martes, 28 de julio de 2026

A vueltas con frases de brocha gorda sobre el fanatismo climático de los fanáticos ecologistas.

A vueltas con frases de brocha gorda sobre el fanatismo climático de los fanáticos ecologistas 

Algunas veces he tenido esa sospecha. El tiempo me lo ha ido y me lo va confirmando. 

No es un exceso de pesimismo: nos dirigimos directamente hacia lo peor de la política. 

Lo que seguimos llamando democracia se está convirtiendo en otra cosa. Quizá en su exacto contrario. 

No creo que haya tenido excesivas dudas: la democracia liberal es el mejor sistema que el hombre ha sabido inventar. 

Es el único que establece como fundamento inalienable el respeto a la dignidad de cada persona. Es el único que permite destituir a los incompetentes y a los indignos sin recurrir a la violencia. Impone límites insalvables a quienes ejercen el poder. 

Esa es la democracia ideal. 

La democracia real es algo muy distinto. 

Camina sobre las piernas de los seres humanos. Y, por ende, está llena de defectos, hipocresías y promesas incumplidas. 

Su único deber imperativo es autocorregirse sobre la marcha y mantenerse fiel a los principios en los que se sustenta. Lo ha hecho durante décadas. Hoy ya no. Está sufriendo una inquietante mutación genética. 

No disminuye la desigualdad. No aminora la injusticia social. La dignidad de las personas ya no es una prioridad de la agenda pública. 

Los valores que triunfan hoy son muy otros: la arrogancia, la prepotencia, la ignorancia, el cinismo y el menosprecio público del adversario. 

Un burdo nacionalismo de prioridades —con las alabardas bajo el brazo, camufladas como sano patriotismo— y una simplificación demagógica descarada y constante. 

Ya no se aceptan los límites del poder. Prevalece la ley del más fuerte o del más astuto. Ha desaparecido el ingrediente esencial de toda democracia que funcione: la crítica franca, dura, pero respetuosa. 

Ya no hay adversarios políticos con los que debatir, sino solo bandos enfrentados. Los partidos, salvo raras excepciones, ya no buscan el bien común; persiguen únicamente el interés partidista y la supervivencia de su propia jerga y nomenclatura. 

¿Y la ciudadanía? Se limita a observar desde las gradas: desilusionada, resignada, cómplice o indiferente. 

Se pone de manifiesto, en toda su gravedad, el límite estructural de la democracia liberal: privilegia el número frente al mérito, la cantidad frente a la calidad. 

Karl Popper recordaba que el objetivo de la democracia no es garantizar el gobierno de los mejores, sino permitir expulsar a los peores sin derramamiento de sangre. Una frase redonda con la que hasta se puede estar de acuerdo. 

Pero hoy en día ni siquiera esta garantía se sostiene ya. 

Las elecciones ya no son un ejercicio crítico y racional: se han convertido en un receptáculo de estados de ánimo sombríos y rencores individuales. Premiamos sistemáticamente a los portavoces del resentimiento y a los especuladores del miedo. 

Y una vez en el poder, estos personajes se revelan totalmente incapaces de gestionar la complejidad de los problemas y se vuelven aún más miopes que quienes les votaron. 

Esta premisa era necesaria para llegar a lo que desde fuera es la incapacidad de la gestión de una situación compleja y difícil como ahora son los incendios. O como en su momento fue la DANA. O… 

En los últimos días, ¡y el verano va para largo!, las declaraciones políticas —grandes, medianas y pequeñas— se han convertido en una presencia constante, casi sistemática, ante la proliferación de incendios. 

No hace falta enumerarlas: basta con echar la vista atrás o sintonizar los medios para que se nos presente un panorama desalentador de semejantes declaraciones. 

En buena medida son la enésima demostración de aquella incapacidad política de los habituales mandamases, decididos a perpetuar su incompetencia y a blindar sus posiciones también de cara al futuro. 

No soy quién para entrar en el fondo, tampoco de este asunto, pero me ronda en la cabeza una pregunta directa: ¿no sería hora de que a la indignación de salón le siguiera una verdadera labor de limpieza? ¿No ha llegado el momento de reactivar ese proceso de corrección que, como ciudadanos, parecemos haber olvidado de forma culpable? 

Menos discursos, mensajes y palabras ante las cámaras y micrófonos de los medios de comunicación. Y más razón y más ética en la gestión de lo público. 

Georges Simenon hizo decir al protagonista de una de sus novelas que «cuanto menos conocimientos tienen las personas para respaldar sus ideas, más seguras están de ellas». Tengámoslo presente. 

Antes de marcar la papeleta de un símbolo, hagamos algo muy elemental: comprobemos la competencia, la preparación y la integridad moral de quienes nos piden el voto. Y dejemos de premiar a los incompetentes por vocación. 

También, y dicho sea de paso, a aquellas que no tienen cosa mejor que decir que aquello de “a mí me gusta la fruta” o que se contentan con recordar que “en Madrid siempre ha hecho calor” o que proclaman “el fanatismo climático”. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Betania, la casa de la amistad.

Betania, la casa de la amistad 

En Betania, una casa tenía una reputación extraña. Allí vivían dos hermanas que no estaban casadas. Su hermano también era soltero. A quien lo criticaba, Lázaro respondía: «Id a la región desértica de Judea y veréis cuántos hombres no están casados». El Reino de Dios está cerca. 

Un Maestro como Jesús que entraba en la casa de dos mujeres era soberanamente libre de ir donde le llevara el corazón. Sin embargo, los fariseos no animaban a los hombres a hablar libremente con las mujeres, ni siquiera con su propia esposa. Hablar demasiado con las mujeres alejaba del estudio de la Torá. 

En la casa de Marta y María, Jesús encontró la acogida y la hospitalidad que le habían negado en Samaria. 

Marta y María tenían un carácter diferente. Se complementaban muy bien. Ambas esperaban la visita de Jesús en su casa, que el Maestro llamaba la casa de la amistad. 

«Pasar de la preocupación por lo que debo hacer por Él, al asombro por lo que Él hace por mí», solía repetir Marta después de cada visita del Maestro. 

«Pasar de Dios como una obligación a Dios como un deseo», repetía María, que amaba sentarse a los pies de Jesús para escuchar sus palabras. Sabiduría del corazón de una mujer, intuición que elige lo que es bueno para la vida y regala paz, libertad, horizontes y sueños: la Palabra de Dios. 

María, que conocía bien a Jesús, sabía escucharlo con asombro; sabía dejarse encantar como si fuera la primera vez. El milagro de María consistía una vez más en beber sus palabras y sus silencios y contemplar sus ojos. Ella sabía que Jesús no buscaba sirvientes, sino amigos; no buscaba personas que hicieran cosas por Él, sino gente que le dejara hacer cosas grandes. 

«El Todopoderoso ha hecho grandes cosas en mí», repetía ella también. El centro de la fe es lo que Dios hace por mí, no lo que yo hago por Dios. 

María, después de cada visita de Jesús, le decía a su hermana: «El primer servicio que se le debe rendir a Dios es escucharlo. La relación comienza con la escucha, porque te contagias de una especie de luz cuando estás cerca de un maestro como Él, un contagio de luz cuando estás cerca de la luz». Marta respondía: «Has encontrado un nido y un corazón que escucha, tienes un rabino solo para ti, para ti una mujer, a la que nadie enseñó». 

A María le debía arder el corazón aquel día. A partir de ese momento su vida cambió. María se había hecho fecunda, vientre donde se custodiaba la semilla de la Palabra, apóstol: enviada a donar, en cada encuentro, lo que Jesús había sembrado en su corazón. 

«Marta, Marta, te preocupas y te agitas por demasiadas cosas», había dicho Jesús, afectuosamente doblando el nombre, no contradiciendo el servicio sino la preocupación, no cuestionando el corazón generoso de Marta, sino la agitación. 

Estaba atento a un exceso que acecha, a un exceso que puede surgir y tragarte, demasiado trabajo, demasiados deseos, demasiada prisa. Primero importaba la persona, luego las cosas. Sentarse a los pies del maestro permitía aprender lo más importante: distinguir entre lo superfluo y lo necesario, entre lo ilusorio y lo permanente, entre lo efímero y lo eterno. 

Jesús no soportaba que Marta se empobreciera en una función de servicio marginal, que se perdiera en las demasiadas tareas del hogar: «, le decía Jesús, eres mucho más. Tú no eres las cosas que haces; puedes estar conmigo en una relación diferente, compartir no solo servicios, sino pensamientos, sueños, emociones, sabiduría y conocimiento». 

Las actitudes de María y Marta eran complementarias. Marta no podía prescindir de María, porque su servicio tenía una única fuente que hacía grande su corazón. María no podía prescindir de Marta porque no había amor de Dios que no debiera traducirse en gestos concretos. La amiga y la sierva eran dos formas de amar, ambas necesarias, los dos polos de un único mandamiento: «Amarás al Señor tu Dios y amarás a tu prójimo». Solo contaba una única bienaventuranza: «Bienaventurados los que escuchan la Palabra, bienaventurados los que la ponen en práctica». 

Las dos hermanas se cogían de la mano, y cuando nada separe al hombre de Dios, entonces nada separará al hombre del servicio al hombre (Lc 10, 38-42). Son posibles dos actitudes ante la acogida de Jesús: el servicio generoso al huésped, grato y respetuoso, y la escucha atenta de las palabras del Señor. 

Marta desempeñaba el papel tradicional, y es perfecta (Pr 30), de ama de casa. María, por el contrario, inauguraba un papel nuevo y esencial para una mujer: estar a los pies del Maestro como discípula (Hch 22, 3). 

En realidad, Marta daba más importancia a las apariencias que a la escucha, de la que había perdido el sentido. En consecuencia, el sentido de su afán: está preocupada, ansiosa, tensa, insegura, impaciente, mordaz. Marta es la imagen de quien vive momentos de temor, de miedo, sin saber ya regalar una sonrisa y sin saber cuál es exactamente su identidad (o mejor dicho, solo la que le han endilgado). 

Escuchar a Dios era para María la roca de su salvación: «Tú, oh Dios, eres la roca de mi salvación» (Sal 89, 27). La Buena Noticia que se deriva de la meditación consiste en el hecho de que Dios tiene una Palabra para mí, y puedo escucharla, en silencio y en paz, de tal escucha me alimento, crezco en la fe y me realizo como ser humano: «Esta parte mejor no te será quitada». 

Una teología de la humildad de Dios recorre transversalmente las Sagradas Escrituras y recorta historias y personajes que remiten al espejo humanísimo de la fragilidad. Todos aparecen con rasgos humanos, ni perfectos ni perfectamente virtuosos. La Biblia no narra la historia de los ángeles, sino la de los hombres. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Betania: elogio de la hospitalidad y acogida.

Betania: elogio de la hospitalidad y acogida 

Jesús se dirige a Jerusalén y en este camino se alternan escenas de acogida y de rechazo, de hospitalidad afectuosa y de invitaciones provocadoras. A lo largo de este camino tiene lugar un encuentro con dos mujeres: 

"Mientras iban de camino, entró en una aldea y una mujer llamada Marta le recibió en su casa. Tenía una hermana llamada María que estaba sentada a los pies de Jesús, escuchaba su Palabra" (Lc 10,38-39). 

Es casi espontáneo un lado u otro, atribuyendo más valor a la escucha que al servicio. Conviene partir de la premisa de que Marta y María encarnan dos maneras de ser que a menudo están presentes juntas también en nosotros. Una no excluye a la otra... quizás ¡éste es el verdadero reto! 

Marta interpreta el papel tradicional de la mujer: el de la perfecta anfitriona y ama de casa (Pr 30). María, por el contrario, inaugura un papel nuevo y esencial para una mujer: ponerse a los pies del Maestro como discípula del Maestro (Hch 22, 3). 

Lucas presta especial atención no sólo al servicio y los cuidados que las mujeres en la comunidad, sino también a su tarea para la edificación de la Iglesia (Hch 9, 36; 16, 14; 18, 26). 

Este episodio de la vida de Jesús sigue inmediatamente al del "buen samaritano", de modo que no parece que el "hacer" sea un "hacer" cualquiera, sino un "hacer" del "buen samaritano", un "hacer" que viene de dentro, del íntimo. 

María se sienta a los pies de Jesús, se pone públicamente a su escuela, siguiéndole, y es fácil imaginar el escándalo. Para comprender el gesto revolucionario no olvidemos la condición de la mujer en aquella época. Pensemos en el murmullo de la gente que estaba alrededor: '¿Cómo, esta mujer, en vez de estar en la cocina, va a la escuela de teología? ¿Pero qué quiere? ¿Qué se cree que es? ¿Qué quiere llegar a ser? ¿Cuáles son sus ambiciones? De ahí la reacción de Marta. 

María descubre que la belleza de su vida reside en la capacidad de escuchar al Maestro, una escucha que no permanece pasiva, es una escucha que hace temblar, que implica, que se convierte en servicio... en Marta. 

María, junto con Marta, son la imagen de un ser humano que alcanza la autenticidad, la claridad y la conciencia de que la condición humana se juega en la escucha y acogida del Otro/Otredad, para aprender a realizarnos en el don y la gratuidad. 

La atención al Maestro, la escucha de su Palabra es para el discípulo la "mejor parte", la que no le será arrebatada. Pero la escucha de la Palabra lleva a la acción concreta y exigente (Lc 8, 15). 

Un segundo aspecto que se desprende del pasaje y que nos puede orientar como discípulos de Jesús es el hecho de que Marta y María están en casa, son las "discípulas de la casa". Casa aquí no es casa, sino discípulos de la vida cotidiana y en la vida cotidiana. 

El hogar, el pueblo, son el 'templo' de la vida ordinaria... el templo de la 'laicidad', el lugar donde ordinariamente los fieles viven su experiencia diaria de fe; es el lugar donde uno puede encontrar a Cristo como el verdadero "Señor" de su vida... pero también se puede encontrar a muchos otros a los que nunca se encontraría en los lugares o en el tiempo' 'reservados' sólo para uno. 

Acoger es una apertura: significa dejar entrar y dejar que la que entra participe en algo propio. 

En la Palabra de Dios acoger significa abrir la puerta, permitir la entrada a la propia casa. Acoger es algo muy visible y tangible. 

La hospitalidad da significado a la presencia del otro. Es, por tanto, una elección: llevar a la persona acogida con uno mismo. 

Acoger significa hacer espacio para los demás en el entorno de vida de uno. Significa desencadenar un proceso de transformación mutua: doy la bienvenida al otro si parcialmente me "convierto" en el otro, y si el otro a su vez se convierte en parte en mí. 

Esta vocación de la acogida no es como una invitación a perder la propia especificidad, las propias ideas, la propia identidad. En la acogida real, en la aceptación mutua, no nos reducimos a uno sino que nos convertimos en tres porque se genera una nueva realidad cuando acogemos. 

La acogida es la virtud de quien sabe reconocer la diversidad como una riqueza y dejar que la propia vida venga cambiada por el encuentro con el otro. Es la virtud de quien sabe crear, inventar espacio el uno para el otro. La virtud de quien quiere buscar y sabe encontrar un idioma común, lugares y espacios para compartir el encuentro. 

Acoger en nuestra casa… 

Hoy existe una obligación urgente de que seamos generosamente prójimos de cada ser humano. 

Si una comunidad es amorosa atrae es porque la acogida es necesariamente atractiva. La vida llama vida. Hay una gratuidad extraordinaria en su poder de procreación y creatividad. Es maravillosa la forma en la que un ser vivo genera otros seres vivos. 

El amor es constantemente movimiento, nunca puede permanecer estático. Si el corazón humano no progresa, retrocede. Si no se abre más y más, se cierra y entra en proceso de muerte espiritual. Una comunidad que empieza a decir "no" a la hospitalidad, por miedo, por cansancio o por motivos de inseguridad o comodidad, entra igualmente en el proceso de la muerte espiritual. 

Pronunciar y realizar en la vida la dimensión de la acogida y de la hospitalidad nos abre el corazón. Es humano y divino sentir la bienvenida. Todos queremos a alguien que nos reciba tal como somos y si hemos experimentado que alguien nos 'acoge' y nos ama sin querer cambiarnos, hemos probado, por un momento, lo que significa la felicidad. 

Nuestro camino discipular nos lleva hacia muchos otros a los que acoger pero también nos empuja a reflexionar, a comprender, a discernir nuestra capacidad real de acoger. Pero, ¿esta capacidad es innata o puede aprenderse? 

Que aprendamos a acoger como discípulos amados y con el Corazón de Jesús. Y cultivemos esa hospitalidad. 

Porque el discípulo amado es el que acoge en su casa (Juan 19, 27). 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Betania: el hogar de la amistad y el refugio del corazón.

Betania: el hogar de la amistad y el refugio del corazón 

La Liturgia nos invita a celebrar juntos a los tres hermanos de Betania, porque la Iglesia latina dudó durante siglos sobre la identificación de María, superponiéndola a la Magdalena y a la mujer pecadora de la que habla el evangelista Lucas, que a su vez realiza el gesto de ungir los pies de Jesús (cf. Lc 7,36-50). 

Después del Concilio Vaticano II, María de Betania fue distinguida tanto de la Magdalena como de la pecadora anónima del Evangelio de Lucas. 

Sin embargo, solo a partir de la edición del Martirologio Romano de 2001 se conmemora a santa María de Betania junto con sus hermanos Marta y Lázaro (recordados anteriormente el 17 de diciembre). 

Síntoma de todos estos cambios histórico-litúrgicos es también la propuesta, en el Leccionario, de dos pasajes del Evangelio que, en mi humilde opinión, son ambos inadecuados (o al menos insuficientes) para celebrar a los tres hermanos de Betania: 

1.- el primero presenta a Marta y María afligidas por la muerte de su hermano Lázaro y el diálogo de Jesús con Marta sobre la resurrección; 

2.- el segundo es el pasaje que conocemos de memoria y que hemos maltratado convirtiéndolo en una página ejemplar para la distinción (o, peor aún, la contraposición) entre la vida activa y la vida contemplativa. 

Para esta ocasión, yo habría elegido el relato joaneo de la unción de Betania, y en particular los tres primeros versículos: 

Seis días antes de la Pascua, Jesús fue a Betania, donde estaba Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Allí le prepararon una cena. Marta servía y Lázaro era uno de los comensales. María tomó entonces trescientos gramos de perfume de nardo puro, muy preciado, lo derramó sobre los pies de Jesús y se los secó con sus cabellos, y toda la casa se llenó del aroma del perfume (Jn 12,1-3). 

Pero solo leyendo juntos todos los pasajes del Evangelio que nos hablan de esta casa comprendemos el clima de amistad, afecto e intimidad que Jesús encontraba allí. 

El evangelista Juan, al comienzo del largo relato de la resurrección de Lázaro, anota: Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro (Jn 11,5). 

El verbo griego utilizado para indicar este tipo de amor es agapào (que en latín se traduce por caritas): significa amor desinteresado, inmenso, desmesurado, y se utiliza en la teología cristiana para indicar el amor de Dios hacia la humanidad. 

En la casa de Betania, Jesús experimentó el espíritu familiar y la amistad sincera y desinteresada de estos tres hermanos: esto se entiende por el clima de sencillez, cotidianidad y confianza que se desprende de los rasgos con los que se describen los distintos episodios. 

En particular, se entiende por el contexto en el que Jesús va a «buscar refugio» en esta casa. En el relato de Lucas, el Maestro se dirige ya decididamente hacia Jerusalén (cf. Lc 9,51) y está a punto de afrontar el momento crucial de su vida. Ya ha recibido varias veces la confirmación de que Jerusalén, la gran ciudad, «mata a los profetas y apedrea a los que Dios le envía» (cf. Lc 13,34), y ya lo ha anunciado sin rodeos incluso a sus amigos más cercanos (cf. Lc 9,22 y 9,44). Así, en el relato de Juan, nos encontramos ya «seis días antes de la Pascua»: no una Pascua cualquiera, sino su Pascua, la de la Pasión y la muerte. 

Son momentos de tristeza, de angustia... Jesús necesita paz, amistad, acogida, un refugio. En estos momentos no puedes acudir a cualquiera. En esos momentos se necesitan los verdaderos amigos. Son momentos de la vida en los que se necesita un amigo de verdad, de esos que solo se encuentran dos o tres en toda la vida, a los que se puede llamar incluso a la madrugada y ellos están ahí. 

¡Cuántas veces quizá hemos vivido también nosotros también esta experiencia! Cuando nos hemos sentido abrumados por… Es entonces cuando sentimos una fuerte necesidad de refugiarnos en los afectos más queridos, en las amistades más verdaderas y sinceras. Necesitamos descansar física, mental y «afectivamente». Otras veces tenemos el honor (y la carga) de ser «buscados» por alguien que ha encontrado en nosotros ese refugio. 

Jesús «no se avergüenza de llamarnos hermanos», dice la carta a los Hebreos (Hb 2,11). El misterio de la encarnación del Verbo ha hecho a Jesús hermano universal de la humanidad. Jesús tampoco se avergüenza de llamarnos amigos. Lo declara abiertamente a sus discípulos en la última cena: «Ya no os llamaré siervos, sino amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15,15). El título de amigo, atribuido a Jesús, no es una pretensión ilusoria de sus discípulos de ayer o de hoy, sino un don de su corazón misericordioso. 

El Evangelio no es prerrogativa de nadie. La palabra de Jesús es un don para todos, como lo es su persona. Sin embargo, el mensaje evangélico y la persona de Jesús tuvieron diferentes resonancias en el corazón de quienes lo escuchaban y lo encontraban: acogida o rechazo, entusiasmo o indiferencia, correspondencia u oposición. Incluso entre quienes lo acogieron hay un crescendo de intimidad, que va desde las multitudes que seguían al Maestro para escucharlo y ser sanadas, hasta el grupo de los Setenta y las mujeres que lo acompañaban y lo ayudaban con sus bienes (Lc 8,1-3). 

Jesús vivió una relación muy especial con los Doce, y entre ellos aún más intensa con Pedro, Santiago y Juan, a quienes Pablo llamará las columnas de la Iglesia primitiva (cf. Gál 2,9). Entre las personas que estuvieron cerca de Jesús destacan Juan, el discípulo más joven, el amado, que apoyó la cabeza en el pecho del Maestro durante la última cena, y María Magdalena, que, liberada del poder del mal, siguió a Jesús hasta el Calvario y con tanta tenacidad lo buscó en el jardín de Pascua y se convirtió en la primera testigo de su resurrección. 

Entre los amigos de Jesús figuran también los tres hermanos de Betania: Marta, María y Lázaro, a quien Jesús mismo llamó «amigo» (Jn 11,11), como nos señala el Evangelio cuando Jesús dice: «Nuestro amigo Lázaro duerme, pero voy a despertarlo». Totalmente humana y divina la amistad de Jesús en Betania. La amistad de Jesús se expresa en su llanto ante las lágrimas de las hermanas y ante la tumba de su amigo. Pero Jesús no está prisionero de las lágrimas y de la impotencia humana ante la muerte, su amistad divina devuelve la vida al amigo que lleva ya cuatro días en la tumba. 

Uno de los títulos más hermosos que los enemigos de Jesús atribuyen al Maestro de Nazaret es el siguiente: «Amigo de los publicanos y de los pecadores». ¡Cuán consoladora resuena esta frase para nosotros y para todos los que creen e invocan el amor misericordioso de Cristo! Jesús es criticado por los bienpensantes de su tiempo por su manera humana y amistosa de acercarse a la gente, sobre todo a los que eran considerados alejados, pecadores públicos, como los recaudadores de impuestos y las prostitutas. 

Jesús, que conoce el corazón humano, sabía bien que la amistad es el octavo sacramento, capaz de abrir los corazones de todos, sin prejuicios ni prevenciones. «¿Me amas más que a estos?» (Jn 21,15-19) - fue la triple pregunta que Jesús hizo a Pedro después de la resurrección. La conciencia de su propia fragilidad hizo que Pedro dudara en su respuesta. Cuán verdadero y cercano nos resulta ese Pedro temeroso que responde avergonzado a la inquietante triple pregunta del Resucitado: «Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero». 

Caen las comparaciones de superioridad, caen las expectativas demasiado altas y nace en nosotros la confianza en el conocimiento que Él, el Señor, tiene de nosotros, y en la confianza que Él deposita en nosotros... Jesús, que había sostenido a Pedro con la oración (Lc 22,32), no culpa al discípulo sincero y generoso, aunque débil. «Tú, sígueme», repite Jesús a Pedro, después de haberle hecho comprobar en su interior el amor por el Maestro, que ni siquiera la experiencia del pecado y la fragilidad habían borrado. «Si me amas... ¡No importa si de manera perfecta o más que los demás! Si realmente me amas, cuida de mis hermanos, de mis ovejas, de mis corderos. Sígueme, Pedro, ámame tal como eres, porque si esperas amarme cuando seas perfecto, nunca estarás listo para amarme y servirme». 

La amistad de Jesús no disminuye su grandeza, y su grandeza no oculta su amistad. La amistad es la gramática de la Buena Noticia del Reino. Lázaro, María y Marta fueron testigos de ello en aquel hogar que fue para Jesús refugio de su corazón. 

Creo, pues, que podemos y debemos invocar la intercesión de estos tres hermanos que fueron capaces de convertirse en los amigos más especiales nada menos que de Jesús en persona. Se trata de aprender la hospitalidad. Y se trata, incluso más aún, de convertirnos realmente en «una casa de Betania» para todos aquellos que, también hoy, nos conceden el inmenso honor de acoger al Maestro: «Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era forastero y me acogisteis, estaba desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, estaba en la cárcel y vinisteis a verme» (Mt 25,35-36). 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 26 de julio de 2026

La cruz cristiana en Aliança Catalana

La cruz cristiana en Aliança Catalana 

Confieso que estoy a vueltas sobre el uso político de los símbolos religiosos. Algunos confiesan que están convencidos de que el símbolo religioso no debe estar al margen del debate político, porque una cruz, un rosario, una referencia a la Virgen, …, evocan los valores que deben inspirar la actuación de un político honrado en nuestro Estado español. 

Y me temo que no es tan sencillo afirmar que, por buenas razones, no se debería mezclar lo sagrado y lo profano en la vida pública, y no solo porque la Constitución de este Estado español proclama la aconfesionalidad. Aunque ya esto hasta debería reconocerse como el único argumento decisivo y definitivo. 

Es difícil transmitir la idea de que el uso privado de un símbolo religioso es un derecho, mientras que el uso público e institucional de ese símbolo es un abuso que vulnera la libertad de quienes no creen o no comparten esa fe. 

Porque el Estado es aquella institución que une a sus ciudadanos inspirándolos en valores comunes, no los divide en función del credo que profesan, o que han decidido libremente no profesar. 

Es cierto, de hecho, que una cruz que blande por ejemplo una persona diputada de un Parlamento, para los ciudadanos de otras confesiones o los no creyentes, no representa ningún valor y no transmite nada, salvo la distancia entre sus ideas y sus valores y los de la mencionada diputada. 

En lugar de unir, ese símbolo separa y excluye, aísla y margina. Es un signo que proclama la diversidad —tanto en el Parlamento como en la escuela o en los tribunales—. Y te señala con el dedo, como a quien no forma parte, no está incluido entre quienes lo comparten. 

El símbolo religioso se dirige únicamente a quienes aceptan la sacralidad de su valor. Y quien reconoce ese símbolo está del lado del bien y de la verdad; quien no lo reconoce está en el error y, sobre todo, está del lado del mal. 

Porque si la política persigue (o debería perseguir) el bien de la colectividad poniendo en marcha formas útiles de convivencia social, la religión vincula al ser humano con lo sagrado para orientar su comportamiento hacia el bien y alejarlo del mal. 

La primera debería preocuparse, ante todo, de tratar a todos como si fueran iguales, estableciendo normas a las que todos, sin distinción, deban atenerse para crear una sociedad en la que todos se respeten. 

La segunda, en cambio, crea unidad dentro de una diversidad artificial, para unir el espíritu de los fieles, más que para resolver las necesidades de su vida social y política cotidiana. 

En definitiva, la religión crea unidad en la diversidad y en la separación, lo cual puede ser algo bueno y totalmente lícito, pero no contribuye a fomentar el sentimiento de pertenencia a una sociedad. 

Solo por poner un ejemplo. La diputada del Parlamento de Catalunya, Sra. Silvia Orriols, de Aliança Catalana, interviniendo en el mencionado Parlamento, mientras luce en su cuello una cruz, también está comunicando que ella, en el desempeño de una función institucional, no representa a todos, ni se preocupa por hacerlo. 

No está comunicando que yo también, pongamos por ejemplo musulmán, soy un ciudadano igual que los demás. No le importamos en absoluto ni a ella ni a todos aquellos que, como yo, no nos reconocemos en el símbolo que sostiene en su cuello. 

Dicho sea de paso, el porcentaje de musulmanes en Catalunya ronda el 9% de su población total, según los datos publicados en marzo de 2026 por el Observatorio Demográfico de CEU CEFAS. Esta cifra equivale a cerca de 700.000 personas, situando a esta comunidad como la Autonomía con mayor concentración de habitantes musulmanes de todo el Estado español. 

Es más, tal vez hasta se complace en hacerme sentir la diferencia, mi diversidad. Elige conscientemente declararme, de esta manera, distinto. Precisamente al distanciarme y aislarme así, la Sra. Silvia Orriols me está diciendo sencilla y llanamente que, en su papel de persona del Parlamento de Catalunya, no tiene intención de representarme a mí que soy musulmán. 

Con todo, me temo, no creo que sea probable que esa misma fe religiosa, cristiana en este caso, salga ganando al ser ‘instrumentalizada’ a antojo para un fin político concreto. 

La experiencia me enseña que podría incluso ocurrir que un político se valiera de un símbolo religioso para encubrir acciones erróneas, o para legitimar acciones criminales o simplemente inhumanas, o para legitimar discursos que están tan cercanos del mensaje del Evangelio y de la Doctrina Social de la Iglesia como el planeta Tierra de Neptuno. 

Y es que, además, está en juego la propia imagen de esa fe cristiana en este caso. Porque cabría preguntarse cómo conciliar el uso del símbolo con los valores de la fe que representa ese símbolo de la cruz. ¿Acepta sin más la fe cristiana que su significado (instrumental) se identifique con las reflexiones y acciones de esa persona política? 

Un uso demagógico de los símbolos religiosos vacía a una fe de sus valores y la convierte en pura forma, en puro espectáculo. Y uno cree que ninguna fe debiera aceptar ser tratada de esta manera. 

El símbolo religioso se explota demagógicamente cuando pretende dirigirse a un sector limitado de fieles para influir en ellos y, al mismo tiempo, para declarar la adhesión a valores que no son los laicos de la política que debería gestionar los asuntos públicos. Valores válidos dentro de una Iglesia cristiana, no en un parlamento, en una escuela o en una sala de tribunal, porque el Estado aconfesional debería afirmar valores comunes, no valores divisivos. Y a estas alturas sabemos que el Estado no necesita de la religión, cristiana en este caso, para afirmar el valor de la ética. 

Me queda una última e inocente pregunta: si realmente los fieles cristianos, para identificarse con una línea política, se dejan influir y guiar por la ostentación de un símbolo cristiano como es la cruz, confiando en la supuesta verdad de una apariencia más que en la verificación, sobre el terreno, de las palabras, los mensajes, los hechos, los comportamientos y las acciones de un político. 

También últimamente la Iglesia católica ha utilizado expresiones cruciales, y muy claras, hablando de un cristianismo contrario a la xenofobia. Esa Iglesia sabe perfectamente y nos advierte de que el riesgo actual es el de volver a una religión sierva de la política, «instrumentum regni». Y esto pasa hoy por la «perversión» de ciertas comprensiones de la identidad de las prioridades nacionales - tanto monta, monta tanto, catalán como española -. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Enmascarar la mentira y ocultar la realidad.

Enmascarar la mentira y ocultar la realidad 

Las palabras nunca son neutras, nunca son inocentes: pueden describir la realidad o enmascararla; pueden hacer avanzar la convivencia o convertir el mundo en un lugar peor. 

La política lo sabe desde siempre: cambiar el nombre de las cosas es una de las formas más eficaces de cambiar la manera en que las percibimos. Para bien y, sobre todo, para mal. 

Por eso, cuando el debate público se centra en las palabras, incluso con interpretaciones capciosas, conviene detenernos y preguntarnos de qué estamos hablando realmente. 

Tomemos el término «deportación». Desde hace algún tiempo, algunos representantes de la extrema derecha sostienen que es erróneo utilizarlo para referirse al traslado forzoso de inmigrantes a sus países de origen: la deportación, afirman, sería otra cosa, porque significaría llevar a alguien a un lugar distinto de aquel del que procede; si, en cambio, se le devuelve a su país de origen, habría que hablar de «remigración». 

La objeción tiene un cierto poder de persuasión insidioso, pero no se sostiene. 

La palabra deriva del latín deportare: «de-» indica el alejamiento, «portare», el transporte. Llevarse, precisamente. En el derecho romano, la deportatio era una pena que consistía en el alejamiento forzoso ordenado por la autoridad, y el punto decisivo nunca era el lugar al que se enviaba a la persona, sino el hecho de ser enviada contra su voluntad. 

Así ha permanecido hasta hoy: los diccionarios definen la deportación como el traslado forzoso de personas ordenado por una autoridad, y el elemento esencial sigue siendo la coacción, no el destino. 

Sostener lo contrario significa confundir lo esencial con lo accesorio, un poco como pretender que un asesinato cometido con un cuchillo pertenezca a una categoría diferente de un asesinato cometido con una pistola: cambia el instrumento, no la naturaleza del hecho. 

Si una autoridad obliga a miles de personas a subir a autobuses, trenes o aviones y las aleja contra su voluntad, es ese traslado forzoso lo que define el acto; que las personas sean conducidas a un campo, a un tercer país o a su país de origen cambia el destino geográfico, no la naturaleza de la operación. 

La remigración y la deportación, por lo demás, ni siquiera son términos alternativos: pertenecen a planos distintos. 

La remigración es un término político que indica un objetivo —reducir drásticamente la presencia de inmigrantes devolviéndolos a sus países de origen—, pero no dice nada sobre la forma en que debería alcanzarse ese objetivo. 

El medio puede ser el retorno voluntario, o bien la expulsión individual decidida caso por caso respetando las garantías legales; pero también puede ser el traslado coercitivo y generalizado de categorías enteras de personas. Si el medio es este último, llamarlo «remigración» no elimina el problema: lo oculta, como hablar de «pacificación» para referirse a una ocupación militar. 

La palabra describe el fin declarado, no lo que ocurre en la práctica. 

La deportación conlleva un halo de violencia y racismo de Estado que pocos, incluso en la derecha, están dispuestos a reivindicar abiertamente: evoca los vagones sellados, las leyes raciales, un capítulo de la historia europea que nadie, salvo franjas declaradamente extremistas, quiere evocar en público. 

«Remigración», en cambio, suena neutra, casi técnica —y en parte lo fue durante décadas, en el léxico de la demografía, antes de que la retomaran los círculos de la extrema derecha identitaria europea. 

Utilizarla permite reivindicar un objetivo radical sin tener que cargar con su peso simbólico: la palabra suena aceptable y, precisamente por eso, puede pronunciarse en los programas electorales y en los programas de entrevistas, donde «deportación» resultaría repugnante e impronunciable. Obviamente, no se trata de un error terminológico ingenuo. Es una elección cínica de comunicación (y manipulación) política. 

También el derecho internacional establece esta distinción. 

Un Estado puede expulsar a un extranjero en situación irregular siguiendo procedimientos individuales y respetando las garantías previstas por el ordenamiento jurídico; otra cosa muy distinta es el traslado forzoso de grupos de personas identificados en función de su origen nacional o étnico. La diferencia, en este caso, no radica en el destino final, sino en la naturaleza del acto: individual o colectivo, voluntario o coercitivo. 

No toda repatriación forzosa es una deportación, pero si el objetivo declarado es alejar de forma coercitiva, y de manera generalizada, a miles y miles de personas por su pertenencia a una categoría determinada, el problema ético y jurídico no se resuelve inventando una palabra nueva: la realidad no cambia (ni debería cambiar) porque cambie el vocabulario. 

George Orwell señalaba que el lenguaje político sirve a menudo «para hacer que las mentiras parezcan verdaderas y el asesinato, respetable»: una frase extrema, escrita pensando en los totalitarismos del siglo XX, pero el mecanismo sigue siendo el mismo incluso cuando los resultados deseados no son tan aterradores. 

Se empieza atenuando el significado de las palabras y, casi sin darse cuenta, se acaba dispersando el sentido de las cosas y la estructura moral de las sociedades. 

En esto, como en muchos otros casos, es fundamental reflexionar sobre las ambigüedades y las manipulaciones deliberadas del discurso público: detrás de una disputa léxica se esconde, muy a menudo, un intento de ocultar la realidad y de corromper la política. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El silencio se convierte en fuego: Arde la tierra.

El silencio se convierte en fuego: Arde la tierra 

«El uso del fuego, además, marcó la primera gran diferencia entre el ser humano y los animales… Al domesticar el fuego, los seres humanos adquieren el control de una fuerza totalmente manejable y potencialmente ilimitada…», afirma Yuval Noah Harari en “Sapiens. De animales a dioses: Breve historia de la humanidad”. 

En busca del “arché”, del origen de la realidad que conocemos, los filósofos presocráticos señalaron los cuatro elementos fundamentales —Agua, Aire, Tierra y Fuego— y este último elemento fue elegido por Heráclito como el principio del que se generan todas las cosas, a través de procesos de rarefacción y condensación. 

Si el gran filósofo griego volviera a la vida hoy, habría tenido que añadir que el fuego también puede suponer el fin de la fauna y la flora de este planeta, empezando por los sapiens. De hecho, si continúa la tendencia actual, nos vamos enfrentando y enfrentaremos a incendios cada vez más frecuentes e intensos, capaces de convertir en humo superficies cada vez más extensas. 

Marginado casi siempre del debate mediático y político hasta estas fechas incendiarias, arrinconado por el momento de todo interés por un acuerdo o pacto medioambiental de Estado, ignorado en gran medida por los movimientos sociales—con algunas excepciones loables—, el aumento de los incendios forma parte de los fenómenos extremos generados por el cambio climático como respuesta del ecosistema a las actividades antropogénicas insostenibles. 

Me imagino que no todo nuestro planeta se ve afectado de la misma manera, ni con la misma intensidad, por unos incendios cada vez más frecuentes e intensos. El fuego es un elemento natural y me imagino que deberían arder unas cuentas hectáreas de nuestro país cada año. El problema es que ahora los incendios son más violentos. Y ocurre que en algunas zonas de riesgo viven personas. 

Pero por lo que respecta a nuestro país, eso sí, uno tiene la sensación de que a menudo, y también sobre este tema, la clase política demuestra estar tan poco preparada que roza lo ridículo. Para variar. 

No sé si los incendios han aumentado tanto en número como en intensidad y violencia, en parte debido a los vientos impetuosos e implacables. Se trata de un crecimiento hiperbólico que se potencia a sí mismo con el tiempo, debido a la retroalimentación entre el calentamiento global, la sequía resultante y el material inflamable que, en consecuencia, aumenta. A su vez, los incendios forestales liberan a la atmósfera una cantidad cada vez mayor de CO₂, lo que contribuye a agravar el efecto invernadero, empeora el cambio climático y crea las condiciones para que los incendios tengan efectos cada vez más devastadores. 

Lo que ocurre, también, es que a pesar de la complejidad del fenómeno, imprevisible y vinculado a diversas causas - naturales o no naturales -, el enfoque de las instituciones ha sido hasta ahora el clásico de la política de emergencia. La única forma de prevención que se suele generalizar, y no siempre, entre los países industrializados ha sido el aumento del número de medios para extinguir los incendios una vez que la alarma llega a las autoridades competentes. No, tampoco hay que dejar de mencionar que, en una fase de privatización de los servicios públicos como la que estamos viviendo, incluso la extinción de incendios se ha convertido en una oportunidad de negocio. 

Las causas estructurales no se tienen en cuenta en absoluto y, a menudo, tienen su origen en el cambio de la relación entre la población y el territorio. Esto es especialmente cierto en algunos países de la zona del Mediterráneo, donde, en las regiones más o menos montañosas, de colinas, etc., asistimos desde hace décadas al abandono de tierras que antes eran cultivadas y custodiadas por pastores y agricultores. De ser un bien común, gestionado según antiguas tradiciones comunitarias, muchos de estos territorios abandonados se han convertido en res nullius, abandonados al descuido y a los efectos nefastos de la sequía. 

Llegados a este punto, ya no verano sin ese sabor a ceniza en la garganta: ya no son unas vacaciones, ya no es el relato idílico de una tierra de postal, sino un boletín de guerra diario en el que el humo oscurece el cielo y la dignidad de todo un territorio. Hace unos días, asistimos a cómo literalmente las llamas devoran, lo que dejó a unas comunidades de rodillas, obligando a la evacuación de emergencia de viviendas y exigiendo la intervención desesperada de medios aéreos y equipos de tierra en un intento por salvar lo salvable de un infierno de fuego y humo. 

Pero hay que decir toda la verdad. Y hacerlo con una lucidez de la que hasta ahora carecen tanto quienes gobiernan: lo que está ocurriendo no es una trágica fatalidad, no es un destino cínico y traicionero, sino un fracaso sistémico, político (cultural, económico, social,…) total. Dejemos de una vez por todas de culpar al ‘calor récord’ o al cambio climático para limpiarnos la conciencia colectiva, porque la autocombustión es un cuento para niños y la naturaleza no se suicida por sí sola. 

Detrás de cada metro cuadrado de tierra quemada se esconde la mano criminal del ser humano: ya sea la locura dolosa de un pirómano que disfruta viendo arder el mundo, o la negligencia igualmente criminal de aquellos que limpian los campos provocando incendios fuera de control en busca de un atajo cómodo y económico, o de los otros que utilizan maquinaria agrícola prohibida, o de…, el resultado no cambia y las responsabilidades son igualmente imperdonables. 

En todo caso, la tierra se ve reducida a un inmenso mechero social y medioambiental, listo para estallar ante la primera chispa, debido a una ausencia total y vergonzosa de mantenimiento ordinario. Las carreteras provinciales bordeadas por muros de maleza seca, kilómetros de campo abandonados a la degradación más absoluta, biomasa abandonada a su suerte porque los pequeños propietarios carecen de los recursos y un viento constante que convierte cada foco de incendio en una tormenta perfecta no son imprevistos, sino el relato de un desastre ampliamente anunciado. ¿Hay algo que pueda complicar este desolador panorama? 

Todo eso supone tener millones de antorchas naturales a punto de estallar, un combustible potencial que convierte cualquier chispa en una bomba medioambiental devastadora. Y ante todo esto, la actuación de las instituciones políticas resulta sencillamente vergonzosa y se limita a perseguir la emergencia con parches, derramando lágrimas de cocodrilo ante las cámaras y prometiendo drones, aviones y refuerzos en los servicios de rescate cuando el daño ya está hecho. 

¿Dónde está la prevención estructural, esa que se lleva a cabo en invierno? ¿Dónde están las políticas medioambientales activas con asesoramiento de los técnicos especialistas? La verdad es que existe una inacción generalizada y una habituación al desastre que dan miedo. O lo siguiente. 

La tragedia es el reflejo de una tierra que se está rindiendo a la negligencia inhumana del ser humano y al abandono del Estado, donde los ciudadanos se ven cada año temblando mientras miran al horizonte y solo esperan que el viento no empuje las llamas hacia sus casas. Si seguimos con esta indolencia, dentro de unos años simplemente ya no quedará nada que quemar y una grande parte quedará reducida a una extensión desolada. 

Ya es hora de acabar con las publicaciones de solidaridad en las redes sociales, con las farsas de mesas redondas técnicas y con las falsas lamentaciones. Se necesita, también, un pacto de Estado sobre la emergencia climática a la altura del presente y del futuro. Además de tolerancia cero, de penalización más severa para quien encienda un fuego en verano, de incautación de los terrenos abandonados, de planes de reforestación y de gestión del territorio que no busquen el beneficio inmediato, …, antes de que uno de nuestros últimos retazos de identidad se convierta en un simple montón de cenizas. Ésta sí que es una prioridad nacional.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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