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viernes, 16 de enero de 2026

Y, sin embargo y a pesar de todo, hay sueño evangélico por el ecumenismo.

Y, sin embargo y a pesar de todo, hay sueño evangélico por el ecumenismo

Tal vez no haya que andarse con rodeos. 

El clima que nos atenaza en este momento de la historia del mundo se extiende también al camino ecuménico que las Iglesias cristianas están recorriendo con complejidades y dificultades. 

La pasión por la unidad visible de los cristianos se mantiene viva gracias a los últimos mohicanos del sueño ecuménico. 

Fuera de ellos, de esos últimos mohicanos, indiferencia o, como mucho, una leve curiosidad, la de las excursiones curiosas, que duran justo lo que dura la excursión de la curiosidad en la que se suspende el programa habitual… 

En la semana de la unidad de los cristianos parece que todo es diferente: se elevan oraciones, se multiplican los encuentros, se muestra interés por el otro… 

Luego, una vez finalizada, los comentarios subrayan la imposibilidad de vivir a la manera del otro, lo exótico de sus gestos, la estrechez de sus horizontes. 

Todo ello, junto con una nota de simpatía: al fin y al cabo, no estamos tan mal divididos. 

Quizás, durante el resto del año, habrá otras —pocas— ocasiones en las que la otra Iglesia volverá a asomar la cabeza, despertando por un momento la misma curiosidad (y el mismo rechazo), sin afectar al buen tono ecuménico de las declaraciones oficiales. 

Por supuesto, algunos gritarán que no debemos malvender nuestro patrimonio, que el diálogo no significa ignorar las razones de la diferencia, que la melaza ecuménica es un signo de decadencia. 

Sin embargo, la mayoría ni siquiera percibirá el problema: disputas de otros tiempos, de las que se escapa prácticamente todo y que hay que dejar a los expertos en teología. 

Y quienes no desisten en la búsqueda de la reconciliación de las diferencias intentarán hacer oír su voz —¡un silencio un poco demasiado sutil!— y recordar los enormes avances logrados en las últimas décadas, señalando los beneficios de ese laborioso pero rico enfrentamiento. 

Que, sin embargo, en realidad, no consigue ir más allá de gestos simbólicos, documentos y declaraciones sin grandes consecuencias. 

Salvo algunas excepciones, la melodía ecuménica suena plana, débil. Y no porque falten razones reales para perseguir el diálogo, que justifiquen el hecho de que las Iglesias se rindan. 

Al contrario, las razones para apostar por el ecumenismo son cada vez más fuertes, en un contexto social fragmentado y polarizado, reducido a bandos opuestos, con las iglesias tentadas, a su vez, de adoptar esta lógica autorreferencial, dispuestas a proclamar su propia verdad y a denigrar la de los demás. 

El ecumenismo se presta a ser un interesante laboratorio para desarrollar modelos de convivencia entre diferentes y para liberar a las Iglesias de la deriva apologética-polémica, de modo que puedan reencontrar el camino de la conversión evangélica, imposibilitada por la actitud defensiva, demasiado cercana a los fariseos de las narraciones evangélicas. 

Entonces, ¿qué hacer? ¿Cómo afrontar nuestro tiempo, en el que la urgencia del ecumenismo choca con un desinterés generalizado de los creyentes, reducido a la cansina repetición de acontecimientos ocasionales? 

No es una pregunta con respuesta individual. Es una pregunta que interpela a las Iglesias, empezando por las nuestras. Y para mantener viva la atención y la tensión ecuménica, nos pueden ayudar dos escenas evangélicas. 

1.- La de la higuera sin frutos (Lucas 13, 6-9): sobre todo hoy, en un mundo que quiere resultados, beneficios inmediatos, una realidad incapaz de producirlos debe ser eliminada, para dejar espacio a otras iniciativas más productivas. 

Sin embargo, la parábola evangélica, en coherencia con todas las Escrituras, evoca la posibilidad de una segunda oportunidad: «Señor, déjalo todavía este año; lo cavaré alrededor y le pondré abono. Quizás dé fruto en el futuro; si no, lo cortarás». 

El proyecto ecuménico puede tener una segunda oportunidad, pero esto depende de la tenacidad con la que nos comprometamos, dedicándonos a ese proyecto independientemente del resultado. En la historia, lo sabemos bien, el «quizás» del resultado sigue siendo ineludible. 

2.- La segunda escena podría ser la imagen de los Magos: «En Oriente hemos visto aparecer su estrella y hemos venido aquí para honrarlo» (Mateo 2, 2). 

Esa mirada que no se apropia de la luz, sino que la busca, que impulsa el camino —un camino comunitario, no individual— es la condición para encontrar a Cristo, para dejarse guiar por su estrella. 

Lo que está en juego en el ecumenismo es nada menos que el redescubrimiento de la fe, de esa palabra evangélica que no nos convierte en dueños de la verdad, sino en sus discípulos y discípulas. 

La higuera y la estrella: dos símbolos que nos hacen pensar y nos incitan a apostar de nuevo, con creatividad e imaginación, por el sueño ecuménico. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El ecumenismo como don y tarea.

El ecumenismo como don y tarea

Cuando pienso en la esperanza para el presente y el futuro de las Iglesias, no puedo dejar de mencionar el ecumenismo, ese movimiento que ha instado a las Iglesias a abandonar una visión competitiva de la fe para descubrir lo inédito del Espíritu. 

El ecumenismo es como un puente que reabre un camino interrumpido. El puente ya está construido, aunque, de vez en cuando, nos encontramos con obras que parecen ralentizar el camino. 

Tal vez haya quien quiera hacernos creer que ese puente no lleva a ninguna parte y que, al contrario, no solo añade más actividades a la ya apretada agenda eclesial, sino que crea confusión, una Babel de Iglesias, liturgias, teologías... 

O quizá haya quien diga que el ecumenismo es para los expertos, y ciertamente no para los fieles comunes. 

Y, sin embrago, hasta seguramente el ecumenismo es una teofanía, una experiencia de revelación; es el acontecimiento más creativo del Espíritu de nuestra época. 

Porque arranca a las Iglesias de las divisiones en las que corren el riesgo de quedar atrapadas; abre puertas o ventanas o rendijas y deja entrar la luz del Evangelio en los lugares más recónditos. 

Han pasado más de cien años desde que, en Edimburgo, creyentes de diferentes confesiones cristianas, reunidos en un congreso, se interrogaron sobre el escándalo provocado por las divisiones entre las iglesias. ¿Cómo se puede anunciar al único Cristo y hacerlo en la división? 

De aquella denuncia surgió el movimiento ecuménico, que tiene como objetivo superar esta situación de Iglesias en conflicto, realizando gestos de reconciliación e invocando la unidad en la fe. 

Unas pocas décadas de diálogo entre las Iglesias son realmente muy poco en comparación con los siglos de fracturas, conflictos y excomuniones. Sin embargo, cuántas cosas han cambiado en nuestra percepción del otro. 

Lo que hoy parece tan natural, como reunirnos entre personas de diferentes confesiones religiosas, no sucede por casualidad, sino que ha sido posible gracias a quienes, en las generaciones anteriores, creyeron en esta posibilidad y crearon las condiciones para que sucediera. 

Ciertamente, es el Señor quien abre posibilidades inesperadas, pero a nosotros se nos ha confiado la responsabilidad de llevar a Él los lugares y las personas cerradas, para que puedan ser abiertos por la fuerza del Espíritu. 

No temo por el futuro de nuestras Iglesias, si el espíritu ecuménico sigue soplando. Estoy convencido de que, si sabemos dejarnos guiar por esta fuerza espiritual, veremos crecer nuestras realidades en el amor y en el compartir y seremos cada vez más testigos creíbles de Dios. No tengo miedo porque creo que la fuerza del Espíritu se encuentra también en el camino ecuménico. 

Apuesto por tener esperanza. Espero los cambios que el ecumenismo suscitará en nuestras realidades eclesiales. El Espíritu del Señor está obrando incluso cuando no logramos percibirlo: He aquí que voy a hacer algo nuevo; está a punto de brotar; ¿no lo reconocéis? Isaías 43,19. 

La esperanza es una experiencia espiritual que se concreta en el camino ecuménico que las Iglesias están recorriendo juntas. Un camino que podemos elegir interrumpir o continuar, convirtiéndonos en relevos, en atletas que corren hacia la meta de la unidad. 

Se han dado numerosos pasos adelante en el camino del diálogo y del reconocimiento mutuo. Las Iglesias han aprendido a hablarse y a escucharse. Los hermanos separados se han descubierto hermanos reencontrados, en camino hacia una unidad en la que las diferencias son reconocidas, acogidas y no demonizadas. El objetivo, por tanto, es una comunión en la diversidad. 

Nadie dice que este camino sea fácil, sencillo… Las dificultades en el diálogo son muchas. Y no deben silenciarse. Sin embargo, la esperanza ecuménica ayuda a las Iglesias a salir de su autorreferencialidad para reconocerse compañeras de camino en el seguimiento del mismo Señor Jesucristo. 

Las Iglesias, a lo largo del camino ecuménico, están aprendiendo a abandonar un lenguaje apologético y contrapositivo para intentar anunciar la fe a partir del Evangelio. 

Ya no se trata, pues, de un anuncio destinado a explicar por qué no somos católicos u ortodoxos o protestantes…, sino más bien, en sentido positivo, de la preocupación por contar lo que el Espíritu ha dicho y sigue diciendo a las Iglesias. 

Es el Señor quien actúa, y el ecumenismo es esa forma especial que conduce a Cristo y su Espíritu a las Iglesias cerradas incapaces de comunicarse entre sí. 

No tengo miedo porque el Espíritu ecuménico ya ha soplado sobre las Iglesias y las ha cambiado para siempre. No tengo miedo porque he descubierto que formo parte de una gran familia formada por muchas Iglesias hermanas. No tengo miedo porque veo las cosas nuevas que el Señor ha hecho entre nosotros. 

Por eso, doy gracias a Dios por haberme hecho descubrir que no somos hijos únicos en la fe sino hermanos y hermanas de la misma fe. Todos somos un poco más ricos en este redescubrimiento del otro y de su diversidad. 

El ecumenismo 

es viento de conversión, es esa forma particular de vivir la fe abierta a las instancias de la otra tradición cristiana, 

es el puente que nos lleva a descubrir la riqueza del otro, que reabre caminos interrumpidos y nos reconecta más firmemente con el Evangelio, 

es un llamamiento a la conversión, una invitación dirigida a todas las Iglesias a poner a Cristo en el centro, 

es descubrir que, si no soy capaz de volver a Él por mí mismo, puedo contar con hermanos y hermanas de confesión diferente a la mía, que me apoyarán para que pueda encontrar esas manos bendecidas, 

es una experiencia de sanación que devuelve el aliento espiritual, 

es una ventana en una habitación que ha estado cerrada durante mucho tiempo, 

es una apertura al mundo, para que el mundo crea. 

La Iglesia es Iglesia solo cuando está habitada por personas diferentes que se reconocen hermanos y hermanas en Cristo. De lo contrario, está incompleta. 

Y por eso el ecumenismo es la posibilidad de aprender a ver con la mirada de Dios, que nos quiere unidos en la diferencia. Y no solo con la generación de nuestros contemporáneos, sino también con las pasadas y las futuras. 

Creo que a nuestros padres y madres en la fe les debemos todo lo que nos han transmitido, pero también el peso de algunas decisiones eclesiásticas que tienen consecuencias en nuestra forma de ser Iglesia. Los errores que cometemos los pagan las generaciones futuras. Debemos ser muy conscientes de ello. ¿Cómo será la Iglesia que entregaremos a las generaciones venideras? 

Por mi parte, me gustaría dejar a quienes vengan después de mí una Iglesia mejor, más acogedora que la que encontré, unida en la diversidad; una Iglesia que no tema las mil liturgias para alabar a Dios, una Iglesia colorida, que atraiga no con el miedo a las llamas del infierno, sino con el encanto que emanan aquellos que perfuman el Evangelio. Personas fragantes como el pan recién horneado. 

Me gustaría dejar en herencia una Iglesia más audaz y valiente, menos preocupada por reivindicar y defender sus espacios, y más atenta a dar voz a quienes no la tienen. 

El Señor, a través de la esperanza ecuménica, nos dice a todos: ¡ábrete a la esperanza de lo alto! Hay mucho trabajo por hacer para vigilar las injusticias y sanar el mundo. 

No estamos solos. Nos acompaña el Espíritu de Jesús y la presencia de muchos hermanos y hermanas y de muchas comunidades cristianas. ¡Abrámonos a la esperanza del Reino! 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 12 de diciembre de 2025

¿Y qué decimos cuando confesamos “Creo la Santa Iglesia Católica”?

¿Y qué decimos cuando confesamos “Creo la Santa Iglesia Católica”?

¿Qué significa «católica»? La palabra «católica» significa «universal» en el sentido de «según la totalidad» o «según la integridad» - Catecismo de la Iglesia Católica) -. 

La Iglesia es universal... una palabra enorme que evoca el Universo, todo. La Iglesia es «según la totalidad», una palabra ambigua que evoca el todo... y que me parece siempre dispuesta a deslizarse hacia el totalitarismo y sus formas… 

Adoro lo particular, amo lo parcial, los matices, los fragmentos, las periferias... Y solo consigo vislumbrar el todo cuando se narra poéticamente a partir de un fragmento. 

En el mismo Catecismo se encuentra que (la Iglesia) es católica porque en ella está presente Cristo. «Donde está Cristo Jesús, allí está la Iglesia católica». 

La pregunta no es tanto «¿qué significa que la Iglesia sea católica?», sino... si la Iglesia es católica porque Cristo está presente en ella: ¿dónde está Cristo hoy? ¿Dónde lo encuentro? ¿Cuáles son las experiencias católicas, es decir, universales, que abarcan la totalidad de los seres humanos? Porque la palabra «católica» hace referencia a una Iglesia más grande, más allá de las fronteras. 

No es tanto la Iglesia la que deba decirse a sí misma que es católica, sino descubrir la catolicidad de Cristo en el mundo. Me parece que esta es la nueva tarea de la Iglesia, ir en busca de la presencia de Cristo en experiencias que no son inmediatamente religiosas y descubrir así que su imaginación es más grande que nuestros esquemas. 

¿Y dónde buscar a Cristo hoy? Esa es la pregunta. 

La primera respuesta es: no solo en el recinto de lo conocido. 

Cristo no puede ser rehén de nuestras tradiciones, de nuestras jerarquías, de nuestras manías, de nuestras liturgias, de nuestros oradores, de nuestros Obispos… Cristo no puede ser de nuestra propiedad, si la Iglesia es católica es porque debe volver a buscar su presencia en el universo... 

Y creo que la primera expresión de la universalidad, la primera huella a seguir es el Amor. ¿Qué hay más universal y, por tanto, más total y, por tanto, más católico que el amor? Dios es amor, definición bíblica. ¿Dónde buscar a Dios? ¡Donde las personas aún se atreven a inventar gestos de amor! Gestos de gratuidad, de libertad, de verdad. 

En no pocos de nuestros foros de reflexión solemos perder tiempo lamentándonos por la falta de jóvenes en las propuestas de la Iglesia y nos perdemos en la nostalgia de un tiempo que ya no existe… pero seguramente deberíamos ser más realistas... ¡la gente todavía se ama! ¡Ahí está la catolicidad de lo real, ahí está la Iglesia! ¡Ahí está Cristo! 

Ser personas según el Evangelio no significa tener que ir a Misa todos los días, estar en el Consejo Pastoral o en Cáritas, no se nos pide que hagamos esta penitencia o aquel sacrificio… «Según el Evangelio» quien ama está haciendo ya una experiencia universal y, por lo tanto, católica. 

¿Amamos realmente a alguien? ¿Estamos dispuestos a morir por amor, a dar la vida por nuestros amigos, a vivir con los brazos abiertos, sin rencor ni odio? ¿Estamos dispuestos a morir perdonando? ¡Entonces somos católicos! 

Hay muchos más católicos en el mundo que los que frecuentan la Iglesia... son las personas que aman, sea cual sea su religión o no religión, su cultura, su procedencia... 

No quiero ser malinterpretado. Yo no estoy diciendo que la Misa y los sacramentos no sirvan para nada… Solo me permito recordar que deberían ser medios para ayudarnos a crecer en el amor. 

¿Qué hay tan universal, es decir, tan católico, además del amor? 

Puede ser, por ejemplo, el cuerpo. Al fin y al cabo, cada hombre, cada mujer tiene (y «es») un cuerpo. Entonces, ¿dónde buscar al Cristo universal? En el cuerpo (y tal vez no sea casualidad que cuando se nos da la Eucaristía se susurre «el cuerpo de Cristo»). 

¿Dónde experimentar a Cristo? En el Cuerpo, en nuestras manos cuando acarician y no retienen, en nuestros ojos cuando no se cierran al dolor de los hermanos, en nuestros pies, en nuestra capacidad de dar alegría y vida al mundo... 

La Iglesia gana en credibilidad cuando invierte el enfoque... ya no podemos imponer reglas morales rígidas que definen un esquema dentro del cual uno puede definirse católico (es decir, si respeto las reglas de la Iglesia soy católico, si no, estoy fuera), sino que, por el contrario, debemos ser buscadores de la presencia de Cristo, reconocerlo y darle gracias donde el Amor se encarna, donde se hace cuerpo, incluso en situaciones que no se ajustan a nuestras tradiciones, a nuestra moral,…, a nosotros. 

La Iglesia es verdaderamente católica cuando deja de imponer condiciones y comienza a amar tanto el cuerpo del ser humano que se sorprende de todo el amor que puede dar. La Iglesia es verdaderamente católica cuando va en busca del Amor y ama el cuerpo de los hombres y las mujeres sin miedo. 

Y lo hace, por ejemplo (y es solamente un ejemplo), cuando escucha. Esta es la condición para ser verdaderamente universales, para descubrir a Cristo: hacer silencio y escuchar y reconocer, y sorprenderse, por la presencia insospechada y sorprendente del Dios Amor aquí mismo, ahora mismo, justo donde no se esperaba encontrarlo. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 8 de diciembre de 2025

El abrazo de la comunión.

El abrazo de la comunión

Si recordar ciertos aniversarios no solo tiene como objetivo conservar la memoria del pasado, sino también ayudarnos, a medida que aumenta la distancia temporal, a comprenderlo mejor y a vivir nuestro presente con mayor conciencia, me parece importante recordar uno en particular, que se celebra el 7 de diciembre: el 60º aniversario (7 de diciembre de 1965, es decir, un día antes de la clausura del Concilio Vaticano II) de la «Declaración conjunta del Papa Pablo VI y del Patriarca ecuménico Atenágoras I, para borrar de la memoria y del seno de la Iglesia las sentencias de excomunión del año 1054» (https://es.wikisource.org/wiki/Declaraci%C3%B3n_conjunta_de_S.S._Pablo_VI_y_S.B._el_patriarca_Aten%C3%A1goras_I).    

El aniversario fue recordado por el Papa León XIV y el Patriarca ortodoxo Bartolomé en la Declaración conjunta publicada con motivo de su encuentro en Estambul (29 de noviembre de 2025) para celebrar los 1700 años del Concilio de Nicea (325 d. C.). 

Antes de entrar en esa Declaración de 1965, puede ser interesante leer algunas afirmaciones contenidas, respectivamente, en la «breve» apostólica de Pablo VI titulada «Caminad en el amor» y en el «Tomos» de Atenágoras I, también del 7 de diciembre. 

Tras mencionar los «lamentables acontecimientos» de 1054, Pablo VI declara: «Ante los obispos reunidos en el Concilio Vaticano II, confesamos que no podemos tolerar más las palabras que se dijeron y los actos que se cometieron en aquel tiempo, y que no podemos aprobarlos. Además, queremos borrar de la memoria de la Iglesia la sentencia de excomunión que se pronunció entonces, y queremos que sea derogada para siempre y caiga en el olvido». 

Atenágoras I, por su parte, declara: «Proclamamos, por tanto, por escrito que la anatema lanzada en la Gran Cancillería de nuestra Gran Iglesia en el año de la salvación 1054, queda, desde este momento y a conocimiento de todos, borrada de la memoria y del seno de la Iglesia». 

Pasando ahora a la Declaración conjunta, también del 7 de diciembre, fue leída simultáneamente en Roma, en San Pedro, y en Estambul, en la Iglesia del Fener: Sin duda fue una decisión histórica, 900 años después del cisma de 1054, también porque el tema de la unidad de los cristianos fue uno de los motivos inspiradores que impulsaron al Papa Juan XXIII a convocar el Concilio Vaticano II y que finalmente encontró su expresión, en particular, en el Decreto Unitatis redintegratio. 

Al comienzo de la Declaración se da gracias a Dios por la oportunidad que tuvieron Pablo VI y Atenágoras I de reunirse en Tierra Santa en enero de 1964, con el propósito de superar los antiguos contrastes entre las dos Iglesias, para ser de nuevo «una sola cosa», según la oración de Jesús.                                                                                    A continuación, se recuerdan los hechos de 1054 y las condenas recíprocas, que «sin embargo, solo afectaban a las personas entonces implicadas y no pretendían romper la comunión eclesiástica entre las sedes de Roma y Constantinopla». 

Por lo tanto, Pablo VI y Atenágoras I proclaman de común acuerdo: «deploran las palabras ofensivas, las reproches infundadas y los gestos condenables» que acompañaron a esos hechos; «deploran y borran de la memoria y del seno de la Iglesia las sentencias de excomunión que siguieron a ellos y las condenan al olvido»; deploran otros acontecimientos que «condujeron finalmente a la ruptura efectiva de la comunión eclesiástica». 

La Declaración concluye con estas palabras: «Este gesto de justicia y perdón recíproco no puede bastar para poner fin a las divergencias, antiguas o más recientes, que subsisten entre la Iglesia romana y la Iglesia ortodoxa», pero puede apreciarse «como la expresión de una sincera voluntad común de reconciliación y como invitación a proseguir, con espíritu de confianza, de estima y de caridad mutuas, el diálogo que nos lleve con la ayuda de Dios a vivir de nuevo (…) en la plena comunión de fe, de concordia fraterna y de vida sacramental que existió entre ellas a lo largo del primer milenio de la vida de la Iglesia». 

Son precisamente estas palabras finales las que se recogen en la Declaración conjunta del Papa León XIV y del Patriarca Bartolomé, quienes desean que el diálogo y la colaboración entre las dos Iglesias continúen, para que realmente se pueda realizar la oración de Jesús «ut unum sint»; y algo no menos importante, a lo que aluden, es que «el objetivo de la unidad de los cristianos incluye el fin de contribuir de manera fundamental y vivificante a la paz de todos los pueblos», hoy tan seriamente amenazada.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


miércoles, 3 de diciembre de 2025

Las Iglesias cristianas ante Gaza.

Las Iglesias cristianas ante Gaza

Todos parecen estar de acuerdo en que también para las Iglesias cristianas, para el judaísmo, para el diálogo interreligioso, hay un antes y un después de Gaza.

 

Durante dos años, la tragedia se ha consumado ante los ojos de un mundo y una política internacional en parte impotentes, en parte (los Estados Unidos de América de Donald Trump) decididamente cómplices de la matanza perpetrada por Israel tras la masacre del 7 de octubre de 2023.

 

El propio Donald Trump logró imponer una tregua: precaria y muy ambigua, pero una tregua al fin y al cabo, que incluso las Iglesias acogieron con mucha cautela, pero constatando la disminución del número de víctimas de la furia desatada por el Estado de Israel.

 

Porque hay que decirlo, con gran dolor (al menos para quienes siempre se han considerado amigos de Israel y fervientes defensores de su derecho a existir): Benjamin Netanyahu no ha actuado solo.

 

¿Qué pueden hacer las Iglesias cristianas ante las ruinas de Gaza, los muertos, la violación de todos los derechos internacionales y el triunfo de una política brutal, incluso cuando arranca fragmentos de tregua?


Las Iglesias, ante todo, rezan.

 

En este trágico escenario hay buenas razones para privilegiar la oración silenciosa de la que habla Jesús (Mateo 6, 6), frente a las manifestaciones espectaculares organizadas por un líder o un lobby religioso, con otros y otras como comparsa.

 

Siempre, y en cualquier caso, es esencial que haya oración, porque la Iglesia no puede renunciar a gritar a su Señor su angustia y su desorientación.

 

En segundo lugar, las Iglesias cristianas pueden ayudar.

 

En este sentido, cuentan con una experiencia secular, con estructuras organizativas probadas y, aún hoy, con una discreta capacidad para recaudar fondos. Su intervención, naturalmente, no pretende ser decisiva, pero puede ser relevante y ecuménica.

 

En realidad, aún no sabemos cuándo llegará la hora de la reconstrucción, pero en cualquier caso no será mañana: con todo no puede dejar de llegar. Estará cargada de esperanza, pero a su manera también será terrible, porque estará habitada por una inmensa miseria y atravesada por el odio, el terror desconfiado y un duelo que no parece extinguible en tiempos históricos.

 

La labor de las Iglesias no será inútil. Por supuesto, tampoco podrá presumir de quién sabe qué inocencia o pureza: nadie está fuera de la Historia y, en esta Historia, nadie está libre de culpa.


Por último, las Iglesias pueden contribuir a la lucha contra el antisemitismo y el antiislamismo.

 

Es demasiado evidente, por supuesto, que su historia no les da credenciales particularmente autorizadas, ni en un frente ni en otro. Pero en las últimas décadas, al menos en algunos ámbitos cristianos, algo ha sucedido y se han sentado bases significativas para un futuro diferente.

 

La comprensión teológica cristiana de Israel ha cambiado profundamente y, en algunos aspectos, se ha invertido, hasta el punto de determinar el inicio de un replanteamiento global de la autoconciencia de la Iglesia.

 

Primero Karl Barth y luego el Concilio Vaticano II proporcionaron impulsos teológicos que están empezando a dar frutos: aún modestos, pero que van más allá del ejercicio académico.

 

La incompatibilidad entre la fe en Jesús y el antisemitismo es algo que todo cristiano consciente ha asimilado; puede coexistir (por desgracia, es necesario reiterarlo) con la crítica, incluso dura, no solo de la política del Gobierno israelí, sino también de la ideología aparentemente dominante en ese país.

 

En cuanto al antiislamismo, las Iglesias cristianas están comprometidas en dos ámbitos en particular.

 

Uno es el del conocimiento de la pluralidad y la riqueza del Islam, contra las simplificaciones burdas; el segundo, más visible, es el encuentro concreto con las personas musulmanas que viven en nuestro país o transitan por él, con el compromiso social que ello conlleva y que no siempre encuentra consenso social.

 

Oración, solidaridad, sensibilización: algunos dirán que no es mucho y que no cambia el equilibrio de la política mundial. Pero es el reto del presente, más allá de las palabras.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 25 de noviembre de 2025

Carta Apostólica "In unitate fidei": retorno a lo esencial.

Carta Apostólica "In unitate fidei": retorno a lo esencial 

En la solemnidad de Cristo Rey, y en vísperas de su primer viaje apostólico a Turquía, el Papa León XIV ha firmado la Carta Apostólica “In unitate fidei” (https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/apost_letters/documents/20251123-in-unitate-fidei.html), en el 1700 aniversario del Concilio de Nicea. Un documento que, en cierto modo, también esboza algunos elementos de la orientación teológica y pastoral de su pontificado. 

El primer viaje apostólico del Papa León XIV, programado del 27 de noviembre al 2 de diciembre, tendrá precisamente una etapa particularmente significativa: Iznik, la antigua Nicea, lugar del Concilio de 325, donde se formuló el Credo que aún hoy une a la comunidad cristiana. 

La intención es «custodiar y transmitir con amor y con alegría el don recibido», retomando el lenguaje del Credo niceno: Jesucristo, Hijo único de Dios, «que bajó del cielo para nuestra salvación». 

El Papa no propone una relectura histórica de Nicea, sino que reconecta el dogma cristológico vinculado a ella con los retos actuales, insistiendo en que la teología no es una conservación pasiva, sino un ejercicio continuo de discernimiento a la luz de la Tradición. 

La fe, recuerda el Papa, no es un proyecto humano que se modela según las modas culturales, sino un don que hay que acoger, custodiar y transmitir. 

Refiriéndose a los Evangelios y a las cartas paulinas, el Papa León XIV identifica en la filiación divina de Cristo el centro de la Revelación. Por eso, el Credo niceno no representa un vestigio histórico, sino un baluarte que protege la verdad de los errores de cada época. 

Al igual que en el siglo IV Arrio intentó hacer «más comprensible» el misterio reduciendo la divinidad del Hijo, hoy —advierte el Papa— sigue existiendo la tentación de moldear el cristianismo según los criterios de la cultura dominante. 

Los Padres, recuerda el Papa León XIV, utilizaron categorías filosóficas como ‘ousia’ y ‘homoousios’ no para complicar la fe, sino para protegerla. La misma tarea le espera hoy a la teología: no negociar la verdad, sino expresarla con fidelidad. 

Uno de los pasajes particularmente autorizados de la Carta publicada se refiere a la divinización, la gran intuición de los Padres griegos. 

Citando a San Atanasio, Cristo se hizo hombre «para poder divinizarnos». El Papa León XIV recuerda que la vocación última de la humanidad es la participación en la vida divina, como afirma también la Segunda Carta de Pedro. No se trata de una fusión mística ni de una exaltación individual: es participación en la vida divina. 

De ahí deriva también la dimensión ética de la fe. Profesar «un solo Dios, Padre todopoderoso» implica una nueva mirada sobre la creación, no como un bien para consumir, sino como un don para custodiar. 

Del mismo modo, reconocer a Jesús como «Señor y Dios» implica una existencia modelada a su imagen. Y la caridad, explica el Papa, no es un añadido moral, sino una consecuencia ontológica de la Encarnación: «lo hicisteis a mí». 

La Carta dedica una amplia reflexión al valor ecuménico del primer Concilio. Para el Papa León XIV, lo que une a los cristianos —el Credo niceno— es más grande que las diferencias que aún persisten. Sin embargo, no propone un ecumenismo irénico o superficial: la unidad nace de la verdad recibida, no del aplanamiento de las identidades. 

La Trinidad, modelo de comunión en la diversidad, es el paradigma de la unidad cristiana. Y solo el Espíritu Santo, concluye el Papa, puede «unir los corazones y las mentes de los creyentes». 

Volviendo al lenguaje del Concilio de Nicea, el Papa León XIV sostiene que la Iglesia solo puede renovarse reconectándose con la verdad que la generó. Confesar a Jesús como «Dios verdadero de Dios verdadero» no es una herencia del pasado, sino la respuesta más concreta a las crisis espirituales, culturales y antropológicas del presente. 

El Concilio de Nicea no es un monumento: es el punto en el que se encuentran la revelación cristiana y la vocación del ser humano, llamado a entrar en la vida de Dios a través de su Hijo eterno, que se ha hecho nuestro hermano. 

En la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos del próximo año 2026 (https://www.christianunity.va/content/dam/unitacristiani/Settimana%20di%20preghiera%20per%20unit%C3%A0/2026/ES%202026%20SOUC.pdf) éste será el lema “Uno solo es el cuerpo y uno solo el Espíritu,  como una es la esperanza  a la que habéis sido llamados” - Efesios 4,4 -. 

La Carta del Papa León XIV nos recuerda que en este ámbito ecuménico, «¡realmente lo que nos une es mucho más de lo que nos divide! De este modo, en un mundo dividido y desgarrado por muchos conflictos, la única Comunidad cristiana universal puede ser signo de paz e instrumento de reconciliación, contribuyendo de modo decisivo a un compromiso mundial por la paz». 

Así lo afirma el Papa León en la conclusión de la Carta. «El Concilio de Nicea», escribe, «es actual por su altísimo valor ecuménico». 

El logro de la unidad de todos los cristianos fue uno de los principales objetivos del último Concilio, el Concilio Vaticano II, ahora que estamos a las puertas del día 8 de diciembre y, por lo tanto, a los 60 años de su conclusión en el año 1965. 

«Finalmente, el Concilio de Nicea es actual por su altísimo valor ecuménico. A este propósito, la consecución de la unidad de todos los cristianos fue uno de los objetivos principales del último Concilio, el Vaticano II. Treinta años atrás exactamente, San Juan Pablo II prosiguió y promovió el mensaje conciliar en la Encíclica ‘Ut unum sint’ (25 de mayo de 1995). Así, con la gran conmemoración del primer Concilio de Nicea, celebramos también el aniversario de la primera encíclica ecuménica. Ella puede considerarse como un manifiesto que ha actualizado aquellas mismas bases ecuménicas puestas por el Concilio de Nicea». 

«El movimiento ecuménico», continúa, «ha alcanzado bastantes resultados en los últimos sesenta años. Aunque la plena unidad visible con las Iglesias ortodoxas y ortodoxas orientales y con las comunidades eclesiales surgidas de la Reforma aún no nos ha sido dada, el diálogo ecuménico nos ha llevado» a «reconocer a nuestros hermanos y hermanas en Jesucristo en los hermanos y hermanas de las otras Iglesias y Comunidades eclesiales y a redescubrir la única y universal Comunidad de los discípulos de Cristo en todo el mundo. Compartimos de hecho la fe en el único y solo Dios, Padre de todos los hombres, confesamos juntos al único Señor y verdadero Hijo de Dios Jesucristo y al único Espíritu Santo, que nos inspira y nos impulsa a la plena unidad y al testimonio común del Evangelio». 

«Para poder ejercer este ministerio de modo creíble» el Papa invoca que «debemos caminar juntos para alcanzar la unidad y la reconciliación entre todos los cristianos. El Credo de Nicea puede ser la base y el criterio de referencia de este camino. Nos propone, de hecho, un modelo de verdadera unidad en la legítima diversidad». 

«Debemos dejar atrás controversias teológicas que han perdido su razón de ser para adquirir un pensamiento común y, más aún, una oración común al Espíritu Santo, para que nos reúna a todos en una sola fe y un solo amor». 

«Esto no significa un ecumenismo de retorno al estado anterior a las divisiones», aclara, «ni un reconocimiento recíproco del actual statu quo de la diversidad de las Iglesias y Comunidades eclesiales, sino más bien un ecumenismo orientado al futuro, de reconciliación en el camino del diálogo, de intercambio de nuestros dones y patrimonios espirituales. El restablecimiento de la unidad entre los cristianos no nos empobrece, al contrario, nos enriquece». 

Acabo ya esta reflexión con un apunte de mi impresión personal. Al leer esta Carta Apostólica “In unitate fidei” del Papa León XIV, he tenido una sensación: como que el Papa Leñon XIV hubiera pretendido no limitarse a recordar un Concilio del pasado, sino indicar y proponer un criterio de discernimiento para el presente: ir a la raíz del Concilio de Nicea. 

Y entiendo que esta elección puede decir mucho más que muchas declaraciones. Porque es un gesto de una actitud espiritual que no se impone con fuerza y, precisamente por eso, se vuelve más profundo. 

La Iglesia no se reencuentra a sí misma partiendo de sus dinámicas internas, sino volviendo a la verdad que la sustenta. A su manera, el Papa León XIV nos recuerda que la unidad nace de Jesucristo. 

La Carta relanza de manera clara la pregunta que lo decide todo: ¿quién es Jesús? La Iglesia cristiana es aquella que se centra y se concentra en esta pregunta. Y el Papa León XIV responde como los Padres de Nicea: Jesucristo es el Hijo de Dios, verdadero Dios y verdadero hombre. Aquí está la Buena Nueva que salva al mundo. 

El Papa no aborda las tensiones eclesiales de manera directa, porque lo hace de una manera más radical. Reenfoca la fe, reenfoca la revelación, reenfoca la cristología. Es una llamada silenciosa y muy elocuente. Y dice a las Iglesias cristianas que ninguna reforma será fructífera si no nace de aquí. Ningún camino ecuménico dará fruto si no permanece arraigado en esta verdad. 

Y precisamente también por eso, esta Carta Apostólica del Papa León XIV es valiosa. No se trata de buscar la unidad en el consenso mutuo sino que indica que la unidad está en el Símbolo de la fe, no en las soluciones diplomáticas. Nos dice que la unidad no se improvisa. La unidad nace de la adoración del Hijo de Dios que descendió por nosotros, cuyo amor en la cruz es creíble precisamente porque es amor divino. 

De esta verdad deriva también nuestra mayor esperanza: la divinización. Si Cristo es «de la misma sustancia que el Padre», entonces su descenso a nuestra carne nos abre el camino para ser hechos «hijos en el Hijo». La fe en el Dios verdadero no es una doctrina pesada, sino la promesa de nuestra verdadera y plena humanización. La caridad, por lo tanto, no es una actividad paralela a la teología, sino su consecuencia natural y luminosa. 

Esta Carta ofrece la Iglesia cristiana una brújula sencilla y seria. Caminar juntos solo puede ser un don si permanecemos unidos en la verdad sobre Jesucristo. Se trata de discernir a la luz del Concilio de Nicea. Aquel Símbolo de la fe no es un texto del pasado sino que quiere ser una raíz viva. 

En este discernimiento, esta Carta nos recuerda también que escuchemos la sabiduría humilde, recordando la provocación de San Hilario: «Los oídos del pueblo son más santos que los corazones de los sacerdotes». 

El Papa nos invita a reconocer la clara intuición de la verdad que a menudo reside en la fe sencilla y no adulterada del Pueblo de Dios. El camino ecuménico es fecundo cuando escucha la verdad que el Espíritu guarda en cada bautizado acudiendo al Credo como criterio para distinguir lo que centra y concentra de lo que dispersa. 

El Papa no pide volver a las formas antiguas. Pide volver al fuego vivo que lo generó todo. Invita a una fe que se convierta en vida. A una unidad que no sea frágil, porque no depende de los equilibrios humanos, sino de la verdad del Hijo de Dios. 

Por eso, en un momento en el que la Iglesia se pregunta muchas cosas, “In unitate fidei” ofrece una contribución decisiva. No responde a los problemas uno por uno. Los ilumina. Indica dónde mirar. Indica por dónde empezar de nuevo. Indica lo que no pasa. 

Y mientras el Papa León XIV se dirige a Iznik, lugar del primer Concilio ecuménico, se comprende que el camino hacia el futuro requiere tanto de la fidelidad a una confesión de fe que nace de la revelación de una persona en la historia, como de la inspiración del Espíritu Santo que acompañe, sostenga y guíe a profundizar y a regresar a lo esencial del itinerario y relato de aquella persona. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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