Verborrea
eclesial - congregacional, diocesana,… -
Es una metáfora musical. Nada más. Para los nostálgicos éste es un vídeo de la mencionada canción: https://www.youtube.com/watch?v=NbOiYJofNSw&list=RDNbOiYJofNSw&start_radio=1
Y a mí me ayuda a
realizar una reflexión eclesial (también congregacional) quizá importante y
actual: de hecho, a menudo en nuestra Iglesia (Vida Consagrada, Diócesis,…) se emplean,
¿o será se desperdician?, demasiadas palabras, pero hay poca verdad y pocos
hechos concretos… Y, sin embargo, en la relación entre palabras y hechos, son
estos últimos los que tienen mayor peso.
Alguien me dirá, y con razón, que se trata de un
problema que afecta a toda la población en la vida cotidiana, tanto a nivel
privado como público. Sin embargo, si bien en lo que respecta a la vida privada
de una persona, sea correcto o incorrecto, cada uno es responsable de sus
propias acciones y las decisiones son estrictamente personales, cuando se trata
de una esfera más amplia como, por ejemplo, la Iglesia que abarca más hechos y
más personas, entonces el problema hasta se vuelve incluso grave.
En el ámbito de nuestra sociedad lo vemos al encender
la televisión, leer los periódicos y escuchar acalorados debates, donde lo importante
no es lo que se dice, ¡sino conseguir tener la última palabra!
Pero, mutatis
mutandis, ocurre también en nuestras asambleas, congresos, simposios, …
Aquel proverbio «mucho humo y nada de asado» o «salir con la cabeza caliente y los pies fríos» hasta cobra vida no solamente en nuestra sociedad sino también en nuestros ambientes eclesiales, círculos congregacionales,… A menudo, sin embargo, el problema no se refiere únicamente a las muchas palabras y las pocas acciones concretas, sino también a la importancia de las palabras utilizadas.
En un momento de campaña electoral resulta fácil poner
como ejemplo a los políticos que, con tal de conseguir un voto más, están
dispuestos a prometer lo imposible. ¿No se agradecería más escuchar promesas
quizá más modestas, pero que ofrezcan una realización segura?
También en la Iglesia abusamos, por ejemplo, de las
palabras comodín (‘sinodalidad’ es un más que notable ejemplo de ello especialmente de un tiempo a esta parte) o de titulares estrella (del tipo,
por ejemplo, ‘necesitamos afianzar y
contagiar el radicalismo evangélico y la misión profética de nuestra vida’,
‘la vida religiosa puede renacer de sus
debilidades’).
En general, creo que hay una sobreabundancia de
obviedades que pretendiendo decir algo… vienen a decir la nada. Una nada envuelta en papel de erudición, sabiduría... pero una nada al fin y al cabo. Y creo que otra verdadera
carencia está en ser lo suficientemente abstractos y genéricos… que brilla por
su ausencia toda concreción posible y real... porque es ahí donde nos aprieta el zapato.
Nuestras reflexiones suelen levitar sin hacer pie y
sin tocar con las propias manos la realidad de las cosas… Y, llegados a este
punto, no estaría de más recordarnos (y por supuesto también yo) que, sin caer
en lo banal, es mejor abrir la boca solo para pronunciar hechos posibles,
reales, veraces,... más allá de lo política o eclesial o congregacionalmente
correcto.
Es fácil hablar. Y estamos muy acostumbrados a que nos
pongan un micrófono delante de los labios, o una grabadora ante nosotros, o a
estar delante de una audiencia afín y entregada… pero luego son los hechos los
que cuentan… incluso, a veces, obstinada y tercamente.
Y entonces, como Mina intentaba hacerle entender a su
hombre que los gestos concretos serían mucho más apreciados que esas palabras
cantadas al viento, ya que habría obtenido una verdadera demostración de ese
amor tan comentado, así, para poder dar un giro a la situación eclesial (congregacional,
diocesana…) actual hasta sería bueno reducir las asambleas, congresos,
simposios,…, y aumentar las acciones, y, si realmente se tiene ganas de hablar,
hablar y hablar, entonces que se haga solo para decir cosas con el sentido de
lo concreto, posible y real.
Llegados a este punto tampoco estaría mal bajar la
guardia y ser más humildes. Dejar de comportarnos como niños, en esas
reflexiones repetitivas hasta la saciedad, donde lo único que se quiere
demostrar es la propia erudición, pero donde al mismo tiempo se pierde el hilo
de la realidad concreta y ya ni siquiera se sabe al final qué se ha sacado en
claro… salvo que el ponente, en el mejor de los casos, habla convencido de lo
que dice.
Porque también la palabra es eficaz si es comedida, mesurada, sobria. Quienes usamos demasiadas palabras - y en la Iglesia (Congregaciones, Diócesis,…) hasta puede haber un exceso de verborrea - deberíamos recordar (o aprender) que nuestra palabra no es tan poderosa como creemos. Otra cosa es la Palabra de Dios. Pero, eso mismo, es otra cosa.
Siempre existe el miedo a que
no nos consideren lo suficientemente inteligentes si usamos tres palabras… Por
eso usamos cientos y miles de palabras…
Quizá es la debilidad de nuestras palabras lo que nos empuja a exagerar, a usarlas en exceso, a abusar de ellas para darles una fuerza que acaba desnaturalizándolas.
Mientras que debería ser su fragilidad lo que nos indujera a usarlas cuando hace falta: precisamente para aumentar su eficacia.
Recuerdo cómo solía repetir socarronamente un misionero
claretiano ya difunto: «parturiunt montes, nascetur ridiculus mus»
- ese proverbio latino derivado de una fábula de Esopo y popularizado por
Horacio que significa «parieron los montes y nació un ridículo
ratón» -.
Está por ver si mientras hablamos la realidad va cambiando al compás de nuestras palabras... Por lo menos, y quizá con ello nos debamos conformar, es una manera hasta amable y confortable de pasar el tiempo haciendo más llevadero tanto el presente como el futuro.
Sin más pretensiones que superen, con creces, nuestra capacidad. Nos conformamos tranquilamente con la buena voluntad. Con ella ya nos sentimos sobradamente justificados. Y el Congreso, por ejemplo, ha valido sobradamente la pena.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF






