miércoles, 3 de junio de 2026

A la medida de Cristo: Haced esto en memoria mía.

A la medida de Cristo: Haced esto en memoria mía

Antes de comenzar a leer esta reflexión te invito a un ejercicio de silencio, escucha y contemplación con este himno del “Pange Lingua”: https://www.youtube.com/watch?v=7AFr720M4dU 

El hombre es un cuerpo que piensa, siente y quiere. En particular, el cuerpo es el lugar donde se registran y se traducen al exterior los pensamientos, los sentimientos y los deseos que constituyen la esfera o dimensión interior del hombre, llamada alma, psique o espíritu, bíblicamente corazón. 

El tú humano es esta unidad distinta a la que hoy prestan especial atención las neurociencias, y cada uno con su singularidad inconfundible que lo constituye como persona única e irrepetible. Persona cuyo estilo, hecho públicamente visible y legible por el conjunto de la corporeidad, narra la verdad del corazón, es decir, lo que realmente pensamos, sentimos y queremos. 

El cuerpo dice el corazón, el corazón se cuenta en el cuerpo. Premisa indispensable para una clara inteligencia del Cuerpo de Jesús y, en él, del nuestro. 

El punto de partida puede ser un pasaje de la Carta a los Hebreos: «Por eso, al entrar en el mundo, Cristo dice: No quisiste sacrificios ni ofrendas, sino que me preparaste un cuerpo... Entonces dije: He aquí que vengo... para hacer, oh Dios, tu voluntad» (Hb 10,5.7=Is 40,7-9). 

Texto fundamental para introducir cómo Jesús lee su propio cuerpo: como «don», que le ha sido preparado por Otro, y como «tarea», hacer la voluntad de Otro. Voluntad cuyo contenido, en términos positivos, consiste en hacer evidente e inequívoca la voluntad de Dios inscribiéndola en un cuerpo concreto. 

El sentido de la entrada de Cristo en el mundo, el porqué de la Encarnación, tiene, por tanto, una razón precisa: hacer visibles, legibles y tangibles en su cuerpo el pensamiento, el sentir y el querer de Dios Padre. Una voluntad finalmente liberada de los equívocos interpretativos y de los comportamientos consiguientes por parte del hombre. Un aspecto que hay que subrayar. 

La experiencia cristiana más genuina a la pregunta: «¿Dónde está y cuál es la voluntad de Dios?», no puede sino responder: en el «cuerpo de Cristo». Allí está su lugar, allí su declinación, allí Dios cuenta cómo se quiere con respecto al hombre. Se quiere como «compasión» (Mt 9,36; Mc 1,41; Lc 7,13; 10,33; 15,20), como «identificación»: «se hizo semejante a los hombres» (Fil 2,7) y como «compartir» la forma alienada del hombre: «no consideró un privilegio ser como Dios, sino que, vaciándose a sí mismo, asumió la condición de siervo» (Fil 2,6-7), el estatuto del esclavo destinado a lavar los pies (Jn 13). 

Y aún más, se quiere como «cuidado»: los ojos, los oídos, la boca, las manos, el olfato y los pies de Jesús, rebosantes de amor incontenible, son las notas musicales de una sinfonía llamada curación del enfermo físico, mental, moral y religioso. Y, por último, se quiere como «don incondicional de sí mismo», «que vino a dar su vida en rescate por muchos» (Mc 10,45): «Este es mi cuerpo, que es entregado por vosotros» (Lc 22,19). 

Una primera conclusión se impone: ¿por qué celebrar el «Corpus Domini»? Porque es en ese cuerpo donde Dios ha decidido manifestarse (Col 2,9) y su voluntad como libre decisión de amor cuyos capítulos son la compasión, la identificación, el compartir, el cuidado y el don de sí mismo. 

Capítulos que se pueden leer en ese libro que es el cuerpo de Cristo; un cuerpo con los demás, a los pies de los demás, para los demás; un cuerpo que revela la cumbre de la benevolencia de Dios cuando de su herida infligida brota un amor que sana a quienes lo han golpeado: «Por sus heridas habéis sido sanados» (1 P 2,24 = Is 53,5-6). 

Un cuerpo semejante, que las mujeres vistieron con un sudario y besaron y perfumaron, no podía ser sino un cuerpo resucitado y transfigurado. El Dios que le había preparado un cuerpo frágil y mortal, epifanía en forma pobre de su verdad de «omniamor» (que dice Paul Ricoeur), es el mismo que le preparó un cuerpo fuerte, espiritual e inmortal (1 Cor 15,35-53), signo de un amor incondicional hacia ese cuerpo que lo había narrado maravillosamente. 

Y se impone una segunda conclusión que nos concierne a nosotros. El cuerpo de Jesús no es solo el lugar de la revelación de Dios, sino también del hombre. 

Es verdadero aquel hombre que lee su propio cuerpo como un don para una tarea, como el lugar a través del cual el Padre, por medio del Hijo en el Espíritu, sigue contándose, a la manera de Cristo, como pasión de amor por todo lo que se mueve bajo el sol: «Os exhorto, hermanos y hermanas... a que ofrezcáis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios; este es vuestro culto espiritual» (Rom 12,1). 

Culto agradable es, por tanto, decir con todos los sentidos cuánto Dios en Cristo se ha involucrado y se involucra con fuerte ternura en la historia humana, hasta hacerse comer, como subraya el pasaje evangélico. 

Una invitación a alimentarnos de su cuerpo resucitado-transfigurado para hacernos semejantes a Aquel que comemos, pan y vino para las manos necesitadas y los corazones tristes. Esta es la voluntad de Dios, este es el motivo por el que nos ha preparado un cuerpo, este es el marco en el que hay que leer el «cuerpo eucarístico» de Cristo: don dado en comida para convertirse en su «verdadera morada terrenal», lugar de su presencia en la aldea humana como, repetimos, compasión, identificación, compartir, cuidado y don de sí mismo. Un ya resucitados en espera de la plena transfiguración. 

Celebrar el cuerpo y la sangre del Señor equivale a dar gracias a Dios por el don de un Tú que ha amado con todo su cuerpo y con toda su sangre, que se ha entregado como pan y vino para el otro y que se entrega como alimento para el otro para transformarlo en comida y bebida para el otro. 

El sentido de la Eucaristía está dado, es una invitación a cenar para contemplar el Amor que se ha revelado en un cuerpo y para comer y beber el Amor para ser transformados en amados-amantes en un cuerpo que es pan para los necesitados y en una sangre que es vino para los angustiados. 

Todo ello en acción de gracias y en la conciencia de que el Santísimo expuesto y llevado en procesión, allí donde esto ocurre, sueña con hombres y mujeres que en el camino de la vida sean la exposición pública y corporal de su entrega como pan y vino al hombre, bendición, dedicación y alimento. 

Esto es lo que ocurre en la Eucaristía, el tiempo de gracia en el que el deseo de Él, «Ven» (Ap 22,17), acogido por Él, «Sí, vendré pronto» (Ap 22,20), lo hace tomando un pan, Él mismo, partiéndolo, Él mismo, y ofreciéndolo, Él mismo, para hacer de los comensales semejantes a Él y enviados por Él a la compañía humana para contar con sus propios sentidos, con el lenguaje del cuerpo, un Dios cuya razón de ser primero en Cristo es el ser en la belleza del hombre. A la medida de Cristo. 

Se podría finalizar esta reflexión de diferentes maneras. El arte de la música pone esa nota de sublime belleza que nos abre la ventana para asomarnos al misterio. Contempla y disfruta del “O sacrum convivium”: https://www.youtube.com/watch?v=jYbN-oBDBEg 



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

 

O sacrum convivium

 

O sacrum convivium!
in quo Christus sumitur:
recolitur memoria passionis eius:
mens impletur gratia:
et futurae gloriae nobis pignus datur.

Oh, sagrado banquete,

en que se recibe a Cristo

y se renueva la memoria de su pasión,

se llena la mente de gracia

y se nos da prenda de la gloria futura.

El sabor del pan y el gusto del vino - hacer de todo y siempre acción de gracias -.

El sabor del pan y el gusto del vino - hacer de todo y siempre acción de gracias -

La Eucaristía ejerce un magisterio silencioso pero eficaz en su propia materialidad: pan y vino colocados sobre una mesa; pan partido y compartido; vino bebido de un único cáliz... Esta dimensión material, acompañada de gestos y palabras, es capaz de expresar el gran misterio de la fe cristiana.

 

La referencia al pan implica una referencia al vino, porque juntos, nunca separados, son una introducción necesaria a la exégesis del gesto y las palabras de Jesús en la Última Cena, cuando entregó a los discípulos el mandato de repetir su gesto en memoria suya, hasta que él viniera en la gloria.

 

Es necesario reflexionar sobre el hecho de que la comunidad cristiana, cuando se reúne en el Día del Señor, celebra la Cena del Señor y los discípulos (¡los cristianos de hoy!) llevan a la mesa el pan y el vino, no como ofrenda a Dios, sino para compartir la bendición y el agradecimiento al Creador, al Señor de la tierra y de la humanidad.

 

Esto es lo que contemplamos durante la liturgia en el altar: el pan, un pan verdadero, visiblemente pan - y no una hostia como lamentablemente todavía ocurre -, y el vino en la copa del júbilo y de la bendición.

 

Esta realidad en el altar es ya un icono que habla al corazón del cristiano, pero también al corazón de todo hombre y mujer.


 

El pan es el alimento del Mediterráneo que se extendió por todo Oriente Medio. En esas culturas mediterráneas, comer ha sido también comer pan, el alimento por excelencia. En la Biblia, la tierra de Israel se describe a menudo como «tierra de trigo y mosto, tierra de pan y viñas» (2 Reyes 18,32), y el pan se considera el alimento por antonomasia, «pan de la tierra», por lo tanto, un don del Creador, pero también fruto del trabajo del hombre, que debe ganárselo con el sudor de su frente.

 

El pan, elaborado con harina de cereales, agua y, a veces, levadura, se cuece al fuego sobre piedras o en el horno y se convierte en el alimento de los judíos aún nómadas, de los que están en Egipto y de los que se han establecido en la tierra de Israel.

 

Para los pueblos de Oriente Medio, la falta de pan, relacionada en su mayor parte con la hambruna, significaba hambre, una existencia precaria y, por lo tanto, el pan no solo era precioso, sino que también se consideraba un símbolo de la vida.

 

La falta de pan, aún hoy, significa enfermedad, muerte. Por eso el pan expresa la «necesidad», es algo necesario, alimento cotidiano, diario, porque este es el ritmo con el que se alimenta el ser humano.

 

El pan tiene una historia maravillosa que es necesario conocer para comprender cómo puede ser y significar en la Eucaristía. Solo si vivimos una relación auténtica y sabia con el pan, el vino y la naturaleza, podemos «hacer de todo Eucaristía» (cf. Ef 5,20).


 

El pan: basta con considerarlo en su materialidad para acoger un brote de símbolos y significados, una cosecha de metáforas.

 

El pan, con su corteza dorada o morena, sus múltiples formas, es siempre pan para partir, para comer, para tomar como alimento para vivir.

 

El pan: basta con olerlo cuando sale del horno para embriagarse de alegría, es como una promesa de ganas de vivir.

 

El pan: basta con llevarlo a la mesa, colocarlo majestuosamente sobre el mantel o en la cesta, cogerlo con veneración y partirlo con ese crujir de la corteza para hacer un gesto de acogida y compartir.

 

El pan: basta con llevarlo a la boca y saborearlo para decir que está bueno, una experiencia que nos permite decir de una persona: «¡Es tan buena como el pan!». Saborear el pan en soledad o en compañía, mojado en una copa de vino o aderezado con un hilo de aceite de oliva, es realizar un gesto lleno de sabiduría, placer y alegría.

 

El pan: por desgracia, hoy se desperdicia, a menudo se tira a la basura... ¡un pecado que clama venganza ante Dios en nombre de tantos hambrientos de la tierra!

 

El pan pide respeto, veneración, y entonces se vuelve elocuente. Por eso Jesús partió el pan y nos pidió que hiciéramos lo mismo en memoria suya, para hacerlo presente y vivo entre nosotros.

 

Él es el pan que es vida, el pan bajado del cielo, vida partida y rota por nosotros hasta la muerte en la cruz. Él es el pan antídoto contra la muerte, el pan que resucita a los muertos.

 

Y así, en la Eucaristía comienza esa transfiguración que hace de esta creación el Reino de Dios, de esta historia la Historia de Salvación, de esta humanidad la humanidad del Cuerpo de Cristo y de todo la carne resucitada por la acción dinámica del Espíritu Santo.


 

Junto a la necesidad del pan está la gratuidad del vino.

 

También la vid crece en los países mediterráneos y crece junto al trigo: ¡la vid en las colinas y en las laderas, el trigo en las llanuras y en los valles! Israel es «tierra de trigo y de mosto» (Dt 33,28), y no es casualidad que los exploradores enviados por Moisés a reconocer la tierra prometida regresaran con un sarmiento al que se adherían grandes racimos de uvas.

 

Es Dios, pues, quien ha dado a su pueblo la «tierra que mana vino», en hebreo jajin, en arameo chamar, literalmente «el rojo», el don más bendito junto con el pan. La Biblia sitúa el origen del vino en la época posterior al diluvio, cuando Noé salió del arca y encontró el vino para consolarse, recuperar fuerzas y alegrarse.

 

El vino no es necesario para la existencia como el pan, se puede vivir sin beber vino, por lo que el vino indica gratuidad, está fuera del espacio de la necesidad. Pero en la gratuidad hay placer, alegría, posibilidad de fiesta, júbilo de los corazones...

 

Dice el Eclesiástico: «¿Qué vida es aquella en la que falta el vino que Dios creó desde el principio para alegría de los hombres?» (Eclo 31,27). El vino es el fruto de la vid, una planta que requiere mucho trabajo, mucho cuidado y muchos años para dar buenos frutos.

 

Solo el sedentario, el que habita la tierra, puede conocer el cultivo de la vid y, cuando puede decir: «¡Tengo una viña!», es como si dijera: «¡Tengo una casa, tengo una esposa!».


 

Es casi imposible para quien no lo ha vivido comprender el vínculo entre un viticultor y su viña: es una relación apasionada, es un verdadero compartir de las estaciones, del buen y del mal tiempo. Siempre hay algo que hacer en la viña: en invierno, la poda de los sarmientos; en primavera, el atado; luego, en verano, el emparejamiento de los sarmientos, el deshojado... Y finalmente, tras mucha expectación, a principios de otoño, ¡la vendimia! Se hace cantando, luego viene el prensado con el aroma del mosto.

 

Y, por fin, ¡ahí está el vino con sus colores tan diferentes! Por eso, cuando se sirve en las copas, hay que contemplarlo levantando la copa hacia la luz.

 

Luego hay que olerlo sin falta, porque desprende aromas inefables.

 

Cuando se lleva a la boca, se saborea y se degusta. Y entonces llega el placer: ¡el vino de la felicidad, de la amistad, de los amantes!

 

No es casualidad que el Cantar de los Cantares celebre el amor con el vino, y que Jesús en Caná regale el vino nuevo, el buen vino que marca la fiesta y celebra la alegría. Jesús, no lo olvidemos, nos prometió pocas cosas para el más allá, pero entre ellas sin duda una: que beberá con nosotros vino nuevo en el reino de Dios (cf. Mc 14,25).



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Dadles vosotros de comer… hacedlo en memoria mía.

Dadles vosotros de comer… hacedlo en memoria mía

Cae la tarde

 

El día comenzaba a declinar. Y con el día, también nosotros. Cae la tarde, y llevamos sobre nosotros el peso de los pasos, de las palabras no dichas, de los vacíos de sentido y de los agujeros en el corazón.

 

Allí donde ya no hay nada —ni alojamiento, ni provisiones, ni certezas—, Jesús no congela la esperanza. Y no despide a la multitud. En cambio, dice a los discípulos: «Dadles vosotros de comer» (Lc 9,13). Este es el mandamiento.

 

La Eucaristía no se reduce a un rito: es una forma de estar en la vida. Con las manos desnudas que acogen y parten, con la palabra que consuela y cura, con el cuerpo que se deja tocar, que se ofrece en comunión, que se deja consumir.

 

Jesús es el Verbo que no solo habla. Alimenta el cuerpo, sana el alma, da sustancia al Espíritu. Es voz que se hace caricia, pan que se hace carne, sangre que no clama venganza, vida que perdona y reconcilia. Es el Dios que se detiene cuando te derrumbas. Es el Dios que te levanta cuando caes y te invita a reanudar el camino. Es el amigo fiel que permanece cuando termina el día.



Se da de comer

 

El pan partido es un gesto profundamente humano, escandalosamente divino: el ídolo come; el Dios de Jesús se da de comer. Y luego la bendición de lo poco que tenemos es compartir lo mucho, el don que vence a la muerte.

 

Dice algo inaudito: «No es cierto que todo termine en la oscuridad. No es cierto que el amor se pierda». Al contrario, el tiempo tiene carne. El tiempo tiene un corazón que aún late: es el tuyo, Cristo Jesús. Cuerpo entregado, sangre derramada, vida sembrada al atardecer para que florezca por la mañana.

 

Cada Eucaristía es tarde. Cada Eucaristía es también un grito. Una pausa en la cresta del tiempo, donde todo parece escapar, mientras el Señor dice: «Este es mi cuerpo, por vosotros». No para los puros, no para los merecedores, no para los fuertes. Para vosotros: también para los heridos, los ingratos, los desilusionados. Para quienes piensan que el día ha terminado y que nada tiene sentido.



Hoy hay quienes disparan contra quienes piden un poco de pan

 

El misterio de la Eucaristía es la respuesta al grito de los hambrientos: hambrientos de pan, hambrientos de amor, hambrientos de justicia, hambrientos de verdad, hambrientos de libertad, hambrientos de vida. Hambrientos de ser reconocidos, escuchados, salvados. Hambrientos de no morir solos. Abandonados. Olvidados por todos, desechados.

 

«Dadles vosotros de comer». Es una invitación que nunca se agota: Dad. Nada más, no remitáis a otros. Dad vosotros mismos. De vosotros mismos. Y en abundancia, derramado de vuestro seno, porque con la medida con que medís, se os medirá a vosotros.

 

¿Y nosotros? ¿Dónde estamos, mientras hay un pueblo que muere de hambre, sitiado y exterminado? ¿Dónde estamos, mientras hay quienes disparan contra la multitud que busca donde se distribuye el pan? Nosotros, en una tarde de verano, estamos sentados a la mesa, en un lugar al aire libre, fresco y tranquilo. Con amigos. ¿Somos las doce cestas de sobras? Frágiles recipientes de lo que queda, abundancia que no conoce el hambre. Y el Señor nos repite: «Dadles vosotros de comer».

 

«Haced esto en memoria mía». Y no para complacerle, sino para hacer justicia a los hombres. No es un rito, es una forma de vida. Somos ese trozo de pan que puede alimentar si no se retiene, si no se aísla. «Haced esto» significa: vivid como yo, poned vuestro cuerpo donde hay hambre, vuestra voz de denuncia donde reina el silencio de la indiferencia y la complicidad, poned vuestra mano donde falta ternura, comed con los olvidados.

 

Haced memoria con los gestos, no solo con los deseos. Cada vez que partís el pan —así en mi memoria— con los hambrientos, hacéis Pascua.


Y aún hoy el día declina

 

El día declina. También hoy mueren de hambre mujeres, hombres, ancianos y niños. No nos sorprenda el sueño de la muerte en la quietud de quienes piensan y creen estar vivos. Jesús, quédate hasta el final allí donde hay un pueblo que tiene hambre. No como un fantasma, sino en la carne concreta de tu cuerpo, en el pan y en los rostros que aún saben amar.

 

Al atardecer de la historia, al atardecer de cada uno de nuestros días, llama el Dios vivo: quiere cenar con nosotros, sentarse, escucharnos, sanarnos y luego partirse en medio de nosotros. Y cuando lo reconozcamos en el hambre de quien se sienta a nuestro lado, en quien aún es desenterrado entre los escombros del mundo, entonces será Pascua otra vez.

 

¿Un trozo de pan puede hacernos hermanos bajo el cielo bombardeado? Nunca he comido solo mi trozo de pan... En la trágica escena de la historia que no conoce fin, desde los campos de concentración de la Segunda Guerra Mundial hasta los campos de prisioneros de hoy, los lugares separados por el Muro en Israel-Palestina, en las tierras ocupadas y asediadas y en las ciudades destruidas como Gaza, hay mujeres y hombres «íntegros» que se parten como pan.

 

«Dadles vosotros de comer». Y seguiremos vivos. Y seguiremos siendo hombres. Y nuestro tiempo seguirá hambriento de esperanza. Corpus Domini. Corpus Hominis. Para que nadie sea invisible.


Un pan partido que alcanza para todos

 

El día declina.

Pero Él permanece.

Toma el pan.

Lo bendice.

Lo parte.

Lo da.

Todo está ahí.

No es un rito.

Es una urgencia.

 

La multitud tiene hambre

y no sabe adónde ir.

Dios se deja comer.

Amar.

 

En el vacío

en la desesperación.

Masticado por los últimos.

 

En el cuerpo que muere,

la memoria resiste.

Como la madre,

que salva a su hijo

con un trozo de pan,

en un infierno donde el cuerpo es desprecio,

la humanidad había desaparecido

y Dios parecía ausente.

 

Como en Sarajevo,

tomada por el hambre,

donde se comía

más polvo que pan.

 

Como en Gaza,

que hoy muere

con el estómago vacío

y el seno lleno de lágrimas.

 

Como en todos los campos de refugiados,

en todas las cárceles,

en todas las periferias de lo humano,

donde se niega el pan

y el hambre no es solo carencia,

sino humillación.

 

Y allí,

entre las ruinas y los cuerpos en el suelo,

una voz no se rinde:

«Dadles vosotros de comer».

Nada más.

No mañana.

No quien puede.

Tú. Ahora.

Con lo que puedas.

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF





Ave Verum Corpus KV 618 - Wolfgang Amadeus Mozart -.

Ave Verum Corpus KV 618 - Wolfgang Amadeus Mozart -  


La gran música clásica es un arca de la que nunca se dejarían de extraer perlas valiosas desde el punto de vista cultural y espiritual. Escuchar un motete, es decir, una composición más o menos breve para varias voces e instrumentos, puede representar para los creyentes un momento de oración en el que la palabra de la Biblia o de la Liturgia resalta con especial claridad gracias a los sonidos y las pausas, a los «piano» y los «forte» de la voz, a los colores de las notas que amplían o resaltan el valor de la Palabra. 

Para los que no creen, esa misma música puede representar un momento de recogimiento íntimo y de pausa en medio del frenesí de la vida. 

Para ambos, escuchar un tipo de música diferente, como la clásica, a la que estamos cada vez menos acostumbrados por diversas razones, puede constituir sin duda la ocasión de una intensa experiencia de retorno a uno mismo, durante la cual las cuerdas del alma comienzan a vibrar con las del que canta. 

Es el milagro de la música, y en particular de un cierto tipo de música que tiene la capacidad de susurrar al corazón emociones que no pueden entenderse con un lenguaje ordinario, de liberar energía positiva en la negatividad que nos rodea, de despertar la nostalgia de la belleza y de ese Alguien que en el momento de la creación decidió regalar al hombre la capacidad de extraer infinitas y hermosas melodías del estrecho espacio armónico de solo siete notas. 

Desde ese día, el hombre no ha dejado de dar voz al anhelo que lo habita, de reunirse con esa belleza que, oculta en los pliegues de lo cotidiano, no espera más que poder brillar en el corazón del individuo y de toda la humanidad. 

Como aprendiz y amante de la música clásica, te voy a proponer una pieza muy especialmente para la Eucaristía: es el Ave Verum de Wolfgang Amadeus Mozart. 

Vamos a comenzar, si te parece, con una primera audición: https://www.youtube.com/watch?v=NK8-Zg-8JYM

Sin entrar en detalles sobre el genio de Salzburgo (cualquiera que navegue por Internet encontrará noticias útiles para componer la trama de su breve pero grandiosa vida), solo diré algunas palabras sobre la pieza en cuestión que, por supuesto, no sustituyen el ejercicio de tu audición. 

En primer lugar, presento el texto en latín, tomado de la liturgia, y la traducción: 

Ave, Verum Corpus, natum de Maria Virgine

Vere passum, immolatum in cruce pro homine,

Cujus latus perforatum unda fluxit aqua et sanguine,

Esto nobis praegustatum in mortis examine.

 

Ave, oh Verdadero Cuerpo, nacido de la Virgen María,

que verdaderamente padeciste y fuiste inmolado en la cruz por el hombre,

de cuya costado abierto brotaron agua y sangre:

haz que podamos gustarte en la suprema prueba de la muerte. 

El texto, que se remonta a una antigua poesía religiosa del siglo XIV, se centra en la presencia real del cuerpo de Cristo en la Eucaristía. 

Se utiliza dos veces la expresión «verdaderamente» («verum corpus», «vere passum») para expresar la presencia real del «verdadero cuerpo» de Cristo en ese pequeño trozo de pan que el cristiano se alimenta por mandato del mismo Cristo durante su última cena («Tomad y comed todos... Haced esto en memoria mía»). 

Cristo, nacido del vientre de la Virgen María, inmolado en la cruz por el hombre («pro homine»). La referencia a la sangre y al agua que brotaron del costado de Cristo remite al Evangelio de Juan: «Uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua» (Jn 19, 34). La gran tradición patrística ha visto en la sangre y en el agua, respectivamente, la Santa Cena y la Eucaristía (cf. San Agustín de Hipona, Comentario al Evangelio de San Juan, Homilía 120, 2). 

La música de Mozart, que incluye un coro de cuatro voces, orquesta y órgano, se concentra y recoge en torno a las pocas palabras de la oración. La conmovedora belleza de las notas amplía y sostiene las verdades de fe contenidas en el texto. ¿Cómo reconocer «verdaderamente» en un pedazo de pan el «verdadero» cuerpo de Cristo sin un estremecimiento de emoción? 

Todo esto expresa la música en una devota recogimiento, en un silencio sordo. Es como si todo se detuviera para dejar espacio al fe que se arrodilla ante la verdad de un trozo de pan («todo está en el todo y en la parte», diría Santo Tomás de Aquino) que pretende contener, en su terrenal materialidad y cotidianidad (¿qué alimento más común que el pan?), al Dios que los cielos no pueden contener. 

Las notas se vuelven un poco más sombrías en las palabras «cuius latus perforatum...». A lo largo de unos versos, la música cambia de tonalidad y pasa a cantar con resignada tristeza el costado herido de Cristo. Pero es solo un momento. De hecho, en las palabras «esto nobis» vuelve el tono inicial, Re mayor, restableciendo así el clima de devoción y adoración inicial. 

Una última sugerencia: el canto, después de alcanzar su máxima altura y expansión en las palabras «cruce» y, aún más, en «mortis», como queriendo concentrar la atención en la dolorosa historia de Cristo que ahora se esconde en el pan blanco de la Eucaristía (la teología llamaba sacrificio con sangre el que se realizaba en la Cruz y sin sangre el que se realizaba en el altar), vuelve a hacerse pequeño y tenue en la última palabra, «examine». 

«Haz que podamos saborearte en la prueba suprema de la muerte». ¿Es solo una casualidad que Mozart se dedicara a este texto cuando faltaban pocos meses para su muerte y lograra expresar lo inexpresable en solo 46 compases? 

Para decirlo con las palabras del poeta alemán Heinrich Heine: cuando las palabras se acaban, comienza la música...   

Y es que Mozart, además de la capacidad de concebir ideas luminosas, tenía la capacidad aún mayor de saber cómo hacerlas resonar en el espacio con una luminosidad ininterrumpida, casi como un anhelo de belleza y perfección absolutas.   

Una extraordinaria mezcla de emoción y melancolía íntima - en voz baja es la única indicación dinámica de este Ave Verum - acentúa esa referencia directa al Cuerpo del Señor, para luego convertirse en un discurso más agitado con palabras de creciente intensidad: «passum», «immolatum» e «in crucem». Tanto la línea melódica como el camino armónico sellan una atmósfera fuertemente expresiva. La segunda parte nos da la imagen del costado traspasado que el coro está llamado a cantar con un conmovedor y recogido sentimiento de dolor.   

Pero lo que más emociona de este canto eucarístico tan noble, acompañado por el órgano y un cuarteto de cuerdas, es el comienzo, cuando los instrumentos suben poco a poco hasta la nota la, con la que comienza el canto, y el movimiento arrullador que lo impregna -ahora acercándose a las líneas vocales, y luego alejándose de ella-, consiguen crear una atmósfera de íntima e irrepetible calidez espiritual y de intensa devoción en quien canta, en quien toca y en quien escucha.

La música de Mozart es especialmente difícil de interpretar. Es admirablemente clara y exige una limpieza absoluta, el más mínimo error destaca como el negro sobre blanco - así escribía Camille Saint-Saens -. Esencial, simple, natural, requiere una ejecución igualmente lineal y sin artificios - decía Gabriel Fauré -. Cuanto mayor sea la sencillez con la que se ejecute, armonizando la forma de la composición con el sonido, mejor se saboreará. 

La clave del Ave verum de Mozart, de esta obra maestra absoluta de concisión musical, es su sencillez. Sobre todo, hay que adaptarse a la sinceridad emocional que impregna esta maravillosa página musical. Una música que expresa la profundidad de los sentimientos más verdaderos, cuya escritura es tan cristalina como el cristal. El más mínimo error puede mancharla.   

Una página clara y transparente como una fuente de agua que brota. En su desarmante pureza y sencillez se esconde su enorme expresividad. Solo unos pocos compases que condensan la profundidad del fervor y la perfección de la belleza clásica en tan poco espacio.   

Y, para finalizar, nada mejor que volver escuchar esta breve página musical en toda su belleza y profundidad: https://www.youtube.com/watch?v=NK8-Zg-8JYM


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Panis Angelicus - César Franck -.

Panis Angelicus - César Franck - 

«Te cantaré un cántico nuevo, oh Dios; te tocaré con un arpa de diez cuerdas...» Salmo 144,9. 

En honor a la Fiesta del Corpus Christi, el Papa Urbano IV pidió a Tomás de Aquino que escribiera himnos en alabanza a la Sagrada Eucaristía. El Doctor Angélico compuso varios, entre ellos el famoso Sacris Solemniis. 

Siglos más tarde, el compositor belga César Franck tomó las palabras de este himno y compuso originariamente una melodía extraordinaria para ellas para voz, arpa, violoncelo, y órgano. Solamente después la introdujo en su Misa a tres voces op. 12 datada en 1872. Tomada de la última sección del texto tomista (en concreto las dos últimas estrofas de las siete estrofas que componen el Sacris Solemniis), el Panis Angelicus de César Franck -que es el Ofertorio de la mencionada Misa a tres voces op. 12- se ha convertido en una de las piezas de música religiosa más interpretadas. 

Su Panis Angelicus destaca por su belleza espiritual y por su capacidad de encarnar la universalidad del sentimiento religioso a través del arte en general y de la música en particular. La sencillez melódica, unida a la profundidad armónica, crea una atmósfera de suspensión mística, tocando las fibras universales de la fe y la espiritualidad. La melodía, dulce y solemne, refleja ciertamente el romanticismo de la época, al tiempo que mantiene una linealidad que trasciende las fronteras temporales. 

Te propongo un primer ejercicio de audición. He escogido esta versión porque me ha parecido simplemente bella en su sencillez escueta y sin alardes: https://www.youtube.com/watch?v=kKUU7zJpP5M 

En esta melodía hay un gran contraste, incluso ambivalencia, en cuanto a la emoción que se quiere evocar. Por un lado, la canción tiene un carácter muy solemne. Es como si se estuviera llorando la muerte de un ser querido. Por otro lado, hay una sensación de confianza y convicción. La música infunde al oyente esperanza y un sentimiento de triunfo final. Esta esperanza se hace explícita especialmente cuando el coro entra haciendo eco al vocalista principal en la segunda mitad del himno. 

Pero ¿por qué este contraste? ¿Es esta pieza musical un canto fúnebre o un himno, una elegía o una exaltación? La respuesta es: ambas cosas. Como himno eucarístico, su música incorpora la rica teología del sacrificio de la Misa. Aquí vemos la gran paradoja de la cruz. En la humillación de Jesucristo se encuentra su gloria; con su muerte ignominiosa surge una nueva vida para nosotros; de su aparente derrota se deriva una victoria segura. 

Esto es lo que hace que este himno sea tan fascinante y cautivador. Captura la paradoja del Calvario. César Franck es capaz de entrelazar y fusionar a la perfección el «Siervo Sufriente» de Isaías (Is 53) con el relato joánico del Gólgota (Jn 19). 

La rica profundidad de la música se adapta muy bien a un texto tan bello. A continuación, por si no se conoce, se presenta el texto original en latín con su traducción al castellano:


1.- Panis angelicus fit panis hominum; dat panis coelicus figuris terminum: O res mirabilis! manducat Dominum pauper, servus, et humilis.

 

Te trina deitas unaque poscimus: sic nos tu visita, sicut te colimus; per tuas semitas duc nos quo tendimus, ad lucem quam inhabitas. Amen.

 

2.- Y el pan de los ángeles llega a ser el pan del hombre desterrado sobre la Tierra. Este pan celestial pone término a las figuras de la antigua ley. Oh maravilla. Vemos al débil, al pobre y al esclavo alimentarse del Señor. 

Dios único Trinidad divina, te adoramos: dígnate visitarnos. Condúcenos por tus santas vías al objeto donde se dirigen nuestros deseos, a esa eterna luz que habita en los cielos. Amén

La primera estrofa se centra en la Eucaristía, por lo que suele cantarse durante la celebración de este sacramento, bien en el Ofertorio, bien en la Comunión. Se alude a la doctrina de la Presencia Real tanto implícita como explícitamente: cuando se dirige la contemplación al pan mismo como objeto de adoración y veneración; o cuando se alude a Manducat Dominum (literalmente, «masticar al Señor»; Tomás de Aquino utiliza manducare, «masticar», que es un término mucho más gráfico que el común edere, «comer»). 

La segunda estrofa cambia su enfoque de Cristo y la Eucaristía aquí en la tierra a la Trinidad y la morada en el cielo. Este orden, con la Encarnación como bisagra hacia el cielo, es muy rico en la tradición cristiana y especialmente prominente en el Evangelio de Juan. Porque Jesús dijo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie viene al Padre sino por mí» (Jn 14, 6); y de nuevo: «Yo soy la puerta» (Jn 10, 9). 

En la Eucaristía, Jesús es el Pan que ha bajado del cielo (Jn 6, 41), es decir, el cumplimiento tipológico del maná (cf. Ex 16), así como la escalera de Jacob (cf. Gn 28) por la que suben y bajan los ángeles: «En verdad os digo que veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre» (Jn 1, 51). 

A través de la carne humana Jesús, y solo a través de este Hijo de Dios encarnado, entramos en la bienaventuranza eterna del Reino. Esta entrada, además, se concreta en la Eucaristía, donde nos unimos a Aquel que está sentado en la derecha del Padre. En resumen, la comida eucarística en la tierra es un anticipo del banquete bienaventurado del cielo. 

La disposición de este canto es la razón por la que, en mi opinión, destaca por encima de todos los demás himnos. Durante la primera mitad del himno, la música suele ser interpretada por un solista. Aquí, hay una gran melancolía en la estrofa, que se centra más en las imágenes solemnes de la muerte de Cristo. Sin embargo, en la segunda parte, un coro se suele unir al solista con un eco triunfal de las palabras. Además de emplear un contraste temático entre el dolor y la alegría, hay otras dos razones por las que esto es conmovedor, una espacial y otra temporal. 

En primer lugar, la Eucaristía es más de lo que se ve a simple vista. Si pudiéramos ver con los ojos del alma y no con los de la carne, Jesucristo es Aquel que está sentado a la derecha del Padre en majestad, acompañado por María, su Madre, y rodeado por patriarcas, profetas, evangelistas, mártires, confesores, vírgenes y toda una hueste celestial. La verdad de esta realidad es una cuestión de fe y quizá solo se pueda alcanzar en un nivel espiritual profundo tras mucho silencio, oración y reflexión. 

La Eucaristía, en este sentido, es similar a la naturaleza humana del Hijo de Dios en los Evangelios. Él parecía un simple hombre y, sin embargo, en el Monte Tabor, Pedro, Santiago y Juan quedaron sobrecogidos por su luminosidad cuando se presentó en gloria con Moisés y Elías, mientras el Padre, por medio del Espíritu, hablaba de su grandeza (cf. Mt 17; Mc 9; Lc 9). De manera similar, la primera parte del canto es como la humanidad de Jesús o la hostia consagrada, que permanece sola ocultando la gloria de Jesús. Sin embargo, la atención paciente a estos misterios —así como al himno— revela una realidad más profunda, la de la comunión, la armonía y la felicidad eterna. 

El segundo punto por considerar se basa en la anamnesis experimentada en la liturgia. Tanto Pedro como Pablo dan testimonio de la singularidad temporal del sacrificio de Jesús:

 

1.- «Cristo también padeció por los pecados una vez por todas» (1 Pe 3, 18);

 

2.- «La muerte que murió, la murió al pecado, una vez por todas» (Rom 6, 10). 

La muerte de Jesucristo es un acontecimiento histórico que ocurrió una vez por todas. Y, sin embargo, aunque ha pasado ya en el tiempo, está siempre presente en el misterio de la Eucaristía, donde esta «ofrenda pura» que tuvo lugar en el tiempo se renueva y se celebra ahora «en todo lugar» (cf. Mal 1, 11). 

De la misma manera, la primera parte de este canto se asemeja al acontecimiento único e histórico de la muerte de Jesús. Sin embargo, al igual que las voces de la segunda parte se hacen eco con alegría festiva de las de la primera, el sacrificio de Jesús resuena en el tiempo de la historia y del mundo cada vez que se celebra la Liturgia de la Eucaristía. Por eso, podemos declarar con el salmista: 

«Cantad al Señor un cántico nuevo; cantad al Señor, toda la tierra. Cantad al Señor, bendecid su nombre; anunciad de día en día su salvación» (Sal 96, 1-2). 

Si te parece, puedes volver a escuchar esta música que es toda una confesión de fe en el misterio de la Eucaristía: https://www.youtube.com/watch?v=kKUU7zJpP5M 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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