Otro mundo… del revés
«Muchos de los primeros serán los últimos, y
los últimos serán los primeros».
He aquí que nuestros ojos ven un mundo al revés, y sin
embargo lo llamamos justo.
Corremos hacia la cima, nos agolpamos por los primeros
puestos, pisoteamos a nuestros hermanos y hermanas para arrebatar una pizca de
gloria efímera.
Pero el Misterio mira desde lo alto y derriba nuestros
tronos.
La lógica del Misterio no es la lógica de la carne:
obra en silencio, desbarata nuestros cálculos y confunde a los sabios.
¿Cómo podremos sobrevivir al día en el que todo se
volverá del revés?
¿Cómo podremos mantenernos en pie cuando los últimos
sean los primeros y los primeros sean arrojados al polvo de su propia miseria?
Esa luz que está a punto de revelarse no busca
nuestros trofeos, sino nuestras llagas; no interroga nuestros perfiles resplandecientes,
sino el vacío de nuestros corazones.
Gritamos, con la garganta seca por el terror: «¡Es imposible! ¡Este juicio no es justo!».
Y decimos la verdad. Para nosotros es imposible.
Para el hombre y la mujer de la vieja guardia,
moldeados en el fango de la competencia, esta palabra no es más que una locura.
Para quienes han hecho de su propio yo el único ídolo
que adorar en el altar de la eficiencia, el Revés no es salvación, sino una
condena sin apelación.
No podemos respirar el aire del Espíritu si nuestros
pulmones están llenos del polvo de la envidia.
Escuchemos, de nuevo, el camino que se nos abre: el
camino del discipulado.
La escucha es tiempo del desierto y de la
purificación.
No hay un salto inmediato, sino una peregrinación del
espíritu lenta y exigente.
Se nos pedirán rupturas radicales con el pasado.
Tendremos que romper las cadenas del consenso humano,
abandonar los ídolos del éxito y arrancar el velo de la hipocresía.
Costará tiempo, costará lágrimas, exigirá una
dedicación total.
Solo a través de este fuego nuestra conciencia se
vaciará de lo superfluo.
Se convertirá en un espacio virgen, un campo abierto
donde la semilla de la nueva lógica evangélica podrá finalmente germinar.
Surgirá entonces un pueblo nuevo.
Hombres y mujeres que ya no buscarán el primer lugar,
sino que descenderán con alegría hacia el último.
No por desesperación, sino por amor.
Se convertirán en el mundo en el signo de una
diferencia absoluta, una luz que contrasta con las tinieblas de la ambición
circundante.
En esta santa diferencia se cumplirá la vida verdadera, aquella conforme al Evangelio.
Quien abraza el último lugar ya no teme el juicio del
mundo, pues ha dejado de buscar la gloria de los hombres.
Su corazón está fijo en la única recompensa eterna: la
mirada del Padre, que es también Madre, y que en lo secreto cuida, acoge y
eleva a los pequeños.
Los primeros de hoy llorarán su miseria, pero los
últimos, los invisibles, los olvidados, se regocijarán ante el trono de la
Gracia.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
No hay comentarios:
Publicar un comentario