lunes, 19 de enero de 2026

¿Y qué futuro tiene esta vida religiosa?

¿Y qué futuro tiene esta vida religiosa?

Todo lo que no se regenera, degenera. 

Hubo un tiempo en el que se pensaba que la mera conservación de lo existente condujera a la extinción, porque se creía que en la vida religiosa, como en la Iglesia, todo era perenne, ya que se creía sin mancha y sin arruga, y no una realidad «semper reformanda». 

Así fue como la vida religiosa, encerrada en sus glorias pasadas, cediendo a la presunción de poseer toda la verdad, siguió adelante creando un tipo de pensamiento al que le cuesta aprender algo nuevo, por lo que a menudo responde con lo ya conocido. 

¿Son estos tiempos de fantasía para la vida religiosa? ¿No será verdad aquello de «más vale pájaro en mano que ciento volando»? ¿Hay tiempo para la creatividad e imaginación? ¿O se prefiere aquello de «más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer»? 

Seguramente para la vida religiosa sería ilusorio y auto-lesivo no reconocer sus propias fragilidades debidas al esfuerzo de sentirse desafiada a ser parte viva de las grandes transformaciones de la historia, encontrándose mejor en darle vueltas a la reflexión de siempre, o de casi siempre, construida sobre códigos inmutables y en ostentar los motivos de su inmutabilidad más que su precariedad, inconsciente de que «semper reformanda». 

Hay quien pensará que no hay crisis. Hay quien prefiere no mirar cara a cara presente inmediato. No digamos ya el futuro. No sé si estos son tiempo, al menos para algunos de reconocer y de aceptar las profundas e ineludibles purificaciones de las figuras históricas que el tiempo pasado ya ha consumido hasta agotarlas y de abrazar el momento presente para aligerar y simplificar una vida religiosa convirtiéndola a lo esencial. 

Ningún cambio es posible sin renunciar a los esquemas obsoletos. 

Los esquemas obsoletos son aquellos en los que la vida se siente asfixiada. Y para remediarlo se necesitan nuevos espacios, nuevos enfoques, nuevos lenguajes que expresen prácticas de nueva humanidad. De lo contrario, los destinatarios de los carismas pueden perder dramáticamente la profecía y pasar a ser los últimos mohicanos y custodios de lo que queda del primer evento profético. 

Yo, que no me muevo en los foros de la vida religiosa, tengo una impresión. La de que no son pocos los religiosos que no reconocen que han entrado, de forma irreversible, en un periodo en el que muchas de las imágenes tradicionales de la vida consagrada ya no se sostienen. 

Es decir, de aquellos que piensan que el carisma reside en lo que ha sabido realizar, más que en lo que lleva a imaginar y soñar con algo que puede introducir en las cosas un proyecto evangélico más auténtico, más bello, más grande que el de hoy. 

Los fundadores fueron intérpretes de la inventiva de Dios. Sus comienzos hablan de búsqueda, de intuiciones, de audacias vividas porque tenían en el corazón el sueño de Dios en un mundo en el que algunos carismas institucionalizados iban perdiendo la frescura del Evangelio. 

Pero el paso de tiempo no ha permitido a los institutos proteger su libertad de nómadas, con tiendas fáciles de enrollar y transportar a otros lugares. 

Los carismas necesitan una identidad en proceso. 

Ya no estamos en la época en la que el futuro se recibía totalmente como herencia del pasado, por lo que todo, de hecho, estaba en función de la conservación más que de la imaginación. 

Pero cuesta reconocer la transitoriedad de las formas de otros tiempos. Cuesta reconocer que aquellas formas heredadas son inadecuadas para la construcción de personas que sean criaturas nuevas en el presente. 

La vida es evolución. Y para realizarnos, humana y espiritualmente, debemos cambiar. Es decir, no debemos tener miedo de renovar aquellas costumbres y estructuras que en la vida consagrada reconocemos como inadecuadas hoy para lo que Dios nos pide hoy y para hacer avanzar hoy su Reino en el mundo. 

¿Dónde queda aquella invitación a «salir», es decir, a «ir más allá»? ¿O es que ya nos hemos habituado a ser felices prisioneros de un presente estrecho? ¿Hay capacidad de velar con libertad en los caminos por los que el futuro se inserta en la historia? ¿O nos hemos habituado a ser confortable y pacíficamente autorreferenciales? ¿Nuestras letras y nuestras leyes cuentan más que la imaginación y los sueños? ¿Nuestra exagerada doctrina tiene más valor que la creatividad del Espíritu? 

Salir significa también que no bastan las modalidades de presencia llevadas a cabo para hacer misión en casa propia (nuestras obras), para lo cual se han creado instrumentos, servicios, estructuras: así son los demás los que deben venir a nosotros. Más bien es necesaria una vida consagrada capaz de salir de sí misma para ir hacia los demás, buscando caminos evangélicamente más eficaces y, al mismo tiempo, humanamente más significativos, porque nacen de la capacidad (carisma) de mirar el mundo con otros ojos. 

El tiempo presente invita también a replantearse la importancia de todo ese aparato autorreferencial que nos hemos creado para dar prioridad a respuestas mezcladas (levadura) con las de otras formas y vocaciones que forman la Iglesia. Pero para ello habrá que desmontar las propias mitificaciones y no conformarnos con respuestas complacientes. 

La perspectiva de futuro es la que surgirá de una situación inédita, consecuencia de la capacidad de ponerse en juego sin repetir el pasado. La ruptura, la discontinuidad está en los hechos, está en la historia, que no tiene dogmas, sino que es continuamente revisionista. 

Hay una cómoda placidez cuando no se tiene el valor de seguir los caminos que ofrece la novedad de Dios o cuando nos defendemos encerrados en estructuras mentales caducas que han perdido la capacidad de acoger lo nuevo, es decir, la capacidad de reinventar la vida con lo que objetivamente pone a nuestra disposición. 

En lo poco que conozco me temo que la mayor parte del compromiso de la vida religiosa que proponen no pocos institutos es el de asegurar un pasado que siempre vuelve a la memoria casi con añoranza y melancolía, pero es una memoria muy pobre la que solo funciona hacia atrás. En cualquier caso esto no basta para alimentar nuestra identidad en el presente. Ni mucho menos en el futuro. 

¿Los carismas se dan para ser conservados como en una burbuja, fuertes en su propia consolidación, como si la vida, con su continuo devenir, no tuviera nada que ver? Cuando en los surcos de esta cultura determinada, al menos en el occidente europeo, la vida religiosa va perdiendo su fuerza ¿no significará también que aquella energía seminal que se le dio para nacer y seguir siendo la está abandonando? 

La historia puede enseñar a los buenos estudiantes que para mantener limpio un ideal no hay que fijarlo en un nicho de documentos y tradiciones, sino que existe una fidelidad creativa que busca y acaba encontrando, en función del futuro, ¡no del pasado!, rasgos diferentes y nuevos con respecto al pasado. 

Creo que buena parte del futuro de la vida religiosa pueda estar precisamente en ser ‘incumplidores’. Las experiencias atractivas pueden surgir al margen de todos los planes, programas, proyectos y supuestos instrumentos de renovación (por ejemplo, los Capítulos) puestos en marcha. 

Su credibilidad dependerá de cómo logre desarrollar a su alrededor nuevas formas religiosas, y si es necesario también sociales, de vida transparentemente evangélica, de un pensamiento y de una acción más inter-carismáticos e inter-congregacionales, como una mística con los ojos abiertos a los llamamientos de la historia, hoy diferentes de los de ayer y de los que vivieron los fundadores con una mirada que sepa escrutar y escudriñar los signos del presente y del futuro. 

Si la vida religiosa quiere interceptar las expectativas depositadas en ella, debe ofrecer un enfoque diferente de la experiencia carismática y una sensibilidad diferente hacia las inquietudes del presente y del futuro, sin seguir buscando obstinadamente la fidelidad en pasado. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No hay comentarios:

Publicar un comentario

¿Y qué futuro tiene esta vida religiosa?

¿Y qué futuro tiene esta vida religiosa? Todo lo que no se regenera, degenera .   Hubo un tiempo en el que se pensaba que la mera conserva...