Mostrando entradas con la etiqueta Cruz. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cruz. Mostrar todas las entradas

jueves, 3 de septiembre de 2026

Porque en Jesucristo, la Vida ya ha vencido a la muerte.

Porque en Jesucristo, la Vida ya ha vencido a la muerte

Hubo una época en la que la espiritualidad cristiana parecía casi una competición olímpica para ver quién sufría más. Las vidas de los santos se leían como catálogos de sufrimientos ofrecidos a Dios: ayunos extremos, castigos corporales, enfermedades soportadas con alegría porque eran «ofrendas» para la salvación de las almas. Y, en la predicación habitual, el mensaje predominante que se transmitía era claro: sufrir es hermoso, sufrir es meritorio, sufrir te acerca a Dios.

 

¿Y si todo esto fuera un gigantesco malentendido? ¿Y si el Dios de Jesucristo nunca hubiera pedido sacrificios, y si la cruz no hubiera sido tanto una ofrenda grata al Padre como el crudo resultado de la violencia de un mundo que rechaza el amor?

 

Para replantearse radicalmente esta «imagen de Dios», existe una visión teológica del «Dios que es solo y siempre amor» que está surgiendo con fuerza en los últimos años, y que encuentra en la «teología sapiencial» y en una exégesis bíblica más atenta sus herramientas privilegiadas.

 

No se trata en absoluto de negar la cruz ni el misterio pascual, sino de liberarlos de siglos de interpretaciones que han acabado por transformar al Dios de Jesús en un soberano sediento de sangre, que exige víctimas para apaciguar su ira.

 

Durante siglos, el cristianismo ha luchado por liberarse de una imagen de Dios que se asemejaba demasiado a un soberano oriental: un soberano ofendido por el pecado de la humanidad, que exigía un sacrificio —el sacrificio de su Hijo— para apaciguar su ira. Desde esta perspectiva, la cruz era el precio que había que pagar, y el sufrimiento de Jesús se convertía en el modelo para los creyentes: tal y como él sufrió, también nosotros debemos aceptar el sufrimiento.

 

Esta teología, denominada por los estudiosos «teoría de la satisfacción» o «teoría penal de la redención», tiene raíces antiguas.

 

Fue sistematizada por Anselmo de Aosta (siglo XI) y se convirtió en el paradigma dominante de la teología occidental, sobre todo tras la Reforma protestante. Desde esta perspectiva, el pecado es una ofensa al honor divino, una deuda infinita que solo un sacrificio infinito —la muerte del Hijo de Dios— puede saldar. La cruz se convierte así en un instrumento de justicia, una equivalencia jurídica: Dios mata a su Hijo para satisfacer su propia justicia.

 

Sin embargo, la pregunta es inevitable: ¿es realmente este el Dios revelado por Jesús? ¿Es este ese Padre al que Jesús llama con amor «Abba»? Es decir, ¿un Padre simplemente interesado en un intercambio: la muerte del Hijo a cambio del perdón?

 

La propia Sagrada Escritura ofrece una perspectiva radicalmente diferente. El autor de la Carta a los Hebreos pone en boca de Jesús las palabras de un salmo:

 

«No quisiste ni sacrificio ni ofrenda, pero me preparaste un cuerpo. No te complacieron ni los holocaustos ni los sacrificios por el pecado. Entonces dije: “He aquí, yo vengo —pues de mí está escrito en el rollo del libro— para hacer, oh Dios, tu voluntad”» (Hebreos 10,5-7).

 

El sentido es claro: el sistema de sacrificios de animales del Antiguo Testamento no es el centro de la relación con Dios. Lo que cuenta es la ofrenda total de sí mismo, simbolizada por el «cuerpo» que Dios preparó para Cristo, y su plena adhesión a la «voluntad» del Padre.

 

Pero atención: esta voluntad no es la exigencia de un sacrificio sangriento. Es la obediencia del amor, la entrega de sí mismo que Jesús lleva a cabo hasta el final.

 

El propio Jesús, en los Evangelios, cita al profeta Oseas para corregir una interpretación legalista y superficial de la religión: «Misericordia quiero y no sacrificio» (San Mateo 9,13; 12,7). No se trata de una crítica al culto en sí mismo, sino de una jerarquía de valores: el amor y la misericordia hacia el prójimo valen más que cualquier práctica cultual que sea un fin en sí misma.

 

San Pablo, en la Carta a los Romanos, transforma radicalmente el concepto de sacrificio: «Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que ofrezcáis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios; este es vuestro culto espiritual» (Romanos 12,1).

