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miércoles, 2 de septiembre de 2026

El ritmo lento del crecimiento.

El ritmo lento del crecimiento

Hay un dato biográfico, aparentemente secundario, en la vida de Juan el Bautista, que, sin embargo, encierra una palabra ardiente para nuestro tiempo: el Evangelio dice que el niño crecía, se fortalecía en el espíritu y vivía en regiones desérticas hasta el día de su manifestación ante Israel.

 

Antes de la voz que clama, hay un largo silencio. Antes de la palabra que sacude las conciencias, está el desierto que educa el alma. Antes del hombre público, está el hombre oculto.

 

Este mismo misterio lo encontramos en la vida de Jesús. Tampoco Él se impone de inmediato en la escena del mundo. También Él atraviesa los años del ocultamiento, de la vida ordinaria, de la obediencia silenciosa, de la maduración secreta.

 

El Hijo de Dios no se salta etapas. No busca visibilidad antes de tiempo. No confunde la misión con la exposición pública, ni la llamada con el aplauso.

 

Juan el Bautista y Jesús nos revelan una ley espiritual que hoy casi hemos olvidado: ninguna palabra verdaderamente profética nace del ruido.


Las palabras que salvan, que hieren para sanar, que juzgan para liberar, que llaman a la conversión, no provienen de la improvisación ni de la excitación del momento. Vienen de lejos. Vienen de años de escucha. Vienen de la profundidad de una conciencia forjada por el silencio.

 

El desierto, en las Escrituras, no es solo un lugar geográfico. Es una escuela. Es un crisol. Es el lugar donde caen las máscaras, se apagan las voces inútiles, se desinflan las ambiciones prematuras. En el desierto, el hombre ya no puede fingir ante los demás: se queda ante Dios, ante la verdad, ante su propia hambre o sed, ante su propio miedo, ante su propia espera.

 

Por eso, cuando Juan por fin habla, su voz no se parece a las palabras frívolas de los hombres acostumbrados a complacer. No habla para ocupar espacio, no habla para seducir, no habla para ganarse el consenso. Habla porque ha sido habitado por una Palabra más grande que él. Y esa Palabra, madurada en la soledad, llega como fuego a las conciencias.

 

Nosotros, en cambio, vivimos en una época que expone demasiado pronto, consume demasiado pronto, exige demasiado pronto.

 

A los jóvenes se les empuja al centro del escenario antes incluso de que hayan encontrado el centro de sí mismos. Se les pide que aparezcan cuando aún no han aprendido a escuchar, que elijan cuando no se les ha ayudado a discernir, que hablen cuando nadie les ha enseñado el valor del silencio.

 

Esta es una de las carencias más graves de nuestra época: hemos multiplicado las oportunidades de expresión y hemos empobrecido la vida interior. Hemos dado a los jóvenes herramientas para mostrarse, pero no siempre espacios para conocerse a sí mismos. Los hemos rodeado de estímulos, imágenes, juicios, expectativas, pero muy pocas veces los hemos acompañado al desierto bueno del silencio, de la pregunta, de la oración, de la reflexión, de la responsabilidad.


Así corremos el riesgo de quemar su vocación antes incluso de que pueda tomar forma. Corremos el riesgo de convertir la adolescencia en un escaparate y la juventud en una carrera frenética hacia el reconocimiento externo.

 

Pero el alma no madura bajo los focos. La conciencia no se profundiza en medio del ajetreo. La libertad no nace de estar continuamente observados, sino de aprender a estar ante la verdad de uno mismo.

 

Si Juan Bautista y Jesús pasaron por un tiempo oculto, entonces ningún educador debería menospreciar los ritmos lentos del crecimiento.

 

Hay una gracia en no estar listos de inmediato. Hay una sabiduría en no ser visibles de inmediato. Hay una protección en poder madurar lejos del juicio continuo del mundo.

 

Formar a un joven no significa situarlo inmediatamente en el centro de la atención de los adultos, ni convertirlo en la prolongación de sus expectativas. Significa custodiar en él un espacio interior. Significa enseñarle que no todo lo que vale debe exhibirse de inmediato, que no todo pensamiento debe convertirse en palabra, que no toda emoción debe convertirse en gesto, que no todo deseo debe transformarse inmediatamente en derecho.

 

Educar en la profundidad significa devolver a los jóvenes el gusto por la vida interior: la capacidad de cuestionarse, de esperar, de discernir, de reconocer lo que es auténtico y lo que es ilusorio.

 

Significa ayudarles a descubrir que en su interior no hay solo un conjunto de necesidades que satisfacer, sino una conciencia a la que escuchar, una vocación que reconocer, una palabra que preparar.


Las palabras de Juan impactaban porque no eran palabras frívolas. Las palabras de Jesús tenían autoridad porque no procedían de una superficie agitada, sino de una comunión profunda con el Padre.

 

Quien habla después de haber escuchado durante mucho tiempo no habla para llenar el vacío: habla para abrir un camino. Quien ha habitado el silencio no utiliza la palabra como adorno, sino como semilla, como espada, como medicina.

 

Quizá nuestro tiempo necesite precisamente esto: no jóvenes más expuestos, sino jóvenes más arraigados; no adolescentes más aplaudidos, sino adolescentes más acompañados; no generaciones más ruidosas, sino conciencias más libres.


Necesitamos devolverle el valor al desierto, no como huida del mundo, sino como preparación para encontrarnos con él sin que nos devore.

 

El desierto no apaga la vida: la purifica.

 

El silencio no empobrece la palabra: la hace verdadera.

 

El ocultamiento no anula la misión: la prepara.

 

Juan Bautista se presenta ante Israel solo después de haberse formado lejos de Israel.

 

Jesús comienza su misión pública solo tras un largo período de vida oculta.

 

Es una ley del Reino: lo que debe dar fruto debe primero echar raíces.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 8 de agosto de 2026

Silencio - una aproximación más teórica -

Silencio - una aproximación más teórica - 

Antes de seguir leyendo, te pido un favor. 

Durante unos segundos, deja de hacer lo que estés haciendo, relájate y da una respiración lenta y profunda. 

En esos pocos segundos no ha pasado «nada». Ha pasado mucho. 

En tu cerebro, algo ha cambiado: el ritmo de los pensamientos se ha ralentizado, las redes cerebrales que suelen funcionar cada una por su cuenta han empezado, aunque solo sea por un instante, a comunicarse entre sí. 

Has realizado un pequeño experimento del silencio interior y algo aún más excepcional: por un instante, has estado presente. 

El silencio no es una huida del mundo, es un recurso. Medible, entrenable y, hoy más que nunca, necesario —para la persona, para la sociedad, para lo que llamamos salud global. 

Filosofía, Arte, Ciencia, Economía. Son las cuatro grandes etapas con las que, desde siempre, el ser humano se construye a sí mismo y construye sus propias civilizaciones. Es una secuencia —más bien, un circuito— que encontramos idéntica a cualquier escala: en el crecimiento de un niño, en la maduración de una mente, en la historia de toda una civilización. 

Son las cuatro etapas a través de las cuales un ser humano, y una sociedad, se desarrollan y florecen. Es un paradigma que describe, en el fondo, cómo se construye algo excelente: partiendo siempre del mismo punto. 

Todo comienza con la Filosofía. No la de los manuales: la filosofía como pregunta, como capacidad de ver lo que antes no veíamos. Es el nuevo punto de vista, es la visión. Antes de cualquier cosa que el hombre haya construido jamás, hubo alguien que miró el mundo de otra manera y se preguntó: ¿y si fuera de otra forma? Sin una visión, no hay nada que realizar. La filosofía es la apertura. 

Luego viene el Arte. El arte aquí en su sentido antiguo, el «cómo se hace». Es el gesto que toma la visión y le da forma. La filosofía imagina; el arte realiza. Es el momento en el que la idea sale de la mente, entra en la materia y se convierte en un signo que otros pueden ver, tocar, reconocer. 

Luego, la Ciencia. Cuando un gesto funciona, surge una nueva pregunta: ¿funciona siempre? ¿funciona para todos? La ciencia es la verificación, es el sistema, es la reproducibilidad. Es lo que transforma una intuición genial e irrepetible en un conocimiento que se puede transmitir, enseñar y compartir. Sin ciencia, la belleza sigue siendo un golpe de suerte. Con la ciencia, se convierte en un patrimonio de todos. 

Y, por último, la Economía. Cuando un conocimiento se ha verificado y es compartible, debe volver a la vida de cada uno. Economía, en su raíz griega, es el cuidado del hogar: es la búsqueda de un equilibrio entre lo que tomamos y lo que damos, entre la necesidad y la capacidad. Es la forma en que el valor creado circula y se convierte en bienestar común. Es la sostenibilidad. 

Filosofía, Arte, Ciencia, Economía. Y luego, de nuevo, Filosofía —porque toda economía madura da lugar a nuevas preguntas, y el círculo vuelve a empezar, una espiral más arriba. Por eso no hablo de una escalera que hay que subir, sino de un círculo vivo de la evolución humana, de una espiral. 

Nos encontramos en una nueva fase. Un paso. Un umbral. Nunca hemos estado tan conectados unos con otros, y nunca tan ausentes de nosotros mismos. Nunca hemos tenido tanta información, y nunca tan poca atención. Es la fase de un mundo hiperestimulado y, precisamente por eso, fragmentado. 

La salud, en este contexto, es el fruto. Es lo que ocurre cuando la Filosofía, el Arte, la Ciencia y la Economía vuelven a armonizarse, dentro de la persona y entre las personas. 

Donde hay equilibrio, hay salud. Donde hay fragmentación, hay enfermedad —del cuerpo, de la mente y también de nuestras economías. 

Filosofía, Arte, Ciencia, Economía. No es una escalera que hay que subir peldaño a peldaño: es un círculo vivo. Una visión que se convierte en gesto, un gesto que exige verificación, una verdad verificada que vuelve a todos, y de ese «todos» nace una nueva pregunta, una nueva filosofía. El círculo vivo de la evolución humana. 

Y en el centro de ese círculo —como en el centro de toda vida sana— está el silencio. 

No el silencio como vacío, sino el silencio como espacio generativo: ese espacio de medio segundo en el que dejamos de reaccionar y empezamos a elegir. Es ahí donde se produce el paso decisivo de nuestro tiempo: del comportamiento reactivo a la acción intencional. Dentro del individuo y entre los individuos. 

Por eso creo que el silencio es hoy una verdadera cuestión de salud global. 

Una persona que sabe conectar con su centro es más sana. Una comunidad de personas así es más cohesionada, más resiliente, más capaz de cooperar. Una economía formada por organizaciones así es más sostenible. La salud, al fin y al cabo, es una sola cosa que cambia de escala: es coherencia del cuerpo, es coherencia de la mente, es coherencia entre nosotros. 

En 1945, tras la guerra más oscura, los fundadores de la UNESCO escribieron que, dado que las guerras nacen en la mente de las mujeres y los hombres, es en la mente de las mujeres y los hombres donde deben construirse las defensas de la paz. Ochenta años después, podemos afirmarlo: esa mente se puede educar. Ese silencio se puede entrenar. Ese equilibrio se puede medir. 

La última frontera no es una tecnología más potente. Es una humanidad más consciente y presente. 

Al principio te pedí unos segundos de silencio. Concluyo devolviéndotelos, como deseo y como tarea. 

Cada vez que, en medio del ruido, recuerdes respirar y volver a tu centro, estarás haciendo lo más revolucionario y saludable que un ser humano puede hacer hoy: estarás eligiendo, en lugar de reaccionar. Y estarás cuidando no solo de ti mismo, sino del conjunto. 

En esto reside el futuro de nuestra especie. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 3 de abril de 2026

Y Dios se hizo silencio - “Todo está cumplido” -.

Y Dios se hizo silencio - Todo está cumplido - 

A medida que disminuye el prestigio del lenguaje, aumenta el del silencio. Las imágenes, las palabras y los sonidos distribuidos de forma global e instantánea generan una cacofonía - incluso en la Iglesia - en la que la distinción entre señal y ruido es cada vez menos relevante, hasta el punto de empujarnos a algunos de nosotros al mutismo. 

Al tráfico humano y al estruendo de las máquinas que hacen funcionar nuestra vida se ha sumado una cascada de información sonora que contamina nuestro paisaje acústico, incluidas redes sociales como TikTok que primero hablan y luego piden permiso. Ante todo esto, el silencio parece una reacción, una solución, tal vez una vía de escape. 

La aspiración al silencio es tan antigua como el lenguaje: a cada expresión audible le corresponde un impulso igual y contrario de taparse los oídos. 

Hay un silencio sagrado. Por ejemplo, en medio de cada inciso, de hecho, el canto gregoriano dejaba una pausa (media distinctio), diferente según la reverberación natural de cada iglesia, que permitía a los coristas tomar aliento: y mientras se respira el Espíritu Santo entra en los pulmones. 

En todo caso, un silencio puede ser inhumano o, por el contrario, puede responder a la más humana de las necesidades. 

La respuesta a la pregunta «¿qué es el silencio?» podría parecer obvia: «la ausencia de ruido o sonido»; sin embargo, se trata de una cuestión que encierra en sí misma numerosas y fascinantes reflexiones. 

Es verdad, creo, que el silencio siempre ha sido parte integrante de la creación. Y tantas veces, más de unos años a esta parte, suelo pensar no solamente en la necesidad sino, mejor aún, en la bendición del silencio. 

He leído que al ser humano (a diferencia de las plantas y los animales) no se nos ha permitido el acceso a los infrasonidos y los ultrasonidos, sino que solo somos capaces de percibir los sonidos comprendidos entre las 16 y las 20 000 oscilaciones por segundo. 

El ser humano es un individuo envuelto en el silencio. Hay motivos para considerar que el equilibrio entre la capacidad auditiva y la imposibilidad de oír ciertos sonidos es la base de nuestra salud y el bienestar. 

Los entendidos subrayan la importancia de la escucha desde la etapa prenatal, en la que el feto se concibe a sí mismo como un ser que dialoga con un mundo de sonidos que lo rodea, en particular cuando vive la experiencia del descubrimiento del latido cardíaco materno y de la felicidad que de ello se deriva al comprender que no está solo. 

El Sábado Santo es como ese espacio que quiere invitarnos a reconocer la experiencia de Dios no solo a través de la actitud racional e intelectual típica de nuestra concepción cristiana occidental, sino también a percibir a Dios como misterio, como una experiencia que nunca tiene fin, cuyos contornos se perfilan mejor cuando cada sonido y cada palabra se han perdido en la lejanía y el silencio se convierte en plenitud de lo indecible. 

Una vez que incluso la última palabra - “Todo está cumplido” - se ha apagado, ésta sigue resonando de alguna manera, precisamente como un silencio…, como una bienaventuranza. 

Y este silencio se prolonga en este día de Sábado Santo tras la crucifixión de Jesús y su sepultura. 

Una última palabra - “Todo está cumplido”- que queda suspendida ya en aquel silencio que todo lo abraza y envuelve en una eficacia liberadora, sanadora, terapéutica… salvadora porque es capaz de llenar el corazón de felicidad y de sentido, incluso cuando Dios ya guarda silencio. 

A lo largo de nuestra historia, el silencio ha quedado relegado exclusivamente a ser prácticamente una ausencia de palabra y de sonido. Toda la expresividad, la intensidad, la pureza y la espiritualidad se han atribuido, por definición, a la palabra y al sonido audible. 

Y, sin embargo, el Sábado Santo nos enseña que la máxima expresión de la espiritualidad se sitúa precisamente entre un sonido y otro, entre un acorde y el siguiente; en ese breve instante de respiro, casi exhalante, tanto Dios como nosotros somos impulsados y guiados hacia el Altísimo, como en una iniciación a lo Indecible. 

Se dice que si no existiera la oscuridad no apreciaríamos la luz, que el amor no sería tan hermoso sin la indiferencia, que la lluvia nos hace disfrutar plenamente del sol cuando vuelve a brillar. ¿Podemos comprender la belleza de la Palabra si esta no está impregnada de momentos de vacío? 

¿Qué sería el Evangelio sin el silencio? Quizás una cascada de sonidos ininterrumpidos que nos dejaría aturdidos, sin comprensión, sin puntos de apoyo, sin respiros, sin rumbo y sin un camino que seguir ni algo que decir. 

A menudo me he preguntado por qué no se enseña el silencio; tal vez sea tan obvio y dado por sentado que no tiene derecho a profundidad, atención ni reconocimiento. 

La pausa del silencio es un elemento al que pocos prestan atención; nos centramos en qué decir, en cómo decir, en cuándo decir, …, pero dar la importancia adecuada a la pausa del silencio es la única forma que Dios ha encontrado para enriquecer de sentido, respiro, carácter y énfasis la Palabra. 

El silencio del sepulcro durante el Sábado Santo es rico en contenido porque está cargado de los efectos del sonido anterior - “Todo está cumplido”- y, a su vez, carga de expectación el sonido siguiente - “¡No está aquí! ¡Ha resucitado!”-, ya que existe una maravillosa correlación entre todas las partes de esta pieza de salvación que es la crucifixión-sepultura-resurrección, por lo que ninguna parte tiene sentido completo si no es en relación con las demás. 

Hay un momento en el que el silencio se convierte en Palabra, la más elocuente (y, por lo tanto, convincente); es el momento en el que se ha alcanzado tal madurez que se es capaz de mirar más allá de las palabras, y se comprende que es precisamente la pausa del silencio la que es capaz de crear algo nuevo. 

La pausa del silencio, esa suspensión de toda palabra, dentro de esta historia de salvación no la interrumpe, sino que forma parte integrante de ella; es un vacío tan vital que, sin él, toda la estructura de esta historia se derrumbaría. 

Dios ha querido respirar, es decir, tomar aire con su silencio. Y precisamente con su silencio nos brinda la oportunidad de contemplar, de escuchar, …, de asimilar cordialmente la Palabra: nos da tiempo para comprender. 

Esta pausa del Sábado Santo es un silencio medido, un vacío expresivo. Dios nos prepara para su siguiente frase, la Palabra más bella, definitiva y plena, la de la Resurrección, la de la Vida. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 30 de marzo de 2026

Un concierto sobre el silencio definitivo: el de la muerte.

Un concierto sobre el silencio definitivo: el de la muerte

El 27 de marzo asistí, discretamente sentado y totalmente absorto en uno de los balcones con celosía, al primer pase de los dos programados en la Iglesia de los Dolores de Vic (Barcelona) y que llevaba por título: "Tres mirades corals al silenci de la mort". Las obras programadas eran de Henry Purcell, Johan Sebastian Bach y Joseph Rheinberger. Todo ello dentro de la programación de "Instruments de l'Anima" en esta ciudad de Vic.


El silencio tiene que ver con la música. Y cómo. De hecho, podemos decir que es difícil adentrarse plenamente en el fenómeno musical sin haber comprendido —y vivido— verdaderamente el significado de la palabra "silencio".

 

Esto ocurre porque la música se construye sobre el silencio. Los sonidos, de hecho, surgen del silencio y a él regresan. El silencio es para el compositor lo que el lienzo es para el pintor. Los sonidos son los colores con los que el silencio «pinta».

 

Como señaló acertadamente el gran director de orquesta Claudio Abbado: «El silencio es una condición del sonido; es más, en algunos casos es el más sublime de los sonidos. Resalta, amplifica, hace vibrar, hace destacar, anuncia, suspende, invade. Es un medio expresivo en toda regla».

El silencio es sin duda algo misterioso, difícil de captar plenamente sin cierto esfuerzo. Sin embargo, podemos decir que la experiencia del silencio que cada uno de nosotros puede vivir es fundamental para captar y disfrutar en profundidad de la música.

 

El compositor estadounidense John Cage sostenía, en parte con razón, que «el silencio absoluto no existe» porque en nuestra experiencia «siempre hay algo que produce un sonido».

 

Pero el silencio no es solo un fenómeno «físico-acústico», es algo más. Cuando hablamos de silencio, nos viene inmediatamente a la mente el silencio interior, ese silencio en nosotros mismos que calma los torbellinos de las pasiones, los tumultos del corazón, las ansiedades y los temores. Artistas, místicos y poetas se han interrogado a menudo sobre el silencio porque su dimensión es misteriosa y, al mismo tiempo, muy valiosa.

 

Toda creatividad, de hecho, encuentra en el silencio su raíz. La música nace del silencio, pero, como sostiene el compositor estonio Arvo Pärt, el silencio es siempre más perfecto que la música.

 

Independientemente de si existen o no lugares de silencio perfecto, de ausencia total de sonidos, lo cierto es que en el pasado el hombre buscaba y construía lugares en los que cultivar el silencio y la quietud.

 

Murray Schafer lo describe bien en su ensayo «El paisaje sonoro»: «Así como necesita el sueño y el descanso para revitalizar y renovar sus energías vitales, el hombre también necesita momentos de calma y silencio para renovar su serenidad mental y espiritual. En otros tiempos, la quietud era un bien preciado en el código no escrito de los derechos del hombre. El hombre se reservaba, en su vida, espacios de quietud para reconstruir su metabolismo espiritual».

 

Hoy en día, no solo estos espacios son cada vez menos, sino que nos vemos bombardeados continuamente por estímulos sonoros y ruidos que nos impiden experimentar ese silencio que es ocasión de descanso para el alma, pero también condición previa para escuchar música.

 

El filósofo francés Vladimir Jankélévitch explica muy bien cómo la música tiene, increíblemente, que ver con la dimensión del silencio: «El silencio es lo que nos lleva repentinamente al borde del misterio o al umbral de lo inefable, cuando se han hecho evidentes la vanidad y la impotencia de la palabra (…) La música en su totalidad, por tanto, dado que silencia las palabras y hace cesar los ruidos, en ciertos casos puede ser una reticencia del discurso. Por lo demás, la música misma a veces no se expresa de forma exhaustiva, sino alusivamente y a medias palabras (…)».


La música, por lo tanto, no solo se basa en el silencio, sino que permite la plena comprensión del misterio del silencio precisamente porque acalla el ruido y las palabras, dejando espacio a lo que es inefable, indecible.

 

Sin embargo, el hombre occidental se acerca al silencio con desconfianza; es más, casi siempre lo rehúye. La sociedad contemporánea, antes incluso que sociedad de la imagen, es sociedad del sonido y del ruido.

 

Todo está impregnado de sonidos, de silbidos, de voces, de estruendos, de melodías, de ritmos. Es un continuo amontonamiento de estímulos sonoros. El silencio es algo de lo que huir; crear sonidos, ruidos, efectos, nos hace sentir menos solos. Y nos aleja del silencio definitivo, el de la muerte.

 

Nos damos cuenta de lo preocupante que es la presión acústica que nuestra civilización ejerce sobre nosotros cuando cruzamos el umbral de un monasterio o de una Iglesia. Entrar de repente en una dimensión de quietud nos incomoda al principio, nos hace sentir sobre nosotros todo el peso de la basura sonora que arrastramos. Tiene que pasar un momento para reconocer ese lugar como necesario y fecundo.

 

Algo similar ocurre cuando estamos esperando a que comience el concierto. Los músicos están sentados y concentrados. En unos instantes, la señal del director dará inicio al concierto. En la sala se crea un silencio especial. Un silencio de quietud, pero al mismo tiempo de espera, algo que por un instante une al público y a los músicos. La sensación que experimentamos en ese momento es como si se manifestara un silencio que rara vez vivimos en otras ocasiones. Nos incomoda un poco; al mismo tiempo nos sorprende y nos asombra.

 

Este silencio no es una simple ausencia de sonido. Es plenitud de ser. Y es precisamente este tipo de silencio el que constituye la base de nuestra capacidad de escuchar.

 

Arvo Pärt expresa esta idea de manera muy clara: «El silencio no nos es meramente dado, nos nutrimos de él y este alimento no es menos importante que el mismo aire que respiramos. Hoy estamos asediados por lo superfluo, ya no hay distancia entre nosotros y las cosas, no hay espacio vacío: la música puede ayudarnos en este discernimiento».

 

Es precisamente la crisis de esta capacidad de vivir en profundidad el silencio como contemplación lo que dificulta nuestro acercamiento a la escucha. Si falta la capacidad de aventurarse en la propia interioridad, entonces cualquier escucha será inútil.

 

Precisamente porque la música es ese arte que trata del sonido, que tiene su origen en el silencio, la falta de silencio —entendido como la capacidad de adentrarse en las profundidades de uno mismo— hace que la música resulte inútil.

 

En realidad, la desaparición de los espacios de silencio tiene consecuencias mucho más amplias. «Las fuerzas del silencio y de la interioridad —escribía Romano Guardini— amenazan con abandonar Europa. Pero si estas se marchan de verdad, Occidente se secará, porque su grandeza se alimentaba en lo más profundo de esas fuerzas».

 

Acercarse a la música y a su escucha intentando obtener de ella provecho y alegría significa enfrentarse al misterio del silencio. Significa desafiar, con valentía, la desorientación inicial que se siente cuando uno se queda solo consigo mismo.

 

La música hace realidad y embellece este camino porque escuchar música significa quedarse solo frente a ese silencio que lo dice todo de nosotros, pero que tememos escuchar de verdad. Un silencio que se vuelve sonoro, que se embellece con las notas deseadas por el compositor, pero que no cambia su naturaleza de lugar en el que el hombre se presenta ante sí mismo en su desnudez.

 

De hecho, en ese lugar, como escribe de nuevo espléndidamente Jankélévitch, «donde falta la palabra, allí comienza la música; donde las palabras se detienen, allí el hombre no puede sino cantar».


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

En silencio.

En silencio 

Escuchar el silencio es un punto clave. También es necesario escuchar el silencio, y éste es uno de los ejercicios más difíciles de todos. 

Hay dos tipos de silencio. Hay un silencio negro y un silencio blanco. 

El silencio negro es simplemente la ausencia de palabras. Este silencio da miedo, por eso tratamos de evitarlo por todos los medios. Así tantas perdonas de hoy multiplican el sonido hasta el punto de quedar atónitos ante él. Es el embotamiento que se utiliza para evitar el terrible sonido del silencio negro. Es un silencio que te vuelve loco. Es el silencio de la soledad. 

Luego está el silencio blanco. El blanco no es incoloro, sino la síntesis de todos los colores. Este es el silencio que debe nacer en nosotros —un ejercicio grandioso pero necesario— para escuchar esa voz del silencio, que es la voz de Dios. Recordemos lo que Elías oyó en el monte Horeb (cf. 1 Reyes 19,1-14). 

También nosotros debemos aprender que Dios habla en silencio y que las cosas más importantes de nosotros mismos, incluso las relativas a la conciencia, hablan en silencio. Si no queremos escuchar nos refugiamos en el ruido. No sólo los jóvenes, sino también muchos hombres de fe hacen, actúan y nunca tienen este oasis de silencio. 

El gran filósofo griego Pitágoras dijo: "El sabio no rompe el silencio excepto para decir algo más importante que el silencio". Por eso concibió el silencio como el «seno» del que nacen las grandes verdades, el seno en el que uno se comunica con Dios y recibe la verdad suprema, incluso la verdad sobre sí mismo. 

Por eso también tenemos miedo del silencio blanco, en el que se realiza el examen de conciencia, cuando somos capaces de ver dentro de nosotros mismos y, así, descubrir el vacío que hay dentro de nosotros. 

Y podemos entender que el silencio blanco también es el lenguaje del amor. Bien lo dijo el filósofo creyente Pascal cuando escribió: «En el amor, como en la fe, los silencios son mucho más elocuentes que las palabras». 

Los amantes, a menudo se miran a los ojos, porque hay un lenguaje de los ojos, silencioso, y hay un lenguaje del corazón. 

La fe tiene como punto terminal, como experiencia suprema, la mística, es decir, la entrada en el misterio. Misticismo y misterio derivan, de hecho, del mismo verbo griego “muein”, para cuya pronunciación es necesario cerrar los labios, verbo que significa ‘estar en silencio’. Es silencio, pero un silencio pleno e infinito. 

Éste es el gran ejercicio que debemos realizar. La música tiene sus pausas y hay que realizarlas, porque hacen germinar el sonido que viene después. La pausa no es simplemente un vacío, sino algo que permite que el siguiente sonido florezca. 

Por eso, cuando estemos ante Dios para siempre, celebrando la Liturgia del Cordero, cantaremos, pero, con toda probabilidad, el canto supremo será el silencio, porque Dios es misterio: Dios, cuyo nombre no se puede pronunciar, es «la voz del silencio». 

Así que, practicando el silencio no hacemos otra cosa que seguir acercándonos a la experiencia de lo infinito, de lo eterno, cuando ya no necesitaremos palabras, cuando el lenguaje se extinga y lo veamos como es. 

Cuando Job llega a la etapa final de su experiencia dramática dice: «De oídas te había conocido, pero ahora mis ojos te ven». 

La escucha termina y comienza la visión. Se ve y se calla. Por eso, escuchar el silencio es el ejercicio más elevado de la experiencia espiritual. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La escucha del silencio.

La escucha del silencio 

Vivimos en una sociedad ruidosa, incluso somos víctimas de la contaminación acústica y en nuestra vida diaria estamos invadidos por la verbosidad de la cháchara. Es comprensible entonces que en este clima cacofónico muchos sientan la necesidad del silencio y lo exalten, lo alaben sin conocer su realidad. Porque el silencio es plural. 

Hay silencios comparables a ayunos corporales, absolutamente saludables cuando el cuerpo, la psique y la vida interior lo requieren. Pero también hay silencios negativos, incluso mortales. Son silencios que inquietan, que inspiran miedo, que crean opresión, verdaderos silencios de muerte, silencios como abismos de desesperación. 

Y hay que confesarlo: también hay silencios cómplices, llenos de cobardía, que dejan triunfar el mal sin encontrar oposición y, por tanto, silencios hostiles, que penalizan la comunicación y pueden llegar a ser asesinos. Son los silencios más vergonzosos, ocultos y no confesados, ni siquiera considerados en su ignominia, y sin embargo consumidos por amarga indiferencia. 

Y no olvidemos el silencio de la enfermedad mental, cuando el silencio es rechazo a toda comunicación porque quien se ha cerrado en el silencio está en realidad prisionero de unas rejas que no vemos y que siguen siendo un enigma. 

Hay quien ha descrito bien el silencio maligno que se alimenta de la ira y del resentimiento hasta el punto de despreciar al otro, hasta quererlo y considerarlo muerto. Sí, tenemos este gran poder de matar incluso con nuestro silencio que con una hostilidad sorda y muda nos quita la vida y la existencia. Elie Wiesel, en su Testamento de un poeta judío asesinado, escribe: “Ningún maestro me había dicho que el silencio podía convertirse en una prisión... No sabía que uno podía morir de silencio como se muere de dolor, de fatiga y de hambre”. 

Hay hombres y mujeres que conocen y viven estos silencios y también nosotros podemos ser absorbidos a veces por ellos en la vida. No es fácil luchar contra estos poderes, verdaderos demonios que nos arrastran y nos dominan. Y aquí hay que decir claramente que el otro es más necesario que nunca porque nos salvamos juntos, nos levantamos juntos, volvemos a hablar si hay un “tú” al que recurrir. 

Frente a los silencios negativos, sólo la escucha atenta puede ser de verdadera ayuda, una respuesta redentora. Por eso hoy, en una sociedad donde la escucha está muerta, los silencios negativos son generalizados y frecuentes. 

Escuchar... Para ser auténtico, escuchar debe primero escuchar los silencios y el silencio. Lo digo por experiencia, pero las largas horas de la noche en el silencio absoluto de la habitación, en la extrema soledad del cuerpo, nos enseñan a escuchar los silencios desesperados y el silencio que, despojado y abordado con discernimiento, no es mudo sino que también tiene voz. 

Silenciar nuestro ego para escuchar al otro, silenciar nuestros prejuicios para abrirnos al otro, habilitar el oído del corazón para escuchar la voz débil como un silencio contenido que nos abre a la relación. 

Si hay una invitación que me atrevo a hacer a los hombres y mujeres de nuestra sociedad, es sólo a practicar un tiempo de soledad y silencio durante el día o la noche y hacerlo con continuidad y perseverancia, como un ritmo de respiración, aceptando atravesar silencios a veces enigmáticos, desesperados, otras veces capaces de exaltación... Entonces incluso los enigmas se convierten en misterios. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El arte de la escucha del silencio.

El arte de la escucha del silencio 

En el frenesí de nuestra vida cotidiana, donde el ruido y las distracciones parecen estar a la orden del día, hay un compañero silencioso que a menudo pasamos por alto: el silencio. 

¿Alguna vez te has tomado un descanso para escucharlo? 

Esta dimensión, a menudo subestimada, está viva y pulsante: el silencio es una cosa viva. 

Pero ¿qué significa escuchar el silencio? 

“No todos los silencios son iguales” y esta afirmación es tan cierta en nuestra vida diaria como en el lugar de trabajo. El silencio no es simplemente la ausencia de sonidos, sino más bien una invitación, una oportunidad de sumergirse en algo profundo y envolvente, donde todo lo necesario ya ha sido dicho. Es un espacio donde el ruido del mundo exterior se disuelve, permitiendo que nuestra mente encuentre claridad y serenidad. 

En el caos de su oficina o sala de conferencias, el silencio puede parecer un lujo inalcanzable. 

Sin embargo, ¿alguna vez has pensado que el silencio está dentro de ti y puede ser un antídoto contra el ruido, tanto externo como interno? 

El silencio, además, es un poderoso aliado de nuestra productividad y creatividad. De hecho, es en los momentos de tranquilidad interior cuando estamos más concentrados y las mejores ideas tienen espacio para germinar, libres de distracciones y condicionamientos. 

Intentemos analizar las pausas de silencio que nos permitimos en nuestros días, tomando consciencia de nuestros hábitos y tratando de cultivar nuevas intenciones. Ya sea para completar una presentación importante, resolver un problema complejo, liberar tensión emocional o calmar una molesta voz interior, tomar un momento de silencio, simplemente respirar, puede marcar la diferencia, porque crea espacio en el cuerpo y en la mente. 

Pero el silencio no es sólo un respiro del desbordamiento de nuestras vidas, un respiro del frenesí cotidiano, es también una oportunidad para escuchar con atención y curiosidad aquello que nos habita: pensamientos, sensaciones, emociones, deseos, necesidades. Una manera de descubrirnos y redescubrirnos, acogiéndonos con amabilidad y compasión, haciendo espacio para todo lo que reside o pasa por lo más profundo de nosotros. 

Es precisamente en estos momentos de calma y de escucha que podemos redescubrir la conexión con los demás, con la naturaleza, con la comunidad. 

En el lugar de trabajo, podemos integrar el silencio en nuestra rutina diaria en unos sencillos momentos: 

1.- Podemos empezar el día con unos minutos de meditación silenciosa, centrándonos en las sensaciones de nuestra respiración y en nada más, para establecer un mayor centrado. Este momento de tranquilidad nos permite prepararnos para el día que comienza, haciendo espacio en nuestro cuerpo y mente, dejando de lado las distracciones externas y permitiendo que emerjan nuestras intenciones más auténticas. 

2.- Durante las reuniones o interacciones con quienes trabajan con nosotros, podemos practicar la escucha activa en silencio, dedicando toda nuestra atención a la persona que habla, sin interrumpirla y sin pensar de antemano en nuestra respuesta. Dejemos a un lado nuestras preocupaciones y pensamientos, concentrándonos en lo que la otra persona nos está comunicando. Esto no sólo nos ayuda a comprender mejor el punto de vista de cada uno, sino que fomenta un entorno de confianza y respeto mutuo. 

3.- Podemos tomar pausas reflexivas a lo largo del día para analizar en silencio nuestras interacciones con los demás. Preguntémonos cómo podemos estar más presentes y empáticos con la familia, los amigos, los compañeros y los conciudadanos, cómo podemos contribuir a crear un entorno más sano, más respetuoso y colaborativo. 

Incluso cuando el frenesí parece apoderarse de nosotros, siempre es posible crear espacios de silencio, momentos de tranquilidad interior que nos ayuden a reconectar con nosotros mismos y con los demás, permitiéndonos afrontar los retos diarios con mayor calma y claridad mental. 

La práctica del mindfulness es un excelente entrenamiento diario en el silencio y la escucha, que no sólo potencia nuestro bienestar individual, sino que también tiene un impacto positivo en nuestras relaciones, en la cultura corporativa, en la comunidad social. 

El silencio no es un escape del mundo, sino más bien un retorno a nosotros mismos, una manera de integrar la conciencia y la presencia en nuestro trabajo y vida diaria. En una época en la que estamos constantemente bombardeados por estímulos externos, encontrar momentos de silencio puede ser revolucionario. 

Así que, la próxima vez que te encuentres inmerso en el caos, recuerda la importancia del silencio, un compañero inesperado, dispuesto a ofrecerte claridad, inspiración y serenidad. Abrázalo y deja que te guíe hacia una nueva conciencia. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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