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miércoles, 3 de septiembre de 2025

La devoción eucarística: entre ingenuidad y responsabilidad.

La devoción eucarística: entre ingenuidad y responsabilidad

La figura del joven Carlo Acutis, que será canonizado el 7 de septiembre de 2025, me ofrece algunos motivos de reflexión. De algunos de ellos ya he reflexionado en otros momentos de mi blog. 

Entre ellos se encuentra, sin duda, una referencia a los «milagros eucarísticos» que marcaron su interés por la «presencia del Señor» entre los suyos, con la colección más amplia posible de este fenómeno particular, llamado precisamente «milagro eucarístico», en el que la presencia sustancial (siempre invisible e imperceptible por dogma) se hace visible y tangible (como sangre, como carne, como ...). 

Carlo Acutis, cuando alimentó este interés, tenía 13 y 14 años. La «exposición» de los milagros eucarísticos aparece así como una colección organizada por un niño con una fuerte demanda espiritual, pero con instrumentos de análisis y formas de cultura totalmente elementales y muy unilaterales: por eso poco contrastadas y sopesadas. 

Esto es válido para el joven Carlo Acutis, de forma clara. Y también debiera ser para la Asociación que apoyó su causa de beatificación tras su muerte y para la Congregación de los Santos que elaboró el proceso de beatificación y canonización. 

Sería injusto atribuir a Carlo Acutis intenciones «antijudías». Carlo Acutis ni siquiera era consciente de las raíces y las consecuencias antijudías de algunos de los llamados «milagros eucarísticos» que coleccionó con entusiasmo, sin plantearse muchas disquisiciones, ni ningún problema, sobre lo que coleccionaba. 

Dicho lo anterior, hasta puede ser no poco superficial el tratamiento de algunos episodios concretos que presentan objetivamente un componente antijudío, que no se puede superar simplemente omitiendo la identidad de los sujetos implicados en el asunto. Se trataría de un aspecto grave, que no puede dejar de señalarse y que habría merecido una mayor cautela, incluso con un discernimiento más preciso y consciente de los «casos de milagro». 

La inocente superficialidad que se puede perdonar, valga la expresión, a un joven de 14 años, que no posee los criterios para discernir adecuadamente en su pasión por la «colección» de milagros eucarísticos, no es aceptable en los adultos que lo acompañaron y luego reconstruyeron su vida y sus obras. 

Ciertamente, el camino inaugurado solemnemente por el documento ‘Nostra Aetate’ del Concilio Vaticano II (1965) no se ve en modo alguno cuestionado por la canonización de Carlo Acutis: la reconciliación con la tradición judía es una de las perlas preciosas del camino eclesial de los últimos 60 años. 

Más bien debería preocupar a la Iglesia católica el uso que los sectores tradicionalistas, que han tratado de construir en torno a ese joven, esa atmósfera de «santidad clásica», marcada por los rasgos de una cierta apologética clásica, retomando de manera acrítica los modelos modernos y medievales de la cultura católica, incluidos sus rasgos marcados por el antijudaísmo. 

Esta antigua lectura de la santidad, que la valora sobre todo por ser «contraria» (contraria a los protestantes, pero también a los no católicos y, por tanto, a cualquier otra religión), corre el riesgo de interpretar lo que Carlo Acutis concibió y estudió por fe sincera como una incitación a volver al pasado, a una negación del Concilio Vaticano II, a una restauración eclesial, a una reafirmación un tanto arrogante de la diversidad del cristianismo católico respecto a cualquier otra confesión cristiana y a cualquier otra religión. 

Cierto espíritu reaccionario, presente en ciertos sectores tradicionalistas, corre el riesgo de confundir la sana tradición católica y el Evangelio con el antijudaísmo. Pero esto es un grave error que un católico no debe volver a cometer. 

Entiendo ese riesgo real de malentendido no tiene que ver directamente con la figura y el perfil del joven Carlo Acutis sino con ciertas formas caricaturescas, forzadas, simplistas en las que ha podido ser presentado oficialmente y entendido. Hasta podría existir una responsabilidad institucional si ésta ha corrido el riesgo de alimentar malentendidos. 

El problema no es Carlo Acutis sino la forma en que su «pasión por la Eucaristía», al no haber sido adecuadamente educada ya en vida, se ha podido simplificar aún más y se ha podido volver obtusa por el tratamiento simplista con el que se propone la reflexión sobre los milagros eucarísticos. 

Hasta seguramente se puede afirmar que cierto uso antijudío de la figura de Carlo Acutis sería contrario a las intenciones del joven que será canonizado, que no tenía ningún elemento de antijudaísmo explícito en sus convicciones, salvo lo que repetía de una tradición, de la que solo captaba lo que la devoción y el sentimiento le sugerían de inmediato, sin ningún estudio histórico ni teológico. El propio Carlo Acutis podría ser víctima de las lecturas antijudías que se propusieran en el ámbito católico a partir de su testimonio. 

Sin embargo, cierta apologética de los «milagros eucarísticos» hasta se podría convertir en un problema objetivo para una Iglesia del siglo XXI. 

Una versión caricaturesca y tergiversada de la propia identidad eucarística de la Iglesia, sin hacer el discernimiento adecuado de su propia historia, no ayudaría a distinguir bien las tradiciones sanas de las tradiciones enfermas. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 24 de junio de 2025

A propósito del Beato Carlo Acutis: del interés periférico por los «milagros» al centro del verdadero milagro.

A propósito del Beato Carlo Acutis: del interés periférico por los «milagros» al centro del verdadero milagro 

La próxima canonización del Beato Carlo Acutis ha suscitado un debate sobre «su» devoción a la Eucaristía y a la presencia eucarística. 

Alguien recordaba, creo que acertada y oportunamente, que no hay que confundir dos planos: el personal y el doctrinal. Una cosa es considerar el impulso devoto de un joven y su percepción del misterio eucarístico, y otra muy distinta es reducir y reconducir esa percepción a modelo de experiencia, incluso a doctrina. 

A este respecto, creo que hay que aclarar ante todo que la canonización dice poco sobre la doctrina, pero dice mucho sobre las «virtudes». 

Y esto también cuando el «canonizado» es un «Doctor de la Iglesia». Basta pensar que Santo Tomás de Aquino (Doctor de la Iglesia además de santo) no consideraba posible la declaración de «María concebida sin pecado original», es decir, el llamado dogma de la Inmaculada Concepción. Sin embargo, la Iglesia confirmó posteriormente esa doctrina (así lo hizo Pío IX en 1854). 

Sin entrar en la cuestión (Santo Tomás de Aquino pensaba en la «infusión» del alma racional a los ochenta días de la concepción del feto femenino...) y en todas sus implicaciones, está claro que no todo lo que escribió Santo Tomás de Aquino es pura doctrina. 

Otra cuestión, conocida por los teólogos que trabajan en las causas de los santos, es la «percepción» del misterio de Cristo o de su singularidad. Que Santa María Faustina Kowalska «viera a Jesús» misericordioso «de esa manera» no significa nada con respecto a los rasgos histórico-somáticos de Yeshua bar Yosef (Jesús, hijo de José) que vivió en Nazaret... 

Los ejemplos podrían multiplicarse. 

En otras palabras, la experiencia (y, por tanto, la percepción) de un solo fiel no se convierte en universal, completa y paradigmática. 

Esto salva otra consideración: más allá de los métodos espirituales y los caminos ascéticos de cada «santo», lo que queda son las «virtudes heroicas». 

La canonización, de hecho, prevé un camino claro: virtudes y milagros. En cuanto a la doctrina, basta con que no sea «contraria» a la sana doctrina. La personalización de la doctrina (y, por tanto, de los métodos utilizados y de los instrumentos devotos relacionados con la propia percepción) no debe ser «contraria», pero esto no significa que «sea» un modelo universal. 

Hecha esta otra distinción, no debe sorprender en absoluto a quien pone en tela de juicio y critica no a la experiencia del Beato Carlo Acutis, sino a aquellos (malos y falsos) maestros que quieren relegar y reducir la que hasta puede ser, y seguramente será, su valiosa experiencia al ámbito de prácticas y devociones claramente limitadas en comparación con una sana y adulta educación eucarística. 

Las formas históricas de la devoción eucarística no permiten absolutizar para hoy las percepciones de la «presencia eucarística» al modo fisicista. 

Esto no significa caer en el relativismo doctrinal ni remitirse a un historicismo devocional. Necesitamos volver a una sana y adulta crítica del pensamiento teológico para comprender los límites de algunos planteamientos y salvar, de forma genuina, la experiencia de los individuos. 

Proponer la experiencia emocional y sensible del Beato Carlo Acutis como modélica, absolutizando sus vías devocionales, es como quitar todo el color a una imagen bella y sorprendente, devolviéndola al claroscuro de una práctica que contradice el misterio de la Eucaristía haciéndolo desvanecer. 

Y me permito esta consideración porque me parece que cierta reflexión sobre el Beato Carlo Acutis formula una teología eucarística antigua, desequilibrada, defectuosa, obsesiva, unilateral, …, centrada en lo prescindible y descuidada en lo decisivo. Como si se descuidara todo el camino que ha recorrido la Iglesia en los últimos 70 años, en lo que se refiere a la comprensión del valor eclesial de la Eucaristía y de su celebración. 

Y ciertamente no creo que una más que deficiente educación eucarística, de la que seguramente el Beato Carlos Acutis fue una víctima más, no puede convertirse en modelo a proponer no ya a los jóvenes sino al resto de los creyentes. 

A veces me temo que una más que defectuosa educación eucarística es deficiente porque carece de formación teológica sobre el «verdadero» y «único» milagro eucarístico. que realmente justifica la centralidad de la Eucaristía en la vida de los cristianos. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 20 de enero de 2025

Qué santidad cristiana proponemos en el siglo XXI.

Qué santidad cristiana proponemos en el siglo XXI 

El 1 de julio, y tras la realización del consistorio del Papa Francisco, se ha comunicado que está por determinar la fecha de la canonización del que será San Carlo Acutis. Y, pensando durante estos días en la propuesta de un modelo de santidad que es una canonización, he querido volver mi mirada a la gran imagen de la santidad que son las Bienaventuranzas que inauguran el Sermón de la Montaña y fundan el Reino de Dios. 

Es una lista asombrosa, tan contraria a cómo va el mundo: los pobres de espíritu, los afligidos, los mansos, los pacificadores, los puros de corazón, los misericordiosos, los perseguidos... Y seguramente los santos canonizados se han acercado esas bienaventuranzas y han conformado la vida a ellas. Y lo han hecho en la realidad de sus días, con su humanidad, sus límites, su pensamiento, su contexto histórico y cultural. Santos, no perfectos. No sé si es útil recordar que la santidad no es propiamente perfección. 

Hombres y mujeres que han vivido el tiempo que les fue dado, que también pecaron, que también tuvieron que lidiar con el mal, el de los demás, pero también el propio. Un mal vencido por el bien, un mal vencido por la gracia, un mal vencido por existencias que no son perfectas, sino progresivamente abandonadas al amor de Dios. 

Y desde lo que voy aprendiendo en mi vida cristiana y religiosa, me detengo siempre más a menudo (ahora que estoy con personas ancianas y enfermas) que la santidad no es perfección y que hay que tener el coraje de superar ciertas apologías que hacen a los santos tan lejanos, tan únicos y tan, a veces, inhumanos. A pesar de las diferencias de vidas y épocas, los santos quizás tuvieron esto en común: la confianza en la bondad de Dios y la gratuidad de su misericordia. Y, sobre esta base, empezar de nuevo, a reconstruir, a fundar una vida nueva con grandes dosis de alter-nativa, y a tratar con la realidad, siendo conscientes de que para el ser humano todo pasa, mientras que para Dios todo permanece, misteriosamente, presente, redimido, sanado,..., asumido porque amado y salvado. 

Debemos aprender a hablar de santidad hablando de humanidad y de realidad, también sin excluir, sin mutilar. No hay santidad sin asumir plenamente la realidad, con todo su peso de sombras; no se puede alcanzar la santidad sin confiar en inicios y reinicios, sin confiar en el camino, sin confiar en la vida. 

Todos los que han comentado el Evangelio de las Bienaventuranzas han intentado siempre, por todos los medios, explicar el importante y exigente discurso de Jesús; y de hecho encontramos algunos bellos comentarios que nos ayudan a descubrir todos los aspectos -incluso los más ocultos- de éste que es un verdadero cántico de santidad. Pero entonces quizá hasta resulta natural preguntarnos por qué siempre es tan difícil poner en práctica el contenido de esta enseñanza de Jesús en nuestras vidas. 

La respuesta a esta pregunta tal vez resida en que, a pesar de los excelentes comentarios, seguimos leyendo las bienaventuranzas con nuestra manera de ver las cosas y no con la de Dios. De esta manera, nos comportamos como si hubiéramos leído cada una de ellas al revés, por lo que se nos escapa el significado correcto y, en consecuencia, la propuesta que percibimos de estas palabras resulta demasiado dura y por tanto inaceptable. 

De hecho, si pensamos que en el discurso de Jesús se afirma que es una bienaventuranza ser pobre, o estar llorando y sufriendo, o tener hambre de justicia, no estamos entendiendo el significado correcto de sus palabras y, por lo tanto, las rechazamos porque creemos que son contrarias a nuestra idea de un Dios bueno. Sin embargo, si logramos comprender que las bienaventuranzas son las enunciadas en la segunda parte de cada frase - poseer el reino de los cielos, ser consolado, alcanzar misericordia, contentarse con la justicia - entonces nuestra forma de entender será completamente trastocada y todo adquirirá un significado diferente y será hasta una invitación provocadora. 

Ya no se trata de la lógica, habitual entre nosotros, que se basa en la creencia de que la compensación se obtiene de Dios gracias a las buenas obras realizadas, sino que se confirma que las palabras de Jesús son pronunciadas en la lógica del amor, hacia el cual todas las cosas humanas, incluso las más miserables y degradantes, pueden ser redimidas y elevadas, si se viven por amor. 

Jesús asegura a sus seguidores que pueden ser felices, es decir, tener esa bienaventuranza que proviene de poseer el Reino de Dios, de ser consolados, de obtener misericordia y de estar satisfechos con la justicia, aunque en su experiencia humana experimenten situaciones en las que hay llanto, pobreza, sufrimiento, rechazo y falta de justicia. Lo decisivo, sin embargo, es que el objetivo de sus acciones no es simplemente disfrutar de la vida, poseer y acumular riquezas, vivir cómodamente, buscando comprensión y justicia de los demás, sino implicarse y entregarse a los demás en una lógica cuyo único principio de referencia es el amor. 

Así que a la luz de estas observaciones podemos intentar preguntarnos nuevamente por qué siempre es tan difícil aceptar estas bienaventuranzas propuestas por Jesús, a pesar de que es evidente que, poniendo patas arriba la lógica de la interpretación, los objetivos que Él, el primer bienaventurado, propone para nosotros con este discurso son realmente muy importantes. 

La respuesta está en el hecho de que, en su mayor parte, vivimos nuestras vidas a un nivel mucho más bajo que el de las bienaventuranzas. En este nivel todo se compara y se mide en base a objetivos mucho más limitados, con los que ahora hemos aprendido a contentarnos, sin esperar más. Son el bienestar, el poder, la riqueza, la justicia de las leyes humanas, la salud,…, y los utilizamos hábilmente como escudos para ocultarnos la miseria de nuestras limitaciones humanas de las que nos avergonzamos profundamente. 

Jesús, con este discurso, nos propone en cambio un salto cualitativo para vivir en una dimensión superior, en la que siendo hijos de Dios, es decir, pertenecientes a su Reino, la justicia, la mansedumbre, la consolación y el perdón puedan convertirse en objetivos concretos de una vida nueva que logra aceptar -porque las redime con amor- todas esas limitaciones humanas que tanto nos mortifican. 

La tarea concreta del discípulo de Jesús, a la luz de las Bienaventuranzas, no es convertirse en "buenas personas", conocedores o estudiosos de su religión, sino vivir su vida como experiencia de una realidad superior, compuesta de cosas maravillosas que constituyen precisamente la propuesta divina de bienaventuranza que surge de su ser amor por nosotros. 

La enseñanza que Jesús nos propone con este Evangelio, también a nosotros, las personas del tercer milenio que queremos ser sus seguidores, es intentar sentir, pensar, actuar, vivir como Él, el Bienaventurado por excelencia:

 

1.- Tratar de buscar nuestra mayor felicidad en el Reino de Dios, es decir, en ser hijos y herederos suyos, y así descubrir que la pobreza ya no nos asustará, porque podremos distinguir lo superfluo de lo esencial;

 

2.- Tratar de convertirnos en personas verdaderamente amables, para que ya no tengamos que inventar formas de defendernos de los poderosos;

 

3.- Tratar de practicar siempre la justicia del perdón dirigida a todos, para que ya no sintamos la necesidad de escribir leyes imperfectas que no hacen justicia a nadie;

 

4.- Tratar de comprometernos cada día a compartir el sufrimiento de los demás, para no tener miedo de nuestro propio sufrimiento;

 

5.- Tratar de ser siempre misericordiosos y dispuestos a perdonar a todos, así seremos siempre objeto de la inmensa misericordia de Dios. 

Reconozco que elevar una figura humana 'a los honores de los altares' comporta el riesgo de 'angelizarla', de 'sublimarla', de sustraerla, por tanto, a aquellos aspectos de humanidad (incluso ligados a los propios límites, a los propios defectos, a los errores personales experimentados durante la propia vida humana) que le son propios, o a las consecuencias de elecciones equivocadas que esta misma persona hizo en vida. Y entiendo que reconocer y proponer universalmente, siguiendo el camino articulado que sigue la Congregación para las Causas de los Santos, la "santidad" de un individuo significa afirmar que esta persona se encuentra ahora "en su destino", en esa visión beatífica que en la teología cristiano-católica se realiza con el encuentro con Dios en el más allá. 

Tantas veces me he preguntado qué es la santidad cristiana: ¿se trata de ser creyentes o de ser, también, creíbles? Creo que un criterio, y que a mí me ayuda, se encuentra en la invitación del Papa San Pablo VI: el mundo escucha más a gusto a los testigos que a los maestros (cf. Discurso a los miembros del "Consejo de los Laicos", 2 de octubre de 1974). Por eso me he referido a las bienaventuranzas evangélicas, porque el Bienaventurado nos presenta a todas las personas que son testigos creíbles que el mundo necesita: hoy no menos que ayer. 

Seguramente por mi ignorancia, lo confieso, la canonización de Carlo Acutis me deja un tanto ‘perplejo’. En lo que yo he leído, se alaba su devoción a los sacramentos más que su aptitud para la vida social y el voluntariado; más que su asiduidad a la lectura de las Escrituras se alaba su asistencia a la Misa. También se ensalza su pasión por la informática, una cualidad muy común a su edad, tomando como ejemplo su página web dedicada a los milagros eucarísticos: hechos reconocidos hace siglos, fácilmente reinterpretados a la luz de los conocimientos médicos actuales, y que parecen, cuando menos, pintorescos a los ojos de un joven de hoy. 

No me cabe la menor duda de que Carlo Acutis era un buen muchacho y cristiano, con una personalidad y una fe aún en evolución, que probablemente intentaba llevar adelante la santidad de la vida cotidiana. Pero cierta presentación de su persona, de su vida, de su itinerario creyente en lugar de convertirlo en un modelo para el siglo XXI quizá, a mí me lo parece, sí lo proyectan décadas atrás. 

¿La Iglesia pide a un adolescente del siglo XXI que encarne esta idea de santidad: adorar los milagros, ir a Misa más que los demás y confesarse continuamente? No sé si se trata de pedir eso u otra cosa. Ciertamente para entender qué y cómo presentar el modelo cristiano de bienaventuranza y santidad necesitamos recalibrarnos y renovarnos en la dinámica real de los adolescentes y jóvenes de nuestro tiempo. Sólo así podremos permitir a los adolescentes y jóvenes adherirse más auténticamente a un proyecto de vida cristiana, bienaventurado y santo, propio de este kairos o quizás reinventarlo con la ayuda del Espíritu en el siglo XXI. 

Ciertamente un proyecto de fe y de vida que se alimenta en la Eucaristía y que se renueva en la Reconciliación, pero que tiene otras marcadas dimensiones -una de ellas, por ejemplo, la dimensión social-: con la conciencia de que "no todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos" (Mateo 7, 21-23). 

Acabo ya. Nuestro siglo XXI también es un escenario de batallas y conflictos, de victorias para unos, de derrotas para otros, y de violencia para todos. Sin embargo, donde antes se derramó sangre, donde la historia ha tomado rumbos diferentes,…, vuelve el sol, vuelve la luz, en la serena tranquilidad de la vida que siempre renace. Porque la vida tiene una fuerza inagotable por la que siempre merece la pena despertar cada día. La santidad es, quizá, esto mismo: apostar por la vida, darse siempre una nueva oportunidad, cultivar la esperanza. Y la confianza en que la realidad exige que también se diga esto: la vida continúa. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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