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miércoles, 2 de septiembre de 2026

Sed lo que sois.

Sed lo que sois

«Vosotros sois la sal de la tierra. Vosotros sois la luz del mundo».

 

Este es un decreto eterno. Un indicativo absoluto. Una Verdad que no admite réplicas, no tolera cambios de opinión, no concede espacio a la reticencia del corazón humano. Es así y punto.

 

El que tenga oídos para oír, que oiga: vuestra esencia no depende de vuestros méritos, no se sustenta en vuestras frágiles cualidades, ni en vuestras virtudes fluctuantes. Brota únicamente de la fuerza de la Palabra que os llama.

 

Es el soplo de Jesús el que nos constituye discípulos y discípulas, imprimiendo en nuestro ser un sello indeleble. No hay vacilación en esta palabra, no hay lugar para el aplazamiento, no hay refugio en lo posible.

 

Jesús no dice: «podríais ser», «quizá os convirtáis», «si queréis, seréis». Dice: «sois». El indicativo del Evangelio recae sobre la vida como una sentencia de verdad y, al mismo tiempo, como una llamada irrevocable.

 

Es una palabra que no se limita a describir, sino que crea; no solo constata, sino que genera.

 

Quien escucha esta voz no recibe una simple tarea: recibe una nueva identidad.


En una época que ama los matices, los términos medios, las pertenencias intermitentes, Jesús habla con la claridad del fuego. Él arranca al discípulo de la ambigüedad y lo sitúa en el corazón de la historia como signo.

 

No basa el discipulado en las capacidades personales, en la fuerza moral ni en la excelencia de cada uno.

 

La raíz de todo no es el mérito humano, sino el poder de la Palabra que llama. Es la Palabra la que consagra una vida, es la Palabra la que hace fecunda una fragilidad, es la Palabra la que transforma a hombres y mujeres comunes en presencia viva del Reino.

 

Se impone una acción oculta, un camino de humildad que se consume en el secreto. El discípulo no busca el aplauso de las plazas, no ansía los focos del mundo.

 

Nuestro estilo de vida debe fundirse en el tejido cotidiano de la humanidad.

 

Caminaremos entre los hombres, haremos lo mismo que todos, trabajaremos bajo el mismo sol. Pero lo haremos todo de una manera radicalmente diferente.

 

Habitaremos el mundo con la lógica disruptiva del Evangelio. Así como la sal se disuelve para dar sabor, así nosotros nos perderemos en el servicio, venciendo la corrupción del mal con la fuerza de la gratuidad.

 

De este ocultamiento brotará el prodigio. Este estilo de vida renovado, esta fidelidad silenciosa, se convertirá en la Luz del mundo.

 

No una luz que ciega, sino una evidencia tan clara y resplandeciente que resulta indudable.

 

Ella rasgará las tinieblas de esta generación. Será un faro de justicia y de verdad que pondrá al descubierto, sin necesidad de condenas verbales, la falsedad de quienes eligen la muerte.

 

Quien vive en la injusticia temblará ante la claridad de nuestra vida; quien camina en la mentira será iluminado por nuestra coherencia.

 

Convertíos, pues, a vuestra verdadera identidad nos diría Jesús. Dejad de esconderos tras la excusa de vuestra debilidad. La Palabra ya os ha transformado. Sed lo que sois: el sabor de la tierra, la luz de las naciones.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Vosotros sois luz y sal de un mundo alternativo.

Vosotros sois luz y sal de un mundo alternativo

Existe una radicalidad fundamental que envuelve el Evangelio, un fuego que no admite tibieza, una Verdad que no se doblega ante las negociaciones de los eruditos ni ante las conveniencias de los poderosos.

 

Es la proclamación de una diversidad absoluta, un faro que no ilumina los senderos ya transitados, sino que orienta los pasos hacia un camino que va estrictamente en sentido contrario a la historia de los hombres.

 

Mirad la corriente del mundo: fluye impetuosa hacia la celebración del yo.

 

La historia humana está escrita con la tinta de la competencia desenfrenada, del beneficio elevado a la categoría de divinidad, del interés personal disfrazado de progreso. Es la lógica del dominio, donde el fuerte aplasta al débil y el éxito se mide por el número de cuerpos que se logran pisotear.


Pero se alza una voz, contraria y poderosa.

 

El Evangelio no desvía el curso de este río; lo invierte.

 

Donde el mundo grita «acumula», el Evangelio ordena «vende lo que tienes».

 

Donde el mundo exige «domina», la Palabra manda el servicio gratuito.

 

 Esto no es una simple reforma moral, es una revolución ontológica.

 

Es el escándalo de la gratuidad en un mercado donde todo tiene un precio.

 

Entre los discípulos no puede, no debe y no habrá espacio para la misma lógica egoísta del mundo.

 

Quien profesa el Nombre no puede caminar con los zapatos de la injusticia. No se puede servir a dos señores, ni se puede esparcir el perfume del cielo mientras se estrechan las manos sucias del oportunismo.


 

La comunidad de creyentes está llamada a ser la antítesis viva de la barbarie individualista. Su forma de existir, de habitar el espacio común y de relacionarse con los hermanos no es una elección de cortesía, sino un mandato profético.

 

Cada gesto de acogida, cada reparto del pan, cada lavado de pies silencioso y gratuito debe convertirse en un signo visible y tangible de la realidad moldeada por el misterio.

 

Estamos puestos como centinelas en la noche, llamados a dar testimonio de que otro Reino ya está aquí.

 

Un Reino donde los últimos son los primeros, donde quien pierde su vida la encuentra, y donde el amor no calcula la recompensa.

 

Este es el momento de la elección: o conformarnos con la corriente destinada al polvo, o abrazar la santa y bienaventurada contracorriente evangélica, para convertirnos nosotros mismos en profecía viva del mundo que vendrá.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


lunes, 31 de agosto de 2026

Responsabilidad cristiana.

Responsabilidad cristiana

En nuestra época, hablar de responsabilidad ética a la luz del Evangelio significa evitar dos reducciones opuestas, pero igualmente engañosas.

 

Yo diría la de una fe «anestesiada», reducida a un calmante, a un bálsamo que promete consuelo futuro sin incidir en el presente. Y diría, también, la de una religión reducida a mera operatividad, valorada únicamente por su capacidad de intervenir en lo social (educación, sanidad, inmigración, caridad organizada…).

 

La primera corre el riesgo de someter el mensaje evangélico a un poder que lo utiliza para mantener el statu quo, transformándolo en un Evangelio que no perturba, no provoca, no libera.

 

Pero también la segunda, más sutil, vacía a la fe de su núcleo vital: el mundo del trabajo social exige hoy a la Iglesia más acción que Espíritu, más presencia concreta que visión trascendente.

 

El cristianismo no puede ni debe reducirse ni a ideología ni a servicio, porque es increíblemente más que eso.

 

No es solo una promesa futura, ni únicamente una ONG comprometida con lo social.

 

En su esencia, une el cielo y la tierra, la acción y la contemplación, la liberación material y la salvación espiritual, en un equilibrio muy delicado.

 

Escribe San Pablo: «Que el Dios de la paz os santifique por completo, y que todo vuestro ser —espíritu, alma y cuerpo— se conserve irreprochable para la venida de nuestro Señor Jesucristo» (1 Ts 5,23).

 

Es esta visión integral del hombre y de la historia la que propone el Evangelio: una fe que actúa en el presente, pero que nunca pierde de vista la eternidad; que se convierte en caridad concreta, pero siempre arraigada en la verdad y en la gracia.


Me doy cuenta, al tener la suerte de dialogar con quienes tienen más experiencia que yo podemos caer en el error de simplificar el mensaje evangélico para que se adapte a nuestro punto de vista. Aunque la intención no sea maliciosa, el resultado es arriesgado.

 

La nuestra, en más de una ocasión, puede ser una instrumentalización de la Palabra, realizada desde una perspectiva. Y el resultado acaba siendo el de una desnaturalización engañosa del mensaje evangélico.

 

Incluso una Iglesia que se limita a hacer el bien, reducida a una ONG, puede acabar, sin darse cuenta, sirviendo a un sistema injusto. Puede convertirse en un instrumento de un orden que acepta la pobreza siempre que esté controlada, y el sufrimiento siempre que se silencie. Se curan las heridas, pero no se abordan las causas. E incluso las buenas obras pueden convertirse en una forma de anestesia.

 

La cuestión es que Jesús no se limita a consolar: su acción en la historia es profunda e intrínsecamente liberadora.

 

Y sus palabras, sobre todo las más duras, siguen siendo piedras vivas que nos invitan a servir a lo eterno a través de lo mundano —a estar en el mundo, desde las calles hasta las salas del poder, con el reto de no pertenecer a él—.

 

Las bienaventuranzas de las que habla Jesús son el movimiento vertical hacia lo eterno: la referencia a la justicia de Dios, a la dulce promesa que supera la medida de nuestro actuar falaz. Las maldiciones opuestas —tal y como aparecen en el Evangelio de Lucas— son el movimiento horizontal: nos llaman a la acción concreta, a la responsabilidad de tomar posición en la historia.

 

La tensión entre verticalidad y horizontalidad queda simbolizada a la perfección por la cruz.

 

Mucho más que un mero signo religioso, la cruz es la figura teológica en la que se encuentran el cielo y la tierra, lo inmenso y lo finito.

 

El eje vertical indica la apertura al Padre y la confianza en su justicia; el eje horizontal es el abrazo a toda la humanidad, con sus alegrías y sus desgracias.

 

Sin la verticalidad, la horizontalidad se reduce a un activismo vertiginosamente agitado que se persigue a sí mismo, pero sin rumbo. Sin horizontalidad, la verticalidad se convierte en un espiritualismo evanescente, ajeno a la carne del mundo.


Jesús, verdadero Dios y verdadero Hombre, encarna la Cruz. Es el Verbo Eterno y, al mismo tiempo, el Hijo del Hombre; la mejilla ofrecida al agresor y la mesa volcada; la mirada dirigida al cielo y las manos sumergidas en el polvo de las calles; es el amor universal y la concreción de un hombre que toca, sana, llora y sufre.

 

En el Cristo crucificado, el horizonte divino y el humano se cruzan de manera definitiva y perfecta.

 

La cruz se convierte así en el lugar donde Dios se deja tocar, el punto en el que el Infinito entra en la historia.

 

El Verbo se hizo carne y vino a habitar entre nosotros (Jn 1,14)

 

No es casualidad que Jesús se encarnara entre los pobres. Si hubiera nacido entre los más ricos y poderosos, difícilmente habríamos podido captar la profundidad de su humanidad.

 

La riqueza protege, aísla, distorsiona la mirada y sacia el hambre y la sed. La pobreza, en cambio, revela, abre, involucra.

 

La pobreza, tanto material como del corazón, de las relaciones y de las certezas, crea un espacio de espera, de vulnerabilidad, de silencio. Es ahí donde Dios decide entrar, llamando a una puerta que nos corresponde a nosotros abrir.

 

Porque el Evangelio no se impone desde arriba, sino que se deja acoger por quienes tienen hambre y sed de Dios.

 

Isaías lo había profetizado con palabras sorprendentes: «No tiene aspecto ni belleza que atraiga nuestra mirada» (Is 53,2). El Mesías no es reconocible por su belleza física, ni por su rango social: es reconocible porque comparte las heridas del hombre, y es precisamente este compartir lo que permite a la humanidad reconocer en él el rostro de Dios.

 

Esta es la pobreza que revela: aquella que nos obliga a dejar de fingir autosuficiencia. Revela porque nos libera de la necesidad de aparentar. Abre porque derriba las barreras del orgullo. Involucra porque nos obliga a reconocer en el otro, frágil como nosotros, una parte de nosotros mismos. Y precisamente en esta desnudez del encuentro, se abre paso el rostro de Dios.


Ante Dios debemos ser como niños, completamente dependientes de los padres/madres para nuestras necesidades más vitales; solo así podemos revestirnos verdaderamente de mansedumbre, que es la virtud de los fuertes, pues nos permite renunciar al ego y secundar la fuerza que viene de lo eterno.

 

En el fondo, la pobreza evangélica no es un ideal social, sino un camino espiritual: nos enseña a saber recibir y a confiar. A encontrarnos con Dios no en el poder orgulloso, sino en el compartir gozoso. No en la fuerza prepotente, sino en el amor humilde que se rebaja.

 

Jesús no eligió a los pobres por ideología, sino porque solo quien sabe que tiene necesidad está dispuesto a dejarse salvar.

 

Dios no ha elegido el camino de la gloria perfecta, que ya le pertenecía, sino el camino de la imperfección humana, de la existencia herida. Y precisamente allí, donde todo parece faltar, se revela la perfección de su amor.

 

La responsabilidad ética del cristiano nace de esta mirada: ver en cada fragilidad una llamada, en cada pobreza un lugar teológico, en cada dolor una ocasión para encarnar la justicia del Reino, caminando por una cuerda tensada entre la acción y la contemplación, entre el misticismo y la presencia en el mundo.

 

El Evangelio nos regala una mirada vertical capaz de convertirse en acción horizontal, porque la cruz hace posible lo imposible.

 

Y solo en el punto en el que se entrelazan la responsabilidad humana y la justicia divina podemos encontrar el Reino que viene —y que comienza aquí, ahora, en nuestras decisiones cotidianas—.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 28 de enero de 2026

Sabéis que se dijo… pero Yo os digo: las bienaventuranzas.

Sabéis que se dijo… pero Yo os digo: las bienaventuranzas

Para comenzar, te invito a escuchar este himno litúrgico ortodoxo sobre las bienaventuranzas (algo más de 3 minutos) poniendo los ojos en el Bienaventurado por excelencia: https://www.youtube.com/watch?v=3jge1RebPlg


Aquí está todo el Evangelio.

 

Por eso, vale la pena siempre detenerse un momento en estas bienaventuranzas.


Jesús no exalta la condición en sí misma. No dice: «Eres alguien a quien todo le sale mal, estás enfermo, eres pobre, te hacen mal... ¡qué suerte!». A veces ha habido esta interpretación en la historia de la Iglesia, pero no es así.

 

Jesús no está diciendo: «Bienaventurados los pobres». Si no, diríamos: «Esperemos que todos se vuelvan pobres, afligidos, pongámonos todos a llorar...». No, no es eso.

 

¿Nos hemos dado cuenta de que Jesús, con una afirmación, una síntesis, dice: «Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los afligidos, porque serán consolados...»?

 

Dios va más allá. Dios ve la situación de miseria y pobreza y ya ve la realización del reino. Como, por ejemplo, cuando tenemos reservado un regalo precioso para alguien, un regalo que esa persona lleva esperando toda la vida y luego le gastáis una broma y le dais, no sé, un caramelo. La persona nos mira decepcionada y nosotros ya nos regocijamos por dentro porque sabemos la cara que pondrá cuando le demos el regalo de verdad...

 

Jesús es así. Está diciendo que bienaventurado es el pobre, que es feliz, que ha encontrado el tesoro, que ha encontrado la plenitud: porque suyo será el reino, porque será consolado, porque heredará la tierra, porque será saciado, porque encontrará misericordia, porque verá a Dios, porque será llamado hijo de Dios, porque suyo es el reino de los cielos.

 

Y veremos que a estas ocho bienaventuranzas, Jesús añade otra más. ¿Recordamos cuando, apareciéndose a Santo Tomás después de la resurrección, dice: «Bienaventurados los que creen sin haber visto»?

 

La situación de pobreza, por lo tanto, no se exalta en sí misma, sino que es fuente de alegría porque lleva a tener una actitud de acogida hacia el Señor (no siempre es así, ¡pero puede suceder!).


Jesús dice:

 

Bienaventurados los pobres de espíritu...

 

La pobreza de espíritu es la actitud de sencillez interior, de autenticidad, de quien no tiene demasiada apariencia, de quien no se construye demasiado.

 

Es la bienaventuranza que realiza la alabanza de Jesús: «Te bendigo, Padre, porque has ocultado estas cosas a los sabios y a los inteligentes y las has revelado a los pequeños y a los pobres. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien...». Es extraordinario este Dios tan accesible a todos.

 

Mateo comienza el discurso de la montaña recordándonos que Dios no está reservado a los especialistas, que no está reservado a los filósofos, teólogos, doctores,…, sino que Dios es para todos los que son pobres de espíritu. Dios es para los que conocen sus límites, que saben su finitud, que no se creen Dios. ... Bienaventurados todos ellos porque descubrirán el reino de los cielos.

 

Bienaventurados los afligidos...

 

Esta es la revelación de un Dios que consuela. A mí me emociona cada vez que la leo. No sé si nos ha pasado alguna vez, creo que sí, encontrarnos con personas desesperadas, sin esperanza, a las que la vida les ha pasado una factura muy cara. ... Bienaventurados todos ellos porque serán consolados.

 

Bienaventurados los mansos...

 

Los mansos son la contraposición de los violentos, que no son necesariamente los que van por ahí con palos. Nosotros también podemos ser muy violentos: en nuestro lenguaje, en nuestro juzgar a los demás,… Manso significa alguien que está en paz interiormente, alguien que dice en su interior: «Bueno, razonemos, hablemos, miremos más allá...». Bienaventurados ellos porque heredarán la tierra.

 

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia...

 

Los que ven la injusticia a su alrededor y no dicen: «¡Siempre ha sido así!», sino que tienen hambre y sed y dicen: «¿Pero por qué? ¿Por qué el ser humano es tan necio, tan tonto, tan violento...? Esto nos quema por dentro... ¡Pongámonos manos a la obra, arremanguémonos!». Bienaventurados ellos porque serán saciados en su deseo de paz.

 

Y aquí me gusta pensar en “aquellos cuya fe solo Tú conociste” que se dice en la Liturgia de la Eucaristía, es decir, en aquellos hombres y mujeres que buscan el bien de la humanidad sin conocer a Dios. Qué bonito será, algún día, encontrarnos todos ante la presencia de Dios. Porque Dios no se preocupa: cada vez que servimos al hombre, sentiremos que estamos sirviendo al Todopoderoso. Es el sacramento del «hacer» del cristiano...

 

Jesús dice: «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia», porque nuestro deseo no quedará desilusionado, sino que será colmado por la presencia de aquella justicia que habéis alumbrado en vuestro hacer.


Bienaventurados los misericordiosos...

 

No está escrito: «Bienaventurados los que juzgan con equidad»; «Bienaventurados los que, en nombre de Cristo, piensan que los demás deben comportarse de cierta manera...». No está escrito: «Bienaventurados los que se escandalizan con razón por el pecado de sus hermanos...».

 

Está escrito: «Bienaventurados los misericordiosos» porque Jesús es compasivo y misericordioso, porque todos nosotros, todos, desde el primero hasta el último, desde el más grande de los santos hasta el último de los pecadores, todos, no merecemos nada: es la misericordia de Dios la que llena nuestro corazón de salvación.

 

La misericordia no significa debilidad. La misericordia significa creer, a pesar de todo, que el ser humano no es un error, sino que comete errores. Y Jesús nos dice: «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia». Precioso: alcanzarán la misericordia que dan. La alcanzaremos si somos capaces de tener un corazón un poco parecido al de Dios, que ve el bien en el otro.

 

Bienaventurados los puros de corazón...

 

Los puros de corazón: los que no calculan. Bienaventurados ellos los puros de corazón. La gratuidad, la generosidad, la sencillez, sin dobleces... es aquella bienaventuranza que nos abre el camino a la belleza de un corazón que no es astuto sino humilde y sencillo.

 

Bienaventurados los pacificadores...

 

No los que solo hablan de paz: bienaventurados los pacificadores. La paz que se construye desde mí, desde mi corazón. Por eso creo que las grandes guerras no son más que la suma de las pequeñas guerras que tenemos entre nosotros y creo que los pequeños gestos de paz, de misericordia y de fe cambian el mundo: lo creo. Bienaventurados ellos porque serán llamados hijos de Dios.

 

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia...

 

¿Sabemos cuánta gente muere por causa de la justicia? El magistrado que salta sobre la bomba porque se ha metido en los asuntos del narcotráfico; el sindicalista latinoamericano al que matan porque ha intentado dar un poco de dignidad a la gente... Bienaventurados ellos porque de ellos es el reino de los cielos.


Mateo parte de lo concreto: comienza su evangelio de manera muy clara, lo primero que hace decir a Jesús es esto: ser cristiano significa vivir con una cierta actitud, vivir con una cierta disposición interior. Como si dijera: si eres demasiado complicado y te has dado demasiadas vueltas a la cabeza, si eres violento, si eres alguien a quien no le importa nada la justicia (que los demás se las arreglan solos,...), si eres alguien que emite juicios de valor a todo lo que se mueve, si eres alguien que no es puro de corazón, no puedes ser feliz...

 

Y me gusta pensar que aquí también hay una referencia autobiográfica, porque Mateo había vivido un poco todo esto: el trabajo que hacía le daba poder y dinero… ¡pero no felicidad! Las bienaventuranzas no exaltan la condición en sí misma, sino que dicen que esa condición puede ser la premisa para una apertura al Señor: es una indicación precisa de actitud de una felicidad mayor (más abundante, más plena,…).

 

Todo esto para decir que la novedad del Evangelio, el viento que trae el Evangelio, es el viento del Espíritu que cambia la situación desde dentro. Tomemos las bienaventuranzas, leámoslas dentro de vosotros mismos. Si nos sentimos un poco inadecuados… seguramente hasta nos parezca lo mínimo. ¡No nos desanimemos! ¡Es el Señor quien nos cambia por dentro!


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 26 de enero de 2026

Las bienaventuranzas: recuperar la semejanza divina.

Las bienaventuranzas: recuperar la semejanza divina

Aquel día, en aquella montaña, Jesús repitió el proyecto de los comienzos: hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. Sí. Y es el que el problema, de hecho, era precisamente cómo recuperar la semejanza perdida.

 

Sabemos, de hecho, que la imagen permanece siempre impresa en nosotros: yo sigo siendo hijo de Dios, siempre, de cualquier manera. No así la semejanza: vivir como hijo de Dios. Siempre por recuperar.

 

Y así, aquel día, antes incluso de adoptar un estilo, Jesús esbozó ante todo los rasgos de su rostro, ese rostro según el cual reconstruir nuestra identidad personal.

 

Las bienaventuranzas son las «otras» palabras. Palabras recogidas en los Evangelios y leídas en la Iglesia, pero arrancadas de la vida, donde tienen libre curso otras palabras, otras lógicas, otros criterios que nos hacen perder la semejanza de los comienzos.



Esas palabras pronunciadas por Jesús son su biografía, la biografía de Aquel tras quien hemos elegido seguir nuestros pasos:

 

- Él es el pobre de espíritu y el puro de corazón: se vació de todo, incluso de su igualdad con Dios, para hacer espacio a Dios y a nosotros en su corazón; acogió en ese corazón incluso al amigo que le traicionaba y al que le negaba;

 

‐ un día lloró por Jerusalén al hacerse cargo de su corazón obstinado en cerrarse a la visita de Dios; lloró por su amigo Lázaro, atestiguándole, incluso así, lo mucho que le quería;

 

‐ sufrió en carne propia la persecución y la injusticia hasta el punto de ser tratado como un malhechor, él que había pasado sanando y beneficiando a quienes estaban prisioneros del mal; no dudó en ser contado entre los impíos muriendo entre dos de ellos;

 

‐ su solidaridad con nosotros le llevó a asumir todos nuestros males para que en ninguna circunstancia viéramos la maldición cernirse sobre nuestra existencia;

 

‐ aunque podía imponerse, nunca recurrió a la violencia ni a la venganza, ni siquiera cuando se trataba de defender el buen nombre de Dios, olvidando el mal que le habíamos hecho y devolviendo, en cambio, bien por mal (Padre, perdónalos...);

 

- siempre dispuesto a esperar con paciencia cada vez que me detengo o incluso me pierdo: así lo atestigua su perdón, ofrecido una y otra vez (setenta veces siete...);

- anhelaba ardientemente relaciones auténticas; desterró la hipocresía y la falsedad, pagando en carne propia para construir relaciones de armonía y paz (el que quiera ser el primero, que sea el último y el servidor de todos...).



Este es el rostro del Maestro esbozado por las bienaventuranzas. Y mientras lo contemplo, veo en él los rasgos de mi rostro, tal y como él desearía que yo fuera. Una persona:

 

‐ pobre de espíritu, para acogerlo en mi vida sin ceder a la tentación de construirme un ídolo vano; pobre, no amo, dispuesto a servir a la vida de los demás sin aprovecharse nunca de ella; con un corazón que siempre respeta el misterio del otro sin querer reducirlo nunca a su propia medida;

 

- capaz de llorar, pero no por sí mismo, en inútiles repliegues, sino con quien sufre, atestiguando así que compartir es asumir la fatiga del otro;

 

- capaz de amar incluso hasta cubrir la descortesía del otro, dispuesto a creer que el otro puede cambiar gracias a una confianza ofrecida de nuevo;

 

- incansable tejedor de nuevas relaciones, sin sentirse nunca realizado mientras haya alguien a nuestro alrededor que sufra injusticias.


Ese Rostro del Maestro indica luego el rostro de la comunidad cristiana:

 

‐ una Iglesia que no busca apoyos en el poder y que no pone su confianza en lo que no tiene consistencia;

 

‐ una Iglesia capaz de compartir las angustias de los últimos, porque solo así se atestigua que Dios se ha hecho cercano a cada hombre;

 

‐ una Iglesia que no busca el aplauso, el consenso, la adulación;

 

- una Iglesia que rechaza toda arrogancia y, por lo tanto, acoge a todos, camina con todos, sirve a todos sin distinción;

 

- una Iglesia que está del lado de quienes sufren injusticias y se expone para la construcción de la paz.

 

Solo una Iglesia así anuncia y da testimonio de que vale la pena no temer acercarse al Señor Jesús y seguir sus pasos.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La sabiduría de las bienaventuranzas.

La sabiduría de las bienaventuranzas

Algunas páginas bíblicas son piedras que sacuden e inquietan. Otras, aunque también pretenden despertarnos con fuerza, tienen una función terapéutica y ayudan a curar las heridas infectadas por las falsas imágenes de humanidad que nos hemos construido.

 

Imágenes problemáticas que también transmiten las Iglesias cristianas. Cuando la fe deja en segundo plano la felicidad, hasta posponerla más allá de la vida humana; cuando el paraíso se convierte en el premio consolatorio para quienes sufren y aceptan con resignación el sufrimiento y la pobreza; ¿qué imagen de Dios estamos anunciando y, en consecuencia, qué rostro de humanidad nos habita?

 

Redescubrir las bienaventuranzas, ese canto que llama a la felicidad a todos aquellos que no se resignan a la ferocidad de la realidad y resisten con un estilo de vida diferente al que proclaman los megáfonos de este mundo, significa atreverse a hablar de esperanza, de alternativa, de libertad.

 

Pero para ello no basta con volver al monte de las bienaventuranzas y escuchar de nuevo esa antigua Palabra que Jesús nos entregó como manifiesto programático de su proyecto de humanidad.

 

También es necesario que alguien nos ayude a limpiar esa palabra de las muchas huellas que la han mancillado, hasta el punto de tergiversarla, convirtiéndola en el manifiesto de una moral de esclavos: «¿Eres pobre? ¿Sufres? ¿Eres perseguido? Acepta lo que te sucede, porque a través del sufrimiento te ganarás el paraíso...».

 

Tantas personas conocen este tipo de predicación «dolorística», que las ha vuelto sumisas y resignadas al dolor que sufrían. Palabras que pretendían liberar y promover, se han revelado armas que hieren y empujan a alejarse de una fe que hace daño.

 

¡Pero Dios no es así! ¡Este no es el mensaje de las bienaventuranzas! Más bien, es su parodia.

 

Seguramente necesitamos de alguna compañía o guía bueno y sabio para descubrir la belleza de la frescura de las palabras de Jesús, capaces de hablar a una multitud hambrienta de justicia y sedienta de felicidad.


 

Ésta es una página evangélica que nos devuelve a todos una buena noticia y que quiere sanar una mala imagen de Dios. También porque, detrás de las imágenes erróneas de Dios, se forma una imagen errónea de la humanidad y se proponen modelos problemáticos.

 

En las llanuras de nuestras existencias, en la monotonía de nuestras vidas, se alzan montañas donde se proclaman palabras que interpelan nuestra vida. ¿Se puede ser feliz? ¿Y cómo? ¿Existe una felicidad capaz de salir de la esfera individual para convertirse en un proyecto colectivo, social, político,…, para generar un mundo nuevo? ¿Y qué significa ser feliz? ¿Qué tiene que decir la fe al respecto?

