jueves, 28 de mayo de 2026

Plegaria al Inmaculado Corazón de María.

Plegaria al Inmaculado Corazón de María


 

Nuestra dulce Madre,

 

nos unimos a la multitud de quienes han escrito sobre ti para alabar tu belleza e invocar tu intercesión maternal.

 

En el día en que celebramos tu Inmaculada Corazón, día en el que, de manera muy especial, no niegas a tus hijos mostrarte como en las bodas de Caná, quisiéramos dirigir nuestra mirada hacia ti y permanecer en tu contemplación para agradecerte tu presencia en nuestra vida.

 

Nos han enseñado a buscarte en la Escritura, a comprender con los ojos de la fe tus silencios, tus palabras, tu determinación, tu dolor, tu seguimiento de tu Hijo como la primera discípula. Y te descubrimos discreta y sobria. También contemplativa, peregrina, acompañante.

 

Una mujer, en el momento en que se convierte en madre, sabe que su vida ya no será la misma. Y tú, Madre, nos enseñas lo que significa acoger el misterio, hacer visible lo invisible, convertir la propia carne en el terreno donde se injerta el árbol de la vida, estar dispuestos a renunciar a tantas cosas con tal de buscar siempre y únicamente que Dios sea conocido, amado, servido y alabado.


 

Nos has llamado a seguirte sin demasiados cálculos por las montañas de la caridad. Y cuando llegaste a casa de Isabel y sus ojos te reconocieron y sus labios te proclamaron bienaventurada entre todas las mujeres, tu corazón se derritió en un canto de alabanza. Cantabas de Jesús, de tu Hijo, no de ti. Él era tu canto, tú el pentagrama donde Dios había escrito su música más bella. Los hijos no son de las madres, los hijos les son confiados a las madres por ese mismo Dios de quien proviene toda paternidad.

 

Y fijándonos en ti, nos detenemos también en José. Lo amabas, sí, y tenías miedo. ¿Lo entendería? ¿Te acogería? ¡Cuántas mujeres viven con el deseo de que el corazón de sus esposos o sus hijos se abran a la gracia que salva, cuántas conversiones has obrado, María, por la oración humilde y suplicante de las esposas! Confiabas en tu Señor. Y Él no dejó de responder a tu confianza incondicional.

 

Así, a tu «sí» se sumó el de José y comenzó el sueño de Dios, una historia nueva, una historia de Cielo. Durante treinta años ese misterio fue guardado en tu corazón y entre los muros de la casa de Nazaret, mostrándome el esfuerzo, la concreción, la necesidad de una fe que se hiciera carne en la vida familiar.

 

Luego llegó el tiempo de la misión, del anuncio, de los milagros, del desprendimiento. Los hijos, en un momento dado, abandonan el calor del hogar para comprender y dar por sí mismos los pasos de su vida.

 

Tu corazón de Madre alcanzó las cimas más altas del amor a los pies del Calvario. Allí, mientras los clavos traspasaban sus manos y sus pies, cada golpe te era infligido a ti, porque en la carne de un hijo está la carne de la madre, y cuando un hijo sufre, la madre sufre con él y por él. Pero es precisamente allí, Madre, donde nos enseñas lo que significa amar. Estar al lado, permanecer fiel, custodiar con dolor incluso cuando el otro te presenta el cáliz amargo del desprecio o del rechazo.

 

La última imagen de ti la encontramos en el Cenáculo, el día de Pentecostés junto a los discípulos. Ellos habían abandonado a tu Hijo, pero tú te habías quedado. Cuántas traiciones en nuestra vida, cuántas negaciones, y sin embargo, Madre, Tú no te has ido, has seguido estando cerca de nosotros, permaneciendo con nosotros.

 

Allí, ese Espíritu que te había envuelto desde el principio se derrama sobre tus hijos, sobre cada uno de nosotros. A partir de ese momento ya no se habla más de ti. Tu misión en la tierra termina para comenzar la de los Cielos junto a tu Hijo; te conviertes en la Mujer vestida de sol, la toda Bella, la toda Santa.

 

Gracias, María… Llegará el día en el que poder expresarte nuestra gratitud cara a cara y contemplar contigo a ese Jesús que es toda nuestra alegría.


 

Bajo tu mirada de Madre y en tu Corazón nosotros tenemos un lugar especial.

 

Bajo tu mirada de Madre y en tu Corazón aprendemos la lección de contemplación y adoración, a conocer y gustar más íntimamente el misterio de Dios, a caminar confiados y peregrinos, a seguir haciendo lo que tu Hijo nos diga.

 

María, Madre de la fidelidad perseverante, te confiamos nuestros días como hijos en tus brazos maternos.

 

Tú que has guardado en tu corazón el conocimiento y el amor más íntimos y elevados de Dios, que brotaron de tus labios en el «Magnificat», haz que podamos cantarlos contigo.

 

Madre, cúbrenos con tu manto, envuélvenos en la atmósfera de tu protección, defiéndenos de los peligros, para que, al escuchar al Señor, le sigamos diciendo todo el sí del que somos capaces.

 

María, Madre del Corazón dócil y sabio, guía nuestra vida para que podamos hacer solo lo que en tu Corazón piensas y quieres de nosotros. Y concédenos mirar hacia arriba y hacia adelante trabajando contigo en el servicio evangelizador y misionero.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


Inmaculado Corazón de María: un corazón centinela.

Inmaculado Corazón de María: un corazón centinela

Nuestra Congregación, Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, siempre tiene a bien poner de relieve con intensidad la figura de María y de su corazón.

 

No es la ocasión de detenemos a preguntarnos con rigor cuál es la relación entre la María de los textos bíblicos y aquella que, a lo largo de los siglos, se ha convertido en objeto de definiciones doctrinales y de una devoción muy extendida.

 

Ciertamente para abordar seriamente esta cuestión es necesario tener en cuenta todos los niveles: la Escritura, la Tradición, la reflexión teológica y la forma en que la figura de María ha sido progresivamente interpretada y transformada.

 

Con todo, sí podemos volver a los textos del Nuevo Testamento en los que María aparece con una sobriedad sorprendente.

 

Hay quien ve en la figura de María la expresión del arquetipo materno, capaz de responder a las necesidades profundas de la experiencia humana. O quien interpreta a María dentro de la condición humana redimida, no como una realidad separada. O quien cuestiona la solidez bíblica de algunas afirmaciones marianas. O quien pone el acento en la dimensión histórica y concreta de María, mujer pobre y creyente.

 

Por un lado, la María de los Evangelios es una mujer que escucha, que cree, que camina en la historia, que no lo comprende todo pero permanece fiel. Por otro lado, la María de la tradición: progresivamente definida, elevada, rodeada de títulos y atributos que la sitúan en una dimensión casi separada.


Tal vez María haya corrido el riesgo de perder su dimensión original de creyente para asumir rasgos que la hacen parecer una figura extraordinaria y distante, difícilmente identificable con el perfil evangélico. Y quizás ha sido una transformación sutil pero significativa.

 

Para nosotros la María de los Evangelios sigue siendo el criterio fundamental: una mujer que vive la fe dentro de la historia, sin privilegios narrativos que la separen de la experiencia humana común.

 

Y tener en nuestro ADN misionero esta dimensión no significa empobrecer la figura de María, sino devolverle profundidad. Significa reconocer que su grandeza no reside en atributos extraordinarios acumulados a lo largo del tiempo, sino en la radicalidad de su escucha y en la concreción de su camino.

 

María no es una figura distante. Tampoco sobrecargada. Su presencia es esencial, y no menos discreta, también porque nos interroga la fe, el seguimiento de Jesús, el testimonio misionero,…, en su forma más auténtica.

 

A la luz de la María de los Evangelio, quizás no podamos preguntar qué hay en el corazón de una madre. ¿Quién podría responder realmente a una pregunta así?

 

El corazón de una madre es un océano infinito de cosas que no pueden resumirse en ninguna fórmula. Y, sin embargo, la fiesta del Inmaculado Corazón de María nos permite a los misioneros claretianos echar un vistazo a su interior.


No siempre el amor comprende todo lo que sucede, pero el verdadero amor, el amor de una madre, busca obstinadamente a sus hijos hasta que nos encuentra, y allí donde no comprende, sabe guardarlo todo en su interior, sabe custodiar los acontecimientos y los malentendidos haciendo que el amor prevalezca siempre sobre todo lo demás: «Su madre guardaba todas estas cosas en su corazón».

 

Por eso, los misioneros claretianos pensamos en la imagen de la “Fragua de su Corazón” porque entre las cosas que María guarda en su corazón estamos también nosotros, todos sus hijos, porque Ella es nuestra Madre por voluntad del mismo Jesús.

 

Es hermoso saber que estamos a salvo en el corazón de alguien y que este Corazón es verdaderamente un refugio inmaculado, sin ningún mal, con aquella belleza e inocencia originales. Muchas veces ese Corazón nos defiende incluso de nosotros mismos. Ese Corazón es el camino más seguro que nos lleva de vuelta a casa, que nos lleva de vuelta a Jesús.

 

En un día como hoy me gusta reflexionar que el Evangelio nos habla explícitamente del corazón de María solo en dos ocasiones y, en ambas, el evangelista San Lucas se expresa de la misma manera: el corazón de María es un corazón que guarda los acontecimientos y las palabras que se refieren a su Hijo Jesús (cf. Lc 2,19 y 2,51).

 

Sabemos bien que, en el lenguaje de la Sagrada Escritura, el corazón es el centro de la persona, el lugar donde se toman las decisiones y no solo la sede de los afectos y los sentimientos.

 

Podemos decir, pues, que la persona de María —pues su corazón no es otra cosa que Ella misma— nos es presentada por los Evangelios como una mujer que, ante todo, guarda y medita.

 

Si no se partiera de este dato bíblico, se correría el riesgo de no tener clara la actitud con la que María permanece continuamente ante el misterio de Dios, y de olvidar que esta actitud no es otra que la del buen discípulo de Jesús. Y así María es, por así decirlo, la auténtica secuela de Cristo. Mirar a Ella significa comprender cómo en nuestra vida de discípulos estamos llamados a seguir a Jesús.

 

San Lucas nos deja claro que, en la economía de la salvación, hay una parte que le corresponde a María: Ella está llamada en plena libertad a implicarse en el misterio de Dios que viene a su encuentro.

 

Esta parte es, en pocas palabras, la respuesta dócil y responsable al acercamiento de Dios en su vida.


El Evangelio de la Anunciación nos recuerda su respuesta: hágase en mí según tu palabra (Lc 1,38). Este «hágase» resume el significado profundo de su identificación como «la sierva del Señor». Lejos de ser una servidumbre superficial o una sumisión irresponsable, ese verbo nos dice que María desea en lo más profundo de sí misma lo que el ángel acaba de pedirle. Ser sierva es, en el fondo, el reconocimiento de que el deseo de Dios para mi vida corresponde a mi deseo más profundo.

 

María, siempre en su vida terrenal y hoy en el desarrollo de la vida de la Iglesia, cumple esta parte suya, escuchando el deseo de Dios, guardándolo y haciéndolo resonar continuamente en su interior.

 

El arte de la custodia pertenece a todo discípulo de Jesús. También a nosotros, misioneros claretianos. Pero, ¿qué significa custodiar?

 

Seguramente hasta se podrían decir muchas cosas, desde cuidar hasta observar los mandamientos. Pero también podríamos captar un matiz bíblico interesante.

 

El verbo custodiar en hebreo se encuentra en la raíz del sustantivo centinela. De manera plástica, para dar valor a la idea de custodiar, el Antiguo Testamento nos habla de los centinelas. ¡Custodiar significa, pues, vivir como centinelas!

 

Sobre tus murallas, Jerusalén, he puesto centinelas (Is 62,6).

 

Custodiar significa escudriñar el horizonte y tomar en serio la vida de quienes nos han sido confiados.


Esta es la actitud de María, una actitud que, al tiempo que habla de estabilidad, denota también una maravillosa dinámica interior.

 

En el momento de la Anunciación, María se deja envolver por el Espíritu Santo, deja que toda su persona sea envuelta, penetrada por el Amor, por ese nuevo reino de Amor que el Padre nos dona en su Hijo Jesús: y durante toda su vida, su corazón no hará otra cosa que esto: escudriñar el horizonte para percibir y dejarse envolver por este reino que viene.

 

En la Anunciación de manera extraordinaria a través del ángel Gabriel, y luego en la cotidianidad de la vida, en los acontecimientos que suceden tal y como nos cuenta el Evangelio (ante los pastores, ante Simeón, ante los doctores de la Ley, hasta la Cruz y en el Cenáculo tras la resurrección).

 

Al igual que para nosotros, también para María todo esto es un camino que se realiza en la fe. Precisamente por eso el Concilio Vaticano II habla de ella como una peregrina: también la Santísima Virgen avanzó en el camino de la fe y conservó fielmente su unión con el Hijo hasta la cruz (LG 58).

 

Seguir a Jesús significa, en el fondo, vivir como vivió María con esta actitud que podríamos, sin exagerar, definir también como profética, porque el profeta es aquel que se da cuenta del reino de amor que viene y lo sigue.


Ser «Sequela Christi» significa ser discípulo de Jesús hasta tal punto que se llega a ser una sola cosa con Él.


Hoy quiero recordar que el Corazón de María nos enseña a ser corazones centinelas como el amor divino que vela y vigila por todos y cada uno de sus hijos. También de noche.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 26 de mayo de 2026

Magnifica Humanitas: La encrucijada del ser humano.

Magnifica Humanitas: La encrucijada del ser humano

Tal vez alguno se pregunte por qué el creyente, y sobre todo un Papa, que es el punto de referencia autoritario de los cristianos católicos, deba interesarse por la Inteligencia Artificial (IA), y por otros temas que tienen que ver con la sociedad, la ciencia, la política. De hecho el Papa León XIV habla de ello en su encíclica, en los números 18-27.

 

Y creo que la respuesta está en aquel hermoso pasaje inicial de la «Gaudium et Spes», el último documento publicado por el Concilio Vaticano II. Hasta quizá es el pasaje literariamente más bello de los documentos eclesiales del siglo pasado. 

Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón (GS 1). 

La vieja y tenaz pasión por los seres humanos es la razón de ser de «Magnifica Humanitas». Ni más ni menos. Es decir, esta propuesta de reflexión nace del interés de la Iglesia por lo que interesa a los seres humanos.

 

La encíclica titulada “Magnifica Humanitas”, esboza la visión de la Iglesia católica sobre los retos que plantean la IA y las tecnologías emergentes. El texto repasa la evolución de la doctrina social y propone un discernimiento que sitúe en el centro la dignidad inalienable de la persona frente al poder de los grandes actores privados.

 

A través de los iconos bíblicos de Babel y Jerusalén, el Papa León XIV advierte contra un paradigma tecnocrático que corre el riesgo de reducir al ser humano a un mero dato estadístico. Se reitera la importancia de un desarrollo humano integral basado en la subsidiariedad, la solidaridad y la tutela del bien común en el mundo digital. En definitiva, el documento invita a cuidar lo humano, promoviendo una técnica que esté siempre al servicio de la justicia, del trabajo y de la fraternidad universal.

 

Esta encíclica, en una palabra, aborda el desafío que plantean tanto la IA como las tecnologías emergentes, proponiendo una visión basada en la protección de la dignidad humana y en la doctrina social de la Iglesia.


 

A modo de resumen algunos de sus puntos importantes sobre los temas principales pueden ser los siguientes.

 

La encíclica exhorta a no ser espectadores resignados, sino «sabios arquitectos» de nuestro tiempo, capaces de orientar la innovación tecnológica hacia un desarrollo humano integral que nunca pierda de vista el rostro del otro.

 

Las «res novae» y el desafío tecnológico: La Iglesia reconoce que la digitalización y la IA no son solo herramientas, sino transformaciones profundas que inciden en los procesos de toma de decisiones y en el imaginario colectivo. El Papa advierte que la técnica, aunque es un hecho humano ligado a la libertad, corre el riesgo de verse guiada por un paradigma tecnocrático que antepone el beneficio y la eficiencia a la persona.

 

Iconos bíblicos (Babel vs. Jerusalén): La encíclica utiliza dos imágenes bíblicas contrapuestas: la Torre de Babel, símbolo de un poder que pretende la autosuficiencia y conduce a la homogeneización y la deshumanización, y la reconstrucción de Jerusalén bajo Nehemías, ejemplo de responsabilidad compartida, escucha y cuidado de los lazos comunitarios.

 

Fundamentos de la dignidad humana: En el centro del documento se encuentra la reafirmación de la dignidad ontológica de todo ser humano, creado a imagen de Dios, que no depende del rendimiento, la riqueza o la eficiencia tecnológica. El valor de la persona es infinito e incondicional, y no debe reducirse a un mero dato o recurso que explotar.

 

Principios de la doctrina social en la era digital:

 

  • Bien común: Debe orientar la IA para que no sea la suma de intereses individuales, sino un proyecto compartido para la «cultura del encuentro».
  • Destino universal de los bienes: Incluye hoy también datos, algoritmos e infraestructuras tecnológicas, que no deben ser monopolio de unos pocos actores privados.
  • Subsidiariedad: Necesaria para contrarrestar el poder de los grandes actores tecnológicos que absorben la capacidad de decisión, protegiendo en cambio la libertad de las comunidades locales.
  • Justicia social: Exige que se impidan nuevas formas de exclusión digital y que se proteja a los más vulnerables de los sesgos algorítmicos.

 

Crítica a la Inteligencia Artificial y al poshumanismo: La IA, aunque útil, carece de conciencia moral, empatía y sabiduría relacional. El Papa critica las corrientes del transhumanismo y del poshumanismo, que ven el límite humano (fragilidad, enfermedad, muerte) como un error que hay que corregir técnicamente, mientras que la fe cristiana ve en el límite el lugar donde madura la relación y actúa la gracia.

 

Verdad: La desinformación alimentada por la IA socava la democracia; la verdad debe entenderse, en cambio, como un bien común relacional.

 

Trabajo: Es la «clave esencial» de la cuestión social; la automatización no debe sustituir a la persona, sino ayudarla, evitando la descalificación de los trabajadores o la creación de desempleo masivo.

 

Libertad: Hay que vigilar contra las nuevas formas de control social a través de los datos y romper las cadenas de las nuevas esclavitudes digitales (trabajo invisible y mal remunerado para entrenar algoritmos y explotación de los recursos naturales).

 

Cultura del poder frente a civilización del amor: La encíclica denuncia la normalización de la guerra y el uso de la IA en el ámbito bélico (sistemas de armas autónomos), que hacen que el conflicto sea más impersonal y «practicable». La alternativa es la construcción de una civilización del amor basada en el diálogo, el multilateralismo y el «desarme de las palabras».

 

Compromiso educativo y sinodal: El Papa invita a una alianza educativa para formar en el pensamiento crítico y a un «ayuno de IA» cuando sea necesario. También la Iglesia está llamada a revisar internamente sus propios estilos de gobierno, promoviendo la transparencia y la sinodalidad.


En conclusión, con Magnifica Humanitas el Papa León XIV aborda una de las cuestiones decisivas de nuestro tiempo: la relación entre el ser humano y la IA. Y es un documento que se inscribe en la gran tradición de la doctrina social de la Iglesia, recogiendo el legado de la Rerum Novarum del Papa León XIII y adaptándolo a la era de la revolución digital.

 

No, no se trata de un texto contra la tecnología. Es, más bien, una reflexión profunda sobre el destino humano en una época histórica en la que el poder tecnológico parece crecer más rápidamente que la capacidad moral para gobernarlo. Por eso, la encíclica sitúa en el centro la dignidad de la persona, interrogándose sobre el futuro de la libertad, del trabajo, de las relaciones sociales, de la justicia e incluso de la paz.

 

Y es que la IA aparece como un punto de inflexión trascendental, capaz de redefinir la forma misma de comprender al hombre. No se trata únicamente de la eficiencia de los instrumentos tecnológicos, sino del criterio con el que se orientan. La tecnología, de hecho, no puede medirse exclusivamente por la rapidez de los resultados o por la productividad: debe permanecer anclada en la verdad de la persona humana.

 

El mismo título, Magnifica Humanitas, contiene el corazón del mensaje: la humanidad sigue siendo «magnifica» porque cada ser humano conserva una dignidad infinita.

 

En una época atravesada por guerras, nuevas formas de esclavitud y culturas de la indiferencia, el Papa León XIV rechaza toda tentación poshumana o transhumanista que imagine superar al ser humano a través de la tecnología. La fragilidad, el límite, incluso el sufrimiento, se reinterpretan como lugares en los que el ser humano madura, ama y crece espiritualmente: «Para eliminar totalmente el dolor habría que apagar también el amor».

 

La encíclica no demoniza el progreso científico ni los logros de la IA, sobre todo en el ámbito médico y social. Sin embargo, advierte contra una visión tecnocrática que corre el riesgo de reducir a la persona a un dato, un rendimiento o una función algorítmica. La verdadera trascendencia del hombre, sostiene el Papa León XIV, no nace de la máquina, sino de la gracia: no de la superación artificial de los límites, sino de la capacidad de llegar a ser plenamente humanos a través de la fe, la esperanza y la caridad.

 

Esta encíclica no postula un rechazo de la modernidad sino aquella construcción de una «civilización del amor», expresión muy querida por los Papas Pablo VI y Juan Pablo II. Por eso, el Papa León XIV invita a creyentes, científicos, gobiernos e instituciones a colaborar para que el progreso tecnológico permanezca al servicio del ser humano y no al revés: «Nadie puede ser reducido a su productividad, a sus prestaciones cognitivas o a unos datos».

 

La encíclica concluye así con un llamamiento que es a la vez espiritual y civil: permanecer vigilantes, custodiar lo humano, no dejar que la tecnología ocupe el lugar de la conciencia. Para el Papa León XIV, el futuro no está ya escrito por los algoritmos. Dependerá de la capacidad del ser humano para seguir siendo humano.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


A continuación añado una posdata para sacar punta... al Papa León XIV (por supuesto con respeto y obediencia).

 

Alguien, y creo que con razón, ha comentado en voz alta que «Magnifica Humanitas» no es una encíclica sobre la IA.

 

Y me explico. 


La IA es el «signo de los tiempos» en torno al cual y gracias al cual el Papa León XIV ha realizado una oportuna actualización de la Doctrina Social de la Iglesia.

 

¿Por qué digo esto?

 

Por favor lee con atención el siguiente número 104 de «Magnifica Humanitas»: 

De esto se deriva una consecuencia sencilla pero apremiante: no podemos considerar a la IA como moralmente neutra. En realidad, todo artefacto técnico lleva consigo decisiones y prioridades: lo que mide, lo que ignora, lo que optimiza y el modo en que clasifica personas y situaciones. Si un sistema se concibe o emplea tratando algunas vidas como menos dignas, o las excluye sin posibilidad de apelación, no es un simple instrumento que “hay que usar correctamente”; introduce ya un criterio que contradice la dignidad inalienable de la persona. Por eso, el discernimiento ético no se puede limitar a preguntarse si usamos un determinado sistema para un fin bueno o malo, sino que debe interrogarse también sobre el modo en el que está diseñado y que idea de persona y de sociedad queda inscrita en los datos y en los modelos que lo guían”. 

¿No vale esto mismo para no pocos otros sistemas - económicos, administrativos, políticos, culturales, sociales, familiares,..., también eclesiales… - en los que los cristianos deberían actuar y elegir constantemente con una conciencia iluminada por el Evangelio?

 

De hecho, el Papa escribe luego en el número 110: «La IA» —pero podríamos sustituirla por hipótesis por muchos otros sistemas en los que vivimos y que he mencionado en el párrafo anterior— «es ya un entorno en el que estamos inmersos y un poder con el que debemos contar. Por eso, no basta con regularla: hay que desarmarla y hacerla acogedora».

 

¿No habría que «desarmar» tantos otros sistemas y hacerlos «acogedores»? ¿También el sistema eclesial?

La Iglesia desde Pedro y Pablo.

La Iglesia desde Pedro y Pablo

La permanencia de la Iglesia merece una reflexión.

 

Se trata de una institución que nació en los márgenes de un imperio, desprovista de poder y duramente perseguida, que ha atravesado dos milenios de guerras, crisis morales, cismas y revoluciones culturales y políticas.

 

No solo ha sobrevivido, sino que, entre victorias históricas y errores catastróficos, ha seguido siendo una presencia reconocible y bien arraigada.

 

Esta permanencia, sin embargo, no debe confundirse con inmovilidad: es más bien la capacidad de perdurar atravesando el cambio.

 

¿Cómo se resiste a lo largo de milenios mientras el mundo a su alrededor cambia profundamente?


En la raíz de esta continuidad hay una conciencia inquebrantable de sí misma. La Iglesia ha tenido la visión de concebirse a sí misma como un pueblo en camino, generado por un origen que la precede y orientado hacia un fin que la trasciende: una flecha lanzada de lo inmanente a lo trascendente.

 

Esta conciencia le ha permitido no identificarse nunca del todo con las formas históricas que ha adoptado, sabiendo encarnarse en las culturas y hablar lenguas diferentes, sin convertirse en esas culturas, permaneciendo como la Iglesia. Desde las ciudades de la Antigüedad hasta las metrópolis del mundo globalizado, se ha traducido continuamente a sí misma.

 

Pero adaptarse no significa diluirse. Significa más bien ensuciarse las manos: adentrarse en la complejidad de lo real, aceptar el enfrentamiento, correr el riesgo del error. Una Iglesia que se expone, que escucha, que se deja interrogar, es una Iglesia que permanece viva.

 

Saber quiénes somos significa también distinguir entre lo que de nuestra esencia es identitario y lo que es contingente.

 

El anuncio, la fe, la caridad, la vida sacramental… siguen siendo el corazón palpitante e irrenunciable; las formas, los lenguajes y las estructuras pueden cambiar con el tiempo.


 

Esta capacidad de adaptarse sin dejar de ser ella misma, aunque imperfecta, ha sido esencial para el crecimiento y la supervivencia ante las adversidades de la historia: sin ella, la Iglesia se habría endurecido en un pasado polvoriento o se habría dispersado en un presente caótico.

 

Una Iglesia incapaz de abrirse al mundo, preocupada únicamente por la defensa de su identidad, acabaría convirtiéndose en un vestigio de otra época, sorda y ciega ante el hombre contemporáneo.

 

Desde esta perspectiva, una menor rigidez jerárquica, sin negar la estructura necesaria, puede convertirse en un recurso valioso para continuar esa travesía hacia el futuro, ampliando el alcance sin perder la unidad. ¿Ha sabido hacerlo la Iglesia? En parte no; es en estas ocasiones no aprovechadas donde se encuentran algunas de las derrotas por las que hoy vacila el número de fieles, sobre todo en algunos sectores de la sociedad.

 

En parte, sin embargo, sí; de hecho, el cristianismo está plantando cara al relativismo de la modernidad capitalista, ofreciendo un alimento precioso a una humanidad terriblemente hambrienta de espiritualidad y horizontes de sentido.

 

Prefiero una Iglesia accidentada, herida y sucia por haber salido a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a sus propias seguridades - Papa Francisco, Evangelii Gaudium -.


La dimensión institucional, con sus múltiples formas y su memoria, permite superar los límites del individuo, porque, para bien o para mal, establece límites y proporciona una estructura capaz de dar continuidad al patrimonio común. Pero en este momento histórico es esencial que la Iglesia sea la casa de todos, en diálogo con las contradicciones del mundo moderno.

 

En San Lucas 15, 3-7, el Buen Pastor deja las noventa y nueve ovejas en el desierto para ir a recuperar la que se ha perdido, porque habrá más alegría en el cielo por un pecador convertido que por noventa y nueve justos que no necesitan conversión.

 

Jesús deja a las noventa y nueve que ya son fieles por quien se ha perdido. Ser como Jesús significa ir ante todo a recuperar todo lo humano, especialmente lo más débil, frágil e, incluso, “perdido”, no a proteger la propia pureza.

 

No es que la pureza no sea un valor, pero es bueno que sea puro el corazón, no las manos. La Iglesia tiene el privilegio de tener la mirada puesta en el cielo y los pies en la tierra, lo divino en la mente y el barro en el cuerpo. Y ese barro es precioso.

 

Esta polaridad constante entre estructura y aliento es una característica absolutamente necesaria.


Por un lado, las formas visibles de orden y organización son el esqueleto (no se sobrevive a los milenios permaneciendo como un movimiento, sino que es necesario convertirse en institución); por otro, la capacidad de comprender la libre acción del Espíritu Santo es el aliento. Sin estructura, todo se dispersa en el tiempo; sin aliento, todo se endurece y muere.

 

La teología y la praxis, la liturgia y la organización, la autoridad y la participación: es un equilibrio que lo abarca todo, nunca adquirido de una vez por todas, sino continuamente buscado.

 

Los impulsos hacia formas más participativas y menos rígidas deben interpretarse bajo esta luz: no como una (peligrosa) negación de la estructura, sino como un intento de hacerla más capaz de incluir, escuchar y valorar la diversidad. Una estructura que respira es una estructura que vive.

 

La Iglesia no es ni perfecta en cuanto que es humana. Está marcada por errores, contradicciones y caídas, y sin embargo sigue siendo amada y habitada: una esposa imperfecta y hermosa.

 

Jesucristo la amó y se entregó por ella (Efesios 5, 25) no por su impecabilidad, sino conociendo bien su fragilidad, y perdonándola cada vez que ella lo había renegado, sabiendo mantener unidas la verdad y la misericordia.

 

Ni un museo de santos cerrados al mundo, ni una entidad fluida inconsciente de sus límites y de su ser, sino un pueblo vivo en camino que, con esfuerzo y alegría, descubre paso a paso cómo prosigue su camino, plenamente seguro, sin embargo, del destino: he aquí la esposa tan amada por Jesucristo.

 

Nadie debería sentirse ajeno a la Iglesia por sentirse inquieto o diferente: la Casa de Dios es de todos sus hijos, los que siempre se han quedado y los que han vuelto. La fe no exige borrar la propia individualidad para uniformarse, sino, por el contrario, comprender la propia historia, en su singularidad, para poder abrazar la oferta de gracia y salvación.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 25 de mayo de 2026

Magnifica Humanitas: las “res novae” de nuestro tiempo.

Magnifica Humanitas: las “res novae” de nuestro tiempo

El Papa León XIV ha firmado su encíclica sobre la Inteligencia Artificial. «Magnifica Humanitas», ese es el título. Un documento centrado en el ser humano que debe ocupar el centro de la revolución tecnológica.

 

En concreto, el Papa pretende subrayar la importancia de proteger las condiciones humanas del desarrollo de la Inteligencia Artificial para que, de hecho, sea una herramienta para la protección del ser humano, que no debe ser sacrificado en nombre del progreso. Porque el riego de un proceso de automatización de la tecnología es una cuestión humana y, por lo tanto, también política.

 

Tal vez sea esta encíclica un hito en la historia del catolicismo. Las encíclicas sirven para dictar las prioridades de la Iglesia católica e indican la forma en que deben abordarse. Son temas de gran actualidad, muy a menudo asociados a las crisis de nuestro tiempo. Igualmente significativa fue, por ejemplo, la encíclica promulgada por el Papa Francisco sobre el medio ambiente. En realidad las encíclicas también son documentos que indican caminos a seguir y horizontes hacia los que continuar caminando para los católicos de todo el mundo.

 

Y yo creo que es un paso enorme. La Iglesia católica no quiere quedarse mirando cómo cambia el mundo: pretende ser parte activa de esta transformación, ofrecer criterios y perspectivas a través de los medios que posee.

 

También creo que la revolución tecnológica se presenta al mismo nivel que la revolución industrial. Quizá sea por eso que el nombre de esta encíclica - «Magnifica Humanitas» -  hace referencia precisamente a un momento de revolución en la historia de la humanidad de la mano de la Inteligencia Artificial.

 

El último Papa León fue elegido el 20 de febrero de 878: se trataba del Papa León XIII. En su encíclica “Rerum Novarum” del 15 de mayo de 1891 (este año se cumple su 135º aniversario), ponía de relieve cómo «un pequeño número de hombres muy ricos» imponía «a las masas de trabajadores pobres un juego poco mejor que el de la propia esclavitud». De esta manera se subrayaba el hecho de una diferencia: «el abismo entre la inmensa riqueza y la más absoluta pobreza». Exactamente lo que sigue ocurriendo en nuestros días.

 

Y el Papa León XIV ha querido dar una señal de continuidad, grabando su nombre en la época histórica en la que vive.

 

Recientemente la Iglesia ha establecido varias colaboraciones en materia de ciberseguridad. Por ejemplo, en junio de 2025 la Santa Sede confió en Cyber Eagle, una empresa de última generación que proporciona herramientas de defensa, tanto para protegerse de las amenazas que llegan del exterior como para dar testimonio del uso responsable, es decir, también ético de la Inteligencia Artificial.

 

Y el Papa León XIV ha aprobado recientemente la creación de la Comisión Interdicasterial sobre la Inteligencia Artificial: un organismo encargado de coordinar las reflexiones, los proyectos y las políticas internas de la Santa Sede sobre un tema cada vez más fundamental para el futuro global (cf. https://press.vatican.va/content/salastampa/es/bollettino/pubblico/2026/05/16/160526e.html).

 

En la base de esta decisión se encontraba una evaluación en profundidad de la evolución tecnológica en curso. De hecho se hace referencia explícita al «desarrollo en las últimas décadas del fenómeno de la inteligencia artificial y a las aceleraciones más recientes en su uso generalizado», junto con los «efectos potenciales sobre el ser humano y la humanidad en su conjunto». Una reflexión que va de la mano de la preocupación de la Iglesia por «la dignidad de todo ser humano, sobre todo en relación con su desarrollo integral», confirmando el enfoque antropocéntrico que caracteriza la reflexión de la Iglesia sobre las nuevas tecnologías tratando de conjugar la innovación y la protección de la persona, la ética y la capacidad de orientación.


«Magnifica Humanitas» se presenta  como una encíclica «sobre la protección de la persona humana en la era de la Inteligencia Artificial».

 

Y haciendo memoria, Inteligencia Artificial fue un tema que ya había interesado al G7 celebrado en Italia en junio de 2024 y que contó con la participación extraordinaria del entonces Papa Francisco (cf. https://www.vatican.va/content/francesco/es/speeches/2024/june/documents/20240614-g7-intelligenza-artificiale.html).

 

«Me dirijo hoy a ustedes, líderes del Foro Intergubernamental del G7, con una reflexión sobre los efectos de la inteligencia artificial en el futuro de la humanidad», había iniciado su intervención el Papa Francisco. La Inteligencia Artificial, continuaba, «es una herramienta extremadamente poderosa, empleada en muchísimas áreas de la actividad humana: desde la medicina hasta el mundo laboral, desde la cultura hasta el ámbito de la comunicación, desde la educación hasta la política. Y ahora es lícito suponer que su uso influirá cada vez más en nuestra forma de vida, en nuestras relaciones sociales y, en el futuro, incluso en la manera en que concebimos nuestra identidad como seres humanos».

 

Pero la Inteligencia Artificial, añadía el Papa Francisco, «se percibe, sin embargo, a menudo como ambivalente: por un lado, entusiasma por las posibilidades que ofrece; por otro, genera temor por las consecuencias que hace presagiar». El Papa reconocía el alcance trascendental de la llegada de la Inteligencia Artificial, definida como «una auténtica revolución cognitivo-industrial, que contribuirá a la creación de un nuevo sistema social caracterizado por complejas transformaciones trascendentales».

 

La Inteligencia Artificial ofrece grandes oportunidades, explicaba el Papa, como un acceso más amplio al conocimiento, el progreso científico y la reducción de los trabajos más pesados, pero también corre el riesgo de aumentar las desigualdades sociales y entre países, favoreciendo la exclusión y las divisiones en lugar de la colaboración y la inclusión. Y, como ocurre con cualquier «herramienta» construida por el hombre, lo que marcará la diferencia será su «uso».

 

La Inteligencia Artificial es, ante todo, «una herramienta diseñada para la resolución de un problema», basada en algoritmos y datos que permiten a las máquinas aprender y mejorar sus respuestas. Sin embargo, añadía, hay que estar en guardia ante la tentación de atribuir a estos sistemas una autoridad absoluta o una capacidad de juicio propiamente humana.

 

Y recordaba que «no debemos olvidar que ninguna innovación es neutra. La tecnología nace con un propósito y, en su impacto con la sociedad humana, representa siempre una forma de orden en las relaciones sociales y una disposición de poder, que habilita a algunos para realizar acciones e impide a otros realizar otras. Esta dimensión constitutiva de poder de la tecnología incluye siempre, de manera más o menos explícita, la visión del mundo de quien la ha creado y desarrollado».

 

En esta estela nos ha llegado hoy la encíclica «Magnifica Humanitas» del Papa León XIV firmada precisamente el 15 de mayo de este año - justamente en el 135º aniversario de aquella «Rerum Novarum» del Papa León XIII -.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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