viernes, 10 de julio de 2026

Los Días de las Memorias.

Los Días de las Memorias 

Existe un arma que no hace ruido y, sin embargo, puede ser más letal que las bombas y las pistolas: es el silencio de quien ve y aparta la mirada. 

Los violentos lo saben bien; de hecho, prosperan allí donde la conciencia calla. 

Y para romper ese muro de silencio se suelen celebrar algunos Días de la Memoria y el Compromiso en recuerdo de las víctimas de la violencia. 

No solo para depositar flores sobre sus lápidas, sino sobre todo para plantar semillas fértiles en la conciencia colectiva. 

La memoria cívica es como un músculo del gran cuerpo de la sociedad: exige cuidados y ejercicio: si la descuidamos, se atrofia y la sociedad pierde vigor; si la entrenamos, se convierte en advertencia, acicate y energía que nos aleja de la inercia moral, nos mantiene alerta y nos hace capaces de oponernos al mal y transformar el presente. 

Recordar a las víctimas de la violencia es un acto de resistencia contra la creencia de que la violencia es inevitable, el asesinato algo normal y la ley del silencio una forma necesaria de prudencia. 

Cada vida truncada que no dejamos caer en el olvido se convierte en un antídoto, una chispa de conciencia contra esa indiferencia silenciosa, ese consenso pasivo y esa resignación que permiten a las mafias arraigarse y sobrevivir. 

Y hay que hablar. También para romper el silencio, para no permitir que el miedo o la costumbre de callar se conviertan en complicidad. Hablar, sí, para recordar que la indiferencia no se convierta en terreno fértil para la anomalía de la violencia y el olvido en protección para quienes la han ejercido. 

La memoria debe transformar el recuerdo en práctica, convertirse en una exhortación a la acción. Debe conducir a la conciencia de que ese pasado nos concierne, nos interpela, nos pide que pongamos de nuestra parte, exige nuestro valor. 

No, no el valor de los grandes actos de heroísmo, sino el de los gestos cotidianos, de las pequeñas decisiones, que nos llevan a rechazar un favor que huele a atajo, a denunciar una injusticia, a contrarrestar la lógica del «así lo hacen todos», a defender a quienes están más expuestos. 

El valor de cuestionar nuestros hábitos: cómo votamos, cómo hablamos, cómo nos relacionamos con los demás. Transformamos el recuerdo en un ejercicio de valor cada vez que resistimos la tentación del nihilismo práctico: cuando preferimos la responsabilidad a la indiferencia, la verdad al silencio, la transparencia a la ambigüedad, la legalidad a la conveniencia. 

El valor es contagioso: cuando alguien lo ejerce, otros encuentran la fuerza para practicarlo. Toda violencia se consolida gracias al aislamiento, pero cuando el valor deja de ser un gesto aislado y se transforma en un movimiento compartido, en reciprocidad y corresponsabilidad, el miedo se atenúa y la violencia comienza a perder terreno. 

Recordar a las víctimas de la violencia significa mirar al pasado para dar un nuevo rumbo al mañana. La memoria no solo conserva: orienta la acción futura. De este impulso proyectivo nace la esperanza de la que hablaba Ernst Bloch. 

La esperanza es energía transformadora. A diferencia del miedo, «no es una espera pasiva, no es resignación […] se expande, ensancha a los hombres en lugar de encogerlos, no permite conformarse con el mal presente» (Ernst Bloch, El principio de esperanza). 

Es apertura a lo nuevo, tensión hacia el cambio. La memoria y la esperanza resultan así aliadas en el mismo camino de lucha contra la violencia: la primera mantiene vivo lo que ha sucedido, la segunda abre el horizonte de lo que se puede construir. 

La idea de la justicia como bien común, de la legalidad como responsabilidad compartida, debe seguir caminando nuestras decisiones. Debe convertirse en el proyecto de una sociedad que no pasa página distraídamente, que no se resigna, en un compromiso de la escuela, de las instituciones, de las asociaciones y de las comunidades, tanto pequeñas como grandes. 

La lucha contra la violencia se gana educando, vigilando, forjando vínculos y fomentando la ciudadanía activa. Cada lugar donde se crece, se decide y se coopera puede convertirse en un bastión de la legalidad. 

Por eso, también, cada Día de Memoria es como una primavera de la militancia activa de la ciudadanía, una advertencia y una promesa de un futuro más justo que construir juntos. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Los Días de las Memorias.

Los Días de las Memorias   Existe un arma que no hace ruido y, sin embargo, puede ser más letal que las bombas y las pistolas: es el silenci...