El arte de perdonar: más allá de la lógica de lo razonable
Somos esa humanidad que está acostumbrada a hacer cuentas y, sobre todo, que intenta que las cuentas cuadren.
Y entonces, ante la petición de Pedro y la respuesta
de Jesús pensamos precisamente en la contabilidad.
Pedro pregunta si basta con perdonar siete veces y
Jesús responde: «setenta veces siete». Siguiendo la lógica de la contabilidad,
Pedro busca una cifra que le dé seguridad: siete veces nos parece un número
razonable; a partir de ahí, nos sentimos tranquilo.
Pero si seguimos con la lógica de la contabilidad,
también la respuesta de Jesús entra en esta dinámica: setenta veces siete
equivale a 490 veces y aquí, siempre desde la perspectiva de la contabilidad,
la cosa se complica.
Está claro que debemos salir de esta mentalidad y
entrar en la lógica del don, del perdón.
Y es en esta dirección donde intentamos leer estas
palabras de Jesús, con la parábola que se convierte en su explicación.
En la comunidad y en el mundo, el camino del perdón es
importante, aunque complejo.
Conocemos un tipo de perdón que, al perdonar, quiere
olvidar la injusticia sufrida.
También otro tipo de perdón. Es aquel perdón que, en
el momento en que se ofrece y se recibe, se convierte en una nueva oportunidad
para una nueva relación.
Es de este tipo de perdón del que nos habla el texto
del Evangelio.
En el momento en que el rey hace cuentas con sus
siervos y condona esa enorme deuda a su siervo que se la suplicaba, le ofrece
una nueva oportunidad de reconstruir su vida.
Siguiendo la misma lógica de un perdón que ofrece una
nueva oportunidad, ese siervo no es capaz, a su vez, de condonar una pequeña
deuda a un siervo como él. El siervo perdonado no hace más que condenar al otro
siervo. No había entendido bien el perdón del rey.
Cuántas veces pedimos justicia y no ofrecemos otras
posibilidades.
Quizás la comunidad de creyentes necesite aprender el
arte de quien, al reconocer con sinceridad las injusticias cometidas y
sufridas, se vuelve también capaz de un perdón que ofrece nuevas posibilidades
de vida allí donde ha habido un error.
Esto, un perdón que abre las puertas al futuro, es una
de esas cuestiones sobre las que debemos reflexionar y actuar juntos.
Quien cree en esta forma de perdón no lleva la cuenta
de cuántas veces, ni razona del tipo «quién tiene la culpa», ni mide
agravios y razones, sino que cree en una sola cosa: en la relación, una
relación que se convierte en novedad de vida en cada ocasión.
Sin este perdón que mira hacia el futuro, no hay
futuro allí donde las relaciones, a cualquier nivel, se han roto.
¿Cómo aprender el arte del perdón que siempre mira hacia el futuro?
Me parece que el perdón es un arte. Y lo primero que
hay que tener en cuenta para aprender este arte es el entrenamiento.
Entrenarnos no en elegir una y otra vez al culpable,
sino en comprender la verdad y la autenticidad de la vida y de la historia, y
luego encontrar, como si fueran huellas, relaciones, palabras y gestos
simbólicos y concretos que nos proyecten hacia el futuro.
Si bien este entrenamiento es importante, existe
también otro elemento que ocupa el centro de este camino del perdón que se
proyecta hacia el futuro.
Quizás debamos aprender a ver - ¿no será más bien a
saborear? - cómo Dios ejerce sobre cada uno de nosotros este arte del perdón
que siempre da un nuevo impulso a nuestra vida, incluso allí donde ya no nos sentimos
capaces de hacerlo.
Dios es el gran rey de la parábola que perdona en un
acto de caridad que siempre da un nuevo impulso a mi vida. Si conseguimos saborear
cómo Dios perdona de esta manera, quizá al salir de esa habitación interior,
que es nuestro íntimo, donde hemos recibido el perdón de Dios, Padre de
misericordia, entonces podremos perdonar de corazón a quien tenga una pequeña
deuda con nosotros.
Este camino del perdón que da un nuevo impulso al
futuro es un camino que cuesta caro y requiere mucho tiempo y mucha voluntad.
El perdón no se encuentra en las estanterías del
centro comercial, tal vez allí donde hay ofertas, sino que se construye día
tras día en nuestro corazón, acogiéndolo como un don de Dios para luego volver
a regalárselo a nuestro hermano en la vida cotidiana.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF







