martes, 26 de mayo de 2026

Magnifica Humanitas: La encrucijada del ser humano.

Magnifica Humanitas: La encrucijada del ser humano

Tal vez alguno se pregunte por qué el creyente, y sobre todo un Papa, que es el punto de referencia autoritario de los cristianos católicos, deba interesarse por la Inteligencia Artificial (IA), y por otros temas que tienen que ver con la sociedad, la ciencia, la política. De hecho el Papa León XIV habla de ello en su encíclica, en los números 18-27.

 

Y creo que la respuesta está en aquel hermoso pasaje inicial de la «Gaudium et Spes», el último documento publicado por el Concilio Vaticano II. Hasta quizá es el pasaje literariamente más bello de los documentos eclesiales del siglo pasado. 

Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón (GS 1). 

La vieja y tenaz pasión por los seres humanos es la razón de ser de «Magnifica Humanitas». Ni más ni menos. Es decir, esta propuesta de reflexión nace del interés de la Iglesia por lo que interesa a los seres humanos.

 

La encíclica titulada “Magnifica Humanitas”, esboza la visión de la Iglesia católica sobre los retos que plantean la IA y las tecnologías emergentes. El texto repasa la evolución de la doctrina social y propone un discernimiento que sitúe en el centro la dignidad inalienable de la persona frente al poder de los grandes actores privados.

 

A través de los iconos bíblicos de Babel y Jerusalén, el Papa León XIV advierte contra un paradigma tecnocrático que corre el riesgo de reducir al ser humano a un mero dato estadístico. Se reitera la importancia de un desarrollo humano integral basado en la subsidiariedad, la solidaridad y la tutela del bien común en el mundo digital. En definitiva, el documento invita a cuidar lo humano, promoviendo una técnica que esté siempre al servicio de la justicia, del trabajo y de la fraternidad universal.

 

Esta encíclica, en una palabra, aborda el desafío que plantean tanto la IA como las tecnologías emergentes, proponiendo una visión basada en la protección de la dignidad humana y en la doctrina social de la Iglesia.


 

A modo de resumen algunos de sus puntos importantes sobre los temas principales pueden ser los siguientes.

 

La encíclica exhorta a no ser espectadores resignados, sino «sabios arquitectos» de nuestro tiempo, capaces de orientar la innovación tecnológica hacia un desarrollo humano integral que nunca pierda de vista el rostro del otro.

 

Las «res novae» y el desafío tecnológico: La Iglesia reconoce que la digitalización y la IA no son solo herramientas, sino transformaciones profundas que inciden en los procesos de toma de decisiones y en el imaginario colectivo. El Papa advierte que la técnica, aunque es un hecho humano ligado a la libertad, corre el riesgo de verse guiada por un paradigma tecnocrático que antepone el beneficio y la eficiencia a la persona.

 

Iconos bíblicos (Babel vs. Jerusalén): La encíclica utiliza dos imágenes bíblicas contrapuestas: la Torre de Babel, símbolo de un poder que pretende la autosuficiencia y conduce a la homogeneización y la deshumanización, y la reconstrucción de Jerusalén bajo Nehemías, ejemplo de responsabilidad compartida, escucha y cuidado de los lazos comunitarios.

 

Fundamentos de la dignidad humana: En el centro del documento se encuentra la reafirmación de la dignidad ontológica de todo ser humano, creado a imagen de Dios, que no depende del rendimiento, la riqueza o la eficiencia tecnológica. El valor de la persona es infinito e incondicional, y no debe reducirse a un mero dato o recurso que explotar.

 

Principios de la doctrina social en la era digital:

 

  • Bien común: Debe orientar la IA para que no sea la suma de intereses individuales, sino un proyecto compartido para la «cultura del encuentro».
  • Destino universal de los bienes: Incluye hoy también datos, algoritmos e infraestructuras tecnológicas, que no deben ser monopolio de unos pocos actores privados.
  • Subsidiariedad: Necesaria para contrarrestar el poder de los grandes actores tecnológicos que absorben la capacidad de decisión, protegiendo en cambio la libertad de las comunidades locales.
  • Justicia social: Exige que se impidan nuevas formas de exclusión digital y que se proteja a los más vulnerables de los sesgos algorítmicos.

 

Crítica a la Inteligencia Artificial y al poshumanismo: La IA, aunque útil, carece de conciencia moral, empatía y sabiduría relacional. El Papa critica las corrientes del transhumanismo y del poshumanismo, que ven el límite humano (fragilidad, enfermedad, muerte) como un error que hay que corregir técnicamente, mientras que la fe cristiana ve en el límite el lugar donde madura la relación y actúa la gracia.

 

Verdad: La desinformación alimentada por la IA socava la democracia; la verdad debe entenderse, en cambio, como un bien común relacional.

 

Trabajo: Es la «clave esencial» de la cuestión social; la automatización no debe sustituir a la persona, sino ayudarla, evitando la descalificación de los trabajadores o la creación de desempleo masivo.

 

Libertad: Hay que vigilar contra las nuevas formas de control social a través de los datos y romper las cadenas de las nuevas esclavitudes digitales (trabajo invisible y mal remunerado para entrenar algoritmos y explotación de los recursos naturales).

 

Cultura del poder frente a civilización del amor: La encíclica denuncia la normalización de la guerra y el uso de la IA en el ámbito bélico (sistemas de armas autónomos), que hacen que el conflicto sea más impersonal y «practicable». La alternativa es la construcción de una civilización del amor basada en el diálogo, el multilateralismo y el «desarme de las palabras».

 

Compromiso educativo y sinodal: El Papa invita a una alianza educativa para formar en el pensamiento crítico y a un «ayuno de IA» cuando sea necesario. También la Iglesia está llamada a revisar internamente sus propios estilos de gobierno, promoviendo la transparencia y la sinodalidad.


 

En conclusión, con Magnifica Humanitas el Papa León XIV aborda una de las cuestiones decisivas de nuestro tiempo: la relación entre el ser humano y la IA. Y es un documento que se inscribe en la gran tradición de la doctrina social de la Iglesia, recogiendo el legado de la Rerum Novarum del Papa León XIII y adaptándolo a la era de la revolución digital.

 

No, no se trata de un texto contra la tecnología. Es, más bien, una reflexión profunda sobre el destino humano en una época histórica en la que el poder tecnológico parece crecer más rápidamente que la capacidad moral para gobernarlo. Por eso, la encíclica sitúa en el centro la dignidad de la persona, interrogándose sobre el futuro de la libertad, del trabajo, de las relaciones sociales, de la justicia e incluso de la paz.

 

Y es que la IA aparece como un punto de inflexión trascendental, capaz de redefinir la forma misma de comprender al hombre. No se trata únicamente de la eficiencia de los instrumentos tecnológicos, sino del criterio con el que se orientan. La tecnología, de hecho, no puede medirse exclusivamente por la rapidez de los resultados o por la productividad: debe permanecer anclada en la verdad de la persona humana.

 

El mismo título, Magnifica Humanitas, contiene el corazón del mensaje: la humanidad sigue siendo «magnifica» porque cada ser humano conserva una dignidad infinita.

 

En una época atravesada por guerras, nuevas formas de esclavitud y culturas de la indiferencia, el Papa León XIV rechaza toda tentación poshumana o transhumanista que imagine superar al ser humano a través de la tecnología. La fragilidad, el límite, incluso el sufrimiento, se reinterpretan como lugares en los que el ser humano madura, ama y crece espiritualmente: «Para eliminar totalmente el dolor habría que apagar también el amor».

 

La encíclica no demoniza el progreso científico ni los logros de la IA, sobre todo en el ámbito médico y social. Sin embargo, advierte contra una visión tecnocrática que corre el riesgo de reducir a la persona a un dato, un rendimiento o una función algorítmica. La verdadera trascendencia del hombre, sostiene el Papa León XIV, no nace de la máquina, sino de la gracia: no de la superación artificial de los límites, sino de la capacidad de llegar a ser plenamente humanos a través de la fe, la esperanza y la caridad.

 

Esta encíclica no postula un rechazo de la modernidad sino aquella construcción de una «civilización del amor», expresión muy querida por los Papas Pablo VI y Juan Pablo II. Por eso, el Papa León XIV invita a creyentes, científicos, gobiernos e instituciones a colaborar para que el progreso tecnológico permanezca al servicio del ser humano y no al revés: «Nadie puede ser reducido a su productividad, a sus prestaciones cognitivas o a unos datos».

 

La encíclica concluye así con un llamamiento que es a la vez espiritual y civil: permanecer vigilantes, custodiar lo humano, no dejar que la tecnología ocupe el lugar de la conciencia. Para el Papa León XIV, el futuro no está ya escrito por los algoritmos. Dependerá de la capacidad del ser humano para seguir siendo humano.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La Iglesia desde Pedro y Pablo.

La Iglesia desde Pedro y Pablo

La permanencia de la Iglesia merece una reflexión.

 

Se trata de una institución que nació en los márgenes de un imperio, desprovista de poder y duramente perseguida, que ha atravesado dos milenios de guerras, crisis morales, cismas y revoluciones culturales y políticas.

 

No solo ha sobrevivido, sino que, entre victorias históricas y errores catastróficos, ha seguido siendo una presencia reconocible y bien arraigada.

 

Esta permanencia, sin embargo, no debe confundirse con inmovilidad: es más bien la capacidad de perdurar atravesando el cambio.

 

¿Cómo se resiste a lo largo de milenios mientras el mundo a su alrededor cambia profundamente?


En la raíz de esta continuidad hay una conciencia inquebrantable de sí misma. La Iglesia ha tenido la visión de concebirse a sí misma como un pueblo en camino, generado por un origen que la precede y orientado hacia un fin que la trasciende: una flecha lanzada de lo inmanente a lo trascendente.

 

Esta conciencia le ha permitido no identificarse nunca del todo con las formas históricas que ha adoptado, sabiendo encarnarse en las culturas y hablar lenguas diferentes, sin convertirse en esas culturas, permaneciendo como la Iglesia. Desde las ciudades de la Antigüedad hasta las metrópolis del mundo globalizado, se ha traducido continuamente a sí misma.

 

Pero adaptarse no significa diluirse. Significa más bien ensuciarse las manos: adentrarse en la complejidad de lo real, aceptar el enfrentamiento, correr el riesgo del error. Una Iglesia que se expone, que escucha, que se deja interrogar, es una Iglesia que permanece viva.

 

Saber quiénes somos significa también distinguir entre lo que de nuestra esencia es identitario y lo que es contingente.

 

El anuncio, la fe, la caridad, la vida sacramental… siguen siendo el corazón palpitante e irrenunciable; las formas, los lenguajes y las estructuras pueden cambiar con el tiempo.


 

Esta capacidad de adaptarse sin dejar de ser ella misma, aunque imperfecta, ha sido esencial para el crecimiento y la supervivencia ante las adversidades de la historia: sin ella, la Iglesia se habría endurecido en un pasado polvoriento o se habría dispersado en un presente caótico.

 

Una Iglesia incapaz de abrirse al mundo, preocupada únicamente por la defensa de su identidad, acabaría convirtiéndose en un vestigio de otra época, sorda y ciega ante el hombre contemporáneo.

 

Desde esta perspectiva, una menor rigidez jerárquica, sin negar la estructura necesaria, puede convertirse en un recurso valioso para continuar esa travesía hacia el futuro, ampliando el alcance sin perder la unidad. ¿Ha sabido hacerlo la Iglesia? En parte no; es en estas ocasiones no aprovechadas donde se encuentran algunas de las derrotas por las que hoy vacila el número de fieles, sobre todo en algunos sectores de la sociedad.

 

En parte, sin embargo, sí; de hecho, el cristianismo está plantando cara al relativismo de la modernidad capitalista, ofreciendo un alimento precioso a una humanidad terriblemente hambrienta de espiritualidad y horizontes de sentido.

 

Prefiero una Iglesia accidentada, herida y sucia por haber salido a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a sus propias seguridades - Papa Francisco, Evangelii Gaudium -.


La dimensión institucional, con sus múltiples formas y su memoria, permite superar los límites del individuo, porque, para bien o para mal, establece límites y proporciona una estructura capaz de dar continuidad al patrimonio común. Pero en este momento histórico es esencial que la Iglesia sea la casa de todos, en diálogo con las contradicciones del mundo moderno.

 

En San Lucas 15, 3-7, el Buen Pastor deja las noventa y nueve ovejas en el desierto para ir a recuperar la que se ha perdido, porque habrá más alegría en el cielo por un pecador convertido que por noventa y nueve justos que no necesitan conversión.

 

Jesús deja a las noventa y nueve que ya son fieles por quien se ha perdido. Ser como Jesús significa ir ante todo a recuperar todo lo humano, especialmente lo más débil, frágil e, incluso, “perdido”, no a proteger la propia pureza.

 

No es que la pureza no sea un valor, pero es bueno que sea puro el corazón, no las manos. La Iglesia tiene el privilegio de tener la mirada puesta en el cielo y los pies en la tierra, lo divino en la mente y el barro en el cuerpo. Y ese barro es precioso.

 

Esta polaridad constante entre estructura y aliento es una característica absolutamente necesaria.


