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miércoles, 9 de septiembre de 2026

¿Qué cristianismo?

¿Qué cristianismo?

Existe una línea de pensamiento que impregna la mentalidad de algunos cristianos que desearía que la Iglesia se dedicara exclusivamente a actos «explícitamente religiosos».

 

La sospecha es que este tipo de pensamiento no es exclusivo - y quizá ni siquiera principalmente - de quienes ejercen el ministerio ordenado, sino que tiene raíces profundas en no pocos creyentes más o menos comprometidos con las comunidades cristianas.

 

Animar la liturgia, cuidar el canto sacro y cultivar las devociones tendrían así la prioridad absoluta en la escala de urgencias, hasta el punto de relegar a un segundo plano cualquier otra acción pastoral.

 

Y sabemos bien que todo lo que ocupa el segundo lugar corre el riesgo de caer en el olvido o incluso de ser menospreciado.

 

El orden de la lista de prioridades eclesiales no es una cuestión de gustos o de sensibilidades personales.

 

Tampoco se trata de un problema exclusivo de los «expertos en la materia».


Lo que está en juego no es el aspecto estético de una celebración ni la cantidad de tiempo que se dedica a una tarea en lugar de a otra, sino la forma de ser Iglesia y de entender la propia naturaleza de la identidad cristiana.

 

¿Qué fe es la de los cristianos? ¿En qué creen, quiénes son y qué buscan? ¿Y qué Dios es aquel al que invocan?

 

Estas son las preguntas necesarias para no hundirse en un debate estéril en el que «progresistas» y «tradicionalistas» se sitúan en los extremos de un ring, listos para un combate cuyo único objetivo es aniquilar y humillar al adversario.


Una facción de acérrimos defensores de la «tradición» (aunque sería mejor hablar de «tradiciones») se erige con determinación en defensa de las procesiones, los cantos en latín, los rosarios, las estampitas...

 

Para estos cristianos «íntegros», la máxima referencia doctrinal sería el Catecismo de la Iglesia Católica y cualquier forma de interpretación – mediación - diálogo con la historia es una pérdida de tiempo inútil.

 

Casi parece que el aparato exterior de la religión católica - entendido como la práctica consolidada en Europa occidental desde el Concilio de Trento hasta principios del siglo XX - sea más relevante que el estudio de la Biblia, que la interpretación de la historia como espacio teológico, que el encuentro con una humanidad de hermanos y hermanas bajo el signo del diálogo y la fraternidad.

 

Se trata de una corriente de pensamiento y de acción que, de buen grado, daría la espalda a las grandes intuiciones del Concilio Vaticano II.

 

La excomunión de los obispos ordenados en Suiza por la Fraternidad San Pío X a principios de julio causó un gran revuelo. Los lefebvrianos, firmes opositores a las reformas más recientes del catolicismo, han provocado un cisma.

 

Pero, ¿cuántos simpatizantes hay también en nuestras parroquias hacia esa forma de entender y practicar la fe y hacia todo el aparato coreográfico que la rodea?


En una época que admira las identidades fuertes y las tomas de posición rotundas- “prietas las filas” que dice un buen amigo mío -, una forma eclesial de tendencia sectaria y muy agresiva ejerce su encanto sobre diversas personas.

 

Es el equivalente al canto de las sirenas para Ulises, del que hay que defenderse no con tapones de cera y cuerdas, sino con el poder del espíritu crítico y con la fidelidad a las raíces de la fe.


¿Qué piensa de la importancia de la fraternidad, o del compromiso con los pobres y con la justicia, quien hace un guiño al sentimiento religioso «tradicional» y mira con recelo el diálogo de la Iglesia con el mundo?

 

¿Es este el horizonte en el que reconocemos nuestro futuro como creyentes: orientado a la afirmación de uno mismo y en lucha contra todo lo que es diferente?

 

Sí, hay otra interpretación que seguramente trata de ser coherente con el estilo del Maestro venido de Nazaret, que se acerca a las personas y las escucha, que interactúa con gente como Zaqueo el publicano, la samaritana en el pozo de Sicar, la mujer cananea que pide la liberación de su hija del mal…

 

El propio Jesús nutre una clara y expresa desconfianza hacia los autoproclamados sabios de Israel: fariseos, escribas y otras autoridades a las que a menudo se acusa de «hipocresía».

 

Hay distintas formas de decirse discípulos del único Maestro. El reto de este tiempo para las comunidades a las que pertenecemos es decidir cuál es el camino que los cristianos pueden recorrer.

 

Hay una búsqueda que realizar sin olvidar el principio fundamental que nos dejó Jesús: «En esto conocerán todos que sois mis discípulos: si os amáis los unos a los otros» (Jn 13,34).


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 3 de septiembre de 2026

La lógica del Templo.

La lógica del Templo

Las piedras soberbias, los tejados dorados que reflejan la luz del sol pero ocultan la oscuridad del corazón, no son la morada del Altísimo. El Templo no es la morada del Misterio, sino el monumento de la religión de los hombres: una fortaleza construida no para acercar al Creador a su criatura, sino para medir la distancia, para trazar límites, para rechazar.

 

He aquí la gran mentira que los señores de lo sagrado susurran en las salas del poder: que lo Absoluto se compra con la sangre de los sacrificios, que el Perdón es una mercancía custodiada por manos consagradas, que el acceso a la Vida es un privilegio para unos pocos justos.

 

Esta es la religión de los hombres, una jaula dorada diseñada para alejar a los hijos del Padre y mantener a las multitudes sometidas, encorvadas bajo la sombra del temor, para que unos pocos puedan dominar a muchos.

 

¡Pero una voz clama en el desierto y sacude los cimientos del atrio!


Jesús de Nazaret ha venido y no ha traído una nueva Ley que añadir a nuestros pergaminos amarillentos. Ha venido a arrancar de raíz la planta venenosa de nuestra religiosidad.

 

Nos hemos amparado en preceptos imposibles, hemos atado cargas insostenibles a los hombros de la gente pobre, convirtiendo la existencia en un tribunal perpetuo. Hemos sembrado la culpa para cosechar obediencia; hemos alimentado el terror y el miedo para asegurarnos el control.

 

Pero Su aliento hace temblar nuestras instituciones. Su Evangelio es exactamente lo contrario de nuestro imperio del terror.


¡Contemplemos el Misterio que Él viene a manifestar, aquellos que habíais sido excluidos!

 

No es un camino para iniciados, ni una escalada para los autoproclamados puros, sino un camino llano, un sendero de igualdad y de profunda misericordia.

 

Es el camino de los pobres, de los descartados, de los últimos de la tierra, que hoy caminan con la cabeza erguida.

 

Ya no hay barreras, ya no hay patios para los paganos ni recintos para los impuros. En su carne, Dios se hace cercano, borra la distancia y abraza a la humanidad sin pedir peajes ni rituales de purificación.

 

Esta es la afrenta suprema. Este es el delito imperdonable a los ojos de los guardianes del Templo.

 

Cuando Él volcó las mesas de los cambistas y expulsó a los vendedores, no realizó un simple gesto de reforma: pronunció la sentencia de muerte del sistema sacrificial. Rompió el monopolio de la gracia.


Los señores del Templo comprendieron la amenaza: si el hombre es libre en el amor del Padre, su poder se desvanece como la niebla de la mañana.

 

Por eso lo llevaron al Gólgota. La cruz no es un incidente de la historia, ni un trágico malentendido. La cruz es el precio de Su negativa a doblegarse ante la religión de los hombres.

 

Es la señal clarísima, grabada en la madera y en la sangre, de una ruptura radical e irreversible: por un lado, la religión que mata para defenderse a sí misma; por otro, el Evangelio que muere para dar vida.

 

El Templo ha crucificado a la Verdad, pero precisamente en ese sacrificio el Templo ha caído para siempre. El Evangelio ha resucitado, y ninguna piedra podrá volver a aprisionarlo jamás.

 

Recordemos que Jesús no viene a bendecir el poder religioso, sino a desenmascararlo e inaugurar un camino de misericordia, libertad e igualdad para los más desfavorecidos.

 

El Templo, en su forma histórica y simbólica, no es simplemente un edificio de piedra: es el monumento erigido por la religión de los hombres, la poderosa construcción de un sistema que pretende hablar en nombre de Dios mientras que, en realidad, lo oculta tras un muro de ritos, prohibiciones, jerarquías y miedos.

 

Allí donde debería resonar la libertad de los hijos, se oye, en cambio, el lenguaje del dominio; allí donde debería brillar la misericordia, se acumulan cargas insoportables sobre los hombros de los pequeños.


El Templo se convierte así en el signo de una fe secuestrada por el poder, administrada por guardianes que no abren las puertas del Cielo, sino que las vigilan para decidir quién puede entrar y quién debe quedarse fuera.

 

Es contra esta religión contra la que Jesús se levanta con la fuerza de los profetas.

 

Él no viene a restaurar el Templo, ni a purificarlo para devolvérselo a sus administradores: viene a declarar su fin como lugar de control sobre el hombre.

 

Jesús desenmascara el corazón enfermo de toda religión construida para someter: una religión que no genera vida, sino dependencia; que no anuncia la cercanía de Dios, sino su lejanía; que no sana las conciencias, sino que las hiere con el veneno de la culpa.

 

Cuando la fe se reduce a un código, a una actuación, al miedo a equivocarse, ya no estamos ante el rostro del Padre, sino ante la caricatura de un poder sacralizado. 


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 2 de septiembre de 2026

Otro mundo… del revés.

Otro mundo… del revés

«Muchos de los primeros serán los últimos, y los últimos serán los primeros».

 

He aquí que nuestros ojos ven un mundo al revés, y sin embargo lo llamamos justo.

 

Corremos hacia la cima, nos agolpamos por los primeros puestos, pisoteamos a nuestros hermanos y hermanas para arrebatar una pizca de gloria efímera.

 

Pero el Misterio mira desde lo alto y derriba nuestros tronos.

 

La lógica del Misterio no es la lógica de la carne: obra en silencio, desbarata nuestros cálculos y confunde a los sabios.

 

¿Cómo podremos sobrevivir al día en el que todo se volverá del revés?

 

¿Cómo podremos mantenernos en pie cuando los últimos sean los primeros y los primeros sean arrojados al polvo de su propia miseria?

 

Esa luz que está a punto de revelarse no busca nuestros trofeos, sino nuestras llagas; no interroga nuestros perfiles resplandecientes, sino el vacío de nuestros corazones.


Gritamos, con la garganta seca por el terror: «¡Es imposible! ¡Este juicio no es justo!».

 

Y decimos la verdad. Para nosotros es imposible.

 

Para el hombre y la mujer de la vieja guardia, moldeados en el fango de la competencia, esta palabra no es más que una locura.

 

Para quienes han hecho de su propio yo el único ídolo que adorar en el altar de la eficiencia, el Revés no es salvación, sino una condena sin apelación.

 

No podemos respirar el aire del Espíritu si nuestros pulmones están llenos del polvo de hacer la carrera... también eclesial.

 

Escuchemos, de nuevo, el camino que se nos abre: el camino del discipulado.

 

La escucha del Evangelio, "sine glossa" (que creo que dijo alguien), es tiempo del desierto y de la purificación.

 

No hay un salto inmediato, sino una peregrinación del espíritu lenta y exigente.


Se nos pedirán rupturas radicales con el pasado.

 

Tendremos que romper las cadenas del consenso humano, abandonar los ídolos del éxito y arrancar el velo de la hipocresía.

 

Costará tiempo, costarán lágrimas, exigirá una dedicación total.

 

Solo a través de este fuego nuestra conciencia se vaciará de lo superfluo.

 

Se convertirá en un espacio virgen, un campo abierto donde la semilla de la nueva lógica evangélica podrá finalmente germinar.

 

Surgirá entonces un pueblo nuevo.

 

Hombres y mujeres que ya no buscarán el primer lugar, sino que descenderán con alegría hacia el último.

 

No por desesperación, sino por amor.

 

Se convertirán en el mundo en el signo de una diferencia absoluta, una luz que contrasta con las tinieblas de la ambición circundante.


En esta santa diferencia se cumplirá la vida verdadera, aquella conforme al Evangelio.

 

Quien abraza el último lugar ya no teme el juicio del mundo, pues ha dejado de buscar la gloria de los hombres.

 

Su corazón está fijo en la única recompensa eterna: la mirada del Padre, que es también Madre, y que en lo secreto cuida, acoge y eleva a los pequeños.

 

Los primeros de hoy llorarán su miseria, pero los últimos, los invisibles, los olvidados, se regocijarán ante el trono de la Gracia.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 24 de agosto de 2026

La brújula eclesial: el Concilio Vaticano II.

La brújula eclesial: el Concilio Vaticano II 

Se sabe que, a veces, surgen razonamientos, proyectos y reflexiones que, con la paciencia del tiempo siguientes, quedan totalmente relegados. «Nada nuevo bajo el sol», dirá alguien. «Hay que hablar de algo», exclamará otro. 

El debate surgido a raíz de las consagraciones episcopales de los lefebvrianos del lejano mes de julio… adquirió una densidad por lo menos inquietante en lo que respecta a las enseñanzas del Concilio Vaticano II, hasta el punto de que algunos comentaristas planteaban la hipótesis de una aceptación limitada —y limitante— de los documentos de la última asamblea conciliar. 

Una vez reconocida la legitimidad de toda perspectiva, basada en el principio del primado de la conciencia acogido por la Gaudium et spes y la Dignitatis humanae, conviene reflexionar sobre las cuestiones que están en juego. 

Con el Concilio Vaticano II, la Iglesia entró —¡¡¡por fin!!!— en la modernidad con una actitud amable, dialogal, fraterna hacia el mundo. 

Lejos de la formulación de excomuniones típicas del pasado, el estilo eclesial está orientado de manera constitutiva a acoger «las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de hoy» (Gaudium et spes, 1). 

Y esto conduce a una Iglesia extrovertida, o «en salida», por decirlo con las palabras del Papa Francisco, lo que perfila un auténtico cambio de paradigma arraigado, por un lado, en la misión evangelizadora y, por otro, en lo que afirma el número 6 del decreto Unitatis redintegratio: «La Iglesia peregrina está llamada por Cristo a esta continua reforma de la que, como institución humana y terrenal, siempre tiene necesidad». 

Desde esta perspectiva, el compromiso con la fraternidad universal constituye la postura eclesial destinada a sostener ese humanismo pleno sobre el que escribirá, a partir del Concilio Vaticano II. En consecuencia, la comunidad de creyentes está llamada a vivir la ley del amor para transformar el mundo y no para condenarlo. 

Así pues, el Concilio Vaticano II, además de delinear la identidad de la Iglesia, expone las consecuencias de su acontecimiento en el aquí y ahora de la historia. Está claro que, como precisa el Concilio, la comunidad de los discípulos de Jesús nunca deberá confundirse con la realidad de la política. 

Pero, respetando la diversidad, la Iglesia colabora en la edificación del bien común, empezando por la proclamación del derecho a la libertad religiosa y la búsqueda de la justicia entre los pueblos. 

Para el Concilio Vaticano II, la labor de evangelización y de transformación del mundo la lleva a cabo todo el Pueblo de Dios —constituido en un 99,9 % por laicos—, cuyo punto de partida es la misión dirigida a todos y todas sin distinción. 

La época de una Iglesia-ciudadela fortificada que había que defender de las hordas mundanas y bárbaras ha llegado definitivamente a su fin. 

Dado que la misión es la prerrogativa principal de todo creyente, se llega al redescubrimiento de la mayoría de edad del sujeto del laicado, que abre —y debería abrir cada vez más— espacios inéditos para la asunción de funciones pastorales y la reforma de las comunidades locales. 

Además, con el Concilio Vaticano II —y, en particular, a través de la Gaudium et spes—, la Iglesia toma conciencia de la importancia de la pluralidad para comprender, a nivel antropológico y sociológico, la complejidad de la humanidad. De hecho, esa constitución pastoral sobre la relación entre la comunidad eclesial y el mundo reconoce la variedad de modelos políticos y económicos para tender hacia el bien común. 

Desde esta perspectiva, los documentos del Concilio Vaticano II han reforzado la capacidad del anuncio cristiano para entrar en sinergia con el discurso cultural y público de la modernidad. 

En este sentido, la Iglesia, con el fin de la salvación de los hombres, está dispuesta a entablar diálogo con todos a través de la actitud de aprendizaje. Esto, además de discernir el carácter histórico del mundo, permite a los creyentes interpretar y reconocer la llegada del Reino en los pliegues y las llagas de la historia. 

El legado del Concilio Vaticano II no representa una opción teológica y pastoral negociable, sino la brújula para orientar el camino de la Iglesia en la complejidad del tiempo presente. 

En una época marcada por las tentaciones identitarias, la lección conciliar reafirma con fuerza su permanente actualidad. Elegir el camino del diálogo, de la corresponsabilidad laical y de la fraternidad universal significa encarnar esa actitud de escucha y discernimiento capaz de percibir los signos de los tiempos y de servir a la humanidad herida. 

La intuición de una comunidad eclesial llamada a reformarse y a abrirse al mundo no es un simple impulso idealista, sino una tarea histórica que no puede posponerse. Repensar el anuncio cristiano en la gramática de la modernidad y del humanismo pleno sigue siendo el único camino fecundo para dar testimonio del Evangelio hoy.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una aproximación teológica al Dogma de la Asunción.

Una aproximación teológica al Dogma de la Asunción

¿Cómo se puede interpretar hoy en día el texto del dogma de 1950: «La Madre Inmaculada de Dios, María, siempre virgen, al terminar el curso de su vida terrenal, fue asumida a la gloria celestial en alma y cuerpo»? 

La fórmula presenta algunos aspectos particularmente interesantes. 

1.- No precisa deliberadamente si María murió o no antes de la Asunción; 

2.- No habla de un «privilegio singular», como sí lo hace la definición de la Inmaculada Concepción de 1854; 

3.- No alude a la cuestión del «tiempo», en relación con la Asunción, como sí aparece en el dogma de la Inmaculada, tal y como se establece desde el «primer instante de su concepción». El núcleo esencial de la definición es únicamente que María fue introducida en la gloria celestial en la totalidad de su persona. 

A la luz de la antropología escolástica, de derivación aristotélica, en la que se enmarca el texto, la Asunción sería el resultado de una secuencia precisa: al morir, el alma de María se separa del cuerpo; el alma entra en la gloria, pero el cuerpo, a diferencia del de otras personas, no sufre la corrupción habitual de la tumba y también es glorificado de inmediato; por último, el alma y el cuerpo se reunifican en el cielo. 

Esta interpretación encuentra su lugar, históricamente, en la teología de los «privilegios marianos», que desde principios del siglo XIX hasta el Concilio Vaticano II dominó el panorama de la mariología. 

Pero es precisamente aquí donde surge una diferencia significativa entre el dogma de la Inmaculada Concepción y el de la Asunción, debido a esas tres características que he mencionado. De hecho, la Asunción tiende a entenderse como un cumplimiento escatológico, más que simplemente como un privilegio que hace excepción a la condición humana. 

El Concilio Vaticano II afirma que María, «ya glorificada en el cielo en cuerpo y alma», es «la imagen y el principio de la Iglesia, que tendrá su plenitud en la era futura» (LG 68). María no es solo una persona privilegiada junto a la Iglesia: es icono y principio de la propia Iglesia. Su Asunción es, por tanto, un acontecimiento que revela el destino de la comunidad eclesial y, a través de ella, el destino de la humanidad redimida. 

Esta perspectiva se precisa cuando el Catecismo afirma que: «la Iglesia no entrará en la gloria del Reino sino a través de esta última Pascua, en la que seguirá a su Señor en su muerte y Resurrección» (CCC 677). Esta afirmación es decisiva. 

La Iglesia, en cuanto Cuerpo de Cristo, no alcanzará su plenitud simplemente a través de un proceso histórico de afirmación progresiva. Deberá atravesar una Pascua. Su camino hacia la gloria pasa, al igual que para Cristo, por la muerte. 

Si María es realmente icono y principio de la Iglesia, entonces la Asunción puede interpretarse como la plena realización, en su persona, de la Pascua. 

Precisamente por esto tendría más sentido la tradición oriental de la Dormición, a diferencia de la occidental, que siempre ha conservado con gran firmeza la convicción de que María pasó a través de la muerte. María no habría sido sustraída de la Pascua, sino que sería la primera en participar plenamente en ella. 

María se sitúa, pues, entre Cristo y la Iglesia: recibe de Cristo la plenitud de la Pascua y la vive, para que la Iglesia la vea y recuerde quién es. 

Este enfoque permite replantearse el significado antropológico de la expresión «en cuerpo y alma». 

Las neurociencias muestran la profunda interdependencia entre la conciencia, la memoria, la identidad personal, el cerebro y la corporeidad. La física, además, nos presenta conocimientos (por ejemplo, el entrelazamiento y la no localidad) que nos obligan a cuestionar representaciones demasiado simplistas de la materia. 

Esto hace inevitable que la teología intente elaborar una concepción más integral del ser humano que recupere una dimensión más bíblica de la antropología. La persona nunca aparece como un sujeto espiritual simplemente situado dentro de un organismo biológico, sino como una realidad encarnada, relacional, histórica y corporal. 

Por lo tanto, «en alma y cuerpo» significa que María fue asumida en la totalidad de su existencia personal. La muerte, en consecuencia, puede concebirse no como la separación del alma y el cuerpo, sino como el paso radical de la persona a una nueva forma de existencia: «de este mundo al Padre». 

La Asunción de María puede reinterpretarse así como la manifestación de este cumplimiento, de tal manera que la Pascua de Cristo se haga visible en sus efectos, no solo sobre el propio Cristo (resurrección y ascensión), sino también en la humanidad que Cristo ha redimido. 

Mientras que las personas resucitarán al final de los tiempos, María ya ha resucitado y ha sido glorificada, como Cristo. 

La Asunción de María pone de relieve la forma en que nos representamos conceptualmente los acontecimientos posteriores a la muerte. La interpretación clásica del dogma sugiere que Ella no pasó por lo que se denomina «estado intermedio» entre la muerte y la resurrección y, por lo tanto, esto constituiría una excepción que la caracterizaría como un «privilegio personal». 

Pero, en cuanto al concepto de estado intermedio, en el siglo XX la teología ha elaborado dos propuestas alternativas a la concepción tradicional. 

Una primera postura es la de la «muerte total»: con la muerte cesaría toda forma de subsistencia personal y Dios recrearía al hombre en la resurrección final. En este sentido, el privilegio personal de María sería incluso mayor que el que le otorga la postura tradicional, ya que, a diferencia de los hombres, habría sido preservada incluso de la muerte total. 

Una segunda solución es la de la «resurrección en la muerte». Si la persona muere y sale del tiempo, se puede pensar que la resurrección coincide, como acontecimiento, con la propia muerte. De este modo, se elimina para todos el estado intermedio y la condición de María sería la de cada salvado, la de cualquier otro santo. 

El Magisterio católico, sobre todo en tres textos, ha intervenido rechazando estas dos perspectivas. En la Carta de la Congregación para la Doctrina de la Fe «Recentiores episcoporum Synodi», del 17 de mayo de 1979; en el Catecismo de la Iglesia Católica (CIC 1021-23); en la carta del Dicasterio para la Doctrina de la Fe del 25 de julio de 2025. 

En estos textos se afirma que la Iglesia sostiene la teoría de las dos fases: la supervivencia, tras la muerte, de un elemento espiritual dotado de conciencia y voluntad, es decir, el alma, pero que dicho estado no es el definitivo que habrá en la parusía. 

Pero en estos documentos no se define una ontología temporal concreta del más allá. Se limitan únicamente a salvaguardar la continuidad personal y la distinción con respecto a la parusía. 

El propio Catecismo afirma que el misterio de la condición celestial «supera toda posibilidad de comprensión y descripción» y que la Escritura habla de él mediante imágenes. Y en la carta de 2025 también se aclara que el alma no es una «parte» de la persona y que tampoco el cuerpo es una «porción» de la persona. 

