miércoles, 11 de febrero de 2026

Instrumentos del Alma: abrir ventanas a lo humano.

Instrumentos del Alma: abrir ventanas a lo humano

En una época que archiva rápidamente toda complejidad para sustituirla por la eficiencia, la urgencia del resultado y la obsesión por la normalidad, Instrumentos del Alma nos adentra como en un bálsamo, como en un saber que cura, porque no pretende explicarlo todo, sino que se ofrece como una vía de comprensión profunda.

 

Instrumentos del Alma es una propuesta  que trata de mediar entre el misterio y la vida. Es una experiencia que no edifica, no estructura, no impone un modelo. Al contrario, acoge el misterio, se ofrece como un ejercicio de acordes y vibraciones, como un pensamiento musical, capaz de asomarse y entrar en el misterio, descalzo, con respeto y asombro.

 

No, no es una experiencia especulativa sino terapéutica: la curación de aquella mentira que es la rigidez del pensamiento abstracto que pretende explicar la vida sin habitarla. Incluso diría que es una imagen poética porque solamente la poesía logra adentrarse en el misterio sin reducirlo a un concepto.

 

En este sentido, Instrumentos del Alma se convierte en una medicina para el alma. Y de ahí su valor porque quiere acostumbrar a las personas a pensar de forma compleja y a sentir en profundidad, a convivir con lo que no se puede simplificar. Y eso es una tarea siempre necesaria.

 

Tantas veces una tentación es hacer de la existencia un sistema conceptual cerrado, una exhibición de racionalidad. Max Scheler reclamaba  enérgicamente un orden del alma que el racionalismo, más que la razón, ignora. 


El racionalismo —entendido como la reducción de la realidad a lo abstracto, al cálculo, a lo útil— ha expulsado el alma del pensamiento, la ha excluido como si fuera un residuo premoderno, algo embarazoso o peligrosamente subjetivo. Pero el precio de esta exclusión es muy alto: es la pérdida de la comprensión profunda de lo humano, de su totalidad.

 

Ante la complejidad el sistema responde con diagnósticos, con categorías clínicas, con soluciones mecánicas... El racionalismo diagnóstico —en el que cada manifestación de singularidad, de diferencia, de malestar, de… se lee a través del filtro de un manual o un algoritmo— olvida que hay un orden del alma que se escapa y que, en lugar de ser reprimido o ajustado, debe ser acogido e interpretado.

 

En el sistema actual, saturado de procedimientos, programas y protocolos, tantas veces la espiritualidad se percibe cada vez más como un cuerpo extraño, una desviación que hay que regular.

 

¿Y si hoy la verdad que nos corresponde descubrir fuera precisamente la insuficiencia del racionalismo? ¿Y si la espiritualidad  fuera un saber alternativo, una forma de inteligencia que pide ser comprendida, no analizada? ¿Y si la espiritualidad fuera, en el fondo, un mensajero de otra lógica, un portador sano de un sentido que el pensamiento dominante no logra descifrar?


El saber del alma no es productivo pero es esencial. Es un saber que no se aplica, sino que se practica. Que no mide, sino que comprende. Y que, sobre todo, abre a una verdad que no se puede explicar, sino solo habitar. Con el alma abierta y el corazón dispuesto.

 

El saber moderno ha cortado los lazos con el alma, ha separado el pensamiento de la vida y ha reducido al ser humano a una serie de funciones, mecanismos y comportamientos observables.

 

No, Instrumentos del Alma no postula un retorno nostálgico a la espiritualidad, sino el comienzo de otra posibilidad cognitiva: una «razón poética» capaz de acoger lo irracional, el sueño, la experiencia mística, la espiritualidad, la nostalgia, la profundidad,…, todo lo que el pensamiento racionalista ha desterrado como «desviado».

 

Una de las contribuciones más fecundas de Instrumentos del Alma reside en su visión de la diferencia. No se trata de tolerar la desviación, sino de comprender que cada ser humano es, de alguna manera, diferente, único e irrepetible. La desviación, en el lenguaje de los sistemas normativos, es lo que excede las normas, pero lo que excede es también lo que revela.

 

Quien vive al margen (el exiliado, el loco, el poeta,…, el místico) es a menudo portador de una verdad que el centro ha olvidado. En este sentido, Instrumentos del Alma es una propuesta de acogida del otro, de lo incognoscible, de lo inexplicable. Y eso es un bien pedagógico, político y social: no es solo una forma de pensar, sino una forma de relacionarse con el mundo y con los demás.



Adentrarse en Instrumentos del Alma significa, ante todo, cambiar la mirada. No se trata de transmisión de contenidos sino de acompañamiento del alma en su devenir. No se trata de adaptar al individuo al sistema, sino de escuchar lo que se mueve en su interior: sueños, anhelos, vocaciones, intuiciones...

 

En una época en la que el sistema está cada vez más marcado por el rendimiento, la eficiencia y la mensurabilidad, Instrumentos del Alma nos recuerda que no existe vida sin zonas de silencio. Vivir es también vivir en el misterio. Es dar voz a lo que no tiene voz, y dar palabra a lo no dicho, a la vida que no entra en los parámetros de lo funcional, mensurable, pragmático…

 

La espiritualidad es un arte poético: un conocimiento del alma que se construye en la relación viva, en la palabra compartida, en la escucha radical.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La nave de los locos.

La nave de los locos

Una nave a la deriva, sin velas y sin timón, que navega llevando consigo una carga de humanidad enloquecida, completamente inconsciente de su estado y de la naturaleza del barco y empeñada sólo en satisfacer su propia voracidad incontenible. 

Se trata de “La nave de los locos”, obra de 1494 del pintor flamenco Hieronymus Bosch y conservada en el Louvre; un tema, la locura, que entonces dominaba el arte, la literatura y la política. Una pequeña obra al óleo (menos de 60 centímetros por 30 de madera pintada). 

Y son muchos los significados que se le han atribuido, que aquí, con cierta libertad, intento utilizar también como metáfora o representación del mundo actual. 

Porque Trump, Putin, Netanyahu, Musk… hoy están locos -y la lista no termina aquí porque se podría agregar a los negacionistas de la crisis climática; aquella Europa que suspende procedimientos y decisiones para solicitantes de asilo; el húngaro Orban; el argentino Milei que anda con una motosierra en la mano empobreciendo a su país; los paranoicos primero contra los inmigrantes y los barcos de las ONG y ahora contra magistrados y sindicatos; los llamados tecnócratas; los populistas y soberanistas/autócratas; el capitalismo y el neoliberalismo (pero que son la misma cosa); Silicon Valley y las grandes empresas tecnológicas que nos imponen su voluntad (y sus productos para obtener ganancias, diciendo que lo hacen para ayudarnos y hacernos la vida más fácil, mientras nos roban la vida robando nuestros datos), sin importar ningún proceso ni sistema democrático que gobierne la innovación. 

Pero todos estamos locos también si les permitimos hacerlo: cada vez más guerras, más y más crisis climática, más y más capitalismo y explotación de los seres humanos y de la biosfera, más y más desigualdades sociales y pobres, la caza de inmigrantes, cada vez más, el beneficio de unos pocos cada vez más, la violación de la privacidad y de la libertad individual cada vez más, las motosierras sociales (pero no sobre el gasto militar, al contrario) cada vez más…

Es decir, el barco está sobrecargado pero cada día alguien intenta subir a bordo y el barco se inclina, se vuelve más pesado pero no se hunde, es el barco de los locos, enfrascados en su guerra de todos contra todos contra los que acumulan más y más, porque en realidad el timón está ahí y se llama beneficio, y la crisis climática cada vez más grave bastaría para demostrarlo. 

Pero nos consolamos con unos auriculares en los oídos o viviendo de TikTok, o atiborrándonos de series de televisión en Netflix, o esquiando felices en la nieve (aprovechémoslo, mientras esté; el que quiera ser feliz, que sea, ahí está no hay certeza sobre el mañana…; o en todo caso estaremos todos muertos, entonces…). 

Un barco/mundo verdaderamente loco. Por supuesto, este mundo de locos no es el único mundo. Escondidos hay otros mundos hechos de solidaridad, de justicia social, de sostenibilidad, de cultura, de análisis en profundidad, de pensamiento crítico, de náufragos. Pero claro, el de los locos parece ser el mundo dominante. 

Se dice que estamos en una poli-crisis, es decir, con muchas crisis (militar, política, ecológica, social, antropológica, de valores…) todas juntas y al mismo tiempo. 

Pero, tal vez sea más correcto utilizar, tomándolo de la economía y del ‘corporacionismo’ (al fin y al cabo, ¿ni siquiera los estados se gobiernan ahora como empresas...? ¿Y no se reduce quizás ahora el mundo a un gran mercado...? ) el concepto de "perturbación" (es otra manera de decir "locura") y aplicarlo también al caos de esta Tercera Guerra Mundial en fragmentos y a la muerte del derecho internacional, a la crisis climática y medioambiental, a... 

La nave de los locos es la imagen perturboradora de enésimo grado –tanto en el mercado como en las relaciones internacionales y en la casa común que es la Tierra– pero muy rentable en términos capitalistas. 

¿Por qué no se rebelan?” – escribió Karl Marx – reflexionando sobre la derrota del proletariado en el París del golpe de Estado de Luis Bonaparte en 1851. 

Sí, ¿por qué nadie se rebela? De hecho, ¿no estamos también nosotros perturbados cuando votamos por los locos del barco? 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 10 de febrero de 2026

Educar la mirada.

Educar la mirada

 

«Si deseas ver los valles, sube a la cima de la montaña.

Si quieres ver la cima de la montaña, eleva tu mirada por encima de las nubes.

Pero si buscas comprender las nubes, cierra los ojos y piensa»

- Gibran Kahlil Gibran - 

Antes de proceder a la lectura, te invito a que veas un vídeo. No llega a 5 minutos. Es un vídeo de hace unos años y que a mí me causó y me sigue causando una honda impresión: https://www.youtube.com/watch?v=cn2K0D6WvZ4 

¿Qué te ha sugerido? 

Mirar no siempre significa ver. La vista es un acto fisiológico, es uno de los cinco sentidos con los que estamos dotados materialmente. Todos pueden mirar, pero pocos logran ver. 

Y si no se ve, ¡poco se puede hacer! No basta con ir al oftalmólogo o cambiar de gafas. 

Ver es algo que va más allá de los sentidos, involucra la psique, la mente y el alma: es la búsqueda del significado profundo de las cosas y de nuestras propias experiencias. 

Solo vemos lo que estamos preparados para ver, cuando miramos sin oscurecimientos ni distorsiones. 

«¿Cómo puedes ver todo tan claramente?», preguntó un alumno a su maestro. «Cierro los ojos», respondió este. 

Hay quienes miran y no ven, y hay quienes ven sin mirar. 

La realidad externa (lo que hay fuera de nosotros) es solo una representación de lo que vemos dentro. 

Para mirar más allá de lo que nos aparece, para ver en profundidad, hay que ser capaz de penetrar en el interior (en), de entrar en las cosas, ya sean la naturaleza, las cosas de la vida u otras personas. 

Vemos, pues, lo que estamos dispuestos a sentir. 

Solo sintonizando el mirar, el ver y el sentir podemos atravesar el mundo con conciencia. Esto significa, en esencia, experimentar la vida y ampliar nuestra conciencia. 

La plena conciencia permite, en última instancia, experimentar el sentido de cohesión interna y la integración del Ser. La realidad externa se conecta finalmente con nuestro mundo interno. 

«Afortunadamente, el alma tiene un intérprete, a menudo inconsciente, pero fiel: la mirada» - Charlote Brontë -. 

Es como si los ojos escucharan al mundo, mientras que la mirada habla, interpreta y expresa nuestra alma. Los ojos son la puerta del alma. 

Cuando lloramos, es evidente que nuestro corazón llora: los ojos expresan nuestros sentimientos. 

Sin embargo, el alma encuentra más espacio para expresarse en el silencio que en el ruido del mundo. 

«El alma de una persona se esconde en su mirada. Por eso tenemos miedo de que nos miren a los ojos» - Jim Morrison -. 

A menudo, de hecho, no soportamos la mirada del otro, bajamos los ojos, más que para no penetrar en el otro, nos retraemos por miedo, vergüenza o pudor de revelar nuestra intimidad. 

Parecemos confirmar el lugar común según el cual los ojos y la mirada son el paso secreto hacia el alma. La mirada del otro, si traspasa la pantalla de la nuestra, sería capaz de «ver» dentro de nosotros, nuestro yo interior. 

Algunas veces pienso que a través de los ojos podemos expresar, más allá de las palabras, la autenticidad, el asombro, el placer o, por el contrario, el cierre, la negación o el miedo. 

Siempre y cuando el otro esté dispuesto a captar en nuestras miradas la riqueza de nuestra interioridad. 

«Me he pasado la vida mirando a los ojos de la gente. Es el único lugar del cuerpo donde quizá aún exista un alma» - José Saramago -. 

El hecho es que no siempre quien mira es capaz de ver todo lo que realmente se quiere revelar. 

Nuestro viaje terrenal se convierte en un descubrimiento continuo si no nos conformamos con buscar superficialmente cada vez más cosas materiales, sino que sabemos vislumbrar lo inmaterial que nos sucede, con ojos siempre nuevos y penetrantes. 

«La visión es la capacidad de ver lo invisible. Si se consigue ver lo invisible, es posible obtener lo imposible» - Shiv Khera -. 

Hay un aspecto más, además de mirar y ver. El mayor don que ha recibido el hombre probablemente no es el don de la vista, sino el de la visión. 

«La vista es una función de los ojos, la visión es una función del corazón… porque el mayor regalo que Dios le dio al ser humano no es el don de la vista, sino el don de la visión» - Myles Munroe -. 

Tener una visión, una perspectiva clara, un horizonte amplio, es más necesario que nunca en la vida. Sin visión, arrastramos una existencia lastrada por la pesadez de las tareas cotidianas. 

La visión da sentido a la vida. 

La visión es la capacidad de ver lo invisible, de mirar más allá del horizonte de lo visible. 

Quien tiene una visión es capaz de ver lo que los demás no ven. 

De hecho, solo el visionario puede construir lo que los soñadores apenas se atreven a imaginar. 

La visión implica en sí misma la acción, la construcción de puentes que trascienden el pasado y, desde el presente, conducen hacia el futuro. 

Una visión sin acción no es más que un sueño. La acción sin visión puede convertirse en un ajetreo sin impulso, en un esfuerzo infinito, en una pesadilla. 

«Prefiero ser un soñador entre los más humildes, con visiones que realizar, que el príncipe de un pueblo sin sueños ni deseos» - Gibran Kahlil Gibran -. 

El visionario es aquel que aspira a construir lo que ha visto, yendo a contracorriente y más allá de las renuncias comunes de aquellos que se aferran a las precarias certezas del presente. 

Es aquel que es capaz de hacer realidad los sueños antes de que la siguiente puesta de sol los haga desaparecer del horizonte. 

«Tu visión se vuelve clara cuando miras dentro de tu corazón. Quien mira hacia fuera, sueña. Quien mira hacia dentro, despierta» - Carl Gustav Jung -. 

Acabo ya. Y lo hago con otro vídeo de 5 minutos - ‘Mírame a los ojos’ -: https://player.vimeo.com/video/191175863?h=7bc27b0b54%22 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Posdata: Tal vez algún día se pudiera escribir otro Evangelio. El Evangelio de las miradas de Jesús.

lunes, 9 de febrero de 2026

¿Quieres curarte? - San Juan 5, 1-16 -.

¿Quieres curarte? - San Juan 5, 1-16 -

¿Quieres curarte?

 

Es la pregunta que el Señor Jesús nos plantea a cada uno de nosotros. Todos vivimos, al igual que el paralítico, cerca de ese lugar llamado Betesda, que significa «casa de la misericordia». Ese hombre vive en esa casa, pero en realidad parece excluido de la posibilidad de que se le tenga misericordia.

 

En esa casa hay un tipo de humanidad que Juan resume en tres categorías: ciegos, cojos y paralíticos. Estas tres categorías son una representación de la condición real del ser humano al que se dirige Jesús: predominan la ceguera, la falta de libertad de movimiento y la parálisis.

 

¿Quieres curarte?

 

A primera vista, parece una pregunta obvia, como preguntarle a un hambriento si quiere comer. Sin embargo, si lo pensamos bien, no es una pregunta retórica. De hecho, no pocas veces el dolor, la soledad y el abandono nos obligan a entrar en una especie de letargo del que es difícil salir.

 

Hay muchas cosas que nos bloquean y nos impiden volver a caminar: ansiedades, preocupaciones, inquietudes. Ese hombre había convertido su enfermedad en una excusa para no asumir ninguna responsabilidad: no en vano culpa a otros de la prolongación de su enfermedad. Es la enfermedad la que «lo hace ser»: la pretensión de ser ayudado es más fuerte que la voluntad de curarse.

 

El hombre enfermo del Evangelio está resignado, desanimado, tan consciente es de su impotencia. No hay ninguna oración en su boca, ninguna petición, ninguna invocación. Quizás ni siquiera sabe quién es ese hombre que tiene delante.

 

Jesús no se detiene ante estas resistencias, llama con insistencia para que se le abra el corazón: ¿quieres curarte?

 

Ese hombre necesitaba a alguien que lo sacudiera de su apatía y lo obligara a asumir la libertad de salir de su victimismo.


No tengo a nadie... es un hombre solo. No tiene a nadie que le ayude a conseguir la tan ansiada curación. Ningún punto de referencia. Sin embargo, no abandona ese pórtico: sigue asistiendo al ondular de las aguas y viendo a otros más afortunados que él.

 

Todo esto desde hace treinta y ocho largos años. Abandonado por todos, creía estar abandonado incluso por Dios. Alrededor de esa agua hay gente suspendida en una tradición y prisionera de la competencia. ¡Cuántas promesas vacías! ¡Cuántos años llevo yo también parado al borde de una piscina esperando que pase algo!

 

Jesús conoce su condición y por eso se acerca a él y le pregunta: ¿Quieres curarte?

 

¿O quieres seguir aferrado a una tradición que te permite sobrevivir, pero te mantiene en tu parálisis?

 

Es el único caso en el que Jesús va a buscar a un enfermo: normalmente se los llevaban a él. Se acerca a quien pensaba que estaba definitivamente excluido del corazón de Dios. Tanto le importa a Dios que, por él, Jesús pondrá en peligro su propia existencia.

 

El paralítico no tarda en responder que sus expectativas se han visto defraudadas desde hace tiempo: esa agua que tiene ante sí promete una curación que nunca llega, al menos para él. Ese hombre tendrá que comprender que hay otra agua con la que dejarse lavar y que está a su disposición solo si realmente lo desea.


Levántate... confía en mí, que he venido a buscarte, abandona todo lo que te mantiene atrapado, da el salto.

 

Toma tu camilla... rompe una ley de muerte que condena a un rito y a la observancia de una regla vacía.

 

Camina... que tu horizonte sea el camino y ya no esta piscina. Aprende a conocer la vida.

 

No te está permitido... Es extraño decirlo: parecen prevalecer el miedo y el vínculo con una tradición. Nada puede hacer frente a aquellos que, para permanecer fieles a una ley que ya no es para la vida, eligen una adhesión formal a Dios en lugar de dejarse interpelar por lo nuevo que el Espíritu está suscitando.

 

Los judíos, de hecho, ven en el gesto de Jesús la violación del sábado y no la curación de un hombre. Les llama más la atención esa camilla bajo el brazo que el hecho de que ese hombre camine. No pueden admitir que ese hombre pueda ser para ellos una oportunidad de curación: prefieren permanecer en su parálisis.

 

¿Quieres curarte?

 

Esta pregunta atestigua a un Dios que se encuentra en el umbral de la puerta de nuestra vida, suplicando que le necesitemos. De hecho, es él quien toma la iniciativa.

 

Aunque quizá no necesitemos salud física, todos necesitamos una curación interior.

 

Pero no es fácil reconocerlo y, como el paralítico, ponemos mil objeciones que se resumen en una sola: siempre soy el último en llegar. Jesús repite: no importa. Eso no es lo que cuenta. ¿Qué quieres?

 

Esa pregunta se nos repite para que tomemos conciencia de nuestra impotencia estructural, pero también del hecho de que toda nuestra capacidad reside en el deseo que habita en nuestro corazón.

 

Él tiene el poder de venir a nuestro encuentro si aceptamos no retroceder ante las limitaciones que nos imponen nuestras condiciones de vida personales, limitaciones que a menudo reprochamos y tras las cuales no pocas veces nos escondemos.


¿Quieres curarte?

 

Es decir, ¿estás dispuesto a tomar conciencia de tu verdadera condición?

 

Lo que importa, lo que puede significar un posible cambio, es reconocer que necesitamos a Jesús. Si esto es cierto, no hay obstáculos que nos detengan: también nosotros podemos levantarnos. Ningún límite puede vencer las palabras de Jesús.

 

Hay una necesidad en nuestro corazón, hay una carencia que solo él puede llenar. Y no hay piscina que pueda hacerlo.

 

La pregunta de Jesús nos invita, por tanto, a no maldecir el hecho de sentirnos necesitados o carentes. Esta carencia y esta necesidad, que a veces vuelven con imperiosidad, no pueden satisfacerse de manera improvisada. El antídoto es solo el Señor Jesús.

 

Y tú, ¿quieres curarte?


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Dar la palabra al magisterio de los enfermos.

Dar la palabra al magisterio de los enfermos

El obstáculo se convierte en oportunidad, el impedimento en ocasión.

 

Captar la belleza de la vida precisamente allí donde parece revelar solo dificultad y dolor: esta capacidad es lo que Dios sigue revelando a los pequeños.

 

Hay una revelación continua de Dios que se puede ver y reconocer en muchos gestos que para nosotros tienen todo el carácter de lo absurdo. 


Y los pequeños y los pobres son capaces de reconocer esa revelación.

 

Cuánta sabiduría hay en la vida de personas que no han hecho más que ponerse en la escuela de la vida.

 

En esta escuela hay que aprender, por tanto, ante todo, a estar en contacto con los límites.

 

Jesús nos invita a aprender de su capacidad de percibir el estilo sorprendente de Dios: «Dios ha elegido lo que en el mundo es débil» (1 Cor 1,26 ss.).

 

Y así, lo que podía parecer prerrogativa de algunos —los sabios— se ha compartido con otros —los pequeños—.

 

Un Dios convertido al encanto de la pequeñez.

 

Los pequeños, hombres y mujeres que, aunque no conocen el lenguaje teológico, viven una relación particular con el Padre, hecha de mirada sabia y de corazón capaz de confiar y entregarse.

 

Los pequeños capaces de comprender los misterios del reino, es decir, cómo funcionan las cosas de la vida.

 

¿Quiénes son los pequeños a los que Dios sigue poniendo en la cátedra, maestros de los que debemos ser oyentes y discípulos? ¿A quién y a qué estamos llamados a conceder el derecho a la palabra, primero en nosotros mismos y luego a nuestro alrededor?


En la escuela de la mansedumbre y la humildad, en la escuela de la pequeñez, en la escuela de la humilde medida de Dios.

 

Una escuela hacia la que nos corresponde dar los pasos: «Venid a mí...». Para aprender lo que inmediatamente reconocemos que no nos pertenece.

 

Y la invitación se dirige a quienes se reconocen fatigados, es decir, agobiados por la preocupación por muchas cosas. Fatigados son aquellos que están a punto de ceder ante las dificultades que encuentra la esperanza. A ellos se dirige la llamada a seguirle.

 

Mansedumbre, humildad, pequeñez que hay que aprender: «aprended de mí...».

 

La mansedumbre, dejar que el otro sea lo que es; la humildad, la justa consideración de sí mismo que se abre para dar espacio al otro, una grandeza que se contrae, al estilo de Dios, que llega incluso a considerar al otro superior a sí mismo.

 

La pequeñez, la medida humilde de Dios. Dios devuelve la palabra al pequeño, que se convierte, por tanto, en la nueva medida de las cosas del ser humano.

 

Los pequeños, destinatarios privilegiados para captar el alcance del mensaje evangélico.

 

Espacio, pues, para los pequeños.

 

Palabra a los pequeños, a aquellos que, aunque no participan del poder, del saber o de otro título de reconocimiento, Dios les confiere la tarea de ser maestros de humanidad.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una alternativa radical - San Mateo 5, 17-37 -.

Una alternativa radical - San Mateo 5, 17-37 -


Después de enunciar, con las bienaventuranzas, las condiciones que permiten entrar en el Reino de los Cielos, Jesús profundiza ahora en el sentido de esa justicia que, ya presente entre las bienaventuranzas, designa la fidelidad obediente a la voluntad de Dios expresada en la Torá.

 

Esta palabra —justicia— que volverá a aparecer varias veces en el discurso de la montaña, invita al oyente de Jesús a una fidelidad más radical a las exigencias de la Torá misma.

 

Más radical, es decir, más auténtica, más integral, con respecto a las interpretaciones corrientes en la época de Jesús: «Si vuestra justicia no supera la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos» (Mt 5,20).

 

Por eso Jesús especifica inmediatamente que no ha venido a abolir la Torá, sino a darle plenitud y cumplimiento, y luego da algunos ejemplos de esa comprensión más radical de la Torá.

 

Jesús afirma el sentido de su misión: no ha venido a abolir, a disolver la Torá, sino a darle cumplimiento. Esta declaración fundamental impide entender las frases siguientes como una antítesis en la que Jesús se opondría a la Torá.

 

En realidad, el segundo elemento de la frase (introducido por: «pero yo os digo») revela el sentido encerrado en el primero («Habéis oído que se dijo»): por lo tanto, no suprime, sino que explica.

 

Jesús no se opone a la Escritura, sino a las interpretaciones y explicaciones de la Escritura dadas por los escribas.

 

Por lo tanto, el texto no autoriza ninguna posición sustitutiva. «Cumplir plenamente» significa tanto realizar, poner en práctica, como llenar, completar, manifestar el verdadero significado.

 

Es tan cierto que Jesús no pretende derogar la Torá que especifica que ni una iota, la letra más pequeña del alfabeto hebreo, ni siquiera el signo aparentemente menos significativo de la propia Torá —un guion— pasarán sin que «todo haya sucedido», es decir, sin que cada palabra del «está escrito» haya encontrado su cumplimiento.


Jesús toma la distinción rabínica entre mandamientos pequeños y grandes, leves y graves, y exhorta a no descuidar ni siquiera los mandamientos más pequeños, aunque, por supuesto, pide que se mantenga una jerarquía y que no se antepongan los mandamientos más pequeños a las exigencias más relevantes y decisivas de la Torá: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del eneldo y del comino, y transgredís las prescripciones más graves de la Ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad!» (Mt 23,23).

 

En cuanto a la sobreabundancia de justicia de los discípulos de Jesús con respecto a la de los escribas y fariseos, se trata evidentemente de una superación cualitativa, no cuantitativa, una superación que va en la dirección de la plenitud, de la perfección a la que Jesús exhorta a sus discípulos: «Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5,48).

 

Y de esta justicia superior se dan varios ejemplos.

 

De estos ejemplos se puede deducir que la profundización y la radicalización del sentido de los mandamientos operados por Jesús es también una profundización y radicalización de la libertad humana, que encuentra en el corazón su sede invisible y en las relaciones con los demás el lugar donde se manifiesta como responsabilidad liberadora.

 

Un apunte importante. Sacarse el ojo, cortarse la mano y echarlos, si son ocasiones de escándalo, no son directrices inhumanas que deban aplicarse literalmente, sino indicaciones realistas —expresadas con un lenguaje paradójico y deliberadamente exagerado— de una lucha que hay que librar cada día para purificar el corazón y vivir el Evangelio con mayor libertad.

 

De un modo deliberadamente exagerado Jesús expresa la necesidad de una lucha, de un duro combate contra las tendencias que llevan al hombre a actuar y a relacionarse de una manera antievangélica.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La pedagogía del corazón - San Mateo 5, 17-37 -.

La pedagogía del corazón - San Mateo 5, 17-37 - 

En el texto evangélico, la profundización y radicalización del sentido de los mandamientos operada por Jesús es una profundización y radicalización de la libertad humana, que encuentra en el corazón su sede invisible y en las relaciones con los demás el lugar donde se manifiesta como responsabilidad liberadora.

 

Así podemos entender el amplio pasaje del discurso de la montaña presentado por el texto litúrgico del Evangelio como una invitación a la conversión del corazón.

 

Y podemos ver las exigencias planteadas por Jesús como elementos del aprendizaje del amor, siendo el amor la plenitud y el cumplimiento de la Torá: Mt 22,37-40; Rom 13,8-10.

 

Y puesto que la Torá ya tiende al cambio del corazón del hombre, he aquí que en boca de Jesús el decálogo se convierte en radicalización, pero en particular se convierte en denuncia de la hipocresía:

 

1.- la hipocresía de quien no se mancha de asesinato, pero mata diariamente a su hermano con ira violenta, con palabras que transmiten desprecio y aniquilan al otro;

 

2.- la hipocresía de quienes hacen de la liturgia el velo que oculta su odio y su antipatía hacia los demás;

 

3.- la hipocresía de quienes se muestran indiferentes al hecho de que otros puedan tener algo en contra de ellos;

 

4.- la hipocresía…

 

Jesús no dice si es injusto o justo que alguien tenga algo en contra de quien está presentando la ofrenda en el altar: detrás de la injusticia (siempre de los demás) y de la justicia (siempre propia) se esconden normalmente los hipócritas que no tienen el valor de reconocer sus propios errores y sus propios horrores.

 

La hipocresía, una vez más, de quienes no cometen adulterio materialmente, pero cometen adulterio en su corazón.

 

Con la referencia al deseo - Mt 5,28 - llegamos al cumplimiento de la Torá: cuando la Torá está en el corazón del hombre, cuando habita en su deseo, ahí está el cumplimiento de la Ley.

 

Las referencias al ojo, a la mano y luego a la boca, presentes en las palabras de Jesús, encuentran su raíz en la referencia al corazón, al deseo.

 

He aquí, pues, el camino que estas palabras de Jesús quieren que recorra el creyente: el camino que conduce a la plenitud del amor.

 

Estas palabras de Jesús nos invitan a una pedagogía del corazón.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Instrumentos del Alma: abrir ventanas a lo humano.

Instrumentos del Alma: abrir ventanas a lo humano En una época que archiva rápidamente toda complejidad para sustituirla por la eficiencia, ...