domingo, 26 de abril de 2026

Realidad - no ficción -.

Realidad - no ficción -

Es una imagen…

 

Más que los rostros de esta fotografía de Carol Guzy, una reportera estadounidense ganadora del World Press Photo of the Year de este año 2026, lo que impacta son las manos.

 

Los rostros están desesperados, las manos no. Desesperados y afligidos; más aún: atormentados. La angustia indica el estar separados, divididos. La aflicción la expresan los rostros, no las manos, y sin embargo aquí son precisamente las manos las que dan sentido a ese zarandear.

 

Se trata de un inmigrante detenido por miembros de la temible ICE, la agencia federal de USA que controla las fronteras y la inmigración en ese país. El inmigrante se encontraba en el juzgado, en un pasillo, adonde había acudido para tramitar sus asuntos de inmigración. Lo detuvieron ante la mirada de su esposa y de sus tres hijas, en Nueva York, y se lo llevaron. Las manos agarran la sudadera, la sujetan con firmeza, mientras otras manos intentan separarlas de la prenda y arrastrar al hombre.

 

Si se mira con más atención, se pueden distinguir las manos de los familiares de las de los policías. Si no estuviera el rostro de la mujer en el centro de la foto, no entenderíamos bien lo que está pasando; así, si no estuviera el pie de foto debajo de la imagen, no podríamos descifrar ese rostro afligido, que grita como un retrato de una mujer y madre, María, bajo la cruz de un hijo, Jesús. Una agonía.

 

Pero las manos impactan. Por mucho que siempre hablen a través de sus gestos, las manos son manos mudas. Quizás porque la escena es tan confusa y solo vemos la camiseta agarrada por las hijas, que intentan en vano oponerse a la deportación de su padre.

 

Las manos son la parte de nuestro cuerpo que nos hace humanos, son el resultado de una evolución que ha durado millones y millones de años, un instrumento poderoso para comer, agarrar, trabajar, acariciar e incluso ofender y matar.

 

Las manos, por muy diferentes que sean, bellas o feas, cuidadas o desgastadas, pequeñas o grandes, son siempre muy humanas; en sí mismas no tienen ningún valor moral ni, por el contrario, amoral. Son siempre perfectas. Y, sin embargo, con las manos podemos, nosotros, mujeres y hombres, hacer el bien como el mal, dar las gracias o destruir.

 

Aquí están las manos de las víctimas mezcladas, si se puede decir así, con las de los verdugos.

 

Si se mira bien, se entiende a quién pertenecen: mientras las víctimas se aferran a la camiseta, los perseguidores se la arrancan. Quieren separar al padre y marido de sus hijas y de su esposa, quieren detenerlo.

 

Las manos lo hacen todo, y lo contrario de todo.

 

La otra cosa que llama la atención es el rostro del detenido: no se ve, solo queda una pequeña porción en la parte superior izquierda para quien mira. Está esa sudadera, o camiseta, o lo que sea, con las inscripciones en primer plano, aunque un poco desenfocadas.

 

Una escena agitada que la cámara de Carol Guzy ha captado al vuelo y nos ha devuelto como un fragmento congelado de una realidad caótica: un momento de desesperación, de desánimo, de angustia y de desgracia.

 

Si bien las manos siempre hablan y a veces incluso cuentan historias, no juzgan. No nos dicen que los feroces matones del ICE, con esas mismas manos, acariciarán esa misma noche a sus hijos e hijas, que los abrazarán para tranquilizarles y demostrarles el cariño y el amor que sienten por ellos. Con esas mismas manos harán el amor, abrirán la nevera, fumarán y mucho más.

 

Las manos son neutras, aunque sabemos que no son neutrales.

 

Es una imagen… que vale más que mil palabras porque es la imagen de la realidad. Y la realidad supera a la idea. Y a la ficción.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una política en manos de desquiciados.

Una política en manos de desquiciados

Intento escapar de la opresión de los «desquiciados mentales» que siembran el caos en todo el planeta.

 

Y busco consuelo en algunas reflexiones que me alivian en busca de la buena política.

 

Y algunos me sugieren que la política es el arte de gobernar según la justicia y la verdad, y que el fin último no es el poder, sino la virtud y la búsqueda de la felicidad para todos.

 

Hay quienes precisan que la política debe dar orden y seguridad a la colectividad humana, quienes recuerdan que se trata de tutelar los derechos naturales como la vida, la libertad y la propiedad, y quienes ponen el acento en la voluntad general del pueblo soberano.

 

Y todo ello, creo, ha marcado la historia de nuestras democracias.

 

Me convence y me parece muy actual la definición dada por Hannah Arendt: la política es espacio público y pluralismo, es el encuentro entre ciudadanos libres que permite nuevos derechos, nuevas leyes, incluso revoluciones pacíficas.

 

Es una idea muy actual porque remite a la verdadera democracia que quiere diálogos y debates entre muchas ideas diferentes y a menudo divergentes.

 

Pero choca con la política de los «desquiciados» que gobiernan con la fuerza bruta (¡O lo aceptáis o os destruyo! es el leitmotiv desquiciado de los desquiciados).

 

Prefiero no dar explícitamente nombres. Pero, creo, saltan a la vista quiénes son estos desquiciados.

 

Tal vez, y por citar otro nombre, uno vuelve su mirada a Max Weber, un alemán, un estudioso muy influyente de hace cien años.

 

Con brutal realismo nos dice que no nos perdamos en los ideales y que observemos de cerca la política tal y como es: una dura lucha, a menudo sucia, por conquistar y mantener el poder, y el bien común lo decide quien gana y manda.

 

Para unos son los negocios para sí mismos y los compinches. Para otros es el retorno de los imperios con ellos al mando. Para otros el bien común es la continuación de la guerra que les garantiza la impunidad.

 

Max Weber, a decir verdad, precisaba que el poder debe gestionarse de forma responsable, pero ese detalle no entra en los planes de algunos personajes desquiciados.

 

Para estos desquiciados, hacer política significa destruir al otro. El Estado es la extensión de su ego desmesurado que no admite mediaciones. Por supuesto, tampoco limites.

 

La idea de la política como acción por el bien de todos sobrevive hoy en día en el asociacionismo, en el voluntariado, en las ONG,…, también en las manifestaciones y en las plazas donde algunos se indignan, protestan y se comprometen a cambiar las cosas que van cada vez peor o, como me dice alguien, cuesta abajo y sin frenos.

 

Son esos los que diseñan el futuro, mientras que los demás, y en primer lugar los partidos políticos, se quedan atrás y miran hacia el consenso del presente cortoplacista y miope… porque el futuro no vota.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 25 de abril de 2026

Madre es tu nombre María…

Madre es tu nombre María… 

María es la primera entre los discípulos, ella la primera cristiana, ella, la hija de su pueblo, la sierva de la Palabra, que mantuvo viva la esperanza de Israel. Es ella quien nos enseña a esperar, a hacer de nuestro pequeño mundo, de una insignificante Nazaret, el lugar capaz de acoger a Dios. 

Por eso María, ante el asombro de los ángeles, la adolescente atenta a la Palabra, intenta comprender, pregunta: ¿cómo sucederá esto? 

Gabriel se admira de tanta determinación, trata de explicar, habla del deseo de Dios de ser alcanzado, de ser conocido. Y, por un momento, toda la Creación queda como suspendida, pendiente de esa niña. Sí, dice María. Sí a Dios, a su locura, a su plan. Y si hoy estamos aquí, llenos de esperanza, buscadores de amor, es gracias a ese sí. 

María ha sido un punto de referencia importante en el camino de los cristianos a lo largo de la historia.

Primera en haber acogido la Palabra, que en ella se convirtió en el rostro en Cristo, tuvo que hacerse discípula de su Hijo. Fue la primera en iniciar un camino que la hizo crecer, de Nazaret a Jerusalén, hasta convertirse en el referente de la comunidad primitiva. 

Hoy se nos sigue proponiendo como compañera de viaje y modelo y, en particular, se nos invita a imitar su actitud silenciosa de reflexión y meditación. 

María, ante los acontecimientos del nacimiento de Jesús, la llegada de los pastores y de los Magos, medita sobre todas estas cosas, guardándolas en su corazón. Literalmente, como escribe San Lucas, Ella junta las piezas, hace unidad de los acontecimientos. Cada día está lleno de luces y sombras, de acontecimientos positivos y de grandes dificultades. 

Pero si sabemos, como María, unir las piezas a la luz del gran plan que Dios tiene para cada uno de nosotros, entonces cada día será un tiempo de gracia, y todos los días llenos de la búsqueda silenciosa e intensa de Dios y de la felicidad. 

María vive en Nazaret, una pequeña aldea a las faldas del mundo, de poco más de doscientos habitantes, fuera de los caminos trillados del comercio y de los grandes intereses. Nazaret nunca se menciona en la Biblia, ¡un récord nada envidiable! Pero, según algunos eruditos, Nazaret es el hogar de los nazireos, una parte de los descendientes de David, orgullosos de pertenecer a la estirpe de la que, según las Escrituras, debía proceder el Mesías. 

La historia de la encarnación nos sigue llenando de asombro y poesía: en lo cotidiano. 

Dios pide a una adolescente inmadura que le preste su cuerpo, que se convierta en la puerta del cielo, que se encarne. No a una diosa, no a una noble poderosa, sino a la más pequeña de las aldeanas. Esta es la lógica de Dios, que eleva a los humildes a sus tronos y abate el orgullo de los sabios. 

María habla al príncipe de los ángeles de igual a igual, no tiene miedo, le pide información, no vive en las nubes, sabe lo que significa afrontar el futuro. 

Es la concreción que también nosotros, discípulos del Señor, estamos llamados a tener para hacer presente la presencia de Dios en nuestra vida cotidiana. ¡Que el Señor nos ayude en este camino! 

Madre, María, sigue acompañándonos en este camino para que seamos cada día y siempre lo que Dios ha soñado para cada uno de nosotros. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

María de Nazaret, Madre del Hijo y Madre de la Iglesia.

María de Nazaret, Madre del Hijo y Madre de la Iglesia

La Solemnidad de Nuestra Señora de Montserrat me ayuda a reconsiderar la figura de María de Nazaret en su calidad de «Madre de Dios». 

Los sobrios relatos bíblicos sobre María dejan margen a la interpretación para acomodar esta figura central del cristianismo entre la invocación (actitud más católico-ortodoxa) y la evocación (actitud más protestante). 

Pero no cabe duda de que ya desde los primeros años del siglo II, para todos los cristianos María desempeña un papel decisivo en la vida de Cristo y de sus discípulos. En el siglo II, en efecto, la mención de la «concepción virginal» de Jesús, hijo de María, entra en las confesiones de fe y no vuelve a salir de ellas. 

Hay que señalar, sin embargo, que tanto el Símbolo de los Apóstoles (entre los más antiguos, aunque sin fecha) como el Símbolo de Nicea-Constantinopla asocian la mención de María al nombre de Pilato. En efecto, los protagonistas son tres: el Espíritu Santo, María y Pilato. 

Tres sujetos que expresan tres dimensiones diferentes: dejando de lado la presencia dinámica de Dios (el Espíritu Santo), conviene recordar la tensión/relación entre María y Pilato; el testimonio y la participación activa de María contrastan con la total pasividad e indiferencia de Poncio Pilato. 

La participación de María está en orden no sólo a la encarnación, sino también al «homo factus est», al hacerse hombre de Jesús; la pasividad total y laxa de Pilato, un vulgar administrador romano, está en relación con la muerte. 

Creo que estos dos polos son interesantes para comprender la «maternidad activa», por un lado, y la «crueldad indiferente», por otro. 

Pero hay otro contraste que esta vez nos viene de la narración bíblica: la oposición María-Pilato, dos maneras de vivir y de llegar a ser, se relacionan claramente con otro contraste: la escena tierna, dulce, casi anónima y ordinaria de Lc 2,1-7 revive en Lc 2,8-14: la gloria cantada por «un ejército celestial» y anunciada a los pastores. Y el «signo» sigue siendo el mismo: un niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre. Toda persona lo es cuando es real; y toda mujer y todo hombre lo son cuando no permanecen indiferentes, como María. 

María es quien guarda y construye lo que le caracteriza; 

María es la que fortalece la determinación de crecer; 

María es la que libera las buenas energías; 

María es la que canaliza el buen coraje en la dirección correcta. 

Pilato es aquel que ama por deber; 

Pilato es aquel que espera sin compartir; 

Pilato es aquel que no permite presencias ajenas sin instrumentalizarlas; 

Pilato es aquel que deja su propia felicidad a la suerte. 

No cabe duda, sin embargo, de que María no se queda sólo en un símbolo, sino que es una presencia mansa y humilde que nos acompaña en la historia; esa historia de uno mismo que, sin embargo, permanece en nuestras manos, que no han de lavarse en la prisa, en la distracción, en la rivalidad. 

Y bajo el signo de la 'gloria del niño nacido', la liturgia nos ayuda hoy a cantar, a participar en la historia, sin lavarnos las manos anónima y pasivamente, afrontando las guerras con determinación para alcanzar la 'paz', el 'shalom', que traducimos como 'salvación'. 

Y 'hoy' la salvación ha entrado en la historia y estamos en ella acompañados por María, 'Madre del Hijo' y 'Madre de la Iglesia'.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Tota pulchra es, Maria!... ¡Eres completamente hermosa María!

Tota pulchra es, Maria!... ¡Eres completamente hermosa María! 

Así comenzaba una antigua oración cristiana del siglo IV. 

Los títulos dados a María por la tradición cristiana nunca tuvieron como objetivo celebrarla a ella, sino al Hijo y al misterio de Dios que él nos reveló. Podríamos hablar de la belleza de María, mirando su fe, su humildad y obediencia, pero aún más podemos escucharla, su historia, su evangelio, y contemplar la Belleza que la hizo bella, la Belleza original del don gratuito y libre que Dios ha hecho de sí mismo. 

El ángel Gabriel fue enviado por Dios a una virgen, que se llamaba María”. La belleza te atrae, mientras la buscas descubres que eres tú a quien buscan. Viene en el silencio, en la soledad en la que te reúnes para encontrar el centro de ti mismo y hacer las paces en el campo de batalla que eres. 

Alégrate, llena eres de gracia, el Señor está contigo”. La belleza está ahí para ti, sin ser tuya. Lo ves porque la belleza de algo está en lo que se da. Está cerca, te alegras de ella, pero se esconde, porque quiere ser contemplada, mirada sin ser capturada, poseída, aprisionada.   

María se turbó”. Cuando llega, la belleza nunca nos encuentra preparados. Te atraviesa y te hiere, abre en ti una fisura por la que entra, de puntillas, para ser amada. La belleza crea el espacio para ser acogida, te vacía, y el vacío que crea lo hace suyo, lo habita, lo llena de sí misma. Es un encuentro uno a uno, donde ella pone todo en juego y tú pones todo en juego. Sabes que ese vacío no puede llenarse con nada más. 

¡No tengas miedo! Concebirás un hijo, le darás a luz... y será llamado Hijo de Dios”. La belleza te da confianza, para ser vista con los ojos adecuados, para hablarle a tu corazón y revelar sus tesoros. Te devuelve a la esencialidad, a lo más profundo de tu alma, el espacio sagrado donde puedes acoger la Palabra de vida que todo lo regenera. Te hace pasar de la dimensión estética de los sentidos a la dimensión extática del corazón, contemplas lo que permanece invisible a los ojos. 

¿Cómo sucederá?”. La belleza te obliga a abandonar la tierra de tus certezas, exige un éxodo profundo, te empuja a emprender un nuevo camino. La belleza tiene las alas del aire cuando recién amanece el día, el viento del Espíritu Santo, que viene y va libremente, en su don gratuito. Si lo sigues te vuelves libre. 

Nada es imposible para Dios”. La belleza te habla de un más allá, que no está fuera sino dentro de ti. En este más allá hay un Otro, de quien vienes y hacia quien vas. La belleza es Dios mismo en ti. Es el Logos, el sentido último de todo lo que existe, el sentido que mantiene unidas las multiplicidades, acerca las distancias, recoge los fragmentos dispersos en armonía y unidad. Todo está conectado, nada se pierde en Él. 

Entonces María dijo: hágase en mí según tu palabra”. La belleza no es sólo para ti. Te invita a elevarte, a superarte, a liberarte. Si no vas más allá de ti mismo, no verás la belleza que hay en ti. La belleza es el espacio libre que trae todo para dar el sí. Si las cosas no sucedieran, no habría belleza a nuestro alrededor, no podríamos ver al Hijo en la cruz como el más hermoso de los hijos del hombre, no podríamos vivir de la belleza que creó el mundo y que guárdalo. 

El ángel la dejó”… y viene hacia nosotros. Estamos hechos por la belleza y para la belleza, porque estamos hechos por Otro y para Otro. La belleza es una experiencia de alteridad, de trascendencia, de don. 

Al final nos encontraremos cara a cara frente a la infinita belleza de Dios (cf. 1 Co 13,12) y podremos leer con feliz admiración el misterio del universo, que participará con nosotros de la plenitud sin fin” (Laudato Sii 243).  


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¿Qué medida tiene el amor a Jesús? - San Juan 14, 15-21 -.

¿Qué medida tiene el amor a Jesús? - San Juan 14, 15-21 -

«Creed en Dios y creed también en mí» (Jn 14,1). Jesús pide que los discípulos depositen en Él la misma fe que depositan en Dios: Él es digno de confianza, lo ha demostrado a lo largo de toda su vida, por lo que merece la misma fe que se deposita en Dios.

 

En este Evangelio Jesús pide a los discípulos que lo amen, que le profesen un amor verdadero. Lo que en el Shemá Israel (cf. Dt 6,4-9) se pide al creyente: «Amarás al Señor tu Dios» (Dt 6,5), Jesús tiene la audacia de pedirlo para sí mismo. Pero debemos preguntarnos qué significa amar a Dios, amar a Jesús.

 

No es fácil responder y hay que comprender bien qué amor indica y quiere el Señor hacia Él. Los humanos conocemos el amor sobre todo como deseo, es nuestra experiencia en las historias de amor y en la vida cotidiana: amamos cuando pensamos en el otro, cuando deseamos su presencia, cuando deseamos su abrazo, cuando recordamos al otro con nostalgia y, por tanto, lo invocamos.

 

En este amor, Dios se convierte en el Otro, pero el Otro como objeto, y se le ama como se ama a una mujer, a un hombre, a un hijo.

 

Pero ¿se puede amar así a Dios, a Él que es invisible, a quien no podemos ver? En verdad, debemos estar muy atentos al engaño inherente al acto de amar a Dios.


 

Al escuchar con atención la Biblia, nos damos cuenta de que muchas veces Dios pide al hombre que lo ame y que muchas veces el hombre responde a esta invitación amando a Dios, pero también comprendemos que este amor del hombre hacia Dios no puede reducirse a deseo, a pasión, sino que debe tener las características de un amor que deriva de la escucha de Dios; de un amor —podríamos decir— obediente (de ob-audire), un amor que es escucha de la palabra, de la voluntad de Dios, y al mismo tiempo asentimiento a ella.

 

Y así, amar a Jesús no puede significar convertirlo en el objeto de nuestro deseo, también porque de ese modo se corre el riesgo de amar una proyección nuestra, una imagen de Jesús fabricada por nosotros. En este caso, nuestro amor se enciende, se vuelve más ardiente, pero es amor por un producto nuestro, por un ídolo.

 

El amor auténtico por el Señor, en cambio, se deja moldear por la palabra que el Señor nos dirige, y por tanto es siempre realización de la palabra de Dios, es hacer lo que Él manda y quiere. Cuando un cristiano sustituye su propia voluntad por la del Señor, entonces ama al Señor; cuando un cristiano vive en sí mismo «los mismos sentimientos que hubo en Cristo Jesús» (Fil 2,5), entonces ama a Jesús.

 

Por eso Jesús dice: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos»; lo que también significa: «Si no los cumplís, entonces no me amáis verdaderamente, aunque creáis amarme por el deseo de Dios, del Señor que habita en vosotros».

 

El amor de deseo no es suficiente, y a nosotros, que separamos fácilmente el amor y la obediencia, nos cuesta entenderlo: nos resulta más fácil el amor que creemos leer en los místicos, un amor ardiente por Dios hasta consumirse… No, Jesús dice: «Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando» (Jn 15,14).


Este es el amor liberador del Señor en nosotros y el verdadero amor en nosotros por Él: no el amor de uno mismo en el otro, no la proyección de una imagen fabricada por nosotros y aplicada a Jesús para amarlo más, sino un amor que es imitatio Dei, que es necesidad de conformidad con Cristo, que es seguimiento allá donde Él vaya (cf. Ap 14,4), para estar siempre con Él viviendo como Él quiere que vivamos. Amar a Dios es querer lo que Él quiere, es amarlo como Él ama.

 

Para que esto se cumpla en nosotros, Jesús promete «otro Paráclito», otro a nuestro lado, otra guía, otro defensor, siempre con nosotros como Soplo de verdad y de fidelidad que puede inspirarnos, sostenernos y ayudarnos a realizar la obra que Dios nos confía.

 

Así, los discípulos no son huérfanos: Jesús ya no está en la tierra junto a ellos, pero aquel que siempre ha sido el compañero inseparable de Jesús permanecerá con ellos y en ellos, con nosotros y en nosotros.

 

Es Espíritu de amor y nos enseñará el amor, nos ordenará el amor, hará crecer en nosotros el amor a Dios y a los hermanos y hermanas que están con nosotros en el mundo. Y amando así se conoce a Dios.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te quiero (confesión) - San Juan 14, 15-21 -

Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te quiero (confesión) - San Juan 14, 15-21 -

Si me amáis… 

Me gustaría decirte que, por hoy, Señor, no necesito nada más; tengo este puñado de letras en la punta de la lengua, saboreo su inmensidad. Y no respondo. Me gustaría jurar que te amo, pero tengo miedo. Entonces acaricio el «si», me refugio en esa condición, dejo la cuestión abierta. 

Podría jurar que amo el libro, cada página de la Biblia; en ese caso, respondería afirmativamente sin vacilar. Podría asegurarte que he amado la concreción de tantos planes (programas, proyectos, documentos…), la esperanza de un estilo de vida diferente; he amado las liturgias, las actividades de pastoral; ese mundo lo he amado de verdad, lo he amado todo, he creído en él desde que era niño (solo Tú sabes cuánto he sufrido por este amor casi nunca correspondido). 

También he amado a las personas, pero ya aquí mi voz se vuelve más débil; cuántas personas he dejado en el camino, a cuántas he olvidado, cuántas me piden ser amigas y yo no puedo, no soporto el peso, no puedo con las expectativas, el corazón escucha pero no puede llevar todos los pesos, me asusta tanta atención, a menudo todo me parece demasiado, en cada fragmento siento el peso de lo Eterno, a veces me gustaría pedir perdón y levantar los brazos al cielo y desaparecer. 

A veces lo hago, pido perdón, digo que no puedo hacer más de lo poco que consigo hacer, pero luego es pesado sufrir las consecuencias de haber decepcionado. Así que cuando me preguntas «si» te amo, no lo sé; me gustaría decirte que , pero no lo sé; solo hay una cosa que me parece cada vez más clara: que te estoy implorando cada vez más. 

Que te confío a las personas con las que me encuentro y a las que no consigo llevar de la mano; que cada vez más a menudo acudo a ti para pedir ayuda; que intento buscarte vivo en medio del miedo a equivocarme, en medio de las incertidumbres. Y a menudo me siento estúpido, me parece una forma anticuada de fe, me parece que me exime de responsabilidad, pero, como un niño, no puedo hacer otra cosa. 

El Padre os dará otro consolador… 

No me dejes solo, no nos dejes solos, Señor, esta es quizás la única oración que importa. Estamos solos, Tú lo sabes, detrás de las cartas llenas de sufrimiento, detrás de las pretensiones, detrás del esfuerzo por encontrar las palabras para responder, detrás y dentro de todo hay una gran soledad. 

Nos falta algo. Nos falta el amigo que ya no está a nuestro lado, nos falta a quien hemos amado, nos faltan los padres, nos faltan los seres queridos que han muerto, nos falta la pureza del sueño de cuando éramos jóvenes, nos falta la comprensión de quien debería acompañarnos, a todos nos falta algo y todos necesitamos un consolador. Todos. 

Entonces, tal vez bastaría con tener más delicadeza al acercarnos a las personas, bastaría con intentar comprender que lo que podemos hacer, sin hacernos demasiado daño, es tomarnos de la mano y pedir que el Resucitado entre en nuestras historias y esté, simplemente esté, con nosotros, para consolar, lo cual no significa privarnos de la soledad, sino empezar a hacer que la sintamos habitada. 

No os dejaré huérfanos... 

Yo estoy en mi Padre y vosotros en mí y yo en vosotros… 

Deslizarse en mí, dejar de intentar retenerlo todo y descender al fondo de mi miseria, y tener la fe de descubrirte a Ti, en mí, y a nosotros en Él. Descender, dejarse llevar, dejar de oponer resistencia, ceder y creer. Entrenarse para hundirse en el corazón de lo real, dejarse llevar por el gusto de dejarse recoger, creer que todo tiene un corazón cálido y luminoso, que todo está habitado y que solo arrodillándonos en el corazón del misterio profundo de lo visible, entrando en él, como se entra en un sepulcro, podemos experimentar trayectorias de resurrección. 

Pero ceder es difícil, significa aceptar los límites, significa decepcionar, se necesita fe para sumergirse en el misterio, se necesita fe para perder la cara y decir que no se puede hacer de otra manera. 

El que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré ante él… 

Si amarte a Ti ya es difícil, vivir sintiéndome amado por el Padre resulta casi imposible. No, decirlo es sencillo, llenamos las homilías y las oraciones, de padres misericordiosos, de pastores buenos y hermosos, de perdones sin límites, pero en la vida, en la vida real, todos somos mendigos, el amor nunca nos basta. ¿Por qué? 

Porque si realmente creemos que el Amor del Padre nos colma, vivimos con esta sed que no se sacia, ¿por qué nos parece que el amor que recibimos es siempre insuficiente? ¿Por qué tanta agresividad y tantas pretensiones, por qué tantos juicios gratuitos? 

Pienso cada vez más en los lirios del campo. La naturaleza a mi alrededor está rebosante de vida. Pienso que sería hermoso ser solo una flor, de campo, sin pretensiones, estar ahí escuchando a la gente, libre de la pretensión de ser una flor preciosa, permanecer ahí al viento, al sol y a la lluvia, agradecido solo por haber sido creado y no hacer nada más, no escribir más, no pensar más, no sentirme culpable, no tener miedo de haberme equivocado, estar, simplemente estar, amado y bello como un lirio, y durante el tiempo de mi estación celebrar la vida con el único gesto extremo y definitivo: estar ahí. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La mística del amor divino - San Juan 14, 15-21 -.

La mística del amor divino - San Juan 14, 15-21 -

El Evangelio tiene como eje central la promesa del Espíritu del Señor a los discípulos. Y nos acerca a la Ascensión y a Pentecostés. Es decir, a los acontecimientos que cumplen las palabras de Jesús en el cuarto Evangelio: la Ascensión, «Yo voy al Padre» (Jn 14,12) y Pentecostés, «El Padre os dará otro Paráclito» (Jn 14,16).

 

El Paráclito designa al Espíritu Santo definiéndolo con un término que indica cercanía y protección: es el defensor que ayuda y sostiene como un abogado en un juicio. Este término griego, Parakletos, se reserva, por un lado, a Cristo, que es, según la Primera Carta de Juan, «el Paráclito (advocatus) que tenemos ante el Padre» (1 Jn 2,1) y, por otro, al Espíritu Santo, que es, «el otro Paráclito» (Jn 14,16), es decir, distinto de Cristo, que desempeña su función en el tiempo de la Iglesia, en el tiempo posterior a la resurrección.

 

Junto a la promesa del Espíritu, el texto presenta otras promesas de Jesús. «Yo rogaré al Padre», «No os dejaré huérfanos», «Vendré a vosotros». Jesús pone en escena el lenguaje de la promesa.

 

Prometer es dar forma al futuro mediante nuestras palabras. La promesa dibuja el futuro, aunque sea el futuro limitado que a menudo es el horizonte de nuestras pequeñas promesas cotidianas. Además, prometer es siempre prometerse a uno mismo y, en ese sentido, estas palabras de Jesús son expresión de amor.

 

La promesa es el amor que se compromete, que se convierte en responsabilidad, que asume al otro y a la historia. Sí, la palabra de la promesa expresa el amor de quien promete. Y manifiesta el amor como voluntad de cercanía, de presencia, de no abandono: no os dejaré huérfanos, vendré a vosotros, estaré en vosotros.

 

Aquí Jesús promete tanto el don del Espíritu como su propia venida. Y las dos cosas no son simplemente sucesivas: primero el don del Espíritu con Pentecostés y luego la venida del Señor en la parusía.

 

En realidad, la presencia del Espíritu y la venida del Señor son acontecimientos concomitantes. Esto es tan cierto que, en el pasaje evangélico, a la palabra de Jesús que dice que el mundo no ve ni conoce al Espíritu, le sigue la indicación de que los discípulos, en cambio, lo conocen, y que lo verán a él, es decir, no al Espíritu, sino al Señor.


Los discípulos verán al Resucitado gracias al don del Espíritu: esta visión tiene lugar en la fe y en el Espíritu Santo. He aquí las palabras que dicen que la muerte no interrumpe el diálogo de amor entre el Señor, que ama a los suyos y los ha amado hasta el final, y los discípulos, que a través de sus palabras han aprendido que la única palabra que hay que vivir es el amor.

 

Por eso el amor entre Jesús y sus discípulos no es solo cosa del pasado, no es solo un hecho que terminó con la muerte de Jesús, sino que continúa y puede continuar: es un diálogo de amor.

 

Quien me ama será amado por mi Padre y yo también lo amaré. Así como la promesa del Señor es señal de amor, también nuestra promesa humana es expresión de amor, de fidelidad, de voluntad de cercanía. Y como todo amor auténtico, es compromiso y esfuerzo.

 

El Evangelio relaciona el amor a Jesús con la observancia de los mandamientos: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos»; «El que acoge mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama».

 

Guardar los mandamientos remite a una práctica que abarca todo el cuerpo, como recuerda el Deuteronomio, que pide que los mandamientos estén grabados en el corazón, atados a la mano, sean como un colgante entre los ojos, se repitan mientras se camina, cuando se está en casa, se enseñen a los hijos, estén presentes en el espíritu del hombre cuando se acuesta y cuando se levanta, es decir, siempre (cf. Dt 6,6-9).

 

Y esto es lo que cumple el mandamiento del Señor: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Dt 6,5). Solo cuando el mandamiento del Señor pasa al cuerpo, es decir, cuando se convierte en gesto, relación, historia, moldea y cambia a quien lo pone en práctica.

 

«Cumplir los mandamientos», es decir, ponerlos en práctica, permite que los mandamientos formen al hombre, den forma al creyente, transformen a la persona humana. Los mandamientos moldean la mirada, trabajan la mente, orientan los pasos, el comportamiento, las acciones, el corazón, es decir, a toda la persona: cuerpo, alma y espíritu.

 

A quienes le aman y observan sus mandamientos, Jesús promete que se dirigirá al Padre y el Padre les dará otro Paráclito para que permanezca con ellos para siempre. La función de «estar con» del Paráclito respecto a los discípulos es expresión de bendición. La bendición se expresa a menudo con la fórmula: «El Señor esté contigo».

 

He aquí dónde y cómo se manifiesta el amor al Señor y la observancia de los mandamientos: en ser bendición para los demás. Esta es la función del Paráclito: estar con el discípulo, con el creyente. Pero «estar con» no es más que un comentario al propio nombre de Paráclito y es sinónimo de «ser bendición».


El Espíritu que «estará con vosotros para siempre» cumple la promesa del Resucitado en Mateo: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). El Paráclito, de hecho, también se define como «Espíritu de la verdad», pero «verdad» es un atributo cristológico: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6).

 

Jesús es, es decir, la revelación de Dios, pero también aquel que obra y suscita un juicio entre quienes lo acogen y quienes lo rechazan, entre los creyentes y el mundo, entre «vosotros» que conocéis al Paráclito y quienes, en cambio, no lo conocen. «Vosotros lo conocéis porque él permanece con vosotros y estará en vosotros».

 

En la persona de Jesús, habitada y movida por el Espíritu, el Espíritu está desde ahora junto a los discípulos, y ellos pueden conocer al Espíritu viendo y escuchando a Jesús, observando cómo vive y se mueve Jesús, cómo se relaciona y cómo actúa.

 

Y el Paráclito que ahora está junto a ellos, después estará en ellos, convirtiéndose en principio íntimo de vida, es decir, de palabra, de acción y de presencia. Palabra, acción y presencia que tendrán como signo de autenticidad el ser bendición.

 

Y así como, mientras Jesús está vivo y camina junto a sus discípulos, estos pueden ver al Espíritu que actúa en Él, es decir, tener experiencia del Espíritu, así también cuando Jesús sea elevado y ascienda al Padre y el Espíritu sea derramado sobre los discípulos, ellos podrán ver al Señor gracias al Paráclito, es decir, podrán vivir como Jesús vivió gracias al mismo Espíritu, podrán dejar que el Señor mismo viva en ellos. Y vivirán de su misma vida: «Yo vivo y vosotros viviréis»; «sabréis que vosotros estáis en mí y yo en vosotros».

 

¿Qué ocurre en el corazón del hombre que deja que el Espíritu del Señor more en él? Podemos decirlo con las palabras de Isaac el Sirio:

 

«Cuando el Espíritu establece su morada en un hombre, este ya no puede detener su oración, porque el Espíritu no cesa de orar por él. Ya sea que duerma o vigile, la oración no se separa de su corazón. Mientras come, mientras bebe, mientras descansa, mientras trabaja, mientras está sumido en el sueño, el aroma de la oración emana espontáneamente de su corazón».

 

Él no es tanto alguien que reza, sino que se ha convertido en oración, es decir, es una presencia bendita, que derrama el bien y la paz a su alrededor. Ciertamente, a costa de una gran lucha, de una lucha dirigida contra sí mismo y contra los impulsos que le empujan a seguir «centrándose en sí mismo», es decir, a hacer valer sus propias razones, la voluntad de afirmarse, de exaltar su propio ego.

 

Este Evangelio nos introduce en la Ascensión, que podemos entender como una gran epíclesis a la que Pentecostés, la efusión del Espíritu, es la respuesta. Pero el resultado del don del Espíritu es transformar a quienes se dejan habitar por Él en hombres y mujeres portadores de bendición para los demás… para todos.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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