Jesús: vid y vino de fiesta - San Mateo 21, 33-43 -
I
Viñedo de uvas
silvestres en Isaías, vendimia de sangre en Mateo: son las decepciones de Dios.
La parábola entona
el canto del amor defraudado, canto, sin embargo, de una pasión que ninguna
decepción puede apagar, que no se rinde, que siempre toma nuevos rumbos, que
nunca se queda sin maravillas, que tras cada rechazo vuelve a asaltar el
corazón con nuevos profetas, con nuevos siervos, con el Hijo y, por último, con
las piedras desechadas.
Para todo labrador,
la viña es el campo predilecto. La viña y la pasión de Dios son mi vida. Su
objetivo es dar fruto; su riesgo es la inutilidad. Porque viene el Vendimiador,
viene cada día, viene en las personas que buscan pan, consuelo, el Evangelio,
justicia, amor. Viene en aquellos que a veces nos piden un poco de valor para
seguir viviendo, para no dejarse llevar.
¿Qué le daremos?
¿Un vino de fiesta o uvas verdes?
Yo soy la viña y la
decepción de Dios. Y si el Reino, al final, se entrega a otro, tal vez comience
de nuevo la cuenta de la esperanza y la decepción.
Así es nuestro
Dios: en Él, el lamento nunca prevalece sobre la esperanza. Y el fruto de
mañana cuenta más que el rechazo de ayer. El bien posible y esperado vale más
que la derrota sufrida. Un pacto de amor admirable y terrible.
Pero hay más.
La parábola del
amor defraudado no concluye con un fracaso. Entre Dios y el hombre, las
derrotas solo sirven para que el amor de Dios triunfe con mayor fuerza. La
solución de los judíos es lógica: más sangre, nuevos jornaleros y nuevos
tributos. Se reanuda el ciclo inmutable de dar y recibir, nada cambiará
realmente.
Jesús introduce la
novedad del Evangelio: Dios no desperdicia la historia en venganzas; su Reino
es una casa nueva cuya piedra angular es Cristo, una viña nueva donde la vid
verdadera es Jesús.
Con una imagen muy
bella, alguien ha dicho que: «el arca tenía una viña por vela» -
Lanza del Vasto -. El arca salva a la humanidad y avanza sobre las aguas de
estos diluvios ininterrumpidos impulsada por una vela nueva en la que sopla el
viento de Dios y que marca el rumbo, una viña que es Jesús.
En mí debe dar
fruto, germinando, la semilla de Cristo, y crecerá la vela del arca.
El Reino será
entregado a un pueblo que lo hará fructificar. Es la última maravilla, la
última victoria de un amor ilógico. La viña será entregada a quien sepa
producir los buenos frutos que Isaías enumera: esperaba justicia, aguardaba
rectitud, que no hubiera más gritos de oprimidos, que no hubiera más sangre.
El fruto que el
Señor espera no tiene que ver con su propio interés, sino con el rostro de sus
hijos, que ya no sea humillado: la pasión de Dios, a la vez su sufrimiento y su
deseo.
El mundo es de
Dios, pero se entrega a quien lo hace mejor, a quien hace crecer viñedos como
velas para el arca de su historia.
II
Viñedo de uvas
silvestres en Isaías, vendimia de sangre en el Evangelio de Mateo: son las
decepciones de Dios. Así soy yo, viñedo y decepción de Dios.
Isaías y Mateo
narran el cuidado apasionado de quien plantó la viña, la rodeó como un abrazo,
cavó en ella un lagar, erigió una torre y luego la confió al cuidado de otros:
y así comienza la historia eterna de un amor y una traición.
Por un lado, la
nobleza de espíritu del dueño; por otro, la brutalidad violenta y estúpida de
los labradores. Sin embargo, la traición del hombre no es capaz de detener el
plan de Dios: la viña dará fruto y Dios no malgastará su eternidad en
venganzas.
En los viñedos es
temporada de frutos. En nosotros, en cambio, la vendimia tiene lugar cada día,
llega con las personas que buscan pan, el Evangelio, justicia, un poco de valor
y un rayo de luz.
¿Qué encuentran en
nosotros? ¿Vino bueno o uvas verdes?
