martes, 3 de noviembre de 2026

Ponerse el último de la fila.

Ponerse el último de la fila 

Sobre la espalda quedan las cosas inconclusas, las palabras pronunciadas con demasiada prisa, el deseo de ser reconocidos. La vida no borra nada, pero cambia la distancia desde la que miramos. Lo que durante un período de la vida parecía indispensable - llegar primero, ocupar el centro, tener la última palabra, tener razón - pierde su autoridad. 

Porque en silencio surge una pregunta: ¿cuánto de nuestra vida consumimos para demostrar que estamos por delante o por encima de alguien? 

Quizá aquí comience un cambio de mentalidad: no con un gesto espectacular, sino con la incertidumbre que interrumpe una costumbre. 

Hemos aprendido a concebir el mundo como una fila, una clasificación, una escalera por la que ascender. Y hemos acabado midiendo nuestra valía a través de la posición de los demás. Si alguien nos adelanta, nos sentimos menospreciados; si nos quedamos atrás, tememos no contar. 

Pero ¿es que vivir nos obliga a convertir cada encuentro en una prueba de nuestro valor? 

Existe al menos otra forma de estar en el mundo: vivir las relaciones sin preguntarnos continuamente quién gana y quién pierde, quién tiene la última palabra y quién no, quién tiene razón y quién no... 

La búsqueda del primer puesto es agotadora incluso cuando parece recompensarnos. Cada conquista exige ser defendida, cada reconocimiento corre el riesgo de resultar insuficiente. Se puede llegar a lo más alto y seguir viviendo con el aliento entrecortado, vigilando a quien se acerca, contando los aplausos. 

El problema no es aspirar a hacerlo bien, ni cultivar un talento. 

Sino dejar que la aspiración se convierta en un hambre insaciable, incapaz de alegrarse de lo que ocurre más allá de nuestro propio nombre. Entonces, incluso el éxito ajeno se percibe como una sustracción, en lugar de como algo que amplía las posibilidades de la vida en común. 

En este panorama, buscar el último puesto suena a absurdo. 

No porque exista una ley que nos condene a ser mejores que los demás, sino porque a menudo hemos confundido la seguridad con la superioridad, el respeto con el prestigio. 

Tememos que dar un paso atrás signifique desaparecer. 

Pero el último lugar, si se elige libremente, puede indicar algo distinto a la derrota: la disposición a no ocupar todo el espacio, a no dar siempre prioridad a la propia voz. 

No es la obligación de permanecer al margen. Es la libertad de no necesitar el centro para saber que existimos. 

La humildad, entendida así, no exige menospreciarse a uno mismo. No consiste en negar las propias capacidades, en callar ante una injusticia o en aceptar que nos pisoteen. 

Una persona humilde puede decir «no», defender un límite, pedir respeto. 

A lo que renuncia no es a la dignidad, sino a la pretensión de que su dignidad deba ser mayor que la de los demás. 

En un Centro de Escucha, por ejemplo, se convierte en un ejercicio exigente. 

Y uno se la tiene que recordar  a sí mismo (a veces también a los demás) precisamente cuando las prisas nos convencen de que escuchar es una pérdida de tiempo. 

Hacer espacio al otro adopta formas concretas, casi invisibles. 

Dejar que se termine una frase. 

Darse cuenta de quién queda al margen de una conversación. 

Reconocer una aportación sin apropiarse de ella. 

Preguntar, antes de decidir, qué consecuencias tendrá una elección para quienes tienen menos posibilidades. 

Son gestos que no suscitan necesariamente admiración; a menudo no tienen testigos. Pero modifican la calidad de un encuentro. Donde antes había una presencia agobiante, aparece un hueco. Alguien puede entrar, hablar, aportar una historia que no conocíamos. 

El sueño de la igualdad cobra forma en estos huecos, sin agotarse en ellos. 

No basta con ser cortés si las oportunidades siguen distribuidas de forma injusta; no basta con una buena intención si alguien ni siquiera puede acercarse a la mesa. 

La humildad se convierte también en atención a las condiciones que permiten participar. No hace que todos seamos idénticos, no aplana los deseos ni las diferencias. Impide, más bien, que una diferencia se utilice como medida del derecho a ser escuchado. 

Una vida en común más justa comienza cuando la presencia del otro deja de parecernos un obstáculo. 

Lo sé. No es un paso que se dé de una vez por todas. 

El deseo de destacar vuelve, a veces disfrazado de modestia: incluso se puede intentar ser admirado por la propia humildad. 

Por eso, el cambio requiere paciencia y cierta sinceridad con uno mismo. 

Cuando nos damos cuenta de que hemos interrumpido, excluido o exigido, podemos volver a empezar con un gesto concreto. 

Por ejemplo… 

Devolver la palabra. 

Corregir una decisión. 

Hacer una pregunta cuya respuesta aún no conocemos. 

En el Centro de Escucha hay una silla vacía junto a la nuestra. 

Es una imagen de una existencia diferente. No es un trono que conquistar, ni es un puesto que defender: es una posibilidad que se deja abierta. 

Seguramente madurar significa también dejar de preguntarnos hasta dónde hemos llegado y empezar a ver quién puede sentarse con nosotros. 

El último sitio, entonces, no es el lugar donde una persona vale menos. 

Es el nombre provisional de una libertad… la estar plenamente presentes sin restar presencia a los demás. 

Eso se comienza a entender poniéndose voluntariamente el último de la fila. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¿Qué plenitud personal?

¿Qué plenitud personal? 

«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos» (Mt 5, 3). 

La pobreza de espíritu como una simple humildad moral. Nunca hay que considerarse superior a los demás, hay que destacar los propios defectos, no hay que jactarse de las propias cualidades auténticas, evitando toda forma de orgullo. Si Mateo hubiera querido hablar simplemente de humildad, habría podido utilizar el término “humilde”. En cambio, utiliza “mendigo”, es decir, quien se encuentra en una situación real de necesidad radical. La bienaventuranza es un don de Dios, no un elogio de una cualidad moral. 

La pobreza de espíritu es solo el desapego interior de los bienes materiales. No es necesario ser materialmente pobre, ni mucho menos mendigo: basta con no estar apegado a las riquezas. Si fuera así, la bienaventuranza perdería su alcance social y se convertiría en una disposición interior compatible con cualquier condición económica, separando lo que para la Biblia está estrechamente relacionado: la pobreza material, la opresión, la vulnerabilidad existencial y la confianza en Dios. 

La pobreza de espíritu no es la elección voluntaria de la pobreza y el despojo, reservada únicamente a quienes deciden renunciar a los bienes, a las seguridades y a las satisfacciones materiales, y vivir la fe únicamente en la dimensión espiritual, reduciendo a ella también todo lo demás de la vida real. 

La pobreza de espíritu no puede alcanzarse mediante un esfuerzo humano que apunte a alcanzar una condición moral o espiritual considerada más «perfecta». La gracia no es una simple ayuda, por parte de Dios, que nos permite alcanzar esa condición que hemos decidido obtener, pero que por nosotros mismos nos resulta imposible. 

El término «espíritu» en San Mateo indica la dimensión interior de la persona, en la que se decide la disposición hacia Dios y el sentido de la vida. Por lo tanto, junto con el término «pobres», la traducción literal se refiere a aquellos que se perciben como «mendigos» en su relación con Dios, que sienten que no bastan por sí mismos y siguen abiertos a recibir de Él, como un don, la «plenitud» del sentido de la vida. 

Si el deseo de plenitud de vida es constitutivo del ser humano, porque está hecho a imagen y semejanza de Dios, el pobre de espíritu no es aquel que debe desear menos plenitud, sino que debe desearla de otra manera, entendiéndola como un regalo de Dios y no como el resultado último y garantizado de su propio esfuerzo humano por apropiarse de ella. 

El pobre de espíritu no es aquel que ha renunciado a esforzarse por alcanzar lo que aún le falta. Es aquel que ya no pretende encontrar en sí mismo la garantía última de su propia plenitud. Sigue buscando, planificando y actuando, pero aprende a no identificar su propia consistencia y su valor como persona con lo que logra conquistar. 

Puede desear ser amado sin tener que ganarse continuamente el amor; puede buscar reconocimiento sin tener que demostrar continuamente su valor; puede esforzarse por mejorar sin que su dignidad dependa de ello; puede aceptar no tener aún lo que desea, porque su vida no depende por completo de alcanzar ese resultado; puede reconocer que la plenitud aún está por llegar, sin que ello signifique que su existencia carezca de valor mientras tanto. 

Esta condición interior es hoy en día necesaria para el modo de vida de las personas posmodernas. 

De hecho, nuestra sociedad parece haber convertido la búsqueda de la plenitud en una obligación: hay que realizarse, ser autónomo, eficiente, deseable, reconocido, capaz de construir una vida satisfactoria. No basta con existir: es obligatorio ser feliz, y quien no lo consigue es un fracasado. Hay que demostrar que se ha logrado convertirse en alguien. La falta de realización corre así el riesgo de traducirse en una forma de inexistencia social y, a veces, existencial. 

La pobreza de espíritu es un gran anuncio de libertad. 

No significa renunciar al deseo de realizarse ni al compromiso de mejorar la propia condición, sino liberarse de la pretensión de que el propio valor dependa del éxito de estos intentos, accediendo así a una libertad radical: se puede estar incompleto sin carecer de valor, ser frágil sin ser un fracasado, no haberse realizado sin ser inexistente. 

Porque la plenitud no es el precio que hay que pagar para merecer existir, sino un don que hay que acoger en la relación con Dios. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 2 de noviembre de 2026

Como lámparas encendidas - San Mateo 25, 1-13 -.

Como lámparas encendidas - San Mateo 25, 1-13 -

La vida es agotadora. Y, a veces, incomprensible, oscura.

 

Tenemos la impresión de vagar en las tinieblas, de andar a tientas en la oscuridad.

 

Pero hay almas que se atreven.

 

Que salen a las tinieblas y las desafían con una pequeña luz en la mano.

 

Insignificante, comparada con la masa sombría y densa de la oscuridad que se cierne sobre nosotros.

 

Y, sin embargo, esa llamita de luz rasga las tinieblas, las obliga a retroceder, las suaviza y da medida y dimensión a cada noche.

 

Hay personas que se pasan la vida maldiciendo la oscuridad, otras que prefieren encender una cerilla.

 

Como las jóvenes de la parábola de hoy. 

 

La Buena Noticia que nos transmite la Palabra es que no estamos condenados a vagar en la nada.

 

Si encendemos la lámpara y desafiamos a la sombra es porque viene el Esposo.

 

Este mundo, mi vida, la realidad, la cotidianidad que tanto me fascina y me agota está a la espera de un Esposo. Un Salvador, un Amante, un Amado. El Señor.

 

Entonces, incluso la noche más oscura se convierte en el escenario que está a punto de acoger al que viene.

 

Acabamos de celebrar el doloroso recuerdo de nuestros hermanos difuntos, iluminado, el día anterior, por la gran fiesta de la santidad que Dios derrama sobre sus hijos. Nuestros difuntos no han muerto, sino que están en otro lugar continuando su camino de conocimiento, de liberación, de simplificación, de sanación definitiva. Ellos también están a la espera.

 

La vida es espera. No de una condena, ni de un veredicto nefasto.

 

Sino de una fiesta de bodas.

 

Esperamos el regreso en la gloria del Señor Jesús. Y pedimos, ahora, tomar conciencia de quiénes somos nosotros, de quién es Él, de qué es la vida.

 

La noche es oscura, pero hay almas ligeras que la desafían y van al encuentro del Esposo. 

 

Las jóvenes desafían la noche. Desafían el sueño que agobia nuestras almas, tan ocupadas en abrirse paso en el caos al que hemos reducido nuestras vidas sobrecargadas. Desafían las convenciones de quienes dicen que no hay ningún Esposo al que esperar y que un Esposo no puede ser tan idiota como para presentarse en plena noche.

 

Pero puede ocurrir que nos adormilemos, que nos cansemos, que nos desanimemos. Les ocurre incluso a los Apóstoles en Getsemaní. Les ocurre incluso a los mejores. Demasiado cansancio, demasiado dolor, demasiado esfuerzo, y soltamos los remos, y prevalece el desánimo. El alma se adormece.

 

Entonces, si Dios lo permite, llega un grito.

 

Un gallo que canta. La agitación de los soldados enviados a detener a Jesús. Un desconocido que ha vislumbrado en la noche la llegada del Esposo. Un grito, una Palabra, una señal que nos sacude, nos despierta del sueño.

 

Las muchachas se atreven, cogen la lámpara y salen. Pero a algunas les falta aceite.

 

La dureza de la respuesta de cinco de ellas nos deja perplejos. Pero tienen razón: si compartieran su aceite, a todas les faltaría. Una consideración dura pero cierta, desagradable pero honesta.

 

¿Qué es ese aceite? La parábola no lo dice.

 

Pero arde. Algo que arde y da luz. Para mantener la lámpara encendida en la noche debemos arder.

 

Deseo. Curiosidad. Inquietud. Emoción. Amor. Pasión.

 

Solo las almas ardientes se atreven a desafiar la noche.

 

Y lo que somos es único y no se puede compartir fácilmente. ¿Cómo podría ser de otra manera?

 

Podemos seguir a un gurú, podemos acudir a una parroquia, a un grupo de amigos creyentes convincentes. Pero, al final, solo yo puedo saber y decidir si alimento la lámpara.

 

Estoy solo ante Dios. Él y yo. Cara a cara. Corazón a corazón. 

 


Las jóvenes ingenuas consiguen, de todos modos, volver a ponerse en marcha, encuentran aceite, reavivan la pasión y el deseo. Pero es demasiado tarde, la puerta está cerrada. Aquel que dice estar a la puerta esperando a que alguien le abra, inesperadamente, no abre a las jóvenes que insisten.

 

No es por rencor, ni por venganza; Dios no es duro ni cruel.

 

Es una ley de la vida: hay ocasiones que no se repiten, momentos únicos.

 

En las relaciones, en los afectos, en la fe.

 

Si esperas, el momento pasa. Si te andas con rodeos o vacilas, se esfuma.

 

Ese beso que habría revelado el amor que sientes por esa persona, si no lo das, lo pierdes para siempre. Y, a veces, también pierdes a la persona a la que amas.

 

Cuando tenga más tiempo me ocuparé de las cosas de Dios.

¡Ojalá pudiera organizarme mejor!

Me encantaría cultivar mi alma, pero ahora mismo no tengo la cabeza para eso.

 

No basta con recuperar el aceite del deseo, volver a encender la lámpara y aventurarse en la oscuridad.

 

El camino que tengo que recorrer es largo y corro el riesgo de no estar ahí.

 

¿Qué mejor tengo que hacer hoy que ser feliz? ¿Que escudriñar? ¿Que atreverme? ¿Que esperar a un Amado?

 

Sigamos encendidos…

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¡Es el esposo! - San Mateo 25, 1-13 -.

¡Es el esposo! - San Mateo 25, 1-13 - 

I 

Ninguno de los protagonistas de la parábola es ejemplar: ni el novio, que se retrasa en exceso; ni el que cierra la puerta con llave; ni siquiera las cinco doncellas prudentes, pero duras. 

Y, sin embargo, qué hermosa es la imagen inicial: diez pequeñas luces en la noche, un ambiente festivo, gente que se pone en camino, sale a la oscuridad y va al encuentro. 

El Reino de Dios es como un encuentro, es como esperar un poco de amor de la vida, un poco de belleza y un abrazo en lo más profundo de la noche. 

Sugerencia de una escena nocturna: diez lámparas encendidas, una constelación en marcha, un trozo de cielo volcado sobre la tierra. 

Diez corazones como luciérnagas en la oscuridad del alto cielo, que desafían la noche, desafían el retraso del sueño, armados solo con una pequeña luz. «Y todas se quedaron dormidas...». 

Y he aquí el giro inesperado de la historia: una voz a medianoche, capaz de despertarnos a la vida: ¡ahí está el novio! El consuelo de saber que cada noche, en cada momento de abandono y cansancio, una voz vendrá a despertarnos de nuestra vida adormilada. 

Todos la hemos oído: ha sido un amigo, podría deciros el nombre; o un libro, puedo deciros el título; quizá un salmo lleno de patetismo, de estrellas, de gritos; un «bienaventurados vosotros», de pie, en camino, vosotros los mansos, puros, limpios, pobres, buenos, reavivad el corazón. Quizá una caricia, pero verdadera... 

Segundo giro inesperado: a cinco muchachas se les acabó el aceite. El Evangelio no explica qué es ese aceite misterioso. La poesía puede ayudarnos: la fe es lo que arde, la vida es llama, una llama de múltiples almas. 

Las jóvenes tenían el aceite en casa, pero no lo llevaron consigo: un recurso desperdiciado, energía sin aprovechar… Así ocurre cuando no ofrecemos energías elevadas a nuestra vida: estamos hechos para encontrarnos, para una fiesta, un esposo, un amor, una plenitud, una belleza. Así que aprovecha al máximo los recursos que tienes, rellena tus vasijas, sean pequeñas o grandes… 

A los jóvenes, a los vírgenes de la vida, a todos, la parábola sugiere: prepárate bien, prepárate para cosas grandes: para convertirte en padre, madre, amigo, esposo, luz en los pasos de alguien, pequeño buen samaritano. 

Llena con inteligencia los pequeños vasos de tu existencia, vive con atención tu capital de relaciones, para saber ver lo bello cuando llegue y abrazarlo. 

Lo que te espera es grande: mucha vida, mucha gente, mucha belleza y creatividad, ojos como estrellas, echar una mano a Dios que sigue creando. 

No dejes que se apague la llama de las cosas. 

Aquel que tarda en llegar vendrá, voz que despierta, puerta que se abre, vasija llena hasta el borde, el esplendor de un abrazo en lo más profundo de la noche... 

Y tú no temas, al final será Él, el Esposo, quien atraviese la noche. 

II 

Ninguno de los protagonistas de la parábola sale bien parado: el novio, con su exagerado retraso, pone en apuros a todas las jóvenes; las cinco insensatas no pensaron en llevar un poco de aceite de reserva; las prudentes se niegan a ayudar a sus compañeras; el dueño cierra la puerta de su casa, algo que no se solía hacer, porque todo el pueblo participaba en la boda, entrando y saliendo de la casa en medio de la fiesta. 

Y, sin embargo, este relato es hermoso; me gusta la afirmación de que el Reino de Dios es semejante a diez doncellas que desafían la noche, armadas únicamente con un poco de luz. Con casi nada. Para salir al encuentro de alguien. 

El Reino de los Cielos, el mundo tal y como Dios lo sueña, se parece a quien sale al encuentro, se parece a diez pequeñas luces en la noche, a gente valiente que se pone en camino y se atreve a desafiar la oscuridad y el retraso del sueño; y que lleva la espera en el corazón, porque espera a alguien, a «un esposo», un poco de amor de la vida, el esplendor de un abrazo en lo más profundo de la noche. Creen en ello. 

Pero aquí empiezan los problemas. Todas se quedaron dormidas, tanto las necias como las prudentes. Porque el cansancio de vivir, el cansancio de atravesar las noches, nos ha llevado a todos a momentos de abandono, a la somnolencia, quizá a rendirnos. 

La parábola, entonces, nos consuela: siempre vendrá una voz a despertarnos, Dios es quien despierta las vidas. No importa si te duermes, si estás cansado, si la espera es larga y la fe parece marchitarse. Llegará una voz, llegará en lo más profundo de la noche, justo cuando te parezca que ya no puedes más, y entonces no temas, porque será Él quien cruce el abismo. 

El punto de inflexión del relato no es la vigilia fallida (todas se quedan dormidas, todas igual de cansadas), sino que se acaba el aceite de las lámparas. 

Al final, la parábola se resume en esta disyuntiva: una vida apagada, una vida encendida. 

Sin embargo, el giro inesperado, lo insólito del relato, es esa voz en la oscuridad de la medianoche, capaz de despertar a la vida. 

Yo no soy la fuerza de mi voluntad, no soy mi capacidad para resistir el sueño; tengo tanta fuerza como la que tiene esa Voz que, aunque tarde, sin duda vendrá a despertar la vida de entre todos los desánimos, a consolarme diciéndome que no está cansada de mí, a dibujar un mundo lleno de encuentros y de luces. Yo solo necesito un pequeño frasco de aceite. 

El Evangelio no dice en qué consiste ese aceite misterioso. Quizá sea esa inquietud, ese valor que me lleva hacia fuera, al encuentro de los demás, aunque sea de noche. Las ganas de recorrer distancias, romper soledades, inventar comuniones. 

Y de creer en la fiesta: porque, desde el momento en que me da la vida, Dios me invita a las bodas con él. 

El Reino es un aceite de fiesta: creer que, al fondo de cada noche, te espera un abrazo. 

III 

Una parábola difícil, que termina con un desenlace duro - «no os conozco» -, llena de incongruencias que parecen querer empañar el ambiente festivo de esa boda. 

Y, sin embargo, este relato es hermoso; me gusta pensar que el Reino se parece a diez jóvenes que desafían la noche, armadas solo con un poco de luz. De casi nada. 

Que el Reino se parece a diez pequeñas luces en la noche, a gente valiente que se pone en camino y se atreve a desafiar la oscuridad y el retraso del sueño; y que lleva la espera en el corazón, porque espera a alguien, a un novio, un poco de amor de la vida, el esplendor de un abrazo en lo más profundo de la noche. Cree en ello. 

Pero aquí empiezan los problemas. Todos los protagonistas de la parábola quedan mal: el novio, con su exagerado retraso que pone en crisis a todas las doncellas; las cinco insensatas que no pensaron en un poco de aceite de reserva; las prudentes que se niegan a compartir; y aquel que cierra la puerta de la casa en fiesta, algo que va en contra de la costumbre, porque todo el pueblo participaba en la celebración de la boda... 

Jesús utiliza todas estas incongruencias para provocar y llamar la atención de la audiencia. 

El punto de inflexión del relato es un grito. Que revela no tanto la falta de vigilancia - el hecho de que todas se hayan quedado dormidas, prudentes y necias, todas igualmente cansadas -, sino que las antorchas se están apagando: «Dadnos un poco de vuestro aceite, porque nuestras lámparas se están apagando...» La respuesta es dura: «No, no sea que nos falte a nosotras y a vosotras. Id a comprarlo». 

San Mateo no explica qué significa el aceite. Podemos imaginar que tiene que ver con la luz y con el fuego: algo así como una pasión ardiente, que nos haga vivir encendidas y luminosas. Sin embargo, es algo que no se puede ni prestar ni compartir. 

A este respecto, resulta esclarecedora una expresión de Jesús: «Que brille vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras» (Mt 5,16). Quizá el aceite que da luz sean las buenas obras, aquellas que transmiten vida a los demás. 

Porque o llevamos calor y luz a alguien, o no existimos. «¡Señor, Señor, ábrenos!». Carecen de aceite quienes solo tienen palabras: «Señor, Señor...» (Mt 7,21), quienes hablan y no actúan. 

Pero el eje en torno al cual gira la parábola es esa voz en la oscuridad de la medianoche, capaz de despertar la vida. 

Yo no soy la fuerza de mi voluntad, no soy mi resistencia al sueño; tengo tanta fuerza como la que tiene esa Voz que, aunque tarde, sin duda vendrá; que despierta la vida de todos los desánimos, que me consuela diciéndome que no está cansada de mí, que dibuja un mundo lleno de encuentros y de luces. 

A mí me bastará con tener un corazón que escuche y reavivarlo, como si fuera una lámpara, y salir al encuentro de quien me traiga un abrazo. 


IV
 

¡Ahí viene el novio! ¡Salid a su encuentro! 

En estas palabras encuentro la imagen más bella de la existencia humana, representada como un salir y un ir al encuentro. Salir de espacios cerrados y, en lo más profundo de la noche, el esplendor de un abrazo. 

Dios como un abrazo. La existencia como una salida al encuentro. 

Desde que salimos del vientre de la madre y nos dirigimos al encuentro de la vida, hasta el día en que salimos de la vida para encontrarnos con nuestra vida, escondida en Dios. 

El segundo elemento importante de la parábola es la luz: el Reino de Dios se parece a diez jóvenes armadas solo con un poco de luz, con casi nada, con el valor suficiente para dar el primer paso. 

El Reino de Dios es como diez pequeñas luces, aunque a su alrededor reine la noche. Como una semilla en la tierra, como un puñado de estrellas en el cielo, como una pizca de levadura en la masa. 

Pero surge un problema: cinco vírgenes son prudentes, han traído aceite, serán guardianas de la luz; cinco son insensatas, tienen una vasija vacía, una vida vacía, que pronto se apagará. 

Jesús no explica qué es el aceite de las lámparas. Sin embargo, sabemos que tiene que ver con la luz y con el fuego: en el fondo, es saber arder por algo o por Alguien. La disyuntiva fundamental es entre vivir encendidos o vivir apagados. 

«Dadnos un poco de vuestro aceite porque nuestras lámparas se están apagando...»; la respuesta es contundente: «No, para que no nos falte a nosotros ni a vosotros». El sentido profundo de estas palabras es un llamamiento a la responsabilidad: nadie puede amar en mi lugar, ser bueno u honesto en mi lugar, desear a Dios por mí. Si yo no soy responsable de mí mismo, ¿quién lo será por mí? 

Una parábola exigente y consoladora. Todas se duermen, las sabias y las necias, y esa es nuestra historia: todos nos hemos cansado, quizá nos hemos rendido. Pero en el momento más oscuro, algo - una voz, una palabra, una persona - nos ha despertado. 

Nuestra verdadera fuerza reside en la certeza de que la voz de Dios vendrá. Está en esa voz, que no faltará; que vendrá a despertarnos de todos los desánimos; que me levanta diciéndome que no está cansada de mí; que dibuja un mundo lleno de encuentros y de luces. 

Dios no nos pilla con las manos en la masa; es una voz la que nos despierta, una y otra vez, incluso en la oscuridad más densa, por mil caminos. A mí me bastará con tener un corazón que escuche, reavivarlo como una lámpara y salir al encuentro de un abrazo. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Estad atentos - San Mateo 25, 1-13 -.

Estad atentos - San Mateo 25, 1-13 -

Al concluir el Año Litúrgico, este Domingo y los dos siguientes, la Iglesia nos propone la lectura de San Mateo 25, la segunda parte del gran discurso escatológico - es decir, sobre el fin de los tiempos - pronunciado por Jesús en los capítulos 24 y 25.

San Mateo leía en San Marcos estas palabras de Jesús: Estad atentos, velad, vigilad, porque no sabéis cuándo llegará el momento… Velad, estad atentos, pues: no sabéis cuándo volverá el dueño de la casa, si al atardecer, a medianoche, al cantar el gallo o por la mañana… Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: ¡velad, estad atentos! (Mc 13,33.35.37).

 

Partiendo de esta advertencia, San Mateo ha recordado y situado en este punto tres parábolas del Señor sobre lo que significa velar (cf. Mt 24,45-25,30), seguidas del gran cuadro del juicio final (cf. Mt 25,31-46). Ante la demora de la parusía, de la venida gloriosa de Jesucristo - al menos a nuestros ojos, si es cierto que «ante el Señor un solo día es como mil años y mil años como un solo día» (2 Pe 3,8) -, ¿cómo vivir nuestro aquí y ahora?

 

Además, este texto debe situarse, como mínimo, en el contexto de lo que Jesús, sentado en el Monte de los Olivos, frente al Templo (cf. Mt 24,3), acaba de decir a los discípulos: «Velad, vigilad, porque no sabéis en qué día vendrá vuestro Señor. Intentad comprender esto: si el dueño de la casa supiera a qué hora de la noche vendría el ladrón, velaría y no dejaría que le robaran en su casa. Por eso, también vosotros estad preparados, porque, en la hora que no imagináis, vendrá el Hijo del hombre» (Mt 24,42-44).


Una afirmación similar se repite también al final de nuestro pasaje, creando una inclusión: «Velad, vigilad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora» (Mt 25,13). En términos más generales, esta advertencia enmarca las tres parábolas siguientes, que describen un escenario en blanco y negro, con dos caminos opuestos entre los que elegir:

 

Mt 24,45-51: el siervo que puede ser fiel y prudente/sabio o malvado;

 

Mt 25,1-13: cinco vírgenes necias y cinco prudentes/sabias. Es decir: ¿qué es la prudencia/sabiduría?

 

Mt 25,14-30: dos siervos fieles que hacen fructificar los talentos recibidos, y uno malvado que los entierra. Es decir: ¿qué es la fidelidad?

 

Esta parábola refleja las costumbres matrimoniales palestinas: el día anterior a la boda, al atardecer, el prometido se dirigía con sus amigos a la casa de la prometida, que lo esperaba junto con algunas amigas. Pero si prestamos atención, este relato presenta muchos rasgos extraños: la novia no está; el novio llega a medianoche; se pide que se compre aceite en plena noche; el final resulta fuera de lugar, casi trágico…

 

En resumen, la cuestión es otra…

 

Esta parábola ha sido elaborada por San Mateo, partiendo del recuerdo de las palabras de Jesús, para describir la prolongada espera de la venida gloriosa del Señor Jesús: es Èl, el Mesías, «el Esposo que tarda», ¡y el verdadero problema es cómo comportarse durante esta espera! ¿Cómo velar?


«El reino de los cielos será semejante a…»: con esta frase típica de Jesús nos vemos inmediatamente sumergidos en el meollo del relato.

 

Hay diez vírgenes que se preparan con sus lámparas para «salir al encuentro del novio». Ahí está lo que realmente está en juego: la acogida de ese novio totalmente singular que es Jesucristo, aquel que viene a abrirnos el Reino de los Cielos.

 

San Mateo precisa de inmediato lo esencial: cinco de estas vírgenes son insensatas, cinco prudentes o sabias. ¿En qué consiste la diferencia? En prepararse o no para el encuentro con el Señor, llevando consigo el aceite. Esta clara contraposición puede entenderse a la luz de lo que Jesús dice al final del «Sermón de la Montaña»: Quien escuche estas palabras mías y las ponga en práctica, será como un hombre prudente que construyó su casa sobre la roca. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y se abatieron contra aquella casa, pero no se derrumbó, porque estaba cimentada sobre la roca. Quien escucha estas palabras mías y no las pone en práctica, será como un hombre necio que construyó su casa sobre la arena. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y se abatieron sobre aquella casa, y esta se derrumbó, y su ruina fue grande (Mt 7,24-27).

 

Es prudente quien escucha la Palabra y la pone en práctica; es necio quien escucha y no actúa. Escuchar es algo común tanto al necio como al prudente: lo que los diferencia es la práctica, y punto.

 

«Puesto que el Esposo tardaba…»: he aquí el detalle decisivo de la parábola. El problema es el retraso de la venida definitiva de Jesús, un auténtico trauma para las primeras generaciones cristianas. ¿Y nosotros seguimos esperando al que ha de venir o sentimos por su venida el mismo entusiasmo que quienes esperan el autobús en la parada?

 

«… todas se adormilaron y se quedaron dormidas». Paradoja: ¡se habla de velar, y todas duermen! Entonces, ¿qué tipo de vigilia es esa a la que Jesús quiere exhortarnos? ¿Dónde está la diferencia entre las necias y las prudentes, si todas se quedan dormidas?


Antes de intentar dar una respuesta, dejémonos conmover por la voz que rasga la noche: «¡Ahí está el Esposo! ¡Salid a su encuentro!». Un grito que llega de improviso a medianoche, la hora más inesperada, en la que el Señor viene y nos sorprende como un ladrón en la noche, tal y como afirma en repetidas ocasiones el Nuevo Testamento (cf. Mt 24,43; 1 Ts 5,2-4; 2 P 3,10; Ap 3,3; 16,15).

 

Al oír esta voz potente, todas las vírgenes, tal y como se habían quedado dormidas, se despiertan, «resucitan». Pero aquí es donde finalmente se manifiesta la diferencia. Las cinco insensatas no tienen aceite, por lo que se ven obligadas a pedir un poco a las otras cinco. Sin embargo, reciben esta respuesta: «No, no sea que nos falte a nosotras y a vosotras; id más bien a comprarlo».

 

¿Una respuesta dictada por el egoísmo? No, es una forma, aunque brusca, de decir que en el juicio final cada uno debe responder por sí mismo: no se puede obtener in extremis el aceite necesario, el encuentro con el Señor debe prepararse de antemano. Este aceite o lo se tiene en uno mismo o nadie puede exigírselo a los demás: es el aceite del deseo de encontrarse con el Señor.

 

Lo esencial es la capacidad de mantener vivo hoy el deseo de encontrarme con el Señor donde se decide el juicio final, es decir, el ser o no ser reconocido por el Señor cuando venga al final de los tiempos. Este deseo lo manifestamos en nuestra vida cotidiana - como dice Jesús en el pasaje de Mt 25,31-46 -; lo manifestamos en este tiempo de espera, conscientes de que la vida es larga y no basta con ser hombres y mujeres «de un momento» (Mc 4,17; cf. Mt 13,21) para darle sentido.

 

Pero, por fin, llega el Esposo, y solo las cinco vírgenes prudentes entran con Él en el salón de bodas; a ellas se las define con otro adjetivo: el «cómo», el estilo de su prudencia consiste en estar «preparadas», listas, sin necesidad de ninguna demora. Entonces «se cerró la puerta», un detalle evocador que expresa en muy pocas palabras una verdad muy clara, aunque incómoda: ¡dentro o fuera, no hay una tercera posibilidad!


«Al final» - expresión muy querida por San Mateo (cf. Mt 4,2; 21,29.32.37; 22,27; 26,60) - llegan las otras cinco vírgenes, al regresar de comprar aceite, y comienzan a implorar: «¡Señor, Señor, ábrenos!». Él, sin embargo, responde con firmeza: «En verdad os digo: no os conozco». ¿No es acaso una respuesta demasiado dura?

 

Para las bodas sí, en el ámbito del juicio no: nos recuerda que el encuentro con el Señor es a la vez fiesta y juicio. En el último día, al dar comienzo al banquete del Reino, el Señor Jesús no podrá dejar de poner de manifiesto la verdad de nuestra vida, mediante ese juicio que confesamos en el «Credo» - «volverá en gloria para juzgar a los vivos y a los muertos» -, juicio absolutamente necesario para que la historia tenga sentido.

 

Jesús expresa admirablemente esta verdad en otro pasaje del «Sermón de la Montaña»: «No todo el que me dice: «Señor, Señor», entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. En aquel día muchos me dirán: «Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre? ¿Y no hemos expulsado demonios en tu nombre? ¿Y no hemos hecho muchos milagros en tu nombre?». Pero entonces les diré: «Nunca os he conocido. ¡Apartaos de mí, vosotros que cometéis injusticias!» (Mt 7,21-23).

 

Aquí el discernimiento de Jesús es sutil y desenmascara una forma de hipocresía típicamente «religiosa»: se puede presumir de realizar prodigios en nombre de Jesús y, en cambio, engañarse miserablemente; es decir, no hacer la voluntad del Padre, que es también su voluntad.

 

Tampoco basta con realizar gestos carismáticos o llamativos, pues estas obras pueden convertirse en ídolos seductores, al ser creadas por nuestras manos, en acciones que dan gloria a quien las realiza.

 

No, lo que el Padre quiere es la misericordia, como afirmó Jesús citando al profeta Oseas: «Misericordia quiero, no sacrificios» (Os 6,6; Mt 9,13; 12,7). Es un anuncio de la misericordia de Dios el que debe transparentar en nuestra forma de actuar entre los demás hombres y mujeres, y solo por ello seremos juzgados en el día del juicio final. Entonces se revelará quién se ha adherido verdaderamente al Señor y quién, aunque fingiendo actuar en su nombre, ha sido un artífice de la injusticia…


En definitiva, no solo existe la discrepancia entre lo que se dice y lo que se hace; también existe la diferencia entre una acción egoísta y autorreferencial, y una acción inspirada por la voluntad de Dios, por esa misericordia que es la «justicia superior» (cf. Mt 5,20) revelada por Jesús. En esta «acción diferente» consiste el estar preparados para salir al encuentro del Esposo que viene.

 

Por último, Jesús concluye: «Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora». La vigilancia es la matriz de toda virtud humana y cristiana, es la sal de toda acción, es la luz del pensamiento, la escucha y la palabra de todo ser humano.

 

¿Qué es lo propio del cristiano? Vigilar cada día y cada hora y estar preparados para cumplir plenamente la voluntad de Dios, sabiendo que el Señor vendrá en la hora en que menos lo esperemos (cf. Mt 24,44; Lc 12,40).

 

De hecho, el Apóstol San Pablo, en el escrito más antiguo del Nuevo Testamento, advierte así a los cristianos de Tesalónica: Vosotros, hermanos, no estáis en la oscuridad, para que aquel día os sorprenda como un ladrón. De hecho, todos sois hijos de la luz e hijos del día; no pertenecemos a la noche ni a la oscuridad. No durmamos, pues, como los demás, sino que velemos y seamos sobrios (1 Ts 5,4-6).

 

Velar, vigilar, es salir al encuentro del Señor con las lámparas del deseo encendidas; es ser prudentes, es decir, estar preparados para vivir el largo tiempo de la espera con la ayuda del aceite de la inteligencia.

 

Y todo ello teniendo presente - como Jesús revela con realismo - la posibilidad de quedarnos dormidos, es decir, de olvidar, de apartar de nuestra mente el horizonte de la venida del Señor.

 

¿Cómo hacer frente a esto, que es más que una simple posibilidad? Luchando cada día para no dejar que nuestras vidas se vean agobiadas por la rutina, por la repetitividad de lo cotidiano, que es, al fin y al cabo, el «hoy» de Dios, la única puerta de acceso en el mundo a la venida definitiva del Señor: «¡Dichosos aquellos siervos a quienes el Señor, al llegar, encuentre velando!» (Lc 12,37).


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Ponerse el último de la fila.

Ponerse el último de la fila   Sobre la espalda quedan las cosas inconclusas, las palabras pronunciadas con demasiada prisa, el deseo de ser...