Estas observaciones ponen de relieve una tensión conceptual inevitable en la teoría de las dos fases. Esto se debe a que los documentos nunca abordan de manera suficientemente explícita desde qué punto de vista afirman lo que dicen: ¿desde la perspectiva de quien se encuentra en el tiempo histórico o desde la del difunto, que está fuera del tiempo? 

Desde la perspectiva de quien se encuentra en el tiempo, los acontecimientos pueden representarse según una sucesión temporal. Por lo tanto, desde este punto de vista, es correcto hablar de una distancia temporal entre la muerte individual y la resurrección final. 

Pero desde la perspectiva de la persona fallecida, la situación es radicalmente diferente. Aunque no sepamos con certeza cuál es la condición de la persona más allá de la muerte, no podemos trasladar automáticamente a su condición nuestra forma de medir el tiempo, porque ella está más allá del tiempo. A la luz de esta distinción surge una tercera posibilidad que evita los dos extremos que el magisterio no acepta. 

Partiendo de esta misma distinción, se puede decir que, para nosotros, que vivimos en la historia, la muerte y la resurrección se sitúan en una sucesión temporal: morimos, la historia continúa y esperamos el cumplimiento final. 

Para el difunto, en cambio, no es necesario postular una distancia temporal perceptible entre la muerte y la resurrección. La muerte nos introduce en la dimensión escatológica, sin que ello implique necesariamente que la muerte y la resurrección sean el mismo acontecimiento. 

Aplicada a la Asunción, esta perspectiva permite mostrar cómo, para nosotros que vivimos en la historia, existe una verdadera anticipación temporal: María ya se encuentra en la condición glorificada, mientras que la Iglesia terrenal sigue siendo peregrina y espera el cumplimiento final. 

Desde el punto de vista de María, en cambio, no es necesario introducir una experiencia cronológica diferente de la muerte y la resurrección. La singularidad de María no consiste, por tanto, en haber experimentado un «tiempo intermedio» más breve, diferente o inexistente, con una estructura temporal diferente de la existencia tras la muerte. 

Su singularidad consiste en encontrarse en una relación especial con Cristo y con su redención, que solo Ella posee, en la que su glorificación hace presente y manifiesta en la historia el destino final de todos. 

Se trata de una anticipación icónica en la que la Iglesia ya puede contemplar aquello en lo que Ella misma está llamada a convertirse: la plena participación en la vida de Cristo, la glorificación de la persona en su totalidad y la comunión definitiva con Dios. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 23 de agosto de 2026

Más profetismo… y menos gestión - o más profetas del Misterio y menos gestores de lo sagrado -.

Más profetismo… y menos gestión - o más profetas del Misterio y menos gestores de lo sagrado - 

Vamos a comenzar con la audición de una canción de aquel cantautor místico que fue Ricardo Cantalapiedra: https://www.youtube.com/watch?v=md__fKfewDU 

No significa, ante todo, alzar la voz por encima del ruido del mundo, ni ocupar el escenario de la historia como agitadores de palabras o intérpretes superficiales de los acontecimientos. 

El profeta no nace de la actualidad, sino del Misterio. Proviene de una profundidad que le precede, de una relación silenciosa y ardiente con aquello que no se deja poseer, pero que posee la conciencia de quien se deja alcanzar. 

El profeta es aquel que ha sido capturado por el Misterio, invadido en el corazón, herido en la conciencia, transformado en la mirada. 

No hay profecía sin esta captura interior. Antes de ser palabra dirigida a los demás, la profecía es fuego guardado en el interior; antes de convertirse en denuncia, es escucha; antes de hacerse gesto público, es obediencia a una luz que penetra, posee, purifica, inquieta y consuela. 

El profeta no habla porque posea una estrategia, sino porque está poseído por una verdad que lo supera. No lee la historia con los instrumentos del cálculo, sino con ojos clarificados por una relación profunda con el Misterio. 

Por eso el profeta es un hombre y una mujer de visión. Ve lejos no porque huya del presente, sino porque lo atraviesa hasta su núcleo oculto. Ve más allá de los acontecimientos, más allá de las apariencias, más allá de los relatos construidos por los poderosos, porque interpreta la realidad partiendo de esa profundidad donde el Misterio revela lo que la mera materialidad de las cosas no logra penetrar. 

Allí donde muchos solo ven escombros, el profeta divisa semillas; allí donde muchos se rinden ante la violencia, él custodia lo imposible de la paz; allí donde muchos justifican la mentira como una necesidad, él invoca la justicia como el aliento mismo de lo humano. 

Hoy, el profeta ve caminos de paz allí donde la historia parece entregada a la locura de las guerras. Ve senderos ocultos entre las ruinas creadas por hombres sin escrúpulos, incapaces de reconocer la dignidad inviolable de cada persona. 

El profeta no se deja hipnotizar por la lógica de las armas, ni por la retórica de los vencedores, ni por la brutalidad de quienes sacrifican a los pueblos en el altar de su propio poder. Sabe que la guerra nace siempre de un corazón ya devastado, de un interior que ha perdido de vista el rostro del otro y ha reducido la vida a un territorio que conquistar, a un cuerpo que dominar, a una voz que silenciar. 

El profeta ve justicia incluso cuando la corrupción se extiende como una niebla tóxica sobre las instituciones, las relaciones y los deseos. Ve la justicia no como una idea abstracta, sino como un hambre grabada en las conciencias, como un gemido que surge de los pobres, de los excluidos, de los heridos de la historia. 

Y reconoce que la sed de poder es a menudo señal de un vacío interior: un abismo enmascarado por el éxito, una soledad disfrazada de dominio, una miseria del alma cubierta por la ostentación del egoísmo. 

En aquellos que construyen su propia grandeza pisoteando a los demás, el profeta no ve solo culpas que denunciar, sino un vacío abismal que desenmascarar. Ve a hombres y mujeres devorados por una carencia que ningún poder puede colmar, por un hambre que ninguna posesión puede saciar. 

Y ve también las huellas que deja ese vacío: heridas en las personas con las que se cruza, injusticias arraigadas en los pueblos, miedos transmitidos de generación en generación, desiertos interiores sembrados a lo largo del camino. 

Y, sin embargo, el profeta no es un hombre ni una mujer de la desesperación. Precisamente porque conoce el Misterio, sabe que ningún abismo es más profundo que el amor gratuito que puede alcanzarlo. 

Y sabe que la única fuerza capaz de colmar el abismo del egoísmo no es un nuevo dominio, no es una venganza, no es una violencia contraria, sino el amor desinteresado que el Misterio derrama en las conciencias sedientas de justicia. 

Es un amor que no compra, no posee, no humilla; un amor que libera, levanta, recompone, abre futuro. 

Ser profetas hoy significa, por tanto, habitar el mundo sin pertenecer a sus idolatrías. 

Significa estar dentro de la historia con ojos purificados por el Misterio, con manos dispuestas a la paz, con palabras capaces de herir la mentira y sanar la vida. 

Significa no resignarse a la guerra cuando todos la llaman inevitable, no doblegarse ante la corrupción cuando todos la llaman realismo, no adorar el poder cuando todos lo confunden con la fuerza. 

El profeta es centinela de lo posible de Dios en lo imposible de los hombres y las mujeres. 

Es memoria viva que recuerda a la tierra su vocación a la fraternidad. 

Es herida abierta en el cuerpo de una sociedad que querría anestesiar la conciencia. 

Es voz que nace del silencio, fuego que nace de la escucha, esperanza que nace del amor. 

Y cuando todo parece perdido, el profeta sigue viendo: ve paz donde reina la violencia, ve justicia donde domina la corrupción, ve amor donde el egoísmo ha cavado abismos. 

Porque el profeta no solo mira lo que es: mira lo que el Misterio, aún hoy, puede hacer surgir en la conciencia de la humanidad. 

¿Qué significa ser profeta hoy en día? Tal vez nos acerque a la respuesta de esa pregunta aquella otra canción del que cantó al Profeta de Galilea: https://www.youtube.com/watch?v=Uf0PWAxy2dc 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF 

Posdata: Sirva esta reflexión en reconocimiento y agradecimiento de Don Faustino Vilabrille y de todos aquellos que han hecho de la profecía del Reino su condición natural de ser y de actuar. De ellos se puede decir aquello de “fijaos en el desenlace de su vida e imitad su fe” (Hebreos 13, 7).

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...