Hacer la guerra al hambre y alimentar la paz
Te invito a un momento de silencio escuchando esta canción “La hora del hambre” con sus imágenes y su letra: https://www.youtube.com/watch?v=dp_6TX4hCfg
¿Hay algo
nuevo que decir sobre el hambre en el mundo? ¿Algo que aún no se haya dicho?
¿Cabe
seguir llamando la atención de una política, y probablemente también de una
Iglesia, encerradas en sí mismas, sobre una situación planetaria que es
intolerable?
Me
refiero, como hecho intolerable, el dato de que millones de personas en el
mundo estén malnutridas o pasen hambre no es una cuestión de mala suerte o de
destino, es una cuestión de elecciones y de responsabilidad.
¿Se puede
calificar de escándalo mundial la muerte por hambre?
Cabe mirar
hacia otro lado y fingir que esto no existe. Cabe no ser más conscientes de
nuestras elecciones alimentarias, que a menudo implican el desperdicio de
alimentos y el mal uso de los recursos a nuestra disposición. ¿Todo eso, y
mucho más, cabe?
El hambre
no es un accidente de la historia, sino más bien un producto funcional del
sistema alimentario y productivo en el que cada uno de nosotros desempeña un
papel y tiene una parte.
Seguramente
el cambio es radical. Ya no se centra solo en la ayuda que los ricos
afortunados deben, por espíritu de caridad, a los hermanos más desafortunados. Porque
quizás, con nuestro estilo de vida, somos parte del problema y no solo de la
solución.
Todo
apunta, creo, a que hay comida suficiente para alimentar a todos y que si hay
voluntad, lo que tenemos no se acaba. Esa es la cuestión: el hambre es una
vergüenza que se puede resolver, que se puede borrar de la historia en un plazo
razonable.
¿Qué
falta entonces? ¿Falta la voluntad política? ¿Falta la masa crítica de la ciudadanía
que ponga en marcha el proceso?
Para el
pueblo judío, las dos calamidades por excelencia eran el hambre y la
esclavitud.
Para
derrotar definitivamente la esclavitud, al menos la legalizada, se tuvo que
esperar siglos, e incluso se travesaron períodos en los que la humanidad vivió
sin pestañear ante contradicciones evidentes.
Como
botón de muestra basta pensar en la Constitución estadounidense, redactada en
1787, dos años antes de la Revolución Francesa. Se sancionaba la igualdad de
todos los hombres, pero durante casi un siglo, al mismo tiempo que estaba en
vigor esa Constitución, en los estados del sur la esclavitud no solo era
aceptada, sino incluso regulada.
El último
estado del mundo en abolirla de su código fue Mauritania, en 1980, más de dos
siglos después del nacimiento del movimiento abolicionista.
El hambre
está siguiendo un camino similar.
Las
Iglesias cristianas hablan del derecho dado por Dios a todos a tener acceso a
una alimentación adecuada. Pero se debe añadir que también el derecho de los
hombres consagra este punto firme.
En la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948 se dice que «toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado para su salud y bienestar, así como el de su familia, incluyendo la alimentación...». O, por ejemplo, en la Declaración sobre la Seguridad Alimentaria Mundial de 1996 se da un paso más al afirmar «... el derecho de toda persona a tener acceso a alimentos sanos y nutritivos, de acuerdo con el derecho a una alimentación adecuada y con el derecho fundamental de todo ser humano a no padecer hambre».
Nadie
cuestiona estas, y tantas otras bellas formulaciones, y sin embargo todos
convivimos con la conciencia de la existencia de millones de personas
desnutridas y que mueren de hambre.
Los mensajes
de Manos Unidas, como siempre, son una extraordinaria exhortación moral, y
deberían incluirse en un debate político que parece haber olvidado la
importancia central una realidad que parece ser endémica: el del hambre.
El
objetivo de acabar con el hambre debe ser una prioridad para todos nosotros, no
solo por fraternidad universal, sino incluso por nuestro propio bienestar
personal.
No
podemos ser felices si los demás no lo son, por lo que hasta que no logremos
erradicar esta vergüenza no podremos decir que nos hemos realizado plenamente.
Si una
parte tan grande de la gran familia humana no tiene acceso a la comida,
significa que no estamos cumpliendo con nuestro deber como seres humanos: el
deber de ser hermanos.
En el
ejemplo evangélico de la multiplicación de los panes y los peces, y al
enterarse de la multitud de personas hambrientas que se habían reunido para
escucharlo, Jesús no dudó y envió inmediatamente a sus discípulos a buscar comida
para todos.
Esta es
la cuestión: sin comida, ninguna palabra de salvación tiene sentido.
No
solamente con motivo de la Campaña de Manos Unidas sino cada día es impensable imaginar
futuros posibles, salidas a la crisis mundial, nuevos paradigmas de
convivencia,…, si millones de personas no comen.
Por eso,
el mensaje siempre actual de Manos Unidas es un mensaje de liberación. Debemos
sacudirnos el óxido de tantas de nuestras cuestiones miopes para volar alto y
afrontar retos verdaderamente trascendentales y fundamentales.
Nuestro sistema
alimentario muestra cada día sus lados oscuros, desde cualquier punto de vista
que se mire.
A los
muertos por hambre se contraponen los obesos, a los desnutridos los
hipernutridos, con la diferencia de que los hambrientos y los desnutridos no
son artífices de sus propias elecciones alimentarias, sino que sufren la
violencia del sistema inhumano que provoca el hambre de millones de seres
humanos.
Tal vez,
para acabar, qué mejor que hacerlo viendo el vídeo de la campaña de este año 2026 de
Manos Unidas que lleva por título “Declara la guerra al hambre”: https://www.youtube.com/watch?v=q-rjdZKJaEw
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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