Soñar con la luna y su luz
“Hay un brillo del Sol y otro de la Luna; uno del fuego y otro del agua. Todos fueron dotados de luz por Cristo, arquitecto del mundo” (Miguel Servet).
Volver a nuestro satélite natural, más de medio siglo
después de la última misión tripulada, no es solo una hazaña técnica.
Es también un umbral simbólico que pone a prueba la
fe, la responsabilidad del hombre ante la creación y el deseo, siempre vivo, de
mirar al cielo para comprender mejor la Tierra
Volvemos a la Luna, casi veinte mil, no leguas bajo
los mares, sino días, después de que nos separáramos de nuestro satélite
natural el 14 de diciembre de 1972.
Entonces fue la epopeya Apolo; ahora es su hermana
Artemis II. Aunque no ha alunizado, la tripulación ha alcanzado una distancia
de unos 7.500 kilómetros de la cara oculta de nuestro satélite, convirtiéndose
en la misión tripulada que se ha adentrado más lejos en el espacio profundo que
nunca.
Se trata de un paso estratégico en preparación para el
alunizaje de las misiones posteriores.
A bordo de la cápsula Orión, equipada con gran
cantidad de tecnología, los astronautas han estado ocupados durante unos 10
días, en los que han dado una vuelta completa alrededor de la Luna antes de
regresar a la Tierra con un amerizaje previsto en el océano Pacífico.
Hasta aquí la crónica y la ciencia. Pero, ¿toca todo
esto también nuestra fe?
Sí, porque la misión Artemis II toca un umbral
simbólico de lo humano: aquel en el que la técnica se convierte en relato sobre
el sentido, y el cielo no es solo espacio que medir, sino una palabra que
contemplar.
Artemis II reabre una pregunta antigua: ¿qué significa
«habitar
la creación»?
La Escritura contempla el cielo como un lugar de asombro y de alabanza, «los cielos narran la gloria de Dios», no como una evasión de lo humano, sino como una amplificación de su responsabilidad.
Volver a la Luna no es huir de la Tierra; es, en todo
caso, una nueva forma de mirarla.
La misión Apolo 8, precursora de la misión actual en
cuanto a objetivos y modalidades, nos devolvió, como contaron los propios
astronautas, una nueva visión de la Tierra, de nosotros mismos. Una visión sin
fronteras políticas, con las fragilidades de un mundo hermoso pero rodeado de
frío y muerte, térmica y química.
La fe se ve interpelada porque reconoce en el ser
humano no al dueño del cosmos, sino a su guardián, porque la exploración
auténtica debería ir siempre acompañada de una ética del cuidado.
Hay además una dimensión antropológica más valiosa que
nunca en la era de las máquinas inteligentes. Artemis II afirma que el cuerpo
humano, frágil, limitado, expuesto, sigue siendo la medida de la historia,
incluso en el vacío cósmico.
La fe cristiana no separa el espíritu del cuerpo: la
Encarnación dice que Dios ha elegido habitar la materia.
Cada viaje humano más allá de los límites habituales
renueva esta verdad: no se supera lo humano dejándolo atrás, sino llevándolo
consigo, custodiándolo.
Podemos admirar desde una pantalla lo que ocurre y
pasar de largo, o bien decidir también nosotros si el regreso a la Luna no
puede reavivar el deseo más íntimo del ser humano: mirar al cielo para
comprenderse a sí mismo.
Al fin y al cabo, precisamente por eso, un Salvador ha
descendido entre nosotros.
Ante esta noticia, ante el enorme gasto de medios y,
sobre todo, de energía tan valiosa que estas empresas conllevan, no puedo
evitar pensar en la relación que une a la ciencia y la poesía (o la fe, ya que
la poesía, por su sentido del misterio del ser, es hermana de la religión).
Seguramente más de uno se pregunta si realmente vale
la pena. Hay a quien incluso instintivamente no le gusta la tecnología puesta
al servicio de la voluntad de poder del hombre, y algunos hasta no ocultan sus
recelos: «¡Ni siquiera dejan en paz a la luna!». Sí, hay quien mira con
desconfianza, con consternación, si no con contrariedad.
Para mí, como digo, este acontecimiento tiene un significado simbólico relevante. El hombre desafía y supera lo desconocido. Aunque también nos plantee un dilema importante: ¿cuenta menos la sabiduría que la voluntad de poder? Es decir, ¿todo lo que es técnicamente posible es deseable?
La
sabiduría y la ciencia son funciones necesarias para el hombre. Pero, en cuanto
a su relación jerárquica, el hombre se encuentra ante una elección en la que
está implicada toda su persona.
Puede
optar por la primacía de la sabiduría y orientar así toda su actividad hacia lo
divino y lo universal. También puede optar por el ejercicio exclusivo de la
ciencia, orientándose hacia las cosas para dominarlas y disfrutarlas en su
propio beneficio pero en esta elección entra en juego la avaritia
radix omnium malorum - la avaricia,
fuente de todos los males -.
Reducido
a la mera dimensión científica, el hombre no puede aspirar a otra cosa que a la
simple afirmación de sí mismo.
La
aniquilación de la sabiduría en nombre de la ciencia lleva a utilizar el Todo
en beneficio del individuo; el dominio de la ciencia pura, liberada de su
subordinación a la sabiduría, conduce a ese anarquismo y a esa agonía individualista
que es uno de los rasgos más frecuentemente observados de la situación actual.
Quizás, el mayor logro de aquellos pasos en la Luna es
hacernos ver la Tierra en miniatura y, tal vez, abrir el camino a una visión
diferente, la ecologista, que predica el respeto por la naturaleza y una
sobriedad feliz. Una visión que aún hoy en día tarda en convertirse en sentido
común.
Por el momento, me quedo absorto con la emoción de la
admiración y el agradecimiento a la obra de la creación y el Misterio de su
diseño bello: https://www.youtube.com/watch?v=dIm7ni6InVM
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF



