El estilo de Gabriel para un misionero claretiano
La celebración de hoy es única en la historia de la humanidad: la Anunciación del Señor, de hecho, marca el inicio de nuestra salvación.
Quisiera proponerme a mí mismo una especie de
peregrinación a la casa de Nazaret.
Me gustaría que nos ganáramos un rinconcito de esa
casa para que el arcángel Gabriel nos ayude a reconocer la acción de Dios y a
comprender qué se nos pide aún a cada uno de nosotros.
Ciertamente, en aquella casa se le pidió a María algo
único, irrepetible: convertirse en la Madre del Hijo de Dios.
Sin embargo, en aquella casa, se nos da a conocer lo
que puede favorecer la respuesta.
Me gusta pensar en un misionero claretiano como la
prolongación de la misión del arcángel Gabriel.
Por eso me parece especialmente significativo abordar
el pasaje de Lucas desde la perspectiva de un misionero claretiano.
El ángel Gabriel fue enviado por Dios…
Todo llamado es un enviado de Dios. ¿Quién es Gabriel,
la
fuerza de Dios?
Es el ángel
de los Natividades decisivas:
anuncia a Zacarías el nacimiento de Juan el Bautista y anuncia a María el del
Hijo de Dios. ¿Y no es acaso esto el misionero claretiano, el anunciador y el
facilitador del nacimiento de Dios mismo en la vida de aquellos que le son
confiados?
Para acoger la visita de Dios es necesario reconocer a
los diversos «Gabrieles» que
Dios envía a nuestras historias, de modo que seamos capaces de la hospitalidad
divina.
El mayor deseo de Dios, de hecho, es sentirse como en
casa en las casas de los hombres.
Él, que lo puede todo, en el misterio de la
Anunciación se somete a la disponibilidad de una de sus criaturas. ¿Y no es así
en el misterio de toda vocación?
Él lo puede
todo, pero si yo lo quiero. En la vida
de cada uno de nosotros, Él se deja
circunscribir sometiéndose a nuestra libertad, a nuestro SÍ.
Cuando Él es reconocido y acogido, nuestra historia se
convierte en Tierra Santa.
Enviado por
Dios, Gabriel traduce el estilo de Dios. Así es, la fuerza de Dios se expresa solo cuando se asume y se
encarna el mismo estilo de Dios.
Se trata, ante todo, de un estilo gozoso: la señal más verdadera de que Dios está actuando en la historia del hombre es la alegría, es la vida que comienza a fluir.
La sorpresa por la participación inesperada en el
designio de Dios solo se supera gracias a la alegría que nace de saber que Dios
conoce nuestro nombre. ¡No hay momento de nuestra vida que no necesite una
buena noticia!
Precisamente la alegría experimentada es lo que da
crédito a la confianza en el Dios capaz de obrar en la insignificancia de
Nazaret y en la imposibilidad de una virgen.
Luego es un estilo de espera: Gabriel
está atento a las razones de la razón
y, por eso, respeta los tiempos de las
respuestas. ¡Cuántas veces una actitud impaciente acaba congelando la
fecundidad de la respuesta!
Se trata, además, de un estilo tranquilizador:
es la invitación a no temer cuando la mente y el corazón se ven envueltos en
algo que parece imposible para las solas fuerzas humanas. El miedo es vencido
por la certeza de tener un lugar en el corazón mismo de Dios.
Gabriel encarna, además, un estilo de discreción:
en contacto con la experiencia de quien es llamado, no invade, es capaz de
detenerse en el umbral de las confidencias recibidas.
Surge, luego, un estilo de amor que
infunde paz y disipa toda inquietud legítima que nace al medir la desproporción
entre nosotros y Dios.
Un estilo gentil capaz de atraer por su
delicadeza y su elegancia. El estilo de Gabriel nos lleva del miedo a la
confianza, de la soledad a la relación.
Quien se hace discípulo de este estilo de evangelizador se encuentra con un rostro luminoso, una forma de hablar serena, un consejo sabio, un amor no selectivo, un actuar transparente y fiel.
El estilo de Gabriel es un estilo convincente
porque es honesto en lo que dice y capaz de iluminar porque es verdadero.
El estilo de Gabriel es el estilo de quien ayuda a comprender que la madurez humana no es proporcional, ante todo, a la comprensión, sino a la fe, a la disponibilidad de hacer espacio a lo que es más grande que nosotros.
El ángel Gabriel nos recuerda que lo que desde el
punto de vista humano representa la imposibilidad de engendrar, desde el punto
de vista divino se convierte precisamente en la condición para que Dios actúe.
María llegará a decir su «He aquí» al Señor, sin duda ayudada en su discernimiento por la
presencia y el estilo de Gabriel, además de por sus palabras.
Cuando Dios trata con el hombre, no elabora teorías,
sino que suscita acontecimientos que interpelan la libertad de los
interlocutores e involucra a personas que sean signo de su deseo de restablecer
la alianza con la humanidad.
En este día tan significativo, ojalá los misioneros
claretianos también seamos, como Gabriel, anunciadores del Evangelio y, como la
Virgen María, seamos tierra dispuesta a acoger la Palabra que anunciemos a los
demás.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF



