¿Y si lo ponemos todo patas arriba?
Hay puertas cerradas para mantener todo a raya tanto en el texto evangélico de San Juan 20, 19-23 como en el pasaje de los Hechos de los Apóstoles que nos muestra el cambio profundo de una comunidad que de repente deja de estar asustada y encerrada en sí misma y se encuentra proyectada hacia el otro y en diálogo con el mundo (Hch 2,1-11).
A puerta cerrada —dentro de casa— se descubre una
relación: «La paz esté con vosotros», dice el Resucitado. El viento llena
toda la casa y el fuego se posa sobre cada uno de ellos. Resuena de diferentes
maneras el mismo mensaje: «Soy yo, estoy aquí».
El miedo a la soledad, a sentirse diferente y a poder
fracasar acompaña el curso de la historia de los hombres. La Iglesia no está
exenta de la tentación de cerrar las puertas, atrincherarse, esconderse,
levantar barricadas como reacción a la violencia que se extiende por el mundo o
complacer el sentimiento de inseguridad de quienes habitan esta historia, tal
vez poniéndose una máscara para parecer irreprochables.
Cerrar las puertas es un acto que a algunos puede
parecerles incluso noble porque preserva la pureza de los ideales y la
integridad de los pensamientos. Pero para Dios —el Viviente— las puertas cerradas
son siempre un engaño y un falso refugio. La suya es una vida que entra y
conmueve.
El Resucitado se hace presente y convierte una casa
habitada en una prisión gris donde las relaciones son imposibles. Entre esa
gente víctima de su propio aislamiento, lleva armonía, confianza, deseo,
alegría.
«La paz sea con vosotros» no es una
formalidad. Tampoco es el saludo solemne de Pascua que hay que pronunciar con
tono sacro. Es la esencia de la Pascua y da sentido a una experiencia: la
comunidad de los discípulos comienza a existir cuando la presencia del otro —y
de los demás— se hace real, cuando el miedo es sustituido por la paz.
Hay tormentas, sin embargo, que no, no se puede hacer
nada para evitarlas. Y entonces, fuerza, ánimo y adelante. Busquemos la manera
de atravesarlas. O también se podría decir así: «Ven, Espíritu Santo, envíanos
desde el cielo un rayo de tu luz».
Todo el relato del Evangelio es una partida. Jesús
permanece en algunos lugares, pero siempre vuelve a partir. Se mueve sin
descanso: no es un turista distraído ni tampoco un vagabundo.
Se sienta a la mesa y encuentra amigos de verdad,
frecuenta lugares sagrados y deja una huella indeleble con su presencia, reúne a
las multitudes y les entrega palabras decisivas.
La suya no es una presencia inconsistente, sino que
siempre se pone en marcha de nuevo. Más que hacia un otro lugar, tiende hacia un más allá. Y tras haber traspasado la barrera insuperable de
la muerte, no puede sino enviar a los suyos con el mismo paso que fue el suyo.
El horizonte de Jesús atrae a su comunidad: «Yo os envío».
El envío misionero no tiene un punto de llegada físico localizable en un mapa geográfico, sino un horizonte: el mundo debe ser liberado del mal, el pecado debe ser perdonado.
El Pentecostés que se celebra cada año escandaliza a
la Iglesia de la doctrina y de la moral porque anula la posibilidad del juicio.
Jesús sopla y envía el Espíritu entregado a los discípulos para llevar
salvación y ponerla a disposición del mundo y de la historia.
El viento del Espíritu sirve para volver a poner en
movimiento las vidas, devolverles la posibilidad de navegar hacia un horizonte
de bien, impedir que vuelva el tiempo de las puertas cerradas.
La Pascua encuentra su plenitud en abandonar el puerto
y en hacer que se abandonen los
puertos, finalmente impulsados por un auténtico deseo de vida plena
para uno mismo y para todos.
Siempre se puede al Espíritu con el saludo de los
marineros: «¡Buen viento a quien hoy parta…!».
Los puritanos y santones, cómodos y timoratos,..., fruncirán el ceño. Pero ellos
también deberían saber que lo irreverente y atrevido es el propio Evangelio. Y el don del
Espíritu se describe siempre como una alteración
de los equilibrios, una perturbación
de las posiciones adquiridas, un desbordamiento
de los caminos lineales, un volteo
de las reglas.
Porque tantas veces hacemos sueños grandes como barcos…
pero luego se oxidan porque se quedan quietos en el puerto.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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