miércoles, 22 de abril de 2026

Jesús, relato de Dios - San Juan 14, 1-12 -.

Jesús, relato de Dios - San Juan 14, 1-12 -

Este relato recoge algunas palabras extraídas de los «discursos de despedida» del cuarto Evangelio, aquellos pronunciados por Jesús al término de su última cena con los discípulos.

 

La separación entre Jesús y sus «amigos» (cf. Jn 15,13-15) está cerca, y Él acaba de anunciar la traición de Judas (cf. Jn 13,21) y la negación de Pedro (cf. Jn 13,38). Para que los discípulos no se entristezcan ante la separación, Jesús se dirige a ellos con gran ternura —«No se turbe vuestro corazón»— y los invita a la fe: «Tened fe en Dios y tened fe también en mí».

 

Jesús ya había dicho que la verdadera obra agradable a Dios es la fe (cf. Jn 6,29); aquí, en un contexto de crisis para su comunidad, desorientada ante el futuro que le espera, refuerza su confianza con una promesa: «En la casa de mi Padre hay muchas moradas; voy a prepararos un lugar».

 

Jesús está a punto de entrar en la casa del Padre, el Reino, pero antes promete a sus discípulos que la separación de ellos será solo temporal: «Cuando os haya preparado un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que también vosotros estéis donde yo estoy». He aquí el gran consuelo reservado a quienes se unen a Jesús y viven con él una relación de intimidad: nada ni nadie puede arrebatarlos de su mano (cf. Jn 10,28-29), ya ahora y luego al final de los tiempos, cuando él venga en gloria y los lleve consigo.

 

Sin embargo, Jesús sabe bien que no basta con indicar la meta, sino que hay que mostrar también el camino para alcanzarla. Por eso añade: «Sabéis adónde voy». Pero Tomás no lo comprende y le pregunta: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?». Y sin embargo, él mismo había exhortado poco antes a los demás discípulos a seguir a Jesús, a ir a morir con él (cf. Jn 11,16)… Jesús le responde entonces: «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie viene al Padre sino por mí».

 

Estas palabras tan solemnes expresan la singularidad del cristianismo: desde que Dios se hizo hombre en Jesús, este hombre ha abierto un camino único para ir a Dios; ahora, para conocer a Dios hay que conocer a Jesús, para creer en Dios hay que creer en Jesús. La verdad es una persona, Jesucristo: es Él quien con su vida nos ha mostrado el camino para ir al Padre; por lo tanto, el camino es la forma de vivir de Jesús, y viviendo como él podemos participar de su vida, que es vida verdadera en plenitud, «vida eterna».


Por eso, inmediatamente después, a Felipe, que le pide: «Muéstranos al Padre y nos basta», Jesús le responde: «Quien me ha visto, ha visto al Padre… Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí». «Quien ve a Dios muere» (cf. Éx 33,20), reza el adagio bíblico: esta es la forma de expresar la santidad de Dios, la verdad del Dios que no puede recibir un rostro del hombre, sino que es Él mismo quien levanta el velo sobre sí mismo.

 

El creyente del Antiguo Testamento pide repetidamente a Dios que le muestre su rostro; este es el deseo más profundo que lo habita: es la petición de Moisés (cf. Éx 33,18), es la invocación del salmista (cf. Sal 43,3); y, sin embargo, el rostro de Dios se manifiesta más allá de la muerte…

 

Pero la humanización de Dios en Jesús ha hecho posible esta visión, de modo que el prólogo del cuarto evangelio ha podido afirmar: «Nadie ha visto jamás a Dios, pero el Hijo unigénito nos lo ha contado» (cf. Jn 1,18). Sí, Jesús es el último y definitivo relato de Dios, y quien ve el rostro de Jesús ve al Padre.

 

Pero ¿qué veían los discípulos sino a un hombre, nada más que a un hombre, que con su vida narraba a Dios? Quienes vieron a Jesús vivir y morir de esa manera tuvieron que creer que aquel hombre había narrado verdaderamente a Dios: y Dios, resucitándolo de entre los muertos, declaró que en la existencia vivida por Jesús se había dicho todo lo esencial para conocerlo.

 

Cuando nuestro Dios quiso revelarse plenamente, sin opacidad, lo hizo en un hombre, Jesús, «la imagen del Dios invisible» (Col 1,15): esta es nuestra fe firme y el camino por el que vamos al encuentro del Señor Jesús, en la espera de su venida en la gloria, cuando nos llevará consigo.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Dios en el rostro de Jesús - San Juan 14, 1-12 -.

