Discernir lo más precioso y valioso: la sabiduría del
Reino - San Mateo 13, 44-52 -
La vida avanza como un río kárstico. Fluye bajo la tierra
incluso cuando todo parece estar quieto. Crece en silencio, mientras nosotros
solo vemos lo poco, el fragmento, el esfuerzo.
Así es el Reino de Dios. Jesús habla del Reino como
de un descubrimiento. «Es como un tesoro». Cuando lo
encuentras en ti, cambia para siempre tu forma de ver la vida.
Hay un hombre que tropieza con un tesoro. Hay un
comerciante que por fin encuentra la perla preciosa. Y ambos, a partir de ese
momento, ya no son los mismos. La vida los atrapa. La belleza los conquista.
Una pasión los guía. Y todo lo que antes parecía importante se relativiza, se
pone en su sitio y así recupera su valor.
Podemos comprender la parábola del tesoro y de la perla a
través de la experiencia más elemental del amor humano.
Cuando dos personas descubren que se aman, se dan cuenta
de que entre ellas ha ocurrido algo que ninguna de las dos puede darse a sí
misma. Ha aparecido una Presencia, un Tercero, que transforma su relación y las
abre a ambas a una vida más grande. Un sentimiento de sorpresa las invade: «Hay
algo entre nosotros».
Es quizás el descubrimiento más sorprendente del amor.
Pero ese «algo» no es simplemente una emoción, ni la suma de dos
vidas que se encuentran. Es la presencia de un «Tercero».
Un misterio que ninguno de los dos produce y que ninguno de los dos posee. Es
el tesoro escondido, la perla preciosa: una Presencia que, precisamente al
unirlos, los abre más allá de sí mismos.
El amor auténtico no encierra a los dos en un círculo,
sino que los abre a un Tercero. Es este «algo más» lo que, en la
atracción entre ambos, se manifiesta con vistas a su enriquecimiento. Donde
cada uno de los dos crece porque recibe continuamente vida «del otro del
Otro».
Es exactamente la lógica evangélica del Reino: el tesoro
no es simplemente el otro, «tú eres un tesoro», sino Aquel que se
manifiesta en la relación entre mí y el otro y la hace fecunda. El Reino
de Dios que anuncia Jesús no es un bien que se suma a los demás, sino la
Presencia que transfigura todos los bienes.
Quien encuentra el tesoro no pierde la vida: la recupera.
La alegría precede a toda renuncia, porque nadie lo deja todo por el vacío,
sino por una plenitud mayor. El Evangelio no estrecha el corazón: lo ensancha.
No resta: aumenta. La vida crece por atracción, no por coacción. Como la
semilla. Como la levadura. Como un manantial que, al dar agua, ensancha su
curso.
El Reino introduce una dinámica de crecimiento sin fin:
lo que recibes se convierte en don, lo que das vuelve fecundo. El amor no se
agota en quien ama, sino que se multiplica abriéndose al Tercero que lo habita.
Jesús no ocupa un lugar en la vida: se convierte en su
centro gravitatorio, generador. Todo permanece —los afectos, el trabajo, los
bienes, los deseos—, pero todo recupera su justo orden según la justicia.
Para comprender el alcance de la parábola evangélica,
podemos ahora medirnos con la oración de Salomón de 1 Reyes 3, 5. 7-12:
«Pues bien, yo no
soy más que un muchacho; no sé cómo actuar. Tu siervo se encuentra en medio de
tu pueblo elegido, un pueblo numeroso que, por su cantidad, no se puede
calcular ni contar. Concede a tu siervo un corazón dócil, para que sepa hacer
justicia a tu pueblo y distinga el bien del mal; pues, ¿quién puede gobernar a
este pueblo tuyo tan numeroso?».
Salomón podría haber pedido riqueza, éxito o poder. En
cambio, pide un corazón capaz de discernir el bien del mal. Y ese es
precisamente el propósito de las parábolas.
También aquí la sabiduría que Salomón pide no es un don
que se suma a los demás, sino más bien aquello que permite al rey gobernar bien
todo lo demás: la riqueza, la responsabilidad y el poder. Pide un corazón que
sepa reconocer lo que realmente vale. El discernimiento es la forma más elevada
de sabiduría.
Por eso la tradición cristiana habla de discernimiento.
Discernir no significa simplemente analizar. Significa escuchar los movimientos
del corazón, reconocer lo que conduce a la vida y lo que la limita, distinguir
lo que ensancha lo humano de lo que lo empobrece.
Discernir es un acto que involucra a la vez la
inteligencia, los afectos, la libertad y la conciencia. Discernir es un don del
Espíritu. Lo que denominamos discernimiento es algo que no se puede reducir a
ninguna forma innovadora de cálculo o recuento.
Hoy en día, este don se vuelve aún más valioso. Vivimos
en la era de la inteligencia artificial.
Las máquinas procesan, calculan, predicen. Pero ningún
algoritmo puede discernir. Puede reconocer patrones. Pero no puede reconocer el
bien. Puede procesar probabilidades. Pero no puede asumir una responsabilidad.
Puede clasificar un rostro. Pero no puede mirarlo ni admirarlo.
La conciencia no es un algoritmo más refinado. Es el
lugar donde la libertad, la verdad, los afectos y la responsabilidad se
encuentran ante el bien.
Por eso, el Papa León XIV insiste con fuerza en la
necesidad de educar el discernimiento, reservando momentos de silencio,
estudio, diálogo e incluso un saludable «ayuno de inteligencia artificial»,
para que el corazón humano no sea sustituido por la eficiencia del cálculo
(Magnifica Humanitas, 140). El futuro de una persona nunca es calculable. Cada
hombre habita siempre la posibilidad.
Porque ningún sistema de cálculo puede sustituir a una
conciencia que discierne. El riesgo no es solo tecnológico: es creer que todo
puede medirse. Así, la sabiduría es sustituida por la eficiencia, la relación
por el rendimiento, el juicio por la puntuación (Magnifica Humanitas 140).
Pero el futuro de una persona nunca es calculable. Allí
donde un algoritmo ve una probabilidad, Dios sigue viendo una posibilidad. Una
herida puede convertirse en manantial. Un error puede dar lugar a una
conversión.
Por eso necesitamos silencio, oración, momentos en los
que madure el corazón. El discernimiento crece lentamente, como la semilla en
el campo (Magnifica Humanitas 140).
Es precisamente este entrelazamiento de instituciones
justas, testimonios creíbles y fidelidades cotidianas lo que mantiene viva la
esperanza. La humanidad, magnífica y herida, no debe ser sustituida ni
superada. Puede acoger las innovaciones que alivian los sufrimientos y abren
nuevas posibilidades, siempre que no renuncie a lo que la hace ser ella misma:
la capacidad de relacionarse y de amar (Magnifica Humanitas
126).
La belleza de Dios es el tesoro de la vida. Y es una
belleza que no humilla al hombre, sino que lo hace florecer.
El tesoro en el que hay que invertir es la vida humana en
su totalidad, es cada persona en su condición de imagen del Único y en relación
con los demás, sus semejantes. Se compra el campo. Se encuentra el tesoro. Pero
nunca se compra al hombre. Ninguna persona puede convertirse en mercancía. Cada
vez que un ser humano es vendido, explotado, reducido a un instrumento, se
vulnera la dignidad del hombre y se traiciona el Evangelio.
El Papa León XIV recuerda que la lucha contra toda forma
de trata y de esclavitud moderna pertenece al corazón mismo de la fe (Magnifica
Humanitas 177). Jesús nos enseña a contemplar en el rostro de cada hombre una «magnífica
humanidad» (Magnifica Humanitas 233), llamada a la plenitud de la vida
(Magnifica Humanitas 1).
La técnica puede aliviar muchos sufrimientos. Pero no
puede sustituir al corazón. La humanidad no debe ser superada, sino custodiada,
porque solo el hombre sabe amar, perdonar y entablar relaciones (Magnifica Humanitas
126).
Allí donde se reconoce detrás de cada rostro a una
persona a la que amar y no a un dato que procesar, allí está el tesoro del
Reino. La fe en Jesús custodia un tesoro que ninguna economía ni ningún poder
pueden medir: la dignidad inviolable de cada persona.
El futuro de una persona nunca es completamente
predecible. Dios mismo sigue sorprendiendo a la historia a través de lo que
parece improbable. El discernimiento crece con el tiempo, como la semilla en el
campo. No nace de la rapidez de la respuesta, sino de la paciencia de la
maduración (Magnifica Humanitas 140).
Así retrata Jesús el rostro del escriba convertido en
discípulo del Reino. El escriba del Reino «saca de su tesoro cosas nuevas
y cosas antiguas». Son las cosas nuevas las que permiten no solo
custodiar, sino también transmitir la Tradición, generando vida y dejando que
la Escritura siga haciéndose carne en el seno de la historia.
Muchas veces sabemos repetir bien las palabras antiguas.
Más difícil resulta encontrar palabras nuevas que devuelvan la vida al
Evangelio para los hombres de nuestro tiempo. El discípulo no es el guardián de
un archivo. Es el servidor de una fuente.
Este tesoro lo tenemos en vasijas de barro. Frágiles
somos nosotros. Frágil es la Iglesia. Frágil es el corazón humano. Y, sin
embargo, Dios sigue depositando en este barro su oro vivo. Mucho permanece
oculto. Mucho germina en el silencio. Ningún acto de amor se pierde. Ninguna
fidelidad es inútil. Cada gesto de bondad sigue circulando por el mundo como
una fuerza secreta de resurrección.
El tesoro, más que un cofre, es un seno. Como María,
guardamos este tesoro en el corazón, para que el Evangelio siga mostrando al
mundo la belleza de una magnífica humanidad habitada por Dios (Magnifica Humanitas
245).
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF