Lugares y tiempos de la geografía de Dios
Hay una auténtica peregrinación por la geografía del Espíritu: el Templo, el camino de Damasco, el mar de Tiberíades.
Tres lugares distintos y alejados entre sí, en los que se lleva a cabo la obra de Dios y se revela una imagen concreta de la Iglesia.
Nos queda por aprender la geografía de Dios, convencidos como estamos de que solo hay unos pocos lugares «de» Dios o experiencias para «hablar» de Dios.
Cerca del Templo hay un hombre —figura que nos representa a todos— incapaz de entrar en él, y frente a él está Pedro, que le brinda la oportunidad de retomar el camino.
La imagen de Pedro representa un rostro concreto de la Iglesia que no tiene ni plata ni oro.
Una expresión que nos da la medida justa de la aventura de Pedro y Pablo y, con ellos, de toda la comunidad cristiana, consciente de poseer únicamente a Jesucristo, no como un patrimonio sobre el que reivindicar derechos de exclusividad, sino como un don que compartir con todos los hombres de la tierra.
Jesucristo es lo esencial para Pedro, para Pablo, para la comunidad de los discípulos. Jesucristo, no una doctrina ni una serie de nociones, sino —como atestigua la propia etimología del nombre— el ser introducidos en la experiencia de Dios que salva.
Así se configura la única riqueza de la que dispone la comunidad de discípulos: llevar a cabo la propia obra de Jesús de Nazaret, quien —según atestiguan los Hechos— pasó haciendo el bien y sanando a todos los que estaban cautivos del mal. Ningún poder humano, salvo el de devolver la esperanza.
He aquí cuándo podemos reivindicar la prerrogativa de ser discípulos: solo cuando sentimos como urgente la tarea y la pasión de introducir al otro, sea quien sea, en una experiencia de vida nueva.
El gesto de Pedro hacia el lisiado es imagen de la acción de una Iglesia que se acerca —se hace cercana— a una humanidad herida, hacia la cual prolonga los gestos de su Señor, poniéndola en condiciones de caminar con sus propias piernas y ofreciéndole la posibilidad de entrar en plena comunión con Dios.
El paralítico curado, de hecho, descubre un acceso hasta entonces vedado: entró con ellos en el Templo caminando, saltando y alabando a Dios (Hch 3,8).
Pedro es imagen de una Iglesia que se complace en la compañía de los hombres. Aquel hombre excluido es admitido en la compañía de Pedro y Juan: con ellos.
En el camino a Damasco, en cambio, Pablo esboza otra imagen de la Iglesia.
Pablo estaba anclado en una forma de entender la relación con Dios como algo que había que merecer, que había que conquistar.
En el camino a Damasco, en cambio, se abre una nueva forma de concebir la vida y la fe, un Evangelio, precisamente, y por gracia nos hacemos partícipes de lo que Dios nos da como don.
Testigos de una misericordia que, a su vez, hemos recibido y de la que somos deudores ante la humanidad.
Una Iglesia consciente del don recibido: con toda razón se ha afirmado que a Dios no se le merece, sino que se le acoge tal y como a Él le ha placido manifestarse ante nosotros. Aquí se trata de la confianza recuperada.
A Pedro, que tres veces negó a su Señor y Maestro afirmando solemnemente —¡No lo conozco!—, se le pide tres veces que exprese su amor por Jesús. Y Jesús lo hace, ante todo, apuntando alto: «¿Me amas más que estos?». Al fin y al cabo, había sido el propio Pedro quien había proclamado un amor similar, aún por someterse a la prueba de los acontecimientos: «Aunque todos te abandonaran, yo…». Y, sin embargo, ahora que los hechos registran un resultado muy distinto al de la proclamación, Pedro adopta una actitud humilde: «Te quiero». Y así por dos veces. La tercera vez, es el propio Jesús quien se pone a la altura de Pedro: «¿Me quieres?». «Tú lo sabes todo», responde Pedro, «tú lo sabes…».
Un Dios que, para hacerme llegar a ser lo que estoy llamado a ser, me acepta tal y como soy, partiendo de mi frágil medida.
Un amor que esta vez tendrá su prueba de fuego no en la declaración de un afecto genérico y vago, sino en el cuidado de aquellos que el Señor le confía: los más pequeños. «Si es verdad que me quieres, cuida de mis pequeños».
A Pedro no se le concede un privilegio ni un poder, como quizá algún día hubiera deseado cuando imaginaba a un Mesías poderoso, sino la tarea de ponerse al servicio de los hermanos hasta alcanzar una disponibilidad hasta entonces impensable.
Ninguno de nuestros lugares ni ninguna de nuestras experiencias son inadecuados para que Dios se manifieste. Quizá ya lo esté haciendo y yo no me dé cuenta.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF











