Una
alternativa radical - San Mateo 5, 17-37 -
Después de enunciar, con las bienaventuranzas, las condiciones que permiten entrar en el Reino de los Cielos, Jesús profundiza ahora en el sentido de esa justicia que, ya presente entre las bienaventuranzas, designa la fidelidad obediente a la voluntad de Dios expresada en la Torá.
Esta palabra —justicia— que volverá a aparecer varias
veces en el discurso de la montaña, invita al oyente de Jesús a una fidelidad
más radical a las exigencias de la Torá misma.
Más radical, es decir, más auténtica, más integral,
con respecto a las interpretaciones corrientes en la época de Jesús: «Si
vuestra justicia no supera la de los escribas y fariseos, no entraréis en el
Reino de los Cielos» (Mt 5,20).
Por eso Jesús especifica inmediatamente que no ha
venido a abolir la Torá, sino a darle plenitud y cumplimiento, y luego da algunos
ejemplos de esa comprensión más radical de la Torá.
Jesús afirma el sentido de su misión: no ha venido a
abolir, a disolver la Torá, sino a darle cumplimiento. Esta declaración
fundamental impide entender las frases siguientes como una antítesis en la que
Jesús se opondría a la Torá.
En realidad, el segundo elemento de la frase
(introducido por: «pero yo os digo») revela el sentido encerrado en el primero («Habéis
oído que se dijo»): por lo tanto, no suprime, sino que explica.
Jesús no se opone a la Escritura, sino a las
interpretaciones y explicaciones de la Escritura dadas por los escribas.
Por lo tanto, el texto no autoriza ninguna posición
sustitutiva. «Cumplir plenamente» significa tanto realizar, poner en
práctica, como llenar, completar, manifestar el verdadero significado.
Es tan cierto que Jesús no pretende derogar la Torá
que especifica que ni una iota, la letra más pequeña del alfabeto hebreo, ni
siquiera el signo aparentemente menos significativo de la propia Torá —un
guion— pasarán sin que «todo haya sucedido», es decir, sin
que cada palabra del «está escrito» haya encontrado su
cumplimiento.
Jesús toma la distinción rabínica entre mandamientos pequeños y grandes, leves y graves, y exhorta a no descuidar ni siquiera los mandamientos más pequeños, aunque, por supuesto, pide que se mantenga una jerarquía y que no se antepongan los mandamientos más pequeños a las exigencias más relevantes y decisivas de la Torá: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del eneldo y del comino, y transgredís las prescripciones más graves de la Ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad!» (Mt 23,23).
En cuanto a la sobreabundancia de justicia de los
discípulos de Jesús con respecto a la de los escribas y fariseos, se trata
evidentemente de una superación cualitativa, no cuantitativa, una superación
que va en la dirección de la plenitud, de la perfección a la que Jesús exhorta
a sus discípulos: «Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre que está en los cielos»
(Mt 5,48).
Y de esta justicia superior se dan varios ejemplos.
De estos ejemplos se puede deducir que la
profundización y la radicalización del sentido de los mandamientos operados por
Jesús es también una profundización y radicalización de la libertad humana, que
encuentra en el corazón su sede invisible y en las relaciones con los
demás el lugar donde se manifiesta como responsabilidad liberadora.
Un apunte importante. Sacarse el ojo, cortarse la mano
y echarlos, si son ocasiones de escándalo, no son directrices inhumanas que
deban aplicarse literalmente, sino indicaciones realistas —expresadas con un
lenguaje paradójico y deliberadamente exagerado— de una lucha que hay que
librar cada día para purificar el corazón y vivir el Evangelio con mayor
libertad.
De un modo deliberadamente exagerado Jesús expresa la
necesidad de una lucha, de un duro combate contra las tendencias que llevan al
hombre a actuar y a relacionarse de una manera antievangélica.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF



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