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sábado, 18 de octubre de 2025

La atención y el cuidado que nacen de la escucha.

La atención y el cuidado que nacen de la escucha 

Nuestro tiempo celebra con devoción el poder de los números, la precisión de los algoritmos, la neutralidad de las estadísticas. Se trata de una auténtica idolatría que tiende a confundir el cientificismo con una nueva forma de religión. 

La creencia que la sustenta es la de la traducción exhaustiva de la vida en un formulario anónimo: las experiencias emocionales se convierten en gráficos, los cuerpos en funciones, los deseos en reflejos condicionados, el pensamiento en inteligencia artificial. Incluso cada parte del ser humano puede medirse, calcularse, trazarse. 

Pero en esta nueva idolatría se ha perdido la dimensión humana de la ‘cura’, que no puede identificarse con un procedimiento anónimo, ya que es ante todo un acto simbólico que reconoce el carácter insustituible de cada singularidad. 

Cuidar no significa corregir un mal funcionamiento o normalizar una irregularidad, sino escuchar a un sujeto, reconocer su nombre propio y su historia. 

En esto, la práctica de la acogida a la persona significa ante todo dar espacio a su palabra.  Cuando, en cambio, tantas formas de relación de ayuda parecen eliminar esta actitud para transformarse fatalmente en un ejercicio de poder. 

Y cuando esto ocurre, el carácter impersonal de una determinada perspectiva burocrática prevalece sobre el reconocimiento de la singularidad de la persona, que se convierte necesariamente en un número de expediente, un código fiscal, un caso. 

El encuentro que es la base, por ejemplo de todo acto de curación, se reduce así a una transacción: prestación y recibo, síntoma y solución, pregunta y algoritmo. Es aquí donde la negligencia encuentra su terreno más fértil: el nombre propio es sustituido por el anonimato del número. 

La negligencia, de hecho, no es tanto la ausencia de atención, sino su deformación impersonal. Es una atención que ha borrado el rostro del otro junto con su palabra, que impone protocolos y procedimientos estándar en lugar de hacerse cargo de la subjetividad de la persona. 

Lo que prevalece de forma unidireccional es la lógica anónima del algoritmo —una lógica sin nombre, sin rostro, sin historia— que suprime los rasgos singulares que hacen única la historia de la persona. 

Desde este punto de vista, «cuidar» significa —en la relación uno a uno— reconocer ante todo la imposibilidad de comprimir el nombre propio en un número. Se trata de un gesto de resistencia contra la tendencia hegemónica de nuestro tiempo a disolver lo singular en lo colectivo, a borrar el rostro detrás de la pantalla, a reducir el sufrimiento a un dato estadístico. 

En otras palabras, esta hegemonía señala el predominio deformado del código de la eficiencia, de la impersonalidad, de la especialización, de la técnica. 

El cuidado evoca, de hecho, la figura de la madre, que constituye el eje simbólico de todo acto de cuidado. Es la madre quien muestra que cada hijo es único. En este sentido, el amor maternal excluye por principio toda forma de serialidad. Si cada hijo es único a sus ojos, no lo es en el orden numérico, sino solo en su existencia incomparable. 

El código materno en una relación de cuidado, por ejemplo en una familia, es aquel código que protege el carácter particular de cada cuidado. La preocupación materna primaria es precisamente el impulso de la madre de proteger la vida singular del hijo, de sostenerla, de custodiarla, de no dejarla caer nunca en el anonimato. 

Una madre suficientemente buena es aquella que no se limita a satisfacer las necesidades primarias de su hijo ofreciéndole su pecho o su regazo, ya que sabe bien que el deseo humano no se alimenta solo de objetos, sino sobre todo de signos, de aquellos signos que reconocen el carácter insustituible del sujeto. 

Desde este punto de vista, la activación del código materno es lo que humaniza la atención y los cuidados, porque la lógica que los inspira no es la de la eficiencia, sino la de la atención y el cuidado singulares. 

Es la mirada que llama por su nombre, que reconoce la fragilidad sin juzgarla, que acoge la dependencia de los más frágiles e indefensos como condición constitutiva de la existencia. 

Es en este código donde seguramente nuestras instituciones deberían inspirarse para traducir el cuidado en responsabilidad pública. Pero es precisamente en este nivel donde hoy se manifiesta la fractura más profunda. 

Las instituciones creadas para humanizar la vida corren el riesgo de convertirse en espacios de anonimato administrado, donde la relación viva es sustituida por el formulario y la palabra por el protocolo. 

Tomemos el ejemplo de la tramitación del empadronamiento de una familia subsahariana en un Ayuntamiento. A menudo todo se reduce a un protocolo burocrático que mide, evalúa, clasifica y… excluye. 

Se trata de una deshumanización silenciosa que tiende a desactivar el código materno. El médico elabora informes, el profesor rellena cuadrículas, el psicólogo actualiza plataformas digitales, …, el funcionario sigue el protocolo. 

De este modo, se corre el riesgo de verse arrastrado a un torbellino burocrático que, aunque garantiza la vigilancia y el control, genera de hecho una distancia inhumana. ¿No deberíamos recordar que cada gesto de atención y de cuidado es, ante todo, un acto de reconocimiento? 

En los Evangelios, Jesús nunca cura «en general», porque cada curación es el resultado de un encuentro singular. Él llama por su nombre, mira a los ojos, toca las heridas. La humanización de la atención y del cuidado nace de este contacto, de esta proximidad, de esta resistencia que ningún algoritmo podrá sustituir. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 19 de agosto de 2025

La atención y el cuidado: descalzarse en el terreno sagrado del enfermo.

La atención y el cuidado: descalzarse en el terreno sagrado del enfermo

Cuidamos de los demás y los demás cuidan de nosotros. Una experiencia fundamental, vital. 

La exposición al cuidado, que puede convertirse en una tranquila confianza, conlleva en cierta medida también el temor a la dependencia. ¿Quién sabe en qué manos acabaré? ¿Cómo me atenderán? ¿Cómo me cuidarán esas manos? 

Es la gran verdad de la película de Ingmar Bergman Fresas salvajes. 

La nieta del médico, después del viaje en tren, le pregunta a su tío: «Entonces, ¿qué debería decir finalmente un médico a su paciente?». Y él, que había sido un médico duro, bastante frío y distante, que había aspirado al poder, responde: «Debería pedir perdón». 

Durante el viaje, en el exigente diálogo con su sobrina, se había dado cuenta de la verdad de la cura. «Debería pedir perdón» porque, inevitablemente, un médico durante la cura ha tenido que distanciarse de alguna manera, «abandonar» al paciente, vivirlo como un caso, examinar solo los síntomas y «disponer» de él visitándolo y sometiéndolo a exámenes. 

A veces, el médico no vuelve a ver a esa persona después de esta operación, que es una operación un poco violenta de lectura del otro: a veces no vuelve a ver a esa mujer, a ese hombre, poniéndose a su disposición, dialogando sobre cómo redefinir la vida desde dentro de una nueva evidencia de fragilidad. 

Si falta este «retorno», la cura se olvida de dónde proviene, mientras que es muy importante tenerlo presente, para que la cura pueda intentar mantener abierto el tiempo. 

Una enfermedad, una discapacidad adquirida, un declive de las facultades pueden convertir el tiempo en un «pantano y laberinto», como escribe María Zambrano, que de forma recurrente tuvo que enfrentarse a graves enfermedades. 

Pero el tiempo puede verse «comprometido» o roto por una culpa o una ofensa sufrida, que comprometen la espera del bien, que aplastan en el juicio y en el dolor, o en el sufrimiento. Que pueden herir el deseo de vivir y llevar cerca el abandono. Aquí solo una proximidad que cuida puede acoger y cuidar un poco un futuro posible, una dignidad personal, un reconocerse en otro... 

El cuidado es vida puesta en común, cultivada en comunión, un don de gracia. También el cuidado lleva en sí mismo elementos de conflicto. 

No es fácil escuchar un diagnóstico problemático, por ejemplo, pero tampoco es fácil que te pregunten: «¿qué sentido tiene su terapia, si no voy a ver nacer a mi nieto?». Sin embargo, todo esto se puede humanizar, se puede intentar vivirlo. 

Cuando se hace, se reabre, en cierto sentido, el tiempo, el tiempo vuelve a ser habitable. En el sentido más simple: se puede desear despertarse mañana por la mañana, en lugar de no despertarse. 

Esto no solo vale para las personas enfermas, sino también para muchos adolescentes o para muchos adultos que no necesariamente desean despertarse mañana. 

Vivir estas cosas, decirlas en tiempos difíciles y de guerra como los nuestros, tiempos en los que nuestra vulnerabilidad queda al descubierto y se revelan las contradicciones que llevamos dentro, es especialmente importante hoy en día: la tentación de ver al otro solo como una amenaza es fuerte. 

Queremos defendernos del otro y, a menudo, para hacerlo, creamos bandos que construyen al enemigo, que justifican nuestra distancia y nuestra frialdad. Y que pronto justifican también el uso de la fuerza. 

Tantas veces nos descubrimos capaces de la guerra, y participamos en ella simbólicamente, afectivamente, en el ejercicio de la fuerza que otros están llevando a cabo. Es la polarización de la guerra: envenena inmediatamente nuestras conciencias. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 23 de julio de 2025

Aprender a custodiar.

Aprender a custodiar 

Somos débiles. La primera forma de sabiduría es aceptar nuestra debilidad, inseguros en tiempos inciertos. La compasión genera fraternidad y respeto hacia los demás. Pero se necesita tiempo y paciencia. 

En tiempos marcados por la indiferencia, hay que aprender a custodiar. Porque la indiferencia puede nacer del cansancio que se siente cuando uno se encuentra incómodo, cuando no se sabe inmediatamente cómo proceder. Es más fácil delegar, posponer, ahuyentar el pensamiento. La indiferencia es una respuesta superficial, pero siempre natural e instintiva, en un mundo hecho de incertidumbre. Y el nuestro es un tiempo incierto. 

Saber acoger la incertidumbre 

En cambio, hay que redescubrir nuestra capacidad de permanecer en esa incomodidad (¡que es real!), y así aprender a custodiar, porque descuidar esta pequeña fuerza corre el riesgo de provocar el marchitamiento del alma. La indiferencia hacia los demás pronto se convierte en indiferencia hacia lo más profundo de uno mismo. Qué fácil es perderse... 

Por lo tanto, es necesario ir más allá de lo superficial, ir a lo profundo. Sin engañarnos de que esto signifique borrar la incertidumbre. Significa más bien aceptarla, porque se comprende que incluso en ella se puede poner un poco de orden y claridad, y que a veces es bueno que haya incertidumbre, que puede ser una apertura a lo nuevo, a lo desconocido, al futuro. 

Profundizar es un acto que comienza por uno mismo: ¿cómo no ser indiferente? En primer lugar, haciendo espacio en nosotros para esa incomodidad. 

Hay que saber vaciarse para poder hacer espacio al otro y al mundo, para recibirlo y acogerlo tal como es, con su capacidad de florecer y con sus heridas. 

Este es un primer aspecto de lo que significa en profundidad custodiar: acoger. 

Acoger las desgracias y las heridas del mundo no es fácil: custodiar significa también guardar en uno mismo el sufrimiento, el propio sufrimiento. Reconocerlo como necesario, no huir de él. Mirarse en lo más profundo y vaciarse, aceptar el vacío y la incertidumbre. Se necesita tiempo. 

La fraternidad brota de la compasión 

Custodiar significa, pues, acoger la propia vulnerabilidad. Significa proteger, velar, guardar en uno mismo al tiempo que uno se expone. 

De hecho, es la percepción de nuestra vulnerabilidad la que nos guía y nos orienta hacia el cuidado mutuo: la fraternidad brota fácilmente de la compasión por una desgracia. 

Por lo tanto, se da por sentado que ser vulnerable y frágil es una condición necesaria para poder ser realmente custodios. De hecho, el filósofo Emmanuel Lévinas afirmaba que «solo un yo vulnerable puede cuidar del prójimo». Y cuidar pasa necesariamente por acoger. 

Todos llamados a reconocernos dependientes 

Para custodiar hay que acoger, prestar atención, respetar, vaciarse, saber ser vulnerable. Pero ¿quién está llamado a custodiar? 

¡Todos! Precisamente porque la vida del otro depende de lo que yo decida hacer o no hacer, soy su guardián. Y viceversa, el otro es el mío. Custodiar significa reconocer una dependencia recíproca, alimentada por un precioso sentimiento de deuda que crece en cada uno desde la infancia. 

Por lo tanto, aprender a custodiar significa también aprender a reconocer y reconocerse: custodiar es un acto que tiene su origen en el reconocimiento de que somos ante todo vida común. 

El sentimiento que nos lleva hacia el otro no se refiere entonces a la generosidad que proviene de la abundancia, es un acto que se realiza porque se considera normal, una consecuencia obvia del reconocerse. Y se hace también porque al reconocerse vulnerables se comprende que proteger la fragilidad ajena beneficia la propia protección, que solo así es posible no interrumpir la vigilancia hacia lo más profundo de uno mismo. 

Responsables hacia todos 

Sentir en lo más profundo que la propia vida está estrechamente ligada y entrelazada con la de los demás genera una responsabilidad espontánea hacia los demás y hacia el mundo. La exposición común a la desgracia provoca reconocimiento y corresponsabilidad. 

Y así, custodiar significa también ser responsable, custodiar exige también una cierta forma de actuar: no se limita uno a desear al otro lo que se desea para uno mismo, sino que se intenta también que eso suceda. 

Una responsabilidad que también es hacia uno mismo, que nos lleva a prestarnos atención, a acoger al otro en nosotros sin sustituirlo. Custodiar es velar y vigilar, es un movimiento hacia el otro que no se sustituye a él, que lo reconoce como protagonista. Que sabe que, aunque se le haya confiado su vida, siempre está en sus manos. 

Presentes en la herida del otro 

Cuidar es estar presente en la herida del otro, es dar testimonio de la posibilidad de atravesarla y dejarse atravesar por ella, con la esperanza de ayudar al otro a levantarse después de haber tropezado, para que pueda caminar hacia sí mismo. Es un camino del que se espera no volver a formar parte en el futuro, o al menos de forma diferente. 

Para custodiar se necesita tiempo, pero también se necesita espacio. Tanto el espacio acogedor que hay en cada uno de nosotros como la distancia de quien ha encontrado un renovado valor para tomar sus propias decisiones, siempre inciertas. Ser custodios significa haber sido un apoyo para alguien que ahora siente que puede volver a atreverse. 

Acoger al otro y al mundo tal y como es significa también dejarlo ser. Y, a veces, esa custodia se hace desde lejos, y otras desde la proximidad más cercana. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 10 de febrero de 2025

La importancia del cuerpo en la curación y sanación de Jesús de Nazaret.

La importancia del cuerpo en la curación y sanación de Jesús de Nazaret 

La Jornada Mundial del Enfermo, que la Iglesia celebra cada año el 11 de febrero, puede ser una oportunidad para volver a entender la relación con nuestro físico. Uno de los primeros signos que los Evangelios proponen para proclamar la venida del Mesías esperado es el de la curación física de los enfermos. Se narra que cuando Juan el Bautista envía a algunos de sus discípulos a preguntar a Jesús: «¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?». En ese mismo momento Jesús curó a muchos de enfermedades, dolencias y espíritus malignos, y dio la vista a muchos ciegos. Entonces les dio esta respuesta: «Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos recobran la vista, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia la buena nueva a los pobres» (cf. Lc 7,18-23). 

La realización de la capacidad de aportar a la humanidad una salvación que toca la vida en todas sus dimensiones se convierte para Juan el Bautista en la prueba de la identificación real de aquél que había de venir con la persona y el ministerio de Jesús de Nazaret. Las curaciones físicas son el signo de una relación con Dios en Jesucristo. Por eso los relatos evangélicos relacionan estrechamente la fe con el signo de la curación o sanación. La fe es siempre la protagonista de todos los “signos” de curación o sanación de Jesús: «Vete, tu fe te ha salvado» (Mc 5,34; 10,52 y otros). Es más: a menudo la curación de una persona del mal (recuérdese que tanto la enfermedad corporal como la presencia del demonio son expresiones del mal en la mentalidad antigua) sirve para capacitar a esa persona para el servicio. Un bello ejemplo es el de la suegra de Pedro que, curada por Jesús, comenzó a servir (cf. Mc 1,29-31). 

Y es que la persona curada corporalmente por Jesús puede volver a tener relaciones sanadas con Dios (como los leprosos curados que pueden presentarse en el Templo en Mc 1,40-45, o el paralítico de nacimiento que puede, curado por el nombre de Jesús, entrar en el Templo a la hora de la oración en Hch 3,8); y también puede volver a tener relaciones reconciliadas con los demás (en Mc 5 se presentan: el endemoniado que, liberado, puede ir y «proclamar a los de tu casa lo que el Señor ha hecho contigo y la misericordia que ha tenido contigo» y la mujer que ha estado sangrando durante doce años que, por fin, puede relacionarse en paz con los demás). 

¿Qué consideraciones se desprenden de tal perspectiva evangélica? 

La primera es la que lleva a afirmar que Jesús no vino sólo para centrar la atención en los aspectos espirituales o aspectos morales de la vida humana. La totalidad de la salvación traída por Jesús incluye también el bienestar del hombre y de la mujer, abarcando todo el ámbito de las relaciones y todo el ámbito de lo físico. No se puede no se pueden reducir las afirmaciones del Nuevo Testamento a una serie de indicaciones morales sobre estilos de vida o a una continua referencia a la desvalorización de la corporeidad, mucho menos ni siquiera a ver continuamente el cuerpo y todas sus dimensiones bajo la égida del mal y del pecado. En el corazón de la acción de Jesús está la recuperación de la unidad del ser humano. El ser humano dañado, amputado de una parte de sí mismo, está llamado a reencontrarse a sí mismo, redescubriendo la belleza de su plenitud, sanando las heridas infligidas por la vida o por el mal. Jesús, en su ministerio, quiere devolver al enfermo la familiaridad con el universo que le rodea. 

Una segunda consideración, complementaria a la primera, es que el bienestar interior y exterior que el Evangelio propone como signo pleno de salvación permite no hacer del cuerpo un absoluto. De hecho, la otra corriente de la cultura occidental tiende a ser la que idolatra la salud y una determinada belleza física como criterios fundacionales de la propia identidad y de la convivencia civil. El florecimiento de la industria de la salud en nuestras sociedades occidentales (gimnasios, productos químicos de belleza, moda, etc.) surge de la demanda inducida por tal visión del cuerpo. Desde esta perspectiva, la conexión entre la corporalidad y los demás valores salvíficos presentados por Jesús permite no absolutizar la vida entendida sólo como vida del cuerpo. Pero esto, también, incluso frente a tanta presión por parte de mucha gente, incluso en la Iglesia, para defender a toda costa la vida física y biológica. 

La Jornada Mundial del Enfermo nos vuelve a brindar la oportunidad de contemplar, admirando y agradeciendo, los muchos aspectos de la curación y sanación que practicaba Jesús. 

Por ejemplo, a través de la parábola, de la metáfora, de la anécdota, del símil e incluso del enigma como herramienta de cambio. Tantas veces, las parábolas constituyen un recorrido terapéutico en el que los oyentes están invitados a entrar. No pretenden en primer término “educar”, sino más bien sanar nuestras representaciones internas. Lo que importa es que estas expresiones contienen un significado profundo, gracias al cual pueden, de vez en cuando, en las diversas situaciones de nuestra vida, ejercer una eficacia inesperada. ¿No habrá de proponerse la Iglesia el volver a "pensar en imágenes" para ser también colaboradora de salud, es decir, de salvación? 

Por ejemplo, la actitud de Jesús en la que siempre se expresa y se concreta una positividad en la comprensión de lo humano, ya que siempre esconde una fuente de bien –a menudo inconsciente– desde la que es posible un reinicio, una conversión, una alternativa. En cada uno de nosotros hay fuerzas de autocuración. A través de su palabra y su contacto, Jesús pone a la persona en relación con su fuente interior, con sus recursos profundos, de los que puede beber en abundancia. Jesús confía en las energías autocurativas presentes en el ser humano. La fe de Jesús fortalece la confianza del enfermo en sí mismo. Pero su fe no puede reemplazar la suya. También el enfermo debe estar dispuesto a creer en sí mismo y, además, a creer que es Dios quien obra el signo de la curación. 

Con los relatos de sanación o curación Jesús intentaba comunicar a sus oyentes una nueva imagen de Dios, así como una visión diferente de sí mismos. De hecho, las concepciones falsas de Dios y una autoimagen errónea influyen negativamente en la manera de comprender y conducir la propia existencia. Sólo cuando el ser humano está dispuesto a cambiar su patrón de vida, a revisar ciertos puntos de vista, entonces también los síntomas corporales pueden curarse. 

Incluso en la enfermedad podemos ser capaces de descubrir la perla: nuestro «yo». Es decir, aquella imagen sagrada y aquella semejanza divina que es el precioso núcleo de nuestra identidad personal: criatura e hijo. Una imagen y semejanza tantas veces descubierta incluso en las heridas de nuestra vida. Tantas veces la herida seguirá existiendo, pero ya no dolerá porque ha sido encontrada, mirada, tocada y abrazada por la compasión y misericordia de la Vida. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 6 de febrero de 2025

Dar la voz a los enfermos.

