Palabra de Dios
Existe una Palabra que no es solo aliento, sino sustancia y fuego.
Es una Palabra pronunciada por labios humanos, pero
que lleva en sí el peso del Misterio.
No describe el mundo: lo genera.
Cuando se pronuncia, lo que estaba vacío se llena, lo
que estaba inmóvil se agita, lo que estaba muerto resucita.
Es la Palabra que dice y, al decir, realiza.
Pero tengamos presente que nuestros permanecerán
cerrados y nuestros oídos sordos si nos sentamos al borde del camino.
La Palabra no se revela al sedentario, a quien se
conforma con un saber heredado o con una verdad cómoda. Solo se manifiesta al
buscador, a quien ha hecho de su propio camino una oración y de su propia duda
un tormento fecundo.
¿Por qué buscamos?
Si no tenemos un motivo profundo, si no sentimos el ardor de nuestra propia existencia o el grito de quien camina a nuestro lado, la Palabra pasará por encima de nosotros como el viento sobre una roca: no dejará huella.
Solo quien se mueve por la necesidad de sentido
encontrará el tesoro escondido en el campo del lenguaje.
He aquí el corazón de la profecía: la verdad no se
comprende, se habita.
No basta con escuchar.
No basta con saber que existe una Palabra verdadera.
El velo del Misterio no se rasga con el intelecto,
sino con el paso.
En el mismo instante en que nosotros, temblorosos, pongamos en práctica lo que hemos oído, se producirá el prodigio: descubriremos que es verdadera porque la veremos suceder.
La Verdad solo se revela a quien la encarna.
Solo quien obedece a la Voz ve florecer la tierra bajo
sus pies.
Quien pone en práctica, se convierte él mismo en parte
de la Palabra que crea.
El camino es tu prueba, la acción es tu revelación.
El mundo es una tormenta de sonidos sin cuerpo, un
mercado de opiniones que prometen alivio pero dejan la garganta seca.
¿Cómo podremos, en este tumulto, reconocer la única
Palabra Verdadera?
El ruido del mundo intenta llenar cada vacío para no dejarnos pensar; la Palabra Verdadera, en cambio, nace del silencio y nos devuelve al silencio.
No grita para hacerse un hueco, sino que desciende
como el rocío: es discreta, pero tiene el peso específico del oro.
Si una palabra nos agita sin darnos dirección, es
ruido.
Si una palabra nos inquieta para darnos paz, es
Verdad.
El ruido halaga nuestro ego, nos promete atajos y
aprobaciones fáciles.
La Palabra Verdadera es un arma de doble filo: nos
pide algo.
Nos pide que muramos a una parte de nosotros para
renacer íntegros.
La reconocemos porque no nos dice lo que queremos oír,
sino lo que necesitamos para ser.
El ruido es un incendio de paja: arde enseguida y deja
cenizas frías.
La Palabra Verdadera es una semilla: cuando la recibimos, parece pequeña, casi invisible. Pero si la cuidamos en el terreno de nuestra búsqueda, crece constantemente, resiste las estaciones y da un fruto que no se pudre.
La Verdad es estable ante el cambio de los vientos.
El ruido permanece en el aire, se desvanece con el
aliento de quien lo emite.
La Palabra Verdadera, cuando se acoge, se encarna.
Si la ponemos en práctica y vemos que pone orden en el
caos, sana las relaciones e ilumina nuestros pasos en la oscuridad, entonces hemos
encontrado la Fuente.
El ruido explica el mundo; la Palabra lo transforma.
No busquemos la Verdad entre los gritos de la multitud, sino en la coherencia entre lo que se dice y lo que ocurre en quien tiene el valor de obedecer.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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