La misericordia es vida - San Mateo 18, 21-35 -
El capítulo 18 del Evangelio de San Mateo tiene como tema la Iglesia. Desde un punto de vista general, lo interesante es que, cuando Jesús habla de la Iglesia, no piensa en la jerarquía ni en la institución, sino en la relación entre hermanos dentro de la comunidad.
Por lo demás, sabemos bien cuánta atención prestaba
Jesús al diálogo cotidiano con sus discípulos, hasta el punto de que, tras cada
parábola, les dedicaba tiempo para explicarles los pasajes, de modo que
pudieran comprenderla.
Es desde esta perspectiva, pues, desde la que hay que
leer este pasaje del Evangelio, porque su contenido revela un aspecto que, para
Jesús, es fundamental que esté presente en la comunidad: el perdón.
El reino
de los cielos se asemeja a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos.
La parábola que cuenta Jesús sirve para explicar el
misterio de la misericordia.
Son dos episodios que se superponen y provocan un
contraste estridente. Dos episodios con un contenido y una dinámica similares,
pero con un desenlace opuesto. Mientras que en el primer caso el hombre que
suplica al señor obtiene el perdón, en el segundo no. Conclusiones diferentes,
pero relacionadas entre sí.
De hecho, en la parábola se encuentra la explicación a
la pregunta de Pedro que aparece al principio del pasaje: Pedro se acercó a Jesús y le dijo: «Señor, si mi hermano me ofende,
¿cuántas veces tendré que perdonarle? ¿Hasta siete veces?». Y Jesús le
respondió: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
No solo está en juego el problema del perdón, que de
por sí no es sencillo, sino también la repetitividad del gesto: setenta veces
siete, es decir, siempre.
¿No
debías tú también haber tenido piedad de tu compañero, así como yo he tenido
piedad de ti?
Este versículo es el núcleo de toda la parábola: debemos
perdonar a nuestros hermanos porque nosotros mismos hemos sido perdonados.
Nuestra vida de fe nace de una elección de misericordia de Dios hacia la
humanidad.
La propia creación es un acto de amor que manifiesta
el sentido de la vida como una salida de uno mismo hacia los demás. Perdonar
significa, desde esta perspectiva, colaborar en el proyecto creador de Dios,
que desea la vida para todos y todas.
Cada vez que no perdonamos a nuestro hermano o
hermana, no permitimos la posibilidad de un nuevo comienzo y provocamos caminos
de desesperación. Por el contrario, el perdón permite a la persona afectada
levantarse para retomar el camino. La misericordia es vida.
Si es cierto, además, que estamos llamados a perdonar porque primero hemos sido perdonados, la falta de perdón hacia nuestros hermanos pone en tela de juicio la autenticidad de nuestro camino de fe.
Quien no perdona está lejos del Evangelio porque no
está permitiendo que el Espíritu Santo entre y actúe. De hecho, uno de los
aspectos más significativos del Espíritu Santo es que, en todos aquellos que lo
acogen con fe, reproduce en nosotros los mismos rasgos de la humanidad de
Jesús.
En otras palabras, el Espíritu Santo nos cristifica,
como dice San Pablo cuando, en la Carta a los Gálatas, afirma: «¡Hijos míos, a quienes vuelvo a dar a
luz entre dolores hasta que Cristo se forme en vosotros! (Gálatas
4,19). Y entre los rasgos de la humanidad de Jesús que el Espíritu forma en nosotros
se encuentra, sin duda, el perdón y la misericordia. Por eso podemos afirmar
con toda seguridad que quien no perdona a su hermano y a su hermana de la
comunidad está muy lejos de Cristo.
El rencor
y la ira son cosas horribles, y el pecador las lleva dentro. Quien se venga
sufrirá la venganza del Señor, que siempre tiene presentes sus pecados. (Eclo
27,33s).
El tema del perdón lo encontramos en una forma
avanzada, es decir, muy similar a los argumentos del Evangelio, también en
algunos pasajes del Antiguo Testamento.
Sabemos que el tema de la venganza y la lógica del «ojo
por ojo y diente por diente» fue uno de los ejes de la ley mosaica; sin
embargo, poco a poco, también a través de la predicación profética, la
reflexión bíblica llega a percibir la importancia del perdón como manifestación
de la misericordia de Dios.
Los versículos del libro del Eclesiástico, que, por
cierto, es muy reciente y casi contemporáneo a Jesús, demuestran este camino
espiritual. Perdona la ofensa a tu
prójimo y, por tu oración, te serán perdonados los pecados.
Existe la percepción de que el perdón de los pecados
influye en la vida espiritual: ¿por qué? Cada vez que perdonamos colaboramos en
el proyecto creador de Dios y no interrumpimos el deseo de vida que brota de
Él, deseo que queda bloqueado cuando la persona se endurece en sus posiciones y
no perdona.
La verdadera espiritualidad, por tanto, aquella que
nace del encuentro con Jesús, conduce al perdón y a la misericordia y, cuando
esta se pone en práctica, regenera a la comunidad.
Él
perdona todas tus culpas, sana todas tus enfermedades, salva tu vida de la
fosa, te rodea de bondad y misericordia (Sal 102).
Incluso las palabras del Salmo nos recuerdan la acción
del Señor en nuestra vida, que nos perdona y nos salva de la fosa para que
tengamos vida en abundancia.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF



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