sábado, 28 de marzo de 2026

Entrar en el misterio de la muerte y de la vida - contemplación del Crucificado -.

Entrar en el misterio de la muerte y de la vida - contemplación del Crucificado -

Vamos a comenzar esta contemplación con un ejercicio de audición de la mano de Johan Sebastian Bach (son apenas 2 minutos y 45 segundos): https://www.youtube.com/watch?v=GKrTxYDaq-8


En el fondo, la oscuridad lo domina todo. Avanza, cada vez más densa, hasta envolverlo todo en una sombra angustiosa y sin sentido. Poco importa si en el centro de la escena se recorta el Calvario, con tres cruces clavadas en el suelo, llenas de sangre, o si se suceden imágenes que, como titulares de telediarios, desde todas partes del mundo hablan de guerras, hambre, desequilibrios, destrucción: sobre el fondo y en el corazón de quien asiste se cierne la misma oscuridad.

 

El relato de la Pasión, que el Evangelio del Domingo de Ramos nos presenta cada año en su totalidad, narra lo que le sucedió a un hombre hace dos mil años —un hombre al que los cristianos se empeñan en llamar Dios—, pero en esa historia podemos encontrar el tormento de la humanidad de todos los tiempos: discusiones interminables sobre quién es el más grande, la incomprensión por parte de las personas más cercanas y de confianza, la traición de un amigo, gestos de amor vaciados de sentido y transformados en su contrario, la soledad, el abandono… ¿Cuántos viven todo esto a diario?


Una detención clandestina, no por una culpa concreta, sino porque molestaba, al poner en tela de juicio el orden y el poder vigentes; un juicio farsa, con cargos inventados, destinados a justificar una condena predeterminada; una multitud llamada a expresarse, condicionada con métodos subrepticios para que se pliegue a la voluntad de unos pocos; un magistrado que, en lugar de hacer justicia, condena al inocente y pone en libertad al culpable; un poder que elige lo que le conviene en lugar de lo que es justo, que prefiere una noticia falsa premiada por las encuestas a una verdad impopular; personas ridiculizadas, burladas, insultadas, objeto de una violencia gratuita y cruel, golpeadas, violadas, asesinadas sin piedad, sin remordimiento, sin ninguna compasión. ¿En cuántas partes del mundo se repite todo esto cada día?

 

Y luego está esa palabra, Dios. El gran ausente, tanto en el Evangelio de la Pasión como en nuestro mundo. Jesús reza, grita, implora, con tanta intensidad que suda sangre. Pero Dios no responde. La injusticia, la violencia, la muerte que atraviesa Jesús tienen lugar en el silencio más absoluto de Dios. Ese Dios en el que Jesús siempre ha confiado, como un Hijo en su Padre, pero que en el momento de mayor necesidad no está. «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», grita Jesús un instante antes de morir, en los Evangelios de Marcos y Mateo. Solo Lucas intenta aliviar el escándalo de un Mesías que muere gritando contra Dios, poniendo en boca de Jesús las palabras de una confianza extrema: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». ¿Cuántos de nosotros, en el sufrimiento, hemos clamado a Dios y no hemos obtenido respuesta? ¿Cuántos, cada día, experimentamos la ausencia de Dios, nos sentimos abandonados por Él?


Ante la cruz, ante la escena del Calvario, todos —escribas, fariseos, discípulos, apóstoles— coinciden en una cosa: allí no había ningún Dios. La misma percepción que tenemos nosotros cada día al hojear un periódico o ver un telediario. El escándalo que vivió quien estaba bajo la cruz es el mismo que sentimos al observar el mal que marca la historia. El escándalo de un Mesías y de un mundo que parecen abandonados por Dios.

 

Hay muchas formas en las que los cristianos han intentado aliviar el peso de este escándalo. Considerándolo parte de un proyecto divino, de un mecanismo que se alimenta del sufrimiento, a través del cual Dios salvaría a la humanidad: pero ¿qué Dios es ese que pide dolor y sangre inocente como precio de la salvación?

 

O pasando inmediatamente a la página siguiente del Evangelio, dando poca importancia a la cruz, poniendo enseguida el acento en la Resurrección: una visión que lleva a considerar la realidad del mundo y de la historia únicamente como un momento de paso, una prueba con vistas a la vida futura.


Si la cruz nos deja perplejos, basta con leer el capítulo siguiente para encontrar un final feliz; si el mundo está marcado por el mal, la solución es salir del mundo, permanecer puros ante la podredumbre de la historia, separando a los buenos de los malos, a los elegidos de los condenados, a la espera de ser recompensados en el más allá. ¿Pero no es esto exactamente lo contrario de lo que Jesucristo hizo y enseñó?

 

Ante el escándalo de la cruz y del mal en la historia, los intentos de reubicar a Dios para salvarlo de esta absurdidad se revelan inmediatamente como forzamientos poco creíbles. Pero lo que los apóstoles comprendieron de manera escandalosa tras la Resurrección es que Dios estaba en esa cruz.

 

No es que Dios utilizara la cruz para sus propios fines, ni que Dios estuviera en un lugar distinto, en un más allá diferente al de esa cruz. Dios estaba en esa cruz, al igual que está presente en la historia de hoy y de cualquier otra época. Y en esa cruz, como en nuestro mundo, Dios es amor que no tiene fin.


La cruz, como nos confirma el gesto de la Eucaristía, es elegida por Jesús como lugar del amor. No como lugar del sacrificio —la idea del sacrificio (palabra que no aparece, y no por casualidad, en los relatos de la pasión) responde a la lógica utilitarista de quien busca ganarse el favor de Dios: yo te ofrezco algo y tú me das algo a cambio—, sino como lugar del don.

 

Jesús, tras haber sufrido todo tipo de traición e injusticia, en la cruz se entrega a sí mismo gritando a Judas, a Pedro, a Caifás, a Pilato: ¡yo sigo amándote! Esta es la respuesta de Dios al mal: ante nuestra historia, marcada por el odio y el sufrimiento, tanto a la víctima más inocente como al verdugo más despiadado, a toda la humanidad, Dios repite: ¡yo sigo amándote!

 

No hay sufrimiento, dolor, traición, abandono por parte de Dios y de los hombres que exista fuera del abrazo de Dios, «ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni las potencias, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios» (Rom 8,38-39).

 

Esta es la salvación que Jesús ofrece desde la cruz. Parafraseando una famosa expresión de Santa Teresa de Lisieux, Jesús nos entrega a un Dios que, en el corazón del mundo y de la historia, elige ser el amor.

 

¿Es poco? ¿Hubiéramos preferido un Dios que, si se le reza como es debido, intervenga mágicamente eliminando el dolor y el sufrimiento de nuestra vida? ¿Es decepcionante este Dios que deja todo tal como está, sin hacer distinciones entre buenos y malos, entre justos y malvados? ¿Que ama y nada más?


Sí, en el fondo domina la oscuridad. Avanza, cada vez más densa, hasta llenarlo todo de una sombra angustiosa y sin sentido. Pero en medio de esta oscuridad el rostro del Crucificado nos recuerda que todo lo que nos sucede a nosotros y en la historia va acompañado de la mirada de amor de un Dios que no abandona. Y el amor recibido podemos, a nuestra vez, regalarlo. Contribuyendo así a escribir un futuro de esperanza.

 

Te invito a entrar en Jerusalén, es decir, en el Misterio. Y hacerlo acompañando a quien ha sido intérprete y revelador de ese Misterio: Jesús de Nazaret. 

Este Domingo de Ramos, que precede a la Semana Santa, leemos el extenso relato de los últimos días de Jesús. Son los días más intensos y representativos de su vida. En estos días, Jesús lleva a cabo su misión de contar con su vida el amor de Dios… 

Muchos personajes pueblan este relato y se mueven en torno a Jesús, arrestado, juzgado y condenado… 

Yo también estoy ahí, como creyente que no puedo sentir esto como una historia que «había una vez… y ahora ya no», sino que para mí es una historia que me involucra hoy y siempre… 

1.- Yo soy un apóstol. Jesús me llama a preparar y vivir su última cena para luego continuarla incluso cuando Él ya no esté. Pero luego me olvido de que es la cena del amor y del compartir, y me pierdo discutiendo cuánto valgo, en la búsqueda continua de ser el primero, el más grande… Pero Jesús me recuerda que el verdadero poder es servir, y la verdadera grandeza es hacerme pequeño entre los pequeños, pobre entre los pobres. 

2.- Soy Pedro. Tengo ganas de creer y de permanecer fiel a la promesa que le hice a Jesús. Pero basta con la acusación de una simple sirvienta para hacerme prisionero del miedo. Basta poco y me olvido de que Jesús me necesita. Pero Él, con su mirada, me llena los ojos de lágrimas, y mi rostro endurecido se derrite en la profunda emoción del perdón. 

3.- Soy Judas. Con un beso entrego a Jesús. Traiciono su confianza, y en el momento en que estoy más cerca de Él con el cuerpo, estoy muy lejos de él con el corazón… ¿Queda aún espacio para el perdón para mí? 

4.- Soy Pilato. Y aunque intento liberar a Jesús porque algo me dice que es inocente…, me dejo condicionar por el mundo. Ya no escucho a la conciencia (que es el verdadero lugar del encuentro con Dios), sino que solo escucho lo que viene de fuera de mí, de la gente, del poder, de los prejuicios… 

5.- Soy uno más entre la multitud que grita «¡Crucifícalo, crucifícalo!», mientras que unos días antes estaba allí aclamándolo cuando entraba en Jerusalén para pedirle una curación y un milagro. ¡Qué rápido cambio de opinión! ¡Qué fácil me dejo influir por la mentalidad común y por el «se dice que…». Pero Jesús en la cruz, en lugar de maldecirme, dirá: «Padre, perdónalo, porque no sabe lo que hace…». 

6.- Soy el Cireneo. Tomado por casualidad y sin previo aviso, ayudo a Jesús a llevar su cruz, que por un pequeño tramo se convierte en mía. Aprendo a estar siempre disponible, cada vez que algún desamparado necesita un apoyo, aunque sea momentáneo. No le resuelvo el problema, pero al menos le hago sentir una cercanía amistosa… 

7.- Soy el buen ladrón, crucificado junto a Jesús. Siento que este desdichado está ahí por mí y yo con Él. Hay dolor en mi carne, pero paz en el corazón y en la mente. El dolor no vence, aunque sea grande. Y el paraíso está cerca de mí… 

8.- Soy la mujer que, junto con las otras mujeres, observa desde lejos lo que ocurre en el Gólgota. Al día siguiente iré al sepulcro para los ritos de la muerte porque Jesús ha muerto y con él su Reino… 

9.- Soy… ¿Quién soy yo? 

Pero me espera una sorpresa, una novedad está preparada para mí y para todos los demás que, a su manera, se han cruzado con el Señor en su vida y en su muerte… 

¿Seré capaz de sorprenderme de nuevo en esta Pascua? 

¿Será para mí solo la celebración de una historia muerta en el pasado? 

¿Seré capaz de aceptar de Jesús la invitación a entrar una vez y por la puerta estrecha de la cruz más en su historia de salvación? 

Y así finalizamos esta contemplación con otro ejercicio de audición de la mano del mismo Johan Sebastian Bach (son apenas 3 minutos y 9 segundos). Cierra si quieres los ojos y abre tu mente y tu corazón para contemplar: https://www.youtube.com/watch?v=JU-MsV1kF7c

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 27 de marzo de 2026

Descansa en Paz Noelia Castillo.

Descansa en Paz Noelia Castillo

En teoría, algunas personas consideran que todo el mundo tiene la libertad de dejar de amar su propia vida y ponerle fin.

Pero luego, ante el caso concreto de una persona, todos se preguntan qué se podría haber hecho para evitar, por ejemplo, una eutanasia.

Ante la eutanasia de Noelia Castillo muchos se preguntan de quién es la responsabilidad y por qué no se hizo lo suficiente para evitarlo.

Todos sabemos que la eutanasia de una mujer joven de 25 años es triste. De lo contrario, no estaríamos hablando precisamente de esto, de qué se podría haber hecho para ayudar,…

De lo contrario, diríamos: ella lo quiso, es una elección libre, ¡hizo bien!

Creemos saber bien, aunque a veces solo inconscientemente —y son episodios como este los que despiertan en nosotros el sentido de la vida— que la vida es buena.

Precisamente por eso queremos que se haga todo lo posible para ayudar a quien piensa en la posibilidad de una eutanasia a redescubrir, en cambio, su dignidad y a no rechazar esa realidad bendita que es vivir.

Esto no quita que sea legítimo debatir también sobre el contexto en el que se ha producido ese gesto aunque sepamos que la vida hasta es un bien… en línea de principio (aunque con matices como señalaré adelante).

Y por mucho que se diga que este es un tiempo de silencio y respeto. Lo es, sin duda: pero desde la difusión viral de la noticia de esta eutanasia de Noelia Castillo, este es también un tiempo en el que necesitamos encontrar un hilo al que tratar de aferrarnos para buscar y encontrar algún sentido…

Incluso con el más que posible riesgo de caer en palabras obvias y convencionales ante la empresa imposible de adentrarse en explicaciones que den respuesta al «¿por qué?».

Yo recordaba algo, no solo ahora por Noelia Castillo, sino por cada criatura que se enfrenta a un dolor que llega a vivirse sin esperanza. Hay un umbral muy doloroso respecto al cual cualquiera, incluso una persona joven como es el caso, puede entrar en la otra cara… el de la desesperanza.

A menudo los seres humanos solemos recurrir a una frase para consolar a alguien que está pasando por un mal momento: “No te preocupes, la esperanza es lo último que se pierde”. Y parece que todos nos agarramos a ese dicho para convencernos de que todo tiene solución en esta vida… menos la muerte.

No me cabe la menor duda de que la esperanza es el motor que nos conduce hacia delante. Pero, de la misma manera, también creo que en situaciones en las que parece no existir una salida, esa esperanza puede ser lo primero en difuminarse… hasta desaparecer… y perderse.

Una segunda resonancia amplía el círculo: «¿Pero quién cuidaba de ella? ¿No tenía a nadie cerca que la apoyara?». La cuestión es espinosa. Algunos nos hemos visto en ella: ¿se puede ayudar a alguien que tal vez ya no quiere ser ayudado? ¿A alguien que es tan consciente de su fragilidad que decide abandonar la lucha y dar por perdido el combate de vivir?

La tercera resonancia podría sonar así: «¿Qué hay que cambiar en nuestra sociedad? ¿Qué hay de individual o personal (y, por tanto, irreducible) y qué hay, en cambio, de estructural (es decir, reformable y revisable) en nuestra sociedad en este tipo de fenómenos como el de Noelia?

La historia de Noelia Castillo toca fibras profundas y me impone silencio, respeto y compasión. Ante el dolor real y el deseo humano de no sufrir, el primer impulso no puede ser otro que la compasión. La forma lúcida y pública con la que Noelia comunicó su decisión también merece respeto.

Pero precisamente porque su gesto se ha convertido conscientemente en un acto público, una declaración —como ella misma quiso consciente y libremente—, es justo y necesario intentar pensar también en la dimensión pública de su elección.

Se puede estar sinceramente conmovido por su historia, llorar su fin y, al mismo tiempo, preguntarse si una sociedad que reconoce jurídicamente el derecho de la eutanasia no está dejando de ofrecer un horizonte de esperanza a los más frágiles.

La mía es una pregunta. No es una afirmación. Es solamente una duda. Y la manifiesto con el más exquisito de los respetos.

Soy de los que creo que la ausencia de un fin unívoco que se imponga a todos los seres vivos con la misma claridad indica que el fin principal por el que cada uno de nosotros está en el mundo es el ejercicio responsable de su propia libertad. Lo que significa auto-determinación.

Con mayor razón cuando se trata de la propia existencia. Y es lo que, a mi modo de ver y al fin y al cabo, ha realizado Noelia Castillo.

En otras palabras, el sentido de la existencia humana consiste en un ejercicio continuo de la libertad. Para mí el valor supremo y absoluto es la dignidad de la vida que se realiza como libertad de poder decidir sobre uno mismo.

Alguien me podrá decir que la primacía objetiva de la verdad permanece. Y, llegado el caso, yo le responderé que esa primacía no es tal que suprima la libertad de conciencia, que puede incluso llegar a rechazar la supuesta verdad.

La afirmación de la primacía de la vida como don no puede ejercerse en detrimento de quienes no reconocen ese don o ya no lo quieren. Si la vida es un don, debe seguir siendo un don y no convertirse en un yugo. Y todo apunta a que para Noelia Castillo era un yugo insoportable.

Noelia tenía ante sí un pasado, un presente y un futuro duros y despiadados. Sé que otros enfermos que sufren tratan de buscar y encontrar cada día un sentido, una forma, una dignidad nueva dentro de esa vida. Pero éste no fue el caso de Noelia.

La verdadera cuestión social hoy no es juzgar una elección tan dramática como consciente, libre y soberana de Noelia Castillo, sino esperar que nuestra sociedad siga invirtiendo todo lo que pueda en cuidar también y muy especialmente de las fragilidades.

Acabo ya.

Hay para mí, discípulo de creyente cristiano, una última resonancia que me atrevo a señalar en voz tan libre como discreta: una palabra de Jesús que resuena en mí en acontecimientos de este tipo, y a la que yo mismo, con temor y temblor, me he atrevido a hacer referencia al presidir funerales de hermanos y hermanas fallecidos: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y oprimidos, y yo os daré descanso».

Adiós, Noelia. Descansa en aquella Paz que deseaste, porque la soñaste y te pertenecía, y que aquí no sentiste encontrarla en nosotros. Has elegido que éste era el momento para regresar a casa. No me cabe la más mínima duda de que el Padre, cuando te ha visto de lejos, ha corrido hacia ti para abrazarte y cubrirte de besos. Y se ha puesto a servirte.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


Sentir todo el dolor del mundo.

Sentir todo el dolor del mundo

Estamos atravesando un período de profundo sufrimiento ante las crisis económicas, políticas, sociales,…, ante las penurias individuales y planetarias. Es un tiempo de dolor, que ya se ha convertido en desconfianza, y que puede convertirse en angustia. 

El hombre occidental, aturdido por su consumismo convertido en religión, con sus ritos y sus fiestas, había relegado ya el sufrimiento, la enfermedad y la muerte a la esfera individual: un «accidente en el camino» en el transcurso de los días, un «tropezón» que afectaba a unos pocos individuos. 

Y en cambio se nos presenta el dolor del mundo, que ya no queríamos ver, que ya no queríamos tener en cuenta: proyectados hacia un futuro aparentemente feliz, a menudo inconscientes de las víctimas del "progreso" porque están lejos, indiferentes a los costes de la marcha incesante, chocamos con el límite de la creación, con el límite de la vida humana. Pero ya no en la dimensión privada, sino en su dimensión colectiva y cósmica. 

Y ahora todos estamos pasando por un momento de dolor, aunque en distintos grados. Un dolor agudo y para el que no estábamos preparados. Pero debemos reconocer, más allá de los errores personales y colectivos, de la miopía y de las ilusiones, ¿quién está verdaderamente preparado para el dolor? 

Éste es un tiempo de sufrimiento: hombres y mujeres somos presa fácil de la enfermedad, de la desesperación, de la pobreza real o temida, del desempleo, del hambre, de la guerra, de... Niños, adultos, ancianos: nuevas soledades y separaciones nos distancian unos de otros. 

Y luego la muerte, terrible porque es solitaria, de mil y una formas. 

Tendremos que sentir todo el peso de este dolor, tendremos que atravesar el dolor del mundo. Ésta es la probable vocación de los tiempos que vivimos. 

Podemos marearnos y buscar rutas de escape irracionales. Podemos gritar conspiraciones, regatear la fe y transformarla en superstición, intentar apaciguar el castigo de un Dios vengador interpretando su voluntad para el mundo...

Pero éstos son sólo paliativos consoladores, que quizá generan algún alivio, pero en realidad son simples escapes de la realidad, y por tanto del sufrimiento. Maneras de exorcizar el dolor, de limitarlo, de traducirlo en categorías comprensibles, mientras permanece incomprensible. 

En cambio, deberíamos tomar en serio este tiempo de oscuridad y tomar en serio nuestra fe, es decir, tomar en serio a Dios, ponerlo en cuestión: ¿es una fe madura tomar a Dios tan en serio hasta el punto de interrogarlo, sacudirlo, ponerlo en crisis? 

Hacer esto hasta el punto de dar origen a la protesta y a la duda: se puede, se debe, poder protestar con Dios. ¿Por qué el dolor? ¿Por qué el mal? 

Y debemos tener el coraje de rechazar las respuestas simples, a menudo revestidas de retórica formal, simplona, vacía.  

Debemos tener el coraje de permanecer en silencio, de habitar el silencio. Sabiendo que en ciertas situaciones extremas no basta señalar la cruz y afirmar que Cristo sufre con los hombres: porque a veces el dolor es tal que tales afirmaciones sólo huelen a consuelos efímeros e inhumanos. 

Porque, ante ciertos abismos del mal y de la historia, “me parece siempre como si sólo quisiéramos, por miedo, reservar un pequeño espacio a Dios… Una vez alcanzados los límites, me parece mejor permanecer en silencio y dejar sin resolver lo irresoluble” (Dietrich Bonhoeffer). 

Recordemos a Job: sólo los justos sufrientes y rebeldes merecen la verdadera atención de Dios, no aquellos que llevan razonamientos fáciles e inhumanos. Porque también podemos creer por la fe que Dios sufre con los hombres, pero también debemos admitir que muchas veces, en el dolor, no sentimos, no percibimos, esa cercanía divina. Y también sucede que no sentimos la cercanía de otros hombres. 

Ahí surge la pregunta, y también la revuelta, que se convierte en lucha, como le ocurre a Jacob con el ángel, por la noche. Podemos luchar con Dios: a veces es la única forma de fe, la más radical, la más humana que queda: «La fe en un Dios vivo tiene la naturaleza de un diálogo en el que también hay lugar para los gritos de protesta» (Tomáš Halík). 


Debemos habitar el silencio, habitar la pregunta, vivir la lucha: tomar a Dios en serio, sacudiendo incluso nuestra fe en sus cimientos: si estás ahí, ¿dónde estás? Si estás ahí ¿qué haces? ¿Es esta la verdadera fe? Sí. Porque implica llegar a lo más profundo de la relación, sufriendo incluso la decepción. 

Es la experiencia de los Salmos, donde «el sufrimiento se transforma en pregunta» (Papa Francisco). En este momento surgen las preguntas del salmista: “¿Hasta cuándo, Señor, me olvidarás? ¿Hasta cuándo ocultarás tu rostro de mí?” (Sal 13, 1-2). 

Porque Dios a menudo parece callar, parece esconderse, parece olvidar al hombre: «A ti clamo, Señor, no calles, Dios mío» (Sal 28,1). Si creemos en un Dios que es Padre, debemos tener la libertad de preguntar: ¿Dónde te has escondido? ¿Por qué, Señor, te mantienes tan lejos? ¿Por qué te escondes en tiempos de angustia?” (Sal 10, 1). 

Debemos tener la libertad y la fuerza para decir: no puedo más. Debemos saber que estas preguntas son legítimas y verdaderas, y por eso deben ser llevadas a los labios. Porque si por la fe creemos que también Jesús sufrió angustia y abandono, y sabemos que Dios ve nuestros dramas (“Pero tú ves la angustia y el dolor”, Salmo 10,25), sin embargo el peso del dolor y del mal, del individuo y de la humanidad, permanece. 

Son laceraciones que el hombre ha experimentado desde siempre: el misterio del mal, el misterio del dolor inocente. Pero esto no nos consuela, porque quisiéramos saber, porque quisiéramos siempre la vida y no la muerte, no el sufrimiento. El misterio de la penumbra de Dios, que a veces se convierte en sombra, nos deja sin aliento, más allá del cansancio de nuestra libertad. 

Atravesemos el silencio, dejemos fluir la pregunta y la protesta, invoquemos a Dios. No es arrogancia, no es orgullo: hay una oscuridad en la que sólo la protesta es verdadera oración, porque significa dirigirse a Alguien que no se comprende, a Alguien cuya imagen podemos purificar, pero significa, en definitiva, seguir dirigiéndose a Alguien, incluso cuando nos falta el aliento. 

