Confesiones sacerdotales
Estos son tiempos
complejos para ser sacerdote. La figura del sacerdote se ha vuelto hoy
anacrónica. La mayoría de las personas de nuestro tiempo no sólo están
completamente ausentes de la práctica religiosa, sino que ya ni siquiera tienen
que ver con la cuestión de Dios. Viven, en su inmensa mayoría, "como si
Dios no existiera", y no sienten ningún malestar por ello.
A Dios no se le
cuestiona, simplemente se le ignora. Los éxitos de la ciencia y la tecnología
adquieren un carácter sagrado y absoluto, hasta el punto de convertirse en la
"nueva religión". Los sacerdotes pueden parecer irrelevantes.
La pregunta que surge
entonces es: ¿hay todavía espacio para la misión del sacerdote? La respuesta
es, en mi opinión, positiva. No cabe duda de que hay también una necesidad
religiosa presente en la conciencia de las personas contemporáneas, a menudo
latente, que hay que hacer aflorar pacientemente, testimoniando sobre todo, no
sólo individual sino comunitariamente, la actualidad de la propuesta
evangélica.
En este nuevo
contexto, hay tres prioridades que el sacerdote podría vivir. La primera es la
capacidad de identificarse con las situaciones existenciales de la gente,
compartiendo sus alegrías y trabajos cotidianos. Tu ropa, querido sacerdote,
debe oler a pueblo y no a incienso.
La segunda prioridad
es la elección de un estilo de vida sobrio, la renuncia a todas las tentaciones
de poder, para conquistar esa libertad interior que te permite ser plenamente
solidario con el mundo de los pobres y comprometerte en su liberación. Hermano
sacerdote, vive como un pobre, ama a los pobres, deja que los pobres te
enseñen.
La tercera prioridad
es, finalmente, la recuperación de una espiritualidad auténtica, no formal o
devocional, sino marcada por una fuerte tensión mística, capaz de interpretar
la necesidad de trascendencia que también hoy habita en el corazón de muchos, y
convertirse así en testigos creíbles del misterio de Dios. Querido sacerdote,
déjate devorar por la pasión anhelante de Dios, y ninguna otra pasión humana te
devorará.
Estas son las
condiciones que el sacerdote de este tiempo debe poner en la base del ejercicio
de su ministerio, y que, cuando se cumplen, dan eficacia a la acción pastoral,
es decir, a la capacidad de transparentar la novedad y la belleza del mensaje
evangélico.
Por mucha energía,
inteligencia y tiempo que dediques al Evangelio, te darás cuenta por el camino
de que el ministerio más doloroso de un ministro de Dios es caminar con la
gente cuando se aleja de la Iglesia y rechaza sus enseñanzas.
En el centro de tu
vida como presbítero debe estar el arte de la conversación. Debes ser alguien a
quien le guste hablar con los demás, especialmente si no están de acuerdo
contigo. Necesitas confianza para hablar y humildad para escuchar. Esto es
especialmente difícil en nuestra sociedad, que está perdiendo el arte de
relacionarse con personas que piensan de manera diferente.
La conversación es la
única manera de anunciar a Jesús, que es el diálogo de la Palabra de Dios con
la humanidad. Cualquier otra forma corre el riesgo de caer en la ideología.
Todo el Evangelio de San Juan es una conversación tras otra.
Jesús era un hombre
de conversación, ¡sobre todo con la gente difícil! La primera pregunta que
debemos hacernos como presbíteros es la siguiente: ¿con quién debemos hablar
mientras caminamos por la calle? ¿Quiénes son las personas que huyen de la
Iglesia con las que podemos caminar?
Los algoritmos de
Google y Facebook nos guían hacia personas afines. La sociedad occidental corre
el riesgo de hacerse tribal. Vivimos en salas de eco con personas de ideas
afines. No caigas en la tentación de sentirte apoyado y rehén de la camarilla
de siempre. En cambio, las mejores conversaciones abrazan y se deleitan en la
diferencia.
Además, los
presbíteros estamos llamados a vivir en la tensión entre las convicciones de la
Iglesia y los problemas del mundo.
Ninguno de nosotros
podrá encontrar el equilibrio perfecto. Algunos de nosotros seremos más
naturalmente personas de la institución eclesial y tendremos una adhesión
instintiva al Magisterio. Otros encuentran su ministerio en las periferias,
identificándose con la gente de los márgenes, los de fuera. Algunos son Pedro,
la roca, otros son Tomás, el incrédulo.
¿Qué puedo decirte
cuando te encuentras en el umbral de esta vertiginosa aventura que yo mismo
confieso que aún no he comprendido del todo? ¿Qué consejos puedo darte,
suponiendo que quieras consejos míos? Los resumiría en sólo dos palabras:
autenticidad y sinceridad. Sé auténtico y sincero. Siempre, eso sí, con quien
sea y donde sea.
Sé auténtico y
sincero ante todo con Dios: porque lo poco que sé de Él, he aprendido que no le
gustan los poetas de corte, los amigos de Job, los que sólo rezan citando a
algún gran autor, pasado o presente, como si no tuvieran mente y corazón
propios. Además, le entiendo, si fueras mujer, ¿te gustaría que tu amado te
hablara sólo con palabras ajenas? No
olvides que la oración es un combate cuerpo a cuerpo con Dios, una lucha, un
abrazo amoroso.
Dios es fuego
devorador, torrente impetuoso, madre solícita, médico y maestro que te
conducirá a la cruz y al sacrificio. Sé sincero con Él. Hasta el punto de
protestar, que ciertas protestas a veces son oraciones, hasta el punto de
gritarle cuando te lleve (y te llevará, créeme) disgustado por tu misión, sin
ocultar tus dudas y temores y confesándole sin miedo todos los movimientos de
tu corazón, incluso los más imperceptibles y secretos.
Sólo así descubrirás
que sí, que el fuego, el desierto, el torrente son realmente tus amigos, pero
sólo lo son después de que tú te hayas dejado quemar, secar y abrumar por
ellos. Sólo entonces descubrirás la alegría insensata e impensable que pende de
la cruz, sólo entonces conocerás la inmensa paz que se extiende en el corazón
que se ha dejado quebrantar. La paz que brota de haber crucificado el propio
egoísmo y haber puesto todo de uno mismo al servicio del Amor.
Sé auténtico y
sincero contigo mismo: los mayores males de la vida espiritual provienen de
negar la realidad, llama a tus pecados y tentaciones por su nombre, sólo así
podrás sanarlos y descender a las profundidades de tu alma para encontrar en
ella la luz que te resucitará.
Sólo al precio de una
verdad despiadada podrás abrir la trampilla que te separa del agua viva que
murmura en tu interior.
Reconoce la verdad de
lo que te hace feliz y no temas a tu humanidad. Ama apasionadamente, canta con
toda tu voz, llora fuerte y ríe aún más fuerte, ten el valor de arriesgarlo
todo siempre, porque bebes de una fuente inagotable y nunca te faltarán
fuerzas. Si no tienes el valor de comenzar una batalla… pide la gracia para
terminarlas todas.
Muchos se hacen la
ilusión de que para parecerse a Dios hay que intentar ser como los ángeles. En
cambio, mi experiencia me dice que los que quieren parecerse a los ángeles
acaban más bien pareciéndose a un fantasma, sin fondo, forma ni color.
No tienes un cuerpo,
eres un cuerpo. Y tu cuerpo lleva consigo todo un mundo de olores y sensaciones
y pasiones que son entonces el color y la belleza de la vida. Aprende a hacer
de ellos la cítara de tu alabanza. Nunca las niegues, aunque te hagan daño. No
huyas de la ola, cabálgala con valentía si quieres dejarte llevar por ella.
Se auténtico y
sincero con las personas, especialmente con aquellos que te serán confiados.
Nuestro papel como presbíteros es ante todo revelar y descubrir el rostro del
Señor. Debemos ser ese rostro y ver ese rostro en aquellos que nos son
confiados. Cada ser humano, hecho a imagen y semejanza de Dios, nos ofrece un
atisbo de ese rostro que deseamos.
La gente de hoy
necesita desesperadamente la verdad, orientación en sus elecciones, iluminación
en su confusión, la palabra de un maestro, pero no te aceptarán como maestro a
menos que sepan que pueden confiar en ti, y no confiarán en ti a menos que
llegues a su mente pasando primero por su corazón.
Y al corazón no se le
puede mentir. Sólo utilizando tu corazón puedes hablar al suyo.
Jesús nos advierte en
el Evangelio: "El que quiera ser el primero, que sea servidor de
todos". No cedas al autoritarismo incuestionable, no te sientas poseedor
de la verdad, no te dejes atrapar por el afán de ser siempre servido y
venerado.
Desgraciadamente,
éstas son tentaciones que siempre nos acechan a los sacerdotes. Tenemos la tentación
de buscar nuestra propia realización conquistando espacios de afirmación y
dominación. A veces recurrimos a nuestras propias fuerzas y logros.
Son tentaciones
naturales, casi ineludibles, con las que tienen que lidiar todos los que tienen
autoridad. Sin embargo, no faltan "vacunas" para curarse de estas
enfermedades y distorsiones del alma.
No hay nada en la
vida de Jesús que haga pensar en un hombre de poder: ni las condiciones de vida
privilegiadas, ni las insignias y connotaciones con las que se rodea la
autoridad de la época. Incluso ante los
que habían venido a arrestarle, Jesús no reaccionó de forma temeraria y
violenta, sino que "se entregó a ellos".
Querido hermano
sacerdote, aprende a "entregarte" a todos sin máscaras, sin asumir
tonos de sermón, desarmado de todo autoritarismo, disponible a escuchar, sin
esconder tus fragilidades, como hacen los niños tomados como ejemplo por Jesús.
No tengas miedo de
mostrarte débil y herido si lo estás, no es a ti mismo a quien debes guiarles,
sino al único Salvador que es Jesús, así que no es a ti a quien deben
confiarse, sino a Él. Tú eres el guía, no la tierra prometida, y por eso sólo
se te pide una cosa: que conozcas el camino y guíes sin vacilar por ese camino.
De hecho, si eres débil y estás cansado, esto será a veces una ventaja, porque
te hará comprender mejor el cansancio y la debilidad de las personas que te han
sido confiadas.
Si aprendemos a leer
los rostros, en toda su complejidad humana, veremos el rostro de Dios cien
veces al día. Si nos atrevemos a salir de nuestras profundidades, de modo que
nos sintamos sin palabras, el Espíritu Santo nos dará qué decir, aunque nunca
lo sepamos.
En cuanto a tu vida,
no te engañes a ti mismo queriendo siempre dirigirla, ordenarla, dirigirla a
toda costa. En cambio, entrégate a la vida, momento a momento, déjate
sorprender, asombrar y llevar por ella, y te darás cuenta de cuánto menos
ansiosamente y con qué espíritu de verdadero y gozoso servicio podrás vivir no
sólo para ti mismo, sino también para todos los que te rodean y para toda la
creación.
Te repito lo que
escribe el Apóstol Pablo en su primera Carta a Timoteo: Guarda cuidadosamente lo que se te ha confiado.
Y ahora te pido que
me bendigas, amigo y hermano en el ministerio ordenado sacerdotal que recibí, como un don de la gracia divina, en mi absoluta indignidad, un 3 de mayo de 1992.
Que la
frescura de tu gracia sacerdotal me inunde a mí y a todos aquellos a quienes
amas y sirves.
Ten una buena aventura y mantén en el corazón no tanto ser un
sacerdote perfecto sino un sacerdote feliz. Y harás felices a los demás.
Mis
mejores deseos para una vida cristiana y sacerdotal plena, buena y hermosa.
P. Joseba Kamiruaga
Mieza CMF