Todos caemos en el
error de los jornaleros: la actitud estéril de calcular y tomar lo que la viña
(que es el Estado, la Iglesia, el grupo, la familia, la comunidad) y los demás
nos pueden dar. En lugar de preocuparnos por lo que nosotros podemos aportar,
hacer nacer y madurar.
Nos arrogamos el
papel de vendimiadores, en lugar del de servidores de la vida. Es más, mi
verdadero papel es el de una pequeña vid, de un sarmiento injertado en Cristo,
llamado a dar fruto, sin contar, por el bien y la alegría de los demás.
El sabor profundo
de este fruto lo expresa Isaías: «Esperaba justicia, aguardaba rectitud, no
más gritos de oprimidos, no más sangre». El fruto que Dios espera es
una historia que ya no genere oprimidos, sangre, injusticia ni rostros
humillados.
«¿Qué
hará el dueño de la viña, tras el asesinato de su Hijo?» La solución
propuesta por los judíos es lógica: una venganza ejemplar, nuevos jornaleros,
nuevos tributos. Su idea de justicia es dar un paso atrás, volver a la
situación anterior al crimen, manteniendo intacto el ciclo inmutable del dar y
el recibir.
Pero Jesús no está
de acuerdo e introduce la novedad propia del Evangelio. El sueño de Dios no es
el tributo pagado, sino una viña que ya no madure racimos rojos como la sangre
y amargos como las lágrimas, sino racimos rebosantes de sol y de luz.
Por eso ha venido Jesús,
vid y vino de fiesta. En Él me afianzo, en Él me injerto, de Él me sacio, de Él
disfruto. Crezco en Él, que llena de vida los caminos del mundo y de buen vino
las jarras de Caná.
III
¿Qué más tenía que
hacer en mi viña que no haya hecho ya?
Es hermosa esta
imagen de Isaías de un Dios apasionado, que hace por mí lo que nadie hará
jamás; un Dios labrador que, como todo labrador, dedica a la viña más corazón y
más cuidados que a cualquier otro campo.
Dios siente por mí
una pasión que ninguna decepción apaga, que nunca se queda sin maravillas, que
vuelve a asaltar mi corazón tras cada rechazo mío.
En primer lugar,
antes de cualquier acción, quiero detenerme en esta experiencia: sentir que soy
una viña amada, dejarme amar por Dios. No soy más que una vid diminuta, pero a
mí, precisamente a mí, Dios no quiere renunciar.
El fruto que Dios
espera es como el de la vid: si cada árbol se preocupara solo de sí mismo, solo
de reproducirse, bastarían unas pocas semillas cada muchos años, un solo fruto.
En cambio, cada
otoño, hay una abundancia de frutos, una magnífica generosidad ofrecida a
todos, al hombre, al pequeño insecto, a la tierra nutricia: la generosidad de
la naturaleza es un modelo para el corazón del hombre.
Pero la parábola
avanza en un ambiente de amargura y violencia. Me parece intuir su origen en
las palabras de los jornaleros, insensatas y brutales: «Este es el heredero, ¡venid,
matémoslo y nos quedaremos con la herencia!».
Escuchan esa voz
primordial y brutal que dice: ocupa el lugar del otro, elimínalo y tendrás su
campo, su casa, su mujer, su dinero. Sé el más fuerte, el más cruel, el más
astuto y serás tú el jefe.
Este es el origen
de todas las vendimias sangrientas de la tierra.
«¿Qué
hará el dueño de la viña tras el asesinato de su hijo?»
La solución
propuesta por los judíos es lógica: una venganza ejemplar, nuevos jornaleros,
nuevos tributos. Su idea de justicia es hacer retroceder las cosas un paso,
hasta antes del crimen, manteniendo intacto el ciclo inmutable de dar y recibir.
Jesús no está de
acuerdo: el Reino de Dios se entregará a un pueblo que produzca sus frutos. El
sueño de Dios no es el tributo finalmente pagado, ni la pena cumplida, ni las
cuentas cuadradas, sino una viña que ya no madure racimos rojos como la sangre
y amargos como las lágrimas, sino racimos cálidos como el sol y rebosantes de
luz.
Más allá de la
metáfora, Dios sueña con una historia que no sea una guerra por las posesiones,
una batalla por el poder, sino una vendimia de generosidad y paz, racimos de
justicia y honestidad. Y tal vez incluso granos de Dios entre nosotros.
La visión de Jesús
es positiva: la historia eterna del amor de Dios y de mi traición no se
resuelve en una derrota; mi pecado no frustra el plan de Dios.
El desenlace de la historia
será bueno, la viña será generosa en frutos, el Señor no desperdiciará los días
de la eternidad en venganzas.
IV
El hombre del
campo, nuestro Dios campesino, mira su viña con ojos de amor y la rodea de
cuidados: ¿qué más podía hacer por ti que no haya hecho ya? Canto de amor
de un Dios apasionado, que hace por mí lo que nadie hará jamás.
¿Qué cosecha espera
el Señor? Isaías: «Esperaba justicia, esperaba rectitud, ¡no
más gritos de oprimidos, no más sangre!». El fruto que Dios espera es
una historia que ya no genere oprimidos, sangre e injusticia, huidas
desesperadas y naufragios.
En los viñedos es
tiempo de vendimia. Para nosotros lo es cada día: vienen personas, buscan pan,
el Evangelio, justicia, valor, un rayo de luz. ¿Qué encuentran en nosotros?
¿Vino bueno o uvas verdes?
La parábola avanza,
sin embargo, hacia un horizonte de amargura y violencia. En contraste con la
bajeza de los jornaleros, emerge la grandeza del Dios campesino, un Señor que
no se rinde, que nunca se queda sin maravillas, que no nos abandona y que, tras
cada rechazo, vuelve a asaltar el corazón con nuevos profetas y siervos, y
finalmente con el Hijo.
«¡Este
es el heredero, matémoslo y la herencia será nuestra!». La parábola es
clara: la viña es Israel, los labradores codiciosos son las autoridades
religiosas, que matarán a Jesús tachándolo de blasfemo.
El motivo es el
mismo: el interés, el poder y el dinero, ¡quedarse con la cosecha y la
herencia!
Es la voz oscura
que grita en cada uno: sé el más fuerte, el más astuto, no te preocupes por la
honestidad, y serás tú el jefe, el rico, el primero. Esta embriaguez por el
poder y el dinero es el origen de todas las vendimias de sangre de la tierra.
¿Qué hará el dueño? La respuesta de las autoridades se ajusta a la lógica judicial: una
venganza ejemplar, nuevos jornaleros, nuevos tributos. Su idea de justicia se
basa en eliminar a quien se equivoca. Jesús no está de acuerdo. Él no habla de
matar, nunca; su objetivo es hacer que la viña dé fruto: se entregará a un
pueblo que produzca frutos.
La historia eterna
de amor y traiciones entre Dios y el hombre no concluirá ni con un fracaso ni
con una venganza, sino con la oferta de una nueva oportunidad: entregará la
viña a otros.
Entre Dios y el
hombre, las derrotas solo sirven para resaltar aún más el amor de Dios.
El sueño de Dios no
es ni el tributo finalmente pagado (ya no habla de ello) ni la condena a un
castigo ejemplar para quien ha errado, sino una viña, un mundo que ya no madure
racimos rojos como la sangre y amargos como las lágrimas, que no sea una guerra
perpetua por el poder y el dinero, sino que madure una cosecha de justicia y
paz, la revolución de la ternura, el triple cuidado de uno mismo, de los demás y
de la creación.
V
Jesús amaba los
viñedos, debía conocerlos muy bien y seguramente también había trabajado en
ellos. Los observaba con ojos de amor y de ahí surgían las parábolas; los
Evangelios recogen nada menos que seis.
Y adoptó la vid
como su propio símbolo («Yo soy la vid y vosotros los sarmientos»,
Jn 15,5) y al Padre le dio el nombre y la imagen de viñador (Jn 15,1).
Lanza del Vasto
tituló uno de sus libros con esta imagen visionaria: «El arca tenía una viña por vela».
El arca de nuestra historia, la que salva a la humanidad, el arca que flota
sobre las aguas de estos diluvios incesantes y las atraviesa, es impulsada por
una vela que es Cristo-vid, de la que todos somos sarmientos. Juntos captamos
el viento de Dios, el viento del futuro. Nosotros somos la vela, Dios el
viento.
Pero Jesús nos
habla de una viña con una vendimia de sangre y traición. La parábola es clara.
La viña es Israel, somos nosotros, soy yo: todos juntos esperanza y decepción
de Dios, hasta las últimas palabras de los jornaleros, insensatas y brutales: «Este
es el heredero; ¡venid, matémoslo y quedémonos con la herencia!».
El motivo es tener,
poseer, tomar, acumular. Esta embriaguez por el poder y el dinero es el origen
de las vendimias de sangre de la tierra, «raíz de todos los males» (1 Tim
6,10).
Y, sin embargo,
¡qué reconfortante es ver que Dios no se rinde, que nunca se queda sin
maravillas y que, tras cada traición, vuelve a asaltar el corazón con otros
profetas, con nuevos siervos, con el Hijo y, por fin, incluso con las piedras
desechadas!
La parábola
concluye: «¿Qué hará el dueño de la viña tras el asesinato de su Hijo?».
La solución
propuesta por los judíos es lógica: una venganza ejemplar y luego nuevos
labradores que paguen lo que le corresponde al dueño. Jesús no está de acuerdo;
Dios no desperdicia su eternidad en venganzas.
Y, de hecho,
introduce la novedad propia del Evangelio: la historia perenne del amor y la
traición entre el hombre y Dios no concluye con un fracaso, sino con una viña
nueva.
«El
reino de Dios será entregado a un pueblo que produzca sus frutos». Y
hay un gran consuelo en estas palabras.
Mis dudas, mis
pecados, mi campo estéril no bastan para interrumpir la historia de Dios. Su
proyecto, que es un vino de fiesta para el mundo, es más fuerte que mis
traiciones, y avanza a pesar de todas las fuerzas contrarias; la viña
florecerá.
Lo que Dios espera
no es que finalmente se pague el tributo o se cumpla la pena, sino una viña que
ya no dé racimos rojos como la sangre ni amargos como la tristeza, sino racimos
cálidos como el sol y dulces como la miel; una historia que no sea una guerra
por las posesiones, ni batallas por el poder, sino que produzca una vendimia de
bondad, un fruto de justicia, racimos de honestidad y, tal vez, incluso granos
o gotas de Dios entre nosotros.
VI
Jesús amaba los
viñedos: habló de ellos, en seis ocasiones, como parábolas del Reino; vio en
ellos un símbolo fuerte y dulce («Yo soy la vid y vosotros los sarmientos»,
Jn 15,5); y describió al Padre como un viticultor («Yo soy la vid verdadera y el
Padre es el viñador», Jn 15,1).
Pero el Evangelio
nos habla de una vendimia de sangre. Una parábola dura, que preferiríamos no
haber escuchado, sombría, con personajes malvados, casi feroces, y esto se debe
a que la realidad que rodea a Jesús se ha vuelto cruel: está hablando a quienes
preparan su muerte.
El horizonte de
amargura y violencia hacia el que se dirige la parábola ya es evidente en las
palabras de los labradores, insensatas y brutales: «Este es el heredero; venid,
matémoslo y la herencia será nuestra».
¿Pero qué manual de
derecho civil han leído jamás? Está claro que no es el derecho lo que les
inspira, sino esa fuerza primordial y brutal, originaria y estúpida, que nos
susurra: debes dominar al otro, ocupar su lugar, y entonces tendrás su campo,
su casa, su mujer, su dinero.
Qué diferente es
Dios, que, tras cada traición, vuelve a enviar siervos, otros profetas y,
finalmente, a su Hijo; que nunca se queda sin sorpresas ni esperanza: «¿Qué
más debía hacer en mi viña que no haya hecho ya?»
Yo, nosotros, somos
la viña y la decepción de Dios, y Él, agricultor apasionado, sigue haciendo por
mí lo que nadie hará jamás. Hasta el giro de la historia: al final, ¿qué
hará el señor de la viña?
La solución
propuesta por los líderes del pueblo es trágica: matar de nuevo, acabar con los
jornaleros deshonestos, arreglar las cosas recurriendo a una dosis mayor de
violencia. Venganza, muerte, fuego del cielo.
Pero no sucederá
así. Este no es el rostro, sino la máscara de Dios.
De hecho, Jesús
introduce la novedad propia del Evangelio: la historia de amor y traiciones
entre el hombre y Dios no concluirá con un fracaso, sino con una viña viva y un
nuevo comienzo lleno de confianza: «Por eso os digo: el Reino de Dios será
entregado a un pueblo que produzca sus frutos».
Encuentro en estas
palabras un gran consuelo: siento que mis dudas, mis pecados, mi esterilidad no
frenan la historia de Dios; ese sueño suyo de buen vino sigue avanzando de
todos modos, nada lo detiene.
La viña dará su
fruto, porque aún hay quienes sabrán defenderla y hacerla fructificar. Están
ahí, están surgiendo, nacen por todas partes, y Él sabe verlos: buenos jornaleros
que custodian la viña en lugar de saquearla, que sirven a la humanidad en lugar
de servirse de ella. Los guardianes de la fecundidad.
En la viña de Dios
es el bien el que revoca el mal. La vendimia de mañana será más importante que
la traición de ayer. Los racimos rebosantes de jugo y de sol redimirán incluso
la esterilidad de estos inviernos nuestros, ansiosos de luz.
VII
La parábola es a la
vez sombría y transparente: la viña es Israel, el mundo, soy yo. Una viña que
produce uvas silvestres, en Isaías; una vendimia de sangre, en Mateo. Yo soy la
viña y la decepción de Dios.
La parábola es dura
y se encamina hacia un desenlace sangriento, ya evidente en las primeras
palabras de los jornaleros, insensatas y brutales: «¡Este es el heredero, matémoslo y
la herencia será nuestra!».
Pero también es una
rendija en el corazón de Dios: Jesús amaba las viñas, como ya lo habían hecho
los profetas, y esto se entiende desde el principio: un hombre, con gran
esmero, plantó, rodeó, cavó, construyó.
Jesús observa al
hombre del campo, nuestro Dios labrador: lo ve mientras contempla su viña con
ojos de enamorado y la rodea de cuidados.
Luego, los profetas
entonan el lamento del amor defraudado: «El guardián se ha convertido en depredador»
(Laudato si’), pero al mismo tiempo narran la pasión indomable del Dios de las
viñas, que no se rinde, que nunca se queda sin maravillas, que por tres veces,
tras cada decepción, reanuda su asedio al corazón, con nuevos profetas, nuevos
siervos, incluso con su propio hijo.
¿Qué más podía
hacer por ti que no haya hecho ya? Palabras de un
Dios apasionado y triste, que sigue haciendo por mí lo que nadie hará jamás.
Hasta el giro
decisivo del relato: al final, ¿qué hará el señor de la viña? La
respuesta de los jefes es trágica: seguir con la misma lógica, matar, eliminar
a los asesinos, recurrir a una violencia aún mayor. Venganza, muerte, más
sangre.
Pero no sucederá
así. Este no es el rostro, sino la máscara de Dios.
La parábola no
concluye en el desamor ni en la venganza, sino en una confianza inmotivada,
unilateral, asimétrica, porque entre Dios y el hombre las derrotas solo sirven
para resaltar aún más el amor.
La viña de Dios
será entregada a un pueblo que produzca sus frutos. Y entonces volverá a
empezar la cuenta, y el riesgo, de la esperanza. Así es nuestro Dios: en Él, el
lamento nunca prevalece sobre el futuro.
Hay un pueblo, hay
un hombre, sin duda está naciendo, quizá ya esté en acción, alguien capaz de
hacerla fructificar. Hay, y están surgiendo, en mil pequeños viñedos secretos,
buenos cultivadores que custodian la viña en lugar de saquearla, que ponen su
propio yo al servicio de la humanidad, en lugar de poner a los demás al
servicio de su propia vida.
Son los guardianes
de nuestro futuro. Saben producir esos buenos frutos que Isaías enumera:
esperaba justicia, aguardaba rectitud, ya no más gritos de oprimidos, ya no más
sangre. El profeta sueña con una historia que no sea una guerra por las
posesiones ni una batalla por el poder, sino una vendimia de justicia y paz, en
la que el rostro de los hijos de Dios ya no sea humillado.
El Reino comienza
con estos granos de Dios, como pequeños racimos de Dios entre nosotros.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF