lunes, 6 de julio de 2026

Tú, Señor, mi perla y mi tesoro - San Mateo 13, 44-52 -.

Tú, Señor, mi perla y mi tesoro - San Mateo 13, 44-52 -

 

Ésta es la última parte del discurso con el que Jesús dirige a la multitud y a los discípulos el anuncio del Reino de los Cielos. En ella escuchamos las parábolas del tesoro y de la perla, muy similares entre sí, y la de la red echada al mar.

 

En las dos primeras parábolas aparecen dos personajes distintos: un jornalero agrícola y un joyero rico; son ellos quienes actúan, pero no son los protagonistas de la historia.

 

Los verdaderos protagonistas son, más bien, el tesoro y la perla, que con su mera presencia provocan las acciones de los dos hombres.

 

El labrador, que probablemente no es rico, encuentra un tesoro en un campo que no es suyo; entonces, con gran sabiduría, «lo esconde enseguida; luego, lleno de alegría, va, vende todos sus bienes y compra ese campo». El joyero, que busca perlas preciosas, cuando «encuentra una de gran valor, va, vende todos sus bienes y la compra». Uno no es rico, el otro es muy rico, pero ambos —y esto es lo decisivo— venden todo lo que poseen para poder hacerse con el tesoro y la perla. En ellos no hay ningún remordimiento, no hacen un sacrificio, ¡sino un buen negocio!

 

Lo que les ocurre a estas dos personas les ocurre a muchos otros hombres y mujeres: el Reino es vislumbrado por ellos, se encuentra cuando se manifiesta de improviso o cuando se busca, y la elección sabia es la de venderlo todo para tomar posesión de él.

 

Así lo hicieron los discípulos de Jesús: llamados por Él, «lo dejaron todo y le siguieron» (Lc 5,11; cf. Mt 4,20.22); no así lo hizo el joven rico, quien ante la invitación de Jesús: «Ve, vende lo que tienes, dáselo a los pobres… luego ven y sígueme», no tuvo el valor de hacerlo y, por tanto, «se marchó triste, pues tenía muchos bienes» (Mt 19,21-22).

 

El seguimiento de Jesús, que exige un desprendimiento rápido y radical, nace de haber encontrado un don inesperado: el Reino de los Cielos que se ha hecho muy cercano en el propio Jesús (cf. Mt 4,17). Quien le sigue no dice: «He dejado», sino: «He encontrado un tesoro»; y no humilla a nadie, no se siente mejor que los demás, sino que simplemente se regocija por haber encontrado tal tesoro.

 

En verdad, la medida de ser discípulo de Jesús no es el desprendimiento de las cosas, sino la pertenencia a Él, que es el verdadero tesoro, la perla preciosa: como dice Pablo, «por él lo he dejado todo y lo considero basura, para ganar a Cristo» (Fil 3,8).

 

Esta impaciencia debe aplicarse a uno mismo, no a los demás: eso es lo que nos enseña la última parábola, aquella en la que Jesús compara el Reino de los Cielos «con una red echada al mar, que recoge toda clase de peces».

 

Así como junto al trigo crece la cizaña (cf. Mt 13,24-30), también se pescan peces buenos y peces malos: cuando luego se saca la red a la orilla, los primeros se recogen en cestas, los otros se desechan.

 

Pero es fundamental aceptar la interpretación que da Jesús: «Así será al final del mundo. Vendrán los ángeles y separarán a los malos de los buenos».

 

Una vez más nos advierte de que esta separación solo tendrá lugar en el día del juicio, y corresponderá a Dios y a nadie más: si en la actualidad «el Padre hace salir su sol sobre los malvados y sobre los buenos» (Mt 5,45), ya que es paciente y misericordioso y no quiere que nadie perezca, sino que más bien se convierta (cf. 2 P 3,9), ¿quiénes somos nosotros para erigirnos en jueces de los demás?

 

Mientras aún estemos a tiempo, deberíamos más bien pensar en convertirnos para acoger el Reino que viene, recordando las palabras de San Agustín: «En el último día, muchos que se creían dentro se descubrirán fuera, mientras que muchos que pensaban estar fuera serán hallados dentro».

 

Al concluir su largo discurso, Jesús afirma, dirigiéndose a sus discípulos: «Todo escriba que se ha convertido en discípulo del Reino de los Cielos es semejante a un dueño de casa que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas». Con estas palabras nos confía la gran responsabilidad de interpretar el tesoro de las Sagradas Escrituras a la luz del Reino vivido y anunciado por él: «En Cristo», de hecho, «están escondidos todos los tesoros de la sabiduría de Dios» (Col 2,3).

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Un tesoro y una perla que lo merecen todo - San Mateo 13, 44-52 -.

Un tesoro y una perla que lo merecen todo - San Mateo 13, 44-52 -

 

El Evangelio nos presenta las últimas parábolas recogidas por Mateo en el capítulo 13 de su Evangelio, conocido precisamente como el «discurso de las parábolas».

 

Al igual que en las parábolas anteriores, Jesús no recurre a ideas abstractas, sino que ofrece imágenes, para que los oyentes acojan fácilmente la palabra, la guarden en su corazón y, al recordarla, la pongan en práctica en su vida cotidiana.

 

Estas imágenes pretenden, una vez más, hacer comprender la dinámica del Reino de los Cielos, la forma en que Dios puede reinar y, de hecho, reina en aquellos que son capaces de volver a Él, de convertirse y de adherirse a la buena nueva traída por Jesucristo.

 

De las tres parábolas, las dos primeras son inseparables, mientras que la tercera, a nivel temático, parece una repetición de la parábola del trigo bueno y la cizaña (cf. Mt 13,24-30.36-43).

 

Jesús dice en primer lugar: «El reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra y lo esconde; luego, lleno de alegría, va, vende todos sus bienes y compra ese campo».

 

Hay un tesoro escondido, por lo tanto ignorado durante mucho tiempo y enterrado en un campo, sin duda para protegerlo de posibles robos; pero si se ha escondido, es para ser encontrado en el momento oportuno. El labrador que trabaja ese campo, al ararlo, se topa con el tesoro. Entonces lo desentierra y, presa de un gran asombro, actúa como un hombre prudente: de inmediato vuelve a esconder el tesoro y, a continuación, pone a la venta todo lo que posee, cuyo valor es muy escaso en comparación con el tesoro descubierto. Con el dinero obtenido puede, pues, comprar ese campo, de modo que se convierte también en propietario de ese tesoro tan precioso.

 

La parábola es sencilla, muy comprensible, porque «esa otra cosa» a la que alude el tesoro es precisamente el Reino de los Cielos, la única realidad que justifica la venta de todo lo que uno tiene para poder formar parte de él, como afirma Jesús más adelante, dirigiéndose a un joven rico: «Ve, vende lo que tienes, dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo. ¡Luego ven y sígueme!» (Mt 19,21).

 

Del mismo modo, aquí Jesús revela al oyente de entonces, al igual que a nosotros hoy, que el reino de Dios es el tesoro que no tiene precio y, precisamente por eso, para adquirirlo hay que despojarse de todos los bienes, las riquezas y las propiedades. De hecho, si estas cosas están presentes en la vida del ser humano y reinan sobre él, impiden precisamente que Dios reine (cf. Mt 6,24: «¡No podéis servir a Dios y a Mammón, el ídolo de la riqueza!»).

 

Por otra parte, ya en el Sermón de la Montaña Jesús había advertido con claridad: «No acumuléis tesoros en la tierra, donde la polilla y el óxido los consumen y donde los ladrones los fuerzan y los roban; acumulad, en cambio, tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el óxido los consumen y donde los ladrones no los fuerzan ni los roban. Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón» (Mt 6,19-21).

 

Quien quiera seguir a Jesús y formar parte del Reino venidero, debe despojarse de todo lo que tiene, de aquello que en la vida humana es seguridad y garantía.

 

Esto se puede hacer si se comprende el misterio del Reino de los Cielos confiado precisamente a los discípulos (cf. Mt 13,11) y si se es consciente de que se lleva este tesoro en vasijas de barro, mostrando así que proviene de Dios y no de nosotros mismos (cf. 2 Cor 4,7).

 

Algo similar le ocurre también a un comerciante que, en el ejercicio de su oficio, descubre un día una perla de inmenso valor. Como buen comerciante, se dedica a la búsqueda de perlas preciosas, pero incluso él se sorprende y se maravilla al encontrar esta perla única. ¿Cómo hacer para poseerla? Vende todos sus bienes y la compra, porque a sus ojos tiene un valor inestimable: merece la pena venderlo todo, sacrificarlo todo por esta realidad descubierta y valorada como incomparable.

 

Ambas parábolas tienen como verdaderos protagonistas a los objetos, el tesoro y la perla, que se apoderan de los dos hombres, los atrapan y determinan sus acciones. Al mismo tiempo, precisamente, ambas ponen el énfasis en las acciones, es decir, en la respuesta humana ante el don inconmensurable del reino de los cielos.

 

Sí, nos encontramos ante el radicalismo evangélico de Jesús, que nos pide que nos despojemos para acoger el Reino. Y hay que prestar atención: no se trata de despojarnos solo al inicio del seguimiento, de una vez por todas, sino de renovar cada día esta renuncia, en situaciones diferentes y en distintas etapas de la vida.

 

Durante el camino de la vida, de hecho, aunque al principio nos hayamos despojado de lo que teníamos, seguimos recibiendo muchas cosas y adquiriendo otras. La ambición de poseer es una amenaza que siempre se opone al señorío del Reino de Dios sobre nuestra vida. Por eso, con gran sabiduría, un padre del desierto advertía: «Debemos ejercitarnos en despojarnos de lo que tenemos hasta la muerte, cuando se nos pida que digamos “amén” al despojarnos de nuestra propia vida».

 

Esta exigencia radical nos da miedo, quizá hoy más que nunca, inmersos como estamos en la sociedad del bienestar; pero si comprendemos el don del Reino, la alegría de la Buena Nueva que es el Evangelio, entonces se hace posible vivirla, precisamente en virtud de la gracia que nos atrae y nos hace llevar a cabo lo que no querríamos ni seríamos capaces de realizar solo con nuestras propias fuerzas.

 

Entonces podremos decir, junto con el apóstol Pablo: «Por Cristo… he dejado todas estas cosas y las considero basura, con el fin de ganar a Cristo y ser hallado en él» (Fil 3,7-9).

 

Y todo esto —no hay que olvidarlo— solo puede llevarse a cabo animados por la alegría, aquella de la que Jesús nos habla explícitamente al referirse al labrador. Quien sigue a Jesús, por tanto, no dice: «He dejado», sino: «He encontrado un tesoro»; y no humilla a nadie, no se siente mejor que los demás, sino que simplemente se regocija por haber encontrado el tesoro. En última instancia, de hecho, la medida de ser discípulo de Jesús es la pertenencia a él, no el desapego de las cosas (que, en todo caso, es una consecuencia): ¡un verdadero seguimiento se hace impulsado por la alegría!

 

La tercera parábola narra cómo «una red echada al mar recoge toda clase de peces. Cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla, se sientan, recogen los peces buenos en cestas y tiran los malos. Así —explica Jesús— será al final del mundo. Vendrán los ángeles y separarán a los malos de los buenos, y los arrojarán al horno ardiente, donde habrá llanto y crujir de dientes».

 

Hay un tiempo para pescar y un tiempo para evaluar las diferentes calidades de los peces que han acabado en la red. Hay peces buenos y peces malos, como en la comunidad cristiana, compuesta por hombres y mujeres «pescados» a través del anuncio del Evangelio (cf. Mt 4,19) y reunidos en una comunidad que no puede estar formada únicamente por puros y justos. Pero llegará el día del juicio, y entonces habrá discernimiento: será la hora de la separación entre los que participarán plenamente en el Reino y los que, habiendo elegido la muerte, la saborearán…

 

Esta imagen nos asusta y no querríamos encontrarla entre las palabras de Jesús: nos cuesta considerarla como Evangelio, como Buena Noticia. Pero a través de esta última parábola, Jesús quiere darnos una advertencia: él no destina a nadie a la muerte eterna, sino que nos advierte, porque sabe que el juicio tendrá que producirse. Será en misericordia, pero habrá, como confesamos en el Credo: «El Señor Jesucristo… vendrá en gloria para juzgar a los vivos y a los muertos, y su Reino no tendrá fin». Por otra parte, rechazar el don del Reino no puede equivaler a acogerlo: ¡es un don, es gracia, es amor!

 

Al final de este largo discurso, Mateo recoge un diálogo entre Jesús y sus discípulos: «¿Habéis comprendido todo esto? Le respondieron: «Sí». Y él les dijo: «Por eso, todo escriba que se ha convertido en discípulo del Reino de los Cielos es como un dueño de casa que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas».

 

Quien comprende estas parábolas de Jesús es como un escriba que, al convertirse en discípulo de Jesús, posee un gran tesoro: el tesoro de la sabiduría (cf. Sab 8,17-18; Pr 2,1-6), un tesoro inestimable e inagotable (cf. Sab 7,14). Si un discípulo es consciente de este tesoro, por don de Dios puede sacar de él cosas nuevas y cosas antiguas, porque reconoce en cada palabra del Antiguo y del Nuevo Testamento a «Jesucristo, la Sabiduría de Dios» (1 Cor 1,24). «En Cristo», de hecho, «están escondidos todos los tesoros de la sabiduría de Dios» (Col 2,3).

 

Se trata simplemente de esto, de estar convencidos de ello, de no cansarnos de gustar este tesoro día tras día. De hecho, es al tesoro de Jesucristo, al tesoro que es Jesucristo, al que nos conduce toda nuestra búsqueda: cuanto más pasa el tiempo, más nos damos cuenta de que es siempre a Él a quien volvemos para contrastar nuestros pequeños pasos en la adquisición de la sabiduría.

 

Es Él, su palabra, su sentir, su vida en nosotros, lo que da fuerza a cada uno de nuestros caminos. Es Él quien, una y otra vez, dice a nuestro corazón: «Rema mar adentro (cf. Lc 5,4), no te canses de buscar (cf. Mt 7,7), abre tus horizontes, porque yo estoy siempre contigo (cf. Mt 28,20)».

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Todo lo considero una pérdida… delante de este tesoro y de esta perla - San Mateo 13, 44-52 -.

Todo lo considero una pérdida… delante de este tesoro y de esta perla - San Mateo 13, 44-52 -

 

La sabiduría de Salomón, que se expresa en su oración, al pedirle a Dios un corazón «capaz de escuchar» - «un corazón dócil» -, es decir, el discernimiento para juzgar y gobernar; la sabiduría de Jesús, que se expresa en su hablar en parábolas, pero también la sabiduría de los protagonistas de las parábolas del tesoro y de la perla (cf. Mt 13,44-45), que se manifiesta en su discernimiento y en su rápida decisión; y, por último, la sabiduría del «escriba que se ha convertido en discípulo del Reino y que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas» (Mt 13,52). La sabiduría no es maniquea, no elimina lo antiguo en favor exclusivo de lo nuevo ni se aferra obstinadamente a lo antiguo por temor a lo nuevo, sino que hace de lo nuevo la reinterpretación de lo antiguo y de lo antiguo el fundamento de lo nuevo.

 

La sabiduría es el arte de orientarse en la vida, el arte de gobernar el timón de la nave: «El hombre sabio sujetará firmemente el timón» (Pr 1,5 LXX). Es el arte del barquero, de quien gobierna, de quien instruye, de quien enseña, es decir, de quien entrega símbolos y claves hermenéuticas de la realidad.

 

Pero es, ante todo, el arte de quien se gobierna a sí mismo: una tarea de la que nadie puede permitirse sustraerse. Arte que se alcanza mediante el laborioso conocimiento de uno mismo: «El verdadero comienzo para crecer en virtud es conocerse a uno mismo. Quien se conoce a sí mismo es el único dueño de sí mismo y, sin tener un reino, es verdaderamente un rey» (Pierre de Ronsard).

 

Es el arte del que hoy, en medio del desconcierto y la desorientación en que vivimos, tenemos gran necesidad.

 

Hoy resuenan con dramática actualidad las palabras de Thomas Stearns Eliot: «¿Dónde está la Vida que hemos perdido al vivir? ¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en el conocimiento? ¿Dónde está el conocimiento que hemos perdido en la información?» (La Roca).

 

Ahora bien, la sabiduría, ese arte de vivir que sabe atesorar la experiencia, esa comprensión de uno mismo en relación con el mundo, con los demás y con Dios, nace del movimiento fundamental de la escucha. No hay sabiduría sin escucha. No en vano, el texto paralelo de 1 Reyes 3,9, que se encuentra en 2 Crónicas 1,10, dice que Salomón pidió «sabiduría y conocimiento», y la respuesta de Dios en nuestro pasaje litúrgico consiste en el don de «un corazón sabio e inteligente» (1 Reyes 3,12).

 

En la relectura del pasaje de 1 Reyes que aparece en el libro de la Sabiduría está escrito: «Oré y se me concedió la prudencia; invoqué, y vino a mí el espíritu de la sabiduría» (Sab 7,7). Para la Biblia, el sabio es también aquel que reza, que reconoce su propia pequeñez y sus carencias, las pone ante Dios y se atreve a pedir.

 

La lógica desconcertante de las parábolas nos obliga a comprender que ese tesoro escondido en el campo y esa perla preciosa por la que un hombre se despoja de todo con tal de poseerla remiten a algo que, en sí mismo y por sí mismo, es motivo de vida y de alegría, y da vida a quienes los han encontrado.

 

¿No es el mismo Jesús quien, en otro pasaje, se dirige al joven rico que se le había acercado y le había preguntado qué debía hacer para alcanzar la vida eterna, y le dice: «Ve, vende todo lo que tienes, dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven y sígueme» (Mt 19,21)?

 

Aunque la primera parábola habla de un hallazgo fortuito, no fruto de una búsqueda, en el caso del tesoro en el campo, mientras que la segunda tiene como protagonista a un buscador («un mercader que busca perlas preciosas»: Mt 13,45), ambas comparten, sin embargo, el elemento de la sorpresa. También el buscador queda sorprendido e impresionado por el extraordinario valor de la perla con la que se ha topado. Tanto es así que la reacción de los dos protagonistas es la misma: van, venden todos sus bienes y compran lo que han encontrado.

 

Y aunque solo en la primera parábola se especifica la alegría que inunda a quien ha descubierto el tesoro («lleno de alegría», sin duda podemos extenderla también al mercader protagonista de la segunda parábola.

 

Esto es lo que ocurre cuando el Reino de los Cielos (13,44.45) se convierte en un encuentro entre Dios y el hombre. Se produce un acontecimiento transformador que trastorna la vida de una persona, llenándola de alegría y orientando su camino, dándole un sentido y una dirección, un sabor y un gusto, un significado y una plenitud incomparables: de cada uno de los dos protagonistas de las parábolas se dice que, una vez hecho el descubrimiento, «se va» (13,44.46).

 

El «Evangelio», el anuncio gozoso y que suscita alegría, logra orientar el deseo, dar un futuro, dejar entrever un horizonte, poner en marcha vidas, empujar a la locura de quien elige perderlo todo con tal de sumergirse totalmente en la novedad de vida que se le ha presentado de repente. ¿No es acaso esta la experiencia que Pablo expresa con las vibrantes y apasionadas palabras de su carta a los cristianos de Filipos? Pablo escribe: «Todo lo considero una pérdida a causa de la grandeza del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él he dejado de lado todas estas cosas y las considero basura, para ganar a Cristo… Ciertamente no he alcanzado la meta, … pero me esfuerzo por correr para conquistarla, porque yo también he sido conquistado por Cristo Jesús» (cf. Fil 3,8.12).

 

Esto es lo que ocurre cuando Dios llega a reinar sobre una persona. He aquí la sabiduría loca, he aquí la locura sabia que suscita el valor de dejarlo todo, de despojarse de todo lo que hasta ese momento constituía la propia vida, de abandonar toda seguridad y partir, en una especie de renovación del gesto de Abraham, quien, dejando toda seguridad, «partió sin saber adónde iba» (Heb 11,8).

 

La parábola siguiente (13,47-50), la séptima y última del capítulo 13 del Evangelio de Mateo, retoma imágenes tomadas del mundo de la pesca.

 

Habla de una red de arrastre que captura todo tipo de peces, que luego los pescadores distinguen entre «buenos» y «malos»: los primeros se ponen en las cestas, los segundos se tiran.

 

La parábola se explica en referencia al fin del mundo y al juicio final. Así, la perspectiva escatológica, el punto de vista del fin, se convierte en el ángulo desde el que considerar el presente.

 

La actitud sapiencial puede tener su origen precisamente en la consideración de la historia y de la vida cotidiana partiendo de la perspectiva de su fin. Entonces, el presente y la experiencia que en él podemos vivir adquieren todo su peso al ser captados en su relatividad y en su valor, en su precariedad y en su singularidad irrepetible. Se convierten en el fragmento en el que podemos vivir el todo que da sentido y dirección, sabor y gusto, significado y plenitud a nuestros días.

 

Al igual que un maestro pregunta a sus alumnos al final de la clase, ahora Jesús pregunta a los discípulos si han comprendido «todas estas cosas». Su respuesta afirmativa los confirma como destinatarios de los misterios del Reino de Dios: sus ojos han visto y sus oídos han escuchado el anuncio del Reino por parte de Jesús, tanto en el discurso parabólico como en las obras del Mesías («lo que oís y veis»: Mt 11,4).

 

Ellos han visto y oído lo que los profetas y los justos no pudieron ni ver ni oír. Este es el novum, las cosas nuevas a cuya luz se leen ahora las antiguas. Jesús, sabiduría de Dios personificada («la sabiduría ha sido reconocida justa por las obras que realiza»: Mt 11,19), da cumplimiento a lo antiguo renovándolo en su persona.

 

Y el escriba cristiano (cf. Mt 23,34) está llamado a la tarea sapiencial y profética de integrar lo nuevo y lo antiguo: una operación en la que lo nuevo es la expresión actual de lo antiguo y lo antiguo es el fundamento de lo nuevo. Un principio que se aplica al Antiguo Testamento, releído y actualizado en el Nuevo, pero también a las propias palabras evangélicas, que deben ser reformuladas en cada época de manera nueva. También hoy.

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una sorpresa que excede toda expectativa - San Mateo 13, 44-52 -.

Una sorpresa que excede toda expectativa - San Mateo 13, 44-52 -

 

Las dos parábolas —muy breves—, la parábola del tesoro (Mt 13,44) y la de la perla (Mt 13,45-46), suelen presentarse como parábolas gemelas. Pero, junto a las analogías que saltan a la vista ya en una primera lectura, también hay que percibir las diferencias que una lectura atenta pone de manifiesto entre ambas.

 

Ambas hablan del «Reino de los cielos», pero con imágenes diferentes.

 

Cabría preguntarse por qué proliferan las imágenes parabólicas para hablar de la única y misma realidad del Reino de Dios. No basta con una sola parábola para hablar del Reino, porque las parábolas no definen el Reino, que, precisamente, está más allá de toda definición.

 

Las parábolas, en cambio, por un lado, aluden a esa acción de Dios que excede la medida —tanto de lo razonable como de la imaginación— humana y, por otro, evocan su impacto en los seres humanos.

 

Por lo tanto, solo una pluralidad de parábolas puede dar cuenta adecuadamente de una realidad que excede la medida humana. Las parábolas deben, por tanto, narrarse una junto a otra y una tras otra para evocar, en su pluralidad, el acontecimiento inagotable del Reino de Dios.

 

Así como existe una pluralidad de Evangelios y no uno solo, así existe una pluralidad de parábolas y no una sola. Y así como los Evangelios presentan aspectos diferentes y en tensión entre sí, las parábolas no deben limitarse a sumarse unas a otras, sino completarse entre sí, corregirse entre sí, desplegar sus peculiaridades y diversidades, sugiriendo al lector-oyente una pluralidad de caminos por los que Dios se manifiesta al hombre y por los que el hombre puede acoger la irrupción de Dios en su vida.

