miércoles, 22 de julio de 2026

A paso de discípulo: esbozo de una espiritualidad peregrina.

A paso de discípulo: esbozo de una espiritualidad peregrina 

Entre las muchas pistas posibles para abordar el tema de la peregrinación, he escogido una con siete pasos que caracterizan la experiencia y la vida del peregrino: decidir, prepararse, partir, caminar, llegar, volver y contar. 

Estos son los mismos pasos que acompañan a los peregrinos, individuos o grupos, a lo largo y ancho de la Biblia. Son pasos que me ayudan a reconocer las actitudes de mi propio ser-en-peregrinación. Descubro que estos pasos no son secuenciales ni definidos, ni consecuentes, sino que se entrecruzan y dialogan de manera impredecible. 

La peregrinación es una experiencia profundamente personal, aunque se viva en compañía: cada peregrino recorre (y decide recorrer) su propio camino, eligiendo cada día cuál será el siguiente paso por dar en su vida. 

1.- Decidir 

Decidir es el paso decisivo y el más difícil. La peregrinación no comienza cuando nos ponemos en camino, sino cuando surge en nuestro corazón el deseo de partir: un camino nunca comienza con la partida, sino mucho antes, con el pensamiento y la preparación; en otras palabras, con la pregunta de por qué emprender ese camino. 

Las motivaciones del peregrino pueden ser muy diferentes: emprender un camino de búsqueda de sí mismo, realizar un acto de devoción, dar gracias por una gracia recibida o hacer un gesto de penitencia y conversión; caminar para pedir una intercesión... 

Muy a menudo, la motivación no está clara ni siquiera para el peregrino, que no es consciente de lo que le impulsa. Sin embargo, lo que todos tienen en común es un deseo: la búsqueda de una estrella, que en última instancia, y allí en lo profundo, se revela como una misteriosa nostalgia de Dios, un gran deseo de Dios. 

2.- Prepararse 

Sin embargo, no se puede improvisar ser peregrino: la peregrinación es una experiencia que debe prepararse adecuadamente. El verbo “prepararse” se declina en varias dimensiones: física, cultural, espiritual y práctica. 

La peregrinación es una larga oración hecha con el cuerpo no una actividad deportiva, pero sin duda, y sobre todo en el caso de las peregrinaciones más largas y exigentes, será importante preparar adecuadamente el cuerpo. 

También es importante conocer el recorrido, los pueblos por los que se va a pasar, los puntos peligrosos, las etapas y las paradas, por lo que es necesario hacerse con un mapa. 

Por último, la preparación espiritual debe entenderse en un sentido amplio y no solo religioso: significa dialogar con uno mismo para cuestionarse las motivaciones profundas, el sentido y el estado de ánimo con el que se quiere partir, las preguntas que nos hacen caminar. ¿Quién, qué y cómo estamos buscando? 

Incluso la preparación de la mochila se convierte en un ejercicio «espiritual», en el que debemos elegir qué llevar y, sobre todo, qué no llevar, dejando en casa lo superfluo. 

3.- Partir 

Partir requiere la capacidad de dejar ir: antes que el valor para partir es necesario tener el valor de dejar atrás. En este sentido, partir significa romper, desgarrar e interrumpir el curso ordinario de la vida y reconocer en el camino mismo un nuevo y poderoso centro de gravedad. 

Este aspecto excepcional de la partida puede parecernos extraño, pero podemos comprenderlo recordando a los peregrinos medievales, para quienes partir en peregrinación era un hecho trascendental. Se partía en peregrinación sin la certeza de volver a casa, después de haber vendido probablemente todo lo que se tenía. 

El entusiasmo de partir debe tener en cuenta sobre todo el esfuerzo del primer paso, el que desde el umbral seguro, la puerta de casa conduce a caminos desconocidos y potencialmente peligrosos. Partir también significa separarse de los afectos, de los seres queridos: una separación temporal, no definitiva, pero que puede redefinir, purificar y, a veces, romper vínculos y relaciones. 

Por último, partir nos reconecta con todos los pueblos de refugiados y desesperados que abandonan el lugar que representaba para ellos la seguridad, a veces mínima, por un lugar desconocido y quizás para siempre. 

4.- Caminar 

La esencia de la peregrinación es el camino y la materia que lo compone son los pasos, cuantitativamente incalculables. La experiencia de caminar es una experiencia vasta, hecha de encuentros, esfuerzos, cambios de rumbo y elecciones, pero no solo eso. Cuando no caminamos físicamente, son nuestra mente y nuestro corazón los que caminan. La dinámica del camino ya es evidente en los textos sagrados: Dios se pone en camino con Israel; Jesús es el hombre que camina, es Dios-con-nosotros. 

Muchos filósofos y pensadores, en diferentes épocas históricas y procedentes de diferentes escuelas de pensamiento, han elaborado filosofías «del caminar», desde los paseos socráticos hasta las caminatas precisas y puntuales de Kant; muchos han reconocido que la acción de caminar conecta el cuerpo con el pensamiento. 

Sin embargo, nadie ha escrito que sea una actividad fácil, sencilla y cómoda: para caminar hay que estar apoyado, no solo físicamente con un bastón, sino también socialmente (¡la importancia de los compañeros de viaje!) y espiritualmente. 

Además, en la peregrinación, las características positivas de caminar se elevan a un nivel superior, al camino físico se une un triple camino del cambio: el camino de la purificación, el camino de la iluminación y el camino de la unificación: nuestra vida se purifica de los aspectos superfluos para volver a lo esencial, los pensamientos se iluminan y el cuerpo y la mente se unifican. 

5.- Llegar 

Llegar a la meta no es el único objetivo, sino la coronación de la experiencia: si no fuera así, seríamos vagabundos, no peregrinos. Aunque está muy de moda el eslogan «el camino es la meta», esto no es del todo cierto: la meta a alcanzar no es indiferente, porque orienta nuestro camino y el deseo de alcanzarla constituye un fuerte estímulo para superar las fatigas de la peregrinación. Y, sobre todo, su consecución se convierte en «un lugar privilegiado de encuentro con Dios. 

La verdadera meta es nuestra conversión, entendida en sentido dinámico, que transforma toda nuestra vida, para renovarla siempre. Imaginemos entonces que no queremos llegar a un lugar cerrado y finito, sino atravesar un arco, un umbral desde el que continúa el camino. 

6.- Regresar 

Cambiados por la peregrinación, es importante subrayar que a partir de ese momento nos convertimos en peregrinos: una vez purificados, es costumbre regresar a la normalidad diferentes de como éramos al partir. 

No se regresa al punto de partida, sino que todo es nuevo, renovado, por redescubrir desde el principio. Es decir, se reanuda el camino, con nuevas preguntas y nuevas conciencias, con la mochila llena de todo lo que hemos recogido y aprendido en el camino de ida: no es, por tanto, el final de la peregrinación, sino una nueva dinámica del camino. 

La peregrinación no es un paréntesis en la vida ordinaria del discípulo, una suspensión de la gris rutina cotidiana: el reto es precisamente volver a la propia vida transformados. Volver no significa mirar atrás, sino habitar de una forma nueva la vida cotidiana. 

7.- Contar 

El séptimo y último paso, contar, es la dimensión comunitaria: dar testimonio de lo vivido, con entusiasmo y pasión, dando testimonio del don recibido. Muchos peregrinos escriben un diario de su experiencia y la tradición cristiana nos ofrece ejemplos espléndidos, desde el Diario de viaje de Egeria hasta Cuentos de un peregrino ruso. 

El peregrino escribe para no olvidar la experiencia vivida y para comunicarla a los demás, con el deseo de animar también a otros a emprender el peregrinaje. 

Pero atención, se comparte la gracia de la propia experiencia in itinere: nadie puede decir que ha terminado, que ha llegado, ni puede hablar de su camino de vida como algo pasado. 

Al contrario, nos contamos a nosotros mismos en camino, situados, y acogemos las historias de los demás, escuchando las vidas de quienes no están en nuestro mismo barco, pero sí en la misma tormenta. 

Ultreia et Suseia! 

¡Buen camino! 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

"Poneos en camino" - la espiritualidad del camino del peregrino -.

"Poneos en camino" - la espiritualidad del camino del peregrino - 

¿Quién te llama, peregrino?

¿Qué fuerza misteriosa te atrae? 

Así reza un poema sobre el Camino de Santiago. 

Una vez tomada la decisión de peregrinar, ya has partido interiormente. 

Partir significa dejar todas las seguridades para entrar en la precariedad sin saber lo que encontrarás en el camino. 

Dejar todo lo superfluo que abarrota nuestra vida para reencontrar lo esencial: todo lo que necesitas está en tu mochila y la mochila debe ser ligera. 

Partir sin medir el tiempo y, tras apenas tres o cuatro días de camino, te invade una sensación de calma y paz. Todo lo que ocupaba mis días parece ya muy lejano. Lo único que hay que hacer es ir, caminar. 

El poeta español, Antonio Machado, escribió un poema ‘místico’ sobre el camino que dice: 

Caminante, no hay camino,

se hace camino al andar.

El camino se descubre al recorrerlo. 

Es una experiencia vital, personal, difícil de narrar. No sé por qué, pero en camino y en el siempre he sido feliz. Fui feliz y se regresa feliz, dicho y lleno con todo. 

Lo que hace que el Camino sea diferente a ir por senderos es la meta y la sensación de que en Santiago hay alguien esperándonos. La meta no es Santiago, sino el que nos precede, el que camina delante de nosotros, el que nos espera en la casa y el que ya ha preparado el banquete. 

Partir hacia otro lugar no es lo mismo que partir hacia Santiago. El destino da sentido a la marcha. Si la vida no lleva a ninguna parte, no somos peregrinos, somos vagabundos. 

La magia del Camino está en el entusiasmo con el que cada mañana se vuelve a partir, sea cual sea el tiempo, el cansancio, las ampollas y sea cual sea el idioma, siempre se saluda con un «buen camino». 

La magia está en sentir que formamos parte de un flujo secular. Ponemos nuestros pasos en los pasos de los millones que han pasado antes que nosotros por un Camino milenario. 

En una alternancia de dudas y certezas, hay que buscar y saber ver las señales, metáfora de la vida, para encontrar el camino a seguir y el sentido de lo que estamos haciendo. 

No hay vuelta atrás. Quien se ve obligado a renunciar no tiene paz hasta que vuelve a completar el Camino. 

Es un movimiento exterior e interior que exige el respeto de los propios ritmos y del propio cuerpo. 

En un mundo que se mueve rápidamente, hay una especie de profecía en este moverse al ritmo de nuestro cuerpo sin prisas, en busca de una armonía perdida. Nos dejamos llevar por el Camino, dejándonos enseñar por nuestro cuerpo, dejándonos guiar por el espíritu. 

Encontramos la paz en la naturaleza, en el ritmo natural, en reducir a pocas cosas las necesidades diarias. 

El cuerpo, ocupado durante horas en la repetición de los pasos, deja libre al espíritu para vagar, y en la mente fluyen imágenes, palabras, sin un orden preciso, como si el cerebro recuperara la libertad de imaginar, pensar, soñar… 

Resuenan en la mente muchos pasajes del Evangelio que hablan del camino: «Seguidme», «Yo soy el camino, la verdad y la vida» y, finalmente, la pregunta «¿Quién decís que soy yo?». 

En un mundo de ruidos y estruendos, aquí el silencio es el único murmullo que te acompaña y te rodea. 

Se experimenta lo que yo llamo un ermitaño itinerante. 

Especialmente cuando estás en la meseta o durante kilómetros y kilómetros, intentas vaciar la mente para hacer espacio a Dios, como en la meditación, pero mil preguntas surgen en la mente para las que no encuentras respuesta y, en ese momento, Dios te parece realmente un Dios oculto, su misterioso silencio. 

Sin embargo, ante una repentina explosión de colores en un prado o una extensión de trigo mecida por el viento, te quedas embelesado contemplando las bellezas de la creación y entonces sientes que Dios se revela siempre elocuente y majestuoso en sus obras. 

Y así, sin darte cuenta, te encuentras alabando y dando gracias. 

A menudo, el mantra Maranatha! acompaña a lo largo del día marcando el ritmo de los pasos, bajo el sol, bajo la lluvia, contra el viento. Si te dejas llevar, incluso caminar bajo la lluvia es hermoso y, mientras te encoges sobre ti mismo, obligado al silencio, te escondes bajo el poncho y bajas la cabeza para protegerte de la lluvia, sientes que puedes resistir y que puedes lograrlo. En ese momento sientes que Dios camina contigo. 

Incluso el barro o un río crecido te ponen a prueba, te obligan a prestar atención para superar dificultades imprevistas que, en otras circunstancias, te habrían hecho rendirte. 

Encontrarte cada día con tus propias debilidades, con tus propios límites, te hace más humilde y te hace ver tu realidad, te hace consciente de tu insignificancia frente al universo, pero reanudar el Camino y seguir adelante te da la conciencia de que dentro de ti hay una fuerza a la que puedes recurrir en los momentos de desánimo y soledad. 

En el Camino se producen encuentros sorprendentes cuando menos te lo esperas y es increíble la facilidad con la que, tras solo unas horas de marcha, se puede entablar una relación de amistad con personas nunca vistas, procedentes de todas partes del mundo. 

Cuánta gente, cuánta diversidad. Cada uno lleva consigo el secreto de su camino y de su relación con lo sagrado y lo divino, todos con creencias diferentes, todos en busca de algo. Pero al final creo que todos se encuentran con Dios o, al menos, descubren lo sagrado del misterio que nos precede y nos acompaña. 

De los encuentros se aprende la gratuidad, porque hay que aprender a apreciarlos sin apegarse, a apreciar el don del encuentro en sí mismo. Una vez más, nos liberamos de nuestro deseo de poseer. 

Estos momentos son regalos para la alegría. Querer retenerlos es desnaturalizarlos, pero los mil rostros quedan grabados en nuestra memoria, tejiendo un hilo que nos une a todos los rincones del mundo. 

Hay una regla no escrita según la cual por la noche se puede cenar juntos, pero por la mañana cada uno se marcha sin molestar al otro ni esperar compañía. 

Estar solo en el Camino facilita los encuentros. Siempre me han impresionado las muchas y diferentes personas solas que he conocido. Las considero muy valientes porque se enfrentan a la soledad, a los miedos y a todo lo positivo y negativo que puede suceder. Tienen que saber valerse por sí mismas, algo que para mí sigue siendo un obstáculo por superar. 

En el Camino se encuentran los que yo llamo ángeles de la guarda y nosotros mismos podemos convertirnos en ángeles de la guarda de otra persona con una palabra de ánimo, una indicación, una sonrisa, un momento de escucha, compartiendo emociones con quien está solo. 

Se encuentran comunidades de oración que te acogen con una bendición de bienvenida en mil gestos y con una oración en muchos idiomas diferentes. 

Se encuentran ermitas solitarias donde podemos detenernos en el silencio pleno de la presencia de Dios y rezar por nuestros seres queridos, por la paz, por el mundo. 

Este tipo de vida y de relaciones tiene algo de la sencillez monástica, crea comunidad. 

No se es peregrino solo, se es con los demás, en medio de los demás. No importa lo que uno haga en la vida cotidiana, todos los peregrinos son iguales, no hay ricos ni pobres, ni débiles ni fuertes. No es que se anulen las diferencias sociales pero el Camino nos iguala a todos como peregrinos en camino, de paso. 

Por la noche es bonito reunirse en los refugios. Si alguna vez dormimos en otro sitio, tenemos la desagradable sensación de haber salido del coro, de ser falsos peregrinos. 

Se aprende a convivir. Se comparten cosas materiales de forma espontánea y natural: agua, comida, medicinas, cuidados, incluso molestias, como los ronquidos o el ruido de las bolsas de plástico a las 5 de la mañana... 

Se aprende la humildad, a necesitar a los demás, una palabra, un consejo, una indicación, una sonrisa. 

Todo se hace con ligereza, de la manera más sencilla del mundo. 

Se crea una comunicación profunda, a menudo no se habla de trivialidades. 

Al hablar, se acoge y se es acogido. Se puede decir una palabra, compartirla entre peregrinos porque se comparte la misma vida. 

En los últimos días, cuanto más te acercas a Santiago, te asalta a veces la sensación de que no quieres llegar, de que no quieres que todo esto termine. No quieres abandonar este ambiente, esta forma de vida. 

El día de la llegada se experimentan sentimientos diferentes: alegría, sorpresa, tristeza, extrañeza, nostalgia… 

Alegría porque se ha alcanzado la meta. Sorpresa de estar allí, tanto que muchos se quedan mucho tiempo tumbados en la plaza mirando la catedral con incredulidad. 

Sorpresa de haber conseguido lo que no creías posible y de una manera totalmente natural. En casa a menudo te preguntan cómo es posible caminar tanto. Sin embargo, es posible y sin ser héroes. 

Se siente tristeza porque el sueño ha terminado, la sencillez está a punto de perderse, hay que volver a la vida cotidiana, porque los amigos conocidos en el Camino se van y es casi seguro que no volverán a verse. El Camino es duro también por esto, no tanto por el caminar como por la separación. 

Sentimos una sensación de extrañamiento. Aún no estamos preparados para el ritmo de la ciudad, por lo que sentimos aún más la necesidad de recuperar la calma y el silencio que nos han acompañado durante tantos días. Así que nos refugiamos en la Catedral, donde la paz nos envuelve en un todo de corazón, mente y cuerpo donde dar gracias a Dios sale espontáneamente de nuestros labios. 

Todos, creyentes o no, entran en la Catedral y salen con el alma en paz y el corazón alegre. 

Fuera, en la plaza, mil fotos de recuerdo y una sucesión continua de gritos de alegría por el placer y la sorpresa de volver a abrazar a alguien que se creía perdido para siempre... Abrazos de alegría para los que llegan, abrazos velados de tristeza para los que se despiden quizá o seguramente para siempre. 

En dos días, se busca en vano algún rostro conocido y se comprende que ha llegado el momento de partir, para no dejarse abrumar por la nostalgia. 

La paradoja es que el Camino de Santiago comienza al volver. 

La ida y la vuelta son dos viajes diferentes, al volver hay un cambio de perspectiva. 

Se vuelve con el corazón y el espíritu ligeros. Se es más esencial, más tolerante, más en paz con uno mismo. 

Se vuelve diferente porque, parafraseando a Etty Hillesum, hemos experimentado que se puede vivir incluso sin nada, porque siempre hay un pedacito de cielo que se puede mirar. 

Se descubre, en palabras del Hermano Roger, que «Dios ilumina nuestras almas con una luz inesperada y descubrimos que en nosotros, más allá de una parte de oscuridad, hay sobre todo el misterio de Su presencia». 

«Cuando encuentro a alguien, no le pregunto de dónde viene. No me interesa. Le pregunto adónde va. Le pregunto si puedo acompañarle un trecho» (San Juan XXIII). 

«Esperar no es desear. Es obedecer el camino de Dios, reconocer las etapas marcadas por las promesas y permanecer abiertos y disponibles a la siguiente etapa, hasta el paso final» (José Comblin, teólogo brasileño). 

«Que el camino venga a nuestro encuentro. Que el viento sople siempre a nuestra espalda. Que el sol brille cálido sobre nuestros rostros. «Que la lluvia caiga suavemente sobre nuestros campos. Y hasta que nos volvamos a encontrar que Dios nos tenga en la palma de su mano» (Antigua bendición celta). 

La salvación ocurre tantas veces

mientras se va de camino.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Apóstol Santiago, elogio del peregrino de la fe.

Apóstol Santiago, elogio del peregrino de la fe

Camino del peregrino… una imagen de la Iglesia en la Fiesta de Santiago: Más adelante - Más arriba.

Cada día que viví en el Casco Viejo de la ciudad de Pamplona, contemplaba y admiraba a los peregrinos que entraban en su Casco Antiguo haciéndolo por el Portal de Francia. A muy pocos metros de esa entrada y de ese camino se encontraba mi casa. 

Pertenezco a una Congregación - los Misioneros Claretianos - que en su último Capítulo General - agosto de 2021 - quiso repensar su identidad misionera retomando expresamente esta clave espiritual, la peregrinación: “soñamos una congregación peregrina”. 

Si caminar es purificación y meditación, si caminar es conciencia y crecimiento interior, si caminar es una forma de ponerse en movimiento para ver el mundo a la velocidad de pasos lentos, ¿cómo abordar este caminar? 

Mientras tanto, comienzo pensando, orando,…, con lo que es caminar. Caminar es un movimiento en el que se levanta un pie del suelo, mientras el otro permanece apoyado en el suelo. Hemos olvidado este simple gesto. Tenemos que aprender a caminar de nuevo. Con conciencia. Como todos los gestos simples, incluso el gesto de caminar puede convertirse en un arte, en el sentido profundo, sapiencial, místico del término, del mismo modo que lo son el arte de vivir, el arte de morir, el arte de contemplar,… En tiempos de prisas y carreras sin sentido, caminar significa reducir el ritmo. Si caminas enfocado en tu aquí y ahora, en el presente, entonces se logra el primer paso. Quita de tu mente el deseo de llegar, el “cuanto antes nos vayamos, antes llegamos”. Hay que darle valor al caminar en sí mismo, como un gesto absoluto. 

En la cultura oriental, caminar es una forma de arte y de meditación. Los budistas saben cómo transformar el caminar en meditación, y nosotros también podemos hacerlo, porque caminar es un mantra, es un movimiento repetitivo con muchas pequeñas variaciones; caminar es una sinfonía de micro movimientos como las variaciones Goldberg de Johann Sebastian Bach. Caminar en el presente significa también estar abierto al encuentro y, por tanto, caminar se convierte en una oportunidad para entrar en una relación profunda con el mundo que nos rodea. 

En el arte de caminar el caminar es la única forma de moverse que te permite detenerte cuando quieres, que permite una visión completa, puedes girar en todas direcciones sin miedo a caer como sucedería al andar en bicicleta, por ejemplo. Y puedes detenerte a hablar, puedes desviar tu camino cruzando un prado y dirigirte hacia un campesino, puedes detenerte dos horas para hablar en la plaza del pueblo con un habitante local, tomándote el tiempo necesario, un gesto cada vez más precioso y revolucionario hoy en día. 

Un paso importante es adquirir el equipo adecuado. Prestar atención a la calidad. Gastar menos casi nunca es un buen negocio. Buenas botas, altas hasta el tobillo para evitar torceduras, de cuero por fuera y por dentro, porque el cuerpo respira mejor si los materiales son naturales. Así, por seguir poniendo algún ejemplo, incluso la ropa natural, las camisetas de lana merina o de algodón orgánico, son mucho más cómodas que las sintéticas. Una mochila ergonómica, que deposita el peso en las caderas, un buen saco de dormir ligero pero calentito, y listo. 

¿Ir a dónde? Mi propuesta al nuevo viajero es empezar desde casa. Ponte las botas, ponte la mochila al hombro y sal de casa. Tomando el camino a la montaña, o el camino al mar. O el camino que lleva a la ciudad cercana. Es sorprendente cómo aún hoy las ciudades conservan vías de escape para peatones, olvidadas por los constructores y los cementeros. Toma estos ríos verdes y vete, pero tómate tu tiempo, camina al menos tres o cuatro días, menos es muy poco. 

Los beneficios del arte de caminar se pueden sentir al cabo de unos días. Al cabo de unos días te sentirás renacer, entrarás en una nueva dimensión, respirarás un aire diferente, profundamente, y a partir de ese momento tu vida cambiará para siempre, porque quien se convierta en caminante o en peregrino lo sigue siendo para siempre. 

Somos también nuestros caminos… El alma eterna del ser humano que busca, sale y peregrina… Comparo la búsqueda interior y el camino con la inquietud que siempre ha habitado también en nuestros corazones. 

Toda la vida es una Epifanía en la que celebramos el canto del camino: el de Dios, que parte hacia la humanidad y en Jesús se manifiesta a toda criatura y a todos los pueblos; y la del ser humano que, deslumbrado por la luz de esta estrella que ha descendido a la tierra, y que es Jesús, siente el profundo deseo de ir más allá de sí mismo, de ir más allá de lo inmediato, de escudriñar el cielo para interrogarse sobre el sentido profundo de la vida, de salir en busca del rostro de Dios, sintiendo en el fondo que Él es precisamente la felicidad última que acompaña, alienta, sostiene… el camino de la vida. 

Siguiendo el camino de estos inquietos viajeros de los Magos de Oriente hacia la cueva, podremos dar voz a nuestro anhelo de felicidad, a las preguntas que viven en nuestro interior, al deseo de plenitud que nos mueve y a nuestra propia búsqueda de Dios. 

Los peregrinos miran hacia el cielo. No están satisfechos con lo que son y con lo que tienen, no viven la vida con la mirada hacia abajo, no permanecen prisioneros de las cosas cotidianas, no encierran toda la experiencia de su vida en lo que pueden ver y tocar. Tienen la mirada vuelta hacia el cielo, miran hacia arriba, buscan algo que va más allá de ellos mismos, se dejan perturbar por la luz de la estrella. 

Nos enseñan que no siempre podemos organizar la vida dentro de nuestros propios patrones; que no podemos preferir la comodidad al riesgo del viaje; que no siempre podemos controlarlo todo y pensar que ya lo sabemos todo en lugar de buscar humildemente la verdad; que no podemos encasillar la realidad, los demás e incluso nosotros mismos en las etiquetas que hemos construido o en los prejuicios que la propia sociedad a menudo produce. 

Los peregrinos nos enseñan esto: si pensamos que la vida está "toda aquí" y que no hay más allá, entonces se apaga, se nos escapa de las manos, muere en nuestros brazos. Se vuelve inmóvil, un cuerpo sin vida, un cuadro fijado para siempre en la misma pared. 

Los peregrinos parten. A veces como peregrinos en la noche, siguiendo la luz de la estrella. 

Son el símbolo de todos los buscadores de Dios, de todos los que no se rinden ante la noche sino que buscan la luz, de todos los que buscan la verdad a toda costa, de los que no se resignan a vivir en la superficie, de los que no queremos aplanar la vida en hábitos o aprisionarla en la mediocridad. 

Nos enseñan que la vida es un éxodo, es salir de uno mismo, es salida, es superación de la inacción para enfrentarse a los demás y a las situaciones cotidianas sin miedo. 

Nos enseñan que la mayor tentación es rendirse a la noche, detener el camino, pensar que ya hemos llegado. 

Los peregrinos ponen la mirada en el horizonte del itinerario. El objetivo final del viaje es la verdadera luz que ilumina el mundo, de la que la estrella en el cielo es un signo.

Nos enseñan que no debemos detenernos en la luz de la estrella, porque siempre indica algo más. Es decir, nuestra demanda de significado y felicidad no puede ser satisfecha sólo por lo que conquistamos, por lo que parece satisfacernos en el momento, por las cosas que construimos o logramos poseer. Estas conquistas "intermedias" y estas alegrías fugaces no son más que la imagen de la verdadera alegría: sentirnos amados y sostenidos por un amor que nos acompaña y nos preservará incluso en el trágico naufragio de la muerte. 

Dios es la plenitud de la felicidad: en Él se cumple nuestra expectativa, nuestra esperanza última, todo lo que buscamos y por lo que nos inquietamos. Sólo al encontrarle nuestra vida cambia, conquista la noche, se abre a la alegría. 

Seres humanos expectantes, buscadores del infinito, escrutadores del cielo, los peregrinos nos invitan al viaje. Aprendamos de ellos a emprender un camino. No dejemos de buscar la verdad profunda de las cosas, el significado de lo que vivimos, el verdadero rostro de las personas que pasan por nuestro lado, el bien posible por hacer, el amor que podemos ofrecer y con el que podemos sanar las heridas del mundo. 

Al buscar, nos daremos cuenta de que en cada cuestión de nuestra vida, en realidad hemos comenzado a buscar a Dios. 

Y, con inmenso asombro, descubriremos que Dios, como una estrella brillante, ya nos ha seguido y ha venido a nuestro encuentro como Aquel que quiere iluminar las noches de nuestra vida. 

La peregrinación como experiencia simbólica y existencial es una parte profunda de la dimensión religiosa de todas las religiones, en todas las latitudes históricas y geográficas. 

Los antiguos griegos peregrinaban al santuario de Delfos; los latinos al santuario de Diana Nemorensis; los peregrinos hindúes se agolpan en las orillas del Ganges en Benarés; los fieles musulmanes acuden en masa a la ciudad santa de La Meca; los judíos suben al Templo de Jerusalén con motivo de las fiestas de Pesaj, Shavuot y Sucot. 

En la historia del cristianismo, el rito de la peregrinación nació hacia el año 327, con el viaje a los Lugares Santos realizado por la anciana emperatriz Helena, madre de Constantino. A lo largo de los siglos se trazarán otros caminos, además de los que conducen a Tierra Santa, y desde las tumbas de San Pedro en Roma y de Santiago en Galicia los caminos de los peregrinos conducirán a los innumerables lugares de las apariciones marianas. 

En la diversidad y multiplicidad de motivaciones individuales que han empujado y siguen empujando a personas de todas las épocas, edades, religiones y horizontes geográficos a viajar hacia lugares significativos para su experiencia de fe, algunos elementos regresan como constantes para vincular experiencias tan diferentes. 

En primer lugar, peregrinar es, siempre, una acción que implica transitar, atravesar otros lugares y otras situaciones existenciales. La peregrinación es siempre un cruce de geografías, de mundos, de horizontes culturales y espirituales. 

Pero este dinamismo del peregrinar, de este paso, de este cruce, encierra siempre en sí una disposición pasiva y receptiva: porque en la peregrinación el gesto de cruzar no es impermeable, cerrado en sí mismo, circunscrito en sí mismo, sino que es, de hecho, permeable y abierto. 

En la peregrinación atravesamos lugares, experiencias, situaciones y, al mismo tiempo, nos dejamos atravesar por ellos: como en una especie de bautismo por inmersión, el cruce presupone porosidad, es decir, la voluntad de dejarse ser, atravesado y fecundado por lo que estás viviendo. 

La peregrinación, vivida como disposición abierta al encuentro -a cruzar y dejarse cruzar-. Desde esta perspectiva, la experiencia de peregrinar se convierte en un pasaje transformador que transfigura las ansiedades inconexas e inexpresadas, generadas por un futuro con contornos cada vez más inciertos, en una confianza consciente y una mirada capaz de ver... más allá de lo inmediato… más allá de la superficie. La peregrinación es la posibilidad de dar dirección y perspectiva a nuestra mirada: y esto es esperanza. 

¡Buen camino también tú, Iglesia peregrina! Si el Señor es quien nos precede… atrévete a mirar entonces hacia adelante… hacia lo que está por acontecer y venir… hacia el futuro… hacia Él que nos precede en cada Galilea. 

¡Más adelante! ¡Más arriba! 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 19 de julio de 2026

La sabiduría evangélica no es simplista - San Mateo 13, 24-43 -.

La sabiduría evangélica no es simplista - San Mateo 13, 24-43 -

 

«El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo». Dios siembra bien. Siempre. En el origen de la creación no hay mal. No hay cizaña. Hay una buena semilla confiada a la tierra. Hay una promesa entregada a la historia. 

Luego, mientras todos duermen, llega el enemigo. El mal suele entrar así: en las distracciones del corazón, en el letargo de la conciencia, en las noches en las que dejamos de velar por la vida. 

Y la cizaña crece junto al trigo. Este es el doloroso descubrimiento del hombre: el bien y el mal habitan el mismo campo. Habitan el mundo. Habitan la Iglesia. Habitan en cada uno de nosotros. Nuestro corazón es un puñado de tierra donde crecen juntos espigas y malas hierbas, luz y sombra, deseo de bien y heridas antiguas. 

Nadie es solo trigo bueno. Nadie es solo cizaña. Y nadie coincide con la peor parte de sí mismo. 

Quien hace el bien se enfrenta al mal. Esto lo sabemos. Más difícil es aceptar otra verdad: el mal no está solo fuera de nosotros. Está dentro de nosotros. Dentro de nuestras relaciones. Dentro de nuestras comunidades. Dentro de nuestro propio corazón. 

Mientras los malos sean los demás, todo parece sencillo. El Evangelio, en cambio, nos obliga a reconocer que el campo es uno solo. El trigo y la cizaña crecen entrelazados. Esta es la verdadera pregunta de la parábola: ¿de dónde viene el mal? Y, sobre todo: ¿qué hacer ante el mal? 

Los siervos ven la cizaña y reaccionan de inmediato. Son, diríamos hoy, intervencionistas en el conflicto que se ha creado: «¿Quieres que vayamos a arrancarla?». La respuesta parece razonable. Identificar el problema. Encontrar al culpable. Eliminarlo. Es la lógica de la manzana podrida. Es la tentación de todos los tiempos. 

Pero la realidad es más compleja. La cizaña nunca tiene solo el rostro del otro. Hay esa zona gris en la vida de todos como ese espacio humano en el que los límites entre el bien y el mal nunca son tan nítidos como nos gustaría. 

El Evangelio conoce bien esta verdad. Por eso Jesús rechaza toda simplificación. Quien divide el mundo en buenos y malos casi siempre acaba dejando de comprender al hombre, precisamente porque su corazón se revela malo. 

El hombre tiene prisa. Quiere intervenir. Quiere corregir. Quiere purificar. Quiere erradicar. Incluso la historia reciente muestra lo peligrosa que puede ser esta impaciencia. Muchas guerras se han justificado como necesarias para eliminar un mal. Muchas intervenciones «preventivas» se han presentado como inevitables. Sin embargo, a menudo han generado males y desórdenes más graves que aquellos que pretendían eliminar (Magnifica Humanitas 182). 

Jesús desconfía de esta lógica. No porque subestime el mal. Sino porque ama el trigo. «Dejad que crezcan juntos». No es indiferencia. Es sabiduría. Es la conciencia de que la violencia, al arrancar la cizaña, puede arrancar también el bien, que aún es frágil. 

También hoy el mal crece a través de relatos simplistas. Amigo contra enemigo. Nosotros contra ellos. 

Los buenos contra los malos. El Papa León XIV observa que los entornos digitales pueden amplificar las polarizaciones, los resentimientos y los miedos, haciendo cada vez más difícil un discernimiento común (Magnifica Humanitas 192). Cuando perdemos de vista la complejidad de lo humano, la violencia parece inevitable. Cuando olvidamos la fragilidad compartida, el conflicto se vuelve aceptable. 

La parábola de la cizaña es una escuela de la mirada. Nos enseña a resistirnos a las simplificaciones. A no reducir a nadie a una etiqueta. A no demonizar al otro, al enemigo, a no identificar a una persona con su error. 

Dios te llama a actuar en el campo del mundo partiendo de la promesa. Tú no eres tus debilidades. Eres tus maduraciones. No eres tu pecado. Eres el bien que Dios sigue sembrando obstinadamente en ti. Ninguna persona coincide con su propio error. El pecado nunca revela por completo a un hombre. Es el bien lo que dice la verdad profunda de una vida. 

Dios mira el campo de otra manera. Los siervos ven la cizaña. Dios ve el trigo. Nos atrae lo negativo. Una sola mala hierba nos hace olvidar cien brotes. Una herida oscurece mil gestos de amor. Un pecado nos impide ver toda una vida que busca la luz. Pero Dios mira de otra manera. 

El bien pesa más. Incluso cuando hace menos ruido, cuando crece lentamente. Incluso cuando permanece oculto. 

Dios no niega el mal. Lo ve. Lo llama por su nombre. Pero se niega a dejarle la última palabra. Por eso sigue suscitando a hombres y mujeres que custodian la vida, protegen a los frágiles y abren caminos de reconciliación (Magnifica Humanitas 211). 

Los santos, los justos ante Dios, no eliminan mágicamente el mal. Lo combaten generando el bien. 

Esta es la estrategia de Dios. No fijarse en las tinieblas. Encender la luz. 

El Hijo de Dios no vino a separarse del campo. Entró en el campo. Asumió nuestra frágil carne. El Papa León XIV recuerda que la Encarnación nos lleva precisamente allí: al llanto de los pequeños, a la fragilidad de los ancianos, al silencio de las víctimas, a la lucha interior de quien combate contra el mal que no querría cometer (Magnifica Humanitas 231). 

Dios salva al mundo desde dentro. Es como la levadura en la masa, como la semilla en la tierra, como el trigo que crece lentamente. El Reino crece en silencio. Por eso el Evangelio no pide, ante todo, arrancar de raíz el mal. Pide hacer crecer el bien. 

¿De verdad quieres restar fuerza a la cizaña? Siembra bondad. Cuida la luz. Protege lo que genera vida. No dejes que se seque lo mejor de ti. La tierra no sigue la ley de la equivalencia. Es generosa. Devuelve mucho más de lo que recibe. 

Dios sabe esperar. La maduración requiere tiempo. Ninguna espiga nace en un día. Como escribe Tolkien —citado por el Papa León XIV—, no se nos pide que gobernemos todas las mareas del mundo, sino que dejemos a nuestros hijos una tierra más sana que cultivar (Magnifica Humanitas 213). 

Nuestra tarea no es convertirnos en jueces del campo. Es convertirnos en tierra fértil. Cuidar la semilla. Dar tiempo a la vida. Hacer crecer lo que genera amor, justicia y mansedumbre. 

¿De verdad quieres arrancar el mal? No te canses de hacer el bien. Porque el mal solo retrocede cuando el bien por fin florece.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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