Dar la palabra al magisterio de los enfermos
El obstáculo se convierte en oportunidad, el impedimento en ocasión.
Captar la belleza de la vida precisamente allí donde
parece revelar solo dificultad y dolor: esta capacidad es lo que Dios sigue
revelando a los pequeños.
Hay una revelación continua de Dios que se puede ver y
reconocer en muchos gestos que para nosotros tienen todo el carácter de lo
absurdo. Los pequeños y los pobres son capaces de reconocerla.
Cuánta sabiduría hay en la vida de personas que no han
hecho más que ponerse en la escuela de la vida.
En esta escuela hay que aprender, por tanto, ante
todo, a estar en contacto con los límites.
Jesús nos invita a aprender de su capacidad de
percibir el estilo sorprendente de Dios: «Dios ha elegido lo que en el mundo es débil»
(1 Cor 1,26 ss.).
Y así, lo que podía parecer prerrogativa de algunos
—los sabios— se ha compartido con otros —los pequeños—.
Un Dios convertido al encanto de la pequeñez.
Los pequeños, hombres y mujeres que, aunque no conocen
el lenguaje teológico, viven una relación particular con el Padre, hecha de
mirada sabia y de corazón capaz de confiar y entregarse.
Los pequeños capaces de comprender los misterios del
reino, es decir, cómo funcionan las cosas de la vida.
¿Quiénes son los pequeños a los que Dios sigue
poniendo en la cátedra, maestros de los que debemos ser oyentes y discípulos?
¿A quién y a qué estamos llamados a conceder el derecho a la palabra, primero
en nosotros mismos y luego a nuestro alrededor?
En la escuela de la mansedumbre y la humildad, en la escuela de la pequeñez, en la escuela de la humilde medida de Dios.
Una escuela hacia la que nos corresponde dar los
pasos: «Venid a mí...». Para aprender lo que inmediatamente reconocemos
que no nos pertenece.
Y la invitación se dirige a quienes se reconocen
fatigados, es decir, agobiados por la preocupación por muchas cosas. Fatigados
son aquellos que están a punto de ceder ante las dificultades que encuentra la esperanza.
A ellos se dirige la llamada a seguirle.
Mansedumbre, humildad, pequeñez que hay que aprender:
«aprended
de mí...».
La mansedumbre, dejar que el otro sea lo que es; la
humildad, la justa consideración de sí mismo que se abre para dar espacio al
otro, una grandeza que se contrae, al estilo de Dios, que llega incluso a
considerar al otro superior a sí mismo.
La pequeñez, la medida humilde de Dios. Dios devuelve
la palabra al pequeño, que se convierte, por tanto, en la nueva medida de las
cosas del ser humano.
Los pequeños, destinatarios privilegiados para captar
el alcance del mensaje evangélico.
Espacio, pues, para los pequeños.
Palabra a los pequeños, a aquellos que, aunque no
participan del poder, del saber o de otro título de reconocimiento, Dios les
confiere la tarea de ser maestros de humanidad.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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