 

En definitiva, este pluralismo respeta y honra el misterio de Dios y de los seres humanos. Honra la pluralidad de las formas de la presencia de Dios en la historia.

 

En ambas parábolas, el hombre que ha «encontrado» un tesoro o una perla reacciona ante tal descubrimiento vendiendo todo lo que tiene para adquirir ese bien. Pero el hombre que encuentra el tesoro lo encuentra sin buscarlo, mientras que el comerciante que encuentra la perla de gran valor es un buscador: él «va en busca de perlas hermosas».

 

Lo fundamental, y común a ambas parábolas, es el «encontrar», el hallazgo, no en el sentido de recuperar lo que se había perdido (como en la parábola de la oveja perdida y de la moneda perdida: Lc 15,4-7.8-10), sino en el sentido del descubrimiento, de un novum que irrumpe en la vida y en la historia de una persona y que tiene el poder de trastornar y transformar su existencia. En la primera parábola, sin embargo, este hallazgo parece fortuito, mientras que en la segunda se produce tras una búsqueda. Y si la búsqueda denota una carencia y una sed, tiene que ver con el deseo.

 

El efecto sorpresa del hallazgo parece, por tanto, mayor en la primera parábola, donde, de hecho, a diferencia de la parábola de la perla, se especifica la reacción emocional de quien ha encontrado el tesoro y, «lleno de alegría, vende todos sus bienes y compra aquel campo».

 

En la segunda parábola, el hallazgo va precedido de la búsqueda, pero la perla encontrada sorprende al propio buscador. Él buscaba perlas hermosas y ahora encuentra una perla de un valor inestimable. La parábola presenta el paso de las muchas perlas a la única y exclusiva perla cuyo valor supera al de todas las demás. Se pasa de un orden de tipo cuantitativo a uno cualitativo. La perla encontrada supera la propia búsqueda del mercader, excede sus expectativas y parece hacer innecesaria la búsqueda de otras «perlas hermosas».

 

La parábola no dice qué hace este hombre con la perla encontrada, cómo la utiliza, sino solo que adquiere para él un valor inmenso: tiene valor en sí misma, hasta tal punto que vende todo para comprarla. Es como si, metafóricamente, nos encontráramos aquí ante el descubrimiento de aquello que da valor a todo, ante el sentido que da sentido a todos los sentidos que podemos atribuir a la vida. Este descubrimiento transforma también la búsqueda y el deseo del buscador: tiene un valor transformador.

 

Al encontrar la perla de gran valor, el comerciante encuentra algo más que lo que buscaba. Quien busca, desea, y quien desea, imagina el objeto de su deseo. Aquí, la perla encontrada opera para este hombre el paso de la imaginación a la realidad y le conduce a una transformación existencial. A una convulsión existencial.

 

Ambos protagonistas de las dos parábolas, para acoger lo que han encontrado, se ven abocados a un despojo, a una desposesión: venden todos sus bienes. Comprendemos que detrás del tesoro y de la perla se esconde el propio Evangelio, el tesoro por el que vale la pena venderlo todo, dejarlo todo y seguir a Jesús.

 

Lo que en la parábola se expresa con el verbo «encontrar», en otros pasajes del Evangelio se expresa con el verbo «encontrarse». ¿Acaso no le dirá Jesús al joven rico con el que se había encontrado: «Ve, vende todo lo que tienes, dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven y sígueme» (Mt 19,21)?

 

Llegados a este punto, podemos volver a comprender las dos parábolas ayudándonos de una antigua invocación: «Tú eres el tesoro, Tú la perla preciosa; oh Señor, Tú me has encontrado a mí, no yo a Ti; Tú me has conquistado y me has atrapado, no yo a Ti; oh mío, yo soy tuyo».

 

El verdadero protagonista de las parábolas no es el hombre que compró el campo ni el mercader que compró la perla, sino precisamente el tesoro, precisamente la perla preciosa; ellos son la luz que da un nuevo sentido y orientación a la vida y en nombre y en vista de la cual se puede vender todo, abandonar todo. Y hacerlo con alegría.

 

La radicalidad cristiana es auténtica si está sellada por la alegría. Es más, la alegría es constitutiva de esa radicalidad, porque esta debe vivirse como gracia y en la renovación de una gratitud cotidiana: estamos agradecidos de estar en la alegría.

 

La experiencia de quien encuentra el tesoro o la perla y lo vende todo por ellos es la experiencia de quien escucha la palabra de Dios que le dice: «Tú eres precioso a mis ojos y yo te amo» (Is 43,4).

 

Este amor es el secreto de la alegría de la radicalidad de una vida cristiana; este amor es el bien precioso que hay que custodiar y salvaguardar; es este amor del Señor y por el Señor el que puede renovar vidas tentadas por la vejez, el cansancio, la insensibilidad, el cinismo, la indiferencia y la desmotivación. A nosotros, que en la oración le decimos al Señor:

 

«Tú eres mi Señor, no hay bien para mí fuera de ti» y «Tú eres mi único bien» (Sal 16,2), y también «En ti, oh Dios, se alegra mi corazón, se regocija mi alma» (Sal 16,9), se nos pide que pongamos a prueba si Cristo habita en nosotros (cf. 2 Cor 13,5). Y esto se debe a que moramos donde está nuestro tesoro: es el tesoro el que nos sitúa, el que nos define. Si Cristo habita en nosotros, nosotros moramos en Cristo y entonces podemos regocijarnos con una alegría inefable en el camino hacia el Reino. Solo hay que redescubrir cada día lo precioso que es el don recibido, luchando contra la tentación de lo banal, de lo dado por sentado, de lo «todo es debido».

 

Una tercera parábola sigue a las del tesoro y de la perla. Se trata de nuevo de una parábola del Reino, pero expresada con imágenes tomadas del mundo de la pesca (Mt 13,47-48). Esta nueva parábola también tiene algo que enseñarnos sobre el Reino de Dios.

 

La imagen es la de unos pescadores que, con una red de arrastre echada en el lago de Genesaret (llamado «mar» en Mt 13,1 y 4,18), recogen todo tipo de peces. Una vez arrastrada la red a tierra, se realiza una selección entre los peces buenos y los malos, es decir, los comestibles y los impuros o no comestibles.

 

Los primeros se recogen en cestas; los segundos se desechan. Los versículos 49-50 proponen una interpretación escatológica de la parábola: se habla expresamente del «fin del mundo» (o de la historia) y, retomando esencialmente el momento de la selección de los peces, se anuncia la realidad del juicio final.

 

Esta parábola, la séptima y última del capítulo 13 del Evangelio de Mateo, presenta la perspectiva del juicio final como un punto de vista que sugiere al lector la gravedad y la seriedad de la situación, así como la urgencia de tomar una decisión en el presente histórico. Ante el Reino de Dios que se ha manifestado en la persona y en el ministerio de Jesús, es necesario tomar una decisión para orientar la propia vida siguiendo los pasos del rabino de Nazaret.

 

El discurso en parábolas concluye con una pregunta de Jesús a sus discípulos sobre la comprensión de «todas estas cosas» (v. 51; cf. Mt 13,34), es decir, los «misterios del Reino de los Cielos» (Mt 13,11).

 

La respuesta afirmativa de los discípulos los asemeja a la semilla sembrada en tierra buena: de hecho, este «es el que escucha la palabra y la comprende» (Mt 13,23). La réplica de Jesús es quizás una forma discreta en la que Mateo pone su firma y se presenta a sí mismo como un escriba convertido en discípulo de Jesús, aquel que es el Reino de Dios en persona.

Pero esta palabra se convierte también en una invitación a la sabiduría dirigida al discípulo, para que sepa integrar lo nuevo y lo antiguo, en la que lo nuevo es la expresión actual de lo antiguo y lo antiguo es el fundamento de lo nuevo.

 

Un principio que sin duda se aplica al Antiguo Testamento, releído y actualizado en el Nuevo, pero también a las propias palabras evangélicas, que deben ser re-expresadas en cada época de una manera nueva. También hoy.

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La alegría que mueve el corazón- San Mateo 13, 44-52 -.

La alegría que mueve el corazón- San Mateo 13, 44-52 -

 

Impulsados por la alegría.

 

Que se alegre el alma, pues.

 

Dejando que Dios, sol que hace crecer, que calienta, que ilumina, se convierta en el punto de referencia y la clave para interpretar nuestra vida. La Palabra sembrada que crece, a pesar de la cizaña, nos orienta, nos impulsa, nos ilumina, nos salva.

 

Porque hemos descubierto el origen de la alegría.

 

 

 

Son dos parábolas repetidas, muy similares en contenido y estructura, una repetición utilizada para reiterar un concepto bastante evidente: encontrarse con Dios es lo más bonito que te puede pasar, es una sorpresa por la que vale la pena dejarlo todo, una alegría que te hace olvidar todo lo demás. Pero hay que actuar con astucia y urgencia si quieres que eso suceda.

 

Los verbos encontrar, ir, vender, comprar, utilizados en este breve aforismo, se refieren al labrador y al mercader, pero es evidente que el protagonista de la parábola es otro: el tesoro escondido en el campo, la perla preciosa buscada durante mucho tiempo.

 

Son ellos quienes poseen a los hombres y no al revés. Es Dios quien nos busca.

 

Me gusta pensar que Mateo señala al discípulo dos momentos y dos formas de seguimiento.

 

El jornalero, que es tal porque no posee la tierra que cultiva, encuentra el tesoro por casualidad, de forma inesperada. El mercader, en cambio, encuentra la perla tras una larga búsqueda. Son las dos dimensiones presentes en toda experiencia de fe, en todo camino que conduce a Dios: el asombro de quien descubre algo inesperado y hermoso y, al mismo tiempo, el esfuerzo de buscarlo y custodiarlo.

 

 

 

Hay, en el relato, algunos detalles que conviene destacar.

 

Matices que, como siempre, aportan un sentido adicional.

 

La idea de la progresión está muy presente y se subraya en la parábola: primero se describe el asombro del jornalero ante el descubrimiento, luego la decisión de venderlo todo para comprar el terreno. A nosotros también nos pasa lo mismo: nos acercamos (o volvemos a acercarnos) a la fe porque nos fascina alguien que nos atrae, porque tropezamos con algo valioso que nos cautiva. Pero solo después de habernos comprometido, después de haber puesto realmente la búsqueda en el centro y de haber confiado, descubrimos muchísimas otras cosas sobre Dios y sobre nosotros mismos, ¡y podemos regocijarnos por el tesoro de su presencia!

 

Otro detalle que me intriga es el valor de la perla.

 

En la Antigüedad se consideraba lo más inestimable que se podía poseer, como ocurre hoy en día con los diamantes. Las perlas se pescaban en el mar Rojo o en los mares de Arabia y eran muy codiciadas. Nuestra expresión «eres una perla» deriva precisamente de su valor, que justificaba, entre otras cosas, la costosa búsqueda del comerciante que recorre medio mundo en busca de alguna pieza valiosa.

 

 

 

El núcleo de la parábola reside en una pequeña y espléndida frase: impulsado por la alegría.

 

El jornalero está impulsado por la alegría. La alegría inesperada y repentina de haber descubierto algo inimaginable le empuja a tomar decisiones drásticas e irrevocables.

 

Así se presenta el Dios de Jesús, como el portador de una alegría inigualable.

 

Y es la alegría la que impulsa al jornalero a reunir todos sus ahorros para tener dinero suficiente para comprar el campo en el que se esconde el tesoro.

 

Es la alegría, aunque no se explique explícitamente, la que mueve al comerciante de perlas que, en su deambular, encuentra la perla más preciosa de todas, y la que le impulsa a vender todo lo que tiene para conseguirla.

 

Ambos venden todo lo que poseen.

 

Poco, en el caso del jornalero. Muchísimo, en el del comerciante.

 

Es una forma explícita de decir que merece la pena dar todo lo que uno tiene para comprar el campo y la perla. Nada iguala la alegría de descubrirse amado por Dios.

