miércoles, 12 de agosto de 2026

La belleza y grandeza de la creación: el cielo proclama la gloria de Dios - Salmo 19 -.

La belleza y grandeza de la creación: el cielo proclama la gloria de Dios - Salmo 19 -

Milones de personas alzan la vista al cielo para contemplar uno de los fenómenos astronómicos más fascinantes: el eclipse solar total. 

Este espectáculo natural despierta asombro y admiración no solo entre los científicos y los aficionados a la astronomía, sino también en el corazón de miles de personas. 

Y uno ha leído que también en el corazón de millones de fieles musulmanes se vive el acontecimiento del eclipse como una oportunidad para reforzar el vínculo con el Creador. 

De hecho sus autoridades religiosas suelen invitar a los creyentes a reunirse en las mezquitas para celebrar el rito de la Oración del Eclipse (Salat al-Khusuf para el eclipse lunar, Salat al-Kusuf para el eclipse solar), una práctica que se remonta a la época del profeta Mahoma y cuyo objetivo es recordar la grandeza y el poder de Dios a través de los signos presentes en el universo. 

En el Corán y en la sunna (las enseñanzas extraídas de los dichos y acciones del Profeta), los fenómenos naturales (la salida y la puesta del sol, las fases lunares, las lluvias, los terremotos y los eclipses) no se consideran acontecimientos fortuitos ni fenómenos científicos. Por el contrario, se consideran ayat, signos de Alá, que invitan al ser humano a reflexionar sobre la creación, a tomar conciencia de su propia debilidad y a fortalecer su fe. 

«El sol y la luna son dos de los signos de Alá —dice Mahoma—. No se eclipsan por la muerte o el nacimiento de alguien. Cuando los veáis, volveos hacia la oración, suplicad, recordad a Alá y pedid perdón». 

Precisamente desde esta perspectiva, el eclipse no es solo un fenómeno fascinante para fotografiar o estudiar, sino también, para el mundo musulmán, una llamada espiritual a la presencia de lo Divino, al fin de los tiempos y a nuestro papel como criaturas humanas en la Tierra. 

La Salat al-Khusuf (oración del eclipse lunar) y la Salat al-Kusuf (para el eclipse solar) son ambas Sunnah Mu’akkadah, es decir, prácticas muy recomendadas. No pueden considerarse obligatorias, pero representan una forma de adoración que sirve para destacar, precisamente, acontecimientos extraordinarios. 

Y no es de extrañar. En el pensamiento islámico, la naturaleza es un lenguaje que habla de Dios. El sol, la luna, las estrellas, la noche y el día se citan con frecuencia en el Corán como signos visibles de la sabiduría, la misericordia y el poder de Alá. 

En particular, la luna desempeña un papel central: de hecho, rige el calendario islámico (Hijri), establece el inicio y el final del mes de Ramadán y constituye un elemento de orientación para el viajero durante la noche. 

En el Corán (Sura 41, 37) se lee: «Y entre Sus signos están la noche y el día, el sol y la luna. No os postréis ni ante el sol ni ante la luna, sino ante Alá, que los ha creado, si es a Él a quien adoráis». 

Esta profunda espiritualidad cósmica acerca al Islam a otras tradiciones religiosas que reconocen en los elementos naturales signos de la presencia divina. 

En particular, en el Cántico de San Francisco de Asís —que proclama la armonía entre la creación y la espiritualidad— se puede encontrar un punto de encuentro simbólico entre la fe islámica y la sensibilidad cristiana. 

Ambas visiones consideran la creación no como un simple objeto de consumo o de espectáculo, sino como un medio para elevar el alma y contemplar al Creador. 

San Francisco, en su Cántico de las Criaturas, habla del «hermano Sol» y de la «hermana Luna», alabando a Dios por su belleza y utilidad. Del mismo modo, el musulmán alaba a Alá cuando ve salir el sol o eclipsarse la luna, y lo hace con actos de adoración, postraciones y súplicas. 

Aún hoy, en una época en la que la ciencia ha explicado muchos de los fenómenos celestes, la oración islámica por el eclipse nos invita a no olvidar el sentido espiritual que acompaña a la maravilla del universo. 

Tal vez el riesgo, como probablemente nos ha ocurrido a muchos de nosotros, es haber observado el eclipse única o principalmente con curiosidad, olvidándonos de lo que representa desde una perspectiva de la creación: un signo de la belleza que alberga el misterio insondable de la creación y que nos acompaña, envuelve y sostiene sobrecogiendonos en cada momento. También en un eclipse. 

En una perspectiva judeo-cristiana, como es la mía, uno recuerda aquella invocación del Salmo 19,1: "El cielo proclama la gloria de Dios, de su creación nos habla la bóveda celeste...".

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Un cambio climático que nos negamos a ver.

Un cambio climático que nos negamos a ver

Unos meses de calor récord. Ciudades asfixiadas por temperaturas que rondan o superan los 40 grados, incendios que devoran miles de hectáreas de bosque, inundaciones repentinas que convierten calles y plazas en ríos. 

Ante una evidencia tan evidente, cabría pensar que el cambio climático ya no es objeto de debate. Pero no es así: incluso después de haber vivido en carne propia fenómenos climáticos extremos cada vez más frecuentes, una parte de la opinión pública sigue interpretando el calentamiento global como un problema secundario, exagerado o incluso inexistente. 

Y la razón es que nadie interpreta la realidad de forma neutral: incluso un hecho aparentemente inequívoco se filtra a través de las convicciones políticas, los valores culturales y la confianza en la ciencia. 

Y aquí es donde entra en juego la política. Y es que llama la atención que los fenómenos meteorológicos extremos no aumenten necesariamente la atención prestada a las cuestiones climáticas… porque lo que cuenta es la forma en que se narran, la interpretación que se les da. 

La explicaciones y justificaciones populistas evitan debatir sobre el consumo energético, los combustibles fósiles, los modelos de desarrollo… 

Tras las inundaciones de 2024 que se cobraron más de doscientas víctimas en la provincia de Valencia, Vox atribuyó la gravedad de la catástrofe a las políticas ecologistas, a las que acusó de haber impedido la limpieza de los cursos de agua y la construcción de nuevas infraestructuras hidráulicas: una interpretación desmentida por los estudios de atribución climática, que señalan al calentamiento global como la causa de la intensidad de las precipitaciones. 

Tras cada catástrofe se reabre puntualmente el debate sobre el consumo del suelo, el mantenimiento del territorio y la prevención: problemas reales que, sin embargo, a veces se contraponen al cambio climático, como si ambas explicaciones se excluyeran mutuamente. No es así: se suman. Un territorio frágil se vuelve más vulnerable cuando se ve expuesto a precipitaciones más intensas, sequías prolongadas y temperaturas récord. 

En el debate político, sin embargo, estos mismos elementos se transforman en una narrativa alternativa: no sería el clima el que ha cambiado, sino que solo la gestión del territorio es un fracaso. 

La política populista construye a menudo su mensaje: el problema no es la emergencia climática, sino un ecologismo que obstaculiza el desarrollo. Este es el típico mecanismo de inversión del blanco: quien denuncia el problema es presentado como el responsable. Así, el debate público se desplaza de las causas del calentamiento global a los supuestos efectos negativos de las políticas medioambientales y la crisis climática se convierte en el terreno de un enfrentamiento identitario potencialmente desastroso. 

A pesar de la realidad, el ser humano está haciendo todo lo posible por no afrontar el problema, por negar lo evidente. 

El hecho de que un número cada vez mayor de la población niegue la realidad tiene al menos dos causas: 

1.- la primera es que nos negamos a ver la catástrofe porque pone seriamente en tela de juicio nuestro futuro; 

2.- la segunda —que también influye en la primera— es que una parte considerable de la clase política está actuando en la dirección opuesta a la que se debería seguir. 

Hay quien decide suprimir los fondos destinados a la conservación de los bosques, o quien considera seriamente reintroducir el tema de las centrales nucleares en detrimento de las energías renovables, o quien defiende estrategias que abandonan proyectos de transición energética… 

Este año, y debido a la sequía, dicen que los pastos están demasiado secos y el forraje para el invierno será insuficiente. Recurrir a las importaciones, como se ha hecho en el pasado, será difícil porque toda Europa se enfrenta a la misma situación. 

Los glaciares se están derritiendo a un ritmo superior al previsto, el nivel de los lagos está alcanzando mínimos históricos y los embalses hidroeléctricos se encuentran en niveles muy bajos. 

Para recuperar el déficit hídrico anual se necesitarían, de aquí a diciembre, dos meses de lluvias abundantes. Si parece que no se van a producir precipitaciones significativas en agosto… nos quedan cuatro meses. 

Los efectos del cambio climático en curso, desde las olas de calor hasta la escasez prolongada de agua (sequía) y las precipitaciones de magnitud excepcional, son cada vez más frecuentes e intensos. 

Los científicos expresan una gran preocupación. No se trata solo de gestionar las emergencias del momento, sino de hacer frente a un cambio climático que amenaza la seguridad de los ciudadanos, la estabilidad económica de la sociedad, la productividad agrícola y la integridad de los ecosistemas locales. Solo reduciendo las emisiones que alteran el clima, derivadas en su mayor parte del uso de combustibles fósiles, podremos intentar detener esta escalada. 

Hay quien aún sigue pensando que el cambio climático podría tener un pequeño papel en las temperaturas elevadas y prolongadas de este verano…  pero que, en cualquier caso, todo ello sigue entrando dentro de la evolución normal del clima. Y es que en verano siempre ha hecho y hace calor… 

En la situación actual, está claro que los políticos muestran una notable incapacidad de gestionar una situación que se agrava año tras año: hay demasiados intereses económicos en juego (que, evidentemente, son a corto plazo) y demasiada ideología. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El paso de una fe infantil a una fe adulta - San Mateo 16, 13-20 -.

El paso de una fe infantil a una fe adulta - San Mateo 16, 13-20 -

 

Quizá esta página deba abordarse avanzando con calma y más allá de la superficie de las palabras, intentando adentrarse en lo más profundo de los surcos abiertos por las preguntas.

 

Y sin detenerse, porque lo descrito no es un cuestionamiento estéril de un Mesías curioso, sino un rastro valiente, un itinerario, una trayectoria posible. Para cada discípulo.

 

«¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?»

 

Porque es normal que nuestra fe, cuando da sus primeros pasos, se apoye en el credo de las personas a las que hemos amado. No es cierto que no importe: daba seguridad saber que personas queridas, estimadas y de confianza habían elegido el Evangelio como horizonte de sentido. Tranquilizaba y, a menudo, bastaba.

 

Nos sentíamos pequeños ante las preguntas y, desde luego, no estábamos a la altura de poner en duda lo que otros, más sabios que nosotros, creían. Ante la primera duda, basta con pensar en la fe de las personas de las que estábamos aprendiendo a vivir. A quienes queríamos parecernos. ¿Qué dice la gente que nos rodea? Era una confianza depositada más en ellos que en los contenidos de la fe.

 

Respondieron: «Unos dicen que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o alguno de los profetas»

 

Los discípulos tienen excelentes referencias, de eso no hay duda. O bien saben seleccionar bien y recogen lo mejor del repertorio. Quizá aprender la fe sea, ante todo, seleccionar a los testigos, elegir a los que parecen más fiables.

 

Pero las respuestas de los demás, precisamente porque son de otros, aunque sean buenas, aunque sean tranquilizadoras, no pueden bastar. Son respuestas ya cerradas, de vidas que ya han llegado a su plenitud, de profetas que escandalizaron y que fueron condenados pero que luego recibieron la corona de gloria.

 

Son, como todas las respuestas, centradas en el final. A Jesús le encantan las preguntas. Y en el camino de la fe es precisamente la pregunta la que ayuda a avanzar.

 

«Pero vosotros, ¿quién decís que soy yo?»

 

Esta es la pregunta radical para el discípulo, esta es la línea divisoria entre una fe infantil y una fe adulta.

 

Y claro, aquí también se corre el riesgo de ahogarse. Pero no existe itinerario de fe sin riesgo de perderse.

 

Cuando llegamos a sentir que la relación con lo Infinito se vuelve seria, cuando llegamos a sentirnos interpelados, cuando sentimos que ya no podemos fingir. Y ya no hay nada ni nadie a quien recurrir. Y no podemos refugiarnos en la fe de otros. Y luego está ese «pero» que es una espada, una provocación, una ruptura.

«Pero» ¿qué digo yo de Ti? No solo con palabras, no tanto con palabras, ¿qué digo de Aquel a quien nombro cada día, de aquel a quien tengo la suerte de haber convertido en «vocación, sentido, razón»?

 

«Pero», ¿sigues siendo Tú el hilo conductor que une mis intentos de llevar una vida buena?

 

Porque quizá todo esté aquí. En ese «pero». Que, además, marca una distancia entre mí y cualquier otra interpretación de Él. En ese «pero» me encuentro realmente a «mí mismo», encuentro todos los intentos de cada persona que trata, a menudo con esfuerzo, de responder de manera personal a la llamada de Dios en su propia historia. Sin respuestas prefabricadas, sin tener que imitar la fe de otros. Sin miedo a la duda ni a las preguntas. Una fe adulta.

 

«Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo»

 

«Vivo»: Pedro no es que adivine la única respuesta posible, sino que simplemente no se equivoca en el final, que es perfecto, porque está abierto. «Vivo»: su respuesta no cierra, sino que devuelve a la vida. Hijo de ese Dios que se revela de manera muy personal en la vida de cada ser vivo.

 

Si digo que la respuesta es «vivo», no estoy fijando la mirada en el rostro de Dios, sino que estoy diciendo que, mientras haya vida, siempre habrá un crecimiento, un camino, una traición, un replanteamiento, un perdón; habrá cambios.

 

Cristo es el Hijo del Dios que vive y crece en medio de nuestros cambios. La vida es algo que nunca se puede detener ni fijar. El Dios que elige aliarse con la vida es un rostro en constante mutación.

 

Jesús dice que es el Padre que está en los cielos quien ha revelado esta visión a Pedro, no la sangre, ni la carne, ni la mera repetición de lo existente, sino una enorme capacidad para escuchar y sentirse parte de la revelación del misterio de la vida.

 

Pedro experimenta lo que es escuchar a este Dios que pide vida para poder manifestarse. Y no es casualidad que aquí Pedro sea el rostro cristalino del amor; unas líneas más adelante lo estropeará todo, luego se recuperará, después traicionará, llorará… y finalmente confesará su amor.

 

He aquí al Hijo del Viviente contándose a sí mismo en medio de las contradicciones, incluso contradictorias, de toda vida. La fe consiste en acoger esa complejidad.

 

Para comprender que somos seres reveladores, que hemos nacido para esto. Cuando creemos, cuando dejamos que la vida nos atraviese, nos convertimos en revelación del Amor. Como si lográramos rasgar el velo de la costumbre que nos hace razonar únicamente a través de nexo entre causas y efectos. Somos seres reveladores cuando permitimos que el Cielo se cuente aquí, en la tierra. Como cuando una nube susurra desde el corazón de una piedra.

 

La única primacía del hombre es la de ser pontífice, es decir, puente entre la tierra y el cielo, y viceversa. Revelador. A veces, incluso algún Papa ha sido pontífice, es decir, puente. Al menos por un instante, como todos nosotros.

 

Somos fragmentos de experiencias en las que la Vida ya no repite el credo de otros, no se acomoda en torno a respuestas fáciles, sino que se atreve a mostrar la gratuidad del Amor en el discurrir de los acontecimientos.

 

El rostro de Dios es el del Hijo del Hombre que ama, Hijo del Dios Vivo en las historias miserables y espléndidas de los hombres. Hijo del cielo que convierte lo humano en reflejo del infinito.

 

Tal vez sea mejor guardar silencio. Nos hemos expuesto demasiado. Se corre el riesgo de perderse. Jesís «ordenó a los discípulos que no dijeran a nadie que él era el Cristo».

 

Llega el momento de la desorientación, como la de cuando Pedro piensa en voz alta (y pretende corregir al Maestro) que el amor, ese vínculo entre el cielo y la tierra, es algo tierno y gozoso, fácil y sencillo. Pero no es así.

 

Tiene la forma de la cruz. El amor tiene la forma de la cruz. Que une la tierra y el cielo, al hombre y a Dios. Nunca dejaremos de aprenderlo.

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¿Quién es Jesús? - San Mateo 16, 13-20 -.

¿Quién es Jesús? - San Mateo 16, 13-20 - 

El Evangelio según San Mateo llega a un punto de inflexión en la vida de Jesús: ahora los discípulos, tras haberle seguido, escuchado y observado como Maestro, y venerado como profeta, llegan a comprender, por gracia, que su identidad va más allá de su comprensión y de su experiencia humana. 

Jesús, de hecho, tiene un vínculo único con Dios, que le ha enviado al mundo: es el Hijo de Dios. Precisamente a partir de ese momento, Jesús revela a los discípulos la necesidad de su pasión, muerte y resurrección, y lo hace de manera continua durante el viaje que tiene como destino Jerusalén (cf. Mt 16,21; 17,22; 20,17-19), la ciudad santa que mata a los profetas (cf. Mt 23,37). 

El relato es denso, fruto del testimonio sobre el acontecimiento, pero también de la meditación de la Iglesia de San Mateo, que profundiza cada vez más en el misterio de Jesús. 

Jesús se dirige con los discípulos a los territorios de Cesarea, la ciudad fundada treinta años antes por el tetrarca Felipe, hijo de Herodes el Grande, a los pies del monte Hermón. Y precisamente allí, donde se venera a César como divino, precisamente en una ciudad construida en su honor, surge la ocasión para plantearse la pregunta sobre Jesús: ¿quién es realmente Jesús? 

Es Él mismo quien plantea esta pregunta a sus discípulos: «¿Y vosotros, quién decís que es el Hijo del hombre?» A Jesús le gustaba llamarse a sí mismo «Hijo del hombre», una expresión oscura y tal vez incluso ambigua para los oídos de los judíos, una expresión que indicaba a un hombre terrenal, hijo del hombre, y al mismo tiempo a alguien que venía de Dios. 

Los discípulos cuentan que la gente piensa que Jesús es un profeta, uno de los grandes profetas presentes en la memoria colectiva de Israel: tal vez Elías, a quien se esperaba; tal vez Juan el Bautista, asesinado por Herodes pero resucitado (cf. Mt 14,1-12); o tal vez Jeremías, ya que, al igual que él (cf. Jer 7), Jesús pronunciaba palabras contra el templo de Jerusalén. 

Entonces Jesús pregunta directamente a los discípulos: «Pero vosotros, ¿quién decís que soy yo?» 

En realidad, poco antes, al final de la travesía nocturna y tempestuosa por el lago de Galilea, cuando Jesús se había dirigido hacia ellos caminando sobre las aguas, los discípulos habían confesado: «¡Verdaderamente Tú eres el Hijo de Dios!» (Mt 14,33). Pero ahora la respuesta la da Simón Pedro, el discípulo llamado en primer lugar (cf. Mt 4,18-19). 

La pregunta de Jesús no pretendía en absoluto obtener como respuesta una fórmula doctrinal, ni mucho menos dogmática, sino que pedía a los discípulos que manifestaran su relación con Jesús, su implicación en su vida, la confianza que depositaban en su Rabí. 

¿Quién es Jesús? es una pregunta que debemos hacernos y volver a hacernos con el paso de los días. Porque nuestra adhesión a Jesús depende precisamente de lo que vivimos en el conocimiento de su persona. 

«¿Quién es Jesús para mí?», es la pregunta incesante del cristiano, que procura no convertir a Jesús en el producto de sus deseos o de sus proyecciones, sino acoger el conocimiento de Él que nos da Dios mismo, contemplando el Evangelio y escuchando al Espíritu Santo. Nuestra fe siempre será parcial y frágil, pero si es una «fe» que «nace de la escucha» (Rom 10,17), es fe verdadera, no una ilusión ni una ideología. 

Según San Mateo, aquí los discípulos permanecen en silencio, y solo Pedro proclama, con una respuesta personal: «Tú eres el Cristo, el Mesías, el Hijo del Dios vivo». 

Él afirma que Jesús no es solo un Maestro, ni solo un profeta, sino que es el Hijo de Dios, en una relación muy intensa con Dios, que podemos expresar con la metáfora padre-hijo. En Jesús hay mucho más que un hombre llamado por Dios como profeta: hay el misterio de aquel a quien la Iglesia, al profundizar en su fe, llamará Señor (Kýrios), llamará Dios (Theós). 

Es cierto que en hebreo la expresión «hijo de Dios» era un título aplicado al Mesías, el Ungido del Señor y al pueblo de Israel pero aquí Pedro confiesa claramente en Jesús la singularidad del Hijo de Dios vivo. 

Y cabe señalar que, si en San Marcos y en San Lucas Pedro expresa la fe de todo el grupo de discípulos (cf. Mc 8,29; Lc 9,20), aquí, en cambio, habla en su propio nombre, y por eso la respuesta de Jesús se dirige solo a él: «Bienaventurado eres tú, Simón, hijo de Jonás, porque ni la carne ni la sangre te lo han revelado, sino mi Padre que está en los cielos». 

Aquel que se llamaba Simón, el pescador de Galilea, hijo de Jonás, es definido por Jesús como «bienaventurado», no por sí mismo, sino por la revelación gratuita que el Padre le ha hecho. Si Simón proclama esta confesión de fe, es por revelación de Dios, no como fruto de razonamientos y experiencias humanas (carne y sangre). Por la voluntad amorosa de Dios, Pedro ha tenido acceso a dicha revelación, y por eso Jesús, al constatar la acción del Padre, lo define como bienaventurado. 

De hecho Jesús ya lo había dicho: «Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelárselo» (cf. Mt 11,27), y aquí no hace más que reiterarlo, al discernir que, a través de Pedro, es el propio Padre quien ha hablado. 

Precisamente en obediencia a esa revelación, Jesús continúa, declarando a Simón: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». 

Jesús está construyendo la Iglesia, y sin duda será Él «la piedra viva, rechazada por los hombres, pero elegida y preciosa ante Dios» (1 P 2,4), pero en esta construcción Pedro es la primera piedra. 

Para llevar a cabo una construcción es necesario que haya alguien capaz de ser la primera piedra, y Pedro demuestra serlo; por eso Jesús le cambia el nombre de Simón por Kefâs, Pedro (cf. Jn 1,42). 

Así, por gracia, participará de la firmeza de la Roca que es Dios (cf. Sal 18,3.32; 19,15; 28,1, etc.), firmeza en la confesión de la fe, aunque subjetivamente pueda fallar en su seguimiento, caer en el pecado y manifestarse con sus debilidades y sus comportamientos contradictorios. 

La bienaventuranza de Jesús no constituye a Pedro en la santidad moral, sino en la firmeza de la fe confesada. ¿Y no serán precisamente la fragilidad y la debilidad en su seguimiento de Jesús las que permitirán a Pedro, autoridad suprema entre los Doce, ser experto en la misericordia del Señor? 

Pedro sabe que ha experimentado en sí mismo la misericordia del Señor, que ha conocido verdaderamente al Señor, y por eso puede anunciarlo y dar testimonio de él de manera creíble. Pedro ha recibido por gracia el don del discernimiento, ha visto claramente quién era Jesús, y por eso puede ser la primera piedra, aquella que marca la solidez de toda la construcción, un hombre capaz de fortalecer y confirmar a los hermanos, también porque, a su vez, es sostenido y confirmado por la oración de Jesús (cf. Lc 22,32). 

En este pasaje aparece la palabra «Iglesia», que solo volverá a aparecer una vez más en todos los Evangelios, de nuevo en San Mateo (cf. Mt 18,17). Iglesia, ekklesía, significa asamblea de los llamados (ek-kletoí): este es el nombre que los helenocristianos dieron a sus comunidades, también para diferenciarse de la sinagoga (asamblea) de los judíos no cristianos. 

Esta Iglesia tiene a Jesús como edificador —«Yo edificaré mi Iglesia»— y le pertenece para siempre: nunca será ni de Pedro ni de otros, sino propiedad del Señor (Kýrios). En esta edificación de Cristo, Pedro será en la tierra el administrador, aquel que abre y cierra con las llaves que le ha confiado el propio Cristo: se trata de imágenes semíticas que significan que Pedro estará facultado para interpretar la Ley y a los Profetas, como testigo y siervo de Jesucristo. 

Se trata de un gran don de Jesús a los discípulos: Pedro, el humilde pescador de Galilea, que recibió una revelación de parte de Dios y la confesó. Es innegable que aquí Pedro recibe un primado, el del hombre del principio, el primero llamado, el «primero» en la comunidad (cf. Mt 10,2), el hombre capaz de ser la primera piedra en la edificación de la comunidad cristiana (cf. Is 28,14-18). 

Podríamos decir que aquel día, en Cesarea, se esbozó la Iglesia y se colocó su primera piedra. Luego, a lo largo de la historia, seguirá su curso, enfrentándose a contradicciones, enemistades y persecuciones; pero, aun en su pobreza y en la fragilidad de sus miembros, débiles y pecadores, completará su camino hacia el Reino, porque la voluntad del Señor y su promesa nunca fallarán, y ni siquiera el poder de la muerte logrará vencerla, ni aniquilar el «pequeño rebaño» (Lc 12,32) del Señor. 

Un rebaño que es pequeño, sí, pero que tiene como pastor a Jesús resucitado y como recinto una Iglesia cuya primera piedra, por voluntad del Señor, permanece firme. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Jesús se hizo pregunta - San Mateo 16, 13-20 -.

Jesús se hizo pregunta - San Mateo 16, 13-20 - 

San Mateo sitúa el episodio evangélico de la «confesión de Pedro» en los alrededores de Cesarea de Filipo, en el extremo norte de la tierra de Israel, en las laderas del monte Hermón, allí donde nace el Jordán, cerca de esa ciudad cuyo propio nombre lleva las huellas de sus orígenes romanos y de su nobleza imperial. 

Y es precisamente allí donde tiene lugar la confesión que proclama a Jesús como Mesías. Es interesante señalar que nos encontramos muy lejos de Jerusalén, prácticamente en el vértice geográfico —pero también simbólico— opuesto al lugar donde se encuentra la «ciudad santa». 

Es en esta zona excéntrica, periférica y paganizada donde resuena la confesión mesiánica de Pedro. De hecho, el viaje que llevó a Jesús a Genesaret (14,34), luego hacia las cercanías de Tiro y Sidón (15,21), después a lo largo del mar de Galilea (15,29) y a la región de Magadan (15,39), llega a su última etapa. 

Inmediatamente después, el camino de Jesús tomará una dirección completamente diferente, dirigiéndose hacia Jerusalén: «Desde entonces, Jesús comenzó a explicar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén» (Mt 16,21). 

En Cesarea de Filipo, Jesús interroga a sus discípulos. Y los interroga en dos ocasiones. Primero de manera indirecta, luego de forma directa o, podríamos decir, sin escapatoria. 

Tras una primera pregunta genérica sobre quién dice la gente que es el Hijo del hombre —una pregunta que, por tanto, no les interpela personalmente y no implica demasiado a sus discípulos—, llega una de la que no pueden eludir: «¿Y vosotros, quién decís que soy yo?» 

Es más, el texto contiene un matiz adversativo: «Pero vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Lo que quiere decir que, según Jesús, su condición de discípulos debía de haberles llevado a un conocimiento diferente y más profundo de Él, más allá de las habladurías y las opiniones de la gente. 

No solo eso: en la primera pregunta, Jesús indaga sobre la identidad del Hijo del Hombre, quizá el título mesiánico más elevado pero en la segunda pasa directamente al «yo» y la pregunta se vuelve personal, apremiante, incluso dolorosa. Vosotros que habéis vivido conmigo, vosotros que habéis escuchado de cerca mis palabras, vosotros que habéis compartido conmigo un tramo de vida y de camino existencial, vosotros, ¿quién decís que soy yo? 

Jesús se plantea una pregunta para sus discípulos. Y Jesús llega a nosotros como una pregunta. Él mismo es la pregunta que nos inquieta, que nos sacude, que no pide ser eludida con una respuesta ilusoriamente exhaustiva, sino replanteada cada día y en cada etapa de la vida. 

Incluso para el creyente, Jesús no es ante todo y únicamente una respuesta, o la respuesta, sino una pregunta, la pregunta. 

Y precisamente este carácter interpelante de Jesús es vital. Ciertamente, como una espina clavada en la carne. Jesús es una pregunta a la que no es nada fácil responder. Como se desprende también de nuestro texto. 

Si a la primera pregunta de Jesús le sigue una respuesta colectiva, de todos los discípulos: «Dijeron» (Mt 16,14), a la segunda, que también va dirigida a todos ellos, responde uno solo, Pedro. 

Esta pregunta hace huir a muchos, deja mudos a muchos, opera una selección radical: esta pregunta pone a prueba a los discípulos, quienes, antes de huir en el momento de la pasión, ya ahora se desvanecen, incapaces de decir nada. Excepto Pedro. 

Pero, ante todo, los discípulos repasan las identificaciones de Jesús que circulaban entonces entre la gente. Un rasgo común a las distintas identificaciones es el carácter profético que se atribuía a Jesús. 

En primer lugar, Juan el Bautista. También a Elías. Solo en San Mateo se encuentra la referencia a Jeremías. Para otros, por último, Jesús es simplemente un profeta, un profeta como cualquier otro. Pero todas estas palabras se quedan en lo superficial, y el propio Jesús no se conforma con ellas. Sobre todo le interesa saber qué han comprendido de él sus discípulos. 

A la segunda pregunta de Jesús responde Pedro: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo». Pedro retoma la confesión de los discípulos que estaban en la barca: «De verdad que eres el Hijo de Dios» (Mt 14,33); antepone a ello la confesión mesiánica: «Tú eres el Cristo», y añade el adjetivo «vivo». 

Pedro retoma del Antiguo Testamento la expresión que define al Dios de Israel como el «Dios vivo» (cf. Dt 5,26; Os 2,1) y, al unificar la confesión mesiánica y el reconocimiento de la divinidad, compone un título único, típicamente cristiano, en el que destaca la centralidad de Jesús como manifestación de la plenitud de la vida que viene de Dios. 

Pedro reconoce en Jesús a Aquel que da vida a Dios en su existencia. Pedro, la piedra que se hundía en las aguas del mar de Galilea, lastrada por la poca fe y las dudas sobre quién era realmente Jesús («Si eres tú»: Mt 14,28), se convierte ahora en piedra viva (cf. 1 P 2,5) gracias a la fe, y a una fe que es por gracia, por revelación, como el propio Jesús le declarará (Mt 16,17). 

Del «Si eres tú» al «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo» se produce un paso que no se debe a una evolución de la inteligencia, sino al don de Dios. De hecho, Jesús responde a Pedro proclamando su bienaventuranza como depositario de una revelación venida de lo alto. Jesús reconoce que Pedro se ha convertido en receptáculo de la revelación de Dios. 

La confesión de Pedro está marcada por la gratuidad, no por el mérito. Y el hecho de que Jesús llame a Pedro con la expresión aramea que contiene el patronímico, «Simón, hijo de Jonás» (Mt 16,17), y luego utilice la fórmula hebrea «carne y sangre», indica que esta revelación se ha depositado sobre la debilidad humana de Pedro, sobre su humanidad frágil y pobre. 

Como destinatario de la revelación divina, Pedro es uno de los pequeños destinatarios de la benevolencia y el agrado divinos. La bienaventuranza dirigida a Pedro se hace eco de la alabanza que Jesús dirige al Padre «porque ha ocultado estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las ha revelado a los pequeños» (cf. Mt 11,25). 

Esta proclamación dirigida a Pedro constituye la base de la afirmación relativa a la Iglesia (Mt 16,18). La Iglesia nace de la gracia y del don de Dios. Una gracia y un don que Pedro ha experimentado en primera persona. 

La firmeza de Pedro va acompañada de la conciencia de su fragilidad y debilidad, que ciertamente no le son ajenas, como se verá en el desarrollo posterior del relato evangélico: la última mención de Pedro en el primer evangelio nos lo muestra entre lágrimas tras su triple negación (Mt 26,75). Pedro, a quien aquí se le concede (en sentido etimológico) una bienaventuranza dirigida nominalmente a él, ya no será mencionado por Mateo en los relatos de las apariciones del Resucitado. 

La figura de Pedro permanece con toda su ambivalencia, que lleva a Jesús a declararlo roca y piedra de tropiezo, destinatario de la revelación del Padre y de Satanás (Mt 16,23). 

Jesús habla de las llaves del Reino entregadas a Pedro y de su poder para desatar y atar (Mt 16,19). Estas palabras señalan a Jesús como Aquel que determina los criterios de la acción eclesial. 

Las «llaves» simbolizan la autoridad (cf. Is 22,22). Jesús es el Señor y las posee, y las entrega a quien lo reconoce, confiándole así la autoridad para enseñar de acuerdo con su palabra. Si los fariseos se llevaron la llave del conocimiento, impidiendo la entrada en el Reino a quienes hubieran querido entrar en él (cf. Lc 11,52), las llaves del Reino que Jesús entrega son esenciales para que todos los pueblos entren en el Reino: «Id y haced discípulos a todas las naciones… enseñándoles a observar todo lo que os he mandado» (Mt 28,19). 

El poder de las llaves va acompañado, además, del poder de desatar y atar, es decir, de prohibir o permitir, en el ámbito disciplinario y doctrinal. Y se convierte, en particular, en el ámbito eclesial, en el poder de perdonar los pecados, verdadero poder que da testimonio del poder de la resurrección y del Espíritu Santo. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Del “Tú eres el Cristo” al “Tú eres Pedro” - San Mateo 16, 13-20 -.

Del “Tú eres el Cristo” al “Tú eres Pedro” - San Mateo 16, 13-20 - 

La pregunta que hoy resuena para nosotros. Es Jesús quien se la dirige a los suyos, a los discípulos de entonces y a los oyentes de todos los tiempos. Nosotros incluidos. 

En el relato evangélico, Pedro es el primero en dejarse alcanzar por Jesús, quien una vez más sale al encuentro de cada uno de nosotros como pregunta y nos llama a nuestra vocación más profunda: ser nosotros mismos. La vocación no es algo lejano ni reservado a unos pocos: ¡es reconocer que estamos llamados a la vida! 

Pedro, al reconocer a Jesús —como «Cristo», «Hijo del Dios vivo»—, revela la bienaventuranza de estar en relación con Dios Padre. Pedro capta y muestra la presencia cálida y estable del Padre, como un hogar al que volver. Por eso, de Jesús puede llegar a Pedro la plenitud de su identidad. Pedro reconoce a Jesús como el Cristo y así recibe su ser Pedro. «Tú eres el Cristo», «tú eres Pedro».

Del reconocimiento de Jesús brota para Pedro el sentido de su nombre, su misión. Pedro se hace capaz de llevar su nombre, de recibir su explicación, de saborear su esencia. Parece que Jesús inventa este nombre para Simón —que se convierte en Simón Pedro— para llevarlo a reflexionar, para confiarle la capacidad y, al mismo tiempo, la tarea de ser su nombre, de vivir de una fe sólida para y en la Iglesia, la Iglesia que es y sigue siendo la Iglesia de Cristo. «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». 

Al «tú eres» de Pedro a Jesús le corresponde el «tú eres» de Jesús, que no solo revela, sino que confía una tarea: ser plenamente uno mismo, es decir, ser a imagen de Dios: ser piedra y custodiar las llaves. Ser piedra, firmeza en el Señor. Custodiar las llaves, paso o frontera, límite y, al mismo tiempo, nexo. 

Ser piedra y custodiar las llaves, entre la debilidad y la Gracia. La Iglesia es una casa construida sobre la roca y, sin embargo, se apoya en la fragilidad de los hombres. Iglesia, roca frágil, vulnerable. Iglesia que interpela a cada uno a dejarse conformar y confirmar por la roca que es Jesús, roca que es Dios mismo. Dejar que las fragilidades, manifiestas u ocultas, insalvables o pasajeras, puedan ser moldeadas por la presencia del Hijo, amasadas con su firmeza. 

¿Y quién estoy llamado a ser en verdad? ¿Cómo se cumple la plenitud de mi nombre? 

El nombre encierra mi identidad, formada por mi historia, que no he elegido pero que estoy llamado a asumir y a ampliar; formada por mi presente, por lo que experimento y siento, desde las entrañas hasta la cabeza y el corazón; formada por mi búsqueda, mi deseo, mis sueños, mi anhelo de un mañana que tenga el sabor de la belleza, del amor recibido y regalado, en un círculo que nutre la vida desde lo más profundo. 

Sí, porque mi identidad se forja en el encuentro con el otro, con los demás, cercanos y lejanos. Con el otro que nos hace vivir o que nos parece que empequeñece nuestra vida, el otro en cuya mirada podemos reconocer quiénes somos: es la mirada del otro, que nos reconoce tal y como somos, la que nos hace vivir. 

El otro puede ser quien nos ha engendrado, quien es nuestro hermano o hermana, quien es nuestro amigo o enemigo, quien nos ama y nos hace descubrir que también nosotros podemos amar. 

 El otro es también el Otro, a quien buscamos o del que no sabemos nada, ese rostro de Dios que se revela en Jesucristo, que nos devuelve nuestra identidad de «hijos de Dios», amados y llamados a amar. 

Llamados quizá como Simón-Pedro, el testarudo que se convierte en roca, «piedra viva» (cf. 1 P 2,5) al servicio de la Comunidad del Señor. 

Quizá como Saulo de Tarso-Pablo, que, al igual que Pedro, vivió la experiencia de recibir un nombre nuevo, de volver a acogerse a sí mismo porque fue acogido por un encuentro grabado en la memoria del corazón. 

Ser reconocido es propio de quien es amado, de quien, ante todo, se deja alcanzar incluso por preguntas que pueden incomodar, se deja amar y llamar por su nombre, se deja acoger cada día en un camino de vida. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


La pregunta de la fe - San Mateo 16, 13-20 -.

La pregunta de la fe - San Mateo 16, 13-20 - 

Ha llegado la hora. 

Es hora de tomar las riendas de nuestra vida. Es hora de mirarnos al espejo. Es hora de dejarnos mirar. No por la mirada despiadada y crítica de los demás, sino por la mirada sincera y amorosa de Dios. 

Es hora de preguntarnos quiénes somos realmente. 

No quiénes creemos que somos ni cómo nos ven los demás. 

Sino cómo somos realmente, sin exaltarnos ni desanimarnos. 

Y, en este momento, las personas que nos quieren nos ayudan, se nos revelan tal y como son. 

No aquellas que se acercan a nosotros y nos encasillan en un papel. 

No aquellas que, cegadas por la envidia o la malicia, solo ven lo malo en los demás. 

Sino, más bien, aquellas con las que nos relacionamos, a las que queremos, que nos quieren. Y que, a menudo, se hacen una idea de nosotros más convincente y precisa de la que nosotros mismos somos capaces de tener. 

Así ocurrió también con Jesús, que se descubre a sí mismo como Cristo. 

Y con Simón, que se descubre a sí mismo como la roca. 

 

 

Aquí está de nuevo, esta página tan densa, cáustica, verdadera, deslumbrante. 

Han pasado dos años desde que el Maestro los reunió a orillas del lago. Lo han seguido, acogido, escuchado, interrogado. 

Ahora Jesús les pide que pongan las cartas sobre la mesa. 

Que digan lo que realmente piensan de Él. 

Que no se hagan los devotos, sino que abran su corazón a la verdad. 

Para pasar del se dice al te digo. 

Y nos lo pide también a nosotros. 

 

 

¿No es sorprendente? ¿No es increíble que todavía se hable de un judío marginal que vivió hace dos mil años y que millones de hombres y mujeres, cada semana, se reúnan (más o menos, cada vez menos) para escuchar sus palabras, y que otros, incluso, lleguen a morir en su nombre? 

Damos por sentado que Jesús forma parte de nuestro horizonte. Que esté ahí. Que exista el cristianismo. Que forme parte del paisaje inmutable de las cosas. 

Pero no es así. No es seguro que su presencia perdure para siempre. 

«¿Qué dice la gente de mí?», pregunta el Señor. 

Todavía se habla de Jesús, a pesar de todo. 

Y lo que se dice de Él, a grandes rasgos, es lo que relatan los Apóstoles. 

Es un gran hombre, un profeta, un innovador, un idealista… 

Salvo raras excepciones, se insiste en hablar bien de Jesús, en defenderlo. 

En amarlo. Incluso quienes no se profesan discípulos suyos. 

Por su vida, su coherencia, su fuerza interior, su espiritualidad. 

Luego, claro, los cristianos son harina de otro costal…

 

 

 

Somos cristianos, supongo. O nos gustaría serlo. O somos buscadores de Dios. 

Sea como sea, frecuentamos a ese Rabí. Le escuchamos. Le seguimos. 

Y, en cierto momento, si tenemos el valor de dejarnos interrogar, es precisamente el Señor quien nos pide que cambiemos de nivel, que nos atrevamos, que nos pongamos a prueba. 

No importa lo que los demás digan de Él. 

A Él le importa lo que yo piense. Precisamente yo. 

Podemos pasar toda la vida yendo a Misa y rezando el Santo Rosario (o haciendo procesiones, o ayunos y abstinencias, o exposiciones del Santísimo, o…). Sin dejarnos nunca sacudir, conmover, cuestionar. 

Porque una cosa es decir que se es creyente, y otra muy distinta es creer. 

Otra cosa es hablar de mujeres y hombres, de afectos y conquistas. Y otra muy distinta es enamorarse. 

¿Quién es Jesús para mí? Hoy, ahora. Aquí. 

Ten cuidado de no responder a la ligera. Regálate diez minutos de seriedad. 

Déjate llevar.

 

 

 

«¿Quién soy yo para ti?» 

Simón, el pescador, se atreve, toma partido. 

Jesús es un hombre lleno de encanto y misterio. 

Más aún. Es un profeta. 

Más aún. Es el Mesías. 

Es fácil decirlo para nosotros, que sabemos cómo acabó la historia. Pero para quienes estaban allí con él, con el carpintero de Nazaret, es una afirmación desconcertante. Jesús no era un hombre culto, ni tampoco religioso. Y tampoco era muy devoto, ya que se permitía interpretar libremente la Ley (reduciéndola a lo esencial, en realidad). 

Para Simón, decir que Jesús es el Cristo es dar un salto de fe. 

Y Jesús le devuelve el favor. 

Simón le dice a Jesús: «Tú eres el Cristo», lo que significa: «Tú eres el Mesías que esperábamos», una profesión de fe hermosa, sincera y, sin duda, audaz. 

Pedro, al reconocer en el carpintero al enviado de Dios, da un salto cualitativo decisivo en su historia, un reconocimiento que le cambiará la vida. 

Jesús le responde: «Tú eres Pedro». 

Simón no sabe que es Pedro. Sabe que es testarudo e impetuoso. Pero, al reconocer en Jesús al Cristo, descubre su nuevo rostro, una dimensión que le era desconocida, y que le llevará a garantizar la firmeza de la fe de sus hermanos. 

Pedro revela que Jesús es el Cristo; Jesús revela a Simón que él es Pedro. Un intercambio de cortesías. 

Cuando nos acercamos al misterio de Dios, descubrimos nuestro rostro; cuando nos acercamos a la Verdad de Dios, recibimos a cambio la verdad sobre nosotros mismos. 

Confesar la identidad de Cristo nos devuelve nuestra identidad más profunda. 

El Dios de Jesús no es un rival de mi humanidad. 

Si queréis descubrir quiénes sois realmente, mirad en el espejo de la mirada de Dios. 

Una mirada amable, amorosa, que ama. 

¿Y si esta fuera la clave que da un giro a nuestra vida? 

¿Dejar de perseguir nuestros sueños, de huir de nuestras pesadillas, para descubrir que en Dios, somos?

 

 

 

Marcos, evangelista y discípulo de Pedro, no menciona la famosa frase sobre el encargo confiado a Pedro. 

Mateo sí. Y también Lucas, que, además, es discípulo del «rival» Pablo. Y también los discípulos de Juan, que añaden un capítulo al Evangelio para subrayar la importancia de Pedro. 

Que tiene una tarea: ser signo de unidad de la Iglesia multiforme. Y custodiar el depósito de la fe. Esto es lo que debe hacer un Papa. Me guste o me disguste. Garantizar que lo que estoy escribiendo tiene que ver con la fe de los primeros discípulos. 

Estamos llamados a abrir de par en par, a abrir nuestros corazones a la verdad de Dios, a conducir a quienes buscan hacia la plenitud. No somos la aduana de Dios, sino los guías hacia la luz que hemos recibido. 

Así descubrimos quiénes somos: portadores de alegría. 

Porque somos amados, y amamos. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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