viernes, 3 de abril de 2026

Y Dios se hizo silencio - “Todo está cumplido” -.

Y Dios se hizo silencio - Todo está cumplido - 

A medida que disminuye el prestigio del lenguaje, aumenta el del silencio. Las imágenes, las palabras y los sonidos distribuidos de forma global e instantánea generan una cacofonía - incluso en la Iglesia - en la que la distinción entre señal y ruido es cada vez menos relevante, hasta el punto de empujarnos a algunos de nosotros al mutismo. 

Al tráfico humano y al estruendo de las máquinas que hacen funcionar nuestra vida se ha sumado una cascada de información sonora que contamina nuestro paisaje acústico, incluidas redes sociales como TikTok que primero hablan y luego piden permiso. Ante todo esto, el silencio parece una reacción, una solución, tal vez una vía de escape. 

La aspiración al silencio es tan antigua como el lenguaje: a cada expresión audible le corresponde un impulso igual y contrario de taparse los oídos. 

Hay un silencio sagrado. Por ejemplo, en medio de cada inciso, de hecho, el canto gregoriano dejaba una pausa (media distinctio), diferente según la reverberación natural de cada iglesia, que permitía a los coristas tomar aliento: y mientras se respira el Espíritu Santo entra en los pulmones. 

En todo caso, un silencio puede ser inhumano o, por el contrario, puede responder a la más humana de las necesidades. 

La respuesta a la pregunta «¿qué es el silencio?» podría parecer obvia: «la ausencia de ruido o sonido»; sin embargo, se trata de una cuestión que encierra en sí misma numerosas y fascinantes reflexiones. 

Es verdad, creo, que el silencio siempre ha sido parte integrante de la creación. Y tantas veces, más de unos años a esta parte, suelo pensar no solamente en la necesidad sino, mejor aún, en la bendición del silencio. 

He leído que al ser humano (a diferencia de las plantas y los animales) no se nos ha permitido el acceso a los infrasonidos y los ultrasonidos, sino que solo somos capaces de percibir los sonidos comprendidos entre las 16 y las 20 000 oscilaciones por segundo. 

El ser humano es un individuo envuelto en el silencio. Hay motivos para considerar que el equilibrio entre la capacidad auditiva y la imposibilidad de oír ciertos sonidos es la base de nuestra salud y el bienestar. 

Los entendidos subrayan la importancia de la escucha desde la etapa prenatal, en la que el feto se concibe a sí mismo como un ser que dialoga con un mundo de sonidos que lo rodea, en particular cuando vive la experiencia del descubrimiento del latido cardíaco materno y de la felicidad que de ello se deriva al comprender que no está solo. 

El Sábado Santo es como ese espacio que quiere invitarnos a reconocer la experiencia de Dios no solo a través de la actitud racional e intelectual típica de nuestra concepción cristiana occidental, sino también a percibir a Dios como misterio, como una experiencia que nunca tiene fin, cuyos contornos se perfilan mejor cuando cada sonido y cada palabra se han perdido en la lejanía y el silencio se convierte en plenitud de lo indecible. 

Una vez que incluso la última palabra - “Todo está cumplido” - se ha apagado, ésta sigue resonando de alguna manera, precisamente como un silencio…, como una bienaventuranza. 

Y este silencio se prolonga en este día de Sábado Santo tras la crucifixión de Jesús y su sepultura. 

Una última palabra - “Todo está cumplido”- que queda suspendida ya en aquel silencio que todo lo abraza y envuelve en una eficacia liberadora, sanadora, terapéutica… salvadora porque es capaz de llenar el corazón de felicidad y de sentido, incluso cuando Dios ya guarda silencio. 

A lo largo de nuestra historia, el silencio ha quedado relegado exclusivamente a ser prácticamente una ausencia de palabra y de sonido. Toda la expresividad, la intensidad, la pureza y la espiritualidad se han atribuido, por definición, a la palabra y al sonido audible. 

Y, sin embargo, el Sábado Santo nos enseña que la máxima expresión de la espiritualidad se sitúa precisamente entre un sonido y otro, entre un acorde y el siguiente; en ese breve instante de respiro, casi exhalante, tanto Dios como nosotros somos impulsados y guiados hacia el Altísimo, como en una iniciación a lo Indecible. 

Se dice que si no existiera la oscuridad no apreciaríamos la luz, que el amor no sería tan hermoso sin la indiferencia, que la lluvia nos hace disfrutar plenamente del sol cuando vuelve a brillar. ¿Podemos comprender la belleza de la Palabra si esta no está impregnada de momentos de vacío? 

¿Qué sería el Evangelio sin el silencio? Quizás una cascada de sonidos ininterrumpidos que nos dejaría aturdidos, sin comprensión, sin puntos de apoyo, sin respiros, sin rumbo y sin un camino que seguir ni algo que decir. 

A menudo me he preguntado por qué no se enseña el silencio; tal vez sea tan obvio y dado por sentado que no tiene derecho a profundidad, atención ni reconocimiento. 

La pausa del silencio es un elemento al que pocos prestan atención; nos centramos en qué decir, en cómo decir, en cuándo decir, …, pero dar la importancia adecuada a la pausa del silencio es la única forma que Dios ha encontrado para enriquecer de sentido, respiro, carácter y énfasis la Palabra. 

El silencio del sepulcro durante el Sábado Santo es rico en contenido porque está cargado de los efectos del sonido anterior - “Todo está cumplido”- y, a su vez, carga de expectación el sonido siguiente - “¡No está aquí! ¡Ha resucitado!”-, ya que existe una maravillosa correlación entre todas las partes de esta pieza de salvación que es la crucifixión-sepultura-resurrección, por lo que ninguna parte tiene sentido completo si no es en relación con las demás. 

Hay un momento en el que el silencio se convierte en Palabra, la más elocuente (y, por lo tanto, convincente); es el momento en el que se ha alcanzado tal madurez que se es capaz de mirar más allá de las palabras, y se comprende que es precisamente la pausa del silencio la que es capaz de crear algo nuevo. 

La pausa del silencio, esa suspensión de toda palabra, dentro de esta historia de salvación no la interrumpe, sino que forma parte integrante de ella; es un vacío tan vital que, sin él, toda la estructura de esta historia se derrumbaría. 

Dios ha querido respirar, es decir, tomar aire con su silencio. Y precisamente con su silencio nos brinda la oportunidad de contemplar, de escuchar, …, de asimilar cordialmente la Palabra: nos da tiempo para comprender. 

Esta pausa del Sábado Santo es un silencio medido, un vacío expresivo. Dios nos prepara para su siguiente frase, la Palabra más bella, definitiva y plena, la de la Resurrección, la de la Vida. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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