Nuestra dignidad de hijos - una confesión de fe ante la Madre del Dolor -
¿Por qué volvemos siempre a María? ¿Por qué, desde hace generaciones, hombres y mujeres siguen poniéndose en camino hacia Ella con su vida tal y como es? ¿Qué es lo que aún nos atrae hacia Ella que buscamos su mirada?
Sí, venimos a Ella porque buscamos una mirada.
Necesitamos fijar nuestros ojos en los ojos maternales de la Madre, porque
hay momentos en los que ya no sabemos mirarnos con la sinceridad de hijos...
El dolor estrecha la mirada, la culpa la rebaja, una
decepción la amarga; a veces acabamos creyendo que somos solo lo que hemos
hecho mal, lo que hemos perdido, lo que alguien ha dicho o pensado de nosotros.
Te lo confieso, Madre: esos tus ojos siempre me conceden la gracia de
volver a empezar.
Es precisamente esto lo que venimos a encontrar en tus
ojos: no solo consuelo, sino la posibilidad de volver a empezar; no la ilusión
de que lo que ha sucedido pueda borrarse, sino la gracia de que lo que ha
sucedido no tenga el poder de detenernos para siempre.
Necesitamos, pues, unos ojos que no nos reduzcan a
nuestro error, a nuestra herida, a nuestra fragilidad. Necesitamos que nos
miren de otra manera.
Tus ojos, Madre, son ojos maternales porque una madre sabe distinguir lo que un hijo ha hecho de lo que un hijo es. No ignora su debilidad, no finge que todo va bien,..., pero sigue viéndolo más allá de sus fracasos.
La mirada maternal no borra la verdad, sino que impide
que la culpa o la derrota se conviertan en una sentencia definitiva.
Tu maternidad, María, no es distancia, superioridad ni
privilegio. Eres Madre porque perteneces por completo a Dios y, precisamente
por eso, sabes recordarnos a cada uno de nosotros a quién pertenecemos.
No creas súbditos, sino que levantas a los hijos. Tu
mirada nos devuelve una dignidad que a menudo hemos perdido. Nos recuerda que
somos más que nuestras caídas, más que el juicio de los demás, más que el mal
que hemos cometido o sufrido.
Venimos a Ti, Madre, para volver a ponernos en pie.
Tu maternidad nos acoge tal y como somos. Tú, Madre, nos
dices con tu mirada: puedes venir con tu fragilidad.
Y precisamente porque eres Madre, María, no fijas la
mirada en ti misma. Nos enseñas a mirar hacia donde Tú miras.
El Evangelio te sitúa ante la cruz: «Junto a la cruz de Jesús estaban su madre…».
Es aquí donde comprendemos de verdad esos ojos que hoy
contemplamos.
Son ojos que han visto la violencia, la humillación,
el dolor del Hijo y no se han apartado. María ve la carne de su carne entregada
a los hombres, escucha los insultos, siente los golpes, mira al Hijo
crucificado... y permanece allí.
San Juan utiliza un verbo muy sencillo: «estaban».
Cuando podemos intervenir, resolver, cambiar algo,
todavía nos parece que tenemos la situación bajo control.
Pero hay momentos en los que no podemos arreglar nada,
no podemos borrar lo que ha sucedido, quitar el dolor a quienes amamos,
devolver lo que se ha perdido. El amor, entonces, queda despojado de todo poder
y solo le queda una posibilidad: no huir.
La tradición cristiana llama a esta permanencia de María «compasión». No se trata de una emoción superficial, sino de «sufrir con», de dejar que la herida del otro encuentre espacio dentro de nosotros.
La Pasión de Jesús es la com-pasión de Dios por el
hombre. Dios no nos salva manteniéndose alejado de nuestra herida: entra en la
carne, en la fragilidad, en la muerte.
María entra en ese mismo movimiento: no añade nada a
la obra salvífica del Hijo, sino que se deja involucrar hasta el fondo.
Este es también el lugar del discípulo: no ser
espectador de la cruz de Jesús ni de las cruces de los hombres.
Pero la grandeza de María no consiste simplemente en
sufrir. El dolor no santifica automáticamente a nadie. Puede abrir el corazón o
cerrarlo, puede hacernos más humanos o más duros.
San Juan no dice solo que María está junto a una cruz;
dice que está junto a la cruz 'de' Jesús.
La cuestión cristiana no es cuánto dolor hemos
conocido, sino junto a quién hemos permanecido mientras lo atravesábamos. La
grandeza de María bajo la cruz es su fe, más aún que su sufrimiento.
Y es una fe puesta a prueba hasta el fondo.
María había recibido promesas inmensas sobre ese Hijo: había oído que sería grande, que su Reino no tendría fin. Ahora lo ve clavado en la cruz.
Podría haber
preguntado: ¿por qué no bajas? ¿Por qué no te salvas a ti mismo? ¿Por qué no me
libras también a mí de este dolor?
Y, sin embargo, se queda.
Su fe no consiste en comprender, sino en quedarse y permaneces, en estar, en no romper la
relación cuando ya no comprende.
También por eso buscamos tus ojos, Madre. Porque los
nuestros, cuando no comprenden, se vuelven fácilmente recelosos hacia Dios. Nos
gustaría una presencia divina que impidiera el mal, resolviera, protegiera y
sanara. y Tú no recibes una explicación del dolor sino que recibes a un Hijo
crucificado.
Y precisamente allí, Madre, descubres que Dios no salva
permaneciendo al margen de la herida del hombre. La cruz no dice que Dios ame
el dolor; dice que ya no hay dolor en el que Él se niegue a entrar.
La compasión de María llega aún más lejos, porque bajo
la cruz no solo se le pide que comparta el dolor de su Hijo, sino que entre en
la forma en que su Hijo atraviesa el dolor.
«Padre, perdónalos».
El mal, de hecho, no solo quiere hacernos daño, sino
que intenta deformarnos. Quien nos humilla querría enseñarnos a humillar; quien
nos traiciona querría hacernos incapaces de confiar; quien nos hiere querría
convencernos de que la única respuesta posible es devolver la herida.
María no concede al mal este poder, sino que permanece
libre para amar.
Aquí comprendemos aún mejor la serenidad de sus ojos: son serenos porque no se dejan esclavizar por el mal que han visto.
La
verdadera serenidad es esta libertad interior, la posibilidad de no dejar que el
pecado o el juicio de los demás decidan quiénes somos.
Entonces Jesús mira a su madre y al discípulo: «Mujer, he aquí a tu hijo». «He aquí a tu madre».
En el lugar de la muerte nace una relación. María
pierde al Hijo que ha engendrado y recibe hijos que no había engendrado. El discípulo
pierde al Maestro y recibe una Madre. Allí donde la muerte parece solo quitar,
Cristo confía una nueva pertenencia.
«Desde aquel
momento, el discípulo la acogió en su casa».
Acoger a María en nuestra casa significa dejar que su
mirada penetre en nuestra forma de mirarnos a nosotros mismos y de mirar a los
demás. Significa aprender a no emitir juicios definitivos sobre las personas, a
seguir viendo dignidad allí donde todo parece haberla borrado.
¿Qué queremos buscar en tus ojos maternales, María?
Venimos a buscar una mirada que nos acoja sin
humillarnos y que, precisamente porque nos acoge, no nos deje prisioneros de lo
que nos hemos convertido.
Venimos a buscar el recuerdo de nuestra dignidad de hijos amados.
Venimos a buscar a alguien que, mientras nosotros solo
vemos nuestra herida, siga viendo al hijo; mientras bajamos la mirada, siga
recordándonos que estamos hechos para mantenernos en pie.
Ante Ti no nos sentimos pequeños porque Tú seas grande. Tu grandeza nos devuelve la nuestra porque una Madre nos recuerda nuestra
dignidad de hijos.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF







