Dios te salve, llena eres de gracia, el Señor está contigo
Éste es un Evangelio lleno de palabras que no podemos contener, que dicen más que todo lo que podamos decir. Sin embargo, al escucharlo de nuevo, me parece que todo sucede en silencio, sin testigos. Las voces de los ángeles no hacen ruido: una mujer, una joven y el increíble anuncio. No hay otras voces, sino este hablar asombrado del ángel y de la mujer, sin testigos, en esta intimidad que tanto quisiera recuperar para mí: yo y el Señor, en este hablarnos; tú y Dios, en esta intimidad.
El anuncio a María no tiene lugar en el Templo, sino en la casa, e indica la eterna preferencia de Dios. A David, que quiere darle el espacio de un Templo, Dios le responde que prefiere el espacio de los pastos, de los rebaños en movimiento, de las generaciones, de la historia de los hombres, de las mil historias de los hombres. El espacio de las calles: «Yo he estado contigo dondequiera que has andado» (2 Sam 7,9) le dice a David, a cada uno de nosotros. En todos mis caminos puedo encontrarlo. No importa cuántos caminos recorra, no importa lo lejos que vaya, a donde quiera que vaya, Él siempre está conmigo.
En la carne de María, en su seno, Dios acontece y sucede. Y así quiere acontecer y suceder, en la historia de cada persona, en nuestra carne, es decir, en nuestra vida, en nuestra casa, en los caminos que recorrimos. El Templo amado por Dios es la carne de vida. “Me has preparado un cuerpo” escuchamos en la Carta a los Hebreos. Ahora nos toca a nosotros ofrecer a Dios la carne de nuestra historia.
El ángel le dice en primer lugar a María: «¡Alégrate, alégrate, regocíjate, regocíjate!» El ángel que viene de Dios no dice: Haz esto, arrodíllate, escucha, ora... Simplemente: “¡Alégrate!”. El primer anuncio, el primer evangelio, es una buena noticia y precede a cualquier respuesta vuestra. El primer evangelio es: "¡Llena eres de gracia, María!" Y para nosotros esta palabra: eres amado tiernamente, gratuitamente, para siempre. El nombre de María, entonces, es “amada por siempre”. Y su función en la Iglesia es recordar, en nombre propio, este amor que da alegría.
“El Señor está contigo”: ¡este es el nombre de Dios! Yo soy el que está contigo, el que está aquí. Y cuando el Señor Jesús deje la tierra, repetirá con su última palabra la primera palabra del ángel: «Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (cf. Mt 28,20). El nombre de Dios es: Yo estoy contigo. El nombre del hombre es: Aquí estoy.
Y el ángel añade: «No tengas miedo, María», no tengas miedo si Dios no toma los caminos de la evidencia, del poder, del clamor, de la grandeza aparente. No temas, si Dios Altísimo se esconde en un pequeño ser humano, en una perla de luz y de sangre, escondida dentro de ti. No temas los nuevos caminos de Dios, tan lejos del escenario, de las luces, de las emociones solemnes del Templo. No temas a este niño Dios que vendrá sólo si lo quieres, que vivirá sólo si lo amas.
María, Dios vivirá por tu amor. Y eso es lo que le dice a cada madre. Todos vivimos por el amor de una madre. Pero el ángel repite a cada uno: Dios vivirá hoy en el mundo gracias a vuestro amor. A nosotros hoy nos toca ayudar a Dios a estar vivo en nuestro mundo, en nuestra historia, a ser presente y significativo, a ser una presencia fuerte e incisiva. Dios vivirá por nuestro amor.
“No tengas miedo, María”. Estas palabras aparecen 365 veces en la Biblia: “¡No tengáis miedo!” Casi una invitación para cada día del año, para cada año de vida, casi pan cotidiano para el camino del corazón.
Finalmente el ángel dice: «El poder del Altísimo vendrá sobre ti». Relaja y llena la vida de vida. Y a cada uno nos repite: la casa de Dios es la vida. Dios habita tu vida y la transforma. Dejad que la Palabra se haga carne, es decir, se haga cuerpo, mueva vuestras manos, mueva vuestros gestos, mueva vuestros pies y vuestra mirada de un modo nuevo, de un modo vinculado a la paz, a la justicia, a la mansedumbre, a la misericordia. Dios está en nuestra vida como capacidad de creer, de esperar, de amar, de servir. Deja que Dios transforme tus gestos y podrás decir las palabras más verdaderas e inventar los mejores gestos.
Con Simone Weil creo que «la vida del creyente sólo es comprensible si hay algo incomprensible en él», sólo si en nosotros hay algo más de lo que el hombre es: un sueño, un ángel, Dios, un amor y una alegría, una vida venida de otra parte, como en el vientre de María. Sólo si hay algo en nosotros de lo cual podamos declararnos “siervos”.
“Yo soy la sierva del Señor” significa que hay un plan más grande que yo, hay algo que vale más que mi vida. Mi amor vale más que mi vida, soy su sirviente. No pertenezco sólo a mi sueño, a mis planes: pertenezco al sueño y al plan de Dios.
Y quisiera rezar así, con la devoción de quien ve en Ella la imagen luminosa que guía nuestros pasos:
Santa María, mujer de la Anunciación,
te reconocemos como un espejo resplandeciente
de nuestra vocación común.
Tu llamada es la nuestra: una propuesta de matrimonio,
una propuesta fructífera
dentro del vientre estéril de la historia:
para devolverle la vida a la vida.
Oh novia, seducida primeramente por el beso del Espíritu.
Oh esposa que lo amaste primero.
Concédenos cada día a nuestro corazón
la virginidad necesaria
para despertarnos a la maravilla de la seducción divina.
El ángel sigue siendo enviado a cada virgen, a cada corazón puro, a cada corazón libre, para anunciar que sólo esto genera vida para el mundo: un amor puro y libre. El ángel todavía cruza distancias para repetir a cada uno las palabras más bellas: Sé feliz; tu nombre es "amado por siempre" porque tú eres la casa de Dios. Dios llena tu vida, desde ahora y para siempre.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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