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sábado, 15 de agosto de 2026

Tiempo al tiempo.

Tiempo al tiempo 

Miro lo que ocurre en el mundo y me convenzo de que, si la inteligencia humana se refleja en sus acciones… la inteligencia empieza a escasear, mientras que la estupidez, los egoísmos de aquellas prioridades nacionales y el desprecio por los derechos van viento en popa a toda vela… 

Hay una mala conciencia contemporánea: aquella de la anestesia moral de la costumbre. Multiplicado por mil, el dolor del individuo pierde su rostro y se convierte en estadística. El sufrimiento se reduce a ruido de fondo, mientras que la costumbre o la inercia se convierten en la etapa suprema de la deshumanización. La pérdida de humanidad es el verdadero drama de nuestro tiempo. Es la medida de nuestra decadencia ética. 

En las masacres del Mediterráneo o entre los escombros del genocidio en Gaza, o en… el horror compartido anula la singularidad del drama. 

Contemplamos a la multitud que se agolpa contra las vallas de Ceuta, pero no percibimos la desesperación humana, la mujer desplomada o el niño que llora. Vemos cifras, no personas. Es aquella deshumanización indispensable para tolerar lo intolerable. 

La palabra clandestino se utiliza en el discurso público para infundir miedo, evocar amenazas y ocultar rostros. La humanidad en fuga se convierte en «humanidad excedente», aquella que hay que descartar, por decirlo con el Papa Francisco en Fratelli tutti, un llamamiento que hoy no se escucha. 

También el Papa León XIV tiene palabras de fuego contra la deshumanización de la política, pero apenas encuentra eco. 

En este vacío ético echa raíces el virus del soberanismo. La idea de Nación (prioridad nacional y análogos y sinónimos…) se ha transformado en un instrumento para sembrar el odio, un tótem identitario que lanzar contra el extranjero. 

Es la miseria política de los patriotas al mando: un Estado contra otro, una persona contra otra, una frontera moral contra el vecino. Cuando los derechos dejan de ser universales y se vinculan a la ciudadanía o a la fuerza, el derecho se reduce a privilegio. Y el privilegio exige muros. Así es como se está matando a Europa. 

Ante esta locura identitaria, la realidad es más sencilla: la vida es un cruce de culturas, una identidad formada por estratificaciones y migraciones. 

Podemos y debemos acoger sin perder nuestra identidad, porque la acogida no destruye nuestra sociedad, sino que la hace más humana. 

Pero Europa hace lo contrario: cede al miedo, vuelve a abrir la puerta a los viejos nacionalismos identitarios y corre el riesgo de acabar a merced de las derechas más groseras. 

Los migrantes son los invisibles que ponen al descubierto este devastador dislate. Con su presencia, hacen patentes las abismales desigualdades de la globalización: económicas, sociales, políticas y medioambientales. Son el espejo incómodo de nuestra mala conciencia.

Y es aquí donde se forja la ideología de la nueva derecha: convierte la solidaridad en delito. Hoy en día, cualquiera que intente humanizar a estos cuerpos extraños, los migrantes, y reivindique el derecho a la libre circulación para una vida digna es tachado de peligroso subversivo. 

La compasión se convierte en culpa, el derecho internacional en un obstáculo. 

En este clima se produce la erosión de la democracia. Su fuerza no reside en el conformismo impuesto ni en la paz garantizada por el miedo, sino en la capacidad de gestionar la complejidad a través del choque pacífico de ideas. Cuando las derechas sustituyen el debate por el culto a la frontera, la democracia pierde su savia vital. 

Las próximas citas electorales serán una prueba de fuego decisiva para nuestro futuro. Nos dirán si encontraremos el valor para defender nuestros valores fundacionales o si nos deslizaremos definitivamente hacia el oscurantismo soberanista que, como nos enseña la memoria, nunca ha sido defensor de la convivencia pacífica. 

Entonces, no antes, sabré si estas líneas están dictadas por un exceso de pesimismo o por una visión cruda e inevitable de la realidad. 

Pero una cosa parece ya muy clara: la deshumanización del otro siempre acaba deshumanizando a quien la practica… y a quien la tolera. 

Si la indiferencia sigue imponiéndose, la primera víctima real de la caída seremos nosotros. 

Tiempo al tiempo. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 16 de abril de 2026

No hay justa guerra.

No hay justa guerra

A estas alturas no sé hay que dedicar tiempo, que es siempre un tesoro, a explicar lo ineficaz que resulta hablar de «guerra justa» tras el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. 

Uno recuerda aquel párrafo 67 de Pacem in Terris y aquella expresión «alienum a ratione», en la que el Papa Juan XXIII sostiene, de manera inequívoca, que en la era nuclear la guerra ya no es compatible con la razón moral y política, porque sus efectos destructivos superan cualquier posible control proporcional o selectivo. 

Y, con todo, al observar lo que ocurre en esta época de desorden mundial, a veces pienso que no estaría mal recuperar algunas intuiciones relacionadas con la «guerra justa». 

Un concepto antiguo, ya imaginado por Cicerón, iniciado por San Ambrosio y San Agustín, quienes en un mundo cristianizado intentaron conciliar el Evangelio con la realidad de la guerra, y luego sistematizado en la Edad Media por Santo Tomás de Aquino, quien definió sus criterios fundamentales. 

La doctrina de la guerra justa nació como un dique de contención, no como una justificación. 

Es decir, era un intento, quizá ingenuo pero necesario, de imponer límites morales a la violencia organizada. 

Y lo hacía estableciendo condiciones rigurosas: una causa justa, una autoridad legítima, el último recurso, la proporcionalidad. 

No era una luz verde a la guerra, sino una barrera contra su abuso. 

Hoy esa barrera ha sido demolida, pieza a pieza. 

Las guerras contemporáneas rara vez cumplen siquiera uno de esos criterios. 

La «causa justa» se ha convertido en un eslogan elástico, plegado a las conveniencias geopolíticas. 

La defensa se transforma fácilmente en ataque preventivo, la seguridad en expansión de influencia. 

El lenguaje moral sobrevive, pero está vaciado de contenido: sirve más para legitimar que para limitar. 

La autoridad legítima es otro mito en declive. 

Decisiones que en otro tiempo habrían requerido un amplio consenso son tomadas por ejecutivos reducidos, a menudo sin un control democrático real. 

Las guerras se inician sin declaraciones formales, sin responsabilidades claras, en una zona gris que disuelve todo vínculo. 

Aún más grave es la desaparición del principio de último recurso. 

La diplomacia se ha convertido en un trámite formal, no en un intento serio. Las negociaciones son a menudo simulaciones, instrumentos para ganar tiempo o construir consenso interno, mientras que la opción militar permanece siempre sobre la mesa, lista y ya planificada. 

Y luego está la proporcionalidad, reducida ya a una palabra vacía. 

Las tecnologías modernas permiten una destrucción precisa, pero la precisión no equivale a justicia. Zonas enteras son devastadas en nombre de objetivos limitados. Los daños colaterales se prevén, se aceptan, se contabilizan. No se evitan. 

El principio de distinción entre civiles y combatientes es quizás el más abiertamente traicionado. 

Las guerras de hoy se libran en las ciudades, entre las personas, y los civiles se convierten inevitablemente en objetivos. No por error, sino por la estructura del conflicto. Cuando todo es campo de batalla, nadie está realmente protegido. 

La verdad es más incómoda: los vínculos morales no se han superado, se han abandonado. No porque se hayan vuelto obsoletos, sino porque son incómodos. Limitan la acción, imponen responsabilidades, exigen coherencia. Y la coherencia es el primer sacrificio de la guerra moderna. 

Se sigue hablando de valores, derechos, justicia. Pero son palabras que ya no frenan nada. Funcionan como tapadera, no como guía. La distancia entre lo que se dice y lo que se hace nunca ha sido tan grande. 

La doctrina de la guerra justa, con todas sus limitaciones, tenía al menos el mérito de tratar de reconocer que la guerra es un mal que hay que contener. 

Hoy, en cambio, la guerra se gestiona, se administra y se normaliza. Ya no se percibe como la excepción extrema, sino como un instrumento más en la política de los conflictos. De manera brutal, se llega incluso a considerarla una posible —y cada vez más inevitable— solución a las tensiones políticas e internacionales. 

Y cuando la guerra se convierte en un instrumento, los límites desaparecen. No porque ya no existan, sino porque ya no conviene respetarlos.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 22 de marzo de 2026

¿Qué significa hacer justicia?: un reconocimiento agradecido al Casal Claret de Vic.

¿Qué significa hacer justicia?: un reconocimiento agradecido al Casal Claret de Vic

Hacer justicia para nuestras generaciones y las futuras es un compromiso creativo y cotidiano para construir o reconstruir relaciones reparadoras y generativas. Es necesario encontrar en los lugares de la vida común (de la escucha, del servicio, de la formación, del trabajo, de la acogida) palabras desarmadas pero no reticentes. Más allá de las asistenciales y anestésicas. 

Muchas ofensas, y muchas indiferencias, están «cubiertas» por las culturas de la funcionalidad, la disponibilidad, la competencia fría y el mérito individualista. De la explotación y el interés privado e irresponsable, y de sus justificaciones ideológicas. 

Es necesario volver a tejer el gusto, en las prácticas sociales y cotidianas, de la pasión por el bien común, como alternativa clara y no violenta al liberalismo extremo, a la lógica de la seguridad, a las jerarquizaciones que producen marginación. 

Reconciliar, reparar ofensas y heridas en la indiferencia y el conflicto frío es, sin duda, trabajar en las relaciones heridas por delitos y hostilidades, pero es, al mismo tiempo, poner signos concretos de convivencia fraterna y cuidado solidario de la casa común herida por la injusticia.

Se trata de un profundo desafío formativo y cultural, social y antropológico. Es un desafío que hay que asumir concretamente en los estilos de vida y en la configuración de las relaciones. 

Por supuesto, ofreciendo lugares y ocasiones de encuentro que muestren que es posible una nueva alianza: entre individuos, entre grupos, en los tejidos y en los lugares comunitarios de reconocimiento y reciprocidad. 

Y también abriéndose a la transparencia y sencillez del testimonio, del cuidado de la pacificación y la recomposición de historias y relaciones fracturadas, de contextos rencorosos y envenenados por el espíritu de separación. 

Se trata de hacer respirar una sabiduría de vida (la que habita en el Evangelio) en la grisura de las relaciones tocadas por el mal, el desprecio y el desconocimiento. Rodeados por la torpeza de pensamientos y sentimientos llenos de desorientación y vacío. Ofreciendo un camino diferente al de las angustias destructivas, las venganzas y las envidias rencorosas, las pesadas resignaciones y el desencanto. 

No solo el desprecio, sino también el desconocimiento o la falta de reconocimiento son una ofensa y una injusticia. La reconciliación, la acción de recomposición continua de las fracturas y las ofensas, el trabajo para tejer la justicia y la dignidad en las tramas concretas de la convivencia en los territorios y los barrios comienza con la oferta de facilitar y actuar como «terceros» por parte de individuos y sujetos sociales, capaces de aproximar a los sujetos en conflicto, a las víctimas y a los agresores. 

Pero sabiendo bien que no se es inocente, que no se es ajeno a las lógicas o dinámicas, explícitas o profundas, que están en el origen de las heridas, la indiferencia, las desigualdades, la falta de reconocimiento. De las cuales, por otra parte, a veces se es víctima. 

Una de las consecuencias que esto provoca es que el tiempo social parece secarse especialmente alrededor de la «víctima»: lo reduce a los márgenes o fuera de los lugares de la vida, de la participación, de la imaginación. 

Y que son, esos lugares de la vida, los lugares del encuentro con la posibilidad y la iniciativa, con el vínculo y la fidelidad: aquellos donde se acoge el nacimiento, se educa, se ama, donde se sostiene el sufrimiento, se construye un proyecto, se asumen responsabilidades ... Incluso después de los fracasos … En nuevas compañías y vínculos, en nuevas narraciones y relatos… 

Son los lugares vitales en los que las mujeres y los hombres se reencuentran y se renuevan en su individualidad, en su identidad de género, en su pertenencia generacional, en su respectiva cultura. Son precisamente estos lugares a los que las víctimas solo pueden acercarse con dificultad, reconquistándolos siempre con esfuerzo y, a veces, con dosis de sufrimiento. 

Las necesidades y las separaciones, los conflictos y los rencores encontrados en los lugares de escucha y apoyo de las comunidades, las heridas y las denuncias narradas o intuidas, los sentimientos de culpa y las medias confesiones recogidas deben ser acogidas e invitadas, poco a poco, a apoyarse en lugares adecuados para la palabra y el encuentro. 

En los casos más delicados, deben construirse con discreción y protección, y llevarse a cabo adecuadamente. En otras situaciones, las oportunidades deben abrirse en los lugares de convivencia, los concretos del vivir, el trabajo, las relaciones en los servicios, el cuidado, la acogida. 

Traer historias y transiciones personales o familiares a estos lugares es retomarlas dentro de historias comunes e intentar dar un nuevo significado a los recuerdos, los gestos y las rupturas. Abriendo experiencias y tiempos que son umbrales, umbrales de paso. 

Aquí, la laboriosidad de nuestros servicios, de los lugares de presencia y acogida, del voluntariado, de las políticas, puede tomar conciencia de un hacer justicia y convivencia. Capaz de recomponer, retejer, reparar. 

Cuidar las narrativas supone prestar atención a los temas de la justicia, el reconocimiento, el valor diferente, el valor de los demás. Es cuidar como reconciliación, como reapertura de posibilidades de encuentro, quizás de restablecimiento de vínculos. 

La vida de las comunidades, la vida cotidiana misma, es una experiencia de prueba y de encuentro. Es una experiencia de gestos, actitudes y elecciones que son como garantías para un futuro alternativo por ser más humano, fraterno, solidario. 

En las narraciones encontramos los dramas del comienzo y también las fracturas que rompen el equilibrio, o el ahogamiento de las historias. Y encontramos lo generativo, la capacidad de liberación, de cuidado atento, de nuevo equilibrio. Encontramos las contradicciones y la destructividad, pero más fuerte aún encontramos la vida que busca la vida, que siente el deseo de belleza y de bien. Aunque esté confinada en las grietas, en las hendiduras, aunque esté reducida a liquen, conserva el nacimiento. 

Cuidar de que el otro siga cuidándose a sí mismo, aunque esté agotado por la desintegración, de que pueda volver a declinar la vida y sentir la propia dignidad, exige cuidar de que entre nosotros se vuelva a tejer el reconocimiento, la solicitud, el compromiso y el vínculo. 

Las memorias y las historias a menudo necesitan reconciliaciones o retomar sueños interrumpidos. Quien está «atrapado» en la indiferencia permanece como congelado, fijado por la mirada de los demás. El otro, especialmente el otro despreciado, es «necesario» por su función de purificación y embotamiento de la conciencia. 

La indiferencia no es neutralidad, sino más bien fruto de la dureza de corazón, fruto envenenado de un pensamiento que solo construye confirmaciones y justificaciones como las densas telarañas de la araña. En las telarañas quedan atrapadas las historias de los débiles, los menores, los pequeños… los indefensos… las víctimas. 

La indiferencia es eludir el octavo mandamiento del código más antiguo de Occidente: el Decálogo. “No mentir”. Un mandamiento exigente porque antes incluso de dar testimonio de lo verdadero o lo falso, una sociedad debe saber distinguir cuándo dice la verdad o se miente a sí misma. 

Y decir la verdad es aquello que a la postre redunda en reconocimiento de la dignidad intrínseca del frágil, en justicia para con el débil, en acogida fraterna del pequeño, en inclusión de lo diferente. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 2 de febrero de 2026

Hacer la guerra al hambre y alimentar la paz.

Hacer la guerra al hambre y alimentar la paz

Te invito a un momento de silencio escuchando esta canción “La hora del hambre” con sus imágenes y su letra: https://www.youtube.com/watch?v=dp_6TX4hCfg  

 

¿Hay algo nuevo que decir sobre el hambre en el mundo? ¿Algo que aún no se haya dicho?

 

¿Cabe seguir llamando la atención de una política, y probablemente también de una Iglesia, encerradas en sí mismas, sobre una situación planetaria que es intolerable?

 

Me refiero, como hecho intolerable, el dato de que millones de personas en el mundo estén malnutridas o pasen hambre no es una cuestión de mala suerte o de destino, es una cuestión de elecciones y de responsabilidad.

 

¿Se puede calificar de escándalo mundial la muerte por hambre?

 

Cabe mirar hacia otro lado y fingir que esto no existe. Cabe no ser más conscientes de nuestras elecciones alimentarias, que a menudo implican el desperdicio de alimentos y el mal uso de los recursos a nuestra disposición. ¿Todo eso, y mucho más, cabe?

 

El hambre no es un accidente de la historia, sino más bien un producto funcional del sistema alimentario y productivo en el que cada uno de nosotros desempeña un papel y tiene una parte.

 

Seguramente el cambio es radical. Ya no se centra solo en la ayuda que los ricos afortunados deben, por espíritu de caridad, a los hermanos más desafortunados. Porque quizás, con nuestro estilo de vida, somos parte del problema y no solo de la solución.

 

Todo apunta, creo, a que hay comida suficiente para alimentar a todos y que si hay voluntad, lo que tenemos no se acaba. Esa es la cuestión: el hambre es una vergüenza que se puede resolver, que se puede borrar de la historia en un plazo razonable.

 

¿Qué falta entonces? ¿Falta la voluntad política? ¿Falta la masa crítica de la ciudadanía que ponga en marcha el proceso?

 

Para el pueblo judío, las dos calamidades por excelencia eran el hambre y la esclavitud.

 

Para derrotar definitivamente la esclavitud, al menos la legalizada, se tuvo que esperar siglos, e incluso se travesaron períodos en los que la humanidad vivió sin pestañear ante contradicciones evidentes.

 

Como botón de muestra basta pensar en la Constitución estadounidense, redactada en 1787, dos años antes de la Revolución Francesa. Se sancionaba la igualdad de todos los hombres, pero durante casi un siglo, al mismo tiempo que estaba en vigor esa Constitución, en los estados del sur la esclavitud no solo era aceptada, sino incluso regulada.

 

El último estado del mundo en abolirla de su código fue Mauritania, en 1980, más de dos siglos después del nacimiento del movimiento abolicionista.

 

El hambre está siguiendo un camino similar.

 

Las Iglesias cristianas hablan del derecho dado por Dios a todos a tener acceso a una alimentación adecuada. Pero se debe añadir que también el derecho de los hombres consagra este punto firme.


En la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948 se dice que «toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado para su salud y bienestar, así como el de su familia, incluyendo la alimentación...». O, por ejemplo, en la Declaración sobre la Seguridad Alimentaria Mundial de 1996 se da un paso más al afirmar «... el derecho de toda persona a tener acceso a alimentos sanos y nutritivos, de acuerdo con el derecho a una alimentación adecuada y con el derecho fundamental de todo ser humano a no padecer hambre».

 

Nadie cuestiona estas, y tantas otras bellas formulaciones, y sin embargo todos convivimos con la conciencia de la existencia de millones de personas desnutridas y que mueren de hambre.

 

Los mensajes de Manos Unidas, como siempre, son una extraordinaria exhortación moral, y deberían incluirse en un debate político que parece haber olvidado la importancia central una realidad que parece ser endémica: el del hambre.

 

El objetivo de acabar con el hambre debe ser una prioridad para todos nosotros, no solo por fraternidad universal, sino incluso por nuestro propio bienestar personal.

 

No podemos ser felices si los demás no lo son, por lo que hasta que no logremos erradicar esta vergüenza no podremos decir que nos hemos realizado plenamente.

 

Si una parte tan grande de la gran familia humana no tiene acceso a la comida, significa que no estamos cumpliendo con nuestro deber como seres humanos: el deber de ser hermanos.

 

En el ejemplo evangélico de la multiplicación de los panes y los peces, y al enterarse de la multitud de personas hambrientas que se habían reunido para escucharlo, Jesús no dudó y envió inmediatamente a sus discípulos a buscar comida para todos.

 

Esta es la cuestión: sin comida, ninguna palabra de salvación tiene sentido.

 

No solamente con motivo de la Campaña de Manos Unidas sino cada día es impensable imaginar futuros posibles, salidas a la crisis mundial, nuevos paradigmas de convivencia,…, si millones de personas no comen.

 

Por eso, el mensaje siempre actual de Manos Unidas es un mensaje de liberación. Debemos sacudirnos el óxido de tantas de nuestras cuestiones miopes para volar alto y afrontar retos verdaderamente trascendentales y fundamentales.

 

Nuestro sistema alimentario muestra cada día sus lados oscuros, desde cualquier punto de vista que se mire.

 

A los muertos por hambre se contraponen los obesos, a los desnutridos los hipernutridos, con la diferencia de que los hambrientos y los desnutridos no son artífices de sus propias elecciones alimentarias, sino que sufren la violencia del sistema inhumano que provoca el hambre de millones de seres humanos.

 

Tal vez, para acabar, qué mejor que hacerlo viendo el vídeo de la campaña de este año 2026 de Manos Unidas que lleva por título “Declara la guerra al hambre”: https://www.youtube.com/watch?v=q-rjdZKJaEw


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 31 de octubre de 2025

Ecología y justicia: ¿Es aún posible la armonía?

Ecología y justicia: ¿Es aún posible la armonía? 

Esta, junto con otras, es una de las preguntas que marcaron una intensa tarde de oración, testimonio, compromiso y acción en la que tuve la oportunidad de participar online y que comparto en esta reflexión. 

También los cristianos cuando nos referimos a la custodia de la casa común podemos considerar oportuno un giro pluriconfesional, donde el prefijo -pluri significa precisamente plural. De hecho, creo que la custodia (y su promoción) del medio ambiente solo puede existir, solo puede tener vida, si los deseos y las visiones son plurales, comunes. 

En diferentes partes del mundo es ya evidente que nuestra tierra se está deteriorando. En todas partes, la injusticia, la violación del derecho internacional y de los derechos de los pueblos, las desigualdades y la codicia que las genera producen deforestación, contaminación y pérdida de biodiversidad. 

Aumentan en intensidad y frecuencia los fenómenos naturales extremos causados por el cambio climático inducido por la actividad antropogénica y por eso, en una época compleja atravesada por urgencias y esperanzas, la conversión ecológica se revela como un acto de justicia, un camino de cuidado, un desafío cultural y espiritual: una tarea compartida, una llamada que aún interpela. 

Hoy, quizá más que nunca, es necesario pasar de las palabras a los hechos, de los debates a los diálogos, de las declaraciones a las pequeñas decisiones cotidianas. Se necesitan gestos concretos, comunidades vivas para construir un futuro justo. 

Solo habrá un verdadero cambio con la participación. Habrá paz con la Tierra si aprendemos a caminar en paz entre nosotros. Sin duda, nos encontramos en una época compleja, probablemente también difícil, pero favorable al cambio. 

La espiritualidad ecológica a la que el Papa Francisco «nos ha acostumbrado» a lo largo de su pontificado nos invita a todos a resistirnos a la indiferencia y a elegir el cuidado y la proximidad. Es ahí donde se cultiva una energía diferente: renovable, democrática, comunitaria. 

Y por eso que estamos llamados a un sí que comienza cerca, en la comunidad, en los lugares de la vida cotidiana; a la responsabilidad colectiva, a una conversión integral urgente que relacione el medio ambiente, la economía, la sociedad, la política, la cultura, la espiritualidad; a tener una conciencia crítica e informada y a reconocer el valor de un patrimonio tan precioso como frágil; al diálogo como método y valor: practicamos el diálogo constructivo en interés de nuestro territorio, que se está desmoronando. 

En este sentido, la política, con sus propios instrumentos, debe hacer su parte, siendo consciente de que todos somos facilitadores del cambio; su actividad está llamada, en sus articulaciones y competencias, a responder con esperanza y criterio a la organización de una ciudad habitable más que habitada. La ciudad no se conforma con ser representada, sino que pide, en su silencio ensordecedor, ser imaginada y cambiada. 

La conservación de un medio ambiente habitable es un compromiso que las generaciones actuales asumimos sobre todo hacia las generaciones futuras y por eso hay que confiar un papel fundamental a los procesos educativos, a la información y a los comportamientos individuales; para que la tierra en la que vivimos, y en la que vivirán nuestros descendientes, pueda seguir llamándose hermana y madre Tierra que nos sustenta y nos gobierna. 

Y «para hacer la sociedad más humana, más digna de la persona, es necesario revalorizar el amor en la vida social —a nivel político, económico, cultural— convirtiéndolo en la norma constante y suprema del actuar. […] El amor social nos impulsa a pensar en grandes estrategias que frenen eficazmente la degradación ambiental y fomenten una cultura del cuidado que comprometa a toda la sociedad» (Laudato Sì 231). 

El ejemplo de Santa Teresa de Lisieux, que «invita a practicar el pequeño camino del amor, a no perder la oportunidad de una palabra amable, de una sonrisa, de cualquier pequeño gesto que siembre paz y amistad» (Laudato Sì 230), puede ser un modelo válido que nos ayude a orientarnos en el magma en el que flotamos, a veces encallando. 

Nos corresponde a nosotros construir, refundar una cultura de la armonía que sepa combinar seriamente el concepto de redención, es decir, de recuperación de lo descartado, con el de reutilización, dando así a los desechos —humanos y materiales— una nueva vida, una dignidad y una consideración que tal vez nunca hayan tenido. 

Por último, resulta eficaz la particular lectura de la «encíclica verde» propuesta por el teólogo brasileño Leonardo Boff, que capta en el texto la fuerte centralidad, más que nunca de actualidad, entre la ecología y la justicia (cf. L. Boff y otros, Cuidar la Madre Tierra. Comentario a la Encíclica Laudato sì del Papa Francisco). 

La ecojusticia, cuya teorización es fundamental para comprender su práctica resolutiva, implica que la explotación de la Tierra está intrínsecamente ligada a la explotación de las personas y que es necesario un cambio ético, espiritual y social para establecer una relación de cuidado e interdependencia con la naturaleza y con los demás seres vivos. 

Partiendo de esto, pero no solo de esto, es necesaria una movilización profética por la justicia climática, ecológica y, sobre todo, humana, en la que, ante el genocidio reconocido, se pueda empezar a hablar también de "ecocidio", con criterios bien definidos, por supuesto. 

Este es el complejo pero decisivo paso que desde perspectivas plurales espera buena parte de la humanidad y que, desde el desequilibrio a la armonía, se pueda construir concretamente un nuevo horizonte basado no solo en el respeto de la casa común, sino que, partiendo del cuidado de nuestra naturaleza humana, llegue a la tan deseada ecología integral. Una prueba, esta, que vale la pena de nuestro ser en el mundo y, por lo tanto, en la Iglesia. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 1 de octubre de 2025

Meditación ante el Cáliz.

Meditación ante el Cáliz

En la Última Cena de Jesús no celebramos un trofeo sino un recuerdo vivo: el del Crucificado. El tiempo, que rápidamente borra los nombres de los dominadores, conserva en cambio los nombres de las víctimas, escritos en el llanto de los pobres, en el grito de los inocentes, en el silencio de los últimos. Incluso cuando se nos escapan, Dios los conoce y los graba en sus palmas.

 

«El que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará» (Mc 8,35). No es un lema para un póster, es un puente entre dos orillas. Jesús cruzó ese puente íntegro: entregó su carne y su sangre, venció el miedo y devolvió la libertad a su Autor. No eligió salvarse: eligió donarse. Y la sangre, que los violentos creyeron que era un sello de olvido, se convirtió en voz: una voz que aún predica en las venas de la historia de este mundo.

 

Y que nos invita a confiar en el Evangelio más que en cualquier cálculo, más que en cualquier prudencia. Celebramos la Eucaristía en memoria de aquella cena Última en la víspera de su Pasión. Y contemplamos y gustamos este signo como una invitación a apostarlo todo por la confianza.

 

Hoy, la palabra sangre nos quema. Porque la sangre es un lenguaje que todos entendemos y que nos pide cuentas a todos. La sangre de Jesús se mezcla idealmente con la sangre derramada en Palestina, como en Ucrania y en todas las tierras heridas donde la violencia se cree omnipotente y, en cambio, no es más que ruido.

 

La sangre es sagrada: cada gota inocente es un sacramento derramado. Podríamos recoger en el cáliz del altar la sangre de cada víctima —niños, mujeres, hombres de todos los pueblos— y exponerla aquí para que ningún rito nos absuelva de la responsabilidad, para que la oración sienta el peso de cada herida.


Y, con pudor y con fuego, decir: es la sangre de cada inocente. Porque no existe «otra» sangre sagrada, porque toda la tierra es un único altar. Un rito claro, directo, sin ambigüedades, sin diplomacia.

 

Escucha, Israel: no te hablo como adversario, sino como hermano en la humanidad. Te llamo con el nombre con el que la Escritura convoca al corazón a lo esencial: Escucha. Deja de derramar sangre palestina.

 

Que cesen los asedios que quitan el pan y el agua; que cesen los golpes que destrozan casas e infancias; que cesen las represalias que cambian la seguridad por la opresión, que cese la invasión que ahoga toda esperanza de paz. La seguridad que pisotea a un pueblo no es seguridad: es un incendio que, tarde o temprano, quema la mano que creía dominarlo.

 

Tú, Israel, conoces el peso del duelo que la historia te ha procurado. Las heridas han dejado cicatriz en tu carne y en tu conciencia. Todo terrorismo es un sacrilegio, todo secuestro una sombra sobre lo humano, cada cohete contra civiles un pecado que clama.

 

Te llamo por tu nombre: tú, Israel, detente. Abre los pasos fronterizos, deja pasar las medicinas y el pan, suspende el fuego que no distingue y multiplica los huérfanos. No te pido debilidad: te pido grandeza. La grandeza de quien detiene su fuerza cuando la fuerza profana la justicia; de quien reconoce que la única victoria que salva es la que vence a la venganza.

 

La mentira comienza con las palabras, sobre todo con las ambiguas, las anestesiadas: los drones son fusilamientos por control remoto; los «daños colaterales» son niños sin rostro; un gasto militar que supera al gasto social no es seguridad, sino suicidio colectivo. Esta es la única geopolítica evangélica digna del Cáliz que bendecimos.

 

Digámoslo con la franqueza del Evangelio del Reino: el mal no es una idea, es una realidad. El grito de los pobres y los últimos, la sangre de los niños y el llanto de sus madres, dice a los poderosos de esta tierra, a los gobiernos, a cada mando militar: ¡detengan la espiral!

 

Busquen la justicia antes que las fronteras, los derechos antes que las alambradas, la dignidad antes que los cálculos. La paz no se construye con la muerte de la vida inocente sino con igualdad de derechos, fraterna solidaridad y con misericordia política.

 

La sangre que clama desde los escombros no es un argumento: es una anáfora de Dios que repite: ¿Qué has hecho con tu hermano?


«¿Qué podemos hacer?» nos preguntamos. Es la pregunta de Pedro cuando el barco cruje. La Eucaristía que se nos pide hoy no es la de la sangre, sino la de la coherencia. De la obstinada mansedumbre de quien no se deja comprar. De la paciencia creativa de quien ama sin atajos. De la fidelidad laboriosa de quien sirve a los pobres sin altares. De la sobriedad alegre de quienes gastan menos en sí mismos e invierten en quienes no podrán devolverles nada.

 

Ésta es la Eucaristía de aquella Última Cena, la de la compasión y la de la misericordia, que cuesta la vida. Miremos, pues, al Cáliz. Contemplemos la sangre inocente. No como una curiosidad, sino como un espejo. La sangre del Inocente no es un talismán: es un llamamiento.

 

Cada gota de sangre dice: no traiciones. No traiciones el Evangelio con un culto sin conversión. No traiciones al pobre con una limosna sin opciones. No traiciones la paz con palabras sin proyecto. No traiciones al inocente con el cinismo de la prudencia. No traiciones al pobre, al huérfano, a la viuda, al emigrante.

 

Que la sangre inocente nos dé un valor sin teatralidad y nos haga hacedores de decisiones que no sean noticia pero que cambien la vida de los inocentes. Miremos Palestina, miremos Ucrania, miremos el Sur del mundo: cuántos ya no tienen lágrimas y nos prestan sus ojos.

 

Hagamos que la paz no sea un eslogan, sino una práctica. Hagamos que cada comunidad humana se convierta en una sala de espera de resurrecciones: comedor para los hambrientos, hogar para los sin techo, lengua para los que no saben hablar, compañía para los que no pueden sostenerse solos, patio de juego para los niños…


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...