miércoles, 25 de marzo de 2026

¡Amigo!

¡Amigo! 

Judas y Jesús. Ambos murieron por medio de la madera: el primero, ahorcado tras suicidarse, y el segundo, crucificado. Desesperación y glorificación. Unidos por un destino: uno el de traicionar, el otro el de ser traicionado. 

Seguramente el análisis de las Sagradas Escrituras, más allá de lo que se puede deducir objetivamente de su lectura, ya sea desde una perspectiva espiritual o puramente literaria, abre numerosas posibilidades de interpretación sugeridas por la simbología. 

En la inmersión en los misterios de la Pasión, seguramente renace un pensamiento incómodo, una pregunta sobre aquel que, de hecho, hizo posible su cumplimiento: Judas. 

Su figura ha marcado la cultura occidental: en todas las lenguas modernas, o casi, «Judas» es sinónimo de traidor. El nombre arrastra una marca de infamia y desprecio: después de todo, la «entrega» de Jesús por parte de Judas es un acto de tal gravedad que, si en latín «traicionar» se dice prodo, en castellano «traicionar» es «entregar». 

Tantas veces nos hemos preguntado sobre Judas: ¿quién era realmente? ¿Qué le impulsaba? 

Algunos, interpretando su figura desde una perspectiva histórica, vieron en él a un discípulo lleno de fervor, uno de los muchos que, sin embargo, pensaban en el Mesías como en un revolucionario político; luego, al darse cuenta de que no era así, Judas habría actuado impulsado por la decepción y las esperanzas traicionadas. 

¿Podemos preguntarnos por la «otra pasión», precisamente la de Judas, que traiciona para que pueda consumarse el sacrificio del amigo y Maestro hasta suicidarse aislado en un sentimiento de culpa? ¿Fue la traición realmente necesaria? 

Jesús, que lo imaginamos presa de la inquietud en el momento supremo, ¿por qué debería ser sacrificado para propiciar la salvación? Jesús pronuncia, en la Última Cena, palabras sin apelación para el traidor: «El Hijo del Hombre se va, como está escrito de Él; pero ¡Ay de aquél por quien el Hijo del Hombre será entregado! Más le valiera a ese hombre no haber nacido». 

¿Era inevitable el acto de Judas? ¿Y por qué no pudo salvar su alma pidiendo perdón? Una de las afirmaciones más recurrentes es que Judas mereció el infierno no tanto por la traición, sino por el pecado de la desesperación. Pero incluso Jesús abre las puertas de la misericordia de Dios también para con Judas llamándolo “amigo” mientras él lo besaba para traicionarlo: «¡Amigo, con un beso traicionas al Hijo del hombre!». 

La figura de Judas, en el fondo, es el símbolo por excelencia de una traición de la que nadie se salva: quien nunca haya traicionado a un amigo, un ideal, un propósito, que levante la mano; es más, que lance la primera piedra. 

Y tal vez, en su foro interno, el traidor se consuela con aquella máxima de Catalina de Médicis: «¿Qué es, en el fondo, la traición? La capacidad de adaptarse a los acontecimientos». 

Y entonces: ¿hay esperanza para los traidores? 

No sabemos qué le pasó por el alma. Es uno de los personajes más misteriosos que encontramos en la Pasión del Señor. ¡Y hay unos cuántos personajes misteriosos, incluso anónimos, en la Pasión! 

«¡Amigo, con un beso traicionas al Hijo del hombre!». 

¡Amigo! 

Esta palabra transmite la ternura de Jesús. Él había dicho en el Cenáculo: «No os llamaré siervos, sino amigos». Los discípulos se convirtieron en amigos del Señor: buenos o no, generosos o no, fieles o no, siguen siendo siempre amigos. 

Nosotros podemos traicionar la amistad de Jesús, pero Jesús nunca nos traiciona a nosotros, sus amigos; incluso cuando no lo merecemos, incluso cuando nos rebelamos contra Él, incluso cuando lo negamos. 

Ante sus ojos y ante su corazón, seguimos siendo siempre amigos del Señor. Judas es amigo del Señor incluso en el momento en que, al besarlo, consumaba la traición al Maestro. 

¿Cómo es que un apóstol del Señor acabó como traidor? ¿Conocemos el misterio del mal? ¿Sabemos decir cómo nos volvemos malos - valga la expresión -? 

Ninguno de nosotros, en un momento dado, ha descubierto el mal dentro de sí mismo. Hemos visto crecer el mal, ni siquiera sabemos por qué en ocasiones hasta nos hemos abandonado al mal. Ni siquiera sabemos por qué le hemos dado la espalda al bien. En un momento dado, he aquí que salió el mal, ¿de dónde salió? ¿Quién nos lo enseñó? ¿Quién nos corrompió? ¿Quién nos quitó la inocencia? ¿Quién nos quitó la capacidad de creer en el bien, de amar el bien? 

Tal vez alguien debe de haber ayudado a Judas a convertirse en el Traidor. Hay una palabra en el Evangelio que no explica el misterio del mal de Judas, pero que nos lo pone ante los ojos de una manera impresionante: «Entonces Satanás entró en Judas». Se apoderó de él. Alguien le sedujo y le introdujo en el mal. 

El oficio de Satanás es destruir la obra de Dios, desolar la humanidad, sembrar la duda, insinuar la incredulidad, quitar la confianza en Dios, borrar a Dios de los corazones de tantas criaturas... Esta es la obra del mal, es la obra de Satanás. Ha actuado en Judas. Y puede actuar también dentro de nosotros. 

Tal vez también por eso Jesús había dicho a sus discípulos allí, en el Huerto de los Olivos, cuando los había llamado a su lado: «Velad y orad para no caer en tentación». 

El Viernes Santo, al descubrir la cruz, incluso podemos ver que hay dos patíbulos: está la cruz de Jesús. Y hay un árbol donde el traidor se ahorcó. Seguramente el mayor de los pecados no fue el de vender a Jesús… sino el de desesperar. 

También Pedro había negado al Maestro; y luego lo miró y se echó a llorar, y el Señor lo volvió a colocar en su lugar. Todos los discípulos abandonaron al Señor y regresaron, y Jesús los acogió de nuevo con la misma confianza. 

¿No habría habido lugar también para Judas si hubiera querido, si se hubiera llevado a los pies del Calvario, si lo hubiera mirado al menos en una esquina o en un recodo del camino del Vía Crucis? La salvación habría llegado también para él. 

La cruz de un Inocente y el árbol de un Traidor. Los clavos y una cuerda. Tal vez hasta podemos comparar estos dos finales. 

No podemos evitar pensar que para Judas la misericordia de Dios, ese abrazo de caridad, esa palabra «amigo» que le dijo el Señor mientras él lo besaba para traicionarlo, …, esa palabra no haya calado en su pobre corazón. 

Y tal vez en el último momento, recordando esa palabra y la aceptación del beso, también Judas sintió que el Señor aún lo amaba y lo recibía entre los suyos allá. 

Quizás, yo no lo sé, fue el primer apóstol que entró junto a los dos ladrones en el paraíso. Ésta sería una muestra más de la grandeza de su misericordia. 

Nos adentramos ahora en el misterio de la Semana Santa. También quiero pensar por un momento en el Judas que hay dentro de mí. Y quiero pedirle a Jesús, al Jesús que entra en trance de Pasión, al Jesús que nos acepta tal como somos, que me llame amigo. Ésta es la gracia pascual que le pido. 

La Pascua es esta palabra dicha a un pobre Judas como yo. Esta es la alegría: que Jesus me ama, que Jesús nos perdona, que Jesús no quiere que desespere. Incluso cuando… recordar siempre que para Él siempre seré «¡Amigo!». 

¡Amigo!

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La Buena Noticia de tu nombre, María.

La Buena Noticia de tu nombre, María

Te invito a orar contemplando, admirando y agradeciendo: https://www.youtube.com/watch?v=ykihAuW4cRs 

Me pregunto: ¿era realmente necesario incluir la Anunciación a María en la historia de Jesús? 

Si en el centro del relato del Evangelio está el Hijo de Dios hecho hombre, ¿por qué «perder el tiempo» contando también este episodio que concierne a su madre? ¿Dónde está la «buena nueva» de este pequeño relato? 

Quizás se haya incluido en el Evangelio para mostrarnos el buen ejemplo de María, capaz de aceptar con generosidad y valentía esta gran y difícil tarea que se le ha encomendado. 

Y también podría hacernos hacer un buen examen de conciencia sobre nuestra escasa capacidad de escuchar al Señor, dado que siempre estamos tan absortos en escuchar las muchas voces del mundo, de los medios de comunicación, de las charlas inútiles que nos distraen de las palabras más importantes de Dios, al contrario de María, que prestó atención de inmediato a las palabras del ángel. 

Sin embargo, tal interpretación de este episodio de la Anunciación no responde a la pregunta fundamental: ¿en qué sentido esta historia es «Evangelio», es decir, «Buena Noticia»? ¿Es solo una de las muchas historias edificantes con moraleja final? 

La Anunciación es «Evangelio» precisamente porque nos habla de Dios, que elige pasar por el «estrecho» de una vida humana pequeña y normal para entrar en la historia del mundo con su don de Salvación, que es Jesús. 

No sabemos nada de la vida de María, nada heroico o especial que pueda situar a esta joven por encima de otras chicas o mujeres de su época. No es una reina, una líder, hija de algún poderoso o personaje famoso. 

Creo que si se quisiera hacer una película sobre la vida de esta joven de Nazaret, habría que inventarse algo diferente y ficticio para poder hacerla realmente atractiva para el público y no aburrirlo. 

En los relatos de los Evangelistas es la historia de su hijo la que destaca, mientras que ella aparece muy pocas veces y sin especial revuelo. 

Es esto, en mi opinión, lo que hace que María sea «simpática», precisamente porque es una de nosotros. Dios la elige en su normalidad para una tarea extraordinariamente grande. Ahí está la «Buena Noticia» para mí, que hoy leo su historia. 

Y la leo no para encontrar en ella enseñanzas morales o exámenes de conciencia, sino ante todo un anuncio que quiere devolverme la esperanza: ninguna historia queda excluida del plan de Dios, y el Todopoderoso se manifiesta verdaderamente en la normalidad de la vida. 

Y tal y como el ángel le dice a María: «nada es imposible para Dios», incluso dentro de mis limitadas posibilidades y capacidades. No hace falta salir en la tele ni ser elegido presidente de los Estados Unidos de América para hacer algo importante que marque la historia. 

Si creo en lo que le sucedió a María, entonces yo también sé que, a través de mis pequeños «» cotidianos, dejo que Dios entre en la historia del mundo. 

Si hay una enseñanza que destacar en este relato, es la de adoptar una actitud más positiva hacia la propia vida, una actitud menos centrada en uno mismo y en los propios problemas. 

Y de este relato surge también una tarea, que es la de convertirnos en dispensadores de esperanza, diciendo a quienes nos rodean, especialmente si están tristes y abrumados por los pesos de la vida, que precisamente allí donde viven, precisamente allí donde sienten que su vida y lo que hacen tienen poco sentido, Dios está presente. 

La presencia de Dios, antes incluso que ser un juicio, es una propuesta y un aliento, tal y como lo fue para María. 

El ángel (que es la voz de Dios) nada más entrar en escena se dirige a ella con palabras positivas: «Alégrate, llena de gracia: el Señor está contigo». 

Sería hermoso que las primeras palabras que nos dirigimos, cada vez que nos encontramos, nunca fueran palabras de acusación inmediata, de juicio definitivo o de orden perentoria, sino que fueran siempre palabras (y también actitudes) con las que nos comuniquemos mutuamente alegría y esperanza. 

Esto hace que incluso nuestras vidas, tan normales, se conviertan en como las de la tan normal (pero por eso grandísima) María… 

Hay nombres que son también sabores, que cuando los pronuncias dejan en los labios un sabor que perdura, como el recuerdo de un beso. María, tu nombre es dulce. 

Porque así te siento, María, tan cerca de mí. Y ya no tengo miedo de sentarme entre Tú y Gabriel, entre la fuerza de la espera y el valor de una vida que lo abarca todo. 

Y me imagino a tu Hijo así, de verdad, embarcado conmigo, ligado a mi historia, encarnado en la vida cotidiana… tantas veces amarga pero siempre bendita. 

Yo me imagino así, al Señor, porque al final la historia siempre es buena, todo deja tras de sí un nuevo nacimiento. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 24 de marzo de 2026

Se trata de acompañar, es decir, de caminar juntos.

Se trata de acompañar, es decir, de caminar juntos

Sí, siempre nos lo repetimos: vivimos en la era de la sobreinformación, que nos impide estar informados; del individualismo exacerbado, que destruye las relaciones; de la política vaciada por el populismo; de los oligarcas y los plutócratas que hacen lo que quieren, incluida la declaración de guerras ilegítimas (como todas las guerras, por cierto) … 

En definitiva, ya no sabemos quiénes somos ni adónde queremos ir. Ya no somos capaces de responder a la pregunta: ¿cómo podemos mirar hacia el futuro? Y más concretamente: ¿cómo podemos mirar hacia el futuro como creyentes? 

Una primera respuesta puede ser ésta: necesitamos una pausa. Empecemos a pensar de nuevo. A mirar a nuestro alrededor. Porque si todo esto es cierto, también lo es que quizá, dentro de una realidad compleja, fragmentada y aterradora como la nuestra, podamos —y debamos— encontrar signos de esperanza a los que aferrarnos para cambiar de rumbo. 

Porque esto también es una cuestión de miradas.: de detenernos, para leer en los puntos sensibles de nuestro tiempo, en busca de señales que nos ayuden a responder a la pregunta sobre el futuro. 

Es necesario seguir caminando (a pie, quizá, porque caminar es la mejor manera de hacerlo), porque no hay felicidad para el hombre que no camina. Cada itinerario nos construye, es una búsqueda en el mundo, pero antes aún dentro de nosotros. Y, por otra parte, ¿no es acaso el camino la metáfora más utilizada para describir la vida? 

Es cierto, de hecho, que necesitamos un lugar donde detenernos, construir relaciones, sentirnos en casa. Pero si la forma de vivir se solidifica hasta petrificarse, si los lazos se esclerotizan y pierden flexibilidad, si la casa se cercó, si la tierra se defiende a toda costa, si las tradiciones se entumecen, …, ya no hay aroma, sabor ni aliento. 

Solo si el hogar, la tierra, los lugares que habitamos, los vínculos que tejemos, se abren a un espacio más amplio, pueden ser para nosotros verdaderamente un espacio de vida. 

Es cierto que todo camino conlleva riesgos y peligros, pero sin él no habría vida, ni experiencia, ni conocimiento: solo la defensa exasperada de nuestras propias seguridades. Que se convierten así en una prisión. 

Y mientras se camina… traspasar fronteras. En realidad, la reacción más común ante el cambio, que nos envuelve vertiginosamente, es precisamente la de encerrarnos en nuestras propias fronteras: lo que pensamos, lo que creemos, lo que desearíamos… 

Todas cosas que nos protegen de lo que no conocemos. Hay que aprender a estar dentro del cambio, a asumirlo, para no dejar que nos arrolle arrancándonos de nosotros mismos… Hay que comprender, debatir y, sobre todo, reflexionar, abriendo el corazón y la mente a lo que ocurre. 

Por lo tanto, hay que tener el valor de cruzar la frontera, mirar a nuestro alrededor, escuchar. Porque estamos llamados a cuidar de nosotros mismos, pero también de los demás. Y para poder hacerlo debemos «comprender» el cambio: adónde nos lleva y qué posibilidades nos ofrece. El hombre está hecho para las relaciones, no puede vivir asfixiado por los muros. 

Al fin y al cabo, como creyentes, no deberíamos tenerle miedo, porque la fe es cambio. Es revuelo, transformación, conversión», …, traspasamiento de fronteras, en definitiva. 

Es cierto que, en muchas situaciones, las religiones contribuyen a trazar las fronteras: definen identidades y formas de moverse en la realidad. Y son instrumentalizadas por la política como bastiones de defensa de identidades amenazadas, por lo que traspasan fronteras sí, pero para hacer la guerra. 

También es cierto, sin embargo, que las religiones pueden ser promotoras de una cultura del encuentro, protagonistas de tramas de diálogo y de paz. 

Creo que también hay otra dimensión que nos ayuda a traspasar fronteras: es la de la utopía, pero no entendida banalmente como un sueño irrealizable, sino, al contrario, como un sueño con los pies en la tierra: es el sueño que se convierte en mirada abierta y con visión de futuro, capacidad de apostar y de arriesgarse, capacidad de relación, de encuentro, de proyectos compartidos, de compromiso y de esperanza. 

Y en este camino que traspasa fronteras, otro punto cardinal es la fraternidad. Ese reconocerse como hermanos que abre a la misericordia. Sí, esa misericordia, que no es el piadoso sentimiento de unas pocas almas elegidas, sino más bien un principio de transformación de la realidad y de humanización del mundo. Una mirada que ve, reconoce, libera. 

Por ejemplo, ve los problemas a los que se enfrentan las personas de origen migratorio en nuestro país y no pretende imponerles que renuncien a su propia identidad para convertirse en ciudadanas de nuestro país. 

Se abre al intercambio, a la influencia recíproca —como, por otra parte, siempre ha ocurrido en nuestra historia, que ha visto a pueblos y culturas superponerse, fusionarse, mezclarse, enriqueciendo constantemente la identidad compartida. 

Nada que ver con guerras prepotentes y crueles para conquistar un poco de petróleo y un poco más de poder. Fraternidad significa decidir juntos qué mundo queremos construir. 

Y no podemos olvidar tampoco la «ecología humana»: la salvaguardia del medio ambiente y la salvaguardia del ser humano van de la mano. La fraternidad conlleva el cuidado del medio ambiente, una economía solidaria y la justicia social. La fraternidad realmente cambia el mundo. 

En realidad, se trata de otra mirada: esa atención que nos permite ver e intuir más de lo que parece. Es la mirada la que nos permite reconocer en el otro la fragilidad, pero también el potencial y la dignidad. La que hace que el mundo no sea simplemente un estorbo en nuestro camino, sino una realidad que nos envuelve, en la que estamos inmersos. 

Nuestra relación con el mundo (y, por tanto, con los demás) es una cuestión de mirada, pero también lo es la de quienes ejercen la responsabilidad de gobernar: de la mirada depende la capacidad de percibir o ignorar, o peor aún, de mistificar y utilizar el sufrimiento, el drama de las desigualdades, la desesperación y la degradación de las numerosas periferias del sistema, pero también de los recursos, las potencialidades, el deseo de redención, los sueños y los impulsos de creatividad, las posibilidades de bien y de encuentro, el tejido de buenas relaciones que la polis, cada una de nuestras ciudades, custodia. 

Para los creyentes, la fe es lo que impide detenerse; lo que impulsa a caminar y a buscar, a transformar las dificultades en recursos, a liberar el potencial del bien incluso en medio de la negatividad; lo que nos hace capaces de construir el futuro con paciencia y juntos… Sin dejar de soñar. Nada que ver con el «opio del pueblo». 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 23 de marzo de 2026

Diversamente capacitados.

Diversamente capacitados

La persona con discapacidad se presenta ante los ojos de los «sanos» como alguien visiblemente marcado por una carencia, por deficiencias de diversa índole que entran en conflicto con la imagen de «normalidad» que estos albergan. 

Una «normalidad» que, en la sociedad del rendimiento y la competencia, de las apariencias y el éxito, no soporta aquello que pueda resquebrajar o socavar la imagen de éxito que persigue. 

Esta «imagen» de normalidad, que se convierte en la narrativa dominante, es un constructo cultural que elimina aquellas dimensiones de indisponibilidad, fragilidad, limitación y caducidad que son constitutivas de lo humano. 

La construcción de un humanismo digno de ese nombre encuentra una contribución decisiva en la experiencia de la discapacidad. La «imagen» de normalidad a la que me refiero percibe en la discapacidad un estigma. 

¿Qué es un estigma? Es esa diversidad no deseada… Por definición, creemos naturalmente que la persona con un estigma no es propiamente humana. No propiamente humana o menos humana… poco cambia. 

Nos enfrentamos al problema radical que plantea la discapacidad: ¿Qué es lo humano? ¿Quién es un ser humano? 

Tantas veces nos enfrentamos al problema capital que nos plantea hoy el mundo: ¿qué es lo humano? Que hoy parece aplastado entre la siempre posible recaída en las mil formas de lo inhumano (desde la guerra hasta el acoso escolar, desde la violencia de género hasta el acoso laboral) y las oportunidades y las incógnitas de lo poshumano, impulsado en gran parte por el anhelo de potenciar lo humano liberándolo de la limitación y la fragilidad. 

Aunque, en realidad, la fragilidad, la finitud y la vulnerabilidad no son obstáculos en el camino… hacia la plenitud humana, sino fronteras que definen el perímetro de nuestra humanidad. Límites dentro de los cuales se desarrolla la humanidad. 

Sea cual sea la forma de la discapacidad —física o mental, desde el nacimiento o debida a accidentes o enfermedades—, se presenta como una herida irreparable o corregible solo en parte, y así evoca el espectro de lo que no puede controlarse, de lo que escapa al control. 

El menoscabo que se convierte en discapacidad evoca la dimensión de lo indisponible. Evoca una dimensión sobre la que no se tiene poder. O, al menos, sobre la que se tiene poder solo de manera muy parcial. 

En una cultura tecnológica, que quiere manipular y utilizarlo todo, explotarlo y controlarlo, incluso el tiempo, incluso la muerte, todo debe concebirse como disponible y disponible de inmediato. En este contexto, la memoria de lo indisponible es inaceptable. La discapacidad cuestiona la pretensión de control del hombre sobre la existencia, sobre la vida y sobre lo que es más que nunca «suyo», del hombre: su cuerpo, su mente, sus relaciones. 

La discapacidad se convierte también en un recuerdo incómodo de una posibilidad que es para todos: la discapacidad es una posibilidad de lo humano. 

Seguramente también la persona con discapacidad puede percibirse incluso como una amenaza. En realidad, amenaza una visión incompleta, parcial, falsa, irreal… de lo humano. Una visión que elimina dimensiones percibidas como incómodas, ciertamente no deseables, pero también reales y posibles si es cierto que, incluso en términos numéricos, la población de personas con discapacidad constituye una parte importante de la humanidad. Lo humano es decididamente más complejo que una determinada y parcial visión monolítica e irreal. 

El ser humano es constitutivamente deficiente, marcado por una serie de carencias. La antropología nos enseña que el hombre es un ser inacabado y, en comparación con los mamíferos superiores, condicionado por una serie de carencias tales que se puede decir que, en condiciones naturales, el hombre ya habría sido eliminado hace tiempo de la faz de la tierra. 

Sí, existe una fragilidad constitutiva en el ser humano. El hombre es el ser nacido prematuramente, cuya maduración es mucho más lenta que la de los animales. Necesita un tiempo considerablemente largo para alcanzar la autonomía. 

También está marcado por límites: la vida se encuentra comprendida entre esos confines que son el nacimiento y la muerte. Y la vida existe, incluso a nivel biológico, gracias a la muerte: solo lo que vive muere. Una flor de plástico no se marchita, pero ¿dónde está su vida? ¿Y su belleza? 

El límite crea la forma. Sin límite hay caos y lo informe. La negación positiva es la función del límite, que da forma, y por tanto vida, a lo que limita. El límite es, pues, condición y posibilidad de la vida y de la relación. Pero incluso esta verdad elemental es reprimida por el prometeísmo del ego, por el delirio de omnipotencia que habita en la sociedad. 

El hombre, en definitiva, es constitutivamente frágil. Las personas distinguimos entre lo caduco y lo frágil. Las cosas son caducas porque deben acabar; son frágiles porque pueden acabar en cualquier momento. La fragilidad lleva en sí misma la promesa de una amenaza que se cierne. Incluso lo que parece fuerte e indestructible tiene en realidad en sí mismo los gérmenes de la caducidad y de la futura ruptura. 

Forman parte, por tanto, de la condición humana dimensiones como la dependencia, el cuidado, el devenir y lo imponderable. En este sentido, la discapacidad ilumina la complejidad de lo humano al llevar a cabo una labor de verdad sobre la propia condición humana. 

Estas dimensiones de fragilidad y dependencia nos conciernen a todos, aunque puedan resultar más visibles en quienes tienen una discapacidad. Pero, en esto, la discapacidad abre los ojos a quienes, al no querer verla, se encierran en la ceguera y ya ni siquiera se ven a sí mismos. 

Seguramente un reto pueda ser comprender la discapacidad… pero cada vez pienso, creo que con más verdad, que es precisamente la discapacidad las que nos ayuda a comprendernos a nosotros mismos. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Formación sinodal en la sinodalidad.

Formación sinodal en la sinodalidad

Si los laicos están llamados a compartir la responsabilidad de la dirección de las comunidades cristianas a nivel pastoral, organizativo, económico, …, ¿estamos seguros de que cuentan con todas las herramientas necesarias para hacerlo? 

Y si los presbíteros están llamados a acoger en su ministerio de acompañamiento de las comunidades cristianas las competencias laicales, ¿estamos seguros de que son capaces de comprender su mundo y de acoger sus capacidades sin pedirles que adopten, como modelo de participación, el del presbítero? 

Me parece poder decir que esta petición, con las correspondientes perplejidades, surge de años de experiencia de trabajo compartido, no siempre fácil: por un lado, los laicos con sus competencias adquiridas en el ámbito de los estudios, del trabajo y de la experiencia familiar; por otro, la formación teológica y pastoral del clero orientada al ministerio que están llamados a ejercer. 

Los tiempos nos están obligando a revisar la idea de Iglesia que hemos tenido hasta ahora: todos los bautizados, conscientes de su identidad de cristianos, están llamados a asumir una forma diferente de estar en la Iglesia y de ser Iglesia. 

Es necesario formarse en la sinodalidad: en pocas palabras, debemos aprender a coeducarnos en la vida cristiana, debemos aprender a constituir un «nosotros de los creyentes». 

¿Cómo podríamos avanzar, si realmente nos comprometiéramos en un camino formativo? 

El primer paso, en mi opinión, podría ser mirar a nuestro alrededor con realismo, sin caer en el pesimismo ni caer en la melancolía de los tiempos pasados. Hay una Iglesia que ya no existe: las iglesias abarrotadas, el número de niños inscritos en la catequesis, la disponibilidad generosa y gratuita de cientos de voluntarios… no son un objetivo al que apuntar para recuperar el terreno perdido. Son nuestro pasado, que estamos llamados a asumir para reformular el presente. 

Quizá deberíamos esforzarnos más por «estudiar» lo que está sucediendo, por leer los documentos (al menos los más accesibles), por mantenernos informados de lo que ocurre en la Iglesia, por mirar a nuestro alrededor para comprender qué sucede. 

Digo esto también porque a veces corremos el riesgo de permitirnos pensar que todo sigue como antes. Sería importante no dejarnos pillar desprevenidos cuando el cambio se ha manifestado con toda su evidencia. ¿No será éste precisamente el momento de estar atentos, de prepararnos, de imaginar el futuro? 

Me doy cuenta de que no es una sugerencia muy sorprendente, pero me parece que la conciencia de lo que está sucediendo aún no está tan extendida. A veces escucho a personas que se sorprenden de que ya no haya mucha gente en la iglesia y que culpan de ello a la homilía del párroco… Bueno, probablemente ese ya no sea el quid de la cuestión. 

Un segundo paso podría ser arriesgarnos un poco en los ensayos generales de la Iglesia del futuro (que es, en definitiva, el presente) y dar una oportunidad a algunas propuestas formativas, tanto de carácter académico, como de carácter más aplicable en lo inmediato, como itinerarios concebidos por laicos para laicos, … 

Quizás sea realmente el momento de darnos cuenta de las oportunidades que se nos ofrecen, intentando confiar y encomendarnos a lo que el Espíritu, en este momento, está diciendo a las Iglesias. Al fin y al cabo, habrá una razón si, tras dos mil años de Iglesia, seguimos aquí, preocupados, decepcionados, enfadados, pero apasionados, hablando de ello. 

El primer paso formativo debe ser, por tanto, cultural y espiritual: salgamos de la lógica de los números como único criterio de vitalidad; aceptemos que el contexto ha cambiado; intentemos superar el clericalismo, por ambas partes, laicos y laicas y presbíteros. 

¿Qué objetivos concretos podemos fijarnos, teniendo en cuenta la desorientación y la perplejidad en las que estamos inmersos en un periodo que nos parece incierto? 

En primer lugar, se puede apuntar a un crecimiento/profundización común entre el clero, el laicado y los religiosos, tratando de vivir juntos, en la medida de lo posible, el proceso de cambio. No más caminos separados, sino momentos de crecimiento/profundización común entre el clero y el laicado. 

La secularización afecta y, en consecuencia, disminuyen los creyentes practicantes. En unos años disminuirán también los simples creyentes; las vocaciones presbiterales (como las religiosas) ya han disminuido considerablemente. 

Hay una llamada evidente a retomar toda la cuestión eclesial. Hay que volver a colaborar, aunque sea a costa de hacer concesiones. En el fondo, la exigencia formativa surge de esto: aprendamos a ser Iglesia de verdad, como en los orígenes. 

Nos puede iluminar, precisamente en este sentido, el pasaje de Hechos de los Apóstoles 15, 22-31, en el que la Iglesia de Jerusalén es llamada a tomar una decisión sobre las obligaciones cultuales que deben imponerse a los nuevos creyentes procedentes de culturas no judías. Los apóstoles deciden juntos. 

Llega entonces el momento de decidir y dejar claros los caminos concretos. Los hermanos de Jerusalén lo hacen, sometiendo ese resultado a una doble autoridad: “El Espíritu Santo y nosotros”. El primer responsable de las decisiones es el Espíritu Santo… ¡Y luego está el “nosotros” eclesial! Un nosotros variopinto, que no descuida ninguna voz, donde cada uno ejerce su propia “autoridad” (cf. Mc 13,34): laicos y ministros ordenados, mujeres y hombres, jóvenes y ancianos. Con la íntima convicción de que la autoridad pertenece al Señor: «Se me ha dado toda autoridad… id», dirá el Resucitado a los suyos, enviándolos en misión (Mt 28,18). Todos siervos de la única Palabra, cada uno según el don de gracia recibido y custodiado. ¡Ningún poder que ejercer y repartir, sino una Palabra a la que servir! 

Esta imagen nos ayuda a orientarnos en el ámbito de la formación, de la que todos sentimos la necesidad, aunque nos cueste comprender en qué dirección avanzar. 

Los hermanos de Jerusalén, para tomar decisiones, se reúnen en asamblea e intentan caminar juntos de manera sinodal. Las diferencias entre ellos eran realmente enormes; sin embargo, logran constituir un «nosotros» eclesial que les permite tomar decisiones, iluminados por el Espíritu, tras muchos debates (e incluso enfrentamientos).

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 22 de marzo de 2026

No naufragar en las aguas del mal.

No naufragar en las aguas del mal

Algunos pensamientos de Etty Hillesum pueden iluminarnos en nuestro camino espiritual... sea cual sea ese camino espiritual. 

Y entiendo que algunos pensamientos de su diario son significativos. Ha sido un libro leído y rezado en el pasado Jubileo de la Esperanza: “Diario de Etty Hillesum: Una vida conmocionada”. 

Etty Hillesum es una joven judía que vive en Holanda y que comenzó a escribir un diario en 1941. Nos muestra su recorrido de crecimiento espiritual, en el que nutre su capacidad de resistencia creando espacios para sí misma, para la belleza y la meditación, y al mismo tiempo ejercita su solidaridad en la sociedad. Etty Hillesum trabaja con el Consejo Hebreo de la ciudad, entra en contacto con los judíos que son deportados. Después va por elección al campo de concentración de donde partirá en tren hacia Auschwitz-Birkenau, donde ella también morirá unos meses después (noviembre de 1943). 

Una muchacha que “no sabía arrodillarse”, emprendió una búsqueda interior que la enraizó en ese ser puro en el que percibió la presencia divina y acogió a las víctimas del exterminio: “Mi vida es una ininterrumpida ‘escucha dentro’ de mí misma”. Frente a un “infierno absoluto”, sostiene que si Dios “ya no puede ayudarnos, seremos nosotros quienes tengamos que ayudar a Dios”, conservando huellas de Él en el corazón humano. 

Las reflexiones de Etty Hillesum expresan muy bien el sentido de la vida espiritual puesta en el centro del camino de la vida humana y cristiana, vivida en la lógica de “ayudar a Dios, ayudar a los demás”, de “sumergirse en uno mismo, sumergirse en los demás”, “destruir en uno mismo lo que uno cree que debe destruir en los demás”. 

Mi cabeza es el taller donde todas las cosas de este mundo deben venir a formularse con plena claridad. Y mi corazón es el horno ardiente en el que todo debe ser sentido y sufrido con intensidad”. 

Imagino que algunas personas rezan con la mirada dirigida al cielo: buscan a Dios fuera de sí mismas. Hay otros que inclinan la cabeza y la esconden entre las manos: creo que buscan a Dios dentro de sí mismos”. 

Hay una fuente muy profunda dentro de mí. Y en ese manantial está Dios. A veces puedo alcanzarlo, muchas veces está cubierto de piedras y arena: entonces Dios está enterrado. Luego tendremos que desenterrarlo de nuevo”. 

No veo otra solución que reunirnos y arrancar nuestra podredumbre. Ya no creo que podamos mejorar algo en el mundo exterior sin hacer antes nuestra parte dentro de nosotros mismos”. 

No son los hechos los que cuentan en la vida, sino lo que uno llega a ser a través de los hechos”. 

Intentaré ayudarte (Dios), para que no te destruyas dentro de mí, pero a priori no puedo prometerte nada. Una cosa, sin embargo, se me hace cada vez más evidente, y es que tú no puedes ayudarnos, sino que somos nosotros los que debemos ayudarte, y de este modo nos ayudamos a nosotros mismos. Lo único que podemos salvar en estos tiempos y también lo único que realmente importa es un trocito de ti en nosotros mismos, Dios mío. Y quizá también podamos ayudar a desenterrarte de los corazones destrozados de otros hombres. Sí, Dios mío, parece que no puedes hacer mucho para cambiar las circunstancias actuales, pero también ellas forman parte de esta vida. Yo no te hago responsable, más tarde nos harás responsables a nosotros. Y casi con cada latido de mi corazón crece mi certeza: tú no puedes ayudarnos, pero a nosotros nos corresponde ayudarte, defender hasta el final tu casa en nosotros”. 

Partí mi cuerpo como si fuera pan y lo distribuí entre los hombres”. Una frase sin igual en la que podemos vislumbrar el trazo de la confesión del valor eucarístico impreso en su vida por esta joven que prefirió estar “sola y para todos”. Nos recuerda que el amor se hace don, hasta hacernos pan partido para los demás. 

Etty Hillesum, como muchos otros escritores antes y después de Auschwitz, se da cuenta de que Dios, de alguna manera, no actúa, porque somos nosotros los que tenemos que actuar. Dios no actúa... porque Él actúa a través de nosotros. 

Somos nosotros quienes tenemos que guardar espacio para Dios en este mundo, somos nosotros quienes tenemos que cuidar a Dios en nuestra existencia, en nuestra sociedad y en nuestras relaciones con los demás. Nosotros somos aquellos a quienes Dios se confió en la debilidad de la encarnación, y por tanto, como dice Etty Hillesum, somos nosotros quienes debemos ayudar a Dios. 

¡No es un llamado a nuestro sentido de omnipotencia, sino un recordatorio profundo e importante de la responsabilidad que tenemos en la historia! 

El amor que podemos expresar debe ser capaz de indignación y de justicia, debe ser capaz de pasión, capaz de decir no, capaz de poner límites a cualquier forma y variante del mal. Esto también se hace a través de la búsqueda de espacios en los que el yo y Dios puedan coexistir. Cuando Etty Hillesum se cuida a sí misma, sabe que está cuidando a Dios dentro de ella, y de esta manera deja que Dios actúe en ella. 

Cuidar la presencia de Dios en el mundo significa también cuidar de nosotros mismos, y viceversa: cuidar de nosotros mismos significa ayudar a Dios a estar presente en nuestro mundo y en nuestra sociedad. 

Esta es una de las grandes lecciones del intenso diario de Etty Hillesum: no naufragar interiormente cuando en la historia hay espacio para el mal, no dar su asentimiento a las tinieblas cuando parecen imponerse. Y así ella escribiría páginas elevadas -místicas, profundas, únicas- sobre su relación con un Dios desconocido que, sin embargo, se abría a ella con dulzura. 

Nos hará bien retomar el diario de Etty Hillesum. En las ciudades que habitamos, en las vidas que vivimos, la fuerza de esas palabras nos sacude como pocos textos pueden hacerlo. Nos dan inquietud y conciencia, esperanza y responsabilidad, en la defensa de un espacio que es nuestro, sagrado, en el que el Misterio puede estar presente: “Ahora esa “habitación silenciosa”, por así decirlo, la llevo siempre conmigo, y puedo retirarme a ella en cualquier momento, tanto si estoy en un tranvía lleno de gente como en medio de la confusión de la ciudad”. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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