Sabéis que se dijo… pero Yo os digo: las bienaventuranzas
Aquí está todo el Evangelio.
Por eso, vale la pena siempre detenerse un momento en
estas bienaventuranzas.
Jesús no exalta la condición en sí misma. No dice:
«Eres alguien a quien todo le sale mal, estás enfermo, eres pobre, te hacen mal...
¡qué suerte!». A veces ha habido esta interpretación en la historia de la
Iglesia, pero no es así.
Jesús no está diciendo: «Bienaventurados los pobres».
Si no, diríamos: «Esperemos que todos se vuelvan pobres, afligidos, pongámonos todos a
llorar...». No, no es eso.
¿Nos hemos dado cuenta de que Jesús, con una
afirmación, una síntesis, dice: «Bienaventurados los pobres, porque de ellos
es el reino de los cielos. Bienaventurados los afligidos, porque serán consolados...»?
Dios va más allá. Dios ve la situación de miseria y
pobreza y ya ve la realización del reino. Como, por ejemplo, cuando tenemos
reservado un regalo precioso para alguien, un regalo que esa persona lleva
esperando toda la vida y luego le gastáis una broma y le dais, no sé, un
caramelo. La persona nos mira decepcionada y nosotros ya nos regocijamos por
dentro porque sabemos la cara que pondrá cuando le demos el regalo de verdad...
Jesús es así. Está diciendo que bienaventurado es el
pobre, que es feliz, que ha encontrado el tesoro, que ha encontrado la
plenitud: porque suyo será el reino, porque será consolado, porque heredará la
tierra, porque será saciado, porque encontrará misericordia, porque verá a
Dios, porque será llamado hijo de Dios, porque suyo es el reino de los cielos.
Y veremos que a estas ocho bienaventuranzas, Jesús
añade otra más. ¿Recordamos cuando, apareciéndose a Santo Tomás después de la
resurrección, dice: «Bienaventurados los que creen sin haber
visto»?
La situación de pobreza, por lo tanto, no se exalta en
sí misma, sino que es fuente de alegría porque lleva a tener una actitud de
acogida hacia el Señor (no siempre es así, ¡pero puede suceder!).
Jesús dice:
Bienaventurados los pobres de
espíritu...
La
pobreza de espíritu es la actitud de sencillez interior, de autenticidad, de
quien no tiene demasiada apariencia, de quien no se construye demasiado.
Es la
bienaventuranza que realiza la alabanza de Jesús: «Te bendigo, Padre, porque has
ocultado estas cosas a los sabios y a los inteligentes y las has revelado a los
pequeños y a los pobres. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien...».
Es extraordinario este Dios tan accesible a todos.
Mateo
comienza el discurso de la montaña recordándonos que Dios no está reservado a
los especialistas, que no está reservado a los filósofos, teólogos, doctores,…,
sino que Dios es para todos los que son pobres de espíritu. Dios es para los
que conocen sus límites, que saben su finitud, que no se creen Dios. ...
Bienaventurados todos ellos porque descubrirán el reino de los cielos.
Bienaventurados los afligidos...
Esta
es la revelación de un Dios que consuela. A mí me emociona cada vez que la leo.
No sé si nos ha pasado alguna vez, creo que sí, encontrarnos con personas
desesperadas, sin esperanza, a las que la vida les ha pasado una factura muy
cara. ... Bienaventurados todos ellos porque serán consolados.
Bienaventurados los mansos...
Los
mansos son la contraposición de los violentos, que no son necesariamente los
que van por ahí con palos. Nosotros también podemos ser muy violentos: en
nuestro lenguaje, en nuestro juzgar a los demás,… Manso significa alguien que
está en paz interiormente, alguien que dice en su interior: «Bueno,
razonemos, hablemos, miremos más allá...». Bienaventurados ellos porque
heredarán la tierra.
Bienaventurados los que tienen hambre y
sed de justicia...
Los
que ven la injusticia a su alrededor y no dicen: «¡Siempre ha sido así!»,
sino que tienen hambre y sed y dicen: «¿Pero por qué? ¿Por qué el ser humano es tan
necio, tan tonto, tan violento...? Esto nos quema por dentro... ¡Pongámonos
manos a la obra, arremanguémonos!». Bienaventurados ellos porque serán
saciados en su deseo de paz.
Y aquí
me gusta pensar en “aquellos cuya fe solo Tú conociste” que se dice en la Liturgia
de la Eucaristía, es decir, en aquellos hombres y mujeres que buscan el bien de
la humanidad sin conocer a Dios. Qué bonito será, algún día, encontrarnos todos
ante la presencia de Dios. Porque Dios no se preocupa: cada vez que servimos al
hombre, sentiremos que estamos sirviendo al Todopoderoso. Es el sacramento del
«hacer» del cristiano...
Jesús
dice: «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia»,
porque nuestro deseo no quedará desilusionado, sino que será colmado por la
presencia de aquella justicia que habéis alumbrado en vuestro hacer.
Bienaventurados los misericordiosos...
No está
escrito: «Bienaventurados los que juzgan con equidad»; «Bienaventurados
los que, en nombre de Cristo, piensan que los demás deben comportarse de cierta
manera...». No está escrito: «Bienaventurados los que se escandalizan con
razón por el pecado de sus hermanos...».
Está
escrito: «Bienaventurados los misericordiosos» porque Jesús es compasivo
y misericordioso, porque todos nosotros, todos, desde el primero hasta el
último, desde el más grande de los santos hasta el último de los pecadores,
todos, no merecemos nada: es la misericordia de Dios la que llena nuestro
corazón de salvación.
La
misericordia no significa debilidad. La misericordia significa creer, a pesar
de todo, que el ser humano no es un error, sino que comete errores. Y Jesús nos
dice: «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán
misericordia». Precioso: alcanzarán la misericordia que dan. La
alcanzaremos si somos capaces de tener un corazón un poco parecido al de Dios,
que ve el bien en el otro.
Bienaventurados los puros de corazón...
Los
puros de corazón: los que no calculan. Bienaventurados ellos los puros de
corazón. La gratuidad, la generosidad, la sencillez, sin dobleces... es aquella
bienaventuranza que nos abre el camino a la belleza de un corazón que no es
astuto sino humilde y sencillo.
Bienaventurados los pacificadores...
No los
que solo hablan de paz: bienaventurados los pacificadores. La paz que se
construye desde mí, desde mi corazón. Por eso creo que las grandes guerras no
son más que la suma de las pequeñas guerras que tenemos entre nosotros y creo
que los pequeños gestos de paz, de misericordia y de fe cambian el mundo: lo
creo. Bienaventurados ellos porque serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la
justicia...
¿Sabemos
cuánta gente muere por causa de la justicia? El magistrado que salta sobre la
bomba porque se ha metido en los asuntos del narcotráfico; el sindicalista
latinoamericano al que matan porque ha intentado dar un poco de dignidad a la
gente... Bienaventurados ellos porque
de ellos es el reino de los cielos.
Mateo parte de lo concreto: comienza su evangelio de manera muy clara, lo primero que hace decir a Jesús es esto: ser cristiano significa vivir con una cierta actitud, vivir con una cierta disposición interior. Como si dijera: si eres demasiado complicado y te has dado demasiadas vueltas a la cabeza, si eres violento, si eres alguien a quien no le importa nada la justicia (que los demás se las arreglan solos,...), si eres alguien que emite juicios de valor a todo lo que se mueve, si eres alguien que no es puro de corazón, no puedes ser feliz...
Y me gusta pensar que aquí también hay una referencia
autobiográfica, porque Mateo había vivido un poco todo esto: el trabajo que
hacía le daba poder y dinero… ¡pero no felicidad! Las bienaventuranzas no
exaltan la condición en sí misma, sino que dicen que esa condición puede ser la
premisa para una apertura al Señor: es una indicación precisa de actitud de una
felicidad mayor (más abundante, más plena,…).
Todo esto para decir que la novedad del Evangelio, el
viento que trae el Evangelio, es el viento del Espíritu que cambia la situación
desde dentro. Tomemos las bienaventuranzas, leámoslas dentro de vosotros
mismos. Si nos sentimos un poco inadecuados… seguramente hasta nos parezca lo
mínimo. ¡No nos desanimemos! ¡Es el Señor quien nos cambia por dentro!
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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