Dios, ten piedad de mí, que soy un cabrón - San Lucas 18, 9-14 -
La parábola se encuentra en el capítulo 18 de Lucas,
también en relación con la oración. ¿Cuándo hay que orar? Siempre y con
intensidad, responde la parábola del juez injusto y la viuda insistente
(cf. Lc 18,1-8). ¿Cómo hay que orar? Como el publicano y no como el
fariseo, responde esta parábola.
Pero en este texto hay algo más en juego. O mejor dicho,
Jesús trata dos actitudes diferentes en la oración, pero en realidad a través
de ellas amplía el horizonte: Jesús nos enseña que la oración revela algo
que va más allá de sí misma, que concierne a nuestra forma de vivir, a nuestra
relación con Dios, con nosotros mismos y con los demás.
Todo esto ya está contenido en el comienzo de la parábola:
«Dijo esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos porque eran
justos».
El pecado de estos hombres religiosos no es la presunción
de ser justos, sino poner la fe y la confianza en sí mismos y no en Dios. Su observancia de las leyes y su escrupulosa práctica religiosa los
convencen de que pueden confiar en sí mismos, sin esperar nada más de Dios.
Esta actitud tiene como consecuencia obvia considerar a
los demás como nada, despreciarlos. Jesús sabe, precisamente porque Él también
es creyente y conoce bien los riesgos de la religión, que no basta con ser
hijos de Abraham para ser verdaderos creyentes.
Ya lo había dicho el Bautista: «No empecéis a decir
entre vosotros: «¡Tenemos a Abraham por padre!». Porque yo os digo que Dios
puede levantar hijos a Abraham incluso de estas piedras» (Lc 3,8).
Jesús sabe que hay barreras creadas por los humanos que no lo son para Dios.
Jesús sabe que hay creyentes que en realidad son incrédulos, habitados por la
idolatría, que ostentan su fe, pero luego no cumplen la voluntad de Dios...
He aquí, pues, el relato de la parábola: «Dos
hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo y el otro publicano».
El Templo es el lugar donde se adora al Dios vivo, el
lugar del encuentro con Él, a través del culto establecido por la Torá. Ambos
se encuentran en el espacio reservado a los hijos de Israel, ante el Santo,
reservado a los sacerdotes. Ambos invocan al Dios de Abraham, Isaac y Jacob, el
Dios que se reveló como Señor a Moisés, el Dios que estableció su morada en el
templo de Jerusalén.
Pero las similitudes terminan aquí. Uno de los dos es un
militante del movimiento de los fariseos, el otro un recaudador de impuestos,
alguien que ejerce un oficio despreciado, perteneciente a una categoría de
corruptos. Es más, al recaudador se le llama «publicano» porque es «públicamente
pecador», «manifiestamente corrupto», y por lo tanto maldito por
Dios y por los hombres.
El fariseo, creyéndose conforme a las expectativas de
Dios, se pone de pie, en la posición habitual del orante judío, y reza en su
corazón una oración que pretende ser un agradecimiento a Dios. Pero en realidad
está concentrado en sí mismo y, mientras alardea de sus méritos, se complace en
sí mismo, se compara con los demás y los juzga.
No tiene ninguna duda, sino que se mantiene de pie,
seguro de estar ante Dios, con la cabeza alta, ajeno al hecho de que solo puede
estar de pie por gracia, porque se ha convertido en hijo de Dios. Su monólogo
declara su lejanía de los demás hombres, pero también su lejanía de Dios, su
desconocimiento de Él, del que solo espera un «amén» a sus palabras.
Pero hay que tener cuidado: lo que Jesús critica en
el fariseo no es que haga buenas obras, sino el hecho de que, en su confianza
en sí mismo, no espera nada de Dios. El problema es que se siente
sano y no necesita médico, se siente justo y no necesita la santidad de Dios
(cf. Lc 5,31-32): ha olvidado que la Escritura afirma que el justo peca siete
veces al día (cf. Pr 24,16), es decir, ¡infinitas veces!
Sí, cuántos, siendo observantes y, por tanto, justos,
confían en sí mismos, dan gracias a Dios por lo que son y no piensan que deben
pedir misericordia a Dios, que deben cambiar algo en su vida, sino que se dejan
llevar por la autocomplacencia y desprecian a los demás. Por eso, el fariseo,
en su acción de gracias, enumera los pecados de los demás, de los que se siente
exento: «Son ladrones, injustos, adúlteros», por no hablar del
publicano que está con él en el Templo...
Pero he aquí, frente a esta oración, la del pecador
público. Al principio del Evangelio, Jesús había llamado a ser su discípulo
precisamente a un publicano, Leví, y había acudido a un banquete en su casa,
escandalizando a los escribas y fariseos (cf. Lc 5,27-32); al final, justo
antes de su entrada en Jerusalén, será otro publicano, Zaqueo, quien acogerá a
Jesús en su casa, provocando de nuevo la reprobación de los religiosos (cf. Lc
19,1-10).
De este modo, el anuncio del Bautista de que «Dios
puede suscitar hijos a Abraham de las piedras» (Lc 3,8) se hace
realidad en Jesús; no es quien dice tener a Abraham por padre quien es su hijo
(cf. ibíd.), sino alguien como Zaqueo, publicano, a quien Jesús declara
«hijo de Abraham», alcanzado en su propia casa por la salvación
(cf. Lc 19,9).
Pero ¿por qué Jesús prefería la compañía de los pecadores
públicos, hasta el punto de decir a los religiosos: «Los publicanos y las
prostitutas os preceden en el reino de Dios» (Mt 21,31)?
No para sorprender o escandalizar, sino para mostrar, de
manera paradójica, que estas personas marginadas y condenadas son el signo
manifiesto de la condición de todo ser humano. Todos somos pecadores
—¡y pecamos, en la medida de lo posible, de forma oculta!—, pero Jesús había
comprendido una cosa sencilla: los pecadores públicos están expuestos al
reproche de los demás.
El publicano es un hombre sin garantías por lo que hace: sus
pecados manifiestos lo convierten en objeto del desprecio de todos. Sube al Templo
con la conciencia, siempre renovada por el juicio de los demás, de ser un
pecador, mendigo del perdón de Dios. Por eso San Lucas describe con precisión
su comportamiento, opuesto al del fariseo.
«Se detiene a distancia», no se atreve a
acercarse al Santo de los Santos, donde mora la presencia de Dios; «ni
siquiera se atreve a levantar los ojos al cielo», sino que los mantiene
bajos, avergonzado de su condición; «se golpea el pecho», gesto
típico de quien quiere manifestar su arrepentimiento, como las multitudes ante
el «espectáculo» (Lc 23,48) de la muerte en la cruz de Jesús.
Sus palabras son muy breves: «Dios, ten piedad de
mí, que soy pecador». Es la invocación que se repite varias veces en
los salmos (cf. Sal 25,11; 51,13, etc.). Es pedir a Dios que siga teniendo
siempre tanta piedad de nosotros, los pecadores: ¡cuánto la necesitamos!
Es «la oración del humilde que penetra las nubes»
(Sir 35,21), que no malgasta palabras, sino que vive de la relación con Dios,
de la relación consigo mismo, de la relación con los demás: pide perdón a Dios,
confiesa su pecado.
El publicano se presenta ante Dios sin máscaras, sus
pecados manifiestos lo convierten en objeto de burla: no tiene nada de qué
presumir, pero sabe que solo puede implorar misericordia al Dios tres veces
Santo.
Él siente lo mismo que Pedro, perdonado desde el momento
de su vocación, cuando, ante la santidad de Jesús, exclama: «¡Señor,
apártate de mí, que soy un pecador!» (Lc 5,8; cf. Is 6,5).
La humildad de este hombre no consiste en hacer un
esfuerzo por humillarse: ¡su posición moral es exactamente la que confiesa y
por la que se siente humillado! No tiene nada que reclamar, por eso cuenta
con Dios, no consigo mismo.
Y esto también vale para nosotros: nuestra nada es
el espacio libre en el que Dios puede actuar, es el vacío abierto a su acción;
en cambio, Dios no puede actuar sobre quien está demasiado «lleno de sí
mismo»...
Jesús no elogia la vida del publicano, así como no
condena las acciones justas del fariseo, pero su condena se dirige a la forma
en que el fariseo mira sus acciones y, a través de ellas, a Dios mismo.
Terminada la parábola, he aquí el juicio de Jesús: «Os
digo que el publicano, a diferencia del otro, volvió a su casa justificado (por
Dios), porque todo el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será
ensalzado».
Esta última sentencia proverbial, ya presente al final de
la parábola sobre la elección de los asientos en la mesa por parte de los
invitados a un banquete (cf. Lc 14,11), se hace eco de las palabras del Magnificat:
«El Señor exalta a los humildes» (Lc 1,52).
Pero ¿cómo entender este enaltecimiento y este
abajamiento? Y, sobre todo, ¿cómo entender la humildad, virtud ambigua y
sospechosa?
La humildad no es falsa modestia, no equivale a un «yo
mínimo»: no es el que se hace humilde con orgullo el que es enaltecido por
Dios, porque eso equivaldría a replicar la actitud del fariseo, sería orgullo
disfrazado de falsa humildad.
No, es exaltado por Dios quien reconoce su propio
pecado, quien, adhiriéndose a su propia realidad, reconoce su propio pecado, y
persevera en el reconocimiento de la gracia y la compasión de Dios, es decir,
en la confianza en Dios, en contar con su misericordia que puede transfigurar
nuestra debilidad.
A través de la figura del publicano, Jesús nos exhorta a
humillarnos en el sentido de dejarnos acoger y perdonar por Dios, que con su
fuerza puede curarnos y sanarnos; a no perder el tiempo mirando fuera de
nosotros, escrutando a los demás con malicia y espiando sus pecados; a aceptar
reconocer nuestra condición de personas que «no hacen el bien que
quieren, sino el mal que no quieren» (cf. Rm 7,19).
El publicano no construyó ni se jactó de su justicia ante
Dios y los demás, sino que dejó a Dios la libertad de juzgar; se encomendó a
Dios, invocando como único don que realmente necesitaba su misericordia. Con
una oración tan breve y sencilla entró en comunión con Dios y ahora, perdonado,
vuelve a la vida cotidiana.
La palabra conclusiva de Jesús, introducida solemne y
autoritariamente por «Yo os digo», convierte a un justo en pecador y a un
pecador en justo.
El juicio de Dios, narrado por Jesús, subvierte los
juicios humanos: el que se creía lejos y perdido es acogido y salvado, mientras
que el que se creía aprobado, junto a Dios, es humillado y resulta estar lejos.
Esto puede parecer escandaloso, puede parecer un
obstáculo en la vida de fe para los hombres religiosos, pero es una Buena Noticia,
es el Evangelio para quienes se reconocen pecadores y necesitados de la
misericordia de Dios como del aire que respiran.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF