miércoles, 26 de agosto de 2026

Ten paciencia, Señor, hasta que vaya convirtiendo mi voluntad en la tuya (un relato biográfico) - San Mateo 21, 28-32 -.

Ten paciencia, Señor, hasta que vaya convirtiendo mi voluntad en la tuya (un relato biográfico) - San Mateo 21, 28-32 -

 

«Hijo, hoy ve a trabajar a la viña»

 

¿Llegará ese día, Señor? Ese en el que pueda sentarme en tus rodillas, ese en el que el silencio sea mi Belén. Y juntos contemplaremos esa parte de mí que no entendía, que se rebelaba, ¿contra qué?, ahora ya no lo sé. «No me apetece», decía yo, y tú: silencio.

 

Quizá habría bastado con poco: una palabra más tuya, un intento de convencerme, el agradable aroma del vino compartido, una caricia, pero Tú no decías nada, dejabas tu invitación en el aire, y yo, en mi interior, me dedicaba a escenificar hipotéticas revoluciones interiores.

 

¿Llegará ese día, Señor? Apoyaré mi cabeza en tu pecho y será como sonreír ante mi agitación, ante mi incapacidad para comprender que soy menos que un soplo en la Creación. «No tengo ganas», gritaba, no tengo ganas de Ti, del mundo ni de la vida; ya no tengo ganas de tu viña, de tu rostro, de tus órdenes; ya no tengo ganas, y quizá ya ni siquiera tenga ganas de mí mismo. Pero ¿cómo has podido soportar, Señor, mi infantilismo?

 

¿Llegará ese día, Señor? Me quedaré a tus pies, sin molestar, me bastará con estar ahí; contemplaremos desde lejos aquellos días patéticos, aquellos en los que te dije que sí, una promesa solemne, tal vez para convencerme a mí mismo, pero para no ir, en realidad, a tu viña.

Tú lo viste, tú lo sabías, quién sabe si sufriste, y sin embargo no dijiste nada, ¿por qué no me reprochaste? Me lo preguntaba. ¿Por qué me dejaste tranquilo en esa mentira tan banal? Bastaba con venir a buscarme, bastaba con ponerme frente a mis responsabilidades, a mi bajeza. ¿Por qué no viniste a castigar mi desobediencia, por qué no me mostraste tu ira? A mí no me importaba nada tu viña, yo te quería a ti, ¿lo entiendes? Y, en cambio, nada: silencio.

 

Quién sabe si llegará ese día en el que yo, apoyado en tus labios, al sentir que me llamas «hijo», me avergonzaré, por fin, de esa parte de mí arrogante, presuntuosa, estúpida y banal que carecía de sentido de la medida, que se creía el centro del mundo, que se creía con derechos, que pretendía pedir cuentas de las lógicas del mundo.

 

Quién sabe si llegará ese día en el que yo estaré, arraigado como un castaño, dando frutos y llorando por aquel yo que no sabía sentirte como un padre amoroso y tierno.

 

Quién sabe cuándo llegará de verdad ese día, aquel sin fin, en el que finalmente me sumergiré en el jardín perfumado de tu corazón y yo contigo, yo en ti, juntos, dulcemente, susurraremos: «hijo». Y nos derretiremos en un llanto compartido.

 

Será el día en que todo vuelva a casa: cada padre se encontrará con sus hijos. Será el día sin atardecer en el que ya no habrá ayer ni mañana, sino solo «hoy», un hoy luminoso en el que todo encontrará su lugar.

 

Quién sabe cuándo llegará ese día en el que por fin comprenderé que la invitación a ir a trabajar a la viña no era más que la única posibilidad de encontrarme contigo, juntos, que la viña era un espacio de identidad, era sentirme sarmiento, y vid, y raíz, y fruto, y vino: todo. De ser tú y tú en mí. No había nacido más que para liberarme de mi orgullo, de mi estúpida vanidad.

 

Llegará ese día, Señor, llegará, ¿verdad? Cuando convierta definitivamente mi voluntad en la tuya.

 

Mientras tanto, te lo ruego, espérame, ten paciencia, soporta mi miedo a perderme, ayúdame a vencer mi orgullo, ayúdame a desaparecer, a dejarlo todo, para morar por fin en Ti.

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No todo el que me dice ‘¡Señor, Señor!’ entrará en el Reino - San Mateo 21, 28-32 -.

No todo el que me dice ‘¡Señor, Señor!’ entrará en el Reino - San Mateo 21, 28-32 -

 

Jesús concluyó su viaje hacia Jerusalén, la ciudad santa en la que entró aclamado como Mesías, hijo de David, por los discípulos que le acompañaban y por las multitudes; expulsó del Templo a quienes impedían que fuera una casa de oración y, simbólicamente, secó la higuera que no daba frutos (cf. Mt 21,1-22).

 

Estas acciones provocan una profunda indignación por parte de las autoridades religiosas legítimas pero perversas, «los sacerdotes y los ancianos», que intervienen públicamente preguntándole a Jesús con qué autoridad realiza esos gestos provocadores.

 

Pero Jesús no responde; al contrario, les plantea una pregunta sobre la misión de Juan el Bautista: ¿una misión querida por Dios o una misión que Juan se había inventado por su cuenta?

 

Pero esta pregunta no recibe respuesta (cf. Mt 21,23-27), por lo que Jesús les cuenta tres parábolas: la de los dos hijos, la de los labradores asesinos y la de los invitados al banquete nupcial (cf. Mt 21,28-22,14).

 

De hecho, son tres parábolas con las que intenta provocar un arrepentimiento en aquellos adversarios suyos que, poco después, se convertirán en sus acusadores y verdugos.

 

Para Jesús, las parábolas son precisamente un instrumento para hacer que cambien de opinión y de actitud aquellos a quienes van dirigidas. Pero aquí ocurrirá exactamente lo contrario. En lugar de reflexionar y convertirse, los sacerdotes y los ancianos se indignarán aún más y, al comprender que esos relatos se dirigen precisamente a ellos, endurecerán aún más su corazón, aumentando su oposición y su odio hacia Jesús.

 

«¿Qué os parece?», una introducción que es una invitación a reflexionar y a discernir, porque al final habrá otra pregunta de Jesús, que exigirá una respuesta clara y decisiva. «Un hombre tenía dos hijos. Acercándose al primero, le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar a la viña”. Y él respondió: “No me apetece”. Pero luego, arrepentido, fue». La respuesta inicial es irreverente, marcada por una desobediencia consciente. Pero este hijo que se atreve a resistirse a la petición del padre y le niega la obediencia, más tarde cambia de idea, se replantea su opinión y va a trabajar a la viña. Así demuestra que se ha arrepentido: al reflexionar, ha cambiado de opinión, y la falta de ganas se ha transformado para él en una obediencia posible.

 

A continuación entra en escena el segundo hijo. El padre se dirige a él de la misma manera que al otro, y la respuesta que obtiene es positiva: «¡Sí, Señor (Kýrios)!», pero luego este no va. Nos encontramos ante un hijo respetuoso con el padre, que incluso lo llama «Señor». Es respetuoso quizá por miedo, porque es incapaz de decirle que no a su padre. O bien es respetuoso porque está imbuido de formalismo: le dice que sí al padre, tal y como exigen la ley y la costumbre, pero luego no cumple su voluntad. Quizá piensa que el padre no se dará cuenta de que no ha puesto en práctica lo que dijo…

 

No conocemos los motivos por los que no acata la invitación: lo cierto es que la voluntad del padre no se cumple. Este segundo hijo se conforma con hacer una declaración verbal acorde con el deseo del padre y no percibe su propia incoherencia: como un ciego que no ve, no se ve a sí mismo…

 

Es evidente que lo que ocurre en esta parábola sucedía en tiempos de Jesús, entre los creyentes judíos, pero sigue ocurriendo hoy en día en las comunidades de los discípulos, en la Iglesia.

 

Siempre ha habido, hay y habrá quienes digan: «¡Señor! ¡Señor!», lo invocan y a menudo tienen su nombre en la boca, pero luego no hacen la voluntad de su Padre que está en los cielos (cf. Mt 7,21).

 

Las palabras de Jesús pretenden desenmascarar a estos creyentes que confían en su asistencia a las asambleas donde resuena la palabra del Señor, que participan en las comidas con el Señor, comiendo y bebiendo en su mesa (cf. Mt 7,22-23; Lc 13,25-27), pero que, en realidad, no son discípulos que sigan concretamente a Jesús, en un intento por ajustar su vida a la suya. ¡Militantes, sin duda, pero sin ser discípulos!

 

Gracias a esta parábola, se nos invita a discernir en nuestro presente a aquellos que, de hecho, sin saberlo, se identifican con el primer o el segundo hijo: hombres religiosos que alardean de su pertenencia confesional y hablan, hablan…; dicen «» a la voluntad de Dios, pero a diario no la llevan a cabo, porque para ellos es más importante aparentar que ser y actuar.

 

Por otro lado, están aquellos que parecen decir constantemente «no» a Dios porque no se muestran religiosos, porque no proclaman su pertenencia religiosa, pero que, en cambio, la viven en el anonimato, en la vida cotidiana, cumpliendo la voluntad del Señor sin nombrarlo y, a veces, sin conocerlo. Personas totalmente anónimas para nosotros, pero que simplemente «practican la justicia, aman la misericordia y caminan humildemente con Dios» (cf. Mi 6,8).

 

He aquí, pues, puntualmente, al final de la parábola, la pregunta de Jesús: «¿Cuál de los dos hijos ha cumplido la voluntad del padre?», a la que sigue la previsible respuesta de los sacerdotes y los ancianos: «¡El primero!».

 

Entonces Jesús les invita a sacar las consecuencias, comentando: «En verdad os digo: “¡Los pecadores manifiestos y las prostitutas os adelantan en el reino de Dios!”».

 

Palabras de Jesús duras como piedras, porque constituyen el juicio pronunciado sobre estos oyentes. ¿Pero por qué? ¿No es esto paradójico? Y, sin embargo, así es, porque aquellos que públicamente parecen pecadores y son considerados como tales por todos, son presa de la vergüenza y sienten en su interior el deseo, más o menos atendido, de cambiar de vida: desean salir de su vida de pecado, que los demás desprecian y condenan.

 

Los hombres religiosos, en cambio (en este caso, los sacerdotes y los ancianos, interlocutores de Jesús), que parecen observantes pero tienen pecados ocultos, dado que todos los veneran y todos los miran por su estatus, no quieren en absoluto cambiar de vida.

 

Unos, pues, están abiertos a una invitación a la conversión, mientras que los otros se sienten bien tal y como están y piensan que no necesitan conversión alguna: de ahí surge su hipocresía, su rigidez, su costumbre de juzgar y espiar a los demás, sin cuestionarse nunca a sí mismos; siempre están dispuestos a absolverse, porque a los ojos de la gente resultan justos e incluso ejemplares…

 

Y así, Jesús señala que, cuando vino Juan el Bautista a pedir la conversión, los pecadores públicos respondieron de forma concreta a la invitación y se convirtieron, mientras que los sacerdotes y las autoridades religiosas, a pesar de haberlo visto, no cambiaron nada de su comportamiento para adherirse a su mensaje.

 

Con esta parábola, Jesús nos interroga, pues, a cada uno de nosotros, si queremos escucharle. Y cada uno de nosotros, cuanto más reconocido sea por su profesión de fe, más debe preguntarse: ¿le dice «sí» a Dios solo con palabras, o lleva a cabo, sin alarde ni ostentación, con humildad, su voluntad?

 

En definitiva, «en el último día, el día del juicio» —como reza una afirmación tradicionalmente atribuida a San Agustín, que deberíamos tener mucho más presente— «muchos que se creían dentro serán hallados fuera, mientras que muchos que pensaban estar fuera serán hallados dentro del Reino de los Cielos».

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Crea en mí, Señor, un corazón contrito - San Mateo 21, 28-32 -.

Crea en mí, Señor, un corazón contrito - San Mateo 21, 28-32 -

 

En el Templo de Jerusalén, Jesús se ve rodeado por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo, quienes detestan a este rabino y profeta procedente de Galilea, que presenta una imagen de Dios tan ajena a sus conceptos.

 

Por eso lo ponen a prueba, preguntándole con qué autoridad enseña y realiza curaciones. Jesús, en respuesta, les pregunta si el bautismo de Juan procedía del cielo o de los hombres; y ante su silencio embarazoso, concluye: «Ni yo os diré con qué autoridad actúo» (Mt 21,27).

 

En ese momento pronuncia la primera de tres parábolas centradas en el rechazo que los líderes religiosos de Israel oponen a aquellos a quienes Dios ha enviado para anunciar su salvación.

 

Un hombre tiene dos hijos: le pide al primero que vaya a trabajar a la viña y este, tras haber accedido de palabra, no hace lo que dijo; el otro responde que no, pero luego, arrepentido, va a trabajar.

 

Es el segundo el que ha cumplido la voluntad del padre, admiten los interlocutores de Jesús. Y Él comenta: «Los publicanos y las prostitutas os preceden en el reino de Dios. Juan vino a vosotros por el camino de la justicia y no le creísteis; los publicanos y las prostitutas, en cambio, sí le creyeron. Vosotros, por el contrario, aunque habéis visto estas cosas, ni siquiera os habéis arrepentido para creerle».

 

Con estas palabras, Jesús establece una estrecha relación entre su misión y la de Juan, su maestro y precursor: rechazar a uno es rechazar también al otro (cf. Mt 11,16-19).

 

Además, revela que solo puede acoger la salvación quien esté dispuesto a volver a Dios, arrepintiéndose del mal hecho y abandonando sus caminos de pecado. En este sentido, merece la pena analizar más a fondo el significado de la paradójica afirmación: «Los publicanos y las prostitutas os preceden en el Reino», dirigida por Jesús a los hombres religiosos de su tiempo y, con ellos, a cada uno de nosotros.

 

Jesús sabía bien que todos los hombres son pecadores, si es cierto que el justo peca siete veces al día (cf. Pr 24,16): pero ¿cuál es el motivo de su preferencia por la compañía de los pecadores públicos, reconocidos como tales por los hombres?

 

Quien peca en secreto nunca se ve impulsado a la conversión por una reprimenda que le llegue de otros, porque sigue siendo estimado por lo que de su persona se muestra al exterior: esta es la enfermedad de la mayoría de las personas, entre las que destacan las devotas, que desprecian a los demás considerándolos sumidos en el pecado, mientras dan gracias a Dios por su supuesta justicia (cf. Lc 18,9-14).

 

En cambio, quien es un pecador público se encuentra constantemente expuesto a la censura ajena y, de este modo, se ve impulsado a un deseo de cambio: en el arrepentimiento que nace de un «corazón contrito» (Sal 34,19), puede volverse sensible a la presencia de Dios, ese Dios que no quiere la muerte del pecador, sino más bien que se convierta y viva (cf. Ez 18,23).

 

Es precisamente en virtud de esta conciencia por lo que a Jesús le gustaba sentarse a la mesa con los pecadores manifiestos, compartir con ellos este gesto de comunión extrema. Su comportamiento revela el corazón de Dios, muestra la actitud de Dios hacia el pecador, y por eso es cuestionado por los religiosos, que primero intentan escandalizar a sus discípulos:

 

«¿Por qué come y bebe vuestro maestro con los publicanos y los pecadores?» (Mt 9,11), y luego lo acusan directamente: «He aquí a un glotón y a un borracho, amigo de los publicanos y de los pecadores» (Mt 11,19).

 

Pero la amistad de Jesús hacia las personas menos valoradas dentro de la sociedad, su cordial simpatía por las prostitutas y los pecadores, hace caso omiso del desprecio de quienes se sienten mejores que los pecadores manifiestos, simplemente porque no quieren o no saben reconocerse como pecadores como ellos…

 

Sí, el verdadero milagro —mayor que resucitar a los muertos, decía Isaac el Sirio— consiste en reconocerse pecadores: ¡nosotros somos los publicanos, nosotros somos las prostitutas!

 

Es realmente un esfuerzo vano el que se hace para ocultar a los demás el propio pecado: bastaría con reconocerlo conscientemente para descubrir que Dios ya está ahí y solo nos pide que aceptemos que Él lo cubra con su misericordia inagotable.

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Obras son amores y no buenas razones - San Mateo 21, 28-32 -.

Obras son amores y no buenas razones - San Mateo 21, 28-32 -

 

En el capítulo 21 de su Evangelio, San Mateo muestra cómo el enfrentamiento entre Jesús y las autoridades judías se vuelve cada vez más tenso y se agrava.

 

En concreto, tras una discusión con los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo sobre su autoridad (Mt 21,23-27), Jesús pronuncia tres parábolas centradas todas ellas en el rechazo, por parte de los líderes de Israel, de la oferta de salvación.

 

En su conjunto, estas parábolas trazan una síntesis de la historia de la salvación, mostrando que, ante los distintos enviados por Dios (Juan el Bautista: Mt 21,28-32; los profetas del Antiguo Testamento y el Hijo: Mt 21,33-46; los profetas del Nuevo Testamento y los misioneros cristianos: Mt 22,1-14), siempre ha habido una reacción idéntica de rechazo.

 

En particular, Jesús vincula estrechamente su autoridad a la de Juan el Bautista y condena el rechazo a «creer en» Juan (Mt 21,25.32) por parte de las autoridades judías, considerándolo un factor que les impide llegar al pleno reconocimiento de su propia persona y de su ministerio.

 

De hecho, tanto Juan como Jesús son enviados por Dios. Aunque de formas diferentes, ambos narran la acción de Dios, pero ambos se han encontrado con una oposición y un rechazo similares: «Vino Juan, que no come ni bebe, y dicen: “Está poseído por un demonio”. Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: “He aquí a un glotón y a un borracho, amigo de publicanos y pecadores”» (Mt 11,18-19).

 

Y es precisamente justo después de negarse a responder a quienes le preguntaban sobre su autoridad —y que, a su vez, no habían querido responder a su pregunta sobre la autoridad del Bautista (Mt 21,27)—, cuando Jesús dirige a sus interlocutores la parábola de los dos hijos enviados a la viña.

 

El texto evangélico se compone de la parábola propiamente dicha y de una aplicación. Ambas partes se introducen con una pregunta: «¿Qué os parece?»; «¿Cuál de los dos cumplió la voluntad del padre?».

 

La pregunta, frecuente en el discurso de Jesús, se presenta como una invocación y como una oferta. Invocación y oferta de verdad, de implicación, de relación auténtica. En el centro de ambas preguntas se encuentra la parábola: la primera pide atención y la segunda, que se adopte una postura.

 

Así, la propia parábola se presenta como una pregunta que actúa como un tercero entre Jesús y sus interlocutores y trata de conducirlos a la verdad de manera respetuosa y delicada.

 

La parábola se convierte en un relato que habla de Juan el Bautista («Juan vino a vosotros…») tanto en referencia a las prostitutas y los publicanos que le creyeron («los publicanos y las prostitutas…») como a sus interlocutores que no le creyeron («vosotros, en cambio…»).

 

La inversión descrita en la parábola —por la cual quien respondió que sí a la orden del padre en realidad no le obedece y quien respondió que no, al final sí le obedece— se convierte en un espejo de la situación existencial de los marginados y los pecadores públicos que adelantan, «preceden» en el Reino a aquellos que parecían los obedientes y los fieles. Es decir, aquellos que, según todo indicaba, habían respondido que sí a la voluntad de Dios Padre.

 

La parábola trata de dos hijos a los que el padre pide que vayan a trabajar a la viña. Uno responde que no, pero luego, arrepentido, va; el otro responde que sí, pero luego no va. Ambos se contradicen a sí mismos.

 

Es interesante el comportamiento de quien responde que sí. Responde llamando a su padre «Señor»: ¿se dirige a un padre o a un amo? ¿Está respondiendo con libertad o bajo la lógica opresiva del deber? ¿Acaso imagina que el padre se siente halagado al ser llamado amo, señor? De palabra, se muestra «como es debido», pero sus actos se revelarán muy alejados de sus palabras.

 

Existe un decir «Señor, Señor» que queda desmentido por una práctica en la que no se cumple la voluntad de Dios (Mt 7,21). El criterio de verdad de la palabra es el hacer, la práctica. De hecho, hay un uso de la palabra que se ve contradicho por prácticas y comportamientos contrarios, o que se convierte en una cortina de humo que distorsiona la realidad y engaña tanto a uno mismo como a los demás.

 

Por un lado, a menudo confundimos el «hablar de» con el «tener experiencia de», pero aún más grave es el comportamiento de quien no vive de la realidad, sino de sus palabras sobre la realidad, de su reinterpretación de la realidad y de su remodelación a su antojo.

 

El «» que el hijo dice al padre corre el riesgo de convertirse en la realidad en la que cree el propio hijo. Quien dice que sí y luego no actúa, es quien reduce su obediencia a Dios a un mero acto verbal: la apariencia queda a salvo, su imagen queda a salvo, pero su corazón está lejos de Dios.

 

¿Cuál es la diferencia con el otro hijo que dice «no» y luego obedece? Este dice lo que siente, quizá de forma irreflexiva, pero habla con sinceridad, expresando lo que siente y lo que le pone en conflicto con el padre. Precisamente, se expone a un conflicto con el padre, con una persona ajena a él, y esto le lleva a tomar conciencia de su conflicto interior y a cambiar de opinión. Algo que no ocurre en quien responde «» y que complace al otro, se acomoda al otro, no se expone conflictivamente al otro y puede evitar mirar la tentación de la desobediencia que también habita en él.

 

Para Mateo resulta evidente que quienes viven en el «» son los religiosos (sacerdotes y ancianos del pueblo: Mt 21,23), que pueden no sentirse necesitados de conversión porque ya están «en orden», a diferencia de quienes, en cambio, viven en el «no», como los publicanos y las prostitutas, y que pueden hacer espacio al Evangelio y entrar en el Reino.

 

Pero pueden abrirle un espacio, como señala Mateo, a través del arrepentimiento. El primer hijo, el que respondió impulsivamente que no, después «se arrepintió» (Mt 21,29); en cambio, a los sacerdotes y a los ancianos Jesús les dice: «ni siquiera os habéis arrepentido» (Mt 21,32) para creer en Juan.

 

El arrepentimiento afirma que creer implica a veces cambiar de opinión. La obediencia a la palabra y a la voluntad de Dios pasa también por desmentir la propia palabra y la propia voluntad.

 

De hecho, la fe no nos pide que no nos equivoquemos ni que no pequemos, sino que reconozcamos el error y confesemos el pecado.

 

En ese «cambiar de opinión» hay un diálogo interior, hay una toma de conciencia de la realidad, hay la audacia de mirarse a uno mismo a la cara, de atreverse a verse tal y como se es, un paso previo esencial para actuar de forma responsable. En definitiva, hay un inicio del movimiento hacia la responsabilidad, hay el comienzo de la decisión de pasar de la irresponsabilidad a la responsabilidad.

 

En este sentido, lejos de ser un signo de debilidad, el arrepentimiento es un signo de valentía y de fuerza. Por muy raro e impopular que sea, incluso en la Iglesia, el gesto de quien reconoce haber errado, de quien admite haber adoptado posturas que han resultado poco conformes al Evangelio y cambia su postura tratando de ser más fiel al Evangelio, es un signo de grandeza humana y espiritual.

 

El arrepentimiento es, además, una prueba de libertad: libertad respecto a uno mismo y a la potentísima tiranía del yo narcisista. El arrepentimiento afirma que incluso el malvado puede cambiar: el pecado no es una potencia metafísica que aplasta al hombre y que tiene sobre él la última palabra.

 

En el arrepentimiento, todo ser humano vuelve a encontrar el camino recto y «vuelve» a sí mismo y a Dios al mismo tiempo. Acto de libertad, el arrepentimiento es también un acto de liberación. El malvado que cambia de conducta «se da vida a sí mismo» demostrando que no es esclavo de sus comportamientos anteriores.

 

Debemos reconocer que, en el cristianismo, el arrepentimiento es el camino principal para acceder a la voluntad de Dios.

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Me basta con mirar mis contradicciones - San Mateo 21, 28-32 -.

Me basta con mirar mis contradicciones - San Mateo 21, 28-32 -

 

¿Qué os parece?

 

El Maestro pide opinión a los sacerdotes y a los ancianos del pueblo. Quiere involucrarlos, quiere acompañarlos para que vean las cosas desde otro punto de vista, quiere que crezcan y, finalmente, que comprendan quién es y qué ofrece el Padre al que él anuncia.

 

¿Qué os parece?

 

Esta es la dinámica del discipulado. Esto es lo que Dios quiere de nosotros: que nos pongamos en marcha, que salgamos de una fe reducida a la escucha (distraída), que nos sacudamos y nos convirtamos en los timoneles de la nave de nuestra vida.

 

Y habla de dos hijos a los que el padre invita a echarle una mano en la viña.

 

Uno que resopla y se irrita, pero que, al final, va.

 

El otro asiente sonriendo, pero no se mueve del sitio.

 

 

 

Hay un hijo, en mí, que quiere quedar bien ante Dios, ante los hombres. Un buen chico siempre dispuesto a complacer, a obedecer. Pero solo de boquilla. Solo en apariencia.

 

No es que tengamos realmente ganas de ensuciarnos las manos, de ir, de verdad, a la viña, no nos tomemos eso a broma.

 

Se hace un esfuerzo, se trabaja mucho y se suda.

 

Y la viña, que es el mundo, la viña que el Señor nos pide que cuidemos, nos obliga a agachar la espalda, a que nos salgan callos.

 

Mejor mirarla desde fuera, la viña.

 

Quizá sumergiéndonos en críticas sobre el pésimo estado en que se encuentra y sobre la evidente incapacidad de los viticultores.

 

Y quizá optar por una bonita planta de vid colocada en el balcón de casa, que le da un aire tan country style.

 

Decorativa.

 

Pero también hay un hijo agresivo en mí, un eterno adolescente, inquieto y distante.

 

Que detesta los modales refinados y las apariencias, que sufre sus propias limitaciones pero las acepta en su desgarradora y alienante evidencia. Que ve las contradicciones en los demás, claro, pero, sobre todo, que las ve en sí mismo. Y no las querría.

 

Y al mirar el viñedo tiene miedo. Le gustaría, claro, pero sabe que no es capaz. El mundo exterior le asusta, le inquieta. Sabe bien que pertenece a este mundo, a este viñedo, pero también sabe que no tiene mano para la jardinería, más bien al contrario…

 

Así que murmura algo entre dientes, no está de acuerdo, da un portazo, irritado por ese viejo padre senil aferrado a ese pedazo de tierra de los antepasados, improductivo e inútil. ¡Caramba, con todo lo que tengo que hacer para salir a flote, solo me faltaba hacerme cargo de esta locura!

 

Pero luego va. Al menos durante unas horas, al menos lo intenta. Sí, va.

 

Y la noticia, la buena noticia, la noticia loca y desestabilizadora es que Dios prefiere la segunda actitud.

 

Prefiere a quien es auténtico, aunque no sea ejemplar.

 

Prefiere a quien admite sus limitaciones y lo intenta, antes que a quien esboza grandes sonrisas y se arrodilla sin mover un dedo. Prefiere, él el primero, almas grises pero auténticas, a almas blancas pero de plástico.

 

Prefiere a quien ayuda a una prostituta a recuperar su dignidad de mujer.

 

A quien acompaña a un pecador público a verse a sí mismo de otra manera.

 

Dios no sabe qué hacer con los chicos buenos, quiere hijos.

 

 

 

Porque él fue el primero en bajar a la viña.

 

Él fue el primero en hacerse hombre, encarnándose, sin privilegios, rechazando las ventajas, para salvar a todos, para encontrarse con todos, para amar a todos. Él.

 

Ante tanta generosidad, tanta belleza, tanta locura, podemos hacer como si nada y seguir jugando a ser buenos cristianos. A mostrarnos con el alma bien arreglada y caritas devotas.

 

Que Dios lo tenga en cuenta. Que vea lo buenos que somos en comparación con los demás, feos, sucios y malos. Y que quizá arranquen alguna vid y dañen la uva.

 

O admitir que no somos capaces.

 

Que es antinatural amar a los demás. Y ayudarnos. Y perdonar. Y todas las mil cosas más que este Dios loco nos propone vivir.

 

Contra natura.

 

Porque el hombre es un lobo, devora, desgarra, ataca, conquista; siempre ha sido así.

 

Porque el mundo es un inmenso estercolero, mejor no agitarse demasiado y dejarse llevar.

 

Mejor observar la vid del balcón que arriesgar la vida. Mejor cuidarla y protegerla. Y qué más da si solo es decorativa.

 

 

 

Porque Dios no quiere castigar, sino salvar. Y se alegra por quien acepta sus propios límites.

 

Porque el Dios del que Jesús vino a hablarme (hasta el punto de morir por ello) es un Dios feliz que me quiere feliz. Que confía tanto en mí que me pide que le eche una mano. Que ame como él (con el amor que recibo de él). Amar sin medida, dando, entregándome, derramándome.

 

Es difícil, lo sé bien.

 

Es difícil tener en mí los mismos sentimientos que tuvo Cristo.

 

Y, sin embargo, si le dejo actuar, quizá algo cambie. No por esfuerzo ni por mérito propio, sino porque el amor actúa, cambia, ilumina, convierte.

 

Los dos hijos están dentro de mí. Lo sé bien.

 

Los veo, los escucho, los alimento.

 

A veces prevalece el hijo que teme el juicio de los demás, no solo el de Dios, y entonces se vuelve falso. A veces, el rebelde que querría mandar todo y a todos a freír espárragos, incluido Dios.

 

Pero ambos pueden crecer y cambiar.

 

Y llegar a ser uno auténtico y el otro activo.

 

Sabemos —y cuántos profetas habrían querido saberlo y verlo— que Dios nos llama a trabajar en su viña, aunque esté descuidada, aunque sea silvestre, aunque esté llena de zarzas.

 

Es agotador, no nos engañemos.

 

Es agotador cambiar, es agotador permanecer en ella, es agotador amar esta viña. Es agotador hacerlo ahora, en este tiempo de verdad abrasadora, que pone al descubierto la fragilidad de nuestras pastorales acomodaticias, rancias y paralizantes.

 

Y Dios lo sabe bien. Morirá a manos de los viticultores asesinos. Y esa muerte, lo creo firmemente, cambiará la historia para siempre. También la mía.

 

Eso es: solo se trata de saber qué queremos hacer.

Sabiendo bien que lo que se nos pide es la verdad sobre nosotros mismos, la autenticidad incluso cuando nos avergüenza y nos humilla.

 

Dios no quiere niños buenos, ni niños grandes, sino hijos.

 

Aunque sean rebeldes. Solo si están enamorados.

 

Como Él.

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Hacia un corazón cada vez más unificado - San Mateo 21, 28-32 -.

Hacia un corazón cada vez más unificado - San Mateo 21, 28-32 - 

I 

«Un hombre tenía dos hijos». Y por lo que sigue en la parábola entendemos que «cada hijo tenía dos corazones».

 

Es una experiencia que todos compartimos: en nuestro interior hay un corazón que dice sí y otro que dice no. No existe un tercer hijo con un corazón unificado, ese hijo ideal que encarne la perfecta coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.

 

Somos personas incompletas, contradictorias: «No me entiendo a mí mismo; hago el mal que no quiero, y el bien que quiero, no lo consigo hacer» (Rom 7,15.19). Pero todos estamos en camino hacia el corazón unificado.

 

Un Padre del Desierto decía que incluso en el monje escondido en la cueva más recóndita de la montaña hay una guerra que perdura hasta el final: «la guerra del corazón». El conflicto de elecciones contradictorias, la lucha contra la fuerza salvaje del deseo.

 

La parábola parte de un triángulo de relaciones, padre-hijos, que no son ejemplares.

 

La primera acción que se relata es una orden: «Hijo, ve hoy a trabajar a la viña». El relato que sigue es la reacción ante una orden percibida por ambos hijos como una imposición, una carga de la que deshacerse, ya sea con palabras o con hechos.

 

Si trasladamos la parábola al ámbito de nuestra vida personal, también nosotros nos sentimos a menudo ejecutores de las órdenes de un Dios soberano que se impone como un padre-amo; vivimos la religión como un conjunto de normas y prohibiciones, donde casi todo está prohibido y el resto es obligatorio.

 

Pero Dios no es un deber, es un asombro: en el principio de la fe está el Evangelio, una noticia hermosa, alegre y dichosa. Dios ha venido y ha hecho resplandecer la vida; ha venido y ha puesto nuevos sueños y canciones en el corazón; ha venido, maestro de horizontes; no ha puesto más límites, sino que nos ha dado más alas. Para volar más lejos, con más seguridad, para llegar más rápido a la felicidad, es decir, a la vida buena, bella y dichosa de Jesús.

 

Al principio está el Reino de Dios, pero como un vino de fiesta, un banquete de compartir; no un campo amargo de sudor, sino un viñedo perfumado de racimos.

 

En la parábola está en juego el fundamento de nuestra relación con Dios.

 

De hecho: el primer hijo se arrepintió y se puso a trabajar. Literalmente, el Evangelio dice: se convirtió, cambió de mentalidad, transformó su forma de ver las cosas.

 

El tema principal no es ético —la desobediencia inicial convertida en obediencia, lo cual es poca cosa—, sino teológico: el cambio de mirada hacia Dios, descubrir con asombro el sentido de la historia.

 

El primer hijo comprendió que la viña familiar produce un vino que es símbolo de fiesta y alegría para toda la casa. No es un campo de trabajos forzados, sino un lugar donde el mundo se vuelve más fecundo y más bello.

 

Por eso tiene prisa por ir allí, aunque nadie lo vea, porque va a hacer que la tierra sea menos árida y la historia menos estéril. 

II 

En los dos hijos, que hablan y enseguida se contradicen, veo reflejado mi corazón dividido, las contradicciones que lamenta Pablo: ya no me entiendo a mí mismo, hago el mal que no quiero, y el bien que quiero, no puedo hacerlo (Rom 7, 15.19), lo que Goethe reconoce: «Tengo en mí, ah, dos almas».

 

Partiendo de aquí, la parábola sugiere su camino hacia la buena vida: el viaje hacia el corazón unificado. Invocado en el Salmo 86,11: «Señor, mantén unido mi corazón»; señalado en Sabiduría 1,1 como el primer paso en el camino de la sabiduría: «Buscad al Señor con corazón sencillo, un corazón sin doblez, que no tenga segundas intenciones».

 

Un don que hay que pedir siempre: Señor, unifica mi corazón; que no haya en mí dos corazones que luchen entre sí, dos deseos en guerra.

 

Si actúas así te darás vida a ti mismo; tú serás el primero en beneficiarte de ello. Vigila con esmero tu corazón, porque de él brota la vida (Prov 4,23).

 

El primer hijo se arrepintió y se puso a trabajar. ¿De qué se arrepiente? ¿De haberle dicho que no al padre? Literalmente, Mateo dice: se convirtió, transformó su forma de ver las cosas.

 

Ve de un modo nuevo la viña, al padre, la obediencia. Ya no es la viña de su padre, es nuestra viña. El padre ya no es el amo al que hay que someterse o del que hay que huir, sino el Viticultor que le llama a colaborar para una vendimia abundante, para un vino festivo para toda la casa. Ahora su corazón está unificado: por imposición, nadie podrá jamás trabajar bien ni amar bien.

 

En el centro, la pregunta de Jesús: ¿quién ha cumplido la voluntad del Padre? ¿En qué consiste su voluntad? ¿Tener hijos respetuosos y obedientes?

 

No, su sueño como padre es una casa habitada no por siervos serviles, sino por hijos libres y adultos, aliados con él para la maduración del mundo, para la fecundidad de la tierra.

 

La moral evangélica no es la de la obediencia, sino la de la fecundidad, de los buenos frutos, de los racimos rebosantes de mosto: la voluntad del Padre es que deis mucho fruto y que vuestro fruto perdure…

 

En conclusión: los publicanos y las prostitutas os adelantan. Una frase dura, dirigida a nosotros, que de boca decimos «», que nos jactamos de ser creyentes, pero somos estériles en buenas obras, cristianos de fachada y no de fondo.

 

Pero también es consoladora, porque en Dios no hay condena, sino la promesa de una vida buena, tanto para unos como para otros.

 

Dios siempre confía en cada persona, en las prostitutas y también en nosotros, a pesar de nuestros errores y de nuestras demoras a la hora de decir «». Dios cree en nosotros, siempre.

 

Entonces, yo también puedo comenzar mi conversión hacia un Dios que no es deber, sino amor y libertad. Con Él maduraremos racimos, dulces de la tierra y del sol. 

III 

¡Un hombre tenía dos hijos! Y eso es como decir: «Un hombre tenía dos corazones». Cada uno de nosotros tiene en su interior un corazón dividido; un corazón que dice «» y otro que dice «no»; un corazón que habla y luego se contradice. El objetivo sagrado del hombre es tener un corazón unificado.

 

El primer hijo respondió: «No me apetece», pero luego se arrepintió y fue. El primer hijo es un rebelde; el segundo, que dice «» y no hace nada, es un servil. Jesús no se hace ilusiones. Sabe bien cómo somos: no existe un tercer hijo ideal, que viva la perfecta coherencia entre lo que dice y lo que hace.

 

El primer hijo, vivo, reactivo, impulsivo, que antes de seguir a su padre siente la necesidad imperiosa y vital de enfrentarse a él, de medirse con él, de contradecirlo, no tiene nada de servil. El otro hijo, que dice «sí, señor» y no hace nada, es un adolescente inmaduro que se conforma con aparentar. Un hombre de máscaras y miedos.

 

Los dos hermanos de la parábola, aunque tan diferentes, tienen sin embargo algo en común: la misma idea que tienen del padre: un padre-amo al que someterse o contra el que rebelarse, pero al que, en el fondo, hay que eludir.

 

Pero hay algo que desarma el rechazo del primer hijo: se arrepintió. Arrepentirse significa cambiar la forma de ver al padre y la viña: la viña es mucho más que esfuerzo y sudor, es el lugar donde se encierra una profecía de alegría (el vino) para toda la casa. Y el padre es el guardián de la alegría compartida.

 

¿Cuál de los dos hijos ha hecho la voluntad del Padre? Palabra clave.

 

¿Acaso la voluntad de Dios es poner a prueba a los dos hijos, medir su obediencia? No, su voluntad es el pleno florecimiento de la viña, que es la vida en el mundo; es una casa habitada por hijos libres y no por siervos sumisos.

 

Jesús continúa con una de sus palabras más duras y más consoladoras: «Los publicanos y las prostitutas os adelantarán en el Reino de Dios». Porque dijeron «no», y su vida carecía de frutos, pero luego cambiaron de vida.

 

¡Qué dura es esta frase! Porque se dirige a nosotros, que de boquilla decimos «», pero luego somos estériles en buenos frutos. ¿Cristianos de fachada o de verdad? ¿Solo creyentes, o por fin también creíbles?

 

Pero esta palabra es consoladora, porque en Dios no hay sombra de condena, solo la promesa de una vida totalmente renovada para todos. Dios no encierra a nadie en sus prisiones del pasado, a nadie; siempre confía en cada hombre; confía en las prostitutas y confía también en mí, en todos nosotros, a pesar de nuestros errores y nuestros retrasos.

 

Dios confía en mi corazón. Y yo «acercaré mis labios a la fuente del corazón» (San Bernardo) unificado, «porque de él brota la vida» (Proverbios 4,23), el sentido, la conversión: Dios no es un deber, es asombro y libertad, un vino de fiesta para el futuro del mundo. 

IV 

En los dos hijos, que hablan y enseguida se contradicen, veo reflejado nuestro corazón dividido, las contradicciones de las que se lamenta Pablo: «No me entiendo a mí mismo; hago el mal que no quiero, y el bien que quiero, no lo consigo hacer» (Rom 7,15.19), y que Goethe reconoce: «Tengo en mí, ay, dos almas».

 

Partiendo de aquí, la parábola sugiere su camino hacia la vida plena: el viaje hacia el corazón unificado. Invocado en el Salmo 86,11: «Señor, mantén unido mi corazón»; señalado en Sabiduría 1,1 como primer paso en el camino de la sabiduría: «Buscad al Señor con corazón sencillo, un corazón sin doblez, que no tenga segundas intenciones».

 

Un don que hay que pedir siempre: «Señor, unifica mi corazón; que no haya en mí dos corazones que luchen entre sí, dos deseos en guerra».

 

Si actúas así te das vida a ti mismo; tú eres el primero en beneficiarte de ello. Vigila tu corazón con todo cuidado, porque de él brota la vida (Prov. 4,23).

 

El primer hijo se arrepintió y se puso a trabajar. ¿De qué se arrepiente? ¿De haberle dicho que no al padre? Literalmente, Mateo dice: se convirtió, transformó su forma de ver las cosas.

 

Ve de un modo nuevo la viña, al padre, la obediencia. Ya no es la viña de su padre, es nuestra viña. El padre ya no es el amo al que someterse o del que huir, sino el Cultivador que le llama a colaborar para una vendimia abundante, para un vino de fiesta para toda la casa. Ahora su corazón está unificado: por imposición, nadie podrá jamás trabajar bien ni amar bien.

 

En el centro, la pregunta de Jesús: ¿quién ha cumplido la voluntad del Padre?

 

¿En qué consiste su voluntad? ¿Tener hijos respetuosos y obedientes? No, su sueño como padre es una casa habitada no por siervos serviles, sino por hijos libres y adultos, aliados con él para la maduración del mundo, para la fecundidad de la tierra.

 

La moral evangélica no es la de la obediencia, sino la de la fecundidad, de los buenos frutos, de los racimos rebosantes: la voluntad del Padre es que deis mucho fruto y que vuestro fruto perdure...

 

En conclusión: los publicanos y las prostitutas os adelantan. Una frase dura, dirigida a nosotros, que de boquilla decimos «», que nos jactamos de ser creyentes, pero somos estériles en buenas obras, cristianos de fachada y no de fondo.

 

Pero también es consoladora, porque en Dios no hay condena, sino la promesa de una vida buena, tanto para unos como para otros.

 

Dios siempre confía en cada persona, en las prostitutas y también en nosotros, a pesar de nuestros errores y de nuestras demoras a la hora de decir «». Dios cree en nosotros, siempre.

 

Entonces, yo también puedo comenzar mi conversión hacia un Dios que no es deber, sino amor y libertad. Con Él cultivaremos racimos de miel y de sol para la vida del mundo.

 

V

 

Un hombre tenía dos hijos... En esos dos hijos se refleja cada uno de nosotros, con un corazón dividido, un corazón que dice «» y otro que dice «no», que habla y luego se contradice: de hecho, no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero (Rom 7,15.19).

 

El primer hijo, que dice «no», es un rebelde; el segundo, que dice «» y no lo hace, es un servil. Jesús no se hace ilusiones. Sabe bien cómo somos: no existe un tercer hijo ideal, que viva la perfecta coherencia entre lo que dice y lo que hace.

 

Los dos hermanos, aunque tan diferentes, tienen algo en común: la misma idea del padre como un extraño que da órdenes; la misma idea de la viña como algo que no les concierne.

 

Pero algo viene a desarmar el rechazo del hijo que dijo «no»: «se arrepintió». Arrepentirse significa «cambiar de mentalidad, cambiar la forma de ver», de ver al padre y a la viña. El padre ya no es un amo al que obedecer o engañar, sino el cabeza de familia que me llama a una viña que también es mía, para una vendimia abundante, para un vino festivo para toda la casa. Y el esfuerzo se llena de esperanza.

 

¿Cuál de los dos ha hecho la voluntad del padre? ¿Es esta voluntad del padre, entendida bien, tal vez la de ser obedecido? No, es mucho más: tener hijos que colaboren, como parte viva, en la alegría del hogar, en la fecundidad de la tierra.

 

La moral evangélica no es, ante todo, la moral de la obediencia, sino la de los buenos frutos: «Por sus frutos los reconoceréis» (Mt 7, 16). Frutos de bondad, libertad, alegría, amistad, corazón puro, perdón.

 

La alternativa fundamental es entre una existencia estéril y otra que, en cambio, transforma una porción de desierto en viña, y a la propia familia en un fragmento del sueño de Dios. Aunque nadie se dé cuenta, aunque sea lavando en silencio los pies de aquellos que nos han sido confiados, en el secreto de nuestro hogar. Si actúas así, te haces vivir a ti mismo tú eres el primero en beneficiarte de ello.

 

Jesús continúa con una de sus palabras más duras y consoladoras: los publicanos y las prostitutas os adelantarán en el reino de Dios. Es una frase dura, porque se dirige a nosotros, que de palabra decimos «sí», nos llamamos creyentes, pero somos estériles en buenas obras. ¿Cristianos de fachada o de verdad?

 

Pero es consoladora, porque en Dios no hay sombra de condena, solo la promesa de una vida renovada para todos. Dios siempre confía en cada hombre; confía en las prostitutas y confía en nosotros, a pesar de nuestros errores y nuestros retrasos. ¡Él cree en nosotros, siempre!

 

Entonces puedo comenzar mi conversión. Dios no es un deber: es amor y libertad. Y un sueño de sabrosos racimos para el futuro del mundo.

 

VI

 

«Un hombre tenía dos hijos», y se podría traducir así: un hombre tenía dos corazones. Todos somos así, contradictorios e indecisos, con dos corazones: uno que dice que sí y otro que lo contradice. Todos tenemos dos almas: la de aparentar y fingir ante los demás, y la de ser auténticos aunque nadie lo vea ni lo sepa.

 

Jesús no se hace ilusiones. Sabe bien cómo somos: no existe un tercer hijo ideal, en el que, sin contradicciones, se produzca la unión perfecta entre lo que se dice y lo que se hace. Lo mismo nos pasa a nosotros: ¿somos cristianos solo de palabra o también con hechos?

 

El protagonista de esta breve parábola es el padre, que va hacia sus hijos, se acerca a ellos, los busca, les pide que trabajen en una viña de la que no dice «mía», sino que da a entender que es «nuestra», y que ante su negativa no se escandaliza ni se desanima.

 

Luego está un hijo vivo y reactivo, impulsivo, que antes de unirse a su padre siente la necesidad imperiosa y vital de enfrentarse a él, de medirse con él, de contradecirlo; un hijo que no tiene nada de servil, libre de sumisiones y de miedos.

 

El otro hijo, el que «dice y no hace», es, en cambio, un adolescente inmaduro, que se conforma con las apariencias, al que no le importan la verdad ni la coherencia, sino el juicio de los demás.

 

Entonces ocurre algo que acaba desarmando el rechazo del hijo que había dicho que no.

 

Todo en una palabra: «se arrepintió», es decir, «cambió su forma de ver» al padre y al trabajo.

 

El padre ya no es el padre-señor al que hay que obedecer o contra el que hay que rebelarse, sino aquel que vela por el bien de la casa, que no necesita trabajadores, sino hijos. La viña es más que esfuerzo y sudor; se convierte en el lugar donde, en el vino, se encierra una profecía de alegría y fiesta para toda la casa.

 

La diferencia decisiva entre los dos jóvenes: uno se convierte en hijo y se implica, el otro sigue siendo un siervo que ejecuta órdenes. ¿Cuál de los dos ha cumplido la voluntad del padre?

 

Este es el punto central: la voluntad de Dios no es poner a prueba la obediencia o la coherencia de los hijos, sino que es una viña con racimos llenos de sol y miel. Su proyecto, el suyo y el mío, se hace realidad en los buenos frutos que cada uno puede aportar a la vida del mundo.

 

Lo que Dios sueña no es la obediencia ni el esfuerzo, sino hacer madurar la viña de la historia. Si actúas así, te haces vivir a ti mismo. ¡Haz que tu vida cobre vida!

 

Y el Evangelio se difundirá a partir de todas las pequeñas viñas ocultas, donde cada uno se esfuerza por hacer que la tierra sea menos árida, los hombres menos solos y el corazón menos contradictorio.

 

VII

 

Un hombre tenía dos hijos. Y se podría decir: un hombre tenía dos corazones. Porque esos dos hijos son nuestro corazón dividido, un corazón que dice sí y que dice no, un corazón que habla y luego se contradice.

 

Al igual que san Pablo, también nosotros constatamos que «hago lo que no quiero y no consigo hacer el bien que quisiera hacer».

 

Evangelio de nuestras contradicciones: ¡ojalá pudiéramos desvelar lo que esconde la noche del corazón!

 

Una de las oraciones más importantes de los salmos pide: Señor, dame un corazón íntegro, unifica mi corazón, haz que no tenga dos corazones que luchen entre sí, dame un corazón unificado (Sal 101).

 

Es el eterno contraste entre la persona y el personaje: el primer hijo, aquel que dice «» y luego no actúa, al que le basta con parecer bueno, que cuida las apariencias, que hace de personaje.

 

Así soy yo: digo que sí, utilizo el nombre de Dios, y luego no hago nada por esta viña de uvas agrias que es el mundo; uso y abuso del nombre de Dios y luego aparto la mirada si veo a un hombre caído o una injusticia a la que oponerme.

 

El segundo hijo, cuyos pasos le llevan, al final, a la viña de Dios y de los hombres, a trabajar —aunque sea en secreto, poco importa— por un fruto que sea bueno, es, en cambio, una persona.

 

Cada uno de nosotros es un «personaje» cuando actúa para el espectáculo, para el aplauso del público, cuando las cosas que hay que hacer no tienen valor en sí mismas, sino solo si reciben la aprobación de los demás; una marioneta cuyos hilos los maneja la vanidad, las apariencias, la imagen.

 

En cambio, cada uno de nosotros es una persona cuando actúa por convicción, es él mismo en público y en privado, tanto de cara como a espaldas, en lo que dice y en lo que hace.

 

Todo el trabajo sobre nuestros dos corazones consiste en convertirlos de personaje en persona, para poseer, al final, todo nuestro propio corazón.

 

¿Cuál de los dos hijos ha cumplido la voluntad del padre? La alternativa real no se consume en relación con las palabras del padre, sino en relación con la viña.

 

 La voluntad del padre no es tanto la obediencia, como la viña que hay que cultivar y cuidar. La voluntad del padre no es que se le obedezca, sino transformar una porción de bosque en viña, y las zarzas en vendimia, profecía de buen vino.

 

La alternativa definitiva es entre una vida inútil porque estéril y una vida fructífera de buenas obras: una moral no de la prohibición, sino de la fecundidad, de la semilla que se convierte en árbol, de la prostituta que vuelve a ser mujer, del corazón que se une en uno solo.

 

La voluntad de Dios es todo aquello que construye al hombre en plenitud. Su ley es todo aquello que constituye al hombre en humanidad. Y hace florecer la viña de la historia.

 

Si actúas así, te das vida a ti mismo. ¡Haz que tu vida cobre vida! Y el Evangelio se difundirá a partir de todas esas pequeñas viñas ocultas donde cada uno se esfuerza por hacer que la tierra sea menos árida, los hombres menos solos y el corazón menos contradictorio.

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


Ten paciencia, Señor, hasta que vaya convirtiendo mi voluntad en la tuya (un relato biográfico) - San Mateo 21, 28-32 -.

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