lunes, 31 de agosto de 2026

El Misterio que nos acoge y en el que habitamos.

El Misterio que nos acoge y en el que habitamos

Al atardecer, cuando la luz se retira lentamente de las cosas y el mundo parece contener la respiración, comprendemos que no se entra en el Misterio con pasos ruidosos, como si se cruzara el umbral de cualquier taberna o de una cueva de ladrones.

 

El Misterio no es un lugar que se pueda profanar con curiosidad apresurada, ni un objeto que se pueda poseer con palabras grandilocuentes.

 

Exige prudencia, atención, silencio; sobre todo, exige una gran humildad.

 

Solo quien acepta despojarse de sus certezas, dejar en el umbral la arrogancia del saber y la ilusión del control, puede empezar a vislumbrar algo de su discreta presencia.

 

De hecho, hay un camino que recorrer, compuesto no por gestos espectaculares, sino por decisiones cotidianas, a menudo pequeñas y ocultas.

 

Es un camino impulsado por el deseo íntimo de conocerse a uno mismo, de descender a las profundidades de la vida interior, de escapar de la banalidad y de la superficialidad que consumen los días sin revelar su sentido.

 

Cada elección sincera, cada renuncia a las apariencias, cada acto de escucha se convierte entonces en una piedra colocada en el camino. No se avanza por conquista, sino por fidelidad; no por impaciencia, sino por disponibilidad.



El Misterio, de hecho, se niega al enfoque banal. Se sustrae de quien lo nombra sin estremecimiento, de quien habla de Él sin haber atravesado jamás el desierto de su propia alma, de quien lo reduce a tema de conversación o a adorno cultural.

 

Cuánta gente habla del Misterio sin que sus palabras nazcan de un camino personal, de una herida curada, de una pregunta guardada a lo largo del tiempo.

 

Pero el significado profundo del Misterio no se aprende en los libros de la escuela ni solo en las aulas de una facultad: se intuye caminando, eligiendo, cayendo y levantándose, dejándose educar por la vida cuando esta se convierte en maestra severa y luminosa.

 

El Misterio se regala, no se conquista. Es como la última luz del día que no podemos retener entre las manos, sino solo acoger en los ojos.

 

Todo lo que podemos hacer es trabajar en nuestro interior, liberar espacio, despejar la habitación interior de lo que la abarrota, para que, cuando el Misterio nos visite, pueda encontrar un hogar acogedor.



Prepararse para el Misterio significa volverse hospitalario: aprender el silencio, purificar el deseo, educar la mirada para reconocer lo que no grita y, sin embargo, sostiene todo.

 

El riesgo, siempre presente, es el de un encuentro fallido. Una vida distraída, demasiado ocupada persiguiendo lo que pasa, acaba por no darse cuenta de lo esencial que llama suavemente a la puerta.

 

A menudo nos consumimos en preocupaciones inútiles, en ambiciones frágiles, en ruidos que parecen llenar el tiempo y, en cambio, lo vacían.

 

Y así, el Misterio pasa junto a nosotros como el sol que desaparece tras el horizonte: no porque se haya negado definitivamente, sino porque nuestros ojos estaban en otra parte.

 

Por eso hay que velar, custodiar el corazón, aprender a enfrentarnos a la vida con respeto. Solo entonces, en el crepúsculo de nuestras certezas, tal vez podamos reconocer que el Misterio no está lejos: solo espera una casa libre, humilde y silenciosa en la que poder habitar.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¿Qué te mueve?

¿Qué te mueve? 

Hay una hora del día en la que todo parece detenerse: el sol desciende lentamente, la luz se vuelve más suave, las sombras se alargan y cada cosa parece preguntarse en silencio qué rumbo tomar. 

Es la hora del atardecer, pero también es la hora de la conciencia.

 

En ese momento, si nos detenemos a escuchar de verdad, podemos sentir en nuestro interior una pregunta esencial: ¿qué nos mueve? ¿Qué nos arranca de la silla, nos hace levantarnos del sofá de la rutina, nos empuja a buscar a alguien, a avisar, a construir, a partir?

 

La respuesta tiene un nombre sencillo y decisivo: motivación. Es como una luz interior que señala un camino cuando todo a nuestro alrededor parece confuso.

 

Sin motivación, la vida corre el riesgo de convertirse en una habitación cerrada, un sofá cómodo pero estéril, un tiempo que transcurre sin dejar huella.

 

¿Cuántas personas permanecen sentadas en el sofá de la vida, consumiendo días preciosos sin rumbo, sin deseo, sin un porqué capaz de dar forma a las horas?

 

No siempre falta la fuerza; a menudo falta el sentido. No siempre falta el tiempo; a menudo falta una razón para emplearlo bien.



Por eso, la adolescencia y la juventud son etapas fundamentales. Son como el cielo resplandeciente del atardecer: aún no es de noche, ya no es pleno día, pero albergan colores intensos, preguntas decisivas, promesas aún por cumplir.

 

Es en este momento cuando la persona debería aprender a buscar las motivaciones que orientarán su existencia.

 

No motivaciones superficiales, basadas únicamente en aplausos, aprobación o éxito inmediato, sino motivaciones profundas, capaces de resistir el cansancio e iluminar incluso los momentos de incertidumbre.

 

Estar motivado significa haber comprendido un aspecto importante de la vida y haber decidido trabajar en ello. Significa intuir que existe algo por lo que vale la pena levantarse, esforzarse, aprender, corregirse, volver a empezar.

 

La motivación no es un impulso ciego: es una energía orientada. Va de la mano del deseo, ese impulso profundo que nos lleva hacia el otro y hacia los demás, más allá de los límites del egoísmo y la inmovilidad.

 

El deseo abre la ventana; la motivación nos hace salir de casa.

 

Pero la motivación necesita ser alimentada. No vive solo de sueños lejanos, ni de palabras pronunciadas con entusiasmo y luego olvidadas. Se alimenta de los objetivos alcanzados, de las actividades realizadas, de los pasos concretos que se dan día tras día.


Cada meta alcanzada, por pequeña que sea, es como un rayo que permanece en el cielo tras la puesta de sol: confirma que el camino no ha sido en vano, que el esfuerzo ha dado forma, que el deseo puede convertirse en historia.

 

Por este motivo, la motivación necesita sobre todo dos aspectos.

 

El primero es la consecución de los objetivos que nos hemos marcado: porque una motivación que nunca se traduce en acción corre el riesgo de agotarse como una promesa incumplida.

 

El segundo es la reflexión sobre el camino recorrido: porque actuar sin detenerse a comprender significa correr sin saber adónde se va.

 

Está motivada aquella persona que observa sus propios pasos, que revisa las decisiones tomadas, que reconoce los errores sin dejarse abatir por ellos, que cambia de rumbo cuando es necesario y sigue buscando el centro de su objetivo.

 

La reflexión, pues, no es una pausa inútil. Es como sentarse un momento frente al sol que se pone para comprender el día que acabamos de vivir. Quien reflexiona no se detiene para rendirse, sino para dar sentido al camino, para hacerlo más auténtico, más coherente, más humano.


Una vida motivada no es una carrera frenética hacia resultados siempre nuevos; es un movimiento inteligente, capaz de unir deseo y responsabilidad, ímpetu y discernimiento, sueño y disciplina.

 

Las personas motivadas suelen ser personas serenas, no porque no conozcan el esfuerzo, sino porque viven una vida llena de significado. Sus significados no permanecen inmóviles: se renuevan con el paso del tiempo, con las decisiones tomadas, con lo que se construye en coherencia con el punto de partida.

 

La serenidad surge cuando se percibe que los propios días no están dispersos, sino reunidos en torno a un sentido; cuando los esfuerzos, incluso los ocultos, forman parte de un objetivo mayor.

 

Por eso, las personas motivadas están siempre en movimiento. No se dejan apagar por el aburrimiento, ni aprisionar por la comodidad estéril. Si se detienen, lo hacen para escuchar el camino recorrido, para purificarlo, para relanzarlo mejor. Son como el sol al atardecer: parece que se pone, pero en realidad prepara un nuevo día.

 

Así, la motivación, incluso cuando atraviesa la tarde del cansancio, ya guarda en su interior el amanecer de un nuevo comienzo.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Aprendiendo de los lirios del campo y de los gorriones del cielo…

Aprendiendo de los lirios del campo y de los gorriones del cielo…

A esta hora de la tarde, cuando la ciudad baja la voz y las ventanas iluminadas parecen ojos suspendidos en la oscuridad, se hace más evidente lo que durante el día permanece oculto bajo el ruido de las apariencias: no es cierto que la riqueza dé felicidad.

 

Se ve, si se tiene el valor de mirar bien, en el rostro de quienes poseen mucho. A menudo hay una inquietud sutil en sus miradas, un temblor que no proviene de la carencia, sino del exceso; no de la pobreza, sino de ese hambre que crece precisamente mientras se la sacia.

 

El rico no es necesariamente aquel que tiene, sino aquel que ya no es capaz de dejar de desear.

 

Desde fuera, la vida de los ricos puede parecer una constelación de luces: casas grandes, viajes, ropa, coches, habitaciones llenas de objetos y mesas puestas como si fueran decorados. Todo parece hablar de abundancia, seguridad, victoria.

 

Pero la tarde, que es maestra de la verdad, despoja a las cosas de su esplendor teatral y las devuelve a su desnudez.

 

Las luces se apagan, los salones se quedan vacíos, los espejos ya no aplauden. Entonces queda el hombre, queda la mujer, queda el corazón frente a sí mismo. Y a menudo ese corazón no encuentra paz.

 

Porque la riqueza, cuando se vuelve absoluta, no sacia: domina. Se introduce lentamente en el alma, como una sombra que al principio parece protección y luego se convierte en prisión.


Quien se pone en el camino de la voluntad de poder acaba identificando su ser con lo que posee. Ya no dice: «yo soy»; dice, sin darse cuenta: «yo poseo».

 

Ya no busca el sentido, sino el control. Ya no escucha el silencio, sino el cálculo. Y, llegado un punto, la materia se come a la conciencia: la ocupa, la llena, la devora, hasta no dejar espacio para preguntas más profundas, porque el rico, si lo escuchas bien, solo habla de dinero.

 

Es entonces cuando la vida interior se empobrece incluso en medio de la abundancia. Uno puede estar rodeado de cosas y sentir frío. Puede dormir sobre sábanas preciosas y permanecer despierto hasta el amanecer.

 

Se dice que los ricos no duermen: no porque les falte una cama, sino porque les falta el descanso. Deben contar, prever, defender, aumentar. Ganancias, pérdidas, rentas, inversiones, poder: el lenguaje de sus noches no está hecho de palabras, sino de números. Y los números, cuando sustituyen a las palabras, no consuelan a nadie.

 

Así, el insomnio se convierte en el símbolo de una esclavitud invisible. No hay cadenas en las muñecas, y sin embargo el alma está atada. No hay muros, y sin embargo la libertad está lejos.

 

La persona que razona únicamente a partir de lo que tiene acaba entregándose a las cosas, y las cosas no tienen piedad: exigen atención, cuidado, defensa, acumulación. Cada posesión genera el deseo de otra posesión; cada conquista abre una nueva carencia. Es un hambre sin pan, una sed sin agua, una persecución que agota las piernas y vacía la mirada.

 

Por eso, cuando uno se acerca de verdad a quien aparenta tenerlo todo, puede descubrir una tristeza oculta tras el orden de las cosas. La mirada es fija, pensativa, cansada; el rostro carga con el peso de aquello que no se consigue dejar atrás.

 

La felicidad exhibida se convierte casi en una máscara necesaria, un escaparate que hay que mantener iluminado para que nadie sospeche de la oscuridad que hay en su interior. Pero la tarde conoce el secreto de los escaparates: detrás del cristal, a menudo, no hay vida, sino exposición.


Cuando la materia se come a la conciencia, la vida se encoge. No termina biológicamente, pero pierde aliento, pierde altura, pierde misterio. Porque es el espíritu el que da vida a la vida; es la vida interior la que da sentido a la material.

 

Las cosas necesitan un lugar, y ese lugar no puede ser el trono. Deben servir, no gobernar. Deben acompañar, no poseer.

 

El hombre y la mujer solo se vuelven verdaderamente libres cuando aprenden a dominar la materia, no con desprecio, sino con orden; no huyendo del mundo, sino impidiendo que el mundo invada todo el espacio del alma.

 

Por eso, el tiempo dedicado al silencio, a la meditación, a la lectura, a la oración o a la contemplación no es tiempo sustraído a la vida: es el tiempo que la salva. En el silencio se aprende a distinguir lo que agobia de lo que nutre, lo que brilla de lo que ilumina.

 

Quien cultiva la interioridad desde la juventud construye en su interior una morada que ninguna pérdida puede destruir. Puede tener poco y sentirse rico; puede atravesar la noche sin que esta lo engulla; puede mirar las cosas sin arrodillarse ante ellas.


Los mayores tesoros, de hecho, no residen en el poder ni en la acumulación, sino en aquello que no se puede comprar sin perderlo: el amor auténtico de una relación verdadera, la confianza recibida, una sonrisa nacida del bien realizado, la caricia dada a un niño que llora, la mano tendida a quien no puede devolver nada.

 

Son riquezas que no hacen ruido, no llenan las cuentas, no aumentan el prestigio y, sin embargo, abren el corazón. En ellas hay una felicidad humilde, nocturna, profunda: una luz que no deslumbra, sino que acompaña.

 

Quizá la verdadera felicidad se parezca precisamente a una lámpara encendida en la noche: no pretende poseer el cielo, no desafía a las estrellas, no quiere ser vista desde lejos. Simplemente ilumina el pequeño espacio que se le ha confiado.

 

Quien vive así no necesita mostrar su abundancia, porque lleva dentro una paz que no pide aplausos.

 

Y mientras otros permanecen despiertos contando lo que aún les falta, el alma espiritual descansa, porque ha descubierto que el sentido de la vida no es tener más, sino ser más: más libre, más amorosa, más auténtica.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¿Vida aparente o vida auténtica?

¿Vida aparente o vida auténtica?

Cuando la noche cae sobre el mundo y cada ruido se retira como una marea cansada, queda una pregunta desnuda, casi severa, encendida en lo más profundo de la conciencia: ¿qué queremos ser? ¿Los primeros o los últimos? ¿Visibles a los ojos de los hombres o auténticos ante el misterio de la vida?

 

Todo, en el fondo, se juega en esta dinámica silenciosa, más profunda de lo que parece durante el día. Toda la vida se articula en torno a las prioridades que una persona se fija: aquello que elige perseguir, aquello por lo que gasta sus fuerzas, aquello ante lo que se rinde su corazón.

 

Hay vidas que nacen ya orientadas hacia las luces de la plaza. Buscan el centro, el bullicio, el reconocimiento inmediato. Quieren ser vistas, mencionadas, aplaudidas. Se construyen a sí mismas como fachadas iluminadas: bonitas desde lejos, frágiles de cerca.

 

Quien elige la apariencia se adentra en un camino hecho de espejos, instrumentos, estrategias y cálculos. Aprende pronto el arte de hacerse visible, de ocupar espacio, de llamar la atención incluso cuando no tiene nada que decir.

 

Pero la luz que lo envuelve suele ser una luz artificial: se apaga rápidamente, deslumbra por un instante y luego deja tras de sí una oscuridad aún más densa.

 

Otros, en cambio, quizá ya en su juventud, cuando el alma aún está herida y abierta como la tierra después de la lluvia, comprenden que lo que realmente importa no es aparecer, sino ser. Comprenden que la autenticidad no hace ruido. No conquista escenarios. No alza la voz.

 

La autenticidad se asemeja a la noche: no se impone, sino que envuelve; no lo muestra todo, sino que guarda lo esencial.

 

Quien emprende este camino inicia un descenso hacia la interioridad, hacia esa región secreta en la que el hombre deja de actuar y vuelve a reconocer su propio rostro.


La vida aparente exige una visibilidad inmediata. Exige frutos sin raíces, fama sin verdad, poder sin servicio.

 

La vida auténtica, en cambio, trabaja con el tiempo. Crece lentamente, como una luz oculta bajo las cenizas, como una semilla que en la oscuridad de la tierra prepara su floración. No busca el aplauso pasajero de la gente, porque sabe que el aplauso es viento: llega, sacude, pasa.

 

La autenticidad busca lo que queda cuando nadie mira, cuando se cierran las puertas, cuando la noche nos pide cuentas de nuestras decisiones.

 

El peligro de quien vive para aparentar es la dispersión.

 

Poco a poco, entrega su energía a lo que carece de sustancia: la imagen, el juicio, la superficie, el consenso. Acaba identificándose con las cosas que posee, con el papel que desempeña, con la voz cambiante de la multitud.

 

Y así, mientras cree ser el primero, se convierte en prisionero del último engaño: depender de aquello que no puede salvarlo. Su fuerza se hace añicos en mil deseos secundarios, hasta perder el centro, hasta no saber ya quién es cuando el mundo deja de nombrarlo.

 

La ventaja de quien elige la interioridad, por el contrario, es la libertad.

 

Aprende a valorarse a sí mismo no porque alguien le aplauda, sino porque reconoce en sí mismo una dignidad que precede a toda mirada externa.

 

Descubre que la calidad de la vida no depende de la cantidad de luz recibida, sino de la profundidad con la que se vive la propia verdad.

 

Aprende a identificarse con lo que realmente vale: la conciencia, la fidelidad, la justicia, la compasión, la capacidad de seguir siendo humano incluso cuando el mundo premia a quienes no lo son.


Si observamos con atención las dinámicas del mundo, sobre todo en los momentos más oscuros de la historia, vemos a menudo cómo ascienden a los puestos de mando aquellos que han sabido aparentar más de lo que han sabido ser.

 

Personas que, con tal de llegar a lo más alto, han vendido partes decisivas de su propia humanidad: la palabra, la memoria, la piedad, la dignidad.

 

No es raro que el poder sea ocupado por figuras vacías, duras, incapaces de escuchar, más expertas en dominar que en servir. Y cuando la superficialidad guía los destinos de la humanidad, el daño nunca queda en lo privado: se convierte en sistema, en herida colectiva, en una noche impuesta a los demás.

 

Pero no hay que confundir la discreción con la irrelevancia.

 

Quienes eligen el camino de la autenticidad rara vez ocupan los lugares más ruidosos del poder, pero esto no significa que no transformen el mundo. Lo hacen de otra manera: desde abajo, desde dentro, en el largo aliento de las decisiones cotidianas.

 

Son aquellos que no traicionan cuando les convendría hacerlo, que no humillan cuando podrían imponerse, que no renuncian a la verdad aunque esta los deje solos.

 

Su obra se asemeja a la luz de las estrellas: lejana, silenciosa, aparentemente frágil, pero capaz de guiar a quien camina en la oscuridad.


El mundo no lo salvan quienes han perdido la dignidad para ganar visibilidad. No lo salvan los hombres de fachada, los poderosos sin interioridad, los hábiles constructores de consenso.

 

El mundo es custodiado y lentamente redimido por aquellos que, día tras día, viven de forma auténtica cada decisión: en el trabajo, en los afectos, en la palabra dada, en el cuidado de los pequeños gestos, en la resistencia al mal cotidiano.

 

No hacen ruido, pero cavan en lo profundo. No brillan como letreros, sino que arden como lámparas encendidas en una habitación a oscuras.

 

Este es el gran mensaje que la noche entrega a quienes tienen el valor de escucharla: el último, a los ojos del mundo, puede ser el primero en la verdad; lo invisible puede ser más real que lo que domina la escena; el silencioso puede tener una fuerza mayor que el que grita.

 

Porque al final, cuando las luces artificiales se apagan y los aplausos se disipan, solo queda lo que realmente somos.

 

Y lo que realmente somos, si es auténtico, sigue viviendo como una pequeña luz obstinada, capaz de atravesar la noche sin dejarse engullir.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La dureza y rigidez del corazón.

La dureza y rigidez del corazón


Hay una dureza de corazón que no surge de un día para otro. No llega de repente como una tormenta de verano, sino que se va acumulando poco a poco, como polvo fino sobre las cosas que llevan demasiado tiempo sin moverse.

 

Es una dureza que va tomando forma con el tiempo, en el interior de la conciencia, cuando el hombre o la mujer dejan de escuchar y empiezan únicamente a defenderse; cuando ya no miran la vida que se les presenta, sino que prefieren refugiarse tras fórmulas prefabricadas, juicios ya escritos, preceptos aprendidos y que nunca han sido verdaderamente impregnados de compasión.

 

Entonces ocurre que el precepto, en lugar de ser una luz que ilumina el camino, se convierte en un muro. Lo que debería ayudar a discernir, a orientar, a custodiar la vida, acaba imponiéndose sobre la propia realidad.

 

Y cuando los preceptos se construyen lejos de la carne concreta de la existencia, a partir de ideas abstractas, de esquemas prefabricados, de intereses personales o comunitarios enmascarados como verdades universales, ya no liberan: aprisionan.

 

No abren caminos: cierran puertas. No acompañan al hombre ni a la mujer en el esfuerzo de vivir: los miden desde la distancia, como si la vida pudiera entenderse sin inclinarse sobre ella.

 

La realidad, sin embargo, nunca es tan pobre como nuestros conceptos. Es más amplia, más inquieta, más herida y más luminosa. Trae consigo rostros, historias, lágrimas, contradicciones, expectativas, caídas, esperanzas recién encendidas.

 

Por eso, cuando se pretende imponer desde arriba una norma sin ponerse en camino con lo que la realidad manifiesta e indica, surge la rigidez.



Uno se encierra en sí mismo, confunde su propia idea con el mundo entero, confunde su propia seguridad con la fidelidad, su propio miedo con la prudencia, su propia inmovilidad con la virtud.

 

La rigidez moral es una de las heridas más profundas que pueden surgir incluso en el seno de una vida religiosa, cuando esta se separa de la realidad y ya no acepta dejarse cuestionar por ella.

 

Entonces se forman dos mundos opuestos: por un lado, el mundo de los religiosos y las religiosas, con sus ideas ordenadas, sus definiciones claras, su moral aparentemente intocable; por otro, el mundo de las personas que viven en el tejido cotidiano de los días, donde todo es más complejo, más frágil, más expuesto.

 

En medio, a menudo, no hay diálogo, sino distancia; no hay escucha, sino recelo; no hay misericordia, sino juicio.

 

La dureza del corazón es el signo más evidente de un encuentro fallido. Es la huella de una escucha que no se ha producido, de una palabra del otro que se ha quedado fuera del umbral, de una vida contemplada sin dejarse conmover.

 

El corazón se endurece cuando renuncia al riesgo de la relación, cuando prefiere la fría claridad de la distancia al cálido esfuerzo de la cercanía. Se endurece cuando ya no quiere aprender, cuando no se deja sorprender, cuando piensa que todo lo que es verdad debe coincidir ya con lo que ha establecido de una vez por todas.



En esta dureza hay también mucha pereza.

 

Es más fácil sentarse en la cátedra de los justos y juzgar sin piedad las situaciones de la vida, que casi nunca se presentan puras, sencillas, lineales. Es más fácil sentirse bien porque se ha cumplido el deber de moralista, porque se ha pronunciado una sentencia conforme a leyes consideradas justas, que dejarse inquietar por la historia concreta de una persona. Es más fácil decir lo que se debería hacer que acompañar a quien ya no sabe por dónde empezar de nuevo. Es más fácil condenar una herida que curarla.

 

Y, sin embargo, la realidad, con el tiempo, reclama su espacio. No acepta que la enjaulen, que la reduzcan al silencio, que la ahoguen dentro de categorías demasiado estrechas.

 

La realidad sigue hablando, incluso cuando nadie quiere escucharla.

 

Habla en los cuerpos cansados, en los hogares habitados por el cansancio, en las relaciones rotas, en los deseos confusos, en las soledades ocultas, en las alegrías sencillas, en los fracasos que piden una segunda oportunidad. Habla como el amanecer: no hace ruido, pero poco a poco obliga a la noche a retroceder.

 

La realidad se manifiesta siempre en el tiempo presente y, precisamente por eso, no puede ser poseída de una vez por todas. Su dimensión más profunda es la pluralidad: tantas son las situaciones de la vida, tantas las formas en que la existencia se nos ofrece y pide ser comprendida.

 

No interviene solo la razón humana, con sus criterios y sus deducciones, sino también los sentimientos, las pasiones, la memoria, el cuerpo y la creación que nos rodea.



Nos hablan las plantas, los animales, las piedras, las estrellas, el sol; nos habla la tierra cuando gime, el agua cuando escasea, el viento cuando atraviesa las cosas y nos recuerda que nada está realmente inmóvil.

 

Querer encorsetar toda esta complejidad dentro del pequeño perímetro de un concepto elaborado por nuestra pequeña mente es señal de una gran presunción. Es como pretender recoger el mar en un cuenco, o detener el amanecer con las manos.

 

De esta presunción surgen tensiones, desgarros, exclusiones. Nace una palabra religiosa que, en lugar de consolar, hiere; en lugar de señalar un camino, cierra el horizonte; en lugar de generar vida, produce miedo.

 

Escuchar la realidad significa, pues, tomarse en serio los acontecimientos cotidianos. Significa no dejarlos pasar como cosas insignificantes, sino acogerlos, meditarlos, guardarlos, haciendo que nada se pierda.

 

Cada encuentro, cada pregunta, cada contradicción puede convertirse en un umbral. Cada fragmento de vida puede contener una llamada, una luz, una palabra aún no comprendida.

 

La conciencia se suaviza cuando acepta permanecer a la escucha, cuando no tiene prisa por sacar conclusiones, cuando sabe que la verdad no se impone como una piedra, sino que crece como una semilla.



Esta es, tal vez, la ley más profunda del amor: no perder nada, no excluir a nadie, no confundir nunca la fidelidad con la dureza.

 

El amor desea abrazarlo todo y a todos como una gran madre. No porque todo sea igual, no porque todo deba justificarse, sino porque todo debe poder contemplarse a la luz de una misericordia mayor que el juicio.

 

El amor no elimina el discernimiento, lo purifica; no borra la verdad, la hace habitable; no renuncia a la justicia, sino que la libera de la crueldad.

 

Cuando la conciencia vuelve a escuchar, algo en ella se abre como la tierra ante el primer resplandor de la mañana. La dureza ya no tiene la última palabra. El corazón comprende que la realidad no es una amenaza que hay que dominar, sino una revelación que hay que acoger; no un caos que hay que reprimir, sino un misterio que hay que acompañar.

 

Y entonces también la vida religiosa recupera su aliento original: no situarse por encima de la realidad para juzgarla, sino dentro de ella para servirla; no hablar antes de haber escuchado, sino escuchar hasta que la palabra que nazca sea capaz de custodiar, sanar y generar esperanza.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

También el otro me ayuda a crecer.

También el otro me ayuda a crecer

Hay pensamientos que solo surgen por la noche, cuando el ruido del día se va apagando poco a poco y las cosas, sumidas en el silencio, parecen revelar su verdadero rostro.

 

Es entonces cuando comprendemos, quizá con mayor lucidez, que vivir no significa simplemente dejar pasar las horas, realizar gestos o defender nuestro espacio, sino asumir cada día la responsabilidad hacia quienes caminan a nuestro lado.

 

No somos islas perdidas en el oscuro mar de la existencia.

 

Incluso cuando nos parece que nos bastamos a nosotros mismos, incluso cuando nos encerramos en nuestras habitaciones interiores y bajamos las luces para que no nos molesten, la vida sigue recordándonos que estamos vinculados a los demás.

 

Vivimos juntos, respiramos en el seno de un entramado de relaciones, y esta pertenencia conlleva una llamada silenciosa pero exigente: cuidarnos mutuamente.

 

Caminamos en la misma noche, a menudo con pasos vacilantes. A veces uno ve mejor, otras veces es el otro quien percibe un peligro, un desvío, una herida que por nosotros mismos no logramos reconocer.

 

Por eso, cuando alguien se equivoca, es importante hacérselo notar. No para juzgar, no para humillar, no para sentirnos más justos, sino porque el amor auténtico no permanece indiferente ante lo que puede herir, apagar o alejar de la verdad.



Pero llamar la atención a un hermano o una hermana no es un gesto sencillo. Requiere una delicadeza similar a la de quien entra en una habitación a oscuras con una pequeña lámpara en las manos: hay que tener cuidado de no deslumbrar, de no dañar los ojos de quien lleva tiempo acostumbrado a la penumbra.

 

Se necesita paciencia, saber escuchar y respetar los tiempos propios de cada uno.

 

No todos están preparados para acoger una palabra de corrección; no todos logran reconocer de inmediato en la mirada del otro una oportunidad de crecimiento.

 

Por eso, incluso cuando se tiene razón, a veces es más sensato esperar el momento oportuno, la rendija adecuada, ese instante en el que el corazón del otro pueda abrirse sin sentirse asaltado.

 

Las relaciones humanas, de hecho, no se improvisan. Hay que cultivarlas cada día, como luces encendidas a lo largo de un camino que, de otro modo, se volvería intransitable.

 

Solo en el seno de relaciones cuidadas con atención, sinceridad y ternura es posible recibir una palabra difícil sin sentirla como una condena. Solo allí donde hay confianza, la llamada puede convertirse en un regalo, y no en una herida; en una orientación, y no en una imposición.

 

Es la dimensión comunitaria de la vida la que nos ayuda a descubrir quiénes somos.



Nuestra identidad no nace solo en el secreto de nuestros pensamientos, sino también en la mirada de los hermanos y hermanas que se cruzan con nosotros, nos observan, nos hablan, nos interrogan.

 

Necesitamos la mirada del otro y de la otra para crecer humanamente, porque nadie se ve a sí mismo por completo. Hay aspectos luminosos que ignoramos y que los demás nos ayudan a reconocer; pero también hay zonas de sombra, puntos oscuros, pliegues ocultos que piden ser iluminados.

 

Aprender a vivir con serenidad la llamada de atención y la corrección significa haber comprendido que la vida es relación y que la relación exige humildad.

 

Significa aceptar que el otro pueda ver en nosotros algo que no queremos mirar. Significa no huir cuando una palabra nos alcanza en nuestro punto más frágil, sino quedarnos, respirar, dejar que la agitación se asiente, preguntándonos si en esa palabra no hay una pequeña verdad capaz de abrir una brecha.

 

En el camino de la vida con los demás aprendemos a no encerrarnos en nosotros mismos, a no pensar que podemos resolverlo todo solos, a no convertir la soledad en una fortaleza.

 

Descubrimos, en cambio, que lo bello de la vida nos llega precisamente a través de las personas con las que nos cruzamos por el camino: a través de quienes nos sostienen cuando vacilamos, de quienes nos contradicen cuando nos perdemos, de quienes nos aman lo suficiente como para no dejarnos prisioneros de nuestras ilusiones.



Quizá rechazamos los comentarios negativos de quienes nos rodean porque, en el fondo, tenemos miedo de nosotros mismos.

 

Nos asusta lo que podríamos descubrir si realmente aceptáramos mirarnos por dentro. Nos da miedo el trabajo interior que tendríamos que emprender, también porque no estamos acostumbrados a la vida interior. A menudo nos quedamos en el umbral, prefiriendo la luz artificial de las distracciones a la oscuridad fecunda del silencio.

 

Sin embargo, si al menos una vez en la vida tuviéramos el valor de adentrarnos en nuestro interior, con determinación y confianza, superando el miedo inicial a encontrarnos con la oscuridad de nuestras profundidades, descubriríamos que esa oscuridad no es solo una amenaza.

 

Es también un lugar de espera, un seno de transformación, un espacio en el que algo puede nacer.

 

Tras la oscuridad, si no huimos, aparece una luz diferente: no una luz violenta, sino discreta; no una respuesta inmediata, sino un Misterio que nos envuelve y nos llama.

 

Quizá esta sea la luz más verdadera: aquella que nace cuando aceptamos ser mirados, corregidos, amados y acompañados.

 

Una luz que no borra las sombras, sino que nos enseña a atravesarlas. Una luz que nos hace más auténticos, más humanos, más capaces de caminar juntos.

 

Porque nadie se salva por sí solo, nadie crece por sí solo, nadie llega a ser plenamente sí mismo sin el rostro, la palabra y la presencia de los demás.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El corazón que ha cambiado de centro.

El corazón que ha cambiado de centro

La noche tiene una forma propia de poner las cosas al descubierto.

 

Cuando el ruido del día se desvanece y las voces se apagan, queda más claro aquello que, durante las horas de luz, a menudo intentamos ocultar: la necesidad de ser vistos, reconocidos, preferidos.

 

En el silencio, el alma descubre que lleva en su interior una pregunta antigua, casi infantil, pero tenaz: ¿cuánto valgo? ¿Soy suficiente? ¿Soy más grande que alguien?

 

Es como si, en lo más profundo de nosotros, siempre hubiera una cuestión de grandeza que nos inquieta, una medida invisible con la que comparamos nuestra vida con la de los demás.

 

Muchas de nuestras dificultades surgen precisamente de esta medida.

 

No nos basta con vivir: queremos destacar. No nos basta con ser amados: queremos ser los preferidos. No nos basta con caminar: queremos estar un peldaño más arriba.

 

El instinto de supervivencia, que custodia la vida y la defiende, puede transformarse fácilmente en orgullo, y el orgullo, a su vez, busca signos de superioridad, diferencias, distancias.

 

Nos tranquiliza pensar que estamos por delante, que somos más capaces, más justos, más importantes. Pero esta tranquilidad es frágil, porque depende de la mirada de los demás, del aplauso que llega o que falta, de la comparación que hoy nos exalta y mañana nos hiere.



En esta oscuridad interior, la propuesta de Jesús se presenta como una luz diferente, no deslumbrante, pero profunda.

 

Él no alimenta nuestra ansia de grandeza; no nos invita a ganar la carrera del mundo, ni a conquistar el primer puesto con medios más refinados.

 

Al contrario, nos señala un camino que parece casi imposible: salir de la voluntad de superioridad para desear el último lugar, la pequeñez, incluso esa forma de insignificancia que libera de la necesidad de tener que demostrar continuamente algo.

 

La conversión, pues, no consiste solo en corregir algún comportamiento exterior, sino en cambiar el centro del corazón: dejar de buscarnos a nosotros mismos por encima de los demás y aprender a estar con los demás, junto a los demás, bajo el peso de los demás cuando hay que servirles.

 

El Reino de los Cielos es, pues, la perspectiva invertida con respecto al reino del mundo. El mundo llama «grandes» a quienes ocupan espacio, a quienes imponen su voz, a quienes ascienden aplastando, a quienes se labran un nombre incluso a costa de humillar a quienes se quedan atrás.

 

A menudo, la grandeza mundana está llena de sí misma: necesita mostrarse, hacerse valer, acumular consenso, defenderse de cualquier sombra.

 

Pero en el Reino de Dios los grandes son los pequeños; son aquellos que ya no necesitan engrandecer su propia imagen porque han descubierto una dignidad más profunda, recibida y no conquistada. Su grandeza no depende de la opinión de los demás, sino del amor que sienten en el alma, de la silenciosa certeza de ser hijos e hijas del Misterio.



Por eso es difícil salir de la lógica del mundo. Significa caminar en contra de la mayoría, atravesar la noche del propio ego, renunciar a la luz artificial de la aprobación para buscar una luz más interior y más verdadera.

 

Nadie puede hacerlo solo.

 

Necesitamos una guía, alguien que ya haya elegido el camino del servicio, de la humildad, de la misericordia; alguien que se haya hecho pequeño no para menospreciarse, sino porque ha encontrado en el amor la medida auténtica de la vida.

 

Jesús es esa guía: no domina, sino que acompaña; no humilla, sino que levanta; no pide que nos hagamos invisibles para anularnos, sino que nos liberemos del ídolo de la visibilidad.

 

En la noche, entonces, la pequeñez ya no es una derrota. Se convierte en el lugar donde el alma respira sin tener que competir. Se convierte en un espacio de igualdad, de escucha, de compasión.

 

Quien acepta el último lugar, no por obligación, sino por amor, descubre una libertad que los poderosos desconocen: la libertad de no tener que parecer más grande de lo que es.

 

Y quizá precisamente allí, en el punto más bajo, donde el mundo no mira ni aplaude, comienza a brillar la verdadera grandeza: la humilde, la oculta, la mansa, que no aplasta a nadie, sino que ilumina lentamente todo lo que encuentra.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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