miércoles, 2 de septiembre de 2026

El ritmo lento del crecimiento.

El ritmo lento del crecimiento

 

Hay un dato biográfico, aparentemente secundario, en la vida de Juan el Bautista, que, sin embargo, encierra una palabra ardiente para nuestro tiempo: el Evangelio dice que el niño crecía, se fortalecía en el espíritu y vivía en regiones desérticas hasta el día de su manifestación ante Israel.

 

Antes de la voz que clama, hay un largo silencio. Antes de la palabra que sacude las conciencias, está el desierto que educa el alma. Antes del hombre público, está el hombre oculto.

 

Este mismo misterio lo encontramos en la vida de Jesús. Tampoco Él se impone de inmediato en la escena del mundo. También Él atraviesa los años del ocultamiento, de la vida ordinaria, de la obediencia silenciosa, de la maduración secreta.

 

El Hijo de Dios no se salta etapas. No busca visibilidad antes de tiempo. No confunde la misión con la exposición pública, ni la llamada con el aplauso.

 

Juan el Bautista y Jesús nos revelan una ley espiritual que hoy casi hemos olvidado: ninguna palabra verdaderamente profética nace del ruido.

 

Las palabras que salvan, que hieren para sanar, que juzgan para liberar, que llaman a la conversión, no provienen de la improvisación ni de la excitación del momento. Vienen de lejos. Vienen de años de escucha. Vienen de la profundidad de una conciencia forjada por el silencio.

 

El desierto, en las Escrituras, no es solo un lugar geográfico. Es una escuela. Es un crisol. Es el lugar donde caen las máscaras, se apagan las voces inútiles, se desinflan las ambiciones prematuras. En el desierto, el hombre ya no puede fingir ante los demás: se queda ante Dios, ante la verdad, ante su propia hambre o sed, ante su propio miedo, ante su propia espera.

 

Por eso, cuando Juan por fin habla, su voz no se parece a las palabras frívolas de los hombres acostumbrados a complacer. No habla para ocupar espacio, no habla para seducir, no habla para ganarse el consenso. Habla porque ha sido habitado por una Palabra más grande que él. Y esa Palabra, madurada en la soledad, llega como fuego a las conciencias.

 

Nosotros, en cambio, vivimos en una época que expone demasiado pronto, consume demasiado pronto, exige demasiado pronto.

 

A los jóvenes se les empuja al centro del escenario antes incluso de que hayan encontrado el centro de sí mismos. Se les pide que aparezcan cuando aún no han aprendido a escuchar, que elijan cuando no se les ha ayudado a discernir, que hablen cuando nadie les ha enseñado el valor del silencio.

 

Esta es una de las carencias más graves de nuestra época: hemos multiplicado las oportunidades de expresión y hemos empobrecido la vida interior. Hemos dado a los jóvenes herramientas para mostrarse, pero no siempre espacios para conocerse a sí mismos. Los hemos rodeado de estímulos, imágenes, juicios, expectativas, pero muy pocas veces los hemos acompañado al desierto bueno del silencio, de la pregunta, de la oración, de la reflexión, de la responsabilidad.

 

Así corremos el riesgo de quemar su vocación antes incluso de que pueda tomar forma. Corremos el riesgo de convertir la adolescencia en un escaparate y la juventud en una carrera frenética hacia el reconocimiento externo.

 

Pero el alma no madura bajo los focos. La conciencia no se profundiza en medio del ajetreo. La libertad no nace de estar continuamente observados, sino de aprender a estar ante la verdad de uno mismo.

 

Si Juan Bautista y Jesús pasaron por un tiempo oculto, entonces ningún educador debería menospreciar los ritmos lentos del crecimiento.

 

Hay una gracia en no estar listos de inmediato. Hay una sabiduría en no ser visibles de inmediato. Hay una protección en poder madurar lejos del juicio continuo del mundo.

 

Formar a un joven no significa situarlo inmediatamente en el centro de la atención de los adultos, ni convertirlo en la prolongación de sus expectativas. Significa custodiar en él un espacio interior. Significa enseñarle que no todo lo que vale debe exhibirse de inmediato, que no todo pensamiento debe convertirse en palabra, que no toda emoción debe convertirse en gesto, que no todo deseo debe transformarse inmediatamente en derecho.

 

Educar en la profundidad significa devolver a los jóvenes el gusto por la vida interior: la capacidad de cuestionarse, de esperar, de discernir, de reconocer lo que es auténtico y lo que es ilusorio.

 

Significa ayudarles a descubrir que en su interior no hay solo un conjunto de necesidades que satisfacer, sino una conciencia a la que escuchar, una vocación que reconocer, una palabra que preparar.

 

Las palabras de Juan impactaban porque no eran palabras frívolas. Las palabras de Jesús tenían autoridad porque no procedían de una superficie agitada, sino de una comunión profunda con el Padre.

 

Quien habla después de haber escuchado durante mucho tiempo no habla para llenar el vacío: habla para abrir un camino. Quien ha habitado el silencio no utiliza la palabra como adorno, sino como semilla, como espada, como medicina.

 

Quizá nuestro tiempo necesite precisamente esto: no jóvenes más expuestos, sino jóvenes más arraigados; no adolescentes más aplaudidos, sino adolescentes más acompañados; no generaciones más ruidosas, sino conciencias más libres.

 

Necesitamos devolverle el valor al desierto, no como huida del mundo, sino como preparación para encontrarnos con él sin que nos devore.

 

El desierto no apaga la vida: la purifica.

 

El silencio no empobrece la palabra: la hace verdadera.

 

El ocultamiento no anula la misión: la prepara.

 

Juan Bautista se presenta ante Israel solo después de haberse formado lejos de Israel.

 

Jesús comienza su misión pública solo tras un largo período de vida oculta.

 

Es una ley del Reino: lo que debe dar fruto debe primero echar raíces.

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El discernimiento de Jesús.

El discernimiento de Jesús

 

En primer lugar está el reconocimiento. Antes que cualquier palabra, antes que cualquier doctrina, antes que cualquier rito, hay un hombre que ve en Jesús una presencia diferente, una grandeza que no se puede medir con las categorías habituales, una luz que no pertenece ni a los poderosos ni a los guardianes del Templo.

 

El leproso no se postra ante los sacerdotes, no se arroja a los pies de los líderes, no busca el favor de los ricos. Se postra ante Jesús, y con ese gesto silencioso proclama lo que muchos no quieren ver: en medio de Israel ha surgido una presencia nueva, una presencia que no pide permiso a las instituciones para manifestar la compasión del Misterio.

 

Las palabras y los gestos de Jesús ya habían atravesado pueblos y caminos como un viento inesperado. Habían sacudido los hogares de los pobres, llegado a los cuerpos heridos de los enfermos, encendido la esperanza en los rostros de quienes habían sido excluidos.

 

Allí donde la religión había puesto límites, Jesús abría pasos; allí donde los hombres habían levantado muros, Él hacía pasar la vida.

 

Por eso se acercaban a Él sobre todo aquellos que ya no tenían nada que defender: los pobres, los enfermos, los impuros, los hambrientos, los marginados. Reconocían en Él no a un nuevo amo, sino el signo de un Misterio finalmente devuelto a su verdad.

 

Los poderosos, en cambio, no acuden. Los políticos, los ricos, los guardianes del orden religioso no se sienten atraídos, sino amenazados.

 

Perciben que la multitud que sigue a Jesús no es una multitud manipulada, sino un pueblo que empieza a respirar. Y cuando el pueblo respira, los tronos tiemblan; cuando los excluidos alzan la mirada, las leyes injustas quedan al descubierto; cuando el Misterio vuelve a ser esperanza de los pobres, todo poder que lo había secuestrado entra en crisis.

 

Entre los que buscan a Jesús hay un leproso, un hombre al que la religión de su tiempo había declarado impuro. No solo enfermo, sino apartado. No solo sufriente, sino convertido en símbolo viviente de una distancia: distancia de los demás, distancia del templo, distancia del Misterio. Su piel se había convertido en sentencia, su cuerpo en frontera, su vida en exilio.

 

Los hombres habían dicho: «No puedes entrar en el espacio sagrado». Los hombres habían dicho: «No puedes acercarte». Los hombres habían dicho: «Quien te toque quedará contaminado».

 

Pero Jesús conoce estas leyes y conoce su peso. Sabe que hablan el lenguaje del miedo más que el del Misterio. Sabe que, a menudo, los hombres llaman voluntad divina a lo que sirve para conservar privilegios, distancias y dominio.

 

Por eso Jesús no retrocede. No discute desde lejos. No bendice la exclusión con palabras prudentes.

 

Extiende la mano y lo toca. Ese toque es profecía. Ese toque es juicio. Ese toque es revelación.

 

En el momento en que la mano de Jesús alcanza el cuerpo del leproso, se desmorona la mentira de una religión que pretende defender el Misterio excluyendo a sus hijos.

 

Jesús acepta volverse impuro según la Ley de los hombres, para mostrar que, ante el Misterio, ningún ser humano es impuro cuando busca vida, dignidad y comunión. Se sitúa del lado del excluido y, así, revela que el lugar del Misterio no es el recinto de los puros, sino la carne herida de quien ha sido rechazado.

 

El texto no habla simplemente de curación, sino de purificación. Y esta palabra abre un abismo.

 

El leproso no solo pide que su cuerpo sea sanado; pide poder volver entre los hombres y las mujeres, reincorporarse a la comunidad, no estar ya condenado a la invisibilidad. Pide que se rompa la sentencia que lo mantenía al margen. Pide, en el fondo, que el Misterio ya no se utilice en su contra.

 

Y Jesús responde a su profunda pregunta: «Quiero, quédate purificado».

 

No es solo una palabra dirigida a la enfermedad; es una palabra dirigida a la historia. Es una palabra contra todo Templo que cierra sus puertas, contra toda Ley que humilla, contra todo sistema religioso que divide a los hombres entre dignos e indignos. Jesús no confirma el mundo tal y como es: lo atraviesa, lo desenmascara, lo derriba desde dentro.

 

Aquí el Misterio se libera de la deformación producida por las leyes de los hombres. ¿Qué Dios sería aquel que excluye a los leprosos de su templo? ¿Qué Dios sería aquel más preocupado por la pureza ritual que por el sufrimiento de un hijo? ¿Qué Dios sería aquel custodiado por manos poderosas y negado a quienes lloran a las puertas?

 

El Evangelio responde con el gesto de Jesús: el Misterio no habita en la exclusión, sino que la visita; no consagra la distancia, sino que la rompe; no teme a la impureza, sino que la atraviesa para devolver al hombre a la vida.

 

Por eso, la acción de Jesús resulta peligrosa a los ojos de los poderosos. Les quita el monopolio de lo sagrado. Muestra que el Misterio no es propiedad de nadie, no pertenece a los Templos administrados como fortalezas, no obedece a las fronteras construidas por el miedo. Su misericordia no puede quedar aprisionada en los códigos de quienes quieren establecer quién puede acercarse y quién debe permanecer lejos.

 

El leproso purificado se convierte entonces en signo del mundo nuevo inaugurado por Jesús. En él se purifican todos aquellos que han sido declarados indignos. En él vuelven a hablar los cuerpos silenciados. En él vuelven a formar parte de la historia aquellos que habían sido relegados a los márgenes.

 

Y el pueblo comprende que la santidad del Misterio no consiste en separarse de los heridos, sino en inclinarse hacia ellos; no consiste en defender privilegios, sino en generar comunión.

 

Así, el Evangelio nos llama aún hoy a discernir qué leyes, qué costumbres, qué miedos siguen produciendo leprosos en nuestras ciudades, en nuestras comunidades, en nuestras Iglesias.

 

Y nos pide que reconozcamos dónde se ha secuestrado el Misterio, dónde se ha desfigurado su imagen, dónde su palabra se ha transformado en instrumento de exclusión.

 

Y nos anuncia que cada vez que alguien vuelve a levantarse, cada vez que un excluido es acogido de nuevo, cada vez que una mano se atreve a tocar lo que el poder declara intocable, por allí pasa de nuevo el Señor.

 

Ay de quien utilice el Misterio para cerrar puertas. Ay de quien pronuncie el nombre del Santo para proteger su propio poder. Ay de quien convierta la ley en piedra y la coloque sobre los hombros de los pequeños.

 

Porque el Misterio revelado en Jesús no se deja poseer. Él camina hacia los excluidos, toca a los impuros, levanta a los caídos, devuelve la dignidad a los olvidados.

 

Y donde los hombres habían escrito «fuera», Él escribe con su mano viva: «Tú eres hijo».

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Bienaventuranza de la fe enjuta y simple.

Bienaventuranza de la fe enjuta y simple

 

¿Qué es la fe, si no es la confianza radical depositada en la palabra del Maestro?

 

No es posesión, no es cálculo, no es una garantía forjada por las manos del hombre.

 

La fe es docilidad viva ante una palabra reconocida como realidad auténtica y verdadera; es el corazón que, tras haber buscado durante mucho tiempo, finalmente se inclina, no por miedo, sino porque ha intuido la luz.

 

En verdad, no todos oyen de la misma manera. Hay palabras que pasan como el viento sobre las piedras, y hay palabras que penetran como una semilla en la tierra fértil.

 

Solo quien recorre la vida con el deseo de autenticidad, solo quien cuestiona sus propias decisiones, solo quien no se conforma con una verdad cómoda, sino que busca una verdad capaz de juzgar y salvar, es capaz de reconocer la voz que viene de lo alto.

 

Es el camino interior el que abre los ojos de la conciencia. Es la purificación secreta del corazón la que genera la intuición de la palabra verdadera.

 

Así como el centinela reconoce el amanecer antes de que aparezca el sol, así también el alma sincera reconoce la palabra auténtica incluso antes de comprender todas sus razones. La reconoce porque esa palabra no domina, sino que llama; no hiere, sino que sana; no aprisiona, sino que devuelve a la vida su sentido profundo.

 

Así le sucedió al centurión en su encuentro con Jesús.

 

En el centro no estaba el orgullo de un hombre poderoso, ni el deseo de ver una señal para saciar la curiosidad. En el centro estaba el dolor de un siervo que sufría, la preocupación por una vida frágil, la atención concreta hacia aquel que yacía en la necesidad.

 

Y este dato existencial es fundamental: la fe nace donde el corazón no está cerrado en sí mismo, sino que vibra ante la herida del otro.

 

Quien vive relaciones profundas ya conoce, aunque sin saberlo, la gramática del Reino.

 

La madre que vela por su hijo, el padre que cuida del camino de sus hijos, los cónyuges que se sostienen mutuamente en la fidelidad y en la prueba, el amigo que no abandona a su amigo en la hora oscura: todos ellos aprenden, en el fuego del amor, a discernir lo verdadero de lo vacío. Las relaciones auténticas educan al alma para reconocer la palabra que merece confianza.

 

Porque la palabra verdadera nunca es ajena a la compasión. Desciende donde hay una herida, se posa donde hay una pregunta, se convierte en bálsamo donde el hombre ya no encuentra remedio.

 

La palabra del Maestro no pasa de largo ante el dolor como un juez distante: lo visita, lo asume, lo transfigura. Y quien ha aprendido a amar reconoce esta palabra, porque lleva el sello de la misericordia.

 

No busquemos la fe como una fórmula que repetir, ni como una certeza que esgrimir contra los demás.

 

Busquémosla en el seno de nuestras relaciones auténticas, en el cuidado de quienes sufren, en la fidelidad cotidiana, en la disposición a dejarnos herir por la necesidad del otro. Allí, en el lugar donde el amor se convierte en responsabilidad, la conciencia se aclara y el oído interior se abre.

 

Bienaventurado quien reconoce la palabra auténtica cuando llega.

 

Bienaventurado quien no pretende poseerla, sino que se deja guiar.

 

Bienaventurado quien, como el centurión, lleva ante el Maestro el dolor de otro y comprende que basta una palabra verdadera para volver a poner la vida en marcha.

 

Porque la fe es esto: confiar en la palabra que sana, en la palabra que ilumina, en la palabra que, al penetrar en nuestras heridas, las transforma en manantiales de esperanza.

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Y tú, ¿de qué tienes miedo?

Y tú, ¿de qué tienes miedo?

 

Por la noche, cuando el lago pierde sus contornos y el viento parece hablar con una voz más antigua que nuestro miedo, el Evangelio nos ofrece una imagen que no deja de inquietarnos y consolarnos: Jesús duerme en la barca, mientras a su alrededor las aguas se agitan, el cielo se oscurece y los discípulos tiemblan.

 

Normalmente, nuestra mirada se dirige enseguida al milagro visible, a la orden dirigida al viento y al mar, a la calma repentina que sigue a la palabra del Maestro.

 

Pero tal vez el prodigio más grande no sea que Jesús haya calmado la tormenta. El prodigio más misterioso, más radical, es que durante la tormenta Él dormía.

 

Ese sueño no es indiferencia, no es huida, no es ausencia ante el dolor de los hombres. Es más bien la revelación silenciosa de un corazón habitado por una paz más profunda que el estruendo.

 

Jesús duerme no porque no vea el peligro, sino porque no lo absolutiza; no porque el mar no dé miedo, sino porque el mar no es la última palabra.

 

En la oscuridad de la noche, su descanso se convierte en una luz oculta, una pregunta que se nos plantea a nosotros: ¿desde qué centro interior se puede vivir para no dejarse arrollar por lo que ocurre?

 

Si intentamos leer este episodio desde el punto de vista de la experiencia humana, nos damos cuenta de que la tormenta no pertenece solo al lago de Galilea.

 

Atraviesa nuestros hogares, nuestras relaciones, nuestras decisiones, nuestras enfermedades, nuestras pérdidas.

 

Hay noches en las que todo parece volverse en nuestra contra: las olas de los pensamientos, el viento de las preocupaciones, el ruido de las preguntas sin respuesta.

 

En esos momentos, lo que deseamos es que alguien calme las aguas de inmediato.

 

Pero el Evangelio parece sugerir algo aún más exigente: antes incluso de pedir que la tormenta termine, hay que aprender dónde apoyar el corazón mientras la tormenta continúa.

 

¿Cómo se hace para mantenerse tranquilo, relajado y sereno ante los acontecimientos dramáticos de la vida?

 

No basta con una técnica, no basta con repetirse palabras de consuelo, no basta con fingir que el peligro no existe. Se necesita una espiritualidad grande, madura, cultivada con paciencia.

 

Espiritualidad significa claridad en los propios objetivos, capacidad de mirar la realidad sin reducirla a su fragmento más doloroso, libertad interior ante la urgencia del momento.

 

Significa, sobre todo, haber aprendido a no confundir el acontecimiento pasajero con el todo de la vida.

 

Quien no cuida de su alma queda prisionero del instante. Cada ola se convierte en un abismo, cada viento en contra se convierte en una condena, cada noche parece definitiva.

 

Pero quien ha aprendido a velar en su interior, quien ha dedicado tiempo al silencio, a la oración, al discernimiento, al recuerdo del bien recibido, consigue poco a poco situar incluso el acontecimiento más dramático dentro de un horizonte más amplio.

 

No lo niega, no lo minimiza, no lo llama bien si es mal. Pero lo inserta en la historia, en el camino, en la dinámica global de la existencia, donde incluso lo que hiere puede atravesarse sin que se convierta en dueño del alma.

 

El sueño de Jesús en medio de la tormenta es, pues, la forma más elevada de confianza.

 

Es la paz de quien sabe de dónde viene y hacia dónde va.

 

Es la serenidad de quien no entrega su identidad a las circunstancias, ni su esperanza a la incierta meteorología de los acontecimientos.

 

En aquella barca sacudida por el viento, Jesús nos muestra que la verdadera fuerza espiritual no consiste en no tener tormentas, sino en no dejar que la tormenta se convierta en el centro de todo.

 

El creyente no es aquel que vive sin miedo, sino aquel que, incluso en medio del miedo, busca un punto más profundo desde el que mirar.

 

Quizá nuestra vida espiritual se mide precisamente aquí: en la calidad de nuestro corazón cuando se levanta la noche, cuando nos sorprende el viento en contra, cuando ya no podemos controlar lo que sucede.

 

En esos momentos se ve si hemos vivido solo en la superficie o si hemos excavado en nuestro interior un espacio habitado por Dios.

 

Porque solo quien cuida de su alma puede mantenerse firme ante el drama; solo quien ha aprendido a contemplar el todo puede evitar ser devorado por el fragmento; solo quien ha cultivado una paz profunda puede, al menos un poco, dormir en medio de la tormenta.

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Sed lo que sois.

Sed lo que sois

 

«Vosotros sois la sal de la tierra. Vosotros sois la luz del mundo».

 

Este es un decreto eterno. Un indicativo absoluto. Una Verdad que no admite réplicas, no tolera cambios de opinión, no concede espacio a la reticencia del corazón humano. Es así y punto.

 

El que tenga oídos para oír, que oiga: vuestra esencia no depende de vuestros méritos, no se sustenta en vuestras frágiles cualidades, ni en vuestras virtudes fluctuantes. Brota únicamente de la fuerza de la Palabra que os llama.

 

Es el soplo de Jesús el que nos constituye discípulos y discípulas, imprimiendo en nuestro ser un sello indeleble. No hay vacilación en esta palabra, no hay lugar para el aplazamiento, no hay refugio en lo posible.

 

Jesús no dice: «podríais ser», «quizá os convirtáis», «si queréis, seréis». Dice: «sois». El indicativo del Evangelio recae sobre la vida como una sentencia de verdad y, al mismo tiempo, como una llamada irrevocable.

 

Es una palabra que no se limita a describir, sino que crea; no solo constata, sino que genera.

 

Quien escucha esta voz no recibe una simple tarea: recibe una nueva identidad.

 

En una época que ama los matices, los términos medios, las pertenencias intermitentes, Jesús habla con la claridad del fuego. Él arranca al discípulo de la ambigüedad y lo sitúa en el corazón de la historia como signo.

 

No basa el discipulado en las capacidades personales, en la fuerza moral ni en la excelencia de cada uno.

 

La raíz de todo no es el mérito humano, sino el poder de la Palabra que llama. Es la Palabra la que consagra una vida, es la Palabra la que hace fecunda una fragilidad, es la Palabra la que transforma a hombres y mujeres comunes en presencia viva del Reino.

 

Se impone una acción oculta, un camino de humildad que se consume en el secreto. El discípulo no busca el aplauso de las plazas, no ansía los focos del mundo.

 

Nuestro estilo de vida debe fundirse en el tejido cotidiano de la humanidad.

 

Caminaremos entre los hombres, haremos lo mismo que todos, trabajaremos bajo el mismo sol. Pero lo haremos todo de una manera radicalmente diferente.

 

Habitaremos el mundo con la lógica disruptiva del Evangelio. Así como la sal se disuelve para dar sabor, así nosotros nos perderemos en el servicio, venciendo la corrupción del mal con la fuerza de la gratuidad.

 

De este ocultamiento brotará el prodigio. Este estilo de vida renovado, esta fidelidad silenciosa, se convertirá en la Luz del mundo.

 

No una luz que ciega, sino una evidencia tan clara y resplandeciente que resulta indudable.

 

Ella rasgará las tinieblas de esta generación. Será un faro de justicia y de verdad que pondrá al descubierto, sin necesidad de condenas verbales, la falsedad de quienes eligen la muerte.

 

Quien vive en la injusticia temblará ante la claridad de nuestra vida; quien camina en la mentira será iluminado por nuestra coherencia.

 

Convertíos, pues, a vuestra verdadera identidad nos diría Jesús. Dejad de esconderos tras la excusa de vuestra debilidad. La Palabra ya os ha transformado. Sed lo que sois: el sabor de la tierra, la luz de las naciones.

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Baño de realidad.

Baño de realidad

 

La estructura de nuestras certezas se tambalea porque se basa en la ilusión de lo ya dado.

 

El prejuicio no es más que el refugio de los temerosos, una cortina polvorienta que erigimos para no mirar el ardor del presente.

 

Resolvemos los dramas de la existencia aplicando fórmulas prefabricadas, códigos escritos ayer para un mundo que hoy ya no existe.

 

Pero la voz del verdadero Profeta nos llama al despertar: ninguna doctrina heredada puede sustituir al latido de la realidad actual.

 

Mientras nos aferremos a las definiciones abstractas, permaneceremos ciegos ante el hombre y la mujer que tenemos delante.

 

La duda no se supera acumulando conocimientos antiguos, sino rasgando el velo de la abstracción.

 

La salvación intelectual y espiritual exige un baño de realidad.

 

Estamos llamados a realizar un acto de audacia: tocar con las propias manos.

 

Bajemos de los pedestales de nuestras teorías y sumerjámonos en el barro y en la luz del presente.

 

Vayamos a la fuente profunda del problema, allí donde el origen de la cuestión sangra y clama por su urgencia.

 

Tocar con la propia mano significa renunciar al escudo del juicio preventivo. Significa exponer la piel desnuda de la mente al impacto con el hecho concreto.

 

Quien se sumerge en el momento presente ya no necesita ídolos ideológicos a los que aferrarse; la realidad misma se convierte en la roca sobre la que apoyar el pie.

 

El principio de realidad es, en este sentido, una disciplina del alma.

 

Obliga a suspender el automatismo de lo ya sabido, a desconfiar de las conclusiones precipitadas, a no absolutizar lo que se ha dicho una vez como si fuera a valer para siempre.

 

La realidad, de hecho, no se deja atrapar por categorías inmutables. Exige presencia, exposición, escucha, verificación. Exige inmersión.

 

No se comprende de verdad a una persona si uno permanece prisionero de la etiqueta que se le ha asignado; no se afronta una crisis refugiándose en las interpretaciones del pasado; no se desata un nudo humano aplicando mecánicamente una solución ya preparada.

 

Hay que descender.

 

Hay que ver.

 

Hay que oler.

 

Hay que tocar.

 

Hay que dejarse desmentir por los hechos.

 

Solo así se purifica la duda y la mente se libera de la pereza del prejuicio.

 

Ir a la raíz del problema significa precisamente esto: no conformarse con el reflejo, sino buscar el manantial. No tratar los efectos como si fueran las causas. No confundir el ruido con la verdad.

 

Nuestra época se ve tentada continuamente por el comentario sin experiencia, por el veredicto sin encuentro, por la sentencia sin escucha.

 

Pero la verdad no se entrega a quien se queda en el umbral. La verdad exige un baño de realidad, una inmersión en el presente, una disposición a dejarse interrogar por lo que ocurre aquí y ahora.

 

Porque es en el presente donde las cosas muestran su verdadero rostro; es en el presente donde los nudos se revelan tal y como son; es en el presente donde cae el ídolo del «siempre se ha sabido así».

 

Miremos a Aquel que trastocó la historia con la fuerza de la evidencia: el estilo de Jesús es el manifiesto supremo de esta revolución del presente.

 

Él nunca se movió dentro del perímetro tranquilizador de las leyes teóricas de los fariseos. Ante la adúltera, el ciego, el leproso, no consultó lo ya sabido; miró, tocó, vivió el momento.

 

De este modo, mostró una seguridad inquebrantable en sus propios medios. Una certeza absoluta que no derivaba de la arrogancia del poder, sino de la perfecta sintonía con lo que es y lo que sabe.

 

Jesús no defendía una verdad abstracta de laboratorio; mostraba una verdad encarnada, que vibraba al mismo ritmo que la realidad circundante.

 

Su palabra era poderosa porque era un fiel espejo del ser, nunca en contradicción con el aliento del mundo presente.

 

¿No es verdad que el tiempo de las respuestas prefabricadas ha llegado a su fin? ¿No habrá que abandonar nuestros viejos esquemas y la costumbre de juzgar antes de haber visto, olido, tocado…?

