¿Quieres curarte? - San Juan 5, 1-16 -
¿Quieres
curarte?
Es la pregunta que el Señor Jesús nos plantea a cada
uno de nosotros. Todos vivimos, al igual que el paralítico, cerca de ese lugar
llamado Betesda, que significa «casa de la misericordia». Ese hombre
vive en esa casa, pero en realidad parece excluido de la posibilidad de que se
le tenga misericordia.
En esa casa hay un tipo de humanidad que Juan resume
en tres categorías: ciegos, cojos y paralíticos. Estas tres categorías son una
representación de la condición real del ser humano al que se dirige Jesús:
predominan la ceguera, la falta de libertad de movimiento y la parálisis.
¿Quieres
curarte?
A primera vista, parece una pregunta obvia, como
preguntarle a un hambriento si quiere comer. Sin embargo, si lo pensamos bien,
no es una pregunta retórica. De hecho, no pocas veces el dolor, la soledad y el
abandono nos obligan a entrar en una especie de letargo del que es difícil
salir.
Hay muchas cosas que nos bloquean y nos impiden volver
a caminar: ansiedades, preocupaciones, inquietudes. Ese hombre había convertido
su enfermedad en una excusa para no asumir ninguna responsabilidad: no en vano
culpa a otros de la prolongación de su enfermedad. Es la enfermedad la que «lo
hace ser»: la pretensión de ser ayudado es más fuerte que la voluntad
de curarse.
El hombre enfermo del Evangelio está resignado,
desanimado, tan consciente es de su impotencia. No hay ninguna oración en su
boca, ninguna petición, ninguna invocación. Quizás ni siquiera sabe quién es
ese hombre que tiene delante.
Jesús no se detiene ante estas resistencias, llama con
insistencia para que se le abra el corazón: ¿quieres curarte?
Ese hombre necesitaba a alguien que lo sacudiera de su
apatía y lo obligara a asumir la libertad de salir de su victimismo.
No tengo a nadie... es un hombre solo. No tiene a nadie que le ayude a conseguir la tan ansiada curación. Ningún punto de referencia. Sin embargo, no abandona ese pórtico: sigue asistiendo al ondular de las aguas y viendo a otros más afortunados que él.
Todo esto desde hace treinta y ocho largos años.
Abandonado por todos, creía estar abandonado incluso por Dios. Alrededor de esa
agua hay gente suspendida en una tradición y prisionera de la competencia.
¡Cuántas promesas vacías! ¡Cuántos años llevo yo también parado al borde de una
piscina esperando que pase algo!
Jesús conoce su condición y por eso se acerca a él y
le pregunta: ¿Quieres curarte?
¿O quieres seguir aferrado a una tradición que te
permite sobrevivir, pero te mantiene en tu parálisis?
Es el único caso en el que Jesús va a buscar a un
enfermo: normalmente se los llevaban a él. Se acerca a quien pensaba que estaba
definitivamente excluido del corazón de Dios. Tanto le importa a Dios que, por
él, Jesús pondrá en peligro su propia existencia.
El paralítico no tarda en responder que sus
expectativas se han visto defraudadas desde hace tiempo: esa agua que tiene
ante sí promete una curación que nunca llega, al menos para él. Ese hombre
tendrá que comprender que hay otra agua con la que dejarse lavar y que está a
su disposición solo si realmente lo desea.
Levántate... confía en mí, que he venido a buscarte, abandona todo lo que te mantiene atrapado, da el salto.
Toma tu
camilla... rompe una ley de
muerte que condena a un rito y a la observancia de una regla vacía.
Camina... que tu horizonte sea el camino y ya no esta piscina.
Aprende a conocer la vida.
No te
está permitido... Es extraño
decirlo: parecen prevalecer el miedo y el vínculo con una tradición. Nada puede
hacer frente a aquellos que, para permanecer fieles a una ley que ya no es para
la vida, eligen una adhesión formal a Dios en lugar de dejarse interpelar por
lo nuevo que el Espíritu está suscitando.
Los judíos, de hecho, ven en el gesto de Jesús la
violación del sábado y no la curación de un hombre. Les llama más la atención
esa camilla bajo el brazo que el hecho de que ese hombre camine. No pueden
admitir que ese hombre pueda ser para ellos una oportunidad de curación:
prefieren permanecer en su parálisis.
¿Quieres
curarte?
Esta pregunta atestigua a un Dios que se encuentra en
el umbral de la puerta de nuestra vida, suplicando que le necesitemos. De
hecho, es él quien toma la iniciativa.
Aunque quizá no necesitemos salud física, todos
necesitamos una curación interior.
Pero no es fácil reconocerlo y, como el paralítico,
ponemos mil objeciones que se resumen en una sola: siempre soy el último en
llegar. Jesús repite: no importa. Eso no es lo que cuenta. ¿Qué quieres?
Esa pregunta se nos repite para que tomemos conciencia
de nuestra impotencia estructural, pero también del hecho de que toda nuestra
capacidad reside en el deseo que habita en nuestro corazón.
Él tiene el poder de venir a nuestro encuentro si
aceptamos no retroceder ante las limitaciones que nos imponen nuestras
condiciones de vida personales, limitaciones que a menudo reprochamos y tras
las cuales no pocas veces nos escondemos.
¿Quieres curarte?
Es decir, ¿estás dispuesto a tomar conciencia de tu
verdadera condición?
Lo que importa, lo que puede significar un posible
cambio, es reconocer que necesitamos a Jesús. Si esto es cierto, no hay obstáculos
que nos detengan: también nosotros podemos levantarnos. Ningún límite puede
vencer las palabras de Jesús.
Hay una necesidad en nuestro corazón, hay una carencia
que solo él puede llenar. Y no hay piscina que pueda hacerlo.
La pregunta de Jesús nos invita, por tanto, a no
maldecir el hecho de sentirnos necesitados o carentes. Esta carencia y esta
necesidad, que a veces vuelven con imperiosidad, no pueden satisfacerse de
manera improvisada. El antídoto es solo el Señor Jesús.
Y tú, ¿quieres curarte?
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF





