El valor de la democracia
Hay gestos de resistencia que son también, y sobre todo, actos de profunda conciencia democrática.
Y lo pienso en una época en la que parece que impone
aquella deriva de que hablar es peligroso y callar resulta más fácil o, por lo
menos, no tan complicado.
Decidirse a tomar la palabra, a actuar, a arriesgar…
para afirmar que la libertad, los derechos fundamentales y el pensamiento libre
no pueden ni deben ser silenciados no es algo que se dé por descontado.
Y lo pienso porque me temo que algunos hasta quieren imponer
que estos no son tiempos para una profunda confianza en la libertad y la
dignidad.
Y creo que este es el punto más importante que hay que
recordar.
No se trata solo de oponerse a algo, sino de
reivindicar algo más grande.
Hay una lucha que no es solamente contra aquellas
formas de una determinada derecha sino por la libertad, por los derechos
fundamentales, por la posibilidad de pensar, de expresarse, de vivir sin miedo.
Derechos que no tienen color, no tienen bandera
política, no pertenecen a un partido, sino que son el fundamento mismo de una
sociedad justa.
Lo digo, también, porque recordar no significa solo
mirar al pasado, sino dar sentido al presente.
Significa transmitir la memoria para que las
generaciones futuras puedan recorrer, tanto ideal como concretamente, un camino
trazado por el coraje cívico y la defensa de la democracia.
Hay una invitación que nos concierne a todos: no acallar
aquella conciencia viva que nos sigue empujando a no permanecer en silencio
ante ciertas derivas políticas y sociales que nos quiere imponer alguna derecha.
En un momento histórico en el que los enfrentamientos
dialécticos - de malos modos y de peores tonos - suelen prevalecer sobre el
diálogo, creo que a la ciudadanía de a pie se nos pide algo más: que
reconozcamos lo que nos une antes que lo que nos divide. Que defendamos esos
valores que no son negociables: la dignidad de la persona, la libertad, la
justicia.
La libertad nunca es definitiva. No es algo que
podamos dar por sentado. Solo existe mientras alguien tenga el valor de
defenderla. Hay que defenderla cada día en nuestras decisiones, en nuestras palabras,
en la forma en que reaccionamos ante las injusticias cercanas o lejanas.
No, no se trata de que todos votemos a la misma sigla
política. Sí se trata, creo, de unirnos como personas diferentes ante ideales
de justicia, igualdad y respeto. No se trata de que todos seamos iguales, sino
de reconocer un terreno común, un terreno formado por derechos fundamentales y
responsabilidades compartidas.
El franquismo murió hace más de 50 años —nos dicen algunos— y hasta quizá no les falte del todo alguna razón. Con la muerte de Francisco Franco llegó el régimen que hoy conocemos y disfrutamos. Porque el franquismo como régimen histórico había llegado a su fin.
Pero la democracia no puede limitarse a un recuerdo
del pasado; es y debe ser una elección de valores que queremos transmitir a las
generaciones futuras, a nuestros hijos, nietos, bisnietos y, para siempre, a
quienes vengan después.
Hay una memoria que no se hereda automáticamente. Cada
generación debe decidir si la conserva o deja que se vacíe de significado.
Y para algunos de nosotros, más jóvenes, este es
quizás el mayor reto: no hemos vivido el franquismo, no hemos vivido la guerra
civil,…, no hemos conocido de primera mano el precio de la libertad.
Y, precisamente por eso, corremos el riesgo de dar la
democracia por sentada.
Sí, he dicho que no les falta alguna razón a quienes
nos dicen que el franquismo murió hace más de 50 años.
Pero el franquismo no es solo el histórico, es un
ideal que se opone por completo a la democracia. Sabemos bien que algunas ideas
no mueren.
El rechazo al pluralismo, el desprecio por la disparidad,
la búsqueda de una fuerte prioridad nacional, el afrontar las crisis y los
temas complejos con eslóganes simplistas, la identificación de un enemigo que
sería la causa de todos los problemas,…, todos ellos son elementos que
pertenecen a un ideal, que, por desgracia, sigue vivo.
La democracia es lenta, imperfecta, laboriosa. Exige
debate, compromiso, paciencia y conflicto democrático.
Determinada derecha, en cambio, nos promete atajos: orden sin
justicia, unidad sin pluralismo, decisión sin libertad.
Sabemos que las crisis en el mundo se agravan, que el
derecho internacional a menudo no cuenta para los poderosos, que las grandes
potencias pueden violar derechos fundamentales sin temer consecuencias reales.
Sabemos que en Gaza, al igual que en otros lugares del
mundo, mueren cada día civiles, niños,... Sabemos que barcos civiles que se
dirigen a Gaza son interceptados en las aguas internacionales del mar y que
quien intenta llevar ayuda o denunciar el asedio puede ser tratado como un
delincuente.
Alguien puede pensar que todo esto aún queda lejos…
No quiero en absoluto insinuar que toda la derecha sea
franquista, entre otras cosas porque abusar del término le resta gravedad, y
estoy convencido de que el término debe seguir teniendo todo su peso.
Lo contrario del antifranquismo no es solo el franquismo
declarado. También es la indiferencia. Es mirar hacia otro lado. Es decir que
no nos incumbe. Es pensar que, mientras no nos afecte a nosotros, entonces no
es nuestro problema.
Ser antifranquista significa oponerse a la ideología,
a los métodos y a las derivas del franquismo. Significa defender la democracia
cuando resulta incómoda, no solo cuando se celebra. Significa defender la disparidad
cuando molesta, no solo cuando es inofensiva. Significa defender la humanidad
de las personas cuando el poder intenta convertirlas en números, problemas,
amenazas, blancos.
Uno está llegando a creer que estamos en un momento
histórico no sé si crucial pero sí de relevante transcendencia. Un momento en
el que se propagan y desarrollan actitudes autoritarias. Y regímenes no menos
autoritarios.
Y en momentos así la llamada no es a la nostalgia del
comienzo de la democracia sino a la responsabilidad de que ésta, la democracia,
incluso con todo aquello que debe corregir y mejorar, siga siendo nuestro
modelo político.
En otras palabras, no se trata tanto de recordar algo
que finalizó en el año 1975 sino la responsabilidad de impedir que ciertas
lógicas vuelvan a gobernar el presente y nos hipotequen el futuro.
Hay quien dice, seguramente hasta con razón, que habrá
que dialogar con la derecha extrema o no. Sí, habrá que mantener los canales abiertos
para el encuentro y el debate.
Pero habrá que hacerlo sin buenismos ingenuos.
Ciertas derivas autoritarias no son una suposición. Tampoco un recuerdo del pasado. Sino una amenaza en el presente.
Y una amenaza que incluso se acelera en forma de guerras,
conflictos, ataques al derecho internacional humanitario y a los derechos
humanos, y legitimación de políticas autoritarias que afectan a todos los
continentes.
En este contexto uno puede mirar a los Estados Unidos
de América, porque lo que ocurre allí sigue influyendo en todo: nuestras
instituciones, la democracia, la justicia social, nuestro imaginario político.
En pocos meses, su Presidente ha desmantelado el
multilateralismo y ha asestado un ataque sistemático contra el derecho
internacional, socavando principios y medidas en los que quienes defienden los
derechos humanos han confiado durante décadas.
Esto no es solo un problema estadounidense. Es nuestro
problema. Es el problema de cualquiera que crea que la democracia es un valor
universal y no un instrumento de poder.
La extrema derecha ha ganado terreno normalizando un
discurso de prioridad nacional y apropiándose del lenguaje de la seguridad y la
identidad.
Repito: sin buenismos ingenuos.
Cuando la complejidad se percibe como una amenaza,
cuando los derechos humanos, el Estado de derecho y la democracia se ven
amenazados, es ahí donde se esconde la deriva autoritaria.
La democracia no es una bandera de ningún partido
político, sino una toma de partido: la de la humanidad frente a la inhumanidad,
la de la justicia frente al privilegio.
La democracia se practica defendiendo las
instituciones democráticas cuando son socavadas desde dentro.
Se practica rechazando el culto al líder fuerte y al
chivo expiatorio. Se construye cuando todos, juntos, edificamos una sociedad
diferente: una sociedad del cuidado, de la justicia, de la defensa de las
minorías,...
Se hace defendiendo los derechos de quienes han
llegado a nuestro país en busca de protección y que, en cambio, se enfrentan al
riesgo de ser expulsados: familias y menores que han echado raíces, se están
formando, van al colegio y viven junto a nosotros y con nosotros, y que pagan
las consecuencias de un sistema de asilo cada vez más restrictivo.
La democracia no se defiende sola.
Tampoco basta con indignarse.
Hay que estar presentes, organizarse, denunciar, construir. Porque
cada derecho que hoy damos por descontado o por sentado es el resultado de que
alguien, ayer, decidió no mirar para otro lado.
Y el valor democrático no es solo una palabra. Hoy,
como en el año 1975, el valor democrático no se hereda: se elige. Esta es
nuestra tarea. Hoy como entonces.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF















