Qué santidad
cristiana proponemos en el siglo XXI
El 1 de julio, y tras la realización del consistorio del Papa
Francisco, se ha comunicado que está por determinar la fecha de la canonización
del que será San Carlo Acutis. Y, pensando durante estos días en la propuesta
de un modelo de santidad que es una canonización, he querido volver mi mirada a
la gran imagen de la santidad que son las
Bienaventuranzas que inauguran el Sermón de la Montaña y fundan el Reino de
Dios.
Es una lista asombrosa, tan contraria a cómo va el mundo:
los pobres de espíritu, los afligidos, los mansos, los pacificadores, los puros
de corazón, los misericordiosos, los perseguidos... Y seguramente los santos
canonizados se han acercado esas bienaventuranzas y han conformado la vida a
ellas. Y lo han hecho en la realidad de sus días, con su humanidad, sus
límites, su pensamiento, su contexto histórico y cultural. Santos, no
perfectos. No sé si es útil recordar que la
santidad no es propiamente perfección.
Hombres y mujeres que han vivido el tiempo que les fue
dado, que también pecaron, que también tuvieron que lidiar con el mal, el de
los demás, pero también el propio. Un mal vencido por el bien, un mal vencido
por la gracia, un mal vencido por existencias que no son perfectas, sino
progresivamente abandonadas al amor de Dios.
Y desde lo que voy aprendiendo en mi vida cristiana y
religiosa, me detengo siempre más a menudo (ahora que estoy con personas
ancianas y enfermas) que la santidad no es perfección y que hay que tener el
coraje de superar ciertas apologías que hacen a los santos tan lejanos, tan
únicos y tan, a veces, inhumanos. A pesar de las diferencias de vidas y épocas,
los santos quizás tuvieron esto en común: la confianza en la bondad de Dios y
la gratuidad de su misericordia. Y, sobre esta base, empezar de nuevo, a reconstruir,
a fundar una vida nueva con grandes dosis de alter-nativa, y a tratar con la
realidad, siendo conscientes de que para el ser humano todo pasa, mientras que
para Dios todo permanece, misteriosamente, presente, redimido, sanado,...,
asumido porque amado y salvado.
Debemos
aprender a hablar de santidad hablando de humanidad y de realidad, también sin
excluir, sin mutilar. No hay santidad sin asumir plenamente la realidad, con
todo su peso de sombras; no se puede alcanzar la santidad sin confiar en
inicios y reinicios, sin confiar en el camino, sin confiar en la vida.
Todos los que han comentado el Evangelio de las Bienaventuranzas han intentado siempre,
por todos los medios, explicar el importante y exigente discurso de Jesús; y de
hecho encontramos algunos bellos comentarios que nos ayudan a descubrir todos
los aspectos -incluso los más ocultos- de éste que es un verdadero cántico de
santidad. Pero entonces quizá hasta resulta natural preguntarnos por qué
siempre es tan difícil poner en práctica el contenido de esta enseñanza de
Jesús en nuestras vidas.
La respuesta a esta pregunta tal vez resida en que, a
pesar de los excelentes comentarios, seguimos
leyendo las bienaventuranzas con nuestra manera de ver las cosas y no con la de
Dios. De esta manera, nos comportamos como si hubiéramos leído cada una de
ellas al revés, por lo que se nos escapa el significado correcto y, en
consecuencia, la propuesta que percibimos de estas palabras resulta demasiado
dura y por tanto inaceptable.
De hecho, si pensamos que en el discurso de Jesús se
afirma que es una bienaventuranza ser pobre, o estar llorando y sufriendo, o
tener hambre de justicia, no estamos entendiendo el significado correcto de sus
palabras y, por lo tanto, las rechazamos porque creemos que son contrarias a
nuestra idea de un Dios bueno. Sin embargo, si logramos comprender que las bienaventuranzas son las enunciadas en
la segunda parte de cada frase - poseer el reino de los cielos, ser
consolado, alcanzar misericordia, contentarse con la justicia - entonces
nuestra forma de entender será completamente trastocada y todo adquirirá un significado
diferente y será hasta una invitación provocadora.
Ya no se trata de la lógica, habitual entre nosotros, que
se basa en la creencia de que la compensación se obtiene de Dios gracias a las
buenas obras realizadas, sino que se confirma que las palabras de Jesús son
pronunciadas en la lógica del amor,
hacia el cual todas las cosas humanas, incluso las más miserables y
degradantes, pueden ser redimidas y elevadas, si se viven por amor.
Jesús asegura a sus seguidores que pueden ser felices, es
decir, tener esa bienaventuranza que proviene de poseer el Reino de Dios, de
ser consolados, de obtener misericordia y de estar satisfechos con la justicia,
aunque en su experiencia humana experimenten situaciones en las que hay llanto,
pobreza, sufrimiento, rechazo y falta de justicia. Lo decisivo, sin embargo, es
que el objetivo de sus acciones no es simplemente disfrutar de la vida, poseer
y acumular riquezas, vivir cómodamente, buscando comprensión y justicia de los
demás, sino implicarse y entregarse a los demás en una lógica cuyo único principio
de referencia es el amor.
Así que a la luz de estas observaciones podemos intentar
preguntarnos nuevamente por qué siempre es tan difícil aceptar estas
bienaventuranzas propuestas por Jesús, a pesar de que es evidente que, poniendo
patas arriba la lógica de la interpretación, los objetivos que Él, el primer
bienaventurado, propone para nosotros con este discurso son realmente muy
importantes.
La respuesta está en el hecho de que, en su mayor parte,
vivimos nuestras vidas a un nivel mucho más bajo que el de las bienaventuranzas.
En este nivel todo se compara y se mide en base a objetivos mucho más
limitados, con los que ahora hemos aprendido a contentarnos, sin esperar más.
Son el bienestar, el poder, la riqueza, la justicia de las leyes humanas, la
salud,…, y los utilizamos hábilmente como escudos para ocultarnos la miseria de
nuestras limitaciones humanas de las que nos avergonzamos profundamente.
Jesús, con
este discurso, nos propone en cambio un salto cualitativo para vivir en
una dimensión superior, en la que siendo hijos de Dios, es decir,
pertenecientes a su Reino, la justicia, la mansedumbre, la consolación y el
perdón puedan convertirse en objetivos concretos de una vida nueva que logra aceptar -porque las redime con amor- todas
esas limitaciones humanas que tanto nos mortifican.
La tarea concreta del discípulo de Jesús, a la luz de las
Bienaventuranzas, no es convertirse en "buenas personas", conocedores
o estudiosos de su religión, sino vivir su vida como experiencia de una
realidad superior, compuesta de cosas maravillosas que constituyen precisamente
la propuesta divina de bienaventuranza que surge de su ser amor por nosotros.
La enseñanza que Jesús
nos propone con este Evangelio, también a nosotros, las personas del tercer
milenio que queremos ser sus seguidores, es intentar sentir, pensar, actuar,
vivir como Él, el Bienaventurado por
excelencia:
1.- Tratar de
buscar nuestra mayor felicidad en el Reino de Dios, es decir, en ser hijos y
herederos suyos, y así descubrir que la pobreza ya no nos asustará, porque
podremos distinguir lo superfluo de lo esencial;
2.- Tratar de
convertirnos en personas verdaderamente amables, para que ya no tengamos que inventar
formas de defendernos de los poderosos;
3.- Tratar de
practicar siempre la justicia del perdón dirigida a todos, para que ya no
sintamos la necesidad de escribir leyes imperfectas que no hacen justicia a
nadie;
4.- Tratar de
comprometernos cada día a compartir el sufrimiento de los demás, para no tener
miedo de nuestro propio sufrimiento;
5.- Tratar de
ser siempre misericordiosos y dispuestos a perdonar a todos, así seremos
siempre objeto de la inmensa misericordia de Dios.
Reconozco que elevar una figura humana 'a los honores de
los altares' comporta el riesgo de 'angelizarla', de 'sublimarla', de
sustraerla, por tanto, a aquellos aspectos de humanidad (incluso ligados a los
propios límites, a los propios defectos, a los errores personales experimentados
durante la propia vida humana) que le son propios, o a las consecuencias de
elecciones equivocadas que esta misma persona hizo en vida. Y entiendo que
reconocer y proponer universalmente, siguiendo el camino articulado que sigue
la Congregación para las Causas de los Santos, la "santidad" de un
individuo significa afirmar que esta persona se encuentra ahora "en su
destino", en esa visión beatífica que en la teología cristiano-católica se
realiza con el encuentro con Dios en el más allá.
Tantas veces me he preguntado qué es la santidad cristiana:
¿se trata de ser creyentes o de ser,
también, creíbles? Creo que un criterio, y que a mí me ayuda, se encuentra
en la invitación del Papa San Pablo VI: el
mundo escucha más a gusto a los testigos que a los maestros (cf. Discurso a
los miembros del "Consejo de los Laicos", 2 de octubre de 1974). Por
eso me he referido a las bienaventuranzas evangélicas, porque el Bienaventurado
nos presenta a todas las personas que son testigos creíbles que el mundo necesita:
hoy no menos que ayer.
Seguramente por mi ignorancia, lo confieso, la
canonización de Carlo Acutis me deja un tanto ‘perplejo’. En lo que yo he
leído, se alaba su devoción a los sacramentos más que su aptitud para la vida
social y el voluntariado; más que su asiduidad a la lectura de las Escrituras
se alaba su asistencia a la Misa. También se ensalza su pasión por la
informática, una cualidad muy común a su edad, tomando como ejemplo su página
web dedicada a los milagros eucarísticos: hechos reconocidos hace siglos,
fácilmente reinterpretados a la luz de los conocimientos médicos actuales, y que
parecen, cuando menos, pintorescos a los ojos de un joven de hoy.
No me cabe la menor duda de que Carlo Acutis era un buen
muchacho y cristiano, con una personalidad y una fe aún en evolución, que
probablemente intentaba llevar adelante la santidad de la vida cotidiana. Pero
cierta presentación de su persona, de su vida, de su itinerario creyente en
lugar de convertirlo en un modelo para el siglo XXI quizá, a mí me lo parece, sí
lo proyectan décadas atrás.
¿La Iglesia pide a un adolescente del siglo XXI que
encarne esta idea de santidad: adorar los milagros, ir a Misa más que los demás
y confesarse continuamente? No sé si se trata de pedir eso u otra cosa.
Ciertamente para entender qué y cómo presentar el modelo cristiano de
bienaventuranza y santidad necesitamos recalibrarnos y renovarnos en la
dinámica real de los adolescentes y jóvenes de nuestro tiempo. Sólo así
podremos permitir a los adolescentes y jóvenes adherirse más auténticamente a
un proyecto de vida cristiana, bienaventurado y santo, propio de este kairos o quizás reinventarlo con la
ayuda del Espíritu en el siglo XXI.
Ciertamente un proyecto de fe y de vida que se alimenta
en la Eucaristía y que se renueva en la Reconciliación, pero que tiene otras marcadas
dimensiones -una de ellas, por ejemplo, la dimensión social-: con la conciencia
de que "no todo el que me dice:
Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad
de mi Padre que está en los cielos" (Mateo 7, 21-23).
Acabo ya. Nuestro siglo XXI también es un escenario de
batallas y conflictos, de victorias para unos, de derrotas para otros, y de
violencia para todos. Sin embargo, donde antes se derramó sangre, donde la
historia ha tomado rumbos diferentes,…, vuelve el sol, vuelve la luz, en la
serena tranquilidad de la vida que siempre renace. Porque la vida tiene una
fuerza inagotable por la que siempre merece la pena despertar cada día. La santidad es, quizá, esto mismo: apostar
por la vida, darse siempre una nueva oportunidad, cultivar la esperanza. Y la
confianza en que la realidad exige que también se diga esto: la vida continúa.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF