lunes, 21 de septiembre de 2026

Himno de los Querubines - Pyotr Ilych Tchaikovsky -.

Himno de los Querubines - Pyotr Ilych  Tchaikovsky  -

El Himno de los Querubines hace referencia a las huestes angelicales, ya que, según la tradición judía y posteriormente cristiana, los ángeles están organizados en una jerarquía de diferentes órdenes, llamados en la Edad Media “coros angelicales”.

 

Estas jerarquías consisten en entidades intermedias entre Dios y los hombres, ya que conectan y describen la relación existente entre la trascendencia divina absoluta y su actividad en el mundo.

 

El Himno de los Querubines que te propongo escuchar es cantado por un coro que representa espiritualmente a los ángeles en el momento en que, dentro de la Divina Liturgia de San Juan Crisóstomo, se llevan al altar los dones del pan y el vino para ser consagrados. Este momento incluye una pequeña preparación, una pequeña procesión en la Iglesia, que recibe el nombre de «gran entrada».

 

El himno une simbólicamente al Pueblo de Dios con la presencia de los ángeles reunidos alrededor del trono de Dios, por lo que el himno simboliza la concelebración de la liturgia terrenal con la celestial.

 

El canto invita a los fieles a «dejar de lado toda preocupación mundana». Ya no es momento de distraerse con cosas que no tienen nada que ver con la liturgia, porque el Rey está invisiblemente presente, «escoltado por huestes angelicales».

 

El texto dice más o menos así:

 

«Nosotros, que representamos místicamente a los querubines

y cantamos a la Trinidad vivificante el himno «Tres veces santo»,

dejemos ahora toda preocupación mundana...

para poder acoger al Rey del universo,

escoltado invisiblemente por las huestes angelicales.

Aleluya, aleluya, aleluya».

 

Mientras el coro canta el Himno de los Querubines, el Celebrante recita la siguiente oración:

 

Nadie que sea esclavo de los deseos y las pasiones carnales es digno de presentarse, acercarse u ofrecer sacrificios a Ti, Rey de la gloria, porque servirte es algo grande y tremendo incluso para las mismas Potencias celestiales. Sin embargo, por tu inefable e inmenso amor por los hombres, te hiciste hombre sin ningún cambio y fuiste constituido nuestro sumo Sacerdote y, como Señor del universo, nos confiaste el ministerio de este sacrificio litúrgico e incruento. Solo tú, oh Señor Dios nuestro, reinas soberano sobre las criaturas celestiales y terrestres, tú que te sientas en un trono de querubines, tú que eres Señor de los serafines y Rey de Israel, tú que solo eres santo y moras en el santuario. Te suplico, pues, a ti, que solo eres bueno y estás dispuesto a escuchar: vuelve tu mirada hacia mí, pecador e inútil siervo tuyo, y purifica mi alma y mi corazón de una conciencia mala; y, por el poder de tu Espíritu Santo, haz que yo, revestido de la gracia del sacerdocio, pueda estar ante tu mesa sagrada y consagrar tu cuerpo santo e inmaculado y tu sangre preciosa. Me acerco a ti, inclino mi cabeza y te ruego: no apartes de mí tu rostro y no me rechaces del número de tus siervos, sino concédeme que yo, pecador e indigno siervo tuyo, te ofrezca estos dones. Porque tú, oh Cristo, Dios nuestro, eres el que ofrece y el que es ofrecido, eres el que recibe los dones y te entregas como don, y nosotros te glorificamos junto con tu Padre sin principio, y tu Espíritu santísimo, bueno y vivificante, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén. 

En una carta de Pyotr Ilych  Tchaikovsky dirigida a  su amiga Nadezhda von Meck en 1877 le decía: 

Para mí [la iglesia] todavía posee mucho encanto poético. A menudo asisto a los servicios. Considero que la liturgia de San Juan Crisóstomo es una de las mayores producciones de arte. Si seguimos el servicio con mucho cuidado y entramos en el significado de cada ceremonia, es imposible no dejarnos conmover profundamente por la liturgia de nuestra propia Iglesia Ortodoxa … ser sobresaltados del trance por una explosión del coro; dejarse llevar por la poesía de esta música; estar emocionado cuando … las palabras suenan, ‘¡Alabado sea el nombre del Señor!’ ¡Todo esto es infinitamente precioso para mí! ¡Una de mis más profundas alegrías!”. 

Hecha la presentación toca lo más importante, tu ejercicio de escucha (y también de visionado de las imágenes que acompañan a la música). 


Te dejo, pues, con el Himno de los Querubines de Pyotr Ilych  Tchaikovsky (su duración no llega a los ocho minutos): https://www.youtube.com/watch?v=KhbuNZ8p3hg&list=RDKhbuNZ8p3hg&start_radio=1



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

De ángeles y arcángeles. Lo esencial es invisible a los ojos: solo se ve bien con el corazón.

De ángeles y arcángeles. Lo esencial es invisible a los ojos: solo se ve bien con el corazón

Esta reflexión es, a la vez, una deuda y un homenaje a un eminente profesor de Teología Dogmática de la Facultad de Teología de la Universidad de Deusto (Bilbao): el P. Luis María Armendáriz Loizu SJ. A él escuché por primera vez una reflexión propiamente teológica sobre los ángeles. Como siempre, su reflexión fue tan bella como profunda. Y guardo agradecida memoria de aquella reflexión y, por supuesto, de su autor.

 

El famoso teólogo Rudolf Bultmann escribió hace unas cuantas décadas décadas que «no se puede utilizar la luz eléctrica y la radio, o recurrir en caso de enfermedad a los modernos avances médicos y clínicos, y al mismo tiempo creer en el mundo de los espíritus propuesto por el Nuevo Testamento». Era el año 1941.

 

Y, sin embargo, al consultar la mayor librería del mundo - www.amazon.com - se descubre que hoy en día, cuando utilizamos mucho más la radio y la electricidad, los títulos que tratan sobre un tipo particular de espíritus, como los ángeles, ascienden a una cantidad impresionante, seguramente hasta el doble que los que tratan sobre la electricidad y la radio…

 

Seguramente entre los libros a la venta habrá muchos que parecen un himno a la “irracionalidad” pero el fenómeno de los ángeles no se reduce a eso. 


Basta pensar que no hay civilización ni tradición religiosa que no hable de ellos, que los más grandes filósofos de la antigüedad dan testimonio de ellos (el caso más conocido es el de Sócrates con su daimonion a modo de voz interior).

 

También la filosofía contemporánea no deja de producir pensamientos al respecto. Por ejemplo, la filósofa francesa Catherine Chalier, alumna de Emmanuel Lévinas y profesora de la Universidad de París X Nanterre, con su libro sobre ángeles y hombres.

 

Catherine Chalier destaca el hecho de que la Biblia, al enumerar las cosas creadas por Dios, no menciona a los ángeles (aunque los muestra en acción en otros pasajes). ¿Por qué? Es una pregunta que ha suscitado las más variadas respuestas.

 

En mi opinión, la Biblia no pretende dar una enseñanza directa sobre la existencia de los ángeles, sino que se limita a educar en una lectura de la realidad que va más allá de la dimensión visible.

 

Para la doctrina católica, la existencia de los ángeles es un dogma de fe, sancionado por los Concilios de Letrán IV y Vaticano I, y reafirmado por el Catecismo de la Iglesia católica en el artículo 328.

 

Según la angelología de los Santos Dionisio Areopagita y Tomás de Aquino (este último designado doctor angelicus por la tradición), existen nueve coros angelicales, en orden jerárquico descendente: serafines, querubines, tronos, dominaciones, virtudes, potestades, principados, arcángeles y ángeles. Sin embargo, según la Biblia, también se puede no creer en la existencia de los ángeles como espíritus puros dotados de personalidad autónoma.

 

El elemento decisivo en todo caso es la irreductibilidad de lo real a la dimensión visible, es el carácter angelical del ser, es decir, la posibilidad de que algunas experiencias, cosas o personas sean mensajeras de un mundo más amplio que el visible. No otro mundo, sino este mismo mundo, pero captado de manera más profunda.

 

El cristiano ortodoxo Pavel Florenskij hablaba de «la profundidad del mundo, alcanzable solo con una disposición recta del alma», y del mismo modo Catherine Chalier se refiere a «un excedente inagotable de belleza y sentido que apela a la inteligencia y renueva su deseo».

 

En la figura del ángel está en juego la ontología de lo real, la propiedad de las cosas de remitir a la profundidad de lo invisible.


«Lo esencial es invisible a los ojos», enseñaba el zorro al principito, añadiendo «solo se ve bien con el corazón». Es secundario que Saint-Exupéry haga hablar a un zorro, mientras que la Biblia y el Corán ponen en escena a los ángeles.

 

Lo decisivo es dónde se sitúa el verdadero centro del ser, lo esencial: si en la materia o en una dimensión que la trasciende y que se suele llamar «espíritu».

 

La reflexión sobre los ángeles cobra sentido, saliendo de lo cursi o kitsch que a menudo impregna las reflexiones sobre los ángeles, solo en la medida en que se sabe hablar del espíritu y del fenómeno concreto para expresar cómo surgió ese concepto.

 

El fenómeno en la base del concepto del espíritu es la libertad, la libertad de la que disfruta el hombre con respecto a la materia. El ser humano es materia, pero afirmar su libertad significa considerar que el hombre no es reducible a la materia, que puede actuar y no solo reaccionar a los instintos.

 

El ángel es un símbolo que expresa la libertad del hombre con respecto a la materia, es decir, el espíritu. La libertad y el espíritu, de hecho, remiten al mismo fenómeno: el espíritu lo nombra en la dimensión ontológica, la libertad en la dimensión operativa.

 

Y al igual que la libertad puede determinarse para el bien o para el mal, lo mismo ocurre con el espíritu: así, además de los ángeles buenos, la tradición también conoce a los ángeles malos y rebeldes, los demonios, cuyo jefe es «el gran dragón, la serpiente antigua, el que se llama Diablo y Satanás, que engaña a toda la tierra habitada» (Apocalipsis 12,9).

 

El espíritu-libertad es invisible, pero la invisibilidad no impide que a veces sea percibido por la parte más elevada de la mente donde el conocimiento vinculado a los sentidos se une con el conocimiento que procede de la razón pura en un compuesto no demostrable geométricamente, pero igualmente denso de significado. Más aún a veces tan denso de significado que llena por completo la personalidad, en una especie de emoción sublime de la inteligencia.

 

Baruch Spinoza, hablaba en su “Ética”, al respecto del «tercer ojo». Existe un conocimiento sensible (primer ojo) y existe un conocimiento de la razón pura (segundo ojo), pero es posible un conocimiento más elevado, que procede de un ojo que el hombre no tiene materialmente, pero que puede ejercer espiritualmente.

 

El conocimiento intuitivo que Santo Tomás de Aquino atribuye a los ángeles es el tercer ojo del que habla Baruch Spinoza.

 

A veces sucede que llegamos a conocer (una persona, una obra de arte, una teoría científica) como por arte de magia, sin mediación, sin esfuerzo intelectual, con una facultad superior al intelecto, que si bien no puede actuar sin la sensibilidad y el intelecto, no por ello es reducible a ellos.

 

Es el tercer ojo, es el conocimiento penetrante, agudo, que llueve desde lo alto o que mueve desde la profundidad más íntima, y que los grandes conocedores del fenómeno humano han sabido describir.

 

Defender el espacio reservado a lo invisible en nuestra sociedad es una de las tareas que pretende llevar a cabo el hermoso libro de ángeles y de hombres de la filósofa Catherine Chalier al que me he referido antes.

 

El peligro que corremos no es pequeño: en una sociedad que no da crédito a lo invisible, no se pueden dar las condiciones mentales para hablar con fundamento de esos valores esenciales que la tradición metafísica denomina «trascendentales», es decir, que trascienden la esfera inmanente del ser, pero cuya inmanencia tiene una necesidad insuperable.

 

Sin confianza en lo invisible (ya sea el ‘daimonion’ de Sócrates, la ‘suave brisa’ del profeta Elías, el ‘espíritu’ de Hegel), se acaba inexorablemente hablando solo de legalidad y ya no de justicia, solo de encanto y ya no de belleza, solo de utilidad y ya no de bien, solo de exactitud y ya no de verdad.

 

El ángel es el nombre que el ser humano ha asignado a aquello que tiene el poder de revelar una dimensión secreta del ser, no disponible, no comercializable, que solo se capta retirándose en uno mismo porque existe principalmente allí, en la interioridad más íntima, y que, sin embargo, da fuerza, valor y serenidad para actuar con un espíritu nuevo sobre la realidad del mundo.

 

No, no es retórica.

 

El término ángel expresa la capacidad de las cosas y las personas de ser mensajeros de algo más bello y más justo. Es el carácter angelical de lo real.

 

Esta dimensión existe, y si los seres humanos siempre han hablado y siguen hablando de ángeles es porque experimentan la profundidad del ser. Mientras esto siga ocurriendo, existe la esperanza de que el mundo no se reduzca a un gran centro comercial.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Rumor y susurro de ángeles.

Rumor y susurro de ángeles 

En un margen escaso de días celebramos tanto a los Arcángeles Gabriel, Miguel, Rafael como a los "ángeles de la guarda".

Los ángeles ya no disfrutan de mucha literatura. Las razones de este "olvido" son muy interesantes porque están relacionadas con un olvido más general de nuestra forma moderna de creer. 

Su celebración se siente un poco menos que antes. Quizás la Iglesia también sienta la dificultad de decir quiénes son los ángeles y qué hacen. Y los fieles, por su parte, sentimos a los ángeles guardianes vinculados al período de la infancia -cuando el "angelito" era un asiduo compañero de descanso y de sueño, de juegos y de estudio- y, habiendo abandonado muchas de las cosas de ese pasado, así, junto con muchas cosas, también dejaron caer en el rincón del ángulo del olvido a los ángeles. 

El Ángel nos hace escuchar la voz de Dios; según la Biblia su presencia junto a nosotros no tiene otro propósito que ponernos en relación con él. Y Dios dice: “Escucha su voz, no te rebeles contra él; él no os perdonará, porque mi nombre está en él”. 

El Evangelio habla también de la relación con Dios: “Tened cuidado de no despreciar ni siquiera a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles en el cielo ven siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos”. 

El mismo Jesús nos dice cómo debemos relacionarnos unos con otros y que, para respetar verdaderamente a las personas, para tener relaciones humanas, cristianas, primero debemos pensar en su relación con Dios. Al acercarnos a cualquier persona debemos pensar que Dios la ama, que tiene planes para ella y que le acompaña y ayuda a corresponder a estos proyectos. Si lo pensamos seriamente nuestra actitud será mucho más positiva: tendremos más paciencia, más comprensión y, sobre todo, más amor. 

Notemos un aspecto decisivo. En las consideraciones citadas encontramos las relaciones fundamentales del creyente: aquellas con Dios y aquellas con los demás. 

"Sólo Dios es Dios", dice una famosa tautología, lo absoluto, lo totalmente otro, y por tanto "Sólo Dios es vida", "Sólo Dios es luz", "Sólo Dios es el Señor"… La lista nunca se termina y, cuanto más Dios es Dios, más larga se hace la lista. 

Precisamente para atenuar esa "otredad", la fe ha rodeado a Dios de estas "criaturas celestiales" que lo sacan, de alguna manera, de su soledad inalcanzable. Dios es un poco menos "otro" gracias a estas criaturas mediadoras que, de alguna manera, lo acercan a nosotros. 

Luego está el sacramento del prójimo. Por eso el pasaje del Evangelio nos advierte: "Guardaos de despreciar ni siquiera a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles en el cielo ven siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos". 

Los pequeños son niños, ciertamente, pero también aquellos que, por diversas razones, son comparables a los niños: pobres, viejos, enfermos... Jesús advierte, por tanto: tened cuidado porque sus ángeles miran siempre a Dios a la cara. 

Es sobre todo respecto de los demás y, en particular, de los "pequeños" a quienes los ángeles merecen el título de "guardianes". Son los garantes de la dignidad de quienes no la tienen, sus protectores, sus defensores,… 

Magnífica intuición, como es fácil de entender. Pero quizás también podamos comprender las razones del relativo olvido que sufren los ángeles hoy en día. No pensamos mucho en la "corte celestial" que rodea a Dios, el Rey. No pensamos en ella por la sencilla razón de que pensamos poco en el Rey. Es la fe en general la que ha causado que la fe en los ángeles entrar como en una especie de crisis. 

Algo similar ocurre con los ángeles "guardianes". Los pequeños no gobiernan el mundo, no producen riqueza, crean muchos y graves problemas -basta mirar, por ejemplo, el capítulo de los "migrantes" para hacerse una idea-. 

Incluso los niños, tan 'costosos' como dicen en los países desarrollados y progresistas, nos cuestan y cada vez 'tenemos' menos. Así, así como en el cielo los ángeles cortesanos del Altísimo "no sirven", así en la tierra los ángeles guardianes de los pequeños "no sirven". 

En el cielo los ángeles ya no cantan ni bailan, y en la tierra los ángeles guardianes van a engrosar las filas de los desempleados y no tienen ni una pizca de sindicato que los defienda. 

Me gusta pensar en los ángeles como aquellos que "susurran" el mensaje de Dios. 

Uno de los reproches que más frecuentemente nos hacemos es que gritamos demasiado. Vivimos en una sociedad donde todo se "grita", en el verdadero sentido de la palabra y también metafóricamente. Gana quien más grita, quien tiene más dinero y lo demuestra "gritando" con objetos y hechos está en primer plano. 

Los que viven con sencillez siempre quedan relegados a un segundo plano. ¿Realmente pensamos que lo correcto es susurrar, por ejemplo, el Evangelio? Ni siquiera Jesús, durante los años de predicación, impuso ruidosamente sus enseñanzas: dejó a cada uno la libertad de decidir independientemente si lo seguía o se quedaba en su cómodo rincón. 

El Evangelio requiere pequeños pasos, tranquilidad, escucha, silencio y contemplación. La vida cotidiana es prisa, confusión, ruido. Es la naturaleza la que nos susurra el Evangelio, la risa de un niño, la mirada cómplice de una pareja, pero también un rostro que expresa la soledad, el sufrimiento de un enfermo, el miedo de quien no sabe afrontar las dificultades. 

Todos son susurros que tocan nuestros oídos todos los días, pero que no siempre logran llegar a nuestro corazón. Demos a estos ángeles que nos susurran y a sus palabras susurradas la oportunidad de cambiar el curso de nuestras vidas. Recordemos el episodio de Elías, que encontró a Dios en el "susurro de una ligera brisa". 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 20 de septiembre de 2026

Todos somos inmigrantes.

Todos somos inmigrantes 

En griego antiguo la palabra que se usa para designar al huésped, al invitado, y la palabra que se usa para designar al extranjero, es el mismo término: xénos. 

Algunas veces me he preguntado quién es el inmigrante. 

No quisiera detenerme en palabras… pero sí contribuir a caer en la cuentaa de algunos posibles 'errores' que percibo cuando escucho hablar de inmigración. Porque la inmigración se trata como una cuestión política, cuando es ante todo un problema antropológico, y más bien deberíamos hablar de 'hospitalidad'. 

Todos somos inmigrantes en la tierra, de alguna manera huéspedes de un país, de una familia, de una condición humana. Todos somos migrantes permanentes en la vida, inmigrantes. El nacimiento es una inmigración, una inmersión en la historia de la humanidad. Utilizar el término 'inmigrante' para definir a una persona como distinta del ciudadano es una forma de olvidar que todos somos viajeros en la tierra, hasta que en la tarde de la vida regresamos al lugar de donde venimos. Nacemos desnudos y desnudos volvemos a la tierra. 

Supe una vez que en África, el cuerpo del difunto se lava antes del funeral. No es sólo por motivos de higiene, sino para recordar que con la muerte nos 'limpiamos' de todos los vínculos y posesiones terrenales. 

El desafío es cultural: saber reconocer al otro como persona, semejante a nosotros, viendo en su mirada nuestra responsabilidad hacia él como hacia nosotros mismos y hacia la creación. A partir de esta conciencia podemos abordar los retos del cambio, de la convivencia entre diferentes personas, etc. 

Alguien me ha dicho que existe un genocidio africano de la migración. Creo que fue Juan Pablo II el que, de visita en la isla de Gorea, dijo que la esclavitud transatlántica es el holocausto olvidado. Esta migración forzada, que comenzó con la primera colonización y continúa hoy debido a la guerra y la pobreza, es un genocidio. 

Los occidentales hemos afirmado nuestro 'ius migrandi', un derecho reservado a ser ciudadanos del mundo, sin siquiera reconocer el derecho de los demás a existir. Fue la justificación primero de la esclavitud transatlántica, luego del apartheid y hoy del cierre de fronteras. 

La diferencia con la esclavitud del pasado es que antes a los africanos todavía se les daba una oportunidad de vida, por dolorosa y difícil que fuera, en trabajos forzados, mientras que hoy se ven obligados a abandonar su país sin ninguna perspectiva de vida. 

Hablamos de la responsabilidad de los gobiernos y de los políticos. Y es que, junto al silencio ensordecedor de los medios de comunicación sobre este genocidio de africanos, está el silencio culpable de nuestros representantes políticos. 

El mar Mediterráneo se ha convertido en un cementerio al aire libre, pero el desierto del Sahara lo es aún más… aunque no aparezca rastro de ello en nuestros informativos. 

Después de inventar este 'ius migrandi' exclusivo de los occidentales, pretendemos confinar a los africanos dentro de los límites del continente africano, como una prisión al aire libre. Es un problema de civilización. No solo es un problema político aunque seguramente los propios líderes y representantes africanos deberían plantear y resolver esa realidad -también en colaboración con la Unión Europea-. 

Como espectador -no soy analista cultural y social- sospecho que hasta existe tanto una exacerbación del racismo, del miedo y del rechazo a los diferentes, como también un grande peligro de indiferencia. 

Algunos llaman a este fenómeno con un término: 'racismo des-acomplejado'

Hasta hace un tiempo al racista se le llamaba así: racista. Hoy en día uno puede ser racista y proclamar públicamente ideas racistas sin miedo a ser considerado como tal e incluso sin ser consciente de serlo. Hemos perdido el  'complejo' de ser considerados racistas. 

Se podría hasta dar la paradoja de que hablamos a favor de la exclusión y del desprecio de los inmigrantes, mientras tenemos en casa cuidadores extranjeros, a menudo africanos, que cuidan de nuestros hijos, nietos o padres ancianos. Son inmigrantes que cuidan de niños y ancianos, se les confía el futuro y la memoria de nuestra sociedad, los últimos y más preciados secretos de la familia. 

