 

El verbo «amar» aquí se conjuga en futuro y dentro de un todo, una totalidad. Amarás con todo tu ser, con tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.

 

¿Por qué en futuro y por qué con todo lo que hay en tu vida?

 

Tal vez porque este amor es una mirada hacia adelante, en una época en la que miramos al pasado con nostalgia. Quizá porque es una acción que nunca concluye, que cada día regenera y reconstruye el futuro en un amor caritativo. El amor que mira hacia el futuro - «amarás», precisamente - no es buenismo, sino que crea espacios de encuentro y de vida nueva.

 

Por eso necesito todo mi ser para crear las condiciones de un amor de entrega que ofrezca nuevas perspectivas: toda mi inteligencia para crear condiciones de encuentro, todo mi corazón que me hace sentir emocionalmente cercano a estas nuestras ciudades, toda mi fuerza para poner en práctica acciones de paz y de encuentro. 


Todo el amor a Dios que inspira esta posibilidad de encuentro y de diálogo. Con un amor dirigido hacia el futuro, abrimos espacios de diálogo y de encuentro.

 

En el mandamiento de Jesús se dice «como a ti mismo». Del mismo modo que cuido y encuentro motivos de consuelo para Dios y para el prójimo, así cuido y busco motivos de consuelo para mi corazón, que tantas veces está inquieto. Cuántas veces nos esforzamos por todos o por muchos y nos olvidamos de un amor consolador para nuestra propia vida. 


Es hermoso saber que Jesús unifica en un único mandamiento las tres dimensiones del amor: mi vida, el prójimo y Dios.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Nuestros intercesores.

Nuestros intercesores Tal vez hoy, o durante estos días, iremos al cementerio. Nos detendremos unos instantes en silencio ante una tumba. Y ...