En algunas épocas de la vida y de la historia, debemos tener el coraje de la radicalidad: preguntarnos qué es de la omnipotencia de Dios, qué es de Dios: “¿Qué Dios ha permitido que esto sucediera?” (Hans Jonas). Y medir la amplitud del silencio, la profundidad del misterio que te deja atónito, pasmado y sin nada que balbucear. 

Podemos poner en cuestión la responsabilidad de Dios, y al mismo tiempo poner en cuestión nuestra propia responsabilidad: porque mientras interrogamos al Absoluto, aplastados por la duda y el dolor, tenemos el deber humano de aliviar, lo más posible, el dolor de los demás: "La plenitud del amor al prójimo es simplemente la capacidad de preguntarle: ¿cuál es tu tormento?" (Simone Weil). 

Tener la fuerza de compadecer, de comprender y sentir que mi dolor es similar al que aplasta al otro. Reconocer mi rostro en el rostro del otro y avanzar hacia él, porque “El Otro no me es indiferente” (Emmanuel Lévinas). 

Y si no tenemos la fuerza de tender la mano, de ser solidarios, debemos sentirnos sin embargo plenamente responsables de no cargar a los demás con más males: «Sólo digo que en la tierra hay plagas y víctimas y que, en la medida de lo posible, debemos negarnos a ponernos del lado de la plaga» (Albert Camus). 

Resistir, coexistir en este espacio y tiempo, intentar no dejarse avasallar, poner el obstáculo de la responsabilidad contra la erupción del mal. Y, de nuevo: interrogar a Dios, con insistencia, con libertad, con humanidad, con esfuerzo. 

Éstas son, verdaderamente, posiciones humanas de la existencia humana frente al dolor. De lo contrario, también desgarraremos los pocos vestigios restantes de humanidad y entonces, realmente, no nos quedará nada más que el abismo. 

A veces sólo nos queda el silencio de nuestra fragilidad: pero incluso allí permanecemos plenamente en nuestra condición de hombres, pues «no hay escapatoria al dilema de ser hombres» (Joseph Ratzinger). 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 26 de marzo de 2026

La edad adulta de la mujer bautizada, presbítera y arzobispa.

La edad adulta de la mujer bautizada, presbítera y arzobispa 

El miércoles 25 de marzo, en Canterbury, ocurrió algo que va mucho más allá de una simple ceremonia de investidura. 

La toma de posesión de Sarah Mullally como Arzobispa de Canterbury y Primada de la Comunión Anglicana no es solo un trámite institucional: es un gesto que marca un profundo cambio cultural, un cambio de paradigma que también nos habla a nosotros, a nuestras Iglesias. 

Porque Canterbury, esta vez, no es un lugar: es un umbral. 

Durante años, en muchas realidades eclesiásticas, se ha cultivado una retórica del buenismo eclesial que se disfrazaba de apertura, pero que en realidad era un populismo espiritual. 

Un buenismo que a menudo utilizaba lo femenino como máscara: «las mujeres son más prácticas», «las mujeres son más concretas», «las mujeres están más cerca de la vida». 

Una retórica muy eclesiastica que no libera a nadie, sino que infantiliza a todos. 

La incorporación de Sarah Mullally rompe este esquema. 

Ella es una mujer adulta, madura,  formada, pensante, capaz de asumir la complejidad sin temerla. Es el comienzo del fin de la idea de que para ser escuchados hay que ser jóvenes, o fingir serlo. Es la restitución de la dignidad de la edad adulta y madura en la vida eclesial. 

En las últimas décadas ha habido una aversión generalizada hacia quienes no se ajustaban al «llamar al pan pan y al vino vino» de una cultura simplificada. Y Canterbury dice: basta. 

El liderazgo eclesial no es un concurso de talentos. No es una competición de eficiencia. No es un premio al rendimiento. Es un servicio que requiere reflexión, discernimiento, madurez, adultez. Y la madurez o adultez no es un defecto: es una gracia. En femenino o en masculino. Pero siempre, y únicamente, gracia. 

La figura de Sarah Mullally -doctora, pastora, mujer que ha atravesado responsabilidades diferentes y de primer orden- evidencia una dignidad espiritual. La suya es una figura que no teme ser adulta en los años y madura en la fe. También en sus capacidades competenciales y cualidades profesionales. 

Es un gesto contracultural, y por eso profundamente evangélico. 

Canterbury, con su nueva Arzobispa, dice que la pluralidad no es un defecto: es una vocación. 

Esa pluralidad que sigue siendo el blanco preferido de quienes confunden la moral con el miedo. La pluralidad es una categoría antropológica de la complejidad: aquella del et et. 

Vivimos en una época que exige lo «mono»: una sola identidad, una sola pertenencia, una sola forma de relación, una sola estructura institucional... Y la pluralidad da miedo porque abre, porque desestabiliza, porque des-centra. 

Y, sin embargo, precisamente hoy, la pluralidad es la condición de la vida real. Pero no aún de la vida institucional eclesial. 

En Canterbury hasta puede comenzar el final de una época de infantilización, simplificación, miedo. E iniciar otra, donde la edad adulta, la complejidad,  la madurez y la pluralidad ya no son enemigas, sino compañeras de camino. 

No es solo una toma de posesión. Es una invitación. Provocativa. Pero invitación. También alternativa y subversiva. Quizá, y precisamente por ello, evangélica. 

Ser mujer no es un «impedimento» para la ordenación presbiteral y episcopal. No es cosa menor, teológicamente hablando. Los teólogos no lo suelen mencionar. No porque el tema no esté maduro. Quizá porque los inmaduros son los teólogos. Y una teología inmadura sufre la historia pero no es capaz de anticiparla y de orientarla. 

Mientras tanto, la realidad no se detiene. Y el Espíritu habla incluso más allá de las fronteras de la Iglesia católica porque su soplo es como y cuando quiere, no al dictado del canon ni del dogma. Tampoco de la jerarquía.

Los «signos de los tiempos» pedirían a la Iglesia católica salir de su caparazón y que no llamara "prudencia" al miedo ni "paciencia" a esconder la cabeza bajo el ala. 

No se trata de extender el ministerio ordenado a las mujeres (y a los hombres casados) sino de cambiar el modelo del ministerio ordenado para reconocer la posibilidad de llamar al ministerio también a las mujeres (y a los hombres casados). 

Se trata de reflexionar sobre la «capacidad de ordenación» de los bautizados, alejándonos de evidencias históricas que en su momento fueron autorizadas, pero que hoy están cultural y socialmente superadas, al menos en una parte considerable del mundo. Esto es una exigencia seguramente hasta ineludible e inaplazable. 

Podemos y debemos hacerlo con la conciencia de una Iglesia que, tras el Concilio Vaticano II, debe concebirse como una sola Iglesia, pero repartida por los cinco continentes, caracterizados por culturas, sociedades y relaciones profundamente diferentes. 

Por el momento, hoy parece que nos queda el miedo y el consiguiente bloqueo sistemático ante toda decisión con visión de futuro. 

¿No habría que partir de una evidencia nueva, la de la igualdad de todos los bautizados ante la posible ordenación ministerial? ¿No habría que organizar la disciplina eclesial en esa dirección? 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Educar para la paz.

Educar para la paz 

Hay un aspecto de nuestro presente que corre el riesgo de volverse insidiosamente invisible precisamente porque se está convirtiendo en algo habitual: la guerra ha vuelto a ocupar el discurso público como si fuera una posibilidad casi obvia, si no una solución plausible. 

Los conflictos se multiplican, el lenguaje bélico se cuela con una naturalidad desconcertante en el léxico político y mediático, y el derecho internacional parece cada vez más anulado por la lógica de la fuerza o del acoso. 

En un contexto así, hablar de paz puede parecer ingenuo, fuera de lugar o poco realista. Pero, si lo miramos bien, ocurre lo contrario: precisamente cuando la violencia tiende a aceptarse como norma, la paz vuelve a mostrarse tal y como es en realidad, es decir, una cuestión política, cultural y educativa de primer orden. 

No se trata de caer en un optimismo ingenuo, sino de contrarrestar la idea de que la guerra, el dominio y la opresión son factores naturales e inevitables de la convivencia humana. Cuando la fuerza se presenta como criterio último de regulación de las relaciones entre Estados, grupos o bandos, la paz corre el riesgo de quedar relegada a un paréntesis frágil: ya no es un objetivo político constante, sino un lujo accesible solo en momentos excepcionales. 

Vale la pena aclarar un aspecto esencial: la paz no coincide con una tregua provisional y no se reduce a la simple ausencia de hostilidades abiertas. Es una construcción histórica e institucional que requiere derecho, mediación, responsabilidad pública, reconocimiento mutuo y prácticas de justicia. 

Por eso, el problema no es solo geopolítico, sino también cultural. Antes incluso que en los campos de batalla, muchas formas de violencia se prefiguran en los lenguajes, en las imágenes, en las narrativas que deshumanizan al otro, transforman las diferencias en amenazas y hacen concebible lo que hasta poco antes habría parecido inaceptable. 

Por lo tanto, la paz no puede reducirse a un deseo moral: debe concebirse como una práctica política y como una tarea educativa que hay que perseguir una y otra vez. 

En este punto surge una pregunta decisiva: ¿bastan las instituciones? La respuesta es no, porque ningún ordenamiento democrático se sostiene por sí solo, sin ciudadanos capaces de comprenderlo, vivirlo, defenderlo y renovarlo con el tiempo. 

Es aquí donde la educación cobra un papel central. Si la democracia no es solo una forma de gobierno, sino una forma de convivir, entonces tampoco la paz puede concebirse únicamente como un objetivo diplomático o un ordenamiento jurídico: debe convertirse en una práctica social aprendida, ejercida e interiorizada en las relaciones cotidianas a distintos niveles. 

John Dewey lo expresó en una fórmula ya clásica: «La democracia es algo más que una forma de gobierno; es ante todo una forma de vida en comunidad, de experiencia comunicada y compartida». 

Desde esta perspectiva, educar para la paz significa hacer de la escuela un lugar donde se aprenda concretamente a debatir, escuchar, cooperar, argumentar y gestionar el desacuerdo sin convertirlo en hostilidad destructiva. 

La institución educativa, por lo tanto, no debería limitarse a «hablar» de paz, sino que debería hacerla experimentable en la vida cotidiana de la comunidad educativa. Una escuela que educa para la paz es una escuela en la que el diálogo no es ornamental, la cooperación no es marginal y el conflicto no se elimina ni se exacerba, sino que se afronta con instrumentos democráticos y participativos. 

Esto implica también un cambio en nuestra forma de entender el conflicto. Las sociedades democráticas no están exentas de tensiones, diferencias marcadas o contrastes; desde esta perspectiva, el reto no consiste tanto en eliminar las formas de conflicto —prácticamente consustanciales a toda organización social— como en impedir que degeneren en dominio, exclusión, manipulación o aniquilación del otro o de la contraparte. 

Educar en la no violencia, por tanto, no implica inclinarse hacia la pasividad ni anhelar una pacificación angelical, tan improbable como sustancialmente soporífera. Significa, en todo caso, aprender a estar dentro del conflicto sin absolutizarlo, reconociendo que el desacuerdo es un componente fisiológico de la convivencia intersubjetiva, intergrupal e interinstitucional, y que precisamente por eso debe ser gestionado con responsabilidad, negociación y sentido de los límites. 

No existe, sin embargo, una paz auténtica donde persistan la opresión, la desigualdad y los procesos de deshumanización; donde esta se construyera sobre el silencio de los excluidos o sobre la adaptación pasiva a la injusticia, ya que en tal caso se trataría simplemente de una estabilización de las relaciones de dominio. 

Por eso la educación para la paz no puede reducirse a una pedagogía de los buenos modales o a un manual de etiqueta de las relaciones civiles. También debe ayudar a las niñas y los niños a leer críticamente las estructuras de la injusticia, a reconocer las formas de violencia simbólica, social y económica, y a no adherirse pasivamente a lo ya dado y a lo que se da por sentado. 

Por utilizar una categoría - muy querida por Paulo Freire- se trata de promover procesos de concientización, es decir, itinerarios educativos que hagan a las personas más conscientes del mundo en el que viven y más capaces de transformarlo de manera responsable en una dirección humanista y solidaria. 

En este sentido, educar para la paz no significa entrenar para la adaptación, sino formar sujetos capaces de pensamiento autónomo y crítico, de juicio bien ponderado, de palabra pública basada en la calidad argumentativa y de espíritu de iniciativa democráticamente propositiva. 

Una formación, por tanto, no para producir conformismo moral, sino para formar personas que no se limiten a observar el mundo como espectadores, y que, en cambio, sepan reconocerse como sujetos activos de la vida colectiva. 

Todo esto es aún más urgente en sociedades atravesadas por migraciones, pluralismo religioso, memorias conflictivas, polarizaciones identitarias y retóricas públicas cada vez más agresivas. Muchas formas de violencia comienzan mucho antes del estruendo de las armas: empiezan en los estereotipos que jerarquizan, en los discursos que deshumanizan, en las narrativas que presentan al otro como una amenaza, un desecho o un cuerpo extraño, que hay que expulsar. 

El tema de la paz implica de manera ineludible también la componente intercultural. No basta con celebrar la diversidad de manera abstracta, episódica o folclórica, añadiendo aquí y allá algún contenido multicultural a los programas escolares para sentirse satisfechos. Sería más oportuno, en cambio, promover contextos educativos en los que el otro no se reduzca ni a enemigo ni a sujeto que asimilar, sino que se le reconozca como interlocutor dentro de una convivencia plural, inclusiva y solidaria, ya que la alteridad no es un incidente que neutralizar, sino una dimensión constitutiva de la experiencia humana y democrática, mediante la cual esta última evoluciona y se consolida. 

Desde esta perspectiva, el diálogo no se limita a ser solo una fórmula de cortesía o un atajo pacificador, sino que se convierte en una práctica exigente y comprometida, capaz de sostener el enfrentamiento sin sofocar el desacuerdo mediante la escucha, la descentralización y la disposición a cuestionar las propias certezas y convicciones. 

Por supuesto, sería ingenuo atribuir a la escuela o a la universidad un poder salvador que no poseen. La educación, por sí sola, no detiene las guerras; pero sin ella ninguna paz puede ser duradera, porque faltarían los sujetos, las culturas cívicas y las prácticas democráticas capaces de sostenerla en el tiempo. 

Si la guerra se alimenta del miedo, la propaganda, el resentimiento y la deshumanización, la paz necesita, por el contrario, pensamiento crítico, ciudadanía activa, responsabilidad compartida y respeto por las diferencias. Por eso, hoy en día, educar para la paz significa tomarse en serio la realidad y trabajar para que la violencia no se convierta en el lenguaje habitual de la convivencia.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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