jueves, 10 de septiembre de 2026

La misericordia es vida - San Mateo 18, 21-35 -.

La misericordia es vida - San Mateo 18, 21-35 -

El capítulo 18 del Evangelio de San Mateo tiene como tema la Iglesia. Desde un punto de vista general, lo interesante es que, cuando Jesús habla de la Iglesia, no piensa en la jerarquía ni en la institución, sino en la relación entre hermanos dentro de la comunidad.

 

Por lo demás, sabemos bien cuánta atención prestaba Jesús al diálogo cotidiano con sus discípulos, hasta el punto de que, tras cada parábola, les dedicaba tiempo para explicarles los pasajes, de modo que pudieran comprenderla.

 

Es desde esta perspectiva, pues, desde la que hay que leer este pasaje del Evangelio, porque su contenido revela un aspecto que, para Jesús, es fundamental que esté presente en la comunidad: el perdón.

 

El reino de los cielos se asemeja a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos.

 

La parábola que cuenta Jesús sirve para explicar el misterio de la misericordia.

 

Son dos episodios que se superponen y provocan un contraste estridente. Dos episodios con un contenido y una dinámica similares, pero con un desenlace opuesto. Mientras que en el primer caso el hombre que suplica al señor obtiene el perdón, en el segundo no. Conclusiones diferentes, pero relacionadas entre sí.

 

De hecho, en la parábola se encuentra la explicación a la pregunta de Pedro que aparece al principio del pasaje: Pedro se acercó a Jesús y le dijo: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tendré que perdonarle? ¿Hasta siete veces?». Y Jesús le respondió: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

 

No solo está en juego el problema del perdón, que de por sí no es sencillo, sino también la repetitividad del gesto: setenta veces siete, es decir, siempre.

 

¿No debías tú también haber tenido piedad de tu compañero, así como yo he tenido piedad de ti?

 

Este versículo es el núcleo de toda la parábola: debemos perdonar a nuestros hermanos porque nosotros mismos hemos sido perdonados. Nuestra vida de fe nace de una elección de misericordia de Dios hacia la humanidad.

 

La propia creación es un acto de amor que manifiesta el sentido de la vida como una salida de uno mismo hacia los demás. Perdonar significa, desde esta perspectiva, colaborar en el proyecto creador de Dios, que desea la vida para todos y todas.

 

Cada vez que no perdonamos a nuestro hermano o hermana, no permitimos la posibilidad de un nuevo comienzo y provocamos caminos de desesperación. Por el contrario, el perdón permite a la persona afectada levantarse para retomar el camino. La misericordia es vida.


Si es cierto, además, que estamos llamados a perdonar porque primero hemos sido perdonados, la falta de perdón hacia nuestros hermanos pone en tela de juicio la autenticidad de nuestro camino de fe.

 

Quien no perdona está lejos del Evangelio porque no está permitiendo que el Espíritu Santo entre y actúe. De hecho, uno de los aspectos más significativos del Espíritu Santo es que, en todos aquellos que lo acogen con fe, reproduce en nosotros los mismos rasgos de la humanidad de Jesús.

 

En otras palabras, el Espíritu Santo nos cristifica, como dice San Pablo cuando, en la Carta a los Gálatas, afirma: «¡Hijos míos, a quienes vuelvo a dar a luz entre dolores hasta que Cristo se forme en vosotros! (Gálatas 4,19). Y entre los rasgos de la humanidad de Jesús que el Espíritu forma en nosotros se encuentra, sin duda, el perdón y la misericordia. Por eso podemos afirmar con toda seguridad que quien no perdona a su hermano y a su hermana de la comunidad está muy lejos de Cristo.

 

El rencor y la ira son cosas horribles, y el pecador las lleva dentro. Quien se venga sufrirá la venganza del Señor, que siempre tiene presentes sus pecados. (Eclo 27,33s).

 

El tema del perdón lo encontramos en una forma avanzada, es decir, muy similar a los argumentos del Evangelio, también en algunos pasajes del Antiguo Testamento.

 

Sabemos que el tema de la venganza y la lógica del «ojo por ojo y diente por diente» fue uno de los ejes de la ley mosaica; sin embargo, poco a poco, también a través de la predicación profética, la reflexión bíblica llega a percibir la importancia del perdón como manifestación de la misericordia de Dios.

 

Los versículos del libro del Eclesiástico, que, por cierto, es muy reciente y casi contemporáneo a Jesús, demuestran este camino espiritual. Perdona la ofensa a tu prójimo y, por tu oración, te serán perdonados los pecados.

 

Existe la percepción de que el perdón de los pecados influye en la vida espiritual: ¿por qué? Cada vez que perdonamos colaboramos en el proyecto creador de Dios y no interrumpimos el deseo de vida que brota de Él, deseo que queda bloqueado cuando la persona se endurece en sus posiciones y no perdona.

 

La verdadera espiritualidad, por tanto, aquella que nace del encuentro con Jesús, conduce al perdón y a la misericordia y, cuando esta se pone en práctica, regenera a la comunidad.

 

Él perdona todas tus culpas, sana todas tus enfermedades, salva tu vida de la fosa, te rodea de bondad y misericordia (Sal 102).

 

Incluso las palabras del Salmo nos recuerdan la acción del Señor en nuestra vida, que nos perdona y nos salva de la fosa para que tengamos vida en abundancia.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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