La palabra crítica nos salvará del pensamiento único
La palabra «crítica» -criticar, poner en crisis- deriva
etimológicamente del verbo griego «crino», que significa
juzgar/separar/distinguir, y del verbo latino «cerno», que significa discernir.
Quienes estén familiarizados con la historia de la
filosofía, recordarán bien la «Crítica de
la razón pura» de Immanuel Kant, en la que el autor utilizó la palabra
precisamente en ese sentido, es decir, «someter
la razón humana a juicio (analizando sus capacidades por separado), a fin de establecer la posibilidad o no de
la metafísica como ciencia».
En primer lugar, «criticar» significa
«separar» lo posible de lo imposible, lo verdadero de lo falso, lo bueno de lo
malo.
¿Por qué me encanta la etimología de las palabras? Porque
a menudo/siempre revela significados perdidos. Perdidos porque lo están los
valores que un día expresaron. En efecto, la palabra es lo que expresa el alma
del ser humano, no sé si más que cualquier otra cosa. La palabra es una
proyección de inteligencia, sabiduría, cultura, espiritualidad.
En estos tiempos «bárbaros», en efecto, se advierte cada
vez más una banalización del lenguaje, una pobreza de expresión que sin duda
delata una incapacidad para reflexionar y elaborar un pensamiento complejo.
Así pues, la palabra «crítica» también ha sufrido una
severa derrota. Ahora sólo se entiende negativamente.
Criticar es, de hecho, para la mayoría, «molestar»,
«carcajearse», «exagerar», «actuar como un catedrático», «atacar la felicidad
de los demás». La tecnología, con sus deprimentes simplificaciones, ha
contribuido de forma negativa, pero no tiene toda la culpa. De hecho, la
ignorancia y el pensamiento único que expresa son funcionales a un sistema
políticamente antidemocrático y económicamente liberal/consumista. Y, por
tanto, se fomentan.
¿Por qué el poder valora el pensamiento acrítico?
Porque un ciudadano informado, capaz precisamente de
distinguir lo verdadero de lo falso, lo posible de lo imposible, la verdad de la
hipocresía, es un ciudadano «molesto», «peligroso», que se opone, que defiende,
que no consume, que exige respeto a sus derechos. Puede incluso desquiciar el orden establecido, los dogmas
incuestionables, el privilegio de casta o la simple «vida tranquila», injusta,
pero tranquilizadora.
Quien critica hoy (y no sólo hoy) se expone de hecho a
riesgos. Incluso a graves riesgos.
En primer lugar, se le margina tout court. Se le califica de perturbador de la paz pública. En lugar
de rebatir abiertamente sus posiciones, se le ataca solapadamente, sin
permitirle defenderse. Y cuanto más fundadas son las críticas, más fuerte es la
reacción, que puede llegar a la persecución.
Esto es cierto en la escuela, que debería ser el lugar
donde crecer haciéndose preguntas sobre el pasado y el presente, sobre el
significado de vivir en general y de vivir políticamente en particular, sobre
la verdad, sobre los juicios y los prejuicios. En realidad, se premia al
«repetidor pasivo» de contenidos socialmente aceptados, intelectualmente planos
y complacientes con el poder... Al alumno que hace preguntas incómodas, que
hace preguntas «alternativas», que lee, se informa y desafía, ni se le quiere
ni se le premia.
Esto es cierto en la familia. Un lugar privilegiado para
un debate sincero sobre los horizontes del sentido. Un lugar donde uno debería
poder decir todo lo que piensa, en una confrontación abierta y estimulante
capaz de «de-construir» los lugares comunes, la respetabilidad, las ideologías.
En realidad, los padres suelen defender sus posiciones hasta las últimas
consecuencias (cuando les va bien), o ignoran cualquier petición de
aclaración/discusión por miedo a un conflicto al que no quieren enfrentarse.
Sí, el conflicto, que como dicen todos los psicólogos es necesario para crecer…
Mejor un falso acuerdo que una verdad inquietante, mejor pasar por alto que
cuestionar, mejor eludir los problemas que afrontarlos con valentía.
Esto es cierto en la Iglesia. A pesar de tener ante sí el
ejemplo de Jesús, que con su vida y su Palabra desmenuzó toda actitud
dogmática, persiste en una actitud inquisitorial. O todos de acuerdo o nada. O todos conmigo, o contra mí.
También ella ha interpretado e interpreta la «crítica»
como un delito de lesa majestad, y no como la necesidad de comprender mejor, de
separar lo que es Palabra de Dios de los comportamientos que son fruto de
contextos históricos y políticos pasados, de distinguir entre fe y
superstición, entre seguimiento y devociones, entre dogma y verdad, entre
milagro y milagrería... Se ha empeñado y se empeña, pues, en juicios
autoritarios en los que se priva a los «culpables» incluso del derecho a
defenderse, en exclusiones por tanto dolorosas, en reivindicaciones unitarias
ya fuera de tiempo. Olvidando que no estar de acuerdo no significa no amar.
Existe, por tanto, una relación fuerte e inseparable
entre «crítica y democracia». La democracia debe dar a la gente la oportunidad
de expresar libremente sus pensamientos. Pero para tener un «pensamiento», uno
debe poder ejercer su capacidad crítica: separar, discernir, juzgar.
Incluso a costa de disgustar a no pocos, a muchos, a...
De hecho, ser crítico no es ser «criticón». No es ser 'de
los que nunca están contentos con nada', 'de los que siempre son 'huraños'...
Implica compromiso, respeto a la verdad, capacidad de soportar el conflicto,
honestidad intelectual y coherencia de vida.
Esa condición (compromiso, respeto, honestidad, coherencia,…)
es imprescindible ante una realidad desalentadora, ¿decepcionante? en todos los
ámbitos existenciales: escuela, familia, Iglesia, sociedad.
Y, no por casualidad, en todas estas esferas se habla hoy
de crisis.
Etimológicamente, la palabra «crisis» también deriva del
verbo crino/criticar. Así que también pierde su connotación exclusivamente
negativa.
De hecho, creo que la «crisis que afecta a todas las
instituciones, es una oportunidad.
La crisis, como la crítica, hace estallar las
contradicciones, desvela las hipocresías, separa la verdad de la impostura. La
crisis nos hace estrellarnos contra nuestros defectos, nuestras cegueras,
desborda nuestras certezas. La crisis purifica y nos hace recomenzar con mayor
conciencia.
No deseo tiempos de sufrimiento para nadie. Pero sí
espero que de las cenizas de este mundo que más pronto que tarde se enfrentará
a un ajuste de cuentas -ecológico, económico, político, religioso,…- surja un ser
humano adulto y sabio, un ser humano acogedor, un ser humano que sepa utilizar
el maravilloso don del pensamiento «crítico», del discernimiento.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF