viernes, 1 de mayo de 2026

Mi querida soledad.

Mi querida soledad 

Hoy uno está envenenado por una sensación constante de falta de los demás en su vida, con sentimientos de vacío y soledad no muy distintos del luto”. 

Las palabras del sociólogo y filósofo polaco Zygmunt Bauman (1925 - 2017) reaparecen hoy como una lúcida reflexión y advertencia. 

Hace unos años nos despertábamos y no había nadie a nuestro alrededor, la pandemia, las restricciones, el miedo... nos habían arrebatado al otro. De repente no había nadie a quien mirar, nos vimos obligados a contemplar nuestro reflejo en las pantallas de nuestros ordenadores portátiles, de nuestros teléfonos móviles e, inevitablemente, en los espejos de nuestras casas. 

Pero, ¿qué somos cuando no hay nadie en la habitación? Despojados de nuestros "personajes" públicos, de las distracciones, de las necesidades acuciantes de la vida cotidiana, ¿quiénes somos sin lo que es distinto de nosotros? 

Dejando a un lado cliché de que "todo el mundo es nadie sin los demás", respondo que yo tampoco tengo una necesidad total de estar rodeado de otros. En los últimos años se ha materializado en mí el concepto cada vez más real de que "la gente es buena" pero eso no ha significa que no siga considerando una persona que ama y prefiere la soledad. 

Por carácter soy introvertido. Con el tiempo he ido mostrando una cierta desconfianza hacia los demás, amplificada por una especie de sensación de que muchas cosas, como mucha gente hoy en día, son un farol... Mi autobiografía, mi cultura y mi camino de maduración me han llevado en una dirección decididamente clara, haciendo de la soledad un factor muy importante en mi vida. No siento una fuerte necesidad de estar con los demás tampoco con las personas que quiero y que me quieren. 

La soledad no me asusta. Hoy es el día que es una compañera aliada de mi existencia. Miro el horizonte con una serenidad razonable ahora a mis 59 años y aceptando que he vivido la gran parte de mi existencia en esta tierra. Me mantengo razonablemente centrado y preservando la confianza muchas veces incluso a pesar de las circunstancias. 

Sí, se me dirá que el ser humano no nació para estar solo: desde que evolucionaron los primeros homínidos siempre hemos vivido en compañía, la nuestra es una sociedad organizada, hecha de roles de interacción, de conexiones. Y, sin embargo, algunas personas viven mejor solas y dicen que les gusta la soledad, y que eligen la soledad como forma de vida. 

No, la soledad no es sólo ni principalmente un estado negativo. La soledad también es contemplativa y meditativa, ayuda a la persona a conocer mejor su interior, nos obliga a pararnos a pensar un momento. Es otra forma de compañía. Tantas veces es cierto incluso que la soledad es útil para encender el cerebro de verdad. 

Hay investigaciones que han mostrado que hay personas que se sienten más realizadas en su soledad que en las relaciones sociales. Hay personas que tienden a concentrarse en sus proyectos, en hacer realidad sus ideas, y estar con otros les parece, en tantas ocasiones, una pérdida de tiempo. Estar en compañía es sin duda algo que nos tranquiliza y parece que nos hace sentir mejor. 

Pero para algunas personas esa etapa de la vida en la que parece que tenemos que estar con los demás ya ha pasado, y viven ese compromiso de estar con los demás como un estorbo, es decir, una obligación no digerida. No les interesa ganarse la aprobación de los amigos, ni sentirse considerados. Más bien quieren hacer crecer sus proyectos y realizar sus ideas. 

Yo me encuentro entre esas personas. Permítaseme, pues, vivir esa soledad y habitar en esa soledad. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF 

Por eso, quizá se pueda ahora entender más y mejor mi carta a la soledad que te invito a leer a continuación: 

Mi querida soledad, sólo ahora puedo llamarte así: ¡Querida! Tal vez ahora que eres una amiga insustituible para mí, no sepas o tal vez sí, cuánto te he rehuido, evitado, incluso: ¡te he odiado! Has buscado mi amistad desde la adolescencia: solía encontrarte en todas partes. Venías a la escuela conmigo, caminabas a mi lado, nadie te quería y yo también trataba de evitarte y, por tu culpa, que no desistía, yo era a mi vez evitado. Luego, en el colegio, te sentabas en el pupitre contiguo al mío, que siempre elegía el último asiento, ¡y me hacías parecer extraño a los ojos de mis compañeros! No te soportaba, quería eliminarte, pero no me soltabas y no podía confiar en nadie. En esos mismos años, cuando volví a casa, creí que había conseguido no volver a encontrarte, pero fue dentro de esos "muros desiertos" donde me habías... ¡precedido! Me costó mucho tiempo entregarme a ti; me costó muchas lágrimas; hubo muchas "despedidas", pero ahora que he alcanzado la edad de la madurez, soy yo quien te busca, soy yo quien te llama, y sigo siendo yo quien te tiende la mano en cuanto puedo, y cuando te sientas a mi lado no quiero que nadie nos moleste. He aprendido a disfrutar de tu presencia en mi vida y te agradezco que no hayas desistido en exigir y buscar mi amistad. Contigo, aceptada y amada soledad, cada encuentro se convierte en una oportunidad para "dar" todo lo que tengo y soy... sin esperar nada a cambio.

Jesús fue a la otra orilla.

Jesús fue a la otra orilla

El título de mi blog es un título tomado de los Evangelios. Jesús fue a la otra orilla, a otra parte, y me invita a mí a hacer lo mismo. Marcos 4, 35ss. Y quiero explicar el porqué de ese título. La psicología conductual define la zona de confort como la condición mental en la que la persona actúa en un estado de ausencia de ansiedad, con un nivel constante de rendimiento y sin percibir sensación de riesgo. Todos tenemos nuestras zonas de confort. Jesús las tuvo. Y quizá esa sea la tentación. Y en la medida en que Jesús no cae en esa tentación sino que le hace frente y la atraviesa para no dejarse enredar por ella nos muestra a emprender un camino, otro camino para ver, contemplar, juzgar, sentir, pensar, actuar,…, en una palabra, para ser. Hay siempre otra orilla. 

‍Todo lo que forma parte de nuestra zona de confort (Nazaret, Galilea,…) nos hace sentir cómodos y seguros. Es bueno tener uno, o más bien muchos. Cuando evitamos situaciones nuevas nos sentimos aliviados del peso de la ansiedad y el miedo, mientras que cuando nos exponemos más allá de nuestra zona de confort percibimos un estado de ansiedad y un alto nivel de riesgo. Pero entonces ¿por qué es importante saber salir de vez en cuando? 

Permanecer anclados en nuestra zona de confort durante mucho tiempo puede enjaularnos en una vida predecible, fácilmente manejable y controlable. A veces, nuestra zona de confort puede convertirse en una prisión porque limita las posibilidades de crecimiento, las evoluciones personales, las oportunidades de cambio. 

En cambio, aprender a salir de nuestra zona de confort nos da la oportunidad de crecer y aprender, porque nos permite: experimentar en otros lugares o situaciones, aprender más sobre nosotros mismos, nuestras reacciones y nuestras emociones, descubrir nuevas partes de nosotros y nuevas posibilidades de ser y actuar, identificar nuestros recursos, aprender lo nuevo, cambiar y evolucionar, creer más en nosotros mismos y todas las posibilidades de lo demás y de los demás. 

Este proceso no siempre es fácil e inmediato ya que requiere riesgo y coraje. Atreverse nos expone a caídas y derrotas, pero es el riesgo de la aventura humana cuando uno se deja mover solamente por el Espíritu que sopla cuando quiere, como quiere, donde quiere… y no sabemos de dónde viene ni a dónde va. 

El crecimiento personal y el crecimiento espiritual también son cambio. Ese crecimiento y esa alternativa no se encuentran en la zona de confort sino fuera… y hay que ir más allá, en la otra orilla: hay que atreverse, arriesgarse y actuar. De hecho, no hay crecimiento sin un ponerse en tesitura de búsqueda, de salida, de cambio… de nuevo nacimiento… de un nacimiento diferente. El cambio es un acto de unción y de valentía que nos prepara para sentir, para juzgar,…, para actuar de otra manera. 

‍Sí, seguramente es necesario hacerlo paso a paso. Para salir de la zona de confort es necesario proceder en pequeños pasos: el objetivo no es romper drásticamente la zona de confort… sino ampliarla procesualmente hasta irla aumentando de manera gradual. 

Todos queremos cambiar algo pero no siempre tenemos el coraje de hacerlo. Sin embargo, cada vez que Jesús de Nazaret cruza el límite de la zona de confort, por ejemplo, de la Ley, lo hace con unción, lleno de energía y vida, y portador de una belleza, de una bondad, de una verdad divinas. A veces puede significar, es verdad, interrumpir algo que no está funcionando, cambiar algo que no nos gusta, abrirse a nuevos horizontes y conocer más allá de lo dictado y de lo previsible. 

‍Y es que lo dictado y lo previsible de las cosas nos permite controlar y gestionar pero nos evita exponernos al ‘novum’, es decir, a lo nuevo y desconocido. Tantas veces me pregunto qué podemos hacer en términos concretos para abandonar todo lo que aparentemente nos resulta cómodo. Y Jesús, que camina por delante, precediéndome, me responde que haga cada día algo “incómodo”, diferente a la rutina, que acoja el ‘novum’. La resurrección es un excelente punto de partida. 

El Reino comienza donde termina la zona de confort.

Y así contemplo la resurrección, ya que estamos en la Pascua. El Jesús de la pasión, de la muerte (y de la muerte en cruz), de la sepultura, y de la resurrección es un Jesús con muchas cicatrices, con heridas mortales, pero también el Jesús que lleva consigo la memoria de aquellos momentos que nunca habrían pasado si no se hubiera atrevido a esforzarse más allá de los límites. 

Y así me gusta imaginar y soñar mi comunidad… mi Iglesia doméstica… mi Congregación claretiana… mi Diócesis… mi Iglesia universal. 

Cada uno de nosotros crece en un sistema de reglas que alguien nos ha definido. Nacemos en un sistema familiar, educativo, cultural, social que tiene sus propias reglas y esas reglas trazan límites muy precisos que deben respetarse como parte integral de pertenencia a ese sistema, identificar los límites dentro de los cuales podemos movernos y más allá de los cuales no podemos ir, definir el sistema al que pertenecemos y lo que ese sistema considera específicamente correcto e incorrecto. 

Cuando crecemos inevitablemente sentimos la necesidad de comprender quiénes somos, qué queremos y qué necesitamos y entonces se hace necesario identificarnos respecto del sistema al que pertenecemos. 

Esto significa que ese sistema de reglas que otro nos definieron y en el que crecimos debe necesariamente ser cuestionado, dándonos la posibilidad de ir más allá de esos límites que hemos respetado durante mucho tiempo para descubrir qué hay más allá de la frontera impuesta. 

Esto nos dará la oportunidad de comprender en profundidad lo que podemos o no podemos hacer y ser, lo que somos capaces de hacer y ser, distinguiendo lo que es bueno para nosotros de lo que es malo para nosotros, lo que nos gusta de lo que no nos gusta, lo que queremos de lo que no queremos, lo que nos alimenta de lo que nos envenena. 

Para comprender realmente quiénes somos, debemos ser capaces de identificar nuestras propias fronteras personales, yendo más allá de nuestros límites impuestos, más allá de nuestra zona de confort y protección (incluso arriesgándonos a cometer errores y a salir heridos) para poder descubrir cuáles son nuestros verdaderos límites a través de la experiencia directa con la vida y no ya sobre la base de esquemas preconstituidos para protegernos de los riesgos de la vida. 

¡Ven, Espíritu Santo y ayúdanos a pasar a la otra orilla! 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Vosotros, en cambio, buscad primeramente el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura (Mateo 6,33ss).

Vosotros, en cambio, buscad primeramente el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura (Mateo 6,33ss)

Como hombre, cristiano, misionero claretiano y presbítero me gusta pensar (y “soñar”) que en el único mundo en el que nos ha sido dado vivir podemos y debemos vivir mejor. Creo en la posibilidad de cambiarlo para mejor. También en la Iglesia creo que hay que cambiar radicalmente muchas cosas para hacerla más auténticamente evangélica. 

Hace más de sesenta años, el Concilio Vaticano II inició una reforma, ¿o revolución?, que, sin embargo, quedó incompleta porque no debemos partir de la Iglesia, en nuestra reflexión y acción, sino de la vida. 

La verdadera pregunta que debemos plantearnos es: ¿qué tipo de humanidad soñamos? ¿Con qué proyecto de humanidad estamos comprometidos y por el que luchamos? 

Debe representar el sueño que Dios tiene para el mundo: un sueño de vida, de justicia, de paz, de acogida, de fraternidad, concebido a partir de los más débiles, de las personas que más luchan. Ese sueño, aquella pasión, recibió en labios de Jesús un nombre (que ya ni siquiera está presente como talen el Credo de la Iglesia cristiana): Reino de Dios. 

Sólo entonces podemos preguntarnos: a la luz de todo esto, para construir y adelantar este Reino ¿qué tipo de iglesia necesitamos? 

Pero si el proyecto de la humanidad corresponde al sueño que Dios tiene sobre el hombre, no podemos dejar de preguntarnos inmediatamente después: ¿qué Dios? 

A veces parece que uno puede dirigirse indistintamente al dios de los ricos y al dios de los pobres; al dios que legitima las guerras y al dios de quienes se comprometen perseverantemente con la no violencia activa y la paz; al dios de los que apelan –en nombre de una cierta “identidad cristiana”– a la discriminación y al racismo, y al dios de los que acogen al otro, al extraño, al diferente de mí; al dios de los que murieron luchando contra los poderosos y al 'dios de los poderosos'; al dios de los que están atados al poder y al dios de los que están con los humildes y caminan con los pobres de la tierra...

Aquí la pregunta de '¿qué iglesia?' en mi opinión se refiere a la pregunta de '¿qué Dios?'. ¿Al Dios que Jesús llamó Abba? ¿Al Abba del Reino? Pero también sobre “¿qué Jesús?”: ¿el Jesús de las devociones o el Jesús de esa provocación revolucionaria que el Evangelio continúa sugiriéndonos diariamente como Año de Gracia? 

“¿Qué humanidad?”, “¿qué Dios?”, “¿qué Jesús?”, y sólo por último: “¿qué Iglesia?”. 

La Iglesia es sólo un signo dentro de la historia, un signo de una posible “otra” humanidad, alternativa a la que hemos creado. También nosotros, religiosos, presbíteros,…, debemos preguntarnos sobre el sentido y el papel de nuestra misión –«¿qué religiosos¿¿qué presbíteros?»– sólo después de haber intentado responder a todas las preguntas que acabo de mencionar. 

Así podemos evitar cualquier tipo de auto-referencialidad, es decir, una actitud en la que la Iglesia se mira a sí misma, a su propio interior, ombligo,…, y a sus propias necesidades e intereses y tiene una relación de competencia, o de miedo, o de sospecha con el mundo: sentimientos que inspiran sermones, advertencias, condenas, en el peor de los casos piadosos hasta consejos moralistas, pero no un espíritu de verdadera de apertura, de escucha, de diálogo. Es importante escuchar mucho antes de hablar… 

Sin duda vivimos tiempos complejos, y el sufrimiento, la crisis que afecta a toda la sociedad, incluida la Iglesia. No creo, sin embargo, que podamos hablar de una crisis general de la religión cristiana. Pienso, modestamente, que no hay poca “religión” en nuestra sociedad: no faltan ciertamente celebraciones, ritos religiosos, declaraciones, congresos, encuentros, jornadas… continuamente relanzados también por los medios de comunicación. 

Otra cosa es la Iglesia de la fe, la Iglesia del Evangelio, una Iglesia exigente, ésta, porque pide opciones radicales, porque el mundo necesita un gran impulso hacia la justicia, un gran proceso de humanización. La oración misma debería ser menos una serie de fórmulas o ritos y más una vibración profunda de estar dentro de la historia, con referencia al «ir más allá», ciertamente, pero no en el sentido de una huida del mundo, y el compromiso por la justicia de los nuevos cielos y de la nueva tierra debería resumir todas las dimensiones de nuestra vida. 

La Iglesia, yo creo, debe volver a anunciar la Palabra de Dios como palabra profética, siempre inmersa en la historia, o más bien en las múltiples «historias» de las personas de carne y hueso que se cruzan en nuestro camino

Para que esto sea posible, la Iglesia debe liberarse del abrazo mortal del poder político, económico, militar… Cuando la Iglesia se convierte en «Iglesia del establishment, del poder, de…», ya no es de hecho una «Iglesia», el Pueblo de Dios, la Iglesia de Jesucristo, la presencia en el mundo de la paternidad universal de Dios, el sacramento del Reino de Dios... y de su justicia. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Mi querida soledad.

Mi querida soledad   “ Hoy uno está envenenado por una sensación constante de falta de los demás en su vida, con sentimientos de vacío y sol...