viernes, 16 de enero de 2026

El ecumenismo como don y tarea.

El ecumenismo como don y tarea

Cuando pienso en la esperanza para el presente y el futuro de las Iglesias, no puedo dejar de mencionar el ecumenismo, ese movimiento que ha instado a las Iglesias a abandonar una visión competitiva de la fe para descubrir lo inédito del Espíritu. 

El ecumenismo es como un puente que reabre un camino interrumpido. El puente ya está construido, aunque, de vez en cuando, nos encontramos con obras que parecen ralentizar el camino. 

Tal vez haya quien quiera hacernos creer que ese puente no lleva a ninguna parte y que, al contrario, no solo añade más actividades a la ya apretada agenda eclesial, sino que crea confusión, una Babel de Iglesias, liturgias, teologías... 

O quizá haya quien diga que el ecumenismo es para los expertos, y ciertamente no para los fieles comunes. 

Y, sin embrago, hasta seguramente el ecumenismo es una teofanía, una experiencia de revelación; es el acontecimiento más creativo del Espíritu de nuestra época. 

Porque arranca a las Iglesias de las divisiones en las que corren el riesgo de quedar atrapadas; abre puertas o ventanas o rendijas y deja entrar la luz del Evangelio en los lugares más recónditos. 

Han pasado más de cien años desde que, en Edimburgo, creyentes de diferentes confesiones cristianas, reunidos en un congreso, se interrogaron sobre el escándalo provocado por las divisiones entre las iglesias. ¿Cómo se puede anunciar al único Cristo y hacerlo en la división? 

De aquella denuncia surgió el movimiento ecuménico, que tiene como objetivo superar esta situación de Iglesias en conflicto, realizando gestos de reconciliación e invocando la unidad en la fe. 

Unas pocas décadas de diálogo entre las Iglesias son realmente muy poco en comparación con los siglos de fracturas, conflictos y excomuniones. Sin embargo, cuántas cosas han cambiado en nuestra percepción del otro. 

Lo que hoy parece tan natural, como reunirnos entre personas de diferentes confesiones religiosas, no sucede por casualidad, sino que ha sido posible gracias a quienes, en las generaciones anteriores, creyeron en esta posibilidad y crearon las condiciones para que sucediera. 

Ciertamente, es el Señor quien abre posibilidades inesperadas, pero a nosotros se nos ha confiado la responsabilidad de llevar a Él los lugares y las personas cerradas, para que puedan ser abiertos por la fuerza del Espíritu. 

No temo por el futuro de nuestras Iglesias, si el espíritu ecuménico sigue soplando. Estoy convencido de que, si sabemos dejarnos guiar por esta fuerza espiritual, veremos crecer nuestras realidades en el amor y en el compartir y seremos cada vez más testigos creíbles de Dios. No tengo miedo porque creo que la fuerza del Espíritu se encuentra también en el camino ecuménico. 

Apuesto por tener esperanza. Espero los cambios que el ecumenismo suscitará en nuestras realidades eclesiales. El Espíritu del Señor está obrando incluso cuando no logramos percibirlo: He aquí que voy a hacer algo nuevo; está a punto de brotar; ¿no lo reconocéis? Isaías 43,19. 

La esperanza es una experiencia espiritual que se concreta en el camino ecuménico que las Iglesias están recorriendo juntas. Un camino que podemos elegir interrumpir o continuar, convirtiéndonos en relevos, en atletas que corren hacia la meta de la unidad. 

Se han dado numerosos pasos adelante en el camino del diálogo y del reconocimiento mutuo. Las Iglesias han aprendido a hablarse y a escucharse. Los hermanos separados se han descubierto hermanos reencontrados, en camino hacia una unidad en la que las diferencias son reconocidas, acogidas y no demonizadas. El objetivo, por tanto, es una comunión en la diversidad. 

Nadie dice que este camino sea fácil, sencillo… Las dificultades en el diálogo son muchas. Y no deben silenciarse. Sin embargo, la esperanza ecuménica ayuda a las Iglesias a salir de su autorreferencialidad para reconocerse compañeras de camino en el seguimiento del mismo Señor Jesucristo. 

Las Iglesias, a lo largo del camino ecuménico, están aprendiendo a abandonar un lenguaje apologético y contrapositivo para intentar anunciar la fe a partir del Evangelio. 

Ya no se trata, pues, de un anuncio destinado a explicar por qué no somos católicos u ortodoxos o protestantes…, sino más bien, en sentido positivo, de la preocupación por contar lo que el Espíritu ha dicho y sigue diciendo a las Iglesias. 

Es el Señor quien actúa, y el ecumenismo es esa forma especial que conduce a Cristo y su Espíritu a las Iglesias cerradas incapaces de comunicarse entre sí. 

No tengo miedo porque el Espíritu ecuménico ya ha soplado sobre las Iglesias y las ha cambiado para siempre. No tengo miedo porque he descubierto que formo parte de una gran familia formada por muchas Iglesias hermanas. No tengo miedo porque veo las cosas nuevas que el Señor ha hecho entre nosotros. 

Por eso, doy gracias a Dios por haberme hecho descubrir que no somos hijos únicos en la fe sino hermanos y hermanas de la misma fe. Todos somos un poco más ricos en este redescubrimiento del otro y de su diversidad. 

El ecumenismo 

es viento de conversión, es esa forma particular de vivir la fe abierta a las instancias de la otra tradición cristiana, 

es el puente que nos lleva a descubrir la riqueza del otro, que reabre caminos interrumpidos y nos reconecta más firmemente con el Evangelio, 

es un llamamiento a la conversión, una invitación dirigida a todas las Iglesias a poner a Cristo en el centro, 

es descubrir que, si no soy capaz de volver a Él por mí mismo, puedo contar con hermanos y hermanas de confesión diferente a la mía, que me apoyarán para que pueda encontrar esas manos bendecidas, 

es una experiencia de sanación que devuelve el aliento espiritual, 

es una ventana en una habitación que ha estado cerrada durante mucho tiempo, 

es una apertura al mundo, para que el mundo crea. 

La Iglesia es Iglesia solo cuando está habitada por personas diferentes que se reconocen hermanos y hermanas en Cristo. De lo contrario, está incompleta. 

Y por eso el ecumenismo es la posibilidad de aprender a ver con la mirada de Dios, que nos quiere unidos en la diferencia. Y no solo con la generación de nuestros contemporáneos, sino también con las pasadas y las futuras. 

Creo que a nuestros padres y madres en la fe les debemos todo lo que nos han transmitido, pero también el peso de algunas decisiones eclesiásticas que tienen consecuencias en nuestra forma de ser Iglesia. Los errores que cometemos los pagan las generaciones futuras. Debemos ser muy conscientes de ello. ¿Cómo será la Iglesia que entregaremos a las generaciones venideras? 

Por mi parte, me gustaría dejar a quienes vengan después de mí una Iglesia mejor, más acogedora que la que encontré, unida en la diversidad; una Iglesia que no tema las mil liturgias para alabar a Dios, una Iglesia colorida, que atraiga no con el miedo a las llamas del infierno, sino con el encanto que emanan aquellos que perfuman el Evangelio. Personas fragantes como el pan recién horneado. 

Me gustaría dejar en herencia una Iglesia más audaz y valiente, menos preocupada por reivindicar y defender sus espacios, y más atenta a dar voz a quienes no la tienen. 

El Señor, a través de la esperanza ecuménica, nos dice a todos: ¡ábrete a la esperanza de lo alto! Hay mucho trabajo por hacer para vigilar las injusticias y sanar el mundo. 

No estamos solos. Nos acompaña el Espíritu de Jesús y la presencia de muchos hermanos y hermanas y de muchas comunidades cristianas. ¡Abrámonos a la esperanza del Reino! 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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