La esperanza: una lección de la Trinidad - San Juan 3, 16-18 -
«La esperanza no defrauda», escribía
el Apóstol San Pablo a los cristianos de Roma. ¡Cuántas veces dan ganas de
devolverle esa carta al remitente! ¿Cómo puedes esperar en un futuro cuando una
grave enfermedad te está consumiendo o te han arrebatado prematuramente a un
hijo? ¿Cómo puedes esperar en un futuro cuando la soledad se impone a los lazos
y afectos en los que tanto has invertido, o cuando te decepciona un amigo?
Cuando la desgracia te oprime, mides toda tu
impotencia. Las palabras de la gente de la Iglesia te suenan fuera de lugar. Nada
puede cambiar. Dan ganas de decirle al Apóstol San Pablo: la esperanza
defrauda. Con los discípulos de Emaús, nos gustaría decirle a Jesús: «Nosotros
esperábamos».
«La esperanza no defrauda», repite San
Pablo, no porque finalmente los acontecimientos confirmen tus expectativas,
sino porque encuentras una fuerza que te permite asumirlos y atravesarlos sin
maldecir la vida. ¡Cuántas situaciones en las que no se entiende cómo el brote de la esperanza puede seguir
creciendo!
Hay situaciones que atestiguan que el futuro del
hombre nunca está irremediablemente comprometido. ¿Por qué? Porque
el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones.
Desde los primeros compases del Génesis, cuando la
situación del hombre parecería sin retorno, Dios atestigua que el impulso de la
aventura humana no está comprometido para siempre por un destino sin apelación.
Dios no se resigna a ver concluida para siempre esa
aventura de comunión que vive en el seno de la Trinidad y de la que querría
hacer partícipe a toda la humanidad. La alianza que estipula con el hombre
nunca terminará en un callejón sin salida. Esto da al hombre motivo para
esperar: la fe en Dios, para quien yo
soy una pasión de amor.
Señor, ¿qué es el hombre para que te preocupes por él? En el seno de la Trinidad, las tres personas divinas
no hacen más que repetirse: hagamos al hombre a nuestra imagen,
un proyecto nunca definitivamente consumado porque yo estoy hecho para la
eternidad: soy criatura - participio del latín “creare” -, es decir, tomo forma
continuamente de las manos de Otro.
Esperar, por lo tanto, significa creer que ningún
hombre es prisionero definitivo de su pasado. El hombre es mucho más que su
experiencia innata de limitación; posee en sí mismo una huella de Dios que
nadie puede llegar a borrar.
En realidad, Dios es el primero en esperar en el hombre. Nunca impone su amor: solo da los primeros pasos esperando nuestra respuesta. Nada merma su paciencia: ni nuestros retrocesos, ni nuestras infidelidades, ni nuestras traiciones. La esperanza, por tanto, no es un recurso del hombre, sino que nace en el corazón mismo de Dios.
No se basa en nuestros propios progresos ni en
nuestras capacidades. La esperanza tiene un único fundamento: la confianza en la fidelidad de Dios.
Por eso, para el creyente nunca hay nada absurdo. De hecho, incluso cuando el
hombre llegara a tocar fondo, Dios no deja de suscitar hombres capaces de
reavivar la esperanza de un pueblo.
Santo Tomás de Aquino, al considerar con asombro los
diversos motivos de la encarnación, dice que el motivo principal es el de permitirnos esperar. La esperanza se ha hecho carne: Dios ha elegido venir a deleitarse entre
los hijos de los hombres (Pr 8,31). Este es el rostro de Dios que nos
ha revelado Jesús: un Dios que no desdeña la compañía de los hombres. Esto es
lo que nos permite esperar.
La esperanza cristiana no es fruto de nuestra
proyección hacia un más allá fantástico, casi un consuelo ante los
acontecimientos dramáticos de la vida. La esperanza es la gracia de saber
discernir en nosotros y a nuestro alrededor los brotes de nuevas oportunidades,
el inicio de nuevos comienzos.
Incluso el fracaso se convierte en revelación del misterioso y único camino posible para el hombre, el mismo itinerario pascual recorrido por Jesús. El fracaso nos invita a descubrir aquello para lo que estamos hechos, a elegir entre la loca ambición de querer realizarnos con nuestras propias fuerzas y nuestra verdadera grandeza: la de dejarnos amar, de dejarnos llevar a la plenitud por un Dios que tuvo la extraña idea de pasar por el fracaso de la cruz para dar sentido a todas nuestras desesperanzas.
El
Espíritu de la verdad os guiará a la verdad plena (Jn 16,12-13). El Espíritu Santo nos ayuda a
reconocer que cada acontecimiento, incluso la muerte, una enfermedad, un
momento de prueba, no es más que un velo que hay que levantar para llegar a una
visión diferente de las cosas. Pero esto, cada uno debe hacerlo por su cuenta.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF