martes, 19 de mayo de 2026

Laudato si’… once años después.

Laudato si’… once años después

No se ha quedado encerrada en las sacristías: se ha desbordado hacia las plazas, las universidades y los debates políticos internacionales, imponiéndose como uno de los muy pocos análisis realmente capaces de conciliar la fragilidad del planeta y el dolor de los pobres.

 

No es solo un texto religioso: se ha convertido en una brújula imprescindible para cualquiera que intente orientarse en la tormenta de la crisis global. Esta es precisamente la prueba de su naturaleza profética: no ha envejecido porque no se ha limitado a seguir la actualidad, sino que ha dado en el meollo del problema.

 

Cuanto más pasan los años, más se encarga la realidad (por desgracia, hay que decirlo) de dar la razón al Papa Francisco.

 

La encíclica no es un tratado de botánica ni un simple llamamiento al buen corazón de los ciudadanos para que separen los residuos: es un manifiesto político, social y espiritual que sacude los cimientos de la modernidad.

 

Su carga revolucionaria reside en una palabra que actúa como eje central de todo el texto: interconexión. El Papa Francisco derriba la visión sectorial del mundo, típica de la cultura tecnocrática, para afirmar que «todo está conectado». En este esquema, la crisis medioambiental no es un tropiezo del progreso, sino el síntoma de una crisis más profunda que afecta a la idea misma del hombre y de la sociedad.


La primera ruptura real con el pasado es la introducción del concepto de ecología integral. El Papa Francisco acaba con la ecología «de fachada», aquella que se ocupa de salvar (legítimamente) a las ballenas de la extinción ignorando el destino de las poblaciones indígenas o de los trabajadores explotados.

 

Con gran fuerza comunicativa, el Papa declara que no existen dos crisis separadas —una ambiental y otra social—, sino una única y compleja crisis socioambiental. Esto significa que no se puede estar sinceramente preocupado por la naturaleza si en el corazón no hay ternura, compasión y preocupación por los seres humanos.

 

De hecho es una revolución de perspectiva: la defensa del ecosistema se convierte en una lucha por la justicia global. La Tierra, nuestra casa común, se encuentra entre los pobres más abandonados y maltratados, y su grito se une inevitablemente al grito de los oprimidos.

 

Un segundo elemento disruptivo es la crítica radical al paradigma tecnocrático. El Papa pone en tela de juicio la idea de que el crecimiento económico infinito sea la solución a todos los males y que la tecnología, por sí sola, pueda reparar los daños que ella misma contribuye a crear.

 

El Papa Francisco denuncia una «cultura del descarte» que ha transformado el mundo en un inmenso vertedero, donde los objetos están diseñados para convertirse en residuos y las personas —desde los no nacidos hasta los ancianos, desde los migrantes hasta los pobres— son consideradas excedentes de un sistema productivo despiadado.

 

Esto no es solo una crítica al capitalismo salvaje, es un desafío antropológico: el hombre se ha ilusionado creyéndose el dominador absoluto de la naturaleza, transformando el mandato bíblico de «someter la tierra» en una licencia para saquearla. La encíclica restablece una verdad teológica y filosófica incómoda: el hombre no es el dueño, sino el custodio de la creación.



Audaz es también el pasaje sobre la deuda ecológica. El Papa Francisco invierte las relaciones de poder mundiales al hablar explícitamente de una deuda que el Norte del mundo ha contraído con el Sur.
 

Durante siglos, las naciones industrializadas han alimentado su propio bienestar explotando los recursos naturales de otros países y dejando tras de sí contaminación, deforestación y desertificación.

 

La carga revolucionaria se convierte aquí en política internacional: el Papa pide reparaciones, exige que las naciones más ricas asuman los costes de la transición energética global, porque la propiedad privada no es un derecho absoluto, sino que está subordinada al destino común de los bienes.

 

Hay además una revolución del lenguaje y de los sentidos. El Papa Francisco en el texto no habla en abstracto; cita el aire que respiramos, el agua que escasea, la belleza de un paisaje destruido. Ataca la «aceleración», ese ritmo frenético de vida y de consumo que nos impide detenernos a contemplar el valor de lo que tenemos.

 

Propone una sobriedad feliz, no como una forma de privación o de vuelta a la Edad de Piedra, sino como una liberación de la obsesión por el consumo. Es una invitación a pasar del consumo al sacrificio, de la codicia a la generosidad, del despilfarro a la capacidad de compartir.


Por último, Laudato si’ es revolucionaria porque es un documento ecuménico y universal. No se dirige solo a los católicos, sino a «toda persona que habita este planeta».

 

El Papa Francisco invita a un diálogo global que supere los egoísmos nacionales y los intereses partidistas. Nos recuerda que somos una única familia humana, que viaja en un barco que está haciendo agua, y que nadie puede salvarse por sí solo.

 

La suya es una llamada a la «conversión ecológica»: un cambio del corazón, antes incluso que de las leyes. En una época dominada por el cinismo y la resignación, la encíclica es un acto de esperanza militante, un llamamiento a rebelarse contra la injusticia para construir un mundo donde la belleza y la dignidad no sean privilegios de unos pocos, sino derechos de todos.

 

Hoy la fuerza de ese texto permanece inalterada; es más, actúa como un reactivo químico que pone al descubierto las contradicciones de nuestro tiempo. La esperanza es que esa misma radicalidad, capaz de sacudir a las naciones y a las conciencias, pueda seguir provocando para que, en este mundo confuso marcado por el desorden global, el latido indomable de una justicia necesaria y de una paz molesta para los poderosos siga siendo la única fuerza capaz de devolver la esperanza a las mujeres y a los hombres de esta tierra herida.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La escucha compartida de lo que el Espíritu dice a la Iglesia (cf. Ap. 2, 29) - algunos apuntes de discernimiento eclesial sinodal -.

La escucha compartida de lo que el Espíritu dice a la Iglesia (cf. Ap. 2, 29) - algunos apuntes de discernimiento eclesial sinodal -

Hay un hecho que sorprende en el Nuevo Testamento: inmediatamente después de la Ascensión de Jesús, las dos primeras acciones de la comunidad cristiana son la oración comunitaria (Hch 1,14) y el discernimiento comunitario (Hch 1,23-26).

 

Como si la ausencia corporal de Jesús o su presencia en el Espíritu exigieran un esfuerzo adicional de meditación y reflexión compartida.

 

En ambos casos, sobre todo, es relevante —y no casual— el hecho de que la comunidad orante y discerniente no se limite a los once (dada la muerte de Judas, que debía ser sustituido), sino que incluya explícitamente, en el primer caso, «a algunas mujeres y (…) María, la madre de Jesús, y (…) sus hermanos», mientras que, en el segundo caso, nada menos que «ciento veinte (…) personas» (Hch 1,15).

 

Si, por tanto, es una comunidad muy amplia la que propone a los dos «candidatos» para sustituir a Judas y la que reza para que Dios, mediante el «sorteo», designe al nuevo duodécimo apóstol, ¿cómo podemos pensar que las comunidades cristianas posteriores no continuemos habitualmente esta práctica?

 

También por eso, y a pesar de las complejidades, dificultades, resistencias,…, el relanzamiento del discernimiento comunitario y, en su seno, de la escucha de la Voz de Dios mediante la conversación en el Espíritu es un elemento crucial de cualquier itinerario cristiano y, muy especialmente, de cualquier camino eclesial sinodal.

 

En el discernimiento se trata de escuchar esa Voz y de interpretar y de acoger lo que dice. En la oración y en el diálogo fraterno, se reconoce que el discernimiento eclesial es una de las prácticas con las que respondemos a la Palabra que nos indica los caminos de la misión.

 

Este discernimiento es un instrumento que resulta fecundo, incluso son su complejidad, porque «transforma a las personas, a los grupos y a la Iglesia y entrelaza de manera armoniosa el pensamiento y el sentimiento, generando un mundo vital compartido…

 

De hecho, se trata de un dato antropológico que se encuentra en pueblos y culturas diferentes, unidas por la práctica de reunirse solidariamente para tratar y decidir las cuestiones vitales para la comunidad.

 

No se trata de un recurso organizativo sino de una oración abierta a la participación, de un discernimiento vivido en común, de una energía misionera que nace del compartir y que se irradia como servicio. Por eso es un instrumento que requiere de profundidad espiritual.


La importancia y el carácter central de este momento de discernimiento en cualquier proceso eclesial que quiera ser sinodal se concreta, por ejemplo, en algunos elementos clave que no deberían faltar:

 

a) la presentación clara del objeto del discernimiento y la puesta a disposición de información e instrumentos adecuados para su comprensión. Más en concreto:

 

Todo discernimiento, de hecho, se desarrolla siempre en el seno de un contexto concreto, cuyas complejidades y peculiaridades es necesario conocer lo mejor posible y para cuya comprensión seria y efectivamente “eclesial” son necesarias las aportaciones de las ciencias humana.

 

Pero siempre hay que definir con claridad el objeto de la consulta y de la deliberación e identificar a quienes deben ser consultados, también en razón de competencias específicas o de su implicación en la cuestión. Y, por supuesto, velar por que todos los participantes tengan acceso efectivo a la información pertinente, de modo que puedan formular su opinión con conocimiento de causa.

 

b) un tiempo adecuado para prepararse con la oración, la escucha de la Palabra de Dios y la reflexión sobre el tema. Más en concreto:

 

Para que podamos hablar de un discernimiento efectivamente “eclesial” se requiere una exégesis adecuada de los textos bíblicos, que ayude a interpretarlos y comprenderlos evitando enfoques parciales o fundamentalistas; un conocimiento de los Padres de la Iglesia, de la Tradición y de las enseñanzas magisteriales, según su diverso grado de autoridad; las aportaciones de las diversas disciplinas teológicas

 

Y todo ello porque dicha escucha «es el punto de partida y el criterio de todo discernimiento eclesial» (cf. DV 2), tanto cuando tiene lugar en la «liturgia» (cf. SC 7) como en la meditación personal y comunitaria; y porque la voz de Dios susurra (cf. 1 Re 19,13) también en la «Tradición viva de la Iglesia», en el «magisterio», en la «piedad popular», en el «grito de los pobres y en los acontecimientos de la historia», en los «elementos de la creación» y «en la conciencia personal» (cf. GS 16).

 

c) una disposición interior de libertad respecto a los propios intereses, tanto personales como de grupo, y el compromiso con la búsqueda del bien común. Más en concreto:

 

Quienes expresan su opinión en una consulta asumen la responsabilidad de ofrecer un parecer sincero y honesto, en conciencia y con conocimiento de causa; de respetar la confidencialidad de la información recibida; de ofrecer una formulación clara de su opinión, identificando los puntos principales

 

El discernimiento, de hecho, requiere libertad interior, humildad, oración, confianza recíproca, apertura a la novedad y abandono a la voluntad de Dios.

 

En concreto, el clima de confianza recíproca por eso es necesario promover procedimientos que hagan efectiva la reciprocidad en la asamblea que discierne en un clima de apertura al Espíritu y de confianza mutua, en busca de un consenso a ser posible unánime.

 

d) una escucha atenta y respetuosa de la palabra de cada uno. Más en concreto:

 

El discernimiento nunca es la afirmación de un punto de vista personal o de grupo, ni se reduce a la simple suma de opiniones individuales. Cada uno, hablando según su conciencia, se abre a escuchar lo que otros comparten en conciencia, para tratar juntos de reconocer “lo que el Espíritu dice a las Iglesias” (Ap 2,7).

 

Sobre la base de una corresponsabilidad diferenciada se debe respetar a cada miembro de la comunidad, valorando sus capacidades y dones con vistas a la decisión compartida.

 

e) la búsqueda del consenso más amplio posible, que surgirá a través de lo que más «enciende los corazones» (cf. Lc 24,32), sin ocultar los conflictos y sin buscar compromisos a la baja. Más en concreto:

 

De hecho, los Padres de la Iglesia hablaban de un «triple “nada sin” (nihil sine): «nada sin el obispo» (San Ignacio de Antioquía, Carta a los tralianos, 2,2), «nada sin vuestro consejo [de los presbíteros y diáconos] y sin el consentimiento del pueblo» (San Cipriano de Cartago, Carta a los hermanos presbíteros y diáconos, 14,4).

 

Allí donde se rompe esta lógica del nihil sine, se oscurece la identidad de la Iglesia y se compromete seriamente su misión.

 

f) la formulación, por parte de quien guía el proceso, del consenso alcanzado y su presentación a todos los participantes, para que manifiesten si se reconocen en él o no.

 

Seguramente puede haber y hay una no pequeña variedad de enfoques del discernimiento y de metodologías que siempre habrá que saber adaptar a los diversos contextos para que se pueda realizar efectivamente un diálogo cordial, sin dispersar las especificidades de cada uno y sin atrincheramientos identitarios.

 

La escucha de todos, el consenso amplio y reconocido hacen comprender lo fundamental que es la cuestión de la correspondiente amplia participación porque cuanto más se escucha a todos, tanto más rico es el discernimiento;

 

De hecho, está en juego «toda la verdad» (Jn 16,13): por un lado, enseñada por el Espíritu que nos guía hacia ella (Jn 14,26), favoreciendo y garantizando el progreso de la «Tradición» (cf. DV 8); pero, por otro lado, mediada por la lectura de los signos de los tiempos (cf. GS 11) practicada por todo el Pueblo de Dios, el cual, en el ejercicio de su función profética (cf. LG 12), se vale de todos los dones de sabiduría que el Señor distribuye en la Iglesia y se arraiga en el sensus fidei comunicado por el Espíritu a todos los bautizados.

 

Cuantas más personas de diferentes cualidades participen en el proceso, más probabilidades hay de que el discernimiento eclesial se beneficie de una mayor apertura, capacidad de análisis de la realidad y pluralidad de perspectivas, acercándose así al modelo de «sabiduría evangélica» del llamado Concilio de Jerusalén, al término del cual se pudo exclamar: «Nos ha parecido bien, en efecto, al Espíritu Santo y a nosotros…» (Hch 15,28).

 

¿Realmente en la vida de las Iglesias Locales —y en qué medida realmente— está creciendo la práctica del diálogo en el Espíritu, del discernimiento comunitario?

 

¿En qué medida las Iglesias Locales están viviendo su camino cotidiano con una metodología sinodal de consulta y discernimiento, identificando modalidades concretas e itinerarios formativos para realizar una conversión sinodal tangible en las diversas realidades eclesiales? 


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

"Por sus frutos los conoceréis": el déficit de una sinodalidad real y efectiva -

"Por sus frutos los conoceréis": el déficit de una sinodalidad real y efectiva

Uno mira desde la distancia aunque sea con interés e, incluso, preocupación. Y se pregunta si la mentalidad sinodal ha entrado efectivamente a formar parte del modo de ver, pensar, actuar de los Obispos.

 

Y pienso esto porque la sinodalidad también consiste en reconocer el carácter normativo de la categoría Pueblo de Dios que, tras haber sido recuperada por el Concilio Vaticano II, se había ido como difuminando en el magisterio y en los tratados teológicos.

 

Al revitalizar la fructífera relación recíproca entre el Pueblo de Dios y la jerarquía, y al afirmar la igual dignidad de todos los creyentes en Cristo en una corresponsabilidad diferenciada, la sinodalidad está destinada a desmontar la lógica piramidal típica de la eclesiología preconciliar.

 

Una mentalidad que aún perdura, incluso inconscientemente, en el íntimo de no pocos pastores. También entre agentes pastorales y fieles.

 

Y pienso esto porque, siempre desde la distancia, ante ciertas circunstancias creo que aquí hay una clave (no digo “la” clave) que ayuda a explicar ciertas situaciones actuales en algunas Iglesias Locales.

 

La experiencia personal (también he sido, solamente a un cierto nivel, una persona de gobierno en el ambiente eclesial) me lleva a pensar que la sensibilidad sinodal no ha entrado, aún, en ciertas mentalidades episcopales (probablemente tampoco en otras que no tenemos ni báculo ni mitra).


Nos entretenemos en frases hechas del tipo «la Iglesia o es sinodal o no es Iglesia», «la sinodalidad es la dimensión constitutiva de la Iglesia», «la Iglesia es constitutivamente sinodal»,…, que parecen concitar el aplauso fácil pero está por ver si aquella mentalidad de “lo que concierne a todos, debe ser discutido y aprobado por todos” ha entrado a formar parte del ADN cordial y mental del episcopado (y también de la formación de cara al ministerio ordenado).

 

Y pienso esto porque el primer nivel de ejercicio de la sinodalidad tiene lugar en una Iglesia particular. No en la Santa Sede ni en la Iglesia universal.

 

El Pueblo de Dios no es una masa informe e inarticulada. Existe en las Iglesias particulares y a partir de las Iglesias particulares. Y la forma sinodal de Iglesia debe concebirse a partir del conjunto de las Iglesias Locales donde nace y crece en la escucha de la Palabra, en la participación en la Eucaristía y en el testimonio de la caridad, acompañado por la presidencia del Obispo y de su presbiterio.

 

Así lo afirmaba un importante documento de la Comisión Teológica Internacional de 2 de marzo de 2018, titulado “La sinodalidad en la vida y en la misión de la Iglesia: «El primer nivel de ejercicio de la sinodalidad tiene lugar en una Iglesia particular» (cf. https://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/cti_documents/rc_cti_20180302_sinodalita_sp.html). 



Una consecuencia de tal visión se encuentra en la correcta comprensión de la identidad y la misión del ministerio jerárquico, al que debe conferirse un carácter de servicio transitorio, histórico, temporal, más que ontológico, pero nunca absoluto ni autorreferencial.
 

Esa comprensión tiene como consecuencia, por ejemplo y entre otras, que poco tiene que ver con un estilo sinodal la práctica de ordenar Obispos que no tienen un vínculo real con una Iglesia Local o que no muestran sintonía efectiva y real con un modelo de Iglesia de comunión y sinodalidad, y que corren el riesgo de hablar siempre al Pueblo de Dios sin escucharlo nunca (o escuchando a aquellos que le hacen coro amable o eco de resonancia afín).

 

De todo ello se deriva asimismo la necesidad de involucrar al Pueblo de Dios en su totalidad en todos los procesos de conversión y de reforma que la Iglesia emprende, puesto que el Espíritu habla a todos a través de diversas mediaciones, como la escucha asidua de la Palabra, la oración, la caridad vivida, la relectura creyente de los acontecimientos de la vida y de la historia, pero también como el diálogo y la expresión serena de los diversos puntos de vista.

 

Por el momento, y siempre desde la distancia, me es complejo imaginar una conversión sinodal de algunos Obispos. También de la estructura de la Iglesia sin la participación activa de todos los componentes del Pueblo de Dios.

 

Para que esta participación activa sea eficaz, es necesario poner en marcha prácticas y dinámicas comunicativas adecuadas para que los diversos sujetos que participan en el desarrollo de la vida eclesial puedan interactuar de manera orgánica y comunitaria, tanto con fines consultivos como deliberativos.


Quiero decir que en una Iglesia que quiera avanzar en el proceso de la sinodalidad efectiva, una dinámica comunicativa fundamental es la escucha recíproca, que no es un fin en sí misma, sino que sirve para generar procesos personales y comunitarios que pueden conducir a cambios reales, tanto en las mentalidades como en las estructuras.

 

Me refiero a una escucha que no sea una simple consulta sino que se convierta en un diálogo creativo, caracterizado no solo por la apertura confiada al otro, la intención de trabajar y pensar juntos, la empatía, el respeto recíproco, la naturaleza participativa y la dimensión generativa de la visión y las relaciones. Por supuesto, que sea también generadora de una nueva comprensión más rica y más profunda del Evangelio que genera la Iglesia.

 

La fuerza del diálogo reside en negarse a privilegiar una sola voz, perspectiva o ideología, y en reconocer el valor de la aportación de muchas voces independientes pero dirigidas mutuamente-recíprocamente.

 

Una Iglesia sinodal tiene la obligación de escuchar sin prejuicios, sobre todo a ciertas categorías de personas.

 

Hay que escuchar a los laicos, reconociéndolos como verdaderos compañeros de camino, por su aportación —en carismas, competencias profesionales, experiencias de vida— única e insustituible. Y esto supone que haya que dirigirse a ellos con un lenguaje distinto del habitual en los ámbitos clericales y eclesiales, el de la vida cotidiana del trabajo, de la vida familiar, de la economía y la política,…, es decir, el lenguaje que los laicos y las laicas emplean en su día a día.

 

Hay que escuchar a las mujeres, cuyas palabras, gracias al Concilio Vaticano II, se han vuelto públicas, autorizadas y competentes en el ámbito eclesial, pero siguen sin ser debidamente tenidas en cuenta debido al legado androcéntrico y patriarcal que aún aflige a la Iglesia católica.

 

Hay que escuchar a los jóvenes, que a menudo expresan un profundo malestar en una Iglesia gobernada no pocas veces por una “gerontocracia.

 

Hay que escuchar a aquellos grupos de creyentes que, tal vez porque expresan críticas son en su mayoría marginados de la vida eclesial.

 

Hay que escuchar a los religiosos y religiosas que, con su experiencia secular de sinodalidad vivida, pueden ser de gran ayuda en la renovación de las diócesis, promoviendo la idea de que los cargos de autoridad se asuman solo por un período, de forma rotativa, y mostrando la eficacia de unir el poder de uno (superior/a) con la contribución constante de un grupo de consejeros y con momentos de asamblea en los que participan todos (asambleas, capítulos,…).

 

Toda esta reflexión nace de una intuición - no una certeza - que ha ido y continúa creciendo en mí: en este proceso eclesial de sinodalidad, y que quiso poner en marcha el Papa Francisco, no todos los Obispos muestran efectivamente esa sintonía ni están alineados con esa sinodalidad como nueva forma de la Iglesia que es comunión. Probablemente porque no la han incorporado a su ADN de gobierno pastoral.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 17 de mayo de 2026

Una fe corpórea y entrañable: Dios en femenino.

Una fe corpórea y entrañable: Dios en femenino

La Visitación nos propone una pausa. Y la pausa es en una casa donde encontramos a dos mujeres que son como dos pioneras: María e Isabel.

 

Una concibe cuando tiene ante sí el muro de la imposibilidad, la otra cuando ya se han agotado todas las posibilidades humanas.

 

Dos mujeres se convierten en el signo de lo que Dios puede realizar allí donde uno se abre a acoger su palabra. Subrayo el «puede», como para decir que la posibilidad de éxito recae totalmente en el lado humano, ya que Dios ya se ha comprometido.

 

Nos dispusimos a celebrar lo que el Señor ha realizado en María cuando somos capaces de preparar nuestro cuerpo: no algo externo a nosotros, sino a nosotros mismos. «No quisiste ni sacrificio ni ofrenda, sino que me preparaste un cuerpo…» (Hb 10,5). Dentro de nosotros estamos llamados a concebir y a engendrar al Señor mediante la escucha de la palabra: «Mi madre y mis hermanos —dirá Jesús— son aquellos que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica».

 

María lleva un hijo en su seno, ha puesto su cuerpo a disposición del Señor. Ahora bien, cuando se es fecundo, nunca lo es solo para uno mismo. Es una fecundidad que resuena en cualquier situación.


 

Yo también, y también la comunidad cristiana, nuestras relaciones están a veces repletas: ¿pero de qué? Me parece que, con demasiada frecuencia, de palabras vacías, obvias, repetitivas; seguimos celebrando ritos, pero sin alma; realizamos gestos, pero gastados, predecibles.

 

 Demasiada seguridad en nosotros mismos, demasiada arrogancia sigue marcando nuestra relación con esta tierra, en lugar de atención, de disponibilidad para comprometernos.

 

María, embarazada, podría haberse encerrado en sí misma y haber contemplado y custodiado el don de ese embarazo que casi le había sido arrebatado de improviso, sumergiéndola en una historia nueva, diferente de como quizá se la había imaginado. Incluso en una situación similar, María se pone en camino, no está preocupada por sí misma. A pesar de estar embarazada de un hijo, todavía hay espacio para alguien en su vida, alguien de quien hacerse cargo.

 

Ponerse en camino significa superar una fase de cansancio, significa reconocer que aquello de lo que has sido protagonista es solo un anticipo de lo que Dios aún quiere hacerte saborear precisamente en el encuentro con el otro.


 

La señal más auténtica de que hemos hecho espacio a Dios en nuestra vida es precisamente el camino. María se convierte en inventora de caminos inéditos: María no se dirige al Templo, sino que va al encuentro de alguien que también es portadora de vida, igual que ella. ¿Qué caminos y qué procesos abre esta palabra común que escuchamos cada día?

 

La palabra que escuchamos es siempre generadora de novedad, es siempre una palabra que «da a luz». Pero para que esto suceda es necesario tomar como compañera de viaje a la joven de Nazaret. Ella da testimonio de que lo nuevo nace allí donde alguien comienza a prestar su vientre.

 

Cuando María llega a casa de Isabel, se convierte en expresión del cuidado de Dios: asume, de hecho, y comparte los sentimientos del otro, reparte el esfuerzo cotidiano, acompaña a su prima en el parto. Allí donde hay una existencia despojada de sí misma y abierta al cuidado del otro, allí está Dios: ya ahora se renueva el misterio de la encarnación.

 

Aún lleva al hijo en su vientre y, allá donde llega, ya da a luz esperanza, confianza, acogida.


 

Los cuerpos de esas mujeres acogen lo imprevisible y lo inesperado. Cuerpos capaces de vibrar al ritmo de un amor desmesurado y, por eso, capaces de ternura, de misericordia, de compartir. No a la altura de esta tarea el hombre que, en un caso, habría querido liquidarlo todo despidiendo a la mujer, y en el otro —Zacarías— queda mudo, incapaz de reconocer y, por tanto, de hablar.

 

La fe de María es corporal, hecha de movimientos, de gestos, de atenciones. Capaz de asumir lo humano tal y como se le presenta ante ella. La adhesión a la Palabra que le dirige el ángel la introduce en un camino cada vez más concreto que le pide que impregne de esa Palabra útero, entrañas, vísceras, sangre,…, actos, pasos, sentimientos, pensamientos...

 

María es consciente de que todo proviene de un Dios que ha cuidado de ella con esmero, pero también es igualmente consciente de que es precisamente a través de ella que Dios obra maravillas en favor de su pueblo.

 

Nuestra fe es corporal si, como atestigua el evangelista Mateo, al atardecer de la vida seremos juzgados por la atención prestada o no al cuerpo: tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed… ¿Cuándo, Señor? Los gestos y las miradas hacia el cuerpo del hermano se consideran gestos y miradas hacia el mismo Señor.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Dios se encuentra en el umbral.

Dios se encuentra en el umbral

En la puerta de la casa de Isabel… Es aquí donde nos detiene el relato de la Visitación. Un umbral que no hay que cruzar a toda prisa. Un umbral ante el que hay que detenerse largo rato si queremos captar el sentido del misterio de aquella visita, que no estaba programada en ningún calendario salvo en el del corazón de María.

 

En ese umbral descubrimos, desde un punto de vista privilegiado, qué y cómo mira Dios.

 

Ha mirado la humildad de su sierva, canta María en ese himno que la Iglesia nos hace rezar al final de cada día, casi como si quisiera enseñarnos cómo debe releerse el tiempo transcurrido: como una ocasión para destacar no los grandes acontecimientos, sino aquello que, tal vez, sin darnos cuenta, consideraríamos material de desecho.

 

En esa puerta, de hecho, se pone de relieve la marginalidad, la de María aquella vez, la mía esta vez, reconocidas y contempladas por el Señor. Incluso tomadas prestadas —casi un refugio improvisado en esa generación perenne del Verbo de Dios— para que Él pueda darse a conocer de nuevo como el Dios-con-nosotros.

 

En esa puerta de la casa de Isabel entramos en contacto con los desvíos de Dios: Dios se ha confiado al seno de una joven. Inconcebible: una joven se convierte en el arca de la presencia de Dios en medio de su pueblo. Por fin el sueño de Dios ha encontrado un trozo de tierra en el que germinar y crecer, sin resistencias.


 

En esa puerta aprendemos la belleza del asombro, de no dar nada por sentado: ¿A qué se debe que la madre de mi Señor venga a mí? Qué bonito que estas palabras salgan de la boca de una mujer de edad avanzada pero aún capaz de asombrarse.

 

En esa puerta de casa, el encuentro de dos mujeres que han dado cobijo a lo imposible se convierte en el primer fruto del descenso del Espíritu Santo: Bienaventurada la que ha creído en el cumplimiento de lo que le ha dicho el Señor.

 

Cuando se da crédito a lo que dice el Señor, es garantía de que el Espíritu descienda de nuevo para fecundar a la humanidad. ¿Qué vientre, qué espacio me atrevo a poner a disposición para que otros puedan tener esperanza? Si nos atreviéramos…

 

En esa puerta, dos mujeres nos ofrecen casi un lugar privilegiado si no queremos quedarnos al margen de lo que continuamente ocurre en nuestra vida. María e Isabel anuncian a un Dios que da un vuelco a todos nuestros parámetros de grandeza, un Dios que invierte o subvierte nuestros esquemas.

 

María e Isabel, de hecho, no hablan de sí mismas: ellas, en realidad, nos hablan de Dios, de lo que ha realizado en ellas, de un Dios que tiene ojos para la esterilidad de una y para la imposibilidad de la otra, como ya había tenido ojos para un lugar del que no puede salir nada bueno, Nazaret. De un Dios que aún se hace presente, pero no en el estruendo, no en la ostentación.


 

En la puerta de esa casa encontramos a dos mujeres que no se han endurecido por la costumbre, mujeres que no han permitido que la vida defraude sus sueños, mujeres que no están secuestradas, ni encerradas en el esquema de un modelo único: una concibe sin intervención humana, la otra cuando la intervención humana ha agotado todas sus posibilidades.

 

En la puerta de esa casa, dos mujeres nos dan testimonio de que celebra continuamente el misterio de la Encarnación quien no ha apagado el deseo de renacer por dentro, quien no se resigna al modelo único de cómo deben ir necesariamente las cosas.

 

En la puerta de esa casa, dos mujeres narran la irrupción de Dios en la belleza de un encuentro. Si te acojo, mi vida cambia. Nuestros encuentros, si se viven sin empobrecimiento, se convierten en acontecimientos del Espíritu. Y cada uno comprende el lenguaje del otro, declinándolo ante todo como respeto y acogida de la diversidad ajena.

 

En la puerta de esa casa, Dios no deja de subvertir las pretensiones de quienes querrían circunscribirlo a un espacio sagrado, casi como si quisieran secuestrarlo, convertirlo en su propio monopolio. Dios nunca ha dejado de atestiguar que su sueño era habitar la historia desde dentro. No quería ser relegado a un espacio, sino que elegía estar en el ir, en ese ir de María. Es sintomático que el ir sea el último mandato del Resucitado: ir… llevando buenas nuevas…

 

Sí, al concluir el mes mariano, el ir solícito de María es una invitación a salir y a cuidar de cada comienzo, aunque sea tímido, aunque no sea llamativo. Que tu ir haga sobresaltar a quien visites y sea relato de lo que Dios ha iniciado en ti.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Hijo, mira, es tu madre.

Hijo, mira, es tu madre

La fiesta litúrgica de «María, Madre de la Iglesia» fue instituida mediante un decreto del 3 de marzo de 2018 por el Papa Francisco, y se incluyó en el Calendario litúrgico romano como memoria obligatoria de la Santísima Virgen María, Madre de la Iglesia.

 

Desde siempre se ha rezado a María como la «Madre de Jesús», y el Concilio de Éfeso la proclamó «Madre de Dios». Fue el Papa Pablo VI, al clausurar la Tercera Sesión del Concilio Vaticano II, quien la proclamó «Madre de la Iglesia», es decir, de todo el Pueblo de Dios, y estableció que, «con este título tan dulce, de ahora en adelante la Virgen (fuera) aún más honrada e invocada por todo el pueblo cristiano».

 

El Papa Francisco quiso que se instituyera e incluyera en el Calendario Romano General la «Fiesta de la Santísima Virgen María, Madre de la Iglesia». El motivo por el que se eligió el lunes después de Pentecostés para celebrar esta fiesta se debe a la presencia maternal de María en el Cenáculo con los Apóstoles cuando Dios derramó el Espíritu Santo.

 

María, Madre de la Iglesia, Virgen de la escucha y de la contemplación, madre del amor, esposa de las nupcias eternas, intercede por la Iglesia, de la que es el icono purísimo, para que nunca se cierre ni se detenga en su pasión por instaurar el Reino.

 

La madre, cualquier madre, es siempre la presencia dulce y fuerte junto a sus hijos, con la sonrisa, con el ánimo, con la fuerza y la decisión. Nunca una madre ha sido «vengativa», ni ha enseñado el odio. La madre siempre acoge, siempre perdona, lo perdona todo. Pensar en María, la madre de Jesús, la «Madre de la Iglesia», la madre de cada uno de nosotros, con estas características, una vez más nos abre el corazón, nos llena de serenidad, de paz.

 

Y una vez más nos gusta imaginarla como Madre, con todas las características de la madre. También María experimentó la alegría encuentro, la espera de las fiestas, los impulsos de la amistad, el éxtasis de la danza, las inocentes halagos por un cumplido, la felicidad por el vestido nuevo de una maternidad sorprendente.


Es muy significativo que la última entrega de Jesús en la cruz sea la de su Madre: Juan recibe la misión de tener a María como madre. Su primera tarea no es ir a anunciar el Evangelio, sino convertirse en hijo de María. Para él y para todos los discípulos es más importante ser creyente que apóstol; o mejor dicho, se es apóstol en la medida en que se es creyente.

 

Hijo, mira: es tu madre. Hijo es un término que indica una estrecha semejanza con aquellos de quienes ha sido engendrado. Por eso Jesús dirá a los fariseos: «Si sois hijos de Abraham, ¡haced las obras de Abraham!». El mismo Jesús estableció como principio de la vida cristiana el de tomar a María como madre. ¿Qué puede significar esto para nosotros?

 

Me gusta interpretar a María, ante todo, como una figura capaz de permanecer en los cambios. Tomar a María como madre significa aprender a estar en los momentos de transición. En primer lugar, me parece, aceptando estar ahí. María elige estar en la transición. Algo que no es nada fácil, empujados como estamos a soñar con algo que ya no existe justo cuando nuevas situaciones nos acosan. En los momentos de transición, nos diría María, es necesario discernir lo que se esconde bajo los escombros que incluso una época de transición puede provocar.

 

Tomar a María como madre significa también reconocer que mi vida está anunciada, pensada por Dios, que nos eligió antes de la creación del mundo. Por eso, no temas, el Señor está contigo. Cada vida está anunciada y alcanzada por anuncios que interpelan mi libertad para que la Palabra del Evangelio pueda cumplirse. Mi vida es el único lugar en el que se permite que el Evangelio se cumpla. Y cuando esto ocurre, me convierto en morada de Dios.

 

Significa, además, reconocer que esa Palabra pone en camino. Al principio, tal vez, un camino en busca de alguien a quien ayudar, pero que luego se convierte en alguien con quien compartir el don del que se está embarazada. Y esto según un estilo de atención solícita y providente. Entrar en la casa también significa entrar en los problemas. Allí se lleva a Jesús en la medida en que se pone de nuevo en marcha la alegría.


Tomar a María como madre significa, además, tener ojos, como Ella, para todas aquellas situaciones en las que falta el vino, símbolo del amor, y por eso las relaciones están como atascadas. Tomar a María como madre significa asumirlas, hacerse cargo de ellas para que no falte lo más importante en la convivencia de los hombres.

 

Y significa aceptar que el misterio de Jesús es más grande que tú y que no puedes encerrarlo en tus esquemas de comprensión. Ese hijo va más allá de tus propios modelos y crea desconcierto. Dios es diferente de lo que habríamos esperado.

 

Además, significa reconocer que precisamente allí donde un dolor querría invadir tu existencia, todavía hay una maternidad que ejercitar, todavía hay vidas que custodiar, proteger, hacer florecer y amar.

 

Tomar a María como madre significa prolongar en la propia existencia su estilo de vida. En primer lugar, en relación con Dios, con una actitud de total abandono, acogida y fidelidad. Luego, en relación con los hombres, con una actitud de naturalidad que se expresa en el canto y en el servicio que genera alegría y comunión.

 

María es la que permanece en el cambio. ¿Qué hay más cambiante que una situación de muerte, cuando, como madre, pierde a su hijo unigénito y se ve llamada a aceptar releer su vida ya no a partir de una relación que hasta ese momento estructuraba su propia identidad?

 

Pero el cambio se da también respecto a una costumbre que establecía que la mujer se fuera a la casa del mayor de la familia de origen.

 

Su capacidad de permanecer en los momentos de transición la llevará a realizar profundos cambios hasta el final, siempre impulsada por la fuerza del Espíritu que, en este punto, le concede comprender aquella palabra que el propio Hijo había pronunciado un día: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?… Quien cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre».


El último mandato del Señor moribundo en una cruz es el de acoger. Se acoge lo que se reconoce como un don. Recibir el último mandato del Señor significa experimentar la conciencia de que en la vida todo es gracia que se ofrece y quiere ser acogida. Se acoge para custodiar, para promover al otro en un estilo que habla de compartir el camino.

 

A María, Madre de la Iglesia, le podemos pedir que nos ayude a mirar el mundo con simpatía y con la audacia de la fe.

 

Tú que, guiada por el Espíritu, te pusiste en camino para llegar rápidamente a una ciudad de Judá (Lc 1,39), donde vivía Isabel, y te convertiste así en la primera misionera del Evangelio, haz que, impulsados por el mismo Espíritu, también nosotros tengamos el valor de entrar en la ciudad para llevarle anuncios de liberación y esperanza, para compartir con ella el esfuerzo cotidiano, en la búsqueda del bien común.

 

Danos hoy el valor de no alejarnos, de no escondernos de los lugares donde la lucha es más intensa, de ofrecer a todos nuestro servicio desinteresado y de mirar con simpatía este mundo en el que no hay nada genuinamente humano que no deba encontrar eco en nuestro corazón.

 

Ayúdanos a mirar con simpatía al mundo y a amarlo.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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