sábado, 5 de septiembre de 2026

¿La conversión más difícil? - San Mateo 18, 15-20 -.

¿La conversión más difícil? - San Mateo 18, 15-20 -

La fraternidad no surge porque seamos buenos.

 

Surge porque nadie se salva por sí solo.

 

Imaginarnos como una comunidad de «puros» y «perfectos» es una tentación antigua de la que, incluso hoy, la Iglesia debe guardarse y no dejarse seducir.

 

El Evangelio, en cambio, la presenta como el lugar de los sanados que siguen necesitando sanación.

 

No somos el trigo bueno separado de la cizaña. Somos trigo que crece en medio de la cizaña.

 

Somos hombres y mujeres hechos de luz y de sombra.

 

Cuerpos antes incluso que ideas.

 

Cuerpos que se rozan, se chocan y, a veces, se hieren.

 

Tantas veces hemos descubierto… descubrimos… y descubriremos que la fragilidad es nuestro lenguaje común.

 

La fraternidad no consiste en no caer nunca.

 

Consiste en seguir levantándonos juntos.


Jesús no dice: «Si un hombre te hiere». Dice: «Si tu hermano...»

 

Antes de la herida y de la culpa está la relación. Antes del error está el vínculo.

 

El Evangelio nunca identifica a una persona con su pecado. Aunque se equivoque, sigue siendo tu hermano.

 

Y quizá esta sea la conversión más difícil: seguir viendo a alguien como hermano precisamente cuando se ha vuelto difícil reconocerlo como tal.


«Si te escucha, habrás ganado a tu hermano».

 

Jesús no habla de ganar una discusión. No dice que haya que demostrar quién tiene razón. No invita a defender la propia imagen.

 

La única victoria del Evangelio es no perder a nadie.

 

El hermano no es un adversario al que convencer y mucho menos al que derrotar.


Es una vida que hay que cuidar.

 

Por eso Jesús sugiere un camino paciente.

 

Encontrarse. Hablar. Escuchar. Volver a empezar. Involucrar a otros. Intentarlo de nuevo. Hacer todo lo posible por no resignarse a la distancia, por no buscar la exclusión. Hacer todo lo posible por «ganarse al hermano».



Toda comunidad sufre heridas. La pregunta es sencilla: ¿qué hacemos con el dolor que recibimos? ¿Lo devolvemos? ¿O lo transformamos?

 

Es el corazón mismo del Evangelio. Jesús rompe la cadena del mal. No devuelve el golpe. Absorbe la violencia. La transforma en perdón. Toda fraternidad nace aquí.

 

Al final, Jesús vuelve a sorprendernos. No promete su presencia donde todo funciona, donde todos están de acuerdo o donde no hay heridas. La promete donde dos o tres siguen obstinadamente reuniéndose en su nombre.

 

La comunión no es la ausencia de conflictos. Es la decisión de no permitir que el conflicto tenga la última palabra.

 

La paz nace cada vez que alguien elige reanudar un diálogo, recomponer una ruptura, cuidar un vínculo en lugar de romperlo.


Así comprendemos la última promesa: «Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

 

Jesús no dice: donde son perfectos. No dice: donde siempre tienen razón. Dice: donde siguen reuniéndose.

 

Jesús no habita en una comunidad perfecta. Habita en una comunión que se renueva continuamente.

 

Quizá el mayor milagro de la Iglesia no sea el de estar libre de heridas.

 

Sino que, en sus heridas, siga reuniéndose en torno al Señor y siga creyendo y llamándose a la fraternidad.

 

Allí, el Reino de Dios ya se hace presente.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


Posdata:


¿Recuerdas aquella expresión del hijo mayor al padre de la misericordia: "ese hijo tuyo"? La respuesta de aquel padre comienza con una declaración de principio: "ese hermano tuyo".

No temas llevarte contigo a María.

No temas llevarte contigo a María

Celebramos el nacimiento de María. A nosotros, como a José aquel día, se nos repite: «No temas tomar contigo a María». Sabemos lo que significó para José aceptar esta invitación del ángel. Pero, ¿qué podría significar para nosotros?

 

En primer lugar, aprender a aceptar la discordia y la contradicción. Habríamos esperado quién sabe qué relato del momento en que la Madre del Señor vio la luz. Y, en cambio, nada de eso. En esa larga lista de nombres que va desde Abraham hasta José, María casi se pierde.

 

Y, sin embargo, precisamente esa lista de nombres —la mayoría de los cuales hasta podrían no ser los más adecuados para la generación del Hijo de Dios— nos devuelve un dato con el que esta fiesta nos pide que nos midamos: la trama de nuestras vicisitudes, a veces no tan armónicas y contradictorias, nunca representa un impedimento definitivo para que Dios lleve a cabo su plan de salvación sobre la humanidad.

 

A esta conciencia no se llega sino gracias a la fe, que es precisamente la capacidad de mantener unidas la promesa de Dios y aquello con lo que nos enfrentamos humanamente cada día.

 

María se habrá preguntado sin duda cómo mantener unidas las cosas que el ángel le había anunciado sobre ese niño: «Será grande, será llamado Hijo del Altísimo»... y, por ejemplo, ese nacimiento fuera de casa. Él, la realización de las expectativas de Israel, rechazado precisamente por su pueblo. ¡Qué contradicciones!

 

Pero el designio de Dios sobre la historia se cumple siempre a través de lo humanamente inconciliable.

 

Todo se reinterpreta como una pieza que poco a poco compone lo que más le importa a Dios: una humanidad reconciliada. Y en este sentido, cada nacimiento representa el nuevo injerto que Dios realiza en el tronco de la humanidad: una nueva posibilidad ofrecida para que la vida supere las resistencias y las dificultades.


Verdaderamente «todo contribuye al bien de los que aman a Dios» (Romanos 8,28). Nuestra vida, por pobre y frágil que sea, no está marcada por el azar y mucho menos abandonada al caos. Una atención amorosa acompaña los pasos de nuestro vagar...

 

¡Qué hermoso sería poder continuar esa genealogía hasta llegar a nosotros! Todos nuestros nombres, que reciben luz de ese fruto maduro, que es Dios con nosotros, Dios mezclado con nosotros. Esta larga genealogía que llega hasta mí me habla de la fidelidad de Dios a nuestra tierra, a nuestra humanidad.

 

Precisamente por eso no puedo caer en actitudes de desesperación. Si Dios es fiel a mi tierra, no puedo desesperar de los hombres y mujeres de hoy. Dios vincula el milagro de su presencia a la cotidianidad de mis días y a la sucesión de nuestros nombres.

 

Entonces, se puede aprender a pensar nuestra vida como una experiencia a través de la cual el Señor Jesús puede tener derecho de residencia en la historia. Una normalidad transparente, la de María. Nada excepcional en sus días. Solo mucha disposición a confiar en una palabra que venía de otro lugar distinto a sus planes y proyectos.

 

Casi una especie de inconsciencia la suya, y sin embargo, ¡qué le permitió realizar eso de no complicarse la vida con razonamientos vacíos!

 

Tomar consigo a María significa aún no escandalizarse por la pequeñez propia y ajena. El Evangelio nunca devuelve un rasgo de vergüenza por la medida de la pequeñez cuando esta se manifiesta en el plano de la cantidad o en el de la eficiencia.

 

¿Qué era María y quién era María en relación con aquello para lo que era interpelada? Sin embargo, es por ese camino por el que Dios se abrió paso en la historia de la humanidad.

 

Nuestras proyecciones siempre nos han llevado a pensar en Dios como algo más allá de la medida más grande. En cambio, Dios se muestra desde siempre «convertido» al encanto de la pequeñez. Incluso se vacía.

 

Nada del Altísimo puede conocerse sino a través de lo Infinitamente Pequeño, a través de este Dios a la altura de un niño engendrado en el vientre de una mujer que lleva por nombre... María.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF



viernes, 4 de septiembre de 2026

Su nombres es “hermano” - San Mateo 18, 15-20 -.

Su nombre es “hermano” - San Mateo 18, 15-20 -

Jesús conoce bien la sutil tentación que acecha en toda relación.

 

Juzgar al otro basándonos en lo que ha hecho, en cómo se ha comportado con nosotros, en el bien o el mal que nos ha hecho.

 

Por eso les hace a los suyos una invitación muy precisa: que nunca perdamos la palabra «hermano».

 

Y si me traicionara, sigue siendo hermano. Si me tratara mal, si estuviera equivocado, si se equivocara, sigue siendo «hermano». En el momento en que elimino esta palabra, algo del otro ya empieza a morir dentro de mí.

 

Puedo llevar una herida real en la piel, pero la primera forma de impedir que el mal eche raíces es no permitirle cambiar el nombre del otro: «hermano». Sigue siendo hermano, hermana, esposa, marido, amigo, hijo.

 

El mal puede romper un vínculo, pero no debe tener el poder de decidir quién es el otro para mí: «hermano».


Las Escrituras relatan desde las primeras páginas lo frágil que es la relación.

 

El hombre se aleja de la confianza de los orígenes y, de inmediato, se resquebraja la relación con Dios, con la tierra, entre hombre y mujer, entre hermanos.

 

Caín ya no es capaz de ver a Abel como a un hermano. Cuando Dios le pregunta: «¿Dónde está tu hermano Abel?», Él responde: «¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?»

 

Es una pregunta que atraviesa toda la historia de la humanidad.

 

Sí, somos guardianes, vidas que hay que custodiar. Eso es lo que somos a los ojos de Dios.

 

Cada uno de nosotros, sin excepción, es una existencia confiada al cuidado de alguien desde el principio hasta el final.

 

Cuidar significa atención, presencia, esmero.

 

Significa velar para que no se pierda en el otro aquello que aún puede vivir.


Dios mismo se presenta como aquel que cuida.

 

Cuando Adán y Eva, tras el pecado, se descubren desnudos e intentan cubrirse con hojas de higuera, Dios no los expone a la vergüenza, sino que les prepara túnicas.

 

El pecado no se niega, pero el pecador no es entregado a su propia desnudez.

 

Dios no avergüenza, sino que cuida.

 

Dios no acusa, perdona.

 

Precisamente porque tu hermano es una vida que hay que proteger.

 

Si tu hermano peca contra ti, levántate... sal de ti mismo..., ponte en camino... y ve.

 

Ve, la invitación se dirige ante todo a quien ha sufrido la ofensa. Esto es lo que hace que la palabra Jesús tan exigente.

 

El sentido común diría: «Pero si él se ha equivocado, que venga él; si de verdad le importa la relación, que dé él el primer paso».

 

El Evangelio, en cambio, pone en marcha precisamente a quien ha sido herido, no porque deba fingir que no ha pasado nada.


Jesús dice con claridad: «Si tu hermano peca, el mal es real, la herida no se minimiza».

 

Pero precisamente porque la sientes en tu propia piel, no dejes que se convierta en inmovilidad, distancia, orgullo.

 

Una relación puede morir incluso sin grandes gestos; a veces muere solo porque ya nadie se mueve.

 

Y cuando vayas, hazlo a solas con él.

 

¡Qué delicadeza hay en estas palabras!

 

Jesús no envía al hermano herido a la plaza, no le entrega un público ante el que demostrar que tiene razón.

 

Le confía el lugar de la discreción.

 

Antes de contarle a todo el mundo lo que ha hecho el otro, habla con él. Antes de convertir una culpa en una reputación, reúnete con él.

 

No todo lo que es verdad hay que decírselo a todo el mundo. Hay verdades que, expuestas sin cuidado, se convierten en otra forma de violencia.

 

Incluso la corrección debe ser manejada con cuidado.

 

No se corrige a alguien cuando la ira se ha apoderado de las palabras.

 

Se corrige cuando se vuelve a ser capaz de ver en el otro no a alguien a quien poner en su sitio, sino a alguien a quien no queremos perder.


Los Padres del desierto hablaban de la corrección hecha con dulzura, no porque el mal sea poca cosa, sino porque precisamente cuando el mal es grave, hay que impedir que genere más mal.

 

El otro se ha equivocado, pero no es su error.

 

Ha mentido, pero no es su mentira.

 

Ha traicionado, pero su vida no coincide con la traición que ha cometido.

 

Sigue siendo arcilla en las manos de Dios, igual que yo.

 

Jesús propone entonces un camino.

 

Primero, a solas entre tú y él; luego, si no te escucha, lleva contigo a una o dos personas más. Por último involucra a la comunidad.

 

No se trata de una exposición progresiva del otro, sino de una ampliación progresiva del cuidado.

 

Si mi amor no basta, lo intento con el de otro. Si aún así no basta, recurrimos a la comunidad, para que nadie se quede solo en su error.

 

Cuando un hermano se pierde, a todos nos falta algo.


Jesús no se limita a decir que somos hermanos, sino que lleva hasta el final todo lo que esta palabra implica.

 

Y es significativo que, en el Evangelio de San Juan, llame «hermanos» a los discípulos justo después de la Pascua. «Ve y diles a mis hermanos» (Jn 20, 17). Los llama hermanos después de que huyeran, hermanos después de que Pedro lo negara, hermanos después de que lo dejaran solo. La Pascua no borra lo que han hecho, sino que muestra que su pecado no ha logrado borrar el nombre con el que Jesús sigue llamándome. Hay un «hermanos» que no se rompe.

 

Cuidar es precisamente esto: no permitir que el mal tenga la última palabra sobre la vida de alguien y seguir viendo en el otro lo que su error no logra borrar, seguir llamándole por su nombre más verdadero: «hermano».

 

Cuando nos convertimos en guardianes de la vida de los demás, algo del cielo ya ha encontrado su lugar en la tierra.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¡Bienaventurados!

¡Bienaventurados!

El deseo de felicidad es común a todos los seres humanos que vienen al mundo.

 

Todos buscamos - desde que nacemos - una vida buena, bella, sana, serena, segura...

 

Es una vocación divina y es la respuesta a su llamada para participar en su vida, con vistas a la plenitud de la alegría.

 

El Evangelio nos revela el camino que podemos seguir.

 

La «Buena Noticia» de Jesús nos dice que la felicidad es posible, no es en absoluto una ilusión.

 

La vida bella es algo fascinante, satisfactorio, pleno.

 

Es una Buena Noticia porque cambia la vida: de hecho, cuando Dios entra en nuestra vida, ya no somos los mismos que antes, porque Él siempre obra algo extraordinario.

 

La «Buena Noticia» es Él mismo, Él es el Reino de Dios que viene, Él es el Evangelio, el Camino, la Verdad y la Vida.

 

Dios se ha hecho amigo de los hombres para dialogar con nosotros de igual a igual.

 

En el discurso programático - llamado «del monte» porque fue proclamado en las laderas de una montaña-, Jesús expone las líneas fundamentales de su ministerio pastoral.

 

La tradición antigua ha concebido este texto como una antología de las enseñanzas fundamentales del Maestro.

 

La felicidad es posible porque Dios está aquí y se nos ofrece.


Este mensaje se repite varias veces, con distintos matices, imágenes diversas y aplicaciones particulares, todas ellas variaciones sobre un único tema.

 

Estas «bienaventuranzas» - que ocupan el centro de la predicación de Jesús y son, por así decirlo, su alma - dibujan su rostro: ¡son como un espléndido y completo autorretrato suyo!

 

En estas frases encontramos el anuncio de lo que Dios hace por nosotros y se pide una elección específica y consecuente por parte de todos sus discípulos.

 

Evidentemente, también esta, como toda elección, implica renuncias: quien elige de otra manera no puede tenerlo a Él.

 

Cada expresión aquí contenida comprende tres elementos: la fórmula exclamativa, la condición de vida que precisa una actitud y la causa.

 

El elemento fundamental de cada bienaventuranza no es la condición, sino la causa.

 

Dios adopta a los hombres como hijos. La bienaventuranza es una consecuencia.

 

De hecho, «convertirnos en hijos adoptivos» es el anuncio de Jesús.

 

Aquí se pasa del «debemos» (obligatoriedad) al «podemos» (oportunidad): de hecho, no son preceptos morales disfrazados.

 

La felicidad es un regalo: puesto que hemos recibido la adopción filial que nos hace semejantes al Padre, podemos ser como Él.

 

¡Ahí reside toda la belleza de las bienaventuranzas!


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¡Bienaventurados!

¡Bienaventurados!

En la Sagrada Escritura, el número siete refleja la plenitud, el infinito, es un número perfecto.

 

El ocho es siete más uno, es decir, un «más» de plenitud.

 

A los ojos de Dios, el ocho es gracia que no cabe en sí misma, que se desborda.

 

Las ocho bienaventuranzas son el desbordamiento de felicidad del alma en Dios.

 

No hay nada que empañe la luz, la presencia de Dios en nosotros, ese fuego que arde sin verse.

 

Al hablar de las bienaventuranzas, nadie pretende dar recetas para ser feliz.

 

No es posible concebir la felicidad como algo externo, fuera de nosotros.

 

De hecho, estos caminos no son caminos que se vean.

 

La realidad que me rodea, las situaciones externas que vivo, las relaciones que establezco… pueden llevarme a una interiorización de lo que soy, cómo soy y adónde pretendo llegar.

 

Estamos en camino...


Este itinerario será sin duda uno de los más complejos. Puede ser que hasta difíciles.

 

Porque, cuando buscamos la verdad dentro de nosotros mismos, estamos como ante un espejo que refleja no solo nuestra imagen física, sino todo lo que somos interiormente.

 

Y no siempre es fácil mirarnos y, sobre todo, aceptarnos.

 

¿Quién es plenamente bienaventurado?

 

Jesús habla de ocho bienaventuranzas, pero podrían ser quince, veinte; no importa el número, no se trata de una cifra concreta.

 

Es verdaderamente bienaventurado quien ve la vida como algo más.

 

Bienaventurado es quien no solo vive momentos de felicidad, sino que recorre su camino existencial con una paz interior tal que le permite dominar cualquier situación extrema.

 

Bienaventurados son aquellos que están iluminados por la fe en algo y, ante esa creencia, ante esa confianza, se entregan por completo.

 

Bienaventurado quien ha construido su casa sobre la roca: no importa lo que venga, vientos, tormentas, terremotos, huracanes... los cimientos de esa casa permanecen firmes.

 

Por el contrario, cuando edificamos nuestra estructura interior, forjamos nuestro ser guiados por la vanidad, la prisa, la prepotencia, la arrogancia, cuando creemos ser el centro del universo y nos coronamos señores de nosotros mismos, entonces nuestra casa está construida sobre la arena… al más mínimo soplo, somos como polvo levantado por el viento.

 

Para ser felices basta con escuchar y poner en práctica la palabra de Jesús.

 

Jesús afirma que bienaventurados son los que viven en la pobreza, el dolor, la mansedumbre, los que tienen sed de justicia, los que son misericordiosos, los que buscan la paz, los que son puros de corazón y los que son perseguidos por causa del Reino de Dios.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 3 de septiembre de 2026

Porque en Jesucristo, la Vida ya ha vencido a la muerte.

Porque en Jesucristo, la Vida ya ha vencido a la muerte

Hubo una época en la que la espiritualidad cristiana parecía casi una competición olímpica para ver quién sufría más. Las vidas de los santos se leían como catálogos de sufrimientos ofrecidos a Dios: ayunos extremos, castigos corporales, enfermedades soportadas con alegría porque eran «ofrendas» para la salvación de las almas. Y, en la predicación habitual, el mensaje predominante que se transmitía era claro: sufrir es hermoso, sufrir es meritorio, sufrir te acerca a Dios.

 

¿Y si todo esto fuera un gigantesco malentendido? ¿Y si el Dios de Jesucristo nunca hubiera pedido sacrificios, y si la cruz no hubiera sido tanto una ofrenda grata al Padre como el crudo resultado de la violencia de un mundo que rechaza el amor?

 

Para replantearse radicalmente esta «imagen de Dios», existe una visión teológica del «Dios que es solo y siempre amor» que está surgiendo con fuerza en los últimos años, y que encuentra en la «teología sapiencial» y en una exégesis bíblica más atenta sus herramientas privilegiadas.

 

No se trata en absoluto de negar la cruz ni el misterio pascual, sino de liberarlos de siglos de interpretaciones que han acabado por transformar al Dios de Jesús en un soberano sediento de sangre, que exige víctimas para apaciguar su ira.

 

Durante siglos, el cristianismo ha luchado por liberarse de una imagen de Dios que se asemejaba demasiado a un soberano oriental: un soberano ofendido por el pecado de la humanidad, que exigía un sacrificio —el sacrificio de su Hijo— para apaciguar su ira. Desde esta perspectiva, la cruz era el precio que había que pagar, y el sufrimiento de Jesús se convertía en el modelo para los creyentes: tal y como él sufrió, también nosotros debemos aceptar el sufrimiento.

 

Esta teología, denominada por los estudiosos «teoría de la satisfacción» o «teoría penal de la redención», tiene raíces antiguas.

 

Fue sistematizada por Anselmo de Aosta (siglo XI) y se convirtió en el paradigma dominante de la teología occidental, sobre todo tras la Reforma protestante. Desde esta perspectiva, el pecado es una ofensa al honor divino, una deuda infinita que solo un sacrificio infinito —la muerte del Hijo de Dios— puede saldar. La cruz se convierte así en un instrumento de justicia, una equivalencia jurídica: Dios mata a su Hijo para satisfacer su propia justicia.

 

Sin embargo, la pregunta es inevitable: ¿es realmente este el Dios revelado por Jesús? ¿Es este ese Padre al que Jesús llama con amor «Abba»? Es decir, ¿un Padre simplemente interesado en un intercambio: la muerte del Hijo a cambio del perdón?

 

La propia Sagrada Escritura ofrece una perspectiva radicalmente diferente. El autor de la Carta a los Hebreos pone en boca de Jesús las palabras de un salmo:

 

«No quisiste ni sacrificio ni ofrenda, pero me preparaste un cuerpo. No te complacieron ni los holocaustos ni los sacrificios por el pecado. Entonces dije: “He aquí, yo vengo —pues de mí está escrito en el rollo del libro— para hacer, oh Dios, tu voluntad”» (Hebreos 10,5-7).

 

El sentido es claro: el sistema de sacrificios de animales del Antiguo Testamento no es el centro de la relación con Dios. Lo que cuenta es la ofrenda total de sí mismo, simbolizada por el «cuerpo» que Dios preparó para Cristo, y su plena adhesión a la «voluntad» del Padre.

 

Pero atención: esta voluntad no es la exigencia de un sacrificio sangriento. Es la obediencia del amor, la entrega de sí mismo que Jesús lleva a cabo hasta el final.

 

El propio Jesús, en los Evangelios, cita al profeta Oseas para corregir una interpretación legalista y superficial de la religión: «Misericordia quiero y no sacrificio» (San Mateo 9,13; 12,7). No se trata de una crítica al culto en sí mismo, sino de una jerarquía de valores: el amor y la misericordia hacia el prójimo valen más que cualquier práctica cultual que sea un fin en sí misma.

 

San Pablo, en la Carta a los Romanos, transforma radicalmente el concepto de sacrificio: «Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que ofrezcáis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios; este es vuestro culto espiritual» (Romanos 12,1).

 

Ya no se habla de un sacrificio de muerte, sino de la propia vida del creyente, ofrecida a Dios en las decisiones cotidianas. Es una ofrenda hecha con el «cuerpo», es decir, con toda la propia existencia concreta, que se convierte en «culto espiritual».

 

Esta perspectiva da un vuelco completo a la concepción tradicional de la cruz. La cruz no es un sacrificio querido por Dios, sino la consecuencia de la violencia del mundo contra aquel que denunció toda lógica de dominio.

 

Jesús no muere porque Dios lo exija, sino porque su mensaje de libertad y de amor incondicional amenaza a los poderes religiosos y políticos de su tiempo.

 

En la cruz no vemos a un Dios que exige víctimas, sino a un Dios que se hace víctima de la violencia humana para mostrar que la última palabra no es la muerte, sino la vida.

 

Como nos recuerda el teólogo Jürgen Moltmann, Dios no es aquel que mata a su Hijo para apaciguar su ira; es aquel que, en su Hijo, sufre la muerte por amor a la humanidad pecadora.

 

Esta perspectiva ha sido ampliamente desarrollada por la teología del siglo XX, en particular por autores como Dietrich Bonhoeffer, que hablaba de un «Dios débil», sumiso al dejarse expulsar del mundo en la cruz, y el Papa Benedicto XVI, quien en su Encíclica Deus Caritas Est subraya que «El amor de Dios por nosotros es una cuestión de vida. Por eso, el verdadero centro de la fe cristiana es el amor de Dios que se entrega, que no pide nada a cambio, que no exige sacrificios, sino que se ofrece a sí mismo».


Si la cruz no es «un sacrificio a Dios», entonces la resurrección no puede interpretarse como la «recompensa» por el sacrificio realizado. La resurrección es, por el contrario, la negación definitiva de la lógica del sacrificio.

 

La muerte, en su violencia contra Jesús, pretende tener la última palabra. Afirma: «Quien se opone al dominio es aniquilado y su historia termina aquí». La resurrección es la negación divina de esta afirmación. Dios dice: «No, tú, muerte, no tienes la última palabra. Mi palabra sobre la vida es más fuerte que tu palabra de aniquilación».

 

Esta no es una negación abstracta. Es una negación concreta de la muerte como principio de dominio.

 

Si la muerte es el fundamento último de todo dominio —pues se sustenta en la amenaza de matar—, entonces la resurrección de una víctima del dominio desarticula este mecanismo desde la raíz. Demuestra que la vida puede existir incluso más allá de la muerte violenta. Este es un acontecimiento que cambia la estructura de la realidad: la muerte ya no es una divinidad invencible, sino un poder derrotado.

 

¿Qué cambia, entonces, en la forma de vivir la fe?

 

Primero: dejamos de buscar el martirio. La santidad no se mide por el número de cruces que llevamos, sino por la calidad del amor que sembramos. No hay necesidad de inventarse sufrimientos para agradar a Dios. La verdadera pregunta no es «¿cuánto sufro?», sino «¿cuánto amo?».

 

Segundo: aprendamos a indignarnos. El sufrimiento injusto no debe aceptarse con resignación, sino combatirse con fuerza. El creyente que sigue al Dios de Jesús no es un pasivo soportador del mal, sino un activo constructor de justicia. Denunciar la opresión, ponerse del lado de los más desfavorecidos, luchar contra toda forma de dominación: este es el auténtico signo del seguimiento.

 

Tercero: ya no somos víctimas. La espiritualidad cristiana ha sido a menudo una espiritualidad de la victimización: «Soy un pobre pecador», «no valgo nada», «solo merezco castigos». El Nuevo Testamento nos recuerda que el cristiano está llamado a ser hijo, no esclavo. La filiación adoptiva de la que habla San Pablo no es un título honorífico, sino una realidad: somos amados no porque suframos, sino porque existimos. Somos valiosos no por nuestros sacrificios, sino porque Dios nos ha elegido.

 

Cuarto: la oración cambia de rostro. ¿Cuántas oraciones han sido peticiones de sufrimiento? «Hazme sufrir como tú, Señor», «Te ofrezco mi dolor», «Acepta este mi sufrimiento». Si el Dios de Jesús no pide sacrificios, estas oraciones se vuelven incomprensibles. La oración auténtica es el grito de quien confía en un Dios que es Padre, no juez. Es la petición de fuerza para combatir el mal, no de resignación para aceptarlo. Es la espera de un futuro en el que se secará cada lágrima y la muerte será derrotada definitivamente.

 

En una época marcada por guerras, injusticias y sufrimientos inmensos, esta perspectiva ofrece un cristianismo que no es una huida del mundo, sino un compromiso en el mundo. Un cristianismo que no consuela con palabras fáciles, sino que se ensucia las manos en la historia. Un cristianismo que no santifica el dolor, sino que lo combate.

 

No se trata de negar la cruz. La cruz sigue siendo el corazón de la fe cristiana, pero no como un sacrificio exigido por Dios, sino como revelación del amor de Dios hasta el final.

 

Un amor que no pide víctimas, sino que se hace víctima para romper el ciclo de la violencia. Un amor que, en la resurrección, muestra que la vida es más fuerte que la muerte, que la justicia es más poderosa que el dominio, que la esperanza es mayor que la resignación.

 

La Carta a los Hebreos, tras explicar la ineficacia de los antiguos sacrificios, indica cuáles son los sacrificios agradables a Dios en la nueva alianza:

 

«Por medio de él, pues, ofrezcamos continuamente a Dios un sacrificio de alabanza, es decir, el fruto de los labios que confiesan su nombre. Y no os olvidéis de la caridad y de compartir vuestros bienes con los demás, porque Dios se complace en tales sacrificios» (Hebreos 13,15-16).

 

El «sacrificio de alabanza» y las obras de «caridad» y de compartir son los nuevos sacrificios. Ya no se trata de ofrecer animales, sino la propia gratitud y el amor concreto al prójimo. Y, como escribe San Pablo a los Filipenses, la ofrenda más grata es la vida misma: «Para mí, en efecto, vivir es Cristo y morir es ganancia» (Filipenses 1,21). No porque la muerte sea un valor, sino porque la vida vivida en Cristo ya es plenitud.

 

El Dios que Jesús nos ha revelado no es un Dios que ama los sacrificios. Es un Dios que ama la vida. No es un Dios que exige sangre, sino un Dios que entrega su propia sangre por la vida del mundo. No es un Dios que se complace en las lágrimas de sus hijos, sino un Dios que las seca.

 

Esto no significa que el sufrimiento desaparezca de la vida cristiana. Significa que el sufrimiento ya no es un valor en sí mismo, ya no es un título de mérito, ya no es un medio para apaciguar a un Dios airado.

 

El sufrimiento es un mal que hay que combatir, una injusticia que hay que denunciar, una herida que hay que curar. Es el grito que se eleva al cielo y que Dios escucha como el grito de su Hijo en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».

 

Y al final, cuando todo se haya cumplido, cuando el Hijo entregue el Reino al Padre y Dios sea «todo en todos», entonces ya no habrá más sufrimientos. Solo habrá la alegría de una comunión plena, donde cada uno será por fin él mismo y Dios será la fuente, el espacio y la alegría de esta plenitud plural. «Y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos; ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado» (Apocalipsis 21,4).

 

Quizá haya llegado el momento de dejarnos liberar por esta Buena Nueva. El Dios que no pide víctimas nos invita a vivir, no a morir. A luchar, no a sufrir. A esperar, no a resignarnos.

 

Porque en Jesucristo, la Vida ya ha vencido a la muerte.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¿La conversión más difícil? - San Mateo 18, 15-20 -.

¿La conversión más difícil? - San Mateo 18, 15-20 - La fraternidad no surge porque seamos buenos.   Surge porque nadie se salva por sí s...