lunes, 9 de febrero de 2026

¿Quieres curarte? - San Juan 5, 1-16 -.

¿Quieres curarte? - San Juan 5, 1-16 -

¿Quieres curarte?

 

Es la pregunta que el Señor Jesús nos plantea a cada uno de nosotros. Todos vivimos, al igual que el paralítico, cerca de ese lugar llamado Betesda, que significa «casa de la misericordia». Ese hombre vive en esa casa, pero en realidad parece excluido de la posibilidad de que se le tenga misericordia.

 

En esa casa hay un tipo de humanidad que Juan resume en tres categorías: ciegos, cojos y paralíticos. Estas tres categorías son una representación de la condición real del ser humano al que se dirige Jesús: predominan la ceguera, la falta de libertad de movimiento y la parálisis.

 

¿Quieres curarte?

 

A primera vista, parece una pregunta obvia, como preguntarle a un hambriento si quiere comer. Sin embargo, si lo pensamos bien, no es una pregunta retórica. De hecho, no pocas veces el dolor, la soledad y el abandono nos obligan a entrar en una especie de letargo del que es difícil salir.

 

Hay muchas cosas que nos bloquean y nos impiden volver a caminar: ansiedades, preocupaciones, inquietudes. Ese hombre había convertido su enfermedad en una excusa para no asumir ninguna responsabilidad: no en vano culpa a otros de la prolongación de su enfermedad. Es la enfermedad la que «lo hace ser»: la pretensión de ser ayudado es más fuerte que la voluntad de curarse.

 

El hombre enfermo del Evangelio está resignado, desanimado, tan consciente es de su impotencia. No hay ninguna oración en su boca, ninguna petición, ninguna invocación. Quizás ni siquiera sabe quién es ese hombre que tiene delante.

 

Jesús no se detiene ante estas resistencias, llama con insistencia para que se le abra el corazón: ¿quieres curarte?

 

Ese hombre necesitaba a alguien que lo sacudiera de su apatía y lo obligara a asumir la libertad de salir de su victimismo.


No tengo a nadie... es un hombre solo. No tiene a nadie que le ayude a conseguir la tan ansiada curación. Ningún punto de referencia. Sin embargo, no abandona ese pórtico: sigue asistiendo al ondular de las aguas y viendo a otros más afortunados que él.

 

Todo esto desde hace treinta y ocho largos años. Abandonado por todos, creía estar abandonado incluso por Dios. Alrededor de esa agua hay gente suspendida en una tradición y prisionera de la competencia. ¡Cuántas promesas vacías! ¡Cuántos años llevo yo también parado al borde de una piscina esperando que pase algo!

 

Jesús conoce su condición y por eso se acerca a él y le pregunta: ¿Quieres curarte?

 

¿O quieres seguir aferrado a una tradición que te permite sobrevivir, pero te mantiene en tu parálisis?

 

Es el único caso en el que Jesús va a buscar a un enfermo: normalmente se los llevaban a él. Se acerca a quien pensaba que estaba definitivamente excluido del corazón de Dios. Tanto le importa a Dios que, por él, Jesús pondrá en peligro su propia existencia.

 

El paralítico no tarda en responder que sus expectativas se han visto defraudadas desde hace tiempo: esa agua que tiene ante sí promete una curación que nunca llega, al menos para él. Ese hombre tendrá que comprender que hay otra agua con la que dejarse lavar y que está a su disposición solo si realmente lo desea.


Levántate... confía en mí, que he venido a buscarte, abandona todo lo que te mantiene atrapado, da el salto.

 

Toma tu camilla... rompe una ley de muerte que condena a un rito y a la observancia de una regla vacía.

 

Camina... que tu horizonte sea el camino y ya no esta piscina. Aprende a conocer la vida.

 

No te está permitido... Es extraño decirlo: parecen prevalecer el miedo y el vínculo con una tradición. Nada puede hacer frente a aquellos que, para permanecer fieles a una ley que ya no es para la vida, eligen una adhesión formal a Dios en lugar de dejarse interpelar por lo nuevo que el Espíritu está suscitando.

 

Los judíos, de hecho, ven en el gesto de Jesús la violación del sábado y no la curación de un hombre. Les llama más la atención esa camilla bajo el brazo que el hecho de que ese hombre camine. No pueden admitir que ese hombre pueda ser para ellos una oportunidad de curación: prefieren permanecer en su parálisis.

 

¿Quieres curarte?

 

Esta pregunta atestigua a un Dios que se encuentra en el umbral de la puerta de nuestra vida, suplicando que le necesitemos. De hecho, es él quien toma la iniciativa.

 

Aunque quizá no necesitemos salud física, todos necesitamos una curación interior.

 

Pero no es fácil reconocerlo y, como el paralítico, ponemos mil objeciones que se resumen en una sola: siempre soy el último en llegar. Jesús repite: no importa. Eso no es lo que cuenta. ¿Qué quieres?

 

Esa pregunta se nos repite para que tomemos conciencia de nuestra impotencia estructural, pero también del hecho de que toda nuestra capacidad reside en el deseo que habita en nuestro corazón.

 

Él tiene el poder de venir a nuestro encuentro si aceptamos no retroceder ante las limitaciones que nos imponen nuestras condiciones de vida personales, limitaciones que a menudo reprochamos y tras las cuales no pocas veces nos escondemos.


¿Quieres curarte?

 

Es decir, ¿estás dispuesto a tomar conciencia de tu verdadera condición?

 

Lo que importa, lo que puede significar un posible cambio, es reconocer que necesitamos a Jesús. Si esto es cierto, no hay obstáculos que nos detengan: también nosotros podemos levantarnos. Ningún límite puede vencer las palabras de Jesús.

 

Hay una necesidad en nuestro corazón, hay una carencia que solo él puede llenar. Y no hay piscina que pueda hacerlo.

 

La pregunta de Jesús nos invita, por tanto, a no maldecir el hecho de sentirnos necesitados o carentes. Esta carencia y esta necesidad, que a veces vuelven con imperiosidad, no pueden satisfacerse de manera improvisada. El antídoto es solo el Señor Jesús.

 

Y tú, ¿quieres curarte?


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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