martes, 21 de abril de 2026

La fuerza bruta tiene miedo del Crucificado.

La fuerza bruta tiene miedo del Crucificado

El Crucificado es una persona, frágil, un hombre.

 

Es alguien que vivió pobre entre los pobres, mal visto por los poderosos, despreciado por los bien-pensantes y santones religiosos, condenado injustamente, víctima a la vez del poder político y religioso, sufriendo entre los condenados a muerte.

 

Es el emblema de toda injusticia humana, de toda opresión sobre los débiles… ¡y decía ser Dios!

 

¿Quién puede seguir teniéndole miedo, quién puede temer de un hombre clavado en una cruz?

 

Toda confesión cristiana tiene como emblema la Cruz y al Crucificado; para los musulmanes, Jesús es un profeta venerado; para los budistas, ninguna religión supone un problema; y para los hindúes, un dios más no molesta en absoluto.

 

¿Quién puede sentirse ofendido por un Crucificado?

 

Sin duda, a los poderosos y a la fuerza bruta le molesta esa indefensión desarmada y desnuda.

 

Todo credo, ya sea laico o religioso, aspira al dominio. La convicción de tener la ley y la razón de su parte sustenta la arrogancia de los poderosos.

 

La misma cruz se ha utilizado como signo de poder y superioridad a lo largo de la historia. La cruz sí, es cierto, pero el Crucificado no.

 

La cruz por sí sola es un simple signo. Pero es algo muy distinto si hay un hombre clavado en ella.


Porque muestra —a quienes tienen en sus manos la acción política, social o religiosa— al ser humano con sus límites y fragilidades.

 

Porque indica cuál es el lado correcto de la historia: el que protege a los pobres y a los frágiles del poder desmesurado de los poderosos; de lo contrario, la historia no es más que la ley de la selva elevada a derecho.

 

Porque recuerda que la justicia a menudo condena a los inocentes, cuando es el camino más fácil.

 

Porque revela que toda condena a muerte es una violencia. Y pide que quien sufre en cuerpo y alma sea protegido, socorrido, consolado.

 

Es un hombre, el Crucificado, el que impide —a quien usa el poder para su propia soberbia— proclamar que tiene a Dios de su parte.

 

La cruz puede ser un objeto de moda, el Crucificado, en cambio, habla de violencia y muerte.

 

Habla de nosotros. Sin palabras, grita a los oídos de un poder político que ha perdido de vista —si es que alguna vez la tuvo— el sentido de su deber que no es otro sino el  servicio al ser humano.

 

Toda institución debería colocar bien a la vista a ese Hombre clavado en la cruz.

 

Ecce Homo! Él es el Hombre: el que ha dado esperanza a miles de millones de personas a lo largo de dos milenios de historia y ha inspirado a la humanidad y algunos de sus mejores ejemplos.

 

Toda persona a quien se le ha confiado el destino de otros debería subir a ella, a la cruz, para mirar desde allí el mundo y la historia, junto a ese Hombre, para descubrir su propia fragilidad, su propia necesidad de justicia y fraternidad, para hacerse compañero de camino de cada uno.

 

Seguramente, desde arriba de la cruz, la maquinaria del poder político al servicio de la fuerza bruta se descubriría ser humano como todos y al servicio del lado correcto de la historia que tiene que ver con el derecho del débil y la justicia del inocente. Lo contrario a eso es una profanación de lo más sagrado que es precisamente la vida.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 20 de abril de 2026

La arrogancia del poder.

La arrogancia del poder 

La arrogancia prepotente es una especie de indigestión de poder. 

La historia ofrece grandes ejemplos y, como enfermedad, es tan antigua como la humanidad. 

No solo es frecuente entre los políticos, sino que aparece con frecuencia entre los directores generales, los presidentes de empresas prestigiosas o entre los profesionales que alcanzan un alto nivel de poder en su sector. 

La peculiaridad es que quienes la padecen acaban siendo destructivos para la organización o la empresa que dirigen y para su propio entorno. 

La razón por la que muchos partidos políticos, empresas, organizaciones sociales,…, echan por tierra los buenos propósitos por los que fueron creados es precisamente tener al mando a una persona que padece la enfermedad de la arrogancia prepotente. 

No me refiero a un impulso irracional y desequilibrado, sino a un intento de transgredir los límites cuando la insolencia y la arrogancia dominan. 

Carisma, encanto, capacidad de inspirar, amplitud de miras, disposición a asumir riesgos, grandes aspiraciones, audacia, autoestima… suelen asociarse con un liderazgo exitoso. 

¿Dónde está el límite? ¿En qué momento estos aspectos transforman a un líder resuelto e intrépido en un peligro? 

La línea divisoria es, precisamente, la arrogancia, la impulsividad, la negativa a escuchar o aceptar consejos y una forma particular de incompetencia debida precisamente a la impulsividad insolente.   

La arrogancia extrema constituye un conjunto de características —o síntomas— desencadenadas por un «gatillo» específico que es, precisamente, el poder. Y, por lo general, termina cuando se pierde el poder. 

La clave es que esta enfermedad es un trastorno de la posesión del poder —en particular, el asociado a un éxito abrumador— mantenido durante un cierto número de años con mínimas restricciones para el líder. 

Quienes la padecen tienen una propensión narcisista a ver su mundo como un escenario sobre el que ejercer el poder y buscar la gloria; en consecuencia, muchas de las acciones emprendidas servirán más que nada para mejorar y reforzar la imagen, por la que sienten una preocupación desproporcionada, perdiendo de vista los objetivos de su propio papel.

Se identifican con la nación, o con la organización que representan, hasta el punto de considerar que los puntos de vista y los intereses son idénticos, es decir, perfectamente superponibles. 

Desprecian los juicios y los tribunales «terrenales» que critican su inmoralidad y su desprecio por la ética; solo serán juzgados por los dioses y por la historia y, en su mente, absolutos y reivindicados sin sombra de duda. 

Seguramente el escenario hasta es similar a otros trastornos de la personalidad (narcisismo…) pero en este caso el detonante es el poder, especialmente si va acompañado del éxito. 

Las personas en posiciones de poder pueden volverse más impulsivas, menos conscientes de los riesgos y, sobre todo, menos capaces de considerar los hechos desde el punto de vista de otras personas. 

Los síntomas pueden atenuarse o desaparecer, junto con la pérdida del poder que los «desencadenó». 

Las personas humildes, dotadas de sentido del humor, de autocrítica y de autocontrol, corren menos riesgo. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La oración del corazón y el corazón de la oración.

La oración del corazón y el corazón de la oración

En esta etapa de mi vida me sorprendo musitando a menudo “Señor, Tú sabes que te quiero”. 

Después de todo, ¿por qué no podría aplicar estas palabras a mi Señor? ¿Quién de nosotros no conoce la expresión de ternura que brota del corazón de quien ama y se dirige al amado diciéndole o incluso llamándole así: “Te quiero amor mío”? 

Quiero inspirarme en esta expresión para pensar en la oración del corazón. Consiste en invocar incesantemente el Nombre divino de Jesucristo con los labios, la mente y el corazón, imaginando su presencia constante, en toda ocupación, en todo lugar, en todo momento, incluso en el sueño. 

La oración del corazón puede expresarse con estas palabras: «¡Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador!», como solían hacer los monjes rusos, pero también puede expresarse con otras palabras, por ejemplo repitiendo con cada latido de nuestro corazón, con cada respiración que hacemos: «¡Jesús, te quiero!». 

Quien se acostumbra a esta invocación recibe de ella un gran consuelo, y siente la necesidad de recitar esta oración una y otra vez, hasta el punto de que ya no puede prescindir de ella, y fluye espontáneamente en la persona orante. 

Poco importan las palabras que utilicemos, lo que importa es que no repitamos las fórmulas sin corazón, es decir, mecánicamente, sino que estemos en ello con todo nuestro ser. 

Amamos a Dios con todas nuestras fuerzas, con nuestra voluntad, con nuestros sentimientos, pero también con nuestra debilidad, con nuestra escasez, en definitiva, tal como somos. Jesús nos acoge en nuestra pobreza y verdad. 

Creo que esos brazos que Jesús abrió de par en par en la Cruz no los cerrará sino en torno a nosotros, para rodearnos en un dulce, cálido y delicioso abrazo de amor. 

A menudo me paro a pensar en el Paraíso, a imaginar cómo será y me pregunto: pero si la tierra es tan bella (pensemos en la belleza de una aurora, de una puesta de sol, de una cascada, de la sonrisa de un niño, de una mirada enamorada, de…) y sólo vivimos unos años en esta tierra, ¿qué habrá en el Paraíso? 

La Belleza que contemplaremos en el Paraíso será Dios mismo, su sonrisa hará brillar el cielo y nos llenará de una alegría indecible. 

Cuando entonces empiezo a imaginar el momento en que el Padre abrirá sus labios para decir y con su voz suave, cálida y vibrante llenará todo el Reino de los Cielos de melodía celestial... ¡bienvenido, hijo mío, ven, entra en casa, siéntate a la mesa, me pondré a servirte! 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Vida espiritual.

Vida espiritual 

«Bienaventurado el que encuentra en ti su fuerza y ​​emprende en su corazón el camino santo» (Sal 84,6). 

¿Cómo puedo encontrar mi camino a través de la maraña de emociones, sentimientos y pensamientos que surgen? ¿Qué dirección tiene mi vida? 

Estas o similares preguntas son expresión del deseo, a veces agudo, de vivir una vida espiritual y manifiestan simultáneamente la dificultad de comprender su significado y la falta de claridad respecto al método de realización. El camino a seguir no siempre está claro. Tenemos precursores, gigantes que antes que nosotros han entrado en los caminos del Espíritu y han abierto caminos, trazado rutas, allanado senderos... Hay personas que, como nosotros, conocen la vida de Cristo y desean intensamente que esta inteligencia descienda en lo más profundo del corazón. Adquirir esa nueva perspectiva que hace que todo sea precioso. 

Pero antes de que esto ocurra es necesario mirar con honestidad y valentía, con confianza y atención nuestra condición personal de personas a veces inclinadas a una cierta “resignación”, a sentirse de algún modo insatisfechas. Experimentamos una especie de algo incompleto en lo que la falta de conexión entre las cosas que afrontamos, o más bien que nos preocupan, a veces hasta el punto de atormentarnos, fragmentar nuestras existencias... Las cosas que hacer, las personas con las que hablar, nuestros recuerdos, las mismas situaciones de defender o denunciar,…, todo esto que en sí es bueno a veces nos hace perder el centro de nosotros mismos… Preocuparnos nos lleva a estar “en todas partes” en todo lugar pero con dificultad nos encuentran en nuestra casa, allí, en nuestro “hogar”… 

El Señor responde a esta situación interior… Nos encontramos ocupados pero insatisfechos, ocupados pero sin conexión, en todas partes menos en casa... Él quiere colocarnos donde pertenecemos. Pero se necesita mucha honestidad de nuestra parte para aceptar la invitación a llevar una vida según el Espíritu. Debemos estar dispuestos a desenmascarar nuestra existencia fragmentada y preocupada para hacer surgir dentro de nosotros el deseo de un verdadero hogar del que habla Jesús cuando nos invita a buscar primero el Reino de Dios. 

El Señor no nos dice que cambiemos nuestro estilo de vida sino que cambiemos el centro de nuestra atención, nos invita a un cambio de corazón que haga que el resto sea diferente. “Buscad primeramente el reino de Dios”… “Poned vuestros corazones en el Reino”… “y todas estas cosas os serán añadidas”. Cuando estamos preocupados, es el corazón el que está en un lugar diferente, en un lugar equivocado, y necesita ser reposicionado en el centro… pero ¿dónde está ese centro? Este centro es el Reino de Dios. Tener un corazón dispuesto hacia el Reino del Padre significa tener un corazón orientado hacia la vida del Espíritu. Un corazón dispuesto a asimilar los sentimientos que fueron los del mismo Cristo. 

Estamos llamados diariamente por Jesús a entrar con Él en esta vida espiritual de adhesión a la voluntad del Padre. La vida espiritual no nos aleja del mundo, sino que nos introduce profundamente en su verdadera realidad. Consiste en haber orientado el propio corazón hacia lo único necesario, no viviendo ya la vida como fuente de preocupaciones sin fin, sino como una profunda y viva variedad de caminos a través de los cuales el Señor se hace presente entre nosotros. Es en este proceso más o menos lento de transformación que el Señor actúa en quienes experimentamos la unificación interior a partir de un centro donde habita el misterio de la vida de Dios con nosotros. 

Hay que tener presente que la vida espiritual no elimina las luchas ni los dolores de la existencia. Si pensamos en la vida de los discípulos de Jesús, nos damos cuenta de que convertirse no basta para reducir el sufrimiento. La lucha, el dolor, la enfermedad, la persecución pueden persistir en la experiencia y convertirse en el lugar de purificación elegido por Dios por donde pasar diariamente en la conciencia de que lo que sucede es el camino preferencial hacia la casa del Padre donde habita el amor de Dios. Dios cura, sana, renueva continuamente. Entonces cesa toda desesperación, desaparece el aburrimiento,…, nos sentimos conducidos a la gran compañía de los buscadores. 

Buscar el Reino de Dios” no es un método sino una actitud del corazón. Y el Señor verdaderamente y activamente cuida de nosotros. Esto lo entendemos por las palabras: “Todas estas cosas os serán añadidas”. En este viaje nos descubrimos en las manos del Señor mientras nuestras preocupaciones pierden su dominio y el Espíritu de Cristo nos conduce hacia la libertad de los hijos. 

La vida del Espíritu es un don pero el Señor invita a “Buscar el Reino de Dios”. Esta profunda determinación del corazón de buscar el Reino no es una simple aspiración sino que requiere un cierto esfuerzo, una pasión por el Reino. Necesitamos hacer espacio a Dios en nuestra vida, en lo más profundo de nuestro ser a través de la soledad: un tiempo y un espacio dedicado a Dios. Entrar en nuestra habitación y cerrar la puerta exterior e interior. Si al principio necesitamos reservar momentos de tiempo y un espacio concreto para convertirnos en un hogar tranquilo, a medida que pasa el tiempo y los años, en soledad con Dios, nos damos cuenta de que el Señor está con nosotros en todo momento y en todo lugar. Nuestra mirada podrá reconocerlo porque la soledad que antes debía estar delimitada por un lugar y un tiempo, ahora se ha convertido en una soledad vigilante del corazón. 

Y además: “Quien no nazca de nuevo no puede ver el Reino de Dios”. Pero para tal renacimiento es necesario permanecer a solas con Él… Este renacimiento se realiza en el más profundo secreto aunque los efectos sean perceptibles hasta los extremos de la tierra. Donde el corazón de Dios habla al corazón del hombre, todo se renueva. Al hacer esto aprendemos a estar con los demás de una manera nueva. A Dios se llega no por miedo a la soledad sino que aprendemos un modo diferente de hacer comunión que es dejar espacio a Dios en la propia existencia. 

A veces experimentamos cierta dificultad para percibir la presencia del Espíritu de Dios y esto hace el camino difícil, pero si permanecemos vigilantes y atentos, incluso cuando nuestro corazón no está habitado por un deseo ardiente, estamos seguros de ser conducidos a las profundidades de la Su Reino. 

De alguna manera hemos sufrido, trabajado, amado, tomado conciencia de nuestras sombras y a través de este prisma de experiencias el encuentro con Dios ya no es buscado… sino acogido y amado. La vida espiritual es una aventura porque se abre a un futuro complejo y polifacético, no determinado desde el principio, sino que depende del movimiento de nuestra libertad y de la gracia de Dios. 

En las encrucijadas y en los puntos de inflexión encontramos los mayores riesgos. Allí donde se cruza un umbral o hay que realizar un paso, normalmente se está en un punto decisivo en la continuación del viaje. El término “Krino” -de donde deriva el término ‘crisis’- evoca la encrucijada, la separación, la decisión… Es en el momento de crisis cuando y donde me sitúo en la encrucijada de caminos. 

El santo es un hombre consciente de que cada momento de nuestra vida humana es un momento de crisis. En efecto, estamos llamados en cada momento a tomar una decisión de gran importancia: ¡elegir entre el camino que lleva a la muerte y a la oscuridad espiritual y el que lleva a la luz y a la vida…!” (Aldous Huxley, La filosofía perenne). 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Cuando el amor es verdadero…

Cuando el amor es verdadero… 

Cuando el amor es verdadero, el otro es siempre reconocido como un don que hay que acoger y custodiar con gratitud y cuidado. 

Cuando el amor es verdadero, el otro nunca es reducido a objeto, sino a persona ante la cual hay que estar con respeto y atención. 

Cuando el amor es verdadero, nunca teme dar el primer paso. 

Cuando el amor es verdadero, no teme asumir la condición de ser amado. 

Cuando el amor es verdadero, no teme ser acogido. 

Cuando el amor es verdadero, se hace compañía a quien sufre soledad. 

Cuando el amor es verdadero, se hace apoyo a quien vacila. 

Cuando el amor es verdadero, se hace perdón a quien nos ha ofendido. 

Cuando el amor es verdadero, se comparte el camino con quien nos pide recorrer un tramo de camino juntos. 

Cuando el amor es verdadero, se respeta la diferencia del otro. 

Cuando el amor es verdadero, se muestra ternura hacia quien nos muestra rigidez. 

Cuando el amor es verdadero, se presta atención a quien pide ayuda. 

Cuando el amor es verdadero, se muestra interés por quien nos tiende una mano. 

Cuando el amor es verdadero, se muestra capacidad para captar la demanda no expresada que a veces aflora en el rostro antes que en los labios. 

Cuando el amor es verdadero, se hace disponible para sentir lo que siente el otro. 

Cuando el amor es verdadero, se hace disponible para salvar siempre y en cualquier caso a la persona y no sacrificarla a una supuesta verdad abstracta. 

Cuando el amor es verdadero, se expresa como la capacidad de hacer frente a lo inesperado llegando a revisar incluso su propio programa de compromisos. 

Cuando el amor es verdadero, se conjuga como la disponibilidad para llevar el peso del otro, sabiendo que a veces el otro mismo puede convertirse en una carga. 

Cuando el amor es verdadero, nunca pone en peligro la vida del otro para salvar la propia. 

Cuando el amor es verdadero, nunca pone el prejuicio de que para dar hay que tener. 

Cuando el amor es verdadero, también está dispuesto a sufrir para no romper el vínculo en los momentos en que la soledad o nuestra vulnerabilidad se manifiestan con mayor evidencia. 

Cuando el amor es verdadero, vuelve a anudar pacientemente los hilos cuando los vínculos pueden estar en riesgo. 

Cuando el amor es verdadero, se expresa como la capacidad de esperar, de no alargar el paso cuando el otro no es capaz de sostener el nuestro, de sentarse con el otro al borde del camino esperando que vuelva el aliento y las ganas de retomar el camino. 

Cuando el amor es verdadero, adquiere un rostro solo a partir de la relación que mantiene. El Padre, de hecho, no tiene nombre. El suyo es un nombre de relación: es Padre porque tiene un Hijo. 

Cuando el amor es verdadero, se expresa en la alegría del encuentro, sin dar nunca la espalda, incluso cuando el hombre debería hacerlo. Un Dios que desde el cuarto alto de su casa escruta el horizonte para captar su regreso. Según este amor, el mismo día de la separación se convierte en el de la promesa de que por ningún motivo abandonaría al hombre. 

Cuando el amor es verdadero, no conoce ni la venganza ni el ajuste de cuentas, sino solo la alegría del abrazo y la fiesta. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Activar la inteligencia del corazón.

Activar la inteligencia del corazón

Estamos rodeados de inteligencia artificial, y eso es una buena noticia; sin embargo, estamos invadidos por discursos sobre la inteligencia artificial, y eso es una muy mala noticia. De hecho, tantas veces parece que no hay nada más de qué hablar y sobre qué reflexionar, y así, una vez más, resuenan las seductoras palabras que prometen un futuro radiante. Hay infantilismo, en el mejor de los casos, e idolatría, en el peor, en la actual celebración de la Inteligencia Artificial. Que, como todo verdadero ídolo, brilla pero también ciega, llegando a ocupar todo el escenario. 

Evidentemente, no se trata de desconocer el potencial de esta magnífica herramienta, pero tampoco se pueden pasar por alto las alucinaciones y las ilusiones que, a pesar de toda la buena voluntad individual, se coagulan en torno a este nuevo, aunque momentáneo, protagonista de nuestra actualidad. 

La última carta encíclica del Papa Francisco no hablaba de la Inteligencia Artificial, y eso era una excelente noticia. En las páginas de Dilexit nos se prefería hablar del corazón y, por consiguiente, del amor, del corazón como vía de acceso al amor. 

Todo el argumento, que en última instancia pretende llamar la atención sobre el amor humano y divino del corazón de Jesucristo, se articula en torno a dos convicciones fundamentales, si se puede expresar así, que tienen el mérito, dado el tema, de evitar las trampas del sentimentalismo y la emotividad. 

La primera de estas convicciones era que «el núcleo de todo ser humano, su centro más íntimo, no es el núcleo del alma, sino de toda la persona en su identidad única, que es alma y cuerpo. Todo se unifica en el corazón, que puede ser la sede del amor con todos sus componentes espirituales, psíquicos e incluso físicos» (Dilexit nos 21). 

Más allá de la oposición entre alma y cuerpo, pero al mismo tiempo también más profundamente que la unidad entre alma y cuerpo, el corazón se configuraría así como el secreto más íntimo y misterioso del ser humano en cuanto sede y fuente del amor, de ese amor —que es el rasgo fundamental de la antropología cristiana, es decir, de esa visión del hombre instruida por la forma de vivir y hablar de Jesús el Nazareno —que es la carne misma de toda existencia humana, de toda la existencia humana y no solo de su «dimensión emocional», «porque todo ser humano ha sido creado ante todo para el amor, está hecho en lo más profundo de su ser para amar y ser amado» (Dilexit nos 21). 

La segunda «convicción» en el origen del texto del Papa Francisco era que «la palabra “corazón” no puede ser explicada de manera exhaustiva por la biología, la psicología, la antropología o cualquier ciencia. Es una de esas palabras originarias “que indican la realidad que corresponde al hombre en su totalidad como persona corporal y espiritual”». 

Esta palabra originaria no puede explicarse de manera agotadora por la ciencia, más precisamente por las ciencias individuales, precisamente porque, al ser originaria, es ella misma la luz que ilumina la escena, el todo, en cuyo interior puede surgir y desarrollarse toda explicación: «Así, el biólogo no es más realista cuando habla del corazón, porque solo ve una parte, y el conjunto no es menos real, sino aún más. Ni siquiera un lenguaje abstracto podría tener el mismo significado concreto y, al mismo tiempo, global» (Dilexit nos 15). 

El término «corazón» remite a una dimensión de la existencia humana cuya naturaleza misteriosa escapa al alcance de la comprensión científica: este misterio, de hecho, no coincide con lo desconocido del que habla y que apasiona a la ciencia. En este sentido, «en la era de la inteligencia artificial, no podemos olvidar que para salvar al hombre se necesitan la poesía y el amor» (Dilexit nos 20), y tampoco podemos negar que, incluso solo para intentar «leer e interpretar» la trama sutil y enmarañada de la experiencia humana, es necesario el corazón de la poesía y del amor. 

La encíclica hablaba de lo «ordinario-extraordinario» de esos «miles de pequeños detalles que componen las biografías de todos» (Dilexit nos 20), lo ordinario-extraordinario que nunca podrá estar entre los algoritmos, que nunca podrá ser leído y apreciado por los algoritmos, y no porque estos estén mal formulados, sino porque es su propia fórmula, la potencia de su fórmula, la que no es capaz de apreciarlos precisamente en su extraordinaria pequeñez. 

Refiriéndose a San Pablo - «Me amó y se entregó por mí» Gálatas 2,20 -, el Papa Francisco escribía: «La entrega de Cristo en la cruz lo sometía, pero solo tenía sentido porque había algo aún más grande que esa entrega: ‘Me amó’». Cuando muchas personas buscaban la salvación, el bienestar o la seguridad en diversas propuestas religiosas, San Pablo, conmovido por el Espíritu, supo mirar más allá y maravillarse de lo más grande y fundamental: «Me amó»» (Dilexit nos 46). 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

De los ojos al corazón.

De los ojos al corazón 

Seguramente conocemos el dicho: “Los ojos son la ventana del alma”. ¿Quién de nosotros no ha experimentado que, cuando hay un entendimiento profundo con otra persona, nos entendemos incluso sólo con una mirada, sin necesidad de palabras? Una madre puede saber por la expresión de los ojos de su hijo si está triste o feliz, si está molesto o le está ocultando algo... 

Los ojos son verdaderamente el espejo del alma. A través de ellos puedes leer lo que hay en el corazón de una persona. «El rostro alegre –dice la Escritura– (y, por tanto, los ojos alegres) son signo de un corazón bueno» (Eclo 13,26). El ojo no sólo es uno de los cinco sentidos que permite que la luz, los colores, la realidad entren al hombre, sino que también es el órgano, tanto físico como espiritual, de donde irradia la luz o emana la oscuridad que nos da vida en nuestro interior. 

Jesús es la Luz del mundo (Jn 8,12) y el cristiano es en este mundo como una lámpara que, a través del Bautismo, recibe la luz de Cristo y debe alimentarse continuamente de esta fuente para poder iluminar a todos los que encuentra en su camino, para que todos lleguen al conocimiento de Dios y puedan dirigirse a Él llamándolo: Padre. 

La lámpara de tu cuerpo es el ojo” (Lc 11,34). Lo que la lámpara es para la casa, el ojo es para el cuerpo: la ventana por donde entra la luz. El ojo del discípulo no es como el de quien «ve y no ve» (Lc 8,10), sino como el de aquellos ojos que Jesús llama «bienaventurados» porque le ven» (Mt 13,16). Él es de hecho esa Luz que ilumina el corazón. El ojo está conectado con el corazón: a través de lo que ve transmite cosas bellas, agradables y deseables, recurriendo a la búsqueda de lo que le atrae. Es la puerta por donde el corazón recibe y da.

 

Si tu ojo es sencillo, todo tu cuerpo estará lleno de luz; pero si es malo, también tu cuerpo está en tinieblas” (Lucas 11:34). Sencillo es ese ojo que no conoce duplicidad, en el que se puede leer lo que hay en el corazón y en la mente. El mal de ojo expresa un corazón malo, refractario a la luz, que se esconde y se atrinchera en complicaciones e hipocresías para no reconocerse como tal y no convertirse. El ojo simple reconoce tanto el Amor de Dios como su propio pecado. Esta es la conversión que hace brillar su cuerpo y cambia su vida. El mal de ojo, por el contrario, prefiriendo la oscuridad a la luz, permanece en su propia ceguera. 

El ojo solo no ve: para ser él mismo, necesita luz. Así pues, el hombre, para ser él mismo, necesita de Dios: “Si, pues, todo tu cuerpo está lleno de luz, y no tienes parte alguna en tinieblas, todo estará luminoso, como cuando una lámpara te alumbra” (Lucas 11, 36). 

La oración y la vigilancia nos conducen a la conversión continua. Esto disuelve gradualmente la oscuridad dentro de nosotros y todo nuestro cuerpo se vuelve luminoso, a imagen del de Cristo. La vida cristiana, nacida a la luz mediante el Bautismo, es un crecimiento en luminosidad. Es una vida que revela el rostro del Padre, configurándose a Él a través de la misericordia que nos hace hijos suyos. En este camino el ojo se vuelve cada vez más claro y el corazón cada vez más puro, hasta que toda oscuridad se disuelve. Entonces estaremos completamente inmersos en el fuego del Amor de Dios y capaces de iluminar. 

La vida depende de la mirada. Y de la mirada depende la vida. Nuestra vida depende de la manera en que miramos a las personas, las cosas, la historia, a nosotros mismos. Jesús nos invita a tener una mirada luminosa y nos da la gracia de hacerlo. 

¿Nuestros ojos son serenos y transparentes, como los de un niño, o son oscuros y tristes? ¿Expresan un corazón puro y pacífico o nuestras laceraciones internas se reflejan en nuestros ojos? ¿Los demás reciben con agrado nuestra mirada o nuestros ojos asustan a quienes nos miran? ¿Podemos leer en él lo que pensamos y lo que hay en nuestro corazón? ¿Son amigables o poco acogedores? ¿Muestran amor o algo más…? 

En este punto me gustaría hacerte una pregunta más: ¿te has preguntado alguna vez cómo son los ojos de Jesús? ¡Yo sí! No veo la hora de contemplarlos en persona y perderme, o mejor dicho, reencontrarme, en definitiva sumergirme en ellos. Por supuesto no me refiero a su color, eso no importa, sino a su brillo, transparencia, pureza. 

¿Seremos capaces de sostener la profundidad de su mirada? “No hay cosa creada oculta a su vista, sino que todas las cosas están desnudas y expuestas a sus ojos, y a él tenemos que dar cuenta” (Heb 4,13). Preparémonos para el encuentro más importante de nuestras vidas con aquella mirada que salva. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 19 de abril de 2026

No demasiado rápido.

No demasiado rápido 

Ya estamos otra vez. 

Ya desde el final del funeral del Papa Francisco aparecieron, entre la multitud, manifestaciones y se escucharon cánticos que reclamaban: «santo subito». 

Todos recordamos que las mismas pancartas y los mismos cánticos aparecieron también en la muerte del Papa Juan Pablo II o del Papa Benedicto XVI. 

En el caso del Papa polaco, se puede decir que la Iglesia oficial aceptó la petición y canonizó, a toda prisa, a Juan Pablo II. Digo a toda prisa, teniendo en cuenta los plazos que normalmente se requieren para llegar a la canonización. 

El amor por el Papa Francisco es evidente en algunos de nosotros. Pero no es necesario convertirlo en santo de inmediato. 

El Papa Juan Pablo II murió en 2005, fue declarado beato en 2011 y canonizado en 2014, solo nueve años después de su muerte, junto con el Papa Juan XXIII. Este, sin embargo, había fallecido en 1963 y, por lo tanto, tardó 51 años en subir a los altares. 

Un observador externo, no especialmente versado en asuntos de la Iglesia y la Curia, podría concluir que el P Juan Pablo II fue un santo formidable, mientras que el Papa Juan XXIII fue un santo más o menos: 51 años son realmente unos cuantos años. Conclusión inevitable cuando no se siguen las reglas y las prácticas. 

La petición que se repite dice algo obvio que ya se sabe y se sabe bien: mucha gente, y muchos creyentes en particular, hemos querido al Papa Francisco. Y esa simpatía impulsa esa petición. Sin embargo, ante una petición tan obvia, vale la pena recordar algunas verdades, al menos tan obvias como la petición. 

En primer lugar, se puede amar a un hombre de Iglesia sin que sea santo. Todos recordamos a un presbítero, a un laico, a un pariente… a quien, si dependiera de nosotros, pondríamos inmediatamente en los altares. Pero esa persona amada y admirada como gran creyente no ha acabado en los altares y nunca acabará allí. Esto no impide ni nuestra admiración ni nuestra convicción: ese presbítero, esa persona que conocí y admiré, es un santo. 

Esto, por cierto, no solo se aplica a los creyentes particulares y desconocidos, sino también a ilustres hombres de Iglesia. 

Volviendo al Papa Juan XXIII, durante los más de cincuenta años en los que aún no era santo, multitudes de peregrinos siguieron visitando los lugares de la vida y la muerte del «Papa Bueno», quien, por lo tanto, era considerado universalmente «bueno» incluso antes de ser elevado a la gloria de los altares. Se podrían citar cientos de casos similares. El Papa Francisco los llamó «los santos de la puerta de al lado».

Si se piensa que el Papa Francisco es un santo, no se pierde nada por dedicar unos años a reflexionar sobre esa historia de santidad. 

Hasta entiendo que detrás del deseo de su declaración como santo no se revele tanto una pasión particular por la santidad sino que más bien se pida que la Iglesia sancione nuestras convicciones, nuestras emociones, nuestros afectos. 

Y, sin embargo, si se piensa que el Papa Francisco es un santo, no se pierde nada si se dedican algunos años a reflexionar sobre esa historia de santidad, para comprenderla más a fondo. De modo que esa figura sea realmente una figura que hable a todos, y no solo a algunos: al fin y al cabo, es mejor una convicción serena de muchos que una pasión ardiente de pocos. 

En otras palabras, es mejor que la Iglesia vuelva a los tiempos de la sabiduría, tiempos largos también a la hora de proclamar a sus santos. Además, ya hay muchos santos (y los Papas de épocas cercanas a nosotros son casi todos santos) y yo no soy más santo solo porque la Iglesia haya proclamado, con toda prisa, a un nuevo santo. Ser santo es posible. Pero no de inmediato. 

«Era un hombre de Dios, pero no es necesario convertirlo en santo»: así se podía resumir el juicio del Cardenal Carlo Maria Martini sobre la santidad del Papa Juan Pablo II, tal y como se desprende de la «declaración» como testigo que figura en las actas del proceso. 

Mutatis mutandis, y de manera análoga, hasta se podría decir del Papa Francisco. 

Yo creo que sobre la conveniencia o no de beatificar y canonizar a los Papas, dado que ya son conocidos y divulgados en cada acto y palabra, habría que contemplar si no es hasta más «provechoso», para la vida de los cristianos, señalar a personas ejemplares que vivieron en el anonimato la santidad. 

Con lo que, en otras palabras, hasta pienso que es mejor elegir a los santos entre la gente común. Porque, así lo creo, estamos llenos - sobresaturados - de causas que atañen a personajes muy conocidos (papas, obispos, presbíteros, mártires, monjas y monjes,…) y me parece más conveniente buscar más bien a los santos desconocidos, por ejemplo y especialmente laicos, es decir, a los miembros del estamento "llano" del Pueblo de Dios, a aquellos del Pueblo Profético, Real y Sacerdotal que son los que constituyen una novedad en la forma de vivir el Evangelio en la vida cotidiana de su condición laical… y que es la mayoritaria. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La fuerza bruta tiene miedo del Crucificado.

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