Dar la voz a los enfermos 

¡Cómo cambian las perspectivas cuando la enfermedad entra con fuerza en la vida de una persona, en el hogar de una familia! 

La ventana de la habitación reduce el mundo exterior a un rectángulo siempre cambiante, la ventana del televisor lo muestra distorsionado con sus sonrisas lustrosas. Los días se hacen más lentos a la espera de conocer el resultado de una terapia, mientras los «sanos» parecen agotar el tiempo en una búsqueda frenética de quién sabe qué (pero un día ellos también tendrán que parar...). 

Este distanciamiento corre el riesgo de verse involuntariamente exacerbado por iniciativas como el «domingo del enfermo» -con la invitación a la misa parroquial, el lugar reservado en los primeros bancos, las oraciones ad hoc de los fieles,…-, sobre todo cuando se quedan en momentos aislados, demasiado simbólicos de una atención que se quisiera comunitaria pero que, en realidad, en las semanas restantes se delega en los voluntarios habituales. 

El extraordinario énfasis en «poner al enfermo en el centro» -un día al año, más o menos- puede resultar irrisorio comparado con la dimensión semanal de la enfermedad, con su lentitud y su angustiosa monotonía. Tiene un poco el efecto de esa bendición demasiado apresurada que ciertos capellanes de hospital se comprometen generosamente a garantizar cada día en sus rápidas rondas por las salas, con un folleto-panfleto que dejan en la mesilla de noche. Con él, ministro del consuelo, uno desearía en cambio poder decir unas palabras, confiar una preocupación: la verdadera escucha requiere tiempo. 

Los enfermos, y no sólo los crónicos, anhelan una atención episódica o ritual. Quieren poder hablar y ser escuchados sin prisas, sentirse «tomados en serio» incluso a través de pequeños pero frecuentes signos -una llamada de teléfono prolonga la vida- que surgen de una empatía muy humana, de la caridad evangélica. Es aquella con la que ellos mismos saben entregarse a sus compañeros de cama o comprometerse a ofrecer a los demás, cuando vuelven a sus ritmos habituales pero con gafas nuevas… 

Es en la ferialidad donde uno quisiera ver afirmada la nueva perspectiva de tantos documentos válidos: si el enfermo es el «sujeto» de la pastoral -ya no sólo el destinatario-, no basta una visibilidad puntual sino que hay que darle voz. 

Dos ejemplos eclesiales podrían ser: 

1.- ¿por qué en algunas celebraciones eucarísticas el que acompaña y preside la celebración no puede confiar la homilía a una persona enferma o discapacitada (sobre todo porque a menudo son los protagonistas del pasaje evangélico)? 

2.- ¿por qué no intentar construir en la parroquia o en la diócesis un ciclo de encuentros-testimonio sobre el valor de la vida, sobre la relación sanador-enfermo o sobre la caridad en los que el micrófono no se confíe sólo al médico experto, sino a cristianos anónimos que han pasado por la prueba o la curación? ¿Debemos esperar siempre a que ya no puedan hablar, para valorar -en diarios o cartas póstumas- los testimonios de tantos hermanos que han afrontado cristianamente el sufrimiento, convirtiéndose ellos mismos en samaritanos? 

Allí donde quizá se puedan realizar estas experiencias -y no sólo en el Día del Enfermo en febrero- la comunidad cristiana hasta se pueda oxigenar. Tantas veces tengo la sensación de que nuestros parámetros de agenda y oferta pastorales toman la perspectiva de «sólo para sanos» o planteada y propuesta «como si» la fragilidad nunca pudiera tocarnos o, en todo caso, no debiera mostrarse. 

Habría que pensar en una nueva atención que hasta se convirtiera en un signo perdurable de la fe que sabe habitar incluso el tiempo difícil del dolor, del sufrimiento. Se trataría de hacer concretamente posible la comunión y la formación con la contribución coral la comunidad cristiana incluso poniendo a los propios enfermos en el centro. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 7 de enero de 2025

A las Siervas de María de Pamplona y Burlada (y, por ende, a todas las personas en su contacto con los enfermos).

A las Siervas de María de Pamplona y Burlada (y, por ende, a todas las personas en su contacto con los enfermos) 

Es un lugar común categorizar las dificultades que condicionan la vida humana en cuatro relaciones fundamentales: 

- la relación consigo mismo, con el propio cuerpo que, cuando se vuelve "complicado", se convierte, por motivos físicos o psicológicos, en un sentido amplio, en una enfermedad; 

- las relaciones con las cosas, con la sociedad y con los bienes materiales que, aunque sean por causas accidentales, pueden "empeorar" y convertirse en pobreza; 

- la relación con Dios y con los demás que, "interrumpida", se convierte en pecado; 

- la relación con la naturaleza que cuando "degenera" se convierte en causa de catástrofes, hambrunas, desertificación, contaminación... que tienen como consecuencia enfermedades, pobreza y rebeliones. 

Los enfermos, los pobres y los pecadores son las tres categorías de personas favorecidas por Jesús. Lo dice expresamente en respuesta a los discípulos del Bautista: “Id y decid a Juan lo que oís y veis: los ciegos recobran la vista, los cojos caminan, los cojos caminan. Los leprosos son purificados, los sordos oyen, los muertos resucitan y el Evangelio es proclamado a los pobres” (Mt 11,4-5). 

Dios no creó la enfermedad pero ésta entró en el mundo y, tarde o temprano, afecta a todos. La ciencia ha intentado y está intentando curarlo e, para algunas patologías, incluso lo ha conseguido pero nunca ha conseguido dar explicación y sentido al dolor y al sufrimiento. Ni siquiera Jesús, Dios que se hizo hombre, no explicó el dolor, al contrario, lo vivió a la altura del drama de la muerte. 

Sin embargo, Jesús hace todo lo posible para aliviar el sufrimiento y así lo demuestran los numerosos milagros de curación narrados en los Evangelios. Jesús se acerca a los enfermos, habla con ellos, los toca, no teme el contagio ni la impureza y, sobre todo, no los exhorta a la paciencia y a la resignación, sino que "actúa" inmediatamente, como ocurre con el centurión, al que dice: “Vendré y lo curaré” (Mt 8,7). Jesús considera al enfermo como una persona integral, de hecho no sólo lo cura sino que perdona sus pecados: es médico del cuerpo y del espíritu. 

Instintivamente quien está enfermo pide ayuda y, casi siempre, también a Dios, es decir, "reza". Pedir es fundamental pero obtener no es una consecuencia. El creyente pregunta y pide… pero no exige. El leproso de rodillas grita: "Señor, si quieres, puedes curarme" (Mt 8,1), auténtica profesión de fe y el Señor lo purifica. Incluso al ciego Bartimeo que lo llama, Jesús le dice: "Tu fe te ha salvado" y le devuelve la vista y esto sucede con muchos otros enfermos. Jesús, sin embargo, cura también a quienes no se lo piden, como el hombre de la mano paralizada, y salva a la adúltera condenada a la lapidación. 

¡Quién sabe cuántas veces hemos sido "sanados y salvos" sin saberlo! El apóstol Santiago escribe: “Quien esté enfermo, llame a los presbíteros de la Iglesia y oren por él, ungiéndolo con aceite en el nombre del Señor. Y la oración hecha con fe salvará al enfermo: el Señor lo salvará y, si ha cometido pecados, le será perdonado” (Santiago 5, 14-15). 

La tradición ha reconocido en este rito el sacramento de la "Unción de los Enfermos" que el Catecismo de la Iglesia Católica define como “un don particular del Espíritu Santo... para superar las dificultades inherentes a un estado de enfermedad grave... renueva la fe en Dios... y el enfermo recibe la fuerza y ​​el don de unirse más íntimamente a la pasión de Cristo” (CCC 1520-1523). 

Siguiendo el ejemplo de Jesús, la Iglesia siempre ha hecho todo lo posible por "curar a los enfermos" y así lo demuestran las numerosas Congregaciones Religiosas, tanto masculinas como femeninas, que han surgido con este preciso carisma. También son de gran valor las asociaciones voluntarias y los movimientos laicos que se ocupan de ayudar a los enfermos, a los ancianos y a los discapacitados, también en las residencias de ancianos y en sus hogares. 

Visitar a los enfermos es quizás la obra de misericordia más observada: de hecho todos hemos ido a visitar a algún familiar o amigo enfermo. No se va voluntariamente al hospital para estar junto a la cama de alguien que sufre. Quizás también hayamos prevaricado al escondernos bajo excusas banales como: ¿voy a molestarlo? ¿Le complaceré? Y un largo etcétera. Todas las justificaciones de nuestra inseguridad… Preguntémonos entonces con qué espíritu vamos a visitar a los enfermos: ¿cumplimos con un deber pesado y, quizás de mala gana, o vamos seguros de encontrar en ese lecho a un "Jesús sufriente"? 

Visitar no significa echar un vistazo, charlar, sino hacerse presente concretamente: significa hacerle sentir amado de manera exclusiva. 

No existe un manual de usuario para quien visita a un paciente, aunque hay quien habla del "arte delicado", pero hay que prestar cierta atención. Es superfluo recordar que alrededor del paciente hay casi siempre una familia que lo asiste y comparte sus sufrimientos y angustias. Por el gran respeto que se debe al paciente, sobre todo si está grave, es inútil engañarlo diciéndole que pronto se recuperará. Job define a las personas que quieren ser positivas a toda costa como "consoladores empalagosos" (Job 16,2) y "destructores de mentiras" (Job 13,4). Así como no conviene recordar que también hay quienes están peor que él. Sobre todo, es importante no decepcionar a quienes están hospitalizados, por ejemplo en residencias de ancianos. 

Si se anuncia una visita, se debe cumplir la promesa de no hacerles sentir insignificantes o incluso olvidados; peor aún, improvisar como médico, comentar terapias, asistencias, etc. Es fundamental crear un clima de serenidad y relajación en torno al paciente, pero esto no significa hacerle reír a toda costa; así como es igualmente importante entender cuándo es el momento de dejarlo en paz. Estas notas pueden parecer obvias pero lamentablemente reflejan casos reales. 

Ayudar a aceptar la realidad es también poder llorar juntos y dar testimonio de la confianza en la voluntad de la Divina Providencia. 

Al lado del lecho de un enfermo el tiempo no cuenta, no hay medida en el dar, la única recompensa es la certeza de que Dios nos ama porque “Lo vimos ‘en esa persona que sufre y él nos dirá: ‘Yo estaba enfermo y me visitasteis’” (Mt 25,36). 

En esta atención al sacramento del enfermo, quisiera reconocer y agradecer la labor de las Siervas de María de Pamplona y de Burlada, y de todas las Congregaciones Religiosas que se dedican a la atención de los enfermos. 

La comunicación entre la persona cuidadora y el enfermo es una ayuda terapéutica en la relación asistencia curativa/sanadora-paciente y se divide en tres categorías: verbal, que consiste en información expresada en palabras; para-verbal, caracterizado por el tono y volumen de la voz; no verbal, resumido en el lenguaje corporal. 

Paul Watzlawick, psicólogo y filósofo austriaco, hablaba de la "comunicación emocional", que nace de un contacto sensorial que conecta los sistemas de dos personas. Las características más destacadas útiles en esta práctica sanadora son las siguientes: 

·       la escucha activa: se debe aceptar el mensaje verbal y emocional que expresa el interlocutor; 

·       la posición del cuerpo: adoptar una posición inclinada hacia el paciente; 

·       la distancia entre cuerpos: hay una distancia íntima y vital; 

·       el silencio: representa un momento importante de la comunicación en el que la persona que cuida debe ser capaz de interpretar su significado (miedo, ansiedad, reflexión, calma). 

El contacto físico, en concreto el tacto, es ingrediente fundamental para crear un diálogo entre los cuerpos. El trampolín es la intencionalidad de actuar con un toque decidido y tranquilizador, respetuoso de la persona, por ejemplo, a través de un toque delicado que genera confianza y seguridad. La presencia, las manos, el tono cálido de la voz,…, de la persona cuidadora tienen un eco que el cuerpo del paciente puede acoger. El con-tacto promueve el establecimiento de una relación empática. Tocar es comunicar en todos los aspectos, es acoger al otro reconociéndolo en su individualidad y en su existencia, también en su debilidad y precariedad. 

Por eso Jesús tocaba y se dejaba tocar por los enfermos. Mi reconocimiento y agradecimiento a vosotras, Siervas de María (y el resto de Congregaciones Religiosas), que seguís prolongando ese gesto sacramental, divino, encarnado y sanador, de tocar de dejarse tocar. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...