jueves, 10 de septiembre de 2026

Cada uno de nosotros somos hijos de un perdón original - San Mateo 18, 21-35 -.

Cada uno de nosotros somos hijos de un perdón original - San Mateo 18, 21-35 -

La palabra «perdón» está muy manida. Al igual que la palabra «amor».

 

«¿Perdona usted?», pregunta sin reparos el periodista a quien, tal vez, ha sido víctima de un abuso o de una violencia. .

 

«Perdono, pero no olvido», reconocemos, a veces, con franqueza.

 

«Perdono, pero no olvido», afirmamos cuando el bálsamo del olvido no forma parte de nosotros.

 

El camino hacia la madurez está marcado por no pocas situaciones conflictivas, a veces incluso por motivos muy tontos.

 

La historia de Caín y Abel, que tiene su origen en la envidia por un trato diferente, está ahí como recuerdo perenne para todas las generaciones venideras.



A menudo pensamos en nuestra propia vida como esa realidad a la que tantos le deben algo: casi como si el partido se jugara solo en el terreno de lo que se recibe.

 

De hecho, no son pocas las veces en que nuestras vidas están amargadas porque nos parece que no hemos recibido lo que, según nuestras legítimas expectativas, nos correspondía.

 

Pero el Evangelio va más allá al ayudarnos a comprender que nuestra vocación es convertirnos en constructores de la humanidad. Por eso no basta con preguntarse «¿quién cuida de mí?»

 

De hecho, uno se hace adulto no cuando se pasa la vida quejándose por no haber tenido un padre sino cuando se toma conciencia de que a nosotros, en primer lugar, se nos han confiado otros para que los cuidemos.

 

¿Y hasta cuándo estoy obligado a cuidar del otro?, pregunta el Pedro de turno. ¿Hasta siete veces, creyendo ya que he sido lo suficientemente generoso?



Porque —parece decir Pedro— sin duda es hermoso ser capaz de perdonar, pero la verdadera naturaleza del hombre es poner un límite y volver por fin a mostrar su carácter.

 

Desde que el mundo es mundo, no se vive la vida siguiendo una lógica perdedora y dejando que el otro se imponga. Hay un límite para todo, sugiere de nuevo Pedro: ir más allá sería una capitulación, una imprudencia e, incluso, una injusticia.

 

Y, sin embargo, según lo que cuenta Jesús con la parábola del siervo malvado, nosotros, antes incluso de ser hijos de una culpa original que, en mayor o menor medida, exige una reparación, somos hijos de un perdón original.

 

Somos hijos, es decir, no de un acto debido, sino de la pura gratuidad del amor del Padre.

 

Por eso, nuestra identidad constitutiva no consiste en tener la última palabra sobre el otro, sino en no dejar nunca de cuidarlo, pase lo que pase, porque así lo ha hecho Dios con nosotros.

 

El mal, de hecho, no se repara infligiendo más mal.

 

Si respondo a la ofensa con otra ofensa igual, no hago más que elevar el nivel de violencia.

 

Las heridas no se curan hiriendo a nuestra vez.

 

Por eso, la propuesta del perdón se dirige a quien ha sufrido el mal, porque está llamado a ser grande de corazón. Las simetrías del odio, de hecho, deben romperse.



¿No debías tú también tener piedad?

 

He aquí el quid de la cuestión: hacer lo que hace Dios, quien siempre tiene el valor de adelantarse a los acontecimientos porque, incluso antes de pasar página sobre lo que ha sido, nos permite proyectar lo que tenemos por delante.

 

El perdón es la defensa obstinada del bien.

 

El perdón es permanecer fieles al proyecto de Dios sobre la humanidad sin dejar que la mente y el corazón se vean intoxicados por el engaño presuntuoso de la violencia.

 

Setenta veces siete, es decir, de forma ilimitada e incondicional.

 

El perdón es más un estilo de vida que un acto ligado a la transgresión; es una forma de comportarse ante el otro y ante su debilidad, que no surge exclusivamente a raíz de la caída, sino que, más bien, a veces puede impedirla, porque es un estilo de bondad, comprensión y magnanimidad, el estilo de quien no se fija en lo que el otro merece, ni se escandaliza ante su miseria.

 

¿Por qué? Porque la persona misericordiosa no puede olvidar que ella misma ha caído tantas veces sin ser condenada.

 

Preguntarse si, en un mundo de venganzas crueles, de represalias directas o indirectas, de lenguaje violento, de odios que se arrastran durante años, tiene sentido el perdón, sería como preguntarse si, en un periodo de gran sequía, tiene sentido la lluvia.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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