Éste es, pues, el verdadero problema de esta sociedad: la soledad, la falta de afecto, el individualismo y la indiferencia. Tantas veces me inclino a pensar que el tema es el de una cultura del dinero y de la posesión que se ha apoderado del poder. 

Acabo ya. 

No sé si en África se utiliza la palabra "inmigrante", pero seguramente hay millones de inmigrantes porque me imagino que hay una fuerte migración interna aunque no se les considere inferiores ni diferentes de los ciudadanos, ni se les obligue a realizar trabajos poco cualificados. 

Y pienso que para convivir en paz debemos primero existir, con nuestra propia dignidad como personas humanas, capaces de superarnos, de dar lo mejor de nosotros mismos, no por el color de la piel, la fe o la nacionalidad, sino por nuestra propia dignidad humana como personas, por nuestro propio valor como seres humanos

Éstas, la dignidad y el valor humanos, son los que debieran establecer el triunfo de la vida sobre la muerte. 

No, el problema no es la inmigración sino la educación porque ser distinto no es ser inferior. “Europa no debería tener tanto miedo de la inmigración: todas las grandes culturas surgieron a partir de formas de mestizaje” (Günter Grass). 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Los inmigrantes… ¿Qué haría yo en su lugar?

Los inmigrantes… ¿Qué haría yo en su lugar? 

Los inmigrantes… Primero, una invitación desafiante: a tomar el punto de vista de los vencidos, de las víctimas, de los excluidos para escuchar la voz de quienes huyen, y una pregunta igualmente desafiante: ¿qué haría yo hacer en su lugar? 

El filósofo alemán Walter Benjamin (1892-1940) propuso un nuevo concepto de historia que tiene su centro en tomar el punto de vista de las víctimas, de los condenados de la tierra, y en la asunción de responsabilidad que lleva a la acción: 

Los vencidos esperan de nosotros no sólo el "recordatorio" (Eindenken) de su dolor, sino también la "reparación" (Erlosung) de las injusticias pasadas... Nos esperaban en la tierra para salvar a los vencidos del olvido pero también para continuar su lucha por la emancipación; no es sólo una "restitución del pasado" sino también una transformación activa del presente. 

Walter Benjamin, huyendo de los nazis, escribió su última obra, las "Tesis sobre la filosofía de la historia (o Concepto de historia)", casi un testamento espiritual, poco antes de suicidarse en Portbou, España. 

La transición es del pensamiento a la acción. 

Así decía el teólogo luterano Dietrich Bonhoeffer, antes de ser ejecutado por orden de Hitler en 1945 en el campo de Flossembürg: 

Un poco tarde aprendimos que no es el pensamiento sino la asunción de responsabilidad el origen de la acción... Para vosotros, el pensamiento y la acción entrarán en una nueva relación. Sólo pensaréis de aquellos responderéis actuando. Para nosotros el pensamiento era el lujo del espectador, para vosotros estará enteramente al servicio de la acción. 

Propuesta desafiante, porque cuando hablamos de migrantes, de vencidos de nuestro mundo contemporáneo, de excluidos, hablamos sobre todo de "números y datos" que pertenecen a lo que el Papa Francisco define como "cultura del descarte". 

La invitación es a relanzar la historia en otra dirección y a asumir la responsabilidad de actuar en nuestra vida cotidiana yendo contracorriente, en el sentido de "ir contracorriente" hacia el origen, hacia la fuente de un tema crucial para el futuro de la humanidad. 

“¿Qué haría yo en su lugar?” 

La pregunta no tiene respuesta o parece sin sentido si no hacemos el esfuerzo de identificarnos con la condición del otro. Debemos hacerlo si queremos que adquieran significado palabras como "conciencia europea, derechos humanos universales, solidaridad humana, fraternidad constructiva". Y podemos hacerlo porque sentimos que el valor que nos constituye es nuestro ser y estar en relación. Existe en el ser humano una tensión hacia el otro, basada en que el "nosotros" es original y continuo, es la llamada al otro desde uno mismo y es el retorno a la propia interioridad de uno mismo. 

Si nos identificamos con el otro, sentimos que la pregunta qué puedo hacer adquiere sentido y cambia la interpretación de las tragedias y el mal que fluye con el fluir de la historia. 

¿Qué responsabilidad hacia los vencidos de la historia? Y entre los perdedores de los que hablamos hoy están los inmigrantes. Uno se desanima al darse cuenta de que las rutas migratorias africanas actuales son similares a las del siglo XIX, cuando a los comerciantes de seres humanos no se les llamaba contrabandistas sino esclavistas.

Todo un continente está en movimiento, desde hace años, desde siempre y ¿qué pensamos? Para contarlos. ¿Son números, saltamontes, insectos,…? ¿Números en movimiento? La migración es un hecho y siempre la mezclamos con emociones y prejuicios. O la convertimos en dinero ¿cuánto nos cuestan? ¿O qué utilidad tienen para nosotros? ¿Por qué se mueven? La razón es la misma para todos. Miseria diaria... 

Las lágrimas son iguales para todos, quizás nos hagan a todos un poco más humanos. Ver no basta, hay que mirar, sólo así comprendemos que son nuestros hermanos, su dolor se convierte en nuestro dolor. 

Recuperar la "fraternidad perdida entre las olas", como espera la ONG mediterránea Saving Humans, no parece fácil: cada día naufragios, cada día el "naufragio de la humanidad". No podemos ver al ser humano en las playas; nosotros, ciudadanos de Europa, no estamos allí. El camino de los migrantes se hunde en el mar. Ya no sabemos si queda el mar para protestar, para indignarse por tantas muertes. 

La humanidad simplemente no funciona”, se leía en un cartel dejado por alguien que fracasó en su intento de acompañar a los inmigrantes más allá del alambre de púas, más allá de la barrera policial fronteriza. 

¿Cuál es el riesgo que corremos? Matar por omisión, por indiferencia. 

¿Cada vez menos derechos y cada vez menos humanidad? 

Si somos capaces de ponernos del lado del otro en este camino, llegaremos a comprender que no podemos considerarnos extraños al género humano. 

¿Qué podemos hacer concretamente? 

Podemos prevenir el mal extremo vigilando sus estadios intermedios, reaccionando con pensamiento independiente a los "rumores", a los estereotipos, a los clichés, a las charlas superficiales, a las fórmulas que simplifican realidades complejas; prevenir el mal reaccionando a las palabras enfermas, al odio, a la intolerancia, al racismo y, positivamente, viviendo los valores de la amistad, del diálogo, abiertos al diferente, al otro hacia el que nos empuja la curiosidad innata en todo ser humano. Es nuestro presente el que puede ser mejor y si nuestras acciones en la vida cotidiana mejoran, también es más fácil afrontar problemas complejos con nuevas respuestas. 

Si tomamos conciencia de que la cuestión de las migraciones es crucial en nuestro mundo contemporáneo, podemos reaccionar difundiendo, fomentando y viviendo la cultura de la hospitalidad, de la acogida y atención, para salvar la humanidad que hay en el ser humano. 

Distinguir la verdad de la falsedad, superar el miedo, informarse, conocer, comprender, nombrar, comunicar para actuar, es lo que el gran sociólogo Zygmunt Bauman denominó “La cultura como praxis”. El razonamiento es la forma de resistencia en tiempos oscuros, pero necesariamente debe convertirse en acción, en elección. Siempre se puede decir sí o no, es la sustancia de la ética civil. 

No basta con salvar de las aguas de muerte. Porque luego están los caminos a seguir en Europa, los de la integración, de la reconstrucción de una vida, y se necesitan derechos, ahora, no mañana. Ahora estamos llamados a ejercer una ciudadanía activa, alimento primario de la vida democrática. Acoger y cuidar a los demás en las relaciones cotidianas, en casa, en la escuela, entre amigos, en el deporte, en el tiempo libre, es la tarea a emprender. Incluso en un mundo donde el mercado se ha extendido más rápido que la democracia, y con el peligro de funcionar sin las reglas del Estado de Derecho, habría que desear que nadie tuviera más interés en la derrota del otro, y que el altruismo fuera la clave para la supervivencia de la Humanidad. 

Las personas justas actúan cuando están en juego los valores supremos de la vida y hoy también nosotros estamos llamados a luchar hasta el final para que se logre una ética de altruismo, empatía y belleza, porque la barbarie se asoma en el horizonte. 

Podemos hacer esto si tomamos conciencia de la singularidad de nuestras vidas y de las vidas de todos aquellos con quienes nos encontramos, ya sean cercanos o lejanos. Porque cuando salvamos a una persona en realidad salvamos la humanidad que hay en el ser humano porque somos conscientes de que cada vida es preciosa. 

Se trata de transformar la mirada y el pensamiento en acción solidaria proyectada en el presente y en el futuro, y arraigada en el valor sagrado del ser humano, sabedores de la fuerza atrayente del bien y de la necesidad y urgencia de acciones valientes.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Recuerda que también tú fuiste emigrante en tierra extranjera: una reflexión ante la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado.

Recuerda que también tú fuiste emigrante en tierra extranjera

«No oprimirás al extranjero, pues vosotros conocéis el sufrimiento del extranjero, ya que vosotros fuisteis extranjeros en la tierra de Egipto» (Éxodo 23,9).

 

La prohibición de oprimir a los inmigrantes se motiva con la referencia a la situación que vivió Israel cuando emigró a Egipto. Y es una referencia de valor teológico: YHWH es el Dios de los migrantes. Él se reveló a Israel cuando este emigró a Egipto.

 

Proteger al extranjero residente en su país significa para Israel confesar la fe en YHWH. Y, por el contrario, explotar, maltratar y rechazar a los inmigrantes equivale para Israel a blasfemia e idolatría.

 

Si Israel se preocupó por la suerte de los inmigrantes, no fue porque se sintiera amenazado por ellos, sino porque era consciente de que necesitaban protección.

 

Así, Israel elaboró un «derecho del inmigrante» redactando varios cuerpos legislativos que llegaron a convertir al inmigrante en miembro de la comunidad de los hijos de Israel: «El inmigrante será para vosotros como uno de vuestros compatriotas» (Lv 19,34).

 

Nuestra época ha sido definida como «la era de la migración». Una era caracterizada por la globalización de las migraciones, el aumento de la diversidad de los países de los que se emigra y de los motivos por los que se emigra, la feminización de las migraciones, el paso de un número cada vez mayor de países de tierras de emigración a tierras de inmigración.

 

Y también por la elaboración de políticas migratorias de los países de destino que se han teñido cada vez más descaradamente de tintes criminales - Étienne Balibar -.

 

Por lo tanto, es necesario tomar conciencia y denunciar. Una «sociedad decente» no humilla, es decir, no asigna a las categorías débiles un estatus de menor humanidad como si los inmigrantes, refugiados y exiliados disfrutaran de derechos limitados.

 

La burocracia puede ser humillante cuando se basa en relaciones despersonalizadas e insensibles a la singularidad de cada persona. Las devoluciones masivas de migrantes, las detenciones ilegales, las deportaciones anunciadas de pueblos enteros,…, ya no son solo casos de violación de los derechos humanos, sino que forman parte de un proceso explícito de rechazo de los principios de civilización enunciados en las constituciones de muchos Estados.


Los discursos y las prácticas públicas legitiman comportamientos «fáciles» e «instintivos» por parte de mucha gente común, de modo que se asiste a expresiones y prácticas de odio que causan consternación.

 

Ernst Bloch, en 1935, al preguntarse por el consenso masivo obtenido por el nazismo, hablaba de una «metamorfosis en demonios de la gente proletarizada». La ostentación pública de maldad e inhumanidad disfrazadas de autenticidad y la exhibición de crueldad hacia los pobres se hacen eco de los desvaríos presentes en Mein Kampf, donde se ensalza el «deber» de ser cruel «con la conciencia tranquila».

 

Las emociones del miedo - suscitando el miedo de los locales hacia los inmigrantes e infundiendo en los inmigrantes el miedo a los locales - y de la vergüenza - induciendo a los extranjeros a avergonzarse de su condición e infundiendo en los locales el sentido de la vergüenza por la presencia sucia e indecorosa de los inmigrantes - forman parte de una estrategia que recaba consensos para políticas inhumanas disfrazadas de medidas de seguridad.

 

¿Qué se necesita? Entre otras cosas, una buena dosis de memoria histórica. Las leyes del Antiguo Testamento sobre los inmigrantes se basan en la memoria: «Recuerda que fuiste emigrante en tierra extranjera». El recuerdo del sufrimiento nos preserva de repetirlo y de descargarlo sobre otros.

 

Se necesita empatía. Como la que expresa el protagonista de la novela “Yo voy, tú vas, él va”  de Jenny Erpenbeck.

 

Reflexionando sobre la condición de los migrantes, a quienes percibe como personas excluidas del espacio y del tiempo, que han huido de un lugar inhóspito hacia países que los rechazan, sin pasado y sin futuro, se dice a sí misma:

 

«Una vida en la que un presente vacío está ocupado por un recuerdo que te resulta insoportable y cuyo futuro no da señales de manifestarse, debe ser muy agotadora, porque en una vida así falta, por así decirlo, una orilla a la que llegar».

 

Se necesita mucho más, pero intentemos también nosotros hacer el ejercicio imposible de imaginarnos en una situación similar: desarraigados de nuestro hogar, arrancados de nuestra lengua materna, en busca de un futuro para nosotros y nuestros seres queridos, movidos por una esperanza desesperada.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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