lunes, 14 de septiembre de 2026

El lugar de la memoria.

El lugar de la memoria

A los pies de la cruz. Si dependiera de nosotros, visitaríamos lugares muy distintos al Calvario, lugares más atractivos y complacientes. Y, sin embargo, precisamente esos lugares que más seducen son los más incapaces de cumplir lo que prometen.

 

Buscamos sin cesar relaciones y vínculos que nos ayuden a superar la soledad y la angustia, garantizándonos el amor, el verdadero, aquel que no sufre altibajos; y, a veces, nos parece haberlo encontrado ora en uno, ora en otro, solo para descubrir después que ese amor se desvanece cuando se agota el entusiasmo y el sentimiento.

 

A los pies de la cruz, si aceptamos no apartar la mirada de ella, descubrimos cuándo y qué es el amor verdadero. Descubrimos, de hecho, que no hay amor si no se acepta incluso la unilateralidad de la ofrenda cuando el otro nos da la espalda: «Así amó Dios al mundo…».

 

A los pies de la cruz aprendemos a reconocer la inconsistencia de nuestros éxitos y la falacia de nuestras ilusiones.

 

A los pies de la cruz, nuestras imágenes de Dios ligadas a manifestaciones de poder deben enfrentarse a un Dios cuyo amor acepta ser aniquilado con tal de no imponerse: allí, de hecho, se aniquilan el ídolo de la fuerza, del poder y del orgullo. Dios se deja aniquilar sin destruir.


A los pies de la cruz tocamos con nuestras propias manos cómo todo lo que en nosotros habla de vulnerabilidad y limitación, todo lo que en nosotros huele a barro y a lágrimas, es precisamente el aspecto de la humanidad con el que el Verbo de Dios celebra su unión esponsal, que nada ni nadie podrá romper jamás. Lo que más huele a contacto con la tierra es precisamente lo que más debe ser elevado.

 

A los pies de la cruz, por una gracia totalmente singular, precisamente aquellas partes de nosotros que más parecen traer destrucción y muerte se convierten en los canales por los que fluye una nueva savia vital.

 

A los pies de la cruz descubrimos una vez más que el camino que hay que recorrer es el contrario al que hemos seguido hasta ahora: Dios, de hecho, eleva lo que nosotros detestamos y humilla lo que nosotros exaltamos.

 

A los pies de la cruz reconocemos que Dios fija la cita con Él en aquellas situaciones, personas o realidades a las que nosotros nunca asignaríamos la tarea de revelar lo divino. También allí Dios se oculta. Y, sin embargo, está presente.

 

A los pies de la cruz aprendemos que, si bien Dios puede parecer oculto en no pocas ocasiones, no por ello podemos concluir que esté ausente. Nuestra historia, tanto personal como comunitaria, debe leerse como un lugar en cuyos pliegues se esconde un poder dinámico, rico en energías capaces de renovar y transformar, y que, sin embargo, permanece oculto y requiere una mirada muy especial para reconocerlo, acogerlo y valorarlo.

 

A los pies de la cruz reconocemos que lo que es «imagen del sufrimiento» puede ser también «imagen del amor de Dios», lo que es «imagen de impotencia» puede ser también «imagen de misericordia», lo que es «imagen del silencio» puede ser al mismo tiempo «imagen de una palabra particular del Señor».

 

A los pies de la cruz experimentamos la «grandeza» de Dios. A menudo caemos en la tentación de pensar que Dios se conforma con mucho menos. La cruz, en cambio, nos revela cómo el amor es escandalosamente excesivo hasta el punto de privarse de lo que Dios podía tener más querido: su Hijo.

 

«¡Ella guardaba todas estas cosas en su corazón!». Apartar la mirada del Crucificado equivale a una pérdida irreparable de la memoria, a la que intentamos hacer frente con antídotos que provocan una mayor esclerosis.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 13 de septiembre de 2026

¡Bienaventurados!

¡Bienaventurados! 

Desde el principio de su Evangelio, Lucas había mostrado que el Dios de Jesús da un giro radical a las perspectivas habituales: el poder, la riqueza, todo aquello que retiene y ata al hombre, todos esos bienes que hay que defender y que lo encierran en sí mismo, todo aquello que le impide liberarse y seguir adelante, todo debe ser trastocado. 

No se puede basar el propio futuro en una posesión que no ofrece garantías de perdurabilidad. 

La misericordia de Dios no está reservada únicamente para el fin de los tiempos. 

No tolera que la llaga permanezca abierta y sangre sin fin. 

Adopta formas históricas y se concreta en gestos que transforman el juego de las fuerzas. 

Los orgullosos, los que ostentan el poder y los ricos no tienen la última palabra, como siempre pretenden. 

Serán despojados del poder, serán desenmascarados en su orgullo y serán enviados de vuelta con las manos vacías. 

La forma de este cumplimiento tiene un estilo revolucionario. 

Tal afirmación podría resultar chocante allí donde priman el equilibrio y la prudencia, pero, en boca de María, adquiere una eficacia única. 

Y encuentra una perfecta sintonía con las palabras de Jesús, - que toma partido por Lázaro frente al rico glotón que sufre en el infierno -, que llama bienaventurados a los pobres, a los que tienen hambre y sed de justicia, a los perseguidos y amenaza con terribles «¡Ay de vosotros!» a los ricos, a los saciados, a los que se deleitan en los placeres, a los aduladores. 

Jesús no trata de la misma manera a los pobres, a los enfermos, a los fariseos, a los publicanos y a Herodes. 

A los pobres los llama bienaventurados, a los fariseos, sepulcros blanqueados, a Herodes, el zorro, a los publicanos les muestra, como a Zaqueo, la iniquidad de su riqueza acumulada con fraude. 

Por eso, la liberación que Él desea para todos encuentra caminos diferentes debido a las distintas formas de opresión. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¡Bienaventurados!

¡Bienaventurados! 

Las Bienaventuranzas no son un camino que solo puedan recorrer los superhombres o los campeones de la virtud. 

La gracia de la que habla San Pablo es sinónimo de «alegría». 

Dios mismo es gracia, fuente inagotable de amor para con nosotros: ¿cómo es posible que este Dios de amor quiera alimentar a sus hijos con leyes imposibles y duras como piedras? 

Jesús nos dice que, en lo más profundo de nuestro ser, somos amados por el Abba, somos dignos de ser amados por Él y que, ante todo, debemos aceptarnos a nosotros mismos con alegría. 

Las bienaventuranzas se vuelven totalmente sencillas y naturales cuando se comprende que Dios, el Abba, es bueno y está lleno de ternura, renunciando así a la idea de un Dios que nos espía o que nos acecha, tendiéndonos una trampa a cada pequeño paso en falso que damos. 

La primera comunidad de creyentes que se presenta en los primeros capítulos de los Hechos es la imagen real de la vida vivida según las bienaventuranzas: una comunidad de sencillos, de pobres, de personas que no se quedan con nada para sí mismas, que no buscan el poder, que comparten de buen grado, que están llenas de alegría. 

Con las bienaventuranzas, Dios quiere cuestionar la idea corriente de la felicidad. 

Sus palabras nos parecen lejanas, irreales, ajenas a nuestro mundo. ¡Y es cierto! 

Pero lo cierto es que nosotros, al igual que entonces, vivimos en un mundo al revés. 

Hoy, en nuestra época, este pasaje del Evangelio, a pesar de que parezca verdaderamente absurdo, resulta aún más claro: a nadie se le ocurre ser feliz y pobre a la vez, estar contento y afligido... 

¡Pero el verdadero problema es que hemos rebajado el listón! 

Intentamos estar un poco mejor, y nada más. 

«Bienaventuranza» es una palabra ajena a nuestro lenguaje y a nuestro vocabulario, porque es excesiva, demasiado plena; es tan intensa y fuerte que no cabe en nuestras expectativas. 

En cierto sentido, vivimos una vida cotidiana en la que las grandes satisfacciones son poco más que mediocres. 

La página del Evangelio nos remite a una dimensión de la vida infinitamente más amplia, más rica, más profunda. 

Diferente. 

Tiene el rostro tan humano de Jesús. 

Él es el hombre de las bienaventuranzas: el hombre manso y humilde de corazón, el hombre pobre de espíritu, artífice de la paz, el hombre apasionado y misericordioso, el hombre perseguido por causa de la justicia. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Quis es? Ubi habitas? Quo vadis?

Quis es? Ubi habitas? Quo vadis? 

Hay un camino que nadie puede recorrer en nuestro lugar. 

Es el camino hacia el centro de la conciencia, hacia ese lugar secreto y luminoso en el que la persona deja de vivir solo en la superficie y empieza a preguntarse quién es realmente, de dónde viene y hacia qué plenitud está llamada. 

No se trata de un itinerario espectacular, ni de una conquista inmediata: es más bien una fidelidad cotidiana, humilde y paciente, hecha de escucha, silencio, discernimiento y valentía. 

La vida interior no crece por casualidad. Necesita ser cuidada como se cuida una llama frágil expuesta al viento. 

Cada día nos invaden ruidos, urgencias, miedos, deseos confusos y juicios precipitados. 

Si no aprendemos a escucharnos a nosotros mismos, corremos el riesgo de dejarnos arrastrar por los acontecimientos sin comprender lo que ocurre en nuestro interior. 

El cuidado de la interioridad comienza, pues, con un acto sencillo y radical: detenerse. 

Detenerse para escuchar el corazón, para reconocer las propias contradicciones, para poner nombre a las heridas, para dejar aflorar aquello que a menudo preferiríamos ocultar. 

Mirar en nuestro interior no siempre es reconfortante. A veces, en lo más profundo, nos encontramos con zonas oscuras: egoísmos, resentimientos, miedos antiguos, fragilidades que nos asustan. 

Y, sin embargo, es precisamente ahí donde comienza la madurez espiritual. 

No se vuelve libre quien huye de sí mismo, sino quien acepta atravesar su propia verdad sin desesperarse. 

La conciencia se purifica cuando dejamos de fingir ante nosotros mismos y permitimos que la luz alcance también lo que ha permanecido oculto. 

Esta mirada sincera no humilla: libera. No destruye: recompone. No condena: abre la posibilidad de renacer. 

El trabajo sobre la conciencia nos devuelve una visión más verdadera de la vida. 

Cuando una persona empieza a conocerse a sí misma, ya no vive dispersa en mil imágenes de sí misma, ni prisionera de la mirada de los demás. Descubre poco a poco su propia esencia, el núcleo profundo del que surgen las decisiones más auténticas. 

De este centro interior surge una pregunta decisiva: ¿hacia dónde voy? 

Porque la vida no es solo una sucesión de días, sino vocación, dirección, llamada. 

Quien cuida de su alma aprende a leer su propia historia no como una suma de incidentes, sino como un camino impregnado de sentido. 

Solo quien ha comenzado a buscar con seriedad las respuestas a las grandes preguntas de la existencia puede acercarse a los demás con un amor no ingenuo, sino consciente. 

El encuentro con la propia fragilidad nos hace más sensibles ante la fragilidad ajena. Quien conoce sus propias heridas ya no necesita juzgar las de los demás; quien ha experimentado la necesidad de ser acogido comprende lo valioso que es ofrecer acogida. 

La ternura no es debilidad: es la fuerza apacible de quien sabe acercarse sin invadir, corregir sin herir, acompañar sin poseer. 

Cada persona con la que nos encontramos lleva consigo una historia que no conocemos por completo. 

Detrás de un rostro duro puede haber un dolor que nunca ha sido escuchado; detrás de una actitud agresiva puede esconderse un miedo antiguo; detrás de un cierre puede haber una herida que aún espera a alguien capaz de acercarse con respeto. 

Por eso, el juicio violento no cura: profundiza la distancia, reabre la herida, endurece el corazón. 

Lo que cura es el bálsamo de la ternura, el gesto que no grita, la palabra que no aplasta, la mirada que reconoce en el otro a un hermano, a una criatura que aún está en camino. 

El camino hacia la esencia, por tanto, no nos separa del mundo: nos hace más capaces de habitarlo. 

Cuanto más nos adentramos en la verdad de nosotros mismos, más nos abrimos a encontrarnos con el otro sin arrogancia. 

El cuidado de la conciencia genera una mirada apaciguada, capaz de dejar de lado el desprecio y optar por la compasión. 

De este trabajo oculto, cotidiano y fiel, nace una fraternidad auténtica: no basada en la ilusión de que nadie esté herido, sino en la certeza de que cada herida puede ser curada por la ternura, y de que cada corazón, si es acogido, aún puede abrirse a la luz. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La deuda de la gracia es im-pagable - San Mateo 18, 21-35 -.

La deuda de la gracia es im-pagable - San Mateo 18, 21-35 -

Cuántas preguntas suscita este Evangelio.

 

Pedro quiere saber cuántas veces hay que perdonar. Jesús responde con una parábola.

 

Pero, incluso antes de la respuesta, surge una pregunta más radical: ¿es realmente posible saldar cuentas entre los seres humanos?

 

Si escuchamos bien el Evangelio, descubrimos que Jesús no habla, ante todo, del perdón. Habla de la deuda. Y quizá todo empiece precisamente aquí.

 

Cuántas veces decimos: «Ya estamos en paz». Pero, ¿consiste realmente la justicia en saldar cuentas?

 

Cuando una madre pasa noches en vela junto a su hijo, cuando un hijo acompaña a sus padres en la vejez, cuando un amigo nos salva del precipicio, ¿quién podría hacer cuentas?

 

El amor siempre excede. Y el mal también.

 

Pedro sigue razonando con la lógica del recuento: ¿siete veces? Jesús rompe incluso el número: setenta veces siete. No significa cuatrocientos noventa. Significa: sal de la contabilidad. El perdón no borra el mal. Interrumpe su propagación.

 

Las cuentas no cuadran desde el principio.

 

Ninguno de nosotros se ha dado la vida a sí mismo. Antes incluso de respirar, ya éramos destinatarios de un don. Cada nacimiento establece una deuda. No una deuda que saldar, sino la deuda originaria de la vida recibida.

 

Por eso, el primer lenguaje de la existencia no es la posesión, sino la gratitud.


A la luz de esto, comprendemos el «Padre nuestro»: «Perdona nuestras deudas, así como nosotros las perdonamos a nuestros deudores».

 

Jesús nos enseña a rezar hablando de deudas. Como si toda la vida estuviera marcada por la conciencia de haber recibido infinitamente más de lo que jamás podremos devolver.

 

De este recuerdo del don nace el perdón.

 

El santo, tal vez, es simplemente esto: un hombre deudor que nunca deja de vivir en la gratitud. El pecador cree que debe saldar la deuda. El santo sabe que nunca podrá saldarla y, por eso, convierte toda su vida en acción de gracias.

 

La gracia no se paga. Se honra. Es el corazón de la parábola de Jesús. Solo podemos dejar que ese don siga fluyendo a través de nosotros. La gracia no cierra las cuentas. Las abre.

 

El siervo de la parábola ha recibido una condonación inmensa, pero se muestra inflexible ante la pequeña deuda de su compañero. El problema no es la deuda del otro. El problema es haber olvidado la propia. El siervo no es condenado por la justicia. Se condena a sí mismo porque olvida la gracia.

 

En ello se revela como un hombre ingrato y malvado. Su verdadero pecado no es la dureza. Es el olvido. Ha olvidado que se le había perdonado. Quien olvida el don se revela también incapaz de perdonar. Quien conserva el recuerdo de la misericordia recibida genera misericordia.

 

El perdón no nace del olvido de la ofensa. Nace del recuerdo del don.

 

El lugar más difícil para aprender a perdonar es la familia.

 

Hacerse adulto significa también dejar de pretender que los padres sean perfectos. Significa reconocer que incluso quienes nos han dado la vida llevan consigo heridas, miedos e inconclusiones.

 

Uno de los pasos decisivos de la madurez es precisamente este: perdonar a los propios padres. No para negar el mal recibido, sino para que ese mal no se convierta en nuestro destino.

 

Hacerse adulto significa aprender poco a poco a vivir con esta deuda sin convertirla en resentimiento.

 

El Eclesiástico afirma que «El rencor y la ira son un abominación».

 

Hay una deuda generacional: es la que hemos contraído con los padres desde el nacimiento; y para los padres, honrar la promesa que nos hicieron al traernos al mundo. La generación une a padres e hijos en una deuda recíproca.


La vida se entrega en el marco de una reciprocidad que nunca podrá saldar. Por eso las cuentas no cuadran. Y es bueno que no cuadren. El amor no se nutre de cálculos ni de balances.

 

Jesús, al hablar de la corrección fraterna, había señalado con claridad su objetivo: «Si te escucha, habrás ganado a tu hermano». El objetivo de la corrección no es ganar una disputa, humillar a quien se ha equivocado o expulsarlo de la comunidad. Es recuperar al hermano.

 

¿Y si no te escucha? Jesús concluye: «Que sea para ti como el pagano y el publicano».

 

Durante siglos hemos interpretado estas palabras como una invitación a la exclusión. Pero el Evangelio cuenta exactamente lo contrario. En este punto, nos vemos remitidos al estilo, a la forma de actuar de Jesús.

 

¿Cómo trataba Jesús a los publicanos? Los buscaba. Entraba en sus casas. Se sentaba a la mesa con ellos. Los llamaba por su nombre. Los convertía de nuevo en hermanos. Ser discípulos de Jesús significa acercarse aún más precisamente cuando el otro se ha alejado.


Esta es también la clave de la parábola de este Evangelio.

 

El rey pregunta al siervo: «¿No debías tú también haber tenido piedad de tu compañero, así como yo he tenido piedad de ti?»

 

El problema no es la deuda del compañero, sino el olvido de la gracia recibida. Quien no reconoce que vive de la misericordia de Dios acaba inevitablemente por convertir toda relación en un tribunal.

 

Si no reconoces a quien te ha concedido la gracia, entonces te condenas a ti mismo a devolver todo lo que debes. Al rechazar la lógica de la gracia, uno se encierra por sí mismo en la lógica de la deuda.

 

Por eso Jesús concluye con palabras severas: «Así también hará mi Padre celestial con vosotros, si no perdonáis de corazón, cada uno a su hermano».

 

No es Dios quien deja de ser misericordioso. Es el corazón del hombre el que, al negarse a dejar circular la gracia, se sustrae por sí mismo a su dinamismo. El perdón de Dios no es un bien que se deba retener: es una gracia que solo puede vivir pasando a través de nosotros.

 

Al final, comprendemos que Jesús no nos enseña a borrar las deudas. Nos enseña a vivir la deuda de la gracia.

 

Al tejer relaciones y resolver conflictos, ¿estamos seguros de que hacer justicia significa saldar cuentas? Quizá nuestra esperanza sea precisamente esta: que las cuentas no cuadren. Porque, si todo se rigiera por la justicia del cálculo, nadie podría salvarse.

 

El Evangelio no suprime la justicia. La lleva a su plenitud mostrando que el amor es siempre un exceso. Dios no nos ama como un contable. Nos ama como Padre.

 

Hagamos memoria de esta buena noticia: el Evangelio no nos pide que ajustemos cuentas. Nos pide que hagamos circular la gracia. 


La gracia no se devuelve. Se transmite. 


La conciencia de la deuda original es la fuente del perdón. Y el perdón es la forma madura de asumir la deuda de la generación.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 12 de septiembre de 2026

El arte de perdonar: más allá de la lógica de lo razonable.

El arte de perdonar: más allá de la lógica de lo razonable

Somos esa humanidad que está acostumbrada a hacer cuentas y, sobre todo, que intenta que las cuentas cuadren.

 

Y entonces, ante la petición de Pedro y la respuesta de Jesús pensamos precisamente en la contabilidad.

 

Pedro pregunta si basta con perdonar siete veces y Jesús responde: «setenta veces siete». Siguiendo la lógica de la contabilidad, Pedro busca una cifra que le dé seguridad: siete veces nos parece un número razonable; a partir de ahí, nos sentimos tranquilo.

 

Pero si seguimos con la lógica de la contabilidad, también la respuesta de Jesús entra en esta dinámica: setenta veces siete equivale a 490 veces y aquí, siempre desde la perspectiva de la contabilidad, la cosa se complica.

 

Está claro que debemos salir de esta mentalidad y entrar en la lógica del don, del perdón.

 

Y es en esta dirección donde intentamos leer estas palabras de Jesús, con la parábola que se convierte en su explicación.

 

En la comunidad y en el mundo, el camino del perdón es importante, aunque complejo.

 

Conocemos un tipo de perdón que, al perdonar, quiere olvidar la injusticia sufrida.

 

También otro tipo de perdón. Es aquel perdón que, en el momento en que se ofrece y se recibe, se convierte en una nueva oportunidad para una nueva relación.

 

Es de este tipo de perdón del que nos habla el texto del Evangelio.

 

En el momento en que el rey hace cuentas con sus siervos y condona esa enorme deuda a su siervo que se la suplicaba, le ofrece una nueva oportunidad de reconstruir su vida.

 

Siguiendo la misma lógica de un perdón que ofrece una nueva oportunidad, ese siervo no es capaz, a su vez, de condonar una pequeña deuda a un siervo como él. El siervo perdonado no hace más que condenar al otro siervo. No había entendido bien el perdón del rey.

 

Cuántas veces pedimos justicia y no ofrecemos otras posibilidades.

 

Quizás la comunidad de creyentes necesite aprender el arte de quien, al reconocer con sinceridad las injusticias cometidas y sufridas, se vuelve también capaz de un perdón que ofrece nuevas posibilidades de vida allí donde ha habido un error.

 

Esto, un perdón que abre las puertas al futuro, es una de esas cuestiones sobre las que debemos reflexionar y actuar juntos.

 

Quien cree en esta forma de perdón no lleva la cuenta de cuántas veces, ni razona del tipo «quién tiene la culpa», ni mide agravios y razones, sino que cree en una sola cosa: en la relación, una relación que se convierte en novedad de vida en cada ocasión.

 

Sin este perdón que mira hacia el futuro, no hay futuro allí donde las relaciones, a cualquier nivel, se han roto.


¿Cómo aprender el arte del perdón que siempre mira hacia el futuro?

 

Me parece que el perdón es un arte. Y lo primero que hay que tener en cuenta para aprender este arte es el entrenamiento.

 

Entrenarnos no en elegir una y otra vez al culpable, sino en comprender la verdad y la autenticidad de la vida y de la historia, y luego encontrar, como si fueran huellas, relaciones, palabras y gestos simbólicos y concretos que nos proyecten hacia el futuro.

 

Si bien este entrenamiento es importante, existe también otro elemento que ocupa el centro de este camino del perdón que se proyecta hacia el futuro.

 

Quizás debamos aprender a ver - ¿no será más bien a saborear? - cómo Dios ejerce sobre cada uno de nosotros este arte del perdón que siempre da un nuevo impulso a nuestra vida, incluso allí donde ya no nos sentimos capaces de hacerlo.

 

Dios es el gran rey de la parábola que perdona en un acto de caridad que siempre da un nuevo impulso a mi vida. Si conseguimos saborear cómo Dios perdona de esta manera, quizá al salir de esa habitación interior, que es nuestro íntimo, donde hemos recibido el perdón de Dios, Padre de misericordia, entonces podremos perdonar de corazón a quien tenga una pequeña deuda con nosotros.

 

Este camino del perdón que da un nuevo impulso al futuro es un camino que cuesta caro y requiere mucho tiempo y mucha voluntad.

 

El perdón no se encuentra en las estanterías del centro comercial, tal vez allí donde hay ofertas, sino que se construye día tras día en nuestro corazón, acogiéndolo como un don de Dios para luego volver a regalárselo a nuestro hermano en la vida cotidiana.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 11 de septiembre de 2026

Nuestra dignidad de hijos - una confesión de fe ante la Madre del Dolor -.

 Nuestra dignidad de hijos - una confesión de fe ante la Madre del Dolor -

¿Por qué volvemos siempre a María? ¿Por qué, desde hace generaciones, hombres y mujeres siguen poniéndose en camino hacia Ella con su vida tal y como es? ¿Qué es lo que aún nos atrae hacia Ella que buscamos su mirada?

 

Sí, venimos a Ella porque buscamos una mirada. Necesitamos fijar nuestros ojos en los ojos maternales de la Madre, porque hay momentos en los que ya no sabemos mirarnos con la sinceridad de hijos...

 

El dolor estrecha la mirada, la culpa la rebaja, una decepción la amarga; a veces acabamos creyendo que somos solo lo que hemos hecho mal, lo que hemos perdido, lo que alguien ha dicho o pensado de nosotros.

 

Te lo confieso, Madre: esos tus ojos siempre me conceden la gracia de volver a empezar.

 

Es precisamente esto lo que venimos a encontrar en tus ojos: no solo consuelo, sino la posibilidad de volver a empezar; no la ilusión de que lo que ha sucedido pueda borrarse, sino la gracia de que lo que ha sucedido no tenga el poder de detenernos para siempre.

 

Necesitamos, pues, unos ojos que no nos reduzcan a nuestro error, a nuestra herida, a nuestra fragilidad. Necesitamos que nos miren de otra manera.


Tus ojos, Madre, son ojos maternales porque una madre sabe distinguir lo que un hijo ha hecho de lo que un hijo es. No ignora su debilidad, no finge que todo va bien,..., pero sigue viéndolo más allá de sus fracasos.

 

La mirada maternal no borra la verdad, sino que impide que la culpa o la derrota se conviertan en una sentencia definitiva.

 

Tu maternidad, María, no es distancia, superioridad ni privilegio. Eres Madre porque perteneces por completo a Dios y, precisamente por eso, sabes recordarnos a cada uno de nosotros a quién pertenecemos.

 

No creas súbditos, sino que levantas a los hijos. Tu mirada nos devuelve una dignidad que a menudo hemos perdido. Nos recuerda que somos más que nuestras caídas, más que el juicio de los demás, más que el mal que hemos cometido o sufrido.

 

Venimos a Ti, Madre, para volver a ponernos en pie.

 

Tu maternidad nos acoge tal y como somos. Tú, Madre, nos dices con tu mirada: puedes venir con tu fragilidad.

 

Y precisamente porque eres Madre, María, no fijas la mirada en ti misma. Nos enseñas a mirar hacia donde Tú miras.



El Evangelio te sitúa ante la cruz: «Junto a la cruz de Jesús estaban su madre…».

 

Es aquí donde comprendemos de verdad esos ojos que hoy contemplamos.

 

Son ojos que han visto la violencia, la humillación, el dolor del Hijo y no se han apartado. María ve la carne de su carne entregada a los hombres, escucha los insultos, siente los golpes, mira al Hijo crucificado... y permanece allí.

 

San Juan utiliza un verbo muy sencillo: «estaban».

 

Cuando podemos intervenir, resolver, cambiar algo, todavía nos parece que tenemos la situación bajo control.

 

Pero hay momentos en los que no podemos arreglar nada, no podemos borrar lo que ha sucedido, quitar el dolor a quienes amamos, devolver lo que se ha perdido. El amor, entonces, queda despojado de todo poder y solo le queda una posibilidad: no huir.



La tradición cristiana llama a esta permanencia de María «compasión». No se trata de una emoción superficial, sino de «sufrir con», de dejar que la herida del otro encuentre espacio dentro de nosotros.

 

La Pasión de Jesús es la com-pasión de Dios por el hombre. Dios no nos salva manteniéndose alejado de nuestra herida: entra en la carne, en la fragilidad, en la muerte.

 

María entra en ese mismo movimiento: no añade nada a la obra salvífica del Hijo, sino que se deja involucrar hasta el fondo.

 

Este es también el lugar del discípulo: no ser espectador de la cruz de Jesús ni de las cruces de los hombres.

 

Pero la grandeza de María no consiste simplemente en sufrir. El dolor no santifica automáticamente a nadie. Puede abrir el corazón o cerrarlo, puede hacernos más humanos o más duros.

 

San Juan no dice solo que María está junto a una cruz; dice que está junto a la cruz 'de' Jesús.

 

La cuestión cristiana no es cuánto dolor hemos conocido, sino junto a quién hemos permanecido mientras lo atravesábamos. La grandeza de María bajo la cruz es su fe, más aún que su sufrimiento.


Y es una fe puesta a prueba hasta el fondo. 


María había recibido promesas inmensas sobre ese Hijo: había oído que sería grande, que su Reino no tendría fin. Ahora lo ve clavado en la cruz. 


Podría haber preguntado: ¿por qué no bajas? ¿Por qué no te salvas a ti mismo? ¿Por qué no me libras también a mí de este dolor?

 

Y, sin embargo, se queda.

 

Su fe no consiste en comprender, sino en quedarse y permaneces, en estar, en no romper la relación cuando ya no comprende.

 

También por eso buscamos tus ojos, Madre. Porque los nuestros, cuando no comprenden, se vuelven fácilmente recelosos hacia Dios. Nos gustaría una presencia divina que impidiera el mal, resolviera, protegiera y sanara. y Tú no recibes una explicación del dolor sino que recibes a un Hijo crucificado.

 

Y precisamente allí, Madre, descubres que Dios no salva permaneciendo al margen de la herida del hombre. La cruz no dice que Dios ame el dolor; dice que ya no hay dolor en el que Él se niegue a entrar.

 

La compasión de María llega aún más lejos, porque bajo la cruz no solo se le pide que comparta el dolor de su Hijo, sino que entre en la forma en que su Hijo atraviesa el dolor.


«Padre, perdónalos».

 

El mal, de hecho, no solo quiere hacernos daño, sino que intenta deformarnos. Quien nos humilla querría enseñarnos a humillar; quien nos traiciona querría hacernos incapaces de confiar; quien nos hiere querría convencernos de que la única respuesta posible es devolver la herida.

 

María no concede al mal este poder, sino que permanece libre para amar.

 

Aquí comprendemos aún mejor la serenidad de sus ojos: son serenos porque no se dejan esclavizar por el mal que han visto. 


La verdadera serenidad es esta libertad interior, la posibilidad de no dejar que el pecado o el juicio de los demás decidan quiénes somos.


Entonces Jesús mira a su madre y al discípulo: «Mujer, he aquí a tu hijo». «He aquí a tu madre».

 

En el lugar de la muerte nace una relación. María pierde al Hijo que ha engendrado y recibe hijos que no había engendrado. El discípulo pierde al Maestro y recibe una Madre. Allí donde la muerte parece solo quitar, Cristo confía una nueva pertenencia.

 

«Desde aquel momento, el discípulo la acogió en su casa».

 

Acoger a María en nuestra casa significa dejar que su mirada penetre en nuestra forma de mirarnos a nosotros mismos y de mirar a los demás. Significa aprender a no emitir juicios definitivos sobre las personas, a seguir viendo dignidad allí donde todo parece haberla borrado.

 

¿Qué queremos buscar en tus ojos maternales, María?

 

Venimos a buscar una mirada que nos acoja sin humillarnos y que, precisamente porque nos acoge, no nos deje prisioneros de lo que nos hemos convertido.

 

Venimos a buscar el recuerdo de nuestra dignidad de hijos amados.

 

Venimos a buscar a alguien que, mientras nosotros solo vemos nuestra herida, siga viendo al hijo; mientras bajamos la mirada, siga recordándonos que estamos hechos para mantenernos en pie.

 

Ante Ti no nos sentimos pequeños porque Tú seas grande. Tu grandeza nos devuelve la nuestra porque una Madre nos recuerda nuestra dignidad de hijos.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El lugar de la memoria.

El lugar de la memoria A los pies de la cruz . Si dependiera de nosotros, visitaríamos lugares muy distintos al Calvario, lugares más atract...