jueves, 17 de septiembre de 2026

Una mirada inocente.

Una mirada inocente 

Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos. 

Y buscará imágenes capaces de tranquilizarlo, superficies brillantes que le devuelvan, sin resistencia, la forma exacta de su deseo. 

No buscará lo que lo supera, sino lo que se le parece; no esperará una palabra inesperada, sino que exigirá un eco. 

Y llamará plenitud a esa prisión luminosa en la que todo confirma lo que él ya quiere ver. 

El ídolo no impone su presencia: la ofrece como una respuesta perfectamente calibrada. 

La mirada encuentra en él lo que buscaba y, al reconocerlo, se siente satisfecha. 

Ninguna distancia, ningún exceso, ningún misterio interrumpe la coincidencia entre el deseo y la imagen. 

El ídolo es un espejo complaciente: no revela el rostro del mundo, sino que devuelve al sujeto la figura ampliada de sus expectativas. Por eso seduce. 

No exige conversión, no hiere las certezas, no abre un camino; se limita a confirmar. 

Pero precisamente en la satisfacción se esconde el peligro. 

Cuando la mirada recibe inmediatamente lo que desea, deja de cuestionar lo que ve. La visión ya no es un encuentro, sino un consumo; ya no es apertura, sino posesión. 

La imagen se vuelve dócil, accesible, adaptada a la necesidad de quien mira. Y lo que parece libertad - poder ver siempre lo que se quiere - se transforma lentamente en la más sutil de las servidumbres: no ser ya capaz de ver otra cosa. 

El ídolo llena por completo el campo visual. No deja márgenes, no tolera periferias, no concede a la ausencia el derecho a expresarse. 

Todo debe estar presente, expuesto, nítido, disponible. 

La superficie se vuelve absoluta y la materialidad pretende ser la última palabra sobre lo real. 

En este reino de lo evidente, lo que no aparece parece no existir; lo que no seduce se descarta; lo que no produce satisfacción inmediata se juzga inútil. 

Así, la belleza, separada de la verdad, se convierte en anestesia. La estética ya no conduce más allá de la forma, sino que encierra la experiencia dentro de la propia forma. 

El sujeto contempla y se complace; admira y se siente reafirmado; acumula imágenes y cree haber ampliado el mundo, cuando en realidad solo ha multiplicado las paredes de su propia habitación. 

El ídolo no miente necesariamente en lo que muestra: miente porque hace creer que no hay nada más que ver. 

Ay de la sociedad que entrega a la imagen el poder de establecer lo que merece atención. Acabará venerando solo lo que brilla, escuchando solo lo que la halaga, reconociendo como verdadero solo lo que puede exhibirse. 

Los rostros se convertirán en escaparates, las palabras en adornos, los cuerpos en medidas de valor. 

Incluso el dolor deberá adoptar una forma atractiva para ser reconocido.

Y el hombre, rodeado de visiones, perderá la facultad de ver. 

Es necesario educar la mirada hacia el umbral, no hacia la saciedad. 

Hay que aprender a detenerse ante lo que no se deja consumir, a acoger la opacidad, la distancia, el silencio. 

Lo verdadero no siempre llena el campo visual: a veces lo interrumpe. No nos entrega lo que buscamos, sino que nos libera de la tiranía de buscar únicamente a nosotros mismos. 

Allí donde el ídolo se ofrece por completo, el misterio se retira; y precisamente al retirarse nos llama más allá de nuestra medida. 

Uno tiene que aprender, también, a vigilar su mirada. 

A no llamar «revelación» a toda imagen que nos satisfaga, ni «verdad» a toda forma que coincida con nuestro deseo. 

A dejar abierta una brecha en el horizonte, para que pueda llegar lo que no hemos previsto. 

Solo una mirada que no se sacia puede seguir esperando; solo una mirada que acepta no poseer puede reconocer; solo quien se atreva a atravesar la superficie descubrirá que lo real no está hecho para complacernos, sino para transformarnos. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 16 de septiembre de 2026

“¿Qué importa? Todo es gracia” (‘Diario de un cura rural’ Georges Bernanos) - San Mateo 20, 1-16 -.

“¿Qué importa? Todo es gracia” (‘Diario de un cura rural’ Georges Bernanos) - San Mateo 20, 1-16 - 

Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos (Is 55, 8)

 

Este versículo del profeta Isaías puede ser clave para interpretar el Evangelio.

 

Existe una diferencia inconmensurable de mentalidad, de forma de pensar y de ver las cosas entre nosotros y la propuesta de Jesús en el Evangelio.

 

Son formas diferentes de ver y, a partir de ahí, se comprende muy bien por qué su mensaje encontró resistencia entre las personas religiosas de la época y la sigue encontrando hoy.

 

Esto significa que el pensamiento de Jesús no es expresión de ninguna religión, sino únicamente de algo más que hay que buscar. Hay una diferencia en los contenidos, en la forma de pensar y actuar a distintos niveles.

 

El contenido que Jesús pone en tela de juicio con la parábola es la doctrina del mérito, que se encuentra en las antípodas del criterio del don gratuito visible en la vida de Jesús.


El reino de los cielos se asemeja a un dueño de casa que salió al amanecer para contratar jornaleros para su viña


Los discursos de Jesús no son teóricos, sino que tienen como referencia un objetivo preciso: explicar a sus discípulos lo que significa formar parte de una humanidad cuyos criterios de comportamiento no son las lógicas del mundo, sino aquellas que provienen de otra parte.

 

Es el Reino de los Cielos lo que Jesús intenta explicar con sus parábolas, un reino en el que se hace visible la presencia de Dios en medio de quienes lo acogen.

 

En este Reino de los Cielos hay un movimiento constante de salida. El dueño sale de casa para llamar a jornaleros para su viña a todas horas. No se queda, pues, encerrado en casa esperando a que alguien venga a llamar a la puerta, sino que sale.

 

Si la Iglesia, la comunidad cristiana, desea ser una manifestación del Reino de los Cielos propuesto por Jesús, debe aprender a salir, a ir al encuentro de la humanidad, a llamar a cualquier persona sin ningún tipo de distinción. Es la Iglesia en salida la que llama a todos y acoge a todos.

 

Acordó con ellos un denario al día y los envió a su viña

 

El dueño sale a llamar para trabajar en la viña y ofrece algo. Es un relato muy similar a la parábola de los talentos. ¿Qué podría representar este dinero en la vida de fe? El dinero representa el salario diario por el tiempo, que permitía a la persona vivir.


Pero también ellos recibieron cada uno un denario. Al recogerlo, sin embargo, murmuraban contra el amo diciendo: «Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado como a nosotros, que hemos soportado el peso de la jornada y el calor» 

 

Este es el núcleo de la parábola y aquí encontramos el contenido que Jesús intenta desmontar para adentrarnos en la lógica del Reino.

 

Existe una lógica del mérito, de naturaleza puramente mundana, que se ha infiltrado en la lógica de la religión. Esta lógica nos enseña que, para obtener algo, debemos merecérnoslo y, para merecérnoslo, debemos realizar una serie de gestos y pruebas.

 

Desde esta perspectiva del mérito, Dios no es más que un vendedor de cosas y quienes pueden obtenerlas son los mejores, los más dotados, aquellos que, de una forma u otra, logran hacer todo lo que les permite alcanzar el objetivo.

 

Explicada de este modo, se comprende muy bien cómo esta lógica se encuentra en las antípodas del Evangelio. Pero se nos ha inculcado tanto en la mente que consideramos justa y religiosa una lógica semejante. Al fin y al cabo, la religión de la obediencia a los preceptos, las normas, los ritos y los sacrificios se sitúa precisamente en esta dirección, que no es la que enseñó Jesús.

 

«Amigo, no te hago ningún agravio. ¿No acordaste conmigo por un denario? Toma lo tuyo y vete. Pero yo quiero dar también a este último lo mismo que a ti: ¿no puedo hacer lo que quiera con lo mío? ¿O es que estás envidioso porque yo soy bueno?»

 

Esta es la lógica de Dios Padre, tal y como Jesús la manifestó a la humanidad. Un Dios que no responde a la lógica del mérito, sino a la del don gratuito y desinteresado. Un don gratuito que todos pueden acoger independientemente de su condición social y de sus supuestos talentos, porque es Dios el protagonista de nuestra salvación y no nosotros.

 

De hecho, mientras que el Dios inventado por los hombres, aquel que responde al criterio del mérito, descarta a los más débiles y premia a los llamados «mejores», el Dios que Jesús nos ha revelado permite que cualquiera entre en el Reino de los Cielos y esto es así porque, como dice la parábola, Dios es bueno.

 

Hay bondad en la propuesta de Jesús, una bondad concedida gratuitamente que solo exige ser acogida, hacerle un hueco.

 

En este camino, los pequeños, los excluidos, los pobres y todos aquellos que sufren algún tipo de discriminación en este mundo del mérito, se ven favorecidos porque el mundo les ha despojado de su dignidad y Jesús, con su propuesta, ha venido a devolvérsela.


Así, los últimos serán los primeros y los primeros, los últimos

 

Esta conclusión no es casual, sino el fruto de lo que la parábola ha querido expresar. ¿No habrá que ponerse en la fila de los últimos? ¿No habrá que salirse de las filas de aquellos que quieren ser grandes en este mundo pero que luego pierden su alma? ¿No habrá que despojarse de la religión del mérito para revestirnos de la bondad de Dios Padre?


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Ven a trabajar a mi viña - San Mateo 20, 1-16 -.

Ven a trabajar a mi viña - San Mateo 20, 1-16 -

«Mis pensamientos no son vuestros pensamientos», así lo anunciaba el Señor por boca del profeta Isaías. Exactamente así.

 

¿Quién de nosotros haría cuentas, al final del día, sin basarse en las horas de trabajo?

 

Es curioso que se opte por ceñirse únicamente a lo establecido.

 

En realidad, no es solo esto lo que resulta curioso.

 

¿Qué empresario saldría todavía a las cinco de la tarde a contratar obreros por jornada?

 

Y, sin embargo, si releemos el Evangelio, esa es la hora en la que realizó contrataciones extraordinarias: a veces, a esa hora hizo las mejores adquisiciones.


¿Acaso no llamó en el último momento a quienes parecían no tener ningún mérito para ser reclutados?

 

¿Lo tenía, tal vez, la mujer de Samaria con cinco maridos a sus espaldas y un sexto a prueba?

 

¿Lo tenía Mateo con su oficio de mala fama?

 

¿Lo tenía Zaqueo?

 

¿O María Magdalena?

 

¿O, incluso, el ladrón del último momento?

 

¿O Saulo de Tarso, que, como si fuera a propósito, se encontraba entre los oponentes más acérrimos de esta nueva forma de hacer empresa?

 

¿Qué currículum puede presumir alguien que firma contratos de este tipo? ¿Dónde se licenció? ¿Qué máster cursó alguien a quien no le preocupa el beneficio de la empresa, sino la dignidad que hay que reconocer a cada persona?


Y, de hecho, las quejas de los trabajadores no tardan en llegar.

 

Pero esta vez sin mediación sindical, el dueño de la viña comienza por aclarar que esa protesta está totalmente fuera de lugar. ¿Por qué?

 

Porque el dueño no ha vulnerado ningún derecho de quienes habían comenzado muy temprano su jornada laboral.

 

«No te hago ningún agravio»: tanto es así que a cada uno se le reconoce aquello por lo que había aceptado ese contrato, es decir, una paga diaria. Pero como él es el propietario de ese negocio, puede disponer de sus cosas a su antojo.

 

¿Acaso no es libre de regalar lo que posee?

 

Si alguien ha aceptado trabajar por contrato, mejor que mejor: se le paga lo que le corresponde. Pero si el dueño quiere ser generoso con quien ha llegado el último, ¿puedes, acaso, impedírselo? «¿No puedo hacer lo que quiera con lo mío?».

 

Ninguno de los contratados por jornada había comprendido el «honor incomparable de trabajar en su viña». No importa cuánto hayas trabajado, sino que lo hayas hecho: ya sea desde el amanecer o hasta el atardecer, poco importa.


¡Qué bien me sienta a mí, que soy un obrero de las primeras horas, escuchar estas palabras!

 

Cuando alguien ha hecho un descubrimiento maravilloso en su vida, el mayor deseo es compartirlo, no guardárselo solo para sí mismo, no dejarse corroer por la envidia, hacer que también otros se regocijen de las mismas posibilidades que a mí se me han concedido, no por quién sabe qué habilidades mías, sino solo por una gracia singular.

 

Fui llamado cuando era un poco más que adolescente. Es un honor trabajar para el Señor y es una cuestión de honor hacer que otros puedan conocerlo: aquí no hay ascensos profesionales ni aumentos de categoría. La recompensa es simplemente poder decir que he comprendido algo de lo que le importa a Dios y haberlo compartido lo más posible. 

 

Por eso, si leemos con más atención esta espléndida página, descubrimos que es una página de revelación.

 

De hecho, revela quién es Dios y quién es el hombre. Venir al mundo es acoger el crédito de confianza que Dios nos ha concedido a cada uno de nosotros.

 

¿Qué son nuestras relaciones sino la prolongación y la encarnación de este crédito? ¿Qué habría sido de mí si no hubiera sido misionero claretiano, presbítero,…?


El hecho de que se nos contrate por días para cuidar de esa viña que es la creación, la historia, la Iglesia, las relaciones, las amistades y los compromisos laborales, es precisamente una de las formas en que se manifiesta el crédito de Dios hacia nosotros.

 

Algunos reconocen esta llamada desde el primer momento, como los jornaleros de las nueve de la mañana; otros, más tarde.

 

Hay quienes, en cambio, no son contratados por jornada: casi parece que, por toda una serie de coincidencias, quedan como un excedente, un descartado.

 

Los jornaleros de la última hora reconocen que no han encontrado a nadie que depositara su confianza en ellos. Por eso, interviene el propio dueño de la viña, quien hasta el último instante, incluso cuando todo parece ya decidido, no deja de ofrecer una oportunidad, una posibilidad a quien está al borde del abismo, pagando incluso las horas pasadas lidiando con la tristeza que produce sentirse un desecho.

 

Dios no se resigna a que la vida de un hombre pueda considerarse un lastre. Por eso, incluso en las peores circunstancias, no deja de devolverle la confianza de los comienzos.

 

¿Y yo? ¿Acaso voy a sentir envidia porque él es bueno?


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 15 de septiembre de 2026

Ahora no lo entiendes… lo entenderás más tarde - San Juan 13, 7 -.

Ahora no lo entiendes… lo entenderás más tarde - San Juan 13, 7 -

Hay un momento en la vida en el que las preguntas cambian.

 

Durante años me he preguntado, por ejemplo, en qué me convertiré, qué camino tomaré, qué conseguiré construir, qué metas alcanzaré…

 

Luego, casi sin darme cuenta, ha surgido otra pregunta. Más silenciosa. Más exigente.

 

¿Y después qué? ¿Qué quedará de mí?

 

No, no es una pregunta propia de la vejez.

 

No, no es nostalgia por lo perdido.

 

Creo que es una pregunta que pertenece a la madurez.

 

Porque uno se convierte de verdad en adulto el día en que su futuro deja de coincidir únicamente consigo mismo.


Hay una etapa de la existencia en la que comprendemos que el verbo más importante ya no es «tener», sino «dejar».

 

No «dejar» en el sentido de abandono, sino de herencia, legado,…, en el paso del testigo.

 

Cada encuentro, cada palabra, cada elección empieza poco a poco a juzgarse no por lo que produce en el momento, sino por lo que seguirá vivo cuando nosotros ya hayamos pasado página.

 

Es entonces cuando la vida cambia de verdad.

 

Deja de ser una carrera hacia algo y se convierte en una responsabilidad hacia alguien.

 

Hace una un tiempo he ido intentando ampliar el deseo.

 

He tratado de ir aprendiendo a detenerme, a mirar el mundo con ojos nuevos, a cuidar de lo que la vida me confía.

 

Intuyo que llegará un día en el que ese camino encuentre su destino natural.

 

¿Para quién he hecho todo lo que he hecho? ¿De qué sirve un deseo más grande si no genera vida también para los demás? ¿De qué sirve aprender a detenerme, si nadie encuentra descanso a mi lado? ¿De qué sirve una mirada capaz de maravillarse, si no ilumina también el camino de alguien? ¿De qué sirve custodiar, si lo que custodio muere conmigo?


Vivimos en una época que nos empuja continuamente a acumular.

 

Experiencias. Sensaciones. Éxitos. Seguridades. Incluso recuerdos.

 

Nos preocupamos mucho más por lo que poseemos que por lo que dejamos atrás.

 

Y, sin embargo, ninguna civilización ha sobrevivido gracias a quienes se lo guardan todo para sí mismos.

 

Las mejores épocas siempre han surgido de hombres y mujeres que han sabido legar algo a quienes venían después de ellos.

 

Un educador transmite saber. Una madre transmite confianza. Un padre transmite valor. Un artesano transmite arte y oficio. Un presbítero transmite esperanza. Un amigo transmite presencia…


La vida se llena no cuando se posee mucho, sino cuando empieza a generar algo más allá de sí misma.

 

La naturaleza lo ha contado así desde siempre con una sabiduría silenciosa.

 

La semilla no retiene su propia fuerza, sino que la entrega a la tierra.

 

La vid no se queda con los racimos para sí misma, sino que los ofrece.

 

El mar devuelve cada día lo que recibe de los ríos.

 

No, no lo había comenzado a entender hasta hace un tiempo… pero poco a poco se ha ido abriendo camino y se va haciendo luz también en este aprendizaje vital al que Jesús invitaba a Pedro y a sus discípulos en aquel ambiente ‘mágico’ de la Última Cena y ante aquel ‘extraño’ del lavatorio de los pies…

 

Hay tiempo para creer que entiende y hay tiempo para comenzar a entender de verdad… Lo entenderás más tarde, Joseba, a su momento.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 14 de septiembre de 2026

El lugar de la memoria.

El lugar de la memoria

A los pies de la cruz. Si dependiera de nosotros, visitaríamos lugares muy distintos al Calvario, lugares más atractivos y complacientes. Y, sin embargo, precisamente esos lugares que más seducen son los más incapaces de cumplir lo que prometen.

 

Buscamos sin cesar relaciones y vínculos que nos ayuden a superar la soledad y la angustia, garantizándonos el amor, el verdadero, aquel que no sufre altibajos; y, a veces, nos parece haberlo encontrado ora en uno, ora en otro, solo para descubrir después que ese amor se desvanece cuando se agota el entusiasmo y el sentimiento.

 

A los pies de la cruz, si aceptamos no apartar la mirada de ella, descubrimos cuándo y qué es el amor verdadero. Descubrimos, de hecho, que no hay amor si no se acepta incluso la unilateralidad de la ofrenda cuando el otro nos da la espalda: «Así amó Dios al mundo…».

 

A los pies de la cruz aprendemos a reconocer la inconsistencia de nuestros éxitos y la falacia de nuestras ilusiones.

 

A los pies de la cruz, nuestras imágenes de Dios ligadas a manifestaciones de poder deben enfrentarse a un Dios cuyo amor acepta ser aniquilado con tal de no imponerse: allí, de hecho, se aniquilan el ídolo de la fuerza, del poder y del orgullo. Dios se deja aniquilar sin destruir.


A los pies de la cruz tocamos con nuestras propias manos cómo todo lo que en nosotros habla de vulnerabilidad y limitación, todo lo que en nosotros huele a barro y a lágrimas, es precisamente el aspecto de la humanidad con el que el Verbo de Dios celebra su unión esponsal, que nada ni nadie podrá romper jamás. Lo que más huele a contacto con la tierra es precisamente lo que más debe ser elevado.

 

A los pies de la cruz, por una gracia totalmente singular, precisamente aquellas partes de nosotros que más parecen traer destrucción y muerte se convierten en los canales por los que fluye una nueva savia vital.

 

A los pies de la cruz descubrimos una vez más que el camino que hay que recorrer es el contrario al que hemos seguido hasta ahora: Dios, de hecho, eleva lo que nosotros detestamos y humilla lo que nosotros exaltamos.

 

A los pies de la cruz reconocemos que Dios fija la cita con Él en aquellas situaciones, personas o realidades a las que nosotros nunca asignaríamos la tarea de revelar lo divino. También allí Dios se oculta. Y, sin embargo, está presente.

 

A los pies de la cruz aprendemos que, si bien Dios puede parecer oculto en no pocas ocasiones, no por ello podemos concluir que esté ausente. Nuestra historia, tanto personal como comunitaria, debe leerse como un lugar en cuyos pliegues se esconde un poder dinámico, rico en energías capaces de renovar y transformar, y que, sin embargo, permanece oculto y requiere una mirada muy especial para reconocerlo, acogerlo y valorarlo.

 

A los pies de la cruz reconocemos que lo que es «imagen del sufrimiento» puede ser también «imagen del amor de Dios», lo que es «imagen de impotencia» puede ser también «imagen de misericordia», lo que es «imagen del silencio» puede ser al mismo tiempo «imagen de una palabra particular del Señor».

 

A los pies de la cruz experimentamos la «grandeza» de Dios. A menudo caemos en la tentación de pensar que Dios se conforma con mucho menos. La cruz, en cambio, nos revela cómo el amor es escandalosamente excesivo hasta el punto de privarse de lo que Dios podía tener más querido: su Hijo.

 

«¡Ella guardaba todas estas cosas en su corazón!». Apartar la mirada del Crucificado equivale a una pérdida irreparable de la memoria, a la que intentamos hacer frente con antídotos que provocan una mayor esclerosis.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 13 de septiembre de 2026

¡Bienaventurados!

¡Bienaventurados! 

Desde el principio de su Evangelio, Lucas había mostrado que el Dios de Jesús da un giro radical a las perspectivas habituales: el poder, la riqueza, todo aquello que retiene y ata al hombre, todos esos bienes que hay que defender y que lo encierran en sí mismo, todo aquello que le impide liberarse y seguir adelante, todo debe ser trastocado. 

No se puede basar el propio futuro en una posesión que no ofrece garantías de perdurabilidad. 

La misericordia de Dios no está reservada únicamente para el fin de los tiempos. 

No tolera que la llaga permanezca abierta y sangre sin fin. 

Adopta formas históricas y se concreta en gestos que transforman el juego de las fuerzas. 

Los orgullosos, los que ostentan el poder y los ricos no tienen la última palabra, como siempre pretenden. 

Serán despojados del poder, serán desenmascarados en su orgullo y serán enviados de vuelta con las manos vacías. 

La forma de este cumplimiento tiene un estilo revolucionario. 

Tal afirmación podría resultar chocante allí donde priman el equilibrio y la prudencia, pero, en boca de María, adquiere una eficacia única. 

Y encuentra una perfecta sintonía con las palabras de Jesús, - que toma partido por Lázaro frente al rico glotón que sufre en el infierno -, que llama bienaventurados a los pobres, a los que tienen hambre y sed de justicia, a los perseguidos y amenaza con terribles «¡Ay de vosotros!» a los ricos, a los saciados, a los que se deleitan en los placeres, a los aduladores. 

Jesús no trata de la misma manera a los pobres, a los enfermos, a los fariseos, a los publicanos y a Herodes. 

A los pobres los llama bienaventurados, a los fariseos, sepulcros blanqueados, a Herodes, el zorro, a los publicanos les muestra, como a Zaqueo, la iniquidad de su riqueza acumulada con fraude. 

Por eso, la liberación que Él desea para todos encuentra caminos diferentes debido a las distintas formas de opresión. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¡Bienaventurados!

¡Bienaventurados! 

Las Bienaventuranzas no son un camino que solo puedan recorrer los superhombres o los campeones de la virtud. 

La gracia de la que habla San Pablo es sinónimo de «alegría». 

Dios mismo es gracia, fuente inagotable de amor para con nosotros: ¿cómo es posible que este Dios de amor quiera alimentar a sus hijos con leyes imposibles y duras como piedras? 

Jesús nos dice que, en lo más profundo de nuestro ser, somos amados por el Abba, somos dignos de ser amados por Él y que, ante todo, debemos aceptarnos a nosotros mismos con alegría. 

Las bienaventuranzas se vuelven totalmente sencillas y naturales cuando se comprende que Dios, el Abba, es bueno y está lleno de ternura, renunciando así a la idea de un Dios que nos espía o que nos acecha, tendiéndonos una trampa a cada pequeño paso en falso que damos. 

La primera comunidad de creyentes que se presenta en los primeros capítulos de los Hechos es la imagen real de la vida vivida según las bienaventuranzas: una comunidad de sencillos, de pobres, de personas que no se quedan con nada para sí mismas, que no buscan el poder, que comparten de buen grado, que están llenas de alegría. 

Con las bienaventuranzas, Dios quiere cuestionar la idea corriente de la felicidad. 

Sus palabras nos parecen lejanas, irreales, ajenas a nuestro mundo. ¡Y es cierto! 

Pero lo cierto es que nosotros, al igual que entonces, vivimos en un mundo al revés. 

Hoy, en nuestra época, este pasaje del Evangelio, a pesar de que parezca verdaderamente absurdo, resulta aún más claro: a nadie se le ocurre ser feliz y pobre a la vez, estar contento y afligido... 

¡Pero el verdadero problema es que hemos rebajado el listón! 

Intentamos estar un poco mejor, y nada más. 

«Bienaventuranza» es una palabra ajena a nuestro lenguaje y a nuestro vocabulario, porque es excesiva, demasiado plena; es tan intensa y fuerte que no cabe en nuestras expectativas. 

En cierto sentido, vivimos una vida cotidiana en la que las grandes satisfacciones son poco más que mediocres. 

La página del Evangelio nos remite a una dimensión de la vida infinitamente más amplia, más rica, más profunda. 

Diferente. 

Tiene el rostro tan humano de Jesús. 

Él es el hombre de las bienaventuranzas: el hombre manso y humilde de corazón, el hombre pobre de espíritu, artífice de la paz, el hombre apasionado y misericordioso, el hombre perseguido por causa de la justicia. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Quis es? Ubi habitas? Quo vadis?

Quis es? Ubi habitas? Quo vadis? 

Hay un camino que nadie puede recorrer en nuestro lugar. 

Es el camino hacia el centro de la conciencia, hacia ese lugar secreto y luminoso en el que la persona deja de vivir solo en la superficie y empieza a preguntarse quién es realmente, de dónde viene y hacia qué plenitud está llamada. 

No se trata de un itinerario espectacular, ni de una conquista inmediata: es más bien una fidelidad cotidiana, humilde y paciente, hecha de escucha, silencio, discernimiento y valentía. 

La vida interior no crece por casualidad. Necesita ser cuidada como se cuida una llama frágil expuesta al viento. 

Cada día nos invaden ruidos, urgencias, miedos, deseos confusos y juicios precipitados. 

Si no aprendemos a escucharnos a nosotros mismos, corremos el riesgo de dejarnos arrastrar por los acontecimientos sin comprender lo que ocurre en nuestro interior. 

El cuidado de la interioridad comienza, pues, con un acto sencillo y radical: detenerse. 

Detenerse para escuchar el corazón, para reconocer las propias contradicciones, para poner nombre a las heridas, para dejar aflorar aquello que a menudo preferiríamos ocultar. 

Mirar en nuestro interior no siempre es reconfortante. A veces, en lo más profundo, nos encontramos con zonas oscuras: egoísmos, resentimientos, miedos antiguos, fragilidades que nos asustan. 

Y, sin embargo, es precisamente ahí donde comienza la madurez espiritual. 

No se vuelve libre quien huye de sí mismo, sino quien acepta atravesar su propia verdad sin desesperarse. 

La conciencia se purifica cuando dejamos de fingir ante nosotros mismos y permitimos que la luz alcance también lo que ha permanecido oculto. 

Esta mirada sincera no humilla: libera. No destruye: recompone. No condena: abre la posibilidad de renacer. 

El trabajo sobre la conciencia nos devuelve una visión más verdadera de la vida. 

Cuando una persona empieza a conocerse a sí misma, ya no vive dispersa en mil imágenes de sí misma, ni prisionera de la mirada de los demás. Descubre poco a poco su propia esencia, el núcleo profundo del que surgen las decisiones más auténticas. 

De este centro interior surge una pregunta decisiva: ¿hacia dónde voy? 

Porque la vida no es solo una sucesión de días, sino vocación, dirección, llamada. 

Quien cuida de su alma aprende a leer su propia historia no como una suma de incidentes, sino como un camino impregnado de sentido. 

Solo quien ha comenzado a buscar con seriedad las respuestas a las grandes preguntas de la existencia puede acercarse a los demás con un amor no ingenuo, sino consciente. 

El encuentro con la propia fragilidad nos hace más sensibles ante la fragilidad ajena. Quien conoce sus propias heridas ya no necesita juzgar las de los demás; quien ha experimentado la necesidad de ser acogido comprende lo valioso que es ofrecer acogida. 

La ternura no es debilidad: es la fuerza apacible de quien sabe acercarse sin invadir, corregir sin herir, acompañar sin poseer. 

Cada persona con la que nos encontramos lleva consigo una historia que no conocemos por completo. 

Detrás de un rostro duro puede haber un dolor que nunca ha sido escuchado; detrás de una actitud agresiva puede esconderse un miedo antiguo; detrás de un cierre puede haber una herida que aún espera a alguien capaz de acercarse con respeto. 

Por eso, el juicio violento no cura: profundiza la distancia, reabre la herida, endurece el corazón. 

Lo que cura es el bálsamo de la ternura, el gesto que no grita, la palabra que no aplasta, la mirada que reconoce en el otro a un hermano, a una criatura que aún está en camino. 

El camino hacia la esencia, por tanto, no nos separa del mundo: nos hace más capaces de habitarlo. 

Cuanto más nos adentramos en la verdad de nosotros mismos, más nos abrimos a encontrarnos con el otro sin arrogancia. 

El cuidado de la conciencia genera una mirada apaciguada, capaz de dejar de lado el desprecio y optar por la compasión. 

De este trabajo oculto, cotidiano y fiel, nace una fraternidad auténtica: no basada en la ilusión de que nadie esté herido, sino en la certeza de que cada herida puede ser curada por la ternura, y de que cada corazón, si es acogido, aún puede abrirse a la luz. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...