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jueves, 5 de junio de 2025

La familia y el amor humano.

La familia y el amor humano

Las Sagradas Escrituras, y en particular el Evangelio, nos ofrecen profundas reflexiones sobre la naturaleza de las relaciones humanas y sobre el designio divino que las sustenta. 

En la homilía del pasado 1 de junio con motivo del Jubileo de las Familias, el Papa León XIV hizo claras referencias a los principios que sustentan la unión y la vida familiar, sin utilizar términos teológicos o filosóficos técnicos como «ley natural» o «ley eterna». 

La reflexión del Santo Padre indicó, en cambio, con clara sencillez, que la unidad y el amor en que se basa la familia tienen una raíz que trasciende la mera convención humana, remitiendo directamente al amor mismo de Dios expresado hacia toda la humanidad. 

Jesús mismo, en el Evangelio, ora para que todas las personas sean «una sola cosa». Esta unidad no es una simple agregación anónima, sino una comunión que refleja el vínculo eterno de amor que se manifiesta por analogía en la creación y en la redención humana. 

Es una comunión fundada en el amor de Dios, del cual provienen la vida y la salvación de todos. Este amor divino es infinito y precede a la creación misma. Dios ama a la humanidad infinitamente, como ama a su Hijo Unigénito. Y así, la vida de Dios, donada en Jesús, une a las personas entre sí en un vínculo relacional sustancial e imperecedero. 

Es precisamente en un contexto tan profundo de amor divino, que une al género humano en la ley natural, donde se presenta la auténtica realidad de la familia. 

El Papa subraya que la vida misma es un don recibido antes de ser deseado: «Todos los hombres son hijos, pero ninguno de nosotros ha elegido nacer». Después del nacimiento, hemos necesitado a los demás para vivir y no podríamos haberlo hecho solos. 

Hemos sido salvados por el cuidado de otros, tanto en lo corporal como en lo espiritual. Todo ello pone de manifiesto la naturaleza intrínsecamente relacional del ser humano, un vínculo libre y liberador y un cuidado recíproco entre las personas. 

El Papa León XIV describe el matrimonio no como un ideal abstracto, sino como el «canon del amor verdadero entre el hombre y la mujer: amor total, fiel, fecundo». Una definición que indica la estructura y la finalidad intrínsecas de la unión conyugal. 

Este amor, al transformar a los esposos en «una sola carne», los hace capaces de ser «imagen de Dios» y, precisamente por ello, de dar la vida. El vínculo entre la unión conyugal fecunda y la imagen de Dios recuerda que la familia, basada en el amor eterno, participa en un designio divino que no es una construcción arbitraria, voluntarista o convencional, sino una adhesión temporal al orden objetivo del ser humano. 

En la homilía, el Papa León XIV precisó además que «de las familias proviene el verdadero futuro de los pueblos». La familia, de hecho, es también el lugar privilegiado en el que se transmite la fe junto con la vida, de generación en generación, compartiéndola como el alimento y los afectos. 

Este papel fundamental de la familia para la sociedad y para la transmisión de los valores espirituales ha sido constantemente destacado por el Magisterio de la Iglesia, que ha definido a los matrimonios como testigos ejemplares de la caridad. 

Varios ejemplos muestran que la vida familiar puede ser un camino de perfección ordinaria para el cristiano y que el mundo actual necesita precisamente esta «alianza conyugal» para restablecer las condiciones de felicidad personal, a menudo ahogadas en el hedonismo y el individualismo dominantes. 

Ante la visión cristiana del amor, de la unidad y de la familia, sustentada precisamente en la ley divina natural, las palabras del Pontífice reconocen que, a menudo, hoy nos encontramos ante una verdad pisoteada y traicionada. Esto ocurre «cada vez que se invoca la libertad no para dar la vida, sino para quitarla, no para socorrer, sino para ofender». 

Aunque el Papa León XVI no utiliza explícitamente el término «relativismo», la idea de un uso distorsionado de la libertad que se opone al don de la vida y al cuidado de los demás evoca una tendencia cultural que podría asociarse a perspectivas nihilistas, muy extendidas hoy en día no solo en Occidente, donde el valor de la existencia y de las relaciones es pisoteado, legalmente anulado e incluso subrepticiamente descalificado en favor de intereses falsamente considerados más importantes. 

El Papa, por otra parte, opone abiertamente las «fuerzas que desintegran las relaciones y las sociedades» a la «fuerza que unifica y reconcilia», procedente del amor de Dios y de la alianza conyugal. La oración de Jesús por la unidad y la paz actúa como un «bálsamo sobre nuestras heridas», convirtiéndose en anuncio de perdón y reconciliación, dando sentido a los momentos de alegría y dolor de las familias. 

En resumen, la homilía del Papa León XIV ofrece una visión de la familia y del matrimonio intrínsecamente fundada en el amor de Dios, basada en una idea fundamental de totalidad, fidelidad y fecundidad en su integridad, que tiene consecuencias esenciales para la conservación de la vida y el progreso futuro de la humanidad. 

El orden social y político implica la presencia precisamente de estos principios estables del orden natural, precisamente por eso no negociables, que definen la familia y el amor conyugal como elemento imperecedero de la esencia humana, arraigado en el designio divino de las personas creadas «a imagen de Dios»: una verdad en contraste con las «fuerzas que desintegran» y con el uso distorsionado de la libertad que traicionan la vida y el cuidado mutuo, aspectos estos últimos que pueden relacionarse con los retos que plantea el relativismo contemporáneo. 

La oración de Jesús por la unidad y la promesa de que un día todos estaremos unidos en el único Salvador, abrazados por el amor eterno de Dios, fortalece la convicción de que el orden social y el amor en la familia son expresión natural participada y anticipo temporal concreto de la felicidad eterna: un verdadero camino humano y humanizador de santificación de la vida ordinaria posible para el cristiano. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

 

 

 

 

martes, 3 de junio de 2025

La familia, escuela de comunión y de esperanza.

La familia, escuela de comunión y de esperanza 

Un viento de gratitud, unidad y ternura recorrió la Plaza de San Pedro en la VII Domingo de Pascua, cuando el Papa León XIV celebró el Jubileo de las Familias, los Abuelos y los Ancianos. Un evento conmovedor, en el que la liturgia se convirtió también en un relato coral de vidas entrelazadas, entre generaciones que se transmiten la fe, el cuidado y la memoria. 

En el corazón de la homilía, el Papa dio voz a la oración de Jesús en la Última Cena (Jn 17, 20-26), donde Jesús invoca para toda la humanidad una unidad profunda, que no sea una fusión indistinta, sino una comunión que refleje el amor mismo de Dios. «El Señor no quiere que nos sumemos en una masa anónima, sino que desea que seamos uno», dijo el Papa, «como Él es uno con el Padre en el Espíritu». 

Palabras que se han convertido en una propuesta concreta: construir relaciones basadas en el amor y el respeto mutuo, tanto en la familia como en la sociedad, reconociendo que la unidad entre las personas no es solo fruto de nuestro compromiso, sino un don de Dios que, vivido en la vida cotidiana, se convierte en un testimonio visible para todos. 

El Papa subrayó luego que toda existencia nace de una relación y de un amor que precede a toda elección individual: «Todos los hombres son hijos, pero ninguno de nosotros ha elegido nacer». Es una invitación poderosa a reconocer la propia vida como un don recibido y compartido, donde la libertad se ejerce no en el individualismo, sino en la responsabilidad recíproca. 

Y es precisamente en el seno de las relaciones familiares —entre cónyuges, entre padres e hijos, entre abuelos y nietos— donde el Papa León XIV reconoce un lugar privilegiado para la custodia y la transmisión de la fe. No como enseñanza doctrinal aislada, sino como alimento cotidiano, compartido como «el pan de la mesa y los afectos del corazón». 

El matrimonio cristiano es un sacramento: un signo concreto, vivido y público del amor fiel y fecundo de Dios. Pero la Iglesia, especialmente a partir del Papa Francisco, ha aprendido a mirar con misericordia también las situaciones en las que el amor se ha roto. 

Siguiendo la línea trazada por Amoris Laetitia, el Papa León XIV no se limita a defender un ideal abstracto. Sin negar nunca la verdad del matrimonio, reconoce la complejidad de las historias humanas y da a entender que también las parejas heridas siguen siendo parte viva de la Iglesia. Sus palabras se inscriben en una línea evolutiva del Magisterio, que ha abandonado las actitudes de condena para asumir las del acompañamiento, el discernimiento y la integración. 

Cuando el amor humano termina, el signo sacramental puede perder su fuerza visible, pero el amor de Dios por cada uno nunca falta. Y aunque la relación conyugal se interrumpa, los lazos familiares no se disuelven por completo: continúan y pueden madurar con el tiempo las relaciones entre padres e hijos, entre abuelos y nietos, entre hermanos y hermanas. 

Es en estos lazos donde a menudo se conserva y se transmite aún la fuerza del amor recibido, incluso cuando la unión entre los cónyuges ya no es posible. Por eso, tampoco los separados, los divorciados y los que viven nuevas uniones deben sentirse excluidos: la comunidad cristiana no está llamada a juzgar, sino a cuidar. 

En algunos casos, la Iglesia puede incluso verificar si el matrimonio fue válido desde el principio; en otros, puede acompañar hacia una nueva madurez de la fe. Pero en cualquier situación, lo importante es que nadie sea abandonado. 

En este sentido, la posición del Papa León XIV representa un refuerzo del camino ya abierto: reafirma con fuerza la idea de que es posible vivir la fidelidad al ideal cristiano sin excluir a nadie, porque todo amor, incluso cuando está herido, puede releerse a la luz de la misericordia. 

En la homilía no faltó una fuerte referencia a la santidad de la vida conyugal. El Papa citó a algunos matrimonios y familias que dan testimonio de que el amor conyugal vivido con fe es camino de santidad. «Señalar a los esposos santos», afirmó, «significa decir al mundo que se necesita la alianza conyugal para conocer el amor de Dios». 

El Papa dirigió luego una mirada especial a los ancianos, llamándolos «guardianes del tiempo y de la sabiduría». Su oración es una fuerza silenciosa que sostiene a la Iglesia. En un mundo que descarta, la Iglesia acoge, escucha y valora: este es el mensaje confiado a los abuelos y a las familias. 

En el mensaje del Papa para el Jubileo resuena la fidelidad al Evangelio junto con un fuerte sentido pastoral. El Papa León XIV no retrocede en el ideal, sino que lo propone con un lenguaje humano y creíble, siguiendo el camino de la misericordia abierto por el Papa Francisco. Es una Iglesia que acoge, acompaña, sostiene y cura, porque cree que incluso las relaciones rotas pueden encontrar luz y esperanza. 

En un tiempo marcado por la soledad y la fragmentación, el Papa León XIV relanza la familia como lugar de vida, fe y reconciliación. No perfecta, pero habitada por Dios. No uniforme, pero capaz de dar testimonio de que todo amor, cuando se abre a la gracia, puede convertirse en profecía. 


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 14 de mayo de 2025

Dios está en nuestros amores imperfectos.

Dios está en nuestros amores imperfectos

Al leer Amoris laetitia, pero también al escuchar algunos discursos o intervenciones del Papa Francisco, me he dado más cuenta de que formar una familia, ser pareja, tener hijos, no es algo que se aprenda, sino una experiencia que hay que interpretar cristianamente. No existe un tipo de familia cristiana que sea independiente de las demás. Cada cultura, a lo largo del tiempo y del espacio, tiene sus propias formas de unir a las personas en relación y de concebir la paternidad: los modelos culturales han sido innumerables incluso dentro del universo cristiano. Pero si los cristianos forman una familia según las normas de las culturas en las que nacen, el Evangelio les permite captar en esta experiencia humana, tan difundida, tan normal y tan diferente para cada contexto y para cada persona, algo del Dios de Jesús, y esto la transforma profundamente. 

Amarse, sufrir, perdonarse, traer a alguien al mundo, venir al mundo, aprender la fraternidad, desearse sexualmente, envejecer, enfrentarse, hablar, acompañarse en el camino de la vida, afrontar los acontecimientos de la vida dentro de un único camino, sabiendo que se recorre un único camino incluso cuando los sentimientos cambian o la atracción termina o alguna dolorosa ruptura amenaza la vida, todo esto puede ser un lugar para conocer cómo ama Dios, cómo se hace presente y para intentar responder a su presencia amando con el amor que Él mismo derrama en nuestro corazón. No se trata tanto de qué comportamientos sexuales se tienen, se trata de una vida entera, real, concreta, en la que se confronta continuamente con el Evangelio lo que se siente, lo que sucede y lo que compartimos. 

Ese amor de Dios que los cristianos conocen y quieren vivir a su vez se convierte en protagonista de nuestros días prosaicos y absolutamente ordinarios, de nuestros hogares, de nuestras relaciones. En este punto, no se trata de comparar mi familia o lo que yo consigo con un ideal, sino de captar cada día al Dios de los vínculos, cuya salvación pasa precisamente por el tejido de las relaciones humanas (cf. Evangelii gaudium 113). 

Creo que esta perspectiva es una de las que más me ha marcado del magisterio del Papa Francisco: el Evangelio interpreta la vida, nos hace ver la acción de Dios ya presente y nos llama a la conversión sobre lo que no es amor para una vida aún más plena, pero Dios obra y se hace presente aquí y ahora, tal como somos, allí donde estamos. Nuestras familias no son perfectas ni lo serán nunca, ninguno de nosotros sabe leer hasta el fondo ni siquiera su propio corazón, ninguno de nosotros sabe hasta el fondo si el amor que siente es solo amor o no, pero eso no importa, lo que importa es poner realmente nuestra vida, tal como es, frente al Evangelio para encarnarlo lo mejor que podamos. 

No tenemos que ser perfectos. Ni siquiera Dios quiere ser perfecto, porque si no, no podría tenernos con Él. Solo un Dios que ama y que hace del amor el centro de sí mismo puede vincularse a seres imperfectos y falibles, y Dios es precisamente así. No le interesan los caminos rectos ni las actuaciones, le interesa amarnos y ser amado. En el Papa Francisco he encontrado esta libertad de pretensiones imposibles y de alturas espirituales que corren el riesgo de alejarnos de la realidad. 

El matrimonio y la familia son una experiencia humana que adopta diferentes formas según los contextos: el Evangelio nos enseña no solo a multiplicar el amor y la vida que conlleva, sino también a ver a Dios mismo en nuestro estrechamiento a lo largo de los caminos de la vida. Partiendo de esta premisa, si tuviera que señalar algunos pasajes concretos del magisterio del Papa Francisco, volvería a Amoris laetitia y, en particular, al capítulo cuarto y al capítulo noveno. En el capítulo cuarto, de hecho, el Papa sitúa el amor en el centro del matrimonio y de la experiencia familiar, pero no lo hace indicando el amor como algo abstracto o inalcanzable, sino partiendo de la concreción de la vida cotidiana. 

Para ello, utiliza el himno a la caridad que encontramos en el capítulo trece de la Primera Carta a los Corintios. San Pablo lo escribió para indicar a una comunidad llena de vivacidad y carismas, a veces incluso problemáticos, lo que es capaz de mantener unidos a todos y todo, lo que nos hace un don para los demás, es decir, algo dirigido hacia ellos para que puedan vivir y que, al mismo tiempo y de manera no secundaria, hace que los demás sean un don para nosotros, porque ninguno de nosotros puede vivir sin recibir cuidado y amor y ninguno de nosotros puede amar solo a los demás sin amarse a sí mismo, como a nadie se le pide que se destruya a sí mismo por los demás. 

Al dar su vida hasta la muerte en la cruz, Jesús no busca su propia destrucción, sino su vida junto con la de los demás, atraviesa la muerte solo cuando no puede evitarla y son los hombres quienes lo matan, no el amor, porque el amor siempre da vida. 

San Juan, en la primera conclusión de su Evangelio, al final del capítulo veinte, nos recuerda que lo que ha sido escrito es para que creamos y, creyendo, tengamos vida. El Papa Francisco, para interpretar la vida de las familias, elige, por tanto, el amor descrito por San Pablo, la forma de relacionarse que San Pablo refería a los creyentes entre ellos para que pudieran alimentarse mutuamente y ser juntos un solo cuerpo capaz de hacer presente a Cristo. 

Para cada expresión escrita por San Pablo en el himno a la caridad, el Papa hace una traducción concreta a la experiencia familiar, hasta tal punto que dudo mucho que alguien no pueda encontrar sus propios sentimientos o las vicisitudes de su vida cotidiana en estas páginas extraordinarias. Es un magisterio en el que la vida y el Evangelio se entrelazan hasta tal punto que no se puede comprender uno sin el otro y viceversa, tal y como ocurre en la vida cristiana, porque esta se da cuando lo que ocurre concretamente se entrelaza y se comprende solo con el Evangelio, hasta el punto de que mirar esta vida nos cuenta el Evangelio de Jesús, aunque sea dentro de otra historia, la de un discípulo o una discípula que dan de nuevo carne dentro de la historia a la Palabra de Dios. 

Y cuando la Palabra se encarna, vemos el amor concretizarse en la humanidad ordinaria que vivimos y somos. Un amor al alcance de todos, siempre capaz de crecer y profundizarse, para llegar a ser pleno solo en el Reino de Dios. La Buena Noticia es que el Reino de Dios, aunque aún esperado, ya está entre nosotros, en nuestra casa, en medio de nuestros amores imperfectos, a veces indecibles, y en medio de nuestras alegrías y fatigas: está entre nosotros y crece. 

El otro capítulo de Amoris laetitia que me gustaría recordar es el noveno, en el que se dan algunas indicaciones sobre la espiritualidad familiar. Una vez más, no se trata de un estándar elevado que hay que alcanzar, como si la vida en el Espíritu tuviera que ver con la calidad de las prestaciones. 

«La presencia del Señor habita en la familia real y concreta, con todos sus sufrimientos, luchas, alegrías y propósitos cotidianos. Cuando se vive en familia, es difícil fingir y mentir, no podemos mostrar una máscara. Si el amor anima esta autenticidad, el Señor reina allí con su alegría y su paz. La espiritualidad del amor familiar está hecha de miles de gestos reales y concretos. En esta variedad de dones y encuentros que hacen madurar la comunión, Dios tiene su morada» (AL 315). 

La mística, la santificación y el amor prosaico de la vida cotidiana son lo mismo: quien quiere contemplar a Dios solo tiene que abrir los ojos a sus relaciones familiares y será un contemplativo y un místico de primera, conducido cada día a la plenitud de la santidad. Además, precisamente porque el entrelazamiento de las relaciones, a la luz del Evangelio, se convierte en un lugar donde Dios se hace presente, el estilo de la familia se convierte en el de la atención: cada persona (sin excepción) está llamada a cuidar de los demás y, por lo tanto, cada uno (sin excepción) debe ser objeto de atención. 

Nadie puede ser solo una persona que ofrece cuidado, porque todos somos frágiles y necesitamos ser cuidados: la familia puede ser el lugar donde cada uno encuentra su florecimiento gracias al cuidado de los demás. Y cuando uno se da cuenta de esto, sabe lo que es el amor, y conociendo el amor, conoce a Dios. 

«Toda la vida familiar es un «pastizal» misericordioso. Cada uno, con cuidado, pinta y escribe en la vida del otro: «Vosotros sois nuestra carta, escrita en nuestros corazones [...] no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo» (2 Cor 3,2-3). Cada uno es un «pescador de hombres» (Lc 5,10) que, en nombre de Jesús, echa las redes (cf. Lc 5,5) hacia los demás, o un labrador que trabaja en esa tierra fresca que son sus seres queridos, estimulando lo mejor de ellos. La fecundidad matrimonial implica promoción, porque «amar a una persona es esperar de ella algo indefinible, imprevisible; es al mismo tiempo ofrecerle de algún modo el medio para responder a esta espera». Esto es un culto a Dios, porque es Él quien ha sembrado muchas cosas buenas en los demás con la esperanza de que las hagamos crecer» (AL 322). 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 8 de abril de 2025

“Adolescencia” -Houston, tenemos un problema-.

“Adolescencia” -Houston, tenemos un problema- 

Uno de los temas que aborda la serie “Adolescencia” (https://es.wikipedia.org/wiki/Adolescencia_(serie_de_televisi%C3%B3n) es el de la incomunicación del mundo juvenil y el papel de la escuela. Y el otro tema, no menos inestable y problemático, es el de la paternidad. 

En la serie de televisión “Adolescencia” la figura paterna se ve profundamente afectada por una crisis, y esta crisis se condensa en torno a una palabra que vuelve con insistencia casi obsesiva: «vergüenza». Eddie, el padre de Jamie, se siente continuamente avergonzado; Adam, el hijo del policía, va a hablar con su padre porque su falta de comprensión de la dinámica es vergonzosa. La vergüenza es la clave de las relaciones conflictivas, irresueltas, a menudo interrumpidas entre padres e hijos. 

Los hombres parecen desorientados, incapaces de tomar decisiones: al principio de la primera entrega, el policía no responde a un mensaje de su hijo porque prefiere dejar que su esposa decida; Eddie, nombrado tutor de su hijo, no sabe cómo comportarse. La redefinición de los roles sociales, empezando por el parental, ha afectado en primer lugar a la «masculinidad», suscitando interrogantes, resistencias, sarcasmos y rechazos explícitos. 

En el tercer episodio, centrado en la conversación entre Jamie y Briony, la psicóloga encargada de trazar un perfil psicológico de Jamie, este intenta cuestionar, eludir y esquivar todas las preguntas sobre su padre y su relación, intentando refugiarse en tranquilizadores clichés de sentido común: «Mi padre es un buen hombre, nunca me pegó, nunca levantó la mano sobre mi madre». En el cuarto episodio se desenmascarará lo que no se dice detrás de ese cliché: el padre de Jamie es un buen hombre, pero le cuesta controlar la ira, impone su agenda familiar, solo está tranquilo cuando su esposa e hija cumplen sus deseos. 

En esa superficie aparentemente ordinaria se abre una grieta, y de ahí surgen los rasgos de una masculinidad aún anclada en modelos de fuerza, invulnerabilidad y paternalismo. Precisamente esa idea de macho, de dominio, de control que Jamie había intentado imponer con su actitud desafiante, poniéndose de pie frente a la psicóloga en una posición dominante, gritando, arrojando objetos, burlándose de la psicóloga porque tiene el miedo de un niño... 

Pero en las grietas de la llamada normalidad también surgen las cicatrices: Jamie cuenta que cada vez que jugaba al fútbol, su padre iba a animarlo, pero cada vez que cometía un error, su padre desviaba la mirada, incapaz de soportar esos errores y disimular su propia decepción. 

La dinámica cotidiana de una familia normal, en la que no hay episodios de violencia, en la que los hijos parecen haber crecido con atención, constituye el elemento más inquietante de la historia porque interroga radicalmente al espectador: ante la in-explicabilidad de las acciones del hijo, los padres se preguntan casi indefensos dónde se equivocaron. 

«Podríamos haber hecho más», dice la madre de Jamie en el último episodio. «No es culpa nuestra», le responde el padre. El mismo que se preguntó: «¿Cómo hemos criado a una hija tan perfecta como Lisa?», recibiendo como respuesta de su esposa: «De la misma manera que hemos tenido un hijo como Jamie». 

“Adolescencia” pone de manifiesto una verdad incómoda: la familia se queda tremendamente sola. Y no logra identificar con claridad el origen del malestar: esos hijos que hasta hacía poco eran niños felices y alegres resultan ser perfectos desconocidos. Y es una dinámica que afecta a todas las familias que, por poner un ejemplo, reciben una llamada de la escuela y no creen que su hijo pueda haber hecho algo, porque lo conocen y no sería capaz de hacerlo. Hay un misterio que crece dentro de casa, en una burbuja de incomunicación ordinaria hecha de habitaciones cerradas, teléfonos móviles, grupos sociales... 

“Adolescencia” nos cuestiona sobre lo que significa ser hombres, ser padres, ser educadores en una época en la que los referentes se desmoronan y las figuras parentales tienen dificultades para redefinirse. 

El Papa Juan Pablo II -Carta a las familias ‘Gratissimam sane’ del 2 de febrero de 1994 (https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/letters/1994/documents/hf_jp-ii_let_02021994_families.html) - utilizó una frase muy dura al respecto: está creciendo una generación de «huérfanos de padres aún vivos». 

Aplastados entre la tentación de satisfacer todos los deseos de sus hijos y la rigidez de la autoridad tradicional, los padres y las madres (pero sobre todo los padres) oscilan, se retraen, se disuelven. Y lo que queda, con demasiada frecuencia, no es libertad, sino un desierto afectivo y relacional. 

Uno de los aspectos más significativos de “Adolesencia” hablando de la “paternidad” es la representación de la crisis de fe. En línea con una de las tendencias de las series contemporáneas, asistimos a una progresiva evaporación de lo religioso, no solo en su dimensión institucional y reconocible, sino también en su valor como respuesta a las preguntas de sentido. 

De hecho, los jóvenes protagonistas se encuentran a menudo confrontados con un vacío existencial que ni la familia ni la sociedad parecen capaces de llenar. La religión, que en otro tiempo fue un referente imprescindible para la construcción de la identidad individual y colectiva, parece hoy ausente material y simbólicamente. 

La familia representa uno de los temas tradicionalmente fuertes de la pastoral eclesial. Sin embargo, a menudo se tiene la impresión de que la atención que se le presta está filtrada por una visión ideológica, alejada de las complejidades reales de la vida cotidiana. 

En no pocas parroquias aún se imparten cursos (o, como prefieren decir algunos Obispos más atentos al maquillaje lingüístico que a la sustancia, «itinerarios») de preparación al matrimonio que hasta pueden estar obsoletos, mientras que resulta marginal no solo el compromiso concreto con las familias en dificultades, sino también una auténtica reflexión y replanteamiento de los procesos educativos. 

Estos últimos, los procesos educativos en cuestión, parecen a menudo encorsetados en modelos abstractos, espiritualizados, a veces atrincherados en cuestiones litúrgico-sacramentales que, por muy relevantes que sean, tienen dificultades para dialogar con las formas, los lenguajes y las inquietudes de las nuevas generaciones. 

Y crecen las generaciones que perciben la Iglesia y sus expresiones como algo remoto, distante,…, de otro mundo, quizás incluso más que la escuela o las propias figuras parentales. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 6 de enero de 2025

Carta de unos padres ante el bautismo de un hijo.

 Carta de unos padres ante el bautismo de un hijo

 

Querido hijo… querida hija…

 

Un día entre muchos días empezarás a preguntar. Te preguntarás... te preguntarás por qué estuviste aquí hoy. Te preguntarás por qué se tomó esta elección. Nos preguntarás por qué esta elección. Y esta es la primera razón por la que nosotros estamos aquí. Porque en la vida nunca dejas de preguntarte y de preguntar, porque te preguntas por qué estás aquí, de dónde vienes, adónde irás y adónde quieres llegar, quién eres y quién quieres ser.

 

Y, mientras lo haces, también estás aquí para no dejar nunca de ocuparte del encuentro de los encuentros: el encuentro del Amor. No podíamos no dejar que lo conocieras, al menos inténtalo. Amor verdadero. Nadie tiene su propia definición y no la acepta de nadie, pero muchas personas adecuadas, en el camino correcto en el momento adecuado, te lo mostrarán. Desde los ojos, desde los corazones, desde los rostros de los demás verás y comprenderás qué es el Amor y podrás sentirlo latiendo en tu corazón, brotando en tu pecho como una fuente de agua viva. Todas son imágenes del Evangelio, ¿sabes, cariño? Agua que brota, fuente que mana, luz que brilla en la oscuridad, fuego que calienta. Teníamos que ponerte en este camino, al menos inténtalo. Entonces tú decidirás.

 

¿Por qué? Porque es un camino que nos ha dado mucho. Sólo el ejemplo y la vida vivida comunican Amor y estamos aquí precisamente por eso. Nos conocimos gracias a este Amor, nos enamoramos y amamos gracias a este Amor y, si Dios quiere, nos amaremos para siempre gracias a este Amor. Has visto cómo se hace, de dónde viene y hacia dónde va, y podrás verlo cada día en nuestros ojos, en nuestros gestos, en nuestras palabras. Eres el primer fruto de este Amor, tú y nuestra felicidad.

 

No pudimos evitar poneros en este camino que insinuará la espléndida duda de querer una vida plena, de buscar la sal y la semilla, de querer llegar a la sustancia de las personas, del tiempo, de las elecciones. No pudimos evitar dejarte conocer a un maestro cautivador como Jesús, noble con los pobres, manso con los arrogantes, concreto y despreocupado al mismo tiempo, siempre en movimiento y siempre (o casi) en paz.

 

No pudimos evitar hacerte encontrar a un Dios que es Amor, que está aquí y ahora, en la concreción de nuestra relación, no en la racionalidad sino en la vida vivida entre hermanos, en el caminar y ensuciarnos las manos juntos para construir un mundo cada vez mejor. Tomar la belleza de todo, de cada instante, persona, circunstancia…

 

No pudimos evitar intentar hacer brillar tus ojos por un abrazo de hermandad recibido, por dos manos que se estrechan, por un agradecimiento, por un perdón, porque en este camino quizás habrás aprendido o aprenderás que en la vida hay belleza, que no se pisotea la belleza, que las cosas simples son las más bellas, que el valor no es intrínseco sino que eres tú quien se lo da a las cosas y a las personas con tu humanidad y descubriendo su humanidad. No pudimos evitar intentar demostrarte que la vida es un regalo para maravillarte, un regalo de cada día en todos sus matices por el que estar siempre agradecido. No pudimos.

 

¿Compartirás? ¿No compartirás? Lo hicimos con Amor, dispuestos a brindarte cada día nuestro ejemplo y nuestro cariño. Ésta es nuestra fe y nuestro mayor regalo para ti, que eres y serás siempre nuestra alegría y el fruto más precioso y profundo de nuestro Amor.

 

Siempre tuyo, tus padres.

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Transfigurarse en el Espíritu a imagen de Cristo.

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