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miércoles, 19 de agosto de 2026

A golpe de Biblia y rifle.

A golpe de Biblia y rifle 

«La Biblia en una mano y el rifle en la otra»: con este lema, el nuevo presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella, ha inaugurado su mandato, precisamente en los mismos días en que el Papa León XIV afirmaba que «la radicalidad evangélica es lo contrario de cualquier fundamentalismo» (cf. https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/speeches/2026/august/documents/20260806-assisi-giovani.html). 

Las declaraciones del nuevo líder, de extrema derecha —que llegó al poder en Colombia tras derrotar en las urnas, y por un estrecho margen, a Iván Cepeda, de izquierda y vinculado al exjefe de Estado, Gustavo Petro—, plantean no pocos problemas. 

De hecho, al margen de la valoración política de los programas de los dos contendientes, una de las cosas que preocupa son los argumentos «religiosos» esgrimidos por el candidato para conseguir votos. De hecho, se ha presentado como un enviado de Dios para salvar la patria. 

Y esta pretensión no solo define algunas dinámicas del poder sino que también reabre un urgente debate ético y teológico: la instrumentalización del Evangelio al servicio de intereses políticos. 

Abelardo de la Espriella, por ejemplo, ha asegurado que se comprometerá a hacer que «la nación vuelva a Dios». Y por ello, explicó, para acabar con la violencia que asola el país, gobernará «con la Biblia en una mano y el rifle en la otra». 

El «programa» del presidente, que menciona expresamente a Dios, casi proclamándose profeta enviado por Él, convierte a sus adversarios políticos en pésimos cristianos. 

Quizá sin dirigirse solo a él, pero sin excluirlo, León XVI, casi al mismo tiempo que la «entronización» del recién elegido, el 6 de agosto, en Asís, ante la Juventud Franciscana, había dicho: 

«A los cristianos se les pedirá cada vez más que se conviertan en artífices de paz en el seno de sociedades tentadas a instrumentalizar la religión en la confrontación de identidades. Ser testigos de Cristo sigue siendo, por tanto, fascinante y exigente, porque abre la mente y el corazón más allá de las fronteras artificiales, es decir, más allá de los miedos provocados por la desinformación y los muros del prejuicio. Alejarse de la cultura del poder y construir la civilización del amor no se comprende ni se acepta de inmediato. De san Francisco, sin embargo, aprendan la radicalidad evangélica, que es lo contrario del fundamentalismo: no los vuelve ciegos ni violentos, sino sensibles, atentos, siempre en el seguimiento de Jesús y, por tanto, humildes y acogiendo a todos». 

En el ámbito cristiano, «fundamentalismo» significa tomar al pie de la letra un versículo de la Biblia, aislándolo de su contexto. 

Así, un día Jesús afirmó: «Hay eunucos a quienes los hombres han hecho tales, y otros que se han hecho tales por el reino de los cielos» (San Mateo 19, 12). Y, basándose en esa invitación, en los primeros siglos de la Iglesia algunos cristianos fervientes se castraron. Para erradicar esta práctica malsana, en el año 325 el Concilio de Nicea (el primero ecuménico) estableció que esas personas, en realidad, tergiversaban por completo el pensamiento de Jesús. 

¿Alguien le puede decir esto, también y entre otros, al presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella? 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 10 de julio de 2026

Los Días de las Memorias.

Los Días de las Memorias 

Existe un arma que no hace ruido y, sin embargo, puede ser más letal que las bombas y las pistolas: es el silencio de quien ve y aparta la mirada. 

Los violentos lo saben bien; de hecho, prosperan allí donde la conciencia calla. 

Y para romper ese muro de silencio se suelen celebrar algunos Días de la Memoria y el Compromiso en recuerdo de las víctimas de la violencia. 

No solo para depositar flores sobre sus lápidas, sino sobre todo para plantar semillas fértiles en la conciencia colectiva. 

La memoria cívica es como un músculo del gran cuerpo de la sociedad: exige cuidados y ejercicio: si la descuidamos, se atrofia y la sociedad pierde vigor; si la entrenamos, se convierte en advertencia, acicate y energía que nos aleja de la inercia moral, nos mantiene alerta y nos hace capaces de oponernos al mal y transformar el presente. 

Recordar a las víctimas de la violencia es un acto de resistencia contra la creencia de que la violencia es inevitable, el asesinato algo normal y la ley del silencio una forma necesaria de prudencia. 

Cada vida truncada que no dejamos caer en el olvido se convierte en un antídoto, una chispa de conciencia contra esa indiferencia silenciosa, ese consenso pasivo y esa resignación que permiten a las mafias arraigarse y sobrevivir. 

Y hay que hablar. También para romper el silencio, para no permitir que el miedo o la costumbre de callar se conviertan en complicidad. Hablar, sí, para recordar que la indiferencia no se convierta en terreno fértil para la anomalía de la violencia y el olvido en protección para quienes la han ejercido. 

La memoria debe transformar el recuerdo en práctica, convertirse en una exhortación a la acción. Debe conducir a la conciencia de que ese pasado nos concierne, nos interpela, nos pide que pongamos de nuestra parte, exige nuestro valor. 

No, no el valor de los grandes actos de heroísmo, sino el de los gestos cotidianos, de las pequeñas decisiones, que nos llevan a rechazar un favor que huele a atajo, a denunciar una injusticia, a contrarrestar la lógica del «así lo hacen todos», a defender a quienes están más expuestos. 

El valor de cuestionar nuestros hábitos: cómo votamos, cómo hablamos, cómo nos relacionamos con los demás. Transformamos el recuerdo en un ejercicio de valor cada vez que resistimos la tentación del nihilismo práctico: cuando preferimos la responsabilidad a la indiferencia, la verdad al silencio, la transparencia a la ambigüedad, la legalidad a la conveniencia. 

El valor es contagioso: cuando alguien lo ejerce, otros encuentran la fuerza para practicarlo. Toda violencia se consolida gracias al aislamiento, pero cuando el valor deja de ser un gesto aislado y se transforma en un movimiento compartido, en reciprocidad y corresponsabilidad, el miedo se atenúa y la violencia comienza a perder terreno. 

Recordar a las víctimas de la violencia significa mirar al pasado para dar un nuevo rumbo al mañana. La memoria no solo conserva: orienta la acción futura. De este impulso proyectivo nace la esperanza de la que hablaba Ernst Bloch. 

La esperanza es energía transformadora. A diferencia del miedo, «no es una espera pasiva, no es resignación […] se expande, ensancha a los hombres en lugar de encogerlos, no permite conformarse con el mal presente» (Ernst Bloch, El principio de esperanza). 

Es apertura a lo nuevo, tensión hacia el cambio. La memoria y la esperanza resultan así aliadas en el mismo camino de lucha contra la violencia: la primera mantiene vivo lo que ha sucedido, la segunda abre el horizonte de lo que se puede construir. 

La idea de la justicia como bien común, de la legalidad como responsabilidad compartida, debe seguir caminando nuestras decisiones. Debe convertirse en el proyecto de una sociedad que no pasa página distraídamente, que no se resigna, en un compromiso de la escuela, de las instituciones, de las asociaciones y de las comunidades, tanto pequeñas como grandes. 

La lucha contra la violencia se gana educando, vigilando, forjando vínculos y fomentando la ciudadanía activa. Cada lugar donde se crece, se decide y se coopera puede convertirse en un bastión de la legalidad. 

Por eso, también, cada Día de Memoria es como una primavera de la militancia activa de la ciudadanía, una advertencia y una promesa de un futuro más justo que construir juntos. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 24 de mayo de 2026

Sin rastro de humanidad.

Sin rastro de humanidad

El gesto de acurrucarse en el suelo, apoyándose en las rodillas y cubriéndose al mismo tiempo la cabeza, es sin duda un acto de protección.

 

También puede adquirir el significado de un acto de oración: uno se arrodilla ante la divinidad y toca repetidamente la tierra con la cabeza, apoyando la frente en ella en señal de reverencia.

 

En las fotografías difundidas por el ejército israelí en la web tras el asalto a los barcos de la misión humanitaria «Flotilla» y el traslado de los detenidos a buques o a tierra firme, se ve a las personas dispuestas en esta posición con un significado totalmente distinto y con las manos atadas a la espalda: se les obliga a permanecer en una postura no solo evidentemente incómoda, sino decididamente humillante. No se ve ningún rostro, ni masculino ni femenino, solo espaldas.

 

¿Es una forma de impedir que los soldados israelíes miren a los ojos a estos hombres y mujeres, es decir, de establecer con ellos siquiera un simple contacto visual?

No se trata solo de un castigo que tiene algo de brutal, sino también de la negación de esa relación que se crea naturalmente en el simple contacto visual entre seres humanos. Es precisamente eso lo que se quiere ignorar mediante esta imposición forzosa.

 

Además, los detenidos, sus cuerpos, se transforman de esta manera en enemigos a los que castigar —y no lo son—, peor aún, en cosas: sacos sin identidad ni valor alguno.

 

¿Qué guerra es esa que libran las embarcaciones de la Flotilla?

 

Ninguna guerra, ninguna agresión; de hecho, no hubo resistencia alguna en el momento del abordaje de las embarcaciones: agredidos, arrastrados, atados y tirados al suelo, imponiéndoles ese acto de humillación.

 

Resulta extraño ver esta escena sacada precisamente por quienes son los descendientes, o los herederos, de los judíos exterminados en los campos nazis durante la Segunda Guerra Mundial.

 

Son ellos quienes han asumido la crueldad del poder absoluto y de la fuerza bruta para degradar a un grupo de 400 personas que, con sus embarcaciones desarmadas, se dirigían hacia Gaza.

 

Hombres y mujeres indefensos, como aquellos judíos que el ejército alemán expulsaba de sus hogares en los guetos europeos. Una vez más las víctimas pueden transformarse en verdugos, los humillados en perseguidores y en torturadores.

 

Nadie está a salvo de este peligro.

 

La actual multiplicación de imágenes acaba borrando todo, superponiendo una imagen sobre otra, de modo que se anula incluso lo que parece inhumano y perturbador.

 

En esta imagen hay una voluntad deliberada de documentar un acto de opresión, unida en este caso a una advertencia provocadora para quien la mira, algo que quedó claro con vehemencia y arrogancia en las palabras del ministro israelí que acudió al lugar.

 

Pase lo que pase hay en esta imagen digital una premonición que hipoteca nuestro futuro, y ante la cual no podemos permanecer indiferentes. Estamos advertidos: la barbarie más inhumana ha sucedido y puede volver a suceder.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 11 de abril de 2026

No hagas daño.

No hagas daño

El 27 de enero de 1945, el mundo tomó conciencia del profundo y oscuro mal de los campos de concentración.

 

Una página terrible de la historia de la humanidad que estamos llamados a transmitir para que algo así no vuelva a suceder jamás... bajo ninguna forma.

 

No basta con narrar a las nuevas generaciones esta espantosa manifestación del mal. Es necesario preguntarse seriamente si es posible ir más allá del mal.

 

Filósofos, estudiosos, teólogos, literatos, científicos, hombres y mujeres de cultura, tras la Segunda Guerra Mundial, se preguntaron cómo, después de Auschwitz, se podía hablar del bien, de la humanidad, de Dios, de la religión y del futuro.

 

Uno siempre queda desconcertado cuando piensa en aquella frase que figuraba en la hebilla del cinturón de los soldados nazis. «Dios está con nosotros» (Gott mit uns). Era una frase que aparecía en relieve.

 

Y, en medio de mi desconcierto, quiero pensar que precisamente esto es la negación de todo lo que yo he creído aprender sobre la religión y sobre Dios hasta ese momento.


No es posible que el Dios tan invocado por mujeres y hombres acabe caricaturizado como en el cinturón de los nazis.

 

Por desgracia, la instrumentalización de la religión y del nombre de Dios no es un tema inusual en la historia de la humanidad.

 

La Europa de las largas y agotadoras guerras de religión ha ido adquiriendo poco a poco una laicidad plural, continuamente puesta en peligro por extremismos nostálgicos o por posturas intelectuales alejadas de la realidad cotidiana que vive la gente.

 

Dios ha vuelto con fuerza a la escena política cuando, el día de su toma de posesión, el presidente de lo MAGA interpretó el resultado del atentado que sufrió como una señal divina inscrita en la historia, no solo para salvarlo a él, sino para elevar con prepotencia a los Estados Unidos de América por encima de todas las demás naciones.

 

Como revelan los conflictos difundidos por los medios de comunicación, lo divino se utiliza ahora para justificar un sistema cultural, ahora para conquistar territorios y sumir en la miseria y la muerte a miles de personas.

 

Todo esto, creo, muestra lo absurdo de asociar el nombre de Dios a las guerras, al exterminio, a la muerte, a las divisiones y a las opresiones, en lugar de al amor, a la comunión y al bien de toda la humanidad.


La práctica y la realidad de la deshumanización no solamente no son ajenas a nuestra época sino que es como la mano del mal que mece la cuna…

 

Mientras las imágenes del niño sirio de tres años Alan Kurdi siguen conmoviendo nuestra conciencia años después, las grandes potencias mundiales, fomentan una cultura de las formas de odio y de violencia, de alta o baja intensidad.

 

Además, en todo Occidente, las corrientes políticas nacionalistas aumentan sus filas a través de discursos en los que se deduce que una parte de la humanidad —a menudo exigua y alimentada por culturas en flagrante necrosis— se considera prioritaria respecto al resto (American first, primero los españoles, etc.).

 

¿No será que vivimos en un clima de pleno egoísmo en Europa, y quienes nos preocupamos nos sentimos completamente impotentes? 


Por ejemplo, hablamos de invasión de migrantes y nos sentimos víctimas de la invasión… ¿pero nos damos cuenta del engaño que nos quieren hacer creer con tamaña mentira?


Ante los retos de la contemporaneidad hay que recordar el pasado tanto para interpretar el presente como para iniciar procesos de cambio cultural y político.

 

De hecho, es inútil decir que no podemos cambiar el mundo. Lo importante es hacer, hacer sin parar. Contribuir a cambiar, a lo largo de la vida, aunque solo sea a cinco personas, tiene sentido, porque la supervivencia de todos debe tener sentido.

 

Del mal más sombrío sigue surgiendo una importante lección basada en la humanidad y en el sentido de esta última. Por eso hacer memoria es un paso necesario paso para construir el futuro y, por tanto, para ir más allá del mal.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 7 de abril de 2026

Esa forma de violencia difusa… pero concreta y real.

Esa forma de violencia difusa… pero concreta y real 

Se intenta por todos los medios demostrar que, en nuestro país, la violencia se concentra únicamente en algunos casos llamativos, como, por ejemplo, el asesinato y el feminicidio. Algo anecdótico, esporádico,..., casual.

Ignoramos —o queremos ignorar— que la violencia no se agota en estos episodios: existen formas encubiertas que deberían ser reveladas porque se manifiestan como un susurro continuo, un murmullo que atraviesa los días, una forma de estar en el mundo que hemos aprendido a llamar normalidad. 

Es una presión que se siente en los huesos, en los pasillos de las oficinas, en las esperas en las consultas, en las frases que pasan de boca en boca sin que nadie las cuestione. 

No sirve de nada negarla: basta con dejarla fluir, como una corriente subterránea que todos perciben pero que nadie quiere nombrar. 

Llevamos años diciéndonos que la violencia de género coincide casi exclusivamente con el homicidio, mientras que se ejerce de muchas formas sobre las mujeres, las personas mayores y los niños. 

Todo lo demás —la explotación, la precariedad, la soledad institucional— se considera un complemento, un detalle, un ruido de fondo. 

Es una forma cómoda de no mirar la estructura. De no ver que la violencia no es un incidente, sino una infraestructura. No es un gesto, sino un entorno. No es un hecho privado, sino una forma que atraviesa la vida cotidiana. 

La violencia se reconoce en los contratos a tiempo parcial impuestos, en las entrevistas en las que se pregunta «¿tiene intención de tener hijos?», en las madres que vuelven al trabajo como si el parto fuera un paréntesis que hay que cerrar rápidamente. Se reconoce en las consultas vacías, en los servicios que se desvanecen, en las ciudades diseñadas sin pensar en quienes se mueven con un cuerpo vulnerable. 

Se reconoce en los titulares de los periódicos que convierten a una chica asesinada en un enigma que hay que resolver a través de lo que llevaba puesto, por dónde caminaba, qué llevaba consigo. Es siempre el cuerpo de la mujer el que tiene que justificar su propia existencia. 

La violencia está dentro del trabajo precario, mal pagado, menospreciado... tantas veces "en negro".

Hay episodios que parecen «no tener nada que ver», pero que en realidad hablan y deberían cuestionar nuestra supuesta madurez adulta. Episodios que no deben moralizarse sino escucharse. 

No son un meteorito caído del cielo. Hay un entorno donde la violencia está presente en formas sutiles pero generalizadas. Se deja sola a la escuela, se deja solos a los mayores, los jóvenes crecen en un clima social, político y económico que no enseña a convivir con el otro, sino a defenderse y a competir. 

No son casos aislados: son un síntoma. Los síntomas no se juzgan, se interpretan. 

Convertir la violencia contra las mujeres en un paradigma analítico puede ayudarnos a superar las reducciones que definen a las mujeres a través de su relación con un hombre —madre, hija, esposa— y nunca como cuerpos que deciden, desean, actúan. Nunca como sujetos políticos, nunca como presencias autónomas. Es una reducción que no surge por casualidad: es un dispositivo. 

Y sirve para mantener el orden, para garantizar que la libertad femenina siga siendo siempre un poco sospechosa, un poco excesiva, un poco que hay que contener. Es una forma de decir: puedes ser todo, siempre y cuando no sea demasiado. 

Hay un antifeminismo que no necesita declararse. Vive en los tonos suaves, en las frases de cortesía, en los comentarios que parecen cumplidos y, en cambio, son una cruz. Vive en el paternalismo que dice «te protejo» mientras decide por ti. 

Vive en la retórica que invita a respetar a las mujeres «porque podrían ser vuestras madres», como si la dignidad fuera un reflejo y no un derecho. Es un antifeminismo que no ataca: acompaña. No prohíbe: sugiere. No impone: orienta. Es una mano en el hombro que parece afecto y, en cambio, es control. 

Cuando las mujeres salen del lugar que se les ha asignado —cuando salen a la calle, ocupan el espacio, pintan una pared, rompen la quietud— la superficie se agrieta. La rabia emerge. 

La misoginia, que parecía haber desaparecido, vuelve a salir a la luz con la rapidez de un reflejo. Nunca se fue: solo estaba esperando un pretexto. Basta un gesto fuera de lugar para hacerla estallar. 

Las instituciones viven en esta hipocresía. Por un lado celebran la igualdad, inauguran campañas, organizan jornadas dedicadas; por otro, restringen los espacios de autodeterminación, recortan los servicios, tratan la libertad como un problema de orden público. 

Es una esquizofrenia que permite decir todo y lo contrario de todo: alabar a las mujeres mientras se limita su autonomía, condenar la violencia mientras se ignoran las condiciones que la hacen posible. Es una forma de mantener la distancia de seguridad: reconocer el problema sin llegar nunca a tocarlo de verdad. 

En este escenario, la resistencia es una de las pocas fuerzas que aún habla desde lo concreto, no desde la abstracción. Es una resistencia que no se conforma con la retórica, que no se deja domesticar. Vive en las plazas, en los consultorios, en los colectivos, en los centros antiviolencia. 

Vive en las palabras que no piden permiso. Vive en los gestos cotidianos de quienes se niegan a ser educados en el miedo. Vive en las mujeres que ya no aceptan que otros hablen por ellas. Vive en la conciencia de que la libertad no es un concepto: es una realidad. 

No hace falta negar la violencia para perpetuarla. Basta con hacerla invisible. Basta con transformarla en estadística. Basta con contarla como un problema individual, no estructural. Basta con trasladarla a otra parte: a otra región, a otra clase social, a otra narrativa. 

La tarea del feminismo hoy es precisamente esta: impedir el desplazamiento. Mantener la violencia en el centro del discurso, sin permitir que se diluya, se suavice, se normalice. Devolverle su peso, su materia, su presencia. 

Porque la violencia existe. Es sistémica. Mientras no la nombremos por lo que es, seguirá fluyendo bajo la superficie, como una corriente que atraviesa los cuerpos y los expone. 

La política, si quiere estar a la altura, debe partir de aquí: del cuerpo que permanece, del cuerpo que resiste, del cuerpo que ya no acepta ser tratado como un detalle. 

Se necesitaría una educación en la no violencia masiva que comenzara en la escuela primaria: la no violencia no puede ser solo una cuestión para los pacifistas, sino que debe convertirse en un estilo de vida social. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 6 de febrero de 2026

Calladita estás más guapa.

Calladita estás más guapa

Seguramente ya nadie se acuerda de aquella vez en la que un Presidente de un Estado democrático se dirigió a una periodista con las palabras «Quiet, piggy» - ‘Cállate, cerdita’ -, mientras ella le pedía aclaraciones sobre los documentos relacionados con un caso.

 

Me refiero a este hecho: https://www.youtube.com/watch?v=ayM_qd2JrBU

 

No es la primera vez, ni será la última, que el Presidente de los Estados Unidos de América utiliza un lenguaje de este tipo hacia una mujer.

 

Dándole vueltas a algunos de los acontecimientos recientes del circo político en el que vivo - prefiero obviar nombres de los líderes políticos en cuestión - hasta imagino que cierto tipo de gesto no debe interpretarse como un episodio puramente personal, sino que forma parte de una dinámica social consolidada que está experimentando un nuevo resurgimiento.

 

Calladita estás más guapa”. “Más discreta estás mejor”. “El silencio te favorece”. “Te ves mejor en silencio”,…, son algunas frases de cierta arrogante preponderancia masculina… Estas, y otras, son formas más o menos groseras y obscenas del lenguaje para herir la dignidad de las mujeres.

 

El lenguaje siempre ha funcionado como un instrumento de poder: el cuerpo y la voz femeninos se convierten en el terreno en el que poder reproducir y ejercer un orden de género muy arraigado.

 

Por ejemplo, la historia muestra un patrón claro: los hombres hablan de los cuerpos de las mujeres, los juzgan y los ridiculizan, mientras que las mujeres rara vez hablan de los cuerpos masculinos y, cuando lo hacen, su impacto público es mínimo.

 

La voz masculina es la medida del mundo y casi siempre son los hombres los que se permiten gestos y comentarios de esta magnitud. 

La crítica a una mujer en base a su forma, talla o apariencia de su cuerpo - en inglés se llama ‘bodyshaming’ - representa el primer campo de batalla. 

El primero porque a él se suman otras formas de menosprecio, como las formas de comentarios indeseables, gestos poco elegantes, silbidos, persecuciones, insinuaciones sexuales persistentes y manoseos - catcalling - y aquellas otras formas en las que se explica algo a alguien en un modo que sugiere que la otra persona es estúpida, y que es usado especialmente cuando un hombre explica a una mujer algo que ella en realidad ya entiende - mansplaining -. 

Nada de esto es anecdótico, episódico, ocasional…, sino casual porque refleja una construcción cultural milenaria en la que el poder, público y privado, es históricamente masculino y se ha normalizado toda forma de arrogante prepotencia.

 

Hablar, juzgar y ridiculizar a las mujeres sigue siendo, en parte, socialmente tolerado, mientras que la voz femenina, cuando intenta imponerse, se percibe como anómala, fuera de lugar o agresiva.

 

El privilegio masculino también se manifiesta en la libertad de utilizar el lenguaje como arma sin sufrir consecuencias equivalentes.

 

Alguien pensará que las arenas del poder han cambiado. Puede ser. Pero, incluso si así fuera, la estrategia persiste: se declina en las redes sociales, en los editoriales y en los debates públicos.

 

Las formas cambian, la función permanece. 


Por ejemplo, cuando se discrepa. Discrepar no significa necesariamente hacerlo con agresividad, pero parece que para muchos hombres esta es la única forma posible.

 

El cuerpo de las mujeres ha sido considerado históricamente como una propiedad, una metáfora moral y un objeto de control, y la frecuencia con la que los hombres lo comentan sigue indicando la sistematicidad del sexismo lingüístico.

 

Hablar de ello es un ejercicio de dominio y, aún hoy, el lenguaje cotidiano conserva estos códigos, a menudo sin plena conciencia.