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Vosotros sois luz y sal de un mundo alternativo.

Vosotros sois luz y sal de un mundo alternativo

 

Existe una radicalidad fundamental que envuelve el Evangelio, un fuego que no admite tibieza, una Verdad que no se doblega ante las negociaciones de los eruditos ni ante las conveniencias de los poderosos.

 

Es la proclamación de una diversidad absoluta, un faro que no ilumina los senderos ya transitados, sino que orienta los pasos hacia un camino que va estrictamente en sentido contrario a la historia de los hombres.

 

Mirad la corriente del mundo: fluye impetuosa hacia la celebración del yo.

 

La historia humana está escrita con la tinta de la competencia desenfrenada, del beneficio elevado a la categoría de divinidad, del interés personal disfrazado de progreso. Es la lógica del dominio, donde el fuerte aplasta al débil y el éxito se mide por el número de cuerpos que se logran pisotear.

 

Pero se alza una voz, contraria y poderosa.

 

El Evangelio no desvía el curso de este río; lo invierte.

 

Donde el mundo grita «acumula», el Evangelio ordena «vende lo que tienes».

 

Donde el mundo exige «domina», la Palabra manda el servicio gratuito.

 

 Esto no es una simple reforma moral, es una revolución ontológica.

 

Es el escándalo de la gratuidad en un mercado donde todo tiene un precio.

 

Entre los discípulos no puede, no debe y no habrá espacio para la misma lógica egoísta del mundo.

 

Quien profesa el Nombre no puede caminar con los zapatos de la injusticia. No se puede servir a dos señores, ni se puede esparcir el perfume del cielo mientras se estrechan las manos sucias del oportunismo.

 

La comunidad de creyentes está llamada a ser la antítesis viva de la barbarie individualista. Su forma de existir, de habitar el espacio común y de relacionarse con los hermanos no es una elección de cortesía, sino un mandato profético.

 

Cada gesto de acogida, cada reparto del pan, cada lavado de pies silencioso y gratuito debe convertirse en un signo visible y tangible de la realidad moldeada por el misterio.

 

Estamos puestos como centinelas en la noche, llamados a dar testimonio de que otro Reino ya está aquí.

 

Un Reino donde los últimos son los primeros, donde quien pierde su vida la encuentra, y donde el amor no calcula la recompensa.

 

Este es el momento de la elección: o conformarnos con la corriente destinada al polvo, o abrazar la santa y bienaventurada contracorriente evangélica, para convertirnos nosotros mismos en profecía viva del mundo que vendrá.

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Cuando confundimos salvación con solución.

Cuando confundimos salvación con solución

 

¿Por qué consumís vuestros días dentro del recinto del templo, afanándoos en ritos vacíos y ocupaciones que el viento dispersará como paja?

 

Uno tiene la sensación de que hemos transformado lo sagrado en un mercado de necesidades.

 

Nos acercamos al altar no con el corazón abierto, sino con el estómago vacío, buscando a un Dios que no sea más que un solucionador de problemas, un sanador a la carta, un garante de nuestro bienestar material.

 

Esta es la religión del hambre pasajera: una vez saciados, una vez eliminado el obstáculo de nuestro camino, daremos la espalda a la fuente para correr hacia otra parte, hacia nuevos ídolos de comodidad.

 

¡Ay de quien reduzca el Misterio a una función social!

 

Estamos construyendo casas sobre la arena, convencidos de que hacer muchas cosas en la Iglesia equivale a vivir. Pero la vida verdadera no se mide por el ruido de nuestras actividades, sino por el silencio de nuestro deseo.

 

Existen dos tipos de alimento, y hoy estamos llamados a elegir: está el alimento que perece, movido por el interés y el ansia de llenar los vacíos de la vida cotidiana. Es el camino de quien utiliza a Dios para servirse a sí mismo.

 

Y está el alimento que perdura para la vida eterna. Es el pan de quien está movido por la sed de verdad, de quien siente en lo más profundo de su ser el estremecimiento de una vida diferente, más profunda, no encadenada a la necesidad de las cosas tangibles.

 

La propuesta del Hijo del Hombre no es un anestésico para nuestras angustias, sino un fuego que enciende nuestra alma. Él no nos llama a permanecer en un lugar, sino a convertirnos en un lugar: un espacio de gratuidad y de amor.

 

Solo quien descienda al abismo de su propia búsqueda interior encontrará la clave para mirar el mundo con ojos nuevos.

 

No confundamos la salvación con la solución. El camino del deseo nos espera: es la única vía que conduce fuera del laberinto del ego hacia el horizonte de la luz verdadera.

 

La hora de la religión del deber ha llegado a su fin bajo el peso de su propio formalismo; es el Templo de los mercaderes donde cada oración es un anticipo y cada sacrificio una inversión.

 

La gratuidad no es un accesorio de la fe, sino su único aliento profético: es la irrupción de lo Incondicional en un mundo esclavo del do ut des.

 

La religión del deber se basa en la norma, un dique que tranquiliza pero que no salva.

 

El Profeta clama que Dios no busca funcionarios de lo sagrado, sino amantes heridos por la nostalgia.

 

La gratuidad transforma la relación con lo Absoluto: no se actúa para obtener, sino porque ya se ha recibido.

 

Es la teología del exceso: el frasco de nardo roto que no tiene en cuenta el derroche porque ha reconocido el Amor.

 

El deber genera la ilusión del mérito, la pretensión de que el hombre pueda poner a Dios en deuda.

 

Pero la gratuidad es la muerte del ego religioso. En sentido teológico, afirma que la gracia siempre precede a la respuesta.

 

Mientras que el deber mide el paso, la gratuidad permite el vuelo; vacía las manos del hombre para que puedan ser llenadas no por el salario del justo, sino por el don gratuito del Padre.

 

Quien vive la religión del deber es un siervo que teme el castigo o ansía la recompensa.

 

Quien vive la gratuidad es un hijo que actúa por pura alegría.

 

Esta es la verdadera subversión profética: la gratuidad libera a la ética del chantaje.

 

La gratuidad es la única fuerza capaz de romper la cadena de la necesidad.

 

En la cruz muere definitivamente la religión del contrato.

 

La religión del deber construye muros de piedra; la gratuidad profética abre pasos de luz.

 

El deber interroga a la conciencia, la gratuidad enciende el corazón.

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Otro mundo… del revés.

Otro mundo… del revés

«Muchos de los primeros serán los últimos, y los últimos serán los primeros».

 

He aquí que nuestros ojos ven un mundo al revés, y sin embargo lo llamamos justo.

 

Corremos hacia la cima, nos agolpamos por los primeros puestos, pisoteamos a nuestros hermanos y hermanas para arrebatar una pizca de gloria efímera.

 

Pero el Misterio mira desde lo alto y derriba nuestros tronos.

 

La lógica del Misterio no es la lógica de la carne: obra en silencio, desbarata nuestros cálculos y confunde a los sabios.

 

¿Cómo podremos sobrevivir al día en el que todo se volverá del revés?

 

¿Cómo podremos mantenernos en pie cuando los últimos sean los primeros y los primeros sean arrojados al polvo de su propia miseria?

 

Esa luz que está a punto de revelarse no busca nuestros trofeos, sino nuestras llagas; no interroga nuestros perfiles resplandecientes, sino el vacío de nuestros corazones.


Gritamos, con la garganta seca por el terror: «¡Es imposible! ¡Este juicio no es justo!».

 

Y decimos la verdad. Para nosotros es imposible.

 

Para el hombre y la mujer de la vieja guardia, moldeados en el fango de la competencia, esta palabra no es más que una locura.

 

Para quienes han hecho de su propio yo el único ídolo que adorar en el altar de la eficiencia, el Revés no es salvación, sino una condena sin apelación.

 

No podemos respirar el aire del Espíritu si nuestros pulmones están llenos del polvo de la envidia.

 

Escuchemos, de nuevo, el camino que se nos abre: el camino del discipulado.

 

La escucha es tiempo del desierto y de la purificación.

 

No hay un salto inmediato, sino una peregrinación del espíritu lenta y exigente.


Se nos pedirán rupturas radicales con el pasado.

 

Tendremos que romper las cadenas del consenso humano, abandonar los ídolos del éxito y arrancar el velo de la hipocresía.

 

Costará tiempo, costará lágrimas, exigirá una dedicación total.

 

Solo a través de este fuego nuestra conciencia se vaciará de lo superfluo.

 

Se convertirá en un espacio virgen, un campo abierto donde la semilla de la nueva lógica evangélica podrá finalmente germinar.

 

Surgirá entonces un pueblo nuevo.

 

Hombres y mujeres que ya no buscarán el primer lugar, sino que descenderán con alegría hacia el último.

 

No por desesperación, sino por amor.

 

Se convertirán en el mundo en el signo de una diferencia absoluta, una luz que contrasta con las tinieblas de la ambición circundante.


En esta santa diferencia se cumplirá la vida verdadera, aquella conforme al Evangelio.

 

Quien abraza el último lugar ya no teme el juicio del mundo, pues ha dejado de buscar la gloria de los hombres.

 

Su corazón está fijo en la única recompensa eterna: la mirada del Padre, que es también Madre, y que en lo secreto cuida, acoge y eleva a los pequeños.

 

Los primeros de hoy llorarán su miseria, pero los últimos, los invisibles, los olvidados, se regocijarán ante el trono de la Gracia.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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