martes, 14 de abril de 2026

Jesús, nuestro Buen Pastor - San Juan 10, 1-10 -.

Jesús, nuestro Buen Pastor - San Juan 10, 1-10 - 

En aquel tiempo, Jesús dijo: «En verdad, en verdad os digo: El que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que sube por otra parte, ése es ladrón y salteador. Pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el portero, y las ovejas escuchan su voz; él llama a sus ovejas, una por una, y las lleva fuera. Y cuando ha sacado a todos sus ovejas, camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen porque conocen su voz. (...)». 

El Buen Pastor llama a sus ovejas, cada una por su nombre. Yo soy un llamado, con mi nombre único pronunciado por Él como nadie más sabe hacerlo, con mi nombre a salvo en su boca, toda mi persona a salvo con Él. 

Y las conduce fuera. El nuestro no es un Dios de recintos cerrados, sino de espacios abiertos, de pastos libres. Y camina delante de ellas. No es un pastor de retaguardia, sino un guía que abre caminos e inventa rutas, está delante y no detrás. No un pastor que reprende y amonesta para hacerse seguir, sino uno que precede y seduce con su caminar, que fascina con su ejemplo: pastor de futuro. 

Y encontrarán pastos: Jesús promete a los que van con Él una vida mejor, cien veces más hermanos, casas y campos. Promete hacer florecer la vida. 

Yo soy la puerta. Cristo es la puerta abierta que conduce a la tierra del amor leal, más fuerte que la muerte -quien entre por mí, estará a salvo-; más fuerte que todas las prisiones -podrá entrar y salir. 

He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia. Para mí, una de las frases más radiantes del Evangelio; es la frase de mi fe, la que me regenera cada vez que la escucho: he venido para que tengan vida plena, abundante, gozosa. No solo la vida necesaria, no solo ese mínimo sin el cual la vida no es vida, sino la vida exuberante, magnífica, excesiva; vida que rompe los diques y se desborda y fecunda, un torrente de vida, que huele a amor, a libertad y a coraje. 

Así es Dios: maná no para un día, sino para cuarenta años en el desierto, pan para cinco mil personas, piel de primavera para diez leprosos, piedra rodada para Lázaro, cien hermanos para quien ha dejado su casa, perdón setenta veces siete, vaso de nardo por 300 denarios. 

En una sola palabra se sintetiza lo que opone a Jesús a todos los demás, lo que hace incompatibles al pastor y al ladrón. La palabra inmensa y breve es «vida». Palabra que late bajo todas las palabras sagradas, corazón del Evangelio, palabra inolvidable. 

Cristo no vino a exigir, sino a ofrecer; no pide nada, lo da todo. La vocación de Jesús, y de todo hombre, es ser en la vida dador de vida. Jesús no vino a traer una teoría religiosa, un sistema de pensamiento. Nos comunicó vida y creó en nosotros el anhelo de una vida más grande. 

Entonces urge cambiar el fundamento de nuestro credo: no es la culpa del hombre el motivo de la historia de Dios con nosotros, sino el ofrecimiento de más vida. El eje alrededor del cual gira, baila el Evangelio es la plenitud de vida, por parte de un Dios que un hermoso verso de Dante canta así: «¡Tú eres para mí lo que es la primavera para las flores!». 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El Buen Pastor ofrece la vida eterna.

El Buen Pastor ofrece la vida eterna 

Mis ovejas escuchan mi voz. Escuchar: el primero de todos los servicios que se deben prestar a Dios y al hombre es escuchar. 

El primer instrumento para tejer una relación. Escuchar a alguien es decirle: eres importante, me interesas. Amar es escuchar. Orar es escuchar a Dios. 

Pero, ¿por qué merece la pena escuchar su voz? Jesús responde: porque yo les doy vida eterna. Y es importante, al menos por una vez, centrar toda la atención precisamente en lo que Jesús se compromete a hacer por nosotros. Esto se hace muy pocas veces. 

Todos están ahí para recordarnos nuestras obligaciones, para exhortarnos al compromiso, al esfuerzo por hacer fructificar los talentos, por poner en práctica los mandamientos. Muchos cristianos corren el riesgo de desanimarse porque no pueden hacerlo. 

Y entonces es bueno, es salud del alma, respirar la fuerza que nace de estas palabras de Jesús: Yo les doy la vida eterna. Vida para siempre, sin condiciones, antes que todas mis respuestas; vida de Dios que es donada, derramada en el interior, como una semilla que comienza a moverse, si apenas me acerco un poco al Señor. 

Nadie la arrebatará de mi mano. Notemos la fuerza de esta palabra absoluta: nadie. Inmediatamente duplicada: nadie la arrebatará nunca de la mano del Padre. 

Nadie nos arrebatará de las manos de Dios. Nuestro destino es inseparable del de Dios. La vida eterna es un lugar entre las manos de Dios. 

Como los gorriones, tenemos el nido en sus manos; como niños, nos aferramos con fuerza a esa mano que no nos dejará caer; como enamorados, buscamos esa mano que calienta la soledad; como crucificados, repetimos: en tus manos encomiendo mi vida. 

Las manos de Dios. Manos de pastor contra los lobos, manos enredadas en la espesura de la vida, manos que protegen mi llama marchita, manos que escriben en el polvo y no lanzan piedras a nadie, manos que levantan a la mujer adúltera, manos clavadas en un abrazo que no puede terminar, y luego ofrecidas para que yo descanse y recupere el aliento del valor. 

De la certeza de que Dios se preocupa por el hombre comienza la aventura de aquellos que quieren, en la tierra, custodiar y luchar, caminar y liberar. 

También a nosotros nos importa el hombre. Cada pastor de un pequeño rebaño: mis corderos tienen nombre y apellido, empezando por mi comunidad... Cada uno puede ser una mano de la que no se le arrebata. Poder decirlo a aquellos a quienes amo: nadie os arrebatará. 

Cada discípulo, aunque no sea todavía y nunca sea Cristo, es sin embargo un Cristo inicial, con su propia misión: ser en la vida dador de vida. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El Buen Pastor que guía a la vida.

El Buen Pastor que guía a la vida 

Mis ovejas escuchan mi voz. Es hermoso el término que Jesús elige: la voz. Antes incluso que las cosas dichas, lo que cuenta es la voz, que es el canto del ser. Reconocer una voz significa intimidad, compañía, habla de una persona que ya habita en ti, deseada como la amada del Cantar: hazme sentir tu voz. Antes que tus palabras, Tú. 

Escuchan mi voz y me siguen. No dice: me obedecen. Seguir es mucho más: significa recorrer el mismo camino de Jesús, salir del laberinto del sinsentido, vivir no como ejecutores de órdenes, sino como descubridores de caminos. 

Significa: soledad imposible, fin del inmovilismo, caminar hacia nuevos horizontes, nuevas tierras, nuevos pensamientos. Nosotros y toda la Iglesia estamos llamados a entrenarnos en la sorpresa y el asombro para captar la voz de Dios, que ya está más adelante, más allá, que nos precede en todas y cada una de nuestras Galileas. 

¿Y por qué escuchar su voz? La respuesta de Jesús: porque yo les doy vida eterna. 

Escucharé su voz porque, como una madre, Él me hace vivir, la voz de Dios es pan para mí. Así como la voz de los hombres es pan para Dios. 

Por una vez al menos, centrémonos en lo que Jesús hace por nosotros. Lo hacemos muy poco. Los maestros de aquí abajo están ahí para recordarnos deberes, obligaciones, mandamientos, para recordarnos el compromiso, el esfuerzo, la obediencia. Muchos cristianos corren el riesgo de desanimarse porque no pueden hacerlo. 

Entonces es bueno, es saludable para el alma, respirar la fuerza que nace de estas palabras de Jesús: Yo les doy vida eterna. 

Vida eterna significa: vida auténtica, vida para siempre, vida de Dios, vida independientemente de todo. Antes de que yo diga sí, Él ya ha sembrado en mí gérmenes de paz, semillas de luz que comienzan a germinar, a guiar a los desorientados en la vida hacia la patria de la vida. 

Nadie las arrebatará de mi mano. La vida eterna es un lugar en las manos de Dios. Somos pájaros que tienen el nido en sus manos. Y en su voz. Somos niños que nos aferramos con fuerza a esa mano que no nos dejará caer. 

Como enamorados buscamos esa mano que calienta la soledad. 

Como crucificados repetimos: en tus manos encomiendo mi vida. 

De la certeza de que mi nombre está escrito en la palma de su mano, dice el profeta, con una imagen dulce, como la de los niños que se escriben en la mano las cosas importantes, para no olvidarlas en el examen. 

De esta vigorosa certeza, que nunca debo vender, de que para Dios soy inolvidable, de que nada ni nadie podrá separarme y arrebatarme, comienza mi camino en la vida: ser también para todos aquellos que están confiados a mi amor y a mi amistad, un corazón que no se arranca, una mano que no se secuestra. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El Buen Pastor, el timbre de una voz diversa.

El Buen Pastor, el timbre de una voz diversa 

Mis ovejas escuchan mi voz. No las órdenes, la voz. Esa que atraviesa las distancias, inconfundible; que cuenta una relación, revela una intimidad, hace emerger una presencia en ti. La voz llega al oído del corazón antes que las cosas que dice. 

Es la experiencia con la que el niño pequeño, cuando oye la voz de su madre, la reconoce, se emociona, tiende los brazos y el corazón hacia ella, y ya es feliz mucho antes de llegar a comprender el significado de las palabras. 

La voz es el canto amoroso del ser: «¡Una voz! ¡Mi amado! Aquí está, viene saltando por los montes, brincando por las colinas» (Ct 2,8). Y antes de llegar, el amado pide a su vez el canto de la voz de la amada: «Hazme oír tu voz» (Ct 2,14)... 

Cuando María, al entrar en la casa de Zacarías, saludó a Isabel, su voz hizo bailar su vientre: «Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño dio un salto de alegría en mi vientre» (Lc 1,44). 

Entre la voz del Buen Pastor y sus corderos corre esta relación confiada, amorosa y fecunda. De hecho, ¿por qué deberían escuchar su voz las ovejas? 

Dos tipos de personas se disputan nuestra atención: los seductores, los que prometen placeres, y los verdaderos maestros, los que dan alas y fecundidad a la vida. 

Jesús responde ofreciendo la mayor de las motivaciones: porque yo les doy la vida eterna. Escucharé su voz no por deferencia u obediencia, no por seducción o miedo, sino porque, como una madre, Él me hace vivir. Yo les doy la vida. 

El Buen Pastor pone en el centro de la religión no lo que yo hago por Él, sino lo que Él hace por mí. 

En el corazón del cristianismo no está mi comportamiento o mi ética, sino la acción de Dios. 

La vida cristiana no se basa en la obligación, sino en el don: vida auténtica, vida para siempre, vida de Dios derramada en mí, antes incluso de que yo haga nada. Antes incluso de que yo diga sí, Él ha sembrado gérmenes vitales, semillas de luz que pueden guiarme a mí, desorientado en la vida, al país de la vida. 

Mi fe cristiana es crecimiento, aumento, intensificación de lo humano y de las cosas que merecen no morir. Jesús lo dice con una imagen de lucha, de ternura combativa: Nadie me las arrebatará de la mano. 

Una palabra absoluta: nada. Inmediatamente duplicada, como si tuviéramos dudas: nadie puede arrebatárselas de la mano del Padre. 

Yo soy vida indisoluble de las manos de Dios. Vínculo que no se rompe, nudo que no se deshace. 

La eternidad es un lugar entre las manos de Dios. Somos gorriones que tienen el nido en sus manos. Y en su voz, que calienta la frialdad de la soledad. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El Buen Pastor que habla al corazón.

El Buen Pastor que habla al corazón 

Mis ovejas escuchan mi voz. Primera gran sorpresa: una voz atraviesa las distancias, un yo se dirige a un tú, el cielo no está vacío. 

¿Por qué escuchan las ovejas? Porque el pastor no se impone, se propone; porque esa voz habla al corazón y responde a las preguntas más profundas de cada vida. 

Yo conozco a mis ovejas. Por eso la voz conmueve y es escuchada: porque conoce lo que habita en el corazón. La samaritana junto al pozo había dicho: venid, hay uno que me ha dicho todo de mí. Hermosa definición del Señor: Aquel que dice el todo del hombre, que responde a los últimos porqués de la existencia. 

Mis ovejas me siguen. Siguen al Buen Pastor porque confían en Él, porque con Él es posible vivir mejor, para todos. Lo siguen, es decir, viven una vida como la suya, se convierten de alguna manera en pastores, y en voz en los silencios, y en las vidas de otros dadores de vida. 

El Evangelio muestra las tres características del Buen Pastor: Yo les doy la vida eterna / nunca se perderán / ¡nadie se las arrebatará de mi mano! 

Yo doy la vida eterna, ahora, no al final de los tiempos. Es salud del alma escuchar, respirar estas palabras: ¡Yo les doy la vida eterna! Sin condiciones, antes de cualquier respuesta, sin barreras ni límites. 

La vida de Dios se da, se siembra en mí como una semilla poderosa, semilla de fuego en mi tierra negra. Como savia que sube sin cansarse, día y noche, y se ramifica por todos los sarmientos, dentro de todas las yemas. 

Los acontecimientos de Galilea, la tragedia del Gólgota, las palabras de Cristo, que llegan como llama y como maná, no tienen otro propósito que este: darnos una vida llena de cosas que merecen no morir, de una calidad y consistencia capaces de atravesar la eternidad. 

El Evangelio continúa con una extraordinaria duplicación: Nadie las arrebatará de mi mano. Luego, como si aún tuviéramos dudas: nada puede arrebatarlas de la mano del Padre. 

Es el pastor de la ternura combativa. 

Yo soy un amado que no puede ser arrancado de las manos de Dios, un vínculo que no puede ser desgarrado. Como gorriones tenemos el nido en sus manos, como niños nos aferramos fuertemente a esa mano que no nos dejará caer, como enamorados buscamos esa mano que calienta la soledad, como crucificados repetimos: en tus manos encomiendo mi vida. 

El Evangelio es una historia de manos, un amor de manos. 

Manos de pastor fuertes contra los lobos, manos tiernas enredadas en la espesura de mi vida, manos que protegen mi mechero humeante, manos sobre los ojos del ciego, manos que levantan a la mujer adúltera del suelo, manos sobre los pies de los discípulos, manos clavadas y luego ofrecidas de nuevo: Tomás, ¡mete el dedo en el agujero del clavo! 

Manos llenas de llagas ofrecidas como una caricia para que yo descanse y recupere el aliento del valor. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El Buen Pastor: voz suave y mano fuerte.

El Buen Pastor: voz suave y mano fuerte 

Mis ovejas escuchan mi voz. No es una orden que hay que cumplir, sino una voz amiga que hay que acoger. Escuchar es la hospitalidad de la vida. Para hacerlo, hay que «abrir el oído del corazón», recomienda la Regla de San Benito. 

La voz de quien te quiere llega a los sentidos del corazón antes que el contenido de las palabras, te envuelve y te penetra, porque pronuncia tu nombre y tu vida como nadie. Es la experiencia de María Magdalena en la mañana de Pascua, y de cada niño que, antes de conocer el sentido de las palabras, reconoce la voz de la madre, y deja de llorar y sonríe y se inclina para recibir su caricia. 

La voz es el canto amoroso del ser: ¡Una voz! ¡Mi amado! Aquí está, viene saltando por los montes, brincando por las colinas (Ct 2,8). Y antes de llegar, el amado pide a su vez el canto de la voz de la amada: hazme oír tu voz (Ct 2,14)... 

¿Por qué escuchan las ovejas? No por obligación, sino porque la voz es hermosa y alberga el futuro. 

Yo les doy vida eterna (Jn 10,28). La vida se da, sin condiciones, sin obstáculos ni límites, incluso antes de mi respuesta; se da como una semilla poderosa, una semilla de fuego en mi tierra negra. Linfa que día y noche sube por el laberinto infinito de mis brotes, para la floración del ser. 

Dos tipos de personas compiten por nuestra atención: los seductores y los maestros. Los seductores son los que prometen una vida fácil, placeres fáciles; los verdaderos maestros son los que te dan alas y fecundidad a tu vida, horizontes y un vientre hospitalario. 

El Evangelio nos sorprende con una imagen de lucha: Nadie la arrebatará de mi mano (Jn 10,28). Lejos del pastor meloso y lánguido de muchos de nuestros santos, dentro de un cuadro bucólico de corderitos, prados y arroyos. Las suyas son las manos fuertes de un luchador contra lobos y ladrones, manos vigorosas que agarran un bastón de camino y de lucha. 

Y si lo hemos entendido mal y quedan dudas, Jesús involucra al Padre: nadie puede arrancarlas de la mano del Padre (Jn 10,29). Nadie, nunca (Jn 10,28). Dos palabras perfectas, absolutas, sin grietas, que convocan a todas las criaturas -nadie-, a todos los siglos y días -nunca-: nadie te soltará nunca del abrazo y del agarre de las manos de Dios. Un vínculo fuerte, irrompible. Un nudo amoroso que nada desata. 

La eternidad es su mano que te toma de la mano. Como gorriones, tenemos el nido en sus manos; como un niño, aprieto fuerte la mano que no me dejará caer. 

Y nosotros, a su imagen, pequeños pastores de un rebaño mínimo, tomamos fragmentos de palabras de la voz del Buen Pastor y se las ofrecemos a aquellos que son importantes para nosotros: nadie te arrancará nunca de mi mano. 

Y bienaventurado aquel que sepa hacerlas volar hacia todos los corderitos del mundo. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Un corazón pastoral según el Papa Francisco.

Un corazón pastoral según el Papa Francisco

«Cristo tiene nostalgia de quien se aleja»: así se expresaba el Papa Francisco en la catequesis de una audiencia general el 18 de enero de 2023 (https://www.vatican.va/content/francesco/es/audiences/2023/documents/20230118-udienza-generale.html), y en el marco del ciclo de catequesis sobre la evangelización y el celo apostólico después del ciclo sobre el discernimiento. 

El Papa Francisco reflexionaba sobre Jesús y su corazón, que no deja que nadie «se las arregle», es decir, que no se olvida de nadie, sino que todos están en su corazón. Para describir esta «pasión de Jesús por el hombre», el Papa Francisco utilizó la imagen del Buen Pastor que «da la vida por sus ovejas» (Jn 10,11). 

En aquella época, ser pastor no era solo un trabajo que requería tiempo y mucho esfuerzo, sino que era una forma de vida: veinticuatro horas al día, estar con el rebaño, llevarlo a pastar, dormir con ellas, cuidar de las más débiles. En pocas palabras, Jesús no hace algo por nosotros, sino que lo da todo, da su vida por nosotros y su corazón es pastoral porque hace de pastor con todos nosotros. 

Este término, pastoral, también indica la acción de la Iglesia, de la comunidad de cristianos que debe confrontarse e imitar, en su acercamiento al mundo y en su acción evangelizadora, el modelo de Jesús, Buen Pastor. 

De ahí la invitación del Papa Francisco a estar con Jesús para descubrir su «corazón de pastor» que late siempre por los que están extraviados, perdidos y alejados: «Cuántas veces nuestra actitud con las personas un poco difíciles se expresa con estas palabras: ‘Es problema suyo, que se las arregle’. Pero Jesús nunca dijo esto, sino que siempre fue al encuentro de todos los marginados, de los pecadores. Se le acusaba de esto, de estar con los pecadores, porque precisamente a ellos les llevaba la salvación de Dios». 

De ahí deriva «el celo de Dios», que no se queda contemplando el redil de las ovejas ni las amenaza para que no se vayan, sino que busca a las que se han escapado o perdido. El Papa Francisco dice: «Jesús siente una nostalgia continua por los que se han ido... no tiene ira ni resentimiento, sino una nostalgia irreductible por nosotros. Jesús tiene nostalgia de nosotros y este es el celo de Dios». 

¿Y nosotros, cristianos, qué podemos y debemos hacer? En las vicisitudes de nuestra vida cotidiana, al encontrarnos con los demás, tenemos una hermosa y gran oportunidad de dar testimonio de la alegría de un Padre que los ama y que nunca los ha olvidado; sin hacer proselitismo porque, dice el Papa Francisco, «hacer proselitismo es una cosa pagana, no es religiosa ni evangélica... Pidamos en la oración la gracia de un corazón pastoral, abierto, que se ponga cerca de todos para llevar el mensaje del Señor y también sentir por cada uno la nostalgia de Cristo». 

Por último, una advertencia para todos y otra para aquellos que tienen la responsabilidad de guiar: «Sin este amor que sufre y arriesga, corremos el riesgo de alimentarnos solo a nosotros mismos, nuestra vida no va... los pastores que son pastores de sí mismos, en lugar de ser pastores de la grey, son peluqueros de ovejas exquisitas». 

Todo lo dicho hasta ahora son imágenes de una Iglesia «hospital de campaña» -tan querida por el Papa Francisco-, que no tiene miedo de mezclarse con los acontecimientos del mundo y del hombre, aunque no sea «del mundo»... ¿Por qué, si no, se encarnó Dios, se hizo hombre? 

Vale la pena leer y reflexionar lo que significa y cómo se educa un corazón pastoral

Un corazón que sufre, un corazón que arriesga. Sufre: sí, Dios sufre por quien se va y, mientras lo llora, lo ama todavía más. El Señor sufre cuando nos distanciamos de su corazón. Sufre por los que no conocen la belleza de su amor y el calor de su abrazo. Pero, en respuesta a este sufrimiento, no se cierra, sino que arriesga: deja las noventa y nueve ovejas que están a salvo y se aventura por la única perdida, haciendo algo arriesgado y también irracional, pero acorde con su corazón pastoral, que tiene nostalgia de los que se han ido. La nostalgia por aquellos que se han ido es continua en Jesús. Y cuando escuchamos que alguien ha dejado la Iglesia ¿qué decimos? “Que se las arregle”. No, Jesús nos enseña la nostalgia por aquellos que se han ido; Jesús no tiene rabia ni resentimiento, sino una irreductible nostalgia por nosotros. Jesús tiene nostalgia de nosotros y esto es el celo de Dios. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El Buen Pastor da la vida.

El Buen Pastor da la vida 

Mis ovejas escuchan mi voz. Escuchar es nuestro primer trabajo, el primer servicio que debemos prestar a Dios y al prójimo, la primera forma de dar al otro, ya sea Dios o un hermano, la evidencia de que existe, de que es importante para mí. Amar es escuchar. 

Pero, ¿cómo reconocer su voz? Como hacía María, guardándola y meditándola en el corazón. 

Los hombres se llaman de un silencio a otro, se buscan de una soledad a otra. Y cada voz viene de fuera. Pero Tú, Tú eres una Voz que resuena en medio del alma. 

En muchos dialectos ni siquiera existe el verbo obedecer, sustituido por el verbo escuchar. Cuántas veces se repite el lamento de los padres: ese hijo no escucha; ese chico ya no escucha a nadie. Y quieren decir: ya no obedece a nadie. Es el mismo lamento de Dios que llena la Biblia: ¡Escucha, Israel! Escuchar significa obedecer. 

En el Evangelio hay una desproporción, en nuestro beneficio, entre lo que Jesús hace por nosotros y lo que nosotros debemos hacer para corresponder a su don. Y es más importante, por una vez, detenernos en lo que Jesús promete. Se hace tan raramente. 

Todos nos recuerdan continuamente la obligación, el compromiso, el esfuerzo de hacer fructificar los talentos, de poner en práctica los mandamientos, y muchos cristianos corren el riesgo de desanimarse por las muchas veces que no lo consiguen. 

Entonces es bueno, es saludable para el alma, respirar la fuerza que nace de estas palabras de Jesús: Yo les doy la vida. La vida de Dios está dada, presente en nuestro interior como una humilde semilla, que comienza a moverse en el corazón cada vez que nos acercamos un poco más a Jesús. 

Nadie te arrebatará de mi mano. Nadie, ni ángeles ni hombres, ni la vida ni la muerte, ni el presente ni el futuro, nada podrá separarnos jamás del amor de Cristo (Rom 8,38). 

La fuerza y el consuelo de esta palabra absoluta: nadie. Inmediatamente duplicada: nunca seremos arrebatados por nada. 

Hay un verbo no en presente, sino en futuro que indica una historia completa, tan larga como el tiempo de Dios. El hombre es, para Dios, una pasión capaz de atravesar la eternidad. 

Nadie nunca, de mi mano: manos que desplegaron los cielos y echaron los cimientos de la tierra, manos de alfarero sobre el barro del Edén, manos de creador sobre Adán dormido y nace —éxtasis del hombre— Eva; manos clavadas en la cruz por un abrazo que ya no puede terminar. 

Nadie te separará de estas manos: son palabras para darnos valor. Como los gorriones, tenemos el nido en su mano. Como niños, nos aferramos con fuerza a esa mano que no nos dejará caer. Como crucificados, repetimos: en tus manos encomiendo mi vida. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La voz del Buen Pastor.

La voz del Buen Pastor 

«Yo soy el buen pastor, conozco a mis ovejas y mis ovejas me conocen a mí» (Jn 10,14). 

Las ovejas del Señor lo conocen y escuchan su voz. No es una orden que hay que cumplir, sino una voz amiga que hay que acoger. Escuchar es la hospitalidad de la vida. Para hacerlo hay que «abrir el oído del corazón». 

La voz de quien te quiere llega a los sentidos del corazón antes que el contenido de las palabras, te envuelve y te penetra, porque pronuncia tu nombre y tu vida como nadie. 

Es la experiencia de María Magdalena en la mañana de Pascua, de cada niño que, antes de conocer el sentido de las palabras, reconoce la voz de la madre y deja de llorar y sonríe y se inclina ante la caricia. 

La voz es el canto amoroso del ser: ¡Una voz! ¡Mi amado! Aquí está, saltando por los montes, brincando por las colinas (Ct 2,8). Y antes de llegar, el amado pide a su vez el canto de la amada: hazme oír tu voz (Ct 2,14). 

«Yo les doy vida eterna» (Jn 10,28). La vida se da, sin condiciones, sin barreras ni límites, incluso antes de mi respuesta; se da como una semilla poderosa, semilla de fuego en mi tierra negra. Linfa que día y noche sube por el laberinto infinito de mis brotes, para la floración del ser. 

Dos tipos de personas compiten por nuestra atención: los seductores y los maestros. Los seductores son los que prometen una vida fácil, placeres fáciles; los verdaderos maestros son los que dan alas y fecundidad a tu vida, horizontes y un vientre hospitalario. 

El Evangelio nos sorprende con una imagen de lucha: «Nadie me la quitará de la mano» (Jn 10, 28). La eternidad es estar en Sus manos. 

También nosotros, discípulos que, como Él, queremos esperar y construir, dar vida y liberar, estamos llamados a asumir el papel de «Buen Pastor», es decir, fuerte, bello, verdadero, de una mínima grey que se nos ha confiado: la familia, los amigos, los hermanos,…, aquellos que confían en nosotros. 

En la vida cotidiana, «dar la vida» significa, en primer lugar, dar nuestra voz hospitalaria, lo más raro y precioso que tenemos, ser todo para el otro, escuchar atentamente, no distraerse, mirar a los ojos. Esto es decirle: tú eres alguien, tú me importas. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La provocación del Buen Pastor.

La provocación del Buen Pastor 

En Roma, en las catacumbas de Priscila, se encuentra un icono muy famoso del Buen Pastor: se trata de un fresco del siglo III d. C. que lo representa joven, con un cuerpo dinámico a pesar del peso del cordero que carga sobre sus hombros, rodeado de otras dos ovejas, dos árboles y dos palomas con un ramo de olivo en el pico -quizás una referencia al Paraíso-. 

Una imagen serena y tranquilizadora, que recuerda el salmo 22 (23): «El Señor es mi pastor, nada me falta; en verdes praderas me hace descansar; hacia tranquilas aguas me conduce, y me infunde nuevas fuerzas». 

La imagen del Buen Pastor estaba muy extendida en aquella época: no olvidemos que las primeras comunidades cristianas preferían no representar al Crucificado —imagen dolorosa—, pero amaban mucho la figura del Buen Pastor, tranquilizadora y reconfortante en la vida nada fácil a la que debían enfrentarse. Y, por otra parte, probablemente también hoy en día es una de las formas más extendidas de representar a Jesús, aparte del Crucificado. 

Y, de hecho, el icono del Buen Pastor es en cierto modo tranquilizador, pero también es exigente, porque es una provocación dirigida a todos los cristianos. Es una imagen que no debe ahogarse en matices idílicos. 

En el cuarto Domingo de Pascua, el Evangelio nos propone el pasaje dedicado precisamente a la parábola del Buen Pastor. Jesús se presenta («Yo soy») como aquel que recoge y defiende a sus ovejas, dispuesto sin vacilaciones a dar la vida por ellas. 

Y aquí vemos inmediatamente una primera razón por la que esta imagen es «incómoda»: es un mensaje tranquilizador para los suyos, pero polémico para los jefes de Israel. De hecho, subraya la diferencia entre el Buen Pastor y los «mercenarios», que hacen su trabajo hasta que se vuelve demasiado incómodo y abandonan el campo en cuanto ven acercarse al lobo, es decir, la amenaza, «que rapta y dispersa» a las ovejas. No es solo un relato de lo que puede suceder en los pastos, es una mordaz crítica a los fariseos que, según Ezequiel, «pastorean a sí mismos... y no a la manada» (Ez 34, 2). Los judíos, por otra parte, captan el mensaje, tanto es así que se enfadan y dicen que está endemoniado, loco. 

Un segundo motivo por el que esta es una imagen incómoda es que entonces los pastores no gozaban de gran prestigio social. Es decir, Jesús no solo elegirá una muerte infame -en la cruz-, sino que se presenta como una persona que hace un trabajo humilde, maloliente, pobre. No busca poder ni prestigio, no quiere presentarse como un líder que se pone al frente de su pueblo, sino como un padre que cuida de sus hijos, que por ellos está dispuesto incluso a dar la vida. 

La esencia es que quien se interesa demasiado por sí mismo no puede cuidar de los demás, Jesús, en cambio, está totalmente disponible, por eso quien está cerca de él puede encontrar descanso y ayuda. La relación entre las ovejas y el pastor es, de hecho, una relación de conocimiento mutuo: el pastor conoce a cada oveja y las ovejas lo conocen a él, hasta el punto de seguirlo incluso fuera del redil solo con el sonido de su voz: «Cuando ha sacado a todas sus ovejas, va delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz. Pero un extraño no lo seguirán; más bien, huirán de él porque no conocen la voz de los extraños» (Jn. 10, 4-5). Una relación que refleja la que existe entre el Padre y el Hijo y que se basa en escuchar y estar juntos. 

Y aquí encontramos el tercer motivo por el que la imagen del Buen Pastor es incómoda, casi un desafío. El verdadero regalo que Jesús hace a los suyos, de hecho, es el de crear comunidad: «escucharán mi voz y se convertirán en una sola grey», a pesar de los lobos que intentan dispersarla. Pero no se trata de una comunidad encerrada en su propio recinto, que permanece a salvo excluyendo y condenando a quienes no forman parte de ella, sino de una comunidad dispuesta a caminar junto a otros: «Tengo otras ovejas que no provienen de este recinto: también a ellas debo guiar». 

Tradicionalmente, el del Buen Pastor es un modelo que se aplica a los Obispos y presbíteros, a quienes se les pide que se comprometan a cuidar de sus fieles tanto en los momentos hermosos y significativos de la vida como en los difíciles. Pero en realidad este modelo concierne a todos los que tienen responsabilidades en la Iglesia, es decir, en una Iglesia que es comunión, concierne prácticamente a todos: catequistas, animadores, padres, abuelos, voluntarios, consagrados... todos tenemos una pequeña grey -quizás formada solo por un puñado de amigos y hermanos- de la que debemos cuidar. 

Por lo cual, ser buenos pastores dando gratis lo que gratos se ha recibido, poniéndose a los pies, dando la propia vida... significa entrega (del propio tiempo, de los propios pensamientos, del propio afecto...). Y este es el cuarto motivo por el que esta parábola es incómoda. 

Y entonces surge la pregunta: ¿cómo se llega a ser un Buen Pastor? Pero eso es otro tema… 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Jesús, nuestro Buen Pastor - San Juan 10, 1-10 -.

Jesús, nuestro Buen Pastor - San Juan 10, 1-10 -   En aquel tiempo, Jesús dijo: « En verdad, en verdad os digo: El que no entra por la puert...