lunes, 23 de marzo de 2026

Diversamente capacitados.

Diversamente capacitados

La persona con discapacidad se presenta ante los ojos de los «sanos» como alguien visiblemente marcado por una carencia, por deficiencias de diversa índole que entran en conflicto con la imagen de «normalidad» que estos albergan. 

Una «normalidad» que, en la sociedad del rendimiento y la competencia, de las apariencias y el éxito, no soporta aquello que pueda resquebrajar o socavar la imagen de éxito que persigue. 

Esta «imagen» de normalidad, que se convierte en la narrativa dominante, es un constructo cultural que elimina aquellas dimensiones de indisponibilidad, fragilidad, limitación y caducidad que son constitutivas de lo humano. 

La construcción de un humanismo digno de ese nombre encuentra una contribución decisiva en la experiencia de la discapacidad. La «imagen» de normalidad a la que me refiero percibe en la discapacidad un estigma. 

¿Qué es un estigma? Es esa diversidad no deseada… Por definición, creemos naturalmente que la persona con un estigma no es propiamente humana. No propiamente humana o menos humana… poco cambia. 

Nos enfrentamos al problema radical que plantea la discapacidad: ¿Qué es lo humano? ¿Quién es un ser humano? 

Tantas veces nos enfrentamos al problema capital que nos plantea hoy el mundo: ¿qué es lo humano? Que hoy parece aplastado entre la siempre posible recaída en las mil formas de lo inhumano (desde la guerra hasta el acoso escolar, desde la violencia de género hasta el acoso laboral) y las oportunidades y las incógnitas de lo poshumano, impulsado en gran parte por el anhelo de potenciar lo humano liberándolo de la limitación y la fragilidad. 

Aunque, en realidad, la fragilidad, la finitud y la vulnerabilidad no son obstáculos en el camino… hacia la plenitud humana, sino fronteras que definen el perímetro de nuestra humanidad. Límites dentro de los cuales se desarrolla la humanidad. 

Sea cual sea la forma de la discapacidad —física o mental, desde el nacimiento o debida a accidentes o enfermedades—, se presenta como una herida irreparable o corregible solo en parte, y así evoca el espectro de lo que no puede controlarse, de lo que escapa al control. 

El menoscabo que se convierte en discapacidad evoca la dimensión de lo indisponible. Evoca una dimensión sobre la que no se tiene poder. O, al menos, sobre la que se tiene poder solo de manera muy parcial. 

En una cultura tecnológica, que quiere manipular y utilizarlo todo, explotarlo y controlarlo, incluso el tiempo, incluso la muerte, todo debe concebirse como disponible y disponible de inmediato. En este contexto, la memoria de lo indisponible es inaceptable. La discapacidad cuestiona la pretensión de control del hombre sobre la existencia, sobre la vida y sobre lo que es más que nunca «suyo», del hombre: su cuerpo, su mente, sus relaciones. 

La discapacidad se convierte también en un recuerdo incómodo de una posibilidad que es para todos: la discapacidad es una posibilidad de lo humano. 

Seguramente también la persona con discapacidad puede percibirse incluso como una amenaza. En realidad, amenaza una visión incompleta, parcial, falsa, irreal… de lo humano. Una visión que elimina dimensiones percibidas como incómodas, ciertamente no deseables, pero también reales y posibles si es cierto que, incluso en términos numéricos, la población de personas con discapacidad constituye una parte importante de la humanidad. Lo humano es decididamente más complejo que una determinada y parcial visión monolítica e irreal. 

El ser humano es constitutivamente deficiente, marcado por una serie de carencias. La antropología nos enseña que el hombre es un ser inacabado y, en comparación con los mamíferos superiores, condicionado por una serie de carencias tales que se puede decir que, en condiciones naturales, el hombre ya habría sido eliminado hace tiempo de la faz de la tierra. 

Sí, existe una fragilidad constitutiva en el ser humano. El hombre es el ser nacido prematuramente, cuya maduración es mucho más lenta que la de los animales. Necesita un tiempo considerablemente largo para alcanzar la autonomía. 

También está marcado por límites: la vida se encuentra comprendida entre esos confines que son el nacimiento y la muerte. Y la vida existe, incluso a nivel biológico, gracias a la muerte: solo lo que vive muere. Una flor de plástico no se marchita, pero ¿dónde está su vida? ¿Y su belleza? 

El límite crea la forma. Sin límite hay caos y lo informe. La negación positiva es la función del límite, que da forma, y por tanto vida, a lo que limita. El límite es, pues, condición y posibilidad de la vida y de la relación. Pero incluso esta verdad elemental es reprimida por el prometeísmo del ego, por el delirio de omnipotencia que habita en la sociedad. 

El hombre, en definitiva, es constitutivamente frágil. Las personas distinguimos entre lo caduco y lo frágil. Las cosas son caducas porque deben acabar; son frágiles porque pueden acabar en cualquier momento. La fragilidad lleva en sí misma la promesa de una amenaza que se cierne. Incluso lo que parece fuerte e indestructible tiene en realidad en sí mismo los gérmenes de la caducidad y de la futura ruptura. 

Forman parte, por tanto, de la condición humana dimensiones como la dependencia, el cuidado, el devenir y lo imponderable. En este sentido, la discapacidad ilumina la complejidad de lo humano al llevar a cabo una labor de verdad sobre la propia condición humana. 

Estas dimensiones de fragilidad y dependencia nos conciernen a todos, aunque puedan resultar más visibles en quienes tienen una discapacidad. Pero, en esto, la discapacidad abre los ojos a quienes, al no querer verla, se encierran en la ceguera y ya ni siquiera se ven a sí mismos. 

Seguramente un reto pueda ser comprender la discapacidad… pero cada vez pienso, creo que con más verdad, que es precisamente la discapacidad las que nos ayuda a comprendernos a nosotros mismos. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Formación sinodal en la sinodalidad.

Formación sinodal en la sinodalidad

Si los laicos están llamados a compartir la responsabilidad de la dirección de las comunidades cristianas a nivel pastoral, organizativo, económico, …, ¿estamos seguros de que cuentan con todas las herramientas necesarias para hacerlo? 

Y si los presbíteros están llamados a acoger en su ministerio de acompañamiento de las comunidades cristianas las competencias laicales, ¿estamos seguros de que son capaces de comprender su mundo y de acoger sus capacidades sin pedirles que adopten, como modelo de participación, el del presbítero? 

Me parece poder decir que esta petición, con las correspondientes perplejidades, surge de años de experiencia de trabajo compartido, no siempre fácil: por un lado, los laicos con sus competencias adquiridas en el ámbito de los estudios, del trabajo y de la experiencia familiar; por otro, la formación teológica y pastoral del clero orientada al ministerio que están llamados a ejercer. 

Los tiempos nos están obligando a revisar la idea de Iglesia que hemos tenido hasta ahora: todos los bautizados, conscientes de su identidad de cristianos, están llamados a asumir una forma diferente de estar en la Iglesia y de ser Iglesia. 

Es necesario formarse en la sinodalidad: en pocas palabras, debemos aprender a coeducarnos en la vida cristiana, debemos aprender a constituir un «nosotros de los creyentes». 

¿Cómo podríamos avanzar, si realmente nos comprometiéramos en un camino formativo? 

El primer paso, en mi opinión, podría ser mirar a nuestro alrededor con realismo, sin caer en el pesimismo ni caer en la melancolía de los tiempos pasados. Hay una Iglesia que ya no existe: las iglesias abarrotadas, el número de niños inscritos en la catequesis, la disponibilidad generosa y gratuita de cientos de voluntarios… no son un objetivo al que apuntar para recuperar el terreno perdido. Son nuestro pasado, que estamos llamados a asumir para reformular el presente. 

Quizá deberíamos esforzarnos más por «estudiar» lo que está sucediendo, por leer los documentos (al menos los más accesibles), por mantenernos informados de lo que ocurre en la Iglesia, por mirar a nuestro alrededor para comprender qué sucede. 

Digo esto también porque a veces corremos el riesgo de permitirnos pensar que todo sigue como antes. Sería importante no dejarnos pillar desprevenidos cuando el cambio se ha manifestado con toda su evidencia. ¿No será éste precisamente el momento de estar atentos, de prepararnos, de imaginar el futuro? 

Me doy cuenta de que no es una sugerencia muy sorprendente, pero me parece que la conciencia de lo que está sucediendo aún no está tan extendida. A veces escucho a personas que se sorprenden de que ya no haya mucha gente en la iglesia y que culpan de ello a la homilía del párroco… Bueno, probablemente ese ya no sea el quid de la cuestión. 

Un segundo paso podría ser arriesgarnos un poco en los ensayos generales de la Iglesia del futuro (que es, en definitiva, el presente) y dar una oportunidad a algunas propuestas formativas, tanto de carácter académico, como de carácter más aplicable en lo inmediato, como itinerarios concebidos por laicos para laicos, … 

Quizás sea realmente el momento de darnos cuenta de las oportunidades que se nos ofrecen, intentando confiar y encomendarnos a lo que el Espíritu, en este momento, está diciendo a las Iglesias. Al fin y al cabo, habrá una razón si, tras dos mil años de Iglesia, seguimos aquí, preocupados, decepcionados, enfadados, pero apasionados, hablando de ello. 

El primer paso formativo debe ser, por tanto, cultural y espiritual: salgamos de la lógica de los números como único criterio de vitalidad; aceptemos que el contexto ha cambiado; intentemos superar el clericalismo, por ambas partes, laicos y laicas y presbíteros. 

¿Qué objetivos concretos podemos fijarnos, teniendo en cuenta la desorientación y la perplejidad en las que estamos inmersos en un periodo que nos parece incierto? 

En primer lugar, se puede apuntar a un crecimiento/profundización común entre el clero, el laicado y los religiosos, tratando de vivir juntos, en la medida de lo posible, el proceso de cambio. No más caminos separados, sino momentos de crecimiento/profundización común entre el clero y el laicado. 

La secularización afecta y, en consecuencia, disminuyen los creyentes practicantes. En unos años disminuirán también los simples creyentes; las vocaciones presbiterales (como las religiosas) ya han disminuido considerablemente. 

Hay una llamada evidente a retomar toda la cuestión eclesial. Hay que volver a colaborar, aunque sea a costa de hacer concesiones. En el fondo, la exigencia formativa surge de esto: aprendamos a ser Iglesia de verdad, como en los orígenes. 

Nos puede iluminar, precisamente en este sentido, el pasaje de Hechos de los Apóstoles 15, 22-31, en el que la Iglesia de Jerusalén es llamada a tomar una decisión sobre las obligaciones cultuales que deben imponerse a los nuevos creyentes procedentes de culturas no judías. Los apóstoles deciden juntos. 

Llega entonces el momento de decidir y dejar claros los caminos concretos. Los hermanos de Jerusalén lo hacen, sometiendo ese resultado a una doble autoridad: “El Espíritu Santo y nosotros”. El primer responsable de las decisiones es el Espíritu Santo… ¡Y luego está el “nosotros” eclesial! Un nosotros variopinto, que no descuida ninguna voz, donde cada uno ejerce su propia “autoridad” (cf. Mc 13,34): laicos y ministros ordenados, mujeres y hombres, jóvenes y ancianos. Con la íntima convicción de que la autoridad pertenece al Señor: «Se me ha dado toda autoridad… id», dirá el Resucitado a los suyos, enviándolos en misión (Mt 28,18). Todos siervos de la única Palabra, cada uno según el don de gracia recibido y custodiado. ¡Ningún poder que ejercer y repartir, sino una Palabra a la que servir! 

Esta imagen nos ayuda a orientarnos en el ámbito de la formación, de la que todos sentimos la necesidad, aunque nos cueste comprender en qué dirección avanzar. 

Los hermanos de Jerusalén, para tomar decisiones, se reúnen en asamblea e intentan caminar juntos de manera sinodal. Las diferencias entre ellos eran realmente enormes; sin embargo, logran constituir un «nosotros» eclesial que les permite tomar decisiones, iluminados por el Espíritu, tras muchos debates (e incluso enfrentamientos).

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 22 de marzo de 2026

No naufragar en las aguas del mal.

No naufragar en las aguas del mal

Algunos pensamientos de Etty Hillesum pueden iluminarnos en nuestro camino espiritual... sea cual sea ese camino espiritual. 

Y entiendo que algunos pensamientos de su diario son significativos. Ha sido un libro leído y rezado en el pasado Jubileo de la Esperanza: “Diario de Etty Hillesum: Una vida conmocionada”. 

Etty Hillesum es una joven judía que vive en Holanda y que comenzó a escribir un diario en 1941. Nos muestra su recorrido de crecimiento espiritual, en el que nutre su capacidad de resistencia creando espacios para sí misma, para la belleza y la meditación, y al mismo tiempo ejercita su solidaridad en la sociedad. Etty Hillesum trabaja con el Consejo Hebreo de la ciudad, entra en contacto con los judíos que son deportados. Después va por elección al campo de concentración de donde partirá en tren hacia Auschwitz-Birkenau, donde ella también morirá unos meses después (noviembre de 1943). 

Una muchacha que “no sabía arrodillarse”, emprendió una búsqueda interior que la enraizó en ese ser puro en el que percibió la presencia divina y acogió a las víctimas del exterminio: “Mi vida es una ininterrumpida ‘escucha dentro’ de mí misma”. Frente a un “infierno absoluto”, sostiene que si Dios “ya no puede ayudarnos, seremos nosotros quienes tengamos que ayudar a Dios”, conservando huellas de Él en el corazón humano. 

Las reflexiones de Etty Hillesum expresan muy bien el sentido de la vida espiritual puesta en el centro del camino de la vida humana y cristiana, vivida en la lógica de “ayudar a Dios, ayudar a los demás”, de “sumergirse en uno mismo, sumergirse en los demás”, “destruir en uno mismo lo que uno cree que debe destruir en los demás”. 

Mi cabeza es el taller donde todas las cosas de este mundo deben venir a formularse con plena claridad. Y mi corazón es el horno ardiente en el que todo debe ser sentido y sufrido con intensidad”. 

Imagino que algunas personas rezan con la mirada dirigida al cielo: buscan a Dios fuera de sí mismas. Hay otros que inclinan la cabeza y la esconden entre las manos: creo que buscan a Dios dentro de sí mismos”. 

Hay una fuente muy profunda dentro de mí. Y en ese manantial está Dios. A veces puedo alcanzarlo, muchas veces está cubierto de piedras y arena: entonces Dios está enterrado. Luego tendremos que desenterrarlo de nuevo”. 

No veo otra solución que reunirnos y arrancar nuestra podredumbre. Ya no creo que podamos mejorar algo en el mundo exterior sin hacer antes nuestra parte dentro de nosotros mismos”. 

No son los hechos los que cuentan en la vida, sino lo que uno llega a ser a través de los hechos”. 

Intentaré ayudarte (Dios), para que no te destruyas dentro de mí, pero a priori no puedo prometerte nada. Una cosa, sin embargo, se me hace cada vez más evidente, y es que tú no puedes ayudarnos, sino que somos nosotros los que debemos ayudarte, y de este modo nos ayudamos a nosotros mismos. Lo único que podemos salvar en estos tiempos y también lo único que realmente importa es un trocito de ti en nosotros mismos, Dios mío. Y quizá también podamos ayudar a desenterrarte de los corazones destrozados de otros hombres. Sí, Dios mío, parece que no puedes hacer mucho para cambiar las circunstancias actuales, pero también ellas forman parte de esta vida. Yo no te hago responsable, más tarde nos harás responsables a nosotros. Y casi con cada latido de mi corazón crece mi certeza: tú no puedes ayudarnos, pero a nosotros nos corresponde ayudarte, defender hasta el final tu casa en nosotros”. 

Partí mi cuerpo como si fuera pan y lo distribuí entre los hombres”. Una frase sin igual en la que podemos vislumbrar el trazo de la confesión del valor eucarístico impreso en su vida por esta joven que prefirió estar “sola y para todos”. Nos recuerda que el amor se hace don, hasta hacernos pan partido para los demás. 

Etty Hillesum, como muchos otros escritores antes y después de Auschwitz, se da cuenta de que Dios, de alguna manera, no actúa, porque somos nosotros los que tenemos que actuar. Dios no actúa... porque Él actúa a través de nosotros. 

Somos nosotros quienes tenemos que guardar espacio para Dios en este mundo, somos nosotros quienes tenemos que cuidar a Dios en nuestra existencia, en nuestra sociedad y en nuestras relaciones con los demás. Nosotros somos aquellos a quienes Dios se confió en la debilidad de la encarnación, y por tanto, como dice Etty Hillesum, somos nosotros quienes debemos ayudar a Dios. 

¡No es un llamado a nuestro sentido de omnipotencia, sino un recordatorio profundo e importante de la responsabilidad que tenemos en la historia! 

El amor que podemos expresar debe ser capaz de indignación y de justicia, debe ser capaz de pasión, capaz de decir no, capaz de poner límites a cualquier forma y variante del mal. Esto también se hace a través de la búsqueda de espacios en los que el yo y Dios puedan coexistir. Cuando Etty Hillesum se cuida a sí misma, sabe que está cuidando a Dios dentro de ella, y de esta manera deja que Dios actúe en ella. 

Cuidar la presencia de Dios en el mundo significa también cuidar de nosotros mismos, y viceversa: cuidar de nosotros mismos significa ayudar a Dios a estar presente en nuestro mundo y en nuestra sociedad. 

Esta es una de las grandes lecciones del intenso diario de Etty Hillesum: no naufragar interiormente cuando en la historia hay espacio para el mal, no dar su asentimiento a las tinieblas cuando parecen imponerse. Y así ella escribiría páginas elevadas -místicas, profundas, únicas- sobre su relación con un Dios desconocido que, sin embargo, se abría a ella con dulzura. 

Nos hará bien retomar el diario de Etty Hillesum. En las ciudades que habitamos, en las vidas que vivimos, la fuerza de esas palabras nos sacude como pocos textos pueden hacerlo. Nos dan inquietud y conciencia, esperanza y responsabilidad, en la defensa de un espacio que es nuestro, sagrado, en el que el Misterio puede estar presente: “Ahora esa “habitación silenciosa”, por así decirlo, la llevo siempre conmigo, y puedo retirarme a ella en cualquier momento, tanto si estoy en un tranvía lleno de gente como en medio de la confusión de la ciudad”. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La metáfora de la primavera.

La metáfora de la primavera

Es la metáfora del grano de trigo que se impone, por su fuerza y ​​sutileza. Una metáfora muy conocida, una metáfora elocuente en el modo de Jesús de contemplar y narrar la vida y en su ser programa de vida del cristiano: “Si el grano de trigo, al caer en tierra, no muere, queda solo; pero si muere, produce mucho fruto”. 

Hay una feliz coincidencia en esta Cuaresma porque el 20 de marzo, día en el que comenzaba la primavera y, a partir de ahora, la luz volverá a tener más espacio que las tinieblas. Una feliz coincidencia porque nos invita a detenernos en la imagen del grano que, ciertamente, conoce la muerte, pero es una muerte que da fruto. Y sabemos por experiencia que el fruto de la semilla es la vida de la planta. La muerte no es la última palabra, sino la penúltima. 

Nuestro Dios es un Dios de vida, de fruto, de planta que crece: en estos días la tierra despierta, la naturaleza infunde fuerza, los árboles y los prados vuelven a florecer, los animales emergen del invierno. Una naturaleza que despierta corresponde a un hombre todavía presa de miedos, de preocupaciones. 

Pero el grano de trigo da vida: nuestro Dios es fecundo, está abierto a la vida, a la luz. Nuestro Dios libera, nos libera de la desolación: no quiere tenernos bajo tierra, pero sabe que estamos llamados a brotar. Jesús nos libera de las tierras estériles: si confiamos, lo que ciertamente no es fácil, entonces nuestra tierra puede volver a germinar. 

Hay un tiempo de espera, un tiempo de paciencia, un tiempo en el que la tierra parece dormir, todo está quieto, la vida parece una espiral descendente. Es el momento en que la semilla muere, dejando algo de sí misma. Un tiempo para vivir en silencio y espera paciente. Un silencio para habitar, no para huir. 

Hay heridas que sanan con silencio, no con palabras. Hay misterios que sólo pueden ser circunscritos laboriosamente por el silencio, que es espera, que es también confianza, posibilidad de escuchar otra Palabra. Hay un silencio terapéutico, un silencio bálsamo, un silencio curativo. Es el camino de la paciencia, el camino de la esperanza renovada. 

El grano de trigo muere en la tierra invernal, pero no como última palabra: se convierte en brote, se convierte en vida. Llega la vida. Es tiempo, verdaderamente, de ver los brotes de una nueva primavera. 

La primavera, además, nos invita a una nueva fidelidad a nuestra fidelidad al Padre, al Evangelio y al Reino: me refiero a la fidelidad al tiempo y al mundo futuro y a los que vendrán después de nosotros. 

Una atención que no basta con enunciarla, sino que debe traducirse en acciones concretas, exige acciones adecuadas y miradas proféticas, marcadas por el coraje de mirarse y dejarse mirar en las propias acciones, asumiendo el peso de la responsabilidad de dejar, con la propia presencia, un mundo mejor que el encontrado. 

La fidelidad al futuro exige pues ante todo saber habitar responsablemente el momento del presente. Queremos hacer nuestra parte. Sin remordimientos ni nostalgias. Con responsabilidad por el tiempo presente, con curiosidad hacia el tiempo futuro. 

Y siempre por caminos que nos llevarán donde hoy no conocemos.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El gusto de la sabiduría.

El gusto de la sabiduría

El éxito siempre se logra logrando un objetivo. La palabra “alegría” tiene otro significado: feliz, próspera. También tiene que ver con el término “leve”. Algo alegre y feliz sabe a ligereza. Las personas exitosas no siempre son felices. A menudo detrás de los éxitos externos se esconde un vacío interno. 

La sabiduría y la serenidad, por el contrario, caracterizan una vida feliz, plena y realizada, que tiene valor precisamente gracias a estos dos factores. La palabra latina para sabiduría es “sapientia”, que viene de “sapio”, que significa gustar, saborear y, por tanto, conocer. Sabio es el que se saborea a sí mismo, el que se acepta a sí mismo. El sabio emana una luz que percibimos con agrado. 

El conocimiento permanece en la superficie, la sabiduría llega a lo profundo. Va al corazón de las cosas. Inteligencia significa que una persona puede aprender bien y rápidamente. El ingenio es la capacidad de reaccionar rápidamente. 

La sabiduría, por el contrario, se caracteriza por la calma y la serenidad. El conocimiento es algo objetivo, sobre lo que nos rodea. La sabiduría siempre tiene una conexión conmigo mismo. Esto significa que me conozco y acepto todo sobre mí. También se refiere a la vida en su conjunto. 

Vivir también significa afrontar las crisis. Las crisis pueden llevarnos por mal camino: es una experiencia real ante la cual no debemos reaccionar inmediatamente buscando la serenidad. 

Para mí, los problemas son siempre, ante todo, un desafío, una oportunidad para poner a prueba la esperanza y la confianza. Por eso tratamos de encontrar, a veces lo hacemos junto a otras personas, un sentido que pueda darle a la vida, a pesar de todo. 

Cuando he acompañado a quienes están de duelo, obviamente también he tratado de no inducir simplemente serenidad. He intentado comprender, acoger a la persona con su dolor, tolerarla y dejarla que narre su propia historia. No debo decir que la muerte o la desgracia que sobreviene pronto tendrán sentido. De esa manera sólo haría daño. Sólo puedo preguntarme, junto con él o ella, qué sentido se puede dar a esta experiencia, cómo se puede reaccionar activamente, durante y después del duelo. Puede ser de ayuda tomar conciencia de que, con la tragedia vivida, muchas cosas superfluas pierden su sentido, llevándonos a enfrentarnos a preguntas profundas. Puede ser un camino viable, pero lleva tiempo. 

La serenidad, no hace falta decirlo, es un arte que no le resulta natural a nadie. Una crisis nos obliga a abandonar la idea de que todo estará bien y que siempre tendremos éxito. Si estamos dispuestos a dejar de lado nuestras ideas de vida y nuestro propio ego, que cree que todo gira en torno a él, entonces, con el tiempo, surgirá en nosotros una nueva perspectiva y una actitud diferente. Para la filosofía estoica la sabiduría consiste en desprenderse de lo que no está en mi poder y querer dar forma sólo a lo que sí está en mi poder. 

La sabiduría es también la capacidad de preguntarse qué es realmente importante en la vida, en lugar de preguntarme siempre qué obtendré… La sabiduría está libre de la ansiedad de querer obtener algo y se ocupa de preguntas existenciales sobre lo humano: ¿de dónde vengo? ¿A dónde voy? ¿Quién soy yo? ¿Qué me espera? 

Sabemos que en todas las épocas la gente se ha planteado preguntas similares sobre el misterio de la vida, ya sean los filósofos griegos, los sabios chinos o incluso los pueblos indígenas. Cuando hablamos de “sabiduría de los pueblos” nos referimos a caminos y enfoques diferentes, pero con aspectos esenciales sorprendentemente similares y cercanos. 

Quizá, ¿o seguramente?, de eso de lo que se trata: de aceptarse a uno mismo, pero sin darle demasiada importancia. Parte de la sabiduría que viene con los años es liberarse de la tiranía del ego, de la presión de nuestra autoimagen, de tener que demostrar algo y justificarnos. Así es como entramos en contacto con nuestro verdadero yo, lo que relativiza el ego. Por eso un anciano sabio no se preocupa por no ser el centro de atención cuando ya no es necesario. Él es completamente él mismo. 

Esto significa estar exactamente en tu centro y no dejarte mover de él tan fácilmente. Aquellos que son verdaderamente ellos mismos ya no dan importancia a su ego ni a la opinión que los demás tienen de ellos. Sin embargo, una de las virtudes de envejecer bien es saber compartir la propia vida con los demás y permanecer abierto a ellos. 

Y no quiero decir que la sabiduría tiene que ver principalmente con la vejez. La experiencia de mis años viviendo, acompañando, cuidando ancianos, no me permiten hacerlo. Estamos acostumbrados a asociar la sabiduría con la vejez, es decir, con una mayor experiencia vital. Y no hay que dar por automática e ineludible esa asociación. Mi experiencia ciertamente lo desmiente. 

Y, aunque no sea casualidad que los “ancianos sabios”, hombres y mujeres, gocen de gran estima en algunas culturas, también está la sabiduría del niño. A menudo intuye lo que es importante y dice cosas que a los adultos nos llenan de asombro. 

Y es que la sabiduría no se mide por los años del Documento Nacional de Identidad, ni por las canas, ni por las responsabilidades habidas,…, se mide por cómo afrontamos las experiencias, especialmente las crisis y el dolor. A veces la sabiduría aumenta precisamente al afrontar y superar las crisis, pero el proceso no es automático. Las crisis pueden cambiar nuestras vidas para mejor o empeorarlas. La sabiduría consiste en salir mejorado de las crisis. 

Algunas situaciones de la vida pueden ofrecer una perspectiva que fomenta la sabiduría: hay que aprender a transigir, a no poder controlarlo todo. 

Hay una sabiduría está asociada con ser internamente libre y no depender más del reconocimiento de los demás. Ya no tienes que doblegarte más y puedes ser simplemente tú mismo. Esta actitud está siempre conectada con la confianza y la esperanza y está libre del deseo de control. La sabiduría también significa aceptar la vida en sus altibajos, en sus buenos y malos momentos, y mantener la calma interior en todas las tormentas. 

Hoy en día lo importante para mí es vivir el presente con gratitud. Disfrutando el momento y al mismo tiempo sabiendo que mi vida –por mucho que dure- es limitada. Cada vez veo más cercano el umbral del final. Si creo que la muerte significa una transformación hacia una vida plena, más allá del tiempo, entonces eso ya me da mucha paz interior incluso ahora, en el tiempo. 

La serenidad y la esperanza son los acordes clave del espíritu. Con la esperanza de que mis días estén en las manos del Señor, ruego a nuestro Padre: que el Reino de Dios venga a mí, que Él reine cada vez más en mí y aleje de mí todos los demás poderes, como la envidia, el miedo y el deseo de reconocimiento. 

Cuando pido “hágase tu voluntad”, no tengo miedo de que la voluntad de Dios entre en conflicto con la mía. Tengo fe en que pase lo que pase, todo estará bien. Entonces puedo estar tranquilo y abierto, diciendo sí al cambio que siempre conlleva morir para resucitar. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Niños.

Niños 

Todos hemos sido esos pequeños rodeados de las figuras a veces temerosas, a veces cariñosas, que son los grandes. 

La condición infantil representa nuestra relación con lo humano, tanto en países donde las voces de los niños son un telón de fondo, como en ciudades de hijos únicos en países europeos con las tasas de natalidad más bajas del mundo. 

En la paz como en la guerra, los niños son el logotipo

Si escarbamos en la memoria, nos damos cuenta de que el recuerdo de la guerra suele fijarse en torno a una instantánea que amenaza al futuro del ser humano que es todo niño: el niño del gueto de Varsovia, la niña vietnamita quemada por el napalm, el pequeño de Soweto con su amigo muerto en brazos, el padre palestino que no puede proteger a su hijo, los niños afganos e iraquíes con goteros y muletas...

Son retratos para decir basta a la escalada del conflicto, para sacudir las opiniones, para conmover: son siempre las señas de identidad del horror de todos los tiempos

La infancia puede ser una promesa de transformación, la posibilidad de crecimiento de todo el ser humano. 

El Maestro Jesús del Evangelio de Mateo que dice "Si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos", sigue guiando, más o menos inconscientemente, la maravilla y sorpresa siempre infinitas de la vida y buena parte de mi reflexión sobre la infancia. 

Dónde queda aquella infancia capaz de contener la nostalgia y la sensación de plenitud. Dónde queda aquella infancia, aquel lugar y aquel tiempo que ya ha sido y que está por venir. Los porqués repetidos por cada niño. Como un retorno a algo que no sé si fue el paraíso pero que contenía una promesa. 

Hablar de niños es nombrar la posibilidad de la llegada del Reino que no sé si ha existido pero que siempre es posible

No me he olvidado del espíritu de la infancia. Tampoco de la débil y frágil vida. La llegada de lo nuevo asusta, lo invisible impacta con su imprevisibilidad, su belleza, su fragilidad, su dependencia. Su pequeñez necesitada. 

Me resulta inquietante cómo la exposición a la vida de tantos niños se ve amenazada, cuando no negada, mientras tantas veces el mundo controlado y previsible del adulto avanza y quiere imponerse incluso a fuerza de violencia. 

El Maestro Jesús sigue susurrando "Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo impidáis". 

La pequeña vida de la infancia es una invitación a pensar en un proyecto cuyo horizonte está abierto porque anuncia el futuro que está por venir. 

Volver la mirada a la infancia es un regalo para un adulto que acoge la nueva vida como una promesa de futuro, o para quien acaba de tener un bebé, o también para quien busca un camino hacia la espiritualidad. 

Porque uno se arriesga hasta perderse si no puede acoger, aceptar, cuidar de esa miniatura del ser que es la infancia. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Desarmar la palabra.

Desarmar la palabra 

Desarmar la palabra… fue una carta que el Papa Francisco escribió desde su convalecencia hospitalaria al Director del Periódico ‘Corriere della Sera’. Era una intervención, creo, oportuna y necesaria también porque ayudaba, y sigue ayudando, a pensar sobre el uso que hacemos de las palabras. 

Tal vez vivimos en la ilusión de elegir las palabras y, en cambio, son las palabras las que nos eligen a nosotros: tienen un poder revelador y dicen mucho sobre nuestra manera de ser, nos definen en nuestra relación con nosotros mismos, con el mundo, con los demás. De hecho, ya Ludwig Wittgenstein sostuvo que las palabras son como la película superficial de un agua profunda. 

La palabra tiene una naturaleza dual, está siempre en equilibrio entre el poder y la impotencia. 

Por una parte, es la expresión de la grandeza humana, es el λóγος que vence al caos, es la fuerza en la que se ha reconocido el sistema de pensamiento occidental desde Sócrates hasta Hegel, es la quidditas que distingue al ser humano de los animales. 

Pero esta fuerza puede fácilmente convertirse en arrogancia, la de quien pretende, precisamente, tener siempre "la última palabra". Las palabras pueden incluso convertirse en verdaderas armas que dañan. Y la forma en que los utilizamos es el indicador que revela nuestras intenciones, nuestra cara más auténtica. 

Por otra parte, las palabras también pueden expresar nuestra fragilidad: a menudo nos faltan, nos fallan, no las encontramos. Y no se debe a un vocabulario pobre o a la ignorancia, sino a la dificultad de forzar, dentro de los estrechos límites del λóγος, el magma de emociones que se agitan en nuestro corazón. Experimentamos así la debilidad del supuesto poder definitorio de la palabra. Una complejidad, ¿dificultad?, que tenemos que tener muy clara: no siempre la palabra cuadra por todos lados nuestros pensamientos, sentimientos,…, sin forma. De hecho, casi nunca cuadra. 

Sí, las palabras son a la vez pobres y poderosas, son la frontera siempre movediza entre el poder y la debilidad. Reflexionar sobre el valor de las palabras en el mundo contemporáneo es casi un deber. En tiempos de manipulación deliberada e instrumental de la palabra es más necesaria y obligada, en una época de verdadera expulsión de la palabra, a competir con formas de comunicación digital y de intercambio virtual, a menudo confiadas a emoticonos y mensajes de texto.   

¿No habrá que devolver al lenguaje el poder generador de significados y experimentar así lógicas inexploradas, dando voz a lo que está reprimido, es inexpresable o tal vez aún desconocido? ¿No habrá que abrir posibilidades, desencadenar posibles hilos de comunicación, crear alternativas? Las palabras sin búsqueda son palabras estériles: inútiles en las relaciones, inútiles en la educación, inútiles en el cuidado. Y fruto de la búsqueda son palabras liberadas de los cansinos patrones de las cadenas verbales ordinarias y yuxtapuestas tantas veces de forma surrealista. 

¿No habrá que organizar la resistencia de la palabra hablada, pronunciada, acompañada de la fisicidad de quienes la utilizan: gestos, miradas, voz, tono, cuerpo,…? ¿No habrá que emprender la resistencia de la palabra también contra la no-palabra de lo artificial, de lo digital, de lo virtual? ¿No habrá que proteger la palabra de aquella deriva de la palabra que está produciendo riesgos enormes y fácilmente reconocibles? 

La pretensión de dar a las palabras el poder de la exactitud objetiva: hoy en día, las palabras se hacen firmes mediante pruebas, cuadrículas, mediciones,… Es una patología bien presente, por ejemplo, en el mundo de la educación. Y, en cambio, debe quedar claro que enjaular las palabras es el primer paso hacia la censura.

La ambigüedad ideológica del lenguaje político: orwellianamente, a las verdaderas expediciones de guerra se las llama «misiones de paz», o se define apodícticamente como «buena escuela» una ley que, bien mirado, ha sido la causa del empeoramiento represivo de cualquier libertad de enseñanza y de cualquier espíritu crítico en el aprendizaje. 

El miedo a la polisemia y a la Babel lingüística, la ilusión de la reductio ad unum de los significados como sinónimo de estabilidad y seguridad. El ser humano siempre ha intentado extinguir la parte humilde de sí mismo. Su esfuerzo ha sido siempre aspirar a la construcción de un discurso ordenado. Y, en cambio, el más claro y ordenado de los discursos, aunque tranquilizador, puede convertirse en la más peligrosa de las ilusiones. Pensar que decir equivale a saber y que hablar equivale a saber… impide al orador verse a sí mismo mientras habla, impide observar las palabras como lo que son: palabras, sólo palabras. 

Sin embargo, vivimos de palabras, con palabras, gracias a las palabras, y la calidad de nuestra vida asociada depende de su uso. 

El número de palabras conocidas y utilizadas es directamente proporcional al grado de desarrollo de la democracia. Pocas palabras, pocas ideas, pocas posibilidades, poca democracia; cuantas más palabras se conozcan, más rico es el debate político y, con ello, la vida democrática. Más palabras, más democracia; más palabras, más encuentro y debate; más palabras, más humanidad. Pero la guía de nuestros discursos debe ser una conciencia constante del poder y la fragilidad de las palabras. 

Precisamente para que sobrevivan la democracia, el debate y la humanidad, es necesario desarmar las palabras. Encontrar un posible equilibrio entre poder y fragilidad es un noble empeño: desarmar las palabras y hacer de ellas un terreno fructífero para el encuentro significa no apuntarlas nunca como armas contra el otro. 

Ellas, las palabras, son todo lo que podemos. Y, simultáneamente, todo lo que no poseemos. Elegirlas bien significa comprometernos a construir un mundo mejor, intercalándolas, si acaso, con los silencios oportunos, necesarios para aplacar las emociones negativas y permitir que afloren las positivas. Dejar que las palabras nos elijan significa salvaguardar la autenticidad profunda de nuestro decir, la genuinidad de nuestras emociones, sentimientos, pensamientos… 

Desarmar la palabra… es también una llamada a aprender a liberar las palabras de sus incrustaciones y petrificaciones habituales, que se insinúan y se arrastran en modas, en estereotipos, en convenciones lingüísticas. 

¿No habrá que emprender un trabajo de lento des-aprendizaje que consista en desentrañar los supuestos de nuestras palabras para mutarlas, para evitar “el siempre se ha dicho” y “el siempre se ha dicho así”? ¿No habrá que dejar un espacio a la imaginación que tiene su propia gramática, distinta, sin embargo, de los patrones convencionales y que por eso es libre y creativa? 

Aprender a des-entrañar las palabras, desencadenar procesos de trans-/des-formación, jugar con los significados para descubrir nuevas lecturas del mundo es un proceso que comienza de niño

Puede parecer un ejercicio difícil, pero es una aventura en la que está en juego nuestra manera de estar entre los hombres y de cultivar nuestra humanidad - dum inter homines sumus, colamus humanitatem (Séneca) -. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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