martes, 1 de septiembre de 2026

El Hijo se vació a sí mismo - Filipenses 2, 7 -.

El Hijo se vació a sí mismo - Filipenses 2, 7 -

Llega el momento en que debemos distinguir la luz que ilumina de la vana gloria que ciega.

 

Porque existe una religiosidad que no es ascensión, sino caída en el abismo de la propia imagen.

 

Es la religión de la auto-exaltación, un Templo construido no para el Eterno, sino para el pedestal del yo.

 

Llena al hombre y a la mujer de sí mismos, satura sus venas de un orgullo que hincha el pecho pero reseca el alma.

 

Es un veneno disfrazado de incienso.

 

Pero el Misterio, ese Fuego que no se consume, no habita en lo pleno, sino en el vacío.


El verdadero contacto con el Infinito no añade capas de presunción, sino que arranca las vestiduras de la hipocresía.

 

Es la Kénosis: el vaciamiento sagrado, el desierto interior donde por fin calla el ruido de la ambición.

 

¿Por qué intentamos escalar el cielo cargando sobre los hombros el peso de nuestro orgullo? ¿No sabemos que la puerta del Templo es baja, y que solo quien se agacha puede atravesarla?

 

Quien se envanece no puede entrar; quien se eleva por encima de los demás se priva del abrazo del Altísimo.

 

¿Por qué podemos decir que la humildad es el signo seguro del encuentro?

 

Porque la humildad no es debilidad, sino espacio sagrado.

 

Es el seno que se hace cóncavo para acoger la Palabra.


En un corazón egocéntrico no hay lugar para el Misterio, ni para el hermano, ni para la hermana: solo hay el monólogo estéril de un rey sin reino.

 

Al hombre y a la mujer que realmente han encontrado el Misterio los reconoces por su andar: es dócil, no pisotea.

 

Es atento, no ignora.

 

Él sabe que cada respiración es un don gratuito, no un mérito conquistado.

 

No hace alarde de su piedad como si fuera un trofeo, porque quien ha visto el Sol ya no necesita encender pequeñas luces para que le miren.

 

En el corazón del orgulloso habita una tensión perpetua.

 

Es esclavo del juicio, mendigo de aprobación, dispuesto a humillar al otro para sentirse tan solo un palmo más alto.

 

La suya es una paz armada, que tiembla ante cualquier viento de crítica.


En el corazón del humilde habita la quietud del mar profundo.

 

Él no busca el aplauso del mundo, porque su nombre ya está escrito en el silencio del Misterio.

 

Le basta con hacer el bien, como la flor emana perfume sin preguntar quién la olerá.

 

Que este sea, pues, nuestro discernimiento: si el camino que seguimos nos vuelve ásperos, críticos y engreídos de nuestra supuesta santidad, ¡huyamos!

 

Ese no es el camino del Misterio, sino el laberinto de nuestro ego.

 

El camino del Espíritu es paz, mansedumbre y justicia.

 

Es el retorno a lo esencial.

 

¡Vaciémonos, pues!

 

Deshagámonos del lastre de nuestro yo para que lo Invisible pueda por fin establecer su morada, habitar en nuestros miembros y transformar nuestro orgullo en polvo, y nuestro polvo en luz.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No quiero saber otra cosa sino a Cristo Crucificado - 1 Corintios 2, 2 -.

No quiero saber otra cosa sino a Cristo Crucificado - 1 Corintios 2, 2 -

Durante siglos, las Palabras antiguas, aquellas nacidas del aliento del Misterio para guiar los pasos del hombre hacia el Infinito, han estado cautivas de labios impuros.

 

Aquellos que se proclamaban guardianes del Templo las han convertido en mercancía de intercambio, transformando el maná celestial en moneda de cambio.

 

Las palabras que debían abrir de par en par los brazos del Padre se han reducido a papel mojado; es más, se han convertido en palabras diabólicas.

 

Una tergiversación meticulosa, obra de mentes perversas que han erigido barreras de preceptos donde debía haber libertad.

 

Han manipulado lo Sagrado para llenar las arcas del tesoro, conduciendo al pueblo no hacia la luz, sino hacia su propio beneficio.

 

Guías ciegos, mercenarios disfrazados de pastores, que han traicionado el ejemplo para servir al poder.


Pero he aquí que el Misterio se ha hecho rostro, gesto y sangre.

 

Jesús ha venido a dar pleno cumplimiento.

 

Él no ha venido a derribar la antigua alianza, como gritaban los sinvergüenzas del Templo para defender sus propios privilegios, sino a desvelar su núcleo de fuego.

 

A partir de ahora, las palabras sagradas ya no se leen en pergaminos polvorientos, sino en la carne viva del Hijo.

 

Con su estilo inconfundible, hecho de caricias a los leprosos y miradas desafiantes a los poderosos, Él ha arrancado la máscara de la hipocresía.

 

Desenmascarar a los manipuladores de lo sagrado tiene un precio altísimo: la persecución, la violencia, el odio de quienes ven derrumbarse su castillo de mentiras.

 

Jesús aceptó este desafío, sabiendo que el camino de la verdad pasa por la oposición de los corruptos.

 

¡Contemplemos la Cruz!


Allí, y solo allí, las palabras sagradas encuentran su forma definitiva.

 

Ya no hay lugar para tergiversaciones ni malinterpretaciones: el grito del Crucificado es el sello que pone fin a la era de los mercaderes.

 

Es el cumplimiento claro y definitivo que rasga el velo del Templo y devuelve al hombre y a la mujer al Misterio, sin intermediarios dispuestos a lucrarse a costa de la esperanza.

 

La Verdad ya no es una idea que haya que interpretar, sino un Hombre al que hay que seguir.

 

La época de los conceptos y las mistificaciones ha llegado a su fin, y la era de las mentiras está a punto de ser engullida por el abismo que ella misma ha cavado.

 

La verdad ya no es una palabra escrita con la tinta de la sangre de machos cabríos…

 

No es un teorema que demostrar, ni una fortaleza de silogismos tras la que ocultar el vacío del corazón.

 

Hemos transformado lo verdadero en una idea, en un interés, y las ideas se han convertido en ídolos: mudos, fríos, capaces solo de dividir al hermano y a la hermana en nombre de una abstracción, de una mentira.


Pero he aquí que el velo se rasga.

 

La verdad ahora tiene un rostro.

 

Tiene manos que tocan la carne, pies que pisan el polvo, ojos que leen el alma incluso antes de que se abran los labios.

 

La verdad es un hombre.

 

No es algo que se posea en la mente, sino alguien a quien escuchar y seguir.

 

No es una meta que alcanzar al final de un razonamiento, sino un camino que recorrer en el fuego del presente.

 

No se estudia: se sigue.

 

No se analiza: se ama.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Sabéis que se dijo… pero Yo os digo... - San Mateo 5 -.

Sabéis que se dijo… pero Yo os digo... - San Mateo 5 -

Hay un camino que atraviesa la historia, un río desbordado que ninguna presa de orgullo humano puede contener.

 

Es el anuncio del Misterio, el latido profundo del sentido de la vida: quien tenga los oídos cerrados, que se aparte, pero que no se haga ilusiones, pues nadie tiene el poder de cortar el hilo de esta Palabra.

 

Contemplemos al Hombre que atraviesa el polvo de Palestina.

 

Camina con la mirada fija en el horizonte Santo, hacia esa Jerusalén que es destino y plenitud.

 

Nada lo detiene: ni la dureza de los corazones, ni el frío de la indiferencia.

 

Y, sin embargo, es precisamente allí donde más se invoca el nombre del Misterio donde la sombra se hace más densa.


Es en el recinto sagrado de la sinagoga, entre los pliegues de los ornamentos y el rigor de las normas, donde el Misterio choca contra el muro de la Ley.

 

Bajo las bóvedas de cedro, allí donde el tiempo se ha cristalizado en el rigor de las filacterias y en el susurro milenario de los rollos, ocurre lo inaudito.

 

Es un choque silencioso pero devastador.

 

Por un lado, el catálogo de preceptos, la geometría tranquilizadora de la Ley que todo lo mide y todo lo cuenta.

 

Por otro, la Irrupción: esa fuerza que no pide permiso, que no respeta el sábado si el corazón clama, que no se inclina ante la forma si la sustancia se asfixia.

 

El Misterio no viene a confirmar la costumbre, sino a romperla.

 

Choca contra la Ley no por odio, sino por exceso de vida.

 

Porque la Ley es el cáliz, pero el Misterio es el vino que, al fermentar, rompe el cristal.


Veremos entonces a los guardianes del Templo sobresaltarse.

 

Veremos a las normas temblar bajo el peso de una Verdad que no se deja encerrar.

 

Porque cuando el Misterio decide hacerse Carne, no busca un pedestal, sino una brecha.

 

Y en ese punto exacto donde la norma se rompe bajo el peso de lo Imposible, allí comienza la verdadera adoración.

 

El muro se tambalea.

 

El velo se desgarra.

 

El Misterio ha llegado para reclamar su espacio, más allá del recinto, más allá del rito, más allá del miedo.


¿Qué terrible paradoja se nos revela?

 

Los que custodian el umbral son los primeros en cerrar la puerta con llave.

 

La religión, cuando se convierte en coraza y no en rendija, se transforma en la mano que empuña la espada contra los profetas.

 

Puede matar la carne, pero no puede hacer mella en lo Eterno.

 

Acumula doctrinas como polvo que obstruye el alma, transformando el santuario interior en una cueva oscura donde la Luz ya no encuentra resquicios.

 

Que quede claro para todo corazón: la religión que no ve lo que los pequeños abrazan es un ídolo mudo.

 

Para avanzar en este camino, no se necesitan pesadas cargas de preceptos, sino una claridad inquebrantable en las intenciones y una lámpara encendida en lo más profundo de uno mismo.

 

El Misterio no deambula, conoce el camino.

 

No intentemos desviarlo, no esperemos detenerlo.

 

La única salvación es el paso que se convierte en seguimiento.

 

Sigamos al Misterio, pues Él es el Camino.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El Espíritu ora por nosotros - Romanos 8, 26 -.

El Espíritu ora por nosotros - Romanos 8, 26 -

Existe un umbral, sutil pero insuperable para la sola razón, en el que el lenguaje humano se queda mudo.

 

Es el umbral del Misterio.

 

No un enigma que resolver, sino el abismo luminoso del que procedemos: hemos sido pensados, deseados y generados por este Amor desconocido.

 

El ser humano lleva en sí una nostalgia innata por el Infinito que ninguna palabra puede colmar.

 

Con demasiada frecuencia reducimos la oración a un ejercicio de retórica o a una lista de peticiones.

 

Cuando la oración se satura en exceso de palabras, corre el riesgo de perder su centro de gravedad.

 

En lugar de proyectarnos hacia el Misterio, nos repliega sobre el sujeto, sobre nosotros mismos: nuestros miedos, nuestras urgencias, nuestras pretensiones.

 

De este modo, paradójicamente, intentamos domesticar el Misterio, situarlo a los pies de nuestras necesidades contingentes.


La verdadera oración exige justo lo contrario: dejarse envolver.

 

Es un acto de despojamiento en el que el «mío» cede el paso al «Suyo».

 

Como se suele sugerir en la espiritualidad del silencio, orar significa simplemente permanecer en presencia del Misterio.

 

Es una inmersión total en la que el silencio no es ausencia de sonidos, sino plenitud de escucha.

 

Este nuevo estilo no es una teoría filosófica, sino una práctica encarnada por Jesús.

 

Los Evangelios lo describen a menudo retirándose a lugares desiertos, sumido durante horas en la oración.

 

En esos instantes, Jesús no se limita a recitar fórmulas; está habitando en su origen.

 

Es un diálogo hecho de miradas, de respiraciones y de abandono radical en el Misterio inefable y, por ello, exige delicadeza, atención, contemplación.

 

No se entra en la relación con el Misterio de forma inmediata, sino que se necesita tiempo, paciencia y esa disposición necesaria para salir de uno mismo, de los propios pensamientos, a fin de crear el espacio para que el Misterio pueda entrar y encontrar morada en nosotros.


Jesús nos enseña que la oración adquiere su máximo valor espiritual cuando sale de los límites de lo específicamente religioso - entendido como mero deber o ritualismo - para entrar en la dimensión de la existencia.

 

Es el deseo profundo de conocer y, sobre todo, de dejarse conocer.

 

No se entra en la oración por deber, sino por amor.

 

No se ora para pedir cosas, sino para hacer espacio, para acoger la sorpresa de la vida.

 

Orar, pues, es volver a casa. Es reconocer que procedemos del Misterio y que le pertenecemos.

 

En este abandono, el miedo se desvanece y florece una nueva libertad.

 

Ya no somos nosotros quienes llevamos las riendas, sino el Misterio el que respira en nosotros.

 

El secreto de la vida espiritual reside precisamente aquí: en el valor de callar, para que lo Invisible pueda, por fin, hablar al corazón.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Hacerse pan para quien tiene hambre.

Hacerse pan para quien tiene hambre

El tiempo de lo superfluo ha llegado a su fin y la hora de lo esencial llama a las puertas de la historia.

 

No busquemos más allá, no acumulemos ríos de palabras ni tratados que pesen como piedras sobre nuestras conciencias.

 

Todo está aquí, y nada se añadirá que no esté ya escrito en el latido del corazón del hombre.

 

Llegarán días —y ya estamos en ellos— en los que las grandes catedrales del pensamiento se derrumbarán en mil pedazos ante un solo fragmento de humanidad.

 

El Evangelio no es una doctrina que haya que aprender, sino un camino de éxodo.

 

Es la salida forzosa del desierto del egoísmo, el dominio de ese instinto que nos susurra que sobrevivamos solos, encerrados en el recinto de nuestros pequeños problemas, ciegos ante el resto.

 

El Misterio de los Misterios no está oculto en los cielos impenetrables, sino que está encerrado en un gesto que sacude los cimientos del mundo: dar de comer a quien tiene hambre.

 

Miremos al Hijo del Hombre.


Él no mostró su divinidad en el resplandor del rayo, sino en el polvo de la tierra, lavando los pies, abrazando la carne llagada del leproso, convirtiéndose en caricia para el enfermo.

 

Esta es la profecía que debemos encarnar: el camino de la humanización es el único y verdadero sendero de la divinización.

 

No hay Dios sin el hombre, sin la mujer; no hay luz divina que no pase a través de nuestras manos que se inclinan para acariciar, lavar, levantar…

 

He aquí la gran revelación que el mundo no quiere oír: en cada hambriento que cruza nuestra mirada, en cada perseguido que llama a nuestra puerta, en el refugiado que no tiene patria y en el extranjero que no tiene rostro, allí habita el Misterio.

 

Jesús lo proclamó a lo largo y ancho de su actividad: «Tuve hambre, tuve sed, estaba desnudo…».


Cada vez que nos inclinemos ante los excluidos de la tierra, no solo tocaremos carne humana, sino que nos encontraremos con el Misterio.

 

Y ese encuentro dejará una huella que ningún olvido podrá borrar.

 

Abandonemos las teologías sublimes de lo sagrado… y acojamos la única doctrina que salva: la experiencia del Misterio se produce en la acogida del pobre.

 

Que nuestro culto sea verdad, no humo; que nuestras liturgias sean una escucha que abra el corazón. Porque la verdad de lo que celebramos en el altar solo se verá en la forma en que caminemos junto a los más desfavorecidos.

 

La luz del Misterio habita en nosotros… pero solo resplandece cuando nos convirtamos en pan para quienes tienen hambre.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¿Tanto os cuesta entender? - San Lucas 24,25ss -.

¿Tanto os cuesta entender? - San Lucas 24,25ss -

No debió de ser fácil para los primeros discípulos y discípulas seguir a aquel hombre de Nazaret.

 

A menudo imaginamos su «» como un camino lineal, pero la realidad consistía en un enorme esfuerzo psicológico y espiritual.

 

Seguían a Jesús, habían abandonado las redes y las seguridades, y, sin embargo, la distancia entre la propuesta del Maestro y su realidad era abismal.

 

No se trataba solo de una cuestión de comprensión intelectual; se trataba de desmontar todo un universo simbólico construido a lo largo de siglos de historia.

 

En la mente de los contemporáneos de Jesús pesaba el legado de un paradigma cultual rígido.

 

La fe se entendía como un sistema de sacrificios, prescripciones y deberes.

 

En el centro se asentaba la imagen de un Dios exigente, un soberano que no perdonaba a los transgresores y que amenazaba con castigos eternos.

 

En este contexto, la religión se había convertido en un instrumento de control social.

 

Los líderes religiosos habían erigido un muro entre lo sagrado (relegado al Templo) y lo profano (la vida cotidiana del pueblo).

 

Este Dios deformado era, de hecho, un antagonista del hombre, una entidad que servía para justificar las lógicas de poder de los señores del Templo.

 

El riesgo de reducir a Dios a un juez severo es una tentación constante en la historia de las religiones.


Jesús irrumpe en este escenario con una fuerza subversiva.

 

Define la forma de entender la religión de los fariseos como una levadura mala, un fermento negativo capaz de contaminar toda la masa.

 

Su respuesta no es una nueva ley, sino una revelación: Dios es Padre y es misericordia infinita.

 

Mientras el Templo imponía preceptos, Jesús abría caminos de liberación.

 

Con Él, la separación entre lo sagrado y lo profano se derrumba definitivamente.

 

En Jesús, lo sagrado entra en el tiempo y en la carne: todo se sacraliza y ya nada debe ser sacrificado. Es la victoria de la vida sobre la muerte y del amor sobre el odio.


¿Por qué les costaba tanto entenderlo a los discípulos?

 

La respuesta reside en lo que podríamos definir como una colonización del imaginario.

 

Durante demasiado tiempo habían asimilado el mensaje de los líderes religiosos, llegando a confundir las tradiciones humanas con la Palabra de Dios.

 

Desenmascarar esta mistificación fue el acto más valiente de Jesús, pero también el que desató el odio del poder establecido.

 

Un Dios que lo perdona todo y a todos no conviene a quienes quieren someter al pueblo a través del miedo.

 

La misericordia no es un «buenismo» barato, sino la fuerza que destruye las lógicas del poder.

 

Entrar en el camino del Evangelio significa hoy aceptar el mismo sufrimiento de los discípulos: el esfuerzo por despojarse de la vieja religión hecha de miedo y negociación con lo divino.

 

El cambio es radical: pasar del Dios-tirano al Dios-amor.

 

Solo aceptando este despojo podemos revestirnos de la luz del Misterio de la misericordia, transformando la fe de una lista de obligaciones en una experiencia de auténtica libertad.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Invalidáis la Palabra de Dios por vuestras tradiciones - San Marcos 7, 13 -.

Invalidáis la Palabra de Dios por vuestras tradiciones - San Marcos 7, 13 -

Es uno de los versículos más impactantes del Evangelio por su claridad y lucidez.

 

Es un versículo que contiene una revelación de suma importancia, porque muestra lo que ocurrió a lo largo del tiempo: la sustitución de la Palabra de Dios por las tradiciones humanas.

 

Ese es el drama.

 

Sin duda, quien vivía en busca de un sentido auténtico de la vida no podía sino darse cuenta de que algo no funcionaba en el sistema religioso de Israel.

 

La relación con Dios, en lugar de ser libre y vivirse en un clima de libertad, estaba condicionada por el dinero y por una insoportable maraña de preceptos.

 

¿Cómo se puede aprovechar la dimensión de la vida que tiene que ver con la sensibilidad personal y comunitaria, además del delicado hilo que nos une al Misterio?

 

Y, sin embargo, ocurrió precisamente lo que era imposible siquiera imaginar.

 

Este fue el gran descubrimiento de Jesús que, una vez manifestado públicamente, provocó su muerte.

 

Es una gran tentación para todos aquellos que ostentan el poder religioso: manipular lo sagrado, manipulando las conciencias.

 

Al fin y al cabo, es fácil manipular una conciencia cuando se encuentra en un momento delicado de la vida y, por ello, recurre a Dios y a sus mediadores.

 

Hay que ser verdaderamente despiadado para no respetar el alma de una persona desesperada o que está viviendo un momento de gran angustia.

 

Hay que tener la conciencia totalmente envuelta en el mal para actuar como los chacales, dispuestos a abalanzarse sobre quienes se encuentran evidentemente en un estado de debilidad, incapaces de defenderse y, por ello, presas fáciles para personas sin escrúpulos.


Que todo esto pueda ocurrir en un ámbito religioso es de lo más sórdido, porque está en juego la conciencia personal.

 

Aprovecharse de una persona que acude en busca de ayuda, que siente todo el peso de su propia fragilidad y, por ello, invoca misericordia, y que, en cambio, reciba órdenes, normas o la imposición, es verdaderamente una sordidez imperdonable.

 

Por eso Jesús tiene palabras muy duras, que no dejan lugar a malentendidos. Jesús sabe muy bien el precio que tendrá que pagar por estas acusaciones, pero también sabe que su ejemplo servirá para liberar a la religión de los estafadores de lo sagrado.

 

Por desgracia, como sabemos, la historia se ha repetido incluso en formas más graves que las que Jesús había señalado. No hay fin para la miseria humana.

 

El ámbito religioso, precisamente porque tiene que ver con el Misterio de Dios, se presta, para aquellos que llegan a las altas esferas del poder religioso y son personas sin ningún tipo de pudor, a las máximas formas de explotación de las conciencias.

 

Esta es la paradoja: el espacio más sagrado de la persona humana, es decir, su dimensión religiosa, se convierte, al mismo tiempo, en el lugar más vulnerable para cualquier forma de manipulación.

 

¿Cuántos abusos psicológicos, sexuales y de poder han tenido lugar y siguen produciéndose en los espacios sagrados de nuestras Iglesias?

 

¿Cuántas personas explotadas, masacradas, humilladas que, tras haber abierto su alma al mediador de lo sagrado de turno sin escrúpulos, se han sentido abusadas?

 

En estas situaciones parece que no hay remedio para el mal.

 

Pero la esperanza que habita en nuestros corazones llenos del Evangelio nos muestra el gran amor manifestado en la cruz de Jesús, un amor que ha vencido al odio.

 

Una esperanza que va más allá de toda percepción negativa.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¿Qué conversión?

¿Qué conversión?


Estamos inmersos en una época de miradas bajas, en la que el ojo de la carne se engaña creyendo haberlo visto todo porque ha medido, pesado y tocado la materia.

 

Pero el sentido profundo de la vida yace más allá de lo que la mano agarra y la mirada agota; es un horizonte que solo se deja entrever a quien se atreve a traspasar el velo de la carne.

 

La profundidad del Mensaje no se revela a quien permanece prisionero de los sentidos.

 

Hay un susurro que sacude los cimientos del ser, un eco que atraviesa los siglos, una propuesta que el Misterio ha lanzado como una semilla al viento, pero que solo un terreno transformado puede acoger.

 

La llamada es para quienes tienen oídos interiores, para quienes no se conforman con el pan que sacia el estómago, sino que anhelan el alimento que libera el alma.

 

No nos engañemos pensando que la visión es un esfuerzo de la voluntad.


Ni el hombre ni la mujer escalan la montaña del Espíritu solo con sus propias fuerzas; son guiados. Es un rapto dulce, una atracción profunda hacia otra dimensión, como el río que se rinde dócilmente a la corriente del Espíritu.

 

Pero si el viento sopla donde quiere, nuestra tarea es preparar la casa: limpiar el terreno; arrancar las zarzas del egoísmo y del orgullo que ahogan toda novedad; arreglar los senderos, ordenar nuestra vida cotidiana para que el Espíritu no encuentre obstáculos en el camino; hacer espacio, porque solo en el vacío de un corazón purificado el Misterio puede finalmente encontrar morada.

 

No hay tiempo que perder: el trabajo silencioso, a menudo invisible a los ojos del mundo, es el que prepara el milagro del florecimiento interior.

 

Llegará el día, tan repentino como un rayo y tan silencioso como el amanecer, en el que se nos caerán las escamas de los ojos. En ese momento, ya no veremos solo la crónica, sino la historia.

 

Y reconoceremos la Presencia que palpita en el corazón de los acontecimientos, la forma sutil y poderosa en que el Misterio actúa entre los pliegues del tiempo.

 

Creer no es un asentimiento intelectual, sino un cambio radical de mentalidad, es metanoia.

 

Es el paso de la oscuridad de la separación a la luz de la conexión. De espectadores ciegos nos convertimos en actores conscientes de la historia sagrada que se despliega.


Quien reconoce el Misterio ha captado por fin el sentido último del universo.

 

Verá lo que el hombre ciego ignora: todo está interconectado.

 

No hay hilos aislados en el tejido de la creación.

 

En esta nueva conciencia, las barreras que hoy os dividen - naciones, lenguas, miedos - se derrumbarán como muros de arena azotados por el mar.

 

Quien ve con los ojos del Espíritu no puede sino colaborar en la construcción de un reino de paz y justicia, porque reconoce en el otro la misma vida que emana del Único.

 

No esperemos a mañana. La labor de purificación comienza en el silencio de este instante.

 

Preparemos el camino, porque la vida está manifestando su gloria, y solo quien haya cambiado su mirada podrá heredar su plenitud.

 

Y recordemos que el futuro se construye en el presente, y el presente es el lugar donde el Misterio se ofrece a quien tiene el corazón despierto y las manos abiertas.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El Hijo se vació a sí mismo - Filipenses 2, 7 -.

El Hijo se vació a sí mismo - Filipenses 2, 7 - Llega el momento en que debemos distinguir la luz que ilumina de la vana gloria que ciega. ...