La tentadora fascinación de la autorreferencialidad en la vida consagrada
«Autorreferencialidad» es una palabra a la que ha recurrido con particular insistencia el Papa Francisco precisamente en referencia a la mundanidad espiritual y hace pensar que también puede entrar en juego en referencia al carisma en la vida consagrada.
Casi inevitablemente, cuando en la vida consagrada se
habla de carisma, se va directamente al fundador y al instituto, y no se
percibe que es el primer paso hacia la autorreferencialidad, esta vez a
nivel institucional.
El carisma es un don y una obra del Espíritu y, por lo
tanto, remite a Cristo, no directamente al fundador. Solo en Cristo, en una fe
vivida, puedo encontrar el carisma del fundador y vivirlo.
El punto de partida es el sacramento del bautismo,
nuestro ser en Cristo, como su Iglesia.
El carisma de una familia religiosa no es un
patrimonio cerrado que hay que custodiar, sino más bien una “faceta integrada”
en el Cuerpo de la Iglesia, atraída hacia el centro, que es Cristo.
Si al decir carisma, voy directamente al fundador,
suceden varias cosas, y no son precisamente cosas que puedan dejar tranquilo.
He aquí algunas, a modo de ejemplo.
Si voy directamente al fundador: pongo al fundador en
lugar de Cristo y la tradición de la institución por encima del Evangelio. No
es una broma: precisamente a esto llamó el Concilio Vaticano II a los religiosos,
pidiéndoles que volvieran al Evangelio.
Tantas veces, es verdad, no se niega la referencia a
Cristo. Está claro. Pero se da por sentada esa referencia. Es decir, se deja de
lado como una simple nota introductoria y se centra la atención en todo lo que
viene después: la institución y las cosas de la institución; o también: al
hablar de misión, se pasa directamente a las obras y al hacer, saltándose
aquello de donde proviene o «debería provenir», que es el carisma en su
naturaleza específica; o también: cuando se trata de la renovación del
instituto, todo se reduce a la actualización, con todo lo que hemos puesto en
ella: recualificación profesional, reescritura de la regla, reorganización de
todo lo que había que reorganizar, etc.
Todo esto puede ser importante, incluso conveniente y
hasta necesario, pero, tomado por sí solo, es solo un hecho externo y, por lo
tanto, corre inevitablemente el riesgo de derivar en mundanidad espiritual. Se
cuida mucho el aspecto externo estructural, mientras que el resto se da por
sentado, o existe bajo mínimos, o siempre no existe.
Y, de hecho, observamos estas cosas: todo puede ir
incluso muy bien en la comunidad y en el instituto: las reglas se han actualizado;
las obras funcionan y son muy apreciadas y frecuentadas; se puede tener también
una vida muy ordenada y eficiente; se habla mucho del carisma del fundador y se
han estudiado a fondo las fuentes; tal vez incluso haya habido la beatificación/canonización
del fundador…
Pero la vida no despega, los frutos esperados no están
ahí. Bastaría pensar en la desproporción que existe entre la cantidad de
recursos —en personas, tiempo y dinero— empleados en torno a los problemas
institucionales y los frutos que se recogen.
¿Y entonces?
Se utiliza el carisma para darse un nombre. A veces se
reduce incluso a una etiqueta, pero el carisma no es un nombre. Menos aún una etiqueta.
El carisma existe si lo vivimos y solo se puede vivir
en Cristo: se recoge como fruto de una vida vivida verdaderamente en la fe.
Si lo olvidamos, se activa, precisamente en nombre del
carisma, un mecanismo de autorreferencialidad que, al
ponernos en el centro, no solo como personas sino como institución, hace que
todo decaiga en discurso, palabrería, con fáciles eslóganes y llamativos
titulares, con documentos programáticos y declaraciones espirituales…
Vivimos —es un malentendido clásico, también
ampliamente ignorado— como si fuera posible ir de la regla al Evangelio y del
fundador a Cristo, cuando es exactamente lo contrario: solo viviendo en Cristo
y de Cristo podemos encontrar nuestra vocación y nuestro carisma, incluso el
del fundador.
Como digo, este sustantivo, que desde el punto de
vista lógico significa simplemente referirse a uno mismo (individuo o
institución), gracias al Papa Francisco se ha convertido en la clave para
interpretar un vicio radical.
Hasta el Papa Francisco, cada uno de nosotros y de
nuestras instituciones religiosas podría haberse definido como egoísta o
incluso narcisista, pero a nadie se le habría ocurrido denunciar su autorreferencialidad
como un vicio.
Este término, que hasta la elección del Papa Francisco
pertenecía más a la semántica psicológica que a la del Magisterio - no creo que
aparezca en ningún documento papal anterior a Lumen Fidei, la primera Encíclica
del Papa Francisco -, ¿cómo se relaciona con el Evangelio?
Según Lumen Fidei 46, la persona
(podríamos decir la institución eclesial o de la vida consagrada)
autorreferencial es aquella que, encerrada en sí misma, tiene dificultades para
entrar en diálogo con Dios y dejarse abrazar por su misericordia, llegando así
al deseo de llevar a los demás la misericordia que ha recibido.
La autorreferencialidad sitúa los
defectos clásicos del egoísmo y el narcisismo en una dinámica relacional, es
decir, en la dificultad para abrirse al diálogo con Dios y con lo demás.
Uno de los puntos del Evangelio que más claramente nos
habla de la autorreferencialidad según el paradigma del Papa Francisco es
aquel en el que los discípulos vieron a un hombre que hacía milagros en nombre
de Jesús, pero que no formaba parte del grupo de seguidores de Jesús. Por eso «querían
prohibírselo». Juan, con el entusiasmo celoso típico de los jóvenes, se
lo cuenta al Maestro buscando su apoyo; pero Jesús, por el contrario, responde:
«No
se lo impidáis, porque nadie que haga un milagro en mi nombre puede hablar mal
de mí: el que no está contra nosotros, está a nuestro favor» (cf. Mc,
939-40).
Sería interesante, en este punto, volver la mirada al
Ángelus del 30 de septiembre de 2018 - cf. https://www.vatican.va/content/francesco/es/angelus/2018/documents/papa-francesco_angelus_20180930.html
-.
Toda la explicación que da el Papa Francisco de ese
episodio se basa en la lectura del interior/exterior, del dentro/fuera. La
persona (o institución) autorreferencial, como lo eran los discípulos en
aquella ocasión, dice que lo que está dentro de nuestro círculo es bueno y que
lo que está fuera es malo. De ahí el deseo de ampliar nuestro círculo (y, de
hecho, precisamente en esa ocasión, el Papa Francisco afirmó sorprendentemente
que la autorreferencialidad es la raíz de todo proselitismo) y la
incapacidad de reconocer el bien independientemente de quién lo haga.
«Jesús —concluyó— aparece
muy libre, plenamente abierto a la libertad del
Espíritu de Dios, que en su acción no está limitado por ningún confín o algún
recinto».
Solo un auténtico encuentro dentro de nosotros mismos
con el amor de Dios, que se traduce en una feliz amistad con Él, es capaz de
llevarnos a ese lugar de nuestro corazón donde somos verdaderamente humanos y
de redimirnos de nuestra conciencia aislada y de la autorreferencialidad.
Ahí está la fuente de la acción evangelizadora.
Porque, si alguien ha acogido este amor que le devuelve el sentido de la vida,
¿cómo puede contener el deseo de comunicarlo a los demás? (Evangeli Gaudium 8).
Cuando esto no ocurre, nos sentimos superiores a los
demás porque observamos determinadas normas o porque somos fieles de manera
inquebrantable a un cierto estilo católico propio del pasado (Evangeli
Gaudium 94).
La autorreferencialidad suele emerger
en nuestros contextos, a veces de manera llamativa, a veces sutil pero no menos
profunda, por ejemplo: cuando permanecemos siempre en el papel de quien da, sin
saber recibir, o cuando permanecemos siempre en la posición de solo dar
respuestas, o cuando somos nosotros quienes formulamos de manera definitiva la
decisión o la solución, saltándonos el diálogo, las preguntas de los demás, o
cuando somos incapaces de un encuentro verdadero y recíproco, o cuando no
sabemos apreciar el valor de las diferencias.
La autorreferencialidad es sinónimo de
cerrazón, de una vida encerrada en sí misma, que proviene de la concepción
errónea de que la vida consagrada (con sus individuos e instituciones) es
autosuficiente en sí misma, creyendo que los consagrados somos una casta
superior a los demás. Esto nos lleva a situarnos en una posición defensiva,
encerrándonos en nuestro nido para no contaminarnos o en esa atalaya de
pretendida perfección por encima de los mortales.
Hoy se habla mucho de comunicación, de compartir, pero a menudo nos encerramos en nuestras reflexiones incluso carismáticas. Debemos superar esta tentación partiendo de un sano realismo. Incluso también porque la mano de obra está disminuyendo y, por necesidad, ¡debemos abrirnos! Nuestra esperanza está en el Señor y en la colaboración.
En la vida consagrada debemos abrirnos a la Iglesia
porque a veces tendemos a crear una iglesia paralela. Es el momento de abrirnos
a otros institutos: no hay un carisma tan rico que pueda prescindir de los
demás, ni un carisma tan pobre que no pueda dar a otros carismas.
Debemos abrirnos por supuesto a nuestras comunidades
pero también a los otros carismas, a la Iglesia local y universal, a todos.
Cuando se habla de comunión y colaboración, debemos verificar que tenemos una
identidad clara: no puedo colaborar con los demás si no tengo una identidad
carismática clara.
Y es verdad que un capítulo tiene la tarea de
profundizar, aclarar, actualizar,…, el carisma. Pero no es menos verdad que la identidad
es siempre itinerante, desde el fundador hasta hoy. Y que la pregunta
fundamental no es qué hizo el fundador, sino qué haría hoy el fundador.
Esta autorreferencialidad se vive, a veces,
como individuos, pero también como instituciones de la vida consagrada: «¿Por
qué tengo que colaborar con otro Instituto si todavía tengo fuerzas
suficientes?»
Seguramente uno de los temas abiertos en el futuro de
la vida consagrada, en una Iglesia de comunión y sinodal, va a ser, si es no
está siendo ya, la intercongregacionalidad o la intercarismaticidad. También
porque la identidad nunca es una identidad cerrada, sino que la identidad es
siempre abierta y, por lo tanto, es como un vaso comunicante, y yo vivo mi
identidad en la medida en que, sin renunciar a la mía, me abro a la identidad
del otro.
Si la comunión y la sinodalidad con y dentro del
Pueblo de Dios es la medicina para la autorreferencialidad, seguramente la
inter-congregacionalidad o la inter-carismaticidad es uno de sus antibióticos.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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