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lunes, 31 de agosto de 2026

La dureza y rigidez del corazón.

La dureza y rigidez del corazón


Hay una dureza de corazón que no surge de un día para otro. No llega de repente como una tormenta de verano, sino que se va acumulando poco a poco, como polvo fino sobre las cosas que llevan demasiado tiempo sin moverse.

 

Es una dureza que va tomando forma con el tiempo, en el interior de la conciencia, cuando el hombre o la mujer dejan de escuchar y empiezan únicamente a defenderse; cuando ya no miran la vida que se les presenta, sino que prefieren refugiarse tras fórmulas prefabricadas, juicios ya escritos, preceptos aprendidos y que nunca han sido verdaderamente impregnados de compasión.

 

Entonces ocurre que el precepto, en lugar de ser una luz que ilumina el camino, se convierte en un muro. Lo que debería ayudar a discernir, a orientar, a custodiar la vida, acaba imponiéndose sobre la propia realidad.

 

Y cuando los preceptos se construyen lejos de la carne concreta de la existencia, a partir de ideas abstractas, de esquemas prefabricados, de intereses personales o comunitarios enmascarados como verdades universales, ya no liberan: aprisionan.

 

No abren caminos: cierran puertas. No acompañan al hombre ni a la mujer en el esfuerzo de vivir: los miden desde la distancia, como si la vida pudiera entenderse sin inclinarse sobre ella.

 

La realidad, sin embargo, nunca es tan pobre como nuestros conceptos. Es más amplia, más inquieta, más herida y más luminosa. Trae consigo rostros, historias, lágrimas, contradicciones, expectativas, caídas, esperanzas recién encendidas.

 

Por eso, cuando se pretende imponer desde arriba una norma sin ponerse en camino con lo que la realidad manifiesta e indica, surge la rigidez.



Uno se encierra en sí mismo, confunde su propia idea con el mundo entero, confunde su propia seguridad con la fidelidad, su propio miedo con la prudencia, su propia inmovilidad con la virtud.

 

La rigidez moral es una de las heridas más profundas que pueden surgir incluso en el seno de una vida religiosa, cuando esta se separa de la realidad y ya no acepta dejarse cuestionar por ella.

 

Entonces se forman dos mundos opuestos: por un lado, el mundo de los religiosos y las religiosas, con sus ideas ordenadas, sus definiciones claras, su moral aparentemente intocable; por otro, el mundo de las personas que viven en el tejido cotidiano de los días, donde todo es más complejo, más frágil, más expuesto.

 

En medio, a menudo, no hay diálogo, sino distancia; no hay escucha, sino recelo; no hay misericordia, sino juicio.

 

La dureza del corazón es el signo más evidente de un encuentro fallido. Es la huella de una escucha que no se ha producido, de una palabra del otro que se ha quedado fuera del umbral, de una vida contemplada sin dejarse conmover.

 

El corazón se endurece cuando renuncia al riesgo de la relación, cuando prefiere la fría claridad de la distancia al cálido esfuerzo de la cercanía. Se endurece cuando ya no quiere aprender, cuando no se deja sorprender, cuando piensa que todo lo que es verdad debe coincidir ya con lo que ha establecido de una vez por todas.



En esta dureza hay también mucha pereza.

 

Es más fácil sentarse en la cátedra de los justos y juzgar sin piedad las situaciones de la vida, que casi nunca se presentan puras, sencillas, lineales. Es más fácil sentirse bien porque se ha cumplido el deber de moralista, porque se ha pronunciado una sentencia conforme a leyes consideradas justas, que dejarse inquietar por la historia concreta de una persona. Es más fácil decir lo que se debería hacer que acompañar a quien ya no sabe por dónde empezar de nuevo. Es más fácil condenar una herida que curarla.

 

Y, sin embargo, la realidad, con el tiempo, reclama su espacio. No acepta que la enjaulen, que la reduzcan al silencio, que la ahoguen dentro de categorías demasiado estrechas.

 

La realidad sigue hablando, incluso cuando nadie quiere escucharla.

 

Habla en los cuerpos cansados, en los hogares habitados por el cansancio, en las relaciones rotas, en los deseos confusos, en las soledades ocultas, en las alegrías sencillas, en los fracasos que piden una segunda oportunidad. Habla como el amanecer: no hace ruido, pero poco a poco obliga a la noche a retroceder.

 

La realidad se manifiesta siempre en el tiempo presente y, precisamente por eso, no puede ser poseída de una vez por todas. Su dimensión más profunda es la pluralidad: tantas son las situaciones de la vida, tantas las formas en que la existencia se nos ofrece y pide ser comprendida.

 

No interviene solo la razón humana, con sus criterios y sus deducciones, sino también los sentimientos, las pasiones, la memoria, el cuerpo y la creación que nos rodea.



Nos hablan las plantas, los animales, las piedras, las estrellas, el sol; nos habla la tierra cuando gime, el agua cuando escasea, el viento cuando atraviesa las cosas y nos recuerda que nada está realmente inmóvil.

 

Querer encorsetar toda esta complejidad dentro del pequeño perímetro de un concepto elaborado por nuestra pequeña mente es señal de una gran presunción. Es como pretender recoger el mar en un cuenco, o detener el amanecer con las manos.

 

De esta presunción surgen tensiones, desgarros, exclusiones. Nace una palabra religiosa que, en lugar de consolar, hiere; en lugar de señalar un camino, cierra el horizonte; en lugar de generar vida, produce miedo.

 

Escuchar la realidad significa, pues, tomarse en serio los acontecimientos cotidianos. Significa no dejarlos pasar como cosas insignificantes, sino acogerlos, meditarlos, guardarlos, haciendo que nada se pierda.

 

Cada encuentro, cada pregunta, cada contradicción puede convertirse en un umbral. Cada fragmento de vida puede contener una llamada, una luz, una palabra aún no comprendida.

 

La conciencia se suaviza cuando acepta permanecer a la escucha, cuando no tiene prisa por sacar conclusiones, cuando sabe que la verdad no se impone como una piedra, sino que crece como una semilla.



Esta es, tal vez, la ley más profunda del amor: no perder nada, no excluir a nadie, no confundir nunca la fidelidad con la dureza.

 

El amor desea abrazarlo todo y a todos como una gran madre. No porque todo sea igual, no porque todo deba justificarse, sino porque todo debe poder contemplarse a la luz de una misericordia mayor que el juicio.

 

El amor no elimina el discernimiento, lo purifica; no borra la verdad, la hace habitable; no renuncia a la justicia, sino que la libera de la crueldad.

 

Cuando la conciencia vuelve a escuchar, algo en ella se abre como la tierra ante el primer resplandor de la mañana. La dureza ya no tiene la última palabra. El corazón comprende que la realidad no es una amenaza que hay que dominar, sino una revelación que hay que acoger; no un caos que hay que reprimir, sino un misterio que hay que acompañar.

 

Y entonces también la vida religiosa recupera su aliento original: no situarse por encima de la realidad para juzgarla, sino dentro de ella para servirla; no hablar antes de haber escuchado, sino escuchar hasta que la palabra que nazca sea capaz de custodiar, sanar y generar esperanza.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 9 de agosto de 2026

Edith Stein: una mujer de síntesis.

Edith Stein: una mujer de síntesis 

La memoria de Edith Stein, Santa Teresa Benedicta de la Cruz, sigue siendo tan actual hoy como siempre. Sin querer caer en los cánones o clichés de nuestra época, conviene subrayar que nos encontramos ante una personalidad muy peculiar para las décadas que vivió Edith Stein, a caballo entre finales del siglo XIX y la época del nazismo. 

Mujer, judía, convertida al cristianismo, asistente de filosofía del gran Edmund Husserl, iniciador de la fenomenología, y primera mujer aspirante a la docencia universitaria, que le fue denegada, entre otras cosas, por sus orígenes judíos. 

Durante su estancia en Gotinga en los años 10 del siglo XX, tuvo la oportunidad de colaborar con Husserl, quien apostaba por un nuevo concepto de verdad, yendo más allá del subjetivismo kantiano y recuperando el retorno al objetivismo. La fenomenología, corriente que Husserl inspiró y fundó, llevó a muchos de sus alumnos a acercarse a la fe cristiana. Edith Stein se graduó en 1916 con Husserl con una tesis titulada «Sobre el problema de la empatía». 

En esos años, durante el inicio de la Gran Guerra, la joven Edith también prestó servicio voluntario en un hospital para atender a los enfermos de tifus. 

En 1916, Edith Stein se graduó con Husserl con la mencionada tesis «Sobre el problema de la empatía», relativa a la forma de experimentar la conciencia de los demás para comprender sus razones, una obra que se sitúa entre la filosofía y la psicología. 

Edith Stein, otro elemento que hace que su biografía y su obra sean más que actuales, se comprometió profundamente con las mujeres de su época y con la lucha por los derechos de la mujer: entró a formar parte de la organización denominada «Asociación Prusiana por el Derecho al Voto de la Mujer». También dio numerosas conferencias por toda Alemania sobre estos mismos temas. 

Pensándolo bien, era una personalidad alternativa. De niña perdió la fe, que recuperó de adulta. Edith Stein no solo fue una filósofa, convertida del judaísmo al cristianismo (sin olvidar ni renegar nunca sus orígenes judíos), sino también una mística y religiosa, convencida de emprender la vida monástica de las Carmelitas, tras leer, en 1921, la autobiografía de Santa Teresa de Ávila, que supuso para ella un cambio radical. En ese momento comprendió que había encontrado la verdad. Sin embargo, no le resultó fácil emprender la vida religiosa. 

Tomó los primeros votos el 21 de abril de 1935, tras ser bautizada el 1 de enero de 1922. El 21 de abril de 1938 tomó los votos perpetuos e imprimió en la estampa de su profesión las palabras de San Juan de la Cruz (el gran místico que vivió en el siglo XVI, al que dedicaría su última obra antes de morir): «Mi única profesión será, de ahora en adelante, el amor». 

El 9 de noviembre de 1938, el odio de los nazis hacia los judíos se manifiesta ante todo el mundo. Las sinagogas arden. El terror se extiende entre la población judía. La madre priora de las Carmelitas de Colonia hace todo lo posible por llevar a la hermana Teresa Benedicta de la Cruz al extranjero. En la noche de Año Nuevo de 1938 cruza la frontera de los Países Bajos y es llevada al convento de las Carmelitas de Echt, en Holanda. 

Allí redacta su testamento el 9 de junio de 1939: «Ya ahora acepto con alegría, en completa sumisión y según Su santísima voluntad, la muerte que Dios me ha destinado. Ruego al Señor que acepte mi vida y mi muerte... para que el Señor sea reconocido por los suyos y que su reino venga en toda su magnificencia para la salvación de Alemania y la paz del mundo...». 

El 2 de agosto de 1942 llega la Gestapo. Edith Stein se encuentra en la capilla, junto con las demás hermanas. En cinco minutos debe presentarse, junto con su hermana Rosa, que se había bautizado en la Iglesia católica y prestaba servicio en las Carmelitas de Echt. Las últimas palabras de Edith Stein que se oyen en Echt están dirigidas a Rosa: «Ven, vamos a morir por nuestro pueblo». 

Edith Stein muere en Auschwitz el 9 de agosto de 1938 junto con otros 987 judíos, entre ellos su hermana Rosa. Juan Pablo II, con motivo de su beatificación, la celebró de esta manera: «Nos inclinamos profundamente ante el testimonio de la vida y la muerte de Edith Stein, ilustre hija de Israel y al mismo tiempo hija del Carmelo. Sor Teresa Benedicta de la Cruz, una personalidad que lleva en su intensa vida una síntesis dramática de nuestro siglo, una síntesis rica en heridas profundas que aún sangran...». 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Edith Stein: la ardiente peregrina de la pasión por la verdad.

Edith Stein: la ardiente peregrina de la pasión por la verdad

Edith Stein es una de las mujeres más eminentes y fascinantes del siglo pasado. Dada la originalidad y complejidad de los acontecimientos existenciales que la caracterizan, es difícil encajarla con fidelidad en un breve perfil biográfico.

 

Edith Stein nació en 1891 en Breslavia, ciudad que entonces pertenecía a Alemania, como capital de la Silesia prusiana (hoy Wroclaw, en Polonia). Era la última de siete hijos de una familia judía profundamente religiosa y apegada a las tradiciones. Nació en una festividad religiosa judía, el 12 de octubre, día del Yom Kippur, es decir, del Perdón. Inteligente, vivaz, iniciada desde muy temprana edad en los intereses culturales por sus hermanos mayores, en 1910 Edith se matriculó en la Universidad de Breslavia, única mujer que cursaba, en ese año, estudios de filosofía.

 

En 1913, la estudiante Edith Stein se trasladó a Gotinga para asistir a las clases universitarias de Edmund Husserl, de quien se convirtió en discípula y asistente, y con quien también se licenció. En Gotinga conoció al filósofo Max Scheler. Este encuentro despertó su interés por el catolicismo.

 

En 1916 siguió a Husserl como asistente en la Universidad de Friburgo. Se licenció con una tesis titulada «El problema de la empatía» (Einfuhlung). Al año siguiente se doctoró summa cum laude en la misma universidad. Primero por necesidad de estudios y luego por motivos de amistad, pasó largas temporadas de verano en Bergzabern, en el Palatinado, en casa del matrimonio Conrad-Martius. Fue en el verano de 1921, durante una de estas estancias, cuando Edith leyó, en una sola noche, la Vida de Santa Teresa de Ávila, escrita por ella misma. Al cerrar el libro, a las primeras luces del alba, tuvo que confesarse a sí misma: «¡Esta es la Verdad!».

 

Recibió el bautismo en Bergzabern unos meses después, el 1 de enero de 1922. Quiso y consiguió que su madrina fuera su amiga Hedwig Conrad-Martius, que era cristiana pero de confesión protestante. Añadió a Edith los nombres de Teresa y Edwige. En Friburgo, Edith comenzó a sentirse incómoda. Sintió las primeras llamadas interiores de la vocación a la consagración total a Dios de Jesucristo. Por lo tanto, dejó su trabajo como asistente de Husserl y decidió pasar a la enseñanza en el Instituto de las Dominicas de Espira.

 

El 30 de abril de 1933, durante la adoración del Santísimo Sacramento, sintió con claridad esa vocación a la vida religiosa monástica del Carmelo que había comenzado a sentir el día de su bautismo y tomó interiormente su decisión. Dios la llamaba para llevarla al desierto, hablar a su corazón, hacerla compartir la sed infinita de Jesús por la salvación de los hombres.

 

Libre y feliz, abandonó un mundo lleno de amigos y admiradores para entrar en el silencio de una vida austera y silenciosa, atraída únicamente por el amor de Jesús. El 15 de octubre de 1933, Edith ingresó en el Carmelo de Colonia. Tenía 42 años. Seis meses después, el Domingo 15 de abril de 1934, se celebró el rito de la toma de hábito y se convirtió en monja novicia con el nombre de Sor Teresa Benedicta de la Cruz. Se dedicó a completar la obra «Ser finito y ser eterno. Ensayo de una ascensión al sentido del ser», iniciada antes de entrar en el Carmelo.

 

En 1938 completó su formación carmelita y el 1 de mayo hizo su profesión religiosa perpetua. Pero el 31 de diciembre de 1938 se impuso a Edith el drama de la cruz. Para escapar de las leyes raciales contra los judíos, tuvo que abandonar el Carmelo de Colonia. Se refugió entonces en Holanda, en el Carmelo de Echt. Era un momento trágico para toda Europa y especialmente para aquellos que eran perseguidos por los nazis por ser de ascendencia judía. El 23 de marzo se ofreció a Dios como víctima expiatoria. El 9 de junio redactó su testamento espiritual, en el que destacaba la aceptación de la muerte por las grandes intenciones de la hora histórica, mientras se desataba la Segunda Guerra Mundial.

 

En 1941, por encargo de la priora del monasterio de Echt, comenzó y llevó adelante, hasta donde pudo, una nueva obra, esta vez sobre la teología mística de San Juan de la Cruz. La tituló: «Scientia Crucis». La obra quedó inconclusa, porque también en Echt fue alcanzada por los nazis. Las tropas de las SS la deportaron al campo de concentración de Amersfort y luego al de Auschwitz. «¡Vamos!», le dijo al salir con su pobre equipaje a su hermana Rose, que vivía en la casa de huéspedes del convento y fue capturada con ella, «¡vamos a morir por nuestro pueblo!».

 

Había pasado de la cátedra universitaria al Carmelo. Y después, de la paz del claustro, espacio de amor contemplativo, pasaba a los horrores de un campo de concentración nazi. Edith Stein, sor Teresa Benedicta de la Cruz, murió en las cámaras de gas de Auschwitz el 9 de agosto de 1942.

 

Fue beatificada por Juan Pablo II en Colonia, en el aniversario de su consagración definitiva, el 1 de mayo de 1987. Fue proclamada santa por el mismo pontífice en Roma, en la plaza de San Pedro, el 11 de octubre de 1998. El corazón de la vida de Edith Stein, de santa Teresa Benedicta de la Cruz, se puede identificar en su pasión por la verdad. El mensaje que a lo mejor puede transmitir a la Europa del siglo XXI y, en general, a todo ser humano de hoy es esta pasión, que es la esencia de su vida.

 

Hoy en día, muy a menudo se buscan experiencias religiosas innovadoras y nuevos caminos espirituales, pero se descuida y se deja de lado la cuestión de la verdad, para evitar que se pongan trabas a la libre elección de las nuevas propuestas espirituales o que se cree entre ellas una jerarquía que, de alguna manera, privilegie unas y discrimine otras.

 

Para Edith Stein, el ser humano se caracteriza por ser un ser que, por naturaleza, busca la verdad, es decir, busca a Dios. Sin embargo, no como un ser condenado a una búsqueda que nunca podrá tener éxito, sino como un ser al que, en un momento dado, se le permite exclamar con Edith Stein: «¡La verdad está aquí!».


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 22 de marzo de 2026

No naufragar en las aguas del mal.

No naufragar en las aguas del mal

Algunos pensamientos de Etty Hillesum pueden iluminarnos en nuestro camino espiritual... sea cual sea ese camino espiritual. 

Y entiendo que algunos pensamientos de su diario son significativos. Ha sido un libro leído y rezado en el pasado Jubileo de la Esperanza: “Diario de Etty Hillesum: Una vida conmocionada”. 

Etty Hillesum es una joven judía que vive en Holanda y que comenzó a escribir un diario en 1941. Nos muestra su recorrido de crecimiento espiritual, en el que nutre su capacidad de resistencia creando espacios para sí misma, para la belleza y la meditación, y al mismo tiempo ejercita su solidaridad en la sociedad. Etty Hillesum trabaja con el Consejo Hebreo de la ciudad, entra en contacto con los judíos que son deportados. Después va por elección al campo de concentración de donde partirá en tren hacia Auschwitz-Birkenau, donde ella también morirá unos meses después (noviembre de 1943). 

Una muchacha que “no sabía arrodillarse”, emprendió una búsqueda interior que la enraizó en ese ser puro en el que percibió la presencia divina y acogió a las víctimas del exterminio: “Mi vida es una ininterrumpida ‘escucha dentro’ de mí misma”. Frente a un “infierno absoluto”, sostiene que si Dios “ya no puede ayudarnos, seremos nosotros quienes tengamos que ayudar a Dios”, conservando huellas de Él en el corazón humano. 

Las reflexiones de Etty Hillesum expresan muy bien el sentido de la vida espiritual puesta en el centro del camino de la vida humana y cristiana, vivida en la lógica de “ayudar a Dios, ayudar a los demás”, de “sumergirse en uno mismo, sumergirse en los demás”, “destruir en uno mismo lo que uno cree que debe destruir en los demás”. 

Mi cabeza es el taller donde todas las cosas de este mundo deben venir a formularse con plena claridad. Y mi corazón es el horno ardiente en el que todo debe ser sentido y sufrido con intensidad”. 

Imagino que algunas personas rezan con la mirada dirigida al cielo: buscan a Dios fuera de sí mismas. Hay otros que inclinan la cabeza y la esconden entre las manos: creo que buscan a Dios dentro de sí mismos”. 

Hay una fuente muy profunda dentro de mí. Y en ese manantial está Dios. A veces puedo alcanzarlo, muchas veces está cubierto de piedras y arena: entonces Dios está enterrado. Luego tendremos que desenterrarlo de nuevo”. 

No veo otra solución que reunirnos y arrancar nuestra podredumbre. Ya no creo que podamos mejorar algo en el mundo exterior sin hacer antes nuestra parte dentro de nosotros mismos”. 

No son los hechos los que cuentan en la vida, sino lo que uno llega a ser a través de los hechos”. 

Intentaré ayudarte (Dios), para que no te destruyas dentro de mí, pero a priori no puedo prometerte nada. Una cosa, sin embargo, se me hace cada vez más evidente, y es que tú no puedes ayudarnos, sino que somos nosotros los que debemos ayudarte, y de este modo nos ayudamos a nosotros mismos. Lo único que podemos salvar en estos tiempos y también lo único que realmente importa es un trocito de ti en nosotros mismos, Dios mío. Y quizá también podamos ayudar a desenterrarte de los corazones destrozados de otros hombres. Sí, Dios mío, parece que no puedes hacer mucho para cambiar las circunstancias actuales, pero también ellas forman parte de esta vida. Yo no te hago responsable, más tarde nos harás responsables a nosotros. Y casi con cada latido de mi corazón crece mi certeza: tú no puedes ayudarnos, pero a nosotros nos corresponde ayudarte, defender hasta el final tu casa en nosotros”. 

Partí mi cuerpo como si fuera pan y lo distribuí entre los hombres”. Una frase sin igual en la que podemos vislumbrar el trazo de la confesión del valor eucarístico impreso en su vida por esta joven que prefirió estar “sola y para todos”. Nos recuerda que el amor se hace don, hasta hacernos pan partido para los demás. 

Etty Hillesum, como muchos otros escritores antes y después de Auschwitz, se da cuenta de que Dios, de alguna manera, no actúa, porque somos nosotros los que tenemos que actuar. Dios no actúa... porque Él actúa a través de nosotros. 

Somos nosotros quienes tenemos que guardar espacio para Dios en este mundo, somos nosotros quienes tenemos que cuidar a Dios en nuestra existencia, en nuestra sociedad y en nuestras relaciones con los demás. Nosotros somos aquellos a quienes Dios se confió en la debilidad de la encarnación, y por tanto, como dice Etty Hillesum, somos nosotros quienes debemos ayudar a Dios. 

¡No es un llamado a nuestro sentido de omnipotencia, sino un recordatorio profundo e importante de la responsabilidad que tenemos en la historia! 

El amor que podemos expresar debe ser capaz de indignación y de justicia, debe ser capaz de pasión, capaz de decir no, capaz de poner límites a cualquier forma y variante del mal. Esto también se hace a través de la búsqueda de espacios en los que el yo y Dios puedan coexistir. Cuando Etty Hillesum se cuida a sí misma, sabe que está cuidando a Dios dentro de ella, y de esta manera deja que Dios actúe en ella. 

Cuidar la presencia de Dios en el mundo significa también cuidar de nosotros mismos, y viceversa: cuidar de nosotros mismos significa ayudar a Dios a estar presente en nuestro mundo y en nuestra sociedad. 

Esta es una de las grandes lecciones del intenso diario de Etty Hillesum: no naufragar interiormente cuando en la historia hay espacio para el mal, no dar su asentimiento a las tinieblas cuando parecen imponerse. Y así ella escribiría páginas elevadas -místicas, profundas, únicas- sobre su relación con un Dios desconocido que, sin embargo, se abría a ella con dulzura. 

Nos hará bien retomar el diario de Etty Hillesum. En las ciudades que habitamos, en las vidas que vivimos, la fuerza de esas palabras nos sacude como pocos textos pueden hacerlo. Nos dan inquietud y conciencia, esperanza y responsabilidad, en la defensa de un espacio que es nuestro, sagrado, en el que el Misterio puede estar presente: “Ahora esa “habitación silenciosa”, por así decirlo, la llevo siempre conmigo, y puedo retirarme a ella en cualquier momento, tanto si estoy en un tranvía lleno de gente como en medio de la confusión de la ciudad”. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 19 de enero de 2026

¿Y qué futuro tiene esta vida religiosa?

¿Y qué futuro tiene esta vida religiosa?

Todo lo que no se regenera, degenera. 

Hubo un tiempo en el que se pensaba que la mera conservación de lo existente no conducía a la extinción, porque se creía que en la vida religiosa, como en la Iglesia, todo era perenne, ya que se creía sin mancha y sin arruga, y no una realidad «semper reformanda». 

Así fue como la vida religiosa, encerrada en sus glorias pasadas, cediendo a la presunción de poseer toda la verdad, siguió adelante creando un tipo de pensamiento al que le cuesta aprender algo nuevo, por lo que a menudo responde con lo ya conocido. 

¿Son estos tiempos de fantasía para la vida religiosa? ¿No será verdad aquello de «más vale pájaro en mano que ciento volando»? ¿Hay tiempo para la creatividad e imaginación? ¿O se prefiere aquello de «más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer»? 

Seguramente para la vida religiosa sería ilusorio y auto-lesivo no reconocer sus propias fragilidades debidas al esfuerzo de sentirse desafiada a ser parte viva de las grandes transformaciones de la historia, para limitarse a darle vueltas a la reflexión de siempre, o de casi siempre, construida sobre códigos inmutables y a ostentar los motivos de su inmutabilidad más que su precariedad, inconsciente de que es «semper reformanda». 

Hay quien pensará que no hay crisis. Hay quien prefiere no mirar cara a cara al presente inmediato. No digamos ya el futuro. No sé si estos son tiempos, al menos para algunos de reconocer y de aceptar las profundas e ineludibles purificaciones de las figuras históricas que el tiempo pasado ya ha consumido hasta agotarlas y de abrazar el momento presente para aligerar y simplificar una vida religiosa convirtiéndola a lo esencial. 

Ningún cambio es posible sin renunciar a los esquemas obsoletos. 

Los esquemas obsoletos son aquellos en los que la vida se siente asfixiada. Y para remediarlo se necesitan nuevos espacios, nuevos enfoques, nuevos lenguajes que expresen prácticas de nueva humanidad. De lo contrario, los destinatarios de los carismas pueden perder dramáticamente la profecía y pasar a ser los últimos mohicanos y custodios de lo que queda del primer evento profético... quizás ya solamente unas cenizas. 

Yo, que no me muevo en los foros de la vida religiosa, tengo una impresión. La de que no son pocos los religiosos que no reconocen que han entrado, de forma irreversible, en un periodo en el que muchas de las imágenes tradicionales de la vida consagrada ya no se sostienen. 

Es decir, de aquellos que piensan que el carisma reside en lo que han sabido realizar, más que en lo que lleva a imaginar y soñar con algo que puede introducir en las cosas un proyecto evangélico más auténtico, más bello, más grande que el de hoy. No digamos que el de ayer.

Los fundadores fueron intérpretes de la inventiva de Dios. Sus comienzos hablan de búsqueda, de intuiciones, de audacias vividas porque tenían en el corazón el sueño de Dios en un mundo en el que algunos carismas institucionalizados iban perdiendo la frescura del Evangelio. 

Pero el paso de tiempo no ha permitido a los institutos proteger su libertad de nómadas, con tiendas fáciles de enrollar y transportar a otros lugares. 

Los carismas necesitan una identidad en proceso. 

Ya no estamos en la época en la que el futuro se recibía totalmente como herencia del pasado, por lo que todo, de hecho, estaba en función de la conservación más que de la imaginación. 

Pero cuesta reconocer la transitoriedad de las formas de otros tiempos. Cuesta reconocer que aquellas formas heredadas son inadecuadas para la construcción de personas que sean criaturas nuevas en el presente. Y en el futuro.

La vida es evolución. Y para realizarnos, humana y espiritualmente, debemos cambiar. Es decir, no debemos tener miedo de renovar aquellas costumbres y estructuras que en la vida consagrada reconocemos como inadecuadas hoy para lo que Dios nos pide hoy y para hacer avanzar hoy su Reino en el mundo. 

¿Dónde queda aquella invitación a «salir», es decir, a «ir más allá»? ¿O es que ya nos hemos habituado a ser felices prisioneros de un presente estrecho? ¿Hay capacidad de velar con libertad en los caminos por los que el futuro se inserta en la historia? ¿O nos hemos habituado a ser confortable y pacíficamente autorreferenciales? ¿Nuestras letras y nuestras leyes cuentan más que la imaginación y los sueños? ¿Nuestra exagerada y ampulosa doctrina tiene más valor que la creatividad del Espíritu? 

Salir significa también que no bastan las modalidades de presencia llevadas a cabo para hacer misión en casa propia (nuestras obras), para lo cual se han creado instrumentos, servicios, estructuras: así son los demás los que deben venir a nosotros. Más bien es necesaria una vida consagrada capaz de salir de sí misma para ir hacia los demás, buscando caminos evangélicamente más eficaces y, al mismo tiempo, humanamente más significativos, porque nacen de la capacidad (carisma) de mirar el mundo con otros ojos. 

El tiempo presente invita también a replantearse la importancia de todo ese aparato autorreferencial que nos hemos creado para dar prioridad a respuestas mezcladas (eso es la levadura) con las de otras formas y vocaciones que forman la Iglesia. Pero para ello habrá que desmontar las propias mitificaciones y no conformarnos con respuestas complacientes. 

La perspectiva de futuro es la que surgirá de una situación inédita, consecuencia de la capacidad de ponerse en juego sin repetir el pasado. La ruptura, la discontinuidad está en los hechos, está en la historia, que no tiene dogmas, sino que es continuamente revisionista. 

Hay una cómoda placidez cuando no se tiene el valor de seguir los caminos que ofrece la novedad de Dios o cuando nos defendemos encerrados en estructuras mentales caducas que han perdido la capacidad de acoger lo nuevo, es decir, la capacidad de reinventar la vida con lo que objetivamente pone a nuestra disposición. 

En lo poco que conozco me temo que la mayor parte del compromiso de la vida religiosa que proponen no pocos institutos es el de asegurar un pasado que siempre vuelve a la memoria casi con añoranza y melancolía, pero es una memoria muy pobre la que solo funciona hacia atrás. En cualquier caso esto no basta para alimentar nuestra identidad en el presente. Ni mucho menos en el futuro. 

¿Los carismas se dan para ser conservados como en una burbuja, fuertes en su propia consolidación, como si la vida, con su continuo devenir, no tuviera nada que ver? Cuando en los surcos de esta cultura determinada, al menos en el occidente europeo, la vida religiosa va perdiendo su fuerza ¿no significará también que aquella energía seminal que se le dio para nacer y seguir siendo la está abandonando? 

La historia puede enseñar a los buenos estudiantes que para mantener limpio un ideal no hay que fijarlo en un nicho de documentos y tradiciones, sino que existe una fidelidad creativa que busca y acaba encontrando, en función del futuro, ¡no del pasado!, rasgos diferentes y nuevos con respecto al pasado. 

Creo que buena parte del futuro de la vida religiosa pueda estar precisamente en ser ‘incumplidores’. Las experiencias atractivas pueden surgir al margen de todos los planes, programas, proyectos y supuestos instrumentos de renovación (por ejemplo, los Capítulos) puestos en marcha. 

Su credibilidad dependerá de cómo logre desarrollar a su alrededor nuevas formas religiosas, y si es necesario también sociales, de vida transparentemente evangélica, de un pensamiento y de una acción más inter-carismáticos e inter-congregacionales, como una mística con los ojos abiertos a los llamamientos de la historia, hoy diferentes de los de ayer y de los que vivieron los fundadores con una mirada que sepa escrutar y escudriñar los signos del presente y del futuro. 

Si la vida religiosa quiere interceptar las expectativas depositadas en ella, debe ofrecer un enfoque diferente de la experiencia carismática y una sensibilidad distinta hacia las inquietudes del presente y del futuro, sin seguir buscando de modo obstinadamente terco la fidelidad en pasado. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 15 de enero de 2026

La tentadora fascinación de la autorreferencialidad en la vida consagrada.

La tentadora fascinación de la autorreferencialidad en la vida consagrada

«Autorreferencialidad» es una palabra a la que ha recurrido con particular insistencia el Papa Francisco precisamente en referencia a la mundanidad espiritual y hace pensar que también puede entrar en juego en referencia al carisma en la vida consagrada.

 

Casi inevitablemente, cuando en la vida consagrada se habla de carisma, se va directamente al fundador y al instituto, y no se percibe que es el primer paso hacia la autorreferencialidad, esta vez a nivel institucional.

 

El carisma es un don y una obra del Espíritu y, por lo tanto, remite a Cristo, no directamente al fundador. Solo en Cristo, en una fe vivida, puedo encontrar el carisma del fundador y vivirlo.

 

El punto de partida es el sacramento del bautismo, nuestro ser en Cristo, como su Iglesia.

 

El carisma de una familia religiosa no es un patrimonio cerrado que hay que custodiar, sino más bien una “faceta integrada” en el Cuerpo de la Iglesia, atraída hacia el centro, que es Cristo.

 

Si al decir carisma, voy directamente al fundador, suceden varias cosas, y no son precisamente cosas que puedan dejar tranquilo.


He aquí algunas, a modo de ejemplo.

 

Si voy directamente al fundador: pongo al fundador en lugar de Cristo y la tradición de la institución por encima del Evangelio. No es una broma: precisamente a esto llamó el Concilio Vaticano II a los religiosos, pidiéndoles que volvieran al Evangelio.

 

Tantas veces, es verdad, no se niega la referencia a Cristo. Está claro. Pero se da por sentada esa referencia. Es decir, se deja de lado como una simple nota introductoria y se centra la atención en todo lo que viene después: la institución y las cosas de la institución; o también: al hablar de misión, se pasa directamente a las obras y al hacer, saltándose aquello de donde proviene o «debería provenir», que es el carisma en su naturaleza específica; o también: cuando se trata de la renovación del instituto, todo se reduce a la actualización, con todo lo que hemos puesto en ella: recualificación profesional, reescritura de la regla, reorganización de todo lo que había que reorganizar, etc.

 

Todo esto puede ser importante, incluso conveniente y hasta necesario, pero, tomado por sí solo, es solo un hecho externo y, por lo tanto, corre inevitablemente el riesgo de derivar en mundanidad espiritual. Se cuida mucho el aspecto externo estructural, mientras que el resto se da por sentado, o existe bajo mínimos, o siempre no existe.

 

Y, de hecho, observamos estas cosas: todo puede ir incluso muy bien en la comunidad y en el instituto: las reglas se han actualizado; las obras funcionan y son muy apreciadas y frecuentadas; se puede tener también una vida muy ordenada y eficiente; se habla mucho del carisma del fundador y se han estudiado a fondo las fuentes; tal vez incluso haya habido la beatificación/canonización del fundador…

 

Pero la vida no despega, los frutos esperados no están ahí. Bastaría pensar en la desproporción que existe entre la cantidad de recursos —en personas, tiempo y dinero— empleados en torno a los problemas institucionales y los frutos que se recogen.


¿Y entonces?

 

Se utiliza el carisma para darse un nombre. A veces se reduce incluso a una etiqueta, pero el carisma no es un nombre. Menos aún una etiqueta.

 

El carisma existe si lo vivimos y solo se puede vivir en Cristo: se recoge como fruto de una vida vivida verdaderamente en la fe.

 

Si lo olvidamos, se activa, precisamente en nombre del carisma, un mecanismo de autorreferencialidad que, al ponernos en el centro, no solo como personas sino como institución, hace que todo decaiga en discurso, palabrería, con fáciles eslóganes y llamativos titulares, con documentos programáticos y declaraciones espirituales…

 

Vivimos —es un malentendido clásico, también ampliamente ignorado— como si fuera posible ir de la regla al Evangelio y del fundador a Cristo, cuando es exactamente lo contrario: solo viviendo en Cristo y de Cristo podemos encontrar nuestra vocación y nuestro carisma, incluso el del fundador.

 

Como digo, este sustantivo, que desde el punto de vista lógico significa simplemente referirse a uno mismo (individuo o institución), gracias al Papa Francisco se ha convertido en la clave para interpretar un vicio radical.

 

Hasta el Papa Francisco, cada uno de nosotros y de nuestras instituciones religiosas podría haberse definido como egoísta o incluso narcisista, pero a nadie se le habría ocurrido denunciar su autorreferencialidad como un vicio.

 

Este término, que hasta la elección del Papa Francisco pertenecía más a la semántica psicológica que a la del Magisterio - no creo que aparezca en ningún documento papal anterior a Lumen Fidei, la primera Encíclica del Papa Francisco -, ¿cómo se relaciona con el Evangelio?

 

Según Lumen Fidei 46, la persona (podríamos decir la institución eclesial o de la vida consagrada) autorreferencial es aquella que, encerrada en sí misma, tiene dificultades para entrar en diálogo con Dios y dejarse abrazar por su misericordia, llegando así al deseo de llevar a los demás la misericordia que ha recibido.

 

La autorreferencialidad sitúa los defectos clásicos del egoísmo y el narcisismo en una dinámica relacional, es decir, en la dificultad para abrirse al diálogo con Dios y con lo demás.

 

Uno de los puntos del Evangelio que más claramente nos habla de la autorreferencialidad según el paradigma del Papa Francisco es aquel en el que los discípulos vieron a un hombre que hacía milagros en nombre de Jesús, pero que no formaba parte del grupo de seguidores de Jesús. Por eso «querían prohibírselo». Juan, con el entusiasmo celoso típico de los jóvenes, se lo cuenta al Maestro buscando su apoyo; pero Jesús, por el contrario, responde: «No se lo impidáis, porque nadie que haga un milagro en mi nombre puede hablar mal de mí: el que no está contra nosotros, está a nuestro favor» (cf. Mc, 939-40).



Sería interesante, en este punto, volver la mirada al Ángelus del 30 de septiembre de 2018 - cf. https://www.vatican.va/content/francesco/es/angelus/2018/documents/papa-francesco_angelus_20180930.html -.

 

Toda la explicación que da el Papa Francisco de ese episodio se basa en la lectura del interior/exterior, del dentro/fuera. La persona (o institución) autorreferencial, como lo eran los discípulos en aquella ocasión, dice que lo que está dentro de nuestro círculo es bueno y que lo que está fuera es malo. De ahí el deseo de ampliar nuestro círculo (y, de hecho, precisamente en esa ocasión, el Papa Francisco afirmó sorprendentemente que la autorreferencialidad es la raíz de todo proselitismo) y la incapacidad de reconocer el bien independientemente de quién lo haga.

 

«Jesús —concluyó— aparece muy libre, plenamente abierto a la libertad del Espíritu de Dios, que en su acción no está limitado por ningún confín o algún recinto».

 

Solo un auténtico encuentro dentro de nosotros mismos con el amor de Dios, que se traduce en una feliz amistad con Él, es capaz de llevarnos a ese lugar de nuestro corazón donde somos verdaderamente humanos y de redimirnos de nuestra conciencia aislada y de la autorreferencialidad.

 

Ahí está la fuente de la acción evangelizadora. Porque, si alguien ha acogido este amor que le devuelve el sentido de la vida, ¿cómo puede contener el deseo de comunicarlo a los demás? (Evangeli Gaudium 8).

 

Cuando esto no ocurre, nos sentimos superiores a los demás porque observamos determinadas normas o porque somos fieles de manera inquebrantable a un cierto estilo católico propio del pasado (Evangeli Gaudium 94).

 

La autorreferencialidad suele emerger en nuestros contextos, a veces de manera llamativa, a veces sutil pero no menos profunda, por ejemplo: cuando permanecemos siempre en el papel de quien da, sin saber recibir, o cuando permanecemos siempre en la posición de solo dar respuestas, o cuando somos nosotros quienes formulamos de manera definitiva la decisión o la solución, saltándonos el diálogo, las preguntas de los demás, o cuando somos incapaces de un encuentro verdadero y recíproco, o cuando no sabemos apreciar el valor de las diferencias.

 

La autorreferencialidad es sinónimo de cerrazón, de una vida encerrada en sí misma, que proviene de la concepción errónea de que la vida consagrada (con sus individuos e instituciones) es autosuficiente en sí misma, creyendo que los consagrados somos una casta superior a los demás. Esto nos lleva a situarnos en una posición defensiva, encerrándonos en nuestro nido para no contaminarnos o en esa atalaya de pretendida perfección por encima de los mortales.


Hoy se habla mucho de comunicación, de compartir, pero a menudo nos encerramos en nuestras reflexiones incluso carismáticas. Debemos superar esta tentación partiendo de un sano realismo. Incluso también porque la mano de obra está disminuyendo y, por necesidad, ¡debemos abrirnos! Nuestra esperanza está en el Señor y en la colaboración.

 

En la vida consagrada debemos abrirnos a la Iglesia porque a veces tendemos a crear una iglesia paralela. Es el momento de abrirnos a otros institutos: no hay un carisma tan rico que pueda prescindir de los demás, ni un carisma tan pobre que no pueda dar a otros carismas.

 

Debemos abrirnos por supuesto a nuestras comunidades pero también a los otros carismas, a la Iglesia local y universal, a todos. Cuando se habla de comunión y colaboración, debemos verificar que tenemos una identidad clara: no puedo colaborar con los demás si no tengo una identidad carismática clara.

 

Y es verdad que un capítulo tiene la tarea de profundizar, aclarar, actualizar,…, el carisma. Pero no es menos verdad que la identidad es siempre itinerante, desde el fundador hasta hoy. Y que la pregunta fundamental no es qué hizo el fundador, sino qué haría hoy el fundador.

 

Esta autorreferencialidad se vive, a veces, como individuos, pero también como instituciones de la vida consagrada: «¿Por qué tengo que colaborar con otro Instituto si todavía tengo fuerzas suficientes?»

 

Seguramente uno de los temas abiertos en el futuro de la vida consagrada, en una Iglesia de comunión y sinodal, va a ser, si es no está siendo ya, la intercongregacionalidad o la intercarismaticidad. También porque la identidad nunca es una identidad cerrada, sino que la identidad es siempre abierta y, por lo tanto, es como un vaso comunicante, y yo vivo mi identidad en la medida en que, sin renunciar a la mía, me abro a la identidad del otro.

 

Si la comunión y la sinodalidad con y dentro del Pueblo de Dios es la medicina para la autorreferencialidad, seguramente la inter-congregacionalidad o la inter-carismaticidad es uno de sus antibióticos.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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