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miércoles, 2 de septiembre de 2026

La libertad del peregrino para ponerse en camino.

La libertad del peregrino para ponerse en camino

Quien dice habitar en el Espíritu, pero permanece encadenado a sus propios límites, se miente a sí mismo.

 

La dimensión del Misterio no es un puerto seguro donde amarrar, sino un océano sin orillas que exige el valor de zarpar.

 

¡Ay de quienes se quedan quietos!

 

La vida sedentaria del alma es la tumba de la profecía.

 

Hemos construido recintos alrededor de nuestras tareas y muros alrededor de nuestros lugares, llamándolos seguridad. P

 

ero el Espíritu del Misterio no se deja secuestrar por nuestras costumbres, ni se domestica con la repetición de gestos vacíos de fuego.

 

Él es el Misterio del Éxodo, el soplo que empuja hacia fuera, la voz que llama a caminar por senderos que aún no existen.

 

Entremos en la nueva dimensión.

 

Acoger al Espíritu significa rasgar el velo del tiempo lineal y del espacio limitado. Es nacer a una libertad que el mundo no conoce: la libertad de no estar definidos por lo que hacemos, sino por Aquel que nos llama.

 

No somos nuestro papel, no somos nuestra tierra; somos caminantes del Infinito, dispuestos a cambiar de rumbo al más mínimo susurro del Viento.


No hay vuelo sin raíces sumergidas en el silencio. Nadie puede decirse libre si no se nutre a diario del Misterio, en un diálogo que no conoce descanso.

 

La libertad no es ausencia de vínculos, sino el abrazo constante con la Fuente. Todo fluye de Él y a Él todo debe volver.

 

Sin este contacto íntimo, perseverante y prolongado, vuestra libertad se convertirá pronto en un nuevo desierto, y vuestro movimiento en una huida vana.

 

Que este sea, pues, nuestro camino: busquemos su rostro en lo secreto, para ser fuego en la plaza. No temamos lo incierto, pues quien pertenece al Espíritu no tiene dónde recostar la cabeza, pero posee el universo entero.

 

La libertad espiritual no es la facultad de hacer lo que uno quiere, sino la capacidad de convertirse en lo que uno es en lo más profundo, liberándose de las cadenas invisibles que nos esclavizan.


Salir de la vida «sedentaria».

 

No se trata solo de movimiento físico, sino de desapego interior.

 

La libertad espiritual es la capacidad de habitar el mundo sin poseerlo.

 

Quien es libre no pertenece a ningún lugar, sino que es un peregrino. Esto le hace inmune a los chantajes de la comodidad y la seguridad material.

 

Es la libertad de quien sabe que su patria está en los cielos (o en lo Invisible) y, por eso, puede estar plenamente presente en cualquier lugar sin ser esclavo de nada.


Esta es la parte más paradójica: solo se es libre cuando uno se une a algo más grande. Sin el contacto diario con el Misterio (la meditación, la oración, el silencio), la libertad degenera en arbitrariedad o en soledad.

 

Al igual que una cometa solo es libre de volar mientras está atada al hilo, el ser humano alcanza su máxima plenitud cuando reconoce que «todo viene de Él y a Él vuelve».

 

La dependencia de la Fuente nos libera de las dependencias del mundo (el juicio ajeno, las dependencias emocionales, la ansiedad por el rendimiento…).


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 22 de julio de 2026

A paso de discípulo: esbozo de una espiritualidad peregrina.

A paso de discípulo: esbozo de una espiritualidad peregrina 

Entre las muchas pistas posibles para abordar el tema de la peregrinación, he escogido una con siete pasos que caracterizan la experiencia y la vida del peregrino: decidir, prepararse, partir, caminar, llegar, volver y contar. 

Estos son los mismos pasos que acompañan a los peregrinos, individuos o grupos, a lo largo y ancho de la Biblia. Son pasos que me ayudan a reconocer las actitudes de mi propio ser-en-peregrinación. Descubro que estos pasos no son secuenciales ni definidos, ni consecuentes, sino que se entrecruzan y dialogan de manera impredecible. 

La peregrinación es una experiencia profundamente personal, aunque se viva en compañía: cada peregrino recorre (y decide recorrer) su propio camino, eligiendo cada día cuál será el siguiente paso por dar en su vida. 

1.- Decidir 

Decidir es el paso decisivo y el más difícil. La peregrinación no comienza cuando nos ponemos en camino, sino cuando surge en nuestro corazón el deseo de partir: un camino nunca comienza con la partida, sino mucho antes, con el pensamiento y la preparación; en otras palabras, con la pregunta de por qué emprender ese camino. 

Las motivaciones del peregrino pueden ser muy diferentes: emprender un camino de búsqueda de sí mismo, realizar un acto de devoción, dar gracias por una gracia recibida o hacer un gesto de penitencia y conversión; caminar para pedir una intercesión... 

Muy a menudo, la motivación no está clara ni siquiera para el peregrino, que no es consciente de lo que le impulsa. Sin embargo, lo que todos tienen en común es un deseo: la búsqueda de una estrella, que en última instancia, y allí en lo profundo, se revela como una misteriosa nostalgia de Dios, un gran deseo de Dios. 

2.- Prepararse 

Sin embargo, no se puede improvisar ser peregrino: la peregrinación es una experiencia que debe prepararse adecuadamente. El verbo “prepararse” se declina en varias dimensiones: física, cultural, espiritual y práctica. 

La peregrinación es una larga oración hecha con el cuerpo no una actividad deportiva, pero sin duda, y sobre todo en el caso de las peregrinaciones más largas y exigentes, será importante preparar adecuadamente el cuerpo. 

También es importante conocer el recorrido, los pueblos por los que se va a pasar, los puntos peligrosos, las etapas y las paradas, por lo que es necesario hacerse con un mapa. 

Por último, la preparación espiritual debe entenderse en un sentido amplio y no solo religioso: significa dialogar con uno mismo para cuestionarse las motivaciones profundas, el sentido y el estado de ánimo con el que se quiere partir, las preguntas que nos hacen caminar. ¿Quién, qué y cómo estamos buscando? 

Incluso la preparación de la mochila se convierte en un ejercicio «espiritual», en el que debemos elegir qué llevar y, sobre todo, qué no llevar, dejando en casa lo superfluo. 

3.- Partir 

Partir requiere la capacidad de dejar ir: antes que el valor para partir es necesario tener el valor de dejar atrás. En este sentido, partir significa romper, desgarrar e interrumpir el curso ordinario de la vida y reconocer en el camino mismo un nuevo y poderoso centro de gravedad. 

Este aspecto excepcional de la partida puede parecernos extraño, pero podemos comprenderlo recordando a los peregrinos medievales, para quienes partir en peregrinación era un hecho trascendental. Se partía en peregrinación sin la certeza de volver a casa, después de haber vendido probablemente todo lo que se tenía. 

El entusiasmo de partir debe tener en cuenta sobre todo el esfuerzo del primer paso, el que desde el umbral seguro, la puerta de casa conduce a caminos desconocidos y potencialmente peligrosos. Partir también significa separarse de los afectos, de los seres queridos: una separación temporal, no definitiva, pero que puede redefinir, purificar y, a veces, romper vínculos y relaciones. 

Por último, partir nos reconecta con todos los pueblos de refugiados y desesperados que abandonan el lugar que representaba para ellos la seguridad, a veces mínima, por un lugar desconocido y quizás para siempre. 

4.- Caminar 

La esencia de la peregrinación es el camino y la materia que lo compone son los pasos, cuantitativamente incalculables. La experiencia de caminar es una experiencia vasta, hecha de encuentros, esfuerzos, cambios de rumbo y elecciones, pero no solo eso. Cuando no caminamos físicamente, son nuestra mente y nuestro corazón los que caminan. La dinámica del camino ya es evidente en los textos sagrados: Dios se pone en camino con Israel; Jesús es el hombre que camina, es Dios-con-nosotros. 

Muchos filósofos y pensadores, en diferentes épocas históricas y procedentes de diferentes escuelas de pensamiento, han elaborado filosofías «del caminar», desde los paseos socráticos hasta las caminatas precisas y puntuales de Kant; muchos han reconocido que la acción de caminar conecta el cuerpo con el pensamiento. 

Sin embargo, nadie ha escrito que sea una actividad fácil, sencilla y cómoda: para caminar hay que estar apoyado, no solo físicamente con un bastón, sino también socialmente (¡la importancia de los compañeros de viaje!) y espiritualmente. 

Además, en la peregrinación, las características positivas de caminar se elevan a un nivel superior, al camino físico se une un triple camino del cambio: el camino de la purificación, el camino de la iluminación y el camino de la unificación: nuestra vida se purifica de los aspectos superfluos para volver a lo esencial, los pensamientos se iluminan y el cuerpo y la mente se unifican. 

5.- Llegar 

Llegar a la meta no es el único objetivo, sino la coronación de la experiencia: si no fuera así, seríamos vagabundos, no peregrinos. Aunque está muy de moda el eslogan «el camino es la meta», esto no es del todo cierto: la meta a alcanzar no es indiferente, porque orienta nuestro camino y el deseo de alcanzarla constituye un fuerte estímulo para superar las fatigas de la peregrinación. Y, sobre todo, su consecución se convierte en «un lugar privilegiado de encuentro con Dios. 

La verdadera meta es nuestra conversión, entendida en sentido dinámico, que transforma toda nuestra vida, para renovarla siempre. Imaginemos entonces que no queremos llegar a un lugar cerrado y finito, sino atravesar un arco, un umbral desde el que continúa el camino. 

6.- Regresar 

Cambiados por la peregrinación, es importante subrayar que a partir de ese momento nos convertimos en peregrinos: una vez purificados, es costumbre regresar a la normalidad diferentes de como éramos al partir. 

No se regresa al punto de partida, sino que todo es nuevo, renovado, por redescubrir desde el principio. Es decir, se reanuda el camino, con nuevas preguntas y nuevas conciencias, con la mochila llena de todo lo que hemos recogido y aprendido en el camino de ida: no es, por tanto, el final de la peregrinación, sino una nueva dinámica del camino. 

La peregrinación no es un paréntesis en la vida ordinaria del discípulo, una suspensión de la gris rutina cotidiana: el reto es precisamente volver a la propia vida transformados. Volver no significa mirar atrás, sino habitar de una forma nueva la vida cotidiana. 

7.- Contar 

El séptimo y último paso, contar, es la dimensión comunitaria: dar testimonio de lo vivido, con entusiasmo y pasión, dando testimonio del don recibido. Muchos peregrinos escriben un diario de su experiencia y la tradición cristiana nos ofrece ejemplos espléndidos, desde el Diario de viaje de Egeria hasta Cuentos de un peregrino ruso. 

El peregrino escribe para no olvidar la experiencia vivida y para comunicarla a los demás, con el deseo de animar también a otros a emprender el peregrinaje. 

Pero atención, se comparte la gracia de la propia experiencia in itinere: nadie puede decir que ha terminado, que ha llegado, ni puede hablar de su camino de vida como algo pasado. 

Al contrario, nos contamos a nosotros mismos en camino, situados, y acogemos las historias de los demás, escuchando las vidas de quienes no están en nuestro mismo barco, pero sí en la misma tormenta. 

Ultreia et Suseia! 

¡Buen camino! 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

"Poneos en camino" - la espiritualidad del camino del peregrino -.

"Poneos en camino" - la espiritualidad del camino del peregrino - 

¿Quién te llama, peregrino?

¿Qué fuerza misteriosa te atrae? 

Así reza un poema sobre el Camino de Santiago. 

Una vez tomada la decisión de peregrinar, ya has partido interiormente. 

Partir significa dejar todas las seguridades para entrar en la precariedad sin saber lo que encontrarás en el camino. 

Dejar todo lo superfluo que abarrota nuestra vida para reencontrar lo esencial: todo lo que necesitas está en tu mochila y la mochila debe ser ligera. 

Partir sin medir el tiempo y, tras apenas tres o cuatro días de camino, te invade una sensación de calma y paz. Todo lo que ocupaba mis días parece ya muy lejano. Lo único que hay que hacer es ir, caminar. 

El poeta español, Antonio Machado, escribió un poema ‘místico’ sobre el camino que dice: 

Caminante, no hay camino,

se hace camino al andar.

El camino se descubre al recorrerlo. 

Es una experiencia vital, personal, difícil de narrar. No sé por qué, pero en camino y en el siempre he sido feliz. Fui feliz y se regresa feliz, dicho y lleno con todo. 

Lo que hace que el Camino sea diferente a ir por senderos es la meta y la sensación de que en Santiago hay alguien esperándonos. La meta no es Santiago, sino el que nos precede, el que camina delante de nosotros, el que nos espera en la casa y el que ya ha preparado el banquete. 

Partir hacia otro lugar no es lo mismo que partir hacia Santiago. El destino da sentido a la marcha. Si la vida no lleva a ninguna parte, no somos peregrinos, somos vagabundos. 

La magia del Camino está en el entusiasmo con el que cada mañana se vuelve a partir, sea cual sea el tiempo, el cansancio, las ampollas y sea cual sea el idioma, siempre se saluda con un «buen camino». 

La magia está en sentir que formamos parte de un flujo secular. Ponemos nuestros pasos en los pasos de los millones que han pasado antes que nosotros por un Camino milenario. 

En una alternancia de dudas y certezas, hay que buscar y saber ver las señales, metáfora de la vida, para encontrar el camino a seguir y el sentido de lo que estamos haciendo. 

No hay vuelta atrás. Quien se ve obligado a renunciar no tiene paz hasta que vuelve a completar el Camino. 

Es un movimiento exterior e interior que exige el respeto de los propios ritmos y del propio cuerpo. 

En un mundo que se mueve rápidamente, hay una especie de profecía en este moverse al ritmo de nuestro cuerpo sin prisas, en busca de una armonía perdida. Nos dejamos llevar por el Camino, dejándonos enseñar por nuestro cuerpo, dejándonos guiar por el espíritu. 

Encontramos la paz en la naturaleza, en el ritmo natural, en reducir a pocas cosas las necesidades diarias. 

El cuerpo, ocupado durante horas en la repetición de los pasos, deja libre al espíritu para vagar, y en la mente fluyen imágenes, palabras, sin un orden preciso, como si el cerebro recuperara la libertad de imaginar, pensar, soñar… 

Resuenan en la mente muchos pasajes del Evangelio que hablan del camino: «Seguidme», «Yo soy el camino, la verdad y la vida» y, finalmente, la pregunta «¿Quién decís que soy yo?». 

En un mundo de ruidos y estruendos, aquí el silencio es el único murmullo que te acompaña y te rodea. 

Se experimenta lo que yo llamo un ermitaño itinerante. 

Especialmente cuando estás en la meseta o durante kilómetros y kilómetros, intentas vaciar la mente para hacer espacio a Dios, como en la meditación, pero mil preguntas surgen en la mente para las que no encuentras respuesta y, en ese momento, Dios te parece realmente un Dios oculto, su misterioso silencio. 

Sin embargo, ante una repentina explosión de colores en un prado o una extensión de trigo mecida por el viento, te quedas embelesado contemplando las bellezas de la creación y entonces sientes que Dios se revela siempre elocuente y majestuoso en sus obras. 

Y así, sin darte cuenta, te encuentras alabando y dando gracias. 

A menudo, el mantra Maranatha! acompaña a lo largo del día marcando el ritmo de los pasos, bajo el sol, bajo la lluvia, contra el viento. Si te dejas llevar, incluso caminar bajo la lluvia es hermoso y, mientras te encoges sobre ti mismo, obligado al silencio, te escondes bajo el poncho y bajas la cabeza para protegerte de la lluvia, sientes que puedes resistir y que puedes lograrlo. En ese momento sientes que Dios camina contigo. 

Incluso el barro o un río crecido te ponen a prueba, te obligan a prestar atención para superar dificultades imprevistas que, en otras circunstancias, te habrían hecho rendirte. 

Encontrarte cada día con tus propias debilidades, con tus propios límites, te hace más humilde y te hace ver tu realidad, te hace consciente de tu insignificancia frente al universo, pero reanudar el Camino y seguir adelante te da la conciencia de que dentro de ti hay una fuerza a la que puedes recurrir en los momentos de desánimo y soledad. 

En el Camino se producen encuentros sorprendentes cuando menos te lo esperas y es increíble la facilidad con la que, tras solo unas horas de marcha, se puede entablar una relación de amistad con personas nunca vistas, procedentes de todas partes del mundo. 

Cuánta gente, cuánta diversidad. Cada uno lleva consigo el secreto de su camino y de su relación con lo sagrado y lo divino, todos con creencias diferentes, todos en busca de algo. Pero al final creo que todos se encuentran con Dios o, al menos, descubren lo sagrado del misterio que nos precede y nos acompaña. 

De los encuentros se aprende la gratuidad, porque hay que aprender a apreciarlos sin apegarse, a apreciar el don del encuentro en sí mismo. Una vez más, nos liberamos de nuestro deseo de poseer. 

Estos momentos son regalos para la alegría. Querer retenerlos es desnaturalizarlos, pero los mil rostros quedan grabados en nuestra memoria, tejiendo un hilo que nos une a todos los rincones del mundo. 

Hay una regla no escrita según la cual por la noche se puede cenar juntos, pero por la mañana cada uno se marcha sin molestar al otro ni esperar compañía. 

Estar solo en el Camino facilita los encuentros. Siempre me han impresionado las muchas y diferentes personas solas que he conocido. Las considero muy valientes porque se enfrentan a la soledad, a los miedos y a todo lo positivo y negativo que puede suceder. Tienen que saber valerse por sí mismas, algo que para mí sigue siendo un obstáculo por superar. 

En el Camino se encuentran los que yo llamo ángeles de la guarda y nosotros mismos podemos convertirnos en ángeles de la guarda de otra persona con una palabra de ánimo, una indicación, una sonrisa, un momento de escucha, compartiendo emociones con quien está solo. 

Se encuentran comunidades de oración que te acogen con una bendición de bienvenida en mil gestos y con una oración en muchos idiomas diferentes. 

Se encuentran ermitas solitarias donde podemos detenernos en el silencio pleno de la presencia de Dios y rezar por nuestros seres queridos, por la paz, por el mundo. 

Este tipo de vida y de relaciones tiene algo de la sencillez monástica, crea comunidad. 

No se es peregrino solo, se es con los demás, en medio de los demás. No importa lo que uno haga en la vida cotidiana, todos los peregrinos son iguales, no hay ricos ni pobres, ni débiles ni fuertes. No es que se anulen las diferencias sociales pero el Camino nos iguala a todos como peregrinos en camino, de paso. 

Por la noche es bonito reunirse en los refugios. Si alguna vez dormimos en otro sitio, tenemos la desagradable sensación de haber salido del coro, de ser falsos peregrinos. 

Se aprende a convivir. Se comparten cosas materiales de forma espontánea y natural: agua, comida, medicinas, cuidados, incluso molestias, como los ronquidos o el ruido de las bolsas de plástico a las 5 de la mañana... 

Se aprende la humildad, a necesitar a los demás, una palabra, un consejo, una indicación, una sonrisa. 

Todo se hace con ligereza, de la manera más sencilla del mundo. 

Se crea una comunicación profunda, a menudo no se habla de trivialidades. 

Al hablar, se acoge y se es acogido. Se puede decir una palabra, compartirla entre peregrinos porque se comparte la misma vida. 

En los últimos días, cuanto más te acercas a Santiago, te asalta a veces la sensación de que no quieres llegar, de que no quieres que todo esto termine. No quieres abandonar este ambiente, esta forma de vida. 

El día de la llegada se experimentan sentimientos diferentes: alegría, sorpresa, tristeza, extrañeza, nostalgia… 

Alegría porque se ha alcanzado la meta. Sorpresa de estar allí, tanto que muchos se quedan mucho tiempo tumbados en la plaza mirando la catedral con incredulidad. 

Sorpresa de haber conseguido lo que no creías posible y de una manera totalmente natural. En casa a menudo te preguntan cómo es posible caminar tanto. Sin embargo, es posible y sin ser héroes. 

Se siente tristeza porque el sueño ha terminado, la sencillez está a punto de perderse, hay que volver a la vida cotidiana, porque los amigos conocidos en el Camino se van y es casi seguro que no volverán a verse. El Camino es duro también por esto, no tanto por el caminar como por la separación. 

Sentimos una sensación de extrañamiento. Aún no estamos preparados para el ritmo de la ciudad, por lo que sentimos aún más la necesidad de recuperar la calma y el silencio que nos han acompañado durante tantos días. Así que nos refugiamos en la Catedral, donde la paz nos envuelve en un todo de corazón, mente y cuerpo donde dar gracias a Dios sale espontáneamente de nuestros labios. 

Todos, creyentes o no, entran en la Catedral y salen con el alma en paz y el corazón alegre. 

Fuera, en la plaza, mil fotos de recuerdo y una sucesión continua de gritos de alegría por el placer y la sorpresa de volver a abrazar a alguien que se creía perdido para siempre... Abrazos de alegría para los que llegan, abrazos velados de tristeza para los que se despiden quizá o seguramente para siempre. 

En dos días, se busca en vano algún rostro conocido y se comprende que ha llegado el momento de partir, para no dejarse abrumar por la nostalgia. 

La paradoja es que el Camino de Santiago comienza al volver. 

La ida y la vuelta son dos viajes diferentes, al volver hay un cambio de perspectiva. 

Se vuelve con el corazón y el espíritu ligeros. Se es más esencial, más tolerante, más en paz con uno mismo. 

Se vuelve diferente porque, parafraseando a Etty Hillesum, hemos experimentado que se puede vivir incluso sin nada, porque siempre hay un pedacito de cielo que se puede mirar. 

Se descubre, en palabras del Hermano Roger, que «Dios ilumina nuestras almas con una luz inesperada y descubrimos que en nosotros, más allá de una parte de oscuridad, hay sobre todo el misterio de Su presencia». 

«Cuando encuentro a alguien, no le pregunto de dónde viene. No me interesa. Le pregunto adónde va. Le pregunto si puedo acompañarle un trecho» (San Juan XXIII). 

«Esperar no es desear. Es obedecer el camino de Dios, reconocer las etapas marcadas por las promesas y permanecer abiertos y disponibles a la siguiente etapa, hasta el paso final» (José Comblin, teólogo brasileño). 

«Que el camino venga a nuestro encuentro. Que el viento sople siempre a nuestra espalda. Que el sol brille cálido sobre nuestros rostros. «Que la lluvia caiga suavemente sobre nuestros campos. Y hasta que nos volvamos a encontrar que Dios nos tenga en la palma de su mano» (Antigua bendición celta). 

La salvación ocurre tantas veces

mientras se va de camino.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Apóstol Santiago, elogio del peregrino de la fe.

Apóstol Santiago, elogio del peregrino de la fe

Camino del peregrino… una imagen de la Iglesia en la Fiesta de Santiago: Más adelante - Más arriba.

Cada día que viví en el Casco Viejo de la ciudad de Pamplona, contemplaba y admiraba a los peregrinos que entraban en su Casco Antiguo haciéndolo por el Portal de Francia. A muy pocos metros de esa entrada y de ese camino se encontraba mi casa. 

Pertenezco a una Congregación - los Misioneros Claretianos - que en su último Capítulo General - agosto de 2021 - quiso repensar su identidad misionera retomando expresamente esta clave espiritual, la peregrinación: “soñamos una congregación peregrina”. 

Si caminar es purificación y meditación, si caminar es conciencia y crecimiento interior, si caminar es una forma de ponerse en movimiento para ver el mundo a la velocidad de pasos lentos, ¿cómo abordar este caminar? 

Mientras tanto, comienzo pensando, orando,…, con lo que es caminar. Caminar es un movimiento en el que se levanta un pie del suelo, mientras el otro permanece apoyado en el suelo. Hemos olvidado este simple gesto. Tenemos que aprender a caminar de nuevo. Con conciencia. Como todos los gestos simples, incluso el gesto de caminar puede convertirse en un arte, en el sentido profundo, sapiencial, místico del término, del mismo modo que lo son el arte de vivir, el arte de morir, el arte de contemplar,… En tiempos de prisas y carreras sin sentido, caminar significa reducir el ritmo. Si caminas enfocado en tu aquí y ahora, en el presente, entonces se logra el primer paso. Quita de tu mente el deseo de llegar, el “cuanto antes nos vayamos, antes llegamos”. Hay que darle valor al caminar en sí mismo, como un gesto absoluto. 

En la cultura oriental, caminar es una forma de arte y de meditación. Los budistas saben cómo transformar el caminar en meditación, y nosotros también podemos hacerlo, porque caminar es un mantra, es un movimiento repetitivo con muchas pequeñas variaciones; caminar es una sinfonía de micro movimientos como las variaciones Goldberg de Johann Sebastian Bach. Caminar en el presente significa también estar abierto al encuentro y, por tanto, caminar se convierte en una oportunidad para entrar en una relación profunda con el mundo que nos rodea. 

En el arte de caminar el caminar es la única forma de moverse que te permite detenerte cuando quieres, que permite una visión completa, puedes girar en todas direcciones sin miedo a caer como sucedería al andar en bicicleta, por ejemplo. Y puedes detenerte a hablar, puedes desviar tu camino cruzando un prado y dirigirte hacia un campesino, puedes detenerte dos horas para hablar en la plaza del pueblo con un habitante local, tomándote el tiempo necesario, un gesto cada vez más precioso y revolucionario hoy en día. 

Un paso importante es adquirir el equipo adecuado. Prestar atención a la calidad. Gastar menos casi nunca es un buen negocio. Buenas botas, altas hasta el tobillo para evitar torceduras, de cuero por fuera y por dentro, porque el cuerpo respira mejor si los materiales son naturales. Así, por seguir poniendo algún ejemplo, incluso la ropa natural, las camisetas de lana merina o de algodón orgánico, son mucho más cómodas que las sintéticas. Una mochila ergonómica, que deposita el peso en las caderas, un buen saco de dormir ligero pero calentito, y listo. 

¿Ir a dónde? Mi propuesta al nuevo viajero es empezar desde casa. Ponte las botas, ponte la mochila al hombro y sal de casa. Tomando el camino a la montaña, o el camino al mar. O el camino que lleva a la ciudad cercana. Es sorprendente cómo aún hoy las ciudades conservan vías de escape para peatones, olvidadas por los constructores y los cementeros. Toma estos ríos verdes y vete, pero tómate tu tiempo, camina al menos tres o cuatro días, menos es muy poco. 

Los beneficios del arte de caminar se pueden sentir al cabo de unos días. Al cabo de unos días te sentirás renacer, entrarás en una nueva dimensión, respirarás un aire diferente, profundamente, y a partir de ese momento tu vida cambiará para siempre, porque quien se convierta en caminante o en peregrino lo sigue siendo para siempre. 

Somos también nuestros caminos… El alma eterna del ser humano que busca, sale y peregrina… Comparo la búsqueda interior y el camino con la inquietud que siempre ha habitado también en nuestros corazones. 

Toda la vida es una Epifanía en la que celebramos el canto del camino: el de Dios, que parte hacia la humanidad y en Jesús se manifiesta a toda criatura y a todos los pueblos; y la del ser humano que, deslumbrado por la luz de esta estrella que ha descendido a la tierra, y que es Jesús, siente el profundo deseo de ir más allá de sí mismo, de ir más allá de lo inmediato, de escudriñar el cielo para interrogarse sobre el sentido profundo de la vida, de salir en busca del rostro de Dios, sintiendo en el fondo que Él es precisamente la felicidad última que acompaña, alienta, sostiene… el camino de la vida. 

Siguiendo el camino de estos inquietos viajeros de los Magos de Oriente hacia la cueva, podremos dar voz a nuestro anhelo de felicidad, a las preguntas que viven en nuestro interior, al deseo de plenitud que nos mueve y a nuestra propia búsqueda de Dios. 

Los peregrinos miran hacia el cielo. No están satisfechos con lo que son y con lo que tienen, no viven la vida con la mirada hacia abajo, no permanecen prisioneros de las cosas cotidianas, no encierran toda la experiencia de su vida en lo que pueden ver y tocar. Tienen la mirada vuelta hacia el cielo, miran hacia arriba, buscan algo que va más allá de ellos mismos, se dejan perturbar por la luz de la estrella. 

Nos enseñan que no siempre podemos organizar la vida dentro de nuestros propios patrones; que no podemos preferir la comodidad al riesgo del viaje; que no siempre podemos controlarlo todo y pensar que ya lo sabemos todo en lugar de buscar humildemente la verdad; que no podemos encasillar la realidad, los demás e incluso nosotros mismos en las etiquetas que hemos construido o en los prejuicios que la propia sociedad a menudo produce. 

Los peregrinos nos enseñan esto: si pensamos que la vida está "toda aquí" y que no hay más allá, entonces se apaga, se nos escapa de las manos, muere en nuestros brazos. Se vuelve inmóvil, un cuerpo sin vida, un cuadro fijado para siempre en la misma pared. 

Los peregrinos parten. A veces como peregrinos en la noche, siguiendo la luz de la estrella. 

Son el símbolo de todos los buscadores de Dios, de todos los que no se rinden ante la noche sino que buscan la luz, de todos los que buscan la verdad a toda costa, de los que no se resignan a vivir en la superficie, de los que no queremos aplanar la vida en hábitos o aprisionarla en la mediocridad. 

Nos enseñan que la vida es un éxodo, es salir de uno mismo, es salida, es superación de la inacción para enfrentarse a los demás y a las situaciones cotidianas sin miedo. 

Nos enseñan que la mayor tentación es rendirse a la noche, detener el camino, pensar que ya hemos llegado. 

Los peregrinos ponen la mirada en el horizonte del itinerario. El objetivo final del viaje es la verdadera luz que ilumina el mundo, de la que la estrella en el cielo es un signo.

Nos enseñan que no debemos detenernos en la luz de la estrella, porque siempre indica algo más. Es decir, nuestra demanda de significado y felicidad no puede ser satisfecha sólo por lo que conquistamos, por lo que parece satisfacernos en el momento, por las cosas que construimos o logramos poseer. Estas conquistas "intermedias" y estas alegrías fugaces no son más que la imagen de la verdadera alegría: sentirnos amados y sostenidos por un amor que nos acompaña y nos preservará incluso en el trágico naufragio de la muerte. 

Dios es la plenitud de la felicidad: en Él se cumple nuestra expectativa, nuestra esperanza última, todo lo que buscamos y por lo que nos inquietamos. Sólo al encontrarle nuestra vida cambia, conquista la noche, se abre a la alegría. 

Seres humanos expectantes, buscadores del infinito, escrutadores del cielo, los peregrinos nos invitan al viaje. Aprendamos de ellos a emprender un camino. No dejemos de buscar la verdad profunda de las cosas, el significado de lo que vivimos, el verdadero rostro de las personas que pasan por nuestro lado, el bien posible por hacer, el amor que podemos ofrecer y con el que podemos sanar las heridas del mundo. 

Al buscar, nos daremos cuenta de que en cada cuestión de nuestra vida, en realidad hemos comenzado a buscar a Dios. 

Y, con inmenso asombro, descubriremos que Dios, como una estrella brillante, ya nos ha seguido y ha venido a nuestro encuentro como Aquel que quiere iluminar las noches de nuestra vida. 

La peregrinación como experiencia simbólica y existencial es una parte profunda de la dimensión religiosa de todas las religiones, en todas las latitudes históricas y geográficas. 

Los antiguos griegos peregrinaban al santuario de Delfos; los latinos al santuario de Diana Nemorensis; los peregrinos hindúes se agolpan en las orillas del Ganges en Benarés; los fieles musulmanes acuden en masa a la ciudad santa de La Meca; los judíos suben al Templo de Jerusalén con motivo de las fiestas de Pesaj, Shavuot y Sucot. 

En la historia del cristianismo, el rito de la peregrinación nació hacia el año 327, con el viaje a los Lugares Santos realizado por la anciana emperatriz Helena, madre de Constantino. A lo largo de los siglos se trazarán otros caminos, además de los que conducen a Tierra Santa, y desde las tumbas de San Pedro en Roma y de Santiago en Galicia los caminos de los peregrinos conducirán a los innumerables lugares de las apariciones marianas. 

En la diversidad y multiplicidad de motivaciones individuales que han empujado y siguen empujando a personas de todas las épocas, edades, religiones y horizontes geográficos a viajar hacia lugares significativos para su experiencia de fe, algunos elementos regresan como constantes para vincular experiencias tan diferentes. 

En primer lugar, peregrinar es, siempre, una acción que implica transitar, atravesar otros lugares y otras situaciones existenciales. La peregrinación es siempre un cruce de geografías, de mundos, de horizontes culturales y espirituales. 

Pero este dinamismo del peregrinar, de este paso, de este cruce, encierra siempre en sí una disposición pasiva y receptiva: porque en la peregrinación el gesto de cruzar no es impermeable, cerrado en sí mismo, circunscrito en sí mismo, sino que es, de hecho, permeable y abierto. 

En la peregrinación atravesamos lugares, experiencias, situaciones y, al mismo tiempo, nos dejamos atravesar por ellos: como en una especie de bautismo por inmersión, el cruce presupone porosidad, es decir, la voluntad de dejarse ser, atravesado y fecundado por lo que estás viviendo. 

La peregrinación, vivida como disposición abierta al encuentro -a cruzar y dejarse cruzar-. Desde esta perspectiva, la experiencia de peregrinar se convierte en un pasaje transformador que transfigura las ansiedades inconexas e inexpresadas, generadas por un futuro con contornos cada vez más inciertos, en una confianza consciente y una mirada capaz de ver... más allá de lo inmediato… más allá de la superficie. La peregrinación es la posibilidad de dar dirección y perspectiva a nuestra mirada: y esto es esperanza. 

¡Buen camino también tú, Iglesia peregrina! Si el Señor es quien nos precede… atrévete a mirar entonces hacia adelante… hacia lo que está por acontecer y venir… hacia el futuro… hacia Él que nos precede en cada Galilea. 

¡Más adelante! ¡Más arriba! 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 6 de diciembre de 2025

El camino itinerante y peregrino de lo absoluto.

El camino itinerante y peregrino de lo absoluto

Son palabras que pertenecen a muchas religiones y que no dividen, sino que unen a los buscadores de lo absoluto. Todos peregrinos, no vagabundos, porque los peregrinos tienen un destino.

 

Todos somos itinerantes en camino porque este mundo tal y como es no basta a nadie. Todos somos testigos de algo que nos une más allá de la forma de las creencias.

 

Nosotros también somos así, peregrinos sin camino prefijado, porque no se ve de antemano el camino del peregrino del absoluto sino que se conoce mientras se transita tantas veces intuyendo.

 

San Juan de la Cruz dice:

 

«Estamos sin camino, pero tenazmente en camino porque Dios está siempre más allá, en Dios se descubren nuevos mares cuanto más se navega».

 

Dios está más allá de las palabras, más allá de los pensamientos, más allá de los dogmas, más allá de la Iglesia. Dios no es lo que pienso de Él, no es lo que digo de Él.

 

Nuestras palabras son como pajaritos enjaulados que se estrellan contra las paredes, siguen intentando volar o decir poco más que la nada que sabemos de Él. Nos estrellamos contra la jaula de los límites porque todos caminamos al borde del misterio. Nosotros permanecemos en los confines de la galaxia, Dios está más allá.

 

Dios es el infinitamente otro que viene a la historia para que la historia se convierta en infinitamente otra de lo que es, viene para alterar nuestra vida. Abre ante el hombre y la mujer la diversidad de una vida vivida según la diversidad de Dios.

 

En el tratado lógico-filosófico de Ludwig Wittgenstein hay una imagen muy hermosa que dice así: el ser humano es como una isla, la vida te lleva a conocer toda la isla, a explorar su litoral, sus bahías, sus promontorios, sus playas, y cuando has terminado la vuelta a la isla, vuelves al punto de partida y te parece que conoces bien tu isla.

 

Pero la fe nos muestra que en ese punto, justo donde terminan la isla y la tierra, comienza el océano infinito y profundo, y que la playa es el lugar donde se encuentran la arena de la pequeña isla y las olas del mar infinito, que donde termina el ser humano, comienza Dios.

 

Cada uno es el punto de contacto con el infinito, sobre esta piel golpea la ola del infinito. Entonces la vida, toda la vida está dentro del infinito y el infinito está dentro de la vida. El instante se abre a la eternidad y la eternidad se insinúa en el instante, es decir, el ser humano limita con Dios, pero Dios está más allá.

 

Nosotros, en la fe, afirmamos que nuestro secreto no está en nosotros, está más allá de nosotros, entonces nace una fe nómada, en camino, nunca instalada para siempre. Una fe siempre incómoda en lo cerrado.

 

Jesús es Dios caído en la tierra como un beso. Y un beso debe sorprenderte, es más que la palabra. Debes acercarte, debes tocar, no se acaricia desde lejos. En el beso, los límites entre los dos mundos se tocan, se rozan, se desarman, y surge como un escalofrío. En Jesús podemos sentir el escalofrío de Dios.

 

Y podemos decir que un escalofrío es mucho más que un concepto. Nosotros nos sentimos satisfechos cuando tenemos una definición de un concepto, nos sentimos seguros cuando estamos al amparo de un bonito dogma.

 

Pero esto no vale con el Dios bíblico. Los conceptos ante Dios saltan, son siempre estacas que no cercan, no pueden cercar ni la vida del hombre, ni la vida de Dios con palabras, y mucho menos cercar el Infinito.


Los conceptos crean ídolos. Solo el asombro, el estremecimiento captan algo intuyéndolo. Ni siquiera los dogmas pueden hacerlo, porque siempre son palabras humanas, categorías culturales limitadas, conceptos históricamente anticuados que se disuelven ante la zarza que es Dios.

 

Pero Dios no estaba en la zarza, no estaba en el terremoto, no estaba en el viento que partía las rocas. El profeta Elías lo descubre en la voz del silencio, en el estremecimiento del silencio.

 

Los conceptos crean ídolos y nosotros somos peregrinos más allá de los conceptos.

 

Por ejemplo, nosotros decimos que creemos en Dios Padre, lo confesamos cada Domingo, lo rezamos en el Padrenuestro, pero ni siquiera la palabra «Padre» basta para decir Dios, es solo una metáfora.

 

Dios es otra cosa: Dios es también madre, es también amigo, es también amante. No es el padre adulto masculino de nuestro imaginario, es padre, madre, fuente de vida, fuente amorosa de todo, armonía, concordia.

 

No es solo padre y madre, también es hijo. Decimos que Dios es juez y que al final habrá un juicio universal. Sí, lo creemos, lo rezamos, lo tememos, a veces lo tememos como un dedo acusador…

 

Sin embargo, Dios es otra cosa.

 

Es un Padre misericordioso y su misericordia siempre prevalece sobre la justicia, es un juez con un juicio amañado porque seremos juzgados por el bien hecho, no por el mal «seremos juzgados por las mejores acciones de nuestra vida, no por las malas» (cf. Mateo 25).

 

Para este extraño juez, el bien cuenta más que el mal. Su justicia no consiste en dar a cada uno lo suyo, como hacemos nosotros, sino en dar a cada uno todo de sí mismo. Su justicia no es juzgar, sino justificar. Y además, ¿cómo se puede tener miedo de un juez que ha dado la vida por ti?

 

El símbolo de la justicia humana es la balanza, el equilibrio entre los dos platillos: dar y recibir. El símbolo de la justicia de Dios es la cruz. Sin equilibrio, el desequilibrio, la locura del amor.

 

Decimos que Dios es omnipotente, lo repetimos en cada oración de nuestras liturgias hasta la extenuación. Sí, es omnipotente… pero en el amor, en el bien y no en el mal, solo puede hacer lo que el amor puede hacer.

 

No puede hacer daño, engañar, dar la muerte, destruir, odiar. La muerte no es voluntad de Dios, no puede hacer que lo que ha sido no haya sido, que Jesús no haya venido a la tierra en ese establo, en aquel campo de pastores.

 

Es un omnipotente impotente en la cruz y nos salva, no con el poder, sino con las llagas, las heridas, lo más débil de un ser humano. Impotente también ante nuestra libertad. Mi libertad es la única fuerza que puede detener la fuerza de Dios.

 

Dios es inteligencia, claro, pero también es locura de amor. Dios es infinito, decimos, sí, pero en Navidad ¿qué es? Un puñado de carne caliente, un niño de carne que solo puede llorar y mamar.

 

Nuestras palabras son sirvientas ansiosas por pronunciar y decir, pero es poco más que nada lo que sabemos de Él. Dios está más allá y eso me da aliento porque en Dios se descubren nuevos mares cuanto más se navega hacia adelante, en aguas más profundas, en mar abierto.


Ni siquiera las palabras más santas son suficientes, no solo eso, sino que ni siquiera la Palabra de Dios es Dios. Jesús no es el pan del altar, es decir, claro que lo es, pero está más allá. Tomad y comed, tomad y bebed. Él es el cuerpo, tomado el cuerpo, comido el pan partido.

 

Si lo dejamos encerrado en el tabernáculo, en esos pocos centímetros cuadrados dorados y fríos, no es el Dios que vive para vosotros, lo convertimos en un Dios inútil.

 

Jesús está más allá del pan, más allá del tabernáculo. Es verdad, camino y vida, es fuego y luz que hace arder el corazón como a los dos de Emaús. Es el amigo sonriente que prepara pan y pescado para los suyos en la orilla del lago en su última aparición. Es un cuerpo herido en el que el amor ha escrito su historia con el alfabeto de las heridas.

 

Yo diría que las palabras y el pan son solo metáforas, son solo instrumentos cojos de nuestra imperfecta comunicación.

 

Cuando decimos: «Palabra de Dios», pero mientras el libro permanece cerrado, repleto de palabras, pensamos que Dios está encerrado allí, encerrado en nuestros labios o en nuestras Biblias como el genio en la lámpara de Aladino.

 

No, está más allá de la palabra, es otra cosa. Mientras está encerrada en el libro, la palabra está muerta, apagada. Vive si tú la haces vivir con los ojos, con la voz, con el corazón, se enciende si tú la enciendes.

 

Dios está en la palabra que va, que circula entre la Biblia y tu corazón, en el movimiento de la palabra que va y viene. Nuestra tarea es la de María: encarnar la palabra, es decir, darle tiempo y corazón, convertirla en carne, sangre y decisiones, solo entonces es verdadera.

 

Debemos ayudar a Dios a encarnarse como una mujer y madre encarna al Hijo de Dios. Encarnarse en nuestras casas, en nuestras calles, en nuestras plazas, en nuestras Iglesias.

 

Jesús está también más allá del pan, símbolo supremo de nuestras Eucaristías. Él está en el gesto de partir el pan, de darlo como dio su cuerpo y su sangre. Partir y dar. Romper y ofrecer: «tomad y comed». Lo reconocieron al partir el pan, ahí se resume su alma, su historia, su sueño, no en una cosa sino en una acción, en un verbo.

 

Durante algunos siglos, la Misa se ha llamado así: “fractio panis”, que significa fracción del pan, partición del pan.

 

Y está tomado del profeta Isaías cuando dice:

 

«Partid vuestro pan con el hambriento y vuestra hambre desaparecerá, iluminad a otros y vosotros seréis iluminados, curad la herida de otros y vuestra herida se curará pronto» (Isaías 58, 7ss).

 

Dios está en el movimiento amoroso de tomar y dar. Hemos insistido tanto en la primera parte de la consagración eucarística «este es mi cuerpo» y hemos olvidado las dos órdenes precisas, duplicadas: «tomad y comed, tomad y bebed».

 

Ese es el centro, es decir, vivid de mí, no tanto adoradme, sino vivid de mí. Quiero ser alimento, alimentar la vida más allá de las liturgias, más allá de las adoraciones eucarísticas.

 

En nuestra vida, Dios habita cuando intentamos no dejar este mundo sin antes habernos convertido en un trozo de pan bueno para el hambre y la paz de alguien.


Nuestra lógica se ve desplazada y llevada siempre un paso más allá, y este paso más allá del peregrino se recuerda en la Biblia cientos de veces con una expresión que recorre como un hilo rojo las páginas del libro y que une dos verbos que son estos: “levántate y anda”.

 

En arameo, la lengua de Jesús, la del pueblo, la lengua de casa y no de la sinagoga, levantarse se dice kum.

 

Talitha kum: niña, levántate, le dice a la hija de Jairo, que ha muerto. Le dijo a Moisés: kum, levántate de detrás del rebaño de tu suegro, de detrás de los pocos corderos, y ve al faraón, porque hay un rebaño infinitamente mayor que te espera. Josué: levántate - kum - y ponte a la cabeza del pueblo, levántate del miedo, ¿por qué tienes el rostro abatido? Yo estoy contigo. Jonás, profeta temeroso: levántate - kum - y ve a Nínive, la gran capital, la ciudad enemiga. Levántate de tu vida cómoda, tranquila y acomodada, de tu zona de confort, y ve por mar y por tierra, por tormentas, bajo el agua, tras una palabra de fuego. Elías: kum, levántate del suelo cuando quieras morir y estés agotado. Levántate de la posición de derrota, come pan, bebe agua, acoge la caricia del ángel y ve a Horeb con tus propias piernas. Levántate, amiga mía, Cantar de los Cantares, mi hermosa, levántate, ven, kum, levántate de la casa de tu madre, ¡ven pronto! La lluvia ha cesado, las flores han aparecido, ha vuelto el tiempo del canto. Levántate y ven porque el amado está más allá, siempre más allá. ¿Habéis visto al amado de mi corazón? Levántate, Jerusalén, revístete de luz porque viene tu luz. Levántate, José, kum, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto. Levántate, Bartimeo, ciego de Jericó, ánimo, te llama. Mendigo ciego, levántate del borde del camino donde estás sentado, tira el manto y ve hacia esa voz que vibra en el aire, que te llama. Dios es otro respecto a tus miedos, otro respecto a tu ceguera, a tu soledad.

 

Debemos levantarnos para encontrar a Dios porque está más allá.

 

Se suele decir que alrededor de doscientas cincuenta veces en la Biblia aparece esta expresión: «Levántate y anda».

 

Levantarnos de la fe por costumbre, de la fe que cree saberlo todo sobre Dios y buscar. Pertenecemos a los buscadores de lo absoluto. Pertenecemos a un sistema de búsqueda, no a un sistema cerrado, concluido, definido, fijo.

 

Todos hemos tomado caminos diferentes con su creatividad. Esta palabra, creatividad, explica algo de la búsqueda de cuánto está Dios más allá.

 

En la carta del Papa Francisco para la Jornada Mundial de la Juventud de 2021, precisamente la palabra «levántate» se dirige con audacia a los jóvenes y a todo lo que aún es joven en cada uno de nosotros. Escribe:

 

«Levántate y da testimonio de tu experiencia de ciego que ha encontrado la luz, ha visto el bien, la belleza de Dios en sí mismo, levántate y da testimonio del respeto que es posible tener en las relaciones humanas con todos en lugar de estas guerras. Levántate y defiende la justicia social, la verdad y la rectitud, defiende a los perseguidos, a los pobres, a los vulnerables, a los que no tienen voz, a los migrantes, levántate y da testimonio de la nueva mirada que te hace ver la creación con ojos llenos de asombro y te da el valor de defender nuestra casa común, envenenada y pisoteada. Levántate y da testimonio de que las vidas fracasadas pueden volver a empezar, que donde el hombre dice «se acabó», Dios dice «volvamos a empezar», que las personas esclavizadas pueden volver a ser libres, que las personas apagadas pueden volver a encenderse. Levántate y da testimonio con alegría de que Cristo está vivo, hazlo en la escuela, en el trabajo, con los amigos, en el mundo digital, dondequiera que vivas».

 

Entonces una cosa es la fe y otra cosa es la religión.

 

La religión se limita a algunos ritos y devociones, la fe es infinita. Una herejía es la de decirse católico sin ser cristiano. Un catolicismo donde todo sigue siendo a menudo católico: los símbolos, los ritos, el lenguaje, pero ya no hay cristianismo, no hay gestos de Jesús, no hay Evangelio elegido y practicado.

 

¿Sabemos distinguir entre fe y religión? ¿Queremos saber cuándo es fe y cuándo es religión?

 

La religión es la que se encuentra en todas las creencias del mundo: llevar a Dios a nuestra medida. La verdadera fe es llevarnos a nosotros a la medida de Dios.

 

La religión es bajar el listón de Dios al nivel de nuestras necesidades, la verdadera fe es subir el listón al nivel del proyecto, del sueño de Dios.

 

Cuando tenemos una necesidad, pedimos ayuda, es normal pedirle que intervenga por ese centímetro que falta, esa prueba que falta, ese resultado de la ecografía o la tomografía que espero, …, O podemos intentar cambiar mi vida a su medida, para mantener la vida en alto… a su altura.

 

¿La nuestra es fe auténtica o simple religión? ¿Es un grano de mostaza de fe verdadera capaz de mover montañas, dijo Jesús, de hacer volar árboles sobre el mar? ¿Será capaz de mover algo en nuestra vida? ¿De hacer volar un puñado de mi tierra hacia el cielo? Un puñado de luz arrojado a la cara del mundo, eso es la fe.

 

Transfiguración, por tanto, desplazamiento, dilatación, crecimiento, todos términos que Dios nos empuja hacia otras tierras, hacia otros mundos. Es el Reino de Dios, es la nueva arquitectura del mundo de las relaciones humanas, otro tejido de los lazos de la tierra, más afectuoso, más justo, más armonioso, más libre.

 

Todos somos peregrinos de lo absoluto.

 

En los relatos de la encarnación, todos están en camino: María y José, los Reyes Magos, el ángel que vuela lejos del Templo, los pastores, ¿por qué?

 

Porque estamos hechos de tierra, fuego, aire, agua. Son todos elementos que se mueven. Todo circula en el universo, los astros, los planetas, los ríos, las mareas, los volcanes, la sangre, las aves migratorias, la vida está en movimiento, si se detiene, se enferma.

 

Aristóteles decía: «La vida está en el movimiento, solo la muerte es inmovilidad».

 

¿Por qué Jesús camina durante tres años y no se detiene? ¿Por qué nos pide que caminemos con Él?

 

Porque Dios está en otra parte, nunca lo alcanzas. Cada puerta que abres se abre a otras noventa y nueve puertas, cada respuesta sobre Dios abre noventa y nueve preguntas porque dice: yo soy el camino, yo soy la vía.

 

¿Para quién si no para los peregrinos de lo absoluto, ya que el camino es infinito, la vía es interminable, literalmente infinita?

 

Nuestra tarea es tener el valor de zarpar cada amanecer. Cada imagen de Jesús, de Dios, que decimos, lleva escrito: más allá.

 

De hecho, el ángel en Pascua dice a las mujeres: ¿por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, os precede. Id, os precede, está un paso por delante y sigue avanzando.


Es un Dios migratorio que ama los espacios abiertos, que abre caminos, que atraviesa muros y abre puertas.

 

"Pascua" deriva de un verbo hebreo que significa “pasar”. No es una fiesta para los sedentarios, sino para los migrantes, para los que inventan senderos que llevan a más justicia, más paz, más cuidado de la vida, más armonía con la creación, hacia los cielos nuevos y la tierra nueva.

 

¿Dónde imaginamos a Dios? ¿En la Iglesia, en la sinagoga, en la mezquita?

 

No, a Dios hay que sorprenderlo en la calle, en los encuentros, Dios es un peregrino entre nosotros al que hay que sorprender en lo cotidiano, enamorado de la normalidad.

 

Santa Teresa de Jesús, a las monjas que se quejaban de que tenían demasiado trabajo y poco tiempo para rezar, les decía esto, que quizá también sea válido no sola ni principalmente para las mujeres de casa:

 

«Dios anda entre las ollas, no entre los candelabros de oro, no entre los inciensos del templo, sino entre los platos y los utensilios de cocina».

 

La mística Teresa intuye cuál es el verbo adecuado para aplicar a Dios, dice: Dios se mueve entre las ollas y no dice Dios está.

 

El Eterno es también un peregrino, como lo fue Jesús. Jesús caminó durante tres años por una franja de tierra de poco más de setenta kilómetros de largo y treinta de ancho entre el lago y el mar, y nadie sabe su dirección porque vive en camino.

 

Jesús camina de casa en casa para decir que Dios está en camino entre las casas del hombre, para decir que Dios llega a tu puerta y llama. Dios no está encerrado en su santuario, está en camino por todos los caminos.

 

Hay para mí algunas palabras clave como, por ejemplo, camino, grupo y casa. ¿Cómo y dónde imaginamos a Jesús: sentado? ¿En la sinagoga? ¿En el Templo? Nuestro Dios se encuentra en camino entre el lago, los olivos, los viñedos y en esas casas en las que entra autoinvitándose o dejándose invitar.

 

En el Evangelio hay al menos cuarenta casas en las que Jesús entró. Se menciona más la casa que la sinagoga y el Templo juntos.

 

Como entendió Pier Paolo Pasolini en la película «El evangelio según San Mateo», Jesús siempre va al frente de ese grupito de hombres y mujeres que caminan con dificultad detrás de Él, enfrentándose al viento, al sol, a los gritos de ayuda y a las lágrimas, incluso a los insultos.

 

Jesús camina en busca, quiere el encuentro. El hombre se ha alejado, Él se acerca, es la llegada del misericordioso sin hogar que busca un hogar y lo busca precisamente en mí: tengo que quedarme en tu casa. Se lo dijo a Zaqueo, se lo dice a cada uno.

 

Ningún rabino antes que Él en Israel, ningún maestro después de Él ha hecho esta elección del camino como hogar. Único entre los maestros del Espíritu, ha convertido el camino en su aula y los peregrinos de lo absoluto hacen lo que Jesús hizo durante tres años.

 

Y entonces, caminando, me muestra que Dios no me espera en las peregrinaciones prescritas. Es Él quien se pone en peregrinación hacia mí, allí donde vivo, un Dios enamorado de la cotidianidad de la humanidad.

 

A Él también le gusta pastar no en sus cielos, sino en nuestros pastos terrenales. Viene y no me empuja a ir a la Iglesia, me empuja a convertirme en Iglesia.


¿Por qué el camino? ¿Por qué Jesús utilizó el camino durante tres años como su aula de aprendizaje, de encuentro, de enseñanza…?

 

El camino es libre, laico y de todos, no te pide carnets ni pasaportes. Acerca, une, cose, alía, es apertura y no sabes quién te encontrarás en la siguiente esquina, es pobre y esencial. El camino y el itinerario imponen el equipaje pequeño.

 

El camino es el símbolo de la vida.

 

De hecho, el nacimiento es nuestro primer itinerario de la oscuridad a la luz, de la única relación con la madre a muchas relaciones, del encerramiento del útero al aire libre, del condicionamiento a la libertad. Por eso es tan bonito caminar y viajar, porque es como nacer de nuevo. La misma experiencia del ser humano.

 

Entonces Jesús nos muestra el rostro de un Dios con sandalias de peregrino que llama a la puerta, y la puerta del hombre y de la mujer es el rostro. Cara a cara, cuerpo a cuerpo, ojos en ojos, rostro a rostro. ¿Y dónde si no es en casa?

 

No estamos en el mundo para ser inmaculados, sino para ponernos en marcha. Toda la Biblia está atravesada por esta orden, - kum -, levántate cientos de veces: verbo para quien era tierra, orden para quien se había sentado y se había dejado llevar, verbo de la resurrección.

 

Levántate, verbo de los comienzos, de quien tiene el valor de dar el primer paso, de iniciar caminos, de comenzar procesos, no de quien ha llegado a la meta, sino de quien parte y confía.

 

No seremos juzgados por haber llegado a la meta, sino por haber partido y vuelto a partir con una paciencia infinita para recomenzar, cayendo siete veces, pero levantándonos ocho.

 

El nuestro es un Dios migrante, que cruza fronteras, y nosotros somos peregrinos.

 

Es la alternativa entre el caminante y el sedentario, el caminante no puede acumular, sino que resta, aligera, hace esencial la vida, la hace ligera. El camino impone un equipaje reducido y, al caminar, no considera al otro como un enemigo, sino como un compañero de viaje. El sedentario, en cambio, basa su vida en la posesión y, para defender sus posesiones, construye cercas y muros, contrata guardias, traza fronteras y acumula.

 

El caminante siente la vida como un sistema abierto, ama los horizontes, dice sí a la vida; el sedentario la siente como un esquema cerrado por estacas y prohibiciones, dice no a la vida.

 

¿Y dónde nació la Iglesia? La Iglesia nació en esos caminos, nació saliendo a los caminos y a sus cruces de caminos, tras tres años de senderos entre el lago y los olivos, es la Iglesia que tiene el camino en su ADN, es libre, laica, totalmente nueva, proyectada hacia adelante a cada paso, ligera, genera encuentros, acerca.

 

Por eso, ésta es la metáfora de una vida eclesial exitosa, realizada y cumplida. La primera estructura de la Iglesia es la calle.


La segunda estructura del cristianismo es el grupo, porque Jesús camina, pero no solo. Desde el principio Jesús se asocia con hombres y mujeres.

 

Con Él se mueve una comunidad, y no pequeña, porque con Él están los Doce que conocemos, cuyos nombres conocemos, pero no solo ellos, no solo los Apóstoles, hay otros entre los que elegirán al sustituto de Judas. Están Matías y Bernabé, elegidos entre los que han estado con ellos desde el principio, dice Pedro, además de otros.

 

Pero junto con este robusto grupo de hombres caminan también muchas mujeres que lo han seguido desde Galilea (cf. Lucas 8) y que no retrocederán ni un milímetro del perímetro de la cruz. Ellas no retrocederán, no.

 

Entonces, la primera estructura de la comunidad, de cualquier grupo eclesial, es la de personas que caminan juntas, que aprenden, porque discípulo en griego significa aprender. Somos discípulos cuando seguimos aprendiendo, de lo contrario morimos.

 

Y entre estas personas, estos discípulos que aprenden, este grupo de más de veinte personas que caminan con Jesús, hay mujeres, creo que hermosas y luminosas, orgullosas, libres, y hay ternura entre ellas.

 

Las dos fuerzas que salvarán el mundo, la belleza y la ternura, las dos fuerzas que deben salvar a cada grupo.

 

Cuando en nuestras comunidades hay frialdad, cuando hay un déficit de ternura, no nos conocemos, no nos interesamos por los demás, ni siquiera sabemos quién está sentado a nuestro lado, entonces, cuando hay un déficit de ternura, habrá un déficit de felicidad, un déficit de atractivo, de vocación.

 

La tercera estructura del cristianismo es la casa: «Tengo que quedarme en tu casa». Esta es la casa de Zaqueo, publicano rico, ladrón odiado, como él mismo admite. No solo eso, sino jefe de los ladrones de Jericó.

 

Un caso desesperado, se diría lo peor. El Evangelio, en cambio, muestra que nunca hay lo peor para Jesús.

 

El Evangelio nos habla de cuarenta casas en las que entra: en la habitación de la suegra de Pedro, en la cocina entre las ollas de Marta, en el patio entre las camillas de los enfermos, en la habitación de la hija de Jairo recién fallecida, …, pero sobre todo lo encontramos sentado a la mesa.

 

Un elevado tanto por ciento del Evangelio de Lucas está ambientado en la mesa o tiene como telón de fondo la mesa y el comer pan. ¿Por qué? Porque nuestro Dios es un Dios enamorado de la normalidad y te busca allí donde eres auténtico.

 

La mística inglesa Juliana de Norwich lo llama “God domestic”, Dios doméstico, porque es un Dios que prefiere la casa al tiempo. La casa es donde la vida celebra su fiesta, donde nace la vida, donde se forma nuestro capital determinante, que no es el económico, sino el capital relacional, mis relaciones fundamentales, las que me humanizan.

 

Vengo a tu casa, dice Jesús, porque ese es el lugar donde eres más auténtico, donde te sientes más a gusto, donde tu fragilidad será acogida por la de los demás.

 

Todos somos débiles cuando somos auténticos. El hogar es donde las personas son más libres, donde se aprende el oficio de vivir, donde se experimenta el amor, donde alguien te espera, donde Dios viene, te deja jugar en casa, te da una ventaja.

 

Es como si dijera: vengo a tu casa, tú decides la agenda, primero tú y luego yo.

 

Y el Evangelio debe ser significativo en los hogares en los días de fiesta, en los de lágrimas, cuando se abraza a un hijo que regresa, cuando se llora a uno que se va, cuando el anciano pierde el juicio y se intenta ser su brazo, su ojo, su razón.


Sí, un tanto por ciento elevado del Evangelio de Lucas está ambientado en la mesa, en la casa un lugar destacado es la mesa.

 

Incluso el Resucitado come tres veces con los suyos, le gustaba sentarse a la mesa con los demás, la convivencia donde se regenera la vida y la amistad, y hace del banquete el símbolo preferido del Reino de Dios.

 

Y el partir el pan, como se hace en la mesa, es la señal para reconocerlo. Las mesas donde invita a publicanos y pecadores y come con ellos, desmontando las reglas de la pureza ritual, convirtiéndolos no con sermones, sino con la oferta de su amistad, no con sermones desde el púlpito.

 

Esas mesas son la vanguardia de su programa mesiánico. En la mesa, Jesús transmite algunas de sus enseñanzas más importantes: los últimos serán los primeros, lava los pies, la amistad es un sacramento, dice. Celebró la última cena, si queremos la primera Misa, ¿dónde? En la mesa, no en la sinagoga.

 

La mesa de la casa es el primer altar del cristianismo, el de la Iglesia viene después, es un sustituto, un sucedáneo, un recurso. Después de siglos, llega derivado no del Evangelio, sino de la tradición judía primero y pagana después.

 

El altar del sacrificio donde se inmolaban los animales. Los altares no pertenecen al cristianismo tal y como los vemos hoy, son una herencia espuria, un residuo cultural heredado del paganismo y del judaísmo. Son el lugar de la sangre, del fuego, del sacrificio. Jesús nunca habla de altares, nunca de sacrificio, salvo para decir: quiero amor y no sacrificio (cf. Mateo 9, 13).

 

Se ha dado demasiada importancia a los altares y a lo que se hace alrededor del altar. Demasiada importancia al sacerdocio, que tiene en el altar su lugar de poder, y muy poca al sacerdocio bautismal común, a la profecía y a la creatividad del Espíritu.

 

Jesús no vino a enseñar nuevas liturgias, sino a sanar la falta de amor del mundo a partir de nuestros hogares. Él es el sanador de la falta de amor del mundo. Nos enseña a no irnos de este mundo sin antes habernos convertido cada uno en un trozo de pan bueno para el hambre y la paz.

 

El primer altar del cristianismo es la mesa del hogar, frontera avanzada del programa mesiánico de Jesús. El segundo altar, el del hermano, el tercero, por practicidad, el de la Iglesia.

 

¿Por qué tantos hogares aparecen en el Evangelio? Es Dios quien abraza la vida y recose la ruptura entre el Dios de la religión y el Dios de la vida. Ruptura que ha desvitalizado nuestra fe.

 

Jesús abraza la vida no desde el púlpito, sino desde la mesa, desde las cálidas relaciones familiares, donde Jesús se ofrece a sí mismo compartiendo la vida y la amistad.

 

Zaqueo se descubre amado, amado sin ningún mérito de amor preventivo, de un amor que le anticipa, de un amor sin condiciones. Y esto es lo que le convierte: el asombro por la amistad de Jesús.

 

Durante la última semana de vida, Jesús, todas las noches, después de la entrada triunfal en Jerusalén, el Domingo de Ramos, por la noche se dirige a Betania, a la casa de sus amigos Lázaro, Marta y María. El lunes vuelve a Jerusalén, más conflictos, más debates. El lunes por la noche vuelve a Betania, lo mismo hace el martes, lo mismo hace el miércoles y luego el jueves por la mañana se marcha para no volver nunca más.

 

Jesús necesita amistad. Él, el héroe, busca fuerza en sus amigos y nos muestra que Jesús no convoca a héroes a su séquito, sino a hombres y mujeres verdaderos, auténticos, capaces de amistad, curados del desamor. Nos muestra que no estamos en el mundo para ser perfectos, sino para ser iniciados.

 

Nadie permanece inocente, pero todos podemos volver a serlo. La inocencia no es algo que se conserva, sino que se reconquista, incluso una mujer con cinco maridos y un sexto que solo era un amante ocasional, incluso alguien que ha renegado de Jesús tres veces en pocos minutos puede volver a empezar.


El lugar cristiano es la casa, no la Iglesia. Es la casa donde la vida es auténtica y verdadera. La casa que es calor, belleza de los afectos, intensidad, ternura... hogar.

 

Jesús es la historia de la ternura del Padre, vino a traer la revolución de la ternura. Somos discípulos si somos aprendices de ternura. La primera escuela, nos lo repite Jesús, es el hogar.

 

Discípulos y luego apóstoles, lo que significa enviados como los repartidores que van en bicicleta a llevar la comida, una petición de alguien. Somos aprendices de ternura y luego, como los repartidores, enviados a entregarla a quienes la necesitan a nuestro lado.

 

Sí, tres palabras: camino, grupo y hogar, para decir que siempre estamos un paso más allá.

 

Delante de nosotros no hay una cima que alcanzar, una escalada que realizar, un Everest que conquistar... Delante de nosotros hay un camino. Y quien tiene el valor de recorrer el camino tiene el valor del Evangelio encarnado en Jesús de Nazaret.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...