viernes, 10 de abril de 2026

Wolfgang Amadeus Mozart - la más absoluta de las bellezas… la voz de Dios -.

Wolfgang Amadeus Mozart - la más absoluta de las bellezas… la voz de Dios -

Comienzo esta reflexión con una escena de la famosa película Amadeus de Milos Forman: https://www.youtube.com/watch?v=HQvresNPdYM. 

Todos, ya sea de forma profunda, superficial, distraída o inconsciente, hemos escuchado al menos una vez en nuestra vida la música de Wolfgang Amadeus Mozart. 

Muchos conocerán algunos fragmentos célebres de sus obras más famosas. En definitiva, Mozart, guste o no, está en nuestro ADN musical. Si es así, se debe a la belleza cristalina y la universalidad de su música, a la lírica, al color, a las armonías, al gusto melódico, a la perfección de las formas, que representan uno de los momentos más elevados de la historia de la música. 

Sin embargo, no todo el mundo tiene tiempo, curiosidad o ganas de conocer su música con mayor atención, prefiriendo permanecer encerrados en sus cómodos y seguros recintos. 

Y es una verdadera lástima, porque acercarse a la escucha de Mozart puede deparar agradables sorpresas, sobre todo para aquellos que consideran que la «música clásica» es relajante. Sinceramente, siempre he pensado que esto es un lugar común, por no decir una auténtica tontería. 

La música clásica es infinitamente variada en su capacidad de generar una multitud de emociones diferentes. Puede ser tranquilizadora, tan bien como estimulante o desgarradora; no puede ser definida por un solo adjetivo; es más, a menudo los adjetivos no bastan o incluso no sirven, situación esta última muy frecuente al escuchar a Mozart. 

Un ejemplo de ello es este concierto, que representa uno de los momentos emocionalmente más variados del corpus de las obras del compositor de Salzburgo. 

Perteneciente a la plena madurez artística del compositor, fue compuesto en 1791 a partir de un boceto esbozado cuatro años antes y terminado apenas dos meses antes de su muerte. 

Al igual que otras obras que incluían un instrumento solista, esta composición nació con un destinatario concreto, a saber, el clarinetista Anton Stadler (1753-1812), con quien Mozart estaba unido tanto por una profunda amistad como por su pertenencia común a la masonería. 

Dividida en tres partes - Allegro, Adagio, Rondó Allegro -, la obra se abre con la ejecución por parte de la orquesta de un tema ágil y delicadísimo, que se desarrolla hasta convertirse en un auténtico seno que acoge la parte solista del clarinete, el cual, retomando el módulo temático de apertura, se envuelve en torno a la orquesta, aligerada para la ocasión por los oboes. La fluidez melódica y el equilibrio de la orquestación confieren a esta composición, desde sus primeros compases, una nitidez y un pulido especiales. 

Esta relación entre la orquesta y el clarinete solista es un excelente ejemplo de perfección: un diálogo que no podría ser diferente, entre alegres contrapuntos, virtuosismos extremos y una expresividad siempre intensa y vital, brillante como el nácar, en un crescendo emocional continuo. Un equilibrio perfecto. 

Por decirlo con las palabras de Antonio Salieri en la mencionada famosa película Amadeus de Milos Forman: cambias una nota y empeora sensiblemente; cambias una frase y la estructura se desploma (https://www.youtube.com/watch?v=N_lheg0YmxQ). 

El elegante tema de apertura del Allegro presenta un desarrollo sinuoso que se elabora de inmediato mediante un refinado trabajo contrapuntístico: dicho tema se desplaza de los graves a los agudos, dotando al Concierto de ese carácter ondulante que lo caracteriza. 

La medida en que este desarrollo sinuoso subraya las peculiaridades del clarinete nos la revelan los temas expuestos por el solista, todos ellos basados en el encanto tímbrico que el instrumento crea al desplazarse de los graves a los agudos y viceversa, además de en la capacidad magnética de mantener fijo un solo sonido. 

Pronto nos damos cuenta de que la función del contrapunto no es la de hacer más complejo el tejido sonoro, sino la de subrayar la suave flexibilidad del conjunto: lo vemos en el breve desarrollo central, donde se combinan el primer y el segundo tema, y donde Mozart no pierde ocasión de elaborar en profundidad algunos fragmentos temáticos. 

Es posible que no nos demos cuenta de este segundo proceso al escucharlo, pero acabamos siguiendo el recorrido trazado por el autor, captando sus conexiones a nivel inconsciente. 

Por esta razón, el material, aunque nunca lo hayamos escuchado, nos resulta ya familiar, como si perteneciera al universo sonoro anterior. La transición modulante que conduce a la reanudación de la sección inicial tiene un fuerte poder de sugestión: el compositor es un maestro a la hora de armonizar fragmentos temáticos y la necesidad de guiar las partes hacia la reaparición del material inicial. 

En este artificio de la espontaneidad reside la perfección formal del último Mozart: todo se mueve como si no pudiera ser de otra manera, sin fisuras ni forzamientos en el desarrollo del tejido sonoro. 

En el Adagio se percibe un contraste con la luz purísima del primer movimiento. Un tema dulce, que evoca la penumbra del amanecer, es introducido delicadamente por el clarinete, para encontrar posteriormente el apoyo y la lírica de las cuerdas. Intenso, poético, sublime, un encanto para el alma. 

Este segundo movimiento se abre con un tema principal, expuesto por el clarinete y repetido por la orquesta, tan intenso y ensoñador que parece dirigirse hacia nosotros como si comprendiera, con el deseo de consolarnos, las inquietudes y las dificultades de la vida, transportándonos a un universo transparente y sereno. 

La aspiración mozartiana a la serenidad y la luz va más allá de lo religioso, descubre y transmite una sacralidad de la que es difícil no dejarse envolver. La pieza sublima, hasta convertirla en pura esencia, libre de toda contingencia mundana, una plástica melodía cristalina sobre la que flota una esperanzada confianza, junto con la voluntad de destilar el sonido en un lirismo concentrado. 

En la parte central, el clarinete se eleva por encima de las intervenciones orquestales, dando lugar a un juego de plenitudes y vacíos que parece imitar la respiración, recordándonos cuán orgánica y vital es la naturaleza de la música. 

Al escuchar el Rondó Allegro final, en cambio, se respira una pura ligereza en el tema esbozado por el solista. Este se ve respaldado en su desarrollo por la desbordante vitalidad de las cuerdas, que también en esta ocasión se unen con naturalidad al desarrollo del clarinete, que regala escalofríos, destellos de luz, etéreas pinceladas de color. Una música infinitamente bella, un soplo vital que se te mete bajo la piel para entrar en pleno contacto con el alma. 

Un tema hasta coqueto y juguetón abre este movimiento, en cuyas secciones a Mozart le gusta desarrollar, más que fragmentos, auténticas joyas temáticas reconocibles. Este material recorre las inmensas extensiones de la melancolía, oscilando entre el modo mayor y el menor, cambiando de aspecto gracias a un cromatismo que moldea cada motivo secundario haciéndolo acariciante y convincente. 

Entre juegos de ecos, imitaciones truncadas en favor de suaves descensos, intervalos inusuales y amplios del solista, nos encaminamos hacia el último episodio que anticipa la repetición y el cierre. 

No se me ocurre nada más que decir al recordar este concierto. Quizá solo me apetezca subrayar una especie de desconcierto al pensar que, apenas dos meses después de su composición, Mozart moriría, acabando en una fosa común, tal y como preveían los funerales de tercera clase para la gente de su rango. 

De modo que hoy ni siquiera es posible acudir a su tumba para darle las gracias. Pero se puede hacer regalándose esta música que, desde hace muchos años, suena tan nítida y viva como siempre, permaneciendo la mejor celebración posible de su paso por esta tierra. 

Con este Concierto, Mozart vuelve a la riqueza temática que caracterizaba las creaciones de su juventud, al placer de hacer que cada momento instrumental hable como si fuera una escena, como si tuviera personajes a su disposición. Y lo hace pocos meses antes de su muerte. 

El resultado es una composición de increíble frescura y vitalidad, a pesar de que, para Mozart, aquel no era precisamente uno de sus mejores momentos existenciales. Sombras de una extraña melancolía, casi como si fuera la interiorización de una amenaza, caracterizaron sus últimos meses. 

Pero la historia ha borrado los tristes efectos de esos momentos, dejándonos, entre las muchas maravillas mozartianas, este espléndido Concierto para Clarinete en La mayor K 622. 

Te dejo esta audición para que disfrutes de una música ciertamente divina ¿o la voz de Dios porque es la más absoluta belleza? https://www.youtube.com/watch?v=wmazkpZUJ44. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Otra Pascua a la confesional cristiana.

Otra Pascua a la confesional cristiana

¿Cuál es nuestro interés-ideal común que hoy nos convierte en socios entre nosotros, y por tanto en capaces de formar verdaderamente una sociedad? ¿Cuáles son los ritos que lo celebran, lo actualizan y lo transmiten a los más jóvenes?

 

Naturalmente, cada uno responderá a esta pregunta tan esencial para nuestro presente y nuestro futuro desde su propio punto de vista: imagino que algunos señalarán la Constitución, otros la fe católica, otros los derechos humanos o la Unión Europea, otros todas estas realidades juntas, otros quién sabe qué más, otros negarán la presencia de un interés-ideal común y describirán nuestra vida ya no como una sociedad en cuanto conjunto de socios, sino como una masa anónima y desorganizada de competidores.

 

Lo que, en mi opinión, hay que descartar sin duda es que la Pascua cristiana siga constituyendo, tanto como creencia como en cuanto a rito, ese nexo común que durante muchos siglos representó para nuestra sociedad y, en general, para Occidente, como se deduce simplemente al contemplar nuestras ciudades.


La Pascua cristiana ya no es lo que une y conecta a los occidentales posmodernos, tal vez destinados a convertirnos en poshumanos en la era de la inteligencia artificial y la robótica.

 

Se puede creer o no en lo que presenta la fiesta de Pascua, es decir, la historia final de la existencia de Jesús de Nazaret, llamado el Cristo y proclamado por otros (san Pedro y san Pablo en primer lugar) como el Hijo de Dios descendido del cielo expresamente para morir por nosotros en la cruz, y resucitado al tercer día.

 

Pero lo que no hay que creer, sino, mucho más radicalmente, solo «sentir» porque está grabado en nuestro interior y se manifiesta en el «sentimiento», es nuestra humanidad enfrentada al dolor y a la posibilidad de superarlo: este es el sentido existencial y universal de la muerte y la resurrección que cada ser humano experimenta por sí mismo, en primera persona del singular.



Y digo «superar el dolor» pensando en esa superación tanto en sentido físico, es decir, apaciguándolo y sanándolo, como en sentido espiritual, es decir, encontrándole un sentido y un horizonte más amplio en el que inscribirlo. Este es el interés-ideal común de todo ser humano, de todos los tiempos y de todos los lugares.

 

En el pasado teníamos una «religio» que nos hacía celebrarlo y que nos unía: ahora ya no. Creo que esta es la mayor pobreza de nuestro tiempo, «que se ha vuelto tan pobre que no puede reconocer la falta de Dios como una falta», como lo describió eficazmente Martin Heidegger.

 

De vez en cuando, sin embargo, el arte, la música,…, y otras experiencias espirituales profundas nos devuelven ante lo esencial - “Instrumentos del Alma” (en Vic, Barcelona) es un ejemplo de ello -. 


Y entonces volvemos a experimentar el misterio encerrado en nuestro interior y la alegría de celebrarlo desde cualquier espiritualidad religiosa o no y desde toda mística creyente o laica.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 9 de abril de 2026

Gestos de resurrección.

Gestos de resurrección

Hay imágenes que me impactan como un fragmento vivo de la cruz: dolor inocente, fragilidad extrema, entrega total. Al igual que el Viernes Santo, éste parece un tiempo suspendido en el dolor.

 

Sin ilusiones. En las antípodas de cualquier “buenismo”. Hay una realidad dura y verdadera. En este ritmo doloroso de acontecimientos, en algunos momentos incluso inquietante, quisiera que hubiera algo que me hablara de resurrección: de una fuerza de vida que resista al dolor.

 

Al observar esta parte de la realidad, me viene a la mente aquella expresión de Max Horkheimer: La nostalgia de lo totalmente otro.

 

Filósofo marxista heterodoxo, Marx Horkheimer quería expresar una profunda crítica a la razón instrumental. Según él, la racionalidad moderna se ha transformado en un pensamiento técnico y calculador, incapaz de responder a las preguntas éticas y espirituales.

 

Y Marx Horkheimer exploraba el deseo humano de algo que trascienda el mundo tal y como es: un «totalmente otro» capaz de devolver el sentido a la vida y a la justicia.

 

Para él, declarado no creyente, la nostalgia y la necesidad de postular la resurrección eran expresiones de una tensión ética: el ser humano no puede aceptar el mal y el sufrimiento como actos definitivos y últimos.

 

De ese modo Marx Horkheimer trataba de mostrar así que la filosofía puede servir para resistir al cinismo y mantener viva la esperanza, conservando la idea de que el mal no tiene la última palabra.


En esos pensamientos, me venía a la mente un texto, potente y personal.

 

Me refiero a un escrito de un gran (y lamentablemente olvidado) filósofo cristiano: Emmanuel Mounier: Cartas desde el dolor.

 

Siempre he aconsejado su lectura. Lo hago también ahora. Es el libro, escrito al enfrentarse, como creyente, a la gravísima enfermedad de su hija Françoise, afectada por encefalitis y que permaneció en estado vegetativo toda su vida.

 

Emmanuel Mounier mostraba cómo el dolor de los vínculos más profundos —como por ejemplo en su caso el dolor de una hija— nunca es solo una tragedia privada, sino una escuela de presencia, cuidado y responsabilidad.

 

El dolor inocente, el amor que no cede, la fidelidad a la vida,…, se convierten en un testimonio concreto de que incluso el sufrimiento más puro puede atravesarse sin perder dignidad y esperanza.

 

Y es precisamente aquí, en la profundidad del vínculo con quien sufre, donde se abre la clave de la resurrección: no como una promesa abstracta, sino como una posibilidad viva, tangible, que transforma el dolor en luz.

 

Emmanuel Mounier nos podría recordar que el dolor nunca es un fin en sí mismo. Cuando se acoge, se custodia, se ama, el dolor se convierte en semilla de vida nueva, promesa de redención y esperanza radical.


Y en este sentido, la Pascua nos habla de verdades profundas: como escribe Dietrich Bonhoeffer, Jesús no nos libera del dolor, sino en el dolor.

 

El misterio pascual nos muestra que incluso el sufrimiento más doloroso y punzante —el de Françoise, el del Inocente, y el de tantos desesperados de nuestro tiempo— puede ser atravesado.

 

La vida, el amor y la justicia nunca son vencidos por la muerte. El dolor inocente se convierte en lugar de revelación, el gesto de amor se convierte en oración viva, y la resurrección se muestra como esperanza concreta que transforma la fragilidad en fuerza, la cruz en luz.

 

Todo esto lo pienso y lo escribo en voz baja. Sin retórica. Seguramente mis palabras hasta podrían tener alguna verdad si fueran acompañadas por los gestos de atención, de cuidado de empatía… y que son gestos de resurrección (por eso el título de esta reflexión).


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 8 de abril de 2026

Soñar con la luna y su luz.

Soñar con la luna y su luz 

Hay un brillo del Sol y otro de la Luna; uno del fuego y otro del agua. Todos fueron dotados de luz por Cristo, arquitecto del mundo” (Miguel Servet). 

Volver a nuestro satélite natural, más de medio siglo después de la última misión tripulada, no es solo una hazaña técnica.

 

Es también un umbral simbólico que pone a prueba la fe, la responsabilidad del hombre ante la creación y el deseo, siempre vivo, de mirar al cielo para comprender mejor la Tierra

 

Volvemos a la Luna, casi veinte mil, no leguas bajo los mares, sino días, después de que nos separáramos de nuestro satélite natural el 14 de diciembre de 1972.

 

Entonces fue la epopeya Apolo; ahora es su hermana Artemis II. Aunque no ha alunizado, la tripulación ha alcanzado una distancia de unos 7.500 kilómetros de la cara oculta de nuestro satélite, convirtiéndose en la misión tripulada que se ha adentrado más lejos en el espacio profundo que nunca.

 

Se trata de un paso estratégico en preparación para el alunizaje de las misiones posteriores.

 

A bordo de la cápsula Orión, equipada con gran cantidad de tecnología, los astronautas han estado ocupados durante unos 10 días, en los que han dado una vuelta completa alrededor de la Luna antes de regresar a la Tierra con un amerizaje previsto en el océano Pacífico.

 

Hasta aquí la crónica y la ciencia. Pero, ¿toca todo esto también nuestra fe?


Sí, porque la misión Artemis II toca un umbral simbólico de lo humano: aquel en el que la técnica se convierte en relato sobre el sentido, y el cielo no es solo espacio que medir, sino una palabra que contemplar.

 

Artemis II reabre una pregunta antigua: ¿qué significa «habitar la creación»?


La Escritura contempla el cielo como un lugar de asombro y de alabanza, «los cielos narran la gloria de Dios», no como una evasión de lo humano, sino como una amplificación de su responsabilidad.

 

Volver a la Luna no es huir de la Tierra; es, en todo caso, una nueva forma de mirarla.

 

La misión Apolo 8, precursora de la misión actual en cuanto a objetivos y modalidades, nos devolvió, como contaron los propios astronautas, una nueva visión de la Tierra, de nosotros mismos. Una visión sin fronteras políticas, con las fragilidades de un mundo hermoso pero rodeado de frío y muerte, térmica y química.

 

La fe se ve interpelada porque reconoce en el ser humano no al dueño del cosmos, sino a su guardián, porque la exploración auténtica debería ir siempre acompañada de una ética del cuidado.

 

Hay además una dimensión antropológica más valiosa que nunca en la era de las máquinas inteligentes. Artemis II afirma que el cuerpo humano, frágil, limitado, expuesto, sigue siendo la medida de la historia, incluso en el vacío cósmico.

 

La fe cristiana no separa el espíritu del cuerpo: la Encarnación dice que Dios ha elegido habitar la materia.

 

Cada viaje humano más allá de los límites habituales renueva esta verdad: no se supera lo humano dejándolo atrás, sino llevándolo consigo, custodiándolo.

 

Podemos admirar desde una pantalla lo que ocurre y pasar de largo, o bien decidir también nosotros si el regreso a la Luna no puede reavivar el deseo más íntimo del ser humano: mirar al cielo para comprenderse a sí mismo.

 

Al fin y al cabo, precisamente por eso, un Salvador ha descendido entre nosotros.

 

Ante esta noticia, ante el enorme gasto de medios y, sobre todo, de energía tan valiosa que estas empresas conllevan, no puedo evitar pensar en la relación que une a la ciencia y la poesía (o la fe, ya que la poesía, por su sentido del misterio del ser, es hermana de la religión).

 

Seguramente más de uno se pregunta si realmente vale la pena. Hay a quien incluso instintivamente no le gusta la tecnología puesta al servicio de la voluntad de poder del hombre, y algunos hasta no ocultan sus recelos: «¡Ni siquiera dejan en paz a la luna!». Sí, hay quien mira con desconfianza, con consternación, si no con contrariedad.


Para mí, como digo, este acontecimiento tiene un significado simbólico relevante. El hombre desafía y supera lo desconocido. Aunque también nos plantee un dilema importante: ¿cuenta menos la sabiduría que la voluntad de poder? Es decir, ¿todo lo que es técnicamente posible es deseable?

 

La sabiduría y la ciencia son funciones necesarias para el hombre. Pero, en cuanto a su relación jerárquica, el hombre se encuentra ante una elección en la que está implicada toda su persona.

 

Puede optar por la primacía de la sabiduría y orientar así toda su actividad hacia lo divino y lo universal. También puede optar por el ejercicio exclusivo de la ciencia, orientándose hacia las cosas para dominarlas y disfrutarlas en su propio beneficio pero en esta elección entra en juego la avaritia radix omnium malorum - la avaricia, fuente de todos los males -.

 

Reducido a la mera dimensión científica, el hombre no puede aspirar a otra cosa que a la simple afirmación de sí mismo.

 

La aniquilación de la sabiduría en nombre de la ciencia lleva a utilizar el Todo en beneficio del individuo; el dominio de la ciencia pura, liberada de su subordinación a la sabiduría, conduce a ese anarquismo y a esa agonía individualista que es uno de los rasgos más frecuentemente observados de la situación actual.

 

Quizás, el mayor logro de aquellos pasos en la Luna es hacernos ver la Tierra en miniatura y, tal vez, abrir el camino a una visión diferente, la ecologista, que predica el respeto por la naturaleza y una sobriedad feliz. Una visión que aún hoy en día tarda en convertirse en sentido común.

 

Por el momento, me quedo absorto con la emoción de la admiración y el agradecimiento a la obra de la creación y el Misterio de su diseño bello: https://www.youtube.com/watch?v=dIm7ni6InVM


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Empatía: un camino de cercanía.

Empatía: un camino de cercanía 

La empatía es la capacidad de entrar en el dolor del otro sin miedo a involucrarse. No se trata de una simple comprensión racional, sino de un auténtico compartir el sufrimiento. 

Jesús mismo, ante la tumba de Lázaro, llora con quien llora, mostrándonos que la verdadera cercanía no está en dar respuestas inmediatas, sino en permanecer cerca, en el silencio y en la presencia. 

Imaginemos una madre que ha perdido un hijo. Ninguna palabra podrá jamás llenar el vacío que siente. Sin embargo, en el momento en que alguien acoge su dolor sin intentar “arreglarlo”, sino simplemente estando allí, con ella, escuchándola y compartiendo, sucede algo extraordinario: el sufrimiento encuentra un espacio en el que ser expresado y acogido. Éste es el corazón de la empatía. 

Se sabe que las cartas del apóstol Pablo preceden a los textos evangélicos, al menos tal y como han llegado hasta nosotros. En la carta dirigida a la comunidad de Filipos, Pablo expresa una petición muy concreta: «Tened entre vosotros el mismo sentir que hubo también en Cristo Jesús» (Flp 2, 5). 

Acogiendo esta llamada de Pablo, tratemos de compararla con cuanto se narra en el Evangelio según Juan en 11,33-35, donde se nos dice cómo el mismo Jesús, delante del sepulcro de su amigo Lázaro, "derramó lágrimas". 

Se trata de una imagen inédita, casi fuera de la “normalidad” evangélica a la que estamos acostumbrados. Intentemos pues entrar en esta página preguntándonos: «¿Por qué lloró Jesús?». 

Primero, consideremos el hecho de que Jesús está allí, con sus amigos habituales, y está rodeado de personas que lloran por su amigo perdido. Jesús no huye de esta situación dolorosa, sino que, al contrario, acepta llorar con quien llora, no excluyéndose del sufrimiento que atraviesa su existencia en ese preciso momento. Se trata de una dinámica que nos permite sentir y percibir con claridad toda la empatía propia de la modalidad relacional de Jesús. Jesús es un hombre profunda y auténticamente empático. 

Precisamente este aspecto nos ayuda a entrar en la amplitud del corazón de Jesús. En efecto, a primera vista, Jesús podría haber evitado el llanto, porque poco después habría “despertado” a su amado amigo. Hay algo más en las lágrimas y la emoción que expresa Jesús. La empatía que brota de las lágrimas del Maestro expresa su solidaridad hacia el sufrimiento, hacia todo sufrimiento humano. Jesús acoge y recoge a toda la humanidad atravesada por la fragilidad y derrama sobre ella, como un bálsamo, su compasión empática. 

En tercer lugar, el llanto de Jesús revela una realidad aún mayor, en la que, sin embargo, estamos inmersos. En su constante narración de Dios, Jesús nos revela, en sus lágrimas, las mismas lágrimas de Dios. Y este grito nos dice que la ternura empática de Dios se derrama en nuestra cultura actual, a menudo caracterizada por la dureza de corazón, la indiferencia y la crueldad. 

De hecho, el momento que estamos viviendo tiene el aspecto de una tierra árida, dura y seca. Una tierra donde el único fruto posible se revela como el “superhombre” que no llora nunca, es más, para quien el llanto es signo de una debilidad inadmisible: es el hombre que no siente nada, que sólo tiene ojos para sí mismo, indiferente a cualquier sufrimiento y fragilidad que encuentra. 

Nuestro tiempo necesita precisamente las lágrimas de esa compasión que nace de la empatía. Hoy, nosotros, discípulos del Maestro, como Él y con Él, aceptamos convertirnos en narradores y portadores de las lágrimas de Dios en la historia, para que esta tierra árida y dura vuelva a ser un jardín donde la vida “abunda” y es respetada y protegida como un don precioso. 

La empatía no es sólo una virtud espiritual sino un camino que todos podemos seguir, cada día, en los gestos más simples: 

1.- Escuchar sin interrumpir. La tentación de ofrecer soluciones es fuerte, pero a menudo la persona que tenemos delante sólo necesita ser bienvenida. 

2.- Suspender el juicio. La empatía no es compasión sino comprensión. Cuando nos detenemos para acoger lo que siente el otro, entramos verdaderamente en su mundo.

3.- Estar presente. La empatía se construye sobre la continuidad, sobre la presencia constante incluso, o precisamente, cuando no hay palabras que decir. 

Vivimos en una sociedad que avanza rápidamente, 

donde el sufrimiento de los demás corre el riesgo de ser ignorado 

o, peor aún, considerado una molestia. 

Pero la vocación cristiana es también ser signo de esperanza, de escucha, de presencia. Al igual que Jesús con Lázaro, podemos elegir detenernos, escuchar y llorar con quienes lloran. 

La empatía no cambia el dolor, pero cambia cómo lo experimentamos. Y a veces, ser comprendido ya es el primer paso hacia la curación. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Simón de Cirene: una vocación.

Simón de Cirene: una vocación 

He tratado de colarme entre la multitud que seguía aquel extraño espectáculo camino del Calvario. El que iba a ser condenado no era uno de los criminales habituales, sino alguien que, según el mismo Pilato, no había hecho nada malo. 

De repente me doy cuenta de que Jesús no puede hacerlo: cae exhausto al suelo. Lo que pesa es, por supuesto, la madera de la cruz, pero más aún todo lo que esa madera representa. 

Lo que pesa es el no reconocer el bien realizado, es tomar ese camino que lo llevará al patíbulo de los hombres que preferirán replegarse en su propia piel, como Él mismo había predicho. 

Yo también conozco el sufrimiento y la repugnancia que se siente cuando lo que uno hace por alguien no sólo no es bien recibido, sino que, de hecho, no es reconocido o se confunde con otra cosa. 

Mientras lo veo en el suelo, aparece un hombre, obligado –literalmente– a cargar la cruz y caminar un tramo del camino junto al condenado. 

¡Pobre Simón de Cirene! Como si sus esfuerzos y preocupaciones no fueran suficientes. ¿Otro problema? ¿Otra cruz? “Me habría ido mejor quedándome en el campo”, debió pensar el pobre Simón de Cirene, “mira en qué lío me he metido”. 

Él venía del campo, quizá ni siquiera del suyo: trabajar en el campo es un trabajo manual y, desde luego, no es fácil. ¡Quién sabe cuánta incomodidad debió sentir al tener que cargar con una carga que no era suya! ¡Cuántas cosas recuerda su llegada del campo! 

Habíamos sido diseñados para disfrutar de lo que Dios había puesto a nuestra disposición sin conocer la carga del esfuerzo y, en cambio, nos hemos encontrado amargamente pasando de tenerlo todo a tener que procurarlo todo con el sudor de nuestra frente. 

Ese encuentro en el camino del Gólgota se convierte en reconciliación con el Señor que entra en nuestra misma lucha. 

Y sin embargo, esa persona, precisamente a través de un encuentro involuntario, entra en la historia misma del Hijo de Dios, él que hasta ese momento era sólo un don nadie. 

Me imagino el modo en que Jesús miró a Simón: si es cierto que había mirado con amor al joven rico, ¿qué no tendría reservado para este hombre que, a su pesar, aceptó no pasar de largo y se convirtió en icono de alguien capaz de llevar el peso del otro? 

La mirada de Jesús habría sido nuevamente una mirada de compasión, pero esta vez al revés: pide al hombre que sufra con Él. 

Él mismo, un día, para explicar el modo diferente de estar en el mundo de sus discípulos, había dicho: a cualquiera que te pida que vayas con él una milla, ve con él dos. 

Aquí está Simón: no sólo completa el tramo del camino sino que también asume el peso que el otro se ve obligado a llevar a lo largo del camino. 

Simón descubre que en su humanidad, Dios no puede hacerlo solo. Y así, quien no ha recibido una llamada particular del Señor como muchos de los discípulos, recibe una vocación muy particular. Una vocación ad actum (cuando es necesaria, por una circunstancia), se podría decir. ¡Cuántas veces la vida nos da esta vocación ad actum

No se le pregunta si está de acuerdo, simplemente se le obliga. No tuvo tiempo para pensarlo, no pudo tomarse el tiempo necesario para el discernimiento. Ojalá hubiera sido para algo feliz. Pero se trataba más bien de una cuestión de sangre, de un asunto sucio. 

San Marcos especificará que Simón era padre de dos hijos que probablemente pertenecían a la comunidad cristiana, Alejandro y Rufo. 

Un encuentro casual con una persona desafortunada, en un día cualquiera, se convierte en la oportunidad para que brote la fe. Incluso lo que parece una caridad forzada siempre conserva su fecundidad. 

Ni siquiera el fastidio, ni el rechazo, ni la prisa son rechazados cuando se trata de hacerse cargo de aquellos que demasiadas veces han caído bajo el peso de la vida. 

La historia de este hombre nos recuerda que a veces, justo cuando no logramos superar algún imprevisto que obstaculiza nuestros planes, es posible encontrar a Dios incluso sin haberlo buscado. 

Dios entra en nuestra vida justo cuando no lo esperamos, cuando parece que el curso de los acontecimientos debe ser otro. 

Para todos llega un momento en que la vida extrae tu número, sin pedirte permiso, y te pone cara a cara con el sufrimiento. En esos momentos no hacen falta las palabras: sólo hace falta la voluntad de recorrer juntos un tramo del camino, para aliviar un dolor. 

En el camino, Simón de Cirene toma el lugar de Simón de Betsaida, el discípulo fracasado, aquel que no es capaz de acompañar y ayudar a Jesús. 

Esta misma historia nos recuerda que somos discípulos no porque lo declaramos con nuestros labios, sino porque no rehuimos aquello que se nos pide asumir, a veces de manera involuntaria y sin ganas. 

En ese momento Simón de Cirene, como yo, sólo siente el peso de aquella madera, no sabe que está haciendo algo extraordinario, no sabe el valor de lo que ha caído sobre él. 

En realidad –lo comprenderá sólo más tarde– no es tanto él quien lleva esa cruz, sino aquel que es llevado por ella. Tal como nos pasa a todos. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Verónica: una ternura sin miedo.

Verónica: una ternura sin miedo 

Desde hace algunos años me ha gustado acercarme a la Pasión de Jesús dejándome llevar por la mano de quienes acompañaron sus pasos o presenciaron su cumplimiento. Este año la tarea ha recaído en una mujer llamada… Verónica. 

La tradición ha conservado siempre el recuerdo de una mujer que, en medio de tanta barbarie desplegada en torno a Jesús, consigue dar testimonio de la ternura de quien sabe lo que está en juego en ese momento. 

A diferencia de Simón de Cirene, que se vio obligado a llevar la cruz durante un rato en lugar de Jesús, el gesto de Verónica es el espontáneo y gratuito de alguien que se abre paso entre la multitud y los soldados. 

No es el suyo el gesto que dará un nuevo rumbo a los acontecimientos. De hecho, Jesús morirá. Al fin y al cabo ¿qué valor tiene secarse la cara? Sin embargo, ese gesto fue todo lo que pudo hacer y lo hizo con determinación. 

La suya es una figura del gesto de tantos hombres y mujeres que, siguiendo el ejemplo del Maestro, no se reservan nada y se encuentran en la cátedra del Evangelio como figuras que comprenden y encarnan el estilo del Hijo de Dios: el muchacho de los cinco panes y los dos peces; la viuda que ha echado algunas monedas en el arca del Templo, es decir, todo lo que tenía para vivir; el hombre que acepta desatar su burro; el otro que deja disponible la habitación de arriba para cenar… 

Verónica tenía a su disposición un pañuelo, el humilde gesto de una caricia: no temía la ternura y Aquel que había prometido que ni siquiera un vaso de agua quedaría sin recompensa, le hizo el regalo de tener su rostro impreso en ese mismo pañuelo. 

Cada gesto de atención y de ternura hacia alguien teje en quien lo realiza una semejanza con el mismo Jesús. 

Un gesto de ternura no pasa. En efecto, cada gesto de bondad y de comprensión, de servicio y de cuidado deja una huella indeleble en el corazón del hombre, que lo hace cada vez más semejante a Aquel que «se despojó de sí mismo, tomando la condición de siervo». “El Salvador… imprime su imagen en cada acto de caridad, como en el lienzo de la Verónica” (Papa Juan Pablo II). 

Verónica representa la invitación a seguir siendo humanos precisamente cuando el oscurecimiento de los corazones es mayor y la atracción a ceder a la ferocidad y a la violencia es más seductora. 

Hay situaciones en las que uno siente que ha llegado el momento da dar un paso al frente, pero otras veces vence el miedo a verse comprometido. Cuando esto sucede nos privamos del don de ver el rostro del Señor impreso en nosotros, pintado precisamente gracias al sudor y a la sangre del mismo Señor. 

El coraje no es lo que vence el miedo, como solemos pensar. Sólo quien ama puede vencer el miedo. No es casualidad que alrededor de Jesús permanezca lo femenino, lo único capaz de superar el filtro del miedo: Verónica y las demás junto y después de ella no temen los insultos, aceptan ser comprometidas, se dejan gritar insultos y maldiciones. Pero nada las detiene. 

Ya lo había predicho el Cantar de los Cantares: “Las muchas aguas no pueden apagar el amor, ni ahogarlo los ríos”. Lo asombroso es el hecho de que «los obreros del mal», ante ese gesto de ternura, no se atreven a impedirlo porque se sienten incapaces de actuar. 

Me gusta pensar que cuando también nosotros nos convertimos en “obreros del mal” quizá es porque no hemos recibido gestos de ternura. Hay gestos tan pequeños pero tan brillantes que iluminan nuestros caminos que conducen a la muerte. 

Pedro y los demás prefirieron refugiarse “en su propio mundo” para evitar verse involucrados en un acontecimiento que seguramente les habría afectado de alguna manera. Sólo quien ama no tiene nada “propio” a lo que refugiarse. 

Es propio del amor el ser expropiado. Suyo, en efecto, es el amado. El amor verdadero se manifiesta en la compasión, en la capacidad de entrar en el sufrimiento del otro hasta hacerlo propio. El gesto de Verónica no es de solidaridad sino de pertenencia: ese hombre y ese sufrimiento le pertenecen. 

¿Qué sería del mundo sin el gesto de una Verónica? ¿Qué sería de nuestra vida sin lo libre que no calcula y por tanto está fuera de la lógica de la utilidad y del lucro? 

Hemos experimentado esto muchas veces cuando alguien nos sonrió o tal vez nos saludó o tal vez nos animó o, más simplemente, nos acarició. 

Verónica tuvo la gracia de ver el mismo rostro del Hijo de Dios impreso en su tela. 

También nosotros hemos tenido la gracia de ser hechos a imagen y semejanza de ese rostro. Esa imagen ha quedado impresa de manera indeleble, de modo que puede ser difuminada pero jamás destruida: ¡soy y seguiré siendo un hijo! 

Sin embargo, en la vida puede suceder que pierdas tu apariencia. ¿Qué otra cosa es la existencia sino una recuperación cotidiana de los rasgos de ese rostro que más se parece a Cristo? 

¡Grande es la gracia concedida a Verónica pero infinitamente mayor es la que nos es concedida a nosotros! 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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