Jesús, nuestro Buen Pastor - San Juan 10, 1-10 -
En aquel tiempo, Jesús dijo: «En verdad, en verdad os digo: El que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que sube por otra parte, ése es ladrón y salteador. Pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el portero, y las ovejas escuchan su voz; él llama a sus ovejas, una por una, y las lleva fuera. Y cuando ha sacado a todos sus ovejas, camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen porque conocen su voz. (...)».
El Buen Pastor llama a sus ovejas, cada una por su nombre. Yo soy un llamado, con mi nombre único pronunciado por Él como nadie más sabe hacerlo, con mi nombre a salvo en su boca, toda mi persona a salvo con Él.
Y las conduce fuera. El nuestro no es un Dios de recintos cerrados, sino de espacios abiertos, de pastos libres. Y camina delante de ellas. No es un pastor de retaguardia, sino un guía que abre caminos e inventa rutas, está delante y no detrás. No un pastor que reprende y amonesta para hacerse seguir, sino uno que precede y seduce con su caminar, que fascina con su ejemplo: pastor de futuro.
Y encontrarán pastos: Jesús promete a los que van con Él una vida mejor, cien veces más hermanos, casas y campos. Promete hacer florecer la vida.
Yo soy la puerta. Cristo es la puerta abierta que conduce a la tierra del amor leal, más fuerte que la muerte -quien entre por mí, estará a salvo-; más fuerte que todas las prisiones -podrá entrar y salir.
He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia. Para mí, una de las frases más radiantes del Evangelio; es la frase de mi fe, la que me regenera cada vez que la escucho: he venido para que tengan vida plena, abundante, gozosa. No solo la vida necesaria, no solo ese mínimo sin el cual la vida no es vida, sino la vida exuberante, magnífica, excesiva; vida que rompe los diques y se desborda y fecunda, un torrente de vida, que huele a amor, a libertad y a coraje.
Así es Dios: maná no para un día, sino para cuarenta años en el desierto, pan para cinco mil personas, piel de primavera para diez leprosos, piedra rodada para Lázaro, cien hermanos para quien ha dejado su casa, perdón setenta veces siete, vaso de nardo por 300 denarios.
En una sola palabra se sintetiza lo que opone a Jesús a todos los demás, lo que hace incompatibles al pastor y al ladrón. La palabra inmensa y breve es «vida». Palabra que late bajo todas las palabras sagradas, corazón del Evangelio, palabra inolvidable.
Cristo no vino a exigir, sino a ofrecer; no pide nada, lo da todo. La vocación de Jesús, y de todo hombre, es ser en la vida dador de vida. Jesús no vino a traer una teoría religiosa, un sistema de pensamiento. Nos comunicó vida y creó en nosotros el anhelo de una vida más grande.
Entonces urge cambiar el fundamento de nuestro credo: no es la culpa del hombre el motivo de la historia de Dios con nosotros, sino el ofrecimiento de más vida. El eje alrededor del cual gira, baila el Evangelio es la plenitud de vida, por parte de un Dios que un hermoso verso de Dante canta así: «¡Tú eres para mí lo que es la primavera para las flores!».
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


