Más allá de las apariencias
Existe una sutil diferencia entre mirar y ver.
A menudo, nuestros ojos se limitan a registrar la
superficie de los acontecimientos, convirtiéndose en contables de lo limitado:
contamos los recursos que faltan, medimos los vacíos, nos detenemos ante los
muros.
Pero hay otra forma de vivir la realidad, y es la que
aprendemos gracias a la Resurrección de Jesús.
Es la mirada de Jesús, la única capaz de subvertir la
perspectiva y ver abundancia precisamente allí donde nuestro ojo solo ve
carencia.
Jesús no mira el mundo con el cinismo de quien ya lo
ha visto todo, ni con la ingenuidad de quien ignora el mal. La suya es una
mirada que se nutre constantemente de la relación con el Padre. Puesto que el
Misterio es Amor y lo da todo a sus hijos, Jesús observa la realidad partiendo
de esta plenitud originaria.
Donde nosotros vemos cinco panes y dos peces (una
carencia), Él ve un banquete para cinco mil (una abundancia).
Donde nosotros vemos el final de la vida en un
sepulcro sellado, Él ve el comienzo de una esperanza que no se apaga. Es una
visión que no ignora las heridas, sino que las atraviesa para encontrar la luz.
El miedo: nos obliga a mirar hacia abajo, hacia
nuestros pies, impidiéndonos levantar la vista hacia el horizonte de las
posibilidades.
Los prejuicios y la falsa sabiduría: a menudo creemos saber ya cómo irán las cosas. Esta ceguera de los sabios nos lleva a descartar proyectos positivos e intuiciones fecundas solo porque no encajan en nuestros esquemas predefinidos.
Por un simple error de mirada, corremos el riesgo de
dar por fracasado un sueño que, a los ojos de Dios, está, por el contrario, a
punto de florecer.
¿Cuántas veces hemos contemplado los escombros de un
proyecto y hemos susurrado: «Se ha acabado»?
Existe un momento preciso, en la vida de cada uno, en
el que el cansancio supera a la esperanza y el resultado parece darnos la
razón.
Pero, a menudo, esa sensación de derrota no nace de la
realidad de los hechos, sino de un error de perspectiva. Corremos el riesgo de
dar por fracasado un sueño que, a los ojos de Dios, está a punto de florecer.
Nuestra mirada es, por naturaleza, limitada: ve la
semilla que se pudre en la tierra, pero no la fuerza vital que está rompiendo
la cáscara.
Evaluamos nuestros sueños en función de la rapidez de
los resultados, de las aprobaciones externas o de la ausencia de obstáculos.
Si el camino se vuelve empinado, concluimos que nos hemos equivocado de dirección.
Pero la lógica del Misterio sigue ritmos diferentes. Para Él, el tiempo de espera no es tiempo perdido, sino tiempo de enraizamiento. Lo que llamamos fracaso a menudo no es más que la fase de poda, necesaria para que la floración sea exuberante y no efímera.
Declarar el fracaso de un deseo profundo significa
cerrar una puerta que el Misterio sigue manteniendo abierta. El simple error de
perspectiva consiste en fijarse solo en lo que falta, olvidando quién está
dirigiendo la obra.
Un sueño que nace del corazón y que busca el bien
nunca muere por falta de recursos, sino solo por falta de confianza. Cuando
dejamos de creer en él porque no vemos frutos, estamos juzgando un libro por su
portada aún en blanco.
Florecer requiere el valor de permanecer en la tierra
incluso cuando hace frío. Si hoy sientes que tu sueño se ha hundido, intenta
cambiar tu mirada. No mires las ramas secas, sino la savia que fluye invisible.
Quizás no sea un fracaso; quizás sea solo ese momento
sagrado de silencio que precede al estallido de la primavera.
A los ojos de Dios, tu historia acaba de empezar y la
belleza que estás esperando ya está ahí, lista para manifestarse en cuanto
aprendas a mirar más allá de las apariencias.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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