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miércoles, 2 de septiembre de 2026

El discernimiento de Jesús.

El discernimiento de Jesús

En primer lugar está el reconocimiento. Antes que cualquier palabra, antes que cualquier doctrina, antes que cualquier rito, hay un hombre que ve en Jesús una presencia diferente, una grandeza que no se puede medir con las categorías habituales, una luz que no pertenece ni a los poderosos ni a los guardianes del Templo.

 

El leproso no se postra ante los sacerdotes, no se arroja a los pies de los líderes, no busca el favor de los ricos. Se postra ante Jesús, y con ese gesto silencioso proclama lo que muchos no quieren ver: en medio de Israel ha surgido una presencia nueva, una presencia que no pide permiso a las instituciones para manifestar la compasión del Misterio.

 

Las palabras y los gestos de Jesús ya habían atravesado pueblos y caminos como un viento inesperado. Habían sacudido los hogares de los pobres, llegado a los cuerpos heridos de los enfermos, encendido la esperanza en los rostros de quienes habían sido excluidos.

 

Allí donde la religión había puesto límites, Jesús abría pasos; allí donde los hombres habían levantado muros, Él hacía pasar la vida.

 

Por eso se acercaban a Él sobre todo aquellos que ya no tenían nada que defender: los pobres, los enfermos, los impuros, los hambrientos, los marginados. Reconocían en Él no a un nuevo amo, sino el signo de un Misterio finalmente devuelto a su verdad.

 

Los poderosos, en cambio, no acuden. Los políticos, los ricos, los guardianes del orden religioso no se sienten atraídos, sino amenazados.

 

Perciben que la multitud que sigue a Jesús no es una multitud manipulada, sino un pueblo que empieza a respirar. Y cuando el pueblo respira, los tronos tiemblan; cuando los excluidos alzan la mirada, las leyes injustas quedan al descubierto; cuando el Misterio vuelve a ser esperanza de los pobres, todo poder que lo había secuestrado entra en crisis.

 

Entre los que buscan a Jesús hay un leproso, un hombre al que la religión de su tiempo había declarado impuro. No solo enfermo, sino apartado. No solo sufriente, sino convertido en símbolo viviente de una distancia: distancia de los demás, distancia del templo, distancia del Misterio. Su piel se había convertido en sentencia, su cuerpo en frontera, su vida en exilio.


Los hombres habían dicho: «No puedes entrar en el espacio sagrado». Los hombres habían dicho: «No puedes acercarte». Los hombres habían dicho: «Quien te toque quedará contaminado».

 

Pero Jesús conoce estas leyes y conoce su peso. Sabe que hablan el lenguaje del miedo más que el del Misterio. Sabe que, a menudo, los hombres llaman voluntad divina a lo que sirve para conservar privilegios, distancias y dominio.

 

Por eso Jesús no retrocede. No discute desde lejos. No bendice la exclusión con palabras prudentes.

 

Extiende la mano y lo toca. Ese toque es profecía. Ese toque es juicio. Ese toque es revelación.

 

En el momento en que la mano de Jesús alcanza el cuerpo del leproso, se desmorona la mentira de una religión que pretende defender el Misterio excluyendo a sus hijos.

 

Jesús acepta volverse impuro según la Ley de los hombres, para mostrar que, ante el Misterio, ningún ser humano es impuro cuando busca vida, dignidad y comunión. Se sitúa del lado del excluido y, así, revela que el lugar del Misterio no es el recinto de los puros, sino la carne herida de quien ha sido rechazado.

 

El texto no habla simplemente de curación, sino de purificación. Y esta palabra abre un abismo.

 

El leproso no solo pide que su cuerpo sea sanado; pide poder volver entre los hombres y las mujeres, reincorporarse a la comunidad, no estar ya condenado a la invisibilidad. Pide que se rompa la sentencia que lo mantenía al margen. Pide, en el fondo, que el Misterio ya no se utilice en su contra.

 

Y Jesús responde a su profunda pregunta: «Quiero, quédate purificado».

 

No es solo una palabra dirigida a la enfermedad; es una palabra dirigida a la historia. Es una palabra contra todo Templo que cierra sus puertas, contra toda Ley que humilla, contra todo sistema religioso que divide a los hombres entre dignos e indignos. Jesús no confirma el mundo tal y como es: lo atraviesa, lo desenmascara, lo derriba desde dentro.

 

Aquí el Misterio se libera de la deformación producida por las leyes de los hombres. ¿Qué Dios sería aquel que excluye a los leprosos de su templo? ¿Qué Dios sería aquel más preocupado por la pureza ritual que por el sufrimiento de un hijo? ¿Qué Dios sería aquel custodiado por manos poderosas y negado a quienes lloran a las puertas?


El Evangelio responde con el gesto de Jesús: el Misterio no habita en la exclusión, sino que la visita; no consagra la distancia, sino que la rompe; no teme a la impureza, sino que la atraviesa para devolver al hombre a la vida.

 

Por eso, la acción de Jesús resulta peligrosa a los ojos de los poderosos. Les quita el monopolio de lo sagrado. Muestra que el Misterio no es propiedad de nadie, no pertenece a los Templos administrados como fortalezas, no obedece a las fronteras construidas por el miedo. Su misericordia no puede quedar aprisionada en los códigos de quienes quieren establecer quién puede acercarse y quién debe permanecer lejos.

 

El leproso purificado se convierte entonces en signo del mundo nuevo inaugurado por Jesús. En él se purifican todos aquellos que han sido declarados indignos. En él vuelven a hablar los cuerpos silenciados. En él vuelven a formar parte de la historia aquellos que habían sido relegados a los márgenes.

 

Y el pueblo comprende que la santidad del Misterio no consiste en separarse de los heridos, sino en inclinarse hacia ellos; no consiste en defender privilegios, sino en generar comunión.

 

Así, el Evangelio nos llama aún hoy a discernir qué leyes, qué costumbres, qué miedos siguen produciendo leprosos en nuestras ciudades, en nuestras comunidades, en nuestras Iglesias.

 

Y nos pide que reconozcamos dónde se ha secuestrado el Misterio, dónde se ha desfigurado su imagen, dónde su palabra se ha transformado en instrumento de exclusión.

 

Y nos anuncia que cada vez que alguien vuelve a levantarse, cada vez que un excluido es acogido de nuevo, cada vez que una mano se atreve a tocar lo que el poder declara intocable, por allí pasa de nuevo el Señor.

 

Ay de quien utilice el Misterio para cerrar puertas. Ay de quien pronuncie el nombre del Santo para proteger su propio poder. Ay de quien convierta la ley en piedra y la coloque sobre los hombros de los pequeños.

 

Porque el Misterio revelado en Jesús no se deja poseer. Él camina hacia los excluidos, toca a los impuros, levanta a los caídos, devuelve la dignidad a los olvidados.

 

Y donde los hombres habían escrito «fuera», Él escribe con su mano viva: «Tú eres hijo».


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Solamente un discernimiento que salve.

Solamente un discernimiento que salve

Mirar al Nazareno: camina con la majestad de quien no conoce cadenas, con una libertad que sacude los cimientos de nuestros Templos de piedra.

 

Su mirada no se detiene en la apariencia, sino que penetra como una espada de doble filo hasta la médula del alma, donde el corazón tiembla desnudo ante el Eterno.

 

¡Ay de nosotros, legisladores de la nada, que encadenamos la misericordia al rigor del calendario!

 

Nosotros decimos: «Es sábado, ¡que la mano permanezca inmóvil!».

 

Pero yo os digo: el sábado fue hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado.

 

Nuestras leyes no nacen del soplo del Misterio, sino del fango de nuestra soberbia, de ese infame deseo de dominar la vida ajena para no tener que mirar nuestra propia miseria.

 

He aquí que el Mesías irrumpe en la Historia como un huracán: Él desenmascara nuestras mentiras doradas, devasta nuestros cálculos matemáticos y orienta al pueblo hacia el camino del fuego.

 

¡No bastará con invocar el código en el día del juicio! Porque la Ley que no sirve a la Justicia es un ídolo mudo, un engaño que apesta a muerte.


¿Buscamos la señal? ¿Buscamos el criterio del Cielo?

 

Solo hay uno: el bien de la criatura.

 

Si la norma pisotea al pobre, si la regla ahoga a quien sufre, no proviene del Misterio, sino del Abismo.

 

La Ley no es una ecuación gélida trazada en la arena. Es un cuerpo vivo que exige el discernimiento de la sangre y las lágrimas.

 

Es fácil, demasiado fácil, juzgar desde lo alto de una cátedra de marfil, lavándose las manos en la palangana de la «conciencia tranquila», mientras el hermano y la hermana sucumben bajo el peso de nuestro rigor.

 

Pero la época de los burócratas funcionarios del espíritu ha terminado.

 

Ha llegado la hora de la sabiduría encarnada, de quienes descienden al fango de lo cotidiano, de quienes tocan las llagas y escuchan su grito.

 

Se necesita la audacia del amor para romper las cadenas de la norma y elegir la vida.

 

Solo quien ha sido liberado por la Verdad puede amar sin pedir nada a cambio.

 

Solo el hombre libre puede fijar la mirada en el corazón del mundo y ver en él, por fin, el rostro del Misterio.

 

La verdadera libertad no es hacer lo que uno quiere, sino convertirse en lo que uno es en el aliento del Misterio.


Miremos a Jesús: Él es el Hombre libre porque no pertenece a nadie más que al amor.

 

Su libertad no nace del desprecio a la norma, sino de la fuente de Su ser, allí donde el Misterio habla al corazón.

 

Quien es libre por dentro no teme el juicio del mundo, no tiembla ante los tribunales de los hombres, porque ya ha oído la única sentencia que cuenta: la de la Verdad.

 

Nosotros buscamos la libertad en las seguridades de la norma, nos refugiamos en el «siempre se ha hecho así» para no tener que enfrentarnos al desierto de nuestra alma.

 

Pero yo os digo: la ley rígida es la prisión de quien tiene miedo de amar.

 

Quien vive solo de preceptos es un esclavo que pule sus propias cadenas, esperando que su brillo engañe al Eterno.

 

La libertad interior es un fuego que devora la hipocresía.

 

Es la capacidad de estar en el mundo sin dejarse encadenar por sus lógicas de poder.

 

Solo quien tiene el valor de descender a sus propias profundidades y encontrarse con el rostro del Misterio puede mirar al prójimo sin querer poseerlo, sin querer juzgarlo, sin querer doblegarlo a su propia medida.


No seamos funcionarios burócrata del espíritu, sino profetas de la gratuidad.

 

La libertad es el precio del amor desinteresado: solo quien ha destrozado el ídolo de su propio «yo» puede ver por fin el corazón del otro.

 

Jesús sanó en sábado porque su alma no conocía más límites que los del bien.

 

Que esta sea nuestra ascesis: despojarnos de toda máscara, de toda jactancia legal, de toda certeza doctrinal, para quedarnos desnudos ante la Realidad.

 

Solo entonces seremos libres.

 

Solo entonces seremos capaces de ese discernimiento que no calcula, sino que salva.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 11 de mayo de 2026

Más cerca de la catástrofe.

Más cerca de la catástrofe


Cuando se atraviesan épocas de ruptura, siempre ocurre que las figuras y los conflictos tienden a adquirir un significado simbólico.

 

Hay momentos de crisis, por así decirlo, normales, en los que el Orden y la Ley se reajustan o se reforman para poder adaptarse a los cambios de la situación y así resistir y perdurar.

 

Pero hay otros en los que la transformación es tan sistemática, afecta de manera tan orgánica a todos los aspectos de la vida, que hace que cualquier reforma resulte patética y nos obliga a pensar en nuevos órdenes globales.

 

Creo que nuestra época tiene algunos rasgos catastróficos.


Catástrofe evoca un cambio radical de estado. No es el apocalipsis, pues en la idea de apocalipsis está el juicio divino que pone fin a la historia. Pero hasta igual se le parece porque se percibe de algún modo la tremenda inminencia de este desenlace con su destrucción y ruina.

 

Nada sigue ya las huellas del tiempo pasado. La técnica que trastorna de manera imparable nuestras formas de vida no es simplemente una nueva expresión del “Homo technicus”. Sitúa al propio hombre, su evolución biológica, como objeto de su propio poder de manipulación y transformación.

 

Una inteligencia distinta de la humana será llamada a programar instituciones, comportamientos, nuestra propia imaginación.

 

Una metamorfosis análoga está sacudiendo la geopolítica; los equilibrios entre los grandes espacios que habían caracterizado la posguerra ya no se sostienen, evidentemente.

 

O se llega a un acuerdo, a una red de tratados, o bien, si la locura se sigue desatando, la catástrofe actual provocará el Apocalipsis.


Otra señal de la época de ruptura que vivimos: la crisis del Derecho en todas sus formas. En los conflictos y guerras en curso ya ni siquiera se hace mención de él. El Derecho no es ya más que el «nombre» del acto en el que realizo mi voluntad de poder.

 

La legalidad no solo no impide sino que tampoco es obstáculo para la puesta en práctica del proyecto del más fuerte. En un tiempo el Estado de derecho era el valor supremo que los occidentales ofrecían y exportaban al resto del mundo…

 

Sí, nos encontramos ante una discontinuidad radical en todos los frentes.

 

Nada seguirá como antes: y ésta es una parte de la herencia que estamos dejando hoy a las generaciones futuras.

 

De este futuro somos responsables en nuestro presente. Más que del pasado. 


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


sábado, 3 de enero de 2026

Discernimiento evangélico de los signos de los tiempos: en compañía y con simpatía.

Discernimiento evangélico de los signos de los tiempos: en compañía y con simpatía 

Cuando uno todavía se encuentra envuelto en las felicitaciones del nuevo año que acaba de comenzar, parece que todavía nos seguimos moviendo en la resignación que poco beneficia a la Buena Nueva del Evangelio y poco beneficia al hombre contemporáneo en su búsqueda ininterrumpida de posibles caminos para una vida más feliz y plena. 

Por eso, también al comienzo de un nuevo año, pero no únicamente, creo que es importante retomar la categoría de los «signos de los tiempos». 

Lo sabemos: cada época tiene sus riquezas y sus penas, sus signos de esperanza y sus abismos. Todas las épocas son épocas de crisis, de transición, de cambio; ninguna época de la historia humana ha sido una época de progreso imparable, estabilidad, sabiduría y bienestar. 

Por lo tanto, el tiempo que se nos da para vivir no es mejor ni peor que otros tiempos. Sin embargo, se nos pide que lo vivamos con pasión, tratando de vislumbrar en él los resquicios en los que, a menudo de manera inédita y sorprendente, Dios se deja encontrar. 

Después de la encarnación, el gran libro donde los cristianos encuentran las huellas del Dios de Jesús es el mundo. La historia es el lugar teológico donde Dios se deja encontrar. 

Para ello, hay que intentar vivir la «simpatía» en lugar de la antipatía hacia el mundo, esforzarse por vivir la «compañía» con las mujeres y los hombres de nuestro tiempo y, en lugar de atrincherarse y defenderse de un enemigo, sentir que la cultura actual no es despreciable; es, por el contrario, el kairos, el momento oportuno para alcanzar lo que más nos importa. 

El reto es la compañía con los hombres de nuestro tiempo, la escucha de los susurros más ocultos de la búsqueda del sentido de la vida, que también están presentes en los más absortos en la cultura aparentemente dominante de la era del vacío. Custodiar, como creyentes, la esperanza. No a través de miradas resentidas atrapadas por el deseo de venganza. 

Así nos lo decía el incipit de la Gaudium et Spes, la Constitución promulgada el 7 de diciembre de 1965, un día antes de la clausura del Concilio Vaticano II. Una constitución tan antigua como se quiera, pero capaz de indicar un método y un estilo muy parecido al de Jesús de Nazaret: 

«Las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de hoy, sobre todo de los pobres y de todos aquellos que sufren, son también las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los discípulos de Cristo, y nada hay genuinamente humano que no encuentre eco en sus corazones». 

Ciertamente, se nos pide el compromiso de discernir, palabra que, según la etimología latina, significa «dis-cernere», es decir, separar dos veces, o separar doblemente. Por lo tanto, contiene la idea de dividir minuciosamente las cosas, para conservar lo que es útil y eliminar lo que no lo es. 

O, como bien dice la Primera Carta a los Tesalonicenses, discernir significa esencialmente tener la paciencia de «examinar todo y retener lo que es bueno» (1 Tes 5,21). Se tratará de habitar los procesos en su devenir, sin dejarse paralizar por el miedo, o peor aún, por el resentimiento rencoroso, sino activando una compasión solidaria. 

Y seguramente comenzando a recuperar los espacios, los tiempos, los instrumentos de observación para la lectura del discernimiento. Siempre con los ojos del Evangelio. Ojos asombrados, ojos capaces de vislumbrar brotes donde a menudo solo vemos semillas de muerte. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 29 de agosto de 2025

La vida castiga a quien llega tarde -una reflexión con el Papa León XIV-.

La vida castiga a quien llega tarde -una reflexión con el Papa León XIV-

«La vida castiga a quien llega tarde», dijo un líder soviético al número uno de la República Democrática Alemana para convencerlo de que siguiera el camino de las reformas siguiendo el modelo de Moscú. Era el 7 de octubre de 1989: un mes después, la caída del Muro de Berlín marcó el fin de la Alemania comunista. Aquella fue la profecía que Gorbachov dirigió a Honecker y que, de hecho, aceleró la caída del «telón de acero». 

La frase puede indicar que la vida misma (la sociedad, la Iglesia, …) pueden conocer consecuencias negativas si no se respetan los tiempos, si se dejan escapar las circunstancias favorables y si no se aprovechan los momentos oportunos. A veces, incluso, esa actitud se puede volver hasta crónica. También sistémica. 

La fórmula "signos de los tiempos" fue puesta nuevamente en circulación en la teología católica por el Papa Juan XXIII y el Concilio Vaticano II. La referencia original es la expresión de Jesús relatada en el Evangelio de Mateo y de forma implícita en el Evangelio de Lucas. 

Mateo escribe: “Cuando llega la tarde, decís: buen tiempo porque el tiempo está rojo; y por la mañana: hoy tormentoso porque el cielo está rojo oscuro. ¿Sabes, pues, interpretar el aspecto del cielo y no sabes distinguir los signos de los tiempos?” (Mt 16,2-3). Lucas, a su vez, relata las palabras: “¡Hipócritas! Sabéis juzgar la apariencia de la tierra y del cielo, ¿por qué no sabéis juzgar esta vez? ¿Y por qué no evaluáis vosotros mismos lo que es correcto?” (Lc 12,56-57).  

¿Quién habla de los signos de los tiempos? Juan XXIII, convocando el Concilio Ecuménico con la Constitución Humanae salutis -Navidad de 1961-, recordó la enseñanza de Jesús: "haciendo nuestra la recomendación de Jesús de saber distinguir los signos de los tiempos (Mt 16,3), nos parece ver, en medio de tanta oscuridad, muchas pistas que dan esperanza para el destino de la Iglesia y de la humanidad". 

El Concilio Vaticano II retomó la fórmula explícitamente en algunos lugares. En el Decreto sobre los Presbíteros pide que "estén dispuestos a escuchar la opinión de los laicos... para que juntos puedan reconocer los signos de los tiempos" (PO 9). En el Decreto sobre el Apostolado de los Laicos, los Padres conciliares observan: "Entre los signos de nuestro tiempo, merece una mención especial el creciente e imparable sentimiento de solidaridad de todos los pueblos" (AA 14 § 2). En el Decreto sobre el Ecumenismo, el Concilio insta al camino ecuménico como respuesta a la acción del Espíritu: "Desde hoy, bajo el impulso de la gracia del Espíritu Santo, en muchas partes del mundo, con la oración, la palabra y la acción, se realizan muchos esfuerzos para alcanzar la plenitud de unidad deseada por Jesucristo, este Sagrado Concilio exhorta a todos los fieles católicos a reconocer los signos de los tiempos y participar con entusiasmo en la obra ecuménica" (UR 4).  

Finalmente, la Constitución Pastoral Gaudium et Spes siguió las líneas de una teología de los signos cuando escribió: "Es deber permanente de la Iglesia escudriñar los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio, para que en una adaptado a cada generación, puede responder a las eternas preguntas de los hombres sobre el significado de la vida presente y futura y sobre sus relaciones mutuas. De hecho, necesitamos conocer y comprender el mundo en el que vivimos, así como sus expectativas, sus aspiraciones y su naturaleza a menudo dramática" (GS 4); "El pueblo de Dios, movido por la fe, … trata de discernir en los acontecimientos, peticiones y aspiraciones en las que participa junto con otros hombres de nuestro tiempo, cuáles son los verdaderos signos de la presencia o del plan de Dios" (GS 11). Y concluyó que "es deber de todo el pueblo de Dios… escuchar atentamente, comprender e interpretar las diversas lenguas de nuestro tiempo" (GS 44). 

Es necesario distinguir el uso sociológico de la fórmula “signos de los tiempos” del uso teológico. En sentido sociológico la fórmula indica las características de un período histórico que lo distinguen de otros. En este sentido, la globalización, el mercado, el horizonte planetario, …, de la historia son citados a menudo como signos de nuestro tiempo. Se trata de fenómenos amplios y visibles, no siempre positivos en relación con el Reino de Dios, incluso a menudo opuestos a su dinámica. Pero precisamente por eso también pueden tener un significado para las comunidades eclesiales, ya que suscitan la tensión necesaria para superarlas.  

No son los acontecimientos como tales ni las condiciones sociales las que constituyen los signos de los tiempos, sino la relación que tienen con el Reino de Dios y por tanto las indicaciones que dan para buscar los lugares donde la acción de Dios puede expresarse como salvación. Una vez reconocidos, pueden indicar la dirección del camino de la Iglesia. Las características particulares de un período histórico constituyen a menudo solicitudes para que las comunidades eclesiales den respuestas salvíficas. De este modo se convierten en signos indirectos, ya que pueden indicar la acción o presencia divina en quienes, guiados por el Espíritu, trabajan por el Reino reaccionando ante el mal.  

En un uso estrictamente teológico, por tanto, la fórmula “signos de los tiempos” se refiere a la acción de Dios respecto a la venida de su Reino expresada en la historia a través de sus testigos.  

Desde esta perspectiva, los “signos de los tiempos” son a menudo marginales, apenas visibles, no apreciados y, a menudo, ridiculizados porque no están en sintonía con las modas actuales. En sentido teológico, la fórmula ·signos de los tiempos” indica aquellas cosas nuevas en la vida que, en el torbellino de la historia, la acción de Dios logra suscitar, donde encuentra fieles dispuestos a acogerla. Son signos del Bien que abre caminos en la historia, de la Verdad que busca nuevas formulaciones, de la Justicia que intenta proyectos de fraternidad: signos del Reino que viene, motivos de esperanza mesiánica.  

El sujeto de la lectura de los “signos de los tiempos” es todo el Pueblo de Dios o toda la Iglesia. No los pastores. Tampoco los teólogos. Unos y otros están al servicio del entero Pueblo de Dios. El lugar o el objeto material de lectura son los "acontecimientos" de la historia, en particular, las "expectativas, las aspiraciones, a menudo de carácter dramático", o "las diversas maneras de hablar" de los hombres de nuestro tiempo.  

La Iglesia no posee todos los elementos para llevar a cabo su misión, ni conoce todos los contenidos para anunciar adecuadamente la verdad revelada. Es necesario recurrir a la historia de los hombres, a sus experiencias, para captar los aspectos aún no descubiertos de la verdad y poder anunciarlos para la salvación de los hombres. Este examen del mundo no es estrictamente responsabilidad de la Iglesia, que no posee todas las herramientas necesarias para este análisis. Por tanto, debe recurrir a los "expertos del mundo, creyentes o no creyentes" (GS 44).  

El objeto específico de la escucha/mirada eclesial deben son los "signos de la presencia o del designio de Dios". El objetivo de esta escucha/mirada es la misión eclesial: "responder a las preguntas perennes del hombre sobre la vida presente y futura y sus relaciones mutuas"; “comprender la verdad revelada, profundizarla y presentarla de la manera más adecuada".  

La luz de esta lectura llega a la Iglesia desde su tradición, desde la fe, desde la acción del Espíritu Santo. La luz de la fe, como tal, no ofrece contenidos propios, sino que nos hace descubrir lo que está presente u oculto en la realidad. La fe no puede sustituir el análisis de las cosas, pero lo hace posible desde una perspectiva diferente. 

El arte de leer e interpretar los signos de los tiempos es empeñativo, exigente, …, y un deber imperativo. Si es verdad que hay sueños que es menor que no se cumplan…, si es verdad que hay sueños que desgraciadamente no se cumplen…, también hay sueños que sólo se cumplen con el tiempo. “Cuando uno sueña en solitario, lo soñado se queda en sueños. Pero si todos soñamos al unísono, entonces lo soñado se hace realidad” (Hélder Cámara). 

El sueño de la sinodalidad es un sueño soñado por muchos. Esa visión de sinodalidad en la Iglesia es compartida por muchos. No sabemos si todos viviremos para ver la realización de ese sueño, de esa visión. Pero, incluso si no vivimos para ello, tampoco ese sueño/esa visión morirá con nosotros. Será, si es una cosa de Dios, propagada por el anhelo de generaciones enteras que albergan ese sueño, esa visión, …, a no ser que los sueños sean solamente sueños, y la visiones nada más que espejismos… 

Si comenzaba citando la consigna que Gorbachov dirigió a Honecker, quiero recordar aquella otra, que siglos antes, Jesús de Nazaret formuló en su última cena de despedida: «Lo que tengas que hacer, hazlo pronto» (Juan 13, 27). Si es verdad aquello de "más vale tarde que nunca", quizá no sea menos verdad aquello de "mejor pronto que tarde".

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 30 de mayo de 2025

Escuchar para leer e interpretar los signos de los tiempos.

Escuchar para leer e interpretar los signos de los tiempos 

Algunos en la Iglesia parecen vivir con la sensación permanente de que todo se va al traste, leyendo a menudo la historia de la Iglesia con nostalgia y gafas de color sepia. No son un fenómeno nuevo. Existen en todos los períodos de la historia de la Iglesia. No hay nada nuevo bajo el sol. De ellos, San Juan XXIII dijo que:

Nos parece que debemos discrepar decididamente de estos profetas de desgracias, que siempre anuncian lo peor, como si se avecinara el fin del mundo. En el estado actual de los acontecimientos humanos, en el que la humanidad parece entrar en un nuevo orden de cosas, hay que ver más bien los misteriosos designios de la Divina Providencia, que se realizan en tiempos sucesivos a través de la obra de los hombres, y a menudo más allá de sus expectativas, y con sabiduría disponen todo, incluso los acontecimientos humanos adversos, para el bien de la Iglesia (Concilio Vaticano II, Discurso del Santo Padre Juan XXIII en la solemne apertura, 11 de octubre de 1962, n. 4.3-4). 

La contrapartida, sin embargo, no es en absoluto una lectura idealizada de la realidad moderna, donde todo es color de rosa. Se necesita una gran confianza en Dios para poder ver, en este aparente caos, la mano de la Providencia. Solo desde esta perspectiva podemos comprender cómo

... es deber permanente de la Iglesia escrutar los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio, de modo que, de forma adecuada a cada generación, pueda responder a las preguntas perennes de los hombres sobre el sentido de la vida presente y futura y sobre sus relaciones recíprocas (Gaudium et Spes 4). 

Esto no es ningún descubrimiento ni, peor aún, un invento del Concilio Vaticano II. Durante el tiempo pascual hemos escuchado abundantemente el testimonio de los Apóstoles y de la primera Iglesia. A menudo nos encontramos en esos pasajes con cómo los Santos Pedro y Pablo, y todos los demás, se enfrentaron a diversas cuestiones, a esa necesidad de leer los signos de su tiempo, viviendo en una época de grandes cambios, incluso desconcertantes, en el que, sin embargo, no se encerraron de nuevo en la sala superior, sino que se dejaron guiar con gran apertura por el Espíritu para captar dónde les estaba guiando el Espíritu, y no sus ideas o posiciones. 

Esto siempre es un riesgo, tanto entonces como ahora, porque, si somos honestos con nosotros mismos, nos gusta domesticar al Espíritu y lo queremos bajo control. Pero el Señor es soberano y no se deja domesticar. A nuestra costa, descubrimos que los diques que construimos para «contener» al Espíritu no aguantan, y el Señor irrumpe a su manera. Y menos mal. 

Todo esto está muy bien, pero, en concreto, ¿cómo podemos ponernos a escuchar dócilmente al Espíritu? ¿Cuál es el tipo específico de escucha que se refiere al discernimiento? 

Yo diría que hay, al menos, tres tipos de escucha. Hablo de tipos, no de calidades, porque no quiero dar la impresión de que son de primera, segunda y tercera categoría, sino más bien tipos y modalidades de escucha que, como todos los instrumentos, deben utilizarse en el momento adecuado: no se clava un clavo con un destornillador, ni se utiliza un martillo para desenroscar un tornillo. 

El primero es escuchar para responder. Es un tipo de escucha que caracteriza y busca la dialéctica, el debate y la discusión. Si se hace con seriedad, es una escucha de gran dignidad, en la argumentación (que implica profundizar en los temas), que es la base de los procesos democráticos y del debate académico. 

El segundo es escuchar para comprender, tratando también de leer de la manera más honesta y positiva lo que el otro me dice. Esta es la manera en que realmente escuchamos al otro y al mundo, para ir más allá de nuestra lectura del mundo, lo que también ayuda a acoger historias y a reflexionar. Es la escucha de la verdadera amistad, que es tratar de escuchar sin prejuicios, sin estar listo para dar una respuesta, sino para escuchar. 

En la vida ordinaria, a menudo nos limitamos a estas dos formas. Luego hay una tercera forma de escuchar, más sutil, la que se dirige al discernimiento. Si queremos escuchar al Espíritu, esta es la forma que debemos descubrir más. 

Si queremos comprender esto, creo que la Sagrada Escritura puede ayudarnos. Con las lecturas de hoy, acompañamos al profeta Elías a la entrada de la cueva del Horeb, que se pone a escuchar para captar la voz de Dios.

Con la fuerza de ese alimento, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios, el Horeb. Allí entró en una cueva para pasar la noche, cuando de repente le llegó la palabra del Señor en estos términos: «¿Qué haces aquí, Elías?». Él respondió: «Estoy lleno de celo por el Señor, Dios de los ejércitos, porque los israelitas han abandonado tu alianza, han derribado tus altares y han matado a espada a tus profetas. Solo me he quedado yo, y ellos tratan de quitarme la vida». Él le dijo: «Sal y quédate en el monte, delante del Señor». Y he aquí que pasó el Señor. Hubo un viento impetuoso y fuerte que partía los montes y rompía las rocas delante del Señor, pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento, un terremoto, pero el Señor no estaba en el terremoto. Después del terremoto, un fuego, pero el Señor no estaba en el fuego. Después del fuego, un silencio ensordecedor]. Al oírlo, Elías se cubrió el rostro con el manto, salió y se detuvo a la entrada de la cueva. Y he aquí que vino a él una voz que le decía: «¿Qué haces aquí, Elías?» (1 Reyes 19,8-13). 

Para mí es muy interesante ver cómo Elías, que es una presencia fuerte, incluso turbulenta (basta pensar en la manifestación del Señor en el sacrificio del Carmelo), con un mandato impactante (que sigue inmediatamente después de este pasaje), tiene que aprender a encontrar a Dios de la manera más improbable. 

Elías no siente la presencia de Dios ni en la tormenta, ni en el fuego, ni siquiera en el terremoto (como en la manifestación de Dios ante el pueblo en el Sinaí) ... sino en el silencio, en un silencio ensordecedor, y es allí donde se cubre el rostro porque reconoce la presencia de Dios. 

Aquí está el arte del discernimiento, que no es solo cosa de especialistas. Hay que afinar el oído y el corazón. Como a Elías: Dios no habla en el estruendo, sino en el silencio. 

Y aquí, todos tenemos que aprender. Especialmente cuando el Espíritu parece indicar nuevos caminos, donde los mapas que tenemos son viejos. 

Porque, al tratar de discernir, habrá ruido a derecha e izquierda, incluso en nuestro mundo interior. Nos sentiremos arrastrados, a menudo incluso con muy buena intención, que intenta empujarnos hacia adelante o frenarnos... pero el arte del discernimiento estará en acoger este ruido, como hace Elías, reconocerlo como tal, para saber ir más allá. 

Si sabemos ir más allá, nos encontraremos con Elías, a la entrada de la cueva de Horeb, en la presencia del Señor. Porque el Señor no espera, no pide permiso para actuar, sino que ya está actuando. Ya está presente. Basta con saber ir más allá del ruido y cubrirnos el rostro con Elías, por respeto, porque estamos en presencia de Dios, y quitarnos las sandalias con Moisés, porque estamos pisando tierra sagrada, ya consagrada por la presencia del Señor. 

Este escuchar debe aplicarse luego al acompañamiento y a la escucha allí donde se necesita un verdadero espacio de discernimiento. Y es más delicado cuando se trata de captar el Espíritu que se mueve no solo en los textos bíblicos, sino en la vida de las personas, quizá allí donde no lo esperamos. Esta es la experiencia de la primera Iglesia, como lo hizo, por ejemplo, San Pedro con Cornelio (Hch 10-11). 

Por eso es necesario escuchar, pero escuchar de forma auténtica, generosa, abierta, capaz de acoger la verdad vivida tal como es, sin ansiedad por evaluarla, aplaudirla o condenarla, sino dejándola emerger, siendo testigos de esas alegrías y esperanzas, dolores y fatigas (Gaudium et Spes 1) de la humanidad, porque la humanidad no es un concepto abstracto y colectivo, sino una realidad muy concreta, que tiene nombre y apellidos, que tiene una historia. 

Debemos atrevernos y confiar en que el Espíritu nos guiará. También debe ser una escucha gratuita. Escuchar sin otro fin, no porque no sea una escucha intencionada, sino porque es la misma escucha la que crea espacio, crea apertura, nos capacita —por su propia naturaleza, no por una intencionalidad impuesta— a escuchar también cómo se mueve el Espíritu Santo. 

Si no, corremos el riesgo —aunque sea con la mejor de las intenciones— de encontrarnos en medio, como un obstáculo (un escándalo). Para un discernimiento auténtico, también hay que saber apartarse, dejando que el Señor haga de nosotros testigos de lo que Él está haciendo. Estos son esos momentos —cuando tenemos el privilegio de presenciarlos— en los que podemos exclamar con Jacob: «Ciertamente, el Señor está en este lugar y yo no lo sabía» (Gn 28,16). 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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