Dios es el garante de la laicidad
Génesis 1,1-3:
«En el principio,
Dios creó el cielo y la tierra. La tierra estaba desordenada y desierta; las
tinieblas cubrían el abismo, y el espíritu de Dios se movía sobre las aguas.
Dios dijo: «¡Hágase la luz!». Y se hizo la luz».
Para pensar en la laicidad podría haber presentado el conocido
pasaje evangélico en el que Jesús afirma: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios»
(Mc 12,17).
Pero he preferido partir de ese texto, extraído del
Génesis, para subrayar que la laicidad está inscrita en el acto mismo de la
creación.
Y lo digo así porque Dios, al crear, no solo permite
que la res - las cosas - exista, sino que permite que esas cosas no se
confundan con Él, con su persona, con su majestad, con su gloria…
La luz, el agua, la tierra son realidades buenas,
bellas, pero no son Dios.
Esta es la verdadera laicidad: Dios no es la luz, el
agua, la tierra; no es, en otras palabras, una «res» creada, sino que es
el Otro.
Aquí se sitúa la justa autonomía de las realidades terrenales de las que habla el Concilio Vaticano II en la Gaudium et Spes (n.º 36), autonomía que constituye un límite bello y feliz, pues el ser humano debe conocerla, custodiarla, respetarla y amarla.
«Muchos de nuestros contemporáneos parecen temer que, por una excesivamente estrecha vinculación entre la actividad humana y la religión, sufra trabas la autonomía del hombre, de la sociedad o de la ciencia.
Si por autonomía de la realidad se quiere decir que las cosas creadas y la sociedad misma gozan de propias leyes y valores, que el hombre ha de descubrir, emplear y ordenar poco a poco, es absolutamente legítima esta exigencia de autonomía. No es sólo que la reclamen imperiosamente los hombres de nuestro tiempo. Es que además responde a la voluntad del Creador. Pues, por la propia naturaleza de la creación, todas las cosas están dotadas de consistencia, verdad y bondad propias y de un propio orden regulado, que el hombre debe respetar con el reconocimiento de la metodología particular de cada ciencia o arte. Por ello, la investigación metódica en todos los campos del saber, si está realizada de una forma auténticamente científica y conforme a las normas morales, nunca será en realidad contraria a la fe, porque las realidades profanas y las de la fe tienen su origen en un mismo Dios. Más aún, quien con perseverancia y humildad se esfuerza por penetrar en los secretos de la realidad, está llevado, aun sin saberlo, como por la mano de Dios, quien, sosteniendo todas las cosas, da a todas ellas el ser. Son, a este respecto, de deplorar ciertas actitudes que, por no comprender bien el sentido de la legítima autonomía de la ciencia, se han dado algunas veces entre los propios cristianos; actitudes que, seguidas de agrias polémicas, indujeron a muchos a establecer una oposición entre la ciencia y la fe.
Pero si autonomía de lo temporal quiere decir que la realidad creada es independiente de Dios y que los hombres pueden usarla sin referencia al Creador, no hay creyente alguno a quien se le oculte la falsedad envuelta en tales palabras. La criatura sin el Creador desaparece. Por lo demás, cuantos creen en Dios, sea cual fuere su religión, escucharon siempre la manifestación de la voz de Dios en el lenguaje de la creación. Más aún, por el olvido de Dios la propia criatura queda oscurecida».
Dios no viola este límite que Él mismo ha concebido y querido. Y el ser humano debe hacer lo mismo para evitar caer en la idolatría.
En otras palabras, la esfera de lo sagrado y la de lo profano, aunque se crucen, deben separarse con prudencia.
Cada una de estas esferas, de lo sagrado y de lo
profano, tiene su propia ley, su propia autonomía, y esto permite evitar dos
riesgos que los que trabajan en el ámbito de la política conocen bien: la
sacralización de la política y la politización de la religión.
La política y la religión, en tiempos de crisis como
los que vivimos, pueden confundirse, apoyarse mutuamente porque se ven
cuestionadas, se ven sumidas precisamente «en crisis».
La política y la religión pueden convivir
armoniosamente en la medida en que estén separadas, es decir, que no estén con-fundidas, fusionadas entre sí.
La luz no es el agua, el agua no es la luz: así quiso
Dios el mundo, dotándolo de una maravillosa armonía que hay que acoger,
respetar y custodiar.
Tanto si se cree como si no se cree en una religión, la
laicidad es el primer y quizá mayor compromiso de un político. También, por ejemplo, de la Iglesia.
Porque el político no puede recurrir a la religión para legitimar su
servicio y la religión no puede recurrir a él para mantener sus estructuras.
Precisamente por eso el Dios cristiano me parece tan enamorado
de la laicidad. Y Aquel que la legitima como su máximo valedor.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF



















