Mujeres de Pasión
A menudo son las mujeres las que hacen
que la humanidad sea humana,
que la sociedad sea social,
que la comunidad sea común,
que la población sea un pueblo…
Su amor une, construye, fecunda y engendra.
Es un amor presente allí donde la vida es amenazada y agoniza.
A menudo es su corazón el que da vida al tejido humano.
Las guerras son también
plagas del alma. Su virus de violencia se
extiende, contagia, actúa a distancia e infecta los corazones de muchas más
personas que las directamente implicadas en el conflicto armado.
Es un mal común y global de la humanidad, que merma el
bien de todos y hace que la Tierra pierda su belleza. Ya habíamos salido
enfrentados de tantos y tantos conflictos, pero el enfrentamiento se sigue multiplicando…
El Evangelio de Marcos, el más antiguo de los Evangelios
nos dice que bajo la cruz solo había mujeres, y entre ellas María Magdalena;
mujeres que habían seguido a Jesús desde Galilea hasta Jerusalén.
Los hombres habían huido todos. No solo Judas lo había
traicionado, sino que también Pedro y todos sus Apóstoles lo habían traicionado.
Las mujeres no. Todos huyen del Crucificado, las mujeres se quedan.
Quizás fueron esas mujeres las que contaron a Marcos y a los evangelistas
la escena de la Pasión y así ha llegado hasta nosotros: entre nuestros ojos y
esos hechos hay ojos de mujeres, que vieron, amaron y contaron.
Una compañía femenina fiel y maravillosa.
Las mujeres están, saben estar bajo las cruces de los
amigos. Siempre lo han hecho y siguen haciéndolo.
Este cuadro de carne es un homenaje a todas las
mujeres, una imagen erigida para todas aquellas mujeres anónimas y olvidadas
que supieron y saben estar bajo las cruces.
El stabat
es el verbo de la madre, es el verbo de las mujeres.
La imagen recrea una escena viva de la verdadera
pasión, encarnada, crucificada. Es una
imagen que nos hace revivir el Gólgota, que saca ese relato de la literatura y
lo hace resurgir.
U recordaba hoy que el ágape es imprudente, parcial, partidista, desequilibrado y por
eso fue crucificado. Otros en lugar de Jesús habrían encontrado una salida del
Calvario, habrían encontrado compromisos y salvaciones menos complejas y
difíciles, más económicas.
Jesús no; su fidelidad a su propia vocación lo llevó
hasta el final, hasta la cima, y allí fue clavado de verdad, murió de verdad y,
por tanto, resucitó de verdad.
Las mujeres acompañaron a Jesús y cuidaron de Él en
cada etapa de su ministerio. Los Evangelios nos dicen que las mujeres también
fueron, de hecho, discípulas: financiaron su ministerio, abrieron sus casas a
Jesús y a los suyos durante sus itinerarios y mucho más.
Y un grupo de estas mujeres también estuvo presente en
la crucifixión, presenciando el acontecimiento. A algunas de ellas se las
nombra, pero a muchas otras no.
¿Cuántas «otras mujeres que habían subido con él a
Jerusalén», como dice Marcos, estaban presentes?
Los Evangelios también nos dicen que fueron las
mujeres las que siguieron el cuerpo mientras lo llevaban al sepulcro, para ver
dónde era enterrado y poder celebrar los ritos del entierro. A lo largo de toda
la historia de la crucifixión, las mujeres estuvieron allí.
Independientemente del Evangelio que se lea para
comprender el acontecimiento de la pasión, las mujeres mencionadas en los
cuatro relatos evangélicos eran las guardianas de la cruz, y éste es un hecho
innegable.
Si examinamos con atención los relatos de la Pasión,
descubrimos que Dios repara la injusticia de la crucifixión de Jesús ANTES de
la resurrección, cuando reúne a la amada comunidad de mujeres en torno a Jesús
para que le asistan en su Pasión y Muerte en Cruz.
Si bien solemos decir que el origen de la Iglesia tuvo
lugar en el Cenáculo, en el acontecimiento que conocemos como Pentecostés, está
claro que, si consideramos atentamente la crucifixión, la muerte y la
resurrección de Jesús, Dios construyó la comunidad de Jesús en la Cruz, donde
las mujeres velaron.
No se puede subestimar la importancia de esta
observación. La Iglesia de Jesús fue formada entorno a la Cruz, con la plena
participación de las mujeres.
Con las mujeres, nuevas
cireneas, podemos nosotros subir a todos y cada uno de los Calvarios, sentir en
nuestra carne los demasiados clavos y lanzadas que siguen crucificando a hombres y
mujeres, y por fin ver al Hombre de Dolores.
Una contemplación así hasta nos puede ayudar a
asomarnos más y mejor a la realidad de los crucificados de la historia: sacramento concreto y real, eficaz y vivo del Ecce Homo desfigurado.
Y pienso que la resurrección comenzó dos días antes,
bajo una madera más viva de lo habitual. Porque las verdaderas resurrecciones no comienzan en el sepulcro vacío... sino que lo hacen en el Gólgota. Y allí, siempre están algunas mujeres.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF














