Wolfgang Amadeus Mozart - la más absoluta de las bellezas… la voz de Dios -
Comienzo esta reflexión con una escena de la famosa película Amadeus de Milos Forman: https://www.youtube.com/watch?v=HQvresNPdYM.
Todos, ya sea de forma profunda, superficial, distraída o inconsciente, hemos escuchado al menos una vez en nuestra vida la música de Wolfgang Amadeus Mozart.
Muchos conocerán algunos fragmentos célebres de sus obras más famosas. En definitiva, Mozart, guste o no, está en nuestro ADN musical. Si es así, se debe a la belleza cristalina y la universalidad de su música, a la lírica, al color, a las armonías, al gusto melódico, a la perfección de las formas, que representan uno de los momentos más elevados de la historia de la música.
Sin embargo, no todo el mundo tiene tiempo, curiosidad o ganas de conocer su música con mayor atención, prefiriendo permanecer encerrados en sus cómodos y seguros recintos.
Y es una verdadera lástima, porque acercarse a la escucha de Mozart puede deparar agradables sorpresas, sobre todo para aquellos que consideran que la «música clásica» es relajante. Sinceramente, siempre he pensado que esto es un lugar común, por no decir una auténtica tontería.
La música clásica es infinitamente variada en su capacidad de generar una multitud de emociones diferentes. Puede ser tranquilizadora, tan bien como estimulante o desgarradora; no puede ser definida por un solo adjetivo; es más, a menudo los adjetivos no bastan o incluso no sirven, situación esta última muy frecuente al escuchar a Mozart.
Un ejemplo de ello es este concierto, que representa uno de los momentos emocionalmente más variados del corpus de las obras del compositor de Salzburgo.
Perteneciente a la plena madurez artística del compositor, fue compuesto en 1791 a partir de un boceto esbozado cuatro años antes y terminado apenas dos meses antes de su muerte.
Al igual que otras obras que incluían un instrumento solista, esta composición nació con un destinatario concreto, a saber, el clarinetista Anton Stadler (1753-1812), con quien Mozart estaba unido tanto por una profunda amistad como por su pertenencia común a la masonería.
Dividida en tres partes - Allegro, Adagio, Rondó Allegro -, la obra se abre con la ejecución por parte de la orquesta de un tema ágil y delicadísimo, que se desarrolla hasta convertirse en un auténtico seno que acoge la parte solista del clarinete, el cual, retomando el módulo temático de apertura, se envuelve en torno a la orquesta, aligerada para la ocasión por los oboes. La fluidez melódica y el equilibrio de la orquestación confieren a esta composición, desde sus primeros compases, una nitidez y un pulido especiales.
Esta relación entre la orquesta y el clarinete solista es un excelente ejemplo de perfección: un diálogo que no podría ser diferente, entre alegres contrapuntos, virtuosismos extremos y una expresividad siempre intensa y vital, brillante como el nácar, en un crescendo emocional continuo. Un equilibrio perfecto.
Por decirlo con las palabras de Antonio Salieri en la mencionada famosa película Amadeus de Milos Forman: cambias una nota y empeora sensiblemente; cambias una frase y la estructura se desploma (https://www.youtube.com/watch?v=N_lheg0YmxQ).
El elegante tema de apertura del Allegro presenta un desarrollo sinuoso que se elabora de inmediato mediante un refinado trabajo contrapuntístico: dicho tema se desplaza de los graves a los agudos, dotando al Concierto de ese carácter ondulante que lo caracteriza.
La medida en que este desarrollo sinuoso subraya las peculiaridades del clarinete nos la revelan los temas expuestos por el solista, todos ellos basados en el encanto tímbrico que el instrumento crea al desplazarse de los graves a los agudos y viceversa, además de en la capacidad magnética de mantener fijo un solo sonido.
Pronto nos damos cuenta de que la función del contrapunto no es la de hacer más complejo el tejido sonoro, sino la de subrayar la suave flexibilidad del conjunto: lo vemos en el breve desarrollo central, donde se combinan el primer y el segundo tema, y donde Mozart no pierde ocasión de elaborar en profundidad algunos fragmentos temáticos.
Es posible que no nos demos cuenta de este segundo proceso al escucharlo, pero acabamos siguiendo el recorrido trazado por el autor, captando sus conexiones a nivel inconsciente.
Por esta razón, el material, aunque nunca lo hayamos escuchado, nos resulta ya familiar, como si perteneciera al universo sonoro anterior. La transición modulante que conduce a la reanudación de la sección inicial tiene un fuerte poder de sugestión: el compositor es un maestro a la hora de armonizar fragmentos temáticos y la necesidad de guiar las partes hacia la reaparición del material inicial.
En este artificio de la espontaneidad reside la perfección formal del último Mozart: todo se mueve como si no pudiera ser de otra manera, sin fisuras ni forzamientos en el desarrollo del tejido sonoro.
En el Adagio se percibe un contraste con la luz purísima del primer movimiento. Un tema dulce, que evoca la penumbra del amanecer, es introducido delicadamente por el clarinete, para encontrar posteriormente el apoyo y la lírica de las cuerdas. Intenso, poético, sublime, un encanto para el alma.
Este segundo movimiento se abre con un tema principal, expuesto por el clarinete y repetido por la orquesta, tan intenso y ensoñador que parece dirigirse hacia nosotros como si comprendiera, con el deseo de consolarnos, las inquietudes y las dificultades de la vida, transportándonos a un universo transparente y sereno.
La aspiración mozartiana a la serenidad y la luz va más allá de lo religioso, descubre y transmite una sacralidad de la que es difícil no dejarse envolver. La pieza sublima, hasta convertirla en pura esencia, libre de toda contingencia mundana, una plástica melodía cristalina sobre la que flota una esperanzada confianza, junto con la voluntad de destilar el sonido en un lirismo concentrado.
En la parte central, el clarinete se eleva por encima de las intervenciones orquestales, dando lugar a un juego de plenitudes y vacíos que parece imitar la respiración, recordándonos cuán orgánica y vital es la naturaleza de la música.
Al escuchar el Rondó Allegro final, en cambio, se respira una pura ligereza en el tema esbozado por el solista. Este se ve respaldado en su desarrollo por la desbordante vitalidad de las cuerdas, que también en esta ocasión se unen con naturalidad al desarrollo del clarinete, que regala escalofríos, destellos de luz, etéreas pinceladas de color. Una música infinitamente bella, un soplo vital que se te mete bajo la piel para entrar en pleno contacto con el alma.
Un tema hasta coqueto y juguetón abre este movimiento, en cuyas secciones a Mozart le gusta desarrollar, más que fragmentos, auténticas joyas temáticas reconocibles. Este material recorre las inmensas extensiones de la melancolía, oscilando entre el modo mayor y el menor, cambiando de aspecto gracias a un cromatismo que moldea cada motivo secundario haciéndolo acariciante y convincente.
Entre juegos de ecos, imitaciones truncadas en favor de suaves descensos, intervalos inusuales y amplios del solista, nos encaminamos hacia el último episodio que anticipa la repetición y el cierre.
No se me ocurre nada más que decir al recordar este concierto. Quizá solo me apetezca subrayar una especie de desconcierto al pensar que, apenas dos meses después de su composición, Mozart moriría, acabando en una fosa común, tal y como preveían los funerales de tercera clase para la gente de su rango.
De modo que hoy ni siquiera es posible acudir a su tumba para darle las gracias. Pero se puede hacer regalándose esta música que, desde hace muchos años, suena tan nítida y viva como siempre, permaneciendo la mejor celebración posible de su paso por esta tierra.
Con este Concierto, Mozart vuelve a la riqueza temática que caracterizaba las creaciones de su juventud, al placer de hacer que cada momento instrumental hable como si fuera una escena, como si tuviera personajes a su disposición. Y lo hace pocos meses antes de su muerte.
El resultado es una composición de increíble frescura y vitalidad, a pesar de que, para Mozart, aquel no era precisamente uno de sus mejores momentos existenciales. Sombras de una extraña melancolía, casi como si fuera la interiorización de una amenaza, caracterizaron sus últimos meses.
Pero la historia ha borrado los tristes efectos de esos momentos, dejándonos, entre las muchas maravillas mozartianas, este espléndido Concierto para Clarinete en La mayor K 622.
Te dejo esta audición para que disfrutes de una música ciertamente divina ¿o la voz de Dios porque es la más absoluta belleza? https://www.youtube.com/watch?v=wmazkpZUJ44.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF







