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sábado, 8 de agosto de 2026

Honrar la vida - con Mercedes Sosa -.

Honrar la vida - con Mercedes Sosa - 

Vamos a escuchar una canción. ¿Te parece? Te propongo esta canción de la siempre grande Mercedes Sosa: https://www.youtube.com/watch?v=WdfHQf18oUU 

Hace ya tiempo que descubrí que la clave de la gratitud reside en el perdón, que etimológicamente significa «hacerse un regalo». 

Me siento agradecido cuando me doy cuenta de que, antes que nada, debo sentir amor por mí mismo; es decir, debo aceptarme diciendo: «Aquí estoy, esto es lo que soy, este soy yo». Para poder aceptarnos, de hecho, debemos vivir sin vergüenza. 

Este momento histórico, más que muchos otros, está desvelando el «sueño» de la rutina que acompañaba nuestros días y nos mantenía ciegos ante nuestras necesidades internas. 

La pausa con la que uno camina me invita, de hecho, a ver quién soy realmente, qué hago con mi vida y, si me esfuerzo por profundizar aún más, también me muestra en qué puedo convertirme, porque puedo ser mucho más de lo que soy ahora. 

La pregunta que quizá nos podamos hacer no es: «¿Quién soy?», sino: «¿En quién puedo convertirme, si me pongo en camino?». 

Para alcanzar la conciencia de en quiénes podemos convertirnos, debemos dar un primer gran paso, que implica el perdón. Cuando soy capaz de mirarme a mí mismo a los ojos y no sentir vergüenza de quién soy, de lo que he hecho, porque me doy cuenta de que de cualquiera de mis errores puedo aprender a ser mejor, entonces (y solo entonces) comprendo la necesidad de honrar el regalo que se me ha hecho: el regalo de la vida. 

Algunas personas culpan a la vida de su malestar, ¡pero se equivocan! 

La vida no es más que un regalo: el de poder despertarnos de la ilusión de ser lo que no somos y comprometernos a ser lo que podemos llegar a ser, aprendiendo a resistirnos a aquello que nos destruye, a esa oscuridad que a veces nos invade hasta el punto de hacernos negar la vida misma, y a rendirnos a —lo que yo denomino— aquél que es el mejor de nosotros mismos. 

En los monumentos antiguos, la gratitud se representa mediante la figura de una mujer que sostiene en la mano un ramillete de flores de habas y a la que sigue una cigüeña. 

La cigüeña es la que anuncia la vida, mientras que las habas han tenido a lo largo de la historia dos significados simbólicos, ya que en un principio estaban relacionadas con el mundo de los muertos y, posteriormente, con el renacimiento, la abundancia y la riqueza. Esta mujer representa el alma, la parte femenina, creativa y generativa, capaz de cuidar de la vida que hay en cada uno de nosotros. 

Es precisamente esta misma vida que fluye en nuestro interior la que nos regala este instante, y solo sumergiéndonos en él podemos honrar la vida —y, por tanto, a nosotros mismos— disfrutando plenamente de su fruto, que es, precisamente, la presencia. 

Quiero retomar aquí una cita de la película Kung Fu Panda, magnífica por su claridad al respecto: 

«Te preocupas demasiado por lo que fue y lo que será. Hay un dicho: ayer es historia, mañana es un misterio, pero hoy es un regalo. Por eso se llama presente». 

La gratitud pasa, por tanto, por captar el verdadero sentido del perdón que nos permite comprender la gratuidad de este instante. Descubrir que hay cosas que no se pueden comprar, sino que, por el contrario, necesitan que nos entreguemos a ellas para vivir, nos permite adentrarnos en una nueva sensibilidad, haciéndonos encontrar con la vida a otro nivel. 

«Aquí estoy, esto es lo que soy, esto soy yo» significa que no me fijo en mi límite —que no niego porque ya lo conozco y del que no huyo—, sino que lo acepto como punto de partida para aprender a superarme. 

Cuando desato el nudo del miedo, de la incertidumbre, de no sentirme reconocido, de la necesidad de ser aclamado, puedo crecer y relacionarme con una dimensión más amplia. 

Así es como me preparo para dejar atrás aquello a lo que me había aferrado para «avanzar hacia», es decir, para evolucionar. 

Cuando dejo ir mi necesidad de avanzar hacia mi ego y su deseo de imagen, de poder, de reconocimiento… mi vida se vuelve increíblemente productiva. 

Ya no estoy apegado a tantas cosas. Y aún me queda margen para desapegarme de aquellas a las que sigo apegado. Me gusta que las cosas se encuentran a una distancia adecuada, lo que me permite determinar, cada día, quién soy realmente y qué es lo que de verdad me importa, y vivir en consecuencia. 

La vida como gratitud permite dejar con el tiempo la huella viva de nuestra presencia. 

Este es el momento en el que estoy llamado a ser agradecido y a convertirme en amante de la vida, honrándola y mereciéndola.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 9 de febrero de 2026

¿Quieres curarte? - San Juan 5, 1-16 -.

¿Quieres curarte? - San Juan 5, 1-16 -

¿Quieres curarte?

 

Es la pregunta que el Señor Jesús nos plantea a cada uno de nosotros. Todos vivimos, al igual que el paralítico, cerca de ese lugar llamado Betesda, que significa «casa de la misericordia». Ese hombre vive en esa casa, pero en realidad parece excluido de la posibilidad de que se le tenga misericordia.

 

En esa casa hay un tipo de humanidad que Juan resume en tres categorías: ciegos, cojos y paralíticos. Estas tres categorías son una representación de la condición real del ser humano al que se dirige Jesús: predominan la ceguera, la falta de libertad de movimiento y la parálisis.

 

¿Quieres curarte?

 

A primera vista, parece una pregunta obvia, como preguntarle a un hambriento si quiere comer. Sin embargo, si lo pensamos bien, no es una pregunta retórica. De hecho, no pocas veces el dolor, la soledad y el abandono nos obligan a entrar en una especie de letargo del que es difícil salir.

 

Hay muchas cosas que nos bloquean y nos impiden volver a caminar: ansiedades, preocupaciones, inquietudes. Ese hombre había convertido su enfermedad en una excusa para no asumir ninguna responsabilidad: no en vano culpa a otros de la prolongación de su enfermedad. Es la enfermedad la que «lo hace ser»: la pretensión de ser ayudado es más fuerte que la voluntad de curarse.

 

El hombre enfermo del Evangelio está resignado, desanimado, tan consciente es de su impotencia. No hay ninguna oración en su boca, ninguna petición, ninguna invocación. Quizás ni siquiera sabe quién es ese hombre que tiene delante.

 

Jesús no se detiene ante estas resistencias, llama con insistencia para que se le abra el corazón: ¿quieres curarte?

 

Ese hombre necesitaba a alguien que lo sacudiera de su apatía y lo obligara a asumir la libertad de salir de su victimismo.


No tengo a nadie... es un hombre solo. No tiene a nadie que le ayude a conseguir la tan ansiada curación. Ningún punto de referencia. Sin embargo, no abandona ese pórtico: sigue asistiendo al ondular de las aguas y viendo a otros más afortunados que él.

 

Todo esto desde hace treinta y ocho largos años. Abandonado por todos, creía estar abandonado incluso por Dios. Alrededor de esa agua hay gente suspendida en una tradición y prisionera de la competencia. ¡Cuántas promesas vacías! ¡Cuántos años llevo yo también parado al borde de una piscina esperando que pase algo!

 

Jesús conoce su condición y por eso se acerca a él y le pregunta: ¿Quieres curarte?

 

¿O quieres seguir aferrado a una tradición que te permite sobrevivir, pero te mantiene en tu parálisis?

 

Es el único caso en el que Jesús va a buscar a un enfermo: normalmente se los llevaban a él. Se acerca a quien pensaba que estaba definitivamente excluido del corazón de Dios. Tanto le importa a Dios que, por él, Jesús pondrá en peligro su propia existencia.

 

El paralítico no tarda en responder que sus expectativas se han visto defraudadas desde hace tiempo: esa agua que tiene ante sí promete una curación que nunca llega, al menos para él. Ese hombre tendrá que comprender que hay otra agua con la que dejarse lavar y que está a su disposición solo si realmente lo desea.


Levántate... confía en mí, que he venido a buscarte, abandona todo lo que te mantiene atrapado, da el salto.

 

Toma tu camilla... rompe una ley de muerte que condena a un rito y a la observancia de una regla vacía.

 

Camina... que tu horizonte sea el camino y ya no esta piscina. Aprende a conocer la vida.

 

No te está permitido... Es extraño decirlo: parecen prevalecer el miedo y el vínculo con una tradición. Nada puede hacer frente a aquellos que, para permanecer fieles a una ley que ya no es para la vida, eligen una adhesión formal a Dios en lugar de dejarse interpelar por lo nuevo que el Espíritu está suscitando.

 

Los judíos, de hecho, ven en el gesto de Jesús la violación del sábado y no la curación de un hombre. Les llama más la atención esa camilla bajo el brazo que el hecho de que ese hombre camine. No pueden admitir que ese hombre pueda ser para ellos una oportunidad de curación: prefieren permanecer en su parálisis.

 

¿Quieres curarte?

 

Esta pregunta atestigua a un Dios que se encuentra en el umbral de la puerta de nuestra vida, suplicando que le necesitemos. De hecho, es él quien toma la iniciativa.

 

Aunque quizá no necesitemos salud física, todos necesitamos una curación interior.

 

Pero no es fácil reconocerlo y, como el paralítico, ponemos mil objeciones que se resumen en una sola: siempre soy el último en llegar. Jesús repite: no importa. Eso no es lo que cuenta. ¿Qué quieres?

 

Esa pregunta se nos repite para que tomemos conciencia de nuestra impotencia estructural, pero también del hecho de que toda nuestra capacidad reside en el deseo que habita en nuestro corazón.

 

Él tiene el poder de venir a nuestro encuentro si aceptamos no retroceder ante las limitaciones que nos imponen nuestras condiciones de vida personales, limitaciones que a menudo reprochamos y tras las cuales no pocas veces nos escondemos.


¿Quieres curarte?

 

Es decir, ¿estás dispuesto a tomar conciencia de tu verdadera condición?

 

Lo que importa, lo que puede significar un posible cambio, es reconocer que necesitamos a Jesús. Si esto es cierto, no hay obstáculos que nos detengan: también nosotros podemos levantarnos. Ningún límite puede vencer las palabras de Jesús.

 

Hay una necesidad en nuestro corazón, hay una carencia que solo él puede llenar. Y no hay piscina que pueda hacerlo.

 

La pregunta de Jesús nos invita, por tanto, a no maldecir el hecho de sentirnos necesitados o carentes. Esta carencia y esta necesidad, que a veces vuelven con imperiosidad, no pueden satisfacerse de manera improvisada. El antídoto es solo el Señor Jesús.

 

Y tú, ¿quieres curarte?


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Dar la palabra al magisterio de los enfermos.

Dar la palabra al magisterio de los enfermos

El obstáculo se convierte en oportunidad, el impedimento en ocasión.

 

Captar la belleza de la vida precisamente allí donde parece revelar solo dificultad y dolor: esta capacidad es lo que Dios sigue revelando a los pequeños.

 

Hay una revelación continua de Dios que se puede ver y reconocer en muchos gestos que para nosotros tienen todo el carácter de lo absurdo. 


Y los pequeños y los pobres son capaces de reconocer esa revelación.

 

Cuánta sabiduría hay en la vida de personas que no han hecho más que ponerse en la escuela de la vida.

 

En esta escuela hay que aprender, por tanto, ante todo, a estar en contacto con los límites.

 

Jesús nos invita a aprender de su capacidad de percibir el estilo sorprendente de Dios: «Dios ha elegido lo que en el mundo es débil» (1 Cor 1,26 ss.).

 

Y así, lo que podía parecer prerrogativa de algunos —los sabios— se ha compartido con otros —los pequeños—.

 

Un Dios convertido al encanto de la pequeñez.

 

Los pequeños, hombres y mujeres que, aunque no conocen el lenguaje teológico, viven una relación particular con el Padre, hecha de mirada sabia y de corazón capaz de confiar y entregarse.

 

Los pequeños capaces de comprender los misterios del reino, es decir, cómo funcionan las cosas de la vida.

 

¿Quiénes son los pequeños a los que Dios sigue poniendo en la cátedra, maestros de los que debemos ser oyentes y discípulos? ¿A quién y a qué estamos llamados a conceder el derecho a la palabra, primero en nosotros mismos y luego a nuestro alrededor?


En la escuela de la mansedumbre y la humildad, en la escuela de la pequeñez, en la escuela de la humilde medida de Dios.

 

Una escuela hacia la que nos corresponde dar los pasos: «Venid a mí...». Para aprender lo que inmediatamente reconocemos que no nos pertenece.

 

Y la invitación se dirige a quienes se reconocen fatigados, es decir, agobiados por la preocupación por muchas cosas. Fatigados son aquellos que están a punto de ceder ante las dificultades que encuentra la esperanza. A ellos se dirige la llamada a seguirle.

 

Mansedumbre, humildad, pequeñez que hay que aprender: «aprended de mí...».

 

La mansedumbre, dejar que el otro sea lo que es; la humildad, la justa consideración de sí mismo que se abre para dar espacio al otro, una grandeza que se contrae, al estilo de Dios, que llega incluso a considerar al otro superior a sí mismo.

 

La pequeñez, la medida humilde de Dios. Dios devuelve la palabra al pequeño, que se convierte, por tanto, en la nueva medida de las cosas del ser humano.

 

Los pequeños, destinatarios privilegiados para captar el alcance del mensaje evangélico.

 

Espacio, pues, para los pequeños.

 

Palabra a los pequeños, a aquellos que, aunque no participan del poder, del saber o de otro título de reconocimiento, Dios les confiere la tarea de ser maestros de humanidad.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 10 de enero de 2026

Yo estaré contigo cada día hasta el final - una meditación en la cama del enfermo -.

Yo estaré contigo cada día hasta el final - una meditación en la cama del enfermo - 

Vivir mucho tiempo con la enfermedad, además de exigir presencia, requiere el desarrollo de unas habilidades específicas para la vida. 

Una es la habilidad de «lidiar» con la propia vulnerabilidad, aceptada y asumida. 

Esta competencia permite reorganizar las condiciones de limitación y posibilidad en la vida personal y social, cultivando y practicando el equilibrio afectivo y la fortaleza psicológica necesarios. 

Esta competencia requiere otras: por ejemplo, la de cuidar la dimensión simbólica, y no solo la proyectual, de los gestos en los que se expresan la atención, el cuidado, la escucha, la delicadeza, la profundidad, …. 

Vivir bajo el signo de la disminución y el declive exige, además, la capacidad de no oscilar entre la libertad imaginaria y la reducción del horizonte de expectativas, y puede capacitar para mantener el sueño dentro de la realidad. 

Un sueño con los ojos abiertos que capta el valor propio de las cosas, que capta la espera. Espera de respeto, de cultivo, de encuentro, de escucha, de diálogo, de atención. 

Es una competencia suave y delicada que nace del encuentro entre aquellos que son capaces de confiar y exponerse, de ser promesa sin otras certezas que la de aquella palabra sublime que se regala. Solamente con aquella palabra tantas veces callada y silenciosa: “no te abandonaré”. 

Ocurre, a veces ocurre, que allí donde las personas más frágiles corren el riesgo de ver anulada toda posibilidad, precisamente allí se pueden tejer tramas de búsquedas concretas que pueden llevar a decir: «Creo que puedo, puedo intentar poder»; es más, «debo intentar poder porque tú estás ahí». 

Lo desconocido, la reaparición de la suspensión entre el ser y la nada, pone a prueba la capacidad de permanecer en lo abierto… 

Lo desconocido, lo abierto que nos da miedo y que tememos; lo desconocido, lo abierto que nos protege, nos custodia, nos defiende. 

Lo evitamos, lo negamos y, sin embargo, en la rendición y el abandono, se puede abrir paso un asombro sin fin. 

En el reflejo de la gracia encontrada, de la belleza captada y conservada, de la inocencia que se nos confía, en la remisión de las deudas y las culpas no confesadas, ahí está la vida. 

La vida puede retirarse… y puede seguir dándose… La vida puede estará apagándose hasta morir… y alumbrándose en una vida nueva y más plena… 

Lo esencial está en los pliegues, en las vidas arrugadas; o un poco desgarradas, remendadas e incluso retorcidas. Donde se vuelve a empezar un poco por necesidad y un poco por deseo… pero puede ser volver a intentar desear, volver a nacer… 

Nos encontramos en la vida, precisamente: gracias a otros, con y entre otros. Y, a veces, caemos en la cuenta de que «ya no nos pertenecemos», poco a poco lo sentimos con claridad. 

Y no tememos ver reflejada nuestra pequeñez y nuestra insignificancia, nuestros miedos y nuestras impotencias. 

Y el cuerpo, poco a poco, siente el gemido y el final, y quizás también la belleza, el placer, del don de una presencia cercana; siente la bondad, el placer de una presencia que acompaña y sostiene: “no temas, yo estoy contigo”. 

En la pobreza y en la fuerte torpeza de los cuerpos, las palabras a menudo no logran articularse, entonces pueden intentar sentir ese silencio de la vida del que una palabra debe renacer continuamente. 

Quizás solo en la pasividad del cuerpo que ya no aguanta, del ser humano que toca su fin, es posible volver a aprender las palabras y el silencio, la vigilia y la espera. 

Cuando nos ha ocurrido pensar desde los márgenes de la vida (los nuestros y los que encontramos o en los que nos situamos), vivimos como una disolución. 

El tiempo ya no se desenrolla como un proyecto sino que se sorprende como lugar de una promesa de verdad y de bondad, de un tesoro escondido de redención y de sanación salvadoras. 

La enfermedad es también, tantas veces lo es, un vivir declinando. Y que recuerda la necesidad y la posibilidad de encontrar nuevas formas y tiempos para vivir, precisamente declinando... disminuyendo. 

Cada «ruptura» que se determina en la biografía personal, relacional…, impone y permite volver a buscar una forma, una dimensión, un nuevo destino al tiempo vivido y al tiempo que resta. 

Saber resistir, re-existir, comenzar, terminar y entregar, cuidar los legados, recapitular, desear, regenerar y hacerlo disminuyendo: buscar encontrar este cuidado de uno mismo puede requerir un nuevo, inédito y diferente aprendizaje de la relación con el tiempo. 

Marcado de manera muy diferente al tiempo del querer poder, del controlar y dominar, del disponer, del aumentar, del crecer, del multiplicar, de la eficiencia... 

Me he encontrado con personas que lo viven en el ámbito del cuidado durante la enfermedad, en el que se siente que uno ya no dispone de sí mismo, que ya no se pertenece a sí mismo. 

La enfermedad, a veces, se convierte en un lugar existencial, un lugar de significado, …, un lugar de vida. Y esto es obra solamente de la gracia.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 22 de septiembre de 2025

La edad de la memoria.

La edad de la memoria

Vivir es, como dice una metáfora, montar en bicicleta: perder el equilibrio con el pedal derecho para recuperarlo inmediatamente después con el pedal izquierdo, mientras que querer estar perpetuamente en equilibrio significaría caer... Por supuesto, en la vida no siempre se pedalea de la misma manera, sino según las etapas de la existencia.

 

¿Cuántas son estas etapas?

 

Normalmente se piensa que son tres: infancia, edad adulta y vejez.

 

Así lo pensaban los antiguos griegos, como se desprende del acertijo que la esfinge planteó a Edipo a las puertas de Tebas: «¿Qué ser, con una sola voz, tiene a veces dos piernas, a veces tres, a veces cuatro, y es tanto más débil cuanto más tiene?». Edipo respondió: «El hombre, porque gatea de niño, camina firme sobre sus piernas en la juventud y se apoya en un bastón cuando es viejo» (desanimada por la respuesta correcta, la esfinge se arrojó por un precipicio y los tebanos recompensaron a Edipo proclamándolo rey, pero para él habría sido mejor no serlo).

 

Son muchos los ejemplos del enfoque que aún hoy prevalece en Occidente, según el cual la vida humana tiene un ciclo vital dividido en primera, segunda y tercera edad.

 

Según la espiritualidad de la India, en cambio, las fases de la vida son cuatro, las llamadas «ashrama», que se describen más por la actividad que por los años:

 

1.- la primera se caracteriza por el aprendizaje y tiene como figura simbólica al estudiante,

 

2.- la segunda por el trabajo y está simbolizada por el padre de familia,

 

3.- la tercera se denomina «retiro en el bosque» y coincide con el cese de las obligaciones y la dedicación al estudio y la meditación;

 

4.- y la cuarta, por último, se caracteriza por el desinterés total por el mundo y tiene como figura simbólica al asceta errante que renuncia a todo deseo, tanto de vivir como de morir, y simplemente espera a que llegue su hora.

 


Como consecuencia del alargamiento de la vida, la división en cuatro fases también está presente entre nosotros, ya que cada vez distinguimos más el periodo de tiempo caracterizado por la retirada del trabajo, añadiendo a la tercera también la cuarta edad, haciendo coincidir esta última con la vejez propiamente dicha y sus dolencias físicas y mentales.

 

Por supuesto, también en la última fase hay que pedalear siguiendo la lógica de la vida, pero ¿cuál es el pedaleo que caracteriza a la cuarta edad?

 

Como aún no he llegado a ella, me dirijo a algunos que la han experimentado y de los que he aprendido.

 

El mundo de los ancianos, no sé si de todos los ancianos, es el mundo de la memoria. Al final, cada uno de nosotros, cuando llega a la última etapa de la vida, consiste en sus acciones, sus afectos, sus pensamientos pero somos lo que recordamos y cómo lo recordamos.

 

De hecho, en la vejez se experimenta el tiempo bajo el signo del pasado, se vive en el pasado y del pasado. Por lo tanto, la memoria resulta decisiva. Y recordar hasta puede ser una actividad saludable. Y puede serlo cuando en el recuerdo te reencuentras a ti mismo, tu identidad, a pesar de los muchos años transcurridos, de las mil vicisitudes vividas. 


En el recuerdo, se encuentran los años perdidos hace tiempo, los juegos de cuando se era niño, los rostros, las voces, los gestos de los compañeros y amigos, los lugares, sobre todo los de la infancia, los más lejanos en el tiempo, pero los más nítidos en la memoria.

 

Cultivar la memoria puede ser un acto saludable, esencial para la vejez, y es por ello que en esta etapa hay que pedalear en la bicicleta de la vida.


Para mí las palabras más bellas sobre la memoria fueron escritas por San Agustín en el libro X de las Confesiones como por ejemplo:

 

«En el inmenso palacio de mi memoria están listos, a mi señal, el cielo, la tierra y el mar con todas las sensaciones que he recibido de ellos. Allí también me encuentro a mí mismo y me veo haciendo cierta cosa, cuándo y dónde la hice, y los sentimientos que experimenté al hacerla. Allí está todo lo que recuerdo por haberlo experimentado».

 

Y aún más: «Grande es este poder de la memoria, demasiado grande, Dios mío, un santuario enorme, ilimitado. ¿Quién podría tocar su fondo? Es un poder de mi alma, forma parte de mi naturaleza; y, sin embargo, yo mismo no consigo comprenderme por completo... Esto me provoca un gran asombro, me invade la sorpresa».

 

Se puede creer o no creer en Dios, o mejor dicho, en un Dios, pero cultivar este asombro permanente ante el milagro de la vida, ante el milagro de la mente y su capacidad de memoria, es sin duda una forma excelente de estar en el mundo, sobre todo cuando somos conscientes de que nuestro «ser» está llegando a su fin.

 

De hecho, nunca hay que olvidar esta advertencia de Cicerón: «Toda edad de la vida es pesada para quien no encuentra en sí mismo algo que le ayude a vivir felizmente». Encontrar «en sí mismo»: el partido a jugar es totalmente interior. Precisamente por eso hay jóvenes tristes y desanimados, y ancianos felices y aún capaces de sonreír con alegría a la vida.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 10 de marzo de 2025

Otro te vestirá y te llevará donde no quieras (Jn 21,18).

Otro te vestirá y te llevará donde no quieras (Jn 21,18) 

El evangelista Juan nos dice que Jesús, con esta solemne declaración, está indicando a Pedro «con qué muerte glorificaría a Dios» (Jn 21,19). Pero quizá esta promesa alude también a la dimensión de fragilidad y dependencia que tarde o temprano caracterizan toda vida, en la vejez como en la enfermedad. 

Tender las manos y los brazos hacia los demás, buscar apoyo; necesitar ayuda porque ya no se puede solo; dejarse vestir, porque has perdido tu autonomía; dejarse llevar, porque ya no eres capaz de ir a donde quieres. Estas experiencias, tan comunes –y a menudo tan dolorosas– adquieren el valor del martirio, del don de la propia vida si se viven siguiendo a Jesús, dando crédito a aquel “Sígueme” tantas veces repetido. 

Pedro, en el entusiasmo de su juventud, se había propuesto dar la vida por Jesús («Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? ¡Daré mi vida por ti!» Jn 13,37)... pero fue conducido allí por un camino menos directo de lo que imaginaba, pasando por la triple negación («¿Darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: el gallo no cantará sin que me hayas negado tres veces» Jn 13,38) y la triple pregunta sobre el amor. 

Para llegar al don auténtico de la vida, Pedro debe afrontar la fragilidad de su propia historia, de su propia persona, de sus propios vínculos: traicionó a Jesús negándolo tres veces. Pero este no es el epílogo: Jesús lo llama a repetirle tres veces su amor, ya no llevado por el entusiasmo, sino por el dolor («Pedro se entristeció de que le preguntara por tercera vez: “¿Me amas?”» Jn 21,17) y confiando a Jesús mismo, ya no a sus propias fuerzas («Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo» Jn 21,17) la verdad de su vínculo con Él. 

Para Pedro será posible «dejarse llevar» en la última hora porque habrá aprendido a «dejarse llevar» a partir de las pruebas de la vida, del error, de la huida, de la humillación, de la traición reconocida y perdonada por un Amor más grande. Las últimas palabras de Jesús a Pedro son: «Sígueme» (Jn 21,19.22), «ven en pos de mí», una palabra decisiva que resuena al inicio de su camino con Jesús y en los momentos centrales de su vida. 

Es una palabra que da el sentido y la dirección justa al “dejarse llevar”: no tiene sólo una dimensión pasiva, no puede limitarse a la experiencia de “pasar”. Aunque sea una condición de autonomía no total, el “dejarse llevar”, vivido como camino detrás de Jesús, es una experiencia activa, es la elección de vivir la dependencia y el “dejarse llevar donde no se quiere estar” junto a Jesús, detrás de Él, tratando de hacer como Él hizo. 

Dejarse llevar en las edades de la vida 

Como bien describe Romano Guardini en su famoso texto “Las edades de la vida”, y en el menos conocido “Historia de la fe y la duda de la fe”, cada edad de la vida trae consigo algo nuevo que acoger, por lo que «dejarse llevar». 

El desarrollo humano no se desarrolla de manera continua y uniforme, sino según figuras (el niño, el joven, el adulto, el sabio...) que se suceden, a través de tensiones, intrigas, ambigüedades, contradicciones: éstas son las crisis del desarrollo». 

Durante la vida, el cuerpo cambia (crece, se desarrolla, envejece…), la forma de pensar cambia (del pensamiento en imágenes, al razonamiento lógico, al sentido de lo verdaderamente importante…), las experiencias se acumulan (aumentando la capacidad de predicción y disminuyendo la sensación de asombro y de novedad…). Todo esto se puede combatir, negar, sufrir; o puede ser acogido, apoyado, aceptado. 

Se trata de un “dejarse llevar” totalmente humano, exigido por la vida, y – al mismo tiempo – es una experiencia de fe profunda, que puede convertirse – como para Pedro – en un testimonio que “da gloria a Dios”. 

¿Cuántas veces la vida nos lleva donde no queremos... una enfermedad, un duelo, una traición, un fracaso, un desastre,… hasta nuestra propia muerte, son cosas que en el fondo "no queremos" y sin embargo la vida nos puede hacer encontrarlas? 

Ante lo inevitable, lo que marca la diferencia es la actitud con la que lo afrontamos. Romano Guardini habla de la virtud de la aceptación, preciosa a cualquier edad, pero propia de la edad adulta y más aún de la vejez. 

Dejarse llevar hacia la sabiduría 

El paso de la juventud a la edad adulta se produce cuando la parábola de la vida desciende lentamente. Tu cuerpo ya no tiene el vigor que antes tenía. Las posibilidades se reducen; los fracasos se repiten… uno empieza a experimentar que “la realidad es superior a la idea”, y esto provoca una crisis. 

Estamos llamados a decidir si negamos la realidad, continuando viviendo en el idealismo juvenil, o si tomamos en serio la realidad tal como se presenta, renunciando al entusiasmo y a las infinitas posibilidades, pero aprendiendo a aceptar las dificultades, a vivir con responsabilidad, a recuperar la confianza. Es un “ir donde no quieres ir”, un “dejarte llevar” hacia donde la realidad lleva, aunque no sea como la imaginabas. Otra crisis ocurre entre la edad adulta y la vejez. 

El signo característico es el cansancio; la lucha continúa con la dureza de la vida, del trabajo y de la lucha que se hacen particularmente agudos… Surge el sentimiento de cansancio, de tedio, de inutilidad. 

Las ilusiones desaparecen y uno se vuelve claramente consciente del hecho de que no es cierto que todo estará bien; que la existencia cristiana está condicionada por la historia y la sociedad; que las personas son débiles e inadecuadas. Parece una situación sin salida, pero es otra crisis que requiere una transformación. 

La experiencia de la fugacidad, el abandono de las cosas, la acumulación de desilusiones y de renuncias prolongadas hacen que la dureza de la realidad se suavice y tome posesión la conciencia del Todo. 

Frente a esto, la decisión es como siempre ambivalente: cerrarse en sí mismo, vivir la vejez como un fin, una muerte prolongada en los años; o abrirse, para que resplandezca lo definitivo y auténtico, el sentido de la vida. 

Nos encontramos ante una nueva encrucijada: oponernos a lo que sucede viviéndolo como “el fin”, con cinismo y resignación, sin esperanza (esta es la “figura espiritual” de la muerte), o acoger, “dejarse llevar” por lo que sucede para experimentar “la inteligencia del fin”, que es la sabiduría. Es el sentimiento de lo que es importante y lo que no lo es. Se trata de saber lo que es válido en última instancia, un conocimiento que sólo se puede adquirir cuando es demasiado tarde para actuar de otro modo, pero es tiempo suficiente para perdonar, arrepentirse y poner todo de nuevo en manos de Dios». 

Es una perspectiva esperanzadora: uno no puede pretender ni presumir de ser sabio hasta que haya llegado al final; pero uno puede tener la esperanza de convertirse en uno (y nunca será demasiado tarde) y atesorar la experiencia de aquellos que ya son sabios. 

Cuando Romano Guardini describe la fe del anciano, describe la figura de una persona sabia, que ha aprendido de la vida a “dejarse llevar” y vive el abandono en las manos de Dios. 

Su actitud será de gran sencillez. Se podría hablar de una nueva infancia que tiene en común con la primera infancia el sentimiento de que todo es uno, de que todo está seguro, de que todo va a estar bien. Esta fe es grande, comprensiva y perdonadora. Ella está llena de experiencia. Ella tiene sentido del humor. ¡Qué maravilloso es el humor en la fe, que toma todo lo que es humano, incluso lo inadecuado y extraño, y lo lleva a la infinitud del amor divino! Y que espera una respuesta allí donde la inteligencia y la fuerza de la acción no ven nada, y que todavía intuye un sentido allí donde la seriedad y el celo le han abandonado hace tiempo. 

Es un hermoso «dejarse llevar», que da pleno sentido a la existencia. Y repite, con otras palabras, la promesa hecha por Jesús a Pedro: el fin cumplirá el principio, la obediencia al primer «Sígueme» conducirá, paso a paso, al don total de la vida «para gloria de Dios». 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 3 de febrero de 2025

El miedo de envejecer.

El miedo de envejecer 

Vivimos en una época en la que damos por sentado llegar a la vejez, basta pensar que hoy en España un tanto por ciento más allá del 90% de las mujeres y de los hombres alcanzan y superan los 65 años, pero hace unas décadas esto era un privilegio reservado a una pocos. Aunque la esperanza de vida aumenta constantemente, en el mundo occidental el envejecimiento suele percibirse como algo negativo y para algunos la idea de envejecer puede convertirse en una auténtica fobia. 

¿De dónde viene el miedo a envejecer? La gente no siempre ha temido al envejecimiento. En muchas culturas, las personas mayores son consideradas una parte fundamental de la sociedad. Por ejemplo, en China todavía existe una fuerte tradición de piedad filial, conocida como ‘xiao’, que es una de las piedras angulares de las enseñanzas de Confucio. La piedad filial no sólo define las normas de respeto hacia los mayores de la familia, sino que también se extiende a los mayores de toda la comunidad. 

Incluso en la Europa medieval, la experiencia y la sabiduría de los mayores eran muy valoradas. Sin embargo, con la Revolución Industrial, la sociedad sufrió un cambio significativo: aquellos que no estaban capacitados y eran fuertes eran considerados improductivos y, como resultado, las personas mayores comenzaron a ser marginadas. 

La consideración hacia las personas mayores sufrió nuevas transformaciones a principios del siglo XX. La introducción de sistemas de pensiones ha convertido el envejecimiento en una cuestión central en los sistemas de bienestar, pero con el aumento de las solicitudes de asistencia social y sanitaria, las personas mayores se han percibido cada vez más como una carga para la sociedad. 

Y llegamos a hoy, la era de la eterna juventud, o al menos eso es lo que nos transmiten a diario los medios de comunicación. Nos bombardean literalmente con mensajes que nos instan a luchar contra el envejecimiento a toda costa. Desde anuncios de cremas milagrosas que prometen llevarnos atrás en el tiempo, hasta rostros perfectos (pero retocados) de ‘influencers’ que hacen alarde de una piel impecable, hasta celebridades que desafían el tiempo con ‘botox’ y rellenos. El mensaje es alto y claro: envejecer está mal y no es bueno. 

A todo el mundo le sucede, tarde o temprano, tomar conciencia de su decadencia física y de su mortalidad. Esto puede suceder con motivo de un cumpleaños que marca la entrada a una nueva década, o por la enfermedad o fallecimiento de un ser querido. O simplemente una mañana te despiertas con más dolores y molestias de lo habitual, te miras al espejo y no te reconoces en esas arrugas, en esas canas, en tu figura pesada. Hacemos cuentas y nos damos cuenta que el tiempo que nos queda es menor del que hemos vivido y esto nos asusta. Son emociones normales; por ejemplo, una encuesta realizada por una gran empresa farmacéutica reveló que hasta el 87% de los estadounidenses tienen miedo de envejecer. 

En algunos casos, sin embargo, este miedo puede transformarse en una verdadera fobia que provoca ataques de pánico y genera conductas obsesivas respecto a las enfermedades, la muerte y el deseo de ocultar hasta los más mínimos signos del envejecimiento. Existe un término científico para esta fobia: ‘gerascofobia’, derivado de las palabras griegas “gerasko” (envejecer) y “phobos” (miedo). 

Y recuerdo aquella cita del periodista estadounidense Andy Rooney: "No envejecí a propósito. Me pasó a mí. Si tienes suerte, también te puede pasar a ti".

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...