lunes, 2 de febrero de 2026

Hacer la guerra al hambre y alimentar la paz.

Hacer la guerra al hambre y alimentar la paz

Te invito a un momento de silencio escuchando esta canción “La hora del hambre” con sus imágenes y su letra: https://www.youtube.com/watch?v=dp_6TX4hCfg  

 

¿Hay algo nuevo que decir sobre el hambre en el mundo? ¿Algo que aún no se haya dicho?

 

¿Cabe seguir llamando la atención de una política, y probablemente también de una Iglesia, encerradas en sí mismas, sobre una situación planetaria que es intolerable?

 

Me refiero, como hecho intolerable, el dato de que millones de personas en el mundo estén malnutridas o pasen hambre no es una cuestión de mala suerte o de destino, es una cuestión de elecciones y de responsabilidad.

 

¿Se puede calificar de escándalo mundial la muerte por hambre?

 

Cabe mirar hacia otro lado y fingir que esto no existe. Cabe no ser más conscientes de nuestras elecciones alimentarias, que a menudo implican el desperdicio de alimentos y el mal uso de los recursos a nuestra disposición. ¿Todo eso, y mucho más, cabe?

 

El hambre no es un accidente de la historia, sino más bien un producto funcional del sistema alimentario y productivo en el que cada uno de nosotros desempeña un papel y tiene una parte.

 

Seguramente el cambio es radical. Ya no se centra solo en la ayuda que los ricos afortunados deben, por espíritu de caridad, a los hermanos más desafortunados. Porque quizás, con nuestro estilo de vida, somos parte del problema y no solo de la solución.

 

Todo apunta, creo, a que hay comida suficiente para alimentar a todos y que si hay voluntad, lo que tenemos no se acaba. Esa es la cuestión: el hambre es una vergüenza que se puede resolver, que se puede borrar de la historia en un plazo razonable.

 

¿Qué falta entonces? ¿Falta la voluntad política? ¿Falta la masa crítica de la ciudadanía que ponga en marcha el proceso?

 

Para el pueblo judío, las dos calamidades por excelencia eran el hambre y la esclavitud.

 

Para derrotar definitivamente la esclavitud, al menos la legalizada, se tuvo que esperar siglos, e incluso se travesaron períodos en los que la humanidad vivió sin pestañear ante contradicciones evidentes.

 

Como botón de muestra basta pensar en la Constitución estadounidense, redactada en 1787, dos años antes de la Revolución Francesa. Se sancionaba la igualdad de todos los hombres, pero durante casi un siglo, al mismo tiempo que estaba en vigor esa Constitución, en los estados del sur la esclavitud no solo era aceptada, sino incluso regulada.

 

El último estado del mundo en abolirla de su código fue Mauritania, en 1980, más de dos siglos después del nacimiento del movimiento abolicionista.

 

El hambre está siguiendo un camino similar.

 

Las Iglesias cristianas hablan del derecho dado por Dios a todos a tener acceso a una alimentación adecuada. Pero se debe añadir que también el derecho de los hombres consagra este punto firme.


En la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948 se dice que «toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado para su salud y bienestar, así como el de su familia, incluyendo la alimentación...». O, por ejemplo, en la Declaración sobre la Seguridad Alimentaria Mundial de 1996 se da un paso más al afirmar «... el derecho de toda persona a tener acceso a alimentos sanos y nutritivos, de acuerdo con el derecho a una alimentación adecuada y con el derecho fundamental de todo ser humano a no padecer hambre».

 

Nadie cuestiona estas, y tantas otras bellas formulaciones, y sin embargo todos convivimos con la conciencia de la existencia de millones de personas desnutridas y que mueren de hambre.

 

Los mensajes de Manos Unidas, como siempre, son una extraordinaria exhortación moral, y deberían incluirse en un debate político que parece haber olvidado la importancia central una realidad que parece ser endémica: el del hambre.

 

El objetivo de acabar con el hambre debe ser una prioridad para todos nosotros, no solo por fraternidad universal, sino incluso por nuestro propio bienestar personal.

 

No podemos ser felices si los demás no lo son, por lo que hasta que no logremos erradicar esta vergüenza no podremos decir que nos hemos realizado plenamente.

 

Si una parte tan grande de la gran familia humana no tiene acceso a la comida, significa que no estamos cumpliendo con nuestro deber como seres humanos: el deber de ser hermanos.

 

En el ejemplo evangélico de la multiplicación de los panes y los peces, y al enterarse de la multitud de personas hambrientas que se habían reunido para escucharlo, Jesús no dudó y envió inmediatamente a sus discípulos a buscar comida para todos.

 

Esta es la cuestión: sin comida, ninguna palabra de salvación tiene sentido.

 

No solamente con motivo de la Campaña de Manos Unidas sino cada día es impensable imaginar futuros posibles, salidas a la crisis mundial, nuevos paradigmas de convivencia,…, si millones de personas no comen.

 

Por eso, el mensaje siempre actual de Manos Unidas es un mensaje de liberación. Debemos sacudirnos el óxido de tantas de nuestras cuestiones miopes para volar alto y afrontar retos verdaderamente trascendentales y fundamentales.

 

Nuestro sistema alimentario muestra cada día sus lados oscuros, desde cualquier punto de vista que se mire.

 

A los muertos por hambre se contraponen los obesos, a los desnutridos los hipernutridos, con la diferencia de que los hambrientos y los desnutridos no son artífices de sus propias elecciones alimentarias, sino que sufren la violencia del sistema inhumano que provoca el hambre de millones de seres humanos.

 

Tal vez, para acabar, qué mejor que hacerlo viendo el vídeo de la campaña de este año 2026 de Manos Unidas que lleva por título “Declara la guerra al hambre”: https://www.youtube.com/watch?v=q-rjdZKJaEw


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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