miércoles, 18 de febrero de 2026

Mi Ramadán.

Mi Ramadán

Muchos lo ven solo como hambre, sed, cansancio. 

Un sacrificio que no tiene sentido.

 

Y, sin embargo, es la única forma de no perderse por completo.

 

Uno se puede alejar de la fe. No porque no se crea en ella. Sino porque a veces la vida te cansa, te doblega, te confunde.

 

Uno se mira al espejo, y tal vez no se reconoce.

 

Y poco a poco me va perdiendo a sí mismo.

 

Pierde valores.

 

Pierde la persona que era.

 

Y uno se convierte solo en alguien que sigue adelante por costumbre, para sobrevivir, no para vivir de verdad.

 

El Ramadán es el único momento en el que uno puede detenerse de verdad.

 

Es hambre, sí.

 

Es sed, sí.

 

Es cansancio, sí.

 

Pero también es ese silencio interior. Es ese momento en el que uno se queda solo consigo mismo y ya no puede escapar.

 

 

Es el mes en el que uno comprende lo que realmente vale un sorbo de agua.

 

Es el mes en el que un gesto de amabilidad no es solo un gesto: es como respirar después de haber estado demasiado tiempo bajo el agua.

 

Es el mes en el que el sufrimiento del ayuno se une al que se tiene dentro... y por primera vez no se siente solo.

 

No se ayuna solo por la religión.

 

Se ayuno porque uno teme convertirse en una persona vacía.

 

Se ayuna para recordar quién se es.

 

Se ayuna para volver a lo esencial.

 

Se ayuna para dejar de sentirse perdido incluso cuando todo alrededor parece ir bien.

 

El Ramadán enseña a escuchar el cuerpo, porque uno siente todas sus necesidades.

 

Enseña a comprender a los demás, porque se siente su fatiga.

 

Enseña a mirarse por dentro sin huir, incluso cuando duele.

 

Y quizás, la verdad es esta:

 

No es el hambre lo que me asusta.

 

No es la sed lo que me asusta.

 

Es la idea de vivir toda la vida sin reconocerse más a sí mismo.

 

Sin saber en quién se ha convertido.

 

Sin saber dónde se he perdido.

 

Por eso el Ramadán no es una obligación.

 

Es la forma más dura, más verdadera y más sincera para intentar volver a casa.

 

Es un momento que no se espera.

 

Sino que se busca.


 

Porque uno necesita recomponerse. 

Porque se necesita sentir que uno va a alguna parte.

 

Porque se recuerda las cosas sencillas.

 

Un sorbo de agua que parece un milagro.

 

Una sonrisa después del ayuno que vale más que mil palabras.

 

Un gesto bueno hecho sin motivo, solo porque es lo correcto.

 

El Ramadán recuerda lo que realmente importa.

 

Si todavía existe un camino para volver a ser uno mismo... uno lo puede buscar dentro de sí cada día del Ramadán.

 

En silencio.

 

Con paciencia.

 

Con esfuerzo.

 

Con miedo, tal vez.

 

Para que a final uno se abra a la gracia de caminar poniendo el corazón en lo esencial.

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


Ramadán, una flor que florece una vez al año.

Ramadán, una flor que florece una vez al año 

El mes sagrado de Ramadán en el calendario islámico acaba de iniciarse. Mes lunar, que se anuncia con la aparición de la luna nueva y finaliza después de aproximadamente 28 días. Como resultado, cada año el inicio del Ramadán se adelanta unos 10 días en comparación con el calendario mensual con el que estamos familiarizados. 

Quisiera centrarme en algunas pautas del Ramadán: primero, el principio fundador del Ramadán: es decir, por qué se hace lo que se hace durante esos 28 días. Luego, el ambiente que se respira, las prácticas diarias, los rituales. 

En primer lugar, observar el Ramadán es uno de los cinco pilares del Islam. No es una opción para el creyente. Como es sabido, la regla más estricta a observar durante el Ramadán es la prohibición de beber y comer desde el amanecer hasta el anochecer. Pero ni siquiera se puede practicar la sexualidad escuchar música o fumar. Al ponerse el sol, momento de la ruptura del ayuno, llamado iftar, anunciado por el muecín, hace que todo vuelva a estar permitido. Hasta el sahr, el momento antes del amanecer, la última oportunidad para comer y beber. 

¿Qué sentido tiene todo esto? El principio fundamental del Ramadán es el de la compasión: es decir, estas privaciones -todas las cosas que hacen la vida bella, feliz, alegre- recuerdan al creyente cuántos, en cambio, no tienen nada para beber, comer o con qué ser felices. Es un ejercicio de empatía con el sufrimiento ajeno. Lo que implica que es -o debería ser- un mes de recogimiento y meditación. En este sentido recuerda claramente a la Cuaresma cristiana. 

Este tiempo del Ramadán es cuando el creyente restituye a Dios una pequeña parte de lo que Él le regala a lo largo del año. Por esta razón, el Ramadán no puede considerarse un tiempo de sacrificio, sino que debe verse como un tiempo de purificación. 

La práctica del Ramadán es un ejercicio individual, pero sobre todo comunitario. Es toda la comunidad la que entra en el mes sagrado, y es por tanto un mes de intensa vida pública. Todos sienten que están sufriendo las mismas dificultades juntos. Esto implica a menudo fortalecer los lazos sociales, una forma de reencontrarse cada año y fortalecer el sentido de pertenencia, identidad y confianza en los demás. 

Hay excepciones a las reglas anteriores. Por ejemplo, los niños y los ancianos no están obligados a respetarlos. También están exentos las mujeres embarazadas, los viajeros y los enfermos (crónicos o no). Pero existe la posibilidad de ayunar antes o después del Ramadán en los días en los que no sea posible hacerlo. 

Observar el Ramadán es un asunto serio. Pero la atmósfera que se percibe no es para nada oscura ni triste. Por supuesto que es un momento difícil. Pero como toda la comunidad pasa por ello, y como cada día hay un iftar que esperar, la atmósfera tiende a ser festiva: un anticipo de cuándo uno puede romper el ayuno con amigos y familiares, o con el resto de la comunidad en su conjunto. 

Las diferencias no son caos… sino que Dios, uno, las ha creado y las ama. 

La falta de conocimiento y la ignorancia sólo crean miedos, impiden la convivencia, fomentan el radicalismo por un lado, el populismo por otro, alejan del objetivo de un acercamiento correcto al otro, aunque sea diferente. 

Este mes vemos a los musulmanes en oración. En un clima donde el populismo ha echado raíces, la oración islámica da miedo porque se teme que sea un preludio del radicalismo. Y el Ramadán corre el riesgo de ser vivido con sospecha y falta de respeto.

Creo que quienes explotan el miedo para sí mismos y para su grupo, sea cual sea, hacen un gran daño. El miedo nunca ha sido un requisito previo para resolver los problemas. Por lo tanto, explotar el miedo en beneficio de la propia ideología supone causar daño, incluso grave daño, a la sociedad. El Papa Francisco, cuando se encontró con el Gran Imán de al Azhar, en Egipto, al Tayyeb, dijo que la única alternativa a la civilización del encuentro es la no civilización del conflicto. 

Así que, o nos ponemos en la perspectiva de construir puentes hacia los demás, o nuestra sociedad no tiene futuro. Está claro que quienes equiparan el Islam con el terrorismo no conocen el Islam. Ni siquiera saben de qué está hablando. Éste es el gran problema: hay tanta ignorancia que es fácil explotarla. Desafortunadamente, la ignorancia es presagio de una gran violencia en palabras y acciones. 

¿Cómo podemos prepararnos culturalmente para vivir en una sociedad, como la europea, cada vez más multicultural y multirreligiosa? Yo diría, al menos, tres cosas. 

Primero: educarse a tener una mirada benévola hacia los demás. Y este enfoque se aplica a todos. Hacia lo diferente se requiere no ser desconfiado ni dejarse dominar por el miedo porque de lo contrario no se fomenta la convivencia. 

Segunda cosa: yo diría que tenemos que intentar conocer a los demás. Necesitamos saber antes de juzgar y la ignorancia no nos lleva a ninguna parte, al igual que las quejas. 

Tercero: ser conscientes de que los refugiados que llegan del Norte de África son hombres y mujeres que vienen de tierras donde han sido privados de todo, tierras donde hay guerras, miseria, desertificación y de las cuales no tienen otra opción que huir. Quizás a veces escuchar sus historias nos ayude a entender que debemos estar orgullosos de cómo nuestro país ha sido capaz de acoger a estas personas a pesar de las dificultades. 

Mi reflexión quería ser una reflexión sobre el Ramadán. 

El ayuno es un ejercicio que ayuda a purificarse a sí mismo, a purificar los pensamientos, a superar las malas inclinaciones, a ponerse sinceramente delante de Dios, a orarle con humildad. 

Mi deseo de que esta oración y este ayuno vividos durante este tiempo de Ramadán puedan dar frutos de paz, convivencia y amor mutuo. Todos realmente lo necesitamos en nuestra sociedad. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 16 de febrero de 2026

La política en manos del delirio paranoico.

La política en manos del delirio paranoico


Solamente su pretendida «moralidad» y su iluminada «mente» limitan el ejercicio de su poder. ¿Delirio paranoico? Puede ser, pero eso no quita que todo ello contenga una verdad de orden metafísico que trasciende el plano de la mera psicopatología.

 

Esto me lleva al corazón de la actualidad política. Me ayuda a comprender por qué, cuando me levanto por la mañana y leo las noticias, siempre tengo la clara percepción de que el «mundo» se acerca a su fin o, tal vez, que ya ha terminado, y que a mi inteligencia no le queda más remedio que tomar nota de ello.

 

Hubo un «mundo» que fue sido generado en 1789 por la Revolución Francesa. Me refiero a aquel mundo que había encontrado en la trinidad «libertad, igualdad, fraternidad» su consigna.

 

Aquella trinidad revolucionaria no enumeraba valores obscenos sino que establecía el vínculo indisoluble que une la libertad a la igualdad e identificaba su premisa trascendental en la fraternidad (así entendió ese mensaje revolucionario el Papa Francisco, en la Encíclica Fratelli tutti, que sigue siendo, hasta hoy, uno de los manifiestos actuales más sólidos de política).

 

No hay libertad sin igualdad, ni igualdad sin libertad, ni igualdad libre sin el supuesto de una fraternidad extendida a toda la humanidad, extendida, en definitiva, también a los de «otro color que el blanco».

 

Esta parte del mundo quedó fijada en esos ejes que se mantuvieron hasta ayer: no importa cuánta hipocresía hubiera, cuán ideológica fuera esa pretensión, cuánta podredumbre y cuánta violencia ocultara, de hecho se estableció el ideal regulador de la Historia, el camino accidentado pero de alguna manera ineludible que la humanidad, para ser fiel a su esencia, debería haber recorrido.

 

Lo que, consternados, estamos presenciando hoy, incluso a una escala planetaria quizás aún mayor, es la disolución manifiesta, explícita e intencionada de aquella trinidad fundacional de «libertad, igualdad, fraternidad».

 

En el nuevo orden político, el único límite al poder lo dan ahora la «moralidad» y la «mente» de quien lo ejerce como poder (legitimado en su mayor parte por el voto popular).

 

Dicho ‘en román paladino’, el poder se deja enteramente a la libertad del sujeto soberano, está en su «facultad», dispone de él según sus criterios subjetivos (este es el sentido de la referencia a la «moralidad» y a la «mente»). La libertad se desvincula así de su nexo con la igualdad y la fraternidad y se establece como fundamento exclusivo del poder.

 

El nexo con la igualdad y la fraternidad era sin duda hipócrita: ¡cuántos crímenes horrendos se han cometido en nombre de la libertad, la igualdad y la fraternidad! ¡Cuánta injusticia se ha enmascarado en las instituciones democráticas libres! Pero, el vínculo era vinculante en el plano del discurso público, debía aceptarse a priori para poder legitimarse para decidir (y ser reconocido) en la esfera política.

 

Liberada de su vínculo con la igualdad y la fraternidad, una libertad abstracta, irracional, muy parecida al «capricho», se ha convertido así en criterio y fundamento.

 

Juvenal, un poeta satírico del siglo I d. C., ponía en boca de una matrona romana, como signo de su libertinaje, una famosa frase: Hoc volo, sic iubeo. Sit pro ratione voluntas - Lo quiero, así lo mando, baste mi voluntad como razón -.

 

Esto significa convertir el libre albedrío en la instancia suprema, la «razón» misma de la realidad. El intelecto solo debe subordinarse y proporcionar los medios necesarios para la realización de esa libre voluntad: una arbitrariedad soberanamente libre, precisamente ese fantasma de la libertad que algunos ya identificaban como la raíz del mal.

 

Y así estamos, casi como impertérritos, asistiendo a esa manera de entender y de hacer política que considera un atentado contra la libertad cualquier limitación de una arbitrariedad caprichosa en aras de un supuesto bien común.


Tal vez alguien pensará que el mundo está cambiando a una velocidad a la que no estábamos acostumbrados. Y también en ese cambio hasta quizá se borra el recuerdo de cómo era aquel viejo mundo que estamos perdiendo, de cómo nació, de lo que representó. Me refiero, en concreto y en nuestro caso, el paso de la dictadura franquista a la democracia. 


Y lo pienso ahora, cuando en unos meses recordaremos los 90 años de una guerra civil, la última de una lista de guerras civiles, cuyo desenlace dio comienzo a 36 años de la mencionada dictadura franquista.


La muerte del dictador, vamos camino de los 51 años, dio pie a abrir las puertas de cambios trascendentales. No sé si la nuestra fue una Constitución avanzada. Pero seguramente sí estaba destinada, para una mayoría de la población, a impedir el retorno de un pasado de muerte y a comenzar a andar hacia otro futuro de más esperanza.

Entendámonos, las sombras negras siempre amenazaron ese cambio. Basta recordar la fecha del 23 de febrero de 1981, y el intento de un nuevo golpe de estado. Y se podría seguir durante mucho tiempo en una lista necesariamente parcial de intentos de restauración del anterior régimen a nuestra democracia. 

A pesar de ello, los principios más democráticos han tratado de permanecer vivos y seguir siendo puntos firmes, incluso cuando se han incumplido.

Pero, una política en manos del delirio paranoico hasta puede poner en el punto de mira la erosión paulatina, o el ataque flagrante y frontal, contra aquellos fundamentos y principios democráticos que nos dimos.

Tal vez, y ahora que nos acercamos al 90 aniversario del golpe franquista de estado que dio pie a una guerra civil, y a tantos años de dictadura, sea necesario al menos recordar aquellos fundamentos y principios democráticos para poder volver a seguir imaginando un futuro democrático al que algunos no queremos renunciar... por mucho que lo digan esos paranoicos con sus delirios. 


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


domingo, 15 de febrero de 2026

“No pienses en un elefante” - George Lakoff -: ¿Qué queda de la izquierda? o ¿Hacia dónde va la izquierda?

“No pienses en un elefante” - George Lakoff -: ¿Qué queda de la izquierda? o ¿Hacia dónde va la izquierda? 

Creo que va cobrando alguna actualidad una pregunta que fue muy debatida en los ámbitos académicos durante los años posteriores a la caída del muro de Berlín —los años del fin de las ideologías y de la hegemonía cultural del capitalismo neoliberal—, a saber: «¿Qué queda de la izquierda?», o al menos, «¿Hacia dónde va la izquierda?». 

A la pregunta «¿Qué queda de la izquierda?», uno puede empezar a responder, por poner un ejemplo, considerando los resultados de las recientes elecciones de las Comunidades Autónomas de Extremadura y de Aragón. Si es así, la respuesta casi podría ser «poco o nada». 

El decepcionante resultado de las izquierdas, junto con la ausencia casi total de cualquier narrativa reconocible como narrativa de izquierda, quizá podría ser la prueba fehaciente de que la izquierda está de capa caída… 

Y, sin embargo, este es un punto de vista profundamente erróneo. Y trato de explicarme. 

En primer lugar, hay que tener en cuenta que es imposible comprender el significado de «izquierda» sin entender lo que se entiende por «derecha» y viceversa: que cada uno de estos dos conceptos obtiene su significado del significado del otro. 

Al mismo tiempo, y este es el segundo punto, uno excluye al otro en el sentido de que no es posible ser, al mismo tiempo, de derecha y de izquierda. En otras palabras: si uno ocupa una posición de izquierda, no puede, al mismo tiempo, ocupar una posición de derecha, y viceversa. 

Algunos afirman la inutilidad de los conceptos de izquierda y derecha… Pero esto es un punto de vista fundamentalmente erróneo en cuanto que los ciudadanos siguen utilizando estas categorías para definirse y orientarse políticamente. 

Es cierto que tienen dificultades para precisar los dos términos, pero el hecho de que tengan un significado en su perspectiva queda demostrado por el hecho de que la mayoría sabe situarse en el eje derecha-izquierda cuando se le pregunta. 

Y el hecho de que «derecha» e «izquierda» sean conceptos que tienen un significado para los ciudadanos, que los ciudadanos los utilicen a diario, significa que la vida política sigue siendo, de hecho, una competencia entre la derecha y la izquierda, se diga lo que se diga, que la izquierda existe, que la izquierda está viva, aunque desde hace tiempo parezca que vaya perdiendo protagonismo en el plano político frente al auge de la derecha y extrema derecha. 

Quizá sea necesario recordar que el término «izquierda» significa dos cosas: en primer lugar, es una metáfora espacial que se remonta a la Revolución Francesa y que los ciudadanos utilizan para orientarse en el mundo político; en segundo lugar, en términos sustantivos, ser de izquierda implica compromiso, o al menos estar a favor de la lucha política por la igualdad: en primer lugar, por la igualdad civil (cuando la lucha entre la derecha y la izquierda era una lucha entre los defensores y los opositores de los derechos civiles, como la libertad de expresión, de asociación, etc.); luego, la igualdad política (a través del sufragio universal) y, desde principios del siglo XX, la igualdad económica y social. 

Y si se entiende la igualdad como un concepto universal —si la igualdad que nos interesa es la igualdad de la humanidad y no simplemente de los ciudadanos de una sola nación o de una parte circunscrita del globo—, la igualdad implica también el internacionalismo, es decir, la solidaridad internacional, la oposición a cualquier forma de racismo y xenofobia, etc. 

En un análisis pormenorizado, y aclarado qué es la izquierda y que, por lo tanto, la izquierda existe, habría que detenerse en la cuestión de qué partidos pertenecen a la izquierda y cuál es su estado de salud. En este aspecto yo no me siento con capacidad de entrar. 

Entiendo, por poner un ejemplo, que a los simpatizantes / votantes de la izquierda les atrae su compromiso con los derechos individuales, como los relacionados con las identidades sociales, como el género, la orientación sexual, la etnia, etc., un compromiso que es imprescindible para la izquierda, ya que está indisolublemente ligado al concepto de igualdad. 

E imagino que, al mismo tiempo, la mayoría de los partidos de izquierda han renunciado a la igualdad económica en parte porque la propia globalización ha privado a los gobiernos nacionales de los medios necesarios en términos de políticas públicas compatibles con las exigencias de los mercados internacionales y también con las de las instituciones supranacionales. 

Poco a poco vamos asistiendo a un cierto declive de los grandes partidos de masas; a la espectacularización, mediatización y personalización de la política; al declive de algunos antiguos vínculos políticos, incluso los de base territorial, y al consiguiente aumento de la volatilidad electoral… 

En este contexto, sospecho que algunos, abandonados por sus partidos tradicionales de referencia en el ámbito de la izquierda, se hayan sentido atraídos por formaciones xenófobas y populistas de derecha, ya que estos partidos se ofrecen como vehículos para la expresión de su resentimiento, adoptando además una retórica comunicativa caracterizada por la simplicidad de las soluciones propuestas a sus problemas y a las cuestiones del mundo globalizado, en mi opinión también erróneas (como la campaña contra los inmigrantes y los refugiados). 

¿Qué hacer entonces? 

Creo que ningún proyecto para el renacimiento de la izquierda puede prescindir de la cuestión ideológica.   

Uno de los problemas, si no el problema fundamental de algunas izquierdas es que carecen de una ideología sólida… o no la explicitan como se debe. Una ideología —entendida aquí como un conjunto de ideas descriptivas y explicativas de carácter general que orientan la acción de un partido porque expresa un proyecto y una visión de la sociedad— es, para un partido político, una especie de sine qua non. 

Un partido que carece de ideología carece de ese elemento que le permite organizar y dar coherencia a las ideas y principios que informan su programa con sus políticas. De ahí se derivan una serie de incapacidades y obstáculos: 

  • Como mucho, los partidos pueden funcionar como unos partidos que lo aceptan todo, proporcionando una especie de foro para la expresión de los intereses manifestados por la sociedad civil, en lugar de funcionar como partidos capaces de representar intereses específicos y tratar así de realizar una visión para toda la sociedad. 
  • En consecuencia, tienen grandes dificultades para dictar la agenda política y, por lo tanto, para orientar la opinión pública, ya que se ven obligados a apoyar u oponerse a las visiones expresadas por otros actores, condenados siempre a seguir o adaptarse a la opinión pública. 
  • Por último, tienen grandes dificultades para consolidar una base de seguidores dispuestos a votar por ellos independientemente de los altibajos, con la consecuencia de verse condenados a tener que recrear continuamente su base de consenso, en cada elección. 

La cuestión ideológica plantea el problema de qué ideología deberían adoptar los partidos de izquierda, y aquí hay que observar cómo, tras las recientes elecciones políticas a las que me he referido, hemos asistido a —por usar una frase ya famosa— tanto bla, bla, bla por parte de muchos comentaristas mediáticos. 

No pocos se han quejado de que los partidos de izquierda expresan de hecho un vacío y de que es indispensable llenarlo; pero hasta ahora nadie se ha comprometido a explicar con qué debe llenarse ese vacío. En otras palabras, si la izquierda tiene futuro, lo decisivo es que sepa cómo hacerlo realidad. 

Algunos expertos dicen que, desde hace décadas, la comunicación de la izquierda presenta características que se han mantenido bastante constantes a lo largo del tiempo e independientes de la subjetividad de los líderes de turno. Y se ha movido en dos jaulas fundamentales: la primera lingüística, la segunda más amplia, conceptual y de valores. 

En primer lugar, mientras que a principios de los años noventa el lenguaje utilizado por la derecha logró desmarcarse rápidamente de cierto lenguaje para acercarse a la forma en que la gente habla todos los días, la izquierda ha tenido más dificultades para hacerlo.

 

¿Cuáles son los rasgos lingüísticos de los que se ha liberado la derecha?

 

En cuanto al léxico: uso preferencial de palabras abstractas en lugar de concretas (es decir, referidas a experiencias ordinarias); uso frecuente de expresiones prolijas, perífrasis y circunloquios en lugar de expresiones más breves y directas; preferencia por palabras cultas, tecnicismos y jerga política, en lugar de expresiones comunes y coloquiales.

 

En cuanto a la sintaxis: prevalencia de frases largas (más de 35-40 palabras) sobre las cortas (menos de 20 palabras); preponderancia de verbos pasivos e impersonales (más indirectos) sobre los activos (más fáciles de comprender); predominio de la hipótesis y de las frases subordinadas sobre las coordinadas.

 

En política, la principal diferencia se da entre la derecha y la izquierda: mientras que la derecha adopta un lenguaje más sencillo y «popular», la izquierda sigue anclada en un registro elevado y a menudo confuso. Lo cual es paradójico, ya que, en principio, la izquierda debería velar por los intereses de los más débiles económica, social y culturalmente.

 

La segunda jaula sitúa a esta izquierda en un marco internacional que, aunque la hace sentir menos sola, no es consolador.


En el libro de 2004 No pienses en un elefante, el lingüista y científico cognitivo estadounidense George Lakoff explicó que la primera regla en política es construir una visión propia del mundo, un modelo propio de valores e ideas (lo que George Lakoff llama «marcos»), del que luego derivar estrategias y programas concretos.

 

En resumen, la primera regla para una formación política es no limitarse a negar el marco de conceptos y valores de los adversarios: si le ordeno a una persona que «no piense en el elefante», inmediatamente se imagina un elefante, y una vez que he activado esta idea en su mente, será muy difícil borrarla.

 

George Lakoff decía a los demócratas estadounidenses: dejad de pensar en el elefante republicano, sed activos y no reactivos, jugad al ataque y no a la defensa, construid vuestros marcos, no os limitéis a negar los de los demás. La lección que George Lakoff dio al Partido Demócrata en 2004 fue asimilada por Barack Obama, que ganó las elecciones presidenciales en 2008 y 2012.

 

Llegados a este punto, qué visión propia quiere tener, liderar y ofrecer una izquierda hoy en nuestro país.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Levántate, vete - San Mateo 17, 1-9 -.

Levántate, vete - San Mateo 17, 1-9 -


Sal, vete, marcha, muévete. 

Deja de estar anclado en el pasado. 

Y de compadecerte de ti mismo. No te hagas la víctima. 

No esperes a que otros resuelvan tus problemas. 

Abraham es un hombre maduro cuando recibe esta llamada interior. 

Ha muerto su padre y su hermano, y se ha hecho cargo de Lot, su sobrino. 

Y no tiene hijos. Game over!, su vida ha terminado, las cartas que tenía las ha jugado todas. Y es precisamente en ese momento, cuando ya no se espera nada, cuando Dios interviene. 

Irrumpe. Sacude. Mueve. Y habla a su corazón. 

¡Leck leckà! ¡Ve por tu cuenta! 

Es el movimiento de la Cuaresma, del desierto en el que elegimos entrar, en compañía del Maestro y Señor, para no tomar atajos, como hicieron Adán y Eva. Para aprender a elegir, a discernir, a reconocer la obra del divisor, el diabolos, en nuestras vidas. Y derrotarlo. 

Decidir, finalmente, elegir dejando de dejarse elegir, de dejarse llevar, de dejarse arrastrar, mirando nuestra vida con la Palabra como criterio de discernimiento. 

Decidir, finalmente, qué personas ser. Qué hombres y mujeres llegar a ser. 

Descubrirse amados, elegir amar, en lo cotidiano, a través de pequeños pasos posibles. 

No es un esfuerzo que hay que hacer, recuerda Pablo a su discípulo Timoteo, una empresa titánica, un acto de voluntad, sino la iniciativa de Dios que llama a nuestra puerta. 

Abraham podría haber objetado que era demasiado viejo, que no tenía suficientes indicaciones para emprender el viaje, que estaba desmotivado y cansado. 

Como hacemos nosotros. 

En cambio, escucha y se va. 

Siempre Él 

Suben a la montaña, a una montaña alta. 

En realidad es una colina, pero el amor lo hace todo inmenso. 

Son apartados, somos apartados, porque el Señor quiere compartir con nosotros la gloria que impregna (su) vida. El amor ama poder amar, compartir su alegría. 

Y allí, en la montaña, Jesús se transfigura. Revela su naturaleza profunda, su verdadera identidad. 

No se quita el traje barato bajo el que se esconde Superman, no. 

Es la mirada de los discípulos la que cambia. Porque la belleza, como el enamoramiento, como la fe, está en nuestra forma de ver. Cuando estoy enamorado, encuentro a mi amada la más bella de todas. Cuando amo un deporte, estoy dispuesto a sudar y a esforzarme para practicarlo. Cuando consigo orientar mi mente hacia mis emociones, capto la deslumbrante belleza de un paisaje. 

Muchas cosas concurren en la belleza. Una de ellas, sin duda, es la mirada interior capaz de captar la verdad, la armonía, la plenitud en un objeto, en un paisaje, en una persona. 

Podemos estar con Jesús toda la vida, frecuentarlo, creer en él y seguirlo. 

Pero hasta que nuestra mirada interior no se rinda a su belleza, nunca quedaremos definitivamente marcados por Él. 

Sinaí 

Ocurre como en el Sinaí, cuando Dios se manifiesta a Moisés en toda su gloria: las nubes, los relámpagos, la voz, la sombra, el miedo. Miedo que proviene de la intensidad de la belleza, de lo insoportable de la visión interior. 

Moisés y Elías conversan con Jesús: la Ley y los Profetas se inclinan ante el revelador del Padre. 

Pedro se siente abrumado: la belleza ha llenado su corazón. 

¡Cuánta belleza necesitamos para afrontar la parte difícil del desierto! ¡Cuánto debemos recordar para encontrar el valor de emprender el viaje hacia lo desconocido! 

El Dios hermoso, misterioso y presente, respetuoso de nuestros tiempos, seductor y libre, nos empuja a partir, a ascender, a crecer. 

A abandonar la llanura de la mediocridad, donde el smog de las palabras y los pensamientos violentos nos contamina y enrarece el aire. Y a ascender, a desprendernos, a partir. 

Es hermoso para nosotros 

Si logramos contener, si nos tomamos en serio este viaje interior, si logramos abandonar nuestras resistencias y ceder al cortejo de Dios, experimentamos su inmensa belleza. 

Allí donde se suman la belleza, la verdad y la bondad. 

Momentos en los que se revela la realidad, se quita el velo que nos impide ver y comprender. 

Es hermoso creer. Hermoso ser cristianos. Hermoso descubrir que somos amados y que amamos. 

Por eso soy discípulo: es lo más hermoso que me ha pasado en la vida. 

En el Tabor descubrimos que somos amados en el Hijo. 

Jesús es el amado. Y solo el amor cambia, convierte, da alas. 

Los discípulos caen al suelo, tan poderosa es la gloria y la belleza. Ceden, se rinden. 

En Cristo glorioso, ellos también descubren que son amados. 

Levantaos, no temáis 

La transfiguración, la metamorfosis, el cambio ahora se interrumpe. 

Como bien sabe la Biblia, la belleza de Dios solo se puede acoger en pequeñas dosis. 

Nuestra vida se convierte entonces en un entrenamiento para la alegría, la preparación atlética para el infinito. 

Y Jesús anima a los suyos: «Levantaos, no temáis». 

Levántate, hermano. Levántate, hermana. 

Sé amado. ¿Qué puede asustarte si Dios está tan cerca, tan accesible, tan benévolo? 

Volvemos a la llanura, entonces, pero con el corazón marcado, herido de belleza, con el rostro transfigurado como Moisés cuando bajó de la montaña después de encontrarse con su Dios. 

Habrá un tiempo de fatiga y de muerte, sin duda. 

Un tiempo necesario, en el que el grano debe pudrirse en la tierra para dar fruto. 

Jesús lo sabe. Los discípulos aún lo ignoran. 

Pero ese Tabor ilumina el Gólgota. 

Ese Tabor es el destino de nuestra peregrinación. 

De esta Cuaresma, sí. Pero sobre todo es la meta de nuestra vida. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Mi Ramadán.

Mi Ramadán Muchos lo ven solo como hambre, sed, cansancio.   Un sacrificio que no tiene sentido.   Y, sin embargo, es la única forma de no p...