Cruz resucitada - tocar al Crucificado y Resucitado -
Ruptura. Deformación. Desfiguración. Esto es la Pasión. Esta es la revelación definitiva de nuestro Dios.
La historia de Jesús de Nazaret se cumple en un Dios que se revela partido, con el rostro desfigurado. Y esto no se explica.
Como tantas crisis, tantas preguntas, tantas inquietudes de nuestra vida.
La Pasión no se explica: no es justificable, no está predeterminada, no estaba predestinada.
Despojémonos de esas imágenes con las que intentamos salvar a un Dios a nuestra imagen y semejanza dejando de lado al hombre.
No estaba todo escrito. Jesús no sabía cómo acabaría todo. Pero se entregó con confianza a los acontecimientos.
La Cruz es un acontecimiento. Es el acontecimiento de un hombre que elige amar por el único camino que en ese momento parecía viable.
Es un acontecimiento, y todo lo que lo cubre nos recuerda que no podemos acostumbrarnos a ella, no podemos embellecerla y convertirla en una forma políticamente correcta y educada.
A menudo nos preocupamos por dar una forma a Dios. Quizás ideal, perfecta, fija. Dejando bien claros los límites que no se pueden traspasar.
Pero Dios se desforma, se rompe. Dios se cuenta como una Pasión que atraviesa la realidad y las contradicciones de la vida, hasta el extremo, hasta el final.
A Dios no le preocupa mantener una forma, sino re-crearla y tomarla continuamente en la historia, en la realidad, de las vidas por las que se deja tocar. Como un amor que no retrocede.
Nosotros lo hemos sacralizado, es decir, separado.
Pero todo lo sagrado que podemos encontrar en este mundo está aquí, en un cuerpo quebrantado y roto.
Y en lo que resiste. En una Pasión que resiste en una vida deformada.
Contemplar la cruz de este Crucificado no nos hace ver más a Dios: paradójicamente, nos hace ver menos.
Es una verdadera re-velación, porque se cubre un imaginario y se abre una búsqueda.
La de un Dios que ocurre, que pasa, que abre pasos, que hace Pascua. Que se revela y sorprende continuamente en las vidas reales. Y de modo tan inaudito como insospechado.
Y esto no se explica, sino que se encuentra.
No se explica, permanece abatido y herido. Incluso hasta después de la resurrección, las heridas de la historia permanecen.
Porque a Dios no le interesa ser una forma perfecta frente a nosotros, desfigurados.
Dios no permanece intacto, es decir, sin ser tocado. Es radicalmente tocado, en las horas de la Pasión.
Y hay toques de amor, toques que hieren, toques dolorosos, toques violentos, toques de agresividad, toques de pasión, toques de traición, …
Y Él se deja tocar para que podamos resucitar.
No existe el ideal… el Viernes Santo nos echa en cara que no existe el Dios ideal. Sino la realidad de quien asume un estilo arriesgado y la realidad de las historias que se levantan de nuevo.
Es necesario mirar la cruz de este Crucificado, reencontrarla como acontecimiento, no como forma fija.
Abrir los ojos a cómo Dios está sucediendo fuera de forma y de nuestras formas.
Recibir este impulso, esta invitación a encontrar la Presencia, al Resucitado, fuera de forma y de nuestras formas.
Esto es lo que significa celebrar la Pascua de Resurrección de este Crucificado.
Podemos soñar hoy con una Iglesia que se deje tocar de verdad (¡y preguntarnos qué significa dejarse tocar de verdad, incluso partirse y romperse!).
Podemos reencontrar la Iglesia como vocación de este lugar, de este camino.
Podemos apostar por su ser como resonancia de un Jesús que se deja tocar para curar y sanar.
De un Jesús que descubre y cuenta a Dios a través de su historia, y de las historias de quienes lo tocan.
Y nosotros tocamos la cruz de este Crucificado. Y lo hacemos para dejarnos tocar por el Resucitado.
Y para dejarnos alcanzar por la vida nueva, que llega en silencio, solamente a través de una herida... resucitada.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF









