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martes, 28 de abril de 2026

Cristo Sumo y Eterno Sacerdote.

Cristo Sumo y Eterno Sacerdote


Un sacerdote de una existencia sacerdotal que se hace presente y se realiza cada día. 

Un sacerdote de lunes a domingo. No es un santo; un ser humano, un sacerdote común y corriente, de la vida cotidiana de cada día. 

Un sacerdote como tantos otros, como la mayoría, como casi todos. 

Pienso hoy, 3 de mayo - en el día en que fui ordenado sacerdote -, en ese sacerdocio cotidiano de todas y cada una de las horas del día y de la noche. 

Ese sacerdocio que a menudo damos por sentado. 

Personas con todos sus defectos, miedos, agobios, contradicciones. Personas de las que a veces nos quejamos, a las que a veces ayudamos y de las que a veces somos ayudados. Sacerdotes comunes y corrientes. 

Sacerdotes que tal vez no prediquen de manera atractiva, estimulante e iluminadora. Pero celebran la misa cotidiana de la entrega y de la vida. 

Sacerdotes que a veces son objeto de burla y crítica, que tal vez no entienden hacia dónde va el mundo, y no siempre tienen la palabra adecuada, las ganas de abrir la puerta, la fuerza para sostener. 

Sacerdotes que tal vez no siempre sean los adecuados, que no brillan en la iniciativa, que frenan el paso ante las cosas nuevas o las acompañan con prudencia. 

Sacerdotes que tal vez sientan los dolores de la soledad, el miedo al aislamiento, el cansancio de la fraternidad. Sacerdotes que tal vez sientan el peso de la obediencia, el coste de la pobreza, el esfuerzo de la castidad. 

Sacerdotes que, sin embargo, permanecen fieles; que tal vez critiquen pero que no desobedecen. 

Sacerdotes que están allí. Y que permiten a quienes se acercan a ellos recibir el perdón de Dios y el alimento de su cuerpo. Porque Cristo decidió así hacerse presente. A través de sus manos, sus corazones, sus vidas. 

Sacerdotes de las llanuras, que no habitan ni en las alturas de la gracia ni los barrios bajos del pecado. 

Sacerdotes de las tierras bajas y de las llanuras. En la llanura, al fin y al cabo, vivimos todos, que a menudo tenemos muchas exigencias que cargar sobre los hombros de estos hombres. 

Sacerdotes cotidianos, a quienes siempre comparamos con el Buen Pastor: un criterio elevado, que ellos también conocen y al que, con mil compromisos, poco tiempo y alguna desilusión, intentan parecerse. Y a quién dieron sus vidas. 

Sacerdotes de entre semana, como nosotros, con nuestras luces y nuestras sombras. 

Sacerdotes para amar, en sus defectos y en sus talentos, porque son seres humanos como nosotros. 

Sacerdotes cotidianos, como es la fe cristiana: una fe para el pueblo mezclada con trigo y cizaña. 

Sacerdotes que, si no son visitados por lo inesperado, fluyen por la vida de este mundo como los hombres y mujeres que encuentran entre semana. 

Sacerdotes llaneros, sacerdotes elegidos por un Dios que ama estar entre la gente. 

Dediquemos un pensamiento a estos sacerdotes de o con un sacerdocio de cada día; después de todo, como en todas las guerras, incluso en la larga lucha entre el bien y el mal, son las tropas las que soportan gran parte de la carga. 

Dediquémosles una oración. 

Digamos gracias a estos sacerdotes de cada día de la semana y de todas las horas del mes y del año. 

Gracias por estar aquí. 

Gracias por testificar que Dios nos llama y nos ama aunque seamos imperfectos. 

Gracias por saber testimoniar, en el momento de la prueba inesperada, que vale la pena seguir a Jesucristo. 

Hasta el final, si es necesario, con una entrega tan generosamente gratuita, como calladamente discreta. Sacerdocio de aquel que ha hecho de la propia vida una entrega en la patena y en el cáliz de cada día, amigo de todos los cenáculos y compañero de cada Emaús. Cada día sacerdotal es un día en el que Dios se encarna en tu corazón y en tu mente, en tus silencios y palabras, en tus actitudes y gestos. 

Está claro que sólo se vive amando y cuando el sacerdote ama su estado de vida lo transforma en un lugar de donación amorosa y de vida relacional fecunda, fructífera. 

Decimos que el sacerdote es signo del amor revelado del Padre. Y es verdad. Pero para serlo es necesario vivir plenamente la propia humanidad, sin miedo a las limitaciones, porque siguiendo a Cristo Hombre perfecto, el hombre se hace más hombre, y el sacerdote más sacerdote. 

San Bernardo en el “Discurso del Cantar de los Cantares” dice: "Amo porque amo, amo para amar. El amor es suficiente por sí mismo, se complace por sí mismo y por sí mismo". El amor es razón en sí mismo, no se ama ser buen sacerdote ni ir al cielo: se ama seguir siendo humano. 

El reto del sacerdote es a quién amar y cómo educarse para amar. 

Puedes amar tu papel y tu imagen, y aquí tienes a Don Narciso eternamente en equilibrio entre el amor propio y la incapacidad de dar ni el más mínimo signo de atención hacia los demás. ¿Cómo se sale del narcisismo? Aprendiendo la lógica de Jesús, aceptando las derrotas pastorales, y tantas otras heridas, y haciendo las paces con una lógica de servicio humilde y desinteresado. 

Puedes amar confundiéndote con la gloria de Dios y sintiéndote tan responsable de los demás que quieres salvarlos. Y aquí tenemos a Don Apocalipsis con el síndrome de "hago nuevas todas las cosas" y con la peligrosa tendencia a entrar en lo sagrado del misterio de la vida sin descalzarse. 

Como sacerdote puedo decir que he amado sólo si durante mi día fui capaz de cercanía, escucha y perdón hacia las personas que me fueron confiadas para ponerme apasionadamente a su servicio. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


martes, 31 de marzo de 2026

Jueves Santo: sacerdotes y poetas.

Jueves Santo: sacerdotes y poetas

Hoy es el día que la Iglesia dedica al sacerdocio de los ministros ordenados. El día en que todos los presbíteros renuevan sus promesas a Dios. El día en que toda la Iglesia se detiene con asombro para agradecer a Dios por habernos dado presbíteros. 

Sorprendido, sí, porque no estaba en absoluto dado que Jesús se haría sacerdote por nosotros. Él es el prototipo, el modelo único, el primer y verdadero sacerdote, todos nosotros no somos más que clones aproximados, copias descoloridas. 

No era en absoluto un hecho que se nos daría un mediador, uno que se interpusiera entre nosotros y Dios, haciéndose puente para llegar a Él, uno que se dejara absorber totalmente por su misión, hasta el punto de ser llamado más a menudo por su función (Cristo) que por su nombre (Jesús). 

Así como nos pasa a nosotros los presbíteros, que la mayoría de las veces somos simplemente “el don” o “el padre” y aún cuando alguien nos llama por nuestro nombre siempre lo hace añadiendo la función. 

Sacerdote, es decir, hombre de lo sagrado, aquel que da lo sagrado. El que recuerda a los hombres que todo es sagrado y lo sagrado es todo. 

¿Tiene todavía sentido esta vocación, esta misión, en un mundo cada vez más técnico y práctico, donde la vida se reduce a una ecuación matemática y el amor y el pensamiento a un juego de hormonas? ¿Tiene sentido hablar de lo sagrado en un mundo donde el misterio ha desaparecido, a veces incluso de nuestras Iglesias y de nuestras liturgias? 

Sí, tiene sentido y por muchas buenas razones. 

En primer lugar porque el misterio no se puede eliminar de la vida. Nos guste o no, no existe una respuesta técnica satisfactoria a los dos gigantescos enigmas de nuestro origen y nuestro destino, al doble problema que plantean nuestro nacimiento y nuestra muerte, y el mundo tiene una necesidad imperiosa de que alguien le recuerde que las preguntas sin respuesta, las más profundas, son también las más verdaderas y las únicas verdaderamente esenciales. 

¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿De qué me sirve conocer cada tornillo del tren, conocer perfectamente su velocidad y conocer todos los mecanismos de poder que regulan su compleja jerarquía y funcionamiento, de qué me sirve ser el más poderoso y el más rico de los pasajeros si no sé hacia dónde va? ¿Y de dónde viene? 

Ser sacerdote siempre tendrá que ver con el nacimiento y la muerte, con el origen y el fin de la vida. 

Y quizá por eso el nacimiento y la muerte son los dos frentes en los que hoy se libra más duramente la batalla por la desacralización. Como si el hombre quisiera apoderarse de ellos, desmitificarlos. 

Pero el precio es demasiado alto, el precio es privar a la vida de todo misterio y una vida sin misterio, sin lo sagrado, es una vida insoportablemente aburrida, mortalmente aburrida. 

Y no sólo eso, despojada de su misterio, reducida a un problema técnico, la vida se vuelve despiadada. En una vida enteramente técnica ya no hay espacio para la generosidad y el amor, como tampoco lo hay en la vida de una máquina. 

La paradoja es que el cristianismo comenzó su historia desacralizando el mundo, tanto que se acuñó el adjetivo ateo -ironía de la historia- para identificar a los cristianos que dieron la espalda a los dioses paganos, sacando al mundo de las nieblas de la magia en nombre de la razón. 

Sí, el sacerdote es quien tiene la delicadísima tarea de hacer el equilibrio entre el mago y el tecnócrata, de decir a todos que el mundo tiene una racionalidad profunda e íntima, y ​​por tanto no está confiado a un capricho arbitrario y que, de hecho, esta racionalidad puede ser escrutada e investigada, y al mismo tiempo que el mundo tiene sus raíces en un misterio que nos supera por todos lados y que, por tanto, sólo puede ser recibido como un don, nunca plenamente conquistado. 

Ni siquiera nosotros estamos exentos de este riesgo. También nosotros, los presbíteros, corremos el riesgo de desviarnos hacia un lado o hacia el otro, de convertirnos en magos o tecnócratas… ¡Es tan fácil revestir lo sagrado de magia y superstición! Tanto como transformarnos en burócratas, en gestores de la Iglesia. 

Pero para que los puentes sean eficaces, para no resbalar hacia un lado o hacia el otro, es necesario mantener un pie firme en cada una de las dos orillas que debemos unir. Ser «Aquel que da lo sagrado» significa estar tan cerca de los hombres como de Dios. No en una equidistancia imposible, sino, si se me permite el neologismo, en una equi-proximidad siempre perfectible. 

Precisamente por esto, sin embargo, también nosotros corremos el riesgo de perder el sentido del Misterio, de transformar incluso la vida presbiteral y el servicio sacerdotal en un problema técnico, en una serie de procedimientos y protocolos, como si la oración fuera una mercancía a producir, la liturgia un espectáculo a realizar y la caridad un conjunto de cosas a hacer. 

Por eso hoy a mis tres promesas sacerdotales he añadido una cuarta, privada, íntima. La promesa de conservar siempre el alma de un poeta, porque es la poesía la que siempre nos devuelve al Misterio, porque como nos lo recordaba alguien: 

No niego que debe haber sacerdotes para recordar a los hombres que un día tendrán que morir. Sólo digo que en ciertos tiempos extraños, como el que vivimos, es necesario tener otro tipo de sacerdotes, llamados poetas, para recordar a los hombres que todavía no están muertos”. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 7 de junio de 2025

Un presbítero descalzo…

Un presbítero descalzo…

Los primeros cristianos consideraron parte de su estilo de vida la decisión de no llevar calzado durante sus actividades cotidianas, caminando descalzos. 

Y, de hecho, en muchas formas de espiritualidad los pies descalzos se consideran a menudo un signo de humildad y respeto, y a menudo forman parte del voto de pobreza. El arte de muchas culturas de todo el mundo muestra a una persona sin zapatos como símbolo de pobreza. 

Las partes del Nuevo Testamento que nos muestran esta práctica de los primeros cristianos se encuentran en numerosos puntos. Por ejemplo, en la Carta 22 de San Jerónimo «A Eustochio». De manera aún más evidente en las palabras de Jesús, tanto en Marcos 10, 9 - “No os procuréis oro, ni plata, ni monedas de cobre en vuestros cinturones, ni alforja de viaje, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón” -, como en Lucas 10, 3 - “Id: he aquí que os envío como corderos en medio de lobos; no llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias, y no saludéis a nadie por el camino” -. 

Por último, también en Juan 19, 24, que, como se describe en la carta de San Jerónimo, no se mencionan las sandalias en el Cristo crucificado: Así se cumplió la Escritura: se repartieron entre ellos mis vestidos y sobre mi túnica echaron suertes. Y los soldados hicieron precisamente eso. 

En tantas jornadas de formación y de renovación reflexionamos, justamente, sobre la urgencia de una formación humana, teológica, espiritual … inicial y permanente de los presbíteros, y tratamos de esbozar una figura hipotética del presbítero ideal para los días de nuestro mundo y de nuestro tiempo … 

El Papa Francisco hablaba gráficamente, también de modo atrevido, con aquella metáfora evangélica describiendo al presbítero como un pastor en medio del rebaño y, por lo tanto, impregnado del olor de las ovejas, un pastor que comparte plenamente la vida, las fatigas, los peligros y las alegrías de su rebaño. 

Y el Evangelio sugiere un ministro ordenado que vaya descalzo evocando un estilo, una forma de ser y de actuar, una existencia que se vuelve elocuente, porque es diferente, porque es alternativa. 

Descalzo evoca la forma evangélica de ponerse en camino de los discípulos enviados por Jesús a predicar, sin dinero en la alforja ni dos túnicas; descalzo implica la renuncia a todo lo superfluo y mantener solo lo necesario para la experiencia de fe y caridad del Pueblo de Dios. 

Estar descalzo remite también, y ante todo, a Moisés ante la zarza ardiente: como aquel que se convertirá en el guía de Israel en el desierto, el presbítero está descalzo ante una tierra que se obstina en creer y considerar santa. Sí, Moisés se quitó las sandalias para acercarse a la zarza de la que salía la Palabra de Dios, porque la tierra que pisaba era santa. 

Al igual que él, el anunciador del Evangelio hoy está llamado a considerar santa la tierra que la humanidad ha recibido como don y como tarea. Está llamado a tomarse en serio la tierra, la adamah y el Adam, el ser humano que proviene de la tierra: a mostrarse cercano y solícito hacia la fragilidad de cada uno, hacia la pérdida de sentido, hacia la necesidad vital de comunidad que impregna nuestro tiempo tan pobre de amistad y tan rico de violencia de baja, mediana y alta intensidad. 

De ello se derivará una manera de ser, es decir, de sentir, de acercarse, de escuchar, de ver, de tocar, …, un estilo de vida concreto, sobrio y pobre, despojado de los bienes no esenciales, reducido a lo único necesario, el Evangelio, la Buena Nueva de la vida más fuerte que la muerte. 

Puede parecer extraña la imagen de un presbítero descalzo, un presbítero humilde y pobre, animado y purificado por el fuego de Pentecostés, un presbítero que sirve, que —según la etimología— se preocupa de la ración diaria de comida para cada uno, un servidor fiel que sabe que el anhelo más profundo depositado en el corazón de los seres humanos se expresa a través de un cuerpo que siente hambre, sed, frío, dolor … 

Sin embargo, este puede ser el pastor ejemplar: un presbítero descalzo que sabe acercarse a los demás con la pobreza de su ser y de su actuar, que no cuenta con el oro y la plata, sino con la misericordia manifestada por el Señor hacia él, una misericordia que lo ha convertido a su vez en ministro de la compasión y misericordia samaritanas. 

Ciertamente somos conscientes de las condiciones cambiantes de la sociedad, de las nuevas pobrezas que atraviesan nuestras ciudades, en sus centros y en sus periferias, de las miserias que afligen los corazones de demasiadas personas. 

Somos conscientes de que en muchas regiones el presbítero vive a veces en condiciones entre la pobreza y la miseria, sabe que muchos presbíteros ya no tienen el reconocimiento social de antaño y que también luchan porque el rebaño al que tratan de acercarse ya no busca pastores, y mucho menos maestros. 

No pocos presbíteros dicen ahora: «¡Nuestra vida aquí es miserable!». Sin embargo, hay presbíteros que no ceden a la autocompasión, no invocan atrincheramientos autorreferenciales ni suscitan remordimientos por épocas pasadas que no volverán. 

No, la tierra sigue siendo santa, sigue siendo el lugar bendecido por el Señor que quiso habitarla en Jesucristo - Sumo y Eterno Sacerdote de la Nueva Alianza - y que sigue siendo el patrimonio común jugarse la propia existencia para que otros, los demás, vivan y lo hagan plenamente. 

Y en esta tierra, el presbítero (el laico, el religioso, el Obispo, el Papa) está llamado a caminar descalzo, ligero, lleno de respeto y cuidado. Entonces, esta peregrinación evitará los caminos de la devoción intimista o de la aristocracia espiritual de salón, y se encaminará hacia espacios redescubiertos de la historia y del mundo, hacia ocasiones inéditas de fraternidad y de solidaridad: será un camino fecundo de compasión y de misericordia. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF 

Posdata: 

En las mencionadas jornadas de formación y de renovación presbiterales propongo un tiempo de reflexión sobre esta oración de un presbítero que responde al nombre de Rafael Merry del Val (fue también Obispo y Cardenal): un ejercicio de desnudez de ese embarazoso ego tan centro de atención y protagonista. Tanto es así, que en 2019 el Papa Francisco quiso entregarla personalmente a sus representantes, los nuncios apostólicos, como un recordatorio esencial para su servicio a la Iglesia:

¡Oh Jesús! Manso y Humilde de Corazón, escúchame: 

Del deseo de ser alabado, Líbrame, Señor

Del deseo de ser honrado, Líbrame, Señor

Del deseo de ser aplaudido, Líbrame, Señor

Del deseo de ser preferido a otros, Líbrame, Señor

Del deseo de ser consultado, Líbrame, Señor

Del deseo de ser aceptado, Líbrame, Señor

Del temor a ser humillado, Líbrame, Señor

Del temor a ser despreciado, Líbrame, Señor

Del temor a ser reprendido, Líbrame, Señor

Del temor a ser calumniado, Líbrame, Señor

Del temor a ser olvidado, Líbrame, Señor

Del temor a ser ridiculizado, Líbrame, Señor

Del temor a ser injuriado, Líbrame, Señor

Del temor a ser rechazado, Líbrame, Señor
 

Concédeme, Señor, el deseo de: 

que los demás sean más amados que yo,

que los demás sean más estimados que yo,

que en la opinión del mundo, otros sean engrandecidos y yo humillado,

que los demás sean preferidos y yo abandonado,

que los demás sean alabados y yo menospreciado,

que los demás sean elegidos en vez de mí en todo,

que los demás sean más santos que yo, siendo que yo me santifique debidamente.



El presbítero, un hombre.

El presbítero, un hombre

Me permito una reflexión en el día en que la Iglesia católica celebra la Fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote. E invito a leerla y a mantenerla abierta. Al menos unos minutos.

 

Me pregunto si, cuando miramos a los presbíteros, intentamos alguna vez verlos en su dimensión de seres humanos y de hombres. Personas que viven la vida, con las dificultades y contradicciones de cualquier otro ser humano. O si, por el contrario, los colocamos siempre (o casi siempre) en otro plano, en un pedestal, lejos de la realidad de la vida cotidiana.

 

Mi temor es que, con demasiada frecuencia, la distracción o la costumbre nos dificultan escuchar los momentos de dolor y sufrimiento que acompañan la vida de un presbítero. Estamos acostumbrados a verlo allí, en nuestras Iglesias, los Domingos, o quizá durante la semana si somos de Misa diaria, o en alguna otra ocasión excepcional, pero no tenemos el tiempo ni la atención para preguntarnos cómo será su vida cuando no lo vemos.

 

Y es precisamente este aspecto particular de su vida el que me gustaría proponer ahora que contempléis conmigo. Es solo un aspecto, que quede claro, pero no por ello menos importante.

 

Probablemente sea difícil imaginar, para quienes no lo han experimentado, lo que significa no poder contar con el afecto humano, no tener un hombro en el que apoyarse en momentos de cansancio o enfermedad. No tener con quién compartir la alegría de las fiestas.

 

Volver a casa y encontrar las habitaciones vacías, sin palabras, sin una presencia con la que, aunque sea a veces discutir, al menos poder encontrarse. Meterse en una cama que siempre es demasiado grande, incluso cuando los centímetros dicen que es pequeña, porque está vacía, desprovista del aliento y el calor de otro ser humano.

 

El presbítero guarda un respetuoso silencio sobre sí mismo y no suele transmitir el peso, quizá incluso el dolor, de su soledad. La necesidad de afecto humano, de una compañera con quien compartir la intimidad. De almas y cuerpos. Una mano que apretar y que pueda apretar la tuya, y caminar juntos por los caminos de la vida.

 

Parece que no debe haber palabras de consuelo para el presbítero: él debe encontrar palabras de consuelo para los demás. Pero, ¿quién las encuentra para él? Para su corazón, cuando, como hombre entre hombres, sufre los mismos sufrimientos que cualquier otro ser humano «obligado» por la vida a estar solo. Solo.

 

Un presbítero decía que, cuando salía, dejaba la luz encendida en una habitación de su casa para que, al volver por la noche, tuviera la ilusión de que había alguien esperándolo...

 

Tantas veces pienso que en la Iglesia, entre los creyentes, muy pocos se escandalizarían si se reconociera a los presbíteros la libertad que la vida reconoce a todo ser humano de poder elegir si formar una familia o no.

 

La Iglesia católica romana exige a sus presbíteros que vivan en celibato. Es una norma de la Iglesia vigente desde hace muchos años, unos cuantos siglos, como «obligación»: pero, al comienzo, no fue así…, huno presbíteros tanto célibes como casados.

 

En el plano doctrinal, lo sabemos bien, nada impide que con el tiempo esta norma pueda volver a cambiar. Y sin duda cambiará. En otras Iglesias cristianas, incluso hoy en día, los presbíteros son libres de elegir entre vivir en celibato o formar una familia.

Por otra parte, el propio Jesús eligió a hombres casados entre sus Apóstoles: ¿recordamos a la suegra de Pedro (¡el primer papa, casado!) a quien Jesús cura de la fiebre?

 

En el Evangelio, Jesús dice que a algunos Dios les ha sido dado el don del celibato «por el Reino de los Cielos». Sin duda, es un gran don de Dios: el mismo Jesús vivió esta condición. Pero no vinculó este don al ministerio ordenado.

 

Si es un don de la gracia, ¿no corremos el riesgo de empobrecerlo convirtiéndolo en una obligación canónica y disciplinar?

 

Una reflexión escrita ofrece la oportunidad de compartir algunas preguntas. Las he escrito porque creo que nosotros, la Iglesia de Dios, podemos crecer en el diálogo. Es decir, en la posibilidad de expresar y escuchar opiniones diferentes. En el respeto mutuo y en la convicción de que nadie, por sí solo, puede pretender poseer toda la verdad.

 

Hacernos preguntas y mantenerlas abiertas significa tener el valor de escuchar los pensamientos que el Espíritu quiera sugerirnos.

 

Si siguiéramos siendo esclavos de reglas rígidas, sobre todo cuando estas no respetan plenamente al ser humano de hoy, sería un signo de miedo, no de valentía.

 

Y todo ello, reconociendo y confesando que un presbítero es un don de gracia para toda la comunidad. Un don de gracia, sí, y también vulnerable.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

                

lunes, 10 de marzo de 2025

El acontecimiento pascual entre don, sacerdocio y jerarquía.

El acontecimiento pascual entre don, sacerdocio y jerarquía 

En pleno centro de la fe cristiana que es el Triduo Pascual, debemos reconocer que la Iglesia vive en la gracia y en la misericordia de Dios, que quiso entregarse más allá de toda esperanza. El hombre es así re-cogido y re-afirmado como «aquel que tiene la más plena libertad posible de ser para sí y para los demás en Dios»: a todo esto lo llamamos «gracia» o «misericordia». 

Más allá de cada sombra, de cada límite, de cada oscuridad de la propia experiencia y dentro de cada imperfección, ignorancia, egoísmo, incapacidad, resuena la Palabra de Dios que ha garantizado y garantiza a la humanidad la plenitud de su presencia y de su amor y que llamamos "Paz de Cristo", porque es en ese acontecimiento pascual, en la donación, muerte y resurrección, donde se da a la humanidad la libertad sin fin desde lo más profundo de la humanidad, desde la carne (sarx en griego), desde el centro de la vida donde reside y aparece toda salvación. 

También traducimos esta “Paz de Cristo” con “misericordia”, que no es sólo la capacidad de Dios de “perdonar nuestros pecados” (sería todavía demasiado poco para la “salvación eterna”, o para la “plenitud de vida”): la “misericordia” está en la certeza de que cada hombre es capaz de ser plenamente él mismo y más de lo que es, en la esperanza y en el amor. Dones recibidos y entregados como testamento vivo encerrado en ese “la paz sea con vosotros”. 

De la posibilidad de dar esta “plenitud” nace un sacerdocio universal, un sacerdocio bautismal y un sacerdocio ministerial. 

Sacerdocio y sacerdocios 

El don pascual de Cristo se da a toda la creación y a la comunidad. El sacerdocio único de Cristo como donación consciente de sí mismo, en la muerte y resurrección (cf. Hb 9,15-28), constituye la posibilidad de la vida nueva de toda la creación y funda la comunidad de quienes reconocen esta «gracia». 

En este sentido, desde un punto de vista “fundamental”, creo que podemos hablar también de una triple manifestación de la “capacidad de donarse” a los demás que podemos definir como sacerdocio universal, sacerdocio bautismal y sacerdocio ministerial. 

Toda la creación es destinataria de la vida nueva del Resucitado, aunque debe esperar, junto con los creyentes, la «perfección de la filiación» (cf. Rm 8, 23). En la mirada del Cristo glorioso se renuevan toda la creación y todas las vidas, pues «todo fue hecho en Él y para Él»; Cristo mismo, en el acontecimiento pascual, selló también la «amistad con todos» (cf. Col 1,15-20). Así se configura una vida vivida en Cristo por toda la creación (cristología cósmica). 

Al mismo tiempo, todo sufrimiento, toda alegría, toda preocupación y todo amor se re-capitula en Cristo formando su “Iglesia”. Podríamos decir que cada vida entregada, aunque no sea creyente, es un “sacerdocio anónimo”, una vida entregada en el “Cristo glorioso” y en el “Cristo cósmico”. 

Me refiero a un sacerdocio universal en el que cada experiencia humana es elevada a donación fundadora, nunca perdida, nunca irrelevante, nunca repudiada y participante del glorioso cuerpo de Cristo. Él mismo, de hecho, quería renovar la creación; «uniendo a sí la naturaleza humana y venciendo la muerte con su muerte y resurrección, redimió al hombre y lo transformó en una nueva criatura (cf. Ga 6, 15; 2 Co 5, 17)» (cf. LG, 7). 

El “don de la paz” es entonces (re)dado explícitamente (porque es aceptado explícitamente) por los cristianos, quienes constituyen, mediante el bautismo, aquellos que (explícitamente) se ofrecen como ofrenda viva. Éste es el sacerdocio bautismal o común. 

Sólo quiero señalar que la expresión “sacerdocio común” no significa en absoluto que sea irrelevante, al contrario: cada bautizado es una piedra viva del único gran edificio de la Iglesia (cf. 1 Pe 2, 4-5). 

Entre quienes reconocen el «don de la paz» (o de la «salvación», de la «luz», de la «vida eterna», de la «fe»...) hay quienes ‘subsisten’ en la Iglesia católica (cf. LG, 8). 

Todos estos “santos” forman el único sacerdocio común. 

Sacerdocio y jerarquía 

La palabra de gracia que el Cristo glorioso pronunció en el mundo, en la creación y en la vida de todos, y que continúa revelando en el don de quienes son «constituidos en el Espíritu Santo» (no entro en la cuestión relativa al «bautismo» y a la «confirmación»…) resuena todavía puntualmente. Esta certeza, puntual y espacial, es exigida por la propia libertad humana, que nunca vive fuera del tiempo y del espacio. La “paz pascual”, si bien es sacramental, necesita ser expresada y recibida en un lugar y en un tiempo. 

Por eso, la comunidad de creyentes se dota desde el principio de una constitución formal y estructural para los gestos, palabras y acciones de algunos bautizados, que son deseados y reconocidos por la comunidad como acciones, palabras y gestos inequívocos del mismo Cristo, que quiso que sus palabras fueran ciertas para todos aquellos que no podían verle; palabras ciertas para dar certeza de la bienaventuranza y santidad que sólo Él otorgaba («bienaventurados los que no han visto», cf. Jn 20,29). 

De ese modo la Iglesia es y sigue siendo una y apostólica: la santidad y la universalidad del don pascual tiene el carácter de ser "transmitida" en forma apostólica y, por tanto, "jerárquica". 

Por eso la “jerarquía” no es la santidad de la Iglesia (ni es la Iglesia, ni es toda la Iglesia y menos aún todos los salvados, como se ha afirmado en el pasado…): la “jerarquía” no es ni siquiera la “mediación” de la salvación puesto que el único mediador es Cristo y en el bautismo se tiene la certeza de esta mediación (como recuerda el Credo). 

La jerarquía es mediación de la inmediatez. Es decir, a través del sacerdocio ministerial (que por simplicidad ahora reduzco también al concepto de “jerarquía”) toda libertad salvada tiene la certeza de que en las palabras de quien “preside lo sagrado” (como dice la misma etimología de “jerarquía”…), o en las acciones, palabras y gestos sacramentales, resucita y vive la presencia sacramental de Cristo resucitado. 

Dios no lo necesita. Somos nosotros los que lo necesitamos. 

Sería bueno, seguramente hasta necesario, recordarnos algunos elementos esenciales. 

El concepto de "sacerdocio", expresado en una triple realidad -universal, común y ministerial- y que ve la "Paz de Cristo" concedida sustancialmente a todos de modos y grados diversos y para finalidades diversas, es la base de cualquier otra reflexión para no ceder a la tentación de hacer del sacerdocio y, peor aún, del sacerdocio ministerial, una mediación única que, por el contrario, según la fe, está reservada a la presencia de Cristo glorioso. 

Por otra parte, el sacerdocio de Cristo no se reduce en absoluto al solo sacerdocio ministerial, puesto que todo bautizado actúa “in persona Christi”. 

También es verdad la certeza de que las palabras sacramentales de Cristo, como palabras “performativas” y “explicativas”, resuenan sólo en aquellos a quienes la comunidad reconoce como quienes “presiden”. 

La Iglesia, de hecho, no está constituida jerárquicamente sólo por una necesidad antropológica (la necesidad de reconocer aquí y ahora las palabras sacramentales de Cristo) sino también porque esa Iglesia debe reconocer y recordar que ninguno de los bautizados es el principio o la culminación de todo: la jerarquía dice (primero a sí misma) que la fuente es siempre un más allá, un Otro. 

Las libertades liberadas no se constituyen por sí mismas: y esto es una evidencia antropológica. De la misma manera, la jerarquía no se constituye por sí misma: esto es una evidencia de la fe. 

Cristo permanece el solo y único, ayer, hoy y mañana; el principio y el fin, el alfa y la omega, a través de los cuales nos dirigimos al Padre en el Espíritu. Y la sabiduría y la tradición cristianas continúan recordándonoslo: 

Dios de misericordia infinita que reanimas la fe de tu pueblo con el retorno anual de las Fiestas pascuales: acrecienta en nosotros los dones de tu gracia para que comprendamos mejor la inestimable riqueza del Bautismo que nos ha purificado, del Espíritu que nos ha hecho renacer y de la Sangre que nos ha redimido” (Colecta del Segundo Domingo de Pascua, Año B). 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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