 

Este mecanismo también se observa en las interacciones cotidianas: los comentarios sobre la ropa, el peso, la voz o la forma de hablar siguen siendo objeto de debate o denigración, aunque de forma diferente.

 

No es una cuestión de «políticamente correcto» o de deslizamientos morales individuales, sino una cuestión cultural.

 

Cada insulto, cada comentario ofensivo, cada…, contribuye a consolidar jerarquías y a definir roles sociales.

 

Para las generaciones jóvenes, crecer en un contexto en el que la voz femenina se ve sistemáticamente minimizada significa interiorizar normas de desigualdad. Por eso, el reto es cultural.

 

No basta con decir «no insultes», sino que hay que explicar cómo el lenguaje estructura las relaciones de poder, hay que mostrar que cada palabra conlleva una historia, un contexto y un peso simbólico.

 

Hay que educar en la conciencia semántica, mostrando que la palabra puede construir o destruir, liberar o dominar. Seguramente, también necesitaríamos una educación en afectividad… pero eso es otra historia.

 

Aquel episodio «Quiet, piggy» - ‘Cállate, cerdita’ -, lo traigo aquí porque es otro claro ejemplo de cómo el sexismo se reproduce en privado y en lo público, incluso también en las más altas esferas de nuestra política estatal.

 

Ignorarlo significa legitimar un orden de género existente, mientras que lo que deberíamos hacer es comprender, denunciar, debatir y transformar. También los partidos políticos.

 

Sí, hay que censurar ciertos términos o comportamientos. Negro sobre blanco. Sin paliativos. 


Pero se trata también de educarnos y enseñarnos a leer la cultura del lenguaje, a reconocer códigos y jerarquías y a desarrollar el sentido crítico. 


Solo así, tal vez, podamos construir espacios públicos en los que reconocer la dignidad de la mujer y en los que habitar de manera más equitativa.

 

Si has llegado hasta aquí, te propongo este ejercicio para tu reflexión. Se trata de ver y de escuchar. Y ojalá, también, de reflexionar: https://www.youtube.com/watch?v=l7iNejWP3kE

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 26 de diciembre de 2025

Sobre la película “Nuremberg” y la banalidad del mal.

Sobre la película “Nuremberg” y la banalidad del mal

Douglas Kelley, psiquiatra militar, también fue llamado a Núremberg para examinar la capacidad de discernimiento y voluntad de los jerarcas nazis: el historiador Jack El-Hai hablará de su experiencia en el libro El nazi y el psiquiatra de 2013, en el que se basa la película Nuremberg, del director James Vanderbilt.

 

Y uno queda trastocado cuando comienza a sospechar la ausencia de anotaciones psicopatológicas importantes. Porque quienes sospechábamos que los 19 acusados y los 14 testigos, cómplices en la realización del holocausto, estaban mentalmente perturbados debemos reconsiderar nuestra opinión al leer las propias palabras de los acusados.

 

Sí, uno queda trastocado cuando se encuentra ante la ausencia de una conciencia colectiva del genocidio, de un sentimiento similar a un vago remordimiento o culpa.

 

Los acusados responden a preguntas precisas sobre su participación personal en el exterminio judío con frases anónimas, que precisan su papel, menor, de funcionarios fieles a una causa política.

 

Y uno tiene la sensación de que esa «neutralidad», que aleja la tragedia del holocausto, o es fruto de una estrategia procesal o es la fotografía de una realidad desapasionada.

 

En muchos de los interrogados predomina el orgullo militar, la confianza inquebrantable en un ego dominado por un pensamiento antisemita, fanático y nacionalista.

 

Y es que la desconexión entre el horror de los hechos y la certeza de la propia razón «superior» sigue generando hoy en día, si no horror, al menos asombro.

 

Resulta evidente que todos (o casi todos) niegan cualquier responsabilidad directa en el genocidio, reduciendo su posición jurídica a la de meros ejecutores de órdenes. La voluntad de todos los acusados es negar o minimizar su participación directa, incluso parcialmente consciente. Cada uno de ellos quiere y elige no saber y no ver, sorprendido de que pudieran ocurrir cosas tan horribles.



Recuerdo que en Vencedores y vencidos, dirigida por Stanley Kramer en 1961, uno de los acusados, el juez Ernst Janning, aunque manifiesta su dignidad personal como intelectual y escritor, se atreve a decir que él sabía, sí, de los cientos, pero no de los miles de muertos. Por lo tanto, si las víctimas hubieran sido cientos y no miles, Ernest Janning se engañaba a sí mismo pensando que era, al menos numéricamente, menos culpable.

 

Los acusados de Núremberg no eran personajes «sin carácter», sino personas ambiciosas, despiadadas, conscientes de su poder absoluto, pero también maridos irreprochables, padres hipócritas, defensores de la nación, incluso a costa de matar a cualquiera que se atreviera a rebelarse contra el régimen autocrático del Tercer Reich.

 

En las diferentes respuestas llama la atención el tono siempre objetivo, la descripción neutra de los hechos y la férrea fidelidad a los códigos militares. A juzgar por todos los relatos, parece que ninguno de ellos pudo actuar de otra manera que como lo hizo, al tener que obedecer las órdenes de Himmler y Hitler bajo pena de muerte, y que no había ningún margen posible para reacciones emocionales que minaran la autoridad suprema del Führer.

 

Creo que para que exista una patología es necesario que exista un síntoma. Y esto me hace pensar. Y es que llama la atención que de cada una de estas entrevistas no se desprende ninguna alteración que remita a algún trastorno del estado de ánimo o del pensamiento; no se trasluce la percepción subjetiva de la duda o la herida personal del dolor: solo la constatación de la incomprensible ruina del Tercer Reich y la conciencia de haber sido derrotados.

 

¿Eran sádicos enmascarados? ¿Burocráticos que no sabían? ¿Cobardes que defendían sus vidas?

 

Las únicas excepciones fueron la de Rudolph Hesse, declarado incapaz de entender y querer, y condenado a cadena perpetua en la prisión de Spandau, donde murió a los noventa y dos años, y la de Hermann Göring, que destaca entre todos los demás por su arrogante omnipotencia y su febril disforia maníaca. Hace afirmaciones claras y duras, en contraste con los tonos a menudo hipócritas de los demás acusados. No niega los crímenes del Tercer Reich. El poder autocrático impone una única obediencia, una única visión del mundo.

 

En la película Nuremberg Göring, interpretado por un Russell Crowe físicamente imponente incluso en su condición de cautivo, grita desde la sala del tribunal: «Nicht schuldig», «No culpable»; y pocos minutos antes de la ejecución, eludirá la horca masticando una pastilla de cianuro, en un acto extremo de heroísmo negativo.


 

Casi todos los acusados en el juicio de Núremberg escamotean el genocidio judío como si hablaran de los alrededores del holocausto, o de cuestiones de política general, de defensa personal...

 

Y, sin embargo, ninguno de los crímenes imputados a los oficiales es un recuerdo del pasado. Crímenes similares a estos siguen existiendo y multiplicándose, aunque cambien los nombres de los dictadores y los nombres de las víctimas.

 

Hace ya tiempo, incluso diría que muchos años, comencé a pensar seriamente que la historia no enseña nada.

 

Porque han llegado, llegan y llegarán otros episodios, otras masacres, y se renovará la pantomima de las culpas, las acusaciones, las defensas. Y, como de costumbre, algún psiquiatra llamado a «comprender», a dar sentido a esas acciones monstruosas, no sabrá identificar, en el inconsciente de los verdugos, un síntoma, una laguna existencial: verá en sus vidas, hombre tras hombre, una sed insaciable de poder, una sed que, para ser saciada, llevará a algunas personas (judíos o lo que sean) a la extinción, y a miles de otros pueblos al mismo destino, en este presente y en el futuro inmediato de las próximas guerras.

 

Cada verdugo, seguramente, nunca muestra sus abismos mentales. Su verdad prevé la destrucción de quienes se oponen a ella. De la orden impartida a la orden ejecutada, sin tiempo para pensar, para dudar, para mostrar ningún síntoma de vacilación... Sin piedras en el camino: la derrota del enemigo resolverá cualquier atisbo de duda o cualquier problema de conciencia con el silencio definitivo de la muerte… con la aniquilación.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 24 de noviembre de 2025

Feminicidio: una reflexión tan incómoda como necesaria.

Feminicidio: una reflexión tan incómoda como necesaria 

Hay cosas sobre las que no me gustaría escribir, porque desearía que no existieran. Que no fueran un tema de debate. Una de ellas es el feminicidio. 

Y uno desearía no tener que seguir escuchando, leyendo, pensando con otros para revisar culturalmente nuestra sensibilidad colectiva en materia de violencia de género. 

Y uno desearía que se pudiera considerar un patrimonio compartido que la violencia es un concepto cualitativo, no cuantitativo: un poco de violencia no es menos grave que mucha violencia. No es como saltarse la dieta, que se puede hacer una vez y no es grave. Hay cosas que son graves y punto, y el mero hecho de ponerlo en duda las hace aún más peligrosas. 

El 25 de noviembre no es una fecha diferente a las demás. No se trata de un día en el que hay que estar más atentos, ser más respetuosos o estar más sensibilizados. 

Es solo una ocasión para decir una vez más que la violencia contra las mujeres en nuestro país tiene ya los contornos estructurados del fenómeno, con el que llevamos años lidiando, con escasos… resultados. 

Pero ¿por qué se utiliza el término feminicidio? 

A menudo, cuando se habla de feminicidio, no pocas personas desaprueban el término porque seguramente hasta desconocen la especificidad del fenómeno. Es una forma de violencia, es una forma de homicidio —se oye decir—, ¿por qué darle un estatus aparte? Es un tipo de objeción que proviene de personas, probablemente incluso de buena fe, pero sobre la que conviene aclarar algunas cosas. 

En realidad, cuando hablamos de feminicidio, no estamos diciendo simplemente que se ha asesinado a una mujer. El feminicidio no indica el género de la víctima, sino que una mujer ha muerto a manos de un hombre en un contexto social que permite esa violencia. 

En una sociedad como la nuestra, quien mata a su pareja o ex pareja porque es incapaz de aceptar su voluntad de dejarlo o de autodeterminarse comete un feminicidio. 

Quien agrede y causa la muerte de una chica desconocida en la calle porque está íntimamente convencido de que puede disponer del cuerpo de las mujeres a su antojo comete un feminicidio. 

El feminicidio indica, por lo tanto, el móvil de un asesinato: las mujeres son asesinadas por ser mujeres y, concretamente, por ser mujeres libres. 

Libres de amar a quien quieran, libres de salir con quien quieran, libres de vestirse como quieran. Libres. 

Una objeción más frecuente cada vez que se habla de estos temas es «not all men», no todos los hombres. 

Replicar diciendo que no todos los hombres son culpables y no hacerlo, por ejemplo, cuando se trata de otros tipos de delitos, es profundamente significativo. 

De hecho, la misma refutación no se esgrime como defensa de toda la categoría masculina cuando el caso del día no afecta a las mujeres, como si lo importante fuera desmarcarse de esa comparación específica para no tener que reconocer a las mujeres como víctimas de un sistema sociocultural que las perjudica desde tiempos inmemoriales. 

Asimismo, decir que no todos los hombres matan/violan/son violentos es una banalidad colosal, además de ser lo mínimo que se puede decir. 

Es evidente que no todos los hombres matan, violan, acosan, agreden, abusan física o psicológicamente de las mujeres, ni todos los hombres intercambian fotos íntimas de sus exnovias en los chats con sus amigos. Nadie piensa eso. 

Y es igualmente evidente que hay muchos hombres que nunca se atreverían a hacer cosas así. 

De hecho, el argumento no es que todos los hombres sean violentos, sino que la violencia de género es un problema que nos concierne a todos. 

Dicho esto, la cuestión es que la precisión «not all men» corre el riesgo de hacer pasar los episodios de violencia como casos aislados perpetrados por «monstruos» ajenos a la sociedad en la que vivimos. Como si la violencia fuera una cuestión individual, no sistémica. 

Cuando nos apresuramos a decir que «no todos los hombres» son así, en realidad estamos diciendo «yo no soy así, mi compañero, mi marido, mi… no es así», quedándonos al margen del debate. Nos estamos defendiendo de una representación de nosotros mismos o de los hombres que conocemos que no nos gusta. 

Y esta es la segunda razón por la que decir «not all men» es problemático: porque el centro ya no está la cuestión de la violencia contra las mujeres, sino una defensa de género basada en la experiencia personal. Por lo tanto, sí, es cierto, no todos los hombres acosan, agreden, etc. 

Pero todas las mujeres están expuestas porque este tipo de cultura existe y está arraigada en todos nosotros, hombres y mujeres. 

Por eso la violencia de género es tristemente ‘democrática’. Afecta a todas las mujeres, en cualquier contexto y sin tener en cuenta su origen, clase social y contexto cultural. Lo más difícil de entender es precisamente esto: todas están constantemente expuestas. 

Y también los hombres están constantemente expuestos a una cultura que sigue considerando la desigualdad de género como el principal indicador de poder. 

Uno tiene la sensación de que los hombres, los padres, los maridos, los compañeros, los… que no son violentos merecerían una medalla al valor, serían una excepción a una regla implícita… 

Imagino que aún estamos muy lejos de erradicar definitivamente ciertas reglas implícitas, pero hablar de ello, seguir hablando de ello, llamar a las cosas por su nombre es una de las cosas que hay que hacer para conseguirlo. 

A veces pienso que ante las víctimas de los feminicidios no debiéramos hacer un tiempo de silencio sino un tiempo de ruido... 

Me refiero a un ruido que inquiete porque manifieste una verdad incómoda… 

Un ruido que sea una señal de que nos hemos dado cuenta de que la medida de la violencia está llena, de que un vaso de lágrimas y dolor se ha desbordado. 

No hay mejor ruido que el que sirve para poner al descubierto una verdad incómoda. Y los feminicidios requieren quizás no el ejercicio de una verdad unánime, sino el de una verdad incómoda. Quizás solo eso les debemos a las víctimas. 

Y digo que es una verdad incómoda porque hay algo sospechoso en el hecho de que todos, prácticamente todos, reconozcan la violencia de ciertos comportamientos. Porque si todos estamos de acuerdo, nadie es realmente culpable y esa violencia será prerrogativa de los monstruos, de los bestias, de los anormales. 

Si todos, absolutamente todos, reconocemos la violencia, entonces nadie reconocerá que el origen de esa violencia es un conflicto. Cultural, material, estructural, social, cultural, simbólico, económico 

La violencia de género es el efecto de un conflicto generado por una determinada comprensión de la masculinidad que acaba de-generando en dominación masculina. 

He aquí una verdad incómoda: no hay mayor falsedad que ser todos solidarios contra la violencia, pero ocultando el conflicto que la ha generado y la alimenta, la justifica, la sostiene. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...