 

Ya no se habla de un sacrificio de muerte, sino de la propia vida del creyente, ofrecida a Dios en las decisiones cotidianas. Es una ofrenda hecha con el «cuerpo», es decir, con toda la propia existencia concreta, que se convierte en «culto espiritual».

 

Esta perspectiva da un vuelco completo a la concepción tradicional de la cruz. La cruz no es un sacrificio querido por Dios, sino la consecuencia de la violencia del mundo contra aquel que denunció toda lógica de dominio.

 

Jesús no muere porque Dios lo exija, sino porque su mensaje de libertad y de amor incondicional amenaza a los poderes religiosos y políticos de su tiempo.

 

En la cruz no vemos a un Dios que exige víctimas, sino a un Dios que se hace víctima de la violencia humana para mostrar que la última palabra no es la muerte, sino la vida.

 

Como nos recuerda el teólogo Jürgen Moltmann, Dios no es aquel que mata a su Hijo para apaciguar su ira; es aquel que, en su Hijo, sufre la muerte por amor a la humanidad pecadora.

 

Esta perspectiva ha sido ampliamente desarrollada por la teología del siglo XX, en particular por autores como Dietrich Bonhoeffer, que hablaba de un «Dios débil», sumiso al dejarse expulsar del mundo en la cruz, y el Papa Benedicto XVI, quien en su Encíclica Deus Caritas Est subraya que «El amor de Dios por nosotros es una cuestión de vida. Por eso, el verdadero centro de la fe cristiana es el amor de Dios que se entrega, que no pide nada a cambio, que no exige sacrificios, sino que se ofrece a sí mismo».


Si la cruz no es «un sacrificio a Dios», entonces la resurrección no puede interpretarse como la «recompensa» por el sacrificio realizado. La resurrección es, por el contrario, la negación definitiva de la lógica del sacrificio.

 

La muerte, en su violencia contra Jesús, pretende tener la última palabra. Afirma: «Quien se opone al dominio es aniquilado y su historia termina aquí». La resurrección es la negación divina de esta afirmación. Dios dice: «No, tú, muerte, no tienes la última palabra. Mi palabra sobre la vida es más fuerte que tu palabra de aniquilación».

 

Esta no es una negación abstracta. Es una negación concreta de la muerte como principio de dominio.

 

Si la muerte es el fundamento último de todo dominio —pues se sustenta en la amenaza de matar—, entonces la resurrección de una víctima del dominio desarticula este mecanismo desde la raíz. Demuestra que la vida puede existir incluso más allá de la muerte violenta. Este es un acontecimiento que cambia la estructura de la realidad: la muerte ya no es una divinidad invencible, sino un poder derrotado.

 

¿Qué cambia, entonces, en la forma de vivir la fe?

 

Primero: dejamos de buscar el martirio. La santidad no se mide por el número de cruces que llevamos, sino por la calidad del amor que sembramos. No hay necesidad de inventarse sufrimientos para agradar a Dios. La verdadera pregunta no es «¿cuánto sufro?», sino «¿cuánto amo?».

 

Segundo: aprendamos a indignarnos. El sufrimiento injusto no debe aceptarse con resignación, sino combatirse con fuerza. El creyente que sigue al Dios de Jesús no es un pasivo soportador del mal, sino un activo constructor de justicia. Denunciar la opresión, ponerse del lado de los más desfavorecidos, luchar contra toda forma de dominación: este es el auténtico signo del seguimiento.

 

Tercero: ya no somos víctimas. La espiritualidad cristiana ha sido a menudo una espiritualidad de la victimización: «Soy un pobre pecador», «no valgo nada», «solo merezco castigos». El Nuevo Testamento nos recuerda que el cristiano está llamado a ser hijo, no esclavo. La filiación adoptiva de la que habla San Pablo no es un título honorífico, sino una realidad: somos amados no porque suframos, sino porque existimos. Somos valiosos no por nuestros sacrificios, sino porque Dios nos ha elegido.

 

Cuarto: la oración cambia de rostro. ¿Cuántas oraciones han sido peticiones de sufrimiento? «Hazme sufrir como tú, Señor», «Te ofrezco mi dolor», «Acepta este mi sufrimiento». Si el Dios de Jesús no pide sacrificios, estas oraciones se vuelven incomprensibles. La oración auténtica es el grito de quien confía en un Dios que es Padre, no juez. Es la petición de fuerza para combatir el mal, no de resignación para aceptarlo. Es la espera de un futuro en el que se secará cada lágrima y la muerte será derrotada definitivamente.

 

En una época marcada por guerras, injusticias y sufrimientos inmensos, esta perspectiva ofrece un cristianismo que no es una huida del mundo, sino un compromiso en el mundo. Un cristianismo que no consuela con palabras fáciles, sino que se ensucia las manos en la historia. Un cristianismo que no santifica el dolor, sino que lo combate.

 

No se trata de negar la cruz. La cruz sigue siendo el corazón de la fe cristiana, pero no como un sacrificio exigido por Dios, sino como revelación del amor de Dios hasta el final.

 

Un amor que no pide víctimas, sino que se hace víctima para romper el ciclo de la violencia. Un amor que, en la resurrección, muestra que la vida es más fuerte que la muerte, que la justicia es más poderosa que el dominio, que la esperanza es mayor que la resignación.

 

La Carta a los Hebreos, tras explicar la ineficacia de los antiguos sacrificios, indica cuáles son los sacrificios agradables a Dios en la nueva alianza:

 

«Por medio de él, pues, ofrezcamos continuamente a Dios un sacrificio de alabanza, es decir, el fruto de los labios que confiesan su nombre. Y no os olvidéis de la caridad y de compartir vuestros bienes con los demás, porque Dios se complace en tales sacrificios» (Hebreos 13,15-16).

 

El «sacrificio de alabanza» y las obras de «caridad» y de compartir son los nuevos sacrificios. Ya no se trata de ofrecer animales, sino la propia gratitud y el amor concreto al prójimo. Y, como escribe San Pablo a los Filipenses, la ofrenda más grata es la vida misma: «Para mí, en efecto, vivir es Cristo y morir es ganancia» (Filipenses 1,21). No porque la muerte sea un valor, sino porque la vida vivida en Cristo ya es plenitud.

 

El Dios que Jesús nos ha revelado no es un Dios que ama los sacrificios. Es un Dios que ama la vida. No es un Dios que exige sangre, sino un Dios que entrega su propia sangre por la vida del mundo. No es un Dios que se complace en las lágrimas de sus hijos, sino un Dios que las seca.

 

Esto no significa que el sufrimiento desaparezca de la vida cristiana. Significa que el sufrimiento ya no es un valor en sí mismo, ya no es un título de mérito, ya no es un medio para apaciguar a un Dios airado.

 

El sufrimiento es un mal que hay que combatir, una injusticia que hay que denunciar, una herida que hay que curar. Es el grito que se eleva al cielo y que Dios escucha como el grito de su Hijo en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».

 

Y al final, cuando todo se haya cumplido, cuando el Hijo entregue el Reino al Padre y Dios sea «todo en todos», entonces ya no habrá más sufrimientos. Solo habrá la alegría de una comunión plena, donde cada uno será por fin él mismo y Dios será la fuente, el espacio y la alegría de esta plenitud plural. «Y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos; ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado» (Apocalipsis 21,4).

 

Quizá haya llegado el momento de dejarnos liberar por esta Buena Nueva. El Dios que no pide víctimas nos invita a vivir, no a morir. A luchar, no a sufrir. A esperar, no a resignarnos.

 

Porque en Jesucristo, la Vida ya ha vencido a la muerte.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 1 de septiembre de 2026

El Hijo se vació a sí mismo - Filipenses 2, 7 -.

El Hijo se vació a sí mismo - Filipenses 2, 7 -

Llega el momento en que debemos distinguir la luz que ilumina de la vana gloria que ciega.

 

Porque existe una religiosidad que no es ascensión, sino caída en el abismo de la propia imagen.

 

Es la religión de la auto-exaltación, un Templo construido no para el Eterno, sino para el pedestal del yo.

 

Llena al hombre y a la mujer de sí mismos, satura sus venas de un orgullo que hincha el pecho pero reseca el alma.

 

Es un veneno disfrazado de incienso.

 

Pero el Misterio, ese Fuego que no se consume, no habita en lo pleno, sino en el vacío.


El verdadero contacto con el Infinito no añade capas de presunción, sino que arranca las vestiduras de la hipocresía.

 

Es la Kénosis: el vaciamiento sagrado, el desierto interior donde por fin calla el ruido de la ambición.

 

¿Por qué intentamos escalar el cielo cargando sobre los hombros el peso de nuestro orgullo? ¿No sabemos que la puerta del Templo es baja, y que solo quien se agacha puede atravesarla?

 

Quien se envanece no puede entrar; quien se eleva por encima de los demás se priva del abrazo del Altísimo.

 

¿Por qué podemos decir que la humildad es el signo seguro del encuentro?

 

Porque la humildad no es debilidad, sino espacio sagrado.

 

Es el seno que se hace cóncavo para acoger la Palabra.


En un corazón egocéntrico no hay lugar para el Misterio, ni para el hermano, ni para la hermana: solo hay el monólogo estéril de un rey sin reino.

 

Al hombre y a la mujer que realmente han encontrado el Misterio los reconoces por su andar: es dócil, no pisotea.

 

Es atento, no ignora.

 

Él sabe que cada respiración es un don gratuito, no un mérito conquistado.

 

No hace alarde de su piedad como si fuera un trofeo, porque quien ha visto el Sol ya no necesita encender pequeñas luces para que le miren.

 

En el corazón del orgulloso habita una tensión perpetua.

 

Es esclavo del juicio, mendigo de aprobación, dispuesto a humillar al otro para sentirse tan solo un palmo más alto.

 

La suya es una paz armada, que tiembla ante cualquier viento de crítica.


En el corazón del humilde habita la quietud del mar profundo.

 

Él no busca el aplauso del mundo, porque su nombre ya está escrito en el silencio del Misterio.

 

Le basta con hacer el bien, como la flor emana perfume sin preguntar quién la olerá.

 

Que este sea, pues, nuestro discernimiento: si el camino que seguimos nos vuelve ásperos, críticos y engreídos de nuestra supuesta santidad, ¡huyamos!

 

Ese no es el camino del Misterio, sino el laberinto de nuestro ego.

 

El camino del Espíritu es paz, mansedumbre y justicia.

 

Es el retorno a lo esencial.

 

¡Vaciémonos, pues!

 

Deshagámonos del lastre de nuestro yo para que lo Invisible pueda por fin establecer su morada, habitar en nuestros miembros y transformar nuestro orgullo en polvo, y nuestro polvo en luz.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No quiero saber otra cosa sino a Cristo Crucificado - 1 Corintios 2, 2 -.

No quiero saber otra cosa sino a Cristo Crucificado - 1 Corintios 2, 2 -

Durante siglos, las Palabras antiguas, aquellas nacidas del aliento del Misterio para guiar los pasos del hombre hacia el Infinito, han estado cautivas de labios impuros.

 

Aquellos que se proclamaban guardianes del Templo las han convertido en mercancía de intercambio, transformando el maná celestial en moneda de cambio.

 

Las palabras que debían abrir de par en par los brazos del Padre se han reducido a papel mojado; es más, se han convertido en palabras diabólicas.

 

Una tergiversación meticulosa, obra de mentes perversas que han erigido barreras de preceptos donde debía haber libertad.

 

Han manipulado lo Sagrado para llenar las arcas del tesoro, conduciendo al pueblo no hacia la luz, sino hacia su propio beneficio.

 

Guías ciegos, mercenarios disfrazados de pastores, que han traicionado el ejemplo para servir al poder.


Pero he aquí que el Misterio se ha hecho rostro, gesto y sangre.

 

Jesús ha venido a dar pleno cumplimiento.

 

Él no ha venido a derribar la antigua alianza, como gritaban los sinvergüenzas del Templo para defender sus propios privilegios, sino a desvelar su núcleo de fuego.

 

A partir de ahora, las palabras sagradas ya no se leen en pergaminos polvorientos, sino en la carne viva del Hijo.

 

Con su estilo inconfundible, hecho de caricias a los leprosos y miradas desafiantes a los poderosos, Él ha arrancado la máscara de la hipocresía.

 

Desenmascarar a los manipuladores de lo sagrado tiene un precio altísimo: la persecución, la violencia, el odio de quienes ven derrumbarse su castillo de mentiras.

 

Jesús aceptó este desafío, sabiendo que el camino de la verdad pasa por la oposición de los corruptos.

 

¡Contemplemos la Cruz!


Allí, y solo allí, las palabras sagradas encuentran su forma definitiva.

 

Ya no hay lugar para tergiversaciones ni malinterpretaciones: el grito del Crucificado es el sello que pone fin a la era de los mercaderes.

 

Es el cumplimiento claro y definitivo que rasga el velo del Templo y devuelve al hombre y a la mujer al Misterio, sin intermediarios dispuestos a lucrarse a costa de la esperanza.

 

La Verdad ya no es una idea que haya que interpretar, sino un Hombre al que hay que seguir.

 

La época de los conceptos y las mistificaciones ha llegado a su fin, y la era de las mentiras está a punto de ser engullida por el abismo que ella misma ha cavado.

 

La verdad ya no es una palabra escrita con la tinta de la sangre de machos cabríos…

 

No es un teorema que demostrar, ni una fortaleza de silogismos tras la que ocultar el vacío del corazón.

 

Hemos transformado lo verdadero en una idea, en un interés, y las ideas se han convertido en ídolos: mudos, fríos, capaces solo de dividir al hermano y a la hermana en nombre de una abstracción, de una mentira.


Pero he aquí que el velo se rasga.

 

La verdad ahora tiene un rostro.

 

Tiene manos que tocan la carne, pies que pisan el polvo, ojos que leen el alma incluso antes de que se abran los labios.

 

La verdad es un hombre.

 

No es algo que se posea en la mente, sino alguien a quien escuchar y seguir.

 

No es una meta que alcanzar al final de un razonamiento, sino un camino que recorrer en el fuego del presente.

 

No se estudia: se sigue.

 

No se analiza: se ama.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 29 de agosto de 2026

Perder para encontrar, dejar para recibir, morir para nacer - San Mateo 16, 21-27 -.

Perder para encontrar, dejar para recibir, morir para nacer - San Mateo 16, 21-27 -

Pedro acababa de confesar: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo». Jesús lo había llamado bienaventurado y le había confiado las llaves del Reino.

 

Pero basta un instante para que esa misma fe se convierta en resistencia.

 

Cuando Jesús anuncia que tendrá que subir a Jerusalén, sufrir, ser rechazado, morir y resucitar, Pedro se lo lleva a un lado y le reprende: «Dios no lo quiera, Señor; eso nunca te sucederá».

 

Pedro ama a Jesús. Pero aún lo ama según la lógica de los hombres. Quisiera ahorrarle el dolor. Alejarle de la cruz. Protegerle de la muerte. No comprende que lo que Jesús está anunciando no es una derrota. Es un nacimiento.

 

Todo nacimiento pasa por un estrecho. El niño, antes de salir a la luz, debe darse la vuelta.

 

Bajar la cabeza. Dejarse llevar por un pasaje que no controla. También la madre debe dejarlo ir. Si lo retuviera en su vientre, ambos morirían.

 

Quizá Pedro sea precisamente como ese niño. Se resiste. Se da la vuelta. No quiere nacer. Le gustaría quedarse en el seno de sus imágenes de Dios. De un Mesías victorioso. De una gloria sin heridas.

 

Por eso Jesús le dice: «Sígueme». Vuelve a ponerte detrás. Vuelve a ser discípulo. Déjate guiar.

 

La Pascua es precisamente esto. Un nacimiento que atraviesa la muerte. La cruz no es el triunfo del dolor. Es el parto del amor.

 

Inmediatamente después, Jesús añade: «Si alguien quiere venir en mi seguimiento, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame».

 

Quizás podríamos escuchar estas palabras así: Si alguien quiere venir conmigo, que asuma el yugo del amor, todo el amor del que sea capaz, y que me siga.

 

Porque la cruz es el nombre que toma el amor cuando decide no echarse atrás.


Luego llega la frase decisiva: «Quien pierda su vida por mi causa, la encontrará».

 

Durante siglos hemos puesto el énfasis en el perder. Como en la parábola del tesoro y de la perla. Jesús lo pone en el encontrar. Perder para encontrar. Dejar para recibir. Morir para nacer.

 

Es la física secreta del amor.

 

Toda madre lo sabe. Cuando da a luz a un hijo, acepta perderlo. Lo separa de sí misma para que pueda vivir. Si lo retuviera, lo asfixiaría. Es precisamente en el acto más doloroso de su amor donde el hijo recibe la vida.

 

Así ocurre también con el discípulo. Quien retiene la vida, la pierde. Quien la entrega, la encuentra.

 

«No sois vosotros los que me habéis elegido a mí, sino que yo os he elegido a vosotros y os he constituido para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca», (Jn 15,16). No es la madre quien elige al hijo. Es el hijo quien llama a esta mujer a una elección, constituyéndola madre, precisamente en el momento en que ella acoge esa primera separación al darlo a luz.

 

Jesús ya había rescatado a Pedro muchas veces. A orillas del lago, ante la pesca milagrosa, Pedro había gritado: «Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador». Jesús se había acercado a él. Lo había levantado cuando se hundía en las aguas.

 

Y le había entregado las llaves del Reino. Ahora, en cambio, lo rechaza: «¡Vete detrás de mí, Satanás!» Palabras muy duras.

 

Porque Pedro, sin darse cuenta, vuelve a plantear la tentación del desierto. Un Mesías sin cruz. Una salvación sin entrega. Una gloria sin amor entregado.

 

Y así, también él, como cada uno de nosotros, se hunde cada vez que piensa según los hombres y no según Dios. Resuenan entonces las palabras de Pablo: «No os conforméis a la mentalidad de este mundo, sino transformaos renovando vuestra forma de pensar, para poder discernir la voluntad de Dios». La conversión comienza siempre con una mirada nueva.

 

¿Cuál habrá sido el estado de ánimo de Pedro tras aquella reprimenda?

 

Pedro aún tendrá que recorrer un largo camino. Pasará por la negación. El llanto amargo. La vergüenza. El perdón.

 

Hasta que el Resucitado lo renueve en el amor. Solo entonces comprenderá que la cruz no era el final del camino. Era el lugar del nacimiento.

 

Y, por fin, seguirá a Jesús hasta el final. Ya no delante de Él. Ya no para retenerlo. Sino detrás de Él, como un hombre que por fin ha visto la luz.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 28 de agosto de 2026

Pedro, ponte detrás de mí - San Mateo 16, 21-27 -.

Pedro, ponte detrás de mí - San Mateo 16, 21-27 -

De lo que los demás nos dicen, a menudo acabamos reteniendo solo aquello que confirma nuestros miedos, nuestras expectativas y, a veces, incluso nuestros prejuicios. Nos sucede tantas veces-

 

Así le pasó también a Pedro.

 

Jesús había hablado de su pasión, de su muerte, de la resurrección, pero Pedro se había quedado atascado antes. Había oído hablar de la cruz y no había llegado a la resurrección.

 

Cuando algo nos asusta, el resto del discurso corre el riesgo de volverse de repente inaudible. Basta una palabra que no hubiéramos querido oír y esa palabra acaba influyéndonos bastante.

 

Por eso, a Pedro no le hace gracia y se lleva a Jesús a un lado para reprenderlo. Dios no lo quiera, Señor, esto nunca te sucederá.

 

Aquel que unos instantes antes había reconocido a Jesús como el Cristo, ahora pretende explicarle cómo se es el Cristo.

 

Pedro le quiere. Claro, y precisamente por eso querría evitarle lo que considera incompatible con su condición de Mesías.

 

Un Cristo rechazado, derrotado, condenado a muerte, no entra en sus planes. Si estás del lado de Dios, algo tiene que verse, de lo contrario uno se pregunta para qué sirve.

 

Nosotros no estamos muy lejos de Pedro. Nosotros también tenemos nuestra propia idea de cómo deberían ir las cosas cuando Dios está realmente presente o de qué y cómo y cuándo tiene que ser la voluntad de Dios.

 

Una vocación debería dar fruto, un servicio generoso debería ser reconocido, una elección hecha por el bien debería recibir al menos una confirmación.

 

Entonces ocurre que las cosas toman otro rumbo y empezamos a sospechar de todo, del camino emprendido por las personas e incluso de Dios.

 

Una decepción puede convertirse en el punto de vista desde el que reinterpreta años enteros. Ya no es un hecho que nos ha sucedido, sino que se convierte en la explicación de todo.


La respuesta de Jesús, sin embargo, es contundente. «Ven detrás de mí Satanás».

 

Nos impacta ese «Satanás».

 

Claro, pero quizá deberíamos detenernos más en el «ven detrás de mí».

 

Es ahí donde Pedro debe volver.

 

Su problema no es haber dejado de amar a Jesús, sino haberse adelantado a Él.

 

El discípulo que debía seguir ha empezado a hacer de guía. Ha establecido qué camino debe seguir Dios y cuál no, qué acontecimientos son compatibles con su presencia y cuáles, en cambio, deben evitarse.

 

«Ven detrás de mí».

 

No es solo una reprimenda, es una segunda llamada.

 

«Pedro, vuelve al lugar de donde habías empezado».

 

Te había dicho: «Sígueme», no «explícame tú adónde debo ir yo».

 

La tentación de Pedro es muy religiosa. No rechaza a Dios, pero quiere un Dios que se ajuste a lo que él considera razonable.

 

Pedro querría salvar a Jesús de la cruz. Jesús, en cambio, está tratando de salvar a Pedro de una vida dedicada a salvarse a sí mismo.

 

Porque es posible pasar toda una vida protegiéndose de lo que nos expone al juicio, de una relación que podría hacernos daño, de una elección que no ofrece garantías.

 

Salvamos las apariencias, el papel que desempeñamos, la tranquilidad, nuestras razones. Nos defendemos tan bien que, al final, puede que no quede ya nada por lo que merezca la pena exponerse.

 

Es en este punto donde Jesús habla de negarse a uno mismo.

 

No está invitando a despreciarse a uno mismo y mucho menos a hacer de la mortificación un programa de vida.

 

Renunciar a uno mismo significa dejar de considerarse el ombligo del mundo.

 

Significa reconocer que no todo puede medirse en función de lo que me conviene o de lo que me hace estar tranquilo.

 

Hay momentos en los que la pregunta «¿qué gano yo con esto?» debe dar paso a otra: «¿a qué estoy llamado a ser fiel?»


También hay que aclarar algunos malentendidos sobre la cruz.

 

Jesús no está alabando el sufrimiento, no elige la muerte por la muerte, no va a Jerusalén porque Dios necesite su dolor, va hasta el final porque no quiere que sea el miedo el que decida cuánto puede amar.

 

La cruz es lo que una vida encuentra cuando no retira su entrega a pesar de que esta se vuelve costosa.

 

«El que quiera salvar su vida, la perderá».

 

No está hablando Jesús solo del martirio. Sino que habla de ese continuo intento de conservar la vida para uno mismo, como si vivir significara sobre todo evitar pérdidas.

 

Y, en cambio, hay personas que casi no han perdido nada, pero en realidad casi no han dado nada.

Han defendido todo —tiempo, afectos, energías— (¡y se han defendido de todo!), pero la vida que se guarda solo para uno mismo, tarde o temprano, se encoge, se muere.

 

¿Qué ventaja tendrá un hombre si gana el mundo entero pero pierde su propia vida?

 

La pregunta está más cerca de nosotros de lo que parece.

 

¿Qué ventaja hay en lograr siempre salvar la propia posición y perder la libertad? ¿En conseguir el consenso y ya no poder decir ni una sola palabra verdadera? ¿En no dejarse herir por nadie, pero también en no poder volver a amar a nadie?

 

Pedro quería evitarle una pérdida a Jesús, pero aún no había comprendido que hay cosas que se pierden precisamente cuando intentamos retenerlas y otras que solo se vuelven nuestras después de haberlas donado.

 

Por eso Jesús no le dice «vete lejos de mí», sino «ven detrás de mí»: detrás de mí todavía hay un lugar para ti, Pedro, pero ese lugar está detrás de mí.

 

Es el lugar que también nosotros debemos volver a encontrar continuamente, sobre todo cuando estamos muy seguros de saber cómo deberían ir las cosas: detrás de Él, no delante.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 13 de agosto de 2026

El coste de un amor crucificado - San Mateo 16, 21-27 -.

El coste de un amor crucificado - San Mateo 16, 21-27 -

Cuando Mateo escribe esta página, todo ha sucedido ya: el sufrimiento en Jerusalén, el rechazo de los ancianos, los jefes y los escribas, la cruz y la resurrección. Todo ha sucedido ya, Jesús ya ha vivido hasta el final su respuesta tan personal a la vida; esta no es una página que anticipe un final, sino unas líneas escritas para la memoria, para no olvidar, para no perdernos de vista: que del amor no se entiende nada. Nunca. 

Escritas para no olvidar que en cada uno de nosotros siempre habrá un Simón y un Pedro, dos miradas del mismo corazón, dos nombres del mismo rostro, dos hombres en lucha encerrados en el mismo cuerpo. Dos formas diferentes de entender la vida. 

Y para no olvidar que el amor abre el camino al conflicto sobre la esencia profunda de nuestro ser en el mundo; el amor es espada; el amor no es la solución a los problemas de la vida, sino el problema serio de la vida. 

Lo digo desde el principio: Pedro no debe vencer a Simón, eso no es lo que debe suceder; el amor no pide vencedores, sino solo discípulos dispuestos a seguir caminando... a veces haciendo tantos equilibrios.  

«Amor» es la palabra más ambigua que se puede usar; yo mismo, en mi pequeña medida, me doy cuenta, de que a menudo no nos entendemos. El amor se escapa, provoca; el amor es escándalo. El amor no es la sonrisa bondadosa que calma las tormentas, no es la dulzura que llena el abismo de la muerte. Quizás no deberíamos hablar más de amor. 

Pedro no debe imponerse a Simón; son dos visiones opuestas, pero inmaduras, de la vida. Para Simón, el amor es la respuesta a las necesidades, una promesa consoladora; si ha abandonado, como cada uno de nosotros, la orilla de su propio lago, es por haber intuido un buen negocio. Para Pedro —nombre nuevo que le dio el Maestro—, el amor es sacrificio («nunca te traicionaré»), para convertirse en el primero entre los discípulos, cueste lo que cueste. 

Para Jesús, el amor es un embarazo. Un parto. Un nacimiento. Una muerte. Para Jesús, el amor va más allá del corazón romántico de Simón, va más allá de una visión feliz de la historia, va más allá de una respuesta fácil a las expectativas de la gente. Para Jesús, el amor va más allá de la visión sacrificial de Pedro, que estaría dispuesto a sacrificarlo todo con tal de afirmarse a sí mismo (cuántas vocaciones quemadas en esta locura…). 

Para Jesús, el amor es la cruz. Y cada uno de nosotros tiene su propia cruz. Para Jesús, hablar de amor es hablar de la cruz. Y es la única forma de intentar comprendernos. Pero hay que saber perderse. 

El amor crucificado es vulnerable: violentado y derrotado. Seduce, como dice muy bien Jeremías: el amor primero nos lleva a territorios desconocidos, empujándonos a gestos y decisiones más grandes que nosotros mismos, y luego, cuando ya no podemos dar marcha atrás, nos pide que decidamos únicamente encontrar la manera de morir. Como Jesús. 

Claro que no nos entendemos cuando hablamos de amor porque hablamos de muerte, de vidas crucificadas. Porque amar, y esto vale para todos, es nuestra cruz personal, es aprender a liberarnos de nosotros mismos, aprender a perdernos, a cambiar, a dejar que la vida nos seduzca y luego nos pida que aprendamos una identidad diferente. El amor es descubrir un rostro nuevo y poco tranquilizador de nosotros mismos. 

No basta con cambiar de nombre, no basta con pasar de Simón a Pedro, no basta con hacerse religioso o presbítero, no basta con casarse; eso es solo el principio. Hay que tener el valor, cada día, de perder nuestra identidad, aquella construida con tanta paciencia; hay que aprender a perdernos para poder reconocernos en los ojos misericordiosos del Crucificado. 

El amor es sentirse morir por haber errado tanto y sentirse renacer gracias a Su amor. El amor es muerte y vida; el amor es un parto, un embarazo; el amor son lágrimas de liberación. 

No basta con cambiar de nombre, no basta con pasar de Simón a Pedro, hay que perder la cara ante los demás. «Me han convertido en objeto de burla cada día; todos se ríen de mí», la aprobación de quienes nos rodean es importante, sobre todo de niños, pero luego… 

Entonces, el Simón que hay en nosotros buscará la aprobación de la gente y eso será una traición al amor, como cuando la Iglesia hace pasar por Evangelio su necesidad de ser importante para la gente. O bien, el Pedro que se mueve en nosotros buscará verdugos para encontrar la aprobación entre el núcleo duro de los creyentes que siempre quiere un mártir al que venerar. 

En cambio, el amor es incómodo, el amor no se deja utilizar, el amor es la cruz, el amor es aceptar no ser comprendido (¿y por qué deberían los demás comprender nuestra vida si a nosotros mismos nos ha costado aceptarla? ¿Por qué deberían entender los demás si nosotros mismos primero no la acabamos de entender?), el amor es la soledad de quien hace morir su propia imagen de sí mismo y no pretende que los demás le comprendan. 

El amor es morir, pero no por amor al puro sacrificio, no convirtiendo a los demás en culpables, sino comprendiendo sinceramente su desconcierto: «no saben lo que hacen», y realmente no lo saben. Porque el amor crucificado no se conoce. 

Simón y Pedro se mueven y luchan dentro de nosotros y son dos nombres, uno antiguo y otro nuevo, pero con el mismo problema: «conformarse a este mundo» (Romanos 12, 1-2. Simón, amoldado a las expectativas de toda religión; Pedro, a las expectativas de toda institución. 

En cambio, «dejad que os transforme», Pedro y Simón, hasta que os unifiquéis en un símbolo de opuestos, en una lucha que solo en el Padre encontrará descanso; dejad que hable únicamente el Crucificado. 

El amor y la Cruz se encontrarán en un Cuerpo santificado por el amor. Y nosotros seremos amor cuando logremos unificarnos en una muerte sin rencor, tras haber perdido nuestra falsa imagen de nosotros mismos, la esclavitud al juicio ajeno, y haber desvelado el rostro de Dios. Inútil y hermoso, útero del nacimiento definitivo. 

Cuando hablamos de amor, nunca nos entendemos. Simón y Pedro siempre nos confundirán. No nos queda más que intentar aprender a perder, a perdernos. Y cuando incluso las palabras nos hayan abandonado, si en nuestros ojos no hay rastro de rencor, entonces, y solo entonces, no por sacrificio sino por elección, seremos hermosos y libres, como solo el amor crucificado sabe serlo. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...