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miércoles, 2 de septiembre de 2026

La libertad del peregrino para ponerse en camino.

La libertad del peregrino para ponerse en camino

Quien dice habitar en el Espíritu, pero permanece encadenado a sus propios límites, se miente a sí mismo.

 

La dimensión del Misterio no es un puerto seguro donde amarrar, sino un océano sin orillas que exige el valor de zarpar.

 

¡Ay de quienes se quedan quietos!

 

La vida sedentaria del alma es la tumba de la profecía.

 

Hemos construido recintos alrededor de nuestras tareas y muros alrededor de nuestros lugares, llamándolos seguridad. P

 

ero el Espíritu del Misterio no se deja secuestrar por nuestras costumbres, ni se domestica con la repetición de gestos vacíos de fuego.

 

Él es el Misterio del Éxodo, el soplo que empuja hacia fuera, la voz que llama a caminar por senderos que aún no existen.

 

Entremos en la nueva dimensión.

 

Acoger al Espíritu significa rasgar el velo del tiempo lineal y del espacio limitado. Es nacer a una libertad que el mundo no conoce: la libertad de no estar definidos por lo que hacemos, sino por Aquel que nos llama.

 

No somos nuestro papel, no somos nuestra tierra; somos caminantes del Infinito, dispuestos a cambiar de rumbo al más mínimo susurro del Viento.


No hay vuelo sin raíces sumergidas en el silencio. Nadie puede decirse libre si no se nutre a diario del Misterio, en un diálogo que no conoce descanso.

 

La libertad no es ausencia de vínculos, sino el abrazo constante con la Fuente. Todo fluye de Él y a Él todo debe volver.

 

Sin este contacto íntimo, perseverante y prolongado, vuestra libertad se convertirá pronto en un nuevo desierto, y vuestro movimiento en una huida vana.

 

Que este sea, pues, nuestro camino: busquemos su rostro en lo secreto, para ser fuego en la plaza. No temamos lo incierto, pues quien pertenece al Espíritu no tiene dónde recostar la cabeza, pero posee el universo entero.

 

La libertad espiritual no es la facultad de hacer lo que uno quiere, sino la capacidad de convertirse en lo que uno es en lo más profundo, liberándose de las cadenas invisibles que nos esclavizan.


Salir de la vida «sedentaria».

 

No se trata solo de movimiento físico, sino de desapego interior.

 

La libertad espiritual es la capacidad de habitar el mundo sin poseerlo.

 

Quien es libre no pertenece a ningún lugar, sino que es un peregrino. Esto le hace inmune a los chantajes de la comodidad y la seguridad material.

 

Es la libertad de quien sabe que su patria está en los cielos (o en lo Invisible) y, por eso, puede estar plenamente presente en cualquier lugar sin ser esclavo de nada.


Esta es la parte más paradójica: solo se es libre cuando uno se une a algo más grande. Sin el contacto diario con el Misterio (la meditación, la oración, el silencio), la libertad degenera en arbitrariedad o en soledad.

 

Al igual que una cometa solo es libre de volar mientras está atada al hilo, el ser humano alcanza su máxima plenitud cuando reconoce que «todo viene de Él y a Él vuelve».

 

La dependencia de la Fuente nos libera de las dependencias del mundo (el juicio ajeno, las dependencias emocionales, la ansiedad por el rendimiento…).


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 24 de mayo de 2026

¿Y si lo ponemos todo patas arriba?

¿Y si lo ponemos todo patas arriba?

Hay puertas cerradas para mantener todo a raya tanto en el texto evangélico de San Juan 20, 19-23 como en el pasaje de los Hechos de los Apóstoles que nos muestra el cambio profundo de una comunidad que de repente deja de estar asustada y encerrada en sí misma y se encuentra proyectada hacia el otro y en diálogo con el mundo (Hch 2,1-11).

 

A puerta cerrada —dentro de casa— se descubre una relación: «La paz esté con vosotros», dice el Resucitado. El viento llena toda la casa y el fuego se posa sobre cada uno de ellos. Resuena de diferentes maneras el mismo mensaje: «Soy yo, estoy aquí».

 

El miedo a la soledad, a sentirse diferente y a poder fracasar acompaña el curso de la historia de los hombres. La Iglesia no está exenta de la tentación de cerrar las puertas, atrincherarse, esconderse, levantar barricadas como reacción a la violencia que se extiende por el mundo o complacer el sentimiento de inseguridad de quienes habitan esta historia, tal vez poniéndose una máscara para parecer irreprochables.

 

Cerrar las puertas es un acto que a algunos puede parecerles incluso noble porque preserva la pureza de los ideales y la integridad de los pensamientos. Pero para Dios —el Viviente— las puertas cerradas son siempre un engaño y un falso refugio. La suya es una vida que entra y conmueve.

 

El Resucitado se hace presente y convierte una casa habitada en una prisión gris donde las relaciones son imposibles. Entre esa gente víctima de su propio aislamiento, lleva armonía, confianza, deseo, alegría.


 

«La paz sea con vosotros» no es una formalidad. Tampoco es el saludo solemne de Pascua que hay que pronunciar con tono sacro. Es la esencia de la Pascua y da sentido a una experiencia: la comunidad de los discípulos comienza a existir cuando la presencia del otro —y de los demás— se hace real, cuando el miedo es sustituido por la paz.

 

Hay tormentas, sin embargo, que no, no se puede hacer nada para evitarlas. Y entonces, fuerza, ánimo y adelante. Busquemos la manera de atravesarlas. O también se podría decir así: «Ven, Espíritu Santo, envíanos desde el cielo un rayo de tu luz».

 

Todo el relato del Evangelio es una partida. Jesús permanece en algunos lugares, pero siempre vuelve a partir. Se mueve sin descanso: no es un turista distraído ni tampoco un vagabundo.

 

Se sienta a la mesa y encuentra amigos de verdad, frecuenta lugares sagrados y deja una huella indeleble con su presencia, reúne a las multitudes y les entrega palabras decisivas.

 

La suya no es una presencia inconsistente, sino que siempre se pone en marcha de nuevo. Más que hacia un otro lugar, tiende hacia un más allá. Y tras haber traspasado la barrera insuperable de la muerte, no puede sino enviar a los suyos con el mismo paso que fue el suyo. El horizonte de Jesús atrae a su comunidad: «Yo os envío».


El envío misionero no tiene un punto de llegada físico localizable en un mapa geográfico, sino un horizonte: el mundo debe ser liberado del mal, el pecado debe ser perdonado.

 

El Pentecostés que se celebra cada año escandaliza a la Iglesia de la doctrina y de la moral porque anula la posibilidad del juicio. Jesús sopla y envía el Espíritu entregado a los discípulos para llevar salvación y ponerla a disposición del mundo y de la historia.

 

El viento del Espíritu sirve para volver a poner en movimiento las vidas, devolverles la posibilidad de navegar hacia un horizonte de bien, impedir que vuelva el tiempo de las puertas cerradas.

 

La Pascua encuentra su plenitud en abandonar el puerto y en hacer que se abandonen los puertos, finalmente impulsados por un auténtico deseo de vida plena para uno mismo y para todos.

 

Siempre se puede al Espíritu con el saludo de los marineros: «¡Buen viento a quien hoy parta…!».

 

Los puritanos y santones, cómodos y timoratos,..., fruncirán el ceño. Pero ellos también deberían saber que lo irreverente y atrevido es el propio Evangelio. Y el don del Espíritu se describe siempre como una alteración de los equilibrios, una perturbación de las posiciones adquiridas, un desbordamiento de los caminos lineales, un volteo de las reglas.

 

Porque tantas veces hacemos sueños grandes como barcos… pero luego se oxidan porque se quedan quietos en el puerto.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 23 de mayo de 2026

Un lenguaje para cada vida: la profecía de Pentecostés.

Un lenguaje para cada vida: la profecía de Pentecostés

En la hermosa imagen que nos transmiten los Hechos de los Apóstoles, con esas llamas que iluminan a todos los presentes —los Apóstoles, María y las demás mujeres (Hch 1,14)—, —, mientras «estaban todos juntos», es hermoso ver cómo se manifiesta la consecuencia de ese don del Espíritu: la capacidad de «hablar en otras lenguas», según la capacidad que el mismo Espíritu concedía.

 

Y es en ese hablar en lenguas donde «partos, medos, elamitas» y otros entienden y comprenden, sintiendo que hay una palabra para ellos, que una voz les concierne. Cada uno, en la diversidad de procedencias, culturas y orígenes, se siente de alguna manera reconocido, se percibe como destinatario de un mensaje.

 

Mientras que en Babel la multiplicidad de lenguas había generado confusión y falta de comprensión, aquí hay, en cambio, un inicio de unidad, sin uniformidad: cada rostro tiene una historia, y la palabra pronunciada se refiere a esa historia, una historia que, nos recuerda San Pablo, se sacia en el mismo Espíritu, aun en la riqueza cambiante de las existencias.

 

Y aun en la diversidad de relatos de Pentecostés —el Evangelio de san Juan o el relato de san Lucas— es hermoso notar cómo el Espíritu llega como un don allí donde las puertas estaban cerradas; miedos, temores, desorientaciones, incertidumbres, decepciones son esos cerrojos que cierran las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos. Pero el Espíritu llega, el Espíritu no se detiene, el Espíritu regenera.


¿Creemos en esta Palabra? ¿Acaso debemos preguntarnos por qué hoy nos cuesta tanto hablar las lenguas de los hombres, por qué nuestro esfuerzo no logra sintonizarnos con los «partos, medos y elamitas» que habitan nuestro tiempo; por qué nuestro decir parece a menudo infructuoso?

 

Quizá tengamos miedos y temores, incertidumbres y decepciones; pero el Espíritu llega, reconforta, consuela, abre, fecunda.

 

Y a partir de ahí, si realmente nos volviéramos más dóciles, si confiáramos menos en nosotros mismos y más en el Espíritu de vida, quizá a partir de ahí podríamos volver a intentar caminos de reconocimiento de los demás, podríamos intentar formular palabras que nuestros contemporáneos puedan entender.

 

¿Pero somos al menos conscientes de que nuestra lengua es poco entendida, poco comprendida?

 

¿Somos conscientes de que en nuestro tiempo, tiempo de conflictos y de lenguas utilizadas como medio de violencia, nos haría falta una lengua que una, una lengua de humanidad, sin dejar de custodiar las diferencias?

 

De alguna manera, la Iglesia, incluso en su dimensión más cotidiana, si se convirtiera en una comunidad que una sin querer uniformar, que valore la pluralidad de carismas sin extender un velo de conformismo,…, podría ser un lugar de profecía para el hoy… si realmente, más allá de la retórica, fuera capaz de hablar un lenguaje para cada uno, un lenguaje para cada vida.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 20 de mayo de 2026

¿Y después de Pentecostés qué?

¿Y después de Pentecostés qué?

Pentecostés, es decir, 50 días después. ¿Después de qué? Después de la gloriosa salida de la casa de la esclavitud.

 

Por fin personas libres, ya no sometidas a los caprichos del faraón. La Pascua es un grito de alegría por la liberación inesperada. Miriam y Moisés entonan cánticos de victoria que dan forma al sentir del pueblo liberado.

 

Una explosión de alegría, destinada a una breve existencia, rápidamente sustituida por las preocupaciones por el agua y la comida: qué bonito sentirse libre, pero luego hay que sobrevivir.

 

Desde el día siguiente, una vez pasada la euforia de las celebraciones, se plantea la pregunta: ¿y ahora qué hacemos? ¿Qué hacemos con la libertad conquistada?

 

Una pregunta desgarradora, porque es más fácil romper las cadenas que impiden que los pies se muevan que trazar el camino por el que luego hay que avanzar. Por no hablar del deseo indecible de volver atrás, la tentación inconfesable de que, tal vez, se estaba mejor en Egipto... porque hasta es posible que más valga lo malo conocido que lo bueno por conocer…



Cincuenta días después hay otras aguas que atravesar: las agitadas de los corazones donde se estrellan las espantosas olas de la duda, de la sospecha, junto con los demonios que imperaban en Egipto, el primero de todos el encanto de la fuerza, del poder que exalta a unos y aplasta a otros.

 

¿Qué hacemos con la libertad alcanzada? ¿La usamos para tomar el poder y recrear Egipto en otra tierra, con los antiguos oprimidos en el papel de opresores?

 

Cincuenta días después se perfila la encrucijada, en las laderas del Monte Sinaí. Justo allí, el pueblo escucha una palabra alternativa a la que había oído hasta entonces.

 

Más allá de las palabras del faraón, y también más allá de los gritos de júbilo de los liberados, una palabra desde lo alto, que perfila una forma inédita de habitar la tierra.

 

Cincuenta días después, el pueblo recibe la Torá. Y desde entonces recordará ese don en la fiesta de Pentecostés. Día que nos plantea el desafío de habitar la tierra de otra manera.

 

Fiesta con un regusto amargo, como denuncian los profetas, a causa de las infinitas desmentidas de aquellas solemnes palabras.

 

Como si cada generación tuviera que considerarla a la manera de un acontecimiento aún no consumado, que siempre será cincuenta días después de nuestras supuestas victorias.

 

Al enfrentarse a este desafío perenne, un discípulo de Jesús, San Lucas, narra el acontecimiento fundacional de la comunidad mesiánica.


 

Cincuenta días después de otra Pascua. De nuevo, la irrupción de una palabra diferente, que narra las maravillas de Dios frente a las injusticias de los poderosos. No tanto instrucciones de uso. No es cuestión de información —si fuera así, nos bastaría con la inteligencia artificial—; es un acontecimiento de comunicación, en el que la palabra teje vínculos de sentido que dan forma a lo «común»: ¡este es el desafío de comunicar!

 

Lo que resuena no es la letra muerta de una palabra petrificada, embalsamada. Es una palabra-semilla, que encuentra los terrenos existenciales de una pluralidad de sujetos, que hablan del mundo en lenguas diferentes, pero que sienten que esa palabra es capaz de abrir su propia lengua a lo inédito.

 

Cincuenta días después, cuando los aleluyas pascuales se han agotado, mientras se siguen plantando cruces en los tantos Gólgotas de la historia, se replantea la necesidad de una palabra diferente, junto con ese espíritu divino que la arranca del uso retórico y la propone de nuevo como palabra viva, pascual.

 

Cincuenta días después de la Pascua de Jesús resuena una Palabra entregada desde el principio al pueblo. Palabra que el Espíritu hace audible para todas y todos, de modo que da vida a una comunidad carismática y espiritual, antídoto contra las instituciones jerárquicas, el patriarcado y las dictaduras.

 

Palabra que da testimonio de la eliminación definitiva de las muchas piedras que encierran la vida en los sepulcros. Y que advierte contra el riesgo de que, a su vez, sea encerrada, como si fuera un talento que hay que enterrar, por nobles motivos de custodia del depósito, para sustraerla a los movimientos de la historia y definirla de una vez por todas. El Espíritu la convierte en moneda de cambio, en un tesoro que hay que gastar, no conservar al vacío.


 

Cincuenta días después, las discípulas y los discípulos de Jesús se enfrentan al reto de hacer memoria de su palabra para intentar vivirla, para arriesgarse siguiendo el viento del Espíritu, dando la palabra a quienes se han encontrado —a veces, a su pesar— compartiendo el sueño de Jesús, donde reina Dios.

 

En Pentecostés se renueva el desafío del éxodo hacia una tierra que sigue siendo siempre prometida. En este camino, que se nos presenta ante nosotros, se encuentra una humanidad plural, que habla del mundo de maneras diferentes.

 

La Iglesia, testigo de palabras vivas gracias al Espíritu, pone la Palabra a prueba de la vida y la vida a la luz de la Palabra. La pluralidad que la constituye no debe ser una simple yuxtaposición de individualidades autorreferenciales, sino la expresión del sueño divino que ninguna forma es capaz de agotar.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 14 de mayo de 2026

Adorar en espíritu y en verdad.

Adorar en espíritu y en verdad

Los que le adoran deben adorar en espíritu y en verdad (Jn 4,24). 

La mujer pregunta por un lugar, Jesús responde con una experiencia espiritual; la mujer pregunta por una tradición, Jesús responde por un futuro; la mujer pregunta a Jesús como profeta, Jesús responde como el Señor y Mesías. 

¿Quizá Jesús quiere reprender a los que construyen iglesias para que haya lugares de oración en los que adorar al Señor? No se trata sola ni principalmente de un lugar físico, de un espacio arquitectónico, sino de un encuentro, de un tiempo, de una gracia. 

No es un lugar en el sentido de pretender contener a Dios, de decir: Dios habita aquí y no en otra parte. Por el contrario, es un encuentro: el Dios que llena el cielo y la tierra te busca, te invita, se preocupa por ti, te llama, llama a tu puerta porque quiere entrar en tu casa. Si necesitamos un espacio es solamente para poder velar a la expectativa y para reconocer juntos que el Señor viene a buscarnos a todos y cada uno. 

No es un lugar que tenga un horario en el sentido de decirle a Dios: ven cuando nosotros decidamos. Por el contrario, es un tiempo que da sentido al tiempo: de hecho, Dios habita todos los tiempos porque da su Espíritu Santo para que cada tiempo sea una oportunidad, cada día sea vivido como una gracia y una responsabilidad. El tiempo del culto no es sólo el tiempo que se pasa en la Iglesia, sino que es el tiempo que se vive en presencia de Dios. 

La respuesta de Jesús es la piedra angular, la clave de bóveda, de toda liturgia cristiana: no existe un espacio sagrado, ya sea en el monte Garizim o en el monte Sión de Jerusalén. Lo importante no son los lugares, sino las personas que rinden culto. Traslado completo. Dios ya no habita en edificios erigidos por personas. No son los magníficos edificios, la riqueza y el simbolismo de las decoraciones, la altura de las naves, las ‘misas concierto en Iglesias museo’, lo que hace que un lugar sea habitable para Dios. 

El culto, cualquier tipo de culto, con esta declaración de Jesús, se convierte en una acción centrada únicamente en el adorador en espíritu y en verdad. Los arquitectos especializados en edificios sagrados pueden inscribirse en la Oficina de Empleo. A menos que sus edificios sean una forma de expresar la fe de los adoradores en espíritu y en verdad. Si Dios no tiene una casa fija permanente… tampoco nos ha de extrañar que el Hijo del Hombre tenga dónde reclinar la cabeza. De hecho, hasta parece que su sepultura fue prestada. 

Ya no somos extranjeros ni huéspedes (Ef 2,19). 

La adoración en espíritu y verdad, la adoración agradable a Dios se convierte en hospitalidad, se convierte en una nueva comunidad que no separa sino que fomenta el encuentro. Construimos estructuras no para decir: nosotros estamos dentro, vosotros estáis fuera. Sino más bien para decir: somos un nosotros, todos forasteros y todos familia, todos en casa y ninguno dueño de la casa. Los muros de una Iglesia están ungidos con crisma para ser una invitación, una propuesta, un hogar común. 

El fundamento es Jesús, el Cristo: somos el edificio que crece bien ordenado, articulado en sus partes, animado por un único y mismo espíritu. La inclusión de una parroquia en una comunidad pastoral, la pertenencia de una comunidad pastoral a una diócesis, y así sucesivamente, es una vocación a ser siempre "Iglesia de los gentiles", es decir, "Iglesia del mundo". 

Si necesitamos un espacio, jun lugar, es porque necesitamos una casa de alegría en nuestros barrios. Los motivos de tristeza siguen minando nuestras vidas. La tristeza tiene muchos motivos. Pero el espacio de la Iglesia podría ser el lugar del encuentro en el que nos encontramos y celebramos la fuente de alegría: la alegría de Dios. 

Me viene a la memoria el pasaje del encuentro de Jesús con Zaqueo. Hoy quiero hospedarme en tu casa (Lc 19, 5). A todos nosotros Jesús nos dice: 

"Hoy quiero hospedarme en tu casa. Si quieres que tu vida se transforme, si de verdad quieres deshacerte de todo lo que has extorsionado, si quieres deshacerte de todas esas prácticas de aduana, sean las que sean, entonces déjame que vaya a visitarte". 

Evidentemente, esto es mucho menos arriesgado que construir templos, catedrales, lugares santos suntuosos y hermosos donde Dios se estacione solemne y majestuosamente. Lugares que se pueden visitar más o menos regularmente. Para alabarle se alquila a Dios como se alquila un piso de vacaciones. Para el fin de semana. Después, uno vuelve a su casa; hemos cumplido con nuestro deber, como cuando visitamos a nuestros viejos padres alojados en una residencia de ancianos. Y la vida sigue. Como antes, como siempre. Y los bolsillos se llenan y se vacían rápidamente. Entonces pedimos a Dios que nos ayude a cambiar... Y sigue aparcado en esos templos y en otros santuarios. 

Pero el Dios de Jesús es Aquél que sigue llamando a la puerta, pidiendo hospitalidad. 'Baja pronto' dijo entonces y lo repite hoy, 'mi templo está contigo'. La voz del hipotético navegador GPS dice: 'Fin del viaje, Jesús ha llegado a su destino: tu casa'. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El Espíritu que nos hace hijos adoptivos - Romanos 8 -.

El Espíritu que nos hace hijos adoptivos - Romanos 8 - 

«La ley del Espíritu, que da vida en Cristo Jesús, te ha liberado de la ley del pecado y de la muerte» (Rom 8,4). Con este principio, el Apóstol Pablo presenta la vida del cristiano, dominada no por la fragilidad de su condición, sino marcada por la presencia del espíritu de Dios en cada uno de los creyentes. 

Por eso, añade el Apóstol, «ya no estáis bajo el dominio de la carne, sino del Espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros» (Rm 8,9). 

Se trata de una de las páginas más densas de la enseñanza de Pablo y de la misma Carta a los Romanos: «Los que se dejan dominar por la carne no pueden agradar a Dios. Pero vosotros no estáis bajo el dominio de la carne, sino del Espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. Si alguien no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él. Ahora bien, si Cristo está en vosotros, vuestro cuerpo está muerto por el pecado, pero el Espíritu es vida para la justicia. Y si el Espíritu de Dios, que resucitó a Jesús de entre los muertos, habita en vosotros, el que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también vida a vuestros cuerpos mortales por medio de su Espíritu que habita en vosotros. Así que, hermanos, no somos deudores del cuerpo para vivir según los deseos carnales, porque si vivís según el cuerpo, moriréis. Pero si por el Espíritu hacéis morir las obras del cuerpo, viviréis. Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y vosotros no habéis recibido un espíritu de esclavos para volver al temor, sino que habéis recibido un espíritu de adopción, por el cual clamamos: «¡Abba, Padre!». El mismo Espíritu da testimonio, junto con nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también somos herederos: herederos de Dios, coherederos de Cristo, si es que realmente sufrimos con él para participar también de su gloria». 

Este pasaje del escrito del Apóstol resume en un espacio relativamente breve la condición del creyente ante el poder de la resurrección de Cristo: «Si el Espíritu de Dios, que resucitó a Jesús de entre los muertos, habita en vosotros, el que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también vida a vuestros cuerpos mortales por medio de su Espíritu que habita en vosotros» (Rm 8,11). Cristo ha resucitado por medio del Espíritu Santo, y es el mismo Espíritu el que da a la fragilidad, a la «carne», de todo hombre sujeto a la muerte, el poder de la resurrección y, por tanto, la vida. 

Todo esto tiene una consecuencia extremadamente importante, que se convierte también en un compromiso para todo creyente: dar muerte a las obras de la carne, es decir, a todo lo que impide que el poder divino actúe dentro de cada uno de nosotros. Por lo tanto, «todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios» (Rm 8,13). «Habéis recibido el Espíritu que os hace hijos adoptivos, por medio del cual clamamos: «¡Abba! ¡Padre!» (Rm 8,15). El Apóstol Pablo añade también la realidad de la nueva condición de heredero para el creyente, que comparte el sufrimiento de Cristo para alcanzar y participar en su gloria. 

Ahora bien, toda la creación ha sido sometida a la caducidad en vista de una liberación de su corrupción. El Apóstol Pablo añade también una imagen espléndida, lamentablemente omitida en la lectura asignada al día de Pentecostés, lo que de hecho elimina uno de los pasajes más significativos del texto y lo hace incomprensible: «Toda la creación gime y sufre dolores de parto hasta ahora» (Rm 8,22). 

Aquí el Apóstol se detiene también en uno de los aspectos más delicados de la condición humana, el estado de debilidad del creyente al dirigirse a Dios, al que acude una vez más el mismo Espíritu: si «no sabemos cómo orar como conviene», «el Espíritu mismo intercede con gemidos inexpresables» (Rm 8,26). 

Podríamos resumirlo así: «el Espíritu no hace más que dar forma a nuestra oración, transformando nuestros débiles gemidos y balbuceos en una invocación efectiva y sensata, o suscitando una oración indescifrable». 

La Tercera Persona divina paradójicamente gime en nosotros y con nosotros, plenamente involucrada en nuestro sufrimiento, como si fuera el primer cantor de un coro que coincide con el cosmos entero en estado de sufrimiento. Por lo tanto, cuando no encontramos las palabras para expresar nuestra oración y no podemos hacer nada mejor que emitir sonidos inarticulados, el Espíritu toma estos sonidos y los transforma en una verdadera intercesión. 

En conclusión, se trata de un estímulo para todos los que nos cuesta rezar: dado que los creyentes no conocen adecuadamente la voluntad de Dios, el Espíritu traduce sus gemidos y los conforma a la voluntad divina. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 11 de mayo de 2026

Dejaos guiar por el Espíritu.

Dejaos guiar por el Espíritu

La tentación de medir el vacío y llenarlo con lo inútil: eso es lo que vivieron los discípulos en cuanto Jesús desapareció de su vista, al vivir su «nacimiento a la inversa» al regresar junto a su Padre.

 

Nosotros también conocemos bien esta tentación.

 

Cuando se nos ha arrebatado una presencia querida, cuando ha concluido una experiencia afectiva importante, cuando se nos ha escapado una oportunidad en la que habíamos invertido, también nosotros hemos medido el vacío, sufriendo todo el peso de un sueño roto.

 

Y no pocas veces, en lugar de intentar preguntarnos qué podía significar ese vacío para nosotros (en el caso de Jesús, Él había dicho incluso: «os conviene que yo me vaya»), qué provocación podía representar, hemos seguido dedicándonos al único oficio en el que somos más que expertos: llenar de flores la muerte, oficio que no nos exige mucho en términos de energía y esfuerzo. En lugar de sufrir y dejarnos instruir por ese vacío, acabamos llenándolo con recuerdos, con nostalgia, con remordimientos, con lo inútil.

 

Nadie está preparado para las ausencias, para la falta. Ni siquiera los discípulos, aunque habían sido abundantemente preparados.


Jesús conocía bien a aquellos a quienes había llamado. Sabía que no aguantarían. Alguien incluso había intentado alguna temeridad con tal de redimir una situación que parecía volverse insostenible al ver que el Señor no hacía valer su fuerza.

 

Al no estar preparado como tampoco está para los dolores de parto y los nacimientos, lo único que el hombre es capaz de hacer es cristalizar las situaciones, detener el tiempo, impedir los procesos, reducirlo todo a lo conocido.

 

Jesús lo había intentado durante cuarenta días por el camino o en el jardín, en el cenáculo y fuera de él, con las manos vacías y con el don de la paz y la alegría.

 

No estaban preparados para lo que Dios estaba a punto de realizar.

 

Pentecostés, sin embargo, es precisamente el día de los desprevenidos.


Dios se revela precisamente cuando tú querrías tirar la toalla, se manifiesta precisamente cuando todo parece decidido, se da a conocer cuando te enfrentas a lo imprevisto.

 

Por otra parte, lo había prometido: «El Espíritu os enseñará todo». ¿Qué significa esto?

 

Significa que la fuerza que viene de Dios te lleva a afrontar lo real tal y como es.

 

Pentecostés ocurre, se cumple, cada vez que me enfrento a la vida tal y como es —sea el vacío, la angustia, el dolor, la muerte— captando en ella una invitación personal a desenterrar la provocación que encierra.

 

Ese es el momento de dar razón de la «esperanza que hay en nosotros» (1 Pedro 3, 15), precisamente cuando la luz del sentido se nos escapa de los ojos. En lo que respecta a la relación con Dios y a la verdad de mí mismo, nada es irrelevante, nada es banal.


El Espíritu Santo revela la verdad de nosotros mismos, de lo que somos y de lo que aún podemos ser si confiamos en lo que nos propone el Evangelio.

 

Dejarse instruir por el Espíritu Santo significa aprender a leer un momento de tensión con alguien como una invitación a dar el primer paso, un malentendido como un llamamiento a no encerrarse resentidos, un momento de cansancio como una ocasión para reconocer lo que me agobia, una prueba como una oportunidad para sacar fuerzas de la relación con Dios, una humillación como una circunstancia para aprender a tener una justa consideración de mí mismo.

 

El Espíritu Santo es quien nos ayuda a leer y a afrontar el aquí y ahora con una mirada y una fuerza nuevas, sin ser víctimas de interpretaciones miopes que abordan todo con recelo y cautela, tanto la vida como la muerte.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El Señor es el Espíritu.

El Señor es el Espíritu

Volver a frecuentar el Cenáculo. Sí. Volver a frecuentar el Cenáculo, no por un estéril antojo de intimismo, sino como un ejercicio de conciencia. Todos lo sabemos por experiencia propia: hay lugares que, más que otros, nos evocan intensamente momentos, casi como un recuerdo de momentos cruciales de nuestra historia. El Cenáculo es, sin duda, uno de ellos.

 

Cuántas cosas evoca el Cenáculo… Allí, la tarde de aquel mismo día, el primero después del sábado, el Resucitado había regresado mostrando a los discípulos las huellas indelebles de su pasión de amor; allí, en aquella gran sala con alfombras, ya preparada, los discípulos habían subido para celebrar la Pascua con su Maestro; allí, en aquella sala de la planta superior, después de lavarnos los pies, el Maestro nos había hecho partícipes de lo que palpita en el corazón de Dios: un amor que no conoce freno; allí, en ese lugar de la mayor traición de la historia, allí, precisamente allí, fuimos amados hasta el final, cuando, tomando en sus manos nuestros pies, el Señor Jesús borraba con esa agua las tantas imágenes de Dios que nuestras perversas proyecciones acabaron por reproducir y consolidar; allí se nos reveló lo único que el Padre pide a los discípulos: que os améis unos a otros como yo os he amado.

 

Precisamente ese lugar, cuando las tinieblas se imponen sobre la historia del Maestro, se convierte en el refugio al que regresan los discípulos, cerrando tras de sí las puertas del lugar donde se encontraban.

 

Sí, claro, la motivación principal era el temor a los judíos, pero muy probablemente ese era el lugar más apropiado donde refugiarse para no permitir que el vacío dejado por Jesús se impusiera sobre el recuerdo de su presencia.



Allí les había dicho: «No os dejaré huérfanos». Uno vuelve con gusto a los lugares que recuerdan la presencia de alguien o de algo que para nosotros ha representado una razón fundamental de vida. Se vuelve incluso solo para llorar: San Marcos recuerda que allí, precisamente allí, los discípulos estuvieron de luto y llorando. A veces basta un aroma, un color, una foto, un pequeño detalle para que la memoria del corazón se reavive.

 

El Cenáculo es una imagen de nuestro corazón, es símbolo de nuestra existencia: allí experimentamos tanto la intimidad con el Señor como el miedo tenebroso y el repliegue sobre nosotros mismos y sobre nuestras traiciones.

 

Y, sin embargo, este y no otro es el lugar en el que el Espíritu se derrama en plenitud. Allí se entrega a cada uno una pequeña chispa de fuego, una para cada uno en su diversidad, que hay que mantener encendida y alimentar hasta el regreso del Señor Jesús.

 

También a nosotros hoy el Señor Jesús nos repite: «¿Dónde está mi habitación?», tal y como en la víspera de su pasión. ¿Y tengo yo un cenáculo que ofrecerle para que se cumpla Pentecostés? La única condición: la disponibilidad para acoger lo que el Espíritu atestigua a mi corazón.

 

Jesús había prometido el don del Espíritu como Consolador/Paráclito, término que traducido literalmente significa: abogado que no abandona a su cliente. El Espíritu conoce el sufrimiento de quien se siente solo, de quien ha perdido toda razón de vivir. Quizás algún día sea Él quien aligere nuestras responsabilidades diciendo, como abogado: «Ha cometido muchos errores en su vida, pero también ha sufrido mucho al sentirse solo».


Ahora bien, el Espíritu no nos consuela con palabras de consuelo. El Espíritu hace que Jesús no haya de ser buscado lejos ni añorado como una presencia perdida, sino que sea reconocido. Cada uno según una manifestación particular del mismo Espíritu.

 

Y así descubrimos que Él se revela como una voz que nos llama, como llamó a María Magdalena la mañana de Pascua; como un compañero de camino, como para los discípulos de Emaús; como aquel que provee el pan y el pescado para saciar el hambre de los discípulos después de la Pascua. ¿Y a mí cómo se me ha manifestado y cómo sigue manifestándose? Quizás ya se esté manifestando y yo no sea consciente de ello.

 

Pobres discípulos… Todos nos identificamos con ellos. El Resucitado los dejó prometiéndoles que un día volvería y ellos se encuentran profundamente solos. Lo único que logran hacer es un trámite burocrático: elegir y nombrar a alguien que ocupe el puesto vacío de Judas. Nada más. Y, sin embargo, ya la noche de Pascua les había conferido el don de la paz, el mandato de perdonar los pecados. Y, en cambio, nada. Los suyos son los gestos repetitivos de quienes se esfuerzan por comprender lo que realmente ha sucedido.

 

Y justo cuando están absortos en sus cosas, mientras hacen memoria de la entrega de las tablas con los Diez Mandamientos, algo trastoca el cumplimiento de una formalidad. Viento y fuego se abaten sobre los presentes y cada uno se encuentra hablando la lengua del otro. Una precisión interesante.


Quizá la señal de que hemos tenido una tímida experiencia de Dios y de su Espíritu en nuestra vida sea precisamente esta capacidad de hablar la lengua del otro. No hay escuela que valga para aprender esta lengua: se aprende frecuentando el Evangelio en la asiduidad de una experiencia de comunidad cristiana.

 

La tarea de los discípulos de cada generación no es otra que acercarse al otro hablando una lengua en la que pueda ser comprendido: narrar a Dios al otro con las palabras y los gestos que él pueda comprender.

 

Si, pues, nos cuesta tanto hablar la lengua del otro, ¿no será quizá porque hemos dejado de frecuentar la escuela del Evangelio?


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...