viernes, 2 de octubre de 2026

A ese Dios que procura siempre mi amistad - San Mateo 21, 33-43 -.

A ese Dios que procura siempre mi amistad - San Mateo 21, 33-43 -

Un obstinado impenitente, así es nuestro Dios; casi se diría que es un soñador romántico, de esos que ni siquiera ante lo evidente se rinden, alguien que parece no aprender nunca de las decepciones.

 

Es más, cuanto más evidente es la incomprensión, mayor es su amor; cuanto más patente es el rechazo, más generosa resulta la oferta.

 

Nuestro Dios es verdaderamente único en su género.

 

Cuando piensa en el hombre, lo considera el más digno de su confianza, de su cuidado y de sus atenciones; al fin y al cabo, lo ha creado a su imagen y semejanza, y sabe bien cuáles serán sus sentimientos: «Respetarán a mi hijo». Y, sin embargo…

 

Está obstinadamente convencido de que el hombre será incluso capaz de ocupar su lugar, de administrar las cosas de Dios (que, al fin y al cabo, son las cosas del propio hombre), como nadie más podría hacerlo; por eso le entrega su patrimonio y se marcha. Nada que ver con la servidumbre.

 

«¿Qué es el hombre para que te preocupes por él? - repetirá asombrado el Salmo 8 - ¿el hijo del hombre para que te preocupes por él? Lo has coronado de gloria y honor», nada menos. Y Hebreos 2, 16 añadirá: «Porque, en efecto, no se preocupa de los ángeles, sino de la descendencia de Abraham». Se preocupa por mí.


Mi historia, mi vida, es como una viña de la que Dios se ha ocupado desde la eternidad. Las atenciones, por otra parte, ¿no son acaso el termómetro del interés? ¿Acaso no medimos el desinterés de alguien hacia nosotros por las atenciones que nos niega?

 

Desde siempre, Dios ha soñado con que yo me realizara a mí mismo dando el fruto deseado. Y para que esto fuera posible, no escatimó en generosidad: creó todas las oportunidades para que esto pudiera suceder. «No os falta ningún don de la gracia» (1 Cor 1,7), repetirá convencido San Pablo.

 

Por otra parte, ¿qué amor es aquel que no se expresa según los cánones del exceso?

 

Y así, mi viña, la viña que es mi vida, la ha llenado de las vides más selectas, no de desechos: ¡cuántos dones he recibido! La ha situado en los lugares mejor expuestos a la acción de su gracia, no en un precipicio: ¡cuántas oportunidades me ha ofrecido!

 

Ha eliminado todo aquello que acabaría por sofocar la posibilidad de obtener savia vital. Incluso la ha rodeado de presencias que pudieran protegerla de posibles ataques.

 

También ha colocado una torre desde la que avistar a posibles enemigos que pudieran saquearla en época de vendimia y la ha dotado de un lagar siempre listo para transformar las uvas en el abundante vino de la fiesta a la que estoy invitado por derecho.


¿Qué más debería haber hecho?

 

Me parece muy parecida a la pregunta de la personas enamorada traicionada que repasa las múltiples ocasiones en las que le demostró a su pareja lo mucho que la quería. Me resuena mucho ese pasaje de Juan 13: «los amó hasta el final», es decir, hasta donde le es posible a un hombre, hasta la muerte.

 

Y, en cambio… decepciones tras decepciones, amarguras tras de amarguras.

 

En primer lugar, porque la relación se ha trastocado: el don se ha convertido en conquista, en propiedad, y las manos pensadas para acoger y compartir se han convertido en manos de saqueo.

 

Y aun cuando las cosas han ido así, ese impenitente obstinado no se ha echado atrás. Ni mucho menos: ha seguido creyendo que yo podría comprender por fin lo mucho que le importaba.

 

E incluso ante las señales evidentes de mi incapacidad para acoger su oferta, ¿qué se le ocurrió pensar? Que yo era digno de medirme con su Hijo.


Pero, Señor, ¡todo tiene un límite!

 

No, me sigue repitiendo. «Y cuando el hombre mereció la justa condena», ¿qué hace? Lo que solo Dios puede hacer: «tú lo redimiste en tu misericordia» (Prefacio II).

 

No se venga, como sugerirían, en cambio, los interlocutores de la parábola. Dios nunca devuelve la moneda: siempre sube el listón.

 

Claro que incluso Dios se siente decepcionado en materia de amor. Casi dan ganas de decir que no acierta ni una: cuando trata con el hombre, también Él tiene sus expectativas, que, sin embargo, pueden verse frustradas.

 

Y, sin embargo, precisamente cuando parece que no acierta, es entonces cuando el amor es más verdadero, porque no está encerrado en la lógica mortífera de la venganza, sino en la fecunda lógica de la pura gratuidad. De hecho, Él no sufre crisis de amor porque no conoce crisis de fe: «si nosotros carecemos de fe, Él, sin embargo, permanece fiel» (2 Tim 2,13).

 

Incluso cuando parece que ya no hay salida, ahí está Él de nuevo, en busca: «yo estoy a la purta y llamo» (Apocalipsis 3, 20).

 

Y sigue atravesando esas rendijas que solo la gracia logra vislumbrar.

 

Y te encuentras a Pedro, a Mateo, a Zaqueo, a la mujer de Samaria, a María Magdalena,…, entre aquellos a quienes se les pide que se midan con la confianza de Dios.

 

¿Y yo? ¿Qué he hecho con la confianza que Dios ha depositado en mí?



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 1 de octubre de 2026

Un alto en el camino.

Un alto en el camino 

Hoy el camino de la vida de ser solo una dirección y se convierte en una pregunta. 

Elegimos un camino, a menudo en los ardientes años de la juventud, cuando el futuro parecía infinito y la voluntad era capaz de transformar cada obstáculo en una promesa. Desde entonces hemos seguido avanzando, convencidos de que la fidelidad a nosotros mismos consistía en no mirar nunca atrás. 

Pero seguir adelante no significa correr sin tregua. La verdadera perseverancia no es una obstinación ciega: es la capacidad de mantener la meta, cuestionándonos de vez en cuando el sentido de nuestros pasos. 

Detenerte, pues, no es una traición al camino. Es un gesto de lucidez. 

En el silencio de una pausa podemos hacer balance de la situación, reunir las fuerzas dispersas, reconocer el cansancio y regenerar lo que en nuestro interior se ha agotado. 

Podemos preguntarnos qué estamos haciendo, por qué motivo trabajamos, qué es lo que realmente buscamos y qué fuego sigue encendiéndonos. 

Son preguntas sencillas solo en apariencia: si se acogen con sinceridad, separan lo esencial de lo que se ha convertido en costumbre, miedo o expectativa ajena. 

Este es uno de los significados más profundos de la espiritualidad: crear un espacio interior en el que la vida pueda contemplarse con mayor verdad. 

La espiritualidad no nos exime de responsabilidades ni elimina las dificultades; más bien ofrece una luz con la que atravesarlas. 

Cuando el camino se vuelve incierto, ayuda a distinguir la voz de la conciencia del ruido de las presiones externas, el deseo auténtico del impulso del momento, la prudencia del miedo. No proporciona mapas infalibles, pero agudiza la mirada de quien camina. 

A lo largo del camino también nos encontramos con personas capaces de confundir, desanimar o herir. 

Algunas entran en nuestra vida trayendo inquietud, alimentando dudas, creando obstáculos allí donde buscábamos apoyo. No siempre podemos evitarlas, y no siempre comprendemos de inmediato el efecto de su presencia. 

Pero sí podemos aprender a reconocer lo que nos empobrece, a establecer límites, a no entregar a otros el timón de nuestras decisiones. 

La espiritualidad también enseña esto: no responder a la oscuridad con más oscuridad, sino proteger nuestro rumbo sin perder la humanidad. 

El camino es largo y, a veces, uno se pierde. Ocurre porque cambian las circunstancias, porque nosotros cambiamos o porque surge el deseo de explorar caminos alternativos. 

Un desvío puede resultar un error, pero también puede mostrarnos un paisaje que la ruta principal no nos habría permitido conocer. 

No todo lo que interrumpe la linealidad de nuestra historia es tiempo perdido. 

Incluso la desorientación, si se atraviesa con conciencia, puede convertirse en un lugar de aprendizaje: nos obliga a reconsiderar las coordenadas, a comprender qué señales hemos ignorado y qué partes de nosotros piden por fin que se les escuche. 

Detenerte significa también concederte tiempo para curar las heridas que han dejado las decisiones equivocadas. No para entregarnos al arrepentimiento, sino para comprender. 

Cada error conlleva una responsabilidad y, al mismo tiempo, una oportunidad: la de conocer mejor nuestros límites, las ilusiones que nos han guiado y las necesidades que no hemos sabido nombrar. 

Las heridas no deben negarse ni exhibirse como condenas definitivas. Hay que escucharlas, porque pueden transformarse en sabiduría, mesura y compasión. 

Levantarse tras una caída no significa volver a ser idénticos al punto de partida. Significa reanudar el viaje con una mirada más profunda. 

Se avanza llevando consigo lo aprendido, dejando que los errores agudicen el discernimiento en lugar de apagar el deseo. La determinación, entonces, no nace de la ilusión de no volver a equivocarse, sino de la confianza en poder elegir mejor, corregir el rumbo y permanecer fieles al bien reconocido. 

Así continúa el camino. 

No como una huida del pasado, sino como un movimiento consciente hacia lo que aún puede nacer. 

Cada parada se convierte en un amanecer: un momento en el que la luz vuelve lentamente, redibuja los contornos de las cosas y devuelve al camino su horizonte. 

Mirar hacia adelante no significa olvidar lo que ha sido. 

Significa llevarlo consigo de una forma nueva, más libre y más verdadera, y volver a partir sabiendo que incluso el paso más pequeño, cuando está orientado por el sentido, puede llevarnos lejos. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 30 de septiembre de 2026

La invitación de la gracia: una imagen de nuestra existencia - San Mateo 22, 1-14 -.

La invitación de la gracia: una imagen de nuestra existencia - San Mateo 22, 1-14 - 

La historia de la humanidad podría interpretarse partiendo de la categoría de la invitación. «Muchas veces y de diversas maneras, Dios» ha enviado invitaciones a los hombres de todos los tiempos. 

¿Acaso no debe interpretarse como una invitación el don de nuestra existencia? 

Según el proyecto inicial, se trataba de una invitación a participar de la misma vida de Dios en una experiencia de comunión - he aquí el banquete nupcial -. Sabemos, sin embargo, que, debido a una necesidad de emancipación y de liberarse de la dependencia de Dios, ese proyecto inicial se hizo añicos, sin que ello lograra, no obstante, disuadir a Dios de ofrecer nuevas posibilidades. Por eso, ahí está Él, renovando las invitaciones. 

Cuánto necesitaríamos dejar que resuenen en el silencio y en la oración adoradora las palabras de la Plegaria Eucarística IV cuando dice: «Y cuando, por su desobediencia, el hombre perdió tu amistad, no lo abandonaste en poder de la muerte, sino que, en tu misericordia, saliste al encuentro de todos, para que quienes te buscan puedan encontrarte. Muchas veces has ofrecido a los hombres tu alianza y, por medio de los profetas, has enseñado a esperar la salvación. ¡Padre santo, tanto has amado al mundo que, en la plenitud de los tiempos, nos enviaste a tu Hijo único como salvador!». 

Dios ofrece continuamente la oportunidad de retomar el proyecto de los comienzos: la invitación es siempre gratuita y el don de Dios está siempre más allá de toda pretensión y de toda expectativa. ¿Cómo me enfrento a estas múltiples invitaciones y llamamientos? 

Es necesario elegir: se puede aceptar, se puede rechazar, al igual que se puede optar por no elegir. Pero, ¿cómo? ¿Acaso se puede rechazar un don? 

Por supuesto, pero aceptar o rechazar la invitación de Dios no deja de tener consecuencias en cuanto a la forma de entender nuestro propio ser como personas y, por tanto, nuestra presencia en el mundo. 

  • ¿Acaso no es una invitación de Dios la posibilidad de beber de una historia que nos precede y nos acompaña?
  • ¿No es también una invitación de Dios el don de su Palabra, que ilumina cada instante de nuestra vida, incluso el más dramático, el de la muerte?
  • ¿No es, además, una invitación de Dios su oferta de comunión y de amistad siempre renovada?
  • ¿No es también una invitación de Dios el hecho de que nos sentemos en el banquete en el que nos regala una vez más a su Hijo?
  • ¿No es una invitación de Dios saber que no estamos solos, sino que formamos parte de una comunidad que Dios ha elegido para que sea signo de su presencia en el mundo?
  • ¿No es acaso una invitación de Dios el poder compartir expectativas, sueños, esperanzas e incluso nuestras decepciones con alguien? 

A veces puede ocurrir que nos invada, por un lado, la presunción de no necesitar una invitación en el signo de lo gratuito, y por otro, la pretensión de elegir por nosotros mismos lo que nos conviene o no. Por eso, a menudo nos replegamos en el cuidado de nuestros propios asuntos, haciendo caso omiso de las innumerables invitaciones que el Señor nos dirige. 

Muchas invitaciones se ignoran en nombre de la búsqueda de lo que nos conviene elegir y que, sobre todo, no ponga en tela de juicio la necesidad de vivir solo para uno mismo. 

La invitación, de hecho, por muy tentadora que pueda ser, suele resultar incómoda: rompe nuestro ritmo habitual al introducir algo imprevisto o inédito. Por eso, por un instinto de conservación que nos mantiene a la defensiva, no valoramos lo que está en juego y preferimos recurrir a la evasiva («tengo otras cosas que hacer»). 

Pero también puede ocurrir que, aunque hayamos respondido a las llamadas, de hecho sigamos vistiendo el mismo traje de siempre, con la forma habitual de pensar y actuar. 

Al estilo de: «Acepto la invitación, pero participo a mi manera». Ahora bien, haber aceptado la invitación a medir nuestra vida según la de Jesucristo no puede conciliarse con seguir siendo discípulos de aquello que no tiene nada que ver con Él. 

Tanto rechazar la invitación como aceptarla transigiendo son dos formas que reflejan la pretensión de salvarnos por nosotros mismos, independientemente de lo que esa invitación pueda significar para nosotros. 

No basta con ser invitados al banquete de la vida, como tampoco basta con haber aceptado participar en él. Es necesario dejarse transformar por ese amor que nos ha recogido en las encrucijadas de los caminos. Cuidado, pues, con una costumbre que, aunque da forma a fórmulas y prácticas externas, no logra revestir nuestro corazón. 

Si bien es cierto que existe la obstinación de quien rechaza la invitación, también lo es que existe la dureza de quien se considera familiarizado con el Evangelio sin permitir que este excave en nuestro interior y nos convierta. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¡Familia de Dios! - San Mateo 22, 1-14 -.

¡Familia de Dios!  - San Mateo 22, 1-14 -

A todos los que encontréis, invitadlos a la boda. Este es el sueño y el deseo de Dios: invitar a cada persona a una experiencia de comunión de la que la boda es símbolo y profecía. ¿Qué otra cosa es la vida sino el banquete que Dios prepara para la humanidad?

 

El banquete está listo… La vida está lista para ser vivida. Cada persona es buscada y esperada en esa fiesta. Por el mismo Dios. La invitación a la fiesta es lo que revela el corazón de Dios.

 

En todas las culturas, la invitación a la mesa supone la redención del otro de su propia alienación. Al hacernos sus comensales, Dios nos redime de nuestra alienación. Con Él ya no somos extranjeros ni huéspedes, sino conciudadanos de los santos… familia de Dios.

 

¡Familia de Dios! Un Dios que no se mantiene a distancia: ¡ese es nuestro Dios! En él hemos puesto nuestra esperanza para que nos salvara (Is 25,9). En la comunión con Él reside una posible salvación para nosotros.

 

Un mensaje de esperanza y confianza impregna esta parábola. Estamos llamados al banquete del Reino: no se trata, ante todo, de pertenecer a una institución, sino de participar de la misma pasión de Dios.

 

Y para hablar de sí mismo, Dios utiliza el lenguaje más típicamente humano: el banquete y las bodas. La elección no es casual: para hablar de Dios no hace falta ningún discurso etéreo y abstracto que, al final, se distancie de lo que es más típicamente humano.

 

Dios recorre un camino de humanización para que podamos comprender que tenemos que ver con Él cada vez que nos importa lo que hay de más típicamente humano en nosotros. La vida espiritual, por tanto, nunca coincide con un distanciamiento de lo humano. La invitación a la fiesta, a la comunión con Él, he aquí el don de Dios. Tan gratuito como inesperado.

 

Él lo había anunciado: os será quitado el reino y será dado a otros… La invitación, dirigida inicialmente a Israel, fue rechazada, pero nunca revocada por parte de Dios. Luego pasó a la comunidad de los discípulos. A nosotros. A mí.

 

Como aquella viña del Evangelio. Entregada a otros, pero nunca arrancada. Sin embargo, el resultado siempre ha sido problemático: no es fácil dar cabida a una invitación.



La obstinada dureza atraviesa incluso el corazón de quien se considera familiarizado con el Evangelio. Es más, el problema parece surgir precisamente cuando se tiene mayor familiaridad con las «cosas» de Dios.

 

Y así, tras la parábola, hay que leer la historia de la relación entre Dios y la humanidad, la de siempre: alguien prefiere su estrecho horizonte - sus propios asuntos - a la oferta compartida por Dios. Entre la gratuidad y la conveniencia, a menudo prevalece esta última.

 

Pero Dios no se resigna. La historia vuelve a empezar. Desde otro lugar y de otra manera. La decepción sufrida no endurece el corazón de Dios, que, por el contrario, se siente impulsado a emprender nuevos caminos: señal de la pasión que lo habita, sin quedarse anquilosado en la inmovilidad de una estructura.

 

Una vez más nos enfrentamos a una invitación que no conoce exclusiones. Las puertas están abiertas tanto a los puros como a los impuros; están invitados incluso aquellos que, por sí mismos, no serían invitados por nadie. Una invitación indiscriminada, pues. No hay condiciones previas para merecerla: el único verdadero impedimento es el rechazo humano.

 

El Evangelio es precisamente el hecho de que ese extraño Rey, de reacciones tan viscerales, esté decidido a celebrar de todos modos: la fiesta de bodas se celebrará a pesar de los rechazos y las hostilidades. La mala voluntad o la indiferencia del hombre no le impiden llevar a cabo su deseo de constituir una comunidad humana que celebre las bodas.

 

Si bien la invitación es gratuita y universal, no todos los trajes son adecuados. La llamada de Dios exige ser consciente del don recibido y la capacidad de corresponder a él reconociendo la propia responsabilidad.

 

La falta del traje es la ignorancia de la novedad de vida que se deriva de la llamada de Dios. Es la falta de disposición hacia lo nuevo, hacia el cambio; la falta de conciencia del don recibido. Es pensar que, tal y como estamos, ya está bien.

 

Considerarnos en orden solo porque hemos aceptado la invitación. Y, en cambio, no ser hallados con el traje adecuado significa que nadie puede considerarse sentado para siempre a la mesa del banquete del reino.

 

Hay aún un aspecto que no debe subestimarse. La tarea de la comunidad cristiana es dar a conocer esta oferta universal, ser un lugar acogedor, un lugar de fiesta, una experiencia que proclame el deseo ilimitado de Dios de sentarse a la mesa con todos los pueblos, señal de que el hombre sigue siendo buscado y esperado. Nosotros, al servicio de un Dios que quiere que todos los hombres, sin excepción, estén en esa mesa del Reino.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

 

¿Quién es ese Dios que procura mi amistad? - San Mateo 22, 1-14 -.

¿Quién es ese Dios que procura mi amistad? - San Mateo 22, 1-14 - 

Al proclamar la Buena Noticia que narra y da a conocer a Dios, Jesús no recurre a grandes definiciones, no explica doctrinas complejas, sino que prefiere presentar a quienes le escuchan imágenes y acontecimientos de la vida humana, y señalar en ellos una dinámica que ilustra la acción de Dios y de los seres humanos.

 

Esta parábola nos habla de un Rey que quiere celebrar las bodas de su hijo. Si en este acontecimiento hay que encontrar una semejanza con el Reino de los Cielos («El reino de los cielos es semejante a un rey que organizó una fiesta de bodas para su hijo»), entonces ese Rey no puede ser otro que Dios y su Hijo es Jesús, enviado al mundo para encontrar a su esposa, la humanidad.

 

Nos encontramos ante la realización del proyecto, del sueño de Dios ya anunciado en repetidas ocasiones por los profetas del Antiguo Testamento (cf. Os 2,16-25; Is 54,5, etc.): Dios celebraría las bodas con la humanidad, a través de una alianza definitiva y eterna, y ahora Jesús está a punto de celebrar esas bodas; él es el Esposo esperado (cf. Mt 9,15).

 

Una vez más, pues, Dios envía a sus siervos. Al igual que en la parábola de la viña, donde había enviado primero a los profetas y, al final, a su Hijo (cf. Mt 21,33-43), ahora sigue enviando a otros siervos: los apóstoles, los discípulos de Jesús, los misioneros que son sus testigos, para invitar a todos al banquete nupcial (cf. Mt 8,11).

 

Todos están invitados gratuitamente; no tienen que merecérselo ni pagar nada para poder entrar en la sala de la fiesta, donde se ha preparado un banquete abundante y generoso, con manjares suculentos y vinos selectos (cf. Is 25,6).

 

Pero, incluso ante tal invitación, en la que se manifiesta la generosidad del Rey que hace esta oferta a todos, algunos permanecen indiferentes y no aceptan la invitación.

 

Unos se van a sus campos, otros al mercado, otros a ocuparse de sus asuntos: así desertan de esa ocasión de gran fiesta compartida. Otros, en reacción a la invitación gratuita y amorosa, se llenan de rencor y acaban maltratando y expulsando a esos siervos; llegan incluso, en la banalidad del mal que, cuando empieza a manifestarse, crece y ya no conoce límites, ¡a matarlos!

 

Siempre un acto de benevolencia es bien recibido por unos pocos, suscita mucha indiferencia y desata aversión y enemistad por parte de aquellos a quienes se hace el bien. Es paradójico, escandaloso, pero así ocurre en nuestro día a día…

 

Entonces el Rey, al ver que el salón de bodas está medio vacío, envía de nuevo a otros siervos a las plazas, a los cruces de caminos y a los barrios marginales de la ciudad, y aquellos que nunca habrían pensado que el rey se acordaría de ellos aceptan la invitación con sorpresa y alegría, y acuden al banquete.


En la versión de Lucas, la parábola habla de la invitación dirigida a los pobres, los lisiados, los ciegos y los cojos (cf. Lc 14,21); de aquí podemos deducir que se cumple la palabra pronunciada poco antes por Jesús: «Los pecadores públicos y las prostitutas preceden en el Reino a los demás invitados» (cf. Mt 21,31).

 

Así, buenos y malos, en definitiva todos, están invitados al banquete nupcial del Hijo de Dios con la humanidad: «la sala de bodas se llenó de comensales».

 

Cualquiera que llegue al umbral de la sala del banquete recibe un manto blanco, un traje de fiesta regalado gratuitamente, que indica haber respondido libremente «sí» a la invitación del Rey.

 

También el traje de boda basta con aceptarlo y ponérselo, no hay que merecerlo ni comprarlo. Pero todavía hay quien se opone: ¡no acepta ese regalo, no quiere ese traje y no se lo pone!

 

Sin embargo, el Rey, al regalar ese traje, solo pide a quien entra en el banquete que vaya vestido de gala, que esté limpio, que dé una señal de cambio y de libertad… Así pues, cuando «entra para ver a los comensales, ve a un hombre que no lleva el traje de boda» y que, ante su petición de explicaciones, guarda silencio.

 

Es otra decepción para el rey, una llamada frustrada: él no querría que así fuera, pero, de hecho, quien rechaza este enésimo regalo se encuentra, por su propia elección, en una situación mortal, sin salida.

 

En este punto, el lenguaje de la parábola, con rasgos típicamente orientales, en su intención de advertir y exhortar a los lectores, se vuelve duro, incluso cruel: «Atadle de pies y manos y echadlo fuera, a las tinieblas; allí habrá llanto y crujir de dientes», ordena el Rey a los siervos.

 

Se trata de imágenes (¡imágenes!) para expresar una realidad fundamental: en el último día habrá un juicio decisivo, que girará en torno a haber aceptado o rechazado el don de Dios.

 

Dios nos da la vida, nunca la muerte: esta última la elegimos nosotros. Y Dios, que respeta hasta el fondo nuestra libertad, nos deja actuar con dolor, y así nos ve alejarnos de Él y preferir la prisión a la libertad, la destrucción a la vida plena.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Acoger al Dios de la fiesta - San Mateo 22, 1-14 -.

Acoger al Dios de la fiesta - San Mateo 22, 1-14 -

En el Templo de Jerusalén, Jesús expone a los líderes religiosos de Israel una tercera parábola, más compleja y «cargada» que las anteriores: es una historia a través de la cual evoca el banquete del Reino (cf. Is 25,6-10; Mt 8,11-12) y el juicio final.

 

Al mismo tiempo, en este pasaje se aprecia claramente la mano del evangelista San Mateo, quien, al escribir tras la destrucción de Jerusalén a manos de los romanos en el año 70 d. C., sitúa en el horizonte de la historia de la salvación algunos acontecimientos históricos concretos.

 

Desde esta perspectiva, la parábola trata de manera figurada del acontecimiento pascual, es decir, de las «bodas del Cordero» (Ap 19,7), del rechazo de los primeros misioneros cristianos por parte de Israel, de la devastación de Jerusalén, de la apertura de la misión cristiana a las naciones, del juicio que se cierne sobre la propia Iglesia y sobre los nuevos invitados. Tanto la Iglesia como Israel se sitúan, por tanto, en el horizonte del juicio.

 

En la primera parte de la parábola, Jesús compara el Reino con la historia de un Rey que, con motivo de las bodas de su hijo, envía a sus siervos a llamar a los invitados. Ha preparado un banquete con manjares exquisitos y solo pide a los invitados que acepten su regalo, que compartan con Él la alegría.

 

Pero, al igual que en la parábola de los labradores asesinos (cf. Mt 21,33-45), la reacción es sorprendentemente negativa: algunos, con indiferencia y superficialidad, hacen caso omiso de la llamada; otros llegan incluso a insultar y matar a los siervos.

 

La respuesta del Rey es inmediata y dura: «Se enfureció y, tras enviar a sus tropas, mató a esos asesinos e incendió su ciudad». Jesús recurre a un lenguaje apocalíptico, a imágenes «amenazadoras» que no pretenden infundir miedo, sino solo dejar claras las exigencias que se le piden a quien quiera entrar en el Reino, que en realidad se reducen a una sola: aceptar el don de Dios, so pena de un miserable fracaso de la propia vida, tal vez en nombre de nobles ocupaciones religiosas o de la supuesta defensa del mismo Dios…

 

En este punto, la narración experimenta una especie de nuevo comienzo.


El Rey envía a otros siervos a llamar al banquete a todos los que se encuentran en los cruces de los caminos: la oferta de la salvación se renueva en beneficio de todos los hombres. Y he aquí que el salón se llena de invitados, tanto malos como buenos, del mismo modo que el trigo y la cizaña crecen juntos (cf. Mt 13,24-30), como la red echada al mar arrastra a la orilla peces buenos y malos (cf. Mt 13,47-50)…

 

Jesús es consciente de que todos los hombres son malos (cf. Mt 7,11) y de que solo Dios es bueno (cf. Mt 19,17); sin embargo, es cierto que la salvación se concede a todos, porque Dios quiere salvar a todos los hombres (cf. 1 Tim 2,4). Y la condición para llegar a ser buenos, una vez más, es una sola: reconocerse pecadores y aceptar ser justificados por el amor de Dios.

 

Así es como debe entenderse la conclusión de la parábola, relacionada con una costumbre tradicional de la época de Jesús: a la entrada del banquete nupcial, los comensales recibían como regalo una túnica blanca, señal de la invitación común recibida del dueño de la casa.

 

Cuando el Rey, figura de Dios, entra para saludar a los presentes, divisa a uno que carece del traje nupcial. ¿Cómo ha sido posible? Este hombre ha aceptado la invitación, pero, hasta el último momento, ha rechazado con orgullo el don, ha pretendido valerse de sus propias fuerzas; y así, en lugar de responder con alegría a la gratuidad de Dios, ha emprendido un monólogo que, en el momento decisivo, lo deja mudo. Dios nunca lo ha conocido (cf. Mt 7,23), y ya es demasiado tarde…

 

«Muchos son los llamados, pero pocos los elegidos», concluye Jesús. Es una palabra que constituye una advertencia exigente para cada uno de nosotros.

 

Todos los seres humanos están llamados a la salvación, al banquete festivo del Reino, pero a nadie se le garantiza, ni siquiera por pertenecer a la Iglesia. Es necesario rendirse a la gracia que siempre nos atrae y eliminar todo lo que obstaculiza la acción del reinado de Dios sobre nosotros.

 

Es necesario, en otras palabras, acoger la oferta de Dios, Padre del Señor Jesucristo y nuestro Padre: «Al que tenga sed, le daré gratuitamente del agua de la fuente de la vida» (Ap 21,6; cf. Is 55,1).


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una oferta de gracia al banquete del Reino - San Mateo 22, 1-14 -.

Una oferta de gracia al banquete del Reino - San Mateo 22, 1-14 -

El Dios que Jesús vino a revelar es un Rey que invita a una boda.

 

No obliga, no coacciona, no intimida. Propone.

 

Y no solo propone ir a trabajar a la viña para cambiar el mundo junto a Él, no.

 

Propone participar en una bonita fiesta, en un banquete elegante, en una cena con la que llevamos tanto tiempo soñando.

 

Así es Dios. No ese Dios diminuto que tenemos en la cabeza, ese severo de nuestros miedos, ese intransigente de nuestras visiones estrechas e inútiles moralistas.

 

Un Dios que celebra. Un Dios que ama la compañía, que la busca, que me invita.

 

Me invita a mí, porque no es egoísta como sabemos serlo nosotros, ni narcisista ni desconfiado.

 

Dios es un espectáculo de luz y de vida y me pide, me propone con absoluta libertad, que participe en su vida, pero también que comparta su alegría. Un Dios feliz que me quiere feliz.

 

Y los siervos van, invitan, insisten.

 

Nosotros, los siervos, nosotros, los discípulos que ya hemos conocido la inmensa belleza de Dios.

 

San Mateo, nos explican los exégetas, habla de los discípulos que intentan evangelizar a sus hermanos judíos.

 

¡Qué hermosos son en las montañas los pies de quienes hablan de Dios!

 

Magnífico, diremos nosotros.

 

En teoría... 


Porque, en la práctica, Dios recibe un solemne y unánime: no, gracias.


Tenemos cosas que hacer. Es cierto, claro. Cosas urgentes, necesarias, importantes.

 

Pero siempre y solo cosas. Materia, compromiso, trabajo, sudor.

 

Cosas.

 

Que llenan cada espacio, que ocupan la mente, que apagan el alma y el deseo.

 

Peor aún: que la matan alma, deseo, mente...

 

No son malvados los que rechazan.

 

Simplemente están demasiado ocupados para ser felices. Se engañan creyendo que encontrarán la felicidad después de haber terminado las cosas que hay que hacer. Como si la felicidad pudiera esperar. Como si dependiera de las cosas.

 

Y, sin embargo, basta con poco. Aceptar la invitación, ir.

 

Ver cuánta alegría, verdad y belleza habitan en Dios, y cómo nuestra vida, sea como sea, puede florecer. Todo el Evangelio consiste en un ven y ve.

 

¿Qué mejor tenemos que hacer hoy que ser felices?

 

Ponemos excusas.

 

Problemas, dolor —a veces incluso atribuido a Dios—, obstáculos.

 

Ni mucho menos: si no somos felices hoy, nunca lo seremos.

 

Así, la comunidad de San Mateo experimenta el rechazo e interpreta la catástrofe de la destrucción del Templo como la consecuencia de ese rechazo. No es un gesto de enfado de Dios, sino la deriva de un mundo —entonces como hoy— que cree bastarse a sí mismo.

 

Parte del pueblo de Israel rechazó la invitación, por lo que Dios se dirige a los que se han escapado de casa, a los marginados, a nosotros, para que entremos al banquete. Solo que…


Solo hace falta una cosa: el traje. Un traje adecuado, apropiado.

 

Una exigencia absurda, a primera vista: ante la negativa de los invitados, el rey hace que entren malos y buenos, mendigos y pobres. ¿Cómo exigirles un traje de boda?

 

Nosotros, hoy, sabemos que la invitación de Dios va dirigida a todos, incluso a quienes no son dignos de ella, incluso a los pecadores. No hay selección de buenos cristianos para formar parte de la fiesta.

 

Pero el traje sí. Por supuesto.

 

Una referencia al traje bautismal, a nuestra dignidad, a convertirnos en lo que somos.

 

Porque hoy la Iglesia necesita cristianos, no sacerdotes. Ni sacerdotes cristianos.

 

Para llevar el Evangelio al mundo, no para empujar al mundo hacia las Iglesias.

 

El Rey es un padre, es bueno, no es un buenazo, no un Padre inútil.

 

Nos ama de verdad, con alegría, pero no se deja tomar el pelo.

 

Podemos rechazar dramáticamente la alegría. Pero también fingir y no estar dispuestos a crecer, a florecer, a convertirnos. A ser cristianos de pacotilla. Inofensivos e inútiles.

 

La consecuencia, entonces, será quedarnos atados para siempre a nuestra minúscula visión de la vida y vivir en las tinieblas.


Entonces esta Palabra me ayuda, me impulsa, me sacude, me inquieta.

 

Quizá se dirija a mí. Quizá sea precisamente yo quien rechaza la lógica de la fiesta. Aunque sea discípulo de toda la vida. Aunque sea catequista, sacerdote o cardenal. Quizá de verdad debamos dejar de pensar que estas parábolas son para los demás.

 

Yo, Joseba, puedo negarme a participar en la fiesta de Dios. O convertirme.

 

Porque Dios sigue invitando, dice Isaías. Y si quien debía participar no está, no pasa nada.

 

Quiero estar ahí. Y vivir con verdad y dignidad mi bautismo. Para convertirme yo mismo en evangelizador allí donde estoy.

 

Porque yo también, como San Pablo, he experimentado que todo lo puedo en aquel que me da la fuerza.

 

Incluso para vivir este tiempo de elección y de criba.

 

Eso es.

 

¿Qué mejor podemos hacer hoy que ser felices?


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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