Una aproximación teológica al Dogma de la Asunción
¿Cómo se puede interpretar hoy en día el texto del dogma
de 1950: «La Madre Inmaculada de Dios, María, siempre virgen, al terminar
el curso de su vida terrenal, fue asumida a la gloria celestial en alma y
cuerpo»?
La fórmula presenta algunos aspectos particularmente
interesantes.
1.- No precisa
deliberadamente si María murió o no antes de la Asunción;
2.- No habla de un «privilegio
singular», como sí lo hace la definición de la Inmaculada Concepción de
1854;
3.- No alude a la
cuestión del «tiempo», en relación con la Asunción, como sí aparece en
el dogma de la Inmaculada, tal y como se establece desde el «primer instante
de su concepción». El núcleo esencial de la definición es únicamente que
María fue introducida en la gloria celestial en la totalidad de su persona.
A la luz de la antropología escolástica, de derivación
aristotélica, en la que se enmarca el texto, la Asunción sería el resultado de
una secuencia precisa: al morir, el alma de María se separa del cuerpo; el alma
entra en la gloria, pero el cuerpo, a diferencia del de otras personas, no
sufre la corrupción habitual de la tumba y también es glorificado de inmediato;
por último, el alma y el cuerpo se reunifican en el cielo.
Esta interpretación encuentra su lugar, históricamente,
en la teología de los «privilegios marianos», que desde
principios del siglo XIX hasta el Concilio Vaticano II dominó el panorama de la
mariología.
Pero es precisamente aquí donde surge una diferencia
significativa entre el dogma de la Inmaculada Concepción y el de la Asunción,
debido a esas tres características que he mencionado. De hecho, la
Asunción tiende a entenderse como un cumplimiento escatológico, más que
simplemente como un privilegio que hace excepción a la condición humana.
El Concilio Vaticano II afirma que María, «ya
glorificada en el cielo en cuerpo y alma», es «la imagen y el
principio de la Iglesia, que tendrá su plenitud en la era futura» (LG
68). María no es solo una persona privilegiada junto a la Iglesia: es icono y
principio de la propia Iglesia. Su Asunción es, por tanto, un acontecimiento
que revela el destino de la comunidad eclesial y, a través de ella, el destino
de la humanidad redimida.
Esta perspectiva se precisa cuando el Catecismo afirma
que: «la Iglesia no entrará en la gloria del Reino sino a través de esta
última Pascua, en la que seguirá a su Señor en su muerte y Resurrección»
(CCC 677). Esta afirmación es decisiva.
La Iglesia, en cuanto Cuerpo de Cristo, no alcanzará su
plenitud simplemente a través de un proceso histórico de afirmación progresiva.
Deberá atravesar una Pascua. Su camino hacia la gloria pasa, al igual que para
Cristo, por la muerte.
Si María es realmente icono y principio de la Iglesia,
entonces la Asunción puede interpretarse como la plena realización, en su
persona, de la Pascua.
Precisamente por esto tendría más sentido la tradición
oriental de la Dormición, a diferencia de la occidental, que siempre ha
conservado con gran firmeza la convicción de que María pasó a través de la
muerte. María no habría sido sustraída de la Pascua, sino que sería la primera
en participar plenamente en ella.
María se sitúa, pues, entre Cristo y la Iglesia: recibe
de Cristo la plenitud de la Pascua y la vive, para que la Iglesia la vea y
recuerde quién es.
Este enfoque permite replantearse el significado
antropológico de la expresión «en cuerpo y alma».
Las neurociencias muestran la profunda interdependencia
entre la conciencia, la memoria, la identidad personal, el cerebro y la
corporeidad. La física, además, nos presenta conocimientos (por ejemplo, el
entrelazamiento y la no localidad) que nos obligan a cuestionar
representaciones demasiado simplistas de la materia.
Esto hace inevitable que la teología intente elaborar una
concepción más integral del ser humano que recupere una dimensión más bíblica
de la antropología. La persona nunca aparece como un sujeto espiritual
simplemente situado dentro de un organismo biológico, sino como una realidad
encarnada, relacional, histórica y corporal.
Por lo tanto, «en alma y cuerpo» significa que María
fue asumida en la totalidad de su existencia personal. La muerte, en
consecuencia, puede concebirse no como la separación del alma y el cuerpo, sino
como el paso radical de la persona a una nueva forma de existencia: «de
este mundo al Padre».
La Asunción de María puede reinterpretarse así como la
manifestación de este cumplimiento, de tal manera que la Pascua de Cristo se
haga visible en sus efectos, no solo sobre el propio Cristo (resurrección y
ascensión), sino también en la humanidad que Cristo ha redimido.
Mientras que las personas resucitarán al final de los
tiempos, María ya ha resucitado y ha sido glorificada, como Cristo.
La Asunción de María pone de relieve la forma en que nos
representamos conceptualmente los acontecimientos posteriores a la muerte. La
interpretación clásica del dogma sugiere que Ella no pasó por lo que se
denomina «estado intermedio» entre la muerte y la resurrección y, por lo
tanto, esto constituiría una excepción que la caracterizaría como un «privilegio
personal».
Pero, en cuanto al concepto de estado intermedio, en el
siglo XX la teología ha elaborado dos propuestas alternativas a la concepción
tradicional.
Una primera postura es la de la «muerte total»:
con la muerte cesaría toda forma de subsistencia personal y Dios recrearía al
hombre en la resurrección final. En este sentido, el privilegio personal de
María sería incluso mayor que el que le otorga la postura tradicional, ya que,
a diferencia de los hombres, habría sido preservada incluso de la muerte total.
Una segunda solución es la de la «resurrección en la
muerte». Si la persona muere y sale del tiempo, se puede pensar que la
resurrección coincide, como acontecimiento, con la propia muerte. De este modo,
se elimina para todos el estado intermedio y la condición de María sería la de
cada salvado, la de cualquier otro santo.
El Magisterio católico, sobre todo en tres textos, ha
intervenido rechazando estas dos perspectivas. En la Carta de la Congregación
para la Doctrina de la Fe «Recentiores episcoporum Synodi», del 17 de
mayo de 1979; en el Catecismo de la Iglesia Católica (CIC 1021-23); en la carta
del Dicasterio para la Doctrina de la Fe del 25 de julio de 2025.
En estos textos se afirma que la Iglesia sostiene la
teoría de las dos fases: la supervivencia, tras la muerte, de un elemento
espiritual dotado de conciencia y voluntad, es decir, el alma, pero que dicho
estado no es el definitivo que habrá en la parusía.
Pero en estos documentos no se define una ontología
temporal concreta del más allá. Se limitan únicamente a salvaguardar la
continuidad personal y la distinción con respecto a la parusía.
El propio Catecismo afirma que el misterio de la
condición celestial «supera toda posibilidad de comprensión y descripción»
y que la Escritura habla de él mediante imágenes. Y en la carta de 2025 también
se aclara que el alma no es una «parte» de la persona y que tampoco el
cuerpo es una «porción» de la persona.
Estas observaciones ponen de relieve una tensión
conceptual inevitable en la teoría de las dos fases. Esto se debe a que los
documentos nunca abordan de manera suficientemente explícita desde qué punto de
vista afirman lo que dicen: ¿desde la perspectiva de quien se encuentra en el
tiempo histórico o desde la del difunto, que está fuera del tiempo?
Desde la perspectiva de quien se encuentra en el tiempo,
los acontecimientos pueden representarse según una sucesión temporal. Por lo
tanto, desde este punto de vista, es correcto hablar de una distancia temporal
entre la muerte individual y la resurrección final.
Pero desde la perspectiva de la persona fallecida, la
situación es radicalmente diferente. Aunque no sepamos con certeza cuál es la
condición de la persona más allá de la muerte, no podemos trasladar
automáticamente a su condición nuestra forma de medir el tiempo, porque ella
está más allá del tiempo. A la luz de esta distinción surge una tercera
posibilidad que evita los dos extremos que el magisterio no acepta.
Partiendo de esta misma distinción, se puede decir que,
para nosotros, que vivimos en la historia, la muerte y la resurrección se
sitúan en una sucesión temporal: morimos, la historia continúa y esperamos el
cumplimiento final.
Para el difunto, en cambio, no es necesario postular una
distancia temporal perceptible entre la muerte y la resurrección. La muerte nos
introduce en la dimensión escatológica, sin que ello implique necesariamente
que la muerte y la resurrección sean el mismo acontecimiento.
Aplicada a la Asunción, esta perspectiva permite mostrar
cómo, para nosotros que vivimos en la historia, existe una verdadera
anticipación temporal: María ya se encuentra en la condición glorificada,
mientras que la Iglesia terrenal sigue siendo peregrina y espera el
cumplimiento final.
Desde el punto de vista de María, en cambio, no es
necesario introducir una experiencia cronológica diferente de la muerte y la
resurrección. La singularidad de María no consiste, por tanto, en haber
experimentado un «tiempo intermedio» más breve, diferente o inexistente,
con una estructura temporal diferente de la existencia tras la muerte.
Su singularidad consiste en encontrarse en una relación
especial con Cristo y con su redención, que solo Ella posee, en la que su
glorificación hace presente y manifiesta en la historia el destino final de
todos.
Se trata de una anticipación icónica en la que la Iglesia
ya puede contemplar aquello en lo que Ella misma está llamada a convertirse: la
plena participación en la vida de Cristo, la glorificación de la persona en su
totalidad y la comunión definitiva con Dios.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF