lunes, 12 de octubre de 2026

Puestos los ojos en Jesús - Hebreos 12,1-2 -.

Puestos los ojos en Jesús - Hebreos 12,1-2 -

En el corazón del mundo judío se produjo una influencia que ninguna ley pudo detener, ninguna frontera supo contener y ninguna autoridad logró sofocar.

 

No fue la oscura contaminación de la corrupción, sino la luminosa del agua viva: la presencia de Jesús.

 

Él atravesó pueblos, casas, sinagogas y calles polvorientas dejando tras de sí una pregunta candente: ¿qué queda de nuestras construcciones religiosas cuando el Misterio se presenta sin máscaras?

 

Su palabra no caía desde lo alto como un discurso ajeno a la vida; nacía de sus gestos, de su mirada, de su forma de acercarse a los excluidos. En Él, palabra y acción coincidían. Por eso su voz no se limitaba a explicar el mundo: lo ponía al descubierto.

 

Jesús era cristalino. No porque fuera ingenuo, sino porque en Él no había doblez. No hablaba de misericordia para ganarse el consenso: se detenía ante el herido. No proclamaba la dignidad de los pobres desde una posición de privilegio: compartía su mesa y su precariedad. No invocaba a Dios para consolidar un poder: llamaba a Dios «Padre» y devolvía a cada persona la libertad de sentirse hija.

 

Precisamente esta claridad hacía insoportable toda farsa. Ante Él, la hipocresía perdía su máscara, la devoción ostentosa revelaba su vacuidad, la ley utilizada como arma mostraba el rostro de la violencia.

 

Su autenticidad era un juicio sin tribunal: bastaba con que él estuviera presente para que lo falso comenzara a resquebrajarse.


La vida de Jesús fue como agua clara vertida en un recipiente antiguo. No destruyó la sed de Israel: la devolvió a la fuente. No borró la historia, las Escrituras, la espera y la esperanza de su pueblo: las atravesó, separando lo que daba vida de lo que se había convertido en carga, privilegio, mercado o miedo.

 

Esta es la «novedad» del Evangelio: entra sin pedir permiso en los sistemas cerrados y los obliga a respirar; penetra en las palabras gastadas y les devuelve carne; llega hasta los ritos y pregunta si aún custodian al hombre o solo a sí mismos.

 

Desde entonces, esa agua sigue fluyendo. Se ha encontrado con pueblos y lenguas, ha atravesado culturas y religiones, a veces ha quedado aprisionada en instituciones que pretendían poseerla; y, sin embargo, ha seguido filtrándose por las grietas, resurgiendo en los justos, en los pobres, en los misericordiosos, en aquellos que eligieron la verdad cuando la mentira parecía más conveniente.

 

Y he aquí el escándalo que el mundo aún no ha comprendido: quien cambió la historia no fue un soberano, ni un general, ni un hombre protegido por el oro o las armas.

 

Fue un hombre sencillo y pobre, sin ejércitos, sin palacios, sin monedas acuñadas con su propio rostro.

 

No recurrió a poderes espectaculares para dominar las conciencias; no compró lealtades, ni amenazó con castigos para asegurarse la obediencia.

 

Su fuerza fue la coherencia. Su autoridad nació del servicio. Su trono tomó la forma de una mesa compartida y, finalmente, de una cruz.

 

Allí donde el poder mundano ocupa, Él hizo espacio; allí donde el dinero mide el valor, Él declaró bienaventurados a los que no cuentan; allí donde el miedo impone el silencio, Él devolvió la palabra a los invisibles. Por eso ha trastornado al mundo: no sustituyendo un dominio por otro, sino quitándole al dominio su pretensión de ser la última palabra.


Después de dos mil años, su presencia sigue entre nosotros.

 

Quizás sea precisamente aquí donde se abre uno de los significados más profundos del misterio de la resurrección: la muerte física de Jesús no interrumpió la obra de autenticidad, justicia, amor y misericordia que Él había iniciado.

 

Quienes lo condenaron creyeron haber cerrado un capítulo; en cambio, habían abierto de par en par una brecha. Su cuerpo ya no recorre los caminos de Galilea, pero su Espíritu entra en la vida interior de quien se deja alcanzar por su forma de ser.

 

Y resucita cada vez que alguien renuncia a la venganza, cuando una conciencia prefiere la verdad al beneficio propio, cuando se acoge a un excluido, cuando la dignidad de una persona vale más que una norma aplicada sin misericordia. La resurrección no es solo el recuerdo de un milagro: es el rechazo divino a permitir que el amor quede archivado como una derrota.

 

No hay muros capaces de detener la acción del Logos. No bastan las fronteras de las religiones, las fortalezas de las ideologías, las aduanas de las culturas, las censuras de los poderosos.

 

El Logos no invade: fermenta. No aniquila: transfigura. No humilla lo que encuentra: saca a la luz su significado más profundo. Atraviesa la historia como una semilla guardada en la tierra, como el agua que busca obstinadamente una rendija, como la luz que no pide permiso a las tinieblas.


Pero ¡ay de nosotros si reducimos esta fuerza a una fórmula inocua, a una costumbre ritual, a un signo identitario que oponer a los demás! El Cristo vivo no viene a confirmar nuestras representaciones; viene a desenmascararlas. No viene a proteger nuestro interés propio; viene a liberarnos de él.

 

Cada vez que la fe busca prestigio, el Nazareno vuelve a ser pobre; cada vez que la religión bendice la opresión, Él vuelve al lado de las víctimas; cada vez que se vende la verdad, su palabra resuena libre.

 

Él sigue aquí, no como una reliquia del pasado, sino como un futuro que llama a las puertas del presente.

 

Y seguirá contagiando al mundo con la pureza, hiriendo la mentira con la verdad, inquietando a los tranquilos y consolando a los oprimidos, hasta que el hombre comprenda que el sentido profundo de la historia no es dominar, poseer o aparentar, sino volverse auténtico en el amor.

 

El Logos lo transforma todo, porque nada de lo verdaderamente humano le es ajeno y nada de lo falso puede resistir para siempre a su luz.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 11 de octubre de 2026

La llama de la razón o la filosofía como arte hoy necesario.

La llama de la razón o la filosofía como arte hoy necesario

La revolución no es un mero objeto de estudio para la filosofía, ni un acontecimiento histórico que deba evaluarse a posteriori. Por el contrario, constituye el espacio filosófico por excelencia, ya que produce cambios radicales en las perspectivas consolidadas que hacen necesarias nuevas lecturas de lo real.

 

Si existe esta profunda sintonía es porque la filosofía posee un alma intrínsecamente revolucionaria.

 

De hecho, no se limita a registrar pasivamente lo existente, sino que lo habita estructuralmente, convirtiéndose en promotora de un pensamiento activo que intenta adentrarse en los propios fundamentos de la realidad, del conocimiento y de la acción humana.

 

Cada gran giro histórico, ya sea cosmológico, gnoseológico o tecnológico, actúa como un acelerador epistemológico, obligando a la razón a reprogramarse a sí misma para adquirir nuevas estrategias de orientación.

 

El ejemplo clásico de la revolución copernicana ilustra bien esta dinámica. Con el De revolutionibus orbium coelestium (1543), Nicolás Copérnico desmontó el modelo geocéntrico aristotélico-tolemaico en favor del heliocéntrico, invirtiendo así la relación entre la Tierra y el Sol. De este modo, también llevó a cabo un gesto filosófico, pues no se limitó a redibujar los mapas del cielo, sino que redefinió en lo más profundo el lugar del ser humano en el universo, sacudiendo los cimientos del pensamiento occidental.

 

Siglos más tarde, en el Prólogo de 1787 a la Crítica de la razón pura, la primera de las tres críticas, Immanuel Kant tomó a Copérnico como modelo para concebir una auténtica «revolución copernicana» filosófica, pues intuyó lo necesario que era invertir la lógica de las relaciones entre el sujeto y el objeto para poder responder a la pregunta sobre las posibilidades del conocimiento.

 

De hecho, afirma Kant, no es la mente la que debe amoldarse pasivamente a la realidad externa, sino que son los objetos los que deben ajustarse a las estructuras a priori de nuestra mente (espacio, tiempo y categorías).


Volviendo a nuestros días, la revolución que estamos viviendo con la inteligencia artificial traspasa los límites de la técnica para convertirse en una revolución antropológica.

 

Esto se debe a que la IA no solo modifica las herramientas de las que disponemos, sino que pone en tela de juicio la especificidad de determinadas facultades humanas, como, por ejemplo, qué significa comprender, crear, decidir o incluso «pensar».

 

Precisamente porque está afectando a nuestras vidas, no puede eludir el análisis filosófico.

 

Y es precisamente en este escenario donde la filosofía está reafirmando una vez más su poder, no solo hermenéutico, sino también social, porque por un lado asume la tarea de redefinir los conceptos a través de los cuales las innovaciones adquieren significado; por otro, se convierte en un llamamiento comunitario y en una conciencia crítica sobre cuestiones sociales importantes.

 

Si en momentos de estancamiento la filosofía suele percibirse como algo superfluo, como una fuente de preguntas sin respuestas prácticas, cuando nuevos acontecimientos pasan a formar parte de la realidad, entonces se convierte en maestra de orientación conceptual, ya que es capaz de reconducir el miedo y el escepticismo dentro de los límites de la gobernabilidad racional y ética.

 

No es casualidad que muchas de las empresas dedicadas al desarrollo de los principales sistemas de IA hayan involucrado a filósofos y expertos en ética en el diseño de los modelos.

 

Ante cambios radicales, la tarea de la filosofía se vuelve inmediata, pero ¿cuál es la tarea de la filosofía?

 

Enseña a no dejarse engañar. No pasa por alto ningún hecho ni ninguna posibilidad. Enseña a mirar de frente la posible desgracia. Sacude al mundo de su letargo (Karl. Jaspers, Pequeña escuela del pensamiento filosófico).

 

La filosofía lleva en sí misma la revolución porque es estructuralmente revolucionaria: nos despierta de esos letargos que ofrecen la ilusión del descanso, pero que en realidad nos acostumbran pasivamente a lógicas deshumanizadoras.

 

El filósofo analiza a fondo los fenómenos de su tiempo planteando cuestiones esenciales: examina si los medios creados justifican los fines propuestos y si esos fines son realmente los correctos.

 

Por eso, cuando se alteran los equilibrios y las innovaciones aceleran el ritmo de la experiencia, la filosofía recupera su utilidad pública.

 

Se convierte en fuente indispensable de un saber que no engaña, en baluarte para la protección de nuestra libertad y en invitación a transformarnos a nosotros mismos en un diálogo vivo con el mundo.

 

No se limita a describir la trayectoria del cambio, sino que indaga para comprender si las metamorfosis en curso amplifican la alienación o si, por el contrario, ofrecen una posibilidad inédita de ampliar el horizonte del conocimiento.

 

Cuando el mundo parece dar un vuelco, la filosofía renueva entonces su espíritu revolucionario manifestando su naturaleza más auténtica, es decir, la de mantener encendida la llama de la razón.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 10 de octubre de 2026

¡Bienaventurados!

¡Bienaventurados! 

El primer gran anuncio del Sermón de la Montaña pone de relieve la felicidad que proporciona el «Reino de los Cielos», que se ha hecho presente. 

Esta expresión semítica hace referencia a la forma, al estilo con el que Dios reina, pues Él es el jefe, el soberano, el señor del cielo y de la tierra... 

De forma muy concisa, Jesús afirma que ha llegado el momento propicio, que ha comenzado la nueva era: con su presencia, sus enseñanzas y sus obras, Dios se ha acercado a nosotros, nos da a conocer su pensamiento y nos manifiesta su amor. 

El «Reino de los Cielos» tampoco es el paraíso (el más allá), porque ahora, aquí, Dios ha entrado en la historia y la gobierna desde dentro, a través de la persona de Jesús, valiéndose también de nuestra colaboración humana. 

Si el Reino de los Cielos «es vuestro» es porque el Señor, que ha venido en medio de vosotros, está de vuestro lado. 

Aquí se presenta a Dios no como un juez que está por encima de las partes, sino como el amigo de los hombres, es más, ¡el padre de todos! Tanto es así que sabe de lo que necesitamos y nos lo proporciona con generosidad. 

Por eso hay que buscar ante todo su justicia. 

La gracia de Dios siempre nos sorprende y nos precede. 

Hay una pobreza que es relativa al espíritu: ¿no sois conscientes de vuestra pequeñez? 

El término hebreo original es «anawim», que podríamos asimilar a la categoría de los «humildes». 

Pobres de espíritu son aquellos que «confían en el Señor», porque saben que Él se ocupa de su situación. 

«Ánimo - parece decirnos el Señor -, reconoced que sois afortunados: si Dios está de vuestro lado, podéis incluso reconocer vuestras debilidades sin ningún temor...». 

Al fin y al cabo, ¿ante quién puedes admitir quién eres realmente? Solo ante un amigo. 

Pues bien, si estás seguro de la benevolencia de Dios hacia ti, entonces preséntate con libertad. 

Así pues, presentémonos tal y como somos, sin escondernos, sin fingir. 

Nuestra pobreza depende de nuestra condición de criaturas. 

Solo partiendo de esta premisa, Dios puede hacer grandes cosas en nosotros. 

Así lo atestigua san Pablo: «Por la gracia de Dios soy lo que soy… Conquistado por Él, corro tras Él…». 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La invitación de Dios - San Mateo 22, 1-14 -.

La invitación de Dios - San Mateo 22, 1-14 -

Tras las parábolas de la viña del Señor, se pasa a otra parábola con un nuevo escenario y una nueva narración.

 

El escenario es un salón donde tendrá lugar la fiesta más grande y hermosa de todas: la del hijo del rey que se casa.

 

La pregunta que surge al leer la parábola es la siguiente: ¿quién es digno de entrar en esa sala para participar en el banquete del hijo del rey? ¿Quién tiene las credenciales adecuadas para acceder a esa sala?

 

La primera observación significativa sobre esta parábola se centra precisamente en el tema del mérito y del don.

 

El primer aspecto es el que afirma que solo se puede entrar en esa sala para participar en el banquete si se tienen méritos. De hecho, los primeros invitados son personas que, de alguna manera, pertenecen a la categoría del mérito: uno tiene un campo, otro tiene asuntos que atender.

 

Lo curioso es que precisamente estos, que parecen merecer la entrada en la sala de la boda, al final rechazan la invitación. Un campo es más importante que la invitación a la boda, un asunto de negocios es mucho más importante que el Reino de Dios.

 

No es el mérito lo que determina la entrada en el salón de bodas. Estos invitados meritorios viven para sus propios intereses, no tienen tiempo para celebrar, están absortos en sus asuntos, no tienen tiempo para pensar en un Reino diferente, que es el Reino de los Cielos, el Reino de la ternura y la bondad de Dios.


Quizá podamos decir también que en estos invitados que han rechazado la invitación no reina la ternura de Dios, sino la autosuficiencia: «Me basto a mí mismo, no necesito una invitación», pero reina también esa tendencia que nos lleva a decir que no debemos aceptar sin más un regalo ya dispuesto, sino que, en cualquier caso, debemos hacer algo para ser dignos de entrar en esa sala.

 

En cambio, la parábola no nos dice qué debo hacer, sino que todo está listo: solo tengo que aceptar la invitación, el regalo.

 

La reacción del rey parece desproporcionada para tratarse de una invitación: envía a sus tropas y hace que maten a todos los que han rechazado la invitación. Quizás aquí se representa la destrucción de Jerusalén.

 

El rey no se desanima, se le ocurren cosas nuevas; esa sala debe llenarse y, por eso, manda llamar a buenos y malos, a personajes probables y a personajes improbables.

 

Dios, para su Reino, no necesita ante todo buenos trabajadores ni buenos empresarios, sino personas que, en su condición de vida, acepten una invitación, un don, una llamada, y elijan formar parte de la humanidad que se toma en serio el Reino de Dios y su misericordia.

 

Entran todos, buenos y malos, y el rey se da cuenta de que un invitado no lleva el traje de boda y es expulsado.

 

Hay muchas interpretaciones de este traje de boda.


Una de ellas es que este invitado no ha entendido gran cosa de la lógica de Dios. No ha entendido que en el banquete del Reino pueden sentarse tanto los buenos como los malos. Esta es la lógica de Dios: buenos y malos; y quien no entiende esta lógica de Dios no lleva ese traje de boda que es el amor caritativo. No se accede al Reino de Dios ni se trabaja por él si no se vive según la misma lógica de Dios: un amor caritativo.

 

Yo pensaba en nuestras comunidades: cuánta gente busca continuamente justificaciones para no decir «sí» a la llamada a hacer algo por el Reino de los Cielos, logrando siempre encontrar una buena justificación para su «no»; y cuántas personas, en cambio, buscan buenas razones para acudir a la fiesta del Reino, para comprometerse al servicio del Reino.

 

Las comunidades formadas por quienes solo buscan motivos para no aceptar una invitación están estancadas, inmóviles.

 

Las segundas, aunque solo sea porque una persona encuentre una buena razón para decir «sí» a esta invitación, son comunidades en movimiento, capaces de cambiar, de ofrecer signos de esperanza.

 

Sabemos bien cómo conviven estas dos almas en nuestras comunidades; solo hay una forma de hacer que las comunidades mueran: cuando ya no queda nadie, ni siquiera uno que encuentre una buena razón para aceptar la invitación del rey; por el contrario, nuestras comunidades pueden vivir mientras haya aunque sea uno solo que acepte la invitación del rey.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El siguiente paso.

El siguiente paso 

Hay momentos en la vida en los que el ruido se apaga y todo parece recuperar su esencia. 

La vida no ofrece respuestas inmediatas: abre espacios. 

Y en el silencio, cuando la vida deja de arrastrarnos de un lado a otro, surge una pregunta fundamental: ¿qué es lo que realmente mueve nuestra vida? 

Es entonces cuando la voluntad se muestra tal y como es, no un acto de fuerza ciega, sino un trabajo interior que ninguna otra facultad puede realizar en su lugar. 

La voluntad debe elegir, perseverar, volver a empezar. 

Pero no se pone en marcha por sí sola. 

Se asemeja a una barca inmóvil sobre aguas oscuras: tiene una dirección posible, pero necesita viento. Ese viento es la motivación. Sin ella, la voluntad permanece tensa e inmóvil; con ella, incluso el paso más vacilante encuentra un rumbo. 

El punto de partida es la búsqueda de la motivación. 

Hay que acercarse a ella con paciencia, como quien busca un manantial en la penumbra siguiendo el sonido del agua. 

Cuando la motivación es clara y definida, puede despertar la voluntad y orientarla. 

Cuando, en cambio, sigue siendo confusa, es la propia voluntad la que debe sostener la búsqueda: debe custodiar la pregunta, resistir a la prisa, no conformarse con razones tomadas prestadas. 

La motivación nace del discernimiento, y aquí entra en acción la razón. Esta distingue el impulso del deseo profundo, la urgencia pasajera de aquello que merece fidelidad. 

Dicho así parece sencillo, casi lineal. 

En realidad, el corazón humano es una habitación nocturna: en ella se encienden luces repentinas, pasan sombras, resuenan voces antiguas. 

Un interés puede surgir por casualidad, de un encuentro, de una herida, de una frase escuchada distraídamente, pero solo el discernimiento puede comprender si ese interés encierra una promesa o solo un engaño. 

Cuanto más fuerte es la motivación, mayor es el ímpetu de la búsqueda. 

Pero su fuerza no depende solo de la intensidad: depende de la profundidad. 

Toda motivación está ligada a la situación existencial de la persona, a su amor por la vida, a las pasiones que la habitan, a los deseos que ni siquiera se atreve a confesarse a sí misma. 

Por eso no todas las búsquedas tienen el mismo peso. 

Algunas se quedan en la superficie de los días; otras descienden hasta ese punto secreto en el que una persona decide quién quiere ser. 

Cuando la motivación se queda solo en el plano material - el dinero, el éxito, el poder -, la búsqueda corre el riesgo de convertirse en obsesión. 

Cada conquista promete descanso y enseguida lo niega; cada cima revela otra, más alta y más lejana. Se acumula sin poseer, se corre sin llegar. La noche, entonces, ya no es silencio fecundo, sino insomnio: un deseo que devora lo que obtiene porque no sabe reconocer aquello de lo que realmente tiene hambre. 

Si, por el contrario, la motivación nace de la vida interior y se asienta sobre bases espirituales, la búsqueda cambia de aliento. 

No elimina el esfuerzo, sino que le da un sentido; no promete una satisfacción inmediata, sino que orienta hacia los fundamentos de la existencia. 

Cuanto más se abre la motivación a la dimensión espiritual, más crece la tensión que la sostiene: no la ansiedad por poseer, sino el deseo de comprender, de amar, de ser fieles a lo que se ha vislumbrado. 

Quizá la verdadera tarea de la voluntad comience precisamente aquí: no en obligarse a avanzar, sino en permanecer el tiempo suficiente junto a la propia oscuridad para que surja una luz auténtica. 

La razón la reconoce, el discernimiento la pone a prueba, la motivación la transforma en camino. 

Y así, mientras fuera la ciudad duerme y las ventanas se apagan una tras otra, dentro de nosotros algo permanece despierto: una pregunta viva, una dirección aún frágil, una llama que no ilumina todo el camino, sino lo justo para dar el siguiente paso. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Regresar a casa.

Regresar a casa 

Entre las sombras los caminos cambian de carácter. Aquellos por los que hemos pasado mil veces parecen de repente más estrechos, las paredes se vuelven difusas, los cruces albergan una sombra más. Incluso el silencio, que durante el día parece solo ausencia de ruido, adquiere una voz. 

Quizá por eso la desorientación forma parte tan íntimamente de las sombras de la oscuridad y de la noche: cuando la luz se retira, desaparecen los contornos habituales y nos vemos obligados a preguntarnos no solo dónde estamos, sino en qué dirección vamos realmente. 

«Desparecer» rima con «perder». No es solo un juego de sonidos: es un parentesco profundo. 

A menudo nos perdemos porque hemos dispersado algo por el camino - atención, deseo, tiempo, valor - o porque nos hemos dispersado nosotros mismos en demasiadas direcciones, hasta el punto de no reconocer ya el camino que llamábamos nuestro. 

Pero también puede ocurrir lo contrario: nos dispersamos precisamente mientras perseguimos con obstinación un único trazado, incapaces de ver que la vida, a nuestro alrededor, ya ha cambiado de paisaje. 

Casi siempre partimos con un mapa. Pensamos, calculamos, fijamos etapas y distancias; asignamos un nombre a los destinos y una fecha a las llegadas. Es un gesto humano y necesario: planificar significa dar forma al futuro, hacerlo, al menos por un momento, habitable. 

Pero ningún mapa contiene el viento que soplará mañana, el encuentro que nos retendrá, la puerta que se cerrará, la llamada repentina de una pasión. 

Las variables externas - la historia, las crisis, las transformaciones del mundo - se entrelazan con las internas: los sentimientos cambian, los deseos maduran, lo que antes parecía indispensable pierde intensidad. 

En el momento de la partida no podemos calcular en qué persona nos convertiremos a lo largo del camino. 

Por eso es mucho más fácil perderse de lo que estamos dispuestos a admitir. Basta con un pequeño desvío: una decisión pospuesta, una fidelidad prolongada más allá de su tiempo, un miedo confundido con prudencia. 

A veces nos damos cuenta del extravío solo años después, cuando la noche ya es profunda y el camino conocido se ha desvanecido a nuestras espaldas. 

El sufrimiento surge entonces no solo de la incertidumbre, sino de la idea de que la vida debería haber discurrido como una línea recta: clara, coherente, ascendente. Cada desviación nos parece una culpa; cada parada, un fracaso. 

Pero la línea recta es una de las invenciones más persuasivas con las que intentamos domesticar la existencia. La vida real avanza a través de curvas, retrocesos, esperas y aperturas repentinas.

Cada proyecto, por muy minucioso que sea, es una interpretación: selecciona algunos elementos, excluye otros y confina lo posible dentro del perímetro de nuestro punto de vista. 

Perderse resquebraja ese perímetro. 

Duele, porque nos deja al descubierto; pero es precisamente en esa exposición donde nos devuelve una verdad más amplia. Nos muestra que el mundo no coincide con nuestra previsión y que nosotros mismos somos más amplios que la identidad con la que partimos. 

Hay senderos que solo se revelan a quien se ha equivocado de desvío. En la oscuridad, lejos de las señales familiares, descubrimos capacidades que ignorábamos que poseíamos, preguntas que habíamos mantenido en silencio, personas y paisajes que ningún itinerario habría previsto. 

La desorientación puede convertirse así en un regalo: no borra el esfuerzo, sino que lo transforma en conocimiento. Nos enseña que no todo lo que interrumpe el viaje lo traiciona y que algunas desviaciones, precisamente al alejarnos de la meta imaginada, nos acercan a una vida más auténtica. 

Se necesita, pues, el valor de redibujar el mapa sin menospreciar el anterior. Los logros nacidos en los días confusos no son incidentes que haya que borrar, sino señales que hay que trasladar al nuevo trazado. 

Rediseñar no significa renunciar a todo proyecto; significa planificar con humildad, dejando márgenes en blanco para lo que aún no conocemos. Y significa aceptar que una dirección puede ser auténtica aunque no sea definitiva y que cambiar de camino no equivale necesariamente a traicionarse a uno mismo. 

Lo importante es que la pérdida no se convierta en definitiva. 

Tras años de deambular, debe quedar, en algún lugar, la fuerza para volver sobre los propios pasos - no para fingir que no ha pasado nada, sino para reconocer el punto en el que el camino puede recomenzar -. 

Se regresa cansado, quizá más lento, sin duda diferente. 

La noche no ha terminado, y sin embargo el ojo ha aprendido a distinguir formas que antes ignoraba. 

A lo lejos, tal vez, aún no haya amanecido; pero hay una luz tenue, suficiente para dar el siguiente paso. 

Y es en ese paso, vacilante pero consciente, donde la desorientación deja de ser solo pérdida y se convierte en experiencia, memoria, riqueza… para una vida nueva. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 9 de octubre de 2026

¡Desahuciados en vida!

¡Desahuciados en vida!

Hace unos meses publicaba en mi blog esta reflexión: “¡A la calle! Desahucios y desalojos… la fuerza y el castigo del sistema contra la vulnerabilidad” (https://kristaualternatiba.blogspot.com/2026/01/a-la-calle-desahucios-y-desalojos-la.html).

 

Maricarmen Abascal tenía ochenta y siete años y había nacido, casi literalmente, dentro de su casa. Vivió allí durante setenta años, pagando el alquiler y las facturas, y tejiendo en aquellas habitaciones la delicada trama de su vida. El 23 de septiembre, tras ser desahuciada, salió en camilla, entre agentes antidisturbios y los cientos de personas que habían intentado impedir el desalojo; falleció pocos días después. La empresa que había adquirido la vivienda le había propuesto un nuevo alquiler: de unos quinientos a mil seiscientos euros.

 

¿Una propuesta justa? ¿Una proposición decente? ¿Una oferta aceptable?

 

Su caso llenó la Puerta del Sol de tiendas de campaña y de gente, y obligó al Gobierno a promulgar dos decretos contra los desahucios de personas vulnerables y los abusos en los alquileres temporales. Es una «cuestión de humanidad» - declaró el propio Presidente -, trasladando el asunto del ámbito de la política al de los valores.

 

Pero la cuestión es política y de gobierno.

 

El caso de Maricarmen Abascal pone de manifiesto que la crisis de la vivienda no solo afecta a quienes buscan hoy su primera vivienda - a los estudiantes, a los jóvenes en situación precaria o a las familias recién formadas o a… -. También afecta a quienes han vivido en el mismo barrio, en el mismo rellano, en la misma habitación durante toda una vida.

 

Al drama de quienes no logran acceder a las ciudades se suma el de quienes no pueden permanecer en ellas.

 

No se trata de una emergencia, y mucho menos de una nueva emergencia; nos encontramos ante un giro radical y estructural de la forma de vivir: las viviendas - y, por tanto, las ciudades - han cambiado de función.

 

Y se han convertido en alojamientos turísticos, segundas residencias que se mantienen como reserva de valor, apartamentos para estancias temporales, residencias de estudiantes gestionadas como productos financieros, residencias de lujo, inmuebles adquiridos para su reventa o para obtener rentabilidad.

 

Siguen siendo viviendas en la forma, en los registros catastrales y en las estadísticas, pero no permiten habitar un lugar de forma estable. Una parte del patrimonio inmobiliario se pone al servicio de las economías más rentables: el turismo, las finanzas, los negocios y la movilidad transitoria.



A estas alturas ya hemos aprendido que una vivienda puede generar más ingresos si se sustrae del largo plazo del alquiler y se pone en circulación en el corto plazo del alojamiento.

 

Y ya no se trata solo de propietarios individuales que aprenden a monetizar su vivienda, sino de operadores financieros que reconocen en la vivienda un sector capaz de generar ingresos continuos y escalables.

 

La ciudad se ha convertido, también, en una cartera de funciones intercambiables, una máquina para fabricar estancias a corto plazo.

 

Y quizá aquí radica una de las mayores ambigüedades: hoy en día ya no sabemos distinguir con claridad entre una vivienda que cumple su función de hogar y una vivienda que es, de hecho, una empresa económica. Y allí donde se concentran los alquileres de corta duración, tienden a aumentar también los precios de los alquileres de larga duración.

 

Casas que ya no son casas, ciudades que ya no son ciudades, vidas que ya no son vidas.

 

La escasez ya no es un obstáculo que haya que corregir: se convierte en la propia condición de la revalorización. Cuanto más difícil es encontrar una vivienda, más vale esa vivienda para quien la posee, la gestiona o la rentabiliza.

 

Nos hemos creado una máquina tan eficaz como miope, porque trata a los habitantes como una presencia sustituible, cuando son ellos, con sus competencias humanas y profesionales, la condición de existencia de la ciudad.

 

Y digo miope porque cuando las ciudades apuestan por las economías lucrativas de lo transitorio… se siguen sosteniendo sobre las economías menos espectaculares de la permanencia, es decir, sobre quienes vuelven a casa por la noche, conocen el barrio, utilizan los colegios, cogen el autobús cada mañana, llevan a un hijo al pediatra, cuidan de un progenitor, van al mercado, trabajan en un hospital, organizan una fiesta o protestan cuando se cierra un parque.

 

Cuando esta infraestructura se debilita, todo lo demás se vuelve más frágil. Aumentan las distancias entre el hogar y el trabajo, los desplazamientos diarios y el cansancio cotidiano. Los servicios pierden trabajadores. Los comercios de barrio dan paso a establecimientos más adaptados al consumo rápido. El centro histórico se vuelve más eficiente para quienes llegan y menos habitable para quienes se quedan. Aumentan los ingresos por metro cuadrado, pero disminuye la vida urbana.

 

Este es el riesgo que nos cuesta nombrar con nombre propio. No un riesgo repentino, con andamios y contrafuertes, o con escombros y sirenas, sino un empobrecimiento lento de la capacidad de las ciudades para reproducirse a sí mismas.

 

Y, mientras tanto, Maricarmen Abascal es una de las tantas víctimas. De las que salen en los medios de comunicación, o de las que duermen en el ángulo oscuro del salón del olvido o de la no publicidad. ¡Desahuciados en vida!


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Puestos los ojos en Jesús - Hebreos 12,1-2 -.

Puestos los ojos en Jesús - Hebreos 12,1-2 - En el corazón del mundo judío se produjo una influencia que ninguna ley pudo detener, ninguna f...