domingo, 30 de agosto de 2026

La dichosa normalidad.

La dichosa normalidad

Doy tantas vueltas al concepto de «normalidad».

 

De hecho, conocidos políticos califican de «normales» a los ciudadanos de piel blanca frente a los de piel oscura, que serían, por tanto, «anormales», es decir, «fuera de la norma», y constituirían una minoría estadística.

 

Hay quien califica de «normales» a las personas sin discapacidad frente a las personas con discapacidad, quienes, precisamente por ser «anormales», deberían asistir, desde pequeños, a colegios «especiales».

 

Hay quien considera «normales» a las personas con orientación heterosexual —mayoritaria— y «anormales» a las personas homosexuales —minoritarias—, a las que, por lo tanto, no se les deberían conceder demasiados derechos.

 

No soy quién para profundizar en el concepto de «normalidad» que subyace a ciertas afirmaciones… pero una posible reflexión podría ser la siguiente.


Normal, tal y como recogen los principales diccionarios, es un término derivado del latín que, sobre todo en su acepción moderna, indica efectivamente cualquier característica que se presente de forma mayoritaria, en relación con un aspecto específico (color de la piel, funcionamiento psicofísico, orientación sexual, etc.), en una población determinada.

 

En algunas afirmaciones con las que he comenzado, por lo tanto, el concepto de «normalidad» se utiliza de manera adecuada.

 

Pero me parece que dichas proposiciones van más allá del uso correcto del término.

 

De hecho, lo utilizan de manera indebida, no tanto para constatar situaciones mayoritarias, sino para hacer pasar, de forma subrepticia, estas condiciones como «naturales» y las minoritarias como «antinaturales», con el efecto de reforzar muchos prejuicios.

 

Pero el error de esta operación radica en el hecho de que de la «normalidad» no se puede deducir en modo alguno la «naturalidad».

 

La «normalidad», que describe cómo son las cosas empíricamente en un determinado contexto, no puede, de hecho, indicar cómo deberían ser idealmente.

 

En términos más generales, ninguna proposición descriptiva (por ejemplo: «la mayoría de los ciudadanos tiene la piel blanca», «no tiene discapacidad», «es heterosexual», etc.) puede legitimar indicaciones prescriptivas de carácter ético-político, sean cuales sean.

 

El paso del género descriptivo al prescriptivo, al igual que cualquier paso deductivo entre géneros diferentes —caracterizados como tales por principios distintos—, constituye, de hecho, tal y como demostró Aristóteles, una forma falaz de argumentar.

 

El significado de «normalidad» puede ser correcto pero no siempre lo es el uso que se hace de él.

 

Y a mí me parece importante señalar esta distinción.


La utilidad del concepto de «normalidad», en el plano descriptivo, es, de hecho, difícilmente refutable. Esto queda demostrado indirectamente por el hecho de que incluso quienes no lo utilizan recurren, para indicar los comportamientos más frecuentes, en esencia a sinónimos como «tipicidad», «ordinariedad» o «regularidad», cuyos respectivos contrarios suenan simplemente menos discriminatorios que «anormalidad».

 

Por este motivo no creo que haya que centrarse tanto en el concepto de «normalidad» sino en su uso capcioso.

 

«Normalidad» y «naturalidad» no son sinónimos, ni de la primera pueden extraerse disposiciones relativas a la segunda. La evidencia empírica «normal», por ejemplo, muestra que los gatos tienen, «por naturaleza», cuatro patas. Esto, sin embargo, no es un buen motivo para considerar «contranatural», y por lo tanto motivo de discriminación, a los gatitos nacidos con tres patas, para los que, en todo caso, se requiere un mayor cuidado.

 

La naturaleza tiene sus propias reglas, pero las reglas admiten excepciones que, aunque sean minoritarias, siguen perteneciendo al ámbito natural.

 

Se trata de un ejemplo naturalista, pero el lector inteligente podrá extenderlo a todos los posibles casos de discriminación social de condiciones minoritarias, sobre todo aquellos más ventajosos en el plano electoral: el color de la piel, el funcionamiento psicofísico, la orientación sexual; no es casualidad, precisamente, que estos sean los temas más utilizados a veces…


La tesis filosófica central que subyace a ciertos comentarios es, por tanto, hacer pasar lo «anormal» —en el sentido de minoritario— como «antinatural», aprovechando la caracterización semántica negativa de estos términos.

 

A este respecto, aunque se está de acuerdo en que, en la realidad, a menudo la «normalidad» y la «naturalidad» se solapan —es decir, que, por lo general, la situación más «normal» es también la más «natural»—, hay que señalar, no obstante, que las cosas no siempre son así, ya que la naturaleza admite a la vez reglas («normalidad») y excepciones («anormalidad»).

 

Lo que es «natural», de hecho, como por ejemplo un eclipse, puede no ser «normal», ya que se produce de forma excepcional, del mismo modo que lo que es «normal» puede no ser «natural», como por ejemplo la vida que llevan millones de animales criados, con fines lucrativos, en naves industriales.


Lo que es «anormal» no por ello es «antinatural».

 

Las personas de color que residen en un país occidental, las personas con discapacidad que intentan integrarse en un contexto que discrimina a las personas con discapacidad, las personas homosexuales que desean vivir con su pareja en una sociedad predominantemente heterosexual, pueden ser una minoría, pero su comportamiento no es en absoluto «contrario a la naturaleza».

 

De hecho, constituye una de las posibilidades que la propia naturaleza pone a nuestra disposición, que no perjudica a nadie y que, por lo tanto, debe respetarse.


Digo esto para reafirmar que el uso del concepto descriptivo de «normalidad» con fines prescriptivos —es decir, para imponer, por ejemplo, políticas de repatriación para las personas de color indeseadas, o políticas segregadoras para las personas con discapacidad, o incluso políticas injustas para las personas homosexuales— resulta contrario, además de a muchos mandatos constitucionales, a la propia esencia del concepto en el que se basan estas mismas tesis.

 

De hecho, cuando se emplea para prescribir, el concepto de «normalidad» se utiliza de forma indebida, es decir, para respaldar de manera arbitraria actitudes prejuiciosas, discriminando a millones de personas.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 29 de agosto de 2026

Perder para encontrar, dejar para recibir, morir para nacer - San Mateo 16, 21-27 -.

Perder para encontrar, dejar para recibir, morir para nacer - San Mateo 16, 21-27 -

Pedro acababa de confesar: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo». Jesús lo había llamado bienaventurado y le había confiado las llaves del Reino.

 

Pero basta un instante para que esa misma fe se convierta en resistencia.

 

Cuando Jesús anuncia que tendrá que subir a Jerusalén, sufrir, ser rechazado, morir y resucitar, Pedro se lo lleva a un lado y le reprende: «Dios no lo quiera, Señor; eso nunca te sucederá».

 

Pedro ama a Jesús. Pero aún lo ama según la lógica de los hombres. Quisiera ahorrarle el dolor. Alejarle de la cruz. Protegerle de la muerte. No comprende que lo que Jesús está anunciando no es una derrota. Es un nacimiento.

 

Todo nacimiento pasa por un estrecho. El niño, antes de salir a la luz, debe darse la vuelta.

 

Bajar la cabeza. Dejarse llevar por un pasaje que no controla. También la madre debe dejarlo ir. Si lo retuviera en su vientre, ambos morirían.

 

Quizá Pedro sea precisamente como ese niño. Se resiste. Se da la vuelta. No quiere nacer. Le gustaría quedarse en el seno de sus imágenes de Dios. De un Mesías victorioso. De una gloria sin heridas.

 

Por eso Jesús le dice: «Sígueme». Vuelve a ponerte detrás. Vuelve a ser discípulo. Déjate guiar.

 

La Pascua es precisamente esto. Un nacimiento que atraviesa la muerte. La cruz no es el triunfo del dolor. Es el parto del amor.

 

Inmediatamente después, Jesús añade: «Si alguien quiere venir en mi seguimiento, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame».

 

Quizás podríamos escuchar estas palabras así: Si alguien quiere venir conmigo, que asuma el yugo del amor, todo el amor del que sea capaz, y que me siga.

 

Porque la cruz es el nombre que toma el amor cuando decide no echarse atrás.


Luego llega la frase decisiva: «Quien pierda su vida por mi causa, la encontrará».

 

Durante siglos hemos puesto el énfasis en el perder. Como en la parábola del tesoro y de la perla. Jesús lo pone en el encontrar. Perder para encontrar. Dejar para recibir. Morir para nacer.

 

Es la física secreta del amor.

 

Toda madre lo sabe. Cuando da a luz a un hijo, acepta perderlo. Lo separa de sí misma para que pueda vivir. Si lo retuviera, lo asfixiaría. Es precisamente en el acto más doloroso de su amor donde el hijo recibe la vida.

 

Así ocurre también con el discípulo. Quien retiene la vida, la pierde. Quien la entrega, la encuentra.

 

«No sois vosotros los que me habéis elegido a mí, sino que yo os he elegido a vosotros y os he constituido para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca», (Jn 15,16). No es la madre quien elige al hijo. Es el hijo quien llama a esta mujer a una elección, constituyéndola madre, precisamente en el momento en que ella acoge esa primera separación al darlo a luz.

 

Jesús ya había rescatado a Pedro muchas veces. A orillas del lago, ante la pesca milagrosa, Pedro había gritado: «Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador». Jesús se había acercado a él. Lo había levantado cuando se hundía en las aguas.

 

Y le había entregado las llaves del Reino. Ahora, en cambio, lo rechaza: «¡Vete detrás de mí, Satanás!» Palabras muy duras.

 

Porque Pedro, sin darse cuenta, vuelve a plantear la tentación del desierto. Un Mesías sin cruz. Una salvación sin entrega. Una gloria sin amor entregado.

 

Y así, también él, como cada uno de nosotros, se hunde cada vez que piensa según los hombres y no según Dios. Resuenan entonces las palabras de Pablo: «No os conforméis a la mentalidad de este mundo, sino transformaos renovando vuestra forma de pensar, para poder discernir la voluntad de Dios». La conversión comienza siempre con una mirada nueva.

 

¿Cuál habrá sido el estado de ánimo de Pedro tras aquella reprimenda?

 

Pedro aún tendrá que recorrer un largo camino. Pasará por la negación. El llanto amargo. La vergüenza. El perdón.

 

Hasta que el Resucitado lo renueve en el amor. Solo entonces comprenderá que la cruz no era el final del camino. Era el lugar del nacimiento.

 

Y, por fin, seguirá a Jesús hasta el final. Ya no delante de Él. Ya no para retenerlo. Sino detrás de Él, como un hombre que por fin ha visto la luz.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 28 de agosto de 2026

Pedro, ponte detrás de mí - San Mateo 16, 21-27 -.

Pedro, ponte detrás de mí - San Mateo 16, 21-27 -

De lo que los demás nos dicen, a menudo acabamos reteniendo solo aquello que confirma nuestros miedos, nuestras expectativas y, a veces, incluso nuestros prejuicios. Nos sucede tantas veces-

 

Así le pasó también a Pedro.

 

Jesús había hablado de su pasión, de su muerte, de la resurrección, pero Pedro se había quedado atascado antes. Había oído hablar de la cruz y no había llegado a la resurrección.

 

Cuando algo nos asusta, el resto del discurso corre el riesgo de volverse de repente inaudible. Basta una palabra que no hubiéramos querido oír y esa palabra acaba influyéndonos bastante.

 

Por eso, a Pedro no le hace gracia y se lleva a Jesús a un lado para reprenderlo. Dios no lo quiera, Señor, esto nunca te sucederá.

 

Aquel que unos instantes antes había reconocido a Jesús como el Cristo, ahora pretende explicarle cómo se es el Cristo.

 

Pedro le quiere. Claro, y precisamente por eso querría evitarle lo que considera incompatible con su condición de Mesías.

 

Un Cristo rechazado, derrotado, condenado a muerte, no entra en sus planes. Si estás del lado de Dios, algo tiene que verse, de lo contrario uno se pregunta para qué sirve.

 

Nosotros no estamos muy lejos de Pedro. Nosotros también tenemos nuestra propia idea de cómo deberían ir las cosas cuando Dios está realmente presente o de qué y cómo y cuándo tiene que ser la voluntad de Dios.

 

Una vocación debería dar fruto, un servicio generoso debería ser reconocido, una elección hecha por el bien debería recibir al menos una confirmación.

 

Entonces ocurre que las cosas toman otro rumbo y empezamos a sospechar de todo, del camino emprendido por las personas e incluso de Dios.

 

Una decepción puede convertirse en el punto de vista desde el que reinterpreta años enteros. Ya no es un hecho que nos ha sucedido, sino que se convierte en la explicación de todo.


La respuesta de Jesús, sin embargo, es contundente. «Ven detrás de mí Satanás».

 

Nos impacta ese «Satanás».

 

Claro, pero quizá deberíamos detenernos más en el «ven detrás de mí».

 

Es ahí donde Pedro debe volver.

 

Su problema no es haber dejado de amar a Jesús, sino haberse adelantado a Él.

 

El discípulo que debía seguir ha empezado a hacer de guía. Ha establecido qué camino debe seguir Dios y cuál no, qué acontecimientos son compatibles con su presencia y cuáles, en cambio, deben evitarse.

 

«Ven detrás de mí».

 

No es solo una reprimenda, es una segunda llamada.

 

«Pedro, vuelve al lugar de donde habías empezado».

 

Te había dicho: «Sígueme», no «explícame tú adónde debo ir yo».

 

La tentación de Pedro es muy religiosa. No rechaza a Dios, pero quiere un Dios que se ajuste a lo que él considera razonable.

 

Pedro querría salvar a Jesús de la cruz. Jesús, en cambio, está tratando de salvar a Pedro de una vida dedicada a salvarse a sí mismo.

 

Porque es posible pasar toda una vida protegiéndose de lo que nos expone al juicio, de una relación que podría hacernos daño, de una elección que no ofrece garantías.

 

Salvamos las apariencias, el papel que desempeñamos, la tranquilidad, nuestras razones. Nos defendemos tan bien que, al final, puede que no quede ya nada por lo que merezca la pena exponerse.

 

Es en este punto donde Jesús habla de negarse a uno mismo.

 

No está invitando a despreciarse a uno mismo y mucho menos a hacer de la mortificación un programa de vida.

 

Renunciar a uno mismo significa dejar de considerarse el ombligo del mundo.

 

Significa reconocer que no todo puede medirse en función de lo que me conviene o de lo que me hace estar tranquilo.

 

Hay momentos en los que la pregunta «¿qué gano yo con esto?» debe dar paso a otra: «¿a qué estoy llamado a ser fiel?»


También hay que aclarar algunos malentendidos sobre la cruz.

 

Jesús no está alabando el sufrimiento, no elige la muerte por la muerte, no va a Jerusalén porque Dios necesite su dolor, va hasta el final porque no quiere que sea el miedo el que decida cuánto puede amar.

 

La cruz es lo que una vida encuentra cuando no retira su entrega a pesar de que esta se vuelve costosa.

 

«El que quiera salvar su vida, la perderá».

 

No está hablando Jesús solo del martirio. Sino que habla de ese continuo intento de conservar la vida para uno mismo, como si vivir significara sobre todo evitar pérdidas.

 

Y, en cambio, hay personas que casi no han perdido nada, pero en realidad casi no han dado nada.

Han defendido todo —tiempo, afectos, energías— (¡y se han defendido de todo!), pero la vida que se guarda solo para uno mismo, tarde o temprano, se encoge, se muere.

 

¿Qué ventaja tendrá un hombre si gana el mundo entero pero pierde su propia vida?

 

La pregunta está más cerca de nosotros de lo que parece.

 

¿Qué ventaja hay en lograr siempre salvar la propia posición y perder la libertad? ¿En conseguir el consenso y ya no poder decir ni una sola palabra verdadera? ¿En no dejarse herir por nadie, pero también en no poder volver a amar a nadie?

 

Pedro quería evitarle una pérdida a Jesús, pero aún no había comprendido que hay cosas que se pierden precisamente cuando intentamos retenerlas y otras que solo se vuelven nuestras después de haberlas donado.

 

Por eso Jesús no le dice «vete lejos de mí», sino «ven detrás de mí»: detrás de mí todavía hay un lugar para ti, Pedro, pero ese lugar está detrás de mí.

 

Es el lugar que también nosotros debemos volver a encontrar continuamente, sobre todo cuando estamos muy seguros de saber cómo deberían ir las cosas: detrás de Él, no delante.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¡Bienaventurados!

¡Bienaventurados! 

El autorretrato más preciso y fascinante de Jesús —la imagen que Él mismo nos revela e imprime en nuestro corazón— las Bienaventuranzas se convierten en la revelación de una vida posible para nosotros si echamos raíces en la humanidad de Jesús. 

Entonces comprendemos que incluso la persecución y la aflicción, la ausencia de paz y la falta de justicia, son situaciones que pueden abrirnos a la bienaventuranza 

- enseñándonos a construir la paz,

- a atrevernos a ser misericordiosos,

- a vivir con mansedumbre,

- a crear belleza. 

Son el anuncio de que Dios se alía con la alegría de los hombres, se ocupa de ella. El Evangelio nos asegura que el sentido de la vida está, en lo más íntimo, en su núcleo más profundo, en la búsqueda de la felicidad. 

Las Bienaventuranzas son también un programa para quienes se ponen al servicio de la vida – según aquel adagio clásico de que la gloria de Dios es que el ser humano viva -. 

Un programa inesperado, a contracorriente, que provoca y llama a un verdadero cambio de vida, que abre caminos que dejan sin aliento: 

- bienaventurados los pobres,

- los que se empeñan en proponer caminos de justicia,

- los constructores de paz,

- los que tienen el corazón manso y ojos de niño,

- los no violentos,

- los que son valientes porque están desarmados: ellos son la única fuerza invencible. 

La felicidad que prometen las Bienaventuranzas no es solo la futura, la del más allá: Jesús no dice que los pobres, los mansos, los afligidos «serán» bienaventurados; dice que «son» bienaventurados, que ya lo son ahora. 

Imbuidos de esta alegría 

- la pobreza se convierte en riqueza;

- las lágrimas pueden convertirse en alegría;

- la pureza de corazón se convierte en transparencia de Dios;

- la mansedumbre vence más que la violencia;

- la misericordia penetra y convence más que la severidad;

- la paz prevalece sobre la guerra;

- el amor supera al odio y lo destruye. 

Al vivir la exigente lógica de las Bienaventuranzas, seguimos trazando continuamente caminos de esperanza y afirmando que el mundo no está ni estará, ni hoy ni mañana, bajo la ley del más rico y del más fuerte, sino bajo la ternura de los compasivos y la misericordia de aquellos que han aprendido a ser humanos. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


¡Bienaventurados!

¡Bienaventurados! 

Las Bienaventuranzas nos atraen. 

Jesús nos habla, 

- a nuestro corazón inquieto,

- a nuestra sed de amor,

- a nuestra necesidad inextinguible de felicidad,

- a esa necesidad que hay en lo más profundo de cada uno de nosotros de ser reconocidos en nuestra identidad más auténtica, amados con un afecto puro, total, hermoso y que dure para siempre. 

Es precisamente desde aquí desde donde parte el mensaje de Jesús. 

Al decir «bienaventurados», nos remite al mundo de nuestras mayores aspiraciones, mientras que lo que añade en cada ocasión nos desconcierta y nos interroga, porque parece indicar precisamente lo contrario de lo que habríamos deseado o buscado de inmediato; no es un discurso consolador o ilusorio, sino un grito que invita a levantarse, a volver a ponerse en marcha. 

La palabra clave que volverá a aparecer varias veces en los labios de Jesús es, de hecho, «ashre» - אשר -, un término que en hebreo suena como una invitación a seguir adelante. 

Una promesa que es cierta y que precede a quienes viven una situación determinada. 

Una palabra que indica un estilo que hay que adoptar. 

Una palabra que cambia la perspectiva con la que se miran la vida, la realidad y los demás. 

Traducimos esta expresión, tan presente en los Salmos y en la sabiduría de Israel, como «bienaventurados» - del griego makárioi -. 

Por desgracia, en nuestra lengua italiana un término que revele adecuadamente su contenido. 

«Bienaventurados» no es un adjetivo, es una invitación a la felicidad, 

- a la plenitud de vida,

- a la conciencia de una alegría que nada ni nadie puede arrebatar ni apagar. 

Contemplamos las Bienaventuranzas para descubrirlas como una promesa de felicidad, 

- como una invitación a la belleza,

- a trabajar en nuestra propia vida hasta convertirla en una obra maestra. 

Pero más aún que la felicidad, buscamos un sentido, y las Bienaventuranzas, como promesa, dan fe de que se puede encontrar sentido incluso en lo absurdo del dolor, de que el mundo se puede vivir incluso en lo insoportable del sufrimiento, en lo absurdo del mal. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 27 de agosto de 2026

La aventura de nuestra fe.

La aventura de nuestra fe

«Al mito de Ulises regresando a Ítaca,

querríamos contraponer la historia de Abraham

que abandona para siempre su patria

en busca de una tierra aún desconocida».

(Emmanuel Lévinas)

 

Ulises lo tiene más fácil que Abraham. Sus dificultades y sus riesgos serán enormes, pero Ulises sabe adónde va: le espera un hogar, una patria. Viajar es peligroso, pero la imagen de Ítaca lo endulza todo: Escila y Caribdis, la maga Circe, el cíclope, las columnas de Hércules; todo se puede soportar y superar si se sabe hacia dónde se dirige uno. La distribución de la casa, los muebles, los rostros alegran incluso las noches más oscuras y los sueños más aterradores.

 

Abraham no sabe adónde irá, solo sabe lo que deja atrás. Sus noches están llenas de recuerdos de casas, cosas y rostros que ya no volverá a ver. Delante de él no hay un regreso, sino una partida continua. Se sufre sin hogar y sin patria. El éxodo, el exilio son terribles si el billete es de ida y para siempre.

 

Por eso, la aventura judeocristiana de Abraham es muy diferente de la grecoclásica de Ulises, y es mucho más dura.

 

Por eso, la tendencia a la aventura de Ulises ha prevalecido también en la tradición cristiana.

 

Al viaje de Ulises se le han dado a menudo los contornos de un viaje, lleno, sí, de riesgos, pero reconfortado por el regreso a casa.

 

La virtud de la esperanza se ha transformado con demasiada frecuencia en una garantía del billete de vuelta, en un seguro de un sitio preparado en la mesa, con los cubiertos y las flores.

 

Es verdad, me dirás, que también el cristiano tiene su Ítaca: un hermoso paraíso que le espera más allá de las columnas de Hércules de la muerte, más allá de todas las sirenas, de todas las luchas con los pretendientes. Tarde o temprano. 


Incluso le recibirán sus seres queridos, rostros, tal vez, apenas marcados por el paso del tiempo. Una hermosa Ítaca segura, bien defendida, Penélope toda para ti, de la que ya no tendrás que volver a partir. Merece la pena navegar… para llegar regresando a la casa del padre y al banquete del Reino.

 

Así, durante varias décadas, imaginamos nuestro paraíso. Todas las penurias, entonces, tienen sentido: la muerte es un batir de alas, triste, sí, pero un momento pasajero. Como el parto, que es mucho más vida que muerte.


Y los cristianos solemos pensar más en términos de Ulises, que en los de Abraham. Somos más griegos que bíblicos. Nos gustan los términos consoladores que no son, sin más, términos de fe y esperanza.

 

Y nos cuesta mucho darnos cuenta de ello.

 

Ítaca está bien delimitada y definida, aunque con algún que otro rincón en sombra; nuestro paraíso es cierto, bien conocido, garantizado, asegurado. Es nuestro hogar.

 

No hemos acabado de cortar el cordón umbilical. El paraíso es nuestra tierra madre, a la que tarde o temprano volveremos.

 

En cambio para Abraham un día llegó el corte del cordón umbilical, una partida sin retorno, una noche sin crepúsculo.

 

Un itinerario errante en el desierto, tras haber levado anclas y sin saber dónde echarlas. Ninguna certeza sobre el mañana. La conciencia, sin embargo, de que la salvación no está «en casa», sino «en otra parte», no está en un regreso, sino en una salida.

 

La tentación de mirar atrás, como Lot, es constante. También la nostalgia de Egipto, con la seguridad de sus ajos y la certeza de sus cebollas.

 

Pero Abraham no sabía adónde iba, solo sabía que tenía que levantarse, ponerse en marcha y salir.

 

Los judíos solo conocen la aspereza monótona del desierto, no el mapa de la tierra prometida.

 

Jesús en la cruz grita desesperado porque todos, incluso el Padre, le han abandonado.

 

La aventura de la fe no se inscribe en el círculo de un eterno retorno, sino en la línea recta de un camino sin puntos de apoyo, sin certezas.

 

Creo, Señor: ¡ayuda a mi incredulidad!


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 26 de agosto de 2026

Ten paciencia, Señor, hasta que vaya convirtiendo mi voluntad en la tuya (un relato biográfico) - San Mateo 21, 28-32 -.

Ten paciencia, Señor, hasta que vaya convirtiendo mi voluntad en la tuya (un relato biográfico) - San Mateo 21, 28-32 -

«Hijo, hoy ve a trabajar a la viña»

 

¿Llegará ese día, Señor? Ese en el que pueda sentarme en tus rodillas, ese en el que el silencio sea mi Belén. Y juntos contemplaremos esa parte de mí que no entendía, que se rebelaba, ¿contra qué?, ahora ya no lo sé. «No me apetece», decía yo, y tú: silencio.

 

Quizá habría bastado con poco: una palabra más tuya, un intento de convencerme, el agradable aroma del vino compartido, una caricia, pero Tú no decías nada, dejabas tu invitación en el aire, y yo, en mi interior, me dedicaba a escenificar hipotéticas revoluciones interiores.

 

¿Llegará ese día, Señor? Apoyaré mi cabeza en tu pecho y será como sonreír ante mi agitación, ante mi incapacidad para comprender que soy menos que un soplo en la Creación. «No tengo ganas», gritaba, no tengo ganas de Ti, del mundo ni de la vida; ya no tengo ganas de tu viña, de tu rostro, de tus órdenes; ya no tengo ganas, y quizá ya ni siquiera tenga ganas de mí mismo. Pero ¿cómo has podido soportar, Señor, mi infantilismo?

 

¿Llegará ese día, Señor? Me quedaré a tus pies, sin molestar, me bastará con estar ahí; contemplaremos desde lejos aquellos días patéticos, aquellos en los que te dije que sí, una promesa solemne, tal vez para convencerme a mí mismo, pero para no ir, en realidad, a tu viña.

Tú lo viste, tú lo sabías, quién sabe si sufriste, y sin embargo no dijiste nada, ¿por qué no me reprochaste? Me lo preguntaba. ¿Por qué me dejaste tranquilo en esa mentira tan banal? Bastaba con venir a buscarme, bastaba con ponerme frente a mis responsabilidades, a mi bajeza. ¿Por qué no viniste a castigar mi desobediencia, por qué no me mostraste tu ira? A mí no me importaba nada tu viña, yo te quería a ti, ¿lo entiendes? Y, en cambio, nada: silencio.


 

Quién sabe si llegará ese día en el que yo, apoyado en tus labios, al sentir que me llamas «hijo», me avergonzaré, por fin, de esa parte de mí arrogante, presuntuosa, estúpida y banal que carecía de sentido de la medida, que se creía el centro del mundo, que se creía con derechos, que pretendía pedir cuentas de las lógicas del mundo.

 

Quién sabe si llegará ese día en el que yo estaré, arraigado como un castaño, dando frutos y llorando por aquel yo que no sabía sentirte como un padre amoroso y tierno.

 

Quién sabe cuándo llegará de verdad ese día, aquel sin fin, en el que finalmente me sumergiré en el jardín perfumado de tu corazón y yo contigo, yo en ti, juntos, dulcemente, susurraremos: «hijo». Y nos derretiremos en un llanto compartido.

 

Será el día en que todo vuelva a casa: cada padre se encontrará con sus hijos. Será el día sin atardecer en el que ya no habrá ayer ni mañana, sino solo «hoy», un hoy luminoso en el que todo encontrará su lugar.

 

Quién sabe cuándo llegará ese día en el que por fin comprenderé que la invitación a ir a trabajar a la viña no era más que la única posibilidad de encontrarme contigo, juntos, que la viña era un espacio de identidad, era sentirme sarmiento, y vid, y raíz, y fruto, y vino: todo. De ser tú y tú en mí. No había nacido más que para liberarme de mi orgullo, de mi estúpida vanidad.

 

Llegará ese día, Señor, llegará, ¿verdad? Cuando convierta definitivamente mi voluntad en la tuya.

 

Mientras tanto, te lo ruego, espérame, ten paciencia, soporta mi miedo a perderme, ayúdame a vencer mi orgullo, ayúdame a desaparecer, a dejarlo todo, para morar por fin en Ti.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La dichosa normalidad.

La dichosa normalidad Doy tantas vueltas al concepto de «normalidad» .   De hecho, conocidos políticos califican de « normales » a los c...