 

No es cierto que, hoy en día, la religión desempeñe un papel irrelevante; al contrario, asistimos a una revancha de lo sagrado. Y junto con ello, a una interpretación que se distancia de las derivas anteriores. Como la que veía en la palabra bíblica una invitación a la resignación, a la aceptación.

 

Pero, después de haber descartado como inaceptable una predicación «dolorista» del cristianismo, ¿no corremos el riesgo de rebajar el nivel, ofreciendo palabras consoladoras que se contentan con tranquilizar y arrullar?

 

En la monotonía de la existencia actual, las bienaventuranzas no ofrecen consuelos fáciles. Es como si, para escucharlas, se nos invitara a subir, a levantar la mirada, a dejar que esa altura transformara el panorama plano de nuestras vidas en caminos articulados, de mayor alcance. Una invitación a elevar el nivel para no conformarnos con dejarnos vivir.

 

Es una palabra elevada, la que llama «bienaventurados» a quienes la sociedad llama «desafortunados»… pero no es una palabra utópica, irrealizable. Palabra incómoda y difícil; y, sin embargo, palabra que conserva la fuerza del lenguaje sapiencial, que propone un camino de vida, un proyecto concreto para ser felices.

 

El lenguaje sapiencial nunca es utópico, ni demasiado elevado, como para que se pueda considerar imposible lo que sugiere. No es una palabra dirigida a las vírgenes, a los mártires, a los santos... Al contrario, es una palabra laica, universal.

 

No es bienaventurado quien es religioso, sino quien es pobre y manso, quien no es cínico, quien se esfuerza por la paz, quien busca la justicia. No hay ninguna referencia a una pertenencia ideológica o religiosa específica.


 

Las bienaventuranzas son palabras que no quedan confinadas entre las paredes de las sacristías, en santuarios separados de la vida cotidiana. Y, además, son palabras para todos: hombres y mujeres. Incluso en nuestra época, tan poco inclinada a apuntar alto.

 

Los fuertes son ridiculizados, los prepotentes humillados, los santos devueltos a la vida cotidiana. Dios cuida de una comunidad más amplia que la encerrada en nuestras Iglesias: una comunidad que abraza a todas las criaturas y pone en el centro a los pobres y a los afligidos.

 

Pero la pobreza, el hambre y la aflicción no son virtudes, caminos privilegiados para entrar más fácilmente en el paraíso (¡y cuántas veces tenemos que repetirlo para que entre en nuestro corazón!).

 

Jesús no ama la pobreza, no nos llama a buscarla como vía ascética para acceder a lo divino. En cambio, sí nos invita a hacernos cargo de los pobres, a cuidar de los más débiles para alcanzar juntos la felicidad. ¡Porque no se puede ser feliz solo, sino solo juntos!

 

Las bienaventuranzas son una palabra plural, dirigida no al individuo, a un «tú», sino a un «vosotros». Y esto, cuando amamos, lo intuimos fácilmente. ¿Nos interesa realmente una salvación que nos separe de aquellos a quienes amamos? ¿Podemos ser felices solos, sin las personas que amamos? La felicidad es colectiva, al igual que la salvación anunciada por las Escrituras.

 

Hoy, en un momento histórico en el que la experiencia de la vida corre el riesgo de quedar reducida a los límites de la inteligencia artificial y del pensamiento instrumental, preocupados por resolver rápidamente los problemas, por hacer funcionar la vida, sin alimentar ya el sueño de una felicidad que no se puede comprar, necesitamos especialmente esta palabra sabia de las bienaventuranzas.

 

Porque ellas, las bienaventuranzas, tienen la fuerza de hacer surgir la sospecha de que la vida humana puede ser diferente de como se nos muestra. Que la humanidad puede aspirar a más. Que la fe puede ser un lugar donde se construye la felicidad.

 

Acerquémonos de nuevo a la montaña desde la que Jesús de Nazaret se atrevió a cantar ese estribillo que hemos olvidado. Volvamos a escuchar esas palabras de sabiduría de Aquel que hablaba con la autoridad de la sencillez. Y encontraremos agua viva para nuestros desiertos, vida abundante y plena,…, la felicidad que hacía feliz a Jesús de Nazaret.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...