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jueves, 14 de mayo de 2026

El Espíritu que nos hace hijos adoptivos - Romanos 8 -.

El Espíritu que nos hace hijos adoptivos - Romanos 8 - 

«La ley del Espíritu, que da vida en Cristo Jesús, te ha liberado de la ley del pecado y de la muerte» (Rom 8,4). Con este principio, el Apóstol Pablo presenta la vida del cristiano, dominada no por la fragilidad de su condición, sino marcada por la presencia del espíritu de Dios en cada uno de los creyentes. 

Por eso, añade el Apóstol, «ya no estáis bajo el dominio de la carne, sino del Espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros» (Rm 8,9). 

Se trata de una de las páginas más densas de la enseñanza de Pablo y de la misma Carta a los Romanos: «Los que se dejan dominar por la carne no pueden agradar a Dios. Pero vosotros no estáis bajo el dominio de la carne, sino del Espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. Si alguien no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él. Ahora bien, si Cristo está en vosotros, vuestro cuerpo está muerto por el pecado, pero el Espíritu es vida para la justicia. Y si el Espíritu de Dios, que resucitó a Jesús de entre los muertos, habita en vosotros, el que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también vida a vuestros cuerpos mortales por medio de su Espíritu que habita en vosotros. Así que, hermanos, no somos deudores del cuerpo para vivir según los deseos carnales, porque si vivís según el cuerpo, moriréis. Pero si por el Espíritu hacéis morir las obras del cuerpo, viviréis. Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y vosotros no habéis recibido un espíritu de esclavos para volver al temor, sino que habéis recibido un espíritu de adopción, por el cual clamamos: «¡Abba, Padre!». El mismo Espíritu da testimonio, junto con nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también somos herederos: herederos de Dios, coherederos de Cristo, si es que realmente sufrimos con él para participar también de su gloria». 

Este pasaje del escrito del Apóstol resume en un espacio relativamente breve la condición del creyente ante el poder de la resurrección de Cristo: «Si el Espíritu de Dios, que resucitó a Jesús de entre los muertos, habita en vosotros, el que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también vida a vuestros cuerpos mortales por medio de su Espíritu que habita en vosotros» (Rm 8,11). Cristo ha resucitado por medio del Espíritu Santo, y es el mismo Espíritu el que da a la fragilidad, a la «carne», de todo hombre sujeto a la muerte, el poder de la resurrección y, por tanto, la vida. 

Todo esto tiene una consecuencia extremadamente importante, que se convierte también en un compromiso para todo creyente: dar muerte a las obras de la carne, es decir, a todo lo que impide que el poder divino actúe dentro de cada uno de nosotros. Por lo tanto, «todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios» (Rm 8,13). «Habéis recibido el Espíritu que os hace hijos adoptivos, por medio del cual clamamos: «¡Abba! ¡Padre!» (Rm 8,15). El Apóstol Pablo añade también la realidad de la nueva condición de heredero para el creyente, que comparte el sufrimiento de Cristo para alcanzar y participar en su gloria. 

Ahora bien, toda la creación ha sido sometida a la caducidad en vista de una liberación de su corrupción. El Apóstol Pablo añade también una imagen espléndida, lamentablemente omitida en la lectura asignada al día de Pentecostés, lo que de hecho elimina uno de los pasajes más significativos del texto y lo hace incomprensible: «Toda la creación gime y sufre dolores de parto hasta ahora» (Rm 8,22). 

Aquí el Apóstol se detiene también en uno de los aspectos más delicados de la condición humana, el estado de debilidad del creyente al dirigirse a Dios, al que acude una vez más el mismo Espíritu: si «no sabemos cómo orar como conviene», «el Espíritu mismo intercede con gemidos inexpresables» (Rm 8,26). 

Podríamos resumirlo así: «el Espíritu no hace más que dar forma a nuestra oración, transformando nuestros débiles gemidos y balbuceos en una invocación efectiva y sensata, o suscitando una oración indescifrable». 

La Tercera Persona divina paradójicamente gime en nosotros y con nosotros, plenamente involucrada en nuestro sufrimiento, como si fuera el primer cantor de un coro que coincide con el cosmos entero en estado de sufrimiento. Por lo tanto, cuando no encontramos las palabras para expresar nuestra oración y no podemos hacer nada mejor que emitir sonidos inarticulados, el Espíritu toma estos sonidos y los transforma en una verdadera intercesión. 

En conclusión, se trata de un estímulo para todos los que nos cuesta rezar: dado que los creyentes no conocen adecuadamente la voluntad de Dios, el Espíritu traduce sus gemidos y los conforma a la voluntad divina. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 12 de mayo de 2026

Un orar enamorado.

Un orar enamorado

«Enséñanos a contar nuestros días y ganaremos un corazón sabio», dice el Salmo 90 (v.12). En el texto hebreo original sería literalmente: «y llegaremos al corazón de la sabiduría». 

La oración es una ventana que se abre al sol desde las habitaciones íntimas y nunca podría atraparlo dentro de sus paredes. La oración es una mirada, una expansión, una expansión de la mente y el corazón. 

Pero quien ora no es el único que se dirige, se extiende, busca... basta con cerrar los ojos para sentir el timbre de una seducción, un susurro, un ruido alegre, una atracción cuya fuente se ignora pero se siente como la más cercana al alma. Hay alguien que se te acerca cuando te pones en marcha y cuya voz es tu guía. «Una voz, mi amado», susurra la novia. Reconoce su color al primer sonido. Sabe que viene de él aunque aún no lo haya conocido. Aunque aún no lo haya visto. Ella está segura de que esa voz que «viene saltando por los montes, brincando por las colinas» no puede ser otra que la suya» (Ct 2,8), la de «mi amado (…) reconocible entre mil y mil» (Ct 5,10). 

Los más grandes orantes del mundo son los enamorados. Aquellos que extienden su corazón las veinticuatro horas del día. Por la mañana él invoca: «Paloma mía, escondida en las grietas de las rocas, en escondrijos secretos, hazme ver tu rostro, hazme escuchar tu voz; porque tu voz es suave» (2,16) y por la noche ella es la inquieta de amor: «Yo duermo, pero mi corazón vela. ¡Un ruido! Es mi amado que llama: «Ábreme, hermana mía, amiga mía, paloma mía, perfecta mía» (5,2); la súplica nunca se interrumpe, más bien se reaviva con más intensidad cuando sucede que: «En mi cama, a lo largo de la noche, he buscado al amado de mi corazón; lo he buscado, pero no lo he encontrado. Me levantaré y daré vueltas por la ciudad...» (3,1-2). 

De manera similar arde el deseo de los enamorados de Dios, especialmente cuando temen ser abandonados por Él: 

«Escucha, Señor, mi voz, grito: ten piedad de mí, respóndeme. Mi corazón repite tu invitación: «¡Buscad mi rostro!». Señor, yo te busco. No me escondas tu rostro, no rechaces con ira a tu siervo. Tú eres mi auxilio, no me dejes, no me abandones, Dios de mi salvación» (Sal 27,7-9). 

«Velad y orad en todo momento, para que tengáis fuerza y podáis escapar de todo lo que está para suceder, y comparecer ante el Hijo del hombre» (Lc 21,36), recomienda el Señor invitando a sus discípulos a vivir como vírgenes prudentes que esperan al Esposo. 

El rezo que Jesús enseña a los suyos no es individual, sino fraterno y comunitario. Juntos invocan el «Padre nuestro» y a Él confían los sueños y las necesidades de cada día: «danos hoy nuestro pan de cada día» (Lc 11,3). Un «pan» que alude no solo a la comida material, sino también a la de Su Palabra, almidón de esperanza. Más aún, su Palabra es fuente de ese agua que brota y calma la sed más ardiente del ser humano: la de perdonar y ser perdonado: «Perdona nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. No nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal». 

En la última invocación, apremia el ardor de nuestra tierra herida, ultrajada, obligada a beber la sangre de sus criaturas por el delirio de la guerra, la violencia, la codicia, la indiferencia. 

Ningún otro discípulo mejor que Pablo pone en práctica radicalmente la exhortación del Señor a orar con obras y palabras: «Malestares y fatigas, noches en vela sin número, hambre y sed, frecuentes ayunos, frío y desnudez. Además de todo esto, mi preocupación diaria, la preocupación por todas las Iglesias. ¿Quién es débil, que yo no lo sea? ¿Quién recibe escándalo, que yo no tiemble?» (2 Cor 11,27-29).

Una forma de rezar, la de cuidar del otro, también incesante y que puede experimentar toda persona, creyente o no creyente, en la medida en que tiene el corazón compartido: ña madre que piensa día y noche en qué puede hacer para ver feliz a su hija; el padre que espera oír llamar a su puerta al hijo «perdido» que regresa; el amigo que llama repetidamente al móvil de su amigo y tiembla porque hace unos días que no responde. 

Similar es la oración de los profetas que se hacen la voz de quien no tiene voz, la antorcha de fe para quien ya no tiene fe, el grito de esperanza para quien está en la desesperación. Que no teman exponer una queja a Dios y le pregunten: «¿Por qué prosperan los malvados? ¿Por qué todos los traidores están tranquilos? (...) ¿Hasta cuándo estará de luto la tierra y se secará toda la hierba de los campos? Las bestias y los pájaros perecen por la maldad de sus habitantes» (Jer 12,4). 

Es valioso el rezo de los cristianos que se une al de Jesús en la cruz: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen», y piden misericordia no solo para las víctimas, sino también para los verdugos, para los que matan a niños, para los que cometen genocidios, para los que cubren de desprecio la vida de cualquiera que pertenece a Dios. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 19 de enero de 2026

Cuando oréis…

Cuando oréis… 

Basta que aprendáis a respirar… 

1.- Hay que respirar siempre. 

Respiramos sin interrupción. 

A veces respirar se vuelve fatigoso y a veces lo hacemos sin darnos cuenta, a veces respiramos con alegría y a veces con dolor, pero nunca dejamos de hacerlo y, por muy ocupados que estemos, una parte de nosotros, incluso considerable, siempre está ocupada respirando. 

Así debería ser con la oración, no una actividad entre otras, sino el «alma» en el que se desarrollan todas nuestras actividades, el entorno vital en el que nos movemos y existimos, como dice San Pablo, citando al poeta estoico Arato, a los atenienses: «En Él nos movemos y existimos». 

Al igual que la respiración, antes de ser una actividad consciente, la oración es una necesidad misma de la vida, el presupuesto de nuestra existencia como seres conscientes. Somos seres humanos porque oramos… 

2.- Hay que inspirar y espirar. 

Al igual que la respiración, la oración también se compone de dos movimientos: inspiración y espiración, invocación y alabanza. 

Con demasiada frecuencia reducimos la oración al solo momento de la inspiración, queremos llenarnos de Dios, de sus dones, de su Gracia, pero si todo esto no se convierte en alabanza, si nunca nos lleva a salir de nosotros mismos, entonces permanece estéril y no da ningún fruto espiritual auténtico. 

La alabanza es decirle a Dios «cuán hermoso eres», es perderse en el gigantesco Tú que está frente a nosotros, como un enamorado se pierde en la mirada de la otra persona enamorada, es dejar de lado a uno mismo y sus propias necesidades, poniendo en el centro de la atención a Dios y solo a Dios, es la afirmación necesaria y definitiva de que Dios no es un ente filosófico, ni siquiera una energía cósmica, sino una persona amorosa. 

Alabar es devolver a Dios lo que se ha recibido, es gritar que la vida es un don, es proclamar solemnemente la belleza de todo lo que existe, es la primera ascética y la primera evangelización, es el gesto que más que ningún otro nos caracteriza como creyentes, es el deber de la gratitud, el Gracias que da principio a nuestra existencia. 

3.- Hay que respirar por la nariz (y cerrar la boca). 

La nariz filtra el aire que respiramos y permite que el oxígeno llegue directamente a los pulmones, mientras que por la boca también respiramos muchas impurezas nocivas. Del mismo modo, debemos aprender a filtrar lo que entra en nuestro espíritu. 

No digo que debamos vivir sin entrar en contacto con el mal, lo cual sería, en primer lugar, imposible y, en segundo lugar, contrario a nuestro mandato de testigos, pero no debemos permitir que el mal con el que convivimos contamine nuestro aire, debemos tratar, en la medida de lo posible, de respirar aire puro, es decir, de alimentar la mente y el corazón con verdad y benevolencia. 

Nada contamina más el aire espiritual que nos rodea que la mentira y la malicia. ¡No les demos espacio en nuestra conciencia! 

Un buen consejo es prestar atención a los primeros pensamientos de la mañana: nada más despertarnos, antes de dedicarnos a nuestra agenda diaria, ocupemos nuestra mente en Dios, llenémosla de Él. 

De esta manera, en primer lugar, la mente, casi inconscientemente, seguirá «masticando» esos primeros pensamientos durante el resto del día, y luego, si los malos pensamientos intentan entrar, encontrarán el «espacio» ocupado y vigilado. 

4.- Hay que respirar con respiraciones lentas y profundas. 

Una respiración apresurada o agitada es una mala respiración, lo mismo ocurre con la oración. 

La oración requiere calma, tranquilidad y tiempo. Ciertamente, es verdad que hay que orar siempre, incluso cuando se está agitado o apresurado, pero como no se puede vivir siempre agitado, porque tarde o temprano el corazón cede, así también si nuestra oración nunca tiene momentos de calma y profundidad, el oxígeno no circula bien en nuestro organismo espiritual y nuestra capacidad de amar se ve afectada, hasta el punto de detenerse por completo, casi como si no rezáramos en absoluto. 

La realidad nunca es obvia, nunca es banal, ¿cómo podría serlo si es un don de Dios? Si a veces nos parece así es solo porque no nos hemos dado el tiempo suficiente para mirarla con atención, para ver a través de ella al Dios que viene. 

Esto es la meditación, no la lectura de un libro, sino la lectura del libro de la vida. Los libros pueden ayudar, pero si no conducen a la vida son un obstáculo en lugar de una ayuda. 

Oramos como respiramos, oramos siempre, profundamente y con calma, purificando nuestros pensamientos, alabando e invocando. Por eso nuestra oración, la vuestra y la mía, es un gran himno a la vida. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 23 de octubre de 2025

Dios, ten piedad de mí, que soy un cabrón - San Lucas 18, 9-14 -.

Dios, ten piedad de mí, que soy un cabrón - San Lucas 18, 9-14 -

La parábola se encuentra en el capítulo 18 de Lucas, también en relación con la oración. ¿Cuándo hay que orar? Siempre y con intensidad, responde la parábola del juez injusto y la viuda insistente (cf. Lc 18,1-8). ¿Cómo hay que orar? Como el publicano y no como el fariseo, responde esta parábola. 

Pero en este texto hay algo más en juego. O mejor dicho, Jesús trata dos actitudes diferentes en la oración, pero en realidad a través de ellas amplía el horizonte: Jesús nos enseña que la oración revela algo que va más allá de sí misma, que concierne a nuestra forma de vivir, a nuestra relación con Dios, con nosotros mismos y con los demás. 

Todo esto ya está contenido en el comienzo de la parábola: «Dijo esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos porque eran justos». 

El pecado de estos hombres religiosos no es la presunción de ser justos, sino poner la fe y la confianza en sí mismos y no en Dios. Su observancia de las leyes y su escrupulosa práctica religiosa los convencen de que pueden confiar en sí mismos, sin esperar nada más de Dios. 

Esta actitud tiene como consecuencia obvia considerar a los demás como nada, despreciarlos. Jesús sabe, precisamente porque Él también es creyente y conoce bien los riesgos de la religión, que no basta con ser hijos de Abraham para ser verdaderos creyentes. 

Ya lo había dicho el Bautista: «No empecéis a decir entre vosotros: «¡Tenemos a Abraham por padre!». Porque yo os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham incluso de estas piedras» (Lc 3,8). Jesús sabe que hay barreras creadas por los humanos que no lo son para Dios. Jesús sabe que hay creyentes que en realidad son incrédulos, habitados por la idolatría, que ostentan su fe, pero luego no cumplen la voluntad de Dios... 

He aquí, pues, el relato de la parábola: «Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo y el otro publicano». 

El Templo es el lugar donde se adora al Dios vivo, el lugar del encuentro con Él, a través del culto establecido por la Torá. Ambos se encuentran en el espacio reservado a los hijos de Israel, ante el Santo, reservado a los sacerdotes. Ambos invocan al Dios de Abraham, Isaac y Jacob, el Dios que se reveló como Señor a Moisés, el Dios que estableció su morada en el templo de Jerusalén. 

Pero las similitudes terminan aquí. Uno de los dos es un militante del movimiento de los fariseos, el otro un recaudador de impuestos, alguien que ejerce un oficio despreciado, perteneciente a una categoría de corruptos. Es más, al recaudador se le llama «publicano» porque es «públicamente pecador», «manifiestamente corrupto», y por lo tanto maldito por Dios y por los hombres. 

El fariseo, creyéndose conforme a las expectativas de Dios, se pone de pie, en la posición habitual del orante judío, y reza en su corazón una oración que pretende ser un agradecimiento a Dios. Pero en realidad está concentrado en sí mismo y, mientras alardea de sus méritos, se complace en sí mismo, se compara con los demás y los juzga. 

No tiene ninguna duda, sino que se mantiene de pie, seguro de estar ante Dios, con la cabeza alta, ajeno al hecho de que solo puede estar de pie por gracia, porque se ha convertido en hijo de Dios. Su monólogo declara su lejanía de los demás hombres, pero también su lejanía de Dios, su desconocimiento de Él, del que solo espera un «amén» a sus palabras. 

Pero hay que tener cuidado: lo que Jesús critica en el fariseo no es que haga buenas obras, sino el hecho de que, en su confianza en sí mismo, no espera nada de Dios. El problema es que se siente sano y no necesita médico, se siente justo y no necesita la santidad de Dios (cf. Lc 5,31-32): ha olvidado que la Escritura afirma que el justo peca siete veces al día (cf. Pr 24,16), es decir, ¡infinitas veces! 

Sí, cuántos, siendo observantes y, por tanto, justos, confían en sí mismos, dan gracias a Dios por lo que son y no piensan que deben pedir misericordia a Dios, que deben cambiar algo en su vida, sino que se dejan llevar por la autocomplacencia y desprecian a los demás. Por eso, el fariseo, en su acción de gracias, enumera los pecados de los demás, de los que se siente exento: «Son ladrones, injustos, adúlteros», por no hablar del publicano que está con él en el Templo... 

Pero he aquí, frente a esta oración, la del pecador público. Al principio del Evangelio, Jesús había llamado a ser su discípulo precisamente a un publicano, Leví, y había acudido a un banquete en su casa, escandalizando a los escribas y fariseos (cf. Lc 5,27-32); al final, justo antes de su entrada en Jerusalén, será otro publicano, Zaqueo, quien acogerá a Jesús en su casa, provocando de nuevo la reprobación de los religiosos (cf. Lc 19,1-10). 

De este modo, el anuncio del Bautista de que «Dios puede suscitar hijos a Abraham de las piedras» (Lc 3,8) se hace realidad en Jesús; no es quien dice tener a Abraham por padre quien es su hijo (cf. ibíd.), sino alguien como Zaqueo, publicano, a quien Jesús declara «hijo de Abraham», alcanzado en su propia casa por la salvación (cf. Lc 19,9). 

Pero ¿por qué Jesús prefería la compañía de los pecadores públicos, hasta el punto de decir a los religiosos: «Los publicanos y las prostitutas os preceden en el reino de Dios» (Mt 21,31)? 

No para sorprender o escandalizar, sino para mostrar, de manera paradójica, que estas personas marginadas y condenadas son el signo manifiesto de la condición de todo ser humano. Todos somos pecadores —¡y pecamos, en la medida de lo posible, de forma oculta!—, pero Jesús había comprendido una cosa sencilla: los pecadores públicos están expuestos al reproche de los demás. 

El publicano es un hombre sin garantías por lo que hace: sus pecados manifiestos lo convierten en objeto del desprecio de todos. Sube al Templo con la conciencia, siempre renovada por el juicio de los demás, de ser un pecador, mendigo del perdón de Dios. Por eso San Lucas describe con precisión su comportamiento, opuesto al del fariseo. 

«Se detiene a distancia», no se atreve a acercarse al Santo de los Santos, donde mora la presencia de Dios; «ni siquiera se atreve a levantar los ojos al cielo», sino que los mantiene bajos, avergonzado de su condición; «se golpea el pecho», gesto típico de quien quiere manifestar su arrepentimiento, como las multitudes ante el «espectáculo» (Lc 23,48) de la muerte en la cruz de Jesús. 

Sus palabras son muy breves: «Dios, ten piedad de mí, que soy pecador». Es la invocación que se repite varias veces en los salmos (cf. Sal 25,11; 51,13, etc.). Es pedir a Dios que siga teniendo siempre tanta piedad de nosotros, los pecadores: ¡cuánto la necesitamos! 

Es «la oración del humilde que penetra las nubes» (Sir 35,21), que no malgasta palabras, sino que vive de la relación con Dios, de la relación consigo mismo, de la relación con los demás: pide perdón a Dios, confiesa su pecado. 

El publicano se presenta ante Dios sin máscaras, sus pecados manifiestos lo convierten en objeto de burla: no tiene nada de qué presumir, pero sabe que solo puede implorar misericordia al Dios tres veces Santo. 

Él siente lo mismo que Pedro, perdonado desde el momento de su vocación, cuando, ante la santidad de Jesús, exclama: «¡Señor, apártate de mí, que soy un pecador!» (Lc 5,8; cf. Is 6,5). 

La humildad de este hombre no consiste en hacer un esfuerzo por humillarse: ¡su posición moral es exactamente la que confiesa y por la que se siente humillado! No tiene nada que reclamar, por eso cuenta con Dios, no consigo mismo. 

Y esto también vale para nosotros: nuestra nada es el espacio libre en el que Dios puede actuar, es el vacío abierto a su acción; en cambio, Dios no puede actuar sobre quien está demasiado «lleno de sí mismo»... 

Jesús no elogia la vida del publicano, así como no condena las acciones justas del fariseo, pero su condena se dirige a la forma en que el fariseo mira sus acciones y, a través de ellas, a Dios mismo. 

Terminada la parábola, he aquí el juicio de Jesús: «Os digo que el publicano, a diferencia del otro, volvió a su casa justificado (por Dios), porque todo el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado». 

Esta última sentencia proverbial, ya presente al final de la parábola sobre la elección de los asientos en la mesa por parte de los invitados a un banquete (cf. Lc 14,11), se hace eco de las palabras del Magnificat: «El Señor exalta a los humildes» (Lc 1,52). 

Pero ¿cómo entender este enaltecimiento y este abajamiento? Y, sobre todo, ¿cómo entender la humildad, virtud ambigua y sospechosa? 

La humildad no es falsa modestia, no equivale a un «yo mínimo»: no es el que se hace humilde con orgullo el que es enaltecido por Dios, porque eso equivaldría a replicar la actitud del fariseo, sería orgullo disfrazado de falsa humildad. 

No, es exaltado por Dios quien reconoce su propio pecado, quien, adhiriéndose a su propia realidad, reconoce su propio pecado, y persevera en el reconocimiento de la gracia y la compasión de Dios, es decir, en la confianza en Dios, en contar con su misericordia que puede transfigurar nuestra debilidad. 

A través de la figura del publicano, Jesús nos exhorta a humillarnos en el sentido de dejarnos acoger y perdonar por Dios, que con su fuerza puede curarnos y sanarnos; a no perder el tiempo mirando fuera de nosotros, escrutando a los demás con malicia y espiando sus pecados; a aceptar reconocer nuestra condición de personas que «no hacen el bien que quieren, sino el mal que no quieren» (cf. Rm 7,19). 

El publicano no construyó ni se jactó de su justicia ante Dios y los demás, sino que dejó a Dios la libertad de juzgar; se encomendó a Dios, invocando como único don que realmente necesitaba su misericordia. Con una oración tan breve y sencilla entró en comunión con Dios y ahora, perdonado, vuelve a la vida cotidiana. 

La palabra conclusiva de Jesús, introducida solemne y autoritariamente por «Yo os digo», convierte a un justo en pecador y a un pecador en justo. 

El juicio de Dios, narrado por Jesús, subvierte los juicios humanos: el que se creía lejos y perdido es acogido y salvado, mientras que el que se creía aprobado, junto a Dios, es humillado y resulta estar lejos. 

Esto puede parecer escandaloso, puede parecer un obstáculo en la vida de fe para los hombres religiosos, pero es una Buena Noticia, es el Evangelio para quienes se reconocen pecadores y necesitados de la misericordia de Dios como del aire que respiran. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 19 de octubre de 2025

El o la orante - San Lucas 18, 1-8 -.

 El o la orante

«Rezar siempre, sin cansarse nunca». 

Hacer de la oración un corazón, de carne, sístole y diástole, sin detenerse nunca. 

Y si se cansa, ralentizar, pero nunca interrumpir el latido, nunca, para no morir. 

Rezar para no morir. Me lo repito en voz baja, y ya es oración, ya es aliento. 

Rezar para no vivir sin corazón. 

«En aquella ciudad había también una viuda». 

Rezar es tener un corazón de viuda, y un corazón de viuda es un corazón que ha conocido al amado y que ahora sigue amando su presencia en la ausencia. 

«Hazme justicia», exige el corazón de viuda, sigue haciéndome vivir de amor, clama el amor. 

El juez, aquel que administra la vida, no puede entenderlo. 

Quien no ama no tiene consideración por nadie, tiene los ojos que no ven, que no miran, la viuda, en cambio, tiene un corazón que ama y que vuelve a amar. 

«En una ciudad vivía un juez que no temía a Dios ni tenía consideración por nadie». 

Rezar es tener un corazón de viuda, sin un encuentro personal con el Amado solo quedan palabras vacías, pretensiones cansadas, ejercicios de meditación vacíos. 

La oración no pacifica, la oración es un fuego, una necesidad. 

«Hazme justicia contra mi adversario», dice la viuda, porque hay un adversario, una bestia hambrienta de nosotros. 

El adversario es todo lo que no es Dios, todo lo que es ídolo. 

Difícil de desenmascarar. 

El adversario es todo lo que se alimenta de mí. 

Todo lo que quiere mi tiempo, mi atención. 

A menudo soy yo mismo mi adversario, disfrazando de caridad el narcisismo.

Adversario es todo lo que no me permite tener consideración por mí mismo, por mis hermanos, por el cosmos, por el tiempo, por la creación. 

Adversario es todo lo que me convierte en juez implacable y no en guardián.

Rezar es luchar. Para permanecer en la carencia, hambrientos de Ausencia, viudos de amor.

Rezar es matar con las manos desnudas todo lo que se aferra a nuestro corazón pero no es Él.

Viudo es un nombre nuevo, una condición y no un momento. 

Rezar no es un paréntesis en la vida, rezar es la vida. 

Uno es viudo siempre y para siempre. 

Uno vive en la carencia, cuando ríe, cuando llora, cuando duerme, con cada respiración.

Rezar es una condena... cumplir la pena de haber sido raptados por Su Amor.

«Durante un tiempo (el juez) no quiso, pero luego dijo para sí mismo...». 

El juez es dueño del tiempo, o al menos cree serlo, decide esperar, decide interrumpir la espera, decide por sí mismo. O al menos se engaña. 

La viuda no puede. 

La viuda sabe bien que solo el Esposo, solo su regreso, puede interrumpir el goteo de seguir en el mundo. La oración es estar a merced de su regreso.

La viuda insiste, la viuda molesta, la viuda obliga, la viuda es violenta, la viuda es radical.

No tiene nada más. 

No quiere nada más. 

Solo quiere ser reconocida por lo que es y protegida por el símbolo en que se ha convertido.

Viudo es aquel que vive en la ciudad pero no se deja domesticar. 

Viudo es un corazón inquieto y melancólico, incompleto. 

Viudo es un corazón que ya no se emociona por las cosas humanas, un corazón que relativiza todo, porque en lo bello ve un reflejo del Esposo y en lo malo sufre su ausencia.

Los corazones viudos no se exaltan ni se desesperan, esperan. 

Los corazones viudos nos obligan a mirar a otra parte, desenmascaran nuestra ilusión de plenitud mundana.

Los corazones viudos reconocen el eterno retorno de las cosas, de los acontecimientos, de las etapas de la vida, y tratan, gritando oraciones silenciosas, de romper el círculo. 

También Jesús tiene un corazón viudo. 

Porque nos echa de menos, porque también Él tiene miedo, miedo de que a su regreso ya no haya una esposa esperándole: 

«Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?».

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 18 de octubre de 2025

La presunción del altivo y orgulloso creyente - San Lucas 18, 9-14 -.

La presunción del altivo y orgulloso creyente - San Lucas 18, 9-14 - 

Este relato evangélico contiene una enseñanza sobre la oración. Una enseñanza que se transmite a través de la parábola del fariseo y el publicano en el Templo, un texto que solo aparece en el tercer evangelio. 

Si San Lucas había especificado el propósito por el que Jesús había contado la parábola de la viuda insistente y del juez injusto - la necesidad de la oración perseverante: Lc 18,1 -, esta se narra, en cambio, teniendo en mente a unos destinatarios concretos: «Dijo también esta parábola a algunos que se creían justos y despreciaban a los demás» (Lc 18,9). 

A la luz de Lc 16,15, en el que Jesús se dirige a los fariseos calificándolos de «justos ante los hombres», se podría pensar que el «objetivo» más directo de la parábola son precisamente los fariseos, pero la actitud a la que se refiere la parábola es una distorsión religiosa que se da en todas partes y que también habita en las comunidades cristianas, y es sin duda a estos destinatarios a quienes San Lucas piensa al escribir su Evangelio. 

Es importante precisar esto para evitar lecturas caricaturescas de los fariseos e incluso abiertamente antisemitas, que lamentablemente no han faltado en la espiritualidad cristiana, incluso en la lectura de esta parábola. 

Al introducir la parábola, San Lucas condena la combinación entre la convicción de estar en lo cierto y el desprecio hacia los demás. Esta conciencia de sí mismo no tiene nada que ver con una autoestima justa, sino que, al unirse al desprecio hacia los demás, se revela como una arrogancia ostentosa por parte de personas que tal vez no sean tan seguras de sí mismas, hasta el punto de no poder albergar ninguna duda. Y la presencia de los demás sirve para corroborar su conciencia de superioridad. 

El verbo utilizado por San Lucas y traducido como «despreciar» significa literalmente «considerar nada» y es la actitud que Herodes mantendrá hacia Jesús (Lc 23,11). La seguridad al condenar a otros es necesaria para sostener la seguridad de ser mejores y estar en lo correcto. 

La parábola comienza presentando a dos hombres que van al templo a rezar. Idéntico es su movimiento, idéntico su fin, idéntico el lugar al que se dirigen, y sin embargo, ¡cuánta distancia hay entre ellos! Están cerca y lejos al mismo tiempo, y esta coexistencia en el lugar de oración nos plantea la cuestión de qué significa rezar juntos, uno al lado del otro, uno junto al otro en un mismo lugar. 

Es posible orar juntos y estar separados por la comparación, la contraposición y el desprecio («yo no soy como ese publicano». Las diferencias entre ellos, uno es fariseo, el otro publicano, se expresan en los gestos y las posturas de sus cuerpos y en su ubicación en el espacio del Templo. 

El publicano permanece al fondo, «se queda a distancia», no se atreve a avanzar, está habitado por el temor de quien no está acostumbrado al lugar litúrgico, inclina la cabeza hacia el suelo y se golpea el pecho pronunciando muy pocas palabras. 

El fariseo, en cambio, expresa su seguridad, su condición de habitual del lugar sagrado y reza de pie, con la cabeza alta, pronunciando muchas y rebuscadas palabras en su articulada acción de gracias. 

También rezamos con el cuerpo, y las posturas del cuerpo revelan la calidad de la relación con el Señor y el sentido de nuestra presencia ante Él, de nuestra «creencia» en su presencia. 

En la oración también emerge cuál es nuestra imagen de Dios y nuestra imagen de nosotros mismos. 

El fariseo reza «para sí mismo», es decir, «dirigido a sí mismo» y su oración parece dominada por su ego. Formalmente da las gracias, pero en realidad no da gracias por lo que Dios ha hecho por él, sino por lo que él hace por Dios. El sentido de la acción de gracias se ve así completamente trastocado: su «yo» sustituye a «Dios». 

Su oración es en realidad una enumeración de sus buenas obras y una complacencia por no ser «como los demás hombres». La elevada imagen que tiene de sí mismo eclipsa la de Dios y le impide ver como a un hermano al que reza a su lado. 

La suya es la oración de quien se siente bien con Dios: Dios no puede sino confirmarlo en lo que es y hace. Es un Dios que no le pide ningún cambio ni conversión porque todo lo que hace está bien. 

El hecho de que el narrador nos revele que la mirada de Dios no aprueba su oración («el publicano volvió a su casa justificado, a diferencia del otro») desmiente su presunción, pero también afirma que podemos orar con hipocresía y seguir orando sin alcanzar la autenticidad y la verdad. 

Al revelar al lector la oración sumisa y oculta de los dos personajes de la parábola, San Lucas hace una incursión en su interioridad, en el alma de quien ora. La operación del Evangelista nos revela que hay un trasfondo de la oración que puede ser uno con ella o entrar en conflicto con ella. 

En este texto tenemos como un rayo de luz sobre el corazón, sobre lo más profundo de quien ora, sobre los pensamientos que lo habitan mientras ora. Se trata de una operación audaz pero importante, porque detrás de las palabras que se pronuncian en la oración (o, por ejemplo, en la liturgia) a menudo hay imágenes, pensamientos, sentimientos que pueden estar en flagrante contradicción con las palabras que pronunciamos y con el significado de los gestos que realizamos. 

Y aquí nos encontramos ante la relación entre la oración y la autenticidad. 

La oración del fariseo es sin duda sincera. Lo que no significa que sea veraz. La del publicano es veraz, la del fariseo es sincera en cuanto expresa lo que este hombre cree y siente. 

Y precisamente en esto consiste su patología radical. Es decir, que él cree verdaderamente en lo que dice: lo que le mueve en su oración es la convicción de que el conjunto de prácticas y actuaciones que realiza bastan para justificarlo. Dios quiere eso y él lo está haciendo. Su convicción es, por tanto, firme e inquebrantable. Su sinceridad es coherente con la imagen de Dios que le mueve. 

Y ahí radica la crítica. En el fariseo prevalece una imagen de Dios que se acompaña, sin que esto le suponga ningún problema, del juicio del pecado del otro y del desprecio por el otro. 

Su imagen de Dios es la de un ser que exige adhesión y convicción, pero no reflexión, ni participación crítica, ni discernimiento. Y, por desgracia, la convicción se pone a menudo al servicio de causas que no son especialmente nobles. 

La parábola nos quiere sugerir que la autenticidad de la oración pasa por la buena calidad de las relaciones con los demás que rezan conmigo y que conmigo forman el Cuerpo de Cristo. 

Y en el espacio cristiano, en el que Jesucristo es «la imagen del Dios invisible» (Col 1,15), la oración, que siempre recurre a imágenes de Dios (y no puede ser de otra manera), no es más que un proceso de purificación continua de las imágenes de Dios a partir de la imagen revelada de Dios en Cristo, es más, en el Cristo crucificado (cf. 1Cor 2,2), imagen que cuestiona todas las imágenes artificiales de Dios. 

Podemos decir que la actitud del fariseo es emblemática de un tipo religioso que sustituye la relación con el Señor por actuaciones cuantificables: ayuna dos veces por semana y paga el diezmo de todo lo que compra, realizando incluso obras supererogatorias. 

La relación con el Señor bajo el signo del Espíritu y de la gratuidad del amor se sustituye por una forma de búsqueda de la santificación mediante el control (el recuento de las acciones meritorias) y que exige el distanciamiento de los demás. 

La oración, en cambio, sugiere San Lucas, exige humildad. Y la humildad es adhesión a la realidad, a la pobreza y a la pequeñez de la condición humana, al humus del que estamos hechos. 

La humildad no es falsa modestia, no equivale a un yo mínimo, sino que es autenticidad, verdad personal. Es un valiente conocimiento de sí mismo ante el Dios que se ha manifestado en la humildad y el abajamiento del Hijo. 

Donde hay humildad, hay apertura a la gracia y hay caridad; donde hay orgullo, hay sentido de superioridad y desprecio por los demás. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...