domingo, 20 de septiembre de 2026

Todos somos inmigrantes.

Todos somos inmigrantes 

En griego antiguo la palabra que se usa para designar al huésped, al invitado, y la palabra que se usa para designar al extranjero, es el mismo término: xénos. 

Algunas veces me he preguntado quién es el inmigrante. 

No quisiera detenerme en palabras… pero sí contribuir a caer en la cuentaa de algunos posibles 'errores' que percibo cuando escucho hablar de inmigración. Porque la inmigración se trata como una cuestión política, cuando es ante todo un problema antropológico, y más bien deberíamos hablar de 'hospitalidad'. 

Todos somos inmigrantes en la tierra, de alguna manera huéspedes de un país, de una familia, de una condición humana. Todos somos migrantes permanentes en la vida, inmigrantes. El nacimiento es una inmigración, una inmersión en la historia de la humanidad. Utilizar el término 'inmigrante' para definir a una persona como distinta del ciudadano es una forma de olvidar que todos somos viajeros en la tierra, hasta que en la tarde de la vida regresamos al lugar de donde venimos. Nacemos desnudos y desnudos volvemos a la tierra. 

Supe una vez que en África, el cuerpo del difunto se lava antes del funeral. No es sólo por motivos de higiene, sino para recordar que con la muerte nos 'limpiamos' de todos los vínculos y posesiones terrenales. 

El desafío es cultural: saber reconocer al otro como persona, semejante a nosotros, viendo en su mirada nuestra responsabilidad hacia él como hacia nosotros mismos y hacia la creación. A partir de esta conciencia podemos abordar los retos del cambio, de la convivencia entre diferentes personas, etc. 

Alguien me ha dicho que existe un genocidio africano de la migración. Creo que fue Juan Pablo II el que, de visita en la isla de Gorea, dijo que la esclavitud transatlántica es el holocausto olvidado. Esta migración forzada, que comenzó con la primera colonización y continúa hoy debido a la guerra y la pobreza, es un genocidio. 

Los occidentales hemos afirmado nuestro 'ius migrandi', un derecho reservado a ser ciudadanos del mundo, sin siquiera reconocer el derecho de los demás a existir. Fue la justificación primero de la esclavitud transatlántica, luego del apartheid y hoy del cierre de fronteras. 

La diferencia con la esclavitud del pasado es que antes a los africanos todavía se les daba una oportunidad de vida, por dolorosa y difícil que fuera, en trabajos forzados, mientras que hoy se ven obligados a abandonar su país sin ninguna perspectiva de vida. 

Hablamos de la responsabilidad de los gobiernos y de los políticos. Y es que, junto al silencio ensordecedor de los medios de comunicación sobre este genocidio de africanos, está el silencio culpable de nuestros representantes políticos. 

El mar Mediterráneo se ha convertido en un cementerio al aire libre, pero el desierto del Sahara lo es aún más… aunque no aparezca rastro de ello en nuestros informativos. 

Después de inventar este 'ius migrandi' exclusivo de los occidentales, pretendemos confinar a los africanos dentro de los límites del continente africano, como una prisión al aire libre. Es un problema de civilización. No solo es un problema político aunque seguramente los propios líderes y representantes africanos deberían plantear y resolver esa realidad -también en colaboración con la Unión Europea-. 

Como espectador -no soy analista cultural y social- sospecho que hasta existe tanto una exacerbación del racismo, del miedo y del rechazo a los diferentes, como también un grande peligro de indiferencia. 

Algunos llaman a este fenómeno con un término: 'racismo des-acomplejado'

Hasta hace un tiempo al racista se le llamaba así: racista. Hoy en día uno puede ser racista y proclamar públicamente ideas racistas sin miedo a ser considerado como tal e incluso sin ser consciente de serlo. Hemos perdido el  'complejo' de ser considerados racistas. 

Se podría hasta dar la paradoja de que hablamos a favor de la exclusión y del desprecio de los inmigrantes, mientras tenemos en casa cuidadores extranjeros, a menudo africanos, que cuidan de nuestros hijos, nietos o padres ancianos. Son inmigrantes que cuidan de niños y ancianos, se les confía el futuro y la memoria de nuestra sociedad, los últimos y más preciados secretos de la familia. 

Éste es, pues, el verdadero problema de esta sociedad: la soledad, la falta de afecto, el individualismo y la indiferencia. Tantas veces me inclino a pensar que el tema es el de una cultura del dinero y de la posesión que se ha apoderado del poder. 

Acabo ya. 

No sé si en África se utiliza la palabra "inmigrante", pero seguramente hay millones de inmigrantes porque me imagino que hay una fuerte migración interna aunque no se les considere inferiores ni diferentes de los ciudadanos, ni se les obligue a realizar trabajos poco cualificados. 

Y pienso que para convivir en paz debemos primero existir, con nuestra propia dignidad como personas humanas, capaces de superarnos, de dar lo mejor de nosotros mismos, no por el color de la piel, la fe o la nacionalidad, sino por nuestra propia dignidad humana como personas, por nuestro propio valor como seres humanos

Éstas, la dignidad y el valor humanos, son los que debieran establecer el triunfo de la vida sobre la muerte. 

No, el problema no es la inmigración sino la educación porque ser distinto no es ser inferior. “Europa no debería tener tanto miedo de la inmigración: todas las grandes culturas surgieron a partir de formas de mestizaje” (Günter Grass). 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Los inmigrantes… ¿Qué haría yo en su lugar?

Los inmigrantes… ¿Qué haría yo en su lugar? 

Los inmigrantes… Primero, una invitación desafiante: a tomar el punto de vista de los vencidos, de las víctimas, de los excluidos para escuchar la voz de quienes huyen, y una pregunta igualmente desafiante: ¿qué haría yo hacer en su lugar? 

El filósofo alemán Walter Benjamin (1892-1940) propuso un nuevo concepto de historia que tiene su centro en tomar el punto de vista de las víctimas, de los condenados de la tierra, y en la asunción de responsabilidad que lleva a la acción: 

Los vencidos esperan de nosotros no sólo el "recordatorio" (Eindenken) de su dolor, sino también la "reparación" (Erlosung) de las injusticias pasadas... Nos esperaban en la tierra para salvar a los vencidos del olvido pero también para continuar su lucha por la emancipación; no es sólo una "restitución del pasado" sino también una transformación activa del presente. 

Walter Benjamin, huyendo de los nazis, escribió su última obra, las "Tesis sobre la filosofía de la historia (o Concepto de historia)", casi un testamento espiritual, poco antes de suicidarse en Portbou, España. 

La transición es del pensamiento a la acción. 

Así decía el teólogo luterano Dietrich Bonhoeffer, antes de ser ejecutado por orden de Hitler en 1945 en el campo de Flossembürg: 

Un poco tarde aprendimos que no es el pensamiento sino la asunción de responsabilidad el origen de la acción... Para vosotros, el pensamiento y la acción entrarán en una nueva relación. Sólo pensaréis de aquellos responderéis actuando. Para nosotros el pensamiento era el lujo del espectador, para vosotros estará enteramente al servicio de la acción. 

Propuesta desafiante, porque cuando hablamos de migrantes, de vencidos de nuestro mundo contemporáneo, de excluidos, hablamos sobre todo de "números y datos" que pertenecen a lo que el Papa Francisco define como "cultura del descarte". 

La invitación es a relanzar la historia en otra dirección y a asumir la responsabilidad de actuar en nuestra vida cotidiana yendo contracorriente, en el sentido de "ir contracorriente" hacia el origen, hacia la fuente de un tema crucial para el futuro de la humanidad. 

“¿Qué haría yo en su lugar?” 

La pregunta no tiene respuesta o parece sin sentido si no hacemos el esfuerzo de identificarnos con la condición del otro. Debemos hacerlo si queremos que adquieran significado palabras como "conciencia europea, derechos humanos universales, solidaridad humana, fraternidad constructiva". Y podemos hacerlo porque sentimos que el valor que nos constituye es nuestro ser y estar en relación. Existe en el ser humano una tensión hacia el otro, basada en que el "nosotros" es original y continuo, es la llamada al otro desde uno mismo y es el retorno a la propia interioridad de uno mismo. 

Si nos identificamos con el otro, sentimos que la pregunta qué puedo hacer adquiere sentido y cambia la interpretación de las tragedias y el mal que fluye con el fluir de la historia. 

¿Qué responsabilidad hacia los vencidos de la historia? Y entre los perdedores de los que hablamos hoy están los inmigrantes. Uno se desanima al darse cuenta de que las rutas migratorias africanas actuales son similares a las del siglo XIX, cuando a los comerciantes de seres humanos no se les llamaba contrabandistas sino esclavistas.

Todo un continente está en movimiento, desde hace años, desde siempre y ¿qué pensamos? Para contarlos. ¿Son números, saltamontes, insectos,…? ¿Números en movimiento? La migración es un hecho y siempre la mezclamos con emociones y prejuicios. O la convertimos en dinero ¿cuánto nos cuestan? ¿O qué utilidad tienen para nosotros? ¿Por qué se mueven? La razón es la misma para todos. Miseria diaria... 

Las lágrimas son iguales para todos, quizás nos hagan a todos un poco más humanos. Ver no basta, hay que mirar, sólo así comprendemos que son nuestros hermanos, su dolor se convierte en nuestro dolor. 

Recuperar la "fraternidad perdida entre las olas", como espera la ONG mediterránea Saving Humans, no parece fácil: cada día naufragios, cada día el "naufragio de la humanidad". No podemos ver al ser humano en las playas; nosotros, ciudadanos de Europa, no estamos allí. El camino de los migrantes se hunde en el mar. Ya no sabemos si queda el mar para protestar, para indignarse por tantas muertes. 

La humanidad simplemente no funciona”, se leía en un cartel dejado por alguien que fracasó en su intento de acompañar a los inmigrantes más allá del alambre de púas, más allá de la barrera policial fronteriza. 

¿Cuál es el riesgo que corremos? Matar por omisión, por indiferencia. 

¿Cada vez menos derechos y cada vez menos humanidad? 

Si somos capaces de ponernos del lado del otro en este camino, llegaremos a comprender que no podemos considerarnos extraños al género humano. 

¿Qué podemos hacer concretamente? 

Podemos prevenir el mal extremo vigilando sus estadios intermedios, reaccionando con pensamiento independiente a los "rumores", a los estereotipos, a los clichés, a las charlas superficiales, a las fórmulas que simplifican realidades complejas; prevenir el mal reaccionando a las palabras enfermas, al odio, a la intolerancia, al racismo y, positivamente, viviendo los valores de la amistad, del diálogo, abiertos al diferente, al otro hacia el que nos empuja la curiosidad innata en todo ser humano. Es nuestro presente el que puede ser mejor y si nuestras acciones en la vida cotidiana mejoran, también es más fácil afrontar problemas complejos con nuevas respuestas. 

Si tomamos conciencia de que la cuestión de las migraciones es crucial en nuestro mundo contemporáneo, podemos reaccionar difundiendo, fomentando y viviendo la cultura de la hospitalidad, de la acogida y atención, para salvar la humanidad que hay en el ser humano. 

Distinguir la verdad de la falsedad, superar el miedo, informarse, conocer, comprender, nombrar, comunicar para actuar, es lo que el gran sociólogo Zygmunt Bauman denominó “La cultura como praxis”. El razonamiento es la forma de resistencia en tiempos oscuros, pero necesariamente debe convertirse en acción, en elección. Siempre se puede decir sí o no, es la sustancia de la ética civil. 

No basta con salvar de las aguas de muerte. Porque luego están los caminos a seguir en Europa, los de la integración, de la reconstrucción de una vida, y se necesitan derechos, ahora, no mañana. Ahora estamos llamados a ejercer una ciudadanía activa, alimento primario de la vida democrática. Acoger y cuidar a los demás en las relaciones cotidianas, en casa, en la escuela, entre amigos, en el deporte, en el tiempo libre, es la tarea a emprender. Incluso en un mundo donde el mercado se ha extendido más rápido que la democracia, y con el peligro de funcionar sin las reglas del Estado de Derecho, habría que desear que nadie tuviera más interés en la derrota del otro, y que el altruismo fuera la clave para la supervivencia de la Humanidad. 

Las personas justas actúan cuando están en juego los valores supremos de la vida y hoy también nosotros estamos llamados a luchar hasta el final para que se logre una ética de altruismo, empatía y belleza, porque la barbarie se asoma en el horizonte. 

Podemos hacer esto si tomamos conciencia de la singularidad de nuestras vidas y de las vidas de todos aquellos con quienes nos encontramos, ya sean cercanos o lejanos. Porque cuando salvamos a una persona en realidad salvamos la humanidad que hay en el ser humano porque somos conscientes de que cada vida es preciosa. 

Se trata de transformar la mirada y el pensamiento en acción solidaria proyectada en el presente y en el futuro, y arraigada en el valor sagrado del ser humano, sabedores de la fuerza atrayente del bien y de la necesidad y urgencia de acciones valientes.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Recuerda que también tú fuiste emigrante en tierra extranjera: una reflexión ante la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado.

Recuerda que también tú fuiste emigrante en tierra extranjera

«No oprimirás al extranjero, pues vosotros conocéis el sufrimiento del extranjero, ya que vosotros fuisteis extranjeros en la tierra de Egipto» (Éxodo 23,9).

 

La prohibición de oprimir a los inmigrantes se motiva con la referencia a la situación que vivió Israel cuando emigró a Egipto. Y es una referencia de valor teológico: YHWH es el Dios de los migrantes. Él se reveló a Israel cuando este emigró a Egipto.

 

Proteger al extranjero residente en su país significa para Israel confesar la fe en YHWH. Y, por el contrario, explotar, maltratar y rechazar a los inmigrantes equivale para Israel a blasfemia e idolatría.

 

Si Israel se preocupó por la suerte de los inmigrantes, no fue porque se sintiera amenazado por ellos, sino porque era consciente de que necesitaban protección.

 

Así, Israel elaboró un «derecho del inmigrante» redactando varios cuerpos legislativos que llegaron a convertir al inmigrante en miembro de la comunidad de los hijos de Israel: «El inmigrante será para vosotros como uno de vuestros compatriotas» (Lv 19,34).

 

Nuestra época ha sido definida como «la era de la migración». Una era caracterizada por la globalización de las migraciones, el aumento de la diversidad de los países de los que se emigra y de los motivos por los que se emigra, la feminización de las migraciones, el paso de un número cada vez mayor de países de tierras de emigración a tierras de inmigración.

 

Y también por la elaboración de políticas migratorias de los países de destino que se han teñido cada vez más descaradamente de tintes criminales - Étienne Balibar -.

 

Por lo tanto, es necesario tomar conciencia y denunciar. Una «sociedad decente» no humilla, es decir, no asigna a las categorías débiles un estatus de menor humanidad como si los inmigrantes, refugiados y exiliados disfrutaran de derechos limitados.

 

La burocracia puede ser humillante cuando se basa en relaciones despersonalizadas e insensibles a la singularidad de cada persona. Las devoluciones masivas de migrantes, las detenciones ilegales, las deportaciones anunciadas de pueblos enteros,…, ya no son solo casos de violación de los derechos humanos, sino que forman parte de un proceso explícito de rechazo de los principios de civilización enunciados en las constituciones de muchos Estados.


Los discursos y las prácticas públicas legitiman comportamientos «fáciles» e «instintivos» por parte de mucha gente común, de modo que se asiste a expresiones y prácticas de odio que causan consternación.

 

Ernst Bloch, en 1935, al preguntarse por el consenso masivo obtenido por el nazismo, hablaba de una «metamorfosis en demonios de la gente proletarizada». La ostentación pública de maldad e inhumanidad disfrazadas de autenticidad y la exhibición de crueldad hacia los pobres se hacen eco de los desvaríos presentes en Mein Kampf, donde se ensalza el «deber» de ser cruel «con la conciencia tranquila».

 

Las emociones del miedo - suscitando el miedo de los locales hacia los inmigrantes e infundiendo en los inmigrantes el miedo a los locales - y de la vergüenza - induciendo a los extranjeros a avergonzarse de su condición e infundiendo en los locales el sentido de la vergüenza por la presencia sucia e indecorosa de los inmigrantes - forman parte de una estrategia que recaba consensos para políticas inhumanas disfrazadas de medidas de seguridad.

 

¿Qué se necesita? Entre otras cosas, una buena dosis de memoria histórica. Las leyes del Antiguo Testamento sobre los inmigrantes se basan en la memoria: «Recuerda que fuiste emigrante en tierra extranjera». El recuerdo del sufrimiento nos preserva de repetirlo y de descargarlo sobre otros.

 

Se necesita empatía. Como la que expresa el protagonista de la novela “Yo voy, tú vas, él va”  de Jenny Erpenbeck.

 

Reflexionando sobre la condición de los migrantes, a quienes percibe como personas excluidas del espacio y del tiempo, que han huido de un lugar inhóspito hacia países que los rechazan, sin pasado y sin futuro, se dice a sí misma:

 

«Una vida en la que un presente vacío está ocupado por un recuerdo que te resulta insoportable y cuyo futuro no da señales de manifestarse, debe ser muy agotadora, porque en una vida así falta, por así decirlo, una orilla a la que llegar».

 

Se necesita mucho más, pero intentemos también nosotros hacer el ejercicio imposible de imaginarnos en una situación similar: desarraigados de nuestro hogar, arrancados de nuestra lengua materna, en busca de un futuro para nosotros y nuestros seres queridos, movidos por una esperanza desesperada.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Cruzar y traspasar fronteras.

Cruzar y traspasar fronteras

A principios de los años setenta, John Lennon cantaba «Imagine», y lo que nos invitaba a imaginar con su canción era que ya no existieran países («Imagine there’s no countries») y que todos los seres humanos compartieran el mundo entero («Imagine all the people sharing all the world»). La eliminación de todas las fronteras, por lo tanto.

 

Quién sabe cuántas otras veces, antes y después de él, la libre imaginación de los seres humanos ha soñado con la eliminación de las barreras territoriales, deseando un supertratado de Schengen a nivel planetario.

 

Pero embargo, hoy en día las cosas van decididamente en la dirección opuesta. Hay países europeos que quieren restablecer el cierre de las fronteras a aquellos que no pertenecen al espacio Schengen. Otros países han construido en los últimos años muros y vallas de alambre de púas de varios metros de altura para proteger sus fronteras. Los únicos continentes que carecen de ellos son, por razones fácilmente comprensibles, Oceanía y la Antártida.

 

Pero hay una frontera que, en estos tiempos, es más que ninguna otra el símbolo de la maldición y la bendición que representan las fronteras, para el destino de vida o muerte de quién sabe cuántos miles de personas: el paso fronterizo de Rafah...

 

Por un lado, la Franja de Gaza; por otro, Egipto. Por un lado, la falta de agua, alimentos, medicinas y cualquier otro bien de primera necesidad; por otro, camiones cargados de todas estas cosas (que se dejan entrar con cuentagotas, cuando deberían fluir como un torrente en pleno caudal). Por un lado, la muerte; por otro, la vida.

 

El paso fronterizo de Rafah: hoy cerrado, mañana abierto, pasado mañana quién sabe, tú con este pasaporte pasas, tú con este otro no, tú por este lado te salvas, tú por este otro lado te las arreglas, perfecta aplicación de esa lógica despiadada de los condenados y de los salvados, y que impera cruelmente en muchos otros acontecimientos humanos.

 

Pero ¿por qué existen un lado y otro lado? ¿Acaso la tierra no tiene una única latitud ininterrumpida?

 

Somos nosotros, al establecer barreras y fronteras, quienes interrumpimos y fragmentamos su continuidad. Pero ¿no deberíamos todos los seres humanos ser portadores de los mismos derechos y tal vez incluso «hermanos»?

 

Hemos fundado la loable «Organización de las Naciones Unidas», pero ¿a qué se reduce este logro si, de hecho, las naciones siguen desunidas, separadas por fronteras con vallas cada vez más altas y cada vez más armadas? ¿Cuándo podremos finalmente deshacernos de estas fronteras antinaturales?

 

Pero, ¿se trata realmente solamente de mezquindad cuando están en juego las fronteras? Sin duda, hay mezquindad, maldad e intereses sucios en la forma en que se administran concretamente las fronteras, a menudo salvando a unos pocos privilegiados y sumergiendo a la mayoría. 


Pero, esto no significa que la institución de la frontera como tal sea condenable. Al contrario, creo que tiene mucho que ver con la lógica de la vida.


 

Cada una de nuestras células tiene una membrana que la separa de las demás y protege su núcleo y su citoplasma, lo que demuestra que la existencia de la frontera y la protección que proporciona es, ante todo, una necesidad biológica. Y lo que vale para la membrana celular vale para cualquier otra realidad biológica: para muchos animales es esencial marcar su territorio.

 

Esta lógica de delimitación del espacio representada por la frontera se encuentra en otros ámbitos vitales de la vida humana.


 A nivel psicológico existen fronteras personales precisas, como enseña la disciplina que estudia las relaciones de distancia espacial en la comunicación de los seres humanos, según la cual cada uno de nosotros tiene una especie de escala cuando interactúa con los demás que se configura así: una distancia pública para las relaciones con desconocidos de alrededor de tres metros, una distancia social para las relaciones entre conocidos que llega hasta un metro, la distancia personal que llega hasta 45 centímetros para las relaciones con amigos y, por último, la intimidad que reduce la distancia a cero derribando todas las fronteras. Pero, ¿a cuántas personas permitimos entrar en nuestra intimidad?

 

Después de la biología y la psicología, la lógica de la frontera estructura en tercer lugar la sociedad. Al viajar por la autopista o por la autovía nos encontramos con carteles que indican el final de una región y el comienzo de otra, obviamente también podemos eliminarlos, pero eso no quita que al final del viaje nos encontremos en un lugar con otra lengua, otra cocina, otra cultura…

 

Y si esto es válido para las regiones, lo es aún más para los Estados.

 

Existe un espíritu de cada pueblo porque de lo contrario no sería un pueblo. Existe una italianidad (ahora que vivo en Roma): es la suma de tradiciones, costumbres, historia, lengua, cultura. Las naciones existen, e imaginar «no naciones» significa empobrecer la biodiversidad humana.

 

Es cierto, las fronteras no son más que líneas, a veces convencionales, otras veces arraigadas en la historia, pero esas líneas marcan el comienzo y el final de dos realidades humanas diferentes.

 

La tarea consiste en trabajar para que las naciones estén realmente «unidas», lo que no significa que carezcan de fronteras, sino que estas sean permeables y colaborativas, exactamente como la membrana celular, cuya existencia garantiza la protección de la célula y cuya permeabilidad le permite nutrirse.


 

Existe además otra aplicación de la lógica de las fronteras en el ámbito ético-espiritual, que puede definirse como «sentido del límite» (término que deriva del latín «limes», que significa precisamente frontera).

 

Según los antiguos griegos, el pecado por antonomasia es la llamada «hybris», la arrogancia, esa disposición que hace perder el sentido del límite y de la frontera personal, con la consiguiente incapacidad de limitar la voraz expansión del ego. Quien padece esta enfermedad espiritual no conoce fronteras y aspira a ampliar su esfera de dominio sin el más mínimo respeto por el territorio ajeno.

 

También la Biblia hebrea condena duramente este comportamiento agresivo: «Maldito el que traspasa los límites de su prójimo» (Deuteronomio 27,17); y aún más: «Ay de los que añaden casa a casa y unen campo a campo, hasta ocupar todo el espacio, quedando como únicos habitantes del país» (Isaías 5,8), un dicho que se adapta muy bien a la expansión ilegal de los colonos israelíes en los territorios palestinos - valga como ejemplo y dicho sea de paso -.

 

Y hay otra valencia de la realidad de la frontera se refiere al conocimiento. Paul Tillich, uno de los teólogos más importantes del siglo XX, feroz opositor del nazismo que lo obligó al exilio, escribió: «La frontera es el mejor lugar para adquirir conocimiento». El teólogo se refería a esa dialéctica innata de la mente humana según la cual toda realidad tiende espontáneamente hacia una frontera que tiende a superar.

 

Respetar las fronteras no significa, por tanto, entregarse a lo estático y confinado, sino, por el contrario, cruzarlas. Pero, para ser cruzadas, las fronteras deben existir, lo que se aplica a un pueblo, una religión, una ideología política, una teoría científica... 


Lo fundamental es querer traspasarlas no por voluntad de conquista... sino por ese inquieto espíritu de conocimiento que es el eje de la mente humana... o, simplemente, por querer buscar y encontrar las condiciones de una vida digna



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La nacionalidad no hace a los ciudadanos…

La nacionalidad no hace a los ciudadanos…

La política europea suele debatir sobre la fuente que confiere a un ser humano la condición jurídica de ciudadano europeo. El tema es urgente, incluso inaplazable, tanto porque afecta directamente a muchas personas que viven en Europa, que no son ciudadanos europeos y desearían serlo, y porque afecta indirectamente a todos los actuales ciudadanos europeos, ya que aclara (en estos tiempos tan confusos) su identidad.

 

¿Qué significa ser ciudadano europeo? ¿Cómo «se hacen» los europeos? ¿Para ser ciudadano europeo es necesario tener la nacionalidad en algún país europeo? ¿Cuál es la relación entre ciudadanía y nacionalidad?

 

San Pablo tenía la ciudadanía romana, pero era de nacionalidad judía. Albert Einstein tuvo primero la ciudadanía alemana, luego la suiza y, finalmente, la estadounidense, pero su nacionalidad era y siguió siendo judía.

 

Los ejemplos ayudan a comprender la distinción fundamental entre ciudadanía y nacionalidad. La ciudadanía se tiene, se adquiere, es el resultado de una práctica política; la nacionalidad, en cambio, está ligada al ser, a la generación, o mejor dicho, a las generaciones, es el resultado de un proceso natural.

 

Se puede llegar a ser ciudadano de otro Estado, pero eso no significa que se adquiera la nacionalidad: un pasaporte japonés no confiere cromosomas japoneses. Todo el mundo puede adquirir potencialmente una ciudadanía diferente, pero nadie (o casi nadie) una nacionalidad diferente, y digo «casi» porque, por ejemplo, un marroquí puede vivir tanto tiempo en Catalunya que se sienta tan catalán como marroquí.

 

Se trata de la distinción fundamental entre Estado y Nación. El Estado es una construcción política y sus miembros se denominan ciudadanos; la nación es una construcción natural y sus miembros se denominan nativos.

 

«Nativo» no solo se refiere a quien nace en un territorio determinado, sino a quien nace en un territorio determinado de padres que a su vez nacieron allí de antepasados que también eran nativos, y así sucesivamente hasta el principio de los tiempos. Por eso, los nativos americanos no son personas como Donald Trump, sino como Gerónimo o Toro Sentado…

 

El Estado se construye y sus miembros «se hacen». La nación es el resultado de un largo proceso natural ligado a las condiciones climáticas, los hábitos alimenticios y otros numerosos y antiguos factores. El tiempo del Estado se mide en siglos (Gran Bretaña y Francia tienen una historia de una docena de siglos, Alemania e Italia no llegan a dos, y tal vez no sea casualidad que hayan producido el fascismo y el nazismo); el tiempo de la Nación se mide en milenios.


 

A la luz de esta importante distinción entre ciudadanía y nacionalidad, es decir, entre Estado y Nación, creo que el debate político europeo hasta puede aclararse y simplificarse.


Ningún Estado puede crear seres humanos según su propia ideología (los totalitarismos del siglo XX lo intentaron, pero el resultado sangriento es bien conocido), solo la naturaleza y la cultura generan pueblos; sin embargo, un Estado puede y debe «hacer» a sus ciudadanos.

 

Y, en este sentido, la distinción entre ciudadanía y nacionalidad resulta decisiva y nos hace comprender que estamos destinados por la fuerza de la historia (a la que es insensato oponerse y es prudente obedecer) a tener un único Estado con una única ciudadanía, pero con diferentes nacionalidades. 


Es decir, estamos destinados a la internacionalidad. La dimensión internacional que hasta ayer se refería a la relación entre Estados, hoy se refiere a la relación entre los ciudadanos del mismo Estado.

 

Los principales enemigos en la historia reciente de la importante distinción entre ciudadanía y nacionalidad fueron los nazis, para quienes solo la nacionalidad confería la ciudadanía. 


El núcleo ideológico de la Alemania nazi se resumía, de hecho, en la díada «Blut und Boden», «sangre y suelo», con la completa exclusión de la cultura. A propósito de la cual, más bien, alguno se jactaba de repetir: «Cuando oigo la palabra cultura, echo mano de la pistola».

 

Todavía hoy hay quienes quieren disparar contra la cultura. Afortunadamente, tanto en la derecha como en la izquierda de nuestras fuerzas políticas, hay personas sensibles a la cultura y a los valores humanos que se derivan de ella, entre los que destaca, en primer lugar, la igualdad de dignidad, y por eso otorgan el derecho de convertirse en ciudadanos europeos, sin ser nativos ni aspirar a la nacionalidad. ¿Y por ello se pierde así la identidad europea específica?

 

La identidad es un valor imprescindible para el ser humano, constituye la meta psíquica y espiritual del complicado proceso que llamamos existencia. Identidad deriva del latín «idem», que significa «lo mismo, el mismo», a su vez del griego «ídios», que significa «particular, peculiar».

 

De ahí viene «idioma», que indica la expresión cultural por excelencia que es la lengua, la lengua materna, lo que más identidad confiere. 


Pero de ahí también deriva «idiota», que indica a quien, mirando solo a sí mismo y a los suyos, no entiende el mundo.

 

La identidad es, por tanto, lo que nos permite hablar con un lenguaje y un sabor específicos, pero también lo que nos hace estar confinados, limitados y, por tanto, estúpidos, es decir, idiotas.

 

Cuanto más espacio y valor se le da a la cultura, más se valora la identidad por ejemplo en el sentido del idioma (porque muchos hablarán cada vez mejor nuestra hermosa lengua, por ejemplo, catalana compartiendo la sensibilidad depositada y transmitida en ella) y más se combate aquella identidad que es sinónimo de idiotez.

 

Comenzaba diciendo, y titulando esta reflexión, que la nacionalidad no hace a los ciudadanos… porque los pueblos nacen de la cultura…



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La acogida es vida que sostiene la vida.

