Solamente un discernimiento que salve
Mirar al Nazareno: camina con la majestad de quien no conoce cadenas, con una libertad que sacude los cimientos de nuestros Templos de piedra.
Su mirada no se detiene en la apariencia, sino que
penetra como una espada de doble filo hasta la médula del alma, donde el
corazón tiembla desnudo ante el Eterno.
¡Ay de nosotros, legisladores de la nada, que encadenamos
la misericordia al rigor del calendario!
Nosotros decimos: «Es sábado, ¡que la mano
permanezca inmóvil!».
Pero yo os digo: el sábado fue hecho para el hombre, y no el
hombre para el sábado.
Nuestras leyes no nacen del soplo del Misterio, sino
del fango de nuestra soberbia, de ese infame deseo de dominar la vida ajena
para no tener que mirar nuestra propia miseria.
He aquí que el Mesías irrumpe en la Historia como un
huracán: Él desenmascara nuestras mentiras doradas, devasta nuestros cálculos
matemáticos y orienta al pueblo hacia el camino del fuego.
¡No bastará con invocar el código en el día del
juicio! Porque la Ley que no sirve a la Justicia es un ídolo mudo, un engaño
que apesta a muerte.
¿Buscamos la señal? ¿Buscamos el criterio del Cielo?
Solo hay uno: el bien de la criatura.
Si la norma pisotea al pobre, si la regla ahoga a
quien sufre, no proviene del Misterio, sino del Abismo.
La Ley no es una ecuación gélida trazada en la arena.
Es un cuerpo vivo que exige el discernimiento de la sangre y las lágrimas.
Es fácil, demasiado fácil, juzgar desde lo alto de una
cátedra de marfil, lavándose las manos en la palangana de la «conciencia
tranquila», mientras el hermano y la hermana sucumben bajo el peso de
nuestro rigor.
Pero la época de los burócratas funcionarios del
espíritu ha terminado.
Ha llegado la hora de la sabiduría encarnada, de
quienes descienden al fango de lo cotidiano, de quienes tocan las llagas y
escuchan su grito.
Se necesita la audacia del amor para romper las
cadenas de la norma y elegir la vida.
Solo quien ha sido liberado por la Verdad puede amar
sin pedir nada a cambio.
Solo el hombre libre puede fijar la mirada en el
corazón del mundo y ver en él, por fin, el rostro del Misterio.
La verdadera libertad no es hacer lo que uno quiere,
sino convertirse en lo que uno es en el aliento del Misterio.
Miremos a Jesús: Él es el Hombre libre porque no pertenece a nadie más que al amor.
Su libertad no nace del desprecio a la norma, sino de
la fuente de Su ser, allí donde el Misterio habla al corazón.
Quien es libre por dentro no teme el juicio del mundo,
no tiembla ante los tribunales de los hombres, porque ya ha oído la única
sentencia que cuenta: la de la Verdad.
Nosotros buscamos la libertad en las seguridades de la
norma, nos refugiamos en el «siempre se ha hecho así» para no
tener que enfrentarnos al desierto de nuestra alma.
Pero yo os digo: la ley rígida es la prisión de quien
tiene miedo de amar.
Quien vive solo de preceptos es un esclavo que pule
sus propias cadenas, esperando que su brillo engañe al Eterno.
La libertad interior es un fuego que devora la
hipocresía.
Es la capacidad de estar en el mundo sin dejarse
encadenar por sus lógicas de poder.
Solo quien tiene el valor de descender a sus propias
profundidades y encontrarse con el rostro del Misterio puede mirar al prójimo
sin querer poseerlo, sin querer juzgarlo, sin querer doblegarlo a su propia
medida.
No seamos funcionarios burócrata del espíritu, sino profetas de la gratuidad.
La libertad es el precio del amor desinteresado: solo
quien ha destrozado el ídolo de su propio «yo» puede ver por fin el corazón del
otro.
Jesús sanó en sábado porque su alma no conocía más
límites que los del bien.
Que esta sea nuestra ascesis: despojarnos de toda
máscara, de toda jactancia legal, de toda certeza doctrinal, para quedarnos
desnudos ante la Realidad.
Solo entonces seremos libres.
Solo entonces seremos capaces de ese discernimiento
que no calcula, sino que salva.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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