Dios en el rostro de Jesús - San Juan 14, 1-12 -

El Evangelio afirma que Jesús es la humanidad de Dios, que el rostro divino que nadie podía ver, so pena de muerte («nadie puede verme y seguir con vida»: Éx 33,20), ahora puede contemplarse en el rostro de Jesús de Nazaret: «Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14,9), dice Jesús a Felipe.

 

Ver el rostro de Dios y pronunciar su nombre están prohibidos en el Antiguo Testamento, porque significan apoderarse de Dios, tener poder sobre él, gobernar a Dios y utilizarlo para los propios fines. Es decir, significan convertirse en idólatras.

 

El paso espiritual que la fe debe dar a través de la humanidad de Jesús es la protección contra la idolatría. El sentido profundo del empobrecimiento de Dios, de su humillación, de su gloriosa kenosis, de su libre renuncia a los privilegios divinos, de su presentarse como hombre entre los hombres, de su mostrarse en el rostro del Rabí Jesús de Nazaret, abre al hombre el camino para salir de la idolatría. O, al menos, es la indicación del camino que conduce a la liberación de la absolutización de lo penúltimo, de la ansia de posesión, de la tiranía del ego.

 

Nos encontramos ante lo extraordinario cristiano: Dios en el rostro de un hombre. Es más, ante el oxímoron cristiano: ¿Dios? La humanidad de Jesús de Nazaret. Para ver a Dios hay que seguir al hombre Jesús.

 

En el cuarto evangelio, Jesús ya ha anunciado su partida a los discípulos (Jn 13,33; cf. 8,21). Y esto provoca en ellos turbación. Como provocará tristeza (Jn 16,6.22). La turbación es un estado de ánimo que expresa desorientación, incertidumbre y temor ante una pérdida, una muerte, un duelo.


Jesús se turba cuando ve a María llorar ante el cadáver de Lázaro (Jn 11,33) y cuando vislumbra que se acerca la hora de su propia muerte («Ahora mi alma está turbada»: Jn 12,27). Jesús se turba también ante otro tipo de muerte: está consternado y amargado cuando anuncia la traición de uno de los Doce (Jn 13,21).

 

Y ahora pide a los discípulos que dejen que la confianza en Él y en Dios venza a la turbación que les oprime el corazón. «No se turbe vuestro corazón, ni tengáis miedo» (Jn 14,27). Jesús pide a los discípulos y a nosotros algo que a menudo nos parece imposible.

 

A menudo absolutizamos lo que sentimos y experimentamos, y también lo que pensamos. Y consideramos que se trata de dimensiones intocables que coinciden con nuestra identidad. Jesús pide que seamos tan conscientes de nosotros mismos que sepamos leer y reconocer nuestros propios movimientos interiores; pide escucha e inteligencia de uno mismo, porque si no sabemos reconocer nuestros movimientos interiores, ¿cómo podremos escuchar y ayudar a quienes acuden a nosotros presa del desamparo y el miedo, de la inquietud y la angustia? Jesús pide que sepamos reconocer lo que nos habita: y aquí habla de inquietud.

 

Ay de quien reprima o niegue estos movimientos (lo que se reprime, tarde o temprano vuelve y pasa factura), pero Jesús pide también que seamos tan libres como para dejar que reine sobre ellos la confianza en su promesa.

 

Es la tarea a la que también están llamados los cristianos que a menudo viven de reacciones emocionales y psíquicas, de humorales, de infantilismos, de inmadurez, de reacciones irritadas, de rencores, de escrúpulos, de remordimientos, de conflictos por motivos banales, de intolerancias y molestias recíprocas, y no llegan a evangelizar las profundidades, el corazón, es decir, a tener esa flexibilidad necesaria para convivir con los demás. Una flexibilidad que exige tener una justa medida de uno mismo, no alimentar una idea demasiado elevada de sí mismo ni una seguridad excesiva en uno mismo.

 

Estamos llamados a crear unidad en nosotros mismos, pero no de manera ficticia, ocultando, reprimiendo o restando importancia a los sentimientos y estados de ánimo que consideramos que no deben habitar en nosotros. Esta unidad se alcanza con la gran humildad de quien se conoce a sí mismo y dice sí a sus propios impulsos interiores, no siempre particularmente nobles o elevados, pero hace que convivan con ellos los sentimientos y pensamientos que había en Jesús, y llega a asumir poco a poco los modos del Señor, los gestos y las formas de su vida. Injerta el pensamiento de Cristo, el noûs de Cristo (1 Cor 2,16), el sentir de Cristo, su frónema (Fil 2,5) en su propio pensar y sentir.



Se trata de hacer suya la forma en que Jesús vivió su humanidad. Y llama la atención que, mientras Jesús anuncia a los discípulos su partida hacia el Padre, les dirige una promesa que es también una nueva llamada que retoma casi literalmente las palabras con las que los llamó a seguirlo en su camino histórico.

 

Si Jesús había elegido a los Doce «para que estuvieran con Él» (Mc 3,14), ahora les dice —y es una promesa que les hace y una responsabilidad a la que los llama— que va a prepararles un lugar para que puedan estar donde Él está (Jn 14,2-3). Y revela que el camino para estar con Él es vivir en Él y como Él.

 

A quienes se resisten a su promesa y a su llamada protestando: «no conocemos el camino», Jesús responde: «yo soy el camino» que hay que seguir, mi vida es la huella que hay que recorrer. «Os he dado ejemplo para que, como yo he hecho, también vosotros hagáis» (Jn 13,15), acaba de decir Jesús. Y aún más: «Como yo os he amado, así también amaos unos a otros» (Jn 13,34).

 

Y ante Felipe, que le pone como condición: «Muéstranos al Padre y nos basta» (Jn 14,8), Jesús se sorprende de que todo el tiempo que han pasado juntos no haya bastado a Felipe para conocerlo en profundidad. Y le dice: si no lo has entendido, si las palabras que he dicho no te han bastado o las has malinterpretado, cree al menos por las obras, por lo que he hecho (Jn 14,11).

 

Esto es lo que significa en Juan «ver al Hijo»: comprender el misterio de su persona a partir de sus palabras y sus gestos; y esto es lo que significa «ver al Padre»: creer hasta la convicción y la certeza en el misterio de Dios Padre.

 

Y las últimas palabras de Jesús dan testimonio del poder de la fe. La fe, en efecto, permite que las energías de la resurrección se desplieguen y actúen en el creyente. «El que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y hará otras aún mayores» (Jn 14,12).


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No estamos huérfanos sino acompañados y sostenidos - San Juan 14, 1-12 -.

No estamos huérfanos sino acompañados y sostenidos - San Juan 14, 1-12 -

Cuando una persona a la que estamos unidos se separa de nosotros, sentimos como si se rompiera una cuerda y tenemos la sensación de caer al vacío. Gritamos para que alguien nos oiga y pueda volver a atar esa cuerda.

 

La separación de quien amamos va acompañada de emociones que nos hacen sentir la «ausencia»: nos sentimos sin alguien. Llevamos dentro un vacío que nadie puede llenar. Es inútil intentar llenarlo: el vacío está ahí.

 

En el momento de la separación nos revelamos tal y como somos. Es ahí donde sale a la luz cómo hemos vivido ese vínculo. Es ahí donde se ve cuánto hemos amado. Es ahí donde afloran nuestros miedos, aquellos que hasta entonces habíamos logrado ocultar.

 

Las palabras de despedida son las palabras esenciales. Ya no hay tiempo, quizá no tengamos otra oportunidad para decir lo que llevamos en el corazón.

 

Este pasaje del Evangelio narra el momento de la despedida de Jesús de sus discípulos.

 

Acaba de terminar la cena, la última. Es el momento de decirse las cosas que importan. Y es el momento en el que afloran, sin control, los miedos más profundos.


En primer lugar, el miedo a quedarnos solos. Necesitamos que nos tranquilicen.

 

En el mundo antiguo se solía partir un objeto en dos: cada uno se quedaría con una mitad, hasta el día en que se volvieran a encontrar para unir (syn-ballo, pongo junto, de donde viene la palabra símbolo) esas dos partes.

 

Quizás conociendo nuestra falta de memoria y nuestro desorden, Jesús no nos deja un pedazo que custodiar, sino que nos deja a sí mismo por completo, nos deja el pan y el vino en los que reconocer su presencia real, su cuerpo y su sangre. Precisamente en la Última Cena, de hecho, Jesús se entrega para ser encontrado siempre, justo cuando los discípulos tienen miedo de perderlo.

 

Las palabras de Jesús son tranquilizadoras: «os llevaré conmigo»; «donde yo esté, allí estaréis vosotros». Son las palabras de quien ve el miedo en el rostro de quienes se quedan.

 

No hay imagen más tranquilizadora que la de la casa, de hecho es allí donde Jesús nos espera: en la casa de mi Padre hay muchas moradas. La casa es el lugar de la intimidad y de las relaciones. Jesús habla, de hecho, de una casa en la que hay espacio. Una casa en la que ser acogidos. Sabemos bien que, desde siempre, la casa es una representación de nosotros mismos. De niños, una de las primeras cosas que empezamos a dibujar es la casa. El niño se representa indirectamente a través de la casa.

 

En la casa del Padre, dice Jesús, siempre hay espacio. Es decir, en la vida del Padre (y en la de Jesús, que es la misma vida) siempre hay espacio. Su vida es acogedora, es una vida para los demás. Jesús les está diciendo a sus amigos que siempre habrá espacio para ellos en su vida.

 

Cuando nos sentimos abandonados, nos acompaña también la sensación de perdernos. La ausencia del otro hace que desaparezcan los puntos de referencia. El otro es una dirección. Su ausencia nos sumerge en la confusión: ¿qué haré ahora?


También Jesús se encuentra con la confusión de sus discípulos. Tomás busca un camino porque se siente perdido. A veces, sin embargo, cuando nos perdemos, lo único que podemos hacer es esperar a que alguien venga a buscarnos.

 

Tomás es la voz de la autonomía y la autosuficiencia: le gustaría encontrar el camino por sí mismo, quiere ser el protagonista de su camino, quiere demostrar que puede hacerlo solo. Jesús le invita a esperar y a reconocer que «nadie puede venir al Padre sino por mí». Jesús es el camino. Hay que quedarse ahí, en el camino, y dejarse encontrar por el pastor que va en busca de sus ovejas.

 

Cuando nos sentimos abandonados, tenemos la impresión de quedarnos huérfanos.

 

Felipe quiere ver al padre, necesita reencontrar su origen, sus raíces, su historia. Buscar al padre significa buscar quién soy, mi identidad, de dónde vengo. El padre es quien nos entrega una herencia y nos permite construirnos un futuro.

 

Sentirse abandonado significa no ver ya la posibilidad de un mañana. Sentirse huérfano significa sentirse privado del futuro, no solo del pasado.

 

Quizás por eso Jesús tiene, en este pasaje, palabras de padre: «haréis cosas más grandes que yo». Son las palabras que todo hijo querría oír de su padre.

 

Al igual que los discípulos, también nosotros nos vemos atravesados por estos temores.

 

De hecho, la vida nos llama continuamente a desprendernos, a despedirnos, a decir adiós o a pasar página. Pero en cada uno de estos momentos nunca estamos solos, aunque la tentación siempre intente convencernos de que estamos solos, perdidos y huérfanos.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Camino, Verdad y Vida - San Juan 14, 1-12 -.

Camino, Verdad y Vida - San Juan 14, 1-12 -

En Él habita la plenitud de Dios porque Él y el Padre son uno.

 

No como uno de los tantos maestros, respetables y santos, que nos entrega la historia de la humanidad.

 

Sino como el Maestro definitivo. Aquel que, por amor, nos conduce a la plenitud de nosotros mismos en Dios Padre.

 

Tomás escucha. El más grande entre los creyentes, el primero de los creyentes, se siente sin embargo desconcertado, incómodo.

 

¿Cómo? Es la pregunta que quienes, como yo, han tenido el privilegio de dedicar su vida a la interioridad, se sienten interpelados a responder tantas veces. Una pregunta que yo mismo me he planteado y que me planteo a diario.

 

Y la respuesta es siempre la misma, y nos la da Jesús.


Camino

 

Ser cristianos, a veces lo olvidamos, significa ser de Cristo, seguir a Jesús, imitar a Jesús, confiar en Él. Conocerlo, ante todo, y dejarnos amar. Acercarnos a su palabra en la meditación, buscarlo en la oración personal y comunitaria, reconocerlo en el rostro del hermano pobre.

 

El cristianismo es una propuesta de cambio radical de nuestra forma de ver el mundo. Y a Dios.

 

Y lo hacemos escuchando y siguiendo al Maestro.

 

En un mundo repleto de comentaristas y pequeños líderes que gritan unos contra otros, Jesús se señala a sí mismo como el camino, la puerta por la que las ovejas pueden salir de los tantos recintos (¡incluso religiosos!) en los que nos han encerrado.

 

Convertirse en cristiano significa amar como Jesús amó, seguir el camino, que no es un conjunto de bonitas nociones, sino una persona.

 

Es curioso: muchos proponen la fe como un monolito de cosas en las que creer o de comportamientos rígidos que hay que mantener. Jesús, en cambio, nos dice que toda nuestra vida es un camino, hecho de sudor y cansancio, de pausas reconfortantes y de paisajes impresionantes.

 

Lo importante es no estar resignados y muertos, ni siquiera en la fe. Sino siempre dispuestos a caminar, a conocer, a curiosear, a saber, a evolucionar.

 

Al igual que en el amor humano, si la fe no se cultiva, se marchita.


Verdad

 

Jesús es la verdad.

 

Una verdad que existe y que pide ser acogida en un mundo que niega la posibilidad misma de que exista una verdad (excepto una: ¡que no existe ninguna verdad!), o que reduce la verdad al nivel de una opinión, en un sentido erróneo de tolerancia, poniendo todo y a todos en el mismo plano, como si la libertad significara que ya nada es auténtico.

 

En un mundo que lo relativiza todo, Jesús, con determinación pero sin arrogancia, con autoridad pero sin prepotencia, pretende conocer la verdad sobre Dios y sobre los hombres.

 

Al hombre contemporáneo que, como Pilato, juega a ser cínico y pregunta «¿qué es la verdad?», la Iglesia proclama no una doctrina, sino, de nuevo, una persona. Jesús es la verdad, dice la verdad, nos conduce a la verdad.

 

Y la verdad es evidente, se impone, no tiene que convencer. Pero solo un corazón honesto, desencantado y razonable es capaz de captarla.

 

Lo que se invita al buscador de Dios a hacer es comprometerse de verdad, hasta el fondo, no hacer trampa, no ser perezoso, sino buscar, permanecer abierto y dispuesto al crecimiento intelectual e interior. Y, si es posible, dedicar algo de energía al conocimiento: ¡ya no se puede más de un cristianismo aproximativo y solo emocional!


Vida

 

Quien ha descubierto a Jesús en su camino puede afirmar con absoluta verdad que el Señor le ha dado la vida.

 

Existe una vida biológica que también puede ser significativa y apasionante.

 

Pero una vida interior, espiritual, amplía el horizonte, nos sitúa en un proyecto del que estamos llamados a formar parte, nos cambia radicalmente la vida biológica, llenándola de una alegría íntima, profunda, eterna.

 

Jesús es la vida y da la vida, y el cristiano ama la vida y la da.

 

Aunque la propia vida esté magullada o dolorida, el discípulo sabe que es un gigantesco proyecto de amor el que se está manifestando en nuestro mundo.

 

Ahora sabemos, como Tomás. También nosotros, como él, debemos pasar bajo la epifanía de Jesús en la cruz para comprender la plenitud de estas palabras. Y también hay que atravesar el mar de la incredulidad y de la prueba. Pero después, lo sabemos, el Resucitado está ahí esperándonos.

 

Y es el momento (¡Este! ¡Ahora! ¡Ya!) de tomar conciencia de que la Iglesia que construiremos es una nación de santos y profetas, de sacerdotes, de pontífices. Es decir, nosotros los bautizados, todos, sin esperar a que otros asuman este papel. Sacerdotes, haciendo sagrado cada gesto que realizamos. Pontífices, es decir, tendiendo un puente entre Dios y los hombres en Cristo. Profetas, es decir, capaces de leer la Historia a la luz del Resucitado. Es hora de creer, no de ceder.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Palabras de despedida de Jesús - San Juan 14, 1-12 -.

Palabras de despedida de Jesús - San Juan 14, 1-12 -

«No se turbe vuestro corazón. Creed en Dios y creed también en mí».

 

Lo intentamos, Señor, con todas nuestras fuerzas, con nuestra poca fe. Lo intentamos, pero nos cuesta.

 

Es un tiempo difícil, sin duda, lo es para todos, tras tantos inicios de tantas guerras, con un sueldo que ya no alcanza, una ira creciente en las palabras de la gente,...

 

Y es aún más difícil para quienes, desde hace tiempo, se han comprometido acogiendo el Evangelio, construyendo comunidades y eligiendo amar. Porque, aunque nos lo hayamos repetido durante décadas, este es el tiempo de las tinieblas, del escándalo dentro de la Iglesia, del desprecio en el rostro de tantas personas cuando hablan de los cristianos, de comunidades que se vacían tras décadas en las que pensábamos que nada podía (de verdad) cambiar radicalmente.

 

El miedo llama a la puerta. Miedo al futuro, a la muerte, a la soledad, a la pobreza.

 

Y nostalgia. Enorme. A ratos insoportable.

 

Sobre todo para quienes vivieron la primavera del Concilio Vaticano II.

 

Estas son las palabras que brotan del corazón de cada creyente en estos días, aunque sea tiempo pascual en el que convertirse a la alegría.

 

Lamentos que se convierten en oración, en el deseo sincero y cristalino de ir más allá.

 

Entonces nos damos cuenta de que el Maestro pronunció estas palabras pocas horas antes de ser arrestado.

 

Y todo cambia.

 

Entramos en el misterio. Las palabras se apagan.

 

Nos ponemos a escuchar.


Son sus últimas palabras antes de morir.

 

Palabras que marcan una vida. La suya. La nuestra.

 

Palabras que sorprenden por su fuerza, por la calma, por el sereno abandono en manos del Padre conocido y amado.

 

Es Él quien nos tranquiliza. Debería ser al revés, sobre todo en ese momento.

 

Pero Jesús es así. Piensa primero en los demás que en sí mismo. Piensa primero en mí. Nos pide (me pide) que no tengamos miedo.

 

Y utiliza el verbo que indica el temor que provoca la tormenta.

 

Porque así es: nos sacuden las altas olas que parecen arrollar la frágil cáscara de nuez que es nuestra vida.

 

Y, sin embargo…

 

Sus últimas palabras son claras, nítidas, alentadoras: Dios nos quiere a su lado y Jesús nos lleva al Padre.

 

Dios nos quiere a su lado. Pero no mágicamente, no como quien obtiene una recomendación inesperada, una patada en el trasero para sentarse junto al Padre.

 

Nos quiere a su lado como un imán que atrae el hierro.

 

Porque en nosotros habita la presencia de Dios, esa magnífica chispa luminosa que Él ha depositado en nuestra alma, que es nuestra alma. Esa chispa divina que estamos llamados a reconocer, a dejar que arda, a contagiar.

 

Y para aprender tenemos un Maestro: Jesús.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Jesús, sacramento del Padre - San Juan 14, 1-12 -.

Jesús, sacramento del Padre - San Juan 14, 1-12 -

Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos conocer el camino? Jesús no responde: «Yo “conozco bien” el camino y ahora os lo describiré y luego os daré las coordenadas»; sino que dice: Mírame, Tomás, yo soy el camino.

 

El camino hacia Dios, hacia el corazón cálido de la vida, es la vida de Jesús. Mira a Jesús, cómo vive, cómo se conmueve y se deja conmover, cómo sale al encuentro, cómo muere, y comprenderás a Dios y la vida.

 

Y si quiero entrar en ese misterio, pondré mis pasos sobre los suyos, preferiré a quienes Él prefería, renovaré con los míos sus elecciones, me moveré solo siguiendo su estrella polar. Jacques Maritain pone en boca de Jesús esta invitación: «No me busquéis en un lugar, sino allí donde amo y soy amado».

 

Yo soy la verdad. Cómo vivo es el verdadero vivir, cómo me comporto con los pequeños y con las mujeres, con los pobres de Cristo y con los Pilatos de turno, con los pájaros y con las flores del campo, con el Padre y la última oveja... La verdad está hecha de carne, ayer besada, dentro de poco desgarrada.

 

Verdad desarmante es su moverse libre, regio y amoroso entre las criaturas. Nunca arrogante y siempre sin concesiones. Recto y seguro.

 

La verdad es valiente y amable. Cuando, en cambio, es arrogante y carece de ternura, es una enfermedad que nos hace a todos enfermos de violencia. La verdad dura, despótica, gritada con palabras de piedra «es así y punto», no es la voz de Dios. ¡Dios es verdad amable, de ojos y manos encendidos!

 

Yo soy la vida. Palabras que ninguna explicación puede agotar. ¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús de Nazaret? La respuesta es una pretensión excesiva y desconcertante: yo doy vida.

 

Yo soy la vida. Entonces, cuanto más Evangelio entra en mí, más vida se suma a la vida. Esa vida que se opone al impulso de muerte, a la autodestrucción que cultivamos en nosotros, a los miedos, a la esterilidad de una vida inútil.

 

Vida es todo lo que podemos poner bajo este nombre: futuro, amor, hogar, fiesta, descanso, deseo, Pascua, felicidad. Por eso la fe y la vida, lo sagrado y la realidad, tienen la misma fuente, y coinciden.

 

Los gestos y las palabras de Jesús son energía capaz de astillar las duras corazas, de hacer florecer la corteza enferma de la historia, de hacernos soñar con una tierra nueva y unos cielos nuevos, si y cuando su ternura atraviesa nuestras manos.

 

El misterio de Dios no está lejos de ti, está en tu vida: vive en tu nacimiento, en tu amor, en tu duda, en tu fe, en tu pérdida, en tu ilusión, en tu audacia, en tu generación... En cada uno de tus amores es Él quien ama. El misterio de Dios no está lejos, sino que es el camino que subyace a nuestros pasos.

 

Si Dios es la vida, entonces hay santidad en la vida, vivimos la santidad de vivir. Por eso, fe y vida, espiritualidad y realidad no se oponen, sino que se encuentran y se besan, como en los Salmos.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Poner los ojos fijos en Jesús - San Juan 14, 1-12 -.

Poner los ojos fijos en Jesús - San Juan 14, 1-12 -

Yo soy el camino, la verdad y la vida. Palabras inmensas, que resuenan por todas partes.

 

Yo soy el camino, soy la ruta, que es mucho más que una estrella polar que indica, pálida y lejana, la dirección. Es algo cercano, sólido y fiable donde apoyar los pies; el terreno, pisado por las huellas de quienes han pasado y han ido más allá, y que te asegura que no estás solo.

 

El camino es libertad, nacida del valor de salir y partir, caminando al ritmo humilde y tenaz del corazón. Jesús no dijo ser la meta ni el punto de llegada, sino el camino, el punto de movimiento, el viaje que hace que las vidas se levanten, para que no se queden en el suelo, no se rindan y vean que un primer paso siempre es posible, en cualquier situación en que se encuentren.

 

En la base de la civilización occidental, la historia y el mito han colocado dos viajes inspiradores: el de Ulises y su aventurero regreso a Ítaca, cuyo símbolo es un círculo; el viaje de Abraham, que parte para no volver jamás, cuyo símbolo es una flecha.

 

Jesús es el camino que se sitúa del lado de la flecha, para significar no el simple regreso a casa, sino un viaje infinito, hacia cielos nuevos y una tierra nueva, hacia un futuro por crear.

 

Yo soy la verdad: no dice «yo conozco» la verdad y la enseño; sino «yo soy» la verdad. Verdad es un término que tiene la misma raíz latina que primavera (ver-veris). Y quiere indicar la primavera de la criatura, la vida que brota y da capullos; una estación que llena de flores y de verde el frío de nuestros inviernos.

 

La verdad es lo que hace florecer las vidas, según la primera de todas las bendiciones: creced y multiplicaos. La verdad es Jesús, autor y guardián, cultivador y perfeccionador de la vida. La verdad eres tú cuando, como Él en ti, cuidas y custodias, secas una lágrima, te detienes junto al hombre apaleado por los bandidos, pones aromas de primavera en una existencia.

 

Yo soy la vida. Esa es la petición más extendida de la Biblia («¡Señor, hazme vivir!»), es la súplica más clamada por Israel, que fue a buscar lejos, muy lejos, el grito de todos los desesperados de la tierra y lo recogió en los salmos.

 

La respuesta al grito es Jesús: Yo soy la vida, que se opone al impulso de muerte, a la violencia, a la autodestrucción que alimentamos en nuestro interior. Vida es todo lo que podemos poner bajo este nombre: futuro, amor, hogar, fiesta, descanso, deseo, Pascua, generación, abrazos.

 

El misterio de Dios no está lejos, sino que es el camino que subyace a nuestros pasos. Si Dios es la vida, entonces hay santidad en la vida, vivimos la santidad de vivir. Por eso, fe y vida, lo sagrado y la realidad no se oponen, sino que se encuentran y se besan, como en los Salmos.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El libro abierto de Dios: Jesús - San Juan 14, 1-12 -.

El libro abierto de Dios: Jesús - San Juan 14, 1-12 -

No se turbe vuestro corazón, tened confianza.

 

La invitación del Maestro a adoptar estas dos actitudes fundamentales como base de nuestra relación de fe: un «no» rotundo al miedo y un «» rotundo a la confianza. Dos actitudes del corazón que son también la base de cualquier relación fecunda, armoniosa y auténtica con toda forma de vida. Cada mañana, al despertar, un ángel repite a cada uno estas dos palabras: no tengas miedo, ten confianza.

 

Todos nos humanizamos a través de relaciones de confianza, empezando por nuestros padres; nos convertimos en adultos porque construimos un mundo de relaciones humanas edificadas no sobre el miedo, sino sobre la confianza.

 

La fe religiosa (acto muy humano, vital, que tiende a la vida) se basa en el acto humano de creer, y si hoy está en crisis, esto ha sucedido porque ha entrado en crisis el acto humano de confiar en los demás, en el mundo, en el futuro, en las instituciones, en el amor. En un mundo de confianza renovada, también la fe en Dios encontrará un nuevo aliento.

 

Yo soy el camino, la verdad y la vida. Tres palabras inmensas. Que ninguna explicación puede agotar.

 

Yo soy el camino: el camino para llegar a casa, a Dios, al corazón, a los demás; un camino ante el cual no se alza un muro ni una barrera, sino horizontes abiertos. Yo soy el camino que no se pierde, sino que va hacia la historia más ambiciosa del mundo, el sueño más grandioso jamás soñado, la conquista —para todos— del amor y la libertad, de la belleza y la comunión: con Dios, con el cosmos, con el hombre.

 

Yo soy la verdad: no en una doctrina, ni en un libro, ni en una ley mejor que las demás, sino en un «yo» está la verdad, en Jesús, que vino a mostrarnos el verdadero rostro del hombre y el rostro de amor del Padre.

 

La verdad son ojos y manos que arden. Así es Jesús: enciende ojos y manos. La suya es una vida que se mueve libre, majestuosa y amorosa entre las criaturas. El cristianismo no es un sistema de pensamiento o de ritos, sino una historia y una vida.

 

Yo soy la vida. ¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús? La respuesta es una pretensión incluso excesiva, incluso desconcertante: yo doy vida.

 

Palabras enormes, ante las cuales siento vértigo. Mi vida se explica con la vida de Dios. En mi existencia, cuanto más Dios, tanto más yo. Cuanto más Evangelio entra en mi vida, más vivo estoy. En el corazón, en la mente, en el cuerpo. Y se opone al impulso de muerte, a la destructividad que alimentamos dentro de nosotros con nuestros miedos, madre de la esterilidad.

 

Finalmente interviene Felipe: Muéstranos al Padre, y nos basta. Es hermoso que los Apóstoles pregunten, que quieran comprender, como nosotros.

 

Felipe, quien me ha visto a mí, ha visto al Padre. Mira a Jesús, mira cómo vive, cómo ama, cómo acoge, cómo muere, y comprenderás a Dios, y la vida se ensanchará.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Camino, verdad y vida se citan en Jesús - San Juan 14, 1-12 -.

Camino, verdad y vida se citan en Jesús - San Juan 14, 1-12 -

No tengáis miedo, no se turbe vuestro corazón.

 

Éstas son las palabras iniciales del Evangelio, las palabras fundamentales de nuestra relación con Dios y con la vida, aquellas que deben venir a nuestro encuentro nada más abrir los ojos, cada mañana.

 

Jesús tiene una propuesta clara para ayudarnos a vencer el miedo: tened fe, en el Padre y también en mí. Lo contrario del miedo no es el valor, es la fe en la buena noticia de que Dios es amor y no te abandona; la fe en Jesús, que es el camino, la verdad y la vida. Tres palabras inmensas. Inseparables entre sí.

 

Yo soy el camino verdadero que lleva a la vida. La Biblia está llena de caminos, de vías, de senderos, llena de proyectos y de esperanzas. «Feliz el que tiene el camino en el corazón», canta el salmo 84,6. Los primeros cristianos se llamaban «los de la vía» (Hechos 9,2), aquellos que tienen senderos en el corazón, que recorren los caminos que Jesús ha trazado, que caminan llamados por un sueño y no se detienen. Y el camino definitivo, la vía que los discípulos aún tienen ante los ojos, el gesto realizado poco antes por Jesús, es el maestro que lava los pies a los suyos, el amor convertido en servicio.

 

Yo soy la verdad. Jesús no dice que tiene la verdad, sino que es la verdad, que lo es con todo su ser. La verdad no consiste en cosas que hay que saber o que hay que tener, sino en una forma de vivir. La verdad es una persona que produce vida, que con sus gestos procura libertad. La verdad es lo que arde, palabras y acciones que tienen luz, que dan calor.

 

La verdad es siempre valiente y amable. Cuando, en cambio, es arrogante, sin ternura, es una enfermedad de la historia que nos hace a todos enfermos de violencia. La verdad dura, agresiva, la verdad despótica, «es así y punto», la verdad gritada con palabras como piedras, la de los fundamentalistas, no es la voz de Dios. La verdad impuesta por ley no es de Dios. Dios es verdad amable.

 

Yo soy la vida, yo doy vida. Palabras enormes que ninguna explicación puede agotar. Palabras ante las cuales siento vértigo. El misterio del hombre se explica con el misterio de Dios, mi vida se explica solo con la vida de Dios. Nuestro secreto está más allá de nosotros.

En mi existencia hay una ecuación: más Dios equivale a más yo. Más evangelio en mí significa más vida en mí, vida de una calidad indestructible.

 

El misterio de Dios no está lejos de ti, está en el corazón de tu vida: en los gestos de nacer, amar, dudar, creer, perder, ilusionarse, atreverse, dar la vida... La vida lleva consigo el aliento de Dios; en cada uno de nuestros amores es Él quien ama.

 

El que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y hará otras más grandes que éstas. La falsa religión es llevar a Dios a nuestra medida; la verdadera fe es llevarnos a nosotros mismos a la medida de Dios.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Jesús, relato de Dios - San Juan 14, 1-12 -.

Jesús, relato de Dios - San Juan 14, 1-12 - Este relato recoge algunas palabras extraídas de los « discursos de despedida » del cuarto Evang...