Laudato si’… once años después
No se ha quedado encerrada en las sacristías: se ha desbordado hacia las plazas, las universidades y los debates políticos internacionales, imponiéndose como uno de los muy pocos análisis realmente capaces de conciliar la fragilidad del planeta y el dolor de los pobres.
No es solo un texto religioso: se ha convertido en una
brújula imprescindible para cualquiera que intente orientarse en la tormenta de
la crisis global. Esta es precisamente la prueba de su naturaleza profética: no
ha envejecido porque no se ha limitado a seguir la actualidad, sino que ha dado
en el meollo del problema.
Cuanto más pasan los años, más se encarga la realidad
(por desgracia, hay que decirlo) de dar la razón al Papa Francisco.
La encíclica no es un tratado de botánica ni un simple
llamamiento al buen corazón de los ciudadanos para que separen los residuos: es
un manifiesto político, social y espiritual que sacude los cimientos de la
modernidad.
Su carga revolucionaria reside en una palabra que
actúa como eje central de todo el texto: interconexión. El Papa Francisco
derriba la visión sectorial del mundo, típica de la cultura tecnocrática, para
afirmar que «todo está conectado». En este esquema, la crisis medioambiental
no es un tropiezo del progreso, sino el síntoma de una crisis más profunda que
afecta a la idea misma del hombre y de la sociedad.
La primera ruptura real con el pasado es la introducción del concepto de ecología integral. El Papa Francisco acaba con la ecología «de fachada», aquella que se ocupa de salvar (legítimamente) a las ballenas de la extinción ignorando el destino de las poblaciones indígenas o de los trabajadores explotados.
Con gran fuerza comunicativa, el Papa declara que no
existen dos crisis separadas —una ambiental y otra social—, sino una única y
compleja crisis socioambiental. Esto significa que no se puede estar
sinceramente preocupado por la naturaleza si en el corazón no hay ternura,
compasión y preocupación por los seres humanos.
De hecho es una revolución de perspectiva: la defensa
del ecosistema se convierte en una lucha por la justicia global. La Tierra,
nuestra casa común, se encuentra entre los pobres más abandonados y
maltratados, y su grito se une inevitablemente al grito de los oprimidos.
Un segundo elemento disruptivo es la crítica radical
al paradigma tecnocrático. El Papa pone en tela de juicio la idea de que el
crecimiento económico infinito sea la solución a todos los males y que la
tecnología, por sí sola, pueda reparar los daños que ella misma contribuye a
crear.
El Papa Francisco denuncia una «cultura del descarte» que
ha transformado el mundo en un inmenso vertedero, donde los objetos están
diseñados para convertirse en residuos y las personas —desde los no nacidos
hasta los ancianos, desde los migrantes hasta los pobres— son consideradas
excedentes de un sistema productivo despiadado.
Esto no es solo una crítica al capitalismo salvaje, es
un desafío antropológico: el hombre se ha ilusionado creyéndose el dominador
absoluto de la naturaleza, transformando el mandato bíblico de «someter
la tierra» en una licencia para saquearla. La encíclica restablece una
verdad teológica y filosófica incómoda: el hombre no es el dueño, sino el
custodio de la creación.
Durante siglos, las naciones industrializadas han
alimentado su propio bienestar explotando los recursos naturales de otros
países y dejando tras de sí contaminación, deforestación y desertificación.
La carga revolucionaria se convierte aquí en política
internacional: el Papa pide reparaciones, exige que las naciones más ricas
asuman los costes de la transición energética global, porque la propiedad
privada no es un derecho absoluto, sino que está subordinada al destino común
de los bienes.
Hay además una revolución del lenguaje y de los
sentidos. El Papa Francisco en el texto no habla en abstracto; cita el aire que
respiramos, el agua que escasea, la belleza de un paisaje destruido. Ataca la «aceleración»,
ese ritmo frenético de vida y de consumo que nos impide detenernos a contemplar
el valor de lo que tenemos.
Propone una sobriedad feliz, no como una forma de
privación o de vuelta a la Edad de Piedra, sino como una liberación de la
obsesión por el consumo. Es una invitación a pasar del consumo al sacrificio,
de la codicia a la generosidad, del despilfarro a la capacidad de compartir.
Por último, Laudato si’ es revolucionaria porque es un documento ecuménico y universal. No se dirige solo a los católicos, sino a «toda persona que habita este planeta».
El Papa Francisco invita a un diálogo global que
supere los egoísmos nacionales y los intereses partidistas. Nos recuerda que
somos una única familia humana, que viaja en un barco que está haciendo agua, y
que nadie puede salvarse por sí solo.
La suya es una llamada a la «conversión ecológica»: un
cambio del corazón, antes incluso que de las leyes. En una época dominada por
el cinismo y la resignación, la encíclica es un acto de esperanza militante, un
llamamiento a rebelarse contra la injusticia para construir un mundo donde la
belleza y la dignidad no sean privilegios de unos pocos, sino derechos de
todos.
Hoy la fuerza de ese texto permanece inalterada; es
más, actúa como un reactivo químico que pone al descubierto las contradicciones
de nuestro tiempo. La esperanza es que esa misma radicalidad, capaz de sacudir
a las naciones y a las conciencias, pueda seguir provocando para que, en este
mundo confuso marcado por el desorden global, el latido indomable de una
justicia necesaria y de una paz molesta para los poderosos siga siendo la única
fuerza capaz de devolver la esperanza a las mujeres y a los hombres de esta
tierra herida.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF












