sábado, 27 de junio de 2026

Descalzarse para acoger al otro y lo otro - San Mateo 10, 37-42 -

Descalzarse para acoger al otro y lo otro - San Mateo 10, 37-42 -

Jesús establece en el Evangelio una equivalencia muy fuerte: «Quien os acoge, me acoge a mí; y quien me acoge a mí, acoge a quien me ha enviado». (Mt 10, 40)

 

Jesús quiere que el testimonio de los Doce —y hoy, el de todos nosotros— sea la forma en que Él mismo continúe su misión. Es una responsabilidad inmensa para los discípulos y una señal de la confianza que el Señor tiene en sus hijos, siempre y a pesar de todo.

 

La Presencia de Dios debe pasar necesariamente también a través de personas concretas que sean, ante todo, acogedoras.

 

Y es que el Evangelio atestigua que quien acoge a los discípulos de Jesús no quedará sin recompensa; es más, el huésped acogido y reconocido en su identidad profunda atrae y asimila a sí mismo a quien lo acoge: «Quien acoge a un profeta por ser profeta, recibirá la recompensa del profeta, y quien acoge a un justo por ser justo, recibirá la recompensa del justo» (Mt 10, 41).

 

Acoger al otro es siempre fecundo porque nos obliga a «disminuirnos», a reducirnos, a hacer sitio, en primer lugar, obviamente, al Otro y luego al otro.

 

En el centro de toda la experiencia cristiana se impone la dimensión de la acogida, tal y como se lee en la Carta a los Hebreos: «No olvidéis la hospitalidad; algunos, al practicarla, han acogido a ángeles sin saberlo» (Hb 13, 2).

 

Pero la acogida del mensajero no puede prescindir de la acogida de personas de carne y hueso, con su historia, sus esfuerzos y sus alegrías, sus necesidades que exigen poner en práctica gestos, atenciones, cuidados, discernimiento, escucha y observación para poder llegar al otro y conmoverlo.

 

Y ésta exige disponibilidad al cambio, a la apertura, un verdadero trabajo de conversión personal, pero sobre todo la acogida de la diversidad y la alteridad, que debe transformarse en fraternidad.

 

Acoger al otro implica, ante todo, sentir —aunque solo sea por intuición— lo que el otro siente, y requiere suspender el juicio para acercarnos con los pies en la tierra a la vida de quienes encontramos.


Y comprendemos que todo esto forma parte de la radicalidad cristiana. Porque todo esto es dar la vida: dar vida a los demás entregando la propia vida. Tantas veces pienso que es necesario «descalzarse para entrar en el otro» (cf. Éxodo 3, 5):

 

«¡No te acerques! Quítate las sandalias de los pies, porque el lugar en el que estás es tierra santa».

 

¡Quitarse las sandalias equivale a ser libre, a ser uno mismo, ante los hombres y ante Dios! En cambio, al ponernos las sandalias, nos separamos. Es cierto, somos mucho más fuertes y seguros con las sandalias puestas, podemos correr y huir… pero no disfrutamos del contacto con el suelo (con los demás) y, poco a poco, por desgracia, nos volvemos insensibles.

 

El corazón de mi hermano es un lugar sagrado, un lugar al que solo Dios puede entrar, y esto exige necesariamente respeto y atención al camino que Dios le está haciendo recorrer, del que yo no sé absolutamente nada, pero del que soy y debo convertirme sin duda en responsable y guardián.

 

Cuánta indiferencia, juicio e intolerancia hay, en cambio, en nuestras relaciones.

 

Al repasar como en una repetición nuestras interacciones interpersonales, a menudo descubrimos que nuestra forma de relacionarnos con los demás se parece mucho a la de un elefante en una cristalería, sin tener la delicadeza de quitarnos las sandalias.

 

El Evangelio es una persona, Jesucristo, y a las personas hay que acogerlas y darles cobijo, a todas.

 

Y es que Jesús nos ofrece una responsabilidad y una oportunidad: entrar en una relación de plena comunión con Él únicamente a través de los hermanos.

 

Nos corresponde a nosotros abrir de par en par el corazón y la mente para dejarnos interpelar y, sin duda, transformar por aquello que siempre es acogido en Su corazón.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Ordenar la vida - San Mateo 10, 37-42 -.

Ordenar la vida - San Mateo 10, 37-42 -

La propuesta que Jesús hizo a los suyos tenía precisamente como objetivo liberarnos de esa tentación que tiende a dejar fuera a alguien en nombre de la exclusividad y la absolutización.

 

Y es que, cuando Jesús pronunció estas palabras, el contexto era aquel en el que todo se decidía según las reglas del clan familiar, que establecía vínculos y derechos de primogenitura.

 

En una época como la nuestra, en la que parece prevalecer una especie de analfabetismo emocional porque todo está mediado por la tecnología, las palabras de Jesús hasta pueden sonarnos como una invitación a dialogar con los propios sentimientos y a saber gestionarlos.

 

En nombre de la verdad del amor, lo que Jesús propone es liberarse de todo aquello que ahoga las relaciones que no son dignas de un hombre libre.

 

Es para amar de verdad por lo que ya el antiguo autor había establecido: «por eso dejarán el hombre a su padre y a su madre».

 

¿Qué fruto podría dar, de hecho, una relación vivida como la prolongación del hogar paterno sin aceptar el reto inherente a la aventura propia de quien está llamado a construir su propia familia?

 

El padre y la madre pueden ser, a veces, incluso los criterios que nos guían hasta el punto de determinar nuestras elecciones y condicionar nuestros pasos.

 

¿Es justo que un joven sacrifique su talento único y singular para no decepcionar las expectativas de los suyos?

 

¿Qué fruto podría dar una relación basada únicamente en la posesividad o en el chantaje emocional, sin reconocer ya aquello a lo que el otro está llamado?


También María y José tuvieron que aprender que aquel hijo era mucho más de lo que habían comprendido y compartido hasta aquel día: «¿No sabéis que debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?» ¿Cuáles son los asuntos del Padre de los que cada hijo debe ocuparse?

 

Los hijos que están por encima de todo no siempre son los carnales: también pueden ser objetivos que alcanzar, resultados que perseguir. ¿Qué fruto podría dar una relación en la que se te ve como un niño eterno, incapaz de autonomía y de responsabilidad?

 

¿Se ha perdido alguna vocación —y no me refiero propiamente a la vocación presbiteral, misionera, religiosa…— solo porque un hijo ha sentido la presión psicológica de su entorno, que no le ha devuelto el sentido de aquello a lo que estaba llamado?

 

«No dejarse guiar por mí», nos repite hoy Jesús a cada uno de nosotros, significa tomar un camino sin salida.

 

¿Qué quería decir cuando hablaba de «tomar la propia cruz»? Porque la cruz no son las enfermedades ni los quebraderos de cabeza de la vida.


No es casualidad que todas las veces que en el Evangelio se habla de la cruz, no se hable de «aceptar la cruz», sino de «tomarla».

 

Significa tener en cuenta que, al vivir como Jesús pide, hay que contar con la oposición, el rechazo, la burla y la calumnia. Cargar con la cruz significa asumir las consecuencias de vivir siguiendo los pasos del Señor.

 

Perder la vida significa reconocer que, sin la muerte de algunos aspectos de nosotros mismos, no será posible acceder a una nueva conciencia. Y quien no acepte hacerlo no hará más que escoger su propia vida que, sin embargo, ya se le ha escapado…

 

Jesús, por tanto, no entra en nuestra vida para empobrecer los afectos, sino para purificarlos; no nos pide que amemos menos, sino que amemos mejor. Dios no es el rival de nuestros vínculos, sino la fuente que los devuelve a su verdad.

 

Cuando un afecto se vuelve absoluto, deja de ser amor y se convierte en posesión, miedo, dependencia.

 

Por eso el Evangelio nos pide que dejemos que Jesús ordene nuestro corazón: para que el padre no se convierta en amo, la madre en un refugio del que no salir jamás, el hijo en una proyección de nuestros sueños, y el amado en una propiedad que hay que retener.

 

Tomar la cruz significa también aceptar esta purificación: amar sin atrapar, cuidar sin poseer, acompañar sin sustituir, dejar ir sin dejar de querer.

 

Quien pierde la vida por Jesús no la desperdicia: pierde lo que lo mantenía prisionero y recibe una nueva libertad.

 

Y entonces comprende que el Señor no pide que elijamos entre Dios y los afectos, sino que elijamos a Dios para que cada afecto sea salvado de la mentira de la posesión y devuelto a la verdad del amor.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 25 de junio de 2026

¿Y si fuera la mujer a predicar la homilía?

¿Y si fuera la mujer a predicar la homilía? 

Entre las prohibiciones actuales que muchos en la Iglesia Católica discuten con respeto, seriedad, profundizaciones doctrinales y sin disputas ni lógicas de poder a adquirir, hay una en particular que concierne a los fieles laicos, mujeres y hombres, quienes, si bien pueden participar de diversas maneras en el servicio litúrgico, no pueden ofrecer la homilía durante la celebración eucarística. 

El Código de Derecho Canónico establece claramente que “la homilía… está reservada al sacerdote o al diácono” (canon 767, § 1). 

Si esta es la legislación que debe respetarse, no es ilegítimo plantear preguntas, solicitar aclaraciones y expresar expectativas y deseos de que la autoridad competente revise la legislación actual. ¿Existen razones para tal debate? 

Así lo creo, como ya lo han hecho teólogos de gran competencia y autoridad, entre ellos Jean-Hervé Nicolas e Yves Congar. Junto a ellos cabe preguntarse: ¿la disciplina actual responde a una necesidad doctrinal u obedece a otras razones...? Y, llegado el caso ¿a qué razones? 

He leído que la predicación homilética encomendada a algunos laicos y laicas elegidos y nombrados por el Obispo no sería una novedad en la larga historia de la Iglesia desde la antigüedad. Baste recordar aquí que en la Edad Media, antes de la prohibición de predicar a los laicos establecida en 1228 por Gregorio IX, los Obispos y el Papa concedieron el mandatum praedicandi a algunos laicos y laicas, en un fecundo ejercicio de renovación dentro de los movimientos evangélicos laicos que se desarrollaron en el tiempo de la reforma gregoriana. 

Pero recordemos que esto fue posible también para algunas mujeres, entre las que destaca Hildegarda de Bingen (1098-1179), proclamada Doctora de la Iglesia por Benedicto XVI, abadesa que predicó en diversas catedrales convocada por los Obispos y tuvo entre sus oyentes a Eugenio III. 

¿Y hoy? En la Iglesia postconciliar, desde que el Papa Juan XXIII con su discernimiento profético identificó entre los “signos de los tiempos” la entrada de la mujer en la vida pública, hemos escuchado repetidamente voces – empezando por las de los Papas – que se alzan para pedir una mayor valorización de la mujer en la Iglesia, una mayor participación en las diversas instituciones que la gobiernan y organizan, un reconocimiento de todas las facultades que como mujeres bautizadas poseen por derecho propio. 

No faltan voces que piden la admisión de las mujeres al diaconado o al orden presbiteral, pero sobre este tema hay pronunciamientos recientes y rotundos (al menos por el momento) del Magisterio. 

Hay, en cambio, un camino bastante decisivo para la valorización de la mujer en la Iglesia, una posibilidad que concierne a los fieles más generalmente, hombres y mujeres. Una posibilidad ya experimentada en la historia de la Iglesia y de hecho presente, a pesar de la disciplina actual, en muchas Iglesias Locales: la toma de la palabra en la asamblea litúrgica por parte de fieles laicos, hombres o mujeres. 

Y creo que no sólo que las mujeres saben predicar la Palabra de Dios tan bien como los hombres, sino que, leído e interpretado por mujeres preparadas y competentes, el Evangelio adquiere armonías nuevas y diferentes. La Iglesia será más rica cuando las mujeres puedan predicar. 

No pocos han advertido contra la “clericalización de las mujeres”, temiendo el peligro de que las mujeres llenen las sacristías en lugar de ser cristianas en el mundo. Creo, sin embargo, que al permitir a algunos laicos ofrecer a veces la homilía durante la liturgia eucarística, no se les está clericalizando, sino que más bien se está reconociendo un don en aquellos que posean ese don. 

En esta posibilidad se podría ver el reconocimiento de la presencia de dones que el Espíritu dispensa como y cuando quiere, manteniendo siempre el necesario discernimiento y reconocimiento por parte del Obispo. 

De otra manera, ¿por qué la única voz que proclama el Evangelio en la liturgia es siempre la de un hombre y nunca la de una mujer? 

La Iglesia puede expresarse con dos voces, masculina y femenina, porque la lectura y la interpretación de las Sagradas Escrituras adquieren en ambos casos acentos diferentes, lo que sólo puede enriquecer al Pueblo que escucha a Dios. 

Pensemos también en la situación de las comunidades monásticas femeninas, donde el capellán, siempre y sólo él, ofrece la homilía cada día y las monjas sólo lo escuchan a él, sin tener nunca la oportunidad de predicar, aunque sean un grupo pequeño y capaces de hacer oír sus respectivas voces de manera autorizada en la liturgia eucarística. 

Además, ¿cómo olvidar que Jesús predicó en las sinagogas de Nazaret y de otras ciudades sin ser ni sacerdote ni rabino ordenado, sino que lo hizo por carisma profético y por encargo de los dirigentes de las distintas sinagogas? 

Si el Apóstol Pablo pudo escribir en el siglo I - «Las mujeres callen en las congregaciones, porque no se les permite hablar» (1 Co 14,34) -, hoy, que estamos en el siglo XXI, existe la necesidad, al menos en Occidente, de que en las asambleas de la Iglesia también se dé la palabra a las mujeres que tengan ese carisma y se les permita hablar con esa autoridad. 

¿O va a ser a verdad a estas alturas que el derecho a la palabra en las asambleas litúrgicas es 'cosa de hombres' emulando el eslógan de aquel anuncio publicitario de cierto brandy español? 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Felices vacaciones.

Felices vacaciones 

Vacación viene de “vacuus”: vacío. ¿Para qué sirve este vacío? Para llenarlo con algo nuevo. Pero ¿qué es realmente nuevo? Lo que no se agota y te renueva. 

Puede lograrlo un lugar nunca visto, pero no es seguro, porque si después de verlo no volvemos, entonces no era «nuevo», sino solo «una novedad», como una pared pintada o un alimento demasiado dulce que pronto cansan. 

Nuevo no es sinónimo de más reciente o de más deseado, porque lo más reciente es solo lo menos antiguo y pronto quedará superado, y lo más deseado es solo lo más envidiado y pronto será sustituido. Lo nuevo, en cambio, no envejece y no es sustituible, siempre es «nuevo». 

Por eso, en vacaciones, a menudo volvemos a los mismos lugares, porque siguen siendo nuevos, como los clásicos. Homero es más nuevo que el periódico, Beethoven que el éxito del momento, Van Gogh que un vídeo viral. En definitiva, lo nuevo es lo que se renueva y nos renueva porque está lleno de vida, en él la vida toma la palabra sin mentir y sin pedirnos nada, y nos da lo que necesitamos para estar vivos y no solo con vida. 

Las vacaciones son la ocasión para este «nuevo». Si no lo encontramos, volvemos más cansados, porque el cuerpo no descansa si no descansa el espíritu - también vale lo contrario, pero es más obvio darse cuenta de ello -, y el espíritu solo descansa donde sentimos que pertenecemos a la vida gratuitamente, un espacio sagrado en el que se puede ser sin tener que demostrar nada. 

Entonces, las vacaciones son una condición, no un lugar. Un estado de ánimo. ¿Cuál? 

Dicen que hay dos tipos de desesperación: 1.- no poder aceptarse a uno mismo y 2.- no poder convertirse en uno mismo. En ambos casos, uno se encuentra exiliado en su propia casa, que es lo contrario de descansar, es decir, de poder volver a colocar el yo dentro de sí mismo, disfrutar de ser. El vacío de las vacaciones es la prueba. No me refiero a la prueba del bañador. Las vacaciones son detenerse, «estar» en mí mismo. ¿Y cómo? A través del sentido que da sentido a los otros cinco, el sentido de la maravilla (que tiene que ver con las cosas asombrosas). 

El asombro aumenta la vida espiritual, es decir, donde la vida tiene sentido por sí misma y no en función de su utilidad. El sentido del asombro nos da energía porque nos hace sentir conectados con el cosmos y con los demás, no para usar y ser usados, sino para disfrutar de la presencia misma de las cosas y de las personas. 

Basta un minuto de asombro para ser más libres, conectados, generosos y recibir ese alimento espiritual que renueva la vida. Los grandes creadores eran personas guiadas por el asombro: Darwin se quedaba horas sentado observando su jardín, Cézanne repetía siempre el mismo tema en sus cuadros. No se aburrían porque encontraban lo nuevo en lo mismo, el «para siempre» en las cosas «de siempre». 

Nosotros, en cambio, necesitamos sorpresas, pero la sorpresa es muy diferente del asombro: la primera se agota enseguida, la segunda invita a ir más allá, es éxtasis (‘ek-stasis’: salir sin salir, reposar, abandonarse, pero en lugar de perderse, encontrarse más, como en el amor). 

Del asombro comienza toda búsqueda filosófica y científica. Todo éxtasis, ya provenga de lugares, personas o pasiones, es una vacación que ocurre donde el espíritu se encuentra con la profundidad inagotable de la vida, que no puede consumirse, sino solo compartirse: el asombro se reconoce por el hecho de que crea vínculos, fiesta, memoria. 

Una experiencia memorable es aquella que, al recordarla, produce la misma serotonina que cuando se vivió, un depósito de felicidad a voluntad. Quien confunde el asombro con la sorpresa busca la dopamina, neurotransmisor de la recompensa inmediata, de las adicciones. La serotonina, en cambio, es la de la felicidad, porque permanece en el tiempo. 

No es casualidad que el éxtasis sea la droga que actúa sobre la serotonina: aumenta las percepciones, baja las defensas, facilita la sociabilidad (se utilizaba con fines militares para no sentir hambre y hacer decir la verdad a los enemigos), pero lo hace manipulando el cerebro en ausencia de una relación con el mundo y, de hecho, acaba inhibiendo la producción natural de serotonina. 

Las vacaciones no son sinónimo de holgazanería, para «descansar» se necesita asombro: la alegría que proviene de la vida que recibimos o que creamos. 

Cada día con la boca abierta, signo físico del asombro, necesidad de contener un aliento que no queremos que termine. El asombro es la puerta cotidiana a la vida eterna, donde el espíritu descansa, no porque venga después de la muerte porque, si no, no sería eterna, sino porque es inmune a ser consumido por el tiempo. 

Las vacaciones, entonces, no son ni la ausencia de lo ordinario ni la presencia de lo extraordinario, sino la apertura a la vida eterna. 

Os deseo este descanso ahora en julio, o en agosto, …, o cuando sea, porque solo el sentido de la maravilla nos hace redescubrir los lazos con la vida y nos hace sentir «de nuevo» queridos en el mundo y, por tanto, llenos de esperanza y valor. Para nuevas aventuras. 

Nos vemos después de vacaciones. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 24 de junio de 2026

¿Y si ésta es la política que tenemos porque es la que nos merecemos?

¿Y si ésta es la política que tenemos porque es la que nos merecemos? 

Predicar el Evangelio son palabras. Dar testimonio del Evangelio son hechos. 

Es otra manera de decir que la luz de la verdad solo resplandece en los hechos, no en las palabras.

 

O, para los latinistas, «Res non verba».

 

A estas alturas uno sigue creyendo que la primera regla del buen político es «servir, no servirse».

 

Con ese fin, la razón moral nunca debería ser obviada, mucho menos pisoteada, por la razón política ni por la razón económica. Si estas dos razones la obvian, o la pisotean, tarde o temprano se revelan carentes de razón, es decir, carentes de racionalidad. Y carentes de moralidad porque demuestran no ser razonables.

 

Esto no es una teoría abstracta o utópica, sino un hecho confirmado por la Historia, que ha visto a tantos Ícaro elevarse cada vez más alto para luego precipitarse.

 

¿Cuántos líderes políticos han creído que la regla maquiavélica del fin que justifica los medios (carentes de racionalidad y, por tanto, de moralidad) podría funcionar...?

 

También a estas alturas uno quiere creer que al mundo político le corresponde la tarea de no separar las decisiones morales de las decisiones de gobierno, de actuar siguiendo la «recta razón», es decir, actuando con racionalidad.

 

Una de las verdaderas fuentes de los problemas para los gobernantes y los gobernados siempre ha sido esta separación.


Los ideales de justicia social y de libertad responsable no se han alcanzado ni se alcanzarán jamás con la receta de Maquiavelo.

 

Para Maquiavelo la virtud del político no era moral en el sentido cristiano del término, sino la capacidad de adaptarse a la suerte, al azar, a las circunstancias y a los vaivenes de los acontecimientos.

 

Hoy en día, esa tensión no ha desaparecido, sino que simplemente se ha trasladado a otros ámbitos.

 

La suerte en la que actúa el político se ha vuelto cada vez más cambiante y está cada vez más ligada a un contexto de continuas interferencias de todo tipo.

 

Con el desarrollo tecnológico y la era digital, el político debe luchar hoy también en otro frente, el mediático, captando la atención en un ecosistema saturado donde una publicación en X suele valer más que un discurso parlamentario y donde la simplificación no es una elección retórica, sino una condición para la supervivencia comunicativa.

 

La visibilidad se ha convertido en un componente esencial de la virtud maquiavélica, pero no el único.

 

Por último, precisamente porque el ruido mediático está por todas partes, resurge con renovada fuerza la cuestión de la sustancia: los ciudadanos, a menudo más escépticos de lo que se cree, siguen buscando en sus representantes algo que vaya más allá de la forma.

 

La capacidad de interpretar la realidad, de explicar decisiones difíciles sin esconderse tras eslóganes, sigue siendo un recurso político valioso y, tal vez, hoy en día, también escaso.

 

Pero es innegable que explicar la complejidad y obtener consenso son dos operaciones que rara vez coinciden.


 

Quienes gobiernan saben que las decisiones difíciles —como una subida de impuestos, una reforma de las pensiones, una medida impopular pero necesaria, o la independencia estratégica en materia de energía— requieren tiempo, argumentación y, sobre todo, confianza institucional.

 

Pero el tiempo, en la era de las redes sociales, es un recurso agotado.

 

El resultado es una política cada vez más acrobática: se dice una cosa en el Parlamento y se comunica otra en Instagram; se gobierna con complejidad y se gana con eslóganes.

 

En este espacio se insinúa el riesgo más antiguo de la política: el del egocentrismo del líder.

 

Cuando el consenso se convierte en un fin en sí mismo, cuando la comunicación prevalece sobre el fondo, la frontera entre el interés público y el narcisismo personal acaba difuminándose peligrosamente.

 

No es un vicio nuevo, pero hoy se ve amplificado por algoritmos que priman la emoción sobre la razón, la provocación sobre el análisis, y así es como el político corre el riesgo de convertirse en prisionero de su propio personaje.

 

No, no soy especialmente optimista. 


En la era de TikTok y de la creciente polarización, la tentación de hacer malabarismos no está ausente. Por ejemplo las campañas de referéndum demuestran hasta qué punto la simplificación emocional puede prevalecer sobre la argumentación racional.

 

La pregunta, pues, sigue abierta: ¿son capaces los políticos de hoy en día de conciliar la virtud maquiavélica con la responsabilidad pública?

 

La respuesta depende también de nosotros, los ciudadanos.

 

Porque al final tendremos el gobierno político que queramos. ¿O no será que tendremos aquel gobierno político que merezcamos?


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No: Juan es su nombre - Dios interviene únicamente poniendo novedad -.

No: Juan es su nombre - Dios interviene únicamente poniendo novedad -

En el Nacimiento de San Juan Bautista vemos con nuestros propios ojos cómo Dios se abre camino en una historia que conoce el drama de la esterilidad, es decir, el drama de no ver un futuro porque el tiempo de la fecundidad ya ha quedado muy atrás.

 

Precisamente la historia de Juan sugiere una forma diferente de afrontar la historia. Algunos pretenderían imponerle el nombre de su padre, Zacarías, que significa «Dios recuerda», pero Isabel es tajante: «No, se llamará Juan», que significa «Dios hace gracia».

 

Solo Dios nos da el verdadero nombre, es decir, nos asigna nuestro lugar y nuestra tarea en la historia, nadie más. 


A quienes pretenden reducir la vida e interpretarla únicamente a partir de las costumbres, las tradiciones arraigadas o el clan, se les recuerda que nadie es dueño indiscutible del misterio de una existencia.

 

La tarea de cada uno de nosotros es ayudar a descubrir el verdadero nombre - el nuestro y el de quienes nos han sido confiados - que se nos ha asignado y llevarlo a buen término.

 

¿Qué nos dice esta diferencia de nombres?

 

Llamarlo como a su padre significaba interpretar el presente a partir del pasado. ¡Cuántas veces hay un pasado que se cierne sobre nosotros y nos condiciona! Del tipo: ¿acaso puedes esperar algo diferente con premisas semejantes? ¿Cuántas veces se ha dicho y seguimos diciendo “siempre se ha hecho así” o aquello de “desde siempre…”?

 

Llamarle con un nombre nuevo, en cambio, sugiere la conciencia de que la intervención de Dios no queda relegada únicamente a una historia memorable y gloriosa, sino que sigue actuando: Dios no deja de intervenir en favor de su pueblo.

 

El problema, en todo caso, es darse cuenta de ello y reconocerlo.

 

Cuando el ángel anuncia el nacimiento de Juan, le atribuye a este último una tarea muy concreta: la de «convertir el corazón de los padres hacia los hijos». Habríamos esperado lo contrario. Pero Juan nos recuerda que es el presente el que arroja nueva luz sobre el pasado, el que da sentido a lo que parecía no tenerlo. Es el aquí y ahora lo que nos hace comprender que, en verdad, «todo contribuye al bien de quienes aman a Dios», incluso la vejez de Zacarías y la esterilidad de Isabel.

 

¿Y si hubiera una forma diferente de interpretar nuestras limitaciones, lo que a nosotros nos parece, es decir, solo un obstáculo, un impedimento?

 

Es la nueva vida que surge ante nuestros ojos la que nos devuelve la perspectiva adecuada con la que abordar lo que ha sido.


Ponerle el nombre de «Juan» al niño significa confesar que, por mucho que nadie nazca sin bagaje, nadie es esclavo de sus condicionamientos pasados. Ese hijo, ya inesperado, no es el último eslabón de una historia pasada a la que siempre tendrá que estar en deuda, sino el fruto inesperado al que la historia pasada debe mirar, reconociendo que, aun entre mil resistencias, dudas e incredulidad, Dios se abre camino entre los hombres.

 

Allí donde nosotros estaríamos convencidos de que no hay solución de continuidad, el Evangelio atestigua que Dios interrumpe un mecanismo condicionado por un cierto fatalismo: «No hay nadie de tu familia que se llame así», objetan los parientes y vecinos, como queriendo recordar que las cosas deben permanecer inalteradas.

 

Que Dios siga concediendo su gracia significa que ningún fatalismo puede prevalecer: lo que influye en nosotros no serán solo los inevitables condicionamientos de un entorno o una cultura, sino, mucho más, los de la gracia, de la propia obra de Dios. Entre lo que precede a nuestro nacimiento y lo que le sigue, existe el admirable entrelazamiento entre la acción de Dios y mi libertad.

 

Mi existencia no es un libro cerrado cuyo índice ya esté escrito. Si no me aparto de la presencia de Dios en mi vida, las mejores páginas aún están por escribir. 


Basta con pensar en el buen ladrón: una historia inevitablemente marcada por el mal, que conoce un desenlace diferente gracias al encuentro con la Gracia en el último instante.  O cabe pensar en Zaqueo, o en la mujer sorprendida en adulterio, o…

 

No estoy llamado a ser lo que alguien ya ha escrito, sino a convertirme en lo que Dios desea para cada uno de nosotros: «luz de las naciones». Cada uno está llamado a abrir caminos de novedad allí donde el Señor lo ha colocado.

 

Al igual que Juan, nuestra tarea es también preparar el camino al Señor. No estamos llamados a promocionarnos a nosotros mismos, sino a hacer que otros puedan saborear la alegría de conocer al Señor.

 

«Él debe crecer, yo disminuir»: que no nos asuste, por tanto, todo aquello que parezca rebajar nuestras pretensiones y expectativas.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 22 de junio de 2026

El Señor da su gracia.

El Señor da su gracia 

Acaba de comenzar el verano y ya estamos en la fiesta de la natividad de Juan Bautista, una festividad muy antigua, celebrada ya por San Agustín en África. Junto a María, la madre del Señor, Juan el Bautista es el único santo cuya Iglesia celebra no solo el día de su muerte, el dies natalis a la vida eterna, sino también el dies natalis en este mundo: de hecho, Juan es el único testigo cuyo nacimiento se recuerda en el Nuevo Testamento, tan entrelazado con el de Jesús. 

Y es precisamente esta intersección de acontecimientos lo que llevó a elegir la fecha del 24 de junio para celebrar su memoria: si la Iglesia recuerda el nacimiento de Jesús el 25 de diciembre, no puede sino recordar el de Juan el 24 de junio, ya que, según atestigua el Evangelio de Lucas, tuvo lugar seis meses antes. 

Y el paralelismo de estas fechas también contiene un simbolismo, al menos en la cuenca del Mediterráneo, que ha sido el crisol de la fe judeocristiana: si el 25 de diciembre es la fiesta del sol vencedor, que comienza a aumentar su declinación sobre la tierra, el 24 de junio es el día en que el sol comienza a declinar, tal y como ocurrió en la relación del Bautista con Jesús, según las palabras del propio Juan: «Él debe crecer y yo disminuir» (Jn 3,30). 

Juan es la luz que disminuye ante la luz victoriosa, es la lámpara preparada para el Mesías (cf. Sal 132,17 y Jn 5,35), es su precursor en el nacimiento, en la misión y en la muerte, es el maestro de Jesús, su discípulo que le sigue, es el amigo de Jesús, el esposo que viene, como dice bellamente el cuarto Evangelio. 

Podríamos incluso decir que el evangelio es la historia sincrónica de dos profetas, Juan y Jesús, con su profunda singularidad, su vocación específica, pero también con su sustancial unanimidad en la persecución de los designios de Dios, con la misma determinación al servicio del Reino. 

Sí, lamentablemente hoy la figura del Bautista ya no ocupa el lugar que le corresponde en la memoria y en la conciencia de la Iglesia: después del primer milenio y la mitad del segundo —en el que Juan el Bautista y María representaban juntos el vínculo entre la antigua y la nueva alianza y, como intercesores, estaban junto al que venía, el Señor glorioso, tanto en la liturgia como en la iconografía—, el crecimiento del culto mariano superó al Bautista, acabando por eclipsarlo y dando lugar a una deriva peligrosa para el equilibrio de la conciencia cristológica. 

Si la Iglesia, aún hoy, celebra como solemnidad el nacimiento del Bautista es porque sigue consciente de la centralidad reveladora de esta figura: en los sinópticos, la buena nueva del anuncio del Reino siempre se abre con Juan, al igual que el Evangelio de la infancia de Jesús según Lucas se abre con el anuncio del ángel a Zacarías y con el relato del nacimiento prodigioso de Juan. 

Juan es un hombre que solo Dios podía dar a Israel. En el origen de su historia hay una mujer estéril y anciana, Isabel, y hay un padre en el Templo, también avanzado en años: son los pobres del Señor, «justos ante Dios, irreprochables en todas las leyes y prescripciones del Señor» (Lc 1,6), el humilde resto que confía en Dios, y es precisamente a ellos a quienes Dios se dirige para cumplir su designio de amor y salvación. Nada puede condicionar la elección de Dios, ni esta puede ser obstaculizada por límites humanos como la vejez y la esterilidad: solo pide que haya predisposición, espera, fe. 

Juan nace así, anunciado por un ángel a su padre sacerdote que está oficiando en el Templo, es solo un embrión en el seno de su madre cuando ya reconoce bailando la presencia del Mesías y Señor Jesús recién concebido en el seno de María, y en el seno de su madre es santificado por el Espíritu Santo que desciende sobre ella. 

Cuando nace, he aquí el nombre que fija su vocación y misión, el nombre dado por Dios a través del ángel: Johanan, «El Señor da gracia», y he aquí un salmo mesiánico entonado por el padre como acción de gracias y alabanza a Dios, pero en el que también se dirige a su hijo: «Y tú, que ahora eres pequeño, serás llamado profeta del Altísimo, caminarás delante del Señor» (Lc 1,76). Así vino al mundo «el más grande entre los nacidos de mujer... más que un profeta» (Lc 7,28), según la confesión de Jesús sobre él: no es la luz que vino al mundo, sino «la lámpara que arde y alumbra» (Jn 5,35) para dar testimonio de la luz. 

Toda su historia se entrecruza con la de Jesús, y los acontecimientos de su vida narrados en el Evangelio no son solo prefiguraciones de los que le sucederán a Jesús, sino que son sincrónicos, contemporáneos, hasta el punto de superponerse y confundirse unos con otros: ¡Juan y Jesús vivieron juntos! 

E incluso cuando Juan será asesinado violentamente, su vida y su misión aparecerán en plenitud en la de Jesús. No es casualidad que el Evangelio recoja la opinión del rey Herodes sobre Jesús: «Es Juan el Bautista resucitado de entre los muertos», ni que los discípulos transmitan a Jesús el juicio de algunos contemporáneos que decían de él: ‘Es Juan el Bautista’» (cf. Mt 16,14 y par.). 

Cuando Juan muere, anticipa la muerte de Jesús y la prefigura como la pasión del profeta perseguido y asesinado en su propia patria, pero así como en su muerte también muere Jesús, así en la resurrección de Jesús también resucita Juan el Bautista. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


 

San Juan Bautista: más allá de la ortodoxia - meditación contemplativa -.

San Juan Bautista: más allá de la ortodoxia - meditación contemplativa - 

En el silencio que precede a cada gran cambio, se alza una voz que invita a desviarse del camino trillado. 

Es la voz de los profetas, aquellos que eligen ir en contra, cruzar la teología al otro lado de la ortodoxia. 

Su camino es solitario, a menudo criticado, pero necesario: solo quien se atreve a desafiar el sentido común puede descubrir el rostro oculto de la verdad, escondido precisamente donde nadie se atreve a mirar. 

La profecía, en este contexto, no es solo una anticipación del futuro, sino también una ruptura con el pasado. 

Quienes se obstinan en identificar la vida con la norma, con lo ya dicho y lo ya hecho, se condenan a una esterilidad espiritual, incapaces de captar la embriaguez de lo verdadero. 

La verdad no se encuentra donde todos indican, sino en el camino inverso, en la dirección opuesta, allí donde la sed de vida, de justicia y de amor empuja a buscar lo nuevo bajo las cenizas de lo antiguo. 

Así, la teología «a contracorriente» se convierte en deseo de autenticidad, en reconocimiento de que el Misterio no se deja aprisionar en las fórmulas transmitidas, sino que se esconde a los ojos de quienes se creen guardianes del pasado. 

Es aquí donde brota el agua viva, no de la memoria fosilizada, sino del presente que inquieta y renueva, como el viento que sacude las ramas e invita a salir de la seguridad de las costumbres. 

Ir en contra, entonces, es un acto profético: requiere valor y espíritu crítico, y sobre todo la capacidad de dejarse interrogar por lo desconocido, por la parte de la historia que aún no tiene nombre. 

Solo quien abraza la incertidumbre descubre que la fe es camino, nunca posesión; el amor es riesgo, nunca simple adhesión; la justicia es sed, nunca recompensa. 

En esta tensión vive la verdadera teología: no en el control, sino en el abandono confiado al Misterio que solo se revela a quienes se atreven a ir en contra. 

La fe misma no nace de la seguridad, sino de ese paso incierto que nos aleja del rebaño. 

La historia de la fe cristiana, como la de la espiritualidad, está atravesada por mujeres y hombres que han sabido escuchar la voz interior contraria, elegir el camino menos transitado y, por ello, han generado novedad. 

Hoy más que nunca, en tiempos de crisis y transformación, volver a profetizar desde la teología del otro lado es un gesto de responsabilidad y esperanza, una invitación a dejarse sorprender por el Misterio que nos precede y nos acompaña, más allá de cualquier valla doctrinal. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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Descalzarse para acoger al otro y lo otro - San Mateo 10, 37-42 - Jesús establece en el Evangelio una equivalencia muy fuerte: « Quien os ac...