La acogida es vida que sostiene la vida

«La casa de Abraham estaba abierta a todos los seres humanos, a los viajeros y a los repatriados, y cada día llegaba alguien para comer y beber en su mesa. A los hambrientos les daba pan, y el huésped comía, bebía y se saciaba. A quienes llegaban desnudos a su casa, él los vestía y aprendía a reconocer a Dios, el creador de todas las cosas».

 

Así lo cuenta un espléndido Midrash sobre Abraham, paradigma de la figura hospitalaria. Se hace eco del capítulo 18 del libro del Génesis, donde el Patriarca, en las horas más calurosas del día, acoge a los tres hombres que se presentan en su tienda.

 

Mantener la puerta de la propia casa abierta es, por tanto, la primera característica del yo hospitalario.

 

Un texto rabínico se pregunta por qué, en las horas más calurosas del día, Abraham se sentaba a la entrada de la tienda y no se encontraba, más bien, en su interior para protegerse del calor. Y la respuesta es: para estar alerta y vigilar, de modo que, al ver a alguien desde lejos, pudiera invitarlo inmediatamente a su tienda, ofreciéndole refugio lo antes posible.

 

Espléndida parábola de quien, velando, despierta del letargo del yo que descansa en sí mismo y vela por el otro. De quien sabe que no existe el «yo» sin el «tú», que no hay identidad (¡ni siquiera la cristiana!) sin relación.

 

No en vano, otro texto rabínico se pregunta por el número de entradas o puertas de la tienda de Abraham y responde que eran cuatro, correspondientes a los cuatro puntos cardinales, para que los

 

Hospitalario es el sujeto cuya «casa ya no es el lugar donde vive encerrado en la relación de sí mismo con sí mismo sino el espacio que, abierto por el otro, se abre al otro y en cuyas puertas las llaves ya no son instrumentos que cierran sino instrumentos que abren.


 

La experiencia nos enseña que cuando un pueblo entero o una sola persona se encuentra en una situación de gran bienestar, corre el peligro no solo de olvidar su propia historia, sino también de no comprender a quienes se encuentran en necesidad.

 

Este es también el sentido de las prescripciones que Moisés, en nombre del Señor, da al Pueblo de Israel que se dispone a entrar en la tierra prometida «donde mana leche y miel» (Deuteronomio 26,9), es decir, un lugar de abundancia y bienestar.

 

Estas prescripciones ayudarán a Israel a reconocer siempre que lo que es y lo que tiene es solo un don gratuito de Dios y, al mismo tiempo, a establecer las relaciones con cada extranjero según la voluntad divina, recordando siempre su condición de extranjero en Egipto.

 

Por eso Moisés ordena a Israel: «Y pronunciarás estas palabras delante del Señor, tu Dios: ‘Mi padre era un arameo errante, bajó a Egipto, permaneció allí como extranjero con poca gente y se convirtió en una nación grande, fuerte y numerosa’» (Deuteronomio 26,5).

 

Este recuerdo del pasado tendrá como consecuencia práctica en el presente y en el futuro una nueva relación con cada extranjero. Este debe ser asociado a este nuevo bienestar, a la gran fiesta de la vida ofrecida por Dios: «Te alegrarás, junto con el levita y el extranjero que estará entre ti, de todo el bien que el Señor tu Dios te habrá dado a ti y a toda tu familia» (Deuteronomio 26,11).

 

Es más, a partir de ahora el extranjero no deberá ser molestado ni oprimido, ya que los propios israelitas fueron extranjeros en Egipto (cf. Éxodo 22,20). Mucho más: «Cuando un extranjero resida entre vosotros en vuestra tierra, no lo oprimiréis. Al extranjero que resida entre vosotros lo trataréis como a uno nacido entre vosotros; lo amarás como a ti mismo, porque también vosotros fuisteis extranjeros en la tierra de Egipto. Yo soy el Señor, vuestro Dios» (Levítico 19,33-34).

 

«Yo soy el Señor, vuestro Dios»: cuando el Señor habla, sus palabras son irrevocables para siempre. ¡Indican el comportamiento general que debe regular las relaciones entre las personas de todas las épocas y lugares!

 

También nosotros, como los israelitas, nos reconocemos en nuestra memoria histórica como hijos de un «padre errante» aunque no fuera arameo. Además, no podemos dejar de recordar que nosotros también hemos sido alguna vez en la historia «extranjeros». Por eso tenemos en nuestro ADN la dimensión de la acogida, la solidaridad y el respeto de la libertad y de todos los derechos fundamentales de la persona.

 

Porque la condición de «errante» es propia de todo ser humano. Dado que es fundamentalmente un ser relacional, para realizarse plenamente se ve obligado a salir continuamente, a ir hacia... para crear esos encuentros que lo enriquecen en su humanidad.

 

El movimiento, la migración, es, por tanto, innato y característico del ser humano, siempre en busca de esa situación «donde mana leche y miel», es decir, de las mejores condiciones para una vida verdaderamente humana.

 

Mucho más, el cristiano sabe que solo en el encuentro con Jesucristo, el Dios que se hizo forastero entre los hombres —hombres que no siempre lo acogieron—, pero a los que lo acogieron les dio el poder de convertirse en hijos de Dios (cf. Juan 1,11-12) —forastero en Egipto como su pueblo muchos siglos antes que Él, y que se identificó con todos los extranjeros (era forastero y me habéis asistido, o no: cf. Mateo 25,35.43)—, el cristiano sabe, por tanto, que solo en este encuentro definitivo y único, a través de cada rostro humano concreto, está llamado a realizarse plenamente.

 

El sentido profundo de la peregrinación en la historia de la Iglesia está precisamente aquí: el pueblo en camino, hacia el lugar del encuentro en el que se recibe continuamente como gratuidad de un Dios que tiene palabras y gestos de vida para todos.

 

«No molestarás al extranjero ni lo oprimirás, porque vosotros fuisteis extranjeros en la tierra de Egipto» (Éxodo 22,20).

 

Cada uno de nosotros se siente llamado a revisar y replantearse su actitud y su posición con respecto a la realidad de los «migrantes», de los extranjeros que cada vez más rodean nuestra vida, con los que esperamos el autobús o que viven en el apartamento de al lado, o incluso cuyos hijos van al mismo colegio que los nuestros.

 

Para nosotros, cristianos, ¿quiénes son estos hermanos y hermanas que vienen de lejos para encontrar trabajo y garantizar una vida más digna a sus familias? ¿Los sentimos realmente como tales o también los miramos con recelo y miedo? ¿Prevalecen los prejuicios que a menudo los acompañan o somos capaces de acogerlos de manera digna y humana? ¿Preferimos mantenerlos alejados y ayudarlos desde lejos o nos arriesgamos y aceptamos el desafío?


Quien ha experimentado la misericordia de Dios hacia sí mismo debe «hacer» misericordia al otro, cualquiera que sea su pueblo, cultura, religión o condición social. Quien es cristiano debería sentirse, por así decirlo, «obligado» a esta actitud porque ha conocido en su propia carne la misericordia que Dios le ha mostrado.

 

Pero también quien no es cristiano puede saber, en cualquier caso, que el ser humano que tiene delante tiene los mismos derechos que él, pide el mismo respeto a su dignidad: así nace la responsabilidad de ayudar al otro, de reconocerlo, de hacerle el bien, de liberarlo de la condición de sufrimiento en la que se encuentra.

 

Hoy en día son muchos, cristianos o no, los que comprenden y denuncian cómo ha desaparecido de nuestra cultura y del tejido de nuestra vida social la «fraternidad», esa virtud sin la cual incluso la igualdad y la libertad quedan reducidas a palabras vacías.

 

Si no hay una búsqueda decidida y a veces laboriosa de la fraternidad, entonces el otro, los otros, resultan ser solo realidades cosificadas, evaluadas únicamente en función de nuestros intereses, de su utilidad para nosotros, de su incidencia positiva o negativa en nuestro bienestar individual, de su condición de obstáculos en el camino de nuestra felicidad.

 

En una situación como la que se vive en los países del bienestar, aunque atravesados por crisis económicas que sufren los más pobres y los que carecen de dignidad, también los cristianos y, por tanto, la Iglesia, junto a las personas de buena voluntad, tienen ante todo la tarea de mostrar, con su comportamiento y su contribución a la edificación de la ‘polis’, que se oponen a la barbarie que avanza a pasos agigantados, sobre todo desde hace ya unas décadas, en Europa.

 

¿Cómo es posible que el veneno de la xenofobia haya envenenado a nuestras poblaciones, que más que otras han conocido en el pasado el sufrimiento de la emigración, la huida de una tierra incapaz de darles trabajo y alimento? ¿Cómo es posible que una larga tradición humanista y cristiana se vea tan fácilmente contradicha en valores profesados desde hace tiempo, como el de la acogida y la hospitalidad? ¿Cómo es posible que, disfrutando de mejores condiciones económicas, tecnológicas y culturales, nos sintamos amenazados por los pobres que llaman a nuestras fronteras?

 

No se trata de acoger a todos, porque eso no es posible, antes que por la insostenibilidad económica, debido a nuestra propia condición humana marcada por la limitación, pero sí al menos de intentar regular los flujos migratorios desde una perspectiva de humana solidaridad europea, de poner fin a los intereses económicos y geopolíticos que fomentan las guerras y la opresión, de favorecer condiciones que permitan a esos pueblos permanecer en sus tierras y no verse obligados a emprender, a costa de sus vidas, éxodos a través del desierto, del Mediterráneo, de...

 

¿Acaso la vida de una persona no tiene el mismo valor independientemente de la tierra en la que nace? Los derechos, antes de ser los de un ciudadano de una nación determinada, deben ser reconocidos como «derechos humanos» como tales.

 

Cerrar la puerta en las narices a quienes mueren en el Mediterráneo o rechazar a quienes se acercan a nuestro territorio es «matar al hermano», negarle el derecho a vivir. Y si es cierto que no se pueden acoger todas las miserias del mundo, cada uno debe superarse a sí mismo y a su egoísmo para acoger a quienes, en su miseria, corren el riesgo de morir.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Todos somos inmigrantes.

Todos somos inmigrantes   En griego antiguo la palabra que se usa para designar al huésped, al invitado, y la palabra que se usa para design...