jueves, 1 de octubre de 2026

Un alto en el camino.

Un alto en el camino 

Hoy el camino de la vida de ser solo una dirección y se convierte en una pregunta. 

Elegimos un camino, a menudo en los ardientes años de la juventud, cuando el futuro parecía infinito y la voluntad era capaz de transformar cada obstáculo en una promesa. Desde entonces hemos seguido avanzando, convencidos de que la fidelidad a nosotros mismos consistía en no mirar nunca atrás. 

Pero seguir adelante no significa correr sin tregua. La verdadera perseverancia no es una obstinación ciega: es la capacidad de mantener la meta, cuestionándonos de vez en cuando el sentido de nuestros pasos. 

Detenerte, pues, no es una traición al camino. Es un gesto de lucidez. 

En el silencio de una pausa podemos hacer balance de la situación, reunir las fuerzas dispersas, reconocer el cansancio y regenerar lo que en nuestro interior se ha agotado. 

Podemos preguntarnos qué estamos haciendo, por qué motivo trabajamos, qué es lo que realmente buscamos y qué fuego sigue encendiéndonos. 

Son preguntas sencillas solo en apariencia: si se acogen con sinceridad, separan lo esencial de lo que se ha convertido en costumbre, miedo o expectativa ajena. 

Este es uno de los significados más profundos de la espiritualidad: crear un espacio interior en el que la vida pueda contemplarse con mayor verdad. 

La espiritualidad no nos exime de responsabilidades ni elimina las dificultades; más bien ofrece una luz con la que atravesarlas. 

Cuando el camino se vuelve incierto, ayuda a distinguir la voz de la conciencia del ruido de las presiones externas, el deseo auténtico del impulso del momento, la prudencia del miedo. No proporciona mapas infalibles, pero agudiza la mirada de quien camina. 

A lo largo del camino también nos encontramos con personas capaces de confundir, desanimar o herir. 

Algunas entran en nuestra vida trayendo inquietud, alimentando dudas, creando obstáculos allí donde buscábamos apoyo. No siempre podemos evitarlas, y no siempre comprendemos de inmediato el efecto de su presencia. 

Pero sí podemos aprender a reconocer lo que nos empobrece, a establecer límites, a no entregar a otros el timón de nuestras decisiones. 

La espiritualidad también enseña esto: no responder a la oscuridad con más oscuridad, sino proteger nuestro rumbo sin perder la humanidad. 

El camino es largo y, a veces, uno se pierde. Ocurre porque cambian las circunstancias, porque nosotros cambiamos o porque surge el deseo de explorar caminos alternativos. 

Un desvío puede resultar un error, pero también puede mostrarnos un paisaje que la ruta principal no nos habría permitido conocer. 

No todo lo que interrumpe la linealidad de nuestra historia es tiempo perdido. 

Incluso la desorientación, si se atraviesa con conciencia, puede convertirse en un lugar de aprendizaje: nos obliga a reconsiderar las coordenadas, a comprender qué señales hemos ignorado y qué partes de nosotros piden por fin que se les escuche. 

Detenerte significa también concederte tiempo para curar las heridas que han dejado las decisiones equivocadas. No para entregarnos al arrepentimiento, sino para comprender. 

Cada error conlleva una responsabilidad y, al mismo tiempo, una oportunidad: la de conocer mejor nuestros límites, las ilusiones que nos han guiado y las necesidades que no hemos sabido nombrar. 

Las heridas no deben negarse ni exhibirse como condenas definitivas. Hay que escucharlas, porque pueden transformarse en sabiduría, mesura y compasión. 

Levantarse tras una caída no significa volver a ser idénticos al punto de partida. Significa reanudar el viaje con una mirada más profunda. 

Se avanza llevando consigo lo aprendido, dejando que los errores agudicen el discernimiento en lugar de apagar el deseo. La determinación, entonces, no nace de la ilusión de no volver a equivocarse, sino de la confianza en poder elegir mejor, corregir el rumbo y permanecer fieles al bien reconocido. 

Así continúa el camino. 

No como una huida del pasado, sino como un movimiento consciente hacia lo que aún puede nacer. 

Cada parada se convierte en un amanecer: un momento en el que la luz vuelve lentamente, redibuja los contornos de las cosas y devuelve al camino su horizonte. 

Mirar hacia adelante no significa olvidar lo que ha sido. 

Significa llevarlo consigo de una forma nueva, más libre y más verdadera, y volver a partir sabiendo que incluso el paso más pequeño, cuando está orientado por el sentido, puede llevarnos lejos. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 30 de septiembre de 2026

La invitación de la gracia: una imagen de nuestra existencia - San Mateo 22, 1-14 -.

La invitación de la gracia: una imagen de nuestra existencia - San Mateo 22, 1-14 - 

La historia de la humanidad podría interpretarse partiendo de la categoría de la invitación. «Muchas veces y de diversas maneras, Dios» ha enviado invitaciones a los hombres de todos los tiempos. 

¿Acaso no debe interpretarse como una invitación el don de nuestra existencia? 

Según el proyecto inicial, se trataba de una invitación a participar de la misma vida de Dios en una experiencia de comunión - he aquí el banquete nupcial -. Sabemos, sin embargo, que, debido a una necesidad de emancipación y de liberarse de la dependencia de Dios, ese proyecto inicial se hizo añicos, sin que ello lograra, no obstante, disuadir a Dios de ofrecer nuevas posibilidades. Por eso, ahí está Él, renovando las invitaciones. 

Cuánto necesitaríamos dejar que resuenen en el silencio y en la oración adoradora las palabras de la Plegaria Eucarística IV cuando dice: «Y cuando, por su desobediencia, el hombre perdió tu amistad, no lo abandonaste en poder de la muerte, sino que, en tu misericordia, saliste al encuentro de todos, para que quienes te buscan puedan encontrarte. Muchas veces has ofrecido a los hombres tu alianza y, por medio de los profetas, has enseñado a esperar la salvación. ¡Padre santo, tanto has amado al mundo que, en la plenitud de los tiempos, nos enviaste a tu Hijo único como salvador!». 

Dios ofrece continuamente la oportunidad de retomar el proyecto de los comienzos: la invitación es siempre gratuita y el don de Dios está siempre más allá de toda pretensión y de toda expectativa. ¿Cómo me enfrento a estas múltiples invitaciones y llamamientos? 

Es necesario elegir: se puede aceptar, se puede rechazar, al igual que se puede optar por no elegir. Pero, ¿cómo? ¿Acaso se puede rechazar un don? 

Por supuesto, pero aceptar o rechazar la invitación de Dios no deja de tener consecuencias en cuanto a la forma de entender nuestro propio ser como personas y, por tanto, nuestra presencia en el mundo. 

  • ¿Acaso no es una invitación de Dios la posibilidad de beber de una historia que nos precede y nos acompaña?
  • ¿No es también una invitación de Dios el don de su Palabra, que ilumina cada instante de nuestra vida, incluso el más dramático, el de la muerte?
  • ¿No es, además, una invitación de Dios su oferta de comunión y de amistad siempre renovada?
  • ¿No es también una invitación de Dios el hecho de que nos sentemos en el banquete en el que nos regala una vez más a su Hijo?
  • ¿No es una invitación de Dios saber que no estamos solos, sino que formamos parte de una comunidad que Dios ha elegido para que sea signo de su presencia en el mundo?
  • ¿No es acaso una invitación de Dios el poder compartir expectativas, sueños, esperanzas e incluso nuestras decepciones con alguien? 

A veces puede ocurrir que nos invada, por un lado, la presunción de no necesitar una invitación en el signo de lo gratuito, y por otro, la pretensión de elegir por nosotros mismos lo que nos conviene o no. Por eso, a menudo nos replegamos en el cuidado de nuestros propios asuntos, haciendo caso omiso de las innumerables invitaciones que el Señor nos dirige. 

Muchas invitaciones se ignoran en nombre de la búsqueda de lo que nos conviene elegir y que, sobre todo, no ponga en tela de juicio la necesidad de vivir solo para uno mismo. 

La invitación, de hecho, por muy tentadora que pueda ser, suele resultar incómoda: rompe nuestro ritmo habitual al introducir algo imprevisto o inédito. Por eso, por un instinto de conservación que nos mantiene a la defensiva, no valoramos lo que está en juego y preferimos recurrir a la evasiva («tengo otras cosas que hacer»). 

Pero también puede ocurrir que, aunque hayamos respondido a las llamadas, de hecho sigamos vistiendo el mismo traje de siempre, con la forma habitual de pensar y actuar. 

Al estilo de: «Acepto la invitación, pero participo a mi manera». Ahora bien, haber aceptado la invitación a medir nuestra vida según la de Jesucristo no puede conciliarse con seguir siendo discípulos de aquello que no tiene nada que ver con Él. 

Tanto rechazar la invitación como aceptarla transigiendo son dos formas que reflejan la pretensión de salvarnos por nosotros mismos, independientemente de lo que esa invitación pueda significar para nosotros. 

No basta con ser invitados al banquete de la vida, como tampoco basta con haber aceptado participar en él. Es necesario dejarse transformar por ese amor que nos ha recogido en las encrucijadas de los caminos. Cuidado, pues, con una costumbre que, aunque da forma a fórmulas y prácticas externas, no logra revestir nuestro corazón. 

Si bien es cierto que existe la obstinación de quien rechaza la invitación, también lo es que existe la dureza de quien se considera familiarizado con el Evangelio sin permitir que este excave en nuestro interior y nos convierta. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¡Familia de Dios! - San Mateo 22, 1-14 -.

¡Familia de Dios!  - San Mateo 22, 1-14 -

A todos los que encontréis, invitadlos a la boda. Este es el sueño y el deseo de Dios: invitar a cada persona a una experiencia de comunión de la que la boda es símbolo y profecía. ¿Qué otra cosa es la vida sino el banquete que Dios prepara para la humanidad?

 

El banquete está listo… La vida está lista para ser vivida. Cada persona es buscada y esperada en esa fiesta. Por el mismo Dios. La invitación a la fiesta es lo que revela el corazón de Dios.

 

En todas las culturas, la invitación a la mesa supone la redención del otro de su propia alienación. Al hacernos sus comensales, Dios nos redime de nuestra alienación. Con Él ya no somos extranjeros ni huéspedes, sino conciudadanos de los santos… familia de Dios.

 

¡Familia de Dios! Un Dios que no se mantiene a distancia: ¡ese es nuestro Dios! En él hemos puesto nuestra esperanza para que nos salvara (Is 25,9). En la comunión con Él reside una posible salvación para nosotros.

 

Un mensaje de esperanza y confianza impregna esta parábola. Estamos llamados al banquete del Reino: no se trata, ante todo, de pertenecer a una institución, sino de participar de la misma pasión de Dios.

 

Y para hablar de sí mismo, Dios utiliza el lenguaje más típicamente humano: el banquete y las bodas. La elección no es casual: para hablar de Dios no hace falta ningún discurso etéreo y abstracto que, al final, se distancie de lo que es más típicamente humano.

 

Dios recorre un camino de humanización para que podamos comprender que tenemos que ver con Él cada vez que nos importa lo que hay de más típicamente humano en nosotros. La vida espiritual, por tanto, nunca coincide con un distanciamiento de lo humano. La invitación a la fiesta, a la comunión con Él, he aquí el don de Dios. Tan gratuito como inesperado.

 

Él lo había anunciado: os será quitado el reino y será dado a otros… La invitación, dirigida inicialmente a Israel, fue rechazada, pero nunca revocada por parte de Dios. Luego pasó a la comunidad de los discípulos. A nosotros. A mí.

 

Como aquella viña del Evangelio. Entregada a otros, pero nunca arrancada. Sin embargo, el resultado siempre ha sido problemático: no es fácil dar cabida a una invitación.



La obstinada dureza atraviesa incluso el corazón de quien se considera familiarizado con el Evangelio. Es más, el problema parece surgir precisamente cuando se tiene mayor familiaridad con las «cosas» de Dios.

 

Y así, tras la parábola, hay que leer la historia de la relación entre Dios y la humanidad, la de siempre: alguien prefiere su estrecho horizonte - sus propios asuntos - a la oferta compartida por Dios. Entre la gratuidad y la conveniencia, a menudo prevalece esta última.

 

Pero Dios no se resigna. La historia vuelve a empezar. Desde otro lugar y de otra manera. La decepción sufrida no endurece el corazón de Dios, que, por el contrario, se siente impulsado a emprender nuevos caminos: señal de la pasión que lo habita, sin quedarse anquilosado en la inmovilidad de una estructura.

 

Una vez más nos enfrentamos a una invitación que no conoce exclusiones. Las puertas están abiertas tanto a los puros como a los impuros; están invitados incluso aquellos que, por sí mismos, no serían invitados por nadie. Una invitación indiscriminada, pues. No hay condiciones previas para merecerla: el único verdadero impedimento es el rechazo humano.

 

El Evangelio es precisamente el hecho de que ese extraño Rey, de reacciones tan viscerales, esté decidido a celebrar de todos modos: la fiesta de bodas se celebrará a pesar de los rechazos y las hostilidades. La mala voluntad o la indiferencia del hombre no le impiden llevar a cabo su deseo de constituir una comunidad humana que celebre las bodas.

 

Si bien la invitación es gratuita y universal, no todos los trajes son adecuados. La llamada de Dios exige ser consciente del don recibido y la capacidad de corresponder a él reconociendo la propia responsabilidad.

 

La falta del traje es la ignorancia de la novedad de vida que se deriva de la llamada de Dios. Es la falta de disposición hacia lo nuevo, hacia el cambio; la falta de conciencia del don recibido. Es pensar que, tal y como estamos, ya está bien.

 

Considerarnos en orden solo porque hemos aceptado la invitación. Y, en cambio, no ser hallados con el traje adecuado significa que nadie puede considerarse sentado para siempre a la mesa del banquete del reino.

 

Hay aún un aspecto que no debe subestimarse. La tarea de la comunidad cristiana es dar a conocer esta oferta universal, ser un lugar acogedor, un lugar de fiesta, una experiencia que proclame el deseo ilimitado de Dios de sentarse a la mesa con todos los pueblos, señal de que el hombre sigue siendo buscado y esperado. Nosotros, al servicio de un Dios que quiere que todos los hombres, sin excepción, estén en esa mesa del Reino.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

 

¿Quién es ese Dios que procura mi amistad? - San Mateo 22, 1-14 -.

¿Quién es ese Dios que procura mi amistad? - San Mateo 22, 1-14 - 

Al proclamar la Buena Noticia que narra y da a conocer a Dios, Jesús no recurre a grandes definiciones, no explica doctrinas complejas, sino que prefiere presentar a quienes le escuchan imágenes y acontecimientos de la vida humana, y señalar en ellos una dinámica que ilustra la acción de Dios y de los seres humanos.

 

Esta parábola nos habla de un Rey que quiere celebrar las bodas de su hijo. Si en este acontecimiento hay que encontrar una semejanza con el Reino de los Cielos («El reino de los cielos es semejante a un rey que organizó una fiesta de bodas para su hijo»), entonces ese Rey no puede ser otro que Dios y su Hijo es Jesús, enviado al mundo para encontrar a su esposa, la humanidad.

 

Nos encontramos ante la realización del proyecto, del sueño de Dios ya anunciado en repetidas ocasiones por los profetas del Antiguo Testamento (cf. Os 2,16-25; Is 54,5, etc.): Dios celebraría las bodas con la humanidad, a través de una alianza definitiva y eterna, y ahora Jesús está a punto de celebrar esas bodas; él es el Esposo esperado (cf. Mt 9,15).

 

Una vez más, pues, Dios envía a sus siervos. Al igual que en la parábola de la viña, donde había enviado primero a los profetas y, al final, a su Hijo (cf. Mt 21,33-43), ahora sigue enviando a otros siervos: los apóstoles, los discípulos de Jesús, los misioneros que son sus testigos, para invitar a todos al banquete nupcial (cf. Mt 8,11).

 

Todos están invitados gratuitamente; no tienen que merecérselo ni pagar nada para poder entrar en la sala de la fiesta, donde se ha preparado un banquete abundante y generoso, con manjares suculentos y vinos selectos (cf. Is 25,6).

 

Pero, incluso ante tal invitación, en la que se manifiesta la generosidad del Rey que hace esta oferta a todos, algunos permanecen indiferentes y no aceptan la invitación.

 

Unos se van a sus campos, otros al mercado, otros a ocuparse de sus asuntos: así desertan de esa ocasión de gran fiesta compartida. Otros, en reacción a la invitación gratuita y amorosa, se llenan de rencor y acaban maltratando y expulsando a esos siervos; llegan incluso, en la banalidad del mal que, cuando empieza a manifestarse, crece y ya no conoce límites, ¡a matarlos!

 

Siempre un acto de benevolencia es bien recibido por unos pocos, suscita mucha indiferencia y desata aversión y enemistad por parte de aquellos a quienes se hace el bien. Es paradójico, escandaloso, pero así ocurre en nuestro día a día…

 

Entonces el Rey, al ver que el salón de bodas está medio vacío, envía de nuevo a otros siervos a las plazas, a los cruces de caminos y a los barrios marginales de la ciudad, y aquellos que nunca habrían pensado que el rey se acordaría de ellos aceptan la invitación con sorpresa y alegría, y acuden al banquete.


En la versión de Lucas, la parábola habla de la invitación dirigida a los pobres, los lisiados, los ciegos y los cojos (cf. Lc 14,21); de aquí podemos deducir que se cumple la palabra pronunciada poco antes por Jesús: «Los pecadores públicos y las prostitutas preceden en el Reino a los demás invitados» (cf. Mt 21,31).

 

Así, buenos y malos, en definitiva todos, están invitados al banquete nupcial del Hijo de Dios con la humanidad: «la sala de bodas se llenó de comensales».

 

Cualquiera que llegue al umbral de la sala del banquete recibe un manto blanco, un traje de fiesta regalado gratuitamente, que indica haber respondido libremente «sí» a la invitación del Rey.

 

También el traje de boda basta con aceptarlo y ponérselo, no hay que merecerlo ni comprarlo. Pero todavía hay quien se opone: ¡no acepta ese regalo, no quiere ese traje y no se lo pone!

 

Sin embargo, el Rey, al regalar ese traje, solo pide a quien entra en el banquete que vaya vestido de gala, que esté limpio, que dé una señal de cambio y de libertad… Así pues, cuando «entra para ver a los comensales, ve a un hombre que no lleva el traje de boda» y que, ante su petición de explicaciones, guarda silencio.

 

Es otra decepción para el rey, una llamada frustrada: él no querría que así fuera, pero, de hecho, quien rechaza este enésimo regalo se encuentra, por su propia elección, en una situación mortal, sin salida.

 

En este punto, el lenguaje de la parábola, con rasgos típicamente orientales, en su intención de advertir y exhortar a los lectores, se vuelve duro, incluso cruel: «Atadle de pies y manos y echadlo fuera, a las tinieblas; allí habrá llanto y crujir de dientes», ordena el Rey a los siervos.

 

Se trata de imágenes (¡imágenes!) para expresar una realidad fundamental: en el último día habrá un juicio decisivo, que girará en torno a haber aceptado o rechazado el don de Dios.

 

Dios nos da la vida, nunca la muerte: esta última la elegimos nosotros. Y Dios, que respeta hasta el fondo nuestra libertad, nos deja actuar con dolor, y así nos ve alejarnos de Él y preferir la prisión a la libertad, la destrucción a la vida plena.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Acoger al Dios de la fiesta - San Mateo 22, 1-14 -.

Acoger al Dios de la fiesta - San Mateo 22, 1-14 -

En el Templo de Jerusalén, Jesús expone a los líderes religiosos de Israel una tercera parábola, más compleja y «cargada» que las anteriores: es una historia a través de la cual evoca el banquete del Reino (cf. Is 25,6-10; Mt 8,11-12) y el juicio final.

 

Al mismo tiempo, en este pasaje se aprecia claramente la mano del evangelista San Mateo, quien, al escribir tras la destrucción de Jerusalén a manos de los romanos en el año 70 d. C., sitúa en el horizonte de la historia de la salvación algunos acontecimientos históricos concretos.

 

Desde esta perspectiva, la parábola trata de manera figurada del acontecimiento pascual, es decir, de las «bodas del Cordero» (Ap 19,7), del rechazo de los primeros misioneros cristianos por parte de Israel, de la devastación de Jerusalén, de la apertura de la misión cristiana a las naciones, del juicio que se cierne sobre la propia Iglesia y sobre los nuevos invitados. Tanto la Iglesia como Israel se sitúan, por tanto, en el horizonte del juicio.

 

En la primera parte de la parábola, Jesús compara el Reino con la historia de un Rey que, con motivo de las bodas de su hijo, envía a sus siervos a llamar a los invitados. Ha preparado un banquete con manjares exquisitos y solo pide a los invitados que acepten su regalo, que compartan con Él la alegría.

 

Pero, al igual que en la parábola de los labradores asesinos (cf. Mt 21,33-45), la reacción es sorprendentemente negativa: algunos, con indiferencia y superficialidad, hacen caso omiso de la llamada; otros llegan incluso a insultar y matar a los siervos.

 

La respuesta del Rey es inmediata y dura: «Se enfureció y, tras enviar a sus tropas, mató a esos asesinos e incendió su ciudad». Jesús recurre a un lenguaje apocalíptico, a imágenes «amenazadoras» que no pretenden infundir miedo, sino solo dejar claras las exigencias que se le piden a quien quiera entrar en el Reino, que en realidad se reducen a una sola: aceptar el don de Dios, so pena de un miserable fracaso de la propia vida, tal vez en nombre de nobles ocupaciones religiosas o de la supuesta defensa del mismo Dios…

 

En este punto, la narración experimenta una especie de nuevo comienzo.


El Rey envía a otros siervos a llamar al banquete a todos los que se encuentran en los cruces de los caminos: la oferta de la salvación se renueva en beneficio de todos los hombres. Y he aquí que el salón se llena de invitados, tanto malos como buenos, del mismo modo que el trigo y la cizaña crecen juntos (cf. Mt 13,24-30), como la red echada al mar arrastra a la orilla peces buenos y malos (cf. Mt 13,47-50)…

 

Jesús es consciente de que todos los hombres son malos (cf. Mt 7,11) y de que solo Dios es bueno (cf. Mt 19,17); sin embargo, es cierto que la salvación se concede a todos, porque Dios quiere salvar a todos los hombres (cf. 1 Tim 2,4). Y la condición para llegar a ser buenos, una vez más, es una sola: reconocerse pecadores y aceptar ser justificados por el amor de Dios.

 

Así es como debe entenderse la conclusión de la parábola, relacionada con una costumbre tradicional de la época de Jesús: a la entrada del banquete nupcial, los comensales recibían como regalo una túnica blanca, señal de la invitación común recibida del dueño de la casa.

 

Cuando el Rey, figura de Dios, entra para saludar a los presentes, divisa a uno que carece del traje nupcial. ¿Cómo ha sido posible? Este hombre ha aceptado la invitación, pero, hasta el último momento, ha rechazado con orgullo el don, ha pretendido valerse de sus propias fuerzas; y así, en lugar de responder con alegría a la gratuidad de Dios, ha emprendido un monólogo que, en el momento decisivo, lo deja mudo. Dios nunca lo ha conocido (cf. Mt 7,23), y ya es demasiado tarde…

 

«Muchos son los llamados, pero pocos los elegidos», concluye Jesús. Es una palabra que constituye una advertencia exigente para cada uno de nosotros.

 

Todos los seres humanos están llamados a la salvación, al banquete festivo del Reino, pero a nadie se le garantiza, ni siquiera por pertenecer a la Iglesia. Es necesario rendirse a la gracia que siempre nos atrae y eliminar todo lo que obstaculiza la acción del reinado de Dios sobre nosotros.

 

Es necesario, en otras palabras, acoger la oferta de Dios, Padre del Señor Jesucristo y nuestro Padre: «Al que tenga sed, le daré gratuitamente del agua de la fuente de la vida» (Ap 21,6; cf. Is 55,1).


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una oferta de gracia al banquete del Reino - San Mateo 22, 1-14 -.

Una oferta de gracia al banquete del Reino - San Mateo 22, 1-14 -

El Dios que Jesús vino a revelar es un Rey que invita a una boda.

 

No obliga, no coacciona, no intimida. Propone.

 

Y no solo propone ir a trabajar a la viña para cambiar el mundo junto a Él, no.

 

Propone participar en una bonita fiesta, en un banquete elegante, en una cena con la que llevamos tanto tiempo soñando.

 

Así es Dios. No ese Dios diminuto que tenemos en la cabeza, ese severo de nuestros miedos, ese intransigente de nuestras visiones estrechas e inútiles moralistas.

 

Un Dios que celebra. Un Dios que ama la compañía, que la busca, que me invita.

 

Me invita a mí, porque no es egoísta como sabemos serlo nosotros, ni narcisista ni desconfiado.

 

Dios es un espectáculo de luz y de vida y me pide, me propone con absoluta libertad, que participe en su vida, pero también que comparta su alegría. Un Dios feliz que me quiere feliz.

 

Y los siervos van, invitan, insisten.

 

Nosotros, los siervos, nosotros, los discípulos que ya hemos conocido la inmensa belleza de Dios.

 

San Mateo, nos explican los exégetas, habla de los discípulos que intentan evangelizar a sus hermanos judíos.

 

¡Qué hermosos son en las montañas los pies de quienes hablan de Dios!

 

Magnífico, diremos nosotros.

 

En teoría... 


Porque, en la práctica, Dios recibe un solemne y unánime: no, gracias.


Tenemos cosas que hacer. Es cierto, claro. Cosas urgentes, necesarias, importantes.

 

Pero siempre y solo cosas. Materia, compromiso, trabajo, sudor.

 

Cosas.

 

Que llenan cada espacio, que ocupan la mente, que apagan el alma y el deseo.

 

Peor aún: que la matan alma, deseo, mente...

 

No son malvados los que rechazan.

 

Simplemente están demasiado ocupados para ser felices. Se engañan creyendo que encontrarán la felicidad después de haber terminado las cosas que hay que hacer. Como si la felicidad pudiera esperar. Como si dependiera de las cosas.

 

Y, sin embargo, basta con poco. Aceptar la invitación, ir.

 

Ver cuánta alegría, verdad y belleza habitan en Dios, y cómo nuestra vida, sea como sea, puede florecer. Todo el Evangelio consiste en un ven y ve.

 

¿Qué mejor tenemos que hacer hoy que ser felices?

 

Ponemos excusas.

 

Problemas, dolor —a veces incluso atribuido a Dios—, obstáculos.

 

Ni mucho menos: si no somos felices hoy, nunca lo seremos.

 

Así, la comunidad de San Mateo experimenta el rechazo e interpreta la catástrofe de la destrucción del Templo como la consecuencia de ese rechazo. No es un gesto de enfado de Dios, sino la deriva de un mundo —entonces como hoy— que cree bastarse a sí mismo.

 

Parte del pueblo de Israel rechazó la invitación, por lo que Dios se dirige a los que se han escapado de casa, a los marginados, a nosotros, para que entremos al banquete. Solo que…


Solo hace falta una cosa: el traje. Un traje adecuado, apropiado.

 

Una exigencia absurda, a primera vista: ante la negativa de los invitados, el rey hace que entren malos y buenos, mendigos y pobres. ¿Cómo exigirles un traje de boda?

 

Nosotros, hoy, sabemos que la invitación de Dios va dirigida a todos, incluso a quienes no son dignos de ella, incluso a los pecadores. No hay selección de buenos cristianos para formar parte de la fiesta.

 

Pero el traje sí. Por supuesto.

 

Una referencia al traje bautismal, a nuestra dignidad, a convertirnos en lo que somos.

 

Porque hoy la Iglesia necesita cristianos, no sacerdotes. Ni sacerdotes cristianos.

 

Para llevar el Evangelio al mundo, no para empujar al mundo hacia las Iglesias.

 

El Rey es un padre, es bueno, no es un buenazo, no un Padre inútil.

 

Nos ama de verdad, con alegría, pero no se deja tomar el pelo.

 

Podemos rechazar dramáticamente la alegría. Pero también fingir y no estar dispuestos a crecer, a florecer, a convertirnos. A ser cristianos de pacotilla. Inofensivos e inútiles.

 

La consecuencia, entonces, será quedarnos atados para siempre a nuestra minúscula visión de la vida y vivir en las tinieblas.


Entonces esta Palabra me ayuda, me impulsa, me sacude, me inquieta.

 

Quizá se dirija a mí. Quizá sea precisamente yo quien rechaza la lógica de la fiesta. Aunque sea discípulo de toda la vida. Aunque sea catequista, sacerdote o cardenal. Quizá de verdad debamos dejar de pensar que estas parábolas son para los demás.

 

Yo, Joseba, puedo negarme a participar en la fiesta de Dios. O convertirme.

 

Porque Dios sigue invitando, dice Isaías. Y si quien debía participar no está, no pasa nada.

 

Quiero estar ahí. Y vivir con verdad y dignidad mi bautismo. Para convertirme yo mismo en evangelizador allí donde estoy.

 

Porque yo también, como San Pablo, he experimentado que todo lo puedo en aquel que me da la fuerza.

 

Incluso para vivir este tiempo de elección y de criba.

 

Eso es.

 

¿Qué mejor podemos hacer hoy que ser felices?


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Re-vestirse del traje nupcial que es Jesucristo - San Mateo 22, 1-14 -.

Re-vestirse del traje nupcial que es Jesucristo - San Mateo 22, 1-14 -

I

 

Todo comienza con una invitación. No es una obligación ni un deber, sino una invitación: que proclama tu inmensa y dramática libertad.

 

Dramática para ti, pero también para Dios. El hombre es el riesgo de Dios: el Dios de la sala vacía, de las Iglesias vacías y tristes, el Dios del pan y del vino que nadie quiere, nadie busca, nadie saborea, es débil ante el corazón del hombre.

 

Y, sin embargo, invita: no al esfuerzo de la viña, sino a unas bodas, a una experiencia de plenitud, al placer de vivir. Esto es lo que atestigua el Evangelio: su don y su secreto son una vida hermosa; y Dios ya no es un deber, sino un deseo.

 

¡Pero se fueron unos a su campo y otros a sus asuntos! Los invitados viven para las cosas, ni siquiera tienen tiempo para la alegría. Viven fuera de sí mismos.

 

Pero el rey no se desanima, siempre tiene nuevas ideas para hacer realidad su sueño, y se convierte en el que alegra los cruces y las calles, a los buenos y a los malos. No necesita gente que le sirva, sino quienes le dejen ser servidor de la vida.

 

Pero después de la parte de Dios, viene nuestra parte. La parábola comienza con un palacio sin cánticos, con un salón vacío, y termina con un drama: echadlo fuera. ¡Es posible fracasar en la vida! A cada uno de nosotros se nos impone una condición: el traje de boda.

 

El hombre sin traje nupcial no es peor que los demás; simplemente no ha creído en la fiesta, no ha aportado su contribución de belleza a la liturgia de las bodas. No creía posible que el rey invitara al palacio a mendigos y pobres; que se tratara realmente del banquete de bodas del hijo del rey. «Un rey no hace eso», pensaba; «un rey exige, toma y no da». Se equivocó con respecto a Dios.

 

Equivocarse con respecto a Dios es un drama, es lo peor que nos puede pasar, porque entonces nos equivocamos con respecto al mundo, a la historia, al hombre, a nosotros mismos. Nos equivocamos en la vida.

 

El traje que hay que ponerse para no fracasar en la vida es Jesucristo (Ef 4,24). En el bautismo recibí, junto con la túnica blanca, la tarea de pasar la vida revistiéndome de Cristo. De tener sus sentimientos, de ser eco de sus palabras, de preferir a quienes Él prefería, de sembrar sus gestos en el mundo.

 

A respirarlo. Respirad siempre a Cristo, es la última tarea que el Abad Antonio, en su lecho de muerte, confía a los monjes. Es la experiencia de San Pablo: en Él vivimos, nos movemos y respiramos (Hechos 17,28). Entonces aportaremos nuestro granito de arena allá donde la vida celebre su fiesta.

 

Vestirnos con un traje nuevo, después de haber dejado el viejo (Ef 4,24). Él ha querido que estuviéramos dispuestos a arriesgarlo todo. Rechazamos la invitación porque contiene una exigencia excesiva: que las cosas de Dios nos importen más que las nuestras, más que el trabajo, el tiempo, el dinero. Y, sin embargo, las cosas de Dios no son más que nuestras propias fuentes.

 

Aún en este nuestro tiempo doloroso y espléndido, Dios nos renueva sus invitaciones, para decirnos que la eternidad no está en otra parte, en otro reloj, sino que este tiempo ya es un fragmento de eternidad lleno de invitaciones; ya ahora, con Dios, la vida celebra su fiesta si tan solo tenemos un corazón que acoge y que sabe compartir.

 

La invitación a la convivencia es también una invitación a pasar de la economía de las cosas a la economía de las personas, a dedicarnos tiempo para el encuentro, para los amigos, para Dios, para la vida interior.

 


II
 

Tres imágenes resumen esta parábola: la primera es la de una sala vacía, preparada para una fiesta a la que nadie acude. 

Al principio, el don; al principio, un Dios al que no se escucha ni se tiene en cuenta, que sueña con un palacio lleno de rostros felices y de cánticos. Ni siquiera Dios puede quedarse solo. El suyo es como un éxodo perenne en busca del hombre, el primero de todos los éxodos de toda soledad. 

Al principio, un Dios que necesita dar para ser Dios, que desde la eternidad celebra el rito de la amistad: «Id por las calles y a quienes encontréis, buenos y malos, llamadlos». Dispuesto incluso a estar en compañía de gente que no está a la altura, inadecuada, equivocada o mala. 

Y nosotros esperábamos que junto a Dios solo pudieran sentarse los buenos, los sin pecado, los puros, los merecedores. ¡Pero a Dios no se le merece, se le acoge! «Y el salón se llenó de comensales». El paraíso no está lleno de santos, sino de pecadores perdonados, de gente como nosotros. 

La segunda imagen es la de los caminos. Si el don no es acogido y las casas se cierran, el Señor abre caminos a lo largo de los setos. Son los caminos que recorren los siervos, pero antes aún los invitados que se marchan a sus campos y a sus quehaceres. 

El camino es el símbolo de la libertad de elección: unos lo recorren hacia la fiesta, otros hacia los campos y los quehaceres. 

En estas pocas palabras se esconde el motivo del rechazo: los invitados están demasiado ocupados para tener tiempo de vivir, siguen una lógica mercantil y contable, ajena a la gratuidad del tiempo y del don. 

Así somos nosotros: dispuestos a dar a Dios algo a cambio de algo (oraciones a cambio de ayuda), pero no a dar y recibir amistad de forma gratuita. No a amar sin ser correspondidos. 

La tercera imagen es la del traje de boda. El hombre que no lo ha puesto no es peor que los demás; los buenos y los malos se confunden en el salón abarrotado. Pero él no se confunde con los demás: aislado, separado, solo, no puede disfrutar de la fiesta porque no aporta su contribución de belleza. 

Quizá ese hombre no haya creído al rey: no es posible que un rey invite al palacio a mendigos y vagabundos. Tiene la mentalidad de quienes han rechazado la invitación; está allí como si estuviera en otra parte. 

Es el drama del hombre que se ha equivocado con respecto a Dios, que no imagina un Reino hecho de fiesta, convivencia y gozo. ¿Qué es el traje nupcial? Es Cristo: «revestíos de Cristo», pasar la vida vistiéndonos y revistiéndonos de Cristo, de sus gestos y de sus dones. 


III
 

Tres imágenes resumen la parábola: el salón de la fiesta, las calles y el traje de boda. 

1.- El salón de la fiesta permanece vacío y triste, una imagen despiadada del fracaso del rey: nadie quiere su regalo, nadie comparte su alegría. ¿Por qué los invitados no responden a su invitación? 

Todos hemos experimentado que, para celebrar de verdad con los demás, es necesario sentir ya de antemano la felicidad en nuestro interior, es necesario estar contentos. Por eso los primeros invitados no responden, porque no son felices: han perdido la alegría del corazón entre las cosas y los quehaceres. 

2.- Las calles. Entonces, el Dios que vive para crear alegría compartida dice a sus siervos: «Id por las calles, a los cruces, a los semáforos, a lo largo de los setos…». Y la invitación parece casual, pero en realidad quiere expresar la voluntad precisa de que nadie quede excluido. 

¡Qué hermoso es nuestro Dios que, cuando es rechazado, en lugar de rebajar las expectativas, las eleva: llamad a todos! Que abre, amplía, sube la apuesta, va más allá; y de «los muchos invitados» pasa a «todos los invitados»: a todos los que encontréis, malos o buenos, hacedlos entrar. 

Fijémonos: primero los malos y luego los buenos… No estamos llamados porque seamos buenos y nos lo merezcamos, sino para que nos hagamos buenos, dejándonos encontrar y encantar por una propuesta de vida bella, buena y feliz por parte de Dios. 

3.- El traje de boda que un comensal no lleva puesto y por eso es expulsado. Para comprender lo que representa ese traje, nos ayuda una palabra que nos susurraron el día del Bautismo cuando, al ponernos encima una pequeña túnica blanca, el sacerdote dijo: «¡Hijo mío, vístete ahora de Cristo!». ¡Nuestro traje es Cristo! 

Pasar la vida revistiéndonos de Cristo, haciendo nuestros sus gestos, sus palabras, su mirada, sus manos, sus sentimientos; prefiriendo a quienes él prefería. 

El traje nupcial es el de la Mujer del Apocalipsis: vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de estrellas en la cabeza, que lleva el guardarropa de Dios, el traje de fiesta de la creación, que es la luz, el primero de todos los símbolos de Dios. En esa Mujer estamos cada uno de nosotros, buscadores de la luz que venga a vencer los miedos y las sombras que envejecen el corazón. 

La parábola nos ayuda a no equivocarnos con respecto a Dios. Lo imaginamos como un Rey que nos llama a servirle y, en cambio, es Él quien nos sirve a nosotros. Lo tememos como al Dios de los sacrificios y es el Dios al que le importa la alegría; uno que nos obliga a hacer cosas por él y, en cambio, nos pide que le dejemos hacer grandes cosas por nosotros. 

Lo imaginamos lejano, separado, y en cambio está dentro de la sala de la vida, la sala del mundo, como una promesa de felicidad, una escalera de luz apoyada en el corazón y que asciende hacia Dios. 


IV
 

El Reino de los Cielos se parece a una fiesta. Sin embargo, en la ajetreada ciudad de los hombres nadie parece interesado: los invitados no querían venir… quizá temen una fiesta sin corazón, el formalismo de todos, la indiferencia mutua. 

No querían venir, tal vez porque estaban absortos en sus quehaceres, en la rutina del trabajo y del dinero, en las cosas importantes que hay que hacer; no tienen tiempo para cosas sin importancia: las personas, los encuentros, la fiesta. Tienen demasiado que hacer para vivir de verdad. 

Al escuchar esta parábola siento una punzada en el corazón: son pocos los cristianos que sienten a Dios como un vino de alegría; son tan pocos aquellos para quienes creer es una fiesta, las celebraciones litúrgicas que irradian alegría, festivas no solo de nombre. 

Entonces el rey dijo a sus siervos: «Id a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, invitadlos a la boda». La orden del rey es fabulosa: a todos los que encontréis, malos y buenos, sin hacer distinciones, sin tener en cuenta méritos ni moralidad. Una invitación aparentemente aleatoria, que, en cambio, muestra la clara voluntad del rey de que nadie quede excluido. 

¡Qué hermoso es este Dios que, cuando es rechazado, en lugar de rebajar las expectativas, las eleva: «¡Llamad a todos!» Que no se rinde ante las primeras dificultades, y que no permite, ni acepta, que nos rindamos; con Él siempre hay un «después». 

Un Rey que abre, amplía, sube la apuesta, va más allá; y de «muchos invitados» pasa a «todos invitados»: y entraron todos, malos y buenos. Incluso primero los malos… ¡No porque hagan algo por él, sino porque le dejen ser Dios! 

Al final, el salón se llenó de comensales. Así me imagino el Paraíso, como ese salón, lleno no de santos, sino de pecadores perdonados, de gente como nosotros. 

Pero un invitado no lleva el traje de boda: amigo, ¿cómo es que has entrado aquí sin el traje de boda? 

¿Qué simboliza ese traje, el mejor que debería haber tenido? ¿Una conducta intachable? No, en el salón se mezclan personas buenas y malhechores. 

Indica lo mejor de nosotros mismos: ese tema nupcial que es la piedra angular de toda la Biblia, la fe como una historia de amor. 

Desde el momento en que Dios te da la vida, te invita a las bodas con él. Cada uno, a su manera, es el novio. Palabra de los profetas, de los salmos, de Jesús: la historia de la salvación es la historia de dos mendigos, uno que busca el amor y es Dios, y el otro que busca el amor y es el hombre. 

Ese invitado se equivocó con respecto a Dios y, por tanto, consigo mismo, con la vida, con todo: no comprendió que Dios viene como un Esposo, tan íntimo contigo como un amante, experto en fiestas; que en el cielo se celebra por un pecador arrepentido, por un hijo que regresa, por cada mendigo de amor que encuentra y al que devuelve un sorbo de amor, un trago de vida. 


V
 

En la ciudad hay una gran fiesta: se casa el hijo del rey, el heredero al trono, y, sin embargo, nadie parece interesado; al menos ninguna de las personas importantes, aquellas que poseen tierras, bueyes y tiendas. 

Es el retrato del fracaso del rey. Pero este no se rinde ante el primer rechazo y vuelve a lanzar la invitación. ¿Cómo es que, de nuevo, nadie responde y la fiesta prometida acaba en sangre y fuego? Es la historia de Jesús, de Israel, de Jerusalén... 

Entonces dijo a sus siervos: «Id a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, llamadlos a la boda». 

Por tercera vez, los siervos reciben la tarea de salir —una Iglesia en salida— a buscar en los cruces de los caminos, tras los setos, en las periferias, a hombres y mujeres sin importancia alguna, siempre que tengan hambre de vida y de fiesta. 

Si los corazones y las casas se cierran, el Señor, que nunca se queda sin sorpresas, abre encuentros en otros lugares. Ni siquiera Dios puede estar solo. 

La orden del rey es ilógica y fabulosa: a todos los que encontréis, llamadlos a la boda. A todos, sin tener en cuenta méritos, raza ni moralidad. La invitación podría parecer casual, pero expresa la voluntad precisa de llegar a todos, sin excluir a nadie. 

De «los muchos invitados» pasa a «todos los invitados», de las personas importantes pasa a los últimos de la fila: «Dejad que entren todos, malos y buenos». Incluso primero los malos y luego los buenos, sin medias tintas, sin sopesar, sin cuotas que repartir... 

El Evangelio muestra que Él no busca hombres perfectos, no exige criaturas inmaculadas, sino que quiere hombres y mujeres que estén en camino, aunque jadeen, aunque cojeen, pero que sigan caminando. 

Así es el paraíso. ¿Lleno de santos? No, lleno de pecadores perdonados, de gente como nosotros. De vidas que cojean. El rey invita a todos, pero no a hacer algo por él, sino a dejar que él haga cosas por ellos: ¡que le dejen ser Dios! 

El rey entró en el salón… Pensamos en Dios como alguien lejano, separado, en su trono de gloria, y en cambio está dentro del salón de la vida, en este salón del mundo, está aquí con nosotros, alguien a quien le importa la alegría de los hombres y se preocupa por ella; está aquí, en los días de baile y en los de lágrimas, instalado en el centro de la existencia, en el corazón de la vida, no al margen de ella. 

Y se da cuenta de que un invitado no lleva el traje de boda. Todos se han cambiado de ropa, él no; todos, incluso los más pobres, no sé cómo, lo han conseguido, él no; él es como si se hubiera quedado aún fuera del salón. 

Ha entrado, pero no se creía que hubiera una fiesta. No ha entendido que en el cielo se celebra una fiesta por cada pecador arrepentido, por cada hijo que regresa, por cada mendigo de amor. No cree que Dios muestre su rostro de padre en los relatos de un Maestro que amaba los banquetes abiertos a todos. 


VI
 

Gran fiesta en la ciudad: se casa el hijo del rey. 

Pero ocurre que los invitados, gente seria y con los pies en la tierra, empiezan a poner excusas: tienen compromisos, asuntos que resolver, no tienen tiempo para cosas sin importancia: un banquete, fiestas, afectos, rostros. 

El ídolo de la cantidad ha exigido que se le sacrifique la calidad de vida. Porque la esencia de la parábola es esta: Dios es como alguien que organiza una fiesta, la mejor de las fiestas, y te invita, y pone sobre la mesa las condiciones para una vida buena, bella y alegre. 

Todo el Evangelio es la afirmación de que la vida es, y no puede ser otra cosa que una búsqueda continua de la felicidad, y Jesús posee la clave. 

Pero nadie acude a la fiesta, el salón está vacío. La reacción del rey es dura, pero también espléndida: envía a los sirvientes a constatar el fracaso de los primeros y, después, a buscar en los cruces de caminos, detrás de los setos, en las afueras, a hombres y mujeres sin importancia alguna, siempre que tengan hambre de vida y de fiesta. 

Si los corazones y las casas de los invitados se cierran, el Señor abre encuentros en otros lugares. Así como entregó su viña a otros viticultores, así entregará el banquete a otros hambrientos. 

Los siervos parten con una orden ilógica y fabulosa: a todos los que encontréis, llamadlos a la boda. A todos, sin tener en cuenta méritos ni formalidades. No pide nada, lo da todo. 

Es hermoso este Dios que, cuando es rechazado, en lugar de rebajar las expectativas, las eleva: ¡llamad a todos! Él abre, amplía, sube la apuesta, va más allá. Y de «muchos invitados» pasa a «todos invitados», de las personas importantes de la ciudad pasa a los últimos de la fila: «Dejad que entren todos, malos y buenos». Incluso primero los malos y luego los buenos... 

Una sala llena, un escándalo para mi corazón fariseo. Y cuando se adentra en la multitud festiva de la sala, es la imagen de un Dios que entra en el corazón de la vida. Nosotros lo imaginamos lejano, separado, sentado en su trono de juez, y en cambio está dentro de esta sala del mundo, aquí con nosotros, como alguien a quien le importa mi alegría y se preocupa por ella. 

Y he aquí el segundo punto clave del relato: un invitado no lleva el traje de boda. Y Él ordena que lo echen fuera. ¡Qué pretensión! Ha invitado a mendigos y harapientos y se sorprende de que uno vaya mal vestido. 

Pero el traje de boda no es el que se lleva sobre la piel, es un traje en el corazón. Es un corazón que no se ha apagado, que se enciende, que sueña con la fiesta de la vida, que desea creer, porque creer es una fiesta. 

Yo también soy lo que soy: el traje un poco remendado, un poco gastado o descosido. Pero el corazón, ese no: tengo hambre y sed, y deseo que la alegría y la fiesta vuelvan pronto a nuestros hogares. Soy un mendigo del cielo. 

VII 

Muchos creyentes, prisioneros de una religiosidad pre-evangélica, sitúan la piedra angular de la relación entre el hombre y Dios en el pecado que hay que expiar, y en la base de todo ello, el pecado original. 

En cambio, el Evangelio no se cansa de repetir que el eje central de la fe es el don, y en su base, el don original: «¡Si conocieras el don de Dios!». 

La parábola lo explica bien: hay una fiesta en la ciudad, la más importante de todas, se casa el hijo del rey. La religión respira un aire festivo, se fundamenta en el don. 

El relato gira en torno a tres imágenes: una sala vacía; la búsqueda por las calles; un traje inadecuado. Empieza bien, pero pronto deriva hacia la tristeza. 

La sala vacía pone de manifiesto un fracaso, como en algunas de nuestras tristes Iglesias medio vacías, con el pan y el vino que nadie quiere, nadie busca, nadie saborea; con nuestra incapacidad para hablar de la Palabra. Y entonces, la sorpresa: el rechazo no anula el don. 

Si los corazones y las casas de los invitados se cierran, el Señor inesperado abre encuentros en otros lugares. Así como entregó la viña a otros labradores, así entregará el banquete a otros hambrientos. 

A los siervos se les envía con una orden ilógica y fabulosa: «A todos los que encontréis, llamadlos a la boda». A todos, sin tener en cuenta méritos ni formalidades. «No preguntéis nada, vosotros, los invitados». ¡Qué hermoso es este Dios que, al ser rechazado, en lugar de rebajar las expectativas, las eleva: «¡Llamad a todos!» Abre, amplía, sube la apuesta, va más allá, tiene tanta alegría que regalar. 

Y pasa de «muchos invitados» a «todos invitados», de los notables de la ciudad a los últimos de la fila: «Dejad que entren todos, malos y buenos». Incluso primero los malos y luego los buenos. Y yo que pensaba que junto a Dios solo había sitio para los buenos, los mejores, los chicos buenos: en cambio, «¡se llenó el salón!» y no solo de gente de bien... 

Cuando el rey desciende entre la multitud festiva del salón, disfruto de la imagen de un Dios que entra en el corazón de la vida. Nosotros lo imaginamos lejos, separado, sentado en su trono de juez, y en cambio está dentro de esta sala del mundo, dentro de la vida, aquí con nosotros, como alguien a quien le importa la alegría y la cuida. 

Ha invitado a mendigos y desaliñados y se sorprende de que uno vaya mal vestido. Pero no por lo que lleva puesto sobre la piel, sino por lo que viste su alma. Al hombre «sin traje de fiesta» se le echa fuera no porque sea peor que los demás, sino porque está apagado por dentro, sin fiesta en el corazón. 

Al escuchar esta parábola, siento un nudo en el estómago: aún son muy pocos los cristianos que sienten a Dios como un vino de alegría, una flauta del más allá. Son muy pocos aquellos para quienes creer es una fiesta, la belleza de vivir, una fuente de fuerza y de sonrisas. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Un alto en el camino.

Un alto en el camino   Hoy el camino de la vida de ser solo una dirección y se convierte en una pregunta.   Elegimos un camino, a menudo e...