jueves, 30 de abril de 2026

Cada día camino hacia la montaña (a modo de confesión espiritual) - San Mateo 28, 16-20 -.

Cada día camino hacia la montaña (a modo de confesión espiritual) - San Mateo 28, 16-20 -


Camino hacia la montaña que Tú me has señalado; camino hacia ella todos los días; es a la vez la montaña de las Bienaventuranzas y el Monte Calvario; es la montaña que me acerca a Ti, pero, al mismo tiempo, es un ejercicio de muerte y soledad, de desapego. 

Camino respirando el silencio; aquí siempre hay silencio, en estas montañas, como si fuera el aliento íntimo de las hojas, como si fuera el paso callado de las nubes. Mastico el viento, lloro, sonrío, vivo, pienso, camino.

 

Subo hacia la montaña, Tú siempre me señalas una montaña, me parece llevarla dentro como un puñado de roca, desde siempre, incrustada en los ojos y en el corazón, me parece que toda mi vida no ha sido más que un avanzar por senderos pedregosos y escarpados, puntiagudos. Te estoy profundamente agradecido. No soy capaz de quedarme quieto.

 

Camino hacia la montaña que Tú me has señalado para reconocerme. Once, incompleto, pero no quiero reemplazar al traidor, lo llevaré dentro, lo arrastraré conmigo, grabado en el nombre, Judas será el amigo al que agradecer, el santo en quien confiar, Judas soy yo, desgarro de la perfección, descarte, Judas es el motivo de mi camino, la providencia que no permite transformar el camino hacia Ti en un camino fácil, Judas soy yo que me escondo, que reniego, que me cuelgo de un árbol a la espera de ser recogido.

 

Judas es lo que me permite seguir siendo el Once, el que falta, mendigando una felicidad que por mí mismo ya ni siquiera puedo imaginar. Once es el lado vacío del corazón, el que me arrancaron a mordiscos lo que ha muerto en mí y me ha dejado aquí, esperando, deseando. Yo soy el Once y sigo caminando solo por ese Uno que falta, por esa Ausencia y ese Vacío que me habitan.

 

 

Camino porque te intuyo, por fin te sospecho, y ya no eres la proyección perfecta de mis fantasías, no eres el trazo seguro de mis reflexiones limpias, no eres lo que necesito, no eres el consuelo de mis miedos, no eres la revancha de mis fracasos. Te intuyo porque no eres como yo te querría. Y así me postro, perdido y derrotado, para que Tú me recojas y me levantes para ponerme siempre en camino.

 

Y que yo dude hasta me hace sonreír y tener buenas esperanzas. Porque si yo dudo, al menos Tú seguirás preocupándote por mí; porque si yo dudo, al menos Tú no puedes estar en paz, ni siquiera resucitado, porque el amor no se pacifica, porque mi duda te ayuda a seguir siendo amor a mi lado, enamorado en busca de lo que falta.

 

Así te acercas, claro que te acercas Tú, yo estoy postrado, estoy inmóvil, no soy nada si Tú no vienes.

 

Así te acercas, de tus labios fluye el cielo y se concreta la tierra, del sonido de tu boca todo el poder de la Vida, abundante, definitiva, plena que Tú creas. No sabes más que plasmar Vida ni siquiera después de haber sido crucificado, ni siquiera antes de ascender. Eres la Vida que nos habita y en la que somos, nos movemos y existimos.

 

Claro que iré a hacer discípulos, pero lo haré como discípulo, seré el traidor y el mendigo, el loco y el verdugo, seré el pecador y el ahorcado, seré testigo de humanidad con tu misericordia gratuita e inmerecida. Y siento tus manos sobre mí. Y te elijo de nuevo, elijo ser obediente a ese amor primero, a esa gracia sobre gracia, y lo hago porque Tú eres lo único que me mantiene con vida.

 

Y bautizaré al mundo entero sumergiéndolo todo en Ti. Y cumpliré lo que Tú me has enseñado pronunciar balbuciéndolo. Porque lejanos son los tiempos en que creía que era yo quien podía elegirte. Eres Tú quien me has elegido para que esté contigo. Que Tú estés conmigo todos los días es una garantía que recuerdo todos los días mientras cada día me pongo en camino hacia la montaña en la que Tú me citas. A veces dudo. Pero de mí mismo, no de tu amorosa compañía. Tan discreta. Y tan fuerte.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


La bendición y fecundidad de la Ascensión: ‘vosotros haréis cosas más grandes’ - San Mateo 28, 16-20 -.

La bendición y fecundidad de la Ascensión: ‘vosotros haréis cosas más grandes’ - San Mateo 28, 16-20 -

Olvidad el cielo y cualquier otro lugar que pueda ilusionaros con la idea de que podréis reencontraros con Él. Olvidad el Doce, número de la plenitud, y en su lugar sentíos orgullosos de esa limitación, pérdida, pobreza que os ha convertido en Once, eternamente Once, aunque luego, aparentemente, seáis muchos. 

Olvidad cuando erais un grupo compacto y lo seguíais como niños mimados siguen al maestro. Olvidad a Jesús, dejad que la muerte disuelva las fronteras, dejad que el Espíritu sea más grande que el Nazareno, ya no es cuestión de una persona, ahora es Buena Noticia para todo el mundo. Olvidad a los amigos y a los enemigos, ahora es anuncio de vida para toda criatura.

 

Haréis cosas más grandes, no habléis más de Jesús, alimentaos en cambio del Espíritu, sed discípulos del Resucitado. Olvidad el cielo, eso es un símbolo, Él está vivo y se ha sentado junto al Padre para deciros que ahora estáis llamados a ser hijos también vosotros, como Él.

 

Olvidad las trayectorias celestiales, concentraos en cambio en un renacimiento desde lo alto, que es el milagro más grande que Cristo puede conceder. Olvidad mirar al cielo, caminad como hombres libres, no prestéis atención a las fronteras, no dejéis que os detengan las razas y las religiones, no dejéis que os detenga ni siquiera esa fiel mediocridad que nunca os abandonará; id, en cambio, id porque Él ya no está en ningún lugar y está en todas partes.


Id a suscitar una vida buena, este es el único mensaje, sois vosotros los que habéis cambiado, no el mundo; sois vosotros los que habéis renacido, por fin libres de ese miedo que no os permitía el camino. ¿No es esto acaso convertirse en hijos? No tener ya miedo de convertiros en libres. ¿No es esto lo que hizo el Hijo? Os convirtió en libres.

 

Ascender es nacer y caminar para decir que la vida se puede salvar si se cree que se es digno de amor, si se cree que se está vivo por el perdón gratuito. Solo se puede salvar la propia vida si se cree en quien ve en nosotros una belleza inédita incluso a nuestros propios ojos.

 

Y entonces, ¿por qué seguís preguntándoos a quién y cómo debéis bendecir? ¿Por qué no vais simplemente con ojos inocentes y asombrados, por qué no vais convencidos de que el cosmos ya está bendecido, de que no sirve ya ningún rito?

 

Id a decirles a quienes no se dan cuenta de que la vida ya es bendición, que ellos pueden ser bendición para esta tierra hambrienta de bien. Y si no veis nada que bendecir, cerrad los ojos y recordad cómo Él devolvió la vista a los ciegos, orad para poder ver de nuevo.


Olvidad el cielo, la Ascensión es un nacimiento, es el milagro más grande, es la confianza de un Padre, es el parto del Maestro; no es solo sustracción, es habilitación para la vida, es el padre que confía en el hijo, es el maestro que se complace en el discípulo, es bendición.

 

No puede entenderlo quien nunca ha sido bendecido en el momento de la muerte. No puede entenderlo quien nunca ha renacido. No puede entenderlo quien no cree en la necesidad de la muerte. No puede entenderlo quien nunca se quita de en medio.

 

La Ascensión es una profesión de fe, de Cristo en nosotros. Porque la única manera de empezar a creer de verdad es que crean en nosotros.

 

La Ascensión es sentir que Él crea un Vacío para permitirme la libertad, es un horizonte desplegado bajo nuestros pies, es inútil mirar al cielo, somos nosotros los que ascendemos a una nueva vida, por fin libres del miedo, de la obsesión por el mal. Signo de la fe es dejar de encallar nuestros discursos en las categorías del mal y del pecado.


No hacen falta amenazas a quien se siente amado. Ningún mal puede vencer el amor de una bendición paterna, pero si nunca la has recibido no puedes saberlo; que los padres vuelvan a bendecir a los hijos, esta es la única posibilidad que tiene la Iglesia para renacer. El problema no son los jóvenes, sino los viejos, que ya no saben morir bendiciendo.

 

La Ascensión es estar tan seguros de ser elegidos y amados que podamos atrevernos a la fantasía, el amor que inventa nuevas lenguas. Olvidad a Jesús, no repitáis aburridamente el pasado, soltad amarras, olvidad las fronteras, se necesitan nuevas lenguas, gramáticas extravagantes, riesgos lingüísticos, narraciones escandalosas. La Ascensión es burlarse del límite.

 

La Ascensión es tomar en las manos la serpiente de la duda. No creo en absoluto que el Padre me envidie, eso es un cuento para Adán y Eva; yo, que he conocido a Cristo, yo, que he sido amado por un Padre, yo, que he sentido que un Padre estaba orgulloso de mí, ahora sé que no será su envidia la que dicte mis acciones.

 

La Ascensión es la historia de un Hijo que se ha convertido en Padre, que se puede amar tanto como para no sentirse ya en la obligación de demostrar a los hijos que es digno, que se puede amar tanto como para poder decirle al hijo, sin miedo a la desvalorización, que él es mejor que nosotros. Esto es la Ascensión. Yo soy la felicidad de un Padre, haga lo que haga, de esto estoy seguro, esta es mi fe y mi única salvación.


Ascensión es beber por fin el veneno de los demás, reconocerlo y beberlo, ante sus ojos; si me siento amado por un Padre, si soy hijo de un amor ascendido a la plenitud, sabré dar el peso justo a las críticas, no permitiré que nadie envenene mi historia con sus mezquindades. Sentiré pena por su mezquindad. No tendré ningún temor a decir que soy un pecador, que no soy capaz, que podría haberlo hecho mejor. Beberé las palabras de quienes me odian, pero no les daré la oportunidad de envenenarme. Soy amado, este es el antídoto.

 

La Ascensión al cielo es olvidarse de las curaciones, pero no perder nunca la ocasión de transformar cada enfermedad en una posibilidad de curación.

 

La Ascensión es nacer a una nueva vida, es abrir los ojos para aprender a reconocer al Padre en todo lo que hacemos, en cada paso, en cada respiración. La Ascensión no es mirar al cielo preguntándose dónde habrá ido Jesús, sino aprender a mirarse dentro y a mirar alrededor para reconocerlo vivo, porque ahora el Padre actúa con nosotros y entre nosotros, y yo solo quiero aprender de Él, a convertirme en Padre, a bendecir antes de ascender a la vida eterna.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


Una meditación enamorada y contemplativa de la Ascensión (a modo de confesión espiritual) - San Mateo 28, 16-20 -.

Una meditación enamorada y contemplativa de la Ascensión (a modo de confesión espiritual) - San Mateo 28, 16-20 -

«Los once discípulos se dirigieron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado»: palabra a palabra, lentamente, quiero saborear hasta el fondo el buen sabor de esta frase. 

Sonidos que evocan y custodian, palabras que celebran un pasado y luego giran, en un tono prometedor, y se abren, como un fruto maduro, para construir una posible dulzura para el presente.

 

Se necesita contemplación para adentrarse en una frase así, se necesita tiempo, desconfianza hacia las apariencias y familiaridad con todo lo que habita en lo profundo, lo lento, lo silencioso.

 

«Los once», porque al final de la aventura humana nunca llegamos todos enteros, porque en el camino de la vida nuestro nombre se carga de algo que muere, de algo que traiciona, de algo o de alguien que faltará para siempre, de elecciones que hoy interpretaríamos de manera diferente.

 

El Evangelio toma a esos Once que somos, ese cuerpo marcado, y lo besa y nos reconoce dignos de cuidado, incluso de confianza. Once no es una vergüenza, es nuestro nombre: nosotros somos Once. La falta ya no hay que ocultarla, la traición no es un error de camino, todo, realmente todo está en ese nombre: Once. Y toda nuestra historia es reconocida.


A menudo pienso que mucho mal (a menudo involuntario) proviene de personas que querrían protegernos de nuestros errores, hombres y mujeres aparentemente cómplices de nuestra serenidad, gente que nos engaña haciéndonos creer que somos Doce, plenitud.

 

El Evangelio no finge, por suerte. El Evangelio recoge toda nuestra historia, no extiende un velo de olvido sobre nuestros errores, no oculta el pasado bajo montones de justificaciones; el Evangelio nos mira a los ojos llamándonos por el nombre que nos hemos construido. Con el tiempo. Sin vergüenza ni culpa. Once.

 

Yo soy Once, y no es cierto que Judas ya no esté, Judas está ahí, lo llevo dentro, encarnado en mi nombre que no finge plenitudes para nada humanas.

 

Once es la Iglesia, en esas Iglesias casi vacías, imagen de un Dios débil que no detiene ninguna fragilidad.

 

Yo soy Once, yo soy también el discípulo que no traiciona, yo estoy bajo la cruz, yo soy el que huye, yo soy el renegado, yo soy el que pide Su cadáver, yo soy Judas, yo soy el Centurión. Yo soy Once, y en ese nombre toda la historia, que habla de mí, que habla de cada uno de nosotros.


 

Yo soy el Undécimo, y estoy invitado a la vida, soy un náufrago de la navegación y, sin embargo, estoy realmente llamado, ahora, buscado por un Evangelio que no deja de seguirme, paciente y fiel más que cualquier otra cosa en el mundo.

 

Yo soy el Undécimo, ya no soy el discípulo que intenta ocupar el lugar a la derecha del Hijo, ese lugar ahora lo tengo, es mío, lo ocupo, porque he comprendido que a la derecha y a la izquierda del Crucificado hay verdaderos pecadores.

 

Yo soy el Undécimo, ahora puedo responder a la llamada del Maestro, ahora empiezo a comprender. Por eso Galilea, no por un simple retorno a los orígenes, sino por el complejo juego de la libertad, esa que permite releerse con mayor conciencia.

 

Yo soy el Undécimo, ahora puedes llamarme de verdad por mi nombre, Señor, yo soy el Undécimo. Y ya no tengo nada que demostrar salvo que te echo muchísimo de menos.

 

Yo soy el Undécimo y vuelvo al monte que Tú me has señalado, un monte de Galilea, un monte en mi casa, en el lugar que me ha elegido como hijo. Ese monte siempre ha estado ahí, pero yo no lo veía. Ahora que soy el Undécimo, sin embargo, lo reconozco: se llama transfiguración, bienaventuranza y calvario. A partir de hoy, también Ascensión.


Esa montaña es todas las montañas que hemos subido juntos, y por fin entiendo los tres años contigo, y por fin comprendo las diferentes manifestaciones de lo divino y tu firme seguridad al hacernos bajar de cada montaña; ninguna altura sagrada podía ser definitiva. Había que subirlas todas y llegar hasta aquí.

 

Yo soy el Undécimo, solo ahora comprendo que cada pedazo de tierra es una montaña que habla de Ti, que en cada fragmento de historia puedo sentir que estás a mi lado y espero aprender, antes de morir, a ver la luz en la sombra, la resurrección en la cruz, la bienaventuranza en la pobreza. La vida en la muerte.

 

Yo soy el Undécimo y no me avergüenza decirte que te veo mientras me postro ante cada ser que vive de Ti, y no me avergüenza decir que dudo de Ti. Como ocurre con todo amor que no se entrega a la banalidad. Como Undécimo quiero y puedo, encuentro el valor, no tengo nada que perder, Tú finalmente me has llamado con un nombre que reconozco. Que no debe ser defendido, que solo puede ser mostrado.

 

«Id y haced discípulos (…) bautizándolos», si aún estuviera en la ilusión del Doce habría sido el maestro, en cambio voy a ser el discípulo entre los discípulos, y lo hago con ligereza, y no tengo miedo de decepcionar porque ya he decepcionado y aún decepcionaré, ni siquiera de traicionar porque soy un Judas, ni siquiera de equivocarme porque aún me estoy equivocando.

 

Yo soy el Once, y soy amado; no creo que haya nada más cercano a la fe. Yo soy el Once, no salvaré el mundo; yo soy el Once, el mundo me bautiza a cada instante; creo que el único pecado es quedarse en seco, no tener el valor de emprender la inmersión de este camino a cada Galilea.

 

Yo soy el Once. Pero es precisamente esa grieta abierta en mi nombre, ese espacio de no plenitud, esa distancia con el Doce, lo que me salva. Yo soy el Once y, por lo tanto, no puedo hacer otra cosa que ver, postrarme y dudar. Pero eso es todo, todo lo que estoy llamado a hacer. No debo explicar a Dios, convencer a nadie, ganarme el paraíso. Debo ver, postrarme y dudar. Basta. El resto lo haces Tú. «Jesús se acercó».


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La despedida es un comienzo - San Mateo 28, 16-20 -.

La despedida es un comienzo - San Mateo 28, 16-20 -


Estas son las últimas palabras que el Jesús resucitado dirigió a los discípulos, según el evangelista San Mateo. Son preciosas, ya que representan la despedida de un ser querido, y también porque fueron pronunciadas con la autoridad de quien ha sufrido el desprecio, el rechazo, la violencia y la muerte. Todo lo negativo de la existencia ha sido acogido, atravesado y vencido por Jesús, quien ahora condensa en tres frases un mensaje para los suyos. 

En primer lugar, Jesús dice que a Él se le ha dado «todo poder en el cielo y en la tierra»: no hay que temer, pues, a los poderosos y prepotentes, ni siquiera a los que matan. De hecho, la violencia no tiene poder: hace sufrir mucho, sí, en el cuerpo y en el espíritu, pero tiene un final, termina, no es algo que dure para siempre.

 

Todo poder ha sido dado a Jesús y no hay hombres más poderosos que él, ni artefactos humanos ni calamidades naturales que sean más fuertes que su amor y su capacidad de devolver la vida a lo que ha muerto.

 

En segundo lugar, dice: «Id, pues, y haced discípulos a todas las naciones…». En consonancia con lo que Él mismo vivió, Jesús pide a los discípulos que salgan a difundir las enseñanzas que a su vez han recibido. Quizás la cultura y la sociedad en las que vivimos nos han influido a veces para interpretar este pasaje de manera suave: intentamos adaptarlo para que coincida al menos un poco con nuestra vida.

 

A Jesús le interesa —y no debe asustarnos la posible distancia que medimos entre su interés y el nuestro— que todos reciban el mensaje que Él había entregado solo a algunos. Así como los bienes de la tierra pertenecen a todos, también el gran bien del Reino, que es Jesús mismo, está destinado a todos. La fe, como la tierra, no es una propiedad personal ni asociativa. Por eso los discípulos deben partir, pero seguramente también por su propio bien.


Las palabras de Jesús, llenas de compasión y sabiduría, dejan entrever que encerrarse en una vida segura y de bienestar no sería una ganancia ni para los discípulos, ni para quienes esperan de ellos una palabra de consuelo, de salvación, de perdón (cf., por ejemplo, el Sermón de la Montaña).

 

Jesús, que en vida no tuvo «dónde recostar la cabeza» (Lc 9,58), habló además de los discípulos como de la sal (cf. Mt 5,13): la sal no sirve si se amontona toda en un solo punto. Hay que poner un poco en mucha comida. Lo mismo ocurre con la levadura (cf. Mt 13,31): si la masa se queda toda por un lado, y la levadura bien separada por otro, ¿cómo puede haber pan? También por esto, creo, Jesús dijo a los discípulos: «Id». La sal y la levadura deben mezclarse con aquello que no es sal, y con aquello que no es levadura.

 

Por último, Jesús dice a los discípulos que estará siempre con ellos, todos los días hasta el fin del mundo. Es importante, cuando «se va», saber que se está acompañado «todos los días». El amor más bello, que suscita una alegría profunda y duradera, y que hace que nada sea imposible, es precisamente el que dice: «Ve, estoy contigo…»; o bien: «Id, estoy con vosotros…».

 

Las palabras que parecían de despedida, por tanto, son un comienzo: son el inicio para los discípulos de una vida más profundamente arraigada en el amor y en las intenciones del corazón del Padre, acompañada por la presencia de Jesús, quien a través del Espíritu les recordará todo lo que juntos han vivido y aprendido.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Yo estoy con vosotros, siempre, todos los días - San Mateo 28, 16-20 -.

Yo estoy con vosotros, siempre, todos los días - San Mateo 28, 16-20 -


Jesús, que «fue elevado al cielo» (Hch 1,11), a quien el Padre «sentó a su derecha en los cielos» (Ef 1,20) y que recibió de Dios «todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18), convierte su ausencia física en una presencia invisible, en un acompañamiento para sus discípulos: «Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo». El fruto del don de la vida por sus amigos, los hombres, es estar con ellos para siempre, de manera misteriosa, pero real. 

«Allí donde nos ha precedido la gloria de la Cabeza, es llamada también la esperanza del cuerpo», afirmaba San León Magno a propósito de la Ascensión (Sermo 73,4). Una esperanza sostenida por la cercanía y la compañía del Resucitado hacia los discípulos, que se ven así apoyados en su compromiso cotidiano de servicio al Evangelio (Mt 28,16-20).

 

El pasaje evangélico constituye el final del Evangelio de San Mateo. Ahora bien, el Evangelio según San Lucas termina mostrando a los discípulos en el templo alabando y bendiciendo a Dios (Lc 24,53); el Evangelio de San Mateo nos muestra a los discípulos que acompañan el gesto de adoración con la duda de fe, se postran dudando en su corazón (Mt 28,17).

 

El Evangelio de San Marcos concluye con la nota de que los discípulos predicaron por todas partes (Mc 16,20): el de San Mateo termina recordando la orden del Resucitado a los discípulos de ir a todas partes (Mt 28,19), orden que queda sin cumplir.

 

La celebración de la Ascensión no nos lleva tanto a contemplar las glorias celestiales, sino a considerar la realidad pobre e insuficiente de la Iglesia y de los creyentes.


El mismo comienzo del pasaje evangélico nos pone ante la comunidad del Señor presentándonosla incompleta: «Los once discípulos». Es la primera y única vez que en Mateo se llama al grupo de discípulos «los once». El grupo elegido y constituido por Jesús era de doce (Mt 10,1.2.5; 11,1; 20,17; 26,14.20), y a ellos Jesús les había prometido solemnemente: «Os sentaréis en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel» (Mt 19,28).

 

La ya pequeña comunidad de Jesús está incompleta, carece de uno de sus miembros, de uno de los hermanos. Y esta ausencia no hace más que poner de manifiesto la infidelidad de todos los demás hermanos, su inconstancia, su incapacidad para seguir a Jesús hasta la cruz. Según San Mateo, ninguno de los discípulos fue al sepulcro de Jesús. Solo algunas mujeres.

 

Es una comunidad herida, más bien traumatizada. Ha conocido el escándalo de la traición de Judas y también su trágico y conmovedor final que San Mateo recuerda: Judas se suicidó. Tras darse cuenta de lo que había cometido al entregar a Jesús por dinero, y reconocer su propio pecado, Judas, presa del remordimiento, «arrojó las monedas de plata en el templo, se alejó y fue a ahorcarse» (Mt 27,5).

 

Y todo esto ocurrió poco antes de que el propio Jesús, el Maestro y guía de la pequeña comunidad, fuera arrestado, juzgado, condenado a muerte y crucificado.

 

Una sucesión de acontecimientos conmovedores, devastadores y agotadores para la pobre comunidad de Jesús. San Mateo nos presenta una comunidad conmocionada, vacilante, insegura, con la confianza mutua minada, tan sorprendida por los acontecimientos que se sucedieron a un ritmo trepidante en los últimos momentos de la vida de Jesús, que no nos cuesta imaginarla indecisa, desorientada, dubitativa. Quizás al borde de la desintegración y la disolución.


En el momento de la detención de su Maestro, «todos los discípulos abandonaron a Jesús y huyeron» (Mt 26,56); Pedro incluso lo negó abiertamente, maldiciendo y jurando en falso, con palabras violentas, tanto más gritadas cuanto más mentirosas y desesperadas: «Pedro comenzó a maldecir y a jurar: “No conozco a ese hombre”» (Mt 26,74).

 

He aquí a los Once. Un grupo perdido y asustado, que debe hacer frente a profundas heridas dejadas por un pasado que no podrá pasar rápidamente, sino que tendrá secuelas y recaídas durante quién sabe cuánto tiempo.

 

Pero, hay una cosa que los discípulos aún saben hacer. Una sola. Pero es lo esencial. Recuerdan la palabra que Jesús les había dicho y la obedecen: «Se dirigieron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado» (Mt 28,16).

 

Jesús se lo había dicho inmediatamente después de anunciarles que se escandalizarían de Él y que sufrirían la dispersión: «Está escrito: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño. Pero, después de que yo resucite, os precederé en Galilea» (Mt 26,31-32). Jesús resucitado se lo había repetido a las mujeres que se habían dirigido al sepulcro: «Id a decir a mis hermanos que vayan a Galilea: allí me verán» (Mt 28,10).

 

Nos encontramos ante una comunidad pobre, una comunidad herida, en la que el peso del pasado y de las experiencias personales ha dejado huellas profundas y cicatrices difíciles de curar. Y, sin embargo, las palabras de las mujeres (que «corrieron a dar la noticia a los discípulos»: Mt 28,8) han despertado en los discípulos el recuerdo de las palabras que el mismo Jesús les había dicho inmediatamente después de la Última Cena.


Y ahora ellos, cuya poca fe es también falta de memoria, olvido de las palabras del Señor, al recordar las palabras del Señor retoman los hilos de su historia de seguimiento de Jesús y obedecen la orden transmitida por las mujeres y se dirigen a Galilea.

 

Lo que le había sucedido individualmente a Pedro cuando, tras la triple negación, recordó la palabra que Jesús le había dicho y lloró amargamente (Mt 26,75) recuperando su verdad, así ahora es todo el grupo de los discípulos el que recuerda la palabra de Jesús, recuperando su propia verdad como comunidad del Señor y reanudando su camino de seguimiento y obediencia.

 

En el monte de Galilea tiene lugar, pues, el encuentro entre el Resucitado y los discípulos, los once. «Cuando lo vieron, se postraron, pero dudaban» (Mt 28,17). Hay un gesto de postración y hay una duda. Todo es simultáneo. Es una comunidad de algunos que creen y de algunos que dudan. O quizá esa división se produce en cada uno de los Once. En el corazón de cada uno, la fe y la falta de fe se yuxtaponen y conviven.

 

Pero la obediencia a la palabra de Jesús que logran recordar los ancla a la única realidad que puede darles un futuro, una dirección, un sentido: la palabra que les dijo el Señor. Al obedecer la palabra del Señor llegan a encontrarse con Él.

 

Ellos hacen lo que Jesús les había dicho que hicieran. Han ido al lugar que Jesús les había indicado. Ese Jesús al que escucharon, siguieron, amaron y abandonaron, ese Jesús que fue crucificado, al que las mujeres encontraron al actuar como mediadoras ante ellos de su mensaje de Resucitado, ahora le obedecen y van adonde Él dice que vayan.


¿Qué esperan encontrar? ¿A Jesús mismo? Quizás, quizás solo algunos albergan esta esperanza. Sin embargo, si dudaban incluso mientras se postraban ante Él, en su presencia, es muy probable que dudaran también antes, cuando no lo veían y no lo tenían delante.

 

No obstante, el poder de la obediencia, o quizás, mejor dicho, de la palabra de Jesús a la que obedecen, es tal que solo y únicamente gracias a ella llegan a encontrarse con el Resucitado. Y a convertirse así en depositarios de la promesa en la que podrán apostar toda su vida. El Resucitado les promete: «Yo estoy con vosotros, siempre, todos los días».

 

Se trata de una promesa que compromete la fe de los discípulos, quienes cada día deberán ejercitarse en el arte de discernir y creer en la presencia del Resucitado. Y deberán, y nosotros con ellos, renovar su propia promesa personal basándose en la promesa fiel del Señor Jesús: «Yo estoy con vosotros».

 

Esta solemne promesa del Resucitado evoca la fórmula de alianza por la que Dios se une al pueblo («Yo seré vuestro Dios»), y sobre todo evoca la presencia de Dios en medio del pueblo, en el templo.

 

Esas palabras fundan la comunidad cristiana como lugar de la santa presencia de Dios, como templo, pero templo de cuerpos y de relaciones. La promesa «Yo estoy con vosotros» compromete al «vosotros» a perseverar, a permanecer en la caridad fraterna y a hacer reinar en sus relaciones el Nombre de Dios («Yo soy») revelado por Jesús de Nazaret. La presencia del Señor se experimenta como un don gracias a la fidelidad de los creyentes.

 

A su vez, la laboriosa fidelidad cotidiana («todos los días») de los creyentes se sustenta en la esperanza suscitada por la promesa. La fidelidad de Jesús hacia sus discípulos temerosos y de poca fe se convierte en el fundamento de la fidelidad de los creyentes: la promesa de aquel que es fiel puede sostener la perseverancia cotidiana de los creyentes en la historia, «hasta el fin del mundo».


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Dios cree en los testigos - San Mateo 28, 16-20 -.

Dios cree en los testigos - San Mateo 28, 16-20 -


«Que el Espíritu ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis a qué esperanza habéis sido llamados», nos dice San Pablo. 

Ahora, aquí, en este momento, en esta época frágil, en esta época oscura, en esta Iglesia renqueante y agitada, sumida en una profunda transformación.

 

Aquí, en este momento en que el miedo y el victimismo nos impiden mirar hacia el futuro.

 

A mí, tal y como soy, el Señor me dirige esta Palabra interpelante y consoladora.

 

Aunque no sea capaz. O no vea. O no tenga fuerzas. A mí, que me estoy descubriendo amado. Y que, si Dios quiere, elijo finalmente amar.

 

No soy capaz, claro, no lo somos.

 

Pero es el Espíritu, el gran esperado, el que ilumina, aclara, enciende, calienta, sacude. Es Él quien hace posible lo imposible.

 

Estamos llamados a la esperanza, que es el presente de nuestro futuro - Santo Tomás de Aquino -. A sembrar esperanza, a vivirla. A tener el corazón colmado, aunque dudemos, a pesar de la resurrección, a pesar de las muchas pruebas que también nosotros, como los apóstoles, hemos visto y vemos.

 

Porque el Señor está con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo.

 

Porque a nosotros, a mí, el Señor nos confía el anuncio del Reino. 

 

Se va, el Resucitado, vuelve al Padre. Se va para quedarse, para llevar al corazón de Dios el corazón de un hombre, de cada hombre.

 

Realizando un gesto de fe sin precedentes. Deslumbrante y profético, grandioso y fecundo.

 

Un gesto de fe en la humanidad, en nosotros, en mí.

 

Confía a un pequeño grupo de discípulos, hombres y mujeres frágiles, la tarea de continuar el anuncio, de construir el Reino, hasta que Él venga.

 

Hombres y mujeres que aún dudan, mientras que, postrados, lo reconocen como Mesías y Señor.

 

Porque, como hemos visto con Tomás, la duda es parte esencial de la vida del creyente, y el dudoso, es decir, el curioso, el indeciso, es una espina estimulante en el costado que impide a la Iglesia volverse arrogante ante Dios.

 

El Resucitado tiene fe en nosotros. Confiándonos las palabras, sus palabras, la Palabra, y lo poco que logró construir en sus tres años de vida pública. A nosotros que, en cambio, querríamos huir, pedir ayuda, dejarlo todo en sus manos.

 

Se invierten las posiciones, en cambio.

 

Dios no resuelve, confía.

 

No interviene, pide.


¿Qué hay que celebrar?

 

Se celebra un regreso, no una partida. Y sentimos, tras la sonrisa de fachada, la nostalgia desgarradora de una despedida, de un intercambio desfavorable, de una injusticia.

 

Nosotros, consternados como los discípulos de la Escritura. ¿Pero cómo? ¿Justo ahora que habían comprendido, tras el gran susto de la cruz, se encuentran solos?

 

¡Si pudiéramos comprender que Dios nos trata como adultos! ¡Si tuviéramos el valor de la audacia de Dios que nos hace hombres y mujeres, santos y profetas, sacerdotes y reyes! ¡En lugar de quedarnos a remolque, eternos subordinados!

 

Jesús asciende al cielo para ser el siempre-presente.

 

Sin estar limitado por un cuerpo, sin estar marcado por el espacio y el tiempo. Pero presente.

 

Desde el día de la Ascensión tenemos a un Dios al acecho en cada esquina de la calle.

 

¡Paradoja insostenible del cristianismo!

 

Primero nos pide que creamos que el Dios invisible se hizo hombre.

 

Ahora nos pide que creamos que el Dios accesible se entrega a las frágiles manos de hombres pecadores e incoherentes.


El relato de la Ascensión de Lucas se inspira en gran medida en la ascensión de Elías, una página muy conocida en Israel y punto de referencia también para los judíos que abrazaban el cristianismo.

 

Encontramos el relato de la ascensión de Elías en el Segundo Libro de los Reyes: el gran profeta es arrebatado al cielo sobre un carro de fuego, desaparece entre las nubes y su discípulo, Eliseo, tiene la certeza de recibir al menos una parte del espíritu profético, al haberlo visto desaparecer.

 

Lucas describe el acontecimiento de la ascensión utilizando el mismo paradigma: las nubes, símbolo del encuentro con Dios (¿recordamos el Sinaí? ¿O el Tabor?), los dos hombres que recuerdan a los dos ángeles testigos de la resurrección, el blanco de las vestiduras, signo del mundo divino…

 

El núcleo del relato no es, por tanto, la descripción de un prodigio, sino la descripción de una entrega: así como Eliseo recibe el espíritu de la profecía de parte de Elías, así los Apóstoles reciben el mandato del anuncio de parte del Resucitado.

 

La Ascensión marca el inicio de la era de la Iglesia.


Son los ángeles quienes dan la clave interpretativa del acontecimiento: no miréis al cielo, mirad a la tierra, mirad la concreción del anuncio.

 

Los discípulos del Resucitado están llamados a anunciarlo, hasta que Él venga, a hacerlo presente. La Iglesia, entonces, se convierte en el lugar del encuentro privilegiado con el Resucitado, y cumple su tarea solo cuando hace presente el Evangelio. Esta Iglesia, santa y destartalada.

 

Y Mateo nos dice cómo.


A diferencia de Lucas, Mateo sitúa la despedida en Galilea, en un monte.

 

Una montaña que representa el lugar de la experiencia divina: solo quien lo ha encontrado puede contarlo con credibilidad.

 

Y en Galilea: el lugar de la frontera, del mestizaje, del límite, de los paganos, de los traidores, pero también el lugar donde todo comenzó, el lugar del encuentro, del enamoramiento.

 

Solo recurriendo a las experiencias que nos han convertido podemos anunciar con verdad al Señor.

 

Esto es lo que significa no mirar al cielo: partir de la pobreza de mi comunidad, de la sensación de malestar que siento al vivir en un mundo conflictivo, de la impresión de vivir al final de un Imperio que se derrumba pesadamente bajo un montón de verborrea, en la incertidumbre de un futuro marcado por la incertidumbre y la violencia.

 

Pero, también, aquí y ahora, una Iglesia que tiene el valor de cuestionarse a sí misma. Que quiere, de verdad, escuchar al Espíritu.

 

Aquí estamos llamados a realizar el Reino, a hacer presente la esperanza.


 

Aquí, en esta Iglesia frágil, en un mundo frágil. Que Dios ama.

 

Entonces no sorprende la duda de los discípulos, que es la nuestra.

 

El Resucitado nos tranquiliza: no estamos solos, Él está con nosotros.

 

Ha comenzado el tiempo de la Iglesia, formada por hombres y mujeres frágiles que han experimentado a Dios y lo cuentan en la Galilea de los pueblos.

 

Dios nos necesita.

 

Tiene fe en nosotros y nos confía la tarea de hacerlo presente en obras y palabras.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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