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martes, 14 de abril de 2026

Mujeres de Pasión.

Mujeres de Pasión

 

A menudo son las mujeres las que hacen 

que la humanidad sea humana, 

que la sociedad sea social, 

que la comunidad sea común, 

que la población sea un pueblo… 

Su amor une, construye, fecunda y engendra.

Es un amor presente allí donde la vida es amenazada y agoniza. 

A menudo es su corazón el que da vida al tejido humano.

 

Las guerras son también plagas del alma. Su virus de violencia se extiende, contagia, actúa a distancia e infecta los corazones de muchas más personas que las directamente implicadas en el conflicto armado.

 

Es un mal común y global de la humanidad, que merma el bien de todos y hace que la Tierra pierda su belleza. Ya habíamos salido enfrentados de tantos y tantos conflictos, pero el enfrentamiento se sigue multiplicando…

 

El Evangelio de Marcos, el más antiguo de los Evangelios nos dice que bajo la cruz solo había mujeres, y entre ellas María Magdalena; mujeres que habían seguido a Jesús desde Galilea hasta Jerusalén.

 

Los hombres habían huido todos. No solo Judas lo había traicionado, sino que también Pedro y todos sus Apóstoles lo habían traicionado.

 

Las mujeres no. Todos huyen del Crucificado, las mujeres se quedan. 


Quizás fueron esas mujeres las que contaron a Marcos y a los evangelistas la escena de la Pasión y así ha llegado hasta nosotros: entre nuestros ojos y esos hechos hay ojos de mujeres, que vieron, amaron y contaron. Una compañía femenina fiel y maravillosa.

 

Las mujeres están, saben estar bajo las cruces de los amigos. Siempre lo han hecho y siguen haciéndolo.

 

Este cuadro de carne es un homenaje a todas las mujeres, una imagen erigida para todas aquellas mujeres anónimas y olvidadas que supieron y saben estar bajo las cruces.

 

El stabat es el verbo de la madre, es el verbo de las mujeres.

 

La imagen recrea una escena viva de la verdadera pasión, encarnada, crucificada. Es una imagen que nos hace revivir el Gólgota, que saca ese relato de la literatura y lo hace resurgir.

 

U recordaba hoy que el ágape es imprudente, parcial, partidista, desequilibrado y por eso fue crucificado. Otros en lugar de Jesús habrían encontrado una salida del Calvario, habrían encontrado compromisos y salvaciones menos complejas y difíciles, más económicas.

 

Jesús no; su fidelidad a su propia vocación lo llevó hasta el final, hasta la cima, y allí fue clavado de verdad, murió de verdad y, por tanto, resucitó de verdad.

 

Las mujeres acompañaron a Jesús y cuidaron de Él en cada etapa de su ministerio. Los Evangelios nos dicen que las mujeres también fueron, de hecho, discípulas: financiaron su ministerio, abrieron sus casas a Jesús y a los suyos durante sus itinerarios y mucho más.

 

Y un grupo de estas mujeres también estuvo presente en la crucifixión, presenciando el acontecimiento. A algunas de ellas se las nombra, pero a muchas otras no.

 

¿Cuántas «otras mujeres que habían subido con él a Jerusalén», como dice Marcos, estaban presentes?


 

Los Evangelios también nos dicen que fueron las mujeres las que siguieron el cuerpo mientras lo llevaban al sepulcro, para ver dónde era enterrado y poder celebrar los ritos del entierro. A lo largo de toda la historia de la crucifixión, las mujeres estuvieron allí.

 

Independientemente del Evangelio que se lea para comprender el acontecimiento de la pasión, las mujeres mencionadas en los cuatro relatos evangélicos eran las guardianas de la cruz, y éste es un hecho innegable.

 

Si examinamos con atención los relatos de la Pasión, descubrimos que Dios repara la injusticia de la crucifixión de Jesús ANTES de la resurrección, cuando reúne a la amada comunidad de mujeres en torno a Jesús para que le asistan en su Pasión y Muerte en Cruz.

 

Si bien solemos decir que el origen de la Iglesia tuvo lugar en el Cenáculo, en el acontecimiento que conocemos como Pentecostés, está claro que, si consideramos atentamente la crucifixión, la muerte y la resurrección de Jesús, Dios construyó la comunidad de Jesús en la Cruz, donde las mujeres velaron.

 

No se puede subestimar la importancia de esta observación. La Iglesia de Jesús fue formada entorno a la Cruz, con la plena participación de las mujeres.

 

Con las mujeres, nuevas cireneas, podemos nosotros subir a todos y cada uno de los Calvarios, sentir en nuestra carne los demasiados clavos y lanzadas que siguen crucificando a hombres y mujeres, y por fin ver al Hombre de Dolores.

 

Una contemplación así hasta nos puede ayudar a asomarnos más y mejor a la realidad de los crucificados de la historia: sacramento concreto y real, eficaz y vivo del Ecce Homo desfigurado.

 

Y pienso que la resurrección comenzó dos días antes, bajo una madera más viva de lo habitual. Porque las verdaderas resurrecciones no comienzan en el sepulcro vacío... sino que lo hacen en el Gólgota. Y allí, siempre están algunas mujeres.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 8 de abril de 2026

Empatía: un camino de cercanía.

Empatía: un camino de cercanía 

La empatía es la capacidad de entrar en el dolor del otro sin miedo a involucrarse. No se trata de una simple comprensión racional, sino de un auténtico compartir el sufrimiento. 

Jesús mismo, ante la tumba de Lázaro, llora con quien llora, mostrándonos que la verdadera cercanía no está en dar respuestas inmediatas, sino en permanecer cerca, en el silencio y en la presencia. 

Imaginemos una madre que ha perdido un hijo. Ninguna palabra podrá jamás llenar el vacío que siente. Sin embargo, en el momento en que alguien acoge su dolor sin intentar “arreglarlo”, sino simplemente estando allí, con ella, escuchándola y compartiendo, sucede algo extraordinario: el sufrimiento encuentra un espacio en el que ser expresado y acogido. Éste es el corazón de la empatía. 

Se sabe que las cartas del apóstol Pablo preceden a los textos evangélicos, al menos tal y como han llegado hasta nosotros. En la carta dirigida a la comunidad de Filipos, Pablo expresa una petición muy concreta: «Tened entre vosotros el mismo sentir que hubo también en Cristo Jesús» (Flp 2, 5). 

Acogiendo esta llamada de Pablo, tratemos de compararla con cuanto se narra en el Evangelio según Juan en 11,33-35, donde se nos dice cómo el mismo Jesús, delante del sepulcro de su amigo Lázaro, "derramó lágrimas". 

Se trata de una imagen inédita, casi fuera de la “normalidad” evangélica a la que estamos acostumbrados. Intentemos pues entrar en esta página preguntándonos: «¿Por qué lloró Jesús?». 

Primero, consideremos el hecho de que Jesús está allí, con sus amigos habituales, y está rodeado de personas que lloran por su amigo perdido. Jesús no huye de esta situación dolorosa, sino que, al contrario, acepta llorar con quien llora, no excluyéndose del sufrimiento que atraviesa su existencia en ese preciso momento. Se trata de una dinámica que nos permite sentir y percibir con claridad toda la empatía propia de la modalidad relacional de Jesús. Jesús es un hombre profunda y auténticamente empático. 

Precisamente este aspecto nos ayuda a entrar en la amplitud del corazón de Jesús. En efecto, a primera vista, Jesús podría haber evitado el llanto, porque poco después habría “despertado” a su amado amigo. Hay algo más en las lágrimas y la emoción que expresa Jesús. La empatía que brota de las lágrimas del Maestro expresa su solidaridad hacia el sufrimiento, hacia todo sufrimiento humano. Jesús acoge y recoge a toda la humanidad atravesada por la fragilidad y derrama sobre ella, como un bálsamo, su compasión empática. 

En tercer lugar, el llanto de Jesús revela una realidad aún mayor, en la que, sin embargo, estamos inmersos. En su constante narración de Dios, Jesús nos revela, en sus lágrimas, las mismas lágrimas de Dios. Y este grito nos dice que la ternura empática de Dios se derrama en nuestra cultura actual, a menudo caracterizada por la dureza de corazón, la indiferencia y la crueldad. 

De hecho, el momento que estamos viviendo tiene el aspecto de una tierra árida, dura y seca. Una tierra donde el único fruto posible se revela como el “superhombre” que no llora nunca, es más, para quien el llanto es signo de una debilidad inadmisible: es el hombre que no siente nada, que sólo tiene ojos para sí mismo, indiferente a cualquier sufrimiento y fragilidad que encuentra. 

Nuestro tiempo necesita precisamente las lágrimas de esa compasión que nace de la empatía. Hoy, nosotros, discípulos del Maestro, como Él y con Él, aceptamos convertirnos en narradores y portadores de las lágrimas de Dios en la historia, para que esta tierra árida y dura vuelva a ser un jardín donde la vida “abunda” y es respetada y protegida como un don precioso. 

La empatía no es sólo una virtud espiritual sino un camino que todos podemos seguir, cada día, en los gestos más simples: 

1.- Escuchar sin interrumpir. La tentación de ofrecer soluciones es fuerte, pero a menudo la persona que tenemos delante sólo necesita ser bienvenida. 

2.- Suspender el juicio. La empatía no es compasión sino comprensión. Cuando nos detenemos para acoger lo que siente el otro, entramos verdaderamente en su mundo.

3.- Estar presente. La empatía se construye sobre la continuidad, sobre la presencia constante incluso, o precisamente, cuando no hay palabras que decir. 

Vivimos en una sociedad que avanza rápidamente, 

donde el sufrimiento de los demás corre el riesgo de ser ignorado 

o, peor aún, considerado una molestia. 

Pero la vocación cristiana es también ser signo de esperanza, de escucha, de presencia. Al igual que Jesús con Lázaro, podemos elegir detenernos, escuchar y llorar con quienes lloran. 

La empatía no cambia el dolor, pero cambia cómo lo experimentamos. Y a veces, ser comprendido ya es el primer paso hacia la curación. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 30 de marzo de 2026

El grito elocuente del silencio ensordecedor de Jesús.

El grito elocuente del silencio ensordecedor de Jesús 

Recibo un vídeo en mi móvil. Lo veo distraídamente, como si se tratara de las mil provocaciones que envían mis amigos y que no siempre son útiles. Normalmente ni siquiera los veo, los borro. Esta vez no. Algo me empuja a seguir adelante. Me sorprende y me desgarra el corazón la voz de dolor mientras el silencio narra lo indescriptible en imágenes de horror. 

¿Por qué callamos? ¿Por qué los medios de comunicación, tan eficaces e indispensables, no dan voz al dolor del inocente? ¿Por qué en el mundo occidental el sufrimiento lejano es una realidad ajena? 

El Vía Crucis escrito con el pincel y la memoria por Jerzy Duda-Gracz en el año 2000 sigue siendo tristemente profético. Debía ser la revisión del Calvario de la Iglesia en el siglo XX y, en cambio, ahora se revela como profecía de nuevos calvarios interminables. 

Sí, estamos mudos, como quienes asisten a la condena de Jesús. Mudos como el cordero manso llevado al matadero, que se acurruca a los pies de Jesús esperando el sacrificio. 

El juicio viene de los grandes de la historia y es amplificado por los medios de comunicación. Ellos son los nuevos profetas de las masas. Son ellos, los focos, los micrófonos y las cámaras, los que se encienden sobre un mundo martirizado. 

La justicia no está reducida al silencio, está ciega. Todavía puede hablar, pero solo debe decir lo que conviene a los profetas, lo que es políticamente correcto, por eso le vendan los ojos. 

De hecho, un juez se sienta en el estrado: vendado, puede hablar, pero guarda un silencio cómplice. Su atuendo es, por un lado, la toga típica de los jueces y, por otro, un hábito religioso. 

Él, como Pilato, se sienta en el trono de los acusadores y una mujer, religiosa, pero al servicio del poder, le ofrece una palangana para lavarse la conciencia de esa sangre inocente. 

En el lado opuesto, otra mujer grita al cielo con las manos juntas y se hace eco de los gritos desde los mil lugares del planeta cuya sangre clama al cielo. Y donde no hay dolor sangriento, surge un nuevo martirio: el impuesto por lo políticamente correcto, que pretende someter también al inocente. 

La vendedora de patatas ostenta su balanza vacía, signo de una justicia estéril. No se da cuenta de que Cristo, con su silencio y su manto escarlata, se impone en la escena y hace palidecer todos los altisonantes micrófonos del mundo. 

El cordero inmolado está erguido, vencedor en el momento mismo de la derrota, y nos invita a permanecer fuera de la Babel de las voces y las luces del protagonismo. Nos pide que le sigamos, como el hombre y la mujer en primer plano. 

Uno lleva una vela, la otra un libro de oraciones. El seguimiento del Humilde y del Manso, la fe en la compasión y la misericordia nos salvarán. 

Dejemos en la medida de lo posible de escuchar los amplificadores de la mentira: noticias falsas, bulos, fotomontajes, ejecuciones filmadas, y escuchemos, en el silencio del alma y de la oración, el grito de nuestros hermanos, hijos del mismo Dios. 

También nosotros, al igual que nuestros hijos, absortos en la manía de teclear, estamos olvidando el ABC de la humanidad y la gramática del cristianismo, al que nos remite la pareja en primer plano: aprender y seguir al Hijo del Hombre Cristo sostenidos por la fuerza que nace de lo alto, que sopla como y donde quiere, que viene de lo profundo de las entrañas. 

Los dolores de parto darán a luz los nuevos cielos y la nueva tierra en los que el Padre y la Madre Dios enjugará Dios toda lágrima de los ojos, y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Un cuerpo desfigurado.

Un cuerpo desfigurado 

¿Qué le sucede al cuerpo del Señor en la noche de su pasión? ¿Qué ha sido de ese rostro dulce y misterioso que tantos han mirado con afecto? 

Ahora ya no resplandece, parece haber perdido toda su belleza. Como dice el profeta: «Es como uno ante cuya presencia se cubre el rostro» (Is 53,3), un cuerpo desfigurado, irreconocible. Acostumbrados a la dulzura de su rostro, a ese cuerpo que María había ungido con un perfume precioso, ese cuerpo tan amable, ahora es irreconocible, desfigurado, y nos cubrimos el rostro. 

«Sin embargo», dice Isaías, hay algo más que mirar, que ver y reconocer en ese cuerpo desfigurado. ¿Qué? Sigamos las huellas de Isaías para escuchar lo que nos dice este cuerpo desfigurado. 

Este cuerpo lleva el dolor del mundo: «Él cargó con nuestros dolores, se cargó con nuestras aflicciones» (Is 53,4). El suyo es un cuerpo que comparte los dolores de todos, que para no dejar a nadie sufrir solo, decide hacer suyo el dolor de cada hombre y cada mujer. 

Como haría un amigo: si ve a un amigo sucumbir bajo el peso del mal, no se aparta, sino que desea cargar con él, lo toma sobre sí, se carga con sufrimientos que no son suyos. Así actúa quien ama. 

No solo se carga con el mal, sino también con el pecado: «Herido por nuestras culpas, molido por nuestras iniquidades» (Is 53,5). ¿Qué es el pecado de los hombres sino querer vivir lejos de Dios, distantes y separados de él, vivir sin Dios, como si Dios no existiera? Pues bien, ese cuerpo desfigurado vive en sí mismo la condición de quien está lejos de Dios: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», grita en la cruz. 

Y paradójicamente, dado que el vínculo de Jesús con el Padre no puede ser quebrantado, es mantenido vivo por el Espíritu, he aquí que, en ese cuerpo desfigurado, Dios se hace cercano a todo hombre que vive el abandono de Dios. 

Así es como, como dice Isaías, «por sus heridas hemos sido sanados» (Is 53,5). Porque hay heridas que pueden sanarnos, porque en esas heridas hay un medicamento, un bálsamo, un gesto de amor que puede aliviar nuestras heridas. 

Así lo escribe Etty Hillesum en su Diario, el 13 de octubre de 1942, justo antes de morir en Auschwitz: «uno querría ser un bálsamo para muchas heridas». Y ser bálsamo exige que primero el cuerpo sea aplastado, exprimido, para que de ese cuerpo brote una esencia de vida y de amor que cura. 

Hay en ese cuerpo desfigurado una fuerza atractiva capaz de reunirnos a nosotros, que estamos dispersos, «todos nosotros estábamos perdidos como ovejas» (Is 53,6) sin pastor. Él nos ha reunido, como había prometido: «Cuando sea elevado, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32). 

¡Atracción misteriosa! Nos daría por apartar la mirada y huir lejos, pero no podemos separarnos de él, porque en ese cuerpo desfigurado se percibe un poder de amor, una fuerza de vida que nos mantiene unidos a pesar de todas nuestras huidas. 

Quizá sea precisamente su mansedumbre lo que nos atrae: «Maltratado, se dejó humillar y no abrió la boca; era como un cordero llevado al matadero, como una oveja muda ante sus esquiladores, y no abrió la boca» (Is 53,7). Llevar el dolor con la fuerza de la mansedumbre y no con el grito de quien acusa, de quien descarga su ira por la sentencia injusta, eleva infinitos lamentos... nada de eso. Llevar el dolor sin quejarse, mudo como un cordero: ¡se necesita una fuerza extraordinaria! 

Y nosotros, en este día, pedimos la gracia de no «dar la espalda». No podemos cubrirnos el rostro y mirar hacia otro lado. Ante todo, no queremos dar la espalda al cuerpo desfigurado de Jesús. 

Nos gustaría tener siempre ante nuestros ojos el cuerpo fuerte y sano de un Jesús que cura a los enfermos, que sostiene a los débiles, que defiende a los marginados... o el cuerpo glorioso del resucitado que nos abre el camino hacia el Padre... pero entre uno y otro debemos soportar la visión de su cuerpo desfigurado y herido, que nos habla de nuestra fragilidad y nuestra debilidad, de nuestros dolores y nuestras injusticias. 

Pero del mismo modo no queremos apartar la mirada de ningún cuerpo desfigurado, de ningún cuerpo que muere. Se necesita una mirada que soporte la visión de una humanidad que parece rechazada, cuando son los cuerpos de los niños los que mueren, los cuerpos deformados por el mal y violados por la violencia. Se necesita un gran valor para no apartar la mirada, un valor que no viene de nosotros. Solo el Crucificado puede soportar la visión de la humanidad desfigurada. 

Apartar la mirada es un acto de indiferencia, y la indiferencia mata, deja solo al hermano y a la hermana que sufren el dolor y la muerte, la injusticia y la violencia. Cada vez que apartamos la mirada, también somos culpables; mantener la mirada es doloroso, pero a la luz de la cruz, mantener la mirada puede traer una palabra de esperanza, la presencia salvadora de un Dios que lleva sobre sí el dolor del mundo. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 15 de enero de 2026

Una música de recuerdo y de esperanza - el tema principal de “La Lista de Schindler” -.

Una música de recuerdo y de esperanza - el tema principal de “La Lista de Schindler” - 

La banda sonora de la película La lista de Schindler fue compuesta por uno de los más grandes maestros de la música cinematográfica, John Williams. El compositor estadounidense ha compuesto música para todo tipo de películas, desde la ciencia ficción de Star Wars y E.T. hasta las aventuras de Indiana Jones. Por supuesto otras de sus obras que tú recordarás son Tiburón, Jurassic Park, Salvar al soldado Ryan, Superman, Harry Potter 

En esta reflexión te propongo esta música que acompaña a una película dramática, que trata sobre el genocidio de los judíos durante la Segunda Guerra Mundial. 

Vamos a comenzar con una primera audición que tiene incluso un punto ‘añadido’ de emotividad como verás: https://www.youtube.com/watch?v=YqVRcFQagtI&list=RDYqVRcFQagtI&start_radio=1 

La lista de Schindler es una película del director Steven Spielberg, resultado de una producción muy importante y exigente, tanto por los medios empleados como por la dramaturgia del tema tratado. La película es casi en su totalidad en blanco y negro, con la famosa excepción de la niña con el vestido rojo, a la que se ve viva al principio de la película y cuyo cadáver se reconoce más adelante entre un montón de cadáveres. 

En un contexto tan cargado de emoción, la música también tiene una responsabilidad muy importante. No pretendo, por supuesto, analizar la banda sonora de La lista de Schindler, compuesta por John Williams. Mi reflexión seguramente no te ayudará a descubrir sus secretos. Solamente pretendo sugerirte alguna clave para tu audición y disfrute. 

Una buena ocasión para volver a la audición del tema principal de esta música (seguramente también del visionado de la película) puede ser el día 27 de enero. Y te explico la razón. Ese día 27 de enero se conmemora el Día de la Memoria, de la Shoá, del Holocausto. Esa fue la fecha que la ONU designó como Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto para recordar la liberación del campo de Auschwitz-Birkenau en 1945, rindiendo homenaje a los millones de judíos y otras víctimas del nazismo y promoviendo la educación para prevenir futuros genocidios.  

Como bien sabes, la historia dramática del pueblo de Isarel alcanzó su punto álgido milenios después de aquella historia que comenzó con Abraham: en concreto, con las leyes raciales nazis. Y, sin embargo, precisamente en el contexto de la formidable discriminación de la Alemania nazi de 1939, se inserta la increíble historia del empresario alemán Oskar Schindler, quien durante la Segunda Guerra Mundial salvó a unas 1100 personas judías del exterminio, utilizando el pretexto de emplearlas como personal necesario para el esfuerzo bélico en su fábrica de utensilios, la D.E.F. (Deutsche Emaillewaren-Fabrik), situada en Cracovia. 

Toda la historia se dio a conocer al gran público gracias al encuentro entre el escritor australiano Thomas Keneally y el comerciante Leopold Pfefferberg (llamado «Poldek»), un superviviente del exterminio gracias a Oskar Schindler, de quien, tras la guerra, se convirtió en amigo íntimo. Thomas Keneally, impresionado por la historia y tras establecer varios contactos con los demás Schindlerjuden (los «judíos de Schindler»), en 1982 escribió la novela La lista de Schindler, de la que posteriormente se adaptó la famosísima película La lista de Schindler en 1993. 

Entre 1933 y 1945, entre 15 y 17 millones de personas perdieron la vida de forma brutal, hombres y mujeres de todas las edades, sin distinción de ancianos y niños, entre ellos seis millones de judíos. Un grito desgarrador se elevó al cielo y el Dios de Abraham, Isaac y Jacob vio cómo millones de hombres sucumbían bajo el yugo de aquellos a quienes deberían haber llamado «hermanos»: el pecado de Caín se repitió ex novo en la historia de la humanidad con proporciones que podríamos definir como apocalípticas y bíblicas. 

Es ésta la historia del pueblo de Israel, con sus victorias y sus dolores, la que está presente en la música de John Williams para la película La lista de Schindler. 

El tema principal es sin duda la pieza que ha tenido más éxito y podría definirse como el primer tema principal de toda la partitura de esta película: aparece en versión orquestal e interpretada por varios instrumentos solistas en ocho de las trece escenas musicales identificables en la película de Steven Spielberg. 

Es la emotiva escena final de la película con este tema principal: https://www.youtube.com/watch?v=BFP4dDheqHY 

Se trata del tema que evoca a Oskar Schindler y la lista, y por extensión también a todos los judíos que se salvaron gracias a ellos: la versión con el violín solista con toda la orquesta solo se puede escuchar íntegramente en la última escena de la película, en la que los actores acompañan a los verdaderos «judíos de Schindler» que sobrevivieron hasta 1993, en una procesión hacia la tumba de su salvador, con la intención de depositar sobre ella una piedra en señal de profundo agradecimiento. 

La melodía principal aparece por primera vez al comienzo de la película en el momento en que los judíos se ven obligados a abandonar sus hogares y trasladarse al gueto de Cracovia, lo que denota la desolación de los personajes en la pantalla ante las brutales iniciativas de los nazis. 

El tema transmite una sensación completamente diferente por ejemplo en la escena en la que, tras haber sido salvados por la lista, los trabajadores judíos son divididos en dos trenes, uno para las mujeres y otro para los hombres. Po una adversa casualidad, el tren que transporta a las mujeres se detiene en el campo de concentración de Auschwitz en lugar de llegar a la fábrica de Oskar Schindler. 

Este último se enfada y consigue salvar a las pobres mujeres «compradas» por los nazis, que finalmente cruzan las puertas de la fábrica acompañadas por esta melodía: el consuelo y el alivio se expresan en esta sublime música. De hecho, la misma melodía se utiliza para definir situaciones muy diferentes, para describir una intensa tristeza o un profundo consuelo. 

El tema de la lista, de Schindler y de todas las personas judías salvadas, en realidad ha pasado a ser el tema de la esperanza: una esperanza que podría materializarse en alegría, pero que corre el riesgo de convertirse en decepción y sufrimiento. Esta es, en realidad, una fe viva en que un peligro de muerte pueda transformarse en seguridad de vida. 

En otras palabras, la redacción de la lista, representada por este tema musical, permite a los judíos salvarse y seguir experimentando el recuerdo de lo que fue; los nazis no pudieron empañar la memoria identitaria de sus víctimas, una identidad victoriosa incluso después de la tormenta devastadora que representó el Holocausto. 

La redacción de la lista, como bien sabes, es un momento decisivo de toda la narración cinematográfica. Es, lo recordarás, el momento en el que Itzhak Stern bajo el dictado de Oskar Schindler incluye los nombres de todas las personas judías salvadas por el empresario alemán, que «compra» a los trabajadores uno por uno al terrible jefe de las SS Amon Goeth. Es el propio Itzhak Stern, después de escribir el último nombre, quien explica a Oskar Schindler el significado de esa lista salvadora: «Mire, la lista es el bien absoluto, ¡la lista es vida! Alrededor de sus márgenes hay un abismo». 

Un momento sublime de la película es precisamente la elaboración de la lista: https://www.youtube.com/watch?v=r3pqeNLbQBc 

Otro momento, no menos decisivo, es la escena en la que los soldados nazis leen los nombres de la lista y los trabajadores judíos son salvados. Todo está consumado: la lista es la esperanza concretada en la salvación, es la transformación de la muerte en vida. 

Los conceptos de esperanza y recuerdo son esenciales para la historia del pueblo de Israel y, por lo tanto, para los trabajadores judíos salvados por Oskar Schindler. La esperanza y el recuerdo permiten a los ‘schindlerjuden’ resistir a pesar de todo la devastación sufrida. 

De hecho, yo creo que en la película de La lista de Schindler y, más concretamente, en la descripción de la historia de Oskar Schindler, hay algo análogo a la vocación de Abraham en el origen de la historia del pueblo de Israel y a la liberación de Israel de la terrible mano de Egipto por obra de Moisés. 

Porque salvar la vida de 1100 personas —que se convirtieron en 6000 en la época del estreno de la película en 1993, y hoy en día son muchas más— tiene en sí mismo algo sensacional y confirma que incluso en la oscuridad más tenebrosa puede haber un rayo de luz: la esperanza de un futuro radiante y el recuerdo de un pasado que no debe caer en el olvido bajo ningún concepto. 

Para el final te dejo otra audición por ejemplo con esta versión cuya ejecución del violín es lo siguiente a sublime (y seguramente descubrirás porqué): https://www.youtube.com/watch?v=cLgJQ8Zj3AA&list=RDcLgJQ8Zj3AA&start_radio=1

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 30 de octubre de 2025

Hoy se juega la salvación - San Mateo 25, 31-46 -.

Hoy se juega la salvación - San Mateo 25, 31-46 -

Este pasaje del Evangelio según Mateo es la conclusión del discurso escatológico (cf. Mt 24-25), pronunciado por Jesús en Jerusalén en los días previos a su pasión y muerte. 

Abriendo el corazón y pidiendo al Espíritu Santo que actúe en nuestra inteligencia, tratemos de captar en estas palabras de Jesús dónde está para nosotros, aquí y ahora, el Evangelio, la Buena Nueva. «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria, y todos los ángeles con él...». 

Sí, en el horizonte de la historia está la venida del Hijo del hombre, el que viene de Dios, preexistente a la creación del mundo junto a Dios, que con humildad vino al mundo y anunció el Reino con acciones y palabras, que va hacia la pasión y la muerte, pero que vendrá en gloria al final de la historia por un decreto extrínseco a la historia misma, en obediencia a la voluntad del Padre, Señor y Creador del cielo y de la tierra. 

Cuando venga en gloria, aparecerá con todos sus ángeles, criaturas invisibles para nosotros. Así sucedía, según el Antiguo Testamento, la manifestación, la epifanía del Dios vivo: cuando Dios aparece, está rodeado de sus huestes de mensajeros (cf. Dt 33,2) y de sus santos (cf. Zc 14,5). Es «el día del Señor» (cf. Am 5,18.20; Is 2,12; Sof 1,7, etc.), anunciado por los profetas, en el que se manifestará el Venidero, encargado de emitir el juicio sobre toda la historia. Él tiene la apariencia de un «humano» y siendo juez, se sienta en el trono de la gloria, el trono en el que reina el Señor (cf. Sal 9,5.8; 11,4, etc.). 

La visión es grandiosa: ante Él se reunirán todos los pueblos de la tierra, de todos los lugares y de todos los tiempos, ¡toda la humanidad! Se tratará, ante todo, de operar una separación, de discernir entre los humanos, del mismo modo que un pastor debe separar las ovejas de las cabras. 

Si la cizaña ha crecido junto con el trigo, ahora hay que separarla de él (cf. Mt 13,24-30.36-43); si la red ha capturado peces buenos y peces malos, ha llegado el momento de hacer la selección, reteniendo los buenos y arrojando al mar los malos (cf. Mt 13,47-50). 

Esta operación, que el Hijo del hombre realizará como pastor, siempre ha sido anunciada y es necesaria para que la última palabra sobre el mal y el bien obrado por los humanos en la historia sea de Dios: palabra definitiva, palabra de justicia, que contiene en sí misma la misericordia, pero que es al mismo tiempo un juicio. Ay si olvidamos esta realidad que nos espera, confesada por otra parte en el Credo: «Volverá, en gloria, para juzgar a los vivos y a los muertos, y su Reino no tendrá fin». 

Ante este Rey universal, que admite o excluye de su reino, está el mundo entero, la humanidad, los cristianos y los hijos de Israel: ¡todos, verdaderamente todos! Al mismo tiempo, se percibe que el juicio se da a cada persona, hombre y mujer, porque el Rey «rendirá a cada uno según sus obras» (Mt 16,27; cf. Sal 62,13). 

He aquí, pues, la segunda escena, la del juicio propiamente dicho, constituida por un díptico que presenta elementos paralelos: una doble sentencia dictada sobre la humanidad, la primera positiva, la segunda negativa. 

¿Qué considera el Rey sentado en el trono de la gloria para formular su juicio? 

Esto es muy interesante, y creo que poco se ha reflexionado sobre la elección de los motivos de aprobación o de acusación elegidos y proclamados por Jesús. 

No se trata de cuestiones que atañen a la fragilidad de los seres humanos, al mal que han cometido por dejarse llevar por las pasiones humanas. No es que estos no sean pecados, pero en vista de la salvación o la perdición no parecen ser causas de vida o muerte eterna. 

Tampoco se enumeran los pecados contra Dios, como la blasfemia o el incumplimiento del sábado (de las tradiciones religiosas). 

Las faltas que causan la exclusión o la entrada en el Reino son, en cambio, las que se refieren a las relaciones entre los seres humanos, en particular en lo que se refiere a la situación de necesidad o desgracia: el hambre, la sed, la marginación del extranjero, la desnudez, la enfermedad, el cautiverio. 

¿Cómo se han comportado los seres humanos ante estas situaciones? La respuesta a esta pregunta es la base de la bendición o la maldición. 

Por lo tanto, este Rey del universo puede decir: «Venid, benditos de mi Padre, recibid en herencia el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo, porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era extranjero y me acogisteis, estaba desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, estaba en la cárcel y vinisteis a verme». 

Aquí es donde se juega la salvación: en la relación concreta con cada otro ser humano. 

En la tierra ya se lleva a cabo el «proceso», cuando ante quien está en necesidad hacemos algo, lo que podemos y sabemos hacer, o no hacemos nada, porque pasamos de largo ignorando su grito de ayuda. Al final, en el juicio, solo habrá sentencia. 

No es en el culto, ni en la liturgia donde se salva uno, sino en la relación entre los cuerpos, cara a cara, mano a mano, carne que toca carne... 

El amor que Jesús pide no es abstracto, no está hecho de intenciones y sentimientos, no es solo «oración por»: es acción, comportamiento, responsabilidad concreta. Si la liturgia, la oración y los sacramentos no nos llevan a esto, entonces son estériles e inútiles, ya que tienen como fin el amor, el vivir en el amor, el amar incluso al enemigo, al que no es amable (cf. Mt 5,43-48). 

Pero esta sentencia del Rey sorprende y maravilla a aquellos a quienes se dirige. Por eso reaccionan con una pregunta: «¿Cuándo, Señor, hicimos esto y aquello?». 

El asombro de los justos es muy significativo: ¡estos benditos no saben que han sido misericordiosos incluso con Jesús! Y es fundamental no saberlo, porque Jesús, como Dios, es una presencia oculta, esquiva: si no se le reconoce, se realiza la acción con total gratuidad, sin pensar que se ha hecho una obra meritoria que Dios recompensará por estar dirigida al Hijo del hombre. 

La maldad o la bondad de la acción realizada nacen de la forma en que se vive la relación con el hermano o la hermana, y no en referencia al Dios que no se ve. 

Las palabras de la Primera Carta de Juan son siempre instructivas al respecto: «Nadie ha visto jamás a Dios; si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor se perfecciona en nosotros... Si alguien dice: «Amo a Dios» y odia a su hermano, es un mentiroso. Porque quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve» (1 Jn 4,12.20). 

Sí, entre estas personas que están ante el Rey hay algunas que no conocen a Jesús, que nunca han oído hablar de Él: tanto sus discípulos como los que son ajenos al cristianismo, todos son juzgados en función de su relación con los más pequeños, hermanos y hermanas de Jesús, los pequeños y los pobres por excelencia. 

Al final de esta escucha, tal vez nos arden los oídos, porque como oyentes y lectores nos vemos obligados a constatar cuántas veces hemos cometido omisiones, es decir, no hemos hecho el bien: los pecados de omisión son los cargos que se nos imputan en el día del juicio. 

Bendición para quien ha sabido cuidar, con su carne, de la carne de los hermanos y hermanas; maldición para quienes han pasado de largo, tal vez susurrando oraciones, pero sin ver, sin reconocer, sin acercarse al otro que estaba en necesidad. 

Esta página es una gran enseñanza para quienes piensan que pueden amar al Dios que no se ve sin amar al necesitado que se ve... 

Sin embargo, nosotros los cristianos —confesémoslo— no estamos entre los benditos: hay quienes pasan hambre a la entrada de los supermercados, y nosotros solo les damos las monedas que nos sobran en los bolsillos; hay quienes son extranjeros, y pensamos en ellos dando algo superfluo a Cáritas, tal vez para la comida de Navidad, pero nunca los invitamos a nuestra mesa, a nuestra casa, porque eso nos incomoda demasiado; hay quienes están desnudos, y como mucho les damos ropa que ya no usamos, que consideramos indigna de estar en nuestros armarios llenos; hay quienes están en la cárcel, y ni se nos ocurre ir a visitarlos, porque no los conocemos y porque pensamos que se lo han ganado. 

¿No será hipocresía la nuestra? El juicio del Rey lo demostrará. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 20 de octubre de 2025

Lo más grande es el amor.

Lo más grande es el amor 

Para mantener un equilibrio saludable frente a las realidades de la vida, necesitamos distanciamiento, porque solo desde lejos se pueden ver los objetos en su totalidad. El distanciamiento requiere pérdida. Es un camino de liberación hacia la libertad. 

Y en este camino de liberación resulta útil la auto-ironía, donde no tomarse demasiado en serio a uno mismo es una válvula de objetividad; nunca dejemos de reírnos de nosotros mismos. Quien capta el aspecto cómico de las cosas es inteligente; quien no, es autocrítico, es decir, rígido (y a menudo también insoportable). Por lo tanto, necesitamos abstenernos de las cosas que nos hacen perder el contacto con la evaluación serena de la realidad. 

Es necesario abstenerse de lo que nos atonta, de lo que nos embrutece o nos congestiona. La relación directa con Dios en la oración es capaz de relativizarnos, de ponernos en nuestro lugar. Es un camino de verdad. Es muy útil medirnos con la única tautología significativa: Dios es Dios. 

Las tautologías en general no son relevantes, pero esta es una tautología que tiene un significado profundo. Repetir «Dios es Dios» es muy importante y se le pueden dar varios acentos. 

Dios es Dios, Él, no nosotros. Dios es Dios, es decir, Dios no es algo pequeño... estar ante Él y recuperar nuestro lugar en la realidad para recalibrar la percepción de los dramas, de los miedos, es un camino sano hacia el equilibrio. 

Y hemos de recuperar una santa pereza: esa actitud por la que hay cosas en las que ser perezosos, es decir, todos los esfuerzos inútiles que debemos saber evitar. Como hay una santa avaricia que significa mantener siempre el contacto con la verdadera riqueza, la percepción de lo que es realmente valioso. También hay que beneficiarse de una santa superficialidad, para ser menos feroces en el análisis de las cosas, es decir, menos minuciosos y pedantes. Prestar atención a los detalles se convierte en una tortura. 

Es sabio creer y vivir según la máxima «a cada día le basta su pena» que, traducida, quiere decir que cada día tendremos la gracia para afrontar el reto de ese día. El mañana siempre será diferente de lo que pensamos, porque lo que pensamos es principalmente una proyección; reproducimos los traumas ya vividos en la pantalla del futuro y es bueno mantener los pies en el presente. 

Además, hay que practicar el arte de interrumpirse, de saber liberarse de los planes. Y también existe el arte de contradecirse. Nadie que no cambie de opinión puede madurar más de lo que es. Nadie que no cuestione lo que ha afirmado puede aprender algo nuevo. 

Todo este itinerario tiene un destino que coincide con el origen. ¿Cuál es la urgencia de este camino? El objetivo es la misericordia. En cierto sentido, identificar ese destino con todo el recorrido es responder a la pregunta: «¿A quién beneficia?». Que se trabaje en el equilibrio, la empatía y la misericordia. Un enfoque sin absolutos ni trivializaciones favorece la serenidad y el desapego necesarios para la comunión fraterna. 

Aclaro un punto vital: ¿qué es imprescindible en la vida cristiana? ¿Qué es lo que más importa? ¿Cuándo se puede afirmar que un camino espiritual ha llegado a buen puerto? ¿Qué debemos alcanzar en nuestro crecimiento espiritual? 

Sin lugar a dudas, la misericordia. Un cristiano sin misericordia no es cristiano. Sin misericordia, todo es falso y está lejos de Dios, que es misericordia en sí mismo. 

Precisamente la subestimación de este centro existencial puede generar un grande problema. Yo creo que el más grande. Cuando se tienen otras prioridades, comienzan las patologías. 

Solo la misericordia deja a las personas en el centro. Si el centro se convierte en la verdad, la justicia o la perfección personal, las cosas cambian y se pierde la relación con lo real, porque estos no son centros auténticos. 

A menos que por verdad entendamos el amor; a menos que por justicia entendamos la misericordia; a menos que por perfección personal entendamos el amor, el perdón, la capacidad de amar. 

Al final, necesitamos percibir la importancia de ese objetivo. ¿En nombre de qué relativizarse? En nombre del santo temor de volvernos incapaces de doblegarnos al amor; acto que siempre requerirá relativización y capacidad de adaptarse a la realidad, a las situaciones, al bien ajeno. 

Vivir de esta manera requiere flexibilidad. Criar a una nueva generación en la misericordia requiere saber escuchar y saber doblegarse a la realidad del otro; entrar en su dimensión, dejar de lado nuestra estatura, compostura y postura. 

Cuando hablamos de misericordia, como cada vez que hablamos de amor, hay muchos malentendidos, muchas mistificaciones. Normalmente tenemos una mistificación de fondo que es la de confundir el amor y la misericordia con actitudes personales o aspectos del carácter. No hablo de este tipo de realidad. 

O pensar que el amor es cualquier tipo de movimiento que va de mí hacia el otro, cualquier tipo de afecto. Debemos recordar por qué los cristianos eligieron palabras diferentes para hablar del amor de Jesús, para hablar del amor que fue anunciado y promulgado por Jesús en su Año de Gracia. 

Si los latinos tenían la palabra amor, ¿por qué los cristianos eligieron “caritas” para referirse al amor? ¿Por qué utilizar un término tan inusual? Los griegos tenían otros términos, “philia”, “eros” ... ¿por qué los cristianos eligieron “agape” para explicar este tipo de amor? 

Porque el amor del que hablamos no es el amor humano simple e instintivo y, para ser claros, el amor humano no es el amor de Dios. Dios ama de una forma que no era posible ni comprensible si no era descendiendo del Cielo. Requería encarnarse, morir en la Cruz para mostrar el rostro del Padre y, de esta manera, proclamar la vida y darnos su Espíritu Santo. 

El amor cristiano coincide con el Espíritu Santo, nace de la gratitud y del amor de Jesús, que está agradecido al Padre. Él, que siendo Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, es pura gratitud, y todo el amor que nos tiene brota del amor que tiene al Padre, y nosotros somos amados en una dimensión que nos hace entrar directamente en la corriente de amor interna a la Santísima Trinidad. 

Lo que recibimos en la misericordia de Dios es su verdadera naturaleza, no es fruto de nuestra psique, no es fruto de nuestro esfuerzo, no es algo tan ridículo y tan pobre como lo que la naturaleza humana puede producir. Por eso se define como virtud teologal. Solo Dios puede generarla en el hombre. 

Por eso no solemos encontrar mejores palabras que aquellas del Capítulo 13 de la Primera Carta de San Pablo a los Corintios: el himno a la caridad. 

Esa página cristiana es una gran obra de relativización realizada por San Pablo.  Ni siquiera conocer todas las lenguas, ni siquiera tener una sabiduría que conoce todos los misterios es nada frente al amor. 

Tener una fe capaz de mover montañas, pero no tener amor... tampoco. ¿Es posible tener fe sin tener amor? Según San Pablo, sí. 

¿Es posible tener muchos dones, muchos carismas, muchas cosas, muchas características maravillosas, humanas o cristianas, pero no tener amor? Es trágicamente posible. 

He aquí, esto es lo verdaderamente absoluto: el amor. Todo lo demás es vanidad

También porque incluso los demonios creen en Dios (cf. Santiago 2, 19). 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Transfigurarse en el Espíritu a imagen de Cristo.

Transfigurarse en el Espíritu a imagen de Cristo   La transfiguración es uno de los acontecimientos más misteriosos de la vida de Jesús. El ...