 

Demasiadas veces, incluso en el pasado reciente, se ha asociado el cristianismo con el sufrimiento, el dolor y el sentido del deber. Todos estamos dispuestos a enumerar las muchas cosas bonitas a las que hemos renunciado para ser buenos cristianos. Somos moderados, nos mortificamos, somos fieles a una sola pareja, honestos (al menos más que los demás), serviciales…

 

Que Dios, por favor, lo tenga en cuenta.

 

Muchos, en el mundo, piensan que la fe es algo justo, obligatorio, importante. Pero mortalmente aburrido. Y se mantienen a debida distancia, con razón.

 

En esta parábola, en cambio, todo se invierte.

 

Es la alegría la que impulsa, es la alegría la que convierte y convence, es la alegría la que hace cambiar.

 

Por esta razón debemos recuperar y practicar la alegría cristiana, que no se reduce a una emoción intensa, sino que es el fruto de una larga conversión.

 

La alegría cristiana es una tristeza superada.

 

Sería bonito que esta alegría —¡al menos un poco!— fuera más evidente en nuestros rostros, en nuestras decisiones, en nuestros corazones, en nuestras asambleas…

 

 

 

El verdadero converso no destaca lo que deja, sino lo que encuentra.

 

No dice: «he dejado», sino: «he encontrado».

 

No dice: «he vendido», sino: «¡he descubierto un tesoro!» El discípulo habla de pertenencia, no de desapego.

 

Nosotros, en cambio, a menudo prestamos más atención a las cosas que hemos abandonado.

 

La vida es una búsqueda del tesoro, dice Jesús. Se necesita constancia y confianza para buscar, como el mercader; se necesita pasión y curiosidad para dejarse encontrar por Dios.

 

Jesús nos presenta el encuentro con Dios como el descubrimiento de un tesoro, de una perla de valor inestimable. Nos interpela diciendo que el encuentro con Dios y el descubrimiento de su reino es lo más hermoso que nos puede suceder. Y nos ha desafiado diciéndonos, hace unos domingos, que él, el Señor, es más grande que la mayor alegría que somos capaces de vivir (Mt 10,37). Más que los afectos, las relaciones, las legítimas alegrías que la vida nos regala y que estamos llamados a vivir para dar gloria a Dios, que nos las dona.

 

Más que nada.

 

El labrador llega a la fe por casualidad. El comerciante, tras una búsqueda agotadora.

 

Pero ambos descubren una alegría incontenible, que hace que todo lo demás pase a un segundo plano, todo aquello que creían esencial.

 

Dios es alegría, dice Jesús.

 

Su Dios es alegría.

 

No el de nuestros miedos, proyección de nuestros fantasmas. Un Dios ceñudo y severo, distante y extraño, incomprensible y caprichoso.

 

El suyo es el Dios de la alegría.

 

Nos toca a nosotros descubrirlo.

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Si quieres ser feliz - San Mateo 13, 44-52 -.

Si quieres ser feliz - San Mateo 13, 44-52 -

 

El Reino de los Cielos es como un tesoro.

 

Tesoro: una palabra mágica, propia de los enamorados, de las aventuras, de los cuentos de hadas, pero también del Evangelio.

 

A Dios le ocurre lo mismo que a quien encuentra un tesoro o una perla: un cambio radical y gozoso que transforma por completo la existencia, algo que marca la diferencia entre el antes y el después.

 

Pues bien, incluso en nuestros días desilusionados e insatisfechos, en esta época de «pasiones tristes», el Evangelio se atreve a proponer, como un rayo de luz, la historia de una pasión feliz, que cree en el buen desenlace de la historia, sea cual sea.

 

Porque en el mundo están en juego fuerzas más grandes que nosotros, que trabajan para enterrar tesoros, para hacer aflorar perlas; fuentes a las que siempre podemos acudir, que nunca se agotan y que «son para nosotros».

 

Un hombre encuentra un tesoro y, lleno de alegría, se pone en camino. La alegría es el primer tesoro que el tesoro nos regala. Entrar en el Evangelio es como entrar en un río de alegría, respirar un aire fresco y cargado de polen. ¡Dios establece con nosotros la pedagogía de la alegría! En el libro del Eclesiástico se recoge un texto sorprendente: Hijo, en la medida de lo posible, trátate bien... No te prives ni de un solo día feliz (Sir 14,11.14).

 

Es la afectuosa invitación del Padre a sus hijos, el rostro de un Dios atractivo, bello, radiante, cuyo objetivo no es que, al fin y al cabo, le obedezcamos o le veneremos nosotros, que somos hijos siempre rebeldes, sino que emplea toda su pedagogía para criar hijos felices. Como hacen todos los padres y madres. ¡Hijo, no te prives de un día feliz!

 

Antes que pedir oraciones, Dios ofrece tesoros. Y el Evangelio tiene el mapa. Aquel hombre va y vende lo que tiene. El labrador y el comerciante lo venden todo, pero para ganarlo todo. No pierden nada, lo invierten. Hacen un buen negocio.

 

Así son los cristianos: eligen y, al elegir bien, ganan. No son mejores que los demás, sino más ricos: tienen un tesoro de esperanzas, de valor, de libertad, de corazón, de Dios.

 

«Crece en mí la convicción de llevar un tesoro de oro que debo entregar a los demás» - Siome Weil -.

 

Tesoro y perla son los nombres que quien está enamorado da a su amor. Con esa carga de afecto y alegría, con esa energía arrolladora, con el futuro que irradia. Dos nombres de Dios en boca de Jesús. El Evangelio me apremia: ¿Dios es para ti un tesoro o solo un esfuerzo? ¿Es la perla de tu vida o solo un deber?

 

Me siento un labrador afortunado, un comerciante rico, porque conozco el placer de creer, el placer de amar a Dios: una fiesta del corazón, de la mente, del alma. ¡No es un motivo de orgullo, sino una responsabilidad! Y doy las gracias a Aquel que me ha hecho tropezar con un tesoro, con muchas perlas, a lo largo de muchos caminos, en muchos días de la vida.

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Dios se encuentra entre el asombro y la alegría - San Mateo 13, 44-52 -.

Dios se encuentra entre el asombro y la alegría - San Mateo 13, 44-52 -

 

Jesús, con dos parábolas similares, breves y brillantes, pinta, como sobre un fondo dorado, el resplandeciente díptico de la fe.