Por un lado, las formas visibles de orden y organización son el esqueleto (no se sobrevive a los milenios permaneciendo como un movimiento, sino que es necesario convertirse en institución); por otro, la capacidad de comprender la libre acción del Espíritu Santo es el aliento. Sin estructura, todo se dispersa en el tiempo; sin aliento, todo se endurece y muere.

 

La teología y la praxis, la liturgia y la organización, la autoridad y la participación: es un equilibrio que lo abarca todo, nunca adquirido de una vez por todas, sino continuamente buscado.

 

Los impulsos hacia formas más participativas y menos rígidas deben interpretarse bajo esta luz: no como una (peligrosa) negación de la estructura, sino como un intento de hacerla más capaz de incluir, escuchar y valorar la diversidad. Una estructura que respira es una estructura que vive.

 

La Iglesia no es ni perfecta en cuanto que es humana. Está marcada por errores, contradicciones y caídas, y sin embargo sigue siendo amada y habitada: una esposa imperfecta y hermosa.

 

Jesucristo la amó y se entregó por ella (Efesios 5, 25) no por su impecabilidad, sino conociendo bien su fragilidad, y perdonándola cada vez que ella lo había renegado, sabiendo mantener unidas la verdad y la misericordia.

 

Ni un museo de santos cerrados al mundo, ni una entidad fluida inconsciente de sus límites y de su ser, sino un pueblo vivo en camino que, con esfuerzo y alegría, descubre paso a paso cómo prosigue su camino, plenamente seguro, sin embargo, del destino: he aquí la esposa tan amada por Jesucristo.

 

Nadie debería sentirse ajeno a la Iglesia por sentirse inquieto o diferente: la Casa de Dios es de todos sus hijos, los que siempre se han quedado y los que han vuelto. La fe no exige borrar la propia individualidad para uniformarse, sino, por el contrario, comprender la propia historia, en su singularidad, para poder abrazar la oferta de gracia y salvación.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 25 de mayo de 2026

Magnifica Humanitas: las “res novae” de nuestro tiempo.

Magnifica Humanitas: las “res novae” de nuestro tiempo

El Papa León XIV ha firmado su encíclica sobre la Inteligencia Artificial. «Magnifica Humanitas», ese es el título. Un documento centrado en el ser humano que debe ocupar el centro de la revolución tecnológica.

 

En concreto, el Papa pretende subrayar la importancia de proteger las condiciones humanas del desarrollo de la Inteligencia Artificial para que, de hecho, sea una herramienta para la protección del ser humano, que no debe ser sacrificado en nombre del progreso. Porque el riego de un proceso de automatización de la tecnología es una cuestión humana y, por lo tanto, también política.

 

Tal vez sea esta encíclica un hito en la historia del catolicismo. Las encíclicas sirven para dictar las prioridades de la Iglesia católica e indican la forma en que deben abordarse. Son temas de gran actualidad, muy a menudo asociados a las crisis de nuestro tiempo. Igualmente significativa fue, por ejemplo, la encíclica promulgada por el Papa Francisco sobre el medio ambiente. En realidad las encíclicas también son documentos que indican caminos a seguir y horizontes hacia los que continuar caminando para los católicos de todo el mundo.

 

Y yo creo que es un paso enorme. La Iglesia católica no quiere quedarse mirando cómo cambia el mundo: pretende ser parte activa de esta transformación, ofrecer criterios y perspectivas a través de los medios que posee.

 

También creo que la revolución tecnológica se presenta al mismo nivel que la revolución industrial. Quizá sea por eso que el nombre de esta encíclica - «Magnifica Humanitas» -  hace referencia precisamente a un momento de revolución en la historia de la humanidad de la mano de la Inteligencia Artificial.

 

El último Papa León fue elegido el 20 de febrero de 878: se trataba del Papa León XIII. En su encíclica “Rerum Novarum” del 15 de mayo de 1891 (este año se cumple su 135º aniversario), ponía de relieve cómo «un pequeño número de hombres muy ricos» imponía «a las masas de trabajadores pobres un juego poco mejor que el de la propia esclavitud». De esta manera se subrayaba el hecho de una diferencia: «el abismo entre la inmensa riqueza y la más absoluta pobreza». Exactamente lo que sigue ocurriendo en nuestros días.

 

Y el Papa León XIV ha querido dar una señal de continuidad, grabando su nombre en la época histórica en la que vive.

 

Recientemente la Iglesia ha establecido varias colaboraciones en materia de ciberseguridad. Por ejemplo, en junio de 2025 la Santa Sede confió en Cyber Eagle, una empresa de última generación que proporciona herramientas de defensa, tanto para protegerse de las amenazas que llegan del exterior como para dar testimonio del uso responsable, es decir, también ético de la Inteligencia Artificial.

 

Y el Papa León XIV ha aprobado recientemente la creación de la Comisión Interdicasterial sobre la Inteligencia Artificial: un organismo encargado de coordinar las reflexiones, los proyectos y las políticas internas de la Santa Sede sobre un tema cada vez más fundamental para el futuro global (cf. https://press.vatican.va/content/salastampa/es/bollettino/pubblico/2026/05/16/160526e.html).

 

En la base de esta decisión se encontraba una evaluación en profundidad de la evolución tecnológica en curso. De hecho se hace referencia explícita al «desarrollo en las últimas décadas del fenómeno de la inteligencia artificial y a las aceleraciones más recientes en su uso generalizado», junto con los «efectos potenciales sobre el ser humano y la humanidad en su conjunto». Una reflexión que va de la mano de la preocupación de la Iglesia por «la dignidad de todo ser humano, sobre todo en relación con su desarrollo integral», confirmando el enfoque antropocéntrico que caracteriza la reflexión de la Iglesia sobre las nuevas tecnologías tratando de conjugar la innovación y la protección de la persona, la ética y la capacidad de orientación.


«Magnifica Humanitas» se presenta  como una encíclica «sobre la protección de la persona humana en la era de la Inteligencia Artificial».

 

Y haciendo memoria, Inteligencia Artificial fue un tema que ya había interesado al G7 celebrado en Italia en junio de 2024 y que contó con la participación extraordinaria del entonces Papa Francisco (cf. https://www.vatican.va/content/francesco/es/speeches/2024/june/documents/20240614-g7-intelligenza-artificiale.html).

 

«Me dirijo hoy a ustedes, líderes del Foro Intergubernamental del G7, con una reflexión sobre los efectos de la inteligencia artificial en el futuro de la humanidad», había iniciado su intervención el Papa Francisco. La Inteligencia Artificial, continuaba, «es una herramienta extremadamente poderosa, empleada en muchísimas áreas de la actividad humana: desde la medicina hasta el mundo laboral, desde la cultura hasta el ámbito de la comunicación, desde la educación hasta la política. Y ahora es lícito suponer que su uso influirá cada vez más en nuestra forma de vida, en nuestras relaciones sociales y, en el futuro, incluso en la manera en que concebimos nuestra identidad como seres humanos».

 

Pero la Inteligencia Artificial, añadía el Papa Francisco, «se percibe, sin embargo, a menudo como ambivalente: por un lado, entusiasma por las posibilidades que ofrece; por otro, genera temor por las consecuencias que hace presagiar». El Papa reconocía el alcance trascendental de la llegada de la Inteligencia Artificial, definida como «una auténtica revolución cognitivo-industrial, que contribuirá a la creación de un nuevo sistema social caracterizado por complejas transformaciones trascendentales».

 

La Inteligencia Artificial ofrece grandes oportunidades, explicaba el Papa, como un acceso más amplio al conocimiento, el progreso científico y la reducción de los trabajos más pesados, pero también corre el riesgo de aumentar las desigualdades sociales y entre países, favoreciendo la exclusión y las divisiones en lugar de la colaboración y la inclusión. Y, como ocurre con cualquier «herramienta» construida por el hombre, lo que marcará la diferencia será su «uso».

 

La Inteligencia Artificial es, ante todo, «una herramienta diseñada para la resolución de un problema», basada en algoritmos y datos que permiten a las máquinas aprender y mejorar sus respuestas. Sin embargo, añadía, hay que estar en guardia ante la tentación de atribuir a estos sistemas una autoridad absoluta o una capacidad de juicio propiamente humana.

 

Y recordaba que «no debemos olvidar que ninguna innovación es neutra. La tecnología nace con un propósito y, en su impacto con la sociedad humana, representa siempre una forma de orden en las relaciones sociales y una disposición de poder, que habilita a algunos para realizar acciones e impide a otros realizar otras. Esta dimensión constitutiva de poder de la tecnología incluye siempre, de manera más o menos explícita, la visión del mundo de quien la ha creado y desarrollado».

 

En esta estela nos ha llegado hoy la encíclica «Magnifica Humanitas» del Papa León XIV firmada precisamente el 15 de mayo de este año - justamente en el 135º aniversario de aquella «Rerum Novarum» del Papa León XIII -.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 24 de mayo de 2026

¿Y si lo ponemos todo patas arriba?

¿Y si lo ponemos todo patas arriba?

Hay puertas cerradas para mantener todo a raya tanto en el texto evangélico de San Juan 20, 19-23 como en el pasaje de los Hechos de los Apóstoles que nos muestra el cambio profundo de una comunidad que de repente deja de estar asustada y encerrada en sí misma y se encuentra proyectada hacia el otro y en diálogo con el mundo (Hch 2,1-11).

 

A puerta cerrada —dentro de casa— se descubre una relación: «La paz esté con vosotros», dice el Resucitado. El viento llena toda la casa y el fuego se posa sobre cada uno de ellos. Resuena de diferentes maneras el mismo mensaje: «Soy yo, estoy aquí».

 

El miedo a la soledad, a sentirse diferente y a poder fracasar acompaña el curso de la historia de los hombres. La Iglesia no está exenta de la tentación de cerrar las puertas, atrincherarse, esconderse, levantar barricadas como reacción a la violencia que se extiende por el mundo o complacer el sentimiento de inseguridad de quienes habitan esta historia, tal vez poniéndose una máscara para parecer irreprochables.

 

Cerrar las puertas es un acto que a algunos puede parecerles incluso noble porque preserva la pureza de los ideales y la integridad de los pensamientos. Pero para Dios —el Viviente— las puertas cerradas son siempre un engaño y un falso refugio. La suya es una vida que entra y conmueve.

 

El Resucitado se hace presente y convierte una casa habitada en una prisión gris donde las relaciones son imposibles. Entre esa gente víctima de su propio aislamiento, lleva armonía, confianza, deseo, alegría.


 

«La paz sea con vosotros» no es una formalidad. Tampoco es el saludo solemne de Pascua que hay que pronunciar con tono sacro. Es la esencia de la Pascua y da sentido a una experiencia: la comunidad de los discípulos comienza a existir cuando la presencia del otro —y de los demás— se hace real, cuando el miedo es sustituido por la paz.

 

Hay tormentas, sin embargo, que no, no se puede hacer nada para evitarlas. Y entonces, fuerza, ánimo y adelante. Busquemos la manera de atravesarlas. O también se podría decir así: «Ven, Espíritu Santo, envíanos desde el cielo un rayo de tu luz».

 

Todo el relato del Evangelio es una partida. Jesús permanece en algunos lugares, pero siempre vuelve a partir. Se mueve sin descanso: no es un turista distraído ni tampoco un vagabundo.

 

Se sienta a la mesa y encuentra amigos de verdad, frecuenta lugares sagrados y deja una huella indeleble con su presencia, reúne a las multitudes y les entrega palabras decisivas.

 

La suya no es una presencia inconsistente, sino que siempre se pone en marcha de nuevo. Más que hacia un otro lugar, tiende hacia un más allá. Y tras haber traspasado la barrera insuperable de la muerte, no puede sino enviar a los suyos con el mismo paso que fue el suyo. El horizonte de Jesús atrae a su comunidad: «Yo os envío».


El envío misionero no tiene un punto de llegada físico localizable en un mapa geográfico, sino un horizonte: el mundo debe ser liberado del mal, el pecado debe ser perdonado.

 

El Pentecostés que se celebra cada año escandaliza a la Iglesia de la doctrina y de la moral porque anula la posibilidad del juicio. Jesús sopla y envía el Espíritu entregado a los discípulos para llevar salvación y ponerla a disposición del mundo y de la historia.

 

El viento del Espíritu sirve para volver a poner en movimiento las vidas, devolverles la posibilidad de navegar hacia un horizonte de bien, impedir que vuelva el tiempo de las puertas cerradas.

 

La Pascua encuentra su plenitud en abandonar el puerto y en hacer que se abandonen los puertos, finalmente impulsados por un auténtico deseo de vida plena para uno mismo y para todos.

 

Siempre se puede al Espíritu con el saludo de los marineros: «¡Buen viento a quien hoy parta…!».

 

Los puritanos y santones, cómodos y timoratos,..., fruncirán el ceño. Pero ellos también deberían saber que lo irreverente y atrevido es el propio Evangelio. Y el don del Espíritu se describe siempre como una alteración de los equilibrios, una perturbación de las posiciones adquiridas, un desbordamiento de los caminos lineales, un volteo de las reglas.

 

Porque tantas veces hacemos sueños grandes como barcos… pero luego se oxidan porque se quedan quietos en el puerto.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Sin rastro de humanidad.

Sin rastro de humanidad

El gesto de acurrucarse en el suelo, apoyándose en las rodillas y cubriéndose al mismo tiempo la cabeza, es sin duda un acto de protección.

 

También puede adquirir el significado de un acto de oración: uno se arrodilla ante la divinidad y toca repetidamente la tierra con la cabeza, apoyando la frente en ella en señal de reverencia.

 

En las fotografías difundidas por el ejército israelí en la web tras el asalto a los barcos de la misión humanitaria «Flotilla» y el traslado de los detenidos a buques o a tierra firme, se ve a las personas dispuestas en esta posición con un significado totalmente distinto y con las manos atadas a la espalda: se les obliga a permanecer en una postura no solo evidentemente incómoda, sino decididamente humillante. No se ve ningún rostro, ni masculino ni femenino, solo espaldas.

 

¿Es una forma de impedir que los soldados israelíes miren a los ojos a estos hombres y mujeres, es decir, de establecer con ellos siquiera un simple contacto visual?

No se trata solo de un castigo que tiene algo de brutal, sino también de la negación de esa relación que se crea naturalmente en el simple contacto visual entre seres humanos. Es precisamente eso lo que se quiere ignorar mediante esta imposición forzosa.

 

Además, los detenidos, sus cuerpos, se transforman de esta manera en enemigos a los que castigar —y no lo son—, peor aún, en cosas: sacos sin identidad ni valor alguno.

 

¿Qué guerra es esa que libran las embarcaciones de la Flotilla?

 

Ninguna guerra, ninguna agresión; de hecho, no hubo resistencia alguna en el momento del abordaje de las embarcaciones: agredidos, arrastrados, atados y tirados al suelo, imponiéndoles ese acto de humillación.

 

Resulta extraño ver esta escena sacada precisamente por quienes son los descendientes, o los herederos, de los judíos exterminados en los campos nazis durante la Segunda Guerra Mundial.

 

Son ellos quienes han asumido la crueldad del poder absoluto y de la fuerza bruta para degradar a un grupo de 400 personas que, con sus embarcaciones desarmadas, se dirigían hacia Gaza.

 

Hombres y mujeres indefensos, como aquellos judíos que el ejército alemán expulsaba de sus hogares en los guetos europeos. Una vez más las víctimas pueden transformarse en verdugos, los humillados en perseguidores y en torturadores.

 

Nadie está a salvo de este peligro.

 

La actual multiplicación de imágenes acaba borrando todo, superponiendo una imagen sobre otra, de modo que se anula incluso lo que parece inhumano y perturbador.

 

En esta imagen hay una voluntad deliberada de documentar un acto de opresión, unida en este caso a una advertencia provocadora para quien la mira, algo que quedó claro con vehemencia y arrogancia en las palabras del ministro israelí que acudió al lugar.

 

Pase lo que pase hay en esta imagen digital una premonición que hipoteca nuestro futuro, y ante la cual no podemos permanecer indiferentes. Estamos advertidos: la barbarie más inhumana ha sucedido y puede volver a suceder.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 23 de mayo de 2026

Un lenguaje para cada vida: la profecía de Pentecostés.

Un lenguaje para cada vida: la profecía de Pentecostés

En la hermosa imagen que nos transmiten los Hechos de los Apóstoles, con esas llamas que iluminan a todos los presentes —los Apóstoles, María y las demás mujeres (Hch 1,14)—, —, mientras «estaban todos juntos», es hermoso ver cómo se manifiesta la consecuencia de ese don del Espíritu: la capacidad de «hablar en otras lenguas», según la capacidad que el mismo Espíritu concedía.

 

Y es en ese hablar en lenguas donde «partos, medos, elamitas» y otros entienden y comprenden, sintiendo que hay una palabra para ellos, que una voz les concierne. Cada uno, en la diversidad de procedencias, culturas y orígenes, se siente de alguna manera reconocido, se percibe como destinatario de un mensaje.

 

Mientras que en Babel la multiplicidad de lenguas había generado confusión y falta de comprensión, aquí hay, en cambio, un inicio de unidad, sin uniformidad: cada rostro tiene una historia, y la palabra pronunciada se refiere a esa historia, una historia que, nos recuerda San Pablo, se sacia en el mismo Espíritu, aun en la riqueza cambiante de las existencias.

 

Y aun en la diversidad de relatos de Pentecostés —el Evangelio de san Juan o el relato de san Lucas— es hermoso notar cómo el Espíritu llega como un don allí donde las puertas estaban cerradas; miedos, temores, desorientaciones, incertidumbres, decepciones son esos cerrojos que cierran las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos. Pero el Espíritu llega, el Espíritu no se detiene, el Espíritu regenera.


¿Creemos en esta Palabra? ¿Acaso debemos preguntarnos por qué hoy nos cuesta tanto hablar las lenguas de los hombres, por qué nuestro esfuerzo no logra sintonizarnos con los «partos, medos y elamitas» que habitan nuestro tiempo; por qué nuestro decir parece a menudo infructuoso?

 

Quizá tengamos miedos y temores, incertidumbres y decepciones; pero el Espíritu llega, reconforta, consuela, abre, fecunda.

 

Y a partir de ahí, si realmente nos volviéramos más dóciles, si confiáramos menos en nosotros mismos y más en el Espíritu de vida, quizá a partir de ahí podríamos volver a intentar caminos de reconocimiento de los demás, podríamos intentar formular palabras que nuestros contemporáneos puedan entender.

 

¿Pero somos al menos conscientes de que nuestra lengua es poco entendida, poco comprendida?

 

¿Somos conscientes de que en nuestro tiempo, tiempo de conflictos y de lenguas utilizadas como medio de violencia, nos haría falta una lengua que una, una lengua de humanidad, sin dejar de custodiar las diferencias?

 

De alguna manera, la Iglesia, incluso en su dimensión más cotidiana, si se convirtiera en una comunidad que una sin querer uniformar, que valore la pluralidad de carismas sin extender un velo de conformismo,…, podría ser un lugar de profecía para el hoy… si realmente, más allá de la retórica, fuera capaz de hablar un lenguaje para cada uno, un lenguaje para cada vida.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Vivir de Dios - San Juan 6, 51-58 -.

Vivir de Dios - San Juan 6, 51-58 -

El núcleo esencial del Evangelio se resume en solo dos palabras: pan y vida, comer y vivir.

 

Vivir, canto supremo del ser, grito final de cada salmo; vivir para siempre, vértigo de la esperanza.

 

Pero el Evangelio plantea una pregunta: ¿qué es lo que te hace vivir?

 

Yo vivo de las personas. Vivo de proyectos y de llamamientos, de pasiones y de talentos. Yo vivo de la tierra que nos sustenta y gobierna. Pero yo vivo sobre todo de mis manantiales, como ocurre con todo río, como con todo árbol arraigado a sus raíces.

 

El hombre no vive solo de pan. Es más, solo de pan el hombre muere. Pero vive de lo que sale de la boca de Dios. ¡Yo vivo de Otro! De la boca de Dios salen palabras que crean luz, agua, tierra, viento.

 

De ahí viene el cosmos, viene el aliento de vida que convierte un puñado de polvo en una persona viva. De la boca de Dios vienen mis hermanos, que son palabra de Dios, aliento de Dios; viene el beso de amor con el que comienza y termina la vida. Esta es mi fuente. ¿Qué haré?

 

En algún momento la Biblia recoge estas palabras: “acuérdate de todo el camino que el Señor te ha hecho recorrer” (Deuteronomio 8, 2). Acuérdate, porque el olvido es la raíz de todos los males. Acuérdate del camino, es decir, de las fuentes y luego del ascenso, del florecer, del crecer. Acuérdate del viento de las pistas, de lo hermoso que era tener el alma cansada por la llamada de cosas lejanas. Acuérdate de que ser hombre-con-Dios es lo contrario de perderse entre las dunas. Y de todo el maná que cayó de repente cuando ya no lo esperabas.

 

Todos podríamos contar nuestro viaje por la vida, no solo de los escorpiones o las serpientes, sino del agua que brotó un día de improviso cuando, desesperados, creíamos que no lo lograríamos y del cielo llegó algo, una fuerza, un amor, un amigo, un canto.

 

De repente se abren rendijas para recordarnos que no vivimos solos, encerrados en el círculo trágico de nuestros problemas, sino que hay un amor que asedia los confines de la historia.

 

Si he sobrevivido, si no me he convertido yo mismo en un desierto, en tierra apagada e inhóspita, se lo debo a Otro. Vivo de Dios.

 

Recordar es dialogar con mi historia, permanecer junto a mi manantial. Entonces, en cada eucaristía, con ese pequeño pan en la mano, con un episodio santo en el corazón, dialogar sin fin, como Israel ante el maná:

 

¿Qué es? Es Dios en busca del hambre y la sed del hombre.

 

¿Qué es? Es Jesucristo, hambre de algo más para quien está saciado solo de pan.

 

¿Qué es? Es Él quien vive dándose, a mí que vivo de pan y de milagro.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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