lunes, 2 de febrero de 2026

Sal, luz, ciudad: el don y la responsabilidad se abrazan - San Mateo 5, 13-16 -.

Sal, luz, ciudad: el don y la responsabilidad se abrazan - San Mateo 5, 13-16 -

Después de pronunciar las bienaventuranzas, dirigidas a los discípulos y concluidas con la invocación al «vosotros» de los discípulos perseguidos (Mt 5,11-12), Jesús se dirige ahora a ellos, a los discípulos, con un discurso directo en el que los califica de «sal de la tierra» y «luz del mundo».

 

Y estos apelativos no tienen nada de triunfalista, ni mucho menos pueden generar en los propios discípulos presunción u orgullo, sino que son una llamada a una responsabilidad que puede ser desatendida.

 

Las palabras sobre la sal y la luz se refieren a la relación de los discípulos con el mundo, a su responsabilidad hacia los «hombres». Por lo tanto, detrás de la referencia a la «tierra», es decir, a la humanidad que vive en la tierra, y al «mundo», es decir, a los habitantes del mundo, hay una afirmación implícita de lo que la humanidad tiene derecho a esperar de los creyentes.

 

Hay una tarea que solo los discípulos de Jesús pueden cumplir y de la que no pueden sustraerse, so pena de volverse insignificantes, de perder su sabor, como la sal que se vuelve insípida, y de perder su fuerza irradiadora, como la luz que ya no ilumina. Por lo tanto, so pena de traicionarse a sí mismos y a su vocación.

 

Las palabras de Jesús pueden referirse y aplicarse a la modalidad de la presencia de los cristianos en el mundo.

 

En primer lugar, es importante subrayar que las palabras evangélicas sobre los discípulos «sal» y «luz» están en boca de Jesús y dirigidas por él a ellos. Es Jesús quien dice: «Vosotros sois la luz», no son los discípulos quienes dicen: «Nosotros somos la luz». Esto sería arrogancia y traición a la calidad de la luz que es Jesús y que los discípulos solo pueden reflejar viviendo el espíritu de las bienaventuranzas.

 

Las palabras de Jesús no afirman, por tanto, una situación de hecho, sino que introducen al discípulo en la labor de la escucha y la fe, ya que deben ser recibidas, acogidas y convertidas en práctica. Solo esta condición mantiene al creyente en la humildad y le permite participar en la sabiduría del Evangelio y dar testimonio de ella, así como acoger la luz de Jesús y difundirla.

 

Esto significa que ser luz y sal en relación con los hombres no es un dato adquirido por derecho, de una vez por todas, sino un acontecimiento que ocurre cada vez que el creyente escucha la palabra de Jesús y del Evangelio y la pone en práctica, en actitud de servicio hacia los hombres.

 

Imponer la propia luz, la propia verdad a los demás, sería una distorsión de la vocación que Jesús confía a los suyos.

 

Por otra parte, confiar la tarea de ser sal de la tierra no significa que el mundo deba convertirse en un salero. Y, de manera análoga, ser luz del mundo no significa hacer desaparecer las tinieblas y las zonas de sombra: una luz deslumbrante no ilumina, sino que produce ceguera.

 

No hay que hacer una interpretación absoluta, fundamentalista… de estas afirmaciones: la contribución mesiánica que los creyentes pueden dar a la humanidad, por fundamental que sea, es limitada y parcial. Cualquier declinación fundamentalista y absoluta es una traición a la lógica evangélica.


 

Las dos imágenes «vosotros sois la sal de la tierra» (Mt 5,13) y «vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5,14), tienen en común la posibilidad del fracaso.

 

La sal puede volverse insípida, traicionando su función; la lámpara puede dejar de iluminar, desmintiendo su sentido. Ahora bien, la sal es un elemento que tiene muchas funciones y significados. Aquí, sin embargo, es sin duda un símbolo de sabiduría tan contraria a la insensatez, necedad…

 

La sabiduría, palabra y realidad hoy marginada, indica algo que va mucho más allá de la información, hoy tan extendida, es más, que va incluso más allá y más en profundidad que el conocimiento.

 

Se trata de un saber que ayuda a vivir, que es amigo de la vida. Que no se reduce a una dimensión intelectual, sino que integra los sentidos y las emociones como factores de una inteligencia integral de uno mismo, de los demás y de la realidad.

 

Y es una sabiduría que el cristiano ve iluminada y guiada por el Espíritu que animó la vida del mismo Jesús.

 

En cuanto a la imagen de la luz, en el Antiguo Testamento se aplica a Dios (Sal 27,1) y a la Torá (Sal 119,105) y, por tanto, al pueblo de Israel que, instruido en la Torá y guiado por la voluntad de Dios, se convierte en «luz de las naciones» (Is 42,6; 49,6).

 

En el Nuevo Testamento se refiere al Mesías Jesús y se aplica también a sus discípulos, ya que participan de su vida. No son ellos, hay que repetirlo, la fuente de la luz. Pueden reflejarla en la medida de su fe y de su amor por Jesús.

 

Así se comprende cómo también esta responsabilidad suya puede fallar. Jesús expresa esta posibilidad con la imagen de la lámpara que, si se cuelga del candelero, es decir, de la varilla situada en el centro de la casa, ilumina todo el interior de la casa, pero que también puede ser ocultada y apagada por el celemín.

 

La sal que se vuelve insípida, la lámpara que no ilumina, la ciudad situada en una montaña y que permanece oculta y no visible: todas estas imágenes convergen en advertir severamente a los discípulos y a todos los cristianos de la posibilidad de fallar en su responsabilidad de fe. Entonces se volverían insignificantes para los hombres y este sería el peor juicio al que podrían incurrir.

 

El versículo final, al relacionar la luz de los discípulos que debe brillar ante los hombres y sus obras que, si se ven, llevan a los hombres mismos a dar gloria a Dios, establece la relación equilibrada entre la fe y la ética.

 

Lo esencial es la acogida de la luz de Jesús que, gracias a la fe, puede morar en el creyente y que encuentra en las obras «bellas» un lenguaje comprensible para los hombres, un lenguaje simbólico. Las obras bellas se convierten en un signo que remite al Padre que está en los cielos.

 

La sacramentalidad de la Iglesia se manifiesta cuando su actuar y obrar repercute en los demás y los lleva a reconocer la fuente de la luz, el Dios «padre de las luces» (St 1,17). La Iglesia expresa esta sacramentalidad cuando la luz que ha recibido y acogido como don de lo alto la refleja y la difunde por el mundo con su testimonio, sin guardarla celosamente para sí misma, porque eso significaría apagarla.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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