 

Y evoca tesoros y perlas, términos hermosos e inusuales en nuestra relación con Dios.

 

Se diría que es un lenguaje propio de novelas, de piratas y de aventuras, de cuentos de hadas o de enamorados, y desde luego no de teólogos ni de liturgias; sin embargo, describe la fe como una fuerza vital que transforma la vida, que la hace caminar, correr e incluso volar.

 

¡Anuncia que creer hace bien! Porque la realidad no es solo lo que se ve: hay algo más que se describe como un tesoro, y es crecimiento, aumento, intensidad, eternidad, suma y no resta.

 

Estamos misteriosamente envueltos por fuerzas benéficas: Alguien entierra tesoros para nosotros, siembra perlas en el mar de la existencia.

 

Una vez encontrado el tesoro, el hombre, lleno de alegría, lo vende todo y compra ese campo. La vida se pone en marcha, pero impulsada por lo más bello que existe para el hombre: la alegría. Lo que mueve, apremia, hace decidir, es la clave de todo.

 

La visión de un cristianismo triste, que se desencadena en los momentos de crisis, que tiene como eje un sentido del deber y de la culpa, que agota la vida en lugar de enriquecerla, esa religiosidad inmadura y gris está muy lejos de la fe radiante de Jesús.

 

Dios ha elegido hablarnos con el lenguaje de la alegría, por eso sigue seduciéndonos.

 

Esto vale tanto para el pobre jornalero como para el experto comerciante, el conocedor apasionado y obstinado que recorre el mundo persiguiendo su sueño. Pero ningún viaje es largo para quien ama.

 

Avanzamos en la vida no a base de fuerza de voluntad, sino por una pasión, por el descubrimiento de tesoros («donde esté tu tesoro, allí correrá feliz tu corazón», cf. Mt 6,21); avanzamos por los enamoramientos y por la alegría que estos encienden.

 

Los que buscan a Dios, ya sean campesinos o comerciantes, no tienen las soluciones en el bolsillo, sino que las buscan. Tener fe es un verbo dinámico: hay que levantarse siempre, moverse, buscar, proyectarse, mirar más allá; labrar el campo, viajar, descubrir siempre, cuestionar siempre.

 

En estas dos parábolas, tesoro, perla, valor, asombro, alegría son nombres de Dios. Con su carga de afecto, con su energía arrolladora, con el futuro que abren. Se dirigen a mi fe y me preguntan: ¿pero Dios es para ti un tesoro o solo un deber? ¿Es una perla o una obligación?

 

Me siento un labrador afortunado, un comerciante con buena suerte. Y estoy agradecido a Aquel que me ha hecho tropezar con un tesoro, con muchas perlas, a lo largo de muchos caminos, en muchos días: ¡encontrar a Cristo ha sido, sin duda, el mejor negocio de mi vida!

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

De tesoros y perlas - San Mateo 13, 44-52 -.

De tesoros y perlas - San Mateo 13, 44-52 -

 

Un campesino y un comerciante encuentran tesoros. Le ocurre a uno que, por casualidad, sin haberlo planeado, entre zarzas y piedras, en un campo que no es suyo, queda deslumbrado por el descubrimiento y la alegría. Le ocurre a otro que, en cambio, como conocedor apasionado y decidido, recorre el mundo persiguiendo su sueño.

 

Dos formas que parecen contradecirse, pero el Evangelio es liberador: el encuentro con Dios no admite estadísticas; todos pueden encontrarlo o ser encontrados por Él, sorprendidos por una luz en el camino de Damasco, o bien por un Dios enamorado de la normalidad, que pasa, como dice Teresa de Ávila, «entre las ollas de la cocina», que está en tu campo cotidiano, allí donde vives, trabajas y amas, como un agricultor paciente.

 

Tesoro y perla: nombres preciosos que Jesús elige para expresar la revolución feliz que el Evangelio trae a la vida. La fe es una fuerza vital que te cambia la vida. Y la hace bailar.

 

«Al encontrar el tesoro, el hombre, lleno de alegría, va, vende todos sus bienes y compra ese campo». La alegría es el primer tesoro que el tesoro nos regala, es el motor que nos hace caminar, correr, volar: por eso, vender todos los bienes no conlleva ningún atisbo de renuncia (Jesús nunca pide sacrificios cuando habla del Reino), sino que parece más bien el desbordamiento de un futuro nuevo, de una esperanza gozosa.

 

Nada de lo que tenían antes se desecha. El labrador y el comerciante lo venden todo, pero para ganarlo todo. Dejan mucho, pero para tener más. No pierden nada, lo invierten. Así son los cristianos: eligen y, al elegir bien, ganan. No son mejores que los demás, sino más ricos: han invertido en un tesoro de esperanza, de luz, de corazón.

 

Los discípulos no tienen todas las soluciones en el bolsillo, pero las buscan. El mismo «creer» es un verbo dinámico: hay que moverse siempre, buscar siempre, proyectarse, pescar; labrar el campo, descubrir siempre, caminar siempre, sacar del tesoro cosas nuevas y cosas antiguas.

 

Me gusta relacionar estas parábolas con un episodio que le ocurrió a un estudiante de teología en el examen de teología pastoral. La última pregunta del profesor lo dejó desconcertado: «¿Cómo le explicarías a un niño de seis años por qué sigues a Jesús y al Evangelio?». El estudiante buscó respuestas en la teología elevada, utilizó palabras grandilocuentes, citó documentos, pero se dio cuenta de que se estaba enredando. Al final, el profesor le dijo: «Dile esto: ¡lo hago para ser feliz!». Es la promesa última de las dos parábolas del tesoro y de la perla, que hacen florecer la vida.

 

Incluso en tiempos desilusionados como los nuestros, el Evangelio se atreve a anunciar tesoros. Se atreve a decir que el desenlace de la historia será bueno, bueno de todas formas, bueno a pesar de todo. Porque Alguien nos prepara tesoros, siembra perlas en el mar de la existencia.

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Tú, Señor, mi perla y mi tesoro - San Mateo 13, 44-52 -.

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