viernes, 9 de octubre de 2026

¡Desahuciados en vida!

¡Desahuciados en vida!

Hace unos meses publicaba en mi blog esta reflexión: “¡A la calle! Desahucios y desalojos… la fuerza y el castigo del sistema contra la vulnerabilidad” (https://kristaualternatiba.blogspot.com/2026/01/a-la-calle-desahucios-y-desalojos-la.html).

 

Maricarmen Abascal tenía ochenta y siete años y había nacido, casi literalmente, dentro de su casa. Vivió allí durante setenta años, pagando el alquiler y las facturas, y tejiendo en aquellas habitaciones la delicada trama de su vida. El 23 de septiembre, tras ser desahuciada, salió en camilla, entre agentes antidisturbios y los cientos de personas que habían intentado impedir el desalojo; falleció pocos días después. La empresa que había adquirido la vivienda le había propuesto un nuevo alquiler: de unos quinientos a mil seiscientos euros.

 

¿Una propuesta justa? ¿Una proposición decente? ¿Una oferta aceptable?

 

Su caso llenó la Puerta del Sol de tiendas de campaña y de gente, y obligó al Gobierno a promulgar dos decretos contra los desahucios de personas vulnerables y los abusos en los alquileres temporales. Es una «cuestión de humanidad» - declaró el propio Presidente -, trasladando el asunto del ámbito de la política al de los valores.

 

Pero la cuestión es política y de gobierno.

 

El caso de Maricarmen Abascal pone de manifiesto que la crisis de la vivienda no solo afecta a quienes buscan hoy su primera vivienda - a los estudiantes, a los jóvenes en situación precaria o a las familias recién formadas o a… -. También afecta a quienes han vivido en el mismo barrio, en el mismo rellano, en la misma habitación durante toda una vida.

 

Al drama de quienes no logran acceder a las ciudades se suma el de quienes no pueden permanecer en ellas.

 

No se trata de una emergencia, y mucho menos de una nueva emergencia; nos encontramos ante un giro radical y estructural de la forma de vivir: las viviendas - y, por tanto, las ciudades - han cambiado de función.

 

Y se han convertido en alojamientos turísticos, segundas residencias que se mantienen como reserva de valor, apartamentos para estancias temporales, residencias de estudiantes gestionadas como productos financieros, residencias de lujo, inmuebles adquiridos para su reventa o para obtener rentabilidad.

 

Siguen siendo viviendas en la forma, en los registros catastrales y en las estadísticas, pero no permiten habitar un lugar de forma estable. Una parte del patrimonio inmobiliario se pone al servicio de las economías más rentables: el turismo, las finanzas, los negocios y la movilidad transitoria.



A estas alturas ya hemos aprendido que una vivienda puede generar más ingresos si se sustrae del largo plazo del alquiler y se pone en circulación en el corto plazo del alojamiento.

 

Y ya no se trata solo de propietarios individuales que aprenden a monetizar su vivienda, sino de operadores financieros que reconocen en la vivienda un sector capaz de generar ingresos continuos y escalables.

 

La ciudad se ha convertido, también, en una cartera de funciones intercambiables, una máquina para fabricar estancias a corto plazo.

 

Y quizá aquí radica una de las mayores ambigüedades: hoy en día ya no sabemos distinguir con claridad entre una vivienda que cumple su función de hogar y una vivienda que es, de hecho, una empresa económica. Y allí donde se concentran los alquileres de corta duración, tienden a aumentar también los precios de los alquileres de larga duración.

 

Casas que ya no son casas, ciudades que ya no son ciudades, vidas que ya no son vidas.

 

La escasez ya no es un obstáculo que haya que corregir: se convierte en la propia condición de la revalorización. Cuanto más difícil es encontrar una vivienda, más vale esa vivienda para quien la posee, la gestiona o la rentabiliza.

 

Nos hemos creado una máquina tan eficaz como miope, porque trata a los habitantes como una presencia sustituible, cuando son ellos, con sus competencias humanas y profesionales, la condición de existencia de la ciudad.

 

Y digo miope porque cuando las ciudades apuestan por las economías lucrativas de lo transitorio… se siguen sosteniendo sobre las economías menos espectaculares de la permanencia, es decir, sobre quienes vuelven a casa por la noche, conocen el barrio, utilizan los colegios, cogen el autobús cada mañana, llevan a un hijo al pediatra, cuidan de un progenitor, van al mercado, trabajan en un hospital, organizan una fiesta o protestan cuando se cierra un parque.

 

Cuando esta infraestructura se debilita, todo lo demás se vuelve más frágil. Aumentan las distancias entre el hogar y el trabajo, los desplazamientos diarios y el cansancio cotidiano. Los servicios pierden trabajadores. Los comercios de barrio dan paso a establecimientos más adaptados al consumo rápido. El centro histórico se vuelve más eficiente para quienes llegan y menos habitable para quienes se quedan. Aumentan los ingresos por metro cuadrado, pero disminuye la vida urbana.

 

Este es el riesgo que nos cuesta nombrar con nombre propio. No un riesgo repentino, con andamios y contrafuertes, o con escombros y sirenas, sino un empobrecimiento lento de la capacidad de las ciudades para reproducirse a sí mismas.

 

Y, mientras tanto, Maricarmen Abascal es una de las tantas víctimas. De las que salen en los medios de comunicación, o de las que duermen en el ángulo oscuro del salón del olvido o de la no publicidad. ¡Desahuciados en vida!


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Traje de fiesta - San Mateo 22, 1-14 -.

Traje de fiesta - San Mateo 22, 1-14 -

Dios desea que todos los hombres puedan disfrutar de la vida, la verdadera, en abundancia. Toda la historia de la salvación está impregnada de este deseo: Dios busca a alguien con quien compartir lo que ha preparado, lanza invitaciones, espera respuestas. Es una historia de vocaciones, en la que cada uno está llamado a ocupar su lugar y a hacer espacio para los demás.

 

Por eso Jesús describe el Reino de los Cielos a través de un banquete de bodas: una mesa bien surtida, una alegría que compartir, asientos que esperan ser ocupados.

 

Los primeros destinatarios de tal convocatoria eran precisamente los miembros del pueblo elegido, llamados a ser para los demás un signo de esta pasión y de este proyecto de Dios. Pero no siempre lograron comprender lo que estaba en juego: la mayoría no le prestó atención, prefiriendo el ensimismamiento cotidiano a compartir el deseo de Dios.

 

Y como Dios nunca se resigna al rumbo que toman los acontecimientos, ahí está de nuevo lanzando la propuesta, haciendo don de su oferta de comunión, de la que el banquete de bodas era símbolo.

 

Id a los cruces de caminos. Los cruces de caminos representan los momentos decisivos de la existencia, allí donde aún no está todo decidido y todavía es posible discernir y decidir.

 

Los cruces de caminos representan los momentos en los que elegimos qué perfil adoptar. ¿No será así para el Hijo de Dios el momento decisivo de la cruz cuando elija no huir?

 

El nacimiento es un punto de inflexión, la maduración es un punto de inflexión, la elección de un estado de vida es un punto de inflexión, la aventura de un afecto, de un amor, es un punto de inflexión; el sufrimiento es un punto de inflexión, la muerte es un punto de inflexión.

 

Esos son los momentos en los que percibimos con mayor intensidad las punzadas del hambre o de la sed y la invitación a alimentarnos de lo que Dios nos ofrece.

 

Y luego está el detalle del atuendo. «El hábito no hace al monje», solemos decir a veces, cuando queremos afirmar que la vida va mucho más allá de una etiqueta, de una formalidad, y que las apariencias suelen ser engañosas.


Según el Evangelio, en cambio, el atuendo marca la diferencia. El atuendo que llevas puesto expresa la conciencia que tienes de ti mismo. Depende de nosotros elegir qué atuendo ponernos ante las exigencias de la vida.

 

Porque el atuendo es el signo exterior de lo que elijo.

 

Ponerse o no el atuendo de la fe significa decidir qué vida quiero hacer mía.

 

Ponerse el atuendo adecuado para las bodas significa manifestar el propio ser al mundo según el canon del cuidado, la gratuidad, el desinterés, la cercanía y la alegría.

 

Para nosotros, la ropa nunca es solo un medio para cubrirse. Siempre remite a algo más: expresa la importancia que tiene para mi vida el evento en el que elijo participar.

 

También la vestimenta puede decir cuánto nos importa una cita. En el Evangelio, esta atención se convierte en una pregunta mucho más profunda: ¿qué está cambiando en mí por el hecho de haber aceptado la invitación de Dios? ¿Qué forma toma mi vida, ahora que me siento a su mesa?

 

El traje de boda tiene que ver con la forma en que trato a quienes viven a mi lado, sobre todo cuando no cumplen mis expectativas. Tiene que ver con las palabras que utilizo con quienes están bajo mi responsabilidad, el espacio que concedo a quienes no pueden corresponderme.

 

En la prueba, puedo dejar que el resentimiento determine cada uno de mis gestos, o bien intentar, aunque me cueste, no descargar sobre los demás el mal que he recibido. Es ahí donde el traje de la fe cobra consistencia.

 

La vida es, en su totalidad, un vestido que hay que ponerse. ¿Lo que pienso, lo que elijo, lo que digo es señal de que quiero revestirme de Jesús en toda circunstancia, o es la mía una fe de tiempo libre?


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 7 de octubre de 2026

¿De quién soy yo? - San Mateo 22, 15-21 -.

¿De quién soy yo? - San Mateo 22, 15-21 -

«¿De quién son esta imagen y esta inscripción?» 

La pregunta queda suspendida en un entrecruzamiento de miradas, permanece en espera, por un instante, sobre la palma abierta de una mano, sobre el círculo perfecto de una moneda, sobre la imagen de un emperador, sobre la inscripción. De César.

 

La respuesta no puede hacerse esperar, porque es lo más explícito del relato, lo más elemental: esa moneda remite sin vacilaciones a su dueño. La moneda es sincera, se expresa a sí misma con una fidelidad casi conmovedora. Dentro del perímetro de esa moneda, el mundo es claro, despiadado tal vez, injusto quizá, pero claro.

 

Y creo que Jesús utiliza la moneda solo por eso, por esa inmediatez entre lo que representa y el perfil del hombre al que remite. Solo por eso. Por lo que esta no es una página que justifique la separación entre los intereses temporales y los espirituales, ninguna reflexión sobre el mundo económico, sobre el uso del dinero, ninguna distinción entre César y Dios… esta no es una página que hable de monedas, sino, una vez más, de la Verdad.

 

Y lo hace partiendo de una moneda, porque, nos guste o no, la moneda es lo único que es explícitamente verdadero en este pasaje evangélico. La moneda es clara, remite sin duda al César. El verdadero problema es la hipocresía y la falsedad de todo lo demás.

 

Mucho más complejo resulta desvelar «de quién son» las palabras que los discípulos tejen con vergonzosa complicidad ante los ojos de Jesús. ¿De quién son esas palabras que hablan de verdad y franqueza? ¿De quién son esas palabras que dicen reconocer a un maestro y amar su libertad?

 

No son de quien las pronuncia. Ahí radica el drama. Porque quienes les dan voz son discípulos de los fariseos que permanecen en la sombra, que no se exponen, que no se arriesgan en la relación.

 

Es verdadero todo aquello que se expone, desnudo y crucificado, y que tiene el valor de llevar las heridas del rechazo. Solo es verdadera una palabra que se encarna.



Me imagino a esos jóvenes discípulos convencidos de ser portavoces de sabidurías astutas que, con las manos abiertas, deben reconocer que esa moneda es más verdadera que sus maestros. Me imagino a esos jóvenes discípulos mirando esa moneda y comprendiendo, con dolor, que han sido utilizados por las personas a las que admiraban. Me imagino la vergüenza de esos discípulos y la humillación al contemplar esa moneda que demostraba tener una coherencia aterradora.

 

Y también César - esto les costaba admitirlo - era más sincero que los líderes religiosos a quienes tanto admiraban. Cuántas veces las palabras aparentemente devotas de ciertos círculos eclesiásticos ocultan intereses hipócritas… mejor César, que se juega el pellejo.

 

Esta no es una página sobre la separación de poderes, sino sobre la verdad y el esfuerzo que supone soportar su peso.

 

Las palabras que utilizan los discípulos de los fariseos son espléndidas, perfectas, exactas. Pero no son ciertas. Esbozan un perfil de Jesús que ninguno de sus discípulos habría sabido escribir con tanta precisión: «Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas el camino según la verdad. Tú no temes a nadie, porque no haces distinciones…»

 

Una línea de pensamiento perfecta, dogmáticamente irreprochable, pero falsa. Porque quien pronuncia esas palabras, o mejor dicho, quien ha puesto esas palabras en boca de esos jóvenes, ni siquiera intenta vivir lo que proclama.

 

No es una cuestión de coherencia, sino de fe. La fe es admitir que no soy lo que digo, que el Evangelio que proclamo es mucho más que yo mismo, pero poder jurar ante cualquiera que creo hasta lo más profundo de mi ser en lo que digo.

 

Y de no haber utilizado nunca deliberadamente el encanto del Evangelio para intereses personales. Esto es lo que podemos llamar verdad.

 

En el Evangelio de hoy, mucho más sincera que los fariseos y sus discípulos es esa moneda que remite sin vacilaciones a César, porque la verdad es un vínculo, es una pertenencia; la verdad no es un contenido, sino un rostro.

 

Una trayectoria que deja claro de quiénes somos hijos. Jesús es la Verdad no solo porque dice cosas verdaderas, sino, sobre todo, porque su vida en el mundo fue una referencia constante al Padre. Porque creía en lo que decía. Porque vivió y murió en nombre de esas palabras.



«¿De quién soy?», soy del Padre que acuñó el mundo a su imagen y semejanza; soy del Padre porque todo lo que veo me habla de Él, todo lleva su imagen y su inscripción, sobre todo el hombre, tan complejo y fascinante.

 

Dejad que la moneda remita a César y hable de un mundo que se puede vender y comprar, pero no olvidéis nunca que también César es de Dios. Y que esa moneda está fundida con metales que, en su origen, hablaban del Creador.

 

No olvidéis nunca cuestionar la vida y dejar que ella hable. El rostro de Dios surgirá allí donde la pertenencia se disuelve en gestos de cuidado. Donde el «¿de quién soy?» se convierte en la búsqueda de ser amado por alguien, se convierte en una oración que expresa nuestra sed de amor.

 

«¿De quién soy yo?», ¿de quién llevo la inscripción, de quién soy imagen?


«¿De quién soy yo?» lloro cuando no me siento amado por nadie.


«¿De quién soy?» 


¿De quién son las personas que mueren solas? ¿De quién son aquellas lágrimas, estos ataúdes sin nombre? ¿De quién son aquellas puestas de sol que te dejan sin aliento? ¿De quién son los sueños y las derrotas? ¿De quién son las risas y de quién son las lágrimas? ¿De quién son las palabras? ¿De quién son estas vidas que se esconden, aman, mueren, esperan? ¿De quién son y en dónde están las personas fallecidas que tanto echo de menos?


Ésta No es una página sobre la separación de poderes, sino, al contrario, sobre la unificación de lo real. Sobre la necesidad que tenemos de pertenecer a alguien y cuando no tenemos a nadie en quien confiar.

 

¿De quién soy yo? Pero también… ¿quién soy yo para las personas que confían en mí?¿Siento que soy realmente pobre? ¿Que no tengo nada propio, pero que puedo intentar, cada día, vivir hasta el fondo esta pobreza tan dura que, como un vacío, nos remite al Único que nos espera?

 

No tenemos nada porque, si comprendemos que somos suyos… ya somos Todo.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Ciudadano del Reino y con los pies en la tierra- San Mateo 22, 15-21 -.

Ciudadano del Reino y con los pies en la tierra- San Mateo 22, 15-21 -


En los últimos días antes de ser capturado y sufrir la muerte en la cruz, Jesús se enfrentó en Jerusalén a quienes serían sus acusadores durante el juicio. Algunas de estas controversias quedan recogidas en el Evangelio según San Mateo: la controversia con los fariseos y los herodianos sobre el tributo a César (cf. Mt 22,15-22), la controversia con los saduceos sobre la resurrección de los muertos (cf. Mt 22,23-33), las controversias con los fariseos sobre el mandamiento más importante y sobre el señorío del Mesías respecto a David (cf. Mt 22,34-46), y, por último, un ataque concreto de Jesús contra estos adversarios suyos, que se extiende a lo largo de todo un capítulo (cf. Mt 23). 

Este relato de la primera controversia se refiere al pago del tributo a César. No hay que olvidar, sin embargo, que Jesús ya se había enfrentado anteriormente a un problema similar. En el capítulo 17 (vv. 24-27) se narra que, en Cafarnaúm, los recaudadores del impuesto del Templo se acercan a Pedro y le preguntan: «¿Vuestro maestro no paga el impuesto?». Pedro responde: «¡Sí!», porque Jesús no eludía los preceptos de la Torá que ordenaban este tributo (cf. Éx 30,11-16).

 

Luego, al entrar en casa, Jesús pregunta a Pedro: «¿Qué te parece, Simón? ¿De quién recaudan los reyes de la tierra los impuestos y los tributos?». Y Pedro responde: «A los súbditos, no a los familiares». Entonces Jesús replica: «Por lo tanto, los hijos están exentos. Pero, para no escandalizarlos, ve al mar, echa el anzuelo y saca el primer pez que salga; ábrele la boca y encontrarás allí una moneda de plata. Tómala y entrégasela en nombre mío y en el tuyo».

 

Es un texto importante, porque nos revela, en primer lugar, que Jesús, al ser el Hijo, y al ser los discípulos sus hermanos - y, por tanto, también hijos de Dios -, no deben pagar tributos a intermediarios entre Dios y ellos; además, da testimonio de que Jesús nunca quiere escandalizar ni poner obstáculos, por lo que hace lo que no es malo y lo que se puede hacer pensando en el bien del otro.

 

Este relato nos da testimonio, en cualquier caso, de la obediencia de Jesús a la Ley: Él no es un rebelde, no es un detractor de la Ley, y solo cuando esta es pervertida por los seres humanos - desautorizando así la intención del Legislador, el Señor, y convirtiendo a la humanidad en esclava de los preceptos -, entonces puede ser invalidada y no obedecida. En definitiva, también aquí son válidas las palabras de Jesús: «El sábado fue hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado» (Mc 2,27).

 

Jesús paga los impuestos, tal y como Pedro les había dicho a aquellos recaudadores. Pero aquí los fariseos y los herodianos quieren tenderle una trampa a Jesús, conspirando contra Él.

 

Por otra parte, los partidarios de Herodes, el rey de Judea puesto en el poder por los romanos - y, por tanto, colaboracionistas con el Imperio -, exigían que los judíos pagaran impuestos a César, a diferencia de los fariseos, que tenían una postura variada al respecto dentro de su propio grupo.

 

Algunos eran intransigentes y, aunque no participaran en la lucha armada de los zelotes, pensaban que, al menos, no se debían pagar tributos a la autoridad ocupante e idólatra. Otros, en cambio, aceptaban el sistema tributario impuesto como un mal menor. En este caso, aunque partían de posiciones antitéticas, los líderes de los fariseos y los herodianos llegan a un acuerdo contra Jesús y envían a unos fariseos anónimos a interrogarlo.

 

Estos elogian a Jesús: reconocen su capacidad para decir la verdad en cualquier situación, la coherencia entre lo que dice y lo que hace, que no tiene una mirada partidista ni temerosa, y que habla sin tener en cuenta la posición de nadie.

 

Pero he aquí que, tras esta captatio benevolentiae, llega el intento de tenderle una trampa: «Maestro, ¿es lícito o no pagar el tributo al César?». Si Jesús respondiera negativamente, demostraría ser un opositor al emperador, un enemigo de Roma; si, por el contrario, respondiera afirmativamente, podría ser considerado uno de los colaboracionistas del imperio, odiado por la gente sencilla.

 

Pero Jesús, en lugar de responder directamente, desconcierta a sus interlocutores: primero pone al descubierto su malicia e hipocresía, preguntándoles por qué quieren tentarlo; luego les pide que le muestren una moneda y les pregunta por la efigie grabada en ella y por la inscripción. Estos responden, obviamente, que la imagen y la inscripción son de César, y entonces Jesús pronuncia la famosa frase: «Dad  pues a César lo que es de César y a Dios lo que es de Dios».

 

Una frase lapidaria, que ha atravesado los siglos y a la que se recurre a menudo cuando surgen tensiones entre lo que se le debe a Dios y las obligaciones hacia los poderes de este mundo.

 

En verdad, esta palabra de Jesús debe entenderse, ante todo, en profundidad y leerse en primer lugar en la situación concreta del propio Jesús, sin aplicarla de manera literal a la actualidad. ¿Cómo no recordar, en cambio, el abuso que los cristianos hemos hecho de este dicho?

 

Es a partir de esta palabra de Jesús que se elaboró en Occidente la «teoría de las dos espadas», según la cual la Iglesia, que ostenta el poder de Dios, aunque respete a César, ejerce una jurisdicción superior sobre los poderes de este mundo, que deben someterse a ella: se trata de la teocracia medieval, según la cual la Iglesia ostenta el poder absoluto y el rey, un poder subordinado.

 

En cuanto a Oriente, cabe recordar la postura simétrica y contraria, el llamado cesaropapismo, que considera al emperador, el basileús, como obispo de los obispos y jefe supremo de la Iglesia en la tierra.


Ahora bien, la frase de Jesús no alude en absoluto a estas ni a otras posiciones similares, y cuando en la época moderna la separación entre Iglesia y Estado se ha hecho efectiva en la sociedad, ya sea por imposición del Estado o por negociación (los concordatos), en realidad el problema no se ha resuelto: el poder mundano a veces quiere confinar a la Iglesia al ámbito de lo privado; otras veces, la Iglesia quiere difundir la religión civil que conviene al Estado, recibiendo a cambio de este protección y favores.

 

La famosa frase de Jesús debe, por tanto, reinterpretarse siempre a partir de algunas anotaciones muy sencillas.

 

Al decir: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios», Jesús se mantiene alejado tanto de una politización de Dios como de una sacralización del poder político. César no es ni Dios ni divino, como indicaba, en cambio, la inscripción de la moneda: «Tiberio César, hijo del divino Augusto, Augusto»; al mismo tiempo, Dios no puede ocupar el lugar de César a través de la institución religiosa. Nos encontraríamos ante dos formas de idolatría que desmienten el auténtico señorío de Dios, ofendiéndolo o pervirtiéndolo.

 

César no puede reclamar para sí la adoración, no puede pretender legislar en contra de las convicciones del cristiano, quien en este caso tiene el deber de obedecer a Dios antes que al poder político (cf. Hch 5,29), sino que tiene una tarea bien definida: ordenar la sociedad, para que pueda vivir según la lógica de la libertad y del bien común.

 

Podríamos decir que los deberes para con Dios se anuncian a todos, en todas partes y en todo momento, pero lo que se le debe a César - los impuestos y tributos - debe pagarse sin falta.

 

Todo cristiano, al igual que todo hijo de Israel, está en alianza con el Señor y lleva en su mano la inscripción: «Yo pertenezco al Señor» (cf. Is 44,5), y, sin embargo, vive en la polis, reconociendo la autoridad política y obedeciéndole en lo que no contradice la voluntad y el señorío de Dios.

 

La moneda lleva grabada la efigie de César, pero el hombre lleva grabada la imagen de Dios (cf. Gn 1,27), por lo que debe «devolverse» íntegramente a Dios y obedecerle; a César, en cambio, debe devolverle lo que le pertenece, ¡no su propio corazón!

 

Sin duda, con esta palabra Jesús no pretendía resolver nuestras disputas y nuestras luchas políticas, porque eso es responsabilidad nuestra, que nace de un discernimiento que debemos llevar a cabo por nosotros mismos, tal y como él mismo advirtió: «¿Por qué no juzgáis, por qué no discernís por vosotros mismos lo que es justo?» (Lc 12,57).

 

Jesús no fue ni quiso ser un Mesías político; y si confesó ser Rey, añadió inmediatamente que no lo era como los reyes de este mundo (cf. Jn 18,36). No fue, pues, un César contra César, sino que respetó y pidió que se respetara la autoridad establecida y se honraran sus derechos, en cuanto autoridad humana necesaria, siempre sometida a la complejidad de la realidad social y política de una época concreta.

 

Por eso San Pablo pedirá a los cristianos que se sometan a las autoridades civiles (cf. Rom 13,1-7; Tit 3,1), y lo mismo hará San Pedro: «Comportaos como hombres libres, […] como siervos de Dios. Honrad a todos, amad a vuestros hermanos, temed a Dios, respetad al emperador» (1 P 2,16-17). Estas directrices apostólicas - no hay que olvidarlo - se dan en una época de persecución de los cristianos por parte del Imperio romano…

 

El cristiano debe, por tanto, ser un ciudadano leal y capaz de cumplir con su deber para con el Estado, pero será siervo de Dios, nunca siervo de los hombres ni de los poderes humanos; y, sobre todo, se sentirá llamado a una ciudadanía en el Reino de Dios, en los cielos (cf. Fil 3,20).

 

El cristiano será fiel a la tierra, sin exenciones ni evasiones de la historia, sin invocar espiritualizaciones o huidas «angelicales», sino que actuará en el mundo según la voluntad del Señor, buscando el bien común, la libertad, la justicia, la reconciliación y la paz.

 

Devolver a Dios lo que es de Dios significa devolverle una humanidad que no solo lleva su imagen indeleble, sino que se ha hecho semejante a Él: ¡este devolverle la humanidad semejante a él es el camino de la humanización!

 

Con esta controversia se acerca para Jesús el drama de la pasión, ya inminente, y el proceso político, en el que Jesús será acusado de «incitar al pueblo y de impedir que se paguen los tributos a César» (cf. Lc 23,2). A estas alturas, los enemigos de Jesús, que no logran derribarlo con una trampa, están decididos a acusarlo falsamente, con el fin de eliminarlo para siempre.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¿Quién es mi Señor? - San Mateo 22, 15-21 -

¿Quién es mi Señor? - San Mateo 22, 15-21 -

El pasaje evangélico del «impuesto a César», es la primera de tres discusiones en las que Jesús es arrastrado por sus adversarios, que intentan tenderle una trampa. Si bien la primera (Mt 22,15-21) es de carácter político, la segunda y la tercera son de carácter religioso y versan sobre la fe en la resurrección (Mt 22,23-33) y sobre cuál es el mandamiento más importante (Mt 22,34-40).

La atención, así como la de las interpretaciones que se le han dado a lo largo de los siglos, se ha centrado normalmente en las palabras de Jesús sobre dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios; pero, la primera parte y la mayor parte del texto están ocupadas por comentarios que ponen de relieve las intenciones perversas de los adversarios de Jesús y sus maquinaciones.

 

En primer lugar, se habla de una «reunión» por parte de los fariseos. Se reúnen para trazar un plan de acción con el objetivo preciso de atrapar a Jesús con una palabra. Quieren engañarlo induciéndolo a pronunciar palabras sobre cuya base pueda ser acusado. Para hacer caer a Jesús en la trampa con sus propias palabras se necesitan palabras que actúen como trampas.

 

Así, ese instrumento tan vital y propiamente humano que es la palabra, que es el camino que tenemos para crear espacios alternativos a la violencia, se distorsiona hasta convertirse en su contrario y se transforma en instrumento de violencia.

 

Los adversarios de Jesús eligen la mentira. La suya es una decisión lúcida, una manipulación intencionada, estudiada y perseguida: «Se reunieron para deliberar sobre cómo tenderle una trampa con una palabra» (Mt 22,15). La expresión «reunirse para deliberar» define una reunión que es conspiración.

 

La falsedad se manifiesta después cuando los fariseos envían a algunos discípulos junto con los herodianos para tenderle una trampa a Jesús. ¿Cómo? Con una captatio benevolentiae. Con palabras de adulación, palabras que dicen lo contrario de lo que los que hablan sienten y piensan. Con palabras que sonríen, mientras el corazón expresa odio.

 

Pero Jesús intuye la maldad que se esconde tras esas palabras corteses y, de inmediato, con una seguridad que puede sorprender, denuncia la hipocresía de quienes dicen una cosa mientras piensan otra, y de quienes formulan una pregunta no por deseo de saber, sino con la intención de pillar en falta y poder acusar.

 

A esto se le llama manipulación y abuso. Por lo tanto, pronuncian palabras que, según sus intenciones, deberían hacer que Jesús se mostrara benévolo hacia ellos e inducirlo a aceptar como inocente la pregunta que le plantean.

 

Lo llaman «Maestro», pero incluso esto es falso, porque para ellos Jesús no es un Maestro; de ´Él no quieren aprender. Así pues, proclaman su veracidad, hacen una especie de confesión de fe en que Él enseña según la verdad el camino de Dios: por dos veces, en pocas palabras, aparecen los términos verdad, veraz, y la veracidad es precisamente lo que les falta. Pero, precisamente, el énfasis en la verdad delata al mentiroso, al igual que el énfasis en el valor delata al cobarde.

 

Los interlocutores de Jesús proclaman luego su libertad, su independencia de juicio, su no tener en cuenta a nadie. Dicen cosas ciertas sobre Jesús: a menudo se miente diciendo cosas ciertas, o al menos, cosas que se ajustan a la realidad.

 

Y también la pregunta que plantean es legítima. Pero la intención es igualmente clara: si Jesús responde diciendo que hay que negarse a pagar el impuesto a los ocupantes romanos, puede ser acusado ante el gobernador; si, por el contrario, responde que hay que pagarlo, se hace impopular ante el pueblo.

 

El texto evangélico, al presentar el procedimiento engañoso y manipulador de los adversarios de Jesús, nos pone frente al riesgo de la hipocresía y nos advierte de él. Esta tiene muchas facetas: casi a diario nos topamos con medias verdades, con pequeñas mentiras, con cosas dichas solo en parte, con comunicaciones muy detalladas sobre asuntos secundarios y reticentes sobre otros más importantes.

 

La disimulación, la simulación, ocultar cuidadosamente algunas cosas que se pretende hacer y mencionar solo otras más aceptables, decir lo que el otro cree que quiere oír y no decirle lo que resultaría más comprometedor, no son más que formas de esta penosa rutina de la mentira.


Pero he aquí que el texto dice que Jesús «conoce» su «maldad», esa disposición negativa que se opone a la justicia y a la bondad, y que se manifiesta al negar la verdad y la sinceridad. Jesús es un hombre de fe, pero no da crédito a cada palabra y sabe que incluso los discursos repletos de afirmaciones que, tomadas aisladamente, son ciertas, en realidad resultan ser mentiras.

 

Y así, Jesús arremete contra su hipocresía, contra su simulación, contra el hecho de que se pongan una máscara, contra que no se tomen en serio la vida, las relaciones y, en definitiva, ni siquiera a sí mismos. El mentiroso, aquel que dice intencionadamente lo contrario de lo que piensa, es una apariencia de hombre, alguien que renuncia a su propia dignidad, alguien que no se respeta a sí mismo.

 

Jesús denuncia esta imperdonable ligereza que es cobardía: el hipócrita se esconde tras una máscara y así puede burlarse de los demás. Y Jesús plantea la pregunta que a menudo pone en crisis nuestras maquinaciones: «¿Por qué?». «¿Por qué me tentáis?», pregunta Jesús. ¿Por qué todo esto?

 

Y tal vez nos baste con dejar que esta pregunta resuene en lo más profundo de nuestro ser para encontrar una rendija por la que escapar de las trampas en las que la mentira nos aprisiona. Si bien la mentira nos hace sentir dueños de la realidad y de los demás, a menudo llega a esclavizarnos y nos pone a su merced. En las garras de la mentira se puede llegar a perder el control de las propias acciones y caer en la confusión.

 

Una pregunta que suena sencilla y incisiva puede, en cambio, abrirnos el camino hacia el redescubrimiento de la luz. Jesús parece querer hacer esto con sus adversarios. Y cuando estos le muestran la moneda de plata, es decir, la moneda que llevaba la efigie de Tiberio Augusto con la inscripción “Tiberio César, Augusto, hijo del divino Augusto, Pontífice Máximo”, no muestra ninguna reticencia a manipular la moneda, no demoniza el dinero y afirma la licitud de pagar el tributo, pero añade - y aquí radica la originalidad de Jesús - que hay que dar a Dios lo que es de Dios.

 

He aquí la libertad de Jesús, su creatividad, su inteligencia, su capacidad para inventar esta respuesta que no responde a ninguna pregunta que se le hubiera formulado. La respuesta de Jesús, por un lado, evita la politización de la imagen de Dios y, por otro, se opone a la sacralización del poder político.

 

De hecho, Jesús se distancia de los zelotes, que consideraban a Dios como el único «César» legítimo, y critica la sacralización del poder político desmitificando a César. En ambos casos nos enfrentamos a tentaciones idólatras.

 

En el primer caso, la tentación es dar a Dios lo que corresponde al César, a la entidad estatal, cayendo en posturas religiosas totalitarias y no dialógicas, que no respetan la «laicidad» del Estado y del poder político; en el segundo, la tentación es dar al César lo que corresponde a Dios, en el marco de una absolutización del poder político.

 

Si el tema de la imagen remite naturalmente al hombre creado por Dios y capax Dei, el tema de la inscripción se encuentra en un pasaje de Isaías en el que se designa la pertenencia del hombre a Dios. Los convertidos a la fe en el Dios de Israel llevarán en la mano la inscripción «Del Señor» y dirán: «Yo pertenezco al Señor» (Is 44,5). Las palabras de Jesús nos impulsan así también a plantearnos la pregunta: ¿a quién pertenezco? ¿Quién es mi Señor?

 

He aquí, pues, que los adversarios de Jesús, al oír su respuesta, se quedaron asombrados y se marcharon (Mt 22,22). Pero tras el asombro, que es un momento espontáneo e incipiente, se requiere una elección, una reflexión, para que el asombro se convierta en conversión y en descubrimiento de la verdad. Y esta es también la tarea del lector.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La lógica de Jesús - San Mateo 22, 15-21 -.

La lógica de Jesús - San Mateo 22, 15-21 -

La trampa es espectacular. 

Y también es espectacular la cobardía del alma humana.

 

Los herodianos y los fariseos acuden a Jesús para ponerlo en apuros.

 

Los herodianos y los fariseos, el diablo y el agua bendita, los que colaboran con los romanos y los que los odian, los que les sirven y los que se oponen a ellos. Pero tienen un enemigo en común, así que se atreven. Jesús es el tercero en discordia y hay que hacer que desaparezca.

 

Lógicas humanas retorcidas: los enemigos se convierten en aliados cuando descubren un nuevo enemigo.

 

¿Hay que pagar el impuesto a los romanos?

 

Los herodianos piensan que sí, los fariseos piensan que no; solo hay que pagar el impuesto al Templo.

 

¿Qué dirá el carpintero convertido en rabino?

 

Entre los suyos ha elegido a un recaudador, Mateo, y a un zelote, feroces opositores al dominio romano: se ha arruinado con sus propias manos, desde su punto de vista. O, tal vez, el punto de vista del Nazareno es que nadie puede ser encasillado ni definido por lo que hace o por las ideas que profesa…

 

¿O tal vez Jesús propone otra forma de vivir distinta a la de la oposición feroz y violenta, de la búsqueda continua, de la polémica infinita.

 

¿Dirá que se pague el tributo, descontentando así al alma secesionista y convirtiéndose en un colaborador?

 

¿Dirá que no se pague, uniéndose así a la interminable horda de rebeldes populistas?

 

Menudo lío…


La malicia y el engaño solo se combaten con astucia y sagacidad.

 

Así, para desmitificar la imagen del católico devoto y simplón, al que todos engañan.

 

El Señor pide una moneda a quienes se niegan a pagar el tributo, a esos fariseos que ni siquiera tocan la moneda con la efigie del emperador para no pecar de idolatría. Y ellos la sacan de sus bolsillos para mostrársela. Idiotas.

 

Intransigentes en teoría, complacientes en la práctica. Como hacemos nosotros también.

 

Siempre firmes en los principios que hay que imponer a los demás y moderadamente laxos a la hora de vivirlos nosotros mismos.

 

La frase de Jesús es misteriosa, de difícil comprensión.

 

Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

 

En griego, la lengua de los Evangelios, existe un matiz esencial.

 

Devolved.

 

Pequeña diferencia, gran cambio.

 

Devolved: nada es vuestro. No poseéis nada, no tenéis derecho a nada, no reclaméis nada a nadie.

 

Ya aquí podríamos detenernos.

 

Porque sigo encontrando gente enfadada, irritada, polémica, que cree estar en deuda con la vida. Que descarga sobre los demás la culpa de su infelicidad. Que invoca y busca un culpable al que achacar la responsabilidad de sus supuestos fracasos.

 

Y cada vez encuentro a más.

 

Adolescentes que nunca han madurado, malhumorados y polémicos, agresivos y obtusos.

 

La culpa es de los romanos. Y de los impuestos. Y de los movimientos religiosos que no apoyan a Herodes. Y del Mesías que no viene. Y no nos gusta quien dice ser el Mesías…


Dad al César lo que es del César.

 

El César es el poder político, administrativo y económico. Que hoy en día casi ha adquirido una forma simbólica. Las multinacionales, los poderes oscuros, el deep state. Alguien que vive para estafarnos, para dominarnos, para controlar nuestras vidas y orientar nuestras necesidades.

 

Es cierto. En parte. Porque el poder se lo hemos dado nosotros. Votándoles, delegando, comprando sus productos. «Dad al César lo que es del César» significa arremangarse: en la escuela, en las asociaciones, en el barrio, en la política. Haciendo nuevas todas las cosas, razonando con una lógica elevada y diferente.

 

Si vosotros no lleváis el estilo del Evangelio a vuestra oficina, nadie lo hará. Y la rectitud, y la honestidad, y la competencia, y la verdad.

 

Quedarse a la puerta y juzgar sin hacer nada va en contra de la lógica de Dios.


Devolvedle todo a Dios.

 

Porque todo lo que somos, todo lo que vivimos y esperamos, todo lo que nos hace auténticos y libres, todo proviene de Él. Incluso con Dios, demasiadas veces pensamos que estamos en deuda con Él, que nos debe explicaciones, que debe dar cuenta de todas las cosas que no entendemos, de todo lo que, en el mundo, no funciona.

 

Jesús, en cambio, nos propone entrar en su lógica, que es otra, que es fuerte, que va más allá.

 

Venimos de Dios y a Él vamos. Y nuestro corazón no encuentra paz hasta que descansa en Él.

 

Cultivar la propia vida interior, cuidar de la propia alma significa devolver a Dios lo que somos, florecer en Él, crecer hasta el encuentro.

 

Vivamos hoy la invitación de San Pablo: ¿Qué es lo que tienes que no hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿por qué te jactas como si no lo hubieras recibido? (1 Cor 4,6).

 

Devolvamos a los hermanos parte del amor que hemos recibido de Dios.

 

Elijamos amar, sabiendo que somos amados.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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