La belleza y grandeza de la creación: el cielo proclama la gloria de Dios - Salmo 19 -
Milones de personas alzan la vista al cielo para contemplar uno de los fenómenos astronómicos más fascinantes: el eclipse solar total.
Este espectáculo natural despierta asombro y admiración no solo entre los científicos y los aficionados a la astronomía, sino también en el corazón de miles de personas.
Y uno ha leído que también en el corazón de millones de fieles musulmanes se vive el acontecimiento del eclipse como una oportunidad para reforzar el vínculo con el Creador.
De hecho sus autoridades religiosas suelen invitar a los creyentes a reunirse en las mezquitas para celebrar el rito de la Oración del Eclipse (Salat al-Khusuf para el eclipse lunar, Salat al-Kusuf para el eclipse solar), una práctica que se remonta a la época del profeta Mahoma y cuyo objetivo es recordar la grandeza y el poder de Dios a través de los signos presentes en el universo.
En el Corán y en la sunna (las enseñanzas extraídas de los dichos y acciones del Profeta), los fenómenos naturales (la salida y la puesta del sol, las fases lunares, las lluvias, los terremotos y los eclipses) no se consideran acontecimientos fortuitos ni fenómenos científicos. Por el contrario, se consideran ayat, signos de Alá, que invitan al ser humano a reflexionar sobre la creación, a tomar conciencia de su propia debilidad y a fortalecer su fe.
«El sol y la luna son dos de los signos de Alá —dice Mahoma—. No se eclipsan por la muerte o el nacimiento de alguien. Cuando los veáis, volveos hacia la oración, suplicad, recordad a Alá y pedid perdón».
Precisamente desde esta perspectiva, el eclipse no es
solo un fenómeno fascinante para fotografiar o estudiar, sino también, para el
mundo musulmán, una llamada espiritual a la presencia de lo Divino, al fin de
los tiempos y a nuestro papel como criaturas humanas en la Tierra.
La Salat al-Khusuf (oración del eclipse lunar) y la Salat al-Kusuf (para el eclipse solar) son ambas Sunnah Mu’akkadah, es decir, prácticas muy recomendadas. No pueden considerarse obligatorias, pero representan una forma de adoración que sirve para destacar, precisamente, acontecimientos extraordinarios.
Y no es de extrañar. En el pensamiento islámico, la naturaleza es un lenguaje que habla de Dios. El sol, la luna, las estrellas, la noche y el día se citan con frecuencia en el Corán como signos visibles de la sabiduría, la misericordia y el poder de Alá.
En particular, la luna desempeña un papel central: de hecho, rige el calendario islámico (Hijri), establece el inicio y el final del mes de Ramadán y constituye un elemento de orientación para el viajero durante la noche.
En el Corán (Sura 41, 37) se lee: «Y entre Sus signos están la noche y el día, el sol y la luna. No os postréis ni ante el sol ni ante la luna, sino ante Alá, que los ha creado, si es a Él a quien adoráis».
Esta profunda espiritualidad cósmica acerca al Islam a otras tradiciones religiosas que reconocen en los elementos naturales signos de la presencia divina.
En particular, en el Cántico de San Francisco de Asís —que proclama la armonía entre la creación y la espiritualidad— se puede encontrar un punto de encuentro simbólico entre la fe islámica y la sensibilidad cristiana.
Ambas visiones consideran la creación no como un simple objeto de consumo o de espectáculo, sino como un medio para elevar el alma y contemplar al Creador.
San Francisco, en su Cántico de las Criaturas, habla del «hermano Sol» y de la «hermana Luna», alabando a Dios por su belleza y utilidad. Del mismo modo, el musulmán alaba a Alá cuando ve salir el sol o eclipsarse la luna, y lo hace con actos de adoración, postraciones y súplicas.
Aún hoy, en una época en la que la ciencia ha explicado muchos de los fenómenos celestes, la oración islámica por el eclipse nos invita a no olvidar el sentido espiritual que acompaña a la maravilla del universo.
Tal vez el riesgo, como probablemente nos ha ocurrido a muchos de nosotros, es haber observado el eclipse única o principalmente con curiosidad, olvidándonos de lo que representa desde una perspectiva de la creación: un signo de la belleza que alberga el misterio insondable de la creación y que nos acompaña, envuelve y sostiene sobrecogiendonos en cada momento. También en un eclipse.
En una perspectiva judeo-cristiana, como es la mía, uno recuerda aquella invocación del Salmo 19,1: "El cielo proclama la gloria de Dios, de su creación nos habla la bóveda celeste...".
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF