¡Es el esposo! - San Mateo 25, 1-13 -
I
Ninguno de los
protagonistas de la parábola es ejemplar: ni el novio, que se retrasa en
exceso; ni el que cierra la puerta con llave; ni siquiera las cinco doncellas
prudentes, pero duras.
Y, sin embargo, qué
hermosa es la imagen inicial: diez pequeñas luces en la noche, un ambiente
festivo, gente que se pone en camino, sale a la oscuridad y va al encuentro.
El Reino de Dios es
como un encuentro, es como esperar un poco de amor de la vida, un poco de
belleza y un abrazo en lo más profundo de la noche.
Sugerencia de una
escena nocturna: diez lámparas encendidas, una constelación en marcha, un trozo
de cielo volcado sobre la tierra.
Diez corazones como
luciérnagas en la oscuridad del alto cielo, que desafían la noche, desafían el
retraso del sueño, armados solo con una pequeña luz. «Y todas se quedaron dormidas...».
Y he aquí el giro
inesperado de la historia: una voz a medianoche, capaz de despertarnos a la
vida: ¡ahí está el novio! El consuelo de saber que cada noche, en
cada momento de abandono y cansancio, una voz vendrá a despertarnos de nuestra
vida adormilada.
Todos la hemos
oído: ha sido un amigo, podría deciros el nombre; o un libro, puedo deciros el
título; quizá un salmo lleno de patetismo, de estrellas, de gritos; un «bienaventurados
vosotros», de pie, en camino, vosotros los mansos, puros, limpios,
pobres, buenos, reavivad el corazón. Quizá una caricia, pero verdadera...
Segundo giro
inesperado: a cinco muchachas se les acabó el aceite. El Evangelio no
explica qué es ese aceite misterioso. La poesía puede ayudarnos: la fe
es lo que arde, la vida es llama, una
llama de múltiples almas.
Las jóvenes tenían
el aceite en casa, pero no lo llevaron consigo: un recurso desperdiciado,
energía sin aprovechar… Así ocurre cuando no ofrecemos energías elevadas a
nuestra vida: estamos hechos para encontrarnos, para una fiesta, un esposo, un
amor, una plenitud, una belleza. Así que aprovecha al máximo los recursos que
tienes, rellena tus vasijas, sean pequeñas o grandes…
A los jóvenes, a
los vírgenes de la vida, a todos, la parábola sugiere: prepárate bien,
prepárate para cosas grandes: para convertirte en padre, madre, amigo, esposo,
luz en los pasos de alguien, pequeño buen samaritano.
Llena con
inteligencia los pequeños vasos de tu existencia, vive con atención tu capital
de relaciones, para saber ver lo bello cuando llegue y abrazarlo.
Lo que te espera es
grande: mucha vida, mucha gente, mucha belleza y creatividad, ojos como
estrellas, echar una mano a Dios que sigue creando.
No dejes que se
apague la llama de las cosas.
Aquel que tarda en
llegar vendrá, voz que despierta, puerta que se abre, vasija llena hasta el
borde, el esplendor de un abrazo en lo más profundo de la noche...
Y tú no temas, al
final será Él, el Esposo, quien atraviese la noche.
II
Ninguno de los
protagonistas de la parábola sale bien parado: el novio, con su exagerado
retraso, pone en apuros a todas las jóvenes; las cinco insensatas no pensaron
en llevar un poco de aceite de reserva; las prudentes se niegan a ayudar a sus
compañeras; el dueño cierra la puerta de su casa, algo que no se solía hacer,
porque todo el pueblo participaba en la boda, entrando y saliendo de la casa en
medio de la fiesta.
Y, sin embargo,
este relato es hermoso; me gusta la afirmación de que el Reino de Dios es
semejante a diez doncellas que desafían la noche, armadas únicamente con un
poco de luz. Con casi nada. Para salir al encuentro de alguien.
El Reino de los
Cielos, el mundo tal y como Dios lo sueña, se parece a quien sale al encuentro,
se parece a diez pequeñas luces en la noche, a gente valiente que se pone en
camino y se atreve a desafiar la oscuridad y el retraso del sueño; y que lleva
la espera en el corazón, porque espera a alguien, a «un esposo», un poco de
amor de la vida, el esplendor de un abrazo en lo más profundo de la noche.
Creen en ello.
Pero aquí empiezan
los problemas. Todas se quedaron dormidas, tanto las necias como las prudentes.
Porque el cansancio de vivir, el cansancio de atravesar las noches, nos ha
llevado a todos a momentos de abandono, a la somnolencia, quizá a rendirnos.
La parábola,
entonces, nos consuela: siempre vendrá una voz a despertarnos, Dios es quien
despierta las vidas. No importa si te duermes, si estás cansado, si la espera
es larga y la fe parece marchitarse. Llegará una voz, llegará en lo más
profundo de la noche, justo cuando te parezca que ya no puedes más, y entonces no
temas, porque será Él quien cruce el abismo.
El punto de
inflexión del relato no es la vigilia fallida (todas se quedan dormidas, todas
igual de cansadas), sino que se acaba el aceite de las lámparas.
Al final, la
parábola se resume en esta disyuntiva: una vida apagada, una vida encendida.
Sin embargo, el
giro inesperado, lo insólito del relato, es esa voz en la oscuridad de la
medianoche, capaz de despertar a la vida.
Yo no soy la fuerza
de mi voluntad, no soy mi capacidad para resistir el sueño; tengo tanta fuerza
como la que tiene esa Voz que, aunque tarde, sin duda vendrá a despertar la
vida de entre todos los desánimos, a consolarme diciéndome que no está cansada
de mí, a dibujar un mundo lleno de encuentros y de luces. Yo solo necesito un
pequeño frasco de aceite.
El Evangelio no
dice en qué consiste ese aceite misterioso. Quizá sea esa inquietud, ese valor
que me lleva hacia fuera, al encuentro de los demás, aunque sea de noche. Las
ganas de recorrer distancias, romper soledades, inventar comuniones.
Y de creer en la
fiesta: porque, desde el momento en que me da la vida, Dios me invita a las
bodas con él.
El Reino es un
aceite de fiesta: creer que, al fondo de cada noche, te espera un abrazo.
III
Una parábola
difícil, que termina con un desenlace duro - «no os conozco» -, llena
de incongruencias que parecen querer empañar el ambiente festivo de esa boda.
Y, sin embargo,
este relato es hermoso; me gusta pensar que el Reino se parece a diez jóvenes
que desafían la noche, armadas solo con un poco de luz. De casi nada.
Que el Reino se
parece a diez pequeñas luces en la noche, a gente valiente que se pone en camino
y se atreve a desafiar la oscuridad y el retraso del sueño; y que lleva la
espera en el corazón, porque espera a alguien, a un novio, un poco de amor de
la vida, el esplendor de un abrazo en lo más profundo de la noche. Cree en
ello.
Pero aquí empiezan
los problemas. Todos los protagonistas de la parábola quedan mal: el novio, con
su exagerado retraso que pone en crisis a todas las doncellas; las cinco
insensatas que no pensaron en un poco de aceite de reserva; las prudentes que
se niegan a compartir; y aquel que cierra la puerta de la casa en fiesta, algo
que va en contra de la costumbre, porque todo el pueblo participaba en la
celebración de la boda...
Jesús utiliza todas
estas incongruencias para provocar y llamar la atención de la audiencia.
El punto de
inflexión del relato es un grito. Que revela no tanto la falta de vigilancia - el
hecho de que todas se hayan quedado dormidas, prudentes y necias, todas
igualmente cansadas -, sino que las antorchas se están apagando: «Dadnos
un poco de vuestro aceite, porque nuestras lámparas se están apagando...»
La respuesta es dura: «No, no sea que nos falte a nosotras y a
vosotras. Id a comprarlo».
San Mateo no
explica qué significa el aceite. Podemos imaginar que tiene que ver con la luz
y con el fuego: algo así como una pasión ardiente, que nos haga vivir
encendidas y luminosas. Sin embargo, es algo que no se puede ni prestar ni
compartir.
A este respecto,
resulta esclarecedora una expresión de Jesús: «Que brille vuestra luz delante de
los hombres, para que vean vuestras buenas obras» (Mt 5,16). Quizá el
aceite que da luz sean las buenas obras, aquellas que transmiten vida a los
demás.
Porque o llevamos
calor y luz a alguien, o no existimos. «¡Señor, Señor, ábrenos!». Carecen de
aceite quienes solo tienen palabras: «Señor, Señor...» (Mt 7,21), quienes
hablan y no actúan.
Pero el eje en
torno al cual gira la parábola es esa voz en la oscuridad de la medianoche,
capaz de despertar la vida.
Yo no soy la fuerza
de mi voluntad, no soy mi resistencia al sueño; tengo tanta fuerza como la que
tiene esa Voz que, aunque tarde, sin duda vendrá; que despierta la vida de
todos los desánimos, que me consuela diciéndome que no está cansada de mí, que
dibuja un mundo lleno de encuentros y de luces.
A mí me bastará con
tener un corazón que escuche y reavivarlo, como si fuera una lámpara, y salir
al encuentro de quien me traiga un abrazo.
IV
¡Ahí viene el
novio! ¡Salid a su encuentro!
En estas palabras
encuentro la imagen más bella de la existencia humana, representada como un
salir y un ir al encuentro. Salir de espacios cerrados y, en lo más profundo de
la noche, el esplendor de un abrazo.
Dios como un
abrazo. La existencia como una salida al encuentro.
Desde que salimos
del vientre de la madre y nos dirigimos al encuentro de la vida, hasta el día
en que salimos de la vida para encontrarnos con nuestra vida, escondida en
Dios.
El segundo elemento
importante de la parábola es la luz: el Reino de Dios se parece a diez jóvenes
armadas solo con un poco de luz, con casi nada, con el valor suficiente para
dar el primer paso.
El Reino de Dios es
como diez pequeñas luces, aunque a su alrededor reine la noche. Como una
semilla en la tierra, como un puñado de estrellas en el cielo, como una pizca
de levadura en la masa.
Pero surge un
problema: cinco vírgenes son prudentes, han traído aceite, serán guardianas de
la luz; cinco son insensatas, tienen una vasija vacía, una vida vacía, que
pronto se apagará.
Jesús no explica
qué es el aceite de las lámparas. Sin embargo, sabemos que tiene que ver con la
luz y con el fuego: en el fondo, es saber arder por algo o por Alguien. La
disyuntiva fundamental es entre vivir encendidos o vivir apagados.
«Dadnos
un poco de vuestro aceite porque nuestras lámparas se están apagando...»;
la respuesta es contundente: «No, para que no nos falte a nosotros ni a
vosotros». El sentido profundo de estas palabras es un llamamiento a la
responsabilidad: nadie puede amar en mi lugar, ser bueno u honesto en mi lugar,
desear a Dios por mí. Si yo no soy responsable de mí mismo, ¿quién lo será por
mí?
Una parábola
exigente y consoladora. Todas se duermen, las sabias y las necias, y esa es
nuestra historia: todos nos hemos cansado, quizá nos hemos rendido. Pero en el
momento más oscuro, algo - una voz, una palabra, una persona - nos ha
despertado.
Nuestra verdadera
fuerza reside en la certeza de que la voz de Dios vendrá. Está en esa voz, que
no faltará; que vendrá a despertarnos de todos los desánimos; que me levanta
diciéndome que no está cansada de mí; que dibuja un mundo lleno de encuentros y
de luces.
Dios no nos pilla
con las manos en la masa; es una voz la que nos despierta, una y otra vez,
incluso en la oscuridad más densa, por mil caminos. A mí me bastará con tener
un corazón que escuche, reavivarlo como una lámpara y salir al encuentro de un
abrazo.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF