Hacia un corazón cada vez más unificado - San Mateo 21, 28-32 -
I
«Un
hombre tenía dos hijos». Y por lo que sigue en la parábola entendemos
que «cada
hijo tenía dos corazones».
Es una
experiencia que todos compartimos: en nuestro interior hay un corazón que dice
sí y otro que dice no. No existe un tercer hijo con un corazón unificado, ese
hijo ideal que encarne la perfecta coherencia entre lo que se dice y lo que se
hace.
Somos
personas incompletas, contradictorias: «No me entiendo a mí mismo; hago el mal que
no quiero, y el bien que quiero, no lo consigo hacer» (Rom 7,15.19).
Pero todos estamos en camino hacia el corazón unificado.
Un Padre
del Desierto decía que incluso en el monje escondido en la cueva más recóndita
de la montaña hay una guerra que perdura hasta el final: «la guerra del corazón».
El conflicto de elecciones contradictorias, la lucha contra la fuerza salvaje
del deseo.
La
parábola parte de un triángulo de relaciones, padre-hijos, que no son
ejemplares.
La
primera acción que se relata es una orden: «Hijo, ve hoy a trabajar a la viña».
El relato que sigue es la reacción ante una orden percibida por ambos hijos
como una imposición, una carga de la que deshacerse, ya sea con palabras o con
hechos.
Si
trasladamos la parábola al ámbito de nuestra vida personal, también nosotros
nos sentimos a menudo ejecutores de las órdenes de un Dios soberano que se
impone como un padre-amo; vivimos la religión como un conjunto de normas y
prohibiciones, donde casi todo está prohibido y el resto es obligatorio.
Pero
Dios no es un deber, es un asombro: en el principio de la fe está el Evangelio,
una noticia hermosa, alegre y dichosa. Dios ha venido y ha hecho resplandecer
la vida; ha venido y ha puesto nuevos sueños y canciones en el corazón; ha
venido, maestro de horizontes; no ha puesto más límites, sino que nos ha dado
más alas. Para volar más lejos, con más seguridad, para llegar más rápido a la
felicidad, es decir, a la vida buena, bella y dichosa de Jesús.
Al
principio está el Reino de Dios, pero como un vino de fiesta, un banquete de
compartir; no un campo amargo de sudor, sino un viñedo perfumado de racimos.
En la
parábola está en juego el fundamento de nuestra relación con Dios.
De
hecho: el primer hijo se arrepintió y se puso a trabajar.
Literalmente, el Evangelio dice: se convirtió, cambió de mentalidad,
transformó su forma de ver las cosas.
El
tema principal no es ético —la desobediencia inicial convertida en obediencia,
lo cual es poca cosa—, sino teológico: el cambio de mirada hacia Dios,
descubrir con asombro el sentido de la historia.
El
primer hijo comprendió que la viña familiar produce un vino que es símbolo de
fiesta y alegría para toda la casa. No es un campo de trabajos forzados, sino
un lugar donde el mundo se vuelve más fecundo y más bello.
Por
eso tiene prisa por ir allí, aunque nadie lo vea, porque va a hacer que la
tierra sea menos árida y la historia menos estéril.
II
En los
dos hijos, que hablan y enseguida se contradicen, veo reflejado mi corazón
dividido, las contradicciones que lamenta Pablo: ya no me entiendo a mí mismo,
hago el mal que no quiero, y el bien que quiero, no puedo hacerlo (Rom
7, 15.19), lo que Goethe reconoce: «Tengo en mí, ah, dos almas».
Partiendo
de aquí, la parábola sugiere su camino hacia la buena vida: el viaje hacia el
corazón unificado. Invocado en el Salmo 86,11: «Señor, mantén unido mi corazón»;
señalado en Sabiduría 1,1 como el primer paso en el camino de la sabiduría: «Buscad
al Señor con corazón sencillo, un corazón sin doblez, que no tenga segundas
intenciones».
Un don que
hay que pedir siempre: Señor, unifica mi corazón; que no haya en mí dos
corazones que luchen entre sí, dos deseos en guerra.
Si actúas así te darás vida a ti mismo; tú serás el
primero en beneficiarte de ello. Vigila con esmero tu corazón, porque de él
brota la vida (Prov 4,23).
El
primer hijo se arrepintió y se puso a trabajar. ¿De qué se arrepiente? ¿De
haberle dicho que no al padre? Literalmente, Mateo dice: se convirtió, transformó su forma
de ver las cosas.
Ve de
un modo nuevo la viña, al padre, la obediencia. Ya no es la viña de su padre,
es nuestra viña. El padre ya no es el amo al que hay que someterse o del que
hay que huir, sino el Viticultor que le llama a colaborar para una vendimia
abundante, para un vino festivo para toda la casa. Ahora su corazón está
unificado: por imposición, nadie podrá jamás trabajar bien ni amar bien.
En el
centro, la pregunta de Jesús: ¿quién ha cumplido la voluntad del Padre? ¿En
qué consiste su voluntad? ¿Tener hijos respetuosos y obedientes?
No, su
sueño como padre es una casa habitada no por siervos serviles, sino por hijos
libres y adultos, aliados con él para la maduración del mundo, para la
fecundidad de la tierra.
La
moral evangélica no es la de la obediencia, sino la de la fecundidad, de los
buenos frutos, de los racimos rebosantes de mosto: la voluntad del Padre es que deis
mucho fruto y que vuestro fruto perdure…
En
conclusión: los publicanos y las prostitutas os adelantan. Una frase dura,
dirigida a nosotros, que de boca decimos «sí», que nos jactamos de ser
creyentes, pero somos estériles en buenas obras, cristianos de fachada y no de
fondo.
Pero
también es consoladora, porque en Dios no hay condena, sino la promesa de una
vida buena, tanto para unos como para otros.
Dios
siempre confía en cada persona, en las prostitutas y también en nosotros, a
pesar de nuestros errores y de nuestras demoras a la hora de decir «sí».
Dios cree en nosotros, siempre.
Entonces,
yo también puedo comenzar mi conversión hacia un Dios que no es deber, sino
amor y libertad. Con Él maduraremos racimos, dulces de la tierra y del sol.
III
¡Un hombre
tenía dos hijos! Y eso es como
decir: «Un hombre tenía dos corazones». Cada uno de nosotros tiene en
su interior un corazón dividido; un corazón que dice «sí» y otro que dice «no»;
un corazón que habla y luego se contradice. El objetivo sagrado del hombre es
tener un corazón unificado.
El
primer hijo respondió: «No me apetece», pero luego se
arrepintió y fue. El primer hijo es un rebelde; el segundo, que dice «sí»
y no hace nada, es un servil. Jesús no se hace ilusiones. Sabe bien cómo somos:
no existe un tercer hijo ideal, que viva la perfecta coherencia entre lo que
dice y lo que hace.
El
primer hijo, vivo, reactivo, impulsivo, que antes de seguir a su padre siente
la necesidad imperiosa y vital de enfrentarse a él, de medirse con él, de
contradecirlo, no tiene nada de servil. El otro hijo, que dice «sí,
señor» y no hace nada, es un adolescente inmaduro que se conforma con
aparentar. Un hombre de máscaras y miedos.
Los
dos hermanos de la parábola, aunque tan diferentes, tienen sin embargo algo en
común: la misma idea que tienen del padre: un padre-amo al que someterse o
contra el que rebelarse, pero al que, en el fondo, hay que eludir.
Pero hay
algo que desarma el rechazo del primer hijo: se arrepintió.
Arrepentirse significa cambiar la forma de ver al padre y la viña: la viña es
mucho más que esfuerzo y sudor, es el lugar donde se encierra una profecía de
alegría (el vino) para toda la casa. Y el padre es el guardián de la alegría
compartida.
¿Cuál de los
dos hijos ha hecho la voluntad del Padre? Palabra clave.
¿Acaso la
voluntad de Dios es poner a prueba a los dos hijos, medir su obediencia? No, su voluntad es el pleno florecimiento de la viña,
que es la vida en el mundo; es una casa habitada por hijos libres y no por
siervos sumisos.
Jesús
continúa con una de sus palabras más duras y más consoladoras: «Los
publicanos y las prostitutas os adelantarán en el Reino de Dios».
Porque dijeron «no», y su vida carecía de frutos, pero luego cambiaron de vida.
¡Qué
dura es esta frase! Porque se dirige a nosotros, que de boquilla decimos «sí»,
pero luego somos estériles en buenos frutos. ¿Cristianos de fachada o de
verdad? ¿Solo creyentes, o por fin también creíbles?
Pero
esta palabra es consoladora, porque en Dios no hay sombra de condena, solo la
promesa de una vida totalmente renovada para todos. Dios no encierra a nadie en
sus prisiones del pasado, a nadie; siempre confía en cada hombre; confía en las
prostitutas y confía también en mí, en todos nosotros, a pesar de nuestros
errores y nuestros retrasos.
Dios
confía en mi corazón. Y yo «acercaré mis labios a la fuente del corazón»
(San Bernardo) unificado, «porque de él brota la vida»
(Proverbios 4,23), el sentido, la conversión: Dios no es un deber, es asombro y
libertad, un vino de fiesta para el futuro del mundo.
IV
En los
dos hijos, que hablan y enseguida se contradicen, veo reflejado nuestro corazón
dividido, las contradicciones de las que se lamenta Pablo: «No me
entiendo a mí mismo; hago el mal que no quiero, y el bien que quiero, no lo
consigo hacer» (Rom 7,15.19), y que Goethe reconoce: «Tengo
en mí, ay, dos almas».
Partiendo
de aquí, la parábola sugiere su camino hacia la vida plena: el viaje hacia el
corazón unificado. Invocado en el Salmo 86,11: «Señor, mantén unido mi corazón»;
señalado en Sabiduría 1,1 como primer paso en el camino de la sabiduría: «Buscad
al Señor con corazón sencillo, un corazón sin doblez, que no tenga segundas
intenciones».
Un don
que hay que pedir siempre: «Señor, unifica mi corazón; que no haya en mí
dos corazones que luchen entre sí, dos deseos en guerra».
Si actúas así
te das vida a ti mismo; tú eres el primero en beneficiarte de ello. Vigila tu
corazón con todo cuidado, porque de él brota la vida (Prov. 4,23).
El
primer hijo se arrepintió y se puso a trabajar. ¿De qué se arrepiente? ¿De
haberle dicho que no al padre? Literalmente, Mateo dice: se convirtió, transformó su forma
de ver las cosas.
Ve de
un modo nuevo la viña, al padre, la obediencia. Ya no es la viña de su padre,
es nuestra viña. El padre ya no es el amo al que someterse o del que huir, sino
el Cultivador que le llama a colaborar para una vendimia abundante, para un
vino de fiesta para toda la casa. Ahora su corazón está unificado: por
imposición, nadie podrá jamás trabajar bien ni amar bien.
En el
centro, la pregunta de Jesús: ¿quién ha cumplido la voluntad del Padre?
¿En qué
consiste su voluntad? ¿Tener hijos respetuosos y obedientes? No, su sueño como padre es una casa habitada no por
siervos serviles, sino por hijos libres y adultos, aliados con él para la
maduración del mundo, para la fecundidad de la tierra.
La
moral evangélica no es la de la obediencia, sino la de la fecundidad, de los
buenos frutos, de los racimos rebosantes: la voluntad del Padre es que deis
mucho fruto y que vuestro fruto perdure...
En
conclusión: los publicanos y las prostitutas os adelantan. Una frase dura,
dirigida a nosotros, que de boquilla decimos «sí», que nos jactamos de
ser creyentes, pero somos estériles en buenas obras, cristianos de fachada y no
de fondo.
Pero
también es consoladora, porque en Dios no hay condena, sino la promesa de una
vida buena, tanto para unos como para otros.
Dios
siempre confía en cada persona, en las prostitutas y también en nosotros, a
pesar de nuestros errores y de nuestras demoras a la hora de decir «sí».
Dios cree en nosotros, siempre.
Entonces,
yo también puedo comenzar mi conversión hacia un Dios que no es deber, sino
amor y libertad. Con Él cultivaremos racimos de miel y de sol para la vida del
mundo.
V
Un hombre
tenía dos hijos... En esos dos
hijos se refleja cada uno de nosotros, con un corazón dividido, un corazón que
dice «sí» y otro que dice «no», que habla y luego se
contradice: de hecho, no hago el bien que quiero, sino el mal que
no quiero (Rom 7,15.19).
El
primer hijo, que dice «no», es un rebelde; el segundo, que
dice «sí» y no lo hace, es un servil. Jesús no se hace ilusiones.
Sabe bien cómo somos: no existe un tercer hijo ideal, que viva la perfecta
coherencia entre lo que dice y lo que hace.
Los
dos hermanos, aunque tan diferentes, tienen algo en común: la misma idea del
padre como un extraño que da órdenes; la misma idea de la viña como algo que no
les concierne.
Pero algo
viene a desarmar el rechazo del hijo que dijo «no»: «se
arrepintió». Arrepentirse significa «cambiar de mentalidad, cambiar la
forma de ver», de ver al padre y a la viña. El padre ya no es un amo al
que obedecer o engañar, sino el cabeza de familia que me llama a una viña que
también es mía, para una vendimia abundante, para un vino festivo para toda la
casa. Y el esfuerzo se llena de esperanza.
¿Cuál de los
dos ha hecho la voluntad del padre? ¿Es esta voluntad del padre, entendida
bien, tal vez la de ser obedecido?
No, es mucho más: tener hijos que colaboren, como parte viva, en la alegría del
hogar, en la fecundidad de la tierra.
La
moral evangélica no es, ante todo, la moral de la obediencia, sino la de los
buenos frutos: «Por sus frutos los reconoceréis» (Mt 7, 16). Frutos de bondad,
libertad, alegría, amistad, corazón puro, perdón.
La
alternativa fundamental es entre una existencia estéril y otra que, en cambio,
transforma una porción de desierto en viña, y a la propia familia en un
fragmento del sueño de Dios. Aunque nadie se dé cuenta, aunque sea lavando en
silencio los pies de aquellos que nos han sido confiados, en el secreto de nuestro
hogar. Si actúas así, te haces vivir a ti mismo tú eres el primero en
beneficiarte de ello.
Jesús
continúa con una de sus palabras más duras y consoladoras: los publicanos y las prostitutas
os adelantarán en el reino de Dios. Es una frase dura, porque se dirige
a nosotros, que de palabra decimos «sí», nos llamamos creyentes, pero somos
estériles en buenas obras. ¿Cristianos de fachada o de verdad?
Pero
es consoladora, porque en Dios no hay sombra de condena, solo la promesa de una
vida renovada para todos. Dios siempre confía en cada hombre; confía en las
prostitutas y confía en nosotros, a pesar de nuestros errores y nuestros
retrasos. ¡Él cree en nosotros, siempre!
Entonces
puedo comenzar mi conversión. Dios no es un deber: es amor y libertad. Y un
sueño de sabrosos racimos para el futuro del mundo.
VI
«Un
hombre tenía dos hijos», y se podría traducir así: un hombre tenía dos
corazones. Todos somos así, contradictorios e indecisos, con dos corazones: uno
que dice que sí y otro que lo contradice. Todos tenemos dos almas: la de
aparentar y fingir ante los demás, y la de ser auténticos aunque nadie lo vea
ni lo sepa.
Jesús
no se hace ilusiones. Sabe bien cómo somos: no existe un tercer hijo ideal, en
el que, sin contradicciones, se produzca la unión perfecta entre lo que se dice
y lo que se hace. Lo mismo nos pasa a nosotros: ¿somos cristianos solo de
palabra o también con hechos?
El
protagonista de esta breve parábola es el padre, que va hacia sus hijos, se acerca
a ellos, los busca, les pide que trabajen en una viña de la que no dice «mía»,
sino que da a entender que es «nuestra», y que ante su negativa no
se escandaliza ni se desanima.
Luego
está un hijo vivo y reactivo, impulsivo, que antes de unirse a su padre siente
la necesidad imperiosa y vital de enfrentarse a él, de medirse con él, de
contradecirlo; un hijo que no tiene nada de servil, libre de sumisiones y de
miedos.
El
otro hijo, el que «dice y no hace»,
es, en cambio, un adolescente inmaduro, que se conforma con las apariencias, al
que no le importan la verdad ni la coherencia, sino el juicio de los demás.
Entonces
ocurre algo que acaba desarmando el rechazo del hijo que había dicho que no.
Todo
en una palabra: «se arrepintió», es decir, «cambió su forma de ver» al padre y
al trabajo.
El
padre ya no es el padre-señor al que hay que obedecer o contra el que hay que
rebelarse, sino aquel que vela por el bien de la casa, que no necesita
trabajadores, sino hijos. La viña es más que esfuerzo y sudor; se convierte en
el lugar donde, en el vino, se encierra una profecía de alegría y fiesta para
toda la casa.
La
diferencia decisiva entre los dos jóvenes: uno se convierte en hijo y se
implica, el otro sigue siendo un siervo que ejecuta órdenes. ¿Cuál
de los dos ha cumplido la voluntad del padre?
Este
es el punto central: la voluntad de Dios no es poner a prueba la obediencia o
la coherencia de los hijos, sino que es una viña con racimos llenos de sol y
miel. Su proyecto, el suyo y el mío, se hace realidad en los buenos frutos que
cada uno puede aportar a la vida del mundo.
Lo que
Dios sueña no es la obediencia ni el esfuerzo, sino hacer madurar la viña de la
historia. Si actúas así, te haces vivir a ti mismo. ¡Haz que tu vida cobre
vida!
Y el
Evangelio se difundirá a partir de todas las pequeñas viñas ocultas, donde cada
uno se esfuerza por hacer que la tierra sea menos árida, los hombres menos
solos y el corazón menos contradictorio.
VII
Un hombre
tenía dos hijos. Y se podría
decir: un hombre tenía dos corazones. Porque esos dos hijos son nuestro corazón
dividido, un corazón que dice sí y que dice no, un corazón que habla y luego se
contradice.
Al
igual que san Pablo, también nosotros constatamos que «hago lo que no quiero y no
consigo hacer el bien que quisiera hacer».
Evangelio
de nuestras contradicciones: ¡ojalá pudiéramos desvelar lo que esconde la noche
del corazón!
Una de
las oraciones más importantes de los salmos pide: Señor, dame un corazón íntegro,
unifica mi corazón, haz que no tenga dos corazones que luchen entre sí, dame un
corazón unificado (Sal 101).
Es el
eterno contraste entre la persona y el personaje: el primer hijo, aquel que
dice «sí» y luego no actúa, al que le basta con parecer bueno, que cuida
las apariencias, que hace de personaje.
Así
soy yo: digo que sí, utilizo el nombre de Dios, y luego no hago nada por esta
viña de uvas agrias que es el mundo; uso y abuso del nombre de Dios y luego
aparto la mirada si veo a un hombre caído o una injusticia a la que oponerme.
El
segundo hijo, cuyos pasos le llevan, al final, a la viña de Dios y de los
hombres, a trabajar —aunque sea en secreto, poco importa— por un fruto que sea
bueno, es, en cambio, una persona.
Cada
uno de nosotros es un «personaje» cuando actúa para el
espectáculo, para el aplauso del público, cuando las cosas que hay que hacer no
tienen valor en sí mismas, sino solo si reciben la aprobación de los demás; una
marioneta cuyos hilos los maneja la vanidad, las apariencias, la imagen.
En cambio,
cada uno de nosotros es una persona cuando actúa por convicción, es él mismo en
público y en privado, tanto de cara como a espaldas, en lo que dice y en lo que
hace.
Todo
el trabajo sobre nuestros dos corazones consiste en convertirlos de personaje en
persona, para poseer, al final, todo nuestro propio corazón.
¿Cuál de los
dos hijos ha cumplido la voluntad del padre? La alternativa real no se consume en relación con las
palabras del padre, sino en relación con la viña.
La voluntad del padre no es tanto la
obediencia, como la viña que hay que cultivar y cuidar. La voluntad del padre
no es que se le obedezca, sino transformar una porción de bosque en viña, y las
zarzas en vendimia, profecía de buen vino.
La
alternativa definitiva es entre una vida inútil porque estéril y una vida
fructífera de buenas obras: una moral no de la prohibición, sino de la
fecundidad, de la semilla que se convierte en árbol, de la prostituta que
vuelve a ser mujer, del corazón que se une en uno solo.
La
voluntad de Dios es todo aquello que construye al hombre en plenitud. Su ley es
todo aquello que constituye al hombre en humanidad. Y hace florecer la viña de
la historia.
Si
actúas así, te das vida a ti mismo. ¡Haz que tu vida cobre vida! Y el Evangelio
se difundirá a partir de todas esas pequeñas viñas ocultas donde cada uno se
esfuerza por hacer que la tierra sea menos árida, los hombres menos solos y el
corazón menos contradictorio.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF